Acto 2. Convergencia


Escena: Habitación de invitados del alcalde.

Plano exterior de una villa clásica. Varias criadas vestidas con túnicas se mueven por un patio externo. La cámara sigue a dos de ellas por un tramo de escaleras hasta la habitación de Gabrielle. Ésta está sentada, ataviada con un vestido bastante feo y soso que cubre su cuerpo todo lo que es posible sin impedirle ver y respirar. Indica a las criadas que dejen sus cosas en la cama y les da las gracias cuando se marchan. Detiene a la mujer más joven.

—Katia, ¿verdad? —pregunta.

Katia agacha la cabeza.

—¿Sí, señora?

—Creo que te has dejado una cosa... —La bardo le muestra con cuidado una pequeña trenza de pelo. La criada se pone pálida. Gabrielle ladea la cabeza—. ¿Tienes algún problema...?

La doncella coge la trenza y balbucea:

—Yo, bueno, creo... Es la medicina que me ha dado el sanador. —Y susurra—: Se supone que es para quitarme los lunares...

Gabrielle intenta no encogerse cuando otra trenza cae al suelo. La doncella continúa:

—Por favor, no se lo digas a nadie, señorita. Tengo la esperanza de que nadie se dé cuenta. —Otro mechón cae al suelo. De él salen dos escarabajos.

Gabrielle intenta mostrarse indiferente.

—¿Y te está ayudando con los... aahh... lunares?

Katia sonríe.

—¡Oh, sí, muchísimo! Y no sabes cómo me merece la pena. Creo que eso es lo que ha impedido que me acepten en el colegio de historiadores. Ser atractiva es muy importante, ¿no crees?

Cae otra trenza. Gabrielle se la queda mirando a la espera de que descargue más pasajeros. No se ve defraudada, pues un pequeño gorgojo asoma las mandíbulas. Gabrielle mira la trenza que tiene en la mano.

—Estooo, ¿Katia?

—Por favor, todo el mundo me llama AB, por lo lejos que llega mi talento —declara con orgullo.

Gabrielle le devuelve la sonrisa.

—AB, tengo que ir a... lavarme... ¿y si charlamos más tarde?

La chica hace una reverencia y se marcha.

Gabrielle suspira de alivio cuando se cierra la puerta. La cámara continúa explorando la habitación, mostrando muebles austeros pero caros. Se detiene en el rincón donde aparece Ares. Con los brazos cruzados sobre el cuero negro, arde en deseos de enzarzarse en una pelea. Gabrielle respira hondo y espera, con los músculos tensos.

—Bonita choza. —Ares se acerca, con los ojos ardientes—. Lo creas o no, me has sorprendido mucho. No puedo creer que hayas podido hacerle esto.

Gabrielle no se arredra. Le devuelve la mirada.

—¿Qué quieres, Ares?

—Sabes, hasta empiezas a hablar como ella.

—Bien. —Gabrielle se está esforzando, pero está claro que su firmeza es sobre todo fachada—. Ahora, si no tienes nada más...

Ares sonríe, pero sin el más mínimo humor.

—Pues sí que tengo. —Se acerca a Gabrielle, cuyos ojos se desvían hacia sus pertenencias y sus armas ocultas—. Xena sufre. Y por alguna razón que no comprendo, tú eres la solución para ese problema. Así que he venido para llevarte a casa.

Se hace un largo silencio. Gabrielle mira a Ares con desconcierto.

—¿Nos conocemos?

—Ya sabía yo que te iba a costar creerlo...

—¿Me estás diciendo que has venido para que Xena y yo estemos juntas?

—En pocas palabras...

Gabrielle avanza ahora, con los ojos echando chispas, olvidando su miedo a Ares.

—¡Qué le has hecho esta vez!

—¿Qué le he hecho yo? Me parece que tenemos las cosas un poco del revés. Tú eres la que le ha roto el corazón, la que la ha llevado a pensar en dedicarse al pastoreo de ovejas, la que ha hecho que me llore encima...

—¿Xena?

—Sí.

—¿Alta, morena, con una cosa redonda que mata, unos ojos de morirse...?

—Exacto.

—¿Porque le dije que me iba a retrasar un par de días?

—¿Retrasar? ¡Un par de días!

Gabrielle mira la cara contorsionada del dios de la guerra y empieza a partirse de risa.

—¿Te ha llorado encima y te ha hecho venir por... mí? —Le da otro ataque de risa floja—. Dioses, a veces me pierdo lo mejor.

Ares da vueltas furioso y empieza a sacudir un dedo.

—Esa... maldita. Y encima me ha hecho prometer que no te haré daño en modo alguno... ¡Está frita! Quemada por las dos caras...

Gabrielle todavía está intentando recuperarse.

—Ah, por favor, sabes que tampoco puedes hacer eso. ¿Qué le has prometido exactamente?

—Que te convencería para que regreses con ella, por tu propia voluntad.

—Pues vas a tener que esperar... —Alguien llama a la puerta. Gabrielle mira al musculoso dios de la guerra vestido de cuero y suelta—: Oh oh.

Desde fuera, una voz joven de varón pregunta:

—Señorita Gabrielle, mm, ¿estás sola?

Gabrielle agarra a Ares por el hombro y sisea:

—Vete. Ahora mismo o echarás todo a perder.

Ares se aparta, escandalizado por la familiaridad.

—No me voy a ninguna parte sin ti.

Gabrielle pone los ojos en blanco y mira por la habitación. Al ver una puerta, abre el armario y le hace un gesto a Ares.

—Bien. Pues métete aquí y cállate.

En un tono muy bajo pero amenazador, Ares dice:

—Yo soy Ares. Dios de la guerra. Yo no me escondo en los armarios.

El tono de Gabrielle es igual de bajo y peligroso.

—Si no te metes ahí, todo lo que estoy haciendo se irá al garete y no podré marcharme. ¿Qué decides?

—¿Señorita Gabrielle?

Se produce un momento de indecisión, pero Ares se traslada al armario de malos modos. Gabrielle se traslada a la puerta para abrirla.

La rendija de la puerta revela a un muchacho tímido pero guapo. No lleva camisa roja, pero bien podría llevarla. Gabrielle se queda en el umbral, con la mirada gacha, las manos juntas con aire recatado.

—¿Qué ocurre, Horacio?

Sonrojándose, el muchacho responde:

—Que-quería asegurarme de que todo estaba a tu entera satisfacción y darte la bienvenida a la casa de mi padre, señorita Gabrielle.

Gabrielle lo recompensa con una sonrisa, haciendo que se le triplique el ritmo cardíaco.

—Muchísimas gracias, Horacio. Pero no me parece correcto hablar contigo tan cerca de... donde duermo sin alguien que nos acompañe.

—¡Oh, cielos! Lo siento, señorita Gabrielle, yo nunca... —Como no quiere marcharse, se lanza desesperado a un discurso ya ensayado—. Ta-ta-también quería comunicarte que aunque mi padre será, por supuesto, escrupulosamente honrado como jurado del concurso, debo decirte que tu trabajo durante todo este mes con nuestros niños, tu candidatura a través de la suma sacerdotisa Leah y tu evidente sinceridad, virtud y belleza —aquí hace una pausa para tomar aliento un instante—, han encontrado eco en el corazón de todos nosotros.

Gabrielle reprime las ganas de poner los ojos en blanco y, sonrojándose levemente, se despide. Embelesado, Horacio sigue mirándola hasta que su puerta se cierra del todo. Una vez a salvo tras la puerta, Gabrielle se seca una gota imaginaria de sudor. Ares sale del armario con una sonrisa burlona.

—Un buen chico. ¿Cuánto le queda de vida?

Gabrielle le lanza su mejor mirada.

—Ares, o me ayudas o te largas antes de que lo fastidies todo. Deja que te lo explique en términos muy claros. Me voy a quedar aquí hasta que termine de ayudar a nuestra amiga Leah. Tengo que ganar una especie de concurso para obtener la Bandeja de Zeus y para hacer eso, tengo que comportarme... bueno, de forma diferente.

Ares parece intrigado.

—¿Diferente?

—Bueno, recatada...

—¿Recatada?

—Casta.

—¿Casta?

—¿Sí? —dice Gabrielle, ofendida.

—¿Qué más?

—Callada.

—¿Callada?

Ares reflexiona un momento.

—Bueno, te aseguro que ésa sería mi propia lista de deseos, pero los dos sabemos que eso no va a pasar.

Llaman otra vez a la puerta. Un rápido movimiento y Ares queda encerrado de nuevo en el armario. Mientras la puerta se cierra con firmeza ante la cara iracunda del dios de la guerra, Gabrielle sonríe encantada.

—Esto sí que es algo que podría llegar a gustarme...

Es Katia de nuevo. Cogiendo el pergamino que le ofrece, Gabrielle cierra la puerta rápidamente y sacude el pelo y tres tijeretas. Desenrollándolo, lee en voz alta:

—Saludos a Gabrielle de Potedaia. Mis mejores deseos para un concurso justo e interesante. Como muestra de respeto incluyo en esta misiva mis consejos para quitar manchas de sangre del lino barato y vulgar y pasajes para la próxima cabra que salga de la ciudad. Marta de Grahamus.

Gabrielle se queda contemplando el techo.

—Oh, santos dioses, por favor.

Hay un resplandor de luz y aparece Afrodita.

—Hola, chata, ¿has llamado?

—No —dice Gabrielle con firmeza—. No te lo tomes como algo personal, Afrodita, pero no. Para nada. En absoluto.

La diosa no hace ni caso y se pone a mirar por la habitación.

—¿Dónde está Ares?

Irritada, pero manteniendo la calma, Gabrielle se pone a explicar las cosas de nuevo.

—Estoy en medio de una especie de... misión. Parte de ello requiere que sea... bueno, casta. —Gabrielle sonríe—. Así que, evidentemente, no puedo tener hombres en mi habitación, de modo que tiene que esconderse todo el tiempo.

Afrodita tarda un momento en asimilar todo esto.

—¿Me estás diciendo que cada vez que viene alguien, Ares se esconde para salvar tu reputación?

Gabrielle hace un gesto, indicando la pequeña puerta.

—Ahora está en el armario.

La diosa se queda pensando. Luego se echa a reír.

—Eso explicaría lo tenso que se pone cuando Hércules anda cerca... —Sin dejar de reír, se acerca al armario y lo abre. Ares, acurrucado, la mira furibundo.

—¡Creía que te había dicho que te quedaras en el carro!

—Sí, ya. Me habría quedado, pero la música que tienes es un asco. —Se vuelve hacia Gabrielle buscando compasión—. O sea, puede elegir prácticamente cualquier música de la historia de la humanidad ¡y lo único que escucha es esa basura de DiscoVegas y Tom Jones! Puajjj...

—Ya me estaba ocupando yo de todo —intenta interrumpir Ares, pero nadie le hace ni caso.

—O sea, durante un tiempo lo tenía preparado para que tocara la Cabalgata de las Valkirias fuera a donde fuese y eso no estaba nada mal, pero luego se metió en una demanda sobre derechos con Odín y ahora sólo escucha a Englebert Un Pedín o algo así...

Ares rechina los dientes y luego aprieta los puños.

—Escuchad. Vosotras quedaos aquí y divertíos. Yo voy a ver si acelero las cosas cogiendo esa maldita bandeja. —Y desaparece.

Gabrielle se da una palmada en la frente. Preocupada, mira a Afrodita y dice:

—Creo que más vale que vayas tras él. Porque si toca esa bandeja, podría... —Y se calla. Lo piensa un poco. Luego sonríe a la diosa del amor—. Sabes, últimamente no hemos tenido oportunidad de charlar y tengo taaaantas cosas que preguntarte...

Afrodita la mira con desconfianza.

—Vale, chatunga, ¿qué está pasando...?

Gabrielle lanza a la diosa su sonrisa más encantadora.

—Me acabo de dar cuenta de que aquí estoy yo. Una mujer enamorada. Y también una bardo, que no sabe prácticamente nada sobre los... bueno, los aspectos físicos del amor, ¡y tengo aquí a la diosa en persona! ¿Cómo podría ser tan tonta de echar a perder esta oportunidad?

Afrodita se pavonea, olvidando sus sospechas.

—Me estaba preguntado cuándo te ibas a animar...


Escena: Campamento de las amazonas a las afueras de la ciudad.

Interior de una gran tienda. Eponin entra primero. Parece preocupada.

—¿Estás segura de verdad de que ésa era Artemisa?

Chilapa cuelga la máscara de una percha.

—Por las bolas de Hades, ¿y cómo lo voy a saber yo?

—Bueno, tú eres la reina, yo creía que sabrías...

—Mira, yo no soy la puñetera Ephiny ni Gabrielle, en eso estamos todas de acuerdo, ¿vale? La patrona no me llama dos veces cada luna para sacarme de copas, ¡va-le!

Eponin sigue preocupada.

—Es que nunca ha aparecido así delante de todo el mundo, dando órdenes...

—¿Y?

—...lanzando bolas de fuego...

—¿Y?

—...rascándose el culo...


Escena: El mercado, de noche.

Panorámica rápida del mercado vacío y a oscuras. Ares aparece junto a la Bandeja de Zeus. Repasa una lista con los dedos.

—Veamos, las amazonas ya están entretenidas, ahora robamos la bandeja, agarramos a la molesta rubia, regresamos, se la entregamos a Xena, les liamos las ideas... —Se frota las manos y se acerca al objeto expuesto—. ...Todo marcha... —Alarga el brazo, con la palma de la mano abierta, y la bandeja se suelta de la pared y vuela hasta sus manos. Inmediatamente, se oye un ruido parecido al de una nevera al cerrarse y la bandeja reluce por un instante. Ares se queda mirándola—. Esto no es bueno.

En ese momento una cuerda cae a sus pies. Se queda mirando el rollo y luego levanta la vista cuando Autólicus baja deslizándose por ella y se queda plantado ante él. Auto reconoce al dios de la guerra.

—Ah, esto no es Delfos, ¿verdad? Jo, debo de haberme equivocado de camino cerca de Albecoyque... —Intenta volver a trepar.

Ares lo agarra de un pie y tira a Autólicus al suelo.

—Tú. Ladrón.

Incluso tirado en el suelo, Autólicus no puede dejarlo pasar.

Rey... de los ladrones.

A Ares no le impresiona.

—Ya. Tú siempre investigas lo que vas a robar, ¿verdad? Háblame de la bandeja.

El rey... de los ladrones mira la bandeja y cae en la cuenta.

—¡Ah! ¿Debo suponer que estamos teniendo problemas momentáneos? ¿Escasez en el terreno divino? Lo siento, pero si no hay rayos de fuego a punto de caerme encima, me parece que...

Ares agarra a Autólicus por la garganta y el ladrón suelta con voz chillona:

—¿En qué puedo ayudarte?

Ares sonríe.

—¿La bandeja...?

—Una mortal, que no esté comprometida ya con ningún dios, juzgada por otros mortales semejante a Hestia, pura y casta, callada y...

—Bla, bla, bla... Eso ya me lo sé.

—Esta mortal tiene que presentarse ante el altar del templo de Hestia y aceptar libremente liberar la divinidad capturada de... —Ares suelta a Autólicus, que se queda tumbado en el suelo frotándose la garganta.

Aparece Afrodita, sonriendo.

—¿Qué me he perdido?

Ares hunde los hombros.

—Vete.

Autólicus se refugia detrás de la diosa.

—Aquí el genio acaba de perder su divinidad.

Su hermana se echa a reír.

—¿Qué? ¿Y cómo lo has logrado esta vez? Creía que le habías dicho a papá que no ibas a apartar la mano de la espada...

Ares coge la bandeja y con una sonrisa se la ofrece a Afrodita.

—Pues estaba mirando esta bandeja... ¿Te has fijado? Te puedes ver en ella...

—¿En serio? —Afrodita coge la bandeja. Se vuelve a oír el ruido de nevera y la bandeja reluce un momento—. ¡Ahhhh! ¡Otra vez nooooo! —gimotea Afrodita mientras Ares empieza a soltar unos ladridos que se asemejan a carcajadas.

Autólicus los mira asombrado.

—A ver si lo entiendo. Hay gente que de verdad os adora, ¿no? ¿Cómo sobrevivís? ¿Es que Atenea os corta el filete en la mesa o qué?

Los dos dioses se miran el uno al otro. Ares mira a Autólicus.

—Me parece que vamos a tener que ayudar a Gabrielle a sacar esto adelante, aunque sólo sea para poder freír a este cretino...

Autólicus mira la habitual vestimenta de los dos.

—Mucha palabrería para un tipo que ahora mismo no puede pasearse por las calles. Creo que por aquí cerca debe de haber una tienda para campesinos... —Afrodita se echa a llorar de nuevo—. ...Así que si no quieres ponerte a buenas conmigo, tengo una gente esperándome...


Escena: Las afueras de la ciudad.

Plano de grúa que va bajando sobre un campamento. Joxer y Meg entretienen alegremente a los padres de Gabrielle con historias escabrosas. Hécuba tiene una sonrisa fija pegada a la cara, Herodoto tiene una expresión pétrea, Joxer y Meg están como una cuba.

Joxer está intentando explicar su relación con nuestras heroínas.

—Siempre me están haciendo cosas así. Pero no lo hacen en serio. Fijaos, hubo esa vez que me enviaron al pueblo con sus últimos dinares para comprar medicinas...

Meg interrumpe:

—¿Y volviste con esas habichuelas "mágicas"? —Le da una palmada en la espalda, riendo.

Joxer continúa:

—Bueno, tendríais que haber oído lo que me dijeron. Pero cuando recuperé el conocimiento, Xena había descubierto que las habichuelas funcionaban como calmante para el dolor de todas formas y luego Gabby escribió una historia genial para niños...

Meg añade:

—Y llenó otros cinco pergaminos más...

—...Y Xena me dijo que había encontrado a su guía espiritual y que habían intercambiado esencias...

Meg interrumpe:

—Gabrielle me dijo que eso sólo fue un mapache que le meó en la pierna...

Los padres de Gabrielle se miran el uno al otro.

Herodoto se pone en pie.

—Tenemos que irnos...

Joxer se levanta tambaleándose tras ellos.

—Pero está oscuro...


Escena: Exterior de la casa del alcalde.

La cámara va subiendo por los cuerpos de Ares y Afrodita. La diosa del amor va ataviada con ropa parecida a su vestimenta del universo alternativo y Ares lleva gruesa ropa de lana. Los dos parecen incomódisimos.

Afrodita se olisquea los sobacos. Ares protesta.

—¿Por qué tienes que hacer eso todo el rato? La ropa estaba limpia y, en cualquier caso, era necesaria si queremos estar pendientes de ella sin que la descubran.

—¿Y tú cómo sabes cómo se llama el padre de Gabrielle?

—Cualquiera que rece tanto como él para que a Xena la parta un rayo, recibe mi atención.

—Pero yo no me parezco en nada a su hermana, esa como se llame.

Ares oye que alguien se acerca a la puerta y bufa:

¡Cierra el pico!

Afrodita sacude la cabeza.

—Escucha, hermano. Todo esto es culpa tuya, cuando acabe, no creas que no voy a... —Ares rechina los dientes.

Horacio es quien abre la puerta. Ares se adelanta con seguridad.

—¿Tengo entendido que mi hija está aquí? ¿Gabrielle de Potedaia? Yo soy Herodoto y ésta es su madre, Hécuba. —Afrodita hace una mueca.

Horacio casi se siente desvanecer.

—¿Los padres de la señorita Gabrielle? ¡Por supuesto, el parecido es innegable! Por favor, por favor, pasad.

Entran, mientras Horacio sigue hablando con entusiasmo.

—Yo soy el primogénito, Horacio, y sólo he podido pasar poquísimo tiempo con...

Ares casi reluce de inspiración y corta el torrente.

—¿Horacio, no? Gabrielle me ha hablado mucho de ti. Dime, ¿qué piensas de mi encantadora hija soltera...?


Escena: La habitación de Gabrielle.

Gabrielle sonríe. Casi dolorosamente. Horacio le tiene cogida la mano y parlotea sin cesar.

—¡Me parece que voy a salir volando de la alegría! ¿Quién lo habría pensado?

Gabrielle se vuelve hacia el satisfecho Ares.

—Sí, ¿quién?

—¡Casado! ¡Con la mujer más bella del mundo! Tengo que decírselo a tanta gente, preparar tantas cosas... ¡oh, gracias, señor! —Tras besar a Ares en la boca y estrecharle la mano a Gabrielle, sale.

Se hace el silencio en la habitación.

Ares lo rompe.

—No tienes que agradecérmelo ahora...

Gabrielle lo mira como si fuera algo que hubiera salido reptando de la alcantarilla o como si fuera el pelo de Katia.

—Creo que voy a dejar que Xena te dé las gracias por mí...

Ares no parece preocupado.

—Bueno, ahora que ya nos hemos ocupado de tu "soltería", la cosa está en el bote. Pero creo que debería averiguar algo más sobre esta tal Marta, por sus cartas parece el tipo de chica que me va.

Gabrielle no pica.

—Ah, sí. Por lo que tengo entendido, lo suyo es la decoración, probablemente usaría tu divinidad para equipar a tus ejércitos.

Ares se encoge de hombros.

—Bueno, eso no me importa.

—Por lo que he visto, adora los colores rosa y amarillo chillón. Y tengo que reconocer que sería interesante verla intentando coordinar todas las batallas por colores...

Ares decide comprometerse.

—¿Por qué no lo has dicho desde el principio? Ella no... va... a ganar.


Escena: Una taberna en la ciudad de Hestia.

Es una taberna muy elegante, pero una taberna al fin y al cabo. La cámara se mueve por encima de las mesas hasta llegar a la puerta. Ésta se abre para revelar a una Princesa Guerrera muy oscura y furiosa. Su entrada pasa desapercibida porque Horacio pasa corriendo a su lado, lanzando un montón de dinares en una mesa y gritando:

—¡Bebida para celebrar mi compromiso! ¡Gabrielle de Potedaia ha aceptado casarse conmigo!

La cámara se mueve a un primer plano de la cara de Xena. Los ojos son como piedras.


Escena: La habitación de Gabrielle.

Panorámica lenta por la habitación.

Gabrielle está echada en la cama con un paño húmedo en la frente. Afrodita y Ares están comiendo y emborrachándose. Gabrielle levanta la mano y se quita el paño. Lo abre despacio y se encuentra otro mechón de pelo. Cierra los ojos cansada. Alguien llama golpeando la puerta, que está entreabierta. Horacio llama por la rendija.

—¡Gabrielle! Dulce y querida Gabrielle. ¡Ha ocurrido algo horroroso! Me acabo de enterar, mientras celebraba nuestro compromiso, ¡de que la ciudad está rodeada de esas horribles amazonas! ¡Dicen que Artemisa les ha ordenado tomar la ciudad a menos que soltemos a su reina inmediatamente! ¡Y nadie sabe nada de ella!

Gabrielle chilla:

—¡Amazonas! —Juntando las manos, con la apropiada expresión de terror, cierra la puerta de golpe en la cara de su prometido y se vuelve para enfrentarse al ex dios de la guerra.

Su voz suena peligrosamente tranquila.

—¿Artemisa? ¿Ha aparecido ante mis amazonas?

Él frunce el ceño.

—Bueno, hice una parada por el camino cuando fui a coger la bandeja. Creía que tendría más efecto si me parecía a alguien que les cae bien.

Afrodita suelta una risita burlona.

—Pues sí que has salido del armario.

Los ojos de Gabrielle empiezan a brillar de furia. Ares se encoge de hombros.

—Eran un ejército. Iban en son de paz. No podía dejarlas así. ¡Es lo que hago!

Gabrielle alza un puño.

—¡Te voy a hacer picadillo, papá!

PARTE 3


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
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