7


“¿Qué colinas son ésas, esas bonitas colinas,
sobre las que el sol luce dulcemente?”
“Ésas son las colinas del cielo”, dijo él,
“que tú nunca obtendrás”.
“¿Qué montaña es ésa?” dijo ella,
“¿Tan terrible y cubierta de hielo y nieve?”
“Ésa es la montaña del infierno”, gritó él,
“donde iremos tú y yo”.
—El amante demonio
 

Día 42 del Cerco de Namea: Después del amanecer

El grito comenzó en lo más profundo de su corazón y se expandió hasta formar una ruptura brutal que parecía desgarrarle el alma. Pero lo único que salió de sus labios, suave y tembloroso, fue:

—No.

Con los ojos aún firmemente cerrados, oyó el grito de sorpresa de Gabrielle que salía de algún lugar del pozo donde parecía encerrada, seguido inmediatamente del crujido del costado del carro cuando el cuerpo de su bardo cayó sobre él y se precipitó al otro lado. Le costaba saber qué era real: se había mezclado con los recuerdos de sí misma de adolescente viendo morir a su hermano ante sus ojos.

Impotente. Totalmente impotente.

Haciendo acopio de toda su disciplina, dispuesta a enfrentarse a lo que estaba segura de saber ya, abrió los ojos. Sí, ahí yacía el general, inmóvil, con dos flechas clavadas en el pecho, a centímetros de distancia la una de la otra. Ése habría sido el más difícil de los disparos, eso lo sabía. Sus expertos arqueros no podían haber fallado con la bardo, que estaba de pie y de cara a ellos, y no sabía si podría soportar ver lo que yacía en el suelo al otro lado del carro.

No...

—¡NO! ¡NO! ¡NO! —El grito de exasperación de Ares la dejó atónita hasta que se dio cuenta de lo que podía significar. De repente, se vio libre de su parálisis y saltó por encima de la muralla, sin pensar siquiera en dónde iba a aterrizar. Lo oyó mascullar detrás de ella, irritadísimo—: No es posible que se haya movido tan rápido. ¿Quién la protege? ¡¡¡Esto está mal!!!

Al descender, se acordó de repente de los arqueros que estaban por encima de ella y vio que varios miraban sus arcos con cara de desconcierto. Bajó la mano para agarrar su chakram y les gritó:

—Los hombres que han disparado esas flechas deben ser arrestados y llevados inmediatamente a mis aposentos para esperar allí. —Levantó el chakram—. El próximo que piense siquiera en disparar contra lo que sea sin una orden directa mía se encontrará con esto en la garganta... después de que suba por su cuerpo. ¿Todo el mundo lo ha entendido? —Esperó—. Bien.

Llegó al suelo sin aliento, jadeando ligeramente, y vio a Gabrielle forcejeando debajo de un soldado inmenso que la tapaba en parte. Sintió tal alivio que sonrió más de lo que recordaba haber hecho en su vida. Su felicidad era tan grande que no se dio cuenta de inmediato de que Gabrielle estaba llorando, tirando en vano del hombretón.

—Salmakis... oye, ¿Sal...? —La bardo la miró con una expresión que suplicaba que le dijeran lo que quería oír—. ¿Xena?

La guerrera se recuperó rápidamente y se arrodilló en el suelo para poner con cuidado al hombre de lado y dejar que Gabrielle saliera de debajo de él. Salmakis soltó un leve bufido de dolor, pero por lo demás parecía inconsciente. Las flechas se habían clavado profundamente en su espalda y al menos una de ellas le había causado una evidente herida mortal.

—¿Se puede...? —preguntó la bardo sin esperanza.

Xena meneó la cabeza y Gabrielle bajó la suya. Sintió una punzada de celos cuando Autólicus e Íkaros cogieron cada uno una mano de la bardo y los tres formaron un círculo alrededor del moribundo que la excluía a ella. Miró a su alrededor en busca de algo que exigiera su atención, aunque sabía que no podía apartarse de este lugar. La parte superior de las murallas y las ventanas se estaban llenando de ciudadanos, pero todos guardaban silencio.

La bardo se soltó de Íkaros, la agarró por el brazal y preguntó:

—¿Por qué?

La guerrera se negó a revelar cómo la había afectado su impotencia y se limitó a encogerse de hombros.

—Ares. Pensó que volvería con él si tú morías. Debe de haber...

Gabrielle no podía escuchar, y volvió a intentar poner más cómodo al moribundo, al tiempo que seguía llorando. Xena sentía aún tal alivio al ver viva a Gabrielle que le resultaba imposible sentir la inmensa gratitud que sabía que debía sentir por el acto de sacrificio de este hombre. De modo que su explicación probablemente sólo fue un murmullo apenas audible para los oídos de la desolada muchacha.

—Ares pensó que si tú... pensó que yo tendría que asumir el mando, no sabía... —No sabía que no habría sido capaz de levantar mi propia mano, y mucho menos un ejército, si tú hubieras muerto.

Gabrielle la miró de nuevo con los ojos arrasados de lágrimas.

—Tengo que... —Agitó la mano indicando el ejército y la suma total de la tarea que aún tenía que completar—. No sé si... ¿Cómo puedo? ¿Quién me va a seguir ahora?

Una voz áspera respondió su pregunta a sus pies.

—Yo lo haría. Hasta el Tártaro y más allá.

—¿Salmakis?

El gigante intentó levantar la cabeza, pero sus tres compañeros se lo impidieron. Los miró uno por uno y por fin posó los ojos en la joven rubia.

—¿Por qué estás tan triste? Ésta no es una mala forma de morir... y tú... tú tienes un ejército que dirigir, ¿no? —Hizo una mueca de dolor antes de proseguir, soltando un silbido al respirar que parecía vibrar a través de las flechas que tenía en la espalda. Gabrielle intentó hacerlo callar, pero él no hizo caso—. Me queda un poco de tiempo. Déjame decir lo que tengo que decir. —Ella asintió y esperó—. Durante tu combate, Íkaros y yo estuvimos contándoles a los chicos de ahí atrás lo que habías hecho. Apoyándote... Yo entrené a casi todos... Les dije: “Esta señora es auténtica. Ahora sí que os habéis metido en una buena”, les dije: “Y vuestra única esperanza es que ella plante cara por vosotros a la morena de ahí. Os defenderá.” —Se le contrajo la cara de dolor y Gabrielle le agarró la mano—. Así que lávate bien esa cara. Demuéstrales que no les he mentido, rápido, ¿vale?

A Xena le pareció oír que Gabrielle le daba las gracias entrecortadamente, pero no estaba segura.

—Todo ha salido como debían de querer los dioses. Yo tenía que morir por haber matado a ese hijo de puta del comandante, pero me dejaron con vida... para que pudiera salvar a una auténtica. —Le sonrió—. No lamento nada. Ya no. Así que tú tampoco. ¿Vale? —Gabrielle asintió. Las palabras le salían ahora más despacio y ella tuvo que inclinarse para oírlas—. He tenido un día más... para... para hacer una... cosa muy importante.

Y entonces se quedó inmóvil.

Gabrielle se levantó y se tapó la cara con las manos. Estaba ahí sola y Xena se fue acercando a ella vacilante, sin saber qué hacer cuando la alcanzara. La bardo levantó la mirada y la guerrera se quedó sorprendida al ver que había rabia en sus ojos.

—¿Xena? ¿Es esto lo que hace falta? ¿Meter constantemente todos estos sentimientos en un agujero para poder seguir adelante? ¿Es así para ti? —quiso saber.

La guerrera se mordió el labio, pero se sintió obligada a contestar.

—Sí.

Gabrielle sacudió la cabeza.

—¿Cómo puedes...?

El estoico rostro no se movió y se limitó a decir:

—No lo sé.

Pero pensó: Hay ya tan pocas cosas sobre mí misma que comprendo, Gabrielle. Sólo sé... sé que la única verdad que he encontrado en todo esto... has sido tú. No tengo derecho a pedirte esto, pero por favor, no te rindas ahora, Gabrielle. Por favor.

Gabrielle había guardado silencio como si escuchara, como si lo hubiera dicho en voz alta. Asintió y recogió su vara. Con todos los ojos clavados en ella, se enjuagó la cara cuidadosamente con el agua de un odre que le pasó el cariacontecido Autólicus y luego se dirigió despacio a enfrentarse a los soldados vigilados contra las paredes. Xena sólo pudo quedarse a un lado y observar, al tiempo que respiraba hondo y erguía los hombros.

—Escuchad. Yo soy la única oportunidad que tenéis de salir de aquí con vida. En realidad, creo que puedo mejorarlo. Pero si empiezo a negociar, quiero que sepáis que por ahora yo estoy al mando. ¿Lo habéis entendido?

Todos los hombres miraron a los arqueros apostados por encima de ellos y gruñeron o asintieron con la cabeza para mostrar su acuerdo.

Gabrielle esperó antes de volver a hablar.

—Vale. Lo primero. —Regresó donde Xena estaba esperando junto al cuerpo del gigante y se agachó para tocar a Salmakis dulcemente, pero cuando se irguió, sus ojos seguían despejados—. A este hombre se le ofreció la conmutación de la pena de muerte si se presentaba voluntario y tenía éxito en una misión bajo mi mando. No sólo tuvo éxito, sino que ha dado su vida para salvar la de su comandante. Ordeno que sea... —Miró a Xena, quien le susurró un momento al oído—. Que le sea restituido su rango y que reciba todos los privilegios que se le deben. Se mandará noticia a su familia de que murió con honor. —Se quedó mirando a la espera de voces en contra. En cambio, los hombres que tenía delante asintieron y sonrieron. Continuó con más seguridad—. Lo mismo se aplica a los otros dos hombres liberados, que a partir de ahora servirán como mis ayudantes. Ahora veamos. ¿Quién es el oficial de mayor rango?

Uno de los hombres de más edad miró a su alrededor y otra vez hacia lo alto antes de dar un paso al frente.

—Soy yo.

—¿Tu nombre?

—Porlus, señora.

—Muy bien, Porlus. Todos vamos a salir de ésta, te lo prometo. —El hombre asintió y luego la chica se volvió hacia Xena. Habló formalmente, muy consciente de la gente que miraba y de su propio rango—. Xena, Rukcal ha sido derrotado y tú has sido testigo de ello. Quedas libre con honor de tu juramento. Pero estás al mando de esta fortaleza. Como comandante de estos hombres, tengo una lista de condiciones antes de que nos rindamos.

Sorprendida por tal presunción, Xena habló en voz alta, también consciente del gentío que escuchaba.

—¿Condiciones? ¿Y por qué estás en situación de exigir condiciones? —Vamos. Gabrielle, lo tienes pensado, sé que lo tienes. Yo lo tendría.

La bardo sonrió sin humor.

—Todavía quedan ochocientos hombres ahí fuera, esperando para asaltar este lugar. A todos los efectos, yo soy también su comandante. Además... Pólibus está a punto de llegar. Creo que lo lógico es que aceptes una alianza en cuanto se te ofrece.

—Veamos estas... —y Xena alargó la pausa—, condiciones... primero.

—Vale. —Gabrielle metió la mano en su sempiterno estuche de pergaminos y sacó una tersa hoja de pergamino.

Xena la leyó rápidamente y levantó la vista con una leve sonrisa.

—Gabrielle, esto es un tratado.

Recibió una sonrisa a cambio.

—Sí, ¿verdad?

—Pero yo soy la comandante militar. Un tratado tiene que ser ratificado por el consejo.

Gabrielle perdió la sonrisa y las dos miraron el rápido ascenso del sol y el paso del tiempo que representaba.



Si me dice que no puede, responderé
perejil, salvia, romero y tomillo
que me haga saber que al menos lo intentará
y entonces será mi amor verdadero
—La Feria de Scarborough
 

Día 42: Antes del mediodía

—¡No podemos permitir que el precio de la plata baje por Corinto!

Xena escuchaba presa del asombro y la irritación mientras los miembros del consejo discutían.

—Si lo reducimos por ellos, tendríamos que hacerlo por todos los demás estados y clientes. El precio de la plata caería, ¡y habría toda clase de repercusiones económicas para toda la región!

Sólo su respeto por Gabrielle impidió a Xena tirarse encima del hombre y dejarle muy claro el tipo de repercusiones que podía tener un cuchillo afilado. Intentó no ponerse a dar vueltas mientras veía cómo el sol subía cada vez más por el cielo.

—No tenemos que bajar el precio global —dijo Gabrielle con calma, arreglándoselas para disimular su propio nerviosismo e impaciencia—. Puede ser un descuento a cambio de la protección de la ciudad de Corinto, y se compensará con el ahorro de no tener que pagar a los mercenarios.

—Pero has dispuesto que demos una paga a todos estos vulgares soldados. ¿De dónde va a salir ese dinero?

Gabrielle miró al ladrón, que estaba dando cabezadas en un rincón.

—¿Autólicus?

El ladrón parpadeó dos veces.

—¿Qué...?

—Las pagas.

Quitándose el letargo de encima, el ladrón se acercó a la mesa.

—Ah. Sí. Tenía la esperanza de que lo hubieras olvidado. —Se dirigió al consejo con su habitual desparpajo—. Gabrielle se dio cuenta de que las minas y los hornos han estado funcionando durante todo el asedio, y como es muy lista, se preguntó dónde iban a parar los lingotes cuando no había nada que comprar con ellos. Así que estuve fisgando y, mira tú qué casualidad, encontré tres grandes cofres, todos ellos llenos de lingotes de plata por valor de unos cien mil dinares encerrados en las habitaciones de Ágathes.

Gabrielle añadió:

—Y con eso es con lo que vamos a pagar a los mercenarios de ambas partes.

—¡Ese dinero es nuestro! —gritó el consejero, consternado.

Entrar en acción fue un alivio para Xena. Sus tensos músculos respondieron perfectamente y se plantó al lado del consejero en un abrir y cerrar de ojos.

—¿Qué es lo que no entendéis de la situación en la que estamos? ¿Que tenéis cientos de soldados dispuestos a quitaros este dinero de las manos en cuanto os maten? ¿Que es todo dinero extra que ni siquiera sabíais que teníais? ¿Que ya lo tenemos en nuestras manos? ¿Que nos estamos quedando sin tiempo y vosotros estáis aquí sentados hablando?

Soltó al hombre, que se desplomó un poco antes de lloriquear:

—Tal vez algunos soldados cojan el dinero y se vayan. Pero los demás lo usarán simplemente para comprar baratijas y bebérselo.

Gabrielle se inclinó hacia el hombre.

—¿Y dónde están las tiendas y tabernas más cercanas donde se lo gastarán?

A todos los presentes en la mesa se les hizo la luz y el consejero alcanzó el pergamino y una pluma.

En cuanto todos estamparon su firma, Xena se detuvo un momento y contempló con franca admiración una de las copias y luego a su compañera.

—Menudo documento, Gabrielle. Buen trabajo.

La bardo se sonrojó levemente y sonrió.

—Xena, estoy acostumbrada a negociar para conseguir una habitación con baño por un dinar. El día en que no pueda negociar un tratado de paz respaldada por una princesa guerrera, mil cuatrocientos soldados y tres cofres de plata, tendrás que cambiarme por otra.

Antes de que Xena pudiera responder, hubo una llamada desde el puesto de vigilancia de la muralla más alta.

—¿Comandante? —Tanto Gabrielle como Xena miraron hacia arriba—. Xena —aclaró el hombre—. Ahí fuera hay una niebla que se está posando sobre el valle. Nunca he visto una tan densa, ni en un día como éste. Resulta imposible ver y los hombres de ahí fuera están cada vez más agitados.

Alarmada, Gabrielle miró a Xena, quien expresó en voz alta lo que las dos estaban pensando.

—Entonces Pólibus no podrá ver una bandera blanca, ¿verdad?

Y las dos dijeron al mismo tiempo:

—Ares.



“¿Qué montaña es ésa?” dijo ella,
“¿Tan terrible y cubierta de hielo y nieve?”
“Ésa es la montaña del infierno”, gritó él,
“donde iremos tú y yo”.
Golpeó el palo de mesana con la mano
el trinquete con la rodilla
y rompió el bello barco en dos
y lo hundió en el mar.
—El amante demonio


Día 42: Pasado el mediodía

Xena levantó la cabeza y gritó al espacio vacío que tenía delante.

—¿Ares? ¡Sal! Sabes que te huelo.

De inmediato, se materializó delante de ella, sonriendo con desprecio.

—Ya tendrías que haber sabido que la cosa no había terminado.

Xena ni se molestó en responder. Desenvainó la espada y calculó la distancia que había entre los dos.

—Acércate un poco más, Ares.

Ares se limitó a sonreír, sacó su propia espada y se prepararon para el combate.

—Cabrón —le espetó ella—. Esta vez te has pasado mucho de la raya.

Ares fingió preocupación.

—¿Es que hay una raya? ¿De verdad? Qué raro. Yo que creía que era... ¿un dios?

—Un dios que ha fallado. Una vez más. Yo que tú, me preguntaría por qué sucede esto una y otra vez. Incluso me preguntaría si no estarás fastidiando a alguien.

En el rostro del dios de la guerra apareció un destello de auténtica preocupación, pero desapareció rápidamente cuando los dos comenzaron el baile. La estancia era demasiado pequeña para maniobrar bien y se pusieron a dar vueltas el uno alrededor del otro sin perder de vista las paredes.

Entonces los dos se lanzaron con un estrépito de metal por encima de sus cabezas y otro a la altura de la cintura. Aguantaron las espadas en esa posición un momento, haciendo fuerza con las muñecas, y Ares dijo:

—Estás perdiendo el tiempo, Xena. Y tienes que conservar fuerzas para la batalla. —Xena no dijo nada. Se soltó, giró en redondo y le faltó poco para alcanzar al dios con una patada asesina. Ares siguió hablando como si estuvieran tomando el té tranquilamente—. Sabes que Pólibus está a punto de bajar a la carga por esas colinas con ese ejército absolutamente soberbio que tiene.

Otra patada, que esta vez dio en el blanco, pero el dios de la guerra dio una voltereta y avanzó sin inmutarse.

Gabrielle apareció en el umbral.

—No va a ocurrir, Ares.

Los dos se apartaron y Ares se apoyó la espada en la pierna tan tranquilo, sonriendo burlón.

—Ah, sí, la Compañera. Sabéis, me da igual que las dos seáis... —Agitó los dedos de una mano—. Lo que seáis. Porque esta vez, me va bien. —Alzó la espada y señaló a la ceñuda guerrera que tenía delante—. Veréis, lo que Xena querría hacer es llevar ese mensaje a Pólibus en persona, pero tú... —señaló a Gabrielle—, no le permitirías que corra ese riesgo, ¿verdad? Y Xena no hará algo inteligente como darte un golpe en la cabeza, porque ahora quiere demostrar que te respeta. —Su tono rezumaba sarcasmo—. Y ninguna de las dos permitirá a la otra que vaya sola sin una partida de soldados, porque a lo mejor os encontráis con que tenéis que combatir con Pólibus en plena carga. De modo que se produce una maravillosa ironía. Para hacer la paz, tendréis que llevar un ejército. Y llegaréis demasiado tarde. Los ejércitos se encontrarán... —Dio una palmada y Gabrielle pegó un respingo sin querer—. Y las dos tendréis la oportunidad de respetaros la una a la otra hasta la tumba. Y yo estaré mirando. Esperando a que una de las dos diga esas maravillosas palabras. —Puso tono de falsete—. “¡Ares! ¡Sálvala!” Y lo haré. Y vosotras pagaréis mi precio. —Retrocedió y envainó la espada—. O tendré que ver simplemente cómo morís las dos en medio de toda esa maravillosa carnicería.

Dicho lo cual, soltó un destello y desapareció.

Se hizo un silencio, interrumpido por Gabrielle.

—¿Así que me vas a dar un golpe o atarme?

—Gabrielle.

—No. Tenía razón con lo de que estaríamos obligadas a llevarnos un regimiento, pero eso es lo único en lo que tenía razón.

La guerrera no contestó. Gabrielle alargó la mano y la posó en el hombro de Xena.

—¿Estás convencida de que podemos alcanzar a Pólibus antes de que lance una ofensiva total?

—No. —La palabra sonaba cruda con su implacable sinceridad—. Pero tú sí.

Gabrielle aguardó a que hubiera otra declaración de seguridad, pero no la hubo.

—Así que no vamos a ir solas —dictaminó Xena.

—No. Yo no te dejaría ir sola.

—Y... no podemos dejar la ciudad sin defensa, porque seguro que hay una avanzadilla en el bosque a la espera de que salgamos de la ciudad, de modo que mis hombres tendrán que quedarse...

Gabrielle parpadeó.

—¡Oh! Mis hombres. Será mejor que les... ¿pase la vista? O como se diga.

Los labios de la guerrera amagaron una leve sonrisa.

—Pasar revista.



5) “Esperad, buen juez, dulce señor juez
Esperad un instante
Me parece ver que llega mi amante
y ya pasa junto a la cerca
Un poco de tu oro, amor mío
Un poco de tu dinero
para salvar mi cuerpo de la tumba
y mi cuello del árbol del ahorcado”.
“Ahora tendrás todo mi oro
y todo mi dinero
Pues he venido a ver cómo te salvas
y salvada serás”.
—Una doncella salvada de la horca


Día 42: Pasado el mediodía

Ismene no había alcanzado la posición que tenía en la vida a base de preocuparse por las consecuencias para otras personas y le molestaba bastante que al parecer los pocos días que había pasado con las dos mujeres habían cambiado toda su filosofía.

Estaba en lo alto de la colina que daba al valle. En lo alto hacía un día soleado, y estaba maravillada por la niebla que tenían debajo. Era como si contemplara un caldo hirviente. Tal vez eso era lo que era, especuló, como si fuera su propia agitación hecha realidad tangible. Un grito interrumpió sus reflexiones y al levantar la mirada, vio a unos jinetes que surgían de la niebla. Pólibus y ella esperaron a que los jinetes hubieran detenido a sus cansadas y sudorosas monturas. El explorador jefe desmontó y, jadeante, se arrodilló ante su esposo.

—¿Qué informes traéis? —preguntó éste.

Recuperando el aliento, el explorador contestó:

—Majestad, hemos capturado el tercer puesto de vigilancia y, una vez más, en el campamento sólo quedaba personal de apoyo. También se han rendido sin ofrecer resistencia.

Pólibus dijo pensativo:

—Así que tenemos el terreno elevado por tres lados, sin haber perdido un solo hombre.

—Sí, mi señor.

—¿Se sabe algo más de los exploradores que están sobre el terreno?

—Por lo que consiguen ver con esta niebla, el grueso del ejército de Rukcal sigue fuera de las murallas, esperando. Parecen confusos y desorganizados.

—¿Alguna señal de lucha dentro de la ciudad?

—No tenemos forma de saberlo, señor.

El rey ya había tomado una decisión, pero le planteó la pregunta al soldado de todas formas.

—¿Qué recomiendas?

No hubo duda.

—Que ataquemos inmediatamente, mi señor. Que lo aprovechemos. Los hombres... están listos.

Pólibus se rió por lo bajo.

—Más que listos, me parece a mí. —Hizo una pausa para reflexionar un momento—. Bueno, comunica que recibirán órdenes dentro de poco.

—Sí, Majestad.

Ismene observó mientras el hombre volvía a montar y se retiraba, y notó que su desazón interna iba en aumento.

Mal. Todo esto estaba mal. ¿Qué era lo que alimentaba su aprensión? Era como si viera a su marido acercarse paso a paso a un abismo, y un instinto le gritaba que lo detuviera. Se descubrió preguntándose, ¿qué harían Xena y Gabrielle?

Pero ella no era como esas dos. Ellas eran inteligentes, hábiles, dedicadas a un bien supremo, y ella... no. Eso no quería decir que Xena y su bardo fueran perfectas. Las dos tenían defectos. Pero juntas... ése era el auténtico motivo por el que las envidiaba. De algún modo, el respeto y el cariño que sentían la una por la otra lograban reparar los defectos y las grietas. Incluso con el poco tiempo que había tenido para observarlas, se había dado cuenta de que eran más fuertes como equipo que como individuos. Eso era lo que quería. Eso era lo que envidiaba. ¿Todavía era posible para ella, después de todo lo que había sido y hecho? Y la respuesta vino en algo que le había dicho Gabrielle contestando a una pregunta sobre el pasado de Xena. “Lo único que importa es lo que hagas hoy y lo que tengas intención de hacer mañana”. ¿Podía dar ese paso? ¿Se uniría su marido a ella en ese camino?

La mente racional dejó de combatir con el instinto. Esto no era bueno para Pólibus. Este acto lo cambiaría. Y por razones que ahora sentía con más fuerza que nunca, no podía permitir que ocurriera.

Se acercó al rey con cautela.

—No hagas esto, esposo.

Enfrascado en su planificación, Pólibus se sobresaltó al oírla.

—¿Mi señora?

¿Qué podía decir? ¿Aceptaría su intuición? Tal vez había algo de lógica en su inquietud.

—¿No es peligroso atacar con esta niebla?

—Por supuesto. Pero no tan peligroso como no aprovechar la ventaja de lo que haya provocado esta situación. Rukcal debe de haber intentado un ataque por sorpresa mal planificado y ahora espera a que obtenga resultados. Es un golpe de suerte al que no se debe dar la espalda.

—¿Y si... y si éste no es el momento? ¿Y si es una trampa?

—He interrogado a los hombres del primer campamento que tomamos. La caballería se limitó a salir a la carga con un desorden total. No estaba planeado.

Ella avanzó otro paso.

—¿Y si ese desorden se debía a Xena, o a Gabrielle, o incluso al ladrón?

Él parecía desconcertado, incapaz de librarse de su fiebre de combate.

—¿Y si fuera así?

—Pues que esto podría ser un terrible error —soltó ella de golpe, de una forma muy poco habitual en ella—. Bajarías a la carga y matarías a todos los que se interpusieran en tu camino antes de que su plan hubiera triunfado, sin saber qué hay allí. Quién hay allí. —Ahora estaba directamente delante de él, y lo miró a los ojos en busca de comprensión—. Hicimos un pacto con ellas. Ahora podríamos estar rompiéndolo. Por favor, esposo.

Eso pareció afectarlo, pero lo relegó a un lado antes de que ella pudiera continuar.

—No puedo dejar escapar esta oportunidad. Los comandantes aprovechan el momento.

Ismene lo agarró impulsivamente de la mano.

—Una marca, pues. Es lo único que pido.

Ahora él estaba concentrado en ella y sólo en ella.

—Eso podría suponer la diferencia entre una victoria fácil y una batalla encarnizada. ¿Deseas ver morir a nuestros hombres por la posibilidad de salvar al enemigo?

Ella asintió despacio.

—Tienes las fuerzas necesarias para ganar esta batalla, con independencia de cómo estén situadas. Lo único que pido es una marca. Por favor. En ocasiones has escuchado mis consejos, y nunca he necesitado que confíes en mis instintos tanto como ahora. Por favor.

Dentro de él una voz gritó: ¡NO! Y sin embargo... Por primera vez esta mujer y él se estaban conectando en un plano que nunca hasta ahora había conocido. A cierto nivel, ella lo tocaba de un modo que jamás había experimentado, a pesar de sus acrobacias en el dormitorio. Le trajo un recuerdo del momento en que apareció ante él por primera vez. Esto era lo que imaginó entonces, lo que deseaba y esperaba. Esta misma sensación, como una vida nueva que se agitaba. Cerró los ojos y dejó que lo dominará por un momento.

No había punto de comparación. Era demasiado precioso para pasarlo por alto. Más importante que sus deseos de conquista. Pero al tiempo que lo reconocía, le entró una extraña timidez y se dio la vuelta antes de decir con tono apagado:

—Como desees.

Ella se estremeció, como si la hubiera atravesado un gran dolor, y renunciando a todo tipo de disimulo, lo atrajo hacia ella y sintió que los brazos de él la estrechaban a su vez. Así que... ¿esto es el amor? Qué raro. Confianza, paz... Completamente nuevo y, de algún modo, es como si siempre lo hubiera conocido.

Las mismas ideas pasaban vertiginosas por la mente de su marido, aunque marcadas por una preocupación adicional. ¿He jugado con la vida de mis hombres porque amo a esta mujer? ¿He puesto en peligro a mi ejército y mi reino?

Sí. Así es. Y, sin embargo, no lo lamento ni me da miedo.

Ahora tenían que sufrir las consecuencias de su decisión. La espera.

Se envió noticia a los diversos comandantes, y la niebla siguió sin levantarse. Pasó el tiempo y no hubo señal de movimiento. Marido y mujer no pudieron evitar empezar a poner en duda su decisión de no entrar en acción y, sin embargo, los dos se descubrieron consolándose mutuamente al compartir la responsabilidad y eso les resultó increíblemente reconfortante.

El ruido de los cascos de un caballo los levantó a los dos, pero cuando apareció el jinete, los dos se sintieron frustrados al ver que se trataba del comandante Parmenio.

A pesar de su peso y su tamaño, parecía impulsado por una fuerza mayor que su masa, y saltó del caballo y espetó sin miramientos:

—¿A qué estás esperando?

Atónito por el descaro de su súbdito, el rey replicó formalmente:

—Deseamos dar a nuestros agentes la oportunidad de escapar o resolver la situación.

—¿Agentes? ¿Te refieres a esos estúpidos que fueron capturados? Rukcal ejecutó a todos sus prisioneros hace dos días. Estás preparado para atacar. ¡Ataca!

Enfurecida por su actitud, Ismene habló con precisión:

—Haz el favor de dirigirte a tu rey como es debido, Parmenio.

El soldado la miró iracundo un momento y luego se volvió para gritarle a Pólibus.

—Esto es influencia suya, ¿verdad? Has dejado que los sentimientos de esta mujer te impidan ver cuál es tu deber. Da la orden ¡Ataca!

La voz del rey de Corinto no dejó ver nada de su rabia, pero sus palabras fueron suaves y amenazadoras, como nunca hasta ahora las había oído Ismene.

—Y tú deberías tener cuidado también con tu manera de responder a tu reina, comandante.

Ismene tardó un momento en darse cuenta de la importancia de lo que acababa de decir. Casi se había acostumbrado a la naturaleza embriónica de su posición como consorte. La idea no se le escapó a la persona a quien iban dirigidas esas palabras.

—¿Reina?

—Sí. Habrá una ceremonia oficial cuando regresemos.

Parmenio se encogió de hombros con rabia.

—Eso no importa. Es puro ornamento. Lo que tienes aquí y ahora es el futuro de tu gobierno. Tienes una responsabilidad con tus hombres, con tu pueblo. ¿Cómo puedes quedarte ahí sin hacer nada?

Ella percibió la duda en el rostro de su esposo, las ganas de soltar a sus fuerzas, y le suplicó con los ojos antes de agarrarle la mano con fuerza, cerrando los ojos y recitando todas las oraciones que conocía, una detrás de otra. Notó cómo crecía la urgencia en su marido y siguió rezando mentalmente. No supo cuánto tiempo estuvo así, mientras las diatribas de Parmenio aumentaban en agresividad. Hasta que notó un cambio en la forma en que su marido le apretaba la mano y abrió los ojos.

Llegaría un momento en el futuro en que les contaría a los hijos de sus hijos cómo abrió los ojos y vio la bandera blanca que surgía resueltamente de aquella niebla. Cómo la bruma se arremolinó a su alrededor revelando titubeante a las dos personas que la sujetaban. Avanzaban, juntas, hacia lo que, por lo que sabían, era una muerte segura y violenta. Xena con su atuendo completo de combate, pero sin blandir la espada. Agarraba tan sólo las riendas de su caballo que trotaba detrás y el asta de la bandera, y su mano estaba cubierta por la mano de Gabrielle, vestida únicamente con su sencilla ropa de viaje.

Heroínas.

Eso fue lo que recordaba haber pensado cuando surgieron de aquella niebla sobrenatural, como si fueran las únicas cosas reales y tangibles hasta donde alcanzaba la vista.

No porque fueran más que humanas. No. Demasiado humanas, mortales y con defectos, pero eso era lo que las hacía heroicas.

Parmenio se había callado, pero se dio cuenta de que a su pesar estaba impresionado por la escena. Se volvió, miró furioso a su marido y dijo:

—Por ti... no vale la pena malgastar tiempo y esfuerzo. —Y ante el pasmo de los dos, se desvaneció.

Su marido logró recuperarse rápidamente, se volvió a ella con calma y dijo con seco humor:

—Al parecer, hemos recibido la visita de alguien que no era Parmenio.

Ismene medio sollozó, medio rió, lo agarró de la mano y lo arrastró hacia la niebla como si fuera un colegial travieso.

Un soldado soltó un grito de advertencia.

—¡Señor! Hay un ejército detrás de ellas.

Efectivamente, las figuras de cientos de hombres no eran del todo indistintas en el remolino de bruma gris y blanca. El grito llegó a oídos de Xena y, mientras Ismene seguía arrastrando a su esposo ladera abajo, esperaba a que Xena diera la orden al ejército para que detuviera su avance. Ante su sorpresa, la guerrera miró a Gabrielle, quién alzó las manos y dijo algo que hizo sonreír a la guerrera antes de gritar:

—Alto. —Y luego—. ¡Descanso!

Al oír su orden, el ejército se detuvo y esperó. Sólo había la niebla antinatural y un silencio absoluto.

Fue entonces cuando presenció el segundo momento que jamás olvidaría. Tal vez no se habían dado cuenta de que Ismene y Pólibus estaban lo bastante cerca como para verlo. Tal vez Xena estaba concentrada exclusivamente en la bardo, o posiblemente le daba igual. Pero cuando Xena sonrió, Gabrielle alzó un dedo y lo agitó ante el rostro de la guerrera, y mientras la niebla agitaba sus tentáculos a su alrededor, en lugar de morder el dedo ofensor, Xena agarró la mano a la que estaba unido y con delicadeza, con infinita delicadeza, rozó con sus labios los nudillos de su bardo. Y Gabrielle agarró la mano de su guerrera y se la apretó contra la mejilla y así se quedaron grabadas en el tiempo y en la memoria de Ismene para siempre.



El amor impone tareas imposibles
Perejil, salvia, romero y tomillo
Aunque no más de lo que pide un corazón
Y debo saber si es mi amor verdadero
—La Feria de Scarborough
 

Día 42: Anochecer

Pólibus fue el primero en romper el hechizo e hizo retroceder a su esposa, con la sensación de que se estaban entrometiendo. Pero los ojos de Xena captaron su retirada y, seguida de una bardo algo sonrojada, les cortó el paso.

—¡Hola! ¿Dónde vais? —gorjeó Gabrielle—. Justamente veníamos a veros.

Ismene vaciló un poco, meneó la cabeza y luego se soltó de su marido para abrazar a Gabrielle. Se echó hacia atrás y la regañó.

—¿Todo esto era parte del plan?

—Pues... —empezó la bardo.

—Gabrielle ha tenido que improvisar un poco, pero creo que estaréis contentos con el resultado. —Xena le entregó el tratado a Pólibus, quien lo desenrolló y se puso a leerlo. Al cabo de un momento, la miró y dijo con precisión:

—Esto es todo un documento y un gran logro.

Xena empujó un poco a Gabrielle para que avanzara.

—Pues deberías agradecérselo a mi compañera. Yo sólo he intentado no meterme en líos.

—Yo he tenido una experiencia parecida. —El rey cogió la mano de su mujer y los cuatro supervivientes sonrieron.

Pólibus volvió a consultar el texto del acuerdo.

—¿Dos cofres de plata?

Gabrielle se lo explicó:

—Uno es el primer pago y depende de que amplíes tu cordón de seguridad para incluir a Namea. El otro es para acuñar moneda nueva.

—Pues deberíamos hablar con nuestras tropas, organizar una firma oficial y luego prepararnos para volver a casa.

Ismene advirtió que aún hablaba con un matiz de desilusión, y protestó:

—Esposo, sigues lleno de energía para combatir, tu falta de satisfacción se advierte en tu postura. Tal vez si Gabrielle o Xena se dirigieran a tus hombres...

Antes de que Xena pudiera negarse, Gabrielle preguntó:

—¿Qué queréis que les digamos?

Ismene se lo pensó.

—Creo que debéis satisfacerlos de algún modo. Debéis decirles que han ganado. Tal vez podríais decir... —Su voz se hizo más fuerte y habló con claridad—: Hombres de Corinto. ¡Grandes nuevas! ¡Habéis obtenido la victoria por el simple hecho de presentaros en el campo de batalla! El enemigo ha comunicado su rendición, en términos tales que todos regresaréis para recibir el aplauso y la gloria. Intactos y victoriosos, sin haber derramado una gota de sangre, regresaréis sanos y salvos a vuestros hogares y familias. Vuestra victoria os... —Titubeó, al ver que los otros tres la miraban risueños—. ¿Qué ocurre?

—Gracias, Gabrielle. Pero creo... —dijo Pólibus, tratando de disimular una sonrisa—, que no vamos a necesitar tus servicios en este terreno.

—Estoy de acuerdo —dijo Xena con seriedad—. Creo que cada uno de nosotros se puede ocupar de sus propias tropas. ¿Tal vez después podemos reunirnos en vuestro campamento para firmar el tratado?

Con un gesto de asentimiento, las dos parejas se separaron e Ismene y Pólibus emprendieron el ascenso a la colina. Él dijo:

—Creo que vamos a tener que encargar una nueva moneda. Una en honor de nuestra nueva reina.

—¡No! —dijo Ismene con timidez—. Sería demasiado a la vez.

—Entonces será de los dos, uno en cada lado.

—¿Y que nos llamen dos caras? —respondió Ismene—. No. Quiero estar contigo o nada.

Su marido protestó:

—¿Dos perfiles en un solo lado? Eso no se hace.

Sonriendo, Ismene no le hizo caso.

—El uno frente al otro, creo.

Pólibus le cogió la mano.

—No. El uno al lado del otro.

—Siempre. —Le estrechó la mano con fuerza como si lo que acababa de decir fuera un juramento—. ¿Y en el otro lado?

Pólibus se detuvo, la besó ligeramente y dijo:

—¿Y a mí qué me importa, cuando te tengo a ti?

Ismene se acordó entonces de cierta apuesta.

—Creo que me debes la primera que acuñemos...



Querida, cuando hayas terminado tu tarea
Perejil, salvia, romero y tomillo
Ven a mí, a pedir mi mano
Pues entonces serás mi amor verdadero
—La Feria de Scarborough
 

Día 1: Epílogo

Había sido otro tedioso día de negociaciones, con la presión añadida de tener que pagar a más de mil hombres. Con “su” tropa, en la que se incluía Xena con su ceño pleno de señora de la guerra, no hubo problemas que reseñar, pero Gabrielle era muy consciente de que hacía tiempo que se le habían agotado las fuerzas.

La tensión se había visto al mismo tiempo suavizada y aumentada por las despedidas. Íkaros, como muchos de los antiguos mercenarios al mando de Rukcal, entregó sus armas con cierto alivio y recogió la plata que le correspondía para volver con su familia. Algunos, hijos segundos o terceros, aprovecharon la oportunidad para comprar sus propias tierras de labor. Otros solicitaron entrar a formar parte de las nuevas fuerzas de seguridad de Namea al mando de Pólibus. Por sugerencia de Xena se acordó que su entrenamiento se llevara a cabo en Corinto, para integrarlos con el resto del ejército.

Poco a poco, los campamentos se fueron vaciando, a medida que las hileras de soldados salían cantando de ellos, hasta que por fin las colinas que rodeaban la ciudad volvieron a sumirse en un silencio casi antinatural, libre de todo menos de dos habitantes solitarias. El suelo seguía horadado, el follaje de las colinas pisoteado y aplastado en varias leguas a la redonda. Pero, se recordó Gabrielle a sí misma, se recuperaría, y no estaba manchado de sangre y muerte como podría haberlo estado. Tuvo poco tiempo para asimilar que ella misma había tenido algo que ver con este resultado, porque como siempre, Xena tenía prisa por acampar para pernoctar. Habían pasado separadas la mayor parte del día, y apenas tuvo tiempo de ponerse al día charlando mientras preparaban el campamento e instalaban los petates. Había muchas cosas de las que quería hablar y tenía prisa por acabar de cenar, relajarse y hablar de... bueno, de todo lo que era nuevo. Pero las tareas no dejaban de interponerse y la rutina amenazaba con imponerse a los avances que habían hecho.

Una vez más, estaba intentando inútilmente preparar un discurso para su guerrera mientras cavaba un hoyo para la hoguera cuando Xena regresó de ocuparse de Argo cargada con las últimas alforjas y se fijó en la sonrisa especulativa de la bardo.

—¿Por qué sonríes?

Como aún tenía la mente abotargada por el agotamiento, no estaba preparada para una conversación seria, por lo que Gabrielle se ruborizó y disimuló.

—¿Por Autólicus? —aventuró.

—Ya —dijo Xena con escepticismo, depositando las alforjas en el suelo—. ¿Al final descubriste un modo de pagarle?

Ahora la sonrisa fue auténtica.

—Sí, rechazó los lingotes de plata, como te esperabas. Dijo que eso no tenía “estilo”.

—Entonces...

Se sacudió las manos llenas de hollín.

—Le pedí como quien no quiere la cosa que se asegurara de que no se perdía cierto collar cuando los soldados empezaran a repartirse los lingotes.

Xena hurgó en las alforjas antes de preguntar:

—¿A que se le iluminaron los ojos?

—No, ya sabes que lo hace muy bien. Sólo dijo, “¿Ah, sí?” De modo que le dije que Ágathes había robado una joya preciosa y que tendríamos que encontrar a su dueño, pero que iba a ser difícil. Pero entretanto el collar estaba fuertemente custodiado, en una caja a prueba de ganzúas sujeta a la base del segundo cofre.

—¿A prueba de ganzúas?

—No podíamos ponérselo muy fácil, porque se habría sentido insultado.

—Muy considerado por tu parte.

—Es nuestro amigo, ¿no?

Xena no se pudo resistir a pinchar un poco más a la bardo.

—Pero no sonreías por eso.

—Bueno... —Se agachó y colocó algunas de las piedras cercanas en forma de herradura—. Es que me dijo una cosa.

—¿Mmm?

Convencida de que la apertura para el fuego estaba de cara al viento, Gabrielle se levantó y se estiró.

—¿Sabías que Ismene y Pólibus tenían una apuesta sobre si tú y yo éramos... sobre si nosotras... ya sabes?

—¿En serio? —La cara de Xena no decía nada—. Qué espanto.

—Denigrante, ¿verdad?

—Pues sí —asintió.

—Mira que apostar sobre si alguien está enamorado o no.

—Debería darles vergüenza.

Hubo otra larga pausa, hasta que la bardo por fin la interrumpió.

—¿Y bien? ¿Y mi dinero?

La guerrera intentó achantar con la mirada a la sonriente bardo.

—Más quisieras. Nuestra apuesta era si Ismene o Pólibus estaban enamorados. Hasta ahora no lo estaban. Así que he ganado yo.

—¡Qué dices que has ganado tú! El amor no se hace... —Al ver la ceja enarcada, Gabrielle se detuvo y empezó de nuevo—. Ya sabes a qué me refiero. Siempre han estado enamorados, sólo que no se daban cuenta. El amor se puede perder, y creo que hace falta mucho esfuerzo para conservarlo. Pero no se crea. O está ahí o no lo está.

A pesar de su fatiga, o tal vez a causa de ella, Gabrielle acabó hablando con cierta vehemencia. Y a un espacio vacío, pues Xena murmuró que tenía que cazar algo para cenar y se escabulló terraplén abajo en busca de alguna presa que pudiera haber regresado cuando los ejércitos se retiraron. Maldiciendo entre dientes, Gabrielle se alejó malhumorada en busca de leña.


Cuando se iba haciendo de noche, también se hizo un silencio incómodo. De vez en cuando, tanto la guerrera como la bardo parecían a punto de decir algo y en cambio volvían a la tarea de preparar la cena antes de que cayera el sol, y luego, en silencio pero resueltamente, la devoraron. Las dos estaban agotadas mental y físicamente, pero la bardo se sintió obligada a intentar reflejar algunos de los hechos de los días anteriores en sus pergaminos al resplandor mortecino del horizonte. Xena se sentó cruzada de piernas al otro lado de la hoguera y se dispuso a hacer inventario de su armadura y sus armas. Gabrielle estaba sentada con los pergaminos y la pluma a su lado, con la mirada perdida en el fuego.

Vale. Se acabó. No he pasado por todo esto para acabar justo donde estábamos, refunfuñó la bardo por dentro. Pero... ¿por dónde empezar?

Como de costumbre, Xena había elegido el mejor sitio para acampar. Terreno elevado, bien drenado, protección natural. De modo que no era una coincidencia que a Gabrielle le resultara un lugar conocido. Fue entonces cuando cayó en la cuenta de cómo abordar el tema que estaban evitando.

—Sabes —probó—, aquí es justo donde Rukcal tenía su tienda. —Se oyó un gruñido indefinido como respuesta.

Se lo pensó un momento, tratando en parte de darle forma con palabras para su pergamino. Se imaginó a sí misma allí de pie, reprimiendo todo su miedo, intentando no ser esa hija de granjero de un pueblecito del norte. ¿Qué pensaba Rukcal?

—Me pregunto si se habría creído que la chiquilla que tenía delante era capaz de arrebatarle todo su ejército —dijo con indiferencia, como si sólo estuviera pensando en voz alta.

—Te subestimó. —Las palabras brotaron de su boca antes de que Xena pudiera detenerlas, e hizo una mueca al darse cuenta de que había quedado atrapada en la conversación que quería evitar. Posó la mirada en una bardo que aguardaba expectante. Las palabras “Y tú también” estaban claras, aunque no las dijera—. No. Gabrielle, yo nunca te he subestimado...

Gabrielle dejó caer la cabeza y soltó un dramático suspiro.

—Maldita sea, Gabrielle, está bien. Te subestimé. —La guerrera se detuvo y gimió—. Pero ya me conoces. Estoy acostumbrada a ocuparme de todo. ¡A estar a cargo de todo! No...

—Xena. Cuando estábamos allí dijiste que sentías no haberte fiado de mí. Creía que habíamos alcanzado un entendimiento. Creía que te parecía bien.

—Lo hemos alcanzado. Me parece bien. Gabrielle... —Y de repente Xena la miró a los ojos con toda la intensidad que normalmente mantenía disimulada—. Sé que ya no eres una niña. Sé que somos un equipo, confío en ti. Pero me preocupo, todavía deseo... —Titubeó, buscando las palabras.

—Deseas lo mejor para mí —indicó Gabrielle.

—¡Sí!

La bardo dijo con tono apagado:

—Si confías en mí, tienes que confiar en que sé lo que quiero. ¿O volvemos a lo de enviarme lejos? ¿A dejarme en un lugar seguro?

Xena apartó un poco la cara. Consiguió hablar, pero en un murmullo.

—Sabes que hace mucho tiempo que eso ya ni se plantea. Pero sabes que seguiré preocupándome por ti. No te puedo dar mi palabra de que no intentaré protegerte... —La guerrera vaciló, y por fin dijo—: Pero siempre recordaré que sólo gracias a ti aún puedo dar mi palabra de honor. —Por fin alzó la cabeza para mirar directamente a la bardo—. Gracias.

Gabrielle tragó saliva, sin saber si podía aceptar esta gratitud, pero se vio atrapada por la profunda sinceridad. Xena continuó:

—Pero todo esto de que estuvieras dispuesta a matar a Rukcal... por mí. No puedo fingir que eso no me estremeciera. Tengo miedo de que estés...

Gabrielle se acercó y posó una mano en el brazo de Xena.

—Esto es todo porque hace una vida te dije que quería ser como tú.

Un gesto de asentimiento.

—Y te da miedo que pueda estar ocurriendo.

Silencio.

Por fin estamos llegando a alguna parte, pensó Gabrielle un poco aturdida.

—Entonces...

—¿Entonces...?

—Acéptame. Dices que necesitas que crea en ti, pero la cosa es mutua. —Gabrielle titubeó y completó la idea—. Hasta entonces, no podrás... aceptarnos a las dos, Xena.

La guerrera reflexionó un momento, dando vueltas a la idea en su mente.

—Haces que parezca tan simple.

—Lo es. Xena, no es que yo no tenga inseguridades. Tengo miedos. Tengo toda clase de dudas sobre el camino que sigo... —Interrumpió a la guerrera antes de que ésta pudiera hablar—. Sé que lo que hacemos es peligroso...

Pero se vio interrumpida por unas suaves palabras:

—Gabrielle, no iba a decir nada de eso. Ya hemos superado ese punto.

—Bien. —Su victoria con este tema la desconcertó un momento e intentó reorganizar sus ideas. Con una súbita acometida de inspiración para su pergamino, la bardo se agachó para coger la pluma y miró a su alrededor buscando un sitio donde acomodarse a escribir. Xena se enderezó un poco, respiró hondo y asintió con la cabeza indicando el lugar situado justo delante de donde estaba. Gabrielle miró interrogante a la guerrera. Xena dio unos golpecitos en el suelo con los dedos, sin cambiar la expresión estoica de su rostro. Fingiendo nerviosismo, Gabrielle se colocó delante, pero no tardó en recostarse cómodamente en su butaca guerrera preferida, regodeándose en el contacto. Notó que el talante sombrío que se había apoderado de ellas se aligeraba notablemente.

—No hemos acabado, ¿verdad?

—No. Pero podemos hacer un descansito. ¿Vale? —dijo Gabrielle cándidamente.

La otra asintió con alivio, que duró unos cuatro segundos antes de que Gabrielle preguntara:

—¿Tú crees que debería avergonzarme de lo que he hecho en estos últimos días?

Detrás de ella, Xena resopló.

—Gracias por el descanso.

—Deja que lo diga de otra manera. Hemos hablado de decisiones y errores. —Levantó el dedo índice—. ¿Quién está vivo? ¿Quién ha logrado salir con bien de todo esto? ¿Por qué ahora mismo Ágathes y Rukcal no están plantados ante nuestros cadáveres?

La guerrera se encogió de hombros.

—Porque estaban en el bando equivocado.

—No. Creo que es porque tomaron la decisión correcta en el momento incorrecto, por razones incorrectas.

—¿Y nosotras tomamos decisiones incorrectas por motivos correctos?

—¡Exacto!

Sin volverse para mirar, supo que los ojos azules hacían un visaje.

—¿Gabrielle? —dijo Xena con cierta exasperación.

—Mira, que tú no mataras a esos hombres en el patio, que Ismene intentara detener a Pólibus en el momento de su victoria, ésas fueron oportunidades perdidas según los parámetros establecidos por Rukcal y Ágathes. Pero nos llevaron al punto al que queríamos llegar. —Al punto donde yo... nosotras, necesitábamos estar, pensó, inmersa en el consuelo de esos brazos—. ¿Por qué crees que es así, Xena?

Continuó, esta vez sin esperar:

—Cada uno de nosotros pasó por una prueba, pero sólo los que tenían una conexión, una conexión con otro ser humano, los que no buscaban su propio interés... los que hicieron un sacrificio que iba en contra de lo que parecía su propio interés, sus instintos más bajos, sobrevivieron. Ágathes y Rukcal hicieron lo que pensaban que era lo mejor. Pero tú y yo y Pólibus e Ismene tomamos nuestras decisiones, las decisiones que parecían erróneas, las decisiones difíciles, por nuestras... parejas. —Ahora su tono se hizo apasionado por la determinación de convencer a su compañera—. ¿Lo ves, Xena? Estar juntas no es el problema. Necesitarnos la una a la otra no es una carga, ¡es nuestra salvación! Lo único, la única cosa sobre la que no tengo la menor duda... somos nosotras. Lo que hacemos, lo que somos... —La bardo hacía esfuerzos por mantener la voz firme—. Tú lo sentiste ayer, sé que lo sentiste. Es todo tan... tan grande y poderoso, y sale de dentro de nosotras. De nosotras dos juntas. Necesito que lo creas. Y necesito que creas en mí. Si no...

La guerrera no dijo nada, de modo que Gabrielle suspiró de nuevo y cogió la pluma y el pergamino. Se detuvo con la pluma preparada y sus pensamientos volvieron a hacerse melancólicos.

—Aunque eso no lo explica todo. No puedo explicar lo que hizo Salmakis...

Hubo un carraspeo detrás de ella.

—Creo que yo sí.

Gabrielle esperó.

—He descubierto que Salmakis fue sargento instructor con Rukcal en la guardia ateniense. Había entrenado a la mayoría de los hombres. Creía en la... la nobleza de la guerra, en la obediencia del soldado raso. En acatar órdenes. Entonces, la noche del primer ataque...

—¿Cuando Íkaros desertó?

—Sí. Es mi historia, ¿vale?

Gabrielle se calló.

—Esa noche, las órdenes eran seguir lanzando a los hombres contra las defensas. Enviar una ola tras otra desde las trincheras contra esos arqueros. Perdían a diez hombres por cada uno que eliminaban. Salmakis violó todas las normas en las que creía cuando le cortó el cuello al comandante para detener la carnicería.

—Oh, Xena...

—Por lo que perdió todo aquello en lo que creía. Y entonces... —Incluso sin mirar, Gabrielle percibió una sonrisa—. Una fierecilla de ojos verdes le mostró a una comandante con cerebro y agallas que quería a los hombres bajo su mando tanto como a su propia vida.

Gabrielle se sonrojó un poco.

—Me preguntaba por qué parecía que... Pero he tenido una buena maestra, nada más. Alguien a quien admiro mucho. ¿Le he dado las gracias por cantar ante su pira?

Un encogimiento de hombros, pero el susurro ronco desmintió la indiferencia.

—No hacía falta. Le debía... —y los fuertes brazos rodearon a la bardo, con necesidad de dar y recibir consuelo—, ...todo.

Hubo una pausa a la que Gabrielle se aferró mientras esperaba a que Xena continuara, cosa que por fin hizo.

—Así que a lo mejor tu teoría es cierta. Tú restauraste su fe. Él necesitaba esa conexión para encontrar su... redención. —Entre las dos flotó una idea: Y si él pudo...

Una brisa que llegaba por detrás bajó un poco la temperatura, y Gabrielle se arrebujó un poco más, y su movimiento pareció sacar a la luz el último pensamiento oculto de la mujer que tenía detrás.

—Pero sigue sin gustarme... No quiero que nuestra vida... en común... sea una serie constante de problemas y enigmas sangrientos.

La bardo se volvió de cara a la mujer que la abrazaba, en cuerpo y alma.

—No se trata de eso. Y me gusta lo que hacemos. Jamás lamentaré haber emprendido este camino. Además, a ti y a mí nos encanta resolver problemas. Y tengo planeado dedicar mucho tiempo a resolver el enigma más grande que conozco.

—Que sería... ¿yo? —dijo Xena en voz baja.

Se le llenaron los ojos de lágrimas al oír la incertidumbre de su tono.

—Sí, tú. Podría pasarme la vida entera haciendo eso. Así que tenemos tiempo, mientras vayamos hacia delante, ¿vale? —Se volvió de nuevo para contemplar los últimos restos rojos que teñían el borde del horizonte—. Sabes, todo esto ha sido una cuestión de decisiones, y con independencia de lo que tú pienses, yo he tomado la mía. Bueno —matizó—, en parte, también ha sido una adivinanza.

—Ah, no. Ya sabes lo que opino sobre las adivinanzas —bromeó Xena, intentando aligerar el ambiente.

Gabrielle no hizo caso del intento, que ya se esperaba, de distraerla.

—Te gustan los juegos de palabras, eso lo sé. A ver si adivinas esto. —Y enunció con cuidado—: Dime, ¿qué suena más que el cuerno más sonoro? Y dime, ¿qué se clava más que la espina más afilada?

Con un ligero sonrojo de vergüenza, se puso a cantar los versos:

Dime, ¿qué es más profundo
que el más hondo de los mares?
Y dime, ¿qué es más largo
que el camino más largo que existe?

—¿Tengo que contestar en forma de poema? —rezongó Xena, pero en la comisura de sus labios bailaba una sonrisa.

—No tienes por qué contestar en absoluto. Si no logras adivinarlo.

La guerrera aceptó el falso desafío y se reclinó pensativa. Cuando por fin respondió, lo hizo con su clara voz de contralto, repitiendo a la perfección las notas que había cantado Gabrielle:

Sé que el trueno suena más
que el cuerno más sonoro
y que el hambre se clava más
que la espina más afilada
y que el Tártaro es más profundo
que el más hondo de los mares.

Xena sostuvo la nota, antes de terminar con un tono suavísimo:

Y que el amor sin duda es más largo
que el camino más largo que existe.

Gabrielle se quedó en silencio, hasta que sacudió la cabeza, encantada.

—¿Te lo sabías?

—Nunca lo había oído hasta ahora —contestó Xena sonriendo.

—¿Una más de las muchas cosas que sabes hacer?

—No, ésta la he tenido que aprender. Pero he tenido una buena maestra, nada más. Alguien a quien admiro mucho. Que sabía perfectamente cómo sortear y atravesar muros.

Se oyó una risa sofocada y Xena abrazó con más fuerza el cálido cuerpo acurrucado contra el suyo, y esperó a que le entrara esa sensación de calma que ahora siempre le provocaba la cabeza dorada apoyada en su pecho.

Ahí está. Así. Todos los muros han sido penetrados, y si me rindo... ¿Paz?, pensó Xena maravillada. Por supuesto, todavía queda el miedo. Miedo de hacerle daño. Miedo a la muerte, porque eso supondría separarnos. Separarme de ella... no envejecer con ella... Pero en este momento, todas las fuerzas en nuestra contra no significan nada. Puedo creer en ella, en nosotras, y acepto encantada este momento.

Las estrellas ya habían salido del todo, y sólo la luz intermitente del fuego se reflejaba en sus caras. El chasquido ocasional de la leña era lo único que se oía. Las dos estaban mirando al vacío cuando Gabrielle dijo muy convencida:

—Ésta va a ser una historia estupenda.

Xena sonrió.

—Sí.

La bardo continuó, aún más convencida:

—Y habrá más.

La respuesta transmitió la misma certidumbre:

—Sí.

Gabrielle asintió, y cuando Xena estaba cerrando los ojos...

—Ahora sólo tengo que pensar qué voy a hacer con todos los dinares que me debes.

Y esta vez hubo una sonora carcajada que retumbó en el pecho de la guerrera, y cuando la bardo se volvió ligeramente entre sus brazos con fingida indignación, Xena bajó el hombro y sus caras quedaron a meros centímetros de distancia. Sorprendiéndolas a las dos, aprovechó el momento, y con el beso más tierno que recordaba haber dado o recibido en su vida, dejó que cualquier apuesta, temor o pensamiento se disolvieran en la dulzura del sentimiento, del amor y de las posibilidades inesperadas del futuro.


FIN


Como probablemente éste va a ser mi último fanfic largo y “clásico” de Xena y Gabrielle, me gustaría dar las gracias a todas las personas que han hecho que este último año y medio haya sido tal aventura. Ha habido tantas que han tocado mi vida y mi corazón a través de este medio que no puedo nombrarlas a todas. Aunque jamás vuelva a escribir nada, tengo con todas una deuda que jamás podré pagar.

Como se dice, a seguir batallando.

Una última balada para nuestras heroínas:


La tumba inquieta

Frío sopla el viento hacia mi amor verdadero,
y suave cae la lluvia.
Sólo he tenido un amor verdadero,
y en el bosque verde murió.
Haré por mi amor verdadero
todo lo que puede hacer una joven,
Me sentaré a llorar sobre su tumba,
durante doce meses y un día.
Y cuando pasaron doce meses y un día,
el fantasma se alzó y habló:
“¿Por qué estás sentada sobre mi tumba
y no me dejas dormir?
Ve a traerme agua del desierto,
y sangre de la piedra,
ve a traerme leche del pecho de una doncella
jamás tocada por un hombre.
Mi pecho está frío como el barro,
mi aliento huele a tierra,
y si besas mis fríos labios de barro,
tus días no serán largos”.
Con cuánta frecuencia sobre aquella tumba, amor mío,
donde solíamos pasear,
la flor más bella que he visto nunca
se ha marchitado del todo.
El tallo está marchito y seco, amor mío,
y la flor jamás regresará
y como he perdido a mi amor,
sólo puedo llorar:
“¿Cuándo volveremos a vernos, amor mío,
cuándo volveremos a vernos?”
“Cuando las hojas de otoño que caen de los árboles
estén verdes y vuelvan a brotar,
estén verdes y vuelvan a brotar”.


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
Ir a Novedades