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Tus hombres no estaban idos, tus hombres no estaban locos
Tus hombres no estaban muy desesperados
Yo engañé a tus marineros igual que a ti
Vuelvo a ser una doncella en la orilla, orilla, orilla
Vuelvo a ser una doncella en la orilla
—Una doncella sola en la orilla


Día 42: Antes del amanecer

Autólicus se volvió para mirar la masa de soldados enloquecidos y rabiosos que corrían a galope tendido detrás de ellos y luego la nube de polvo de delante que era lo único que se veía ahora de Xena.

—¿Detener eso? ¿Detenerlos nosotros solos? ¿Se trata de una prueba o qué?

Gabrielle se puso las palmas de las manos en las sienes para intentar aclararse la mente.

—Todo esto ha sido una prueba. Y ahora no la voy a fastidiar. —Intentó concentrarse de nuevo en las lecciones que había recibido mientras viajaba con Xena, y no en los crujidos inestables de las tablas cuando el carro volvió a botar bruscamente en un bache. Ni, sobre todo, en la distancia cada vez mayor que había entre su compañera y ella.

Cuando necesitas un plan rápido, primero comprueba qué ventajas y suministros tienes a tu alrededor y a mano.

Volvió a abrir los ojos y miró a su alrededor.

—Vale. Tenemos una gran ventaja. —Los ojos de todos se posaron en el saco que daba botes en el centro del carro—. Tenemos un rey en la manga.

—¿O un general en el saco? —preguntó Autólicus.

Volvió a intentar azuzar a los caballos para que aumentaran la distancia insuficiente que había entre ellos y el ejército que los perseguía, y los otros tres se apresuraron a abrir el saco y quitarle la mordaza de la boca al general. Mientras, Gabrielle intentó explicar la situación con el menor número de palabras posible.

—General, tus hombres se dirigen a una trampa: van a morir todos a menos que los detengas.

Rukcal miró furioso a la chica y sonrió con sorna.

—Prefiero que mueran todos antes que ayudarte, zorra. —Y le escupió a Gabrielle a la cara.

Salmakis gruñó desde lo más hondo de la garganta y ella logró impedir que incrustara un grueso puño en la cara del general.

—No debería haber hecho eso —masculló el hombretón.

Gabrielle frunció los labios, se quedó pensando un momento y luego se encogió de hombros.

—Oye, pasa de esta nenaza. Es que está molesto porque una chiquilla ha podido con él.

A Rukcal casi se le saltaron los ojos de las órbitas por la rabia.

¿Qué? ¡Me golpeaste cuando te daba la espalda, serpiente mentirosa!

La “chiquilla” dobló los dedos que tenía entrelazados como quien no quiere la cosa.

—Me ahorré tiempo y a ti quedar todavía más como un estúpido. —Y añadió con recochineo—: Gordinflón.

No le sorprendió que una mano la llevara a un lado y que Autólicus le gritara al oído:

—Gabrielle, estoy seguro de que lo que estás haciendo tiene toda la lógica del mundo como parte futura del Plan, ¿pero no podríamos intentar sobrevivir hasta entonces? —Señaló las murallas que se cernían justo delante de ellos.

Detrás, Rukcal había empezado a luchar con sus ataduras, sin parar de soltar obscenidades dirigidas contra Gabrielle, y esta vez Salmakis ni lo dudó.

Al general se le fue la cabeza hacia atrás por el impacto y luego rodó de lado, inconsciente.

Gabrielle miró acusadora a Salmakis. El gigante se frotó los nudillos y murmuró:

—Lo siento, Gabrielle.

Como no estaba dispuesta a dejar que el hombre se saliera con la suya, dijo:

—Cuando quiera que pegues a alguien, te lo diré, ¿vale?

El inmenso soldado gruñó y asintió.

—Entendido.

Los últimos soldados de las fuerzas de Xena habían cruzado ya las murallas y Xena no se detenía ni miraba atrás mientras corría también hacia las puertas.

Bueno, quería que se fiara de mí... Gabrielle suspiró por dentro y luego se volvió hacia sus hombres.

—¡Vale! ¿Qué vamos a hacer ahora, chicos? Xena ha planeado algo para eliminar a todo este ejército y seguro que ocurre fuera de la ciudad. Así que podemos suponer que no nos conviene quedarnos aquí mucho tiempo. Tenemos que estar dentro de las puertas cuando ocurra lo que vaya a ocurrir.

Entonces todos captaron el olor. Ya estaban cerca de la ciudad y el suelo calcinado que pasaba zumbando debajo de ellos parecía relucir a la luz de la luna. A Gabrielle el olor le resultaba muy familiar.

Alcohol y... ¡el horno de fundición de la mina!

—Por los dioses...

Íkaros se preocupó aún más al ver lo pálida que estaba.

—¿Qué ocurre?

Una de las ruedas se enganchó y luego se soltó, tirándolos a todos por el carro. Agarrándose a un soporte, Gabrielle intentó explicárselo.

—Por el olor, parece que el suelo está empapado con las emanaciones del horno de fundición, mezcladas con alcohol puro. Van a cerrar las puertas, atrapando aquí a todos esos soldados, y luego van a lanzar antorchas. Prenderá como el fuego griego, pero seguro que cuando las emanaciones del horno empiecen a arder, el resultado será aún más potente.

—¿Ésa es la cosa que le iban a dar de beber a Xena y que te pudre el cerebro?

Gabrielle miraba a su alrededor con los ojos como platos.

—Pues sí.

Auto se volvió y vio que el ejército los estaba alcanzando por detrás.

—¿¿Y nos tenemos que quedar aquí fuera??

—No lo vamos a beber, así que no creo que resulte venenoso, pero no nos entretengamos mucho. Me vendría bien algo de ayuda, chicos. ¿Ideas? ¿Alguna idea? ¿¿Ya??

Al ver las caras en blanco que la rodeaban, se puso a pensar en voz alta.

—Vale. Veamos, necesitamos un general, porque éste parece que no funciona. No tenemos tiempo para desnudarlo...

—¿Qué tal si yo lo sujeto y le muevo los brazos? —contribuyó Salmakis.

—¿Conoces las señales para dar órdenes? —preguntó ella.

El gigante asintió.

—Vale, puede que también tenga que gritar algunas órdenes... ¿Auto?

—¡Serpiente mentirosa! —gritó él por encima del hombro, imitando bastante bien el acento y la forma de hablar de Rukcal.

Íkaros levantó la mano.

—Si cierran las puertas... ¿se asegurará Xena de que podemos cruzarlas aunque podamos detenerlos?

Los otros dos hombres lo miraron con desconfianza. Pero Gabrielle asentía.

—Íkaros tiene razón. Xena quiere que al menos unos cuantos cientos crucen las murallas, y va a estar demasiado ocupada ahí dentro con ellos para dedicarse a esperarnos. Alquien tiene que llegar a la puerta y asegurarse de que nos la abren.

Auto dijo, diplomáticamente:

—¿Gabrielle? ¿Y si eso lo haces tú?

Toparon con otro bache y por un segundo, el carro estuvo a punto de volcar. Cuando se enderezó, todos respiraban agitadamente. Gabrielle meneó la cabeza.

—Sigue siendo el más rápido y yo me fío de él. Lo ha demostrado, ¿no? —Se oyó un rápido coro de asentimiento. Se acercó tambaleándose al corredor—. En cuanto nos paremos, ve a esas puertas, métete ahí y no dejes que las cierren hasta que pasemos. ¿De acuerdo? —A Íkaros le relucían los ojos al prestar su juramento y ella casi sonrió al verlo—. Además —continuó—, se supone que una comandante debe quedarse con sus hombres, ¿no?

Salmakis tragó saliva con dificultad antes de declarar:

—Eso sólo lo hacen los mejores.

Gabrielle sólo bromeaba al llamarse comandante a sí misma, pero el tono de Salmakis y las miradas de los otros dos hombres destilaban sinceridad. Maldiciendo su piel por permitir que se le notara tanto el rubor, no hizo caso del cumplido y siguió adelante.

—¡Vale! Pues ya tenemos plan. Lo sujetamos y damos la orden de que sigan persiguiéndonos hasta que nos acepten como vehículo de mando. Luego, en cuanto se forme el más mínimo hueco o brecha en la carga, les decimos a los demás que se detengan y retrocedan. ¿Podemos hacerlo?

Salmakis asintió con una sonrisa. Gabrielle agitó encantada los puños apretados. Su entusiasmo había vuelto a contagiarlos a todos. Y con los cuatrocientos soldados que se abalanzaban sobre ellos, atrapados en un pantano de venenos mortales a punto de arder en llamas, entrelazaron los antebrazos y la chica gritó alegremente:

—¡Vamos allá!

Auto detuvo a los caballos e Íkaros saltó del carro y echó a correr hacia las puertas abiertas, mientras los tres que se habían quedado atrás se preparaban para la carga inminente.


Gabrielle estaba en lo cierto. Por mucho que le doliera, Xena se había visto obligada a confiar en que la bardo lograra escapar por sus propios medios de la trampa que ella había preparado para los hombres de Rukcal.

La puerta principal daba a un patio interior en forma de herradura rodeado de muros tan altos y gruesos como los de la parte exterior de la ciudad amurallada. Sólo había un pasadizo para salir de él, y en cuanto sus hombres y ella lo hubieron utilizado, quedó cerrado firmemente tras ellos. Xena tuvo apenas el tiempo justo de dar órdenes para garantizar que el botín del asalto se distribuía y almacenaba y luego los primeros soldados de Rukcal entraron corriendo por las puertas.

Entraron a la carga y sin pensar, empujados por la furia de la venganza, animados por la emoción de entrar por fin en lo que era su premio tras una luna de intentos infructuosos de abrir brecha en esta fortaleza. Sus gritos entusiasmados de victoria se acallaron rápidamente cuando se encontraron en una zona cerrada rodeados de cientos de arqueros subidos a los muros por encima de ellos. El intento de retroceder fue inútil: la riada continua de compañeros suyos a través de las puertas imposibilitaba la huida por ese lado. A medida que sus monturas percibían el pánico creciente de los jinetes, el patio se fue convirtiendo en un caos de hombres y caballos asustados, sobre todo cuando las grandes puertas empezaron a cerrarse. Era en este momento cuando se suponía que los arqueros debían aniquilar a los hombres que tenían debajo, en el momento de mayor confusión, y luego prender el pantano de fuera para masacrar y ahuyentar a las tropas de refuerzo. Los arqueros se quedaron esperando una orden que no llegaba.


Xena había aprovechado la primera oportunidad que tuvo para subir corriendo a lo alto de las murallas, angustiada por lo que pudiera ver.

Con enorme alivio y una buena dosis de orgullo, vio que alguien del carro estaba dando órdenes a las columnas restantes de la fuerza de ataque, que se estaban retirando de la extensión de suelo que había quedado cubierta con el líquido incendiario.

Su alivio duró poco, pues advirtió que el carro avanzaba haciendo eses hacia las puertas y que los pasajeros se tambaleaban y saludaban con la mano en la parte de detrás. Las emanaciones. Maldita sea, ¿cuánto tiempo han estado respirándolas?

Pero no era la única que se había fijado. Ágathes llegó poco después, con los ojos rebosantes de hostilidad.

—¿Por qué no has dado la orden de disparar? —preguntó bruscamente—. ¿Por qué se retiran esos hombres? —Entonces sus ojos se posaron en Gabrielle, que iba en el carro que se acercaba a ellos, y de repente le quedó claro—. ¡Es esa chica! No has podido hacerlo, ¿verdad? ¡Tanto que cacareabas sobre tu honor sagrado!

Era curioso, pensó Xena. Casi podía identificarse con su decepción. De un solo golpe habría eliminado a la mitad de sus oponentes, destruido su moral y conseguido suficientes alimentos para hacer un banquete de celebración para su propia gente. De un solo golpe habría dado la vuelta por completo al curso del asedio. No sentía la menor angustia al pensar en los cientos de hombres que habrían muerto. Eran soldados y ella se habría limitado a superarlos para que su bando venciera. No hacía mucho tiempo, se habría regodeado en ello. Le gustaba ganar, por así decir.

Lo único que hacía falta era que no le importara lo que una persona concreta pensara de ella, y de repente eso suponía pagar un precio demasiado alto.

Ahora mismo tenía que hacer frente a Ágathes, que estaba casi descontrolado. Intentó calmar al político.

—Gabrielle no es nuestra enemiga. Viene aquí para resolver todo este desastre.

Ágathes soltó una brusca risotada.

—¿Que no es nuestra enemiga? ¿Desde cuándo? Mía sí que lo es, y mientras yo dirija...

A Xena no le hizo falta escuchar más y lo cortó en seco.

—Tú no diriges nada. La que está al mando soy yo y digo que va a entrar sana y salva y que tú no puedes hacer nada al respecto.

—Ah, puedo hacer una cosa. —Retrocedió varios pasos, agarró una antorcha encendida y se acercó al borde de la muralla para tirarla al suelo inflamable de debajo. Se quedó ahí, con el brazo extendido, sujetándola con descuido. Xena descubrió que no podía respirar, ni siquiera pensar. Gabrielle y sus hombres estaban todavía a varios minutos de la seguridad de la puerta y la desorientación que tenían los hacía avanzar más despacio.

—¿Quién está al mando ahora, Xena? ¿Qué vas a hacer? ¿Lanzar tu chakram? ¿Hacer que llueva? Como te acerques un solo paso, la tiro. En cuanto lo haga, está muerta. Ahora da la orden para matar a los hombres del patio.

—No.

—¿Qué es lo que no entiendes, Xena?

—El que no entiende eres tú. Gabrielle no cambiaría su vida por la doscientos hombres y yo no voy a tomar esa decisión por ella. Así que ya me puedes dar esa antorcha. —Se acercó un poco, pero él sacó más la antorcha hasta que ella se detuvo—. No te conviene hacer esto, Ágathes —lo amenazó—. Sea lo que sea lo que Gabrielle ha planeado, seguro que es lo mejor para todas las partes implicadas. Salvará la vida de tu gente. —Volvió a acercarse a él furtivamente, gruñendo—: Y después no querrás enfrentarte a mí.

Ágathes se volvió a reír, sujetando aún la antorcha por encima de la muralla. Xena se detuvo de nuevo, echando mano de toda su disciplina para no dejar que el miedo cada vez mayor se le notara en los ojos.

Ágathes meneó la cabeza, mientras seguía sonriendo como un maníaco.

—¿Enfrentarme a ti? ¿Enfrentarme a ti? Me enfrento a ti cada día, Xena. quién eres. La señora de la guerra casi invencible, hasta que conociste a esta chiquilla. ¿De verdad piensas que me importa la gente? Yo no me engaño a mí mismo. No, yo soy tú. Egoísta y sin el menor escrúpulo mientras mis planes funcionen. Eso es lo que aprendí de tu carrera como señora de la guerra. Jamás te preocupaste por nadie durante tu carrera y por eso tuviste tanto éxito. En cuanto empezaste a hacerlo, eso te destruyó. Yo no soy tan necio ni tan autodestructivo. Haré lo que sea mejor para mí, para mí. Y ahora mismo lo que quiero hacer es matar a esa zorrita. Ella es tu punto débil, no el mío. Tiene que morir y tú no puedes impedírmelo. —Y dejó caer la antorcha por encima de la muralla.

Mientras sus ojos horrorizados seguían la pequeña bola de fuego que bajaba flotando hacia el suelo húmedo y oleaginoso y veían a Gabrielle aún en el centro de lo que en pocos segundos iba a convertirse en un infierno, no dudó ni un instante. Levantó a Ágathes por el aire, sin darle tiempo siquiera de gritar, y lo tiró con todas sus fuerzas detrás de la antorcha, con la esperanza de que el peso ligero de la antorcha y su resistencia al aire la hicieran bajar más despacio.

La antorcha alcanzó la tierra primero e inmediatamente una llama saltó desde el suelo, pero el cuerpo de Ágathes aterrizó encima, sofocando la llama y la antorcha al instante.

Gabrielle y su carro seguían adelante sin advertir nada y Xena dejó caer los hombros. Ni siquiera levantó la mirada cuando notó un picor en el cuello.

—¿Ares? —gruñó con dificultad.

El dios de la guerra estaba apoyado tan tranquilo en las almenas. Miró un momento hacia abajo, fijándose en el cuerpo destrozado, y sonrió.

—Jo. Parece que la ha palmado.



No habían navegado una liga, una liga
Una liga y apenas tres
cuando vio su pie hendido
y lloró amargamente
—El amante demonio


Día 42: Amanecer

Lo único que Xena quería hacer era correr a la puerta a la que estaban llegando Gabrielle y sus hombres, pero sabía que Ares era un posible obstáculo para cualquier solución que Gabrielle pudiera tener. De modo que se aguantó las ganas y dijo casi con despreocupación:

—Pareces de buen humor. ¿Alquien ha prendido fuego a un orfanato cercano?

El dios de la guerra se agarró el pecho con gesto dramático.

—Ay, qué dolor.

Xena no apartó los ojos del carro que seguía haciendo eses dirigiéndose más o menos hacia la puerta.

—Escucha, ahora mismo estoy un poco ocupada. A menos que tengas algo que decir...

—Reconozco que siento un poco de curiosidad. ¿No acabas de romper tu palabra? —dijo, señalando el cadáver de debajo.

Xena hizo un gesto displicente.

—En el momento en que Ágathes dijo que iba sólo a lo suyo y que le daba igual el plan de paz de Gabrielle, se convirtió en un enemigo de la ciudad.

Ares se encogió de hombros.

—Bueno, se me ha ocurrido pasarme por aquí para decirte que había infravalorado mucho a tu compañerita. Lo que más me gusta es el regalo que trae para ti.

—¿Ah, sí?

—Un general Rukcal bien envuelto. Ni yo mismo lo habría hecho mejor. Me muero por ver lo que te regala por el Solsticio. Ahora lo único que tienes que hacer es saltar ahí abajo, desafiarlo como siempre, plaf, plof, sus hombres son tuyos y tú... tú te encuentras con dos ejércitos bastante intactos bajo tu mando.

Ella se irguió y lo miró directamente.

—No me interesa ir a la guerra.

Ares agitó la mano con confianza.

—Oh, estoy seguro de que no. ¿Pero has hablado de esto con Pólibus últimamente? Porque creo que él tiene unos planes muy claros en ese sentido. Y la última vez que miré, estabais en bandos opuestos.

—Te adelantas como siempre, Ares. Ágathes no era estúpido del todo. El juramento que me obligó a hacer era que hasta yo viera que Rukcal había sido derrotado por completo, lucharía contra todos sus enemigos. No quería que tomara ningún atajo como saltarme el bloqueo por la noche y matar personalmente al general. Así que si eso es todo, creo que aquí hemos terminado. —Dio la espalda al dios y se dirigió hacia la puerta del patio.

Ares gritó detrás de ella.

—¿Por qué se complican tanto las cosas contigo? Al menos yo no soy el único que lo ha entendido mal. La rubita se va a llevar una gran decepción al ver que no quieres matar a su regalo.

Xena le gritó a su vez:

—Sigues sin entenderla, ¿verdad? Lo sabe. Si hay algo que Gabrielle nunca entiende mal, son las palabras. —Y al decirlo, cayó en la cuenta de qué era exactamente lo que Gabrielle tenía en mente, y entonces el corazón le tembló por un instante y sus pies cobraron velocidad.


Gabrielle se sentía genial. Sí, la vista borrosa era un poco molesta, pero tanto ella como Autólicus y los chicos lo estaban pasando en grande. Tal vez hubo un ligero forcejeo en la puerta, pero Íkaros había cumplido su promesa y lograron entrar, con carro y todo, cantando una canción estupenda sobre algo de comer ostras que a los hombres les parecía tronchante. Acababan de terminar la canción cuando se metieron, tan contentos y en la inopia, de lleno en la tensión y el silencio que reinaban en el posible matadero. Totalmente despreocupada, recorrió con los ojos la parte superior de las murallas en busca de cierta figura vestida de cuero.

Silbó.

—¿Cariño? Ya estoy en caaaaaasaaaa. —Era vagamente consciente de la reacción que tenían los arqueros de los parapetos y los hombres atrapados en el patio con ella. Les sonrió a todos de oreja a oreja y dijo—: ¿Por qué...? ¿Estáis todos tan... tensos? —Miró a sus hombres para ver si ellos entendían algo, pero estaban mirando con cara de tontos algo que estaba justo detrás de ella.

Notó la presencia incluso antes de que le pusieran una mano en el hombro.

—¿Gabrielle?

Se volvió tambaleándose para mirar a los preocupados ojos azules y casi soltó una risita. Xena alargó la mano y le echó con cuidado la cabeza hacia atrás para mirar las pupilas dilatadas de la bardo, pero la chica se apartó haciendo eses.

—Hola, cielito, eso puede esperar. ¡Mira lo que tengo! —Alargó la mano y trató de poner de pie al general, que seguía atontado, tiró unas cuantas veces más sin éxito y murmuró—: A lo mejor tenía que haber pedido una talla pequeña. —Esto hizo reír a su equipo mientras se bajaba torpemente del carro, que estaba siendo rodeado poco a poco.

Aunque Gabrielle era totalmente ajena a la tensión que la rodeaba, Xena no. Gritó a los soldados:

—El primero que se acerque un poco más, que dé un solo paso hacia aquí, se encontrará con una docena de flechas clavadas en el pecho. ¿Entendido? —Retrocedieron de inmediato, y Xena intentó de nuevo examinar a su compañera, con un cambio de actitud absoluto—. Gabrielle, ¿cómo te encuentras, estás bien?

Gabrielle se sentía de una forma que le resultaba conocida y trató de localizarla en la niebla que era su mente.

—Sabes, me siento igual que cuando... te acuerdas... ¡Oye! Me prometiste que me matarías si me volvías a ver tomando drogas.

—Y puede que todavía lo haga, Gabrielle. Creía que tenías un plan. ¿Recuerdas?

—Ah, sí... por los dioses. Eso que había ahí fuera... estoy atontadísima... —Se tambaleó ligeramente y Xena la ayudó a sentarse—. Lo siento, Xena.

—No, soy yo la que lo siente.

Fue la doble disculpa lo que por fin hizo que la guerrera cobrara conciencia. ¿Qué estaba haciendo? Era un momento crítico, con cientos de vidas en la cuerda floja. Ares rondaba por ahí, había dos ejércitos fuera a la espera de una señal para atacar la ciudad y ella estaba en medio de un círculo de soldados enemigos que no tenían nada que perder atacándola. Sin embargo, lo único que quería hacer era envolver a esta mujer en una manta de lana de cordero y acunarla hasta que volviera a estar bien. ¡No tenía tiempo para esto! Y presa de un ataque más de irracionalidad, decidió sacarlo de donde fuera.

Miró al gentío, satisfecha cuando todos acabaron sucumbiendo a su mirada más amenazadora, y llamó a sus ayudantes.

—Andrónicus, Arrián. Nuestros invitados parecen un poco incómodos con todas esas armas encima. Quiero veinte hombres, ya, que los ayuden a rendirse.

Se trasladó a la parte frontal de destrozado carro, aunque por su postura y su actitud, bien podría haber sido el palco del Coliseo, y se dirigió a los hombres que la rodeaban.

—Por si aún no os habéis dado cuenta, os podríamos haber matado a todos en el momento en que entrasteis. En cambio, tenéis la oportunidad de rendiros con honor y vivir. Desmontad y tirad vuestras armas. Y recordad que cada arquero de la muralla que tenéis encima es un tirador contratado.

Observó a la multitud, buscando cualquier señal de resistencia, pero en cuanto se soltaron los primeros cintos de las armas y sus hombres acudieron para separar a los hombres de sus monturas, quedó claro que las cosas estaban controladas. Había conseguido el tiempo que quería y era libre de dirigir de nuevo su atención donde reconocía que quería hacerlo.

—Vamos —instó a la bardo al tiempo que la ponía de pie—. Vamos a ponerte sobria.

Se oyó un suave suspiro que Xena sintió que la atravesaba.

—¿Xena?

—Sí, Gabrielle.

—¿Te acuerdas de cuando te dije que eras preciosa?

Su cara luchó con la sonrisa que amenazaba con invadirla.

—Ya. Pero entonces tenías un colocón tan grande como ahora.

Se oyó un resoplido ofendido.

—Mi opinión no se debía al beleño. Con eso sólo tuve valor para decírtelo. —Gabrielle levantó la mirada rápidamente y se vio recompensada al vislumbrar otro raro rubor. Al contrario que Xena, no se molestó en disimular su deleite. Je. Eso lo he hecho yo. Increíble.

—¿Gabrielle? De verdad que ahora no es el momento. —Y Xena vio que los ojos brillantes casi se llenaban de lágrimas.

—Nunca lo es.

Poniendo los ojos en blanco y aguantándose las ganas de arrancarse parte del pelo, dijo:

—Hablaremos más tarde, te lo prometo. Pero ahora mismo, tú y yo nos tenemos que concentrar.

Gabrielle se apoyó en la guerrera, con la cabeza sobre el peto.

—¿Podríamos retrasarlo un día o dos? O sea, tenemos tiempo hasta que llegue Pólibus, ¿no?

Xena controló el impulso de besar la coronilla apoyada en ella y apartó a su compañera con delicadeza para hablarle directamente.

—Gabrielle, si Pólibus le dijo a todo el mundo que podía llegar aquí en cuatro días, eso quiere decir que podía hacerlo en tres, tal vez menos. Si sólo ha traído caballería, ahora mismo podría estar en las afueras. Y los hombres de Rukcal tampoco se van a quedar esperando ahí fuera mucho más.

Eso caló. La chica sacudió la cabeza para intentar despejársela y, cuando pareció funcionar, sonrió tensa a su compañera.

—Pues será mejor que me quite la cogorza de encima y ponga en marcha el espectáculo, ¿no?

Aunque estaba sorprendida por la rápida recuperación, la guerrera asintió y gritó al otro lado del patio:

—Agua, mucha agua fresca. Ahora.

Casi todos los soldados de Rukcal estaban ahora contra las paredes del fondo y a sus caballos los estaban metiendo en el corredor para llevarlos a las cuadras. De modo que había un soldado libre para llenar un cubo y traerlo. Ella se inclinó por el costado del carro y le echó agua a Gabrielle en la cara y luego le dio un poco para que bebiera.

Los ojos verdes se despejaron más y la bardo probó a estirar los hombros, tras lo cual cogió ella misma el cubo y echó el resto del agua encima del comatoso Rukcal. Éste escupió y farfulló, pero se calmó al ver a Xena.

—Vas a luchar tú misma con Rukcal —afirmó Xena sin rodeos.

Gabrielle no se arredró.

—¿Te parece bien?

—No. En absoluto.

—¿Me lo vas a impedir? ¿O vas a animarme?

No hubo respuesta.

Rukcal seguía mirando a Xena con los ojos como platos. Gabrielle recogió su vara y le dio un golpecito en el hombro.

—No la mires, gordinflón. Esto es entre tú y yo. Antes dijiste cosas muy desagradables, así que ha llegado el momento de ver si eres capaz de cumplirlas. Ella sólo está aquí para observar con sus hombres, ¿verdad, Xena?

Xena se había sumido en sus recuerdos de una Gabrielle más joven drogada con beleño y estaba sobrecogida por la repentina transformación en esta mujer tan seria que estaba dispuesta a matar por ella. El cambio de actitud era tan brusco que le producía un dolor para el que Xena no estaba preparada.

Al ver que Xena no respondía a la pregunta, Gabrielle se volvió y la miró a lo ojos, y se quedó consternada al ver la angustia del rostro de su compañera. Como sabía por experiencia que con un simple “¿qué te pasa?” nunca le sacaría una respuesta, intentó analizar lo que podía tenerla tan afectada antes de preguntar nada. Estaba relajada y sonriente en medio de toda esta tensión, y eso no ha cambiado, pero cuando me pongo manos a la obra, de repente se... Oh. Les dijo a Auto y a Íkaros que revivieran al general y se llevó a un lado a la rígida morena.

—¿Xena? —susurró. Ladeó un poco la cabeza y esperó hasta que recibió toda la atención de la guerrera—. Ya no soy esa cría bobalicona. Y esto se me da bien.

Xena respondió en un tono igualmente bajo, pero también cargado de melancolía.

—Lo sé.

Gabrielle había preparado un discurso en su cabeza noche tras noche, esperando el momento perfecto que nunca parecía llegar. Y ahora tenía la oportunidad de pronunciarlo y, una vez más, no era el momento adecuado. Pero su frustración había ido aumentando con el tiempo y, como posiblemente su cerebro seguía afectado por las emanaciones, decidió mandar al Tártaro a su público. Era consciente del gentío y trató de limitarlo a lo esencial. ¿Lo entendería Xena?

Curiosamente, a pesar de la situación, o tal vez porque eran el centro de toda esa atención, Gabrielle sintió que su corazón latía al mismo ritmo que el de Xena.

Como para confirmar sus instintos, el amanecer eligió ese momento para asomar por encima de las murallas, y pensó que, igual que sol se alzaba con toda su deslumbrante gloria, había llegado el momento de reconocer la verdad que estaba surgiendo.

Respiró hondo y empezó.

—Tenemos... tenemos trabajo. —Y no sólo aquí y ahora, intentó decir con los ojos.

Del mismo modo, Xena murmuró:

—Yo no quería... no quiero esto... para ti. —Y también se dio cuenta de que Gabrielle comprendía. Que no se refería a esta lucha, sino a quién era Gabrielle y en qué se estaba convirtiendo su relación.

Temerosa de tocarla en público, Gabrielle rozó apenas los nudillos de la mujer de más edad con los suyos, diciendo:

—Yo lo he elegido. Y no lo lamento. —Pero se dio cuenta de que no era suficiente, por lo que continuó—. Es... importante. —Y Gabrielle abrió las manos para transmitir que se refería a algo más que la situación del momento o la gente que las rodeaba. O incluso lo que sentían o quiénes eran y lo que estaban empezando a ser ahora.

Xena sólo veía esos ojos verdes, que relucían con fiero orgullo, y en ese momento sintió la fuerza combinada de las dos. Una fuerza que era mayor que la de todos los soldados de este patio. Incluso mayor que cualquier tipo concebible de muerte que pudiera aguardarlas a las dos.

Gabrielle vio el torbellino de emociones que pasaba por la guerrera, y su aceptación, por fin, de que para Gabrielle no habría una Academia para Bardos, ni un guapo granjero y niños felices, y ese conocimiento, que le producía tanto conflicto, era casi más de lo que podía soportar la endurecida señora de la guerra. Pero daba igual, porque también sentían la alegría y el poder que, ciertamente, no eran menores que el peligro al que se enfrentaban.

Aunque sólo fuera por ese instante, supieron sin lugar a dudas lo que ya llevaban un tiempo sospechando por separado: que habían encontrado lo que cada una había estado buscando. En el caso de la señora de la guerra apaleada, un motivo para levantarse cada mañana. Y en el caso de la hija pródiga de Potedaia, un lugar que por fin le correspondía.

No había necesidad de reconocerlo exteriormente, pero Xena necesitaba más. De modo que, sin hacer caso de todo lo que la rodeaba, Xena estrechó a la bardo entre sus brazos durante unos dulces segundos y luego se separaron. Xena tardó un poco en volver a ponerse la máscara de señora de la guerra, pero lo consiguió, y luego se hablaron de una forma algo más profesional.

—Te toca, Gabrielle.

—Pues vamos allá.

Un ligero gesto de asentimiento y Gabrielle se puso en jarras y avanzó los pocos metros que la separaban de donde el general seguía esperando con calma. Escogió su sonrisa preferida de Xena para dirigirse a él.

—¿Qué, quieres darme caña?

Rukcal se echó hacia atrás, incómodo al parecer.

—¿Crees que voy a luchar contigo como si fuera un oso de circo?

—No. No creo que te vayas a quedar ahí tumbado mientras tus hombres miran. Creo que te vas a levantar y vas a intentar demostrar a tus hombres que puedes aplastarme como a una mosca. —Le dio un golpecito en la entrepierna con la vara—. Y luego yo te voy a aplastar.

Sólo entonces se dio cuenta el general de la expresión de sus propias tropas: en muchos rostros había emociones encontradas y desconcierto. Bajo su mirada, se puso en pie y desenvainó su espada. Gabrielle movió los hombros y agarró bien su vara. Sin mirar a su alrededor, ordenó:

—Todos fuera del carro, salvo él y yo. —Notó el cambio de peso cuando Íkaros y Auto obedecieron su orden, pero Xena siguió en el carro. Gabrielle se volvió un poco, sin dejar de vigilar al general, y cuando se disponía a echarle un sermón a su compañera, se fijó en su expresión. Una que recordaba de no mucho tiempo atrás. La misma que se le puso a Xena cuando una chiquilla corrió a interponerse entre ella y la muchedumbre de su pueblo natal congregada para lapidarla. Como sabía que el general nunca la atacaría mientras Xena estuviera en el carro, la llevó dulcemente hacia la rampa.

—¿Gabrielle...?

—Sshh. Luego hablamos, que ahora estoy... ocupada. Ya sabes cómo es, ¿no?

—Sí. —La guerrera sonrió con tristeza—. Lo sé.

—Tú observa con tus hombres, que si no, te podrían entrar ganas de intervenir. Eso va en contra de las reglas, ¿no?

Otra sonrisa triste.

—Sigues protegiendo mi honor, ¿verdad? Le dije a Ares que tú nunca te confundirías con las palabras.

—No. Las palabras son para mí casi tan importantes como los actos.

Gabrielle vio cómo las barreras volvían a levantarse, el rostro se endureció, el cuerpo se irguió, y la Princesa Guerrera la dejó a solas con su adversario.

Ahora su oponente y ella estaban solos en el destrozado carro de madera, que tenía los bordes laterales que le quedaban astillados y rotos. Igual que si estuvieran en un escenario, en medio del patio.

El general empezó a avanzar hacia ella y en el reducido espacio del carro Gabrielle no tenía dónde ir.

Xena se sentó encima del patio e hizo un esfuerzo por evaluar a los dos adversarios con imparcialidad. Advirtió que su compañera estaba esperando como siempre el primer ataque, pero estaba claro que el general no sabía por dónde iba a salir y también estaba esperando.

Era evidente que su propia falta de iniciativa ante los ojos de sus hombres lo estaba afectando y agitó la espada amenazadoramente y habló con tono jactancioso para llenar el silencio.

—Te voy a despellejar, niña, ¿lo sabes?

Gabrielle hizo un molinete con la vara para obligarlo a retroceder un paso y dijo:

—Pues no. No lo sé. Sí que sé que ya te he engañado por lo menos... ¿cuántas? ¿Dos veces?

Rukcal gruñó y alzó la espada, para poner a prueba sus defensas.

—¿Sabíais...? —Gabrielle se dirigía ahora a la multitud—. ¿Que no quiso impedir que sus propios hombres cayeran en esta trampa? ¿Y eso por qué, general?

Gabrielle se vio recompensada por fin con una potente estocada hacia delante que bloqueó fácilmente, y estuvo a punto de desarmar al general con ese primer golpe. Ahora Rukcal parecía un toro dando patadas en el suelo, tan ansioso estaba por acabar con la chica que tenía delante.

—He jugado con él como si fuera una marioneta. —Gabrielle siguió hablando a la multitud, para provocarlo más—. De hecho, cuando se negó a salvar a sus hombres, tuvimos que dejarlo sin sentido y entonces sí que fue una marioneta. Lo cual demuestra que cualquiera puede ser útil.

Otra estocada sin ton ni son y de nuevo ella se escabulló.

Se echó a reír y eso hizo entrar en acción al general de verdad. La chica se agachó y oyó el silbido de la espada encima de ella y luego la maldición cuando lo golpeó en las costillas con la vara. En lugar de hacerse cauteloso, se giró en redondo y probó con una estocada hacia abajo que habría sido eficaz si la bardo todavía hubiera estado allí. Se las había arreglado para escurrirse hasta ponerse a su lado y cuando intentó cambiar la espada de mano, ella centró las manos sobre la vara y lo golpeó de lleno en la mano floja y luego lanzó un revés que lo alcanzó en la cabeza. Aturdido, soltó la espada y, tambaleándose, se abalanzó de nuevo sobre ella, con la esperanza de usar su peso y el reducido espacio para derribarla. Una vez más, ella lo esquivó, y cuando intentó girar para seguirla, le puso la zancadilla y él cayó de bruces. Ni siquiera ha perdido el aliento, pensó, cuando se plantó por encima de él, soltando chispas por los ojos, sujetándolo al sitio con un pie y la vara.

Gabrielle estaba decepcionada. Había sido fácil. Demasiado fácil, y eso no bastaría para convencer a los hombres que la rodeaban de que la siguieran, eso lo sabía. Furiosa con el hombre por no habérselo puesto más difícil, rugió:

—¿Te rindes ante mí?

Sólo se oyó un gruñido de rabia como respuesta, hasta que la vara le apretó más la garganta.

—No te voy a matar, general. Pero no voy a parar de hacerte sufrir hasta que te rindas. Lo que eso dure depende de ti.

Por fin tragó con furia y gruñó:

—Pagarás por esto.

Gabrielle utilizó una de sus frases preferidas de Xena y se alegró de que ésta no estuviera presente para oírla de boca de su pacifista bardo.

—Ponte a la cola.

En lo alto, Xena aguardaba la rendición de Rukcal, pero en el momento en que habló, Xena se dio cuenta de que Ares estaba cerca. Utilizando su poder para influir... no a ella esta vez, sino a alguien... Cuando el general empezó a farfullar las palabras que podían entregar el mando a Gabrielle, Xena vio a Ares haciendo gestos y susurrando detrás de varios arqueros. Los cuales, ante su horror, empezaron a bajar los arcos para apuntar a la bardo y a Rukcal.

Entonces se dio cuenta de que estaba inmóvil en el sitio. Paralizada. Como si todos los músculos de su cuerpo lucharan consigo mismos.

Sonriendo, Ares apareció a su lado.

—Lo siento, princesa, pero he decidido hacer algo para devolver las cosas a su cauce. Es una oportunidad demasiado buena para desperdiciarla.

De algún modo, logró que su boca dijera algo.

—No lo hagas, Ares. —Si quería que se lo suplicara, lo haría—. Por favor.

Por un momento, vio que su ruego lo había afectado, pero luego hizo un gesto negativo.

—Lo siento, Xena. Pero ella ya ha servido su propósito. Es perfecto para mí. Con Rukcal y ella muertos, esto va a ser un caos completo. Tendrás que pararlo. Tendrás que ponerte al mando de los dos ejércitos. Y tenías razón sobre Pólibus. Está ya casi preparado para lanzar su ataque. No tendrás tiempo de pensar en nada salvo en defenderte de él, o toda esta gente morirá. Y toda la rabia o el odio que sientas contra mí, los puedo aguantar. Mientras haya recuperado a mi elegida. —Hizo una pausa—. O, claro está, podrías...

Ella habría dicho que no con la cabeza, pero no podía, por lo que puso toda la fuerza que le fue posible en sus palabras.

No. Jamás volveré contigo.

—Di las palabras, Xena, y la pequeña bardo vivirá. Di que volverás a mí...

—No, Ares. Lo he prometido.

El dios de la guerra se encogió de hombros.

—Pues le has hecho una promesa a una chica muerta. En cualquier caso, yo te recupero.

Ella cerró los ojos e intentó concentrarse en mover tan sólo la mano. Trató de acercarla despacio a su chakram. Cuando apenas había movido el brazo un centímetro, oyó cómo disparaban las flechas, y apretando aún más los ojos, oyó el característico ruido que hicieron al clavarse en dos cuerpos humanos.


PARTE 7


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