5


Mis hombres deben de estar idos, mis hombres deben de estar locos
Mis hombres deben de estar muy desesperados
para dejar que salgas
de mi camarote tan contenta
y que te alejes remando hasta la orilla, orilla, orilla
Y que te alejes remando hasta la orilla
—Una doncella sola en la orilla


Día 42: Pasada la medianoche

Gabrielle se quedó allí un momento, de rodillas en la maleza, hasta que por fin se levantó despacio, notando aún cómo la conmoción de su desafío al dios de la guerra le estremecía todo el cuerpo. Cuando pensaba que ya estaba controlada, la cara de Autólicus, como una pesadilla recurrente, apareció entre los arbustos delante de ella.

—¿Gab? Nuestro huésped viene de camino. ¿Estás preparada para darle la bienvenida?

Al ver su evidente conmoción, la expresión de Autólicus cambió y la preocupación sustituyó a la curiosidad.

—¿Gab?

Dudó un momento, pero no era propio de ella dejar que nadie corriera más peligro del que fuera consciente o estuviera dispuesto a afrontar.

—¿Auto? Ares me acaba de hacer una visita. Me ha dicho que no tiene pensado involucrarse, pero creo que eso es sólo mientras las cosas vayan como él quiere. Y que liberemos a Xena de sus obligaciones no forma parte de ello.

—Oh.

A Gabrielle se le puso la carne de gallina por un instante cuando el ladrón duplicó lo que había hecho Ares momentos antes y se sentó en el mismo tronco, haciéndole un gesto para que se sentara a su vez. No obstante, se sentó a su lado y no protestó cuando le tiró del hombro para que se apoyara en él. Un sentido interno le hacía percibir que éste era de verdad su amigo, y esa percepción le permitió soltar parte de su tensión.

—Supongo que quieres saber si quiero dejarlo —inquirió él.

Ella asintió.

—No voy a dejar que vuelvas sola. No sólo Xena acabaría acordándose de matarme si lo hiciera, sino que tus dos hombres de ahí detrás tampoco me lo permitirían. —Ella sonrió al oír esto—. Lo digo en serio. Salmakis e Íkaros están encantados...

—Ya me he enterado. O al menos, eso me ha dicho Ares —lo interrumpió.

—Tienen buen gusto. Y aparte de eso, el único dinero que se puede sacar de todo este asunto está dentro de esa ciudad, y ahora no voy a dejar que me quites mi parte.

Gabrielle se quedó mirando a su amigo un momento y luego alargó el cuello y le dio un beso suave en la mejilla.

—Gracias.

Auto se rió por lo bajo y dijo:

—Simplemente estoy encantado de echarte una mano firme y con experiencia.

Gabrielle carraspeó.

—Vale, pero ¿te importaría quitármela del muslo?

Los dos se levantaron con idénticas sonrisas sardónicas y Gabrielle agarró la mano ofensora con cuidado, diciendo:

—Gracias otra vez.

Mientras se alejaba por los arbustos, él dijo, sonriendo:

—Crees que eso sólo lo he hecho para distraerte, ¿verdad? Me parece que no te das cuenta de que te estás convirtiendo en una mujer muy guapa, Gabrielle.

Ella le sonrió a su vez.

—¿Auto? ¿Te he comentado que cuando apareció, Ares se estaba haciendo pasar por ti? Me parece que ahora mismo no me puedo creer nada que salga de esa boca.

Mortificado, el ladrón murmuró por lo bajo:

—Estas cosas se me suelen dar mejor. ¿Qué os pasa a Xena y a ti? Siempre elijo el momento menos...

Entonces, sin acabar la frase, se agachó bruscamente para ponerse a cubierto, pero al hacerlo, susurró con la fuerza suficiente para que ella lo oyera:

—¿Gab? Puedes hacerlo.


Poco después oyó ruido de crujidos entre la maleza y el general Rukcal, muy enfadado, apareció en el claro.

—Bueno. ¿Cuál de mis lugartenientes es un espía? ¿Y qué clase de información es tan vital que tengo que reunirme contigo a solas, para que este traidor no se entere?

La chica le habló con calma.

—Xena va a atacar tus almacenes de alimentos esta noche.

—¿Xena? ¿Se ha hecho con el mando de la ciudad? ¿Cómo lo sabes?

—Porque la conozco. Tiene que atacar antes de que averigües que está al mando, y ella nunca haría que unos hombres muertos de hambre se enfrentaran a tu ataque cuando hay alimentos cerca.

Gabrielle puso los ojos en blanco al ver que la noticia parecía animar al señor de la guerra. Le dio la espalda y, entusiasmado, alzó los puños al cielo oscuro.

—¡Xena! ¡Siempre he querido conocerla!

No hubo aviso previo, simplemente el crujido de la vara sobre su cráneo, y luego Gabrielle le dijo al hombre inconsciente que tenía a los pies:

—Vaya, pues me parece que vas a tener suerte.



4) “Esperad, buen juez, dulce señor juez
Esperad un instante
Me parece ver que llega mi hermana
y ya pasa junto a la cerca
Un poco de tu oro, hermana mía
Un poco de tu dinero
para salvar mi cuerpo de la tumba
y mi cuello del árbol del ahorcado”.
“Nada de mi oro vas a tener
Nada de mi dinero
Pues he venido a verte ahorcar
y ahorcada serás”.
—Una doncella salvada de la horca


Día 42: Puesta de la luna

—¿No te parece que está todo muy silencioso? —preguntó Ismene.

Pólibus no apartó la mirada de los mapas que estaba estudiando.

—Ésa es la ventaja de tener una tienda así de gruesa, querida —murmuró distraído.

—No es sólo eso. ¿No te parece... que no es natural? Estoy acostumbrada a oír a los hombres cantar la noche antes de una batalla. Es uno de mis recuerdos preferidos de las campañas de mi padre. —Y uno de los pocos, pensó.

—Sabes que los hombres tienen órdenes de moderar los fuegos, en todos los sentidos. Nadie debe saber lo cerca que estamos de Namea.

—Sí, pero no es normal. Noto la excitación y sin embargo... las expectativas de los hombres necesitan...

Al oír esto, recibió una amplia sonrisa.

—Sí. La excitación necesita un desahogo. —Miró sus mapas con intención—. Lo tendrá bien pronto.

Ella miró a su marido y notó, incluso en el lujoso entorno de la tienda, que también él rebosaba de una emoción que ella no podía satisfacer.

¿Por qué me da la sensación de que esto está mal? En el fondo, es un buen hombre. Se ha comportado de forma honorable la mayoría de las veces, y ahora está empleando su habilidad en la guerra para forjar su destino y el de sus seguidores. Para beneficio de todos nosotros. Para aprovechar esta oportunidad según se la presentan. Por eso me casé con él.

—A estas alturas, Parmenio ya debería haber superado Namea siguiendo la costa.

Parmenio. Lo conocía. Un hombre feo y achaparrado, pero uno de los hombres de confianza de su marido y, sin lugar a dudas, con un gran talento para dirigir a los hombres en expediciones de reconocimiento.

—Apuesto a que anoche acampó con casi toda la columna intacta. Sin alertar siquiera a los búhos de los árboles. Estará preparado para atacar el extremo del bloqueo de Rukcal mañana al ponerse el sol, si para entonces el general no ha lanzado su ofensiva.

Mañana. Cuando muchos de los chicos que se pasean tan envalentonados por ahí fuera acabarán tirados en un charco de su propia sangre o causarán la muerte a muchos más. El camino del soldado, el camino del ejército. Esto es lo que yo quería.

—Vamos bien de tiempo, querida, y según los abastecedores, hemos perdido menos de una docena de hombres y caballos durante la marcha. Nuestra presencia será una sorpresa total para Ágathes y el general Rukcal.

¿Lo quiero de verdad? Es el rey, algún día yo podría ser reina, y el número de mujeres que me envidian es infinito. No puedo lamentar mi decisión. ¿Qué más quiero?

—Será glorioso. Rukcal y esa patética panda de hoplitas que tiene, así como los mercenarios de Ágathes, nunca han visto la destrucción instantánea que puede causar una falange perfectamente entrenada. Cualquiera que intente repelerla, caerá antes de que la quinta fila pueda limpiar sus lanzas.

Observó al hombre que se regodeaba ante ella. Su rostro no era corriente y su constitución y figura le resultaban agradables. Se respetaban mutuamente y ella siempre lo honraría a él y a su lecho matrimonial. ¿Por qué tenía esta molesta sensación de que se estaban equivocando de camino? ¿Por qué tenía sus dudas con respecto a su triunfo? Se obligó por la fuerza a eliminar una visión de la guerrera y su bardo ensangrentadas y ensartadas en una sarisa.

Pólibus bostezó y dejó sus papeles a un lado.

—Pero dejemos este plan a las Parcas y los dioses por esta noche. Hasta que nos despertemos no hay nada que podamos hacer. Mañana estaremos muy ocupados, y ahora lo que necesitamos es dormir bien.

Dejando de lado a propósito sus dudas sobre el sangriento conflicto del día siguiente, Ismene hizo gala de su sonrisa más seductora y se levantó para ayudarlo a desvestirse, llevándolo hacia su lecho.

—Como desees, mi señor.



Que are la tierra con un cuerno de carnero
Perejil, salvia, romero y tomillo
Que luego siembre semillas desde el norte de la presa
y entonces será mi amor verdadero
—La Feria de Scarborough


Día 42: Antes del amanecer

La guerrera llevaba una marca muy atareada. No sólo había conseguido colarse sin ser advertida en el campamento de Rukcal por delante de su fuerza de asalto organizada a toda prisa y abrir los corrales de los animales, sino que también había saboteado dos catapultas antes de prender fuego a las tiendas principales situadas en la periferia del campamento principal del ejército sitiador. Cuando las llamas empezaron a extenderse, sus tropas entraron a la carga en el desorganizado campamento, gritando y aullando hasta que el ganado salió de estampida, y luego se retiraron a toda velocidad con gran animación. Ahora parte de esa escuadra de asalto dirigía a los animales hacia las puertas de Namea y ella estaba vigilando a la retaguardia que se había quedado atrás para mantener el caos y retrasar un contraataque organizado. Incluso en medio de los gritos frenéticos de los hombres de Rukcal que intentaban formar un grupo de persecución, ella se quedó atrás buscando a cierta bardo de cabeza dorada.

Por fin se le acabó el tiempo y, cuando el último de sus soldados pasó al galope ante ella, cortó con la espada varias cuerdas más, golpeó a un pobre imbécil que intentó parar a su tiro de caballos y sacó su carro del campamento.

Con el caos reinante, no fue de extrañar que sólo ella se fijara en el carro que se unía a su caravana y que salió del refugio de un grupo de árboles, como si hubiera estado esperando este momento preciso. Incluso en la oscuridad, reconoció al conductor, que era Autólicus, antes de que éste se adelantara y se mezclara perfectamente con los demás que se dirigían a la ciudad. Pero no siguió concentrada mucho tiempo en esa imagen, pues vio, no... sintió la presencia de Gabrielle que corría a su lado. Alargó la mano hacia abajo y sin esfuerzo subió a la chica a bordo y la puso a su lado.

El alivio luchó un momento con la rabia y perdió.

—¿Es que intentas que te maten? ¿Estás loca? ¿Es que por fin te has vuelto loca de remate? —gritó.

La mujer más menuda cuadró los hombros y le gritó a su vez:

—¿Que si estoy loca? ¡Muchas gracias! ¡Deja que te diga, princesa, que ésta no es precisamente la muestra de agradecimiento y disculpa con que contaba!

La guerrera la miró furibunda y luego volvió a concentrarse en la complicada tarea de mantener el carro por delante de los perseguidores que ahora salían del campamento de detrás como las avispas de un nido destrozado.

—¿Y bien? —exigió la bardo, al tiempo que su estómago daba saltos con el carro al pasar por encima de una serie de surcos.

La guerrera masculló algo por lo bajo que no se oyó por el ruido de las ruedas.

—¿Has dicho algo? —preguntó Gabrielle—. Porque no me he enterado muy bien...

La guerrera se volvió y Gabrielle notó la tensión y la rabia que emanaban de ella. De modo que estaba preparada para el gruñido feroz, pero no para su contenido.

—Me equivoqué. Debería haber esperado hasta que lo supiera, debería haber... —Xena levantó la vista hacia las estrellas del cielo y trató de encontrar las palabras.

Conmovida y sorprendida, Gabrielle se las ofreció.

—¿Creído en mí?

Un leve gesto de asentimiento.

—Sí. Te lo has ganado.

—Oh —fue lo único que se le ocurrió decir a la chica.

El carro siguió adelante atronadoramente sin que volvieran a hablar.

Cuando divisaron las puertas abiertas de la ciudad, Gabrielle se acordó.

—Xena, no tienes que preocuparte sobre de parte de quién estamos. Lo tengo todo pensado. Podemos demostrar que somos enemigas de Rukcal y, por las mismas, el enemigo de mi enemigo es mi...

La guerrera alargó la mano y tiró de Gabrielle para colocarla en la parte delantera del carro a su lado, y aunque sus ojos miraban casi por completo hacia delante, la chica los vio iluminados por la luna, tan intensos como siempre, pero con una vulnerabilidad que hasta entonces sólo había percibido en breves instantes. Tardó un momento, pero cuando habló, Gabrielle notó lo mucho que le costaba dirigirse a ella.

—Gabrielle, yo creía... yo creía que mi palabra era la cosa más importante que tenía. —La guerrera hizo una pausa y carraspeó—. Pero me he dado cuenta de que no es en absoluto tan importante para mí como lo eres tú.

El carro topó con otro bache y Gabrielle esperó hasta que recuperaron la estabilidad para posar con cuidado una mano en el brazo de la atribulada mujer que estaba a su lado.

—Tu palabra, tu honor, no van a ser sacrificados por mí —juró—. Jamás. ¿Lo entiendes?

Xena se volvió para mirar un momento a la chica a los ojos.

Ahí mismo, sujetándose como podían mientras las perseguían varios cientos de hombres, se perdieron la una en la mirada de la otra. Y cuando Xena apartó por fin la mirada, Gabrielle seguía aún casi demasiado aturdida para darse cuenta de que la guerrera se había ruborizado antes de volverse.

Casi.

Para cuando la chica recobró la serenidad, percibió una expresión de desconcierto en la otra mujer, y gritó por encima del ruido.

—¿Qué ocurre?

—Los hombres de Rukcal —le contestó Xena—. ¿Por qué están tan desorganizados? Me esperaba que a estas alturas ya tendríamos a la mitad de sus tropas persiguiéndonos.

Cuando a Gabrielle estaba a punto de escapársele de los labios un chiste en el sentido de que podría deberse a que el general estaba un poco atado en ese momento, se dio cuenta de que Xena estaba decepcionada.

—Te lo esperabas. ¿Lo querías? —El bochorno y la comprensión la inundaron al mismo tiempo. Gabrielle, claro que se lo esperaba. Ares tenía razón al jugar contigo. Estabas empezando a creer que podías superar la estrategia de la mujer que estuvo a punto de conquistar Grecia—. Esto no es un simple asalto, ¿verdad? Los estás llevando a una trampa.

Xena asintió bruscamente.

—Con algo de suerte, eliminaremos a la mitad de su ejército dentro de pocos minutos.

—¿Eliminar? Querrás decir matar.

Los ojos azules eran más fríos ahora y la miraban de una forma que no le gustó.

—Sí, Gabrielle, matar. Eso es lo que ocurre en la guerra, ¿recuerdas?

La bardo sacudió la cabeza.

—No. No tiene por qué. No es necesario... Yo tengo un plan...

La otra empezó apenas a hacer un gesto negativo con la cabeza, pero lo detuvo antes de completarlo.

—Vale. ¿Tienes un plan?

—Sí, y nadie tiene que morir. Tienes que detener lo que vayas a... ¡Tenemos que detenerlos! —dijo con vehemencia y luego se calló, recordando las circunstancias—. Yo tengo que detenerlos. —Levantó la mirada y vio la expresión poco convencida de la guerrera—. Xena, vas a tener que fiarte de mí.

Gabrielle vio que por el rostro de Xena pasaba una sombra de atípica desazón.

—Me fío de ti, Gabrielle, pero...

—Pues déjame ir. Deja que intente detenerlos. —Por favor, Xena.

La guerrera repasó mentalmente y a toda velocidad una decena de variables antes de preguntar:

—¿Puedes dejar al menos que varios cientos de sus hombres entren por las puertas?

—Si prome... —La bardo se calló. Esto no era una negociación. La confianza tenía que ser mutua—. Sí.

La guerrera dudó sólo un segundo más y luego tomó una decisión y tiró de los caballos para acercarlos al carro que conducía Autólicus. Sin la menor señal de esfuerzo y sin soltar las riendas, cogió a la sorprendida Gabrielle entre sus brazos. Al ladrón se le desorbitaron los ojos al darse cuenta de que se acercaban y luego se le desorbitaron aún más cuando adivinó sus intenciones. Les gritó a sus compañeros:

—¡Vamos a recibir una pasajera!

Las dos compartieron un último minuto mientras Autólicus se colocaba a su lado e igualaba su velocidad, minuto durante el cual intentaron decirse con los ojos todo lo que no estaban dispuestas a decirse en voz alta, hasta que con un empujón cuidadoso, su conexión se interrumpió bruscamente y Gabrielle aterrizó en los brazos expectantes de Salmakis.

—Bienvenida a bordo —le dijo el ladrón—. ¿Te vas a quedar un rato o tienes otro carro al que te gustaría saltar?

Gabrielle dio las gracias al sonrojado gigante y se abrió paso hasta la parte delantera del carro, intentando no pisar el gran saco de arpillera que rodaba por las tablas. Autólicus le volvió a gritar por encima del hombro:

—¿Has averiguado algo? ¿Como si nos va a mandar ejecutar cuando lleguemos?

Esperó a que respondiera, pero cuando se volvió para mirar, la bardo parecía muy ocupada sacudiéndose el polvo de encima.

—Oh, no. ¿Gab...? —Auto ya se estaba encogiendo por dentro.

La bardo le sonrió sin ganas.

—Bueno, tengo una buena noticia y otra mala. La buena es que estamos en el mismo equipo, pero... sólo después de que detengamos a ese ejército que tenemos detrás.


PARTE 6


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
Ir a Novedades