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Decidle que me consiga un acre de tierra
Perejil, salvia, romero y tomillo
Entre la espuma del mar y encima de la arena
Y entonces será mi amor verdadero
—La Feria de Scarborough


Día 41: Ocaso

En un rincón de los bordes en sombra de la multitud de tiendas, en lo que había sido la plaza principal, Gabrielle estaba sentada a solas, intentando odiar a Xena.

Iba disfrazada de anciana, en medio de una fila de otros segregados por su edad y una sensación de inutilidad en las actuales circunstancias, cada uno de los cuales contemplaba las penurias que los rodeaban con ojos nublados e indefensos.

El hambre parece afectar a las personas de distintas maneras, pensó Gabrielle lúgubremente.

Allí cerca una mujer con dos hijos de ojos hundidos al parecer había vendido su cuerpo por la promesa de un pollo. Ahora que la promesa no se había cumplido, gritaba al hombre, que sonreía burlón, y aguantaba las burlas de los amigos de éste, mientras los niños observaban también. Era una más de la serie de peleas que ya había visto a medida que el barniz de la civilización se resquebrajaba ante el miedo y el hambre.

Gabrielle contemplaba la disputa sin poder hacer nada, pues sabía que todo dependía de que no llamara la atención. Reconcomida por la culpa, pensó en la comida que tenían en la tienda que estaba justo detrás de ella. Compartirla llamaría la atención. Ayudar en el hospicio llamaría la atención. Escribir sus pensamientos en este momento también estaba descartado... todo porque Xena contaría con ello y tendría gente vigilando para detectarla.

¡Maldita sea! ¡Maldición! Me he jugado la vida y la vida de estos hombres. Estaba dispuesta a hacer cualquier cosa. Estaba dispuesta a ir en contra de todos mis principios, de todas mis normas y creencias para mantener nuestro pacto de amistad. Cuando pienso en todas esas veces en que me he quedado inmóvil con un cuchillo en el cuello, confiando en lo que veía en sus ojos...

Esos ojos.

Incluso ahora tenía miedo de alzar los suyos hasta la torre donde sabía que Xena estaba tramando cosas. Por si de algún modo la guerrera la percibía a través de su disfraz. La idea de que su guerrerra... sí, su guerrera... estuviera haciendo planes... ¿Escuchaba ahora la voz de su bardo?

¡Maldita fuera!

Se ha enfrentado a la tortura y una muerte en vida, Gabrielle. Ha acabado rindiéndose para salvarte.

¡Maldita fuera diez veces!

Muy bien. No podía luchar con sus sentimientos por Xena, su responsabilidad y su conciencia al mismo tiempo. Resolvería este problema. Tenía que hacerlo. Por cada una de las personas que la rodeaban y por Xena, a pesar de todo.

—¿Pan? ¿Alguien me da pan a cambio de trabajo?

El grito de un mendigo interrumpió sus pensamientos y levantó la vista con cautela para encontrarse con la sonrisa de Autólicus. Éste se sentó a su lado, recorriendo a la multitud con los ojos.

—Bueno, ¿qué tal va el grandullón?

Ella intentó no mirar hacia el toldo de lona donde se escondía el gigante.

—Está bien, aunque deseando salir. ¿Dónde está Íkaros? —Puesto que Xena había dado sin duda descripciones de Auto y Gabrielle, y Salmakis era demasiado grande para no llamar la atención, sólo Íkaros se podía mover con libertad—. ¿Lo tenéis todo?

Autólicus repasó la lista de cosas.

—Tenemos el cordel, las pinturas y manchas y creo que este último lote de jabón hará una espuma que durará más que suficiente.

—¿Estás seguro de que necesitamos la espuma? No tiene nada que ver con los síntomas.

—Gabrielle, es para dar espectáculo. Y tú nos has pedido que contribuyamos.

—Cierto.

—¿Estás bien?

Ella reconoció la preocupación al tiempo que la rechazaba.

—Estoy lista y eso es lo único que cuenta. ¿Habéis elegido a los “voluntarios”?

—Sólo estamos esperando el cambio de guardia. Con la ayuda de Salmakis, creo que podremos conseguir unos cuantos colaboradores. Así que, ¿puedo ir a darle la buena noticia? Pronto oscurecerá y creo que le gustaría salir a golpear cabezas.

—Aseguraos de que pueden andar después.

—Nosotros tampoco queremos ninguna muerte innecesaria, Gabrielle.

—Serán más eficaces si se pueden mover. Nada más —murmuró ella.

—Claro, Gabrielle.

Ella habló con rabia, aunque sin levantar la voz.

—No te pongas paternal conmigo, Auto. Todos haremos lo que tengamos que hacer.

—Gabrielle... no... —El ladrón no supo qué decir por una vez.

—¿No qué?

Auto dudó, pero completó la idea.

—No pierdas lo que es más preciado para ti.

Gabrielle se quedó callada un momento antes de responder en voz baja:

—¿Y si ya lo he perdido?



Preferiría estar en un agujero oscuro
donde el sol se negara a brillar
que verte como amante de otro hombre
y saber que nunca podrás ser mía


Día 41: Noche

Gabrielle habría reconocido las señales. Las señales poco habituales, raras y muy difíciles de detectar de una Princesa Guerrera nerviosa. También podría haberse regodeado en los motivos.

Gabrielle llevaba un día y una noche sin mandar noticias ni hacer nada.

Xena no era dada normalmente a torturarse pensando en sus adversarios o en los detalles. Pero nunca hasta ese momento se había tenido que enfrentar a una adversaria tan imprevisible como ésta, ni a una que la conociera tan bien.

Mejor que nadie, en realidad.

Sumemos a eso que Gabrielle podría resultar herida, que Ares podría interferir, que Gabrielle podría llegar a decidir que mi muerte es la única solución... ¿y estaría equivocada?

¡NO! Tengo que dejar de pensar estas cosas. Y no es que no tenga suficiente trabajo para estar ocupada. Dividir. Organizar, repasar y luego esperar. ¿Por qué no puedo hacerlo esta vez?

Bueno. A lo mejor estoy pasándome. Sobrestimando a Gabrielle igual que antes la subestimaba. A lo mejor sólo está esperándome, tratando de encontrar una manera de ponerse en contacto conmigo para que la salve.

La respuesta llegó cuando fuera estalló un griterío desaforado.

Casi saltó por encima de uno de los soldados a quien había ascendido a ayudante cuando bajó a la carrera por las escaleras.

—Andrónicus, ¿qué ocurre? —le dijo al adelantarlo.

El joven intentó mantenerse a la altura de su comandante.

—No lo sé, ¡pero alguien grita que hay peste!

Cuando entraron en el cuartel, había un tumulto. Se quedó pasmada al ver que varios guardias habían dejado sus puestos y que el pánico era evidente en el rostro de todos.

Agarró al primer hombre que sabía que tenía que estar de servicio y le preguntó:

—¿Por qué no estás en tu puesto?

Sacudiendo la cabeza, temeroso de lo único que le daba más miedo que esta mujer, farfulló:

—¡La peste! Unos hombre vinieron hacia nosotros... como zombis... como... ¡Como él! ¡Mira!

Señaló a una figura que se acercaba a trompicones hacia ellos. Era un soldado y tenía la cara llena de ronchas rojas. Abría y cerraba la boca soltando espumarajos como si hubiera perdido la razón.

Xena rugió:

—¡Idiotas! ¿La peste? ¿Y la rabia al mismo tiempo? Para nada.

Ante el asombro de los acobardados hombres, fue directa al soldado y le limpió la espuma, descubriendo el cordel que llevaba atado a la boca. Bajó la cabeza, pero su mente no paraba de pensar. Se volvió para dirigirse al regimiento.

—Caminaban “raro” porque los han atado para obligarlos a caminar así, y echaban espumarajos y gruñían porque les han colocado una cuerda en la boca llena de jabón. —Gritó al centinela—: ¡Rápido! Sube a tu puesto para ver qué era lo que no tenías que ver.

Cortó el cordel y le preguntó al hombre:

—¿Quién?

—Dos hombres, tal vez tres, pero la que mandaba era una bruja, en forma de chica —dijo jadeando—. Dijo que te dijera... te envía un mensaje...

—¿Sí?

—Dijo que lo vas a pagar.

La guerrera cerró los ojos, pero algo que reconoció como fe la obligó a preguntar:

—¿Dijo que “lo voy a pagar” o que “se las voy a pagar”?

El soldado parpadeó confuso.

—Que se las vas a pagar. ¿Por qué?

Alivio. Un glorioso alivio la atravesó por completo y sus músculos tensos se aflojaron de golpe.

—Hay una diferencia. —Como de la noche al día.

Un grito procedente de lo alto de las murallas los distrajo a todos.

—Veo... ¡a cuatro personas que se dirigen al cuartel general de Rukcal! Fuera del alcance de nuestros arqueros.

Todos se volvieron para ver cómo se lo tomaba su comandante, pero ésta simplemente se dio la vuelta y regresó a su torre. Pero se habrían llevado una sorpresa de haber podido oír sus pensamientos.

Que los dioses te acompañen, Gabrielle. Pero volverás, ¿verdad? ¿A buscarme?



“Tengo siete barcos en el mar
El octavo me trajo a tierra
con veinticuatro osados marineros
y música sin parar...”
—El amante demonio


Día 42: Pasada la medianoche

La luna quedó momentáneamente oscurecida por las nubes y el eco de los habituales ruidos nocturnos se acalló en el bosque que rodeaba el campamento principal de Rukcal. Gabrielle adoptó rápidamente una postura defensiva, aferrando su vara. El ruido de roces se había producido detrás de ella y no de la dirección por la que esperaba a la persona con la que había quedado. Se irguió cuando Autólicus salió de los arbustos.

—¿Auto? —bufó furiosa—. ¡Vuelve al campamento! Se supone que tengo que reunirme con Rukcal a solas.

—Lo he comprobado y no hay nadie cerca. Así que se me ha ocurrido venir a ver cómo estás.

Todavía agitada, soltó nerviosa una bocanada de aire que le levantó el flequillo por un instante.

—Estoy bien.

—No paras de decirlo, pero a mí no me lo parece.

—Auto —exclamó exasperada.

Él se encogió de hombros y depositó su cuerpo sobre un tocón.

—Vale. Estás genial. Pero he pensado que te gustaría oír lo que dicen los chicos de ti. Vamos. Tienes tiempo. Siéntate un poco.

Tras mirar a su alrededor, asintió y se sentó al lado de él.

—Creo que esto te va a gustar. Salmakis acaba de decir que Xena no puede ser tan buena dirigente, porque parte de las habilidades de un líder es que debería ser capaz de evaluar a las personas más cercanas a él. Bueno, no ha dicho evaluar, pero sí ha dicho que al no contar contigo, es evidente que no ha hecho un buen trabajo. Ha dicho que te seguiría a ti antes que a Xena con los ojos cerrados. E Íkaros estaba de acuerdo. Yo diría que ahora tienes tu propio ejército privado.

Sonreía de una forma extraña que Gabrielle no reconocía, por lo que respondió inquieta:

—Yo sólo he hecho lo que Xena me ha enseñado a hacer.

—Ya. La alumna ha aventajado a la maestra, Gabrielle. Y vamos. Tienes que reconocer que te habría encantado verle la cara cuando cayó en la cuenta del truco de lo de la peste. Reconócelo.

Gabrielle se quedó mirando al hombre que tenía al lado y luego se levantó y aferró la vara, aunque sabía que era inútil. Con la boca repentinamente seca, dijo:

—Tú no eres Autólicus.

La figura que tenía delante pareció fundirse en una forma algo distinta, más fornida, vestida con ropa de cuero diferente. Ares sonrió y dijo:

—No, ¿pero eso es tan malo?

Luchando con el miedo que sentía y todo lo que su presencia aquí podía significar, logró preguntar:

—¿Qué quieres?

—Ah, Gabrielle. He venido para mostrarte una cosa. He venido para impedir que avances por un camino que sé que algún día lamentarás.

Y entonces el bosque desapareció.

Se encontró de pie en una gran caverna polvorienta, atiborrada de miles de madejas e hilos. Más de los que había visto en las tiendas más grandes de Atenas. El dios de la guerra esperó su primera pregunta.

—¿Qué es este sitio?

—Pensaba que una bardo lo reconocería de inmediato.

Se le hizo la luz.

—Las Parcas...

—Bien. Detesto tener que repasar las cosas básicas con los mortales. Ahora te voy a hacer ese favor, Gabrielle. Te voy a enseñar algo que pocos mortales han visto jamás. Y te voy a dar una oportunidad para que cambies tu destino.

Le indicó que mirara a un lado.

—¿Ves este hilo? Es tuyo, y éste es el de Xena. Fíjate en la pureza de éste... y cómo contrasta con el oscuro. Pero a medida se que entretejen más y más, el blanco se va haciendo más sucio, se va apagando, hasta que... —Ares agitó la mano y ante los dos apareció una especie de espejo. Gabrielle se habría caído de espaldas si él no hubiera tenido el brazo preparado para tal eventualidad. No se sintió reconfortada al estar sujeta por esa fuerza, pero tenía algo que le erizaba los sentidos.

Las imágenes que estaba viendo eran una serie de montajes, de sí misma, pero sin ser ella misma. Una mujer más mortífera, más fuerte, que diezmaba a una fila de soldados usando una especie de espada pequeña. Observó, fascinada y enmudecida, cuando varios chorros de sangre le mancharon los brazos y las piernas, y sin embargo, esta Gabrielle ni parpadeaba ni dudaba. Simplemente seguía adelante con mortal eficacia. Ares le susurró al oído:

—Dime si esto es lo que tenías planeado para ti misma.

—No. Ésa no soy yo, no... —balbuceó.

—¿No es quien tú eres? Oh, sí que lo es.

Desesperada, intentó que su mente turbada empezara a funcionar. ¿Qué le había dicho Xena sobre Ares? Que nunca mentía, pero...

—Puedo cambiarlo, ¿verdad?

Él agitó de nuevo la mano y la visión desapareció.

—Sólo si dejas a Xena. Sólo si abandonas su camino, que lenta, inexorablemente, va oscureciendo tu propio hilo.

Tuvo que pensar. Nunca miente, pero... ¿qué? ¡Elude la verdad! Eso era. ¿Qué es lo que no está diciendo...?

—Xena —declaró.

Ares meneó la cabeza, sin entender a qué venía eso.

—¿Qué?

Tragando saliva, ella dijo:

—¿Dónde está el futuro de Xena?

Eso era. El dios se quedó algo descolocado.

—No se trata de ella. Se trata de ti.

Ahora habló con seguridad.

—No. No es cierto. Yo te importo un bledo. Por supuesto que se trata de Xena. Ella también cambia, ¿verdad? Nos cambiamos la una a la otra. De eso tienes miedo.

Pillado por sorpresa, Ares vaciló un instante y luego avanzó amenazador hacia ella.

—¿Estás dispuesta a renunciar a tu alma por la posibilidad de que ella se... dulcifique un poco?

Gabrielle no se movió ni un centímetro del sitio donde estaba.

—Si sólo fuera eso, ahora no estarías hablando conmigo. Una Xena que luche por el bien supremo puede cambiar el mundo. Salvar miles de vidas. Y eso —y ante su asombro, la chica lo apuntó con un dedo firme—, y cualquier otra cosa que moleste al dios de la guerra es genial para mí.

Intentando mostrarse despreocupado, Ares alzó los brazos y declaró:

—Muy bien. Sólo intentaba ayudar.

La rabia seguía ardiendo en los ojos verdes.

—Has intentado hacer lo que haces siempre. Ayudarte a ti mismo. Bueno, pues Xena no es tuya. Ya no.

—¿Y de quién es? ¿Tuya? —dijo riendo.

—Ella es quien es. Se pertenece a sí misma, y yo también.

Entonces él la miró directamente a los ojos.

—Podría aplastarte. Así, sin más. —Hizo amago de chasquear los dedos, pero se detuvo—. Y nadie lo sabría.

Ella ni se inmutó.

—¿Y por qué no lo has hecho?

Sonriendo de nuevo, él se apartó abriendo las manos.

—Porque eso sería demasiado fácil. O podrías serme útil. Pero puede que me entre la pereza, así que no me presiones, niña.

De repente, se encontró de vuelta en el bosque, sola salvo por un susurro que no salía de ninguna dirección concreta:

—Eres tan joven, Gabrielle. Con tanto que aprender...

Se quedó un momento donde estaba, escuchando el martilleo de su corazón, y luego se le vencieron las rodillas. La respiración y las manos le empezaron a temblar y los escalofríos se le extendieron por todo el cuerpo.

¿Cómo se enfrenta Xena a él? ¿Cómo se le planta cara a un dios? ¿Y qué hará? No puedo vencerlo, no puedo...

Sí. Sí que puedo. Xena puede. Lo haré. Tengo que hacerlo. De algún modo. Siempre hay un modo.


PARTE 5


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
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