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Decidle que me haga una camisa de batista
perejil, salvia, romero y tomillo
sin costuras ni labor de aguja complicada
y entonces será mi amor verdadero.
—La Feria de Scarborough


Día 40: Mediodía

El martilleo que tenía en la cabeza bastaba casi para hacerle olvidar su brusco despertar. Apenas consciente en un momento dado, al siguiente unos brazos desconocidos la levantaron y la arrastraron por un pasillo. A pesar de eso, se las arregló para no gemir y seguir inerte. Sólo cuando pasaron por una puerta y salieron al exterior, se dio cuenta de que algo había ido muy mal con su plan.

A través de los párpados cerrados veía el sol, y supo que había estado inconsciente varias horas.

¡Oh, dioses! ¿En qué afectará esto a las cosas?

Al atisbar con los ojos entrecerrados, advirtió que estaban en la plaza de la ciudad. En otro tiempo había sido un suntuoso espacio abierto, pero ahora estaba lleno de chamizos y cobertizos para todos los que habían vivido fuera de los muros y ahora no tenían refugio ni familia. Aquí el hedor del hambre y la enfermedad se notaba más, y eso redobló su deseo de hacer algo para ayudar.

Abrió los ojos lo suficiente para advertir con alivio que la estaban llevando hacia la entrada de la mina y que, como siempre, había tres hombres altos de guardia. Tres hombretones de aspecto muy familiar, a pesar de que tenían el cuerpo y la cara cubiertos casi por completo por la armadura y los cascos.

Obedeciendo a una rápida orden, transfirieron su cuerpo a dos de ellos y abrieron la entrada. Con uno caminando por delante de Ágathes, al que seguían los dos que la sujetaban, entraron en la mina.

Si era posible arrastrar a alguien con delicadeza, Íkaros y Salmakis estaban intentando hacerlo. Abrió los ojos a la luz vacilante de las antorchas y vio la espalda de Ágathes justo delante de ella, precedido por el soldado que sabía que era Autólicus.

¿Qué dirá?, pensó Gabrielle, cada vez más emocionada. “Gracias” no. Xena no. Tal vez esa sonrisa de medio lado con cara de falso aburrimiento. “Has tardado lo tuyo”. Se rió por dentro.

Cuando se detuvieron y Ágathes se adelantó para abrir la puerta, los hombres la soltaron. El político se volvió, diciendo:

—Metedla ahí dentro... —Y se calló, atónito al ver a la chica de pie y libre con una sonrisa en los labios que le resultaba conocida y que decía: “Me parece que no comprendes del todo la situación”.

Pero el grito de “¡Gabrielle!” que soltó Autólicus le congeló la expresión y siguió su mirada hasta el interior de la cámara llena de barrotes.

La celda estaba vacía.

Salvo por su propia vara de amazona.

Con una intensidad que la sorprendió a ella misma, se abalanzó de inmediato sobre el hombrecillo, lo tiró al suelo, le quitó el cuchillo que llevaba en una vaina y se lo puso al cuello.

—¿Dónde está? —preguntó ásperamente.

Ágathes estaba casi demasiado pasmado para responder, por lo que tuvo que pincharle con el cuchillo la sensible piel de debajo de la oreja para que empezara a farfullar.

—Se rindió. Por fin se rindió. Aceptó trabajar para nosotros... cuando le dije que te habíamos capturado. Pero sólo si te encerrábamos en un sitio donde estuvieras a salvo. ¡Éste es el sitio más seguro que se me ha ocurrido!

Gabrielle se quedó paralizada por un instante, sin respirar siquiera. No ha... creído en mí. Al final, he seguido siendo... nada más que... ¡Maldita sea! Y sintió dolor. Más profundo de lo que jamás había pensado que pudiera ser una emoción. Soltó el cuero cabelludo que tenía aferrado y agachó la cabeza. Se le escapó una risa forzada y, respirando hondo, miró a su prisionero a los ojos.

—¿Lo ha jurado? —preguntó apagadamente.

Él asintió.

—¿Qué dijo? Las palabras exactas.

Nervioso, contestó.

—Que hasta que no viera a Rukcal derrotado por completo, lucharía por nosotros contra todos nuestros enemigos.

Sujetando aún el cuchillo, Gabrielle se levantó y se alejó hasta colocarse de cara a la pared.

Los demás la miraron preocupados, pero esperaron hasta que Autólicus se acercó a ella y preguntó:

—¿Gabrielle? Por lo general, no soy muy dado a la introspección, y éste no es el momento más adecuado.

La chica se volvió para mirarlo desde algún lugar lejano y entonces se le aclararon un poco los ojos.

—Estoy bien. Y vamos a salir de aquí. —Carraspeó y le dijo al gigante—: Dile lo que ocurrirá si no salimos ilesos de aquí.

Salmakis sonrió, levantó a Ágathes como si fuera un bebé y le canturreó al oído:

—Nos vamos a ir de aquí y tú no vas a abrir el pico más que para ordenar que se mantengan alejados. ¿Me oyes? Porque quieres seguir vivo cuando esto termine, ¿verdad? Da igual cuántas flechas me claven, este cuchillo se te hundirá en el espinazo como si fueras un pez al que estuviera limpiando. —Y luego tiró al hombre al suelo. Autólicus frunció los labios y comentó impresionado:

—Qué buena amenaza.

El gigante sonrió.

—Siempre quise ser bardo.

—Puede que necesitemos uno —dijo Autólicus, mirando a la silenciosa Gabrielle antes de acercarse a ella de nuevo. Le puso una mano en el hombro, pero ella se apartó—. Gabrielle, puedo hacerme cargo yo, pero necesito saber... ¿estamos hablando de salir de la mina o de la ciudad? Tenemos que seguir por aquí para darle un mensaje a Xena, ¿no?

Ella se volvió en redondo y se quedó atónito al ver la rabia que ardía en sus ojos.

—¿Es que no lo entiendes, Auto? Xena es el enemigo ahora. ¡Xena ha dado su palabra! ¿Sabes lo que significa eso? —El ladrón retrocedió sorprendido. Gabrielle alzó el cuchillo y lo agitó frustrada, señalando al prisionero que seguía tirado en el suelo—. Mira a Ágathes. Rompió su palabra para capturarla. Ahora no es... Ya no puede firmar un contrato, ni hacer un juramento, ni ser juez, ni formar parte de su familia. Legalmente no es nada. ¿Y Xena? Xena cree que lo único que tiene es su palabra, algunas noches es lo único que la sostiene. Sería tan capaz de romper su palabra como yo de...

Auto atrapó la mano que sujetaba el cuchillo.

—¿De matar a alguien?

Gabrielle se quedó mirando el arma y dejó que se la quitara.

—Entonces, ¿nos marchamos mientras podemos? ¿Lo usamos como rehén para salir por las puertas?

Gabrielle se echó a reír, pero sin el menor rastro de humor.

—¿Con Xena al mando? Tendría diez planes preparados para detenernos antes de que consiguiéramos acercarnos siquiera a las puertas. No, salimos de la mina, pero no de la ciudad.

—Pero ella no sería capaz...

—Auto, ¿es que no lo has oído? “Todos sus enemigos”. ¿Cómo llamarías tú a alguien que tiene a su líder como rehén?

—¿Entonces?

“La planificación exige flexibilidad, Gabrielle. Tiempo de sobra para reaccionar y una mente capaz de adaptarse al cambio de condiciones”.

—Necesitamos tiempo y un lugar donde escondernos y pensar.



Posó el pie en su barco
No vio a ningún marinero
pero las velas eran de tafetán
y los mástiles de oro batido
No habían navegado una liga, una liga
Una liga y apenas tres
cuando vio su pie hendido
y lloró amargamente
—El amante demonio


Día 40: Ocaso

—Vete.

El soldado levantó el brazo para saludar, pero luego se detuvo.

—Sí, señora.

Xena sonrió lúgubremente al oír eso y volvió a sus listas. Para haber estado presa en una celda durante varios días, se encontraba estupendamente. Si no fuera por esa única preocupación constante... Gabrielle.

—¡NO! ¡NO! ¡NO! —La voz que sonó detrás de ella era tajante. No tuvo que volverse para saber quién hablaba.

—Ares.

El dios de la guerra se acercó y echó un vistazo a los papeles que Xena estaba estudiando.

—Ya veo que has doblado la guardia y has dado órdenes para que maten a cualquiera que intente salir de la ciudad. Buena idea.

—Gracias. ¿Qué quieres?

El dios no hizo caso de la pregunta.

—Al fin y al cabo, es fundamental que nadie descubra quién está ahora de verdad al mando. —Materializó una silla detrás de él y tomó asiento con elegancia—. Los dos sabemos que eres la mejor y una noticia como ésa cambiaría los cálculos de todos. —Como ella seguía sin hacerle ni caso, colocó una bota encima de la mesa y luego la otra—. La mejor sin duda.

Renunciando a cualquier intento de evitar esta conversación, ella lo miró furiosa por encima de la mesa.

—Tendría que haberme imaginado que con esta situación tan complicada tú tendrías que estar metido de por medio.

Ares negó con la cabeza.

—Pues no, soy totalmente inocente. —Hizo una pausa y sonrió—. Bueno, a lo mejor no con ciertas cosas, pero los mortales habéis logrado esto vosotros solitos. Aunque debo reconocer que me gusta cómo están saliendo las cosas.

—Cómo no.

—Reconócelo, Xena. Has echado esto de menos. ¿Tu propio mando? A pesar de las desagradables sospechas y los malos recuerdos que esta gente tiene de ti, a las pocas horas ya estás consiguiendo esas gratificantes miradas de temor y respeto. ¡Me encanta! Y a ti también. Te alimentas de ello.

—Antes sí.

—Ah, sí, antes de tu conversión. Mi hermano y una chiquilla han domesticado a la gran guerrera... bla bla bla. —Dejó el tono de desprecio y habló con calma—: Encontraron un punto débil y lo aprovecharon. ¿No te has preguntado tú misma por qué a estos idiotas les ha sido tan fácil capturarte? Tú debes de saber por qué.

—No, Ares. ¿Por qué no me lo dices tú?

—Porque... has escuchado demasiadas historias de ésas que cuenta esa molesta rubia y... te las has empezado a creer de verdad. Has escuchado los cuentos de hadas sobre la heroína Xena y esa maravillosa mente estratégica se ha hecho papilla. Debilidad, Xena, todo esto de la conversión no ha sido más que eso.

Ares se levantó, le puso las manos en los hombros y la miró directamente a los ojos.

—Ahora se te ha ofrecido otra oportunidad. Una oportunidad que sólo se da una vez en la vida, Xena. Aquí hay un vacío de poder a la espera de ser ocupado. Tres ejércitos están a punto de enfrentarse y, cuando todo termine, alguien va a estar en posesión de la mina de plata más rica de Grecia y de la fortaleza más grande del continente. Y con el ejército corintio destrozado, Corinto estará indefensa. Corinto, Xena. La única mancha de tu historial, esperando a que tú entres. Detesto ver cómo se desperdicia el talento, el talento auténtico.

Hubo un último susurro seductor en su oído.

—Ésta eres tú, aquí es donde debes estar. —Dicho lo cual, se desvaneció.

Como siempre, sus pullas la desazonaron más de lo que estaba dispuesta a confesar. ¿Tenía razón? Su regla habitual era que siempre que Ares estaba a favor de algo, ella sólo tenía que analizarlo bien para encontrar la falsedad que había debajo.

¿Pero por qué se había metido en territorio enemigo?

Recordó la primera vez que oyó a Gabrielle contar una de sus aventuras... una de las aventuras de las dos. ¿Cómo podía no verse afectada? Ver cómo esa bardo inexperta, aunque en ocasiones hábil, la describía en aquel entonces como a una campeona fue una sacudida para ella, algo a lo que intentó quitar importancia atribuyéndolo a un exceso de admiración. Pero a medida que su relación se hacía más profunda, a medida que aprendía a respetar a la chica, a medida que empezaba a imaginar que tal vez, sólo tal vez, estaba empleando su espada para una causa mejor... Su forma de verse a sí misma cambió. La alegría que sentía al luchar contra los soberbios y los poderosos era distinta del regocijo salvaje que había sentido en otro tiempo al aplastar a las mismas personas que sus nuevos adversarios estaban oprimiendo.

Pero Ares tenía razón en una cosa. El mando era embriagador. Le exigía sacar lo mejor de su talento. Era lo que mejor sabía hacer. No había indecisión, ni preocupación por las consecuencias más allá de lo que pudiera beneficiar a sus planes. La sensación seguía siendo... perfecta.

Sus reflexiones se vieron interrumpidas por el ruido de pisadas apresuradas y Ágathes entró como una exhalación en su cuarto seguido de sus ayudantes militares. Ella lo miró furiosa, sin intentar disimular el asco que sentía hacia él y su interrupción. Un vacío de poder, pensó. En eso Ares sí que tiene razón.

—¿Qué quieres ahora, Ágathes?

El político tenía la cara enrojecida y la ropa desordenada.

—¿Que qué quiero? —gritó—. ¡Quiero la cabeza de esa pequeña bardo!

Xena mostró su sonrisa más despreciativa.

—¿Qué ha hecho que tanto te ha molestado? —Bien hecho, sea lo que sea, Gabrielle.

—¿Que qué ha hecho? ¡Toda su captura era una estratagema! ¡No era más que un engaño para liberarte!

Con el corazón en un puño, Xena miró a los ayudantes. Uno de ellos decidió intervenir.

—Dos de los centinelas del norte fueron reducidos durante el ataque de esta noche. La cosa se hizo sin que sonara la alarma. Mientras metían a la chica en la ciudad, tres soldados se infiltraron y ocuparon el puesto de los guardias de la mina. Cuando la llevaron a tu antigua celda, acompañaron a nuestro... líder, quien fue reducido por... —Hizo una pausa efectista—. La chica.

Ágathes se paseó airado por la habitación sin hacer caso de la sonrisa burlona de su ayudante.

—¡Ella estaba al mando! Me tiró al suelo y me puso un cuchillo en el cuello. ¡Mira! —Ladeó la cabeza para mostrar el insignificante corte.

—Yo diría que has tenido suerte de que no fuera yo la que sujetaba el cuchillo —dijo Xena.

Al oír esto, Ágathes sonrió.

—Sí, no estabas allí, ¿verdad? Y eso parece haberla alterado bastante.

Aunque la verdad de su error la estaba desgarrando por dentro, la culpa era una íntima amiga de Xena y consiguió conservar una apariencia de frialdad.

—¿Dónde están ahora?

Ágathes se detuvo y apuntó a la guerrera con el dedo.

—Eso no es responsabilidad mía, ahora es tuya, ¿no? Quiero que se emprenda de inmediato un registro casa por casa. ¿O acaso la palabra de la Princesa Guerrera vale tan poco?

Nunca había visto nada que se moviera tan deprisa. La mujer estaba a varios pasos de distancia y de repente, la tenía detrás retorciéndole el brazo, obligándolo a ponerse de puntillas. Le susurró al oído con tono amenazador:

—Estás sobre la cuerda floja, Ágathes, y como sigas así, te alargo el corte que te ha empezado Gabrielle en el cuello. ¿Me entiendes?

Lo dejó caer al suelo y habló con un tono más normal.

—Podemos anunciar que estamos buscando a unos espías y las consecuencias que habrá si alguien los ayuda. Ya nos hemos asegurado de que no puedan salir de la ciudad. Pero no voy a malgastar hombres y recursos y a destruir la moral sólo para encontrar... ¿a cuántos? —Miró al soldado que había hablado antes.

—A cuatro, incluida la chica.

—A cuatro personas. Como todos nosotros, están atrapados aquí dentro, en territorio enemigo, sin nadie que les eche una mano, siempre y cuando nosotros no hagamos nada para provocarlo.

Ágathes se levantó del suelo y farfulló con tono desafiante:

—¿Entonces no vas a hacer nada? ¿Y si son capturados? ¿Qué harás entonces? Son nuestros enemigos.

No había ahora emoción alguna en ese rostro impasible.

—Y así serán tratados cuando los encontremos, si los encontramos.


PARTE 4


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
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