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Cuando Turpin cabalgaba por el páramo
vio a un letrado que cabalgaba delante
Acercándose a él, dijo: “¿No tenéis miedo
de encontraros con Dick Turpin, el pícaro bandido?”
Le dice Turpin al letrado haciéndose el listo:
“Yo me he escondido el dinero en la bota”.
Le dice el letrado a Turpin: “El mío no lo encontrará
pues lo he ocultado en la esclavina de mi capa”.
Turpin le robó al letrado todo su dinero
Le dijo que se fuera a casa y allí cogiera más
“Y en el primer pueblo que os encontréis
podéis decirles que os robó Dick Turpin”.


Día 39: Pasada la medianoche

Gabrielle echó un vistazo al cielo sin luna, mientras delante de ella Rukcal estaba plantado de cara al viento y seguía dirigiéndose a los hombres de los corrales de debajo. No lograba distinguir a los animales de los hombres, y arrugó la nariz al captar el olor a heces que subía hasta ellos.

—Todos vosotros habéis cometido crímenes que os han traído hasta aquí y vuestro castigo es morir por la mañana. Pero a tres de vosotros os puedo dar la oportunidad de limpiar vuestro nombre y lavar el deshonor con que habéis agraviado a vuestra familia. Si por suerte tenéis éxito y sobrevivís a esta misión, se os permitirá salir de este territorio con vida y como hombres libres. Así que decidme. ¿Muerte? ¿U honor? ¿Alguno de vosotros está interesado?

Una voz adormilada exclamó desde el fondo:

—¿Pero pagan bien?

Rukcal frunció el ceño y miró a Gabrielle.

—Ése tiene que ser el espía, cómo no. —Llamó a los guardias y ordenó—: Arrancadle la lengua.

Gabrielle tocó timidamente al general en el hombro.

—Por favor... Espera. ¿Un espía?

El general cerró los ojos, lamentando a todas luces haber perdido la oportunidad de arrancar esta lengua concreta, e hizo un gesto al carcelero para que trajera al prisionero. Tenía una figura alta y delgada y parecía avanzar con aire majestuoso incluso cuando lo estaban empujando a la fuerza.

—Un espía al servicio del rey Pólibus —dijo Rukcal como presentación.

El hombre se hizo el interesante con una ligera sonrisa.

—Espía no. Ladrón. El rey de los ladrones, en realidad. A tu servicio, mi señora.

A pesar de la preocupación, Gabrielle no pudo evitar sonreír. Se apresuró a quitarse la sonrisa de los labios y respondió con autoridad:

—Eso está por ver. —Miró al corpulento general—. ¿Qué crimen ha cometido?

—Lo pillaron intentando ver los planos que detallaban la distribución de mis fuerzas.

Gabrielle frunció el ceño.

—No será muy bueno si lo pillaron. —Se tocó la lengua—. Adelante.

Antes de que los guardias se lo pudieran llevar, el ladrón logró decir:

—La verdad es que me estaban esperando. Me pareció un poco injusto.

El general gruñó:

—Claro que lo sabíamos. Nosotros tenemos espías, Pólibus tiene espías, Ágathes tiene espías.

El ladrón agitó la mano muy frustrado.

—Ya ves por qué insisto en que me dedico al honrado oficio de ladrón. Los espías son de lo más corriente.

—Tiene la estatura suficiente para el papel. A lo mejor... Deja que hable con él. —Gabrielle interpretó el silencio del general como autorización y agarró a Autólicus del brazo y se lo llevó colina abajo. Con las cadenas que llevaba en las piernas tropezó un poco hasta que estuvieron fuera del alcance de oídos ajenos.

En voz baja y acalorada, Autólicus quiso saber:

—¿Gabrielle? Dime que la captura de Xena es parte de su plan.

Gabrielle bajó la mirada.

—Pues...

Al ladrón se le hundieron los hombros.

—¿Entonces tú estás al mando? ¿Esto va a ser uno de tus planes “Xena”? Por favor. Vuelve a meterme en el corral, es más seguro.

Se le puso el rostro gélido mientras la miraba.

—Muy bien. Si eso es lo que quieres. —Llamó hacia la colina—: ¡Guardias!

Autólicus se puso pálido por la sorpresa. Le habló al oído.

—¿Son imaginaciones mías o has perdido el sentido del humor? No me irás a mandar allí otra vez, ¿verdad?

La voz que le respondió era fría y tranquila.

—Autólicus, todo el mundo está entregado a un juego y nosotros somos los peones. Yo me niego a seguir jugando, ¿comprendes?

Él asintió inseguro y cuando estaba calibrando a la chica, Rukcal bajó la colina para hablar con ellos.

—Bueno, ¿este desgraciado va a ir contigo?

Gabrielle asintió.

—Le voy a contar unos detalles de... tu plan. A ver si sabe qué prisioneros pueden ayudar.



2) “Esperad, buen juez, dulce señor juez
Esperad un instante
Me parece ver que llega mi padre
y ya cruza la cerca
Un poco de vuestro oro, papá
Un poco de vuestro dinero
para salvar mi cuerpo de la tumba
y mi cuello del árbol del ahorcado”.
“Nada de mi oro vas a tener
Nada de mi dinero
Pues he venido a verte ahorcar
y ahorcada serás”.
—Una doncella salvada de la horca


Día 39: Mediodía

—Hombres, quiero que os imaginéis que estáis volando por encima de esta parte de la tierra como si fuerais Hermes. Esto —y el largo puntero que el rey Pólibus tenía en la mano tocó la maqueta de la ciudad situada en la cuenca del valle en miniatura—, es la ciudad de Namea. Las murallas, como veis, son anchísimas, y hay otras alrededor del patio interior de la puerta principal. Hay torres con atalayas en lo alto y más abajo, la mayoría de las cuales están atendidas por hábiles arqueros. Protegen todas las entradas laterales y todos los puntos de aproximación a la ciudad.

“Dentro de sus murallas hay cierta mina de plata, con sus mineros, que a lo largo de los años han subido sus precios, así como las murallas de su ciudad, para crear uno de los lugares mejor protegidos del mundo. Ya llevan treinta y ocho días en estado de sitio y, por supuesto, se están muriendo de hambre. Tienen todo el dinero del mundo, pero no tienen alimentos y poca agua potable. Hay más de mil hombres, mujeres y niños, pero sólo unos pocos cientos de guerreros eficaces, cercados por... —el puntero empezó a trazar un gran círculo alrededor de la maqueta de la ciudad—, ...mercenarios al mando del general Rukcal, que antes pertenecía a la guardia ateniense.

“Estos hombres han arrasado todas las casas situadas fuera de las murallas de la ciudad, han quemado los campos y se han apropiado de todo el ganado. Sabemos con cierta precisión, pero no la suficiente, cómo ha desplegado a casi mil soldados por esta zona. Podemos estar seguros de que han hecho trincheras y están bien preparados para aguantar cualquier ataque no excesivamente intenso contra el anillo exterior. Otra mala noticia, como veis, es que se han hecho con el terreno elevado. Enviaremos exploradores por delante para intentar averiguar dónde están situados los campamentos principales dentro del cordón. Si atravesáramos simplemente el cerco, nos quedaríamos atrapados en este... —el puntero indicó la zona dentro de la cuenca—, ...desierto que han creado. No podemos contar con el apoyo de la ciudad y estaríamos rodeados, atrapados y atacados por tres lados. La situación está clara. Vamos a tener que atacar a Rukcal por fuera, arrastrar a todas sus fuerzas al combate y aplastar por completo a su grupo para poder liberar la ciudad.

Si la idea de la masacre que esto supondría preocupaba a los generales, no lo demostraron en absoluto.

—Me gustaría evitar destruir los corrales para animales que hay aquí y aquí, así como echar demasiados cuerpos al río, porque serán la fuente de alimento y agua para nuestros hombres y para los supervivientes.

El resto de la exposición trató de otras trivialidades. Se tardó poco en asignar funciones y se entregaron órdenes selladas con discreción. En cuanto se marcharon, Ismene se levantó de los almohadones donde había estado observando y señaló risueña la compleja maqueta que tenían a sus pies.

—A veces me pregunto si haces estas maquetas para hacer mejor la guerra o si haces la guerra para conseguir mejores maquetas.

Pólibus se echó a reír y cogió la mano de su esposa y la besó tiernamente. Levantó la cabeza y se encontró con su mirada solemne.

—¿Crees que piensan que de verdad tienes intención de atacar a Rukcal de esta forma? —preguntó ella.

—Lo que importa es que los espías que hay entre ellos se lo crean —sonrió Pólibus.

Ella se echó a reír y le pasó algunas de las cerezas que se había estado comiendo durante la sesión estratégica.

—¿Espías al servicio de los comerciantes o de la oposición?

Pólibus suspiró.

—Nuestros malditos comerciantes son casi tan malos como esos dos ejércitos enfrentados. Si no hubieran tenido tanto miedo de que dejáramos esta ciudad sin una guardia completa todo este año, sabes que habría podido eliminar a Rukcal antes de que consiguiera fuerzas suficientes en el campo para intentar esta jugada. O hace tiempo que habría podido marchar sobre Namea y exigir que redujeran sus ridículos precios a la mitad. No, casi tengo que darle las gracias a Rukcal. Ha hecho falta este juego suyo para que consigamos el apoyo de nuestra ciudadanía a esta expedición.

—¿Estás seguro de que el ejército puede estar de verdad situado en menos de tres días y no cuatro?

—Es una de las pocas cosas de las que estoy seguro. Pero hay que ser muy precisos. Mientras haya esperanza de que Ágathes se rinda, Rukcal retrasará el ataque hasta poco antes del momento en que crea que vamos a llegar. Debería atacar al tercer día, con la esperanza de encontrarse a salvo al cuarto refugiado en la fortaleza. Con la información que nos traigan los exploradores, deberíamos estar situados después de que su ejército haya iniciado el ataque a las murallas. Rukcal estará descolocado, sin defensa en la retaguardia contra nuestro ejército. Con ayuda de los dioses, calcularemos el ataque para cuando ambos bandos hayan perdido la mitad de sus hombres, y nos haremos con su ejército y la ciudad para cuando acabe el día. Entonces... —sonrió—, ...negociaremos... un nuevo precio de la plata con los agradecidos supervivientes y regresaremos para recibir el agradecimiento de nuestros ciudadanos y de esos malditos comerciantes.

—Qué organización. Y sin embargo, estabas dispuesto a recibir a Xena, a Gabrielle y a su amigo y a darles la oportunidad de lograr la paz a pesar de las ventajas que tiene este plan. Tu paciencia es admirable, mi señor. ¿Pero por qué Rukcal y Ágathes no lo han previsto? —preguntó Ismene.

—Tú sabes que estoy convencido de que siempre se debería intentar lograr la paz. Yo no soy un lobo hambriento como Rukcal o Ágathes —dijo Pólibus, plantado por encima de la maqueta—. Ellos no son capaces de ver las cosas globalmente. —Mientras hablaba, un trocito de fruta resbaló de su mano y cayó sobre las murallas de la ciudad, causándoles a los dos una extraña sensación de inquietud cuando estalló y luego se deslizó por los lados dejando un rastro reluciente a su paso. Acabó su descenso hecho pedazos y se posó con la piel de un rojo reluciente sobre la pálida arena.

Con cuidado, Pólibus usó el puntero para hundirlo en el suelo y luego le echó arena encima con pulcritud para taparlo.



3) Decidle que lo corte con una hoz de cuero
perejil, salvia, romero y tomillo
y que lo junte todo en un ramo de brezo
y entonces será mi amor verdadero.
—La Feria de Scarborough


Día 39: Salida de la luna

Íkaros se tiraba inquieto de la armadura mal ajustada que le habían dado. Verse arrancado de los corrales de los condenados justo cuando se estaba poniendo en paz con sus dioses antes de una muerte segura al amanecer le había causado una conmoción que casi era traumática. El menudo corredor lo había intentado, pero todavía no conseguía comerse lo que le habían dado e intentaba distraerse del miedo estudiando su entorno. A su alrededor pasaban oficiales que se preparaban para el ataque que Rukcal lanzaba cada noche contra las puertas de la ciudad.

El otro prisionero seleccionado por Autólicus era un gigante forzudo llamado Salmakis, cuya total absorción en la comida que les habían dado aumentaba las náuseas que sentía Íkaros. Frente a ellos, Autólicus y la jovencita, Gabrielle, hablaban en tono apagado, sin hacer caso del jaleo que los rodeaba. Irritado, Íkaros los interrumpió.

—¿Vosotros creéis que alguno de estos tipos se cree de verdad que éste es el asalto definitivo? —preguntó sin dirigirse a nadie en concreto—. O sea, ¿a quién quieren engañar? ¡Lo hacen todas las noches! —Salmakis se encogió de hombros y siguió tragando la primera comida que recibía desde hacía días. No obstante, Íkaros insistió—. ¿Qué sentido tiene?

Gabrielle decidió responder.

—Porque una noche será de verdad.

—Pero eso ya lo sabe todo el mundo. ¿Qué tiene de diferente?

La chica dijo, como si recitara:

—Cualquier ventaja, por pequeña que sea, es una ventaja. —Dirigió una mirada a los fuegos y la maquinaria de guerra que estaban preparando—. La noche en que se lleve a cabo el asalto real, puede que haya un centinela que tarde en avisar, un soldado que tarde un minuto más en salir de su catre. Eso puede suponer la diferencia en una batalla.

Dioses. ¿Más palabras sabias de la poderosa Xena?, pensó Íkaros, pero se calló la boca. En cambio, contemporizó:

—Supongo que tenemos suerte de que nos sirva de tapadera. ¿Por qué tú no vienes con nosotros?

—Yo tengo mi propia invitación. Alguien me está esperando por otra ruta. Sólo funcionará si nos reunimos dentro. Cuando estéis situados, Autólicus os explicará los siguientes pasos. —Preocupada, Gabrielle miró a Autólicus y le murmuró—: ¿Estás seguro de que es capaz de correr a la velocidad suficiente para hacerlo?

El ladrón sonrió de lado.

—Por lo que me han dicho, hicieron falta dos hombres a caballo para atrapar a Íkaros cuando intentaba desertar durante el primer asalto a la ciudad.

Gabrielle parpadeó.

—¿Desertar? —Alzó la voz—: ¿Desertó... durante un asalto? Auto, por favor, ¡no me digas que has elegido a un desertor como hombre clave!

Autólicus se quitó con indiferencia unas motas imaginarias de la comisura de la boca y el bigote.

—Gabrielle, era un grupo de presos condenados. Tú sabes que quería elegir hombres que estuvieran condenados a muerte por llevar polainas del color equivocado después de la cosecha, pero no había.

Gabrielle cerró los ojos un momento y se puso a frotarse las sienes.

—Vale, puedo con esto. —Agitó los hombros y avanzó hacia el gigante, que, aunque estaba sentado, seguía a la misma altura que ella—. ¿Debería saber por qué estaba éste en los corrales? —preguntó, señalando. Salmakis miró a Autólicus con expresión irónica, lo cual enfureció aún más a la bardo. Utilizando esa furia, dijo con su mejor tono de autoridad—: Mírame a mí cuando hable contigo, no a él. Aquí mando yo. ¿Qué crimen cometiste?

Salmakis dejó la pata de cerdo que se estaba comiendo y dijo sin alterarse:

—Maté a mi oficial al mando.

La bardo cerró los ojos de nuevo, pero no se achantó, según advirtieron los tres hombres. Cuando los volvió a abrir, casi sonreía.

—Vale. ¿Qué tal si empezamos de nuevo? —Ofreció la mano al pequeño corredor—. Yo soy Gabrielle. Tú eres... ¿Íkaros? Íkaros, ¿tienes familia?

Un rápido y nervioso gesto de asentimiento.

—¿Hijos?

—Uno, un niño.

—De modo que si hubieras muerto como desertor...

—Mi pueblo los habría abandonado.

—Así que estás dispuesto a hacer esto por ellos —declaró Gabrielle con firmeza.

—Sí.

—¿Salmakis?

El gigante asintió despacio.

—No quiero que nadie muera en esta misión, pero tampoco quiero que nadie corra riesgos innecesarios. Si trabajamos juntos, podemos salir de esto con vida. ¿Puedes cumplir con tu parte?

Él asintió.

—¿Podemos estrecharnos la mano para firmarlo? —Y alargó la mano. Reprimiendo una ligera risa, Salmakis aceptó el gesto y ella alargó la mano libre y trató de estrechar la del hombre más menudo, pero éste la retiró y preguntó:

—Esto de que no muera nadie. ¿Eso incluye a Xena?

Como Gabrielle dudó, el gigante habló.

—Niña, si quieres que trabajemos contigo, tenemos que saber a qué atenernos.

Autólicus advirtió la misma expresión retraída en los ojos de la chica que ya había visto antes.

—Si matar a Xena supone evitar todo este baño de sangre —les dijo—, entonces ya sé lo que tengo que hacer. Pero también sé que ha salido de situaciones peores que ésta. Si... cuando lleguemos a ella, sé que se le ocurrirá un plan.

Íkaros resopló nervioso.

—¿Se le ocurrirá algo para lograr que estos mineros codiciosos se rindan? ¿O para lograr que el general Rukcal cancele un ataque que tiene a mil hombres soñando con llevar zapatos forrados de plata? Y luego está todo el ejército corintio que no tardará en aparecer y que querrá aplastarlos a todos. Estamos hablando de hacer un milagro.

—Ya ha hecho cosas más difíciles —insistió ella—. Os digo que si conseguimos llegar hasta Xena, todo esto se arreglará. —Miró a los dos rostros escépticos—. ¿Y si os hablo de algunas de las ocasiones en las que lo ha hecho? ¿En las que se le ocurrió una solución cuando parecía que nadie daba con una?

Sin esperar respuesta, tiró de un tronco de la pila de leña, se sentó y alzó las manos con gesto dramático.

—¿Habéis oído hablar del Marinero Perdido? ¿De Poseidón, que lo maldijo por la rabia de perder su apuesta con Atenea, y de la Princesa Guerrera que salvo al primero y derrotó al segundo sin levantar la espada?

Íkaros no tardó en olvidarse de los ruidos de los preparativos del ejército cuando la bardo los arrastró a su historia.

“Habló, ¡y a su alrededor convocó a las nubes y levantó al océano, blandiendo el tridente en la mano! Llamó a los huracanes... a todos los vientos, y cubrió de niebla la tierra y el cielo. Y en lo alto, la noche cayó de repente...”

Cuando terminó, con sus aplausos de admiración y no poco sonrojo, Autólicus sacó una frasca de un potente brebaje que pronto los hizo reír e intercambiar historias. Íkaros no hizo caso al principio de las miradas extrañadas que les dirigían los soldados que se preparaban a su alrededor. El espectáculo de tres hombres y una jovencita riendo mientras se preparaba una batalla llamaba sin duda la atención, e Íkaros se encogió automáticamente cuando un fornido hoplita se plantó ante él para preguntar agresivamente:

—¿Quién demonios eres tú y a qué unidad perteneces? ¿Y qué hace aquí esa cría?

Ante su propia sorpresa, Íkaros ya estaba casi levantado para defenderla cuando Autólicus se le adelantó y respondió:

—Ella es el cerebro.

—¿De qué?

El ladrón se llevó al hombre aparte y le dijo con tono confidencial:

—Ésta es la Fuerza de Misiones Especiales, amigo. Operaciones encubiertas. Por tu propia salud, no creo que te convenga hacer más preguntas. Da gracias de que estemos aquí para haceros el trabajo sucio cuando empiece la lucha de verdad.

El soldado contempló al pintoresco grupo. Íkaros intentó parecer duro e inescrutable y sintió que se le hinchaba un poco el pecho. Salmakis gruñó y la chica le clavó una mirada que le dejó el corazón congelado. El soldado retrocedió murmurando:

—Vale... sólo estaba... —Y desapareció en el bullicio.

Los cuatro soltaron una carcajada nerviosa.

—¿Operaciones encubiertas? —farfulló Gabrielle—. ¿Qué Tártaro significa eso?

Autólicus sonrió.

—¿Pero a que ha sonado bien?

En ese momento todos oyeron las trompetas de la zona de mando y los campos de su alrededor se quedaron de repente sumidos en el silencio de la expectación.

El ladrón se acordó de repente de una cosa que faltaba en el plan, de modo que preguntó:

—¿Gabrielle? Cuando nos reunamos con Xena, va a querer tener armas, ya sabes. No me has dejado tiempo en el plan para ir a buscarlas.

Gabrielle no dijo nada, pero se levantó y fue a un zurrón que tenía debajo de su petate. Con una actitud reverente que a Íkaros podría haberle parecido casi cómica, sacó una espada y un anillo metálico, y él, incluso desde el lugar que ocupaba junto al fuego, notó la amenaza de las armas adornadas con joyas.

Ella levantó la mirada y vio que el ladrón la miraba con franca admiración. Sonrió.

—No estaban muy bien guardadas... —Entonces dejó de sonreír—. No podré volver a meterlas conmigo, así que me parece que te encargas tú. —Daba la impresión de no querer entregarlas, pero cuando lo hizo, hasta Auto, normalmente tan parlanchín, guardó silencio durante un momento.

—Sabes que las cuidaré como...

—Lo sé.

Salmakis gruñó:

—Bueno, y esta Xena, ¿de verdad es tan buena?

—No. —Auto levantó la mirada y sonrió burlón—. De verdad es tan mala.

Alguien carraspeó detrás de ellos y Gabrielle miró a su equipo y preguntó:

—¿Estamos listos?

Todos asintieron y se dirigieron juntos a las primeras líneas para ocupar sus posiciones.



Es tan bella y pulcra
Es tan dulce y completa
Cantó al capitán y a los marineros y se quedaron dormidos, dormidos, dormidos
Cantó al capitán y a los marineros y se quedaron dormidos.
Entonces les robó la plata
Les robó el oro
Les robó los objetos valiosos
Luego le cogió la espada en lugar de un remo
y remó hasta la orilla, orilla, orilla
Y remó hasta la orilla...
—La doncella sola en la orilla


Día 40: Antes del amanecer, atalaya de la ciudad

Bulogus decía a menudo que no era un simple centinela. Era un mercenario especializado, contratado para una tarea específica como parte del cuerpo de seguridad pagado por los mineros de Namea. Era un hábil arquero, formidable en el combate cuerpo a cuerpo, y le habían disparado más veces de las que podía recordar. Así y todo, la visión de dos catapultas de gran tamaño colocadas en posición y que apuntaban directamente al lugar que ocupaba él en las murallas de la ciudad le estaba causando un serio problema intestinal.

Aunque no era experto en tácticas, todavía era capaz de intentar averiguar qué podía querer decir esto aparte de su probable muerte. ¿Por qué atacar esta sección trasera de las murallas mientras la fuerza principal se lanzaba al asalto de las puertas principales?

Su puesto estaba muy fortificado, con poca madera que pudiera arder por las catapultas. Sólo había una pequeña entrada situada justo debajo de él y que estaba cubierta por el arco de su compañero Astus, situado en otro nicho por debajo y a su izquierda. La puerta de hierro estaba cerrada con llave y con una fuerte barricada por el lado que daba a la ciudad. Cualquiera lo bastante necio como para intentar echarla abajo atraería las flechas de Astus. Aunque lograran abrirse paso con vida, quedarían atrapados dentro de las paredes al pie de una pequeña escalera de espiral, donde podrían ser eliminados uno por uno por Bulogus, que dispararía desde arriba al ser alertado. ¿Qué estaban tramando, por la espada de Ares?

La primera bola de fuego llameante pasó por encima de él a muchos cuerpos de distancia, y con todo, tuvo la presencia de ánimo de gritarle a Astus:

—Atento, están tramando... —Pero su grito quedó tapado por la explosión de fuego que hubo detrás de él. Oyó a las reservas que se despertaban de su agotamiento mientras las brigadas del fuego se dirigían a los depósitos de agua contaminada que se usaban para apagar las llamas de este inesperado ataque por retaguardia.

Tuvo tiempo de mirar para ver si Astus seguía en su sitio cuando la segunda catapulta disparó hacia ese punto, y entonces, espantado, vio que estaban ajustando la primera catapulta para lanzar el siguiente proyectil directamente contra él. Se le desorbitaron los ojos y se tiró al suelo tras los muros de piedra, por lo que no vio al pequeño corredor que salió disparado desde las líneas enemigas hacia el otro puesto de guardia. Ni a los otros tres que cubrieron la distancia más corta hasta las murallas del lado más próximo.

Íkaros había estado a punto de emprender la carrera en cuanto lanzaron el primer proyectil, pero el guardia se quedó en su puesto. Estaba temblando, con los ojos clavados en su objetivo en el momento en que éste recibió un impacto casi directo de la segunda catapulta. Se preparó para correr. “Imagínate que la que está ahí es tu mujer”, le había aconsejado Gabrielle. De modo que pensando en eso, salió disparado en cuanto Bulogus desapareció de su vista, cruzó el terreno abierto y saltó a la atalaya de debajo antes de que el hombre más menudo de dentro pudiera recuperarse del impacto. Sólo tuvo que pegarle un golpe rápido en la cabeza y pudo arrancarle el casco al mercenario inconsciente y colocarlo sobre el suyo. En ese instante, el guardia de la atalaya más alta se levantó e Íkaros agitó el brazo para indicar que estaba bien. Como ya no estaban cubiertos desde su posición, Gabrielle, Autólicus y Salmakis se deslizaron a lo largo de la muralla hasta la pequeña puerta de hierro que había debajo de la torre de vigilancia.

Por alguna razón, Íkaros deseó poder decirle a la chica que el guardia estaba vivo, que no había tenido que usar su cuchillo, pero cualquier movimiento de ese tipo habría levantado sospechas. Agachó la cabeza y esperó para ver si los guardias de las torres más altas hacían sonar la alarma. Pasaron los minutos y se dio cuenta, desmayado casi de alivio, de que había sido lo bastante rápido.

Mientras, Bulogus oyó ruidos en el pasillo que venían hacia él. Cuando se giraba, alargando la mano hacia la campana de alarma, se estampó con un muro sólido en forma de hombre. Le dio tiempo de mirar a los ojos del gigante que lo sujetaba y de ver que alguien colocaba con cuidado la campana de rebato de nuevo en su sitio. No veía a la segunda figura, pero antes de que se le llenara la vista de estrellas, oyó que comentaba con tono taimado:

—No preguntes por quién doblan las campanas: no es por nosotros.

Y entonces se quedó inconsciente.



Decidle que lo lave en aquel pozo seco
perejil, salvia, romero y tomillo
donde el agua nunca brotó y la lluvia nunca cayó
y entonces será mi amor verdadero.
—La Feria de Scarborough


Día 40: Amanecer

En cuanto estuvo claro que Autólicus y Salmakis iban a conseguir cruzar la puerta, Gabrielle se deslizó pegada a la muralla hasta el punto de encuentro que le habían asignado. El gran cesto de mimbre estaba justo donde debía estar, pero así y todo se subió a él con cautela y muy preocupada. Justo cuando estaba metiendo su vara, las cuerdas se tensaron y emprendió el ascenso con una sacudida.

Gabrielle se aferró a las cuerdas que sujetaban el cesto e intentó no mirar hacia arriba siguiendo la muralla de la fortaleza.

Oh, dioses, mirar hacia abajo es peor. Tragó con fuerza cuando el suelo dio vueltas a su alrededor. Ya sabía yo que esta parte del plan no me gustaba. Quería mirar para comprobar que el resto del equipo había logrado sus objetivos, pero le resultaba más fácil seguir con los ojos cerrados mientras el cesto continuaba subiendo con una serie de sacudidas y pausas. Justo cuando se preguntaba, ¿A qué altura estoy ya?, el viento alcanzó al cesto y empezó a balancearse con tal fuerza de lado a lado que tuvo que agarrarse al borde para seguir dentro. ¡XENA!, llamó por dentro. ¡Voy a buscarte! Se concentró en esa idea hasta que el cesto se paró y empezó a subir de nuevo.

Supo que por fin estaban llegando a la cumbre cuando la velocidad del ascenso se hizo más lenta y oyó los gruñidos de los hombres que tiraban de las cuerdas. El borde del cesto se enganchó en la parte superior de la muralla y se volcó. Ella ya se lo esperaba y, con la vara bien sujeta con la mano, empujó hacia fuera para salir, tratando de aterrizar con gracia.

Levantó la mirada y se encontró rodeada de soldados al mando de un hombre menudo vestido con ropajes de seda.

Ágathes rebosaba de satisfacción.

—Bienvenida, bardo. Cuánto me alegro de que hayas conseguido venir. Creo que puedes ser la llave perfecta que he estado buscando para cierta cerradura.

Gabrielle tuvo la satisfacción de ver cómo caían tres de los soldados antes de que lograran reducirla.


PARTE 3


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
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