En el corazón del cerco

Kamouraskan



Descargo: Los personajes de Xena, Gabrielle y Autólicus parecen ser propiedad de Renpics, y no sólo eso, ¡encima yo no voy a sacar ni un céntimo de esto! ¿Os parece eso justo?
Época: Hacia la segunda temporada.
Sexo: Sólo son dos personas enamoradas, que además son mujeres. Si eso os plantea problemas por edad o lugar de residencia, pasad a otra cosa o mudaos.
Gracias a: BlindzonElyzon, Cath, Claudia, JLynn, Leslie Ann Miller, muy especialmente a Mary Morgan, MyWarrior, Nancy, Power Chakram, Stacia, Temora y a todos los miembros de la Tavern Wall y del Bardic Circle, dos lugares que todavía me enorgullezco de considerar mi hogar.
Inspirado en los escritos, mucho mejores, de Melissa Good, DJWP y la mujer que amo.
Kamouraskan@yahoo.com

Título original: In the Heart of the Siege. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2009


1


Durante cien generaciones las noticias del mundo exterior eran transmitidas de pueblo en pueblo por los bardos, los juglares, los narradores y los trovadores. Sus canciones solían reflejar los intereses de la gente corriente. A menudo trataban de forajidos o eran lo que nosotros consideraríamos historias sensacionalistas: incesto, infanticidio y otras formas de asesinato. Por supuesto, el amor siempre ha sido un tema recurrente y existe una variante, conocida como canciones de acertijos, en las que se plantean tareas imposibles que sólo pueden ser resueltas por un amante verdadero. Como con todos los mitos, incluso cuando están disfrazadas de magia o corrompidas por el paso del tiempo, en ellas hay una base de hechos históricos reales y agudas observaciones del carácter humano.



¿Os dirigís a la Feria de Scarborough?
Perejil, salvia, romero y tomillo,
Dadle recuerdos míos a una que vive allí,
Pues una vez fue mi amor verdadero.
—La Feria de Scarborough


Día 38 del Cerco de Namea: mañana

El general hizo un gesto a los guardias de la entrada.

—Hacedla pasar. —Dirigió una mirada de reojo a su lugarteniente—. Esto va a ser divertido.

El faldón de la tienda se abrió y trajeron a una muchacha. Llevaba ropa bastante reveladora y parecía una adolescente. Aunque su largo pelo rubio rojizo estaba alborotado y enredado, parecía bastante limpia, por lo menos comparada con las prostitutas a las que estaban acostumbrados la mayoría de sus soldados. De algún modo, había conseguido proteger lo que le quedara de virtud en los dos días que llevaba en el campamento solicitando una audiencia con él. Más que nada gracias a su habilidad con la vara de amazona que ahora sujetaba con firmeza en la mano. Eso y el hecho de que aseguraba ser la bardo que acompañaba a Xena eran la causa de esta reunión. Cuando la hicieron avanzar, vio que tenía un rostro firme y sin miedo: una cosa más que lo intrigaba. El general Rukcal se reclinó en su silla.

—¿Querías hablar conmigo?

La única señal de posible nerviosismo fue que respiró hondo antes de hablar con voz clara.

—Soy la bardo de la Princesa Guerrera.

—Eso has estado diciendo.

—Puedes preguntárselo a Palacius, tu cocinero. Él puede confirmar que llevo dos años viajando con ella.

Rukcal se encogió de hombros como si la confirmación careciera de importancia.

—Digamos que es cierto. ¿Por qué me habrías de interesar?

—Puedo resolver tu problema.

El señor de la guerra sonrió.

—¿Por qué voy a tener un problema? Tengo más de mil hombres bien alimentados y fuertemente armados a la espera de que una pequeña guarnición de desgraciados muertos de hambre acabe rindiéndose.

Era evidente que se esperaba esta respuesta, y replicó con tono seguro, dirigiéndose a todos los que había en la tienda.

—Porque lo que se suponía que iba a ser un corto asedio a esta ciudad se está alargando por la captura de la Princesa Guerrera. Porque eso ha supuesto una inyección de moral para un territorio que ella asoló hace tiempo con su propio ejército y porque te estás quedando sin tiempo. Porque ahora te tienes que preguntar si no se habrá unido a las fuerzas que te ofrecen resistencia. Porque Xena está en esa ciudad y no sabes qué va a hacer.

El general aplaudió su actuación con aire burlón.

—Bien dicho. ¿Pero qué propones hacer para resolver este problema?

—El cerco me ha hecho imposible entrar en la ciudad por mi cuenta. Pero creo que con unos pocos de tus hombres, puedo llegar a ella.

Rukcal soltó un resoplido de desprecio.

—¿Y por qué voy a ayudarte a rescatar a Xena?

—Mi plan no consiste en rescatarla —dijo Gabrielle con rostro inexorable—. Mi plan consiste en matarla.



1) “Esperad, buen juez, dulce señor juez
Esperad un instante
Me parece ver que llega mi madre
Y ya cruza la cerca
Un poco de vuestro oro, madre mía
Un poco de vuestro dinero
Para salvar mi cuerpo de la tumba
Y mi cuello del árbol del ahorcado”.
“Nada de mi oro vas a tener
Nada de mi dinero
Pues he venido a verte ahorcar
Y ahorcada serás”.
—Una doncella salvada de la horca


Día 38: mediodía

Pólibus, rey de Corinto, se sumergió más en su baño. No está lo bastante caliente, pensó, e indicó a una esclava que le trajera más agua. Las siervas se quedaron inmóviles un momento al oír que se acercaba un mensajero fuera de los baños, y miraron al rey para ver si le daba permiso para entrar. Un gesto negligente con la mano y cuando se abrió la puerta, entró un joven soldado. Se quitó el casco, se inclinó y esperó a que el rey hablara primero.

—Si esto tiene que ver con la Princesa Guerrera y sus amigos, díselo a mi consorte. Ha sido idea suya.

Observó risueño cómo el joven guardia intentaba mantener los ojos en el suelo cuando su esposa, Ismene, salió a medias de la niebla y el agua. Tras lo que en principio había sido un matrimonio de conveniencia pensado para darle un heredero, ella no había tardado en implicarse en todos los aspectos del gobierno de la ciudad-estado. Pero estaba claro que con este último plan se había equivocado, y su creciente importancia se volvía a cuestionar en los pasillos de palacio.

Sin hacer caso de su desnudez ni de su marido, preguntó:

—¿Qué noticias traes?

—Mi señora. —Echó una mirada a ambos gobernantes para asegurarse de que el título era el correcto. Ambos gobernantes pasaron por alto la pregunta, de modo que, tragando saliva, continuó—. Ágathes no tiene intención de ejecutar a la Princesa Guerrera. Han anunciado que tienen una especie de veneno que destruye la mente dejando el cuerpo con vida. Piensan que ésta sería una venganza más apropiada contra la Destructora de Naciones.

La consorte se estremeció, y Pólibus intervino rápidamente.

—Esto no es culpa tuya, querida. Dejamos clara nuestra opinión cuando sus amigos y ella estaban aquí. La muy necia creía, contra toda lógica, que podía entrar en una ciudad que su ejército había arrasado sin sufrir las consecuencias. Ella fue la que aceptó la palabra de ese escurridizo representante de los dueños de la mina. Creía que de verdad iban a aceptar su ayuda en las negociaciones de paz. —Meneó la cabeza entristecido—. Llegó allí creyendo que la verían como a una especie de heroína y no como a la carnicera que acabó con sus maridos e hijos. Tú no tienes la culpa. —Se volvió hacia el mensajero—. ¿Cuándo va a tener lugar este... lo que sea?

—Majestad...es —añadió el mensajero vacilando—. Ágathes pretende retrasarlo todo lo posible, para prolongar los ánimos que su captura parece haber dado a su guarnición. Tal vez cuatro días. Se dice que cree que ella podría elegir luchar de su lado.

Al oír esto, el rey se echó a reír.

—Y mientras, ¿Rukcal se va a quedar esperando pacientemente fuera de las puertas con su ejército? No me parece. —Se volvió hacia su esposa—. Me vas a deber sin duda los dinares de nuestra apuesta, querida. No sólo no lo ha logrado, sino que parece haber prolongado el sufrimiento de los que siguen dentro del cerco.

Ismene no hizo caso de la pulla.

—El otro, ¿sigue...? —indicó esperanzada.

—Sigue siendo prisionero del general Rukcal. Lo van a ejecutar mañana por espía... señora.

Estoy hizo reír de nuevo al rey.

—Reconócelo, querida. Parece que vamos a tener que derramar sangre corintia para resolver este incordio. Ya dura demasiado y hemos sido demasiado pacientes. Los precios ya han empezado a subir, gracias a la escasez de plata de la mina de Namea para hacer moneda. Los generales han comunicado que tardarán cuatro días en reunir a los hombres necesarios para marchar sobre Namea, romper el cerco de Rukcal y apoderarse de la ciudad de Ágathes y de la mina. Empezaremos los preparativos esta noche.

—Todavía queda Gabrielle —comentó su esposa.

El rey resopló.

—¿La narradora? Ahora sí que te estás agarrando a un clavo ardiente, amor mío. Los dinares de la apuesta son míos, debes reconocerlo.

Su esposa sonrió.

—Xena parecía pensar que era digna de respeto. Desde luego, no le hizo gracia que creyeras que la bardo era una esclava corporal. Y mientras siga libre, las cartas siguen en juego.

El rey hizo un gesto a las esclavas a la espera, que echaron el agua caliente cerca de donde él holgazaneaba.

—Es un comodín. Que Xena no parezca apreciar como es debido a una buena esclava corporal... —y al decir esto acarició el brazo de la muchacha que estaba echando el agua—, ...no me parece una gran recomendación.

—No obstante —dijo Ismene con dulzura—, Xena parecía confiar en ella.

—Está bien. Está bien. No tienes que pagarme ahora. Pero voy a ordenar al ejército que se prepare. Aunque sólo sea, esos dos necios recibirán la noticia de los preparativos y veremos si eso los azuza para terminar su jueguecito. —Otro gesto lánguido y el mensajero se retiró.

Hubo un momento de silencio mientras los dos gozaban del agua caliente que se había añadido. La reina murmuró:

—¿Tú crees que son...?

—¿Que son qué?

—Puede que no compartan un amor físico, pero...

—¿Xena y la pequeña narradora? ¡No!

—Parecía haber una especie de...

Impaciente, el rey la interrumpió.

—¿Qué verían la una en la otra? No. Xena tiene una bardo y la chica tiene una protectora. A lo mejor hay un poco de culto al héroe. Pero nada que pudiera interesar a una bestia como Xena. Por mucho que se pueda haber reformado.

En el rostro de la reina bailó una sonrisa.

—¿Te gustaría apostarte algo?

Eso le provocó otra carcajada.

—Siempre.

—¿Cómo corroboraremos su relación?

—Tiene que salir de los labios de una de ellas. Si ninguna de las dos sobrevive, se cancela la apuesta.

—De acuerdo...

Y ambos gobernantes cerraron los ojos y se regodearon en el calor.



“Todos los hombres son falsos”, dice mi madre
“Te cuentan pérfidas mentiras de amor
Son como las estrellas en una mañana de verano
Que aparecen y luego se van”.
—Venid, bellas y tiernas doncellas


Día 38: Ocaso

Ágathes detestaba la mina. Incluso rodeado de sus ayudantes y de las antorchas que portaban, tuvo que reprimir el estremecimiento que le producían las frías paredes y la oscuridad normalmente total. No sabía nada de la técnica que había hecho falta para construirla, ni siquiera de la composición de la roca de donde se extraía la vena de plata. Sólo sabía que este lugar era impenetrable y constituía la celda perfecta para su prisionera.

Su prisionera. Su plan.

Había aprovechado la oportunidad de hacerse con el poder cuando los ancianos del consejo fueron presas del pánico al ver a Rukcal ante las puertas. Era su plan lo que había traído a la guerrera hasta aquí. Era su palabra lo que la había atraído. Era su juramento lo que le había dado para romperlo después.

Pero nada de eso tendría importancia si lograba doblegarla.

La guerrera había llegado montada con orgullo en su caballo y se quedó mirando sin mostrar preocupación cuando cerraron las puertas. Entonces se vio rodeada por los mineros y los ciudadanos. Ágathes había elegido a sus seguidores más amargados y débiles y, tal y como había pensado, ella se negó a luchar contra los hambrientos desdichados que gritaban los nombres de sus muertos, las víctimas que ella se había cobrado. Ni siquiera se defendió. La gran guerrera parecía paralizada: así de fácil había sido.

Al llegar a la puerta de la celda, primero inspeccionó los barrotes incrustados un cúbito entero en la roca sólida y luego agarró la pértiga metálica apoyada al lado de la puerta. A la luz vacilante la veía encadenada a la pared, pero con la larga pértiga golpeó los grilletes que le sujetaban las muñecas y los tobillos para cerciorarse de que seguían intactos. Aunque le debió de hacer daño en la piel irritada, la guerrera no hizo ruido alguno. No había dicho una sola palabra desde que cayó en la cuenta del engaño. Ni una palabra desde que había sido hecha prisionera.

Hizo un gesto para que le acercaran una antorcha y confirmó que sus manos seguían enfundadas en los guantes de cota de malla que habían hecho para ella. Una vez terminada la inspección, se puso a abrir los cerrojos de la puerta. Vio que los ojos claros seguían sus movimientos, pero en esa bella cara no había expresión alguna.

—Te hemos traído compañía —dijo Ágathes cuando empujaron a una figura hacia delante—. Bueno, no es tanto compañía como un ejemplo. Éste es Menón.

Una figura baja y fuerte vestida con andrajos tropezó hacia delante y, tras una convulsión espasmódica, cayó al suelo de la celda y la puerta volvió a cerrarse inmediatamente.

—No tiene el menor sentido del equilibrio. Ha perdido toda capacidad de coordinación.

La figura del suelo volvió la cara hacia Xena y a la luz de las antorchas ella vio que los ojos mortecinos empezaban a brillar al contemplar su cuerpo pegado a la pared. Volvió a mirar a Ágathes, sin hacer caso del desdichado, aunque éste había empezado a reptar por el suelo hacia ella.

—Verás, Menón pensó que, como las emanaciones del horno de fundición emborrachaban un poco a la gente, si se las bebía, el efecto sería increíble. Y tenía razón. Lo mezcló con un poco de alcohol puro... y... —El político indicó el suelo—. Al principio teníamos la esperanza de que parte de su mente siguiera atrapada ahí dentro. —Los músculos de Xena se tensaron cuando la primera mano mugrienta le agarró el tobillo—. Pero si queda algo, está enterrado, observando al animal en el que se ha convertido. —Otra mano le rozó el muslo, y Ágathes la vio apretar los labios, pero no hubo más reacción. Irritado, golpeó los barrotes con el puño—. Maldita sea, Xena. Te vamos a hacer esto. Te arrastraremos a la plaza y te lo meteremos a la fuerza por la garganta. ¡Y TE DEJAREMOS ASÍ! —gritó.

La criatura que tenía a los pies soltó una risita babosa.

—Míralo, Xena. Es un animal, con necesidades de animal. Funciona, pero sin coordinación no es muy eficaz. —Los soldados que tenía detrás resoplaron de risa. La voz de Ágathes se endureció—. Pero eso daría igual con una mujer, ¿no? No creo que tengamos mucho tiempo para jugar contigo antes de que Rukcal se abra paso hasta aquí, pero podríamos dejarte para él. Babeante, desnuda, ¿tal vez atada con una cinta de regalo? —Subió la voz—. ¿Quieres eso? Dame tu palabra de honor. Jura que lucharás con nosotros y lo derrotarás y te dejaré libre. Es lo único que tienes que hacer. Mira a tu alrededor, Xena. Estás a veinte metros bajo tierra. Sólo hay una entrada que da a una plaza guardada por una docena de hombres, rodeada por los mejores arqueros que se pueden comprar con dinero. Esta cárcel fue creada para ti. Aquí nadie subestima tu capacidad. No hay posibilidad de fuga ni de rescate. A menos que aceptes ayudarnos. Viniste de parte de Pólibus para negociar la paz. Con esto lo conseguirás. Ahora debe de estar mandando tropas desde Corinto, y si te pones al mando de nuestros soldados, podremos aguantar el tiempo necesario hasta que lleguen. —Ahora adoptó un tono seductor—. He roto mi palabra por esta gente, Xena. Por favor, ayúdanos. Me lo he jugado todo para salvar a mi pueblo. Por favor.

La guerrera no dijo nada, pero él vio que había apartado la cara cuando el desdichado empezó a subir por su cuerpo.

—Mi pueblo exige que mueras por los crímenes que cometiste aquí. Estuvieron a punto de lapidar a una bardo que intentó contar historias presentándote como heroína... —Por un segundo, Ágathes creyó que se lo había imaginado, pero había visto algo... Siguió observando su cara. La prisionera apenas dio la impresión de hacer un movimiento físico, pero de repente, Menón salió volando hacia el otro lado de la celda, se estrelló contra la pared y aterrizó inconsciente. Ágathes sonrió como si no hubiera pasado nada—. Sí, pero esta bardo era lista y pasó a contar baladas de Hércules y Perseo... —Ahora no hubo reacción, pero él sabía que por un instante había visto un cambio en ese rostro pétreo—. En la ciudad todo el mundo tiene dinero, pero nada que comprar. De modo que al terminar la velada, tenía una fortuna en dinares inútiles. A lo mejor los usa para atravesar el cerco a base de sobornos y escapar de este desastre.

Sí, la postura de la guerrera se relajó sutilmente. Se apartó de los barrotes.

—Sé que no tienes motivos para creerme, Xena, pero a mi modo soy un hombre de honor. Sólo quiero salvar vidas. Tenía la esperanza de que eso te preocupara a ti también.

Asintió a sus guardias y se marcharon, como gigantes alrededor de su corta estatura, dos delante, uno detrás. Cuando salieron a la menguante luz del día, volvieron a sus puestos como guardias de la entrada y él indicó a los soldados que cerraran de nuevo la mina. Se volvió hacia sus ayudantes y les ordenó:

—Buscad a esa bardo. Me da igual dónde esté. Aunque esté en medio del campamento de Rukcal, la quiero. Creo que me gustaría ver cómo reaccionaría Xena si sujetáramos a esa chica y la obligáramos a beber de la copa.

—¿Y si Xena sigue aguantando? —preguntó un ayudante.

—Entonces Menón tendrá una compañera de juegos y Xena podrá ver cómo copulan como animales en celo ante sus propios ojos.



 
1) Había un joven capitán que surcaba los mares
Que el viento se levante, que el viento se calme
“Moriré, moriré”, clamaba el joven capitán
“Si no consigo a la doncella de la orilla, orilla, orilla
Si no consigo a la doncella de la orilla”.
La metieron en su camarote bajo cubierta
Que el viento se levante, que el viento se calme
Es tan bella y pulcra
Es tan dulce y completa
Cantó al capitán y a los marineros y se quedaron dormidos, dormidos, dormidos
Cantó al capitán y a los marineros y se quedaron dormidos...
—La doncella sola en la orilla


Día 38: Salida de la luna

Gabrielle contempló al otro lado de las llanuras los muros de la lejana ciudad situada en el fondo del valle. Donde está mi corazón, pensó. ¿Mi corazón? ¿Qué pensaría Xena si oyera eso? Seguro que sonreía con aire condescendiente y le daba una palmadita en la cabeza. La cara de la bardo se puso tensa. Esta vez no, Xena. Esta vez tendrás que ver lo que he llegado a ser.

El viento gemía a su alrededor y se ciñó mejor el manto alrededor de los hombros. Sólo había desolación entre Xena y ella. El valle de debajo había sido arrasado, los cultivos y los campos quemados. Las grandes máquinas de asedio y las catapultas eran lo único que se alzaba en la estéril tierra de nadie. Todo el ganado y los animales de granja habían sido confiscados y encerrados en el mismo corral donde estaban los prisioneros a los que estaba a punto de entrevistar para llevar a cabo la misión suicida que se suponía que debía dirigir ella.

¿Puedo hacer esto, Xena? No puedo...

Tú puedes convencer a la gente de cualquier cosa, Gabrielle.

—¿Una pelea de amantes? —había preguntado el general Rukcal sonriendo burlón. Ella miró al suelo, con la esperanza de que sacara sus propias conclusiones. Era posible que entendiera mejor la venganza que la verdad.

Habló suavemente, pero con convicción.

—No. Hago esto por el bien supremo. Esa ciudad fue construida para resistir los ataques. Tú podrías perder hasta quinientos hombres en el asalto, y en la ciudad todos podrían morir. Hombres... mujeres... niños. La única razón por la que siguen resistiendo cuando llevan más de una luna subsistiendo a base de racionar lo que les queda es por la captura de Xena. Están esperando su ejecución y Ágathes la está retrasando todo lo que puede. —Entonces alzó los ojos para mirar directamente al general—. Pero a ti se te ha agotado el tiempo. Tienes que estar dentro de esa fortaleza antes de que lleguen el rey Pólibus y el ejército corintio. Quedarte atrapado aquí fuera supondría cientos de muertes más y tu derrota. Pero si Xena muriera mañana, nada de esto ocurriría, ¿verdad? ¿Qué es la muerte de una sola mujer comparada con esa masacre?

—¿Y por qué tú?

—Porque yo tengo contactos con la gente de dentro. Conozco a Xena. Se fía de mí. Y tengo un plan.

—¿Y tu plan es? —preguntó él con escepticismo.

Así había empezado a morder el anzuelo. Y ella lo manipuló bien, mostrándole todas las ventajas, pero sin vendérselas. Dejando que las fuera viendo a su ritmo. Dejando asomar cierto resentimiento contra Xena y fingiendo el comportamiento de una amante celosa. Y logró impresionarlo con la inteligencia global de su plan. Vio cómo su mente buscaba las ventajas que tenía para él al tiempo que prescindía del intelecto de ella. Y ahora estaba encima de los corrales de los prisioneros.

¿Qué me dirías que hiciera ahora mismo, Xena?, se preguntó, y contestó: ¿Que me fuera a casa? ¿Que cogiera mis bolsas de dinares y me fuera a casa? No puedo, Xena. Tengo que hacer esto. No puedo dejarte allí. Es como si una fuerza dentro de mí me arrastrara hacia ti y no puedo, no quiero resistirme. Sea lo que sea lo que tenga que hacer, lo haré. Ahora dime, dame tu consejo porque nunca lo he necesitado tanto.

Cerró los ojos y escuchó sus recuerdos.

La planificación exige flexibilidad, Gabrielle. Tiempo de sobra para reaccionar y una mente capaz de adaptarse al cambio de condiciones.

¿Yo puedo hacer eso, Xena? Por favor, que lo haya pensado todo bien. Gabrielle sintió que se le encogía el corazón al pensar en esos ojos azules carentes de brillo o inteligencia. Se quedó atrás mientras el general se dirigía con tono melífluo a los hombres condenados de debajo.

—Caballeros, tengo que anunciaros una cosa que es posible que os interese. Esta joven ha solicitado vuestra ayuda y he decidido concedérsela.



Si hubiera sabido antes de enamorarme
Que el amor mataba de tal manera,
Habría encerrado mi corazón en un cofre de hierro
Y lo habría atado para que no pudiera alzar el vuelo.
Pero no, no soy un gorrioncillo,
No tengo alas con que volar
Y aquí estoy hundida en mi pena y mi dolor,
Lamentándome mientras pasa el tiempo.
—Venid, bellas y tiernas doncellas


Día 38: Medianoche

Xena luchaba sumida en una confusión miasmática, nebulosamente consciente de la muerte que la rodeaba. Abrió los ojos y se encontró tumbada en medio de un montón de cuerpos, con cientos de cadáveres más tirados por el suelo hasta donde le alcanzaba la vista. Volvió la cabeza y se encontró a Gabrielle, y por un instante de terror creyó que su bardo también estaba muerta. Sólo cuando logró dar con un débil pulso, levantó los ojos y vio a Hades de pie ante ella, y se dio cuenta de que era ella la que no estaba viva.

No había emoción alguna en su voz ni en su rostro cuando empezó a levantarse, diciendo:

—Estoy lista. —Pero al levantarse, una de las manos de Gabrielle se alzó con ella, aferrada a su brazal.

Hades se echó a reír.

—No, no lo estás.

Xena protestó:

—No me quiere dejar marchar.

El rey del inframundo se echó a reír de nuevo.

—¿En serio?

Al hablar Hades, Xena se dio cuenta de que sus manos estaban igual de aferradas a la bardo, sujetándola con la misma tenacidad.

Xena se despertó en la oscuridad.

Un sueño. No quería decir nada.

Era la falta de algo que hacer lo que la estaba afectando. Comprobó su estado rápidamente. La conmoción había desaparecido casi por completo y tenía la mente despejada. Tenía los músculos entumecidos y doloridos, pero eso eran gajes del oficio.

Xena se concentró de nuevo en el lado opuesto de su celda, midiendo el espacio que ella no podía usar. Cinco pasos. Dos zancadas. Una voltereta. Agitó de nuevo las cadenas llena de frustración, olvidándose por un momento de la carne herida de sus muñecas. Concentrarse. Pensar en la rabia. En la frustración. En la traición. En cualquier cosa que no fuera la bardo. Pensar en ser condenada a la pesadilla de una existencia sin mente. Pensar en su situación actual. Muerta de sed, encadenada y humillada.

¿Y sin embargo?

Sólo tenía que cerrar los ojos un instante y veía esa cara, sentía su calidez como si estuviera en la celda. Esto es una locura, se dijo. ¿Cuándo ha ocurrido? ¿Cuándo se le había hecho necesaria esa chiquilla? ¿De dónde salía este anhelo, este dolor? Por una chica a la que ni siquiera había besado. En realidad no. Pero entonces se volvió a ver en el mundo de los sueños, sintiendo esos labios que cedían con tal suavidad bajo los suyos. Al darse cuenta de que estaba frunciendo los labios inconscientemente, sacudió la cabeza con furia. ¡NO! Es algo que te están dando. Alguna droga. Para doblegarte. Has tenido cien amantes, no puedes ponerte como una cría enamoriscada a estas alturas. Ahora no. No cuando...

Seguirá adelante. Quieres que lo haga. Tiene a su familia y a las amazonas. Pero entonces sintió dolor. Sólo de imaginarse la pérdida sintió un dolor tan feroz y repentino que sólo consiguió reprimirlo concentrando toda su voluntad. Es lo mejor. Lo sabes.

Oyó agradecida que se acercaban los guardias y el ruido de esas pisadas ya conocidas. Hechas con esas estupendas y caras botas. Supongo que todavía no se las ha tenido que comer. Al pensar en las privaciones que el cerco había causado, en sus labios resecos se formó media sonrisa. La poca agua que había no se malgastaba con un prisionero, ni siquiera con ésta. Pobre Ágathes. Todos somos prisioneros, sólo que yo tengo una celda más pequeña. Sonrió más.

A la vacilante luz de las antorchas, su brillante atuendo de seda contrastaba con los apagados grises y marrones de la pobre celda. Se le cayó el alma a los pies cuando vio que llegaba sonriendo.

Él alargó un trozo de pergamino y le acercó una antorcha. Incluso a esta distancia, Xena reconoció la familiar letra.

—Esa bardo de la que te hablé, parece que todavía sigue por aquí. Ha estado haciendo preguntas para averiguar detalles sobre tu encierro. Por supuesto, le he escrito para quedar con ella. Qué ganas tengo.


PARTE 2


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
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