PARTE 3



9


Cuando llegue la noche
Y la tierra esté oscura
Y la luna sea la única luz que veamos
No tendré miedo
No tendré miedo
Siempre y cuando
Tú estés a mi lado

—Ben. E. King


Eponin se acercó a la celda de la prisionera con bastante nerviosismo. Gabrielle parecía estar totalmente segura de que Xena seguiría dentro y que no sería necesaria una escolta completa de guardias, pero la maestra de armas tenía serias dudas al respecto. Una cosa era que Xena se quedara a ver cómo su alumna ganaba el combate y otra era que se quedara después de haber sido condenada a muerte. Y, efectivamente, la puerta de la jaula estaba abierta.

Ante su sorpresa, seguía ocupada por una prisionera cuyo carisma dominaba el estrecho espacio. Xena había aprovechado para limpiar su armadura y estaba esperando como si fuese una dignataria dispuesta a acudir a la llamada de la reina. La amazona advirtió que una vez más, las cadenas con que la habían atado la noche antes estaban pulcramente recogidas en el rincón.

Carraspeó nerviosa.

—¿Lista?

Xena asintió brevemente y salió de la cabaña delante de ella. Observó la aldea y notó los restos dispersos de la celebración que había estado escuchando toda la noche.

—Parece que ha sido una buena fiesta —comentó.

—Ah, ya sabes, amazonas.

—Mmm.

—La invitada de honor no parecía de humor... la reina no se quedó hasta muy tarde...

—¿La reina?

Eponin la miró para ver qué se le estaba pasando por la cabeza a la guerrera, pero no tenía ninguna expresión que pudiera descifrar.

—Sí, ha aceptado la máscara. El tratado con los centauros también está listo para ser firmado.

—Bien —fue lo único que dijo la guerrera—. Espero que conserve la máscara. Será una gran reina.

La curiosidad llevó a la amazona a preguntar:

—¿Qué crees que va a hacer?

Se encogió de hombros.

—No importa. He acordado aceptar su juicio.

¿Ésta era la mujer que había dirigido ejércitos a base de pura fuerza de su voluntad por toda Grecia?

—¿Incluso...?

Xena la miró con sus ojos claros.

—Sí.

Siguieron caminando en silencio, hasta que Xena comentó:

—Creía que era Ephiny la que iba a aceptar la máscara.

Eponin asintió.

—Ephiny dice que si Gabrielle ha cambiado de idea, incluso si ha jugado con todas nosotras como si fuésemos peones... que eso es lo que tiene que hacer una gran reina, eso es lo que necesita la nación. Y yo he jurado seguirla haga lo que haga.


En la cabaña de la reina, Gabrielle se lavó la cara una vez más. Llamó a Ephiny, que estaba en la otra habitación.

—¿Dónde está Ve... dónde está la aspirante ahora?

—La sanadora la llevó a una taberna del pueblo. Tenían dinero suficiente para quedarse allí unos días. Estaremos vigilando.

La reina cogió una toalla y se secó la cara.

—Mantened la vigilancia, pero no dediquéis muchas mujeres a ello.

—Volveremos a tener noticias suyas —advirtió Ephiny.

Gabrielle suspiró.

—Lo sé, pero al menos ya no tiene apoyos dentro de la nación.

—Eso es cierto. Después de haber avergonzado a sus seguidoras, ahora son tus más leales súbditas. Y harán lo que sea para demostrar su lealtad.

—Bien. Ésa era la idea —dijo Gabrielle con frialdad. Se ajustó la ropa por última vez y se reunió con Ephiny en la habitación principal.

—Esta mañana has pasado mucho rato en el templo... ¿ha habido suerte? —preguntó Ephiny.

Gabrielle negó con la cabeza.

—Tenía la esperanza de que...

—¿...si mostrabas suficiente respeto por Artemisa, las sacerdotisas apoyarían tu decisión? No creo que tengas la más mínima posibilidad de que se avengan a razones. Vas a tener que aceptar que no todo el mundo va a estar de acuerdo con lo que hagas.

—Esto es distinto. La aspirante dijo que yo no tenía ni la ley ni la autoridad. Creo que puedo encontrar la ley, ¿pero lo de ayer me ha dado la autoridad?

Ephiny sonrió con ironía.

—Tú sal fuera, majestad.

Gabrielle cogió la máscara que le tendía y abrió la puerta de la cabaña para salir donde las amazonas ya estaban congregadas. La charla y las bromas cesaron al instante. Todas sus súbditas se cuadraron inmediatamente y varias cayeron de rodillas. Gabrielle volvió al refugio de la habitación.

—¡Ey!

Ephiny sonrió.

—No te preocupes, dentro de una semana estarán echándote la culpa por lo que se come en el comedor.

Entonces Ephiny vio varios objetos en la pila de leña y los reconoció como pergaminos de historias de Gabrielle.

—¿Qué hacen ahí? —preguntó enfadada.

La cara de Gabrielle era tan firme como su voz.

—Después de lo de ayer, supe que... decidí que eran cosas de mi infancia y esa parte de mi vida se ha terminado.

Ephiny miró fijamente y largo rato a su reina antes de ordenarle:

—Siéntate.

Hubo un momento de rebelión, antes de que la chica bajara los ojos y se sentara en una silla.

Ephiny se puso a dar vueltas y luego se sentó frente a su reina.

—Gabrielle. Hubo una vez un rey, un hombre sabio y gran guerrero. Circulan muchas historias sobre sus victorias y su sabiduría. Pero lo que lo hacía especial, lo que lo convertía en un gran rey, es que también era poeta. Gabrielle... —dijo, recuperando un pergamino—. Esto no es tu infancia, esto es lo que tú eres, una parte de tu alma. No cambies un parte de tu alma por la máscara. Acabarás sin ninguna de las dos.

Colocó el pergamino en las manos de Gabrielle. Hubo un momento de silencio y entonces todo lo que había estado aguantando dentro estalló y Ephiny se encontró con una reina sollozante entre los brazos.


10


La reina y su regente estaban en la plataforma, el trono detrás de ellas, rodeado de varas y emblemas de su posición.

Gabrielle, enmascarada y con el aspecto total de la legítima reina, se dirigió a la asamblea.

—Amazonas. Hermanas. Estamos aquí para sentenciar a una mujer por la horrible matanza que cometió hace diez veranos. He recibido un comunicado de la tribu del norte que detalla los hechos que tuvieron lugar y me han dado la autoridad para sentenciarla. Pregunto, ¿está esa mujer presente?

Xena se adelantó, deteniéndose sólo cuando las lanzas se cruzaron delante de ella.

—Aquí estoy.

Todas las miradas se volvieron hacia la alta guerrera en el centro de la plaza.

—¿Has admitido ya estos crímenes? —preguntó la reina.

—Sí.

Gabrielle se volvió a la fornida maestra de armas.

—Eponin, la prisionera no está atada. ¿Por qué?

Impasible, la amazona se encogió de hombros.

—No parecía tener mucho sentido. La he encontrado sin cadenas y con la puerta de la celda abierta de nuevo.

Gabrielle volvió a mirar a la guerrera.

—Prisionera. ¿Por qué no te has escapado?

—Había dado mi palabra.

—Por favor, habla para que todas puedan oírte. ¿Has aceptado someterte a la justicia amazona, sea cual sea el resultado?

—Sí.

Gabrielle pareció meditar un momento sobre la respuesta.

—Eres un enigma para muchas de mis hermanas. Tus recientes acciones están en total contradicción con tu reputación. Casi destruiste a una generación completa de jefas y, sin embargo, estás dispuesta a someterte a nuestra autoridad. ¿Se habría sometido la mujer que cometió estos crímenes?

Hubo un momento de duda y luego:

—No.

—¿Habría pasado este último ciclo lunar enseñando a otra para prepararla para un desafío de las amazonas...?

A Xena no le gustaba el derrotero que estaba tomando el asunto e interrumpió.

—Gabr... Alteza, puede que haya cambiado... algo... pero sigo siendo Xena, soy la mujer que cometió esos crímenes.

Los ojos de la reina la atravesaron a través de la máscara.

—No me interrumpas. Estaba hablando.

La guerrera dijo entre dientes, suficientemente alto para que la oyera la reina:

—Oh, dioses... matadme ya...

Gabrielle tuvo que contener una carcajada. Frunciendo los labios, continuó con el interrogatorio.

—Estuviste a punto de morir a manos de los hombres de tu propio ejército por haber salvado a un niño.

—Sí.

—¿Te dejaste lapidar por la gente de tu propio hogar?

Sólo se oyó una respuesta hueca:

—No tengo hogar.

Gabrielle tuvo que recobrar la compostura antes de continuar.

—En el último ciclo lunar, ¿tenías intención de quitarte la vida, cuando yo te interrumpí?

Por un momento no hubo respuesta. Hubo un ligero sonrojo, pero ningún cambio de expresión.

—Tal vez.

—¿Entonces te estaríamos dando lo que pides, si te ejecutáramos?

Estaba claro que a Xena no le gustaba la pregunta.

—No lo sé, tal vez.

La reina señaló entonces a una de las ex seguidoras de Velasca.

—Ardia, ¿tú eres nuestra mejor espadachina?

La alta amazona dio un paso al frente con seguridad.

—Sí.

—¿Has manifestado muy claramente tu deseo de que esta mujer sea ejecutada?

Mirando a sus camaradas a ambos lados, dijo despacio:

—Sí, mi reina.

Gabrielle le señaló a la guerrera.

—Pues adelante.

Ardia se volvió para mirar a la guerrera y ciertas partes de su anatomía empezaron a encogerse involuntariamente cuando la guerrera sólo la saludó con una sonrisa.

Ardia tragó.

Al advertir su incomodidad, Gabrielle se puso muy solícita.

—Oh, ya veo. ¿No eres una verduga? —Ardia asintió agradecida—. ¿Y si algunas de tus hermanas te ayudaran a llevar esa carga? Selecciona a las diez mejores guerreras después de ti.

Xena hundió un poco los hombros mientras Ardia seleccionaba una escuadra. Pero siguió con los ojos clavados en la chica de la plataforma.

Cuando terminó la selección, la reina se dirigió a ella.

—Ah, y ¿Xena? Te vas a defender.

Al oírlo, la guerrera pareció hacerse más alta, y Ardia y su escuadra advirtieron alarmadas que la sonrisa había vuelto con más fuerza y que los ojos azules prácticamente relucían de expectación.

Ardia titubeó.

—Está desarmada.

La reina lanzó una vara de entrenamiento forrada a la prisionera, que la cogió, examinó la protección y miró inquisitiva a la reina.

La reina explicó:

—No querría que nadie resultara herido.

Aunque tenía la cara oculta por la máscara, de algún modo Xena supo que ésta tapaba una sonrisa sardónica. En ese momento, Xena supo por primera vez que no había planeada ninguna ejecución y, casi ante su propia sorpresa, se le quitó el peso que había aceptado. Las amazonas pegaron un respingo cuando oyeron el inusual sonido de una profunda carcajada procedente de la Princesa Guerrera.

—Ay ay ay —le murmuró Ephiny a Eponin, que hacía guardia a su izquierda.

—¿Qué?

—¿Recuerdas que todo esto empezó cuando Gabrielle me preguntó si las guerreras se respetaban después de haber luchado entre sí? Eso la llevó a desafiar a Xena. Pues parece que ahora va a poner a prueba su teoría a mayor escala.

Las amazonas se acercaron a la guerrera con cautela, pero no con la cautela suficiente. Dos de ellas fueron golpeadas y desarmadas antes de que les diera tiempo de parpadear. Ante esto, las nueve restantes se le echaron encima. Se formó una aglomeración momentánea, pero luego, con un grito, todas salieron despedidas hacia atrás. La guerrera clavó la vara en el suelo y usándola como eje, corrió en horizontal por el círculo que habían formado, usando el pie izquierdo para apartar sus espadas y el derecho para patearles la cabeza. Luego, saltando por encima del grupo, aterrizó fuera del círculo, la mitad del cual se desplomó. Dejándola con cuatro amazonas muy nerviosas. Que volvieron a intentar echarse encima de ella.

Gabrielle se había levantado la máscara para observar la lucha y los ojos le brillaban de entusiasmo.

Mientras, Ephiny y Eponin habían juntado las cabezas e iban comentando el combate.

—Parece que a nuestra pacifista reina le gusta una buena pelea —comentó Eponin.

—No creo que sea la pelea, más bien la que pelea... —replicó Ephiny, mientras las dos seguían disfrutando del espectáculo.

—Ooh, eso tiene que doler.

—Nuestra reina no es la única que se divierte: mira la sonrisa de Xena.

—Mientras no la vea en combate, me parece muy bien.

—¿Pero va a funcionar?

—Pues veamos. —Ephiny hizo como si tuviera un ábaco imaginario—. Gabrielle ya tenía sus propias seguidoras. —Deslizó unas cuentas imaginarias hacia la derecha con el índice—. Ahora va a por toda la gente de Velasca y las guerreras... con eso sólo quedan las legalistas y las sacerdotisas.

La última amazona fue desarmada y lanzada por los aires y despreocupadamente, Xena hizo un molinete más con la vara antes de lanzarla para que aterrizara con las demás sobre la tarima.

—Exhibicionista —susurró la reina.

Los labios de Xena se curvaron ligeramente, pero esperó a que la reina continuase.

—Xena, ¿podrías por favor explicar a tus adversarias cuáles han sido sus errores?

Así, durante el siguiente cuarto de marca, Xena repasó al detalle cada bloqueo y cada ataque. Ilustrando para cada amazona dónde se habían equivocado y qué alternativas no habían visto. Al final, en los ojos de cada una de ellas había un brillo que delataba algo más que admiración.

—¿Pero qué les pasa a las guerreras? —le murmuró Gabrielle a Ephiny, que se encogió de hombros, pero sonrió.

Alzándose de nuevo, Gabrielle tomó aliento y se dirigió a su tribu.

—Amazonas. ¿Veis lo que tenemos aquí? ¡Ésta es la mejor guerrera del mundo conocido! Una mujer. Que claramente debería ser amazona. Y que nos fue arrebatada por Ares. Mi amiga Ephiny dijo que Xena era una poderosa herramienta, y yo estoy de acuerdo. ¿Cómo podemos desperdiciar una herramienta así? Esta mujer dedicó sólo unos pocos días a entrenarme para mi combate y he sido capaz de derrotar a una maestra de la vara. ¿Os imagináis si participara regularmente en nuestros programas de entrenamiento? ¿Os la imagináis a la cabeza de nuestras tropas? ¿Una mujer que conoce a todos los señores de la guerra y los ha derrotado a casi todos en el campo de batalla? ¿Os la imagináis al frente de nuestras tropas, defendiendo nuestra tierra de bandidos, persas, romanos...?

Ephiny observó a las guerreras, que estaban embelesadas, absortas en las imágenes que pintaba su soberana.

—¿Si se lo imaginan? —susurró—. Están que se mean del gusto.

Eponin deslizó unas pocas cuentas imaginarias más.

—Pero... —Gabrielle interrumpió su sueño—, parece que sus crímenes son demasiado graves. Una gran tragedia, porque ha demostrado que se puede confiar en ella. Que está dispuesta a acatar la ley amazona, aunque ello le suponga perder la vida. Una gran pérdida... Sin embargo, veo que los pergaminos afirman que debe pagar por sus vidas. El dinero, por supuesto, sería indigno de esta pérdida, pero matar a esta fantástica herramienta tampoco nos devolvería sus vidas. Tal vez... —Y ahora varias caras la miraron con esperanza—. Tal vez haya un castigo adecuado que nos permita perdonarle la vida. Primero tendría que consultar con nuestra patrona. Antes de dictar esta sentencia, invoco a Artemisa para que confirme o cuestione mi decisión.

La multitud no se esperaba nada. Ya habían visto la invocación de la patrona en otras ocasiones y pensaban que esta vez no iba a ser diferente. De modo que todo el mundo aspiró con fuerza cuando delante de la plataforma apareció de pronto una figura alta y morena vestida de cuero y armada con un arco y una aljaba.

Otro destello luminoso y Artemisa quedó ante Gabrielle en la tarima. La reina empezó a agacharse para arrodillarse junto con las demás, pero la diosa la detuvo. Colocándole el dedo debajo de la barbilla, miró a la chica a los ojos.

A Gabrielle le tembló la voz.

—No sabía si vendrías. No me respondiste en el templo...

—Ya te he dicho, Elegida —Gabrielle se encogió un poco al notar la conmoción que esa palabra causó en las amazonas arrodilladas, especialmente en la que estaba a su lado—, ...que hasta que aceptes esa máscara, no te protegeré ni interferiré cuando otros te pongan en peligro.

—Pues considérate afortunada —rezongó la prisionera, lo cual le valió una mirada de ira, y la diosa desapareció y volvió a aparecer de repente delante de Xena.

Artemisa miró a la guerrera a los ojos.

—No me caes muy bien.

La única respuesta de Xena fue cruzarse de brazos. La diosa continuó.

—Y no tenías que ser mía. Tenías que ser de Atenea, pero dejaste que mi hermano te sedujera. Así que no estoy dispuesta a hacerte favores. Pero por ella... —La diosa no terminó la frase y se limitó a hacer un gesto señalando a Gabrielle.

—Eso pasa mucho últimamente —soltó Xena.

Eso hizo que los labios de la diosa medio esbozaran una sonrisa. Se volvió y se dirigió a su nación.

—No cuestionaré la decisión de mi reina con respecto a esta mujer. —Aceptó la reverencia que le hizo Gabrielle y luego volvió a lanzar una mirada feroz a Xena antes de volver a mirar a Gabrielle. Exasperada, dijo—: Menuda paliza le voy a dar a Afrodita por esto. —Y se desvaneció. Mientras el silencio de pasmo continuaba, unos ojos verdes se clavaron en unos azules y las dos reflexionaron sobre lo que podrían querer decir esas últimas palabras, y entonces las dos encontraron otra cosa que mirar.

Eponin alzó la mano en el aire y deslizó el resto de las cuentas imaginarias de Ephiny.

—Eso es juego, set y partido, creo —comentó con guasa.

Ephiny no le hizo caso y se quedó mirando a Gabrielle un momento, antes de tirar de ella bruscamente para llevarla a un lado, intentando encontrarse la lengua. Por fin, exclamó:

—¡ELEGIDA! ¿Cuánto tiempo pensabas guardarte ese secreto? Todos esos años pensando que Terreis se había vuelto loca al entregarte su derecho de sucesión... —Se frenó rápidamente al ver la expresión de los ojos de la reina—. Bueno... loca tal vez no, ¡pero Gabrielle! ¿Por qué has luchado siquiera si eras la Elegida de la diosa?

—No lo sabía. No del todo. Creía... De todas formas, no me habría ayudado. Tenía que ganar con honor. No cree en los atajos.

Apartándose de Ephiny, la reina volvió a dirigirse a sus súbditas.

—Ya estoy preparada para dictar sentencia. Ordeno que Xena quede al servicio de la Nación Amazona y su tribu, hasta que pueda reemplazar las vidas que ha robado. Hasta que haya salvado dos vidas de amazona por cada una de las que ha segado. Hasta entonces, seguirá bajo condena de muerte. Creo que ésta es una forma de pago mucho más adecuada. La ironía y la justicia de que la Destructora de Naciones sea responsable de ayudarnos a proteger y reconstruir la nación resultan muy apropiadas.

Se volvió para mirar a su maestra.

—Xena, te condeno a la servidumbre, para que tengas la oportunidad de pagar por las vidas que robaste brutalmente. Para que acudas a la llamada de esta nación para su defensa y el entrenamiento de sus jóvenes. Para que seas su espada, sea cual sea el coste personal para ti.

Hubo una ligera pausa mientras Gabrielle volvía a hacer acopio de valor.

—Su primer encargo será acompañarme como guardaespaldas en mi visita a la tribu del norte, para intentar ayudarlas a reconstruir o, de ser necesario, traerlas a un nuevo hogar. Y como esta tribu necesita una reina a tiempo completo, no puedo dejar que la tribu quede sin dirigente. Por lo tanto y como estaba previsto, entrego esta máscara a una gobernante más capacitada, para que la lleve hasta que yo sea capaz de gobernar a esta tribu como merece ser gobernada.

Se quitó la máscara y con ambas manos se la ofreció a Ephiny.

Ephiny sacudió la cabeza.

—¡Gabrielle! ¿Y Artemisa? ¿Y tu destino?

Gabrielle puso la máscara en las manos de su amiga. Miró a la guerrera que estaba delante de ella y la descubrió sonriendo.

—Eph, sólo voy a hacer un viaje. Acepto mis responsabilidades y me tendrás encima más de lo que quisieras. Pero parte de esa responsabilidad es saber que todavía me queda mucho por aprender. Pero, ¿sabes qué? Una cosa que he aprendido en los últimos tiempos es que uno se forja el destino con sus propias manos.


11


Xena comprobó a Argo una vez más para asegurarse de que las alforjas estaban bien sujetas. Rodeó el cuello de la yegua dorada con un brazo y le habló dulcemente.

—Seguro que te alegras de que nos vayamos, ¿eh, chica? Después de llevar aquí tanto tiempo, ¿eh? Y tenemos una nueva amiga... —Argo se apartó ligeramente—. No seas así, os llevaréis bien... —Pero Xena notó algo mortificada que lo decía en tono medio de orden, medio de ruego. Apretó los estribos al tiempo que seguía acariciando al caballo.

¿Realmente era así de sencillo? ¿Todos esos años de oscuridad y derramamiento de sangre, disimulados por una sentencia bendecida por una diosa?

Eso no era cierto ni de lejos...

Gabrielle todavía no tenía ni idea de quién era ella realmente. ¿Y qué pasaría cuando lo averiguara? Bueno, si estaba decidida a aplicar esta sentencia, lo averiguaría bien pronto. Su depresión, que iba creciendo rápidamente, quedó diluida por una extraña sensación que había empezado a asociar a la presencia de la joven reina. Se volvió y vio que la rubia venía hacia ella. Cargaba a duras penas con un gran zurrón y llevaba el justillo verde más horroroso que Xena había visto jamás en un mamífero vivo. Xena intentó no hacer caso de la sonrisa resplandeciente y los ojos verdes y se cruzó de brazos con severidad. Era el momento de dejar las cosas claras.

Gabrielle se detuvo en seco.

—¿Qué?

—No vas a poner eso en mi caballo —dijo tajantemente.

—Son mis pergaminos. Me acompañan a todas partes. También tengo las leyes que podemos necesitar para renovar una tribu amazona.

Las dos se miraron fijamente. Frunciendo el ceño, Xena cogió la bolsa de mal grado y se puso a guardar los estuches con cuidado.

—Gabrielle, yo no acato órdenes muy bien, así que creo que vamos a tener que establecer unas normas. La más importante de las cuales es: cuando estemos en el camino, todo lo que yo haga mejor que tú, es responsabilidad mía.

Gabrielle se quedó desconcertada.

—Bueno, eso es... ¿Como qué?

—Lo que hacemos, cuándo luchar, cómo cazar, nuestro horario general...

—¿Y a mí qué me toca?

—Mmmm... ¿cocinar?

—Ni hablar.

—Limpieza en general...

—¡Guardias!

—Gabri-elle...

—Escucha. Estás bajo condena de muerte. En una misión para redimirte. Se supone que eres mi guardaespaldas para este viaje al norte. Yo debería ser la que te diera órdenes a ti... Pero... estoy dispuesta a llegar a un compromiso... tal vez podríamos consultarnos con respecto al horario, la dieta, y el resto lo iremos solucionando sobre la marcha. ¿Vale?

—Bien.

—Y en cuanto a lo de luchar...

—No. En absoluto. No voy a dejar que...

—...no me voy a quedar sentada mirando...

¿Cuándo he empezado a perder el control de esta situación otra vez?, pensó Xena.

—¿Gabrielle? Cuando dijiste que tenía que salvar dos vidas de amazona por cada una de las que quité, ¿te referías a amazonas distintas o a la misma una y otra vez...?

—Muy graciosa.

—Eso creo...

—Puedo cuidar de mí misma.

—Voy a estar muy ocupada, ¿verdad...?


Y veo tus auténticos colores
Abriéndose paso con su brillo
Veo tus auténticos colores
Y por eso te quiero
Así que no tengas miedo de que se vean
Tus auténticos colores
Los auténticos colores son bellos,
Como un arcoiris

—Cyndi Lauper


FIN


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
Ir a Novedades