PARTE 3



5


Xena contempló la celda. En realidad era la jaula de un esclavista capturado, con la cabaña construida alrededor. Una vez se hubo quitado las cadenas, se puso a dar vueltas. Tres zancadas de un lado a otro, combinadas con estiramientos. El hecho de que podía escapar en cualquier momento no le aliviaba la tensión en absoluto.

Oyó que las guardias se alejaban de la cabaña e hizo un gesto automático de ir coger el chakram, deteniéndose justo antes de tocar la presilla vacía. Se oyó otro ruido e instantánea y mágicamente sintió que disminuía su nivel de tensión y casi sonrió al oír las pisadas titubeantes de fuera.

—Gabrielle.

Sonrió más al oír el tono de preocupación de la voz suave que hablaba fuera.

—¿Estás bien?

Xena miró su celda y no pudo resistirse a tomar el pelo a la princesa.

—¿Por qué? ¿Hay algo más que pueda hacer por ti?

Fuera se oyó un suspiro.

Gabrielle agachó la cabeza.

—No sé qué decir...

—Gabrielle. Si te sientes incómoda por esto, siempre puedo marcharme.

Con esto oyó una risa reacia.

—Me gustaría que habláramos, si no te importa.

Gabrielle siguió sonriendo al oír el quejido exagerado, seguido de:

—¿Cómo es que no me sorprende?

Hubo silencio durante un momento, roto por un tono casi lastimero:

—¿Por qué no entras?

La princesa se acercó más a la pared de la cabaña y susurró:

—Tengo que estar alerta, no vaya a ser que nos oigan. —Ahora fue la chica quien guardó silencio antes de continuar—. Además, no quiero verte encadenada.

—No estoy encadenada. No me gusta.

—¿Eh? ¿Así que te... las has quitado sin más? Pero si eran las más grandes que tenemos.

Parecía casi decepcionada, y Xena casi tuvo el impulso de disculparse.

—Pasaba demasiado tiempo en las mazmorras de otras personas, así que un tipo me dio un curso acelerado. Me enseñó que cuanto más grande es un cadena, más puntos tiene donde poder forzarla. Cuanto más larga es, más posibilidades hay de encontrar un punto débil. Por supuesto, eso se aplica también a las personas y los ejércitos.

—Este experto no se llamaría Autólicus, ¿verdad?

—Ah. Os conocéis.

—Bueno, él conoce a Hércules.

Xena recordó por un instante el tiempo que había pasado con Iolaus y el semidiós.

—¿Qué tal era eso, lo de viajar con ellos?

—¿Eso quiere decir que te puedo contar una historia? —Gabrielle no disimuló su entusiasmo.

—¿Por qué no? No tenía planeado ir a ninguna parte...

De modo que, tras un momento para ponerse cómoda, y separada tan sólo por los barrotes, la delgada madera y la paja, Gabrielle por fin tuvo ocasión de contar la historia de los Titanes. De cómo había intentado hacerse la importante ante unos aldeanos y casi los destruyó a ellos y a su aldea. Xena se sentó con los ojos medio cerrados y escuchó la clara voz. Ninguna de las dos podría haber dicho cuánto duró el relato. Las dos eran conscientes de que las circunstancias deberían haberlo impedido, pero por la razón que fuera, ambas se olvidaron del día siguiente y no había nadie más con quien quisieran estar. Ambas notaban el calor de la espalda de la otra, así como lo absurdo de su situación, y sin embargo ninguna de las dos se había sentido tan a gusto desde hacía mucho tiempo. A veces Xena se reía en puntos donde Gabrielle no había tenido intención de hacer gracia, pero no importaba.

Cuando terminó la historia, Xena preguntó:

—No me puedo creer que Hércules te dejara siquiera que los acompañaras. ¿Qué tuviste que hacerle?

—Bueno, la verdad es que más que nada me soportaban. Y yo no paraba de meterme en problemas. —Gabrielle se detuvo con desconfianza—. Estás asintiendo ahí dentro. ¿A que sí?

Xena paró en seco dicho movimiento. Las dos mujeres se echaron a reír. Hubo otro silencio agradable.

Gabrielle contempló las estrellas del cielo.

—¿Xena? ¿Te imaginas a nosotras dos así? —preguntó.

—¿Como Hércules y Iolaus? ¿Viajando por el país, solucionando problemas, salvando y ayudando a las personas que no se pueden defender solas? —Xena resopló—. Gabrielle, soy muchas cosas, pero no soy Hércules.

Gabrielle no hizo caso de la burla.

—¡Pues de eso se trata! Serías Xena, la valiente Princesa Guerrera, acompañada de su bardo amazona.

Se oyeron más risas en el interior de la cabaña.

—No, lo siento, Gabrielle, no me lo imagino. Aunque lo de la bardo sí.

—Es algo que siempre he soñado hacer. —Y añadió—: Y no es que esto de ser reina esté saliendo muy bien...

Se oyó otra carcajada.

—Que seas bardo tiene sus ventajas. A lo mejor si contaras historias, el resto del tiempo podrías mantener la boca cerrada. Así serías casi soportable.

—Pues sí que lo he pensado... ¡Eh!

—Perdona. —Pero en su tono todavía se oía la risa.

Ambas se quedaron ensimismadas durante un momento.

—Xena —susurró Gabrielle.

—Sí.

—No creo que pueda hacer esto. —Por fin lo había dicho. Se oyó un ligero roce y Gabrielle se quedó atónita al sentir una mano firme que le tocaba el hombro. Casi maravillada, subió su propia mano y la colocó encima de la otra.

—Ahora no estás hablando del combate, ¿verdad? —dijo la voz de dentro de la celda.

—No.

—La mayoría de la gente habría pensado que conseguir encerrarme aquí habría sido lo más difícil.

Gabrielle intentó tragarse el nudo que de repente se le había formado en la garganta.

—Lo fue. —Respiró hondo—. Velasca me ha ofrecido algunas concesiones.

La guerrera se puso alerta. Estrategia y tácticas, eso era lo suyo.

—¿Entonces el plan está funcionando? Ahora no elegirá la espada. Le hará falta otro empujoncito para que elija varas.

—Xena. Me ha ofrecido dejarme marchar sana y salva, protección para mis amigas y la presencia de éstas en el consejo.

—¿Y...?

—Le he dicho que no.

—Creía que no querías ser reina...

Gabrielle interrumpió.

—Tú mueres en cualquier caso.

La princesa percibió... ¿rabia?... en aquella voz grave y aterciopelada.

—Gabrielle. Me puedo defender yo sola.

—No. Ya... ya no. Tú ya has cumplido. Las amigas se defienden mutuamente.

—¿Amigas?

Hubo un movimiento en la maleza y Gabrielle levantó la vista y vio a la guardia que le hacía gestos.

—Xena. Es el cambio de guardia. Las que vienen ahora no están...

—¿No están contigo?

—Eso es, así que me tengo que ir. Pero Xena, quiero que lo sepas. No puedo dejar que mueras de esta forma, tengo que asegurarme de que...

—¿De que muero por los motivos correctos?

La voz de la princesa se llenó de rabia.

—¿Cuántas veces te lo he dicho? Siempre hay una manera, y si no la hay, es por un motivo.

La voz de dentro de la cabaña sonaba perdida.

—He aceptado el motivo, Gabrielle. Y ya no necesito una "manera".

—¡NO! No digas eso. Hay gente que te necesita... yo te necesito... Lo que tengo que hacer mañana... sería mucho más fácil si no todo dependiera de mí... Necesito que estés allí, Xena, porque necesito verte... necesito ser como tú. Ojalá lo fuese.

La respuesta fue rápida y firme.

—No, no lo necesitas.

Pero también lo fue la réplica.

—Sí, y tengo que serlo. Tengo que serlo, por el bien de todos, al menos mañana.

Se oyó un roce, su mano quedó libre y la guerrera volvió a quedarse sola.


6


Velasca se había despertado con la mayor expectación que había sentido en su vida. Mientras se vestía, oyó a su gente preparándose para escoltarla y el corazón le latió más deprisa. Todos esos días dedicados a vigilar, planear. Todo por este día, el primero de su reinado. Se puso la ropa de cuero con una creciente sensación de finalidad, un placer visceral tan grande que no pudo contener su propia risa. Pensó en que su grupo iba a caer sobre el campo de entrenamiento, asustando a esas borregas que seguían a la princesa. En la expresión de Gabrielle mientras se le escapaba la vida del cuerpo, cuando ella cumpliera por fin su auténtico destino. En que las amazonas vitorearían su nombre y se arrodillarían ante ella, de pie sobre el cuerpo.

Ser reina iba a ser estupendo.

El grupo de Velasca había creado su propio recinto dentro de la aldea, y cuando salió, vio con satisfacción que había más de cien guerreras enmascaradas y montadas, con armadura de combate completa. Sintió una descarga de adrenalina alimentada por la excitación de sus seguidoras y se regodeó en ella. Levantó las manos y esperó a que todos los ojos estuvieran posados en ella.

—Éste es el día. ¡Éste es el comienzo! —exclamó jubilosa—. Vosotras, cada una de vosotras... ¡sois el comienzo! Vosotras... ¡sois mi martillo! Y con vosotras... ¡construiré esta nación! ¡Hoy comienza todo!

Entre vítores y gritos de guerra, se montó en su caballo. Niña, pensó, tienes tanto que aprender sobre el liderazgo. Lástima que ya no tengas tiempo.

Se detuvieron al pie de la cuesta que llevaba al campo y se colocaron en formación. Velasca alzó la mano y luego la echó hacia delante, ordenando la carga. Entonces llegaron a la cima.

Lo que allí vieron hizo que las que iban en cabeza frenaran a sus monturas con tal brusquedad que estuvieron a punto de estrellarse con las que venían detrás.

El campo de entrenamiento parecía haber sido conquistado por una especie de circo. Había instrumentistas tocando y niños por todas partes. Lo que resultaba muy desconcertante era el predominio de los colores rojo y dorado. Todo el mundo, niños y adultas, parecía llevar alguna flor o espiga o ropa de esos colores. El supuesto grupo de guerra se quedó allí quieto, boquiabierto, hasta que Ephiny y Gabrielle, con un desagradable aire de seguridad con su ropa amazona de cuero curtido, se acercaron a caballo.

Velasca tenía casi preparado un comentario cáustico cuando Gabrielle fue la primera en manifestar su furia contra el grupo de guerra.

—¿¡Pero qué creéis que estáis haciendo!? ¡Hay niños!

Mientras la aspirante todavía intentaba poner la lengua en marcha, Ephiny continuó:

—¡Ardia, Vivia! ¡Vuestros sobrinos están allí abajo! ¿Es que queréis matarlos del susto?

Avergonzadas, las amazonas mencionadas se quitaron la máscara.

—¿Qué creéis —siseó Velasca a sus adversarias—, que estáis haciendo vosotras? ¿Es que los críos tienen que mirar?

Gabrielle contestó tranquilamente.

—Claro que no. Pero se ha acabado el período de luto oficial y hoy tendrán una nueva reina. Así que hemos decidido hacer una fiesta a la vida para celebrarlo. Antes de llevárnoslos, hemos pensado que deberían divertirse un poco. Yo habría pensado que, dada tu confianza en el resultado, lo sabrías apreciar. —La princesa arrugó la nariz.

Ephiny preguntó con la cara bien seria:

—¿Hemos echado algo a perder?

La aspirante sonrió a duras penas.

—No. Claro que no. ¿A qué viene lo del trigo y las rosas?

Gabrielle se sacudió el pelo y dejó que reflejara la luz.

—Son mis colores. Dorado y rojo. Tengo la esperanza de que sean adoptados como los colores de la nación. ¿Te gustan? Oh, perdona. Supongo que no eres la persona más adecuada para opinar.

Entonces las dos dieron la vuelta a sus monturas y bajaron hasta el festejo. Su risa llegó flotando en el aire hasta ella.

Velasca se volvió hacia sus guerreras, con expresión pétrea.

—Desmontad. Quitaos las máscaras.

Te apuntas otro tanto, niña, pero no te valdrá de nada cuando haya terminado el día.


7


Velasca creía que ya había tenido suficientes sorpresas, pero entonces vio a la Princesa Guerrera. Atada casi con descuido, estaba ocupada enseñándole a una joven amazona cómo disparar una lanza. La aspirante explotó por fin.

—¡Qué está haciendo ella aquí!

Gabrielle se volvió con aire despreocupado.

—¿Xena?

—Sí. Xena. ¿Qué hace fuera de su celda?

—Bueno, como todo el mundo está aquí, la verdad es que no había suficiente gente para vigilarla. —Gabrielle alzó el tono de voz a propósito—. Además, cuando fueron a ver cómo estaba esta mañana, se había quitado las cadenas y tenía la puerta abierta.

Velasca desmontó y caminó hasta la guerrera.

—¿Qué clase de juego te crees que es esto? —preguntó con rabia—. ¿Por qué no te has escapado?

Xena respondió tan alto como Gabrielle.

—Le he dado mi palabra a la princesa. Soy su prisionera. Pero no me gustan las cadenas. —Se encogió de hombros con aire despreocupado, pero en su cara se medio dibujaba una sonrisa.

Velasca observó el campo. Las seguidoras de Gabrielle se comportaban como si esto fuera una celebración. Con los niños y esos colores que lo dominaban todo, su propio grupo había quedado sumergido como una piedra en un río. Y ahora, ahí estaba la infame Princesa Guerrera, exhibida como si fuese su trofeo personal. Velasca echaba humo por haber sido superada en la táctica por esta niña. Indignada, se volvió a Xena y preguntó:

—Lo haces por ella, ¿verdad? ¿No comprendes que no puede liberarte? No tiene la ley ni la autoridad para ayudarte. ¡Sólo te está usando para liarme!

La respuesta fue acompañada de una clara sonrisa sardónica.

—Últimamente, no sé decir que no a una buena causa.

Velasca echó la mano hacia atrás para borrar de un bofetón la sonrisa de la cara de la prisionera, pero el brillo de los ojos de Xena la advirtió. Detuvo la mano rápidamente y sonrió ante la evidente decepción de la guerrera.

—Casi pico. —Meneó la cabeza—. Otra trampa. No. Eso no va a pasar. Creo que ya va siendo hora de que pongamos esto en marcha.

La aspirante fue hasta su maestra de armas y una vez más evaluó cada una de las armas con las que había estado entrenando mientras se le curaban las costillas. Lo mismo que suponía que había estado haciendo la princesa. Sus ojos pasaron por encima de los chobos y la espada, posándose por fin en la vara de combate. La princesa se había hecho demasiado fuerte a ojos de sus amazonas. Había que humillarla. Ahora sólo había una manera de asegurarse de que el culto a Gabrielle quedara deshecho, y era desafiarla con su propia arma. Fue a la tarima de las instrumentistas, arrancó una lira de las manos de quien la tocaba y la estampó contra una mesa, dejando pasmada a la multitud. En el consiguiente silencio, gritó:

—¡Exijo el desafío de la reina! Elijo... —alargó la pausa para fijarse en la expresión de Gabrielle—, ...varas de combate. —Lo único que obtuvo fue una sonrisa de alivio que le produjo otro escalofrío. Negándose a pensar en ello, llamó a sus guerreras—. ¡Despejad el campo de todo el mundo menos las guerreras y el consejo!

Velasca observó mientras Gabrielle se acercaba a Xena y le cogía la mano un momento. Captó la mirada que cruzaron y se echó a reír con tristeza. Así que es eso. ¿Cómo no me he dado cuenta antes? ¡Princesa! Te he ofrecido todo lo que podrías haber deseado y sin embargo vas a luchar. No se trata de las amazonas en absoluto, ¿verdad? ¡Te has convertido en la campeona de XENA! Echó la cabeza hacia atrás y se echó a reír.


8


Velasca miró a la multitud que ahora rodeaba a las dos combatientes. Hizo molinetes con su vara y una reverencia burlona a la chica que tenía enfrente.

—Bueno, princesa, hablemos del destino, ¿de acuerdo? Ése parece ser uno de tus temas preferidos. Éste es mi destino. Tengo que quitarte esa máscara de las manos frías y rígidas, ejecutar a la segunda guerrera más grande de todos los tiempos y luego llevar a esta nación a sus más altas cimas. Y todo empieza con tu sangre.

En aquella cara joven y firme no se veía el menor atisbo de sumisión.

—Eso no es lo que va a ocurrir. Tú acabas aquí, Velasca.

Velasca soltó una fuerte y larga carcajada.

—Díselo a Artemisa. Oh, se me olvidaba, díselo a Hades. Porque tienes tantas posibilidades de llegar a los Campos de las Amazonas como Xena.

Gabrielle aferró su vara con firmeza, sintiendo su familiar fuerza a través de las palmas.

—Basta de charla, Velasca.

—Totalmente de acuerdo, princesa. Estoy deseando empezar.

Velasca realizó unas cuantas fintas, riéndose cuando Gabrielle se movió para bloquearlas. Por fin, lanzó un ataque de revés y descargó el primer golpe. Gabrielle se sintió aliviada al notar que carecía de la fuerza de los golpes de Xena. Otro movimiento cruzado y luego un gancho por abajo, que Gabrielle esquivó con facilidad. Otro ataque y otro. Cada uno de ellos bloqueado. Las espectadoras amazonas empezaron a ponerse nerviosas.

Consciente de su público, Velasca la provocó.

—Ya sabía que podías defenderte, princesa, ¿pero es que nunca puedes pasar a la ofensiva?

Gabrielle apretó los dientes y no hizo caso de la mofa, observando a la amazona morena mientras ésta se movía en círculo a su alrededor. Otro ataque y entonces vio un hueco. Pero era falso y apenas consiguió esquivar el contraataque.

—Buen movimiento, princesa, pero... —Y lanzó un ataque pleno. Esforzándose por responder, Gabrielle se encontró fuera de posición y Velasca consiguió superar sus defensas y golpearla en el brazo lesionado. La protección no absorbió todo el impacto y Gabrielle sintió que el dolor le subía hasta el hombro. Miró a la guerrera, y Velasca aprovechó el momento para darle un golpe en la mejilla que casi la dejó aturdida, pero consiguió apartarse a tiempo de alzar la vara para bloquear el siguiente golpe.

Sin dejar de vigilar a Gabrielle, la aspirante echó un vistazo a la estoica guerrera que observaba encadenada.

—¡Eh, Xena! ¿Qué sientes? ¿Dejando que esta niña luche por ti? ¡Casi resulta romántico! La lástima es que mañana tendría que clavarte una espada en el corazón. —Siguió riéndose, dando la espalda a su adversaria—. Pero no te preocupes, princesita. Yo no haré eso. No, quiero saborear ese precioso corazón. Voy a hacer que se lo arranquen y que me lo sirvan en una bandeja la noche antes de marchar contra la aldea de los centauros para destruir a todos y cada uno de esos animales y a sus amigos.

Sonrió cuando la cara de la princesa se sonrojó de rabia. Entonces Gabrielle corrió hacia delante.

Estaba claro que las dos estaban igualadas. Gabrielle era más rápida, pero eso no bastaba para contrarrestar la altura y peso superiores de Velasca. La guerrera observaba con una firme máscara. Nadie habría sabido por su postura o su expresión cuánto sufría con cada ataque o que sentía cada golpe.

Justo como había pronosticado Xena, por fin se presentó la oportunidad de Gabrielle. La princesa vio el rápido vistazo de los ojos al suelo antes de que se llevara a cabo el movimiento. Entonces Velasca bajó los ojos y rodó para agarrar un puñado de tierra para tirárselo a la cara. Pero la princesa le llevaba un movimiento de ventaja, y cuando Velasca se giró, recibió un fuerte golpe en la cabeza y otro en los hombros cuando su cuerpo reaccionó al ataque. Consiguió apartarse tambaleándose antes de recibir un tercer golpe. Se paró y saboreó el dolor, mirando a la seria chica que tenía enfrente.

—¡Cuéntame otra vez lo de tu destino, Velasca! —Gabrielle jadeaba, vagamente consciente de la sangre que tenía en la boca.

Velasca avanzó con cautela, pero siguió provocando a la chica herida, hablando en tono suave, pero con seguridad.

—He dicho que mataré a tu supuesta campeona, le arrancaré el corazón y me lo comeré la noche antes de nuestra primera batalla.

Eso bastó para romper la concentración de Gabrielle. Gruñó y atacó, y Velasca la rechazó, descubrió la apertura y le descargó otro golpe en la cabeza, y Gabrielle se tambaleó por un momento. De algún modo, descubriendo una reserva de fuerza que nunca hasta entonces había usado, alzó la vara y golpeó a la aspirante con toda la fuerza que encontró allí. Era apenas consciente de que por fin había conseguido descargar un golpe sólido en las costillas de su adversaria, y aunque no oyó el crujido, supo que volvían a estar rotas. El golpe dejó a Velasca tambaleante, y el cuerpo de Gabrielle, incluso medio inconsciente, recordó las prácticas y alzó el otro extremo para golpear con fuerza a Velasca en la frente mientras estaba doblada jadeando. La amazona morena cayó de costado, aturdida y apenas capaz de respirar.

Gabrielle se tambaleó, y aunque la verdad era que necesitaba tiempo para despejarse la cabeza, se acercó a trompicones a la mujer caída, la empujó con el pie para ponerla boca arriba y le colocó la punta de la vara en la garganta. Velasca luchaba por respirar.

—¡Háblame ahora de tu destino!

La multitud se quedó en silencio.

Velasca la miró con los ojos ardientes y desafiantes.

—Adelante, mátame, princesa. Por favor, adelante. Veamos cómo derramas tu primera sangre. Te aseguro que así te será más fácil sentenciar a Xena.

Gabrielle no le hizo caso y gritó por encima del hombro:

—¡Ephiny! Traed a Rasas.

Hubo un murmullo cuando la sanadora fue llevada a rastras a través de la multitud y soltada, tambaleándose, junto a las dos combatientes.

—Diles a tus hermanas lo que has hecho. ¡Díselo! —exigió Gabrielle.

La sanadora cayó de rodillas.

—He roto mi juramento... —murmuró.

—¡Más alto!

—¡HE ROTO MI JURAMENTO! Te arreglé el brazo de forma que se rompiera con el esfuerzo de la lucha. Velasca... Velasca me obligó, me dijo...

—Basta. No necesitamos tus excusas... —Gabrielle se apartó de ella con asco y se dirigió a las guerreras—. ¡AMAZONAS! —Señaló a su enemiga caída—. ¿Ésta es vuestra gran guerrera? ¿Esta tramposa, que no estaba segura de su victoria e intentó que me lesionara? ¿Ése es su honor?

Hubo murmullos y las seguidoras de la aspirante bajaron la vista, incapaces de hacer frente a su fiera mirada. Gabrielle se volvió de nuevo a Velasca.

—Levántate. Demuéstranos cómo lucha una auténtica campeona.

Velasca miró a los ojos a la chica que se cernía sobre ella. No se movió.

Gabrielle llamó a sus seguidoras.

—Levantadla.

La amazona más cercana parpadeó sorprendida.

—¿Alteza?

—¡Levantadla! —repitió Gabrielle.

Gabrielle sacó un cuchillo de la vaina de la amazona que tenía más cerca y se lo tiró a Velasca con indiferencia. La aspirante lo cogió, se soltó de las que la sostenían y miró iracunda a su adversaria.

—Lucha —la provocó Gabrielle—. Lucha o córtate el cuello. Porque yo no me voy a manchar las manos con la sangre de una tramposa vencida.

Le dio la espalda y Xena aguantó la respiración. Al contrario que en el entrenamiento, lo calculó perfectamente, y se giró a tiempo de apartar el cuchillo de un golpe con la vara cuando se dirigía hacia su espalda desprotegida. Cambiando las manos, golpeó a Velasca en un lado de la cabeza, tirándola al suelo.

—Cobarde y tramposa —gritó—. ¡Levántate!

—No. —La palabra sonó débil, pero todas la oyeron con claridad.

Gabrielle volvió a colocarle la vara en la garganta. Se colocó sobre el cuerpo de la aspirante derrotada y se enfrentó a las avergonzadas seguidoras de Velasca. Les gritó:

—¿Quién es la reina?

Sin dudarlo, todas cayeron de rodillas.

—Exijo vuestro juramento de lealtad. ¡Juradlo, AHORA! —ordenó.

Como si tuvieran una única voz, entonaron:

—Juramos por la todopoderosa Artemisa, por nuestros nombres sagrados y nuestros votos que seguiremos a nuestra reina Gabrielle.

Volviéndose a las espectadoras que tenía detrás, preguntó:

—Consejo, ¿estamos unidas?

Las decanas se arrodillaron y el resto de la multitud se apresuró a unirse a ellas.

Gabrielle miró a su alrededor, a los cientos de guerreras arrodilladas ante ella, y buscó la satisfacción en su interior. Sólo encontró agotamiento y dolor. Volvió a mirar a su fuente de fuerza y clavó la mirada por un momento en sus ojos azules claros. Puedo hacerlo. Debo hacerlo. Devolvió su atención a la guerrera derrotada que tenía a los pies.

—Velasca. Ésta es la última vez que una amazona pronunciará tu nombre.

Gabrielle se agachó y, armándose de valor, sin dejar ver su desazón, arrancó la parte superior de la vestimenta de cuero de la mujer herida, descubriendo el escudo de las amazonas tatuado en el hombro de la aspirante. Acercó el filo del cuchillo al tatuaje. Velasca cerró los ojos y Gabrielle le cortó el tatuaje del hombro, mientras la ahora ex amazona chillaba de dolor. Impasible, Gabrielle tiró el trozo de carne del tamaño de la palma de su mano con desprecio forzado. La sangre manaba de la herida. La multitud se quedó paralizada por la sorpresa y la conmoción, mirando a la princesa como si ante sus ojos acabara de nacer otra persona. Gabrielle apoyó el cuchillo en el cuello de su víctima. Cerró los ojos y volvió a pensar en lo que iba a hacer y en las consecuencias.

Habló en un tono claro pero suave que todas oyeron.

—Velasca, puedo matarte. Pero... ya no tengo que hacerlo. ¿Verdad?

Apartó el cuchillo y se levantó apoyándose únicamente en la vara.

—¿Lo comprendes? Para mí, estás más que muerta. Ya no eres nada. No necesito matarte... así que no lo voy a hacer.

Alzó la mano y se dirigió a sus guerreras.

—¿Lo comprendéis? Puedo matar, Artemisa sabe que quiero hacerlo, pero no tengo que hacerlo. Así que no lo voy a hacer. Eso es todo. Nada más.

Señaló a Rasas con la mano libre.

—Sanadora, atiende a esta... mujer. Ella y tú ya no sois amazonas. Seréis llevadas a la frontera, se os entregarán unas monedas y ninguna de nosotras volverá a pronunciar vuestros nombres nunca más. Ya sabéis lo que pasará si se os vuelve a ver en el territorio de las amazonas. —Llamó a la guardia—. Quitadlas de mi vista y sacadlas de nuestra tierra.

Xena observaba, preguntándose por qué se sentía tan triste. Todo había salido como habían planeado. ¿Por qué no sentía alegría? ¿Por qué miraba a esta feroz guerrera que había ayudado a crear y se sentía casi abrumada por el deseo de consolarla? Cuánto dolor y tensión. ¿Cuánto tiempo más podría soportarlo?

Gabrielle volvió a erguirse y Ephiny y Solari corrieron a ayudarla. Las detuvo con un gesto y empezó a salir del campo por sus propios medios. Miró a Xena a los ojos y en ellos vio el dolor y la compasión. Llamó a las guardias.

—Llevad a la prisionera a su celda. Aseguraos de que come y tiene oportunidad de lavarse antes de su juicio. Sólo pido que me dé su palabra de que no intentará escapar.

Xena habló a través del campo lleno de amazonas todavía arrodilladas.

—Te doy mi palabra. —Vaciló. De repente, los planes parecían secundarios. Sólo quería acabar con todo esto. Poder acercarse a esta chica y consolarla. Alejarse de ella ahora le producía un dolor interno que sabía que sólo terminaría si... no fuera quien era...—. Pido ser sentenciada ahora. Un juicio no tiene sentido. Admito libremente la acusación de asesinato. Me gustaría ser juzgada por la princesa, no por la reina.

Gabrielle cerró los ojos con cansancio e hizo un gesto señalando a la asamblea arrodillada, conteniendo las lágrimas.

—Ya es demasiado tarde para eso. Ahora sólo existe la reina... La aceptación de la máscara es una mera formalidad.

Xena observó la masa de cabezas inclinadas y reconoció la verdad de lo que decía. Sintió vergüenza por su debilidad momentánea y, comprometiéndose, se irguió totalmente.

—No obstante, pido que se me juzgue ahora.

La reina respiró hondo. Las dos mujeres, las únicas que estaban de pie en el campo abierto, se miraron. La distancia que las separaba nunca había parecido tan grande. Pero la voz de la reina fue firme.

—En ese caso, te declaro culpable y responsable de arrebatar la vida de mis hermanas amazonas, hecho por el que pagarás. Tu sentencia exacta será anunciada tras la ceremonia de la máscara. Guardias. Llevaos a la prisionera a su celda.

Se miraron a los ojos un momento y Gabrielle sólo vio aceptación en ellos. Se alejó, seguida de cerca por sus segundas al mando. Hubo un silencio, hasta que una voz inició un cántico. Luego otra y otra, hasta que por fin se extendió por toda la multitud.

—¡Gabrielle! ¡Gabrielle! ¡GA—bri—ELLE!

No pareció afectar a la chica. Aturdida, el trayecto hasta la cabaña de la reina pareció durar una eternidad. Se volvió a sus amigas y les dijo en voz baja:

—Enviadme a la sanadora dentro de media marca. Necesito estar sola un rato. Por favor.

Asintieron y la miraron mientras entraba despacio en la cabaña y cerraba la puerta.

Una vez dentro, la nueva reina amazona echó el contenido del estómago y siguió sufriendo arcadas cuando ya hacía mucho que no le quedaba nada dentro.


PARTE 4


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
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