PARTE 2


Échame una sonrisa,
No estés triste, no recuerdo
Cuándo fue la última vez que te vi reír
Si este mundo te enloquece
Y ya no aguantas más
Puedes llamarme
Porque sabes que ahí estaré

—Cyndi Lauper


4


Gabrielle yacía en el suelo, todavía cegada por la tierra y con los ojos escocidísimos, pero no tan furiosa como la mujer que se cernía sobre ella.

—Maldita sea, Gabrielle. No estabas mirando. Cuando te he tirado esa tierra, he tenido que apartar mis ojos de los tuyos. Era la ocasión perfecta para superar mis defensas. Si yo fuera Velasca, ¡ahora estarías muerta!

Xena se acercó a los odres y regresó todavía iracunda, pero se arrodilló y con gran delicadeza echó hacia atrás la cabeza de la princesa para lavarle la tierra.

Protegiéndose los ojos de la brillante luz del sol, Gabrielle musitó:

—Lo siento, Xena...

La guerrera no estaba dispuesta a controlar su irritación.

—Lamentarlo no te va a ayudar. Mejora. ¿Cuántas veces...? El desafío es mañana, y técnicamente puede que seas buena, pero todavía te falta... ¡fuego! Te vas a jugar la vida, y a la que le importe más será la que gane mañana.

—Me esforzaré más... —rogó suavemente.

Xena sacudió la cabeza y suspiró. Gabrielle empezó a levantarse, pero la guerrera la detuvo, diciendo:

—Vamos a descansar un rato.

Con un gemido de alivio, Gabrielle se desplomó contra Xena y acabó apoyando la cabeza en su hombro.

Curiosamente, pasaron unos cuantos segundos antes de que cualquiera de las dos se diera cuenta de lo que había hecho. Unos atónitos ojos azules se encontraron con unos aterrorizados ojos verdes. Tanto miedo tenía Gabrielle que fue incapaz de moverse, y sólo cuando notó que la guerrera se relajaba, pudo volver a respirar.

Más desconcertada que enfadada, Xena dijo entre dientes:

—No pasa nada, Gabrielle.

—¿Seguro? —preguntó titubeante.

—He dicho que no pasa nada, así que relájate.

Al fin y al cabo, racionalizó Xena, mira la presión a la que está sometida. Es una cría, que intenta gobernar una aldea amazona mientras la mitad de la tribu la vigila y espera a que cometa un error. Viene aquí todos los días para tener que aguantar mis gritos y que la empuje hasta el límite, y si esta cosa tan insignificante la hace feliz, puedo soportarlo. Además, no era una sensación desagradable...

Mientras, Gabrielle, con los ojos algo desorbitados, intentaba aceptar lo cómodo que era este hombro en concreto, al tiempo que trataba de encajar esta última faceta en el retrato que se estaba haciendo de esta mujer tan compleja. La mitad del tiempo tengo miedo de que me vaya a arrancar la cabeza, y el resto del tiempo es como si fuéramos amigas de toda la vida. Nunca dejaré de aprender cosas nuevas de ella, ¿verdad?

Tratando aún de no hacer caso de lo cómoda que estaba, Xena echó un largo trago de un odre y luego se lo pasó a la chica medio tumbada.

—Sé que lo estás intentando. El problema no es ése. No podrías intentarlo con más ganas. Eres una de las mejores luchadoras de vara que he visto en mi vida, pero vas a tener que encontrar en tu interior ese golpe mortal o si no, Velasca te va a arrancar la cabeza. Se trata de ti o de ella, ¿lo entiendes?

En lugar del odre, Gabrielle se agarró a lo único que le importaba.

—¿De verdad crees que soy buena?

La guerrera puso los ojos en blanco.

—Sí. Eres muy buena. ¿Has oído lo demás que he dicho?

La princesa ladeó la cabeza y preguntó con total seriedad:

—¿Y si necesito más incentivo? Necesito que tú estés allí.

—Gabrielle... —La voz adquirió un tono cortante que un minuto antes no había tenido.

—Xena, es que no valgo para hacer cosas por mi propio bien. Oh, no me pongas esa cara. —Se detuvo, sorprendida de su propia temeridad—. Perdona, no tengo derecho...

—Gabrielle, vas a luchar para convertirte en la reina de las amazonas. Deja de pedirme disculpas. —Se le dibujó una sonrisa en la comisura de la boca—. Y no me creo esta súbita timidez. Estoy aquí de lo puro terca que eres...

Gabrielle le devolvió la creciente sonrisa.

—Puedo ser egoísta y agresiva, eso lo sé. Pero si no supiera que hay un motivo para todo esto, jamás habría hecho nada. Creo...

Xena se dio cuenta de que se avecinaba una historia y volviendo a poner los ojos en blanco, se tiró dramáticamente sobre la hierba junto a la chica, que se echó a reír y la amenazó con el puño con ira fingida. Xena sonrió y esperó a que continuara. Gabrielle se tumbó de lado con la barbilla en la mano, apoyada en el codo. Todavía tardó un poco en ponerse seria y proseguir.

—Me marché de mi aldea porque sabía que allí no encajaba. Sabía que estaba destinada a otra cosa. Me sentía como si hubiera pasado toda mi infancia esperando, hasta que ya no pude esperar más. De modo que me escapé y encontré a las amazonas. Cuando recibí el derecho de sucesión, pensé, ya está. Por esto me marché. Pero no era así. Todavía estaba... esperando. Pero he aprovechado este tiempo para intentar aprender, para llegar a ser lo que sea que tenga que ser.

Gabrielle notó que la guerrera se ponía tensa a su lado.

—Llegar a ser lo que tienes que ser no es tan estupendo —murmuró Xena con tristeza.

Gabrielle volvió sus ojos verdes hacia ella.

—¿Y cómo lo sabes?

Xena intentó pasar por alto el efecto, pero era difícil sustraerse a esa mirada.

—¿Que cómo lo sé? Ya sabes lo que he hecho.

—Nada que tenga importancia de verdad. Nada de lo que podrías hacer. Creo que tú también has estado esperando.

La guerrera se echó a reír.

—¿A ti?

Ofendida, Gabrielle contestó:

—¡Sí! Estamos juntas por un motivo. Hay cosas que sé que tenemos que hacer juntas. Cosas importantes. Cosas que cambiarán el mundo. Tal vez no sepa lo que son. Todavía. Pero siempre he sabido que era distinta, que había alguien que me... completaría, desde que era niña, Xena. Necesito que lo creas.

La guerrera se sintió casi abrumada por la intensidad con que hablaba la chica.

—Gabrielle, quiero creer, creer en algo, pero no sé si soy capaz ya.

—Yo eso no me lo creo. —Las dos sonrieron por el chiste. Luego la joven princesa dijo con cautela—: ¿Quieres, puedes confiar en mí?

Xena suspiró y apartó la mirada. Por fin volvió a mirar a la resuelta muchacha que tenía al lado.

—Sí.

Con el tono de una madre al hablar con un hijo rebelde, Gabrielle afirmó:

—Entonces tienes que entregarte.

Xena la sobresaltó al ponerse en pie de un salto, con los puños apretados.

—¿Por qué siempre se reduce todo a eso? ¿Alguna vez has visto a un animal arrinconado? ¿O has intentado meter uno en una jaula? Eso es lo que soy yo. No este noble ser que te has imaginado, Gabrielle —espetó.

Logrando no asustarse por esta metamorfosis, la chica le agarró una mano, abriéndola hasta que sostuvo la palma callosa entre sus dedos.

—No eres un animal —declaró Gabrielle con convicción—. Incluso en tus peores momentos, jamás lo has sido. Has cogido tus facultades y tu cuerpo y los has moldeado y entrenado hasta crear a la guerrera en la que te has convertido. Si no fueras más que un puñado de facultades asesinas, jamás habrías estado al mando de un ejército, siempre habrías sido la bestia a sueldo de otra persona.

Xena no podía mirarla.

—¡Pero eso es exactamente lo que era! La bestia a sueldo de Ares.

—Todo fue por un motivo, Xena, para que estuvieras aquí, en este momento. Lo sé. ¿Qué puedo decir o hacer para que lo creas? Xena, por una vez en tu vida, tienes que rendirte y confiar. Tienes que confiar en este destino. Por favor, Xena. Ése es tu desafío. ¿Puedes hacerle frente?

Xena parecía escuchar, pero no a la princesa. Se había quedado absolutamente inmóvil y su mano se posó automáticamente sobre su chakram.

—Gabrielle...

La princesa también se levantó y se puso a otear el horizonte.

—¿Vienen?

No hubo respuesta.

Gabrielle agarró a la guerrera del brazo.

—Las espadas, Xena, tenemos que empezar la maniobra.

Xena seguía paralizada, con la mirada clavada en los árboles. Ahora que había llegado el momento, su mente era casi presa del pánico. Son por lo menos diez, pero no están cubriendo la brecha que hay junto a las rocas, todavía podría...

—¿Xena? ¿Xena, por favor? —le suplicó Gabrielle.

Xena se volvió para mirarla. Su rostro no daba la menor muestra de su debate interno, pero bajó los ojos y miró la mano firme que todavía agarraba la suya.

—¿Es a esto a lo que se reduce? —preguntó.

Gabrielle contuvo el aliento antes de hablar.

—Sí.

Sólo quedaba una cosa, el último secreto, la última parte de sí misma que debía confiar a esta chica.

—Gabrielle. Tengo un hijo...

Gabrielle bajó la vista.

—Lo sé, Xena. Solan.

La guerrera abrió mucho los ojos y se quedó mirando, pasmada, a la joven.

—¿Cómo?

Titubeando, le ofreció una explicación.

—Voy a menudo a la aldea de los centauros. Siempre me he preguntado... Tiene tus ojos. Son inconfundibles, así que he hecho preguntas...

Como se estaban quedando sin tiempo, Xena se tragó esa revelación y continuó.

—Si hay guerra, es tan pequeño... Velasca no va a hacer esclavos ni prisioneros...

Gabrielle supo que había ganado. Los preparativos ya estaban hechos.

—Xena, te lo prometo. Me aseguraré de que viva, aunque mañana sea derrotada, me aseguraré de que alguien se lo lleva de la zona de batalla, te lo juro.

Pasando por alto las alarmas que sonaban en su interior, Xena desenvainó la espada. Se sacudió un poco para colocarse bien la armadura y luego las dos se enfrentaron e iniciaron su baile coreografiado. Habían planeado cada movimiento, aprovechando el sorprendente talento innato de Gabrielle con la espada. Los ruidos de las amazonas que se acercaban no tardaron en quedar bloqueados mientras se concentraban en sus papeles.

Velasca detuvo su montura a pocos cuerpos de distancia y observó atónita cómo la niña despreciada parecía enfrentarse a la gran guerrera de igual a igual. Cuando se enteró de este supuesto enfrentamiento, tuvo la esperanza de poder usarlo para demostrar la traición de Gabrielle, y en cambio parecía que la debilucha estaba intentando de verdad capturar a la guerrera ella sola. Y fuera cierto o no, sólo tenía que ver la expresión de admiración de las guerreras que la acompañaban para saber que estaba causando efecto. Tal vez no iba a ser posible humillar a la princesa con la espada. Parecía que iba a ser necesario negociar.

Pero maldita sea, ¿cómo puede ser tan buena?

En el último momento, Xena soltó ligeramente la empuñadura y Gabrielle le arrebató rápidamente la espada de la mano con una estocada hacia arriba. Se hizo un silencio impresionado entre las amazonas ya reunidas cuando Gabrielle apoyó la punta de su espada en el cuello de la Princesa Guerrera.

—Ephiny —llamó—. ¿Están situadas las arqueras?

Ephiny salió de los árboles y gritó:

—Sí, Alteza.

Sin dejar de apuntarle al cuello con la punta de la espada, Gabrielle habló para la galería.

—Entonces, Xena, no tienes escapatoria. Te acuso de crímenes contra la Nación Amazona. Serás juzgada y sentenciada por la reina de nuestra nación. Entrega tus armas, ¡AHORA!

La guerrera fue rodeada con cautela. Velasca advirtió con curiosidad la angustia bien real que inundó la cara de la guerrera por un instante antes de que le quitaran las armas. No miró a nadie, simplemente clavó la vista al frente y echó a andar con la cabeza alta, rodeada por una docena de amazonas muy nerviosas.

Velasca se acercó a la princesa, que estaba en silencio, sujetando aún la espada, mientras se llevaban a la guerrera. Casi no tenía expresión que la aspirante pudiera descifrar. ¿Cuánto había subestimado a esta chica? Tardíamente, se le ocurrió decir a las guardias:

—No dejéis de encadenarla. Cadenas gruesas. Buscad unas lo bastante fuertes como para sujetar a un cíclope adulto y luego ponedle el doble.

Por una vez, las guardias miraron a Gabrielle para que diera su consentimiento. La princesa asintió.

Velasca también reflexionó sobre esto. Se había acostumbrado a que la obedecieran automáticamente. Desmontó y se dirigió a Gabrielle.

—Muy impresionante, ¿pero cuánto ha tenido de real?

Gabrielle levantó la espada a la defensiva.

—Todo lo que ha sido necesario.

Velasca se echó a reír ante eso.

—Casi podrías caerme bien, Gabrielle, y la verdad es que no quiero matarte. No es que no fuera a disfrutar de ello. Pero tienes seguidoras. Y bastantes. La cuestión es, ¿cuánto tiempo lucharían contra mí? Y eso no me conviene. No le conviene a la nación. Así que hablemos de los hechos un momento. ¿De acuerdo?

Gabrielle no bajó la espada.

—Estoy escuchando.

—Sé que nunca has planeado gobernar como reina, ibas a seguir con tus viajecitos. Así que te propongo que lo hagas. Márchate. Ahora. Entonces tus seguidoras se conformarán. Así salvarás la vida de tus amigas y evitarás una guerra civil. Salvarás su vida y la tuya y las amazonas estarán unidas. No va a ser bueno para nadie si te muestras estúpida o egoísta, Gabrielle.

—Unidas en la guerra, unidas matando hasta que mueran todas.

—Somos guerreras, niña, parece que nunca te enteras de eso. Lucharé y ganaremos. La nación será más fuerte, más grande, bajo mi gobierno.

—No lo creo.

—Pues a ver esto. Puedo hacer que Ephiny sea miembro del consejo, y como Eponin ya lo es, dejarás un núcleo fuerte que defenderá tus ideales. La guerra ocurrirá de todas formas, pero habrá una, digamos, influencia moderadora. No puedes pedir más.

Gabrielle se lo planteó. Ephiny tenía mucho apoyo. Podía influir a los demás miembros. La guerra y Velasca podrían moderarse. Era una concesión importante. Pero...

—¿Y Xena?

Velasca resopló.

—¿Qué pasa con ella? No sé cómo lo has hecho, pero ahora es nuestra. De modo que Xena muere en cualquier caso. Si ahora me muriera aquí mismo y tú fueras reina, nadie te permitiría liberarla. Y no voy a morir, ni hoy ni mañana. Eres una chica lista, Gabrielle. Tienes que tener en cuenta a otras personas. Márchate. Vete a casa o emprende una vida nueva. Porque tu estancia aquí se ha terminado.


Pero veo tus auténticos colores
Abriéndose paso con su brillo
Veo tus auténticos colores
Y por eso te quiero
Así que no tengas miedo de que se vean
Tus auténticos colores
Los auténticos colores son bellos,
Como un arcoiris

—Cyndi Lauper



PARTE 3


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
Ir a Novedades