Campeonas

Kamouraskan



Descargo: Los personajes pertenecen a otros, el relato es mío. He tenido la suerte de contar con la ayuda de algunas de las mujeres de más talento del Xenaverso. Estoy en deuda con todas ellas. Por desgracia, quien ha escrito esto he sido yo. Pero su animosa ayuda demuestra lo especial que es este sitio. Estoy muy agradecido a Eve Ng, Maribel Piloto, Barbara Davies, Advocate, Lariel, IseQween, Georgia, Verrath, Mary Morgan, Lawlsfan y mi cómplice, Archaeobard. Una buena lista, porque soy muy afortunado.
Sinopsis: Campeona ocurre en una línea temporal alternativa, en la que Gabrielle se escapó de Potedaia antes de conocer a Xena, recibió el derecho de sucesión y se convirtió en princesa de las amazonas bajo el reinado de la reina Melosa. Cuando la reina cayó mortalmente enferma, Gabrielle debía enfrentarse a un desafío por la máscara de la reina lanzado por Velasca y fue en busca de la recién reformada Destructora de Naciones (que había vuelto a casa, para casi morir lapidada por los ciudadanos de Anfípolis). Decidida a suicidarse, se lo impide la joven princesa, que la desafía a un combate con varas, con la esperanza de incitar a Xena a que sea su campeona en el desafío. La idea no le hace ninguna gracia a Xena, que está a punto de matar a la joven, pero no sin antes reconocer el valor de la muchacha y la extraña conexión que hay entre ellas.
Este relato comienza al final de Campeona, cuando Gabrielle, que ha estado inconsciente varios días, se despierta creyendo que no ha conseguido convencer a la guerrera.
Siempre se agradece y se contesta correo. Kamouraskan@yahoo.com

Título original: Champions. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2002


Premio Xippy Premio Bardic Excellence

PARTE 1


Tú que tienes los ojos tristes
No te desanimes
Oh ya sé
Que es difícil tener valor
En un mundo lleno de desconocidos
Se puede perder la perspectiva
Y la oscuridad de tu interior
Puede hacer que te sientas muy pequeño

—Cyndi Lauper


Prólogo


Xena se movía con cautela a través de la maleza. No notaba las ramas que le rozaban los cortes y magulladuras de la lapidación de Anfípolis. Tenía la mente demasiado ocupada tratando de comprender por qué seguía en territorio de las amazonas para percibir realmente sus lesiones. Se detuvo y se quedó inmóvil al oír un ruido inesperado y esperó antes de acercarse al claro entre los árboles que indicaba el exterior de la aldea amazona.

Esto era una locura. Arriesgar la vida, ¿y todo para qué? ¿Por algo que había sentido al mirar a una chiquilla un instante a los ojos? ¿Podría ser simplemente admiración por el valor temerario de esa chiflada? Había dejado el cuerpo de la chica, que aún respiraba, al borde del territorio de la tribu, y con eso debería haber bastado. Malditos sean ella y su condenado "destino".

Se abrió la puerta de una cabaña y apareció una princesa rubia de aspecto muy frágil transportada por dos guerreras amazonas. Vio que la llevaban hacia la cabaña de la reina, donde estaría amortajado el cuerpo de Melosa. Xena aspiró bruscamente al ver los verdugones lívidos que le había provocado a la chica en la lucha de varas. ¿Cómo podía arriesgarse a estar aquí? Gabrielle aún no podía andar. Estaba suponiendo que la chica a la que casi había matado a golpes no ordenaría matarla nada más verla. ¿Qué estaba haciendo? ¿Qué era lo que tenía esta chica?

Cuando las guardias llevaron su carga al interior, se acercó sin hacer ruido al costado de la cabaña, justo cuando las guardias recibieron orden de salir. A través de la paja oyó la voz clara y suave de Gabrielle, que intentaba quedar en paz con la reina muerta, tratando de disculparse por su fracaso.

—Mi reina... tú me aceptaste cuando nadie más... cuando mi propia familia me rechazó. Me diste un lugar donde por primera vez en mi vida me sentí completa. Intentaste enseñarme en qué podía convertirme y me dejaste viajar y aprender y me diste un hogar. Y a mis hermanas. —Le tembló la voz ligeramente—. Me castigaste y me quisiste y yo no quería más que te sintieras orgullosa. Y ahora...

Xena ni siquiera se dio cuenta de que se había acercado a la puerta. De algún modo, ahora había quedado a plena vista de unas posibles enemigas. Era como si se viera obligada a reconocer que sólo ella podía aliviar este dolor.

Gabrielle continuó, ciega por el momento a la comprensiva presencia que tenía detrás.

—Lo siento tanto, Melosa, me equivoqué. A veces no hay manera, a veces, hagas lo que hagas, por mucho que lo intentes... porque de verdad que lo he intentado, te juro que lo he intentado, pero... Lo siento tanto, te he fallado a ti, a mí misma y sobre todo, le he fallado a Xena... y ahora, las amazonas lo perderán todo y yo te he perdido a ti y ahora... estoy tan sola...

Xena tragó saliva. Fue entonces cuando la joven princesa notó su presencia y, aunque le dolía, se volvió despacio para ver a la intrusa. Recuperando el habla, Xena oyó las palabras en su propia mente antes de pronunciarlas. Supo que eran importantes. Que eran lo correcto. Que estaba comprometida. Encontró los ojos llenos de lágrimas en la oscuridad y les prometió:

—Ya no estás sola.


1


Gabrielle no pudo contener el júbilo que sentía.

—Has venido...

Por dentro, pensó, Tenía razón. Esto es lo que tiene que pasar.

Las dos mujeres sonrieron sin motivo. Maravillosa, es maravillosa, pensó Gabrielle. ¿Cómo es que no me he dado cuenta antes? Embelesada por un momento, se soltó del féretro y se empezó a caer. Con un veloz movimiento, Xena la agarró antes de que tocara el suelo de tierra, pero incluso esa delicada captura le causó dolor, y la princesa amazona no pudo sofocar un quejido. Vio el remordimiento en los ojos de la guerrera y, deseando quitárselo, consiguió decir:

—Deberías ver a la otra.

Xena sonrió y sacudió la cabeza, diciendo:

—¿Qué voy a hacer contigo?

Allí entre sus brazos, a Gabrielle se le cruzaron por la mente cien posibilidades bien agradables. Xena se echó a reír ante el consiguiente rubor.

El momento quedó roto al instante cuando una voz interrumpió furiosa desde la puerta.

—Apártate de ella y enfréntate a mí.

Xena levantó la mirada y vio a una amazona de expresión ceñuda que sostenía un puñal, preparada para lanzarlo. Su sonrisa se apagó y miró a Gabrielle.

—¿Velasca? —preguntó.

Gabrielle suspiró.

—No. Ésta es Ephiny. Mi mejor amiga. Ephiny, Xena ha venido para ayudar.

Ephiny soltó un bufido.

—¿Como ya te ha ayudado a ti? He dicho... que te apartes.

Xena no se movió.

—Sólo si la sostienes tú. Está demasiado débil para mantenerse en pie.

—¿Y quién tiene la culpa? —Llamó por encima del hombro—: ¡Guardias! ¡Aquí dentro! —Cuando entraron las dos amazonas, se quedaron de piedra al ver a la guerrera sujetando a su princesa. Ephiny las reprendió de inmediato—. ¡Así es! ¡Habéis permitido que la mujer que casi la ha matado entre sin más y tenga una segunda oportunidad! Si creéis que patrullar la frontera es el único castigo que os vais a llevar, sois aún más estúpidas de lo que parecéis. Ahora ayudad a la princesa.

Gabrielle intentó explicarlo.

—Ephiny, no lo comprendes...

—¿Qué es lo que no comprendo? ¿Que tenías la loca idea de desafiar a esta zorra para que actuara como tu campeona? ¿Y ahora vuelve para terminar de machacarte? No, Gabrielle. Creo que sí que lo entiendo.

—No, no lo entiendes. —La voz de Gabrielle se mostró firme—. Xena ha aceptado representarme contra Velasca. —Dirigió una mirada rápida pero insegura a la guerrera para confirmarlo. Con un ligero parpadeo, Xena lo corroboró. Gabrielle sintió de nuevo el júbilo que había sentido antes.

Haciendo acopio de toda la dignidad de que fue capaz, la joven princesa amazona se levantó con la ayuda de las dos guardias mientras Xena se apartaba.

—Por ahora al menos, yo soy la persona que gobierna esta tribu, con máscara o sin ella, y os ordeno que la tratéis con respeto.

Gabrielle vio que Xena se ponía rígida y siguió su mirada hasta la puerta. Allí estaba una amazona alta y morena, sonriendo.

—¿Respeto? —La recién llegada hizo una pausa para disfrutar del cuadro que había creado su entrada—. Me parece que no. No creo que estés al tanto de todos los hechos relacionados con esta persona, princesa. —La última palabra rezumaba desprecio.

—¿Velasca? —El cuerpo de Xena estaba en alerta total.

Gabrielle hundió un poco los hombros.

—Oh, sí.

Dejando a su séquito esperando detrás, Velasca entró con calma en la cabaña, saboreando la creciente tensión. Examinó abiertamente a la guerrera morena.

—¿Tengo algo que te parece interesante? —gruñó la guerrera.

—Sí.

—¿Me lo quieres decir?

Velasca se rió entre dientes.

—Me he esforzado por saberlo todo sobre ti, Xena. Siempre te he considerado un modelo a seguir. Una auténtica amazona. Comandante del mayor ejército jamás visto en esta parte del mundo. Así que te he estudiado atentamente. Métodos y tácticas. Y cuando me enteré de que nuestra amada princesa tenía intención de pedirte ayuda, tuve tentaciones de detenerla. Pero supongo que crecer es un proceso cargado de todo tipo de lecciones desagradables. —Sonrió condescendiente a la princesa—. Me alegro de ver que ya estás recuperada, querida.

—¿Esta interrupción viene a cuento de algo? —preguntó Gabrielle con rabia.

—Por supuesto. Una vez más, has demostrado tu incapacidad para ser la dirigente de esta tribu, princesa. Acabas de aliarte con la mayor enemiga que han conocido las amazonas jamás.

Gabrielle notó que la guerrera que tenía al lado se ponía rígida.

—Di lo que tengas que decir, Velasca.

La amazona morena hizo un gesto señalando a la guerrera.

—Pregúntale a Xena, ella lo sabe. Pregúntale sobre las amazonas del norte. Pregúntale cómo murieron. Pregúntale si les dio la oportunidad de rezar por sus almas antes de traicionarlas. Adelante. Pregúntaselo.

A Gabrielle no le hizo falta mirar. Era como si estuviera sintonizada con la respiración de la mujer que tenía al lado.

—Qué lástima, Xena, que tu leyenda termine así —sonrió Velasca con suficiencia—. Nunca debería haber acudido a ti. Una auténtica reina debe librar sus propias batallas. Como lo haré yo. Hasta tengo el programa ya pensado. Esta noche la desafío por la máscara, la mato y luego inauguramos mi reinado con la ejecución de la Princesa Guerrera. Salvo si llueve, podríamos declarar la guerra a los centauros al día siguiente. ¿Qué te parece?

La guerrera guardó silencio, pero Gabrielle era consciente de la tensión acumulada en su interior.

Ephiny intervino, bufando:

—No puedes desafiarla ahora, apenas puede caminar.

Velasca se rió entre dientes.

—Las reinas no pueden elegir cuándo luchar, Ephiny. Las guerras estallan en los momentos más inoportunos. Como si estar sana supusiera alguna diferencia para ella. —Se volvió a reír—. Además, mi programa es apretado y me gustaría terminar con esta parte lo antes posible. Ah, y ¿Xena? Habrás notado que no le ha propuesto a nadie más que la represente. No querría sacrificar a ninguna de sus preciosas seguidoras. Sólo te estaba utilizando, y eso es lo único inteligente que ha hecho. Así que en vez de nombrarla tu campeona, princesa, creo que tu deber es arrestar a esta asesina.

Gabrielle dijo con incertidumbre:

—¿Xena...? —Las dos princesas se miraron fijamente—. Debe tener un juicio... —empezó a decir Gabrielle.

Velasca se encogió de hombros, sin inmutarse.

—Estoy de acuerdo. Un juicio que tiene que ser presidido por la reina. Y hasta que termine el desafío, tendrá que esperar, encerrada y encadenada. La ley amazona está clara.

Xena se debatió consigo misma por un momento. Le dijo a Gabrielle entre dientes:

—No puedo... Gabrielle, no puedo... otra vez no.

Velasca se volvió y miró furiosa a las guardias inmóviles que tenía detrás.

—¿A qué estáis esperando? Os lo acabo de decir, esta mujer es una asesina. ¡Prendedla! ¿O es que lo tengo que hacer yo misma? —Y se lanzó contra la guerrera.

Cuando Velasca saltó sobre ella, Xena la agarró de los hombros y levantó una rodilla, y todas oyeron el ruido de las costillas al crujir como trigo seco. Xena dejó caer al suelo a la aspirante cuando las dos guardias se acercaron a ella. Se preparaba para hacerles frente cuando Gabrielle exclamó:

—¡No! Por favor, Xena.

La guerrera se detuvo en seco y se volvió para echarle a Gabrielle una mirada de angustia.

—Lo siento —fue lo único que dijo, antes de dar un salto de lado, atravesando la pared de la cabaña.

Jadeando de dolor, luchando por respirar, Velasca intentó levantarse, pero se volvió a desplomar.

—¡Tras ella! —resolló. Las guardias salieron corriendo para obedecer la orden. Ephiny se quedó junto a la aspirante, evaluando los daños. Dejando entrever su satisfacción interna, dijo:

—Parece que tu programa se va a tener que retrasar, querida. ¿Tal vez una luna?


2


Gabrielle se frotó los ojos, todavía llenos de lágrimas secas, oliendo todavía el humo de la pira funeraria de su madre adoptiva. La habían instalado en la cabaña de la reina por deferencia a su derecho de sucesión, pero sabía que estaba ahí sólo por ese detalle técnico. Intentó volver a concentrarse en el pergamino a la luz de la vela, pero su mente no conseguía dejar el recuerdo de la fuga de Xena la noche anterior. Volvió a intentar estudiar las normas tribales de las amazonas. Tenía que haber una forma, una ley, una trampa que pudiera usar. Siempre había una manera. Ya se había rendido una vez demasiado pronto: juró no volver a cometer ese error. ¿Pero qué iba a hacer? Los planes de Velasca sólo se habían retrasado hasta que ésta se curara. Se negaba a creer que Xena la hubiera abandonado de verdad, todavía creía que las Parcas la habían destinado a estar con ella ahora.

Sintió alivio al oír fuera los familiares pasos que se acercaban.

—Pasa, Eph. —La amazona entró y se arrodilló ante ella. Gabrielle hizo una mueca, cogió a su amiga de la mano y la levantó de un tirón—. No. No hagas eso.

Ephiny habló con seriedad:

—Hay cosas a las que te vas a tener acostumbrar.

—Pues que mi mejor amiga se arrodille ante mí no es una de ellas.

La princesa volvió a sentarse y esperó a que su confidente le dijera por qué había venido. Advirtió una vacilación impropia de ella.

—Tenemos que hablar... en privado. —Gabrielle asintió, intentando no mostrar su curiosidad. Ephiny volvió a la puerta y llamó—: Eppy, adelante. —Y regresó para sentarse junto a su joven amiga.

—¿De qué iba todo eso?

Ephiny habló en voz baja.

—Eponin está alejando unos cuantos cuerpos a las guardias y vigilándolas. No quiero que nadie escuche esta conversación y Velasca parece tener oídos en todas partes.

Gabrielle siguió esperando.

—He hablado con Xena —dijo Ephiny despacio.

Gabrielle no disimuló su sorpresa.

—¿Qué? ¿Y no la has arrestado al instante?

—Me lo puso... bastante difícil. —Los labios de la princesa amagaron una sonrisa al oír eso, pero con gran diplomacia no pidió detalles—. Quiere reunirse contigo mañana al final de la frontera oriental cerca del río truchero.

—Una reunión con ella podría considerarse traición... —empezó Gabrielle.

—Sugirió que si quisieras arrestarla, estaría dispuesta a dejarte intentarlo... todos los días durante las próximas semanas, de hecho...

Gabrielle no pudo contener una risa sofocada.

—¿Qué?... yo no puedo... ¿ confías en ella?

—No, pero está claro que se ofrece a entrenarte para el desafío y —Ephiny se encogió de hombros, indicando su resentimiento—, se mueve por aquí con tal facilidad que si quisiera hacerte daño ya lo podría haber hecho.

—Así que como no me ha matado todavía, ¿eso para ti es una razón para aceptar esto?

Ephiny se levantó y miró las paredes.

—Gabrielle. A pesar de tu edad... bueno, tú sabes lo mucho que te respeto ahora. Creo que podrías llegar a ser una gran reina... no una buena reina, una gran reina. Y por eso, siempre te he apoyado en tus viajes de aprendizaje. He aceptado gobernar a las amazonas mientras estés fuera, porque por mucho que sea una guerrera, quiero que mi hijo crezca en paz y creo que tú eres nuestra única esperanza de que eso ocurra. Tu propuesta de tratado con los centauros es sólo el principio. Pero hay algunas cosas que toda gran reina tiene que hacer...

Se sentó de nuevo y cogió las manos de Gabrielle.

—Xena es una asesina. Su muerte es inevitable, acéptalo. Pero hasta entonces... —Hizo otra pausa para elegir las palabras—. Hasta entonces es útil. Las reinas tienen que usar lo que se les ofrece, porque tienen una responsabilidad mayor. ... tienes una responsabilidad mayor, así que usa todas las herramientas que se te ofrezcan. Xena es una herramienta, muy poderosa, pero una herramienta.

—¿Cómo propones que use esta herramienta? —La voz de Gabrielle no dejaba entrever nada de su repugnancia.

—Yo no soy la estratega, Gabrielle. Pero conozco esa mente tuya. Se te podrían ocurrir diez formas para que Velasca resultara muerta o perdiera el desafío con ayuda de Xena. Te estoy pidiendo que hagas justo eso. Planea, trama, haz lo que tengas que hacer, pero no sacrifiques la paz de esta nación ni las vidas de sus hermanas por una lucha justa que no puedes ganar o por una lealtad equivocada hacia una asesina.

—¿Tú lo harías, Ephiny?

Su amiga bajó los ojos. Luego los alzó y miró directamente a los de Gabrielle.

—Lo que yo haría no importa. Lo único que importa es lo que hace la reina.


3


Xena se encontraba, una vez más, esperando a la joven amazona en un árbol. Aunque era de día, se acordaba de la primera vez que vio a la princesa en un claro pocas noches atrás. Era otra advertencia del tiempo tan ridículamente corto que hacía que conocía a esta chica a pesar de toda la confianza que estaba depositando en ella. Observó mientras se acercaban tres amazonas a varios cuerpos de distancia. La pequeña rubia cogió un fardo y dos varas de las otras dos y les hizo un gesto para que se fueran. Gabrielle esperó un momento hasta que se alejaron y luego se acercó al río. Se quedó en medio del claro, examinando el frondoso dosel, cuando de repente notó la presencia de la guerrera detrás de ella.

La voz grave le produjo un escalofrío.

—Nunca pareces reaccionar cuando te sorprendo. Eso podría venirte bien para desconcertar a tus adversarios.

Se volvieron cara a cara.

—¿Tú eres una adversaria? —preguntó Gabrielle suavemente.

—¿Y tú? —respondió Xena.

Gabrielle dudó antes de contestar.

—Xena, tengo la responsabilidad y la obligación de arrestarte.

La guerrera hizo un gesto negativo con la cabeza.

—No voy a dejar que eso pase. Pero estoy dispuesta a encontrarme aquí contigo todos los días, y si me vences, me presentaré a juicio.

La princesa se echó a reír.

—Ya. Ya lo he intentado y no lo he conseguido. —Gabrielle miró a la guerrera que tenía delante—. ¿Crees que eso es lo que me preocupa? Lo único que consigo pensar es cuánto me alegro de que estés aquí. —Las dos mujeres sonrieron y se relajaron—. De todas formas —continuó Gabrielle—, es la reina quien te tiene que juzgar, no la princesa. En el fondo de mi alma sé quién y qué eres ahora. Conozco a la mujer que tengo delante. La princesa jamás juzgará tu pasado —terminó solemnemente.

La guerrera sintió que le flaqueaba el corazón ante estas palabras. ¿Era otro truco? Después de todo lo que había vivido, ¿por fin había encontrado a la persona que no la traicionaría? Xena contempló la cara joven y franca que tenía delante y supo que no tenía elección. ¿Qué otra cosa había? No tenía ejército, no tenía hogar. Su único hijo no sabía quién era. Lo único que le quedaba era el deseo de ayudar a esta chica, y había dado su palabra de hacerlo. Pero al menos podía fingir que tenía opciones, algo de control. Con la máscara firmemente calada, estrechó los ojos y preguntó:

—¿No me entregarías, ahora mismo, si pudieras?

La máscara no parecía tener el menor efecto en esta chica. La princesa le lanzó una sonrisa pícara.

—Yo no he dicho eso. De hecho, creo que la que ha establecido las normas eres tú. Tengo que vencerte, ¿verdad?

¿Sabía esta chica lo que estaba pidiendo? Reprimiendo otra sonrisa, se sintió obligada a decir las cosas con franqueza.

—Gabrielle. Tú tienes tus obligaciones y yo te he prometido mi ayuda. Pero pareces olvidar que mis hombres me sometieron a un apaleamiento. Mis conciudadanos me lapidaron mientras mi propia madre se quedaba mirando. No permitiré que eso vuelva a pasar. No puedo dejarme atrapar. Moriré luchando o por mi propia mano, pero nunca jamás volveré a quedarme indefensa. Sea cual sea la causa, sea quien sea quien me lo pida. Acéptalo o lo dejamos ahora mismo.

La joven princesa reflexionó sobre lo que realmente se le estaba diciendo. Detrás de la declaración de independencia, una cosa estaba muy clara. Xena había perdido todo y toda conexión que tuviera con este mundo. Estaba aquí sólo a causa de un último hilo. Un hilo que Gabrielle sujetaba en sus manos. Después de todas las traiciones que esta mujer había sufrido, se estaba poniendo en sus manos jóvenes e inexpertas.

Ephiny tenía razón. La mejor guerrera que Grecia había conocido estaba a disposición de Gabrielle.

Suponiendo que la conversación había terminado, Xena cogió una vara de Gabrielle y abrió la bolsa y miró dentro.

—¿Y esa espada?

Gabrielle salió de su ensimismamiento.

—Ah, como aspirante, Velasca puede elegir arma. Creo que elegirá la espada o la vara.

Xena sacó el arma de la bolsa y se puso a examinar el filo y el equilibrio.

—¿Por qué?

—Porque considera la espada como el arma del guerrero y si me ven debatiéndome torpemente con una, la tribu sólo confirmará lo incapaz que soy, o sería, de estar al mando de unas guerreras. Eso o si no, querrá vencerme en lo que se considera mi punto fuerte. La vara es mi mejor arma, así que será una u otra.

Satisfecha con el arma, a continuación Xena sopesó las varas de combate y le pasó una a la princesa.

—Buena táctica. Pero no puedo convertirte en una experta con la espada en el transcurso de una luna.

Gabrielle cogió la vara y se apoyó en su familiar extensión.

—No tendrás que hacerlo. Sólo necesito conocer una maniobra, pero tengo que saber hacerla a la perfección. Entrenaremos sobre todo con la vara. Necesito conocer todos los trucos, todas las trampas que ella podría intentar conmigo.

Una vez más, Xena sintió la necesidad de explicar a esta inocente lo que la esperaba.

—Gabrielle, nada de esto importa si sigues negándote a matar. Éste es un combate a muerte, la tuya o la de Velasca. Eso es lo único que respetarán las amazonas. Y eso no te lo puedo enseñar. Preferiría no tener que hacerlo. Pero si no estás dispuesta a darlo todo, entonces deberías abandonar la nación ahora.

La seria respuesta se produjo sin vacilación.

—Estaba destinada a desempeñar este papel y haré lo que tenga que hacer para conseguirlo.

Xena meneó la cabeza, dudando de que esta chica supiera realmente lo que estaba diciendo, y entonces algo le llamó la atención. El brazo vendado no estaba bien, y se inclinó para examinarlo.

—Deja que vea esa tablilla, hay algo... —Empezó a desatar la venda, sorprendida por la forma en que estaba enrollada—. No está bien vendado. Deberías haberle dicho a tu sanadora que ibas a entrenar. Te podrías haber vuelto a lesionar al menor golpe.

Los ojos de la princesa se nublaron, pero se quedó en silencio y estoicamente inmóvil mientras Xena le colocaba bien el hueso con manos expertas. Sólo se le escapó una ligera queja y luego la guerrera se lo volvió a vendar. Cuando se le normalizó la respiración, Gabrielle cobró conciencia de la proximidad y la fuerza de la mujer, y para disimular sus sentimientos, se puso a examinar los puntos de los anchos hombros que tenía delante. Puntos que ella misma le había dado unos días antes: y por eso se sorprendió al ver que las heridas ya se habían cerrado.

—Te curas deprisa.

—Viene bien en mi profesión. —La guerrera se encogió de hombros.

Los dedos de Gabrielle acariciaron ligeramente la piel marcada.

—Siento no haber estado para ayudarte en Anfípolis. Creo que tenía que estar y no fue así.

Xena la miró divertida.

—¿Que tenías que estar...? Ah, sí, que llegaste tarde para encontrar tu destino. No pasa nada, no esperaba a nadie. ¿Pero qué te pasó?

Gabrielle sonrió al recordar.

—Me detuvo un cíclope ciego. Dijo que te conocía, pero no parecía que le cayeras muy bien.

—Cosas que pasan. Me ocurre a menudo.

Las dos sonrieron.

—¿Y ahora?

—Y ahora empezamos.

Se colocaron en posición, las dos recordando la primera vez que lo habían hecho. Gabrielle no se pudo resistir.

—¿Vas a ser mi campeona? —voceó.

Se volvió a quedar asombrada ante el resplandor de la sonrisa que contestó a su pregunta.


Dos marcas más tarde, una princesa amazona muy cansada se quedó mirando mientras la guerrera se escabullía sin esfuerzo entre los árboles.

En cuanto se reunió con sus hermanas, la princesa se volvió bruscamente y descargó su rabia sobre su mejor amiga.

—Ephiny, a Rasas se le dijo muy claramente que hoy iba a entrenar y al parecer me dejó el brazo a propósito de tal manera que me lo podría haber vuelto a lesionar. Creo que ha estado dispuesta a romper su juramento de sanadora para apoyar a Velasca.

Tal violación de una vocación por parte de una hermana amazona era algo inaudito. Ephiny se quedó conmocionada.

—No.

—Oh, sí. Quiero que a partir de ahora se la vigile. Y ¿Ephiny? Voy a necesitar que confiese antes de que esto acabe. ¿Te puedes encargar?

Ephiny se quedó mirando a la joven de ojos atípicamente duros que tenía delante. Las palabras "por los medios que sean necesarios" se daban por sobreentendidas.

—Sí, Alteza. —Por una vez Gabrielle no interrumpió para reprenderla por el uso del título, y Ephiny continuó—. Velasca ha elegido el día de la luna llena para su desafío. Tiene intención de enviarte a Artemisa cuando más brille en el cielo.

La princesa asintió.

—Eso quiere decir que el arresto se tendrá que llevar a cabo el día antes. ¿Puedes garantizar que cogeréis a Xena sin que nadie resulte herido?

—No, Alteza.

Las tres caminaron en silencio durante un rato. Por fin Gabrielle habló.

—Entonces tendré que asegurarme de que se entrega.

Ephiny asintió.

—Sí, Alteza.


Pero veo tus auténticos colores
Abriéndose paso con su brillo
Veo tus auténticos colores
Y por eso te quiero
Así que no tengas miedo de que se vean
Tus auténticos colores
Los auténticos colores son bellos,
Como un arcoiris

—Cyndi Lauper


PARTE 2


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
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