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Xena observó el rostro de Gabrielle atentamente, advirtiendo la fría dureza que embargaba su cara normalmente abierta y confiada.

—Hablaremos de esto más tarde —dijo la guerrera, en voz baja, y luego se dio la vuelta, fue hasta los restos del pesebre y se agachó sobre una rodilla—. Parece que han cortado los soportes —murmuró, levantando el extremo de uno y examinándolo.

Lennat se unió a ella, asintiendo.

—Sí, mira eso —afirmó, pasando un dedo por la madera mal cortada—. Y además, con prisas. —Una rápida mirada de reojo al rostro atento de Xena—. Estás... O sea...

Sus ojos se encontraron con los de él y enarcó un poco una ceja.

—¿Qué? —preguntó.

El chico le sonrió de medio lado.

—Bueno, lo que quiero decir es que evidentemente estás bien... ¿no?

Xena volvió la cabeza del todo para mirarlo.

—Estoy bien —repitió. ¿Qué pasa aquí?—. Menudo estruendo debe de haber hecho, ¿eh? —Indicó el pesebre de hierro.

Un largo momento de silencio.

—No... bueno, no sé —replicó él—. Nosotros no lo hemos oído. —No ha sido un ruido lo que nos ha traído hasta aquí a la carrera, Xena. Pero no tengo ni idea de cómo explicar qué ha sido.

—Ah —fue la apagada respuesta, con una ligera sonrisa y una mirada por encima del hombro a Gabrielle, que perdió su expresión pétrea cuando sus ojos se tocaron y avanzó para agacharse al lado de Xena, sujetándose con una mano a la espalda de la guerrera—. ¿Has...? —Xena titubeó, curiosa—. ¿Qué te ha...?

Una sonrisa curiosa iluminó el rostro de la bardo.

—Sí... he... —contestó meditabunda—. Ha sido... muy raro. —Estoy ahí sentada hablando y, de repente, tengo que estar... aquí—. Así que... supongo que funciona en ambos sentidos. —Me preguntaba si sería así... tenía la esperanza de que sí.

—¿Alguna de las dos me quiere explicar qué está pasando? —intervino Lila por fin, con tono evidentemente preocupado—. Lo único que sé es que, de repente, Bri se levanta de un salto como si le hubiera mordido algo y sale disparada por la puerta. —Hizo un gesto señalando los restos—. Y entramos y nos encontramos con esto. Y a ti... y...

—Luego —le dijo Xena con un gesto y siguió estudiando los restos—. Lennat, échame una mano con esto. —Se levantó, agarró el pesebre de hierro y esperó a que él hiciera lo mismo—. Hay que ponerlo allí. —Indicó la pared del fondo con la cabeza—. ¿Listo?

—Aahh... sí... —Lennat hizo una mueca, intentando agarrar bien el metal—. Claro, pero no sé... —Si tengo la más mínima posibilidad de levantar esto... ay, madre.

—Adelante —dijo Xena e irguió la espalda, soportando el peso del pesebre con las piernas y los hombros, y se trasladó con ello hacia la pared. Oh... jo. Ahora tampoco lo puedo soltar, porque quedaré como una idiota. Xena... a veces... Pero sus músculos aguantaron, ante su sorpresa. Parece que un mes de ejercicio en casa me ha servido de algo.

Lennat sintió el peso en los brazos que amenazaba con arrancárselos de los hombros y rezó para no dejar caer el extremo que llevaba antes de trasladarlo del todo. Por Zeus, maldijo su mente, al ver que Xena cargaba con su parte sin demasiado esfuerzo aparente. ¿Cómo lo hace?

—A ver... deja que te ayude —sonrió Gabrielle, que cargó con parte de su extremo, al ver los tendones hinchados de su cuello. Consiguieron mover el enorme armatoste y se quedaron en silencio mientras Xena regresaba por la paja y volvía a agacharse para examinar el suelo.

—Eso pensaba —murmuró y les mostró un pequeño objeto. Se apiñaron corriendo a su alrededor y se quedaron mirando. Era una moneda de oro—. Me alegro de saber lo que valgo —dijo Xena con seco humor.

—¡Eh! —exclamó una voz débil, detrás de ellos—. ¿Qué ha pasado? —Alain entró en el espacio abierto que rodeaba a las caballerizas con los ojos como platos.

—Hola, Alain. —La voz de Xena impidió que los demás intervinieran—. Ha habido un pequeño accidente... me alegro que de no de haya pillado a ti.

El chico se acercó y se detuvo junto a su hombro.

—Yo también. —Bajó la mirada—. Ohh... ¡estás sangrando! —exclamó angustiado.

—Sólo es un arañazo —le aseguró Xena—. Bueno... ¿dónde has ido esta tarde?

Alain miraba dubitativo lo que Xena había descrito como un arañazo y ahora Gabrielle se unió a él, observó con más atención y cerró los ojos como reacción.

—Xena, hay que curarte eso. —Su tono era suave, pero inflexible—. Tú y tus arañazos.

—Luego —gruñó Xena—. ¿Alain?

—Oh... mm... me fui a casa —afirmó el mozo de cuadra, agachándose a su lado y mirándola a los ojos—. Alguien me dijo que papá me estaba buscando, así que fui allí. Pero no era cierto. —El chico rubio se encogió de hombros—. Me han vuelto a tomar el pelo, supongo.

Lennat miró a Alain ladeando la cabeza.

—¿Quién te dijo que fueras a casa?

Alain se encogió de hombros.

—Uno de ellos... ya sabes. Pasaba por aquí y gritó. —Volvió a posar sus ojos grises en la cara de Xena—. Oye... ¿puedo sacar a Argo a dar una vuelta? Le gusto... —dijo, un poco sin aliento—. ¿Por favor?

Xena lo miró y sus labios se curvaron con una pequeña sonrisa.

—Claro... le gustará. —Alzó los ojos y contempló a la yegua—. Además, le vendrá bien. Adelante.

Alain sonrió, se levantó, fue cojeando hasta Argo, que los observaba, y acarició el alto hombro de la yegua.

—Vamos... te voy a enseñar los nuevos terneros... a lo mejor vemos patos... —le dijo al caballo, mientras le pasaba la brida por la cabeza.

Gabrielle sofocó una risita y al levantar la mirada, se encontró con los ojos de Xena.

—¿Quién ha hecho esto? —preguntó la bardo, ya sin humor—. ¿De verdad querían...?

Xena se encogió de hombros.

—Asustarme, más que nada, creo... a fin de cuentas... —Sus ojos soltaron un destello—. Te has asegurado de que toda la aldea sepa muy bien que soy capaz de atrapar flechas al vuelo cuando me hace falta. —Miró a su alrededor—. Pero no necesito decirte que estoy empezando a estar más que harta de todo esto.

—Yo también —fue la inesperada respuesta de Gabrielle—. Ahora, vamos a ocuparnos de esos... mm... arañazos tuyos, ¿vale?

Lo cual quiere decir, pensó Xena, que son más que arañazos, y seguro que tiene razón, porque me duelen como el Hades.

—Está bien —asintió de mala gana y luego se detuvo—. Oye... —Al ver la expresión desenfocada de los ojos de Gabrielle—. ¿Gabrielle?

Una de esas vigas le debe de haber caído justo encima, se estremeció la mente de la bardo. Si mi padre ha... organizado... esto... Se detuvo y se lo pensó bien. Madre. Lila. Yo... Siento una... especie de rabia sorda... tristeza... Su mente se centró, despejada y aguda. Pero ahora ha intentado hacer daño a algo que significa... más que la vida para mí. ¿Y ahora qué? ¿Por qué ahora es tan distinto, de repente? Noto... que es más que rabia... es una especie de ira. Qué miedo.

—Sí —contestó la bardo, meneando un poco la cabeza—. Lo siento... estaba pensando. —Suspiró—. Supongo que será mejor que me quite de encima mi conversación con él.

Lennat negó con la cabeza despacio.

—Esta noche no, Bri. —Todos lo miraron—. Metrus y él estaban antes en la posada... Supongo que no los viste, Bri. Estaban muy borrachos. —La miró encogiéndose de hombros como pidiéndole disculpas.

Lila asintió.

—Pues estará así toda la noche. Tengo una idea... —Miró a Xena y a Gabrielle—. Venid a casa a cenar. Sé... —En sus ojos apareció un pequeño brillo risueño—. Que os encanta la comida de la posada, pero... —Alargó la mano y tocó el brazo de Gabrielle—. ¿Por favor, Bri? A madre le dará una alegría... Sé que quiere verte.

—Me parece buena idea —dijo Xena con calma. Gabrielle la miró algo sorprendida, pero asintió sin decir nada—. Gracias. Si no, iba a tener que salir a cazar algo para cenar —comentó la guerrera, con una sonrisa guasona que hizo reír a los otros tres—. A lo mejor hasta podemos convencer a Gabrielle para que nos ofrezca una actuación privada.

La bardo soltó un resoplido.

—Oh, sí... seguro que quieren oír más historias. —Pero sus ojos y su sonrisa para Xena relucían de silencioso agradecimiento—. Te vas a enterar... voy a contar algunas de las tuyas más locas.

Lila se echó a reír.

—Pues va a ser una velada divertida, ya lo creo. Voy a adelantarme para empezar a preparar las cosas. ¿Al anochecer, entonces? —Se volvió hacia Lennat—. Tú también vienes, por supuesto.

El rubio se rió suavemente.

—Como que me lo iba a perder. Seguro. —Le guiñó un ojo a Gabrielle—. Además, me perdí las historias de anoche... estaba un poco... —una gran sonrisa—, ocupado. —Cogió a Lila del brazo y la llevó hacia la puerta, saludándolas con la mano—. Hasta luego —dijo por encima del hombro.

Se hizo el silencio y las dos se miraron.

—Bueno... ¿qué ha pasado en realidad? —preguntó Gabrielle, acercándose y abrazando a la guerrera, como había querido hacer desde que entró por la puerta—. Dioses... qué sensación tan extraña... era como si algo tirara de mí hacia aquí.

Xena estuvo un rato sin contestar, limitándose a devolverle el abrazo a Gabrielle en silencio. Luego suspiró, le pasó a la bardo el brazo por los hombros y fue hasta donde había estado el pesebre.

—Yo estaba al lado de Argo, comprobando las herraduras que había encargado que le pusieran hoy. —Carraspeó—. Oí... a alguien que tensaba un arco. Así que... hice lo de siempre. —Se encogió de hombros, restándole importancia—. Luego intenté alcanzarlo... y cuando llegué ahí... —Señaló con el brazo—. Los soportes se vencieron y se cayó todo encima de mí. —Una mueca—. Tuve el tiempo justo de taparme la cabeza con los brazos y apartarme rodando. Los más pequeños me rozaron los hombros.

—Por poco —susurró Gabrielle, controlando férreamente su repentina furia—. No creo que pueda perdonárselo.

Xena se quedó mirándola.

—Vamos, Gabrielle. No sabemos si él ha tenido algo que ver, para empezar... y... ha sido un ataque muy poco serio, teniendo todo en cuenta.

—Podrías haber resultado gravemente herida, Xena —espetó la bardo, sintiendo que una rabia inusual crecía en su interior—. No puedo... ¡tú nunca le has hecho nada, Xena!

—Tú tampoco —fue la respuesta en voz baja, controlada, al tiempo que Xena se volvía y atrapaba su mirada.

—Es distinto —contestó Gabrielle, alzando la voz—. No tiene motivo...

—Lo tiene —la interrumpió Xena.

Una larga pausa.

—¿A qué te refieres? —respondió la bardo, observando su cara—. Tú no has hecho nad... —Vio en el rostro de Xena que aquello no era cierto—. ¿Qué... has...?

Xena tenía la cara en sombras, por la luz cada vez más débil de fuera, pero bastaba para que Gabrielle viera en ella el recuerdo de su furia.

—Verás, Gabrielle —dijo Xena, despacio—. Le eché la bronca por lo que le había hecho a tu madre.

No hubo respuesta por parte de Gabrielle, sólo una mirada intensa y atenta que parecía atravesarla de parte a parte.

—Él dijo que eso no era asunto mío —continuó la guerrera.

—Eso dijo, ¿eh? —fue la respuesta, en un susurro.

—Sí. Y yo le dije que tú... eras asunto mío. —Gabrielle cerró los ojos y sus labios amagaron apenas una sonrisa—. Y entonces le dije que si alguna vez... una sola vez... volvía a tocarte... —Xena alargó las palabras, con un gruñido grave, controlado—. Le haría tanto daño que sólo desearía que lo hubiera matado. —Miró a la bardo fijamente—. Mejor que piense que soy una amenaza, Gabrielle... Prefiero sufrir ataques tontos como éste que saber que te puede ocurrir algo a ti.

De repente, Gabrielle sonrió, al tiempo que notaba cómo se le pasaba la rabia.

—Bueno... eso lo debe de haber fastidiado. —Su voz volvía a tener un tono más normal—. Me parece que seguramente le gustó más cómo lo planteó Lennat, pero... —Detesto reconocerlo... incluso ante mí misma... pero tiene razón.

Xena se quedó pensando en lo que había dicho.

Maldición... prácticamente la reclamé como mía. Al menos, eso habrá pensado él. Se echó a reír.

—Supongo que podría haberlo interpretado así. —Miró a Gabrielle—. ¿Te importa que haya hablado por ti? —preguntó, y observó mientras la bardo daba vueltas a la pregunta.

—Dioses, no —rió Gabrielle—. O sea... —Se sonrojó y bajó los ojos. Y notó la mano de Xena en la barbilla, que le levantó la mirada para encontrarse con la suya—. De verdad que no me importa. —Tanto cacarear que me dejara librar mis propias batallas, que no se implicara en mis problemas y que me dejara enfrentarme a mi familia a mi modo. ¿Y sabes qué? Me encanta. Debería avergonzarme totalmente de mí misma. Pero... ahora hay algo dentro de mí que sólo quiere... entregarlo todo... a ella. Tengo que luchar contra esto... no es justo. Pero algunas cosas... algunas cosas creo que puede que esté bien si... las dejo correr...

—Escucha, sé que te lo tendría que haber dicho... —empezó Xena vacilante—. Pero ocurrió antes de que nos fuéramos al río y... —Un leve encogimiento de hombros—. Nos distrajimos un poco.

—No... no pasa nada —sonrió Gabrielle—. Me alegro de que lo hicieras... hace que me sienta... muy bien.

—¿De verdad? —preguntó Xena. Vaya cambio... normalmente detesta que haga eso.

—Sí, de verdad —fue la respuesta—. Venga... vamos a curarte eso y a cenar. Me muero de hambre. —Cogió a Xena del brazo y se dirigió a la puerta de la cuadra—. Oye... ¿estás segura de que Alain está bien con Argo? Creía que odiaba a otros jinetes.

Xena se rió suavemente.

—Está bien... le gusta. Igual que le gustas tú, oh bardo mía. —Le dio a Gabrielle un ligero codazo—. Y le vendrá bien el ejercicio. Últimamente he tenido todo eso muy abandonado. —Hizo una pausa—. De hecho, creo que después de cenar puede que me dé el gusto de hacer unos ejercicios con la espada, que falta me hacen.

Gabrielle la miró.

—¿En el bosque?

—No. —La cara de Xena se iluminó con una sonrisa taimada—. Aquí en el patio. —Sus ojos azules soltaron un destello—. Por si a alguien se le ocurre volver a probar conmigo... me gustaría que supiera la que lo espera.

—Ohhh... —suspiró la bardo—. Entonces voy a ver un auténtico espectáculo.

Xena se echó a reír.


—Estate quieta, ¿quieres? —Gabrielle puso los ojos en blanco y reprimió un suspiro—. No es culpa mía que se te haya clavado media cuadra en la espalda. Lo hago con todo el cuidado que puedo. —Sacó una astilla más de madera rota de la piel bronceada que cubría los omóplatos de Xena.

—Lo siento —murmuró Xena, cerrando los puños por el dolor. Se obligó a quedarse inmóvil bajo las manos de la bardo, sin duda delicadas, se apoyó en las rodillas y cerró los ojos, esperando a que Gabrielle terminara su tarea.

Gabrielle se encogió al ver la siguiente astilla, de fácilmente cinco centímetros de longitud, la mitad de los cuales estaban debajo de la piel.

—Oh, Xena... ésta te va a doler —advirtió, posando una mano compasiva en el tenso hombro que tenía al lado—. Pero es la última. Aguanta ahí.

La guerrera asintió levemente y alargó las manos para agarrar dos de los soportes verticales de la silla que tenía al lado.

—Adelante —dijo, con calma.

La bardo respiró hondo, agarró bien la astilla y luego tiró de forma continua y regular. Xena no hizo el menor ruido, pero se sobresaltó al oír un fuerte crujido y casi se le cayeron la astilla y las pinzas que sujetaba. Bajó la mirada y vio a Xena, con aire un poco cohibido, examinando los soportes de la silla, que acababa de romper con las manos como si fueran trozos de leña menuda.

—Caray. Menuda fuerza tienes en las manos.

Xena sofocó una leve carcajada.

—Sí, a veces me sorprendo yo misma —reconoció, meneando la cabeza.

Gabrielle le dio una palmadita en el hombro desnudo.

—Deja que te ponga un poco de desinfectante aquí. No hay nada profundo, pero son muchas... y aquí tienes un gran golpe. —Sus dedos trazaron una línea por el omóplato izquierdo de Xena, que se movió cuando la guerrera probó a doblar el brazo. La bardo sonrió en silencio al notar los músculos que se movían bajo su mano—. Eso no me facilita las cosas —bromeó, captando el destello de una sonrisa equivalente en la cara medio vuelta de Xena—. Así está mejor —dijo cuando cesó el movimiento y pudo terminar su trabajo en paz, limpiando las heridas con un desinfectante, tras lo cual les aplicó una mezcla calmante de áloe.

Xena se echó hacia atrás cuando acabó y respiró hondo. Tenía toda la espalda como en llamas y suspiró al tiempo que iniciaba el truco mental de convencerse a sí misma para no hacer caso, concentrándose hasta que el dolor pasó al plano de fondo de su consciencia y pudo pensar en otras cosas.

—Gracias. —Sonrió a Gabrielle fugazmente, se levantó, cogió la túnica limpia que había sacado y se la puso.

Gabrielle hizo una mueca.

—Diría que cuando quieras, pero preferiría no tener que hacerlo. ¿No te hartas de esto? —Meneó la rubia cabeza y volvió a meter los útiles médicos en el botiquín de Xena, sin ver que las manos de la guerrera se detenían y su rostro se ponía serio.

—A veces —contestó Xena con un profundo suspiro—. Me harto de estar llena de dolores todo el tiempo, sí. —Oye... oye... que sólo era un comentario de pasada, Xena... no le des esa clase de respuesta, pensó al ver la repentina expresión de preocupación atemorizada de la bardo—. Pero se me pasa —se corrigió, dejando asomar una sonrisa. Y le guiñó un ojo a Gabrielle, acompañado de una palmada en el hombro, y se vio recompensada con la cara de alivio de su compañera. Así está mejor. Además, pedazo de idiota, tú elegiste esta vida, ¿recuerdas? Sabías cómo iba a ser... ¿te acuerdas de los golpes cuando entrenabas? Dioses... parece que fue hace muchísimo tiempo—. Ya casi no me duele. —Y, ante su desconcierto, era verdad: ya fuera por los cuidados de la bardo o por el ágil trabajo de su mente, el dolor se había desvanecido hasta ser un mero cosquilleo del que apenas era consciente.

—¡Ruu! —Ares le tiró de la bota con entusiasmo—. ¡Grr! —añadió, y ella se rió y se sentó delante de él con las piernas cruzadas.

—Está bien... está bien. —Alzó la vista hacia Gabrielle, que la observaba en silencio, con las manos apoyadas en el botiquín, iluminada por la luz de la puesta del sol que bruñía su pelo con la intensidad del fuego y hacía que sus ojos casi relucieran desde dentro—. ¿Te interesa entrenar un poco con la vara esta noche, por cierto? —Sus ojos adoptaron una expresión socarrona—. He notado que últimamente has estado vagueando.

—¿Vas a estar en condiciones? —preguntó Gabrielle, atenta a la mirada con ceja enarcada que se esperaba y que obtuvo—. No quiero que te exijas demasiado esfuerzo ni nada. —Vio aparecer el inconfundible brillo competitivo, lo cual le quitó cierta pesadumbre. Oh oh... creo que me acabo de meter en un lío... y tiene razón. He estado vagueando... y seguro que esta noche lo noto. Se rió de sí misma. Es que he estado un poco... distraída, supongo.

—Vaya, vaya... pues tendremos que verlo, ¿no? —fue la guasona respuesta, mientras Xena jugaba con Ares y le frotaba la tripa al lobezno, usando un trozo de cuero sobrante como juguete para tironear—. Vamos, Ares... que puedes hacerlo mejor.

Gabrielle se sonrió, se puso una túnica limpia y aspiró aire profundamente para probar.

—Oye... ya casi no me duele —comentó, con cara complacida—. A lo mejor hasta consigo ponértelo difícil esta noche. —Esperó un instante, a que Xena levantara la vista—. Aguantando más de... bueno... tres bloqueos, en cualquier caso. —Con una mirada pícara.

—Podría ser —replicó Xena, tirando una última vez del trozo de cuero, tras lo cual se puso en pie, se sacudió la ropa y fue donde la bardo estaba cepillándose el pelo rápidamente—. Ahh... ¿por eso me has tenido toda la tarde holgazaneando y dándome de comer? Es todo un plan, ya lo veo... para tener ventaja al entrenar.

Gabrielle se echó a reír.

—Oh... por supuesto... alguna ventaja tengo que tener. —Se levantó y le dio un empujón a Xena en broma—. Venga... vamos a cenar. Me muero de hambre.


—Todo está listo para la boda —dijo Hécuba, mientras Lila y ella trabajaban juntas en la pequeña cocina—. Ojalá...

Lila suspiró.

—Lo sé... ojalá no hubiera tanta tensión... ojalá papá no estuviera tan... —Miró a su madre—. Pero a estas alturas... simplemente me alegro de que se vaya a hacer. —Tomó aliento temblorosamente—. Nunca pensé que... yo...

Hécuba la abrazó torpemente con un solo brazo.

—Te voy a echar de menos, Lila —confesó la mujer mayor, con un suspiro—. Ojalá... —Mejor ni mencionarlo—. Me alegro de que todo se haya solucionado solo. Es curioso cómo se ha arreglado todo... deben de ser las lunas. —Soltó una ligera risa—. Ahora, si consiguiéramos que tu hermana se asiente. Ya sé que le gusta su vida errante, pero...

Lila cortó las verduras que tenía delante y las puso sin pensar en el plato. A lo mejor podía devolverle a Gabrielle el favor... estaba segura de que su hermana mayor no quería tener que oír este sermón durante los próximos años, cuando para Lila era evidente que Gabrielle se había asentado exactamente como quería.

—Bueno, en realidad, madre —empezó Lila—, no se ha... solucionado solo.

Hécuba dejó de luchar con una mano con el gran queso que intentaba cortar y miró confusa a Lila.

—¿Cómo dices?

Lila empezó con otra tanda de verduras y las añadió al guiso que borboteaba en el fuego.

—La primera noche que Gabrielle pasó aquí... en cuanto se enteró de lo que la esperaba, se lo contó a Xena. Y... —Sus ojos se posaron rápidamente en el perfil de Hécuba—. Dijo, después, que Xena encontraría un modo... una forma... de arreglarlo todo. —Ahora volvió la cabeza hacia su madre y dejó de cortar—. Y lo ha hecho, madre. No sé cómo lo ha hecho, pero lo ha hecho.

Hécuba respiró hondo y se sentó en una esquina de la mesa de preparaciones.

—Vino... aquí. Esta mañana, y me ayudó. —Jugueteó distraída con el cuchillo del queso que tenía en la mano—. Es una persona muy extraña, muy violenta. Tengo miedo por Gabrielle, viajando así con ella. A pesar de lo que ha hecho por mí... y lo bien que parece cuidar de tu hermana. —Meneó la cabeza canosa—. Sigo queriendo que se quede en casa, Lila. Me niego a creer que no podamos encontrar la manera de que sea feliz aquí.

—Se quieren, mamá —dijo Lila, sin mirarla.

—Claro que no, Lila —la riñó Hécuba—. No te dejes llevar por tu imaginación romántica. Menuda tontería. Sé que a Gabrielle le preocupa la seguridad de Xena, y sé que Xena intenta asegurarse de que Gabrielle esté bien, pero eso es de esperar. Llevan viajando juntas bastante tiempo ya. Sin duda se han hecho... amigas... por mucho que me cueste creerlo.

—Mamá. —Lila dejó de trabajar y se encaró con Hécuba, posando las manos sobre los hombros de su madre—. Se quieren. Igual que nos queremos Lennat y yo. —Se fijó en la cara de incredulidad de su madre—. Yo he pasado tiempo con ellas en los últimos días, tú no.

La mujer mayor se quedó mirándola, luego se abrazó a sí misma y bajó los ojos.

—No me lo puedo creer. —Levantó la vista—. No me lo quiero creer. Lo siento, Lila... eso no es algo que yo pueda aceptar con la facilidad con que pareces hacerlo tú. —Carraspeó—. Le voy a pedir que se quede aquí, esta vez.

Lila cerró los ojos.

—Mamá, no lo hagas. Por favor —susurró, alargando una mano hacia la mujer mayor—. Escucha, yo pensaba lo mismo que tú... hace unos días. —Se volvió y se retorció las manos—. La odiaba... por llevarse a Gabrielle. Por mantenerla ahí fuera... con todo ese peligro... creía que no le importaba lo que le ocurriera.

—¿Y ya no lo piensas? —preguntó Hécuba, con escepticismo.

—No —contestó Lila, con una sonrisa—. Le importa.

Su madre la miró con expresión fría.

—Creo que te equivocas, Lila. Creo que Gabrielle es una compañera de viajes agradable. Es muy graciosa, y cuenta historias, y se ocupa de las cosas... y creo que puede tener una vida mejor.

Lila siguió cortando verduras. Bueno, lo he intentado. Dioses... como si eso no hubiera sido tan difícil.

—Tal vez... pero no creo que ella piense lo mismo.


El ocaso había caído sobre el pueblo, trayendo consigo una bruma morada que creaba sombras bajo los aleros de las casitas y apagaba los colores hasta hacerlos grisáceos. El humo flotante de los fuegos de la noche se mezclaba con una suave neblina fresca, que olía a madera quemada y al rico aroma de los pinos húmedos mientras Xena y Gabrielle caminaban hacia la casa de la familia de ésta. Era un momento apacible y ninguna de las dos habló mucho hasta que estuvieron a punto de llegar.

—Bonita noche —comentó Xena, elevando los ojos hacia la esfera apenas visible que asomaba por encima de los árboles—. Hay luna llena.

Gabrielle asintió y se acercó más, cogiéndose del brazo de Xena y sonriéndole.

—Tu madre todavía no se fía de mí, sabes —añadió Xena, con una sonrisa irónica, alargando la mano y cogiendo la de Gabrielle.

La bardo ladeó la cabeza.

—Lo sé —suspiró—. Intentaré hablar con ella.

—Tal vez debería hacerlo yo —bromeó Xena, con una sonrisa de medio lado—. Ese tema se me está dando muy bien últimamente.

Gabrielle sofocó una risa y en ese momento llegaron al porche y subieron los escalones, moviendo las botas al unísono.

—Puede que tengas razón. —Alargó la mano y empujó la puerta para abrirla—. Mucho mejor que a mí, de hecho —murmuró por lo bajo.

Hécuba levantó la vista cuando entraron y les sonrió.

—Pasad... pasad —dijo con un gesto y vio que Xena iba directamente a ella, moviéndose con ese poder antinatural que ponía nerviosa a la mujer mayor. Tomó aliento cuando la guerrera se detuvo a un paso de ella y la miró enarcando una ceja.

—¿Qué tal el brazo? —preguntó, con esa voz profunda que parecía atravesarla de parte a parte.

Hécuba le mostró la extremidad en cuestión.

—Me... duele. Como dijiste tú. Pero... se pondrá bien. —Hizo un gesto señalando la mesa, donde Lila y Lennat ya estaban sentados, cuchicheando—. Por favor... sentaos. —Abrazó a Gabrielle—. Me alegro de que hayas venido —le dijo a su hija, con una sonrisa—. A lo mejor te podemos sacar una historia o dos.

La cena transcurrió sin incidentes y durante la misma Hécuba hizo muchas preguntas diversas sobre las historias que había oído la noche anterior.

—Pero, querida, ¿de verdad estuviste en esa aldea centaura? Eso fue muy peligroso para ti... ¿no podrías haber conseguido descripciones de... alguien? —Su tono no dejaba lugar a dudas sobre quién era ese alguien.

Xena se recostó, contempló a su compañera y decidió que ya estaba harta.

—Bueno, Hécuba —dijo despacio—. La cosa es que... puede que yo sea una guerrera loca. Pero... —Sus dientes soltaron destellos con una sonrisa fiera—. No hay muchas personas por las que estaría dispuesta a lanzar mi cuerpo delante de una flecha. —Se detuvo, vio la cara de resignación de Gabrielle y sonrió por dentro—. La reina amazona que mi bardo describe tan bien es ella misma. Ella fue la heroína de esa historia.

Un silencio mortal en la habitación, mientras todos se quedaban mirando a Gabrielle, quien miró a Xena con cariñosa exasperación.

—Esto me lo vas a pagar.

—Gabrielle... —susurró su madre—. ¿Eso es cierto? ¿Eras tú?

—Sí —contestó la bardo, como sin darle importancia—. Claro que sí. Y chica, cómo me alegré de ver a Xena, deja que te diga. —Sí, cómo. Tanto que la besé delante de una tribu entera de centauros y la mitad de la Nación Amazona, lo cual hizo que nos adentráramos en aguas desconocidas. Menos mal que nadar es algo que las dos sabemos hacer. Sus labios esbozaron una sonrisa.

—Por los dioses —susurró Lila—. No tenía ni idea... debió de ser terrorífico... ¿eso es lo peor a lo que te has tenido que enfrentar?

—No —contestó Gabrielle, con tono apagado—. Pero eso otro... salió bien. —Sintió unos dedos que se entrelazaban con los suyos debajo de la mesa. Y los apretó a su vez agradecida.

—Que salió bien —repitió Hécuba—. Gabrielle, podrías haber muerto.

—Podría —asintió la bardo—. Pero no fue así. —Vio la furia en los ojos de su madre—. Las amazonas son responsabilidad mía, madre. Y yo misma me metí en un lío allí... pero por suerte, como siempre, pude contar con Xena para que me sacara de él. —Dirigió a su compañera una mirada llena de agradecimiento—. Nada de qué preocuparse.

Hécuba se levantó y se trasladó a la cocina, con movimientos envarados y furiosos. Se volvió en la puerta y miró a Xena directamente.

—¿Y a ti te parece bien dejar que mi hija arriesgue la vida? Es criminal...

Gabrielle se levantó y sintió que en su interior crecía una furia que rara vez había sentido.

—No te... —espetó con un tono claramente cortante, pero una mano la agarró del brazo y tiró de ella para sentarla, obligándola a detenerse en plena frase. Se volvió y miró furiosa a Xena, quien hizo frente a su mirada con tierna comprensión. Enarcó una ceja, le sonrió un poquito y ella sintió que su rabia se cortaba, se aplacaba y se suavizaba al caer en la cuenta de algo con humor. Ah, sí... supongo que puede cuidar de sí misma. ¿No? Pues sí.

Xena se volvió para mirar a Hécuba, que seguía en la puerta de la cocina.

—No. No me parece bien en absoluto —dijo, con un suspiro—. Pero es lo que ella elige hacer. —Y yo soy la persona con quien elige hacerlo. Aunque a mí me parezca imposible—. La vida es peligrosa, Hécuba. —Miró intencionadamente el brazo de la mujer—. Aquí, ahí fuera... ¿quién está de verdad a salvo?

Un largo silencio, y Hécuba regresó despacio a la mesa, se sentó y colocó las manos delante de ella.

—Tengo miedo por ella —dijo, como si Gabrielle no estuviera siquiera en la habitación. Se lo dijo a esta persona extrañísima y desconocida que, al parecer, había asumido la responsabilidad de su hija. Que, por increíble que le pareciera, era indudablemente una amiga, pues hasta Hécuba era capaz de percibir eso entre las dos.

Xena se echó hacia delante y le sonrió con tristeza.

—Yo también. —Echó un vistazo a Gabrielle, que guardaba silencio por el momento—. Pero créeme cuando te digo que su seguridad en mi mayor prioridad. —Una prioridad mucho mayor que la mía... me pregunto si ella se ha llegado a dar cuenta.

—¡Eh! —ladró Gabrielle de repente—. Un momento. ¿Es que creéis que yo soy la única que se mete en todos los líos? —Esperó a que se centraran en ella. Tengo que rebajar esta tensión... se supone que lo estamos pasando bien—. ¿Un par de amazonas? Ja... dejadme que os cuente algunos de los líos en los que se mete Xena.

Y se lanzó a contar sus aventuras, y al cabo de tres o cuatro, consiguió que todos se concentraran en lo que estaba contando. Y por fin logró hacerlos reír a todos, de modo que se trasladaron de la mesa a la pequeña zona de la chimenea y se sentaron en las esteras de colores para seguir escuchando. Lennat se apoyó en la pared y dio unas palmaditas en el suelo a su lado, donde Lila se acomodó de buen grado y se apoyó en su hombro.

Xena se estiró cuan larga era cerca de la chimenea, cruzándose de brazos y apoyando la cabeza en la piedra. Observaba la cara de Gabrielle mientras hablaba y cómo la luz del fuego destacaba los tonos claros de su pelo y delineaba sus gráciles manos cuando las usaba para describir la acción de la historia. Xena sentía que sus ojos se veían atraídos irresistiblemente por el perfil de la bardo, y sus labios esbozaron una dulce sonrisa mientras dejaba que las palabras de la historia pasaran por encima de ella sin oírlas.

Hécuba pudo por fin dejarse llevar por la voz de su hija y dejó de angustiarse por la vida que iba siendo descrita con relatos a veces divertidos, a veces serios. Al cabo de un rato, se dio cuenta de que Xena no estaba prestando atención en realidad a las historias, de modo que la observó, por el rabillo del ojo. Bueno, desde luego, ya las ha oído... las ha vivido... y por cómo habla Gabrielle de ella, se diría que es una especie de... heroína.

La mujer mayor suspiró. Entonces se fijó en que la expresión de esos ojos claros y fieros cambiaba, haciéndose mucho más tierna, y que una sonrisa equivalente transformaba su cara, pasando de la dura vigilancia a una súbita y sorprendente adoración. Y Hécuba cayó en la cuenta de qué era lo que miraban esos ojos, y cerró los suyos ante la verdad que había descubierto. No... estoy equivocada, tengo que estarlo. Abrió los ojos, a tiempo de ver que su hija se volvía a medias, al notar la mirada de la guerrera, y le devolvía la sonrisa con una calidez sincera que en poco contribuyó a apaciguar su sensibilidad. Oh, por Hera, gimió Hécuba por dentro. ¿Cómo no me he dado cuenta antes? Me temo... que Lila tenía razón. Cielos.

Su mente se adaptó poco a poco y ahora observó a Xena con disimulo y ojos que empezaban a comprender. Y vio, por primera vez, cualidades que por alguna razón... se le habían escapado hasta entonces. Como el cálido humor de su sonrisa. Y la chispa amistosa de sus ojos cuando intercambiaba miradas con Lennat y Lila. Y su expresión exasperada cuando Gabrielle se explayaba con extravagancia sobre alguna cosa que ella había hecho.

Hécuba sonrió de mala gana. Bueno. Sigue sin gustarme... es demasiado peligroso. Suspiró por dentro con resignación. Pero ya veo que no voy a convencerla de eso.

Xena alzó una mano e hizo parar a Gabrielle cuando oyó el principio de ronquera en la voz de su compañera.

—Oye... que mañana vas a estar afónica si sigues así —comentó con indolencia, advirtiendo el leve y rígido gesto de asentimiento por parte de Hécuba. Vaya, vaya... mamá da su aprobación... interesante.

—Ja —sonrió Gabrielle—. Lo dices sólo porque sabes qué historia voy a contar ahora. —Lo cual le valió una sonrisa relajada—. Te he pillado. —Pero notaba el esfuerzo y sabía que Xena seguramente tenía razón—. Pero me parece que sí. —Sofocó un bostezo—. Ha sido un día muy largo. —Se encogió de hombros pidiendo disculpas—. Gracias por la invitación.

—Me alegro de que hayáis venido —replicó Hécuba, con una sonrisa humorística—. Las dos —añadió, lo cual le valió una ceja enarcada y el amago de una sonrisa por parte de Xena.

Me preguntó qué hecho para conseguir ese pequeño sello de aprobación, pensó Xena, al tiempo que se levantaba y le ofrecía una mano a Gabrielle, que seguía sentada y la agarró tan contenta, dejándose levantar del suelo.

Dieron las buenas noches a la familia de Gabrielle y salieron al fresco aire de la noche, en el que aún se percibía bien el olor a humo de leña y guisos y que las rozó con un frío que agradecieron después del calor cerrado de la casa.

—Mmmm... —bostezó Gabrielle—. Qué gusto. Estaba un poco viciado ahí dentro. —Miró a su compañera—. Ha ido bien... después de lo del principio. Y al menos la cena ha sido decente. —Se rió suavemente—. Aunque no tan buena como la de tu madre.

—Ya —contestó Xena, observando pensativa el sendero que tenían por delante—. No ha estado mal. —Una rápida mirada a Gabrielle, que seguía bostezando—. Oye... me prometiste entrenar con la vara, dormilona.

Gabrielle gimió y lanzó una mirada a Xena.

—Dioses... ¿de verdad? Fíjate qué tonta. —Un vistazo de reojo para calibrar el humor de la mirada de la que era objeto—. Vale... vale... Vamos... era broma. —Dioses... esta mujer tiene un nivel de energía que no se agota nunca... ¿cómo lo hace? Es inacabable... a veces me canso sólo con mirarla.


Gabrielle se acercó donde estaba Xena, que tenía la túnica medio quitada.

—Deja que te ponga un poco de áloe en esas heridas, ya que estás. —Tiró del codo de Xena—. Siéntate un momento.

Con aire levemente divertido, Xena obedeció.

—Claro... claro —supiró, dejando que la tela le resbalara por los hombros y relajándose mientras la bardo le volvía a aplicar el ungüento calmante en la espalda lacerada—. Gracias... da mucho gusto —reconoció, sonriendo a Gabrielle de medio lado. Aunque no sabía muy bien qué le daba más gusto, el ungüento en la espalda o el hecho de que Gabrielle hubiera tenido el detalle de aplicárselo. Mm... al cincuenta por ciento, decidió sonriendo por dentro, y cerró los ojos, notando las manos de la bardo sobre su piel con una sensación de dulce placer.

—Las tienes muy irritadas —le dijo la bardo—. ¿Estás segura de que quieres...? O sea, no es que esté intentando librarme de entrenar contigo... pero... —Hizo una mueca al examinar una de las peores heridas—. Saltarte una noche no sería mala idea. Me duele a mí sólo de verlas. —Al notar la tensión de los hombros de la guerrera, masajeó suavemente los músculos del cuello de Xena y notó cómo se relajaban al tiempo que la guerrera se apoyaba en ella—. ¿Mmm? ¿Estás segura de que quieres hacerlo?

—No... no estoy segura —replicó Xena, sonriendo con desgana—. Pero lo voy a hacer de todas formas. Tú has tenido un día muy largo. —Le dio una palmadita a Gabrielle en la pierna y echó la cabeza hacia atrás, observando el conflicto de emociones en la cara de la bardo—. En serio. Antes sólo te estaba tomando el pelo.

Gabrielle suspiró.

—No... si tú vas, yo voy. —Sus labios esbozaron una sonrisa—. Además, tenías razón. Últimamente he estado ganduleando en ese sentido... y lo voy a acabar pagando de un modo u otro. —Se agachó y rozó la nariz de Xena con la suya, y se echó a reír cuando la guerrera le mordisqueó el pelo, atrapándolo entre los dientes—. ¡Oye! ¡Ay! Vale... vale... venga, vamos a empezar. —Se soltó el pelo de los dientes de Xena, fue hasta su zurrón para sacar su atuendo habitual de viaje y se lo puso—. A lo mejor consigo convencerte para que te des un baño caliente conmigo después, ¿mmm? —Levantó la vista al oír la respuesta en forma de risa—. ¿Te parece un buen plan?

—Ya lo creo —asintió Xena, abrochándose las hebillas de la loriga acolchada que se ponía para entrenar con la espada—. Pero no tienes por qué esperar. Voy a estar un buen rato con esto. —Se pasó la mano por encima de la cabeza y se enganchó la vaina a las correas de la prenda, sabiendo perfectamente que la bardo insistiría en esperarla de todas formas.

Gabrielle se encogió de hombros y cogió su estuche de pergaminos.

—Qué va... trabajaré en unas cosas hasta que termines... Tengo dos historias que necesito pasar a limpio. —Se colgó el estuche del hombro, fue hasta la puerta, la sostuvo abierta para que pasara Xena y luego salió tras ella y la siguió escaleras abajo.


—¿Te sigue molestando el estómago? —preguntó Xena, deteniendo el ataque y observando el rostro de su compañera con cierta preocupación.

—Un poco —reconoció Gabrielle, retrocediendo e intentando recuperar el aliento—. Creo que se debe más a que últimamente no he practicado esto mucho. —Hizo una mueca de disculpa—. Nunca hasta ahora había entendido tu insistencia en el entrenamiento constante... no me daba cuenta de lo deprisa que se pierde si no se usa. —Hizo una pausa, se apartó el pelo de la frente y se preparó—. Vale... vamos. —Avanzó, levantó la vara en posición de defensa y bloqueó el siguiente ataque de Xena—. Deja de mimarme, Xena —gruñó, al notar la clara falta de escozor en el contacto.

La guerrera se rió.

—A lo mejor me estoy mimando a mí misma... Lo noto en la espalda cada vez que me das. —Pero la chispa de sus ojos desmentía el comentario y movió su vara hacia delante, le quitó a Gabrielle la vara de las manos y la mandó por el aire—. Uuy. Perdón.

—Sí, claro —fue la cáustica respuesta, al tiempo que Gabrielle salía trotando para recuperar la vara—. Eso me enseñará a mantener la boca cerrada.

—Jamás —comentó Xena alegremente, y bloqueó un decidido ataque de la bardo—. Eso es, así está mejor —dijo con aprobación, cuando el extremo de la vara de Gabrielle superó sus defensas y le acertó en el antebrazo—. Bien. Tienes que intentar inutilizarme ese brazo, porque así me resulta mucho más difícil hacer esto. —Clac—. ¿Lo ves?

Gabrielle asintió y tomó aire con satisfacción. No alcanzaba a Xena con frecuencia. Llevaban en ello un buen rato, suficiente para que las antorchas colocadas fuera de la cuadra se hubieran consumido bastante, y empezaba a cansarse.

—Vale... —Vamos a probar con esto... Hizo acopio de fuerza y se lanzó hacia delante, mordiéndose el labio muy concentrada, y utilizó un movimiento de revés que acababa pasando en un ángulo bajo, lo cual solía funcionarle con Xena por su diferencia de estatura.

Y funcionó, esta vez: superó el bloqueo de Xena y golpeó a la guerrera con fuerza en la parte alta del muslo. Las dos se encogieron de dolor, Xena por el golpe, Gabrielle por el impacto cuando su vara rebotó y le hizo perder el equilibrio.

—Jo, Xena —bufó la bardo, dejando caer la vara y sacudiendo las manos—. Creo que preferiría no haberte alcanzado... me habría dolido menos.

—A mí también —respondió Xena, sacudiendo la pierna y examinándose la marca roja que le había dejado la vara de la bardo—. Pero ha estado bien.

Gabrielle resopló.

—Sí, ha sido como golpear un árbol. —Recogió la vara y se apoyó en ella, notando un agradable cansancio—. Ya he tenido bastante, creo.

Xena la miró un momento y asintió.

—Sí, descansa un poco. Yo voy a beber agua y a trabajar un poco con la espada.

Gabrielle cogió su estuche de pergaminos y se acomodó en una bala de heno que se habían dejado olvidada fuera de la cuadra. Sacó sus pergaminos, cogió una pluma y la afiló distraída mientras observaba a Xena, que estaba haciendo algunos de sus ejercicios de calentamiento. Hace mucho tiempo que no la veo hacer esto... normalmente trabajo en mis historias mientras ella está ahí fuera... Oh, caray..., pensó cuando Xena terminó sus ejercicios preliminares y se lanzó directamente a una serie de maniobras de alta velocidad, con la espada desdibujada en el aire por delante del cuerpo.

Luego se movió en círculo y empezó a combinar las estocadas de ataque y defensa con saltos, y Gabrielle se quedó ahí sentada, embelesada, olvidándose de la pluma. Mientras las antorchas se iban consumiendo y las sombras aumentaban por el patio, la luz caprichosa provocaba destellos de mercurio en la espada de Xena. Oh, caray... caray... se me había olvidado lo fantástica que es con esto. El talento de la bardo empezó a tantear palabras para describirla... ¿un poema, tal vez?

Bueno, pensó Xena, al emprender otra serie de volteretas. Al menos tengo un público atento... Pues veía las caras pegadas a la ventana de la posada, indistintas por la penumbra que llenaba el patio y que también ocultaba a los observadores silenciosos de fuera del edificio. Se agachó totalmente, luego saltó y salió disparada hacia el cielo, sorprendiéndose a sí misma por la altura del salto, y se giró perezosamente de lado al tiempo que lanzaba la espada por el aire y la volvía a atrapar. Bueno... eso sí que es puro lucimiento, se regañó a sí misma, mirando un momento hacia atrás y fijándose en los ojos redondos y fascinados de Gabrielle. Por otro lado... dijo que quería ver un espectáculo. Se le extendió una sonrisa por la cara. A ver si le gusta esto. Y lanzó la espada hacia el cielo, lanzó su cuerpo en la otra dirección y luego saltó hacia atrás hasta el centro del patio, sin usar las manos. En el punto más alto del salto hacia atrás, atrapó la espada y aterrizó, botando un poco, y luego hizo girar la espada por encima del brazo y se la volvió a pasar por debajo.

Echó un vistazo a la cara atónita de Gabrielle y se rió por dentro. No está mal... pero que nada mal. Comprobó sus reservas y descubrió que tenía el cuerpo relajado y listo para seguir. Qué sensación tan buena... La perdí durante un tiempo... me alegro de haberla recuperado. Se puso a practicar patadas con saltos y fue avanzando hasta que consiguió alcanzar objetivos que le quedaban por encima de la cabeza. Por fin, corrió para darse impulso, saltó hacia una rama que sobresalía del gran árbol situado fuera de la posada, se agarró e izó el cuerpo a base de fuerza hasta subirse a la rama. Envainó la espada, se puso de pie y empezó a botar ligeramente, contemplando el suelo que le quedaba a cierta distancia.

Gabrielle la miró, meneando un poco la cabeza, y luego se le pusieron los ojos como platos al ver que Xena saltaba de la rama, atrapaba otra, más flexible, se subía a ella y se dejaba caer propulsada hacia el suelo a una velocidad de miedo. ¡Aaay!, gritó su mente, cuando la guerrera golpeó el suelo con una fuerza espantosa, rodó dos veces, luego saltó dando una voltereta por el aire y aterrizó a su lado encima de la bala.

—Hola —fue el alegre saludo, con sonrisa burlona incluida—. ¿Te ha gustado el espectáculo?

—Das asco —afirmó Gabrielle, cruzándose de brazos—. Ni siquiera jadeas. —Meneó ligeramente la cabeza—. Sí, me ha gustado el espectáculo... como a todo el mundo, creo. —Sonrió—. ¿Es porque hacía mucho tiempo que no te veía hacer eso... o...? Has estado increíble... no es que tú no lo sepas ya, pero... no recuerdo que alcanzaras esa altura en los saltos como acabas de hacer. ¿Es sólo mi impresión?

Xena suspiró y se recostó, encogiéndose un poco cuando los cortes se apoyaron en la áspera madera.

—No... ya me había dado cuenta... —Se encogió de hombros y se miró las manos—. De que últimamente había perdido algo de ritmo. No sé... tal vez fue la última vez que resulté herida. —Que murió, en realidad, pero eso nunca lo decía delante de Gabrielle. Era demasiado... doloroso. Todavía—. Pero después, no me sentía bien del todo. Era como si estuviera cansada todo el tiempo. —Paseó la mirada por el patio—. Tenía que hacer un esfuerzo enorme... para hacer cosas que antes no me costaban. —Le resultaba difícil admitirlo, pues sabía cuánto dependía la bardo de ella para que la protegiera.

—La verdad es que no tuviste ocasión de recuperarte después de aquello —replicó Gabrielle, pensativa—. Pensé en tomarnos unos días libres... pero surgieron cosas. —Siempre les surgían cosas. Era parte integral de la vida que llevaban juntas—. Estaba... un poco preocupada por ti. —Más bien muy preocupada. Pero estaba tan contenta de ver tu sonrisa cada mañana que...

—Sí... lo sé. —Xena se rió ligeramente—. Ya me di cuenta de que durante un tiempo después de aquello estabas siempre muy pegada a mí. —Vio que Gabrielle bajaba los ojos y que un leve rubor le teñía la cara—. No... lo agradecía. Me alegraba de que lo hicieras. —Suspiró—. Pero el caso es que, durante el mes que pasé en casa, pude dormir mucho por primera vez desde... dioses... hacía una vida... y me sentó... maravillosamente. —Sonrió a la bardo un poco cohibida—. Y por supuesto, madre me cebaba como a un cerdo de feria... así que entre las dos cosas, empecé a sentirme mucho mejor y a salir por las noches para reconstruir muchas cosas. Ahora me encuentro genial. —Una pausa—. Mejor de lo que estado en mucho tiempo.

—Se nota —sonrió Gabrielle—. Pareces mucho más relajada. —Y mucho más dispuesta a... contarme esta clase de cosas. Creo que eso me gusta mucho.

—Mmm —asintió Xena, con una ligera sonrisa—. Aunque no sé si eso tiene algo que ver con mi capacidad para dar saltos mortales. —Volvió la cabeza y miró fijamente a Gabrielle, que se sonrojó—. ¿Has acabado tus historias?

La bardo resopló.

—Ni... una sola palabra, y lo sabes. —Le clavó un dedo a Xena en las costillas—. ¿Con esa clase de espectáculo delante? ¿Qué clase de bardo sería si me quedara aquí como una sosa haciendo labores de copista? —Sus ojos soltaron un leve destello—. No diré que no estuviera ocupada componiendo... aah... un poema... tal vez.

—Ah, ¿en serio? —preguntó Xena, mirándola interrogante—. ¿Sobre?

Una sonrisa diabólica por parte de Gabrielle.

—Mi tema preferido, y la imposibilidad de lo que acababa de ver, y este patio oscuro iluminado por las antorchas, y los destellos de fuego y luna que despedía tu espada, y tú.

Xena sofocó una carcajada.

—Gabrielle, ¿cómo es posible que puedas convertir en poético un entrenamiento con espada?

La bardo meneó la cabeza despacio, alargó una mano y metió los dedos por el pelo negro como la medianoche que cubría el hombro de Xena.

—No puedo... pero tú sí. Te mueves y es poesía. —Observó divertida el parpadeo sorprendido de los claros ojos azules—. ¿Es que nunca te has dado cuenta de lo mágica que eres? Xena... podría pasarme el resto de mi vida intentando describirlo y no te haría justicia.

Silencio... y luego un suspiro.

—No... tú eres la que tiene la magia, bardo mía. Yo sólo soy una vieja guerrera machacada. —Xena le sonrió de medio lado—. A dinar la docena, de tantos que somos.

La cara de Gabrielle se puso seria y la mano que descansaba sobre el hombro de Xena lo apretó con fuerza.

—Lo que tú eres... para mí... no tiene precio. —Una pausa—. Y la luz dorada con que llenas mi alma vale más para mí que todas las riquezas del Monte Olimpo.

Xena no contestó, pero se quedó sentada ahí en silencio, mirándola durante lo que pareció una eternidad, a la luz neblinosa de la luna, entre las sombras de una antorcha que se consumía, con el olor húmedo de la tierra que se alzaba a su alrededor y el levísimo aroma de los tiernos brotes de jazmín en el aire.

Por fin, sacudió la cabeza y rozó la cara de Gabrielle con los dedos.

—Sabes... —dijo, en voz muy baja—. Tú eres lo único de mi vida que no lamento. —Vio cómo la bardo cerraba los ojos y las lágrimas dulces y silenciosas que humedecían la suave pelusilla de sus mejillas—. Oye... —Le pasó a Gabrielle un brazo por los hombros y se dio una palmadita en la manga acolchada—. Mira... mira qué tela tan suave.

La bardo se arrimó de buen grado, abrazándose a la figura reclinada de Xena, y hundió la cabeza en el cálido hombro de la guerrera.

—Sabes, seguro que nos está mirando todo el mundo —comentó Xena, apoyando la barbilla en la cabeza de Gabrielle y cerrando los ojos.

—Pues que miren —murmuró la bardo—. Me da igual.

Xena enarcó una ceja, se lo pensó un momento y luego se encogió ligeramente de hombros.

—Pues vale. —Se rió suavemente—. Me parece recordar que mencionaste algo sobre un baño caliente... —Le frotó un poco la espalda con las yemas de los dedos—. ¿Mmm?

—Eso quiere decir que me tengo que mover —protestó Gabrielle, abrazándola con más fuerza.

La guerrera se sonrió en silencio.

—Qué va —susurró, luego se mordió el labio para reprimir la risa, rodeó a la bardo con los brazos y se levantó, acunándola.

—Aah —protestó Gabrielle—. Xena... ¿qué haces?

—Tú agárrate —fue la respuesta—. Has dicho que no te querías mover, ¿no? —Retrocedió y estudió lo que la rodeaba. Estoy chiflada por intentar esto. Ya es oficial. Ex señora de la guerra pierde la cabeza, intenta hacer numeritos estúpidos sin el menor motivo... ah. Divisó una pila de cajas justo fuera de la posada y fue hasta ellas, acelerando a medida que se acercaba, y pegó un salto, aterrizando en la primera con un pequeño bote.

—¡Oye! —bufó Gabrielle, agarrándose con fuerza al cuello de Xena—. ¿Qué diantre estás haciendo?

Xena sonrió.

—Es que subir por esas escaleritas de dentro no va a funcionar... así que se me ha ocurrido probar por la ventana. —Levantó la mirada hacia la ventana del primer piso—. Agárrate bien.

—Xena... bájame... puedo andar... lo decía en broma —dijo la bardo, que empezó a soltarse.

La guerrera la miró.

—¿Es que no te fías de mí? —preguntó con tono de guasa y sin soltarla.

Los ojos verdes se clavaron en los suyos.

—No seas tonta. Sabes que sí... pero no hace falta que...

—Pues agárrate —la interrumpió Xena—. Y cállate un momento. —Planificó su ruta y pasó ágilmente de una caja a otra. Si pierdo el equilibrio y me caigo, esto va a pasar a la historia como una de las mayores estupideces que habré intentado en mi vida. Saltó de la pila de cajas al tejadillo y notó cómo la recia madera se combaba bajo su peso. El tejado de arriba que llevaba a la ventana estaba a un cuerpo, el suyo, de distancia, y como a la mitad de esa altura. Se le ocurrió una idea totalmente demencial, fruto de la sensación flexible de la madera bajo sus botas.

—¿Qué estás pensando? —preguntó Gabrielle, soltando una mano y subiéndola para apartale el pelo oscuro de los ojos—. Se te ha puesto una cara muy rara.

Xena notó que empezaba a sonreír sin control.

—Bueno... un último salto, bardo mía... agárrate muy bien. —Y notó que las manos de Gabrielle la aferraban con fuerza—. Eso es.

Dio dos largas zancadas, luego saltó hacia arriba y volvió a caer agachándose más, para aprovechar toda la flexibilidad de la madera. Entonces saltó catapultada del tejadillo del porche y las dos salieron despedidas hacia delante y hacia arriba con toda la fuerza de sus fornidísimas piernas.

—¡Uuaaah! —exclamó Gabrielle, con los ojos como platos cuando Xena dobló el cuerpo y rodó, haciendo que las dos dieran una lenta voltereta por el aire. Se le escapó una carcajada de los labios al ver cómo el mundo giraba borroso debajo de ella y entonces volvió a ponerse del derecho al tiempo que las botas de Xena alcanzaban el tejado y la guerrera se erguía—. ¡Caray! —suspiró—. ¡Ha sido genial!

Xena sonrió y avanzó, pasó por la ventana y se dejó caer en el interior de la habitación.

—Te ha gustado, ¿eh? —Irracionalmente satisfecha de sí misma, saltó a la cama, sin dejar de sujetar a la bardo, y medio cayó, medio se tiró boca arriba, soltándola por fin.

—Ya lo creo —dijo Gabrielle, riendo encantada—. No tenía ni idea de que daba esa sensación... no me extraña que te guste practicarlo. —Hizo una pausa—. Pero ha sido un poco una locura... ¿no?

—Sí —reconoció Xena, sonriéndole cohibida—. Es que... no sé qué me ha dado. —Y sintió una cálida e inesperada sensación de felicidad. Sí que lo sé... es esto tan absolutamente imposible, maravilloso, totalmente entontecedor de estar enamorada. Por los dioses. No puedo creer que me sienta así... como una cría. Y encima me comporto igual.

Gabrielle sonrió despacio, colocó la cabeza sobre la tripa de la guerrera y dejó que sus dedos juguetearan con las hebillas cosidas a la tela.

—Me ha encantado. —Cerró los ojos y sonrió—. Te quiero. —Sintió que le venía un bostezo y lo aceptó relajadamente, se estiró y pasó los brazos con firmeza alrededor de Xena.

La atenta guerrera soltó una suave carcajada.

—Yo también te quiero. —Xena suspiró, enredando los dedos en el sedoso pelo dorado rojizo que le cubría el pecho—. ¿Te apetece darte un buen baño caliente conmigo?

Gabrielle notaba que el sueño tironeaba de ella y se lo pensó un momento.

—Sólo si no dejas que me quede dormida ahí dentro. —Sonrió—. Estoy un poco cansada. —Otro bostezo—. Mmm... qué buena almohada. —Hizo botar la cabeza ligeramente sobre la superficie plana—. Aunque un poco dura.

Xena se rió.

—Vamos... ¿o también tengo que llevarte en brazos hasta ahí? —Su cara se relajó con una sonrisa natural.

—Ya voy... —suspiró la bardo, rodando hasta que se puso en pie, luego se pasó la mano por el pelo mientras se acercaba a sus cosas y sacó un par de toallas de lino. Se volvió y le pasó una a Xena, que se había puesto detrás de ella y tenía los antebrazos apoyados en los hombros de Gabrielle—. Vamos...

Bajaron por el pasillo, tratando de no hacer ruido por lo tarde de la hora, cuando sólo se oían unos ruidos mínimos de la parte de abajo de la posada: un crujido de la madera de una mesa al dilatarse, el correteo de los ratones, el distante tintineo de la loza que lavaban los pinches mientras recogían tras una larga noche de trabajo.

—Sshh —advirtió Xena, que levantó la pértiga de los cubos y sacó dos cubos llenos de agua caliente de la cisterna, que estaba pegada a la chimenea y conservaba el agua caliente. Los trasladó y Gabrielle los echó sin hacer ruido en la bañera. Repitieron esta operación varias veces, hasta el nivel estuvo lo bastante alto para cubrirlas a las dos.

Gabrielle sonrió, se quitó la falda y el corpiño y se acercó al agua, pero la detuvo Xena, que sonreía con indolencia.

—Ah... con cuidado. No quiero que te escurras —fue el risueño comentario, al tiempo que levantaba a la bardo en brazos y la depositaba con delicadeza dentro del agua, deteniéndose a la mitad para besar sus labios largamente.

—Ay, madre —murmuró Gabrielle cuando se separaron, y Xena retrocedió para quitarse la loriga acolchada. Se le extendió una sonrisa por la cara al ver cómo la guerrera apoyaba las manos tranquilamente en el borde de la bañera, alzaba el cuerpo hasta el otro lado y se metía en el agua justo detrás de donde estaba Gabrielle sentada—. Cómo te gusta lucirte, ¿eh? —dijo riendo.

—¿A quién... a mí? —fue la perpleja respuesta—. ¿De qué hablas? —Y el fuerte y fresco olor a hierbas del jabón flotó por encima del hombro de Gabrielle en el momento en que sentía las manos de Xena deslizándose por su espalda—. Sólo me estaba metiendo en el agua, Gabrielle... ¿preferirías que me tirara de cabeza?

La bardo soltó un resoplido de risa.

—Menudo daño. —Sonrió y se relajó bajo los efectos del agua caliente, el limpio olor de las hierbas y la presencia de Xena. Sintió el tacto delicado de un dedo que subía por su nuca, lo cual le produjo escalofríos por la espalda. Cerró los ojos y se recostó contra el cuerpo caliente de Xena, riendo por las ligeras cosquillas que le hizo la guerrera cuando deslizó los brazos alrededor de Gabrielle y se la acercó—. Mmm... —gruñó, echando la cabeza hacia atrás y dejando que los labios de Xena saborearan los suyos.

Alternaron peleas de agua acalladas a toda prisa con largos momentos de exploración, por lo que tardaron muchísimo en estar las dos por fin limpias. Xena se levantó, saltó por encima del borde de la bañera y se sacudió con entusiasmo, luego se volvió de cara a la bardo, con los brazos en jarras.

—¿Y bien? ¿Quieres intentar saltar por encima o quieres que me luzca otro poco?

Gabrielle se puso de pie y apoyó las manos ligeramente en el borde de la bañera, contemplando a su compañera con franca admiración.

—Oh, lúcete, por favor —contestó alegremente. Salir de esta bañera cuando se mide lo que yo sería bochornoso en el mejor de los casos, y ella lo sabe.

—Ya —asintió Xena con sorna—. Ya me parecía a mí. —Se acercó y esperó a que Gabrielle levantara los brazos y los apoyara en los anchos hombros de la guerrera. Entonces agarró a la bardo por la cintura, retrocedió y la levantó de un solo movimiento, pasándola por encima del alto borde al otro lado y dejándola en el suelo delicadamente—. Ya estás. —Le pasó una toalla de lino—. A ver... —Cogió el extremo y le secó a la bardo con cuidado las orejas y la cabeza—. No quiero que te enfríes.

Bueno... se dijo Gabrielle soñadoramente. Si otra persona me hablara con tanta condescendencia, le... sí... entonces, ¿por qué me derrito cuando lo hace ella? Antes me enfadaba con ella cuando me trataba como a una cría... ahora... oh, dioses... ¿es posible sentir tanto por algo... por alguien... y sobrevivir? Eso espero.

—Gracias, mamá —bromeó, con los ojos verdes chispeantes. Y obtuvo una ceja enarcada y un dedo clavado en la tripa. Soltó una risita.

—Mucho ojito, bardo —fue el gruñido de advertencia. Con un ligero azote con la toalla para recalcarlo. Las dos se rieron y, tras envolverse en el lino, regresaron en silencio a la habitación.

—Ruu —fanfarroneó Ares en cuanto las vio, y se acercó y agarró el extremo de la toalla de lino de Gabrielle, tirando de ella con fuerza.

—¡Oye! —protestó la bardo, riendo—. Esto ya es bastante pequeño, ¡Ares, basta!

Xena los miró con una sonrisa, mientras se cambiaba la toalla por una camisa suave, y se acercó distraída a la ventana, por la que se asomó. Vio a dos figuras en sombras que observaban la ventana y se quedó muy quieta, al darse cuenta de que estaba delineada por la escasa luz del interior de la habitación. Maldición... Sus ojos lucharon con la creciente oscuridad, intentando distinguir algún detalle de los dos silenciosos observadores. Hombres, sí... de estatura media, algo mayores por el porte de sus cuerpos... cayó en la cuenta de que uno era Metrus, al hacer casar su rollizo contorno con su recuerdo. El otro... entornó los ojos. Herodoto.

—¿Qué? —sonó la voz de Gabrielle detrás de ella, y alargó un brazo automáticamente para impedir que la bardo se acercara a la ventana—. ¿Xena?

—Atrás —murmuró Xena, en voz baja—. Tenemos unos testigos interesados. —Se irguió y apoyó una mano indolente en el alféizar, devolviéndoles la mirada como si tal cosa—. Metrus y tu padre —informó a la bardo. Notó una mano ligera en la espalda, pues Gabrielle no hizo caso del brazo que la advertía y se unió a ella ante el hueco de la ventana, colocándose al lado de Xena y rodeándola con el brazo. Xena dudó, luego dejó que sus labios se curvaran en una sonrisa y rodeó los hombros de Gabrielle, acercándosela—. ¿Eso es lo que querías que vieran? —susurró, mientras las dos veían cómo los hombres se daban la vuelta y se fundían con la oscuridad.

—Sí —fue la respuesta de Gabrielle, apaciblemente satisfecha.

—Eso no va a facilitar las cosas mañana —comentó Xena, con la frente arrugada por un leve ceño de preocupación.

—Ya lo sé —contestó la bardo, escuetamente—. Xena... he... he decidido que no me gusta tener miedo. —Observó el rostro en sombras que se cernía por encima de ella—. Me produce algo... puaj... por dentro que no quiero aguantar.

—Todos tenemos miedo, a veces, Gabrielle —respondió Xena, mirándola a su vez.

—Así no —fue la seria respuesta—. No de este tipo, que te hace olvidar quién eres y lo que has hecho. No me gusta. No quiero que forme parte de mí. Llevo dos años huyendo de esto, Xena. No voy a huir más.

Xena la observó unos instantes más. Luego asintió despacio.

—Está bien. Ya veo lo que quieres decir, Gabrielle. —Sonrió a la bardo—. Te apoyaré en todo. —Una pausa—. Tu valor siempre me deja atónita, bardo mía.

Entonces Gabrielle sonrió y se rió un poco.

—No debería... sale de ti. —Empujó un poco a la sorprendida Xena—. Vamos... estoy a punto de desmayarme de lo cansada que estoy.

Pero tardó mucho en conciliar el sueño esa noche, y durante una eternidad se quedó descansando en brazos de Xena, notando los firmes latidos bajo la oreja y el dulce calor de su respiración encima de la cabeza. Todos tenemos que dar ese paso final en alguna ocasión, reflexionó. Cuando dejamos de ser niños y nos convertimos en adultos... las cosas cambian. Yo he tenido mucho tiempo para prepararme para esto... a fin de cuentas, ¿cuándo se enfrentó Xena a esto? Cuando tenía... ¿qué... quince años? No creo que yo hubiera podido hacer lo que hizo ella. No... sé que no habría podido. No entonces... porque aún no la había conocido... y no me había enseñado a dominar lo que llevo dentro. Ahora... lo ha hecho. Y es un regalo que jamás sospecharía que me ha hecho. Con pereza, abrió los ojos y contempló los rasgos cincelados que estaban por encima de ella. Entonces sonrió y rozó la bronceada mandíbula con los labios. Gracias, amiga mía. Por todo lo que eres. Y todo lo que me has ayudado a ser. Entonces cerró los ojos, respiró hondo y se quedó profundamente dormida.

Sin ver el reflejo de la escasa luz de la vela en un par de ojos azules que se posaron sobre su firgura dormida con tierna comprensión. Y luego se cerraron para dormir a su vez.


Xena abrió un ojo e hizo una rápida comprobación del cuarto. Silencio. Eso era bueno. Oscuridad. Aún mejor, porque eso quería decir que no tenía motivo alguno para moverse, todavía. Calor. Al menos ella lo tenía, a pesar de la brisa fresca que entraba por la ventana abierta, puesto que tenía a Gabrielle pegada a ella como una lapa. En total, una buena forma de despertarse. Ya que estoy convencida de que ahora me voy a levantar de verdad... sí, justo, se burló un poco su mente. Ah, no... no podría despegarme de sus brazos ni aunque hubiera un incendio en la habitación de al lado. Mi cuerpo ha decidido que esto le gusta demasiado.

Estiró la espalda un poco y notó que Ares se acurrucaba hecho un ovillo detrás de sus rodillas. No me estás ayudando, le gruñó mentalmente al lobezno, que levantó la cabeza, la miró parpadeando soñoliento y bostezó, luego se estiró y volvió a acurrucarse, soltando un cálido suspiro que le hizo cosquillas en la parte de detrás de la pierna y obligó a la guerrera a morderse el labio para no echarse a reír.

—¿Qué tiene tanta gracia? —se oyó en forma de murmullo adormilado justo debajo de su mandíbula.

Xena bajó la mirada y se encontró con los ojos verdes medio abiertos que la miraban a su vez.

—Oh... hola. Lo siento... no es nada. Es que estaba... —Se calló al sentir que la mano de Gabrielle se metía por su camisa y se posaba sobre su piel—. Mmm.

—He notado que te reías —comentó la bardo, clavándole un dedo ligeramente.

—Ares... ha puesto una cara. Estaba muy mono —replicó la guerrera con indiferencia.

Al oír su nombre, el lobezno se despertó de nuevo, alzó la cabeza y las miró.

—¿Ruu? —preguntó, luego bajó la cabeza otra vez y olisqueó la pierna de Xena por detrás.

Oh, dioses... Reprimió con fuerza la sensación de cosquillas, obligándose a seguir relajada y no reaccionar. Entonces sintió que empezaba a lamerla y suspiró.

—Ares, para.

Gabrielle se incorporó sobre un codo para ver mejor al animal.

—Oooh... qué cosa tan rica... —Soltó una risita, entonces vio los músculos de la pierna de Xena que se estremecían y la miró a la cara—. Oyeeee... ¡te está haciendo cosquillas, a que sí! —Se le pasó una sonrisa demoníaca por la cara—. Lo sabía... —Y oyó la palabrota que soltó Xena por lo bajo y que respondió por sí misma.

—Jeee... —rió Gabrielle, y deslizó la mano por la pierna de Xena hasta que estuvo en posición de sustituir a la industriosa lengua de Ares.

—Gabrielle. —Xena enarcó una ceja de advertencia—. Cuidado con lo que empiezas...

—Vale... lo tendré —sonrió la bardo, y empezó con una caricia ligerísima que hizo graznar a su compañera y fue progresando hasta que Xena se empezó a estremecer de risa y no pudo aguantarlo más, por lo que sacó un largo brazo para devolverle la pelota—. ¡Aah! —exclamó Gabrielle, intentando escabullirse. Acabaron hechas un ovillo jadeante, enredadas entre sí mientras intentaban impedir que cada una alcanzara los puntos sensibles de la otra.

—Dioses —suspiró Xena por fin, apartándose rodando y echándose boca arriba, con los brazos estirados—. Un buen método para despertarse. —Pero totalmente asqueada, advirtió que su cuerpo se rebelaba ante la idea, pues prefería quedarse donde estaba y deseaba la cálida presencia de la bardo a su lado.

—¿Nos vamos a levantar? —preguntó Gabrielle, con aire inocente, al tiempo que se arrebujaba, ponía la cabeza sobre el hombro de Xena, pegaba su cuerpo al costado de la guerrera y empezaba a trazar dibujos relajantes sobre su tripa—. Todavía está oscuro fuera... no se ve nada en realidad... —Notó que Xena respiraba hondo y soltaba el aire despacio, tras lo cual, los músculos que tenía bajo la mano se relajaron—. Aquí estamos tan cómodas y calentitas... —Echó un vistazo a la cara de su compañera y se quedó encantada al ver que ya tenía los ojos medio cerrados—. Ahh... eso está mejor. —Cerró los ojos y siguió acariciándola delicadamente—. Esto de verdad te hace dormir como a un bebé, ¿verdad?

Xena asintió soñolienta.

—Mmm —murmuró—. Igual... —Se le apagó la voz cuando se rindió y se dejó arrebatar por el sueño.

Gabrielle se rió por dentro y volvió a cerrar los ojos.


—¿Estás lista? —preguntó Xena, apartando la vista del brazal que se estaba ajustando y observando pensativa la tensa cara de Gabrielle—. ¿Gabrielle?

—¿Mmm? —La bardo levantó la mirada y sonrió rápidamente a Xena—. Ah... sí. Estoy lista.

Xena ladeó la cabeza y se acercó un poco más.

—¿Estás bien?

—Sí... ningún problema —contestó Gabrielle, levantándose de la silla y respirando hondo.

—Ya. Estás mintiendo —fue la conocedora respuesta, lo cual le fastidió.

—Oye... he dicho que estoy bien... no te aproveches de esto del vínculo, ¿vale? —dijo, como broma, pero lo dijo, y se dio cuenta demasiado tarde de cómo sonaba—. Dioses... Perdona... No quería decir eso.

Xena la miró fijamente un momento y se sintió un poco triste.

—Lo cierto, Gabrielle, es que he hecho esa afirmación basándome en el hecho de que no has tocado el desayuno —contestó, con tono apagado—. Lo siento.

—No. —La bardo apoyó la cabeza en el alto hombro de Xena—. Tienes razón. Estoy medio muerta de miedo. No debería intentar ocultártelo, precisamente a ti. —Y notó que Xena le daba un beso en la cabeza y le frotaba la espalda con energía.

—Cuesta acostumbrarse —reconoció la guerrera—. Tengo muchas ganas de preguntarle a Jessan algunas cosas acerca de todo esto... en lugar de descubrirlo a trancas y barrancas.

Gabrielle asintió.

—Sí... pero mientras, yo tengo trabajo. Así que... será mejor que me lo quite de encima. —Irguió los hombros y miró a Xena a los ojos. Unos ojos que... realmente... pensó por enésima vez, eran del color azul más bonito del mundo. Vuelve a la tierra, Gabrielle. Haz el favor. A ver si bajas de las nubes—. ¿Me acompañas?

Xena enarcó una ceja muy expresiva.

—Te acompaño y me quedo esperando fuera, amiga mía. —Le puso una mano a Gabrielle en el hombro y la llevó hacia la puerta.

—Oh... —sonrió la bardo—. ¿Por eso nos hemos puesto en plan de intimidación total? —Echó un vistazo a la túnica de cuero y la armadura de Xena y al conjunto completo de armas que se había puesto—. Tu madre tenía razón... sí que pareces más grande con todo eso encima. —Contempló a la guerrera—. Pareces incluso más alta.

Ambas cejas se alzaron al oír eso.

—Si tú lo dices.

Bajaron las escaleras, salieron por la puerta de la posada, cruzaron el patio y emprendieron la marcha por el camino en silencio.


Herodoto contemplaba de pésimo humor el cuenco de cereales que tenía delante, en el que hundió la cuchara y luchó por meterse otra porción en un estómago que se rebelaba lleno de náuseas. Eso era lo peor de beber... y la razón por la que a menudo empalmaba una larga noche con un desayuno líquido. Pero se habían quedado sin nada que beber... de modo que se tenía que aguantar con el dolor de cabeza y este cuenco.

La casa estaba en silencio. Hécuba sabía que no le convenía andar trajinando cuando él se sentía así. Sus labios esbozaron una sonrisa irónica. Lo conocía muy bien... y sobre todo después de la breve visita de Agtes, que le devolvió los dinares y le dijo que ni hablar, que no estaba dispuesto a volver a intentar asustar a una mujer capaz de hacer lo que hacía esa mujer. Ni hablar.

Y después de apoyar la cabeza enturbiada por el alcohol en la áspera pared de la posada y quedarse mirando por los cristales de la ventana anoche... ni siquiera se animaba a despreciar a Agtes. Maldición. Y había perdido a su hija por ella... eso estaba repugnantemente claro, aunque Metrus y él no hubieran visto el abrazo tan deliberado que se dieron, bien enmarcadas por la ventana. Maldición.

La odiaba. Odiaba lo que tenía ella y él no.

Alzó la cabeza al oír pasos fuera. Unos más ligeros, otros más pesados. Los más pesados se detuvieron fuera y los más ligeros subieron los escalones y se detuvieron ante la puerta.

Esperó y vio que la puerta se abría despacio, dejando pasar un rayo cegador de sol dentro de la habitación, que quedó tapado por un cuerpo al entrar y luego desapareció cuando se cerró la puerta. Parpadeó para quitarse el deslumbramiento de los ojos y esperó hasta que la figura indistinta que avanzaba hacia él se transformó en su hija mayor.

Por Hera, pensó. Cómo ha madurado, ¿no? Había una gracia y una seguridad en sus movimientos que no tenían nada de niña, y su corto corpiño y su falda dejaban muy poca cosa libre a la imaginación, mostrando una flexibilidad musculosa que lo sorprendió, ahora que la veía desde otro punto de vista.

Gabrielle cruzó la habitación y se detuvo cuando llegó a la mesa, apoyó los antebrazos en el respaldo de la silla más cercana y se quedó mirándolo.

—¿Has dejado a tu mascota fuera? —preguntó él, con un tono levemente humorístico. Esperó su reacción. Y lo sorprendió.

Ella sonrió y meneó la cabeza.

—Seguro que está hablando con madre. —Una pausa, y luego, suavemente—: Para ver cómo tiene el brazo.

Él estrechó los ojos ligeramente.

—Por tu bonita exhibición de anoche, debo suponer que has decidido abandonarnos. ¿Tengo razón?

Gabrielle sacó la silla que tenía delante, se sentó, doblando los brazos sobre la mesa, y lo miró fijamente.

—¿Has tenido algo que ver con lo que ocurrió en el establo? —Directa y fría, y sus ojos se clavaron en los de él con incómoda intensidad.

Herodoto se encogió de hombros y se recostó.

—Quería que estuvieras libre de su influencia a la hora de tomar tu... decisión. —Jugueteó un poco con la cuchara—. Una pérdida de tiempo, por lo que veo.

—No quiero estar libre de su influencia —contestó Gabrielle, luego tomó aliento y bajó la mirada—. Lo siento, papá. No puedo cambiar lo que eres. Y no me voy a quedar aquí para ser otro... —Hizo una larga pausa—. Blanco. —Su voz se puso áspera al pronunciar la palabra—. Eres tú el que tiene que tomar la decisión... de ser diferente.

Se quedaron mirándose largo rato, mientras los leves sonidos de la casa flotaban a su alrededor, al ritmo de las motas de polvo que flotaban en la clara luz del sol que entraba por los cristales de las ventanas.

—Después de la boda de mañana —dijo Herodoto por fin, con tono frío y seco—, quiero que tú y tu... amiga... os vayáis de aquí. No te conozco. No eres mi hija. —Hizo una pausa, vio que sus palabras la golpeaban como si fueran piedras y disfrutó al verlo—. Aquí no eres bien recibida. Ya no es tu hogar. —Y se levantó, empujando la silla hacia atrás, y salió de la estancia.

Gabrielle se quedó sentada, mirándose las manos durante lo que le pareció una eternidad, reprimiendo las oleadas de llanto que amenazaban con ahogarla, decidida a no hundirse. Ha sido decisión mía... sabía que podía ocurrir esto, ¿no? Pues sí. Oh, dioses.

Levantó la mirada cuando entró su madre, con paso vacilante.

—¿Eso también va por ti? —se obligó a decir, con un control férreo de la voz. Mejor saber ya lo peor.

Hécuba suspiró y se dejó caer en la silla que estaba al lado de la suya, alargó una mano cálida y la posó sobre los puños rígidamente cerrados de su hija.

—Es su casa, y él dicta las normas. —Tocó suavemente la mejilla de Gabrielle—. Pero tú siempre serás mi hija... pase lo que pase.

Gabrielle tragó con dificultad.

—Gracias —susurró, sin levantar los ojos.

Hécuba se quedó callada largo rato y luego suspiró. Pensó en la conversación que acababa de tener fuera y en lo que había visto la noche anterior.

—Gabrielle, ¿de verdad ella merece...?

—No puedo vivir sin ella —fue la apagada respuesta—. Eso me haría pedazos de tal manera que nunca... —Cerró los ojos y dejó caer la cabeza entre las manos—. No querrías ver lo que quedaría.

Hécuba la miró reflexionando en silencio.

—Yo sentí eso mismo, una vez —comentó, observando sus manos mientras jugaba distraída con la cuchara que había dejado Herodoto—. Cuando era muy joven. —Suspiró—. Pero mis padres tenían otros planes para mí. Y los suyos para él. —Hizo una pausa, pensando—. A menudo he... la vida nos trata mal, Gabrielle... tienes que aprovechar las cosas buenas cuando las encuentras. Tu hermana y tú... habéis sido cosas buenas para mí. El resto... —Se encogió de hombros.

—¿Lo quieres? —Gabrielle apoyó la barbilla en los puños y miró a Hécuba a los ojos.

—Sí —fue la escueta respuesta—. Pero no como habría sido con Berran. O como es para ti. —Se echó hacia delante—. No renuncies a eso, Gabrielle.

Gabrielle se levantó y apoyó las manos en la mesa.

—Jamás. —Más allá de la muerte, más allá del buen juicio, más allá de la comprensión—. Tengo que salir de aquí. —Intentó no hacer caso del doloroso martilleo que tenía en la cabeza y que cada vez estaba peor—. Dile a Lila...

—Le diré que vaya a hablar contigo —le aseguró Hécuba, dándole una palmadita en el brazo—. Ve a que te dé el aire... estás blanca como una sábana.

Gabrielle asintió y cruzó la habitación, abrió la puerta y se encogió por la luz deslumbrante tras el interior en penumbra. Tuvo que parpadear unos segundos para que se le acostumbrara la vista y para entonces una presencia familiar estaba ya a su lado.

—¿Lo has oído? —preguntó la bardo.

—Sí —contestó Xena, con un suspiro.

—¿Todo? —fue la suave respuesta, pues conocía la agudeza de su oído.

—Sí. —Una respuesta casi inaudible.

—Bien. —Y Gabrielle respiró hondo e irguió los hombros—. Podemos irnos... donde sea. Tengo la cabeza a punto de estallar.

—Gabrielle... —empezó Xena, pero se detuvo cuando la bardo se volvió y le puso una mano en los labios.

—No, ¿vale? —Se echó hacia delante, plantó las manos sobre el peto metálico de Xena y la miró a los ojos—. Esto dejó de ser mi hogar hace dos años.

Xena tomó aliento y le dio una palmadita en la mejilla.

—Está bien. Vamos... a ver si puedo devolverte el favor que me hiciste tú ayer.


—Sshh... con cuidado —dijo Xena, posando una mano tranquilizadora sobre la cabeza de Gabrielle—. Tienes una migraña, Gabrielle. Es un tipo de dolor de cabeza espantoso.

Había empezado cuando de repente se le empezó a poner visión de túnel, en el camino de regreso a la posada, y con náuseas, que acabaron con un ataque de arcadas en seco que la dejó temblando en brazos de Xena.

—Oh, dioses... —gimió—. Esto es peor que estar mareada.

—Mm... sí, la verdad... creo que sí —asintió la guerrera con lástima—. Menos mal que al final no has desayunado.

—Gracias —fue la sarcástica respuesta—. Cómo me consuelas.

Xena se apoyó en la pared y se colocó a la bardo en el regazo, acunándola sobre su hombro. Metió un paño de lino en un cubo de agua fría y lo escurrió hasta secarlo casi del todo, luego se lo puso a Gabrielle en la cabeza y notó que la bardo se relajaba encima de ella.

—No lo decía en serio —murmuró Gabrielle, cerrando los ojos.

—¿El qué? —preguntó Xena, cambiando un poco de postura.

—Que no me consuelas —replicó—. Si me tengo que sentir como en el Hades, aquí es donde quiero hacerlo.

La guerrera sonrió y volvió a mojar el paño.

—Preferiría que no te sintieras así.

—Aajj —resopló Gabrielle—. ¿Te pasa a ti alguna vez? —Siguió con los ojos cerrados mientras se llevaba a los labios la taza que había preparado Xena y bebía un sorbo—. Puajj... Xena, esto es horrible.

—Sé que es horrible —suspiró Xena—. Y sí, me pasa... de vez en cuando.

Gabrielle se bebió el resto del mejunje con una mueca.

—Nunca has dicho... —Ladeó la cabeza y miró a su compañera—. Sigues adelante. Como siempre.

Xena se encogió de hombros y volvió a colocarle el paño frío.

—Es eso típico de los señores de la guerra de parecer más duro que nadie y no reconocer nunca que te duele algo, supongo. —Y que tengo el sentido común suficiente de tragarme el maldito brebaje sin poner caras.

Gabrielle cerró los ojos y notó que se le formaba una sonrisa débil cuando el dolor cedió un poco, acompañado de una acometida de sueño.

—Sea lo que sea, está funcionando... —murmuró, dejando la taza y notando que le desaparecía la tensión del cuerpo, momento en que se derrumbó sobre el pecho cubierto de armadura de Xena.

La guerrera esperó unos minutos, apartando distraída el pelo de los ojos cerrados de la bardo, luego la levantó en brazos, fue hasta la cama y la tumbó con cuidado. Y se quedó de pie a su lado, no supo cuánto tiempo, observando su respiración regular. Le ha dicho a su madre... que no puede vivir sin mí. Yo pensaba... sé lo que siento... pero nunca pensé... no me lo merezco. Acarició tiernamente la suave mejilla de la bardo y en la cara dormida apareció una leve sonrisa. En la cara de Xena se dibujó la misma sonrisa, luego suspiró y retrocedió, echando una colcha ligera sobre el cuerpo de su compañera. Y por un largo instante, estuvo a punto de unirse a ella. Xena, basta ya. Ella tiene una excusa, tú no. Así que ponte en marcha y haz lo que tienes que hacer.

Y así, se fue al establo y a los resoplidos de reproche de Argo. Sacó a la yegua para dar un largo y completo paseo, por campos pelados y por la linde del antiguo bosque que bordeaba a Potedaia, y la hizo galopar hasta que se cubrió de sudor, luego aflojó el paso por el valle del río, hasta detenerse en la colina que daba al río, donde se relajó en la silla.

Disfrutó de la brisa fresca que le apartaba el pelo oscuro de la frente y agitaba la crin de Argo, que le daba azotes punzantes en los brazos, apoyados en el arzón. El viento le trajo el olor del río y de los fértiles campos empapados de sol de ambos lados, y, a lo lejos, un indicio de humo de leña.

—Oye, chica —le murmuró a la yegua, que pastaba con entusiasmo, gozando de la fresca hierba del río tras los días de pienso seco del establo—. Eso te gusta, ¿eh?

Apoyó las manos en el arzón y saltó de la silla, dejando caer las riendas de Argo mientras paseaba por la hierba que le llegaba hasta media pantorrilla, luego se sentó en el suelo cerca de la orilla del agua en movimiento, se rodeó las rodillas con los brazos y dejó que el apacible gorgoteo resonara a su alrededor, a juego con las ondas de calor que salían de su interior, mientras pensaba en lo mucho que había cambiado su vida en dos cortos años. En la diferencia que había supuesto una sola persona. Puedo quedarme aquí sentada... y disfrutar simplemente contemplando este valle... y por primera vez desde que apenas tenía edad para pensar siquiera, empiezo a imaginar un... mañana. Aunque todos mis instintos me dicen que es mala idea... no puedo evitarlo... maldita sea... quiero que haya un mañana. Se sonrió, cogió una piedrecilla que estaba cerca de su bota, examinó un poco su superficie plana y lanzó la piedra para que botara limpiamente por la superficie del agua, hasta que por fin se hundió con un chapuzón. Parece que ésa sigue siendo una de las muchas cosas que sé hacer, pensó, probando a burlarse un poco de sí misma. Eso es, Xena... aprende a tomarte a ti misma un poco menos en serio. Sonrió abiertamente y cuando estaba a punto de coger otra piedra, sus oídos captaron una pisada suelta detrás de ella.

Se quedó inmóvil, concentró sus sentidos en esa dirección y ahora oyó el sonido de una respiración laboriosa, y manos que rompían hojas, pies que aplastaban la maleza, lo cual quería decir que quienquiera que fuese seguro que no era capaz ni de sorprender a un conejo muerto, y mucho menos a ella. Esperó y observó con interés cuando el pelo claro de sus brazos se erizó como reacción a la detección del peligro por parte de su cuerpo.

Ahora ya estaba más cerca, al borde de los árboles, y entonces el que la acechaba se detuvo y miró hacia donde estaba sentada.

Oyó el inconfundible crujido del mecanismo de una ballesta y soltó una ristra de palabrotas por lo bajo, al tiempo que se levantaba y se volvía de un solo movimiento para encararse con su atacante, con los brazos en jarras y poniendo su mejor ceño.

—Herodoto. Qué sorpresa. —Suspiró y vio que el otro se quedaba paralizado al ver que lo estaba mirando—. Adelante. A ver qué bien lo haces. —Abrió los brazos de par en par y esperó—. ¿O es que sólo puedes pegar a los niños y disparar a la gente por la espalda? —Su voz había adoptado un tono de profundo desprecio.

Herodoto se quedó mirándola largamente, luego levantó la parte frontal de la ballesta y la sostuvo entre los brazos.

—Vete al Tártaro —dijo, en voz baja.

—Ya lo he hecho. Lo conozco —contestó Xena, bajando los brazos y avanzando unos pasos. Hasta que consiguió distinguir su rostro, entre las sombras de los árboles. Y vio, por un instante breve y estremecido, el destello de un recuerdo que coincidía con la expresión de sus ojos. De una Gabrielle muy distinta, en una realidad donde ella no había detenido a esos tratantes de esclavos, con una expresión de odio resentido que ella sabía... que iba dirigido tanto hacia dentro como hacia fuera—. ¿Es que no has hecho ya suficiente daño por hoy?

—¿Qué sabes tú de eso, maldita seas? —dijó él, acercándose—. ¿Crees que me ha gustado hacer eso? Pues no. Pero era lo único que se me ha ocurrido que podría... podría obligarla a enfocar todo esto correctamente y hacer lo que debe.

Xena lo miró pensativa.

—¿Qué te hace pensar que no lo ha hecho?

—Vas a conseguir que la maten. ¿Es eso lo que quieres? —dijo el hombre mayor—. Sabes que es cierto, Xena. Ya la han herido... ¿por qué no la dejas en paz? ¿Qué hace falta? ¿Necesitas dinero, caballos... qué?

Vaya. Le gusta hablar, como a ella. Ahora sé de dónde le viene.

—Y tengo que creerme que haces esto porque la quieres, ¿verdad? —Xena notó que su rabia iba en aumento—. Dime, ¿cómo? ¿Cómo la quieres cuando le has estado pegando desde que era una niña? Explícame por qué una niña alegre e inocente tuvo que pasar por eso y entonces, a lo mejor podemos hablar de la clase de peligro que corre conmigo. —Sus ojos soltaban destellos y lo sabía, pues los días que llevaba viendo sufrir a su alma gemela empezaban a apoderarse de su mente.

Herodoto se quedó mirándola un buen rato, con odio.

—Porque ella tenía algo que yo ya no podía tener. Y no estaba dispuesto a verlo. —Se sorprendió a sí mismo al dar una respuesta sincera.

Xena lo miró con súbita comprensión.

—Tú eres narrador.

Los mortecinos ojos verdes la miraron a su vez.

—Soy granjero —fue la tajante respuesta—. Antes veía imágenes, sí. Como ella. Entonces pensé que si bebía lo suficiente, acabarían por desaparecer. —Hizo una pausa—. Y así fue.

—Eso es lo que le habría ocurrido a ella —replicó Xena, apagadamente—. ¿Es eso lo que quieres de verdad?

El hombre soltó una carcajada triste.

—¿Lo que quiero? Quiero que alguien cuide de mí, que se asegure de que no acabo con la cabeza en el suelo al final de la noche y que me distraiga para no pegar a mi mujer. ¿Qué quieres tú de ella? ¿Es que cocina bien?

Xena perdió los estribos y antes de que pudiera volver a tomar aliento, se echó encima de él, lo sacudió como a un perro y le quitó la ballesta de un puñetazo.

—Te voy a enseñar lo que es ser un niño pequeño, cabrón. —Lo levantó por la pechera de la túnica y lo sostuvo contra el árbol—. ¿Eso te gusta? —Su voz era suave como la seda—. ¿Qué tal esto? —Y le pegó un bofetón como había hecho él con Gabrielle—. O esto. —Lo alzó en vilo y lo lanzó a varios metros, donde se estrelló con el tocón de un árbol.

Se le pusieron los ojos vidriosos y se quedó donde estaba, con la espalda apoyada en el tocón.

—No... vete —balbuceó, alzando una mano para protegerse la cara.

—Ah, ¿ya has tenido bastante? —dijo Xena iracunda—. Tiene gracia que los mayores cobardes sean capaces de zurrar de lo lindo, pero nunca puedan aguantarlo cuando les toca a ellos. —Se agachó por encima de él, lo agarró por la mandíbula y lo obligó a mirarla a los ojos—. Escucha bien. Tu hija tiene más valor en una sola mano que todo este pueblo junto, ¿te enteras? Es buena, es inteligente, es una bardo estupenda, es fuerte y tiene derecho a decidir lo que va a hacer con su vida. —Sus ojos se clavaron en los de Herodoto—. Aunque esa vida sea dura y peligrosa y pueda acabar matándola. —Bajó la voz—. Pero más te vale entender que yo moriría de buen grado con tal de evitar tal cosa.

Se miraron a los ojos largo rato, hasta que por fin Xena aflojó la mano, se levantó, le dio la espalda y se encaminó hacia Argo. Sintió más que oyó el movimiento detrás de ella. La vibración del aire contra la cuerda, del aire sobre las plumas, el tañido siseante de una flecha de ballesta al vuelo.

Se volvió a media zancada, dejó reaccionar a su cuerpo y sus manos subieron y atraparon las flechas... y luego las tiraron con desdén. Dejó que sus ojos se llenaran de frialdad. Dejó salir al lobo y volvió hacia él, que estaba acurrucado contra el tocón. Mirándola fijamente.

Se quedó mirando mientras la alta guerrera caminaba hacia él, pasando del sol a la sombra con un movimiento salpicado de luz que derramaba destellos por encima de ella y se reflejaba en su armadura, hasta que se detuvo sólo cuando se agachó y le sonrió con ferocidad.

—Deberías dar gracias a los dioses por tu hija, Herodoto —dijo, envolviéndolo con su voz—. Porque de no ser por ella, ahora mismo estarías hecho pedazos. —Y cogió la ballesta, la miró, lo miró a él, luego colocó las manos en cada extremo, se movió y el arma se partió en dos.

Se levantó en silencio y regresó a la paciente yegua dorada, y esta vez se montó sin incidentes. Una última mirada al hombre. Bueno, en realidad no le he hecho daño. En exceso, suspiró su mente. Adiós a la idea de dar un relajante paseo.

—Vamos, chica. En marcha. —Tocó el costado de Argo con una rodilla cuidadosa y la yegua regresó obedientemente a través del bosque.


—Qué casualidad encontrarte aquí —sonrió Lila, cuando Xena y ella se cruzaron poco después, delante del taller de la costurera—. ¿Cómo está? —añadió en voz más baja, con tono compasivo y preocupado.

Xena se encogió de hombros ligeramente.

—Tenía un dolor de cabeza muy fuerte cuando volvió. Le di algo para calmarlo... ahora está durmiendo. —Una pausa—. Parece que está bien.

Lila suspiró.

—Maldito sea. —Se apartó de los ojos algunos mechos de pelo castaño oscuro—. Entonces, me pasaré a verla más tarde. —Le mostró un paquete que llevaba—. ¿Te importa darle esto? Es el vestido... ha quedado muy bien. —Sus labios sonrieron a regañadientes—. Mejor que el mío, en cualquier caso.

—Claro —replicó Xena, cogiéndole el paquete y colocándoselo con cuidado debajo del brazo—. ¿Cómo está Lennat? —Se volvió para mirar hacia la herrería, donde vio las sombras indistintas de dos hombres altos inclinados sobre la forja principal.

Lila le sonrió ampliamente.

—Está encantado. —Meneó la cabeza y se echó a reír—. Se pasa todo el día golpeando metal caliente, no sé... pero vuelve a casa y habla de ello como si fuera la cosa más maravillosa del mundo. —Bajó la mirada—. Dijo que iba a hablar con Gabrielle más tarde... sabes que Metrus le ha hecho a él lo mismo que...

—Lo sé —replicó Xena, apagadamente.

—Bueno... —Ahora los ojos garzos subieron un instante para encontrarse con los de Xena—. Supongo que tenemos algo en común.

—Mmm... —asintió Xena, con un amago de sonrisa—. Podría ser. ¿Lennat lo lamenta?

Una carcajada.

—Dioses, no. —Entonces Lila se puso seria y la miró fijamente—. No más que Gabrielle.

Xena se encogió de hombros.

—Eso no lo sé.

—Yo sí —fue la segura respuesta—. Xena, es mi hermana. La conozco de toda la vida. —Lila miró rápidamente a su alrededor y bajó la voz—. Ella nunca... —Una pausa y un suspiro—. ¿Cómo puedo decirlo...? Nunca dejaba que nadie llegara... hasta el fondo de su corazón. Ya sabes cómo es... siempre haciendo favores a la gente, gastando bromas, contando historias, intentado solucionar los problemas... es mi hermana mayor... siempre intentaba consolarme, cuidar de mí... intentaba ayudar a madre, quitarle parte de la tensión... ahora que miro atrás, estaba muy necesitada de alguien que se pusiera manos a la obra e hiciera eso mismo por ella en ocasiones. Pero la verdad es que no había nadie. Así que mantenía a todo el mundo a distancia. —Otra pausa—. Se sentía responsable de nosotras.

—Bueno —comentó Xena con humor—, sí que tiene esa tendencia.

Lila meneó la cabeza.

—Cierto. Pero... no sé qué creí que estaba pensando cuando salió corriendo detrás de ti hace dos años. Pensé que estaba loca, francamente.

—Y yo —fue la respuesta, afectuosamente risueña.

—Mmm... seguro —rió Lila—. La había oído hablar del famoso árbol. —Se puso seria de nuevo—. Pero... esta vez, ahora que he tenido la oportunidad de pasar más tiempo con ella... he visto indicios de una parte de mi hermana que... no había visto nunca. —Bajó la mirada—. Tú has visto un lado de ella que yo nunca he visto... y por eso me he dado cuenta de que ha... encontrado a alguien a quien puede... y quiere... dejar llegar hasta el fondo.

Un largo silencio entre las dos.

—Y me alegro mucho —continuó Lila por fin—. Siento que hayamos empezado tan mal.

Una mano le agarró el hombro.

—Tenías motivos —fue la respuesta tranquila y resignada de Xena—. Es tu hermana y yo doy bastante miedo.

Lila se echó a reír.

—Mm... no iba a decir eso. —Pero miró a Xena y vio su sonrisa—. Pero... sí. Lo das, un poco.

Una ceja enarcada. Y otra.

—¿Un poco? —Con un brillo risueño en los ojos.

—Aah... vale. Mucho —confesó Lila—. De hecho, eres la persona más terrorífica que creo que he conocido en mi vida. Tampoco es que haya conocido a muchas, ojo.

—Bueno, eso está mejor —replicó Xena, con la cara muy seria—. Tengo que mantener mi reputación, ya sabes.

Las dos se miraron y se echaron a reír.

—Será mejor que vuelva —dijo Xena riendo y mostrando una cesta—. Aquí llevo la comida y ya conoces a Gabrielle.

—Te acompaño un poco —se ofreció Lila y las dos echaron a andar—. Eso me recuerda, ¿es que no le das de comer ahí fuera? No es más que piel y huesos.

Xena resopló conteniendo una carcajada.

—Oh, por favor... tu hermana come fácilmente tanto como yo y probablemente más. Es que lo quema todo... seguro que por hablar tanto.

Lila se echó a reír.

—Me alegro de ver que algunas cosas no han cambiado. Siempre ha sido así.


Xena subió las escaleras, riendo aún, abrió la puerta con cuidado y entró sin hacer ruido. Dejó la cesta en la mesa, depositó el paquete en la silla y se quedó de pie en silencio junto al poste de la cama, mirando a la bardo, que seguía profundamente dormida. Ahora la veía con una perspectiva ligeramente distinta, gracias a Lila. Siempre me he dado cuenta... de lo que me costaba abrirme a ella. Dioses... debo de haberla desquiciado por completo en más de una ocasión... nunca se me ocurrió pensar que ella también se estaba abriendo. Siempre parecía salirle una forma tan natural... pero... Su mente retrocedió al pasado. No lo era. Corría un riesgo... igual que yo, pensó, mientras se soltaba la armadura, se la quitaba por encima de la cabeza y la colocaba sobre una silla.

Intentando hacer el menor ruido posible, cedió al impulso y se echó junto a su compañera, se acurrucó pegada a su espalda y le pasó un brazo por la cintura. Notó que el indicio de tensión desaparecía del cuerpo de la bardo y que una mano agarraba la suya al tiempo que Gabrielle se pegaba a ella con un suave suspiro. Y dejó que el ritmo regular de la respiración de la bardo la sumiera en un estado de duermevela, hundida en una bruma cálida y reconfortante que descubrió que le gustaba mucho.

Gabrielle mantuvo los ojos cerrados y dejó que sus otros sentidos pasaran poco a poco del sueño a la vigilia. Captó el limpio olor a hierbas del lino y el cálido olor a madera gastada del suelo de la habitación. Oyó el crujido de las tablas del suelo al dilatarse y sintió una presencia conocida y caliente a su espalda. Se le fue extendiendo una sonrisa por la cara cuando su mano reconoció el fuerte brazo que la rodeaba protector y se hundió desvergonzadamente en la maravillosa sensación de seguridad que le provocaba.

Se regodeó en ello un rato, luego se estiró y se dio la vuelta, se acurrucó bajo la barbilla de Xena con un murmullo satisfecho y la miró parpadeando con una sonrisa indolente. Se encontró con un par de risueños ojos azules cuya calidez aumentó cuando sus miradas se tocaron.

—¿Cómo te encuentras? —preguntó Xena, apoyando la cabeza en una mano.

—Muchísimo mejor —respondió la bardo, tocándose la cabeza—. Y... aliviada. —De que hubiera terminado... De que la presión que había sentido desde que llegó aquí hubiera... desaparecido—. Y triste. —Una apagada y sincera confesión—. Bueno... ¿tú también has estado aquí dormitando, todo este tiempo? —preguntó, con una sonrisa burlona, incapaz de evitar que sus manos se pasearan por la figura enfundada en cuero de Xena, moviendo los dedos por la caja torácica que se movía regularmente y notando cómo se le cortaba la respiración a su compañera por la ligera caricia.

—No —fue la respuesta—. He salido a hacer ejercicio con Argo, me he encontrado a tu hermana y te he traído el vestido para mañana, he arreglado una pieza del arnés y te he traído comida. —Una pausa—. Luego he venido aquí y parecías tan a gusto que decidí echarme contigo un rato.

—¿Comida? —sonrió la bardo, centrándose en lo esencial—. Me muero de hambre.

—Te debes de sentir mejor —rió la guerrera.

—Pues sí —contestó Gabrielle—. Qué raro... debería sentirme fatal... por lo que ha pasado y lo que ha dicho él y todo... pero... —Aspiró y soltó una profunda bocanada de aire—. Me da tanto gusto no sentir ya esa presión... Sé que luego me sentiré mal, pero ahora mismo, siento más alivio que otra cosa. —Hizo una pausa—. Bueno... ¿qué decías de comida?

—Por los dioses, Gabrielle —contestó Xena, meneando la cabeza con fingido asombro. Rodó hacia un lado, agarró el poste de la cama, se izó cabeza abajo, luego se dejó caer dando la vuelta y fue a la mesa donde estaba la cesta—. Toma. —Se volvió y regresó a la cama—. La comida.

Gabrielle exploró la cesta y dio unas palmaditas en el borde de la cama a su lado.

—¿Comes conmigo? —ofreció, con la boca llena. Entonces, aunque intentó no hacer caso, la voz de su padre resonó en su mente y dejó de comer. No debería importarme. Me ha hecho cosas horribles, y a madre, y a Lila. Cerró los ojos. Pero me importa.

—Claro. —Xena se sentó, sacó un trozo de pan de la cesta, arrancó un poco y se quedó mirándolo largamente, luego se lo metió en la boca y masticó despacio. Entonces levantó la mirada y se fijó en la cara de Gabrielle, y quitó la cesta de en medio—. Oye... —Se acercó más, le puso a la bardo una mano en el hombro y le quitó el bocadillo de los dedos repentinamente inertes.

—No debería sentirme mal —susurró Gabrielle, mirando por la ventana—. Sabía que lo más seguro era que hiciera eso. —Tomó aire temblorosamente—. Sé que ha hecho cosas... malas. Contra nosotras. —Se contempló las manos—. Pero así y todo, me duele. —A ciegas, alargó la mano y enganchó los dedos en la túnica de cuero de Xena, se acercó y hundió la cara en el familiar olor ahumado del cuero, dejando caer sus defensas, y por fin se echó a llorar.

—Debe de ser horrible tener que quitar todas estas manchas de agua del cuero —dijo por fin con voz ronca, un rato después, y sintió la mano de Xena que le acariciaba el pelo como respuesta—. Creo que después de esto te voy a deber una túnica nueva. Me alegro de que no tengas puesta la armadura... me pasaría una vida quitándole la herrumbre. —Levantó la vista y soltó el aliento que llevaba largo tiempo conteniendo—. Gracias... por enésima vez desde que estoy aquí, creo. Siento no parar de llorar encima de ti.

¿Debería contarle mi pequeño encuentro con su padre? Xena se debatió consigo misma. ¿Hace falta que lo oiga? Probablemente no. ¿Necesito contárselo? Probablemente no. Pero esta... conexión... me dificulta mucho ocultarle cosas y puede que no sea bueno. Suspiró.

—Cuando... salí a montar con Argo, me... tu padre me siguió.

Los ojos de Gabrielle se endurecieron y levantó la cabeza del pecho de Xena, para mirarla a la cara atentamente.

—¿Qué pasó?

Y se lo contó, hasta el último detalle y el último movimiento, con un tono frío y distante. Vio que la mirada de la bardo se hacía introspectiva y esperó una respuesta que tardó mucho en llegar.

—Creo que acabo de descubrir algo horrible sobre mí misma, Xena —susurró Gabrielle por fin, abrazándose a sí misma.

La guerrera le puso una mano vacilante en el hombro y notó el estremecimiento cuando la tocó. Sin decir nada, dejó caer la mano, sin hacer caso de la dolorosa puñalada que sintió en el corazón por esa reacción.

—¿Qué...? —Y tuvo que parar para carraspear.

—Quería que hicieras eso —contestó la bardo, con tono distante—. Quería ver cómo le dabas una paliza y hacías que se sintiera...

—¿Como te sentías tú? —El tono de Xena era suave—. ¿Como se sentían tu madre y Lila? Gabrielle, es normal sentir eso. —Por los dioses... ya sabía yo que no se lo tenía que haber contado.

—Para mí no —fue la triste respuesta—. Romper el ciclo del odio, ¿recuerdas, Xena? Ahora yo soy parte de ese ciclo.

—No. —Un gruñido bajo y retumbante que hizo que Ares se agazapara en el rincón, mirándola con ojos parpadeantes—. No lo eres, Gabrielle, ¿me oyes? —Se levantó de la cama y se dejó caer sobre una rodilla, cogió la cara de Gabrielle entre las manos y la obligó a mirarla a los ojos—. No digas eso jamás. Fuiste maltratada... dioses, por él, Gabrielle... tienes todo el derecho... toda la... necesidad... de desear que sienta lo que sentías tú. —Su voz se hizo más profunda—. Tú no sientes odio, Gabrielle, no lo llevas dentro... porque yo lo conozco mucho mejor de lo que lo conocerás tú nunca... y reconocería el menor indicio... y no lo encuentro en ninguna parte de tu corazón. —Hizo una pausa y miró fijamente a los ojos verdes clavados en su rostro—. Te conozco... en algunos sentidos mejor de lo que me conozco a mí misma. Confiaría en tu corazón para cualquier cosa... con cualquiera... porque eres la persona más amorosa, más compasiva y más bella que he conocido en mi vida. —Una pausa más larga—. No lo dudes jamás.

¿Cuántas veces me has dicho que es mi fe en ti lo que te mantiene intacta, Xena? Su mente repasó las palabras, saboreándolas con agridulce intensidad. Y yo más o menos lo sabía. Pero nunca pensé que iba a necesitar tu fe en mí tanto como ahora. Aflojó los brazos con que se rodeaba a sí misma, alzó las manos, aferró los dedos de Xena con los suyos y tiró de sus manos para colocarlas entre las dos. Se las llevó a los labios y cerró los ojos mientras las besaba. Y se entregó a la fe de Xena, sintiendo que la culpa oscura y pesada se iba disipando poco a poco bajo esa firme mirada azul.

Se hizo un largo silencio, interrumpido únicamente cuando Xena volvió a sentarse en la cama y abrazó a la bardo, y luego únicamente por el sonido de su respiración casi inaudible y los crujidos de las tablas de madera que las rodeaban.

Gabrielle se había sumido en un duermevela soñador cuando notó que Xena se ponía rígida y sintió una descarga casi física que la atravesaba.

—¿Qué? —preguntó, levantando la cabeza.

Xena se llevó un dedo a los labios y ladeó la cabeza. A lo lejos, un trueno débil y apagado.

—Caballos —contestó, concentrándose—. Se mueven deprisa y vienen hacia aquí. —Entonces oyó los ásperos gritos y se levantó, alcanzando su armadura—. Guerreros... probablemente una banda de forajidos. —Y los primeros alaridos de las afueras—. Problemas.

Con dos tirones rápidos, se abrochó la armadura, y con un tercero fijó la vaina a sus correas.

—Muy oportuno —suspiró, mientras se dirigía hacia la ventana—. Te veo abajo. —Ni se planteó que Gabrielle se quedara atrás... hacía ya tiempo que eso no se planteaba.

—Bien —afirmó la bardo, agarrando su vara, y se quedó mirando mientras su compañera saltaba por la ventana, sobre el tejadillo del porche, luego daba una voltereta en el aire y caía hacia el suelo—. No me podría inventar a nadie más asombroso que ella —le murmuró a Ares, al tiempo que abría la puerta y corría escaleras abajo.

Xena aterrizó en el suelo justo en el momento en que los primeros jinetes entraban a la carga en la aldea, blandiendo antorchas encendidas, directos hacia los aldeanos con lanzas y picas de hierro. Eran la típica banda, pensó la guerrera mientras se dirigía hacia el primero de ellos a la carrera, espada en ristre.

El primero de los asaltantes bajó la pica y no alcanzó por los pelos a la mujer que corría. Levantó la vista justo cuando un cuerpo enfundado en cuero se le tiraba encima y lo hacía caer del caballo, y ambos rodaron por el suelo. Empezó a levantarse, blandiendo aún la pica con una mano, pero Xena bloqueó el ataque, se montó de un salto en el resollante caballo y dirigió al animal con las rodillas hacia la avalancha de asaltantes.

Eran como una docena y media y tres de ellos cayeron bajo su espada antes de que los demás se dieran cuenta de que en este pueblecito había algo más de lo que se esperaban. Con un grito salvaje, Xena cargó contra ellos, alternando las estocadas brutales de su espada con golpes demoledores que atravesaban su media armadura como si estuviera hecha de tela.

Una choza estaba en llamas. Maldiciendo, Xena frenó a su montura y miró a su alrededor y vio a Gabrielle, que ya se dirigía al edificio.

—¡Yo me ocupo! —le gritó la bardo, haciéndole un gesto para que se fuera, y blandió la vara con fuerza en redondo para eliminar a un asaltante que había desmontado, al que alcanzó limpiamente en la cabeza y que se desplomó en el suelo sin el menor ruido.

—Bonito... —se dijo Xena, luego se bajó del lomo del caballo y se puso a atacar a los asaltantes a pie. El más alto de ellos consiguió agarrarla y le estampó el antebrazo en la cabeza. Ella rodó con el golpe y se levantó inmediatamente, avanzó y lo alcanzó en la cara con un buen codazo. Él la miró un momento, atónito, y luego cayó deslizándose por su cuerpo hasta la tierra removida del patio.

Oyó cascos de caballo que se acercaban y al levantar la mirada, vio a un lancero a caballo que cargaba contra ella, con los ojos entornados tras el visor de cuero duro. Xena sonrió y esperó a que la punta estuviera a un milímetro de distancia de su cara, entonces se echó a un lado y agarró la lanza, plantó ambos pies con fuerza en la tierra y aguantó el tirón.

Desmontó al jinete y utilizó el extremo de la lanza para darle un golpe brutal en la cara que lo mató al instante.

Ahora oyó unos cascos más pesados y cuando esta vez levantó la mirada, se le heló la sangre en las venas. Un jinete cargaba no contra ella, sino contra una figura solitaria que estaba en medio del camino que llevaba a una casa conocida.

El animal era inmenso, casi del doble de tamaño que Argo, y el jinete... A Xena se le congeló la mente. Más alto que un hombre, con cabeza y cuello de toro.

—Un minotauro —murmuró y sintió que se le aceleraba el corazón. Y Herodoto estaba plantado justo delante de él.

El tiempo se hizo más lento, como siempre le sucedía en momentos como éste. Y tuvo un único y mero instante para comprender que podía no hacer nada y dejar que este hombre, que había hecho daño a su familia, que le había hecho tanto daño a su Gabrielle, se llevara su merecido. A manos de un enemigo que ella sabía que tenía pocas posibilidades de vencer.

—Maldición. —Y echó a correr, propulsando su cuerpo con largas y poderosas zancadas que devoraban la distancia cada vez a mayor velocidad, al tiempo que envainaba la espada y se lanzaba hacia el caballo galopante, el minotauro y Herodoto.

El minotauro alzó el garrote para asestar el golpe mortal, soltando un rugido resollante que estremeció el suelo con su furia. Bajó el brazo, pero el garrote quedó bloqueado de repente por una figura que volaba por el aire, que giró en pleno salto y que recibió el fuerte golpe en las placas de bronce de su armadura.

Ay. Xena hizo una mueca de dolor cuando el garrote se estrelló en su armadura, pero eso no le impidió enganchar las manos en el arnés de cuero, aprovechando el impulso para dejarse caer por el otro lado del caballo con la esperanza de que su peso bastara para hacerlo caer con ella.

Y así fue, aunque por los pelos, y los dos cayeron y se estamparon con el tronco del árbol contra el que estaba arrinconado Herodoto. Xena sintió que le bailaba el cerebro por el impacto, pero no hizo caso de la desagradable sensación y se apartó del tronco de un salto y se puso en pie, encarándose al minotauro. Oh... madre mía. Qué peligro.

—Vete de aquí —le gruñó a Herodoto—. ¡Vamos!

Él obedeció, pero no se alejó mucho, sólo se puso fuera del alcance de su espada y del minotauro resollante y babeante.

—Vas a morir —dijo ásperamente el medio hombre, medio bestia, abalanzándose contra ella.

—Eso ya lo he hecho —respondió Xena, parando el golpe con el brazal y dándole uno a su vez, que hizo que la bestia se tambaleara, sorprendida. ¿Qué era eso que me decía Gabrielle? ¿Que me convenzo a mí misma de que puedo hacer las cosas? Pues muy bien... a ver si puedo convencerme de que puedo derrotar a... esto.

El minotauro sacó la espada y la atacó, ella respondió y se pusieron a intercambiar golpes que hacían saltar chispas de sus espadas y lanzaban un siseo etéreo por el camino cuando las armas se rozaban entre sí.

La atacó de nuevo, empujando la espada con fuerza contra la suya y aprovechando su mayor tamaño para intentar clavarla al árbol, pero Xena se movió de lado, desvió la fuerza de la estocada y le hundió la empuñadura de su espada en el costado, lo cual le hizo soltar un gruñido de dolor y corresponder con un golpe que le dejó la cabeza como si la tuviera llena de campanas repicando.

Sabía que la había dejado aturdida y soltó un bramido de triunfo al tiempo que le rodeaba el cuello con las manos, y ella no pudo impedírselo.

El mundo empezó a apagarse bajo la presión de sus manos agarrotadas y sintió un leve zumbido que le iba llenando los oídos. Ahora estaba todo en silencio, salvo por el zumbido, y se estaba poniendo todo oscuro, y su cuerpo estaba demasiado cansado para obedecer sus órdenes instintivas de luchar.

No puedo... Su mente flotaba en una bruma gris. No puedo marcharme... tengo algo... que hacer. Alguien... a quien ver. Y una lanza descarnada y vívida de terror atravesó la oscuridad y desterró el zumbido, al tiempo que ella volvía a hacerse con el control de su cuerpo, levantaba las manos y le aferraba los brazos peludos. Con esto, o me salvo o me mato, proclamó su mente con calma.

Y dobló el cuerpo hacia arriba, apoyó las botas en su pecho y empujó con toda la fuerza que fue capaz de darles a sus piernas. Se le tendría que haber roto el cuello, pero en cambio, consiguió que soltara las manos y que se estampara contra el árbol. Y el mismo impulso la lanzó hacia atrás por el aire, dando una voltereta que su cuerpo logró controlar de algún modo, y aterrizó en el polvo, donde llenó los pulmones de aire con bocanadas inmensas.

Vio que se lanzaba hacia ella, con los brazos abiertos, demasiado rabioso para recordar quién era ella o lo que tenía en la mano. Se agachó y luego se levantó de golpe en el momento en que él saltaba, su espada le atravesó la armadura y se hundió en su inmenso pecho al tiempo que la estocada hacia arriba detenía su caída y lo lanzaba hacia atrás, con la espada de Xena hundida hasta la recia empuñadura en el cuerpo.

Los dos cayeron al suelo y Xena se apartó de él rodando, se sujetó sobre una rodilla, apoyándose en la otra, y esperó a que le dejara de temblar el cuerpo y el mundo dejara de dar vueltas.

Oyó pasos a la carrera cuyo sonido le resultaba familiar y cuya presencia no despertó alarmas en sus maltrechas defensas. Sacó fuerzas de algún lado para ponerse en pie con un esfuerzo, justo a tiempo de frenar la carrera desbocada de Gabrielle hacia ella y estrechar a la bardo entre sus brazos aún temblorosos.

—Sshh... tranquila.

—Por los dioses... creí... casi te... —jadeó la bardo, palpando el cuello magullado de Xena—. Oh... Xena.

—Tranquila, Gabrielle. Estoy bien. Tú... ve a ver cómo está tu madre... yo estaré bien. Sólo necesito recuperar el aliento —le aseguró la guerrera, estrechándola para recalcar lo que decía—. Ve.

Los ojos verdes se clavaron en los suyos durante largos instantes.

—Ahora mismo vuelvo —prometió la bardo—. Luego voy a ocuparme de ti, porque no tienes aspecto de "estar bien". ¿De acuerdo?

Xena le sonrió con cansancio.

—Trato hecho.

Y se alejó por el camino, mirando apenas a su padre al pasar.

Xena observó la cara de éste, que la seguía con la mirada, y luego se encontró con sus ojos cuando se volvió hacia ella. Y captó, por un brevísimo instante, un atisbo de un chiquillo de ojos desorbitados cuyo espíritu le resultó muy familiar.

Luego desapareció y sus ojos volvieron a enturbiarse.

—¿Por cuál de los dos apostabas? —fue la tranquila pregunta de Xena, al tiempo que sentía que recuperaba su nivel de energía y su fuerza. Fue hasta la figura tirada del minotauro, le puso una bota en el pecho, agarró su espada con las dos manos y pegó un buen tirón que le arrancó el arma del pecho.

Herodoto se quedó mirándola largamente.

—No lo sé. —Hizo una pausa—. ¿Por qué no has dejado que me matara? No habrías perdido nada.

Xena apartó la mirada de su espada, que estaba limpiando en los calzones del minotauro, y lo miró fijamente.

—Ya tengo mucha sangre en las manos. No quiero la tuya. —Envainó la espada y avanzó hacia él—. Lamento decepcionarte.

—Pero no habrían sido tus manos, ¿no? —preguntó apagadamente.

—Ah, sí, claro que lo habrían sido —replicó la guerrera—. Sabía que podía impedir que te matara. —Hizo una pausa y luego meneó la cabeza—. Lo que no sabía era si podía impedir que me matara a mí.

—No te entiendo —replicó Herodoto—. ¿Qué motivo podrías tener para arriesgar tu vida por mí?

Xena llegó hasta él, obligándolo a levantar la cabeza para mirarla, y se quedó callada durante largos instantes. Luego suspiró.

—Que ella te quiere.

Herodoto la miró fijamente.

—¿Así de simple?

—Así de simple —fue la respuesta. Fue girando para examinar el pueblo, que estaba recuperando algo parecido al orden. Las bandas de asaltantes eran algo corriente, en esta parte del mundo. Suspiró de nuevo y echó a andar hacia la posada.

—Xena —la siguió la voz de Herodoto.

—¿Sí? —Se volvió para mirarlo.

—Apostaba por ti. —Y por un mero instante, el chiquillo de ojos desorbitados volvió por sus fueros. Luego desapareció y un hombre ya mayor deshecho durante demasiados años emprendió el camino de regreso a su casa.

Xena meneó despacio la cabeza y se rió por lo bajo, luego se dio la vuelta y se dirigió de nuevo a la posada, pasando por entre grupos de aldeanos que la miraban con ojos atentos. Bueno... al menos no lo hacen con franca hostilidad, pensó. Hemos mejorado. Se detuvo cuando una de las niñas se le acercó y le ofreció un odre de agua.

—Gracias. —Aceptó el odre y sonrió a la niña a cambio.

Con timidez, la chiquilla rubia sonrió a su vez y agachó la cabeza mientras regresaba donde su madre, según parecía, la estaba esperando. Dioses... ¿alguna vez he sido tan joven? Xena suspiró, quitó el tapón del odre y echó un buen trago. Y continuó caminando, desviándose para entrar en la cuadra y visitar un momento a Argo para asegurarse de que estaba bien.

—Te has perdido un buen espectáculo, chica —informó a la yegua, que la miró masticando heno apaciblemente—. No te habría gustado nada ese minotauro. —Puso los brazos sobre el alto lomo de la yegua y apoyó la cabeza en el hombro dorado—. Ha faltado menos de lo que a mí me gusta, Argo —murmuró en el pelo del caballo—. Por un momento... —Tomó aliento y se irguió, rechazando la idea. No ha ocurrido. Eso es todo.

Se dio la vuelta, se apoyó en la yegua y bebió otro largo trago de agua, haciendo una mueca por el sabor metálico a sangre, y se dio cuenta de que con ese último golpe del minotauro se había mordido la mejilla por dentro. Oh... cómo me va a doler. Suspiró, movió la cabeza de lado a lado para aflojar los músculos del cuello y oyó el crujido de las vértebras maltratadas. Con todo, comentó una voz muy ufana y satisfecha en su interior, no había estado nada mal, teniendo en cuenta que había acabado con la mayor parte de los asaltantes y había matado a un minotauro en combate singular. Me parece que aún no estoy del todo como para jubilarme.

La puerta se abrió y levantó la mirada cuando entró Gabrielle, que cerró la puerta al pasar y cruzó el suelo cubierto de paja con paso decidido.

—Hola —dijo, cuando llegó al lado de Argo.

—Hola, tú —replicó Xena, ofreciéndole el odre de agua.

—Gracias. —Lo cogió y bebió. Luego observó atentamente el rostro de Xena—. Menudo susto. —Se acercó más y alzó una mano para tocar las marcas amoratadas que tenía la guerrera en el cuello—. No me... Por un momento, he pasado muchísimo miedo.

Xena la envolvió entre sus largos brazos.

—Yo también —confesó, cerrando los ojos y hundiendo la cara en el pelo claro de Gabrielle durante largos instantes. No podía dejar esto... ahora no. Todavía no—. Bueno, supongo que puedo tachar al minotauro de mi lista de desafíos, ¿no?

Notó que la bardo se reía.

—Sí, supongo. —Echó la cabeza hacia atrás y miró a su compañera—. ¿De verdad tienes una lista?

Xena sonrió.

—Claro, ¿no la tiene todo el mundo? —Estrujó a la bardo—. Ah... y por cierto, hazme un favor y cuéntale a Hércules la historieta del minotauro y yo la próxima vez que nos los encontremos, ¿vale?

Gabrielle se soltó y la miró perpleja.

—Espera un momento. ¿Es que te has dado un golpe en la cabeza? Me ha parecido oírte... ¿me estás pidiendo que le cuente a alguien una historia sobre ti?

—Pues sí —confirmó Xena, pasándole a Gabrielle un brazo por los hombros y llevándola hacia la puerta—. Nos hemos apostado cincuenta dinares a que no soy capaz de derrotar a un minotauro en un combate cuerpo a cuerpo.

La bardo se echó a reír.

—¿Cincuenta dinares? ¿Pero estáis chalados? ¿Qué otras cosas os habéis...? Oh... espera. Olvida la pregunta. ¿Él puede derrotar a un minotauro?

—Seguro que sí... —respondió Xena—. Recuerda que es un semidiós.

—Mmm. —Gabrielle se lo pensó un momento—. ¿Alguna vez apostáis el uno contra el otro? —preguntó, con curiosidad—. O sea, ¿tú contra él?

—Gabrielle... que es hijo de Zeus —dijo la guerrera riendo—. Y la última vez que lo comprobé... —Se palpó un lado de la mandíbula e hizo una mueca de dolor—. Yo soy mortal. No tendría muchas posibilidades.

Cruzaron el patio ahora vacío, de donde ya se habían llevado los cuerpos y que estaba pintado por las bandas carmesí de la puesta de sol. Ya estaban casi en la puerta de la posada cuando Gabrielle rompió el silencio.

—Yo apostaría por ti.

—¿Qué? —preguntó Xena, y casi se le resbaló la mano en el picaporte al volverse para mirar a su compañera.

—He dicho que si te enfrentaras a él, yo apostaría por ti —repitió la bardo con calma—. Ahora, ¿me vas a dejar que eche un vistazo a esas marcas? —Alzó las cejas al mirar a Xena, que estaba ahí plantada sujetando la puerta abierta con un leve ceño.

—Estoy bien, Gabrielle, no es más que... —Se fijó en la expresión de esos ojos verdes—. Vale... vale... sí, te dejo. —Y consiguió no sonreír con un gran esfuerzo—. Adelante, majestad.


Pensándolo bien, reflexionó Xena, no mucho después, no ha sido tan mala idea después de todo. Estaba tumbada en la cama, con Gabrielle sentada con las piernas cruzadas a su lado, y la bardo le aplicaba concienzudamente un aceite curativo en las magulladuras causadas por los asaltantes y el minotauro.

—Dioses... eso te tiene que haber dolido —comentó la bardo con una mueca, tocando el punto donde había recibido el golpe que era para Herodoto. Extendió el aceite con dedos delicados, luego levantó la mirada y se encontró con los ojos azules tiernamente risueños que la observaban. Al verlo, se le extendió una sonrisa por la cara, que le fue correspondida inmediatamente—. Sabes... cuando vi a esa cosa que iba derecha hacia él... me di cuenta de que tenías razón, Xena. No lo odio.

—Ya lo sabía —fue la tranquila respuesta.

—Sí... es cierto... eché a correr hacia él... aunque sabrán los dioses qué pensaba que iba a hacer cuando llegara allí. —Miró a Xena con sorna—. Entonces me adelantaste como si me hubiera quedado parada... y no sé si estaba más muerta de miedo por ti o aliviada por él. Qué raro. —Hizo una pausa, luego sonrió de nuevo y le dio una palmadita a Xena en el muslo—. Hay que ver cómo te mueves cuando quieres.

—Me defiendo —contestó Xena, con modestia—. Y si te sirve de consuelo, la verdad es que yo tampoco tenía ningún plan sobre lo que iba a hacer cuando llegara allí.

Gabrielle se quedó mirándola y soltó una risita.

—¿En serio?

Xena le puso una mano distraída en la rodilla.

—En serio... no tengo un plan de prevención para minotauros.

—Ojalá hubiera podido hacer algo para ayudar —suspiró la bardo, contemplándose las manos—. En lugar de quedarme ahí plantada muerta de miedo.

La mano que descansaba sobre su rodilla la agarró y levantó la vista, sobresaltada, para mirar a los ojos ahora serios de Xena.

—¿Qué? Oh... ya sabes lo que quiero decir, Xena... sólo estaba...

—Esta mañana le dijiste una cosa a tu madre. —El tono de la guerrera era muy apagado.

Le dije muchas co... oh.

—Sí, es cierto. —Pues sabía casi con toda seguridad a qué se refería—. Y es la verdad. —Es la verdad que no podría vivir sin ti... sin esto... ya no... Se me había olvidado que lo había oído. Sonrió por dentro. Pero me alegro de que lo oyera, aunque seguro que le dio un poco de corte... Es decir, primero esto del vínculo vital, luego...

Xena asintió despacio.

—Creo que sabes que es mutuo. ¿Verdad?

Gabrielle sintió que se ruborizaba.

—Pues... mm... —Respira, Gabrielle, respira...—. No, no lo sabía —terminó, con un susurro casi inaudible.

—Quería... asegurarme de que lo supieras. —Xena respiró hondo—. Porque... cuando esta tarde el minotauro estaba estrangulándome... lo único que me hizo seguir... —Se calló, alargó la mano y agarró los dedos inmóviles de la bardo—. Fue saber que tenía una razón para no morir. —Esperó a que los ojos verdes se posaran en los suyos, como así hicieron—. Sentí tu miedo... y eso me dio la fuerza de voluntad necesaria para soltarme, Gabrielle. Así que... no te quedes ahí diciéndome que no hiciste nada. —Una breve pausa—. Porque sí que lo hiciste.

Gabrielle tomó aliento varias veces para decir algo, pero al final levantó sus manos unidas y apretó la mejilla sobre los nudillos de Xena, cerrando los ojos y sonriendo. Y confiando en que el vínculo que las unía hablara por ella. Para ser bardo, tengo una tendencia nefasta a permitir que me deje sin palabras. Qué... bochorno. Pero creo que capta el mensaje.

Y efectivamente, habló por ella, pues sintió un tirón hacia abajo y se dejó caer en brazos de Xena, hundiéndose en la poza de luz carmesí que se derramaba sobre las dos.

—Oye —murmuró Gabrielle, bastante después—. Vi cómo te golpeaba... ¿qué tal la cabeza? No tienes conmoción, ¿verdad?

—Mmm. —Xena abrió los ojos de mala gana y pensó en la pregunta—. No... no creo. Normalmente tengo una... sensación como de niebla justo después, cuando me ocurre. Esta vez no. —Levantó la mano con indolencia y se dio unos golpecitos en la cabeza—. Bien dura.

La bardo ladeó la cabeza para mirar a Xena.

—¿Te ocurre tan a menudo? Sabes que no es nada bueno. —Arrugó la frente con preocupación. ¿Cómo no se me ha ocurrido antes? Por los dioses, Gabrielle, ¿cómo puedes estar tan ciega?

—Un par de veces. —Xena se encogió de hombros—. Intento evitarlo, amor. No me apetece que se me revuelvan los sesos. —Y sonrió en silencio al darse cuenta de la naturalidad con que se le había escapado ese término cariñoso. Incluso con Marcus, había tenido que hacer un esfuerzo consciente para emplear palabras como ésa. Con Gabrielle no. Simplemente... le salían. Advirtió que Gabrielle no decía nada, pero tampoco podía disimular el brillo de sus ojos.

—No, supongo que no —contestó Gabrielle, más animada. Miró por la ventana—. Bonita puesta de sol. —Guiñó los ojos y se quedó mirando la luz rojiza, notando el calor en la cara—. Echo de menos contemplarlas ahí fuera.

—¿Sí? —preguntó Xena con curiosidad—. Creía que preferías estar bajo techo. —No como yo, por ejemplo.

La bardo hizo un gesto negativo con la cabeza y se puso boca arriba, por lo que se quedó mirando el techo manchado de carbón.

—No... echo de menos mirar las estrellas contigo —contestó con tono soñador—. O imaginar formas en las nubes... o contemplar la puesta del sol. Escuchar cómo cambian los ruidos de los animales del día a la noche. Oír las cascadas que tan bien se te da encontrar para que acampemos cerca. —Hizo una pausa—. Me alegro de que nos marchemos mañana.

Xena se lo pensó.

—Yo también. —Se rió suavemente—. Y tenemos mucho viaje por delante hasta llegar a Cirron.

—Mmm —asintió Gabrielle—. Va a estar bien volver a ver a Jess.

—Ya lo creo. —La guerrera suspiró—. Verás la que me va a montar.

La bardo ladeó la cabeza.

—¿Por qué? Oh... por... —Sus ojos pasaron de la una a la otra.

—Sí —dijo Xena con aire mortificado.

Gabrielle soltó una risita.

—¿Todos esos comentarios insidiosos eran por eso?

La respuesta fue un suspiro.

—No te preocupes. —Le dio unas palmaditas a Xena en el hombro—. Yo te protejo. Le diré que te deje en paz o me invento una historia sobre él y se la cuento a todos sus amigos.

Le respondió una gran sonrisa deslumbrante.

—Ven aquí.

—¿Eh? ¿Qué...? Oh. —Gabrielle cerró los ojos y disfrutó del beso, dejando que su calor se derramara a través de ella como el vino especiado en una noche fría—. ¿Te he comentado alguna vez lo bien que haces eso? —murmuró, cuando hicieron una pausa para respirar.

—Pues sí —fue la guasona respuesta—. Pero nunca viene mal practicar.

—No —replicó la bardo—. Además... —Deslizó una mano por las costillas de Xena y notó cómo se agitaban los músculos bajo sus dedos—. Hay que tener mucho cuidado con eso de que te han dado en la cabeza. Será mejor que no duermas durante un rato.

—Oh... ésa sí que es buena —dijo Xena riendo—. Me gusta. —Colocó a Gabrielle en una postura más cómoda y le pasó una mano por la parte frontal del cuerpo, sonriendo cuando se le cortó la respiración—. Voy a tener que conseguir que me den en la cabeza más a menudo. —Entonces dejó de hablar y se limitó a reaccionar.


—¿Xena? —Gabrielle, cómodamente tumbada encima de Xena, levantó la cabeza para mirar atontada a la guerrera medio dormida. Mucho más tarde.

—¿Mmm? —Xena abrió un ojo azul y la miró con benévolo cariño.

—¿Está bien... o sea, estás cómoda así? ¿Dejando... que te use como una gran almohada? —Se sonrojó. Ya era hora de que se lo preguntaras, ¿no te parece?—. O sea... con sinceridad. —Es decir, ¿puedes respirar con todo este peso encima de las costillas, por ejemplo?

Xena arrugó el entrecejo y se rió en silencio, con un temblor interno que Gabrielle notó.

—Claro que sí, Gabrielle. Éste es tu sitio. —Le revolvió el pelo a la bardo y le frotó la espalda suavemente—. A mí... me gusta.

Palabras dichas como si tal cosa..., pensó Gabrielle, mientras se deslizaban por su alma y le atenazaban el corazón con un brusco espasmo. Éste es mi sitio. En su interior prendió un grito de alegría que se extendió por su cuerpo y salió a la superficie en forma de sonrisa descontrolada y una inmensa inhalación.

—Me alegro —suspiró, y volvió a bajar la cabeza y a relajarse.

Je... algo he dicho bien. Xena miró a la bardo con curiosidad, notando la reacción en su cuerpo y a través del vínculo que las conectaba. Entonces se acordó... la imagen de una escena ocurrida hacía ya más de dos años. "Éste no es mi sitio", había dicho la joven aldeana rubia. Y Xena percibió la verdad de sus palabras, incluso entonces. Pero esto no te lo esperabas, ¿verdad?, rió su mente. Las dos habían estado buscando algo. Y pensar que lo hemos encontrado la una en la otra. ¿Qué probabilidades había de que eso ocurriera?

Se quedaron tumbadas un rato en silencio, las dos ensimismadas. Por la ventana se colaban los ruidos apagados de la actividad del patio y la brisa que entraba traía el olor a humo de leña.

—Se deben de estar preparando para la boda de mañana —comentó Xena, a lo que la bardo asintió.

—Sí... —Gabrielle bostezó y levantó la cabeza, apoyando la barbilla en el hombro de Xena—. No creo que ahora mi padre vaya a decir nada si estás presente. —Sus labios se curvaron con una sonrisa—. Pero podrías ser amable y no aparecer con armadura.

Xena la miró enarcando una ceja.

—Ya veremos —comentó—. No has comido en todo el día. ¿Tienes hambre?

—Un poco. —Gabrielle la miró con ojos soñadores—. Pero no lo suficiente para moverme o hacer nada al respecto. —Sus ojos se posaron en el cuello de Xena, a pocos centímetros de distancia—. Ya están desapareciendo. —Meneó la cabeza y levantó una mano para tocar delicadamente las marcas del cuello—. Increíble.

Xena echó de repente la cabeza a un lado, en actitud de escucha. Cascos de caballos, de nuevo, pero esta vez más lentos, más decorosos.

—¿Qué? —preguntó Gabrielle suavemente, al percibir el cambio en ella y ver cómo se le ponían los ojos distantes mientras concentraba sus otros sentidos.

—Caballos, son dos —contestó Xena, esbozando una leve sonrisa, cuando los cascos se detuvieron en el patio y el callado murmullo de voces llegó hasta ellas flotando en la brisa—. Será mejor que nos vistamos.

—¿Quién es? —susurró la bardo, echando una mirada hacia la ventana y observando luego su cara. No debe de ser muy grave, está sonriendo.

—Madre y... —Se concentró y luego sofocó una ligera carcajada—. Toris.

Gabrielle sonrió muy contenta.

—¡Genial! —Hizo una pausa—. ¿Te parece bien que les cuente lo del minotauro?

Xena se encogió de hombros.

—No tiene sentido que no se lo cuentes... de todas formas, se lo van a oír a todo el mundo. —Rodó hacia un lado y se levantó, llevándose a Gabrielle de paso, y depositó a la bardo limpiamente sobre los pies—. Ya estás.

—Gracias. —La bardo le dio una palmadita en el costado—. Toma. —Le pasó una túnica del morral que estaba cerca de la cama y sacó una para sí misma—. Cuidado, Ares. —Rodeó al lobezno, que ahora estaba totalmente despierto, y se puso la prenda, se la ciñó y cogió una fruta de la cesta que estaba encima de la mesa—. ¿Hay alguna posibilidad de que tu madre les dé algunos consejos de cocina? —bromeó, mordiendo la manzana que tenía en la mano y volviéndose de cara a Xena.

Y se encontró con que unos dientes blancos, precisos y delicados, le quitaban el trozo de manzana de la boca y lo sustituían por un beso.

—Uuh —gorjeó, masticando apresuradamente lo poco que le quedaba y tragando—. ¿Podemos hacerlo otra vez?

—Luego —rió Xena, guiñándole un ojo, al tiempo que sujetaba la puerta abierta—. Primero vamos a saludar.

Llegaron al pie de las escaleras justo cuando Cirene y Toris estaban hablando en voz baja con el posadero. Quien levantó la vista al oír sus pasos en las escaleras y luego parpadeó, paseando la mirada entre Xena y los dos recién llegados.

—Vaya, vaya... qué casualidad verte aquí —sonrió Toris, quien rodeó al posadero para darle un abrazo de oso a su hermana, que le fue correspondido con cierto entusiasmo. Se separaron y él se quedó mirando a Gabrielle un momento.

La bardo captó su vacilación y le sonrió afectuosamente.

—Hola, Toris. —Y se acercó a él para abrazarlo. Él sonrió ampliamente y correspondió, con mucha más delicadeza que al saludar a Xena.

—Madre —dijo Xena, al tiempo que Cirene la abrazaba con energía—. Gracias por venir hasta aquí.

Cirene la miró enarcando una ceja.

—Cuando Johan me dijo... —Meneó la cabeza y bajó los ojos—. Luego hablamos. —Se volvió hacia Gabrielle con una sonrisa radiante y estrechó a la bardo entre sus brazos, luego la apartó sosteniéndola para mirarla largamente.

—Hola, mamá —dijo Gabrielle, con una sonrisa pícara—. No esperaba volver a verte tan pronto.

Xena se quedó mirando un momento y luego se volvió hacia el posadero, que los estaba mirando a todos fijamente.

—¿Algún problema? —le dijo, enarcando una ceja.

—Mm... ¿amigos tuyos, guerrera? —preguntó el hombre, vacilante.

—Familia —respondió Xena, saboreando la palabra en la boca, dándole vueltas y gozando de la sensación.

—Les daré la mejor habitación que tenga disponible —prometió el posadero, sonriéndole nervioso.

—¿Estás bien, hija? —le preguntó Cirene a Gabrielle en voz baja, mirándola preocupada a los ojos.

La bardo soltó aliento y asintió con la cabeza.

—Sí... ahora. —Sus ojos se posaron inconscientemente en la alta figura de Xena y luego volvieron a ella—. He estado en buenas manos.

Cirene le dio una palmadita en la mejilla.

—De eso estaba segura. —Se volvió hacia Xena—. ¿Nos sentamos a hablar? —Indicó las mesas, que dado lo tarde que era, sólo estaban ocupadas a medias.

—Claro —dijo Xena, y le puso una mano en la espalda a Toris para hacerlo avanzar—. Mientras no comamos nada de lo que sirven aquí —dijo susurrando apenas, sólo para que lo oyera Cirene.

Su madre se detuvo y la miró pensativa.

—Ahora mismo me reúno con vosotros. —Y se dirigió muy decidida a la cocina de la posada.

Xena sonrió y le guiñó un ojo a Toris. Quien le guiñó un ojo a su vez, con el entendimiento propio de los hermanos. Se sentaron a una mesa vacía, bebiendo las jarras de cerveza que les había traído el posadero.

—Bueno... —dijo Toris, recostándose y apoyando una bota en el soporte de la mesa—. ¿Qué os contáis?

Oyeron un estrépito en la cocina.

—Cirene, la Posadera Guerrera —murmuró Xena y salió disparada de la silla hacia la puerta, saltando por encima de dos mesas que le bloqueaban el camino.

Toris y Gabrielle se miraron el uno al otro durante un largo instante de pasmo y luego estallaron en carcajadas.

—Oh, dioses... —suspiró Gabrielle—. Qué falta me hacía. —Bebió un largo trago de la cerveza que tenía delante. Luego levantó la vista y se encontró con los ojos de Toris, que la miraban preocupados. Qué sensación más rara, pensó, ver los ojos de ella en la cara de él.

Toris se echó hacia delante, titubeó y luego habló.

—Escucha... no sé cómo decirte lo mal que me sentí cuando Johan nos lo contó. —Miró a su alrededor y luego volvió a centrarse en ella—. Eres como una segunda hermana para mí, Gabrielle...

Los ojos verdes lo miraron atentamente.

—No sabes lo que significa para mí... que hayáis venido los dos. —Se fijó en el leve rubor que le tiñó el rostro—. Gracias, Toris. Sois un encanto. —Hizo una pausa y ahora fue ella la que bajó los ojos—. El mero hecho de saber que tenía... —Se calló y notó el calor de su mano cuando se posó sobre la suya, que estaba encima de la mesa—. Y si tu hermana no hubiera estado aquí... no sé... qué habría hecho.

Toris sonrió.

—Eres de la familia, eso ya lo sabes —le aseguró—. Y... no tuve oportunidad de decírtelo... antes de que os marcharais... pero me alegro muchísimo de que lo seas. —Sus ojos brillaban suavemente—. Me alegro por las dos. —Levantó la vista cuando se abrió la puerta y devolvió la mirada curiosa del hombre alto y rubio que apareció en el umbral.

Gabrielle se volvió para ver a quién estaba mirando y sonrió.

—Hola, Lennat.

Lennat se acercó, sin dejar de mirar al hombre moreno de ojos azules que estaba sentado con ella.

—Hola. Mm...

—Oh... perdona —dijo la bardo, cayendo en la cuenta—. Mm... Lennat, éste es Toris. Es el hermano de Xena. Toris, éste es el prometido de mi hermana, Lennat.

Los dos hombres se miraron y entonces Toris sonrió afablemente y le ofreció el antebrazo.

—Encantado de conocer a un nuevo miembro de mi familia extendida —dijo despacio.

Lennat le estrechó el brazo.

—Mm... —Por su cara, era evidente que nunca se había planteado tal cosa—. Supongo que tienes razón... —Con cierto tono de sorpresa y placer—. Encantado también de conocerte.

Se sentó al lado de Gabrielle y se quedó callado unos minutos, asimilando a todas luces este nuevo cambio en su vida.

—Mis amigos me estaban haciendo la vida imposible —dijo por fin, como para justificar su presencia en este lugar a estas horas.

Todos levantaron la mirada cuando la puerta se abrió de nuevo y Lila, bostezando, asomó la cabeza en la sala.

—Ah, bien —dijo, al ver la conocida figura de su hermana. Entró del todo en la posada, arrebujándose en el chal para abrigarse—. Madre... —Entonces levantó los ojos y se dio cuenta de que había un desconocido en la mesa—. Oh... perdón... —Arrugó el entrecejo cuando se le acostumbraron los ojos a la luz y su mente intentó averiguar de qué le sonaba el hombre moreno sentado al lado de su hermana.

—Deja de intentar recordar de qué me conoces —suspiró Toris, poniendo los ojos en blanco—. Me llamo Toris, no me conoces de nada, pero sí que conoces a mi hermana.

—¿A tu hermana? —preguntó Lila, mirándolo con la cabeza ladeada.

Toris la miró enarcando una expresiva ceja.

—¡Oh! —Lila se echó a reír—. No sabía que...

—Nadie lo sabe —dijeron Gabrielle y Toris exactamente a la vez.

La puerta de la cocina escogió ese momento para abrirse y Xena condujo a la sonriente Cirene hacia ellos, pero se detuvo un instante al ver a los recién llegados. Vaya... mira qué fiestecita se ha montado, rió su mente.

—Hola, Lennat, Lila —los saludó, inclinando la cabeza—. Saludad a mi madre, Cirene. —Miró al otro lado de la mesa—. Ya veo que habéis conocido a Toris. —Se sentó al lado de éste y se recostó, echando un brazo por el respaldo de su silla—. Es mi hermano.

—Jamás lo habríamos adivinado —lograron decir Lennat y Lila a la vez, entonces se miraron y se echaron a reír.

—¿Ha habido suerte? —le preguntó Gabrielle a Cirene, que soltó un resoplido.

—Yo diría... —comentó Xena, tras beber un largo trago de cerveza—, que las probabilidades de que nadie resulte envenenado mañana en la boda de tu hermana han aumentado de forma significativa.

—Bueno... ¿y qué ha sido ese ruido? —insistió la bardo, metiendo la mano por debajo de la mesa y haciéndole cosquillas a su compañera detrás de la rodilla. Lo cual le valió una ceja enarcada bruscamente y una sonrisa feroz. Se mordió el labio para no echarse a reír.

Cirene suspiró.

—Yo sólo intentaba...

—Madre ha puesto pegas al sistema de almacenaje que usan aquí —murmuró Xena, dirigiendo una mirada a Toris.

Éste hizo una mueca.

—Ah.

—Pavoroso —replicó ella—. Mucho.

Lila y Lennat se acomodaron y todos escucharon mientras Gabrielle relataba la historia del ataque de esa tarde. Xena dejó que se le relajaran los hombros mientras escuchaba el relato y observaba cómo los demás observaban a Gabrielle. Vio cómo se encogía su familia con la gráfica descripción que hacía la bardo de la lucha con el minotauro y respondió encogiéndose de hombros.

Lila y Lennat se levantaron cuando terminó y les desearon a todos buenas noches afectuosamente.

—La verdad es que madre me había enviado aquí para ver si todo iba bien —le murmuró Lila a Gabrielle cuando se abrazaron.

Gabrielle la miró extrañada.

—Pero si fui a verla cuando terminó todo... así que...

Lila sonrió y le apretó la mano.

—Estaba preocupada por Xena —susurró con aire conspirador.

—Ah. —La bardo sonrió—. Está bien. —Pero se le alegró el corazón por el detalle. Hasta eso se está arreglando, pensó—. Gracias por preguntar.

Lennat estuvo callado durante el corto trayecto de vuelta a casa, pero por fin suspiró, mientras avanzaban por el camino iluminado por la luna.

—Bueno... ¿qué opinas? —le preguntó por fin, deteniéndola y sentándose en una roca cercana. Dio una palmadita en la roca a su lado y ella se sentó, pegándose a él para calentarse.

—¿Qué opino de qué? —preguntó Lila, aunque se hacía ya una idea de a qué se refería.

—De todo esto —replicó Lennat.

—¿Con todo esto te refieres a la familia de Xena, o te refieres a mi hermana y ella, o...? —le tomó el pelo Lila, cariñosamente—. Vamos, Lennat, ¿qué me estás preguntando?

—Toris dijo que ahora éramos parte de su familia extendida —dijo Lennat, esquivando la pregunta—. Considera... supongo... no sé...

Lila se lo pensó.

—Considera a Gabrielle hermana suya —dijo pensativa—. Así que... supongo que yo también lo soy... y tú... bueno, tú vas a ser mi marido, así que... —Lo miró—. ¿Te molesta? —Dime la verdad, Lennat. Sabes que puedes.

—Es que... —Lennat suspiró—. Parece que se lo toma tan... como si fuera natural. —Sus ojos se posaron desazonados en los de ella—. Y para mí no es natural. Tú y yo... eso sí es natural.

Lila lo miró en silencio.

—¿Tú crees que se quieren menos que nosotros? —preguntó suavemente.

El rubio se quedó contemplando el bosque oscuro largamente. Por fin, posó la vista en sus manos y luego la miró de nuevo.

—No. —Hizo un mohín con los labios—. No lo creo.

—¿Entonces? —preguntó Lila—. Mira... yo tardé un poco en asimilar la idea... pero cuando lo hice, Lennat... cuando lo hice... dioses... ¿quiénes somos nosotros para decir qué está bien y qué está mal? Eso no puede estar mal... el amor no puede estar mal, Lennat... no cuando es así... es lo que tú y yo sentimos en estos momentos. ¿Cómo podrías negarle esa sensación a nadie?

Lennat se quedó mirándola.

—No puedo. —Soltó un largo suspiro—. No puedo y no quiero, y... ahora que he tenido la oportunidad de hacerme a la idea, para mí también va a ser natural. —Sus ojos sonrieron—. Y serán de nuestra familia, tuya, mía y de nuestros hijos. —Agitó las cejas—. Y además... —Empezó a sonreír—. En el mundo en que vivimos, se me ocurre gente mucho peor con la que estar emparentados.

Lila le puso una mano amorosa en la mejilla.

—Gracias, mi amor. —Levantó la vista—. Ahora, será mejor que vayamos a casa y descansemos. Me da la sensación de que mañana va a ser... un día muy largo.

Lennat se echó a reír.

—Me parece que tienes razón. —Se levantó y le ofreció el brazo—. ¿Mi señora? —dijo, recordando los juegos de príncipes y princesas a los que jugaban de niños. Lila sonrió y posó la mano en su brazo.

—Mi señor... —replicó, y echaron a andar por el camino iluminado por la luna.


Hoy no podemos dormir hasta tarde, pensó Xena, observando distraída cómo el cielo de fuera adquiría una tenue tonalidad de coral. Ya oía los ruidos de actividad fuera de la posada: los primeros tintineos apagados de los animales sujetos a los arneses, el eco del leve golpeteo del martillo ligero del herrero, la protesta lejana de una cabra... todo ello transportado por una brisa fría que también le traía el olor acre de las brasas de carbón y el suculento aroma de un asado en plena elaboración.

Deberíamos levantarnos... hay mucho que hacer ahí fuera. Miró a Gabrielle cuando ésta se movió, doblando las manos y arrebujándose más contra ella, tras lo cual se relajó de nuevo con un suspiro satisfecho. A Xena se le pasó una sonrisa por la cara mientras contemplaba a su compañera dormida. Bueno... tal vez unos minutos más. En realidad no tenía valor para despertarla... no con ese aspecto tan apacible. No cuando el hecho de estar pegadas era evidente que le provocaba esa sonrisita de deleite, que conmovía a Xena y disolvía su resolución como el hielo del río en una mañana de primavera. Me tiene vencida como si fuera una cría chocha de amor... eso debería molestarme. Se rió de sí misma. Salvo que lo disfruto tanto como ella.

Era agradable ver que Gabrielle parecía olvidar sus pesadillas cuando dormían así, y eso le ocurría desde hacía ya tiempo. Y las mías... Los ojos de Xena se endurecieron. Menos frecuentes que las de la bardo, pero más tenebrosas y violentas. Las dos dormían ahora toda la noche de un tirón... y eso también contribuía a que su relación durante el día fuera más cómoda. Se pone irritable cuando no duerme. Y yo me pongo de mal humor. No es una buena mezcla. Esto... ha sido bueno para las dos. Se le empezaron a cerrar los ojos de nuevo contra su voluntad, y suspiró, obligándose a abrirlos. No, no... Vamos ya, tenemos que hacer cosas hoy.

No debería haberme quedado levantada anoche hasta tan tarde con madre y Toris... menuda tontería. Sus labios esbozaron una sonrisa. Cirene se mostró cariñosa y amable con Gabrielle mientras ésta estuvo con ellos abajo, pero en cuanto la bardo les dio las buenas noches a su pesar y subió, su madre se pasó un buen rato despotricando indignada. Contra los padres de Gabrielle. Contra Potedaia. Contra la propia Xena, cuando cayó en la cuenta de que su hija había arriesgado la vida por "ese hombre".

Luego la obligó a subir, mencionando el combate y diciéndole que descansara. Xena meneó la cabeza, intercambió miradas significativas con su hermano y obedeció la sugerencia, acurrucándose con alegre placer al lado de su compañera en la habitación a oscuras.

Se le empezaron a cerrar los ojos otra vez y se lo permitió durante unos minutos, luego volvió a despertarse a la fuerza. Esto no funciona, se reconoció a sí misma.

Gabrielle se movió de nuevo y esta vez sus ojos se fueron abriendo despacio y sonrió a Xena.

—Buenos días. —Se estiró con placer sensual y aferró a la guerrera con más fuerza, estrujándola con un entusiasta abrazo.

—Buenos días a ti también —rió Xena—. ¿Y eso a cuento de qué viene?

—Porque puedo —fue la risueña respuesta, junto con otro achuchón. Miró hacia la ventana y luego de nuevo a los ojos indulgentes de Xena—. Porras. Ya es de día. —Un suspiro de fingida pesadumbre—. Supongo que tenemos que salir a ayudar, ¿no? —Y recorrió el costado de Xena con los dedos, sonriendo al ver la ceja enarcada que obtuvo como respuesta.

Xena asintió y pasó los dedos por el pelo de Gabrielle.

—Pues sí. —Tocó con delicadeza el borde externo de la oreja de la bardo y vio cómo se le aceleraba el pulso en el cuello.

La bardo se planteó por un momento la idea de convencer a Xena para que siguiera descansando, a sabiendas de que podía... pero reconoció que seguramente a su madre le vendría bien la ayuda. Y el apoyo. Se echó a reír de repente.

—Oh, dioses...

—¿Qué? —preguntó Xena, mirándola.

—Mi madre se va a volver loca cuando conozca a la tuya. —Rodó hacia un lado, sin parar de reír—. Va a ser digno de verse. ¿Te fijaste en cómo la miraba Lila por el rabillo del ojo? Cirene, la Posadera Guerrera. Dioses, Xena... casi me da algo por el ataque de risa.

Xena se apoyó en un codo y sonrió.

—Bueno, es que lo es. Dejó aterrorizada a esa pobre cocinera.

La bardo la miró y sonrió satisfecha.

—Entonces, supongo que te viene de herencia, ¿eh?

La guerrera la fulminó con la mirada y luego se echó a reír.

—Sí... tal vez sí —reconoció un poco cohibida.

Gabrielle contempló con afecto los familiares rasgos de su cara y siguió los rayos del sol por su cuello y por la amplia anchura de sus hombros. Y suspiró.

—Tenemos que ir a ayudar, ¿no? —Con pena. Entonces se distrajo de repente por la intensidad de los ojos azules que la miraban y que le produjo un calor sutil que se empezó a extender hacia fuera desde sus entrañas. Aahhh... a lo mejor podemos retrasarlo un poquito.

—Supongo que sí —contestó Xena, pero no parecía ser capaz de apartar los ojos de los de Gabrielle y descubrió que su mano se movía por su cuenta para acariciarle la cara. Sintió una sacudida sensual cuando la bardo le cogió la mano y le besó la palma, lo cual le aceleró el pulso. Me parece que esas tareas se van a quedar esperando un rato, rió su mente, al tiempo que se echaba hacia delante y notaba cómo las manos de Gabrielle se deslizaban por debajo de la tela de su camisa y emprendían una provocativa exploración, mientras sus labios se juntaban y el mundo desaparecía durante un rato.


—Sabes, podría acostumbrarme a esto del amanecer —dijo Gabrielle con guasa, un poco después, mientras subía mordisqueando la tripa destapada de Xena, para acabar acurrucada debajo de su barbilla y cómodamente instalada entre sus brazos—. Debería intentar despertarme así más a menudo. —Y notó que Xena tomaba aire profundamente y lo soltaba despacio, calentándole la parte posterior de la cabeza y lanzando una leve corriente por su cuello. Gabrielle sonrió... le daba gusto. Y también la risa grave que hubo a continuación y que le produjo pequeñas vibraciones por toda la columna. En realidad, eso me ha dado más que gusto. Cerró los ojos llena de contento.

—Tendré que recordarlo —comentó Xena, dirigiendo ahora una mirada abochornada a la ventana iluminada plenamente por la luz del día—. De verdad será mejor que vayamos a echar una mano o se nos va a caer el pelo.

—Mmm —suspiró Gabrielle—. Supongo que no puedo mandar la boda al Hades, ¿verdad?

—Gabrielle... —Un tono de advertencia, pero acompañado de risa.

—Tienes que ayudarme a ponerme ese vestido. Hay que abrochar varias docenas de cositas. Es peor que tu armadura —añadió la bardo, con tono de fastidio, y Xena la abrazó, luego la soltó, salió rodando de la cama y se puso en pie—. Está bien... está bien. —Saltó de la cama, se acercó donde Xena estaba hurgando en sus zurrones y acarició con las manos la espalda desnuda de la guerrera—. ¿Alguna vez te han dicho que tienes una espalda muy bonita?

Xena se dio la vuelta y se puso en jarras.

—Sólo tú, pero en varias ocasiones —contestó riendo con humor—. Vístete, Gabrielle. —Hizo una pausa y paseó los ojos por la figura de la bardo, que sonreía impenitente—. O no me hago responsable de explicar por qué te has perdido la boda de tu hermana.

Gabrielle cerró los ojos y respiró hondo.

—Será mejor que te vistas tú primero, o me va a dar igual perderme la boda de mi hermana. —Por los dioses... ¿qué me ha entrado hoy? Algo debía de tener la cerveza de anoche. Se sonrojó y oyó la risa de Xena—. Lo siento.

Sintió unas manos que le cogían la cara delicadamente y abrió los ojos para encontrarse con la sonrisa deslumbrante de Xena, que la miraba.

—Jamás te disculpes por eso, Gabrielle. —Y la besó muy a fondo.

—¿Es que tenías que hacer eso? —gorgoteó la bardo, cuando se separaron, y Xena le pasó una túnica riendo—. Te voy a matar.

—Claro, claro. Amenazas —rezongó la guerrera, mientras se abrochaba las correas de su túnica de cuero—. Qué miedo me da. —Se pasó un peine por el pelo oscuro y se lo recogió apartado de la cara.

—¡Ruu!

Las dos miraron hacia abajo y vieron a Ares sentado sobre las ancas, apoyado en las patas delanteras, mirándolas primero a una y luego a la otra.

—Oh... —Xena se agachó y lo empujó, frotándole la tripa—. ¿Tú también quieres participar? Está bien... puedes venir de caza conmigo. ¿Qué te parece? —Se levantó, cogiendo al lobezno, y lo llevó en brazos mientras bajaban las escaleras.


Cirene paseaba fuera del pequeño templo, asintiendo vigorosamente por dentro. Había tenido una mañana productiva y tenía muy buenos motivos para estar satisfecha de sí misma. Había eliminado el banquete que proponía la posada y cuando protestaron diciendo que no tenían otra cosa que ofrecer... su hija, bendito fuera su talento para la caza, apareció como si tal cosa con un ciervo gigantesco y lo depositó a los pies del posadero con esa sonrisa encantadoramente ufana que tenía. Cirene sonrió de oreja a oreja sólo de pensarlo.

De modo que eso había salido bien y por fin había conseguido establecer una relación de trabajo con la cocinera de la posada... cuando pudo convencer a la mujer de que de verdad sabía lo que se hacía en la cocina. Y le dejó probar algunos ejemplos. Cirene se rió por lo bajo.

Luego estaba el tema del templo: había enviado a Toris para ayudar a decorarlo con guirnaldas de flores y ahora entró para echar un vistazo. Vio a un puñado de chicas del pueblo trabajando en el proyecto y a Toris ayudando, pero era evidente que estaba distraído por una figura que trabajaba en silencio un poco alejada de las otras.

Gabrielle, y con una cara muy seria. Cirene se quedó ahí un momento y observó mientras la bardo terminaba lo que estaba haciendo y luego salía por la puerta trasera del templo. Advirtió las miradas incómodas con que la seguían las aldeanas y la expresión preocupada de su hijo. Toris la vio y se acercó a ella, la cogió del brazo y la llevó fuera.

—¿Qué ocurre? —preguntó ella, en voz baja.

Toris miró a su alrededor y luego a ella.

—Es Gabrielle... ¿sabes lo que ocurrió la última vez que vino a casa?

—No —susurró Cirene—. Pero tú me lo vas a contar, ¿verdad, querido?

Y se lo contó, pues había oído diversas versiones de las chicas del pueblo a las que había estado ayudando. Pérdicas, Calisto y su propia boda.

—Por los dioses —suspiró Cirene—. Muy propio de Xena no comentar nada de esto. —Le dio una palmadita en el brazo—. Tú quédate aquí a ayudar. Yo voy a ver si la encuentro.

—Prueba en el cementerio —replicó Toris, en voz baja, y luego inclinó la cabeza y regresó al templo. Las chicas lo miraban con disimulo cuando se acercó a ellas y cogió otra guirnalda, y se rió irónicamente por dentro. Me parece que ha llegado el momento de impartir una pequeña lección.

—Bueno —dijo la mayor de todas, mirándolo por el rabillo del ojo—. ¿Qué tal se lleva eso de ser hermano de Xena? —La más joven soltó una risita—. ¿Puede contigo?

Toris se echó a reír.

—Claro. —Advirtió sus miradas sorprendidas—. Puede con cualquiera. Viene muy bien, como descubristeis vosotros ayer. —Hizo una pausa—. Siento que nos perdiéramos todo el jaleo. Pero nos ha dado mucha alegría poder venir y tener la oportunidad de conocer al resto de la familia de Gabrielle. —Le costó seguir con la cara seria—. Ahora que ella también es una hermana para mí.

La chica mayor se detuvo y lo miró ladeando la cabeza.

—¿Consideras a Gabrielle parte de tu familia? —Todas lo miraban con disimulo, prestando apenas atención a las flores que estaban colocando.

—Por supuesto —replicó Toris, saltando sobre un banco de piedra y lanzando un extremo de la guirnalda que tenía en las manos por encima de la viga de madera que estaba en lo alto—. Todos la consideramos así... y tendríais que haber visto la gran fiesta de cumpleaños que le hicimos cuando vino... —Dudó un momento—. A casa. —Y durante un corto tiempo, había sido su casa. Y, le dijo un sentido interno, podría volver a serlo algún día. Sonrió—. La queremos. Es estupenda.

Lo miraron sin decir nada y luego se miraron entre sí.

Toris sonrió y siguió decorando.


Cirene bajó por el solitario camino, acompañada únicamente del ruido que las suelas de sus botas producían al aplastar la grava del suelo. El bosque ralo que la rodeaba parecía yermo, pues el invierno se había abatido sobre la región, y se sentía... helada. Dobló el último recodo antes de llegar al cementerio y se detuvo, a la sombra de un viejo roble, con una mano apoyada en la áspera corteza. Ante ella se extendía el cementerio y en el centro de numerosas lápidas, se alzaba una figura solitaria.

Gabrielle estaba en silencio, contemplando la tumba bien cuidada que tenía a los pies. Hola, Pérdicas. Suspiró. Espero que estés en algún lugar de los Campos Elíseos. Con mucha gente con quien hablar y muchas cosas que hacer. Se contempló las botas un momento. Sé que puedes oír mis pensamientos... y sé que sabes lo que me ha pasado desde que te... fuiste. Una larga pausa. Lo siento, Pérdicas. No sabes cuánto lo siento. Siento que tuvieras que interponerte en su camino. Siento que celebráramos nuestra boda. Siento no haberte podido dar lo único que me pedías. Se le nublaron los ojos. Porque eso ya lo había entregado en otra parte antes de que nos volviéramos a encontrar. Y creo... que en el fondo de tu corazón... tú lo sabías. Se abrazó a sí misma. Yo sí. Y seguí delante de todas formas, y nunca, jamás me perdonaré a mí misma por eso. Aunque tú lo hagas. Aunque... aunque ella me lo perdona libremente. Yo no. Jamás.

Una mirada al cielo azul despejado. Tienen razón, Pérdicas. Éste no es mi hogar, ya no. Tal vez es que soy gafe. Siempre me echaban la culpa por las malas cosechas, ¿te acuerdas? En fin. Sé que ahora estás en paz. Algún día, nos sentaremos a hablar, ¿vale? Y no te enfades con Xena... nada de esto fue culpa suya, Pérdicas. No lo fue. Calisto nos pilló desprevenidas... pensamos que iría por mí. Ni se nos ocurrió que pudiera ir por ti. Si Xena hubiera podido detenerla, lo habría hecho... aunque... ahora sé... que habría sido algo terrible para las dos. Para todos nosotros. Porque ella es la otra mitad de mi alma, y por mucho que sepa que tú me querías... eso se habría interpuesto entre nosotros.

Rezó por mí, Pérdicas... nunca pide nada a los dioses, pero se hincó de rodillas y ofreció su espada y rezó por mi alma. Y, sabes... ésa es una imagen que llevo en el corazón... siempre. Usó la manga para enjugarse los ojos. Tengo que ir a vestirme y ver cómo se casa mi hermana, viejo amigo. Estoy rezando para que su vida con Lennat sea larga, sin peligros y fructífera. Están hechos el uno para el otro... alégrate por ellos. Yo me alegro. Con cuidado, se arrodilló, cogió un puñado de flores de las guirnaldas de la boda y las esparció sobre su tumba. Luego se levantó y se quedó con una última flor, a la que dio vueltas entre los dedos. Descansa en paz, viejo amigo. Entonces respiró hondo, se dio la vuelta y regresó por el sendero, entre las hileras de muertos antiguos y recientes.

Cuando llegó al camino, se dio cuenta de que Cirene estaba entre las sombras, observándola.

—Hola, mamá —dijo, con tono apagado, cuando alcanzó a la mujer mayor.

Cirene se adelantó y la abrazó.

—Lo siento, Gabrielle —murmuró al oído de la bardo—. Siento que te ocurriera todo eso. No te mereces tantas desgracias.

Gabrielle le devolvió el abrazo, luego se apartó un paso y miró a Cirene.

—He llegado a una... conclusión sobre todo eso. —Su boca esbozó una sonrisa cansada—. A veces, las cosas tienen que suceder. Y... parece horrible cuando suceden. Pero luego miras atrás y ves que... bueno, que tenían que suceder. Eso es todo.

—¿Así es como vives con ello, hija? —susurró la mujer mayor, espantada.

—Tengo que hacerlo —susurró la bardo a su vez—. Porque sé... en el fondo de mi corazón, que si él hubiera vivido, me habría... Fue una equivocación, mamá... y yo sabía que lo era. —Cerró los ojos y se le hundieron los hombros—. Y lo hice de todas formas. Así que esto tenía que suceder. —Hizo una pausa—. Porque si no... —De repente, se imaginó lo que habría sido... la lenta muerte de sus sueños y el inexorable vacío de su interior que había averiguado que sólo podía llenarse con una persona. Que había empezado a sentir, incluso esa noche en que Pérdicas y ella estuvieron juntos. Se había dicho a sí misma que acabaría pasando, con el tiempo. Pero ahora... sabiendo lo que sabía... Se estremeció—. Pero tomé una decisión equivocada. Y todos acabamos pagando por ello.

—Oh, Gabrielle. —Cirene la abrazó de nuevo—. ¿Es eso lo que piensa mi hija también?

La bardo sorbió y apoyó la cabeza en el hombro de Cirene.

—No... ella dice que lo que ocurrió fue culpa de Calisto y que ninguna de nosotras tiene la culpa.

—Tiene razón, que lo sepas —dijo Cirene, dándole suaves palmaditas en la espalda—. Fíjate, mi hija con sentido común.

Eso hizo reír ligeramente a Gabrielle.

—Oye... —protestó—, que tiene mucho sentido común. —Se dio cuenta de lo que estaba haciendo Cirene y se alegró por ello—. A veces ve las cosas con mucha más claridad que yo. —Defender a Xena era un reflejo inconsciente para ella... incluso con su madre. Aunque sabía que Cirene sólo intentaba distraerla.

—Mmm... —Cirene la rodeó con el brazo y la condujo camino arriba—. Debe de ser la estatura. Ve mejor. —Pero por dentro, le dolía el corazón, por esta joven bardo, y también por su hija—. ¿Ella fue testigo, en tu boda, querida?

Gabrielle asintió. Y cerró los ojos por un instante para no recordar aquel adiós.

—Y también dio su bendición, me imagino —insistió la mujer mayor.

La bardo asintió de nuevo. Ojalá hubiera sido capaz entonces de saber lo que estaba pensando como lo soy ahora. Lo habría sabido. No me habría engañado ni por un segundo, dado cómo le latía el corazón. Lo noté, cuando me abrazó. El mío latía igual.

Cirene suspiró.

—Qué idiota es a veces.

Gabrielle sofocó una carcajada de sorpresa.

—No, no lo es. —Entonces se le cerró la garganta y casi no pudo hablar—. Sólo hizo lo que pensaba que era mejor para mí. —Hizo una pausa—. Siempre lo hace. Aunque no sea lo mejor para ella.

Cirene le estrechó los hombros.

—Ésa es una de las definiciones del amor más sinceras que he oído en mi vida, Gabrielle.

La bardo sonrió.

—Lo sé. —Siguieron caminando en silencio durante un rato. Luego—: Gracias, mamá.

—De nada, querida. Hablando de lo cual, ¿cuándo me vas a presentar a tu madre? Se lo pediría a Xena, pero ya sabes cómo suele salir eso.

Se miraron y se echaron a reír.

—La verdad es que ha estado... mm... muy diplomática todo este tiempo —afirmó Gabrielle, con una sonrisa—. Salvo por alguna que otra amenaza y alguna que otra persona que ha acabado en la pila del estiércol. —Suspiró—. Vamos. Haré los honores.


Oh... qué divertido ha sido, pensó Gabrielle, mientras subía las escaleras hacia su habitación, después de hacer las presentaciones en casa de su familia. Siento que Xena se lo haya perdido. Le habría encantado. Lila, desde luego, lo ha pasado en grande. Abrió la puerta y miró a su alrededor. A Xena no se la veía por ninguna parte, pero había estado allí.

Gabrielle recorrió la habitación y sonrió. Su vestido estaba fuera del paquete y cuidadosamente colgado, con todas las cintas y los cierres derechos y ordenados con precisión. En la mesa estaba su equipo y la bolsa donde guardaba sus joyas. Al lado de una cesta con pan, queso y fruta, con una nota encima. Cogió la nota, escrita con una caligrafía firme y conocida.

Come algo o te caerás redonda durante la ceremonia. Lo digo en serio. X.

Se llevó la nota a los labios y la besó. Dioses, cómo la quiero, rió su mente. La vaga depresión que sentía desde que había estado decorando el templo desapareció mientras obedecía, sentada en el borde de la mesa, y elegía una gruesa rebanada de pan que completó con un buen pedazo de queso blanco y cremoso.

Cuando ya se había comido la mitad, la puerta se abrió sin hacer ruido. Levantó la mirada y se encontró con los ojos de Xena, y le sonrió afectuosamente.

—Hola. —Su mano indicó la habitación—. Gracias.

La guerrera sonrió y se encogió de hombros con modestia.

—Pensé que te vendría bien un poco de ayuda.

Gabrielle se quedó mirándola y dejó el pan.

—Lo único que me vendría bien ahora eres tú. —Las palabras se le escaparon antes de que pudiera detenerlas.

Xena dejó el paquete que llevaba y fue hasta ella.

—Toris me ha dicho que estabas disgustada... aunque tampoco me hacía falta su informe. Ven aquí. —Abrió los brazos y estrechó a Gabrielle entre ellos, pegando a la bardo a su cuerpo.

La bardo se sumergió agradecida en el fuerte abrazo.

—Por los dioses... qué gusto —murmuró en el hombro de Xena, aspirando el agradable olor a jabón de hierbas, cuero y alma gemela—. Creía que lo tenía todo bastante controlado... me había olvidado del templo. Me hizo recordar todo.

—Sí. A mí también —fue la inesperada respuesta—. No tengo... recuerdos agradables de ese sitio. —Esquivó los ojos desolados de Gabrielle—. A lo mejor la boda de hoy los borra todos. —Y consiguió sonreír a su compañera—. Escucha, si quieres quedarte un poco después de la ceremonia...

—No. —Inmediato y tajante—. Estoy harta de este lugar. Quiero pasar la noche bajo las estrellas. Sola, con la excepción de un lobo, un caballo y tú.

Xena sonrió sin que la viera.

—Nuestras cosas ya están recogidas —replicó—. Yo también lo estoy deseando. —Dioses... y cómo. Basta de mentes cerradas, pueblos cerrados e intrigas miserables—. Mamá tiene todo controlado aquí... se va a quedar unos días, para ponerle las cosas claras a Hécuba. —Sus labios amagaron una sonrisa—. Qué gracia me ha hecho ver a esas dos juntas.

Soltó por fin a Gabrielle, que se apartó lo suficiente para mirarla.

—Eres maravillosa.

Xena le sonrió con sorna.

—Qué va.

Gabrielle enganchó las manos en el cuero suave que la cubría y tiró con fuerza.

—Sí.

—Ve a lavarte —dijo Xena, cambiando de tema—. Y vamos a ponerte ese vestido, para que puedas asistir a esta boda. —Hizo una pausa—. En marcha.

—Vale, mamá —bromeó Gabrielle, acercándose otra vez para darle otro abrazo.

—Verás como te pille, renacuajo —amenazó Xena, rodeándole la cintura con un brazo y levantándola—. Ya te tengo.

—¡Xena! —rió la bardo—. ¡Bájame!

—Ni hablar. —La guerrera meneó la cabeza—. Así te quedas. Te voy a llevar así a la ceremonia. —Echó a andar hacia la puerta—. Hasta puede que haga esto. —Y pasó a hacerle cosquillas, cosa que hizo vociferar indignada a la bardo, que se reía demasiado para ofrecer mucha resistencia.

—Ohh... ¡Ay! Para ya... —Intentó agarrar a Xena, pero la guerrera hizo caso omiso de sus intentos y siguió caminando, salió por la puerta y bajó por el pasillo rumbo a la habitación del baño—. ¡¡¡Xena!!!

—¿Has oído algo? —preguntó Xena sin dirigirse a nadie en concreto—. Me debo de estar imaginando cosas. —Abrió la puerta empujándola con la bota, la cerró de una patada al pasar, agarró las rodillas de Gabrielle y la levantó hasta sujetarla acunándola entre los brazos—. Suéltate la túnica.

Gabrielle soltó un resoplido, pero obedeció.

—¿Qué haces? Xena, que va a estar frío... oh. Caray —exclamó al sumergirse en la bañera a la espera, llena de agua caliente perfumada—. Caray. —Xena agarró la túnica suelta y se la quitó, dejándola libre para flotar—. Caray. —Suspiró y aspiró profundamente el olor a jazmín del agua humeante. Y dirigió a Xena una mirada de adoración pura—. Eres tan mona.

Xena se detuvo, mientras doblaba la túnica de la bardo, posó las manos en el borde de la bañera, enarcó ambas cejas y bufó.

—¿Mona?

—Sí. —Gabrielle se mordió el labio inferior haciendo un esfuerzo por no sonreír. Salpicó de agua a su compañera—. No te preocupes, no le voy a decir a nadie lo dulce y lo mona que eres. Y simpática. Te lo prometo.

Xena se puso colorada. Lo cual hizo reír con deleite a Gabrielle. La guerrera torció el gesto.

—Sólo pensaba...

Una mano salió de la bañera y se posó sobre la suya y la cara de la bardo se puso seria.

—Lo sé. Y... dioses... gracias. Por todo. Xena, lo digo en serio.

Xena se sentó en un taburete bajo al lado de la bañera y apoyó la barbilla sobre los brazos doblados encima del borde.

—Aquí lo has pasado muy mal, Gabrielle. Yo... yo te lo habría ahorrado, si hubiera podido. —Sus ojos azules estaban llenos de una dolorosa tristeza.

—Ha sido un cambio justo, Xena —susurró la bardo, tocando la mejilla de Xena con la yema de los dedos—. Lila, madre, Lennat... Tectdus, Alain... ha merecido la pena.

—Sabía que dirías eso —fue la apacible respuesta—. Venga, deja que te lave el pelo... se nos echa el tiempo encima.


Gabrielle estaba delante del espejo, contemplando ceñuda su reflejo.

—La verdad es que no...

—Sshh —dijo Xena, ajustándole la manga—. Estás preciosa. —Y era cierto: el vestido, que caía en capas que iban del gris claro al gris pizarra, resaltaba su colorido y prácticamente hacía relucir su piel bronceada y su pelo dorado rojizo.

—No. —Gabrielle se volvió y la miró—. Yo estoy correcta. Tú, por otro lado, estás despampanante. —Contempló la larga túnica de rica seda bordada color vino que llevaba Xena—. Pero claro, podrías ponerte una toalla y seguir teniendo este aspecto, así que...

—Cuestión de opiniones —rezongó Xena, ajustándose el cuello alto de su vestimenta y pasándose las manos por el pelo para colocárselo bien. La túnica iba cayendo en disminución y resaltaba su musculosa figura con elegante precisión, acompañando sus movimientos y ajustándose a su cuerpo en los sitios perfectos. No está mal, admitió a regañadientes. Bueno... si se van a quedar mirando, bien puedo darles algo que mirar. Sonrió a su imagen y se colocó las pulseras intrincadamente labradas en las muñecas—. Al menos me tapa casi todas las cicatrices. —Pero sus ojos chispeaban alegres.

Gabrielle echó un vistazo al espejo y se quedó prendada de la imagen de las dos, la una al lado de la otra a la cálida luz del sol que entraba por la ventana.

—La verdad... —Miró a Xena de reojo y se ruborizó—. Es que hacemos todo un cuadro. —Indicó el reflejo con la cabeza.

—Mmm. —La miró enarcando una ceja—. Supongo que sí, efectivamente. —Rodeó a la bardo con los brazos y observó el resultado en el espejo. Todo un cuadro, sí, señor.

Se miraron y sonrieron.

—Bueno... será mejor que vayamos —dijo Gabrielle por fin, dando un último retoque a su vestido.

—Mmm... —fue la respuesta—. Oh... un último detallito. —Xena cogió la mano de Gabrielle como si tal cosa y le puso con delicadeza un anillo en el dedo, gozando intensamente de la cara de pasmo de la bardo—. He pensado que es más fácil de llevar que ese maldito puñal —intentó decir con indiferencia, pero se le quebró la voz y se sonrojó. Estaba más nerviosa por esto de lo que pensaba.

Gabrielle abrió la boca para hablar, pero no le salió nada. De modo que se quedó contemplando el anillo: era una versión más pequeña del propio sello de Xena, con su escudo grabado, y una trenza de oro debajo.

—Es... es precioso —susurró por fin. Oh... dioses. Es perfecto—. Pero... o sea... no tenías por qué... sé que tú... —Una ligera pausa—. Oh, Xena —dijo, con el tono más dulce que poseía.

—Mm. —Xena parecía atípicamente insegura de sí misma—. Escucha... la ceremonia de hoy es... una especie de contrato legal. Y... las amazonas tienen una ceremonia que... proporciona un... contrato social. —Alzó los ojos y se encontró con los de Gabrielle—. Yo no creo que ninguna de las dos... abarque de verdad... lo que tú eres para mí.

Vio cómo la bardo apretaba la mandíbula y movía la garganta al tragar con fuerza.

—Así que he tenido que improvisar. —Hizo una pausa—. Como siempre... así que sólo... bueno, se me ha ocurrido... quería darte algo que... —Tomó aliento. Por los dioses... esto es más difícil de lo que pensaba—. Algo que... bueno, que indique hasta... qué punto eres parte de mí. —Ya está. Dioses. He librado batallas enteras en menos tiempo y con mucho menos esfuerzo. Y para esto hasta había ensayado... Bajó la mirada y terminó en voz baja—: Porque eres una parte esencial de mi vida, Gabrielle. Y no puedo... expresarte lo feliz que eso me ha hecho.

¿Puedo congelar este momento? Gabrielle se abrazó a sí misma. Quiero que dure para siempre, para poder sacarlo, en los momentos más oscuros, y recordarlo, y eso ahuyentará la oscuridad y me tranquilizará el alma. Quiero memorizar cada ruido, cada olor... para que el trino de los pájaros de ahí fuera y el tintineo del martillo del herrero y el aroma de las velas de cera recién puestas y el color de su túnica y la expresión de sus ojos... todo... me recuerde este instante de mi vida.

—Si hubiera palabras para expresar lo que siento en este momento... las diría —dijo la bardo suavemente—. Pero no las hay, así que sólo te digo que tú eres mi vida. —Hizo una pausa, sin apartar los ojos de los de Xena—. Y mi hogar. Y que siempre lo serás.

Se quedaron quietas absorbiendo el silencio del momento, a la cálida luz del sol que se derramaba sobre sus manos unidas y se reflejaba danzarina en el espejo, y dejaron que las emociones se apaciguaran dentro de ellas.

Por fin, Gabrielle sonrió pensativa.

—He visto escritos que celebran la unión de dos vidas... de dos corazones... Xena, pero ninguno de ellos describe lo que es estar en el centro de la unión de dos almas... —Meneó ligeramente la cabeza—. ¿Por qué no?

—No lo sé —dijo Xena, levantándole la mano y rozándole los dedos con los labios—. Probablemente porque tú no lo has escrito todavía. —Sus ojos resplandecieron—. Ahora supongo que lo harás.

—Pues supongo que sí —fue la respuesta, dulcemente risueña—. Vamos... si llego tarde a esto, me la voy a cargar.

Xena le ofreció el brazo y enarcó las cejas. Gabrielle enlazó su brazo al de la guerrera y se dirigieron al templo.


—¿Todo listo? —preguntó Cirene, posando una mano afable sobre el brazo de Hécuba—. ¿Hécuba?

—¿Mmm? —replicó la distraída mujer—. Oh... cielos. Sí, perdona, Cirene. Has sido como un regalo de los dioses. Gracias. —Miró un momento a la mujer morena, tratando aún de hacerse a la idea de que la extrañísima y violenta Xena tenía... ni más ni menos que una madre. Y encima, una madre muy agradable que había intervenido con calma y se había hecho cargo de muchos de los detalles que su mente aturullada no tenía energía suficiente para acometer. La mujer era absolutamente... competente. Y decía cosas muy bonitas de Gabrielle, quien se había limitado a entrar en la cocina horas antes y decir:

—Madre, ésta es Cirene.

Y ella apartó la mirada de sus preparativos y se quedó muy sorprendida al ver a una mujer ya madura de corta estatura y ojos penetrantes al lado de su hija mayor.

Y le cayó bien, mucho. Tenían mucho de que hablar... la vida en un pueblo, los cultivos, el trato con los comerciantes. Sus labios amagaron una sonrisa. Las hijas. Había averiguado muchas cosas sobre la persona con quien Gabrielle había decidido hacer su vida... y ahora que se había resignado a ese hecho, le resultaba más fácil ver a Xena como algo más que una ex señora de la guerra. Pero seguía teniendo miedo por su hija. Y había descubierto que Cirene sentía lo mismo.

Ahora estaban en el templo, esperando. Hécuba miró a su alrededor con aprobación.

—Han hecho una labor estupenda con las flores, ¿no crees?

Cirene asintió y observó mientras los aldeanos empezaban a congregarse en el templo, apiñados en grupitos y hablando unos con otros. La puerta se abrió un poco y entró Gabrielle, que vio a su hermana cerca del altar y se dirigió hacia ella.

—Oh, cielos... pero qué guapa está —comentó Hécuba, con una sonrisa sorprendida.

Cirene se rió con admiración.

—Muy guapa —asintió. Y la rubia bardo estaba preciosa de verdad: las diferentes tonalidades de gris de su vestido le destacaban el pelo y hacían que sus vívidos ojos verdes resaltaran muchísimo. Además... se movía con un aire de seguridad en sí misma... y tenía un resplandor interno que no se parecía en nada a la callada tristeza que Cirene había visto antes. Ha pasado algo... y conociendo a mi hija, seguro que la causa ha sido ella, predijo la posadera.

—¡Gabrielle! —la llamó Hécuba, haciéndole un gesto para que se acercara. La bardo cambió de dirección a media zancada y fue hasta ellas—. ¡Pero qué guapa estás!

—Gracias —sonrió Gabrielle—. Han hecho un buen trabajo con el vestido. —Bajó la mirada y se encogió levemente de hombros.

Se oyó un silbido detrás de ellas y entonces Toris asomó la cabeza entre Gabrielle y Cirene.

—Caray... estás estupenda, Gabrielle. —Le guiñó un brillante ojo azul y ella le sonrió afectuosamente.

La bardo le tiró de la manga y se echó un momento hacia atrás para mirarlo.

—Tú también estás muy guapo, Toris. Ese color te sienta genial.

Toris se sonrojó, lo cual creó un fuerte contraste con el azul profundo de su túnica, varios tonos más oscuro que sus ojos.

—Aah... gracias.

Hécuba acercó más la cabeza a su hija y suspiró.

—Y qué collar tan bonito. —Hizo que Gabrielle se volviera un poco hacia la luz—. Un color maravilloso.

—Lo dice todo el mundo —replicó Gabrielle, con una sonrisa pícara.

Cirene se echó a reír y en ese momento miró hacia abajo, al captar un leve movimiento por el rabillo del ojo. Gabrielle estaba moviendo un poco la mano, jugando inconscientemente con un anillo desconocido que llevaba en el dedo. Entonces se detuvo un instante. El tiempo suficiente para que Cirene viera bien la joya. ¡Pero qué bribona!, rió su mente. ¡No me puedo creer que no me haya dicho que iba a hacer eso!

—Bueno, Lila me está llamando... me tengo que ir —comentó la bardo, abrazando a su madre—. Luego os veo.

Se dio la vuelta, fue hasta donde estaba Lila y abrazó también a su hermana pequeña. Lila le tiró de la manga gris y dijo algo que debió de ser sarcástico, porque Gabrielle abrió las manos y se encogió de hombros.

—Por los dioses —exclamó Toris con tono chillón, lo cual alarmó a Cirene.

—¿Qué? —quiso saber, volviéndose hacia él, y se dio cuenta de que tenía la vista clavada en el otro lado de la estancia. Se volvió en redondo, vio lo que él estaba mirando y alzó las cejas. Cielos...

Xena había entrado sin hacer ruido por una puerta lateral y avanzaba por el templo hacia ellos, atravesando las vivas franjas de sol que entraban por las ventanas y que se posaban sobre los pliegues sedosos de la rica túnica roja que llevaba y provocaban reflejos en las pulseras labradas que lucía en las muñecas. Se movía con una fuerza inconsciente que la ajustada tela no disimulaba en absoluto.

Sin duda..., pensó Cirene. Sin duda se da cuenta de que los ojos de todos los presentes están clavados en ella. Y un rápido movimiento de cabeza se lo confirmó... y le permitió ver cómo Lila le clavaba un dedo a su hermana, que sonrió ufana. Y sintió una oleada de orgullo materno.

—Hola —dijo Xena, mirando primero a su madre y luego a su hermano—. ¿Pasa algo?

—Jo... deja que te diga... que si no fueras mi hermana... —gruñó Toris, acercándose a ella y deslizando los dedos por la suave tela.

—Harías... ¿qué? ¿Toris? —replicó Xena, añadiendo una sonrisa feroz—. ¿Mmm?

—Mmm... algo que sin duda me llevaría directo a la choza del sanador —respondió su hermano, meneando las cejas—. Estás guapísima, hermanita.

Xena sonrió abiertamente.

—Gracias. Tú también estás muy guapo. —Le dio una palmadita en el costado—. Y tú también, madre.

Cirene resopló.

—Mmf. Las dos personas más guapas de todo el templo y fíjate. Soy su madre.

—¡Mamá! —suspiraron los dos a la vez.

Cirene sonrió ampliamente.


—Por la gran Hera, Gabrielle... estás fantástica. Mucho mejor que yo —bromeó Lila, cuando su hermana llegó donde estaba ella cerca del altar—. ¿Cuándo te has puesto tan guapa?

—¡Lila! —rezongó su hermana—. Haz el favor. —Miró a su alrededor y respiró hondo. Y alejó con firmeza sus recuerdos de este lugar, para otro momento. Éste era el día de Lila y se negaba a pensar en cosas tristes mientras se desarrollaba—. Además, tú también estás estupenda.

—No, en serio —protestó Lila, girándola hacia la luz—. No bromeo —añadió con un tono más suave—. Estás... estás como distinta.

—Pues no —sonrió la bardo alegremente—. Soy la misma de siempre. —Miró a su alrededor—. ¿Dónde está Lennat?

Lila puso los ojos en blanco.

—Recibiendo las últimas instrucciones de nuestro padre y de Tectdus.

—Mmm... ¿eso es bueno? —preguntó Gabrielle, cruzándose de brazos y enarcando las cejas.

—Bueno, Lennat es muy terco... —Soltó una risita—. Y Tectdus es un encanto, así que... —Dejó de hablar y alargó la mano para coger la de su hermana y apartársela del pecho—. ¡¡¡Gabrielle!!!

—Oye... qué... oh. —La bardo dejó que le cogiera la mano, intentando no sonrojarse—. Sí... mm...

—Es precioso —gorjeó Lila, examinando el sello—. ¿Es...? —Miró a Gabrielle a la cara—. Debe de serlo. —Sonrió, se calló y se miraron—. Espero... dioses, espero que mi vida con Lennat me haga tener la mitad de la expresión que tienes tú ahora mismo en la cara.

Gabrielle cerró los ojos y dejó que el rico calor la inundara de nuevo. Luego abrió los ojos despacio y miró a su hermana.

—Yo también lo espero.

—Bueno, no... por los dioses, Bri. —A Lila se le pusieron los ojos como platos y le clavó un dedo con fuerza a su hermana en las costillas—. Caray...

Sí, caray. Gabrielle tomó aliento. Eso es mío. Entonces los ojos azules atravesaron el templo, atraparon los suyos y le hicieron un guiño cómplice. Y ella se dio cuenta de que tenía una sonrisa asombrosamente estúpida en la cara por el repentino brillo risueño de los ojos de Xena y el destello de su propia sonrisa deslumbrante.

—No está mal cuando se arregla, ¿verdad? —le comentó a Lila, recuperando un poco el control de la cara.

Lila le lanzó una mirada y luego se echó a reír.

—En fin, eso ha dejado atontada a la mitad del pueblo. Entre Toris y ella, te las has apañado para tenerlo todo cubierto.

Gabrielle se echó a reír y observó mientras Xena se reunía con su familia a un lado de donde estaba ella.

—Sí... menudo par. —Y captó otro guiño de su compañera, que ella le devolvió, con una sonrisa.

Entonces se abrió la puerta y Lennat avanzó por el tosco suelo de piedra, seguido de Tectdus, Metrus y Herodoto. Los aldeanos se fueron callando y se congregaron alrededor del altar donde esperaba el sacerdote.

Lennat se colocó al lado de Lila, le cogió la mano, se la llevó a los labios y la besó. Se volvieron de cara al altar y el sacerdote se reunió con ellos, les pasó unas aromáticas guirnaldas de flores por la cabeza y los roció de hierbas.

Alain, con los ojos muy redondos, estaba al lado de Lennat, todo él hecho un manojo de nervios, asombro y sonrosada piel recién lavada.

—¡Mi hermano! —susurró sin dirigirse a nadie en concreto, pues se lo acababan de decir—. Caray. —Levantó la vista hacia donde estaba Xena y le sonrió.

Ella le guiñó un ojo. Eso le llenó la cara de alegría y suspiró muy contento. Las historias que siempre le habían gustado más eran las que siempre contaba Bri en las que aparecían héroes. Botó un par de veces sobre los pies. Ahora él mismo conocía a una heroína. Ahora... tenía una imagen... suya propia... que guardaba para cuando se acostara por las noches y pudiera recordar...

Herodoto era una presencia silenciosa y lúgubre detrás de su hija y Lennat. Tenía el rostro inmóvil e impasible, sin mostrar la menor reacción, incluso cuando sus ojos se apartaron del altar y pasaron por encima de Gabrielle... Y no fueron más allá, porque sabía que si seguía... si dejaba que sus ojos fueran más allá de su elegante figura, tendría que enfrentarse a un par de ojos azules como el hielo cuya intensidad había descubierto que le resultaba demasiado difícil de soportar.

Maldita sea, gruñó su mente. Quiero odiarla. Oh... cómo lo deseo. Pero su mente no paraba de volver una y otra vez al día anterior, sin darle descanso. No había solaz, ni siquiera con bebida suficiente para hundirlo en el olvido: aún veía la cara salpicada de espuma de aquel maldito minotauro que se lanzaba hacia él, blandiendo ese maldito garrote... y sabía que se acercaba su muerte.

Y entonces esa maldita mujer... esa maldita mujer. Se interpuso delante de ese minotauro y recibió el golpe que era para él. Lo vio... vio su cara de agonía cuando la alcanzó... por mucho que luego intentara quitarle importancia. Oyó el horrible crujido cuando los dos se estrellaron con el árbol a cuyo lado estaba él. Vio cómo de algún modo... de algún modo... se recuperaba y... Jamás se había imaginado cómo sería ser guerrero... jamás había ido más allá de las espadas relucientes y los triunfos... jamás se había imaginado cómo sería lanzar el cuerpo día tras día, vez tras vez, contra unos enemigos que, en algunos casos, eran más grandes y más rápidos y más fuertes que tú. Se había enfrentado a la bestia sin importarle, sabiendo sólo que ella era lo que se interponía entre aquello... y él. Había antepuesto la vida de él a la suya propia. Y ahora su mente sólo admitía una única definición para ella.

Estaba furioso. Consigo mismo. Con ella. Con las malditas imágenes que le había plantado en la mente y que, después de todos estos años de miseria, estaban despertando algo en él que deseaba desesperadamente mantener enterrado. Olvidar. La parte de sí mismo que reconocía con tan desgarradora claridad en su hija mayor. Que los dioses te maldigan, Xena. No vas a despertar esa voz dentro de mí, ahora no. Otra vez no.

Pero ahí estaba. Susurrándole. Qué ganas había tenido de entregarse a ella. Hécuba le preguntó qué había pasado cuando volvió a casa justo después... y él se mordió el labio casi de parte a parte de las ganas que tenía. De la necesidad de pintar con palabras las imágenes incrustadas ahora tan vívidamente en su cerebro. La necesidad que creían haberle quitado a base de golpes, tantos años atrás, y que mucho después él mismo se había ocupado de matar a base de amargura y alcohol.

Resueltamente, eliminó aquello de sus pensamientos. Y volvió a prestar atención al sacerdote y a la ceremonia que se desarrollaba delante de él. Desaparecería al cabo de un tiempo. Siempre ocurría. Pero maldita fuera esa mujer.

—¿A que parece que se ha tragado una boñiga de vaca? —murmuró Cirene de forma casi inaudible, a sabiendas de que Xena la oiría.

—Mmm —fue la respuesta, ligeramente más alta.

—No lo soporto, Xena. No puedo. Puedo hablar con Hécuba, pero... —continuó, sin apartar los ojos de la ceremonia que se estaba desarrollando—. Él no va a cambiar.

Notó una mano repentina en el hombro y sintió el calor cuando Xena se acercó a su oído.

—Cualquiera puede cambiar.

Volvió la cabeza ligeramente y se encontró con la seria mirada de su hija. Que era la prueba viviente de tal afirmación. Su mente se agitó. ¿O no? ¿Había cambiado en los dos últimos años... o simplemente había vuelto a despertar una parte de sí misma largo tiempo enterrada? Cirene se acordó de la pequeña empeñada en proteger agresivamente a los chuchos de la aldea, y sonrió por dentro.

—Es imposible, Xena.

—Consigue que te cuente una historia —fue el susurro de respuesta. Entonces Xena se echó hacia atrás y su hombro chocó con el de Toris, que estaba escuchando atentamente el intercambio de votos. Toris la miró y de repente le pasó un brazo por los hombros.

La reacción fue una ceja enarcada.

—Porque puedo, sin que me rompas las costillas —respondió él, con una expresión muy ufana. Entonces se encogió cuando notó que ella se movía.

—Tranquilo —dijo, sofocando una risa, y le devolvió el gesto, pasándole un brazo por la cintura—. No te voy a dejar tumbado en el suelo en medio de una boda.

Se miraron y se sonrieron y luego se volvieron para seguir mirando, en el momento en que Lennat quitaba las guirnaldas que ambos llevaban al cuello y las enrollaba alrededor de sus manos unidas delante de los dos, y Xena vio que a Gabrielle se le estremecían apenas los hombros y sintió una fuerte punzada de compasión. Aguanta ahí, amor. Ya casi ha terminado.

Vio que la bardo respiraba hondo y erguía los hombros, y que levantaba la cabeza con ese gesto que Xena conocía bien. Eso es, sonrió su mente.

Entonces la ceremonia acabó y se pusieron a lanzar pétalos de flores encima de la nueva pareja, bendiciendo la unión con símbolos de la fertilidad de la tierra. Lennat y Lila alzaron los brazos para protegerse de la lluvia y corrieron hacia la puerta, riendo.

Y cuando cruzaron el umbral, saludando con la mano, Xena revivió una de sus propias pesadillas privadas. Incluso después de todo este tiempo y con la relación que tenía ahora con Gabrielle... seguía doliéndole. Esa sensación de abandono que le dejó tal vacío dentro que... aquella noche, por un momento interminable, casi... casi... Cerró los ojos y dejó que aquello siguiera su curso. Maldición... qué noche más larga fue aquella. Y no lloraba así desde... Liceus. Respiró hondo y notó una mano preocupada en el brazo.

—¿Xena? —El tono de Cirene era muy bajo, mientras observaba la expresión perdida de su hija—. ¿Querida?

—Estoy bien. Unos malos recuerdos —replicó Xena, dejando que la pesadilla se volviera a disolver en los recovecos de su mente—. Bonita ceremonia, ¿verdad?

Cirene se obligó a sonreír, pues se imaginaba qué recuerdos atormentaban a Xena.

—Preciosa. —Suspiró. ¿Debía insistir para que su hija le dijera lo que estaba pensando? No... no hacía falta sacar esa imagen a la luz del día—. Oye... —Le clavó un dedo en la tripa—. Bonito anillo el que lleva Gabrielle.

—Uuf —tosió Xena en broma por el dedo, luego se sonrojó un poco y miró al suelo de piedra—. Sí, bueno...

—¿He oído mencionar mi nombre? —intervino la voz tranquila de Gabrielle cuando se colocó al lado de Xena y se apoyó en su hombro—. ¿De qué se me echa la culpa esta vez?

—¿A ti? —Xena soltó un resoplido de risa, notando que recuperaba el buen humor poco a poco—. ¿Pero a ti quién te echa nunca la culpa de nada? Ahora... a mí, en cambio...

Se sonrieron y Xena notó el suave y reconfortante movimiento de la mano de la bardo sobre su espalda. Supongo que ha percibido eso, hace un minuto. Suspiró por dentro. Déjalo correr, Xena. Es el pasado. Esto es el ahora.

—Si las dos estáis decididas a marcharos —dijo Cirene, pero con amabilidad—, será mejor que antes comáis algo.

—Mamá, me gustan tus prioridades —contestó Gabrielle, con una sonrisa irrefrenable—. Sobre todo si tú has tenido algo que ver con la cocina.

Cirene se rió.

—Puede que sí... ¿vamos? —Les hizo un gesto hacia la puerta y agarró a Toris del brazo y se lo llevó, dejando que Xena y Gabrielle caminaran unos pasos por detrás.

Se miraron.

—Muy sutil. —A la vez.

Fueron hacia la puerta, entonces Gabrielle aflojó el paso y detuvo a Xena, más o menos, pensó Xena, en el punto donde se habían dicho adiós la última vez.

Gabrielle esperó, evidentemente organizando sus ideas, y luego tomó aliento para hablar. Miró a Xena a los ojos durante largos instantes y luego suspiró.

—Lo siento. —Cerró los ojos y agachó la cabeza—. Lo siento —repitió, esta vez con un susurro.

—No. —Xena alzó las manos y cogió con cuidado la cara de Gabrielle, levantándole la cabeza—. Yo tendría que haber dicho algo entonces.

Los ojos verdes se fundieron con los suyos.

—¿Es que había algo que decir? —Un apacible tono maravillado en su voz.

Xena asintió, esbozando una leve sonrisa.

—Desde hacía ya mucho tiempo.

A Gabrielle se le cortó la respiración.

—¿Cuánto?

Ahora la sonrisa se hizo más amplia.

—Desde el primer momento en que te vi.

La bardo se echó hacia delante y apoyó la cabeza en el pecho de Xena.

—Ahora ya no me siento tan mal. —Suspiró—. Yo también.

Xena la abrazó y se quedaron un rato en silencio.

Por fin, Gabrielle echó la cabeza hacia atrás y miró risueña a Xena.

—Venga... vamos a comer algo, a beber algo fuertecito y a largarnos de aquí. Ya no lo aguanto más.

Xena se rió y salieron cogidas del brazo.


—Bueno, cuidaos —les advirtió Cirene más tarde, mientras colgaba una alforja más en la silla de Argo—. Eso es la cena.

—Madre... —rió Xena y luego meneó la cabeza—. Gracias. —Abrazó a Cirene—. Procuraremos. Queremos ir a ver a las amazonas después de bajar a la costa... a lo mejor nos pasamos por casa.

Cirene se puso en jarras.

—¿A lo mejor?

Toris se rió y le dio un puñetazo en el hombro.

—Lo estaré deseando. —Y recibió un abrazo de su hermana, cosa que lo sorprendió un poco—. Oye... ¿te me estás ablandando? —El abrazo se convirtió en una tenaza que lo levantó por completo del suelo—. Aaj. Perdón. Olvídalo. —Tosió cuando ella se compadeció y lo bajó.

Xena suspiró.

—Cuídate, Toris. Tened cuidado cuando volváis a casa... no me gusta la idea de que haya bandas de asaltantes merodeando por ahí fuera.

Toris sonrió ampliamente.

—Pues tendrás que quedarte cerca para asegurarte de que estamos bien, ¿no?

—Toris... —Un gruñido de advertencia.

Él le dio una palmadita en la mejilla.

—Era broma.

Xena puso los ojos en blanco y terminó de sujetar las alforjas de más sobre Argo. Se agachó, cogió a Ares y lo metió en la bolsa donde lo transportaba.

—Ya casi eres lo bastante grande para correr sin quedarte atrás, ¿eh, chico? —le comentó al lobo.

—¡Ruu! —protestó éste y se puso a mordisquearle el pulgar. Ella atisbó por encima del alto lomo de Argo, vigilando al pequeño grupo de personas que rodeaban a Gabrielle. Su familia, de la que Xena ya se había despedido con cierta cordialidad.

—Ten cuidado, ¿de acuerdo, Bri? —Lila le agarró las manos y la miró con preocupación—. ¿Me lo prometes?

La bardo sonrió apaciblemente.

—Te lo prometo. —Abrazó a Lila y luego a su madre—. Cuídate, madre —dijo, con silenciosa tristeza, pues sabía cuánto tiempo podía pasar hasta que volviera a Potedaia.

—Cuídate tú también, hija —replicó Hécuba, con un suspiro—. Mantente a salvo.

Gabrielle asintió y se volvió para reunirse con Xena. Y se encontró cara a cara con su padre. Alzó la cabeza y se quedó mirándolo, a la espera. Y vio, por encima de su hombro, un agudo par de ojos azules que observaban con atención. La sensación de seguridad cayó sobre ella como una suave lluvia de verano. No puede hacerme daño. Ya no.

—Padre —dijo, con frialdad.

—Gabrielle —contestó él, observando su cara. Se vio a sí mismo en la fuerte estructura de sus huesos—. Cuídate. —Una pausa—. Vamos, te acompaño hasta tu amiga. —No hubo retintín en el tono. Ni la menor indicación de lo que sentía al respecto.

Ella asintió y se volvieron y echaron a andar.

—A veces se dicen cosas... precipitadas... que uno llega a lamentar —comentó Herodoto, poniéndose las manos a la espalda y mirando a todas partes menos a Gabrielle. O a los ojos de Xena, que cada vez estaban más cerca.

—A veces —asintió Gabrielle, observando su rostro.

—Puede que yo lo haya hecho —dijo su padre, tomando aliento—. ¿Querrías...?

Gabrielle se paró y lo miró.

—Yo no he oído nada.

Herodoto asintió.

—Muy bien.

Se detuvieron delante de Argo y Herodoto acabó mirando por encima del lomo del caballo directamente a los ojos firmes de Xena. Parpadeó. Ella no.

—No me gustas —dijo, sin rodeos.

Xena enarcó una ceja.

—Tú tampoco me gustas mucho, Herodoto.

Él asintió, despacio. Luego rodeó a Argo y se encaró con ella, recorriéndola con los ojos de la cabeza a los pies.

Y le ofreció el antebrazo, que la sorprendida guerrera aceptó.

—Bueno, mientras eso quede claro. —Le soltó el brazo, retrocedió, miró a Gabrielle por última vez y luego se dio la vuelta y regresó a la fiesta de la boda. Sin mirar atrás una sola vez.

Ellas se miraron con cauteloso desconcierto.

—¿De qué iba eso? —se preguntó Gabrielle.

Xena se encogió de hombros.

—No quiero saberlo. —Se subió de un salto a lomos de Argo y esperó, mientras Gabrielle abrazaba con fuerza a Cirene y a Toris.

—Gracias por venir —susurró al oído de Cirene—. Ha significado muchísimo para mí.

Cirene le dio palmaditas en la espalda.

—No me lo habría perdido por nada.

La bardo asintió y volvió al lado de Argo, mirando hacia arriba.

Xena sonrió, alargó el brazo e izó a Gabrielle para colocarla detrás de ella.

Saludaron agitando la mano, Xena puso a Argo a galope corto y vieron cómo la aldea se transformaba en campos de cultivo y luego en campo salvaje.

—Bueno. ¿Alguna vez te has planteado hacer carrera como diplomática? —preguntó Gabrielle, con tono tranquilo.

—¿Qué? —Xena se volvió a medias en la silla y se quedó mirándola—. Oh... sí... yo de diplomática, justo. Eh, señor consejero, o cancelas tu guerra o te rompo el brazo. Pues sí que...

—No, en serio... creo que serías genial. Podrías viajar con un gran séquito de ayudantes y enviar comunicados diplomáticos por todas partes.

—¡Gabrielle!

—No, ¿eh?

—No.

La bardo suspiró.

—¿Qué tal asesora de moda? Ese atuendo que llevabas era genial...

—Gabrielle... —Esta vez, un gruñido amenazador—. Me gusta lo que hago.

Gabrielle sonrió ampliamente.

—Bien. —Se echó hacia delante y rozó la espalda de Xena con los labios—. A mí también me gusta lo que haces.

Su risa quedó flotando tras ellas cuando Xena puso a Argo a galope tendido y espantó a una bandada indignada de patos que estaban en el prado delante de ellas.


FIN


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
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