3


Xena guió a Alain por el patio hacia la posada, riendo por lo bajo. Cuando estaban a punto de pasar por la puerta, vio a una figura conocida que salía de la cuadra.

—Johan —llamó—. Aquí.

—Ah, muchacha. —El hombre mayor la saludó agitando la mano, al tiempo que agarraba mejor un paquete que llevaba sujeto bajo el otro brazo—. Ahí estás. —Fue hasta ellos y le entregó el paquete a Xena—. Esto es para ti, y para Gabrielle, por supuesto. —Le sonrió con picardía.

Xena lo miró risueña al coger el paquete.

—¿Madre te ha enviado para ver cómo estábamos? —En su tono había un amago de fastidio, pero siguió sonriendo—. Me podría sentir insultada.

Johan la miró chasqueando la lengua.

—Vamos... tiene buena intención, tú lo sabes. —Sonrió y señaló la puerta con la barbilla—. ¿Vas a entrar? ¿Y quién es éste? —Miró inquisitivo al silencioso Alain.

—Oh. Perdona —replicó Xena—. Alain, éste es Johan.

—Hola —dijo el chico, casi susurrando.

—Hola, muchacho —contestó el comerciante, con una sonrisa—. Hay empanadas en el paquete. —Dirigió una mirada intencionada a la guerrera—. Tu madre ha dicho que no dejes de compartir.

Xena puso los ojos en blanco con fingida exasperación.

—¿Que yo no deje de compartir? Vamos. —Suspiró y abrió la puerta.

Dentro estaba todo agradablemente iluminado y muy lleno. Xena, que iba en cabeza, notó que los ojos se posaban en ella en cuanto pasó por el umbral y no hizo el menor caso, mientras cruzaba la estancia hacia su mesa preferida, en el rincón del fondo.

Vio a Gabrielle sentada al lado de su madre, con una cara de tensión que se relajó cuando alzó los ojos y se encontró con la mirada sonriente de Xena. La bardo sonrió a su vez y hasta Hécuba, que se volvió para ver cuál era la causa de la reacción de su hija, amagó una sonrisa hacia la guerrera.

Lo cual, pensó Xena, era agradable, porque las miradas que recibía del resto de la gente sólo se podían describir como... hostiles. Como si no pasara nada, recorrió la estancia con los ojos y devolvió las miradas más desagradables con una de las suyas, inyectando un aire de amenaza tensa en la superficie de sus pensamientos, a sabiendas de que eso también se dejaría notar en su porte. Las miradas se apartaron de ella de repente, cuando sus dueños encontraron otras cosas que mirar. Cosas menos peligrosas, sonrió Xena por dentro, y llevó a sus acompañantes a través del gentío hasta la mesa vacía, donde ella misma ocupó el asiento más retirado, de espaldas a la pared.

Uno de los mozos de la posada se acercó con cautela, pues ya estaba acostumbrado a Xena tras varios días de estar expuesto a ella. La guerrera lo miró enarcando una ceja y meneó la cabeza.

—¿Acaso llevo armas encima? ¿Es que parece que me voy a liar a puñetazos con la gente? —se quejó a Johan—. ¿Qué es lo que me pasa?

Johan se echó hacia atrás en la silla y la contempló con seriedad. Estaba sentada en una postura relajada, sí, con una bota apoyada en el soporte de la mesa y los antebrazos en la rodilla. Sin armadura, pero la túnica de cuero que llevaba era oscura y delineaba su figura esbelta y musculosa de una forma que dejaba poco juego a la imaginación. Su pelo oscuro estaba echado hacia atrás, dejando que la luz de las velas dibujara fuertes sombras sobre su rostro de rasgos cincelados. Y luego estaban los ojos, que recogían incluso esta luz floja y la reflejaban con destellos de fuego pálido.

—Bueno, muchacha... —Le sonrió con ironía—. Llamas la atención, eso sin duda. —Levantó la vista hacia el camarero—. Cerveza para mí, muchacho. Y para aquí la señora. —Señaló con la barbilla a Xena, que alzó una ceja sardónica al oír el apelativo—. ¿Qué servís de comer?

El camarero miró nervioso a Xena y de nuevo a Johan.

—Guiso en tajadas.

Johan miró a Xena, quien se encogió de hombros sin comprometerse.

—Trae tres —dijo—. Y una cerveza pequeña para él. —Indicó a Alain, que estaba sentado en su silla muy callado, mirando a su alrededor con ojos brillantes.

—Bueno —dijo Johan, en voz baja, cuando el camarero se marchó—. ¿Me vas a contar qué ha ocurrido? ¿O tengo que volver con Cirene con las manos vacías? —Alargó la mano y la posó sobre la muñeca de Xena—. He visto las marcas que tiene en la cara.

Xena respiró hondo y se lo contó. La historia completa, y vio la rabia que iba llenando sus ojos, como le había ocurrido a ella. Era consciente de que Alain escuchaba atentamente, con los ojos redondos al oír lo que su padre sólo le había contado al vecino en susurros.

—Perro —bufó Johan, cuando terminó—. Mira que pegar a una como ella... ¡por los dioses, Xena!

Xena meneó la cabeza y le tocó la mano para hacerlo callar al ver que Gabrielle se dirigía hacia ellos. La guerrera sonrió cuando la bardo llegó a la mesa y apoyó las manos en ella.

—Hola, Johan. Alain... —los saludó Gabrielle—. Hola —añadió, mirando a Xena a los ojos. Y se perdió en ellos por un largo instante que la llenó de un calor creciente.

—Bonito atuendo —dijo Xena con indolencia, dejando asomar a los labios una sonrisa de aprecio—. Siempre me ha gustado ese color.

La bardo iba vestida con una túnica de seda de color verde claro, que hacía un bonito contraste con su pelo dorado rojizo y era casi del color de sus ojos. A juego con un collar de plata con una piedra que sí que era del mismo color.

—Gracias —contestó alegremente—. Creo que ya va siendo hora de que empiece. ¿Tienes... —sonrió a Xena suavemente—, alguna petición especial?

Xena se rió por lo bajo. Pedirle que no cuente ninguna historia mía no me va a servir de nada, ¿verdad? No.

—Me gustan todas, Gabrielle. Tú lo sabes.

La bardo sonrió.

—Lo sé. —Y vio la calidez que inundaba los ojos azules del otro lado de la mesa—. Deséame suerte —bromeó y su mirada quedó capturada de repente por la de Xena, que la atrajo al interior de su vínculo con una fuerza casi física.

—No necesitas suerte, bardo mía —dijo la voz suave, que llenó sus oídos y se convirtió, por un instante, en el único sonido que oía—. Así de buena eres. Ahora demuéstraselo.

Gabrielle asintió y les sonrió a todos ligeramente, luego se volvió y se dirigió a la parte delantera de la estancia, planeando ya con qué historias iba a empezar, para romper el hielo de la sala de modo que sus relatos más intensos pudieran causar impresión.

Empezó con una historia ligera y divertida sobre un estropicio causado por las flechas de Cupido, lo cual les llamó la atención e hizo que se concentraran en ella, y el humor desmoronó su fachada de desaprobación, dando paso a una aprobación a regañadientes. Tengo que conseguir que se olviden de que la que está aquí soy yo. Sólo soy una bardo... no soy de Potedaia...

A continuación, la historia clásica de Helena de Troya... dejando fuera su punto de vista personal, pensó sonriendo por dentro. Ahora los estaba atrapando y empezaban a prestar más atención a la historia que a quien la estaba contando. Estupendo. Un vistazo rápido al fondo de la sala, donde una sonrisa correspondió a la suya. Concéntrate en la historia, Gabrielle... Pero su cara devolvió la sonrisa.

Xena paseó la mirada por la sala, observando las expresiones embelesadas de los aldeanos que concentraban su atención sobre la bardo. Vio que sus rostros perdían la hostilidad y se relajaban con absorto interés mientras Gabrielle tejía sus relatos a su alrededor. Y de vez en cuando, la bardo la miraba, por un instante, un simple y rápido intercambio de calor entre las dos.

Se dejó absorber por las historias, incluso cuando la siguiente que empezó Gabrielle resultó que trataba de ella, y sólo se dio cuenta periféricamente de las cabezas que se volvían y de las miradas ahora interesadas y no tan hostiles que se posaban sobre ella. A veces, pensó con seriedad, oigo estas historias y de verdad es como si trataran de otra persona... algunas de las cosas que le oigo decir... no es posible que yo haya hecho eso... ¿verdad? Parece tan imposible.

Gabrielle terminó esa última historia y bebió un largo sorbo de agua, observando a su público. Ahora estaban totalmente metidos en el asunto, se volvían y susurraban entre sí mientras ella reposaba la garganta y lanzaban miradas disimuladas al fondo de la sala donde Xena estaba apoyada en la pared, bebiendo su cerveza y observando a la gente con los ojos entornados.

Era el momento de contar una más, decidió Gabrielle, puesto que la que tenía en mente era bastante larga. De modo que tomó aliento y empezó un relato sobre una reina amazona que intentó llevar la paz a su nación, enfrentándose a una dura oposición... A los pocos minutos, se atrevió a mirar hacia la mesa del fondo y se encontró con los atónitos ojos azules y la sonrisa de medio lado que la aguardaban allí. Sorpresa, rió su mente en un plano distinto a aquel desde el que contaba la historia. Ooh... cómo te he sorprendido, amiga mía.

Xena escuchó, sonriendo cada vez más mientras Gabrielle tejía la intrincada historia en torno a sus oyentes, sin revelar en ningún momento que la reina amazona a quien les estaba enseñando a conocer era ella misma. Sólo lo sabían Johan y ella, puesto que Johan había oído la historia original en la mesa de su madre aquel día en Anfípolis. Le tocó el brazo y la miró a los ojos cuando ella lo miró. Ella asintió y luego meneó la cabeza.

Y la gente se fue echando hacia delante cada vez más, a medida que el peligro se hacía más evidente, hasta que los tuvo sujetos en las delicadas garras de sus palabras y los condujo hasta un claro azotado por la lluvia y una ballesta centaura que disparaba contra un corazón indefenso pero valeroso.

Hasta Xena, que tenía excelentes motivos para saber la respuesta a la pregunta que pendía en el aire, se descubrió aguantando la respiración. Mira que eres tonta, Xena. Tú sabes lo que ocurre a continuación. Deberías... puesto que fue tu puñetera mano la que atrapó esa flecha.

Y cuando Gabrielle continuó y relató aquel rescate en el último momento, todos los presentes en la sala se volvieron y miraron a Xena durante un largo y silencioso instante.

—¿Cómo lo hiciste? —gorjeó Alain suavemente, tirándole de la mano—. Eso es cierto, ¿verdad?

Xena apartó los ojos de los de Gabrielle y agachó la cabeza hacia Alain.

—Sí. Es cierto.

—Caray —susurró él, volviendo a prestar atención a Gabrielle.

Ésta terminó la historia y ahora la gente era suya y empezaron las aclamaciones. Gabrielle pasó un rato deambulando por la sala, hablando con la gente y contestando varias preguntas sobre las historias.

Hécuba le dirigió una sonrisa tensa y orgullosa cuando llegó a la mesa donde estaba sentada su madre.

—Qué historias tan bonitas, Gabrielle —dijo la mujer mayor—. Y las cuentas de una forma maravillosa.

La bardo sonrió y se arrodilló junto a la mesa.

—Gracias. Tengo mucha práctica. —Sus ojos se iluminaron suavemente—. Y ahí atrás tengo una amiga que me inspira. —Sus ojos flotaron hasta los de Xena y su sonrisa aumentó, luego volvió a mirar a Hécuba.

—Esa última historia... —dijo Hécuba, bajando la voz—. ¿De verdad estuviste allí, durante todo eso? ¿Lo viste todo?

Gabrielle hizo un gran esfuerzo, pero no pudo controlar la sonrisa irónica que se le formó.

—Mm... sí. Podríamos decir que sí.

Hécuba estaba a punto de seguir presionándola, pero un movimiento les llamó la atención y cuando se volvieron, vieron a Lila y a Lennat que entraban en la posada, con aire emocionado.

—Mm... —murmuró Gabrielle—. ¿Qué les pasará?

Xena observaba atentamente desde el otro lado de la sala y entonces vio a Lila avanzando muy decidida hacia la mesa donde estaban hablando su madre y su hermana. Lennat iba detrás de ella, con una gran sonrisa en la cara. Ahh... La guerrera se rió por dentro. He aquí mi recompensa por toda esta tediosa manipulación. Clavó los ojos en el rostro de Gabrielle y esperó.

Se fijó en las mejillas arreboladas de Lila y en las miradas que lanzaba a Lennat, que se sentó a la mesa y explicó las cosas con timidez, usando las manos para expresarse. Lila le puso la mano en el hombro y lo miró con adoración. Luego él alzó su mano, cogió la de ella, la miró a los ojos y dijo algo que hizo que ella se ruborizara.

Algo que hizo que Hécuba se llevara las manos a las mejillas encantada. Y que hizo que Gabrielle se pusiera de pie, primero para abrazar a Lila, luego para apoyar las manos en la mesa y volver la cabeza despacio y encontrarse con los ojos a la espera de Xena.

Xena notó una sonrisa que le inundaba la cara sin control, mientras absorbía la mirada indescriptible de adoración y gratitud que veía en los brumosos ojos verdes de la bardo. Sintió calor por todas partes. Eso... ha hecho que todo el esfuerzo valga la pena... esa expresión de sus ojos... Haría... dioses... lo que fuera por eso. Por ella. Y examinó esa inesperada idea con cuidado, descubriendo que era la verdad. Por los dioses... estoy colada perdida, ¿verdad? Y se rió de sí misma.

Vio que Gabrielle abrazaba a Lila de nuevo, luego hacía un comentario, se volvía y se encaminaba hacia la mesa de Xena, apartando las manos ansiosas que intentaban cortarle el paso. Hasta que llegó a la mesa.

—Parece que hemos tenido una noche llena de actividad —comentó, clavando la mirada en el rostro de Xena—. Lennat ha llegado a un acuerdo de aprendizaje con Tectdus y le ha pedido a Lila que se case con él.

—Vaya, qué buena noticia —dijo Xena con guasa, sonriendo a la bardo con indolencia—. ¿Y ella ha aceptado?

Gabrielle se limitó a sonreírle.

Johan se levantó y alargó la mano hacia Alain por encima de la mesa.

—Ven, muchacho, vamos a buscar más cerveza, ¿eh?

—Vale —respondió Alain alegremente, paseando la mirada entre Gabrielle y Xena—. Tengo sed. —Se levantó, cogió la mano de Johan y lo siguió hacia la parte delantera de la posada, donde había grupitos de aldeanos congregados, charlando.

—Qué sutil es —sonrió Gabrielle, al tiempo que rodeaba la mesa y se acuclillaba junto a la silla de Xena, colocando una mano en el muslo de la guerrera para sujetarse. Durante unos momentos, observó en silencio el rostro de la mujer más alta. Luego—: Gracias —dijo suavemente.

Xena levantó la mano que tenía apoyada en el brazo de la silla y rozó con los dedos la mejilla de la bardo.

—Me alegro de que todo haya salido bien —fue su respuesta tranquila y como sin darle importancia—. La verdad es que no he hecho gran cosa —añadió, encogiéndose ligeramente de hombros.

—No —respondió Gabrielle, mirándola con sorprendente intensidad—. No... no digas eso... Xena... acabas de cambiarles la vida... de un modo que es importantísimo para ellos. —Hizo una pausa y alzó la mano, entrelazando los dedos con los de Xena—. Y más que importantísimo para mí.

Sus ojos se encontraron y por un instante, la sala desapareció, dejándolas aisladas la una en la otra.

—No sé cómo te voy a compensar por esto —dijo Gabrielle medio en broma, luego se calló cuando la mano de Xena le tocó los labios, deteniéndolos.

—Oh, no, bardo mía —La voz de Xena se hizo más suave y profunda—. Lo he hecho libremente, eso ya lo sabes. Entre tú y yo, no se habla de deudas ni pagos, ni ahora ni nunca.

Gabrielle cerró los ojos y sonrió y dejó que sus labios rozaran suavemente los dedos de la guerrera.

—Lo sé.

Xena soltó aliento.

—Bonitas historias, por cierto. La última me ha encantado. —Sus ojos soltaron un destello risueño—. Menuda sorpresa... no sabía que la habías terminado.

—Seguí tu idea... ¿tú crees que alguien se habrá dado cuenta? —preguntó la bardo, riendo ligeramente—. Ha funcionado muy bien... ¿te fijaste en sus caras cuando les conté lo de la flecha?

—Mm... sí —respondió Xena con una sonrisa sardónica—. Me fijé en sus caras, porque todos se volvieron para mirarme. —Apretó los dedos que seguían entrelazados con los suyos—. Buen trabajo, Gabrielle. Creo que los has conmovido.

Gabrielle asintió levemente.

—Sí... creo que sí... me ha dado mucho gusto. —Se le quebró un poco la voz y carraspeó con una mueca—. Aunque creo que me va a pasar factura... ay. Normalmente intento utilizar la respiración cuando tengo que hablar así, pero... —Hizo una ligera mueca de dolor y se tocó las costillas con la mano—. Todavía me duele un poco, supongo.

—Oh... creo que puedo prepararte algo para eso —rió Xena—. Me parece recordar que el otro día te gustó esa mezcla de menta y miel. —Y añadió con más seriedad—: Y te volveré a vendar esas costillas. —Posó una mano cálida en el costado de la bardo.

—Mmm... —asintió la bardo—. Vale... estoy de acuerdo. Deja que vaya a hablar un rato con madre y Lila... de hecho, ven, creo que Lila quería hablar contigo. —Sus ojos soltaron chispas risueñas—. ¿Prometes no poner caras raras si te abraza?

La respuesta fue una ceja bruscamente enarcada.

—Veré qué puedo hacer. —Su tono era levemente burlón, pero se levantó, izando a Gabrielle con ella aprovechando que tenían las manos entrelazadas—. Vamos.

Fueron donde Gabrielle había dejado a su familia y Xena fue objeto de miradas de desconfianza, aunque no totalmente hostiles, mientras cruzaban la sala. Era una mejora, pensó, apoyando un antebrazo en el hombro de Gabrielle con informalidad cuando se detuvieron junto a la mesa.

—Tengo entendido que hay que felicitar a alguien —dijo con guasa, sonriendo a Lila ligeramente.

La muchacha morena le sonrió a su vez, pensativa. Lila había estado observando a Gabrielle por el rabillo del ojo desde que su hermana se dirigió al fondo de la sala, después de que ella impartiera su feliz noticia y viera la mirada que Gabrielle lanzó a la guerrera. Encontrará un modo, ¿no fue eso lo que dijo su hermana?

Lila meneó la cabeza por dentro. Gabrielle no había albergado la más mínima duda... y ahora aquí estaba ella, prometida a Lennat y él a punto de convertirse en herrero. Ha sido magia, pensó, tal y como dijo Lennat cuando entró en su casa y, con seriedad, con cortesía, cayó sobre una rodilla con gesto humilde y la pidió a su padre en matrimonio. Qué romántico... Lila suspiró.

Su padre se negó de malos modos a darle una dote... y la respuesta de Lennat fue perfecta... ¡perfecta! Nada salvo su camisa, señor, dijo, y con eso no tiene precio. Y Herodoto asintió despacio con la cabeza, dando su acuerdo. Nunca había sentido un momento de dulzura mayor, y ahora contemplaba a la persona que, por medios que ella no comprendía, le había dado ese momento.

Sin esperar nada a cambio, dada la hostilidad que la rodeaba y que mantenía a raya con el escudo de su mirada distante y fría que ahora los observaba a todos.

Impulsivamente, Lila rodeó el borde de la mesa y la abrazó, esperando al hacerlo no estar a punto de recibir un golpe que la lanzara al otro lado de la sala. Medio se lo esperaba, en realidad, y se tensó preparándose para ello... pero Xena, con aire divertido, la rodeó con sus largos brazos y le devolvió el abrazo.

No se parecía en nada a lo que se esperaba, pensó Lila más tarde. Era como ser una niña y que alguien mucho más grande y muchísimo más fuerte la sostuviera en sus brazos. Era esa clase de sensación, que la inundó con una acometida de calor que la atravesó de parte a parte, hasta que la guerrera le dio una palmadita y la soltó.

—Sé lo que has hecho —logró susurrar Lila, antes de apartarse—. Jamás lo olvidaré.

La respuesta fue una sonrisa de medio lado y un ligero encogimiento de hombros.

—De nada —replicó Xena, intercambiando una breve mirada cómplice con Gabrielle—. Nos vemos dentro de nada —añadió, saludándolos a todos con la cabeza, tras lo cual se dirigió a las escaleras del fondo, deslizándose a través del gentío con sinuosa agilidad, y subió las escaleras con un destello de cuero oscuro y hombros musculosos. Consciente, sin duda, de que los ojos de toda la sala la estaban mirando.

No era nada evidente, pensó entonces Lila, lo que indicaba el afecto entre su hermana y Xena. Pero sí eran los pequeños detalles: la forma en que los ojos de Gabrielle la seguían casi inconscientemente, y el levísimo movimiento de sus labios cuando sus miradas se cruzaban, y las caricias casuales entre ellas que parecían totalmente normales entre dos amigas íntimas, hasta que uno advertía que Xena no permitía que nadie más, por muy bien que le cayera, insinuara siquiera tomarse semejantes libertades con su persona. O hasta que uno se fijaba en lo pegadas que estaban siempre la una a la otra, en marcado contraste con la distancia que ambas mantenían con el resto del mundo. No había barreras entre ellas, y Lila, que acababa de reconocer eso mismo en su propia relación con Lennat, se sonrió por dentro. Por los dioses... no me lo puedo creer... están enamoradas la una de la otra, igual que nosotros. Observó el rostro de Gabrielle y se fijó en el suave resplandor de sus brumosos ojos verdes. Por Zeus... ¿ése es el aspecto que tengo yo cuando miro a Lennat?

—Lila, tenemos que organizar muchas cosas —comentó Hécuba, visiblemente encantada. Miró a Gabrielle, que estaba apoyada en la mesa—. Gabrielle... ¿te vas a quedar para la boda? —En sus ojos había una expresión esperanzada, contra la cual su hija no tenía defensa alguna.

—Tienes que hacerlo. —Lila la agarró del brazo con entusiasmo—. Tienes que ser mi dama de honor... por favor, Gabrielle, di que sí.

La bardo las miró con una sonrisa desconcertada. ¿Y cuándo he pasado de ser alguien a quien se le decía lo que tenía que hacer a alguien a quien se le piden las cosas con cortesía? El repentino respeto le parecía fuera de lugar, viniendo de unas personas de las que había llegado a esperar mucho menos.

—Claro que me quedo, Lila. ¿Cómo me iba a perder tu boda?

Hécuba se levantó y le dio a Gabrielle una palmadita en el brazo.

—Me ha gustado mucho escucharte, hija. —Sus ojos observaron su rostro con repentina severidad—. Pareces cansada, lo cual no me extraña después de esa actuación. Ve a descansar un poco.

—Sí —prometió Gabrielle—. Os veo mañana —añadió, tras lo cual los abrazó a los tres y subió a su habitación.

Xena estaba echando agua caliente en las aromáticas hierbas cuando ella abrió la puerta y eso inundó la estancia de un olor maravilloso, que Gabrielle aspiró con un suspiro de aprecio.

—Por los dioses, eso huele fantástico —comentó la bardo, esperando a que la guerrera terminara de echar el agua y dejara la tetera, momento en el que se acercó y rodeó a la mujer más alta con los brazos, apretando con todas sus fuerzas.

—Oye... —rió Xena—. ¿A qué viene esto?

—Por nada... por todo... —Se le quebró la voz—. Porque sí.

—Oh —replicó Xena, suavemente, acercándosela aún más, hasta que las dos notaron sus cuerpos totalmente pegados el uno al otro—. ¿Mejor?

—Sí —fue la apagada respuesta—. Si se nos ocurriera un modo de embotellar esta sensación... nos podríamos retirar a un palacio, ¿sabes?

Xena miró a la bardo con cariño.

—Esto no se puede comprar ni con todos los dinares del mundo, Gabrielle. —Oh... y además vale hasta el último de ellos—. Pero tú tienes que meterte esto por la garganta, o mañana lo vas a lamentar.

De mala gana, la bardo la soltó y se sentó a la mesa, rodeando con las manos la taza que había preparado Xena.

—Mm... vale. Al menos sabe bien. —Sonrió a Xena con aire ladino—. Hablando de lo cual, me he fijado en que no has tocado la cena. —Posó en Xena una mirada acusadora.

—Pues no —confirmó la guerrera—. Le he dado un poquito a Ares. —Señaló al lobezno dormido—. A él parece que le ha gustado, pero yo lo probé... —Hizo una mueca—. Malísimo. —Entonces sonrió—. Sin embargo...

—¿Sí? —la instó Gabrielle, ladeando la cabeza.

Un ligero gesto indicó el paquete depositado en un extremo de la mesa.

—Eso podría resultar más comestible.

Con una sonrisa, la bardo se acercó el paquete envuelto, deshizo el envoltorio con cuidado y se echó a reír al ver el contenido.

—Oh, sí —asintió al instante, sacando una gran empanada y pasándosela a Xena—. La cena. Come. —Luego cogió una para sí misma y se recostó en la silla con expresión satisfecha.

—Bueno... —farfulló Xena con la boca llena. Oh, dioses... qué rico está... será mejor que esconda el resto de lo que hay en ese paquete o voy a tener serios problemas—. Desde luego, está mejor que ese guiso.

—Ya —asintió Gabrielle, alternando bocados con sorbos de su infusión—. Toma. —Le pasó a Xena una segunda empanada y cogió otra para sí misma. Miró a la guerrera con severidad al ver que dudaba—. Escucha, da la casualidad de que sé que lo único que has comido hoy para almorzar es un bocado de una empanadilla de carne y que la mayor parte de tu desayuno ha sido para esa maquinita de comer con patas que está ahí abajo. —Advirtió la sonrisa divertida de Xena que solía indicar que había ganado una discusión—. Y si yo no cuido de ti, ¿quién lo va a hacer?

Xena se limitó a sonreír y se comió la segunda empanada. Tiene razón. Además, no me puedo resistir a estas malditas cosas y ella lo sabe. Se limpió los dedos cuando terminó y luego miró a la bardo enarcando una ceja.

—Deja que me ocupe de esas costillas, ¿vale?

Gabrielle asintió, se levantó, se quitó la túnica, que dejó encima de la silla, y se puso una amplia camisa de dormir que se dejó desabrochada, luego se volvió de cara a Xena mientras ésta sacaba un tarrito de aceite de su botiquín y lo abría.

—Maldición —suspiró la guerrera, frotando delicadamente con el aceite las contusiones que contrastaban llamativamente con la piel bronceada de la bardo—. Te debe de doler.

Gabrielle le sonrió.

—No cuando haces eso —comentó y la respuesta fue una ceja enarcada con indolencia.

—Ah, ¿en serio? —fue la risueña pregunta.

—Sí, en serio —contestó la bardo, acercándose más y moviendo las manos ligeramente por la figura cubierta de tela de Xena.

—Fíjate qué cosas... —Tras una profunda carcajada que Gabrielle notó en la yema de los dedos.

—Sí, sabes... —El murmullo de su respuesta quedó interrumpido eficazmente por los labios de Xena—. Olvídalo... —añadió con la respiración entrecortada, y volvió por más. Sintió que la levantaban en brazos como a una niña y entonces se acurrucó con Xena encima del blando edredón que cubría la cama, con las manos libres para explorar.


Gabrielle se permitió cobrar consciencia poco a poco, pasando del sueño a la cálida seguridad del abrazo de Xena con una sensación de placer exuberante. Mmm... no me extraña que últimamente no me haya importado despertarme. ¿A quién le importaría despertarse con esto? A mí no... para nada... no... bardo feliz. Siguió con los ojos cerrados y se quedó flotando un rato. Bueno... así que Lila se va a casar, reflexionó su mente adormilada. Es estupendo... ¿cuánto faltará para que me convierta en tía? Sonrió por dentro. Seguro que no mucho... Lila siempre ha querido hijos. Su buen humor se disipó. Maldita sea... me quiero quedar para su boda... pero... no sé si puedo... tendré que entrar en esa casa y volver a verlo... y no creo que...

Se estremeció sin querer y notó que los brazos de Xena la estrechaban al instante, pegándolas más la una a la otra. Gabrielle abrió los ojos y se encontró con la mirada bien despierta de la guerrera.

—Hola... —dijo, parpadeando—. ¿Llevas mucho despierta? —preguntó, con una sonrisa burlona.

Xena asintió y sonrió a su vez.

—Sí —dijo riendo—. Despierta y recreándome en un vergonzoso ataque de pura holgazanería, de hecho.

—Oh —respondió la bardo—. Podrías haberme despertado... no me habría importado.

Xena se encogió de hombros.

—Qué va... estabas muy dormida... pero, ¿y ese estremecimiento de ahora? Sé que para eso tenías que estar despierta. —Sus ojos se endurecieron y se fijaron atentos en el rostro de Gabrielle.

Gabrielle bajó la mirada y se concentró en cambio en la clavícula de Xena, dejando que sus dedos dibujaran distraídos la amplia distancia de un hombro a otro.

—Le prometí a Lila que me quedaría para la boda. —Suspiró. Y vio cómo los gruesos músculos de ambos lados del cuello de Xena se encogían levemente.

—Eso ya me lo imaginaba, Gabrielle. Así que, ¿cuál es el problema? —retumbó la voz de Xena en sus oídos.

La bardo guardó silencio largo rato, intentando encontrar una forma de expresar lo que sentía. Por fin, miró a Xena, que aguardaba pacientemente.

—Cada vez que pienso en... verlo... o hablar con él... Xena, me... —Tragó con dificultad—. No puedo. —Hundió la cara en el hombro de Xena—. Me entra una... sensación horrible y asquerosa cuando lo pienso.

Xena soltó aliento al tiempo que fruncía el ceño pensativa.

—¿Tienes... tienes miedo de que te vaya a volver a hacer daño? —preguntó, con cuidado, tanteando el terreno.

Un largo silencio.

—Pues... no... no sé de qué tengo miedo, Xena. Sólo que lo tengo —susurró por fin—. Quiero esconderme de él.

—Ya le has hecho frente —dijo Xena, despacio, dando vueltas a mil ideas.

—Sí, lo sé —fue la respuesta—. Pero ahora... me siento como cuando era pequeña... tal vez cuando él... no sé... me lo hizo recordar todo... Xena, he prometido ser la dama de honor de Lila... y no sé si puedo hacerlo. —Empezó a temblar—. Lo sssssiento —balbuceó—. No quería cargarte con todo esto. Ya has movido una montaña para llegar hasta aquí.

Xena le acarició el pelo con ternura.

—Gabrielle, no me estás cargando con nada. Si tienes un problema... pues también es mi problema. ¿Te enteras?

—Sí —fue la respuesta apagada y apenas audible.

—¿Quieres que vaya allí... a la casa... contigo? —preguntó la guerrera.

Gabrielle alzó la cabeza y la movió negativamente.

—No... no... Xena... te odia... te...

Xena cogió la cara de la bardo entre sus manos y la miró a los ojos.

—¿Qué haría, Gabrielle? ¿Qué podría hacerme a mí? —Una mirada intensa—. A mí, Gabrielle... recuerda quién soy, ¿vale?

Los brumosos ojos verdes la miraron parpadeando confusos. Las pesadillas de una niña combatían con su lógica de adulta mientras los crudos recuerdos de una figura alta y amenazadora que se cernía sobre ella empezaban a inundarle la mente.

—Es... tan fuerte... y... te hará... te hará daño... no puedo...

—No. —La voz de Xena encerraba una fuerte convicción—. Gabrielle... escúchame. Escucha —repitió—. Tú eras sólo una niña entonces... ahora mismo lo estás viendo a través de los ojos de una niña. —Una pausa—. No puede hacerme daño, Gabrielle... tú lo sabes. Me conoces. —Poco a poco, el raciocinio regresaba a los ojos de la bardo—. Y no voy a permitir... no voy a permitir que te haga daño. ¿Me oyes?

Por un instante, los ojos que la miraban fueron los de una niña pequeña y asustada, luego Gabrielle respiró hondo, cerró y volvió a abrir los párpados, al parecer con un gran esfuerzo, y tragó con dificultad.

—Te oigo... —respondió con tono apagado—. Dioses. Lo siento...

—Deja de disculparte —replicó Xena—. No es culpa tuya, Gabrielle. —Notó que su corazón empezaba a recuperar su ritmo normal tras el doloroso galope que había experimentado—. Todo va a ir bien. Te lo prometo...

Gabrielle soltó un largo suspiro.

—Gracias —replicó, apoyando de nuevo la cabeza en el hombro de Xena y rodeando una vez más a la guerrera con el brazo—. Lo siento... uuy... quiero decir... ni siquiera te he preguntado si querías quedarte para esto de la boda... —Dudó y siguió adelante—: Puedes... marcharte... si quieres.

Xena soltó un resoplido.

—¿Y perderme una gran fiesta donde nadie me soporta? Jamás en la vida, bardo mía. Aquí me tienes pegada y vas a tener que aguantarte.

La bardo la miró y sonrió un poquito.

—¿Te apetece una comida campestre?

Xena se la quedó mirando desconcertada.

—¿Cómo dices?

Gabrielle bajó la mirada y la volvió a levantar.

—Me gustaría... ir al claro donde nos encontraron los tratantes de esclavos... y recordar ese día. Y me gustaría hacerlo contigo. Así que... ¿te apetece una comida campestre?

—Oh —fue la respuesta—. Claro... me encantaría.

Se miraron y sonrieron.

—Será mejor que nos pongamos en marcha —suspiró Xena, azuzándose a sí misma—. ¿Cuándo es esta boda, por cierto?

—Ahhhh... —La bardo frunció el ceño—. Mm... dentro de tres días. Con la luna de la cosecha.

—Un buen augurio —rió Xena—. Lila quiere hijos, ¿eh?


Lila se pasó por allí cuando ya se habían vestido y comido algo que Xena le compró a un vendedor del mercado después de examinar lo que se estaba preparando en la cocina de la posada.

—Ni se te ocurra entrar allí —le comentó a Gabrielle con un murmullo, cuando volvió a entrar por la ventana y sorprendió a la bardo con un par de empanadillas de carne de las que se había estado comiendo ella el día anterior.

—¿Y tú qué? —preguntó Gabrielle, dando golpecitos con un pie y frunciendo el ceño.

—Ya he comido lo mío —replicó Xena, con una sonrisa—. He traído esto para Ares —añadió, sentándose en el suelo con las piernas cruzadas, y le dio al ansioso lobezno un puñado de tiras de carne cruda.

—¡Ruu! —chilló él muy contento, y se puso a comer con entusiasmo.

Xena se rió y se quedó mirándolo un momento, y luego miró a Gabrielle.

—¿Qué? —preguntó, al ver la cara seria de la bardo.

—Nada —respondió Gabrielle, sentándose a la mesa, donde se terminó las empanadillas de carne sin decir nada más, observando distraída mientras Xena jugaba con Ares.

Lila llamó a la puerta poco después y asomó la cabeza, con la cara más animada que de costumbre.

—¡Buenos días! —les sonrió.

Ellas le sonrieron a su vez.

—Supongo que lo son —dijo Xena con guasa, desde el suelo, donde estaba relajadamente estirada al lado del lobezno.

—Siéntate. —Gabrielle le indicó una silla y luego siguió escribiendo en un pergamino que tenía delante—. ¿Cómo van los planes?

Lila se sentó y suspiró.

—Bueno, van bien... padre se puso furioso al enterarse de que te había pedido que seas mi dama de honor. —Las dos hermanas se miraron—. Pero madre consiguió calmarlo por fin. —Echó un vistazo a Xena—. No he tenido agallas para preguntarle...

La guerrera la miró enarcando una ceja.

—Da igual... —contestó con seriedad—. Si Gabrielle va, ahí estaré.

—Se va a... —Lila se calló y miró a Xena ladeando la cabeza—. En fin, le va a dar un ataque, pero tampoco es que te pueda hacer gran cosa, ¿no? —dijo pensativa—. Yo quiero que estés —terminó, mirando a la guerrera de frente.

Xena la observó con cierta diversión. Vaya cambio, se dijo. Miró de refilón a Gabrielle, que guardaba silencio y había dejado de escribir por el momento. Mientras Xena la miraba, se recompuso visiblemente y, respirando hondo, continuó escribiendo. La guerrera sintió una súbita acometida de compasión por ella.

—Gracias por invitarme —le dijo a Lila.

Gabrielle intentaba conseguir que lo que decía Lila le resbalara y no escuchar. Respiró hondo y siguió anotando sus ideas sobre su última aventura, usando las palabras para mantener a raya su miedo intranquilo. Cuando se esforzaba por encontrar los términos descriptivos adecuados, sintió que la inundaba una sensación de calor. Volvió la cabeza, vio los ojos azules de Xena clavados en ella y cayó en la cuenta de dónde procedía ese calor. Caray... dijo su mente, distrayéndose. Eso funciona de verdad... Increíble...

—Bueno —decía Lila—. Tienes que conseguir algo adecuado... no me mires así, Bri... recuerda que es una boda. Algo adecuado que ponerte... madre dice que te acompañará a la costurera esta mañana. —Hizo una pausa—. Tenemos algunos de tus antiguos vestidos... pero te los van a tener que adaptar —dijo, con un brillo risueño en los ojos.

Gabrielle soltó un leve suspiro. Maldición... Odio que me tomen medidas para hacerme vestidos. Ella lo sabe... Seguro que Xena me está mirando con sorna. Echó un vistazo. Pues sí.

—Deja de sonreír —advirtió y dirigió una mirada aviesa a Lila—. Sólo por ti, Lila... quiero que lo sepas.

La muchacha morena sonrió.

—Sabía que podía contar contigo.

La bardo sonrió de repente con picardía.

—Oye... —Se volvió y miró a Xena con ojos traviesos—. Puedes acompañarnos.

Al oír eso, ambas cejas se alzaron de golpe.

—¿Para que la costurera se ponga tan nerviosa que te pinche por todas partes con los alfileres? —fue la respuesta—. No me parece buena idea.

—¿Por favor? —dijo la bardo, inclinando la cabeza. Vio el ligero mohín que hacía Xena con la boca y que significaba que estaba a punto de ceder—. Si vas tú... seguro que no me echan un sermón.

Ahora el mohín se transformó en una sonrisa plena.

—Bueno, está bien —contestó Xena con humor—. Venga... en marcha. —Se puso en pie con un movimiento ágil, se sacudió el polvo y fue hacia la puerta. Gabrielle y Lila se miraron y la siguieron.

Hécuba se quedó... sorprendida por la persona que se había añadido a su expedición de compras, pero no dijo nada y se limitó a saludar a Xena con la cabeza.

—Vamos pues —dijo—. Lila, tienes que ocuparte de...

—Ya lo sé —suspiró Lila, y las saludó agitando la mano—. Os veo más tarde.

Caminaron en silencio unos minutos y luego Hécuba indicó la tela que llevaba doblada sobre el brazo izquierdo.

—He elegido dos que me parece recordar que te gustaban.

Gabrielle examinó lo que había elegido y suspiró por dentro. En realidad no le gustaba ninguno de los dos... pero por otro lado, ninguno de los otros habría sido mejor.

—Me sorprende que los hayas guardado —comentó, riendo ligeramente.

—No conviene nunca tirar las cosas —replicó su madre—. Siempre hemos pensado... —Dejó de hablar y miró a Gabrielle de reojo—. Yo siempre he tenido la esperanza de que volvieras —terminó, posando los ojos en el horizonte.

La bardo suspiró.

—Lo sé —contestó y notó un levísimo roce de dedos en la espalda que la tranquilizó un poco—. Os echo de menos a ti y a Lila... pero... —Sonrió a Hécuba—. Me... encanta... la vida que llevo... —Y la persona que la comparte—. Y también las cosas que veo y hago... —Y eso lo dijo tanto para la figura silenciosa que caminaba a su lado como para su madre—. Soy muy feliz.

Hécuba frunció los labios y dirigió una sonrisa irónica a su hija.

—Eso ya lo veo, Gabrielle. —Y ahora su mirada las abarcó a las dos—. No comprendo mucho de cómo es vuestra vida, pero... se me alegra el corazón al ver la felicidad que te produce. —Tomó aliento—. Ya hemos llegado —comentó, cuando llegaron a la casita que tenían delante—. ¿Hay alguno que prefieras...? —Le mostró la tela a Gabrielle.

La bardo dudó, estudiando los dos colores. Entonces una voz grave le hizo cosquillas en la oreja.

—El gris —fue el consejo de Xena, en un tono tan bajo que ni siquiera Hécuba logró oírlo.

—Mmm... éste, creo —contestó Gabrielle, eligiendo el vestido de color gris oscuro en lugar del lavanda—. Seguro que hay que ajustarlo menos. Me estaba bastante estrecho antes de que me fuera. —Y recordó la última vez que se lo puso... el baile de la cosecha, cuando Agtes la llevó a la fuerza detrás del granero grande y Pérdicas los encontró. Lucharon... Gabrielle hizo una mueca al recordar la paliza que se llevó el bondadoso Pérdicas por ella. No se había puesto el vestido desde entonces... pero le quedaba bien, en aquella época, y tal vez ya iba siendo hora.

Hécuba asintió mostrando su acuerdo.

—Eso es cierto —dijo y abrió la puerta, haciéndoles un gesto para que pasaran delante de ella.

La costurera, una mujer bajita y nerviosa de pelo rojo y tristes ojos azules, se puso a hablar sin parar desde el momento en que entraron, aunque sí se detuvo varios segundos para mirar parpadeando a Xena, quien la miró a su vez y se puso cómoda en un pequeño banco del fondo de la estancia.

—Oh, cielos —comentó—. Pero qué chica tan grande, ¿no? —Lo cual hizo reír a Gabrielle y resoplar con sorna a la guerrera.

Gabrielle seguía riendo por lo bajo por el comentario cuando se puso el vestido por encima de la cabeza y dejó que los pliegues cayeran a su alrededor, tras lo cual enarcó una ceja al ver cómo le quedaba.

—Vaya, vaya... —refunfuñó la costurera, juntando la tela que sobraba—. Vamos a tener que meter por aquí, ya lo creo, y también por aquí.

La bardo se miró sin entusiasmo en el espejo e intentó pensar en otras cosas mientras las dos mujeres toqueteaban y se ajetreaban con la tela, hasta que por fin se quedaron satisfechas con el arreglo. Bueno... no está mal, pensó suspirando por dentro al observar el resultado en el espejo. El gris del vestido hacía un bonito contraste con el dorado rojizo de su pelo, al menos, y el corte bajo del escote estaba... bien, pero... Suspiró y volvió a mirarse en el espejo y esta vez vio en el reflejo la sonrisa encantada de Xena y la expresión de placer de sus relucientes ojos azules.

Y sonrió, sintiendo el inicio de un rubor sobre el que no tenía el menor control. Por suerte, su madre y la costurera seguían demasiado ocupadas con los alfileres para advertirlo. Con timidez, levantó la mirada y se encontró con los ojos de Xena y sintió que se animaba al asimilar la admiración de esa mirada.

—Así está bien —le dijo a la costurera, que aguardaba expectante—. Está estupendo.

Hécuba asintió.

—Servirá —afirmó y ayudó a su hija a quitarse la prenda con cuidado para no hacer saltar todos los alfileres de hueso por la casa—. Bueno, no ha sido para tanto, ¿verdad? —Examinó a su hija mientras ésta se abrochaba la túnica.

—No —contestó Gabrielle, riendo un poco—. En absoluto. —Para empezar, mi actitud hacia ese vestido ha cambiado por completo, reflexionó, con una sonrisa.

—Te va a quedar muy bien. —Hécuba se volvió y miró a Xena—. ¿No te parece?

Los labios de Xena esbozaron una sonrisa.

—Muy bien —asintió solemnemente, al tiempo que se levantaba y se acercaba donde estaba Gabrielle, dirigiendo una mirada divertida a la costurera, que se apartó nerviosa de su camino.

Hécuba se unió a la menuda mujer junto al banco de trabajo y las dos se pusieron a cuchichear, mientras Xena y Gabrielle se quedaban la una al lado de la otra esperando.

—Sabes... —dijo Xena con tono de guasa, en voz baja—. Lila se va a enfadar mucho contigo.

Gabrielle arrugó el entrecejo y se volvió para mirar a su compañera.

—¿Qué? —susurró, lanzando una mirada rápida a su madre.

—Sí... no está bien que la dama de honor eclipse a la novia. Es de mal gusto —fue la risueña respuesta.

—Oh, venga ya, Xena —resopló la bardo, dándole un manotazo en el estómago—. Haz el favor.

Xena se quedó callada y la miró largamente.

—Hazte un favor a ti misma, Gabrielle. Yo no hago cumplidos a la ligera. Estás preciosa con ese vestido.

Gabrielle tomó aire para responder, luego lo volvió a tomar y por fin cerró la boca y se quedó mirando al suelo, con, estaba segura, la sonrisa más estúpida del mundo en la cara.

Xena se echó a reír suavemente y le revolvió el pelo.

—Bueno, aquí ya hemos terminado —dijo Hécuba, con un suspiro, y se reunió con ellas—. Gabrielle, ¿estás bien?

—Bien, bien, gracias. Sí —dijo la bardo, asintiendo con la cabeza—. Vámonos.

Una vez fuera, Hécuba se sacudió las manos y asintió con energía.

—Eso ya está hecho. Ahora tengo que ocuparme de otras cosas... —Se quedó callada y las tres vieron a Herodoto, que venía en su dirección.

Gabrielle sintió que se le ponía un nudo conocido en el estómago, al ver los tics de rabia en su rostro. Se le aceleró el corazón, con una reacción irracional que hizo que le temblaran las piernas y le faltara el aliento. Por los dioses... gritó su mente, al borde del pánico.

Y entonces ocurrieron dos cosas al mismo tiempo. Una mano se posó sobre su hombro y trajo consigo una sensación de seguridad que empezó a deshacer su pánico. Luego sus ojos, clavados en el rostro de su padre, vieron en él algo increíble. Miedo. Durante unos segundos de pasmo, lo miró parpadeando. ¿Qué...? ¿De qué puede tener miedo? ¿Qué ha...?

—Ven —gruñó Herodoto, a varios pasos de distancia, haciéndole un gesto seco y furioso a Hécuba. Pero sus ojos se apartaron de ellas y no se volvió a mirar cuando cruzaron la plaza, mientras aferraba con la mano el brazo de Hécuba.

—¿Estás bien? —murmuró Xena, mirándola a la cara con cierta preocupación.

—Sí —respondió la bardo, un poco desconcertada—. Estoy... ¿Pero por qué tenía esa cara? —Siguió el leve tirón de Xena hacia la plaza—. Nunca he visto... ¿qué...? ¿Tú has visto qué era lo que estaba mirando?

Xena dudó y luego se encogió de hombros.

—A mí. —Menos mal, probablemente, que tampoco ha visto bien mi cara. Seguro que no era muy agradable.

—¿A ti? —respondió Gabrielle pensativa, sintiendo que su miedo se iba disipando. Xena. Claro que tenía miedo de ella. ¿No se lo tiene todo el mundo? ¿Por qué iba a ser mi padre una excepción...?

—Sí —confirmó Xena—. Escucha, voy a ver cómo está Argo. ¿Tú vas a conseguir... —sonrió—, provisiones para la comida campestre?

—Por supuesto —respondió la bardo con un brillo risueño en los ojos—. Te veo en la cuadra. —Se encaminó hacia la zona del mercado, elaborando una pequeña lista mental de las cosas que quería.

No tardó mucho, sólo tres paradas, y ya tenía lo que quería, todo bien empaquetado en un fardo que llevaba debajo del brazo. De algo sirve pasar todos los días durante dos años con una persona, pensó. Desde luego, aprendes lo que le gusta y lo que no. Y los gustos de Xena y de ella eran sorprendentemente parecidos, en realidad. Lo cual, pensó con humor, venía muy bien, o el tema de las comidas habría podido ser espinoso.

Rodeó el último edificio del borde de la plaza, de camino a la cuadra. Y se detuvo, al ver lo que tenía delante. Agtes y sus amigos. Sonrientes.

—Vaya, vaya... ¿qué tenemos aquí? Es la pequeña Bri —dijo Agtes con una sonrisa burlona.

—Hola, Agtes —contestó Gabrielle, con tono apagado. ¿Y ahora qué? Por los dioses... Pero Agtes no era su padre... y a cosas peores se había tenido que enfrentar en sus viajes. Ahora no sentía pánico... sólo una rabia en lenta ebullición que notaba cómo iba en aumento—. Disculpa —dijo, pasando a su lado.

—Ah... no tan rápido —dijo Agtes riendo y la agarró del brazo—. Hace tiempo que no te veo, Bri... Tengo entendido que has estado dando tumbos por ahí con esa ex señora de la guerra... amiga... tuya. —Se acercó más a ella—. ¿Te hace... feliz... Bri? —Sus amigos se echaron a reír.

Gabrielle consideró y descartó una serie de opciones distintas antes de decidirse por una respuesta.

—Mucho —dijo despacio, sonriéndole de forma inesperada—. Ahora, si me disculpas. —Gozó de su cara de pasmo cuando se escurrió a su lado y siguió caminando.

—Oye... —gruñó él y se lanzó sobre ella, agarrándola del hombro y dándole un tirón para volverla de cara a él.

La bardo dejó que el impulso le diera la vuelta del todo y entonces le atizó en la mandíbula con el codo, notó el impacto del contacto y vio cómo se le iba la cabeza hacia atrás. Él se tambaleó, parpadeando, y ella continuó con una patada en la entrepierna, que lo derribó con un grito brusco.

Se hizo el silencio, mientras los demás chicos la miraban. Ella los miró a su vez y se sacudió el polvo.

—Bueno, lo digo de nuevo. Si me disculpáis. —Pasó a su lado, luego se detuvo y se volvió—. ¿Es que no tenéis nada mejor que hacer que incordiar a la gente? A ver si os buscáis un trabajo. —Y siguió caminando, meneando la cabeza—. Cretinos.

Abrió la puerta de la cuadra y se detuvo, al oír un murmullo de voces dentro. Entonces alguien la llamó por su nombre y se adentró en el edificio mal iluminado, donde vio a Xena al lado de Argo hablando con Lila.

—¿Qué ocurre? —preguntó, al ver el rostro surcado de lágrimas de Lila y la ceñuda expresión de Xena.

—Oh... Bri... —exclamó Lila, alargando una mano hacia ella—. Es madre... le ha...

Xena le cogió el paquete a la bardo y lo dejó a un lado.

—Parece ser que le ha hecho pagar a tu madre parte de su frustración, Gabrielle —explicó la guerrera, con rabia contenida.

—Le ha hecho daño, Bri... y no permite que entre el sanador —gimió Lila, desplomándose casi en brazos de Gabrielle.

Xena fue muy decidida a las alforjas de Argo y sacó un pequeño paquete.

—Vosotras quedaos aquí —dijo con tono tajante.

—Espera un momento, Xena —protestó Gabrielle con aspereza—. Ni hablar. Yo voy contigo.

La guerrera se giró y fue hasta Gabrielle, atrapando sus ojos con una intensa mirada.

—No, Gabrielle. Lo digo en serio. La cosa ya se va a poner suficientemente tensa sin que tú estés ahí. —Hazme caso, sólo por esta vez, Gabrielle. No tengo tiempo para convencerte... por favor—. Confía en mí, ¿vale? —Y sintió el escozor que todavía le producían esas palabras, en este lugar.

Gabrielle dudó, avergonzada de la sensación de alivio que la estaba inundando. Pero tenía que hacer honor a esa petición.

—Vale. Pero ten cuidado, ¿por favor? —susurró, liberando una mano del abrazo frenético de Lila y entrelazando los dedos con los de Xena.

Sintió un apretón en los dedos.

—No te preocupes —fue la respuesta—. Entraré y saldré de allí antes de que te des cuenta. Tú ocúpate aquí de Lila. Creo que le vendría bien beber un poco de agua.

Y entonces Xena se fue y ella ayudó a Lila a sentarse en la paja.

—Espera, deja que te traiga un poco de agua. —Observó mientras Lila tomaba un largo trago del cazo que le pasó—. Bueno... ¿qué ha pasado exactamente?


La grava crujía bajo las botas de Xena mientras subía por el sendero hacia la casa de la familia de Gabrielle. Allí delante, oía el vocerío de una discusión y cuando dobló la curva del camino, vio a Herodoto gritándole a un hombre más bajo y de constitución delgada. Al verlo, sintió que una ola de emoción brotaba de algún punto muy oscuro y muy profundo de su interior. Le costó aplacarla más de lo que pensaba, antes de que él levantara la vista y viera lo que ella sabía perfectamente que asomaba a su rostro.

—He dicho que te largues de aquí —gruñó Herodoto, empujando al hombre.

—Deja al menos que... —protestó el hombre, alzando las manos con gesto de súplica—. Herodoto, por favor...

Los dos se volvieron al oír los pasos que se acercaban y vieron a Xena que venía hacia ellos. El sanador parpadeó sorprendido.

—Cielos —murmuró, sin saber qué pensar de ella.

—Maldita sea —gruñó Herodoto—. Vete de aquí —le gritó a la guerrera cada vez más próxima.

La cual no aflojó el paso en absoluto y siguió adelante, subió los escalones hasta el porche y se plantó ante ellos.

—Quita de en medio —ordenó Xena—. O te quito yo.

Por una fracción de segundo, pensó... deseó... quiso que Herodoto intentara detenerla. Oh, cómo lo deseó... porque entonces podría entregarse a su ansia desesperada de hacerlo picadillo. Con que le pusiera un dedo encima bastaría. Vamos, Herodoto... dame una razón que pueda justificar ante tu hija... por favor... vamos... sabes que quieres. Pégame. Una sola vez. Eso es todo.

—He dicho que te apartes. —Su voz se había transformado en un profundo gruñido y notó que la rabia hirviente que bullía bajo la superficie estaba a punto... prácticamente a punto de apoderarse de ella.

Pero no era estúpido.

—Haré que la ley caiga sobre ti, Xena —fue su fría respuesta, al tiempo que se apartaba con rigidez.

Xena se acercó más a él, con una expresión violenta y fiera en los ojos.

—Vete de aquí —dijo en un susurro—. O te haré lamentar todos y cada uno de los golpes que les hayas dado en tu vida.

—Eso no es asunto tuyo —dijo Herodoto con una apagada mueca de desdén—. La ley está de mi parte, pedazo de basura arrogante, y no puedes hacerme nada.

El lobo salió a la superficie y Xena se lo permitió. Vio cómo se le dilataban los ojos cuando se dio cuenta del cambio.

—Ohh... qué equivocado estás. —Se le escapó una carcajada grave y cruel—. Gabrielle es asunto mío... y en el nombre de Ares, pedazo de cerdo... si alguna vez, una sola vez... —su voz se deslizó por las palabras como una serpiente por la hierba—, la vuelves a tocar, te... oh, sí... te haré sufrir tal agonía que lo único que desearás es que te hubiera matado.

Entonces abrió la puerta de un empujón y entró en la casa pobremente iluminada. Se detuvo dentro y se quedó totalmente inmóvil y en silencio largo rato, para dejar que se le apagara el fuego de las entrañas y que su cuerpo dejara de temblar. Había faltado... muy poco. Poquísimo. Por fin, respiró hondo y avanzó por la casa, escuchando atentamente.

Un leve gimoteo la condujo hasta la cocina, donde se detuvo y se quedó así un momento. Luego, meneando la cabeza, cruzó el espacio y se arrodilló al lado de Hécuba.

—Tranquila... tranquila... —dijo suavemente, cuando la mujer se acurrucó más hecha un ovillo—. No pasa nada... tranquila.

Bajó las manos, agarró a la mujer por los hombros y la puso boca arriba con delicadeza, encontrándose con los ojos llenos de dolor.

—Tranquila... —Vio cómo la expresión de horror vacío se disipaba levemente y surgía una chispa de reconocimiento—. Sí, eso es... me conoces... relájate, no te voy a hacer daño.

—Mmmi brazo —balbuceó Hécuba, con los ojos clavados en la cara medio en sombras que se cernía sobre ella.

—Ya veo —dijo Xena, moviendo los ojos rápidamente al tiempo que sus manos desenvolvían los objetos de su botiquín—. Vale... te lo tengo que colocar. —Su mirada se posó en el rostro de Hécuba—. Te lo voy a bloquear con un punto de presión, ¿vale?

Un gesto temeroso de asentimiento.

—Bien —dijo Xena, y apretó con dos dedos la unión del cuello y el hombro y oyó un brusco jadeo—. Vale... no pasa nada. —Le puso una mano a la mujer en el hombro—. No mires.

Y agarró el codo con una mano fuerte y la muñeca con la otra y rotó el brazo roto hasta alinearlo. Notó que el hueso se rozaba al alinearse correctamente y se encogió un poco al ver la palidez de la cara de la mujer mayor.

—Vale... ya casi está. —Xena entablilló y envolvió firmemente el brazo con vendas de lino que anudó bien antes de soltar el punto de presión.

Hécuba gimió cuando regresó el dolor, pero no tan fuerte como antes.

—Duele, lo sé.

—Mejor —jadeó Hécuba—. Oh, dioses... ¿cómo has sabido...?

Xena le dio una palmadita en el hombro.

—Lila vino a buscarme. —Pasó un brazo por detrás de los hombros de la mujer—. Aguanta. —Le levantó las rodillas con el otro brazo, se puso de pie y transportó a la mujer desde la cocina hasta la zona de dormir, donde la depositó en un camastro cerca de la puerta—. Ya estás —dijo, acuclillándose al lado de la mujer mayor—. Te va a doler toda la noche, pero para mañana por la noche, debería empezar a mejorar.

Hécuba se quedó mirándola.

—No te entiendo.

Xena suspiró.

—Es lo habitual.

—¿Gabrielle lo sabe? —fue la débil respuesta.

La guerrera asintió.

—No dejes que venga aquí —advirtió Hécuba, parpadeando al intentar mantenerse despierta.

—Deja que yo me preocupe por Gabrielle —respondió Xena, poniéndole una mano en el hombro—. Tú descansa.

La mujer mayor cerró los ojos y asintió levemente.

—Está en buenas manos.

Xena se sonrió con ironía y se miró las manos. Mucha gente estaría en desacuerdo, Hécuba. Tu marido, para empezar. Y después de lo cerca que he estado de cometer un asesinato a sangre fría en tu porche, tal vez yo también estaría en desacuerdo. Suspirando, se levantó, fue en silencio hasta la puerta y pasó a la zona de estar. No había señales de Herodoto, advirtió. A lo mejor se ha ido a buscar al alguacil. Eso podría resultar interesante.

Sin hacer ruido, abrió la puerta de entrada, salió y echó a andar por el camino de vuelta.


Herodoto se alejó de su porche, rumbo al centro del pueblo, en busca del alguacil. Tampoco es que ese maldito idiota vaya a hacer nada, pero... pensó. Pero al pasar ante la puerta de la cuadra, oyó un murmullo de voces. Voces que reconoció, y se detuvo y se quedó allí, pensando, un buen rato.

Entonces sonrió y entró por la puerta de la cuadra.

Lila sofocó un grito cuando reconoció la alta figura delineada en el umbral y su mano aferró la de Gabrielle con desesperada intensidad.

—Dioses —susurró.

La bardo tomó aliento temblorosa y se levantó, colocándose entre Lila y su padre. Se le aceleró el corazón, a pesar de sus intentos de calmarlo. Puedo hacerlo. Puedo con esto. Me lo ha dicho Xena, repetía su mente sin parar. Puedo. Y entonces su corazón escuchó y detuvo su galope desbocado, y ella lo miró con tensa expectación.

—Vamos, vamos... Bri —dijo Herodoto, con tono tranquilizador, alzando las manos para demostrar que las tenía vacías—. No te precipites, chica. ¿Tan horrible es que un padre quiera hablar con su hija?

Gabrielle observó su cara en silencio.

—¿Es que no hablaste suficiente la otra noche? —preguntó por fin, con tono apagado. Dioses... ¿qué hago ahora? Esto no es lo que me esperaba. No... no sé si puedo luchar contra esto—. ¿Qué más tienes que decir?

Su padre meneó la cabeza canosa con gesto solemne.

—Eso fue antes de que me diera cuenta de lo madura que te has vuelto, Gabrielle. —A la bardo no le pasó desapercibido su uso de su nombre completo—. Tú y yo... tenemos cosas de que hablar. No te pido mucho, sólo que te sientes a hablar conmigo, en la posada. Eso puedes hacerlo, ¿verdad? ¿Qué mal hay en hablar?

Qué mal, efectivamente. Gabrielle notó que la idea se introducía en su consciencia. Yo soy de las que hablan, sí... él sólo quiere hablar. Sé... sé que no debería hacerlo... pero...

—Está bien —replicó, notando que Lila le clavaba las uñas en el brazo.

—No lo hagas —murmuró Lila, mirándola con desesperación—. Bri...

—Tengo que hacerlo —contestó la bardo, con la voz ronca—. No puedo... Lila, tengo que hacerlo. Deja que vaya. —Y notó cómo Lila le quitaba la mano de encima, al tiempo que ella avanzaba un paso. Hacia él—. Vamos. —Se quedó mirándolo cuando se dio la vuelta y echó a andar delante de ella, hasta que los dos salieron por la puerta y entonces refrenó el paso para caminar a su lado.

Guardaron silencio mientras cruzaban el pequeño patio y siguieron callados cuando él alargó la mano y le sostuvo la puerta abierta, indicándole con gesto amable que pasara. Sus ojos se encontraron y él esbozó una leve sonrisa, que despertó sus recuerdos como un atizador al rojo vivo. Recuerdos de sí misma, cuando era muy pequeña, cerca de la chimenea en invierno... y de él... contándole historias. La imagen llenó su mente y le bloqueó la garganta, y sintió el escozor de las lágrimas contenidas en los ojos. Se me había olvidado. Los recuerdos le hablaban en susurros. Oh, padre...

Herodoto la llevó hasta una mesa, apartó una silla para ella y esperó a que tomara asiento antes de ocupar la silla de enfrente.

—Bueno, no es tan difícil, ¿no?

—No —respondió Gabrielle, con la vista clavada en las manos, que había juntado encima de la mesa delante de ella. Ya no soy una niña. Y... a pesar de los buenos recuerdos que tengo de él... eso no cambia lo malo. ¿Verdad?—. ¿Qué quieres de mí? —preguntó suavemente, al tiempo que levantaba los ojos para encontrarse con los suyos.

Herodoto se encogió ligeramente de hombros y jugueteó con una irregularidad de la superficie de la mesa.

—Sé... que estás muy enfadada, Gabrielle, por cómo te he hecho volver y lo que ocurrió el otro día. No voy a disculparme por eso... no tendría sentido. Quería hacerlo y lo hice... porque pienso que tu auténtico sitio está aquí, con nosotros. ¿Lo comprendes?

Gabrielle se quedó mirándolo.

—Comprendo lo que tú quieres. ¿Comprendes tú que yo no quiero eso?

—Bueno... —dijo, riendo un poco—. Eso lo has dejado muy claro, ¿no? —La miró ladeando la cabeza—. Pero he cometido un grave error, Gabrielle: te he tratado como a una niña, y ya no eres una niña. Eres una mujer fuerte y valiente, ¿verdad?

La bardo se lo pensó.

—No soy la misma persona que se marchó de aquí, si es a eso a lo que te refieres.

Herodoto asintió.

—Exacto... y por eso necesito hablar contigo... porque, verás, Gabrielle, Lila se marcha ahora. Va a emprender su propia vida... y eso... plantea un problema.

—¿Por qué? —fue la sencilla pregunta.

Su padre se miró las manos.

—Porque yo tengo un problema, Gabrielle. Como estoy seguro de que te das cuenta. No puedo... controlar lo que hago. Eso lo sabes, ¿verdad? Que en realidad nunca he querido hacerle daño a nadie... es algo que ocurre y no lo puedo evitar.

¿Era cierto? La mente de la bardo se torturó con esa idea.

—Así que, ahora que Lila se va, tengo un problema... porque nos quedamos solos tu madre y yo... y tu madre y yo... pues, nos peleamos.

—¿Como acabáis de hacer? —Gabrielle no reconoció su propia voz.

Él asintió despacio.

—Lila nunca podría detenerme... pero tú sí, Bri. Tú sabes que puedes. —Alargó la mano y le tocó la barbilla y ella se quedó demasiado atónita para impedírselo—. Sí... eres mi hija... ¿verdad? —La miró a los ojos—. Tú puedes conseguir que las cosas vayan mejor para tu madre, Gabrielle... ¿no le debes eso, al menos?

Gabrielle sintió que se le quedaba la mente paralizada. ¿Le debía esto a su familia? Porque sabía que, por encima de cualquier otra cosa, lo que él había dicho era cierto. Pero había otra verdad que la ataba con tanta fuerza como sus lazos de sangre con este hombre y esa mujer. Y romper eso... Gabrielle sintió que algo estaba a punto de hacerse añicos en el delicado equilibrio que tanto esfuerzo estaba haciendo por mantener.

—Tendré que pensármelo —dijo, con tono tenso y cortante.

—Está bien, Bri —dijo él, amablemente—. Piénsatelo... y... Bri... me gustaría... oír algunas de tus historias, ¿de acuerdo?

Un seco gesto de asentimiento como respuesta y él le dio una palmadita en la mano y se levantó para marcharse, poniéndole la mano un momento en la cabeza.

—Eres una buena hija. —Le sonrió con cariño y luego fue hasta la puerta y salió.


Xena había escuchado en silencio las noticias que Lila le susurró frenéticamente, y le puso una mano en el hombro.

—Lila... —dijo, intentando no hacer caso de la intranquilidad que le revolvía el estómago—. No hará nada en la posada... demasiado público. Y... Gabrielle puede cuidar de sí misma.

—No —insistió Lila, tirando a Xena de la manga—. Tienes... está tramando algo, Xena. Algo... que a ninguno de nosotros nos va a gustar, lo sé... lo noto. Está... obsesionado con Gabrielle... quiere que se quede aquí. Es lo que más desea.

Xena suspiró.

—¿Por qué? —Una simple pregunta.

Lila meneó la cabeza.

—Sabrá Hades... pero, Xena... —Sus ojos se encontraron con los de la guerrera—. Ella quiere creerlo.

—Lo sé —fue la apagada respuesta—. Escucha... Lila, vete a casa. Tu madre dormirá un rato... le he colocado bien el brazo. Yo esperaré aquí a Gabrielle y veré qué está pasando.

Lila asintió sin mucho convencimiento.

—Está bien... pero, Xena, no le dejes hacer algo que vaya a lamentar, ¿de acuerdo? —Sus ojos castaños se encontraron con los azules de Xena.

Xena logró encogerse de hombros.

—Lila, éste es su hogar.

—No. —La muchacha morena meneó la cabeza y sonrió a Xena con timidez—. No... éste no es su hogar. —Se volvió y fue hacia la puerta, se detuvo en el umbral y miró hacia atrás—. Lo eres tú. —Y se marchó.

Xena fue despacio a la pared y se dejó caer sobre una bala de heno cerca de la puerta, apoyando los codos en las rodillas y contemplando el suelo entre sus botas. Bueno... ya estamos otra vez, ¿no? Elecciones... por los dioses, cómo las detesto. Detesto... Maldición. Está bien... corta el rollo, Xena. Tienes que dominar esto. Sí. Meneó la cabeza en silencio. Sabía que me arriesgaba a esto cuando tomé la decisión de seguir adelante, ¿no? Sabía que no iba a ser... para siempre. Ni siquiera... por mucho tiempo... así que... ¿por qué...? Dejó de pensar y se quedó ahí sentada, mirándose las manos, estudiando las cicatrices que tenía en ellas como si no las hubiera visto nunca.

Aspiró una larga bocanada de aire y luego otra. Está bien... ya sabes cómo funciona la cosa. Es decisión suya... no mía... dioses... nunca mía, y no lo ha sido desde... Hubo un ruido en la puerta, levantó la mirada y vio a Gabrielle en el umbral, mirándola.

La bardo cruzó despacio el suelo cubierto de baja y se arrodilló delante de Xena, poniéndole una mano en la rodilla.

—Necesito hablar contigo. —Los ojos verdes se encontraron tranquilos con los suyos—. ¿Podemos dar un paseo... tal vez hasta el río? —Vio la barreras perfectamente delineadas que se alzaban en los inescrutables ojos azules. Oh... sí, Xena, por favor... levántalas todas—. ¿Por favor?

—Claro —fue la tranquila respuesta, al tiempo que Xena se levantaba e indicaba la puerta con la cabeza, sin dar la menor señal de que le temblaban tanto las piernas que casi no podía andar.

Gabrielle recogió las provisiones para la comida campestre y las miró, tras lo cual se las puso debajo del brazo.

—Podemos aprovechar —dijo, con un intento de despreocupación.

—Sí —asintió Xena.

Bajaron la una al lado de la otra por el sendero del río, en silencio, escuchando simplemente los ruidos que las rodeaban... los grillos y el gorgoteo del río, y el movimiento de las hojas que salían disparadas bajo sus rítmicas pisadas.

Y cerca del río, Gabrielle se apartó del sendero, se sentó en un repecho de pizarra y se quedó contemplando el agua mientras Xena se sentaba despacio en la hierba a su lado.

—Bueno —dijo la guerrera con cautela—. ¿Qué pasa? —Hizo acopio de todas sus emociones y las empujó hasta el fondo todo lo que pudo.

Gabrielle no la miró, pero habló con tono tranquilo y le contó lo que había dicho su padre.

—Xena... —dijo, cuando terminó—. Necesito hacerte unas preguntas... y... tengo que hacértelas a ti porque sé que tú no... me mentirás. —Sus ojos se posaron en los de la guerrera por un instante y luego se apartaron por lo que vio en ellos. Oh, dioses... ¿cómo puedo hacerle esto?

—Está bien —contestó Xena, esperando—. Pregúntame.

—¿Podría detenerlo? —fue la primera pregunta.

—Sí —replicó la voz tranquila de Xena.

—¿Puedo cambiar las cosas, para ella? —A Gabrielle le tembló la voz.

—Sí. —Xena se contempló las manos y no levantó la mirada, aunque sabía que Gabrielle estaba esperando a que lo hiciera. Lo siento... amiga mía... verías demasiado... y me juré a mí misma que jamás influiría en tus decisiones. No cuando se trata de esto. ¿No? Pero, ¿puedo dejar que...? Oh, por los dioses del Olimpo... no creo que pueda...

—Xena, ¿debería quedarme aquí? —A Gabrielle se le quebró la voz. Ahora... me dice lo de siempre, gritó su mente. "Sigue lo que te dicte el corazón, Gabrielle... tienes que hacer lo que tú creas correcto". Lo he oído ya media docena de veces. No sé ni por qué se lo pregunto...

—No. —Una sola y tajante palabra—. No lo hagas. —Esta vez con un tono más suave, más gutural.

Y un largo momento de silencio entre las dos.

—¿Estás diciendo...? —Una pregunta suave y maravillada por parte de la bardo.

—Sí. —Un largo suspiro—. Juré que jamás... —Una pausa—. Pero no puedo... fingir... que lo que decidas... no me afecta a mí. —Xena tragó saliva y por fin levantó la mirada—. Porque sí que me afecta. —Adiós a mis promesas—. Lo siento. Sé que no es la respuesta que buscabas.

Gabrielle cerró los ojos y dejó que la apacible ola dorada cayera sobre ella.

—Es justamente la respuesta que buscaba —replicó—. Es la misma respuesta que me he dado yo... supongo que sólo quería asegurarme de que no estaba siendo... egoísta.

Se miraron un rato, en silencio.

—Escucha —dijo Gabrielle por fin, tomando aliento—. Sé... que siempre quieres que haga cosas que tú crees que van a ser buenas para mí.

—Sí —logró decir Xena—. Me preocupa que estés aquí fuera... en esta... luchando todo el tiempo... resultando herida... yo...

—Lo sé. —Gabrielle se bajó resbalando de la roca de pizarra y aterrizó al lado de Xena en la hierba—. Y yo quiero que tú estés en paz y seas feliz... y que no tengas que pasarte la vida en una batalla tras otra. —Hizo una pausa—. Pero, sabes... me da igual lo que hagas o dónde estés... quiero estar ahí. —Un largo silencio—. Necesito estar ahí.

Xena se quedó mirándola y notó que las bandas de hierro que le oprimían el pecho se aflojaban, tan deprisa que tuvo un momento de vértigo.

—Yo necesito que estés ahí. —Y fue así de sencillo, pensó Xena más tarde. ¿Por qué había tardado tanto en decirlo? Porque... al decirlo, he cruzado esa última línea... y he derribado esa última barrera... ahora ya no hay vuelta atrás. Y eso era a la vez la cosa más terrorífica y más estimulante imaginable.

—No sabes lo que significa para mí oír eso —confesó Gabrielle con tono bajo.

Se quedaron sentadas en silencio un ratito, luego Xena se acercó más y le puso una mano a la bardo en la pantorrilla.

—No quiero que...

—Lo sé... —contestó Gabrielle, al final de un suspiro—. Lo... hice. Durante unos minutos, mientras me hablaba... quise creerlo. Pero luego, cuando se marchó, me quedé pensando en lo que había dicho y, sabes, Xena... me acordé de lo que dijiste sobre Pérdicas... y Calisto... y nosotras. —Hizo una pausa—. Que las personas tienen que responsabilizarse de sí mismas, no de todas las demás.

Un largo silencio.

—No puedo arreglarlo, Xena. Tienes razón... y eso también lo he pensado: podría estar ahí y ser una especie de... no sé... barrera, supongo. —Hizo una pausa y tomó aliento—. Y podría mejorar las cosas, a veces, durante un tiempo. Pero eso no cambiará su forma de ser... ni lo que ha hecho... a madre... o a Lila. —Hizo una pausa—. O a mí.

Se miró las manos, entrelazadas y blancas de tensión.

—Cuando empezó a hablar conmigo... pensé en lo estupendo... que sería volver a como eran las cosas antes... al principio, cuando yo era pequeña. Quería recuperar esa sensación. —Tragó saliva y miró a Xena—. Pero... eso no va a ocurrir nunca, porque yo soy quien soy ahora, no la niña que era. —Sus dedos se entrelazaron con los de Xena—. Es sólo que he tardado un poco en recordarlo.

Xena la rodeó con un brazo y se la acercó.

—Sabía que lo harías —murmuró.

—Con un poco de ayuda de mi mejor amiga —fue la respuesta, acompañada de una dulce sonrisa—. Sabes... ha sido un poco extraño... pero al verlo así de amable... de repente, dejé de tener miedo y empecé a sentir lástima por él. —Miró a la guerrera—. ¿Eso tiene sentido?

—Un poco —replicó Xena, pensativa—. Es... muy propio de ti. —Se le dibujó una mínima sonrisa en la cara.

Gabrielle soltó una leve carcajada.

—Supongo que sí. —Luego suspiró—. Pero tengo miedo por mi madre, Xena. Yo le he plantado cara y me ha dado mucho gusto. —Una fugaz sonrisa—. Pero no sé si puedo enseñarle a ella a hacer eso... después de tanto tiempo.

Xena reflexionó un momento.

—Mmmm... yo tampoco creo que puedas.

La bardo suspiró y se le hundieron los hombros.

—Pero... —continuó Xena, con una sonrisa cada vez más grande—. Creo que conozco a alguien que podría.

Los claros ojos verdes se encontraron interrogantes con los suyos.

—¿Mmm?

—Mi madre. —Un destello pícaro en esos ojos azulísimos.

—Oh... sí... —murmuró Gabrielle, tras tomar aire—. Pero, ¿estaría dispuesta...? O sea, Xena...

Xena se recostó contra la roca donde había estado sentada la bardo y estiró las piernas.

—Mmm... sí, estaría. —Se mordió el labio para controlar la risa.

—Jo... lástima que Johan se haya marchado esta mañana —suspiró Gabrielle.

—Sí... menos mal que le di una nota antes de que se marchara —dijo Xena, como sin darle importancia, mirando a la bardo con su aire más inocente.

Que no lo era mucho, la verdad.

—¡Xena! —rió Gabrielle, y le dio un manotazo en el hombro—. Ay... tengo que acordarme de no hacer eso... hoy estás llena de sorpresas, ¿no?

La guerrera se encogió de hombros ligeramente.

—Hago lo que puedo. —Cerró los ojos un momento por el sordo martilleo que tenía en la cabeza. Me alegro de que esto haya terminado...—. Sólo intento ayudar. —Y espero no tener que volver a pasar por ello nunca más... me ha dejado más agotada que pasarme un día entero luchando en un campo de batalla. Dioses. No estoy equipada para esto.

Y levantó la mirada para descubrir que Gabrielle la miraba atentamente.

—¿Estás bien? —preguntó la bardo, leyendo las pequeñas indicaciones de su cara que ahora ya sabía que querían decir que a su compañera le dolía algo.

Xena se planteó por un momento no hacer caso de la pregunta, pero luego se detuvo y reflexionó en serio sobre el tema.

—Mmm... tengo un dolor de cabeza espantoso —confesó, sonriendo ligeramente a la bardo—. Nada grave.

Gabrielle le puso una mano en la nuca y palpó con cuidado.

—Jo... estás hecha un nudo... —murmuró, viendo cómo Xena cerraba los ojos al tocarla. Yo he sido la causa, reconoció sombríamente. Me pregunto cuántas veces lo he hecho y ella no lo ha reconocido. Muchas, probablemente—. Ven. —Se apartó un poco y se dio una palmadita en el regazo—. Échate.

La guerrera dudó y luego obedeció. Se encontró contemplando el dosel de árboles, mientras notaba la blandura desigual del suelo debajo de ella y las fuertes manos de Gabrielle que le iban quitando la rigidez del cuello. Era... estupendo, y se entregó a la experiencia, cerró los ojos y dejó que la tensión fuera desapareciendo por completo de su cuerpo.

—¿Mejor? —preguntó Gabrielle.

—Sí —fue la satisfecha respuesta, al tiempo que Xena volvía la cabeza ligeramente y abría los ojos para mirarla—. Gracias.

—De nada —replicó la bardo, con una sonrisa encantada—. ¿Tienes hambre?

Xena se lo pensó.

—Sí —contestó y empezó a incorporarse, pero la bardo la agarró del hombro.

—Oye... quédate ahí. Ya saco yo las cosas. —La bardo rió alegremente—. Vamos... no tengo esta oportunidad muy a menudo.

¿Debería? Jo... voy a tener problemas como siga así... pero... por Hades... ahora mismo me da igual.

—Vale. —Y se tumbó de nuevo, recolocando la cabeza con una sonrisa indolente—. Me vas a echar a perder. —Cosa que como mucho era una protesta poco convincente.

—Sí —asintió la bardo tan contenta—. Así que relájate y disfruta. —Sacó las cosas que había comprado por la mañana y se puso a preparar bocados, que entregaba por pares, uno para sí misma y otro para Xena, quien aceptó que le diera de comer a mano con risueña benevolencia, con las manos recogidas sobre el estómago y el cuerpo estirado con un suspiro satisfecho.

—La vegetación ha crecido, pero este sitio no ha cambiado mucho, ¿verdad? —comentó Gabrielle, mirando a su alrededor—. Y estamos más o menos donde estaba yo... cuando vimos a los tratantes.

—Yo estaba detrás de esos árboles —replicó Xena, sin mirar—. A la derecha. —Aceptó una empanadilla de carne de los dedos de Gabrielle y masticó, tragando antes de continuar—. Acababa de enterrar mi armadura y mis armas... No sé qué me llevó a decidir bajar por este sendero del río, pero lo hice.

La bardo asintió despacio.

—Cuando te vi aparecer y atacarlos... sentí algo. —Su tono se volvió pensativo—. Siempre lo he achacado a la emoción del momento... a fin de cuentas, algo así no se ve con frecuencia, cuando se es de una aldea como lo era yo.

Xena reflexionó sobre esto, cerrando los ojos para recordar, y luego los abrió con una expresión curiosa.

—Yo también... ahora que lo pienso. En el momento... —Meneó la cabeza—. Estaba muy... confusa. No lo registré. —Pero ahora sí que registraba ese momento en que todo fue como si... se detuviera, cuando sus ojos se encontraron por primera vez. Eso la distrajo...—. Sí. Lo recuerdo.

Se miraron fijamente.

—Estoy empezando a pensar que te habría seguido en cualquier caso, sabes —dijo Gabrielle despacio, con una lenta sonrisa—. Aunque aquí hubiera tenido una vida perfecta.

Xena se quedó mirándola.

—Yo estoy empezando a pensar que habría acabado en ese sendero del río con independencia de lo que hubiera ocurrido con mi ejército.

—A veces las cosas suceden porque tienen que suceder —observó Gabrielle, ofreciéndole otra empanadilla de carne.

—A veces es así —asintió la guerrera, agarrando el bocado entre los dientes, luego hizo un movimiento brusco con la cabeza, lanzó la empanadilla por el aire y la atrapó en la boca—. Qué comida tan buena, oh bardo mía.

Gabrielle soltó una risita.

—¿Es ésa una de las muchas cosas que sabes hacer?

—Tal vez —sonrió Xena. Echó un vistazo al cielo—. Se está haciendo tarde... —El tono era levemente apesadumbrado.

—¿Es que tienes que ir a algún sitio? —preguntó Gabrielle, enarcando una ceja.

—Oh... gente que ver, sitios donde ir... bardos a las que hacer cosquillas —murmuró Xena con aire indiferente, y levantó el cuerpo de repente y con agilidad y se volvió de lado para agarrar bien a la sorprendida Gabrielle.

—¡¡Oye!! —gritó, retorciéndose en vano—. ¡Ay! —La guerrera era implacable y al poco la tenía hecha un guiñapo estremecido por la risa—. ¡¡Aaahhh!! —chilló, y logró incorporarse y escapar, maldiciendo cuando Xena se levantó de la blanda hierba para perseguirla—. Oh, por Hades... —Y echó a correr y hasta consiguió una ventaja de varios pasos sobre la risueña guerrera, hasta que Xena alargó la zancada y la alcanzó, levantó a la bardo con delicadeza y la tiró sobre unas matas de vara de oro, lo cual lanzó una nube de polen por todas partes.

—¡¡Aah!! —rió Gabrielle, parpadeando para quitarse el polvo dorado de los ojos—. Te voy a pillar... —Y lo hizo, pues se levantó y corrió hacia Xena a toda velocidad, sin ver la pendiente sobre cuyo borde estaba la guerrera. Se lanzó por el aire a un cuerpo de distancia de su risueña compañera y la alcanzó de lleno de forma tal que pilló desprevenidos incluso los reflejos de Xena.

—¡Eeh! —gritó Xena, con los ojos como platos cuando la bardo se abalanzó sobre ella. Alzó los brazos y preparó su cuerpo para el impacto. Atrapó a Gabrielle, como la bardo sabía sin duda, pero notó que perdía pie—. Ay, madre —murmuró, en el momento en que el impulso de Gabrielle las lanzó a las dos hacia atrás y cayeron por la empinada pendiente de hierba.

Rodaron colina abajo, riendo. Xena afirmó los brazos para evitar que Gabrielle sufriera la parte peor de los golpes, al tiempo que notaba la risa descontrolada de la bardo que le sacudía todo el cuerpo. Pasaron por encima de un último montículo y entonces Xena sintió que caía y abrazó a Gabrielle con fuerza, envolviendo a su compañera con los brazos y las piernas para evitarle el impacto final.

Que fue encima de una bandada de patos. Que montaron una algarabía que era como la llamada de un ejército a la batalla, pensó Xena, atontada, protegiéndose con un brazo de una nube de plumas y alas en movimiento.

—Aah... —dijo y estalló en carcajadas—. Dioses.

Gabrielle se bajó rodando de su pecho y se sentó, mirando a Xena, que estaba tirada boca arriba, con los brazos abiertos, en medio de un círculo de patos furiosos. Se cayó de lado por el ataque de risa, sujetándose el estómago.

Xena levantó la mirada.

—Cuac —protestó un ánade real, volviendo la cabeza para mirarla avieso.

Xena logró dejar de reír y fulminó a su vez al pato con la mirada.

—Grr —gruñó.

—Cuac —repitió el pato, cambiando el peso de un pie palmeado al otro—. Cuac.

Xena entrecerró los ojos y gruñó de nuevo.

—Podrías ser la cena, si no te andas con ojo —advirtió, con tono amenazador.

—¡Cuac! —El pato captó el mensaje y se sentó, agitando las plumas de la cola muy preocupado.

—Pip.

Xena levantó la vista de golpe al oír este sonido diferente. Echó una mirada a Gabrielle. Oh... por favor... que no mire ahora...

—Pip. —El patito diminuto se subió a su pierna de un salto y subió torpemente por su cuerpo hasta su pecho, donde se quedó parpadeando—. Pip.

Xena alzó la cabeza y lo miró ceñuda.

—Largo.

Gabrielle se volvió para mirar y se arrastró hasta donde estaba Xena tumbada.

—Sabes... la pena de esto, Xena...

Fue objeto de una mirada de fingida indignación.

—Como le cuentes esto a alguien, bardo, te convierto en cordones para botas.

—Es que nadie me creería —dijo Gabrielle, que consiguió mantener la cara seria durante unos segundos antes de que le diera un ataque de risa.

—Pip —comentó el patito, y se sentó agitando la colita.

—Cállate —le gruñó Xena.

—¡Cuac! —la regañó el ánade real.

Xena suspiró y dejó caer la cabeza hacia atrás.

Gabrielle consiguió por fin dejar de reír y se pegó al costado derecho de Xena para recuperar el aliento.

—Juujjuu —exclamó—. No me reía así desde... ni me acuerdo. —Dejó caer la cabeza sobre el brazo estirado de Xena y sonrió cuando el brazo se contrajo y la estrechó. Creo que es posible que haya conseguido que supere su manía a los abrazos. Al menos conmigo, pensó su mente distraída para entretenerse. Y eso está muy bien, porque ahora tendría que cortarme las manos para evitar ponérselas encima. Y... creo... que puede que para ella sea igual. ¿Qué sensación le produce? Seguro que le resulta muy raro.

—Sí —reconoció Xena, con un profundo suspiro—. Me ha sentado muy bien... incluso con todos esos botes. —Le clavó un dedo a la bardo—. ¿Y ese salto por los aires, eh? ¿Y si te hubiera dejado caer o algo así? —Pero su cara se relajó con esa sonrisa plena que rara vez se veía en ella, que le iluminó los ojos mientras observaba el perfil de Gabrielle.

—Qué va —fue la respuesta inmediata de Gabrielle, al tiempo que se volvía a medias y deslizaba la mano por el brazo de Xena, trazando con los dedos los músculos bien definidos—. No es posible —declaró, mirando a la guerrera con picardía—. Eso no me preocupaba en absoluto.

—Ah, ¿en serio? —dijo Xena, enarcando una ceja—. Eso va a acabar metiéndote en un lío un día de estos. —Sus labios sonrieron de repente—. Amor mío.

Vio la sonrisa correspondiente y el repentino rubor que inundaron el rostro de Gabrielle.

Me encanta cómo suena eso, pensó la bardo llena de felicidad, y agachó la cabeza y rozó con los labios el punto donde se unían el cuello y el hombro de Xena, aspirando el rico y cálido olor de la hierba aplastada, mezclado con el olor a lino y piel limpia. Creo que ahora soy más sensible a toda ella, pensó, sonriendo por dentro.

Tomó una profunda bocanada de aire, llena de contento, miró a los cercanos ojos azules y una vez más se vio atrapada en el inconfundible calor de su conexión, al que se abandonó de buen grado, deslizando la mano por el cuello de Xena y deteniéndose encima del punto del pulso, donde advirtió que los fuertes latidos se aceleraban bajo su tierna caricia. Mmmm... parece que las dos somos más sensibles la una a la otra.

Cerró los ojos por la reacción inmediata de su cuerpo al calor repentino de la mano de Xena sobre su costado. Ahhh... ya lo creo. Una dulce sonrisa iluminó el rostro de la bardo, al tiempo que se pegaba más al contacto y saboreaba la sensación del encuentro de sus labios, que le produjo un hormigueo por todo el cuerpo y le extrajo una ronca carcajada desde lo más hondo de su ser.

—Eso te gusta, ¿eh? —dijo Xena con indolencia, dejando que sus manos se movieran despacio por el pecho de la bardo, que se agitaba entrecortadamente por las caricias. Oyó el murmullo incoherente de la respuesta, que se derramó en torrente por encima de las débiles protestas de sus instintos defensivos.

Espera... espera... Xena, idiota, es pleno día, en medio de un campo... ¿es que has perdido el poco sentido común que te queda?, protestó su parte racional, pero su cuerpo la traicionó alegremente al responder a las tiernas manos de Gabrielle con sensual entrega. No... no... esto tiene que parar... basta... lo digo en serio... La bardo descendió besándola y le metió una mano por dentro de la túnica. No... mm... oh, por Hades. Bueno, de todas formas cualquiera que nos ataque va a tener que pasar por entre esos malditos patos... Y dejó de pensar en todo salvo en el calor del sol y la dulzura de la brisa y las gratas caricias de su alma gemela.


—Eh —susurró Xena, bastante después, posando la mirada en el cuerpo totalmente lacio de Gabrielle tumbado encima del suyo.

—Mmm —fue la perezosa respuesta, al tiempo que la bardo se acurrucaba mejor sobre su hombro—. Sshh... vas a despertar a los patos —murmuró, notando la risa consiguiente debajo del brazo con que la rodeaba.

—Son buenos centinelas —comentó la guerrera, con una ceja enarcada, echando un vistazo a las aves, que seguían más o menos agrupadas en torno a ellas, mirándolas a las dos de vez en cuando con ojillos malévolos. No me puedo creer que acabe de hacer esto. Su mente hizo un gesto de renuncia riendo disgustada. Miró a su alrededor. Bueno, la hierba es muy alta... y esa pendiente ofrece un aviso, más o menos, y... Vamos, Xena. Corta el rollo... reconoce que has perdido la cabeza por completo. Que ya no tienes el menor control sobre nada. Cerró los ojos, absorbió el sol que ahora empezaba a bajar hacia el oeste y dejó simplemente que la sensación de paz la inundara durante largos instantes. Y ni siquiera puedo fingir que querría cambiar esto... me está curando unas heridas que ni siquiera recordaba tener.

—Se está haciendo tarde —suspiró por fin, frotando la espalda de Gabrielle ligeramente con la yema de los dedos—. Vamos, dormilona.

Gabrielle echó la cabeza hacia atrás y miró a Xena a la cara.

—Sí. Supongo que será mejor que volvamos antes de que envíen una partida de búsqueda. —Sonrió con aire pícaro—. Bueno... ¿lo de la comida campestre ha sido buena idea?

Ambas cejas se alzaron al oír eso.

—Una de las mejores que has tenido, creo. Tenemos que volver a hacerlo —dijo con la cara muy seria—. Vamos —añadió, desenredándose de la bardo y poniéndose en pie.

—¡Cuac! —protestaron los patos, alarmados, al tiempo que desplegaban las alas y se alejaban caminando torpemente.

Xena se puso en jarras y los contempló, con cara de pocos amigos. Entonces, de repente, dejó caer los brazos y soltó un salvaje alarido de combate, que lanzó plumas y patos y patitos en todas direcciones con un rugido atronador de alas, graznidos y gritos mientras toda la bandada elevaba el vuelo con esfuerzo por encima del río.

Se hizo el silencio. Xena sonrió, se cruzó de brazos, se dio la vuelta y miró a Gabrielle con satisfacción.

—Así está mejor. —Ofreció una mano a la bardo, que seguía sentada—. ¿Vamos?

Gabrielle meneó la cabeza y se echó a reír.

—Mira que eres mala. —Hizo una pausa—. Pero ha tenido su gracia, en plan malvado. O a lo mejor ha sido una maldad en plan gracioso... o... —Se vio agarrada de la mano y levantada de un tirón—. O a lo mejor no —terminó, alegremente, al tiempo que abrochaba el cinturón de la túnica de Xena mientras la guerrera le sacudía algunos hierbajos de las mangas—. A ver si convencemos a Lila y a Lennat para que cenen con nosotras.

Xena se echó a reír.

—¿Ya estás pensando en la cena?

—Nunca es demasiado temprano para empezar —fue la ufana respuesta, y emprendieron el camino por el sendero de regreso al pueblo.


—¿Cómo está tu madre? —preguntó Lennat, inclinándose por encima de la mesa y cogiendo la mano de Lila—. ¿Se encuentra algo mejor? —La miró a la cara y vio su expresión preocupada.

Lila suspiró.

—Esta vez, tiene el brazo roto. Xena... se ha ocupado de ello. —Frotó los dedos de Lennat con los suyos—. Ahora le duele menos. Ha dormido un rato. Pero le sigue doliendo. —Miró hacia la puerta por enésima vez—. ¿Dónde Hades están? —masculló, pero se interrumpió cuando se abrió la puerta y entró Gabrielle.

—Hola —dijo su hermana mayor, al tiempo que tomaba asiento frente a ellos, dando vueltas distraída a algo entre los dedos—. ¿Qué hay? ¿Cómo está madre?

—Bien —contestó Lila distraída—. ¿Qué es eso? —Señaló el objeto que giraba—. ¿Dónde has estado? —No esperó respuesta—. ¿Dónde está Xena?

Gabrielle se echó hacia atrás y sonrió.

—Una pluma de pato, en el río y en la cuadra visitando a Argo.

Lennat se echó hacia delante y ladeó la cabeza.

—¿Una pluma de pato?

—Sí —contestó la bardo—. Un recuerdo. Los colecciono.

Se quedaron mirándola.

Ella los miró a su vez.

—¿Qué?


—Estate quieta, Argo —murmuró Xena mientras examinaba las pezuñas de la yegua—. Muy bien —dijo con aprobación, dejando caer la última y dándole al caballo una palmada en los cuartos traseros—. Esta vez han hecho un buen trabajo, chica. —Pasó al otro lado del animal y le rascó debajo de la quijada.

Y notó, en la atmósfera cerrada y caliente del establo, el leve movimiento de una brisa de fuera, y un cosquilleo en los sentidos que le puso de punta los pelos de la nuca. Su relajado buen humor desapareció y se quedó en estado supremo de alerta, examinando la zona que tenía detrás atenta al más mínimo ruido.

Roce de paja. Crujido de una tabla de la pared. Caballos respirando, moviéndose. En el rincón, un ratón que mordisqueaba el borde de su nido.

El sonido inconfundible de la respiración de otro ser humano. El roce de su ropa al moverse con sigilo. Y el agudo y débil quejido de una cuerda de tripa trenzada al tensarse mientras alguien colocaba una flecha en un arco.

Xena cerró los ojos y esperó, con una sonrisa fiera en la cara.

Oyó cómo cesaba el quejido y el leve crujido de la madera que protestaba cuando el arco alcanzó su extensión plena y se mantuvo en esa posición. Un arco largo, pensó. Aquí hay alguien que no quiere dejar nada al azar.

Entonces el tañido de la cuerda al disparar, que envió vibraciones por el aire que ella sintió literalmente, y el roce del aire sobre las plumas recortadas mientras la flecha volaba hacia ella. Se relajó, dejó que sus instintos se hicieran con el control y observó casi con indolencia cuando su cuerpo se giró y su mano derecha se alzó y se cerró alrededor del astil de la flecha en el momento en que la alcanzaba.

La dejó caer y salió disparada hacia el punto donde sabía que estaba el arquero y vio el destello de luz cuando la puerta de detrás se abrió para dejarlo escapar.

Oyó el repentino movimiento atronador por encima de su cabeza cuando llegó a ese punto y tuvo el tiempo justo de protegerse la cabeza con los brazos cuando el pesebre se desplomó encima de ella. Con una mueca de dolor, notó como las pesadas vigas le golpeaban los brazos y se apartó rodando de ellas, hacia la parte interna de la cuadra.

Se hizo el silencio, con un crujido inquietante de la madera que protestaba.

Xena salió despacio de debajo de algunos de los soportes más ligeros, apartándoselos del cuerpo y rodando por encima. Maldición, suspiró su mente. Se dio un rápido repaso y se descubrió relativamente ilesa. Suerte... mucha suerte. Eso... Echó un vistazo al pesado pesebre de hierro. Podría haberme hecho mucho daño.

Y cualquier pista sobre su atacante invisible estaba ahora sepultada bajo montones de paja, metal y trozos de madera. Sus ojos volvieron donde Argo la miraba nerviosa.

—Salvo esto —murmuró, poniéndose en pie y acercándose a ese punto, donde recogió la flecha que había tirado y la examinó.

La puerta de fuera se abrió y unas pisadas rápidas se transformaron en las manos de Gabrielle sobre su brazo y unos ojos verdes que examinaban su rostro con preocupación.

—¿Qué ha pasado? ¿Estás bien?

—Sí —replicó Xena, mostrándole la flecha—. Pero alguien se ha tomado muchas molestias para tratar de darme un susto. —Su rostro se relajó con una sonrisa, más por Gabrielle que por otra cosa—. Van a tener que esforzarse mucho más. —Alzó los ojos por encima del hombro de la bardo y se encontró con los de Lennat—. ¿Es de alguien que conozcas?

Lennat cogió la flecha con cara lúgubre y la examinó, echando un vistazo a Lila, en cuyo rostro había una expresión de horror.

—No —suspiró—. Es una flecha normal y corriente. Creo que de los campos de tiro.

—Da igual —intervino de repente la voz de Gabrielle, cortando el silencio que se había hecho—. Aquí no hay mucha gente que... —Se calló y miró a Xena a la cara, que se había quedado inmóvil e inexpresiva. Lo sabe, se dijo la bardo—. Tengo que ir a ocuparme de una cosa —terminó.

—Gabrielle... —La voz de Xena le causó un escalofrío por la espalda—. Si ahora se trata de flechas... —La advertencia estaba clara—. Voy contigo.

La bardo se debatió consigo misma.

—Antes tienes que darme la oportunidad de decir lo que necesito decir, a solas. —Alzó una mano y detuvo las protestas de Xena posando la punta de los dedos sobre los labios de la guerrera—. Pero si estuvieras justo fuera de la puerta, me sentiría mucho mejor al hacerlo.


PARTE 4


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
Ir a Novedades