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—Por los dioses —dijo Gabrielle, con la boca llena de bizcocho—. Ha traído suficiente para media docena de personas. —Le lanzó un bizcocho a Xena—. Toma. —Luego se recostó y sonrió a la guerrera, que estaba recostada en la silla de enfrente, arreglando una bisagra de la armadura a la luz de la mañana ya avanzada.

Xena examinó el bizcocho que había atrapado en el aire y, encogiéndose de hombros, le dio un bocado.

—Mejor que lo que sirven aquí, eso seguro. —Volvió a concentrarse en la armadura, mirando ceñuda la bisagra—. Creo que voy a tener que decirle al herrero que me arregle esto —refunfuñó. Y levantó la mirada, al darse cuenta de que los ojos de Gabrielle estaban clavados en ella—. ¿Qué?

La bardo se rió por lo bajo.

—Nada. —Se tocó las costillas con cuidado—. No está mal. —Luego se echó hacia delante y le tocó el brazo a Xena—. Xena...

—¿Mmm? —contestó la guerrera, levantando la vista—. ¿Qué pasa?

—Me gustaría... —dudó—. ¿Querrías entrenar un poco conmigo, hoy?

Xena dejó la armadura en la mesa y observó su rostro.

—¿Estás segura?

Gabrielle tomó aliento y la miró de frente a los ojos.

—Estoy segura. —Y es cierto. Lo que ocurrió ayer... voy a tardar mucho tiempo en... asimilarlo. Pero no puedo permitirme tener miedo de utilizar un instrumento que acaba salvándome la vida en ocasiones.

—Vale —asintió la guerrera apaciblemente—. Pero con cuidado, no quiero que se te pongan peor esas contusiones. —Fiuu. Tenía miedo de que tuviera problemas con la vara durante un tiempo... supongo que no tenía por qué preocuparme—. Voy a ocuparme ahora de esto. ¿Te vas a quedar aquí holgazaneando? —Sonrió burlona a la bardo.

—Mira quién fue a hablar —contestó Gabrielle, tirando de la manga de la camisa de dormir de Xena—. Y ni siquiera he tenido que engatusarte para que te quedaras durmiendo hasta tarde. —Aunque no se quejaba, ojo. Despertarse bajo la suave luz del sol con Xena todavía profundamente dormida abrazada a ella había sido estupendo, muchas gracias. Había aprovechado la rara oportunidad de despertar a su compañera de la forma más tierna posible, con un beso, lo cual funcionó estupendamente, pero hizo que Xena la besara a su vez y eso desembocó en una larga y cauta exploración, durante la cual Xena tuvo mucho cuidado de no hacerle daño en el magullado tórax. Luego se quedaron descansando apaciblemente la una en brazos de la otra durante un rato, hasta que Gabrielle decidió, pues no había comido el día anterior, que tenía hambre. De ahí la actual conversación.

—Ya, bueno —suspiró Xena—. Es que me desperté y decidí... que no quería despertarme. —Y eso era más o menos lo que había ocurrido de verdad, lo cual le resultaba mortificante. Antes tenía más fuerza de voluntad—. Ya he dicho que eres una mala influencia. —Se levantó y fue hasta sus cosas—. Vamos a entretener a los nativos.

—Podías probar con el mismo truco que usaste en Anfípolis —comentó Gabrielle, dando unos golpecitos en la pieza de armadura—. No te pongas esto.

—Mmm... la situación es distinta, Gabrielle. —Xena dudó—. Pero... por Hades. Merece la pena intentarlo. ¿Verdad, Ares?

—Ruu —asintió el lobezno, apartando la mirada del trozo de desayuno de Xena que se estaba comiendo—. Grr —añadió y volvió a lo suyo.

Xena sofocó la risa y se puso una sencilla túnica, con cinturón, y se sentó para ponerse las botas mientras Gabrielle se levantaba y se colocaba detrás del respaldo de su silla, para rodearle el cuello a Xena con los brazos y apoyar la cabeza en la de la guerrera. Sin decir nada.

Xena terminó de ponerse la segunda bota y luego apoyó la cabeza en el pecho de Gabrielle, dedicando un momento a permitir que esa cálida sensación volviera a inundarla. Oh oh... creo que me estoy haciendo adicta a esto... me pregunto si será peligroso... pero, ¿me importa? No, me parece que no... Por los dioses, qué gusto da esto... Cerró los ojos y sonrió cuando la bardo le mordisqueó juguetona el borde de la oreja. Vamos, vamos, Xena... tienes cosas que hacer, gente a la que intimidar... Pero a su cuerpo perezosamente rebelde le gustaba mucho el lugar donde se encontraba, por lo que volvió la cabeza para atrapar los labios de la bardo y pasó unos apacibles minutos besándola.

Por fin, carraspeó.

—Bueno, ¿qué planes tienes? —le preguntó a Gabrielle por encima del hombro.

—¿Mmm? ¿Es que tengo que tener un plan? —replicó la bardo, con voz soñadora—. Oh. Vale... Mm... Creo que voy a ver si puedo contar alguna historia aquí en la posada.

—No es mala idea —murmuró Xena—. ¿Vas a pasarte por...?

—No —contestó Gabrielle con tono apagado—. Hoy no.

Xena asintió aceptándolo.

—¿Me haces un favor?

La bardo sonrió con indolencia.

—¿Que me limite a Hércules? —Se echó a reír al ver la expresión cohibida de la guerrera—. Ni hablar, Princesa Guerrera.

Xena suspiró melodramáticamente, pero por dentro estaba muy contenta por las bromas.

—Lo que tengo que aguantar —masculló, levantándose—. Ten cuidado o cuento nuestra última aventurilla. —Vio el destello de sorpresa en los ojos de Gabrielle—. Se te había olvidado, ¿eh?

La bardo le sacó la lengua.

—No vale. Eso no está bien.

—Ya —asintió Xena alegremente—. Adiós. —Se encaminó hacia la puerta, se volvió al abrirla, captó algo en la expresión de Gabrielle y regresó—. Oye. —Le puso una mano a la bardo en el hombro—. ¿Estás bien? —La miró atentamente.

Gabrielle sacudió la cabeza como para despejársela y asintió.

—Sí... sí... estoy bien. —Vamos, Gabrielle, ya no eres una cría. Contrólate—. Estoy bien.

Xena la observó con atención.

—Estás mintiendo. —Enarcó ambas cejas y aguardó una explicación.

La bardo torció el gesto.

—Xena, de verdad... es que estoy... es que... no...

—¿No quieres estar sola? —terminó la guerrera suavemente, dulcificando la expresión y el tono—. Gabrielle, ayer te ocurrió algo muy traumático. Se tarda en superar una cosa asi. No pasa nada. Te espero.

Gabrielle la miró, sonriendo sin ganas.

—Gracias. Pero... vete. Si cedo ante esto, la cosa jamás terminará. Estaré bien... Hablaré con el posadero y luego me reuniré contigo en la plaza del mercado. ¿Vale?

—Mmm... está bien —asintió Xena a regañadientes, apretándole el hombro—. Tómatelo con calma. —Soltó a la bardo y volvió a la puerta, abriéndola esta vez y cruzándola, no sin echar un último vistazo atrás, moviendo una ceja.

Gabrielle sonrió y meneó un poco la cabeza.

—Además, te tengo a ti, Ares, ¿verdad? —le dijo al atento lobezno, que estaba hecho un ovillo en la estera delante de la pequeña chimenea.

—Grr —contestó Ares, con un bostezo. Gabrielle se sentó a su lado y jugó un buen rato con él, tranquilizándose con el suave tacto de su pelo, y sus payasadas infantiles la hicieron sonreír espontáneamente. Por fin, se levantó, se estiró con cuidado y se planteó cómo quería vestirse.

Acabó tomando una decisión y se cambió de ropa, guardó la otra en su zurrón y eligió una túnica blanca sin mangas que había adquirido en Anfípolis. Con las vendas, pensó, su atuendo habitual sería una declaración que no estaba segura de querer hacer. Contempló su imagen en el espejo y alzó una mano por instinto para tocarse las contusiones de la cara.

—Maldición —suspiró—. No me ha dicho que tengo aspecto de que me haya atropellado un carro. —Pero por supuesto, Xena no le diría eso, pensó.

Distraída, cogió la camisa de dormir pulcramente doblada de la guerrera y la examinó, lo cual la hizo sonreír. Era la misma que se había puesto ella durante el mes que pasó en la aldea amazona. ¿La ha escogido al azar? Su mente se echó a reír. ¿Al azar? Xena no elegía ni una cuchara al azar. Se abrazó a la camisa y percibió el olor familiar que la impregnaba. Es tan... pragmática y... directa... y luego, sin venir a cuento, tiene estos pequeños detalles... me encanta.

Más alegre, guardó la camisa, acarició a Ares y dedicó un momento a serenarse. Cuando estaba a punto de dirigirse hacia la puerta, se oyó un golpe que resonó por la habitación.

Cautelosa, se movió hasta tener la vara al alcance de la mano.

—Adelante —dijo, cruzándose de brazos con aire indiferente.

La puerta se abrió hacia dentro y el posadero asomó la cabeza canosa. La miró y luego asintió para sí mismo.

—Tu... amiga me ha dicho que ahora eres bardo —afirmó, entrando más en la habitación.

—Así es —dijo Gabrielle, con más cordialidad, y se relajó un poco—. ¿Necesitas que te escriba algo? —Muy propio de Xena no dejar nada al azar.

El posadero hizo un gesto negativo con la cabeza.

—No. ¿Podrías venir, más o menos durante la cena, y contar algunas historias buenas? —contestó, con cierta brusquedad—. Puedes quedarte con los donativos. Es que lo necesito para el negocio. —Sus ojos grises la recorrieron veloces y luego se pasearon por la habitación. Volvieron a ella y luego se fijaron en las armas y la armadura cuidadosamente apiladas.

Gabrielle parpadeó sorprendida.

—Claro —contestó, con una sonrisa—. Te lo iba a preguntar yo misma.

—Bien —respondió el hombre y luego retrocedió por la puerta—. Esta noche, entonces. —Y ella oyó cómo sus pasos se apagaban escaleras abajo.

La bardo se rió por lo bajo.

—Pues qué fácil —comentó y fue a la ventana, para asomarse. Divisó a Xena inmediatamente, conversando con un hombre alto y fornido que llevaba delantal de herrero, y observó desde su atalaya la forma en que la gente del pueblo encontraba lugares poco llamativos donde pararse a mirar a la guerrera.

La verdad es que tenía su gracia. No es que Xena no fuera digna de recibir largas miradas, pensó, contemplando a su compañera desde el otro lado del patio. Incluso sin armadura, se movía con un aire ágil y peligroso que hacía que se le abriera camino sin comentarios, una ligereza musculosa que ya era una advertencia de por sí, junto con una seguridad en sí misma que portaba como un buen manto. Si a eso se unía su estatura y su llamativa belleza, pues... se había acostumbrado a que la gente la mirara, o eso decía. Gabrielle pensaba en privado que su compañera se quedaba a menudo un poco desconcertada por las reacciones que provocaba en la gente. A la bardo no le desconcertaba en absoluto, desde hacía mucho tiempo.

Llamaron de nuevo a la puerta y se volvió de cara a ella.

—¿Sí? —dijo y vio cómo aparecía la cabeza de su hermana en el umbral—. Lila —dijo, sonriendo—. Hola.

—Hola, tú —dijo su hermana, cruzando la habitación para mirarla de cerca—. Ay. Eso debe de doler —comentó, haciendo una mueca al ver las contusiones de Gabrielle.

La bardo se encogió de hombros.

—No demasiado. ¿Cómo van las cosas allí? —No en casa. Ya no—. ¿Madre está bien?

Lila asintió.

—Mamá está bien. —Hizo una pausa—. Él está bien, maldiciendo de lo lindo. Pero Metrus... —Bajó la vista al suelo—. Ha dicho que no quiere saber nada de ti.

Gabrielle pareció aliviada.

—Supongo que le di un susto —rezongó, poniendo los ojos en blanco.

—Mm. —Lila hizo otra mueca—. Bueno, la verdad, creo que fue Xena. —Se echó a reír al ver la cara de Gabrielle—. Ah... eso no te lo ha contado, ¿verdad?

—Mmm... no hablamos mucho... mm... o sea... sobre eso —explicó Gabrielle, intentando no hacer caso del rubor que sabía que le estaba subiendo por el cuello—. ¿Qué hizo?

Lila la cogió del brazo.

—Te lo cuento mientras nos ponemos en marcha. Hoy ha llegado una nueva caravana de comerciantes. —Echó un vistazo a la corta túnica de Gabrielle—. ¿Crees que podrías haber elegido algo un poco menos atrevido?

Gabrielle la miró parpadeando con inocencia.

—Claro. Podría haberme puesto mi ropa ceremonial de amazona. —Gozó de la cara de exasperación de Lila—. Escucha... esto lo llevaba en Anfípolis, de hecho, me lo compré allí, y nadie se escandalizaba, así que haz el favor de calmarte.

Lila suspiró.

—Bueno, así luces el bronceado. —Apartó la manga y enarcó una ceja—. ¿Me conviene saber si tienes alguna marca blanca? —Vaciló. Se fijó en el repentino y evidente rubor de Gabrielle—. Mm... me parece que no.

Bajaron juntas las escaleras y salieron por la puerta de la posada. Gabrielle se volvió hacia ella cuando se alejaban del edificio y la agarró suavemente del brazo.

—¿Qué pasa contigo y con Lennat?

Lila se quedó mirando a lo lejos y siguió caminando. Por fin, miró a su hermana.

—No lo sé. Todavía no hemos decidido qué hacer. —Suspiró—. Y después de lo de ayer...

—Oh, sí. ¿Qué pasó? —preguntó la bardo.

—Mamá dice... que estaba diciendo cosas como que iba a denunciarte al alguacil —dijo Lila, hablando en voz baja.

Gabrielle se quedó mirándola.

—Por... pero...

—Lo sé... lo sé... —dijo Lila, con tono tranquilizador—. Bueno, mamá dice que soltó como una frase al respecto y luego... no puedo creerlo... Metrus es enorme... pero... ella dice que Xena lo agarró del cuello y lo tiró al suelo y... se arrodilló encima de él.

—Créetelo —susurró Gabrielle—. Es... tan fuerte que... a veces da verdadero miedo. —Captó la mirada sobresaltada de Lila—. No te haces idea.

—¿En serio? —preguntó la muchacha morena, intrigada—. Bueno, el caso es que mamá dice que le vino a decir a Metrus que si hacía algo para fastidiarte, lo iba a matar. —Tragó saliva—. Y dijo que habían tenido suerte de que la vara estuviera en tus manos y no en las suyas, y que si hubiera visto a papá pegándote, lo habría hecho pedazos.

Gabrielle se encogió.

—Ah... —Reconoció que todo eso era cierto—. Ahora ves por qué no quería contárselo, supongo —contestó con tono apagado. Pero no pudo evitar sentir un calor en la boca del estómago, a pesar de todo.

—Sí —asintió Lila—. ¿Tienes miedo de ella, Bri?

—No —respondió Gabrielle distraída, sin tener que pensárselo siquiera—. En absoluto.

Se quedaron calladas mientras se dirigían hacia el gentío congregado en torno a la caravana de comerciantes.


Xena había salido de la habitación de relativo buen humor y ni siquiera le importó la dosis habitual de miradas hostiles cuando cruzó el crujiente suelo de madera de la posada. Me apetece... enredar. Con este sitio. Sacudir un poco a esta gente, tan estrecha de miras. Con esa idea, se detuvo en medio de la posada, giró en redondo y buscó al posadero.

Lo vio al lado de los grandes barriles de cerveza, mirándola con cara de pocos amigos. Sonrió.

—Tú —dijo con indolencia, acercándose a él—. ¿Qué tal va el negocio?

El posadero se quedó mirándola.

—Mal —respondió de malos modos, con tono hostil—. ¿A ti qué te importa?

Xena apoyó los antebrazos en el mostrador tras el cual se encontraba él y lo miró un momento en silencio.

—Sólo intento ayudar —ronroneó—. Sabes, podrías animar este local por las noches con un poco de entretenimiento.

El posadero bajó la vista y escupió a un rincón.

—Ya. Puedo hacer que mi mujer baile la danza de los siete velos.

Xena rememoró a su mujer, que hacía de cocinera de la posada. Se encogió por dentro ante la imagen mental.

—Mmm... no. Pero un buen bardo estaría bien —sugirió, mirándolo con una ceja enarcada.

El posadero volvió a escupir.

—Claro. Silbaré para llamar a uno. —La miró a regañadientes—. Aunque no es mala idea.

Xena asintió bruscamente.

—Pues hay una arriba, en mi habitación. Ve a pedírselo.

—Ah. La pequeña Bri, ¿no? —preguntó el posadero, con desconfianza—. Me he enterado de lo que ha ocurrido.

—Ésa es —confirmó Xena—. Bardos peores podrás encontrar.

El posadero gruñó.

—Gracias. —Miró hacia las escaleras—. Tal vez lo haga.

—Bien —afirmó Xena—. Hazlo. —Lo miró por última vez, luego se volvió y se dirigió hacia la puerta.

Una vez fuera, se sonrió y fue hacia las cuadras para comprobar rápidamente cómo estaba Argo. Cuando ya casi había llegado, oyó unas voces jóvenes y se detuvo a escuchar. Se le nubló la cara, se deslizó por la puerta entreabierta del gran edificio y cruzó en silencio la paja esparcida por el suelo.

Una rápida señal con la mano a Argo, para acallar el relincho de bienvenida de la yegua, y luego atravesó el espacio nublado de polvo y se acercó a las voces. Jóvenes, pensó. Tal vez cuatro, no, cinco en total. Rodeó la pared de la última caballeriza y se quedó inmóvil, observando.

Cinco chicos, efectivamente, aldeanos, vestidos con camisas de tejido tosco y calzones metidos por dentro de las pesadas botas de trabajo. Rodeaban al patético y asustado Alain, que se tapaba la cabeza con los brazos para protegerse. Los chicos se turnaban para acercarse por todas partes y pellizcar y abofetear al chico rubio y, mientras observaba, le tocó al más grande, que le dio un fuerte golpe a Alain en el hombro contrahecho, tirando al chico de lado contra la pared de la caballeriza.

Xena cruzó por la paja a tal velocidad que ni siquiera la vio venir. No vio el puño que lo estampó contra la pared de enfrente. Se puso de pie a toda prisa, enjugándose un hilo de sangre de la comisura de la boca, y la miró furibundo.

—Vamos, tío duro —dijo Xena, deteniéndose a pocos pasos de él y clavándole una mirada—. A ver si tienes agallas.

Las tuvo. Se abalanzó sobre ella, lanzando un puñetazo a lo loco que le dio en el pecho, y resbaló cuando ella le devolvió el golpe y lo envió volando por el aire hasta que se estrelló de nuevo con la pared de madera. Luego se tiró sobre él, lo levantó por la culera de los pantalones y el cuello y, tomando aliento, lo levantó y lo lanzó por encima de la pared, para que cayera en la pila de estiércol del otro lado.

Se hizo un silencio, pues sus compinches se quedaron paralizados, demasiado asustados para huir o atacar. Xena los miró a todos con asco, luego fue hasta donde estaba acurrucado Alain, que la miraba, y le ofreció una mano para levantarlo.

—Hola —dijo, como si tal cosa.

Alain la miró con una dulce sonrisa.

—Hola, Xena. —Cogió su mano y ella lo izó, quitándole un poco el polvo. Luego le revolvió el pelo y se volvió hacia los chicos que quedaban.

—¿Pero qué os pasa? —les gruñó, con el tono más amenazador que pudo—. ¿Es que no tenéis cosa mejor que hacer que portaros como una panda de cobardes medio enanos? —Les clavó una mirada gélida—. Dejad que os diga algo sobre los matones, niños. —Se acercó a ellos, con cara de desprecio—. Siempre... siempre hay alguien más grande y más duro y más malintencionado que vosotros. —Bajó el tono hasta convertirlo en un ronroneo aterciopelado—. Y ese alguien se presentará, tal y como acabo de hacer yo, y os aplastará como a un bicho. —Recalcó lo que decía lanzando una mano y atizándole un buen golpe al más cercano, que se dobló por la mitad y acabó tirado en la paja—. Así que seguid mi consejo, niños. Sed buenos.

Echó un vistazo hacia atrás a Alain, que observaba fascinado.

—Sed buenos especialmente con mi amigo Alain. —Volvió a su lado y le pasó un brazo por los hombros desiguales—. Porque ya ha tenido que demostrar más valor en su vida del que tendréis todos vosotros jamás. —Una larga pausa, mientras contemplaba sus rostros inseguros—. ¿Me entendéis? Dejadlo en paz, o vuelvo y os corto a todos en pedazos. —Esto último fue un gruñido grave y vibrante que le hizo retumbar el pecho y reverberó por el establo, de repente demasiado pequeño—. Así que sacad a vuestro amigo de esa pila y largaos de aquí. Antes de que me... enfade. —Entrecerró los ojos—. No querréis que ocurra eso, ¿verdad?

Silencio.

—¿Verdad?

Un coro de gestos negativos.

—Bien. Pues no sois todos idiotas. Moveos —terminó, bruscamente, y tuvo la satisfacción de ver cómo salían a trompicones, dirigiéndole miradas de terror. Meneando la cabeza, miró a Alain y lo observó atentamente—. ¿Estás bien?

—Oh, sí —dijo Alain con voz aguda—. Caray.

Los dos se volvieron al oír un quejido grave y Alain soltó una exclamación y se dejó caer de rodillas en la paja junto a una figura tumbada.

—Oye... ¡oye! —insistió, muy preocupado.

Xena se arrodilló en la paja a su lado y dio la vuelta a la esbelta figura con cuidado. Tenía un gran chichón en la cabeza, pero por lo demás parecía ileso.

—¿Quién es éste? —le preguntó Xena a Alain, que estaba muy alterado.

—Lennat —gimió Alain—. Es... un amigo. Mío, supongo.

Vaya, pensó Xena. Éste era Lennat, que había decidido ser amigo de un paria como Alain. Subió un punto en su estima. Alto y rubio como Alain, tampoco era nada feo, y la estima de Xena por Lila subió también un punto. Le dio palmaditas en la cara.

—Eh.

Otro quejido y entonces sus ojos se abrieron parpadeando y se posaron confusos primero en Alain y luego en ella.

—Aah... —Se estremeció cuando su mirada se posó en los vívidos ojos azules de Xena—. Qu...

—Tranquilo. —Xena alzó una mano para detenerlo—. No te voy a hacer daño. —Puesto que todo el mundo daba por supuesto que lo iba a hacer, pensó con dureza, y este chico ya debía de haber oído lo ocurrido el día anterior de boca de su hermano. Le tocó con cuidado el chichón que tenía en la cabeza—. Te pondrás bien, sólo te va a doler la cabeza. —Y se volvió hacia Alain—. ¿Qué ha pasado?

Alain torció el gesto.

—Intentó detenerlos. —Fulminó a su amigo con la mirada—. Te dije que no lo hicieras.

—¿Qué... cómo he...? —farfulló Lennat, volviendo la cabeza con una mueca de dolor y mirando a su alrededor—. ¿Dónde...?

—Ella los ha detenido —le informó Alain, mirando a Xena con admiración—. Y bien. ¡Bam bam! Y ha tirado a Agtes a la pila de boñigas.

Xena lo miró risueña.

—Se lo merecían. —Les sonrió de medio lado—. Alain, ¿puedes traerle un poco de agua a tu amigo? Parece que lo necesita.

—Claro. —Alain se levantó deprisa y se alejó corriendo.

Xena y Lennat se quedaron mirándose.

—Así que... tú eres lo que le dio tal susto a mi hermano que tuvo que emborracharse para dormir por primera vez desde hace una década —comentó Lennat, pensativo—. Por lo que cuenta, se diría que tienes dos cabezas.

Xena se rió por lo bajo.

—Tienes sentido del humor. Eso es buena señal. —Se levantó y le ofreció una mano para ayudarlo—. Te prometo que no te lanzaré a la... ¿cómo la ha llamado? La pila de boñigas.

Lennat le agarró la mano y se puso en pie con muy poco esfuerzo por su parte. La miró con respeto.

—Lila me ha hablado de ti.

Xena enarcó una ceja.

—¿Y así y todo me has cogido la mano? Eres un valiente.

Lennat se rió un poco, con timidez.

—No, no... me ha hablado de... Bri y todo eso. Y de ti.

—Ya —dijo la guerrera despacio—. ¿Qué vais a hacer vosotros dos?

Lennat suspiró y se contempló los pies.

—Nada, probablemente. Ella está atada aquí, yo también estoy atado, ya sabes cómo son las cosas. Metrus no la va a aceptar, aunque sólo sea por despecho, y yo estoy sujeto a él como aprendiz para otros cinco malditos años. Aunque nunca seré comerciante... Lo que tiene es mano de obra gratis, más que nada.

Xena lo miró pensativa. Creo que este chico me cae bien. Pero tiene problemas.

—¿No te gusta su oficio?

El chico se encogió de hombros.

—No se me da bien.

—¿Qué se te da bien? —preguntó Xena.

Como respuesta, él sacó una intrincada pieza de forja, creada con el martillo y las herramientas finas de un herrero. Era parte de la quijera para un caballo y Xena enarcó las cejas.

—¿Lo has hecho tú?

Él asintió y se lo pasó.

—Sí, para lo que me vale.

La guerrera examinó la pieza.

—¿Por qué no eres aprendiz del herrero? —preguntó, confusa.

—Una vieja historia —dijo Lennat, secamente—. Nuestra madre, de Metrus y mía, dejó a nuestro padre cuando yo era pequeño. Se fue con el herrero.

—Ah —dijo Xena, haciendo una mueca de compasión.

—Murió. Al dar a luz a un hijo suyo, que iba a ser su aprendiz. Ya sabes. —La miró, con secretos ocultos tras sus ojos de color gris pizarra.

Y Xena, al contemplar esos ojos, supo la respuesta.

—Alain —murmuró, comprendiendo—. Es tu hermano.

—Él no lo sabe —dijo Lennat en voz baja, cuando Alain volvió a entrar corriendo y le pasó una taza de madera llena de agua—. Gracias, Ali.

Alain le sonrió y luego sonrió a Xena.

—Gracias. No te las he dado antes.

—Ha sido un placer, Alain —dijo Xena, suavemente—. Creo que te dejarán en paz, al menos durante un tiempo.

El chico asintió.

—Creo que sí.

Los dejó hablando del emocionante enfrentamiento y fue hasta Argo, pasando los dedos por la despeinada crin de la yegua.

—Luego tengo que sacarte a correr un rato, chica —dijo distraída, mientras reflexionaba sobre la situación cuya solución tenía el encargo de encontrar. Maldición, esto se está complicando. Pero... todas las piezas estaban ahí... sólo tenía que encontrar una forma de colocarlas en su sitio. Yo llegué a dominar la mitad de Grecia, suspiró mentalmente. Tendría que ser capaz de arreglar un problemilla como éste, por mi mejor amiga, ¿no? La parte difícil... sí. Y mejor no le digo a Gabrielle lo que estoy haciendo... se pondrá furiosa conmigo. Y además sólo ha dicho... sí. Creo que puedo hacerlo... Sé que puedo hacerlo.

Argo le soltó un relincho, empujándola con el suave hocico.

—Sí, he dicho que luego te saco a correr, chica, después de cenar. ¿Qué te parece? —Acarició el hombro dorado—. ¿O te estás volviendo tan holgazana como yo? ¿Eh? —Se rió por lo bajo y fue hacia la puerta de las cuadras, planificando su estrategia. Primero, el herrero.


—Bueno, ¿vas a contar historias en la posada esta noche? —preguntó Lila cuando se acercaban a la caravana, algo sorprendida.

—Pues sí —confirmó Gabrielle, observando a los recién llegados con el entrecejo fruncido—. Discúlpame un momento, Lila. —Y se acercó a uno de los comerciantes, que la miraba a su vez con una dulce sonrisa—. ¿Johan?

—Hola, muchacha. —Sus ojos se arrugaron risueños—. No te esperabas verme aquí, ¿verdad? —La observó atentamente, fijándose en sus contusiones al tiempo que la expresión jovial de su cara se iba disipando—. ¿Qué te ha pasado?

Gabrielle aspiró una bocanada de aire, luego otra.

—Primero, dime tú por qué estás aquí —contraatacó, mirándolo a la cara, intentando inventarse algo que decirle.

Johan sonrió abochornado.

—Pues es que... se trata de Cirene, muchacha. Creo que le has gustado. —Sus ojos chispearon risueños—. Y no ha tenido descanso hasta que me ha enviado aquí para cerciorarse... bueno, de que todo iba bien. —Se le pusieron entonces el tono y la cara serios—. Y me parece a mí que no.

La bardo suspiró y asintió ligeramente.

—Ahora va mejor —le aseguró—. Es... complicado. Pero Xena se está ocupando.

Como si esto lo contestara todo. Y para Johan, al parecer, así fue, porque se relajó y le dio una palmadita en el hombro.

—Bien, entonces, muchacha. —Levantó la mirada—. ¿Y dónde la puedo encontrar? Cirene ha enviado unos paquetes para las dos.

Lila se había acercado y escuchaba la conversación con interés. No tenía ni idea de quién era el comerciante, aunque le sonaba un poco, pero era evidente que su hermana lo conocía bien. Pero, ¿quién era Cirene y por qué enviaba unos paquetes?

—Mmm... seguro que anda por la herrería —contestó Gabrielle, con una sonrisa—. ¿Puedo adivinar lo que hay en esos paquetes? —Le chispearon los ojos—. Seguro que puedo. —Se volvió hacia Lila—. Lila, éste es Johan. Ayuda a la madre de Xena en Anfípolis.

Lila le sonrió con timidez.

—Hola. —Y le preguntó a Gabrielle—: ¿Ésa es Cirene? ¿La madre de Xena?

Tanto Johan como Gabrielle asintieron a la vez.

—Seguro que ha enviado empanadas —predijo Gabrielle, con ojos risueños—. ¿Tengo razón?

Johan se echó a reír.

—Claro que la tienes, muchacha. Y lamento encontrarte aquí, porque me las habría comido yo todas si ya te hubieras ido. —Se volvió hacia su montura—. Ah, bueno, deja que descargue la mercancía. —Miró a Gabrielle sorprendido—. Ah, ¿no sabías que yo era comerciante antes de plantar las botas en Anfípolis? No iba a desperdiciar un viaje por la ruta comercial, no, señora. Les dije a tres o cuatro de los artesanos que metieran cosas en los paquetes para vender y eso es lo que pretendo hacer. —Le dio unas palmaditas en la mejilla—. Os encontraré a las dos más tarde, no temas.

Gabrielle lo abrazó y se echó a reír.

—Más te vale —le advirtió y lo dejó descargando mientras Lila y ella seguían adelante—. Bueno, qué sorpresa —dijo, despacio, pero llena de una cálida gratitud.

—No lo entiendo, Bri. ¿Qué hace aquí? ¿Es comerciante o no? Creía que lo era, pero por lo que ha dicho... —Lila parecía confusa.

Su hermana soltó una risita.

—Mm... no lo es. La verdad es que Cirene lo ha enviado aquí para asegurarse de que estábamos bien. Vio... la nota que envió padre. —Miró a Lila de reojo—. Es un encanto. —Se le pasó una idea sin control por la mente. Ella nunca habría permitido... no, Gabrielle, no pienses eso. Es agua más que pasada y no puedes cambiarlo. Pero la triste idea persistió—. Lo pasé muy bien cuando estuvimos allí. Fue agradable —añadió, obligándose a sonreír de cara a Lila—. Cocina estupendamente... y... —Levantó un poco las manos—. Me acogió totalmente, supongo... me considera parte de su familia.

Lila se lo pensó largamente.

—Caray —comentó, a punto de añadir algo más, pero entonces levantó la mirada y vio a Lennat, que se acercaba a ellas—. ¡Lennat! —exclamó, sobresaltada al ver el estado lamentable de su ropa—. ¿Qué te ha pasado? —Tomó aliento bruscamente cuando se fijó en el chichón que tenía en la cabeza.

El alto chico rubio se pasó los dedos por el pelo e hizo una mueca de dolor al rozarse el chichón sin querer.

—Agtes y su panda —murmuró, dirigiéndole una mirada—. Lo de siempre.

Gabrielle los observó en silencio. Lennat le traía recuerdos de... de una tarde lluviosa en las cuadras... y ella contando al círculo de sus amigos la cosa más reciente que se le había ocurrido. Aún oía el tamborileo de las gotas y olía la humedad del aire si se empeñaba. Pero no lo hizo, porque ese recuerdo siempre acababa con el golpe seco de la puerta de la cuadra al abrirse y la cara furiosa de su padre mirándola desde arriba. Con una mano que bajaba y la levantaba de un tirón y la estampaba contra las paredes de tablas y aún notaba las astillas de la madera basta clavándosele en la espalda... No. Cortó el pensamiento y se obligó a prestar atención a lo que decía Lennat.

—No, porque Agtes me pegó en la cabeza con el mango del bieldo. —Suspiró—. Y me caí redondo. —Miró a Gabrielle con una leve sonrisa—. Lo siguiente que sé es que abrí los ojos y vi a Alain y a Xena arrodillados a mi lado. —Le guiñó un ojo a Gabrielle—. Debo decir, Bri... que es única.

—Sí que lo es —respondió la bardo, con una risa forzada—. ¿Ahuyentó a Agtes y compañía? —Agtes. Otro mal recuerdo.

—Yo no lo vi —dijo Lennat, pesaroso—. Pero Alain, cuando logré que hablara con coherencia, dijo que le dio una zurra a Agtes y lo tiró a la pila del estiércol. —Se echó a reír—. Luego insultó a los demás y los hizo huir.

Gabrielle se echó a reír sin poder remediarlo.

—Oh, habría pagado por verlo.

—Sí, Alain asegura que les dijo a todos que era amigo suyo y que si volvían a incordiarlo, volvería y los cortaría a todos en pedacitos —terminó, riendo—. Yo ni siquiera sabía que se conocían.

La bardo se quedó pensando.

—Yo tampoco, pero es muy propio de Xena. —Alain. Su amigo de infancia, que, según había pensado ella siempre, estaba peor que la propia Gabrielle. Que era objeto de burlas y golpes a causa de un defecto que no podía controlar. Al menos, yo podía callarme, pensó. Alain no—. Me pregunto... ah, todavía trabaja en las cuadras, ¿no? Argo. Ahora lo entiendo. —Ahora entendía cómo Xena conocía... Y se quedó paralizada. Alain sabía... todo. Todo lo que le había pasado a ella, y era un chico sencillo, afable a pesar de la dura vida que tenía, y con tendencia a confiar en la gente. ¿Se lo ha contado a Xena? ¿Se lo habrá preguntado ella, al saber que me ocurría algo...? Sí, se lo habrá preguntado.

Ese frío estallido de ira, la otra noche. Su mente se concentró de golpe y recordó. Habían estado torturando a Ares, me dijo, pero... no. Ares no fue la causa de eso. Gabrielle sintió que se le caía el alma a los pies. Fui yo. Lo sabía... y en lugar de ir a buscarme para interrogarme, se lo guardó todo dentro y esperó a que yo se lo contara. Por los dioses. La he subestimado. Qué error más estúpido. Y ahora seguro que piensa que no he confiado lo suficiente en ella para contárselo...

¿Qué habría hecho yo? Soltó un leve resoplido interno, dejando que la conversación de Lila y Lennat pasara por encima de ella sin prestarle atención. Le habría echado una bronca inmensa por no contarme lo que estaba pasando. Sí, eso habría hecho... y ella me habría echado esa mirada tolerante y habría puesto los ojos en blanco y tal vez se habría disculpado. Tal vez. ¿Acaso tengo derecho a saberlo todo acerca de ella? Qué hipócrita soy.

—¿Bri? —La voz de Lila interrumpió sus reflexiones—. Oye, ¿estás ahí?

Gabrielle les sonrió fugazmente.

—Sí, estoy aquí. Es que estoy pensando... en las historias que voy a contar esta noche.

Lennat se echó a reír.

—Bri y sus historias. Será divertido. Iremos, ¿verdad, Lila?

Lila dudó.

—Lo intentaré. —Miró a Gabrielle como disculpándose—. O mamá o yo... tendremos que quedarnos en casa. —Se encogió de hombros ligeramente—. Me gustaría que ella tuviera la oportunidad de escucharte.

Gabrielle bajó la mirada y se cruzó de brazos.

—¿Cómo está? —preguntó con tono apagado.

Su hermana se encogió de hombros.

—Como dijo Xena. Le duele mucho la cabeza, pero finge que está peor. Creo... —Sus labios se curvaron ligeramente—. Creo que le da vergüenza reconocer que lo tumbaste tú. Dice que tropezó y se golpeó la cabeza con un banco.

—A veces es más fácil creer una mentira —contestó la bardo. Sí, ¿verdad?—. Bueno, ¿vamos a ver qué tienen los comerciantes o qué? —Con firmeza, agarró a Lila del brazo y echó a andar.


La forja del herrero se encontraba en un edificio con tres esquinas, cuya parte frontal estaba abierta para dejar salir el calor al aire. En la parte de detrás estaba la gran chimenea, donde ardía el fuego noche y día, y delante estaban los yunques, en los que se apoyaban pilas de herramientas forjadas. Tectdus, el herrero, estaba detrás del yunque más grande, golpeando una punta de arado, cuando notó unos ojos posados en su espalda.

Se volvió y vio a una mujer alta y morena apoyada en la pared, cruzada de brazos, mirándolo. Incluso sin armas o su característica armadura, supo que sólo podía tratarse de una persona y dejó el martillo y se secó las manos en el delantal antes de acercarse a ella.

Las dos personas, taciturnas por naturaleza, intercambiaron miradas y se tomaron la medida, en un silencio roto únicamente por el roce de las llamas en la chimenea.

—Tú eres Xena —dijo Tectdus por fin, ofreciéndole el antebrazo—. Mi hijo me ha hablado de ti.

Xena aceptó el brazo y se lo estrechó.

—Es un buen chico —reconoció—. No se merece esa tortura.

Tectdus gruñó.

—No hay forma de evitarlo. —Le soltó el brazo e indicó su zona de trabajo—. ¿Te puedo ofrecer agua fresca? —Paseó la mirada por la estancia—. Aquí hace calor. —Sus ojos se posaron inquietos en su cara y luego se escabulleron.

Xena se miró a sí misma y dejó asomar una leve sonrisa a los labios.

—No, gracias. He venido a ver si podías arreglarme esto. —Le pasó la bisagra de la armadura y observó mientras él la examinaba. Era un hombre de mediana edad, alto, con la recia constitución de un herrero, pero en sus movimientos se percibía el comienzo de la vejez, el dolor de las articulaciones al moverse que convertía en una agonía el hecho de pasarse horas de pie ante el yunque. Se compadeció de él en silencio.

—Se puede hacer —gruñó Tectdus y se trasladó al yunque más pequeño, seleccionó unas tenazas, agarró la pieza con ellas y luego metió ambas cosas en la chimenea llena de cenizas. Fue hasta su banco de trabajo y cogió un martillo mucho más fino que el que había estado usando para la pieza del arado y se sentó un momento, esperando a que se calentara el metal.

—¿No tienes ayudante? —preguntó Xena como quien no quiere la cosa, apoyándose en la pared y mirándolo con apacible interés.

El herrero hizo un gesto negativo con la cabeza.

—Alain no puede. A nadie más le interesa. —Se calló y giró un poco las tenazas, para calentar el metal por igual.

Xena tomó aliento y se lanzó a esta batalla con la misma habilidad con que lo hacía con la espada.

—A su hermano sí —dijo, simplemente—. Y tiene talento para ello.

Tectdus la miró fijamente.

—Medio hermano —dijo roncamente, tras lo cual sacó de un tirón las tenazas del fuego y pasó al yunque, más cerca de ella—. Ahí hay mala sangre.

La guerrera se apartó de la pared y se acercó al yunque donde él acababa de colocar la pieza, capturando sus ojos casi incoloros con los suyos.

—Eso no es culpa suya. —Mostró un poco de su rabia contenida—. Dime, Tectdus, ¿por qué toda la gente de este pueblo carga la culpa de las cosas sobre los hombros de sus hijos?

El herrero no respondió, sino que bajó la cabeza para concentrarse en su trabajo, golpeando con cuidado el metal caliente con mano hábil. Terminó el delicado ajuste y metió las tenazas en el cubo de agua que estaba junto al yunque, donde sisearon soltando vapor, emanando jirones de humo que se interpusieron entre él y los ojos de color azul celeste que no se apartaban de su cara. Por fin, la miró.

—¿Qué quieres de mí?

—¿Qué quiero? —dijo Xena, acercándose más a él, pero hablando sin amenaza—. No quiero nada. Éste no es mi pueblo y tú no eres asunto mío. —Hizo una pausa y suavizó su expresión—. Sólo intento hacer algo por una amiga.

Tectdus la miró atentamente, esta vez sin desviar los ojos.

—La pequeña Bri... ¿entonces es amiga tuya, de verdad? —preguntó—. Era buena amiga de Alain, cuando eran pequeños.

—Lo sé —respondió Xena—. Y sí, de verdad es amiga mía. —Una larga pausa—. Una amiga que tiene un problema... que yo estoy haciendo todo lo posible por resolver. —Cogió su martillo y lo examinó, probando su peso.

Tectdus le agarró la mano con delicadeza y le dio la vuelta, examinándole el brazo.

—Tú también podrías tener talento para esto, con esas muñecas —dijo con calma, encontrándose con su mirada con franco candor.

—No —suspiró Xena—. Yo no hago cosas, Tectdus. Éstas se han creado gracias a una espada. —Lo miró ladeando la cabeza—. Pero Lennat sí hace cosas. Los dos sabemos... que el talento para la forja es muy, muy poco común... ¿es justo desperdiciarlo? —Alargó la mano y cogió la de él y le dio la vuelta—. ¿Cuánto te queda, Tectdus? ¿Hasta que ya no puedas enseñar a nadie? —Sus dedos siguieron la articulación hinchada con el tacto experto de una sanadora.

El herrero cerró los ojos reconociéndolo.

—No importa, Xena. Le quedan cinco años más. Para entonces... —Meneó la cabeza—. El oficio muere aquí y espera a que llegue otro como yo.

Los ojos azules se clavaron en los suyos, borrando por un momento el calor que emanaba de la chimenea.

—Si fuera libre, ¿lo aceptarías?

Tectdus dudó.

—Pero está... —Era incapaz de apartar los ojos de ella.

—Si no estuviera —repitió Xena, bajando más la voz, haciéndola más profunda.

—Sí —dijo el herrero, con apacible convicción—. Lo haría. —Suspiró—. Lo cierto, Xena, es que lo intenté, hace años. Pero Metrus no quiso saber nada de mí. Me tiene mucho rencor, por su madre.

Xena asintió despacio.

—Eso me parecía.

—¿Qué vas a hacer? —susurró Tectdus, convencido de que podía hacer cualquier cosa.

La guerrera sacó su pieza de armadura del cubo de enfriar y soltó las tenazas con mano experta.

—Lo que pueda. —Y dejó una moneda en el yunque—. Gracias.


Xena dejó la forja del herrero, recorrió con la mirada la ajetreada plaza del mercado y tuvo que rastrear un momento hasta que divisó a Gabrielle con Lila y Lennat cerca de un pequeño cobertizo. Los tres estaban comiendo algo y la guerrera meneó la cabeza riendo por lo bajo. Muy propio de Gabrielle encontrar comida en algún sitio. Avanzó hacia ellos, sin dejar de observar el rostro de Gabrielle con cierta curiosidad. ¿Notará que me acerco?

Vio que la bardo, cuando se acercaba a ellos, se erguía y volvía la cabeza para ver cómo llegaba Xena y saludaba a la guerrera con una sonrisa.

—Hola —dijo Gabrielle—. ¿Te han arreglado la armadura?

Xena le mostró la pieza en cuestión.

—Sí. —Saludó a Lila y a Lennat con una amable inclinación de cabeza.

Gabrielle dio otro bocado a su kebab y señaló en una dirección con la barbilla.

—¿Has visto quién está ahí? —Sus ojos chispeaban risueños.

La guerrera se volvió para mirar, vio a la persona de quien hablaba la bardo y soltó una breve carcajada.

—Jo. ¿Qué hace aquí? No me digas... —Miró a Gabrielle—. No es posible. —Mi madre. Durante diez años, no quiso hablar conmigo. Y ahora...

La bardo sonrió.

—Sí que lo es. Pero nos ha traído empanadas. Así que la perdono.

—Ya —suspiró Xena, poniendo los ojos en blanco. Luego se echó a reír—. Me lo tendría que haber imaginado. —Miró a Lennat—. ¿Cómo va esa cabeza? —Lo observó con frialdad. Advirtió el vacilante lenguaje corporal entre Lila y él y el frecuente intercambio de miradas y caricias entre los dos, y sonrió por dentro al reconocerse en ellos.

El chico meneó la mano.

—Así, así. Me duele.

—Oye. —Gabrielle le dio un codazo—. ¿Quieres uno de estos? Están muy buenos. —Indicó lo que estaba comiendo.

Xena la miró enarcando una ceja.

—No, gracias. He desayunado mucho. —Aunque, de hecho, había desayunado menos que la bardo y encima le había dado parte a Ares—. ¿Qué es?

Como respuesta, Gabrielle le ofreció el último trozo y, sin pararse a pensar en lo que hacía, Xena se lo cogió hábilmente de los dedos con los dientes, lo masticó y se lo tragó antes de darse cuenta de lo que había hecho.

—No está mal —logró decir, observando el rubor que teñía el cuello de Gabrielle al tiempo que advertía la mirada sorprendida de que era objeto por parte de Lila y Lennat—. ¿Hay algo que merezca la pena en los carros de los comerciantes? —Volcó la atención sobre Lila, dirigiendo una mirada inquisitiva a la muchacha morena. Eso es, Xena... haz como si no hubiera pasado nada, ¿vale? Totalmente normal. Las amigas íntimas siempre se dan de comer con la mano. ¿No? Pues claro.

—Aahm... —Lila carraspeó y dirigió la mirada hacia los carros—. Bueno, la verdad es que tenían unas telas muy bonitas. Y el ollero tenía unas cazuelas con muy buena pinta. —Echó a andar de nuevo hacia los comerciantes—. Y he visto un cuero precioso donde el zapatero...

Intercambiaron miradas risueñas y la siguieron, Lennat adelantándose unos pasos para alcanzar a Lila, y Xena y Gabrielle siguiéndolos a paso más lento.

—Lo siento —murmuró Gabrielle, lanzando una mirada hacia el rostro de Xena, que lucía una expresión de moderado interés mientras contemplaba la plaza—. Ni me lo he pensado... o sea... —Suspiró—. Dioses.

Xena le dio unas palmaditas en la espalda.

—Tranquila. De todas formas, has dicho que tu hermana prácticamente lo ha adivinado, ¿no? —Se echó a reír suavemente—. Además, yo tampoco he caído en la cuenta, hasta que he visto cómo te has puesto colorada. —Miró a la silenciosa bardo con una sonrisa—. Y en cualquier caso, lo cierto es que, si buscan señales de ese tipo, ya estamos marcadas. Observa a Lila y Lennat.

Se quedaron mirando un momento a la pareja que iba por delante de ellas.

—¿Ves lo pegados que caminan? —preguntó Xena, en voz baja.

—Sí —contestó la bardo, alargando la palabra.

—¿Y ves cómo se tocan todo el rato? Fíjate... ¿lo ves? Ahora observa cómo se miran. Ahí está —siguió Xena, con tono didáctico.

—Aah... sí —replicó Gabrielle, que ya veía por dónde iban los tiros—. Todo eso me suena.

—Efectivamente —asintió Xena con sorna, observando su cara para ver la reacción.

Gabrielle se lo pensó un momento antes de responder a la pregunta implícita. Pensó en su familia y en las tradiciones de este pueblo y en cómo se había esperado siempre de ella que diera ejemplo a Lila y a las niñas más pequeñas, pues había pocas chicas de su edad cuando era más jovencita. Sonrió.

—Pues espero que tengan celos. Ephiny dijo que yo era la envidia de la aldea. —Se acercó más a Xena y le dio un codazo.

—Ah, eso dijo, ¿eh? —fue la sorprendida respuesta.

La bardo la miró con cariñosa exasperación.

—Vamos, Xena... —Se interrumpió porque habían llegado al puesto del zapatero, donde Lila estaba toqueteando una pieza de cuero de un precioso y vivo color rojizo—. Caray... ¡qué bonito!

Lila las miró entristecida.

—Ya lo creo. —Intercambió una mirada apesadumbrada con Lennat—. Este año no. —Suspiró—. El dinero extra de la cosecha ha sido para... —vaciló—, otras cosas.

Cerveza, lo más probable, pensó Xena, y se acercó para examinar el cuero teñido. Enarcó las cejas y llamó la atención del zapatero.

—Esto parece obra de Beldan —comentó, acariciando el fino cuero con las yemas de sus dedos expertos.

El comerciante la saludó respetuoso inclinando la rubia cabeza.

—Lo es, efectivamente, señora. Y es muy buen cuero. —La miró con interés y ella lo miró a su vez y le hizo un leve guiño. Él sonrió levemente como respuesta e inclinó la cabeza ligeramente hacia ella. Si todo sale como yo quiero, será un buen regalo de bodas, pensó Xena. Y que me ahorquen si no consigo que todo salga bien.

Lila suspiró de nuevo y dirigió la mirada hacia su casa.

—Tengo que irme —dijo, mirándolos a todos con aire de disculpa—. Bri, intentaré pasarme esta noche un ratito, pero madre sí que estará. —Apretó el brazo de Gabrielle—. Cuenta alguna buena, ¿vale?

La bardo la abrazó rápidamente.

—Lo haré. A lo mejor me paso después y te cuento algunas en exclusiva. —Es decir, si consigo cruzar esa puerta. Ya veremos—. Lennat, espero que se te mejore la cabeza.

El chico rubio le hizo un gesto para restarle importancia.

—Estoy bien. Tómatelo con calma, Bri. Te veo esta noche. —Saludó amablemente a Xena con la cabeza y cogió a Lila del brazo para acompañarla hasta casa.

Se quedaron mirando cómo se alejaban en silencio. Luego...

—Bueno. Así que vas a contar historias esta noche, ¿eh? —preguntó Xena, con una sonrisa.

—Sí —fue la respuesta—. Mi amiga superprotectora... ¿es que tenías que asustar al posadero? —Gabrielle echó a andar hacia la posada—. Me prometiste entrenar con la vara, si mal no recuerdo. —Hizo una pausa—. Y, ya que parece que te apetece andar enredando, ¿qué has estado haciendo hoy?

Xena la miró ofendida.

—¿Yo?

Gabrielle le clavó un dedo en las costillas.

—No creas que no me he fijado en esa mirada que has intercambiado con el zapatero, oh taimada Princesa Guerrera. ¿Qué estás tramando?

—Sólo hago lo me pediste, majestad —replicó Xena, mirando alrededor—. Intentar encontrar una solución para este problema tan complejo.

—¿Y? —insistió la bardo.

—Que estoy en ello —fue la fría respuesta.

Cuando Gabrielle se disponía a lanzar su siguiente ataque, el recuerdo del secreto que había guardado inundó su consciencia. Cerró los labios de golpe y siguió caminando.

—¿Te parece que deberíamos buscar a Johan? —preguntó, mirando a Xena—. Creo que está por ahí.

—No —fue la suave respuesta—. Vamos a recoger tu vara. Te lo he prometido —le recordó Xena, dirigiéndose a la posada. Había notado el súbito cambio de humor y se preguntaba cuál sería la causa—. Venga.

Subieron las escaleras, entraron en la habitación y Xena cerró la puerta al pasar.

—Oye.

—¿Sí? —contestó Gabrielle, acercándose a la vara y agarrándola con manos repentinamente vacilantes. Miró a Xena al ver que la guerrera no respondía.

—Escucha... el plan sólo está a medias. —La mujer más alta suspiró—. Es complicado.

La bardo se acercó a ella y le puso una mano en el pecho.

—No pasa nada. No necesito saberlo. —Puedo practicar lo que predico. Además, normalmente es mejor no saber lo que hace. Porque me asusto. O me enfado. O las dos cosas—. Te he pedido que... busques una manera de salir de esto. Tengo... que dejarte hacer lo que tengas que hacer.

—Gabrielle. —Había una profunda preocupación en esa voz grave.

—No. No pasa nada —fue la respuesta, acompañada de un gran suspiro, que se cortó de repente cuando las manos de Xena le sujetaron la cara con delicadeza y sus ojos se encontraron. Y su resolución se tambaleó al ver el desconcierto que había en ellos—. Has... hablado con Alain.

—Sí —replicó Xena, empezando a comprender—. Hace dos noches. Lo sabía. —Confiaba en mí. Y yo le he mentido sobre lo que sabía. Maldición—. Lo siento, Gabrielle. Yo... tendría que habértelo dicho. A lo mejor lo que pasó con tu padre no habría... Sólo quería darte la oportunidad de...

—No. —Gabrielle enganchó las manos en la túnica de Xena y tiró con fuerza—. No te atrevas a disculparte por eso. —Tragó con dificultad—. Tenía miedo de decírtelo.

Xena bajó la mirada al suelo y soltó las manos, que dejó caer y se quedó mirándolas.

—Sí. Lo entiendo. Las tengo llenas de sangre —dijo, burlándose de sí misma y soltándose de las manos de Gabrielle—. Ya me parecía que era eso.

La bardo notó el dolor que llevaba dentro. La siguió mientras retrocedía y agarró a Xena de las manos, tirando hasta detenerla. Se las levantó y las rozó con los labios, sin apartar los ojos de los de la guerrera.

—Perdóname —dijo, al ver la tristeza que tenía delante—. ¿Por favor? —Dioses... quitad esa expresión de sus ojos... no puedo haber causado eso... no... por favor...—. ¿Xena? —Se le aceleró la respiración y notó que se le acumulaban las lágrimas.

—No pasa nada —fue la respuesta en voz baja—. No hace falta que te disculpes. Tenías motivos para tener miedo. —Xena cerró los ojos, reconociéndolo con cansancio—. Una persona puede cambiar hasta cierto punto, Gabrielle. —Y yo sólo puedo engañarme a mí misma durante cierto tiempo, o hasta cierto punto. Incluso por ella.

Notó el tacto vacilante de la bardo sobre ella y no respondió, intentando tapar los agujeros sangrantes que se le habían formado al darse cuenta de la falta de confianza de Gabrielle hacia ella.

—No me dejes fuera. —La voz estaba tan tensa que casi era irreconocible—. Por favor...

Y Xena supo que no podía pasar por alto ese ruego. Abrió los ojos y respiró hondo. Reprimió profundamente su propia agonía, para otro momento, otro lugar, y se concentró en los ojos verdes llenos de lágrimas que la miraban

—Nunca. —Abrió los brazos y estrechó a Gabrielle entre ellos, notando cómo se iba relajando el tenso cuerpo de la bardo—. Tranquila.

Gabrielle tomó aliento varias veces sin hablar y luego suspiró.

—Lo siento. —Se pegó más a ella y abrazó a Xena con una intensidad casi desesperada—. No sé qué me daba más miedo, Xena —medio susurró—. Lo que harías tú o el hecho de que yo... quería de verdad que lo hicieras.

Xena sintió un estremeciemiento de espanto al oír eso y abrazó a la bardo con más fuerza. ¿Lo quería? Por los dioses. Aquí hay algo muy profundo que no entiendo. Espero no empeorar las cosas.

—Gabrielle... lo estás pasando mal, lo sé. —Notó que tragaba con fuerza—. Estás furiosa con tu padre por hacerte daño, y también a Lila... y a tu madre... Sé que lo estás.

—Sí —fue la apagada respuesta.

—Pero también lo quieres —continuó la guerrera suavemente—. Y no harías nada a propósito para hacerle daño. Eso lo sé.

—¿Cómo lo sabes? —contestó Gabrielle, levantando la cabeza para mirarla.

Xena sonrió fugazmente.

—Porque te conozco. Igual que tú me conoces a mí.

Gabrielle se quedó mirándola largos instantes. Luego asintió ligeramente. Y supo, en lo más profundo de su corazón, que Xena tenía razón.

—Estoy... —Volvió a apoyar la cabeza en el hombro de Xena y suspiró—. Gracias.

Xena sonrió. Debo de estar mejorando con estas cosas, pensó.

—Mm... ¿sabías que Lennat tiene talento para ser herrero? —le preguntó a la bardo, al tiempo que retrocedía dos pasos, trasladando a la bardo consigo, y se sentaba en la cama, apoyándose en el cabecero.

Gabrielle la miró parpadeando.

—No... no lo sabía. ¿Es cierto?

—Pues sí —dijo Xena despacio—. ¿Sabías que Alain y él son medio hermanos?

La bardo volvió la cabeza y se quedó mirando a su compañera.

—¿Qué? ¿De verdad?

—Sí. ¿Sabías que Tectdus está muy necesitado de un aprendiz y que aceptaría a Lennat si Metrus lo dejara libre? —Xena sonrió tiernamente a la bardo.

La bardo arrugó la frente muy concentrada.

—Entonces... si Lennat fuera aprendiz del herrero, podría... —Sus ojos se encontraron veloces con los de Xena.

—Tomar a Lila como esposa, sí —dijo Xena, con tono tranquilo—. Y lo haría.

A Gabrielle se le iluminaron los ojos.

—Sabía que encontrarías una solución.

Xena alzó una mano.

—Todavía hay que convencer a Metrus. Él es la parte difícil. Tiene un gran rencor a Tectdus y no es probable que coopere conmigo. —Sonrió y acarició suavemente la mejilla de Gabrielle—. Pero estoy trabajando en eso.

—Gracias por contármelo —respondió la bardo, con una sonrisa—. ¿Cómo has averiguado todo eso en una sola mañana?

—Preguntando. —Xena se encogió de hombros—. En realidad, tampoco es tan increíb... —Y se detuvo, porque Gabrielle le tapó la boca con la mano—. ¿Mmm?

—No me lo digas —susurró la bardo—. A veces me gusta pensar que las cosas que haces son una especie de magia. —Sonrió con timidez—. Una vez, escribí un poema sobre eso. Pero nunca se lo he leído a nadie.

—¿Por qué? —preguntó Xena, maravillada.

—Era... no sé... demasiado... era para ti. Y para mí era muy personal. —Hizo una pausa, pensativa—. Fue la noche en que me... me paré a pensar de verdad y me confesé a mí misma que estaba enamorada de ti.

—Ah —replicó Xena, con un ligero rubor—. ¿Me lo leerás más tarde?

Gabrielle se rió suavemente.

—No me hace falta leerlo. Me lo sé de memoria desde hace mucho tiempo. Pero sí... lo haré. —Le dio a la guerrera un leve codazo en las costillas—. Después de entrenar con la vara. Vamos, tú. —Tal vez, con eso, pueda... librarme de esta sensación... Por los dioses... es como si me ahogara.

—Vale, vale —asintió Xena, pero no le gustó lo que vio en el rostro de la bardo—. ¿Estás segura de que...? —empezó y entonces vio cómo desaparecía la máscara de buen humor deliberado—. No lo estás.

Gabrielle notó que volvía a perder el control y hundió la cara, irritada y confusa, en el hombro cubierto de lino de Xena.

—Dioses... lo siento mucho... no sé qué me pasa...

—Sshh. No te disculpes. Me tienes aquí —la tranquilizó Xena, frotándole la espalda. ¿Es eso cierto? Ella es la cosa más estable de mi vida desde hace ya mucho tiempo, y ahora está hecha trizas. Me adentro en terreno peligroso... para las dos—. ¿Quieres... quieres decirme qué te preocupa?

La bardo se quedó callada un rato, ordenando sus ideas.

—Pues... no lo sé. Creo que nunca me había planteado lo que haría... lo que he hecho. Y eso ha cambiado mi forma de... verme a mí misma. —Su mano jugueteó distraída con el cinturón de la túnica de Xena—. Y... no quiero pensar que podría... atacar de esa manera sin más... me da miedo. Mucho. Temo... —Se calló.

Xena se encontró de repente cara a cara con su peor miedo. Sabía, desde hacía mucho tiempo, que Gabrielle surtía un efecto sobre ella, y en momentos especialmente oscuros, se preguntaba si ella estaba surtiendo algún efecto a su vez. Esperaba con todas sus fuerzas que no fuera así. Pero había que hacer la pregunta.

—¿Temes estar... convirtiéndote en alguien como yo? —Y si la respuesta es sí, Xena, esto acaba aquí. No va a ir más lejos, cueste lo que cueste. No voy a pagar ese precio. Esperó, respirando acompasadamente, intentando no mostrar la desesperación con que necesitaba oír la respuesta. Notó la repentina presión de la mano de Gabrielle sobre su estómago, al darle una palmadita tranquilizadora.

—No —fue la respuesta, con voz ronca—. Temo estar convirtiéndome... en alguien como él... y... me da un miedo espantoso, Xena. ¿Cuánto de mi ser... procede de él?

Xena soltó aliento, pensándoselo.

—No creo que tengas mucho motivo de preocupación —comentó, con tono tranquilo—. Creo... que todos somos responsables de lo que hacemos, Gabrielle. Yo no puedo... no voy a echarle la culpa a... nadie... por lo que soy. —Notó que Gabrielle se quedaba absolutamente inmóvil, esperando a que terminara—. No deberías dejar que otros se lleven el mérito... —y sonrió dulcemente—, de lo que tú eres. Y lo que tú eres, amiga mía, es una de las personas más buenas, más generosas que he conocido en mi vida. No eres como tu padre. No atacas movida por la rabia... si vamos a eso, te enfadas más contigo misma que con nadie. Eso es cierto, ¿no?

Hubo un larguísimo silencio mientras Gabrielle permitía poco a poco que esa idea calara en la terca resistencia que había levantado con los años, planteándose la posibilidad de un punto de vista sobre sí misma que nunca hasta ahora había tenido en cuenta.

—Sabes... eso es cierto —reconoció por fin, con tono maravillado, sintiendo que su mundo empezaba a recuperar de nuevo una forma conocida—. Una vez sí que pegué una paliza a un árbol. Pero no creo que eso cuente, ¿verdad?

Notó la risa sorprendida de Xena.

—No me acuerdo de eso.

La bardo sonrió un poco y movió la cabeza para mirarla.

—No, no podrías acordarte. —Contempló el rostro de Xena—. Gracias... de nuevo. Siento haber estado tan... rara.

—Es un proceso curativo —replicó la guerrera, sintiendo que se le aflojaba la opresión del pecho—. Me alegro de que lo que te he dicho te haya ayudado en algo. —Dejó que sus dedos trazaran el contorno de los pómulos de la bardo y le secaran las lágrimas de la cara. Caray. He vuelto a tener suerte.

Gabrielle cerró los ojos y se pegó a la caricia.

—Gracias por estar aquí. —Sonrió vacilante—. No sé qué habría hecho si no estuvieras.

—¿Te sientes ya mejor? —preguntó Xena, apartándole el pelo—. Me parece recordar que alguien me pidió entrenar.

La bardo respiró hondo y asintió.

—Sí. Estoy mejor... aunque si estoy o no en condiciones de enfrentarme a la Princesa Guerrera es otro tema —dijo sonriendo a Xena, que enarcó ambas cejas.

—Oh, yo no me preocuparía por eso, bardo mía. Entre mi falta de ambición últimamente y el grado de holgazanería que pareces infundirme, no deberías tener ningún problema —fue la guasona respuesta.

Gabrielle se echó a reír.

—Oh, sí, seguro que noto una gran diferencia. —Hizo una pausa—. Como que a lo mejor aguanto tres bloqueos en lugar de dos antes de acabar de posaderas en el suelo. —Se incorporó sobre un codo y miró a Xena—. Y no te atrevas a dejar que te alcance sólo para impresionar a la gente. —Vio la sonrisa de Xena—. ¡Ajá!

Xena se echó a reír.

—Me has pillado. —Alzó las manos rindiéndose—. Está bien, pues vamos. —Se levantó y se sacudió la túnica—. Tengo que recoger mi vara de las cuadras —comentó, esperando a que Gabrielle se uniera a ella.


La sesión de entrenamiento atrajo a más gente de la que ninguna de las dos se esperaba, pensó Xena ásperamente, gente en su mayoría hostil, pero captó algunas sonrisas, más que nada del sector más joven.

—Ojo ahora —advirtió la guerrera—. Dime si las defensas por alto te hacen daño en las costillas, ¿vale? —Vigilaba atentamente las reacciones de la bardo, pues sabía que su compañera tenía ganas de exigirse más de lo que debía debido a su inesperado público.

—Estoy bien —insistió Gabrielle. A lo mejor esa combinación doble funciona... está algo distraída. Y lo intentó, atacando con un extremo de la vara al nivel de las rodillas y levantando luego el extremo superior contra la cabeza de Xena. La guerrera bloqueó ambos ataques, pero sonrió.

—Muy bien. —Asintió con aprobación—. La próxima vez, intenta apuntar un poco más alto. —A pesar de la advertencia de la bardo en sentido contrario, sus propios ataques eran ligeros, lo suficiente para que se notara el contacto en las manos, pero sin sus habituales tácticas agresivas. Hasta que vio, por encima del hombro de Gabrielle, un par de turbios ojos verdosos que no se apartaban de la figura esbelta de la bardo.

—Está bien... vamos a hacer una cosa un poco más complicada —dijo Xena, con calma, y guió a la bardo por una serie creciente de ataques y contraataques, manteniendo un sentido del ritmo dentro de las capacidades de Gabrielle. El ritmo se fue acelerando y advirtió esa pequeña sonrisa de concentración que asomaba al rostro de la bardo, lo cual quería decir que estaba totalmente metida en el ejercicio, sonrisa que ella misma reflejó, mientras hacía delicados equilibrios entre dar un espectáculo verdaderamente impresionante y evitar el peligro de que cualquiera de las dos perdiera el control.

Vio el gesto de dolor, cuando Gabrielle se estiró para bloquear uno de sus ataques por lo alto, y se dejó caer sobre una rodilla, para continuar el ejercicio con experta precisión, pero desde un ángulo más bajo.

—Vamos, vamos... —dijo, instando a su compañera a realizar la serie final del intercambio de golpes, que dejó sus varas cruzadas, a meros centímetros la una de la otra.

Las dos sonrieron.

—Muy bien —repitió Xena, cuando retrocedieron y ella se irguió del todo, alargando la mano y dándole una palmadita en el costado—. Me habría encantado ver cómo combatías con Eponin y ver la cara que se le ponía. —Sus ojos relucían de orgullo—. Eres buenísima.

Gabrielle sonrió muy contenta, absorbiendo la inesperada alabanza.

—¿Aunque no me has forzado? —bromeó, dándole a Xena un golpecito en el hombro con el extremo de la vara—. Creía que te había dicho que no lo hicieras.

—Mmm... —Xena meneó la mano de lado a lado—. Quería asegurarme de que no te hacía daño. He visto cómo te encogías con algunos de los movimientos de extensión. —Le dirigió una mirada—. Y yo creía que te había dicho que me lo dijeras si te dolía algo. —Vio la expresión de culpabilidad—. Así que estamos en paz. —Se acercó más y agachó la cabeza—. Además... tu padre estaba mirando.

Gabrielle abrió mucho los ojos y se puso rígida como reacción, observando el rostro de Xena atentamente.

—¿Ha visto...? —Vio el gesto de asentimiento—. ¿Sigue aquí? —Un gesto negativo—. Bien —dijo, con una sonrisa arisca—. Me alegro de que no me lo dijeras antes. Sé que me habría dado en la cabeza de haber sabido que estaba ahí. —Se relajó un poco—. ¿Ha... mirado?

Xena frunció los labios pensativa. ¿Cómo interpreto la mirada que le estaba echando?

—Ha mirado. —En esos ojos había visto una mezcla de desaprobación, miedo y una extraña e incómoda fascinación. Hasta que acabó el ejercicio y ella se irguió y se encontró con sus ojos por encima de la cabeza de la bardo. Entonces la expresión se transformó en odio y la de ella en puro hielo—. No creo que todo esto haya hecho que le caiga mejor —comentó Xena, sonriendo a la bardo con sorna.

—Eh, vosotras. —Lennat les sonrió vacilante—. Menudo espectáculo. —Se acercó más, seguido de un pequeño grupo de jóvenes del pueblo, la mayoría de los cuales saludaron a Gabrielle con simpatía. Ella correspondió a los saludos con una sonrisa y les presentó a Xena, que consiguió responder con cierta amabilidad.

—Bri, ¿dónde has aprendido a hacer eso? —preguntó una chica delgada y morena que a Xena le recordaba vagamente a Lila—. ¿De...? —Sus ojos se posaron fugazmente en Xena y se retiraron.

—En su mayor parte —confirmó Gabrielle, sonriendo a Xena—. Pero empecé a aprender con las amazonas.

La chica le dio un codazo al chico que estaba a su lado.

—¿Lo ves? Ya te dije que era cierto. —Sonrió a Gabrielle—. ¿Es cierto que las diriges tú?

La bardo se echó a reír.

—Bueno, más o menos. No es exactamente así... —Y se lanzó a dar una breve explicación, lo cual la llevó a contar toda la historia al fascinado grupo.

Xena se mantenía aparte, apoyada en su vara, y observaba a Gabrielle mientras ésta se apoderaba de ellos con su talento, presa de una intensa sensación de placer mientras observaba. Captó un leve movimiento por el rabillo del ojo, se volvió y vio a Alain entre las sombras del edificio, escuchando embelesado.

—Eh... ven aquí —lo llamó la guerrera en voz baja—. Oirás mejor.

El chico se acercó despacio, hasta pegarse casi a la alta figura de Xena, dirigiéndole una mirada de agradecimiento y disponiéndose a absorber el relato.

—Qué historia tan buena —le susurró, hacia la mitad.

—Mmm —asintió Xena, con una sonrisa irónica—. Es cierta, que lo sepas.

—¿De verdad? —susurró Alain, con los ojos relucientes—. Oye... ¡está hablando de ti! —exclamó al caer en la cuenta.

Xena se encogió de hombros.

—Ya.

—Jo. —Se rió por lo bajo, concentrándose en la clara enunciación de la bardo.

—Espera, Bri —interrumpió Lennat, agitando una mano—. ¿Cómo que tenías que luchar a muerte con alguien? —Todos intercambiaron miradas.

Gabrielle sonrió.

—Bueno, así es como funciona el desafío —respondió—. Pero no, no tuve que hacerlo, porque las normas también dicen que puedo nombrar a una campeona, para que luche en mi lugar. —Se volvió y miró a Xena, y todos hicieron lo mismo—. Y tuve suerte, porque resulta que mi mejor amiga es también la mejor guerrera que existe.

Xena le lanzó una risueña mirada de exasperación y meneó la cabeza, pero guardó silencio, mientras la bardo continuaba su historia.

Le pidieron otra clamorosamente cuando terminó y ella les dijo que no riendo.

—Me voy a quedar sin voz antes de que llegue la noche si sigo así —explicó—. Y tengo que lavarme y cenar algo antes. —Retrocedió y fue donde estaba Xena apoyada en la pared de la cuadra—. Hola, Alain —dijo Gabrielle, sonriéndole—. ¿Te ha gustado la historia?

El chico asintió enérgicamente.

—Sí, ya lo creo. —Bajó la mirada con timidez—. Me alegro de verte, Bri.

Gabrielle le dio un rápido abrazo.

—Y yo de verte a ti.

Él se sonrojó.

—Me tengo que ir —farfulló y se escabulló, después de echar una última mirada a Xena con los ojos muy redondos, y desapareció en la oscuridad de la cuadra.

Se miraron la una a la otra durante unos instantes.

—Creo que te ha gustado contar esa historia —comentó Xena, advirtiendo el brillo chispeante de sus ojos. Ah... hacía días que no veía eso. Me alegro de volver a verlo.

—Pues sí —confesó la bardo, con una sonrisa—. Lo siento si te he puesto incómoda.

Xena se echó a reír.

—No, no lo sientes. Te encanta hacerlo. —Se apartó de la cuadra y echó a andar hacia la posada, atrapando a la bardo con un brazo y tirando de ella—. Vamos... me ha parecido oírte decir algo sobre un baño y la cena...

Gabrielle se sonrió y le pasó el brazo a Xena por la cintura.

—Tienes razón. Me encanta hacer eso —reconoció alegremente—. Y lo mejor es que, contigo, nunca tengo que exagerar los detalles. Sólo tengo que contar lo que ocurrió. —Estrujó un poco a la guerrera—. Haces que ser bardo resulte facilísimo.

—Ah, ¿no me digas? —respondió Xena—. Bueno, cualquier cosa con tal de hacerte la vida más fácil, majestad.

La bardo le dirigió una mirada.

—Corta el rollo o te doy —gruñó con tono amenazador.

—Bueno —dijo Xena con tono de guasa y los ojos chispeantes de picardía—. Puedes intentarlo.

—¿Eso es una promesa? —contestó Gabrielle, absorbiendo las familiares bromas como una esponja.

—¿Eso es una amenaza? —fue la esperada respuesta.

Se echaron a reír y entraron en la posada y cuando ya habían alcanzado las escaleras, el posadero se adelantó apresuradamente para detenerlas.

—Ah... —dijo, saludando a Xena con una brusca inclinación de cabeza—. Sólo quería decir... que parece que esta noche va estar esto muy lleno, Bri. Se ha corrido la voz... parece que la gente te quiere ver.

La bardo enarcó las cejas.

—Me alegro de oírlo —dijo, un poco desconcertada—. Espero que eso anime el negocio.

El hombre soltó una breve risotada.

—Seguro que sí. —Dudó y luego dijo—: Me llamo Boreneus, por cierto. —Le ofreció el antebrazo a Xena—. Siento haber estado un poco antipático esta mañana.

Xena aceptó el brazo que se le ofrecía y lo estrechó.

—No te preocupes —le dijo con un gesto afable—. Vamos a apoderarnos de tu habitación del baño ahora que podemos.

El hombre asintió.

—Pues os enviaré a alguien para que os eche una mano con los cubos. —Se volvió hacia Gabrielle—. A mí también me apetece mucho oír unas buenas historias, Bri.

Las saludó con la mano y se alejó, dejando que continuaran escaleras arriba.

—Bueno. Qué diferencia —murmuró Gabrielle, meneando la cabeza con desconcierto.

Xena le sonrió de medio lado, pero guardó silencio, pensando que Gabrielle todavía no estaba acostumbrada a que la gente alabara su indudable talento. Recogieron jabón y toallas de su cuarto y se metieron en la habitación del baño.

Gabrielle comprobó el agua de la gran bañera, con una sonrisa.

—Perfecto —declaró, y se quitó la túnica, que dejó a un lado, y empezó a quitarse las vendas que todavía le envolvían el pecho.

—Espera, deja que lo haga yo —dijo Xena, que se acercó a ella y desenrolló la tela con pericia—. Hala. —Examinó los moratones de las costillas de la bardo y meneó la cabeza—. Has tenido suerte.

Gabrielle se tocó un moratón con dedos cautos y suspiró.

—Supongo.

La guerrera le cogió la barbilla con una mano y la miró.

—No lo pienses —dijo, con tono dulce en el que de todas formas se advertía una nota de hierro—. Adentro —añadió, levantando a la bardo en brazos, izándola por encima del borde de la bañera y depositándola en el agua.

—Mmmm —suspiró Gabrielle, cuando el agua la cubrió—. Por los dioses, qué gusto. —Levantó la mirada y sonrió—. Gracias por el transporte.

—De nada —dijo Xena riendo, y se metió al lado de la bardo sumergida. La bañera era lo bastante grande para que las dos pudieran sentarse la una al lado de la otra, cosa que hicieron, y era lo bastante larga para que hasta Xena pudiera estirar las piernas del todo—. Oye, eso me recuerda... ¿te puedo hacer una pregunta?

Gabrielle volvió la cabeza y se quedó mirándola.

—Nunca me habías preguntado una cosa así. ¿Debería tener miedo?

Xena puso los ojos en blanco.

—No. —Salpicó de agua la cara de Gabrielle—. La forma en que te llaman los de aquí... ¿te gusta? —Por la cara de mortificación de la bardo, adivinó la respuesta—. No, ¿eh? —Ya me parecía a mí que no... y, jo, cómo me alegro. Gabrielle me gusta muchísimo más.

—Pues... no —suspiró Gabrielle, haciendo una mueca—. La verdad es que no. Me he acostumbrado a que no me llamen... así. Es... No. No me gusta.

—Fiuu. —Xena se echó a reír aliviada—. A mí tampoco me gusta mucho y tenía miedo de que quisieras que empezara a llamarte así.

Gabrielle la salpicó.

—Ni se te ocurra. —Hizo una pausa—. Me gusta mucho cómo me llamas, gracias.

Xena echó la cabeza a un lado y la observó.

—¿No me digas, bardo mía?

—Sí —contestó Gabrielle, acercándose más y acurrucándose al lado de Xena en el agua caliente—. Me gustan las dos partes de ese apelativo —añadió y notó que el brazo de la guerrera se deslizaba a su alrededor como respuesta. Sonrió, cogió el jabón y se frotó a sí misma y a Xena indiscriminadamente, intentando escapar de los intentos de la guerrera de hacerle cosquillas—. Para ya o te hago una aguadilla —advirtió. La respuesta fue una profunda risotada—. Lo digo en serio. —Le puso a Xena un montoncito de jabón en la nariz y soltó una risita al ver el resultado. Y yo que pensaba que no tenía sentido del humor. Se rió por dentro. Y me preocupaba que si cedíamos a lo que sentíamos la una por la otra, nuestra amistad se echara a perder. Qué equivocada estaba... sólo se ha hecho mucho más fuerte... más de lo que me podría haber imaginado.

Xena puso los ojos en blanco y metió la cabeza en el agua hasta sumergirse del todo, luego volvió a aparecer y parpadeó para quitarse el agua de los ojos.

—Vamos, mete la cabeza. Te lavo el pelo —se ofreció y se quedó mirando mientras la bardo desaparecía bajo el agua y volvía a aparecer espurreando—. No te ahogues, ¿vale?

La bardo tosió.

—Sí... jo. —Aspiró aire profundamente y carraspeó—. Mejor —murmuró. Xena meneó la cabeza y se puso a frotar el pelo de la bardo con el jabón, sonriendo al notar que Gabrielle se relajaba y se apoyaba en sus manos.

—No te quedes dormida, majestad —dijo, echándose hacia delante y susurrándole a la bardo en el oído poco tiempo después.

—¿Eh? —Gabrielle pegó un respingo y la miró cohibida por encima del hombro—. Mm... vale. —Parpadeó y metió la cabeza debajo del agua para aclararse el jabón—. Lo siento —murmuró al emerger.

—Ya —comentó Xena, que se recostó, estiró los brazos por el borde de la bañera y se relajó. Sonrió a la bardo, quien de inmediato se pegó a ella y apoyó la cabeza en el hombro de la guerrera.

—Bueno. ¿Qué historias vas a contar esta noche? —preguntó la guerrera distraída, apoyando la cabeza en la pared inclinada.

Gabrielle bostezó.

—Mmm... un par sobre ti, un par de antiguas leyendas...

—Tienes que contar por lo menos una de Herc. ¿No lo pone en alguna parte de nuestro contrato? —preguntó la guerrera, dándole un leve codazo.

—Ay. Para ya. Sí... supongo. —Salpicó ligeramente a Xena—. Si cuento una en la que aparecéis los dos, ¿eso vale?

—No. —Xena la salpicó a su vez.

La bardo suspiró.

—Oh, bueno, pues supongo que ya se me ocurrirá algo que soltar sobre ese pobre hombre. —Sonrió—. A ver cómo me pongo de espectacular contigo... —Se interrrumpió porque Xena se inclinó y la besó de repente y ella cerró los ojos y correspondió, deslizando las manos por el cuerpo de la guerrera y acercándosela más—. Oye... —murmuró, cuando Xena se detuvo, y abrió los ojos para descubrir a la mujer más alta sonriéndole—. ¿Por qué has parado?

Xena la miró con sorna.

—Es que se me ha ocurrido darte la oportunidad de decidir en qué clase de situación comprometida querías estar cuando entrara tu hermana. —Indicó la puerta con la cabeza.

Gabrielle suspiró.

—Le estaría bien empleado por aparecer sin avisar. —Sonrió fugazmente—. Si con eso pretendías que esta noche no me pase con tus historias... no ha funcionado. —De mala gana, se soltó y se apartó un poco. Pero no mucho.

—Qué va —replicó Xena, recostándose y cruzando las piernas en el momento en que empezaba a abrirse la puerta—. Es que estabas tan mona que no me he podido resistir. —Vio cómo se sonrojaba la bardo justo cuando Lila asomaba la cabeza con prudencia—. Hola, Lila —dijo la guerrera con indiferencia, haciéndole un gesto para que entrara. Observó cómo la muchacha morena intentaba encontrar un punto donde posar los ojos sin quedarse mirándolas. Los ojos de Xena se encontraron con el verde brumoso de los de la bardo y las dos intercambiaron un solemne guiño risueño.

—¿Qué hay, Lila? —preguntó Gabrielle, haciendo un gran esfuerzo para no sonreír. Oh... quiere a Lennat, sí... pero, ¿quién sabe mejor que yo lo difícil que es apartar los ojos de mi mejor amiga?, se dijo la bardo por dentro. Recordó la primera vez que vio así a Xena, después de nadar hacia la puesta del sol, cuando la guerrera salió del lago a la luz dorada, toda elegancia poderosa y fuego, junto con el hielo de sus ojos. La afectó de lleno con una reacción repentina y primitiva que cambió para siempre lo que sus ojos consideraban bello. Volvió a sentirlo ahora, sólo de pensarlo.

—Mm... —contestó Lila, que por fin encontró un equilibrio dejando la mirada clavada en el rostro de Gabrielle—. Sólo quería pasarme para decirte... que el pueblo entero habla de... —dudó—, vosotras. —Con una rápida mirada a Xena, que alzó las cejas.

Se miraron, a sabiendas de que sus pensamientos seguían los mismos derroteros.

—Esa demostración con las varas... —aclaró Lila, desconcertada por su falta de reacción.

—Ah... eso —dijeron las dos a la vez. Intercambiaron una mirada cómplice y se echaron a reír.

—Sí, eso. —Lila frunció el ceño—. ¿De qué creíais que estaba hablando...? —Se calló y luego se ruborizó—. Oh.

—Bueno, pues será mejor que nos pongamos en marcha —comentó Xena, que salió del agua haciendo fuerza con los brazos estirados y pasó las piernas por el borde de la bañera. Fue donde habían dejado sus toallas, cogió una con indiferencia y le lanzó la otra a Gabrielle, que se había puesto de pie—. Toma.

La bardo atrapó la toalla en el aire y sonrió, observando a su hermana por el rabillo del ojo. Sí... no puede apartar los ojos.

—Gracias. —Se echó la toalla sobre los hombros y cuando se disponía a salir, Xena fue hasta ella, con el cuerpo envuelto en su propia toalla.

—Cuidado —advirtió la guerrera—. Te puedes resbalar. —Alargó la mano, agarró a Gabrielle del brazo, la sostuvo mientras ella saltaba por encima del borde de las altas paredes de la bañera y esperó a que estuviera bien plantada antes de soltarla y recoger su túnica—. Voy a ver cómo está Argo.

Gabrielle asintió y la saludó agitando la mano ligeramente, mientras se secaba, y se volvió hacia Lila.

—Así que hemos causado impresión, ¿eh? —Sonrió a su hermana—. Pues eso era yo a pleno rendimiento y Xena durmiendo. —Se echó a reír—. Aunque ella diga lo contrario.

Lila se rió un poco.

—Las dos parecéis llevaros bien. —Suspiró—. Hablando de lo cual, papá te ha visto hoy cuando estabas en eso y no le ha hecho gracia.

Gabrielle se encogió de hombros.

—Lila, estoy harta de fingir. Por él, por ti... por Potedaia. —Se envolvió en la toalla metiéndose un extremo por dentro y se volvió de cara a su hermana—. Así es como soy y eso es lo que hago. Ese entrenamiento con vara es importante, me puede salvar la vida.

Su hermana miró al suelo.

—Lo sé, Bri. —Le puso a Gabrielle una mano en el brazo—. Lo sé. Pero él piensa que ella te ha convertido en... no sé qué.

—¿Porque le he plantado cara? —preguntó Gabrielle, con tono apagado y frío.

Lila asintió.

—Sí.

Gabrielle se mordisqueó el labio un momento.

—Tiene razón —reconoció—. Ella ha tenido mucho que ver con los cambios que ves... los cambios que yo misma me noto. —Sonrió—. La diferencia es que él los ve como algo malo y yo los veo como algo bueno.

Lila le apretó el brazo.

—Yo también creo que son buenos —dijo apagadamente—. Me alegro, Bri. Me alegro de que estés viendo todos esos sitios y conociendo a todas esas personas. —Hizo una pausa, bajó los ojos y luego volvió a mirar a su hermana—. Y me alegro de que hayas encontrado a alguien que cuidará muy, muy bien de ti. Eso lo veo... ahora.

La bardo se quedó mirándola largamente, asimilándolo.

—Lila... —dijo por fin—. Gracias. Para mí es muy importante oírte decir eso. —Se acercó más y miró a su hermana a los ojos—. Encontrará una solución también para Lennat y para ti. Tienes que creerlo.

Lila tomó aliento una vez y luego otra.

—No alimentes mi esperanza, Gabrielle. No es justo —susurró, abrazándose a sí misma.

La bardo la agarró por los hombros.

—Si hay un modo, lo encontrará. Créeme, Lila... será así.

—Tengo que ir a preparar la cena —fue la respuesta—. Buena suerte para esta noche. —Lila amagó una sonrisa—. A lo mejor te veo más tarde.

Gabrielle la vio marchar y suspiró profundamente. Luego recogió sus cosas y bajó por el pasillo hasta la pequeña habitación que compartían. Al abrir la puerta, se sorprendió un poco de ver a Xena ante la ventana, contemplando la plaza teñida por la luz del ocaso, vestida con su túnica de cuero.

—¿No ibas a ver cómo estaba Argo? —comentó, colocándose detrás de la guerrera y apoyando la mejilla en el hombro de Xena.

—¿Mmm? —Xena pegó un respingo y bajó la mirada hacia ella—. Vaya. Lo siento... estaba un poco distraída. —Otra vez con la cabeza en las nubes. Esto empieza a ser ridículo—. ¿Lila está bien?

La bardo suspiró.

—No mucho. —Levantó la mirada—. ¿De verdad piensas que puedes arreglar todo esto? —Ya estoy otra vez... ¿por qué no la presionas un poco más, Gabrielle?—. Déjalo... olvida que he hecho esa pregunta.

Xena se volvió de cara a ella, apoyando los antebrazos en los hombros de Gabrielle.

—Sí, lo pienso —replicó, mirando a la bardo a los ojos fijamente—. Así que no te preocupes. —Vio el resplandor de la fe que brotaba en esos brumosos ojos verdes, al tiempo que la joven rodeaba la cintura de Xena con los brazos y se apoyaba en ella. Notó que sus propios brazos estrechaban a su vez a la bardo, sin su permiso consciente—. Las dos tenemos cosas que hacer —comentó, justo antes de que sus labios se juntaran y entonces se hizo un largo silencio, mientras se perdían la una en la otra. En el dorado resplandor de su vínculo que las envolvió a las dos con una paz sensual.

Por fin, de mala gana, Xena se echó hacia atrás, tomó aliento con fuerza y le apartó a Gabrielle de los ojos el fino pelo que se iba secando.

—Tienes que comer algo y prepararte para contar historias, bardo mía.

Le respondió una sonrisa indolente.

—Y supongo que tú de verdad tienes que ir a ver cómo está Argo. —Le clavó un dedo en el estómago a la guerrera con mucha delicadeza—. Y también cenar algo. ¿Verdad?

Xena asintió.

—Verdad. —Bajó la mirada—. ¿Verdad, Ares?

—Ruu —contestó el lobezno, muy serio, acercándose a trompicones, y se puso a roer la bota de Xena—. Ruu —repitió, mirándola con un trocito de cuero en la boca.

Xena se echó a reír, se agachó, le revolvió el pelo y lo hizo rodar.

—Sí, puedes comerte parte de mi cena, como siempre. —Le hizo cosquillas en la tripa y él agitó las cuatro patitas en el aire.

—Grrr.

—Está bien —suspiró Xena—. Ahora sí que me tengo que ir. —Se irguió y le dio a la bardo una palmadita en la mejilla—. Te veo en la taberna dentro de poco.

Gabrielle sonrió.

—Vale. Saluda a Argo de mi parte.

—Lo haré. —La guerrera hizo una pausa—. Le prometí dar un paseo, así que puede que tarde un poco. —Inclinó la cabeza de golpe y salió por la puerta, seguida por los ojos de la bardo.


La brisa fresca de fuera era agradable, pensó Xena mientras cruzaba el patio y entraba por las anchas puertas dobles de las cuadras. Dentro, por una vez, nadie era objeto de burlas y el gran espacio estaba inmerso en el silencio, interrumpido de vez en cuando por una pezuña que removía la paja y el crujido leve y constante del heno al ser masticado.

Argo la oyó acercarse y alzó la cabeza, mirándola con apacible interés, sin dejar de mover las quijadas.

—Hola, chica —dijo Xena suavemente, al llegar al lado de la yegua, y alargó una mano para rascarle las orejas—. Te han puesto una buena bolsa de pienso, ¿eh? —Sonrió cuando Argo resopló y le dio un empujón en la tripa, al notar el calor del aliento de la yegua a través del cuero—. Sí, sí... ya lo sé, te prometí salir a correr. ¿Estás lista? —El caballo la empujó de nuevo—. Vale... vale... no me lo restriegues. Vamos, pues.

Le pasó a Argo la brida por la cabeza y ajustó las hebillas, metiendo el bocado por la quijada de la yegua, que seguía masticando.

—Creo que hoy vamos a ir a pelo, chica, no tiene sentido ponerte todos los arreos. —Argo relinchó con aparente aprobación y siguió a Xena de buen grado hasta las puertas de la cuadra, mordisqueando el pelo oscuro de la guerrera por el camino—. Oye, para ya —riñó al caballo, y esperó hasta que las dos salieron por la puerta para montar de un salto a lomos de la yegua y colocar las rodillas con firmeza tras los cálidos hombros dorados.

—Vamos —dijo Xena, apretando las rodillas para hacer avanzar a la yegua. Salieron despacio del patio y bajaron por un largo sendero que Xena sabía que corría paralelo al río. Y pasaron ante cierto claro conocido, donde detuvo el rápido trote de Argo—. Alto, chica. —Se quedó sentada en silencio sobre la yegua, absorbiendo la puesta del sol, que lanzaba flechas rojas por la hierba y teñía las hojas, y aspirando el olor a pino del aire que en este atardecer fresco también olía un poco a la dulzura del jazmín.

Y se sumió largo rato en los recuerdos de aquel día, hacía ya más de dos años, en que enterró sus armas y entró en este claro, en la que era una de las peores épocas de su vida. Y aquí encontró una razón para seguir adelante, en lo que consideraba uno de los lugares más inverosímiles, con la gente más inverosímil.

—El lugar adecuado en el momento adecuado, Argo. —Suspiró, dando unas palmadas a la yegua en el cuello cubierto de sedoso pelaje—. Vámonos.

Puso al caballo al galope para bajar por el sendero del río, saltando por encima de algún que otro tronco caído y haciendo que los pequeños animales corrieran a refugiarse bajo los arbustos. Luego subió con la yegua por los despejados campos en barbecho hasta el camino y dio un rodeo para regresar al pueblo, inclinada sobre el lomo dorado y dejando que su poderoso galope devorara la distancia. Sentía que su cuerpo se movía a un ritmo perfecto y en perfecto equilibrio con la veloz yegua y en su cara brotó una sonrisa feroz.

Entonces pasó la última curva del camino, ya casi a la altura de los primeros edificios del pueblo, y fue frenando a la sudorosa Argo hasta ponerla a trote corto.

—Tranquila —murmuró, acariciando el húmedo cuello—. Mira cómo te cuesta respirar. Tenemos que hacer esto más a menudo, chica. —Oyó un resoplido como respuesta—. ¿Madre te ha estado mimando a ti también? Seguro que llevaba siempre los bolsillos llenos de zanahorias, ¿eh? —Un relincho jadeante. Xena se rió por lo bajo y la puso al paso tirando de las riendas cuando entraron en el patio. La guerrera elevó la vista hacia el cielo del ocaso y reflexionó—. Vamos bien de tiempo, Argo. Me voy a ocupar de ti y luego tengo que hacer una visita.

Alain asomó la cabeza por la puerta cuando se acercó y le sonrió encantado.

—Hola, Xena. —Salió trotando y agarró delicadamente la brida de Argo, sujetándola mientras Xena echaba la pierna por encima del cuello de la yegua y se dejaba caer de su lomo.

—Muy buenas, Alain —sonrió la guerrera—. Gracias. —Alargó la mano para coger las riendas de la yegua, pero se detuvo al ver que el chico hacía un gesto negativo con la cabeza—. ¿Algún problema?

—No... —Alain le sonrió dulcemente—. Yo me ocupo de ella, ¿te parece bien? —Dio unas palmaditas en el cuello de la yegua—. Le caigo bien, creo. —Y efectivamente, Argo volvió la gran cabeza y le resopló en la cara, echándole el pelo liso y rubio hacia atrás y apartándoselo de los ojos grises.

Xena sonrió de medio lado.

—Pues yo te lo agradecería mucho, y ella también.

Alain asintió.

—Le voy a dar unas friegas y a caminar con ella para que se enfríe. —Echó a andar hacia el pequeño patio que había fuera de la cuadra, animando con voz suave a la yegua, que seguía sin dificultad su paso desigual.

Xena asintió por dentro, luego entró en la cuadra, fue hasta las cosas de Argo y abrió un compartimento del faldón de la silla de montar.

—Ha llegado el momento de cumplir esa promesa —se dijo a sí misma, al tiempo que sacaba una bolsita y volvía a cerrar el compartimento.

Volvió a la puerta, salió y echó a andar en dirección opuesta a la posada. Fue hacia el centro del pueblo y pasó ante de la casa de la familia de Gabrielle. Pasó por delante de la forja del herrero. Y llegó a una pequeña cabaña cuya situación se había cerciorado de averiguar esa mañana, una casucha con una antorcha encendida fuera y la seguridad danzarina de la luz del fuego dentro. Se detuvo en la oscuridad ya casi total y se quedó inmóvil y en silencio mientras se abría la puerta y salía una figura rubia y desgarbada, que irradiaba rabia. Lennat, pensó, y no está contento. Apuesto a que Metrus le ha estado echando la bronca porque quiere ir a la posada.

Esperó hasta que pasó a su lado sin percatarse de su presencia y luego fue a la puerta, con cuidado de no hacer el menor ruido para no alertar al hombre que sabía que estaba dentro. Una vez en la puerta, se detuvo. No llevo armas, efectivamente... pero, ¿a quién quiero engañar? Si de verdad quisiera encontrar un modo directo de ocuparme de este... problema... soy capaz de hacerlo sin nada salvo las manos. La idea le produjo un escalofrío por todo el cuerpo que le puso de punta los pelos de la nuca y toda la piel de gallina. Ya está ahí de nuevo ese viejo lobo... Se sonrió. No, no... Xena... tienes que hacerlo con diplomacia. Respiró hondo, se preparó y luego se detuvo. Pero un poco de lobo nunca viene mal... Y dejó conscientemente que su lado más oscuro asomara un poco, notando cómo la inundaba el cosquilleo de energía nerviosa. Consciente de que se notaba en sus movimientos, en la expresión de su cara y el brillo de sus ojos.

Metrus no levantó la mirada hasta que entró en la estancia y se plantó ante su mesa. Simplemente mirándolo. Se puso pálido y retrocedió, tirando la silla en la que estaba sentado y apartándose de ella a trompicones. Colocó las manos por delante con cautela.

—Hola, Metrus. —Su voz grave cruzó la superficie de la mesa hasta él—. ¿Te importa si me siento? —No esperó a que respondiera, sino que sacó la silla situada frente a la de él, se sentó, recostándose con aire relajado, y esperó a que él recuperara la serenidad.

—Te dije que no crearía problemas —dijo Metrus por fin, con voz ronca, palpando a ciegas por detrás en busca de la silla, para no apartar los ojos de ella—. Lo dije en serio.

—Tranquilo —dijo Xena con indolencia, colocando una bota en la silla de al lado y apoyando el antebrazo en la rodilla—. Sólo quiero hablar.

—Hablar —afirmó Metrus sin expresión—. ¿De qué? —Se sentó despacio en la silla ya enderezada y colocó con cuidado los brazos encima de la mesa—. ¿De qué tenemos que hablar?

Xena hizo una pausa y lo observó. Debe de haber salido al padre, pensó, porque no se parece nada a Lennat, y Lennat y Alain sí que tienen un aire.

—Lennat es buen chico —comentó, observando cómo sus ojos se llenaban de recelosa desconfianza.

—No está mal —asintió Metrus, ásperamente—. ¿Y a ti qué te importa? —Sus ojos soltaron un destello repentino—. ¿Estás disponible? Creía que ya tenías a alguien que te limpie las botas. —Lo lamentó cuando vio el fuego frío que de repente le iluminó los ojos—. Está bien... está bien... olvídalo. —Se echó hacia atrás, ahora más seguro de sí mismo. Quiere algo. Pues muy bien... soy un hombre de negocios—. ¿Qué es lo que quieres, Xena? —Vamos a ir al grano.

—¿Qué es lo que quiero? —replicó la guerrera—. No sé. A lo mejor es que siento curiosidad. —Se echó hacia delante y apoyó la barbilla en una mano, observándolo—. ¿Por qué lo has tomado de aprendiz, Metrus? No sirve para comerciante.

El rechoncho aldeano se encogió de hombros.

—Sirve para trabajar... es de mi sangre... tiene que ganarse la vida de algún modo. Considéralo caridad por mi parte.

—O mano de obra gratuita, teniendo en cuenta que no le estás enseñando nada —contraatacó Xena, con una sonrisa fiera—. Dime, Metrus, ¿odias a ese chico?

Metrus frunció el ceño.

—¿Estás tonta? Es mi hermano.

—¿Y? —Xena se encogió de hombros—. Por lo que he visto en este pueblo... ¿eso qué más da? —Lo miró meneando despacio la cabeza—. Aquí he visto más intolerancia y odio que en los ejércitos de algunos señores de la guerra.

El hombre la miró furioso.

—Nos gustan nuestras tradiciones. No nos gusta que llegue alguien y las pisotee, Xena, y menos alguien como tú.

—¿Como yo? —repitió la guerrera, acercándose más—. ¿Como yo en qué sentido? ¿Qué es lo que te resulta ofensivo, Metrus? ¿Que soy más alta que tú? ¿Que te puedo dar una paliza? ¿El qué?

Él no contestó la pregunta, pero se quedó mirándola largamente.

—¿Qué quieres? —preguntó, con la voz algo ronca.

Xena se echó hacia atrás de nuevo y lo miró con los ojos medio cerrados.

—¿Cuánto vale tu hermano para ti?

Sus ojos soltaron un destello de comprensión.

—¿Lo quieres comprar? —Se le relajó la cara—. Tampoco es que me extrañe... es un chico guapo. Y tú... —Hizo un mohín con los labios—. En fin. Está sujeto a un contrato conmigo como aprendiz. No sé si me apetece venderlo.

Ella se movió tan deprisa que a él no le dio tiempo de respirar, de pensar, de moverse. Estaba recostada en la silla frente a él y de repente, lo había levantado por el aire, sacándolo de su silla, y lo había estampado contra la pared con tal fuerza que las vigas se estremecieron.

Se hizo el silencio, interrumpido por el jadeo áspero de su respiración. Xena estaba inmóvil como una estatua tallada en piedra, aferrándole la túnica con las manos, sosteniéndolo por encima del suelo con una facilidad que le congeló la sangre, clavándole la mirada de esos ojos azules más fríos que el invierno.

—Vamos a dejar sentadas unas normas básicas, Metrus. —Su voz adquirió un tono feroz que le provocó escalofríos por la espalda—. Podemos hablar de esto civilizadamente y yo puedo conseguir lo que quiero. O puedo arrancarte la columna por el cuello y matarte a golpes con ella. Y conseguir lo que quiero. Tú eliges. —Obligó a sus brazos con decisión a no temblar por el esfuerzo de levantar su gordo cuerpo y sostenerlo en vilo.

—Es... es... está bien —resolló él, balbuceando. Y sofocó un grito cuando ella lo levantó en volandas, se giró y lo depositó de golpe en su silla con tal fuerza que le hizo daño. Intentó reprimir el miedo irracional que le tenía, pues sabía que lo que acababa de sentir era algo más que humano. Se quedó mirándola mientras rodeaba la mesa y volvía a instalarse en su silla, colocando ambos antebrazos sobre la mesa y entrelazando los dedos.

—¿Cuánto vale para ti? —repitió su pregunta con tono tajante.

Él dijo el precio del contrato, lo normal para un aprendiz. Con ella no valía intentar obtener algo de más.

Ahora sólo se oía el crepitar del fuego y los delicados ruidos nocturnos fuera de la ventana, mientras él veía cómo lo observaba ella con ojos pensativos. Entonces se movió rápida como el rayo y se oyó un apagado ruido metálico de monedas cuando una pequeña bolsa aterrizó delante de él. Tragando con dificultad, alargó una mano vacilante y abrió la bolsa con cuidado, derramando el contenido. Era su precio y un poco más.

—Bueno, a mí no me sirve como aprendiz, en eso tienes razón. No tiene sentido alimentarlo por nada. Acepto. —Soltó un suspiro de alivio—. Aunque confieso que voy a echarlo de menos.

Xena se echó a reír por lo bajo y vio que Metrus se quedaba blanco al oírla.

—No va a ir a ninguna parte, Metrus. No soy tratante de esclavos.

El hombre la miró confuso.

—¿Por qué? Ya he aceptado, Xena... no puedo volverme atrás, pero también... estoy pensando que tú no eres así. ¿Por qué?

La guerrera se echó hacia atrás y se encogió de hombros.

—¿Acaso importa? —Dejó que una lenta sonrisa le asomara a la cara—. Podría decirte que lo hago para cumplir una promesa que le he hecho a una amiga, pero nunca te lo creerías. Así que... digamos que... es un capricho mío. —Se levantó y le ofreció el brazo—. Séllalo.

Él dudó, luchando contra el miedo irracional que le tenía. Se levantó despacio y, por fin, se obligó a estrecharle el brazo. Se sorprendió al notar la cálida suavidad de su piel, que cubría la flexible tensión de los músculos que notaba bajo los dedos. Como terciopelo sobre acero, pensó.

—Está sellado —dijo, mirándola a los ojos de refilón—. Pero, ¿por qué lo vas a dejar aquí? —De repente, abrió mucho los ojos—. Esa chica.

Xena sonrió.

—Ella también es buena chica. —No le soltó el brazo—. Y él será un buen herrero.

Metrus se quedó boquiabierto.

—Pero... eres...

—Ahh... cuidado, Metrus —dijo la guerrera riendo—. Soy una cruel y despiadada señora de la guerra, ¿recuerdas? —Apretó los dedos y vio el sobresalto en sus ojos—. Déjalos en paz, ¿me oyes?

—Hay mala sangre entre nosotros, maldita seas —bufó, con la cara enrojecida de rabia—. No, no lo voy a tolerar. Ese maldito... —Se calló de golpe cuando una sacudida de dolor le atravesó el brazo.

Xena endureció la expresión y ahora sus ojos brillaban de rabia.

—La cosa acaba aquí, Metrus. Lo que ocurrió no es culpa de Lennat. Tiene un don y se merece la oportunidad de perfeccionarlo. —Sus ojos se dilataron de golpe—. Es todo cuestión de elegir, Metrus: todos tenemos derecho a elegir cómo queremos vivir... y por eso todos vosotros odiáis tanto a la gente como yo, ¿verdad? —Le soltó el brazo, pero se echó hacia delante y atrapó sus ojos con los suyos—. Metéis a vuestros hijos en cajas, Metrus... nunca les dais la oportunidad de crecer... si dan muestras de algo diferente... los volvéis a meter en la caja a base de golpes, ¿verdad?

No hubo respuesta. Metrus se limitó a mirarla. Por fin...

—Nuestras tradiciones son la piedra angular de nuestra vida, Xena. Si nos las quitan, no nos queda nada. Si se deja que esas tradiciones sean destruidas, sólo se tiene... una serie de personas. Sin nada que las una. ¿Es eso lo que quieres?

La guerrera suspiró.

—Tenemos puntos de vista diferentes, Metrus. Tú deja a esos chicos en paz.

El comerciante asintió con rigidez.

—Cumpliré el trato que he hecho. Pero no me gusta. No será bien recibido aquí si va a ese... sitio.

Xena tomó aliento.

—No dejes de decírselo, Metrus. Para que elija libremente —dijo, con suavidad. Y se volvió en redondo, deseosa de salir de ese lugar cerrado y alejarse de esa mente cerrada. Bajo las estrellas, donde levantó la mirada y aspiró el aire limpio con una sensación de alivio y dejó escapar la rabia y la frustración.

Y se encontró cara a cara con Lennat, que estaba allí plantado, mirándola con expresión inescrutable, el pelo rubio incoloro bajo la luz de la luna creciente.

—Ella dijo que hacías magia —susurró el chico, con los ojos relucientes.

Xena resopló.

—No es magia, Lennat. Lo he amenazado y luego lo he comprado. Ni magia, ni ideas románticas, ni nada. Simple negocio. Ahora tú cumple con tu parte del trato. —Hizo una pausa—. ¿Lo has oído?

Lennat asintió.

—Cada palabra.

—Eso ahorrará tiempo —comentó Xena—. ¿Qué vas a hacer?

El chico sonrió.

—Hacerme herrero. Y casarme con Lila. —Se mordió el labio—. No necesariamente en ese orden. —Y se puso serio—. Y siempre... siempre... caer de rodillas y dar gracias a los dioses por haberte enviado. —Tomó aliento—. Y te devolveré hasta el último dinar que le has dado, te lo juro.

Xena lo miró, debatiéndose entre el bochorno y la admiración a su pesar.

—No te molestes... estará bien conocer a un buen herrero por esta zona. —Le sonrió de medio lado—. Y no ha sido por ti. Así que no pienses que estas cosas se me ocurren a menudo.

Lennat le sonrió.

—Lo sé... No te preocupes, tu reputación está a salvo conmigo.

—Bueno, pues está bien —dijo Xena, mirándolo de hito en hito—. A ver si nos entendemos. —Le dio una palmada en el hombro y echó a andar hacia la posada—. Tienes que ver a algunas personas, creo. Te dejo a ello.

—Xena —la llamó, pero sin levantar la voz.

—¿Sí? —contestó ella, deteniéndose y volviéndose para mirarlo.

Se acercó a ella y le tocó el brazo.

—Gracias. —En voz muy baja. Y mostrando en sus ojos grises todo lo que sentía su alma.

Xena tomó aliento para hablar, con la intención de quitarle importancia, pero había algo en su tono que se lo impidió.

—De nada —contestó por fin, alzando una mano y dándole una palmadita en el hombro—. Ahora vete.

Él asintió y sonrió.

—¿A quién veo primero? A Metrus, creo. Luego... a Tectdus... y luego... —su voz se llenó de alegría—, a Lila. —Se mordió el labio, luego se dio la vuelta y se encaminó hacia la cabaña mal iluminada de donde había salido ella.

La guerrera soltó un profundo suspiro y meneó la cabeza. Jo... qué chochez me está entrando. Reflexionando sobre su reciente sentimentalismo, cruzó la plaza del mercado y se detuvo ante la forja del herrero. Bueno, ya que esta noche estoy tan blanda, ¿por qué no llevarlo hasta el final? ¿No? Pues eso, Xena. Entró en la forja y la cruzó hasta la pequeña choza que había detrás, donde la luz brillante de las velas salía por las ventanas. Llamó ligeramente a la puerta y dentro oyó el roce de una silla al echarse hacia atrás y unos pasos pesados que se acercaban a ella.

—¿Y quién llama a la puerta a esta...? Oh. Xena, hola. —La voz áspera de Tectdus se suavizó al ver quién era su visitante—. ¿Ocurre algo? ¿Se ha roto la pieza o...?

—No —dijo la guerrera con una sonrisa—. El trabajo está muy bien. ¿Está Alain?

Tectdus la miró ladeando la cabeza.

—Sí —dijo alargando la palabra, evidentemente desconcertado—. ¿Se trata del caballo, pues?

—No —dijo Xena de nuevo—. Tranquilo, Tectdus. No es nada malo. Es que me ha dado la sensación de que le gustaría ver cómo su antigua compañera de juegos cuenta unas historias. Y... he pensado que se meterían menos con él si entraba conmigo.

El herrero se quedó algo boquiabierto, pero sonrió.

—Ah... eso es muy amable. Quería ir, sí... pero yo...

Xena asintió.

—Lo sé.

Tectdus gruñó como respuesta.

—¡Alain! —llamó—. Tienes visita.

—¿Yo? —se oyó la voz sorprendida del chico, al tiempo que rodeaba cojeando el marco de la puerta y veía la alta figura de Xena—. Caray. ¡Hola! —Se le iluminaron los ojos.

—Hola, tú —dijo Xena con humor—. ¿Quieres venir a oír unas buenas historias?

Alain sonrió radiante y miró a Tectdus, quien asintió solemnemente.

—Gracias, papá... —gorjeó el chico y salió apresurado por la puerta para unirse a la guerrera—. Gracias —le dijo a ella, en voz más baja.

Chochez pura, se burló de sí misma.

—Vamos. —Se dio la vuelta, pero luego se volvió de nuevo hacia Tectdus—. Ah... sí. No te sorprendas si esta noche recibes otra visita —le dijo, con un brillo risueño en los ojos que él captó.

Se quedó mirándola desconcertado, luego vio su leve sonrisa y sintió curiosidad. Pero antes de poder preguntar, ya se había ido, llevándose a Alain a la posada.

—Pero bueno, ¿qué estará tramando? —se dijo a sí mismo—. Ésta sí que tiene mar de fondo, ya lo creo. —Cuando estaba a punto de cerrar la puerta, oyó pasos dentro de la forja y volvió a asomar la cabeza. Y se quedó mirando a la figura alta y delgada cuyo pelo reflejaba la luz de la luna—. ¿Lennat? —Y entonces se acordó del brillo risueño de esos ojos tan azules. Que me ahorquen... entonces, ¿lo ha hecho?

—Maestro Tectdus... —dijo Lennat, pasando de la luz de la luna a la de las velas de su umbral—. Me he enterado de que necesitas un aprendiz.

El herrero se echó a reír y meneó la cabeza.

—Pasa, muchacho. —Y cerró la puerta cuando entraron.


PARTE 3


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