El hogar está donde está el corazón

Melissa Good



Descargo estándar: Estos personajes, en su mayoría, pertenecen a Universal y a Renaissance Pictures, y a cualquier otra persona que tenga intereses económicos en Xena, la Princesa Guerrera. Esto está escrito por diversión y no se pretende infringir ningún derecho de autor.
Avisos específicos sobre la historia:
Violencia: Hay cierta violencia. Si no, Xena se aburre y se pone a jugar con el chakram y ya sabéis lo peligroso que puede ser eso. También se hace referencia, aunque no se describe gráficamente, a malos tratos familiares. Si esto os inquieta, quedáis advertidos.
Subtexto: Esta historia se basa en la premisa de que trata de dos mujeres muy enamoradas la una de la otra. Aunque no aparecen escenas gráficas, el tema está presente en toda la historia y si os molesta, haced clic en Atrás y pasad a leer otra cosa. Además, lo digo de nuevo, si el amor os ofende, mandadme unas líneas con vuestra dirección de correo normal. Esta vez he decidido enviar brownies, porque me dais mucha pena. Hasta les pondré virutas de chocolate, pero si vivís en Florida, venid a verme. Os mancharéis menos. Esto es una secuela directa de A distancia y empieza justo donde termina esa historia.
Siempre se agradecen comentarios de todo tipo. Melissa Good

Título original: Home Is Where the Heart Is. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2006


1


Un viento fresco soplaba entre los altos árboles que rodeaban el aislado campamento, levantaba suavemente la crin de color crema del caballo que pastaba la hierba y lanzaba caprichosamente alguna que otra chispa a la tierra prensada que rodeaba la hoguera. Tirada sobre una gruesa piel negra, una mujer rubia trabajaba esforzadamente, garabateando dubitativa en una serie de pergaminos extendidos ante ella.

—Maldición. No puedo hacerlo —suspiró Gabrielle—. Es que no puedo. —Mordisqueó el extremo de la pluma que estaba usando y de repente ladeó la cabeza—. Oye. —En su cara apareció una gran sonrisa—. Ya no puedes acercarte a mí por sorpresa. —Se volvió de lado y observó a una alta figura de pelo oscuro que pasó por encima del tronco y se acomodó en la piel al lado de la bardo. Un revoltoso lobezno correteó tras ella y trató de saltar por encima del tronco, sin el menor éxito.

—¡Ruu! —protestó, hasta que la guerrera lo cogió y lo depositó en las pieles, donde se hizo un ovillo todo contento.

—¿Quién ha dicho que lo estuviera intentando? —preguntó Xena, escurriéndose el agua del pelo—. ¿Mmm?

—Oh, pequeños detalles, como que caminabas de puntillas fuera de mi campo visual —contestó la bardo con una sonrisa pícara—. Ya no funciona... te he sentido. —Sus ojos soltaban destellos alegres.

—Ya —respondió Xena—. En realidad, el río está por ahí, ¿y cuándo fue la última vez que entré en el campamento haciendo ruido?

Gabrielle la miró.

—Mm... cierto —reconoció, riendo—. Vale, está bien. —Alargó la mano y la puso en la rodilla de la guerrera—. Caray... has estado nadando. Brr.

Xena le dio un golpecito con la toalla.

—Sí. —Se deslizó hacia abajo y apoyó la cabeza en un codo—. ¿Qué tal va la historia?

La bardo tiró la pluma con asco.

—No puedo hacerlo, Xena. —Miró cohibida a Xena—. No puedo escribir una historia sobre mí misma. Es que no puedo. —Apartó los pergaminos y se puso boca abajo, apoyando la barbilla en las manos.

Xena la miró pensativa.

—¿Por qué? —preguntó, alargando la mano y rascando la cercana espalda de la bardo—. Esas cosas las hiciste de verdad.

—Ya lo sé —fue la respuesta—. Es que... no sé, Xena. Es que no me salen las palabras. —Miró a la guerrera—. No como cuando escribo sobre ti.

Xena entrecerró los ojos concentrada.

—Prueba a escribir sobre la reina amazona como si fuera otra persona —propuso, inclinando la cabeza para mirar a la bardo—. Haz como que es alguien que no conoces.

Gabrielle se lo pensó un rato.

—Mmm... tal vez —murmuró—. Sí... eso podría funcionar. —Sus ojos verdes se posaron en Xena—. ¿Cómo se te ha ocurrido? —preguntó, con curiosidad.

Xena enarcó las cejas y en su cara se formó una sonrisa guasona.

—Porque eso es lo que tengo que hacer yo cuando escucho lo que escribes sobre mí. —Se echó a reír al ver la expresión de la bardo y le revolvió el pelo claro—. Finjo que estás hablando de otra persona. —Se encogió de hombros—. Claro, que los argumentos me suenan un poco...

Y entonces Gabrielle también se echó a reír. Meneó la cabeza.

—Otra lección de la Princesa Guerrera. —Luego suspiró—. Una de tantas. —Pero sonrió a Xena—. Deja que guarde todo esto. Estoy muy cansada y mañana llegaremos a Potedaia. —Una mueca—. Creo que esta noche me va a hacer falta dormir.

Xena la observó mientras recogía sus cosas de escribir y las guardaba en su zurrón. Estaba un poco preocupada por su compañera y no sabía muy bien por qué. La bardo había guardado un silencio más que inusitado en el corto viaje desde Anfípolis y parecía retraída a medida que se acercaban a su aldea natal, pero esquivaba las preguntas diciendo que no le apetecía enfrentarse a los momentos sin duda desagradables que las aguardaban. Lo cual podría ser cierto, pensó la guerrera. Pero ya se ha enfrentado a muchas cosas desagradables y normalmente lo hace con mucho ánimo. Tal vez es porque es... más personal esta vez.

Se planteó el problema seriamente, mientras Gabrielle guardaba sus cosas, tras lo cual regresó a la piel de dormir, se sentó de nuevo y se quedó contemplando el fuego con los brazos alrededor de las rodillas.

Xena suspiró por dentro y también se sentó, colocándose con las piernas cruzadas al lado de la bardo, y esperó. Por fin, Gabrielle notó su intensa mirada y volvió la cabeza para mirarla a su vez.

—Hola —dijo la mujer más joven suavemente.

—Hola —respondió Xena, echándose un poco hacia delante—. Escucha, esto no es lo que se me da mejor, pero cuando quieras hablar de lo que te tiene preocupada, ya sabes dónde encontrarme, ¿vale? Soy esa morena alta que lleva espada.

—¡Xena! —Gabrielle soltó una carcajada. Entonces cometió el error de mirar de cerca a esos ojos azules. Acabaron con su resolución como si fueran una ola del mar y ella un castillo de arena en la orilla—. Cuando estuve en casa... la última vez... —Posó la mirada en la piel y la toqueteó distraída—. Después de... bueno, ya sabes. —Pérdicas—. Tuve una pelea tremenda con ellos.

Xena enarcó las cejas.

—¿Sobre? —Sobre mí, probablemente. Suspiró por dentro.

—Lo que estaba haciendo —contestó Gabrielle escuetamente—. Querían que me quedara allí, que superara lo de Pérdicas. Papá iba a acordar... otra cosa. —Al mencionar a su difunto marido hizo una mínima pausa, pero sin dolor aparente.

—¿Tú crees que esto se trata de esa "otra cosa"? —supuso Xena, con tono tranquilo. Muy propio de su padre. No me cae muy bien. Pero por otro lado, ellos me odian, así que no soy quién para juzgar.

Gabrielle asintió.

—Eso creo. —Posó la mirada en el fuego, sonrojándose un poco—. Creo que está decidido a obtener...

Xena asintió bruscamente.

—La dote que te corresponde —dijo, con tono práctico—. ¿Cuánto quiere?

La pregunta sorprendió a la bardo.

—Mm... no tengo... ni idea —dijo con la voz algo ronca—. De eso nunca ha hablado con nosotras. —Hizo una pausa—. Con mi madre o con Lila o conmigo.

La guerrera estrechó los ojos, pensativa.

—¿Qué haría si me ofreciera yo a pagarla? —dijo despacio, dejando asomar una sonrisa taimada. Vio que la expresión de Gabrielle pasaba de la preocupación a la sorpresa, de ahí a la esperanza y por fin a la severidad.

—No le vas a dar ni un cuarto de dinar, Xena —susurró la bardo, agarrándole el brazo—. No voy a ser comprada. —Entonces se le pusieron los ojos tímidos—. No es que... o sea... mm... lo que quiero decir es que... —Miró a Xena—. No hay nadie...

Xena se apiadó de ella y sonrió.

—Vale... vale... tranquila. Escucha, puedes ocuparte de esto como quieras, bardo mía, pero si crees que me voy a quedar a un lado y dejar que te casen contra tu voluntad... —Movió las cejas—. Es que te has dado demasiadas veces en la cabeza entrenando con la vara.

Gabrielle sonrió.

—Eso ya lo sé —dijo, riendo por lo bajo—. Supongo que me gustaría arreglarlo todo y poder seguir considerándolos. —Se encogió ligeramente de hombros—. Y será agradable volver a ver a Lila. A lo mejor esta vez consigo convencerla para que te diga algo de verdad. —Miró cohibida a la guerrera—. Siento no poder decir que mi familia vaya a ser tan simpática contigo como la tuya conmigo.

La guerrera la miró.

—No pasa nada. Estoy acostumbrada —comentó, echándose hacia atrás y estirando las piernas—. Intentaré no asustar a nadie. —Una pausa—. Demasiado —se corrigió—. Ven aquí. —Abrió el brazo y Gabrielle obedeció de buen grado y se pegó a ella. Xena alcanzó una manta y la echó por encima de las dos, sonriendo cuando la bardo se arrimó aún más a ella y le pasó un brazo por el estómago. Tras haberlo hablado muy a fondo, tenían una norma aquí fuera, en plena naturaleza, donde los sentidos sobrenaturales de Xena las protegían e impedían que sufrieran daño, sentidos que no podían permitirse embotar de ninguna manera, y eso quería decir que no podían mantener relaciones íntimas. Era demasiado peligroso.

Pero la naturaleza física de su relación permitía darse muchos mimos y eso lo hacían siempre que no estaban ocupadas con sus tareas o con las necesidades resultantes de vivir al aire libre. Eso creaba un lugar cálido donde refugiarse, mientras el viento frío cruzaba su campamento y avivaba el fuego bajo.

—Mmm —murmuró Gabrielle—. No van a poder aceptar esto. —Sus ojos se alzaron pesarosos hacia los de Xena.

—Me lo he imaginado —dijo la guerrera pensativa—. ¿Es por ser quien soy, o por ser lo que soy? —preguntó, mirando a la bardo con curiosidad.

Gabrielle guardó silencio un buen rato, pensándoselo. Oía los latidos regulares del corazón de Xena bajo su oído y el ritmo apacible no había cambiado, por lo que sabía que la pregunta no preocupaba demasiado a su compañera, pero quería hallar una respuesta que al menos tuviera sentido.

—Pues... —dijo por fin—. Son muy tradicionales. Así que... lo que eres no les haría gracia. —Sus labios esbozaron una sonrisa—. Pero creo que acabarían aceptándolo, si no fuera porque eres... mm... quien eres. —No pudo contener una risita—. Lo siento. Es que te tienen mucho miedo.

—Bien. —Xena bostezó—. Entonces, si la cosa se desmanda, sólo tengo que hacer esto. —Levantó la barbilla de la bardo, bajó la cabeza y la besó—. Así se distraerán el tiempo suficiente para que escapemos a lomos de Argo.

La bardo volvió a reír.

—Oh, dioses... me estoy imaginando su cara. —Bajó de nuevo la cabeza y suspiró—. No va a ser nada divertido. —Y cerró los ojos con firmeza.


Al día siguiente pasaron por las onduladas colinas, cruzaron antiguos bosques de tala y se adentraron en una zona más domesticada, a las afueras de Potedaia. Xena echó un vistazo al sol y llevó a Argo hasta un lugar sombreado, tiró de una alforja y se volvió para mirar a Gabrielle, que contemplaba pensativa el camino, rodeando la vara con las manos.

—Eh —la llamó la guerrera, al tiempo que sacaba pan de viaje, queso y carne ahumada de la alforja y desataba la bolsa donde viajaba Ares, que olisqueaba muy entusiasmado—. Venga, chico. Baja ya. —Dejó al lobezno en el suelo y le dio un empujoncito—. Ve a llamarla.

Ares la miró, luego contempló parpadeando el lugar que le señalaba, vio a la bardo y se puso en marcha a trompicones, muy decidido. Llegó donde estaba Gabrielle y le clavó los dientes en la bota, tirando con fuerza.

—¡Grr!

—¡Ares! —exclamó la bardo riendo, al bajar la mirada y ver a su atacante. Se agachó y lo cogió—. ¿Te han enviado a buscarme? —Se volvió para mirar a Xena, que estaba tranquilamente apoyada en Argo, mirándola—. Eso parece. —Se acercó y aceptó el bocadillo bien hecho que le ofrecía Xena—. Gracias.

Se sentaron a la sombra la una al lado de la otra y Ares se tumbó en el regazo de Xena, donde podía alcanzar los trocitos que le daba de su bocadillo.

—Grr. —La empujó con el morro y recibió un trozo de carne.

Gabrielle le sonrió con aire ufano.

—Lo tienes absolutamente mimado, que lo sepas —comentó—. Te tiene atrapada en sus lindas zarpitas. —Miró a Xena, quien la miró a su vez enarcando una expresiva ceja.

—Parece que tiendo a tener ese problema —contestó la guerrera con humor—. ¿Te dedicas a darle lecciones cuando estoy entrenando con la espada por las noches?

—¿Quién, yo? —contestó Gabrielle, con aire inocente—. ¿De qué hablas? —Miró a Xena parpadeando, con aire de apacible curiosidad.

—Ya —fue la intencionada respuesta y entonces la bardo se agitó intentando escapar, cuando Xena alargó la mano y se puso a hacerle cosquillas—. No sabes de qué hablo, ¿eh?

—¡Xena! —rezongó Gabrielle entre risas—. Está bien... está bien... me rindo... —Suspiró y aguantó la respiración cuando Xena dejó de torturarla y siguió comiéndose su bocadillo—. Algún día aprenderé.

—Qué va —farfulló Xena con la boca llena. Bajó la mirada y le dio al expectante Ares otro trozo de carne.

Gabrielle se rió en silencio y se acercó más, apoyando la cabeza en el hombro de la guerrera.

—Ni te cuento la de veces que quise hacer esto cuando estaba con las amazonas. —Suspiró, cerró los ojos y sonrió.

—¿El qué, lo de las cosquillas? —preguntó Xena, pero su tono era tierno y apoyó la mejilla en la cabeza de Gabrielle—. Es broma. —Una pausa—. Yo también —confesó, dejando que la oleada de calor le dibujara una sonrisa en la cara.

Se quedaron sentadas en silencio un rato cuando terminaron de comer, contemplando el valle y dejando que la fresca brisa de la tarde las acariciara apaciblemente. Por fin, Xena volvió a su ser con un pequeño respingo y le dio un empujoncito a su compañera.

—¿Lista? —preguntó y se fijó en la expresión distante de los brumosos ojos verdes que se volvieron hacia los suyos—. ¿Gabrielle?

—Sí —respondió la bardo—. Lo siento... me he quedado un poco traspuesta. —Se sacudió las manos, se levantó y se estiró, pasándose los dedos por el pelo—. Vamos. —Se volvió y le ofreció una mano a la guerrera aún sentada—. ¿Te ayudo? —Y vio el tierno brillo risueño de esos ojos azules, sabiendo que su compañera no sólo podía levantarse sin ayuda, sino que seguramente sería capaz de pegar un salto y pasar por encima de su cabeza desde donde estaba cómodamente sentada.

—Claro —dijo Xena con tono de guasa y cogió la mano tendida, dejándose levantar de un tirón—. Gracias. —Cogió al lobezno y lo llevó a la alforja de Argo, donde volvió a quedar instalado y a salvo—. Bueno, tú decides. ¿Quieres llegar a caballo o a pie?

La bardo ladeó la rubia cabeza y se lo pensó.

—Aunque deteste decirlo, a caballo —confesó, con una sonrisa irónica.

—Tú misma —respondió Xena, que se montó en la silla de Argo y le ofreció la mano—. Vamos.

Gabrielle se agarró al brazo que se le ofrecía y fue izada y colocada sobre el alto lomo de Argo con desenvoltura. Se rió por lo bajo y pasó los dedos por la espalda y los hombros de Xena.

—Los has ejercitado en casa, ¿verdad?

Xena sofocó una risa con un resoplido.

—O eso, o tú pesas menos. Sí... creo que sí. —Se encogió de hombros para colocarse bien la armadura—. Ya he tenido que ajustar dos veces las hombreras.

La bardo se echó a reír.

—Tiene que ser eso, porque después de los tiernos cuidados de tu madre, te aseguro que no peso menos. —Deslizó las dos manos alrededor de la cintura de la guerrera—. Ya que estamos en ello, creo que hasta ha conseguido cebarte a ti un poco —bromeó, estrujándola y dándole una palmadita en la tripa.

Xena resopló.

—Más que un poco —reconoció—. Tampoco es que tú me hayas ayudado mucho. —Dirigió una mirada risueña a la bardo.

Y oyó una risa sofocada como respuesta.

—Sí, ya lo sé. Pero a las dos nos hacía falta y no te ha hecho ningún mal.

La guerrera se encogió de hombros.

—Eso es cierto. Además, con todo lo que nos movemos aquí fuera, no durará mucho.

Gabrielle suspiró.

—Tienes razón. ¿Cuántas veces conseguimos descansar dos semanas seguidas?

Xena no contestó, sino que puso a Argo al trote y emprendieron la bajada al valle, cruzando un riachuelo hasta entrar en un camino bien transitado y polvoriento entre largas parcelas de campos de cultivo. Vieron a los trabajadores de los campos que volvían a casa y que se detenían para mirarlas y luego volvían la cabeza. Se me había olvidado cuánto me gusta Potedaia. Xena suspiró por dentro. Y cuánto le gusto yo a ella.

—¿Estás bien? —miró por encima del hombro—. ¿Oye?

Gabrielle dejó de contemplar los campos y pegó la mejilla a la espalda de la guerrera.

—Estoy bien. —Intentaba no hacer caso del martilleo de su corazón y de la sensación de náusea en la boca del estómago—. En serio. —Maldición, pensó al notar que los dedos de Xena le tocaban la muñeca y advertir que Argo aflojaba el paso.

Xena se volvió a medias en la silla y miró a su compañera a los ojos.

—Gabrielle, sea lo que sea lo que esté pasando, podemos con ello —dijo, muy seria.

—Sí. —La bardo soltó un largo suspiro—. Tú puedes con cualquier cosa.

Xena se quedó quieta y ladeó la cabeza.

—Nosotras, Gabrielle. Eres más que capaz de hacer frente a lo que plantee esta situación. Lo sabes. Acabas de vencer a una amazona el doble de grande que tú a fuerza de personalidad. Estoy convencida de que puedes con cualquier cosa. Gabrielle se quedó mirándola. Tiene razón. ¿Por qué estoy tan asustada por esto? La costumbre, supongo.

—Lo siento. Es... es una larga historia. —Sonrió a Xena—. Pero gracias... necesitaba oír eso. —Una pausa—. De ti.

Y recibió a cambio una larga e profunda mirada. Por fin, Xena asintió.

—Está bien. Pero vas a tener que sacar tiempo, pronto, para contarme esa larga historia, ¿vale?

—Trato hecho —asintió la bardo, suspirando de alivio cuando Argo emprendió la marcha de nuevo. No... no va a ser pronto, Xena. Esta historia es mejor dejarla donde está. En la oscuridad.

Xena refrenó a la yegua de nuevo cuando se acercaron a los primeros edificios de la pequeña aldea. Las miradas huidizas se hicieron ahora más directas y notó que iba adoptando su personalidad pública, pensada para transmitir el grado máximo de fría amenaza. Funcionaba, la mayoría de las veces. Dirigió a Argo hacia la granja de la familia de Gabrielle y no hizo caso de las miradas. Cuando ya casi habían llegado, los oídos de Xena captaron una voz vagamente conocida y volvió la cabeza, apretándole el brazo a Gabrielle.

—Lila —dijo por lo bajo y en ese momento apareció la hermana de Gabrielle, que echó a correr hacia ellas.

La bardo aflojó los brazos y soltó a Xena y la mujer más alta echó la pierna por encima del cuello de Argo, saltó al suelo, se volvió y estuvo a punto de coger a Gabrielle por la cintura y bajarla. Ahora tengo que andarme con cuidado con eso, pensó desconcertada. Se ha convertido en costumbre. Y eso cuesta mucho superarlo de un momento para otro.

Gabrielle se dio cuenta y le dirigió una fugaz sonrisa, luego saltó al suelo y salió trotando para reunirse con su hermana.

—¡Lila! —exclamó cuando la muchacha morena la abrazó—. Cómo me alegro de verte. —La abrazó a su vez con entusiasmo.

Lila asintió, se echó hacia atrás, agarró a su hermana por los hombros y la miró atentamente.

—Yo también me alegro de verte, Bri. —Miró con desconfianza por encima del hombro de Gabrielle—. Hola, Xena.

Xena contestó suavizando el tono de forma consciente.

—Hola, Lila. Tienes buen aspecto. —Y hasta consiguió medio sonreír a la hermana más alta y morena de su compañera. Ni siquiera parecen tener los mismos padres, pensó, como siempre hacía. A lo mejor a Gab la cambiaron por otro bebé. La idea le iluminó la cara con una sonrisa auténtica.

Lila le dirigió una larga mirada de aprensión.

—Gracias. —Luego se volvió de nuevo hacia su hermana—. Bri, habíamos oído que estabas cerca. —Otra mirada a Xena.

Gabrielle asintió.

—Estábamos en Anfípolis. —Dirigió una mirada a su granja—. ¿Está él ahí?

Lila negó con la cabeza.

—En el mercado. Volverá antes de que se ponga el sol.

La bardo soltó aliento.

—Vale... pues entonces...

—Escuchad —interrumpió Xena, captando la mirada de Gabrielle y guiñándole apenas un ojo—. Yo voy a instalar a Argo en las cuadras cerca de la posada. ¿Qué tal si vosotras os quedáis charlando?

Gabrielle sonrió.

—Buena idea. —Intercambió una cálida mirada con ella—. Nos vemos aquí más tarde.

La guerrera las saludó agitando la mano y se llevó a la yegua hacia el centro de la aldea, donde había visto unas cuadras públicas. Podía, pensó, ver si los padres de Gabrielle querrían alojarlas a ella y a la yegua... y al pensarlo sonrió con sorna. No, supongo que no.

Lila se volvió hacia Gabrielle en cuanto pensó que la guerrera ya no podía oírla.

—No se va a quedar, ¿verdad, Bri? —dijo con voz tensa—. Tú no...

Gabrielle retrocedió un paso y la miró fijamente.

—Sí que se va a quedar —contestó en voz baja—. ¿Qué está pasando, Lila? —La cogió del codo y empezó a conducirla hacia la casa.

—Dioses —bufó Lila—. A padre le va a dar un ataque. —Miró hacia atrás—. No lo comprendes.

La bardo se encogió de hombros.

—Padre envió una nota pidiéndole que me trajera aquí. No pensarás que me va a dejar y marcharse sin más, ¿no? —¿Pero qué le pasa?—. Además, yo no me voy a quedar.

Lila se detuvo en seco y la agarró del brazo.

—No digas eso. —Miró a su alrededor—. Tienes que quedarte, Bri, por favor.

—Está bien. ¿Qué está pasando aquí? —La voz de Gabrielle adoptó un tono drástico que se le había pegado sin darse cuenta de su compañera—. Suéltalo. —Clavó la mirada en su hermana y se cruzó de brazos.

Lila titubeó y tomó aliento.

—Vamos. Creo que te vendría bien un baño caliente. —Era su antiguo código para indicar un lugar privado donde hablar, donde sabían que nadie las oiría.

—Está bien —cedió Gabrielle—. Pero primero deja que salude a madre. —La tensión de Lila le estaba dando dolor de cabeza por los nervios y se dijo mentalmente que debía relajarse. Una voz entró flotando de repente en su mente. Estoy convencida de que puedes con cualquier cosa. Oh, Xena... ¿sabías lo importante que era para mí oírte decir eso? ¿Sobre todo ahora? Siguió a Lila hasta el pequeño porche y entró por la puerta.

Su casa. Sintió una oleada de rabia. Contempló los familiares muebles de madera y las polvorientas cortinas y alfombras de colores. Obra de su madre. La pequeña habitación, con su chimenea incorporada. La mesa de madera donde había comido todos los días de su infancia. Sillas, hechas por su padre. El hueco de la derecha que llevaba a la habitación minúscula que habían compartido Lila y ella. Su casa. Sintió la extrañeza, que eclipsaba a la familiaridad. Igual que en su último viaje a casa, cuando se dio cuenta de que ya no tenía nada que ver con Potedaia.

Un ruido a la derecha. Se volvió para mirar y vio a su madre en la puerta que daba a la cocina.

—Gabrielle —dijo la mujer mayor, despacio. Y fue hasta ella.

—Hola, madre —contestó la bardo con tono apagado y aceptó el abrazo algo rígido. Intentó no comparar este saludo con el recibimiento que le había hecho Cirene.

Hécuba la soltó y la miró con aire crítico.

—Ve a lavarte antes de que llegue tu padre. Y ponte ropa decente. —Una mirada malhumorada a Lila—. ¿Has fregado ya?

—Sí, madre —contestó Lila y cogió a Gabrielle del brazo—. Vamos, Bri. —Echó a andar y se paró en seco porque su hermana ni se movió. Se volvió y vio las primeras chispas de rabia en los ojos de Gabrielle—. Ahora no —dijo por lo bajo y le tiró de la falda—. ¿Por favor?

La bardo se calmó y se puso en jarras.

—Voy a bañarme, Lila, pero ésta es la ropa que uso. —Dejó que sus ojos se posaran en los de Hécuba—. Estoy segura de que lo entenderá.

Hécuba hizo una mueca de disgusto.

—Ya veo que tu actitud no ha cambiado. —Meneó la cabeza y le dio la espalda—. Habrá que ocuparse de eso. —Y entró de nuevo en la cocina.

—¿Quieres dejarlo? —dijo Lila con rabia, agarrándola del brazo—. ¡Vamos! —Entonces se detuvo y se fijó en su hermana. En los músculos fuertes y tensos que tenía bajo los dedos. En los firmes ojos verdes. La miró de verdad. Entonces...—. Puede que tu actitud no haya cambiado —dijo, en voz baja—. Pero tú sí, ¿verdad?

—Sí —dijo la bardo suavemente—. Yo sí. —Y por fin se dejó llevar a la habitación del baño. Lo que espero es haber cambiado lo suficiente.

Lila no dejó de parlotear alegremente mientras llenaban la gran bañera de agua que habían puesto a calentar, comentándole más que nada los cotilleos del pueblo y cosas así.

Gabrielle le correspondía con cosas que había visto al llegar y en Anfípolis, que estaba lo bastante cerca para que Lila pudiera encontrar elementos en común. Probó el agua con un dedo y sonrió.

—Qué gusto me va a dar. —Y se quitó la ropa del viaje, se agarró al borde, saltó por encima y se metió en el agua con un suspiro. Lila la siguió más despacio y se metió en el otro lado, lanzando una mirada rápida a su hermana.

—Estás... distinta —dijo Lila, observándola—. Has perdido mucho peso.

Gabrielle bostezó y se miró.

—Tendrías que haberme visto hace quince días —dijo riendo—. Esto es después de haberme atiborrado con los platos de la madre de Xena. Cocina genial. —Miró a Lila y captó su inquietud—. Tranquila. No estoy enferma ni nada. —Se encogió de hombros—. Es lo que pasa, supongo, cuando haces lo que hacemos nosotras.

Lila se permitió relajarse un poco. Gabrielle empezaba a sonar más como la hermana que recordaba.

—Pareces... —Hizo una pausa—. Más fuerte —dijo sin mirarse a sí misma, a las amplias curvas que tenía donde Gabrielle tenía sobre todo músculos perfectamente definidos.

—Mmm... bueno, eso forma parte de ello —reconoció la bardo, girando un brazo y contemplándoselo—. La verdad es que nunca lo he pensado. —Sonrió un poco—. Supongo que es todo ese entrenamiento. —Una visión repentina—. Deberías ver a Xena. Eso sí que son músculos. —Al ver la mueca de Lila, suspiró—. Vamos, Lila, dale una oportunidad, ¿quieres?

—Lo siento, Bri. —Lila se acercó un poco y le miró el cuello—. Es que no me cae bien y lo sabes. —Alargó una mano y tocó la cicatriz que tenía la bardo en el cuello—. No puedo perdonarla por apartarte de mí. Y casi te pierdo.

La bardo echó la cabeza hacia atrás y contempló el techo. Esta conversación ya la habían tenido la última vez.

—Lila, por última vez, ella no me arrastró a ninguna parte. Yo... la seguí. Y no quise dejar de seguirla. Seguro que la saqué de quicio durante mucho tiempo hasta que se acostumbró. —Bajó de nuevo la cabeza y miró a Lila a los ojos—. Y pareces olvidar que las dos seríamos esclavas, o estaríamos muertas, de no haber sido por ella, para empezar.

Lila se echó hacia atrás, con aire perplejo.

—Ya lo sé, Bri. Es que no entiendo por qué lo haces. Sí, querías irte, pero fue ella la que te sacó de aquí. ¿Qué Hades sigues haciendo con alguien como ella? ¿Es que te sientes obligada porque acabó con esos soldados, incluso después de tanto tiempo?

Por qué, efectivamente, pensó la bardo, mientras se relajaba en el agua caliente. ¿Qué le puedo decir a mi hermana que tenga sentido para ella? ¿Puedo hablarle de estar tumbadas bajo las estrellas por la noche, descubriendo cerdos y ovejas en ellas? ¿Puedo hablarle de una persona a la que le puedo contar cualquier cosa? ¿Que siempre me escucha? ¿Cuya sonrisa me calienta de la cabeza a los pies? No. No puedo.

—Es lo que siempre he soñado, Lila. Tú lo sabes. Quería contar historias, ver el mundo. Pues eso es lo que estoy haciendo. —Se incorporó—. He conocido a reyes y príncipes y héroes... ¿sabías que conozco a Hércules?

—¿De verdad? —preguntó Lila, intrigada a su pesar.

—Sí... Iolaus y él son buenos amigos nuestros —confirmó Gabrielle—. Cuento historias a toda clase de gente. Hasta participo un poco en las historias, a veces, porque siempre ocurren cosas cuando Xena anda cerca.

—Eso ya lo sé —dijo Lila, poniéndose seria—. Ése es el meollo de todo esto. —Se echó hacia delante—. Metrus, ¿te acuerdas de él?

La bardo asintió despacio.

—El comerciante. Sí, un poco pirata, en plan jovial.

—Ése es —confirmó Lila—. Te quiere. Porque cuentas historias. Cree que puede ganar muchos dinares gracias a eso. —Bajó los ojos—. Padre ha aceptado.

Gabrielle la miró parpadeando y se incorporó del todo.

—¿¿Qué?? —Soltó un resoplido—. Debe de estar chiflado si se cree que voy a aceptarlo.

Lila se acercó más y la agarró del brazo.

—¡No tienes más remedio, Bri! Está en su derecho, ¿recuerdas? Se ha quedado sin dinero por... ya sabes. —Hizo una pausa—. Y... ha dicho... que no queda nada para mí —terminó con un susurro—. Y el hermano de Metrus... estamos... —Sus ojos se encontraron con los de Gabrielle, que se habían puesto muy fríos—. Dijo que me aceptaría como parte del trato. Es mi única oportunidad. —Tenía los ojos desolados—. Yo no soy guapa, como tú. Y no soy lista.

Gabrielle se obligó a mantener la calma, a respirar hondo y a no reaccionar por lo que decía Lila. Por un lado, quería saltar indignada de la bañera, y por otro, sentía una profunda compasión por su hermana. Conocía, qué bien conocía, la desesperación por salir de esta casa. Céntrate, Gabrielle. No pierdas la calma. Tiene que haber una forma de solucionar esto, para las dos.

Dobló las rodillas despacio y se las rodeó con los brazos. Luego miró a Lila.

—No puede obligarme a hacer esto —dijo con firmeza—. Tiene que haber otro modo.

Lila pegó una palmada rabiosa en el agua.

—¿Pero qué te pasa? Metrus te dejaría contar tus malditas historias y te mantendría muy bien. No puedes decirme que prefieres vagabundear por ahí fuera y que probablemente te maten, siguiendo a esa loca por todas partes. ¿Qué te pasa? Ni que fueras una amazona o algo así.

Gabrielle no pudo evitar la sonrisa que le inundó la cara.

—Bueno, podríamos decir... —empezó y entonces sintió un cálido placer cuyo origen conocía—. Verás, es que...

—Es la reina de las amazonas —dijo la voz grave y risueña detrás de ellas. El rostro de Lila se nubló de rabia y sorpresa cuando Xena entró, todavía con la armadura completa, y apoyó los brazales en el borde de la bañera—. ¿No es cierto, majestad?

—¿En serio? —bufó Lila, sin creérselo.

Gabrielle se encogió de hombros.

—Sí —confirmó—. Es cierto. —Dejó que su hermana se debatiera con eso y volcó su atención en su compañera, sacando un brazo del agua y apoyándolo despreocupadamente en el brazal de la guerrera—. Bueno... ¿Argo está bien?

—Mmm... sí —asintió Xena—. Acabo de hablar con tu padre. —Dirigió una mirada a Lila—. No se alegra nada de verme.

—Ni nadie —soltó Lila, trasladándose al otro extremo de la bañera.

—¿Y? —preguntó Gabrielle, dándose el lujo de contemplar esos ojos azules y flotar en esa mirada un largo momento.

—Pues, resumiendo, le dije que me iba a quedar por aquí hasta que tú me dijeras que me marchara —respondió la guerrera con calma.

Recordó la escena, en la habitación principal de esta casa. Anochecía y la casa estaba iluminada por el fuego y las antorchas. Entró, sorprendiéndolo. Él se volvió y se enfureció.

—¿Qué haces aquí? —le gruñó—. Podías dejar a mi hija y marcharte. No te queremos aquí.

Xena siguió avanzando hasta pegar la nariz a la de él. Y él se dio cuenta de que tenía que levantar un poco la cabeza para poder mirarla a los ojos. Era su mejor pose de señora glacial de la guerra.

—Tú me enviaste una invitación. —Se sacó la misiva del brazal—. Y me importa un soberano bledo lo que quieras.

—Lárgate —gruñó—. Ya le has hecho bastante. —Retrocedió un poco—. Nosotros podemos cuidar ahora de ella, Xena. Es mi hija y por fin le he encontrado un buen sitio, después de que mataran a su anterior marido por tu culpa.

Y eso la dejó helada, porque era cierto.

—Te voy a decir una cosa —dijo—. Si consigues que Gabrielle me diga que me marche, lo haré. —Una pausa—. Y te garantizo que jamás volveréis a verme.

Él la miró largamente y luego se echó a reír.

—¿Eso es lo único que hace falta? Muy bien. Lo tendrás. Ahora sal de mi casa. Gabrielle resopló.

—No hay muchas posibilidades de que eso vaya a suceder —sonrió a Xena—. A menos que primero aceptes llevarme contigo —dijo sin hacer caso de Lila, porque percibió, de repente, que Xena estaba más alterada de lo que parecía. Había un ligero brillo atormentado en esos ojos transparentes que dejó a la bardo muy inquieta. ¿Qué puede haber dicho...? Oh. Pérdicas. Ya. Se me olvida que se culpa a sí misma por eso. Y así, sabiendo que su hermana las observaba con inquieta fascinación, bajó la mano por el brazal de Xena, hasta que sus manos se tocaron, y miró profundamente a la guerrera a los ojos—. Jamás. —Una palabra. Una promesa. Y su recompensa fue ver cómo la expresión atormentada desaparecía poco a poco, sustituida por un tierno afecto.

Soltando la mano de Xena, le contó lo que le había explicado Lila.

—Así que... —terminó, sacando un poco las manos del agua, sin hacer caso de las miradas furiosas de su hermana. Con ese pequeño gesto dejó el problema en las capaces manos de Xena, sabiendo que la guerrera aplicaría su experiencia a la búsqueda de una solución. Ah... ahí estaba ese ceño ligeramente fruncido, esa inclinación de la morena cabeza, esa mirada atenta volcada de repente hacia dentro.

—Lila... —Gabrielle se volvió hacia su hermana, que estaba acurrucada al otro lado de la bañera, clavándole cuchillos con la mirada.

Xena le dio un golpecito en el hombro.

—Me voy a instalar en la posada, antes de que tu padre se dé cuenta de que no me he ido. —Clavó en la bardo una mirada directa—. ¿Vas a estar bien?

Gabrielle asintió.

—Sí, más o menos. Duerme un poco —añadió, dándole un empujón a la mujer más alta.

—Tú también —dijo Xena medio riendo, revolviéndole el pelo—. Y sal de ahí antes de que te disuelvas. —Levantó la mirada de golpe cuando Lila se levantó y salió del agua, con movimientos bruscos y espasmódicos. Entonces su pie pisó una parte mojada del suelo, cuando estaba a medio salir, y se resbaló de tal forma que su cabeza habría entrado en doloroso contacto con el borde de la bañera.

La reacción de Xena fue puramente instintiva al saltar hacia delante y agarrar a la muchacha morena por los hombros, deteniendo su caída. Luego la sujetó bien, la levantó y colocó a Lila sobre sus dos pies.

—Ten cuidado —dijo la guerrera, apaciblemente, al tiempo que le daba a la pasmada Lila una toalla de lino. Y eso la sorprendió de tal modo que se encontró con la intensa mirada de Xena, muy de cerca.

—Gracias —logró decir Lila cuando consiguió apartar los ojos de los de Xena. Se envolvió despacio con la toalla y miró a Gabrielle, que suspiró, se levantó y salió del agua, atrapando la toalla que le lanzó Xena.

—Adiós —dijo Xena, saludándolas con la mano de pasada, y salió por la puerta fundiéndose con la oscuridad.

Gabrielle se secó esmeradamente y luego miró a su hermana, que tenía una expresión rara. La bardo reflexionó, luego sonrió de repente, fue hasta Lila y se apoyó en la pared a su lado, cruzándose de brazos. Había tomado una decisión muy rápida y esperaba contra toda esperanza no equivocarse.

Lila alzó los ojos y se miraron un momento.

—Son de un azul increíble, ¿verdad? —preguntó Gabrielle, arreglándoselas para que no se le viera la picardía en sus propios ojos.

Lila se puso colorada como un tomate.

—No sé de qué hablas —dijo con desdén, pero parecía que se le había pasado el enfado.

Justo en el blanco. Dioses, Gabrielle, pero qué buena eres.

—Ya —dijo, sofocando la risa—. Mira, Lila... —Se puso seria—. Ya se nos ocurrirá algo. —Se acercó más y se abrió un poco a esta mujer, con la que había crecido y a la que había dejado atrás—. Haré lo que pueda por ti, eso ya lo sabes. —Alargó la mano y tocó el brazo de Lila, donde se veía un viejo cardenal que ya estaba desapareciendo—. Ya veo que sigue como siempre. —Ahora su expresión era muy severa.

Lila bajó la vista y luego volvió a mirarla.

—Tropecé cuando le estaba sirviendo un plato. Fue culpa mía. —Se le hundieron los hombros—. Yo me lo busqué.

Ahora, en la mente de Gabrielle surgió una infancia entera sometida a ese mismo convencimiento y sintió la antigua y conocida náusea en el estómago. Basta. No soy esa persona. Durante dos años me han enseñado que no soy esa persona.

—¿Madre ayuda en algo? —Sabía la respuesta antes incluso de hacer la pregunta.

Lila se encogió de hombros.

—Lo intenta, ya sabes. Intenta tenerlo todo lo contento que puede. —Miró abatida a Gabrielle—. Últimamente está peor. Más cerveza, supongo. —Bajó los ojos.

—Lila, lo siento —dijo la bardo, en voz muy baja, y la rodeó con el brazo—. Intentaré sacarte de aquí. Tendría que haberlo hecho antes.

Su hermana la miró de modo apagado.

—Sólo puedes hacer una cosa y... —Sus ojos oscuros contemplaron los verdes de Gabrielle—. Eso no lo vas a hacer. —Su mirada se posó en el umbral vacío.

—No la odies —fue la suave súplica—. Por favor, Lila, me haces daño cuando la odias.

Su hermana la miró largamente.

—No te lo prometo, Bri. No te prometo nada. Pero lo intentaré.

Gabrielle asintió despacio.

—Está bien —replicó—. Será mejor que vaya a hablar con él. Para quitármelo de encima. —Se sujetó bien la toalla y cogió su ropa.

—Ten cuidado —dijo Lila, poniéndole una mano en el brazo—. ¿Por favor, Bri? Ya sabes cómo se pone.

La bardo se mordisqueó el labio pensativa.

—Lo sé. Tendré cuidado.

Entraron en el cuartito que las dos habían compartido de pequeñas y Gabrielle sonrió cuando vio sus morrales pulcramente colocados encima de la cama libre. Sacó ropa limpia y se la puso rápidamente.

—¿Cómo ha...? —empezó Lila y entonces se detuvo, al establecer la evidente conexión. Contempló pensativa a su hermana, pero no dijo nada.

Gabrielle le sonrió para tranquilizarla, luego se pasó los dedos por el pelo aún mojado y se dirigió a la zona principal de la casa. Cruzó por el umbral y vio a su padre sentado a la mesa, inclinado sobre su plato.

Herodoto era un hombre grande, cuyo pelo canoso podría haber sido en otra época de la misma tonalidad dorada rojiza que el suyo y cuyos ojos recordaban a los de ella, sólo que eran más turbios de color. Levantó la vista cuando se acercó, la miró de arriba abajo y meneó la cabeza.

—Siéntate —murmuró, empujando un poco la silla que tenía enfrente.

La bardo sacó la silla y se sentó, cruzó las manos encima de la mesa y esperó en silencio. Recordó que así se hacían las cosas aquí. En casa de su padre. Miró hacia la izquierda de reojo cuando su madre salió de la cocina y le puso un plato delante, posando un momento la mano ajada en el hombro de Gabrielle. La bardo la miró y consiguió sonreír.

—Gracias —dijo apagadamente. La mano le apretó el hombro un instante, luego Hécuba dirigió una mirada a su marido y volvió a entrar en la cocina.

Herodoto dio un bocado al pan, masticó y luego la miró.

—Quiero que vayas a decirle a esa mujer que se marche —dio la orden sin levantar la voz y se aseguró de sostenerle la mirada mientras hablaba—. Te he conseguido una colocación muy buena aquí y ya es hora de que vuelvas y ocupes el lugar que te corresponde en esta familia. —Tragó un sorbo de cerveza—. Ésa es peligrosa y no quiero problemas con ella. Ha dicho que con tu palabra bastaría. Así que hazlo.

Gabrielle respiró hondo, contemplando el plato que no había tocado.

—¿Qué dijo exactamente? —preguntó, mirándolo.

—¿Y eso qué importa? —preguntó Herodoto, secamente.

—Importa —replicó la bardo. Xena era siempre muy precisa con sus palabras y eso podría indicarle si la guerrera se estaba marcando un farol o...

—Está bien. —Su padre se encogió de hombros—. Dijo... —Entrecerró los ojos. Su memoria era tan buena como la de ella, aunque la usaba para otros fines—. Te voy a decir una cosa. Consigue que Gabrielle me diga que me marche. Te garantizo que jamás volveréis a verme. —Abrió los ojos y la miró—. ¿Satisfecha? Ahora ve. —Bajó la mirada y cogió un poco de verdura, que se metió en la boca.

Así pues, no era un farol. Era la pura verdad.

—No lo voy a hacer —contestó, controlando el viejo y conocido temor nervioso que sentía en el estómago. Jamás, le he dicho. Que me ahorquen si voy a romper esa promesa.

Herodoto dejó de masticar y la miró con frialdad.

—No, ¿eh? —Asintió—. Ya veremos. —Volvió a su cena—. Metrus, el comerciante, te ha ofrecido un lugar. Cree que le conseguirás una bonita suma con tus... —Una pausa—. Historietas. —Le dirigió una mirada divertida—. Y hasta se ha ofrecido a aceptar a Lila para su hermano Lennat. No tengo dote para ella, así que es la mejor oportunidad que va a tener, y parece un buen muchacho. —Le clavó la mirada—. Eso haría muy feliz a Lila. Tú quieres verla feliz, ¿verdad, Gabrielle? Sé que eres buena chica.

Gabrielle suspiró. Conocía todos sus resortes. Sabía que su mayor debilidad era su carácter bondadoso y siempre lo había usado para presionarla.

—Sabes que quiero verla feliz —contestó, con tranquilidad—. Pero no a ese precio.

Su padre se quedó mirándola.

—No pareces entender que no te queda más remedio, hija mía. —Se rió ligeramente—. Hemos hecho un contrato y lo he firmado. Tú eres mi garantía. Es definitivo. —Señaló su plato con el tenedor—. Come. No quiero que Metrus piense que estás enferma.

La bardo posó la mirada en su plato.

—No, gracias —contestó apagadamente—. No tengo hambre. —Se levantó y rodeó la mesa hacia la puerta—. Buenas noches.

Herodoto se levantó con pesada rapidez y quiso agarrarla del brazo, sorprendido cuando falló.

—Espera un momento, niña. No he terminado. —Se irguió ante ella—. Te vas a comportar como es debido. Te vas a alejar de esa maldita mujer, si no quieres decirle que se vaya, y te vas a poner ropa decente. O... —La miró estrechando los ojos—. Bueno, no hace falta que entremos en detalles, ¿verdad?

Gabrielle se puso derecha y controló el impulso de apartarse de él. Acudió a ese núcleo de seguridad en sí misma que llevaba dos años esforzándose por construir y respiró hondo, sabiendo que a él le faltaba muy poco para ponerse de ese humor.

—Escucha —dijo, manteniendo un tono tranquilo—. No soy la misma persona que se fue de aquí hace dos años. Y tú no eres mi dueño. —Se echó hacia delante y le sostuvo la mirada. Rezando—. A lo mejor podemos encontrar una forma para que los dos consigamos lo que queremos, padre. No quiero pelearme contigo... ni con madre, ni hacer daño a Lila. —Dejó asomar a los ojos parte de su angustia y vio el levísimo cambio en los de él cuando lo captó.

Herodoto se quedó mirándola pensativo. Su irritación ante su terquedad tapaba, en realidad, un diminuto asomo de orgullo por ésta que era era su hija primogénita. Y que por fin daba muestras de coraje, en el momento más inoportuno. Bueno, había más de un modo de curtir el cuero.

—Está bien, Bri —dijo, relajándose un poco—. Mañana hablamos de ello. —La despidió con un gesto—. Ve a descansar. Y Bri. —La señaló con la mano—. Por favor. No puedes ir por ahí medio desnuda.

Gabrielle se detuvo y luego hizo un leve gesto con la cabeza.

—Vale —asintió. Bueno, eso es mejor, al menos—. Veré qué puedo hacer. —Regresó por el corto pasillo a la habitación de Lila donde ésta esperaba su hermana, abrazada a sí misma—. Bueno, ya está —suspiró la bardo, tirándose en la cama y frotándose las sienes—. Pero no ha terminado. Ahora se está haciendo el comprensivo.

Lila soltó un resoplido y se sentó en su cama.

—Bueno, eso es algo mejor. —Alargó la mano y tocó la rodilla de Gabrielle—. No me puedo creer que le hayas plantado cara. —Sonrió levemente a su hermana, con picardía—. Sí que has cambiado.

Gabrielle hizo una mueca.

—Los he visto peores que él. —Sonrió tensa a Lila—. Y te olvidas de que viajo con una persona que es una maestra en el tema de la intimidación. —Soltó una breve carcajada—. No has visto nada hasta que ves a Xena achantar con la mirada a un monstruo de dos metros con colmillos y espada. —Miró un momento a Lila, al no oír la habitual andanada de ataques contra su compañera, y se sonrió por dentro—. Me ha enseñado muchas cosas.

Entonces se incorporó en la cama y cogió sus morrales.

—Mira, te voy a enseñar algunas de las cosas que guardo como recuerdo. —Y se puso a sacarlas. Lila se relajó, sonriendo, y fue a sentarse a su lado.

—Oooh... ¿qué es esto? —dijo la muchacha morena, cogiendo un objeto pequeño y sosteniéndolo a la luz—. Qué bonito es.

Gabrielle se echó a reír.

—Es ámbar. —Hurgó en su colección—. Y esto es una concha de la playa que hay justo fuera de Atenas. —Se la pasó.

—¿Esto qué es? —preguntó Lila, mostrándole un sello.

—Mi sello —replicó Gabrielle, reprimiendo una sonrisa—. Para eso de las amazonas.

Lila se la quedó mirando.

—¿De verdad eres...?

Su hermana asintió.

—Sí. De verdad soy. —Se encogió de hombros—. De hecho, casi acabamos de venir de ahí. Estuve más de un mes trabajando en unos tratados con los centauros y las aldeas de alrededor.

—Entonces... ¿por qué no te quedas con ellas, si eres la reina? —preguntó Lila, arrugando el entrejo, consternada—. No lo entiendo.

Gabrielle suspiró.

—Es complicado. Tiene mucho que ver con lo que es mejor para ellas y lo que es mejor para mí. —Se quedó pensando—. Tenemos puntos de vista totalmente distintos, así que sólo podemos aguantarnos a pequeñas dosis.

—Ah —replicó Lila—. Bueno, da igual. —Toqueteó un pergamino—. ¿Estos son tus pergaminos?

—Pues sí —confirmó la bardo—. Ahora estoy trabajando en unos cuantos. Me gusta escribir las cosas justo cuando... —Oh. De repente comprendió mejor por qué Xena le pedía que suavizara las historias para su familia—. Justo cuando acaban de ocurrir —terminó.

—Cuéntame una historia —le pidió Lila, cogiendo un pergamino—. ¿Me cuentas ésta? Echo de menos tus historias, Bri.

Ah, ésa. Gabrielle la cogió de entre sus dedos y la desenrolló.

—Vale, pues estábamos... —Y se lanzó.

Lila escuchó, hechizada mientras su hermana se zambullía en una de sus aventuras más recientes y tejía el relato. Observó el rostro de Gabrielle cuando ésta se dejó arrastrar por la narración y empezó a reaccionar a los acontencimientos que estaban en su propia memoria y no sólo en el pergamino. Había estado allí de verdad, pensó Lila. Había visto a Poseidón de verdad. Había conocido a Cecrops de verdad. Había naufragado de verdad y el Marinero Errante la había recogido. Se identificó con su horror por el marinero que saltó por la borda. Se rió con ella por Aldric y su encandilamiento. Se le pusieron los ojos como platos cuando Gabrielle habló de los tesoros de Cecrops y de que había visto la legendaria estatua de Atenea. Y observó cómo su rostro adquiría un resplandor interno al describir la determinación irresistible e imparable de Xena de llegar a ese barco, a sabiendas de quién era dicho barco, sólo por estar con su amiga.

—Eso sí que debió de ser un salto —comentó Lila en voz baja, observando los ojos de Gabrielle, iluminados por los recuerdos.

—Oh, ya lo creo. —Su hermana se echó a reír—. Lo fue. Todos pensaron que estaba loca por saltar así desde el acantilado y lograr aterrizar en el barco —dijo, rememorando—. A Cecrops casi le da algo.

Lila sonrió.

—¿Qué le dijo ella?

—Mmm... que no estaba dispuesta a dejar que se marchara con su mejor amiga —contestó Gabrielle, mirando a su hermana directamente a los ojos—. Pero es que ella es así.

Se quedaron mirándose en silencio. Por fin, Lila suspiró.

—Así que... no te quedas con ella sólo por las historias, ¿verdad?

Gabrielle tardó bastante en contestar. ¿Le va a dar algo? Seguramente. Pero creo que de todas formas ya medio se lo imagina. Por fin, soltó el aliento que había estado aguantando.

—No. —Le daba miedo, porque de toda su familia, Lila era a la que más echaba de menos. A la que más quería. Y odiaba a Xena y todo lo que ésta representaba.

Lila fue hasta la pequeña ventana y miró fuera. Habló sin volverse.

—¿Alguna vez te ha hecho daño, Gabrielle?

La bardo se atragantó.

—¿Qué? —Sacudió la cabeza—. Jamás.

Lila se volvió y se abrazó a sí misma.

—¿Jamás? ¿Nunca se ha enfadado contigo y te ha pegado? ¿No te ha dado una paliza? ¿No te ha golpeado en sitios que no se ven?

Gabrielle tomó aliento varias veces antes de poder hablar. Nunca se me ha ocurrido una cosa así. En todo el tiempo que llevamos viajando juntas, eso ni se me ha pasado por la mente.

—No, Lila. Entrenamos, claro. Practicamos lucha libre juntas y creo que una vez, bajo la influencia de Ares, me dio un tortazo, pero yo le pegué un golpe con un bieldo, así que supongo que estamos en paz. —Meneó la cabeza—. No. De hecho, cuando entrenamos, ella se lleva muchos más golpes que yo, porque frena sus golpes y me da un toquecito y yo no sé hacer eso. A veces le doy le lo lindo.

Lila asintió. Y miró al suelo. Y volvió a mirar a su hermana.

—¿Te fías de ella?

—Le confiaría mi vida —fue la respuesta instantánea—. Y lo he hecho. Muchas veces.

Lila se dio la vuelta, se acercó a ella y le agarró los hombros con las manos.

—Te envidio. —Tomó aliento temblorosa—. Antes creía que estabas loca por tener tantas ganas de salir de aquí. Ahora lo comprendo. Y no puedo irme a ninguna parte.

—Oh, Lila —susurró la bardo y la abrazó.


Xena se había escabullido de la granja y regresó en silencio a la posada, todavía vagamente intranquila por Gabrielle. La bardo parecía estar bien, pero la guerrera percibía una corriente soterrada que no era... Le recordaba a cómo era Gabrielle cuando empezaron a viajar juntas. A veces toda alegre, a veces temerosa del más mínimo ruido. Notaba una molestia en la boca del estómago que estaba convencida de que no tenía nada que ver con ella, puesto que el único motivo de preocupación que tenía era que en Potedaia no caía bien. Xena resopló por lo bajo. Hacía falta una aldea más grande y más desagradable que la pequeña Potedaia para asustar a ex señora de la guerra como ella. Giró por el sendero y se dirigió a las cuadras comunes. Tal vez se calmaría cepillando a Argo... Abrió la puerta de un empujón y se encontró con cuatro chicos del pueblo que rodeaban a una bolita peluda que gruñía.

Pinchaban a Ares con las púas de un bieldo y se reían. El lobezno les mostraba los colmillitos y gruñía haciendo un esfuerzo infantil y patético por parecer feroz. Xena echó la mano hacia atrás y agarró la herramienta más próxima, un rastrillo para estiércol. El siguiente chico que pinchó al lobezno acabó recibiendo un golpe en el trasero que lo lanzó por encima del animal para aterrizar en la paja cenagosa.

—¿Os apetece meteros con alguien de vuestro tamaño? —se oyó esa voz que era terciopelo sobre acero. Se colocó en medio del grupo ahora silencioso y miró a Ares—. ¿Estás bien, chico?

—¡Ruu! —contestó el animal, que se acercó trotando y se sentó encima de su bota, mirando a los que lo habían atormentado—. ¡Ruu!

—¿Y bien? —preguntó Xena, recorriendo con los ojos el círculo petrificado. La luz de las antorchas destacaba los tonos cobrizos de su armadura y hacía que sus ojos claros soltaran destellos al ir girando para mirarlos a todos—. ¿Alguien me quiere pinchar a mí con un bieldo? —Una pausa—. ¿No? Pues largaos. No me gusta compartir aire limpio con una panda de cobardicas. —Entornó los ojos y avanzó un paso hacia el más cercano de ellos.

Despidiendo paja en todas direcciones, salieron corriendo sin mirar atrás. Xena suspiró y meneó la cabeza. Luego se quedó rígida, al darse cuenta de que no estaba sola. Sus ojos se movieron hacia el rincón más oscuro del establo y se posaron allí, inmóviles, hasta que un roce de paja indicó que el que observaba sabía que estaba siendo observado. Unos cuantos segundos más de tensión y entonces de la oscuridad salió una figura pequeña y renqueante, que se acercó con cautela, hasta que la luz de las antorchas reveló sus rasgos.

Era un chico, supuso Xena, de pelo rubio, abundante y revuelto, y hombros encorvados. Se acercó cojeando y entonces Xena supo por qué, al descubrir la deformidad de su espalda. Enarcó una ceja ligeramente. Ares gruñó.

—¿Es tuyo? —preguntó el chico, deteniéndose fuera del alcance del rastrillo que sostenía ella, según advirtió. Indicó al lobezno con la cabeza.

—Sí —contestó Xena, bajando un largo brazo y recogiendo a Ares, tras lo cual se dio la vuelta y dejó el rastrillo apoyado en la pared donde lo había encontrado.

—¿Cómo se llama? —se oyó la pregunta curiosa, al tiempo que el chico se acercaba renqueando, ahora que ella ya no sujetaba la herramienta.

—¿Cómo te llamas tú? —contraatacó Xena, girándose ágilmente con el lobezno en el pliegue del brazo y mirándolo interrogante.

—Alain —contestó el chico, sin ofenderse, y ahora ya estaba lo bastante cerca como para tocar. Miró a Xena pidiendo permiso.

La guerrera asintió y alargó un poco el brazo.

—Pon primero los dedos, para que te los huela —le aconsejó—. Se llama Ares. —Observó divertida cómo reaccionaba sobresaltado.

—Igual que... —susurró Alain, dejando que el cachorro le olisqueara los dedos—. ¿Eso no es peligroso?

Xena se encogió de hombros.

—No le ha importado.

Entonces el chico se quedó paralizado y la miró asombrado y con los ojos como platos. Al cabo de un momento, parpadeó y sus labios se curvaron con una sonrisa.

—Tú eres Xena, ¿a que sí? —Rascó distraído a Ares debajo de la barbilla.

La guerrera se rió suavemente.

—¿Cómo lo has sabido? —Enarcó las cejas con gesto interrogante.

—Pues... —dijo Alain con timidez—. Eres guerrera, eso es evidente, y una señora... —Sus propios labios sonrieron al ver la expresión sardónica de Xena ante ese comentario—. Bueno, da igual. Y encajas con la descripción. —Otra mirada irónica—. Y has llamado a tu perro como al dios de la guerra. —Se encogió de hombros desigualmente—. Son pistas muy grandes. —Le lanzó una mirada rápida, sin posar los ojos mucho rato en ningún punto, intentando que no pareciera que la estaba mirando. Jo... Xena. Aquí mismo, en mi establo... pensó. Era... más alta de lo que se esperaba, aunque él mismo no era alto. Y sus ojos... decían que tenía los ojos muy azules, pero eso no los describía ni de cerca. Y hasta tenía algo de agradable. Eso no lo decían nunca.

—Ya —replicó Xena, aguantando con paciencia el escrutinio—. Bueno, Alain. ¿Tú vives aquí?

—Mm. Sí —contestó, agachando la cabeza—. Trabajo por la manutención. —Se giró con dificultad e hizo un gesto—. Limpiando, quitando estiércol, ya sabes. —Levantó la mirada—. ¿Esa yegua dorada es tuya? —Se le iluminaron los ojos—. Es preciosa. —Y se quedó embelesado por la sonrisa que obtuvo a cambio.

—Gracias. Se llama Argo —replicó Xena y echó a andar hacia la yegua, que había vuelto la cabeza para mirarlos—. ¿Quiénes eran esos chicos tan encantadores? —Observó cómo intentaba apartar la cara—. ¿También se meten contigo? —preguntó con un tono mucho más amable. Calculaba que era un poco más joven que Gabrielle y se le ocurrió pensar que tal vez aquí podría obtener algunas respuestas sobre lo que le ocurría a su compañera. Era un pueblo pequeño y se habrían criado al mismo tiempo.

Alain agachó la cabeza como asintiendo.

—A veces. A la gente de aquí no le gustan los diversos. —Levantó la mirada hacia ella—. No creo que tú les gustes mucho. —Se encogió de hombros como para disculparse—. Eres muy diversa.

Xena prestó atención a la palabra que usaba.

—¿Diversa? —preguntó, mientras sacaba la almohaza y el cepillo de Argo—. Sí, supongo que lo soy. Y no, no les gusto nada. —Se acercó a él—. ¿Tú no les gustas por esto? —Sus dedos rozaron su espalda deforme. Él se encogió, pero se quedó quieto, mirándola a los ojos. Los suyos eran de un gris sorprendentemente profundo, casi morado a la luz de las antorchas—. Eso no es culpa tuya.

—No —suspiró Alain—. Pero da igual. —Cogió la almohaza que se le ofrecía y se puso a trabajar en las patas delanteras de Argo con pases cortos y suaves—. Es diverso.

Xena asintió en silencio.

—Yo tengo una amiga, Alain, que creció aquí. Puede que la conozcas. Se llama Gabrielle. —Vio cómo levantaba la cabeza de golpe y se quedaba mirándola sorprendido—. Parece que sí. —Sonrió levemente.

—Oh... Bri. Sí, me acuerdo de ella —reconoció el chico, curioso—. Se marchó.

—¿Ella era diversa, Alain? —preguntó Xena, con aparente indiferencia, mientras peinaba la crin de Argo. Levantó los ojos azules para atrapar los grises de él.

Alain tomó aliento y asintió despacio.

—Sí. —Se le entristeció la mirada—. Pero era diversa por dentro. Al cabo de un tiempo, empezó a ocultar lo diverso.

En la mente de Xena se empezó a formar una difusa teoría.

—Mmm... ¿cómo? ¿Cómo era diversa?

El chico se encogió un poco de hombros.

—Veía imágenes por dentro. Y se inventaba historias sobre ellas. —Le sonrió—. Eran historias muy buenas.

Xena le sonrió a su vez.

—Seguro que sí.

Alain se puso serio.

—Pero a su padre no le gustaban. La zurraba con el cinturón, sabes, cuando la pillaba haciéndolo. —Frunció el ceño—. Así que dejó de contárnoslas, al cabo de un tiempo. Después de que una vez, me acuerdo muy bien, le diera con la hebilla hasta que la hizo sangrar. —Meneó la cabeza rubia—. Estuvo muy mal. Pero... aunque dejó de contárnoslas, no creo que dejara de ver las imágenes. —Ahora, por fin, miró a Xena, percibiendo su inmovilidad silenciosa.

Y se apartó de Argo, dejando caer la almohaza al ver su expresión. Aferraba la crin de la yegua con las manos y sus ojos eran como bloques de hielo al mirarlo.

—No fui yo. Yo no lo hice. No fui yo —balbuceó, levantando las manos atemorizado.

Xena dejó caer la cabeza sobre el lomo de Argo y aspiró una bocanada de aire prolongada y temblorosa. Obligándose a calmarse. Haciéndose con el control de la furia que le erizaba los pelos de la nuca y hacía que le temblaran los brazos como reacción. Eso explicaba... tantas cosas. Era una pieza crucial del rompecabezas que era su compañera y no sabía si se alegraba o no de haberla conseguido. Esto era algo que Gabrielle habría preferido contarle, a su ritmo, a su manera. Como ella había revelado lo de Solan. Y lo de Toris. Y toda una serie de cosas sobre su propio pasado que le había contado a Gabrielle.

Despacio, alzó la cabeza y miró al asustado muchacho.

—Tranquilo, Alain. Ya sé que tú no tuviste nada que ver con esto. Lo sé. Siento haberte asustado. Es que Gabrielle es muy buena amiga mía y me da mucha rabia que le pegaran por contar historias.

Alain se relajó y se acercó de nuevo, sonriéndole levemente.

—Vale... vale... te entiendo. —Recogió la almohaza y se puso a cepillar a la yegua otra vez—. Sé que le habría gustado tener una amiga como tú en aquella época. Cuando era diversa. —Estuvo cepillando un ratito en silencio y luego dijo—: ¿Qué hace ahora? Se marchó, hace dos estaciones.

Xena le sonrió, relegando la rabia y la angustia al fondo de su mente para estudiarlas más tarde.

—Cuenta historias, Alain. Muy buenas.

Él sonrió de oreja a oreja, muy contento.

—¿En serio? Así que yo tenía razón... no llegó a perder las imágenes. —Arrugó el entrecejo—. ¿Pero por qué ha vuelto? Aquí sigue siendo diversa. Su padre no le va a dejar que siga creando imágenes.

Xena dejó lo que estaba haciendo y cubrió delicadamente las manos del chico con las suyas. Se apoyó en el lomo de Argo y lo miró a los ojos.

—Te prometo, Alain, que mientras yo esté cerca, nadie le va a impedir crear imágenes. —Una pausa—. Nadie.

Se la quedó mirando.

—Te creo —susurró. Hubo una larga pausa—. Ojalá yo tuviera una amiga como tú. —Se le quebró la voz—. Es duro ser diverso.

—Lo sé —dijo Xena, con expresión compasiva—. Hay que ser muy fuerte.

Alain asintió.

—Sí. Bri no lo era. Lloraba mucho. —Se le pusieron los ojos muy tristes—. Le dolía. A mí me daba mucha pena... a veces nos íbamos a buscar moras juntos y yo intentaba que me contara sus historias. A veces lo hacía, pero siempre tenía miedo. —Miró a Xena a la cara y vio la tristeza reflejada en ella—. Me caía bien. Me alegré de que se escapara. —Echó la cabeza a un lado—. ¡Te la llevaste tú, a que sí! Ahora me acuerdo... les diste una paliza a los tratantes de esclavos y luego ella desapareció. ¡Se fue contigo!

—Sí —dijo Xena, tragando con dificultad. Yo no encajo aquí, ¿no fue eso lo que me dijo? Oh, Gabrielle...—. Se fue conmigo.

—Me alegro un montón —dijo Alain, con una dulce sonrisa—. Seguro que eres una buena amiga.

Xena le dio una palmadita en la mano.

—Yo también me alegro un montón, Alain. —Ahora tengo que enterrar ese conocimiento en lo más hondo, hasta que esté preparada para contármelo. Menos mal que guardar secretos se me da mejor a mí que a ella. Maldición. Maldición, Gabrielle, ¿por qué no me lo dijiste? Su mente se burló de ella: Porque, Xena, si te lo hubiera dicho, habrías entrado en esa casa y le habrías cortado la cabeza a ese hombre por ponerle la mano encima. Reconócelo. Sin dudarlo un momento. Sí. Así soy yo, señora de la guerra hasta la médula, y ella lo sabe. Me conoce, demasiado bien—. Gracias por contarme todo esto, Alain. Necesitaba saberlo. —Sonrió levemente al chico.

Alain la miró.

—Sigues enfadada. Es un buen enfado. —Asintió con la cabeza—. No dejarás que le vuelvan a hacer daño.

—Así no, Alain. No —dijo Xena, terminando con la crin de Argo—. Con eso puedes contar.


Tras despertarse al día siguiente, Xena salió temprano y se desentumeció con una larga carrera y unos buenos ejercicios con la espada, luego regresó y desayunó tranquilamente en la sala común de la posada. Bajo la mirada desaprobadora del posadero y las miradas inquietas de su mujer. Empezó a sentir una creciente irritación, en parte por la información que había obtenido la noche anterior y en parte por el puro sentido común que dictaba que uno no debía ofender a los clientes de pago. Madre jamás cometería esta clase de error, advirtió su mente distraída, mientras jugueteaba con la comida algo sosa que le habían servido. Y creo que madre me ha tenido muy mimada, se burló de sí misma. Vamos, Xena, cómetelo de una vez. Con un poco de suerte, no estará envenenado. Se terminó lo que tenía en el plato, luego subió a su pequeña habitación, que odiaba cordialmente, y se sentó apoyada en la pared debajo de la ventana, para reparar una hebilla atascada de su armadura.

Sus sentidos la avisaron mucho antes de que oyera el leve crujido de las tablas de las escaleras, y dejó la armadura y se levantó, en el momento en que se abría la puerta y entraba Gabrielle. Xena la observó, fijándose en la túnica de lino con una ceja enarcada.

Los ojos de la bardo se encontraron con los suyos.

—Buenos días —dijo con tono apagado—. Espero que hayas dormido mejor que yo.

Xena se acercó despacio hasta ella y le cogió la barbilla delicadamente con una mano, luego la rodeó con los brazos y se la acercó.

—Me parece que necesitas un abrazo —dijo y notó que a Gabrielle se le entrecortaba la respiración. Siempre se le pone esta expresión perdida en los ojos cuando necesita esto, fácil de reconocer, cuando por fin me enteré, pensó, mientras se quedaban allí abrazadas en un silencio atemporal.

—Has acertado —dijo Gabrielle por fin, pero sin soltarla—. Sabes, podría quedarme así para siempre. —En el rico calor dorado que siempre sentía a su alrededor y que se daba cuenta de que era parte de la conexión que tenían la una con la otra—. Creo que anoche le pegué un buen susto a Lila. —Ladeó la cabeza y miró a Xena a los ojos.

—¿La misma historia de siempre? —preguntó Xena, frotándole la espalda ligeramente.

La bardo hizo un gesto negativo con la cabeza.

—No... no, ésta era una muy antigua. De antes de que te conociera. Supongo que el entorno la sacó a la luz. —Sonrió fugazmente a la guerrera—. Cosas del pasado.

Xena tomó aliento y entrelazó los dedos por detrás de la cabeza de Gabrielle, apoyando los antebrazos en los hombros de la bardo.

—Sabes que estás haciendo que me suba por las paredes, ¿verdad?

—¿Yo? —preguntó Gabrielle, observando su rostro—. ¿Por qué?

Xena soltó una mano, retrocedió un paso, bajó la mano y la puso sobre el estómago de Gabrielle.

—Porque lo que sientes aquí... —Se dio unos golpecitos en el pecho—. Lo siento yo también. Y no sé por qué, y no saberlo me está desquiciando. —Sonrió a Gabrielle de medio lado—. Ya sabes lo que me encanta sentirme descontrolada e impotente, ¿verdad?

La bardo bajó la mirada y suspiró.

—Me están presionando mucho —reconoció—. Y más que nada... es Lila. —Se dejó caer de nuevo hacia delante sobre el pecho de Xena—. Quiere a Lennat de verdad, Xena. —Su pecho se alzó y bajó con un largo suspiro—. Y necesita salir de ahí. —Una pausa—. Y Xena, padre dice que puede hacerlo, legalmente. ¿Eso es cierto? —Sus ojos se clavaron en el rostro de la guerrera—. ¿De verdad le pertenezco, de esa forma?

—Mmm... en circunstancias normales, sí —contestó Xena, que se sentía un poquito ufana. Se había pasado la mitad de la noche investigando ese mismo tema—. Pero en tu caso, no. —Acarició la mejilla de Gabrielle con ternura—. Así que no te preocupes, bardo mía. Aunque tenga que sacarte de aquí sobre los cuartos traseros de Argo, la ley no te perseguirá. —Llevó a Gabrielle hasta una silla junto a la mesita de la habitación e hizo que se sentara—. Mira. —Cogió un pergamino y se inclinó sobre la mesa, apoyando encima los codos—. El derecho consuetudinario establece que un labriego libre, como lo es tu padre, tiene derecho a casar a sus hijas como le parezca adecuado, por el precio que considere adecuado.

Gabrielle miró el pergamino y luego a Xena.

—Entonces... —Se le cayó el alma a los pies.

—Ah —interrumpió Xena—. Pero mira aquí. —Sacó otro pergamino y señaló una línea con un fuerte dedo—. Un padre no puede decidir cómo disponer de su hija si se cumple una condición: que haya una reclamación previa por parte de un poder soberano. —Sonrió al ver la cara confusa de Gabrielle—. Tú eres la reina de las amazonas, Gabrielle. Son una nación soberana y tienen precedencia legal sobre lo que diga un labriego.

Gabrielle soltó una risa breve.

—Oh. —Miró a Xena con respeto—. ¿Cómo lo has encontrado?

—Buscando —contestó Xena, encogiéndose de hombros.

—No... quiero decir, ¿cómo has sabido dónde encontrarlo? —insistió la bardo, posando una mano sobre el cálido antebrazo apoyado en la mesa a su lado.

—Otra de las muchas cosas que sé hacer —sonrió la guerrera—. En realidad, los señores de la guerra tienen que mantenerse al día con las leyes, Gabrielle, aunque sólo sea para saber cuáles estamos violando. —Ooh... mira qué graciosa, Xena. ¿Estamos llegando al punto en que podemos incluso hacer chistes?

La bardo se echó a reír, mirando a Xena mientras meneaba la cabeza.

—¿Sabes una cosa? —Sus ojos observaron el rostro de la guerrera atentamente.

—No, ¿qué? —respondió Xena, notando que el nudo tenso que tenía en el estómago se aflojaba un poco. Vio que la expresión de los ojos de la bardo se suavizaba hasta adquirir una apacible intensidad. Supo que los suyos respondían de igual modo, cuando sus almas estaban en contacto como ahora.

—Que te quiero —fue la dulce respuesta, al tiempo que Gabrielle subía con la mano y tocaba la sonrisa que se iba formando en el rostro de Xena—. No es que sea un gran secreto, ¿verdad? Creo que hasta Lila lo ha captado.

Xena se echó a reír.

—¿En serio? —Se echó hacia delante y besó a la bardo—. ¿Cómo se ha enterado?

Gabrielle le deslizó un brazo alrededor del cuello y Xena se enderezó, tirando de la bardo hasta abrazarla.

—Mmm... —Se rió suavemente, cuando se separaron—. Pues anoche me convenció para que le contara algunas historias y dijo que era evidente por la... —Se detuvo y soltó una risita—. Perdona, esto lo dijo ella, no yo. Por la cara de boba que se me ponía cada vez que mencionaba tu nombre. —Miró a Xena, que se estaba riendo por lo bajo—. Cosa que ocurría muy a menudo, supongo, dado que las historias trataban de ti.

—Ah. Ya —respondió Xena y luego sonrió cohibida a la bardo—. Si te sirve de consuelo, mi madre dijo lo mismo de mí.

Gabrielle se echó a reír.

—¿En serio? —Dejó que sus dedos siguieran el leve rubor que subía por el cuello de Xena hasta su cara—. Entonces, así es como lo averiguó.

—Sí. —Xena se encogió de hombros—. Nunca me lo ha comentado nadie más, así que a lo mejor es porque es mi familia.

La bardo contuvo una carcajada.

—Xena, ¿quién en este mundo aparte de tu madre se atrevería a decirte una cosa así? —Sus ojos chispeaban de risa reprimida.

Xena reflexionó un momento. Entonces se echó a reír.

—En eso tienes razón —reconoció, luego volvió a estrechar a Gabrielle entre sus brazos y se permitió recrearse en otro largo beso, al final del cual notó que el corazón de la bardo empezaba a acelerarse y que ella misma estaba un poco jadeante. Se apartaron lo suficiente para mirarse a los ojos—. Sabes, cualquiera que tenga dos dedos de frente podría imaginarse dónde estás —comentó Xena, con la respiración entrecortada.

—Que lo hagan —replicó la bardo, con una sonrisa. Y le bajó la cabeza—. Les he dicho que no volvería hasta la hora de comer. —Soltó una carcajada profunda—. Se supone que estoy comprando ropa adecuada. —Se encogió ligeramente de hombros—. Me han dicho que no puedo ir por ahí medio desnuda, como una salvaje.

—Mmmm... —comentó Xena—, a mí me gusta la ropa que llevas. —Bajó los brazos y levantó a la mujer más menuda, acunándola como a una niña, y fue hasta la cama—. Diles que se vayan a paseo y si no les gusta, que vengan a mí a quejarse.

Gabrielle soltó una risita.

—Oh, eso sí que causaría escándalo. —Entonces se entregó con ganas a la tarea más inmediata.


—Bueno —dijo Xena con indolencia, un rato después—. ¿Qué consideran ellos ropa adecuada? —Miró a la bardo, que estaba pegada a ella tan contenta, con los ojos medio cerrados—. No me digas que son esas faldas largas.

Gabrielle soltó un gorgoteo desde el fondo de la garganta.

—Probablemente. —Suspiró y echó la cabeza hacia atrás para mirar a su compañera—. Parece que a ti no te gusta ese estilo, ¿eh?

La guerrera se encogió levemente de hombros.

—No te sienta nada bien. —Entonces sus labios se curvaron con una sonrisa—. A lo mejor deberías enviar a buscar a una delegación de amazonas como asistentes. Eso sí que sería interesante de ver.

La bardo reprimió una carcajada.

—¡Xena! —Meneó la cabeza y luego se puso seria—. No tiene gracia, la verdad. Siento que... —Se detuvo—. Que están intentando hacerme encajar aquí de nuevo.

Xena vaciló, debatiéndose entre la necesidad de responder a la tensión que notaba que volvía al cuerpo de Gabrielle y la necesidad de fingir que no conocía la causa.

—¿Tú quieres volver a encajar aquí? —preguntó por fin, con tono despreocupado y tranquilo.

Gabrielle guardó silencio un buen rato, pensando. En cierta época, habría dado lo que fuera con tal de encajar aquí. Y estuve a punto de hacerlo. Ahora...

—No creo que pueda, Xena —reconoció—. ¿Pero cómo puedo hacerle eso a Lila? No puedo... dejarla aquí. —Notó que se le encogía la garganta—. Haría cualquier cosa por ayudarla. —Entonces se dio cuenta de lo que había dicho y se le cortó la respiración. ¿Cualquier cosa? ¿Podría renunciar a esto y convertirme en una hija obediente, irme sin rechistar con este comerciante y ver a Lila feliz con alguien a quien quiere? Podría cambiar su vida. Igual que Xena ha cambiado la mía. ¿Eso es justo? Se le encogió el corazón. ¿Qué precio estoy dispuesta a pagar por mi hermana?

Sus ojos se alzaron, se posaron en los de Xena y reconoció el sutil velo de retraimiento sombrío que había tras el familiar color azul, un retraimiento que ahora identificaba como el intento instintivo de la guerra de levantar una barrera contra algo que sabía que le iba a doler. Una barrera que era fragilísima a la hora de protegerla de esta terrible vulnerabilidad a la que se había abierto voluntariamente. Era una expresión que Gabrielle vio por primera vez, sin reconocerla, la noche en que se casó con Pérdicas.

Y Gabrielle sintió un fuerte y doloroso impacto al verla, en un punto tan hondo de su interior que no lograba ver el fondo, y supo que si se trataba de elegir entre lo que su corazón abnegado anhelaba darle a Lila y lo que su alma exigía como propio, la elección ya estaba hecha.

—Es decir, casi cualquier cosa —se corrigió en voz baja, con una sonrisa fugaz, estrechando a Xena con el brazo con que rodeaba a la guerrera, y tuvo la satisfacción de ver una sonrisa como respuesta que llenaba de calor la frialdad inquieta de su mirada—. Pero tiene que haber algo que pueda hacer. —Y su expresión se hizo implorante al mirar a Xena a la cara. ¿No prometí que no iba a volver a hacer esto? ¿A depositar tantas esperanzas en ella? Para que lo arregle todo... pero yo estoy demasiado implicada en esto. No veo una salida. A lo mejor ella sí.

—Mmm... —murmuró Xena—. Podríamos llevárnosla de aquí, llevarla a Anfípolis, o con las amazonas —comentó, tanteando el terreno.

—No querrá irse sin Lennat. —La bardo suspiró, dejando asomar una sonrisa desganada—. Tampoco es que yo tenga base moral alguna para discutir con ella —reconoció, regodeándose en el bienestar cálido en el que estaba acurrucada. Sus dedos trazaron distraídos una cicatriz desvaída que tenía Xena en el tórax, una que tenía una textura desigual. Una flecha, supuso—. Y él está contratado como aprendiz para cinco años más. —Hizo una pausa—. E incluso después, no creo que quisiera marcharse de aquí. Está a gusto y su hermano lo mantiene.

—Mm —respondió Xena. ¿Cómo salimos de ésta, aparte de la manera obvia? Podría presentarme allí y... sí, por los dioses, y después de lo de anoche, menudas ganas tengo. Pero eso no resuelve el problema. Simplemente hace que yo me sienta mejor. ¿Hay alguna solución para esto sin que corra la sangre? Esos ojos que me miran... no se le ocurre una salida y confía en mí para que la encuentre. Bueno. Pues supongo que la encontraré—. A ver qué se me ocurre —añadió la guerrera, acariciando suavemente el pelo de Gabrielle, y la bardo la recompensó con una mirada de fe absoluta. Por los dioses. Ojalá fuera un cuarto de la persona que ve cuando me mira así.

—Por cierto. —Gabrielle la miró parpadeando—. ¿Por qué te enfadaste tanto anoche?

Xena sintió que se le paralizaba el cerebro.

—Mm. ¿Qué? —Maldición. Se me había olvidado. No estoy acostumbrada...—. Ah... es que entré a cepillar a Argo y me encontré a unos chicos del pueblo pinchando a Ares con un palo. —Se encogió de hombros—. Me afectó, supongo.

Gabrielle se incorporó sobre un codo, preocupada.

—¿Está bien? —En su voz se advertía la rabia—. ¿Cómo han podido hacerle eso a un cachorrito inofensivo?

—Era div...ferente. —Le tembló la voz en mitad de la palabra y volvió a oír la voz suave de Alain—. No creo que aquí vean mucho de eso. —Observó antentamente el rostro de Gabrielle—. Supongo que por eso yo no les hago mucha gracia, aparte de lo que ocurrió en el pasado —dijo con tono ecuánime—. No soy... la típica chica de pueblo.

La bardo la miró a la cara largamente y luego sonrió.

—No, no lo eres.

Xena asintió.

—Y tú tampoco, bardo mía. —Tocó la nariz de Gabrielle con la punta del dedo—. No lo olvides.

Gabrielle notó que una sonrisa tonta se apoderaba de su rostro y no pudo hacer nada para impedirlo. Cuando estaba a punto de contestar, los ojos de Xena se pusieron alerta y su cabeza se ladeó con un aire de estar a la escucha que la bardo conocía muy bien. Esperó en silencio, mientras Xena entornaba los ojos concentrándose. Vio que alzaba una ceja y que en el rostro de la guerrera aparecía una expresión vagamente risueña.

—Tu hermana viene para acá —le informó Xena—. A lo mejor te convendría...

Gabrielle soltó una risita.

—Ah, sí. —Y volvió a ponerse la túnica, captando ahora de forma muy débil el ruido de alguien que subía las escaleras. Se pasó los dedos por el pelo y se sentó en una esquina de la mesa pequeña que había en la habitación. La guerrera, tras vestirse a su vez, se quedó tumbada, con las piernas cruzadas y las manos detrás de la cabeza. Alguien llamó a la puerta con un golpe ligero e inseguro.

—Sí —contestó Xena, adoptando un tono grave y ronco.

La puerta se abrió con cuidado y Lila asomó la cabeza, mirando primero a Xena y luego a Gabrielle con algo cercano al alivio.

—Bri, tienes que venir deprisa. Quiere que vayas —dijo, un poco jadeante—. Metrus está casa y quiere verte.

La expresión de Gabrielle se hizo cauta.

—¿Por qué? —preguntó, cruzándose de brazos.

Lila abrió la puerta del todo y entró en la habitación, fue hasta Gabrielle y la agarró del brazo.

—Escucha... no hagas que se enfade, Bri. No me ha explicado por qué, sólo me ha enviado a buscarte. —Lanzó una mirada a Xena y luego volvió a concentrarse en su hermana—. Estaba vociferando y hoy ha empezado a darle a la cerveza un poco temprano. Así que, por el amor de los dioses, ve de una vez.

Gabrielle notó que se le acaloraba la cara y era consciente de la intensa mirada de Xena por el rabillo del ojo.

—Está bien —replicó y se bajó de la mesa y, cuando apenas había avanzado un paso hacia la puerta, algo les bloqueó el paso a Lila y a ella.

Lila parpadeó, pues ni había visto a Xena pasar de su postura relajada en la cama a aparecer plantada como ahora, delante de ellas, con una mano en alto para detenerlas.

—Un momento. —Miró directamente a Gabrielle—. No suena muy amable.

La bardo avanzó, alzando su propia mano para tocar la de Xena.

—No pasa nada. Es que... se pone un poco... —Bajó la mirada al suelo y luego volvió a levantarla—. Ya sabes. —Recordó de repente la última conversación que había tenido con Xena sobre ese tema precisamente. Ah, vamos, Xena, ¿no puedes soltarte la melena por una vez? Animándola a sobrepasar los límites que se había impuesto a sí misma. No, replicó la guerrera, con la misma mirada directa que ahora. Piensa en lo que soy, Gabrielle. Piénsalo bien. Ahora, ¿de verdad quieres que eso se descontrole? Eso la detuvo en seco. Y Xena vio que la comprensión se apoderaba de su rostro. Exacto. Cuanto más fuerte eres, más responsable tienes que ser. No es divertido, Gabrielle. No soy amable cuando me emborracho. Podría morir gente. Algunos ya lo han hecho. Y la bardo le pidió disculpas en voz baja y reflexionó sobre lo que le había pedido. Y luego, durante largo rato, estuvo pensando en por qué se lo había pedido.

—¿Hay algún problema? —preguntó Xena, en voz baja.

Lila se agitó.

—Lo habrá si no se da prisa —dijo, con tono apremiante—. Madre la está buscando por el resto del pueblo. Yo he venido directa aquí. —Lanzó una mirada inquieta a Xena—. Por favor...

Xena no le hizo ni caso.

—¿Hay algún problema? —preguntó de nuevo, bajando un poco más la voz y acercándose más a la bardo.

Gabrielle suspiró.

—No lo sé. No creo. Todo debería ir bien. Seguro que sólo quiere lucir la... —Hizo una leve mueca—. La mercancía. —Notó el temblor de rabia que sacudía el cuerpo de Xena a través de sus dedos en contacto—. No pasará nada.

La larga y penetrante mirada de esos ojos azules la dejó algo temblorosa e intentó con todas sus fuerzas tranquilizar su mente y no dejar que la idea de enfrentarse a su padre, en esa casa, con una buena dosis de cerveza en el cuerpo, y a su posible marido le produjera un miedo muy irracional e infantil.

Le entraron unas ganas casi abrumadoras de dejarse caer de nuevo en ese sitio cálido y contarle a Xena... todo. Y mirarla y decir: No quiero que siga haciéndome daño. Porque sabía que eso era lo único que haría falta y sería tan fácil... y por un mero instante, le temblaron las palabras en los labios. Pero entonces la vieja culpabilidad acalló su voz y se sintió incapaz de traicionarlo. Incluso ante alguien que compartía su alma.

Tiene miedo. Xena lo captó sin intentarlo siquiera. Y está tratando de que yo no me dé cuenta. Supongo que le seguiré la corriente por ahora, y confío y espero que si de verdad ocurre algo, pueda llegar a tiempo de intervenir antes de que ocurra demasiado.

—Está bien —respondió Xena a regañadientes, al tiempo que se echaba hacia atrás y se apartaba—. Pero...

—Lo sé —confirmó Gabrielle—. Lo sé. —Salió por la puerta detrás de Lila y bajó las escaleras, volviendo la mirada cuando llegó al rellano, y vio la cara tensa de preocupación de la guerrera. Le dio un poco de calor en medio del frío que se había apoderado de su pecho y logró saludarla agitando levemente la mano mientras terminaban de bajar las escaleras para dirigirse a la puerta de la posada.

Lila miraba nerviosa de un lado a otro mientras caminaban.

—Tenemos que darnos prisa. —Luego lanzó una mirada a Gabrielle—. No le has contado nada de... él. De nosotras. Lo que sea. ¿Verdad?

La bardo hizo un gesto negativo con la cabeza.

—No.

—¿Por qué? —preguntó Lila con curiosidad—. Se supone que es amiga tuya. Menuda amiga, si no puedes contarle algo que te angustia tanto. Hasta yo me doy cuenta, Bri.

Gabrielle se paró en medio de la calle y agarró a su hermana del brazo, deteniéndola de un tirón.

—Escúchame bien —dijo, con la voz ronca de rabia—. Puedo contarle lo que sea. Lo que sea, Lila. Cosas que no podría contarte a ti, ni a madre, ni a nadie más, a ella se las he contado. —Una pausa—. Pero esto no puedo contárselo.

Lila se quedó mirándola.

—¿Por lo que pensaría?

La bardo cerró los ojos y soltó aliento con fuerza.

—Por lo que haría.

—Tenía entendido que ya no hacía esas cosas. ¿No es eso lo que me dijiste, Bri? —contraatacó Lila—. ¿O es sólo lo que a ti te gustaría creer?

Gabrielle la miró a los ojos.

—No, no lo es, y efectivamente, ya no lo hace. Pero esto es distinto. —Echó a andar de nuevo—. Porque se trata de mí.

Lila guardó silencio y adaptó su paso al de ella mientras subían por el camino que llevaba a la granja. Se detuvieron en la puerta y Gabrielle le puso una mano en el brazo a Lila.

—Tú no tienes por qué entrar —dijo en voz baja—. No tiene sentido que las dos pasemos por esto.

Lila la miró, asustada.

—Por favor, ten cuidado, Bri —susurró—. ¿Por favor? Hoy está fatal.

La bardo irguió los hombros y asintió.

—Lo tendré. —Y posó la mano sobre el cerrojo para abrir la puerta y lo echó a un lado.

Herodoto levantó la mirada cuando se abrió la puerta y dejó de golpe la copa en la mesa.

—¡Ya era hora! —gruñó—. ¿Dónde Hades te habías metido? —Esperó a que Gabrielle se volviera y cerrara la puerta y luego se volviera de nuevo hacia él. No contestó—. Ven, ha venido a verte tu futuro marido. —Indicó con la mano a una figura repantingada en la silla frente a él.

Metrus, como recordó Gabrielle de repente, siempre le había recordado a un animal de granja. Su estatura era superior a la media y era muy rechoncho. Llevaba el pelo, de un tono pajizo desvaído, muy corto, lo cual acentuaba la forma cuadrada de su cabeza y su rostro.

Gabrielle cruzó la estancia y se detuvo fuera del alcance de su padre, mirándolos a los dos. Sintió que ese miedo antiguo crecía en su interior y respiró hondo varias veces para calmarse, intentando ahuyentar el pánico de su mente. Y del vínculo que tenía con Xena. Sus ojos se encontraron con los de Metrus, que le sonrió con indolencia.

—Vaya, vaya. La pequeña Bri. Deja que te vea. —Se echó hacia delante y la miró—. Nada mal, pero que nada mal, Herodoto. Creo que me la quedaría aunque no se le dieran bien las historias. —Se echó a reír mirando a la bardo—. Tú y yo nos vamos a conocer muy bien, niña.

Dioses, dadme fuerzas para hacer esto, rezó mentalmente a toda prisa.

—Metrus. Hacía tiempo que no te veía. —Respiró hondo—. Y es una lástima, pero no voy a poder cumplir el contrato que tiene mi padre contigo. —Oyó la tos atragantada de Herodoto.

—No digas tonterías, niña. No es decisión tuya. Es mía —dijo su padre, farfullando un poco—. ¿O es que has olvidado la ley?

—No —respondió apagadamente. Y le citó la ley que le otorgaba jurisdicción sobre ella.

—De tus propios labios —dijo Metrus, encantado—. Y qué labios tan bonitos son. —Se echó a reír y se levantó, rodeó la mesa y se acercó a ella. Le sujetó la mandíbula con la mano y le volvió la cara de un lado a otro—. Una preciosidad, Herodoto. No pensé que fueras capaz. ¿Estás seguro de que es tuya?

Su padre soltó una risotada desagradable.

—Oh, sí. Estoy seguro. —Bebió un gran trago de cerveza y bajó la copa de golpe—. ¡Hécuba! ¡Más cerveza!

Tranquila, Gabrielle. Tranquila. Puedes hacerlo. Puedes con esto. Xena ha dicho que puedes. Y ella es la autoridad máxima al respecto.

—Existe otra ley que puedo citar que me exime de esta... obligación —dijo con tono apagado, pero frío. Y la citó.

Y los dos hombres se quedaron en silencio.

—¿Cómo que un poder soberano? ¿Es que alguien ha muerto y te ha hecho reina? —Metrus estalló en carcajadas, por fin.

—Pues sí, la reina Melosa de las amazonas, de hecho. —La declaración de Gabrielle cayó en otro frío silencio—. Así que lo siento, pero no. No puedo seguir adelante con esto. Tengo otras obligaciones. —Y vio los ojos horrorizados de su madre al otro lado de la habitación.

Metrus se echó hacia atrás y se quedó mirándola.

—¿Dices que eres reina de las amazonas? —Alzó las cejas y sus labios esbozaron una ligera sonrisa.

—No —respondió Gabrielle—. Lo dicen ellas. —Sintió que se le aceleraba el corazón cuando su padre echó la silla hacia atrás y se levantó. Sintió la sensación enervante del aire frío al acariciarle el cuello y se le erizó el pelo de la nuca como respuesta a una amenaza que no se veía ni se oía.

—Es culpa suya —dijo Herodoto con dificultad—. De esa maldita mujer antinatural. —De repente, se lanzó hacia delante y golpeó a Gabrielle en la cara con los nudillos de la mano izquierda.

Ella lo había visto venir, le había indicado su intención de un modo que ahora era capaz de interpretar sin dificultad, pero el cuerpo se le quedó paralizado y se negó a apartarse. En cambio, empezó a meterse hacia dentro, a encerrarse, para no estar ahí. Como en otra época. En otro tiempo, cuando ésa era la única manera que tenía de superar estos incidentes. Era consciente de que la estaba levantando y golpeando en el estómago, ese viejo truco para que no se vieran las marcas. Una vez, y otra, y ahora la tiró contra la pared y ella cayó al suelo, sin resistirse, esforzándose aún por no estar ahí. Por hacerse pequeña, y a lo mejor, si se hacía lo bastante pequeña, se olvidaría de ella y pasaría a otra cosa.

Y entonces su mano se deslizó a un lado y se posó sobre un trozo de madera redondo. Una firmeza lisa que su cuerpo conocía, aunque su mente le estuviera diciendo que no se moviera, que no rechistara. Que no estuviera ahí. Oyó sus pasos y supo que lo siguiente sería una patada. Quería quedarse allí tumbada. En serio, lo quería... pero su cuerpo la traicionó y cobró vida de repente, como si lo animara un espíritu que no era el suyo.

Él se acercó a trompicones, buscando un blanco, y cuando lo tuvo casi encima, se levantó del suelo y le golpeó la cabeza con la vara, con un crujido que resonó por la pequeña estancia. Y él se desplomó con estrépito y entonces ella volvió a su ser y se quedó mirando la vara como si nunca la hubiera visto.

Metrus se apartó de ella y alzó las manos.

—Está bien, bonita. Tranquilízate.

Gabrielle tomó aliento jadeante y se apoyó en la pared, temblando. Su madre se adelantó corriendo y se arrodilló al lado de su marido, tocándole la cabeza con cuidado. Entonces se volvió y miró a su hija.

Fue demasiado. Soltó la vara y fue tropezando hasta la puerta, consiguió abrir el cerrojo y bajó al camino, aunque las piernas apenas lograban sostenerla. Cuando apenas había dado diez pasos, se chocó con alguien que se movía a toda velocidad, alguien a quien su cuerpo reconoció y con el que se fundió con un alivio total.

—Oh, dioses —soltó con un susurro ronco—. Creo que lo he matado.

Xena se quedó paralizada y notó que se le aceleraba el corazón. Dioses, no... Levantó la mirada al oír que Lila llegaba a la carrera, con la cara blanca como una sábana. Si lo ha hecho, será mejor que lo averigüe ahora.

—Gabrielle —dijo suavemente, agarrándola por los hombros—. Quédate aquí un momento. Siéntate. —La bardo se dejó llevar hasta una peña que había al borde del camino y se sentó allí, muda de horror—. Lila, quédate con ella —dijo la guerrera roncamente—. Ahora mismo vuelvo.

Lila asintió y puso una mano sobre el hombro de Gabrielle. La bardo ni siquiera levantó la vista y siquió contemplando el vacío.

—¿Bri? —dijo la mujer morena suavemente—. ¿Bri? ¿Qué ha pasado? —No hubo respuesta.

Xena subió a largas zancadas por el camino y abrió la puerta de un tirón, pasando al interior. Metrus se colocó delante de ella, con los brazos extendidos, pero lo apartó con impaciencia de un empujón.

—Quita —le gruñó y luego se arrodilló junto a la figura tirada en el suelo, sin hacer caso de las frenéticas protestas de Hécuba. Examinó al hombre y advirtió que aún respiraba, aunque con un poco de dificultad.

Le puso los dedos en el punto del pulso y notó unos latidos firmes, si bien algo acelerados. Le colocó la cabeza de lado y examinó la herida sangrante, donde la vara lo había golpeado con fuerza suficiente para romper la piel del cráneo. Palpó suavemente con dedos conocedores y notó sólo un leve hundimiento del hueso que había debajo. Y sintió una acometida de alivio tan intensa que casi se mareó. Miró a Hécuba, que se había quedado sin protestas.

—Es una ligera fractura —dijo, con tono tranquilo y seguro—. Si lo acuestas, mantenle la cabeza en alto y que no se agite. Seguro que se recupera.

Hécuba se quedó mirándola largamente estrechando los ojos.

—¿Eres sanadora? —preguntó por fin, con tono incrédulo.

Xena se levantó y de repente se sintió muy harta de este lugar y de esta gente.

—Sí. Me viene bien, dado mi trabajo. —Se volvió hacia la puerta, pero Metrus la detuvo en seco—. Quita de en medio —le gruñó.

—Espera un momento, Xena —protestó Metrus—. Tenemos que dar aviso al alguacil. Yo soy testigo... la chica se ha puesto como loca y lo ha atacado. —Se le puso cara de satisfacción—. No podemos permitir que una persona así de... inestable... ande por ahí suelta, seguro que lo comprendes.

La guerrera se dejó arrebatar por una ola de frío gélido.

—He visto las marcas que tiene en la cara, Metrus.

—Bueno —ronroneó el comerciante—. Aquí todo el mundo dirá otra cosa. —Sonrió—. Y si está loca, no tiene derechos... pero yo estoy dispuesto a hacerme cargo de la pobrecilla... —Su voz se ahogó de golpe por una mano que lo agarró de la garganta y le cortó la respiración, al tiempo que lo levantaba por el aire y lo estampaba contra el suelo.

—Ah, no —dijo una voz grave y ronca—. Ni mucho menos, Metrus. —Xena apretó más y se arrodilló sobre su pecho—. Verás, Gabrielle... es buena persona. Incluso provocada por alguien que quería hacerle daño, no ha sido capaz de darle un golpe mortal. Ni por asomo. Físicamente, es capaz de ello, ¿pero mentalmente...? No. Gabrielle no.

Al hombre se le estaba poniendo la cara morada y tenía los ojos desorbitados.

—Pero yo sí, Metrus. La verdad es que yo no soy buena persona. Y para proteger a Gabrielle, soy capaz de hacer prácticamente cualquier cosa. —Su voz se convirtió en un ronroneo ronco—. Podría matarte con tal facilidad... —Volvió a apretar la mano y él empezó a ahogarse. Se inclinó más sobre él—. Ése tiene suerte de que fuera ella la que tenía la vara y no yo. Tiene suerte de que yo no haya visto cómo la golpeaba, porque si no, estaríais recogiendo sus pedazos por toda la habitación.

Entonces aflojó un poco la mano y le permitió aspirar aire unas cuantas veces entrecortadamente.

—Así que piénsatelo muy bien antes de seguir por ese camino, amigo. Cerciórate de que comprendes las consecuencias que eso tendría. —Una pausa—. ¿Me entiendes?

Metrus se quedó mirándola, intentando permanecer totalmente inmóvil. Ella seguía con la mano tensa alrededor de su cuello, oprimiéndole el pecho con su peso, y cuando la miró a los ojos, no le cupo duda alguna de que una sola palabra equivocada, un solo gesto equivocado por su parte sería lo último que haría en su vida. De modo que ésta era la Xena de las leyendas. No estaba tan enterrada, después de todo.

—Sí —graznó.

—Bien —replicó Xena suavemente, y lo soltó. Y al levantarse y volverse, se encontró con los ojos de Hécuba y en ellos descubrió una inesperada calidez. Se quedaron mirándose largos instantes. Y entonces:

—Mantenle la cabeza en alto —le aconsejó Xena, tras lo cual se dirigió hacia la puerta, deteniéndose sólo para recoger la vara tirada de Gabrielle y llevársela consigo.

El sol bajo de la tarde la deslumbró un momento y cuando se le despejó la vista, distinguió a Lila, claramente agitada, que tenía agarrada a Gabrielle por los hombros y la zarandeaba. Entonces los ojos de Xena se posaron sobre la figura inmóvil sentada en la roca y se olvidó de todo lo demás. Había visto a Gabrielle con toda clase de humores, presa de numerosas emociones, tanto buenas como malas, pero nunca había visto así a la bardo. Había una expresión terrible de horror vacío en sus ojos, una expresión perdida que golpeó a Xena de lleno en el estómago e hizo que se le cayera el alma a los pies.

Porque esa expresión ya la había visto en otras ocasiones. En las aldeas que su ejército había arrasado. En los ojos de los supervivientes que habían perdido parte de su humanidad por su culpa. Recorrió los últimos metros medio aturdida, sin oír la pregunta repetida de Lila, consciente tan sólo de esos mortecinos ojos verdes que no se posaban en los suyos.

Xena se arrodilló y con mucho cuidado cubrió las manos apretadas de Gabrielle con las suyas. Y esperó. Hasta que la cabeza rubia se alzó mínimamente y, como de muy lejos, apareció una chispa diminuta que parecía reconocer el rostro impasible que la miraba.

—Gabrielle —dijo, suavemente, al ver aquello—. No pasa nada. Se pondrá bien.

Gabrielle había seguido sin estar ahí todo el tiempo que Xena había estado lejos de ella, hundiéndose cada vez más dentro de sí misma, tanto para escapar del dolor que le machacaba la cabeza como para huir del vívido recuerdo de lo que había sentido cuando su vara golpeó a su padre en la cabeza. Lila la había zarandeado y le había hablado, pero su mente se negaba a oír las palabras o a reaccionar al zarandeo. Simplemente... no estaba ahí. Era más apacible. Más fácil simplemente... ser.

Pero ahora, había unas manos encima de las suyas, un tacto que reconocía, y sentía un tirón cálido contra el que sus desesperados intentos de escapar no surtían efecto. Era una cuerda salvavidas y, por mucho que intentara no hacer caso, la cuerda se enrolló alrededor de su alma y la atrajo de nuevo al aquí y ahora, donde unos conocidos ojos azules esperaban para reunirse con los suyos. Entonces las palabras hicieron mella en su entendimiento y Gabrielle sintió que se le quitaba de encima una losa que la había estado aplastando.

—¿No he...? —Su voz sonaba ronca, incluso para ella misma.

—No —fue la tranquila respuesta, acompañada de una sonrisa, una sonrisa que se metió dentro de ella y le capturó el corazón y la apartó aún más del entumecimiento que amenazaba con apoderarse de nuevo de ella—. Le va a doler mucho la cabeza durante unos días, pero eso es todo. —Xena hizo una pausa—. Te lo prometo.

Gabrielle dejó caer la cabeza y posó la vista en el suelo, dejándose arrastrar por una ola de alivio intranquilo. Todavía se sentía a punto de desmoronarse, pero notaba que se estaba calmando y enfrentándose al presente. No muy bien, pensó, pero era un comienzo. Levantó los ojos y se encontró con los de Xena, llenos de una intensa preocupación.

—Gracias. —Incluso consiguió amagar apenas una sonrisa, que le fue correspondida de inmediato.

Xena le soltó las manos y echó la cabeza de la bardo a un lado con delicadeza, examinándole la cara.

—Hay que ponerte unos paños fríos ahí —comentó, reprimiendo la rabia hirviente que no paraba de amenazar con lanzarla de nuevo por ese camino para entrar en la casa, aunque el hombre estuviera inconsciente—. Vamos. —Se levantó y le ofreció la mano a Gabrielle, quien la cogió y dejó que la guerrera la pusiera en pie.

—Lila... —dijo la bardo, volviendo la cabeza—. ¿Podrías...?

Su hermana asintió despacio.

—Te llevo tus cosas. —Sin preguntas, sin comentarios, así sin más.

—Le dije... —Gabrielle tomó aliento y notó que Xena le estrechaba la mano—. Le dije que no me iba a ir con Metrus. Le dije por qué no tenía obligación de hacerlo. —Dirigió una mirada atormentada a Xena—. Dijo... te echó a ti la culpa. —Un largo silencio—. Y entonces... —Dejó de hablar y se quedó mirando el vacío—. No sé qué me pasó —continuó por fin, con tono apagado y desconcertado—. Sólo intentaba... escapar. Y entonces... —Sus ojos se posaron en la vara que estaba tirada en el suelo donde la había dejado Xena—. Supongo que me caí encima de eso... y de repente la tenía en las manos... y... —Se calló de nuevo y esta vez no continuó.

—Y entonces hiciste lo que tu cuerpo está entrenado para hacer cuando alguien lo ataca —dijo Xena, con tono pragmático.

—No... no... no era eso... él no estaba... —La bardo dudó y entonces se volvió a callar.

—Vamos —suspiró Xena, pasando la mano al hombro de Gabrielle. Miró a Lila, que tenía la vista clavada en el suelo—. A tu madre seguro que le vendría bien ver una cara amiga —dijo, en voz baja—. Yo me ocupo de tu hermana.

Lila la miró, por una vez sin rencor. En sus oscuros ojos garzos sólo había cansancio.

—Lo sé —contestó con tono apagado—. Más tarde os llevo sus cosas. —Inclinó levemente la cabeza, luego se dio la vuelta y subió despacio por el camino hacia la granja.

Xena dejó la mano apoyada en la espalda de Gabrielle durante el silencioso trayecto de vuelta a la posada, manteniendo el contacto con la bardo, cuyo rostro había adoptado una expresión impasible. No hicieron caso de las miradas de la gente que almorzaba en la posada, subieron las escaleras y cerraron la puerta de la pequeña habitación al pasar.

Una vez dentro, Xena dejó la vara que aún llevaba apoyada en la pared y se quedó mirando con ojos preocupados a Gabrielle, que bajó la mirada al recibir el saludo entusiasta del encantado Ares. La bardo se agachó despacio, cogió al lobezno, lo acunó entre sus brazos y hundió la cara en su pelo suave.

—¿Ruu? —gorjeó él, mordisqueándole la oreja que tenía a tiro.

—Oh, Ares... —susurró ella entrecortadamente—. Con lo dulce y cariñoso que eres... ¿cómo ha podido alguien hacerte daño?

A Xena se le cortó el aliento. Maldición... ¿qué le digo? ¿Qué podría decir nadie? Esto no es... una de las muchas cosas que sé hacer y me siento perdida.

—¿Gabrielle? —dijo por fin, titubeando. La bardo la miró con ojos ensombrecidos—. Mm... deja que te vea ese arañazo. —Hurgó en una alforja en busca de su botiquín, consciente de que Gabrielle se había acercado y ahora estaba parada junto a su hombro. Levantó la vista hacia la bardo y trató de sonreírle tranquilizadora.

—Te lo tendría que haber contado —murmuró Gabrielle, con ojos torturados—. Tendría que... quería hacerlo... oh, dioses... —Se le doblaron las rodillas y Xena la agarró, acunándola y deslizándose por la pared hasta que las dos acabaron en el suelo y la guerrera abrazó estrechamente a su compañera, cuyo cuerpo se estremecía presa de sollozos incontrolables e histéricos.

Xena cerró los ojos y aguantó. Maldición... ¿qué hago? Vale... vale... cálmate, Xena. Vas a poner las cosas peor. Respira y relájate, respira... eso es...

—Te tengo —susurró—. Gabrielle, tranquila. Te tengo.

Por fin el llanto de la bardo se fue calmando y cerró los ojos y se quedó tranquila en brazos de Xena. Seguro que la he medio matado del susto, pensó vagamente la mente cansada de Gabrielle. Odia esta clase de cosas... pero me hacía falta... y no podía acudir a nadie más. Ni querría, a decir verdad. No puedo creer que haya sido capaz de hacerle eso, a él. Miró a Xena a la cara, iluminada a medias por el sol de la tarde que entraba por el ventanuco.

—Te he mojado toda —dijo, con una mueca por la ronquera de su voz.

Xena la miró y sonrió levemente.

—No pasa nada —comentó, al tiempo que soltaba una mano y hurgaba en su botiquín, que se había caído cuando agarró a la bardo. Sacó un trapo de lino y le secó con cuidado las lágrimas de la cara—. ¿Mejor? —preguntó, y sonrió más a Gabrielle cuando la bardo asintió.

—Sí. —Gabrielle carraspeó—. Ay.

La guerrera sintió una acometida de alivio. Gabrielle estaba muy alterada, sí, pero esa expresión de horror tenso y distante había desaparecido y parecía más en su ser.

—Aguanta —contestó y alargó la mano hacia la pequeña chimenea, puso la olla de agua a calentar, luego sacó un par de frasquitos de su botiquín y agarró una taza de la mesa situada por encima de su morena cabeza.

Gabrielle observaba distraída, demasiado cansada para moverse o hablar, mientras Xena mezclaba eficazmente los ingredientes en la taza y los cubría con el agua ya caliente. Un agradable y vaporoso aroma se elevó de la taza y la bardo sonrió.

—Mmm... tus remedios deberían oler así más a menudo —bromeó suavemente mientras la guerrera le pasaba la taza con una sonrisa. Metió casi la nariz en el líquido y dejó que el dulce aroma a menta le invadiera los pulmones—. ¿De verdad es bueno para mí? No me lo puedo creer. —Miró rápidamente a Xena, que se limitó a asentir. Bebió un sorbito, lo dejó caer por la garganta dolorida con placer y luego volvió a apoyar la cabeza en el pecho de la guerrera—. Es maravilloso —suspiró.

—Para que te mejore la cabeza —replicó Xena, apartándole delicadamente el pelo de los ojos—. Y... he pensado que también te vendrían bien unos mimos por dentro.

Gabrielle se sonrió y bebió un gran sorbo de su taza.

—Tienes razón —reconoció—. Y también sobre lo de que me duele la cabeza. —Apoyó la cabeza en el brazo de Xena y se puso seria de nuevo—. Lo siento.

Xena arrugó en entrecejo.

—¿El qué?

La bardo cerró los ojos y se encogió de hombros.

—Esto... todo. Arrastrarte hasta aquí. —Abrió los ojos parpadeando y miró por la ventana—. Sé que odias esta clase de cosas. Tendría que haberte convencido para que fueras a la fiesta.

—Gabrielle. —El tono de Xena, frío y directo, detuvo el discurso inconexo de la bardo—. Corta ese rollo, ahora mismo.

Gabrielle se paró en seco y la miró sorprendida.

—No, en serio... creo que...

—Basta —fue la firme respuesta—. Lo digo en serio. No hay otro lugar donde quiera estar en estos momentos más que éste. —Clavó en Gabrielle su mirada más intensa—. No te vas a disculpar por esto. No ha sido culpa tuya. Nada de todo ello. Tú no has hecho nada para que ocurra esto, ¿está claro?

—Algo debo de haber hecho —fue la lúgubre respuesta. Tenía los ojos desenfocados—. Siempre intentaba averiguar qué era lo que había hecho... para no volver a hacerlo. Con el tiempo, perdí la cuenta. —Se le quebró la voz—. Había tantas razones... —Levantó la mirada y vio la expresión angustiada de Xena. Notó la rabia rebosante que bullía bajo la superficie, rabia que no era contra ella, sino por ella.

Mi protectora... Sintió un calor que le empezó en la boca del estómago y se fue extendiendo hacia fuera. ¿Es consciente de la sensación tan maravillosa que es en estos momentos? No... seguro que no... a lo mejor ya va siendo hora de decírselo... y de decirle por qué esta aldeana tan irritantemente terca se pegó a ella como una garrapata para seguirla por media Grecia.

—Xena...

—¿Sí? —fue la respuesta levemente ronca.

Gabrielle tomó una profunda bocanada de aire.

—¿Tú siempre has querido ser guerrera?

Xena la miró sorprendida un momento.

—Sí. Creo que sí. —Se rió un poco por lo bajo—. Liceus y yo... jugábamos con palos como si fueran espadas y hacíamos como que librábamos batallas desde que tengo uso de memoria.

La bardo asintió despacio.

—Eso pensaba. ¿A tu madre le gustaba?

La guerrera se lo pensó un momento.

—Bueno, estoy segura de que habría preferido que me dedicara a un oficio más apacible, pero nunca me dijo que no podía hacerlo.

—¿Alguna vez te lo dijo alguien? —insistió Gabrielle, satisfaciendo de paso una curiosidad que sentía desde hacía mucho tiempo.

—No —fue la previsible respuesta—. No, nunca. Mm... bueno, una persona lo intentó. Una vez.

—¿Y?

—Que le di una paliza. —La respuesta abochornada de Xena hizo reír a la bardo.

Gabrielle suspiró.

—¿Qué habrías hecho si alguien... a quien quisieras... hubiera intentado impedir que fueras guerrera? —Ahora su mirada era seria y al levantarla, vio que la de Xena también lo era, pues había entendido por dónde iba la conversación.

Xena dudó largo rato antes de contestar, porque sabía dónde quería ir a parar Gabrielle y porque su respuesta revelaría mucho sobre su forma de ser.

—¿Qué habría hecho? —Una pausa, porque se detuvo a mirar en su interior, y dio una respuesta sincera—. No lo habría dejado. Forma parte de mí de tal manera... que no lo habría dejado. Me habría opuesto.

—Eso es lo que pensaba —contestó la bardo suavemente—. Porque es una de las cosas que más quiero de ti. Nunca lo dejas. —Sonrió a su compañera con dulzura—. Siempre me dices cómo te inspiro para hacer las cosas... Me pregunto si te das cuenta de hasta qué punto es mutuo.

Observó el rostro de Xena, vio su expresión de sorpresa y su mente de bardo se puso de inmediato a buscar formas de describir ese momento, de describir el sol dorado que iluminaba la mitad de su perfil y dejaba la otra mitad en sombra, salvo por el brillo reluciente de sus ojos.

—Yo siempre he sido capaz de inventarme historias —empezó, apartando los ojos de los de Xena y posándolos en la cabeza peluda de Ares, acurrucado junto al muslo de Xena—. Me encantaba hacerlo... y se las contaba a todo el mundo. Incluso las que eran una tontería.

Apoyó la cabeza sobre el hombro de la guerrera silenciosa.

—Mis primeros recuerdos de mi padre eran... Me sentaba sobre su rodilla para hacerme botar, cuando era muy pequeña. Iba a los sitios con él. —Miró a Xena—. Él era mi mundo.

Un largo silencio esta vez, mientras volvía a armarse de valor.

—No sé cuándo cambió aquello... pero fue como si un día simplemente... —Cerró los ojos—. Se enfadó. Y se quedó así. —Respiró hondo—. A lo mejor sólo era la cerveza, a lo mejor era... que en realidad quería un hijo. No lo sé. —Se frotó los ojos—. Cuando me quedaba con mis tíos, era estupendo. Podía jugar por todas partes, ya sabes, y contar historias y ser... normal, supongo. —Tragó con dificultad. Y casi perdió la serenidad cuando Xena se echó hacia delante y la besó suavemente en la frente.

—No tienes que... —empezó a decir la guerrera, pero se detuvo cuando Gabrielle le posó ligeramente los dedos en los labios.

—Sí... tengo que hacerlo. Quiero que lo sepas. —Sonrió sin ganas—. En casa, era otra cosa. No le gustaba que contara historias, decía que era un juego estúpido y... —Hizo una pausa—. Y con el tiempo, cuando me pillaba, me... —Un largo silencio—. Hacía algo para convencerme de que no lo volviera a hacer. —Se le cortó el aliento—. Recuerdo la primera vez que lo hizo... yo... yo... —Se le apagó la voz y se quedó inmóvil, tragando e intentando no venirse abajo. Entonces los brazos de Xena la ciñeron con fuerza, llenándola de una sensación de seguridad que le permitió recuperar la serenidad después de tomar aliento estremecida varias veces.

—Bueno, el caso es —prosiguió por fin—, que al cabo de un tiempo, me resultó mucho más fácil... olvidarme de las historias. Me dolía demasiado... y me tenían muy ocupada, convirtiéndome en la aldeana modelo, lista para el matrimonio. —Sus ojos se encontraron con los de Xena y leyeron en ellos la mezcla de tristeza y dolor y rabia absoluta—. Me sentía como si me estuvieran embutiendo en una caja. Y no tenía forma de salir. Cada ejemplo que recibía era para ilustrar su manera de hacer las cosas. La chicas no pueden ser bardos. Las chicas no pueden ser fuertes. Sólo podía quedarme ahí sentada, en silencio, haciendo las tareas que debía hacer. —Se le puso la voz un poco ronca—. Y lo hacía. Porque no veía otra posibilidad. Pero sufría. —Cerró los ojos un momento—. Y me sentía tan... perdida.

Bebió un sorbo de la infusión ya fría de su taza.

—Y entonces, un día, bajé al río con mi hermana y las demás chicas del pueblo para recoger agua. —Se le empezó a formar una leve sonrisa en la cara—. Nos detuvieron unos tratantes de esclavos. Recuerdo que pensé: "Oye, Gabrielle, fíjate. Éste es el momento en que, en una de tus historias, aparece el héroe y nos salva". —Bajó la voz—. Pero yo sabía que en la vida real no había héroes y que no me iban a salvar y... no sé si me habría importado. —Se quedó mirando por la ventana, recordando aquel día, que había empezado mal, con una paliza después del desayuno, cuando rompió un plato ante sus ojos críticos, y que fue a peor, cuando las atacaron los tratantes.

Entonces su sonrisa se hizo más amplia, al tiempo que echaba la cabeza hacia atrás y miraba a Xena, cuyo rostro estaba ahora casi totalmente envuelto en sombras. Salvo los ojos, que reflejaban los tenues destellos del sol.

—Entonces me llevé la sorpresa de mi vida. —Meneó la cabeza—. Apareció una heroína que nos salvó. Igualito que en una historia. Y no sólo eras una heroína, sino que hiciste añicos todas las normas que me habían enseñado sobre lo que es la gente y lo que se puede ser. Xena, ahí estabas plantada, sin armas, sin miedo, y machacaste a aquellos soldados como si no fueran nada. Eras más fuerte que ellos y más inteligente que ellos y, lo que es más, te daba igual quién lo supiera. —Cerró los ojos y dio una palmadita a la guerrera en la tripa—. Ese día cambiaste todo mi mundo.

Xena seguía en silencio, escuchando, observando, adquiriendo un punto de vista sobre Gabrielle que nunca se había esperado. Una explicación, por fin, de por qué se había marchado de casa, dejado a su familia, abandonado todo lo que conocía para seguir a una ex señora de la guerra medio loca y adentrarse en la intemperie, directa a las penalidades y a una probable muerte prematura.

—Decidí, en ese mismo momento, que ésta era mi única oportunidad. Te iba a seguir, tanto si querías como si no, hasta donde tuviera que llegar porque tenía esta única posibilidad de ser más de lo que Potedaia me iba a permitir ser —continuó Gabrielle, tomando aliento de nuevo—. Y eso hice. Y rezaba todas las noches a los dioses para que no me enviaras de vuelta antes de que hubiera aprendido lo suficiente de ti para poder valerme por mí misma. —Sonrió levemente—. Entonces, un día, me di cuenta de que había empezado a rezar para que no me enviaras de vuelta en cualquier caso, porque... no quería dejarte.

Se miraron en momentáneo silencio.

—Entonces pensé que eso era muy egoísta por mi parte. Y traté... de volver a casa... porque pensaba que debías de estar harta de mí —continuó Gabrielle, mirando hacia la ventana—. Y porque no creía que... bueno, da igual.

—No me soprendió en absoluto que te marcharas —intervino Xena por primera vez desde hacía mucho rato—. Sólo que no me esperaba para nada que fueras a volver. Yo... nunca comprendí muy bien por qué lo hiciste... bueno, tardé mucho. Pensaba que había sitios mucho mejores en los que podías estar, en lugar de estar conmigo. —Había una dulce tristeza en sus ojos que conmovió a Gabrielle profundamente.

—Sé que eso pensabas —susurró la bardo—. Pero entonces, durante mi noche de bodas, me quedé tumbada en la oscuridad. Pérdicas estaba dormido, pero yo no podía... sólo podía pensar en ti y en lo que había visto en tus ojos cuando nos dijimos adiós. —Levantó la vista—. Porque era un adiós, ¿verdad? Nunca te habría vuelto a ver, ¿no?

Xena tomó aire una vez, y luego otra. Y tragó saliva.

—Habría sido un adiós. Yo... Gabrielle, lo que te dije, lo dije en serio, pero es que... no podía. —Ya tenías mi corazon, amiga mía, y la idea de perder tu amistad hizo que esa noche fuera la peor que había pasado desde hacía mucho tiempo. Sólo que la noche siguiente fue peor, cuando pensé que había perdido tu alma por Calisto después de todo lo demás.

—Lo sabía —respondió Gabrielle—. Lo noté... y eso me causó tal dolor que casi no podía respirar. —Suspiró—. Pero tenía la esperanza de que, al hacer eso, podría hacer por madre y por Lila lo que tú habías hecho por mí. Marcar una diferencia. —Meneó la cabeza—. Pero no habría sido así. No estaba preparada para eso, Xena. No tengo tu fuerza.

Apuró la taza casi vacía y se quedó mirándola.

—No me gustaba quién era yo en aquel entonces, Xena. —Miró a la guerrera directamente a los ojos—. Pero sí que me gusta quién soy ahora. Y jamás me habría convertido en esa persona si tú no me hubieras mostrado el camino. —Una pausa—. Así que, incluso si no estuviera... —sonrió dulcemente—, perdidamente enamorada de ti, e incluso si no fuéramos amigas íntimas... seguirías siendo la persona más importante de mi vida. Porque me devolviste mis sueños.

Suspiró y apoyó la cabeza en el pecho de Xena, notando los fuertes brazos que la estrechaban con una intensidad fiera, y oyó que la guerrera tragaba varias veces sin intentar hablar.

—Llevo mucho tiempo queriendo decírtelo —murmuró—. Pero mi padre... es que... no podía... lo siento, Xena. Siento haber... querido intentar ayudarlas.

—Sshh. No pasa nada —dijo la guerrera, con voz ronca—. No pasa nada.

—No —replicó Gabrielle—. Sí que pasa. —Sus manos aferraron convulsas la túnica de cuero de Xena—. Tendría que haber... Pérdicas me amaba, eso lo sé. Y, en cierto modo, yo también lo quería a él. Era bueno y me necesitaba y... —Se quedó callada un momento—. Pero lo que sentía por ti era muchísimo más profundo, y tocaba puntos que él ni siquiera podía imaginar y mucho menos intentar alcanzar. Y esa noche me quedé allí tumbada y lo supe y sentí un gran dolor... y me di cuenta de que uno de los motivos por los que de verdad estaba haciendo esto era... que creía que si volvía a casa y era buena, a lo mejor... a lo mejor mi padre me sonreiría. —Se le empezaron a llenar los ojos de lágrimas de nuevo—. Xena, no puedo evitarlo. Es mi padre y lo quiero. Aunque él no... —No pudo terminar esa idea—. Y... deseaba tanto recuperar su aprobación que casi... no, sin casi... sacrifiqué lo más importante de mi vida. —Tragó con dificultad—. A la persona más importante. Y me siento tan... me odio cuando lo pienso.

—Oh, Gabrielle —susurró Xena, acariciéndole el pelo con ternura, al ver las lágrimas que oscurecían más su túnica de cuero—. No es culpa tuya.

—Sí que lo es —dijo la bardo con voz ronca—. Es culpa mía que Pérdicas muriera. Es culpa mía.

—No —fue la rápida y firme respuesta—. No, mírame. —Xena soltó una mano y obligó a Gabrielle a levantar la cabeza, mirándola a los ojos. Intentó dejar de lado sus propias emociones casi descontroladas cuando vio la necesidad desesperada que había en ellos—. Escúchame, bardo mía... eso no fue culpa tuya. —Gabrielle guardó silencio, mirándola a la cara—. La única que tiene la culpa de aquello es Calisto, Gabrielle. No tú, no yo. —He tardado lo mío en aceptarlo, ¿no?—. Y... yo no te culpo por haber decidido vivir con él. De verdad que tenías mi bendición... quiero que lo creas.

La bardo la miró parpadeando.

—Dime que aquello no te hizo daño —fue el leve susurro, con el rostro paralizado.

Xena tomó aliento y se quedó mirándola. Supo al ver que Gabrielle cerraba de golpe los ojos que su respuesta era evidente incluso antes de hablar.

—No puedo decirte eso —confesó—. Sabes que no puedo... —Dejó de hablar cuando el doloroso recuerdo de todo aquello se volcó sobre su consciencia—. Sí, me hizo daño —dijo por fin, encontrándose con la mirada torturada de la bardo—. Dejarte allí fue... fue duro para mí. —Hizo una pausa—. Pero habría merecido la pena, para mí, por verte feliz. Y, Gabrielle, ésa es la única verdad que importa.

Gabrielle tragó convulsivamente.

—No se debería hacer daño a las personas que se quiere, Xena. No está bien. —Su mirada se dirigió hacia la ventana—. Así que supongo que mi padre... Ojalá supiera qué he hecho para que me odie tanto.

Y ahí estaba el problema central, pensó Xena, porque no lograba imaginar cómo alguien... cómo nadie... podía hacer daño a una persona como... Vale... vale... respira hondo, Xena. No puedes ayudarla si te hundes. Está hecha trizas... depende de ti para encontrar sentido a todo esto. Por los dioses. ¿Qué le digo? Me imagino como se debía de sentir, tan pequeña, tan inocente, y que alguien... ¿cómo consiguió confiar en nadie después de eso?

Lo consiguió... La idea llegó inexorable a su conclusión lógica, mientras ella susurraba palabras tranquilizadoras a la figura callada e inmóvil. Lo consiguió porque su necesidad de querer y ser querida es más fuerte que su necesidad de odiar y eso tiene el poder suficiente. Es a lo que se agarra. Por los dioses. Y conozco la respuesta a por lo menos una pregunta que tiene.

—Gabrielle —Xena dio un tono grave y urgente a su voz, lo cual hizo que la bardo levantara la vista—. Quiero que me escuches.

Gabrielle echó la cabeza a un lado y la miró, esperando.

—Aquí estoy —dijo, con voz cansada.

—Bien —contestó Xena—. Creo que te das cuenta de que estoy muy alterada, ¿no?

—Sí —replicó la bardo.

—Vale. No puedo... Gabrielle, apenas me comprendo a mí misma, y mucho menos a otras personas, pero sí que sé esto... y quiero que tú lo sepas: cuando alguien hace daño a otra persona, a alguien como tú, que no le ha hecho nada malo a nadie, pues... esa persona no te odia, Gabrielle. Esa persona odia algo de sí misma. Y... es esa parte de sí misma a la que ataca. No a ti. Jamás a ti... tú sólo eras una niña, Gabrielle. Sólo eras una niña pequeña y preciosa, que veía cosas que otros no veían. Tú nunca hiciste nada.

Gabrielle se quedó mirándola largos instantes. Mirándola a la cara. Respirando.

—Eso no puede ser cierto —susurró por fin, pero su tono rogaba a Xena que la convenciera.

La guerrera le puso una mano en la mejilla y sonrió con tristeza.

—Es cierto, bardo mía. —Hizo una pausa y observó los pensamientos que cruzaban por esos ojos verdes—. No soy yo quién para dar definiciones del bien y del mal, pero para mí... para mí, Gabrielle, tú eres todo lo que es bueno. —Vaciló—. Porque yo sé lo que es odiarte a ti misma, tanto que lo pagas con cualquiera. Con todo el mundo. Quieres que sufran tanto como sufres tú.

La bardo se lo pensó largamente, apoyada allí apaciblemente, mientras el vivo ocaso carmesí se derramaba dentro de la habitación, tiñéndola de una luz que cubría casi todo su cuerpo y parte del de Xena. Escuchaba los ruidos sordos del martillo del herrero allí fuera. Olía el aroma a madera polvorienta de la habitación y las repentinas vaharadas de carne asada procedentes del interior de la posada. Notaba la cuna firme y segura de los brazos de Xena y el leve cosquilleo de la respiración regular de la guerrera sobre la oreja, mientras ella apoyaba la cabeza en un ancho hombro.

—Voy a... tardar un tiempo en asimilar esa idea —dijo por fin, enunciando despacio, como si saboreara las palabras—. Voy a tardar. —Y alzó los ojos hacia los de Xena, inquisitiva.

Xena se encogió de hombros y sonrió.

—Tenemos una vida entera.

Por fin, obtuvo una sonrisa auténtica de la joven.

—Sigue recordándomelo, ¿vale? —contestó Gabrielle suavemente, alargando la mano y frotando el brazo de Xena. Poco a poco, muy despacio, su mundo volvía a enderezarse, afirmado por el calor que notaba a su alrededor. Creo... que voy a estar bien, se dijo a sí misma.

—Además, no es posible que hubieras renunciado a tus sueños tan deprisa, bardo mía —añadió Xena, ladeando la cabeza y mirando hacia abajo—. Te ofreciste a ti misma en lugar de Lila, si mal no recuerdo... es lo primero que me llamó la atención. —En su cara se formó una lenta sonrisa—. Me quedé impresionada por el heroísmo de esta aldeana enfrentada a todos esos tratantes de esclavos.

Gabrielle se echó a reír suavemente.

—Fue una idiotez. —Se sonrojó ligeramente—. ¿De verdad te quedaste impresionada?

—Pues sí —reconoció Xena, abrazándola con más fuerza—. De verdad. —Se puso seria—. Estaba a punto de rendirme, Gabrielle. Estaba harta de luchar... pero tú me recordaste que siempre hay algo por lo que vale la pena luchar.

La bardo no contestó, pero sus ojos recuperaron parte de su brillo natural y en sus labios se dibujó una pequeña sonrisa. Xena bajó la cabeza y miró la taza que seguía sujetando.

—¿Eso está vacío?

—Mm... sí —contestó Gabrielle, levantando la mirada.

—Ah, bien —replicó Xena y la miró a los ojos—. Porque quería decirte que te quiero y la última vez me mojaste entera.

Gabrielle no pudo reprimir una breve carcajada.

—Ay. —Hizo una mueva de dolor—. No me hagas reír.

La preocupación asomó a los ojos de Xena.

—¿Por qué? ¿Es que te ha...? —Su mano tocó la parte superior del pecho de la bardo y ésta se encogió—. Maldición —soltó—. Aguanta. —Dicho lo cual, se levantó, levantando a la vez a Gabrielle, fue hasta la cama y depositó a la bardo con delicadeza—. Tendrías que habérmelo dicho...

—¿Y perderme cómo me decías que me quieres? —Gabrielle sonrió con cansancio—. Ni hablar. —Se relajó mientras Xena le abría la túnica y la tocaba con mucho cuidado con la yema de los dedos—. Ay —bufó la bardo cuando le tocó un punto especialmente dolorido.

—Perdona —murmuró Xena—. Has tenido suerte. Sólo son contusiones, creo. No tienes nada roto. —Miró a Gabrielle a la cara—. Te voy a vendar, luego te vas a tomar una cosa y vas a dormir un rato.

—Me parece buena idea —reconoció la bardo—. Ni te imaginas el dolor de cabeza que tengo.

Xena le apartó el pelo dorado rojizo de los ojos.

—Sí, lo sé. —Suspiró disgustada—. Lo sé. —Fue a su botiquín y regresó con unos vendajes de lino, que extendió con cuidado y untó con aceite de un tarro que también había sacado. Luego ayudó a la bardo a sentarse, le puso los vendajes con pericia y se los ató con un ligero tirón—. Hala.

—Oye... da calor —comentó Gabrielle, tocando la tela—. ¿Qué es eso?

Xena cogió el aceite que quedaba y lo miró.

—Es una mezcla de aceites... hace que circule la sangre cuando estás lesionada. Ayuda a que te cures más rápido.

—¿En serio? —preguntó Gabrielle, intrigada a su pesar—. ¿Ése es tu secreto? —Le dio un leve codazo a la guerrera.

Xena se rió por lo bajo.

—No, lo mío es natural. Pero nunca viene mal usarlo. —Volvió a la mesa, preparó otra mezcla en la taza olvidada de Gabrielle, dudó, luego meneó la cabeza y añadió algunos ingredientes más que no solía incluir en esta mezcla. Echó el agua caliente, lo removió un poco y luego lo llevó donde la bardo aguardaba en silencio—. Toma —dijo y se lo pasó—. Bébetelo todo.

Gabrielle asintió y bebió un sorbito.

—Espera... ¿dos veces en un mismo día me das algo que sabe bien sacado de esa bolsa? Debo de estar soñando. —Miró a Xena con falsa expresión de pasmo.

—Sí —dijo Xena, perdiendo el aire de buen humor—. Supongo que he querido mejorar un poco un día muy malo. —Se volvió hacia la mesa, pero notó una mano que salía disparada y le agarraba la túnica de cuero, y se detuvo. E intentó controlar sus emociones antes de volverse de nuevo.

Lo consiguió sólo en parte, a juzgar por la reacción de los ojos verdes de Gabrielle. La bardo dejó la taza en la mesilla de noche, se levantó de la cama y rodeó a la mujer más alta con los brazos de un solo movimiento repentino. Notó que la guerrera le devolvía el abrazo, aunque con más delicadeza.

—Gracias —dijo con sencillez.

Xena tomó aliento entrecortadamente.

—Verte herida y no poder... hacer algo con... me cuesta mucho, Gabrielle —logró decir.

La bardo asintió contra su pecho.

—Lo sé. Pero... me alegro mucho de que estés aquí. Te... te necesito. —Una sencilla verdad.

Se quedaron así un rato más, luego Xena alzó la cabeza y soltó un largo suspiro.

—Vale, a la cama otra vez —aconsejó, soltando a la bardo, que se sentó, levantó las piernas y volvió a tumbarse con un suspiro.

Xena le pasó la taza, con una ceja enarcada, y vigiló severa hasta que se lo terminó todo y le devolvió la taza.

—No tenías por qué vigilar —comentó la bardo con humor—. Estaba bueno. —Se le cerraron los ojos—. Oye.

—Sí. Oye —dijo Xena riendo y la empujó hacia la almohada—. A dormir, majestad.

La bardo intentó enfocarla con la mirada, pero renunció al esfuerzo y dejó que se le cerraran los ojos. Xena se quedó mirándola hasta que los músculos tensos de su cuerpo se relajaron y su respiración se hizo más lenta y profunda, y entonces alargó una mano y tocó con delicadeza la mejilla de la bardo, en la que los moratones marcaban un fuerte contraste con su piel clara. Luego dejó caer la mano al costado y fue hasta la mesa, se desplomó en la silla y apoyó los codos en las rodillas.

Oh, dioses... La rabia y la frustración eran casi excesivas para soportarlas. Pero lo hizo, se recostó en la silla y echó la cabeza hacia atrás para contemplar el techo largo rato. Luchó contra su ira por la injusticia, el horror que se había prolongado a lo largo de los años y había afectado a su compañera. Quiso dar marcha atrás y estar allí, en esa época, en este lugar, para protegerla y evitar que sucediera en absoluto. No se merecía esto. De todas las personas que he conocido a lo largo de mi vida, ella es la única que menos se lo merecía. Se imaginó a la dulce niña que debió de ser Gabrielle, toda rubia y con grandes ojos verdes. Contando sus historias a sus amigos, todos con los ojos tan redondos como ella. Y recibiendo palizas por ello. Era demasiado. Xena hundió la cara entre las manos y rechinó los dientes. Maldito sea. Se le escapó un gruñido grave desde el fondo del pecho y, como en contrapunto, Ares contestó, acercándose a su bota y mirándola con ojos parpadeantes.

Xena lo miró, a este animal al que había salvado de las garras de una pantera. Y luego miró a su compañera dormida, que, con los últimos rayos moribundos del ocaso, apenas parecía mayor que una niña. Tal vez... Poco a poco se le fue formando la idea, hasta surgir irresistible en su consciencia. Tal vez el mundo sí que necesita a gente como yo. Como soy yo ahora. Dispuesta a proteger a gente como ella. Y a animalitos como él. Me pregunto... Notó que la ira se iba disolviendo despacio, dejando a cambio un agotamiento emocional.

Cogió al lobezno y, tras recostarse y echarse hacia atrás en la silla, se lo colocó encima del pecho, donde se acomodó con un suspiro de felicidad.

—Hola, chico —murmuró, acariciando su suave pelaje—. Estás creciendo, ¿verdad? —Cogió una pata y la examinó, enarcando una ceja. Iba a ser grande, eso sin duda. La guerrera apoyó la cabeza en la pared y cerró los ojos, agotada mentalmente.

Se despertó de golpe, unos horas más tardes, en la oscuridad casi total de la habitación, con la forma dormida de Ares aún acurrucada sobre sus costillas.

—Dioses. —Hizo una mueca, frotándose el cuello—. Qué estupidez. —Se quitó al lobezno dormido del pecho y lo dejó en el suelo, se levantó y se estiró bostezando—. Será mejor que encienda alguna luz —le murmuró bajito al lobezno, que la miró ladeando la cabeza. Atizó el fuego y encendió las dos antorchas de la habitación, que la bañaron en un suave resplandor anaranjado, y se acercó para mirar a Gabrielle, que seguía durmiendo.

Satisfecha, echó un vistazo por la habitación, luego recogió su botiquín y cuando se preparaba para bajar a buscar algo de cenar, detectó una voz vagamente conocida que subía por las escaleras.

—Oh, genial —dijo en voz alta y Ares la miró. Xena suspiró y volvió a sentarse en la silla, apoyando una bota en la chimenea. Se oyó un golpe suave en la puerta—. Adelante —dijo, sin subir la voz. La puerta se abrió y apareció la cabeza de Lila, que parpadeó a la escasa luz y por fin la vio junto a la mesa. Se retiró, luego la puerta se abrió de nuevo y entró, seguida de Hécuba.

Las dos se quedaron mirándola largamente. Ella las miró a su vez, sin resultar acogedora ni amenazadora. Por fin, Lila rompió el cuadro y se adentró en la habitación, alzando los zurrones que llevaba y mirando a Xena con una pregunta tácita.

—Ahí —contestó Xena, indicando el sitio donde estaban amontonadas todas sus demás cosas. Un movimiento le llamó la atención y volvió la cabeza para ver cómo Hécuba se acercaba en silencio a la cama y se quedaba contemplando a su hija. Alargó una mano hacia la bardo dormida y se detuvo en seco al oír un gruñido a sus pies.

Bajó la mirada y vio a un lobezno despatarrado delante de ella, mostrando los dientes con infantil amenaza. Se quedó mirando al animal sorprendida, luego volvió la cabeza para mirar a Xena. Y en sus ojos, algo se descongeló.

—Ya veo que tiene más de un protector —comentó la mujer mayor.

Eso hizo sonreír a medias a Xena.

—Sí. Los colecciona. —La guerrera advirtió que los hombros de Lila se relajaban ligeramente—. Siéntate, Lila. —Le indicó a la chica una silla frente a la suya—. Ha sido un día muy largo. —No puedo cambiar el pasado, pero si consigo que su familia me hable, eso debería animarla, ¿no?

—Sí que lo ha sido —contestó Lila, que aceptó la silla que se le ofrecía y se sentó, observando a la mujer morena que tenía delante.

—Ven aquí, chico —llamó Xena y el lobezno corrió hasta ella—. Adelante. —Le hizo a Hécuba un gesto con la cabeza, indicando a Gabrielle.

Hécuba asintió, se volvió de nuevo hacia su hija y le apartó el pelo de la cara, observando a la figura inmóvil en silencio.

—¿Cómo se llama? —preguntó Lila, mirando al lobezno por debajo de la mesa—. Es una monada. —Sonrió dubitativa a Xena.

Xena suspiró y se encogió de hombros un poco cohibida.

—Ares. —Y alzó las manos al ver la cara de pasmo de Lila—. Lo sé, lo sé. Mala idea.

Lila sonrió de verdad.

—Seguro que se enfadaría si lo supiera.

Xena enarcó una ceja.

—Lo sabe. No pasa nada. Si hubiera sido un perro, bueno... me la podría haber cargado. Pero...

La muchacha morena soltó una brusca carcajada.

—¿Lo dices en serio? —preguntó, inclinándose hacia delante—. ¿De verdad lo conoces?

La guerrera asintió.

—Y Gabrielle también. —Ahora contaba con la atención de Hécuba—. También conoce a Cupido y a Afrodita.

Hécuba se acercó y se sentó en la tercera silla, más cerca de Xena que de su hija. Observó a la guerrera despacio, de la cabeza a los pies con una lenta y estudiada mirada.

—Metrus está que trina —dijo por fin, con cautela—. No le hace gracia que lo tumben como a un ternero en el campo. —Hizo una pausa—. ¿De verdad habrías matado a mi marido, si hubieras llegado cuando le estaba pegando? —Sus ojos apagados se clavaron en los de Xena con urgente intensidad—. Es su padre. A pesar de todo.

Xena tomó aliento y bajó la barbilla, reflexionando.

—No —contestó en voz baja—. Porque es su padre. Y ella no podría soportarlo. —Sus ojos soltaron un destello a la luz del fuego—. Pero habría hecho que lamentara haberla tocado. Eso sí.

Hécuba asintió despacio.

—Hace tanto tiempo que nadie defiende a una de nosotras, que se me había olvidado la sensación. —Se levantó con cansancio y, vacilante, posó una mano en el musculoso antebrazo de Xena que estaba apoyado en la mesa—. Me... alegro de que Gabrielle haya encontrado a alguien dispuesto a hacer eso por ella. —Entonces recuperó su talante brusco e hizo un gesto con la cabeza indicando la cesta que había dejado encima de la mesa—. Le he traído algo de cena.

Xena sonrió.

—Lo agradecerá.

Hécuba gruñó y fue hacia la puerta, luego se volvió para mirar a la guerrera.

—Hay de sobra, si te apetece. —Y salió por la puerta, sin ver la ceja que Xena enarcó al instante.

Lila suspiró.

—Le ha costado hacerse a la idea —comentó, como si le resultara comodísimo hablar con Xena—. Creo que es una oferta de paz.

—Ya —respondió Xena, permitiéndose relajarse un poco y sonriendo ligeramente a Lila—. ¿Estamos en paz, pues?

Lila posó la mirada en la mesa y luega la volvió a alzar.

—No paraba de hablar de cómo habías puesto en su sitio a Metrus. Y el sanador del pueblo vino y dijo prácticamente lo mismo que le habías dicho tú y entonces no dejó de hablar de eso durante un rato. —Se encogió de hombros—. Así que, sí, creo que estamos en paz. —Carraspeó—. Escucha...

—Tranquila —dijo Xena, alzando una mano—. Lo sé.

Lila asintió, como si fuera normal decir una cosa así.

—¿Cómo está? —preguntó bajando la voz y dirigió la mirada hacia su hermana—. ¿Está...?

Xena suspiró.

—Está bien. Un poco magullada, pero bien por lo demás. —Sus ojos se encontraron con los de Lila—. Le ha hecho más daño aquí —se dio un golpecito en la frente—, que en cualquier otra parte, creo.

—Sí —susurró la chica—. Es lo que pasa.

Xena la miró compasiva.

—Lila... lamento que hayáis tenido que pasar por... eso.

La muchacha morena la miró.

—Para ella era peor que para mí. —Otra mirada a Gabrielle—. Era la mayor. Padre pensaba que tenía que ser más práctica... no pasarse el tiempo inventándose cosas. —Se encogió de hombros—. Yo sólo quería hacerme mayor, casarme, tener hijos, ya sabes. Lo normal. —Levantó la mirada—. Lennat y yo... hemos hablado de fugarnos. Él no quiere, en realidad. —Hizo una pausa—. Yo tampoco quiero. Pero...

—Será duro para tu madre —comentó Xena. Mira quién fue a hablar, ¿eh?

Lila asintió abatida.

—Lo sé. —Apoyó las manos en la mesa y empujó para levantarse—. Al menos la noche será tranquila —comentó—. Da igual el motivo. —Indicó la cesta con la cabeza—. Ahí hay de sobra. Me pasaré mañana a verla.

Xena agitó la mano levemente.

—Le diré que habéis venido. Ten cuidado ahora al volver.

Lila dejó que se le formara una sonrisa en los labios, al permitirse ver por primera vez a la compañera de su hermana como algo más que una señora de la guerra sedienta de sangre.

—Gracias —contestó—. Sabes, no eres tan mala, Xena.

La reacción fue una ceja enarcada.

—Puedo ser muy mala si es necesario —replicó la guerrera, pero añadió una fugaz sonrisa, que restó seriedad al comentario—. Pero intento ser buena, por darle gusto a tu hermana.

—No me digas —dijo Lila, intentando no reírse—. Así que eso de que sacrificas bebés...

—Sólo en los meses de tres lunas llenas —le aseguró Xena, dejando que la sonrisa subiera hasta sus ojos y mirando a los de Lila—. A menos que Gabrielle se quede sin material para historias. Ya sabes. —Y guiñó un ojo.

—Ya. —Las dos se quedaron mirándose un instante y luego se echaron a reír. Creo... que podría estar empezando a ver lo que Bri ve en ella, pensó Lila en silencio. Entonces una idea se le pasó de refilón por la mente. Y Bri tiene razón: son de un color azul impresionante—. Bueno, me voy. —Pero seguía sonriendo al bajar las escaleras y dirigirse hacia su casa.

Xena se quedó mirando la puerta ahora cerrada con cierta diversión. Luego se levantó, se estiró y fue a la ventana, donde se quedó un rato, mirando pensativa y disfrutando de la fresca noche iluminada por la luna. Por fin, volvió a la mesa y levantó distraída la servilleta que cubría la cesta para examinar el contenido. Aguantará hasta mañana, decidió, y echó un vistazo a la bardo dormida. Debería salir a ejercitarme un poco. Sí, debería. Ya. Justo, se burló de sí misma. Salvo que no me apetece hacer nada más que meterme en esa cama con ella. Por los dioses... qué blandengue estoy hecha. Sonrió con sorna y luego suspiró. Por otro lado, la verdad es que no quiero que se despierte sola. Sí, buena excusa, Xena. Al menos es cierta, ¿no? Pues eso.

Riendo por lo bajo, se puso una larga camisa de lino y guardó su armadura con cuidado. Luego apagó las dos antorchas y se metió en la cama sin hacer ruido junto a Gabrielle. Pero incluso profundamente dormida, parecía que la bardo notaba su presencia, porque poco después de que Xena se acomodara con cuidado a su lado, los brumosos ojos verdes de Gabrielle se abrieron adormilados y la miraron.

—Hola. —Los labios de la bardo esbozaron una sonrisa.

—No quería despertarte —se disculpó Xena, devolviéndole la sonrisa.

—No importa. Me alegro —fue la respuesta, levemente indistinta.

Xena se rió ligeramente.

—¿Cómo te encuentras?

Gabrielle tuvo que pensárselo un momento.

—Cansada —confesó, volviéndose con dificultad y pegándose al cuerpo de la guerrera—. Dolorida. —Y soltó un suspiro de satisfacción cuando Xena la rodeó con sus largos brazos—. Mmmm... así está mucho mejor.

—¿Sí? —inquirió Xena—. Han venido tu madre y tu hermana.

Gabrielle la miró parpadeando atontada.

—¿Ah, sí? ¿Están bien?

—Sí —le aseguró la guerrera—. Tu madre ha dejado algo de cena para... nosotras, la verdad.

Luchando con los efectos de las hierbas, la bardo abrió ahora los ojos del todo y se quedó mirando atónita a Xena.

—¿Mi madre te ha traído la cena?

Xena asintió.

—Y tu hermana ha dicho que no soy tan mala, a fin de cuentas.

Gabrielle echó la cabeza un poco hacia atrás y levantó despacio una mano, enganchando los dedos en la camisa de Xena.

—¿Y has dejado que siguiera durmiendo mientras ocurría todo eso?

—Lo siento —sonrió la guerrera—. No estaba planeado.

—Te voy a dar —amenazó Gabrielle, con un murmullo adormilado, dejándose caer en el delicioso calor de su vínculo—. Luego.

El dolor seguía allí, pero se estaba desvaneciendo, hundiéndose en los rincones oscuros donde solía vivir. No tenía nada que hacer contra la dulce paz de este sentimiento que compartían, pensó Gabrielle, y permitió que su corazón se abriera a él.

—Mmmm —murmuró, dejando que la emoción la embargara, acompañada del olor a lino secado al sol, cuero y la esencia indefinible de la propia Xena. Tomó aliento profundamente y lo soltó—. Mucho mejor. —Y los labios de Xena, al rozar los suyos con la levedad de un fantasma, relajaron su alma atormentada—. Me siento a salvo —suspiró, y volvió a quedarse dormida.

Xena sonrió, notando que el sueño también tironeaba de ella, pero se dio cuenta de que sentía la paz con la misma fuerza y dedicó un momento a regodearse en ella. Una calidez vertiginosa se apoderó de ella, provocándole una sonrisa que no pudo controlar. Pase lo que pase, a ella, a nosotras... me alegro de haber tenido la oportunidad de conocer esto, decidió, en la oscuridad, lanzando por fin sus últimas reservas a los cuatro vientos. Jessan, tenías razón después de todo. Esto es un regalo que no tiene precio. Y con esta idea, se quedó dormida.


PARTE 2


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
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