4


Jessan parpadeó despacio, perezosamente, cuando los rayos del sol entraron en la habitación donde estaba y le inundaron el pecho de calor. Sus ojos recorrieron las paredes, tan distintas de las que estaba acostumbrado, y se estiró cuan largo era en la gran cama mullida. Dolorido, pero no demasiado, pensó, vagamente satisfecho. Miró hacia la ventana guiñando los ojos. He dormido hasta tarde. Bostezó, mostrando los inmensos colmillos, y se preguntó si el resto de la fortaleza habría hecho lo mismo. Aguzó el oído y oyó sobre todo silencio. Una sonrisa. Seguro que sí. Cerró los ojos y dejó flotar la Vista... sí. Dormidos, en su mayoría, incluso... sondeó hacia la izquierda, algo sorprendido. Incluso Xena seguía dormida. No es que no se lo merezca, pensó. Pero... oh... pero qué interesante... De repente, en su cara se dibujó una amplia sonrisa y abrió los ojos despacio. A ver en qué lío puedo meterme...

Jessan pasó un rato breve pero entretenido en la zona del baño, chapoteando en el agua con deleite y disfrutando de la sensación del suave lino al secarse, con cuidado de no rozarse los cortes y arañazos que cubrían su gran cuerpo. Se puso una túnica y unos pantalones y abrió la puerta con cuidado, atisbando por el pasillo con una sonrisa traviesa. Soy demasiado grande para caminar de puntillas, pero... Jessan se deslizó por el pasillo y se detuvo ante la siguiente puerta y con mucho, mucho sigilo, la abrió, poquito a poco, hasta que pudo asomar la cabeza dorada y mirar al otro lado del marco.

El sol de la mañana iluminaba la cama delicadamente, destacando los brillos de fuego del pelo de Gabrielle, que estaba echada de lado, con un brazo doblado debajo de la cabeza y el otro rodeando con firmeza a Xena. Ambas mujeres seguían profundamente dormidas, cosa rara en el caso de la guerrera, como Jessan sabía a ciencia cierta. Las observó un poco más, notando el aire más apacible que de costumbre que tenían, y luego cerró despacio los ojos y extendió la Vista... ah. Arrugó la nariz respingona al reaccionar con una sonrisa de felicidad. Cerró la puerta sin hacer ruido y siguió adelante por el pasillo, reprimiendo las ganas de ponerse a silbar. ¿Que tienes elección, Xena? Ohhh... no. No me parece que tengas la menor elección... ese vínculo es de los más fuertes que he visto jamás... y empiezo a pensar que tú también lo sientes. ¿Tengo razón? ¿La tengo? Tal vez sí... mmmm...

A desayunar, creo, decidió, sofocando un bostezo. Y a ver a padre. Lestan había pasado la noche en la enfermería, después de que le cosieran el corte del hombro. Bajó por las escaleras, algo sorprendido de que tanto él como todos los demás se hubieran adaptado tan deprisa a este estrecho contacto con los humanos. ¿Demasiado deprisa? Mmm. Posiblemente. Ya había dejado de pensar en algunos de ellos como humanos y había empezado a considerarlos miembros de aspecto raro de su propia especie... y eso era muy peligroso.

—Buenos días —dijo la joven hija del mayordomo de Hectator, al verlo en las escaleras, dirigiéndole una sonrisa nerviosa, pero bastante cortés—. Mm. Hay desayuno ahí dentro, si quieres, o sea, si quieres comer.

Jessan la miró con cierto interés. Rubia clara, muy delgada, ojos bonitos.

—Gracias. —Su voz grave la sobresaltó un poco—. ¿Tienes una... una bandeja o algo así que pueda llevarme? —Ella retrocedió cuando él se acercó. Suspirando, se detuvo—. Tengo unas amigas a las que me gustaría llevarles el desayuno. Tranquila... no te voy a hacer daño. —Humanos. Hizo una mueca mental.

—Pues... —titubeó ella—. Me llamo Sharra. Y sí, te puedo conseguir una bandeja. —Sharra lo miró con timidez—. Tú eres el que llaman Jessan, ¿verdad? —Lo observó, retorciéndose las manos distraída.

—Sí —dijo Jessan, mirándola con una ceja enarcada—. Soy yo. —Siguió avanzando, pero más despacio—. Gracias por ofrecerte a ayudarme, Sharra. —Probó a sonreírle y se sintió aliviado cuando ella le respondió con una breve sonrisa a su vez—. ¿Has dicho que había desayuno? —preguntó, con una mirada deseosa.

—Ahí dentro —señaló la rubia, manteniéndose bien apartada de él. Otra sonrisa nerviosa—. ¿Necesitas... algo... crudo? ¿O lo que sea?

Jessan se detuvo en seco y la miró fijamente, haciendo su mejor imitación de la "mirada" de Xena, ceja enarcada incluida.

—¿Crudo? —contestó, con cierta brusquedad—. Lo último que comí crudo fue miel y lo pagué a base de picaduras. —Se puso los puños en las caderas y la miró ladeando la cabeza melenuda—. Y también esas nueces crudas que encontró Gabrielle el otro día, pero eso no cuenta. —Soltó un resoplido—. ¿Qué te hace pensar que quiero algo... puaj... crudo?

—Mm... pues... —farfulló Sharra, confusa.

—¿Es por esto? —preguntó Jessan, descubriendo los colmillos—. A lo mejor te como a ti para desayunar...

Sharra chilló y se volvió para echar a correr.

—Eh... eh... eh... —exclamó Jessan, a toda prisa. Agitó las manos para que se callara—. ¡Calma! ¡Calma! ¡Sólo era una broma! —Sus ojos dorados se clavaron en los de ella—. En serio... tranquila... por favor... siempre desayuno gachas de avena. De verdad.

Sharra se detuvo, mirándolo con enfado. Luego se acercó un poco y sorbió.

—Eso no ha estado bien.

Jessan resopló.

—Tampoco ha estado bien que hayas dado por supuesto que quiero desayunar carne cruda.

La rubia lo miró un momento.

—Tienes razón. —Se encogió de hombros—. Te pido disculpas.

Jessan la miró con su expresión más abochornada.

—Y yo a ti. Mamá siempre me está diciendo que no asuste a las chicas.

Ella soltó una risita.

—Eres gracioso —declaró Sharra, y se volvió para llevarlo al comedor—. Vamos. Te enseñaré dónde está el desayuno. —Esperó a que la alcanzara y luego caminó en silencio un ratito antes de volverse hacia él con curiosidad—. Tú eres amigo de la Princesa Guerrera, ¿verdad? —Lo miró de reojo, ya más relajada con su extraño protegido.

—¿Te refieres a Xena? —contestó Jessan, preguntándose dónde quería ir a parar con este interrogatorio. ¿Amigo? Sin pretenderlo, de forma inesperada, pero sin la menor duda—. Sí. Lo soy. ¿Por qué?

—Da miedo —dijo Sharra, bajando la voz y mirando a su alrededor—. Le da miedo incluso a mi hermano. —Miró fugazmente al habitante del bosque—. Pero seguro que a ti no te da miedo, ¿a que no? —Lo miró alzando una ceja, estudiando su tamaño y sus esbeltos músculos.

—Mm —farfulló Jessan, dudando entre la sinceridad y el ego. Ganó la sinceridad—. Pues a decir verdad, sí que me da miedo. —Hizo una pausa—. A veces —se apresuró a añadir. La miró encogiendo los grandes hombros—. Pero también puede ser muy amable y muy agradable la mayor parte del tiempo. —Una mirada de incredulidad total por parte de Sharra—. Si no la fastidias —se corrigió Jessan, con una sonrisa. Señaló la mesa cargada de comida—. De hecho, la bandeja es para ella.

Sharra lo miró atentamente, ladeando la cabeza rubia.

—¿En serio? —Se sentía intrigada. No conseguía imaginarse a Xena haciendo algo tan corriente como comer—. He oído que sólo bebe sangre o algo así.

Jessan enarcó ambas cejas a la vez y se detuvo.

—¿Qué? —exclamó—. ¿De dónde te has sacado esa idea? ¿Sangre? Puaj. Qué asco. —Sacó la lengua con una expresión cómica—. ¡No! Eso no es cierto para nada. Come lo que comemos tú y yo y supongo que todo el mundo. Pan, queso, carne, fruta... ¿sabías que atrapa peces con las manos? —Vio que se quedaba boquiabierta—. ¡Es cierto! Yo la he visto. Y le gustan las infusiones de hierbas. —La miró ladeando la cabeza—. ¿De dónde te sacas esas ideas tan raras? Quiero decir, es una persona. Como tú. Como yo. —Como nadie más en el mundo. Como nadie a quien yo haya conocido o vaya a conocer. ¿Pero qué sabes tú de eso, niña humana? ¿Ya estás atrapada en tu estrechez de miras? A lo mejor podemos ampliarte un poco el horizonte. ¿Mmmm? ¿Igual que se ha ampliado el mío?

—Llevo media vida oyendo historias sobre ella —contestó Sharra, con tono flemático—. Y mi tío luchó en su ejército. —Levantó la vista para mirarlo—. Son historias muy sangrientas.

—Las historias no lo cuentan todo —respondió Jessan, con tono más amable—. Y la gente cambia y sigue cambiando a lo largo de su vida. —Le sonrió—. Dale una oportunidad. Yo no lo he lamentado.

Sharra se acercó más a él, intrigada a su pesar.

—¿Tú?

Jessan asintió, despacio.

—Yo. La conocía por las historias y me la imaginaba más o menos como te la imaginas tú. Entonces nos conocimos y descubrí todo lo que no contaban esas historias. —Apoyó la barbilla en una mano y la miró—. Ha salvado a esta ciudad, ¿sabes?

Sharra asintió pensativa.

—Eso he oído. —Lo miró con aire meditabundo—. Tengo que pensar en lo que has dicho.

—Bien —contestó Jessan, con tono tranquilo—. Hazme saber lo que decides.

Sharra sonrió, pasándole una fuente y una rebanada de pan caliente.

—Toma, cómete esto. —Sus ojos examinaron su cara mientras masticaba—. Eres muy agradable. —Se rió por lo bajo al ver cómo se sonrojaba—. Te ayudaré con tu bandeja cuando acabes, si me prometes que seguiré de una sola pieza.


La llegada del amanecer la despertó, como de costumbre. Xena se quedó tumbada en silencio, contemplando los primeros vestigios de gris que tocaban el cielo por el este, y se puso a pensar, como siempre hacía a esta hora apacible antes de que fuera de día.

Con cuidado, para no molestar a la bardo profundamente dormida que seguía pegada a su lado derecho, flexionó los maltratados músculos, para comprobar los daños del día anterior, y se llevó una grata sorpresa. No está nada mal, salvo por el dolor palpitante en el cuello, que era de esperar, y una irritación continua en las costillas a causa de varios lanzazos bloqueados. En total, no tenía mucho de que quejarse.

Y tampoco Hectator, reflexionó, y luego hizo una mueca. Iba a darle a esto mucha importancia, ¿verdad? Xena se preguntó si podría eludir los homenajes y marcharse, sigilosamente... entonces miró a Gabrielle. No. Me mataría. La guerrera sonrió contemplando el techo. Me mataría sin la menor duda. No me dejaría en paz en la vida. Así que aquí me quedo unos cuantos días.

Lo cual, reconoció, no estaría tan mal. Hacía tiempo que no se tomaba un descanso, si no se tenía en cuenta estar muerta una semana, y éste no era un lugar tan horrible para descansar unos días. Hectator tenía un buen mercado y podría conseguir una nueva túnica de cuero y dejar suelta a Gabrielle entre los comerciantes. A lo mejor hasta podría hacer unas compras...

Xena miró hacia la ventana, donde el gris se iba transformando despacio en un profundo rosa. Sabía que debería levantarse e ir a ver a Argo, terminar con la armadura, hacer un montón de cosas que había que hacer... pero al pensarlo, descubrió que su cuerpo se plantaba con una atípica rebelión, deseando con todas sus ganas quedarse donde estaba, acurrucado en esta cama absurdamente mullida. Eso es mala señal, se advirtió a sí misma. Tengo que cortarlo de raíz ahora mismo y ponerme en marcha.

Pero Gabrielle escogió ese momento para arrimarse más a ella, rodeando a Xena con un brazo y dejándola firmemente atrapada en el sitio. La guerrera enarcó las cejas, observando a su amiga, y notó que el brazo se ponía tenso y luego se relajaba cuando la bardo se hundió más en el sueño con un suspiro satisfecho. Por otra parte... En la cara de la guerrera se dibujó una sonrisa cómica mientras Xena luchaba con su vena perezosa, rara vez tolerada y siempre bien oculta, y decidía que dormir hasta tarde una mañana no iba a hacerle mucho daño, a fin de cuentas. Volvió a rodear a su amiga con el brazo y se quedó dormida de nuevo.

El sol entraba a raudales en la habitación cuando abrió los ojos de nuevo y parpadeó sorprendida y luego bajó la mirada para encontrarse con los ojos de Gabrielle, que soltaban destellos maliciosos. La bardo seguía tumbada perezosamente a su lado y no hizo ademán de levantarse.

—No puedo creer que me haya despertado antes que tú. —La bardo sonrió burlona—. Tengo que levantarme y escribirlo. —En realidad, sólo llevaba despierta unos minutos, pero ahora no iba a reconocerlo, no... no ahora que tenía la insólita oportunidad de burlarse como nunca. Se había quedado de piedra al despertarse y encontrarse a Xena todavía profundamente dormida. De hecho, su primera reacción fue de alarma, hasta que consiguió despejarse los ojos borrosos por el sueño y se tranquilizó al ver la respiración regular y el color normal de la guerrera.

Gabrielle se había quedado tumbada y muy quieta durante unos minutos, ya que Xena todavía le rodeaba los hombros con un brazo, y la bardo sabía que si se movía mucho, despertaría a su amiga. Y tenía tan pocas ocasiones de observar a la guerrera así de cerca sin que se diera cuenta. Lo aprovechó al máximo, advirtiendo que ni siquiera dormida Xena se relajaba por completo: el brazo que rodeaba los hombros de la bardo conservaba una tensión a flor de piel y Gabrielle veía los leves respingos de su cara, por lo demás inmóvil, que eran sus agudos sentidos siguiendo la marcha del mundo que la rodeaba mientras dormía.

La he visto pasar de un sueño profundo a un ataque pleno en menos tiempo del que tardaría yo en contarlo. ¿Cuántas veces nos ha salvado eso el pellejo? Y creo que yo soy la única que podría despertarla sin salir disparada de un golpe. La única. Qué raro... es peligrosísima e incluso... incluso cuando está enfadada conmigo, siempre me siento... a salvo. Incluso cuando entrenamos. Incluso cuando jugamos y hacemos lucha libre. Sé que me puede partir en dos. Pero sé que no lo va a hacer y a veces me siento como un cachorro de león transportado en las mandíbulas de su madre.

Caray... esto es demasiado profundo antes de desayunar. Tengo que parar ahora mismo. Pero ahí hay una historia...

Se alegraba de haberse despertado a tiempo de aflojar el brazo con que sujetaba a la pobre mujer. Gabrielle se imaginó, sin mucho esfuerzo, la mirada con ceja enarcada que le habría dirigido por eso. Últimamente está más tolerante conmigo que de costumbre, pero...

De modo que ahora se limitó a mirar a Xena, sonriendo burlona.

—Otra primera ocasión... debe de ser mi semana.

Xena le respondió con una sonrisa indolente.

—Bueno... —dijo despacio, colocándose de lado y apoyando la cabeza en una mano—. Me habría levantado al amanecer, pero alguien me tenía de rehén y me dio pena despertarla. —Observó el rubor que ascendía por la cara de Gabrielle y se rió suavemente—. Eres una mala influencia, Gabrielle.

—¡Ja! —bufó la bardo, recuperándose rápidamente. Me ha pillado. Pero no parece... enfadada... ¿molesta? ¿Qué estoy buscando? Da igual—. Que yo soy una mala influencia. —Se puso boca abajo y agitó un dedo delante de Xena—. Y esto lo dice el Terror de las Llanuras en persona, la poderosa Princesa Guerrera. ¡¡¡Yo soy una mala influencia!!! —Muy animada, se dio la vuelta y se dirigió al techo—. Por favor.

Xena la observó con risueña tolerancia hasta que se puso boca arriba. Entonces vio la oportunidad y aprovechó la falta de atención de la bardo para alargar la mano y hacerle cosquillas, lo suficiente como para que su amiga chillara sobresaltada y, al seguir, para que le diera un ataque de risa.

—Eso no es justo —jadeó Gabrielle, cuando por fin recuperó el aliento y dejó de reírse.

—No —asintió Xena, riéndose ahora a su vez—. Pero ha sido muy divertido.

—¿Ah, sí? —preguntó la bardo, frunciendo el ceño en broma.

—Sí —contestó Xena, todavía riendo.

—Te lo advierto, Xena... un día de estos... —Gabrielle se dio la vuelta y se colocó a escasos centímetros de la cara de su amiga—. Descubriré dónde tienes cosquillas.

—¿No me digas? —contestó Xena, con los ojos risueños—. Pues será interesante ver cómo lo intentas. —Sonrió al ver el nuevo sonrojo de la bardo—. Pero hazme un favor... el truco está en la sorpresa... y si quieres sorprenderme... —Se acercó al oído de Gabrielle y susurró—: Acuérdate de agacharte.

—Lo haré —prometió Gabrielle, sonriendo—. Bueno —continuó, apoyando la cabeza en una mano, en la misma postura que su amiga—. ¿En cuántos desfiles tienes que participar por esto? —Venganza sutil—. Una estatua, ¿o van a hacer una serie? —Después de tanto tiempo, sabía muy bien cómo picar a Xena, y se regodeó en el ceño ofendido que obtuvo como respuesta y que quería decir que había dado justo en el blanco.

—En realidad —comentó Xena con sorna—, estaba pensando en darte un golpe en la cabeza y marcharnos esta mañana temprano, antes del amanecer.

—Oh —murmuró la bardo—. Y... ¿qué ha pasado? —Se preguntó si Xena lo decía en serio. A veces, hasta a ella le costaba saberlo, especialmente cuando se trataba de cosas así. Xena odiaba las ceremonias. Y esto prometía mucha ceremonia y festejo, con ella como atracción principal.

—Que lo he superado. —La guerrera se encogió de hombros—. Sobreviviré, creo. Además, te prometí que podrías ir de compras, ¿no? —dijo con tono de guasa, clavándole un dedo a Gabrielle en el hombro—. Y yo misma quiero comprar algunas cosas.

Gabrielle resopló.

—¿Tú? —Se le escapó una carcajada—. Sí... ya. Esto tengo que verlo.

Xena salió rodando de la cama y fue donde había dejado las alforjas de Argo, consciente de la intensa atención de Gabrielle. Metió la mano en la de la derecha y sacó dos bolsas de lino, sonriendo para sí misma antes de borrar la sonrisa de su cara y darse la vuelta para volver con la bardo.

—Toma —dijo, lanzándole a su amiga una de las bolsas—. Con una condición. Lo tienes que gastar todo.

Gabrielle atrapó la bolsa, sorprendida por el peso y el leve sonido metálico. Miró un momento dentro y luego a Xena, que estaba apoyada en el poste de la cama, aguardando su reacción.

—¿Pero esto no es...? —Se detuvo y Xena asintió—. Xena, esto es tuyo. No puedo...

—Sí, es mío —afirmó Xena—. Y eso quiere decir que puedo hacer con ello lo que me dé la gana. —Lanzó su propia bolsa al aire y la volvió a atrapar—. Y lo que quiero hacer con ello es dártelo a ti. Somos compañeras, ¿no? —Sus ojos se pusieron serios un momento y Gabrielle notó el cambio—. Así que, por favor, vas a hacer lo que te pido, sólo por esta vez, sin discutir, ¿vale?

Gabrielle se lo pensó un momento.

—Vale. —Miró a Xena y sonrió. Compañeras. Creo que me gusta cómo suena—. Gracias. Va a ser divertido. —Salió de la cama y dejó la bolsa junto a su vara—. ¿Desayunamos?


—Ah. Bueno, no creo que vaya a ser un problema —le aseguró Jessan, terminándose el pan—. Delicioso, por cierto. Estoy seguro de que no corres ningún peligro por parte de Xena.

—Sí. —Se oyó una risa grave a meros centímetros detrás de él—. Sólo sacrifico bebés una vez al mes —dijo Xena, más divertida que otra cosa. Dirigió una mirada tranquila a la petrificada Sharra y rodeó a Jessan, eligiendo una rebanada de pan de la cesta que había en la mesa. Vestida con una sencilla túnica de lino con cinturón, no resultaba en absoluto tan amenazadora como cuando iba de cuero y armadura, pero Sharra se apartó nerviosa—. Tranquila. Lo único que quiero es desayunar —dijo Xena, dando un bocado al pan y masticando con placer.

—Vaya —dijo Jessan despacio, lanzándole una mirada cargada de malicia—. Ya era hora de que te despertaras. —No hizo el menor caso de la mirada severa que obtuvo como respuesta—. Y yo que creía que iba a tener que servirte el desayuno en la cama. —Sus ojos dorados soltaron destellos y le sacó la punta de la lengua sonrosada.

Xena no pudo evitar una risa irónica.

—Un día de estos, Jessan —le advirtió, con una sonrisa burlona y una expresión traviesa en los ojos—, cuando menos te lo esperes...

El habitante del bosque cruzó los brazos sobre el musculoso pecho y la miró sacando la mandíbula, muy risueño.

—Ah... amenazas sin peso. —Miró a Sharra con aire de superioridad—. Qué miedo me da. —Le volvió a sacar la lengua, lo cual hizo que la muchacha apenas pudiera contener una risita, lo cual a su vez no hizo sino darle más alas. Miró a Xena meneando las cejas, retándola para que lo intentara—. Creo que te estás tirando un farol —terminó, sin ver el repentino destello malicioso de esos ojos claros, olvidando lo difícil que era predecir sus acciones, olvidando la velocidad de sus reacciones.

Y claro que reaccionó, moviéndose tan deprisa que no tuvo oportunidad alguna de pararla, ni la menor esperanza de detener su ataque repentino, ni la idea siquiera de resistirse cuando ella le atrapó la cara y le plantó un sólido beso en la boca. El sobresalto y la subida de sangre a la cabeza le hicieron perder momentáneamente el control de las extremidades inferiores y se cayó del banco al suelo. Sabía que estaba como un tomate del cuello hasta la coronilla y se quedó allí sentado, mirándola parpadeando. Su cerebro aturdido no era capaz de producir lenguaje coherente y las risotadas de Sharra y la recién llegada Gabrielle no contribuían a mejorar las cosas.

—Ahhh... —farfulló, tapándose los ojos con una manaza.

—Ooo... Xena —exclamó Gabrielle desde el otro lado de la mesa—. Qué astuta. —Alargó la mano y le dio a Jessan unas palmaditas en la cabeza—. Ya te dije que sabe hacer muchas cosas. —Se sentó al lado de Sharra—. Hola, soy Gabrielle. —Le ofreció la mano, que Sharra le estrechó con cierta vacilación—. Tú trabajas aquí en la fortaleza, ¿verdad?

—Yo nunca me tiro faroles —comentó Xena, sonriendo, y luego cedió y alargó la mano hacia Jessan. Éste la agarró del brazo y ella lo levantó del suelo. Él se sacudió la ropa, rehuyendo la mirada, con la cara todavía sonrojada. Por fin, la miró de reojo y le sonrió de mala gana.

—Venganza, ¿eh? —Le chispeaban los ojos—. Eres peligrosa, Xena.

—Eso me han dicho —respondió Xena con seco humor. Lo llevó de nuevo a la mesa y se sentó a su lado, frente a Gabrielle y Sharra, que estaban charlando como viejas amigas mientras Gabrielle le sacaba información sobre los comerciantes de la ciudad. Comió en silencio, escuchando hasta que Gabrielle hizo una pausa para respirar—. ¿Por qué no te llevas a Sharra para que te lo enseñe todo, Gabrielle? —propuso como de pasada—. Yo tengo que ir a ver a los marroquineros y los armeros. Sé que a ti eso no te gusta nada.

Gabrielle la miró, pero en la expresión de Xena no vio nada salvo un moderado interés.

—Mmm. Vale. Es una buena idea. —Enarcó una ceja al mirar a Sharra, que asintió con entusiasmo—. Os vemos más tarde, entonces —continuó la bardo, y la trabajadora del castillo y ella se apartaron de la mesa y se dirigieron hacia la puerta.

Xena las siguió con los ojos hasta que salieron de la estancia, luego miró hacia la izquierda y vio que Jessan la miraba con expresión maliciosa.

—¿Qué? —gruñó.

Jessan se limitó a sonreír y volvió a bajar la mirada hacia su plato, que estaba casi vacío.

Xena sofocó una risa y se levantó de la mesa.

—Bueno, tengo que ocuparme de unas cosas. Hasta luego, Jessan.

Pasó por el rastrillo y se dirigió a las plazas del mercado. Primero el armero, pensó, y se volvió hacia el sitio donde oía el típico ruido rítmico de un yunque bajo el martillo. Se quedó observando cómo trabajaba un rato, mientras una espada corta iba cobrando forma bajo sus habilidosas manos. Él era consciente de que estaba allí, pero ella no lo distrajo hasta que la espada quedó bien enfriada en un barreño de agua cercano. Entonces él se acercó, secándose en el delantal las manos ennegrecidas tras décadas de trabajo en la forja.

—Bonita pieza —comentó Xena, señalando el barreño de agua con la cabeza.

—Gracias. —El herrero sonrió de medio lado—. ¿Qué es lo que deseas? Una espada no, seguro. —Sus profundos ojos marrones soltaron un destello—. Ayer vi la tuya. Muy buena.

Xena se rió por lo bajo.

—No, hoy no. Dos dagas para las botas. Lo demás conseguí conservarlo. —Recorrió el taller con mirada distraída mientras él se acercaba a un baúl y sacaba varias dagas. Sus ojos se posaron en un juego de cuchillos de cocina que estaban en un estante justo a la altura de su mirada. De un solo filo, espiga pequeña, mangos bien forrados, pensó, y luego sonrió—. Y esos también. —Señaló el juego con la barbilla.

El herrero la miró sorprendido.

—Esos son cuchillos de cocina, mi señora. Para cortar carne y esas cosas.

Xena lo miró ladeando la cabeza.

—Ya lo sé. —Se inclinó hacia él—. Y no soy una señora. —A eso le siguió una sonrisa fiera y el herrero retrocedió un paso. Ella salió un poco después, con un paquete debajo del brazo, y se dirigió al marroquinero, cuyos talleres, situados contra el viento, estaban llenos de soldados solicitando arreglos de su armadura básica tras la batalla del día anterior.

El maestro artesano, un hombre mayor de pelo rojizo canoso y dulces ojos grises, se distrajo de su discusión con un soldado magullado cuando entró ella y terminó el debate a toda prisa, acercándose a ella con una sonrisa.

—Ah. Nuestra heroína. —Sonrió aún más cuando ella hizo una mueca—. Hola, Xena. Cuánto tiempo —añadió el marroquinero con aprecio, ofreciéndole el brazo como saludo.

—Hola, Teldan —contestó Xena, con el mismo aprecio—. Se me ha ocurrido pasarme por aquí y darte trabajo, por los viejos tiempos. —Sus ojos chispearon—. Además, trabajas bien. —Le estrechó el brazo que le ofrecía y le sonrió, recordando la última vez que se habían visto—. La última túnica ha resistido bien hasta ahora.

—Viniendo de ti, eso es un buen cumplido, muchacha —contestó el marroquinero, ahora todo negocios—. Vamos ahí atrás. Tengo unos cueros muy bien curados... elige el que quieras. —La llevó a la zona separada por una cortina donde colgaban los cueros curándose. Xena fue pasando de uno a otro, acariciándolos con los sensibles dedos hasta que encontró uno cuya textura y peso le gustaron.

—Traje completo —dijo, escuetamente—. Éste está bien. —Lo miró de reojo—. El mismo modelo que la última vez.

El artesano le sonrió de oreja a oreja.

—Ése es un encargo que me encanta. Venga... vamos a ver si te han cambiado las medidas antes de que empiece a cortar. —La cogió del codo con gentileza y la llevó a una estancia trasera—. Y después de todos esos soldados peludos, menudo placer va a ser esto, permíteme que te diga.

Xena suspiró y puso los ojos en blanco, mientras se quitaba la túnica, y se quedó plantada con aire despreocupado mientras él reunía la información que necesitaba.

—Parece que has estado trabajando duro —comentó Teldan, garabateando notas en un trozo de papel. Sus dedos rozaron ligeramente los moratones que tenía en las costillas—. ¿Eso es de ayer?

—Mmmm —contestó la guerrera—. Ya sabes cómo es esto.

—Sí —gruñó Teldan—. Lo sé. —Se colocó detrás de ella y le midió los hombros, alzando una ceja ligeramente y tomando nota—. ¿Has estado moviendo rocas o algo así? —Asomó la cabeza por su costado y captó su mirada desconcertada—. Tienes los hombros cinco centímetros más anchos que la última vez.

Xena alzó las manos, encogiéndose de hombros.

—He estado luchando mucho, supongo —contestó—. La verdad es que no me fijo. —¿Cinco centímetros? ¿Pero qué he estado haciendo?

Teldan soltó un gruñido humorístico y siguió tomando notas.

—Supongo que no. ¿Esos golpes y este corte es todo lo que te has llevado del campo de batalla? —Observó los músculos que se movían por toda la espalda cuando ella se dio la vuelta para mirarlo.

—He tenido suerte —dijo Xena, encogiéndose de hombros.

Teldan la rodeó para mirarla de frente y sus ojos recorrieron despacio su figura. Contuvo una carcajada y meneó la cabeza.

—¿Suerte? Vamos, Xena. Tú no tienes suerte. Es que eres buenísima. No te quites mérito, ¿vale? —La miró con cariño—. Veo todo tipo de gente, muchacha, y ojalá viera más como tú. —Le pasó su túnica—. Vuelve a ponerte eso antes de que me obligues a hacer algo por lo que seguro que acabo con un brazo roto. —Se rió entre dientes y se apoyó en un baúl cercano, para terminar sus notas—. Serán dos o tres días. —Levantó la mirada—. Te vas a quedar para las celebraciones, ¿no?

—Sí —asintió Xena, acercándose y apoyándose en el mismo baúl—. Ningún problema. —Le sonrió—. Gracias, Teldan.

—Por ti, lo que sea, muchacha —le sonrió Teldan a su vez—. Cuídate, ¿eh? Me gustaría seguir haciéndote túnicas durante mucho tiempo.

Xena meneó la cabeza.

—Nada de promesas, Teldan. —Pero le guiñó el ojo antes de recoger su paquete y salir del taller del marroquinero. Las necesidades inmediatas ya están... ahora... Xena se detuvo un momento, intentando decidir qué hacer a continuación. Por fin, se encogió ligeramente de hombros y dirigió sus pasos hacia el grupo de comerciantes cercanos, sin un objetivo definido en mente.


Gabrielle y Sharra estaban muy entretenidas, entregadas a las compras. Gabrielle ya se había detenido donde los tejedores y había comprado no sólo tela nueva, sino además una túnica nueva de color verde claro de tela suave y reluciente para el banquete de esa noche, junto con una falda corta de color crema para acompañarla. A Sharra le gustó mucho el conjunto y le propuso un pasador para el pelo que hacía juego perfectamente. La bardo llevaba ambas cosas firmemente sujetas bajo el brazo mientras se encaminaban a la tienda del cacharrero.

—Necesito una sartén —había dicho Gabrielle, sin explicar la sonrisa sardónica que se le dibujó en la cara.

También tenía un dilema, pues estaba deseando comprarle algo a Xena, pero... ¿el qué? No puedo comprarle cualquier cosa sin más... reflexionó la bardo. Armas, fuera. Cosas con adornos, fuera. Joyas que cuelguen, fuera. ¿Otro par de brazales con armadura? Gabrielle suspiró. No.

—¿Qué te pasa? —preguntó Sharra, al verle la cara—. ¿Por qué sacudes la cabeza? —Había decidido que la joven bardo le caía bien, a pesar de su compañera de viajes.

—Por ningún motivo, la verdad —contestó Gabrielle, con un suspiro—. Es que estoy intentando decidir una cosa. —Miró al otro lado de la calle y vio una platería—. Eh... vamos a echar un vistazo ahí. —Entraron—. ¡Guau! —sonrió Gabrielle—. Aquí sí que podría meterme en un buen lío. —Sus ojos recorrieron las joyas con interés. Dio varias vueltas por el interior, bajo la mirada risueña del platero, hasta que sus ojos se posaron en un par de brazaletes de plata forjada a juego, grabados con un bello diseño de nudos. Gabrielle se quedó sin respiración—. Oh. —El familiar diseño le hacía cosquillas en la memoria con insistencia—. Son preciosos.

Sharra estiró el cuello para mirar por encima del hombro de Gabrielle.

—Mmm... —Silbó por lo bajo.

—¿Cuánto cuestan? —preguntó la bardo, mirando al platero, que se acercó y la miró ladeando la cabeza, observando su cara de repente con mucha atención.

—¿Quieres venir un momento a la luz, mi señora? —le pidió el platero, con voz grave y profunda. Llevó a Gabrielle hacia la ventana y la miró intensamente a los ojos. Luego, sin motivo aparente, le sonrió con dulzura—. Me harías un gran honor si aceptaras esos brazaletes como regalo.

Gabrielle se quedó boquiabierta. Toda la escena le resultaba incomprensible.

—¿Qué? ¿Por qué? O sea... no lo entiendo.

El platero se la quedó mirando con una expresión imposible de interpretar.

—Digamos que me gustaría regalártelos. Por favor. No digas que no. —La miró con ojos risueños, sacó los brazaletes de la caja, los envolvió en un paño suave y se los colocó en las manos, que no ofrecieron resistencia.

—Va... vale... —musitó Gabrielle, meneando confusa la cabeza—. Gracias. —Sharra y ella salieron y se quedaron paradas, mirándose la una a la otra—. ¿Pero y eso? —se preguntó Gabrielle—. No lo entiendo. —Desenvolvió el paño y dejó que el sol se reflejara en el metal.

Sharra sacudió la cabeza y los miró.

—Pero son demasiado grandes para ti, Gabrielle. —Midió las muñecas de la bardo—. Qué lástima —dijo encogiéndose de hombros.

Gabrielle se quedó en silencio un momento y luego replicó, casi distraída:

—Ah. No son para mí. —Sus labios esbozaron una sonrisa. Rodeó uno con la mano delicadamente y cerró los ojos pensando—. Le quedarán perfectos. —Abrió los ojos y miró parpadeando a Sharra, que la miraba con cara rara.

Pero Sharra se quedó callada y al cabo de un momento, siguieron caminando por la calle.

—Bueno —dijo Sharra por fin—. Tú viajas con Xena. ¿Qué tal es eso? —Miró a la bardo con curiosidad. Se dio cuenta de que eran más o menos de la misma edad, Gabrielle tal vez un poco mayor, pero en el rostro de la muchacha pelirroja había arrugas de experiencia de las que el suyo carecía por completo.

—Qué tal es eso —repitió Gabrielle, pensándolo—. Bueno, pues somos amigas íntimas. —Bajó la mirada y sonrió para sí misma—. Nos metemos en un montón de problemas. Como aquí.

—Qué raro. Yo no me imagino siendo amiga de alguien así —replicó Sharra, echándole una rápida mirada—. ¿No tienes miedo?

—¿De qué? —dijo Gabrielle riendo—. ¿¿De Xena?? Qué tontería. —Se detuvo un momento—. Bueno, no es una tontería... es decir... sí, puede dar mucho miedo a las personas que no le caen bien. —Sonrió a Sharra—. Pero supongo que yo no soy una de esas personas, así que veo una faceta distinta de ella. —Siguieron caminando un trecho en silencio—. ¿Tienes hambre?

—Un poco —reconoció Sharra—. ¿Los brazaletes son para ella? —Supo la respuesta antes de que la bardo asintiera, y tomó nota de la información—. Seguro que le gustan. —Sonrió a Gabrielle levemente—. Vamos a comprar unos pasteles. Eften los hace buenísimos, rellenos de nueces y miel. —Y dirigió la marcha hacia la tienda.


Xena sonreía mientras regresaba a la fortaleza. No está mal, no está nada mal, pensó con satisfacción. Túnica de cuero, dagas, algo para ponerme esta noche, botas y unas cuantas... cosas más. Todo un éxito, y ni siquiera he tardado mucho. Entró en el patio y se encontró con Hectator, que iba en dirección contraria.

—¿Qué tal la cabeza? —preguntó, aflojando el paso para hablar con él.

—Me duele como el propio Tártaro —contestó Hectator alegremente—. Me he enterado de que has salido a apoyar mi economía local. —La cogió del brazo y regresó con ella hacia el rastrillo—. Iba a salir para buscarte. —Hizo una pausa—. Todavía no te he dado las gracias como es debido. Ese murmullo medio consciente de anoche no cuenta.

Xena se encogió de hombros afablemente.

—Un trabajo como otro cualquiera, Hectator.

—No —resopló el príncipe—. ¿Puedo convencerte para que te quedes unos días? Tenemos un gran banquete planeado para esta noche y unas fiestas para los próximos dos días. Creo que te gustaría... vamos a tener concursos de guerra. —Sus ojos grises oscuros observaron los azules de ella—. Y también voy a invitar a Lestan y su gente.

Xena se rió por lo bajo.

—Sí, muy bien. ¿Por qué no? —Lo miró—. De todas formas, tenía pensado descansar unos días.

—Bien —contestó Hectator, muy satisfecho—. ¿Crees que podría conseguir que Gabrielle preste servicio como bardo esta noche durante un ratito? Les gustó mucho el otro día y seguro que conoce historias estupendas.

—Eso tendrás que preguntárselo a Gabrielle —replicó Xena, pero con una sonrisa—. Pero creo que probablemente le gustaría hacerlo.

—Estupendo —suspiró Hectator muy contento—. ¿Quieres que te lleve algunas de esas cosas? —Hizo un gesto señalando los paquetes de Xena. Ésta volvió la cabeza y le lanzó una larga mirada con ceja enarcada—. Vale... vale... es la costumbre... disculpa. —Se echó a reír—. Permíteme que me vaya de aquí antes de que decidas subirme a por las escaleras. —Salió disparado por un pasillo, dejando que Xena subiera las escaleras hasta su habitación, cosa que hizo de dos en dos.

Estoy de buen humor, reflexionó la guerrera pensativa. Y creo que me gusta esa sensación. Tendré que volver a probarla en algún otro momento. Por supuesto, estaba de vuelta antes que la bardo. Xena depositó sus paquetes en el baúl que había cerca de las alforjas de Argo y los organizó, dejando a un lado el paquete de cuchillos y varios otros más pequeños. Sin embargo, su sensible oído captó unos pasos conocidos que subían por las escaleras y se apresuró a meter la mayor parte de los paquetes en las alforjas, dejando fuera los cuchillos y otro paquete pequeño. Sopesó en la mano otro más y luego lo guardó con el resto.

—Ése... ése me va a meter en un lío —murmuró Xena, levantando la mirada cuando se abrió la puerta y entró Gabrielle tambaleándose, con los brazos cargados de paquetes.

Soltando un taco, Xena se acercó a toda velocidad para agarrar unos cuantos antes de que la bardo perdiera el equilibrio por completo y saliera volando. Acabó agarrando los paquetes y a la bardo y consiguió depositarlos a todos sin que se le cayeran.

—¡Gabrielle! —exclamó, riendo—. ¿Es que has comprado el mercado entero?

Gabrielle sonrió, sin aliento.

—Fiuu. Pues casi. —Se apartó el pelo de los ojos—. Necesitábamos muchas cosas. —Dirigió a Xena una mirada taimada—. Y he comprado una sartén. —Recibió una mirada—. Les dije que me la hicieran con un pincho en el extremo, por si acaso —añadió, con una sonrisa maliciosa.

—¿En serio? —rió Xena sorprendida.

—Sí —contestó la bardo alegremente—. También he comprado pieles de dormir nuevas. Dijiste que lo tenía que gastar todo, ¿recuerdas? —Se levantó y empezó a organizar los paquetes—. He comprado algo para ponerme esta noche.

—Sí, yo también —comentó Xena, ante lo cual Gabrielle se detuvo sorprendida—. No me mires así. Me están haciendo una túnica de cuero nueva, porque la otra acabó hecha trizas ayer.

—¡Eh! —Gabrielle alzó las manos con un gesto de rendición en broma—. ¡Que yo no digo nada! —Volvió a sus paquetes—. He conseguido provisiones y jabones y más pergaminos y tinta y... —Se debatió rápidamente consigo misma—. Y esto. —Se volvió con el paquete de paño en las manos y lo depositó en las manos soprendidas de Xena—. Para ti.

Es curioso cómo nuestras mentes parecen seguir los mismos derroteros, pensó Xena, mientras desenvolvía el paquete.

—No tenías por qué, Gabrielle —reprendió a su amiga, luego miró el contenido y se quedó maravillada, con los ojos como platos—. Oh, Gabrielle... —Levantó los ojos y atrapó la mirada de la bardo con la suya y luego trazó los diseños con un dedo—. Son preciosos.

Gabrielle sonrió.

—Parece que te gustan, ¿eh? Eso pensé. —Se anotó un punto mental.

—Mucho —contestó Xena, sonriéndole. Entonces cogió algo que tenía detrás y le lanzó un paquete a Gabrielle—. Mi turno.

—Pero... —Gabrielle se detuvo y se echó a reír, luego cogió el paquete y atisbó por debajo del envoltorio—. ¡Guau! —exclamó encantada—. ¿Dónde los has encontrado? ¡He recorrido todas las tiendas buscando unos como estos y no he conseguido encontrar nada! —Levantó los cuchillos de cocina y volvió el filo pulido hacia la luz.

—Me alegro de que te gusten —replicó Xena—. Mira... he comprado este broche para Jessan. ¿Qué te parece? —Le enseñó a la bardo el broche del león risueño que había encontrado en una pequeña tienda justo fuera de las murallas del castillo.

Gabrielle se echó a reír.

—Oh... es perfecto. —Tocó el broche con un dedo—. Hasta se parece a su expresión... ya sabes cuál.

—Mmmm —asintió Xena—. Creo que será mejor que empecemos a prepararnos para el banquete. —Miró hacia fuera, donde se estaba poniendo el sol—. Me voy a lavar. —Se apartó del poste de la cama y cuando dio dos pasos hacia la habitación del baño Gabrielle la interceptó con un abrazo—. Eh... eh... —Se rió suavemente por la ferocidad del abrazo de la bardo—. Tranquila. Voy a acabar yendo al banquete con las costillas rotas.


Oscuridad total. Xena recorrió la habitación encendiendo velas para aumentar el resplandor del fuego. Las puertas abiertas del balcón dejaban pasar una brisa fresca y dulce que agitaba la llama de las velas, pero sin fuerza suficiente para apagarlas. Xena, que ya estaba vestida, se acercó a las alforjas y sacó dos paquetes más, muy pequeños. Uno lo dejó en el baúl, el otro lo desenvolvió con cuidado y se lo puso en la palma de la mano antes de acercarse a Gabrielle, que acababa de salir de la habitación del baño y estaba acicalándose ante el espejo de la habitación.

—Muy bonito —comentó la guerrera, al ver el atuendo nuevo de la bardo—. Te sienta muy bien.

—Gracias —murmuró Gabrielle, mirando a Xena, y entonces se dio la vuelta del todo para mirarla fijamente—. Caray. —Contempló el atuendo de Xena, de seda carmesí con bordados, parpadeando un poco. Mangas abiertas forradas de blanco puro, a juego con las ajustadas polainas blancas, todo ello terminado con blandas botas negras de interior—. Estás estupenda —sonrió la bardo.

—Me alegro de obtener tu aprobación —contestó Xena con seco humor, pero sonriéndole—. Tú también estás muy guapa. —Alargó una mano y tocó la suave tela de color verde.

Gabrielle sonrió y se volvió de nuevo hacia el espejo.

—Me gustó —reconoció, colocándose bien una manga—. No hacemos esto muy a menudo. —Sonrió burlona a su propio reflejo—. Y te aseguro que yo no lo hacía en casa. —Se volvió y recorrió de nuevo a Xena con los ojos—. ¿El puñal es necesario? Creía que esto era una celebración... entre amigos. ¿Es que me he perdido parte de los planes o algo?

Xena se apoyó en la mesa y se cruzó de brazos.

—Pues verás —explicó—. Es una fiesta. Una gran fiesta. Donde se van a mezclar los ánimos con otro tipo de animaciones.

—¿¿¿Y...??? —preguntó Gabrielle, alzando las manos con un leve encogimiento de hombros.

—Y que cuando los guerreros contentos se emborrachan, lo primero que hacen es buscar pelea con la persona más dura de la taberna —dijo Xena con tono de guasa, extendiendo los brazos y señalándose a sí misma—. Y ésa soy yo. —Su tono sonaba resignado, pero con moderado buen humor—. La espada la voy a dejar aquí, pero no voy a aparecer totalmente desarmada.

Gabrielle soltó una risita.

—Xena, tendrían que ser unos suicidas —dijo—. Incluso totalmente desnuda y medio dormida, podrías con la mayoría de ellos, y lo saben. —Sonrió a su amiga con malicia—. Sólo tienes que echarles una de esas miradas. —Esquivó el capón en broma de Xena y siguió arreglándose la manga que le estaba dando problemas—. Trata de no pasarte mucho con ellos, ¿vale?

—Lo intentaré —fue la respuesta ligeramente sarcástica de Xena—. Y por favor, tú ten cuidado con el hidromiel de Hectator. Es muy potente y no estás acostumbrada a beber.

—Tendré cuidado —dijo la bardo riendo por lo bajo—. Pero tú me vigilarás, ¿verdad? —Miró a su amiga de reojo—. Como si tuviera que preguntarlo.

—Mmm —asintió Xena, luego echó la cabeza a un lado y observó a Gabrielle atentamente—. Esa túnica es muy bonita —murmuró—. Me gusta el color. —En sus labios se dibujó una sonrisa—. Pero creo que le falta algo.

—¿El qué? —preguntó Gabrielle, mirándose en el espejo, perpleja.

—Oh... no sé. Esto tal vez —respondió Xena, como quien no quiere la cosa, al tiempo que rodeaba el cuello de Gabrielle y le abrochaba un colgante, luego apartó las manos y retrocedió.

Gabrielle se quedó inmóvil, contemplando su reflejo y el engaste de filigrana delicadamente forjada que rodeaba una piedra de un color verde grisáceo y cambiante. Sintió que el corazón le daba un vuelco, tras haberse parado un buen rato, e intentó buscar una respuesta, pero no encontró ninguna. De modo que se dio la vuelta y se quedó mirando a Xena y no dijo nada en absoluto.

—Hace juego con tus ojos —comentó Xena, con una ligera sonrisa.

—¿Sí? —soltó Gabrielle, recuperando por fin el habla.

Xena se acercó más y estudió la piedra, luego alzó la penetrante mirada para mirar a los ojos en cuestión.

—Mmmm. —Dio una palmada a la bardo en el hombro—. Vamos. Será mejor que bajemos antes de que empiecen a buscarnos.

Qué cosas... Gabrielle se miró al espejo una vez más, alzando una mano para tocar el colgante. Despacio, lo levantó y lo miró y luego se miró a los ojos en el espejo. Tiene razón... son del mismo color... ¿lo ha elegido por eso o por... qué? Sintió un hormigueo nada desagradable que le recorría la espalda. Riéndose levemente y sacudiendo la cabeza, se miró por última vez en el espejo y se dirigió a la puerta.

Xena estaba en el pasillo, hablando con Jessan, y los dos se volvieron cuando se acercó a ellos. Jessan llevaba una túnica de cuello alto con cinturón, de color azul brillante, con pantalones oscuros y los pies descalzos como siempre. Le sonrió.

—Gabrielle. Estás guapísima —gorjeó alegremente, agarrándola del brazo para empezar a bajar las escaleras y agarrando hábilmente también el brazo de Xena, sin hacer el menor caso de su falso ceño.

—Tú también estás muy bien, Jessan —comentó Gabrielle, hincándole ligeramente un dedo en las costillas. Él le sonrió y luego bajó el cuello para mirar más de cerca.

—Caray —sonrió Jessan—. Es precioso. —Levantó la mirada y advirtió su ligero sonrojo, adivinando con acierto de dónde había sacado la joya. Puso su expresión más maliciosa y suficiente antes de volver la cabeza para mirar a Xena, que consiguió devolverle la mirada con controlado y frío interés. Es buena. Tengo que reconocérselo. Ni se ha inmutado. Le guiñó un ojo y ella le respondió con una levísima insinuación de sonrisa en la cara. Ahhh... rió su espíritu romántico. ¿Aún no notáis este vínculo? Yo sí... al estar aquí entre las dos, siento cómo fluye a mi alrededor como el agua... y aunque las dos sois humanas y no pertenecéis a mi pueblo... tenéis que sentir algo. Seguro que sí... o por todas las señales del sol, yo también soy ciego.

—No sé, Gabrielle. Parece un poco... —dijo Xena con tono burlón, mirando a la bardo y parando a Jessan, para estudiarlo.

—Soso —terminó Gabrielle, en el momento oportuno—. Muy soso.

Xena asintió y luego, manteniendo los ojos clavados en los desconcertados ojos de Jessan, le colocó el broche del león en la túnica.

—Así. Mucho mejor. —Se volvió hacia la bardo—. ¿No crees?

—Absolutamente —asintió Gabrielle con decisión. Se quitó una mota de polvo imaginaria de la manga—. ¿Listos?

A Jessan se le pusieron los ojos como platos al mirarse, y luego miró a Xena.

—No has...

—Pues sí —contestó Xena, secamente—. ¿Algún problema? —Lo miró con una ceja enarcada—. ¿Y bien?

—Gracias —contestó el habitante del bosque suavemente, con una mirada sentidísima, e incapaz de contenerse, la rodeó con los brazos y la levantó del suelo.

Gabrielle se echó a reír cuando la soltó y se dispusieron a bajar las escaleras.

—Te das cuenta de que eres la única persona aparte de tal vez Hércules a quien le permitiría hacerle una cosa así, ¿verdad? —le dijo la bardo con una sonrisa.

—Sí —canturreó Jessan—. Lo sé. —Sonrió a Xena alegremente y luego flexionó los músculos de los brazos—. Eh, que tienen que servir para algo, ¿no? Es una cosa de hombres.

Xena y Gabrielle pusieron los ojos en blanco a la vez.

—Oye, qué bien lo habéis hecho. ¿Es que ensayáis o algo así? —preguntó Jessan, tomándoles el pelo.

—Vamos —bufó Xena, dirigiéndose hacia las escaleras—. Antes de que nos manden a un guardia armado.

En los ojos dorados de Jessan asomó un brillo travieso cuando llegaron al pie de las escaleras y se dio cuenta de que cientos de ojos se volvían hacia ellos. Qué cuadro debemos de hacer...

Hectator estaba hablando en voz baja con uno de sus lugartenientes cuando Lestan se inclinó hacia él y le dio un codazo en las costillas. El príncipe miró a su nuevo aliado, sobresaltado. Lestan se limitó a sonreír y señaló hacia la puerta con la peluda barbilla.

—¿Mmm? —replicó Hectator, mirando hacia allí, y entonces se echó a reír suavemente—. Pero qué ven mis ojos —comentó, guiñándole el ojo a Lestan cuando el hijo de éste entró en la sala, escoltando a Xena y a Gabrielle con gran elegancia—. No me puedo creer que ella le esté permitiendo una cosa así —comentó Hectator, advirtiendo la expresión divertida de la mujer morena.

Lestan se rió por lo bajo.

—Yo tampoco. —Intercambió una mirada con el príncipe, descubriendo cada vez más cosas que le gustaban de este aliado humano. Se volvió hacia Wennid, sentada a su izquierda, levantó la mano que sujetaba en la suya y la besó ligeramente en los dedos—. Nuestro hijo está muy guapo, ¿no estás de acuerdo, amor mío?

Wennid, desconcertada, miró hacia Jessan y ladeó la cabeza, pensativa.

—Muy propio de Jessan —sonrió burlona. Observó mientras su hijo le hacía una limpia reverencia a Xena indicándole su asiento en la mesa principal antes de seguir avanzando por la sala con Gabrielle, que inclinaba la cabeza hacia él, evidentemente contándole algo que le hacía reír.

Xena se dirigió a la mesa del príncipe, donde había un asiento reservado entre Lestan y el que estaba obligada a ocupar. Preferiría estar en la sala con Jessan y Gab, suspiró mentalmente. Oh, bueno... que empiece el espectáculo, supongo. La mesa se extendía por la sala y ella se estaba acercando por delante en lugar de por detrás y tenía la mesa entre las sillas y ella. Bueno, siempre he sido una señora de la guerra sin modales y que me ahorquen si voy a rodear toda la mesa, con toda la sala mirándome. Con los ojos chispeantes, esperó a estar a dos zancadas de la mesa y saltó hacia arriba y hacia delante, dando una voltereta por encima de la mesa y girando en medio del aire para aterrizar limpiamente delante de su silla. La expresión de Hectator estuvo a punto de hacerla estallar en carcajadas, pero en cambio se quitó una mota de polvo imaginaria de la manga y se sentó.

—Buenas noches, Hectator. —Y logró no echarse a reír.

Lestan se desternilló. Hasta Wennid reprimió una sonrisa. Hectator colocó un codo con cuidado encima de la mesa y apoyó la barbilla en la mano, meneando la atractiva cabeza mientras la miraba.

—Buenas noches, Xena —dijo por fin, con tono burlón—. Muy amable por... mm... dejarte caer por aquí. —Esto le provocó a Lestan otro ataque de risa, mientras los criados del banquete empezaban a servir la comida y los primeros encargados del entretenimiento hacían sus reverencias.

La sala del banquete estaba iluminada por las antorchas y muy ruidosa, y el jaleo de voces y la mezcla de pisadas y ruido de cacharros dificultaba incluso la conversación más cercana. Xena, sentada entre Hectator y Lestan, consiguió evitar un ataque de violencia sólo al recordarse a sí misma que en algún momento acabaría fuera de la sala y en un lugar tranquilo. Detestaba las multitudes. Detestaba el ruido. Detestaba las salas de banquetes ruidosas y atestadas de gente.

El entretenimiento estuvo bien y Gabrielle se llevó a la sala de calle con unas historias estupendas, contando las dos primeras y luego dirigiendo una mirada a Xena antes de empezar la tercera, para avisarla de que ésta probablemente le iba a resultar conocida a la guerrera de una forma más personal. Efectivamente, la guerra entre centauros y amazonas. Captó la mirada de Gab y le dirigió una sonrisa auténtica, para que la bardo supiera que no estaba enfadada. Dos copas del hidromiel de Hectator habían quitado algo de fuerza a su fastidio, aunque no habían bastado ni por asomo para quitar la menor agudeza a sus reflejos. Sin embargo, la atestada sala no se había moderado como ella y ahora que la velada se iba prolongando, ya veía ojos vidriosos y pasos tambaleantes por la gran sala.

Gabrielle bebió otro trago de hidromiel, disfrutando de su fuego dulce y potente. Miró hacia la mesa principal y sofocó una risita. Interpretar las expresiones de Xena se había ido haciendo más fácil con el tiempo, y la bardo sabía que esa cara aparentemente tranquila y desinteresada quería decir que Xena se estaba poniendo cada vez más nerviosa con el ruido, la gente... y que la postura relajada que tenía en la silla ocultaba una tensión muy grande traicionada por la flexión rítmica de los largos dedos... Gabrielle suspiró y miró su copa. Creo que sé de alguien que se puede beber esto mejor que yo. Se disculpó y salió de detrás de la mesa, dirigiéndose hacia la parte frontal de la sala.

A medio camino, alguien la agarró del brazo.

—Hola, preciosa. —Un guerrero, con la ropa algo desordenada, que no soltaba a su presa—. Me han gustado esas historias. Quiero oír más. En privado. —Le sonrió con impudicia y buen humor.

—Gracias —suspiró Gabrielle—. Pero no querrás que me marche de la fiesta, ¿verdad? —¿Salgo de ésta a base de labia o con amenazas? Mmm.

—Claro que sí —rió el hombre, agarrándola del brazo con más fuerza—. No se ve muy a menudo a una cosita bonita como tú. Vamos. Tengo una buena habitación en el cuartel... podemos ponernos cómodos. —Echó a andar, sin esperar resistencia, pero se paró en seco cuando el objeto de sus atenciones se negó a cooperar—. Oye, no te me pongas difícil, moza. Ayer tuve un día muy duro.

—Sí, bueno, yo también —contestó Gabrielle—. Y tengo otras cosas que hacer, así que... ¿qué tal si me dejas en paz?

—Dame una sola razón convincente para que no te coja en brazos y te saque de aquí. Sé lo que quiero. —El hombre se estaba enfadando y la agarró del otro hombro con la mano libre.

—Una razón convincente —dijo Gabrielle, asintiendo para sí misma. Una razón convincente. Vale, hemos intentado hablar. Pasemos al plan B, como diría Xena—. Mira por encima de mi hombro derecho.

Ya, y yo soy la que siempre le está diciendo que me deje librar mis propias batallas. Ya. Claro, Gabrielle, ¿me dices otra vez lo mucho que te molesta eso, mmmm?

—¿Qué? —El hombre volvió la cabeza y Gabrielle vio cómo se quedaba paralizado y una expresión de lenta comprensión cruzaba sus rasgos algo feos. Apartó las manos de ella como si estuviera al rojo vivo y empezó a retroceder, con los brazos apartados de cualquier posible arma. La bardo sonrió y ella misma volvió la cabeza para mirar hacia atrás, encontrándose con una gélida mirada azul que se suavizó cuando sus ojos se encontraron. Xena estaba de pie detrás de la mesa, con los brazos cruzados, irradiando una amenaza nerviosa que poco a poco fue cediendo a medida que Gabrielle se iba acercando a la mesa.

—¿Estás bien? —preguntó Xena, mirándola de arriba abajo.

—Por supuesto —rió Gabrielle—. Lo único que necesitaba era una mirada tuya. —Sonrió burlona—. Deberías descubrir la forma de embotellar eso y venderlo.

Xena hizo una mueca.

—¿No quieres eso? —Indicó la copa con la cabeza—. ¿No te gusta?

Gabrielle frunció los labios pensativa.

—En realidad me gusta demasiado —reconoció, bebiendo otro trago—. No quiero que ésta sea la primera vez que me desplomo borracha. —Se calló un momento—. Ésta es mi cuarta copa. —Una mirada contrita a Xena, que se echó a reír—. He pensado que a lo mejor te venía bien... pareces un poco tensa.

—Mmm —asintió Xena—. Las grandes fiestas no son lo mío. —Observó la cara de la bardo y sonrió—. Entonces has bebido más que yo —advirtió la guerrera, pasando la mano ante los ojos de Gabrielle y notando la lentitud de la reacción—. Será mejor que pares. —Recorrió la sala con la mirada—. De todas formas, esto ya se está acabando. Creo que podemos escabullirnos sin ofender a nadie.

—No tienes por qué... —protestó la bardo—. Puedes quedarte y divertirte... —Se calló ante la mirada con ceja enarcada de Xena—. Tal vez no —terminó, riendo.

—Vamos —contestó Xena, y saltó otra vez por encima de la mesa y se despidió con un gesto de Hectator, Lestan y Wennid, que estaban apiñados en torno a un pequeño mapa, derramando hidromiel encima de dicho mapa y de ellos mismos—. Ah, sí —murmuró la guerrera—. Fíjate, me voy a perder esto. —Colocó una mano en el hombro de Gabrielle y la guió hacia la puerta.

A mitad de las escaleras, Gabrielle se paró de repente y se agarró a la barandilla muy confusa.

—Uuuf —farfulló en voz baja, llamando la atención de Xena—. No tiene gracia.

Xena se acercó a ella y la cogió del brazo con delicadeza.

—¿El qué? —Observó preocupada cuando la bardo cerró los ojos y se apoyó en la pared.

—Vueltas —contestó Gabrielle, vagamente, abriendo los ojos y parpadeando—. Ay.

Xena la agarró de la muñeca y se puso su brazo alrededor de los hombros.

—Venga. Con calma... apóyate en mí y vamos a subir.

Gabrielle intentó seguir las instrucciones, pero las piernas no obedecían a su voluntad y con la otra mano se agarró la cabeza, que le había empezado a doler de repente.

—No puedo. Espera un momento... deja que me siente.

Xena se mordisqueó el labio un momento.

—No, aquí no. Aguanta. —Rodeó los hombros de la bardo con un brazo y con el otro la cogió por detrás de las rodillas, levantándola y acunándola como a una niña—. Agárrate a mi cuello. No estamos lejos.

—Vale —murmuró Gabrielle, obedeciendo. Debería oponerme, objetó su cabeza difusamente. No debería dejar que me suba en brazos por las escaleras... debería... debería... Gabrielle, deberías apoyar la cabeza en su hombro y callarte. Cosa que hizo, dejando que su mente atontada se hundiera en una cálida neblina dorada.

Xena subió los últimos escalones hasta el rellano superior y usó el codo para abrir la puerta de su habitación, que cerró de una patada al pasar, y cruzó hasta el sofá bajo que había al otro lado de la chimenea. Una vez allí, se dejó caer sobre una rodilla y acomodó a Gabrielle en los almohadones.

—Vale... tranquila. Voy a buscar agua fría.

La bardo la miró parpadeando y alzó la mano para frotarse la cabeza.

—¿Agua? No tengo sed, gracias —farfulló.

—Sí que tienes —suspiró Xena—. Sólo que no lo sabes. —Se levantó y fue a la habitación del baño, sacando una copa de entre sus cosas por el camino. Un momento para llenarla de agua fría y luego regresó donde Gabrielle estaba ahora sentada, frotándose las sienes—. Toma. —La guerrera se sentó en el sofá a su lado.

Gabrielle levantó la mirada, con una mueca de dolor.

—Vale, dentro de un momento. En cuanto la cabeza deje de darme vueltas. —Miró a Xena bizqueando—. Guau... ahora eres dos. Qué suerte tengo.

Xena le echó una mirada tolerante y riseuña.

—Creo que lo has dejado justo a tiempo —comentó con una ligera sonrisa y le ofreció el agua—. Bébete esto. Te sentirás mejor, te lo prometo.

La bardo cogió la copa, rodeándola con las manos y colocándose el metal frío en la frente.

—Tienes razón. Me siento mucho mejor. —Sonrió a Xena débilmente—. Vale... vale... —Suspiró y bebió un trago del líquido y luego varios más—. Oye. Sí que me siento mejor. —Miró a Xena, que puso los ojos en blanco, pero se reclinó en el sofá.

—¿Te has divertido? —preguntó la guerrera distraída—. Has tenido mucho éxito con esas historias. —Volvió la cabeza y miró a Gabrielle con una sonrisa—. Hasta me ha gustado la guerra de los centauros.

Los ojos de Gabrielle se pasearon por su cara.

—Sí... me he divertido —contestó—. Me alegro de que no estés enfadada conmigo. —Levantó la mano y se tocó el cuello—. A todo el mundo le ha gustado el colgante. —Sonrió—. ¿Pero cómo conseguiste el color exacto?

—Venga, Gabrielle —rezongó Xena—. Después de tanto tiempo, espero saber de qué color son tus ojos. —Abrió los suyos un poco más—. Al fin y al cabo, tú sí que sabes de color son los míos, ¿no?

—Oh... sí —fue la respuesta, en un tono que Xena no se esperaba—. Ya lo creo que lo sé. —En la cara de Gabrielle se formó una sonrisa y luego contempló las profundidades de su copa—. Ya lo creo que lo sé —repitió en un susurro. Otro sorbo de agua y luego se reclinó en el sofá y cerró los ojos.

Xena se sonrió y volvió la mirada hacia el fuego, que ardía con llama baja, apoyó las botas en el banco forrado que había delante del sofá y se cruzó de brazos.

—¿Qué tiene tanta gracia? —preguntó la bardo.

—¿Mmm? —Xena le echó una mirada y luego volvió a mirar el fuego—. Nada.

—¿Te estás riendo de mí? —Las cejas de Gabrielle se fruncieron en un ceño—. Eso no es justo. Estoy borracha.

La guerrera volvió la cabeza y se quedó mirando a su amiga.

—No, no me estoy riendo de ti. Así que tranquila. —Volvió a mirar el fuego—. Además, no creo que estés borracha. No creo que puedas emborracharte sólo con tres... vale, cuatro copas de hidromiel.

Gabrielle reflexionó.

—Creo que sí que lo estoy. —Soltó una risita, luego se movió ligeramente y apoyó la cabeza en el oportuno hombro de Xena y también ella dirigió la mirada hacia el fuego. Otra risita—. Sé que lo estoy.

Xena volvió de nuevo la cabeza para observarla, aunque se estaba haciendo apuestas mentales sobre lo que iba a pasar a continuación. En sus labios se formó una sonrisa traviesa.

—Y ahora, ¿qué es lo que te hace a ti tanta gracia? —Esto va a ser interesante.

—Oh... nada —respondió la bardo, con tono inocente, dirigiendo a Xena una mirada curiosa—. Bueno... en realidad nada... o sea... sólo estaba... olvídalo.

Xena se volvió de modo que se quedó apoyada en un hombro y de cara a Gabrielle.

—Desembucha —dijo con tono guasón—. Y no me obligues a hacerte cosquillas para que desembuches.

Gabrielle captó el tono alegre.

—Ah, pues... estaba... intentando decidir... si realmente... —Se calló un momento y luego continuó, con una expresión medio de curiosidad, medio de otra cosa—: ¿Fuiste tú o fue Autólicus?

Xena sabía exactamente a qué se refería. Echó la cabeza hacia atrás ligeramente y dirigió a la bardo una sonrisa lenta y peligrosa.

—Juzga tú misma —dijo riendo por lo bajo y luego cogió la cara de Gabrielle con una mano y la besó, con la intención de que fuera un simple gesto y sin esperarse en absoluto la explosión de sus sentidos o la inconfundible respuesta de Gabrielle. Duró mucho más de lo que había planeado. Luego se separaron y Xena sintió la conmoción, entre otras cosas, que le subía y bajaba por la espalda, mirando a Gabrielle mientras ésta abría despacio los ojos cerrados. Ohhh... no debería haber hecho eso para nada.

—Caray —suspiró la bardo—. Creo que eso responde a la pregunta. —Su cara se iluminó con una gran sonrisa—. ¿Podemos hacerlo otra vez?

Xena se rió un poco, con la respiración entrecortada.

—No mientras estés borracha. —Notó que el corazón se le calmaba y volvía a su ritmo normal—. Ése no es mi estilo.

Gabrielle la miró con ojos serios.

—Estar sobria no va a cambiar lo que siento.

—Tal vez —sonrió Xena, y la rodeó con un brazo para estrecharla un momento—. Pero no voy a correr riesgos. Contigo no.

Gabrielle sonrió.

—Creo que eso es lo más bonito que me has dicho jamás. —Cogió la copa olvidada y bebió un largo trago y luego le ofreció el agua a Xena, que la cogió sin decir nada y se la terminó. La bardo bostezó y se acurrucó de nuevo en el hombro de Xena con un suspiro satisfecho—. Me alegro.

—¿De qué te alegras? —preguntó Xena, dejando la copa en el suelo y acomodándose de nuevo en el sofá.

—De que fueras tú y no Autólicus —fue la respuesta, acompañada de una ligera risa.

—¿Ah, sí? —respondió Xena, sonriendo relajada.

—Sí. Tú eres mucho más mona que él —comentó Gabrielle, pensativa.

—¿Eso crees? —rió la guerrera.

—Sí —contestó la bardo.

—No se lo digas a él —advirtió Xena.

—No —afirmó Gabrielle afablemente y volvió su propia mirada, pensativa, hacia el fuego, echando la cabeza hacia atrás para apoyarla en el pecho de Xena. Sentía el apoyo reconfortantemente fuerte del brazo que tenía alrededor de los hombros y dejó que el firme latido que notaba en el cuello fuera adormeciendo sus sentidos.

Xena observó a su amiga hasta que el cambio de su respiración anunció la llegada del sueño. Luego volvió la cabeza y se quedó contemplando pensativa el agradable fuego. Al cabo de un momento, en su cara se formó una sonrisa resignada e hizo un ligero gesto por el aire con la mano que no tenía ocupada, como si estuviera lanzando algo al viento. Luego, con aire protector, rodeó también con ese brazo a la bardo dormida y dejó flotar la mente, contemplando las llamas, sin darse cuenta siquiera del momento en que ella también se quedó dormida.


Unos gritos salvajes interrumpieron la quietud de la fortaleza, muchas horas antes del amanecer, y tras ellos se oyó el sonido sibilante del acero al ser desenvainado. El vestíbulo estaba lleno de cuerpos en movimiento cubiertos de cuero y acero, y por el alto techo abovedado resonaban gritos de sobresalto y dolor. Hectator salió tambaleándose de sus aposentos y se metió en la refriega, todavía tan atontado por el hidromiel que apenas conseguía apartar su espada de sus propias piernas. Al verlo, unas voces broncas empezaron a gritar y unas manos bruscas lo agarraron y lo tiraron, dándole una patada en los pies y apretándole la cabeza contra el suelo.

—Aaajjj —gruñó, cuando una bota descuidada le dio una patada en los riñones. El corazón le martilleaba en el pecho y amenazó con pararse por completo cuando lo levantaron y lo aplastaron contra la pared, con una antorcha ardiente cerca de la cabeza.

—Es él —gruñó una voz grave—. Avisad al capitán. —Se rió—. Te creías que te ibas a quedar tan contento después de acabar con nuestro ejército, ¿verdad? ¿Con esos seres malditos? —Le pegó un puñetazo a Hectator en las costillas, haciendo que las piernas de éste se doblaran bajo su peso—. Puede que hayas ganado la batalla, Hectator... pero vas a perder esta guerra. —Se inclinó, acercándose, y susurró al oído del príncipe—: Y esta vez no vas a tener a tu preciosa Xena para que te salve.


El asesino envuelto en sombras se deslizó escaleras arriba, deteniéndose para escuchar cada pocos pasos. El silencio continuaba... y no percibía el menor movimiento en las corrientes de aire, ni el susurro de unas pisadas. Tras la seda negra, sonrió.

Subió los escalones hábilmente en total silencio y se detuvo ante la puerta de la habitación de su presa. Esto, esto redondearía su reputación. Una carcajada silenciosa. Se había apresurado a aceptar la oportunidad. Con infinito cuidado, colocó las puntas de los dedos callosos sobre la madera de la puerta, enviando sus sentidos hacia el interior. Silencio. Quietud.

Con precisa lentitud, empujó la pesada madera que tenía bajo las manos y cuando la madera salió de la jamba, se detuvo y aspiró los olores de la habitación. Velas, sí, y el denso aroma especiado del fuego. El característico olor de dos seres humanos, dos mujeres. Sonrió de nuevo. Y empujó más la puerta. Silencio aún, salvo por el movimiento casi inaudible de dos personas al respirar. Cuando me vaya, ya no...

La puerta se separó del marco, dejando apenas espacio suficiente para que pasara un perro pequeño, pero él pasó y cerró la puerta de madera tras él, dejando que la oscuridad de la habitación lo envolviera, lo absorbiera. Sus ojos se acostumbraron a la escasa luz del fuego con facilidad, descubriendo claros detalles ocultos para casi todo el mundo salvo para los que eran como él. Miró hacia la cama y luego miró con más atención. Vacía. Inesperado. Luego distinguió las dos figuras dormidas en el sofá. Una sonrisa oculta en la oscuridad.

Silencioso como una sombra, avanzó hasta colocarse detrás de ellas y atisbar por encima del respaldo del sofá. La respiración acompasada demostraba que seguían durmiendo, en silencio, sin saber que iban a pasar de entre los vivos a los muertos por su mano.

Se fijó en su objetivo, la guerrera primero, una zona de bordado justo encima del corazón, desprotegida. La delgada hoja acanalada que llevaba en la mano izquierda se estremeció, deseosa de atacar. Se preparó para el golpe, repasó la fuerza necesaria para empujar la afiladísima hoja a través de los músculos y los huesos y se movió, a una velocidad vertiginosa que nunca había fallado el blanco. Jamás.

Y no vio que su blanco se movía. Ni vio la mano que agarró la suya, el golpe que le rompió el brazo por dos sitios. Ni vio el codo que se estampó contra su barbilla con una fuerza tan devastadora que le destrozó la mandíbula, y ahora sólo era consciente de la mano de hierro que le aferraba la garganta, impidiéndole respirar y hablar, y del brillo repentino de un par de trozos de hielo que se clavaron en sus ojos. Sintió una oleada de terror y dolor bajo aquella mirada feroz.

Entonces dos dedos se clavaron en su cuello y sintió que el resto del cuerpo se le quedaba insensible y una presión súbita y exquisita que empezaba a crecer dentro de su cabeza, palpitando.

—Tienes veinte segundos para decirme quién te ha enviado. —La voz era grave y cargada de amenaza mortal—. Después, morirás.

—Ansteles —jadeó él, asustado—. Está atacando el castillo. Quiere matar a Hectator. —No tenía sentido no contárselo todo. Tenía un contrato y, en cualquier caso, no había conseguido cumplir con el encargo.

Otra punzada y el dolor regresó con toda su fuerza, llenándole la vista de puntos negros por su intensidad. Afortunadamente, recibió un golpe en un lado de la cabeza que trajo consigo una oscuridad total y una agradable quietud.

—Quédate aquí. —Xena se volvió para mirar la cara grave de Gabrielle—. No, pensándolo mejor, ve al pasillo y despierta a Jessan, intentad reunir a toda la gente que podáis.

—¿Y tú? —contestó la bardo—. No, olvídalo. Qué pregunta tan tonta. Xena, por favor... —Agarró el brazo de la mujer morena para subrayar lo que decía—. No llevas armadura. Recuérdalo, ¿vale? ¿Tendrás cuidado?

Xena asintió.

—Lo tendré. Tú también ten cuidado. —Fue a la puerta, sacando su espada de la vaina por el camino, y salió con el mismo sigilo que había empleado el asesino para entrar. Por poco. El corazón todavía le martilleaba ante la idea. Por muy poco. No lo he oído hasta que ha entrado. Maldición, estoy perdiendo facultades. Asqueada, se detuvo al llegar a la escalera y se volvió para ver a Gabrielle que salía por la puerta: se había quitado la falda y ahora iba vestida únicamente con la larga túnica y botas y se dirigió a la habitación de Jessan, armada con su vara. Xena sacudió la cabeza y bajó por las escaleras, deteniéndose de nuevo al oír roce de pisadas y el ruido de las espadas debajo de ella. Se le aceleró el pulso y en sus labios se dibujó una sonrisa tensa.


Gabrielle se deslizó pegada a la pared y llegó a la puerta de Jessan sin incidentes. Abrió la puerta de madera y entró a toda velocidad, parpadeando en la repentina oscuridad.

—¡Jessan! —dijo en voz baja, adentrándose más en la habitación y acercándose a la cama. Oyó un roce de tela y luego la luz de la luna quedó tapada por la alta figura de su amigo delineada contra las puertas abiertas del balcón.

—Gabrielle —dijo quedamente, acercándose a ella con una agilidad extraña en un hombre tan grande—. ¿Qué...? —Bajó la mirada y vio su vara—. ¿Problemas?

—Sí —dijo la bardo con voz ronca—. Un... un soldado. —Se detuvo—. No, un asesino acaba de aparecer en nuestra habitación. El castillo está siendo atacado por unos mercenarios contratados por Ansteles.

—¿¡Un asesino!? —exclamó Jessan, dirigiéndose a la puerta y agarrando sus armas sobre la marcha—. ¿Dónde?

Gabrielle lo alcanzó y lo agarró del brazo.

—No te preocupes por eso. Tenemos que despertar a todo el mundo. —Se lamió los labios llena de tensión nerviosa—. Xena se ha ocupado del tipo ése. —Hizo un gesto con la vara—. Ya sabes.

Jessan soltó una risa seca.

—Vaya si lo sé.

Avanzaron por el pasillo, despertando rápidamente a la gente de Jessan y a los residentes humanos. Al poco, tenían un numeroso grupo de hombres y mujeres armados avanzando por el vestíbulo hacia el torreón principal. Jessan entró en la habitación de Gabrielle al pasar, tirando de la manga de uno de los suyos para que lo siguiera. Dentro de la habitación, se arrodillaron al lado del pretendido asesino, que seguía inconsciente, y Jessan le quitó la máscara de seda que le tapaba la cara.

—¡Por Ares! —gruñó el habitante del bosque, sobresaltando a Gabrielle, que había entrado con ellos—. Es Stevanos. —Intercambió una mirada con su compañero guerrero—. ¿Tío Warrin?

El otro habitante del bosque gruñó.

—Así es. —Volvió los ojos oscuros hacia Gabrielle—. Ansteles va en serio. Stevanos es uno de los mejores de la especie... si se le puede llamar así. Ha matado a más de trescientos objetivos. —Se quedó mirando a Gabrielle largamente y luego volvió los ojos hacia su sobrino—. Ansteles es demasiado peligroso.

Jessan asintió mostrando su acuerdo.

—Lo sé.

Warrin bajó la mirada hacia Stevanos, volviéndole la cara y examinando los huesos rotos y el destrozo del brazo. Sonrió para sí mismo con gravedad, luego se sacó un pequeño puñal del cinto y lo sostuvo entre Jessan y él. Los dos hombres se miraron a los ojos y luego Warrin se hizo un corte con cuidado en la palma de la mano y luego en la de Jessan y los dos se estrecharon la mano.

—Sangre de mi sangre, hijo de mi hermana —dijo Warrin con tono grave.

—Sangre de mi sangre, hermano de mi madre —contestó Jessan.

Warrin volvió a asentir, le soltó la mano y se alzó, envainando el puñal. Se detuvo al lado de Gabrielle y la miró, con los ojos entrecerrados por un momento, luego le sonrió con tristeza y salió por la puerta.

Gabrielle lo observó mientras se marchaba y luego se volvió y miró a Jessan.

—¿Qué ha sido eso?

Jessan se sacudió las manos y se quedó en silencio, mientras ataba al asesino con un trozo de cuerda de las cosas de Xena. Por fin, se levantó e hizo un gesto a Gabrielle para que saliera por la puerta delante de él.

—Ése era mi tío Warrin. —En su voz había tristeza—. Es nuestro... bueno, nuestro mejor rastreador —contestó, de manera evasiva.

—Jessan —respondió Gabrielle, al tiempo que salía al pasillo y se ponía en guardia—. Está tan triste. —Levantó los ojos para mirar al hombretón—. ¿Por qué?

Los ojos dorados de Jessan se nublaron y se llenaron de sombras.

—Tiene... el vínculo vital roto, Gabrielle. —La miró, mientras bajaban por las escaleras, hacia donde se oían ruidos de combate—. Es el hermano de mi madre... su vinculada murió durante una cacería. Un accidente... pero desde entonces camina en la oscuridad. —Alzó la espada cuando el ruido aumentó de volumen—. Es nuestro... asesino.

Gabrielle abrió mucho los ojos.

—Eso es terrible... lo de su vinculada, me refiero. —Se calló y sintió un escalofrío por la espalda—. Va tras Ansteles, ¿verdad? —No era una pregunta. Agarró la vara con más firmeza y se apartó un poco, para dar espacio a Jessan para mover la espada. Una lección que había aprendido pronto luchando con Xena. Había que mantenerse bien lejos del radio de acción de su espada o sufrir las consecuencias.

—Sí —contestó Jessan, abalanzándose cuando apareció el primer mercenario por la esquina del pasillo. Su espada parpadeó a velocidad vertiginosa al atacar al hombre, a quien desarmó fácilmente, y empleó entonces un gran puño para dejarlo inconsciente.

Gabrielle pilló al siguiente mercenario por sorpresa, pues no se esperaba que una mujer a medio vestir y con un palo tuviera la precisión de golpearlo en los pies y la cabeza con una hábil maniobra doble. Sonrió con gravedad y pasó al siguiente soldado, captó un punto débil en sus defensas y lo dejó fuera de combate con un golpe rápido en la cara. Está claro que esto cada vez se me da mejor. Incluso con un dolor de cabeza capaz de tumbar a Argo.


—No es tan fácil de matar —jadeó Hectator, manteniendo un ojo ensangrentado clavado en su torturador—. Aunque por vuestro bien, más os vale hacerlo.

El hombre se echó a reír.

—Tenemos un experto encargándose de eso, cerdo asqueroso. —Volvió la cabeza, cuando un hombre vestido de cuero oscuro y cota de malla se abrió paso a través de la gente—. Ah... ahí estás, capitán. Mira lo que tenemos aquí.

El capitán asintió, contemplando a Hectator con unos ojos casi incoloros, a juego con su pelo de color paja. Era de corta estatura, más bajo que Hectator y, de hecho, más que la mayoría de sus tropas. Pero el hombre emanaba un propósito mortífero, y el príncipe sintió un escalofrío por la espalda.

El capitán sacó una daga corta de la vaina que llevaba en el brazo izquierdo y la examinó un momento. A Hectator se le heló la sangre. La daga de un asesino. El capitán rodeó con sus dedos largos la empuñadura forrada de cuero y se acercó a Hectator, preparando el brazo para la cuchillada y descargándola luego con la velocidad de una serpiente.

Atravesó el cuerpo de Hectator con la hoja, clavándolo a la puerta. El príncipe se mordió la lengua de lado a lado para evitar chillar y dar una satisfacción a este animal. Sabía que la daga estaba en un punto que lo haría morir despacio. No atravesaba ningún órgano vital. Levantó la mirada, la clavó en aquellos ojos incoloros y escupió sangre con perfecta precisión a la cara del capitán.

—Capitán Ilean... —gruñó el teniente—, deja que...

—No —dijo el capitán con voz ronca, secándose la cara—. Va a morir muy bien. —Se volvió e hizo un gesto a los mercenarios a la espera—. Vamos a terminar lo que hemos venido a hacer. —Se dio la vuelta y dobló el primer tramo de escaleras, atisbando las sombras de arriba, iluminadas por las antorchas. Una sombra especialmente grande se acercó a él, pero estaba concentrado en el rellano superior y volvió la cabeza demasiado tarde, sin llegar a ver la patada que lo lanzó escaleras abajo a los brazos sorprendidos de sus soldados.

—Hola, Ilean —murmuró Xena, que se dejó caer en el rellano y limpió su espada, ya ensangrentada, en un mercenario atónito, abriéndose paso hasta donde colgaba Hectator—. No me esperaba que fueras así de traicionero. Deben de correr tiempos difíciles. —Se volvió y se enfrentó a los soldados y a Ilean, que estaba petrificado—. Lo voy a descolgar de esta puerta. Eso quiere decir que tengo que dejar esta espada y daros la espalda. Al primero que se mueva, lo parto en dos. ¿Entendido?

—Creo que eres tú la que no lo entiende, Xena —gruñó Ilean, sacudiéndose la túnica de cuero—. Estos no son soldados corrientes. Te van a hacer pedazos. —Sonrió—. ¿Ni siquiera llevas armadura? Había oído que te estabas ablandando.

Xena se volvió, apoyando la espada en un hombro cubierto de seda, y le sonrió.

—Podría ser —dijo despacio—. ¿Quieres averiguarlo? ¿Quién es el primero? —Recorrió con la mirada a los soldados vestidos de cuero, alzando una ceja interrogante—. ¿Tú, Ilean? ¿Por los viejos tiempos? —El hombre rubio la miró furioso—. Vamos... vamos... es la mejor oportunidad que vas a tener nunca. —Ojos furibundos, respiraciones agitadas... pero ni un movimiento en su dirección—. Hacerme pedazos, ¿eh? —bufó Xena—. Más quisieras. —Hizo un gesto con la cabeza señalando las escaleras—. Ya se están encargando del resto de tu chusma. —Se volvió de nuevo hacia Hectator, pero dijo por encima del hombro—: Y recoge a tu patético asesino de mi habitación al salir. —Se acercó a la cara pálida y sudorosa de Hectator—. Aguanta, Hectator. Te voy a sacar de esto.

—Te matarán —jadeó él, mirando lleno de pánico por encima del hombro de ella—. ¡No les des la espalda! ¡No lo merezco, por el amor de Hades, Xena!

—Qué va —dijo Xena, guiñando un ojo—. Para algo me tiene que servir mi reputación, ¿no? —Notó un movimiento detrás de ella y concentró los sentidos. Ilean. Cómo no. Esperó a que estuviera a distancia de ataque, entonces se dejó caer sobre una rodilla y permitió que su espada se incrustara en la madera de la puerta, pasándole por encima del hombro derecho tan cerca que oyó el silbido de la hoja al pasar junto a su oreja.

Dejó que su rabia se acumulara durante un momento, luego se volvió y se alzó y, poniendo esa rabia en su brazo, lo golpeó en la cara, sintiendo que los huesos se rompían por la fuerza, y el choque tremendo del impacto lo lanzó hacia atrás como a un muñeco de trapo.

—Nunca has sido capaz de aprender una lección, ¿verdad? —murmuró, levantando la espada y avanzando hacia los mercenarios que quedaban, sabiendo lo que debía de mostrar su expresión por las miradas espantadas y los movimientos inquietos de los hombres armados—. ¿Quién es el siguiente? —ladró, furiosa y asqueada y sin molestarse en ocultarlo—. Avanzad o largaos. ¡Ahora! —Se inclinó y agarró la sobrevesta enguatada de Ilean, lo levantó y lo tiró por las escaleras, donde se desplomó hecho un guiñapo.

Xena se giró de golpe, dejó caer la espada y agarró la empuñadura de la daga que mantenía sujeto a Hectator.

—Maldita sea —rabió, apretando los brazos con fuerza contra su cuerpo para levantarlo de la daga—. Agárrate a mis hombros, Hectator. —Vio que el príncipe apenas era capaz de hacer lo que le decía. Con todo el peso de su cuerpo, lo levantó apretándolo contra la puerta y al mismo tiempo tiró con fuerza de la daga, y notó que se soltaba de la puerta y salía del cuerpo del príncipe con un roce de metal contra hueso. La sangre caliente se derramó bajo sus manos y lo depositó con cuidado en el suelo.

Xena suspiró y abrió la túnica de Hectator.

—Aaijj. —Hizo una mueca—. Tengo que llevarlo a la enfermería, necesito vendas y desinfectante. —Notó una presencia conocida a la espalda justo antes de que una mano delicada le tocara el hombro—. Hola, Gabrielle.

—Hola —murmuró la bardo, mirando por encima del hombro de Xena—. Ay. —Miró a Hectator—. ¿Qué le ha pasado?

—Un mercenario lo clavó a la puerta con un cuchillo —contestó Xena, con tono práctico, trabajando rápidamente con un trozo de tela arrancado de la camisa del príncipe, presionando la fea herida que tenía en el abdomen—. Dame ese otro trozo de tela. Tengo que mantener la presión hasta que consiga controlar la hemorragia o no durará ni un minuto.

Gabrielle obedeció, observando con total atención lo que hacía Xena.

Xena oyó la ballesta antes incluso de que estuviera medio amartillada, y miró de golpe hacia la derecha, manteniendo las manos firmemente apretadas contra el cuerpo del príncipe. Ilean. Debería haberlo matado. Maldita sea. Tenía razón. Me estoy ablandando.

—Qué lástima, Xena —dijo el hombre de ojos pálidos con voz ronca—. Tú... tú eras la clase de adversario que aparece una sola vez en la vida. —Ilean hizo una mueca, que era lo más parecido a una sonrisa que podía conseguir con las costillas rotas—. Pero le vas a venir de perlas a mi reputación.

El tiempo se ralentizó, mientras la atención de Xena se concentraba en la punta de la flecha de una ballesta y en los ojos gélidos que había detrás. No puedo mover las manos para atrapar esa flecha y no puedo apartarme porque Gabrielle está detrás de mí. Maldición. De modo que así acaba todo. Los señores de la guerra no deben arriesgarse por sus tropas, ¿es que no aprendí esa lección hace mucho tiempo? Qué manera de descubrir que he cambiado de verdad. Asintió mínimamente y se volvió ligeramente para mirar a Ilean, irguiendo los hombros para presentar el blanco más grande posible. Sus ojos se encontraron con los de él sin miedo y en su cara se formó una sonrisa.

El mercenario interpretó su sonrisa y asintió a su vez, al tiempo que en su mirada incolora se percibía un respeto concedido de mala gana. Levantó la ballesta y apuntó con cuidado. Con ella, tendría una sola oportunidad. Pero la ballesta era su arma y su dedo se tensó sobre el gatillo con tranquila confianza.

Y cuando la presión descendía sobre el gatillo, su mundo estalló con un rugido tan bestial que los fundamentos de su comprensión se tambalearon. No tuvo tiempo de mirar, ni tiempo de vivir cuando un cuerpo dorado se estampó contra el suyo, unas manos con garras le desgarraron el tórax incluso a través de la armadura y unos colmillos ardientes lo agarraron de la garganta, acabando su vida con un torrente de sangre y burbujas de aire y chorros de saliva. El impacto derribó al suelo al mercenario y al atacante y, sacudiendo la cabeza, Jessan liberó los colmillos y la sangre goteó libremente de su boca a las losas del suelo.

Los demás mercenarios huyeron cuando el habitante del bosque se levantó de un salto con un espantoso rugido de rabia.

En el pasillo se hizo el silencio. Jessan parpadeó, luego un escalofrío recorrió su cuerpo y miró a Xena con los ojos inyectados en sangre. Ella se encontró con su mirada y se la sostuvo, sin juzgar, sin encogerse.

—Gracias —dijo, con un tono normal, y volvió a mirar el cuerpo inerte de Hectator, mirando un momento a la izquierda cuando notó que Gabrielle estaba temblando—. ¿Estás bien? —Pregunta estúpida.

La bardo cerró los ojos y respiró hondo varias veces. Luego parpadeó y miró directamente a Jessan. Si puedo aceptar a Calisto, puedo aceptar esto. No soy una niña. Su mente repitió esta idea en su consciencia sin parar.

—Gracias, Jessan —dijo, sonriéndole levemente, y él le respondió con una expresión de alivio casi patético en sus ojos dorados.

Jessan arrugó entonces la cara, sacando la lengua.

—Puaajjj —soltó medio ahogado, buscando un recipiente, y encontró un odre de vino abandonado. Quitó el tapón y echó un buen trago, hizo unas gárgaras y luego lo escupió todo sobre las losas del pasillo—. Detesto ese sabor. —Se acercó a ellas, todavía con una mueca de asco, con las manos ensangrentadas apartadas del cuerpo, y se acuclilló al otro lado del príncipe—. Yo no... o sea... es que... él iba a...

—Lo sé —dijo Xena, con tono amable—. Ya tengo controlada la hemorragia. —Levantó una mano y le tocó los dedos ensangrentados y con garras—. ¿Lo puedes llevar a la enfermería?

Sus ojos se posaron en los de ella, todavía atormentados.

—Ha sido la primera vez en mi vida que he...

Xena suspiró.

—Lo siento, Jessan. —Alzó la mano y le dio una palmadita en la mejilla—. Supongo que ahora estamos en paz. Me has salvado la vida.

El habitante del bosque se la quedó mirando.

—Yo no lo siento... todos tenemos que tener una primera sangre... y me alegro, por Ares, cómo me alegro de que ésa haya sido la mía. —Esbozó su dulce sonrisa y, osadamente, le tocó la cara, viendo cómo los labios de ella se curvaban con una sonrisa triste.

Gabrielle se mantuvo muy quieta y se limitó a observar, viendo un repentino parecido entre los dos guerreros que estaban a su lado. De mala gana, ahondó en su interior y buscó la sensación que había tenido en ese terrorífico instante en que se dio cuenta de que Ilean estaba a punto de matar a Xena y la sensación que había tenido cuando Jessan lo hizo pedazos. Y reconoció un parecido también en ella misma. Esa furia, ese rugido... descubrió ecos de ello en su mente. No tenía duda... la menor duda... y le dolía... de que de contar con esa velocidad, de contar con esa fuerza, ella misma le habría arrancado el corazón a Ilean. Xena habría renunciado a la vida. La bardo habría renunciado a algo más que eso. Bueno. Por fin tenía una ventana que le permitía ver esa oscuridad. Asintió en silencio por dentro y soltó el aliento que había estado aguantando.

—Sí —estaba diciendo Jessan—. Lo llevaré. Cuidado. —Con infinita delicadeza metió los brazos bajo el cuerpo de Hectator, lo levantó y se dirigió hacia la enfermería.

Xena esperó un momento, limpiándose las manos en un trozo de tela que quedaba, antes de volver la cabeza y mirar a Gabrielle.

—¿Estás bien? —preguntó de nuevo, suavemente.

—Ibas a dejar que te disparara. —No era una pregunta. No era el momento de andarse con rodeos.

Xena asintió, despacio.

—Sí. No podía soltar a Hectator. —Sonrió tensamente—. Y tú estabas detrás de mí. —Un ligero encogimiento de hombros—. Yo tolero las flechas mucho mejor que tú.

Gabrielle asintió despacio a su vez.

—¿Con esto? —Alargó la mano y tocó la túnica de seda, con una expresión severa en los ojos.

Xena se quedó callada un buen rato.

—Incluso con esto. —Intentó aligerar la conversación—. Habría intentado que me diera en algún punto que no fuera vital. Como la cabeza.

La bardo sonrió levemente y sin apartar los ojos de Xena, alargó la mano y rodeó con los dedos la mano de Xena, que estaba entre las dos.

—Eso no tiene gracia. —Suspiró—. No tengo la menor gana de arrancarte flechas, me da igual dónde estén.

Xena le devolvió el apretón.

—Lo sé. Pero no tenía mucho tiempo para tomar una decisión y ésa era la única posibilidad que tenía.

Gabrielle suspiró.

—La próxima vez, a ver si lo planeamos mejor —contestó, y la guerrera soltó una ligera risa entre dientes. Observó mientras Xena se enderezaba y le alargaba la mano—. Gracias —añadió, agarrando la mano que se le ofrecía y que la puso en pie.

—Parece que el combate ha terminado —comentó Xena, y empezó a bajar las escaleras para seguir a Jessan. En la puerta principal, se detuvo y miró a la oscuridad, moviendo con ritmo la espada que sujetaba en la mano.

Gabrielle se detuvo a su lado y estudió la cara de su amiga.

—¿En qué estás pensando? —preguntó, suavemente, al ver la frialdad insondable de esos ojos familiares. En nada que quiera saber, probablemente.

—En Ansteles —murmuró la guerrera, cerrando los ojos y haciendo un esfuerzo consciente por eliminar esa "mirada" antes de volver los ojos hacia Gabrielle—. No me gusta recibir visitas de asesinos en mis habitaciones. —Supo que lo había conseguido relativamente por la forma en que la bardo se encogió. Volvió a mirar al exterior—. Está ahí fuera. —Y hasta el último hueso de mi cuerpo quiere salir ahí fuera a buscarlo. Maldita sea, eso nunca muere, ¿verdad? El viejo lobo sigue ahí dentro. Sonrió tensamente para sí misma. El frío aire nocturno la llamaba, una cabalgada en la oscuridad, un rastreo en las sombras y luego... notó que se le aceleraba el corazón, supo que en sus ojos surgía el brillo fiero. Supo que seguramente estaba asustando muchísimo a Gabrielle, que se empeñaba en creer que esta faceta suya estaba mucho más enterrada de lo que estaba de verdad.

—No lo ha conseguido —respondió en voz baja de la bardo, con un tono cargado de tensión—. Xena... —Alargó la mano y rodeó la muñeca de Xena, notando la tensión que vibraba en ella. Se armó de valor para hacer frente a la mirada gélida que sabía que iba a recibir, al movimiento repentino que le apartaría la mano con el mismo esfuerzo que si fuera una mosca.

Pero la mirada que recibió no era lo que se temía y la mano que se había arriesgado a alargar sintió la calidez inesperada de un apretón como respuesta.

—Lo sé —replicó Xena, devolviendo al lobo a su guarida oscura y apartándose del aire nocturno—. Pero sigue sin gustarme —refunfuñó—. Ha faltado demasiado poco. —Miró a la bardo ladeando la cabeza—. ¿Pero tú cómo te encuentras?

—Ah —contestó Gabrielle, aliviada—. Pues, ay, en realidad. Me duele la cabeza. —Lanzó una mirada irritada a Xena, pero sintió una alegría desesperada por el cambio de tema—. Recuerdo que me tuviste que llevar en brazos por las escaleras y luego poca cosa más. —Arrugó el entrecejo—. ¿Hice el tonto?

Xena la miró, incapaz de contener la sonrisa que le inundó hasta los ojos.

—No. —Rodeó con un brazo los hombros de la bardo y la volvió hacia la enfermería—. Fuimos arriba, hablamos un poco y luego te quedaste dormida en el sofá.

—Ah. ¿En serio? —La bardo frunció el ceño—. No me acuerdo. ¿De qué hablamos? ¿Me puse tonta o algo?

Xena dudó durante un instante muy largo.

—No. No te pusiste... tonta. —Bajó la mirada hacia su amiga, esbozando apenas una sonrisa—. Hablamos de... Autólicus.

Gabrielle se quedó pasmada.

—¿De Autólicus? ¿Pero por qué...? —De repente se le quedó la cara en blanco y dejó de caminar y cerró con fuerza los ojos brumosos verdes—. Oh, dioses, no.

La guerrera suspiró.

—Gabrielle —dijo con tono cariñoso, estrechando los hombros de la bardo—. Está bien. Tranquila. —Miró las puertas de la enfermería—. Vamos. Tengo que ponerme hierbas en esta mano, me escuece un montón. —Vio que Gabrielle abría los ojos despacio y de mala gana, mirando a todas partes, pero negándose a posarse en los suyos. Esto no puede ser. Xena alargó la mano y atrapó la barbilla de la bardo, levantándole delicadamente la cara para obligarla a mirarla a los ojos—. Está bien —repitió, suavizando conscientemente el tono—. Lo digo en serio.

La mortificación y la vergüenza fueron desapareciendo poco a poco de la cara de la bardo, sustituidas por una tímida alegría. Sus ojos se fijaron en la mano que tenía en la barbilla y luego carraspeó.

—Tienes razón. Te tienes que curar eso, se está empezando a hinchar. —Subió la mano y examinó el daño con los dedos y luego alzó los ojos para encontrarse de nuevo con los de Xena, sonriendo un poco.

—Eso está mejor —dijo la guerrera, en voz baja—. Vamos.

Reemprendieron la marcha y se encontraron con Jessan nada más entrar. A Xena le entró más que una sospecha de que el habitante del bosque había estado atisbando por la puerta, sospecha justificada inmediatamente por la larga mirada sonriente y llena de placer con que él las observó en cuanto cruzaron la entrada. Xena suspiró, luego decidió que en el fondo tenía cierta gracia y le devolvió la mirada con una expresión divertida pero exasperada.

—¿Quieres dejarlo ya? —le gruñó.

—¿Qué? —preguntó Gabrielle, mirándolos a los dos con desconcierto.

—Luego te lo digo —le prometió Xena, clavándole un dedo con fuerza a Jessan en las costillas. El habitante del bosque respondió rodeándola con un brazo y estrechándola.

—Hectator se va a poner bien —fue lo que comentó, sin embargo—. Sus cirujanos de campaña lo están curando ahora, pero quiere hablar contigo. —Ah... Xena... mi amiga guerrera. He Visto... y lo que he Visto era tan familiar que para mí era como mi hogar. Me alegro, más de lo que podrías imaginarte.

El príncipe alzó la vista atontado cuando se acercaron. Xena se dejó caer sobre una rodilla junto a su camastro y examinó el trabajo de los cirujanos de campaña.

—No está mal —murmuró, mirando la cara blanca y tensa de Hectator—. Parece que saldrás adelante —añadió, dándole unas palmaditas en la rodilla.

Hectator suspiró.

—Por si te interesa, Xena... —Haciendo una mueca de dolor, se movió ligeramente—. Ansteles no se va a detener. Puedo soportar... que vaya detrás de mí. —Sus ojos grises la miraron a la cara y luego se posaron en la mano que tenía apoyada en el camastro a su lado—. ¿He entendido bien que había un asesino en vuestra habitación?

Xena se encogió de hombros.

—Así es. Pero eso no es culpa tuya, Hectator. No es la primera vez que me persiguen asesinos. —Lanzó una mirada rápida a Gabrielle, que estaba de pie en silencio a su lado.

—Era Stevanos, Xena —interrumpió Jessan, que se acercó con una copa de agua y se la pasó a Hectator—. Supongo que no lo reconociste en la oscuridad.

Xena enarcó las cejas.

—¿En serio? —En su cara se formó una expresión intrigada—. Creo que me siento halagada. —Se echó hacia atrás y apoyó un brazo en la rodilla—. Y no lo reconocí porque no lo había visto nunca. Se ha mantenido bien lejos de mí. —Se rió un poco por lo bajo. De modo que éste era el asesino a sueldo más mortífero de Grecia.

Hectator se la quedó mirando.

—Te comportas como si no fuera nada. —Se pasó una mano temblorosa por la frente.

Jessan se arrodilló al otro lado de Xena.

—Es esa cosa de los guerreros —comentó con sorna—. Y... uno de los míos ya se está ocupando de ver qué puede hacer con Ansteles —añadió—. Ahora creo que Hectator necesita descansar un poco y estoy seguro de que a todos nos vendrá bien hacer lo mismo.

El cirujano de campaña miró agradecido a Jessan y los apartó de su regio paciente, corriendo una cortina improvisada a su alrededor.

Los tres regresaron tranquilamente por el vestíbulo, si decir nada. Por fin, Xena habló.

—¿A qué te referías al decir que alguien se estaba ocupando de Ansteles, Jessan? —Volvió la fría mirada hacia él, con curiosidad.

—Mi tío —contestó el habitante del bosque, despacio—. Es lo más parecido que tenemos a nuestro propio asesino. —Siguió caminando, sin mirar a ninguna de las dos—. Ha ido en busca de Ansteles. Hemos decidido... bueno, él ha decidido que se está empezando a hacer demasiado peligroso. —Miró por fin a Xena, que miraba al frente con expresión inescrutable—. Ahora a nosotros también nos va mucho en esto.

—Mm —comentó la guerrera morena—. Eso es cierto. —Dobló la mano y se la miró con irritación—. Maldito Ilean. Tendría que haber recordado lo dura que tenía la mollera. —Suspiró cuando llegaron al pasillo tantas veces recorrido y manchado con restos del combate—. Que descanses, Jessan —dijo, dándole una palmada en la espalda al habitante del bosque.

—Vosotras también —respondió Jessan, abrazándola con delicadeza y luego a Gabrielle. Pasó ante ellas rumbo a su propia puerta y se deslizó dentro.

—Con tanto abrazo, ¿estás segura de que no sois parientes? —preguntó Xena, con tono de guasa, observando el sonrojo de la bardo como respuesta. Abrió la puerta e indicó a Gabrielle que pasara—. Espero que se hayan acordado de recoger a su asesino a sueldo.

Lo habían hecho. La habitación estaba vacía y prácticamente a oscuras, salvo por el débil resplandor de la chimenea. Xena dejó la espada con un suspiro, luego fue al sofá y se sentó, dejando en el reposapiés la bolsa de hierbas que le habían dado los cirujanos. Se examinó la mano hinchada con cierto desagrado y luego se puso a preparar una mezcla.

Gabrielle la observó un momento, luego se acercó al sofá y se sentó, quitándole la mezcla a su amiga.

—Deja que lo haga yo. —Sonrió—. Seguro que es más fácil con dos manos.

—Seguro —respondió Xena, esperando pacientemente mientras la bardo aplicaba las hierbas y le vendaba la mano con una tela suave—. Gracias. —Se reclinó y contempló el fuego—. ¿Qué tal el dolor de cabeza? —preguntó, mirando a Gabrielle.

La bardo se encogió de hombros.

—Los he tenido peores —replicó, ásperamente.

Xena la miró.

—Así de mal, ¿eh? —Sonrió—. Creo que tengo algo que te puede aliviar. —Se levantó y se puso a hurgar en sus alforjas, de donde sacó varios pergaminos doblados—. No sabe muy bien, pero funciona.

Gabrielle se levantó y se acercó al baúl.

—Estoy bien, en serio... no te molestes. —Consiguió sonreír tensamente—. Con tanto luchar, se me ha quitado todo el hidromiel de encima.

—Mmmm —asintió Xena, sin dejar de preparar la mezcla—. Toma —añadió, pasándole a Gabrielle la copa, sin hacer caso de la mirada exasperada de la bardo.

Gabrielle suspiró y olisqueó el líquido con desconfianza.

—Puajj —comentó, haciéndole una mueca a Xena. Y obtuvo una ceja enarcada como respuesta—. Oh, está bien —masculló y, cerrando los ojos y aguantando la respiración, se tragó el líquido con tres grandes sorbos—. Aaaujjj —farfulló, estremeciéndose—. Pero qué horrible. —La bardo lanzó una mirada aviesa a Xena—. ¿Qué es lo que llevaba...? No... olvídalo. No me lo digas... acabaría echándolo. —Sacó la lengua de nuevo y se encaminó a la palangana, llenó la copa de agua y se la bebió a toda prisa.

Xena la observó risueña, luego fue a la cama y se dejó caer boca arriba con una falta de elegancia impropia de ella.

—Un final asqueroso para una velada bastante agradable. —Suspiró, levantando la mano que no tenía lesionada y pasándose los dedos por el pelo. Miró a Gabrielle y notó la inmovilidad de su amiga, un levísimo brillo de sus ojos a la luz danzarina del fuego—. ¿Estás bien? Sé que esa mezcla era bastante mala, pero...

—Estoy bien —respondió la bardo en voz baja, dejando la copa y cruzando la habitación—. Está... funcionando. Realmente. Tengo la cabeza mucho mejor. —Se sentó en el borde de la cama y sonrió a Xena—. Gracias —añadió, tumbándose de lado y apoyando la cabeza en una mano.

—De nada —dijo la guerrera, volviendo la cabeza y mirando a su amiga con afecto—. Tienes mejor aspecto.

—¿Sí? —contestó Gabrielle, mirando a los claros ojos azules bien de cerca.

Xena también se puso de lado y observó su cara atentamente.

—Mmmm —afirmó, con una sonrisa amable.

Me podría ahogar ahí, reflexionó Gabrielle, pensativa, con facilidad. Leyendo la cara que estaba tan cerca de la suya, viendo belleza donde otros veían furia, delicadeza donde otros veían violencia, luz donde el mundo mismo sólo veía oscuridad. Y siempre lo he hecho, desde el primer momento en que la vi. Debo de tener un problema raro en la vista. ¿Verdad?

—¿Qué tal la mano?

Los ojos de Xena soltaron un destello risueño. Probó a doblar la mano.

—No está mal —comentó—. Un poco molesta.

—Una cosa sin importancia para la Princesa Guerrera —contestó la bardo, con una risita. Entonces se le ocurrió una idea malvada y antes de poder pararse a pensar en las consecuencias, alargó la mano y, sabiendo que Xena no la iba a detener, le hizo cosquillas a la guerrera en la oreja que tenía al descubierto.

—¡Eh! —exclamó Xena, sobresaltada. Luego enseñó los dientes con una sonrisa fiera y abandonó su postura relajada a una velocidad descorazonadora.

—Eh... eh... —chilló Gabrielle, echándose hacia atrás, pero sin la velocidad suficiente para escapar de la mano que la agarró de la muñeca y la tumbó en la cama. Decidiendo que un buen ataque era su única defensa, se armó de valor y saltó sobre Xena, esforzándose frenéticamente por mantener a raya esos largos dedos que le hacían cosquillas.

Ah... he tenido suerte. Gabrielle había conseguido que Xena quedara colocada boca arriba y con las dos manos y todo el peso de su cuerpo la tenía sujeta a la cama por los dos hombros. Por un momento, se miraron la una a la otra.

—¿Te rindes? —preguntó la bardo, esperanzada. Ah, sí. Como si no pudiera mandarme volando al otro lado de la habitación con sólo encogerse de hombros.

¿Debería?, pensó Xena.

—Sí, me rindo —contestó, abriendo los brazos para indicar su rendición.

Gabrielle parpadeó sorprendida. ¿¿¿Eh??? Entonces Xena dobló los brazos y clavó rápidamente los dedos en los brazos de la bardo, haciéndole aflojar los codos y desplomarse con un graznido sobre el pecho de la guerrera.

—Ajj. Ya sabía yo que era demasiado fácil —masculló, notando que Xena se reía en silencio—. Muy graciosa, Xena.

Xena sonrió con fiereza y se rió entre dientes, luego rodeó a la bardo con los brazos y la estrechó largo rato... y sintió que Gabrielle se relajaba por completo encima de ella, sin ofrecer resistencia.

—Mmm —murmuró Gabrielle en la seda roja de su túnica—. Qué a gusto estoy. ¿Puedo quedarme aquí? —Vuelvo a estar dentro de la puerta. Y... dioses... creo que lo que acabo de oír es cómo se cerraba la puerta con llave... desde dentro...

—Sí —susurró Xena, sin soltarla, notando que las manos de Gabrielle se deslizaban hacia arriba y le rodeaban los hombros, devolviéndole el abrazo—. Sí. Puedes quedarte aquí.


Dos días después, tenían todo recogido y estaban preparadas para despedirse de Hectator y su ciudad. Xena recorrió la ciudad con la vista y sonrió sin ningún motivo concreto. Luego se volvió hacia Hectator, que estaba sentado en una silla en las escaleras para despedirse.

—Bueno —les sonrió Hectator—. ¿Dónde vais ahora? —Se movió para aliviar la presión de las vendas—. Os vamos a echar de menos.

Xena lo miró con una ceja enarcada, pero sonrió.

—Sí, seguro —respondió—. Vamos a subir por la costa, hacia Atenas —añadió la guerrera, volviéndose para ajustar la cincha de la silla de Argo. Se volvió de nuevo y le ofreció la mano a Hectator—. Ha sido agradable, Hectator.

El príncipe la miró con la cabeza ladeada.

—Bueno, por así decir. —Hizo un gesto de dolor, pero le estrechó cálidamente el brazo que le ofrecía—. No hay nada que pueda ofrecerte que pueda empezar a pagar lo que has hecho aquí. Así que no lo voy a intentar. —Atrapó su mirada—. Pero te digo lo siguiente: ahora mi ciudad es y lo será para siempre un hogar para ti... para las dos, si es que decidís dejar de vagabundear salvando a todo el mundo.

Unos ojos verdes grisáceos y otros azules claros lo miraron con un brillo solemne.

—Hectator —dijo Xena, con la voz estremecida por una risa—. Créeme... tu ciudad siempre ocupará un lugar muy especial en nuestro corazón. Lo mismo que tú. —Miró a Gabrielle, que estaba asintiendo—. Y creo que podemos asegurar que volveremos. Al menos para hacer visitas.

—Ya lo creo —añadió Gabrielle, acercándose y abrazándolo con cuidado—. Cuídate. —Sonrió y luego retrocedió hasta donde estaba esperando Jessan, con las grandes manos apoyadas en el lomo de su negro corcel. El gran habitante del bosque las acompañaría de camino a su aldea, dado que tenían intención de seguir la costa después de eso.

Xena apoyó las manos en el lomo de Argo y montó de un salto, pasando una pierna por encima del lomo de la yegua y colocando los pies en los estribos. Luego miró a Gabrielle y le ofreció el brazo izquierdo. La bardo lo agarró sin la menor protesta y se dejó izar y acomodar en la cruz de la alta yegua.

—¿Ya te gusta más montar a caballo? —preguntó Hectator, con curiosidad cortés.

Gabrielle sonrió y se agarró a Xena, quien, cosa atípica en ella, también sonrió.

—Oh... podríamos decir que sí —replicó la bardo, con aire pícaro—. Creo que va a acabar gustándome.

—¿En serio? —preguntó Xena, echándole una mirada por encima del hombro.

—Sí —respondió Gabrielle, apretando más los brazos y apoyando la cabeza en la espalda de Xena—. En serio.

—Me alegro de oírlo —comentó la guerrera con humor, sin hacer caso de la mirada descarada que le dirigía Jessan—. Vamos. —Apretó las rodillas para que Argo se encaminara a las puertas de la ciudad y emprendió la marcha, con Jessan avanzando a su lado—. Jessan, quítate esa sonrisita de la cara.

—¿Quién, yo? —preguntó el habitante del bosque, inocentemente—. ¿Por qué iba yo a tener que sonreír? Me parece que son imaginaciones tuyas, Xena. Deberías descansar un poco. —La miró agitando las pestañas—. ¿Tal vez unos días en la playa?

—Jessan... —Un gruñido grave.

La única respuesta fue un silbido que entonaba una alegre melodía.


FIN


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