La esencia de una guerrera

Melissa Good



Descargo estándar: Los personajes de Xena y Gabrielle pertenecen por completo a Universal y Renaissance y sus escritores y todas aquellas personas con derechos de propiedad. No se he pretendido infringir los derechos de autor y todo esto es pura diversión. Los demás personajes de la historia son producto de mi cerebro retorcido y no están tomados de ninguna fuente literaria ni de ningún otro tipo de fuente. Nadie tiene la culpa de su existencia salvo yo.
Para esta historia no es necesario advertir nada sobre mayoría de edad, pero hay subtexto, de modo que si no podéis soportarlo, hacer clic con el ratón es barato. Muy barato. Melissa Good
[Nota de Atalía: El título de esta novela en inglés es una adaptación de un verso de la obra de Shakespeare Romeo y Julieta. Es un título muy poético y evocador y cualquier lector de habla inglesa con un mínimo de cultura lo puede reconocer como lo que es y lo que sugiere. Por desgracia, traducido literalmente al español no dice nada o directamente queda mal sin completar el resto de la cita, por lo que he optado por adaptar el sentido de la cita, unido al contenido de la novela, y de ahí ha salido La esencia de una guerrera. Si a alguien se le ocurre algo mejor, más poético o lo que sea, que me lo comunique :-)]

Título original: A Warrior By Any Other Name. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2002


1


Lo único que conocía, ahora, era la oscuridad. Vagamente, en una parte muy pequeña de lo que quedaba de su consciencia, recordaba la luz. La luz que iba ligada a un nombre que no pronunciaría nunca, una voz que no oiría nunca y unos ojos que nunca más le devolverían la mirada. Una parte de su vida, de su alma, que se había ido para siempre...

A su alrededor había miedo, odio y rabia: notaba el dolor sordo de las piedras que lo golpeaban y de los palos que pinchaban sus costados magullados, pero mantuvo los ojos cerrados para no ver a la muchedumbre vociferante. La verdad era que no importaba: no podía durar mucho más. Notaba que su fuerza vital iba disminuyendo, arrastrándolo cada vez más a la oscuridad y alejándolo del sol caliente y de la calle polvorienta de esta pequeña aldea. Los gritos iracundos fueron desvaneciéndose en su oído, salvo un último sonido que le era familiar: el tamborileo enérgico de los cascos de un caballo, luego hasta eso se alejó de él.

Bajo el sol del final de la tarde, dos mujeres y un caballo avanzaban tranquilamente por un camino de tierra.

—Xena. —Gabrielle miró a su compañera—. ¿Vamos a ir a Atenas en algún momento? —preguntó la bardo con deliberada despreocupación, mientras examinaba el extremo ornamentado de su vara para huir de la mirada con ceja enarcada de la que sabía que era objeto.

La alta guerrera miró a su compañera de viajes con aire ligeramente risueño.

—Bueno, lo estaba pensando —contestó por fin—. ¿Por qué? ¿Nos hemos dejado algo allí o...? —Se colocó delante de Gabrielle y entabló contacto visual, sorprendiendo a la bardo—. ¿O tienes algún otro motivo?

Gabrielle abrió la boca para disimular hábilmente, pero descubrió que no podía, no con los ojos de Xena, azules como el hielo, clavados en los suyos. Suspiró por dentro. Mentir a Xena era casi imposible. Siempre tenía la sensación de que la alta guerrera leía sus pensamientos con la descuidada facilidad con que hacía todo lo demás. Al quedarse sin recursos, Gabrielle sacó la lengua, lo cual hizo sonreír a Xena, normalmente austera.

—La he dejado sin habla —rió Xena entre dientes. Luego se dio la vuelta y siguió caminando al lado de la paciente Argo—. Vale, es tu secreto. —Observó el paisaje, advirtiendo los primeros indicios de lo que probablemente era una pequeña aldea no muy lejana—. Podemos hacer una parada allí delante y cenar algo, si quieres.

Gabrielle suspiró con cierto alivio. La había pillado, pero Xena no estaba insistiendo, lo cual quería decir que probablemente pensaba que fuera lo que fuese lo que se traía Gabrielle entre manos, era inofensivo.

—Una cena me parece estupendo —comentó, volviéndose para mirar a su compañera—. Hoy estás de buen humor. —Lo cual no era tan infrecuente como antes, reflexionó Gabrielle. No sabía cuándo se había producido ese cambio... bueno, sí lo sabía, en realidad, pero prefería no pensarlo.

Xena bebió un trago de uno de los odres de agua colgados del lomo de Argo y le pasó el agua a Gabrielle.

—Vaya, ¿qué te parece? Creo que sí —contestó y luego alargó la mano y estrujó el odre con fuerza justo cuando Gabrielle se lo llevaba a la cara.

—¡¡¡Aahh!!! —farfulló Gabrielle, cuando el agua salió disparada del odre y la mojó. Girándose en redondo, lanzó el resto del agua en un chorro a su alrededor trazando un arco lo más amplio posible y usando la mano libre para quitarse el agua de los ojos. Oyó que el chorro de agua alcanzaba algo, pero por el resoplido sobresaltado, supo que era Argo. Miró al caballo, que, efectivamente, lucía una banda oscura a mitad del costado donde le había alcanzado el agua. Xena, completamente seca, estaba al otro lado de la yegua, riéndose.

—Me las vas a pagar —gruñó Gabrielle, apartándose el pelo mojado de los ojos—. Eres una tramposa.

Sin dejar de reír, Xena hurgó en una alforja, se acercó donde estaba Gab goteando y le ofreció un paño doblado.

—Toma —dijo—. No creí que fuera a salir tanta agua.

Suspirando, Gabrielle cogió el paño y se secó la cara. Estaba a punto de hacer un comentario mordaz cuando la actitud de Xena cambió bruscamente. Se puso tensa y se irguió, oteando el horizonte, con expresión severa.

Esta súbita transformación siempre intrigaba a Gabrielle. Esta dualidad que convertía a su amiga en una compañera aficionada a gastar bromas y en una luchadora mortífera. Una mujer de profundas contradicciones cuyas manos podían atender delicadamente a Argo o arrebatar una vida con la misma habilidad, la misma elegancia. Compleja de un modo que no tenía nada que ver con nadie que hubiera conocido Gabrielle en toda su vida y fuente inagotable de fascinación para la bardo.

Los rasgos tensos de Xena se volvieron hacia Gabrielle e hizo un gesto señalando la aldea cercana.

—Están dando una paliza a alguien. —Se montó en Argo y miró a la bardo—. ¿Vienes? —Le ofreció un brazo.

—Oh —exclamó Gabrielle, sorprendida—. ¿Quieres decir que no tengo que quedarme aquí? —Esto era un cambio. Y lo agradecía.

Xena enarcó una ceja y volvió a mirar hacia la aldea.

—Sólo si tú quieres.

A Gabrielle no le hacía falta que se le preguntaran dos veces, aunque eso supusiera montar en Argo. Agarró el brazo de Xena y antes de poder saltar, fue izada a la altura de la silla y colocada en la grupa de Argo. Se acomodó rápidamente, bajando la vara y apartándola de Xena y Argo.

—A veces se me olvida —murmuró—, lo fuerte que eres. —Notó más que oyó la risa grave de Xena como respuesta, al agarrarse con fuerza a la cintura de la guerrera con un brazo.

El dolor estaba empezando a desaparecer ya, con gran alivio por su parte. Sabía que no iba a durar mucho más. Los sonidos se hicieron más definidos, más claros: el ruido enérgico de los cascos se había transformado ahora en un poderoso galope. Le encantaban los caballos... cuánto echaba de menos a su precioso Eris... pensó difusamente que lo último que le gustaría ver era a este animal galopante que venía hacia él, pero el esfuerzo de abrir los ojos era tan grande... sólo una rendija y el resplandor del sol casi lo obligó a cerrarlos de nuevo con fuerza. Pero el caballo... con determinación, se obligó a abrir más el ojo que tenía en condiciones, luchando con todas sus fuerzas para aclararse la vista por última vez. Lo más cercano a él eran los que lo atormentaban. Hombres, chiquillos, mujeres de la aldea, todos ellos armados de piedras o palos, uno con una pica. Sus caras furiosas y asustadas formaban un círculo sólido de ruido ensordecedor delante de él. No podía levantar la cabeza para ver por encima de ellos... no podía... ah. Ahí.

El caballo... hermoso. Más bonito incluso que su Eris, tuvo que reconocer. De un asombroso color dorado, con una crin blanquecina que se agitaba al viento. ¿Dónde iba? Parecía venir directamente hacia él... oh, para esto merecía la pena abrir el ojo, sí, para esto sí. El sol poniente se despejó, dorando innecesariamente al caballo dorado y prendiendo fuego a la armadura de su jinete.

Los aldeanos no habían oído los cascos. ¿Cómo podían estar tan sordos?, se preguntó. Seguían tirándole piedras, el hombre de la pica le golpeó las costillas con fuerza suficiente para rompérselas. Él ni siquiera lo notó... En cambio, observó al caballo, que cada vez estaba más cerca, y ahora vio la cara sonriente de su jinete. Y supo que iba a pasar sus últimos momentos en el deleite de la sorpresa. Una mujer guerrera... y encima tan hermosa como su caballo, pero oscura, en contraste con el caballo dorado. Ohh... ¡cuánto lamentaba no poder conocerla!... Su última visión vacilante fue el sol reflejado en la espada que llevaba en la mano cuando atravesaron el círculo de aldeanos sorprendidos y aterrorizados que tenía delante. Luego... sólo hubo oscuridad.

Gabrielle se sujetó con fuerza e intentó ver a la persona que la multitud estaba pegando. Lo único que veía era un cadalso y las manos y los brazos grandes y musculosos del prisionero.

Xena estaba soltando la espada en la vaina y se echó hacia delante, azuzando a Argo. Al acercarse, desenvainó la espada y sonrió. Ah, no iba a matar a ninguno de ellos. Sólo iba a darles tal susto que la próxima vez se lo pensarían dos veces antes de lapidar a nadie.

—¡Agárrate! —le gritó a Gabrielle, que respondió rodeando con más fuerza con el brazo a Xena y echándose hacia delante, siguiendo el impulso del caballo.

Con un grito salvaje, hizo pasar a Argo a través del círculo de aldeanos súbitamente pasmados, pegando patadas a varios de los más grandes. Gabrielle movió su vara con mano experta y eliminó a dos mujeres armadas con ramas llenas de espinas y a un joven fornido que tenía dos piedras.

—Muy bien —comentó Xena, al tiempo que dejaba caer la empuñadura de la espada sobre la cabeza de alguien y usaba una de sus musculosas piernas para dar una patada a otro que lo lanzó al otro extremo de la aldea.

—Gracias —replicó Gabrielle, golpeando a un pastor alto justo en el pecho. Los aldeanos se dispersaron, corriendo en todas direcciones. Gabrielle lo aprovechó para bajarse de los cuartos traseros de Argo y acercarse al cadalso, pero se paró en seco cuando vio lo que allí había y se quedó mirando. Detrás de ella, Xena también se bajó de Argo y terminó de desanimar a los últimos torturadores del cautivo antes de reunirse con su amiga al borde del cadalso y mirar lo que habían salvado.

El hombre que colgaba de la plataforma de madera era enorme, por lo menos una cabeza más alto que Xena, y con un cuerpo inmenso, cubierto de un espeso vello dorado claro. Tenía la cabeza cubierta de pelo del mismo color que le caía por el cuello y formaba una especie de gola. Su cara, magullada y desfigurada, con un ojo cerrado y cubierto de sangre, era de proporciones extrañas, con una mandíbula inmensa, una línea de dientes algo redondeada, la nariz aplastada y toda ella cubierta también de pelo. El ojo que tenía bien estaba cerrado y por la flojedad del cuerpo y la tensión de las cuerdas que lo sujetaban, Gabrielle supuso que estaba inconsciente. O muerto. No, al acercarse más vio que su ancho pecho peludo se movía débilmente.

—¿Qué es? —Gabrielle se volvió hacia Xena, desconcertada—. ¿Es un hombre o...?

Por una vez, la guerrera no tenía una respuesta inmediata.

—Tú eres la experta en historia, oh bardo mía. —Xena meneó la cabeza—. No tengo ni idea. Pero más vale que lo saquemos de aquí o no tendrás oportunidad de preguntárselo.

Para entonces, los aldeanos se habían percatado de que Xena no los iba a matar a todos y se estaban acercando con cautela. Pero no mucho. El jefe de la aldea carraspeó nervioso.

—Aah... ¿es, o sea... es... bueno, es amigo tuyo, guerrera? —Fue rodeándolas para verlas bien. Gabrielle se acercó, ofreciéndole la mano.

—Hola. Soy Gabrielle. —El jefe se apartó de golpe, mirando su vara con preocupación—. Ah, no te preocupes —dijo ella, alegremente—. Sólo golpeo a la gente cuando les hacen algo malo a otras personas. —Volvió a ofrecerle la mano y esta vez el jefe la aceptó, con cautela. Así que esto es lo que se siente cuando te tienen miedo, pensó Gabrielle. Interesante. Mientras, se puso a hablar con el jefe para distraerlo de lo que estaba haciendo Xena en el cadalso—. ¿Por qué lo estabais matando a golpes? —preguntó, mirando al hombre a los ojos—. ¿Qué le ha hecho a esta aldea? —Se irguió e hizo girar el cuerpo grácilmente, examinándolo todo—. A mí me parece que está bien intacta. —Se volvió y le clavó la mirada verde y brumosa.

—Oh, pues... —farfulló el jefe, echando miradas nerviosas a Xena, que había soltado al prisionero de sus ataduras y estaba depositando con cuidado su mole en el suelo—. Pues no nos ha hecho nada, exactamente, pero... —Se volvió y señaló a la figura tendida—. Míralo. ¿Cómo podíamos dejar que algo como él viviera cerca de nuestra aldea, de nuestras mujeres e hijos, que estarían indefensos contra él? Lucha como una bestia salvaje y terrible.

—¿Sabes? —dijo Gabrielle, con tono tranquilo, arrodillándose para que su cabeza quedara a la altura de la del jefe, que estaba en el suelo—. Deberíais confiar más en vuestras mujeres. Las mujeres no siempre están indefensas. —Le sonrió con dulzura—. ¿Y realmente os ha amenazado, o simplemente habéis dado por supuesto que iba a entrar en la aldea para comeros a todos?

Él tuvo la decencia de sonrojarse ante su tono sarcástico. Ella le sostuvo la mirada un momento más y luego volvió la cabeza para mirar a Xena y al cautivo. El jefe los miró también.

—Ohh... eeh... mm. Caramba. Ésa no es... estooo... Xena, por casualidad, ¿verdad? —Miró a Gabrielle, que le dio unas palmaditas en la mejilla y asintió.

—Eso es.

Xena contempló al enigma que yacía delante de ella, sin saber qué podía ser. Nunca a lo largo de sus viajes había visto nada parecido: como un cruce entre un hombre y un gato del desierto, más que nada. ¿Podría ser en parte esfinge? Echó una mirada a Gabrielle, que estaba entreteniendo al jefe para que ella pudiera recapacitar y evaluar la situación. En su cara se dibujó una sonrisa breve y luego devolvió su atención al prisionero.

Su ancho pecho subía y bajaba con dificultad y Xena pensó que probablemente se estaba muriendo. Se agachó para examinar las heridas que había sufrido en la cabeza: sangraban mucho, pero no eran muy profundas, salvo por la que tenía alrededor de la órbita ocular. Se encogió por reflejo al ver los daños que había sufrido. Bueno, a lo mejor no moría, pero tenía que sacarlo de esta aldea. Hasta Xena, a la que normalmente no afectaban los ambientes, captaba el miedo y el odio que la gente que rodeaba la plataforma dirigía contra esta criatura, u hombre, o lo que fuera. Y probablemente contra mí también, añadió, sardónicamente. Al menos tenemos eso en común.

Se irguió y se alzó con un ágil movimiento y se acercó donde estaban el jefe y la bardo. Gabrielle se había vuelto para mirarla mientras se acercaba y sus ojos se encontraron con un rápido intercambio de entendimiento.

—Bueno —dijo Xena, agarrando al jefe por la camisa y levantándolo por completo del suelo para que la mirara directamente a los ojos. El hombre parecía petrificado—. Creo que me voy a hacer responsable de nuestro peludo amigo. ¿Te importa? —Xena irradiaba amenaza, cosa que se le daba muy bien. Gabrielle estaba convencida en privado de que Xena practicaba durante horas interminables en charcas y espejos esa mirada que echaba a la gente—. Creo que vas a encontrar a unos valientes que me ayuden a cargarlo en mi caballo. Y seré buena... —Hizo una pausa para sonreír—. Y os lo quitaré de encima.

El jefe tragó con dificultad. Miró a Gabrielle, que asintió, apoyada despreocupadamente en su vara.

—Conviene hacer lo que dice. Odia que la gente la fastidie. —Hizo una pausa con efecto bárdico—. Suelen acabar muertos.

—Va-va-vale —contestó él por fin y suspiró cuando Xena lo bajó y le soltó la pechera de la camisa—. Pero lo vais a lamentar. Es un salvaje. —Miró a los ojos gélidos de Xena—. O a lo mejor lo lamenta él.

Salió corriendo para llamar a unos fornidos aldeanos que ayudaran a levantar a la criatura. Xena miró a Gabrielle con una ceja enarcada.

—¿Suelen acabar muertos? —Se rió por lo bajo mientras sacudía el brazo: la tensión de sujetar en vilo al jefe durante tanto tiempo había sido terrible—. Qué cosas dices a veces.

La bardo le devolvió la sonrisa y se apoyó en su vara.

—Bueno, si no me aseguro de que se mantenga tu reputación, ¿quién lo va a hacer? —Se echó hacia delante y apoyó la frente en la de Xena, mirándola directamente a los ojos—. Y además, normalmente que acaban muertos. O con partes de menos. Partes importantes.

Xena frunció el ceño y luego empujó a Gabrielle hacia Argo.

—Vamos, tenemos que preparar a la pobre Argo para que cargue con nuestro amigo.

A Argo no le hizo gracia tener que cargar con esta mole de olor extraño. No paraba de volver el cuello para oler lo que llevaba al lomo y de resoplar. Xena la sujetaba con firmeza por la brida, haciendo que siguiera adelante. La criatura seguía inconsciente, respirando débilmente. Le habían vendado las heridas más graves antes de cargarlo, pero algunas se estaban abriendo a causa de los movimientos de Argo. Xena estudió el terreno y divisó un pequeño grupo de árboles cerca de un arroyo donde podían acampar. Hizo un gesto a Gabrielle para que se dirigiera hacia allá y la siguió tirando de la poco dispuesta Argo.

—Xena. —La bardo se volvió hacia ella—. ¿Por qué nos lo hemos llevado? Quiero decir, sé que lo estaban machacando y eso... pero has dicho que probablemente se esté muriendo... —Frunció el ceño—. Nos podríamos haber quedado allí y obligarlos a cuidar de él, quiero decir... —Se calló al ver la expresión de Xena—. ¿Qué pasa?

Los ojos azules tenían una expresión distante, como si estuviera viendo algo que Gabrielle no veía. Devolvió su atención a su compañera.

—¿La verdad? —dijo, alargando la mano y apartándole el pelo a Gabrielle de los ojos—. No lo sé. A veces, Gabrielle... a veces haces las cosas porque sientes que es lo correcto, aunque no tenga sentido cuando lo piensas con lógica. —Avanzó y empezó a quitar cosas de encima de Argo, para poder, de alguna manera, depositar la carga principal en el suelo.

—Ah —susurró Gabrielle por lo bajo, reflexionando un momento sobre eso. Luego extendió las mantas de las que se habían apoderado en la aldea y se acercó, insegura, a Argo—. Pesa mucho —comentó—. ¿Cómo lo vamos a bajar?

Xena estaba junto al caballo, estudiando pensativa la carga de Argo. Por fin, cogió con cuidado los brazos de la criatura y se los colocó cruzados sobre los hombros.

—Atrás, Argo. —El caballo, de mala gana, empezó a retroceder, sacudiendo la cabeza como protesta—. ¡Atrás! —repitió Xena, apretando los dientes cuando el peso de la figura inconsciente cayó sobre sus musculosos hombros. Se echó hacia delante para equilibrar la carga y se apartó de Argo, dirigiéndose a las mantas. Gabrielle se quitó de en medio y se limitó a vigilar el trayecto bajo los pies de Xena por si hubiera piedras o ramas con las que pudiera tropezar. Cuando estuvo encima de las mantas, Xena se agachó despacio sobre una rodilla, se soltó la carga que llevaba en los hombros y la depositó en el suelo.

Gabrielle se arrodilló a su lado y le colocó bien las extremidades para que estuviera más cómodo. Miró a Xena, que estaba descansando un momento para recuperar el aliento antes de preparar la bolsa de hierbas en la manta junto a él.

—Voy a coger agua y a hacer fuego.

Los ojos azules se alzaron un momento para encontrarse con los suyos.

—Buena idea, Gabrielle. Gracias.

La bardo se levantó y rodeó las mantas, dirigiéndose a sus pertrechos.

Hizo falta mucho tiempo para limpiar y curar todas las heridas de la criatura, porque Xena tenía que ir cortando zonas de pelo que estaban pringadas de sangre. El pelo era áspero, pero no tanto como el de un perro. Era más parecido a pelo humano espeso que a otra cosa, pensó Xena. Bajó la mirada.

—Lleva ropa. —Señaló los restos de pantalones que le cubrían las extremidades inferiores—. Y lleva joyas. —Señaló el pequeño brazalete casi oculto por el pelo de sus brazos.

Gabrielle miraba, fascinada, como siempre que aprendía algo nuevo.

—Entonces crees que es un hombre. —Observó su inmensa figura, que incluso en su triste estado daba muestras de una fuerza enorme —. ¿Crees que el jefe tenía razón? Si se pone mejor, ¿intentará atacarnos a nosotras, o a ellos? —Ladeó la cabeza y miró interrogante a Xena—. Parece que podría ser muy peligroso cuando esté recuperado.

—Yo también lo soy —comentó Xena irónicamente—. Supongo que todo depende del punto de vista. —Miró a la criatura, que eligió ese momento para abrir el ojo sano y mirarlas.

Gabrielle sofocó una exclamación al verle el ojo, que era de un color dorado líquido, con leves chispas agazapadas en sus profundidades.

—Oh... ¡qué bonito!

El ojo, sorprendido, se fijó en su cara y luego en la de Xena. Débilmente, como si le costara un gran esfuerzo, la comisura de su boca de forma extraña se elevó. Abrió la mandíbula, revelando unos incisivos humanos combinados con unos colmillos curvos bien auténticos. Atentamente, el ojo dorado observó la cara de Xena para ver su reacción, pero la guerrera mantuvo su serenidad imperturbable y siguió limpiando la herida que tenía cerca del otro ojo.

La criatura movió la lengua y luego consiguió susurrar:

—Gracias.

Xena y Gabrielle se miraron.

—Bueno —comentó Gabrielle—. Tenías razón. Otra vez. Como siempre. —Meneó la cabeza y fue a coger una taza de agua para su paciente. Xena sonrió mientras la miraba alejarse y la sonrisa permaneció en su cara cuando volvió a mirar a la criatura.

—De nada. —Lo miró con firmeza—. Estás bastante malherido. —Levantó la mirada cuando Gabrielle regresó con el agua—. Haré todo lo que pueda por tu ojo. Pero vas a tardar unos días en recuperarte.

Gabrielle le echó una mirada larga y circunspecta al oírlo, pero se arrodilló y ofreció el agua al... hombre herido, según lo consideraba ahora, ya no una criatura. Xena lo levantó para que pudiera beber y él la miró algo sorprendido. Lo volvió a tumbar y terminó de recoger la bolsa de hierbas. Lo miró.

—¿Cómo te llamas?

El ojo estudió los suyos largo rato. Luego los labios se movieron levemente de nuevo y consiguió volver a susurrar:

—Jessan. —Y se la quedó mirando.

—Xena —dijo ella y señaló al otro lado de él. Su ojo siguió el gesto y se posó en la cara de Gabrielle—. Gabrielle.

Algo, entonces, un vestigio de reconocimiento asomó en su expresión. Asintió y murmuró suavemente:

—Eso creía... —Y se quedó dormido.

Xena estaba más silenciosa que incluso de costumbre mientras adecentaban el campamento después de cenar. Su paciente dormía apaciblemente, sin roncar, ante la sorpresa de ambas, dada su dentición y la estructura de su mandíbula.

—¿Vas a darte un baño? —preguntó Gabrielle, sacando ropa limpia. Miró a Xena, que contemplaba el fuego, con expresión absorta. Estaba a punto de repetir la pregunta cuando Xena suspiró por fin y la miró.

—Sí. —Se frotó el cuello y se estiró—. A eso voy. Ha sido un día muy largo.

Gabrielle se puso detrás de ella y le soltó las tiras y hebillas de la armadura, que Xena se quitó, junto con los brazales, las espinilleras y las botas.

—¿Crees que estará bien si se queda solo un momento? —preguntó Gabrielle, apoyando la barbilla en el hombro más bajo de Xena—. Creo que a mí también me apetece darme un baño.

Xena le dirigió una mirada risueña pero indulgente.

—Ah, así que te apetece, ¿eh? —Se levantó, cogió una camisa limpia de lino y le lanzó una a Gabrielle—. Y yo que creía que ya habrías tenido bastante agua esta tarde.

—¡Oye! —exclamó la bardo—. ¡Es cierto! Me debes una por eso... —Avanzó amenazadora hacia Xena, que estaba de pie con los brazos cruzados, echándole esa mirada tipo "a que no te atreves". Gabrielle entrecerró los ojos con rabia fingida y gruñó—: Te la vas a cargar...

—Ja. Primero tendrás que cogerme —replicó Xena, que echó a correr hacia el arroyo.

Maldiciendo, Gabrielle salió disparada tras ella, sabiendo perfectamente que no podría alcanzar a la mujer más alta ni aunque lo intentara, pero intentándolo de todas formas. Corría a tal velocidad que no se dio cuenta de que el arroyo volvía sobre sí mismo y se encontró en el aire encima de un tramo de agua antes de percatarse de lo que estaba pasando, al salir corriendo de la orilla.

—Oh, Hades —murmuró y cerró los ojos, a la espera del ataque helado del arroyo. Cuando pensaba que estaba a punto de dar en el agua, fue atrapada en medio del aire y en cambio aterrizó en una orilla cubierta de hierba—. Uuff —jadeó y abrió los ojos para encontrarse con la sonrisa sardónica de Xena, echada junto a ella en la hierba.

—Gabrielle, ¿es que nunca miras por dónde vas? ¿Es que siempre te tienes que lanzar a las cosas de cabeza? —La guerrera estaba apoyada en un codo, con una sonrisa en la comisura de los labios que suavizaba cualquier crítica implícita.

—No —jadeó Gabrielle, sin aliento—. Siempre me lanzo a las cosas de cabeza. Y mira dónde estoy. —Alargó la mano, tocó a Xena en la punta de la nariz y vio la sonrisa de la guerrera.

—Dónde, ¿verdad? —rió Xena.

Jessan notó que el dolor era más agudo ahora. La insensibilidad que había tenido parecía estar desapareciendo, lo cual podía considerarse buena señal, supuso. Había dormido un buen rato y era vagamente consciente de lo que lo rodeaba. Notaba el calor de una hoguera, a su derecha, y el ojo sano le indicaba que también había luz en esa dirección.

Así que ésa era Xena, reflexionó su mente aturdida. Dado lo que él era, había oído hablar de la Princesa Guerrera, por supuesto. El Pueblo se mantenía al tanto de los guerreros que sobresalían por encima de lo normal, que podían suponer un peligro para su especie. Xena había supuesto ese peligro. Su gente había desarrollado una habilidad muy útil para evitar a la especie de ella: pensó que podía considerarse como una conciencia de la vida. Normalmente podía percibir a los seres vivos que lo rodeaban, la verde inmensidad del bosque, las criaturas pequeñas y huidizas, la respiración de la tierra misma. Las personas como Xena destacaban en esa paz como algo muerto y feo, oscuro y desagradable. Evitarlas solía ser fácil, nunca tenía que preguntarse si uno de su especie quería hacerle el mal o el bien, sólo tenía que Mirar y luego desaparecer en el verdor impenetrable de su bosque natal... Pero estos aldeanos, a quienes no había hecho el menor daño, le habían hecho algo en la cabeza y ahora no conseguía percibir nada. Eso le daba más miedo que nada a lo que se hubiera enfrentado en toda su vida. Tendría que tomar decisiones sobre estas dos personas basándose únicamente en su instinto, y eso no bastaba. ¿Cómo podía confiar en ellas? ¿Confiar en Xena? Imposible. Esa mujer destruía aldeas, mataba a niños inocentes. ¿Qué iba a hacer con él? Cierto, le había limpiado las heridas. Probablemente para poder sacarle hasta el último detalle de información antes de matarlo. No, eso no tenía sentido. Tal vez quería exhibirlo como a un animal. Sabía de otros de su especie que habían sufrido ese destino. Oyó unos débiles roces y llegó a la conclusión de que probablemente estaban cerca. Más le valía echar un vistazo y empezar a planear cómo escapar. A lo mejor... ¡qué idea! A lo mejor podría matarla... ¡qué premio para su gente, no tener que volver a preocuparse jamás de que la Princesa Guerrera los pudiera encontrar! Su padre estaría muy orgulloso.

Al principio las llamas bajas le hicieron parpadear y lagrimear y le impidieron ver nada más alrededor del fuego. Esperó pacientemente y las sombras poco a poco se fueron aclarando cada vez más. Un campamento bien organizado. Un campamento de guerrero. Al intante se sintió mejor. Distinguió la difusa forma dorada del caballo no muy lejos, oyó el ruido áspero que hacía al pastar la hierba. Movimiento... su ojo se movió hacia la izquierda y se encontró con la mirada de Xena, que estaba reclinada en una roca cercana, ocupándose de una pieza de armadura. Estaba echada, vestida con una camisa de lino, sobre lo que parecía una gruesa alfombra de piel negra, con las piernas desnudas estiradas y cruzadas, y su hombro servía de almohadón a la mujer rubia más joven, que estaba profundamente dormida.

Se miraron en silencio un momento, como lo harían dos poderosos animales del bosque, para decidir si se trataba de un amigo o un enemigo. Xena no se engañaba con respecto a lo que era capaz de hacer, cualquiera con ojos en la cara se podía dar cuenta de que no era un granjero. Pero el ojo era inteligente, había pensamiento tras esa mirada, no la furia ciega de una bestia. Xena tenía la sensación de que se podía razonar con él. Al menos, eso esperaba. No tenía la menor gana de hacerle más daño.

Nunca habían mencionado, pensó Jessan, vagamente divertido, que además era bella, para tratarse de una de su especie. La excelencia en el campo de batalla sí, eso sí que lo mencionaban. La falta de misericordia, las crueldades, el desprecio a la vida. Todo eso ya lo sabía. Y había oído, como todos, que había renunciado a su vida como señora de la guerra y que se dedicaba a recorrer las tierras, ayudando a la gente cuando podía. Aunque no lo habían creído, pues sin duda nadie tan sanguinario como ella podía cambiar tan de repente. ¿Podía dejarlo sin más cuando conocía, en cuerpo y alma, lo que su Pueblo también conocía: la euforia del combate, el fuego incomparable que invade el corazón al matar? ¿El júbilo feroz del combate a muerte que corría por las venas como un vino fuerte? ¡El don de Ares! Él lo conocía. Sabía que ella también: lo llevaba escrito en los ojos, legible para alguien como él. No, no lo habían creído.

Ahora su vida dependía de que descubriera si era realmente cierto, y sólo tenía los sentidos físicos y la capacidad de raciocinio para hacerlo. No era justo. Habría sido tan fácil... con sólo cerrar los ojos y extender suavemente su percepción, habría visto su Molde. Ahora, lo único que podía hacer era mirar con su vista inadecuada y ver a una mujer morena, más joven de lo que creía, limpiando una pieza de armadura junto a una fogata bien hecha. Arrggg. Bueno, estaba sola, salvo por la bardo. Hasta ahí, la historia era cierta. ¿Y el resto? ¿Cómo podía esperar saberlo? La bardo se mueve, ah, tiene sueños oscuros. Observó cuando Xena apartó la mirada de él y se concentró en cambio en Gabrielle, y ahora vio la emoción de su cara al rodear a la muchacha con un brazo y ahuyentar su pesadilla, tranquilizándola. Ah. De repente, se sintió mucho mejor. A lo mejor era cierto. Mañana intentaría descubrirlo. Por ahora, al menos, parecía estar a salvo.

Al despertarse a la mañana siguiente, Jessan supo que probablemente viviría. Sus cortes se estaban curando y ya no sentía el malsano calor de la fiebre a su alrededor. Los golpes le dolían y la cabeza le martilleaba especialmente, pero estaba más alerta y sus pensamientos eran coherentes y cuerdos. Abrió el ojo cuando unas pisadas se acercaron a él y se fijó con cierta dificultad en la joven bardo rubia, que estaba de rodillas a su lado con agua que le hacía mucha falta. Los ojos de Gabrielle se encontraron con el suyo sin miedo, mientras lo ayudaba a beber.

—Buenos días —dijo, alegremente—. Por favor, bébete todo esto. Lo necesitas.

Jessan obedeció y luego observó su bonita cara con interés.

—No tienes miedo —comentó, observando que enarcaba la ceja ante la pregunta que dejaba entrever su voz áspera.

—No —contestó Gabrielle, ofreciéndole más agua.

—Pues deberías —gruñó Jessan, alzando los labios con esfuerzo para mostrar los colmillos—. Incluso ahora, podría matarte tan deprisa que ni siquiera Xena podría detenerme.

—Lo dudo —susurró una voz grave y sibilante en su otro oído. Notó el frío acero en el cuello y se quedó inmóvil. Su ojo dorado giró al otro lado para encontrarse con los azules de Xena a menos de doce centímetros de su cara. ¡Por Ares! ¡Cómo ha conseguido acercarse tanto! El corazón le martilleó en el pecho, hasta que se dio cuenta de que el acero que notaba no era más que el cuchillo pequeño que usaba para limpiar las heridas y que estaba haciendo justamente eso alrededor de su ojo hinchado.

Gabrielle se rió suavemente.

—Tranquilo. De todas formas, no lo habrías hecho. —Le ofreció un poco de carne a la parrilla—. Al cabo de un tiempo, tienes una... no sé... como una sensación sobre las personas cuando tienen intención de matarte o de pegarte o ese tipo de cosas. A mí me ha parecido que estabas bastante bien. —Le pasó otro pedazo de carne, dado que él estaba masticando distraído el primero y haciendo todo lo posible por no pensar en Xena arrodillada a su lado con un cuchillo contra su sien—. Y la verdad es que eso nos pasa muy a menudo, porque mucha gente quiere matarnos o pegarnos o cosas así, ¿sabes? —Le puso una mano en el brazo y lo miró al ojo—. Siento muchísimo que esa gente te hiciera daño.

Él dejó de masticar y se la quedó mirando. Al cabo de una vida entera de recibir el odio de su especie, esto le resultaba casi demasiado duro de soportar. Ella le dio unas palmaditas en el brazo y se levantó, encaminándose al fuego donde estaba cocinando.

Desconcertado, volvió la mirada hacia Xena, que estaba terminando con su herida de la cabeza. Ella le sonrió levemente.

—Ve la bondad en todo el mundo.

Él se quedó pensando en eso. Podía ser cierto. Tal vez...

—Es evidente que la ha visto en ti —dijo en voz alta, obteniendo una pequeña victoria por la expresión sobresaltada de sus ojos. Ah... tenía razón. Se sintió mejor—. No me creía que hubieras dejado de matar. —La miró a los ojos, espejos del alma incluso en el caso de ella—. Ahora sí. —Se apoyó en un codo e incorporó el cuerpo dolorido para poder reclinarse a medias y hablar con ella. No se iba a perder esta oportunidad. Puso en orden sus ideas, sabiendo que tendría que dar cierta información antes de obtenerla. Se dio cuenta, al abrir la boca para hablar, de que había decidido confiar en ellas, al menos por ahora. Era pavoroso, como si hubiera saltado de un alto precipicio sin garantía de sobrevivir al aterrizaje.

—Soy —declaró, echando una mirada a Gabrielle, que había vuelto y ahora estaba sentada al lado de Xena—, un hijo de Ares.

Sin embargo, esta rimbombante declaración no obtuvo el pasmo habitual de su público.

Gabrielle resopló.

—Caray, pues sí que mariposea.

Xena se limitó a poner los ojos en blanco.

—Cómo no —masculló—. Tendría que habérmelo imaginado.

Jessan pasó la mirada de la una a la otra muy desconcertado. Así pues, ¿podía ser cierto?

—Habláis de Ares como si lo conociérais —dijo, alzando su voz áspera en tono de pregunta.

Xena suspiró.

—¿Quieres decir que tú no? —Se apoyó en un tocón que tenía detrás y estiró las largas piernas—. Qué falta de consideración por su parte. Aunque no me sorprende. —Lo miró—. Yo era una de sus Elegidos. —Él le sostuvo la mirada, retándola a decir el resto—. Hasta que un día decidí romper nuestro contrato. —Involuntariamente, su mirada se desvió hacia Gabrielle, que le sonrió como respuesta—. Pero nunca había oído hablar de tu especie. ¿Qué eres, ya que estamos?

Jessan se quedó en silencio un momento, repasando lo que había averiguado. Había desafiado a Ares. Así que los rumores eran ciertos.

—Ares decidió que estaba harto de los mortales y quiso crear un ejército de guerreros inmortales que le fueran leales. —Carraspeó un poco y Gabrielle se inclinó para pasarle el odre de agua—. Gracias —respondió roncamente—. Nos creó mezclando la sangre de un león con la de un hombre y uniendo nuestras dos especies en una sola. —Bebió un largo trago de agua—. Somos más fuertes que vuestra especie y fieros como leones, y vivimos para el combate y la muerte. —Sacó la mandíbula y les echó su mejor mirada de guerrero despiadado.

La boca de Xena esbozó una sonrisa.

—Ah, ya —comentó—. ¿Y qué pasó?

El gran guerrero suspiró.

—Afrodita.

—Ohhh... —dijeron Xena y Gabrielle a la vez, maliciosamente.

—Se presentó ante él cuando estaba terminando. Cometió el error de dejarla un momento a solas con nuestros antepasados. —Se quedó mirando la luz del sol de la mañana—. Ella nos dio la mortalidad. Nos dio alma y la voluntad de conocerla. Y... —Aquí se detuvo, cuando la pena le agarrotó la garganta y le impidió seguir hablando. Bajó la mirada y al cabo de un momento volvió a mirar sus caras serias, pero atentas—. Y nos dio la capacidad de amar. —Ah... Devon, lloró su corazón. Respirando hondo, apartó sus recuerdos por la fuerza y carraspeó—. Hace seis años, no lejos de aquí, unos de vuestra especie rodearon a tres de nosotros y mataron a mi Devon con sus flechas de cobardes. —Con fiereza, desafiante, alzó el ojo para mirarlas a los suyos, esperando no sabía muy bien qué—. Estaba embarazada de mi hijo. —Ahora sus palabras se tiñeron de cólera—: No habíamos hecho nada... a vuestra especie.

Gabrielle lo miró, horrorizada. Alargó la mano y le agarró el brazo con compasión.

Xena meneaba la cabeza y suspiró profundamente.

—Lo siento. —Se quedó mirando al hombre atentamente, notando cómo apretaba y aflojaba los grandes puños—. Afrodita fue muy cruel.

Jessan la miró.

—¿Cruel? ¿Y por qué? —preguntó, con curiosidad—. ¿Cuánto más cruel fue vuestra especie, al matarla a sangre fría?

—Vivimos en un mundo cruel, Jessan —contestó Xena—. El mayor riesgo que se puede correr es amar a alguien. —Hablaba sin expresión—. No puedo hacerme responsable de todos los actos, buenos o malos, de mi gente, pero lo lamento, por ti y por tu Devon. —Se puso bruscamente en pie y se encaminó hacia Argo.

—¿Alguna vez has lamentado enamorarte, Jessan? —preguntó Gabrielle, en voz baja. Observó su cara, mientras él meditaba su respuesta. En realidad no era tan espantoso de aspecto, una vez que te acostumbrabas a él. Su rostro, aunque magullado, tenía cierta nobleza. Eso probablemente también procede de Afrodita, pensó, seguro que Ares no los habría hecho tan atractivos. Ahora bien, los colmillos eran puro Ares. La nariz respingona, por otro lado, era claramente cosa de Afrodita.

—No, Gabrielle, nunca lo he lamentado, y tampoco ahora —contestó por fin, como si la respuesta lo sorprendiera un poco—. Es decir, Xena tiene razón, ¿sabes? Vivimos por la espada y siempre sabemos que puede pasar esto. Somos lo que somos, a fin de cuentas. —Suspiró—. No, cada minuto valió la pena. —Esto pareció reconfortarlo, pues la miró de nuevo con una expresión más apacible—. Gracias por recordármelo.

Ella le sonrió y se levantó.

—Discúlpame un momento.

Con un suspiro, se echó de nuevo y parpadeó. Había sido una conversación sorprendente, pensó. Aquí hay algo más de lo que sé. Estiró las extremidades, sintiendo el dolor que las invadía. Cerró los ojos e intentó de nuevo extender su percepción. Nada. Como si tuviera un saco atado a la cabeza. Suspiró. ¿Estaba seguro de ellas? No... pero en el fondo tampoco podía odiarlas, como debería odiar a la gente que mató a su Devon. Estas dos no eran aquellos aldeanos. Eso lo sabía. ¿Debía hacer caso de su corazón? No, demasiado peligroso, tanto para él como para su gente. Mejor que no hubiera Princesas Guerreras por el mundo.

Xena se alejó de ellos, con la mente confusa. Lo que le había dicho al hombre era la verdad. Gabrielle todavía tenía pesadillas sobre su muerte. ¡Lo que le había hecho pasar a su amiga! ¿Qué derecho tenía a hacer eso? Debería haber seguido mi propio consejo, pensó gravemente. Demasiado tarde... Se sentó en una roca para poner en orden sus ideas confusas y se apresuró a coger una pieza de armadura cuando oyó que se acercaba la bardo. Miró a Gabrielle, que se sentó a su lado.

—¿Estás bien? —preguntó la bardo, en voz baja, observando su cara.

—Sí —contestó ella, puliendo el trozo de armadura.

Gabrielle se acercó más y le susurró al oído:

—Mientes.

Consiguió media sonrisa.

—Sí. —Xena soltó un resoplido—. Me ha recordado que sé lo que se siente al morir.

—Oh... —dijo Gabrielle, con tono apagado.

Xena la miró.

—¿Lamentas haber preguntado?

—No —sonrió la bardo—. Me alegro de que hayas contestado. —Apoyó la cabeza en el hombro de Xena—. Bueno, ¿qué vamos a hacer con él?

—Mmm —murmuró la alta guerrera—. Depende de lo que quiera hacer él, ¿no? Está bastante lejos de casa. Me pregunto cómo ha llegado hasta aquí.

Gabrielle se encogió de hombros.

—Supongo que tendremos que preguntárselo, ¿no? —Miró hacia el otro lado del campamento—. Me gusta. Es decir, sé que da miedo mirarlo y que probablemente es peligroso, pero también tiene algo dulce.

—Sí —contestó Xena escuetamente—. Algo.

Esa noche, su gran paciente se unió a ellas para cenar alrededor del fuego. Se curaba asombrosamente deprisa: un legado de Ares, sospechaba Xena. Si te vas a pasar la vida luchando, más vale que te cures rápido, ¿eh? Sonrió por dentro. A mí me ha venido bien, de vez en cuando. Terminó el pescado y miró a Jessan, que contemplaba pensativo el fuego.

—Bueno —dijo. Él levantó la mirada al oír su voz—. ¿Te diriges a casa?

Jessan suspiró.

—Mi casa está en la costa noroeste. —Sonrió sin humor—. No creo que lo consiga. Hay demasiados asentamientos, con demasiada gente asustada desde aquí hasta allí. —Se quedó mirando al suelo—. Sois una especie cruel y estúpida, ¿lo sabíais? Nuestra gente jamás ha atacado a la vuestra, pero vivimos en las sombras, con la esperanza de que no nos veais, porque cuando nos veis, no paráis de darnos caza hasta que matáis a todos los que encontráis.

—El miedo da una gran motivación —respondió Xena, con tono frío—. Me imagino que la gente que te vea, y Jessan, tienes que reconocer que tienes un aspecto de lo más feroz, no podría imaginarse que no atacarías si pudieras. —Jugueteó distraída con una piedrecita que tenía cerca de la bota—. De no haberte conocido, yo habría pensado eso.

Jessan lo asimiló.

—Y me habrías atacado al instante. —Miró a Gabrielle, que guardaba silencio, pero observaba sus rostros mientras hablaban.

Xena le dedicó una de sus sonrisas lentas y fieras.

—Bueno, en otro tiempo tal vez. Ahora, probablemente habría esperado a que tú me atacaras primero. —Echó una mirada rápida a la bardo—. Intento no crear problemas. —Gabrielle resopló y luego soltó una risita, provocando la risa de Jessan y Xena—. Bueno —reconoció la mujer morena—, la mayor parte del tiempo, en cualquier caso. —Se irguió y se estiró, captando la mirada de Gabrielle y enarcando una ceja. Gabrielle mostró su acuerdo asintiendo, pues ya habían hablado de las posibles contingencias antes de cenar—. Jessan, estaríamos encantadas de acompañarte hasta la frontera noroeste, de llevarte a casa con tu gente, si no te importa viajar con nosotras. —Le sonrió de nuevo con indolencia—. Creo que puedo mantener tu pellejo intacto hasta entonces.

¿Podrías?, pensó Jessan. ¿Podrías, Xena? No sé yo. ¿Eres tan buena como afirma tu reputación? Lo dudo... nadie lo es jamás. Oh, sí, estoy convencido de que fuiste una general brillante, pero ya no tienes ejército. ¿Puedes demostrar tu habilidad sobre los cuerpos de tus enemigos? No sé yo. Se la quedó mirando, mientras esperaban pacientemente su respuesta. Toda músculo, eso era cierto. Lo veía en la forma en que se movía. Las muñecas eran muñecas de espadachín, de eso tampoco cabía duda. Ésa no era una espada de adorno y la armadura era funcional. Tal vez sí, tal vez no. Era un riesgo que tendría que asumir. En cualquier caso, era mejor que ir solo... y... se obligó a reconocerlo, a pesar de lo que eran, su corazón se negaba a doblegarse ante su cerebro. Estas dos le gustaban.

—Sería para mí un honor aceptar vuestro ofrecimiento —dijo, en voz baja.

—Me alegro —sonrió Gabrielle y le dio unas palmaditas en el brazo—. Lo conseguiremos sin problemas.

Jessan sonrió con todos sus dientes.

—Pero me gustaría conseguir armas. Me siento... —Buscó una descripción en su mente.

—Desnudo —afirmó Xena, tajantemente. Lo miró enarcando una ceja sardónica, pero en sus labios bailaba una ligera sonrisa. Lo miró a los ojos con un brillo comprensivo que... por Ares... podría haber sido una de su propia especie.

—Sí —respondió, encogiéndose de hombros con cierta timidez—. Exactamente.

—Guerreros —suspiró Gabrielle, teatralmente—. Les das una espada y carne cruda y ya están contentos. —Los miró a los dos poniendo los ojos en blanco.

—¿Carne cruda? —dijeron los dos a la vez, sin mirarse siquiera—. Puaj.

Jessan ya estaba lo bastante fuerte como para viajar un poco al día siguiente, aunque Xena insistió en avanzar despacio para dañar lo menos posible sus heridas en proceso de curación. Pasaron ante dos pequeñas aldeas, pero no los vio nadie y tuvieron la suerte de toparse con un antiguo campo de batalla ya más avanzado el día. Jessan y Xena se pasaron un rato escarbando pacientemente entre los restos hasta que por fin Xena encontró lo que estaba buscando.

—Ah. Esto es. —Alzó su hallazgo, una reliquia incrustada de barro y mugre, de unas tres cuartas partes el largo de su cuerpo—. No me lo esperaba. Normalmente revisan a fondo los campos de batalla en busca de metal utilizable. No me puedo creer que se les haya pasado esto. —Miró a su alrededor desde donde estaba—. Ah. Debe de haber estado debajo de una pila de cadáveres. —Un fémur cayó rodando por la pila donde estaba hurgando y le echó un breve vistazo. ¿Cuánto tiempo me he pasado revisando restos de cadáveres? Suspiró por dentro. Demasiado.

—¿Qué es eso? —preguntó Gabrielle, desde un lado donde había estado echada a la sombra, trabajando en uno de sus pergaminos. Se puso de pie y se sacudió el polvo antes de acercarse a donde estaban Jessan y Xena, examinando seriamente lo que fuera que tenían. Jessan cogió el hallazgo de Xena y lo golpeó con fuerza contra el árbol junto al que estaba. Cayó una lluvia de mugre, polvo y escamas de herrumbre, revelando los contornos generales de una gran espada de las que se manejaban con las dos manos. Volvió a golpearla con fuerza, soltando más suciedad y herrumbre, hasta que vieron cómo cobraba forma el firme contorno de una empuñadura.

—Ah. Esto ya me gusta más —comentó Jessan, agarrando la empuñadura con firmeza. Xena agarró la vaina podrida y los dos tiraron en direcciones opuestas. Los resultados los sorprendieron a todos.

—Caray —exclamó Gabrielle, con los ojos de par en par.

Xena enarcó una ceja y soltó un suave silbido.

—Ohhhhh —suspiró Jessan, girando la hoja, que, increíblemente, tenía el borde liso y ni una sola abolladura ni arañazo. El frío metal relucía afilado y mortífero a la polvorienta luz del sol del atardecer. Sonrió encantado—. Y además es de mi tamaño justo. —Sopesó el arma con regocijo—. ¿Me harás el honor de combatir conmigo más tarde, Xena? —Descubrió los colmillos como desafío en broma—. Sería una historia estupenda para contarla cuando vuelva a casa.

¿Lo hará? Eso me dará una oportunidad de matarla, seguro que lo sabe. ¿Confiará en mí? ¿Confiaría yo en ella?

Xena le dedicó una sonrisa igualmente fiera.

—Ya veremos. —Pero el brillo de sus ojos le dijo que probablemente lo haría. Envolvió con cuidado la espada en un trapo que le prestó Gabrielle, con la intención de fabricar una vaina adecuada en cuanto tuviera ocasión.

—No vais a luchar de verdad el uno contra el otro, ¿verdad? —le preguntó Gabrielle a Xena en voz baja, mientras seguían avanzando por un camino del bosque cubierto de árboles. Dirigió una mirada preocupada a su compañera—. Quiero decir... ya sé... bueno, que eres tú... o sea, él es...

Xena la agarró del hombro para reconfortarla.

—Calma, Gabrielle. Si es tan bueno como creo que es, será el combate de entrenamiento más seguro que haya tenido en mi vida. —Se echó a reír suavemente al ver la expresión desconcertada de Gabrielle—. No pasa nada, en serio.

La bardo se quedó callada, sin mirar a Xena a los ojos.

La alta guerrera se la quedó mirando un momento y luego pasó la mano del hombro de Gabrielle a la barbilla de la bardo y le volvió la cara para mirarla a los ojos.

—¿Gabrielle? —habló en voz baja—. No nos vamos a hacer daño. No se trata de eso.

Gabrielle se quedó mirando a su compañera largamente antes de responder.

—Lo sé. Lo siento. Es que me cae muy bien, y tú... Xena, puede haber un accidente. —Suspiró—. Lo sé, es una tontería, ¿verdad?

—No —murmuró Xena—. No lo es. —Inesperadamente, rodeó a Gabrielle con un brazo y la estrechó—. Tendremos mucho cuidado, te lo prometo.

Jessan las observaba con interés por el rabillo del ojo sano. Estaba demasiado lejos para oír su conversación y, a decir verdad, se habría apartado más si hubiera podido oírlas. El Pueblo era así, valoraban su intimidad y esperaban el mismo respeto por parte de los demás. Una característica muy útil.

¿Pero qué era esto? La bardo pelirroja parecía disgustada por algo. ¿Qué, pensó, podía ser? No era su presencia, de eso estaba seguro. Cualquiera podía fingir bien, pero la cordialidad que notaba en la joven Gabrielle era más real y tangible que cualquiera que hubiera notado en su vida, incluso entre su propia especie. No le tenía miedo y no tenía miedo de Xena. Entonces, ¿qué?

Ah... ¡lo que estaba averiguando! Tiene miedo... de repente lo percibió. Ah... por fin. Muy débil, muy desenfocado, pero ahí estaba, un pálido gris donde antes sólo había oscuridad. Se dio cuenta de que se debía a que las emociones de ella eran tan fuertes que estaban atravesando la barrera sofocante que habían levantado sus heridas. ¿Miedo? ¿De qué tenía...? Ah... ahora lo Veía. Tiene miedo de que luchemos. Bardo boba. Teme el sufrimiento, de Xena y... se quedó pasmado... el mío también. Por Ares. Pero ya, Xena se lo ha explicado. Ahora está mejor.

No podía leer pensamientos. Lo que percibía eran oleadas de emociones fuertes, que había aprendido con la práctica a interpretar. Las emociones de Gabrielle eran definidas y muy fuertes: lo sorprendían por su intensidad. Xena... la guerrera, por otra parte, reprimía las suyas con un control excelente. Apenas percibía nada de ella, salvo un poquito aquí... Mmm. Muy interesante e inesperado.

El ojo abierto de Jessan reflejó un asombro momentáneo. Bah. Soy un vulgar cotilla, se regañó a sí mismo, y se adelantó unos pasos. En casa le habrían dado de bofetadas por espiar de tal manera. Supuso que podía defenderse diciendo que su vida corría peligro, pero... sabía que no era así y que no había excusa para ello. Mamá se avergonzaría de él.

—Ven aquí, Jessan —dijo Xena, esa noche después de cenar—. Te voy a quitar la venda del otro ojo y veremos qué tal va.

Nervioso, Jessan se acercó a ella de mala gana y se sentó en el tronco para poner la cabeza a su alcance. ¿Y si no veo? El miedo le revolvía el estómago. ¿Y si me ha dejado ciego a propósito? Cuando se le pasó esta idea por la mente, la miró rápidamente y vio su intensa mirada azul clavada en su herida, sus manos que trabajaban deprisa, pero con delicadeza. No. Al estar así de cerca, estuvo seguro. La que estaba sentada a su lado no era un ser oscuro y malévolo.

Xena cortó con cuidado la venda que le tapaba el otro ojo y examinó su trabajo.

—Vale, ábrelo —le indicó, protegiéndole la vista del resplandor del fuego.

Con el corazón palpitante, abrió despacio el párpado del ojo herido y parpadeó, suspirando de alivio cuando el mundo cobró forma. Casi le dio un abrazo de alivio al recuperar toda su capacidad visual.

—Bien. —Xena se echó hacia atrás, con aire satisfecho—. Eso está mucho mejor.

Gabrielle sonrió, apoyada en su vara, y se acercó un poco más para ver mejor lo que ahora era un par de ojos dorados, que reflejaban los últimos rayos del sol y el primer resplandor de su fogata.

—Oye. —Lo empujó con la vara—. ¿Quieres venir a nadar con nosotras?

—Ehhh... —farfulló Jessan, lleno de pánico—. ¿A nadar? —Pasó la mirada recién liberada al arroyo cercano, cascada incluida, que Xena había elegido para acampar—. Es que, mm... pues nosotros no nadamos mucho. —Intentó mirarlas con aire hosco—. Paso.

—Tienes miedo —afirmó Gabrielle, tajantemente—. No me lo puedo creer.

—¡No es cierto! —ladró Jessan, molesto—. Es que no me gusta... nadar. ¡Nada más!

—Seguro que nunca lo has hecho —comentó la bardo—. Seguro que no sabes. —Sus ojos soltaron un destello travieso—. Venga, Jessan... te enseñaremos. —Se arrodilló delante de él—. Es una habilidad de lo más últil. En serio. —Lanzó una mirada a Xena—. A lo mejor Xena te enseña a coger peces con las manos.

Jessan frunció el ceño severamente. Lo había pillado. Sabía la verdad: no tenía ni idea de nadar. ¿Podrían enseñarle? Intentó mantener sus defensas imaginando que se trataba de un truco para ahogarlo, pero su corazón se rió de él con desprecio. ¿Era remotamente posible que estas dos hijas del mayor enemigo de su especie estuvieran empezando a llenar la oscuridad creada por la muerte de Devon? No. Imposible. Pero... suspiró. Maldición. Iba a tener que aprender a nadar. Un momento... ¿¿¿¿coger peces con las manos???? Eso sí que no. Hasta ahí llegaba.

—Bueno, tal vez para... mm... nadar un poco —aceptó de mala gana.

Bajaron hasta la orilla del arroyo, él vacilante, ellas agarrándolo delicada pero inexorablemente de los grandes brazos. El agua estaba más caliente de lo que esperaba y gruñó sorprendido.

—Hay una fuente termal un poco más arriba —comentó Xena, interpretando correctamente el gruñido—. No está muy caliente, pero es mejor que si estuviera gélida. —Se había quedado sólo con la túnica de cuero para la lección y estaba varios pasos por delante de él dentro del agua. ¿Es que estamos chifladas?, se preguntó, pensativa. Enseñarle a nadar. ¿En qué estaba pensando Gabrielle? Le había seguido la corriente porque... bueno, porque a veces los instintos de Gabrielle con este tipo de cosas eran mucho más certeros que los suyos, por eso. Aunque jamás lo reconocería.

Consiguieron que se metiera hasta la cintura y luego se asustó cuando la superficie que tenía bajo los pies se hundió más. Les echó una mirada y vio expresiones pacientes, no asqueadas. Despacio, siguió adentrándose, hasta que el agua le llegó al cuello, pero seguía haciendo pie en el fondo. Era agradable, la verdad. Xena y Gabrielle se mantenían a flote justo delante de él, esperando. Las observó, parecía bastante fácil. Xena demostró cómo dar una brazada... ah, sí, ya comprendía el mecanismo. Lo intentó... caray... sus brazos lo impulsaron con mucha más facilidad de la que podía esperar. Gabrielle aplaudió y lo felicitó.

—¡Así se hace, Jessan! ¿Lo ves? No es difícil.

Él se colocó de espaldas y movió un poco los brazos. No, no era difícil, en realidad. Y la sensación del agua, la presencia del mundo a su alrededor, eran embriagadoras. Los breves destellos de percepción interna que estaba sintiendo se iban haciendo más tangibles y ahora que lo rodeaba el agua, le hablaba con susurros ligeros y risueños. Gabrielle era ahora una presencia sólida y cálida. Xena, como el mercurio, entraba y salía vertiginosamente de su Vista. En contra de su buen juicio, notó que su corazón las acogía y no pudo impedirlo. ¡Por Ares! ¿Qué iba a hacer? Éstas eran sus enemigas... y las enemigas de su gente. No era justo...

Xena se sumergió, desapareciendo de su vista de repente. Jessan contempló las ondas creadas al zambullirse y luego miró a Gabrielle a la cara, para ver si debía preocuparse. Al parecer no. La muchacha pelirroja sonreía con aire travieso.

—¡¡¡Aahhhh!!! —gritó él, saltando casi fuera del agua, cuando algo le mordisqueó la pierna. Se giró en redondo y Xena salió a la superficie, con una sonrisa maliciosa y sujetando una enorme trucha con las dos manos.

—La cena —dijo riendo y lanzó el pez a lo alto de la orilla.

Jessan farfulló indignado y luego hizo lo que habría hecho con su hermana Eldwin, sin pensar. Se lanzó contra ella, olvidándose del agua, y se hundió con un gran chapuzón. Lo invadió el pánico, pero antes de que pudiera aspirar el agua o hacer cualquier otra tontería, unas manos fuertes lo agarraron y le sacaron la cabeza fuera del arroyo susurrante.

Tosió, por reflejo, y echó una mirada iracunda de soslayo a Xena, que lo sujetaba. Debería haberla asustado, pero tal vez el hecho de que lo estuviera acunando como a un cachorro echó a perder el efecto. Con tanto contacto físico, casi podía percibir también su calidez... no... un momento... sí. Sí, la percibía. Enterrada bajo esos duros escudos había una persona capaz de sentir profundas emociones. Sentía aprecio por él. No lo podía evitar. Él también sentía aprecio por ella. Sonrió y le devolvió la calidez, aunque sabía que no podía percibirla.

—Gracias —dijo con voz ronca y suave, aunque no podía saber por qué le daba las gracias. Por un momento, sintió una profunda lástima por los humanos. Viven sólo media vida... tal vez por eso matan todo lo que encuentran... caray... qué cosa más profunda... tal vez lo hacen porque no tienen forma de sentir el dolor que causan... mm... no sé...

—Ay ay ay —dijo Gabrielle, colocándose a su otro lado—. No intentes atraparla en el agua. En una causa perdida. Lo sé bien. —Apoyó un codo en su pecho—. ¿Habéis dicho algo de la cena? Me muero de hambre.

El viaje del día siguiente trajo consigo el problema que Jessan llevaba tiempo esperándose. Justo después de comer, se les echó encima una banda de soldados de a pie bastante bien armados. Xena se colocó delante, interponiéndose entre Gabrielle y Jessan y los soldados. Gabrielle sujetó bien la vara y esperó. Miró a Jessan, que observaba tanto a la guerrera como a los soldados con mucha atención. Él la miró interrogante.

—Vamos a ver qué tiene Xena en mente —le susurró—. Sólo son ocho. —Sonrió al ver su expresión de asombro.

—¿No deberíamos ayudarla? —preguntó él, llevándose la mano a la espada.

Ella lo agarró del brazo para detenerlo.

—No pasa nada, creo... por lo general, si la interrumpo cuando son menos de una docena, se irrita. —No la creyó. Gabrielle suspiró por lo bajo. Nadie la creía nunca. Aunque no se lo echaba en cara, puesto que ella había tardado mucho en darse cuenta de que en realidad a Xena le encantaba luchar. De verdad. Igual que a ella le encantaba contar historias. Le había costado mucho aprenderlo y eso casi la había llevado a plantearse renunciar a seguir viajando juntas hasta que por fin lo comprendió. Aunque nunca conseguía descifrar a Xena del todo, por supuesto.

—¿Qué tienes ahí? —preguntó el líder de la banda de soldados, mirando a Jessan de arriba abajo. Sus hombres formaron un círculo cauteloso detrás de él, mirando a Jessan, pero también vigilando a Xena.

—Es un amigo —comentó Xena, escuetamente—. No queremos problemas. —Hablaba con tono conciliador, pero Gabrielle, por experiencia, advirtió la tensión de la alta figura de Xena, vio el movimiento de la armadura sobre sus hombros que indicaba que estaba preparada y a la espera de un predecible ataque.

—¿Un amigo? —se burló el hombre riendo—. Deberías aprender a elegir mejor a tus amigos, señora. —Se acercó a ella muy decidido—. Aparta. Te libraremos de él y lo llevaremos a la ciudad. —Hizo un gesto a sus hombres para que avanzaran.

—Elijo a mis amigos con mucho cuidado, gracias —respondió Xena, manteniéndose firme y agarrando la empuñadura de la espada como advertencia—. He dicho que no queremos problemas. No he dicho que no sea capaz de causarlos.

—Suficiente advertencia —murmuró Gabrielle, sin hacer caso de la mirada de Jessan—. Está mejorando.

Él avanzó, directamente hacia Xena. A Jessan se le aceleró la respiración y vio que Gabrielle agarraba con fuerza la vara que sujetaba. El hombre se plantó justo delante de Xena y alargó la mano para quitarla de en medio.

—No hagas que me enfade, mujer. Sólo quiero hacer mi trabajo —dijo, con cierta exasperación. Esta mujer que jugaba a ser soldado lo estaba irritando.

—Qué idiota —susurró Gabrielle—. Está frito.

Jessan estaba a punto de moverse cuando se oyó un súbito y breve chasquido y un golpe sólido. Vio que Xena golpeaba primero al hombre directamente en la entrepierna y luego lo lanzaba de una patada a su círculo de seguidores.

Con un grito, los demás soldados corrieron hacia Xena, que esperaba y que entró en un frenesí de movimiento casi demasiado rápido para seguirlo con la vista. Jessan nunca supo en realidad qué le hizo a cada soldado después de soltar un grito salvaje de batalla, sacar la espada de la funda que llevaba a la espalda y lanzarse al ataque.

En un momento dado, salió catapultada por el aire y dio un salto mortal por encima de las cabezas de los desventurados soldados. Aterrizó detrás de ellos y tumbó a uno con la parte plana de la espada, luego agarró a otros dos e hizo chocar sus cabezas. Jessan notó que se quedaba boquiabierto. Cuando se posó el polvo, sólo había un montón de soldados polvorientos e inconscientes y Xena, que mascullaba por lo bajo y regresó con ellos como si hubiera salido a dar un paseo. ¡Por Ares! ¡Ni la han tocado!

—Penoso —suspiró ella—. Vamos. —Cogió las riendas de Argo y tiró de ella y luego notó la expresión vidriosa de Jessan—. ¿Qué? ¿Te han herido? —Miró a Gabrielle, que sonreía burlona—. ¿¿Qué??

La bardo puso su expresión más ufana.

—Oh, nada. Acaba de ver a la Princesa Guerrera en acción. —Sofocó una risita ante la mirada asesina de Xena y clavó un dedo en las costillas de su amiga—. Y has estado deslumbrante, como siempre.

—Gabrielle... —gruñó Xena, con tono de advertencia, con lo cual su compañera se rió aún más y le volvió a clavar el dedo.

—Vamos, Xena, sabes que te encanta hacer eso. —La bardo se fue animando con el tema—. Aplastarlos como un torbellino con toda facilidad... —Se calló por fin al ver la expresión impasible y pétrea de Xena.

Jessan salió por fin de su trance y emprendió la marcha, siguiendo a Argo. Y yo que me preguntaba si sería capaz de hacer justicia a su reputación. Se dio una bofetada mental. Caray, chico. Resopló suavemente.

—Gracias de nuevo, por cierto —dijo, en voz baja.

—Bueno —comentó Xena—, a fin de cuentas, tengo una reputación mortífera que mantener. —Y consiguió mantener una expresión seria cuando los otros dos se volvieron y se la quedaron mirando pasmados—. Y ya sabéis que la única manera de hacerlo es dejando un reguero de sangre. —Los miró con una ceja enarcada y una expresión totalmente seria que se le extendió incluso a los ojos. Puso lo que sabía que era una mirada gélida y la clavó en los otros dos. Ellos se miraron nerviosos y Gabrielle tragó con fuerza, una vez. Xena los dejó así un poco más y luego pasó a su lado y siguió por el camino, tirando de Argo, en silencio. La verdad es que no debería ser tan sensible a las bromas. Suspiró por dentro. Y no debería haberle hecho eso a Gabrielle.

Jessan soltó el aliento con evidente alivio.

—Caray. —Echó un brazo por encima de Argo—. Caray, Argo... no quiero que se enfade nunca conmigo —le susurró a la yegua, que apuntó una oreja hacia él con aire compasivo. Él agachó la cabeza y siguió adelante.

Gabrielle estuvo en silencio largo rato después de aquello, caminando al lado de Xena, que estaba también muy callada. Claro, que Xena no era especialmente habladora ni en las mejores circunstancias, pensó Gabrielle, con el estómago aún encogido por esa "mirada". Maldijo en silencio por dentro. Estúpida, pero qué estúpida, Gabrielle. ¿Cuándo vas a enterarte de que tiene poca tolerancia a las bromas? Miró a su silenciosa compañera.

—Supongo que me lo merecía —dijo por fin, y Xena volvió la cabeza y la miró con risueño cariño, mirada que Gabrielle no captó en absoluto.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Xena, que lo sabía muy bien.

—Ya me conoces... siempre intento encontrar la gracia de una situación. A veces se me olvida... o sea, creo que tengo derecho a... y no lo tengo y sé que estabas enfadada, pero he seguido dale que dale y... —Qué mal se estaba expresando. Mentalmente, se pegó un grito a sí misma por no ser capaz de enunciar la más sencilla de las frases cuando estaba tensa y con Xena. Menuda bardo.

—Gabrielle. —La voz grave era cálida. Xena la agarró del hombro más cercano. Dejaron de andar y se miraron un momento—. Sí que tienes derecho. —¿Comprendes lo que te estoy diciendo, amiga mía? La mayor parte de nuestra comunicación la hacemos sin palabras. A mí no se me dan bien.

—¿Sí? —preguntó la bardo, con seriedad.

—Sí —afirmó Xena—. Además, ¿cuántas personas conoces que puedan clavarme un dedo en las costillas sin que les rompa la mano? —Esperó a ver una sonrisa como respuesta por parte de su compañera y luego siguió adelante para alcanzar a Jessan y Argo, tirando de la bardo—. Vamos. —Caray. ¿Es posible que, por una vez, haya sabido llevar bien el tema? Gabrielle se había relajado y seguía sonriendo. Puede que sí.

Jessan contempló el paisaje que los rodeaba esa tarde.

—Ya no estamos lejos... creo que dentro de dos días estaremos muy cerca de mi casa. —Se terminó el pan y la carne con gran satisfacción y dedicó a Gabrielle una leve reverencia—. Pero voy a echar de menos tus guisos. No se lo digas a ella, pero son mejores que los de mi madre. —Vio que la bardo se sonrojaba y sonrió. Miró a Xena, que estaba apoyada tranquilamente en un árbol cercano y también sonreía.

—Se lo llevo diciendo desde hace meses. Creo que piensa que se lo digo sólo porque no tengo elección —comentó la guerrera, observando a su compañera, que se sonrojó de nuevo, esta vez hasta las raíces del pelo rubio—. Me alegro de tener una segunda opinión. A lo mejor ahora me cree. —Luego miró a Jessan—. Bueno, ¿estás listo para ese combate que me pediste?

El enorme y peludo guerrero sonrió mostrando los dientes.

—Sí. —Se estiró—. Tenemos que bajar esta excelente cena de algún modo y no se me ocurre una manera mejor. —Corrió a su zurrón y sacó la espada, casi dando brincos de emoción. Su espeso vello relucía al sol y se movía sobre su musculoso cuerpo como si fuera agua. Era la esencia misma de una naturaleza primitiva, y se regocijaba con la sensación del cálido sol del atardecer en la espalda y la tierra firme bajo las potentes piernas. Levantó la espada hacia el sol y alzó la cara, absorbiendo el calor. ¡Lo va a hacer! ¿Confía en mí? ¿Puedo confiar en ella? ¡Oh, padre! Podría vengar tantas muertes con este momento, ella es todo lo que tú odias de ellos. Mi nombre viviría en nuestra aldea para siempre... pero papá, oh, papá... miro en mi corazón y no puedo, no puedo... ya me ha derrotado. Sonrió con tristeza por dentro. Qué razón tenía ella. El amor era el peligro más grande.

Xena se echó a reír al verlo y luego se encaminó hacia un pequeño claro cercano, se volvió y esperó. Se habían detenido algo temprano, por lo que el sol del atardecer todavía daba mucha luz. Jessan desenvainó la espada y al aproximarse al claro y colocarse ante ella, la saludó con la parte plana. Ella inclinó la cabeza como respuesta y esperó a que él hiciera la primera finta, sin desenvainar aún su propia arma. Espero saber lo que estoy haciendo, pensó, observando mientras él se acercaba. Se lo prometí a Gabrielle... pero de verdad que espero ser tan buena como creo que soy, si no esto podría acabar con sangre. Se planteó la posibilidad de que él intentara aprovechar esta oportunidad para librar a su pueblo de una enemiga peligrosa, y luego se encogió de hombros. Como había dicho, la vida era peligrosa, y si ella lo hacía lo mejor posible, daría igual. El corazón le empezó a latir con fuerza.

Ah... no te confíes tanto, Xena... canturreó Jessan por dentro, sintiendo el júbilo del combate que se alzaba en su interior. Sé que eres buena, pero yo también lo soy... Balanceó un poco los brazos, para relajarse, y avanzó. Sus ojos dorados se clavaron en los azules de ella, vigilando cualquier leve movimiento que pudiera indicarle sus planes, que pudiera revelar sus maniobras. ¿Se traicionaría a sí misma? No, los ojos estaban clavados en los suyos, la cabeza firme como una roca. Ahí no iba a haber suerte. Se lanzó hacia delante, echando el brazo de la espada hacia atrás siguiendo el movimiento del cuerpo, con la intención de darle un ligero golpe con la parte plana de la hoja para enseñarla a respetar su habilidad. Al esperar el leve hormigueo del contacto, se quedó sorprendido cuando no se produjo, sino que ella penetró su defensa con una gracilidad ágil y fluida, le dio un cachete en la mejilla y volvió a quedar fuera de su alcance antes de que él pudiera reaccionar siquiera. Parpadeó. Por Ares, esta mujer estaba tocada por Hermes, con esa velocidad. Respiró hondo para calmarse y se reagrupó.

Una sonrisa pícara y entonces ella desenvainó su arma y volvió a esperarlo.

Fascinada, Gabrielle estaba sentada en un tocón justo fuera del claro y los observaba.

Una sólida estocada, entonces, por parte de Jessan, hábilmente parada por Xena y seguida de un encuentro circular de ambas espadas, que provocó un siseo primigenio por el claro. Otra estocada, otra parada, cada vez más deprisa, hasta que el metal se hizo borroso ante sus ojos y los movimientos demasiado rápidos para poder verlos. Jessan descubrió que tenía el corazón desbocado, con la esperanza de que su habilidad estuviera a la altura de las circunstancias. Era mejor de lo que había imaginado, y si uno de los dos cometía un error, el resultado sería doloroso. Podría resultar mortal, porque ninguno de los dos se estaba refrenando. Pero la adrenalina lo impulsaba, el fuego palpitante de su sangre lo mantenía en el combate y en su cara se formó una sonrisa fiera. Sus brazos se movían trazando los arcos precisos, definidos y disciplinados de un magnífico espadachín, buscando los huecos en las defensas de ella, algún punto débil en su técnica. Llevaba practicando para esto desde que tuvo edad suficiente para levantar una espada, cuando su padre lo llevó a la parte de atrás de su cómoda casa, colocó las pequeñas manos de su hijo alrededor de la empuñadura y asestó un mandoble... incontables horas de combate desde entonces. Estaba considerado como uno de los mejores entre los de su especie y, ahora, en este claro bajo el sol poniente de un largo día, se había encontrado con alguien que era igual de bueno que él y mejor.

Xena dejó que su cuerpo actuara y reaccionara sin pensarlo conscientemente, lo cual habría sido demasiado lento para este combate. El fornido guerrero era tan bueno como pensaba y este enfrentamiento estaba poniendo a prueba su propia habilidad, cosa que no ocurría con la suficiente frecuencia. Con él podía dar todo lo que tenía, sin temer por su vida o la de ella, y en su cara apareció una sonrisa fiera equiparable a la de él. Ah, qué divertido. Era divertido de un modo que nunca podría explicar a nadie que no viviera por la espada, y ni siquiera a la mayoría de los que vivían de esta manera. Se fueron moviendo en círculo, avanzando, retrocediendo, avanzando de nuevo. Era muy bueno... posiblemente el mejor adversario al que se había enfrentado jamás, y se había enfrentado a muchos durante los largos años desde que fue atacada su aldea. Ella tenía cierta ventaja en materia de velocidad, él la tenía en fuerza. Pero poco a poco, empezó a ver pequeños fallos en su técnica y se lanzó a por ellos.

Ya veo lo que quería decir, pensó Gabrielle, dándose cuenta. Los dos son tan buenos que pueden combatir sin hacerse daño. Los observó y por primera vez vio el arte que había en ello, más allá del miedo puro que a menudo sentía cuando Xena cruzaba su espada con las legiones de personas a las que se enfrentaban. Siempre se había sentido maravillada por la habilidad de Xena para el combate, que parecía estar a varios niveles por encima de la media, a juzgar por la facilidad con que derrotaba a la mayoría de sus adversarios, pero esto era distinto.

Jessan era mucho más alto que ella, pero ahora, hasta Gab se daba cuenta de que Xena estaba haciendo retroceder a su adversario más grande, que su espada empujaba a la de él detrás de su cuerpo con cada estocada por la fuerza bruta de los golpes. Por fin, con una finta espectacular, capturó su espada con el borde de su empuñadura y, con un movimiento de increíble fuerza, lo desarmó y lanzó la espada por el aire. Antes de que pudiera aterrizar y clavarse en el suelo, dio una voltereta en el aire y atrapó la espada por la empuñadura, y luego saltó por encima de la cabeza de Jessan y le dio un azote en el trasero con su propia espada. Luego lo saludó inclinando la cabeza de nuevo y le entregó la espada, presentándole la empuñadura, cuando él se giró en redondo para mirarla.

Jessan cogió la espada, sin dejar de mirarla, memorizando cada detalle. El sonido de su respiración agitada, la de ella mucho menos. El sonrojo de la sangre que oscurecía la piel de ambos, la chispa brillante y salvaje de sus ojos azulísimos, la admiración que él sabía que se reflejaba en los suyos. Su sonrisa. La de él. Era glorioso.

Ella suspiró con fuerza y luego envainó la espada.

—Bueno, qué falta me hacía. —Le sonrió con indolencia—. Hacía mucho tiempo que no tenía un adversario tan bueno como tú. —Se acercó a él y lo miró a los ojos largamente—. Gracias... tenemos que volver a hacerlo. —Alargó la mano y le dio una palmada en el brazo, y él se derritió con su aprecio. Ya no podía considerarla una enemiga.

—Xena —murmuró, por fin—. Eres hermana de mi corazón. —Tomó aliento de nuevo y envainó la espada con cuidado—. ¿Vamos a escuchar la nueva historia de tu bardo?

Regresaron juntos a la hoguera y Jessan fue al arroyo para beber agua. Xena se acercó donde estaba sentada Gabrielle.

—¡Eh! —gruñó, arrodillándose al lado de la bardo—. ¿A qué viene esa cara? Te lo prometí, ¿no? ¿Que no habría ni un arañazo?

Gabrielle meneó la cabeza rubia ligeramente y carraspeó.

—Has cumplido tu promesa... Xena, ha sido asombroso.

La guerrera se encogió de hombros con timidez.

—Ya me has visto luchar otras veces.

—Sí —dijo Gabrielle—, pero no así. Esto ha sido...

—¿Una chulería? —interrumpió Xena, en voz baja. Sardónicamente.

—No, una belleza —dijo Gabrielle, terminando su propia frase, sin hacer caso de la interrupción—. Y nunca pensé que pudiera opinar eso de algo tan violento. —Bueno... Se guardó ese pensamiento y sonrió por dentro. Había hecho callar a Xena, que no tenía ni idea de cómo responder a esta sorprendente afirmación. Gabrielle se habría echado a reír, pero sabía que eso sólo haría enfadar a Xena. Y eso no era lo que quería hacer en estos momentos. Ahora tendría que hacer un comentario ligero, para disipar la tensión—. Bueno, ¿qué historia te apetece escuchar? —Alzó una ceja interrogante mirando a su amiga, que estaba ahí sentada, con cierto aire de estar pensando que le habían colado una, pero sin saber en realidad cómo ni por qué. Disfrutó en privado de la tan poco frecuente sensación de haber conseguido desconcertar a Xena.

—Mm... —Xena se esforzó por pensar en un título. Todavía estaba intentando descifrar el sentido de la última conversación—. No lo sé, pregúntale a Jessan. Ha dicho que tenías una nueva, ¿es eso cierto? —Eso, así tenía un momento para respirar. Era consciente del fulgor de los ojos de Gabrielle, lo cual quería decir que la bardo sabía que la había afectado, pero que no iba a aprovecharse de su ventaja.

—Ah, sí. —Gabrielle se dejó desviar del tema—. Es ésa en la que tú...

Xena levantó la mano.

—Mmmm. Por favor, Gabrielle, esta noche nada sobre mí, ¿vale? —Sonrió—. Tienes una nueva sobre Herc, que te la contó Iolaus, lo sé... te oí ensayarla la semana pasada.

El fulgor seguía allí.

—Bueno, tal vez podrías convencerme para no contar nada sobre ti, ¿pero qué gano yo con ello? —Gabrielle no pudo resistir pincharla un poquito. Sabía dónde estaban los puntos débiles de esa armadura tan sólida.

—Gabrielle... —El gruñido de advertencia de Xena, pero con una sonrisa—. Vale, esta noche no te levantaré cuando estés dormida para tirarte al río. ¿Qué te parece?

Un último pellizquito.

—Mmm. Pues podría gustarme. —Y Gabrielle se alejó trotando por el campamento antes de que Xena pudiera responder. Aunque no habría sabido en absoluto qué contestar a eso, pensó para sí misma. ¿Qué mosca le ha picado? Meneó la cabeza y se levantó, sacudiéndose la túnica de cuero. A lo mejor se había comido unas setas raras con el guiso que habían cenado. Daba igual. A veces creía que tenía calada a Gabrielle, pero esa idea nunca duraba mucho. De simple aldeana, a bardo de talento, a princesa amazona. Gabrielle nunca dejaba de asombrarla. Xena sabía que se estaba acercando el momento en que Gabrielle tendría que sostenerse sobre sus propios pies y dejar su huella en el mundo. Su destino no era seguir a una ex señora de la guerra medio loca y de malos modales en la mesa. Ya, y ella misma hasta podría convencerse de que eso sería lo mejor para ambas, si se empeñaba lo suficiente. Pero sería lo mejor para Gabrielle, ni siquiera ella era tan ciega como para no darse cuenta de eso. Suspiró y se encaminó a donde Jessan se estaba acomodando junto al fuego.

—Tengo una idea —dijo Gabrielle, cuando se sentaba—. Creo que esta vez Jessan nos debe una historia. —Sonrió al sorprendido guerrero.

Xena alzó una ceja intrigada.

—Mmm. Oye, creo que tienes razón, Gab. —Se acomodó encima de la gran piel negra de dormir y se apoyó en un tronco caído, observando la cara nerviosa de él—. Apenas sabemos nada de tu gente. Debéis de tener historias.

Él se quedó un momento pensando, mientras las luces y sombras del fuego creaban extraños reflejos en su curioso perfil.

—Bueno —dijo por fin—. Lo intentaré, pero yo no soy bardo. —Y saludó con la cabeza a Gabrielle, que le sonrió dulcemente como respuesta. Se deslizó hasta donde estaba sentada Xena y se apoyó en el mismo tronco, de modo que las dos quedaron sentadas la una al lado de la otra, frente a él. Qué distintas eran, pensó, dedicando un momento a poner en orden sus ideas. Como la oscuridad y la luz en persona. Cerró los ojos y cruzó los dedos y, como si un dios lo hubiera tocado, su percepción interna volvió a él por completo. Casi temeroso, se extendió delicadamente y Miró. Ah... su espíritu se tranquilizó. Había tenido razón, al fin y al cabo. Gabrielle era un familiar calor dorado, pero la mujer que estaba a su lado, ahora que por fin sus sentidos se habían despejado, era un fuego de plata bruñida. Vio el vínculo que había entre ellas y se preguntó si lo sabían... no, probablemente no. Su especie no era capaz de percibirlo. Lástima. Pero... bueno, a lo mejor... oye...—. Os voy a contar la historia de Lestan y Wennid —dijo por fin, con una pequeña sonrisa por dentro—. Y del vínculo que se produce entre dos de nuestra especie, cuando tenemos mucha suerte. —Y se lanzó a contar la historia, que hablaba de dos miembros de su Pueblo, de tribus distintas, que se encontraron una noche en un claro iluminado por la luna en las profundidades de un bosque oscuro.

Mientras hablaba de su encuentro, que empezó con un combate y terminó con un aprecio a regañadientes, observaba sus caras. ¿Se darían cuenta de lo que estaba intentando mostrarles? Probablemente no. Suspiró.

—Sus tribus no eran amigas. Procedían de mundos diferentes. La tribu de él era guerrera y quería enfrentarse a vuestra especie cuando se adentraba en el bosque. Y la de ella era de talante pacífico y se ocultaba en las sombras cuando se acercaban los humanos. —Les habló del romance que mantuvieron de mala gana, de dos mundos que se repelían por naturaleza y que se unieron por una fuerza demasiado poderosa para poder resistirla. Lestan y Wennid, sin esperarlo, estaban vinculados entre sí, sus almas se habían conectado sin hacer caso de su historia, de su mente consciente, hasta de su buen juicio.

—Entonces, ¿se enamoraron? —preguntó Gabrielle, embelesada con la historia.

—El vínculo es más que amor, Gabrielle —contestó Jessan suavemente, intensamente—. Es una conexión entre dos almas que va más allá de nuestro conocimiento, más allá de nuestra comprensión, algunos dicen que más allá de la muerte misma. —Eso provocó una reacción en ellas para la que no estaba preparado. La disimularon rápidamente, pero él la vio, en los ojos de ambas. ¿Qué he dicho?, pensó, desconcertado. Creo que aquí hay algo que se me escapa. Carraspeó y continuó la historia—. Eso no ocurre a menudo. —Les habló de la larga lucha entre los dos, para reconciliar a sus respectivas tribus, con poco éxito—. Entonces, una noche, un gran grupo de miembros de vuestra especie descubrió la aldea de ella, que estaba en lo más hondo de nuestro bosque, donde creíamos que ninguno de vosotros llegaría jamás. —Le temblaban las manos, no podía evitarlo—. Los persiguieron por el bosque, clavándoles lanzas.

Xena apretó la mandíbula con rabia y notó que Gabrielle se agitaba a su lado por la angustia. Se miraron.

—Lestan había salido de caza y oyó a los atacantes. —Aquí, como siempre, su sangre bulló por el orgullo—. Hizo que su Garan girara hacia la aldea de ella y cabalgó como un dios a través del bosque. —Sabía que había captado su atención por completo—. Wennid se había plantado contra un árbol caído, protegiendo a su madre y a tres pequeños. No era guerrera, pero se enfrentó a ellos como pudo, con un palo. Lestan le había estado enseñando un poco y para agradarle, se había permitido aprender algo sobre el arte del combate. —Su voz se hizo más intensa—. Dos de ellos cabalgaron hacia ella, con lanzas largas. Vio la muerte que se le echaba encima, pero abrió los brazos de par en par, para proteger a los demás y aceptar ella misma los golpes. —Ahora tenía el pelo del cuello erizado, tan vivos eran sus recuerdos—. Llegaron a ella y justo cuando las lanzas estaban a punto de atravesarle el cuerpo, Lestan y Garan saltaron por encima del árbol caído y los atacaron, haciéndolos retroceder. —Vio sus expresiones de alivio y asombro—. Y entonces, sacó la espada y, como si estuviera poseído por el espíritu de Ares, se enfrentó a todos ellos. Pero eran muchos. —Se le encogió la garganta—. Luchó hasta que todos estuvieron muertos o dispersados por el bosque, hasta que su cuerpo se tiñó de rojo por su propia sangre y el suelo quedó empapado de ella.

—¿Murió? —preguntó Gabrielle, en voz baja, con angustia, sin mirar a la mujer morena sentada tan cerca de ella.

Jessan la miró.

—No, no murió. —Sonrió, ligeramente—. Pero pagó un gran precio y perdió el uso de un brazo. —Respiró hondo—. Y, después de eso, las dos tribus decidieron unirse, porque se dieron cuenta de que tanto las costumbres de una como de otra merecían la pena. Lestan y Wennid fueron elegidos como líderes de la nueva aldea.

—¿Y fueron felices? —preguntó Xena, rompiendo su silencio por primera vez desde que empezó la historia.

—Sí —contestó Jessan, pensando que era una pregunta bastante rara.

—Pareces muy seguro —comentó la guerrera, mirándolo con una ceja enarcada.

En su cara leonina se formó una sonrisa pícara.

—Son mis padres. —Se echó a reír al verles la cara—. De modo que sí, estoy seguro.

¡Ja! ¡¡¡Las he pillado!!!, se regocijó por dentro, satisfecho con su historia y con sus reacciones. A lo mejor hasta han captado lo que les estaba mostrando... no, seguro que no. Qué ciegos eran los humanos. Se levantó y se estiró, bostezando.

—Voy a beber agua... —comentó y se encaminó al río.

—Bueno —dijo Gabrielle, suspirando—. Le he pedido una historia, ¿no? —Miró a Xena con una sonrisa traviesa.

La mujer más alta se cruzó de brazos y contempló la cara de Gabrielle.

—Sí, se la has pedido —dijo, pensativa—. Deberías tener cuidado con lo que le pides a la vida, Gabrielle. A veces los dioses te lo conceden. —En su boca se dibujó una sonrisa.

La bardo la miró.

—Si pudieras pedir una sola cosa, Xena, y te fuera concedida, sin más, ¿qué pedirías?

No es justo, Gabrielle... la regañó su mente. No es justo... no deberías haberle preguntado eso. Puede que no te guste saber la respuesta... seguro que dice algo sobre evitar ciertas aldeas pequeñas...

Xena resopló y apoyó la cabeza en el tronco. ¿El qué, efectivamente? Su aldea, Cirra, César, Marcus, Calisto... M'Lila, de cambiar cualquier de esas cosas, no sería la persona que era. La mayor parte del tiempo no le gustaba ser quien era, ¿pero le habría gustado más cualquier otro camino? En una ocasión, los dioses le habían mostrado un camino alternativo y ella lo había rechazado. Por fin, suspiró y giró la cabeza hacia Gabrielle.

—Nada.

La bardo se quedó sorprendida.

—¿Nada? —Frunció el ceño—. ¿Cómo que nada? —El instinto le decía que se callara, que dejara de insistir, pero no pudo—. ¿Quieres decir que no hay nada que quisieras cambiar? —Se volvió de lado y miró atentamente a Xena—. ¿Nada?

—No —dijo Xena, sabiendo que Gabrielle se estaba enfadando. Tenía que tranquilizarla—. Prácticamente cualquier cosa que cambiara significaría que habría estado en otro lugar y no en un pequeño claro a las afueras de Potedaia hace dos años. —Disfrutó en silencio de la expresión atónita de Gabrielle—. Y no querría haberme perdido eso. —Ah... no te esperabas esa respuesta, ¿verdad, amiga mía?—. ¿Y tú qué? ¿Qué cambiarías si pudieras? —preguntó, más por distraer a la bardo que por otra cosa. Estaba bastante segura de que había muchas cosas que a Gabrielle le gustaría que fueran distintas. Pérdicas, por ejemplo.

Gabrielle se mordisqueó el labio en silencio, enredada en su propia trampa. ¿Cambiaría las cosas? Bueno, sí, siempre había pequeños detalles, cosas molestas, tanto en Xena como en ella misma, que a menudo le resultaban fastidiosas. Deseaba que Xena hablara más, aunque había estado de lo más charlatana durante este pequeño viaje. ¿Pero cambiar cosas? Suspiró por dentro.

—Me gustaría... —Alargó la mano y agarró el brazo de su compañera con firmeza—. Me gustaría... quitarte todo tu dolor, Xena. —No era exactamente lo que quería decir, pero se acercaba bastante. Y la respuesta fue un largo abrazo, tan largo que se quedó dormida en él, en toda esa paz.

Jessan, acurrucado en sus propias mantas al lado opuesto del fuego, se sonrió mientras se quedaba dormido.

Dos días después, estaban contemplando un ancho río y al otro lado una región cubierta de bosque que se extendía hasta el horizonte. Xena y Gabrielle miraron interrogantes a Jessan, que sonrió asintiendo.

—Mi casa —afirmó, con una sonrisa satisfecha—. Nunca pensé que volvería a ver este río.

Se volvió hacia ellas.

—No hay palabras suficientes para expresaros mi agradecimiento. —Abrazó primero a Gabrielle, levantándola del suelo y estrujándola. Ella se echó a reír, causando una vibración en sus brazos, y le devolvió el abrazo, con toda la fuerza que pudo. La dejó en el suelo con delicadeza y luego se volvió a Xena, que le echó una mirada fría, antes de rendirse y sonreír. A ella la abrazó con más fuerza, porque sabía que no le iba a hacer daño—. Voy a hacer esto, porque puedo —le susurró, y luego la levantó del suelo y dio vueltas con ella entre sus brazos. Su risa suave resonó en su oído. Por fin la dejó en el suelo y se sonrieron el uno al otro—. Algún día, cuando los haya acostumbrado a la idea, vendréis a conocer a mi gente —dijo, con seriedad—. Pero las dos siempre seréis familia para mí.

—Y tú para nosotras, Jessan —contestó Xena, estrechándole el brazo. Gabrielle se limitó a asentir. Lo observaron mientras se daba la vuelta y corría hacia el río. Mientras cruzaba, Xena distinguió apenas los indicios de unas figuras oscuras que salían de la línea de árboles para recibirlo. Al llegar a las primeras, se volvió y las saludó agitando el brazo. Ellas le devolvieron el saludo.

—Lo voy a echar de menos —comentó Gabrielle, apoyada en su vara.

—Mm —asintió Xena, apartando a Argo de la larga extensión de árboles—. Pero por alguna razón, tengo la sensación de que lo vamos a ver de nuevo.


PARTE 2


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
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