6


—Pon aquí la rodilla —dijo Xena, apartando el brazo y alargando una mano. Gabrielle así lo hizo, se agarró al arzón de la silla al tiempo que recibía un empujón para subir y se acomodó. Xena le metió la bota en el estribo de ese lado y le dio una palmadita en la pantorrilla. Se miraron.

—Acuérdate de sonreír —dijo Xena, sonriéndole como ejemplo.

Gabrielle le devolvió la sonrisa.

—Lo haré.

—Ten cuidado. —Ahora sin sonrisa.

—Te lo prometo —respondió la bardo, cogiendo las riendas y apretando las rodillas. La yegua avanzó obedientemente y los dos escoltas la siguieron.

Toris se detuvo al pasar junto a Xena y le ofreció el brazo. Ella se lo estrechó y lo miró a la cara.

—Tú también ten cuidado, Toris.

—La traeré de vuelta, Xena —dijo su hermano en voz baja, apretándole el brazo.

—Tráete de vuelta a ti también, hermano —contestó la guerrera y le dio una palmada en la rodilla—. Me gustaría tener a toda mi familia de una pieza.

Toris sonrió y echó a trotar con su ruano detrás de Gabrielle.

Xena meneó la cabeza y suspiró, y se dio la vuelta cuando una mano le tocó el codo.

—Madre —dijo, mirando hacia abajo.

Cirene los siguió con la mirada.

—Debes de sentirte fatal por quedarte aquí atrás —dijo, estrechándola un poco.

Xena dejó asomar una sonrisa fiera.

—Sí, si me quedara. —Le dio un beso a su madre en la cabeza y fue donde había un lío de tela. Lo cogió y se lo puso por los hombros, revelando un manto de parches de tonos distintos de verde que le llegaba hasta media pantorrilla. Se colocó bien las armas y se dirigió hacia los senderos del bosque que cruzaban el camino que iban a tomar aquellos tres. Se detuvo cuando cuatro aldeanos se alzaron ante ella, vestidos para rastrear.

—Vamos contigo —dijo el primero, mirándola con franqueza, pero tercamente.

Xena se quedó parada. Bueno, puedo saltar por encima de ellos, si no me queda más remedio... pero...

—¿Por qué? —preguntó fríamente.

El aldeano movió los pies.

—Ya sabemos que no podemos hacer gran cosa... pero tú vas para cubrirle la espalda. Pues a nosotros nos gustaría cubrirte la tuya.

Qué jóvenes eran estos, pensó Xena. Y en el brillo de sus ojos vio, vagamente, un reflejo lejano de sí misma.

—Está bien —dijo riendo—. Vamos. —Y se puso en cabeza para adentrarse por el bosque.


Gabrielle volvió la cabeza para mirar a su escolta cuando salieron de la última hilera de árboles al lugar de encuentro que Benelen había especificado en su nota. Miró hacia delante de nuevo, moviendo los dedos por la crin de la yegua castaña, intentando calmarse. La próxima vez, ¿qué tal si te ofreces voluntaria para algo que dé menos miedo, eh, Gabrielle? Veía delante el altozano, un espacio despejado donde aguardaban tres jinetes, y respiró hondo y se apoyó con firmeza en los estribos.

—Bueno, vamos. —Arreó a la yegua y avanzó, seguida de cerca por los otros dos.

Toris se puso a su lado.

—¿Estás bien, Gabrielle? —preguntó, en voz baja.

—Sí, estaré bien, gracias —replicó la bardo, mirándolo—. ¿Tú estás bien?

Toris se echó a reír.

—Oh, sí, estoy bien. Aquí, intentando hacer honor a las expectativas de la familia. —Pero su sonrisa quitó acidez al comentario—. Es broma. Obligué a Xena a que me incluyera en la escolta.

—¿Que la has obligado? —Gabrielle le lanzó una sonrisa cómplice.

—Bueno... —Toris la miró algo cohibido—. Vale... ¿tú has conseguido alguna vez obligarla a hacer algo? Tengo que saberlo.

La bardo reflexionó un poco.

—Mm. ¿Obligarla a hacer algo? No —contestó por fin—. Pero a veces puedo "conseguir" que haga algo... pero normalmente sabe lo que estoy tramando y lo hace porque quiere.

—¿Y tú sabes que lo sabe? —preguntó Toris, curioso, al ver un poco más clara una faceta de su hermana.

—Sí. —Gabrielle sonrió—. Y a veces hace cosas sólo porque sabe que quiero que las haga. —Miró hacia delante, donde ahora se veía claramente a los tres jinetes—. Me parece que más vale que nos preparemos.

Los tres jinetes de la cima iban vestidos con el habitual conglomerado de cuero y metal y estaban todos cortados por el mismo patrón: estatura media, pelo castaño y barba rala. Sus monturas se distinguían igual de poco, y Gabrielle tomó nota de esta información para futuros usos. Al acercarse a ellos, uno hizo avanzar despacio a su montura para reunirse con ella, y lo observó.

Un guerrero, sin duda. Llevaba las armas con comodidad, con una mano apoyada en la empuñadura de su espadón, sujeto a la silla, y tenía las cicatrices de una persona que se ganaba la vida luchando. Una voz resonó en su cabeza. Sólo los malos guerreros están cubiertos de cicatrices, Gabrielle. Xena se había echado a reír cuando le preguntó a la guerrera por qué ella tenía tan pocas. Muy bien. Otra posible indicación. Pero su rostro era cruel. Gabrielle lo percibía, en los ojillos que recorrían su cuerpo de arriba abajo. En la sonrisa sardónica que apareció en sus labios delgados. Sintió que se le ponía la carne de gallina y se acordó del perro.

—Benelen —dijo Gabrielle, con calma—. Has enviado un mensaje. —Obligó a sus ojos a observarlo, como él la estaba observando a ella. Estaban sobre sus caballos en medio de la hierba que les llegaba hasta las rodillas, a campo abierto, con los árboles más cercanos a solitaria distancia. Se sentía muy expuesta, y no sólo por la forma en que él la miraba, ahora abiertamente crítica.

—¿Cómo queréis entregarnos esa mitad? —preguntó, aburrido—. ¿Y tú eres parte? —Sus dos secuaces se echaron a reír.

—No quiero y no lo soy —contestó Gabrielle, notando que Toris y Eldaran se colocaban más cerca. No se sintió más aliviada—. Anoche perdiste a veinte hombres. —Se movió en la silla y se echó hacia delante. Jamás retrocedas, Gabrielle. Recuérdalo—. ¿Por qué piensas que vamos a darte nada?

Benelen avanzó, hasta colocarse a una distancia a la que podía tocarla.

—Porque, niña, me da igual cuántos granjeros con palos tengáis allí abajo. Voy a ir allí y voy a matarlos a todos si no lo hacéis. —Alargó la mano y le tocó un mechón de pelo—. Pero a lo mejor a ti no te mato. Durante un tiempo. —Sonrió.

Xena tenía razón, le gritó su cerebro. Ahí había locura, y sus palabras no iban a servir de nada. Sintió que el pánico crecía en su interior con una presión irresistible. Notó que el corazón se le desbocaba.

—Primero, nos vamos a divertir un poco. —El hombre se acercó más y agarró la brida de la yegua.

Se sintió abrumada por un instante de miedo absoluto. Y entonces, como si le hubieran echado una manta cálida sobre los hombros, sintió una oleada de confianza que ahuyentó al miedo.

—Será lo último que hagas —dijo, sacando las palabras de algún sitio. Y le sonrió.

Benelen se sobresaltó un poco.

—¿Me vas a detener tú, mocita? —Recuperó la confianza y alargó la mano de nuevo, pero esta vez ella se la apartó de un golpe. Y al mover el brazo, la empuñadura de su cuchillo brilló claramente a la luz del sol de media mañana. Él quitó la mano sobresaltado y su humor indolente se desvaneció. Ahora la miraba con creciente ira—. Ah, pues entonces no nos divertiremos. Te atravesaré de parte a parte ahí mismo, tal vez.

—No, no lo harás. —Gabrielle lo miró a los ojos, usando la única arma que tenía. Un arma que a veces tenía un efecto contraproducente. Un arma que podía hacer que la mataran—. No quieres morir. —Desenvainó el puñal y se lo mostró. Oh, Xena... espero que tu reputación pueda sacarme de ésta—. Tú sabes de quién es esto.

—Y qué —dijo Benelen despacio—. Esos idiotas decían la verdad. —Escupió al suelo—. Dijeron que anoche estaba allí. —La miró con aire calculador—. ¿Tú eres suya?

Gabrielle se lo pensó un momento. Luego asintió. Vio cómo intercambiaban miradas y se relajó un poquito.

Benelen se echó hacia atrás en la silla.

—¿Qué me impide ir allí cuando ella se haya ido? —preguntó, dándole una importante pista a Gabrielle al hacer esa pregunta.

Sonrió.

—Es su pueblo. —Señaló a Toris con la cabeza—. Ése es su hermano. —Se echó hacia delante y bajó la voz—. No querrás que vaya por ti.

El señor de la guerra la observó.

—He oído que ya no es lo que era —contraatacó, observando su más mínima reacción.

—A los doscientos muertos del ejército de Ansteles les gustaría que eso fuese cierto —contestó la bardo—. Yo estuve allí. —Ahora percibió la ventaja y la aprovechó, acercándose más a él, obligándolo a hacer retroceder a su montura—. Y ni siquiera tenía nada... —una pausa y una sonrisa dulcísima—, personal... contra ellos. —Alargó la mano y le dio un golpecito en el pecho—. ¿Qué dices, Benelen? ¿Quieres que tenga algo... personal... contra ti?

Silencio. Durante largos segundos.

—Vamos. —Gabrielle sonrió—. Agárrame. Sabes que seguro que está tan cerca que te puede arrancar la cabeza con el chakram. —Los guardias de Benelen pegaron un respingo, mirando por todas partes al oír aquello, y ahora hasta el sonido mismo del viento les resultaba sospechoso.

Entonces Benelen sacó la espada con un movimiento vertiginoso.

—Las reputaciones se pueden exagerar —dijo, con frialdad.

—¿Estás dispuesto a apostarte la vida por ello? —preguntó Gabrielle, mirándolo directamente a los ojos verdosos. Notando que Toris y Eldaran se tensaban preparados junto a ella. Esperando.

—¿Y tú? —contestó Benelen, alzando una mano para hacer una señal a sus hombres.

Gabrielle sonrió.

—En cualquier momento. —Y no se encogió. No apartó la mirada. Sintió que todo su cuerpo se tensaba preparándose para lo que él fuera a hacer.

Y él levantó la espada. Como saludo. Les hizo un gesto a sus hombres para que dieran la vuelta.

—Encontraremos un botín mejor. De todas formas, seguro que allí no hay gran cosa. —Dio la vuelta a su caballo y puso al animal a un trote lento. Y al pasar por un punto de la hierba, el animal se asustó, se encabritó y lo tiró al suelo. Maldiciendo, él lo siguió cojeando.

Sin mirar al suelo. Sin ver el brillo risueño de un par de profundos ojos azules enterrados en la hierba a menos de dos cuerpos de distancia de donde se habían reunido. Y que esperó hasta que desaparecieron por el horizonte antes de volverse para mirar a los tres que quedaban, dos de los cuales se esforzaban por sostener a la tercera, que parecía incapaz de mantenerse a lomos de su plácida montura castaña.

—Dioses —graznó Gabrielle, agarrándose a la crin de la yegua para no caerse. Le temblaba todo el cuerpo por los nervios y se sentía mareada de lo acelerado que tenía el corazón. Toris y Eldaran se habían colocado a ambos lados de ella y sabía que la estaban felicitando, pero no lograba que su mente distinguiera las palabras.

Entonces un tercer par de manos se posó en ella y éstas las reconoció por el mero tacto. Dejó incluso de intentar sujetarse y simplemente se tiró hacia la única voz que su mente no tenía ninguna dificultad para distinguir.

—Te tengo —dijo Xena, cuando Gabrielle medio se cayó, medio se lanzó a sus brazos—. Te tengo —repitió—. Bien hecho, Gabrielle. Muy bien hecho.

—Estabas aquí —susurró la bardo—. Lo sabía.

—Por supuesto —dijo Xena, dándole palmaditas en la espalda—. Contigo no corro riesgos, ¿recuerdas?

—Recuerdo —replicó Gabrielle suavemente, con una sonrisa dulce en los labios—. ¿Has visto cómo se ha caído del caballo? —Levantó la mirada y sonrió—. Sí que cojea.

—¿Que si lo he visto? —dijo Xena con guasa y una sonrisa taimada—. ¿Quién crees que ha espantado al caballo?

Toris se echó a reír.

—Me tendría que haber imaginado que estarías cerca. Estabas demasiado tranquila en el patio. —Miró a su alrededor—. ¿Pero cómo te las has arreglado para llegar tan cerca? No es que seas del tamaño de un conejo, hermanita.

Xena lo miró enarcando una ceja.

—Una de las muchas cosas que sé hacer, Toris. —Volvió a concentrarse en la bardo—. Y tú... ha sido fantástico. —Sonrió ampliamente—. Ni yo misma lo habría hecho mejor. Le has dado tal susto que casi pierde el poco juicio que le queda.

—¿Sí? —dijo Gabrielle, sonrojándose de placer—. Supongo que sí. —Miró a su alrededor, absorbiendo sus sonrisas de admiración con una sensación de irrealidad. Un momento... se supone que yo soy la que toma nota... la bardo... no la que aparece en las historias... ¿cuándo ha ocurrido eso?

Xena le leyó la mente, al parecer.

—Oh... —Sus labios esbozaron una sonrisa de orgullo, pero llena de malicia—. Esta noche yo voy a contar una historia. Con una heroína muy valiente.

—Oh... pero espera... —protestó Gabrielle, con los ojos muy redondos—. Yo no he hecho...

Xena puso un dedo sobre los labios de la bardo, haciéndola callar.

—Ya lo creo que lo has hecho, Gabrielle. Ésta es tu historia... y yo no soy bardo, pero qué bien lo voy a pasar contándola.

Gabrielle arrugó la frente. Qué sensación tan extraña. No le parecía que lo que había hecho fuese heroico, ni siquiera especialmente valeroso. Se había tirado un farol para obligar a Benelen a retirarse, nada más. ¿Eso era digno de aparecer en una historia? ¿Sobre todo en una contada por Xena? Casi le daba vergüenza.

Se le ocurrió una cosa, y alzó los ojos para encontrarse con los de Xena, y su mente abrió otra ventana que le permitía comprender más a la mujer que estaba tan tranquila a su lado, con los antebrazos posados sobre los hombros de la bardo. Xena tampoco pensaba nunca que lo que hacía fuese especialmente heroico. ¿Era esta curiosa mezcla de alivio y timidez avergonzada lo que la guerrera sentía todo el tiempo? ¿Sobre todo cuando Gabrielle contaba historias sobre ello? Interesante.

—No estoy segura de que me merezca ser la protagonista de una historia —le murmuró a Xena, mirándola suplicante.

Xena le sonrió, comprendiéndola perfectamente.

—No lo puedes evitar —susurró a su vez—. Has tenido testigos. —Y le apretó los hombros—. Venga. Vamos a volver. —Señaló a la yegua castaña con la cabeza, levantando una mano para ayudar a montar a la bardo.

—De acuerdo —suspiró Gabrielle, agarrándose a la silla y dejándose subir a ella. Xena se volvió y soltó un penetrante silbido, tras lo cual se ocupó de ajustar las riendas de Gabrielle hasta que todos oyeron claramente el trueno de unos cascos que se acercaban.

Toris se quitó de en medio cuando apareció Argo al galope, resoplando, se colocó detrás de Xena y le revolvió el pelo agitando la cabeza. Xena le dio una palmada a Gabrielle en la pantorrilla y saludó a la yegua, desató las riendas de la argolla y se montó de un salto en el alto lomo. Colocó a Argo junto a la yegua castaña y les indicó a Toris y a Eldaran que avanzaran delante de ellas. Y así lo hicieron, dejando que ella siguiera el paso de la yegua más pequeña, sin dejar de observar el rostro pensativo de Gabrielle.

—Lo has hecho muy bien de verdad, bardo mía —dijo Xena por fin, con una leve sonrisa—. Aunque confieso que he pasado algunos momentos de tensión.

Gabrielle meneó la cabeza.

—¿Que has pasado algunos momentos de tensión? Hubo un instante... cuando agarró la brida, en que me quedé en blanco. Casi me quedo paralizada. —Miró a la guerrera—. Tuve mucho miedo.

—Lo sé —replicó Xena, suavemente—. ¿Sabías que yo estaba tan cerca o te estabas tirando un farol?

La bardo se echó hacia atrás en la silla y se lo pensó.

—Así que lo oíste todo —comentó—. No... bueno... no sabía que estabas allí, no... pero algo me hizo pensar que podía decir lo que dije. —Lanzó una rápida mirada a Xena—. Decidí usar tu reputación, una vez más.

—Mmm —asintió Xena—. Ya lo vi. —Ahora se relajó un poco—. Así que vuelven a ser doscientos, ¿eh? —Se echó a reír—. A ver lo lejos que llega ese pequeño detalle. Y cómo se exagera. —Le dio a Gabrielle un ligero manotazo en la pierna—. Y me ha gustado eso de tener algo personal contra él.

—¿Sí? —La bardo se rió, sintiendo que recuperaba el sentido del humor—. Sí, a mí también me pareció muy bueno. —Se relajó al darse cuenta de lo que estaba haciendo Xena—. Y era todo cierto —dijo, poniendo cara virtuosa.

Xena resopló riendo y contempló el camino.

—Más de lo que te imaginas, Gabrielle. Cuando tocó esa brida, yo tenía esta daga —se tocó la empuñadura que llevaba en el pecho—, en una mano y el brazo echado hacia atrás. —Se ajustó un brazal y luego miró a Gabrielle—. Si te hubiera tocado una vez más...

—Qué va —dijo Gabrielle con desprecio—. No me iba a poner un dedo encima después de decirle que era tuya. —Miró a Xena, sonrojándose un poco. Todavía voy a tardar un poco en acostumbrarme, creo... pensó, risueña al ver la mirada medio sorprendida, medio admirativa que le dirigía la guerrera.

Xena reflexionó un poco sobre eso.

—Eso también se va a extender, sabes —se aventuró a decir, insegura de la reacción.

—Bien —contestó la bardo, asintiendo con energía—. A lo mejor dejan de intentar manosearme tan a menudo. —Se volvió y miró a Xena directamente a los ojos, al ocurrírsele una cosa—. ¿Te molesta? —preguntó insegura.

Xena se echó a reír.

—Por favor, Gabrielle. Ya te dije que tú sólo podrías mejorar mi reputación. —Le clavó un dedo a la bardo en el hombro—. Además... —Alzó las manos con resignación—. Si mis enemigos a estas alturas todavía no se han enterado de que una persona que he mantenido a mi lado las veinticuatro horas del día durante dos años significa algo para mí... —Se calló y se puso a juguetear con las riendas de Argo—. Lo significa todo para mí. —Una corrección, en voz baja—. Entonces no me voy a preocupar por ellos. —Y miró hacia delante, contemplando los contornos polvorientos de Anfípolis. Consciente de la mirada que le dirigía Gabrielle—. Venga, vamos a echar una carrera —dijo, dándole un azote en los cuartos traseros a la montura castaña de la bardo para ponerla al trote largo.

—¡Eh! —gritó Gabrielle, agarrándose a las riendas, a la silla, a la crin... y aguantando—. ¡Xena! —De algún modo consiguió que su cuerpo se adaptara al ritmo de la yegua y, de hecho, hasta más o menos le gustó durante un minuto. Sólo un minuto, le dijo su mente con severidad. Entonces Argo aceleró a su lado y las dos yeguas igualaron el paso y la castaña aceptó el desafío. Bueno... tuvo el tiempo justo de pensar, antes de que el ritmo se incrementara y tuviera que agarrarse con todas sus fuerzas. Este día está rebosante de nuevas experiencias, ¿no?

Adelantaron como un trueno a Toris y Eldaran, que frenaron y luego azuzaron a sus monturas para perseguirlas. Gabrielle se mordió el labio muy concentrada, intentando recordar todo lo que le había dicho Xena a lo largo del tiempo sobre montar a caballo. El viento le echaba el pelo hacia atrás y se sentía algo reconfortada por la firme presencia de Argo a un cuerpo de distancia.

—¡Así! —gritó Xena, indicando su equilibrio por encima de la silla, dándose un golpecito en las rodillas—. ¡El centro de equilibrio está aquí encima!

La bardo se echó hacia delante sobre el veloz animal, hasta que le entró una extraña sensación de estar suspendida, como si el caballo corriera, pero ella estuviera inmóvil. Sintió un escalofrío. Notaba la tensión en los muslos para mantener la postura, pero la sensación era... estupenda. En su cara apareció una sonrisa de incredulidad. No me lo puedo creer. No es posible que me esté gustando esto. Ni hablar. No. Caray. Se le escapó una carcajada. Supo que Xena la oyó.

—¡Eso es! —gritó la guerrera, mirando hacia delante para calcular a qué distancia estaban del pueblo mismo. Un poquito más... apretó los costados de Argo y puso a la yegua dorada a galope tendido y asintió cuando la castaña respondió valientemente.

A Gabrielle se le desorbitaron los ojos al notar el repentino acelerón en la velocidad de la yegua. Ahora el viento la hacía parpadear y el suelo pasaba volando a su lado. Había cabalgado así de rápido a lomos de Argo, por supuesto, pero ésta era una sensación mucho más intensa. Más personal. Mantuvo el equilibrio, de algún modo, y consiguió moverse al mismo ritmo, sintiéndose por un breve y emocionante instante parte del animal.

Entonces Xena empezó a frenar a Argo, cuando los primeros edificios del pueblo pasaron volando junto a ellas, y logró respirar de nuevo y se dejó caer sobre la silla, esperando a que su corazón dejara de martillear frenético. Entraron trotando en el patio lleno de gente, donde manos serviciales alcanzaron su brida y la de Argo. Xena se bajó de la silla y subió los brazos y la bajó, lo cual le vino bien, porque entre la emoción, la tensión y la carrera inesperada, se le vencieron las rodillas en cuanto tocó el suelo y se alegró mucho de que la guerrera la tuviera bien sujeta.

—Lo ha conseguido —fue el escueto análisis de Xena, celebrado con aclamaciones y manos que le daban palmadas en la espalda con entusiasmo—. Benelen ha huido con el rabo entre las piernas. —Xena sonrió. Otra aclamación y ahora los aldeanos tiraron de Gabrielle, rodeada de brazos y rostros sonrientes.

Xena la soltó, después de bajar la voz a un volumen con el que sabía que la bardo podía oírla.

—Ve. Se una heroína durante un rato. Todo el mundo debería serlo, al menos una vez. —Y se quedó mirando, asintiendo, cuando la multitud se la llevó, y también a su escolta, para oír con detalle lo que había pasado. Luego se volvió hacia Argo y la yegua castaña—. Vamos... seguro que os vendrá bien un poco de agua fresca después de eso —dijo con tono familiar y, agarrando los lados de ambas bridas, tiró de los animales para llevarlos al establo.

—Toma —dijo Cirene, con un matiz de admiración risueña en el tono—. Seguro que a ti también te vendrá bien un poco de agua fresca. —Le pasó a la guerrera un odre lleno de agua.

—Gracias —dijo Xena, bebiendo un largo trago. Luego señaló la posada con la cabeza—. ¿No quieres oír la historia?

Cirene cogió la brida de la yegua castaña y sonrió.

—¿Y si me la cuentas tú? —comentó, avanzando con el caballo—. Me gustaría oír tu punto de vista.

De modo que Xena se lo contó, mientras quitaban los arreos a los caballos y los cepillaban. Le contó lo que había visto, una vez dejó a su propia escolta en el borde del bosque y se adentró en la hierba, deslizándose tan silenciosamente que había sorprendido hasta a los conejos que comían por allí. Cómo se colocó tan cerca que veía las hebillas de la armadura de cuero de Benelen. Que olía el sudor de su caballo. Que oía la voz tranquila y clara de Gabrielle.

—La iba a agarrar —dijo Xena, cogiendo a Ares y rascándole las orejas—. Y yo tenía un cuchillo preparado para él. —Con franqueza, olvidando casi con quién estaba hablando—. Pero ella cambió de táctica y decidió asustarlo en cambio con mi tremebunda reputación.

Cirene la miró.

—¿Y eso funcionó? —Dejó asomar una sonrisa sardónica—. No es que me sorprenda, ojo. Menuda reputación tienes.

—Mmm —asintió Xena—. Le dijo que si no quería que yo fuera por él, tendría que dejar Anfípolis en paz. —Sonrió a Cirene de mala gana—. Y él se marchó.

—Bueno, qué alivio —suspiró Cirene—. Ahora más vale que vayas dentro y la rescates antes de que nuestros bienintencionados amigos la dejen agotada. —Se levantó y se encaminó hacia la puerta, pasando junto a Xena y poniéndole una mano en el hombro—. Vamos.

—Sí. —Xena se levantó y se estiró—. Hoy sólo se merece cosas buenas. —Sus labios esbozaron una sonrisa privada—. Sobre todo hoy.

Cirene se detuvo y miró a su hija ladeando la cabeza.

—¿Por qué hoy?

Xena se echó a reír y le susurró al oído.

—Oh, ¿en serio? —dijo Cirene, con una sonrisa encantada—. ¿Por qué no me lo habías dicho? —Se frotó las manos enérgicamente—. ¿Ella lo sabe? —Miró a Xena.

—No creo que se haya acordado —dijo Xena, pensativa—. No ha dicho nada, y creo que lo diría, sólo por comentarlo.

—¿Tienes...? —empezó a preguntar Cirene, poniéndole una mano a Xena en el brazo.

—Sí —contestó su hija, con una sonrisa ufana—. Tengo.

—Buena chica. —La posadera sonrió—. Ahora a ver qué puedo hacer. —Salió apresuradamente, dejando a Xena para que se quitara la armadura y las armas. La guerrera cogió luego a Ares y fue hacia la puerta.

Y cuando casi estaba allí, una forma oscura se materializó y alzó una mano para detenerla.

—Vaya —dijo ella, apoyándose en la puerta y contemplando a la alta y musculosa figura—. ¿A qué debo el honor... —una sonrisa fiera—, de esta visita?

—Le has puesto mi nombre a un perro, Xena —dijo Ares despacio, acercándose más y paseando los ojos por su cuerpo—. Estoy desolado.

Xena notó que empezaba a sonreír sin querer.

—Un lobo, Ares, un lobo. Jamás un perro.

—Ah —replicó el dios de la guerra—. ¿Y se supone que así me voy a sentir mejor? —Enarcó una ceja oscura—. Algunos dioses se... enfadarían... ante semejante arrogancia. —Pero sus labios se agitaban con una sonrisa invisible.

La guerrera lo advirtió y pensó que Ares no debía de estar muy molesto.

—Bueno, dejo que duerma sobre mi pecho —comentó con humor, observando su rostro atentamente para ver cómo reaccionaba.

Ares dejó que la sonrisa se extendiera por sus labios rodeados de barba.

—¿Alguna vez te he dicho lo guapo que estoy cubierto de pelo? —bromeó, acercándose más y observando al lobezno que tenía Xena en los brazos, y luego la miró a los ojos—. Qué suerte tiene.

Xena se echó a reír y meneó la cabeza.

—Siempre te he tenido por un aficionado al cuero, Ares —respondió con una sonrisa burlona—. Pero ya que estás aquí, saluda. —Pegó al lobezno al pecho cubierto de cuero negro, obligándolo a levantar las manos para sujetar al animal.

—Mm... —dijo Ares, ceñudo—. Los cachorros y el dios de la guerra no combinan bien, Xena. —Pero miró al lobezno, que lo olisqueaba con curiosidad y levantó la cabeza para mirarlo a su vez.

—Grrr —osó soltar el lobezno, y metió el morro por un hueco del chaleco de cuero de Ares.

—¡Ajj! —exclamó Ares—. ¡Qué frío!

—¡Ruu! —protestó el lobezno, atrapando un cordón de cuero con los dientes y tirando de él—. Grrr.

El alto dios de la guerra agachó la cabeza y acercó la cara al animal.

—Grrr tú —gruñó, haciendo que el lobezno soltara el cordón y lo mirara parpadeando. Se quedaron mirándose un momento, observados por la fascinada Xena, y luego el lobezno se levantó sobre las patas traseras y apoyó las delanteras en la mandíbula barbuda de Ares.

Olfateó con cautela y estornudó. Ares se sobresaltó ligeramente, pero se quedó quieto, cara a cara con su pequeño tocayo.

El lobezno ladeó la cabeza, luego sacó la lengüecita rosa y le lamió la nariz a Ares. Luego se puso a mordisquearle la barba, momento en el cual el dios apartó la cabeza y miró a Xena. Que se estaba mordiendo el labio con fuerza para no echarse a reír.

—Si alguna vez le cuentas a alguien que has visto eso, voy a tener que ser muy severo contigo, Xena —le advirtió Ares, devolviéndole el lobezno—. Estamos hablando de un par de semanas en el Tártaro o algo así.

—Claro, Ares —dijo Xena con tono de guasa—. Bueno... no creo que hayas venido simplemente para conocer a mi amiguito. ¿Qué quieres?

Ares se acomodó en una bala de heno y la miró.

—Me hieres, Xena. ¿Es que no puedo pasarme a saludar a una de mis mortales preferidas? La mayoría de la gente se sentiría honrada. —Se cruzó de brazos y ladeó la hermosa cabeza—. Últimamente me has estado dando unas cuantas alegrías... y Cirron... Ohh... Xena. —Soltó una carcajada profunda—. Eso fue magnífico. —La recorrió despacio con la mirada—. Me encanta verte trabajar... eres taaaan... mortífera.

—Gracias —dijo Xena secamente—. Me alegro de que disfrutaras más que yo.

Él sonrió.

—Vamos, Xena. No juegues conmigo. Soy Ares, ¿recuerdas? Tú sabes, y yo sé, cuánto de mí... —se levantó con la agilidad de un felino y le pasó la punta del dedo por la mandíbula con delicadeza—, corre por tu interior. —Esperó—. Oh... ¿esta vez no hay discusión?

—No hay discusión, Ares —replicó la guerrera, mirándolo con calma—. Es algo que he aprendido a aceptar.

—Mmmmmm —replicó él, con un brillo en los ojos—. Creo que eso me gusta... me da calorcillo por dentro.

Xena suspiró y lo miró con ligera exasperación.

—Ares, tú no sentirías calorcillo por dentro ni aunque te tragaras un fardo de lana de oveja.

El dios de la guerra le sonrió sardónico.

—No me subestimes, Xena. Algún día te podrías llevar una sorpresa. —Se apartó y se sacudió el chaleco de cuero—. Bueno, pues te dejo con tu fiesta. —Le guiñó un ojo—. Saluda a tu amiguita de mi parte, ¿mmm? —Observó cómo en sus ojos aparecía una expresión cauta y fría—. Oh... mira cómo surgen esos instintos defensivos... tranquila, ojos azules. Está a salvo. De mí, en cualquier caso.

Esos ojos claros se clavaron en los suyos, recordándole de nuevo por qué se sentía fascinado por ella. Lo cual era cierto, de una forma que no había sentido nunca por ningún otro mortal. Ni volvería a sentirlo, tenía la sospecha.

—¿Por qué? —preguntó Xena, sin rodeos—. Yo habría pensado que aprovecharías cualquier ventaja que pudieras conseguir, Ares. ¿Por qué desaprovechas ésta?

Ares se acercó y se quedó plantado a escasos centímetros de ella.

—Dos razones, en realidad —dijo, suavemente—. Una... quiero que vuelvas. —Alargó la mano y enredó un mechón de su pelo oscuro alrededor de su dedo—. Y no soy estúpido, Xena. Si la toco, eso crea una enemistad entre nosotros que ni una eternidad en el Tártaro podría eliminar. —Enarcó una ceja—. ¿Cierto?

Ella tomó aliento antes de responder.

—Cierto. —Con una mezcla de aprensión y alivio. No se había esperado que Ares la comprendiera tan bien.

—Puedo esperar. Tengo toda la eternidad. Y... —dijo despacio, suavizando la intensidad de su mirada y dejando asomar una sonrisa a los labios—. Aunque soy un dios y vivo en lo alto del Monte Olimpo... —Hizo una pausa y le tiró juguetonamente del pelo—. Y tú sólo eres una mísera mortal y tienes que aguantar... —Miró a su alrededor y meneó la cabeza—. Esto... —La miró a los ojos—. Tampoco yo tengo el menor deseo de que tengas algo... personal... contra mí. —Le guiñó un ojo, se echó hacia atrás y, con un destello, desapareció.

Xena soltó el aliento que llevaba largo tiempo conteniendo.

—Caray —murmuró—. Nada como una visita de Ares para animarte el día.

—¿Ruu? —contestó el lobezno, mirándola. Ella meneó la cabeza y le dio una palmadita al animal en la cabeza.

—Venga, vamos a comer algo. A mí me vendría bien, después de eso. —Cruzó el patio despacio, permitiendo que su cuerpo fuera soltando la tensión nerviosa que siempre le producía Ares. En parte era miedo, y era lo bastante sincera como para reconocerlo. A fin de cuentas, era un dios. En parte eran sus instintos defensivos, que percibían un peligro real y tangible por parte de él. En parte... y muy en privado, había algo en él que la afectaba por dentro... lo sabía y sabía que era algo recíproco y que ella tenía el mismo tipo de efecto en él, por muy dios que fuese.

Eran más parecidos de lo que estaba dispuesta a reconocer, incluso ante sí misma. Iolaus, al verlos a los dos juntos tras su enfrentamiento con Hércules esa última vez, le había preguntado medio en broma más tarde si no tenían algún tipo de parentesco. Y tuvo que agacharse para esquivar su puñetazo airado y pedirle disculpas.

Pero sabía que tenía razón, porque los dos eran altos y morenos, iban vestidos de cuero y tenían la misma mirada fría y amenazadora. Tal para cual, le tomó el pelo su mente, al sentir el peso de ese conocimiento ineludible posándose sobre sus hombros. El conocimiento de esa parte de sí misma que procedía de él. Que era un elemento muy importante de su esencia. Que necesitaba, porque era donde se encontraba su fuerza.

Que era oscura y sanguinaria y, mientras llevara una espada, algo de lo que jamás podría escapar. Suspirando, abrió la puerta de la posada y entró, oyendo la voz de Toris, que estaba presentando encantado su testimonio sobre el encuentro de esa mañana.

Los aldeanos estaban sentados en un amplio círculo, con Gabrielle y su escolta en el centro. La bardo estaba apoyada en la pared, con una jarra alta en las manos de la que daba frecuentes tragos y, cuando se abrió la puerta, levantó la mirada, se encontró con la de Xena y su cara se animó con una sonrisa involuntaria. Sus ojos verdes se iluminaron con un resplandor interno que impactó a la guerrera con una fuerza casi física y se introdujo en su negro talante, dispersándolo como niebla al sol. Notó el amago de una sonrisa como respuesta y se entregó a ella, mientras se acercaba.

—¿Por qué has tardado? —susurró Gabrielle, cuando se sentó al lado de la bardo—. Estaba a punto de ir a ver dónde te escondías.

—¿Para traerme aquí pataleando y chillando? —murmuró Xena, mirándola con una ceja enarcada.

La bardo miró a derecha e izquierda y luego acercó más la cabeza.

—Para esconderme contigo, en realidad. —Soltó una risita e hizo una mueca—. Lo siento... no voy a volver a tomarte el pelo por lo que sientes cuando cuento historias...

Xena se rió suavemente y apoyó el antebrazo protegido con un brazal en el respaldo de la silla de la bardo, acariciándola distraída entre los omóplatos con la yema de los dedos.

—Bueno, disfruta todo lo que puedas.

—Mmmm. —Gabrielle cerró los ojos y se echó hacia atrás ligeramente para notar mejor la presión de la mano—. Eso lo disfruto mucho más —confesó, con una sonrisa indolente—. Estaba un poco dolorida por lo de ayer. —Hizo una leve mueca de dolor cuando los poderosos dedos de Xena se pusieron a trabajar—. Aaj... sí. Ahí...

Toris se sentó y siguió comiendo, dejando que la conversación continuara a su alrededor. Miró a su hermana y gruñó.

—Ah... estás ahí. —Sonrió—. Madre te estaba buscando. —Un vistazo rápido hacia la puerta de la cocina—. Aquí viene. Te debe de haber visto.

—Soy un poco llamativa —comentó Xena con humor, observando a Cirene, que iba abriéndose camino entre las mesas y acabó poniéndole un plato delante—. Gracias —dijo, sonriendo a su madre.

Cirene se sentó en la silla que estaba al lado de Gabrielle y le dio una palmadita en el brazo.

—¿Cómo está nuestra heroína? —bromeó, observando el rubor de la bardo—. ¡Xena! Estás malcriando a ese animal. —Miró exasperada a su hija, pues la guerrera le estaba dando trocitos de su almuerzo al lobezno.

Gabrielle la miró con una sonrisa divertida.

—Te estás cargando tu imagen, lo sabes, ¿verdad? —comentó, cuando Xena cortó limpiamente un pedazo de carne por la mitad, se metió un trozo en la boca y le ofreció el otro a Ares. El lobezno estaba tumbado todo contento en su regazo y agarró la carne entre dos patas, masticando con estusiasmo.

—Mmm —asintió Xena, cortando otro trozo, que colocó en una rebanada de pan, y luego se echó hacia atrás con un suspiro. Miró a Gabrielle con una ceja enarcada cuando la bardo se echó hacia delante, le robó uno de los trozos de carne que quedaban y volvió a echarse hacia atrás con él—. ¿Pero tú no has comido ya?

—Sí —reconoció la bardo alegremente—. ¿Y?

Bueno, le dijiste que disfrutara mientras pudiera, se regañó la guerrera, mirando a su compañera con humor.

—Sólo era una pregunta. —Captó la mirada de su madre, en la que había un brillo travieso.

—¿Me estás acusando de no dar de comer a Gabrielle? —Cirene la miró enarcando una ceja—. Debería darte vergüenza, Xena.

La guerrera hizo un visaje con sus ojos azules.

—Jamás.

Cirene se echó a reír.

—Bien. —Luego se echó hacia delante y llamó la atención de Xena—. ¿Por qué has tardado tanto, por cierto? Creía que ibas a venir justo detrás de mí. —Y no mencionó las voces que había oído detrás de ella en el establo. Una la reconoció como la de Xena, la otra... era una voz mucho más grave que nunca había oído.

Xena contempló el rostro de su madre. Captó cierto brillo en su mirada.

—He tenido visita —dijo suavemente, mirando a los ojos repentinamente serios de Gabrielle, luego posó los suyos en el lobezno y volvió a mirar a la bardo. Los ojos verdes se estrecharon, luego se dilataron y las cejas se alzaron.

—¿Problemas? —preguntó Gabrielle en voz baja, sin apartar los ojos de los de Xena.

La guerrera se encogió de hombros.

—No creo. Quería conocer a mi amiguito.

Cirene dio unos golpes en la mesa con los nudillos, sobresaltándolas a las dos.

—Disculpad. ¿Os importaría a una u otra incluirme en esta conversación que he empezado yo? —Con aspereza.

Xena se mordisqueó el labio pensativa y luego se encogió de hombros mirando a la bardo, que se encogió también de hombros.

—La voz que oíste era la de Ares —informó a su madre.

Quien miró al lobezno y luego a Xena.

—¿Ares?

—El dios de la guerra —explicó Gabrielle delicadamente, dándole una palmadita a Cirene en el hombro.

—El dios de la guerra —repitió Cirene, con voz monótona—. ¿En mi establo?

Xena asintió.

—Sí.

—Ya. —Su madre lo asimiló—. ¿Lo conoces... en persona? —tanteó insegura—. Sé que he oído historias, pero...

—Lo conoce —contestó Gabrielle, llamando la atención de Cirene y concentrándola sobre ella—. Xena fue la que lo rescató y le devolvió su espada cuando Sísifo se la robó. —Eso es... ésa es la historia con Ares más inocua, ¿no?—. Se lo agradeció mucho.

—Ah —dijo Cirene, con expresión más animada—. Bueno, pues también me vas a tener que contar esa historia completa. —Le pegó un codazo a Xena—. Hay que ver la gente con la que te tratas.

Xena asintió, mirando a Gabrielle con una sonrisa cariñosa. La bardo vio la sonrisa, supo la razón y sonrió a su vez.

—Ah, sí. La mejor —comentó la guerrera—. Bueno, creo que hoy podemos cancelar el entrenamiento, puesto que hemos tenido tantas emociones esta mañana. —Volvió la cabeza y habló con Toris, quien se mostró de acuerdo mientras limpiaba el plato con un trozo de pan—. Y además parece que va a llover. Tengo que terminar unas correas de la armadura. —Se levantó y cogió a Ares, que intentaba agarrarse a su túnica de cuero—. Gabrielle, ¿has encontrado ese pergamino que mencionaste anoche? ¿El de los medusanos? Quería comprobar una cosa que me indicó Hércules la última vez que hablamos.

La bardo arrugó el entrecejo.

—Mm... sí. Lo tengo —dijo, levantándose y estirándose—. Ahora te lo doy. —Y alargó las manos—. Venga... deja que lo lleve yo.

Xena le pasó el lobezno, que le lamió la barbilla a Gabrielle muy contento. Ella sonrió y esperó a que Xena echara a andar hacia la puerta y luego la siguió, correspondiendo a los gestos y saludos de los aldeanos que seguían allí reunidos, hablando de lo de esa mañana.

Gabrielle miró las nubes bajas mientras cruzaban el patio.

—¿Estaba enfadado? —preguntó, curiosa—. Ares, me refiero.

Xena se encogió de hombros con despreocupación.

—No, creo que no. Estaba... pues ya sabes. Típico Ares. —Miró a Gabrielle con una sonrisa tensa—. Tenemos cierto... entendimiento mutuo.

La bardo asintió despacio.

—Sí, lo sé. —Se calló cuando Xena alargó la mano y abrió la puerta para pasar, y continuó después de entrar y depositar al lobezno en la paja—. Es una parte de ti que yo misma estoy empezando a comprender —terminó con tono apagado.

—¿Sí? —preguntó Xena, volviéndose para mirarla con curiosidad.

Gabrielle sonrió.

—Sí, un poco. Te aseguro que obtuve un punto de vista muy distinto cuando estuve con las amazonas. —Fue donde tenía su zurrón, hurgó en él y sacó unos pergaminos encuadernados—. Llevé un diario cuando estuve allí... podrías echarle un vistazo, si te interesa. —Fuera, el repentino estallido de un trueno las sobresaltó—. Caray —susurró Gabrielle.

Xena se había quitado la armadura y ahora se acercó a la bardo por detrás y rodeó con los brazos los hombros de la mujer más menuda, apoyando la barbilla en la cabeza de Gabrielle.

—Me encantaría leerlo.

La bardo se quedó inmóvil y en su cara se dibujó una amplia sonrisa.

—Esto es exactamente lo que sentí hoy —dijo, volviendo la cabeza y mirando a Xena, que estaba confusa—. Cuando tenía tanto miedo... y él estaba agarrando la brida... y yo no sabía qué hacer... entonces... sentí... justo esto. —Tomó aliento llena de felicidad—. Como si alguien... como si tú te hubieras puesto detrás de mí y me... Eras tú, ¿verdad?

—Supongo que sí —contestó Xena, pensativa. Tendría que haberle preguntado a Jessan más cosas sobre esto cuando tuve la oportunidad... ¿hasta dónde llega esto?—. Sabes, creo que a lo mejor nos apetece desviarnos para pasar por Cirron después de visitar a tu familia.

Gabrielle asintió vigorosamente.

—Creo que tienes razón. —Soltó una risita—. Pobre Jess. Todas esas indirectas que intentaba dejar caer...

—Sí. —Xena se echó a reír—. Déjame ver esos pergaminos. —Se los quitó a Gabrielle de las manos, fue a una espesa pila de heno cerca del farol y se instaló, estirando las largas piernas y reclinándose. Vio que la bardo se quedaba hurgando unas cosas durante un ratito—. ¿Gabrielle?

La bardo se volvió y ladeó la cabeza como respuesta.

—¿Mmm?

—Ven. A lo mejor necesito servicios de traducción —la invitó la guerrera, dando unas palmaditas en la paja que había a su lado.

Gabrielle sonrió, fue trotando, se acomodó muy contenta en la curva del brazo de Xena y apoyó la cabeza en el hombro de la guerrera.

—A tu madre le gusta mucho tenerte en casa —comentó inesperadamente.

Xena inclinó la cabeza y la miró.

—Sí... lo sé. —Una sonrisa tranquila—. Menudo cambio. —Una mirada irónica—. Teniendo en cuenta la primera vez que nos vio juntas.

—Mmm —asintió Gabrielle—. Es un sitio agradable. —Contempló la cara medio en sombras que estaba por encima de ella—. A ti te gusta, ¿verdad?

La guerrera suspiró.

—Ha sido agradable poder venir a casa... otra vez. Durante un tiempo. Sí —reconoció. Miró a Gabrielle largamente. Y luego—: Si te hubieras quedado con las amazonas, creo que yo me habría quedado aquí.

Gabrielle se quedó muy quieta.

—Eso nunca... —Se le apagó la voz al ver la minúscula reacción en los ojos azules que miraban a los suyos. Oh, dioses... ella no lo sabía. Incluso después de... Entonces su conciencia la golpeó con fuerza. Después de Pérdicas, me lo merezco—. Ésa nunca fue una opción para mí —susurró. Bajó los ojos. Se sentía enferma—. Lo siento. —¿Cómo se puede decir algo tan poco adecuado?—. Te lo tendría que haber dicho. —Se le quebró la voz y entonces Xena la agarró de la barbilla y la obligó a mirarla a los ojos.

—Gabrielle, está bien —dijo la guerrera suavemente.

—No, no está bien —respondió la bardo—. No... no está... bien.

—Sí —replicó Xena, pronunciando la palabra con cierta fuerza.

Gabrielle miró profundamente a esos ojos, que habían visto mucho más que los suyos. Que eran fríos escudos contra todo lo que podía hacerle daño. Que usaba para evitar que nadie se le acercara. Se ocultaba tras unas sólidas puertas cerradas con llave y era capaz de soportar más peso del mundo, de aguantar más dolor físico que cualquier otra persona que hubiera conocido la bardo en toda su vida. O que llegaría a conocer. Había levantado barreras contra todo menos una cosa. Una persona.

Y Gabrielle lo sabía. No había barreras, ni muros, ni puertas cerradas contra ella. Podía escaldar a esta mujer con unas simples palabras.

—¡Oye! —dijo Xena, dándole una palmadita en la mejilla a la bardo—. Me estás asustando. Basta. —Observó mientras los brumosos ojos verdes parpadeaban una, dos veces. Y por fin perdían el horror que había visto en ellos—. Tranquila, Gabrielle. Ya hemos pasado por eso. ¿Vale? Lo comprendo.

La bardo tomó aliento profundamente.

—Vas a tener que cargar conmigo, Xena. Ahora me vas a tener que tirar por un acantilado para librarte de mí, te das cuenta, ¿verdad? —Detrás del humor había una súplica.

—Me doy cuenta. —La guerrera se relajó—. Y si te caes por un acantilado, saltaré detrás de ti. Te das cuenta, ¿verdad? —Otra súplica.

—Sí. —Y el amago de una sonrisa—. Lo sé.

—Bien —contestó Xena despacio y luego tiró de la bardo para acercarla—. Me alegro de haber dejado eso claro. —Notó que los brazos de Gabrielle la rodeaban y la estrechaban ferozmente, y dejó los pergaminos para dedicar toda su atención al abrazo con que la correspondió.

Luego echó la cabeza hacia atrás y contempló el alto techo de madera. ¿Ahora? ¿Por qué no? Se va a poner más furiosa conmigo que un gato mojado esta noche, si mi madre hace lo que creo que va a hacer... así que...

—Espera un momento. Ahora mismo vuelvo —dijo, soltándose delicadamente del rompecabezas que era el abrazo de la bardo, y se levantó. Fue a las alforjas de Argo, donde hurgó con paciencia hasta que encontró lo que buscaba, luego fue a la pequeña mesa de los arreos y cogió algo que había en ella.

Regresó, al tiempo que un trueno rugía al fondo, y volvió a acomodarse en la paja, capturando los ojos de la bardo con los suyos, hasta que estuvo bien sentada, y entonces, con una sonrisa en los labios que se extendió hasta sus ojos, le dio una sola rosa, a la que había quitado las espinas.

Esos ojos verdes se abrieron mucho por la sorpresa cuando Gabrielle alargó la mano y la cogió, sin habla y sin apartar la mirada del rostro de Xena. Pero entonces se vio obligada a mirar hacia abajo, porque la guerrera le entregó un paquete envuelto, sin decir nada aún.

—Pero... —farfulló Gabrielle—. ¿Qué...? Xena... o sea, gracias... —Levantó los ojos y su voz se convirtió en un susurro—. Gracias...

—Ábrelo —dijo Xena despacio, disfrutando muchísimo.

La bardo así lo hizo, muy despacio, según le pareció. Su expresión de desconcierto se transformó en deleite desorbitado cuando quitó el envoltorio.

—Oh... —Levantó el estuche para pergaminos hecho de cuero labrado y parpadeó—. Es precioso. —Sus ojos volvieron a posarse en los de Xena—. Xena, gracias. —Alzó la mano y acarició la mejilla de la guerrera—. ¿Por qué?

Xena enarcó una ceja y sonrió de medio lado.

—¿Es que tengo que tener un motivo? —preguntó.

—N-n-no —balbuceó la bardo—. Pero... —Cerró los ojos y sacudió la cabeza como para despejársela.

—Me alegro de que estés de acuerdo. Sin embargo, sí que tengo uno —replicó la guerrera, riendo.

Gabrielle la miró interrogante.

—¿Cuál? —preguntó, llevándose la rosa a la cara y aspirando profundamente la delicada fragancia—. Oh... es maravilloso.

Xena se encogió levemente de hombros.

—Es tu cumpleaños, Gabrielle. —Y se quedó mirando mientras la bardo se quedaba boquiabierta y su mirada se interiorizaba durante largos segundos.

—¿Qué...? No... es... —Arrugó las cejas—. ¿Puede ser...? ¿Qué día...? —Entonces cerró los ojos y soltó una breve carcajada—. Dioses, sí que lo es.

—Sí —confirmó Xena, dándose unas palmaditas mentales en la espalda.

—¿Cómo lo sabías? —preguntó Gabrielle de repente, posando una mano suave en el brazo de Xena—. Nunca te lo he dicho.

Xena adoptó su mejor expresión omnipotente.

—Un buen señor de la guerra siempre conoce los detalles esenciales, Gabrielle. —Enarcando una ceja oscura y sonriendo burlona. En realidad, no había sido tan difícil... un comerciante de Anfípolis que recorría la ruta comercial y que por casualidad se detuvo en Potedaia... y que por casualidad vendía unas cosas muy bonitas... y que convenció a una madre de familia normal y corriente para venderlas, lo cual, como era lógico, los llevó a hablar de las hijas de la señora, por lo que tuvo que quedarse para oír la triste historia de la hija mayor, que vagaba por el mundo, metida en problemas, sin duda. Y por supuesto, puesto que él descendía de un antiguo linaje de adivinadores, lo más natural del mundo fue preguntar la fecha de nacimiento de la pobre niña para poder adivinar su destino. No, nada difícil, pensó Xena, para Johan el listo, que había recibido un abrazo de oso por las molestias y le había quitado importancia riendo.

—Así que no me lo vas a decir —dedujo Gabrielle, cuyos ojos brillaban ahora con picardía.

—No —confirmó Xena.

La bardo asintió.

—Y supongo que no me vas a decir cuándo es el tuyo.

—Ah, no. —Xena meneó la cabeza—. Yo no celebro cumpleaños.

—Ya —dijo Gabrielle con guasa—. Estamos en tu pueblo, debo recordarte.

—Han jurado guardar el secreto —replicó la guerrera, con una sonrisa muy ufana.

—Ya —respondió la bardo—. Ya veremos. —Levantó de nuevo la rosa. Y miró a Xena, ahora seria—. Se me había olvidado por completo.

—Lo sé —contestó Xena, con la misma seriedad—. Estoy pendiente del de mi madre, del de Toris y ahora del tuyo. —Se encogió levemente de hombros—. Es lo que ocurre por ser parte de mi familia.

Gabrielle la miró con profunda intensidad.

—Dime cuándo es el tuyo. Quiero hacer esto por ti. —La petición salía de una oleada de emoción que amenazaba con ahogarla.

—No hace falta —fueron las palabras de una persona que usaba pocas—. Ya tengo el único regalo que podría querer en mi vida.

Gabrielle cerró los ojos y se dejó inundar por las palabras, se permitió experimentar este momento en toda su plenitud dorada. Qué curioso... he leído mil poemas que hablan de lo que es estar enamorado. Ni se acercan. A lo mejor voy a tener que escribir yo uno que lo describa. Entonces abrió los ojos y agachó la cabeza en señal de agradecimiento. Y apartó el estuche y la rosa y se trasladó a un par de brazos gustosos de recibirla. Y mientras sus labios se juntaban y Gabrielle deslizaba las manos por las curvas y los huecos de los brazos que la acunaban, pensó que en realidad ella tampoco quería ningún otro regalo.


Xena escuchó apaciblemente el tamborileo de la lluvia, sabiendo que por su sentido del tiempo era media tarde, pero eso no se sabía por la oscuridad que había al otro lado de las ventanas vidriadas. Bajó la vista perezosamente hasta la figura dormida de Gabrielle, que seguía entrelazada con la suya, y alargó la mano, tiró de su manto de parches y lo echó encima de las dos para protegerse de una ligera corriente que entraba por los maderos sin calafatear.

Luego volvió a concentrarse en los pergaminos, que tenía apoyados en una rodilla y estaba leyendo con interés. Y rabia, al darse cuenta, leyendo entre líneas, de lo que había tenido que soportar Gabrielle con Arella. Qué suerte tuvo de que no me diera tiempo de leer esto primero, pensó la guerrera, respirando hondo para dejar escapar parte de la rabia. El diario era sincero y reflejaba la confusión de la bardo, así como su frustración con actitudes que no comprendía. Xena se quedó sorprendida primero y luego encantada al ver que la mayoría de los pergaminos eran en forma de cartas escritas para ella. Sonrió al leer algunos de ellos. "Oye, Xena, hoy les he dado una paliza a unas cuantas amazonas... habrías estado orgullosa de mí". Ah, sí. Sin la menor duda. "Xena, tengo miedo. Cada vez me cuesta más mantener a raya a Arella. Intento pensar en lo que harías tú y entonces me doy cuenta de que si estuvieras aquí, la aplastarías como a un bicho y a mí me parecería muy bien. Ojalá estuvieras aquí". Lo has hecho muy bien sin mí, amiga mía. De verdad. ¿Aplastarla como a un bicho? Por favor, Gabrielle. Los labios de la guerrera esbozaron una sonrisa. "Xena, te echo de menos". Sí, yo también te echaba de menos, bardo mía.

"Hoy he tenido un día pésimo. Arella me arrinconó después de la sesión del consejo y no paraba de presionar. Luego me resbalé en el entrenamiento y estuve a punto de arrancarle la cabeza a Eponin y encima me dio un tirón en la espalda. Me duele. Estoy mal. No me sentía tan mal desde que llegué aquí y lo único en lo que puedo pensar es en lo mucho que preferiría estar acampada en un prado polvoriento bajo el dosel de las estrellas contigo". Xena pasó el dedo por las palabras y meneó la cabeza en silencio. "Ephiny acaba de volver, con Erika y Cait, y Cait me ha dado tu puñal y, Xena, no sabía si morirme de miedo o sentirme aliviada, porque al menos eso quiere decir que no me estaba imaginando las cosas, porque si me envías eso es porque sabes que algo va muy mal. Y si algo te da miedo a ti, no me importa sentirme aterrorizada".

"Ephiny me acaba de dar tu nota y ver tu característica escritura es como si un puño me estrujara el corazón. Esta noche me quedé aquí sentada hablando contigo, aunque sé que no puedes oírme. Me sentí mejor, hasta que me fui a dormir y tuve esa vieja pesadilla. Aquí es peor, Xena, porque cuando me despierto, estoy en la cabaña de la reina, donde habría estado... y tardo en convencerme de que otra vez es un sueño. Esta vez, he tenido suerte. Tenía tu nota aferrada en la mano". Xena suspiró y cerró el pergamino, se recostó en la paja y acarició distraída a Ares, que se había acercado y estaba hecho un ovillo pegado a su muslo.

Observó el rostro apacible de Gabrielle. La estancia en casa le había hecho mucho bien, pensó la guerrera. Se le había quitado ese aire desconfiado y tenso y había recuperado su aspecto saludable de costumbre gracias a la influencia de Cirene. Bronceada y relajada, volvía a recordarle a Xena lo joven que era en realidad, y la guerrera sintió una punzada de remordimientos, por todas las penalidades que había tenido que sufrir en los dos últimos años. ¿Era justo? Tenía la sospecha de que su punto de vista y el de Gabrielle sobre ese tema no coincidirían, y sonrió levemente.

Sofocó un bostezo y se dio cuenta de que el golpeteo rítmico de la lluvia y la cálida presencia de Gabrielle le estaban dando sueño, y se regañó mentalmente por ser una holgazana. Luego suspiró, se encogió de hombros y pensó que estaba lloviendo, que su armadura estaba limpia, que Argo estaba atendida, que no había tareas que hacer, que estaba en casa, a salvo, y que bien podía acurrucarse en el cálido heno que olía al final del verano y simplemente... un ratito...


Gabrielle abrió despacio los ojos parpadeando, consciente al principio sólo del ligero golpeteo de la lluvia que seguía cayendo y del calor que la rodeaba. Levantó la mirada y su rostro esbozó una sonrisa al ver a Xena profundamente dormida. Y además, en pleno día. Y toda tranquila, al parecer, porque hasta las tenues arrugas de tensión que le solían marcar la cara habían desaparecido. Al verla así, Gabrielle casi podía olvidar lo que era... hasta que bajó los ojos y contempló el cuerpo esbelto y musculoso, que incluso dormido conservaba el aire de una cuerda de arco tensada. O vio la escasa pero significativa colección de cicatrices. O hasta que el sonoro estallido de un trueno hizo temblar la estructura de madera y se encontró inmersa en un abrazo protector, con uno de los brazos de Xena protegiéndola instintivamente de cualquier peligro apenas unas décimas de segundo después de que estallaran los ecos.

—Hola —dijo la bardo riendo—. Menos mal que no me he movido antes. Me podría haber quedado sin cabeza —comentó mientras la guerrera se relajaba y la soltaba.

—Qué va —dijo Xena, estirando su largo cuerpo—. Estás a salvo. —Sonrió cuando Gabrielle se acurrucó de nuevo entre sus brazos y soltó un suspiro satisfecho—. Deberíamos levantarnos y vestirnos para ir a cenar —comentó.

—Pues sí —asintió Gabrielle, cerrando los ojos y dejando que su mano dibujara despacio los músculos que había bajo la piel del estómago de Xena—. Deberíamos —Notó la risa incluso antes de oírla—. Pero nunca pensé que una bala de heno pudiera ser tan cómoda.

—Vamos —comentó Xena, frotándole la espalda—. Creo que está amainando. —Escuchó la lluvia—. A lo mejor ni siquiera nos mojamos. —Pero advirtió que ella misma no tenía la menor gana de moverse y la sensación de los dedos suaves de Gabrielle sobre su piel no facilitaba nada las cosas. Se rindió y se dejó flotar un rato, hasta que por fin respiró hondo y obligó a su cuerpo a moverse, rodando hasta ponerse en pie y tirando de la bardo, que sonreía perezosamente, para levantarla con ella.

—Gracias... —dijo Gabrielle bostezando—. Ay —se quejó, al hacer un mal movimiento—. Combatir ayer a pleno rendimiento con la Princesa Guerrera no ha sido una de mis decisiones más acertadas —murmuró, dirigiendo una mirada aviesa a Xena.

—Oye... no es culpa mía. —Xena alzó las manos—. Te dije que me avisaras si era demasiado para ti. —Se acercó y observó a la bardo pensativa—. Voy a tener que decirles algo a las amazonas sobre la preparación física cuando vayamos allí para la fiesta. —Sonrió a Gabrielle con aire sardónico—. Sé que les encantará oírlo viniendo de mí. —Se colocó detrás de la bardo y le puso las manos en los hombros—. ¿Dónde te duele? —Sus dedos tantearon con delicadeza—. ¿Aquí?

—Sí —suspiró la bardo—. Toda esa zona.

—Ya —dijo Xena—. Espera un momento. —Hurgó en una alforja y sacó un tarrito—. A ver si lo adivino, aquí... —Posó un dedo a un lado de la columna de la bardo—. Ahí es donde tuviste un tirón mientras entrenabas con Eponin.

Gabrielle se lo pensó un momento.

—Sí, pero se curó...

Xena se frotó las manos con un poco de lo que había en el tarro y se puso a extender la sustancia sobre los músculos tensos de la espalda de Gabrielle.

—Ya... pero evitaste los bloqueos altos hasta que se te pasó, ¿verdad?

—Bueno, claro —afirmó la bardo.

—Y te fue bien, porque la mayoría de las amazonas son de tu estatura. ¿Verdad? —continuó Xena, notando cómo se iba relajando la tensión bajo sus manos expertas.

—Sí —respondió Gabrielle.

—Y cuando se te pasó, seguiste usando los bloqueos medios y bajos, porque te estabas defendiendo de ese tipo de ataque. ¿Verdad? —siguió la guerrera.

—Efectivamente —replicó la bardo, fascinada—. ¿Cómo lo has...?

—Vale... de modo que ayer, después de no hacerlo durante un mes, de repente tienes que defenderte de una persona que mide quince centímetros más que tú, pesa mucho más y te ataca con el doble de fuerza de lo que te has acostumbrado a aguantar. —Xena la miró risueña—. Y tienes que usar los bloqueos altos, porque no te queda más remedio. Ése es el ángulo por donde yo ataco.

—Oh —dijo Gabrielle—. Eso tiene mucho sentido.

—Sí, y yo debería haberlo pensado y haber tenido más cuidado —suspiró la guerrera—. La próxima vez, dime si te duele algo, ¿vale?

—¿Como me lo dices tú siempre? —contestó Gabrielle, dándose la vuelta y mirándola con una ceja enarcada. Se puso una mano en la cadera y sonrió con sorna.

Xena se cruzó de brazos y dejó asomar una sonrisa.

—Te hartarías de oírmelo decir, Gabrielle. —Se encogió un poco de hombros—. Te lo diré cuando se trate de algo grave, ¿de acuerdo?

La bardo se acercó a ella, poniéndose la túnica.

—Escucha... nadie sabe mejor que yo lo que odias dar muestras de debilidad ante nadie. ¿Verdad? —Le dio un leve puñetazo a la guerrera—. ¿Pero tan horrible sería dejarme hacer por ti lo que tú acabas de hacer por mí? Me ha sentado estupendamente, por cierto. Gracias.

Xena terminó de abrocharse su propia túnica antes de contestar.

—Estoy acostumbrada a vivir con dolor, Gabrielle. —Sonrió un poco a la bardo—. Gajes del oficio. —Se quedó pensando un poco—. Pero tienes razón. A veces sería muy agradable. Lo... —y miró a Gabrielle con aire cohibido—, intentaré.

—Bien —fue la respuesta, mientras la bardo se pasaba un peine por el pelo—. Y yo prometo decírtelo la próxima vez para que no me machaques.

—Bien —respondió Xena, apoyándose en un soporte—. ¿Lista?

Salieron por la puerta y Gabrielle se paró en seco.

—Caray... —susurró, al ver el arco iris que relucía bajo la luz del sol que acababa de despejarse.

Xena enarcó las cejas.

—Muy bonito —reconoció.

—¿Tú crees que salen a causa de la lluvia? —preguntó Gabrielle, contemplándolo.

Xena se quedó pensando. ¿Por la lluvia? Vete tú a saber.

—No, creo que ha salido porque es tu cumpleaños —contestó, con una sonrisa taimada. Miró hacia las ventanas de la posada y vio un movimiento furtivo—. Vamos.

Cruzaron juntas el fangoso patio y Xena cogió el picaporte, abrió y le hizo un gesto a Gabrielle para que pasara antes que ella al interior del edificio. Cosa que hizo y fue recibida con alaridos y aplausos.

Y una sala llena de adornos y aldeanos, todos los cuales se echaron sobre ella, felicitando a la bardo por su cumpleaños.

Xena pasó por la puerta, la cerró y se apoyó en ella, observando, con una sonrisa tranquila. Gabrielle reía e intentaba mantener a raya a los que la felicitaban y estaba coloradísima. Volvió la cabeza y, al ver a Xena, dijo sin voz, "Te voy a matar", y la guerrera se echó a reír.

Toris se adelantó con una sonrisa pícara.

—Gabrielle... mira que no decir nada de que era tu cumpleaños... ¿y nos tenemos que enterar por mi hermana?

La bardo suspiró.

—Se me olvidó. —Hizo una mueca—. De verdad. —Echó un vistazo por la posada, que estaba decorada alegremente con banderines de tela.

Toris dirigió una mirada maliciosa a Xena.

—Sabes, existe una antigua tradición en Anfípolis, Gabrielle —dijo, muy solemne—. Todos los hombres deben besar a la chica del cumpleaños.

La bardo lo miró incrédula, enarcando una ceja y soltando un resoplido.

—Anda ya —replicó, poniéndose en jarras.

—No, en serio —dijo Toris—. Es para tener suerte. No querrás que tengamos mala suerte el resto del año, ¿verdad?

Gabrielle quedó atrapada en un dilema. Si tenía que besar a todos estos hombres, se moriría de la vergüenza, pero tampoco quería causar problemas... pero...

Xena cruzó la sala despacio y pasó un brazo amistoso por los anchos hombros de su hermano.

—Toris —dijo, sonriéndole—. Te dejaré acogerte a esa antigua costumbre si yo puedo acogerme a la que la acompaña. —Pues había captado el dilema moral de la bardo sin el menor problema.

—Aah... —dijo Toris, confuso—. ¿Cuál es? —Puesto que se había inventado la primera sobre la marcha.

La guerrera lo miró asintiendo.

—Ésa que dice que si la chica del cumpleaños no quiere besar a todos los hombres, puede elegir a una persona para que la defienda y todos los hombres tienen que luchar con el defensor por su honor. —Sonrió—. La recuerdas, ¿verdad, Toris?

—Una persona —repitió Toris con una sonrisa azorada.

—Eso es —replicó su hermana—. Si es lo que quiere la chica del cumpleaños. Es decisión suya.

Los dos se volvieron para mirar a Gabrielle, que los miraba a su vez, intentando controlar la risa.

—O podrías olvidarte de esa idea —comentó Xena, con tono amable—. Y podríamos cenar, antes de que madre nos lo tire encima. —Señaló con la cabeza hacia la puerta de la cocina, donde estaba Cirene, con los brazos en jarras.

—Aahh... me parece un buen plan —dijo Toris asintiendo vigorosamente—. No conviene que madre se enfade. —Se zafó del brazo con que Xena lo rodeaba y se escabulló, recibiendo las burlas de sus compinches al cruzar la sala.

Xena meneó la cabeza y miró a Gabrielle, que seguía riendo.

—Lo siento. —Miró a la bardo encogiéndose de hombros, algo cohibida—. No sabía que madre iba a... —Indicó la posada con la mano.

Gabrielle fue hasta ella y la cogió del brazo, tirando de ella hacia la gran mesa del fondo.

—No pasa nada... nunca me habían hecho una fiesta sorpresa. Está muy bien cuando te acostumbras a la idea. —Echó una ojeada a Xena—. Además... esto me da muchas... ideas.

—¿Ideas? —repitió Xena. Estoy muerta. Me lo va a hacer pagar—. ¿Qué clase de ideas?

La bardo se limitó a sonreír, dejó que Xena la llevara hasta un asiento y se sentó.

La cena fue larga y copiosa, culminada con una tarta tan grande que la sala entera quedó servida y sobró. Gabrielle terminó su porción y luego se echó hacia atrás con un suspiro.

—Nunca en mi vida he estado tan atiborrada —le comentó a Xena, que estaba recostada con los brazos cruzados, pues había terminado unos minutos antes—. Ha sido fantástico. —Miró a su alrededor—. De hecho, voy a darle las gracias a mamá.

Echando la silla hacia atrás, se levantó, cruzó la sala y pasó por la puerta del fondo. Vio a Cirene sentada a la mesa de preparación, terminando su propio trozo de tarta. La mujer mayor la vio llegar y se levantó, con una sonrisa.

—Hola, mamá —dijo Gabrielle y la abrazó—. Gracias —le susurró a Cirene al oído—. Ha sido estupendo.

Cirene la soltó y la sujetó estirando los brazos.

—Feliz cumpleaños, Gabrielle. —Sonrió a la bardo—. ¿Lo has pasado bien hoy? —Con un brillo cómplice en los ojos.

Gabrielle se echó a reír.

—Sí... sabes, se me había olvidado por completo que era mi cumpleaños. —Bajó la mirada y luego volvió a mirar a Cirene a los ojos—. Me alegro de que alguien lo recordara.

Cirene la abrazó de nuevo.

—Ahora ya no te tienes que preocupar por eso, hija —dijo suavemente—. Y ella nunca se olvida.

Gabrielle sonrió dulcemente.

—Lo cual me lleva a por qué estoy aquí. —Posó las manos en los hombros de Cirene, que estaban al mismo nivel que los suyos—. Desembucha, mamá.

La mujer mayor tomó aliento.

—Podría decir que he prometido no hacerlo —respondió, viendo cómo en esos brumosos ojos verdes aparecía un resplandor interno.

—Pero no lo vas a decir —dijo la bardo, convencida—. Así que suéltalo.

Y Cirene se lo dijo. Tan contenta.

—Bueno, pues ya lo sabes.

—Gracias —dijo Gabrielle, dando ya vueltas a varias ideas en la cabeza—. Me pregunto si podría conseguir que Hércules... bueno, ya veremos.

Cirene le puso una mano en el brazo.

—Hércules... ¿cómo es? —preguntó, con curiosidad—. Qué gente tan interesante conoces con tu trabajo, Gabrielle.

La bardo se echó a reír. Interesante. Aah... sí.

—Es un encanto —dijo, contestando a la primera pregunta—. Tiene una personalidad muy agradable y es muy gracioso. —Sonrió—. A veces nos juntamos con Iolaus y él y hacemos cosas.

—¿Cosas? —Cirene enarcó las cejas.

—Oh... eso no... —Gabrielle se ruborizó—. Eso no es... —Se echó a reír—. Quiero decir que solucionamos cosas juntos... luchamos y eso.

Cirene se echó a reír suavemente.

—Ya. —Observó a la bardo—. ¿Te gusta lo que haces, Gabrielle?

—No, me encanta lo que hago —fue la respuesta, sólida como una roca—. Todo el mundo me pregunta eso, sabes. —Con una sonrisa divertida—. Venga... ¿quieres sentarte y escuchar con nosotros? Me parece que voy a tener que oír la historia de esta mañana. Otra vez.

Cirene se cogió de su brazo y salieron juntas al comedor.

Xena levantó la mirada cuando se abrió la puerta y se quedó mirando a su madre y a Gabrielle mientras cruzaban la sala hacia ellos. Advirtió el brillo de los ojos de la bardo y no se hizo ilusiones sobre lo que le había dicho su madre allí dentro. Suspiró resignada. Bueno, a lo mejor se le olvida. A lo mejor estamos en medio de una guerra o algo así. O a lo mejor puedo provocar una.

Se sentaron a la mesa y Xena se echó hacia delante y le dio un golpecito a la bardo en el brazo.

—Oye.

—¿Mm? —respondió Gabrielle, acercando la cabeza—. ¿Qué pasa?

—Toris se ha ofrecido para contar otra vez su punto de vista como testigo. A menos que prefieras que lo haga yo... él lo vio todo mejor. —Xena sonrió de medio lado al ver el rubor que teñía el rostro de la bardo.

—No... tranquila. Pero quiero que hagas una cosa por mí —replicó Gabrielle, clavando los ojos en los de Xena. Después de esto, más te vale decir que sí... o... o... ¿O qué, Gabrielle? ¿La vas a tumbar de un puñetazo o algo así? Ya sabes cómo le encanta hacer esto en público. Pero creo que necesitan oírlo. Y a mí me encanta escuchar.

Xena ladeó la cabeza con aire interrogante.

—¿El qué?

—Canta. —Y puso su mejor expresión de súplica, la que sabía que a Xena le costaba mucho resistir—. ¿Por favor?

La guerrera se mordisqueó el labio.

—Gabrielle... yo no... —Un suspiro—. Está bien. —Y media sonrisa—. Supongo que me lo merezco, por hacerte pasar por todo esto.

Y así, después de que Toris contara su historia y ella hubiera aguantado una vez más las aclamaciones del pueblo, vio cómo Xena se levantaba con indiferencia y sin preparación ni preámbulo, se lanzaba a interpretar una canción que sabía que era una de las preferidas de la bardo.

Tenía un tono perfecto y su voz era rica y llena y dejó tan estupefactos a los oyentes que se sumieron en un silencio atónito. Jamás se habrían esperado una cosa así de ella. Y cuando cerró los ojos para concentrarse y ascendió con la voz por una sinuosa pendiente, Gabrielle sonrió y dejó volar también su alma. El canto era un don que Xena no usaba a menudo, salvo cuando lo necesitaba, para acompañar a los amigos hasta su descanso final. O a veces por la noche, cuando sabía que Gabrielle tenía dificultades para dormir. Cuando los sueños la abrumaban o los horrores del día la atormentaban, esa voz la arrullaba dulcemente hasta que se dormía.

Cuando terminó, Xena se dejó caer de nuevo en su silla con deliberada indiferencia, levantando una ceja al mirar a la silenciosísima sala. Clavándoles a todos esa fría mirada azul. Hasta que Toris se levantó, se inclinó y le dio un beso en la cabeza.

—Ha sido precioso, hermana —dijo, haciendo que se ruborizara. Y entonces todos aplaudieron.

Xena lo aguantó, dejando que el ruido pasara por encima de ella y dirigiendo una mirada a Gabrielle. Que su compañera le devolvió, junto con la palabra "Gracias" pronunciada sin voz. Xena se encogió de hombros, pero dejó asomar una sonrisa.

—Puedes pedírmelo siempre que quieras, sabes —dijo en voz baja.

Gabrielle parpadeó.

—No, no lo sabía —contestó, con franqueza.

—Pues ahora ya lo sabes —replicó la guerrera, acomodándose en su silla y bebiendo un largo trago de cerveza.


Los siguientes días transcurrieron en paz, a excepción de la pequeña pelea con comida en la cocina, que acabó con Cirene persiguiendo a sus hijos hasta fuera de la posada con una cuchara de madera y que estuvo a punto de conseguir que Gabrielle se torciera un tobillo cuando se resbaló por el ataque de risa y aterrizó debajo de la mesa de preparación. Y se llevó un sermón de Xena mientras le vendaba la pierna, a pesar de su insistencia en que no le dolía.

—¿Algún último consejo? —le preguntó Toris, apoyado en la pared de la posada al lado de Xena la tarde previa a su partida, tras una larga sesión de entrenamiento que había terminado con un ataque masivo en el que la guerrera se había enfrentado a todos y hasta había conseguido sudar gracias a ello—. ¿En qué dirección los llevo a partir de aquí?

Xena se lo pensó un poco, rodeando la vara con las manos y echándose hacia atrás.

—Bueno, podéis seguir con esto, pero acaba siendo aburrido al cabo de un tiempo —reconoció—. Yo empezaría organizando pequeñas competiciones. Que se azucen los unos a los otros, en lugar de esperar que lo hagas tú.

—Muy cierto —dijo Toris, resoplando y meneando la cabeza—. Lo hacen muy bien... incluso te han hecho sudar. —La miró de reojo. ¿O es que los efectos de la cocina de mamá... —bromeó, clavándole un dedo en las costillas—, empiezan a pasarte factura, hermanita?

La guerrera le dirigió una mirada glacial.

—En absoluto. Y además... —Le clavó a su vez el dedo, demasiado veloz para que él pudiera esquivarlo, aunque sabía que lo iba a hacer—. Mira quién fue a hablar.

Su hermano se echó a reír.

—Bueno... no sé yo... —Se quedó mirándola—. Creo que toda esta relajación te ha dejado un poco embotada.

—¿Eso crees? —preguntó Xena, risueña.

—Sí, eso creo —contestó Toris.

—Vamos a averiguarlo —fue la inesperada respuesta, y apoyó la vara en la pared y le quitó a él la suya de las manos con un ágil movimiento. Se quedaron mirándose un momento y entonces Toris se lanzó, se agarraron y empezaron a luchar.

—Ay ay ay —murmuró Toris, al notar que lo levantaban por el aire. Entonces los dos cayeron al suelo y él intentó sujetarle los brazos, pero no pudo, y luego intentó aprovechar la ventaja de su tamaño para evitar que ella se lo quitara de encima y tampoco pudo—. A lo mejor me he equivocado —dijo tosiendo, al tiempo que Xena lo agarraba por el pescuezo y lo lanzaba varios metros por el aire hasta que aterrizó en el barro, luego saltó por encima de su cabeza y volvió a tirarse sobre él cuando consiguió ponerse de rodillas—. Uuuf —jadeó, cuando ella lo tiró de espaldas y se apoyó tan tranquila sobre sus hombros con las dos manos, sujetándolo al suelo. Él arqueó la espalda con todas sus fuerzas, para quitársela de encima, y entonces se dio cuenta de que eso no iba a ser posible. Estaba sin aliento. Ella no—. Vale... me he equivocado. Me rindo —suspiró—. Ahora déjame salir de este maldito barro.

Xena lo miró un momento, luego le soltó los brazos y se levantó, pero lo agarró de la camisa al ponerse en pie y lo levantó con ella.

—Oh... gracias —dijo él—. Uuf... espera... ay... ¡Xena! —Pues ella continuó el movimiento y se lo cargó encima de los hombros.

—Vamos, Toris. Te he llenado de barro, te tengo que limpiar —dijo la guerrera riendo, y echó a caminar, sin hacer caso de los forcejeos de su hermano para soltarse. Así que estoy embotada, ¿eh, Toris? Más quisieras. Subió por el sendero hacia el riachuelo y oyó unos pasos ligeros detrás de ella.

—Eh —exclamó Gabrielle riendo—. ¿Qué ocurre? —Miró a Xena—. Estás cubierta de barro.

—Hola —dijo Toris, que había renunciado a seguir debatiéndose—. Bonito día, ¿eh?

La bardo le dio una palmadita en el hombro.

—Le has tomado el pelo, ¿verdad? —Lo miró meneando la cabeza—. ¿Pero no te había advertido yo?

—¿Advertido? —preguntó Xena, bajando la mirada con curiosidad—. ¿De qué?

Gabrielle miró a Toris, que a su vez la miró a ella.

—Olvídalo —dijeron a la vez.

—Sí —asintió Xena—. Ya. —Llegó a la orilla del riachuelo y se detuvo. Miró a Gabrielle—. Aparta —avisó, esperando hasta que la bardo se alejó varios pasos. Entonces agarró a Toris, se lo pasó por encima de la cabeza y, tensándose, empujó hacia arriba y hacia fuera y lo lanzó limpiamente en medio del riachuelo—. Hala. Todo limpio.

Entonces notó unas manos en la espalda, cuando Gabrielle se lanzó hacia delante y le hizo perder el equilibrio por la velocidad que llevaba y, gracias a un esfuerzo ímprobo, consiguió tirar a la guerrera al agua detrás de su hermano.

—¡Sí! —rió Gabrielle, agitando el puño en el aire. Entonces...—. Oh oh —Al ver que Xena salía a la superficie cerca de la orilla rocosa y se izaba sin esfuerzo hasta salir del riachuelo—. Aah... oye, Xena... —La bardo empezó a retroceder—. Cálmate... —Una ojeada al rostro de la guerrera—. Maldición —Y salió corriendo. A lo mejor tengo suerte...—. Uuf.

Cuando Xena, que corría detrás de ella, la atrapó con dos zancadas y le rodeó la cintura con un largo brazo.

—Ah, no —gruñó la guerrera, dándose la vuelta y zambulléndolas a las dos de nuevo en el agua de un gran salto.

Gabrielle tuvo un repentino recuerdo momentáneo, de una escena parecida ocurrida hacía una vida, daba la impresión. Antes de que Ephiny las encontrara. En el arroyo con la tortuga. Sonrió cuando el agua se cerró sobre su cabeza y, en lugar de forcejear, rodeó a Xena con los brazos y se dejó llevar cuando la guerrera dio una patada en el fondo y salió a la superficie salpicando agua por todas partes.

—Me paso horas volviendo a entrenar mis instintos para que no te lleves un mamporro cada vez que te acercas a mí sin hacer ruido, ¿y así me lo agradeces? —preguntó Xena, mirando a la bardo con sorna. Debería estar enfadada con ella y lo sabe... Toris tiene razón... estoy hecha una blandengue total.

Gabrielle soltó una risita.

—Oye... que es la primera vez en la vida, no me fastidies. —Alargó la mano y apartó el pelo mojado de los ojos de Xena. Se esperaba y obtuvo una sonrisa indulgente a cambio. Se dieron la vuelta y nadaron hasta donde Toris estaba saliendo penosamente del agua, escurriéndose la túnica con cara hosca.

Se sentó en una roca, se puso la barbilla en las manos y se quedó mirándolas goteando. Y observó a Xena con desconfianza cuando salió del agua y ocupó la roca que había a su lado, sacudiéndose vigorosamente y salpicándolo todo de gotitas.

—Seguro que estás encantado de perderme de vista —comentó Xena, medio en broma.

Toris la miró y se lo pensó.

—Pues no, la verdad —contestó, sonriéndole de mala gana—. Todavía echo de menos tener a mi hermana cerca. Aunque me dé palizas. —Se escurrió una manga—. A lo mejor ahora te vemos más a menudo...

Xena se quitó las botas y las puso en la roca para que se secaran.

—Tal vez. Depende de lo que hagamos. —Echó una ojeada a Gabrielle, que flotaba apaciblemente en el riachuelo—. Ella tiene que estar al tanto de esas amazonas.

—Bien —dijo su hermano—. Además, mamá estará más contenta. Te va a echar de menos. —Se quedó con la mirada perdida en la distancia—. Yo también. —Volvió la cabeza morena y la miró—. Tal vez algún día...

—Tal vez —asintió Xena. Tal vez cuando ya no pueda seguir haciendo esto. Cuando pierda mis habilidades y se trate de elegir entre morir o retroceder y pasar al retiro. Siempre pensé que elegiría morir... siempre supuse que algún día acabaría muriendo a manos de alguien más joven, alguien mejor... ¿no eso lo que ocurre siempre? Muy sencillo. No tenía familia, ni amigos, ni obligaciones... sólo estábamos yo y esa espada. Y Argo. Ahora... todo ha cambiado. Ahora... Sus ojos se posaron en el rostro de su hermano—. Tal vez —repitió, luego se recostó contra la pared de roca que tenía detrás y cruzó los brazos sobre el pecho.

—Bueno, me voy a cambiar —suspiró Toris—. Gracias por el baño, hermanita. —Se levantó y le dio una palmada en el hombro al pasar. Luego se detuvo y acercó la boca a su oreja—. Antes lo decía en broma, por cierto... eres rápida como el rayo y siempre lo serás. —No hizo ni caso de la ceja enarcada que recibió como respuesta.

Xena lo escuchó mientras se alejaba y cerró los ojos para protegérselos del resplandor del sol y los mantuvo cerrados hasta que notó que Gabrielle se acercaba. Abrió un ojo y contempló a la mujer más joven.

—¿Has terminado de flotar?

—Sí —suspiró Gabrielle, que se subió a la roca de Xena y se tumbó a su lado. Se quedaron ahí en silencio mientras se secaban—. Bueno, ¿y por qué exactamente hemos acabado todos mojados? —preguntó, volviendo la cabeza y mirando a Xena con curiosidad.

—Tú has acabado mojada porque me has tirado al agua —contestó Xena, cerrando el ojo de nuevo y moviéndose un poco—. Así es como he acabado mojada yo. Toris ha acabado mojado porque yo lo había llenado de barro y se estaba quejando.

—Ya —murmuró Gabrielle—. ¿Y por qué lo habías llenado de barro?

—Estábamos luchando. —Y Xena añadió, terminante—: Gané yo.

—Menuda sorpresa. —La bardo bostezó—. Siempre ganas.

Xena lo pensó un rato.

—No siempre será así —dijo por fin. Notó la sacudida que atravesó el cuerpo de la bardo como reacción.

—¿De qué hablas? —preguntó Gabrielle, incorporándose sobre un codo y observándola atentamente—. ¿Estás bien?

La guerrera abrió los ojos y le dio una palmadita tranquilizadora en el brazo a la bardo.

—Estoy bien. —Dejó asomar media sonrisa—. Pero no puedo hacer esto para siempre, sabes. —Antes creía que sí—. Gabrielle, el cuerpo humano tiene sus límites... y algún día yo alcanzaré los míos. —Vio que a la bardo se le aceleraba el corazón—. Me he ganado muchos enemigos. —Cierto—. Algún día, puede que tarde, puede que temprano, el tiempo me va a alcanzar y uno de esos enemigos lo va a aprovechar. —¿Comprendes, bardo mía? Esa idea es lo que me ha hecho mantenerte a distancia todo este tiempo. No quiero que lo veas. No soporto la idea de defraudarte.

—No —replicó Gabrielle, con tono grave y rápido, poniéndole una mano a Xena en el brazo—. No.

Xena colocó su otra mano encima de la de la bardo.

—Gabrielle, así es la vida. Tú lo sabes. —Miró apesadumbrada a los brumosos ojos verdes—. Lo siento, no quería...

—No —repitió la mujer más joven—. Te voy a decir por qué. —Se arrimó más y subió la mano por el brazo de Xena hasta el bíceps—. Porque tu fuerza no está aquí. —Vio la ceja enarcada con que la miraba—. Bueno, o sea, sí, eres fuerte, eso ya lo sé. Pero tu auténtica fuerza está aquí. —Tocó la frente de Xena—. Haces cosas porque te convences a ti misma de que puedes, Xena, te he visto hacerlo. Haces cosas que los mortales no pueden hacer. Cosas que sólo he visto hacer a Hércules. —Volvió a tocar la frente de la guerrera—. Porque tu fuerza está aquí.

Xena volvió la cabeza de lado sobre la roca caliente y contempló a su compañera. Y sonrió muy despacio.

—Te equivocas —dijo, captando la consternación que apareció en sus ojos. Y se dio un golpecito en la frente—. No está aquí. —Alargó la mano y la puso sobre el corazón de Gabrielle—. Está justamente aquí. —Y notó que los latidos que sentía bajo la mano se detenían un instante y luego se redoblaban—. Intento hacer honor a la imagen que tienes de mí cuando me miras, Gabrielle. Es un trabajo duro a veces.

—Yo... —empezó a decir Gabrielle y luego se detuvo. Y se quedó mirándola. Por fin sacudió un poco la cabeza y posó la mejilla sobre el brazo de Xena—. Yo creo en ti —susurró.

Xena cerró los ojos.

—Sé que crees en mí. Incluso cuando yo no. —Pasó el brazo por los hombros de la bardo y la estrechó—. No te preocupes, todavía me quedan unos cuantos años en condiciones. —Se rió un poco—. Lo siento... nunca me había planteado lo que haría cuando terminara de luchar. —Miró a su alrededor—. Nunca pensé que tendría un hogar al que volver. —Sólo una tumba sin marcar en un campo de batalla. Eso si tenía suerte y no me descuartizaban y me colgaban en las puertas de una ciudad.

Gabrielle apoyó la cabeza en el hombro húmedo de Xena.

—Yo podría vivir aquí —dijo, simplemente. Tiene razón... nunca hasta ahora la he oído hablar del futuro. Siempre ha sido el aquí y ahora, sin pensar en lo que ocurra después. Me parece que es buena señal. Levantó la mirada—. Deberíamos ir a cambiarnos antes de que nos enfriemos. Ya sabes cuánto detestas estar enferma. —Con una sonrisita dirigida a la sanadora que era la peor paciente para sí misma.

La guerrera sonrió, reconociéndolo algo abochornada.

—Cierto. —Se levantó y esperó a que la bardo se uniera a ella para el corto trayecto de vuelta al pueblo.


Gabrielle se quedó parada un momento, a la luz rosácea de la mañana siguiente, observando a Xena mientras ésta ensillaba a Argo y aseguraba las diversas alforjas. La guerrera se había puesto la túnica de cuero, pero todavía no se había puesto la armadura, y la bardo veía el borde de la herida de cuchillo bien curada bajo la raja meticulosamente cosida del cuero oscuro. Se acercó y la inspeccionó.

—Qué bien se ha curado —le comentó a Xena, que la miró por encima del hombro.

—¿Sí? Yo no la veo. —Sonrió a la bardo con humor.

—¿Cómo, de verdad no tienes ojos en la nuca? —bromeó Gabrielle, rozando la cicatriz con los dedos—. Pues nadie lo diría.

Xena se rió y rodeó a Argo, se agachó al lado de su armadura, cogió la pieza del peto y las hombreras y se levantó.

—Otro rumor que se propagará por el territorio —comentó, al tiempo que se metía la reluciente armadura por la cabeza y se la colocaba en su sitio, y fue a coger las hebillas, pero su compañera le apartó las manos y lo hizo por ella y luego aprovechó la excusa para rodear a Xena con los brazos y estrecharla.

—Oye... ¿y eso? —preguntó Xena, al tiempo que sus brazos, por voluntad propia, rodeaban a la bardo como respuesta.

Gabrielle sonrió.

—Nunca he necesitado un motivo —confesó—. Siempre me ha gustado hacerlo sin más —continuó, soltándola.

—Ahhh... —dijo Xena con tono de guasa—. Ahora se averigua la verdad. —Alcanzó los brazales, se los metió por los brazos y tiró de los cordones, luego se detuvo y le presentó un brazo a Gabrielle—. ¿Te importa? —Sin esperar a que ella se ofreciera. Y supo por la cálida mirada que le dirigió la bardo que ésta agradecía el gesto. Vaya, vaya... hasta puede que sea posible que le acabe cogiendo el tranquillo a todo esto.

Se abrió la puerta y Toris asomó la cabeza morena y las vio. Entró y cruzó el suelo cubierto de heno.

—Xena —dijo, mostrando un pergamino—. Acaba de llegar un grupo de comerciantes y han dicho que les han pedido que te traigan esto. —Le entregó el pergamino—. Buenos días, Gabrielle. —Sonrió cordialmente a la bardo.

—¿De dónde viene el grupo? —preguntó Gabrielle, echando una ojeada a Xena, que había abierto y leído el pergamino y cuyo rostro se había quedado petrificado.

—De Potedaia —contestó la guerrera, antes de que pudiera hacerlo Toris—. Toma. —Le pasó el pergamino a Gabrielle—. Es de tu padre.

A la bardo se le dilataron los ojos y cogió el pergamino, leyéndolo varias veces antes de darle la vuelta, y luego miró a Xena. Xena (decía): trae a mi hija a casa. Y estaba firmado con el sello de su padre.

—¿A qué vendrá esto? —murmuró, dándose golpecitos en el muslo con el pergamino. Se quedó pensando largos segundos y luego miró a Xena—. Supongo que será mejor que retrase la nueva visita a las amazonas y vea qué está pasando. —Se puso a doblar el pergamino, pero Xena se lo quitó limpiamente de las manos.

—Será mejor que veamos qué está pasando. —Énfasis en "veamos". Y antes de que Gabrielle pudiera apartar los ojos y bajar la mirada, Xena vio su primera reacción instintiva. Gratitud y alivio—. A fin de cuentas, viene a mi nombre. —Sonrió a la bardo—. No al tuyo.

Gabrielle suspiró. Oh, ojalá pudiera...

—No tienes por qué hacerlo, Xena. No tiene sentido que las dos tengamos que soportar a mis padres. —Levantó la mirada—. Sé que no estás cómoda con ellos. Ve a la fiesta.

Ah... mi noble y abnegada bardo.

—Deja que te pregunte una cosa —dijo Xena, cruzándose de brazos—. ¿Tú estás cómoda con ellos?

La bardo se puso en jarras y soltó un suspiro.

—Ya no. No. —Miró un momento a Toris y luego a Xena—. Pero son mi familia. —Hizo una pausa—. Bueno, mi familia de sangre.

—Ya —asintió Xena—. Y si me tuvieras allí, ¿cómo te sentirías, mejor o peor?

Gabrielle empezó a contestar antes de pararse a pensar en la pregunta.

—Qué pregunta tan tonta, Xena. Pues claro que me sentiría mej... —Y miró a Xena a la cara, donde asomaba una sonrisa taimada—. Qué tramposa. —Pero no pudo contener la sonrisa ni la repentina animación que le entró.

—Bueno, para empezar, yo los pongo tan incómodos como ellos a mí —terminó Xena, revolviéndole el pelo a Gabrielle—. A lo mejor puedo distraerlos para que no te incordien demasiado. —Echó una ojeada a Toris—. Voy a despedirme de madre. ¿Puedes terminar de recoger aquí?

—Claro —afirmó la bardo, abrazándola—. Gracias —susurró, y oyó la risa que le respondió—. Lo digo en serio.

—Lo sé —respondió Xena, luego le dio una palmadita en el hombro y siguió a Toris por la puerta. Los dos hermanos intercambiaron miradas mientras cruzaban el patio.

—No parece que vaya a ser divertido —comentó Toris, sonriéndole con cierta compasión.

Xena suspiró.

—No. Su familia nunca lo es —dijo, recordando la última vez que los vio. Recordando a Pérdicas—. No les caigo nada bien.

Toris reflexionó sobre eso.

—Bueno, hermanita... aquí has dejado a todo el mundo encantado. —Le guiñó un ojo, sin hacer caso de su mueca—. A lo mejor puedes hacer lo mismo con ellos. —Le abrió la puerta de la posada—. Y si no, puedes darles una paliza.

Xena estalló en carcajadas.

—¡Toris!

—¿Qué pasa? —exclamó su hermano, dándole un codazo—. Diles que es una tradición familiar.

—Oh, sí, seguro que eso contribuye a mejorar la relación —resopló Xena, meneando la cabeza al mirarlo.

Toris se encogió de hombros.

—A la nuestra nunca le ha hecho daño. —Y le pasó un brazo por los hombros y la llevó hacia la cocina, notando la fría armadura bajo los dedos. Y sonrió cuando sintió la presión recíproca del brazo de ella al rodearle la cintura.

Cirene levantó la mirada cuando se abrió la puerta de la cocina y sonrió al verlos.

—Alto —dijo, y ellos se detuvieron, parpadeando—. Quiero miraros a los dos un momento así como estáis. —Y memorizó su imagen, la de sus dos hijos. Suyos—. Vale. —Les hizo un gesto para que pasaran. Ellos se miraron, se encogieron de hombros a la vez y se echaron a reír al ver el gesto tan parecido.

—Parece que somos familia, ¿eh? —dijo Toris riendo.

—Eso parece —replicó Xena, tirándole del pelo que le llegaba hasta los hombros—. Aunque nadie lo diría si nos viera, ¿verdad? —Dos pares de ojos azules idénticos se quedaron mirándose.

—Qué va —dijo Toris, alegremente—. Tú eres mucho más mona que yo. —Afirmación recibida con una ceja bruscamente enarcada—. Y tienes los bíceps más grandes. —Luego tiró de ella para abrazarla—. Ven a vernos pronto, Xena.

Ella le devolvió el abrazo.

—Lo haré. —Lo agarró por los hombros—. Cuídate.

Él asintió y salió por la puerta, volviéndose al mismo tiempo.

—Buena suerte en Potedaia.

Xena puso los ojos en blanco y lo saludó con la mano.

—Gracias. —Luego se volvió y miró a su madre.

—¿Potedaia? —preguntó Cirene, alzando una ceja—. Creía que volvíais un tiempo con las amazonas.

—Cambio de planes —respondió Xena, sacándose el pergamino de donde se lo había metido por debajo del brazal y pasándoselo a Cirene.

—No parece muy agradable —comentó su madre, sujetando el pergamino por los bordes.

Xena se encogió de hombros.

—Su familia no lo es. —Miró a su madre a los ojos—. Me alegro de que la hayas acogido en... la nuestra. —Y pensó en lo extraño que le resultaba poder decir eso. Otra vez.

Cirene volvió a doblar el pergamino y se lo dio a Xena.

—Espero que no la dejes ir allí sola. —Miraba severa a su hija.

Xena le sonrió con humor. Y alzó una ceja.

—Bien —asintió Cirene—. Porque me gusta mucho y no querría que lo pasara mal. —Entonces se acercó y posó una mano sobre el pecho de Xena—. Y eso quiere decir que tú también debes cuidarte.

La guerrera bajó la vista para mirarla.

—Lo haré.

Cirene vaciló.

—Es buena persona.

Xena asintió.

—Lo es.

La mirada de su madre se suavizó.

—Te quiere.

—Lo sé —fue la callada respuesta.

Cirene sonrió.

—Me alegro. —Y le clavó un dedo a Xena en el pecho—. Más vale que volváis aquí pronto. —Y la abrazó estrechamente, con armadura y todo.

—No te preocupes —dijo Xena, devolviéndole el abrazo—. Lo haremos.

Cirene se apartó y la miró de hito en hito.

—Y no vas a dejar a ese lobo aquí, ¿verdad?

Xena le sonrió resignada y algo cohibida.

—No, no... me... convencieron... anoche de que teníamos que llevárnoslo. —Y no había hecho falta gran cosa... sólo que Gabrielle acunara a la bolita peluda en los brazos y que los dos le dirigieran esa... mirada... Y ella se derritió como mantequilla al sol, incapaz de decir que no, ni a la bardo, ni al lobezno. Blandengue. Una blandengue. Menuda señora de la guerra feroz estoy hecha. Suspiró por dentro.

Cirene sonrió con sorna.

—Bien por ella. —Se echó hacia atrás y contempló a su hija—. Qué distinta estás con todo eso. No me acostumbro —murmuró—. Pareces...

—¿Más mala? —preguntó Xena, reprimiendo una sonrisa.

—Mmm... más imponente, tal vez —admitió Cirene—. Amenazadora —reconoció.

Xena se detuvo un instante, luego cambió la inclinación de la cabeza y dejó salir su lado más oscuro a la superficie, con destellos de hielo en los ojos y una fría dureza en el rostro.

Cirene retrocedió sin poder evitarlo, con los ojos desorbitados.

Entonces Xena se relajó y le guiñó un ojo.

—Tiene su propósito —dijo riendo—. Es de lo más útil cuando atraviesas una posada llena de mercenarios en paro medio borrachos.

Cirene soltó un resoplido y le dio un manotazo en el estómago.

—No vuelvas a hacerlo nunca más. —Suspiró y cogió a Xena del brazo, llevándola hacia la puerta—. ¿Mercenarios medio borrachos? —preguntó, llena de curiosidad.

—Ah, sí —contestó Xena, mientras se dirigían a la puerta—. Eso nos sucede a menudo, al viajar.

—Bueno... ¿y qué haces? —preguntó su madre.

Xena se volvió hacia ella y enarcó las cejas.

—Pues o se apartan de mí. Y de Gabrielle, por supuesto. O... —Se encogió de hombros.

—Les das una zurra —terminó Cirene.

—Sí —reconoció Xena.

—Mmm. Tengo trabajo para ti cuando termines de dar vueltas por ahí salvando al mundo, querida —comentó Cirene, dándole palmaditas en el brazo—. Eso nos vendría bien aquí a veces.

—Lo tendré presente —le aseguró Xena, con una sonrisa.

Abrió la puerta y salió al soleado patio, donde Argo y Gabrielle aguardaban pacientemente. Con Ares, por supuesto, que estaba echado en la silla de Argo. Cirene se acercó a Gabrielle y le dio un gran abrazo.

—Cuídate, hija —dijo suavemente al oído de la bardo—. Intenta que no se meta en problemas, ¿quieres?

Gabrielle sonrió y abrazó a Cirene hasta que le crujieron los huesos.

—Eso cuesta. Pero lo intentaré —contestó—. Gracias... por todo.

La mujer mayor le cogió delicadamente la cara a Gabrielle entre sus manos.

—No... gracias a ti, Gabrielle. —Hizo una pausa—. Me alegro de que formes parte de la familia. —Se miraron, entendiéndose muy bien.

Luego se separaron y Gabrielle levantó su vara y se puso al lado de Xena, apoyándose en el cálido cuerpo de Argo mientras la guerrera ajustaba la brida de la yegua. Entonces intercambiaron una mirada y se sonrieron.

—Vamos —dijo Xena, metiendo a Ares en una gran faltriquera sujeta a las argollas frontales de la silla de Argo, y, colocando ambas manos en la silla, se montó de un salto y alargó el brazo hacia abajo para que Gabrielle lo agarrara.

—Gracias —respondió la bardo, agarrándose y dejándose levantar y depositar sobre los cuartos traseros de Argo. Colocó bien las rodillas y rodeó a Xena con los brazos al notar que Argo empezaba a moverse debajo de ella.

—Bueno —dijo Xena, cuando entraron en el camino, y puso a la yegua a un trote largo—. ¿Estás preparada para tener tu propio caballo?

—No —respondió Gabrielle—. Fue divertido, pero prefiero tener algo sólido donde agarrarme.

—¿Ah, sí? —dijo Xena riendo.

—Sí —asintió la bardo. Luego apoyó la cabeza en la espalda de Xena y sonrió. Y se imaginó la cara de su padre si llegaban cabalgando juntas de esta forma. Se echó a reír.


FIN


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