5


Anfípolis

El único ruido real era el ritmo suave de los cascos de Argo, mientras la yegua avanzaba despacio por el camino que bajaba de las montañas. Estaba cayendo el sol y no se encontraban lejos del cruce que llevaba a Anfípolis.

—Oye —llamó por encima del hombro.

—¿Mmm? —contestó Gabrielle, levantando la cabeza—. No estaba dormida. —Con tono de indignación.

—No he dicho que lo estuvieras —respondió Xena, disimulando una sonrisa—. Ya casi hemos llegado. —Miró a la bardo—. Y además, no me importa que te quedes dormida. Al menos me das calorcito en la espalda. —Notó que Gabrielle tomaba aliento profundamente y lo soltaba y luego volvía a colocar la cabeza entre sus omóplatos. Bueno, me da calorcito.

Habían sido un par de días de viaje muy agradables, pensó Xena. El tiempo había cooperado, y cuando hizo pasar a Gabrielle junto a ese acantilado... Sonrió pesarosa. Gabrielle echó un vistazo por aquella pared, luego la miró a ella y estuvo a punto de desmayarse. Me olvidé de que detesta las alturas. Y recibió inmediatamente un sermón sobre los riesgos innecesararios, que ella interrumpió eficazmente con una sencilla afirmación de la que se sentía bastante orgullosa:

—Si no lo hubiera hecho, estarías muerta. Ésa es motivación más que suficiente para mí.

Y la bardo dejó de hablar y le dedicó esa mirada un poco sin aliento que a veces le echaba. Y la abrazó.

Ahora, cuando los campos de Anfípolis empezaban a extenderse a su alrededor, notó una rara sensación de bienestar, que le permitió relajarse con el paso bamboleante de Argo y la hizo sonreír sin un motivo concreto. Ahora oía ruidos apagados, y se puso a jugar consigo misma para identificarlos. ¿Eso era un conejo? O uno de sus pretendidos alumnos... Ah... no, era bípedo y se deslizaba a hurtadillas por el borde del campo, manteniéndola a la vista. Con una sonrisa, escuchó para ver si oía los gritos de aves que les había enseñado, y no se vio defraudada. La llamada significaba un viajero, de camino al pueblo. Otra que indicaba que era amiga. Y por fin, el áspero desafío del halcón que se habían empeñado en asignarle a ella, provocándole un suspiro y una mueca. Frunciendo los labios, contestó a la llamada y sonrió cuando apareció uno de los aldeanos, armado con su vara y agitando la mano para saludar.

Gabrielle atisbó con interés por encima de su hombro.

—Vaya... sí que les has estado enseñando —dijo, con tono de sorpresa y admiración. Sonrió al aldeano que trotaba a su lado, sujetando la vara con eficacia algo torpe.

—¡Xena! —exclamó el hombre—. He enviado aviso a la posada. —Le sonrió—. Ya veo que tu misión ha sido un éxito.

Xena enarcó una ceja.

—¿Mi qué? —Se echó a reír—. ¿Dónde crees que he ido?

—Oh —dijo el hombre, encogiéndose ligeramente de hombros—. Cirene dijo que habías ido a ayudar a una amiga. —Sonrió a Gabrielle—. He pensado que ésta era la amiga.

—Hola —contestó la bardo, ofreciéndole una mano—. Soy Gabrielle.

—La narradora —contestó, encantado—. ¡Estupendo! —Y le estrechó la mano, aunque hacerlo siguiendo el paso continuo de Argo era complicado como poco.

Gabrielle se echó a reír.

—Sí. Ésa soy yo. ¡Y tengo unas cuantas muy buenas que contar! —replicó, dirigiéndole una mirada pícara a Xena.

Estoy muerta, suspiró Xena con resignación interna. Jamás lo superaré. Les contará todas las historias sobre mí y tendré que irme a acampar en el bosque con Ares antes de que acabe.

—Esto lo voy a lamentar, ¿verdad? —preguntó, devolviéndole la mirada a la bardo.

Una sonrisa maliciosa por parte de su compañera.

—No sé a qué te refieres, Xena. —Toda inocencia y parpadeantes ojos verdes—. Soy bardo, ¿no? Cuento historias. Lo hago todo el tiempo. —Sonrió al aldeano—. ¿A que sí?

—Y tú que lo digas, narradora —asintió el aldeano con entusiasmo.

Xena asintió por dentro y se volvió a medias encima de Argo, mirando a la bardo a los ojos.

—¿Me haces un pequeño favor?

—Mmm... puede —contestó Gabrielle, riendo entre dientes—. ¿Qué quieres?

—Intenta no contar las más sanguinarias, ¿vale? —Con una mirada de súplica, auténtica.

La bardo arrugó el entrecejo.

—Xena, tratándose de ti, todas son sanguinarias —dijo, alzando las manos como para disculparse—. Pero intentaré quitar hierro a las peores partes —la tranquilizó, dándole una palmadita a la guerrera en el hombro—. Confía en mí.

—Ay, madre —dijo Xena, mirando de nuevo hacia delante, hacia el contorno que ya se iba viendo de la posada y el movimiento que había a su alrededor—. Parece que hay mucho ajetreo esta noche —comentó, señalando hacia delante con la cabeza.

—Lo ha habido —comentó el aldeano, agarrado al estribo derecho de Argo—. Hoy han pasado por aquí unos comerciantes, por lo que todo el mundo está de buen humor.

—Me alegro de oírlo —dijo Xena, en tono bajo.

—Seguro que tu madre se alegra de ver que has vuelto —le dijo Gabrielle, al oído.

Xena miró hacia atrás.

—Se alegrará de verte a ti. —En su cara apareció una sonrisa, que la bardo no vio—. Quería conocer al nuevo miembro de la familia.

Notó que la bardo pegaba un respingo.

—¿Qué? —dijo atragantada, agarrando y tirando de la hombrera de Xena—. ¿Me lo repites?

—Ya me has oído —replicó Xena, con calma. Amenazándome con historias, ¿eh?—. No te preocupes, te pones monísima cuando te sonrojas.

—Dioses. —Gabrielle soltó una risita—. ¿Qué le has dicho? —Qué cosa más inesperada. Nunca pensé que se lo... Dioses. Bueno, es su madre. ¿Qué le diría yo a la mía? Aaaj. Corramos un tupido velo.

Xena se encogió de hombros y le sonrió levemente.

—En realidad, no tuve que decirle nada. —La guerrera se rió por lo bajo—. Ella ya lo sabía.

La bardo le dio vueltas a esto. Eso ya tiene más sentido. Pero se alegraba. Las familias son tan... raras. Sabía que mucha gente las veía viajando juntas y se preguntaba... pero nadie se atrevía a preguntar. Ni siquiera Ephiny se había atrevido... se había limitado a esquivar el tema como buenamente había podido. Pero la familia no. La familia preguntaría. Y si a la madre de Xena le parecía bien, eso facilitaba mucho las cosas. Sonrió.

—¿Puedo llamarla mamá?

—¿Por qué no se lo preguntas a ella? —dijo Xena, deteniendo a Argo delante de la posada y bajándose del alto lomo de la yegua, tras lo cual se volvió ágilmente y atrapó a Gabrielle cuando ésta hacía lo propio, evitando que resbalara y depositándola suavemente en el suelo de tierra prensada. Las dos se dieron la vuelta cuando se abrió la puerta de la posada y Cirene salió a toda prisa, muy sonriente.

—¡Vaya! —exclamó—. No habéis tardado mucho. —Cruzó el patio de la posada y abrazó primero a Xena y luego a Gabrielle con entusiasmo—. Bienvenida de nuevo, Gabrielle. —Sonrió a la bardo—. Seguro que esta vez tienes una buena historia que contar. —Con una sonrisa cómplice—. Y tú... ¡por favor! —Se volvió hacia Xena—. Ve a ver a ese cachorrito tuyo... se está volviendo loco buscándote.

Xena las miró meneando la cabeza.

—Voy a ocuparme de Argo en el establo. Intentad no meteros en muchos líos, ¿vale? —Ahora las tengo a las dos juntas. Estoy muerta, le aseguró su cerebro—. Vamos, Argo.

—Oh... —Gabrielle se soltó del brazo con que la rodeaba Cirene—. Tengo que ver a ese cachorro. —Sonrió—. Tengo que verlo... ahora mismo vuelvo.

Cirene sonrió con sorna al ver la cara de resignación que se le puso a su hija cuando la bardo se acercó y agarró la brida de Argo. Creo que lo voy a pasar muy bien los próximos días.

—Muy bien, pero daos prisa. Quiero oír esta historia y os tendré la cena preparada.

Fueron al establo y Xena abrió la puerta, pasando primero para hacer pasar a Argo al interior. Cuando apenas había cruzado el umbral, oyó una carrera frenética y su bota fue víctima de Ares, que no paraba de gruñir.

—¡Ruu! —protestó, bailoteando sobre la paja de una pata a otra.

—Que sí, que sí... —dijo Xena—. Déjame meter a Argo.

Gabrielle se escurrió junto a la yegua y se paró en seco, mordiéndose el labio con una sonrisa encantada al ver la cara peluda que la miraba a su vez parpadeando.

—Ooh... Xena... es riquísimo. —Soltó una risita—. ¿Por qué lo has llamado Ares? —Se agachó y observó al animalito, que respondió sentándose sobre las ancas y sacándole la lengua.

—¡Ruu! —gruñó Ares, y estornudó.

Xena metió a Argo en una caballeriza y se puso a quitarle los arreos.

—Xena —dijo Gabrielle, cruzándose de brazos y mirando a la guerrera.

—¿Sí? —dijo, volviéndose para mirarla.

—Está esperando a que le digas hola —contestó la bardo, mordiéndose el labio para no echarse a reír.

Xena suspiró y miró por encima del murete de la caballeriza. Efectivamente, el lobezno la miró ladeando la cabecita, con expresión triste.

—Oh... está bien. —Salió de la caballeriza y se sentó en la paja con las piernas cruzadas. Ares corrió hasta ella, subió por sus botas y trepó por la parte frontal de su túnica de cuero, agarrándose con las garritas a la superficie irregular.

—¡Ruu! —gruñó triunfante, cuando ella se echó hacia atrás y él consiguió llegar a su cara, que se puso a lamer con entusiasmo—. ¡Ruu! —Echó atrás la cabeza y luego reanudó los lametones.

Xena miró a Gabrielle, que estaba sentada rodeándose las rodillas con los brazos y con una mano pegada a la boca para evitar que se le escapara el ataque de risa que le estremecía el cuerpo. Notó el rubor caliente que le iba subiendo por el cuello y trató de no hacer caso mientras Ares se iba quedando agotado de tanto lamer y por fin se acomodaba sobre su pecho. El cachorro soltó un suspirito lobuno y la miró con ojos de adoración. Xena dejó escapar una sonrisa y lo acarició, rascándole detrás de las orejas, y oyó un crujido de paja cuando Gabrielle se acercó.

La bardo se sentó a la izquierda de Xena y miró al lobezno y luego a la guerrera.

—Es adorable, Xena —dijo, en tono bajo.

—Sí —contestó, frotando una orejita—. Es muy rico, ¿verdad? Se le pone una expresión en los ojos que me recuerda a algo. —Sonrió y miró a Gabrielle, que estaba observando al animal.

—Oh. —Una sonrisa repentina—. ¿Te refieres a cuando te mira? —preguntó la bardo.

—Mmm —contestó Xena, alargando un dedo y dejando que el lobezno se lo mordiera.

—Yo ya la he visto —replicó Gabrielle, alargando a su vez la mano para que el cachorro se la inspeccionara.

—¿Dónde? —preguntó Xena, distraída.

—Cada vez que me miro en un espejo —contestó la bardo, que volvió la cabeza y miró a Xena directamente a los ojos—. ¿Lo ves?

Xena observó su cara, luego pasó la mirada al lobezno y de nuevo a ella. Su boca esbozó una sonrisa y se dio cuenta de que se estaba poniendo coloradísima. Oh... tiene razón... ahora sé por qué me sonaba...

La he pillado... rió Gabrielle por dentro. Pues ya era hora... en los últimos días me ha pillado ella a mí demasiadas veces.

—Oye... tú también te pones monísima cuando te sonrojas —comentó la bardo con una sonrisa de burla cariñosa. Bajó la vista cuando el lobezno se puso a lamerle la mano, dándole al parecer su aprobación—. Creo que le gusto. —Sonrió y levantó de nuevo los ojos.

Xena la miró a la cara.

—Tiene buen gusto —comentó, sonriendo despacio—. Venga. Será mejor que nos pongamos en marcha antes de que madre envíe una partida de búsqueda. —Se levantó y le pasó el lobezno a Gabrielle—. Toma. Presentaos mientras yo me ocupo de Argo.

—Oooh... —arrulló la bardo, haciéndole cosquillas en la tripa al animal, que estaba encantado.

La guerrera terminó de quitarle los arreos a la yegua y le dio un rápido masaje, comprobó el cajón del pienso y lo llenó de heno, asegurándose de que había agua en el cubo.

—Ya estás, chica —murmuró, dándole al caballo una última palmadita—. Ahora, a ver si me dan a mí el pienso. —Se rió por lo bajo, salió de la caballeriza y se detuvo al ver a la bardo, acurrucada en la paja con el lobezno, jugando con él.

Lo había puesto boca arriba y le frotaba el estómago con la mano, mientras Ares gruñía y agitaba las patas con entusiasmo. Luego se dio la vuelta y fue hasta ella tropezando, se lanzó sobre un mechón de pelo claro y se puso a tirar. Ella le hizo cosquillas debajo de la barbilla y él le soltó el pelo, le agarró el dedo y sacudió la cabeza con fingida ferocidad.

Gabrielle se echó a reír encantada, se inclinó y le sopló al cachorro en la oreja, lo cual hizo que éste se cayera hacia atrás sobre las ancas y estornudara. Luego saltó y se puso a lamerle la cara, haciendo reír a la bardo.

Bueno... pensó Xena a regañadientes. Parece amor a primera vista. Ahora ya no me siento tan mal.

—Gabrielle —dijo, con una sonrisa—. ¿Tienes hambre?

La bardo levantó la vista sonriendo de oreja a oreja.

—Ya te digo. Bueno, Ares... luego vuelvo —le prometió al lobezno, frotándole el hocico con la nariz, y lo volvió a depositar en la paja—. Vamos —añadió, levantándose y sacudiéndose la ropa, tras lo cual se colgó del brazo de Xena cuando salían por la puerta.

—Ah, sí —comentó Xena, cuando llegaron a la puerta de la posada—. Cuidado con la cerveza. —Agarró el picaporte y tiró.

—¿No es buena? —preguntó Gabrielle, sorprendida—. Yo habría pensado...

—Es muy buena —replicó Xena, sonriéndole—. Y dulce y ligera, y sé que te va a encantar. Pero tres vasos casi me dejan fuera de combate cuando llegué. Así que, como he dicho, cuidado.

—Ooohhhh... —dijo la bardo con tono de guasa, entrando en la posada ante el gesto que le hizo Xena con la mano—. Eso sí que me habría gustado verlo.

Xena entró detrás de ella y respondió a las exclamaciones y saludos agitando la mano.

—¿El qué, verme borracha? No, no te gustaría. —Posó una mano en la espalda de la bardo y la llevó hacia la mesa donde estaban sentados Cirene y Toris y donde quedaban dos asientos libres.

—No, ¿eh? —Gabrielle sonrió—. Sabes, no me imagino cómo podrías ser estando borracha.

—Bien —murmuró Xena, que se sentó de espaldas a la pared y saludó a Toris inclinando la cabeza—. Buenas.

Toris levantó la mirada y sonrió.

—Bienvenida. —Y volvió los ojos—. Hola de nuevo, Gabrielle. Me alegro de que hayas conseguido venir.

Cirene le dio unas palmaditas a la bardo en el brazo.

—Bueno, ahora cuéntame qué ha pasado con pelos y señales, porque sé que no voy a conseguir que mi hija me lo cuente todo. —Sonrió a Xena, que se limitó a menear la cabeza riendo—. Se salta las partes que cree que no quiero oír. —Otra mirada a la guerrera, que alzó las manos reconociéndolo.

Gabrielle frunció los labios, luego volvió la cabeza y miró a su compañera, que la miró a su vez con un leve encogimiento de cejas. Eso quiere decir: Oh, adelante, Gabrielle. Bebió un sorbito de la cerveza fría que tenía delante. Caray... ya entiendo a qué se refería... Mmmm... Y empezó el relato. La mayor parte era desde su punto de vista, por lo cual Xena no era el centro de atención, pero Cirene cayó en la cuenta de que parte de la historia había ocurrido precisamente en la posada.

—Espera, querida... ¿quieres decir que las dos amazonas que estuvieron aquí intentaron matarse la una a la otra? —Intercambió una mirada horrorizada con Toris.

—No —intervino Xena, inesperadamente—. Erika intentó matar a Ephiny en el bosque, para que pareciera que lo había hecho yo y dejar sin vigor la elección de campeona de Gabrielle.

—Olvidas mencionar quién se encontraba entre la ballesta de Erika y el corazón de Ephiny —dijo Gabrielle con tono de guasa, con una sonrisa burlona.

—¿Es que eso importa? —suspiró Xena.

—¡Xena! —La bardo se echó a reír—. Tengo que contar la historia completa, así que corta el rollo. Claro que importa. —Reanudó el relato, hablando ahora desde el punto de vista de Ephiny, tal y como se lo había oído contar a la amazona. Hasta Toris se quedó mirando a su hermana con respeto y admiración. Xena siguió bebiendo su cerveza con expresión engimática.

Llegó la cena y Xena le tocó el brazo a Gabrielle y luego miró a Cirene.

—Tienes que dejar que coma. —Con una mirada risueña a la bardo.

Gabrielle le sonrió a su vez.

—Ya casi he acabado —contestó, pero se lanzó sobre la cena de todas formas.

Cirene les contó algunas de las noticias sobre la caravana de comerciantes que había pasado en ausencia de Xena y comentó que los rumores sobre el pueblo parecían estar extendiéndose.

—Ha estado bien, la verdad. Algunos de los comerciantes se habían unido a la caravana para venir aquí específicamente. —Sonrió a Xena con cariño.

Terminaron de cenar, después de que Gabrielle repitiera de todo, tratando de no hacer caso de la sonrisa burlona de Xena. Cuando retiraron los platos, siguió con la historia, manteniendo incluso la atención de Xena al describir el preludio del combate en la aldea de los centauros, porque la guerrera no había oído aún esa parte.

—Esta tal Arella parece muy desagradable —comentó Cirene—. Como una niña mimada que necesita unos buenos azotes. —Y no comprendió la mirada que intercambiaron su hija y la bardo, ni la risa que les entró a las dos.

—Sí, eso pensé yo también —comentó Gabrielle—. Bueno, el caso es que fueron a la aldea de los centauros para vengarse de lo que pensaban que era un ataque. Unas cuantas fuimos detrás de ellas.

—Tú —interrumpió Xena, con un brillo en los ojos—. Vamos, Gabrielle, tienes que contar la historia completa. —No hizo ni caso de la mirada aviesa de la bardo—. fuiste allí para detenerlas.

Cirene se mordió el labio para no echarse a reír. Hacían una pareja encantadora. Se preguntó si tenían idea de lo ricas que resultaban. Probablemente no.

—Está bien. —Gabrielle suspiró dramáticamente—. Está bien... vale, fui yo. —Meneó la rubia cabeza—. Bueno, pues fui y traté de impedir que la gente se matara. Entonces vi a los niños...

—¿Niños centauros? —preguntó Toris, con curiosidad.

—Sí —contestó la bardo—. Y Arella iba derecha hacia ellos con una espada, así que... mm... —No pudo evitarlo y le empezó a subir un rubor por el cuello—. Bueno, yo tenía mi vara, así que más o menos se lo impedí. —Se encogió de hombros.

—Qué valiente —dijo Cirene, con tono apagado. Dirigió una mirada a Xena, que estaba muy tranquila.

—Qué tonta —dijo Gabrielle riendo—. Porque cogió una vara y procedió a zurrarme de lo lindo. —Se calló, bajó los ojos y notó, por debajo de la mesa, la caricia tierna en la pierna. Y tomó aliento—. Y cuando me tuvo en el suelo, decidió que ya no le apetecía seguir jugando, así que cogió una ballesta centaura y allí estaba yo, de rodillas en el barro, delante de un niño centauro.

Silencio en la mesa. Cirene y Toris la miraban fijamente, esperando a que continuara. Xena los observaba mientras la miraban. Y sintió que se le aceleraba el corazón, al recordar cómo había coronado esa colina cubierta de hierba y había visto la escena que estaba describiendo Gabrielle. Revivió en su mente esa repentina descarga de energía motivada por el pánico que la lanzó hacia delante con ese último salto desesperado.

Toris carraspeó ligeramente.

—¿Y cambió de idea? —Con tono esperanzado.

—No —contestó Gabrielle con un suspiro—. Disparó. —Se encogió de hombros, empezando a sonreír—. En un segundo, ahí estaba yo, viendo cómo apretaba el gatillo de la ballesta con el dedo y pensando en unas últimas cosas. —Una pausa y los miró—. Al segundo siguiente, la flecha desapareció de delante de mi garganta y ahí estaba Xena, que atrapó la segunda y se lanzó sobre Arella. —Sus ojos se posaron en la cara de Xena y advirtió con una punzada de preocupación la tensión que había en ella. Alargó la mano, tocó ligeramente la rodilla de la guerrera y vio que los ojos azules parpadeaban y se volvían hacia los suyos y que las facciones tensas se relajaban poco a poco. A mí me dio miedo. ¿Cómo debió de ser para ella, que estaba viendo cómo ocurría? ¿Sabiendo que ella era lo único en el mundo capaz de detenerla? ¿Qué habría pasado si no lo hubiera conseguido? La bardo sintió un escalofrío por la espalda.

—¡Caray! —exclamó Toris, mirando a su hermana—. ¡Muy oportuna! —Le dio un manotazo en el hombro—. ¿Cómo es que no nos has enseñado a hacer eso?

—No he tenido varios años —contestó la guerrera secamente, respirando hondo y obligándose a relajarse—. Además, no es fácil de enseñar. Es sobre todo... instinto.

Cirene recuperó el aliento y se echó hacia delante, tocando la mano de Xena.

—¿Y le diste una paliza, querida?

Xena se echó a reír suavemente y asintió un poco.

—Sí.

—Oh, sí —confirmó Gabrielle, sofocando una risotada. Cogió su cerveza y bebió un trago—. Ya lo creo que se la dio.

—¿Y entonces qué? —preguntó Toris, terminándose su propia copa—. ¿Seguía lloviendo? Menudo follón debía de haber.

—Pues entonces aparecieron las demás amazonas —contestó Gabrielle—. Y Xena terminó con Arella, así que pudimos saludarnos y luego volvimos a la aldea amazona. —No se atrevía a mirar a Xena a la cara, pues sabía que vería un brillo pícaro en esos ojos azules que la haría sonrojarse muchísimo y perder la calma por completo—. Y sí... seguía lloviendo. —Una pausa—. Creo.

Xena se echó a reír, sorprendiendo a Cirene y a Toris, que no pensaban que la historia fuese cómica.

—Me preguntaba cómo ibas a contar eso —dijo la guerrera con guasa, clavándole un dedo a Gabrielle en el brazo.

Gabrielle le enseñó los dientes a su risueña compañera.

—Voy a tener que hacerte daño —dijo en voz baja. Y sólo consiguió que Xena se echara a reír más fuerte—. Y entonces descubro que aquí Xena había sufrido una herida de cuchillo en una emboscada. —Y eso los sobresaltó a los dos. A Cirene se le dilataron los ojos. Los dos miraron a Xena, que parecía encontrarse muy bien.

—No era más que un arañazo —dijo la guerrera quitándole importancia.

—Sí, que tuve que coser. Pero da igual. —Gabrielle sonrió—. Y entonces descubro que había tardado menos de dos días en llegar a la aldea amazona desde aquí. ¿Queréis saber cómo? —dijo con ojos alegres, viendo cómo Xena hacía una mueca.

—Por supuesto —afirmó Cirene, con los ojos relucientes de risa. Levantó un dedo para indicarle a la camarera que les trajera el postre.

—Hay un acantilado, como a un día de aquí, si te desvías del camino principal —dijo la bardo, juntando las manos sobre la mesa y sonriendo—. ¿Lo conocéis?

—Sí —dijo Toris, con tono incierto—. Hay un río que corta la roca y la pared sube y sube y divide la montaña en dos.

—Pues lo escaló. —Una sonrisa satisfecha dirigida a Xena.

Dos pares de ojos se posaron en ella.

—No es posible —susurró Cirene, estremecida—. Xena, ¿pero tú sabes cuánta gente ha...? —Muerto, pensó, por la insensatez de intentar escalar esa pared de piedra.

Xena se echó hacia atrás en la silla y adoptó su mejor pose de señora de la guerra aburrida. Bebió un largo trago de cerveza y se encogió de hombros mirándolos a todos.

—No fue para tanto —replicó, sin darle importancia—. Y casi no llovía. —Otro sorbo—. Y con eso y la oscuridad, la verdad es que no se veía el fondo, así que... —Se la quedaron mirando fijamente—. De verdad que no fue para tanto.

Llegó el postre y eso los distrajo a todos. Toris carraspeó y se puso a contarle a Xena cómo iban las sesiones de entrenamiento.

—Aunque se van a alegrar de volver a verte, al menos durante un tiempo. —Le sonrió—. La verdad es que yo ya no les supongo tanto esfuerzo. —Bajó la voz—. Os vais a quedar unos días, ¿verdad?

Xena se quedó pensando un momento y luego asintió.

—Sí. Tenemos que volver con las amazonas para la luna llena, así que nos tendréis que aguantar hasta entonces. —Le sonrió—. Pero no tendremos tiempo suficiente para lo de las flechas, me temo.

Toris asintió.

—Me alegro. —Bajó aún más la voz, aunque Cirene y Gabrielle estaban totalmente inmersas en una conversación al otro lado de la mesa—. Me alegro de que llegaras a tiempo. —Le apretó la mano, pillándola por sorpresa. Por un instante, pensó que se la iba a apartar, pero luego su cara se relajó con una sonrisa y le devolvió el apretón.

—Gracias —respondió—. Escucha, será mejor que cojas uno de esos pasteles ahora que todavía puedes. —Su tono era humorístico—. Fíate de mí. —Los dos así lo hicieron, y dejaron que fuera transcurriendo la velada, y luego Cirene logró convencer a Gabrielle para que contara otra historia, lo que ella llamaba la historia "completa" de cómo Gabrielle llegó a poseer el derecho de sucesión de las amazonas. Sonriendo a Xena con aire de disculpa, la bardo obedeció.

Por fin, salieron del calor de la posada a una noche despejada y fría.

—Brr —dijo Gabrielle, abrazándose a sí misma—. ¿Cuándo ha ocurrido esto? —Se rió suavemente—. Creo que será mejor que me ponga una camisa de verdad antes de que me congele.

—Mmm —asintió Xena, pasándole un brazo por los hombros—. Ya me parecía que empezaba a hacer un poco más de frío cuando veníamos para acá. —Echó la cabeza hacia atrás y levantó la mirada—. Pero las estrellas se ven mejor.

Gabrielle miró al cielo y las dos dejaron de andar y se quedaron contemplando en silencio el reluciente dosel.

—Son preciosas —dijo la bardo, suavemente, y vio que Xena asentía con la cabeza y captó el brillo de las estrellas reflejado en sus ojos—. Tu madre ha dicho que la puedo llamar mamá, por cierto. —La bardo sonrió.

Xena bajó los ojos para mirarla y sonrió a su vez.

—Ya. La he oído. —Levantó la mano libre y se dio unos golpecitos en la oreja, mirando a la bardo con aire de disculpa—. Tengo el oído muy agudo.

—Oh —dijo Gabrielle y luego soltó una risita—. Ya debería saberlo, ¿no? —Rodeó a la guerrera con el brazo y tiró de ella—. Vamos, que me voy a congelar.

El calor relativo del establo era de agradecer, pero Gabrielle se puso una de sus camisas más largas, porque seguía teniendo frío.

—La cara que ha puesto tu madre cuando te has empeñado en seguir en el establo... —Se rió, frotándose los brazos.

Xena resopló.

—Lo tiene todo ocupado, y esas habitaciones son demasiado pequeñas. Me pongo... —Miró a su alrededor—. No sé, me agobia. —Guardó cuidadosamente su armadura, tratando de no hacer caso de los intentos de Ares de ayudarla—. Pero lo siento por ti... te debes de haber acostumbrado a dormir en una cama después de un mes. —Sonrió a la bardo.

Gabrielle se encogió de hombros.

—Qué va. —Se apoyó en uno de los postes del establo y se quedó mirando cuando Xena se puso en pie, cogió al lobezno y lo llevó donde estaba ella—. ¡Oh... está temblando! —exclamó la bardo, tocando el suave pelaje.

—Y tú —dijo Xena, pasándole el animal—. Toma. —Esperó hasta que la bardo tuvo al cachorro en brazos, luego se los acercó a los dos y rodeó a Gabrielle con sus largos brazos, gozando de la relajación inmediata de la bardo en cuanto sus cuerpos entraron en contacto.

—Caray... —Gabrielle suspiró feliz—. Mucho mejor. ¿Pero cómo estás siempre tan caliente? Llevo tiempo queriendo preguntártelo.

—Ah, yo qué sé —contestó Xena, sonriendo de medio lado—. Tengo la sangre caliente, supongo. —Y sonrió del todo, mirando a Gabrielle a los ojos—. La verdad es que nunca lo he pensado.

Gabrielle se echó a reír y se pegó más a ella.

—¿En serio? —Luego miró por encima del hombro de Xena—. Hablando de no pensar, ¿tienes una escalera a mano? Porque ya sé que tú puedes saltar lo suficiente como para subir a ese pajar, pero yo, desde luego, no.

—Ah —comentó Xena, observando el borde del pajar, que tenía a la altura de los ojos—. Sabes, estuve comentándole a Ephiny que tengo que esforzarme mucho para mantener mis habilidades.

Gabrielle ladeó la cabeza y observó el rostro de su compañera.

—¿Sí? —¿Y a qué viene eso, me pregunto?

—Sí —replicó Xena—. Y es importante. Mi vida... —Apartó un mechón suelto de pelo rubio de los ojos de la bardo—. Nuestras vidas a veces dependen de ello.

—Eso es cierto —contestó Gabrielle, mirándola—. La mía desde luego, hace unos días.

—Mmm —asintió Xena—. Pero, sabes, a veces simplemente me alegro de hacerlo porque así puedo impresionar a mis amigos de vez en cuando. —Y soltó a la bardo, bajó las manos y se las puso en la cintura, luego la agarró con firmeza y la levantó—. No sueltes al cachorro. —Avanzó un paso y levantó a la pasmada Gabrielle por encima de su cabeza, depositándola en el suelo del pajar sin demasiado esfuerzo aparente. Retrocedió un paso y se cruzó de brazos, sonriendo muy ufana a su compañera—. Ya estás.

—Vale. —Gabrielle dejó al lobezno en la paja y se inclinó hacia delante—. Me dejas impresionada. —Se echó a reír ligeramente y meneó la cabeza—. Siempre me impresionas, eso ya lo sabes.

Xena se rió, luego saltó y se agarró al soporte del pajar, subiendo hasta sentarse al lado de la bardo.

—Son trucos tontos de guerrera —comentó con humor, en el momento en que Ares se subió a su pierna con esfuerzo y le atacó la mano—. Ay. —Miró ceñuda al lobezno.

Reprimiendo una risita, Gabrielle rodó por el suelo de madera cubierto por una gruesa alfombra de blando heno y se colocó encima de la conocida piel negra de dormir con las manos detrás de la cabeza.

—Vaya —dijo, alzando un dedo y tocando las marcas de la madera—. Así que éste es uno de tus escondrijos de infancia, ¿eh?

Xena se unió a ella, acunando a Ares contra su pecho.

—Liceus y yo nos escondíamos aquí. —Se encogió de hombros—. Hacíamos cosas de niños, ya sabes.

Gabrielle le sonrió con cariño.

—Creo que mi versión de cosas de niños probablemente es distinta de la tuya. —Se puso de lado y miró a Xena, apoyando la cabeza en la mano—. Seguro que tú eras un chicazo.

La guerrera soltó una carcajada sorprendida.

—Ya lo creo —asintió—. De lo que hablábamos aquí arriba en realidad era de grandes batallas y de que de mayores íbamos a ser guerreros.

—Ojalá hubiera podido conocerlo —dijo la bardo, suavemente—. Ojalá las cosas hubieran salido de otra manera. —Subió una mano por el cercano brazo de Xena y apretó. Se quedó callada largo rato y luego—: ¿Xena? ¿Te puedo hacer una pregunta?

Oh oh. Cuando me pregunta si me puede hacer una pregunta, se avecinan problemas.

—Siempre —fue la respuesta—. Ya lo sabes.

Gabrielle posó los ojos en las pieles y respiró hondo, eligiendo las palabras con cuidado.

—Mm. Cuando estuvimos hablando... de... bueno, de nosotras. ¿Y de los padres de Jessan la otra noche?

—Sí —dijo Xena, alargando la palabra—. Lo recuerdo.

—Dijiste que Jessan pensaba... que nosotras éramos como sus padres —continuó la bardo, sin mirarla aún.

—Efectivamente —respondió Xena, con una leve mueca. La pregunta es por qué no se lo dije antes, Xena... más vale que se te ocurra una buena respuesta.

—¿Por qué no me lo dijiste? ¿Pensabas que se equivocaba? —fue la pregunta, en voz muy baja. Y ahora Gabrielle levantó la mirada y en sus ojos había dolor—. ¿Querías que se equivocara?

Xena lo sintió como un martillazo, hasta notó que se le encogía el cuerpo.

—No. —Tragó con dificultad—. No, no pensaba que se equivocaba. —Una pausa—. Sabía que estaba en lo cierto. Lo... lo vengo notando desde hace mucho tiempo. Es que no sabía lo que era hasta que él lo describió aquella noche. Junto al fuego. —Otra pausa para elegir las palabras—. Es que no sabía... cómo te sentirías tú al saberlo. —Silencio.

Gabrielle la miró intensamente.

—Y yo que estaba toda preocupada porque no sabía cómo te ibas a sentir tú. Menudas dos estamos hechas. —Y una levísima sonrisa rompió la seriedad de su rostro—. Y para que conste, no podría ser más feliz. —Levantó una mano cuando Xena tomó aliento para hablar—. Espera, lo sé... es peligroso. Es una vida difícil. Debería estar en la Academia. Lo sé. —Tomó aire—. No... quiero... eso. —Rodó sobre el estómago—. No quiero una vida normal. No quiero instalarme en un buen pueblo con un buen hombre. No quiero vivir en Atenas. No quiero.

Xena asintió un poco, dándose por enterada.

—Muy bien. Te creo.

—¿Sí? —respondió Gabrielle, parpadeando—. ¿Así, sin más? ¿Sin discusiones?

—Mmm —confirmó Xena—. Así, sin más. Después de dos años, creo que sabes en lo que te estás metiendo.

Gabrielle la miró con una sonrisa.

—Después de dos años, a veces todavía me sorprendes.

—Mmmm... no sería bueno ser demasiado previsible —dijo la guerrera con tono de guasa, intentando parecer inocente. Fracasó, pero hizo reír a Gabrielle de todas formas—. Ah... ¿te parece gracioso? —Se quitó al dormido Ares del pecho y lo dejó en la paja y luego se incorporó sobre un codo.

—Sí —dijo la bardo riendo, y levantó una mano y dejó que sus dedos bajaran despacio por la mejilla de Xena, trazando su sonrisa—. Sabes, deberías sonreír mas —susurró—. Te sienta muy bien. —Sintió un hormigueo que le subía por el brazo cuando la guerrera volvió la cabeza ligeramente y le besó la palma de la mano. Cerró los ojos cuando Xena le acarició el lado de la cara y luego fue bajando por el cuello, trazando su yugular, que ahora latía con furia bajo los dedos de la guerrera.

Y entonces sintió que la levantaban y se acomodó en los brazos de Xena y experimentó esa sonrisa de una forma mucho más íntima. Pasaron así largo rato, entregadas a una lenta exploración mutua con caricias inseguras, pero que iban cobrando más confianza.

Gabrielle se dejó llevar por el instinto y un sentido innato de las cosas, que, según advirtió vagamente, debía de formar parte de lo que fuera que las unía, porque había cosas que ahora simplemente sabía. Y eso estaba bien, porque no había torpeza entre ellas, como las dos más o menos se habían esperado, y era todo muy cómodo y muy intenso, y luego aún más.

Y entonces se encontró tratando de recuperar el aliento, dejando que su cuerpo se relajara en una calidez de la que le iba a costar mucho salir. Hasta Xena respiraba con dificultad y tenía el corazón acelerado, según oía claramente la bardo bajo la oreja izquierda. Pero mientras escuchaba, se fue calmando y recuperó su ritmo normal, mucho antes que el de ella.

—¿Estás bien? —fue la tierna pregunta de Xena, que la bardo oyó a la vez como una vibración en la oreja y un sonido en el aire.

Asintió con la cabeza, pues no tenía fuerzas para hablar, y notó que los labios de Xena le rozaban la cabeza y sintió una risa suave que la atravesaba, agitando los músculos que la bardo tenía bajo la mano. Sonriendo, se fue quedando dormida.


Como siempre, todavía estaba oscuro cuando Xena abrió los ojos de mala gana. A veces, esto de despertarse antes del amanecer está sobrevalorado, se quejó su mente distraída, al tiempo que bajaba la vista para posarla en la bardo dormida y abrazada a ella. Pero eso no... Notó una lenta sonrisa que se iba extendiendo por su cara. Jo, hacía ya tiempo... pero ha sido como si lleváramos... años haciendo esto. Qué raro. Pero qué bien.

Notaba el suave calor de la respiración de Gabrielle sobre la piel donde tenía la camisa medio abierta, y se dio cuenta, algo desconcertada, de que su propia respiración seguía el mismo ritmo. Alzó una mano para acariciar el pelo claro que le caía por el hombro. Y se llevó una sorpresa cuando los ojos verdes se abrieron parpadeando soñolientos y se alzaron para encontrarse con los suyos.

—Hola —farfulló Gabrielle—. Está oscuro.

—Todavía no ha amanecido —contestó Xena, riendo.

—Aaajj —respondió la bardo—. Lo haces todos los días, ¿verdad?

—Mmm —replicó su compañera—. Casi.

—Mi respeto por ti ha subido tres puntos —confesó Gabrielle, y entonces atisbó por encima del pecho de Xena y vio a Ares profundamente dormido y echado sobre su hombro derecho—. Ooohhh... —El lobezno respondió abriendo los ojos, bostezando y estirando las patitas delanteras, y luego volvió a ponerse cómodo con un suspiro satisfecho—. Bueno. —Una mirada—. ¿Y qué es lo que sueles hacer a esta hora horrible?

—Mmm... cazo, por la mañana temprano —contestó Xena—. Luego cualquier cosa que haya que hacer por aquí y entrenamiento después de comer.

—Ya. —Gabrielle se lo pensó un momento—. ¿Cazas algo en concreto?

Xena reflexionó.

—Bueno, al principio mamá tenía la despensa tan vacía que tenía que cazar lo que pudiera, y ella servía para comer lo que yo cazaba antes del desayuno. —Se echó a reír—. El primer día volví a casa con un gran ciervo. Tendrías que haber visto la cara que puso. —Una pausa—. Luego, pasó a ser más una costumbre que otra cosa. Es un buen bosque... es mi casa... —Se encogió de hombros—. Me gusta estar ahí fuera.

—Mmm —murmuró la bardo—. Bueno, pues lo que yo creo es que, dado que te estás curando de una herida y todo eso, no deberías salir cuando hace una mañana desagradable, lluviosa y fría como ésta.

—¿No me digas? —Xena sofocó una risa—. Gabrielle, sabes perfectamente que no me pasa nada.

—Ah ah ah... —Gabrielle alzó una mano con pereza y agitó un dedo delante de ella—. No tiene sentido que corras riesgos. —Le sonrió dulcemente—. Vamos, Xena... ¿cuántas veces tengo la oportunidad de convencerte para que te quedes durmiendo? —Hizo una pausa—. ¿Mmm? —Con la mano derecha, se puso a frotar suavemente la tripa medio destapada de la guerrera, como lo habría hecho con el lobezno.

—Mmm... tú sigue así y tu deseo se hará realidad —confesó Xena, capitulando sin mucha resistencia.

—¿En serio? —La bardo sonrió encantada—. ¿Eso hace que te duermas?

—No debería reconocerlo, pero... sí, de toda la vida. —Una risa grave—. Sabes, de verdad que eres una mala influencia, Gabrielle.

—Ya. —Gabrielle sonrió feliz por el triunfo—. Ahora cierra los ojos. —Continuó con el ligero masaje, encantada al ver que la guerrera cerraba los ojos y su cuerpo se relajaba.

Ah, en fin, pensó Xena, mientras se iba quedando dormida. Tiene razón, no lo hace a menudo, y fuera hace frío y esa maldita herida me sigue doliendo, aunque eso mejor no se lo digo.

Gabrielle esperó hasta que la respiración de Xena se hizo profunda y entonces volvió a bajar la cabeza y dejó que los latidos regulares la fueran arrullando hasta que se durmió.


Xena suspiró, aguantando las burlas sarcásticas de Toris a la mañana siguiente por haber dormido hasta tarde.

—Toris, ya basta —dijo por fin, clavándole una mirada desde el otro lado de la mesa, una de sus miradas más serias.

—Ooh, venga, hermanita... —se rió Toris—. ¿Demasiada cerveza anoche? —Pegó un respingo y levantó la mirada al notar una mano en el hombro—. Ah, hola, Gabrielle.

—Hola —dijo la bardo, apoyándose en él—. ¿Puedo hablar un momento contigo fuera?

—Mm... claro —respondió Toris, afablemente—. Vamos. —Se volvió hacia Xena—. Volveré.

Xena saludó agitando una mano y meneando la cabeza.

—Dioses —suspiró de nuevo, mirando quejosa a su madre—. Estás segura de que somos hermanos, ¿verdad?

Toris y Gabrielle salieron y Gabrielle cerró la puerta detrás, luego se volvió y empujó suavemente a Toris contra la pared, apoyándose en la misma con un brazo.

—Está bien... está bien... ¿qué ocurre? —dijo Toris riendo y cruzándose de brazos.

—Escucha —dijo la bardo, repentinamente seria—. Detesta que se burlen de ella.

Toris frunció el ceño.

—Oye, que soy su hermano. La conozco.

Gabrielle se echó hacia delante y lo dejó clavado en el sitio con la mirada, a pesar de la diferencia de estatura.

—No la conoces en absoluto —dijo, dejando escapar un poco su enfado—. Deja que te diga una cosa. La mayor parte del tiempo hace tales esfuerzos que prácticamente cualquier otra persona que conozco acabaría muerta. La mayor parte del tiempo estamos ahí fuera, en un mundo donde tenemos que luchar prácticamente todos los días, y eso nunca cesa. Nunca. La mayor parte del tiempo está tan tensa que hasta yo tengo cuidarme de no acercarme a ella por detrás sin avisar. —Se acercó un poco más—. Así que si aprovecho la oportunidad para conseguir que se relaje un par de días, hazme un favor. —Le clavó un dedo en el pecho—. No le des la lata, ¿vale? Porque esta oportunidad no la tengo muy a menudo.

Toris la miró parpadeando.

—Lo siento, Gabrielle —dijo por fin—. Es que es tan... no sé... parece siempre tan... invencible... como si nada le hiciera nunca daño. —Se encogió de hombros—. Lo sé... es mi hermana y por eso es tan de carne y hueso como yo, pero nunca lo parece.

La bardo respiró hondo.

—Lo sé. Créeme, lo sé. —Una pausa—. Hace más cosas a base de pura fuerza de voluntad que lo que podría hacer la mayoría de la gente con la fuerza de los dioses. Pero sangra, Toris... y se hace daño tan a menudo como cualquiera. Y esa misma voluntad es lo que hace que me sea casi imposible conseguir que baje el ritmo y se relaje unos días, ahí fuera. Así que, aquí, en casa... lo voy a intentar. No me lo fastidies.

Toris se mordisqueó el labio pensativo.

—Está bien —asintió—. Te lo prometo.

—Bien. —Gabrielle sonrió—. Y puedes darme las gracias, porque te aseguro que estabas a punto de cruzar volando la taberna.

—Ah, venga ya —protestó Toris—. Ella no...

Gabrielle lo miró en silencio con una ceja enarcada.

—Oh —terminó flojamente—. Mm... gracias.

Volvieron a entrar y Gabrielle inmediatamente se apoderó de un plato y de un asiento al lado de Xena y atacó el desayuno con entusiasmo.

Xena echó un vistazo a la cara de su hermano, luego a la de la bardo y bajó la cabeza, riendo por lo bajo.

—Bueno —le comentó a Gabrielle—. ¿Esto ya te gusta más? —Indicando el desayuno.

La bardo asintió.

—Mmmm —farfulló, con la boca llena. Se apresuró a tragar—. ¿Me llevas luego a dar una vuelta? —Miró a Xena con aire inocente—. La última vez que estuvimos aquí, no lo vi como es debido.

—Una vuelta —repitió Xena, mirándola de hito en hito—. Muy bien.

La tranquila vuelta se convirtió en un paseo por el bosque, donde la bardo se empeñó en que le enseñara la zona donde había ocurrido todo cuando Ephiny estuvo allí. De modo que Xena así lo hizo, y también le enseñó el riachuelo y una roca que era estupenda para secarse. Así que, como es natural, Gabrielle se empeñó en probarla, de modo que pasaron la mañana nadando y tomando el sol, y para entonces Xena ya había captado el plan general. ¿Debería dejar que se salga con la suya con esto?, pensó, tirada en la roca con una brisa fresca que contrarrestaba el calor del sol y enredaba su pelo oscuro con el dorado rojizo de Gabrielle, pues la bardo tenía la cabeza apoyada en su hombro. Sí... ¿por qué no? Unos cuantos días de paz y tranquilidad no nos van a hacer daño a ninguna de las dos.

De modo que a la mañana siguiente, ni siquiera se movió al amanecer, sino que se limitó a rodear mejor con los brazos a Gabrielle y dejó que el sol que entraba por la ventana vidriada las despertara a las dos. Y aparte de entrenar después de comer y de llevar a cabo cada una su buena dosis de tareas en la posada, le dio a la bardo plena libertad para organizar el día. Y descubrió que lo estaba pasando muy bien, y sintió un alivio interno al ver que la tensión acumulada de un mes iba desapareciendo de la cara de su compañera y que su buen carácter y su alegría volvían por sus fueros con sólido convencimiento.

En la cuarta mañana después de su llegada, Xena se despertó temprano, demasiado llena de energía para seguir durmiendo, y dejó a la bardo, que también se había despertado, para que se vistiera mientras ella iba a la posada y oía unos inconfundibles ruidos matutinos procedentes de la cocina. Abrió la puerta, asomó la cabeza dentro y vio a Cirene forcejeando con una olla de hierro forjado llena de agua.

—Madre —la riñó y, pasando la mano por encima del hombro de Cirene, cogió el asa y se la quitó a la mujer mayor de las manos, la pasó por encima de su cabeza y la colocó en el fuego.

Cirene la abrazó con cariño.

—Tienes la habilidad de estar en el sitio adecuado en el momento adecuado —dijo riendo—. Y no creas que no lo agradezco.

Xena enarcó una ceja, pero sonrió.

—Hago lo que puedo.

—Y generalmente lo que haces está muy, muy bien —reconoció su madre, ladeando la cabeza para observar a su hija—. Te ha dado el sol, ¿eh? —Una sonrisa rápida—. Te sienta bien. —Se le puso la cara seria—. Por cierto, quería decirte... me encanta teneros aquí a las dos. —Alargó la mano y agarró suavemente el brazo de Xena—. Me gusta muchísimo tu Gabrielle. Sabes, viene aquí por las tardes y nos entretiene a todos contando historias.

—Me alegro. —Xena sonrió—. Es buena narradora. —Aunque espero que esta noche suavice un poco las historias...—. Y acumula bastantes historias.

Cirene se volvió, cogió un pastelillo dulce de una bandeja y se lo ofreció.

—Toma. —Cogió uno para sí misma y estuvieron un rato comiendo en silencio—. Esas historias son ciertas, ¿verdad? —preguntó, mirando directamente a los ojos azules de su hija—. Las que cuenta ella... sobre ti.

Xena se apoyó en el poste y respiró hondo.

—Pues... sí. —Miró a su madre encogiéndose ligeramente de hombros—. La mayoría, aunque creo que tiende a exagerar las... —una mirada risueña—, partes más dramáticas. —¿Pero qué les ha estado contando?

Cirene se volvió y se puso a echar cosas en la olla de agua, disimulando una sonrisa.

—Bueno, querida... durante mucho tiempo, tuve que pensar en ti como señora de la guerra. Luego, pasé a considerarte únicamente mi hija. —Se volvió y le dio un leve manotazo en el estómago—. Ahora tengo que considerarte una heroína. Es un poco desconcertante. ¿Te das cuenta?

—Oh. —Xena se sonrojó—. Bueno... a mí también me ha costado acostumbrarme —reconoció, sonriendo de mala gana—. Y sé que no soy ni por asomo tan heroica como lo pinta Gabrielle.

—Mentira —interrumpió la bardo alegremente, colocando un brazo con naturalidad sobre el hombro de Xena—. No cuento algunas cosas. Si no, nadie se lo creería. —Llevaba una túnica blanca sin mangas, y el contraste que hacía con su piel recién bronceada por el sol era muy atractivo—. En serio —insistió, sonriendo a Xena con picardía.

Xena resopló y cuando la bardo se preparaba para disertar sobre el tema, alargó la mano detrás de ella, cogió un pastelillo y se lo metió a Gabrielle en la boca.

—Hala. Así te estarás calladita un minuto.

—Oye —logró decir la bardo, con la boca llena de pastelillo. Estuvo un rato masticando y luego tragó—. Ya te daré yo —le prometió a Xena, que sonreía burlona—. Hola, mamá... estupendos los pastelillos —le dijo a Cirene, que la miró con afecto.

La mujer mayor les sonrió, meneando la cabeza.

—Vosotras dos... —Es evidente que estáis hechas la una para la otra, terminó su mente en silencio. Qué chica tan encantadora es esta bardo... y la expresión de sus ojos cuando mira a mi hija... casi se me había olvidado el aspecto que tiene el amor. Ahora lo recuerdo... al ver eso.

Xena se apartó del poste y meneó la cabeza.

—Voy a ver qué logro encontrar para la cena. —Le revolvió el pelo a Gabrielle—. Intenta no meterte en demasiados líos, ¿vale?

¿¿¿Yo??? —La bardo soltó un resoplido—. Como si alguna vez me metiera yo en líos. Al contrario que otras personas que podría mencionar... como mmmff. —Suspiró con aire melodramático cuando Xena le metió otro pastelillo en la boca y desapareció. Y entonces miró a Cirene, que intentaba no estallar en carcajadas—. ¿Ves lo que tengo que aguantar? —Un vistazo en la dirección que había tomado la guerrera y luego volvió a mirar a Cirene.

—¿A ti te gusta cazar? —preguntó Cirene, con curiosidad.

—Mm —dudó Gabrielle—. Pues no. Me da mucha pena matar animales... sobre todo cuando son una monada. Como los conejos. —Sonrió—. Por otro lado, me gusta comer, como estoy segura de que habrás advertido, de modo que Xena es muy buena conmigo... ella se ocupa de la caza y prepara lo que consigue antes de traerlo. —Se terminó el pastelillo y le llevó a Cirene hasta la mesa el montón de ingredientes con los que había estado trabajando—. Así yo no tengo que ver los ojos y cosas de ésas.

Cirene se echó a reír.

—Ah, ya. —Se puso a ordenar los ingredientes—. Por cierto, gracias. —Empezó a echarlos en el agua que ya hervía—. Gabrielle...

—¿Mmm? —replicó la bardo, acercándose más y mirando a la mujer mayor con la rubia cabeza ladeada—. ¿Qué pasa? —Pues sabía que pasaba algo, ya que era capaz de interpretar el lenguaje corporal de la mujer casi tan bien como el de su hija.

—Oímos... hace ya un tiempo... un rumor. —Cirene se concentró en los ingredientes, sin mirar a Gabrielle—. Falso, eso ya lo sabemos... pero oímos que había muerto. —Ahora miró a la bardo, para evaluar la expresión de sus ojos. Y se quedó de piedra ante lo que encontró—. Lo siento... ¿te he disgustado? Sólo me preguntaba qué podría haber hecho que circulara esa clase de... ¿Gabrielle? —Agarró a la joven por los hombros.

Tomó aliento temblorosa.

—No... estoy bien —logró decir, sonriendo a Cirene con lo que esperaba que fuese aire tranquilizador—. Es que me ha pillado desprevenida. —Jo, ya lo creo. Se me había olvidado lo que pueden volar los rumores por el territorio. ¿Por qué no se me ocurrió pensar que ése en concreto llegaría precisamente aquí?

—Ven —le ordenó Cirene, llevándola hacia una silla—. Estás blanca como una sábana. Siéntate. —Dioses... debe de ser cierto—. Ahora, cuéntame —dijo, dándole unas palmaditas a la bardo en la mano.

Y Gabrielle se lo contó, en voz baja, intentando separarse de las emociones de la historia. Salvo que cuando llegó a lo de la cabaña de las montañas y a Nicklios, se le cortó la respiración en el pecho y tuvo que parar.

—Espera un momento. —Tragó con dificultad—. Tengo pesadillas sobre esta parte.

—No... no tienes por qué seguir —susurró Cirene, espantada—. Gabrielle, por favor. Esto te está haciendo daño, lo sé. Déjalo.

—Tienes derecho a saberlo —dijo la bardo, con una sonrisa tensa—. Es tu hija. —Y continuó, con la parte donde bajaba de la montaña y se encontraba con Iolaus y las amazonas. Luego lo de Autólicus y el súbito e insospechado renacimiento de la esperanza, y a partir de ahí fue más fácil de contar.

—Espera... ¿cómo hizo eso? —preguntó Cirene, desconcertada—. ¿Eso es posible?

Gabrielle meneó la cabeza.

—Encontró una forma. —Y le contó el resto, lo de Velasca y la ambrosía y, por fin, el momento en que regresó—. En realidad, eres la primera persona a la que le he contado esta historia —terminó, con tono apagado—. Es que me resulta demasiado difícil. —Hizo una pausa—. Demasiado personal.

—Oh, Gabrielle —murmuró Cirene, aferrándole la mano—. Lo siento.

—Igual que yo entonces. —La bardo sonrió levemente—. Fue lo peor que me ha ocurrido en la vida. —Tomó aliento y levantó la mirada, irguiendo los hombros—. Pero está en el pasado. —Miró a Cirene con compasión—. Lamento que tuvieras que enterarte de esa forma. A veces, se me olvida lo lejos y lo rápido que viajan las historias sobre ella.

Oyeron pasos fuera de la puerta y Gabrielle se levantó a medias, al reconocer las características pisadas. La puerta se abrió y Xena entró con energía por el umbral, se volvió para depositar en la mesa un pequeño ciervo que llevaba en los hombros, luego se acercó a ella y le hizo fuerza en el hombro para que se sentara de nuevo.

—¿Qué pasa? —preguntó la guerrera, mirando a Cirene, y luego se concentró por completo en Gabrielle—. ¿Por qué estás mal? —Los ojos azules se clavaron intensamente en los brumosos ojos verdes.

—Estoy bien —respondió la bardo, poniéndole una mano a su compañera en el hombro—. Es que tu madre me ha preguntado sobre un rumor que oyeron hace unos meses. —El temblor de la comisura de su boca le dijo a Xena a qué rumor se refería exactamente.

Xena miró a su madre.

—Te lo ha contado. —No era una pregunta. El gesto de asentimiento de Cirene lo confirmó—. Lo siento. Debería haber mandado un mensaje.

—Tranquila —replicó Cirene—. La... la verdad es que no creí que fuese cierto. —Echó un vistazo al ciervo que estaba sobre la mesa y luego a ellas dos—. Voy a buscar mis cuchillos de carnicero. —Se levantó y salió de la estancia, aunque sabía que los cuchillos estaban justo donde solían estar, en la caja de los cuchillos. En la mesa. Y sabía que Xena también lo sabía.

La guerrera dejó asomar un amago de sonrisa y luego se volvió hacia Gabrielle.

—¿Estás bien? —En voz muy baja, apretando las manos frías de la bardo. Sintiendo la responsabilidad de haber causado este dolor que caía directamente sobre sus hombros. Menos mal que son anchos. Porque jamás lograré librarme de esta culpa concreta.

—Sí, estoy bien. —La bardo sonrió—. En serio... es que me ha pillado por sorpresa. No sé por qué me he puesto así. —Se frotó las sienes—. Es decir, normalmente puedo hablar de ello sin problemas. Detesto las pesadillas, pero no es que me dé un ataque de pánico por ello...

Xena se levantó, se colocó detrás de la silla y se puso a masajear el cuello de Gabrielle, repentinamente dolorido, para quitarle la tensión.

—La tensión te afecta directamente aquí, ¿verdad? —comentó la guerrera—. Lo he notado. Se te pone un nudo enorme aquí detrás. —Miró un momento hacia la despensa—. ¿Has comido algo aparte de esos pastelillos? —La bardo hizo un gesto negativo con la cabeza—. Espera. —Xena fue y partió un trozo de pan recién hecho y una gran rodaja de queso y se los dio a su compañera—. Come. A veces los dulces con el estómago vacío tienen efectos raros.

La bardo comió en silencio, mirando de reojo a Xena, que había sacado los cuchillos de carnicero de la caja de herramientas y se había puesto a trabajar con el ciervo, despellejándolo y quitándole los órganos, que tiró.

—Sabes, ahora me encuentro mucho mejor —comentó, sacudiéndose las manos—. Tenías razón. Como siempre. —Y captó la sonrisa humorística dirigida a ella por encima de un hombro cubierto de tela azul.

Cirene asomó la cabeza y entró muy ajetreada por la puerta cuando vio a Xena limpiando su presa.

—Ah, ahí están —dijo, sin hacer caso de la sonrisa maliciosa de su hija—. Dámelos. —Apartó a Xena empujándola con la cadera, o lo intentó y rebotó—. Dioses, eres como una roca —dijo riendo, y alargó la mano para coger los cuchillos—. Vamos, dame.

Xena dio la vuelta a los cuchillos y sonrió tranquilizadora a su madre.

—No pasa nada —dijo, en voz baja.

Cirene asintió y posó la mano en el brazo de Xena.

—Me alegro de que estés bien. —También en voz baja—. Sácala a dar un paseo o algo así. Hablaremos más tarde.

Xena asintió y se volvió hacia la bardo.

—¿Vamos a nadar? —preguntó, enarcando una ceja. Supongo que ahora me toca a mí jugar—. He sudado mucho persiguiendo a ese ciervo. —Vio por la sonrisita de Gabrielle que no la estaba engañando y le sonrió a su vez—. Sí, ya, ya... vamos de todas formas.

—No me lo tienes que pedir dos veces. —Gabrielle sonrió, pasó despacio a su lado, clavándole un dedo en las costillas, y salió la primera por la puerta.

Caminaron hasta el riachuelo y se sentaron en una de las rocas, la una al lado de la otra. Xena miró a la bardo.

—¿Estás segura de que estás bien? —preguntó.

—Estoy bien —contestó Gabrielle, con la mirada perdida en la orilla opuesta del riachuelo.

—Mientes —respondió Xena, inclinando la cabeza y mirándola a los ojos.

Gabrielle cerró los ojos y dejó caer la cabeza.

—Sí. —Tomó aliento profundamente—. Lo siento. Es que me ha afectado de una forma... no sé qué me pasa.

Ahora qué... ahora qué... Maldición...

Nosotras no hablamos mucho de todo ese... asunto —replicó Xena, eligiendo con cuidado las palabras—. Sé que fue una semana muy mala para ti. —Se encogió de hombros—. Tampoco fue estupenda para mí.

Gabrielle levantó la mirada y contempló su cara.

—¿Por qué te rendiste? —Era la pregunta que había querido hacer desde entonces. Que necesitaba hacer.

No puedo mentir sobre esto.

—Gabrielle, no estaba... en el presente... cuando estaba febril por la herida de la cabeza. Estaba reviviendo un período muy malo de mi pasado... el momento preciso que, más que cualquier otra cosa, me convirtió en lo que soy. Era. Espero no seguir siendo esa persona. —Se quedó mirando fijamente al agua—. Y... Nicklios fue el que me curó, en aquella ocasión. Y el hecho de que me curara me permitió convertirme... en lo que soy. Y el hecho de que yo estuviera allí causó la muerte de una persona que era inocente y a quien yo quería mucho. —Una larga pausa—. Y pensé... con la fiebre, que si me hubiera dejado morir entonces... no habrían ocurrido muchas cosas. Como Cirra. Y todo lo que eso provocó.

—Oh —respondió Gabrielle de forma casi inaudible—. Entonces nunca nos habríamos conocido. —La tensión de su voz era evidente.

—No —contestó Xena—. Y no estaba segura de que eso no hubiera sido mejor para ti. Estarías a salvo en casa, Pérdicas seguiría vivo... en fin. —Una larga pausa—. No me di cuenta... hasta después, de que ya no era esa persona. Era quien soy ahora... y para entonces, ya era demasiado tarde —continuó la guerrera, con la voz también un poco ahogada.

—Entonces, ¿cómo...? —La bardo carraspeó y empezó de nuevo—. ¿Cómo pudiste... por qué...?

Xena alzó por fin la cabeza y se encontró con la mirada verde brumosa que tenía delante.

—Esa amiga mía que murió, M'Lila... se me apareció, donde estaba... y me dijo que no era mi hora... —Sus labios esbozaron una leve sonrisa—. Me dijo que escuchara los pensamientos de los vivos. —Ahora la sonrisa se afianzó—. Y así lo hice... ¿y a que no sabes de quién eran los pensamientos que oí?

—¿Míos? —contestó en un susurro.

Xena asintió.

—Tuyos. —Y alargó la mano para acariciarle la mejilla a la bardo—. Hasta ese mismo momento no me había dado cuenta... bueno, el caso es que tenía que encontrar una forma. No podía dejarte... con tanto dolor no... Gabrielle, no podía. —Se encogió levemente de hombros—. Así que encontré una forma.

—Efectivamente. —La bardo apoyó la cabeza en el cálido hombro de Xena—. Y todas las mañanas, cuando me despierto y te veo, te doy las gracias. —Cerró los ojos—. Porque creo que yo tampoco me di cuenta hasta ese mismo momento... y fue el peor momento de mi vida. —Abrió los ojos y se quedó contemplando el agua.

Xena vio su expresión atormentada. Maldición... ¿ahora qué puedo decirle para quitársela? Se detuvo, con una idea súbita. Bueno... puedo probar con eso... creo que todavía no lo he intentado. ¿Qué sería, un plan A o un plan B? Oh, claramente un plan B. Agachó la cabeza y miró a Gabrielle, esperando a que la bardo lo notara y la mirara a su vez. Cosa que hizo, con una expresión suavemente inquisitiva.

—¿Qué? —preguntó Gabrielle.

—Te quiero —contestó la guerrera. Y vio un fiero resplandor que iluminó como respuesta los intensos ojos de la bardo. Oh... caray... me parece que he acertado de lleno.

La reacción de la bardo fue un abrazo estrechísimo, con tal fuerza que Xena perdió el equilibrio normalmente perfecto que tenía y fue incapaz de evitar que las dos se cayeran de la roca y se zambulleran en la ondulante agua fría del riachuelo.

Tan enredadas estaban que Xena tuvo que hacer uso de su considerable fuerza para empujar desde el fondo y lograr que las dos sacaran la cabeza a la superficie, donde expulsó el agua de los pulmones a base de toser y se las arregló para sujetar a la bardo al mismo tiempo.

—Jo, Gabrielle —dijo por fin resollando, tras avanzar en el agua hasta un punto donde podía hacer pie y sostener a la bardo, que seguía tosiendo—. La próxima vez, recuérdame que no haga eso cerca del agua.

—Dioses —jadeó Gabrielle—. Lo siento. —Estalló en carcajadas—. No, no lo siento. —Tosió varias veces más y luego soltó un suspiro—. Caray. —Y miró a Xena, que la observaba con una sonrisa tolerante y divertida y la acunaba como a un bebé en el agua, que a la guerrera le llegaba hasta los hombros—. Yo también te quiero. —Hizo una pausa, mientras se miraban—. Por si todavía no te habías enterado. —Las dos sonrieron. Gabrielle le echó los brazos al cuello a Xena y le bajó la cabeza para besarla y cuando se separaron, miró a la guerrera con desconfianza—. Con sangre caliente o sin ella, quiero que me expliques cómo te las arreglas para estar toda calentita en medio de un río helado. —Posó la mejilla en el brazo de Xena—. Porque lo estás.

La guerrera se rió suavemente.

—A lo mejor es por la compañía —dijo en broma—. Venga, vamos a quitarnos todo esto para que se seque.

Extendieron sus túnicas para secarlas y pasaron el resto de la mañana nadando y luego tomando el sol al lado de sus túnicas encima de la roca, que despedía un calor agradable.

—Oye... creo que voy a participar con vosotros en el entrenamiento de esta tarde —comentó Gabrielle, que estaba muy cómoda y relajada usando a la guerrera como almohada.

—Muy bien —replicó Xena, abriendo un ojo y mirándola—. Cuando quieras... ya sabes que eres bienvenida. —Bostezó—. Será un placer tener por una vez a alguien bueno con quien combatir. —Hizo una pausa y abrió el otro ojo—. ¿Te estás aburriendo de contarle historias a mi madre? —Con tono esperanzado.

Gabrielle sofocó una risa y le dio un manotazo a la guerrera en el muslo.

—Ay. Tengo que acordarme de no hacer eso —comentó—. No... es que no quiero que los platos de tu madre me pasen factura.

—Mmm —asintió Xena—. Te entiendo. Aunque... así compensarás el mes con las amazonas. —Sonrió a Gabrielle con malicia—. No recuerdo que pudiera contarte las costillas antes de dejarte allí. —Alargó la mano y pasó la punta de los dedos por las costillas de la bardo, haciendo reír a la mujer más joven—. De todas formas, no te va a hacer daño, así que disfruta mientras puedas. Apenas nos mantenemos al día cuando estamos en el camino.

—Eso es cierto —murmuró Gabrielle—. Y sí que disfruto. —Volvió el cuello y miró a Xena—. Y tú también.

—Pues sí. —Xena le sonrió con indolencia—. ¿Estás lista para volver? Creo que nuestras cosas ya están secas.

Y así lo hicieron, separándose cuando llegaron a la posada. Xena cogió su hacha y se puso a cortar leña metódicamente, y Gabrielle fue en busca de Cirene, para ver si podía echar una mano a la mujer mayor en cualquier tarea que estuviera haciendo.

—Hola, mamá —dijo la bardo, al entrar en el almacén, y le quitó a Cirene de las manos el gran saco del que estaba tirando.

—¡Oh! —exclamó Cirene—. Cielos, Gabrielle. Me has dado un susto. —Se echó a reír, pero la miró atentamente—. Parece que ya estás mucho mejor. ¿Lo has pasado bien nadando? —En sus ojos había un brillo risueño.

Gabrielle le devolvió la sonrisa.

—Sí. —Levantó el saco—. ¿Dónde quieres que ponga esto?

—En la mesa, querida —dijo Cirene riendo. Siguió a la bardo hasta la cocina y se quedó mirando, risueña, cuando Gabrielle eligió un cuchillo de su colección y se puso a cortar las verduras del saco—. Bueno, ayer empezaste a contarme una historia sobre un gigante.

—Cierto. —Gabrielle reanudó el relato, sin fallar ni un golpe con el cuchillo.

Xena entró y se unió a ellas durante el almuerzo, junto con Toris, que había estado pescando y estaba cubierto de barro. Algunos de los participantes en su clase de vara también entraron, tras haber terminado de trabajar en los campos por ese día. Toris estaba muy afanado jactándose de su pesca ante Xena, que lo escuchaba con paciente diversión. Dos de los aldeanos se sentaron en la mesa al lado de Gabrielle y le pidieron con timidez que les contara una historia concreta que habían oído en otro pueblo.

—Ah, eso —dijo la bardo cuando terminó de tragar—. Bueno, la cosa fue así. —Y contó la historia entre bocado y bocado de estofado y pan.

Despejaron el patio después de comer y la clase se reunió, sonriendo cuando vieron calentar no sólo a su maestra, sino también a Gabrielle. Se intercambiaron codazos cuando Xena, sonriente, se echó hacia atrás y le indicó a la bardo que la atacara, tras lo cual dieron un espectáculo al círculo de aldeanos.

—Caray —le murmuró Toris a uno de sus compinches—. Es muy buena.

Gabrielle notó que su cuerpo adoptaba un ritmo cómodo al volver a acostumbrarse al estilo velocísimo de Xena tras un mes de entrenamiento con las amazonas, y sintió el escozor que recordaba de su rápido ataque. Jo... casi se me había olvidado lo buena que es. La bardo tomó aliento para calmarse, recordando de nuevo quién era la persona a la que se enfrentaba. Sabía que podía volver a atacar con todas sus fuerzas sin temor a hacer daño a su adversaria, cosa de la que tenía que estar pendiente cuando luchaba con Eponin. Lo cual le había producido una sensación muy extraña.

—Sabes, cuando trabajaba con Eponin... —le comentó la bardo a Xena, que la estaba guiando a través de una serie de ataques y bloqueos—, la primera vez, me desconcertó mucho porque intentaba hacerme retroceder a base de fuerza bruta...

—Ah, ¿así? —preguntó Xena, y atacó.

—Mm... —Clac—. Uuf. —Clac—. Sí, así. Bueno, el caso es que intentaba hacer eso y era... como si lo hiciera una cría. Apenas lo notaba —terminó Gabrielle, absorbiendo el potente golpe y sintiendo la sacudida del impacto en los hombros—. Ay. —Un bloqueo doloroso—. Vaya... hacía tiempo que no sentía eso.

—Lo siento —se disculpó Xena—. Dime si empieza a ser demasiado para ti. —En voz más baja—. No hacemos esto desde hace un mes.

—No te disculpes. —Gabrielle sonrió y la atacó—. Lo echaba de menos. —Y se lanzó a plena potencia, entregándose al ataque con todo su ser, y hasta consiguió hacer retroceder a Xena unos cuantos pasos. Vio la sonrisa encantada de la guerrera, que reaccionó y contraatacó, haciendo delicados equilibrios entre ofrecerle a la bardo un buen desafío y dejarse llevar por su instinto guerrero.

Avanzaron y retrocedieron, hasta que Xena notó por sus reacciones que Gabrielle se estaba cansando, y realizaron un último ataque vertiginoso, luego se apartaron y aceptaron los aplausos de la clase. Xena, con una mueca, les hizo un gesto con la mano como para quitarle importancia, luego fue a coger un odre de agua, bebió un buen trago y fue donde Gabrielle, que estaba apoyada en su vara.

—¿Estás bien? —murmuró Xena, al acercarse.

—Sí —contestó la bardo, alcanzando el agua—. Estoy recuperando el aliento. —Bebió un trago del odre y se rió entre dientes—. Las amazonas no pueden compararse contigo, amiga mía.

Xena resopló.

—Ya. Descansa un poco mientras pongo en marcha a esta gente.

—No... estoy bien —protestó la bardo.

La guerrera estudió su cara y luego posó los ojos en el punto del cuello de Gabrielle donde se le veía el pulso. Enarcó una ceja.

—Siéntate un poco. —Su tono era tranquilo, pero con un matiz que para Gabrielle quería decir que Xena hablaba muy en serio.

—Vale —dijo. Y fue a la pared, se apoyó en ella y bebió otro poco de agua. El corazón le latía un poco más fuerte de lo que se esperaba. Esto me pasa por tirarme un mes sin mantenerme en forma. Me parece que tiene razón. Se quedó observando cuando Xena comenzó la lección, haciendo avanzar a los aldeanos primero de uno en uno y luego por parejas. Esperó unos minutos hasta que se le calmó el corazón, luego colgó el odre de agua y se acercó trotando para unirse a la clase.

Xena los dividió en dos grupos, le mostró a Gabrielle lo que estaba haciendo para enseñar los movimientos básicos y luego todos se pusieron a ello.

Las cosas iban bien y la clase casi había terminado cuando la guerrera advirtió mucho movimiento a su derecha, y se dio cuenta de que Gabrielle estaba entrenando con su hermano. Despidió a su alumno con un gesto y se volvió para observar, rodeando la vara con las manos y apoyándose en ella.

El carácter competitivo de Toris, comparable al suyo, estaba haciendo que la clase de ataque y bloqueo se fuera transformando en un enfrentamiento pleno con Gabrielle, quien, a juzgar por la concentración de su rostro, se había dado cuenta. Paraba sus ataques, moviéndose con una sólida seguridad que dibujó una breve sonrisa en la cara atenta de Xena.

Toris se estaba poniendo colorado y se movía cada vez más a lo loco, a medida que perdía el control de lo que estaba haciendo. Intentaba imponerse a base de fuerza bruta a la menuda Gabrielle, pero ésta esquivaba sus ataques, y empezó a aprovechar los huecos que causaba su falta de control, colando varios golpes dolorosos. Él lanzó un golpe feroz contra su cabeza y ella le atrapó la vara con la suya y le hizo perder el equilibrio y retroceder, ante su incredulidad.

Recuperó el equilibrio, estampó su vara contra la de ella y luego se trasladó hacia la izquierda, moviendo la parte superior de su vara hacia arriba y hacia su cuello. Inesperadamente, Gabrielle se dejó caer sobre una rodilla y, con un ataque de revés, lo alcanzó en las rodillas y lo tiró al suelo en medio de una nube de polvo. Meneando la cabeza rubia, se levantó, se quitó el polvo de las manos, cogió su vara y se encaminó hacia Xena.

Toris perdió los estribos, se levantó de un salto, agarró su propia vara y la blandió trazando un arco tremendo contra la nuca de Gabrielle.

Gabrielle había mirado a Xena a los ojos al echar a andar hacia la guerrera y vio la repentina dilatación y el primer atisbo de alarma en el momento en que el cuerpo entero de Xena se puso súbitamente en movimiento.

Y se dio cuenta de lo que debía de estar pasando y, reaccionando por instinto, se volvió en redondo y levantó la vara en una posición de defensa que por pura suerte paró el golpe descendente de Toris y lo desvió.

Ella misma se enfureció, siguió el movimiento alzando la vara con toda la fuerza que tenía y mandó la de él por los aires, luego le estampó el extremo de la suya en el pecho y lo tiró al suelo.

Y se arrodilló encima de él, dejándolo clavado en el suelo con el extremo de la vara.

—Muy bien, se acabó la clase —se oyó la voz de Xena detrás de ella. Oyó el roce de pisadas mientras los demás aldeanos se marchaban. Luego silencio. Y entonces un par de manos cálidas sobre los hombros—. ¿Qué tal si vas dentro a beber un poco de agua? —Esa voz en la oreja, penetrando su compresión con su tono grave—. Tengo que charlar un poco con mi hermano. —Una pausa—. ¿Gab?

Entonces tomó aliento profundamente y dejó que Xena la levantara y la apartara de Toris. Se volvió hacia ella.

—Deja que me ocupe yo de esto —dijo, haciendo frente a la mirada ecuánime de Xena—. Esto es entre él y yo.

Una larguísima y atenta mirada de esos ojos azules.

—Está bien —dijo Xena por fin—. Estaré dentro. —Le dio una palmadita a Gabrielle en la mejilla, se dio la vuelta y se encaminó hacia la posada.

La bardo se quedó mirándola y luego se agachó al lado de Toris, que seguía en el suelo.

—¿Es que te quieres suicidar? —preguntó, con un tono casi informal—. Tienes que aprender a controlar ese genio.

Toris se la quedó mirando.

—¿Cómo que si me quiero suicidar? —preguntó, incorporándose despacio—. No iba a... o sea... no quería... oh, por Hades. —Se frotó la cabeza—. No lo puedo evitar. Me enfado tanto que ya no sé ni lo que hago.

—Toris —dijo Gabrielle, poniéndole una mano en el brazo—. Si no hubiera parado ese golpe, me habrías hecho daño. —Captó su expresión culpable—. Y seguramente muy grave. Eres muy fuerte.

Él bajó la cabeza. Gabrielle le levantó la barbilla para que no le quedara más remedio que mirarla a los ojos.

—Toris, ¿comprendes lo que habría pasado entonces? —Agravó la voz—. Eso no es justo para ella, Toris. No es justo. —Una pausa—. No voy a consentir que ocurra una cosa así. Tú no le vas a causar ese dolor, Toris. No vuelvas a hacer algo así nunca más.

Toris la miró parpadeando.

—Lo siento, Gabrielle. Es que a veces no puedo más. Con eso de ser el peor de los tres. —Bajó la mirada—. Tengo que competir con el fantasma de Liceus y con la realidad de mi hermana, y no sé qué es peor.

Y Gabrielle se sentó, en medio del polvo, le puso una mano en la rodilla y miró a esos ojos azules tan familiares que pertenecían a esta imagen de espejo defectuosa de alguien cuyo corazón conocía, y sintió compasión por él.

—Lo siento, Toris. Lo siento de verdad. —Y le dio unas palmaditas reconfortantes en la pierna.

—Sabes, antes odiaba a mi hermana. —Toris suspiró—. Luego pasé a sentir lástima por ella. —Miró directamente a los brumosos ojos verdes de Gabrielle—. Ahora desearía ser como ella. —Bajó los ojos—. La vida tiene su gracia.

La bardo sonrió y, alzando la mano, le apartó un mechón de pelo de los ojos, sorprendiéndolo.

—Encontrarás tu camino, Toris.

—¿Tú crees? —preguntó, mirándola.

—Sí, lo creo. —Gabrielle sonrió. Y se levantó y le ofreció la mano para ayudarlo a levantarse. Él la aceptó y se puso de pie a su lado.

—Eres muy especial, lo sabes, ¿verdad? —dijo Toris, sacudiéndose el polvo de los pantalones.

—Qué va. —Gabrielle se encogió de hombros—. Sólo hago lo que hago. —Se sacudió el polvo y echó a andar hacia la posada. En las sombras de la ventana, entrevió apenas un vago movimiento, y sonrió por dentro—. Y me tienes que volver a dar las gracias.

Toris miró hacia la posada y frunció el ceño, pero le sonrió de mala gana.

—Sí, creo que esta vez sí. Le vi la cara antes de que te levantaras. Tú no se la viste. Menudo daño me habría hecho.

Xena asintió levemente para sí misma, se apartó de la ventana y se dejó caer en una silla cercana. Levantó la mirada al oír un roce y vio a Cirene, que se sentó a su lado y le pasó una jarra empujándola por la mesa.

—Toma —dijo Cirene, con tono apagado—. Me parece que te puede venir bien.

La guerrera miró el contenido de la jarra y sonrió.

—Esto siempre me ha gustado —reconoció, y bebió un largo trago.

—Johan me preguntó qué te daba de comer cuando eras pequeña para que ahora seas tan grande y fuerte —comentó Cirene con humor—. Le dije que siempre bebías mucha leche. —Se echó a reír—. Me parece que no me creyó.

La puerta de la posada se abrió y Gabrielle fue hasta su mesa y se sentó.

—Bueno, todo en orden —comentó, y Xena la miró con una ceja enarcada—. En serio. —Una rápida sonrisa—. Sólo tiene un caso grave de celos de la Princesa Guerrera.

Xena se echó a reír.

—Bonita defensa, por cierto. ¿Lo oíste venir? —Bebió otro largo trago de leche, observando el rostro de la bardo.

Gabrielle hizo un gesto negativo con la cabeza.

—No. Vi cómo empezabas a moverte. —Se echó hacia delante, apoyando los codos en las rodillas, y dejó caer la cabeza—. Me voy a cambiar. Esta túnica está llena de barro. —Se levantó y tiró de la manga azul de Xena—. No todas podemos dedicar dos horas a esto sin apenas sudar, como algunas personas que podría señalar, cosa que no haré. —Le guiñó un ojo a Cirene y luego se alejó entre las mesas hasta la puerta y se marchó.

Xena siguió a la bardo con la mirada hasta que desapareció y luego volvió a prestar atención a su jarra y a la mirada ecuánime de su madre. Suspiró por dentro.

—Creo que te debo una disculpa —dijo, con tono apagado.

Cirene se echó hacia delante y la miró atentamente.

—No espero que me mandes informes de situación, Xena. Ahí fuera haces tu vida, y la mayor parte del tiempo estoy segura de que prefiero no saber lo que haces. Me moriría del miedo.

—Pero esto era distinto —reconoció la guerrera, mirándola.

—Esto era distinto —confirmó Cirene—. Creo que tu familia no se merecía enterarse de esto por un juglar errante. —En su voz se notaba un tono de rabia férreamente controlada.

Xena se la quedó mirando largamente.

—Durante mucho tiempo, mi familia habría acogido la noticia con alegría. —Con tono tajante.

Su madre tomó aliento. Y no lo negó.

—Eso era cierto —contestó, observando la punzada de dolor que atravesó los ojos azules que la miraban—. Pero ahora ya no es cierto. Y creo que lo sabes.

—Lo sé —fue la respuesta—. Pero durante mucho tiempo no pensé que tuviera familia. Luego... luego llegó Gabrielle. Ahora... os tengo a vosotros de nuevo. —Juntó las manos encima de la mesa y apoyó los dedos contra sus labios—. Me ha costado adaptarme. —Jugueteó distraída con la jarra y luego levantó la mirada—. Lo siento. Es que ni lo pensé. —No comentaremos que justo después estuve muy atareada enfrentándome a inmortales y diosas furiosas y dementes. No. Creo que eso la mataría del susto—. Tienes razón. No os lo merecíais.

Cirene sonrió.

—Disculpa aceptada. —Le dio unas palmaditas a Xena en la mano—. Espero que no haya una próxima vez, pero si la hay, por favor...

Xena dejó asomar una sonrisa lenta.

—Le prometí a Gabrielle que no habría una próxima vez.

Su madre enarcó las cejas con una expresión conocida.

—Ésa es una promesa difícil de cumplir —dijo, muy seria. ¿Cómo se le puede pedir semejante cosa a una persona que se pasa la vida luchando constantemente? Pero a lo mejor la bardo sabe perfectamente lo que hace...

Xena asintió despacio.

—Más de lo que te imaginas. —Sus labios esbozaron una sonrisa—. Pero ésta tengo toda la intención de cumplirla.

—¿Cumplir el qué? —se oyó la voz curiosa de Gabrielle, que se volvió a sentar en la silla que había dejado poco tiempo antes.

—Le estaba pidiendo disculpas a madre —explicó Xena.

—Ah —replicó la bardo. Cuando estaba a punto de continuar, la puerta de la posada se abrió de golpe y un acalorado aldeano entró tropezando.

—Grupo de ataque, de camino —soltó, mirando a su alrededor, muy aliviado cuando vio a Xena—. A caballo, y parece que van en serio.

Xena se lanzó por la puerta y corrió al establo, entró abriendo la puerta de un empujón y se catapultó por encima del cuerpo sobresaltado de Ares. Ya oía el trueno de los cascos de los caballos que se acercaban y no se detuvo a ponerse la armadura, sino que sacó la espada de la vaina, volvió a la puerta, saltando de nuevo por encima del confuso lobezno, y salió disparada hacia el camino del pueblo.

Había un caos disciplinado delante de la posada, mientras su clase de vara se reunía, nerviosa, pero decidida, ocupando posiciones defensivas al mando de Toris.

Los primeros jinetes entraron en tromba justo cuando Xena acababa de cruzar el espacio abierto que había delante de la posada, y ni siquiera se detuvo, sino que pisó con fuerza y saltó sobre el jinete que iba en cabeza, tirándolo del caballo al suelo, donde le clavó un codo con fuerza en las costillas y notó que el hombre se quedaba inerte debajo de ella.

Se levantó de un salto y, esquivando el ataque de una espada, devolvió la estocada con la suya y vio la sangre que salía despedida cuando hizo contacto. Agarró el brazo de un tercero y, tirando con fuerza, lo derribó de su montura, haciendo que el animal resbalara en la tierra y cayera también.

A su alrededor, vio a los serios aldeanos atacando sin cesar a los asaltantes, apoyándose los unos a los otros y eliminando a bastantes de ellos. Un vistazo instintivo descubrió a Gabrielle, enfrentada a un adversario desmontado, sin grandes problemas. La bardo desarmó al hombre y luego le asestó un golpe con la vara en la cabeza, y se quedó mirando cómo se desplomaba en el suelo con expresión desconcertada.

Xena volvió a prestar atención a la tarea que tenía entre manos, ahora que casi todos los atacantes estaban a pie, y se abrió paso a través de ellos como si fuesen muñecos de paja, alternando estocadas cortas con patadas brutales y algún que otro puñetazo. Y siempre, siempre mantenía a la bardo en su visión periférica, dividiendo su atención con la facilidad nacida de la larga práctica.

Al poco tiempo, los atacantes se batieron en retirada, arrastrando consigo a algunos de sus heridos, pero se dejaron atrás a una veintena de camaradas muertos y varios caballos capturados.

En el silencio que los siguió, todos se miraron entre sí. Y a Xena, que estaba plantada con las piernas separadas al lado de tres atacantes muertos, con la espada en ristre y roja de sangre. Y a los cuerpos inmóviles que yacían esparcidos.

Gabrielle rompió la quietud, al sacudirse el polvo de las manos y trotar hasta Xena, que ahora estaba agachada, examinando a los que habían sido sus adversarios. Vio que la guerrera tocaba una insignia cosida a la ropa de cuero de uno de ellos. Estaba tan cerca que vio la máscara oscura que caía sobre los conocidos rasgos y que indicaba que había gravísimos problemas.

—¿Qué ocurre? —preguntó la bardo, arrodillándose al lado de Xena y agarrándole el brazo.

—Malas noticias —gruñó Xena, echándole una rápida mirada—. Esta insignia pertenece a un auténtico cabronazo.

Gabrielle respiró hondo.

—Ah —comentó, y luego miró a Xena de arriba abajo—. ¿Parte de esa sangre es tuya? —Lo primero es lo primero, dijo su mente poniendo orden en el pánico. Asegúrate de que está bien y luego ella se ocupará del resto.

—No me han tocado —la tranquilizó la guerrera—. Ni un roce. —Miró a la bardo ladeando la cabeza—. ¿Y tú?

—Nada —dijo la bardo con desdén—. Ni se han acercado. —Se echó hacia delante—. Pero los hemos ahuyentado, ¿no? ¿Eso no está bien?

Los ojos de Xena se encontraron con los suyos. Y la bardo sintió un profundo escalofrío por la espalda.

—No está bien —fue la respuesta—. Yo conozco a éste. Se lo tomará como un insulto. Volverá, con fuerzas suficientes para apoderarse del pueblo.

Despacio, se levantó y se quedó contemplando la oscuridad, moviendo únicamente la mano al apretar la empuñadura de su arma manchada de sangre.

—A lo mejor podemos razonar con él —sugirió Gabrielle con tono apagado—. Podemos parlamentar.

—No —fue la tajante respuesta—. Esta vez no, Gabrielle. —Y Xena volvió la mirada para capturar la de la bardo—. Ni lo pienses.

Gabrielle arrugó el entrecejo.

—Tienes que decirme por qué no —contestó con firmeza, cogiendo a Xena del brazo y tirando de ella para llevarla al camino ahora vacío, lejos de los aldeanos que retiraban los cuerpos a su alrededor—. ¿Qué clase de persona es ésta que ni siquiera se le puede hablar? No me lo trago, Xena.

Xena se volvió para mirarla, con cara inexpresiva.

—Tú me has visto en mis peores momentos —contestó—. Me has visto matar gente por rabia, Gabrielle. Por rabia, por venganza, presa de la locura del combate. Me has visto, ¿no?

—Sí —contestó la bardo con tono apagado. Mirándola a los ojos sin temor—. Te he visto.

La guerrera asintió.

—¿Alguna vez me has visto hacer daño porque me parecía divertido?

Gabrielle pegó un respingo que le sacudió el cuerpo entero.

—Jamás —dijo, con la voz ronca por la intensidad—. Nunca jamás, y no digas que lo has hecho. Sé que no es cierto.

—¿Lo sabes? ¿Tan segura estás? —preguntó Xena, mirándola fijamente.

La bardo la agarró por la pechera de la túnica y la acercó.

—Sí. Tan segura estoy. —Una pausa—. Me apostaría la vida por ello.

Xena esbozó una sonrisa tierna.

—Y acertarías. —Volvió a ponerse seria—. Pero este señor de la guerra, Benelen, éste hace daño por diversión, Gabrielle. Una vez vi cómo le cortaba las patas a un perro, una a una, porque le hacía gracia ver cómo intentaba arreglárselas el animal.

—Oh, dioses. —Gabrielle se puso pálida.

—Sí. Así que me parece que no vamos a parlamentar con él. Si te crees que voy a dejar se te acerque a media legua, olvídalo. —La guerrera suspiró—. La pregunta es, ¿qué vamos a hacer?

Gabrielle se estremeció, pensando aún en el pobre perro.

—Ya se te ocurrirá algo —contestó distraída, y entonces se dio cuenta de lo que había dicho y levantó la mirada, viendo la expresión conocida que indicaba que Xena estaba intentando, una vez más, ponerse a la altura de las circunstancias a pesar del pésimo panorama, porque era lo que ella esperaba—. Ya se nos ocurrirá algo —se corrigió, y obtuvo un breve destello de agradecimiento por parte de esos ojos preocupados—. Vamos —dijo, tirando un poco del brazo de Xena—. Será mejor que les digamos lo que ocurre.

Hubo una tranquila reunión con los dirigentes del pueblo, que escucharon tensamente la concisa descripción que hizo Xena de Benelen e intercambiaron gestos de asentimiento. Habían oído hablar de él. Apostó más vigías alrededor del pueblo y les dijo a todos que descansaran bien esa noche.

—Veremos qué pasa por la mañana —fue su último comentario, al despedirlos—. Voy a cambiarme y lavarme —comentó Xena, al pasar junto a Gabrielle de camino a la puerta—. Pilla algo de comer mientras puedas.

La bardo asintió.

—¿Vas a volver? —preguntó, enarcando una ceja—. Tú también tienes que comer. —No obtuvo respuesta—. Bueno, pues cojo algo y te lo llevo. —Con una sonrisa de complicidad. Y vio el brillo involuntario de agradecimiento en sus ojos—. Hasta ahora. —La empujó hacia la puerta.

Cirene levantó los ojos cuando se acercó Gabrielle, y miró a la bardo con aire tenso.

—La cosa tiene mala pinta.

—Muy mala —respondió Gabrielle, colocando una selección de carne y pan en una fuente.

—¿Y cuál es el plan? —preguntó la mujer mayor, cogiendo varias empanadillas y dejándolas en la fuente—. ¿Qué va a hacer?

Gabrielle se quedó quieta y se miró las manos. Le temblaban. Su cuerpo sabía lo que su mente no le permitía pensar conscientemente. Miró a Cirene.

—Todavía no lo sé —confesó—. Pero lo voy a descubrir. —Pero sí que lo sé... ¿no? No va a dejar que vaya yo, pero irá ella misma, ¿verdad? ¿Sola?

El establo estaba muy silencioso cuando llegó, y un vistazo al interior le dijo que sus temores probablemente estaban bien fundados. Una perfecta bala de heno, cubierta de piezas de armadura colocadas con precisión. Limpias. Preparadas. Las armas al lado.

Un crujido de paja le llamó la atención, y miró por la estancia oscura e iluminada con luz de farol hasta donde se veía apenas la figura de Xena, acurrucada en la paja con el lobezno Ares.

—Hola —se obligó a decir con calma, y fue hasta allí y se dejó caer al lado de la guerrera, que se había cambiado la túnica de lino por la de cuero. Y cuyos claros ojos azules resultaban muy llamativos, al reflejar los brillos del farol.

—Hola —respondió Xena, captando la tensión del cuerpo de la bardo—. Gracias. —Dejó de frotarle la tripa al lobezno y cogió un poco de pan y carne de la fuente, dio un bocado y se puso a masticar despacio. Le hizo un gesto—. Tú también.

Gabrielle cogió un trozo de pan y se puso a jugar con él, rompió un pedacito y se lo metió en la boca sin ganas. Luego alzó los ojos para encontrarse con los de Xena.

—No lo hagas —fue lo único que dijo.

Los ojos de Xena parpadearon.

—Me conoces bien, ¿verdad? —Medio lamentándose, medio admirada.

—No tienes ni idea de cuántos son. No tienes ni idea de qué clase de guardias hay, o trampas, o... Xena, por favor. —Su voz sonaba tensa—. No.

—Podría averiguar todas esas cosas —contestó la guerrera suavemente—. ¿Estás perdiendo confianza en mí, bardo mía?

—Jamás —fue la respuesta instantánea. Gabrielle apartó la fuente y se acercó más, para sentir su conexión. Sabía que Xena también la sentía—. ¿Sientes eso? —susurró—. Somos nosotras. —Tomó aliento—. Voy a tener que pasar el resto de mi vida sabiendo que eso podría desaparecer en cualquier momento. Que tú podrías desaparecer. —Alzó la mano y tocó la mandíbula de Xena. Notó los músculos apretados—. Intenta que las probabilidades me sean favorables. ¿Por favor?

Xena observó su cara, memorizando su forma. El color exacto de sus ojos. El brillo acuoso de las lágrimas acumuladas que se negaba a dejar escapar. Y una vez más descubrió que el viejo lobo que llevaba dentro se hacía dócil como un cachorrillo bajo las manos sinceras de Gabrielle.

—Veamos qué ocurre mañana —contestó por fin, pero sabía que era una promesa.

Lo mismo que Gabrielle, que se acomodó en la paja a su lado, y se quedaron sentadas hombro con hombro, compartiendo el contenido de la fuente y la compañía mutua y haciendo feliz a Ares con cosquillas y sobras.


La mañana trajo a un mensajero de Benelen que entregó un trozo de pergamino a un anciano y se alejó deprisa del pueblo sin decir palabra. El anciano lo leyó, luego entró en la posada y se lo dio a Xena en silencio. Observó mientras ella lo leía varias veces y luego lo dejaba caer en la mesa donde estaba sentada.

—En fin —suspiró—. No hay nada como ser directo.

Gabrielle cogió el pergamino y lo leyó.

—Hace faltas de ortografía —comentó—. Es inculto.

Xena la miró con una ceja enarcada.

—Como casi todos nosotros, Gabrielle. No todos podemos ser bardos.

La bardo la miró.

—Tú nunca haces faltas de ortografía. —Un levísimo amago de sonrisa.

—¿Y cuántos escritos míos has visto para poder determinar eso? —replicó Xena, con una sonrisa irónica.

Gabrielle miró el pergamino y luego a ella.

—Los suficientes para saber que tú nunca haces esa clase de falta. Incuso en distintos dialectos. —Estudió el escrito—. Aquí dice que quiere el cincuenta por ciento de todo lo que hay en el pueblo o volverá a atacar. —Ladeó la cabeza pensativa—. ¿Por qué no ataca sin más?

Xena apoyó una bota en un banco cercano y se puso el brazo sobre la pierna.

—Primero lo intenta por la vía fácil. Anoche perdió a una veintena de hombres. —Se encogió de hombros—. Yo habría hecho lo mismo.

La bardo dio unos golpecitos con el borde del pergamino en la mesa y levantó la mirada.

—Pues entonces, a lo mejor podemos convencerlo de que no lo haga. —Y vio la expresión peligrosa que se apoderó de esos ojos azules. Se preparó para la batalla que sabía que tenía escasísimas probabilidades de ganar—. Escucha, ya sé lo que dijiste, ¿pero hay una forma mejor? Dijiste que no podemos hacerles frente.

—No —replicó Xena, con tono grave y airado.

—Sí —contestó Gabrielle, inclinándose sobre la mesa y mirando a su alrededor a los demás ocupantes de la posada, que se habían apartado prudentemente de ellas, al notar la tensión—. ¿Qué otra posibilidad hay, Xena? No podemos hacerles frente, ¿les vas a dar la mitad del pueblo?

—No —respondió la guerrera—. Pero iré a hacer un trato con él. No voy a ponerte a ti en peligro.

La bardo notó que el corazón le palpitaba con fuerza, haciendo que le palpitaran las sienes a su vez.

—Ni hablar, Xena. Eso no va a funcionar. Te conoce. No va a negociar contigo, porque sabe que lo único que tiene que hacer es esperar a que te marches y luego apoderarse de lo que se le antoje. —Sus ojos soltaron un destello—. A mí no me conoce. No sabrá que no soy de aquí.

—¿Por qué piensas eso? —respondió Xena, echándose también hacia delante—. ¿Cómo sabe la gente quién soy cuando yo no se lo digo, Gabrielle? —Con tono áspero y mordaz.

Gabrielle resopló.

—¿Cuántas mujeres guerreras de tu calibre que miden más de un metro ochenta y tienen el pelo negro y los ojos azules te crees que recorren Grecia?

—Ya —gruñó Xena—. ¿Y cuántas bardos de un metro sesenta y cinco, pelo rubio, ojos verdes y que se sabe que suelen rondar cerca de mí te crees que existen? —Pegó una palmada en la mesa con sonoro golpe—. ¿Te crees que eres invisible después de dos años?

Gabrielle respiró hondo y se quedó callada un momento. Luego:

—Es posible que él no lo sepa. Y yo soy la persona más adecuada que tienes para negociar —replicó con tono apagado. Y sabía que era la verdad. Vio ese mismo conocimiento reflejado en la larga mirada de Xena.

Maldición, bufó la guerrera por dentro. Tiene razón.

—Escucha. —Un último intento—. Quiero que me escuches con mucha atención, Gabrielle.

La bardo guardó silencio, observando su cara, escuchando.

—Una de las opciones factibles que tiene, si te reconoce, es cogerte presa. —El tono de Xena era tranquilo—. O incluso si no te reconoce. Es ese tipo de hombre —añadió.

—Lo entiendo —replicó Gabrielle—. Tendré que convencerlo de que no lo haga.

Xena negó con la cabeza.

—Eso no es lo que quería que escucharas. —Se echó hacia delante, apoyando los antebrazos protegidos con brazales en las rodillas—. Si hace eso, Gabrielle, hablar no va a servir de nada. —Alzó los ojos y se encontró con los de la bardo—. Si haces esto, y creo que así va a ser, no le voy a dar la oportunidad de hacerte nada. Voy a desenvainar la espada, a poner a Argo al galope y a entrar ahí a buscarte.

—A través de su ejército —dijo Gabrielle, casi sin aliento.

Xena asintió.

—Piensa en eso antes de plantearte poner en peligro tu vida. Y la de él y la de esos soldados. —Hizo una pausa—. Y la mía. Porque van a tener que matarme para detenerme.

Gabrielle bajó la mirada y copió la postura de Xena, echándose hacia delante y apoyando los codos en las rodillas. Se sujetó la cabeza con las manos y se quedó contemplando el suelo durante lo que pareció un largo rato. Luego levantó la cabeza y tomó aliento para hablar.

Se detuvo al ver el minúsculo gesto negativo de la guerrera.

—No vas a conseguir que te prometa eso —dijo Xena, con tranquila seguridad—. Tú nunca vacilas cuando se trata de ofrecer tu vida, Gabrielle, y te admiro por eso, pero anoche me pediste que pensara dos veces antes de hacer esa clase de sacrificio. Ahora te lo pido yo. —Ya sabía cuál iba a ser la respuesta. Y cuál sería la suya si la situación fuese la opuesta. Notó la tensión nerviosa que empezaba a acumularse en su interior.

La bardo observó su cara atentamente. Lo captó... todo.

—Tengo que intentarlo —susurró por fin, advirtiendo la falta de sorpresa en frente de ella—. Pero iré a caballo, y si hace el menor gesto que no me guste, saldré de ahí, confiando en que tú me cubras.

Y muy despacio, Xena asintió, aceptándolo.

—Está bien —replicó—. Podemos intentarlo. —Aun cuando todos sus instintos protectores le gritaban lo contrario—. Pero como se le ocurra siquiera moverse...

—Lo sé. Me iré —confirmó Gabrielle.

—Y llevarás escolta —añadió la guerrera, con un tono que indicaba que ésta era una condición no negociable.

La escolta estuvo lista poco después. Xena los observó, con una leve sonrisa en los labios. Uno era Eldaran, el mejor de sus alumnos de vara. El otro... era Toris. No era su primera elección, pero la había arrinconado en la cocina para darle sus razones. Que le debía un favor a Gabrielle. Que sabía montar a caballo sin caerse. Que sabía usar una espada, lo cual ya era más de lo que sabía hacer cualquiera de los demás alumnos. Xena valoró su sincero deseo frente a sus debilidades y decidió que serviría. Y, contra toda lógica, se sentía mejor al saber que iría él, puesto que ella no podía.

Xena los dejó ajustando las sillas de montar en el patio y abrió la puerta del establo, cruzó el umbral y miró dentro. Vio a Gabrielle sentada en una bala de heno, acariciando distraída a Ares, que estaba medio dormido en su regazo. Levantó la mirada al acercarse Xena y respiró hondo.

—Estoy lista —dijo la bardo—. Sólo estaba diciéndole... mm... jugando con Ares un ratito. —Posó la mirada en el lobezno, que se dio la vuelta y se acercó a trompicones hasta el borde de la bala cuando Xena estuvo más cerca—. Parece que sabe quién es su mamá. —Sonrió a Xena.

—Mmm —asintió la guerrera, permitiéndole que le mordisqueara los dedos. Subió la mirada y la paseó por la bardo de la cabeza a los pies—. Tu escolta está esperando —comentó, alargando la mano y colocando bien la túnica verde oscura que llevaba Gabrielle, donación de Cirene, que dijo que al menos así pegaría con la ropa que llevaba la escolta. Xena advirtió que llevaba la camisa, algo grande, ceñida a la esbelta cintura con un cinturón, y que colgada del cinturón había una vaina que le resultaba muy conocida. Alargó la mano y tocó la empuñadura, y luego alzó los ojos hacia los de Gabrielle con mirada interrogante.

—Sí... mm... —La bardo se encogió ligeramente de hombros—. Me siento mejor si llevo eso... como si llevara una parte de ti conmigo. —Sonrió tristemente—. No creo que pudiera usarlo, pero...

—Yo tampoco creo que pudieras —replicó Xena suavemente—. Pero si se lo enseñas, podría detenerlo el tiempo suficiente para que escapes de allí. —En sus ojos apareció un brillo frío—. Recordará el sello.

—¿Sí? —preguntó Gabrielle, curiosa—. ¿Por qué?

Xena cogió a Ares y lo abrazó, para deleite del lobezno.

—Si se baja del caballo, verás que cojea —dijo despacio, haciéndole cosquillas al animal debajo de la barbilla—. Le rompí las piernas por tres sitios por lo que le hizo a aquel perro.

—No me digas —replicó la bardo, sonriendo despacio—. Me alegro de saberlo. —Hizo una pausa—. ¿Qué fue del perro después de aquello?

La guerrera bajó a Ares y suspiró.

—Le ahorré el tormento. —Frunció los labios—. Vivir era una agonía para él, no era vida, en realidad, sólo una tortura. —Se encontró con la mirada desazonada de Gabrielle—. Es lo que habría querido yo, en su lugar.

Gabrielle asintió en silencio. Luego se levantó de la bala de heno, abrazó a Xena, con armadura y todo, y la estrechó con fuerza. Y se sintió estrujada a su vez, hasta que aflojó los brazos y notó que Xena hacía lo mismo, lo suficiente para que la guerrera bajara la cabeza y la besara largo rato. Hasta que por fin se separaron, y hundió la cara en el cuero de Xena, dedicando un momento a absorberlo todo.

—Si con eso pretendías reforzar tus instrucciones para que tenga cuidado y vuelva, ha funcionado —murmuró, y notó y oyó a la vez la risa sorprendida que le respondió—. Creo que nos tenemos que ir ya, ¿eh?

—Sí —replicó Xena, que le pasó un brazo por los hombros, la llevó hacia la puerta y no la soltó ni siquiera cuando la cruzaron y salieron al patio. Cruzaron el espacio abierto, donde casi todo el pueblo estaba reunido, y por fin se detuvieron ante la vigorosa yegua castaña que iba a montar Gabrielle.


PARTE 6


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