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Sendero de la aldea amazona

Ahora la sensación era mucho más fuerte, se dio cuenta Xena, pues estaba más cerca y el peligro era mayor... pero el hecho de que todavía sintiera algo la animaba, y siguió corriendo, a largas y potentes zancadas, por el largo sendero y subiendo por la loma hasta el punto donde los dos territorios compartían la misma frontera. Pasó ante cuerpos caídos, de centauros y amazonas, y no se detuvo.

Una vez al otro lado de la loma, vio la aldea, y lo que vio estuvo a punto de pararle el corazón. Un árbol. Niños centauros y dos mujeres enfrentadas con varas. A una, la conocía. Y ese conocimiento le apretó el pecho como una tenaza. La otra se dio cuenta de que tenía que ser Arella.

Dos días de viaje, montañas, heridas de cuchillo... todo eso se hizo irrelevante. Lo que importaba ahora era la velocidad. Y echó a correr. Loma abajo y a través de las praderas abiertas que separaban las dos aldeas. Sintió que se le cortaba la respiración en el pecho y no hizo ni caso. Mantuvo las zancadas largas y sueltas, absorbiendo las irregularidas del terreno como una pelota al botar.

Subió por la siguiente loma y entonces volvió a ver la aldea, y una descarga de miedo que ahora era el suyo explotó en su mente al ver a la mujer. Y la ballesta. Y el blanco.

Y entonces coronó la loma y bajó por el terraplén y se acercó lo más rápido que pudo por el pequeño altozano que les impedía verla llegar.

Arella apretó el gatillo y sintió el disparo del arma. Adiós, ojos verdes, saludó a la mujer que, después de todo, había decidido morir con valor.

Xena vio que el dedo se ponía blanco sobre el gatillo y perdió toda la objetividad que pudiera haber tenido. Tres largas zancadas más hasta la cima del altozano y luego se lanzó por el aire. Golpeó el suelo con una fuerza demoledora y aprovechó el impulso para lanzarse de lado, para aprovechar toda la longitud posible de su largo cuerpo. Para estirarse y obligar a su mano a cerrarse alrededor de una flecha de ballesta que se movía a demasiada velocidad para que un ser humano pudiera atraparla.

Y notó que sus dedos se cerraban alrededor de la madera y las plumas. A escasos centímetros de la garganta de la reina de las amazonas, que estaba de rodillas. Que exclamó al reconocerla incluso a través de la lluvia torrencial y la velocidad a la que se movía.

Rodó hasta detenerse, tratando de frenar un poco el impulso, y rebotó hacia atrás para atrapar la segunda flecha y partirla con una mano. Un salto sobre la punta de los pies y entonces se lanzó hacia delante, hacia Arella, que se esforzaba por cargar de nuevo la ballesta.

Tres pasos y salió despedida por el aire, y una poderosa patada eliminó la ballesta y la segunda eliminó a Arella, estrellándose contra su esternón y tirándola de espaldas.

Arella se levantó y buscó en su interior la fiebre del combate. La encontró y, con esa energía, se lanzó contra la guerrera morena y cubierta de sangre que tenía delante. Sacó el cuchillo y atacó a Xena, pero su brazo fue atrapado, sujeto y luego retorcido hacia atrás con un crujido que la hizo caer de rodillas por el dolor. Entonces la sujetaron por el cuello y un puño se estrelló contra su mandíbula, con una explosión de dolor abrasador.

Luego la levantaron en volandas y la estamparon contra un árbol. Abrió los ojos y miró a los bloques de hielo que tenía delante.

Xena la dejó así un minuto, para que sintiera el dolor. Para que percibiera el poder que hacía falta para sujetarla en el sitio de esta forma. Para que pensara en ello. Luego acercó la cabeza y bajó la voz hasta su registro más grave.

—Tienes mucha suerte —dijo, mirando fijamente a los ojos de Arella—. Tienes suerte de que tu pequeña emboscada no me retuviera. Tienes suerte de que haya detenido esa flecha. —La empujó con más fuerza contra el árbol—. Porque si no, habría trozos tuyos esparcidos por todo este patio. —Sonrió—. ¿Me crees?

Arella asintió.

—Bien —asintió Xena a su vez—. Porque si alguna vez se te pasa siquiera por la imaginación volver a hacerle daño, tendrán que recoger lo que quede de ti con una esponja. —Una pausa—. ¿Entendido?

Esperó a que en sus ojos apareciera el terror. Y apareció. Arella asintió de nuevo. Xena la levantó con las dos manos y luego miró a su alrededor. Vio un gran charco de barro allí cerca y con descuido, tiró a la mujer dentro. Luego se quedó ahí parada largos segundos, dejando que la lluvia se llevara la sangre, la suciedad y el agotamiento total.

Gabrielle había visto cómo la flecha salía disparada de la ballesta, mientras decía unas últimas palabras mentalmente. A sí misma. A Xena. Cuando la flecha fue atrapada en medio del aire, ni se planteó otra posibilidad sobre quién lo había hecho. Y fue como estar bajo una cálida cascada, de lo grande que fue su alivio. Entonces Cait gimió y ella se dejó caer a su lado, sujetándole la cabeza y encogiéndose al ver la raja ensangrentada que tenía en un lado de la rubia cabeza. Oyó unos pasos que se acercaban a la carrera y Solari cayó de rodillas en el barro, para examinar a la niña.

—Se pondrá bien —dijo la amazona, sacando un paño de sus cosas y apretándolo sobre la herida. Levantó la mirada—. ¿Tú estás bien?

La cara de Gabrielle se iluminó con una apacible sonrisa.

—Ahora sí.

Las dos oyeron unos pasos que se acercaban y mirando rápidamente de reojo, Solari le cogió las manos a Gabrielle.

—Yo me ocupo de esto —dijo, sonriéndole ampliamente y señalando a un lado con la cabeza. La bardo le estrechó las manos a su vez.

—Gracias —susurró, y entonces se levantó y se volvió hacia Xena. Y supo que tenía una sonrisa muy boba en la cara, pero le dio igual, y echó a correr hacia sus brazos abiertos y simplemente...—. Arrrg.

Xena oyó la exclamación que se le escapó a la bardo al rodearla con los brazos y estrecharla con fuerza. Y la dulzura de ese momento fue tan profunda, que le dolió.

Gabrielle hundió la cara en el pecho de la guerrera, sin hacer caso del barro ni de todo lo demás por su necesidad desesperada de sentir el contacto, y notó que los brazos de Xena la estrechaban aún más fuerte, si eso era posible, y ella la estrujó y estrujó como si le fuera la vida en ello.

—Eh —dijo Xena por fin, rozando con los labios la cabeza de Gabrielle—. ¿Ni siquiera me dices hola? —Un ligero matiz de guasa en el tono.

Notó que la bardo tomaba aliento varias veces para hablar, pero no le salía nada. Y por fin...

—Sí... —Con la voz embargada por una docena de emociones—. Te digo "hola". Te digo "gracias a los dioses que estás aquí". Te digo "nunca en toda mi vida me he alegrado más de ver a alguien". —Una pausa—. Te digo "te quiero". —Otra pausa—. ¿Me he dejado algo?

Un momento de silencio por parte de Xena. Entonces...

—Bueno, eso cubre más o menos todo lo que yo misma tenía que decir. —En voz baja. Ahí mismo, bajo la lluvia. Con el estallido de los truenos a su alrededor.

Notó que Gabrielle por fin aflojaba los brazos, que la bardo le soltaba la cintura y subía hasta su cuello, estrechándola de nuevo, levantando los ojos y mirando a los de Xena. Se quedaron mirándose largo rato. Xena notó lo que estaba pasando y sólo tuvo tiempo de pensar: Truenos y rayos, una lluvia del Hades, hundidas hasta las rodillas en el barro, en una aldea centaura en medio de un combate. Bueno, va a ser memorable. Y entonces correspondió a ese abrazo y agachó la cabeza para atrapar los labios de la bardo en un largo y sincero beso.

Por fin tuvieron que separarse para respirar, y Gabrielle dejó caer la cabeza sobre el pecho de Xena, riendo suavemente.

—Dioses, qué bien —suspiró, cerrando los ojos.

—Será mejor que salgamos de la lluvia —contestó Xena, respirando hondo.

—¿Qué lluvia? —respondió Gabrielle.

Xena se echó a reír.

—O al menos que nos libremos del público. —Sus ojos chispearon risueños.

—¿Qué público? —murmuró la bardo, y entonces abrió los ojos parpadeando.

Xena señaló con la cabeza hacia el centro de la aldea y la bardo miró hacia allá y se puso como un tomate, al ver todos los rostros sonrientes.

—Dioses —dijo, ocultando la cara en el pecho de Xena. Notó que la guerrera se reía. Entonces ella misma decidió que hasta tenía su gracia y volvió la cabeza para mirar. Vio que Ephiny se acercaba a una ceñuda Eponin y alargaba la mano con gesto exigente. Vio que Eponin la miraba indignada y que luego se achantaba y, tras hurgar dentro de su corpiño, sacaba una moneda y se la ponía a Ephiny en la mano. Notó que Xena se reía con más fuerza. De modo que ella también se echó a reír y ya no pudo parar. Durante mucho tiempo.

Regresaron a la aldea amazona caminando despacio, por deferencia a la herida de cuchillo de Xena, que la bardo descubrió por la sangre cálida que le caía por la espalda.

—Ay —dijo, mirando a la guerrera con severidad—. Tenemos que ocuparnos de eso.

Xena se encogió de hombros, echándole un brazo a Gabrielle por los hombros.

—Casi ni lo noto —confesó—. Me duele todo, así que eso no es más que una pequeña molestia.

—Una pequeña molestia —fue la respuesta—. Ya... justo. —Y rodeó a Xena con el brazo, llevándola hacia el camino—. Vamos. —Y estuvieron caminando un ratito en silencio.

—Bueno, ¿esto va a ponerte las cosas difíciles con el tratado? —preguntó Xena, echando un vistazo a las amazonas que caminaban con ellas, algunas de las cuales transportaban a compañeras caídas.

—Pues no, la verdad es que no —contestó Gabrielle despacio—. Esta gente lleva luchando entre sí tanto tiempo, que ya casi lo hacen como amigos.

Xena la miró.

—¿Esta gente? —Sus labios esbozaron una ligera sonrisa.

—Esta gente —replicó la bardo, pegándose más a ella—. Y por cierto...

—¿Sí?

—Entiéndeme, no podría estar más contenta. Pero... ¿qué haces aquí? —El tono de la bardo era curioso—. ¿Ha sido una de esas cosas misteriosas de Princesa Guerrera o algo así?

Xena guardó silencio, pensándose la respuesta.

—Es que me entró la sensación de que tenía que estar aquí —dijo por fin despacio—. Cosas que pasan, supongo.

Gabrielle arrugó el entrecejo.

—La cosa no iba tan mal hace tres días... no sé...

—No —interrumpió Xena—. Anteanoche. —Se quedó mirando al suelo que tenía delante, evitando la mirada curiosa de la bardo.

—Espera. —Gabrielle dejó de caminar y se volvió hacia Xena, posando las manos sobre la parte superior del pecho de la guerrera—. ¿Anteanoche? Dioses... me oíste. —Sonrió muy contenta—. Caray.

—Gabrielle, ¿de qué estás hablando? —preguntó Xena, poniendo las manos en los hombros de la bardo.

—Ésa fue la noche en que Ephiny volvió. —La bardo sonrió—. Y... —Se calló y sacudió un poco la cabeza, bajando la mirada—. La verdad es que yo... —Se calló de nuevo. Las manos que tenía sobre los hombros se doblaron y apretaron, tirando de ella para abrazarla. Se quedó callada un momento, regodeándose en la sensación—. Necesitaba esto —dijo suavemente—. Te necesitaba muchísimo. Así que... me puse... a hablar contigo... aunque pensaba que no podías oírme. —Volvió a levantar la mirada—. Pero me oíste, ¿verdad?

—Mmmm... no tanto con palabras, no —contestó Xena, echando a andar de nuevo—. Más bien aquí. —Alargó la mano y le dio una palmadita a la bardo en el estómago—. Sólo una sensación de que algo iba mal.

Gabrielle reflexionó sobre ello.

—Eso hace que me sienta muy bien —dijo, con una sonrisa pícara—. Porque me meto en muchos líos.

Xena se echó a reír.

—Bueno, eso es cierto. —Se relajó. A lo mejor esto no es tan malo, después de todo, pensó, posando la mirada en la cabeza rubia pegada a su hombro. Sintió un cálido bienestar que le alivió el agotamiento e hizo desaparecer el viento y el mal tiempo.

—Esperaunmomento. —Gabrielle levantó la cabeza y se quedó mirándola—. ¿Anteanoche? ¿Cómo has llegado...?

—Encontré un atajo —la interrumpió Xena.

La bardo enarcó las cejas.

—¿Un atajo? Xena, conozco la zona. No hay ningún atajo entre Anfípolis y esto. Se sube por el camino y luego hay que rodear toda la montaña por culpa de ese acantilado cortado a pico que corta la montaña hasta abajo. —Se calló, pensando—. No se te ocurriría...

—Sí, se me ocurrió —confesó la guerrera, doblando el brazo libre—. Y ni te digo cómo lo voy a sentir.

—Oh —murmuró Gabrielle suavemente—. Eso es... peligroso. —Levantó la mirada y observó el rostro de Xena.

—Qué va. —La mujer más alta se encogió de hombros—. Pan comido. Hablando de lo cual, ¿te gustaron las empanadillas que te envió madre?

—Estás cambiando de tema —la acusó la bardo, pero sonrió—. Pero sí... me gustaron mucho. ¿Podemos ir a verla? —Dejó asomar una sonrisa picaruela—. Quiero ver ese cachorrito del que he oído hablar.

—Eso quieres, ¿eh? —preguntó Xena, risueña—. Bueno, pues resulta que le prometí a madre que te llevaría de vuelta, así que supongo que podemos.

Gabrielle se lo pensó.

—¿En serio? —Sonrió—. Genial. Si esas empanadillas son un indicio, creo que me va a gustar mucho.

Xena se echó a reír y luego hizo una mueca.

—Ay. No me hagas reír tanto, que me duele. —Uy... pero no digas eso, Xena...

La bardo la miró preocupada.

—Si lo reconoces, tenemos que llevarte dentro. —Señaló su cabaña y llevó a la guerrera hacia allí. Entraron por la puerta, contentas de salir de la lluvia constante, y Gabrielle cogió dos grandes trozos de tela y le tiró uno a Xena—. Toma... sécate —dijo, dirigiéndose a un pequeño botiquín, pero Xena la detuvo con un gesto, al tiempo que sacaba el suyo de la mochila que todavía llevaba—. Oh, bien... siempre tienes cosas mejores en el tuyo —comentó la bardo, acercándose y cogiéndolo.

—De verdad que no es para tanto —dijo Xena, soltándose la armadura de ese lado y quitándosela—. Pero escuece un montón.

Gabrielle la rodeó para ver mejor y tomó aliento silbando.

—Caray. Va a haber que darte puntos. —Dispuso lo que necesitaba en la mesa y le hizo un gesto a Xena para que se sentara en la silla, cosa que hizo, soltándose la correa de cuero de ese lado.

—Bueno, ya lo has hecho otras veces —comentó la guerrera, echándose hacia delante cuando Gabriele se acercó más y se puso a limpiar el largo y desagradable corte. Xena cerró los ojos y esperó pacientemente mientras la mujer más menuda daba unos puntos pequeños y precisos para cerrar la herida, tras lo cual le aplicó una buena cantidad de ungüento de hierbas y la tapó con una tela de lino limpia. Por fin, notó que Gabrielle había terminado y se echó hacia atrás, advirtiendo la seriedad de su rostro.

—Oye... —dijo, pasándole un brazo por la cintura—. Las he tenido peores.

—Lo sé —replicó Gabrielle, suavemente, alzando una mano y acariciando la mejilla de Xena—. Pero esto ha sido por mí. —Sus ojos parecían atormentados—. Arella preparó esa emboscada porque tenía miedo de desafiarme. Por tu causa.

Xena sonrió cansada y alzó la mano para cubrir la de la bardo.

—A veces la reputación es un arma de doble filo, Gabrielle.

La bardo sonrió y cerró los ojos.

—Eso me encanta.

—¿El qué? —preguntó Xena, desconcertada.

—Cuando dices mi nombre —fue la inesperada respuesta—. Venga. Creo que tengo una camisa que seguramente te estará bien. —Una sonrisa guasona—. Teniendo en cuenta que es tuya. —Cruzó la habitación, sacó la camisa y se la lanzó—. Es que...

Xena atrapó la prenda con una mano y la miró risueña.

—Lo sé. No pasa nada. Me di cuenta de que me faltaba y pensé... —Se encogió de hombros—. Bueno, da igual. Gracias. —Se quitó la túnica de cuero empapada y se puso la camisa con una sensación de alivio—. Mucho mejor. —Le sonrió y luego se metió en la estancia de al lado para poner a secar su ropa mojada, a la que al cabo de un momento se unió la de la bardo.

—¿Has comido siquiera? —preguntó Gabrielle, tirando de ella y sentándola en el borde de la cama—. Dioses, Xena... todavía no me puedo creer que treparas por ese acantilado. —Se echó a reír ligeramente—. Ni siquiera me creo que estés aquí.

—Créetelo —suspiró la guerrera, apoyándose en el cabecero y rodeándose la rodilla doblada con los brazos—. Y sí, madre me preparó un almuerzo. —Sonrió a la bardo con guasa—. Estoy bien, Gabrielle. Deja de preocuparte.

La bardo fue a decir algo, pero Xena la interrumpió.

—Hay una cosa que sí me gustaría.

—¿Mmm? —contestó Gabrielle, apoyada en el borde de la cama, enarcando una ceja interrogante.

Xena levantó una mano, le cogió la barbilla con delicadeza y le volvió la cara hacia la luz escasa que entraba por la ventana. Se fijó en las sombras oscuras que tenía bajo los brumosos ojos verdes y en la tensión de su cara.

—Quiero que te eches aquí antes de que te desplomes. —Lanzó una mirada a la bardo—. ¿Tan duro ha sido? Gabrielle, deberías...

La bardo alzó una mano, tocando suavemente los labios de Xena, y luego hizo lo que se le había pedido y se acomodó en los brazos acogedores de la guerrera.

—Lo sé —suspiró—. Quería hacerlo yo sola. —Levantó la mirada—. Qué tontería, ¿eh? —Se acurrucó en el calor que amenazaba con absorberla por completo.

—No —contestó Xena, apartándole el pelo húmedo de la frente—. Has hecho un gran trabajo.

—Oh, sí. —La bardo resopló—. Salvo la última parte, con eso de que Arella atacó a los centauros y te tendió una emboscada.

—No es culpa tuya —dijo la voz tranquilizadora de Xena—. Has hecho todo lo posible por conseguirles la paz. El tratado sobrevivirá a esto... sobre todo porque la reina amazona acudió en persona y defendió a unos niños centauros. —Sonrió a Gabrielle, que la miró y reprimió una sonrisa cohibida—. Eso fue muy valiente por tu parte.

—Dice la mujer que trepó por un acantilado, luchó contra veinte amazonas, se tiró delante de un par de flechas y le zurró la badana a mi némesis principal. Todo antes de comer —respondió Gabrielle, mirándola de reojo—. Ya.

Xena le puso un dedo a la bardo en la punta de la nariz.

—Por ti merece la pena —dijo, encantada con la repentina dilatación de los ojos verdes que ahora estaban clavados en los suyos.

—¿Sí? —susurró Gabrielle, mirándola con una emoción en los ojos que le trajo un dulce y tierno recuerdo a Xena. Y permitió que su espíritu le devolviera la mirada con la misma emoción.

—Sí. —Una pausa—. Además, si no puedo hacer cosas imposibles por ti, ¿por quién puedo hacerlas? —sonrió Xena.

Gabrielle sonrió a su vez y se pegó más a ella, rodeando con firmeza a la guerrera con un brazo y acomodándose con un suspiro satisfecho. Estuvieron un rato en silencio, escuchando la lluvia constante de fuera, interrumpida de vez en cuando por el rugido de algún trueno y breves destellos de relámpagos.

—La verdad es que no me ha importado ocuparme de los tratados y esas cosas —dijo por fin Gabrielle, pensativa.

—Mmm —contestó Xena—. ¿Qué es lo que sí te ha importado, entonces? —Sonrió con malicia—. No me digas que ha sido la comida.

La bardo soltó una risita.

—Pues sí, la verdad. —Entonces se puso seria—. No. Arella me ha fastidado muchísimo. —Se movió para poder levantar la mirada y ver la cara de Xena—. La mayor parte del tiempo conseguía enfurecerme. Y luego... —Se encogió de hombros incómoda—. Estaba siempre... bueno, Xena, tú sabes que a mí no me importa que la gente me toque, ¿verdad? —Sonrió como reacción a la mirada de Xena que las recorrió a las dos y al brillo risueño de sus ojos—. Eso. Justo. Pero ella hacía que me sintiera... —Arrugó la cara—. Puajj. —Hizo una pausa—. Era molestísimo y no me gustaba. Y ahora me pregunto si era ella o es que a mí me pasa algo raro.

—¿Algo raro? —preguntó Xena, mirándola con una ceja enarcada. Ah, creo que ya sé cuál es su problema. Bueno... se rió mentalmente. Sólo hay una forma de averiguarlo, supongo.

—Sí. —La bardo bajó los ojos y suspiró.

—Ya. —Xena se movió ligeramente y, cuando la bardo levantó la mirada, la guerrera alzó despacio una mano y acarició con los dedos el lado de la cara de Gabrielle, luego siguió delicadamente la línea de su mandíbula, bajó por el lado del cuello y le acarició la clavícula hasta detenerse justo encima de su corazón. Notó el pulso que se aceleraba bajo sus dedos. Vio que la garganta de la bardo se agitaba al tragar convulsivamente y que la respiración se le hacía irregular—. Qué va. A mí me parece que estás bien —dijo Xena con despreocupación. Creo que eso responde a la pregunta—. Pero mejor me aseguro. —Y se inclinó y la besó, y luego volvió a apoyarse relajadamente en el cabecero con una sonrisa.

—Oh —soltó Gabrielle, luego bajó los ojos y hundió la cara en la camisa de Xena con una risita. Caray. Todavía notaba el hormigueo que le corría por la espalda, y por un momento se planteó ceder a sus instintos. Pero a pesar de lo que le había dicho la guerrera para tranquilizarla, veía el dolor y el agotamiento que acechaban en esos ojos y sabía que ya habría tiempo más adelante para seguir experimentando—. Creo que tienes razón —contestó por fin, después de respirar hondo, y levantó de nuevo los ojos con una sonrisa—. Gracias.

—De nada —contestó Xena, notando que se le iban cerrando los ojos, pues el esfuerzo de los dos últimos días empezaba a pasarle factura. Rodeó a la bardo con el brazo con más firmeza y dejó que el ruido constante de la lluvia y la cálida seguridad de la presencia de Gabrielle la arrullaran hasta que se durmió.


Ephiny abrió un ojo y observó su entorno. Su cabaña. Eso era bueno. Aguzó los oídos. Silencio fuera. Otra cosa buena. Miró por la ventana. Sol. Y otra cosa buena. Por ahora, el día se presentaba bien, sobre todo después de lo de ayer. Bostezando, se levantó y se echó agua en la cara, haciendo una mueca al notar la gran contusión que tenía en la mandíbula.

—Eso me lo vas a pagar, Erika —murmuró, luego suspiró, se vistió y asomó la cabeza fuera.

Estaba amaneciendo y todo estaba tranquilo. Los únicos ruidos que se oían eran los leves chasquidos de la hoguera de las exploradoras, el goteo intermitente del agua al caer de las hojas y los leves indicios de movimiento procedentes del comedor. Sus ojos se posaron un instante en la puerta de la cabaña de la reina y notó una sonrisa en los labios. Me alegro de conocer la respuesta a esa vieja pregunta de una vez por todas, pensó, risueña. Pero ha faltado muy poco, pensó luego con seriedad. Fue al comedor y agitó la mano saludando a las dos cocineras al pasar por el umbral de cañas.

—Ephiny —gruñó Esta, saludándola a su vez—. Por favor, dime que toda esta tontería se ha terminado del todo.

La amazona rubia se encogió de hombros.

—Ya sabes cómo somos, Esta. Pero creo que por ahora ha terminado. Arella va a estar mucho tiempo fuera de circulación y a lo mejor ha aprendido algo. —Aparte de que no se debe cabrear a la campeona de la reina, claro está—. ¿Tienes algo caliente? Hace frío esta mañana. —Aceptó el cuenco de cereales calientes y se sentó con él, calentándose las manos mientras lo sujetaba y aspirando el vapor. Levantó la vista cuando Menelda, la sanadora jefa, se sentó en el banco a su lado—. Buenos días —murmuró Ephiny, sofocando otro bostezo.

—Buenos días —contestó Menelda, sirviéndose una taza de té caliente de una jarra que tenía a mano—. Informe de situación —dijo, bebiendo un sorbito—. Ayer perdimos a seis personas de la partida de "caza".

Ephiny enarcó las cejas. Luego meneó la cabeza.

—Tres más están en la enfermería y pasarán allí un tiempo. Están como si se hubieran caído por un precipicio —dijo Menelda con su típico estilo directo. No era famosa por su tacto con las enfermas—. La niña, Cait, se va a poner bien. Tenía un corte en la cabeza, pero era más bien superficial y ya está levantada y se quiere ir. —Dejó asomar una leve sonrisa. Luego desapareció—. Con Arella tenemos un grave problema.

Ephiny soltó un gemido, con la boca llena de cereales. Miró a Menelda.

—Oh, vivirá —la tranquilizó Menelda—. Tiene la mandíbula rota, así que no tendremos que oírla durante un tiempo, y unas seis costillas rotas. Es como si le hubiera pegado una coz un caballo de guerra.

—Así fue —murmuró Ephiny, sin dejar de masticar. Menelda le echó una mirada y luego resopló.

—También tiene un hombro totalmente dislocado. El problema es que es muy musculosa y no conseguimos recolocarle el brazo. Lo hemos intentado durante toda la noche, hasta que se desmayó por el dolor. —La sanadora hizo una mueca—. Ni siquiera probando a hacerlo entre dos hemos logrado hacer palanca suficiente para colocárselo.

—Ah —replicó Ephiny, pensando—. Bueno, es posible que tenga una idea para solucionarlo. —Se levantó y se pasó los dedos por el pelo—. Haré que la persona que se lo dislocó se lo vuelva a colocar. —Y se marchó del comedor, dejando boquiabierta a Menelda, que salió tras ella, farfullando.


Xena se había despertado en la quietud previa al amanecer, desorientada por un momento hasta que se le enfocó la vista y se dio cuenta de dónde estaba. Gabrielle seguía profundamente dormida bien pegada a ella, respirando despacio y con regularidad.

Con cuidado, comprobó el estado de su maltratado cuerpo y se sintió cautelosamente satisfecha con la respuesta, más de lo que tenía motivos para esperar. Supongo que eso es lo que se consigue tras una noche de auténtico descanso, pensó, mirando a la bardo dormida. Todavía parece agotada. Y ha perdido peso. Deben de haberla machacado un montón. Maldita sea... pero les ha plantado cara, ¿no?

Con la quietud, se dio cuenta de que el tiempo había mejorado ahí fuera, pero hacía más frío y notaba la corriente que entraba por la ventana, lo cual la llevó a decidir quedarse donde estaba y taparlas a las dos con las mantas. Se empezó a quedar dormida de nuevo, hasta que un ruido de fuera le hizo abrir los ojos de golpe y movió la mano hacia su espada, envainada al lado de la cama. El sol acababa de salir y vio una sombra que se movía fuera de la puerta.

Una cabeza rizada se asomó con cautela. Xena meneó risueña la cabeza, pero le indicó a Ephiny que pasara, haciendo un gesto de silencio con la mano. La amazona entró sin hacer ruido y se acercó a la cama, amagando una sonrisa.

—¿Qué tal la espalda? —preguntó, muy bajito.

—No está mal —contestó Xena—. Un par de puntos, nada grave.

Ephiny asintió y luego miró a Gabrielle.

—Ya veo que ella está bien. —Sonrió con picardía a la guerrera. Luego se puso seria—. La verdad es que tengo que pedirte una cosa bastante... desagradable.

Xena enarcó las cejas.

—¿Desagradable? —preguntó.

—Pues sí —suspiró Ephiny—. Nuestras sanadoras llevan desde ayer intentando recolocarle el hombro a Arella, sin conseguirlo. No logran hacer suficiente palanca para volver a ponérselo en su sitio. —Miró a Xena.

—Y quieres que lo intente yo —adivinó la guerrera, soltando un resoplido—. Tienes razón. Es desagradable.

Gabrielle abrió los ojos, parpadeando adormilada.

—¿El qué? —murmuró, mirando a Xena y luego a Ephiny, y cuando se encontró con los ojos de Ephiny, sonrió—. Buenos días.

Ephiny sonrió a su vez y meneó ligeramente la cabeza.

—Buenos días para ti también.

Xena repitió la petición.

—Supongo que lo puedo intentar, pero será mejor que primero la dejéis sin sentido para que no lo sepa. —Movió la cabeza algo molesta—. Nunca lo he hecho en estas circunstancias.

—Vale —asintió Ephiny—. Voy a decírselo a Menelda. —Sofocó un bostezo—. Perdón. Ya sé que aún es temprano. —Las miró a las dos maliciosamente—. Así que os voy a dejar en paz. —Meneó las cejas y se fue.

Se quedaron mirando a Ephiny mientras se marchaba y luego se miraron la una a la otra. Y se echaron a reír.

—Dioses —suspiró Gabrielle, riendo aún. Se incorporó sobre un codo y tiró del hombro de Xena—. Déjame ver tu espalda. —Esperó a que la guerrera se echase hacia delante, cosa que hizo, y le bajó la camisa y le quitó el vendaje que le había puesto la noche anterior. Se quedó callada un momento y luego soltó una carcajada de sorpresa—. Te curas deprisa —comentó, colocándole de nuevo el vendaje.

Se puso bien la camisa y se echó hacia atrás, encogiéndose de hombros.

—Sí. Me viene bien. —Se estiró—. ¿Lo ves? No pasa nada. —Una sonrisa para la bardo, que sonrió a su vez de mala gana—. Bueno. Supongo que será mejor que vaya a ocuparme de tu amiguita, ¿eh?

La cara que puso Gabrielle no era muy propia de una reina.

—Si no fuese una bardo de buen corazón, te diría que lo olvidaras. —Se puso de lado y apoyó la cabeza en una mano—. ¿Vas a aplicarle el punto de presión antes de hacerlo?

—Sí, probablemente. ¿Por qué? —preguntó Xena, apoyándose en un codo—. ¿No quieres que lo haga? —Enarcó las cejas.

La bardo suspiró.

—Sí que quiero... a sus seguidoras les vendrá bien darse cuenta de que sabes hacer otras cosas aparte de lo obvio. —Clavó un dedo en el hombro musculoso que tenía al lado.

Xena resopló.

—Ya. Seguro.

Gabrielle se la quedó mirando, ladeando la cabeza y observándola con evidente interés.

—Por cierto, parece que la estancia en casa te ha sentado bien. Estás estupenda. —Sonrió—. Lo cual no quiere decir que no suelas estarlo.

Encogimiento de hombros.

—He tenido oportunidad al menos de que se me terminen de curar algunas molestias. He hecho cosas en la posada. He cazado un poco. —Una pausa—. He entrenado mucho, lo cual me hacía falta para combatir los efectos de un mes de comidas de mi madre —terminó con una risa irónica.

—No parece haberte hecho ningún mal —respondió Gabrielle, con una sonrisa.

—Supongo que no. —Xena hizo una pausa—. Sí, ha estado bien. Madre ha sido... estupenda, y Toris ha sido Toris. —Intercambió una sonrisa maliciosa con la bardo, luego se volvió, se levantó y le ofreció una mano a Gabrielle—. Vamos. Vendrán dentro de nada a buscarte.

—Sí, sí —rezongó Gabrielle, agarrando la mano que se le ofrecía y dejándose sacar de la cama—. A lo mejor puedo desterrarlas. —Un vistazo a las cejas de Xena—. Vale, a lo mejor no.

Cruzaron por el centro de la aldea y Xena le dio un empujoncito a Gabrielle cuando llegaron al comedor.

—Ve a desayunar algo. Yo me ocupo de esto. No tienes por qué verlo.

La bardo irguió los hombros.

—Ya lo sé. Pero quiero hacerlo. Quiero comprenderla. —Se quedó pensando un momento—. Además... —una sonrisa—, ya sabes que me encanta verte trabajar.

—Vale —asintió la guerrera—. Pues vamos. —Fueron juntas a la enfermería y entraron por la puerta.

El ambiente se puso tenso en cuanto las ocupantes las reconocieron, o para ser sinceros, pensó Gabrielle, en cuanto reconocieron a Xena, que se quedó parada un momento, observándolo todo y poniendo su mejor cara de "soy una amenazadora señora de la guerra". Cosa que hacía muy bien, ayudada por su armadura oscura y reluciente y su notorio armamento. La mayoría de las pacientes eran seguidoras de Arella y, al tiempo que no se atrevían a mirarla a ella a los ojos, no dejaban de vigilar con aprensión a la guerrera o de mirarse sus propias botas con interés.

Xena recorrió la estancia varias veces con la mirada y luego se acercó donde estaba echada Arella, aturdida, pero consciente, con un brazo entablillado de forma rara. Erika, sentada a su lado, se levantó despacio y retrocedió cuando la guerrera estuvo más cerca.

—Tranquilas —dijo Xena por fin, cuando la tensión hubo alcanzado unos niveles casi palpables—. No voy a matar a nadie. —Se plantó ante Arella y examinó las tablillas con interés. El rostro de Arella era el vivo retrato de la aprensión y tenía la frente cubierta de una fina capa de sudor. Se encogió cuando la guerrera se puso en cuclillas y tocó las tablillas con un dedo. Xena la miró—. He dicho que tranquilas. Si quisiera matarte, lo habría hecho ayer.

Tomando una decisión, apoyó el peso en una rodilla y desató con cuidado las tablillas. Volvió la cabeza y miró a Arella a los ojos.

—Escucha. Voy a bloquearte el dolor con un punto de presión. Luego te voy a colocar el hombro. No te resistas. Así sólo te va a doler más. ¿Vale?

Arella asintió y parte del pánico desapareció de sus ojos grises. Miró a Xena parpadeando, como si la viera por primera vez.

—Muy bien —murmuró Xena, y luego apretó con dos dedos un punto situado en la unión del cuello y el hombro de Arella. A la amazona se le dilataron los ojos y se agitó un poco—. No, no te resistas —le recordó la guerrera. Luego deslizó el brazo izquierdo por debajo del de Arella y agarró el borde del camastro, para hacer palanca, y con el brazo derecho, agarró el codo de la amazona—. ¿Preparada? —avisó, mirando a la mujer. Un leve gesto de asentimiento—. Vale. —Y con un movimiento fluido y poderoso, Xena colocó el brazo dislocado en el sitio que le correspondía. La articulación entró en su sitio con un sonoro crujido, que hizo dar un ligero respingo a todo el mundo, y luego Xena soltó el brazo y se echó hacia atrás—. Bueno —le dijo a Arella, que no dejaba de mirarla—. Voy a soltar los puntos de presión y volverás a sentirlo. No te dolerá tanto, ahora que la articulación está en su sitio. ¿Vale? —Otro gesto de asentimiento—. Vale. —Volvió a presionar el punto y Arella se encogió, pero luego se relajó un poco y le hizo a Xena un leve y cauteloso gesto de asentimiento.

Xena se levantó y se sacudió las manos y luego miró por la estancia, donde de repente ya no había tanta tensión. Gabrielle se puso a su lado y apoyó la cabeza en su hombro, mirando a Arella.

—Parece bastante fácil —comentó la bardo, levantando la mirada hacia Xena.

—Sabía desde qué ángulo se había salido —contestó Xena, dirigiéndole una mirada sardónica—. Así es más fácil saber cómo volver a encajarlo. —Una sonrisa cargada de humor negro.

—Ah —respondió Gabrielle—. Sí, es lógico. —Miró a Arella a los ojos, saludándola levemente con la cabeza, y luego tiró del peto de Xena—. Vamos. Te voy a presentar el desayuno.

Xena se dejó llevar fuera de la enfermería, totalmente consciente de los ojos que las siguieron hasta fuera. Cruzaron el espacio abierto y se dirigieron al comedor, junto con varias otras amazonas, que las miraron un momento y sonrieron. Gabrielle les devolvió la sonrisa, luego se dio cuenta de por qué sonreían y se sonrojó. En fin, voy a tardar un poco en acostumbrarme, pensó. En voz alta, dijo:

—Espero que te gusten las gachas.

—Ya sabes que no. Y a ti tampoco —respondió Xena, mirándola con una ceja enarcada—. Gabrielle, eres la reina. ¿Por qué no pides otra cosa? —Vio que el rostro de su compañera pasaba de la irritación a la perplejidad y de ahí a la mortificación—. No lo has hecho, ¿verdad? —Una carcajada rápidamente reprimida—. Vamos. —Y entraron en el comedor, donde vieron a Granella sentada con Cait hacia la parte de delante de la gran sala. Xena llevó a la bardo hacia ellas y la empujó delicadamente para que se sentara en el banco—. Siéntate.

Ella misma siguió avanzando por el comedor y se metió en la zona de preparación, sobresaltando a las dos cocineras.

—Tranquilas —dijo con calma, examinando los estantes con ojo experto y seleccionando varias cosas.

—¿La reina quiere su cuenco de cereales? —preguntó con cautela la cocinera llamada Esta.

—No —contestó Xena, cogiendo un plato y varias cosas más—. Odia los cereales.

Esta resopló.

—No ha dicho ni una palabra. —En su tono había un matiz de indignación—. No ha pedido nada de nada, no ha dicho lo que le gusta... nos ha vuelto locas sin saber qué hacer...

Xena se detuvo y la miró.

—Lo sé. Debería haber enviado un pergamino de instrucciones con ella. —Y sonrió fugazmente a la cocinera—. Lo siento. Es que no le gusta dar la lata. —Y desapareció, mientras las dos cocineras se miraban.

—Ja —dijo Esta—. No está tan mal, esa mujer. —Su compañera soltó un gruñido evasivo.

Gabrielle se sentó al lado de Cait y le sonrió. Cait le sonrió a su vez.

—Hola —dijo la bardo.

—Hola —respondió Cait, mirándola parpadeando—. Ayer estuviste súper. Con los centauros y todo eso. —Sonrió con entusiasmo—. Me encantó cuando tumbaste a esa grandota con tu vara.

Gabrielle resopló.

—Bueno, gracias... pero no sirvió de mucho. —Miró a la niña rubia—. Y gracias por interponerte cuando estaba a punto de ensartarme. —Arrugó el entrecejo—. Siento que te llevaras un golpe por eso.

Cait se encogió de hombros.

—No pasa nada. La verdad es que no me dolió mucho. Pero tú fuiste muy valiente cuando te iba a disparar. Ni te moviste. —Dejó de comer y bajó la cuchara—. No la viste llegar, ¿verdad?

La bardo se quedó desconcertada y luego se dio cuenta de a quién se refería Cait.

—No... no podía... ¿tú sí?

La niña asintió con alegre entusiasmo.

—Ya lo creo. Fue genial. Bajó por el terraplén, dio en el suelo y luego salió volando de lado. —Levantó la mirada cuando apareció el objeto de la conversación y depositó un plato delante de la reina.

—Toma —dijo Xena, revolviéndole el pelo a Cait—. Hola, Cait. —Y se sentó frente a Gabrielle, cogiendo del plato un trozo de queso y una rebanada de pan para sí misma.

—Cait nos estaba contando tu llegada a la aldea de los centauros —comentó Granella, fijándose en cómo atacaba la bardo el contenido del plato—. Oye... que te va a dar algo.

Cait se volvió hacia Xena y sonrió.

—¿Me puedes enseñar a atrapar flechas? —rogó—. ¿Por favor?

La guerrera la miró enarcando una ceja.

—Ya veremos —gruñó—. ¿Qué tal tu cabeza?

La niña se llevó una mano a la sien y luego se encogió de hombros.

—Está bien. —Volvió a dedicarse a su cuenco, comiéndose hasta los últimos restos de cereales con obediente entusiasmo.

Todas levantaron la mirada cuando Ephiny entró en el comedor y se acercó a ellas, colocando ambas manos sobre la mesa e inclinándose hacia delante.

—Gabrielle, el líder de los centauros quiere parlamentar. Contigo. Esta tarde. —Dirigió una mirada a Xena, que masticaba pensativa su pan—. Contigo también —añadió, haciéndole a la guerrera un pequeño gesto de disculpa.

Xena puso los ojos en blanco.

—Oh, genial —suspiró.

—Vale —replicó Gabrielle—. Esta tarde. Y Ephiny... —La amazona la miró—. Tenemos que terminar cualquier asunto pendiente del consejo. Me gustaría marcharme mañana por la mañana.

Ephiny se quedó inmóvil, mirándola.

—Está bien —contestó por fin, arrastrando las palabras muy despacio. Maldición. Tendría que haberlo previsto. Pero ha hecho una cantidad imposible de cosas en el tiempo que ha pasado aquí—. Podemos hacerlo —terminó, con tono apagado, y se irguió.

Gabrielle se levantó y la cogió del brazo, señalando hacia fuera con la cabeza. Salieron y se apartaron un poco del comedor, luego la bardo se detuvo y tomó aliento.

—Escucha...

Ephiny alzó una mano.

—No... está bien. Lo comprendo.

—Ephiny, no, no lo comprendes. Déjame hablar un momento —dijo Gabrielle con calma—. He hecho lo que he podido. —Posó la mirada en sus manos y luego levantó de nuevo los ojos—. Hay una parte de las amazonas que no comprendo... que no sé cómo comprender. Mientras no lo comprenda... Mientras no consiga ver lo que ven las personas como Arella, no puedo gobernaros.

Ephiny abrió la boca para hablar y la volvió a cerrar. La abrió. La cerró. La abrió. Por fin, puso la mano en el brazo de la bardo.

—Escucha. Sé que lo has pasado mal. Créeme, lo sé. —Soltó el aliento que retenía—. Pero creo que te equivocas. Creo que sí que nos comprendes. Es sólo que no ves una forma de ser como nosotras... y Gabrielle, eso es muy bueno. Esa parte de Arella que no logras entender... eso es feo y violento y necesita sangre para satisfacerse... No me gustaría que lo conocieras. —Le sonrió levemente—. Y de todas formas, sigues siendo la reina. Eso no lo puedo cambiar. Ni querría. Seguiré guardándote el sitio hasta que estés lista.

Gabrielle asintió despacio.

—Está bien. —Sonrió tensamente—. Puede que nunca esté lista. Pero cuando lo esté, serás la primera en saberlo.

—La segunda —contestó Ephiny inmediatamente, con ojos risueños.

La bardo soltó una breve carcajada.

—Dioses... ¿conseguiré alguna vez que eso se olvide? —Se sonrojó—. No me puedo creer que hiciéramos eso. —Sonrió a Ephiny con malicia—. Bueno... ¿y cuánto ganaste?

—Ahh... eso no se puede decir —sonrió la amazona rubia—. Por cierto, y para que conste, eres la envidia de la aldea. —Sonrió al ver que el sonrojo aumentaba—. Bueno, ¿y dónde vais? ¿A Anfípolis?

Gabrielle se cruzó de brazos y trató de no hacer caso del calor que tenía en la cara.

—Sí —contestó, mirando por fin a Ephiny a los ojos—. Entre otras cosas, tengo que ver a ese cachorro del que me hablaste. Pero veré si podemos volver para la fiesta.

Ephiny asintió.

—Eso sería estupendo. Escucha... has hecho una cantidad increíble de cosas por nosotras en un mes, eso lo sabes. Seis nuevos tratados y, lo que es yo, creo que ciertas facciones de la aldea están dispuestas a plantearse la paz como alternativa. —Y pensó con ironía: Aunque sí que creo que Xena ha tenido más que ver con eso. Les ha metido tal susto a las seguidoras de Arella que han cobrado sentido común. Tal vez.

La bardo asintió.

—Gracias. —Miró a su alrededor y luego hacia el comedor, donde Xena estaba ahora apoyada perezosamente, esperándola en la puerta. Se esforzó por evitar sonreír y supo que había fracasado en parte al oír la risa contenida de Ephiny. Suspirando, cerró los ojos y respiró hondo antes de volver a levantar la mirada—. Lo siento. ¿Qué decías?

—Vamos a tener que repasar las leyes sobre los centauros —respondió Ephiny, dándole un respiro a la bardo—. Aparte de eso, sólo quedan unas pocas cosas que terminar para hoy. —Le puso la mano a Gabrielle en el hombro y la acompañó de vuelta al comedor.


La sesión del consejo de esa tarde fue interesante, pensó Gabrielle. Por una vez, nadie la cuestionó. Arella no estaba allí, con sus dudas y sus silencios amenazadores y sarcásticos. No tuvo que explicarse media docena de veces, ni tuvo que justificar sus palabras, sus ideas, sus actos... y había una nueva sensación de respeto, incluso por parte de las seguidoras de Arella que sí asistieron.

A lo mejor ha sido por el combate de ayer, pensó. Lo hice muy bien, al fin y al cabo. O a lo mejor ha sido por saber que al final la paz ha prevalecido. A lo mejor han aprendido algo.

Qué va, rió su mente. Era la presencia de su compañera, más percibida que vista, puesto que Xena estaba sentada tan tranquila detrás de todas ellas en un banco bajo, totalmente parecida a una pantera estirada, y sus ojos azules recorrían la sala de vez en cuando, pero siempre regresaban para atrapar los de la bardo. Generalmente enarcando una ceja por lo que decía alguien. O poniendo los ojos en blanco, cuando Gabrielle tenía que explicar algo dos veces. O con un amago de sonrisa cuando hacía valer su criterio. Y con una sonrisa franca y deslumbrante cuando una de las amazonas de más edad que había estado más o menos de parte de Arella se levantó y la felicitó y dijo que, bueno, a lo mejor había otro camino. A lo mejor sí que he conseguido algo, pensó por fin, dándole vueltas cuidadosas a la idea. A lo mejor. Al terminar el consejo, se levantó y, como último punto del orden del día, devolvió el gobierno de las amazonas a Ephiny, que la rubia aceptó con aire indiferente, como si no lo hubieran ensayado todo con antelación. Cosa que sí habían hecho.

Y se quedó agradablemente sorprendida por la cantidad de amazonas que la detuvieron una vez disuelto el consejo y le expresaron su pena porque se marchaba y su agradecimiento por lo que había hecho. Incluso las últimas, tres de las secuaces de Arella, que la rodearon cuando casi todas las demás ya se habían ido.

Y eso le causó una leve punzada de preocupación, hasta que por el rabillo del ojo vio un suave movimiento de cuero oscuro y se relajó con una sensación de cálida seguridad. Las miró a las tres, ladeando la cabeza con aire interrogativo, dejando que fuesen ellas las que rompieran el silencio. Consiguió no apartar la vista de ellas, no dejar que sus ojos se alzaran por encima de sus cabezas para encontrarse con la mirada atenta que se había colocado detrás de ellas en absoluto silencio.

—Mm... escucha. —Erika rompió la tensa espera—. Sé que no estamos de acuerdo.

—Eso es muy cierto —asintió Gabrielle, afablemente.

—Sí. Bueno, da igual. Es que... —Suspiró—. Gabrielle, eso de ir tirando sin más, día a día... no hay ningún reto en eso. Creo que lo que nos da miedo es perder... bueno, parte de lo que hace que esta vida nos resulte tan atractiva. —Miró a sus dos compañeras, que asintieron, pero dejaron que siguiera haciendo de portavoz—. Ese reto es muy importante para nosotras.

—¿Es que la vida misma no es un reto? —contestó la bardo—. ¿Es que tenéis que entrar en conflicto para hacerla más difícil?

Una voz grave le contestó y sobresaltó a las amazonas.

—Tienen razón, Gabrielle. —Y Xena se adelantó, sin hacer caso de las miradas nerviosas de las tres, y concentró su atención en la bardo—. Cuando te acostumbras a cierto nivel de emoción en tu vida, si te lo quitan te puedes poner... —frunció los labios y asintió ligeramente—, nerviosa. —Enarcó una ceja mirando a las tres, que se miraron entre sí y luego a ella de nuevo. Y asintieron encogiéndose ligeramente de hombros—. Tiendes a hacer cosas que provoquen esa sensación de emoción, porque tu cuerpo está acostumbrado a ella.

—¿Estás diciendo que la gente puede ser adicta a la violencia? —preguntó Gabrielle, con incredulidad.

—Pues sí —replicó Xena y, por fin, consiguió que las tres empezaran a sonreír levemente—. Eso es difícil de romper. Tienes que encontrar algo que pueda sustituirlo. Pero... —Se encogió de hombros—. No subestimes esa necesidad. Es real.

Ahora Erika sonreía abiertamente y miró a Xena asintiendo ligeramente.

—Tú sí que lo comprendes.

La guerrera posó la mirada en Erika.

—Oh, ya lo creo. Pero si dejas que esa necesidad te controle, pierdes. —Clavó la mirada en Erika—. Tienes que encontrar una forma de canalizar esa energía hacia algo positivo. Tienes que encontrar algo que la sustituya.

Erika se quedó muy pensativa.

—¿Cómo qué? —preguntó, enarcando una ceja con gesto desafiante.

En los ojos de Xena apareció un brillo pícaro. Se inclinó y rodeando la oreja de Erika con una mano, le susurró algo. La amazona se echó hacia atrás sorprendida, luego la miró, lanzó una mirada a Gabrielle y se echó a reír.

—Ah. Ya. —Se quedó pensativa—. Bueno... veré qué puedo hacer. —Se volvió hacia Gabrielle—. Bueno, para lo que valga, lo siento.

Gabrielle asintió despacio.

—Yo también, Erika. Ayer murieron seis amazonas que no tenían por qué morir. —Tenía la cara muy seria—. Le he dicho a Ephiny que sea ella quien decida cuáles van a ser los castigos por todo esto. Pero le he sugerido varias cosas. Fue una estupidez.

Erika se puso seria.

—Lo sé. —Miró a Xena—. Yo sabía que no debíamos hacerlo. Debería haberlo impedido. Pero no lo hice, y ahora tengo que vivir con ello. —Las saludó a las dos inclinando un poco la cabeza y luego se dio la vuelta y se marchó, seguida de sus compañeras en pensativo silencio.

Xena y Gabrielle se quedaron mirándolas y luego se miraron la una a la otra. Gabrielle se acercó despacio a ella y le tiró del peto.

—¿Qué le has dicho? —preguntó, con curiosidad.

—Ah... cosas de guerreras —contestó Xena, con una sonrisa—. Vamos. Los centauros llegarán dentro de nada. —No lo va a dejar. Vale... bueno, se pone muy mona cuando se sonroja.

—Cosas de guerreras —repitió Gabrielle—. Ya. ¿Qué clase de cosas de guerreras? —No soltaba la armadura—. Quiero saber qué le has sugerido para sustituir a la emoción... —hizo una mueca—, de ir a la guerra.

—Enamorarse —dijo Xena despacio. Con un brillo risueño en los ojos.

La bardo se puso colorada como un tomate.

—Oh —murmuró, y luego se echó a reír.

—Ahora será mejor que superes ese sonrojo antes de que lleguen los centauros —le tomó el pelo Xena, dándole una palmadita en la mejilla. Entonces levantó la cabeza y segundos después oyeron que alguien llamaba a Xena. Fueron a la puerta y Xena asomó la cabeza fuera y vieron a una amazona que guiaba a una conocida figura dorada con una brida improvisada.

—¡Argo! —suspiró la guerrera—. Ya tendría que haberme imaginado que me seguiría hasta aquí. —Salió corriendo y sonrió cuando la yegua relinchó al verla.

Gabrielle se la quedó mirando desde la puerta, apoyada en el poste, y se abrazó a sí misma, para contener la sensación de calor que la llenaba como la luz del sol. Enamorarse, ha dicho, rió su mente llena de felicidad. Y si ha hecho falta un mes en el Hades con las amazonas para que me lo diga, pueden pedirme que me quede un mes con ellas siempre que quieran. Arella estaba equivocada... equivocada... equivocada... ésta es la sensación más maravillosa del mundo. Espero que lo descubra algún día. Recordó la cara de Erika. A lo mejor lo hace.

Miró al otro lado de la plaza, fijándose en el movimiento de las amazonas y en las figuras distantes de los centauros que llegaban. En Xena y en su yegua, que resoplaba inquieta. Dioses, Gabrielle. Cuánto camino has recorrido desde Potedaia, ¿verdad? Todo lo que ha pasado. Todas las cosas malas, todos los problemas y las luchas y el dolor. Y las cosas buenas, las victorias, la gente a la que hemos ayudado y, sobre todo, nuestra amistad. Me acuerdo de que una vez le pregunté si habría algo que le gustaría cambiar, después de todo eso, y dijo que... no. Y sólo ahora comprendo por qué. Todo eso nos ha llevado a este lugar, a este momento y a ser quienes somos ahora. Y si es así... yo tampoco querría cambiar nada.

—Gabrielle. —La voz de Xena la sacó de su trance—. Oye, ¿estás bien? —La guerrera la miró, preocupada.

—Sí, sí. Estoy bien —contestó Gabrielle, sonriéndole—. Sólo estaba pensando, nada más. —Echó un vistazo al camino que llevaba a la aldea—. Oh, ya llegan los centauros. Es la hora de la reunión, ¿no? —Se pasó los dedos por el flequillo y se colocó bien la falda—. Vamos.


—No ha estado tan mal como me esperaba —dijo más tarde Ephiny bostezando, arrellanada en la silla frente a la mesa de trabajo de Gabrielle, con una gran copa de vino especiado en la mano—. Aunque creo que tú les caes mejor que yo. —Miró parpadeando a la bardo, que estaba metiendo con eficacia sus cosas en un par de zurrones grandes.

—Qué va —replicó Gabrielle, levantando la vista y sonriendo—. Tu hijo hace que tengas una conexión con ellos. No van a tener problemas contigo. —Suspiró—. Además, creo que yo los pongo nerviosos. No paraban de agitar la cola.

Una risa suave desde el banco pegado a la pared, donde estaba sentada Xena, reparando unos cordones de su armadura.

—No, yo los pongo nerviosos. —Una sonrisa de humor negro—. Parece que pongo nervioso a todo el mundo.

—¿En serio? —preguntó Gabrielle, dejando lo que estaba haciendo y mirándola—. Nunca lo he notado. ¿Estás segura? Me parece que ya te estás imaginando cosas otra vez, Xena. Mira que te lo tengo dicho.

Ephiny la miró como si se hubiera vuelto loca y luego miró a Xena. Que había hecho una bola con unos cordones de cuero y se la tiró a la bardo. Y le dio de lleno en el pecho.

—Ay —exclamó Gabrielle—. Oye... que sólo era una pregunta. —Y lanzó a su vez la bola, con puntería más que suficiente para hacer que la guerrera tuviera que agacharse para evitar que le diera en la cabeza—. ¡Oye, casi!

—Ya. Que te lo has creído —se burló Xena, volviendo a su reparación. Y fingió que no veía a Gabrielle coger una bolsita, echar el brazo hacia atrás y lanzarlo hacia delante con una fuerza considerable. Y soltó la pieza de armadura en el último segundo y levantó una mano, sin mirar, y atrapó la bolsa—. A ver si lo haces mejor —comentó con aire satisfecho, lanzando de nuevo el objeto con un raudo movimiento de muñeca, pero esta vez alcanzó a Ephiny en la cabeza.

—¡Eh! —chilló Ephiny—. ¡A mí no me metáis en esto! —Se levantó, sin dejar la copa, y se apartó, sonriendo.

—Gallina —se burló Gabrielle, y se lanzó en plancha a coger la bolsa. Se levantó con ella y la lanzó hacia Xena. Pero la guerrera había soltado la armadura y ahora estaba medio agachada, totalmente interesada en el juego. Atrapó la bolsa y la lanzó velozmente, obligando a Gabrielle a tirarse al suelo para esquivarla—. ¡Eh!

Las dos corrieron a coger la bolsa y Xena se hizo con ella, alcanzó a la bardo en el estómago con ella y luego se agachó al tiempo que lanzaba la bola original de cordones. Ephiny escogió ese momento para retroceder, para evitar que la tirasen al suelo.

Y se le enganchó la bota en una tabla del suelo y perdió el equilibrio, agitando los brazos a lo loco para no caerse. La copa de vino salió volando directa hacia Xena, que se detuvo, la vio venir, miró rápidamente atrás y luego suspiró.

Y cerró los ojos. Y dejó que la copa le diera de lleno en el pecho y la empapara de vino.

Todo el mundo se quedó petrificado. El silencio era ensordeceror, hasta que Xena lo rompió echándose a reír suavemente y con humor.

—Buena cosecha, Eph.

—Podrías haberte agachado —protestó Ephiny, entre la risa y la aprensión. Lo podría haber hecho, quería hacerlo, pero no lo ha hecho... he visto cómo tomaba la decisión.

—Ah, no —dijo Xena, sacudiendo los brazos para quitarse algunas gotas—. Me agacho, la copa pasa por encima de mi cabeza y alcanza a aquí su majestad. Y no me lo perdona jamás. No, gracias. —Miró a Gabrielle, que se tapaba la boca con las manos, sofocando la risa floja—. Prefiero darme un baño de vino. —Alargó la mano, depositó una gota del líquido en la punta de la nariz de la bardo y le sonrió—. Ahora me tengo que dar un baño de verdad. Luego vuelvo. —Salió de la habitación, meneando la cabeza.

Ephiny se quedó mirándola mientras se iba y luego se volvió hacia Gabrielle, que se estaba quitando la gota de la nariz con la lengua.

—Bueno —dijo, riéndose un poco.

—Ya te lo dije —dijo la bardo, sentándose en la esquina de la mesa—. Es muy divertida.

—Gabrielle, tú sacas esa faceta suya a la luz, porque deja que te diga que yo nunca la había visto así —dijo Ephiny, repentinamente seria—. Nunca. Y la conozco desde hace tiempo. —Se rió entre dientes—. Y nadie, nadie me va a creer cuando cuente lo que acabo de ver. —Así que supongo que se están cambiando mutuamente. ¿Dónde acabarán? Sólo Zeus lo sabe—. En cualquier caso, será mejor que te vistas para la cena. Sabes que estamos preparando una cosilla para despedirnos de nuestra reina, ¿verdad? —le tomó el pelo Ephiny, al ver que Gabrielle torcía el gesto—. Tranquila, es muy informal.

Gabrielle suspiró.

—¿Puedo llevar a una invitada? —preguntó, con una sonrisa sardónica.

—¿Podríamos dejarla fuera? —preguntó a su vez Ephiny, con una sonrisa maliciosa—. Yo no lo voy a intentar.


El fuego estaba ya bajo en el comedor esa noche antes de que terminara el banquete y Gabrielle se echó hacia delante, con una mueca de dolor por las horas que había pasado sentada en el banco acolchado, pero sin respaldo. El menú había sido hasta decente y, por una vez, estaba atiborrada al final de una comida amazona. Ay, su cuerpo protestaba. Tengo que hacer que se pasen a las sillas con respaldo. Tengo un nudo del tamaño de un... oh. Una mano fuerte le tocó el nudo y, con un movimiento continuo, le relajó la tensión que tenía ahí. Suspiró aliviada y volvió la cabeza.

—¿Cómo sabes exactamente dónde hacer eso?

—Una de las muchas cosas que sé hacer —respondió Xena, terminando la tarea, pero dejando la mano en la espalda de la bardo. Ella misma había elegido un banco que estaba bastante cerca de un soporte de la pared que sobresalía y eso, junto con su largo cuerpo, permitía a la guerrera el lujo de apoyar la espalda y evitar la tortura del banco.

—Supongo que eso incluye saber dónde sentarse —comentó la bardo, sonriéndole con sorna.

Xena asintió, con los ojos medio cerrados.

—Mmm.

—Y tener un cuerpo del tamaño preciso para llegar a la pared —continuó Gabrielle.

—Sí —asintió la guerrera—. Todo parte del plan.

—Ya —replicó la bardo—. Debe de estar bien. —Echó una mirada al entretenimiento y sonrió—. Son muy buenas. —Otra mueca de dolor—. Ojalá...

—Ven aquí —la interrumpió Xena, tirándole de la falda por detrás.

Obediente, la bardo se pasó al siguiente banco.

—¿Sí?

—Apóyate. —Xena se dio un golpecito en el pecho con la mano.

—Oh —dijo la bardo, sonriendo—. Vale. Mucho mejor. —Se apoyó en el hombro de Xena y se relajó, al tiempo que la guerrera le pasaba un brazo por la cintura—. ¿Eso también era parte del plan? —preguntó, en broma.

—Sí —contestó Xena, sin inmutarse. Luego bajó la mirada hacia Gabrielle, que se estaba riendo—. ¿Qué?

—No... perdona... no es nada. Es que... —Gabrielle se encogió un poco de hombros—. Creía que no te gustaba... o sea... tú nunca... —Dejó de hablar—. Oh, olvídalo.

Xena enarcó una ceja.

—¿Que no me gustan las muestras de afecto en público? —preguntó—. ¿No es eso?

—Pues sí —contestó la bardo, con una sonrisa de curiosidad.

Xena se encogió de hombros.

—Lo he superado. —Una sonrisa lobuna—. Además, después de lo de ayer, ¿qué más da? —Bajó la mirada y vio el esperado rubor. Se acomodaron para ver el entretenimiento y compartir unos vasos de vino especiado—. ¿Quieres pasarte a ver a tu familia? —preguntó Xena por fin, bebiendo un largo trago. Tengo que preguntárselo. Pero por los dioses, no les caigo bien. Y sospecho que ahora mismo les voy a caer aún peor, pensó con sorna. Oh, sí.

Gabrielle se quedó callada un rato, pensando.

—Sí —dijo por fin, con tono desganado—. A lo mejor cuando nos vayamos de Anfípolis. —Suspiró—. Debería hacerles una visita para que sepan que sigo viva.

Xena frunció el ceño y agachó la cabeza para verle bien la cara a Gabrielle.

—Oye... oye... Gabrielle, es tu familia. —¿A qué viene eso? Sé que quería irse de Potedaia, pero siempre ha hablado bien de su madre... de Lila...

Gabrielle siguió mirando al frente.

—Tú eres mi familia —contestó, bebiendo a su vez un largo trago—. Ellos ni siquiera saben quién soy, Xena. Para ellos, sólo soy la hermanita que se escapó hace dos años.

Xena soltó el aliento que retenía y pensó.

—Mi familia se adaptó. La tuya también puede —le dijo, estrechándola un poco. Oh... qué mal se me da esto. Y soy la última persona del mundo que debería dar consejos sobre las relaciones familiares.

La bardo pareció apreciar lo que había dicho, porque volvió la cabeza y miró a Xena con una sonrisa pícara.

—Ah... estupendo. Entonces dejaré que hables tú con ellos. Puedes explicárselo todo. —Y soltó una risita. Y luego se rió aún más, porque Xena aprovechó que iba vestida de auténtica amazona y le hizo cosquillas en el estómago desnudo, que tenía al alcance de la mano—. Aauh... para... no puedo tener un ataque de risa floja delante de toda la aldea.

Xena se apiadó y dejó que se calmara, notando que el cuerpo de la bardo se relajaba por completo apoyado en su pecho y que sus manos rodeaban las de la guerrera, agarrándolas. Sabía que la mitad de la sala seguramente las estaba mirando y le daba exactamente igual. Tal vez era por la luz del fuego, o el vino especiado, o la repentina relajación tras los peligros sufridos. Tal vez era porque por primera vez desde hacía mucho tiempo se estaba dejando llevar por unas emociones que normalmente tenía ferozmente controladas. Va a haber problemas por esto. Lo sé. Me he abierto demasiado y sé que voy a pagar por ello. Lo sé... pero ahora ya no puedo echarme atrás. A lo mejor puedo... Cerró los ojos y apoyó la mejilla en la rubia cabeza que descansaba sobre su hombro. A lo mejor puedo tener un poco de paz, durante un tiempo.

Gabrielle notó la presión y se arrimó más por instinto. Le pasa algo. Lo noto, pensó la bardo y luego examinó esa idea. Lo noto. Arrugó el entrecejo. Caray. Me pregunto...

—¿Xena? —preguntó suavemente, pues no quería sobresaltar a la guerrera.

—¿Mmm? —contestó su compañera, un sonido grave cuya vibración la bardo notó en la cabeza, donde la tenía apoyada en la garganta de Xena.

Si me equivoco, va a pensar que estoy chiflada. Pero no importa... me paso todo el tiempo soltando toda clase de teorías, ¿no? Sí. Vale.

—¿Te acuerdas de los padres de Jessan?

—Sí —fue la respuesta, con tono inseguro—. Claro que me acuerdo. —Con un tono más normal.

Pero Gabrielle notó que los latidos regulares que tenía bajo la oreja aceleraban el ritmo.

—Nosotras somos como ellos, ¿verdad? —Y oyó la parada repentina y luego el redoble de su corazón que le dio la respuesta antes de que la guerrera abriera la boca para hablar.

—Eso cree Jessan —reconoció Xena, respirando hondo e intentando calmarse el corazón, pues sabía muy bien que Gabrielle lo oía, de lo pegadas que estaban. ¿Qué va a hacer con esto? ¿Qué va a pensar...? Dioses. ¿Y yo qué pienso? Ésa es la siguiente pregunta, ¿no?

—¿Y tú qué piensas? —preguntó la bardo, levantando la mirada. Esperando pacientemente.

Una bocanada de aire muy larga.

—No lo sé seguro —dijo Xena despacio, pensando—. Porque no somos parte de su pueblo. —Se armó de valor y miró a los brumosos ojos verdes que la contemplaban. Y en ellos descubrió una curiosidad apacible e intensa. Y aceptación. Y se decidió—. Pero sí, creo que podríamos serlo. —Y allí estaba, en medio de una de sus peores pesadillas. Ésa en la que Gabrielle se apartaba horrorizada de lo que le parecería una condena a cadena perpetua, atada a una ex señora de la guerra medio loca, con mal genio, maldita por los dioses y odiada por todo el mundo.

—Caray —exclamó la bardo, con una sonrisa profunda, plena y sincera que le iluminó los ojos como si la luz de las velas se reflejara en su rostro—. Fantástico. —Estrechó los brazos que la rodeaban con todas sus fuerzas.

Y con una palabra y una sonrisa, envió a un alma oscura de vuelta a la luz. Una vez más.

—¿Fantástico? —logró decir Xena, debatiéndose con una serie de emociones distintas—. Gabrielle, me parece que no entiendes...

Gabrielle suspiró llena de felicidad.

—Sí que lo entiendo. Más allá del buen juicio, más allá de la muerte, más allá de la comprensión. Creo que hemos dado de lleno en las tres cosas por lo menos una vez. —Se echó a reír—. Tal vez más de una. —Se volvió a medias y miró a Xena a la cara—. Sabes que siempre he dicho que pensaba que todas las personas tenían un alma gemela, ¿verdad?

—Sí. —Xena renunció a resistirse y simplemente aceptó el hecho de que a Gabrielle realmente no le importaba.

La cara de la bardo se puso muy solemne.

—Hace mucho tiempo... que sé cuál es la mía. —Ya está. Había sido más fácil de lo que pensaba. Por supuesto, las circunstancias habían ayudado. Ahora sólo quedaba por ver cuál iba a ser la respuesta. Humor, evasión, una palmadita en la cabeza... Era muy probable que Xena no sintiera esto con la misma profundidad que ella, pues a fin de cuentas la guerrera había hecho tantas cosas, había visto tantas cosas... seguro que pensaba que Gabrielle era una jovencita idealista, seguro que no...

—Yo también —fue la respuesta absolutamente en serio. Ahí mismo, en una sala llena de amazonas parlanchinas, a la luz vacilante del fuego, con los acordes de una arpista detrás de ellas.

Gabrielle tuvo que recordarse a sí misma que debía empezar a respirar de nuevo. Oh, dioses... ¿acaba de decir lo que creo que acabo de oír? De repente sintió vértigo y parpadeó varias veces para aclararse la vista, que por algún motivo parecía tener borrosa. No me puedo creer que estemos teniendo esta conversación en medio de un banquete, pensó, más por hacer algo mientras su cuerpo recuperaba el control que por otra cosa. Entonces notó que la mano de Xena le tocaba la mejilla y la delicada presión de los dedos de la guerrera al enjugarle las lágrimas que tenía bajo los ojos.

—Me alegro de haber dejado eso aclarado —susurró la bardo, que miró rápidamente hacia arriba y quedó capturada por esos ojos azules.

—Yo también —respondió Xena, al tiempo que una sonrisa amenazaba con apoderarse de su cara—. Aunque podríamos haber elegido un sitio más privado para hacerlo. —Miró a su alrededor—. Como la plaza pública de Atenas.

Las dos se echaron a reír. Porque era una forma de soltar una sobrecarga de emoción que amenazaba con descomponerlas a las dos. Y ya habría tiempo para eso más tarde.

El banquete estaba en pleno apogeo y Gabrielle sabía que su marcha le pondría fin, de modo que se acomodó e intentó prestar atención a las músicas. Eran buenas, pero su mente estaba totalmente ocupada con otras cosas, como una risa interna que no parecía cesar y una sensación vertiginosa de bienestar que no paraba de caer sobre ella como una ola del mar. Podrían ser malabaristas cojas sin oído musical alguno y yo ni notaría la diferencia, se riñó a sí misma. Eso no es bueno para alguien que se considera bardo. Respiró hondo y, haciendo un esfuerzo, concentró su atención, enfrascándose por fin en la interpretación, y ni se enteró cuando se quedó dormida.

—Oooh —le susurró Granella a Ephiny, acercándose a ella—. Mira qué cosa más rica. —Se rió por lo bajo y le clavó un dedo a la amazona rubia en las costillas, señalando con la barbilla.

Ephiny volvió la cabeza y se echó a reír involuntariamente al ver a su reina profundamente dormida acurrucada en los brazos protectores de Xena.

—Por los dioses. —Movió la cabeza con cierta incredulidad—. Sí, es una ricura.

Granella ladeó la cabeza morena.

—La música debe de amansar a la fiera... me parece que hasta Xena se ha quedado dormida. —Enarcó una ceja y soltó una risita—. Más vale que alguien lo anote en los anales.

Ephiny observó a la guerrera.

—¿Eso crees? Observa. —Alargó la mano y cogió una uva del plato que tenía delante y, con un rápido movimiento de muñeca, la lanzó volando al otro lado de la sala. Fue atrapada en el aire por el movimiento perezoso de la mano de Xena y un par de penetrantes ojos azules la dejaron clavada en el sitio. Sonrió—. ¿Lo ves?

La amazona morena sofocó una risotada.

—Jo. —Sonrió—. Ojalá yo tuviera esa clase de reflejos. ¿Es que nunca se relaja? —Y se echó a reír cuando la guerrera examinó la uva y, mirándolas con un leve encogimiento de hombros, se la metió en la boca.

—No que yo haya notado —replicó Ephiny con una sonrisa sardónica—. Y teniendo en cuenta contra lo que se enfrenta, seguro que es lo mejor. —Arrugó el entrecejo—. Para las dos.

—Mmmm —asintió Granella—. Esta vez ha faltado demasiado poco para mi gusto, Ephiny. Ya sé que no lo viste, pero yo salí corriendo detrás de ella, y vaya si corrí. Y también Solari. —Meneó la cabeza morena—. Demasiado poco.

Ephiny suspiró.

—Lo sé. Y créeme, estuve con el corazón en un puño durante todo el trayecto hasta allí. Casi me caigo cuando llegué y vi que todo estaba bien, porque fui yo la que le pedí que viniera, Granella. —La amazona rubia se tapó los ojos—. ¿Qué habría hecho si la flecha de Arella hubiera dado en el blanco? No he pasado tanto miedo en toda mi vida. —Levantó la mirada—. Jamás pensé que Arella fuera a hacer eso.

—Sí. —La morena exploradora suspiró—. Pero está pagando el precio. Oye, ¿es cierto eso que he oído de que Xena de verdad le ha recolocado el hombro?

Ephiny resopló.

—Es cierto. Las sanadoras me estaban echando la bronca por habérselo pedido, pero llegó ella, ya sabes, tan amenazadora como de costumbre, con armas y todo, le dio un susto de la muerte a todo el mundo y se puso plaf plaf plaf y bum. Fin de la historia. —Se echó a reír—. Sin más. —Se echó hacia atrás y se estiró, con una mueca de dolor—. En fin, creo que ya va siendo hora de que demos por terminado este pequeño festejo... no es que no lo estemos pasando bien, pero no tardará en amanecer.

Xena vio que Ephiny y Granella se levantaban de sus asientos y se dirigían hacia ella. Posó la mirada en su compañera dormida con una sonrisa y le dio unos golpecitos en el hombro.

—Eh. —Otro golpecito—. ¡Eh!

—¿Mmm? —murmuró la bardo, despertándose—. ¿Qué...? Oh. —Reconoció los brazales que la rodeaban—. Hola. Mm... ¿me he quedado dormida?

—Pues sí —replicó Xena, estrechándola un poco—. Y Ephiny viene hacia aquí. He pensado que preferirías salir por tu propio pie en lugar de en brazos como una niña pequeña.

—¡Xena! —Gabrielle puso los ojos en blanco—. No lo habrías hecho. —Levantó la vista para fijarse en los sonrientes ojos azules—. Dioses... sí lo habrías hecho. —Se incorporó, se pasó los dedos por el pelo y se frotó los ojos—. No me puedo creer que me haya quedado dormida en medio de un banquete —murmuró, mirando azorada a Xena—. Me podrías haber despertado.

Xena se echó a reír por lo bajo y le frotó la espalda.

—Qué va. Tenías un aire tan apacible que me daba pena. —Levantó la mirada cuando llegó Ephiny y la saludó inclinando la cabeza—. Muy buena la uva.

—¿La uva? —preguntó Gabrielle, mirándola—. ¿Qué uva?

—Ephiny estaba poniendo a prueba mis reflejos —respondió Xena, con humor—. Supongo que quería saber si su reina estaba a salvo.

Ephiny resopló.

—Ah, sí... eso era lo que más me podía preocupar esta noche, deja que te diga. —Se apoyó en la mesa—. Ya es hora de terminar la fiesta, majestad. —Sonrió al ver la mueca de la bardo—. Buenas noches.

—Sí, sí. —Gabrielle bostezó, se levantó y se estiró—. Que paséis buena noche vosotras también.

Salieron y fuera el aire era mucho más fresco y los ruidos nocturnos habían empezado a dar paso a los sonidos previos al amanecer. Xena oyó el aleteo de los pájaros que se agitaban al despertarse encima de ella, esperando a que el cielo empezara a colorearse, captó el olor del rocío y el aumento del viento suave en el que flotaban las voces apagadas de las demás asistentes al banquete que ahora se dirigían a sus propias cabañas.

—¿Merece la pena siquiera que nos acostemos? —preguntó Gabrielle, sofocando un bostezo—. El sol no tardará en salir. —Se volvió a medias para mirar a Xena, que caminaba a su lado en silencio.

—Mmm... —respondió Xena—. Probablemente no. —En su rostro se dibujó una sonrisa amable—. Querías partir temprano... —Se encogió de hombros—. Yo también. —Notó el apretón súbito del brazo de la bardo a su alrededor. Le pasó el brazo por los hombros como respuesta. Y recordó de repente lo que se habían dicho allí atrás. En la ruidosa sala del banquete.

Entraron por la puerta en la cabaña de la reina y Gabrielle la soltó, cruzó la habitación y se puso a hacer cosas en la mesa de trabajo.

—Creo que lo tengo todo recogido —murmuró, moviendo algunos de los pergaminos por la superficie. Levantó la mirada y vio que Xena se sentaba en el banco bajo y acolchado que estaba pegado a la pared, estirando las largas piernas y cruzándolas. A la escasa luz de la antorcha, la bardo sólo veía los leves destellos de luz reflejados en su armadura. Y en sus armas, que había llevado al comedor. Y los dos puntos de luz que eran sus ojos. Por los que Gabrielle se sentía atraída como una polilla a la llama de una vela.

Tomó aliento y luego terminó de recoger sus pergaminos, charlando de esto y lo otro, mientras Xena contribuía con su habitual serie de respuestas monosilábicas. No tenía ni idea de lo que estaba diciendo. Por fin, terminó y, poniendo cara alegre, se acercó al banco con aire indiferente y se quedó mirando a la guerrera, que estaba cruzada de brazos y parecía totalmente relajada.

Xena echó la cabeza a un lado y contempló a su compañera. Luego descruzó los brazos, pasó el derecho por el respaldo del banco y le hizo un gesto con el otro para que se sentara.

—Siéntate —comentó—. Todavía falta un poco para que salga el sol. Podemos ponernos cómodas.

—Gracias —dijo Gabrielle, que se sentó en el banco y se acurrucó a su lado, metiendo las piernas por debajo del cuerpo—. ¿Me vas a enseñar por dónde trepaste el acantilado? —preguntó, mirando con humor a la guerrera—. Tengo que saber cómo describirlo para la historia que estoy escribiendo. —Soltó una risita al oír el ruido ahogado que se le escapó a Xena, y se apoyó en el fuerte brazo que tenía detrás—. No pensarías que esto lo iba a dejar pasar, ¿verdad?

—Gabrielle... —gruñó Xena gravemente—. ¿Qué tal si escribes la historia sobre ti... puesto que eres tú la que ha hecho todo lo importante de verdad, eh?

—Ah, claro. Salvo que las partes que a todo el mundo le encanta oír son las que tratan de ti —contestó la bardo, pegándose más a ella y clavándole un dedo en las costillas—. Las partes emocionantes. Nadie quiere oír hablar de cómo se firmó un tratado con los centauros. —Tiró juguetona de la armadura de Xena—. Pero sí que quieren oír cómo se escaló un acantilado imposible, cómo se logró correr más deprisa que las exploradoras más veloces de las amazonas... sí, no creas que no me he enterado de eso también... por Granella y las demás... de cómo se saltó por un terraplén de dos pisos de altura... me alegro de no haberlo visto... para acabar justo delante de una ballesta en el momento en que disparaba. —Sonrió, percibiendo la victoria—. Tú... eres... una... heroína —declaró con tono triunfal, desafiando a Xena a contradecirla.

Xena se la quedó mirando, con una ligera sonrisa bailándole en los labios.

—Gabrielle, todo eso lo hice porque tú... eres mi heroína. —Con un tono apacible y serio. Y dejó a la bardo sin ideas. Sin habla. Sin respiración.

Se acabó. Había vuelto a ganar. Porque Gabrielle no tenía respuesta para eso, pues jamás se había planteado que oiría una cosa así, dadas las escasísimas probabilidades que tenía de ser una heroína. ¿Verdad?

Durante largo rato, lo único que oyó fueron los sonidos nocturnos, el viento que agitaba las hojas, la llama ondeante de las antorchas. Y dos respiraciones distintas. Por fin:

—¿Alguna vez te han dicho que se te dan bien las palabras? —dijo Gabrielle, riendo por lo bajo.

Xena enarcó una ceja, pero sonrió.

—No. Muchas otras cosas, pero ésa nunca. —Con un brillo risueño en los ojos—. A lo mejor eres una mala influencia.

—A lo mejor —asintió la bardo, suavemente. Bajó la mirada, luego la posó en el hombro de Xena y alzó una mano, para tocar las nuevas cicatrices que había allí.

—¿Cómo te has hecho esto? —La miró a los ojos, cercanos y penetrantes.

—Una pantera —replicó—. La noche después de que te fueras. —Se le puso la mirada distante—. Había estado... haciendo ejercicios. Volví al campamento y llegó un lobezno. —Sonrió a la bardo fugazmente—. Fui a devolvérselo a mamá y en cambio, me encontré con eso.

—Oh. —Gabrielle se quedó pensando—. ¿La madre estaba muerta?

—Mm —asintió la guerrera.

La bardo suspiró y meneó la cabeza, inclinándose para tocar las otras cicatrices que tenía Xena en el otro hombro.

—Ay.

—Sí. —Xena se encogió de hombros—. Pero las he tenido peores. —Sonrió y alargó la mano para apartarle el pelo a Gabrielle de la sien y examinar el golpe que le había dado Arella con la vara el día anterior—. Eso parece estar bien. —Miró a los ojos verdes que tan cerca estaban de los suyos. Notó que la mano de la bardo subía por su hombro y se posaba justo debajo de su mandíbula. No supo cuál de las dos empezó primero, pero eso daba igual. Al menos esta vez no tenemos una panda de centauros y amazonas mirándonos, pensó Xena, y luego dejó de pensar y en cambio se concentró en el beso.

Que duró bastante, pues se tomaron su tiempo, explorándose mutuamente con un entusiasmo casi inseguro. Gabrielle paró para respirar, por fin, y dejó caer la cabeza sobre el hombro de Xena.

—Lo haces muy bien, ¿sabes? —murmuró en la oreja de la guerrera, que tenía oportunamente cerca.

—¿Eso crees? —respondió Xena con indolencia, mirándola con una ceja enarcada.

—Oh, sí —le aseguró la bardo. Luego miró por encima del hombro la luz grisácea del amanecer que perfilaba la ventana—. Maldición.

La ceja de Xena subió aún más y se echó a reír por lo bajo.

—La próxima vez hay que irse antes de la fiesta, ¿eh? —bromeó, bajando con un dedo por la cara de la bardo.

Gabrielle respiró hondo.

—Vamos a continuar esta conversación más tarde, ¿verdad? —Sus labios se curvaron en una sonrisa. Ooh... creo que esto me gusta. Mucho. Más que mucho.

—Oh... —dijo Xena despacio, con los ojos brillantes—. Yo diría que has acertado. —Y se echó hacia delante para atrapar sus labios por última vez, durante largos instantes—. Uno para el camino —dijo riendo, cuando se separaron. Los ruidos de la aldea al despertar empezaron a filtrarse a través de la niebla matutina y se quedaron ahí sentadas un ratito, abrazadas, escuchando—. Venga —dijo Xena, por fin—. Voy a preparar a Argo. Tú ve a ver si consigues algo de desayunar en el comedor.

Gabrielle bostezó y asintió.

—Vale. Hasta puede que me den algo comestible después del susto de muerte que les diste ayer. —Le clavó un dedo a Xena en las costillas—. Y tengo que despedirme de Ephiny y de las demás. —Una pausa—. Y de Arella.

Xena asintió.

—Salúdala de mi parte —replicó, con una sonrisa sardónica—. Luego vuelvo. —Y se levantó y salió a los primeros rayos del sol naciente.

Gabrielle se quedó ahí un momento, mirando por la puerta abierta, medio sonriendo. Luego se miró las botas, se cruzó de brazos y sacudió la cabeza ligeramente.

—Puuf... qué semanita —murmuró hablando con el aire. Vamos, Gabrielle. Muévete... ponte en marcha... mete la cabeza en agua fría. Se rió burlándose de sí misma. Aunque meter el resto del cuerpo en agua fría sería más útil en estos momentos. Caray.

Carraspeó y soltó un profundo suspiro, tras lo cual terminó de recogerlo todo y se cambió el atuendo de amazona por su habitual ropa de viaje. Terminó de colocarse bien la falda y salió por la puerta rumbo al comedor, saludando alegremente a las amazonas con las que se cruzaba. Una de las cuales era Ephiny, que echó a trotar hasta alcanzarla.

—Buenos días —gruñó Ephiny, mirándola parpadeando—. O debería decir buenas noches todavía de ayer.

—¡Buenos días! —contestó Gabrielle, sonriéndole—. Hace un día precioso, ¿no te parece? —Indicó el cielo cada vez más claro y sin nubes que, a medida que se levantaba la niebla, prometía un día fresco y despejado.

Ephiny le lanzó una mirada aviesa.

—Alto... alto... ¿desde cuándo te gustan las mañanas? ¿Tanto te alegras de marcharte?

La bardo aflojó el paso y alzó una mano para protestar.

—Ephiny... no... no es eso. Lo siento... es que esta mañana estoy de buen humor... en serio... —Intentó no sonreír y fracasó—. Es que estoy... —Una mirada quejosa a la amazona.

—Está bien... está bien —cedió Ephiny, con un gesto para que se tranquilizara—. Ya me entero. —Suspiró—. Escucha... sé que aquí lo has pasado mal. Y que te alegras de que tu vida vuelva a... bueno, lo que tú consideras normal. —Le dirigió una mirada.

Gabrielle se paró en seco y se volvió para mirar a Ephiny, ahora muy seria.

—¿Qué quieres decir con eso exactamente? —preguntó, suavemente, mirando a la amazona directamente a los ojos y bajando la voz.

Y Ephiny, al percibir una sensación de peligro, retrocedió. Y parpadeó.

—Mm... —farfulló—. Sólo que... ¡Por los dioses, Gabrielle! Sólo quería decir que nosotras... bueno, que yo pensaba que podíamos ofrecerte cierta estabilidad. Durante un tiempo. Debe de ser muy duro estar ahí fuera, trasladándose de un sitio a otro sin parar. —Miró inquieta a esta mujer súbitamente amenazadora a la que creía conocer.

Gabrielle avanzó un paso, sin dejar de mirar a la mujer rubia con ojos gélidos.

—¿Es que no crees que sé lo suficiente como para comprender las posibles elecciones que tengo a ese respecto? —preguntó, con tono grave y peligroso—. Voy donde voy porque quiero ir ahí, Ephiny. Y me quedo donde me quedo porque ahí es donde quiero estar. —Jo... ¡esa mirada funciona de verdad!

—Vale. —Ephiny levantó las manos como rindiéndose—. Vale... vale... Escucha, lo siento. —Caray... tengo que hacerme a un lado... tengo que dejar de tratar a esta mujer como si fuese una niña, antes de que me arranque la cabeza—. Lo siento mucho... Gabrielle, me importa mucho lo que te pase. Lamento que me salga como si fuese... Olvídalo.

La bardo se apiadó, suavizó la mirada y relajó la postura.

—Lo sé. Tranquila, Ephiny. Es que me harto de que la gente piense que sigo a Xena como un perrito que no sabe lo que hace. Sí que sé lo que hago. Sé lo peligroso que es. Sé lo que podría pasar. Lo hago a pesar de todo eso, no porque no tenga elección.

—Lo sé —dijo Ephiny con tono apagado—. Lo que de verdad quería decir es que siempre tendrás un hogar aquí, si lo deseas. —Hizo una pausa—. O si lo necesitas.

Gabrielle sonrió.

—Eso ya lo sé —dijo, agarrando a la amazona por el hombro—. Gracias.

Ephiny sonrió y la abrazó.

—Cuídate, Gabrielle —dijo—. Y cuida también de ella —añadió suavemente.

La bardo se rió entre dientes.

—Lo intentaré. —Emprendió de nuevo la marcha—. Voy a coger algo para desayunar y luego voy a ver a Arella. ¿Quieres acompañarme? —dijo como ofrenda de paz, porque sabía que Ephiny no había pretendido enfadarla. Pero también sabía que Ephiny probablemente no volvería a cometer ese error, y la idea la llenaba de cierto orgullo melancólico. Supongo que me estoy haciendo adulta, pensó.

—Claro —asintió Ephiny, y siguieron caminando.


Xena terminó de cargar las cosas en Argo y la llevó hasta la enfermería, donde había visto entrar a Gabrielle momentos antes.

—Sshh... chica. Nos vamos dentro de nada —le dijo canturreando a la yegua, que apuntó una oreja atenta hacia ella. Soltó el ronzal de la yegua al llegar a la enfermería, agachó la cabeza para entrar y vio a Gabrielle y a Ephiny en el rincón donde Arella recibía tratamiento. Al pasar dentro, notó que todos los ojos se posaban en ella y se quedaban mirándola. Pero eso no era nuevo: estaba acostumbrada a ello, incluso en lugares donde no sabían quién era. Probablemente es por la estatura y el cuero, pensó, distraída. Volvió la cabeza y devolvió las miradas, que de repente encontraron otras cosas de interés. ¿Qué pasaría si entrara dando brinquitos con una flor entre los dientes?, pensó de repente, y su boca esbozó una sonrisa sardónica. Voy a tener que probar alguna vez para ver qué cara se les pone.

Gabrielle, como si percibiera su presencia... seguro que la percibe, ahora que lo pienso. Yo siempre percibo la suya... se volvió cuando se acercó y la saludó con una inclinación de cabeza y una sonrisa. Y miró a Arella, que la miraba a su vez con desconfianza, pero sin el miedo que había mostrado el día anterior. Tenía una tableta al lado de la mano, que había estado usando para escribir mensajes, puesto que no podía abrir la boca más de dos centímetros. Xena dobló por reflejo la mano izquierda, la que le había hecho eso en concreto.

Gabrielle la miró, notando esa leve amenaza nerviosa que a menudo la envolvía como un manto cuando se encontraba en lo que ella consideraba territorio enemigo. Causaba mucho efecto, tenía que reconocer la bardo.

—¿Todo listo? —preguntó, con tono normal. Vio que Xena asentía y luego retrocedía hasta la pared y se apoyaba en ella, haciéndole un leve gesto con la barbilla para que continuara con lo que estaba haciendo.

Cosa que la bardo hizo, pues cogió la tableta y la leyó, alegrándose de que la atención de la estancia estuviera ahora centrada en otra persona.

Gabrielle: (decía)

No te voy a pedir perdón, porque he actuado de acuerdo con mis creencias y no las voy a abandonar.

Pero por si te importa, me alegro de que parara las flechas.

Gabrielle respiró hondo y lo releyó varias veces, mientras pensaba una respuesta. Por fin, levantó la vista y miró de frente a esos ojos grises. Y se inclinó hacia delante, para que sólo la amazona pudiese oír lo que decía.

—Arella, me importa —dijo, amablemente—. Y te perdono libremente por intentar matarme. —Vio el pasmo y la sorpresa en esos ojos—. Pero... —y bajó aún más la voz, la miró con más intensidad—, por atacarla a ella, no. Eso no te lo puedo perdonar. Seis de tus hermanas han muerto por eso.

Garabateó en la tableta: ¡Las mató ella!

—No. —La voz suave se mostró inflexible—. Las mataste tú. Exactamente igual que si les hubieras disparado con esa ballesta. Te dije que no tenías ni idea.

Una mirada de agonía. Me lo dijiste, sí.

—Sólo porque ame la paz y crea que podemos conseguir más con palabras que con armas, eso no quiere decir que no sepa lo que pueden hacer esas armas, Arella. —Gabrielle la miró, con tristeza—. Tenía la esperanza de que su reputación bastara para evitar que alguien cometiera alguna estupidez.

Escribió a toda velocidad: Las reputaciones pueden ser engañosas... pueden ser falsas... pueden ser erróneas.

—Esta vez no —suspiró Gabrielle.

No, un garabeteo corto. Debería haber hecho caso de tu advertencia. Una pausa... siguió escribiendo. Debería haber escuchado a Erika. Ella lo sabía. Sus ojos se posaron en la pared del fondo, donde Xena esperaba, entre las sombras, y sólo se veía el pálido brillo de sus ojos. Entonces miró de frente a Gabrielle. ¿Cómo?, escribió, haciendo una pausa para pensar en lo que quería decir. ¿Cómo la conoces a ella tan bien y no nos comprendes a nosotras?

La bardo se quedó sentada en silencio un momento, pensando en cómo responder a eso. Era una buena pregunta, pensó.

—Porque ella no ejerce la violencia por la violencia sin más. Ya no. Y si ella puede cambiar, tú también —dijo por fin, mirando a Arella a los ojos.

¿Por ti? Enarcó las cejas.

—No. —Y Gabrielle sonrió—. Por ti. Eso sale de aquí. —Alargó la mano y le dio un golpecito a Arella en el pecho—. Pero a veces viene bien tener ayuda. —Desvió la mirada hacia donde Erika esperaba pacientemente, apoyada en la pared al lado de Ephiny. Luego volvió a mirar a Arella y dejó que una minúscula sonrisa le curvara los labios.

Tal vez. Una mirada de reconocimiento a su pesar. Adiós, ojos verdes. Y en su mirada había casi, casi un indicio de afecto.

Gabrielle asintió y se levantó.

—Cuídate —dijo, en voz baja. Y se marchó con Ephiny y Xena a cada lado, en silencio.

—¿Qué quieres hacer con ella? —preguntó Ephiny, cuando llegaron al lado de Argo.

La bardo se detuvo y miró a Xena, con ojos interrogantes.

—Bueno, tienes tres posibilidades —dijo Xena, como si ella misma hubiera estado dándole vueltas al asunto. Como así era, pues sabía que la pregunta acabaría dirigida a ella—. Puedes desterrarla, puedes rebajarla a la posición de criada o puedes obligarla a trabajar como aprendiza de una amazona mayor, una de tendencias pacíficas, que podría enseñarle algo.

Ahora me van a pedir que recomiende algo, predijo.

—¿Qué recomendarías tú? —preguntó Gabrielle, a bocajarro. Vamos, Xena... esto me supera y tú lo sabes. Ayúdame un poco.

La guerrera se mordisqueó el labio unos segundos. Con ésta, en realidad no existe una solución perfecta. Cualquiera de ellas la desquiciaría.

—El destierro es peligroso. Ya tenéis bastantes grupos de renegadas por ahí a los que se podría unir. Rebajarla a criada es malgastar recursos y de todas formas, se escaparía. —Xena hizo una pausa—. De modo que en realidad sólo podéis usar la tercera opción. Pero Eph, elige a alguien con una personalidad tan fuerte como la suya. A lo mejor, si consigue su respeto, la cosa funciona.

Ephiny y Gabrielle se miraron.

—Jo —gimió Ephiny—. Vas a obligarme a decírselo a Eponin, ¿a que sí?

—Nos tenemos que ir. —Gabrielle sonrió y le dio unas palmaditas a Argo—. Hola, Argo.

Xena se rió por lo bajo y, tras agacharse ligeramente, saltó sobre la yegua dorada, que seguía sin silla. Se volvió y alargó el brazo.

—Venga. Sé que siempre has querido montar a pelo.

—Adiós, Eph. —Gabrielle sonrió y la abrazó, luego se agarró al brazo de Xena y se vio izada hasta el ancho lomo de Argo—. Eeeh... —dijo, sorprendida, cuando la yegua se movió debajo de ella—. Así te resbalas mucho más.

Xena puso los ojos en blanco y azuzó a la yegua para que avanzara.

—Tú agárrate.

—Eso no es problema —contestó la bardo, rodeándola con los brazos y agarrándose con fuerza. Saludó con la mano cuando cruzaron la plaza y salieron por la entrada de la aldea, y se echó a reír ligeramente cuando pasaron por debajo de la primera de las ramas de alrededor—. Esto podría llegar a gustarme. —Se pegó más a Xena y apoyó la cabeza en su espalda—. Recuerda que me prometiste enseñarme el acantilado.

Xena suspiró. Se lo había prometido. Y a Gabrielle le iba a dar algo cuando lo viera. A lo mejor podía decir que era un acantilado más bajo...


PARTE 5


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
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