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Aldea amazona: sala del consejo

Ephiny miraba atenta el rostro de Gabrielle mientras la exploradora presentaba su informe. Los claros ojos verdes de la reina no revelaban su reacción ante la noticia y tampoco la postura de su cuerpo, que ya había dado muestras de tensión desde que se había sentado a la mesa del consejo.

—De modo que, resumiendo, los puestos fronterizos informan de que los rumores parecen ser ciertos —terminó la exploradora, mirando a Ephiny—. Se está organizando una especie de ejército en Anfípolis o alrededores y ya ha habido escaramuzas con dos de los señores de la guerra de la zona.

—¿Quién ha ganado? —preguntó Gabrielle, con tono apagado.

—Los señores de la guerra no —contestó la exploradora, con una sonrisa tensa.

—Entonces no cabe duda de quién es responsable, creo. —Ephiny soltó una carcajada forzada, mirando a la reina con inquietud. No me gusta esa expresión. Pero, por otro lado, lleva varios días sin gustarme. Le pasa algo.

Gabrielle asintió y se miró las manos. El peso de la responsabilidad le caía como una losa sobre los hombros e hizo una mueca interna. ¿Pero qué se trae Xena entre manos?

—Me cuesta mucho creer que Xena esté organizando un ejército. Lo más probable es que les esté dando algunas indicaciones para que aprendan a defenderse —dijo, echándose hacia atrás con una sonrisa—. Algo comentó de que se iba a aburrir.

Arella estrechó los ojos y se levantó.

—No es un riesgo que podamos correr, Gabrielle, y lo sabes. A pesar de lo que haya hecho por nosotras, tener un gran ejército tan cerca es un peligro. —Miró a su alrededor, percibiendo el apoyo a sus puntos de vista. Xena era una aliada en la que, en el mejor de los casos, se confiaba con inquietud, y a más de una amazona le daba miedo toda esa historia de que había regresado de la muerte. Por no hablar de su conocida relación con Ares—. No puedes garantizar que no haya vuelto a sus viejas costumbres.

¿Que no puedo?, pensó la bardo.

—Oh, creo que sí que puedo garantizarlo. —Se rió levemente—. La conozco mejor que vosotras.

—¿Estás dispuesta a jugarte la vida por ello? —contraatacó Arella, sintiendo una creciente excitación. Por fin, un tema en el que podía desautorizar a esta reina sorprendentemente dura. Habían pasado cuatro largas semanas y hasta ahora había perdido todos sus enfrentamientos, tanto personales como políticos. Y cuando intentaba odiar a Gabrielle por ello, descubría, muy irritada, que no podía.

Gabrielle sonrió, esta vez con una sonrisa de verdad.

—Arella, lo he hecho. Tantas veces que he perdido la cuenta. —Dudó—. Pero comprendo que os preocupe. —Levantó la mirada—. ¿Ephiny? —La amazona se echó hacia delante—. Te voy a mandar como... —su boca hizo una mueca humorística—, enviada a este nuevo ejército. Quiero que hagas un tratado con ellos, para la defensa mutua del territorio. —Se esforzó mucho y consiguió no sonreír.

Ephiny asintió.

—Muy bien —dijo, despacio, alargando las palabras—. Si eso es lo que quieres. —Respiró hondo. Supongo que quiere que compruebe las cosas. Aunque parece muy segura...

Arella carraspeó. Esta vez no, ojos verdes.

—Una idea excelente, pero creo que, para proteger a Ephiny, tenemos que enviar a alguien que la acompañe. —Detrás de ella, notó que Erika se movía y sonrió por dentro—. Mi mejor ballestera, Erika, será una buena escolta.

Ephiny y Gabrielle intercambiaron una mirada. No hay forma de rechazar de buenas maneras ese ofrecimiento, pensó la bardo. Y supongo que no vendrá mal que la oposición tenga la oportunidad de ver la verdad en persona.

—Vale —asintió—. Al amanecer, pues. —Se acercó una hoja de pergamino y cogió una pluma—. Voy a redactar el tratado. —Y una nota, de tipo privado. Para poder soltar parte de lo que llevo metido en el pecho y que lo lea alguien en quien sé que puedo confiar. Que confía en mí.

Su habitual paseo de después de cenar hasta el lago la llevó a sentarse en un saliente rocoso, contemplando sin ver el agua que se agitaba y apoyando la cabeza en la fría piedra. Habían sido cuatro semanas productivas, pensó, pues habían firmado un tratado con los centauros, un acuerdo comercial con tres aldeas del sur y un plan conjunto de defensa con las dos comunidades granjeras del este. Las aldeas estaban dispuestas a cambiar suministros y alimentos por objetos de artesanía y los servicios de protección de las amazonas. Nada mal, realmente. Tenía todo el derecho de sentirse muy satisfecha y bastante orgullosa de sí misma.

Pero la presión constante la estaba afectando. Suspiró. Notaba su falta de paciencia en la tensión que le causaba tales dolores de espalda y cuello por las noches que casi no podía tumbarse. En las dudas constantes sobre las motivaciones de todo el mundo. Y en la constante necesidad de mantenerse en guardia para defenderse de las palabras y el contacto físico de Arella. Y no es que yo no sea una persona tocona, se dijo ceñuda. Al fin y al cabo, apenas consigo quitarle las manos de encima a... Una pausa y luego una sonrisa bobalicona sin remedio. Bueno, eso era distinto. Pero Arella le daba... puaj. Repelús.

Ephiny sabía que le pasaba algo. Había intentado interrogarla con delicadeza, pero Gabrielle se había resistido a confiar en ella, pues sabía que Ephiny ya se sentía bastante culpable por haberla traído aquí. Y sabía que si Ephiny supiera lo mal que se sentía, la amazona decidiría que su deber era hacer algo. Y sólo había una cosa que pudiera ayudarla. Una persona, y eso echaría a perder mucho de lo que estaba intentando hacer. Gimió y dejó caer la cabeza hacia delante, tratando de aliviar parte de la tensión que tenía en el cuello. Le entró un anhelo repentino y desesperado de sentir un par de manos fuertes y conocidas tocándola ahí y que, con un pequeño masaje experto, le darían alivio. Tras recrearse un momento en su desdicha, respiró hondo y se echó hacia atrás, irguiendo los hombros. Puedo hacerlo. No me gustará, pero puedo hacerlo.

Me pregunto si alguna de ellas sabe lo que daría yo por ser la que fuera a comprobar el nuevo ejército de Anfípolis. Se echó a reír sin poder evitarlo. Salvo que creo que... si lo hiciera... no volvería nunca más. ¿Creo? NO... lo sé. Por eso en realidad no le he enviado noticias... y no le he confesado a Ephiny por qué no puedo dormir por la noche... porque si llegara a la aldea, le bastaría con echarme un vistazo y me montaría en Argo y saldría al galope. Y yo me iría con ella... sin mirar atrás. Y... Suspiró. Eso no estaría bien. En estos momentos. Pero no puedo hacer esto para siempre. Me está matando.

Un ruido a la espalda le puso de punta los pelos de la nuca, al reconocer las pisadas. Oh, genial.

—Hola, Arella —dijo, sin volverse. Otra razón por la que no puedo llamar a Xena. El descuartizamiento de una hermana amazona al amanecer en la plaza central de la aldea echaría a perder de verdad algunas de las negociaciones. Se volvió y vio a la alta pelirroja que bajaba despacio por la orilla y se detuvo al llegar a la roca de Gabrielle, apoyándose en ella con aire de ufana familiaridad.

—Ah, mi reina —dijo, con tono de guasa—. Me alegro de que hayas aceptado mi ofrecimiento de enviar a Erika también a Anfípolis. Espero que no haya ningún problema que requiera de sus servicios. —Sonrió a la bardo, que se rodeó la rodilla con un brazo y siguió escuchando en silencio—. Mira, sé que crees saber mejor que nadie lo que está pasando, pero he estado indagando... y sabes que no sería algo inaudito que tu amiga estuviera organizando otro ejército. Ya lo ha hecho en otras ocasiones.

Gabrielle suspiró con fastidio.

—Arella, de ese tema no vamos a hablar. —Dejó asomar parte de su rabia en la mirada—. No voy a justificar, ni ante ti ni ante nadie, mi fe en mi mejor amiga. Tendrás que verlo por ti misma.

—¿Y si te equivocas? —contestó Arella suavemente, poniéndole una mano en el hombro a la mujer más menuda y atrapando sus ojos con los suyos—. ¿Qué pasará entonces? ¿Nos quedamos sentadas esperando un ataque, basándonos en tu... fe? —Su tono dejaba muy claro en qué pensaba que se basaba esa fe.

Gabrielle se puso rígida y notó una profunda ira que rara vez dejaba aflorar y que intentaba salir a su tranquila superficie. Se mordió el labio hasta que se le pasaron las ganas de abofetear a la alta amazona y luego tomó aliento.

—Pues en ese caso... no tendréis nada de que preocuparos. —Se quedó asombrada de lo tranquila que parecía—. Porque ya no seré la reina de las amazonas.

Arella se sobresaltó y se echó hacia atrás de golpe, pues no se esperaba esa respuesta.

—¿Abdicarías? —preguntó, sin poder creérselo.

La bardo se levantó ágilmente y se acercó a ella.

—Sí. —Disfrutó con la expresión confusa que inundó el bello rostro de Arella. Porque si ocurriera eso, ya no podría fiarme de mi propio juicio. Y ellas tampoco—. Pero sé que tengo razón.

—Creo que tu juicio está un poco... nublado —respondió Arella, pero parecía insegura—. Pero supongo que ya lo veremos. —Quitó la mano del hombro de la bardo y retrocedió, sonriéndole ligeramente, y luego se dio la vuelta y echó a andar por el sendero que llevaba a la aldea.

Dioses, gimió Gabrielle por dentro. No voy a poder aguantar mucho más. Uno de estos días, voy a perder los nervios y a hacer algo que sé que lamentaré, porque está muy claro que me puede dar una soberana paliza. Y se supone que yo soy la no violenta. Bueno, Xena... acabo de entender de una forma muy íntima esa expresión que se te pone, ya sabes, los ojos entornados, el labio desdeñoso, cuando te mueres por pegarle un mamporro a alguien y no puedes. Y me avergüenzo totalmente de mí misma por desear desesperadamente verte soltando uno de esos superpuñetazos directos desde el hombro que se te dan tan bien. Qué vergüenza. Sí. Qué bardo tan mala. Pero qué bardo tan mala. De repente, le entró la risa floja al pensarlo y sintió cierto alivio. Y se volvió al oír que se acercaba una persona más. Ah. Ephiny. Cómo no.

La amazona se acercó con cautela, enarcando una ceja.

—Estás plantada en medio de la orilla... carcajeándote. ¿Me debería preocupar? —preguntó, con una sonrisa dubitativa.

Gabrielle hizo un gesto negativo con la cabeza.

—No... sólo estaba haciendo una visualización terapéutica.

—¿Eh? —soltó Ephiny.

—Me estaba imaginando a Xena tirando a Arella a un montón de excrementos de centauro —explicó la bardo con otras palabras.

—¡Ah! —exclamó Ephiny y luego se echó a reír—. Eso no es muy propio de una reina.

—No —contestó la bardo—. Pero me divierte. —Se volvió para echar a andar hacia la aldea, esperando a que Ephiny se pusiera a su lado—. Te la acabas de perder.

Ephiny se volvió y alargó la mano para que Gabrielle dejase de caminar.

—Oye... ¿está empezando a pasarse contigo? Porque si es así...

—¿Qué harás? —contestó la bardo, ahora seria—. ¿El qué, Ephiny? ¿Pegarle? Puede contigo, o con casi todo el mundo. Bueno, con la gente que hay aquí. —No quiso dejar de mirar a la amazona a los ojos hasta que Ephiny suspiró—. ¿Te crees que no lo he pensado? ¿Sabes cuánto me cuesta aguantarlo cuando sé que con sólo...? —Se calló—. Da igual. Puedo mantenerla a raya. Tú ve a averiguar qué está pasando en Anfípolis. —Se dio la vuelta y siguió caminando por el sendero.

Ephiny irguió los hombros y la alcanzó.

—Vale... vale... pero es muy duro de ver. Eso debo decírtelo, amiga mía. —El enfado hizo que le temblara la voz—. No me gusta sentirme impotente, Gabrielle, no me gusta nada. Y... me preocupo, sabes.

Gabrielle la miró de reojo.

—Lo sé. Y te lo agradezco, Ephiny. Tranquila... me he enfrentado a cosas peores. En realidad no ha hecho nada, es sólo esa... uuf...

—¿Actitud? —sugirió Ephiny, sabiendo de qué hablaba—. Sí.

—Sí —asintió Gabrielle—. Esa actitud de no quepo en mi propia falda de lo sexy que soy.

A Ephiny le dio un ataque de risa. Al cabo de un momento, la bardo se echó a reír con ella.

—Oh... lo siento... —jadeó la amazona, apoyándose en un árbol—. Es que me ha hecho una gracia... —Tomó aliento, todavía riendo—. Me alegro de que seas inmune. Estaba... —se encogió de hombros algo azorada—, un poco preocupada por eso. Sé que no has tenido mucha... mm... experiencia.

Gabrielle se ruborizó.

—Ephiny —murmuró—. No me había dado cuenta hasta ahora de lo inocente que te parecía. —Miró a su alrededor—. ¿Qué voy a decirle, que su "atractivo" no es nada comparado con lo que estoy acostumbrada a ver?

Ahora le tocó a Ephiny sonrojarse.

—No paras de sorprenderme —confesó—. Y tú sabes que no me gusta nada meterme en tus asuntos personales.

—Mmm —asintió la bardo—. Bueno, tengo que redactar ese tratado. Ven a recogerlo dentro de unas horas, ¿quieres?

¿Y qué voy a escribir?, pensó Gabrielle mientras se instalaba ante su mesa de trabajo, pluma en ristre. Estuvo pensando largo rato, luego asintió un poco para sí misma y se puso a escribir. Durante mucho tiempo, el único ruido que se oyó en la cabaña fue el roce de su pluma sobre el pergamino. Primero, el tratado. Luego, una misiva más larga, con pausas para pensar entre palabra y palabra. Por fin, se echó hacia atrás y repasó su trabajo. Satisfecha, echó arena sobre la tinta para secarla, sopló para apartarla del pergamino y lo dobló cuidadosamente, añadiendo un sello de cera.

Querida Xena: (decía)

Lamento enviar a Ephiny con esta tontería de tratado, pero tu reputación se está desorbitando y corren rumores de que te has lanzado a conquistar el mundo. Otra vez. Por favor, trátala bien e intenta no pegar a la persona que viaja con ella, que es una de las compinches de Arella y ha ido para asegurarse de que Ephiny cuenta la verdad sobre lo que está ocurriendo.

Espero que estés bien y no construyendo fortificaciones de moras. Les he dicho a las amazonas que seguramente estabas intentando enseñar a tu gente a defenderse, como te he visto enseñar a otros. Como me has enseñado a mí. Pero cuesta convencerlas. Supongo que no te conocen como yo. Lo siento por ellas.

Me había prometido a mí misma que no iba a escribir nada cursi en esta nota, porque sé que detestas ese tipo de cosas, pero la tentación de decirte que te echo de menos más que a nada en el mundo es demasiado grande. Las amazonas me tratan bien y estamos avanzando, pero no pasa un día sin que desee tenerte aquí. A veces sólo quiero oír tu voz o que me levantes esa ceja. Qué cursilada, ¿verdad? Lo siento.

Bueno, suponiendo que para entonces hayas terminado de conquistar el mundo, durante la próxima luna llena se va a celebrar aquí una fiesta y he pensado que si no estás haciendo nada más, a lo mejor podrías pasarte. Es la fiesta de la cosecha de otoño en honor de Dionisos y tengo la curiosa sensación de que me va a hacer falta una campeona.

Bueno... ésa es una forma cortés de decirte que te necesito, ¿verdad? Porque es cierto.

Cuídate.

G

La bardo suspiró y se reclinó en la silla, sintiendo que se le había quitado un peso de los hombros. Para cuando llegase la fiesta, seguramente ya lo tendría casi todo arreglado y si no... bueno, daba igual. Distraída, se dio cuenta de que ni siquiera se planteaba cuál iba a ser la respuesta a esta nota. ¿Desde cuándo estoy tan segura? Frunció el ceño. Es decir, es posible que esté muy feliz donde está ahora y que no aparezca. Pero su corazón se rió de ella, y por mucho que intentara sentir aprensión, lo único que conseguía sentir era una oleada borboteante de alegre expectación.

Ephiny la encontró medio dormida encima de la mesa cuando se pasó por allí una hora después, para recoger sus encargos.

—Hola —dijo suavemente, para no asustarla.

—Oh —respondió Gabrielle, un poco atontada, frotándose los ojos y parpadeando al mirar a la amazona—. Lo siento. —Sonrió cohibida—. Me he quedado un poco traspuesta. —Le alargó el paquete sellado—. Toma, he terminado el tratado. Es un poco corto, pero no creo que necesites más.

Ephiny se adelantó y cogió el paquete, que se metió en la faltriquera.

—¿Por qué no duermes un poco? Pareces agotada —afirmó, mirando compasiva a la bardo. Pero más relajada de lo que la he visto en cuatro semanas. ¿Qué habrá en este paquete?

—Sí. Buena idea —contestó Gabrielle, tapándose un bostezo—. Que tengas buen viaje. Intenta no matar a Erika y... —su cara se iluminó con una sonrisa—, saluda de mi parte a la conquistadora del mundo, ¿quieres?

Ephiny se echó a reír suavemente.

—Está bien, lo haré. ¿Algún mensaje?

—Llevas uno ahí dentro. —Gabrielle indicó la faltriquera con la cabeza—. Pero gracias por preguntar.

Ephiny gruñó.

—Muy bien. Buenas noches, y nos veremos dentro de una semana más o menos. —Bueno... así que eso es lo que llevo, ¿eh? Se rió por dentro mientras se adentraba en la noche. Venga ya, Ephiny... pero que romanticona estás hecha. Vio a Erika, que cambió de dirección para acercarse a ella, y se quitó la sonrisa de la cara.

—Erika —saludó a la mujer—. Salimos al amanecer.

—Ya lo sé —contestó la amazona morena con frialdad—. Y detesto llegar tarde. No te preocupes, que ahí estaré, bien preparada. —Miró risueña a Ephiny—. ¿A que lo vamos a pasar bien? Al menos no tendrás que preocuparte por la comida durante el viaje. —Tiró de la cuerda de su ballesta para recalcar la idea y luego se alejó.

—Aauuj —gruñó Ephiny, desde el fondo de la garganta—. ¿Pero que he hecho yo para merecer esto?

—No sé —dijo Granella riendo y rodeándola con un brazo—. A lo mejor, si tienes suerte, Erika fastidia a Xena cuando lleguéis a Anfípolis y tu viaje de vuelta resulta más agradable.

Siguieron caminando un rato y luego Ephiny se echó a reír.

—Qué idea más buena. —Le echó el brazo a Granella por los hombros y la estrechó—. Gracias... pensaré en eso cuando tenga que pasar tres días en el camino con ella.

—Tú no crees en realidad que estén formando un ejército, ¿verdad? —preguntó Granella, con curiosidad.

—Qué va. —Ephiny se encogió de hombros—. Creo que Gabrielle ha dado en el clavo. Pero me alegraré de ver a ese viejo caballo de guerra... a lo mejor consigo enterarme de qué mosca le ha picado a nuestra reina.

Granella soltó una risotada.

—Si la llamas viejo caballo de guerra a la cara, ya lo creo que te vas a enterar, Ephiny... y a acabar de cabeza en una pila de estiércol, lo más probable.

Las dos se echaron a reír y se dirigieron hacia la hoguera de las exploradoras.


Anfípolis, tres días después

—Aquí está el cruce —dijo Ephiny, señalando hacia delante—. A partir de aquí no queda mucho camino. —Siguió adelante, sin esperar respuesta. Habían sido tres días muy largos.

Erika caminaba sin esfuerzo a su lado, en silencio. Miró hacia delante y vio el primer cercado de unos campos que indicaba que se estaban acercando a una aldea, y suspiró aliviada por dentro. Viajar con Ephiny había sido desquiciante, porque ninguna de las dos se fiaba de la otra, y llevaba tres días sin apenas pegar ojo. Tampoco su compañera de viaje. La conversación se había limitado a comentar el camino, el tiempo y el estado general de las tierras que iban pasando, y eso era todo. Erika estaba deseando llegar a Anfípolis, tanto si había ejército como si no, sólo por tener a alguien más con quien hablar. Y estaba segura de que Ephiny sentía lo mismo.

Los campos que iban pasando estaban bien cuidados y empezaron a ver a aldeanos que trabajaban en ellos. De vez en cuando, uno levantaba la cabeza y las observaba al pasar, pero no se percibía una clara hostilidad, sólo moderada curiosidad.

—Parece todo muy tranquilo —reconoció Erika.

—Mmm —murmuró Ephiny y luego volvió rápidamente la cabeza de nuevo hacia los campos—. Tal vez, pero fíjate bien. Se están pasando la voz de que llegamos. —Y entonces vio la serie de varas de aspecto inocente que había alrededor de los trabajadores y se fijó en un chiquillo medio dormido encima del muro que daba al camino, cuyos ojos medio cerrados las iban siguiendo. Empezó a sentir un cosquilleo por la espalda.

Erika se acercó más a ella por puro reflejo. Ahora que Ephiny se lo había indicado, se fijó en las pequeñas y sutiles señales de un estado de alerta poco común entre los trabajadores de los campos y los aldeanos que pasaban. Pero no veía armaduras, ni armas ocultas con astucia. Ni fortificaciones. Desconcertada, miró a Ephiny, en cuyo rostro se reflejaba la misma confusión.

—Bueno, ahora me siento mejor —comentó con humor—. Tú tampoco sabes qué está pasando.

Siguieron adelante, hacia el pueblo mismo, donde los viandantes inclinaron cortésmente la cabeza al verlas e incluso algunos, que al parecer las reconocían como lo que eran, las saludaron alegremente.

—Bueno, en cualquier caso, no odian a las amazonas —murmuró Ephiny—. Ahí hay una posada. Vamos a ver si averiguamos dónde podemos encontrar a Xena. —Dirigió sus pasos hacia la puerta y la abrió, asomándose al interior.

—Hola —se oyó una voz dentro, llamándoles la atención. Ephiny entró y parpadeó un poco en la penumbra al entrar desde el soleado patio. Era una posada bien amueblada, con mesas sólidas y bien hechas y aspecto próspero. Se fijó en el hombre que estaba detrás del mostrador de servicio y se estremeció un poco por la sensación surrealista de familiaridad que le provocó. ¿Quién? ¿Qué...? Entonces cayó en la cuenta de que eran los ojos. De un fogoso azul eléctrico, como sólo los de otra persona que hubiera conocido en su vida.

—Hola —repitió el hombre, saliendo de detrás del mostrador y acercándose a ellas—. Sois amazonas —dijo, recalcando lo evidente—. ¿Estáis buscando a Xena?

Ephiny y Erika se miraron.

—Sí —dijo Ephiny, ladeando la cabeza rizada para mirarlo—. ¿Y tú eres...?

—Toris. —Le ofreció el brazo—. Su hermano.

—Ah —suspiró Ephiny—. Eso explica por qué me resultas tan conocido. —Se echó a reír—. Nunca ha mencionado...

—Nunca lo hace —contestó Toris alegremente—. Pero aquí estamos. Y ella está en el patio de entrenamiento, dirigiendo unos ejercicios. Podéis salir por esa puerta de detrás si queréis.

—Gracias —dijo Ephiny cordialmente, y le hizo un gesto a Erika para que fuera a la puerta por delante de ella—. Encantada de conocerte.

—Seguro que volvemos a hablar —contestó Toris, con expresión risueña—. Tened cuidado cuando salgáis, a veces esas varas se vuelven un poco locas.

Ephiny asintió y siguió adelante.

—Caray... —le dijo a Erika por lo bajo, dejando de lado por un instante la antipatía que sentía por la mujer.

—Sí —contestó Erika, con una sonrisa guasona—. Parece que el físico es de familia.

Por un momento, hubo una especie de entendimiento entre las dos. Luego llegaron a la puerta y Ephiny la abrió con cuidado. Ahora se oía claramente el ruido de la madera al golpear madera. Atisbaron por el marco y se quedaron petrificadas, mirando.

El patio de entrenamiento era una zona despejada de la parte de atrás de la posada, con el suelo de tierra prensada y balas de heno colocadas estratégicamente. Xena estaba en el centro, armada con una larga vara de combate y enfrentada a diez aldeanos, hombres y mujeres, que se turnaban para atacarla, intercambiando golpes con ella. La alta guerrera llevaba una túnica blanca sin mangas sujeta con un cinturón y botas, y les explicaba con paciencia a los aldeanos lo que hacían mal o bien, dependiendo del caso, cuando se lanzaban contra ella para practicar hábilmente ataques y bloqueos.

Erika y Ephiny volvieron a mirarse.

—Parece que Gabrielle tenía razón —sonrió Ephiny con sorna—. A mí me parece que se trata de una clase de defensa.

Erika resopló.

—Tal vez —reconoció a regañadientes, aunque por dentro había estado convencida de que la reina tenía razón desde el principio. No era ésa la razón de su venida, y lo que estuviera haciendo Xena o dejando de hacer no tenía importancia en realidad. Por supuesto, Ephiny no lo sabía. Pero lo descubriría. Los labios de Erika esbozaron una sonrisa. Se volvió para observar la clase cuando Xena, echándose hacia atrás, hizo un gesto a los aldeanos para que la atacasen todos a la vez. Enarcó una ceja ante lo que veía.

—Es muy buena —murmuró la amazona morena.

Ephiny soltó un resoplido y puso los ojos en blanco.

—Muy buena. Sí, ya. —Observó a Xena, quien, moviéndose con poderosa agilidad, consiguió desarmar a casi todos los aldeanos con una serie vertiginosa de maniobras y luego saltó por encima de los otros tres y los derribó golpeándolos en las piernas con un ataque de revés—. ¡Ajá! Acabo de ver de dónde se ha sacado nuestra reina una de sus maniobras.

—Ese ataque de revés, sí —reconoció Erika—. No está mal.

Ephiny volvió a poner los ojos en blanco y miró de nuevo hacia el campo de entrenamiento, donde su mirada quedó atrapada por un par de ojos de un azul ardiente. Xena detuvo inmediatamente lo que estaba haciendo y salió corriendo hacia ellas, dando instrucciones a los aldeanos por encima del hombro. Ephiny se dio cuenta de la alarma repentina que había causado y se apresuró a hacerle una señal con la mano a la guerrera que se acercaba a todo correr, y vio que los ojos de Xena se llenaban de alivio y que sus tensos hombros se relajaban.

Al cabo de un momento, se detuvo ante ellas, ofreciéndole el brazo a Ephiny, que se lo estrechó con afecto.

—Hola, Ephiny. —Echó una mirada a Erika y luego miró interrogante a la amazona rubia.

—Hola, Xena. Ésta es Erika. —Durante un segundo apretó más el musculoso antebrazo de Xena y vio un movimiento de respuesta en las cejas de la guerrera.

—Erika —dijo Xena despacio—. ¿Qué os trae por aquí? —Soltó el brazo de Ephiny y les indicó que volvieran a entrar en la posada—. Pasad. —Les sostuvo la pesada puerta y las siguió al interior, cogiendo una jarra y unos vasos de camino hacia una mesa vacía, dejándolos en ella antes de apartar una silla y sentarse—. Servíos. La cerveza está fría, pero os aviso, es potente.

Se sirvieron unos vasos y bebieron un sorbo con cautela y luego con más entusiasmo.

—Está buena —ronroneó Erika, mirando a la mujer morena por encima del borde del vaso. Ephiny asintió.

—Decídselo a mi madre —comentó Xena, acomodándose en la silla con su propio vaso—. Bueno, ¿qué trae a dos amazonas hasta Anfípolis?

—¿Tu madre? —preguntó Ephiny, distraída.

—Sí. Gabrielle no habrá estado contando otra vez ese cuento de que me encontraron debajo de una piedra, ¿verdad? —dijo Xena con tono risueño—. Ésta es la posada de mi madre. —Miró a su alrededor—. Y supongo que a Toris ya lo habéis conocido.

Ephiny se encogió de hombros.

—En serio, Xena, nadie sabe mucho sobre ti, así que supongo que nunca se nos ha ocurrido pensar que pudieras tener familia en alguna parte. Te lo has tenido muy callado.

La guerrera se encogió de hombros.

—Es más seguro para ellos de esta forma. —Se echó hacia delante—. Todavía no me habéis dicho qué os trae por aquí. —Y les clavó a las dos una ceñuda mirada azul.

—Ah... sí —empezó Ephiny—. Perdona. Toma. —Se desató la faltriquera y le pasó a Xena el paquete que le había dado Gabrielle. Vio que la guerrera lo cogía con cuidado, miraba el sello de cera y luego una breve sonrisa le curvaba los labios—. Bueno, es que corren unos rumores...

Xena la miró enarcando una ceja.

—¿Rumores? —Entonces se echó a reír—. Ah... a ver si lo adivino. He salido a conquistar Grecia otra vez. —Suspiró y bebió un largo trago de cerveza—. Ya me imaginaba que iba a correr esa voz. No pensé que fuese a correr tan rápido, ni a llegar tan lejos. —Meneó la cabeza—. Y... ¿las amazonas estaban preocupadas? —En su tono se percibía a la vez irritación y mortificación.

—Bueno... —Ephiny miró al suelo—. Algunas sí. Gabrielle, en cambio, sabía perfectamente lo que estaba ocurriendo. —Miró a Xena—. Te conoce muy bien. —Vio el momentáneo brillo de respuesta en esos ojos azules como el hielo.

—Sí, es cierto —contestó Xena, en voz baja—. Bueno... ¿y qué es esto? —Indicó el paquete.

—Ah. —Ephiny sonrió—. Es un tratado de defensa mutua.

Xena se echó a reír.

—Lo dirás en broma. —Ephiny negó con la cabeza, sonriendo—. Oh, esto es tan propio de Gabrielle. —Rompió el sello del paquete y sacó el contenido, dejando el tratado a un lado y echando un vistazo al segundo pergamino sellado. Movió las cejas y lo dejó despacio en la mesa, luego cogió el tratado y lo leyó—. Oh... —Una carcajada—. Esperad un momento. —Se levantó y buscó pluma y tinta detrás del mostrador, volvió y mojó la punta de la pluma en el tintero. Sonrió e hizo unas anotaciones en el margen del tratado, y luego unas cuantas más. Por fin, firmó al pie con una floritura y se lo devolvió a Ephiny—. Hala. Llévatelo. Estáis protegidas.

Ephiny hojeó el documento y se echó a reír a su vez.

—Muy graciosa. ¿Pero qué pone aquí? No lo entiendo... ¿qué dialecto es ése?

Xena sonrió.

—No te preocupes. La reina sabe leerlo. —Tomó aliento y sus ojos se posaron en la mesa, donde esperaba el segundo pergamino. Con aire indiferente, lo cogió y rompió el sello, desdobló la hoja y la leyó.

Los dos primeros párrafos la hicieron sonreír y poner los ojos en blanco. Entonces llegó al tercero y su sonrisa pasó del humor a otra cosa. Lo releyó dos veces más, intentando no hacer caso de los escalofríos que le corrían por la espalda. Entonces se dio cuenta de que las dos amazonas la miraban con interés.

—Bueno —dijo, doblando el pergamino—. Gabrielle dice que las cosas van bastante bien. —Las miró—. Y que debo invitaros a pasar una noche en una cama de verdad y daros una buena cena.

—Gracias —asintió Ephiny, dejando en paz a la guerrera después de haber visto cómo reaccionaba su rostro normalmente inexpresivo ante la nota que estaba leyendo. Había visto cómo cambiaba esa expresión risueña y cariñosa, cómo se le dilataban los ojos, y esa sonrisa... Ephiny habría pagado una buena suma por saber qué era lo que había escrito Gabrielle para obtener esa reacción... y entonces se pegó un bofetón mental. Déjalo, Ephiny. No es asunto tuyo—. Nos vendría muy bien. El camino hasta aquí ha sido bastante duro. Y ha hecho un tiempo muy inestable.

Xena asintió y se levantó, se terminó el vaso y lo puso detrás del mostrador.

—Voy a decirle a Johan que estáis aquí. Ahora mismo vuelvo. —Pasó por la puerta del fondo, adentrándose en la posada. En cuanto la puerta se cerró tras ella, se desplomó contra la pared, con las rodillas flojas de repente, y apoyó la cabeza en el travesaño, dejándose llevar por una avalancha de emoción totalmente inesperada.

¿Es así de fácil? Abrió de nuevo el pergamino y lo volvió a leer. En un solo y sencillo párrafo, la bardo había desnudado su corazón y, con sinceridad, como todo lo que hacía, había reafirmado el vínculo que las unía. Y esa última línea... Xena se dio cuenta de que debía de tener una sonrisa muy boba en la cara y se sacudió, apartándose de la pared y mirando a su alrededor. Vamos, Xena, eres demasiado mayor para comportarte de esta forma. Contrólate. Vamos, vamos... a ver esa cara de señora de la guerra dura de pelar. Eso lo sabes hacer. Venga... venga... ya te derretirás más tarde. Mucho más tarde. Tomando aliento con fuerza, irguió los hombros y fue en busca de Johan, que se mostró encantado de reservar dos habitaciones para las amazonas.

—¿Estás segura... dos? —preguntó Johan, lanzándole una mirada astuta.

Xena lo miró enarcando las cejas.

—Johan... ¿pero qué quieres decir? —Sonrió—. Pero en este caso, sí. Estas dos no se tienen mucho aprecio. —Se echó a reír y le dio un empujón en el brazo—. Liante.

—Para nada —protestó Johan, pero le sonrió.

—Bueno, todo listo —dijo la guerrera, cuando pasó por la puerta y se volvió a sentar—. Habitaciones y cena, tal y como ha pedido vuestra reina. —Colocó un pie calzado con bota en el travesaño de sujeción de la mesa y se echó hacia atrás—. Madre también tiene arriba una habitación de baño, si os interesa. —Vio el brillo apreciativo de dos pares de ojos—. Adelante, disfrutad. Yo tengo que terminar unos ejercicios y luego me reuniré con vosotras para cenar. Esto puede acabar muy... lleno, pero la gente es educada y sabrán quiénes sois.

Ephiny enarcó una ceja al oír eso.

—¿Y eso es bueno o malo? —preguntó, medio en broma.

Xena le dirigió una mirada indulgente.

—Es bueno. Madre y Toris y la mayoría de la gente del lugar conocen a Gabrielle y están familiarizados con las amazonas, con eso de que estáis tan cerca.

—Muy bien —dijo Ephiny, y luego le hizo un gesto con la cabeza a Erika—. Me voy arriba. ¿Y tú?

Erika dejó su vaso en la mesa, asintió, saludó a Xena inclinando la cabeza con gesto tolerablemente respetuoso y siguió a Ephiny hacia las escaleras.

Xena se quedó mirándolas, luego resopló y sacudió la morena cabeza.

—Amazonas —suspiró, mirando al techo—. Es el cuento de nunca acabar.

—¿El qué, querida? —preguntó Cirene, acercándose a ella y mirando hacia las escaleras—. ¿Eran ésas las amazonas que me han dicho que habían venido?

Xena la miró.

—Sí.

Cirene asintió.

—Mmm. ¿Y cómo está Gabrielle? —preguntó, observando el rostro de su hija con una leve sonrisa. Captó la chispa de ternura que apareció en sus ojos al oír el nombre.

—Bien —contestó Xena, en voz baja. Y logró, de algún modo, no volver a sonreír como una estúpida—. Bueno, tengo cosas que hacer —dijo, y se levantó de la silla—. Se van a quedar a pasar la noche —añadió, rodeando a su madre para dirigirse a la puerta. Consciente de la sonrisa afectuosa que la siguió hasta fuera. Maldición... ¿tan transparente soy?

A la hora de cenar, como sospechaba, había mucha gente, pero las dos amazonas parecían disfrutar de todas formas, observando a los aldeanos con risueño interés y siendo observadas a su vez. Le preguntaron y ella contó la verdad que había detrás de los rumores de la construcción de su ejército.

—No ha sido para tanto —suspiró la guerrera—. Es que unos cuantos chicos vinieron y me pidieron que les enseñara algunas maniobras básicas de defensa. Ya sabéis, algo con la vara, un poco de cuerpo a cuerpo... y lo hice. —Se encogió de hombros—. Lo han aprendido... mejor de lo que yo pensaba, realmente. Y entonces, uno de los señores de la guerra de la zona decidió saquear el pueblo. —Hizo una pausa para beber un trago de cerveza—. Y se lo impedimos.

—Así, sin más —sonrió Ephiny—. Con un poco de ayuda personal por tu parte, supongo.

—No —fue la sorprendente respuesta—. El objetivo no era ése. Todos sabemos que sé luchar. —Sonrió con modestia—. Lo hicieron ellos solos. —Miró a su alrededor—. Y luego volvieron a hacerlo. Y así... empezó el rumor. —Otro trago. Y luego se echó hacia atrás y contempló al gentío—. No son mala gente. —Un amago de sonrisa—. La mayoría hasta me dirige ahora la palabra.

—He advertido que no llevas armadura —comentó Ephiny, reclinándose en la silla con un suspiro—. Caray... qué bueno estaba. Felicita a tu madre.

Xena sonrió fugazmente.

—Sí, no me pongo la armadura porque la gente se pone nerviosa al verla. —Miró a Ephiny—. La felicitaré de tu parte, por cierto. Le encanta atiborrar a la gente. —Resopló con humor—. Menudo problema tendría si no me pasara la mitad del día entrenando y la otra mitad cazando para traer comida a la mesa. —Y la mitad de la noche haciendo ejercicios. Sus platos me gustan demasiado.

Ephiny sonrió.

—Cosas peores podrían pasarte. —Bostezó y vio que Erika estaba también dando cabezadas soñolientas—. Pero creo que por hoy ya hemos tenido suficiente. —Se levantó, y Erika, que había hablado muy poco durante la cena, hizo lo mismo—. Gracias otra vez, Xena. Qué falta me hacía. —Sonrió a la guerrera apaciblemente.

—De nada. —Xena las saludó con la cabeza y se levantó también—. Nos vemos por la mañana —añadió, rodeó la mesa y dejó que se fueran arriba.

El establo estaba fresco y silencioso, y Xena dedicó un momento a aspirar los olores familiares a heno, caballo y polvo antes de entrar y cerrar la puerta tras ella. Argo le relinchó y se acercó a la yegua, mirando a su alrededor antes de sacar el pergamino y dejar que el caballo lo olisqueara con curiosidad.

—¿Lo reconoces, Argo? —La yegua relinchó—. Eso me parecía. —Se dirigió al pajar y estuvo a punto de tropezar con Ares, que salió disparado de debajo de la mesa de los arreos y le atacó la bota—. Oye, cuidado —murmuró, levantando al lobezno y poniéndoselo debajo del brazo, luego se izó con un solo brazo hasta el pajar y se tumbó en su petate.

—Ruu —protestó Ares, soltándose y trepando por su brazo hasta su pecho, donde se puso a olisquear el pergamino que sostenía. Lo levantó para apartarlo de él y lo leyó de nuevo, y esta vez se dejó inundar sin más por la oleada de emoción vertiginosa y cerró despacio los ojos, regodeándose en ella. No me lo merezco. De verdad que no. Pero si está ocurriendo, pues... voy a dejar que ocurra. Estoy harta de luchar contra esto. Echó la cabeza a un lado y contempló al lobezno.

—Seguro que ella también te gusta —le murmuró al animal, que la miró ladeando a su vez la cabeza—. Bueno, tengo que levantarme para ir a ejercitarme con la espada, Ares. Así que pórtate bien y duérmete, ¿vale?

Se dejó caer rodando desde el pajar y se quitó la túnica, poniéndose en cambio la loriga acolchada que usaba para entrenar con la espada. Llevaba relleno en los hombros y los brazos, donde tendía a golpearse cuando practicaba saltos y volteretas por el aire, y así se ahorraba magulladuras molestas. También tenía presillas y hebillas para sujetar la vaina y era de corte alto en los lados, para permitirle practicar algunas de sus patadas más complicadas. Se ajustó las correas y se colocó la espada, luego salió por la puerta y bajó por el sendero hacia la línea de árboles, aspirando el aire frío en los pulmones, y echó a correr simplemente porque le apetecía. Dio varias volteretas a la carrera por pura diversión y llegó al claro en nada de tiempo, donde saltó varias veces sobre las puntas de los pies para colocarse bien la espada y la loriga.

Jo, qué bien me encuentro. Una larga ola restallante de felicidad cayó sobre ella. Sacó la espada y emprendió una serie velocísima de estocadas a media altura, dejando que la emoción se fuese descargando despacio a medida que se lanzaba a una serie de ataques complicados y, francamente, excesivamente historiados con la espada, en los que incluyó molinetes y lanzamientos de la espada por el aire en medio de estocadas de revés. Era muy difícil. Y disfrutaba al máximo, notando cómo los movimientos adquirían un ritmo cómodo y familiar. Dioses, qué gozada.

Se sonrió, luego cambió de ritmo y emprendió una serie más normal de estocadas estándar, que fueron aumentando de velocidad hasta que la hoja se puso borrosa. Y entonces, añadió las maniobras aéreas, empezando con fáciles volteretas hacia delante y pasando poco a poco a las más complicadas, que consistían en girar en medio del aire, y luego a las que eran difíciles de verdad, los saltos mortales hacia atrás, que tenía que hacer prácticamente a ciegas, confiando en sus instintos para colocar bien la espada, el cuerpo y los pies al aterrizar. Había estado teniendo algunos problemas con esos, pero esta noche... esta noche todo fluía sin dificultad... como si todo encajara en su sitio sin esfuerzo. Se echó a reír en voz alta, dando un enorme salto mortal hacia atrás, luego botó hacia delante con una voltereta, saltó hacia arriba y giró en medio del aire estirándose casi como si volara. Por fin, se relajó tumbada boca arriba en la hierba, con los brazos completamente extendidos, contemplando las estrellas, notando el rocío que le empapaba la loriga, refrescándola, aspirando el olor de los pinos, de la hierba mojada y de la tierra húmeda.

Captó un leve ruido y sus defensas regresaron plenamente alerta. Se levantó de un salto, envainó la espada y se metió entre los árboles, ocultándose de la luz de la luna. Sus sentidos percibieron un cuerpo en movimiento y avanzó hacia él, deteniéndose a la sombra de un gran árbol para concentrarse en el bosque que tenía delante. Se le dilataron las fosas nasales, atrapando el viento caprichoso, que le trajo un leve olor, junto con el minúsculo indicio de un crujido de la hojarasca bajo un pie. Se quedó donde estaba, hasta que el intruso pasó ante su mirada inmóvil y silenciosa, y entonces puso los ojos en blanco. Ephiny. ¿Es que esta mujer nunca aprendería? Suspirando, salió de detrás del árbol y se colocó detrás de la amazona, que era evidente que seguía un rastro. Cayó en la cuenta de que era el suyo, que no se había molestado en absoluto en ocultar. Risueña, siguió a Ephiny hasta que la mujer llegó al borde del claro y se asomó, apoyando una mano en la áspera corteza del último árbol que había antes de la zona despejada. Por fin, Xena carraspeó y se cruzó de brazos cuando Ephiny, sobresaltada, se volvió en redondo.

—¿Pero por qué haces eso? —exclamó la guerrera, apoyándose en un árbol cercano—. ¿Es que no puedes decir simplemente, "Oye, Xena... ¿podemos hablar?"? ¿Es que tienes que acercarte furtivamente a las personas? —Se enderezó y se acercó donde estaba la amazona, con los brazos en jarras.

—Como si tú nunca lo hicieras —contestó Ephiny, riéndose un poco—. Lo siento —dijo, azorada—. Es una costumbre. Ya nos conoces. Nunca te acerques de frente si puedes hacerlo a hurtadillas. —Miró a Xena—. ¿Y tú qué haces aquí fuera?

La guerrera resopló y flexionó los hombros.

—Entrenar con la espada. —Señaló el claro con la cabeza—. Hay mucho espacio, sin aldeanos que se asusten.

—¿Entrenar? —preguntó Ephiny, extrañada—. No sabía que tenías que hacerlo.

Xena la miró ceñuda.

—Sabes, eso siempre me asombra —dijo, con cierto matiz de irritación en el tono.

—¿El qué? —preguntó Ephiny, acercándose más y ladeando la cabeza, mirando algo confusa a la mujer más alta.

—¿Por qué todo el mundo da por supuesto que me levanto sin más por la mañana y ya soy capaz de saltar el equivalente de mi propia estatura y atrapar flechas? —Miró quejosa a Ephiny—. ¿De verdad crees que Ares sale de detrás de un árbol, me echa unos polvitos mágicos y allá voy?

Ephiny se quedó pasmada y trató de pensar en algo que contestar.

—Aah... pues... mm. Es culpa tuya —replicó, cruzándose de brazos—. Haces que parezca todo tan fácil... Supongo que todo el mundo supone... o sea... no sé lo que suponen. Supongo que siempre he... oh, por Hades, Xena. No tengo ni idea de qué he estado pensando. Es que haces cosas sin más —terminó, mirando a la guerrera y levantando un poco las manos—. Haces cosas que nunca le he visto hacer a nadie más.

Xena suspiró y se frotó los brazos.

—¿Tienes idea de lo que he tardado en fortalecer mi cuerpo hasta el punto de poder hacer todas esas cosas? —Sonrió levemente a Ephiny—. Y hace falta un trabajo constante para mantenerlo. —Se echó a reír—. De modo que sí, Ephiny. Entreno. Incluso me doy en la cabeza de vez en cuando. Pregúntaselo a Gabrielle.

Miró a la amazona, esta vez con cara seria.

—¿En qué estás pensando, Eph? No creo que hayas venido hasta aquí para verme dar saltos mortales.

Ephiny se cruzó de brazos y se apoyó en el árbol.

—Es Gabrielle —dijo por fin, levantando la mirada hacia los ojos ahora precavidos de Xena—. Estoy preocupada por ella. —Frunció los labios—. Está muy alterada por algo y no quiere hablar conmigo. Ni con nadie, en realidad.

Xena frunció el ceño un poco consternada, debatiéndose entre la preocupación y la idea de que seguramente ella sabía muy bien cuál era el problema de la bardo.

—Es que... no duerme. Y se cree que yo no lo sé. Creo que la tensión de todo este asunto está afectándola. Y Arella no ayuda nada. —No quiso mirar a Xena a los ojos—. Está... presionando mucho a Gabrielle. Y no lo hace con mucha sutileza. —Por fin levantó la mirada—. Entiéndeme, lo lleva muy bien. Tiene a Arella absolutamente frustrada. —Una leve sonrisa por parte de Xena—. Pero... se está agotando, Xena. Y me duele verla así. —Hizo una pausa—. Necesita una amiga.

—¿Y tú no lo eres, Ephiny? —preguntó Xena suavemente, escrutando atentamente el rostro de la amazona con sus ojos claros.

—Yo soy una de las personas que acuden a ella en busca de soluciones. —Ephiny suspiró. Entonces mordió la flecha y continuó—. Creo que la amiga que necesita está aquí, delante de mí. —Tomó aliento y miró al suelo—. Escucha... no es asunto mío, eso lo sé. Pero... Gabrielle me cae bien. Y no me gusta verla como está ahora. Necesita algo... algo que nosotras no podemos darle. —La amazona miró a un par de ojos azules inmóviles y tranquilos—. Pero creo que tú sí puedes.

Xena soltó aliento, contemplándola con cara pensativa. Cuando estaba a punto de hablar, se puso rígida de repente y alzó una mano, ladeando la cabeza para escuchar.

—Ballesta —le dijo sin voz a Ephiny, que abrió mucho los ojos—. Me apunta a la espalda —susurró apenas, con todos los sentidos en alerta.

—¿Quién? —susurró Ephiny a su vez, estremeciéndose. No había pánico en los ojos que la miraban, pero captó la repentina y tensa preparación de los músculos de Xena y se le erizó el pelo de la nuca.

—La pregunta es, ¿cuál de las dos es el blanco? —respondió la guerrera en voz baja, y luego miró intensamente a la amazona—. Ephiny, ¿confías en mí?

Ephiny se quedó largos segundos mirando a esos ojos irresistibles. Luego tomó aliento y asintió.

—Sí, confío en ti.

—Pues no te muevas —advirtió Xena suavemente—. Ni un centímetro, nada. —Cerró los ojos y concentró cada fibra de su ser hacia atrás, notando el temblor cuando la ballesta disparó, percibiendo el movimiento del aire cuando la flecha voló hacia ella. El tiempo se detuvo y, dejándose llevar por su instinto entrenado, cayó sobre una rodilla, se giró y atrapó la flecha al pasar zumbando junto a su hombro izquierdo y luego la segunda al pasar por encima de su cabeza. Inmovilizó los músculos, volvió la cabeza y comprobó la trayectoria de las flechas y el blanco situado a varios centímetros detrás de ella. El corazón de Ephiny.

Durante un segundo, le sostuvo la mirada a Ephiny, luego soltó las flechas y se levantó, colocando el cuerpo entre los árboles y la amazona.

—Se ha ido —dijo, volviéndose para mirar a la mujer rubia—. ¿Qué está pasando aquí, Ephiny? Iban dirigidas a ti... disparadas por alguien que sabía que yo no sólo las oiría, sino que podría quitarme de en medio.

Ephiny se dejó caer apoyada en el tronco hasta quedarse sentada en el suelo del bosque y apoyó la cabeza en las manos. Xena se acuclilló a su lado, preocupada.

—Sabes, Xena, a veces... —murmuró por fin—. Es que no sé ni por qué me molesto. —Dejó los brazos sobre las rodillas y apoyó la cabeza en el árbol—. Ha tenido que ser Erika. La ballesta es su especialidad y es la única de los alrededores que se me ocurre, remotamente, que pueda tener un motivo.

Xena frunció las cejas oscuras.

—¿Erika? ¿Por qué querría matarte? Si van detrás de la máscara de la reina, lo más lógico sería matarme a mí. —La idea no parecía afectarla—. Al fin y al cabo, si quieren quitársela a Gabrielle, tienen que pasar por encima de mí para hacerlo.

—Cierto. —Ephiny le sonrió con desgana—. Pero ¿y si consiguen que parezca que he venido aquí para parlamentar y tú me has matado? —Casi se echó a reír al ver la expresión de pasmo de Xena—. Bum. Ya tenemos una situación en la que Arella puede pasar por encima de prácticamente cualquier cosa para lanzar un desafío, y tú no no podrías actuar como campeona, porque... bueno, porque me habrías matado.

Xena dejó asomar una sonrisa lenta, feroz e indolente que le produjo a Ephiny un escalofrío por la espalda.

—Ephiny. Si alguien la amenazara, ¿tú crees que dejaría que la ley amazona se interpusiera entre ella y yo? —Sus ojos se clavaron en los de la amazona—. Además, la ballesta no es mi estilo. Yo no te habría matado de ese modo.

Ephiny respiró hondo e intentó hablar con humor.

—Bueno, si Gabrielle estuviera aquí, diría que tú no me habrías matado. De ningún modo. —Tragó con dificultad—. Por cierto, gracias.

Xena se puso ágilmente en pie y alargó la mano para ayudar a levantarse a la temblorosa Ephiny.

—De nada —dijo, y luego añadió—: Y... Gabrielle tendría razón. Como siempre. —Sonrió a Ephiny—. Gracias. Por preocuparte por ella.

Ephiny miró al suelo y luego dirigió la mirada al bosque.

—Vamos a hacer una fiesta dentro de poco, Xena...

—Ya lo sé. —La guerrera se rió levemente—. He recibido una invitación por escrito.

—Oh. —Ephiny se sonrojó. Luego se echó a reír—. Me lo tendría que haber imaginado. ¿Irás?

—Allí estaré —replicó Xena, dándole un empujón para que echara a andar hacia el pueblo—. Es una fiesta en honor de Dionisos. Alguien tiene que proteger su inocencia de vosotras, las amazonas.

Ephiny se sobresaltó y se volvió para mirar sorprendida a Xena, y luego soltó una risotada y sacudió la cabeza mientras regresaban a la posada. Pero en lugar de ir a la taberna, Xena la llevó hacia el establo.

—Más seguro, creo, aunque no tan cómodo —murmuró, deslizándose por la puerta con Ephiny pisándole los talones. La cual se detuvo en seco al ver a un bullicioso lobezno que corrió frenético y tropezando por el suelo y se lanzó sobre el pie calzado con bota de Xena—. Ah, hola, Ares —dijo Xena, distraída, apartando con delicadeza al animal y avanzando hacia la mesa de los arreos.

—¿Ares? —dijo Ephiny, alzando la voz atónita—. Lo dirás en broma. —Miró al lobo—. ¿De dónde...?

—Una larga historia —dijo Xena, cogiendo un trozo de pergamino y sentándose con una pluma y expresión absorta—. Si Erika ha sido la persona que ha disparado esa ballesta, ¿vas a estar a salvo en el viaje de vuelta a casa?

Ephiny se sentó en un cómodo montón de heno y reflexionó.

—No lo sé.

Xena se contempló las manos.

—Bueno, puede que tenga una solución. Un... testigo, más o menos, para ti. —Se detuvo pensativa—. Tenemos a una huérfana por aquí... se llama Cait. A sus padres los mató la banda de un señor de la guerra errante. —Se echó hacia atrás y miró a Ephiny—. Se gana la vida cazando animales pequeños y vendiéndoselos a la gente del pueblo. Se le da bien... y sólo tiene doce años.

—Muy joven para estar sola —murmuró Ephiny.

—Mucho —asintió Xena—. Cuando llegué aquí, me rogó que le enseñara a manejar la espada. La convencí de que probablemente no era muy buena idea. Pero... —señaló a Ephiny con la cabeza—, sería una buena amazona.

—¿Y ella quiere? —preguntó Ephiny, pensándoselo—. Ya sabes que no adoptamos gente sin más sólo porque sean huérfanas o lo que sea.

—Ella quiere —afirmó Xena, tajante—. De hecho, me ha pedido que la lleve a vuestra aldea. Le dije que me lo pensaría... cuando fuese. —Se echó hacia delante—. Es un riesgo, lo sé... pero es fuerte y no es una completa inocente.

Ephiny asintió.

—Está bien. Me la llevo.

—Bien. —Xena suspiró—. Bueno, acomódate en el heno y duerme un poco. Yo tengo que escribir una nota.

Ephiny sonrió.

—Me parece buena idea. Las dos cosas —dijo, sonriendo al ver que había sorprendido a Xena. Luego cogió una manta de caballo que estaba libre y se acurrucó en la blanda paja, donde se quedó dormida a los pocos minutos.

Xena se quedó mirándola un momento y luego se echó a reír por dentro. Luego se concentró en el pergamino que tenía delante. Oh... esto no va a ser fácil. Las palabras no son lo mío. Pero... vamos a ver...

Querida Gabrielle: (decía)

Pues sí, me he lanzado a conquistar el mundo. Otra vez. Y he empezado por Anfípolis. Lo siguiente es Potedaia. Saludaré de tu parte a tu familia, puesto que estoy segura de que me recuerdan con cariño. Ha sido agradable tener a Ephiny de visita y recibir noticias de lo que está pasando allí. He conseguido no pegar a Erika, pero a lo mejor lo haces tú cuando vuelvan, porque creemos que ha intentado que Ephiny haga amistad con un par de flechas de ballesta.

No hay manera de aburrirse cuando tú andas cerca, ¿eh? Madre y Toris te envían saludos y Ephiny te llevará algo de parte de madre que creo que te va a gustar mucho. El pueblo me ha sentado bien hasta ahora, dejando aparte el plan para dominar el mundo, claro.

Sí, como norma general, no me gustan las cursiladas. ¿Pero no te dije una vez que tú eres la excepción a la regla? Creo que sí que te lo dije... además, yo también te echo de menos. No me perdería vuestra fiesta por nada del mundo: puedes contar conmigo.

Aguanta, bardo mía. No corras riesgos y ten cuidado. Y puedes decirle a tu amiga Arella que si te pone un dedo encima, esparciré sus restos por el camino de Atenas en trozos tan pequeñitos que tendrán que usar pinzas para recogerlos.

Lo digo en serio.

X

Bueno, pensó, artístico no es. Pero creo que la idea queda clara. Dobló el pergamino, le echó cera encima y luego se detuvo un momento, pensando. Gabrielle había sellado el suyo con un sello de amazona, por supuesto... así que me parece que voy a tener que sacar esa cosa. Fue a las alforjas de Argo y se puso a hurgar, hasta que sacó una bolsita, de donde extrajo un anillo de sello. El suyo. De los malos tiempos, cuando las misivas marcadas con esta insignia sembraban el terror por el territorio. Lo miró pensativa, luego regresó a la mesa y aplicó el sello a la cera caliente. Ya era hora de que eso sellase algo que... No terminó la idea y sopló para apagar la vela, cogió a Ares y subió al pajar.

Se tumbó y se quedó flotando en un cansancio agradable que hacía que el pajar pareciera un colchón relleno de plumas. Se puso a pensar. Esta vez no quería ni necesitaba que el sueño se lo impidiera.


Erika estaba taciturna al día siguiente. Ephiny lo advirtió con una sonrisa tensa. La amazona morena comía en silencio el excelente y gran desayuno que les sirvió Toris y evitaba mirar a Ephiny a los ojos. Ah... es muy joven, pensó Ephiny, aunque no estaba dispuesta en absoluto a usar eso como excusa para justificar un asesinato. También lo es Arella. Tal vez eso es parte del problema... Dirigió una mirada al otro lado de la sala, donde estaba sentada Xena, con los brazos apoyados en las rodillas cubiertas con botas, hablando en voz baja con una niña sentada frente a ella. Más alta de lo normal, de pelo rubio clarísimo y muy delgada, la niña llevaba un arco corto colgado del hombro y una aljaba colgada del ancho cinturón. A sus pies había un morral de viaje informe y escuchaba atentamente a la guerrera.

—Cait, sabes que no tienes que ir si no quieres —dijo Xena, en voz baja—. Puedes quedarte aquí, madre ha dicho que tendrías un sitio para ti en nuestro... —aquí sonrió un poco—, hogar, si lo quieres.

Cait la miró solemnemente con sus ojos grises casi incoloros.

—Quiero ir. Yo... hay cosas que quiero que aquí no puedo encontrar. —Esbozó media sonrisa—. Creo que tú lo comprendes.

Xena asintió. Lo comprendía. Y lo que no le había dicho a Ephiny era que después de que sus padres murieran en el ataque, esta niña se había colado en el campamento enemigo y le había cortado el cuello al líder. Una niña peligrosa, era Cait. Una a quien ella comprendía de una forma única.

—Muy bien. Ephiny te llevará al territorio de las amazonas y te buscará una familia adoptiva. Está bien, puedes confiar en ella. —Bajó la voz—. Pero en la otra no. Creemos que anoche intentó matar a Ephiny.

—Es cierto —contestó Cait con cautela—. Yo la vi y la seguí cuando me pareció que se dirigía a tu sitio de siempre.

Xena le sonrió, pues hacía tiempo que sabía que tenía una espectadora silenciosa.

—¿Y has estado disfrutando del espectáculo? —preguntó, con tono humorístico.

Cait sonrió, sin la menor vergüenza. Se había enfadado mucho con Xena cuando la guerrera se negó a enseñarle a manejar la espada, pero a lo largo de las semanas, primero le había ido cayendo bien y luego había acabado sintiendo un aprecio auténtico y entusiasta por ella. Por la única persona con la que le parecía que podía hablar con franqueza. La única persona que había conocido en su corta vida que entendía perfectamente sus motivaciones.

—Anoche estuvo mejor que nunca. —Suspiró, con los ojos iluminados—. Fue como... magia.

Xena la miró, desconcertada.

—Sí, el ejercicio no estuvo mal —dijo despacio—. Estaba de muy buen humor.

—Ya lo noté —contestó Cait suavemente.

—Sí, ¿eh? —replicó Xena, sonriendo. Se irguió—. Me gustaría que hicieras algo por mí.

Cait asintió.

—Lo intentaré.

Xena cogió dos cosas y las empujó al otro lado de la mesa. La primera, un paquete de pergamino sellado, se la entregó a Cait.

—Esto quiero que se lo des a la reina amazona. Es Gabrielle. ¿Te acuerdas de ella?

Cait asintió enérgicamente.

—Oh, sí. Tu amiga, la del pelo dorado rojizo. La narradora.

—Sí, ésa es. —Xena dejó que una sonrisa asomase un momento a su cara por lo demás seria—. Tú dáselo, reconocerá el sello. —Cogió el otro objeto y se puso a darle vueltas entre las manos—. Esto necesito que te lo lleves y se lo des a ella también. ¿Puedes hacerlo? —Le entregó el objeto a Cait, que lo cogió con cuidado y lo examinó. Un cuchillo hábilmente forjado, del mismo molde que su larga espada, con un sello grabado en la empuñadura. Un sello igual al de la cera del pergamino. Cait lo sacó con cuidado de la vaina de cuero y examinó la hoja bien afilada y los dos canalillos paralelos que bajaban por cada lado. Miró a Xena, con un conocimiento impropio de sus doce años, luego volvió a mirar el cuchillo y lo envainó.

—Puedo hacerlo —dijo la niña, tajante y tranquila.

Xena asintió y le tocó la mano, bajando la voz.

—Quiero que vigiles a Ephiny, Cait. Es importante que llegue a casa. —Sus ojos azules se clavaron en los grises.

Cait le sostuvo la mirada, pero se llevó el cuchillo a los labios y lo besó.

—Lo haré —susurró, y dos almas fieras intercambiaron un entendimiento—. Lo prometo.

—Vale, y cuando la veas —añadió Xena, echando un vistazo a las amazonas que esperaban—, dale ese cuchillo a Gabrielle. Dile que es de mi parte. Para... las emergencias. Y dale otra cosa de mi parte.

Cait se levantó, pues sabía que era hora de marcharse.

—¿El qué?

—Ven aquí —dijo Xena y, cuando la niña se acercó, se echó hacia delante y le dio un abrazo que, tras un momento de estupor, Cait le devolvió con fuerza—. Así —dijo Xena, soltándola—. ¿Vale?

Cait sonrió.

—Creo que eso le va a gustar más que el cuchillo —dijo, sabiamente.

Xena se echó a reír.

—Ah, creo que tienes razón. Pero dáselo de todas formas. —El cuchillo... todavía estaba dándole vueltas en la cabeza, pensando si era o no una buena idea. No esperaba que Gabrielle lo fuera a usar, no... lo que sentía la bardo sobre el derramamiento de sangre era algo de lo que Xena era poderosamente consciente. No... pero el incidente de las flechas le había causado mucha preocupación por su seguridad y había estado a punto de mandar a paseo la cautela y todo lo demás y simplemente... ir... en persona a la aldea amazona. De hecho, plantada al amanecer de cara al viento ante el establo, había sentido un tirón repentino y urgente en esa dirección y hasta dio varios pasos antes de darse cuenta y detenerse. No, Gabrielle no usaría el puñal.

Pero era lo bastante prudente como para saber que si lo llevaba al cinto, eso podría, tal vez podría detener una posible amenaza. Y... el sello garantizaba que todo el que lo viera supiera con exactitud quién estaba detrás de la acosada reina amazona. Podría ir sin más... pero ha dicho que necesitaba un poco más de tiempo... y según el análisis de Ephiny, cualquier posible desafío está todavía en fase de planificación. No quiero estropearle las cosas, pero desde luego, tampoco quiero que le hagan daño. O algo peor. ¿Un poco más de tiempo, bardo mía? Está bien, pero no mucho más. Creo que no voy a esperar hasta esa fiesta para hacerte una visita, decidió severamente. Aunque... su mente se burló amablemente de ella, no es que necesites una excusa, ¿verdad?

—Oh, espera... casi me olvido —murmuró Xena, apresurándose a reprimir una sonrisa—. Ahora mismo vuelvo. —Desapareció en la cocina y no tardó en encontrar a Cirene, que vigilaba una olla que hervía ligeramente. Levantó la mirada al oír los característicos pasos de su hija.

—Buenos días, querida. —Le sonrió.

—Hola —contestó Xena, apoyándose en un soporte de madera—. No tendrás por aquí algunas de esas empanadillas, ¿verdad?

Cirene se echó a reír.

—Creo que tengo una nueva adicta —bromeó—. Todo parte de mi plan para conseguir que te quedes.

Xena le sonrió con cariño.

—Para mí no. Para una amiga.

—Oh, por supuesto. —Cirene sofocó una carcajada y luego se detuvo y la miró—. ¡Ah... espera! ¿Para Gabrielle? —Observó el rostro de su hija con ojos pícaros. La sonrisa de Xena le contestó—. Bueno, en ese caso, te prepararé un paquete.

—¿En ese caso? —preguntó Xena, enarcando una ceja.

Cirene subió la mano y la agarró de la barbilla, riendo.

—Bueno, ahora es parte de la familia, ¿no?

Oh. Xena notó el rubor que le iba subiendo por el cuello hasta las mejillas. No tiene sentido mentir. A ella no, al menos.

—Sí, supongo que sí —fue la tranquila respuesta, seguida de una ligera carcajada.

Su madre sonrió y le dio una palmadita en la tripa.

—El amor te sienta bien, querida. —Fue detrás de una alacena y sacó un paño para envolver, le dio tiempo a Xena para que se serenara y luego salió de nuevo con un paquete muy bien envuelto—. Aquí tienes.

—Gracias —contestó la guerrera, con una pequeña sonrisa—. Sé que serán apreciadas.

Cirene la despidió con un gesto.

—Hala, vete. Tengo que ocuparme del estofado. —Esperó hasta oír que se cerraba la puerta y luego se echó a reír para sí misma. Si hace un mes alguien me hubiera dicho que iba a pasar una cosa así, lo habría echado a escobazos por la puerta. Y ahora mira: el negocio va mejor que nunca y el pueblo está... renovado, con una confianza que emana directamente de ella. Creo que por fin ha pagado esa deuda. Al menos a mí me la ha pagado. Creo que la quiero otra vez. No, sé que la quiero.

—Muy bien —dijo Xena, regresando a la mesa y llevando a Cait hasta las amazonas—. ¿Todo el mundo listo? —Cait, que ya había hecho desaparecer el cuchillo guardándolo, sonrió con timidez a las dos mujeres—. Ésta es Cait y quiere ir con vosotras. Cait, éstas son Ephiny y Erika y son amazonas. —Le entregó un paquete a Ephiny, con una sonrisa—. Dale esto a su majestad, por favor. Con los saludos de mi madre.

—Hola, Cait. —Ephiny sonrió afectuosamente—. ¿Estás preparada? —Erika se limitó a saludar a la niña inclinando la cabeza.

—Todo listo —dijo Cait, levantando su morral.

Ephiny le dio una palmadita a la niña en el hombro y la llevó hacia la puerta. Se volvió al abrirla y miró a Xena, que estaba de pie, cruzada de brazos, observando.

—Cuídate —dijo, saludándola con la cabeza.

—Nos veremos —contestó Xena, enarcando una ceja y guiñando apenas un ojo. Vio alivio seguido de comprensión en el rostro de la amazona rubia.


Aldea amazona: por la noche, dos días después

Gabrielle apoyó la cabeza en las manos, respirando hondo para intentar calmarse. La escena de hoy en la sala del consejo la había asustado más de lo que estaba dispuesta a admitir, aunque se había mantenido firme y había hecho valer su punto de vista. Una vez más. ¿Pero cuánto tiempo iba a poder seguir haciendo esto? Primero, los rumores de una invasión de su territorio por parte de los centauros. Resultaron ser falsos. Luego llegó la noticia de que había bandidos de la aldea vecina arrasando los campos. También resultó ser falsa. En cada ocasión, la paz había prevalecido. La calma había prevalecido. La otra mañana, tuvo la seguridad de que Arella la iba a desafiar, en el comedor mismo a la hora del desayuno. Le costó controlar el ataque de miedo puro e irracional. Pero lo hizo. Ahora, llegaba la noticia de que Ephiny regresaba con Erika y una niña desconocida.

—¿Gabrielle? —se oyó la suave voz de Granella en la puerta. Levantó la mirada y vio a la delgada amazona mirándola con cierta preocupación—. Ephiny ha llegado a la puerta. He pensado que querrías saberlo.

—Gracias —dijo la bardo, respirando hondo y apartándose de la mesa de trabajo. Cruzando la habitación, se detuvo en la puerta, vio a la rubia de inmediato y se quedó mirando mientras Erika se alejaba rumbo a la zona de Arella con la cara muy larga. Se animó, al darse cuenta de que eso sólo quería decir una cosa, aunque no había tenido la menor duda. Ephiny la vio y echó a andar hacia ella, haciéndole un gesto al tercer miembro de su grupo para que fuera con ella. ¿Pero quién...?, pensó la bardo. Le resultaba vagamente conocida, pero Gabrielle tardó un poco en recordar de qué... aunque se le fue aclarando la memoria a medida que se acercaban, y de repente se acordó. ¿Eh?

—¡Gabrielle! —la llamó Ephiny, con aire cansado, pero aliviado—. Tenías toda la razón. —Sus labios se curvaron en una sonrisa, comparable a la que lucía la reina—. Y te traigo un tratado firmado por la conquistadora del mundo.

Gabrielle fue hacia ellas, notando que se le quitaba parte de la tensión.

—Seguro que puso los ojos en blanco cuando lo vio —dijo la bardo riendo y luego miró a la niña—. Hola, Cait... cuánto tiempo.

Los ojos de la niña se iluminaron al ver que se acordaba de ella y sonrió a Gabrielle con timidez. Gabrielle le devolvió la sonrisa y las hizo pasar a las dos a su cabaña. Está más alta, pero sigue pareciendo un fantasma.

—Parece que aquí Cait quiere formar parte de nuestra gran familia, Gabrielle —dijo Ephiny con tono de guasa—. Viene recomendada por Xena.

—Bueno, ésa es recomendación suficiente para mí —replicó la reina, guiñándole el ojo a Cait.

—Tengo unas cosas para ti —dijo Cait, acercándose un poco.

—¿Ah, sí? —preguntó Gabrielle, un poco desconcertada—. ¿Cómo qué?

Le ofreció el pergamino primero.

—Esto.

Gabrielle lo cogió, miró el sello y sonrió relajadamente.

—Ya veo quién lo envía. —Se echó a reír. Empezó a sentir un calorcillo en la boca del estómago.

Cait también sonrió.

—Sí. Y esto... dijo que te dijera que era en caso de emergencias. —La niña sacó un objeto largo de su morral y se lo entregó solemnemente.

La bardo alargó la mano despacio y lo cogió, examinándolo con los ojos, y tocó suavemente el sello de la empuñadura. Sus ojos se posaron en Ephiny, advirtiendo las ojeras de agotamiento que tenía la rubia amazona bajo los ojos y su mirada preocupada.

—Gracias. —En caso de emergencias... ¿qué puede haber pasado para que Xena se asuste hasta el punto de enviarme esto?

Cait esperó.

—Una cosa más —dijo, suavemente.

Gabrielle volvió a prestar atención a la niña.

—Muy bien, ¿qué es? —preguntó, obligándose a hablar con tono paciente y alegre.

—Esto. —Y la niña se adelantó y abrazó a la sorprendida bardo, intentando estrujarla con todas sus fuerzas. Con toda la fuerza que sabía que habría deseado la guerrera que se había quedado atrás. Porque a esta amiga suya parecía hacerle mucha falta.

Gabrielle tomó aliento temblorosamente y abrazó a su vez a la niña.

—Gracias, Cait —dijo y soltó a la niña, revolviéndole el pelo—. Eso ha sido lo mejor.

Cait dejó asomar media sonrisa.

—Ya le dije yo que ibas a decir eso —dijo.

—Bueno, Cait, vamos a instalarte. —Ephiny suspiró y miró hacia la puerta, aliviada al ver allí a Granella, que esperaba—. Gran, ¿puedes...?

—Claro. —La exploradora puso la mano con delicadeza en el hombro de Cait—. Vamos, Cait... seguro que tienes hambre. —Intercambió un saludo con Ephiny y se llevó a la niña.

Gabrielle se las quedó mirando mientras se iban, luego se volvió hacia Ephiny y le tiró del brazo.

—Siéntate antes de que te caigas. ¿Qué está pasando? —preguntó, secamente, apoyándose en el borde de la mesa de trabajo—. ¿Qué ha ocurrido para que reciba esto... —levantó el cuchillo—, de mi por lo general sensata, aunque superprotectora mejor amiga?

Ephiny se lo contó.

—De modo que creemos, y ahora Cait lo confirma, que Erika intentaba conseguir que Xena no pudiera ser tu campeona. Yo sólo era una... oportuna excusa. —Le lanzó a la reina una mirada sardónica—. Sin embargo, tu campeona se apresuró a decirme que la ley amazona no se le iba a aplicar a ella como alguien le hiciera algo a su Gabrielle. —La amazona sonrió por dentro al ver el rápido sonrojo que cubrió las claras facciones de Gabrielle—. Y, por cierto, te envía esto. —Le pasó a Gabrielle el paquete envuelto—. Dijo que con los saludos de su madre.

Gabrielle cogió el paquete con curiosidad y lo desenvolvió, y en su cara apareció una sonrisa inesperada.

—Qué bien me conoce —dijo, riendo suavemente, y mostró las empanadillas. Olían maravillosamente y las probó de inmediato, enarcando las cejas con placer—. Oh, caray... ¡están fantásticas! —Le ofreció una a Ephiny, que reprimió una sonrisa y aceptó, masticando pensativa—. Bueno... ¿y cómo van las cosas por allí? —preguntó la bardo, con aire indiferente.

Ephiny le sonrió con intención.

—Bien, creo... se ha ganado a todo Anfípolis, por cierto. Y... ah, sí, no sé cómo, pero se ha encontrado un cachorro de lobo que la sigue por todas partes.

Gabrielle soltó una risita.

—¿¿¿Un cachorro??? Lo que daría por verlo. —Oh... qué cierto es eso. Tal que ahora mismo.

—Sí, no me contó la historia, pero es una monada. Lo llama Ares —dijo la amazona con tono de guasa, viendo cómo el humor de la reina mejoraba considerablemente—. Y anoche me levanté para colocar bien mi colchón de paja y la pillé durmiendo con él acurrucado en el pliegue del brazo, los dos bien pegaditos. Era una cosa tiernísima. Pero si le dices que lo he visto, seguro que nos mata a las dos. —Por la sonrisa encantada de Gabrielle valía la pena correr ese riesgo.

—Ni una palabra, te lo prometo —dijo la reina riendo—. Detesta que la gente consiga ver lo que hay debajo de esa fachada de guerrera despiadada que se pone.

—Salvo tú. —A Ephiny se le escaparon las palabras antes de poder detenerlas, y aguantó la respiración, esperando la regañina.

Gabrielle se la quedó mirando un momento, luego sonrió y se encogió ligeramente de hombros.

—Salvo yo —asintió alegremente—. Pero me costó mucho tiempo y esfuerzo. —Hizo una pausa—. Aunque no me importó.

Ephiny se echó a reír.

—Seguro. —Y continuó con su informe—. Y aunque tiene unas cicatrices muy recientes en los brazos que se parecen mucho a las marcas de una pantera y que tampoco me explicó, por lo demás tiene un aspecto estupendo. Creo que esta estancia con su familia le ha venido bien. —Observó que la reina absorbía todo como una esponja.

Gabrielle asintió.

—Gracias, me alegro de oír eso. Tampoco es que estuviera preocupada... ya conoces a Xena. Es capaz de encontrar soluciones para prácticamente cualquier situación.

Ephiny sonrió y asintió.

—Eso es cierto. Es única.

La bardo sonrió a su vez y asintió.

—Entre otras cosas. —Cogió el pergamino y rompió el sello, leyendo el contenido con curiosidad. Luego lo volvió a leer y esta vez en su cara se fue formando una lenta sonrisa. El tratado llevaba algunas enmiendas en puntos muy divertidos y se le había añadido un artículo para la protección de Potedaia por unos pocos dinares más. Y la conclusión... escrita en un dialecto que la guerrera sabía perfectamente que sólo ella podría leer. Y luego dice que no le gustan las cursiladas. Tocó las palabras con la punta de un dedo. Una risita, fuera de lugar dada la gravedad de la situación, brotó a la superficie—. Lo siento. Es que aquí ha puesto una cosa muy graciosa. —Dirigió una mirada a Ephiny, que observaba su cara con aire risueño y cansado. Y luego pasó al segundo pergamino, que la hizo estallar en carcajadas—. Oh... muy bueno. —Le leyó el último párrafo a Ephiny, que sacó fuerzas de flaqueza para reírse también—. Ojalá...

Ephiny levantó la mirada cuando la bardo se quedó callada. La reina daba vueltas al pergamino entre las manos.

—Gabrielle... —dijo, vacilando.

—Sí. —Los ojos verdes levantaron la mirada y parpadearon—. En cualquier caso, me alegro de que hayas vuelto sana y salva. —Logró sonreír con aire tranquilizador—. ¿Por qué no te vas a dormir? Pareces agotada.

La amazona se levantó con un esfuerzo.

—Lo estoy. —Suspiró—. Cuesta dormir con un ojo abierto, aunque... —dijo pensativa—, me daba cuenta de que la pequeña Cait me vigilaba estrechamente. —Sonrió a la bardo con aire taimado—. Creo que cierta amiga superprotectora tuya le debió de dar instrucciones en privado.

Gabrielle lo pensó un momento y luego se echó a reír suavemente.

—A Xena no le gusta dejar las cosas al azar. —Y ojalá que en estos momentos pudiera sentir sus brazos superprotectores a mi alrededor—. Así que no me sorprendería.

—Buenas noches —suspiró Ephiny y agitó un poco la mano—. Y trata de dormir un poco tú también, ¿vale? —La fulminó en broma con la mirada y se marchó, meneando la cabeza.

—Sí, claro —murmuró la bardo, sentándose en la cama y mirando el pergamino que seguía aferrando con una mano. Lo leyó varias veces, con labios risueños al imaginar las palabras, entonación incluida, pronunciadas por Xena. Sobre todo el último párrafo, porque oía en su mente la bajada de tono deliberada y ese leve gruñido que lo acompañaría. Dos semanas más hasta la luna llena. No sé si lo voy a conseguir.

Se tumbó boca arriba en la cama y se quedó mirando el techo malhumorada. Estoy cansada. Estoy cansadísima y exasperadísima y lo único que quiero... dioses. Cerró los ojos y concentró hasta la última gota de ese deseo en su objeto, empleando toda su energía para enviarlo. Xena... sé que no me puedes oír. Sé que sólo los muertos pueden oír nuestros pensamientos. Pero no sé qué otra cosa hacer, así que voy a hacer como que me oyes. Por favor. Te necesito.

Y entonces, inquieta, se quedó dormida y se despertó sólo cuando se vio atrapada en el peor de sus sueños, la vieja y conocida pesadilla en que Xena moría, llevándose la mitad de su alma consigo y dejando el vacío detrás, y entonces se vio lanzada al mundo de la vigilia, donde el presente y el pasado se fundían y ella no sabía si se trataba de un sueño. Se sentó de golpe en la cama, con el corazón desbocado, mirando a su alrededor con aprensión. Hasta que el crujido de un pergamino le hizo posar la mirada en la hoja que aferraba en el puño. Hasta que sus ojos leyeron las palabras y le hicieron recordar que esto era el ahora y que Xena estaba bien viva y que ella estaba aquí para ayudar a poner en orden a las amazonas, no porque no tuviera otra opción.

—Oh, dioses —dijo en voz alta, esperando a que se le calmara el corazón. Vale... vale... respira hondo... Vamos, Gabrielle, sólo era un sueño, ya no eres una cría. Estremecida, se levantó, fue hasta la jarra que tenía encima de su mesa de trabajo, se sirvió un vaso de agua y se lo bebió con largos tragos. Luego, con cuidado, con precisión, dejó el vaso, se desplomó en la silla y se puso la cabeza en las manos. Oh, bueno... de todas formas, ya casi está amaneciendo, pensó su cerebro medio aturdido. Supongo que un buen chapuzón en agua fría no me hará ningún daño.


Anfípolis: esa misma noche

—Xena —la llamó Cirene, suavemente, y luego alargó la mano para tocar la de su hija. La guerrera se había parado a medio masticar y estaba sentada en silencio, con expresión absorta.

—¿Mmm? —Xena pegó un respingo y sacudió un poco la cabeza para despejársela—. Mm. Perdón. —Dejó el tenedor y se echó hacia atrás un momento, respirando hondo. ¿Pero qué ha sido eso? Dioses.... creo que de verdad me pasa algo. Llevo toda la noche igual.

Cirene se acercó más a ella.

—¿Qué te ocurre? —susurró, y en su tono se percibía ahora la preocupación—. Es la segunda vez esta noche que te me vas.

—No... no lo sé —confesó Xena, meneando la cabeza despacio—. Es que no paro de tener la sensación de que hay algo que va mal en alguna parte.

—¿Es Gabrielle? —preguntó Cirene, frotando el dorso de la mano de Xena con el pulgar.

La guerrera ni se molestó en intentar disimular.

—No lo sé —contestó, mirando al frente, donde Toris volvía a la mesa con otro vaso de cerveza.

Toris vio su expresión cuando llegó y se sentó rápidamente a su lado.

—¿Qué ocurre? —Lanzó una mirada rápida a Cirene, que se encogió ligeramente de hombros—. ¿Qué te pasa?

—Escuchad, creo que estoy cansada —dijo la guerrera, apartándose de la mesa y levantándose—. Me voy a relajar un rato. —Apretó el hombro de su madre y le dio una palmadita a Toris en la cabeza—. Que os divirtáis. —Dejó la taberna y salió al fresco aire nocturno, cargado con el denso olor a lluvia. A lo lejos, oyó el rugido del trueno y vio el veloz relámpago de los rayos en el horizonte.

Una honda bocanada de aire no le sirvió para disipar la sensación de pánico que llevaba unas horas sintiendo, una sensación sin causa aparente, pero que era absolutamente real para ella. ¿Es Gabrielle? Reconocer eso sería reconocer que Jessan estaba, con toda probabilidad, en lo cierto y que compartían una conexión que no estaba segura de comprender. ¿O era sólo su imaginación, desbocada por el incidente con Erika y la inquietud de Ephiny?

Qué curioso... hasta ahora siempre me he fiado de mis instintos, pensó, apoyándose en la barandilla del porche de la taberna. Oyó que la puerta se abría detrás de ella y se volvió cuando Cirene llegó a su lado y se apoyó también en la barandilla.

—¿Sigues preocupada? —preguntó Cirene, mirándola. No le hacía falta preguntarlo. Notaba la tensión que se desprendía casi de la alta figura que estaba a su lado.

—No consigo quitármelo de encima —contestó la guerrera, contemplando pensativa la oscuridad—. Tengo un nudo en el estómago. —Sacudió la cabeza como para despejársela—. No es nada tangible, sólo... una especie de aprensión.

Cirene se mordió el labio un momento y luego posó la mano en el brazo que tenía al lado.

—Xena... a veces nuestra mente y nuestro corazón nos intentan decir cosas que en realidad no estamos preparados para escuchar. —Miró con franqueza a los ojos sorprendidos—. Y creo que deberías escuchar.

Xena volvió a contemplar la noche.

—Ya lo sé —contestó por fin, en voz baja—. Es que no estoy segura de si me está diciendo algo que necesito saber o algo que simplemente quiero oír. —Meneó la cabeza y se irguió—. Pero no creo que pueda correr el riesgo de no averiguarlo.

Cirene sonrió.

—Vas a ir.

—Sí —fue la respuesta, al tiempo que la guerrera se volvía hacia el establo apenas visible.

—Ten cuidado —le aconsejó su madre, abrazándola rápidamente.

Xena asintió.

—Lo tendré. —Y bajó muy decidida por el sendero, cruzó la puerta y la cerró al pasar. Ahora que la decisión estaba tomada, sus movimientos se hicieron precisos y resueltos. Quitándose la túnica, cambió el lino por el cuero y se abrochó los tirantes con ágil precisión. Levantando la armadura por los hombros, metió la cabeza por ella, se colocó las placas con un leve tintineo de metal al chocar con metal y abrochó debidamente las hebillas que las sujetaban con un satisfactorio chasquido.

Fue hasta Argo, echándole una manta para la silla por el lomo en cuanto alzó la cabeza, ya inquieta, pues sabía lo que significaba toda esa armadura. Sujetó la manta, luego cogió la silla del murete de la caballeriza y la colocó sobre el lomo del caballo, apretando la cincha con un tirón suave y experto. Le pasó la brida por la cabeza, metiéndole las orejas por debajo de la cabezada y pasándole el flequillo a través de las correas. Abrochó la cadenilla y le hizo morder el bocado.

—Tranquila, chica —murmuró—. Vamos. —Abrió la puerta de una patada—. Vamos, atrás. —Se apartó mientras Argo retrocedía obedientemente para salir de la caballeriza y la siguió hasta la puerta.

Xena cogió sus brazales y se sentó un momento para ponerse las espinilleras, tras lo cual pegó unas patadas en el suelo con las botas para asentar la armadura protectora. Levantó la mirada cuando se abrió la puerta y su madre asomó la cabeza.

—Ya casi estoy lista —dijo, levantándose y colocándose la espada envainada en los enganches de la espalda, hecho lo cual, se colgó el chakram de la cintura.

—Ya lo veo —dijo Cirene un poco sin aliento—. Pareces mucho... más grande... cuando te pones todo eso —dijo, entrando en el establo, y alargó una mano para tocar la reluciente armadura.

Xena se la quedó mirando, con una sonrisa afectuosa y humorística.

—Como si no fuese ya lo bastante grande —comentó—. Parece que esta noche me voy a mojar, para colmo. —Colocó una alforja con provisiones sobre la cruz de la yegua, sujeta a una de las diversas argollas de la silla.

—Toma —dijo Cirene, entregándole un paquete—. No creo que vayas a tener oportunidad de pararte a comer.

Xena se echó a reír.

—Madre —dijo, pero cogió el paquete y la abrazó rápidamente—. Gracias. Deséame suerte.

—Buena suerte —dijo Cirene, obedientemente—. ¿Y me haces un favor?

Xena la miró, enarcando una ceja.

—Si puedo, por supuesto.

—Tráete a Gabrielle cuando vuelvas —dijo Cirene, poniéndole una mano en el brazo—. Quiero conocerla.

La guerrera tomó aliento y luego lo soltó.

—Muy bien. —Qué lista, Xena... como las juntes a las dos, estás muerta. Ah, en fin—. Lo haré —prometió, y sacó a Argo por la puerta, se montó con agilidad y la dirigió hacia el camino.


Aldea amazona: esa misma noche

Erika entró con impaciencia en la cabaña de Arella, sobresaltando a la alta pelirroja.

—Nada —soltó la morena—. Y deja que te diga una cosa, más vale que te pienses bien lo del desafío.

Arella apartó la mirada del mapa que estaba estudiando y ladeó la cabeza.

—En primer lugar, bienvenida —dijo, acercándose y abrazando a la mujer más baja—. En segundo lugar, merecía la pena intentarlo, no te sientas mal. —Sonrió—. Yo he hecho algunos progresos aquí, pero maldita sea, cómo se resiste esa mujer. —Arrugó el entrecejo—. Bueno, ¿qué decías del desafío?

Erika se sentó de golpe, apoyando los brazos en las rodillas.

—Qué semana del Hades. El viaje de ida fue desquiciante. Esa Ephiny y sus malditos ojos. Luego llegamos y, efectivamente, nuestra reinita tenía razón. Como sospechabas. —Suspiró con cansancio. Arella fue a una mesa pequeña, sirvió un líquido rojo en un vaso alto y se lo dio a Erika, acuclillándose a su lado y dándole unas palmaditas en la rodilla.

—Gracias —dijo, cogiendo el vaso, y bebió un largo trago—. Oh... qué bueno. —Apoyó la frente en el vaso durante un instante—. Bueno, a lo que iba... esa noche vi que Xena se metía en el bosque. La seguí... quería saber qué tramaba. Y por los dioses... Arella, lo que vi no era humano. No es posible que fuese capaz de hacer las cosas que la vi hacer.

Arella se cansó de estar en cuclillas y se sentó delante de Erika con las piernas cruzadas.

—¿A qué te refieres? —Apoyó la barbilla en la mano—. No te entiendo.

Erika meneó la cabeza morena.

—Se puso a hacer... no sé, ejercicios con la espada, supongo. Pero los hacía a tal velocidad que no se veía la hoja, Ari. Y luego se puso a hacerlos dando volteretas y saltos por el aire... se ponía... Mira, no lo hagas, ¿vale? Sé que eres muy buena, Ari, buena de verdad... pero ésta no es que fuese buena. Superaba cualquier cosa.

Arella se mordisqueó el labio pensativa.

—Podría presentar el desafío ahora... no logrará llegar a tiempo.

—No te va a valer y lo sabes. Ha nombrado a una campeona. Te obligarán a esperar —contestó Erika, apartando un mechón de pelo de los ojos de Arella.

Arella suspiró.

—Bueno, pues tendremos que impedir que llegue aquí. —Miró el rostro sorprendido de Erika—. Escucha, he intentado una y otra vez hacérselo entender a nuestra supuesta reina. Está absolutamente decidida a seguir su línea hasta llevarnos a la ruina completa. Cada maniobra que intento, ella la contrarresta. Cada rumor que hago correr, ella lo aplasta. Te lo juro, esa mujer es... —Meneó la cabeza—. Bueno, el caso es que ha firmado un tratado con las dos aldeas del norte, y hasta ahí podríamos llegar. Ya han empezado a construir granjas en los bosques del norte. —Se apretó las sienes—. No comprendo por qué no consigo hacerle ver lo que nos está haciendo. No entiende lo que somos, Rika. Se cree que somos granjeras o algo así. Después de vivir dos años con Xena, se podría pensar que comprende lo que es una guerrera. Supongo que no. A lo mejor piensa que también puede cambiar a Xena de esta forma.

Erika masajeó suavemente el musculoso hombro que tenía al lado.

—Lo sé. Pero deja que te diga que ese fuego tiene llamas muy profundas... ella no sabe con qué está jugando. —Sonrió con ironía—. En cualquier caso, me quedo esperando a que Xena termine con este espectáculo imposible de talento técnico y entonces me doy cuenta de que Ephiny también la ha seguido al bosque. Una oportunidad perfecta, pienso... de modo que me sitúo detrás de ellas. Se ponen a hablar... —Siguió narrando, consciente de la mirada apreciativa de Arella—. Porque Xena también la había oído, aunque bien saben los dioses que Ephiny no es mala rastreadora, y se había colocado detrás de ella. Y le dio un susto, qué gracia me hizo. Así que se ponen a hablar y yo tenso la ballesta y entonces me doy cuenta de que Xena lo ha oído. Te lo juro, esa mujer tiene oído de lobo, Ari, el mecanismo de mi ballesta hace menos ruido que dos briznas de hierba al rozarse, tú lo sabes. De modo que veo que se queda muy quieta... y pienso que tenías razón... si las historias son ciertas, es capaz de esquivar mis flechas. Y disparo. Y ya lo creo que se aparta.

Arella se echó hacia delante.

—¿Fallaste? ¡No me lo puedo creer!

—¡No! —Erika levantó las manos disgustada—. ¡La maldita va y atrapa las flechas! ¡En medio del aire! Y créeme, tardé un rato en volver a encajarme la mandíbula antes de salir corriendo de allí. —Bebió un largo trago del vino—. Ari, me da miedo. —Miró a Arella a los ojos—. De verdad. Estuve cenando con ella y no podía mirarla a los ojos más de un segundo. Es tan intensa.

Arella se quedó pensativa.

—Mientras siga viva, estamos atrapadas, Rika. —Se puso muy seria—. Mientras sea la campeona de Gabrielle, viviremos de acuerdo a las normas de Gabrielle. Yo no puedo vivir así. No soy granjera y, como pueblo, moriremos sin la necesidad de luchar. Tú lo sabes. Nos convertiremos en un grupo más de campesinas. ¿Tú quieres eso? Yo no. No puedo aceptarlo. He probado el sabor del combate... y no puedo renunciar a él. Así que me parece que voy a tener que hacer que mi cuerpo siga a mis creencias. —Miró al suelo—. ¿Va a venir aquí?

—Eso creo —dijo Erika—. Creo que Gabrielle se lo ha pedido, en esa nota que llevaba Ephiny. —Hizo una mueca—. Y, Ari... aparte de todo lo demás... hay algo entre ellas. Con Xena es difícil saber lo que piensa en el mejor de los casos, pero ni siquiera ella logró evitar reaccionar al leer lo que ponía en esa nota.

Arella asintió.

—Entonces tenemos que detenerla. En el desfiladero. Si apostamos gente suficiente, podemos pillarla desprevenida, y me da igual que sea el propio Ares en persona, no conseguirá vencernos a todas. —Levantó la mirada, clavándola en los ojos de Erika—. Se trata de mi propio destino, Rika. Y si tengo que enfrentarme a Xena, eso es lo que haré. Nuestro patrimonio es demasiado importante para perderlo.

Erika asintió despacio.

—Muy bien. Estoy contigo. Todas lo estamos... ninguna de nosotras quiere ser pasarse la vida escarbando la tierra. Y tampoco quiero que las hijas que pueda tener crezcan así.

—Voy a convocar una reunión —dijo Arella, acariciándole la mejilla—. Tú duerme un poco. Pareces agotada. —Fue a la puerta, pensando: Una emboscada... eso funcionará. Y ella provocaría un conflicto con los centauros para desviar la atención de todo el mundo de lo que estaba ocurriendo en el desfiladero. Conociendo a Gabrielle, y empezaba a pensar que la conocía, la mujer correría a defender a los centauros. Y tal vez, sólo tal vez, ella podría usar esa traición de los intereses de las amazonas para acabar de enemistar a la terca reina con su pueblo. Siento... lástima por ella, pensó, contemplando la oscuridad del bosque. Porque no comprende lo fuerte que es esta necesidad que tenemos... no la ha experimentado. ¿Cómo lo soporta Xena, me pregunto? Es un poco triste... la pequeña Gabrielle y su moral... dispuesta a reformar a la ex señora de la guerra. Qué tonta... ¿es que no se da cuenta de que no tiene nada que hacer? Supongo que no... porque cómo se empeña con nosotras. Bueno, pequeña Gabrielle, me temo que no vas a tener la oportunidad de reformar a tu amiga, porque no puedo dejarla vivir. Es demasiado peligrosa para nosotras. Lástima... porque sería una aliada magnífica. Mejor que tú, en cualquier caso.


En algún punto entre Anfípolis y el territorio de las amazonas, esa misma noche más tarde

El único sonido que llenaba el aire era el paso regular de Argo, que avanzaba a un trote largo que devoraba distancias y casi lograba que su jinete se quedara medio dormida. Pero la mente de Xena no paraba de pensar, y la continua sensación de inquietud que tenía en el estómago la mantenía absolutamente alerta. Las palabras de Jessan no paraban de repetirse en su mente, haciéndole compañía durante las fatigosas leguas que la separaban de las montañas. Dioses... ¿y si tiene razón? La idea la reconcomía. Reconócelo. La tiene. Él ve lo que ocurre, pero tú lo sientes, sabes que lo sientes. Lo sientes desde hace ya muchísimo tiempo. Siempre sabes cuándo tiene problemas. Bajó la mano, cogió el odre de agua, bebió un buen trago y lo volvió a colocar en su sitio. Y si llego demasiado tarde? La idea le clavó una puñalada de terror en las entrañas. Maldición... está demasiado lejos. Debería haberme ido esa noche. Sabía que tendría que haberlo hecho. Esperé porque ella dijo que necesitaba más tiempo... pero mi instinto me decía que fuera. Tendría que haber escuchado. Ahora... Cerró los ojos y se agarró a la crin de Argo para sostenerse y oyó un resoplido de la veloz yegua. Si... le pasa algo porque he sido una estúpida y no he hecho caso de mis instintos tantas veces demostrados... no lograré sobrevivir. Eso también lo noto, acechando en mis entrañas. Ya lo probé una vez, en aquel templo de curación. Ella es más fuerte que yo, en ese sentido. Me pregunto si se da cuenta. Ella se habría recuperado después de mi muerte, habría seguido adelante, habría continuado con su vida. Yo no.

Las leguas pasaron a toda velocidad, hasta que llegó al recodo del camino que rodeaba las montañas y detuvo a Argo, para darle un descanso a la sudorosa yegua y pensar seriamente. Ese camino era muy largo, pero pasar por encima de las montañas era una locura. Pensó en los riscos que se alzaban por encima de ella y luego en el premio.

—Vamos, Argo. Irás conmigo hasta donde puedas —le susurró a la yegua, apartándola del camino.

Avanzaron entre las sombras de los árboles, siguiendo su sentido de la orientación, y pasaron ante madrigueras silenciosas en la profundidad del bosque, ante animales dormidos que se sobresaltaban al oír los cascos de Argo, y ante depredadores acechantes que, tal vez por deferencia a su olor, se apartaban de su camino.

Dos arroyos, cruzados sin dificultad, y un río, que Argo cruzó a nado con resoplidos de protesta y Xena vadeó, y entonces llegaron al monte bajo, donde tenía que ir vigilando dónde pisaba Argo. El amanecer las sorprendió cuando cruzaban otro río, y Xena se detuvo para dejar descansar a la yegua cubierta de sudor.

—Lo sé, chica. Lo sé. Esto es muy duro —murmuró en una oreja agitada. Empapó un paño de lino y enjugó el sudor de los flancos de Argo, dejándola pastar un rato, y abrió el paquete de su madre.

En marcha de nuevo, esta vez trotando por praderas en cuesta, a medida que se acercaban a las montañas que separaban el territorio de las amazonas. El tiempo estaba empeorando y unas nubes oscuras cubrían los picos de las montañas, y el viento, que llevaba soplando sin parar desde el amanecer, se hacía racheado cada poco y ponía nerviosa a la yegua.

—Calma, Argo. Ya lo veo. —Hizo avanzar a la yegua, pues quería llegar a un lugar seguro, puesto que Argo, al menos, no podría viajar con la clase de tormenta que se estaba preparando. Pero yo sí. La sensación de angustia que tenía en el estómago había empeorado, aumentando con cada legua que avanzaba hacia las montañas. Eso, más que cualquier otra cosa, la azuzaba para seguir viajando con una urgencia que no podía rechazar.

Por fin, atravesó la última pradera y ante ella se alzaron las largas y empinadas laderas y la montaña. El trueno era más fuerte y estaba más cerca y Argo se estaba poniendo nerviosa, con las orejas aplastadas hacia atrás y los ollares dilatados.

—Vamos, un poquito más —la animó Xena, notando las primeras gotas de lluvia en la espalda. Rodearon un alto risco y Xena detuvo a la yegua, con aprensión. Bueno. Ahí tenía el motivo de que todo el mundo usara el camino. Ante ella se alzaba un acantilado cortado a pico, que se perdía en la distancia, hasta donde alcanzaba la vista. No había un camino para subir, ni un camino para rodearlo—. Maldición. —La sola palabra produjo ecos en las peñas, burlándose de ella.

Llevó a Argo hasta el pie del acantilado y lo miró con rabia. Dar la vuelta ahora supondría perder un día de viaje. En lo alto del acantilado, según recordaba, el camino se curvaba suavemente, pasando por el desfiladero y bajando hasta el terrritorio de las amazonas.

Xena se bajó de la yegua y se acercó a la base del acantilado, mirando hacia arriba. La mayor parte de la superficie estaba cortada a pico y era lisa, sin asideros para las manos o los pies. No puedo subir por aquí. Sus ojos lo estudiaron y lo compararon con el ansia dolorosa que tenía en las entrañas. ¿O soy tan terca y tan estúpida que lo voy a intentar? ¿Bajo la lluvia? ¿En la oscuridad creciente? Cerró los ojos y probó a explorar el miedo desquiciado que la asaltaba... un miedo, se dio cuenta con repentina y sorprendente claridad, que realmente no era suyo. Que tenía un sabor conocido, que evocaba imágenes en su mente del breve período de tiempo que había pasado controlando el cuerpo de Gabrielle. Cuando luchó con Velasca. Oh, dioses... Miró hacia arriba.

—Sí, soy así de estúpida.

Miró a su alrededor, vio un saliente de piedra protegido y llevó a la yegua hasta allí.

—Siento hacerte esto, Argo... pero no me queda más remedio. —Le quitó los arreos a la yegua y los guardó con cuidado debajo del saliente. Luego cogió las cosas esenciales que necesitaba de las alforjas y, usando una como mochila, se las cargó sobre los hombros. Por último, cogió la cara de la yegua entre las manos y la miró a los ojos, rozando con los labios la piel suave y peluda de su hocico—. Pórtate bien, Argo. Y si hago algo muy estúpido ahí arriba y no vuelvo, pues... cuídate, ¿de acuerdo? —La yegua relinchó, acariciándola con el hocico—. Sí, yo también te quiero —dijo suavemente, abrazándose a su cuello.

Fue a la pared, respiró hondo varias veces, se frotó las manos en el cuero y se puso a buscar un sitio por donde trepar.


Aldea amazona, a la mañana siguiente

Ephiny se dio la vuelta en la cama, parpadeando confusa con la luz del sol que entraba a raudales en su cabaña. Maldiciendo, se incorporó de golpe y empezó a levantarse de la cama apresuradamente, molesta por haber dormido hasta tan tarde.

—Ah... ah... ah... —dijo Solari, agitando un dedo—. Órdenes de la reina. A dormir. —Volvió a empujar a Ephiny a la cama con una mano fuerte—. Y no voy a discutir contigo. No veas qué genio tiene esta mañana.

Ephiny suspiró y dejó caer la cabeza, sofocando un bostezo.

—Vale... vale... —Sonrió—. ¿Va todo bien?

Solari movió la mano de lado a lado.

—Por ahora está todo tranquilo. Arella ha enviado a un gran grupo de las suyas a una larga expedición de caza, así que por ese lado todo va bien. Al menos no las vamos a tener en medio. —Sonrió a Ephiny maliciosamente—. Y parece que va a llover, así que les deseo lo mejor.

Ephiny gruñó risueña, dejando que se le relajara el cuerpo en la cama.

—Eso está bien —dijo distraída—. A lo mejor, por una vez tenemos un día tranquilo. —El rugido de un trueno lejano vibró en sus oídos—. Aunque pensándolo bien, a lo mejor no.

—Eso viene de la montaña —comentó Solari—. Lo siento por cualquiera que esté ahí fuera. El viento sopla cosa mala. —Vio que Ephiny volvía a cerrar los ojos—. Así me gusta. —Se rió suavemente, salió de la cabaña y se dirigió al comedor, notando que el viento le tiraba del pelo en dos direcciones distintas a la vez, por lo que parecía—. Ah, sí... —murmuró sin hablar con nadie en concreto—. Va a ser tremendo.

—¿El qué? —preguntó Granella, poniéndose a su altura—. Ah, ¿el tiempo? —Se encogió de hombros—. Un buen día para quedarse durmiendo. —Le dio un codazo cómplice a Solari—. Que es lo que está haciendo Eph, supongo.

—Por orden mía —se oyó la voz de Gabrielle detrás de ellas. Se volvieron para ver a la reina que subía por el sendero, con la cara algo tensa—. Buenos días, por cierto —añadió, con aire más amable. Siguieron hacia el comedor, donde la mayoría de la aldea ya estaba sentada. Gabrielle fue a ocupar su puesto habitual en la mesa principal.

—Dioses, qué tensa está hoy —le dijo Solari a Granella en voz baja—. ¿Qué estará pasando?

La bardo se sentó, contemplando la sala. Advirtió que faltaban amazonas e hizo un recuento mental. ¿Veinte personas para una partida de caza? Arrugó el entrecejo. Si tenían éxito, iban a tener carne suficiente para varias semanas. A lo mejor ésa era la intención de Arella... o a lo mejor pensaba que su panda se estaba desmandando un poco y se le había ocurrido que ésta era una buena manera de aliviar la tensión. A Gabrielle le gustaba la idea, que hasta le hacía tener una opinión un poco mejor de su némesis principal. Un poco. Pero no mucho, porque, cómo no, aquí llegaba para la discusión de todas las mañanas.

—Buenos días, mi reina —la saludó Arella, enarcando una ceja para indicar la silla de al lado de la bardo, que la señaló agitando levemente la mano—. Gracias. —Se sentó y le murmuró algo a la amazona que se acercó con una jarra de infusión de hierbas—. Hace mucho viento —le comentó a Gabrielle.

—Cierto —contestó la bardo, intentando concentrarse en sus gachas. Sintió una súbita y abrumadora oleada de nostalgia por uno de los desayunos de cosas diversas de Xena, que, aunque eran impredecibles, siempre sabían mejor que esto—. ¿La partida de caza estará bien con este tiempo? —Más por decir algo que por auténtica curiosidad.

—Claro —le aseguró Arella—. Hay refugios por todo el territorio de caza donde se pueden guarecer. —Le cogió un cuenco de gachas a una de las que servían y se echó una buena cantidad de miel—. ¿Has probado esto con el desayuno? —preguntó, ofreciéndole el tarro con una sonrisa afable. A estas alturas sabía que Gabrielle no era una persona madrugadora y que era el mejor momento para incordiarla. En plan amistoso.

La bardo levantó la mirada e hizo una mueca.

—Arella, he probado de todo con esta cosa y sigue sabiendo a puré de cuero. —La miró de reojo—. Pero gracias por interesarte. —Bebió un largo sorbo de infusión para ayudarse a tragar las gachas y miró por la sala—. ¿Pero de verdad hacían falta veinte personas para una partida de caza? —Dirigió una rápida mirada al rostro de Arella y notó que su mirada se llenaba de cautela.

Vaya, vaya... así que ojos verdes es más observadora de lo que pensaba.

—Bueno, es que esta vez se trata de caza mayor. —¿Acaso no es cierto? Me va a encantar ofrecerte el fruto de nuestra caza, mi reina—. Y cuanta más gente sale para eso, más a salvo están. —Vamos, a ver si eso lo puedes rebatir, narradora.

Gabrielle ladeó la cabeza y la miró, captando hasta la más mínima reacción con esos malditos ojos que tenía.

—Vale, si tú lo dices —contestó, apaciblemente. ¿Qué se trae ahora entre manos? Una creciente sensación de inquietud hizo que la idea de seguir con las gachas le resultara imposible—. Bueno, ya he tenido bastante —dijo con tono normal, y echó la silla hacia atrás para levantarse.

Arella se levantó con ella y la saludó inclinando la cabeza.

—Ten cuidado con el tiempo, mi reina, se prepara una gran tormenta... no querrás que te pille. —¿Y por qué le he dicho eso? ¿Es que todavía siento algo de simpatía por esta mujer? Es posible. Lástima.

Gabrielle se echó hacia delante y la miró a los ojos, sorprendiendo a la pelirroja. Los ojos verdes parecían especialmente intensos y se acercó aún más, sin dejar de sostenerle la mirada durante larguísimos segundos. Y entonces...

—Gracias por preocuparte, Arella. Pero las tormentas y yo nos conocemos desde hace mucho. Hace falta algo más que eso para asustarme. —Y entonces hizo una cosa le dio miedo. Sin ningún motivo que Arella pudiera entender, la reina le sonrió directamente a los ojos. Luego se echó hacia atrás y se alejó de la mesa, y sólo entonces Arella vio el nuevo adorno que llevaba la reina. Una vaina de cuero, gastada, en la que había un puñal estupendamente forjado, cuya empuñadura llevaba las marcas de una decena de estocadas desviadas y un sello redondo muy característico.

Bueno, pensó Arella, mirando a la reina mientras ésta salía del comedor. Bueno... por fin va armada. ¿Y de dónde ha sacado esa arma tan preciosa? No es de adorno. Es un arma para matar, lo sé muy bien. Ja. Sólo puede proceder de un sitio... Me pregunto... Será mejor que mande aviso a las del desfiladero para que estén muy atentas. Y será mejor que empiece con la distracción. Se levantó una vez más de su silla y se dirigió rápidamente hacia la puerta, donde estuvo a punto de chocarse con Erika, que estaba entrando.

—Cuidado —dijo, pasando a su lado.

—Espera —dijo Erika, llevándola aparte—. ¿Has visto lo que lleva? —dijo en voz baja.

—Sí, bonita pieza. ¿Por qué? —contestó Arella, hablando también en voz baja.

—¿Sabes de quién es? —bufó la amazona morena.

—Calma —la tranquilizó la pelirroja—. Sí, ya me lo he imaginado. Estaba a punto de enviar a alguien al desfiladero. ¿Quieres ir tú?

—Ahora mismo —dijo Erika, saliendo por la puerta.

Bueno, pensó la alta amazona. Así que te gustan las tormentas, ¿eh, Gabrielle? Pues muy bien. Te voy a dar tormenta. Cruzó la plaza central, llamando a algunas de sus preferidas con una mirada. Se fueron acercando con aire indiferente para reunirse con ella al llegar delante de su cabaña.


En el acantilado, bajo la lluvia

Por lo menos dos veces cada hora, Xena estaba convencida de que había perdido por completo la cabeza. No mires abajo, no paraba de repetirse. Con mucho cuidado, soltó un asidero, buscó uno nuevo por encima y encontró apenas una grieta donde enganchar los dedos. Agarrándose bien, cambió el peso y subió la otra mano. Durante horas llenas de dolor, asidero tras asidero, había ido subiendo por la pared cortada a pico, sin incidentes en su mayor parte, pero hubo varios momentos peliagudos y un resbalón, que fue muy doloroso hasta que consiguió alargar la mano y buscar un asidero. Y tuvo suerte.

Hubo dos sitios donde pudo apoyar la espalda en la pared y hacer un descanso, para beber agua y darles un respiro a sus brazos y sus manos. Terca, ¿eh? Ah, sí, como una mula. Debo de estar loca, se volvió a decir a sí misma, al tiempo que encontraba otro asidero y se izaba, apoyando el pie en una piedra situada más abajo y subiendo un poco más por la pared. De haber mirado hacia abajo, habría visto que estaba hacia la mitad, una escalada increíble, dado el viento y el tiempo que hacía y la falta de sueño. Pero no miraba hacia abajo. Lo de abajo no era importante. Lo de arriba sí. Y ahora mismo, ahí arriba había un saliente, que parecía imposible de superar. Pero en las peores situaciones, sólo tardaba un momento en dejar aflorar ese frío nerviosismo que no era suyo y, de algún modo, encontraba una manera.

Voy a conseguirlo, afirmó su mente, con ferocidad. Le dije que aunque las legiones del Hades se interpusieran entre nosotras, nada me detendría. ¿Qué es una montaña de nada? Muévete, Xena, antes de que te alcance uno de esos rayos. Vio una raíz retorcida que sobresalía por encima del saliente y se quedó mirándola. A ver hasta qué punto soy terca de verdad. Se preparó y saltó hacia delante, soltando todos los asideros a la vez y confiando tan sólo en su impulso y en la fuerza de su mano para salvarse.

Y lo hizo, con cierta sorpresa por su parte, pues se agarró a la raíz y se quedó colgando, esperando a que su cuerpo dejara de balancearse para poder subir. Y así pasó a un diminuto repecho, lo cual le dio un momento de respiro. El viento se agitaba a su alrededor, azotándola con la lluvia de las nubes negras. Se quedó sentada tranquilamente, dejando que el agua punzante la reanimara. Bueno, sigamos.


Aldea amazona: mediodía

—Vaya, ya te has levantado —dijo Gabrielle, cuando Ephiny entró en su cabaña, con aspecto descansado, aunque todavía un poco adormilada.

—Mmm —respondió Ephiny y luego la miró—. Bueno, veo que llevas un nuevo adorno. —Señaló con la barbilla el cuchillo que llevaba la reina al cinto.

—Sí —contestó la bardo, absorta en el pergamino de un tratado—. Le he dicho a todo el mundo que Xena ha descubierto que no tengo un abrepergaminos y que ésta es su forma de ocuparse de ese pequeño problema.

Ephiny soltó una risotada.

—¿En serio?

—Sí —contestó Gabrielle, dejando asomar una sonrisa cansada—. Es un buen cuento.

Terminó de escribir unas notas en el tratado y se echó hacia atrás, con una mueca de dolor al notar lo entumecida que tenía la espalda. Eso te pasa por estar tanto tiempo sentada. ¿No es eso lo que siempre dice Xena? Dioses, detesto que siempre tenga razón. Y además, ¿ella cómo lo sabe? ¿Cuándo se está quieta más de una hora? Se rió por dentro. Me pregunto qué estará haciendo ahora. Seguro que dándoles una paliza a los pobres aldeanos indefensos con una vara.

Las dos levantaron la vista al oír un estrépito repentino allí fuera.


El acantilado

Esta vez, Xena tenía auténticos problemas. Tenía dos asideros decentes para las manos, pero la piedra que había estado usando como asidero para el pie se había roto bajo su peso y se había quedado colgando, sin posibilidad de sujetarse a ninguna otra cosa. Cerró los ojos, tratando de pasar por alto su respiración fatigosa, la lluvia punzante y el dolor ardiente de sus hombros. Bueno... ¿y ahora qué?, jadeó su mente. Levantó la mirada. Nada. Una pared lisa, sin grietas. A su izquierda había una fisura, pero allí tampoco había asideros seguros. Y encima de ella... apretó los dientes. Un último repecho y estaría en la cima. Bueno. ¿Aquí termina todo? Se arriesgó y miró hacia abajo, apenas capaz de distinguir la forma general del bosque de debajo, y mucho menos los árboles por separado. Oh... eso sería mortal. Sí. He llegado hasta aquí y que me ahorquen si voy a rendirme sin más y a morir aquí. Volvió a mirar hacia arriba, sacudiendo rápidamente la cabeza para quitarse el pelo mojado de los ojos, y se concentró en la fisura.

Una sola posibilidad. Una sola oportunidad para confiar en su capacidad de mover su cuerpo por el aire con precisión. Tras un día y medio de viaje ininterrumpido. Y bajo la lluvia. Y... maldita sea. Puedo hacerlo. Cerró los ojos y se centró, ahondando en su interior y haciendo acopio de sus reservas de fuerza. Y de confianza. Y era sencillo, en realidad, sólo tenía que balancear el cuerpo hacia arriba y soltarse y...

Y ahí estaba, con los dos pies bien firmes en un asidero, y ahora podía descansar los brazos hechos polvo. Jo, chica. Esto lo voy a pagar con creces. Pero le daba igual, porque justo encima de ella estaba ese último repecho, y antes de poder pararse a pensar en lo que estaba haciendo, se lanzó de un salto, giró en medio del aire y ahí estaba. Así, sin más. Como si Ares hubiera salido de detrás de un árbol y le hubiera echado unos polvitos mágicos. Caray. Descansó allí unos minutos, respirando con dificultad, con el cuerpo pegado a la fría piedra, para desprenderse de parte del calor tembloroso.

Luego se levantó y saltó por encima de la última roca y allí, ante ella, apareció el camino, trazando una suave curva hacia el desfiladero, que apenas distinguía a través de los árboles. Suspirando, se quedó plantada al lado del sendero y dejó que la lluvia, ahora torrencial, cayera sobre ella, quitándole el polvo de piedra y llevándose su fatiga. Entonces una oleada de miedo repentino estuvo a punto de doblarle las rodillas, y cuando pudo sostenerse sin temblar, echó a correr y se dirigió al desfiladero.


Aldea amazona

—¡Centauros! —se oyó gritar desde la plaza, y tanto Ephiny como Gabrielle se levantaron de un salto y fueron a la puerta. Arella se dirigía hacia ellas, con una ballesta.

—Ha ocurrido —soltó, tirando la ballesta a sus pies—. Decidme que es un error, ahora. Tres flechas clavadas en una de nuestras exploradoras, y de esa ballesta.

Ephiny la miró. Centaura, de eso no cabía duda.

—A lo mejor ha sido un error —dijo con tono apagado, tenso.

Arella se echó a reír.

—Sí, un error nuestro, por fiarnos de ellos. Escuchad, si queréis ir a charlar con ellos, adelante. Yo voy a llevar una fuerza.

Y se fue y ellas se quedaron mirándose, mientras la tropa de Arella salía corriendo, dejando atrás a un grupo de amazonas desconcertadas.

—No pueden hacer eso —dijo Gabrielle indignada—. Tenemos que detenerlas. —Volvió dentro de su cabaña para recoger su vara y salió corriendo detrás de ellas, pero Ephiny la agarró.

—¿Dónde te crees que vas? —gritó, deteniendo a la bardo. Aunque no le resultó tan fácil como esperaba y se vio arrastrada unos cuantos pasos—. ¡Gabrielle!

La bardo se volvió en redondo.

—Voy a detener a Arella. ¿Dónde te parece que voy? ¿Alguien más quiere ir? —Sus ojos verdes soltaban destellos y había un fuego en ella que Ephiny nunca había visto hasta ahora—. Suéltame —le gruñó a Ephiny.

—Está bien... está bien —gritó Ephiny—. Deja que coja mis armas, por todos los dioses, Gabrielle, no puedes ir allí sola. ¡No seas loca! —Salió disparada hacia su cabaña, lo mismo que Granella y Solari, así como algunas otras que ahora empezaron a moverse.

Gabrielle no esperó. Había visto la dirección en la que avanzaba el grupo de Arella y salió tras ellas, corriendo con ligereza, sujetando la vara por delante. Al cabo de un momento, se dio cuenta de que alguien la seguía y volvió la cabeza.

—¡Cait! ¡Vuelve! —dijo, sorprendida.

La niña rubia mantuvo la velocidad e hizo un gesto negativo con la cabeza.

—No pasa nada.

—No... —dijo la bardo con dureza, deteniéndose y agarrándola de los hombros—. Sólo eres una niña, Cait... esto no te corresponde.

Cait alargó la mano y la tocó, mirándola a los ojos.

—Te equivocas... es a ti a quien no le corresponde. —Sacó su propio cuchillo y miró a Gabrielle a los ojos, comunicando con su mirada lo que ella consideraba su auténtico ser. Y vio... no miedo, sino reconocimiento en los ojos de la bardo. Que ya había visto esa mirada. Y conocía su origen.

Gabrielle respiró hondo y luego suspiró.

—Vamos —dijo, en voz baja, y echó a correr de nuevo, con Cait a su lado.


El desfiladero

Xena subió corriendo por el sendero, manteniendo un paso regular y veloz al subir por la cuesta. Ante ella estaba el desfiladero y, después, era todo cuesta abajo hasta la aldea, y sabía que allí podría recuperar tiempo de verdad. Cuando acababa de entrar en el desfiladero sus sentidos se pusieron totalmente alerta y, antes de que le diera tiempo de pensar, sus reacciones bien entrenadas le habían hecho desenfundar la espada.

Porque una red cayó encima de ella, y sólo por la más pura casualidad, en ese momento tenía la espada sujeta hacia arriba, y cortó la cuerda como si fuese manteca al tiempo que giraba, y la red se resbaló por sus anchos hombros.

Un rápido salto y se la quitó de las piernas y entonces se encontró debajo de una docena de cuerpos y cayó al suelo. Pero en el momento en que su mano chocó con la tierra, se apelotonó bajo el peso y empujó hacia arriba, quitándose cuerpos de encima. Un dolor agudo en la espalda era un cuchillo, eso lo sabía, y alargó la mano izquierda hacia atrás, agarró un poco de tela y tiró con toda la fuerza que tenía en ese brazo. El dolor cedió y un cuerpo salió despedido por encima de su cabeza y cayó al suelo.

Ahora veía a sus atacantes. Amazonas. Un fuego ardiente prendió en su interior y el siguiente movimiento fue una estocada con la espada, que alcanzó a una de ellas en el vientre y estuvo a punto de cortarla en dos. Un codazo rápido acabó con una segunda y oyó un crujido de huesos al estampar a una tercera contra un árbol de una patada. Otra estocada y un chorro de sangre y luego agarró un brazo, que retorció, y oyó un crujido cuando el hombro al que estaba unido se dislocó.

Un salto y una patada y ahora sólo quedaban diez ante ella, e hizo un molinete con la espada, se echó a reír y las retó a que la atacaran. Y la lluvia se transformó en un diluvio en el momento en que se lanzó sobre ellas, que echaron a correr, y alcanzó a dos y estampó la cabeza de una contra la de la otra con un crujido espantoso. Y entonces se quedó sola en el sendero, con el pecho jadeante y la lluvia que le corría por la espalda coloreada ahora por la sangre. Y el miedo que bullía en su interior hizo que el corazón se le desbocara aún más y echó a correr de nuevo.


Aldea de los centauros

—¡Esto es un caos! —gritó Gabrielle, cuando Cait y ella entraron en la aldea doblando una esquina y la encontraron convertida en una pesadilla de lluvia racheada y centauros y amazonas enfrentados en combate. Vio a una amazona a punto de disparar una ballesta contra un centauro y saltó hacia delante, golpeando a la amazona en la espalda con su vara y tirándola al suelo. El centauro la miró, luego asintió al reconocerla y se alejó al galope.

Oh, dioses... ¿qué hago aquí? Dejó de pensar y empezó a reaccionar, cuando otra amazona la atacó con ojos sanguinarios, y entonces tuvo que soltar la vara y se encontró luchando cuerpo a cuerpo con la mujer, dando gracias a los dioses por cada segundo que Xena había dedicado con toda paciencia a enseñarle a luchar. Agarró a su adversaria del brazo y se lo retorció por encima de la cabeza, tirando a la amazona al suelo con un fuerte golpe. Una menos. Cogió su vara y siguió corriendo, directa hacia otra arquera.


Aldea amazona

—Ah, ni hablar, Ephiny —dijo Erika con desprecio, al tiempo que preparaba la ballesta y apuntaba a Ephiny y a su grupo, que estaban contra la pared ante una fila de ballestas—. Esta vez no. Ahora es nuestro momento. Vosotras quedaos quietas... no tendréis que hacer nada. —Hizo un gesto con la cabeza a dos de sus subordinadas—. Atadlas.

—Erika... —empezó Ephiny, pero Erika se volvió bruscamente y la golpeó en la mandíbula con la culata de su ballesta, lanzando a la mujer contra la pared.

—Cállate. —Sonrió—. Llevo mucho tiempo deseando decirte eso. —Observó mientras las ataban, colgadas de un poste fuera del comedor—. Y cuando nuestra partida de "caza" regrese, podemos pedirles que os cuenten cómo ha ido la caza... —Sonrió—. Os encantará. ¿Quieres saber cuál era la presa esta vez, Ephiny? ¿Quieres?

Solari hizo una mueca de desprecio.

—Estás que te mueres por decírnoslo, ¿así que por qué no lo haces de una vez? —soltó—. Jamás os saldréis con la vuestra.

Erika se echó a reír.

—Oh, sí, ya lo creo... porque nuestra partida de caza iba buscando a una ex señora de la guerra... y ya sabéis lo que quiere decir eso... nuestra reinita no tiene campeona. —Se acercó y le clavó un dedo a Ephiny—. Y así... tendremos una nueva reina.

Un sonido parecido a un silbido agudo la interrumpió. Ephiny lo oyó y su pechó se inundó de loca esperanza. Yo conozco ese sonido... Hubo un impacto por encima de su cabeza y entonces notó que sus cuerdas se soltaban y cayó de rodillas como reacción, junto con el resto de su grupo, pero levantó la mirada por encima de sus hombros y vio, a través de la cortina de lluvia e iluminada un instante por un relámpago de pesadilla, a una figura vestida con ropa oscura que se movía a toda velocidad, corriendo hacia ellas.

Erika se giró en redondo y su grupo alzó las armas, pero se le desorbitaron los ojos por el reconocimiento cuando otro relámpago iluminó el cielo y se reflejó en una espada alzada e hizo brillar un par de ojos azules como el hielo.

—Vamos —gruñó Ephiny y saltó hacia delante—. Ella no tiene tiempo para ponerse a jugar con estas idiotas. A por ellas. —Y ella misma eliminó a Erika, con una patada que levantó a la morena amazona por los aires y la lanzó al creciente lago de lodo. Su grupo atacó con ganas y ella fue hasta Xena y la agarró de la armadura, deteniendo a la guerrera.

—La aldea de los centauros —gritó y vio la comprensión en esos ojos desorbitados—. Yo me ocupo de esto... por todos los dioses, ¡VETE! —Empujó a Xena en la dirección adecuada y cogió una vara, lanzándose al combate con fruición.


Aldea de los centauros

Gabrielle se agachó para esquivar un puñetazo mal dirigido y contraatacó con un rápido golpe de vara, luego otro y pasó a la siguiente guerrera. De repente, vio su pesadilla: un grupo de niños centauros, acorralados contra un árbol, asustados. Se le paró el corazón cuando vio lo que tenían delante.

Arella, con la cara congestionada por la sed de sangre, blandía una espada de la que ya goteaba sangre de centauro. Se echó a reír y avanzó hacia ellos, disfrutando con el miedo que había en sus ojos.

—No —susurró Gabrielle y echó a correr. Alcanzó a Arella en el momento en que la mujer estaba a punto de atacar con una primera estocada al mayor, que estaba acurrucado delante de los más pequeños, con los claros ojos dilatados e incrédulos. La bardo se preparó y atacó, con un golpe corto y potente que alcanzó a Arella en las rodillas y la derribó al suelo.

Aulló de rabia y se levantó de un salto, esta vez de cara a su atacante. Y se echó a reír.

—Ah... así que tienes agallas, después de todo. Tenía mis dudas. —Cogió una vara y envainó la espada por el momento—. Primero, permite que te quite eso. No tengo el menor deseo de volver a caerme de culo. —Se lanzó hacia delante y estampó su vara contra la de Gabrielle, esperándose que saliera volando de las manos de la bardo.

—Lo siento, Arella —murmuró la mujer más menuda—. Mi compañera habitual de entrenamiento lo sabe hacer mejor.

Arella gruñó, pero luego sonrió.

—Lo lamento, pequeña bardo, pero tu compañera habitual de entrenamiento estará muerta a estas alturas... porque eso es lo que perseguía mi partida de caza. —Sonrió, al ver el cambio en el rostro de Gabrielle—. Sí, eso es... ahora estás sola... así que suelta la vara, antes de que te monte en ella.

¿Era posible? Gabrielle sintió que se le revolvían las entrañas. Cualquier cosa era posible. Pero...

—¿Cómo, con... veinte amazonas? —Echó los labios hacia atrás en una sonrisa—. ¿Crees que eso podría detenerla? —Se echó a reír suavemente—. No tienes ni idea. —Y atacó, descolocando la vara de Arella y alcanzándola en el hombro.

—Oh, me hago una idea muy buena —gruñó Arella, golpeando a la bardo con su vara y haciéndola retroceder.

—No... no es cierto —jadeó Gabrielle, desviando ese golpe y atacando hacia delante para alcanzar a la pelirroja en la rodilla—. Eres una cobarde. No te atrevías a desafiarla, así que has buscado otra forma de conseguir lo que deseas desesperadamente. —Y lo que yo no deseo desesperadamente. Tendría gracia si no fuese tan peligroso.

Un gruñido grave fue la única respuesta, y entonces la pelirroja lanzó una veloz serie de ataques, haciendo retroceder a Gabrielle hacia los niños centauros. Pero la bardo era terca y no paraba de desviar sus golpes y de contraatacar con los suyos. Pero no puedo seguir así para siempre, pensó su mente aturdida. Me estoy cansando mucho. ¿Y entonces qué? Por Hades.

Arella notó que se estaba cansando y saltó hacia delante y por fin logró arrebatarle la vara de las manos. Hizo girar su arma, golpeó a la bardo en la cabeza y la derribó. Se colocó sobre ella y levantó la vara para incrustársela con saña. Y una pequeña figura se lanzó sobre ella a toda velocidad, haciéndola retroceder y tambalearse. Rugió y golpeó con el puño una pequeña cabeza rubia, estampándola contra un árbol.

Gabrielle sintió que la vista se le ponía roja, mientras luchaba por levantarse, y notó la forma de Cait que caía pegada al árbol a su lado. Sacudió la cabeza para despejarse la vista y entonces deseó no haberlo hecho. Porque Arella se estaba preparando, tensando una ballesta centaura. Oh... Su mente se quedó conmocionada. Me va a matar.

—Así es, ojos verdes —dijo Arella, colocando bien la flecha—. Te voy a matar, y con un arma centaura, y ya no tendremos más tratados de estos, ni paz, ni buena voluntad. Tendremos guerra, y eso es lo que queremos, Gabrielle... ¿por qué no puedes entenderlo?

—Porque la violencia no es el camino —contestó, alzándose de rodillas y haciendo un gesto a los niños centauros para que se quedasen agachados. Se acurrucaron a su alrededor, mirándola con ojos asustados—. Porque hay una forma mejor de vivir.

—No —contestó Arella, alzando la ballesta—. Te equivocas. No hay una forma mejor, ni una sensación mejor que ésta. —Apuntó, esperándose las súplicas de la reina. Esperándose que se encogiera o que se agachara o que apartara la cabeza de la cruel flecha. Pero los ojos no se apartaban de los suyos, no parpadeaban, y le sostuvo la mirada mientras el dedo de Arella se tensaba sobre el gatillo y apretaba.


PARTE 4


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
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