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A un día de Anfípolis

El silencio la iba a volver loca, pensaba Xena una vez cada hora, cuando animaba a su mente a pensar en algo. Cada ruido parecía aumentado: el ulular de un búho resonaba como una alarma. El roce de las ramas con el viento. El crepitar inconstante de la leña en el fuego a medida que se consumía.

Se quedó mirando el fuego y le lanzó unos cuantos guijarros, luego se reclinó en la roca cerca de la que estaba sentada y echó la cabeza hacia atrás para contemplar las estrellas. Y entonces cerró los ojos por el dolor que eso le causó, por el repentino y claro recuerdo de tantas noches que había pasado trazando ociosamente dibujos en el cielo con Gabrielle. Vamos a dejar ese tema, ¿de acuerdo?

Estaba a medio camino de casa. Y tenía todo eso en que pensar. ¿Pero por qué voy allí? Un resoplido burlón. ¿Por qué? Buena pregunta. ¿Para tener un sitio donde ir mientras ella toma su decisión? Y si decide quedarse con las amazonas después de todo, ¿entonces qué? Supongo que ya lo averiguaré.

La cuestión es, ¿tenía razón Jessan, allá en Cirron? Dijo que veía una conexión entre nosotras. ¿Hay de verdad una... unión... entre ella y yo? ¿O son sólo imaginaciones mías? Ilusiones que me hago... Sí, seguro. No somos como su pueblo. Sus padres. Se veía el vínculo entre ellos, el amor que asomaba a sus ojos cada vez que se miraban. Nosotras nos queremos... eso lo sé... ¿pero nos queremos así? Lo dudo. Ella es la reina amazona. No me extrañaría que quisiera seguir siéndolo... y si lo hace, pues... seguiremos adelante y olvidaremos lo que podría haber sido.

El dolor al pensar eso fue mucho más fuerte de lo que se esperaba. Con un esfuerzo, soltó un largo suspiro, luego se levantó y se sacudió el polvo. Fue donde tenía la espada apoyada en un tronco y agarró la empuñadura con firmeza, desenvainando el arma. Observó la luz de la luna que corría por la larga hoja.

—Creo que será mejor que haga unos ejercicios, Argo —le murmuró a la yegua, que le respondió con un relincho—. Si hago muchos, puede que hasta me canse lo suficiente para dormir. —Además, seguro que me vendrá bien. Últimamente no he estado haciendo gran cosa. Apartando de su mente el motivo de que eso fuese así, entró en un pequeño espacio despejado y se puso a atacar en silencio a sus enemigos invisibles.

Estocada y parada, finta y bloqueo, y a medida que sus músculos se iban soltando y los movimientos se hacían más veloces y mortíferos, casi pudo dejarse llevar por el ejercicio. Una voltereta por encima de un espadachín invisible, con los pies recogidos para evitar su estocada hacia arriba, un giro al aterrizar y una parada, otra voltereta, esta vez girando en medio del aire para permitir que el brazo con el que blandía la espada bajara y atacara. Aterrizaje rodando, de pie otra vez y avance, haciendo girar la espada con complejas maniobras. Durante una larga marcha de la luna por el cielo, sin cesar, hasta que por fin se quedó parada en silencio, con el pecho agitado, contemplando las hojas esparcidas por el suelo del bosque. Sí, ya me parecía a mí que tenía que empezar con esto otra vez. Algunos de estos movimientos no me costaban tanto antes.

Suspirando disgustada, Xena regresó al fuego mortecino, secó distraída la empuñadura de su espada y la devolvió a la vaina de cuero que seguía apoyada en la roca. Se metió en el petate y dobló una rodilla, rodeándosela con los brazos, y se quedó mirando al vacío sin ver. Luego volvió la cabeza, cuando sus oídos captaron un leve sonido, no muy lejos de allí. Desconcertada, sus ojos se movieron por el suelo cercano y pegó un leve respingo al localizar algo pequeño que venía hacia ella.

—Vaya, vaya —murmuró, tumbándose cuan larga era en el petate, lo cual la puso más cerca del origen del sonido, que era un lloriqueo apagado—. ¿Qué tenemos aquí? —Una carita oscura y peluda la miró, con ojos amarillos que no parpadeaban—. ¿De dónde has salido? —preguntó, alargando la mano con cuidado y dejando que el animal la olfateara con desconfianza—. ¿Dónde está tu mamá? —Levantó la mirada por si mamá entraba trotando en el campamento detrás de su hijito. Suspirando, se quedó mirando cuando el cachorrito, al parecer muy satisfecho con lo que había descubierto en su olor, se acercó más a ella y se sentó encima de su mano—. Oh, no. —El cachorro la miró parpadeando—. Ni hablar. Vamos a buscar a mamá. —Levantó al lobezno, tranquilizándolo con la otra mano cuando se puso a chillar alarmado—. Tranquilo... tranquilo... —Y se acercó más el lobezno, apoyándoselo en el pecho y mirándolo medio risueña, medio molesta. El animal se calmó, le olisqueó la piel, soltó un suspirito y cerró los ojos.

Lo absurdo de la situación obligó a la guerrera a soltar una carcajada sin querer.

—No me lo puedo creer. —Hizo una mueca—. ¿Pero qué es lo que tengo? —Sacudiendo la cabeza, se levantó y fue al límite de la luz del fuego, deteniéndose para ladear la cabeza y escuchar atentamente. Frunció el ceño y cerró los ojos muy concentrada. Nada. Entonces... una tos. Se le heló la sangre, echó la mano hacia atrás y agarró la empuñadura de su espada por puro reflejo, sin dejar de sostener al lobezno con la otra mano.

El metal rozó el cuero al desenvainar y entonces se adentró en la oscuridad circundante, con todos los sentidos alerta, con el viento de cara. Captó el leve olor de algo metálico y conocido en el aire y avanzó inexorable hacia ello.

Se movía con más cautela de la que habría empleado normalmente, colocando cada pisada con una exactitud que no movía ni una hoja, no hacía crujir ni una ramita, evitando incluso el roce con los helechos plumosos al pasar, dejando que el olor a sangre fuese aumentando en sus pulmones, hasta que se detuvo fuera de un anillo de árboles y rocas y oyó los ruidos de un animal que comía allí dentro. Con infinito cuidado, alargó la mano con la que sujetaba la espada y apartó ligeramente una rama pesada, para poder ver lo que había en el claro.

Unos ojos verdes se encontraron con los suyos, y con un destello de sólidos colmillos blancos y el impulso de unas patas con garras, el cazador se le echó encima, demasiado cerca para su espada, y su aliento caliente le dio de lleno en la cara. Desesperada, se dejó caer hacia atrás y pegó una patada al animal que lo lanzó por encima de su cabeza, aullando por la sorpresa. Soltó la espada y al lobezno y alzó las manos en posición de defensa mientras el felino, retorciéndose en el aire, aterrizaba sobre sus patas, agitando la cola, y volvía a lanzarse contra ella, rajándole los brazos con sus zarpas afiladas como cuchillas. Con un esfuerzo, Xena no hizo caso del dolor abrasador cuando el animal la atacó y empujó con los brazos, agarrando al felino por la garganta sin soltarlo.

El animal aterrizó encima de ella, con los colmillos a pocos centímetros de su cara, las garras clavadas en ella, pero atrapadas en su túnica de cuero, sin soltarse. Las fuertes manos de Xena apretaron con fuerza y vio los ojos desorbitados del felino, la súbita transformación de cazador en presa, al cortarle la respiración. Ahora intentó apartarse de ella, debatiéndose contra lo que lo atenazaba.

—Ah, no —gruñó ella, rodando, y dejó pillado al felino en el suelo con su peso, inclinando la cabeza hasta casi tocar el hombro del felino, y siguió apretando, obligando a sus manos a cerrarse aún más, notando cómo se rompía la tráquea del animal bajo sus dedos.

Por fin, quedó inmóvil debajo de ella. Con rigidez, despegó los dedos del pelaje alborotado y tragó con fuerza, al ver la sangre que resbalaba por sus brazos hasta sus manos temblorosas a causa de los largos y profundos zarpazos que le llegaban del hombro al codo. Dioses. Se sentó, apoyó los codos en las rodillas y recuperó el aliento. Un gañidito indicó que el lobezno, asustado, corría hacia ella con apagada desesperación. Lo miró, malhumorada, cuando la alcanzó y se acurrucó contra su muslo. Maldición. Con una mueca de dolor, bajó la mano y lo cogió, luego se puso en pie con esfuerzo y entró en el claro que había estado guardando el felino.

Y cerró los ojos para no ver lo que allí había. Una masa de sangre y los cuerpecitos esparcidos de los hermanos y hermanas del lobezno. A un lado, yacía la madre loba, con la cabeza hacia Xena, echando sangre por un gran desgarrón que tenía en el vientre. Los ojos amarillos, ya casi vidriosos por la muerte, miraban a la alta humana... no... miraban lo que llevaba con cuidado en la mano. Xena se acercó despacio al animal moribundo y se arrodilló, sin ver miedo en esos ojos, sólo angustia. Depositó al lobezno junto al morro de su madre y miró con cuidado la herida del animal.

No. El daño era demasiado grande, aunque supiera cómo arreglarlo. Bajó la mirada y vio que la madre intentaba en vano lamer al cachorro, que le olisqueaba la boca con ansiedad. Vaciló y luego colocó los dedos en el cuello de la loba, palpando y encontrando un punto que le resultaba conocido. Apretó y vio que el cuerpo del animal se quedaba inerte, al desaparecer el dolor y las sensaciones.

Los ojos amarillos se encontraron con los suyos, luego parpadearon, se quedaron vidriosos y el pecho se detuvo. Xena se mordió el labio con fuerza y posó la mirada en el desolado cachorro, que dio un último lametón al hocico ahora seco y se sentó con un grito lastimero. Echó la cabecita hacia atrás y miró a Xena con ojos desconcertados e indefensos. Ni lo pienses, Xena. Cerró los ojos para resistirse a la idea. Es la supervivencia del más fuerte, ¿recuerdas? Los animales mueren cada día. De mala gana, miró al lobezno. Éste se levantó tambaleándose y se acercó tropezando hasta ella, golpeándose el morro con su rodilla y cayendo sobre las ancas con un quejidito. Los ojos se encontraron con los suyos y sintió que le daba un vuelco el corazón. Maldición. Estoy hecha una blandengue.

—Vamos —murmuró, cogiendo al animal—. Seguro que a madre le viene bien un perro guardián. —Acunó al cachorro en la mano mientras regresaba a su campamento, deteniéndose para recoger su espada por el camino y echar un último vistazo a la pantera de pelo oscuro, que seguía en la hierba. Era enorme. Podría ser yo la que estuviera ahí tirada, pensó Xena seriamente. No era mi día, supongo.

Argo le soltó un relincho de preocupación cuando entró de nuevo en el campamento, al oler la sangre que la cubría y el olor extraño de su huerfanito. Le dio unas palmadas a la yegua en el hombro y dejó que oliera al lobezno.

—Tranquila, chica. Son sólo unos rasguños —murmuró la guerrera, depositando al lobezno en su petate y dejándose caer a su lado, tras lo cual tiró de su botiquín con un suspiro—. Éstas sí que van a ser unas cicatrices interesantes —le murmuró al lobezno, que la miró parpadeando—. Ay. —Se encogió de dolor. El desinfectante le escocía, pero siguió tenazmente, hasta que dejó de salir sangre y se aplicó una pasta de hierbas en las largas rajas.

El lobezno le soltó un gañidito. Bajando la mirada, suspiró.

—Al menos comes carne, ¿no? —preguntó, sacando un trozo de venado ahumado—. Lo siento, está hecho. —Se lo ofreció al animalito, que lo olisqueó, estornudó y luego se puso a mordisquear una esquina. Sin querer, en el rostro de Xena apareció el amago de una sonrisa. En su mente, oyó los arrullos encantados de Gabrielle al ver a este pequeñín. Y las burlas que habría sufrido por traerlo de vuelta al campamento. Y el terror que habría sentido la bardo cuando estaba luchando con la pantera. Por un momento, casi sintió el roce de una mano familiar en el hombro. Basta. No empieces con eso.

Distraída, hizo rodar al lobezno.

—Bueno, chiquitín —murmuró, acariciándole el suave pelaje con los dedos—. No sé qué te hizo venir hasta mí, pero creo que te puedo encontrar un buen hogar. —El cachorro gruñó y le mordisqueó el dedo con fingida ferocidad. Ella lo cogió, se tumbó en el petate y se puso al lobezno en el estómago, acariciándole la cabeza. Se dio cuenta de lo incongruente que era la escena. Debería dejarlo aquí. Y pensó en lo que diría Gabrielle si le oyera decir eso. Y sonrió con irónica resignación. No. Eso no le gustaría nada—. Tienes suerte —le gruñó a su vez al lobezno, que ahora la miraba adormilado—. Hago esto sólo por ella, que lo sepas. Me mataría si descubriera que te he abandonado.

El lobezno le estornudó encima, se acomodó, sacando la lengua curva y rosa con un bostecito, luego colocó la cabeza oscura sobre las patas y cerró los ojos.

—No te voy a poner nombre —continuó, y al momento varias posibilidades le invadieron la mente cansada. Ares, por ejemplo. Mmm... no, eso es andar buscando problemas. Lo mismo que Hércules. No, no... basta. No le pongas nombre. Aunque... Echó un vistazo al animalito dormido. Con ese color sí que me recuerda un poco a Ares... Xena, BASTA. AHORA MISMO. Sacudió la cabeza y cerró los ojos con firmeza, notando el reconfortante calor del cuerpecito a través del cuero. Y rodeándolo protectoramente con las manos, se sumió en un sueño exhausto.


Justo fuera de la aldea amazona

Como había prometido, Ephiny se reunió con Gabrielle en cuanto ésta cruzó la frontera y entró en el territorio de las amazonas. Hasta había conseguido oír a la amazona acercándose antes de que apareciera, por lo cual la bardo se dio a sí misma unas palmaditas mentales en la espalda. Las lecciones de Xena habían empezado a dar fruto recientemente y se notaba más al tanto de lo que ocurría a su alrededor, sin tener que pensar conscientemente en ello. Si cerraba los ojos, oía esa voz grave: "Presta atención, Gabrielle. El mundo te está hablando. Escucha".

Pero eso le trajo de nuevo un dolor sordo y perdió el hilo de lo que decía Ephiny.

—Perdona... ¿qué has dicho? —dijo, poniéndole una mano en el brazo a la amazona—. No me he enterado de eso último.

Ephiny se volvió y la miró, preocupada.

—Gabrielle, ¿estás bien? —preguntó, bajando la voz—. Pareces preocupada. O distraída. O algo. No sé qué.

La bardo se frotó la sien, esquivando la atenta mirada de Ephiny.

—Sí, estoy bien —le aseguró, dándole unas palmaditas a la amazona en el brazo—. Supongo que es que estoy un poco cansada. Anoche no dormí mucho. —Dirigió una mirada al camino, donde el resto del comité de bienvenida de Ephiny se había detenido, esperando a que ellas lo alcanzaran—. Estaré bien —terminó, haciendo un esfuerzo para sonreír a la rubia con aire tranquilizador—. ¿Qué estabas diciendo de los centauros?

Ephiny le lanzó una última mirada penetrante y luego suspiró.

—La última vez que hablé con ellos, estaban dispuestos a por lo menos hablar de la posibilidad de tener una defensa común en la frontera. He conseguido mantener los pocos incidentes que se producen entre nosotros a un nivel tipo "ah, ya sabes cómo son la chicas y cómo son los centauros", pero empieza a flojear.

Gabrielle sonrió.

—Te entiendo. —Se mordisqueó el labio—. ¿Has castigado a las amazonas implicadas en esos "incidentes"?

La amazona se encogió levemente de hombros.

—Hay un problema.

—¿Arella? —preguntó la bardo, sabiendo ya la respuesta.

Ephiny asintió.

—Casi todas las mujeres implicadas son de su grupito de moda. Ella las protege, diciendo que sólo piensan en el bien de la nación. Y la gente la entiende.

—Ya —murmuró Gabrielle—. No sé, Ephiny... parece que el principal problema es ella. —Avanzó unos pasos más—. ¿De verdad cree que está haciendo lo que se debe hacer?

Ephiny meneó la cabeza.

—¿Que si lo cree? Quién sabe. ¿Eso importa? El caso es que lo hace.

La bardo dejó de caminar y se la quedó mirando.

—¡Ephiny! Claro que importa. Cuando alguien hace algo, tienes que saber por qué lo hace o no encontrarás la manera de impedírselo. —Arrugó la frente—. Cuando la gente hace cosas porque de verdad cree en ellas, es muy difícil interponerse en su camino. —Su mirada se hizo distante por un segundo y luego se aclaró—. Pero a veces se puede. —En la cara de Gabrielle se formó una sonrisa que desconcertó a Ephiny—. Depende de la relación que tengas con esa persona.

Ephiny la miró de reojo.

—Vale —contestó por fin, poniéndole una mano en el hombro a Gabrielle y guiándola hacia la familiar entrada—. Ahí está la aldea. Acabemos con esto.


Arella esperaba, relajada en el porche en sombra de su cabaña, a que Ephiny regresara con su, entre comillas, reina. Algunas de sus compinches estaban por ahí cerca, tomando el sol con cara de aburrimiento. Ephiny era realmente patética, fingiendo que no había ido corriendo a buscar a esta supuesta reina no amazona en cuanto se dio cuenta de que por una vez iba a tener competencia de verdad. Arella hizo un visaje con sus ojos grises, meneando la cabeza con asco.

—¿Qué? —ronroneó Erika, apoyada en el poste junto al que estaba sentada—. A ver si lo adivino. ¿Ephiny? ¿La reina? ¿El tiempo?

Arella sonrió con sorna.

—Dos de tres, nada mal, Rika. —Sonrió a la mujer más baja—. No me puedo creer que de verdad la esté trayendo aquí. —Se estiró perezosamente, admirando el movimiento de los músculos de sus largos brazos—. Debe de estar chiflada.

Erika se sentó al lado de Arella, sacudiéndose el polvo de la parte superior de sus botas con cordones.

—Bueno, tal vez. —Se encogió de hombros—. Eph no es estúpida, es sólo... no sé...

—¿Debilucha? —sugirió Arella, con una amplia sonrisa—. ¿Cobardica? No... alguien que da a luz a un centauro no puede ser una cobardica... eso lo retiro.

—Pacifista —concluyó Erika, cruzándose de brazos—. Es que no lo entiendo.

—Yo tampoco, pero ahí llegan. —Arella señaló con la barbilla la entrada de la aldea, por donde aparecía la guardia de honor de Ephiny, seguida de la propia Ephiny y su, oh, dioses... reina por derecho de sucesión.

—Bueno, al menos Eph ha conseguido que esta vez lleve la ropa adecuada. —Erika sonrió con aire burlón, dándole un codazo a Arella en las costillas.

—Sí —murmuró la mujer más alta, observando a la mujer rubia rojiza que estaba al lado de Ephiny—. Y no le queda nada mal. —Esto podría ser interesante. Observó a la reina mientras cruzaba el recinto, advirtiendo el movimiento de los músculos de sus brazos y su tronco. La impresión de seguridad de sus movimientos. La forma experta con que agarraba esa vara. La mirada alerta al observar la aldea, al tiempo que escuchaba el parloteo de Ephiny.

—No empieces a pensar cosas —le susurró Erika al oído—. Recuerda quién es su mejor amiga, ¿vale? No querrás enfrentarte a ella.

Arella resopló.

—¿Crees que tengo miedo de Xena? —Echó otra larga mirada a la reina—. No le tengo miedo. Además, la discusión más larga al amor del fuego en toda la nación es si estas dos están liadas o no. ¿Participas en las apuestas? Yo sí.

Erika ladeó la cabeza morena.

—Te lo digo en serio, Arella. Yo la he visto luchar, tú no. No te metas con ella, porque deja que te diga que lo puedes pasar muy mal. —Pero sabía que era una causa perdida. Ya conocía esa expresión de los ojos grises de Arella—. La cuestión no es si están juntas o no... la cuestión es que es muy protectora cuando se trata de esa pequeñaja.

—Ya, pero no está aquí. —Arella sonrió con indolencia—. Y yo sí. —Miró a Erika, meneando una ceja roja—. ¿Quién sabe? A lo mejor le apetece un poco de acción. —Ladeó la cabeza de fuego y observó a la reina, que estaba ahí parada, cruzada de brazos, mientras Ephiny señalaba la nueva plataforma de ceremonias que habían construido hacía poco. Reconstruido, se recordó a sí misma con un bufido—. Además, seguro que cuenta unas... historias estupendas. —Sonrió a Erika con aire socarrón.

—Oh, dioses —suspiró Erika, haciendo una mueca—. Recuerda, cuando la caca de centauro empiece a salpicar, yo no voy a estar a tu lado. No quiero que esa mujer me arranque el pellejo.

—Gallina —se burló Arella, dándole un empujón a Erika—. A lo mejor lo hago sólo para enfrentarme a ella. —Se levantó—. Venga. Voy a que me presenten a esta pequeña amazona de pacotilla. —Esperó a que Erika se uniera a ella y luego echó a andar por el recinto.

Gabrielle las vio venir y le hizo un gesto a Ephiny ladeando la cabeza y enarcando una ceja. Ephiny echó un vistazo a la derecha y suspiró, miró al suelo y se cruzó de brazos.

La bardo observó a las dos que se acercaban por el rabillo del ojo. Es grande, ya lo creo. Mucho músculo, pero en cierto modo no parece muy funcional, pensó. Como si sólo fuese de adorno. Así que a lo mejor ella es igual. Oyó el comentario de una voz conocida dentro de su cabeza a medida que Arella se acercaba: "Cuando la gente intente intimidarte, Gabrielle, mantente firme y sonríe. La sonrisa es lo que los pone nerviosos". Sonrió por dentro, imaginándose el brillo de esos ojos azules y la demostración de esa sonrisa. Ah, sí... ya lo creo que los pone nerviosos. Mantuvo esa imagen presente en el momento en que Arella invadió su espacio personal, con aire amenazador.

Y se apoyó indiferente en su vara, no retrocedió y dejó que su boca se curvara en una sonrisa humorística.

—Perdona, creo que no nos conocemos —comentó, ofreciéndole la mano—. Soy Gabrielle.

Arella tuvo que dar un paso atrás para estrecharle la mano y eso la dejó descolocada. La reacción no era en absoluto aquella a la que estaba acostumbrada. La mujer no parecía sentirse intimidada por ella en absoluto, en realidad parecía hacerle gracia.

—Arella. Sí. Bueno, hola —contestó, con cautela, aceptando la mano que se le ofrecía y estrechándola con cuidado. Se quedó sorprendida por la fuerza de esa mano y al notar callos bajo los dedos. Unos ojos verdes miraron directamente a los suyos y ella fue la primera en parpadear, sobresaltada por esa mirada irresistible—. Me alegro de conocerte —logró decir—. He oído hablar mucho de ti. A Ephiny, quiero decir. —Miró a la amazona rubia, que observaba el encuentro con interés—. Me alegro de que hayas llegado. A lo mejor podemos hablar en algún momento. —Saludó a Gabrielle inclinando bruscamente la cabeza y se apartó, dirigiéndose al comedor común. Erika la siguió, volviéndose de vez en cuando para mirar a la reina y a Ephiny.

—Vaya. —Erika parpadeó—. Es...

—Sí —espetó Arella, con mala cara—. Más de lo que creía. Podría ser un problema.

Ephiny logró controlarse hasta que desaparecieron y entonces le dio un ataque de risa muy poco digno.

—Oh... —exclamó jadeante, agarrándose al brazo de Gabrielle—. Ha sido perfecto. Has estado perfecta. —Respiró hondo—. Oh, ¿dónde has aprendido a hacer eso? Ha sido genial.

Gabrielle se rió por lo bajo.

—Tengo una maestra muy buena, Ephiny. —Sonrió a la amazona—. Que sabe muchísimo en materia de intimidación.

—Ah. —Ephiny se echó a reír—. Claro. Cómo no. —Se creó una imagen mental de Gabrielle recibiendo lecciones de Xena sobre ese tema—. ¿Te ha enseñado la "mirada"?

Gabrielle se preparó, luego adoptó una expresión intensa, agachó la cabeza, estrechando los ojos ligeramente, y miró directamente a los ojos sorprendidos de Ephiny.

—¡Caray! —exclamó la amazona, boquiabierta—. ¡Lo haces perfecto! —Volvió a estallar en carcajadas—. No me puedo creer que hayas conseguido que te enseñe a hacer eso.

La bardo se unió a sus risas.

—La verdad es que es muy divertida, una vez la conoces —confesó, sin hacer caso de la ceja enarcada de Ephiny. Divertida. Sí. Eso también...—. Pero supongo que yo veo una faceta distinta de ella —reconoció, al notar la expresión escéptica de la amazona.

—Supongo —asintió Ephiny, sonriendo a Gabrielle con indulgencia—. Vamos a instalarte en tus aposentos, majestad. —E hizo caso omiso de la mueca, encaminándose hacia una cabaña más grande situada a cierta distancia de las demás.


Anfípolis

Xena estaba tranquilamente sentada a lomos de Argo, contemplando el valle que tenía debajo. Su casa. Anfípolis.

—Ha pasado tiempo, Argo —le murmuró a la yegua, que dilató los ollares para olisquear la brisa que llegaba. Miró hacia abajo y rascó al pequeño Ares... no, maldita sea. NO voy a llamarlo así... en la cabeza y se quedó mirando mientras él mordisqueaba muy contento un trozo de su faldilla de cuero. El animal había sido un consuelo inesperado, reconoció de mala gana. Le había hecho pensar en otra cosa que no fuese lo que estaba sucediendo a dos días al norte de aquí, le había dado algo en lo que concentrarse que no supusiera pensar en las posibilidades. O la falta de ellas.

Levantó la mirada y divisó a una persona a caballo que salía del pueblo, y sonrió un poco al reconocer al jinete cuando se acercó un poco más y resultó ser su hermano, Toris, sobre un semental ruano de patas largas y trote desigual. Sigue montando de pena.

—Vamos, Argo —le dijo a la yegua, azuzándola con las rodillas para que avanzara por el camino.

Toris no la vio hasta que la tuvo casi encima. Típico. Se irguió en la silla y soltó una leve exclamación cuando Argo se puso a su nivel.

—¡Xena! —Sonrió de oreja a oreja—. Cuánto me alegro de verte.

—¿Ah, sí? —dijo Xena, mirándolo de reojo—. ¿Qué ocurre?

Toris frunció el ceño.

—¿Es que no me puedo alegrar de verte simplemente porque eres mi hermana?

Xena lo miró con las cejas enarcadas. Y esperó en silencio.

Toris puso los ojos, tan azules como los de ella, en blanco y se encogió de hombros algo azorado.

—Vale, está bien, me alegro de verte. Pero... —Se fijó en su silla—. ¿Qué es eso? —Se inclinó y se acercó más—. ¿Es eso lo que creo que es? —Miró a Xena con una sonrisa maliciosa—. Tienes un cachorrito. Qué monada.

Xena logró de algún modo controlarse para no tirarlo del caballo de un bofetón. Pero le costó.

—No —gruñó—. tienes un cachorrito. —Pero no soltó al animalito—. Lo he traído para madre.

Toris se echó a reír.

—Sí, ya. —La miró—. Oye, tienes buen aspecto. ¿Pero qué te ha pasado en los brazos? —Se echó hacia delante para ver bien las vívidas marcas rojas—. Parece reciente.

Su hermana suspiró y señaló con la barbilla a la bolita peluda.

—A la madre la mató una pantera. —Se encontró con la mirada horrorizada de Toris, con aire indiferente. Provocarlo siempre ha sido divertido. Se me había olvidado. Casi.

—¿Le quitaste ese animal a una pantera? —Se tambaleó en la silla—. Xena, estás chiflada.

—No he dicho que se lo quitara a una pantera —comentó Xena, viendo cómo fruncía el ceño—. No estaba cerca de la pantera para nada.

—Ah —contestó Toris, aliviado—. Menos mal. Por un momento, pensé que me ibas a decir que luchaste por él con una pantera. —Se rió entre dientes—. Esas panteras de montaña son demasiado peligrosas para andar jugando con ellas.

—No —dijo Xena con indiferencia—. Luché con la pantera porque se me tiró encima. —Le echó una mirada—. El cachorro simplemente tuvo suerte —continuó, fingiendo que no veía cómo se quedaba boquiabierto y que su caballo se quedaba parado en el sitio. Sus ojos soltaron un destello risueño. Se lo tenía merecido. Se volvió cuando el ruido de unos cascos al trote llegó a su altura y se hizo más lento cuando él se colocó de nuevo a su lado.

—Una pantera —repitió, encogiéndose al ver las rajas que tenía en los hombros y que ya se estaban curando—. Chica, Xena. —Sacudió la cabeza—. Bueno, ¿y donde está tu amiga la bardo?

Xena había ensayado la respuesta a esta pregunta.

—Dirigiendo a las amazonas durante un tiempo. —Con tono despreocupado. Lo miró, sus ojos se encontraron y Xena se hizo una idea de lo que era mirar a unos ojos tan vívidos como los suyos. Es interesante. A lo mejor eso explica esa cara tan rara que se le pone a veces a Gabrielle cuando pasamos el rato simplemente... En fin—. Están teniendo problemas con sus vecinos.

Toris se quedó pensando un momento.

—Bueno... ¿y por qué ella? —preguntó, desconcertado. La pequeña bardo le caía bien y tenía la ligera sospecha de que a su durísima hermana también le caía bien.

Xena se encogió de hombros.

—Bueno, es que es la reina por derecho de sucesión, Toris. Piensa que es responsabilidad suya intentar ayudarlas. —Volvió a encogerse de hombros—. Se toma muy en serio sus responsabilidades.

—¿De verdad? —Toris se sentía intrigado. Conocía la existencia de las amazonas. La mayoría de los que vivían por esta zona la conocían—. ¿Y cómo es eso?

—Una larga historia —dijo Xena, mirando al frente—. Luego te la cuento, pero será mejor que primero me digas qué está pasando, antes de que tenga que oírselo a madre.

Toris aceptó el cambio de tema sin problema.

—Vale. Pues, sí, últimamente las cosas se han puesto un poco difíciles por aquí. Hay dos señores de la guerra en la zona y se han dividido el territorio entre los dos. Nosotros estamos más o menos en medio y nos acosan los dos.

—¿Os acosan? —preguntó Xena, en voz baja, notando que se empezaba a enfurecer.

—Sí —suspiró Toris—. Llegan, se llevan alimentos, se llevan suministros, ese tipo de cosas. O a veces sólo quieren pago en moneda, a cambio de lo cual tardan un tiempo en volver. —No miraba a Xena a los ojos—. Ya sabes a qué me refiero.

Su hermana asintió.

—Sé exactamente a qué te refieres.

—Bueno, pues el caso —continuó él algo incómodo—, es que la cosa está dura y el negocio ha decaído. Madre está preocupada por la posada. —Volvió los ojos hacia ella—. Creo que se va a alegrar de verte. Últimamente habla mucho de ti.

Xena soltó un resoplido.

—Me lo imagino, dado lo que os están haciendo pasar estos señores de la guerra, cosa que era yo antes. —Cerró los ojos con asco—. A lo mejor ha sido un error venir aquí.

Toris la agarró del brazo y se sorprendió al notar que ella se ponía tensa, pero luego recordó a quién estaba agarrando.

—Lo siento —murmuró, pero no la soltó—. Escucha... lo único que nos ha mantenido intactos, Xena... lo único... es que esos dos señores de la guerra saben quiénes somos. Saben que yo soy tu hermano. Y que ella es tu madre. Y no quieren tocarnos. Hay tres aldeas arrasadas por el fuego al sur de aquí y otra al este. Pero nosotros no. —Sonrió un poco—. Te tienen miedo, hermana pequeña.

Xena lo miró enarcando una ceja.

—¿Pequeña? —Se rió entre dientes con ironía—. Mucho ojo. O descubrirás lo pequeña que no soy.

—¿Ah, sí? —Toris sonrió, alargó la mano de nuevo y la agarró de un brazo—. ¿Me estás desafiando?

—Toris —gruñó Xena, bajando la mano y agarrando bien a Argo con sus largas piernas—. No estoy de humor. —Muy seria, metió al lobezno en una alforja mientras Toris intentaba hacer palanca con su brazo—. Déjalo.

Toris se echó a reír encantado.

—Ajá... ¡ya te tengo! —Tiró con entusiasmo del brazo, intentando hacerle perder el equilibrio—. ¡Ay! —exclamó sorprendido, al verse levantado de la silla y tirado al suelo polvoriento, tras haber perdido su asidero—. ¿Cómo haces eso?

Xena meneó la cabeza mientras se ajustaba el brazal.

—Nunca aprendes. —Hizo avanzar a Argo hacia la posada—. Venga, vámonos. —Y suspiró cuando él se echó a reír, volvió a montar de un salto en el ruano y la siguió.

La posada estaba en el límite del pueblo y era un edificio de dos plantas con una pesada puerta de entrada que daba a una sala con asientos y al fondo tenía un mostrador de servicio que ocultaba las zonas de cocina y preparación de alimentos a los clientes. A esta hora del día, estaba vacía, aunque en los últimos tiempos la hora del día no había influido mucho en el número de clientes que frecuentaban el lugar. Una mujer fuerte de corta estatura estaba apoyada en el mostrador, contemplando la sala vacía con expresión algo lúgubre.

—Cirene, ¿crees que nos queda suficiente cebada para hacer un estofado? —le llegó la voz amable de Johan, interrumpiendo sus pensamientos.

—¿Mmm? —contestó, inclinándose con rigidez para ver lo que estaba haciendo—. Ah, sí, Johan. Tenemos suficiente. Adelante. —Suspiró. Apenas. Y que hubiera más dependería de si había suficientes clientes para pagar esta olla. Se secó las manos en el delantal y volvió al mostrador, apoyando los codos en la madera gastada y contemplando, sin ver, el sol del final de la tarde que se colaba por la entrada de la posada.

El negocio iba mal desde hacía mucho tiempo. Hasta la gente del pueblo se quedaba en su casa, sin querer hacer público el hecho de que tenían dinares que gastar en comida y bebida donde alguno de los soldados de los señores de la guerra pudiera verlos. Y las tropas confiscaban todo lo que podían encontrar, dejando a los aldeanos con sobras, en su mayor parte. Sobrevivían, pero ir apenas tirando ponía a la gente furiosa y alterada, y las cosas iban a peor. Ella estaba furiosa, y mucho, con los señores de la guerra y sus soldados, con la mansedumbre de los demás aldeanos, pero sólo era una mujer ya mayor y cansada. Necesitaban algo más. Fue a la ventana con una agilidad impropia de sus años y se quedó contemplando el camino y, al otro lado, el resto del pueblo. Al cabo de un momento, Johan se reunió con ella.

—El estofado está en el fuego —comentó—. ¿Va a venir Toris a cenar?

Cirene se encogió de hombros.

—Probablemente. No suele perderse una comida. —En su boca se formó una sonrisa por un instante, al pensar en su hijo mayor. Era buen chico, realmente. Lo quería, pero aunque nunca lo decía, no paraba de mirarlo intentando ver en él el fuego de Liceus, sin encontrarlo jamás. Y a veces, como ahora, lo miraba con la esperanza de ver algo del valor de su hermana y tampoco lo encontraba. Xena. La hermana. Su hija. Cirene meneó la cabeza con desconcierto. A veces costaba creerlo. Y aunque en otro tiempo había temido y repudiado a su fiero retoño, ahora... ahora... le había dado la sensación de que, con tiempo, podría llegar a apreciar e incluso a querer a la mujer salida de la niña salvaje que había parido. Su última despedida había sido afectuosa, y Cirene casi había llegado a estar cómoda al pensar en quién era Xena, ahora. Y se descubría deseando, cada vez con más frecuencia, tener la oportunidad de estar más cerca de ella.

—Ya viene —comentó Johan—. No está solo —continuó, con la ronca voz teñida de sorpresa. Había visto dos caballos que se acercaban. Uno era el ruano de Toris, el otro un animal de color dorado con la crin y la cola de color crema. Con un jinete casi de la misma estatura que Toris y con su mismo colorido—. Por Zeus... no puede ser quien creo que es, ¿verdad?

—Dioses —susurró Cirene, al verlos—. No me lo puedo creer. —Sonrió, por primera vez desde hacía mucho tiempo—. Es mi hija. —Se dirigió a la puerta, con Johan pisándole los talones—. Mira que aparecer ahora... en el momento justo en que estaba pensando en ella.

Los dos hermanos detuvieron a sus caballos junto a la barandilla de la posada y desmontaron, y Xena le pasó algo a Toris antes de dirigirse a la puerta y a la figura compacta de su madre.

—Madre —asintió, saludándola, y se quedó algo sorprendida cuando Cirene la rodeó con los brazos, estrechándola con fuerza. Le devolvió el abrazo y, con una leve sonrisa, levantó a la mujer más menuda por el aire—. Yo también me alegro de verte.

—¡Bájame! —rió Cirene, golpeando a Xena en la espalda—. Presumida. —Pero sonreía, y siguió sonriendo al agarrar a su hija del brazo y meterla en la posada—. Déjame que te vea. —Sus ojos recorrieron ansiosos a la alta figura y se encogió al ver las irritadas marcas de las garras—. ¿Qué has estado haciendo? —No esperó la respuesta—. ¿Dónde está Gabrielle?

Toris se sentó en un banco cercano, con aire risueño.

—Está dirigiendo a las amazonas.

—¿En serio? —preguntaron Cirene y Johan a la vez—. ¿Cómo es eso? —Cirene miró a Toris—. ¿Y de dónde has sacado a ese lobo?

Los hermanos se miraron, de esa forma en que sólo podían mirarse unos hermanos.

—Creo que será mejor que nos sentemos y así sólo tendré que contarlo una vez —suspiró Xena.


Recinto de la aldea amazona, cabaña de la reina

Gabrielle estaba sentada muy pensativa, mordisqueando la punta de su pluma mientras meditaba sobre lo que iba a escribir. Era su primera noche en la aldea y ya era tarde y había decidido, puesto que parecía que no podía dormir, empezar una especie de diario de sus pensamientos.

Alguien llamó ligeramente al poste de su puerta y levantó la mirada de golpe. Era un poco tarde para recibir visitas.

—Adelante. —Y por alguna razón no se sorprendió al ver la alta figura de Arella recortada en el umbral. Como le había dicho a Jessan, a veces simplemente sabías cuándo la gente quería hacerte algo malo. Ahora era una de esas ocasiones. Sabía con toda certeza que Arella no era una amiga y que nunca podría serlo, porque deseaba el poder y Gabrielle lo tenía, y recordó vívidamente su conversación con Xena cuando la alta y fuerte amazona entró en su cabaña y se quedó mirándola con interés nada disimulado.

—Hola —dijo Gabrielle, cerrando el pergamino encuadernado en el que estaba escribiendo y reclinándose en la silla—. Es tarde para estar levantada. —Siguió mirando a la alta pelirroja a los ojos, esperando a ver qué iba a hacer a continuación. ¿Qué haría Xena? Mantendría la calma, estaría relajada y fingiría que todo iba bien. Bien. Vale. Vamos allá.

—Sí, bueno —dijo Arella, con indiferencia, sentándose en la silla que había al otro lado de la mesa de la bardo—. Estaba de patrulla y he visto que todavía tenías una antorcha encendida. Se me ha ocurrido pasarme a saludarte. —Observó críticamente a la mujer sentada detrás de la mesa—. Sabes, no es por entrar en temas personales ni nada, pero seguro que te podríamos dar una camisa de dormir que fuese de tu talla. —Maldita sea... parece una niña con eso. Ephiny debería intervenir, aunque supongo que diría que lo que se ponga la reina para dormir es asunto suyo. A lo mejor puedo hacerlo asunto mío. Sus labios se curvaron en una sonrisa—. Eres la reina.

Gabrielle dejó asomar una leve sonrisa y bajó la mirada hacia la pluma manchada de tinta que estaba dando vueltas entre los dedos. La camisa era demasiado grande para ella, los hombros le llegaban a medio brazo y el largo le llegaba casi hasta las rodillas. No era una sorpresa.

—No, ésta está muy bien. Me gustan así —le aseguró a Arella con una sonrisa cordial—. Pero gracias por interesarte.

La pelirroja se encogió de hombros.

—Tú misma. —Miró por la habitación—. Bueno, ¿qué te parece por ahora? Esto debe de ser muy distinto a lo que estás acostumbrada. —Volvió a mirar a la bardo a la cara, impasible y reservada a la luz de la antorcha algo vacilante. Es más difícil de captar de lo que pensaba. Antes creía que Xena la tenía a su lado para reírse. Ahora no estoy tan segura. Bonitos ojos.

—Bueno —dijo la bardo riendo—, no exactamente. Para empezar, paso mucho tiempo durmiendo en el suelo. —Miró las paredes—. O en posadas de pequeñas aldeas. —Sus ojos observaron a Arella—. Y, de vez en cuando, en algún que otro palacio. —Se levantó y fue a su bolsa, guardando dentro el manuscrito, consciente de los ojos que la miraban—. Bueno... ¿has descubierto algo interesante mientras explorabas?

—Ah, esto y lo otro —dijo Arella despacio—. Pero debería dejar que te acuestes. —Dicho lo cual, se levantó y se estiró y luego se acercó donde estaba Gabrielle. Vamos a probar. Será divertido. Movió la manga excesivamente larga de la bardo con una mano y sonrió—. Así que te gustan grandes, ¿eh? —Capturó los ojos verdes con los suyos—. Yo soy el patrón que usan aquí para medir esas cosas.

Gabrielle la miró parpadeando, con aire inocente.

—Me alegro por ti. —Sonrió—. Seguro que te sientes muy especial. —Se cruzó de brazos y captó el aroma ligero y conocido que surgía de la tela y que la protegía de la energía nerviosa que emanaba de la amazona plantada mucho más cerca de ella de lo que dictaba la cortesía.

—Pues sí —contestó Arella, en voz baja, luego se echó hacia atrás y saludó a Gabrielle haciendo un gesto florido con la mano—. Majestad. —Y entonces se fue, saliendo por la puerta con perfecta precisión.

Gabrielle suspiró, meneando la cabeza y riéndose un poco por dentro. Lástima que no se dé cuenta de que estoy acostumbrada a un patrón diferente. Casi ocho centímetros más alto. Soltó una risita. Y unas mil veces más... intentó encontrar una palabra para describirlo. ¿Complicado? Tal vez. ¿Complejo? Claramente. ¿Peligroso? Ah, de eso no cabe duda.

—¿Gabrielle? —Ephiny asomó la cabeza por la puerta, con cara preocupada. Vio a la bardo cerca de la cama, al parecer muy pensativa, pero los ojos verdes se alzaron al instante y se encontraron con los suyos—. ¿Va todo bien? —Entró en la habitación, recorriéndola con los ojos—. He visto a Arella saliendo de aquí. —Se acercó a Gabrielle, con tono preocupado.

—Todo va bien, Ephiny —suspiró la bardo—. Por favor, deja de preocuparte. Puedo arreglármelas —añadió, con cierta irritación—. Ha venido simplemente a darme las buenas noches, creo, y a... no sé... a jugar un poco conmigo. —Miró a Ephiny, que la miraba con expresión inescrutable—. Es francamente detestable —añadió, haciendo una mueca.

Ephiny soltó una carcajada sofocada.

—Se cree irresistible, sabes. La llamamos Arella la Irresistible a su espalda. —Me parece que para Gabrielle no lo es. Qué palo para su ego—. Ha hecho muchas de sus... mm... conquistas de esa manera. —Frunció un poco el ceño—. Es muy insistente. Dime si empieza a molestarte en exceso. —Ladeó la cabeza y arrugó la frente—. ¿Y de dónde has sacado esa camisa? Te queda enorme.

Gabrielle soltó un profundo suspiro.

—Lo sé —dijo, echándose a reír—. Arella ha dicho lo mismo. —Se sentó en la cama y se abrazó a sí misma—. Si hubiera sabido que las reinas amazonas solían tener visitas a horas intempestivas, me habría vestido más adecuadamente. —Alzó las manos como rindiéndose—. Está bien, está bien, mira... la cogí por equivocación cuando estaba recogiendo mis cosas, ¿vale? Es evidente... —y agarró los hombros, estirándolos—, que es de Xena. Así que... ¿podemos pasar al siguiente tema, por favor? —Que la cogí, sí. ¿Por equivocación? Mm... sí. Ya.

—Vale... vale... —Ephiny alzó las manos, riendo—. Ya me entero. —¿Me entero? Mmm... no sé yo... Se puso seria—. Pero ten cuidado con Arella, ¿vale? Escucha, somos amigas, ¿verdad? —Miró a la bardo a los ojos.

—Sabes que sí —contestó Gabrielle, afectuosamente. Aunque antes creías que era la mascota de Xena. Pero ya no...

—Muy bien. Sé que no quieres meter a Xena en esto —dijo Ephiny, con seriedad, alargando la mano y tocando el brazo de Gabrielle—. Pero que seas reina no va a mantener a Arella alejada de ti. —Hizo una mueca—. No le gusta aceptar un no como respuesta. —Se le puso la cara muy seria—. Así que si tienes que usar la fama de Xena para quitarte de encima a Arella, no te sientas mal por ello. No, por favor. Te he pedido que vengas aquí porque he pensado que era importante, pero no quiero que te pase nada, de verdad. —Porque, entre otras cosas, Xena nunca me lo perdonará. Y destrozará este sitio. Lo sé—. Mira —bajó la voz—, todo el mundo sabe que Xena y tú... sois íntimas. ¿Vale? Nadie en su sano juicio va a enfurecerla, Gabrielle. —Su mirada se posó un instante en su camisa y luego volvió a su cara, mirada que la bardo captó perfectamente.

Gabrielle se quedó callada un buen rato. Todo el mundo lo sabe, ¿eh? Sonrió por dentro. Por fin alzó la cabeza, asintiendo.

—Gracias. Te lo agradezco, Ephiny. Mucho. —Miró al suelo pensativa—. Tienes razón. No quiero meter a Xena en esto. Ésa ha sido la razón de que no venga aquí conmigo, ¿recuerdas? —La amazona asintió—. Lo haré sólo como último recurso. Y éste no era momento para últimos recursos. —Fue a su mesa de trabajo y cogió un objeto pequeño, al que dio vueltas entre los dedos—. Además, Xena me ha dicho más o menos que haga lo mismo. —Sonrió levemente a Ephiny—. Me advirtió de que seguro que había gente como Arella. —Tenía razón. Dioses, cómo me molesta que siempre tenga razón.

Ephiny tuvo que darse por satisfecha con eso. De mala gana, asintió y se volvió para marcharse.

—Con eso tendrá que bastar, pues. Buenas noches. —Saludó a la bardo inclinando la cabeza y se dirigió a la puerta, la cruzó y se adentró en la noche, y estuvo a punto de chocarse con una de sus propias lugartenientes—. Ten cuidado, Granella.

—Bueno... ¿qué quería la Irresistible? —preguntó la delgada morena, caminando al lado de Ephiny—. ¿Ya está probando suerte con nuestra nueva dirigente? No pierde el tiempo.

Ephiny resopló.

—Sí, pero Gabrielle la ha mandado a paseo. Seguro que se ha quedado de piedra. —Dirigió una sonrisa taimada a Granella—. Sin embargo, he descubierto que nuestra reina duerme con una de las camisas viejas de Xena, así que a lo mejor conviene que hagas correr la voz. A lo mejor se ahorra algún dolor de cabeza.

Granella se echó a reír alegremente.

—Ajá... ¿en serio? —Sus rasgos delicados se iluminaron con una sonrisa—. Aaah... qué cosa más tierna, Eph.

Ephiny sonrió a su vez.

—Sí, ¿verdad? Creo que en el fondo sigo siendo una romántica.

Su lugarteniente enarcó una ceja.

—Creo que sí, pero nunca pensé que Xena lo fuese. —Ladeó la cabeza con aire pensativo—. ¿Estás segura de que no se trata de un caso grave de culto a la heroína?

Ephiny se lo pensó mientras se dirigían a su cabaña.

—Antes estaba convencida de que lo era. Ahora... —Sacudió la cabeza rizada—. Ahí hay algo, Gran. Algo muy profundo. No sé exactamente cómo de profundo, pero si yo fuese Arella, te aseguro que no querría descubrirlo.

—Bueno, no eres Arella. Y no veas cómo me alegro —dijo Granella, con un bufido—. ¿Te apetece un poco de vino caliente con especias? Empieza a hacer fresco por las noches. —Meneó una ceja invitándola—. Venga, deja que te hagamos la pelota por una vez.

Ephiny sonrió, alzando las manos con gesto resignado.

—Está bien... por qué no. De todas formas, quiero oír los últimos cotilleos de las exploradoras. Vamos.


Anfípolis, por la mañana temprano

Xena abrió un ojo azul con cautela, parpadeando un poco en la penumbra previa al amanecer. Observó su entorno y se relajó, estirando las largas extremidades y bostezando un poco. Las paredes del establo apenas se veían y la única luz real entraba por la ventana de cristal opaco que atravesaba el pajar en el que estaba cómodamente acurrucada. Un crujido le llamó la atención, bajó la mirada y vio la bolita peluda que tenía instalada en el pliegue del brazo. Genial. Simplemente genial. Con toda la gente que hay y decide encariñarse conmigo.

El lobezno había seguido a Xena por toda la posada la noche antes, causando muchas risas a su costa. Había intentado no hacer caso ni de una cosa ni de la otra, pero por fin acabó cogiendo al animal y llevándolo en la mano, bien consciente de las sonrisas divertidas de su familia y de los aldeanos curiosos.

—Estás echando a perder mi imagen —le murmuró al lobezno dormido, que abrió los ojos amarillos y la miró parpadeando, luego estiró la cabecita por encima de su brazo y bostezó, soltando ruiditos satisfechos. Apareció una lengüecita rosa que le lamió la parte interna del codo—. ¡Oye! —bufó la guerrera, mordiéndose el labio—. Que me haces cosquillas. —Se tapó la boca con la mano y echó una mirada rápida por todo el granero. Luego acercó los labios a la orejita del lobezno—. Como le cuentes esto a alguien, te convierto en bufanda de piel. —Fulminó al cachorro con la mirada—. ¿Te enteras?

Los ojos amarillos la miraron muy solemnes. Luego la lengua rosa le lamió el borde de la nariz y el lobezno se pegó más a ella. Xena meneó la cabeza entre disgustada y risueña.

—Sé que lo voy a lamentar —dijo sin dirigirse a nadie en concreto—. Si Gabrielle llega a ver esto, no me dejará olvidarlo jamás. —Si llega. Eso hizo que sus pensamientos se volvieran serios. Apoyó la cabeza en el brazo estirado, acariciando el cuerpecito con la otra mano—. Me pregunto qué estará haciendo ahora, Ares —le susurró melancólica al lobo medio dormido. Miró hacia la ventana—. Seguro que está durmiendo —concluyó con una leve sonrisa.

La discusión con madre había sido de lo más espectacular, pensó, colocándose boca arriba y contemplando el techo, que no quedaba muy lejos de su cabeza. Ella había querido pagar por una habitación, al ver las alacenas vacías de la cocina de la posada y porque tenía los dinares. Madre... se había negado, diciendo que no iba a permitir que la gente dijera que se estaba aprovechando de su propia familia. Mira que es terca, pensó Xena, con humor. Pero claro, yo también. El dinero fue rechazado, de modo que Xena rechazó la habitación, diciendo que prefería alojarse con Argo.

En realidad, pensó, eso era cierto. El pajar había sido uno de sus escondrijos preferidos de la infancia. Levantó la mano y rozó con los dedos una viga gastada de madera, trazando las líneas profundamente grabadas en ella. Su nombre. El de Liceus también. Se echaban allí, inventándose historias en las que de mayores iban a ser grandes guerreros. Y un día, cuando Xena encontró parte de un cuchillo olvidado en un campo no muy lejano, grabaron sus nombres en la viga. Tragó con dificultad y luego volvió a mirar por la ventana.

Ya es hora de que me gane el sustento, pensó sardónicamente. Madre no quiere aceptar dinero. Está bien... pero seguro que acepta carne para la cazuela. En su boca se fue formando una sonrisa. Y eso sí que lo puedo hacer. Además de arreglar algunas cosas de este sitio, dioses, que no se han hecho desde hace años. Sí... creo que ya va siendo hora de que sude un poco por la vieja posada. Bien sabe Hades que madre lleva años haciéndolo. Rodó hacia un lado y se dejó caer desde el pajar, aterrizando limpiamente no muy lejos de donde estaba sesteando Argo, sobresaltando a la yegua.

—Lo siento, chica —se disculpó, dándole una palmada—. Tú quédate aquí y relájate. —Hurgó en sus alforjas y sacó algo de ropa—. Creo que vamos a dejar la armadura durante unos días, Argo... no tiene sentido alarmar a la gente del pueblo más de lo necesario.

Poco después, se deslizó por la puerta del granero y se dirigió a la lejana línea de árboles corriendo despacio, con un arco y una aljaba. Bonita mañana, pensó, al acercarse al principio del bosque. A ver qué encontramos, ¿mmm? Se detuvo, aspirando la brisa fresca y captando en ella un leve indicio de un olor conocido. Vaya, eso sí que le vendría bien a la despensa de la posada.

Se adentró más entre los árboles, notando el rocío que le cubría la piel y el aire húmedo de la mañana que le empapaba la túnica de lino de color verde oscuro que se había puesto. El olor se hizo algo más fuerte y ella cambió ligeramente de dirección, agachándose para pasar por debajo de ramas caídas y evitando con cuidado los montones de hojas húmedas donde un cazador desprevenido podía resbalar. Por fin, sus oídos confirmaron el olor, al captar el ruido inconfundible de un animal que pastaba con paciencia el áspero follaje del bosque. Ahh... Se movió más despacio y avanzó paso a paso hasta que pudo apartar la última hilera de frondas plumosas y ver a su presa.

Precioso. Un ciervo, de más de metro y medio hasta la cruz. Incluso una vez limpiado, le iba a costar transportarlo, se recordó a sí misma, y luego sonrió. Bueno, he dicho que me vendría bien el ejercicio. Creo que esto es un poco más de lo que tenía planeado, pero... El ciervo no era consciente de que lo estaban acechando y siguió pastando la hierba mientras ella colocaba las plumas de una larga flecha en la cuerda del arco. Deteniéndose un momento para centrarse, alzó el arco y apuntó a la yugular del animal. Despacio, echó el brazo derecho hacia atrás, tirando suavemente de la flecha al mismo tiempo, hasta que obtuvo la extensión completa, y aguantó, volviendo a comprobar el blanco. Sin el más mínimo indicio de sonido al disparar, la flecha dio en el blanco, clavándose en el ciervo cuando estaba masticando y haciéndole hincar las rodillas con un chorro explosivo de sangre.

Mmm. No está mal, teniendo en cuenta el tiempo que hace que no cazaba con arco, pensó, algo sorprendida. Normalmente uso la ballesta y con conejos. O le lanzo algún pez a Gabrielle. Sonrió levemente al pensarlo, luego entró en el claro y se dejó caer sobre una rodilla junto al ciervo jadeante. Un toque y una brusca sacudida acabaron con su agonía y Xena se puso a trabajar, preparando la presa para poder llevársela. Desangró al animal y le quitó las vísceras, tirándoselas a los carroñeros que se acercaban, luego le quitó la cabeza y le ató las patas.

Creo que esta vez es posible que haya intentado abarcar más de lo que puedo, pensó la guerrera, midiendo la carga con escepticismo. Bueno. Cuanto antes empiece, antes terminaré. Limpió el cuchillo y ató el arco encima del cadáver para quitarlo de en medio. Luego respiró hondo y, agarrando las patas atadas, se echó el cuerpo sobre los hombros, colocándolo lo mejor posible. Jo, chica, se burló mentalmente de sí misma. Cómo voy a lamentar todas esas largas veladas vagueando junto al fuego cuando debería haber estado ejercitándome. Ya lo creo. Ponte en marcha, Xena, antes de que se te caiga todo esto.

A veces, pensó, cuando ya casi estaba en el pueblo, no sé si de verdad soy así de fuerte o es que soy demasiado terca para reconocer que no puedo hacer algo. Deteniéndose un minuto para recuperar el aliento, se colocó mejor la carga, ignorando el dolor ardiente que tenía en los hombros y concentrándose con decisión en la luz de la mañana temprana que bañaba el tejado de la posada, donde un rizo de humo subía desde el hueco de la chimenea. Ya no falta mucho, pensó sonriendo por dentro, al acercarse a la puerta y oír el murmullo de voces del interior.

—Lo de anoche nos puede haber salvado, Johan —afirmó Cirene, meneando la cabeza con asombro—. Al menos durante un tiempo. Ahora, si consigo provisiones frescas, a lo mejor podemos darle la vuelta a esto. —Suspirando, contempló las alacenas vacías—. Creo que será mejor que vaya a comprar. Tal vez consiga algo de carne en salazón. Puedes volver a hacer esos bocadillos.

—Seguro que esto es mejor —dijo una voz grave y risueña desde la puerta, sorprendiéndolos a los dos—. Cuidado —advirtió Xena, al tiempo que se quitaba la carga de los hombros y la dejaba caer sobre la larga mesa baja situada al fondo de la cocina.

—¡Xena! —exclamó Cirene pasmada. Alargó una mano sin dar crédito y tocó la piel del cadáver—. ¿Qué... cómo...?

La mujer más alta dio unas palmaditas a su carga y sonrió.

—No quieres dinero. —Se encogió de hombros—. He salido y he encontrado otra cosa que sí puedes aceptar. —Sacudiéndose la túnica, se volvió y se dirigió a la puerta, sin esperar la respuesta de Cirene. Al cerrar la puerta tras ella, se apoyó en la pared un momento, para quitarse una contractura dolorosa de la espalda. Caray. Me alegro de no tener que hacer eso todos los días. En su cara se formó una sonrisa socarrona. La cara de Cirene había valido la pena con creces.

—¡Eh! —exclamó Toris, al doblar la esquina y verla—. ¿Qué haces levantada tan temprano? —Echó a andar a su lado cuando ella emprendió la marcha hacia el riachuelo, situado por encima del pueblo.

—He salido a buscar el desayuno —contestó Xena, con indiferencia—. Y siempre me levanto tan temprano. —Lo miró—. Voy a nadar. ¿Te apetece?

Toris la miró de reojo.

—Brrr... Tan temprano no, gracias. —Le tocó la manga de la túnica—. ¿Sangre?

—Desayuno —contestó la guerrera, indicando la cocina con la cabeza.

—Ah. ¿Has conseguido un par de conejos? —Su hermano le dio unas palmaditas en el hombro—. Eso está muy bien.

—Sí —contestó Xena, con un brillo en los ojos que Gabrielle habría reconocido al instante—. Y muy raros. Nunca había visto una cosa así.

—Bueno. —Toris carraspeó—. Será mejor que vaya a comprobar. Yo me conozco todas las especies que hay por aquí. Ya te diré de qué clase son. —Se dio la vuelta y se dirigió de nuevo a la puerta de la posada.

Xena se rió por lo bajo y reemprendió la marcha hacia el riachuelo.

—Cirene —dijo Johan, maravillado—. Dime, en serio. ¿Pero qué le dabas de comer cuando era pequeña? —Rodeó el cadáver del ciervo y movió una pezuña, meneando la cabeza.

Cirene se cruzó de brazos.

—Bueno, bebía mucha leche —murmuró, riéndose un poco—. Pero aparte de eso... ¿te das cuenta del tamaño que tiene esto? Vamos a tener carne para dos semanas. —Bajó la cabeza y sonrió—. Bribona. ¿Has visto cómo le brillaban los ojos?

Johan le dirigió una mirada indulgente.

—Como los de su madre cuando le cuela una a alguien —bromeó, esquivando el leve manotazo—. No es para nada como me esperaba, Cirene.

—No —dijo la posadera, con rostro pensativo—. Nunca lo es.


Aldea amazona: sala del consejo

—Disculpa —repitió Gabrielle, cortésmente—. ¿Me explicas otra vez por qué atacar a los centauros nos ayudará a obtener estabilidad en la región? Eso no lo he entendido muy bien. —La bardo juntó las manos sobre la mesa y ladeó la cabeza rubia con sincero interés. A su lado, Ephiny mantenía una expresión solemne, tomando notas de vez en cuando en el pergamino que tenía delante. Ahora levantó la mirada e intercambió un movimiento de ceja con Solari, que estaba sentada hacia la mitad de la sala. Solari respondió con un bostezo y salió en silencio de la estancia, dirigiéndose al comedor.

—He dicho —enunció Arella con claridad y cierta irritación en el tono—, que mientras nos disputemos una frontera, no hay forma de que podamos extender con seguridad los terrenos de caza hacia el norte. —Miró frustrada a la reina. ¿Pero cómo puede ser tan dura de mollera esta mujer?

—Ah —asintió Gabrielle—. Ya veo. Bueno, sabes, me gustaría enviar primero un equipo de negociaciones a los centauros. Llegar a un acuerdo para compartir la frontera con ellos me parece mucho menos problemático que salir directamente a luchar con ellos. ¿No crees? —Sonrió a Arella, devolviéndole a la alta pelirroja una mirada directa. Al cabo de un momento, se volvió hacia Ephiny—. ¿Tienes a alguien que pueda dirigir a un grupo que vaya allí?

—Mmm. —Ephiny se puso a pensar, frunciendo los labios—. Sí, tengo a alguien. —Hizo un gesto con la barbilla a Granella, que estaba apoyada en el poste de la pared del fondo—. Reúne a un grupo pequeño, de seis o siete, para partir mañana al amanecer. —La delgada amazona asintió y salió de la estancia—. Muy bien, con esto damos por concluidos todos los temas de esta mañana. —Ephiny se echó hacia atrás y estiró el cuello para quitarse una contractura. La cosa iba bien, mejor de lo que esperaba, en realidad, incluso con la persistente oposición de Arella. Levantó la vista cuando Solari volvió a entrar, avanzó ágilmente hasta la mesa del consejo y depositó en la mesa una jarra de té frío junto con varios vasos. Ephiny le sonrió—. Gracias —murmuró, eligiendo un vaso y llenándolo hasta la mitad—. Toma —dijo, ofreciéndole el vaso a Gabrielle—. Pasarme toda la mañana hablando me da sed. Ni me imagino cómo estarás tú.

Gabrielle aceptó el vaso y se reclinó en la silla, observando la sala mientras tomaba un trago de la bebida fría. La tensión de la sala le estaba dando dolor de hombros, aunque estaban progresando. No hizo ni caso de la mirada claramente descontenta de Arella y en cambio se puso a mirar por la ventana. Las expresiones de la estancia iban de la esperanza al escepticismo, pasando por la franca oposición, pero una cosa que todas tenían en común era que estaban centradas en ella. Saber esto, saber que todas contaban con ella para que resolviera sus problemas hacía que la bardo se sintiera muy aislada. Pensó que ni siquiera Ephiny lo entendería porque, por supuesto, era amazona. Yo no lo soy. Y creen que tengo una cura mágica para todos sus problemas. Esto no era infrecuente porque, a fin de cuentas, ¿no era eso lo que Xena y ella hacían todo el tiempo? Pero... normalmente no era ella el centro de atención. Da miedo. No sé si me gusta. Y de repente, al verse al otro lado, supo muy bien lo que soportaba Xena, casi a diario. Dioses... ¿cómo lo hace?

La bardo se quedó ensimismada un momento, reflexionando. Era cierto: cada vez que se encontraban con un problema, las esperanzas y expectativas de todo el mundo caían sobre un par de hombros sin duda anchos, pero muy humanos. Si cerraba los ojos, se podía imaginar la cara de Xena, esa pequeña arruga en el entrecejo, la expresión concentrada, la forma sutil en que erguía el cuerpo y respiraba hondo, mientras tomaba nota de las circunstancias, ahondaba en sus conocimientos y experiencia e intentaba dar con una respuesta. Y cuando las cosas se ponen mal, ¿dónde acudo yo primero? ¿Cuánta presión puede soportar una sola persona? Dioses... nunca lo había pensado. ¿Cuántas veces le he dicho que cuento con ella para hallar una respuesta a una pregunta que no tiene respuesta? Y... lo hace. Nunca delega la responsabilidad en otros. Y aun cuando me doy cuenta de ello y sé que ésta es tarea mía... y responsabilidad mía, no suya... así y todo... así y todo desearía que estuviera aquí. Ojalá pudiera abrir los ojos y verla apoyada en la puerta, haciendo una mueca a las amazonas y echándome esa mirada.

—Gabrielle. —La voz baja de Ephiny interrumpió sus reflexiones. Abrió los ojos y se encontró con la mirada preocupada de la amazona—. ¿Estás bien? —siguió Ephiny, poniéndole una mano con delicadeza en la rodilla—. Tienes una cara rarísima.

—No, estoy bien. —Gabrielle sonrió con ironía—. Sólo estaba pensando. —Le guiñó un ojo a Ephiny—. Para eso me has contratado, ¿no? —Bebió otro sorbo de té e intentó fingir una despreocupación que en realidad no sentía—. Bueno, ¿qué es lo siguiente?

Ephiny apoyó un codo en la mesa y echó una larga mirada a la bardo.

—Pues el almuerzo, en realidad —reconoció, riendo entre dientes—. Y el consejo de ancianas desea hablar contigo justo después. —Se encogió de hombros—. Y después de eso, ¿qué tal si soltamos tensión con un poco de entrenamiento?

Gabrielle asintió afablemente.

—Vale, me parece estupendo. —Se levantó y empezó a rodear la mesa, pero se tuvo que echar a un lado cuando Arella intentó cortarle el paso—. Disculpa. —Sonrió a Arella—. Sin rencores, ¿verdad? —Dejó que sus ojos se encontraran con los irritados ojos grises de Arella.

—Ninguno —contestó Arella, arrastrando la palabra—. Pero creo que a ti y a mí nos vendría bien charlar de ciertos temas. —Se cruzó de brazos con aire indiferente—. ¿Tendrías tiempo, como a la hora de la cena, para hablar? —dijo, con un tono de voz deliberadamente ligero y nada amenazador. Vamos, reinita. A lo mejor encontramos terreno común. Habla conmigo.

La mente de Gabrielle se aceleró, aunque mantuvo una expresión cortésmente pensativa. ¿Debería? A lo mejor se puede razonar con ella después de todo... podría intentarlo.

—Claro —contestó, sonriendo un poco más—. Eso estaría bien.

—Pues hasta esta noche —respondió Arella y la saludó con una leve inclinación de cabeza antes de volverse y salir de la sala del consejo, en cuya puerta se reunió con dos de sus compinches más íntimas.

Ahora viene Ephiny y dice: No me parece buena idea, Gabrielle, auguró la bardo por dentro.

—No me parece buena idea —dijo Ephiny, echándole a Gabrielle una mirada de advertencia, sorprendida al ver la repentina sonrisa reprimida que por un intante se dibujó en la cara de la reina—. Creo que estás jugando con fuego. —¿En qué estará pensando? Seguro que se da cuenta de lo que Arella se trae entre manos...

—Ephiny, por favor, relájate —contestó Gabrielle, con cierta irritación—. En primer lugar, puedo cuidar de mí misma. En segundo lugar, a lo mejor tiene alguna idea buena... ¿cómo voy a saberlo si no la escucho? En tercer lugar —y aquí bajó la voz y acercó la cabeza a Ephiny—, no soy tan inocente como crees.

Meneando la cabeza, condujo a Ephiny hasta la puerta y hacia el comedor.

—Venga. Tengo hambre. —Pero en realidad no la tenía. Qué raro... tengo hambre y no la tengo, o la tengo, pero... Dioses, Gabrielle, ve a comerte ese almuerzo. Que era bastante soso y más bien consistente en cereales estofados. No estaba mal, pero no era muy interesante. Pero Gabrielle se lo fue comiendo, ya que no tenía elección. Bueno, podría ir al río y coger un pez, supongo. Sí, ya. Y causar una impresión estupenda.

Pero la reunión con las ancianas fue interesante y Gabrielle disfrutó de la oportunidad de poder hablar con algunas de las amazonas jubiladas, cuyos recuerdos se remontaban a mucho antes de que ella naciera. Las ancianas le gustaban y tenía la sensación de que ella también les gustaba. Al salir, iba sonriendo, y vio a Ephiny y a Eponin hablando cerca del campo de entrenamiento. Ah, sí. Entrenamiento con varas. Casi se me había olvidado. Saludándolas con un gesto cordial, cambió de dirección y fue a su alojamiento, para recoger su vara y dejar las notas de la reunión. Ephiny cruzó el recinto y se reunió con ella en la puerta.

—Hola —la saludó la amazona escuetamente—. ¿Vienes a coger tu vara?

—Sí —replicó Gabrielle, dejando las notas y cogiendo la lisa madera, que encajó en su mano con una sensación de familiaridad que siempre la sorprendía un poco. Nunca pensé que me acostumbraría a llevar esto. Supongo que uno se puede habituar a cualquier cosa.

—¿Has estado practicando? —preguntó Ephiny, mirándola risueña—. Eponin no te lo va a poner fácil. —Miró a la bardo, advirtiendo la expresión casi traviesa de sus brumosos ojos verdes, notando la mayor musculatura que tenía en los brazos y los hombros. Oh, seguro que sí... y menuda compañera de entrenamiento tiene—. ¿Mmm? —insistió, con una sonrisa.

Gabrielle dejó que sus labios se curvaran en una sonrisa.

—Oh, un poco —le aseguró a la amazona alegremente—. Ya sabes, aquí y allá. A veces hasta la uso de verdad. —Levantó la vara e hizo un gesto a Ephiny para que fuera delante de ella—. Vamos, sé que Eponin detesta que la hagan esperar. —Cruzaron el recinto hasta donde esperaba Eponin, apoyada tranquilamente en su propia vara. Había algunas otras amazonas por allí, pero Gabrielle era consciente de su atención e interés. Bueno... así que se trata de dar el espectáculo, ¿eh? Notó una descarga de expectación rara vez sentida en la boca del estómago.

Su eficacia con la vara era algo que estaba adquiriendo para mantenerse con vida y para... dioses... impedir que Xena tuviera que volverse loca de preocupación por ella en una lucha, pero no se regodeaba en el combate como lo hacía Xena y ni siquiera comprendía de dónde salía esa emoción. Pero estaba mejorando: Xena se lo había dicho, y aunque la guerrera la mimaba en muchas cosas, con esto... con esto... Xena no mentiría ni exageraría. No cuando le podía ir la vida en ello, cosa que Xena se tomaba absolutamente en serio.

—Hola, Eponin. —Sonrió al alcanzar a la amazona de más edad—. Gracias por dedicar un poco de tu tiempo a entrenar conmigo. Como en los viejos tiempos.

Eponin la miró atentamente.

—Espero que te hayas mantenido al día, majestad. —Dejó asomar una leve sonrisa—. ¿Empezamos? —Señaló hacia una zona despejada y echó un vistazo alrededor para asegurarse de que no había nadie demasiado cerca.

Se encararon y Eponin no perdió el tiempo, sino que se le echó encima y atacó sus defensas con varios golpes de prueba. Que ella paró, notando que su cuerpo adquiría un ritmo conocido al responder a los ataques con ensayada facilidad. El golpe de la vara de Eponin contra la suya le resultaba... ligero, advirtió sorprendida, y carecía del escozor al que estaba acostumbrada. Probó a avanzar un poco y realizó una parada doble que a menudo usaba contra Xena con escasos resultados.

El rostro de Eponin era el vivo retrato de la sorpresa cuando su vara salió volando de sus manos, y Ephiny ni se molestó en disimular su asombro desconcertado. ¡Toma! ¡Chúpate ésa! Gabrielle esperó a que Eponin recogiera su arma y entonces, algo molesta por el asombro de las amazonas ante su competencia, se lanzó al ataque, descargando golpes con tensa satisfacción. Ahora Eponin también se puso seria y la amazona empezó a esforzarse mucho más con sus golpes, intentando por todos los medios atravesar las defensas de la bardo y desarmarla.

Gabrielle no estaba por la labor. A mí me vas a tratar con condescendencia, ¿verdad? Me vas a tratar como a una niña ignorante, ¿verdad? Vale... pues toma. Clac. Ah, y Xena también me ha enseñado esto. Clac. A la amazona se le vio la rabia en la cara. Uuuy, eso te tiene que haber dolido. Gabrielle sonrió. Eponin redobló sus esfuerzos y empezó a respirar con un poquito de dificultad. Arremetió con decisión contra el cuerpo de Gabrielle, descargando la vara contra la de la bardo con una fuerza descomunal. Pero Gabrielle descubrió que sus bloqueos resistían, pues sus músculos estaban acostumbrados a soportar una fuerza mucho mayor, y empujó a la amazona hacia atrás, haciendo que perdiera el equilibrio y dejándola abierta a un ataque de revés, una de sus maniobras preferidas. La vara de Eponin volvió a salir por los aires y esta vez, Gabrielle rodeó su propia arma con el brazo y se apoyó en ella, sintiéndose muy ufana y satisfecha. Por el rabillo del ojo, vio que había varias docenas de amazonas observando, congregadas en círculo a su alrededor. Bien. Que me tomen en serio. No soy una guerrera, pero desde luego que no soy la cría torpe que era la última vez que estuve en este campo de entrenamiento.

—Te felicito, majestad —dijo Eponin, fríamente, respirando aún con dificultad—. Parece que, efectivamente, has estado entrenando.

Gabrielle se encogió de hombros con aire indiferente.

—Gracias. Sí que la uso mucho, sabes. Nos metemos en líos... todo el tiempo. —Se encogió de hombros—. Y tengo una compañera de entrenamiento muy buena. —Al decir esto, su cara se iluminó con una sonrisa imposible de controlar—. Aunque ella sólo luche a medias y yo acabe tirada en el suelo la mayor parte del tiempo.

Eponin asintió.

—Tendría que haberlo recordado. Pero no creía que Xena perdiera el tiempo con una vara. —Sus ojos se posaron en Ephiny, que se encogió de hombros.

Gabrielle ladeó la cabeza, extrañada.

—Tenéis un concepto muy raro de ella, ¿sabes? Es una persona como cualquiera... es divertida y afectuosa y... una buena maestra. —Hizo una pausa y sonrió—. Y una buena amiga —terminó, en voz baja—. Y utiliza cualquier cosa que tenga a mano como arma. Créeme. —Se rió suavemente y luego bajó la vara hasta el costado—. ¿Terminamos?

Ephiny combatió con ella, luego Solari y por fin Granella, que sonrió y le pidió a Gabrielle que le enseñara ese ataque de revés. Las amazonas la trataban ahora un poco distinto, lo cual a Gabrielle le hacía cierta gracia. Me traen aquí porque soy una pacificadora. Y no me respetan hasta que les doy una paliza. Aquí hay algo que no encaja. Pero se había divertido, y era un alivio descargar parte de la tensión que se le había ido acumulando durante todo el día. Se estiró mientras Ephiny y ella regresaban a su cabaña caminando la una al lado de la otra.

—Caray... cómo se me han quitado los nudos —le dijo, medio riendo, a la amazona.

Ephiny le echó una mirada.

—No me cabe duda. —Pegó un ligero codazo a la bardo—. Desde luego, te has divertido a nuestra costa. —Se rió un poco—. ¿Por qué no me dijiste que eras así de buena? Me siento como una idiota.

—Bueno... —Gabrielle dudó y luego abrió las manos—. Es que me cuesta juzgarlo, Ephiny... te olvidas de con quién tengo que medirme. —Notó esa sonrisa que le salía cuando pensaba en Xena. Últimamente, no puedo evitarlo.

Ephiny agachó la cabeza asintiendo.

—Vale... tienes razón —reconoció, preguntándose si Gabrielle sabía cómo se le iluminaba la cara cada vez que hablaba de su compañera guerrera—. Ha hecho un trabajo estupendo contigo. —Más de lo que te imaginas, no sólo con esa vara, bárdica amiga mía.

—Ya es hora de que me lave y me prepare para la cena —murmuró la bardo—. Lo sé... lo sé... tendré cuidado. —Miró a Ephiny—. Deséame suerte.

Ephiny suspiró.

—Está bien. Pero voy a apostar a alguien ahí fuera, no muy lejos. Por los dioses, Gabrielle, grita si necesitas algo. —Tocó a Gabrielle en el brazo como despedida y se dirigió a su propio alojamiento.

Gabrielle meneó la cabeza y entró en la cabaña, colocando la vara con cuidado en un lugar seguro cerca de su mesa de trabajo, tras lo cual se quitó la ropa de cuero. Se envolvió en una toalla de lino y fue a la zona de baños, que estaba bastante vacía a esta hora de la tarde. El sol tardío se colaba perezoso por las celosías de las ventanas y salpicaba de cuadrados polvorientos y distorsionados el suelo cubierto de esteras, mientras Gabrielle se apoderaba de una bañera y la llenaba de agua calentada en la chimenea siempre encendida. El fondo de la sala de baños daba a la forja de la herrería y siempre había pensado que era una forma muy eficaz de ahorrar calor. Con un gemido, se metió en el agua, haciendo una mueca de dolor al notar un tirón en un músculo del hombro.

Dioses, qué dolor, pensó quejumbrosa. Si... Xena estuviera aquí, le podría rogar que me diera un masaje. Siempre sabe dónde me duele exactamente. Y tiene unas manos tan estupendas y tan calientes... Suspiró. Gabrielle, no pienses en eso. Tú has decidido hacer esto, así que hazte a la idea. Malhumorada, terminó de lavarse y vació la bañera, se envolvió en la toalla de lino y regresó cansinamente a su alojamiento. ¿Qué Hades me pasa? Aquí estoy, al mando de una nación completa de personas, y cuando debería estar pensando qué hacer para solucionar sus problemas, acabo pensando en... Se detuvo ante su mesa de trabajo y cogió el trozo de ámbar que había dejado allí. Y sonrió, dejando caer los hombros en un gesto humorístico de derrota. Acabo pensando en estar enamorada. Porque lo estoy. Y es como... estar debajo de una cascada, en una soleada mañana de primavera, de lo bien que me siento... Por un momento, se permitió continuar con esa idea, arrebujándose más en la toalla de lino, notando que se le formaba una enorme sonrisa de incredulidad. Entonces se echó a reír y se vistió, y ya estaba calmada y lista cuando se oyó un golpe en el poste de la entrada y se presentó Arella.

—¿Me estás diciendo —dijo Arella más tarde, sirviéndole una segunda copa de vino, después de cenar—, que siempre hay una solución pacífica para cualquier problema?

Gabrielle se encogió de hombros.

—Me gustaría decir que sí, pero... llevo dos años viajando con Xena... —Dirigió una mirada a su invitada y no tocó la copa de vino. Ah, no... ya he aprendido la lección, gracias. Mi límite es una—. A veces, no tienes elección. Pero me gustaría pensar que podemos trabajar con las situaciones para que siempre tengamos elección. —Su tono era tranquilo y razonable.

—Pero aceptas que a veces la violencia es inevitable —insistió Arella, inclinándose sobre la mesa, sabiendo ya que Gabrielle no iba a retroceder ante ella.

—Inevitable, sí. Deseable, no —contestó la bardo, apoyándose en un codo y mirando a Arella.

—Deseable —repitió Arella, recorriendo a su compañera de cena con la mirada—. Eso depende. —Sus ojos grises acariciaron la clavícula expuesta de la mujer que tenía delante y se detuvieron en el collar que soltaba destellos a la luz de las velas—. Qué bonito —murmuró, alargando la mano y tocando la piedra de color verde mar con un dedo.

Gabrielle logró no estremecerse con el contacto y mantener la voz tranquila e indiferente.

—Gracias.

Arella ladeó la cabeza roja y miró a los ojos que tenía delante.

—Hace juego con tus ojos, majestad. —Enarcó una ceja—. Debe de haber sido difícil de encontrar. Es un color inusual.

La bardo sintió que el corazón se le aceleraba alarmado. Esto era más agresivo de lo que se había esperado... ¿debía llamar a la guardia? ¿Y quedar como una tonta? Se le ocurrió una cosa, que le curvó los labios con una sonrisa algo pesarosa.

—Eso me dicen —contestó, echando una mirada apacible a Arella—. Pero Xena se las arregló. Me sorprendió con él no hace mucho. —Bajó la mirada hasta la mesa y se echó a reír ligeramente. De nuevo un vistazo a Arella, cuya expresión era ahora bastante más reservada. Vale, Xena. Le debo una a tu reputación. Ya haremos cuentas—. Pero creo que deberíamos pensar en la violencia como una segunda opción, sobre todo con los centauros. Son vecinos... ¿no te parece mejor si podemos estar en paz con ellos?

Arella se echó hacia atrás en la silla y apoyó la barbilla en la mano.

—No lo sé, Gabrielle. —Sí lo sé, pero tú no me oyes—. Tenemos una larga historia de enfrentamientos con ellos. ¿Cómo podrían fiarse de nosotras? —Se encogió de hombros—. Somos demasiado distintos para ser aliados.

Gabrielle la sorprendió al echarse a reír.

—Ah, eso no es cierto en absoluto. Te sorprendería lo mucho que tenemos todos en común, en el fondo. Hace poco nos fuimos de una ciudad donde los habitantes han encontrado unos nuevos aliados en una raza de seres que son medio hombres, medio leones, que viven ahí cerca. —Disfrutó con la cara de incredulidad de la amazona—. Es cierto... yo estuve allí... lo vi. Los conozco. —Se levantó y se estiró, haciendo una mueca al forzar el hombro—. De modo que todo es posible. Pero esto no lo vamos a decidir esta noche. Aunque —la bardo miró a Arella, con seriedad—, sí que aprecio tu punto de vista.

Arella también se levantó y asintió en silencio.

—Tendremos que seguir hablándolo —dijo, suavemente, capturando los ojos de Gabrielle con los suyos. Y descubrió una inesperada compasión en ellos—. Buenas noches —terminó, y se volvió para marcharse. Gabrielle rodeó la mesa y la acompañó hasta la puerta, poniéndole una mano en el hombro con delicadeza cuando llegaron al umbral. Notó un ligero respingo al entrar en contacto.

—Gracias por cenar conmigo —dijo, alegremente—. Que pases buena noche.

La alta amazona se detuvo y la miró, con expresión pensativa en su rostro preocupado.

—Tú también, Gabrielle. —Y sonrió. Y la rozó al pasar por la puerta, aprovechando el contacto al máximo.

Suspirando, la bardo volvió a su mesa de trabajo y sacó su diario, tras lo cual pasó varios minutos escribiendo absorta. Bueno, esta noche he tenido una visita de la Enemiga, Xena. Piensa que la única manera de hacer las cosas es con violencia. Nosotras no sabemos nada sobre eso, ¿verdad? Justo. Es... muy intensa. Y creo que quiere algo de mí... algo que sé que no le puedo dar. No sé qué hacer al respecto. He intentado seguir tu consejo y ahuyentarla, pero creo que le da igual. Eso me da miedo. A ver qué pasa. Oye, hoy habrías estado orgullosa de mí: les di una paliza a unas cuantas amazonas durante el entrenamiento con varas. Ojalá lo hubieras visto. Sí, ojalá. Es una tontería, lo sé. Sólo llevo aquí dos días. Pero una pequeña parte de mí no para de preguntarse qué estás haciendo y dónde estás y resulta que echo de menos simplemente tenerte cerca. Espero que estés bien y que no te estés metiendo en muchos líos.

Por fin, terminó y cerró el diario, se puso la que ahora era su camisa preferida y se metió en la cama. Y se quedó mirando las vigas de madera que sujetaban el techo. Y pensó en lo que podría estar haciendo Xena, a tres días de viaje de aquí, bajo las mismas estrellas, oyendo el mismo viento racheado ahí fuera. Se echó a reír ligeramente. Dormir, probablemente, seguro que eso era lo que estaba haciendo. Sacudiendo la cabeza, Gabrielle hizo lo mismo.


Anfípolis: varios días después

—Menuda diferencia ha supuesto tenerte aquí. —Toris había bajado la voz, que sólo llegaba a sus oídos—. Nos ha cambiado la vida, Xena. No sé qué habríamos hecho si no hubieras venido.

Xena se apoyó en la pared y bebió un buen sorbo de la copa que sujetaba con ambas manos.

—Habríais encontrado una forma, Toris. Además, lo único que he hecho es cazar un poco y arreglar unas mesas. —Pero sí que contempló la sala y se quedó sorprendida al ver la cantidad de clientes que entraban tranquilamente para almorzar. Ahora había tres mesas nuevas, obra suya, junto con la contribución de Toris, que eran unas cuantas sillas. Nada mal, para una cascada ex señora de la guerra. Sonrió por dentro, al recordar la cara de sorpresa de su madre y su hermano cuando montó su taller fuera del granero, aunque por qué pensaban que los soldados eran incapaces de hacer tareas domésticas, para ella era un misterio.

—Xena —dijo Toris, alargando la mano y tocándole el brazo, contento al ver que no se encogía.

—¿Mmm? —contestó la guerrera, mirándolo con una ceja enarcada.

—Tú sabes... —Vaciló y luego continuó de carrerilla—. Bueno, lo que quiero decir es que ésta es tu casa. No tienes que... o sea... bueno, que éste es tu sitio, si quieres. —Se quedó callado y observó su cara a la espera de una reacción.

—¿Te ha mandado madre con el mensaje? —respondió su hermana, pero con una sonrisa que quitaba hierro al comentario—. Es una bonita idea, Toris, y no creas que no lo aprecio. Lo agradezco. —Miró un momento a la mesa y luego a él de nuevo—. Más de lo que crees. Pero no puedo correr ese riesgo. —Se echó hacia atrás y colocó una pierna doblada, enfundada en una bota, encima del banco, apoyando el brazo en la rodilla—. No puedo exponeros a madre y a ti a las cosas con las que tengo que vivir.

Cirene apareció detrás de ellos y se sentó al lado de Xena, acercándole un plato que llevaba lleno de empanadillas.

—Toma —dijo, señalando el plato y mirando a Xena con guasa—. Sé que te gustan. —Y no hizo el menor caso de la mirada de exasperación risueña que le lanzó su hija. Llevaba días usando pequeños trucos como éste para pinchar y penetrar la gruesa armadura emocional de Xena y estaba empezando a surtir efecto. La guerrera se había relajado notablemente en su presencia y empezaba a dar muestras de un humor sardónico y un vivo ingenio que Cirene hacía mucho tiempo que sospechaba que rondaban por debajo de todo ese bronce y cuero—. Vamos, vamos.

Xena se rió entre dientes y meneó la cabeza.

—Madre, eres peligrosa.

—Sí, bueno, de alguna parte te tenía que venir, querida —contestó Cirene, dándole una palmadita en el brazo, contenta cuando los dos hermanos se echaron a reír. Cuánto tiempo hacía, pensó, pasando la mirada de un hijo a otro. Xena había cambiado la armadura por una túnica azul de tejido tosco de lino y, sin armas, casi dejaba que Cirene olvidase lo que era y, al verla sentada al lado de su hermano, viéndolos a los dos empujándose en broma y peleándose por las empanadillas, tuvo la sensación de que el tiempo volvía atrás. Una sensación agridulce, que se desvaneció al tiempo que daba gracias a los dioses por tener, al menos, este momento para reunir a parte de su familia tristemente destrozada.

—¡Xena, estate quieta! —exclamó Toris, agachándose al tiempo que su sonriente hermana lograba meterle un puñado de migas por la camisa—. ¡Aaaj! —Se estremeció y se sacó la camisa de los pantalones, tirando las migas de empanadilla al suelo. El lobezno Ares gruñó al instante, olisqueó la ofrenda, sacó la lengüecita rosa y recogió una miga, que masticó con entusiasmo.

—Vamos, niños —dijo Cirene riendo, regodeándose en las palabras. Los dos se volvieron hacia ella y casi se le paró el corazón al ver las dos caras parecidas, con un par de sonrisas traviesas e idénticos ojos azules que la miraban a su vez—. Si no os portáis bien, esta noche os quedáis sin postre —amenazó. Dioses, ojalá pudiera durar. Sé que no es posible. Pero...

—Ésa sí que es una amenaza —dijo Xena con guasa, echándose hacia atrás y sacudiéndose las manos. Cogió su copa y echó un buen trago, cerrando los ojos y respirando hondo. Ese ofrecimiento de Toris... me ha pillado desprevenida. Paseó la vista por el interior de la posada, por el rostro de su hermano, hasta detenerse por fin en el de Cirene. Hay una parte de mí que lo desea tanto... Creía que nunca me sentaría a esta mesa, ni escucharía sus voces, ni sentiría la caricia de mi madre... otra vez... una sola vez. Cerré de un portazo la puerta de este lugar... pensé que la tenía cerrada a cal y canto hasta que apareció Gabrielle. En contra de su voluntad, en sus labios se formó una sonrisa. Y fíjate cómo atravesó todas las puertas cerradas como si ni siquiera existiesen. ¿Cómo he dejado que ocurriera eso? Ahora, tengo la posibilidad de volver a casa. La realidad se posó sobre sus hombros. Y no puedo.

—Xena. —Cirene le tocó el brazo.

—¿Sí? —contestó ella, ladeando la cabeza morena para mirar a su madre.

Cirene juntó los dedos, colocándoselos delante de los labios.

—Yo... no sé qué planes tienes. —Titubeó—. Pero quiero que sepas que me gusta mucho tenerte aquí. —Sus ojos se encontraron con los azules de un rostro impasible que tenía ante ella—. Y espero que te plantees darnos la oportunidad de pasar un tiempo contigo.

La guerrera desvió la mirada y dejó caer la barbilla sobre las manos entrelazadas.

—Escucha —dijo, por fin—. Yo... la idea de poder volver a formar parte de esta familia... es algo que jamás pensé que tendría la oportunidad de hacer. —Se contempló las manos—. Y... es algo que me apetece mucho. —Los miró y vio sus ojos clavados en su cara—. Pero no puedo correr el riesgo de hacer eso. —Se encogió de hombros—. Hay mucha gente ahí fuera a la que le encantaría poder hacerme daño a mí o a la gente que quiero.

—Pero Xena —objetó Toris—, vamos a seguir siendo tu familia. Eso no puede cambiar, tanto si estás aquí como si no.

—No exactamente, Toris —contestó su hermana en voz baja—. Si yo no estoy, puede que aparezca algún que otro oportunista que se haya enterado por casualidad de que estamos emparentados. Si estoy aquí... —Soltó una carcajada sarcástica—. Sería un coto de caza abierto a las visitas de cualquier señor de la guerra rencoroso y cualquier aspirante a guerrero con ansia de hacerse famoso. Vosotros no queréis eso. Yo no quiero eso. —Suspiró—. Sin embargo, sí que tengo que quedarme por lo menos una temporada, hasta que esté segura de que las amazonas se han tranquilizado.

Cirene se echó hacia delante al oír eso, interesada.

—¿Por qué? ¿Es que no crees que tu amiga sea capaz de manejarlas? —Gabrielle le caía bien y tenía la sospecha de que la bardo había sido una influencia muy buena para su salvaje retoño. De hecho, un instinto materno le decía que los sentimientos de su hija por Gabrielle eran bastante más profundos de lo que había estado dispuesta a reconocer. Hasta ahora.

—Gabrielle se las arregla muy bien —contestó Xena, tajante—. Pero hay ciertos miembros de la nación amazona que no están de acuerdo con seguir un camino pacífico. Y existe la posibilidad de que una de ellas o alguna más quieran desafiarla para arrebatarle el mando. —Hizo una pausa, reflexionando—. Se trata de un desafío a muerte —añadió, observando sus rostros horrorizados.

—Entonces... ¿Gabrielle tiene que luchar con alguien a muerte? —preguntó Toris, con los ojos desorbitados—. Eso es una locura. Ella habla, no lucha.

Xena sonrió.

—Bueno, en realidad hace un poco de las dos cosas. Pero no, ella no tiene que hacerlo. La reina puede nombrar a una campeona que luche por ella en el desafío.

Cirene por fin lo comprendió. Miró a su hija a los ojos y sonrió.

—Y tú eres su campeona. —No era una pregunta. Vio un leve rubor que subía por el cuello de Xena y se rió por dentro.

—Sí —fue lo único que dijo la guerrera. Entre otras cosas, intervino su mente tomándole el pelo. Vio esa expresión en los ojos de su madre y se encontró pillada entre la mortificación y la exasperación. Cuesta ocultarle las cosas. Bueno... a mí también. Supongo que de casta le viene al galgo. Dejó que en sus labios bailara una sonrisa al devolverle la mirada a su madre, encogiéndose ligeramente de hombros y asintiendo. Los ojos de Cirene se dilataron y le devolvió la sonrisa, con comprensión evidente. La mujer estaba a punto de hablar cuando un ruido los sobresaltó a todos y desvió su atención hacia la puerta.

Toris soltó una maldición cuando tres hombres con media armadura entraron en la sala, mirando a su alrededor.

—Yo me ocupo —murmuró tensamente, levantándose de la silla y acercándose a ellos.

—Hombres de Bregaris —dijo Cirene en voz baja—. El señor de la guerra del sur. Seguro que han venido en busca de tributo. —Miró a Xena y parpadeó. El rostro de su hija se había quedado gélido e impasible, con los ojos clavados en los tres soldados.

Idiotas, pensó Xena, sintiendo que sus instintos se despertaban y que la sangre le empezaba a hervir en la venas cuando los dos primeros hombres acorralaron a su hermano, mientras el tercero, una mole inmensa y silenciosa, vigilaba. Bajó la rodilla para plantar los dos pies con firmeza en el suelo y aferró el borde de la mesa con la mano, apartando el banco de en medio con silenciosa eficacia. Echó una rápida mirada a Cirene, que la observaba con evidente fascinación, y le sonrió levemente y con ironía.

El soldado número uno tenía ahora a Toris agarrado por la pechera de la camisa y medio subido al mostrador de servicio. Vale... ya basta, pensó Xena seriamente, al tiempo que se ponía en pie y cruzaba la taberna.

Cirene se echó hacia atrás y se quedó mirando, mientras Xena avanzaba, con un poder controlado en cada movimiento, doblando un poco las manos al acercarse a los soldados y a Toris. Sin poderlo remediar, sintió una chispa de orgullo en el corazón, no por la violencia que sospechaba que estaba a punto de desatarse, sino al ver a su hija dispuesta a arriesgarse para defender a otra persona.

Cuando Toris empezaba a tener problemas para respirar, vio una mano morena que se posaba en el hombro del que lo atormentaba. El hombre levantó la mirada, irritado, y pegó un ligero respingo cuando sus ojos encontraron a su lado a una versión ligeramente más baja y femenina del hombre que tenía agarrado.

—Hola —dijo Xena despacio, con tono grave y profundo—. Creo que será mejor que sueltes a mi hermano. —Dejó que sus labios se curvaran en una sonrisa. E hizo acopio de la sensación de amenaza nerviosa que podía proyectar cuando lo necesitaba—. Ahora.

El hombre dejó caer a Toris y se volvió hacia ella.

—¿En serio? ¿Quieres ocupar tú su lugar? —Su rostro era feo, con una cicatriz que se lo cruzaba de la oreja al pómulo y una barba rala que intentaba taparla.

—Claro —contestó Xena y descargó el puño con una súbita explosión de fuerza, alcanzándolo debajo de la mandíbula, levantándolo por el aire y derribándolo como una piedra delante de ella. Dejó al segundo fuera de combate con un codazo rápido y brutal. Paró al tercero, el inmenso, con la bota cuando se le echó encima, observando su rostro pasmado cuando ella flexionó los músculos del muslo y lo estampó contra la puerta. Intentó levantarse y ella lo dejó sin sentido de una patada, luego se volvió y le estiró la camisa a Toris, acicalándolo con risueña indulgencia—. ¿Ya estás mejor? —preguntó, quitándole unas últimas motas del hombro.

—Eres... asombrosa. —Toris se echó a reír por el alivio. Miró a los tres hombres tendidos meneando la cabeza—. No van a estar muy contentos cuando se despierten.

Xena se encogió de hombros.

—No, pero podemos enviarlos de vuelta con un mensaje. Conozco a Bregaris. Es un cobarde, y cuando se vea desafiado, se retirará y buscará presas más fáciles. —Regresó a la mesa, donde Cirene seguía esperando. Sentándose de nuevo, cogió una de las empanadillas que quedaban y la mordió, echando un vistazo a su madre. Oh... oye... cómo me gustan... su mente se rió de ella. Y a Gabrielle le encantarían. Sonrió—. Bueno. ¿Te ha gustado el espectáculo?

Cirene carraspeó.

—Siempre me gusta ver cómo trabaja un experto —dijo con humor—. Desde luego, no has perdido el tiempo. —Fingió que no veía a Xena engullir otra empanadilla—. Y hablando de eso, ¿te importa que te pregunte dónde vas por las noches?

Xena enarcó una ceja, pero se encogió de hombros.

—Al bosque. Hay un claro, lo bastante grande para que pueda ejercitarme con la espada sin asustar a los vecinos —contestó, sonriendo a Cirene con ironía—. Para mantener eso hace falta entrenar mucho. —Dirigió una sonrisa guasona a su madre—. Además, tengo que hacer algo para bajar todas estas empanadillas. —Y para librarme del exceso de energía. Y para agotarme de tal manera que no tenga que quedarme echada en la cama... pensando.

Cirene asintió ligeramente.

—Eso me parecía. Esta mañana te vi cuando volvías y llevabas la espada. —Y parecías muy cansada, pero eso no lo vamos a comentar—. No deberías hacer tanto esfuerzo. —Observó a la figura más alta sentada a su lado y sintió una fuerte oleada de cariño materno que no sentía por esta mujer desde hacía mucho tiempo—. Bueno, tengo que ir a ver si ya han empezado con la cena. —Suspiró, se levantó y rodeó a Xena para dirigirse a la cocina. Al pasar por detrás, puso las manos sobre los hombros de su hija e inclinándose hacia delante, rozó con los labios la cabeza morena. Siguió adelante sin decir nada, consciente de los ojos azules que la siguieron hasta que desapareció de su vista tras la puerta de la cocina.

Xena salió tras indicarles a Toris y algunos de sus amigos más fornidos cómo debían atar a los soldados a sus caballos. Escribió una notita y la firmó, para que la pusieran en el supuesto líder del grupito, y luego los dejó con la tarea. Un gruñido grave le llamó la atención y bajó la mirada hasta donde estaba el lobezno, que la seguía muy esforzado, mordisqueándole la bota. Dioses. Suspiró, bajó la mano y cogió al animal. El pequeño Ares traspasó sus ejercicios de dentición a su dedo y soltó otro profundo gruñido.

—Qué miedo me das —informó Xena al lobezno.

—Arruu —respondió el cachorro, mirándola sin dejar de parpadear con sus ojos amarillos.

—Sí —contestó Xena, echando un rápido vistazo a su alrededor para ver si había alguien mirando—. Vamos. Es la hora de tu siesta. —Se llevó al animal al interior del establo y levantando la mano, lo dejó en el pajar, donde se puso cómodo de inmediato. Tras un momento de duda, ella también subió, saltó por encima del cuerpecito oscuro y se relajó boca arriba, con las manos recogidas detrás de la cabeza. Ares aprovechó para arrimarse bien a ella, olisqueándole el costado todo contento.

—Ares, vale ya. —Suspiró, haciendo una mueca. El lobezno le chilló—. Oh, está bien —cedió, levantándolo y colocándoselo sobre las costillas, donde se acurrucó feliz, mirándola con parpadeantes ojos soñolientos llenos de adoración. Ella se echó a reír suavemente y luego se quedó mirando las vigas de madera. Recordó la sensación de las manos de su madre en los hombros y ese beso ligero que no había sentido desde que era muy pequeña. A lo mejor es posible... su mente dio vueltas a la idea. A lo mejor.

Sus pensamientos pasaron a Gabrielle y al agujero cada vez más hondo que sentía en su interior donde echaba de menos la presencia de la bardo. ¿Que la echo de menos? Más bien que la necesito. Cerró los ojos y pensó un poco en eso. ¿Y cuándo ha ocurrido esto? En fin, no puedo fingir que no es cierto. Ése era el eco que intentaba acallar con el ruido del metal todas las noches, el tirón que le atenazaba el corazón en el pecho en momentos inesperados. Y cada vez era peor. Supongo que nos hemos acostumbrado a tenernos cerca la una a la otra. Dos años es mucho tiempo para pasarlo con una sola persona, día y noche, y no acabar teniendo... ¿el qué, una dependencia de ella? ¿Se trata de eso? Tal vez.

Tomó aliento con fuerza y lo soltó. Si Gabrielle estaba destinada a quedarse con las amazonas, a lo mejor ella probaba a quedarse aquí. Para convertirse en la protectora del pueblo, como debería haber hecho desde el principio. Para volver a unirse a su familia. Podría hacerlo... no estar ahí fuera luchando con todo el mundo todo el tiempo. Hacer tal vez una visita a las amazonas de vez en cuando. Sí.

Parpadeando, vio que las profundas marcas de la madera que tenía encima de la cabeza se ponían borrosas y luego se aclaraban.

—Liceus, lo siento —susurró, alargando la mano para tocar su nombre—. Podría haberte traído de vuelta, sabes. —Se mordió el labio—. Pero el precio era algo que no podía pagar... y creo que tú tampoco habrías querido que te comprara a cambio de eso. —Suspiró y bajó la mano para acariciar a Ares, que enredó una pata delantera entre sus dedos y los sujetó. Luego, relajada por la cálida luz del sol y el cachorro dormido, Xena dejó que se le cerraran los ojos. Sólo unos minutos, le aseguró su mente.

Cuando abrió los ojos, un rápido vistazo a la ventana le dijo que había sido mucho más que unos minutos. Sorprendida, sacudió la cabeza para despejársela y luego dejó que su cuerpo se volviera a relajar cuando se dio cuenta de dónde estaba y de lo que había pasado. Dioses... ¿cuándo fue la última vez que me permití hacer eso? Ares abrió los ojos al sentir que se movía y suspiró, olisqueándola soñoliento.

Bueno... una risa mental. Anoche me entusiasmé mucho con esos saltos de espaldas. Hacer eso hasta el amanecer seguramente no fue una idea inteligentísima. Pero ese nuevo lo tengo ya controlado. Bostezando, estiró su largo cuerpo, flexionando los músculos que todavía tenía un poco entumecidos por el ejercicio de la noche anterior. El cachorro se estiró también, imitando su bostezo y alargando las patas delanteras y traseras con una versión tamaño lobezno de su estiramiento. Desprevenida, Xena se echó a reír y luego se incorporó, haciendo rodar al cachorro a la paja que había delante de su petate.

—Vamos, tenemos que cortar leña, Ares —comentó, y se agarró al borde del pajar y se dejó caer al suelo, tras lo cual cogió al lobezno y un hacha con una mano, se pasó los dedos de la otra por el pelo alborotado y se dirigió a la puerta, donde estuvo a punto de chocarse con Cirene—. Hola —dijo, parándose en seco.

Cirene le quitó al lobezno, al que rascó las orejas con afecto.

—Quería ver dónde te habías metido. —Sonrió a Xena—. Tienes al pueblo sobre ascuas, que lo sepas. —Se dio la vuelta y caminó a su lado hasta el montón de leña y se quedó mirando mientras la guerrera levantaba un gran leño y lo partía con golpes lentos.

—¿Ah, sí? —contestó Xena, riendo suavemente—. ¿Y eso es bueno o malo?

Cirene frunció los labios, pero consiguió no sonreír.

—Muy bueno. —Miró a su hija—. Estás haciendo mucho por el negocio, así que te debo mi agradecimiento.

Xena levantó la vista y le clavó una mirada muy seria.

—No me debes nada —dijo, cogiendo otro leño y colocándolo sobre el tocón—. Ya era hora de que hiciera algo bueno por este sitio. —En su cara apareció una sonrisa desganada—. Además... es un cambio agradable.

La mujer mayor se rió suavemente.

—Cielo, puedes venir aquí a cambiar de ritmo siempre que quieras. —Le dio una palmadita a Xena en el hombro y regresó a la posada, volviéndose para dejar a Ares en el suelo—. Toma, aquí tienes a tu sombra.

—Sí —dijo Xena, mirando al lobezno, que estornudó y corrió hasta ella—. La verdad es que no sé por qué. —Ares se acurrucó pegado a su bota, sacando la lengua y jadeando.

—Ruu —comentó.

Cirene sonrió al ver la cara de Xena.

—Bueno, querida... los animales son muy perspicaces. Y siempre les has gustado.

Xena hizo una mueca.

—Oh, sí. —Suspiró y siguió partiendo leña.

—Ruu —afirmó Ares, tirándole de la bota.

—Tú calla —gruñó Xena, echándole una mirada.

—Grr —gruñó él a su vez.


Otra noche de lleno completo en la taberna, pensó Xena con sorna. Y se había corrido la voz sobre la visita de los soldados del señor de la guerra... y sobre cómo se habían ido. Lo sabía por las miradas de reojo de las que era objeto, que habían sido evidentes desde la primera noche, pero que habían ido cediendo a medida que los aldeanos se acostumbraban a su presencia. Dos de los comerciantes hasta se habían acercado a hablar con ella, lo cual era todo un progreso por su parte, y una de las chicas del pueblo se había parado para charlar con ella cuando se dirigía de la mesa del fondo al mostrador de servicio.

Ahora mismo, Toris estaba hablando con un grupo de sus compinches, más o menos de la misma edad, planeando... algo. Xena no se fiaba de ese... algo... que planeaba Toris. Tenía la vehemente sospecha de que ella iba a acabar formando parte de lo que fuese ese algo. Suspirando, se recostó en la silla y tomó un sorbito cauteloso de una copa alta de la potente cerveza de su madre. Había aprendido la lección de la cerveza la primera noche, cuando sólo porque tenía una constitución fuerte como una roca consiguió no desplomarse borracha delante de todo el mundo. Aunque en realidad, ¿quién lo habría notado, teniendo en cuenta que todo el mundo se estaba desplomando? Sonrió socarrona. Y tomó nota para advertir a Gabrielle sobre la bebida, porque era espumosa y dulce, y a la bardo seguro que le encantaría. En su cara se dibujó una sonrisa melancólica.

—Oye, Toris —susurró Beltran—. ¿Estás seguro? O sea, no se va a enfadar, ¿verdad? —Echó un vistazo nervioso a la imponente hermana de su amigo.

—Qué va —dijo Toris, con un gesto negativo—. Está de buen humor.

Tellar enarcó una ceja.

—¿Cómo lo sabes?

—Idiota —contestó Toris, dándole un manotazo—. Soy su hermano.

—Escucha... ¿por qué no nos enseñas tú? —dijo Beltran en voz baja, clavándole un dedo—. Dijiste que antes eras guerrero.

Toris puso los ojos en blanco.

—No seas tonto. Sí, sabía sujetar una espada. Sí, era capaz de pegarle un puñetazo a alguien. Sí, sé montar a caballo. Eso no me convierte en guerrero. Ella es la mejor que existe. ¿De quién preferirías aprender?

Los dos se quedaron mirándolo.

—No contestéis —gimió Toris—. Escuchad, no seáis tan cobardes. No es más que una persona. Miradla.

Se volvieron y miraron hacia el fondo de la sala. Luego se volvieron de nuevo y miraron a Toris, que suspiró.

—Vamos. —Cruzaron la sala, dirigiéndose a la mesa del fondo donde estaba sentada Xena, que los miraba mientras se acercaban. Toris cogió una silla y les hizo un gesto a sus amigos para que hiciesen lo propio—. Hola.

Xena los miró de arriba abajo y luego dejó asomar despacio una sonrisa.

—Hola. —Su mirada se posó en Toris—. ¿Qué queréis?

Se lo dijeron.

—Esperad. Alto ahí. —Xena alzó las dos manos—. Así es como empezó todo. No. Lo siento, pero no. —Miró ceñuda a Toris—. No sé cómo se te ocurre pedirme que le enseñe a la gente de este pueblo a manejar armas.

Toris resopló. Dioses... mira que es terca. Igual que madre.

—Armas no, en realidad. Es sólo como defensa, Xena. Venga, si se lo has enseñado a Gabrielle, puedes enseñar a estos chicos. —La agarró del brazo—. Escucha... tú misma lo has dicho: estos señores de la guerra reaccionan ante la intimidación. Si podemos ponérselo aunque sólo sea un poquito más difícil cuando vengan a llevarse todo lo que les dé la gana, a lo mejor merece la pena.

Su hermana le clavó una mirada que lo obligó a soltarle el brazo y echarse hacia atrás. Se quedó callada largo rato, mirándolos uno por uno, luego se cruzó de brazos y soltó un largo suspiro. ¿Debería hacerlo? ¿Merece la pena intentarlo siquiera? Tal vez... porque llevo aquí el tiempo suficiente para llamar la atención y eso no es bueno. ¿Se lo debo? Sí, a lo mejor sí, después de lo que le he hecho pasar a este pueblo.

—Está bien —dijo por fin—. Pero sólo vara y cuerpo a cuerpo. —Miró a Toris fijamente—. Nada de armas cortantes. Y las varas se las tienes que conseguir tú. Yo no me voy a poner a dar vueltas por el campo para buscarlas.

Se miraron sorprendidos entre sí. No os esperabais que fuera a decir que sí, ¿eh? La guerrera sonrió por dentro.

—Todos los días, entre la hora de comer y la cena. Sin quejas.

Toris asintió.

—Trato hecho —dijo, escuetamente. Los demás se limitaron a asentir.

Al día siguiente había un círculo de personas allí fuera, nerviosas pero decididas. Empezó despacio, mostrándoles los movimientos básicos, y los tuvo practicando durante el resto de la tarde, encogiéndose cuando se golpeaban los unos a los otros por accidente. Bueno... ya aprenderán, se dijo pensativa.

Y aprendieron, y siguieron presentándose cada día durante unas horas después de terminar su trabajo en los campos, y al final, tuvo que montar un auténtico campo de entrenamiento. Ahora que se habían acostumbrado a manejar las pesadas varas, la cosa era más interesante para Xena, porque hacía de saco de entrenamiento para sus primeros intentos de ataque. En más de una ocasión, deseó desesperadamente poder enfrentarse a la capacidad de Gabrielle. Pero era una manera de estar ocupada, y los aldeanos iban mejorando, pues eran fuertes por naturaleza y acostumbrados al trabajo duro.

Al cabo de dos semanas, lo hacían... incluso bien. Ante su desconcierto y sorpresa. No eran expertos, no... no estaban en absoluto a la altura de la bardo. Pero se las arreglaban, y estaban deseosos de aprender más... aunque la idea de enfrentarse a ella cuerpo a cuerpo seguía asustándolos. Por fin tuvo que obligar a Toris a ofrecerse como primera víctima, y menudo espectáculo montaron. Lo usó como mal ejemplo una y otra vez, hasta que él se enfadó, y cuando se enfadaba, cometía estupideces.

Y una de las estupideces que hizo fue intentar agarrarla por un sitio impropio, cosa que pensó que la distraería lo suficiente para que él pudiera hacerse con la ventaja. Lo único que obtuvo por el intento fue una sonrisa y un "Los chicos tienen blancos más grandes, Toris" antes de que ella contraatacara de la misma forma.

Cirene, que observaba el combate a través de los postigos cerrados de las ventanas, se volvió hacia Johan.

—Creo que nunca había oído a un hombre chillar de esa manera.

Johan se encogió como reflejo.

—Me parece que más vale que vayas a impedir que tus hijos se maten.

Cirene atisbó de nuevo.

—Oh... bueno, estoy segura de que Xena no le hará daño. En exceso. —Se encogió al ver cómo se lanzaban el uno contra el otro y caían al suelo con un sonoro golpe—. Espero.

Y no se lo había hecho, pensó Xena mientras se relajaba esa noche mucho más tarde en un baño caliente. En exceso. Pero la sesión había seguido adelante sin problemas después de aquello y los aldeanos parecían tenerle menos miedo. Algunos incluso empezaban a practicar pequeños movimientos en los campos durante los descansos... meneó la cabeza algo risueña. Dejó que el agua caliente la relajara, se estiró y apoyó la cabeza en la pared de la bañera. A Gabrielle le gustaban los baños calientes, pensó. Sobre todo cuando se ponían a salpicarse, como niñas. Lo echo de menos. Sonrió con ironía. Siempre estoy mucho más alegre con ella que con cualquier otra persona. Mucho menos seria. Je.

Al día siguiente hubo una prueba inesperada, cuando un grupo de soldados de Bregaris, una partida de caza, llegó a caballo buscando problemas. Los encontraron, y más de lo que se esperaban, cuando los aldeanos, hasta entonces sumisos, se plantaron ante ellos, armados con sólidas varas y cara de pocos amigos. No tardaron mucho, y Xena se limitó a observar desde la ventana de la posada, aunque con las armas a mano por si acaso. Esa noche lo celebraron y brindaron más de una vez por Xena, que se sentía muy incómoda, pero se aguantó, porque estaban orgullosos de sí mismos y, en realidad, ella también estaba muy orgullosa de ellos.


PARTE 3


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
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