A distancia

Melissa Good



Descargo: Bueno, en primer lugar, estos personajes, en su mayoría, pertenecen a MCA Universal y a cualquier otra persona que tenga intereses económicos en Xena, la Princesa Guerrera.
En segundo lugar, aquí aparecen escenas de violencia. No excesiva y no en la primera parte, pero la hay. A fin de cuentas, se trata de Xena, no de Betty Crocker.
En tercer lugar, esta historia se basa en la premisa de que trata de dos mujeres que se aman. Si esto os molesta, id a otro sitio. No hay nada gráfico, pero no digáis que no se os ha advertido. Y de todas formas, si el amor os ofende, os ofrezco mis condolencias y no dejéis de enviarme vuestra dirección de correo normal, para que pueda mandaros galletas de chocolate. Por lástima.
Como información, esta historia ocurre cierto tiempo después de La búsqueda, dentro de la serie de televisión, y no mucho después de donde acaba mi anterior historia, La esencia de una guerrera. Enviad a la autora cualquier comentario que queráis. Melissa Good

Título original: At a Distance. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2004


1


Era un pequeño claro, cubierto de bonita hierba verde que bajaba hasta un arroyo que gorgoteaba apaciblemente y se perdía en la brumosa distancia. Un campamento bien organizado sesteaba bajo el sol de la tarde, que también se reflejaba en la cruz de un caballo de color dorado que pastaba la hierba con bastante satisfacción. De vez en cuando, el caballo levantaba la cabeza y miraba hacia el arroyo, contemplando el prado donde dos mujeres con varas estaban enzarzadas en un duro combate.

—No... no... —dijo Xena, pacientemente—. Tienes que mantener ese otro extremo al nivel de tus hombros. —Tocó el extremo inferior de la vara de Gabrielle con la suya—. Si dejas que quede por detrás de ti, para mí es fácil golpear el extremo superior así... —clac—, y desequilibrarte.

—Ay —exclamó la bardo, retrocediendo y doblando una mano—. Me ha dolido. —Respiró hondo y avanzó de nuevo, colocándose en posición con las dos manos alrededor de la vara—. Vale... ¿y esto? —Un rápido revés, para intentar atravesar las defensas de Xena contrarrestando el movimiento de la guerrera de izquierda a derecha. Casi. Gabrielle se mordisqueó el labio muy concentrada. Ah... Cambió el peso al pie izquierdo e hizo una finta, apuntando a las rodillas, pero luego hizo otro revés y envió el extremo superior de la vara hacia los hombros desprotegidos de Xena.

—Mejor —dijo Xena despacio, bloqueando el ataque a las rodillas, pero dejando pasar el golpe a los hombros, que paró con la armadura del brazal, desviándolo, y luego movió su propia vara como un torbellino, estampándola contra la de Gabrielle y haciéndola saltar por los aires.

—No vale —se quejó la bardo, sacudiendo las manos doloridas—. Llevas armadura. ¿Así cómo se puede competir? —Sabía que no lo preguntaba en serio—. Ya tengo suficiente desventaja.

—Ya —murmuró Xena, mirando pensativa a la bardo—. Así que crees que tengo ventaja por la armadura, ¿eh? —En sus ojos azules apareció un brillo travieso. Un brillo que Gabrielle había aprendido a temer hacía ya mucho tiempo—. Vale —dijo la guerrera, que apoyó la vara en un árbol cercano y se soltó las hebillas que le sujetaban la armadura—. Vamos a averiguarlo.

Oh oh. Gabrielle la miró con cierta alarma. No me gusta ese tono. La última vez que oí ese tono, me di un baño de barro inesperado. Pero guardó silencio mientras Xena se quitaba los brazales y las espinilleras y se acercaba a Argo, sacando una camisa corta de lino y una falda envolvente de sus alforjas.

—Te voy a dar incluso más ventaja —comentó Xena, mientras se cambiaba la túnica de cuero por las prendas de tela, tras lo cual se ató los extremos de la camisa por encima de las costillas, creando un atuendo bastante parecido a lo que llevaba la propia Gabrielle—. Vale. Ahora estamos iguales —terminó la guerrera, alegremente, regresando donde la bardo y recogiendo la vara—. ¿Lista?

Gabrielle parpadeó y luego tragó con fuerza.

—Aah... Sí. —Puso en orden sus caóticos pensamientos y colocó la vara en posición. Concéntrate, Gabrielle. Y lo intentó de verdad, pero había algo en el sol y esa camisa blanca de lino y los músculos bronceados que ahora se veían en claro relieve cuando la guerrera se movía que no paraba de distraerla—. Espera un momento. —Cerró los ojos y tomó aliento. Gabrielle, basta ya, ahora mismo. Esto es un combate. Tiene un gran palo. Es muy peligrosa. Aclárate las ideas. ¿Vale? ¿De acuerdo? Vale—. Vale. —Abrió los ojos e inmediatamente vio la preocupación en los de Xena—. No... no pasa nada. Es el sol. —Le sonrió alegremente y agarró mejor la vara—. De verdad.

—Ya —respondió Xena, mirándola con una ceja enarcada—. Vamos allá —afirmó, y avanzó hacia la bardo, iniciando un complejo ataque, cuyos primeros golpes Gabrielle hasta logró parar, sin ceder terreno, pero luego empezó a retroceder, cuando los movimientos de Xena se hicieron más veloces y los golpes empezaron a quebrantar sus defensas—. A ver si me sigues ahora. —La guerrera sonrió, añadiendo fintas y giros a los ataques.

—Auujj —gruñó Gabrielle, intentando por todos los medios que el arma de su adversaria no la alcanzara—. A ver si lo adivino —dijo jadeante, cayendo sobre una rodilla para esquivar un fuerte golpe—. Eres más rápida sin la armadura.

—Pues sí —confirmó Xena, penetrando las defensas de la bardo y convirtiendo lo que habría sido un golpe devastador en el costado en un ligero toque—. Ten cuidado con lo que crees que es o no es una desventaja, Gabrielle. —Cambió la dirección de la vara y dejó que rozara un lado de la cabeza de su compañera. Vio la expresión de los ojos verdes que la miraban, disminuyó la intensidad del ataque y se detuvo—. Oye... ¿estás bien? —Y a punto estuvo de no conseguir parar la vara de Gabrielle cuando se movió a una velocidad pasmosa hacia su cabeza. La atrapó con una mano con un sonoro chasquido. Notó una acometida de rabia y le arrancó la vara de la mano a la bardo con sorprendente facilidad. Respiró hondo, intentando controlar la rabia. Le he dicho que haga eso, ¿no? Que ponga a prueba mis reflejos, ¿verdad? Contrólate un poco.

—Casi —reconoció, con una sonrisa forzada.

Gabrielle suspiró.

—Nunca es suficiente. —Le devolvió la sonrisa—. Pero he captado lo de la desventaja. —Vaya si lo he captado—. Por cierto... tienes buen... aspecto... como amazona. —Alargó una mano y tocó la tela de lino.

—¿Ah, sí? —Xena se rió entre dientes—. Seguro. —Meneó la cabeza—. Las amazonas saldrían corriendo. —Miró por encima de la cabeza de Gabrielle, hacia el arroyo—. Ya es hora de atrapar algo de cenar, creo. —Le pasó su vara a la bardo y luego se encaminó hacia el arroyo, consciente de lo quieta que estaba Gabrielle detrás de ella. De los ojos que tenía clavados en la espalda. Borrándose una fugaz sonrisa de la cara, se volvió y miró a la bardo a los ojos—. ¿Vienes?

La tierra a Gabrielle. ¿Hola?

—Sí. Espera que recoja esto —respondió por fin, sacudiendo la cabeza con desconcierto. Trotó hasta donde estaba sujeta Argo y guardó las varas y luego corrió de nuevo hacia el arroyo, donde Xena ya estaba con el agua hasta los muslos, la cabeza ladeada, esperando a los peces.

—Lista —comentó la bardo, bien apartada del lugar donde estaba apostada su compañera. Vio que Xena se quedaba inmóvil y luego hacía un movimiento vertiginoso con un chapoteo. Ojalá yo pudiera hacer eso. Dioses. Ojalá pudiera... basta, Gabrielle. Ahora mismo. En serio. ¿Pero qué te pasa hoy? ¿Es que había setas raras entre las últimas que comimos ayer, o qué? La bardo sacudió risueña la cabeza y resopló.

—Allá va —comentó Xena, girándose y lanzando su presa hacia la orilla. Una trucha de río muy grande y reluciente, de hecho—. No está mal, aunque lo diga yo misma.

Gabrielle atrapó con manos expertas al pez que se debatía. Luego levantó la mirada hacia Xena, que seguía en el agua, iluminada por detrás por el sol poniente.

—Una preciosidad —asintió, consciente de la sonrisa que no pudo impedir que le inundara la cara—. Voy a ocuparme de esto. —Tal que ahora mismo.

Xena salió chapoteando del agua y subió por la orilla sin prisa.

—Ya lo hago yo —dijo, sorprendiendo a la bardo—. El otro día me acordé de una forma de preparar el pescado que hacía mi madre. ¿Te apetece probar?

—Claro —contestó Gabrielle, pasándole el pescado—. Estoy dispuesta a probar de todo. Una vez. —Esquivó el capón en broma que le lanzó la otra mano de Xena—. Bueno, a lo mejor dos veces —concedió.

—¿Ah, sí? —preguntó Xena, con un brillo malicioso en los ojos—. ¿Cualquier cosa?

A Gabrielle se le quedó la garganta seca. Oh oh.

—Bueno, ya sabes qué quiero decir... cualquier cosa no... casi de todo... la mayor parte del tiempo... Xena, no te atrevas... ¡Oh, por Hades! —Desesperada, echó a correr. Mantente lejos del agua, Gabrielle. Mantente LEJOS del agua.

Xena salió disparada tras ella y sus zancadas más largas cortaban el paso a la bardo cada vez que ésta intentaba apartarse del arroyo. Se le escapó una carcajada grave mientras perseguía a su compañera por la hierba, llevándola hábilmente cada vez más cerca del agua ondulante. Por fin, la tuvo justo donde quería.

—Ayiyiyiyiyi —brotó de su garganta, paralizando a la bardo en el sitio por un instante.

Lo suficiente para que Xena cambiara de dirección y se lanzara directa contra ella, envolviendo a la sorprendida mujer con los brazos sin detenerse siquiera. Tres potentes zancadas más y saltó por el aire, transportándolas a las dos por encima del borde del arroyo.

—¡¡¡¡Yaaaaa!!!! —gritó Gabrielle—. Noooooooo... —Y las dos cayeron al agua y se hundieron hasta el fondo, lo cual hizo callar a la bardo eficazmente. Gabrielle sintió que el agua se cerraba por encima de su cabeza y aguantó la respiración, resistiendo el impulso de soltar aliento a causa de la corriente helada. Xena seguía sujetándola y la guerrera pegó una patada contra el fondo del arroyo, empujándolas a las dos de nuevo a la superficie.

—Uaaah —exclamó Xena, al romper la superficie del agua, y sacudió la cabeza para quitarse el pelo de los ojos, soltando a Gabrielle, que se quedó flotando a su lado—. Qué gusto. —Sonrió a la bardo, que se estaba apartando el pelo claro de la frente y la fulminaba con la mirada.

—Te voy a matar —gruñó Gabrielle, escupiendo el agua que le llenaba la boca.

—¿Quién te cogerá la cena entonces? —contestó Xena, con una sonrisa.

—Me la cogeré yo —respondió la bardo, aún enfadada.

—Ya —replicó Xena, echándole una ojeada—. Me parecía que te hacía falta refrescarte un poco. Lo siento —añadió, en voz baja, y vio que el enfado desaparecía del rostro de su compañera, sustituido por una sonrisa cohibida.

—Sí. Es cierto. El sol me estaba matando —reconoció, salpicando un poco a Xena—. Así que te has librado. —En más de un sentido. Metió la cabeza en el agua y volvió a salir, pasándose las manos por el pelo para escurrírselo.

Xena se rió por lo bajo, se volvió y se puso a nadar hacia la orilla opuesta con brazadas lentas. La corriente no era excesiva y el agua fría le resultó agradable al sumergirse por debajo de un tronco medio hundido y darse la vuelta para volver a cruzar el ancho del arroyo. Sus ojos contemplaron un momento lo que la rodeaba. Bonito, pensó. Y además hace un día precioso, a pesar de cómo ha empezado. Sus ojos se posaron en Gabrielle, que estaba de pie de cara al sol poniente, pasándose los dedos por el pelo claro para secárselo, y Xena notó una sonrisa que le iba invadiendo la cara. Se quedó mirando un poco más y luego, meneando ligeramente la cabeza, se lanzó de nuevo a la corriente y se puso a nadar, deteniéndose a pocos metros de la bardo.

—Hola —gruñó Gabrielle cuando Xena salió a la superficie y se puso boca arriba, colocándose las manos sobre el estómago e intentando mantenerse a flote, sin mucho éxito—. Parece que tienes un problema.

—Hola tú —replicó la guerrera, renunciando a su intento de flotación—. No floto bien —reconoció encogiéndose de hombros—. Los músculos y los huesos pesan más que el agua. —Se rió ligeramente—. Y yo tengo bastante de las dos cosas.

Gabrielle sonrió con sorna.

—Eso he notado. —Miró a Xena con expresión risueña—. Sobre todo vestida así. —Y su compañera la miró con una ceja muy enarcada—. Oye, es cierto. A mí no me eches la culpa —exclamó, sin hacer caso de la ceja de Xena y salpicando un poco con las manos.

Xena la miró con ceño sardónico.

—Sí, ya... pues odio tener que decírtelo, pero es lo que sueles llevar, oh reina amazona. —Lanzó un puñado de agua a la bardo ahora sonriente. ¿Quiero saber qué derroteros está tomando esta conversación? Probablemente no.

—Síííííí... —contestó Gabrielle, alargando la palabra—. Pero tú tienes mucho más que mostrar que yo. —Oh oh... creo que me estoy buscando un lío—. Y tienes un bronceado mucho mejor.

—No me digas —respondió Xena, echándose a reír. Dejó que su mirada se posara en la bardo—. No sé yo... a mí me gusta tu bronceado. —Sintió una leve punzada de peligro, al ver el brillo repentino de los ojos de Gabrielle y la leve sonrisa que le levantó la comisura del labio. ¿Quiero iniciar esto? ¿Ahora? ¿Aquí? No es buena idea, Xena. Volvió la cabeza y contempló el agua, fijándose de repente en un tronco medio hundido que no estaba muy lejos. Sin decir palabra, se lanzó hacia él, sumergiéndose por debajo de la parte que quedaba por encima del agua al llegar a su altura y mirando atentamente un pequeño hueco. Ahh... Eso me parecía. Cogió algo del hueco y tuvo que tirar con sus fuertes dedos. Luego cogió algo que había encima del tronco y regresó donde esperaba Gabrielle con expresión risueña pero curiosa.

—Xena, ¿pero qué...? —exclamó la bardo cuando ya estaba cerca—. ¿Qué había tan interesante en ese viejo tronco?

—Esto —sonrió Xena, lanzándole algo a Gabrielle, que la bardo cogió por reflejo.

—¡Aauu! —gritó, con los ojos dilatados—. ¡Está vivo! —Tuvo el mérito de no lanzarle la criatura de vuelta a Xena, aunque lo pensó—. ¡Oh! —continuó, fijándose—. ¡Es un galápago! —Sonrió a Xena—. Me gustan los galápagos.

—Eso he pensado —contestó Xena, sonriendo por dentro. Observó mientras Gabrielle hacía carantoñas al animalito y cosquillas en las patitas. El galápago, tras un momento de desconfianza, asomó la cabeza y le olisqueó los dedos con cautela y luego, como le gustó lo que había descubierto, sacó la cabeza del todo y se puso a explorar la palma de la mano de la bardo.

—Creo que le gusto —rió Gabrielle, mirando a Xena, que se había acercado. Volvió a mirar al galápago y entonces su mirada quedó atrapada en el reflejo que veía en el agua delante de ella. Estaba de pie en un remanso bastante tranquilo y ahora el sol poniente creaba un efecto de espejo en su superficie, devolviéndole la imagen de sí misma, el galápago y Xena de pie junto a su hombro. De su luz y la oscuridad de Xena, codo con codo.

Entonces los ojos de Xena captaron también el reflejo y sus miradas se encontraron. Y se quedaron mirándose largos segundos. Luego Xena sonrió y alargó la mano hacia el sol, delante de Gabrielle.

—Toma, te puedes quedar con esto también, ya que estás —dijo, en tono normal.

La bardo se quedó mirando lo que tenía en la mano, antes de alargar su propia mano para cogerlo con cuidado.

—Caray... ¿qué es? —dijo con un suspiro, dejando que el objeto atrapara los rayos enrojecidos del sol.

—Ámbar —contestó Xena, sin darle importancia—. Se supone que da suerte. —Señaló el tronco con la cabeza—. Lo he encontrado ahí.

Gabrielle se quedó mirando intensamente las profundidades del fósil y luego sonrió.

—Gracias —dijo, suavemente, cerrando la mano alrededor del ámbar. Dejó que el galápago se moviera por su mano un rato y luego lo depositó con cuidado en una roca cercana. El galápago parecía decepcionado, pero se metió en el agua y se dirigió hacia la orilla, moviendo las patitas con determinación.

Se quedaron flotando unos minutos más en silencio y luego Xena regresó a la orilla con largas brazadas. Llegó a la orilla y salió del agua, luego se volvió y esperó a que llegara Gabrielle.

—Agarra —dijo, ofreciéndole una mano a la bardo, que la cogió sin vacilar.

—Gracias —murmuró, al ser izada del arroyo—. Eso es mucho más fácil que trepar. —Una vez en la orilla, se sacudió violentamente, lanzando agua por todas partes—. Brr.

—Vamos —dijo Xena, riendo por lo bajo—. Será mejor que te quites esa ropa mojada antes de que pilles un resfriado.


La hoguera soltaba agradables chisporroteos en la creciente oscuridad, en contrapunto con el paciente roce de un pescado al ser desescamado. Xena se echó hacia atrás un momento y contempló su obra. Bien. Un hábil corte más y la gran trucha quedó partida por la mitad y dispuesta para ser cocinada. Metió dos ramas verdes entrelazadas en un recipiente de agua cercano y colocó el pescado entre ellas, atándolo todo con una rama verde mojada.

—Mmm —comentó Gabrielle, apoyada tranquilamente en el hombro de la guerrera—. Seguro que está bueno. —Contempló su campamento con aprobación. Xena se las había arreglado para encontrar un sitio bonito, rodeado de grandes árboles viejos y con un hoyo de arena ya listo para hacer fuego. Hoy no había que cavar, lo cual estaba bien, porque se habían pasado el día ayudando a unos aldeanos cercanos a reconstruir sus casas saqueadas.

Después de que Xena se ocupara de la gente que las había saqueado, claro está. Lo peor era que los saqueadores eran chicos del lugar que habían perdido sus hogares por el ataque fortuito de una tropa de mercenarios que había pasado por allí. Unos críos, en realidad, acostumbrados a abusar de los campesinos, y que ahora se enfrentaban a una Xena muy furiosa que tenía muy poco de campesina y estaba de pésimo humor. No fue bonito.

—En seguida lo veremos —replicó Xena, colocando el pescado en dos ramas con los extremos partidos a cada lado del fuego. Luego miró por encima del hombro a la bardo, que seguía apoyada en ella, y dio una palmadita en el suelo a su lado, que estaba cubierto con una estera de paja para sentarse—. Siéntate. Va a tardar un poco.

Gabrielle obedeció, rodeándose las rodillas con los brazos y apoyando la barbilla en una de ellas. Ahora echaba de menos el calor del sol: la brisa fresca que subía desde el agua le ponía la carne de gallina en los brazos y se abrazó más a sí misma para protegerse.

—Eh. —Xena la miró con ojos interrogantes. Alargó la mano y tocó el brazo de la bardo, notando la piel helada—. Gabrielle. —Un gruñido grave de advertencia. La bardo la miró parpadeando—. Ven aquí. —Xena suspiró y le pasó un brazo por los hombros, pegándola más a ella.

Xena, como de costumbre, era como una especie de fuente de calor. Gabrielle se preguntaba a menudo cómo lo hacía: la mujer nunca tenía frío. Pero no se iba a quejar, oh, no. Ese calor empezó alrededor de su cuello, le fue bajando por el costado derecho y se extendió por ella como una reconfortante manta.

—Mmm —suspiró agradecida, apoyando la cabeza en el oportuno hombro de Xena—. Mucho mejor. —Miró a la guerrera—. ¿Ya estás contenta?

Los ojos azules capturaron los suyos y en los labios de Xena se dibujó una sonrisa.

—Sí. La verdad es que sí —replicó—. Gracias por preguntar.

Gabrielle notó una sonrisa que se iba apoderando de su cara y dedicó un momento a disfrutar sin más de la intensidad de la emoción que notaba que había entre las dos. Siempre la había percibido... pero ahora... ahora... dioses, era como un torrente gorgoteante que nunca cesaba. Se regodeaba en ella. Y sospechaba que Xena también lo hacía, aunque las dos se cuidaban muy mucho de reconocerlo. Más o menos. Pero últimamente habían descubierto que se les estaba haciendo casi imposible mantener ningún tipo de distancia... y hasta habían dejado de intentar buscar excusas para el contacto físico que cada vez era más frecuente. Como ahora. No era que Xena no hubiera podido lanzarle una manta sin más, ¿no? Gabrielle sonrió por dentro.

—De nada —suspiró, cerrando los ojos. Es... extraño. Es... como que las dos sabemos más o menos lo que está pasando, pero ninguna de las dos quiere decir nada al respecto. Tengo miedo... su amistad es más importante para mí que... que... que ninguna otra cosa. No quiero estropearla. Creo que ella tampoco quiere, pero... noto lo que está empezando a ocurrir en mi interior. No sé si puedo pararlo. No... no sé si quiero pararlo.

Xena liberó un brazo y lo alargó con pereza hacia el fuego, para dar la vuelta al pescado. Luego devolvió el brazo a su anterior posición y apoyó la cabeza en la de la bardo, entregándose a una de esas repentinas oleadas de calidez vertiginosa que últimamente solían inundarla sin avisar. Creo que vamos a tener que hablar bien pronto, amiga mía. En su cara apareció una leve sonrisa casi invisible. Maldito seas, Jessan. Maldito seas por tener razón. No quería que la tuvieras, sabes. En mi caso no me importa, pero... no quiero que ella no tenga elección. No es justo. Maldita sea, no es justo para ella. ¿Por qué yo, precisamente? ¿Por qué ella? Debería estar en Atenas. Con alguien que pueda darle un hogar seguro, amor... no con un precio sobre su cabeza y combates sangrientos cada dos días. No quiero esto para ella. Y sin embargo... la única forma que tendría de detener lo que está pasando sería cortándome a mí misma la cabeza. Dioses, qué desastre.

—¿Un dinar por tus pensamientos? —preguntó Gabrielle, dejando que sus dedos recorrieran el antebrazo de Xena, estudiando la disposición de los finos pelos, interrumpida por una leve cicatriz, no, dos cicatrices. Líneas rectas y delgadas. Heridas de cuchillo, probablemente, pensó distraída, esperando a que Xena respondiera.

—Oh, no es nada —replicó Xena. Aún... no. Pronto, pero aún no—. Sólo pensaba. —Alargó la mano y apartó el pescado del fuego, le quitó la red de ramas ahora calcinada y depositó una porción en cada uno de los dos platos que tenía ya preparados. Le pasó uno a Gabrielle—. Aquí tienes.

—Gracias —replicó Gabrielle, esperando a que la guerrera se acomodara de nuevo contra un tronco cercano y uniéndose a ella—. Oye... nada mal. —Dio un bocado, sonrió y echó una mirada de reojo a Xena—. Felicitaciones a tu madre.

Xena meneó la cabeza, echando el brazo por el tronco en el que estaban las dos apoyadas mientras Gabrielle se reclinaba y procedía a devorar el pescado, dejando el plato limpio, tras lo cual intentó robar en broma trocitos de lo que quedaba de la porción de Xena, lo cual le valió varias miradas con ceja enarcada incluida por parte de la guerrera.

—Podría ir a coger otro pescado —dijo por fin Xena, riendo suavemente y renunciando a lo que le quedaba de pescado con una sonrisa tolerante—. Anda... toma... recuérdame que coja media docena la próxima vez.

—Oye, que contar historias es un trabajo muy duro —le echó en cara Gabrielle.

—Ya —contestó Xena—. Tengo que apuntar esa respuesta.

Gabrielle suspiró satisfecha, sintiendo una cálida acometida de felicidad que la invadía por todas partes.

—Oye —dijo, mirando a Xena, cuyos ojos estaban clavados en el fuego, pero con expresión distante. La guerrera se sacudió un poco y luego miró a Gabrielle.

—¿Mmm? Lo siento. —Soltó un leve carcajada—. Me he ido un poco. ¿Qué pasa?

La bardo la miró atentamente.

—Ya. ¿Y dónde te has ido? —bromeó, olvidando la pregunta que iba a hacer—. Ya van dos veces esta noche. —Se volvió a medias y miró a Xena con más atención—. ¿Qué te pasa?

—Sí... tienes razón —rió Xena—. No lo sé. —Se encogió de hombros algo azorada, incapaz de dejar de sonreír—. Supongo que con toda la actividad que hemos tenido hoy, se me queda la mente... un poco en blanco. —Ya. ¿Dónde estaba? ¿Así cómo quieres estar alerta, a ver? Dioses. Con un esfuerzo, volvió a concentrarse y prestó atención a lo que estaba diciendo Gabrielle.

—Va... le... —dijo la bardo despacio, echando una mirada a la guerrera—. No creía que dar una paliza a un puñado de críos y reconstruir una aldea fuese tanto esfuerzo para ti, pero... —Sonrió cuando los ojos azules se pusieron más atentos y se clavaron en los suyos—. Ah... eso está mejor. —Ahora el problema era suyo, al darse cuenta de lo mucho que le costaba concentrarse últimamente cuando tenía a Xena así de cerca. Se olvidó de lo que iba a decir, de modo que soltó una breve carcajada y se reclinó, notando el calor del brazo de Xena en la espalda. Creo que esto me gusta. Mucho. Probablemente más de lo que debería. No paro de decirme que debo apartarme, darle espacio... pero no creo que esté funcionando.

—¿Y ahora dónde te has ido tú? —le tomó el pelo Xena, tras unos minutos de silencio. Míranos. Esto es ridículo. Como un par de crías.

—Pues no lo sé muy bien —contestó la bardo, ladeando la cabeza para atrapar la mirada de Xena—. Pero creo que las dos nos estamos yendo al mismo sitio.

Xena se rió por lo bajo.

—Creo que tienes razón —reconoció—. Debe de ser un sitio agradable —añadió la guerrera, estirándose y atizando el fuego con el extremo de un palo que tenía a mano—. Bueno... ¿qué tramarán las amazonas para haber llamado a su reina?

Gabrielle aceptó afablemente el cambio de tema. Habían podido hablar... mucho más desde... bueno, daba igual... pero todavía quedaban unos temas muy dolorosos sin explorar. Gabrielle sospechaba que iban a tardar mucho tiempo en cubrirlo todo y sabía que había cosas de las que probablemente jamás hablarían. De mutuo acuerdo.

—No tengo ni idea. La nota era muy críptica. —Sonrió—. La debe de haber escrito Ephiny. —Se imaginó mentalmente a la rubia y esbelta amazona muy esforzada escribiendo la misteriosa nota. Y se echó a reír.

Xena resopló.

—Podría ser. Lo averiguaremos dentro de unos días, supongo. —Miró a la bardo con una sonrisa repentina, luego la agarró por debajo de las rodillas con el brazo libre y se puso en pie, riendo al oír el graznido de Gabrielle, que la agarró del brazo sorprendida. Pero qué... qué...

—¡Oye! —exclamó, echándose a reír, ya calmada cuando Xena se quedó quieta un momento, mirándola—. ¡Que me puede entrar fobia a las alturas! —Le dio a Xena un manotazo en broma en el hombro—. Ay... ¡deja de alardear!

Xena sofocó una risa.

—No pesas tanto —contestó, demostrándolo a base de lanzar a la bardo hacia arriba y volviéndola a atrapar.

—¡¡Aauu!! ¡Xena, ya basta! —rió Gabrielle—. Peso más que suficiente, gracias... ¡ahora bájame!

—Oh, vale —cedió la guerrera, y se dirigió a donde habían extendido los petates, se arrodilló con cuidado y depositó a la bardo en el suyo—. De verdad que no pesas tanto —repitió, clavándole un dedo a Gabrielle en el estómago—. No tengo ni idea de dónde te metes todo lo que comes.

La bardo sofocó una risa.

—Ya. Entre tanto caminar, luchar, construir aldeas y seguirte por todas partes, es un milagro que no coma el doble de lo que como. —Fulminó en broma a Xena con la mirada—. Además, mira quién fue a hablar. Tú comes el doble que yo y aún no sé dónde acaba todo eso. —Sonrió con sorna y pegó un ligero puñetazo a su compañera en el estómago, viendo cómo rebotaba su puño en la musculosa superficie como si fuese una pelota de goma—. Ay.

Xena se echó a reír ligeramente, quitándose mérito, y se deslizó sobre su propio petate, apoyándose en un codo de cara a la bardo.

—Eso requiere mucho mantenimiento. —Suspiró—. Casi todo se va en reparaciones, creo —comentó con humor—. Tiendo a ser bastante dura con mi cuerpo. —Dirigió una mirada a la bardo—. ¿Sabes cuánta energía hace falta para dar una paliza a una docena de gamberros? —Lo cual le salió con más seriedad de la que pretendía. La moderó con una sonrisa tardía.

—Sí. —Gabrielle consiguió sonreír—. Lo sé... no debería tomarte el pelo con eso. —Sus ojos se enternecieron—. Sobre todo cuando todo ese trabajo tan duro que haces suele acabar salvándome el cuello.

Xena la miró, alargó la mano y le apartó el pelo de la frente y luego dejó que su mano acariciase la cara de la bardo.

—Y cada vez que es así, eso hace que cada minuto dedicado a ese duro trabajo merezca la pena —replicó, tiernamente—. Un precio que pago de buen grado. —Sonrió con aire de guasa—. Y no es un mal cuello que salvar.

Me alegro de que no hable mucho, pensó Gabrielle, perdida en esa amable mirada. Porque es capaz de agarrarme el corazón entero y estrujármelo con la frase más corta. No creo que pudiera sobrevivir si fuese una charlatana. Se echó hacia delante y rodeó los dedos de Xena con los suyos.

—Tendré que recordar eso la próxima vez que me estés machacando la cabeza al entrenar —dijo con ojos risueños—. ¿Verdad?

—Verdad —asintió Xena—. Hazlo. —Sonrió a su compañera y volvió a levantarse—. Voy a comprobar el perímetro. Ahora vuelvo. —Se alejó rápidamente de la luz del fuego y fue hacia donde Gabrielle sabía que estaba Argo sujeta.

La bardo se quedó mirándola hasta que se desvaneció en la oscuridad y los ruidos se apagaron por la distancia y la cautela natural de Xena, luego se tumbó y se arropó con la piel del petate, colocándose las manos detrás de la cabeza mientras contemplaba las estrellas.

—Hola, chica —murmuró Xena, soltando un suspiro desconcertado al tiempo que le hacía cosquillas a la yegua en el suave hocico. Notó que de nuevo se le formaba una sonrisa en la cara sin motivo alguno—. Menudo problema tengo. —Se acercó mucho a la cabeza de la yegua y le susurró en la oreja bien dispuesta—. Estoy colada. —Argo resopló y le mordisqueó la camisa—. Sí, ya lo sé. Tarde o temprano tenía que pasar, ¿no? Es que no pensaba que fuese a ser... así. —Se echó a reír sin poder evitarlo—. Bueno, vieja amiga... dicen que cuanto más grande eres, más dura es la caída. —Un resoplido por parte de la yegua y de la humana—. Pues yo soy bastante grande... y creo que me he caído con todo el equipo. —Frotó las orejas peludas que tenía junto a la cabeza—. Me alegro de que las dos os llevéis bien. —Otro suspiro y otra sacudida de cabeza—. Qué bien escuchas, Argo.

Xena terminó de dar las buenas noches a Argo, acariciando a la yegua en el sensible cuello y rascándole detrás de las delicadas orejas. El caballo la olisqueó, haciéndole cosquillas en el hombro con los pelos del hocico, lo cual hizo reír a la guerrera. Entonces una ráfaga de viento pasó por encima del lomo de la yegua y llevó un levísimo ruido hasta los oídos de Xena. Concentrando los sentidos, se adentró con sigilo entre los árboles, absorbiendo el silencio no total del bosque circundante, filtrando los ruidos que sabía que eran naturales y centrándose en los pocos que sabía que no lo eran.

Se deslizó entre los árboles, sintiendo el roce húmedo de las hojas al pasar, acercándose cada vez más a lo que ahora identificaba como otra persona que avanzaba sigilosamente hacia su campamento. Unos segundos más y se colocó detrás de la persona y entonces, en los difusos claros de luna, la vio y se relajó, con una sonrisa sardónica. Una figura esbelta que se movía con hábil sigilo, pasando de una sombra a otra con la facilidad que da la práctica. La luna se reflejaba en su pelo rubio, su piel clara y su ropa de cuero de tonos naturales. Grácil y mortífera a la vez.

Riendo por dentro, se mantuvo detrás de la intrusa, acercándose más al tiempo que la figura en sombras se aproximaba cada vez más al campamento. Por fin, la intrusa se detuvo justo al borde de los árboles que rodeaban su claro y miró hacia el fuego. Xena avanzó en silencio y cuando estaba a escasos centímetros, habló por fin.

—Yo diría que las amazonas están fallando. —Con un tono bajo y glacial, casi al oído de la intrusa.

—Eerrrjj. —Ephiny se cayó a cuatro patas, presa de un susto horrible. Se metió rodando entre los helechos y miró furiosa a Xena, que se reía suavemente—. Xena —Se pasó una mano por los rizos rubios y lanzó una mirada aviesa a la mujer más alta—. Casi me matas del susto.

La guerrera sonrió y le ofreció la mano.

—No he podido resistirme. Además, te estabas acercando furtivamente a mi campamento en medio de la oscuridad. ¿Qué esperabas?

Ephiny suspiró, pero se rió entre dientes y agarró la mano que se le ofrecía.

—Vale... vale... —reconoció, al ponerse de pie—. Ya me he enterado. Debería haberlo sabido. —Se sacudió la ropa de cuero.

—Vamos. —Xena señaló hacia la hoguera—. Nos estábamos preguntando qué quería decir ese mensaje. No nos esperábamos que fueras a venir en persona para explicárnoslo.

Ephiny suspiró, pero echó a andar hacia el campamento.

—Grandes problemas, Xena. Y yo no puedo resolverlos. Exigen la presencia de nuestra reina.

—Mmm —comentó Xena—. ¿Qué clase de problemas?

—Facciones. —Miró de reojo a la mujer alta y morena—. Ya sabes cómo somos. —Apartó una piedra de una patada—. Está mi grupo, que quiere la paz y tener buenas relaciones con nuestros vecinos de alrededor. Luego están las neutrales, a las que les da todo igual mientras tengan comida en la mesa. —Dirigió una mirada sardónica a Xena, que la guerrera le devolvió—. Y luego está el partido de la guerra. Quieren que extendamos nuestro territorio. Piensan que sin una fuerte ofensiva contra nuestros vecinos, esos vecinos van a creer que las amazonas se han ablandado y van a venir para hacerse con el botín.

Xena gruñó, indicando que lo entendía.

—¿Y qué tiene que ver Gabrielle con todo esto?

Ephiny desvió la mirada hacia el campamento al que se acercaban.

—Yo creo... que si no empezamos a fomentar la confianza y el entendimiento con los enemigos que nos rodean, al final nos quedaremos sin guerreras y no habrá más amazonas. —Miró a Xena con aire de disculpa—. Ya sé que tú no estás de acuerdo, sin duda. Pero...

—En realidad, sí que estoy de acuerdo —interrumpió Xena, con tono apacible.

Ephiny se quedó callada, perdiendo el hilo. Luego sacudió la cabeza.

—Bueno, el caso es que Gabrielle, además de ser la auténtica reina, también tiene un talento... único... para hacer que la gente se entienda. En paz. Yo soy guerrera, Xena. —La mujer más baja sonrió con tristeza—. Tú ya sabes lo que es eso. Y tengo un hijo centauro. Nuestros vecinos no se fían de mí por lo primero y las amazonas no se fían de mí por lo segundo.

—Es cierto que Gabrielle tiene ese talento —asintió Xena—. Y es una guerrera, Ephiny. Sólo que no del tipo que estás pensando. —La morena sonrió por dentro—. Puede que tengas razón. Podría trabajar con las tres facciones para crear una nueva forma de vivir para las amazonas. Una forma de vivir basada en la paz.

Ephiny asintió mostrando su acuerdo, sin ver la sombra repentina que cruzaba por el rostro de Xena.

—Eso es lo que espero.

—Pero... yo no puedo ayudar en esto —siguió Xena—. De hecho, si Gabrielle acepta el derecho de sucesión, tiene que hacerlo sola. Si yo estoy ahí, todo el mundo hará lo que ella quiera por temor a mí.

Ephiny se quedó callada, pensando.

—Sabes, eso no se me había ocurrido. —Miró a Xena—. Pero tienes razón. —Una leve risa—. Das miedo, efectivamente. —Siguieron caminando un poco más en silencio—. Eso no le va a gustar —afirmó la amazona, con franqueza—. Creo que le gusta tenerte cerca. —En la boca de Ephiny se dibujó una sonrisa. No es que yo se lo pueda echar en cara.

—A mí no me gusta —respondió Xena, tajantemente—. Pero es decisión suya. —Llegaron a la línea de árboles que quedaba fuera del círculo de luz de la fogata—. ¡Gabrielle! Mira lo que me he encontrado rondando cerca del campamento. —Empujó un poco a Ephiny para que entrara en el círculo de luz.

La bardo se levantó a toda prisa del petate y se acercó trotando para saludar a Ephiny con un cariñoso abrazo.

—¡Ephiny! —dijo, sorprendida—. ¿Qué te trae hasta aquí? ¿Es que no nos estábamos dando suficiente prisa? —Llevó a la amazona cerca de la hoguera, hizo que se sentara y le puso una taza de té caliente en las manos—. Toma —añadió, mirando a su alrededor para ver dónde estaba Xena, que se había sentado en su propio petate y las miraba a las dos, con la barbilla apoyada en los puños. Gabrielle sintió un escalofrío repentino, al percibir la turbación de la mirada de Xena—. ¿Qué ocurre?

Y Ephiny les habló de los grupos insatisfechos de amazonas, algunas de ellas antiguas seguidoras de Velasca, otras simplemente deseosas de entrar en acción, otras ambiciosas, que estaban decididas a hacer pedazos la nación amazona, porque no tenían una sola dirigente que pudiera guiarlas y llevarlas por un camino de paz. Ya había habido escaramuzas con los centauros. Ephiny... era considerada una buena dirigente, pero... muchas amazonas la veían como a una traidora, a causa de su hijo. Otras recordaban cómo se había puesto de parte de gente de fuera durante todo el desastre con Velasca.

—Y no es que les importe que les recuerde que la persona de cuya parte me puse durante el desastre con Velasca era su reina por derecho de sucesión, no. —Ephiny suspiró, haciendo una mueca—. Todo esto es tan frustrante y ridículo, pero... —Dirigió a Gabrielle una mirada dolida—. Es que yo ya no puedo sostener las cosas. —Se levantó y se puso a dar vueltas, frotándose los brazos con las manos como si tuviera frío—. Por lo que a ellas respecta, tú tienes que estar al mando. A fin de cuentas, destruiste a una diosa.

—Eso no es cierto —dijo Gabrielle furiosa, levantándose y encarándose con Ephiny, haciendo bruscos gestos de rabia—. Estaría muerta y ellas seguirían siendo unas diosas bien vivas y bien furiosas de no haber sido por Xena. —Dirigió una mirada a la silenciosa guerrera.

—Ya lo sé —dijo Ephiny, con un ceño cansado—. Pero eso es lo que ellas creen.

—¿Y qué se supone que tengo que hacer? —La bardo alzó las manos—. No soy guerrera, Ephiny, por si no te has enterado. —Se puso a dar vueltas al lado del fuego, con la preocupación plasmada en cada rasgo de su tenso cuerpo—. Ephiny, tú eres amazona. Si tú no puedes convencerlas...

Entonces intervino Xena, por primera vez y con un tono muy amable.

—Esto requiere a alguien que sepa salir de las situaciones hablando, Gabrielle. Una persona que pueda unir a la gente y hacer que trabaje por un único fin. —Hizo una pausa y continuó—. No es el momento para que intervenga una guerrera. Es el momento de la delicadeza, el momento para que intervenga una maestra. Es tu momento.

Gabrielle se quedó mirando a la morena largos segundos, luego se acercó a ella y se acuclilló para mirarla a los ojos. Intercambiaron una mirada muy intensa, tanto que Ephiny se vio obligada a mirar a otra parte, pues le entró la incómoda sensación de estar presenciando algo muy privado.

—Discúlpanos un momento, Ephiny. —La voz helada de Gabrielle atravesó el campamento.

—Sin problema —asintió la amazona rápidamente y se alejó del fuego, dirigiéndose sin tardanza hacia la familiar silueta de Argo.

¿Qué pasa con estas dos?, se preguntó, distraída, mientras acariciaba al caballo que pastaba apaciblemente. Nunca he conseguido entenderlas. Antes creía que Xena dejaba que la siguiera por ni me imagino qué motivos. Luego pensé que vale, que a lo mejor las dos tenían un gusto raro en materia de amistades. Entonces Xena muere y veo una faceta totalmente distinta de la dulce Gabrielle. Eso sí que fue revelador. Luego, increíblemente, vuelve a la vida. Ahora esto, y al verlas juntas, sigo sin entenderlas. No podría imaginarme dos opuestos más completos ni aunque lo intentara.

—¿Tú que crees, Argo? ¿Se gustan?

Argo resopló, salpicando a Ephiny de virutas de hierba, y le lanzó una mirada risueña.

—Bueno, vale... si tú lo dices. —Ephiny se rió un poco y miró hacia la hoguera por encima del lomo de la yegua. Gabrielle estaba ahora sentada al lado de la guerrera, con los hombros hundidos en una actitud que Ephiny sólo podía describir como de derrota—. La buena de Xena. Siempre puedo confiar en ella. —Argo volvió a resoplar mostrando su acuerdo—. Si te digo la verdad, Argo, preferiría que fuese Xena la que tuviera el derecho de sucesión —le murmuró al caballo—. Puede que Xena tenga razón, puede que sea el momento para que intervenga una maestra, pero, por los dioses... todo iría muuuucho más deprisa si ella pudiera llegar ahí y meterles algo de sentido común a todas estas idiotas a tortazo limpio. —Argo la empujó y estuvo a punto de hacerla caer—. Vale... vale... —Volvió a mirar hacia la hoguera. Xena tenía una mano en el hombro de Gabrielle y le estaba hablando con delicadeza. La bardo suspiró y luego asintió despacio. Con esto, la guerrera quitó la mano del hombro de Gabrielle y con dos dedos, le enjugó unas lágrimas de la cara. Ephiny se quedó mirando, alzando una ceja—. Creo que ya puedo volver —le murmuró a Argo, y rodeó a la yegua para regresar a la hoguera.

—¿Qué has querido decir con eso? —preguntó Gabrielle, con tono tranquilo—. Haces que parezca que estoy sola en esto. —El corazón le latía tan deprisa que Gabrielle estaba segura de que Xena lo veía, agitándose en su cuello. Ella misma notaba las palpitaciones.

Xena tomó aliento varias veces, fue a decir algo dos veces, luego se detuvo y se mordió el labio.

—Gabrielle. —Por fin—. Si... y lo digo en serio, sólo si... haces esto... —Se miró las manos, las volvió y se contempló los largos dedos—. No... no puedes llevar un símbolo tan... potente... de violencia... y odio... y rabia... como yo... contigo. —Por fin levantó la mirada, encontrándose de frente con los ojos de Gabrielle—. No si vas a llevarles la paz. —Una sonrisa tensa—. Yo no soy precisamente un símbolo de intenciones pacíficas.

Tiene razón. Oh, dioses... tiene razón. No puedo predicarles la paz y la diplomacia al tiempo que las amenazo con esa clase de arma. La pregunta es: ¿quiero ir? Acepté ese derecho de sucesión. ¿Tengo elección siquiera? Sé lo que mi corazón quiere que haga... Se sentó despacio al lado de Xena y se puso la cabeza en las manos.

—Sé... que tengo una responsabilidad con ellas, Xena. Pero si están empecinadas en la violencia, ¿qué posibilidad tengo yo de convencerlas de lo contrario? ¿Realmente?

Xena le sonrió a los ojos.

—¿Tú, precisamente tú, tienes que preguntar eso? ¿A ? —replicó, riendo levemente—. Gabrielle. No tienes ni idea de cómo afectas a las personas, ¿verdad?

—Supongo que no —murmuró la bardo.

—Si hay alguien que puede hacerlo, ese alguien eres tú —contestó Xena—. Por mucho que eso... mm... —Bajó la mirada a la piel del petate, rozándola ligeramente con la punta de los dedos—. No quiero... que pienses... Oh, por Hades. Ya sabes qué quiero decir.

Gabrielle asintió. Lo sabía. Y ese conocimiento encendió un pequeño foco de calor en medio del frío que la llenaba.

—¿Vas a estar bien? —preguntó Xena en voz baja, al notar que la amazona regresaba hacia ellas—. Ya vuelve Ephiny. —Pasó por alto el dolor que sentía en el pecho por deferencia a la angustia evidente de Gabrielle—. Escucha —dijo con insistencia—, no tiene que ser para siempre, Gabrielle... sólo tienes que ponerlas en orden. —Hizo una pausa—. A menos que quieras que sea para siempre. Tú eres su reina.

—Lo sé —replicó Gabrielle, suspirando. Se quedó callada un momento—. Bueno. ¿Y tú que vas a hacer? ¿Vas a seguir hacia Atenas? —Intentó hablar con un tono ligero, despreocupado.

Xena volvió a mirarse las manos, flexionándolas ligeramente y frotándose los dedos.

—No —contestó por fin, tomando y soltando aliento antes de volver a mirar a la bardo—. No. Creo... creo que me iré... a casa. Durante una temporada. Ya sabes. Para ver a madre y eso. —Se encogió de hombros—. Luego... no sé. Supongo que lo que surja sobre la marcha.

Gabrielle asintió, aceptándolo, comprendiéndolo.

—Me parece que te vendrá bien —replicó—. Necesitas un descanso. Han sido dos años muy duros, ¿verdad? —Soltó una breve carcajada—. Pensé que a lo mejor aprovechabas la oportunidad para librarte de una bardo molesta... —Una sonrisa tensa, que desapareció en el momento en que alzó los ojos y se encontró con la intensa mirada de la que era objeto.

—Gabrielle, tú sabes que eso no es así —contestó la guerrera, con un tono ronco que no le dejó a Gabrielle duda alguna sobre la emoción que había detrás—. Me conoces mejor que eso. —Bajó la voz—. Me conoces mejor que ninguna otra persona viva... —Hizo una pausa y luego reconoció la verdad—: O muerta, en realidad. ¿De verdad es eso lo que crees después de todo este tiempo?

¿Lo es? ¿Un pequeño resto de inseguridad, niña? Creía que ya lo había superado. Parece que no. La he herido y no se lo merece. No es culpa suya que las amazonas estén hechas un desastre.

—No. —Gabrielle negó con la cabeza firmemente—. No, no es lo que creo. No es lo que cree mi corazón. No. —Levantó la mirada y vio ante ella la viva imagen del alivio—. Lo siento. Es que esto me tiene muy angustiada. —Cerró los ojos y sacudió un poco la cabeza—. No sé si puedo hacerlo, Xena.

—Claro que puedes. Yo tengo fe en ti... puedes convencer a la gente de cualquier cosa —contestó Xena, poniéndole una mano delicada en la muñeca.

—No —suspiró la bardo—. No es eso... Es que no... dioses. —Sacudió la cabeza, mirando a Ephiny, que se acercaba—. Es que no sé. Ya no sé. Algo me dice que... no sé.

Xena asintió en silencio.

—Vale... vale... Pero creo que tienes que intentarlo. Al fin y al cabo, yo estaré en casa, no muy lejos. —En casa. Ah, va a ser divertidísimo. Creo que preferiría jugármela con las amazonas.

La bardo la miró y sus brumosos ojos verdes se clavaron en los claros ojos azules.

—Si te llamo, ¿vendrás? ¿Sin dudarlo?

Xena sonrió.

—Aunque las legiones del Hades se interpusieran entre nosotras, lo haría. Nada podría detenerme.

—Probablemente no. —Gabrielle logró reír levemente. Probablemente no. Los reviviría a todos del susto. Respiró hondo y se serenó en el momento en que Ephiny se reunía con ellas, y miró a la amazona con expresión fría—. Está bien, Ephiny. Iré contigo. —La bardo se puso en pie y se sacudió la falda—. Lo voy a intentar. Pero no puedo prometerte que consiga más de lo que conseguirías tú.

Ephiny asintió, lanzando una mirada rápida y agradecida hacia Xena.

—No me cabe la menor duda de que lo conseguirás, Gabrielle. —Abrazó a la bardo—. Sé que puedes hacerlo.

—Ya —contestó Gabrielle—. Ya veremos. —Se cruzó de brazos y bajó la mirada.

Ephiny se quedó mirándola algo preocupada.

—Bueno, dijiste que te gustaría volver y aprender más sobre nosotras en algún momento —probó, sondeando con cautela—. Es una buena oportunidad. —Cuando la bardo no contestó, se encogió de hombros—. Bueno, podemos viajar juntas unos días.

—Mmm —replicó Xena—. Probablemente no es muy buena idea, Ephiny. Sería mejor que no parezca que has ido a pedir ayuda.

—Eso es lo que me gusta de ti, Xena —dijo Ephiny riendo, tras pensárselo un momento—. Siempre ves todos los ángulos. Tienes razón... tengo que seguir siendo dirigente por derecho propio, tanto si quiero como si no.

Gabrielle sonrió sin motivo aparente.

—Estoy de acuerdo. Será mejor que te adelantes por la mañana... así puedes llegar y acomodarte antes de que llegue yo.

Ephiny ladeó la cabeza, percibiendo sutilmente que había una dinámica en marcha que no comprendía. Algo distinto, en la forma que tenían de relacionarse, que le hizo empezar a preguntarse cosas.

—Vale... buena idea —respondió, despacio—. Iré a buscar mis trastos —añadió, saliendo de la luz del fuego y dirigiéndose a los árboles circundantes.

Gabrielle, a pesar de la creciente desazón que sentía por dentro, consiguió sonreír.

—Muy hábil.

Xena se apoyó en las manos y contempló pensativa a la bardo.

—Sí, bueno... —Una sonrisa cohibida—. Nos relacionamos un poco... distinto de la última vez que la vimos. —Se encogió levemente de hombros—. Tendrías que dar explicaciones... para evitar malentendidos, quiero decir. —Un matiz de mortificación en los claros ojos azules—. Porque me he acostumbrado de tal modo a las cosas que no sé si soy capaz ya de detenerme a tiempo y no hacerlas —murmuró pensativa.

—¿Qué cosas? —preguntó Gabrielle, sentándose al lado de Xena y apoyando un codo en la rodilla de la guerrera, al tiempo que su otra mano trazaba delicadamente los contornos de los músculos que se veían claramente bajo la piel bronceada. Xena la miró enarcando una ceja con aire risueño, luego miró la mano de la bardo y luego la miró de nuevo a los ojos—. Oh. —Gabrielle se sonrojó y se irguió, poniéndose las manos en el regazo—. Ya veo a qué te refieres. —Se rió un poco—. No me había... no me... dioses, ni siquiera me había dado cuenta de que estaba haciendo eso.

—Justo lo que estoy diciendo —respondió Xena, con tono risueño y afectuoso—. Por Hades, Gabrielle... tú sabes que a mí me da igual lo que piense la gente. —Y no me voy a poner a explicarles lo de Jessan y su tema preferido de las uniones vitales a las amazonas ni a Gabrielle. Todavía—. Así que... o sea... —Tomó aliento. ¿Pero dónde voy con esta conversación?—. Bueno, pues que puedes decirle lo que quieras.

—Lo haré —respondió Gabrielle, distraída—. Pero no ahora. Cuando haya arreglado algunas cosas.

—Ya —asintió la guerrera—. Pues menos mal que me despierto antes del amanecer. —Dejó que sus labios se curvaran en una sonrisa burlona—. Porque dado cómo te me pegas cuando duermes, no sé qué tipo de explicación podrías darle.

Gabrielle le dirigió una mirada aviesa y luego se echó a reír.

—No puedo evitarlo —suspiró—. Así que deja de tomarme el pelo.

Xena puso los ojos en blanco y se tumbó boca arriba en su petate, colocándose las manos sobre el estómago y cruzando las piernas.

—Vale, ya lo dejo —comentó, dejando que se le cerraran los ojos al oír pasos que se acercaban—. Ya viene Ephiny —añadió en voz más baja.

Ephiny entró en el campamento y dejó sus cosas en el suelo al otro lado del fuego. Xena, según advirtió, parecía estar ya medio dormida, pero Gabrielle estaba sentada, con las manos entrelazadas alrededor de una rodilla, mirándola.

La amazona vaciló, luego se acercó y se arrodilló al lado de la bardo, hablando en voz baja.

—Escucha... siento todo esto, Gabrielle. —Miró a los brumosos ojos verdes—. Siento no poder hacerlo yo sola.

—No pasa nada —respondió Gabrielle, poniéndole una mano a Ephiny en el brazo—. Ya lo arreglaremos. —Le sonrió dándole ánimos—. Descansa un poco.

Ephiny echó una ojeada a la guerrera dormida.

—Mi hijo va a sentir no ver a su tía preferida —comentó, con media sonrisa. Luego se volvió y captó una expresión inesperada en los ojos que tenía delante. Una expresión de desesperación muda en esta bardo por lo general alegre y optimista.

—Ni la mitad de lo que voy a sentir yo no tenerla allí —contestó Gabrielle, con sinceridad—. Esto va a ser muy duro para mí, Ephiny. No sé si... Lo haré lo mejor que pueda, eso es todo.

Ephiny soltó un gruñido comprensivo.

—Lo sé... siempre es muy reconfortante tenerla cerca, ¿verdad? Hace cosas imposibles como si fuese algo normal. —Se rió un poco.

—Sí —contestó Gabrielle, contemplando un lujar lejano por encima del hombro de Ephiny—. Bueno, será mejor que durmamos. —Dio unas palmaditas a Ephiny en el hombro—. Venga.

Ephiny asintió, se levantó y fue hasta su petate, que montó con la eficacia propia de una amazona, y se tumbó, de cara al bosque circundante.

—Xena —dijo Gabrielle, por fin, después de contemplar el fuego hasta que sólo quedaron brasas ardientes.

—Sí —llegó la respuesta, desde la creciente oscuridad.

—¿La vida siempre es así de complicada? —suspiró la bardo.

—Sí —replicó Xena, estirando un largo brazo, agarrando bien a la bardo y tirando de ella—. Ven aquí.

Gabrielle no se resistió al tirón y se acurrucó de buen grado en su lugar de costumbre, bien pegada al hombro de la guerrera, con un brazo a su alrededor.

—Supongo que tengo miedo de perderme... cosas —terminó torpemente—. Alguna aventura, quiero decir.

Se quedaron calladas y se miraron, con los ojos muy cerca.

—Gabrielle —dijo por fin Xena despacio—, eso es lo que menos te debe preocupar. —Y por una vez, consiguió decir lo adecuado, y notó que la tensión desaparecía de la bardo. Vaya, Xena... esto se te empieza a dar bien. Y luego hubo calma, silencio y sueño.


Ephiny se despertó a la mañana siguiente nada más amanecer, parpadeando un poco por el sol bajo y mirando a su alrededor. Inmediatamente localizó a Xena, que estaba agachada junto al fuego, mezclando algo en un recipiente.

—Buenas —comentó la morena guerrera, sin levantar la vista.

—Mmmm. —Ephiny bostezó, mirando a su alrededor—. ¿Dónde está Gabrielle?

—Ha ido a lavarse —contestó Xena, levantándose y acercándose a Ephiny, a quien ofreció una pequeña taza de viaje—. ¿Té?

—Gracias —asintió la amazona, cogiendo la taza—. Creo que voy a hacer lo mismo. Lavarme, quiero decir, antes de marcharme.

Xena asintió y se fue para seguir recogiendo el campamento.

Tan parlanchina como siempre, pensó Ephiny, risueña. Hay cosas que nunca cambian. Se levantó, recogió bien su petate y luego se dirigió hacia el agua que oía claramente allí cerca. En el sendero, se encontró con Gabrielle, que venía en dirección opuesta, sacudiéndose el agua del pelo. No por primera vez, Ephiny pensó que la jovencita que había conocido se había convertido en una mujer preciosa. Lo cual, pensó incómoda, podría causar problemas de por sí.

—Buenos días —saludó a la bardo cordialmente.

Gabrielle caminó más despacio y se detuvo cuando se reunieron.

—¿Has descansado bien? —preguntó amablemente, usando un paño de lino para secarse los restos de agua de los brazos.

Ephiny asintió.

—Por supuesto. Estamos acostumbradas a dormir poco. ¿Y tú? —Miró a Gabrielle ladeando la cabeza—. Recuerdo que tenías problemas de pesadillas la última vez que nos vimos... —Se fue callando y acabó en tono de pregunta. Muy lista, Eph. Tú vuelve a recordarle toda esa escena.

Gabrielle soltó una breve carcajada.

—Ah. Bueno, encontré una... solución... para eso. Ahora estoy muy bien. —Sonrió a Ephiny—. Pero gracias por preguntar. Nunca se sabe cuándo pueden volver.

—Ya —respondió Ephiny—. ¿Una infusión caliente? —preguntó, con interés—. A mí eso me ayuda a veces.

—Mm —contestó Gabrielle—. No exactamente. —Se contempló las puntas de las botas—. En realidad, Xena descubrió una forma de que se me pasaran. —Sí, Eph... se la recomendaría a todo el que tuviera las agallas de intentarlo: me deja dormir abrazada a ella como un pulpo terrestre y el sonido de su corazón bajo mi oreja me hace dormir como un bebé. Sin problemas—. Funciona maravillosamente —añadió apaciblemente, mirando a Ephiny con toda inocencia. Lo único que se necesita es una Princesa Guerrera en perfecto estado. Creo que más vale que me acostumbre a volverlas a tener. Por un tiempo. Pero no para siempre. Creo que ahora eso ya lo sé.

—No me digas... bueno, ya me contarás el secreto en algún momento —respondió Ephiny—. Será mejor que me ponga en marcha. —Continuó bajando por el sendero, deteniéndose para echar una mirada a la bardo que se alejaba—. Funciona maravillosamente, ¿eh? —preguntó al aire. Me pregunto si por fin han... ja. Bueno, eso resolvería uno de los problemillas que ya me estoy temiendo. Nadie en la aldea va a querer enfrentarse a Xena si se les pasa por la cabeza la idea de hacerle la corte a nuestra nueva reina. Se rió malévolamente por dentro. Cómo le va a fastidiar eso a Arella la Irresistible... cuenta con poder influir a la dulce e inocente Gabrielle. Ephiny dejó que una sonrisa le inundara la cara. Luego se encogió de hombros y se puso a lo suyo con el jabón y el agua fría del arroyo.


Se separaron no mucho después: Xena y Gabrielle siguieron una ruta que iba un poco más hacia el norte y Ephiny tomó el camino más directo de vuelta. Dejó a Gabrielle con un conjunto de ropa y adornos de las amazonas, la puso al día sobre el estado actual de la situación en la región y le hizo una buena descripción de los distintos grupos que se iba a encontrar al entrar en el territorio de las amazonas.

—Intentaré reunirme contigo en cuanto llegues —le aseguró la amazona—. O alguna de las mías... ya sabes quiénes son. Pero ten cuidado con Arella. Es la niña problemática del grupo.

—Arella —repitió Gabrielle, con desconfianza—. Es esa...

—Grande, algo jactanciosa, de pelo rojo brillante. Agresiva. Ésa es —confirmó Ephiny encogiéndose ligeramente de hombros—. Se cree la cosa más fantástica que ha blandido una espada en las tres últimas décadas. Es la que está causando la mayor parte de los problemas. —Ephiny suspiró—. Aunque no hay forma de pillarla. Parece de lo más dulce. Por lo menos delante de mí. —La amazona hizo una pausa—. Ten cuidado con ella, Gabrielle. Es peligrosa. Para nosotras y para ti. Intentará forzar las cosas.

Xena estaba de pie al lado de Argo, con los brazos apoyados en la alta cruz de la yegua, escuchando. Tomó nota del nombre para futura referencia, pero dirigió una mirada a Ephiny.

—Más vale que vigile a quién fuerza. —Un gruñido amenazador, mirando a Ephiny a los ojos, con un significado muy, muy claro.

Ephiny aceptó la advertencia al pie de la letra y contestó a Xena asintiendo de forma casi imperceptible con la cabeza. Y eso añade un elemento más a la situación. La campeona de nuestra reina. Espero que Arella no sea tan estúpida de forzar un desafío... es buenísima, pero no puede compararse con Xena. Pero claro... ¿quién puede?

—Bueno, me marcho. Que tengáis buen viaje.


Llegaron al borde del territorio de las amazonas al día siguiente, y Xena llevó a Argo a un lado del camino, calculando lo que quedaba de luz diurna.

—Bueno, puedes seguir esta noche y llegar allí. O podemos acampar y puedes seguir por la mañana —dictaminó por fin—. Tú eliges.

Gabrielle se quedó a la sombra de Argo, abrazándose a sí misma estrechamente.

—No hay una tercera posibilidad, ¿eh? —E inmediatamente lamentó haberlo dicho—. Lo siento. No quería decir eso.

Xena la miró con compasión.

—Sí que querías. —Suspiró apesadumbrada—. Escucha... si de verdad no quieres hacer esto...

—Tengo que hacerlo —susurró la bardo.

—Puedo ir allí, darles una tunda a todas y decirles que las voy a convertir en lecheras si no cortan todo este rollo —terminó la guerrera, con una sonrisa irónica—. Sabes que puedo. —Le levantó la barbilla a Gabrielle para mirarla a los ojos—. Sabes que lo haré.

Gabrielle sonrió, con una sonrisa auténtica.

—Lo sé. Y no sabes lo maravillosa y potente que es esa idea. Pero si voy a hacer esto, creo que tengo que hacerlo a mi manera.

Xena asintió.

—Pues vamos a acampar. De todas formas la mañana es mejor para iniciar cosas. —Hizo una pausa—. Y, ¿Gabrielle?

—¿Mmm? —respondió la bardo, levantando la mirada.

—Son guerreras. Dejando aparte lo bien que manejas la vara, tú no lo eres, y en un desafío usan espadas. Si surge algo de eso, esta vez recuerda quién es tu campeona, ¿vale? —le recordó Xena.

—¿Cómo podría olvidarlo? —dijo Gabrielle riendo y dándole un ligero puñetazo en el hombro—. Eso realmente es lo que menos me preocupa. —Sonrió mirando a Xena a los ojos—. Soy la reina de las amazonas mejor protegida de la historia.

Xena asintió, ahora seria.

—Asegúrate de que recuerdan quién es tu campeona —añadió suavemente, con un brillo peligroso en sus claros ojos azules—. Como alguien te ponga un dedo encima, créeme... créeme, Gabrielle, pasaré por esa aldea como...

La bardo apoyó las manos sobre la parte superior del pecho de Xena, echándose hacia delante y mirándola directamente a los ojos.

—Vale... vale... ya lo capto. —Sonrió—. Me aseguraré de que ellas lo captan. De verdad.

—Vale —cedió Xena, y luego quitó las alforjas del ancho lomo de Argo y se dirigió hacia la línea de árboles—. Veo un sitio que podemos usar para acampar.

Una cueva, en realidad. Seca, por una vez, y vacía, como ventaja adicional. Gabrielle asintió dando su aprobación. Recogió leña seca para la pequeña hoguera y preparó el resto del campamento mientras Xena estaba fuera cazando la cena. Un conejo, supuso. Y se llevó una sorpresa total cuando Xena regresó con un pequeño ciervo sobre los hombros.

—Cielos —exclamó la bardo, algo sobresaltada—. ¿Es que eso te ha saltado delante o algo así?

—No —contestó Xena, dejando el ciervo en el suelo y sacando su cuchillo más afilado—. He ido a buscarlo. —Dirigió una mirada guasona a la bardo—. Recuerdo cómo es la comida de las amazonas... y quería asegurarme de que al menos llegas allí con una comida decente en el cuerpo.

Gabrielle soltó una risita.

—¡Xena!

La guerrera se rió por lo bajo e hizo una rápida incisión en el vientre del ciervo, abriéndolo rápida y hábilmente.

—Dime que no te gustaría un filete de venado. —Volvió la cabeza para mirar a Gabrielle, que sonrió—. Mmm. Ya me parecía a mí. —Reanudó su trabajo, consciente de los ojos que la miraban—. No tardaré —comentó.

Y no tardó. Xena conocía bien el oficio del carnicero, como decía a menudo, aunque con una sonrisa sardónica. Le ofreció a la bardo dos grandes filetes con gesto aparatoso.

—Vale, puedes ponerles lo que quieras.

Gabrielle respondió con una sonrisa, se apoderó de los filetes con aire posesivo y se puso a espolvorearlos con hierbas que sacó de su bolsita.

Xena preparó una hoguera más pequeña cerca de la entrada y la cubrió con una tienda de anchas hojas verdes, disponiendo el resto de la carne de ciervo para ahumarla. Miró atrás y observó la seria atención que dedicaba Gabrielle a su tarea con una mirada de afecto risueño, luego fue donde estaba sentada la bardo y se acomodó en silencio a un lado, observando el baile y el juego de la luz del fuego sobre su rostro. Y sintió como si un puño le atenazara el corazón, ante la idea de separarse. Como la última vez. Sólo que... un minúsculo atisbo de color... esta vez sabía que Gabrielle lo estaba pasando tan mal por ello como ella.

—Aaajj —exclamó Gabrielle, pocas horas después—. Estoy absolutamente atiborrada. —Miró a Xena, que estaba sentada hombro con hombro con ella—. ¿Y tú?

—Mmm —asintió la guerrera—. Lo que les has puesto a esos filetes era perfecto.

Se quedaron un rato contemplando el fuego, digiriendo en silencio, disfrutando simplemente del apacible chisporroteo del fuego y de la brisa fresca y suave que entraba por la boca de la cueva. Pero al cabo de un rato, Gabrielle soltó el aliento que llevaba un rato aguantando y se quedó mirando las llamas malhumorada. Lo lógico sería pensar que agradecería la oportunidad de dirigir a las amazonas, ¿no? Aquí estoy, siempre quejándome de que Xena nunca me deja hacer cosas, y ahora tengo esta gran oportunidad de liberarme y probar lo que es estar totalmente al mando. ¡Estupendo! Entonces... ¿por qué me siento tan mal? Apoyó la cabeza en las rodillas y se frotó las sienes repentinamente doloridas, esquivando la mirada preocupada de Xena.

¿Qué voy a hacer? No puedo dejarla así... por Hades. Xena cerró los ojos, meneando la cabeza, mientras su instinto casi abrumador de proteger a Gabrielle de cualquier daño luchaba con su conocimiento de que la bardo era una mujer adulta, con derecho a tomar sus propias decisiones. A lo mejor debería ir allí y darles una soberana paliza a unas cuantas. Así me sentiría mejor. Malditas sean, con sus peleas constantes y sus facciones... juro que preferiría estar al frente de un ejército de quinientos hombres que de cinco mil amazonas.

Gabrielle levantó la mirada, arrugando el entrecejo ante la intensa expresión de su amiga. ¿En qué puede estar pensando? Gabrielle sintió lástima del objeto o la persona de que se tratara.

—Oye —murmuró, alargando la mano y tocando la mandíbula firmemente apretada de la guerrera—. Parece que quieres matar algo.

—Lo has adivinado —gruñó Xena, controlando su genio con esfuerzo—. Muchos algos, todos ellos amazonas. —Recorrió la cueva con la mirada, advirtiendo las claras paredes de arenisca y tomando nota de dónde se encontraba para usos futuros.

—Xena —la regañó la bardo con severidad—. No es culpa suya.

—Sí que lo es —gruñó la guerrera—. Panda de chinches.

—Escucha —respondió, con tono tranquilizador—. Estaré bien. Siento estar un poco deprimida. Es que... bueno... —Se encogió de hombros algo cohibida—. Te voy a echar de menos. Voy a echar esto de menos. —Titubeó—. Mucho. —Otra pausa—. Más que mucho.

Xena ladeó la cabeza, mirándola.

—Sí —reconoció—. Yo también. —Una carcajada breve—. Y, por todos los dioses, qué voy a hacer en Anfípolis es algo que no logro imaginarme. —Una risita cansada de Gabrielle—. Sí, tú ríete. Cuando oigas historias raras de una ex señora de la guerra que se ha vuelto loca allí, ya sabrás lo que está pasando.

—¡Xena! —La bardo se echó a reír sin poder remediarlo.

—Sí... seguro que acabo construyendo una especie de fortificación con moras machacadas o algo así —continuó Xena, con fingida seriedad—. Los señores de la guerra aburridos son muy, muy peligrosos, Gabrielle.

Gabrielle siguió riendo hasta que se le saltaron las lágrimas.

—Oh... —suspiró, por fin—, qué bien me ha sentado. —Sus ojos se encontraron con los de Xena—. Gracias. Me hacía falta.

—Mmm —asintió Xena—. Y hablando de eso, tú ten cuidado con esas amazonas. —Miró a Gabrielle con atención—. Me imagino que más de una querrá tenderte una emboscada y arrastrarte a su cabaña para obtener cierta influencia.

Gabrielle arrugó el entrecejo.

—No creerás de verdad...

Xena la miró enarcando una ceja muy expresiva.

—¿En serio? —preguntó la bardo, con tono de incredulidad—. Pero por qué... o sea... no creía que yo fuese muy de su gusto. —Se sonrojó de nuevo—. Creía que les iba más ese rollo guerrero. Tú, en cambio...

Xena soltó un resoplido.

—Les gusta la variedad. Y saben que no les conviene arriesgarse conmigo. —Meneó las cejas con aire expresivo—. No, es una cuestión de poder. Tú lo tienes, ellas lo quieren. Así es como funciona. —En sus ojos asomó un brillo—. Escucha, Gabrielle. Está bien si... o sea, le puedes decir a cualquiera que te moleste que tendrá que vérselas conmigo y que no voy a estar de muy buen humor.

—Xena, puedo librar mis propias batallas —contestó la bardo, con cierta exasperación—. No soy una niña.

Xena suspiró.

—Ya lo sé —respondió—. Pero vas a tener muchas cosas encima, Gabrielle. Escucha, me he pasado una vida entera ganándome una mala reputación. Deja que por una vez eso sea una ventaja para ti, ¿vale? —Sonrió con ironía—. No puede hacerte daño.

Probablemente tiene razón. Lo último que quiero es tener que enfrentarme a eso, encima de todo lo demás.

—Bueno... vale —asintió Gabrielle—. En eso tienes razón. —Sonrió—. Intentaré no manchar más tu reputación.

Xena soltó una breve carcajada.

—Créeme, oh bardo mía, cualquier cosa que le pudieras hacer a mi reputación sólo podría mejorarla. —Se levantó y recogió los restos de la cena.

Luego salió fuera para ver a Argo, que levantó la cabeza cuando se acercó. Acarició el hocico que le ofrecía, frotando la sensible piel del suave morro y apartando el mechón claro de los ojos de la yegua.

—Parece que vamos a estar solas un tiempo, chica —le comentó en voz baja a la yegua. Argo la miró, impasible. Xena bajó las manos por el fuerte cuello de la yegua, colocándole distraída la crin para que cayera toda hacia un lado—. No es que no lo hayamos hecho ya, ¿verdad? —Un ligero relincho por parte de la yegua—. Justo. —El caballo levantó la cabeza y dio un empujoncito a Xena en el hombro, y la guerrera le rascó debajo de la mandíbula y apoyó la cara en la amplia mejilla de Argo—. Ésta va a ser una buena oportunidad para ella, para... que conozca una vida... distinta de la que tiene ahora, Argo. —De repente se le puso un nudo en la garganta—. Y eso es bueno. Tengo que hacérselo saber. —La yegua resopló. Ni siquiera ella me cree. Xena suspiró. ¿Por qué iba a creerme? No me creo ni yo misma—. Sí, estoy mintiendo. Lo sé... —susurró, de forma que sólo la yegua pudiera oírla. Una oreja se echó hacia atrás compasivamente. Siguió apoyada en el hombro de la yegua, hasta que la tenaza que tenía en el pecho se le aflojó un poco, luego se frotó los ojos y regresó a la boca de la cueva.

Gabrielle levantó la mirada cuando entró, sonriéndole ligeramente.

—Iba a enviar una partida de búsqueda —bromeó, arrodillándose encima de su petate y colocando la vara a su lado, una costumbre que había aprendido de Xena, aunque su arma era mucho menos mortífera que la espada que la guerrera siempre tenía a mano.

—Estaba viendo cómo estaba Argo —explicó Xena, atizando el fuego—. Asegurándome de que tenía suficiente hierba ahí fuera. —Vale... acabemos con esto—. Gabrielle.

—¿Mmm? —contestó la bardo, mirando la figura inmóvil de Xena—. ¿Qué?

Xena se levantó y fue donde estaba sentada Gabrielle. Se agachó y luego se sentó con las piernas cruzadas delante de su amiga, apoyando los brazos en las rodillas e inclinándose hacia Gabrielle.

—Escucha. —Gabrielle esperó, con la cara inmóvil—. Mm... las amazonas... no son mala gente. —Una pausa—. Y tú eres su reina. —Xena le sonrió—. Serás una reina muy buena, creo... Bueno. Si descubres que te... gusta... formar parte de su sociedad... —Los ojos verdes se clavaron en los suyos—. No pienses que tienes la obligación de marcharte —dijo de carrerilla—. Si no quieres.

Gabrielle estudió el rostro serio y sereno que tenía delante, descubriendo los pequeños indicios emocionales que había aprendido a interpretar con el paso del tiempo.

—No soy una amazona —contestó, simplemente.

—Ya lo sé —replicó Xena—. Pero... es una vida estable y cómoda. No... esto. —Se encogió de hombros, ligeramente—. Tú... tal vez sería lo mejor. —Bajó la mirada y la volvió a levantar—. Para ti.

—¿Y para ti? —fue la tranquila respuesta de la bardo.

Xena se encogió un poco de hombros como sin darle importancia.

—¿Cómo que para mí? —contestó—. No estamos hablando de mí. Estamos hablando de ti.

—¿Así que estás... sugiriendo que sería buena idea que me quedara con ellas? —preguntó Gabrielle con cuidado, leyendo la controlada quietud del rostro de Xena. La tensión agarrotada de sus hombros. El pulso acelerado en el hueco de la garganta, que le decía a Gabrielle mucho más que todas las palabras que se le pudieran ocurrir a su amiga.

—Estoy sugiriendo que tienes elección —contestó Xena, con firmeza—. Sabes que a mí no me debes nada, Gabrielle, pero aceptaste hacerte responsable de esta gente cuando aceptaste el derecho de sucesión. Ahora pueden ser tu familia. Si eso es lo que quieres.

Gabrielle asintió despacio.

—Las amazonas son un pueblo fascinante, Xena. —Bajó la mirada y sonrió un poco—. Y sí que me siento responsable de ellas. —Respiró hondo—. Y sí que estaba pensando en cómo sería la vida formando parte de esa sociedad. —Levantó los ojos y se encontró con la mirada paciente y preparada de Xena—. Pero... a pesar de todas sus tradiciones y de lo que son... hay una cosa que tengo que tener y que ellas no me pueden dar. Es... algo sin lo cual no puedo vivir. —Hizo una pausa, dejando escapar una leve sonrisa—. Ya no.

Xena la miró a su vez.

—¿El qué? —preguntó, con cautelosa curiosidad.

La bardo se rió suavemente.

—Tú. —Alargó la mano y tocó la rodilla de la silenciosa guerrera—. Tú eres mi familia. —Contempló la cara que tenía delante, cuyos rasgos quedaban acentuados por la luz vacilante del fuego.

Por fin, Xena sonrió y meneó la cabeza.

—Me alegro de ser la de alguien. —Alzó una ceja sardónica. Pero entonces se encontró con los ojos de Gabrielle con una sinceridad tan franca que a la bardo estuvo a punto de parársele el corazón. Y alargó una mano para acariciar con delicadeza la cara de Gabrielle, sin apartar los ojos de los suyos—. Sí —contestó por fin—. Lo soy.

Se sonrieron.


La mañana transcurrió sombría. Xena emprendió su habitual rutina, consistente en salir antes del amanecer y encontrar cosas para el desayuno, empezar a hacer té, atizar y arreglar el fuego, todo ello en silencio, aunque eso no era horriblemente inusual.

Gabrielle descubrió que sus ojos seguían a su amiga por todo el campamento, observando a la guerrera pasar silenciosamente de una tarea a otra, mientras ella misma recogía sus cosas personales. No por primera vez, le indicó su mente. Ya he hecho esto antes. Y cada vez que lo hago, ella... me deja marchar. Me dice que siga los dictados de mi corazón. Se retira, para que yo no me sienta... obligada, y sé... que jamás me pediría que me quedara. Jamás. No si pensara que no quiero. Suspiró y miró sus cosas. Su mano se detuvo sobre una serie de camisas y en sus labios se formó una sonrisa irónica al elegir una, que metió en su zurrón. El cordero. Objetos recogidos en aldeas de media Grecia. Una pequeña caracola que había cogido justo después de que Ares le devolviera a Xena su cuerpo, allí en la playa. Sus pergaminos. Suspiró de nuevo, los guardó y luego añadió su ropa de viaje.

—Bonita ropa —comentó Xena en voz baja, apareciendo a su lado y apoyando una mano en el hombro de la bardo—. ¿Estás lista? —Echó una mirada al zurrón y pasó los dedos por un borde—. El campamento está recogido.

—Sí —murmuró Gabrielle suavemente—. Vale. Estoy lista. —No, no lo estoy. Se echó el fardo al hombro y agarró su vara. E intentó no hacer caso del dolor que sentía en el pecho—. Vámonos.

Xena la acompañó hasta la bifurcación del camino y luego se detuvo. Gabrielle la miró a la cara y vio los músculos de la mandíbula apretados. Las dos dirigieron la mirada por el camino hacia el territorio de las amazonas.

—Bueno, supongo que es la hora —dijo la guerrera, despacio. Colocó vacilando la palma de la mano en la mejilla de la bardo—. Gabrielle...

Era demasiado. Gabrielle apoyó la vara en Argo, soltó el zurrón y rodeó a su amiga con los brazos, estrechándola con toda la fuerza que pudo. Notó que Xena le devolvía el abrazo, con fuerza suficiente para hacerle expulsar el aire de los pulmones. Ninguna de las dos quería soltarse, pero lo hicieron... y se quedaron un momento la una entre los brazos flojos de la otra.

—Ten cuidado —advirtió Xena.

Gabrielle asintió, agachando la cabeza.

—Lo tendré.

—¿Me lo prometes? —preguntó Xena, cuyos ojos intensos se encontraron con su mirada sorprendida.

La bardo parpadeó y luego asintió.

—Te lo prometo.

—Vale —fue la respuesta. Xena contempló su cara un poco más—. Te voy a echar de menos —añadió, en voz muy baja—. Más de lo que te puedas imaginar.

Gabrielle sintió que el nudo que tenía en la garganta le impedía cualquier posible respuesta y se limitó a hundir la cabeza en el pecho de Xena. Donde oyó el ruido entrecortado de su respiración. Y sintió el martilleo de su corazón. Por fin, levantó la cabeza, intercambió una última mirada y se volvió hacia el camino del bosque. No se volvió a mirar atrás hasta que llegó al borde de los árboles, y entonces vio a la paciente Argo y a quien la montaba apoyada en ella. Mirándola. Era una imagen que guardó con firmeza en la parte principal de su imaginación.


PARTE 2


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
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