9


—¿Dónde vamos? ¿A la Casa Blanca? —exclamó Peter cuando el coche dobló una esquina y pasó por un arco ornamentado de granito.

Unas verjas de hierro se abrieron como si alguien hubiera estado a la espera de que llegaran. Subieron por el camino de entrada, pasando ante una hilera de álamos altos y rígidos como centinelas, y Peter casi se atragantó al ver el tamaño de la mansión que apareció ante ellos.

—¡Olvídate de la Casa Blanca! ¡Eso es como el Palacio de Buckingham!

Evelyn ni se molestó en contestar y giró el volante para conducir el coche por una larga curva en cuesta. El vehículo se deslizó suavemente por el camino circular y se detuvo detrás de una elegante limusina negra aparcada frente a la puerta.

La puerta del conductor de la limusina se abrió y salió el chófer. Fue hasta la puerta del pasajero del coche de Evelyn y la abrió con gesto elegante, inclinándose para mirar dentro.

—Evelyn... Peter —saludó el chófer con tono suave y tranquilo—. Bienvenidos. Os estábamos esperando.

Peter se quedó paralizado al oír su propio nombre.

—¿Cómo ha...?

—Gracias, Eli —interrumpió Evelyn, y le dio a Peter una palmada en el hombro—. Sal, Peter. Nos están esperando.

—¡Oye! —Peter se agarró el hombro y la miró malhumorado un momento antes de salir de un salto del asiento del pasajero. Se irguió y se frotó el brazo mientras miraba al chófer. El hombre era alto, se dio cuenta al tener que mirar hacia arriba. Unos amables ojos azules le devolvieron la mirada con una especie de compasión que le resultó de lo más inquietante—. ¿Lo conozco? —preguntó Peter, inseguro.

El chófer asintió y sonrió.

—Nuestros caminos ya se han cruzado anteriormente.

Peter retrocedió ante la extraña mirada que le dirigía el chófer y estuvo a punto de tropezar con el primer escalón que subía hacia la casa.

—¡Oye, Evelyn! —Se resbaló en los dos escalones siguientes y se apresuró a subir los demás a trompicones—. ¡Espérame!

Evelyn, que ya estaba en la puerta, fue recibida por una mujer morena. Peter se paró en seco.

No había visto a esta mujer en su vida, no la conocía de nada —desde luego, nunca le había comprado drogas— pero por alguna razón la conocía.

—Yo también me alegro de verte, Joxer —lo saludó la bella mujer sonriendo. Su expresión era amable y sus claros ojos de color azul celeste chispeaban por el placer alegre y sincero de verlo.

—¿Joxer? —Peter se detuvo en lo alto de los escalones, desconcertado—. ¿Quién demonios es Joxer? ¿Te conozco?

—Me llamo Eva. —La mujer sonrió aún más al ver su cara de incomprensión—. Pasad los dos. Es evidente que hay mucho que explicar y tenemos mucho que hacer...

—¿Y nos estamos quedando sin tiempo? —añadió Evelyn.

—Sí. Por desgracia, después de dos mil años, se nos ha agotado el tiempo.

—Pues pongámonos a trabajar —afirmó Evelyn al tiempo que se acercaba impaciente a Peter y lo agarraba del brazo—. Vamos, Peter.

Entraron en el recibidor y a Peter le llamó la atención de inmediato una fila de estatuas que bordeaba el vestíbulo a cada lado. Una serie de ángeles de mármol blanco lo saludó con expresión benévola. Siguió a Eva, sintiendo que unos ojos cincelados lo seguían al pasar.

Peter se detuvo. Habría podido jurar que uno de ellos se había movido. El ángel de piedra que tenía a la derecha había inclinado la cabeza con humildad y había hecho un gesto con la mano hacia arriba indicando por dónde tenían que ir.

—Peter, ¿ahora qué te pasa? —bufó Evelyn, molesta.

—¡Se ha movido! —exclamó mirando la estatua.

Las comisuras de una boca esculpida se curvaron en una ligera sonrisa.

—¡Has visto eso! —exclamó Peter, señalando. Notó una mano cálida y amable en el hombro y al volverse, vio a la mujer morena, Eva, que le sonreía con auténtico afecto.

—Por aquí, Peter. No tenemos mucho tiempo.

De mala gana, Peter se dio la vuelta, pero no sin antes echar un último vistazo desconfiado a la figura. El hermoso ángel lo miraba a su vez con benevolencia.

Evelyn lo agarró del hombro y tiró, llevándose a Peter a rastras. Su benefactora los siguió, deteniéndose un momento para guiñarle un ojo a la escultura.

Y el ángel le guiñó el ojo a su vez y cuando Eva se alejó, en su liso rostro de mármol blanco se formó una sonrisa.

Eli se acercó a la estatua y la miró con severidad. Los blancos rasgos de mármol se inmovilizaron y las alas intrincadamente talladas volvieron a su posición original cuando el ángel recuperó su pose. Eli asintió con aprobación y siguió al grupo.

Entraron por un segundo arco en una estancia más grande. A Peter le recordó al instante a una iglesia, sin los bancos. Hasta olía a iglesia, pensó, arrugando la nariz al captar el olor rancio a incienso. Levantó la mirada hacia el alto techo abovedado y luego la posó en la larga extensión de suelo de losas que cubría la sala entera hasta un altar situado al fondo. Si escuchaba atentamente, juraría que oía las voces lejanas de antiguos cánticos.

La sala estaba bañada en oros y rojos, pintados por rayos alternos de sol y sombra que se filtraban por una serie de vidrieras. Se adentraron en la cavernosa sala, siguiendo una senda de colores acariciados por el sol que teñían el suelo de losas de mármol.

Peter escudriñó a través del polvo reluciente que bailaba en los rayos de sol para fijarse en el altar. En su centro se alzaba una alta y oscura cruz de madera. Al principio, pensó que el salvador medio desnudo clavado a la cruz era el mismo que había en la mayoría de las iglesias. Pero cuando se le acostumbraron los ojos a las drásticas diferencias de luz y sombra acentuadas por las vidrieras de colores, Peter se dio cuenta de que era otra persona totalmente distinta la que estaba allí clavada pagando por sus pecados.

Costaba distinguir los rasgos, pues la cabeza estaba caída hacia delante, derrotada por la muerte. Largos mechones de pelo tallados en mármol blanco tapaban el rostro. Una característica, sin embargo, estaba absolutamente clara.

Más bien dos, se corrigió Peter mientras contemplaba la efigie sorprendido.

La estatua blanca clavada a la oscura cruz de madera estaba, efectivamente, medio desnuda, pero era claramente una mujer.

—¿Xena? —susurró Peter alarmado—. Es ella, ¿verdad?

—Sí, ésa es Xena —confirmó Eva, colocándose al lado de Peter—. La oscuridad de Xena la llevó por un camino de destrucción. Tuvo una muerte trágica y dolorosa, y fueron otros los que se quedaron con el mérito de su habilidad como guerrera y sus logros como dirigente. Peor aún, murió sola y con el corazón vacío. Sin amor, Peter, el alma sufre de inanición, se marchita y muere. Sin amor, Peter, no hay eternidad. Ocurrieron muchas cosas que no deberían haber ocurrido, del mismo modo que hubo muchas cosas que jamás sucedieron como deberían haber sucedido. Yo nunca nací, por ejemplo.

—Tú nunca... —Peter volvió la cabeza de golpe—. ¿Qué?

—Yo nunca nací. Eli nunca descubrió su auténtica vocación, nunca fue sacrificado.

El profeta se miró su uniforme de chófer y se encogió de hombros, sonriendo de mala gana.

—Y yo nunca me salvé —intervino una voz lírica detrás de ellos. Peter se volvió y vio la blanca estatua del ángel, ahora hecho carne como ser humano, bañada en oro por un potente rayo de sol.

Peter se quedó boquiabierto cuando el ángel se acercó a ellos, pasando a través de los rayos de luz y sombra al deslizarse por la estancia. La figura de mármol blanco del bello ángel iba adquiriendo los tonos más naturales de la carne y la tela cada vez que un rayo de luz coloreado por las vidrieras la tocaba al pasar.

El ángel llegó hasta Peter, sonriendo.

—¿Te acuerdas de mí, Joxer?

—Creo que no —contestó Peter, paralizado.

—¿No? Qué pena. —El pelo del ángel se había transformado en una abundante melena rubia que le caía por los hombros. Lo miraba con unos grandes ojos marrones llenos de afecto y compasión.

Peter resopló.

—Si hubiera conocido a un ángel de mármol que habla y camina, creo que me acordaría.

—Me llamo Calisto —dijo, y dejó de sonreír, con el rostro serio—. ¿No te suena?

Al mirar a la bella mujer que tenía delante, Peter habría jurado que oía campanas al vuelo, pero no hizo caso.

—No, no me suena. Ni el menor ruidito. Oye, has dicho que nunca te salvaste. ¿De qué?

—De mí misma. —Calisto se apartó de Peter y se colocó entre Eli y Eva—. Un gran mal ha entrado en este mundo y ha abierto un abismo entre lo que fue y lo que debería ser. Todo se ha retorcido para crear una realidad que no debería existir. Separados así, somos demasiado débiles para luchar contra ello. Ahora mismo me estaría quemando en el infierno, de no ser por...

—De no ser por la intervención de otras fuerzas —interrumpió Eli apresuradamente.

—Sí. —Calisto sonrió ampliamente—. Otras fuerzas. Fuerzas que se preocupan por Xena... que se preocupan por ti... y por el mundo.

—¿Y por Gabrielle? —preguntó Peter, preocupado.

—Sí, por supuesto... por Gabrielle también. Se nos ha reunido a todos para luchar contra este mal... para enviarlo de vuelta a las profundidades ardientes de donde salió y, esperemos, para curar la herida que llevamos todos en el alma. —Calisto sonrió y se volvió hacia Evelyn, asintiendo—. Es la hora, Yakut. ¿Estás preparada?

—Estoy preparada —replicó Evelyn con convicción.

—Bien.

Peter se acercó corriendo a Evelyn, muy preocupado.

—¿Preparada? ¿Preparada para qué? ¿Qué va a pasar?

Calisto miró apenada la seria efigie de mármol blanco que colgaba tristemente de la cruz.

—Tengo una gran deuda con Xena. Ella salvó a mi alma inmortal de la condenación eterna. En otra época, le hice un gran mal. Un enorme mal. A Gabrielle también. Les hice mucho daño a las dos. Sin embargo, ellas me perdonaron. Su valor y su compasión salvaron mi alma. Ahora me toca a mí hacer lo mismo.

Subió los tres cortos escalones hasta el altar y se detuvo ante la mártir.

—¿Estás lista? —preguntó, volviéndose para mirar a Evelyn.

Evelyn asintió, y entonces se desató el caos.


El primer disparo rompió una de las grandes vidrieras, destrozando el panel y haciendo saltar trozos de cristal pintado por todas partes.

Peter se agachó para evitar cortarse con los pedazos volantes de cristales rojos y dorados. Corrió al fondo de la sala, pero no había ningún lugar donde esconderse.

Una segunda ráfaga alcanzó las losas cerca de sus pies. Se apartó a toda prisa, cayendo en la cuenta de que alguien les estaba disparando. Peter echó a correr hacia el altar y se puso a cubierto en el hueco.

Hubo más disparos y el estampido de los tiros resonó por toda la sala. Otra ventana se rompió y el cristal cayó en grandes pedazos que se hicieron trizas al golpear el duro suelo de piedra.

Las balas silbaban ya por todas partes y se incrustaban en las paredes, dejando profundos surcos a su paso. El polvo del mármol dañado flotaba por el aire, bailando a la luz del día que entraba por las ventanas destrozadas. Peter usó los codos para arrastrarse detrás del altar, encogiéndose con cada disparo. Se tapó la cabeza con las manos y se esforzó por hacerse invisible.

El ataque cesó tan repentinamente como había empezado.

El silencio que siguió podría haber sido un trueno.

Peter se quedó donde estaba, tumbado boca abajo, detrás de la cruz. Oía trozos de piedra que se desprendían de la efigie de la guerrera y caían al suelo. Acurrucado lleno de miedo, esperó en el desquiciante silencio hasta que se posaron los últimos restos de polvo. Poco a poco, Peter apartó las manos y levantó la cabeza.

Todo estaba en silencio, salvo por algún que otro crujido cuando algún trocito de mármol caía de las grietas de las paredes.

Tumbado aún, salió de detrás de la cruz y miró a su alrededor.

No se veía un alma en la sala. Todo el mundo había desaparecido. Eva, Eli, el ángel Calisto. Todos habían desaparecido como si nunca hubieran estado allí.

Peter parecía ser el único que quedaba en la sala, y entonces vio una figura desplomada en el suelo entre los restos de mármol y piedra rotos.

—¡Evelyn!

Salió disparado desde el altar, corrió a su lado y cayó de rodillas al polvo.

—¡Evelyn!

Con cuidado, Peter le levantó la cabeza, acunándola en sus brazos. Había sangre por todas partes. Tenía la blusa llena de salpicaduras rojas. De la nariz y la boca le salían regueros de sangre.

—Evelyn. —Entristecido, le tocó la mejilla sin dar crédito. Ella miraba directamente al techo, con los ojos inexpresivos y vacíos—. Oh, Evelyn. —Peter dejó caer la mano de la fría mejilla al suelo.

—Qué triste —dijo una voz grave, seguida del ruido de una pistola semiautomática al ser amartillada justo detrás de su oreja izquierda.

Peter se volvió y vio a dos hombres vestidos de traje oscuro allí de pie, apuntándolo a la cabeza con sus pistolas.

—La han matado —los acusó, con los ojos llenos de lágrimas.

El agente se encogió de hombros.

—No es nada personal. Sólo cumplimos órdenes.

—¿Me van a matar a mí también?

—Come he dicho —respondió el agente, con rostro impasible—, no es nada personal.

Como si se moviera a cámara lenta y en primer plano, Peter vio que el dedo índice del agente apretaba el gatillo de la pistola.

Cerró los ojos y esperó que sucediera un milagro.

Entonces lanzó un puñado de polvo a la cara del agente y no esperó a ver qué ocurría, sino que se levantó de un salto y se estampó de cabeza en el estómago del otro.

Éste se chocó con el segundo agente y los dos cayeron al duro suelo de mármol. Peter oyó el característico ruido de algo metálico que chocaba con las losas y se alejaba resbalando. Se incorporó, cerró el puño y golpeó al agente en la cara con todas sus fuerzas. Bastó para que el agente perdiera el sentido.

—¡Aayy! —Peter sacudió la mano con que había golpeado, se la miró y luego miró al agente, que estaba tirado inconsciente en el suelo con la nariz ensangrentada.

Pero no tenía tiempo de regodearse. Un gruñido irritado le llamó la atención y se volvió. El primer agente casi había terminado de quitarse los irritantes restos de polvo, suciedad y mármol de los ojos. Peter sólo tenía unos segundos antes de que el hombre del traje oscuro lo volviera a apuntar con la pistola. Pero el agente se había caído demasiado lejos para que Peter pudiera lanzarse de nuevo sobre él y el truco del polvo sólo iba a funcionar una vez.

Su única esperanza era la negra pistola de metal que estaba tirada a un lado, no muy lejos de él.

Peter se lanzó sobre la pistola y el agente siguió el movimiento de su cuerpo, intentando apuntar con su pistola a Peter con los ojos irritadísimos. El agente apretó el gatillo en el momento en que Peter recogía la pistola y se volvía.

Hubo dos disparos a la vez que resonaron con ecos parecidos por la sala. Una bala alcanzó al crucifijo. El impacto hizo saltar la efigie de Xena en miles de fragmentos que salieron despedidos en todas direcciones. La cruz de madera se rajó y se tambaleó durante un instante de angustia hasta que por fin se desplomó en el suelo. Se rompió en pedazos que se esparcieron por los escalones.

El disparo de Peter alcanzó de lleno al agente en el pecho, que salió despedido hacia atrás y se golpeó la cabeza en el suelo de mármol con un sonoro crujido al partirse el cráneo.

El cuerpo del agente se estremeció una vez y luego se quedó inmóvil.

A Peter le temblaba la pistola en la mano mientras la sujetaba extendida, apuntando al lugar donde había estado el agente segundos antes.

La sala volvió a quedar en silencio, salvo por el ruido de la respiración entrecortada de Peter. Dejó caer el brazo y luego soltó la pistola. Cayó al suelo con un sonido hueco, como un pedazo de metal inútil. Peter se volvió hacia donde yacía Evelyn con el cuerpo inmóvil y los ojos abiertos y vacíos.

Se arrastró hasta la amiga de Gabrielle y le tocó la mejilla por última vez antes de hurgar en el bolsillo de sus vaqueros. Encontró las llaves de su coche y las agarró con fuerza en la mano.

—Buena suerte, Yakut —susurró Peter, sonriendo, y luego se levantó de un salto y echó a correr, agachándose para recoger la pistola que pertenecía al agente al que había matado antes de seguir corriendo hacia la puerta.


Había vuelto. Yakut saboreó la sequedad del aire, el vacío que era la totalidad de su universo, su eternidad. Había vuelto al espantoso purgatorio de sus almas atrapadas.

Incorporándose, contempló el desierto descolorido y no se sorprendió al ver que sus hermanas amazonas seguían allí, apiñadas para protegerse del viento frío e implacable que azotaba constantemente estos páramos yermos. A lo lejos, las llamaban unas nubes de ensueño, pero siempre inalcanzables, siempre lejanas.

Su alma había regresado a la Tierra de los Muertos de las amazonas y la puerta entre este lugar y la eternidad seguía cerrada para ellas.

Yakut se levantó y se quitó el polvo de su manto de chamana. Cyane apareció de repente a su lado y la ayudó a levantarse.

—Has vuelto —dijo, sujetándole el codo con la mano para que se apoyara.

—¿Cuánto tiempo he estado fuera?

—No mucho.

Yakut miró a la tribu: la miraban a su vez con aire abatido. De inmediato, notó que algo había cambiado.

—¿Cuántas? —preguntó preocupada, incapaz de concebir lo mucho que había aumentado su número.

—Decenas. Cientos. Demasiadas para llevar la cuenta.

Una segunda amazona, a quien Yakut reconoció por sus viajes al pasado como Evelyn, se acercó con expresión muy airada.

—¿Qué has hecho? —preguntó, mirando furiosa a Yakut.

Yakut se colocó bien el gran gorro de chamana posado precariamente en su cabeza y luego se acercó a ella.

—Ephiny —dijo saludándola.

—¡Yo te conozco! ¡Eres la que estaba en la choza de Terreis! —exclamó Ephiny, señalándola con un dedo acusador—. ¡Éstas que están atrapadas aquí son mis hermanas! ¡Míralas! ¿Qué has hecho?

Yakut sonrió y miró a Cyane, que se encogió de hombros como pidiendo disculpas.

—No le gusta el paisaje. ¿Se lo puedes echar en cara?

Ephiny bufó exasperada.

—Muy graciosa. Tú ríete. Pero mira cuántas somos, y llegan más sin parar. La Nación Amazona se está muriendo y nuestras almas llegan aquí... ¡atrapadas contigo!

Cyane puso una mano fuerte en el hombro de Ephiny con gesto tierno.

—Ephiny, cálmate. Ya te dije que Yakut volvería y aquí está. Ahora todo volverá a su sitio, ¿verdad, Yakut?

Cuando Yakut no asintió de inmediato, Cyane bajó la mano y volvió su cuerpo delgado y musculoso hacia la chamana.

—¿Verdad, Yakut?

—Todo va tal y como estaba planeado, Cyane. Venid. —Se colocó entre Cyane y Ephiny, poniéndoles las delicadas manos en la fuerte espalda—. Ahora tenemos que prepararnos. Tenemos mucho que hacer para prepararnos.

—¿Prepararnos para qué? —preguntó Ephiny, con desconfianza.

—Para ayudar a Xena y a Gabrielle. Sé que puede que te cueste comprenderlo, pero me alegro de verte aquí... de veros a todas aquí. Nos viene bien que seamos muchas más. Vamos a necesitar toda la ayuda que podamos conseguir si queremos ayudar a Xena y a Gabrielle a derrotar al gran mal que nos hecho esto a todas.

—¡Lo sabía! ¡La zorra de Alti! —bufó Ephiny, apretando los puños.

—No —se apresuró a responder Yakut—. Alti es la menor de nuestras preocupaciones.


Parmenión y sus tropas llegaron a la entrada del desfiladero poco después del amanecer. Marchando al frente de su columna, miraba atentamente ambos lados de las empinadas laderas del acantilado, pues sabía muy bien que iban directos a una trampa. Las irregulares paredes de la montaña ascendían cada vez más cuanto más se adentraban por el paso. Se lo esperaba, o más bien Xena le había dicho que se lo esperara. Resultaba sobrenatural la capacidad de su comandante para adelantarse a las tácticas del enemigo. En parte se podía deber al magnífico servicio de espionaje que tenía Xena, pero Parmenión debía reconocer que a veces parecía mucho más que una deducción lógica basada en los informes de los espías. Era algo más misterioso, una especie de intuición, femenina, absolutamente precisa y sumamente mortífera.

Cualquier otro habría supuesto, con mucha razón, visto lo que había, que las amazonas establecerían un bloqueo en la entrada del punto más estrecho del desfiladero y que luego lucharían desde detrás.

Xena, sin embargo, sabía que su maniobra de combate preferida era atacar desde lo alto. Lo advirtió de que el paso estaría abierto para animarlos a entrar y que entonces usarían las elevadas paredes para lanzar un ataque, primero con flechas y luego con troncos, carromatos, carros, todo tipo de cosas que bajarían rodando por las laderas para aplastar a la falange macedonia. Antes de que sus desmoralizados soldados pudieran volver a formar, las amazonas caerían sobre ellos desde los árboles, atacando con sus espadas cuerpo a cuerpo, donde las largas sarisas de los macedonios serían peor que inútiles.

—Podría ser una belleza —le había dicho Xena—, pero la mitad de esa belleza reside en el factor sorpresa. Y como no nos van a sorprender... —Enarcó un momento la elegante ceja, acentuando la expresión con una sonrisa chulesca.

Efectivamente, mientras se adentraban cada vez más en el desfiladero, al mirar hacia arriba Parmenión supo sin la menor duda que la habilidad de Xena como estratega y su astuta intuición femenina habían acertado plenamente.

Y entonces la montaña empezó a revelar algo que Parmenión estaba seguro de que Xena no había previsto.

El primer cuerpo que vio se balanceaba en la rama de un árbol, pudriéndose bajo el sol que seguía subiendo. No lo olía, pero Parmenión sabía que si la brisa hubiera soplado hacia ellos, también habría captado el hedor de la muerte.

Irguió los hombros y siguió avanzando, decidido a no dejarse inquietar por la macabra visión.

Un segundo cuerpo y luego un tercero y Parmenión sintió que se le revolvía el estómago.

Había cuerpos por todas partes colgados de las ramas, decorando los árboles a ambos lados del estrecho cañón como una cosecha de fruta macabra. Aflojó el paso sin querer.

—Por los dioses —oyó que susurraba uno de los hombres al tiempo que el ruido rítimico de las botas se iba haciendo más lento.

Fue entonces cuando vio a Alejandro, acurrucado debajo de un repecho con dos miembros de su patrulla. Le estaban haciendo señas frenéticas para que se detuviera y Parmenión así lo hizo, levantando la espada para detener a sus tropas.

Alejandro le hizo una seña silenciosa con la mano y Parmenión asintió, comprendiendo al instante lo que le intentaba decir el general.

Había algo más que cuerpos mutilados de centauros muertos en lo alto de esos árboles.

Parmenión preparó el escudo pesado y grande que llevaba en la mano izquierda. Ocultó la espada corta que llevaba en la derecha, tal y como había ordenado Xena. Nada de sarisas, a pesar de lo que se esperaban las amazonas.

Había muchas cosas más que las amazonas no se esperaban, pensó Parmenión regocijado, al tiempo que se acuclillaba en posición. Oyó el roce de cuero y metal que le dijo que el resto del batallón estaba haciendo lo mismo.

Los árboles estallaron en un coro de agudos gritos de guerra, seguidos de un tañido de arcos, y entonces una tormenta de flechas cayó sobre ellos desde los árboles llenos de cadáveres que tenían encima.

Con un gruñido, Parmenión se tiró al suelo, colocándose el escudo por encima, y supo que la batalla había empezado.

—Es un buen día. —El veterano soldado sonrió debajo de la protección de su escudo mientras las flechas amazonas lo golpeaban inútilmente.


Xena llegó al último de los enormes peñascos y se izó hasta colocarse encima. Sin hacer caso del escozor de los arañazos, se levantó y se volvió, tirando un extremo de la cuerda que llevaba enrollada al hombro por el costado del precipicio. Fue hasta un árbol y ató el otro extremo, ciñendo bien el doble nudo con un fuerte tirón. A lo largo del borde, sus hombres hacían lo mismo. Era una avanzadilla de escaladores que había subido primero y dejaba caer cuerdas de la misma forma.

Al poco, la ladera estaba llena de soldados que escalaban la cara de la montaña.

Había sido más fácil de lo que se esperaba. Los caminos menos frecuentados eran senderos estrechos y accidentados que ascendían por las empinadas laderas, pero habían sido menos difíciles de negociar y más que adecuados para la larga hilera de soldados de infantería. Este último obstáculo para llegar a la cumbre era una escalada corta por la cara de un precipicio. Al poco, sus tropas se congregaban en lo alto, quitándose el polvo de las armaduras de cuero y sonriendo.

El plan era sencillo. Mientras las fuerzas de Parmenión se enfrentaban a las amazonas en el paso de las montañas, ella caería sobre la aldea. Cuando tuvieran asegurada la aldea, establecerían una defensa con el propósito de que las amazonas no pudieran entrar en su propio hogar. Para entonces, el resto de su ejército se habría reunido con Parmenión en el paso. Tendrían a todas las amazonas encadenadas a la puesta del sol.

Después, delante de toda la nación, ella desafiaría a su reina. Con un rápido combate y una reina muerta, la nación le pertenecería y las fieras guerreras amazonas se unirían a su ejército en la guerra contra Persia.

Xena comprobó el sol. No había tiempo para descansar. El batallón de Parmenión ya tendría que estar en el desfiladero y seguramente ya estaba combatiendo. Levantó la espada y dio la señal a sus hombres para que se desplegaran.


La reina miraba indignada lo que sucedía debajo de ella. Enfurecida, apartó de malos modos a una guerrera amazona y ella misma empujó el carromato hasta el borde del precipicio. Cogió una antorcha y prendió la leña menuda empapada de brea que llenaba el carro antes de darle una patada furiosa que lo lanzó por la ladera, precipitándose como un trueno hacia el centro de la columna macedonia.

Rodó por encima de piedras y baches que había en el suelo sin detenerse, mientras un rastro de llamas incendiaba todos los arbustos y ramas secos que rozaba a su paso. La reina observó con gran satisfacción mientras el carro bajaba por la ladera siguiendo un camino ardiente de destrucción garantizada hasta que rodó por encima del objetivo, patinando sobre el mar de escudos, y se estrelló inútilmente al otro lado del desfiladero.

Estaban arrojando todo lo que tenían sobre el batallón de soldados griegos atrapados en la base del desfiladero, pero el enemigo se había tirado al suelo y se había cubierto con los escudos, formando una capa de bronce que los protegía de cualquier cosa que ordenara tirar por el acantilado encima de ellos.

Con consternación, el ataque de las amazonas se fue deteniendo poco a poco.

—Retirada —aconsejó Alti roncamente al oído de la reina.

La reina la apartó de un empujón y se acercó furiosa al borde del acantilado.

—¡ARQUERAS! —gritó, al ver que los escudos de debajo se empezaban a mover.

—No se puede atravesar el bronce —afirmó la chamana acaloradamente—. Hay que retirarse.

De repente, los macedonios rompieron filas y se pusieron a vitorear. Alti supuso que vitoreaban porque estaban sorprendidos de encontrarse aún con vida después de todo lo que había caído sobre sus cabezas.

Sin aviso, una lluvia de flechas salió disparada de los árboles. A su alrededor, sus guerreras empezaron a caer, aferrando las flechas vibrantes que se habían incrustado en su pecho con sorprendente precisión. Al otro lado del desfiladero, Alti vio numerosas columnas de soldados que coronaban la cima opuesta. Mientras esta nueva legión disparaba para cubrir protectoramente el estrecho paso, los soldados del desfiladero cargaron ladera arriba y por el paso donde la ladera era menos pronunciada y no tardaron en rodear a las amazonas por el flanco derecho, que era el más débil.

—Mi reina, retirada —insistió Alti, y se dispuso a seguir su propio consejo, tirando a su reina del brazo al echar a correr. A derecha e izquierda de la reina, las guerreras amazonas empezaban a retroceder.

Los arqueros griegos dispararon contra las cuerdas de las que colgaba la bochornosa muestra de crueldad de la reina. Acompañados de pesados golpes, los cuerpos empezaron a caer sobre las cabezas de sus asesinas mientras las amazonas se retiraban.

Con una sensación de temor, Alti vio cómo caía el primero de los cadáveres de los centauros. La rueda estaba girando. De algún modo, Xena había conseguido volver la maldad de la reina contra ésta.

Sin esperar a recibir la orden, Alti se volvió y echó a correr entre los árboles, para regresar a la aldea lo más deprisa que le permitiera su manto de chamana. Un cadáver cayó de una rama que tenía encima y aterrizó a sus pies. Eso la detuvo y estuvo a punto de dejarla sin sentido de un golpe. Lo miró y luego miró hacia atrás. El bosque estaba atestado de hombres armados hasta los dientes que corrían hacia ella, sin el menor asomo de piedad en los ojos.

A Xena no se la veía por ninguna parte.

Alti saltó por encima del centauro muerto y siguió corriendo, adentrándose en la profundidad de la maleza con la esperanza de que eso ocultara su rastro.

Si Xena no estaba al frente, dirigiendo la carga, ¿dónde estaba? Atravesó los arbustos y torció hacia la izquierda, dirigiéndose a la seguridad de la aldea. Tenían que reagruparse y montar una defensa rápidamente, antes de que la propia aldea fuera arrasada.

En ese momento, un aullido horrendo resonó por todo el bosque, un alarido espantoso que atravesó a Alti, llenando su corazón ya frío de un miedo gélido. Se detuvo, al darse cuenta de que ese grito horrible había salido del centro del territorio de las amazonas.

Hasta los soldados, que estaban casi encima de sus enemigas, se pararon en seco para escuchar el alarido que llenaba el aire y rebotaba en las paredes del cañón con una repetición interminable de horror.

La reina oyó el grito y su huida se detuvo. El alarido hizo que le temblaran los dedos y le brillaran los ojos. Sus labios se curvaron hacia arriba con una malévola sonrisa de deleite.

—Ah, Xena —dijo la reina, y se levantó la máscara para contemplar el aire, como si el aullido fuese algo visible y tangible—. Ya veo que has recibido mi mensaje.

Y entonces tuvo que agarrarse al árbol más cercano, porque el suelo se estremeció bajo sus pies. Los labios de la reina sonrieron.

—Ya ha empezado.

Se bajó la máscara, tapándose la cara, se apartó del árbol y echó a correr a la mayor velocidad que pudo a través de los matorrales para regresar a la aldea amazona.


El horror que le atravesó las entrañas fue más doloroso que cualquier herida que hubiera sufrido en su vida. Xena cayó de rodillas al suelo y la ásperas piedras y los trozos de corteza crujieron bajo sus brazales reforzados. Se quedó mirando la primitiva entrada de la aldea amazona: un arco de madera con torres de vigilancia a cada lado y el espantoso recibimiento que colgaba de él.

La cara del niño estaba extrañamente tranquila. Su largo pelo rubio se agitaba con la ligera brisa. Al lado de la cabeza cortada colgaba su cuerpo, rígido por la muerte, balanceándose de lado a lado como un trozo de madera.

Xena sabía sin el menor género de duda que era su hijo, Solan, aunque no lo veía desde que entregó al bebé envuelto en su propio estandarte a Kaleipus, el dirigente de los centauros.

El niño se merecía una oportunidad de llevar una vida tranquila y feliz. Algo que ella sabía que nunca tendría si se hubiera quedado con ella.

Pero no había forma de escapar del hedor de su vida como señora de la guerra. Ahora el niño estaba ahí colgado, como recordatorio descarnado y doloroso de que la violencia y el horror la seguirían de cerca para siempre, hasta que la muerte la alcanzara y le diera un golpecito en el hombro. Y todos aquellos a los que quisiera o pudiera querer, al final, también se verían afectados por esa oscuridad.

Xena volvió a soltar un aullido de pena, aunque tenía la garganta en carne viva por el primer grito de espanto. Esta vez, gritó por la pérdida de su propia alma, que sabía que se le estaba escapando, muriendo al enfrentarse a la muerte de su hijo. Sus últimos restos de humanidad estaban desapareciendo, dejando atrás un corazón tan negro y frío como la fosa más profunda del Hades.

Y entonces terminó. Ya no le quedaban gritos en la garganta. Se quedó mirando a Solan, privada de repente de todo sentimiento. Xena dio la bienvenida al amargo vacío. La oscuridad que llevaba dentro la inundó como una ola y la recibió, la instó a avanzar. Se había negado a sí misma durante demasiado tiempo el placer del dulce sabor de una venganza por odio. Cerró los ojos y respiró hondo, aspirando la destrucción por todas partes y regodeándose en ella.

Cuando abrió los ojos, ya no veía el cuerpo de un niño que colgaba bajo el sol de la mañana. Veía el futuro, y el futuro era muerte.

—Las voy a matar a todas —juró al viento.


En lo alto del monte Olimpo, en las Salas de la Guerra, Ares abrió los ojos de golpe. Estaba holgazaneando en su trono, mortalmente aburrido sin nada que hacer hasta que los griegos llegaran a Persia. Se había quedado casi dormido y de repente el áspero tentáculo de un corazón oscuro llegó hasta el suyo y lo tocó.

Al instante se despertó del todo, con el corazón desbocado como no lo sentía desde hacía años.

—Xena —susurró roncamente y se lanzó desde el trono hacia el Ojo de Hefestos. Agitó la mano y apareció una imagen. Macedonios, amazonas, centauros...

Xena.

Los claros ojos azules que lo miraban a su vez soltaban chispas de un odio frío y brutal.

Notó que se le agitaba la divinidad y se hinchaba cobrando vida.

Ares abrió los musculosos brazos de par en par y se echó a reír. El sonido produjo ecos por las salas como los tambores de guerra.

—Xena. Xena. Xena.

Sin apartar la vista de las escenas que se desarrollaban en el Ojo que tenía encima, Ares se sentó de nuevo en su trono, cogió una copa de vino y bebió un largo trago del dulce néctar rojo oscuro.

No podía dejar de sonreír y, encantado, guiñó un ojo a la imagen.

—¡Ha vueeeeeltooo!

Pero entonces la imagen del Ojo fluctuó y notó que las paredes de su sala empezaban a temblar. Ares dejó caer el vino. La copa se estrelló en la dura piedra del suelo frío y el vino rojo salpicó por todas partes.

El dios de la guerra se quedó con los ojos desorbitados cuando el Ojo de Hefestos le mostró una inmensa grieta que dividía la tierra, justo en el centro de la aldea amazona. Una alta columna de fuego retorcido se alzó y salió de la grieta, lamiendo el cielo con llamas tan altas que podrían alcanzar el mismo monte Olimpo. Y entonces el dios de la guerra sintió algo que nunca hasta ahora había sentido: miedo.


Xena agarró al oficial más cercano por el peto y se lo acercó de un tirón.

—Quiero sus cabezas, hasta la última —ordenó, con la voz ronca y grave.

El soldado tragó saliva.

—¿Todas?

—Hasta la última —bufó Xena—. No quiero que quede una sola amazona con vida. ¿Me entiendes?

—Pero, ¿y las jovencitas? ¿Y las niñas?

Sin dudar, Xena hundió su espada hasta la empuñadura en el vientre de su propio soldado. Murió lleno de dolor, agarrado a los músculos acerados de su brazo mientras se le escapaba la vida, manchando la tierra a sus pies.

Xena usó su bota sucia para pegar una patada al cuerpo y quitarlo de su espada y agarró a otro lugarteniente.

—¿Alguna pregunta?

El hombre meneó la cabeza rápidamente.

—Ninguna, comandante suprema. Lo comprendo perfectamente.

—Bien. Quiero sus cabezas... salvo la de la reina. Es la que lleva esa máscara tan fea llena de plumas. Ésa es mía. ¿Te enteras? —Lo soltó y el soldado no perdió el tiempo en salir corriendo para transmitir su orden.

Ahora se sentía viva como no se había sentido nunca. Xena agarró bien la espada con la mano derecha y torció la cabeza, para quitarse una contractura del cuello, que crujió sonoramente. Sonriendo con oscura expectación, percibió sin mirar a la guerrera amazona que intentaba sorprenderla. Se quedó totalmente inmóvil y esperó con paciencia inhumana a que la mujer estuviera más cerca y levantara su arma.

De repente, Xena blandió la espada, acompañando la estocada con el giro de todo el cuerpo para añadirle fuerza. Su hoja atravesó el cuello de la amazona y le cortó la cabeza antes de que la mujer pudiera parpadear. Un chorro de sangre roja alcanzó a Xena en la mejilla. Se la enjugó con un dedo y la tiró al suelo con una sonrisa.

La siguiente amazona no tuvo tanta suerte: la muerte no le sobrevino deprisa. Xena se tomó su tiempo y jugó un poco con su adversaria, cortándole una mano y luego un brazo, hasta que por fin terminó el trabajo con una estocada demoledora de la espada que abrió de par en par el estómago de la guerrera. A Xena se le dilataron las aletas de la nariz cuando las entrañas de la guerrera cayeron al suelo. La mujer cayó primero de rodillas y luego al suelo, desplomada sobre una pila de sus propias tripas.

Después de eso, no tuvo tiempo de recrearse en la muerte del enemigo. Se enfrentó a la carga de unas amazonas que la atacaron salvajemente y las abatió con fría eficacia, rajándolas de parte a parte y dejándolas como festín para los buitres.


Xena se enjugó el sudor de la frente con una mano ensangrentada y se detuvo un momento para escuchar lo que la rodeaba. La aldea era suya. Sólo quedaba un puñado de amazonas, acorraladas por sus hombres. Ya habrá tiempo de matarlas más tarde. Cerrando los ojos, se concentró y dio con los sonidos que buscaba: los gritos de las amazonas en retirada que volvían del desfiladero, los aullidos de sus hombres que las perseguían.

Haciendo señas con las manos y la espada, colocó a sus hombres en una larga fila, desplegándolos en un amplio frente que se curvaba hacia fuera delante de la entrada a la aldea. Ella se colocó de forma llamativa, ocupando una posición de combate bien visible al frente de la falange en forma de cuña, justo en el centro de su línea de defensa.

Al poco, el bosque reverberó con el terrible grito de batalla de las guerreras amazonas que salieron a la carrera de los matorrales al pequeño campo bien cuidado que llevaba a la entrada de su fortaleza. Lo que descubrieron esperándolas fue una línea de macedonios, armados con las largas sarisas que esperaban ver en el desfiladero. Las amazonas titubearon al borde del bosque, chocándose casi las unas con las otras al detenerse sorprendidas.

La reina se quedó con los ojos como platos. Bloqueando el paso al lugar donde podrían ponerse a salvo estaba nada menos que la Princesa Guerrera en persona, respaldada por una división de guerreros armados hasta los dientes. Por Artemisa, ¿cómo ha metido Xena una legión entera de soldados en la aldea? La reina miró hacia atrás. Allí, el resto del ejército corría hacia su retaguardia, mordiéndoles los talones. Había caído en la misma trampa que había tendido a los centauros.

Xena se rió por lo bajo, observando a la tribu que se agitaba nerviosa, mirando hacia atrás, bien consciente del batallón de soldados griegos que se les echaba encima. Su vista se posó directamente en la reina, reconocible por su máscara real y su ropa de cuero de color rojizo. La dirigente de las amazonas se había detenido al borde del bosque, con el pecho jadeante por el esfuerzo de la retirada. Avanzó un poco, apartándose de la línea, de forma que la reina pudiera verla con claridad.

—Ven por mí, puta zorra del Hades —la provocó Xena, con una blanca y resplandeciente sonrisa.

Debajo de la ornamentada máscara de la realeza amazona, la reina soltó un gruñido de irritación como un animal atrapado. Está bien, Xena. Si quieres pelea, la vas a tener. Jadeante, dedicó un momento a contemplar la táctica. Tal y como lo veía, Xena había organizado la típica defensa griega: líneas a derecha e izquierda flanqueando una cuña de falange bien armada en el centro. La única manera de que su tribu pudiera sobrevivir era volver a entrar en su fortaleza. La única posibilidad que tenían de conseguirlo era atacando los flancos, a derecha e izquierda, donde Xena era más débil.

La reina soltó una risilla. Que Xena rompiera su centro: acabaría arrollando a sus propios hombres. Miró hacia atrás y oyó las pesadas botas de miles de macedonios que aplastaban la maleza al cargar contra ellas a través del bosque. Alzó la espada, emitió varias señales trinando como un pájaro y luego, con un grito, atacaron.

—Así me gusta —susurró Xena, sonriendo encantada—. Venid aquí que os voy dar. —Su penetrante grito de guerra se alzó por encima de los alaridos de las amazonas y sus hombres respondieron.

Las tropas de Xena cayeron sobre una rodilla y bajaron sus largas lanzas, preparándose para el ataque.

Como aves de presa, las amazonas atacaron los flancos macedonios, dividiéndose en dos grupos de ataque principales que se apartaron del centro. La reina sonreía al correr, deseando haber visto la cara de sorpresa de Xena, y aumentó la velocidad al cruzar la hierba a la carrera, al tiempo que su ataque las desviaba de Xena y su centro reforzado.

Alcanzó la línea de lanzas del flanco izquierdo y cortó sin dificultad la punta del arma que tenía más cerca. Era casi demasiado fácil, pensó, como si el soldado hubiera bajado la punta a propósito para dejarla pasar.

Aprovechando el impulso, pasó junto a un soldado arrodillado y se encontró de frente con una profunda falange de macedonios armados con espadas que habían estado hábilmente ocultos detrás de la primera línea de defensa.

La reina casi no pudo impedir que una de sus propias guerreras la empujara contra la hoja de una espada a la espera. Alzó su arma y paró el primer golpe mientras a su alrededor las guerreras amazonas empezaban a morir.

Mientras, las tropas de Parmenión cerraron filas y atacaron la retaguardia del ejército de las amazonas. A la reina le dio la impresión de que estaban a punto de ser aplastadas entre la espada y la pared.


Con señales manuales, Xena hizo retroceder a su centro poco a poco. La cuña de la línea central macedonia se estiró. Como un solo hombre, los soldados daban pasos cortos, marchando hacia atrás. La línea recta se transformó en una curva hacia dentro, arrastrando a las amazonas y la lucha hacia ella, donde esperaban soldados de refuerzo armados con cortas y afiladas espadas, preparados para terminar la matanza. Cuando la primera de las guerreras tropezó delante de ella, Xena blandió su espada y cortó limpiamente la carne sin esfuerzo.

—¡Matadlas a todas! —vociferó entre los destellos de metal bajo el sol—. ¡Matad a todas y cada una de estas putas!

En pleno centro de la aldea amazona, la tierra gimió de placer y se abrió una grieta que se tragó la choza entera de la reina. Una columna de fuego salió despedida hacia lo alto, devorando el dulce aire como un demonio hambriento. Soltó un aullido de triunfo al alzarse, tratando de tocar el cielo, cada vez más alta. La repentina acometida de poder provocó una serie de corrimientos de tierra en zonas alejadas de Grecia y, en la distante Roma, desencadenó la inesperada erupción del Vesubio.

Y en el Olimpo, Ares se quedó horrorizado cuando a su alrededor, las Salas de la Guerra empezaron a desmoronarse.


El vértigo fue peor que nunca. El estómago de Gabrielle dio tumbos mientras caía hacia atrás, girando por el espacio y el tiempo. No sabía si estaba perdiendo el conocimiento o recuperándolo cuando, de repente, se le aclaró la vista y se encontró de rodillas en una extensión de hierba fangosa. Levantó la cabeza y se orientó justo a tiempo de quedarse casi sin sentido por un golpe en la barbilla.

Tumbada en la tierra, parpadeó rápidamente para despejarse la mente y no tardó en caer en la cuenta de que era evidente que la podían tocar sin problema. Un soldado fuertemente armado la había dejado prácticamente inconsciente de un rodillazo. Ahora se cernía por encima de ella con la espada en alto. Echó un vistazo a la punta de la hoja que flotaba por encima de su nariz y le pegó una patada en las pelotas con todas sus fuerzas. Al soldado se le puso la cara como un tomate y retrocedió tambaleándose, soltando la espada. Gabrielle apenas tuvo tiempo de apartarse rodando cuando la punta de la espada se clavó en la tierra, justo en el punto donde había estado.

Se puso en pie, recuperó el equilibrio y paró el golpe de una vara que iba directo a su cabeza. La dura madera le escoció al darle de lleno en las palmas de las manos y notó la fuerza del impacto hasta los dientes. Pero agarró la vara de madera, ante su propia sorpresa y la de la guerrera que acababa de atacarla.

Se quedaron mirándose atónitas.

—¡Oye! ¡Ten cuidado! ¡Podrías hacerle daño a alguien! —exclamó Gabrielle, y haciendo uso de toda su fuerza, le arrancó la vara a la mujer de las manos. La guerrera se miró atónita las manos vacías y luego se quedó igualmente pasmada cuando su propia vara giró y le dio de lleno en la cabeza.

Gabrielle no esperó a ver si la guerrera caía. Echó a correr, agarrando la vara con firmeza con ambas manos, sorteando a cientos de hombres y mujeres enfrentados en combate mortal. Qué momento tan estupendo para hacer una visita, pensó, esquivando hábilmente la estocada de un soldado. Golpeó al hombre con la vara en el estómago con tal fuerza que lo lanzó por el aire. Luego Gabrielle siguió corriendo con un sólo pensamiento en la cabeza: tenía que encontrar a Xena.

No tardó en dar con la guerrera. Xena era como una fuerza desatada de la naturaleza que iba abatiendo guerreros con una habilidad y una precisión que Gabrielle no habría creído posibles. Se quedó mirando, atónita, mientras la guerrera luchaba. Xena mataba a todo el que se le ponía por delante: mujeres, hombres, sus propios soldados.

En ese momento, la morena guerrera lanzó una estocada en redondo y decapitó a una mujer que había osado acercarse a ella por detrás y Gabrielle consiguió ver por un instante los ojos de Xena.

Había una ira en ellos que dejó a Gabrielle sin aliento.

—Oh, Xena —suspiró Gabrielle, hipnotizada, viendo cómo la guerrera agarraba a una luchadora por la nuca y le hundía la espada en la columna vertebral. Gabrielle vio que la espada salía pintada de sangre y con trozos de entrañas por el otro lado, a través del estómago. Xena tiró el cuerpo inerte al suelo—. Dios mío —exclamó Gabrielle, al darse cuenta de que la guerrera que yacía muerta en el barro no era más que una niña.

La atención de Gabrielle se desvió del sangriento espectáculo y se dirigió al centro de la aldea. Allí estaba Calisto, muy tranquila, con las manos unidas hacia delante. A pesar de que ya no tenía alas, conservaba un aire etéreo. Su túnica blanca se mecía suavemente al viento mientras Calisto observaba con calma, aislada de algún modo del caos que hervía a su alrededor. En sus rasgos había una tristeza que estuvo a punto de partirle el corazón a Gabrielle.

Habían llegado demasiado tarde, gritó la mente de Gabrielle. Habían perdido a Xena. Ésta se había perdido a sí misma. Tenía que hacer algo.

—¡Xena! —gritó, y su grito quedó tapado por los chillidos y los alaridos de dolor. Aferrando su vara con firme resolución, Gabrielle echó a correr, directa al centro de la lucha y a Xena.


Xena masacró a otra enemiga, enviando a la amazona a su tierra de los muertos con insultante facilidad, sin dejar de vigilar el campo de batalla en busca de su objetivo principal.

La máscara de plumas era como un faro en medio de una violenta tormenta. Xena seguía el avance de la reina, que se iba abriendo paso a través del ataque de la línea macedonia. La muy puta intentaba con todas sus fuerzas atravesar el bloqueo para entrar en la aldea. Xena observó mientras la máscara ornamentada desaparecía en medio de una masa de guerreros enzarzados.

Atravesó a otra amazona, se echó a un lado para esquivar el cuerpo que caía y corrió tras ella. Un soldado intentó interceptar a Xena para hacerle una pregunta: sin detenerse, lo apartó de un empujón. El siguiente soldado que se le puso en medio no salió tan bien librado. Le partió el labio de un puñetazo y él retrocedió tambaleándose, sorprendido de que su propia comandante lo hubiera golpeado.

Con ojos feroces e intensamente concentrados, Xena no hacía caso de nada salvo de la máscara ornamentada, siguiendo su rastro mientras corría por entre los soldados y las amazonas enfrentados en combate mortal. La reina evitó hábilmente todo enfrentamiento hasta que salió del todo del campo de batalla, se escabulló por detrás de una choza y desapareció.

La muy puta está huyendo, pensó Xena y pegó una patada en el estómago a un soldado griego sólo porque estaba en medio.

—Adelante, huye. Huye para salvar tu puto pellejo —gruñó entre dientes, y echó a correr detrás de la reina y se adentró en la aldea siguiendo sus pasos.

Ahora era una cazadora y eso le daba gusto. Xena torció el labio con una mueca de desprecio. Mucho gusto.


Gabrielle captó un destello de pelo oscuro, cuero marrón y bronce justo cuando Xena desaparecía detrás de una choza. Se lanzó a seguirla, pero una mano la agarró del brazo. Sin detenerse apenas, Gabrielle golpeó con la vara hacia atrás y notó que conectaba sólidamente con un cuerpo. La mano la soltó y Gabrielle quedó libre para correr detrás de Xena, adentrándose en la fortaleza amazona.


Dejando atrás la mayoría del conflicto, la reina corrió ante las cabañas sumidas en un silencio espeluznante hacia el centro de la comunidad amazona. No le hacía falta mirar atrás para saber que la Princesa Guerrera la seguía de cerca. La presencia de Xena era algo tangible, algo que se sentía fácilmente aunque no se viera, como el núcleo de un estallido de calor. Por otro lado, lo mismo se podía decir de la estupenda explosión de poder que emanaba del centro de la aldea amazona. La reina sentía la energía y se veía atraída a su presencia como una mosca a la miel. Siguió corriendo, pasando ante los hogares vacíos y saltando por encima de los cadáveres de sus dueñas, pues sabía que tenía que llegar a su origen antes de que Xena llegara a ella.


Xena seguía a su presa, pasando ante chozas abandonadas y sorteando los cadáveres de amazonas caídas. Sus pesadas botas dejaban hondas huellas en la tierra empapada en sangre mientras se adentraba a la carrera en la aldea. Tras doblar varias esquinas, perdió el rastro de la reina y se detuvo, extendiendo los sentidos para decidir por dónde debía continuar.

Cerró los ojos y reconoció el aroma a hierbas y medicinas astringentes que salía de la choza de la sanadora que tenía al lado. Xena filtró ese olor y se concentró más, buscando más pistas. A lo lejos, todavía se oían los ruidos de la batalla: el choque del metal, los gritos de los moribundos. Estos ruidos eran de esperar. Una ligera brisa le acarició la nariz y entonces la guerrera encontró justamente lo que estaba buscando.

No había forma de confundir el olor del miedo.

Xena echó a correr, siguiendo la brisa y sus instintos más oscuros sin planteárselo.

Calisto estaba junto a la choza de la sanadora y se quedó mirando cuando Xena pasó corriendo a su lado, sin percibir su presencia. Se cruzó de brazos y observó con ojos pacientes, a la espera del momento en que tuviera que intervenir.


La reina dobló una esquina a la carrera y frenó un poco, segura de que había perdido a la guerrera. Respirando con dificultad, tanto por el agotamiento como por el miedo, se arriesgó a mirar atrás. Xena doblaba en ese momento la misma esquina, directa hacia ella, y las fuertes piernas de la guerrera morena se movían a largas zancadas que devoraban rápidamente la distancia que las separaba.

—¡Mierda! —murmuró la reina y se volvió para calcular la distancia que aún tenía que cubrir. Estaba demasiado lejos y Xena estaba demasiado cerca.

De repente, una leal amazona salió de la nada y atacó a Xena, intentando interceptarla. La reina se quedó mirando cuando la amazona fue víctima instantánea de la espada implacable de la Princesa Guerrera. La mujer resbaló de la hoja de Xena y cayó a tierra ya cadáver. Xena se volvió despacio y miró fijamente a la reina.

—Te toca —dijo moviendo sólo los labios, y sus bellas facciones se iluminaron con una sonrisa depredadora. Con paso decidido, Xena avanzó hacia ella, casi al alcance de su meta.

—Bien —gritó la reina como respuesta, con una confianza que no sentía. Retrocedió y estuvo a punto de tropezar con una amazona muerta—. Bien. Mátalas, Xena. Mátalas y luego ven por mí. —Saltó por encima de otro cuerpo y echó a correr.

La Princesa Guerrera la siguió con determinación, con los ojos fieros clavados en su objetivo y un dolor agudo en la boca del estómago por el hambre de venganza.

Ya casi estoy, pensó la reina jadeando: casi en la fuente que le daría el poder que necesitaba para librar al mundo de la Princesa Guerrera de una vez por todas. Dobló la última esquina y se chocó con Alti.

La chamana no estaba contenta.

—¿Dónde te crees que vas? ¡Están matando a todo el mundo! ¡Estamos perdiendo esta batalla!

La reina no contestó y miró atrás. Aunque la máscara le ocultaba la cara, Alti se dio cuenta de que la reina tenía los ojos desorbitados de miedo. La chamana siguió la dirección de esa mirada asustada.

—Xena —susurró Alti. La guerrera parecía más entregada a la muerte de lo que la había visto nunca.

Alti se quedó mirando cuando Xena atravesó a un soldado perdido, a uno de los suyos, que se le puso por delante, y luego atrapó los ojos de la chamana con una mirada fría como el hielo.

—Estúpida —dijo Alti zarandeando a la reina por los hombros—. ¡Idiota! —Alti retrocedió, tan aterrorizada que la sangre le golpeaba las sienes—. Te va a matar y luego me matará a mí.

—No, a ti primero, vieja amiga.

Alti reconocería esa voz oscura y aterciopelada en cualquier parte. De repente, Xena estaba justo a su lado, espada en ristre, con los duros ojos azules clavados en ella, llenos de un odio insondable.

—Xena, escúchame. Yo no he tenido nada que ver con esto.

La risa de la reina sonó sorprendentemente relajada.

—Mentirosa. Todo esto ha sido idea tuya. Sobre todo lo del niño. ¿Cómo se llamaba?

—Solan —contestó Alti automáticamente.

Al oír el nombre de su hijo, Alti habría podido jurar que los ojos de Xena dispararon llamaradas.

—No. Ni te atrevas a pronunciar su nombre. —La voz de Xena era áspera y fría—. Te voy a arrancar el corazón, Alti, y me lo voy a comer.

—Escucha, Xena. No actúes sin reflexionar. Recuerda que aún te puedo ser útil. —Alti empezó a retroceder, apartándose de la Princesa Guerrera con pasos cautos y lentos.

—No, Alti —replicó Xena, avanzando con paso igualmente lento y depredador hacia ella—. Tú no me sirves de nada. Nunca me has servido, nunca me servirás.

Alti tendría que haber podido defenderse atacando a Xena con una explosión de poder chamánico, una explosión tan potente que habría tenido que poner de rodillas a la guerrera. Pero era como si a Alti le hubieran absorbido la energía.

Esforzándose por concentrarse, lo único que veía eran los ojos duros y llenos de rabia de Xena. Por primera vez, Alti se dio cuenta de lo que era llenar de miedo el corazón de los hombres y mujeres que se atrevían a enfrentarse a Xena en combate. Años atrás, cuando se asomó por primera vez a las profundidades de esos ojos sobrenaturalmente claros, Alti vio el potencial para alcanzar un gran poder. Ahora, lo único que veía era muerte.

Un ligerísimo temblor del labio superior de Xena y Alti supo que estaba a punto de morir.

Y entonces la reina hizo algo que salvó la vida de Alti.

Se echó a reír.

La indignación detuvo a Xena en seco. La reina se reía de ella. Se apartó de Alti y fulminó con la mirada a la dirigente amazona, que estaba muy tranquila al borde de una grieta tremenda que había en la tierra.

—Mi padre, Dahak, tenía razón —afirmó Esperanza, sonriendo burlona a la guerrera—. Entrar en el mundo mediante la corrupción de la inocencia... —Esperanza se encogió de hombros—. Percal conocido. Pero usar tu rabia, Xena... tu ira... eso es mucho más divertido. ¿Cómo dices tú? ¡Es una belleza!

La expresión burlona de Esperanza atravesó a Xena con una ola de furia.

—He cambiado de idea —dijo Xena con voz ronca, pasándose la espada a la mano izquierda y agarrando su chakram—. Las reinas primero.

Xena echó el brazo hacia atrás y lanzó el chakram. Cortó el aire, chocó con una efigie de Artemisa y rebotó en ángulo, zumbando a una velocidad de vértigo hacia el centro mismo de esa máscara real de las amazonas.

Pero la máscara, creada con dura madera y poderosos hechizos, hizo su trabajo y protegió a la reina. El chakram la alcanzó y, con una lluvia de chispas, la máscara se hizo pedazos, y el arma salió disparada en una dirección extraña y se perdió de vista. La fuerza del golpe hizo que la reina se tambaleara hacia atrás, momentáneamente aturdida.

Lo que vio Xena entonces hizo que se le parara el corazón por completo. El dolor desgarrador que había sentido al ver a Solan colgado en pedazos no fue nada en comparación. Allí plantada, viendo cómo la reina amazona intentaba recuperar el equilibrio, Xena sintió que se le quedaban los pulmones sin aire como si le acabaran de pegar un puñetazo en el estómago.

La mujer que había profanado a los centauros, que había asesinado a su hijo, que ahora se sostenía aturdida la cabeza con una mano... era su ángel de la guarda.

—¿Gabrielle? —graznó Xena sin dar crédito.

La confusión de Xena fue el instante que necesitaba Alti. Se lanzó sobre Xena y agarró a la guerrera por el cuello con sus largos y delgados dedos. El inmenso muro de fuego que salía del abismo creado en la tierra aumentó de tamaño y una descarga de poder atravesó a Alti. De repente, su energía chamánica cobró vida.

El contacto con Alti sumió a Xena en la oscuridad. Estaba de nuevo en la cruz, mandada crucificar por César, y sólo podía observar impotente mientras le destrozaban las piernas con un golpe de martillo. El mundo dio vueltas y a Xena se le doblaron las piernas y aulló de dolor con el recuerdo de aquello.

Luchó por respirar, debatiéndose débilmente en manos de Alti. La chamana soltó una profunda y ronca carcajada de alegría al sentir que su poder seguía creciendo. Su conexión con su víctima era tan fuerte que la chamana ya no necesitaba el contacto directo para hacer revivir a Xena todo el dolor que había sufrido o causado a lo largo de su vida oscura y violenta. La soltó y retrocedió hasta ponerse fuera de su alcance, y Xena cayó de rodillas gritando de dolor.

Alti se concentró y usó las manos para lanzar una ola casi invisible de poder contra la guerrera. El aire se estremeció cuando la ola pasó de la chamana a su objetivo y alcanzó a Xena con tal fuerza que la tiró de golpe al suelo, demasiado débil ahora para gritar siquiera. Un fino hilo de sangre se derramaba de la nariz de Xena mientras su cuerpo se contraía con espasmos bajo el poderoso recuerdo de los golpes continuos de sus soldados rebeldes. Con cada golpe demoledor, revivía la tortura del suplicio: un camino sangriento que, para un señor de la guerra, era la única manera de dejar un ejército.

Xena cayó boca arriba en el barro, abatida por un golpe invisible asestado por un lugarteniente muerto largo tiempo atrás.

¡Son sólo recuerdos!, gritó la mente de Xena, intentando eliminar el dolor mediante la racionalización.

Unas manos bruscas la transportaban hasta una fría cruz de madera. En lo alto, el cielo estaba gris y caía una leve nevada. Aunque le temblaba el cuerpo por los escalofríos, no parecía sentirlos. Curioso, pero se sentía extrañamente en paz. ¿Tal vez estaba tan insensible a causa del frío? Xena volvió la cabeza. Ante su sorpresa, ahí estaba Gabrielle, con los brazos estirados y las muñecas atadas a la madera. Detrás de ellas, un soldado se arrodilló y colocó un clavo en el centro de la palma de la mano de Xena.

—Gabrielle, eres lo mejor de mi vida —dijo Xena. Cuántas cosas más necesitaba decir. La rubia volvió la cabeza y cuando sus ojos se encontraron con los de Xena, sonrió con tanta dulzura y tanto amor que Xena se quedó callada y se limitó a sonreírle a su vez, con la sonrisa más sincera y más amorosa que había ofrecido Xena en toda su vida. De poder elegir, si sólo le quedaban unos segundos de vida, Xena prefería pasarlos contemplando los ojos de Gabrielle.

Cayó un martillo, que incrustó el clavo sucio en el centro de su palma extendida y arrancó otro grito de la garganta de Xena.

De nuevo de rodillas ante Alti, Xena se miró las manos, sin dar crédito cuando unos agujeros descarnados se abrieron en su piel y empezaron a sangrar.

¡Pero esto no es un recuerdo! Nunca había vivido ese momento: Gabrielle y ella nunca habían intercambiado esa dulce sonrisa. Lo único que veía ahora era el rostro de una horrible traidora que había asesinado a su hijo. Mientras su sangre manaba de las heridas, Xena aulló por el tormento y la confusión. Por encima de sus propios gritos, oía claramente la risa burlona y victoriosa de la reina amazona.

—¡Deberías estarme agradecida, Xena! —gritó la reina, sonriendo al ver los agujeros sanguinolientos que tenía Xena en las manos—. Piensa en todo el dolor y la angustia que te he ahorrado al separaros.

Otra oleada de visiones atravesó la mente de Xena. Una traición en Chin. De nuevo era Gabrielle, cuyo engaño quedaba espantosamente claro cuando Xena apartaba las sábanas de una cama oriental.

—¡No! —gritó Xena sin poder creérselo.

Su hija, Eva, a punto de ser acuchillada por la espalda. Gabrielle, con el cuchillo en la mano, detrás de su hija, preparada para matarla.

¡Pero yo no tengo una hija! La mente de Xena daba vueltas, intentando con todas sus fuerzas aferrarse a la realidad. Sin embargo, las visiones eran implacables y amenazaban con destruir lo que a Xena le quedaba de cordura.

De nuevo Gabrielle: ese mismo rostro dulce rodeado de pelo dorado atrayéndola al interior de una cueva y a una trampa preparada por un ejército de arcángeles.

Gabrielle surgiendo de un huevo y cubierta de inmundicia, amenazando con abrasar la tierra con todo el poder del mal que había en el mundo.

—¡BASTA!

El grito surgió de la nada, sonoro y potente. Pilló por sorpresa a la reina amazona, interrumpió por un momento el flujo de poder a Alti y liberó a Xena de la andanada de visiones que la bombardeaba.

Gabrielle corrió hasta la guerrera abatida y se lanzó sobre el cuerpo de Xena para protegerla. Con una expresión de feroz determinación, Gabrielle alzó los ojos y se encontró con un rostro demasiado conocido.

Las comisuras de la boca de la reina se curvaron en una sonrisa sardónica.

—Hola... madre.

La expresión decidida de Gabrielle se transformó en una de total desconcierto.

—¿No reconoces a tu propia hija? —La reina se giró despacio, mostrándose para que Gabrielle pudiera verla bien—. Ya sabes lo que dicen: de tal palo, tal astilla.

Era su madre. Su propia y horrible madre. Pero era más joven, más fuerte... y estaba aquí en el pasado con Xena.

—¿Quién eres? —preguntó Gabrielle roncamente.

—Soy tu hija Esperanza. Tu hija hoy, tu madre mañana. Es confuso para ti, lo sé, pero claro, tú nunca fuiste muy rápida de entendederas, ¿verdad, madre? —Esperanza se echó a reír a carcajadas al ver la expresión desconcertada de Gabrielle.

Gabrielle se levantó del suelo y rodeó a Xena hasta colocarse protectora entre la guerrera y la reina.

—Has sido tú. Has sido tú todo el tiempo. Tú has sido la que ha hecho esto.

—¿El qué? ¿Qué he hecho? ¿De qué me vas a echar la culpa ahora, madre? —preguntó Esperanza, burlándose.

—¡Deja de llamarme madre!

—¿Por qué? Eso es lo que eres. Mi madre. Soy sangre de tu sangre, carne de tu carne.

Gabrielle aferró su vara, amenazando con golpearla.

—¡Yo no soy tu madre!

—Oh, pero claro que eres mi madre, mamaíta querida. Sólo que no te acuerdas. —Esperanza se concentró, bajando la mirada, y, como una marioneta, Alti pegó una sacudida. La chamana lanzó una ola de poder que golpeó a Gabrielle directamente en el pecho. Retrocedió tambaleándose, a punto de tropezar con Xena, y se hundió en un mar de visiones, ahogándose en una vida desconocida.

Se vio a sí misma colocando amorosamente a un bebé en una cesta que envió flotando río abajo.

—Esperanza —susurró apenada, llorando la pérdida como si acabara de ocurrir.

—Eso es, madre. Esperanza. Tú... me... abandonaste. ¡A mí! ¡A tu propia hija! Me enviaste río abajo flotando en una cesta cuando era un bebé indefenso. Dime, ¿es ésa forma de tratar a tu única hija?

Gabrielle bajó la vara que sostenía en las manos, con una angustia evidente en los ojos. Su visión interna se posó en las dolorosas imágenes de otra vida que se proyectaban en su mente controladas por Esperanza a través del poder de la chamana Alti.

—No sólo me abandonaste, sino que intentaste matarme, madre. Y no una, ni dos, sino tres veces. La primera, me envenenaste y luego me quemaste entera en una pira funeraria. Y cuando eso no funcionó, ¡te tiraste conmigo a una fosa donde ardían las llamas mismas de mi padre! Como si eso no bastara, ¡ayudaste a herir mortalmente a tu propio nieto y lo engañaste para que me atacara! ¡Una vez tras otra, no paras de intentar destruirme! ¿Por qué?

—Eres el mal —dijo Gabrielle, débilmente.

Esperanza se adelantó, con los duros ojos verdes entristecidos de repente.

—¡Era un bebé! ¡Era tu bebé y me abandonaste! Me abandonaste... ¡por ella! —Esperanza señaló con un dedo acusador a Xena, que observaba débilmente desde donde estaba echada, derramando su sangre vital en la tierra.

—No tenía elección.

—Oh, ya lo creo que tenías elección. Y elegiste. La elegiste a ella en vez de a mí. Siempre a ella. ¡SIEMPRE SE HA TRATADO DE XENA!

—Por supuesto que se trata de mí —gruñó Xena. Apoyándose en un deseo innato de proteger a Gabrielle, agarró la espada que tenía cerca tirada en la tierra y sacó fuerzas para ponerse en pie. Se lanzó sobre Esperanza, blandiendo la espada en un valiente intento de decapitarla.

Las llamas rugieron y el brillo feroz volvió a los ojos de Esperanza. Un estallido de la torre de fuego lanzó un tentáculo de llamas que se enrolló alrededor del arma y le arrancó la espada a Xena de la mano, lanzándola a la mano de Esperanza. Ésta atrapó la espada limpiamente y sonrió con despreció cuando Xena se apartó tambaleándose, sujetándose dolorida la mano quemada y haciendo todo lo posible por mantenerse en pie.

Xena se volvió hacia Gabrielle, con los ojos tan angustiados como el rostro de su ángel de la guarda.

—Gabrielle —imploró—, no fue culpa tuya.

—No, efectivamente —bufó Esperanza—, fue tuya.

Entonces Esperanza lanzó la propia espada de Xena. Cortó el aire dando vueltas, dirigiéndose mortífera a la espalda de la guerrera.

A un lado, oculta en parte por la esquina de la choza de la sanadora, Calisto observaba con calma el desarrollo de la escena. El chakram que tenía en la mano le resultaba cómodamente familiar. Calisto lo contempló un momento con amoroso aprecio y luego lanzó el arma. Se abrió paso por el aire, a punto de rozar la punta de uno de los cuernos de ciervo del gorro de chamana de Alti, y chocó con la espada, que estaba a meros centímetros de la espalda de Xena.

La espada se desvió y se clavó casi hasta la empuñadura en el suelo a los pies de Gabrielle. Con un crujido espantoso, el chakram se partió en dos trozos y cayó roto al suelo.

Esperanza aulló de rabia y su ira se volcó en todas direcciones, buscando el origen de la interferencia.

Gabrielle corrió hasta Xena y la abrazó, ayudando a la guerrera herida a tumbarse en el suelo. Xena se quedó sorprendida al sentir el contacto con Gabrielle y sonrió dulcemente por su presencia.

La calidez de sus ojos desapareció tan deprisa como había aparecido. Xena apartó las manos cuidadosas de Gabrielle y luchó por levantarse.

—Déjame, Gabrielle. Éste no es lugar para ti. Tengo que destruirla. La voy a matar.

—No, Xena —replicó Gabrielle, con tono decidido—. Es responsabilidad mía.

Gabrielle empujó delicadamente a la guerrera hacia el suelo y echó a correr, recogiendo la espada de Xena al pasar. Sujetando la pesada arma con firmeza con las dos manos, se enfrentó a su hija.

Esperanza volvió a prestar atención a Gabrielle.

—¿Me vas a matar otra vez, madre? —preguntó Esperanza, con los duros rasgos suavizados por una extraña pena.

—A la cuarta va la vencida —dijo Gabrielle y alzó la espada.

La pena de Esperanza se transformó en puro odio. Detrás de ella, las llamas arremolinadas se hincharon y Esperanza echó la mano hacia atrás. En su palma se formó una bola ardiente de poder.

—Eso es precisamente lo que esperaba que hicieras —dijo Esperanza, y se echó hacia atrás para lanzar.

De repente, Calisto se materializó. Su repentina aparición y su extraña y apacible expresión confundieron a Esperanza y la bola de poder se disipó en su mano. Calisto sonrió con tristeza.

—Es lo que las dos esperábamos —dijo, y entonces rodeó a Esperanza con los brazos y usó su peso para lanzarlas a las dos hacia atrás.

Gabrielle se quedó paralizada, mirando atónita cuando Calisto cayó hacia atras, sujetando con fuerza a Esperanza entre sus brazos. Juntas, se precipitaron por el borde.

El ángel rubio, Calisto, sonrió dulcemente a Gabrielle y asintió una vez, y luego las dos desaparecieron.

El fuego rugió indignado, alzándose por encima de sus cabezas. El suelo empezó a temblar y a Gabrielle se le cayó la espada que aún sujetaba con las manos en alto. Se tambaleó de lado cuando la tierra se movió, temblando con las oleadas de poder de un terremoto.

Las llamas subieron más y más hasta que dio la impresión de que la columna de fuego iba a devorar el cielo mismo y entonces, con un rugido ensordecedor, la torre se contrajo sobre sí misma y regresó a las profundidades de la tierra junto con Esperanza. Con un cegador destello de luz, la torre de fuego desapareció.

La tierra se agitó, gimiendo por última vez, y la grieta del suelo se cerró de golpe y la marca se fue desvaneciendo como si nunca hubiera existido.

Durante un segundo, todo se quedó en silencio. Con los ojos desorbitados, Gabrielle contemplaba el lugar donde antes había un abismo, pero ahora no había nada.

Alti se estremeció y gritó de alivio. El control de Esperanza había desaparecido en el momento en que desaparecieron las llamas, liberando a Alti de su férrea sujeción. Pero, aunque Esperanza ya no estaba, las habilidades chamánicas de Alti seguían presentes. Se recuperó rápidamente y murmuró los hechizos apropiados, absorbiendo la fuente inagotable de poder que siempre había tenido a su disposición: las almas atrapadas en la Tierra de los Muertos de las amazonas.

Su mirada oscura bajó muy concentrada y se volvió hacia Gabrielle.

—Creo que es hora de que sigas los pasos de tu hija —dijo Alti roncamente, y corrió veloz hacia Gabrielle, a quien levantó del suelo agarrándola por el cuello con sus duras y delgadas manos. Soltó una risilla mientras apretaba, observando con placer cómo se debatía la rubia—. Con tu muerte, voy a ser yo la que libere al gran mal en el mundo. Podré alimentarme del miedo y la destrucción durante siglos. —Mientras Gabrielle luchaba por respirar, Alti echó un vistazo a Xena. La guerrera intentaba ponerse en pie y, con una sola mirada, Alti volvió a tirarla al suelo, con un golpe que estuvo a punto de dejar inconsciente a la guerrera.

Xena sacudió la cabeza y se obligó a no perder el sentido. Rodó por el suelo y fulminó a Alti con ojos duros que ardían por el deseo de matar.

—¿Quieres verlo? —preguntó Alti, sonriendo. Se movió, sin dejar de sujetar a Gabrielle, atrapada en sus poderosas manos, para ver mejor a la guerrera.

Los labios gruesos y resecos de Alti se curvaron en una sonrisa.

—¿Quién necesita a Dahak cuando se tiene a la Destructora de Naciones?

Sonriendo burlona a Xena, apretó con más fuerza, estrujando el cuello de Gabrielle entre sus manos repentina e inhumanamente fuertes.

Gabrielle se debatió débilmente, con la cara totalmente roja.

Xena se quedó mirando, rechinando los dientes de frustración ante su propia impotencia. Haciendo acopio de su fuerza interna, empujó contra el suelo, palpando la tierra en busca de apoyo. Sus dedos encontraron algo frío y metálico y rodeó con la mano los trozos de su chakram, partido en dos.


Yakut abrió los ojos y jadeó.

—¡Es la hora! —gritó a su tribu. Estaban de pie a su alrededor, apiñadas para protegerse de los fríos vientos de la Tierra de los Muertos de las amazonas.

Una por una, las hermanas amazonas de muchas naciones alargaron los brazos. Se cogieron de la mano y cerraron los ojos, susurrando como una sola tribu los cánticos que les había enseñado Yakut.

Poco a poco, el muro invisible que separaba a las amazonas de su apacible eternidad empezó a temblar.


Sin hacer caso del dolor y empleando los últimos vestigios de su fuerza, Xena empujó contra el suelo y se puso de pie. Alzó las manos, sujetando en cada una un trozo de su arma característica.

—¡PUTA! —gritó Xena, levantando más las manos con la intención de lanzar los trozos de afilado metal.

Los dos trozos empezaron a arder con una luz más brillante que el sol. El resplandor se dilató hacia fuera, completando los trozos hasta que se convirtieron en dos armas separadas pero enteras que palpitaban de poder, una brillante y la otra de una oscuridad malévola y sofocante.


El cántico de la Tierra de los Muertos de las amazonas fue en aumento y Yakut elevó los brazos al cielo, uniendo la multitud de almas de guerreras en una sola fuerza imparable.


Mientras Alti contemplaba hipnotizada el repentino espectáculo de poder, Xena alzó aún más los brazos y juntó los dos trozos palpitantes de su chakram por encima de su cabeza.

Se unieron y empezaron a girar rápidamente, fundiéndose para forjar una sola arma, el yin y el yang del alma de una guerrera.

Con una mano, Xena echó hacia atrás el nuevo chakram y sonrió.

—¡Cómete esto, puta chamana! —Xena arrojó el arma, que cortó el aire tan deprisa que Alti ni siquiera la vio. Alcanzó a la chamana en el pecho, donde se incrustó con un golpe húmedo en lo más profundo de su negro corazón.

Alti soltó a Gabrielle y la bardo cayó al suelo, luchando por respirar. La chamana miró sorprendida el arma hundida en su pecho. El chakram palpitó una vez, dos veces y luego explotó con un estallido de luz tan brillante que Xena tuvo que taparse los ojos para protegérselos del resplandor.

Cuando la luz se disipó, Xena parpadeó unas cuantas veces y bajó la mano.

El chakram, que conservaba su nueva forma, yacía en el suelo donde momentos antes estaba la chamana.

Alti había desaparecido.

Y también la fuerza de Xena. Cayó al suelo, agotada, con el cuerpo atravesado de dolor.

Xena se quedó tumbada en la tierra y la hierba, respirando despacio, tratando de seguir consciente. Un momento después, unos brazos cálidos la rodearon y la levantaron para depositarla en un suave regazo. Unos dulces ojos verdes y un bello rostro la saludaron con una expresión que dejó a Xena sin aliento.

—Gabrielle —susurró, apenas capaz de hablar.

—¿Estás bien? ¿Cómo te encuentras? —preguntó Gabrielle preocupada, apartando con ternura el flequillo ensangrentado de la frente de Xena.

—Estupenda —contestó Xena, que sacó fuerzas para curvar las comisuras de la boca en una leve sonrisa. La guerrera pasó la mano por la piel suave de uno de los brazos que la sujetaban—. Qué suave eres, justo como me imaginaba —dijo, cerrando los ojos con placer.

Gabrielle se agachó y pegó los labios a la frente de Xena para darle un tierno beso. La estrechó con delicadeza y sonrió.

—Y tú tienes músculos. Qué fuerte eres.

—No me siento muy fuerte en estos momentos —murmuró Xena, pero sin dejar de sonreír.

—Xena —dijo Gabrielle, con la cara repentinamente seria—. No entiendo en absoluto qué está pasando.

Xena gruñó:

—Ya te digo.

—¿Ese ser malvado era mi madre, sólo que más joven?

—Era tu hija Esperanza. Una zorra malévola nacida de la brutalidad de una violación. Tu violación... por un poder insidioso.

—¿El fuego? ¿Dahak?

—Sí. En nuestra vida auténtica, los destruimos a los dos. Esperanza debió de encontrar un modo de volver a explotar su poder. Debió de usarlo para crear una especie de vínculo con el pasado. Usó ese mismo poder para manipular las cosas de forma que nunca pudiéramos estar juntas, aunque ése era nuestro destino.

Gabrielle asintió, sonriendo con tristeza.

—¿Y Alti?

Xena gimió, moviéndose en brazos de Gabrielle.

—Sólo era un peón dentro de un plan más grande. Eso es lo único que ha sido Alti en su vida y lo único que llegará a ser.

Gabrielle asintió de nuevo, capaz de aceptar lo que ya había sospechado basándose en las imágenes que le habían lanzado. Esperanza, viva en el futuro, había explotado el poder de Dahak y se había reinventado a sí misma como la reina amazona del pasado. Usó ese poder para robar el alma de Gabrielle y así cambiar la esencia misma del curso que debían seguir los acontecimientos.

¿Pero la destrucción de Esperanza había cambiado algo? Gabrielle miró a su alrededor. El mundo seguía girando, la aldea amazona seguía ardiendo. Xena seguía siendo una guerrera griega del antiguo pasado y ella seguía siendo una mujer del futuro vestida con vaqueros y camiseta por cuyas venas corría una poderosa poción mágica chamánica.

La fuerza de esa poción era la razón de que pudiera sostener a Xena en sus brazos y también era lo único que la mantenía aquí. Cuando la droga desapareciera de su organismo...

Gabrielle suspiró: ahora mismo notaba que el efecto de la poción empezaba a disiparse. Si no podían recuperar la vida que tenían que haber vivido, tendría que conformarse con una victoria por el bien supremo.

—Al menos hemos vuelto a salvar al mundo del mal.

Xena sonrió con tristeza y no hizo caso del dolor que sentía al levantar la mano y tocar un mechón del pelo dorado de Gabrielle.

—No, no del todo.

—¿No? —Gabrielle enarcó las cejas—. ¿Quieres decir que todavía queda libre una fuerza oscura?

Xena se echó a reír, hizo una mueca y la risa se transformó en un gemido de dolor.

—Sí —dijo, cerrando los ojos—, quedo yo.

—¿Tú?

—El poder absoluto corrompe absolutamente, Gabrielle. Sigo siendo la comandante suprema del ejército más grande y más fuerte que ha existido jamás y estoy a falta de una guerra para dominar el mundo. ¿En qué crees que me convierte eso?

—En Xena la Grande. Xena la Defensora. Xena la Princesa Guerrera. —Gabrielle sonrió y acarició la mejilla de la guerrera con la palma de la mano—. Tienes corazón de heroína, Xena. Y a nuestros dos mundos les hacen falta héroes.

Gabrielle se agachó de nuevo y juntó sus labios con los de Xena, dándole un beso dulce y tierno que llenó de calor el alma fría y vacía de la guerrera.

Gabrielle se irguió y sonrió a la mujer que sujetaba tiernamente entre sus brazos.

—Sabrás qué hacer.

Cuando el sol se hundió por el horizonte, la luz del día empezó a apagarse. A pesar de la oscuridad que era siempre su compañera constante, Xena descubrió que su mundo se iluminaba de esperanza. Contempló el bello rostro teñido de tonos dorados por el sol poniente y estudió sus rasgos, memorizándolos. Quería recordar el aspecto que tenía Gabrielle este día durante el resto de su vida.

—Mi amor por ti será eterno —dijo cuando la montaña se tragó los últimos rayos del sol y el rostro adorado que tenía delante se desvaneció lentamente.


Yakut abrió los ojos y sonrió de oreja a oreja.

Ahí estaba: la palabra, la única palabra que podía abrir las puertas de la eternidad y el más allá.

Esa palabra, pronunciada en voz alta y con tanto sentimiento por una guerrera cuya alma llevaba tanto tiempo sometida a la oscuridad, calentó el viento gélido que azotaba las estériles llanuras de la Tierra de los Muertos de las amazonas.

Las amazonas, que seguían de pie en grandes círculos cogidas de la mano, abrieron los ojos, sorprendidas por la llegada de una brisa tan suave. Observaron pasmadas cuando, por primera vez, el sol se alzó por encima de las montañas y la lejana eternidad que siempre había estado fuera de su alcance se difuminó y pareció acercarse.

—Por los dioses —susurró Ephiny, contemplando la espesa cortina de niebla que se levantaba y la ladera gris y yerma de la montaña que se cubría de un verde exuberante—. ¡Lo han conseguido! ¡Lo hemos conseguido!

—¡Vamos! —gritó Yakut y se levantó el largo manto de chamana para poder correr sin tropezar—. ¡Vamos!

Cyane sonrió y volvió el cuerpo hacia el viento cálido, regodeándose en el resplandor del sol naciente.

—Vamos —dijo suavemente. Cogió a Ephiny de la mano y, juntas, echaron a correr.

Con gritos de felicidad, las numerosas tribus de las amazonas se fundieron en una sola al correr alegremente por la alta hierba verde. Cruzaron el prado suavemente ondulado, persiguiendo el final de un arco iris, y desaparecieron en las montañas, para acabar desvaneciéndose en el mito.


PARTE 10


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
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