8


Olía la muerte en el aire. Aunque todavía no se había derramado sangre, Alti detectaba el hedor de la matanza que se iba a producir con la misma claridad con que veía el sol que se alzaba sobre las montañas a través de las ramas de los árboles. Se sentía atraída por la promesa de la sangre como la picadura del aguijón de una abeja por el miedo. Poniéndose más cómoda, Alti colocó bien los pies y se esforzó por no dar la impresión de que se iba a caer. No tenía la menor intención de dejar que la reina, que estaba de pie con insultante facilidad un poco más arriba y a su izquierda, viera lo incómoda que estaba en los árboles.

Alti detestaba la tendencia de las amazonas a atacar desde las copas de los árboles. ¿Qué eran, una panda de monos?

La reina amazona notó la agitación de las ramas producida por el movimiento de Alti y la miró. Una mano impaciente envió una clara señal a la chamana para que se estuviera quieta. Alti se apoyó en el tronco y aguantó la respiración. A través de las hojas vio el contorno oscuro de unos caballos que se aproximaban.

El grupo podría haber sido una hilera de jinetes a caballo, pero los agudos ojos negros de Alti sabían que no era así. Al ver a su presa sintió un agradable cosquilleo de emoción por la espalda y la muerte dejó de ser un mero perfume, para convertirse en algo que prácticamente podía saborear. El labio le tembló hasta curvarse en una sonrisa burlona y echó un vistazo a su reina con los ojos relucientes de emoción.

La intensa mirada verde que se posó en ella le produjo tal desazón que miró a otro lado. Contempló las hojas de un árbol del otro lado del sendero y vio a la rubia capitana del batallón de amazonas, Ephiny, que miraba al enemigo con una expresión extraña.

La fila de centauros ya era claramente visible. Jóvenes machos al mando de un par de maestros algo mayores que habían salido a adiestrarse siguiendo un sendero que serpenteaba por el bosque hasta los abundantes terrenos de caza de los centauros.

Presas fáciles, pensó Alti, sonriendo. Levantó la vista hacia la reina y se puso tensa. La dirigente amazona había alzado la mano preparándose para dar una señal. Alti escudriñó las copas de los árboles que rodeaban el sendero a ambos lados y distinguió sin dificultad al escuadrón de amazonas que esperaban en silencio, con las espadas desenvainadas, preparadas para cuando la reina bajara la mano y diera la señal de atacar.

Esos cabrones mal olientes no tenían nada que hacer.


En lo alto de un árbol, oculta por las hojas doradas de un roble inmenso, Ephiny respiró hondo para calmarse, obligando a su cuerpo a mantenerse inmóvil con un equilibrio perfecto. No había sacado la espada y no lo haría hasta que sus pies se posaran en el suelo del bosque. Ella prefería saltar desde las ramas con las manos vacías, dar una voltereta en el aire de ser necesario y sacar luego el metal de la vaina. En realidad, no creía que fuera a necesitar desenvainar la espada en absoluto: ellas eran muchísimas y los centauros muy pocos. Sólo con la sorpresa bastaría para terminar la batalla antes incluso de que empezara.

Los pobres cabrones no sabrían ni lo que les había pasado.

Observó al enemigo que avanzaba por el sendero del bosque con total tranquilidad. No tenían motivo para estar preocupados en esta fresca mañana de otoño. Aunque las amazonas y los centauros llevaban generaciones luchando por los terrenos de caza y los dioses sabían qué más, hacía casi una década que no se derramaba sangre. Muchas peleas y discusiones, sí, pero ¿un ataque pleno, soldado contra soldado, golpe a golpe? Hacía años que no. Melosa era una dirigente demasiado buena y una negociadora demasiado hábil para derramar sangre amazona innecesariamente.

Pero Melosa estaba muerta, caída en desafío, y una nueva dirigente gobernaba a la Nación. Esta nueva reina tenía una sed de sangre sin igual en la larga historia cargada de guerras de las amazonas. Durante el primer año, su nueva reina había logrado unir a las tribus amazonas de una forma que ninguna reina anterior había conseguido. Pero a pesar de esto, a Ephiny le preocupaba en secreto que su nueva dirigente las estuviera llevando por el camino de la muerte, derechas al Hades.

Contempló la hilera de jóvenes machos centauros y suspiró. Desde luego, su nueva reina iba a llevar a los centauros a la muerte. Qué raro. Había crecido con la creencia de que estos seres míticos no eran sólo sus enemigos, sino además unos animales repugnantes. Ahora que los veía bien, no le causaban en absoluto tan mala impresión.

Su mirada se clavó en el macho que guiaba al grupo. Su pelaje era reluciente y su melena larga. Cuando se volvió para sonreír a los muchachos que lo seguían, Ephiny descubrió que le gustaba su fuerte perfil. De hecho, casi parecía... guapo.


El avance de la partida de caza se hizo más lento al tiempo que su líder ladeaba la cabeza. Alzó la mano para detener a la fila y todos se pararon, agitando la cola nerviosos mientras miraban a su alrededor. El centauro más experimentado avanzó caracoleando para observar las copas de los árboles que tenía encima, olisqueando el aire.

Sus ojos marrones claros recorrieron los árboles en busca de lo que lo había sobresaltado y lo encontró: un par de ojos de parecido tono marrón enmarcados por una melena de rizos rubios que lo miraba a su vez a través de las hojas de las ramas altas de un árbol.

Antes de que pudiera gritar una advertencia, el bosque se llenó de amazonas. Bajaron como si volaran del entramado de ramas de encima: un mar de guerreras enmascaradas y sin máscara, tan veloces que los centauros quedaron rodeados por un muro de espadas desenvainadas antes de saber qué hacer.

Los jóvenes pupilos que tenía detrás se encabritaron y se pusieron a gritar asustados. Cerraron filas, pegándose más los unos a los otros mientras el muro de amazonas se cerraba a su alrededor.

—¿Pero qué estáis haciendo? —gritó él, descubriendo que la mujer que le había llamado la atención lo apuntaba directamente a la nariz con la punta de la espada.

—No te muevas —advirtió Ephiny, tratando de no hacer caso de la extraña sensación de familiaridad que le producía esta criatura—. Por favor, no muevas ni una pezuña.

El centauro se calmó ante su cortesía y habló a su grupo.

—Quietos. No os mováis. No nos van a hacer daño. Haced lo que dicen.

—Eso es —confirmó Ephiny—. No os haremos daño mientras hagáis lo que decimos.

—Nunca hagas una promesa que no puedas cumplir, Ephiny. —Una fila de amazonas se apartó, dejando pasar a su reina.

La reina, seguida de cerca por Alti, se plantó ante los centauros e inspeccionó a sus prisioneros. Se acercó al líder contoneándose con confianza y se echó a reír al ver su cara de desafío, pese a lo desesperado de su situación.

—Quiero que le lleves un mensaje a Kaleipus —dijo.

—¿Un mensaje? —repitió el centauro, pateando el suelo con desconfianza con una pezuña trasera—. ¿Todo esto por un mensaje?

Ephiny se adelantó, bajando la espada.

—¿Cómo te llamas?

—Soy Fantes, hijo de Tyldus —proclamó el centauro con orgullo mientras observaba a Ephiny, y en la comisura de sus labios bailó una ligerísima sonrisa.

Ephiny bajó la espada del todo mientras miraba a los dulces ojos marrones de Fantes. Era como si lo conociera, como si ya lo hubiera visto antes.

—Tyldus, ¿eh? —La reina se puso delante de la guerrera rubia, rompiendo su conexión—. Pues serás el mensajero perfecto.

—¿Qué quieres que le diga? —preguntó Fantes, irguiéndose cuan alto era, y lo era mucho.

La reina no se dejó intimidar. Se adelantó, con un aire igualmente seguro a pesar de que el alto medio hombre, medio caballo se cernía por encima de ella.

—Quiero que Tyldus reciba el mensaje de que el tiempo de los centauros ha llegado a su fin. Al anochecer, no quedará hombre, mujer o potro con vida en esa aldea apestosa que tenéis. —Alzó el labio con desprecio burlón y retrocedió, y él se quedó mirándola, con los ojos desorbitados—. Mátalo —le ordenó la reina a Ephiny.

—¿Qué... qué? —farfulló Ephiny, retrocediendo.

—He dicho ¡que LO MATES!

—¡Está desarmado! —exclamó escandalizada.

La reina alargó la mano de golpe y agarró a Ephiny por el corpiño, tirando de ella con rabia.

—He dicho que... lo... mates.

—No. —Ephiny se puso rígida con aire desafiante. Enfundó despacio la espada, deslizándola en la vaina de cuero con un golpe rabioso—. Me niego a asesinar a un hombre desarmado.

Ephiny intentó darse la vuelta y alejarse, pero la reina la sujetaba con fuerza por el corpiño.

—Suéltame —advirtió la guerrera rubia, con tono bajo y amenazador—. He dicho que me sueltes.

—Oh, ya lo creo que te voy a soltar —replicó la reina sonriendo al tiempo que los ojos de Ephiny se ponían redondos por la sorpresa—. ¡Vete al Hades!

La reina le soltó el corpiño y retrocedió medio paso. Ephiny posó la mirada en la otra mano de la reina, que seguía sujetando la empuñadura de un cuchillo que le había clavado en el vientre. Tocó la sangre que se derramaba por un lado de la herida y se miró sorprendida la palma de la mano manchada de rojo.

—Que tengas buen viaje —dijo la reina con dulzura y torció la hoja.

Ephiny hizo una sola mueca y entonces se le doblaron las piernas y se desplomó en el suelo.

—¿Alguien más quiere desobedecer mis órdenes? —La reina sonrió y levantó la mano, sujetando aún el cuchillo ensangrentado, mientras se volvía para dirigirse al resto de la tribu—. ¿No? Bien.

Limpió el cuchillo en el pecho cubierto de vello de Fantes. El centauro retrocedió asqueado, pero estaba rodeado de amazonas y centauros y no tenía modo de escapar.

—¡Puta! —exclamó, encabritándose ligeramente.

—¡MATADLO!

La orden hizo que el mar de amazonas cayera sobre Fantes como un enjambre. Los jóvenes machos caracolearon y se encabritaron, gritando de miedo, pero no tardaron en ser rodeados y apartados de su líder.

—¡Quitaos de en medio! —gritó Alti, apartando a las amazonas a empujones para llegar al cuerpo de Ephiny.

Mientras las guerreras atacaban a Fantes, Alti se arrodilló al lado de Ephiny y sacó su cuchillo de chamana. Sin hacer caso de los gritos y del ruido de la carne de caballo al ser desgarrada, se puso a cortar el cuerpo con su propia arma.

A los pocos segundos, sacó el corazón de Ephiny de su cálido y húmedo nido y lo sujetó con aire reverente en las palmas de las manos.

—Ephiny, eras una feroz guerrera —susurró su voz ronca al órgano ensangrentado—. Tu muerte me dará mucho poder.

La chamana contempló su premio y se lo acercó más para verlo mejor.

El órgano estaba inmóvil: el corazón ya no latía.

—¡MALDITA SEA! —gritó Alti. Detestaba la carne fría.

Mientras los gritos de Fantes resonaban por el bosque, la chamana se encogió de hombros, olvidándose de su decepción, y se puso a comer con fruición.

La reina daba vueltas alrededor del cuerpo del centauro caído, sonriendo. Fantes estaba hecho trizas. La sangre manaba de una multitud de cortes de espada y caía al suelo del bosque, tiñendo la tierra de un negro oscuro.

—Bien hecho —les dijo a sus guerreras, que empezaron a retroceder. La reina dirigió su atención al grupo de jóvenes centauros que estaban agrupados y rodeados de amazonas—. Ahora, cortadles las manos y cauterizadlos con brea.

Cuando sus guerreras se empezaron a agitar nerviosas con expresiones rayanas en el horror, se volvió furiosa hacia ellas.

—¡He dicho que les cortéis las manos y les cautericéis las heridas! Luego los podéis dejar marchar.

Una vez más, las amazonas reaccionaron en masa, rodeando a los jóvenes centauros para cumplir la insidiosa orden.

La reina dio la espalda al horrible espectáculo y se acercó a Alti, que acababa de terminar de comerse el corazón de la guerrera rubia.

—Me parece que les vas a mandar a los centauros un mensaje muy claro —comentó Alti con la boca llena de la carne ensangrentada del órgano.

—¿Te ha gustado la merienda?

—Mmmm, ñam —replicó Alti y se puso de pie, enjugándose la sangre de la boca con la manga del manto—. Gracias por la agradable sorpresa.

—Ha sido un placer. Espero que te dé más poder.

—Un alma más de amazona atrapada en mi red. Me lo dará.

—Bien, porque te va a hacer falta. —La reina se volvió y se quedó mirando mientras sus guerreras cumplían sus órdenes. Sonrió al oír los gritos de los jóvenes centauros que iban perdiendo las manos bajo las espadas. El olor a carne quemada no tardó en contaminar el aire puro del bosque. El pútrido hedor ascendía hacia el cielo con oscuras espirales de humo que se alejaban flotando por encima de los árboles a medida que las muñecas ensangrentadas quedaban cauterizadas.

—Van a venir a por ti con todas sus fuerzas —advirtió la chamana.

La reina ni se molestó en volverse.

—Cuento con eso, precisamente. Ven. Tenemos que unirnos al resto de la Nación Amazona. No querrás perderte la extinción de los centauros, ¿verdad?

Alti sonrió mostrando los dientes manchados de rojo.

—No me lo perdería por nada del mundo.

La chamana corrió detrás de su reina, usando el dorso de la mano para contener un eructo sucio y húmedo.


La respuesta de los centauros fue inmediata. La ira de Kaleipus al ver el estado de los jóvenes machos era claramente visible, incluso desde la cresta lejana donde la reina y Alti observaban. El estruendo de la alarma resonó por las colinas y vieron cómo se reunía el ejército centauro, colocando sus huestes en grupos eficaces y bien organizados.

Entre lágrimas, la partida de caza indicó dónde había tenido lugar el ataque y Alti observó con una sonrisa cuando la caballería centaura salió como un trueno de la aldea en la dirección dada. La chamana miró a su reina y compartieron un agradable momento de camaradería.

De acuerdo con el plan, una división más pequeña de guerreras amazonas esperaba en el escenario del crimen para enfrentarse a ellos, pero eso no era nada comparado con el batallón que estaba reunido aquí, justo en la dirección opuesta, a la espera y preparado para atacar.

Cuando apenas se había posado el polvo levantado por la carga centaura, la reina se volvió y alzó la mano, indicando al ejército que esperara.

—No dejarán la aldea totalmente desprotegida —comentó Alti, en voz baja.

—No —replicó la reina—. Quiero ver lo que queda antes de lanzarnos.

Un fornido centauro trotó hasta el centro de la aldea, gritando órdenes que quedaban ahogadas por la distancia que los separaba. Al poco, Alti vio pequeños grupos de soldados armados que ocupaban posiciones estratégicas por toda la aldea.

—Ése es Tyldus —le dijo la reina a la sustituta de Ephiny, observándolo atentamente—. Cuando ataquemos, quiero que muera lo más deprisa posible.

La recién nombrada comandante amazona asintió enérgicamente.

—Yo me ocupo de él.

—Asegúrate de que lo haces. —La reina estiró el cuello, mientras sus duros ojos verdes registraban la aldea.

Alti vio cómo miraba, adivinó lo que buscaba y soltó una risita cuando apareció el premio, como una reluciente pepita de oro en medio de un montón de cantos rodados del río.

—¡Allí! —gritó la reina, señalando a través de la distancia a un niño rubio y humano que corría por el centro de la aldea con un par de piernas largas y atléticas—. Ese niño —dijo la reina amazona, en un tono tan alto que hasta los dioses habrían podido oírla—, ese niño es mío.

Dicho lo cual, la reina desenfundó la espada y la echó hacia delante, lanzando el ataque contra la aldea centaura de debajo.

Un terrorífico grito de guerra cortó el aire cuando un mar de guerreras amazonas coronó la cresta y bajó por la ladera, abalanzándose contra la aldea como una ola de lava mortífera a punto de matar todo lo que hubiera a su paso. Tyldus se detuvo en seco al oírlo y alzó la mirada, atónito ante la masa de guerreras que caía sobre su hogar. Apenas tuvo tiempo de gritar una orden cuando la primera oleada de flechas cayó sobre ellos, tantas que el sol mismo quedó tapado por un instante por la sombra que creaban. La primera flecha alcanzó un tejado de paja, que estalló en llamas. Segundos después, los centauros empezaron a caer a su alrededor. Se apartó de lado sobre sus cuatro patas para intentar esquivar la muerte segura que se clavaba en el suelo a su izquierda y luego a su derecha.

Tyldus vio impotente cómo uno tras otro iban cayendo los niños centauros. Oyó el silbido aterrador de una segunda oleada de flechas y entonces miles más surgieron en arco por encima de los tejados y cayeron sobre su aldea, matando a hombres, mujeres y niños indiscriminadamente. Al oír un grito de guerra, se giró en redondo y se preparó para enfrentarse a la carga de las feroces mujeres, golpeando una espada de amazona con su acero centauro mientras las lágrimas le nublaban la vista.


Kaleipus corría por el sendero, con el pelaje cubierto de sudor, lo cual aumentaba el frío que se había apoderado de su corazón en cuanto la partida de caza regresó a la aldea. El espectáculo de sus jóvenes protegiéndose los muñones heridos de sus brazos mutilados contra el pecho lo había cegado de rabia.

Sus pezuñas se clavaban en la tierra, despidiendo terrones al acelerar el galope y aumentar la velocidad. Sabía exactamente dónde estarían esperando las amazonas. Había un lugar justo antes del valle, donde el sendero se estrechaba y los árboles eran espesos incluso en esta época del año. Estarían en las ramas a ambos lados del sendero, con los arcos preparados, esperando que llegaran al galope por el camino, todos en fila como los patos de una barraca de tiro.

Igual que sus muchachos.

¡Zorras!

Sin dejar de galopar, se volvió y agitó la espada, una vez hacia la derecha y otra hacia la izquierda. Dos columnas de caballería se separaron del grupo principal, siguiendo unos senderos apenas visibles que rodeaban el camino principal por completo. En cuanto el grueso de sus fuerzas se enfrentara a las amazonas y las sacara de los árboles, los dos grupos que se habían separado atacarían por detrás.

Después de lo que les habían hecho a sus hijos, no iba a quedar una sola puta amazona en pie.

La manada galopaba atronadora por el sendero, desenfundando las espadas a medida que se acercaban al lugar donde les habían dicho los chicos que las amazonas tenían su ejército. Doblaron un recodo y se pusieron al trote, observando las copas de los árboles, con los ojos relucientes de expectación.

Pero no hubo ningún ataque.

La columna se detuvo poco a poco, apelotonándose confusa.

—¿Habrán formado en el prado? —sugirió Mesas, trotando para unirse a Kaleipus en la vanguardia.

—No. Jamás se enfrentarían a nosotros en campo abierto. Saben que ahí la ventaja es nuestra. —Escudriñó las ramas, guiñando los ojos—. No, están aquí... en alguna parte...

Las hojas se agitaban ruidosamente con un viento frío que les heló el alma. El bosque seguía espeluznantemente silencioso mientras los centauros esperaban, moviendo las pezuñas con inquietud. Al poco, los grupos que se habían separado llegaron al galope y se unieron a la fuerza principal en el sendero. El plan de Kaleipus, aunque estaba bien pensado, ahora era inútil.

No había ni una sola amazona a quien atacar.

A Kaleipus se le cayó el alma a los pies al darse cuenta.

—¡Por los dioses, están atacando la aldea!

Mesas casi se encabritó al oír aquello.

—¡Cómo! ¿La aldea, Kaleipus?

—¡Ha sido un truco! Han cometido ese espanto para atraernos hasta aquí y así poder atacar a nuestras mujeres y niños.

—Pero las amazonas nunca harían una cosa así.

Kaleipus empujó a Mesas con el hombro al darse la vuelta a toda prisa.

—¡A la aldea! —gritó—. ¡Volved a la aldea!

Hubo un revuelo de patas coceantes cuando el ejército centauro se puso a maniobrar en el estrecho sendero para intentar dar la vuelta. El grupo lo consiguió y se lanzó a un galope atronador, de regreso a la aldea centaura. Kaleipus empleó hasta el último gramo de la energía de su alma en la carrera, adelantando incluso a los más jóvenes de los soldados centauros para volver a ponerse en cabeza.

Guió la carga por el camino, con el largo pelo negro echado hacia atrás por la velocidad y el corazón atenazado por el esfuerzo y el miedo mientras devoraban los pocos kilómetros que los separaban de su hogar, con la esperanza de llegar a tiempo de detener la carnicería.

El sendero pasó ante una serie de troncos caídos y luego dobló un recodo y reveló a una sola guerrera amazona que estaba plantada estoicamente en medio del camino, con la espada aún envainada a la espalda.

Kaleipus hizo una mueca de desprecio y desenfundó su propia espada. Tenía toda la intención de cortarle la cabeza a la amazona, tanto si estaba armada como si no.

Apenas notó la primera flecha que lo alcanzó en el pecho. Más que nada, se quedó sorprendido al verla allí vibrando, pegada a su piel. La segunda flecha, sin embargo, lo atravesó de dolor, haciendo que se encabritara. Lo último que oyó fue el revelador tañido de cien cuerdas de arco mientras las flechas llovían sobre ellos desde ambos lados del camino.

Lo último en lo que pensó fue en su hijo humano adoptivo y en la promesa que le había hecho a la mejor guerrera que había conocido en su vida, tantos años atrás.


Era una locura deliciosa, pensó Alti. Se concentró y lanzó su energía contra un centauro que cargaba sobre ella. Notó cómo su habilidad de chamana ronroneaba al cobrar vida y tirarlo a un lado. Sus patas jóvenes y delgadas cocearon impotentes en el aire al caer hacia atrás y desplomarse.

Al oír un grito, Alti se giró a tiempo de ver cómo una guerrera amazona cortaba los tendones de un enemigo con una tremenda estocada en un corvejón y luego en el otro. Las patas del centauro chorreaban sangre y luego lo traicionaron y se doblaron. El muchacho cayó al suelo, agarrándose inúltimente con las manos para intentar levantarse. La guerrera le ahorró el sufrimiento con una vertiginosa estocada que le cortó la cabeza humana.

Alti se levantó el manto de chamana y se echó a un lado cuando pasó rodando.

Soltó una risilla de regocijo mientras a su alrededor caían los orgullosos centauros. Sus grandes cuerpos golpeaban la tierra, despidiendo chorros de sangre y arena que nublaban el aire con el polvo y el olor empalagoso y dulzón de la muerte y la derrota.

La raza de los centauros estaba a punto de ser borrada de la faz de la tierra. Alti sonrió burlona mientras contemplaba a un grupo de amazonas que rodeaba y atrapaba a una hembra centaura. La criatura de fábula estaba bellísima en el momento de su muerte. Levantó las pezuñas, atacando a las mujeres que la atormentaban con la punta de sus espadas y se reían al hacerle pequeños cortes que teñían de rojo su reluciente pelaje dorado. Una guerrera cayó sobre una rodilla y atacó, cortando una pezuña, y la hembra soltó un grito de agonía muy humano. El muñón rozaba el suelo, tiñendo la tierra de rojo, mientras intentaba alejarse cojeando. Una sola estocada y la bella hembra cayó de golpe al suelo, con ojos vacíos que contemplaban el cielo antes incluso de que su cuerpo quedara inmóvil.

Las guerreras amazonas se apartaron, quitándose de la cara el sudor y la sorpresa ante su propia brutalidad.

Alti pensó que ahora estaban todas atenazadas por una especie de fiebre asesina, casi como si las amazonas fueran víctimas de un hechizo de sed de sangre. Buscó a la reina y la encontró en el centro de la batalla, cruzando la aldea y arrastrando a un jovencito humano a quien agarraba de la larga melena rubia. Sus brazos delgados lanzaban puñetazos a la reina sin parar, pero ella se reía cruelmente y le dio la vuelta para que el chico no la alcanzara.

La lucha empezaba a calmarse. Había incendios por todas partes que envolvían las primitivas chozas y hogares en un resplandor rojizo: la aldea ardía despacio, rezumando vida como una herida infectada. Los cuerpos de los centauros cubrían el suelo y las guerreras amazonas los esquivaban con cuidado mientras se movían con las espadas bajadas, aturdidas y confusas, pues ya no tenían a quien matar. Se congregaron en el centro de la aldea, atraídas hasta allí por la reina y el niño, que seguía intentando liberarse valientemente.

El jovencito rubio dejó de luchar al advertir la concentración del ejército de las amazonas. Había cientos y cientos de ellas, más de las que había visto en su vida.

—Mira bien, niño —dijo la reina, tirándole del pelo y riéndose al ver su mueca de dolor—. Mira y contempla a la gran y poderosa Nación Amazona.

El niño miró enfurecido y horrorizado a las guerreras cubiertas de sangre que se erguían orgullosas entre los cadáveres aún calientes de la única familia que había conocido, de las personas que para él eran más de su sangre que los humanos.

—¡Asesinas! —gritó y empezó a debatirse de nuevo—. ¡Los habéis matado a todos!

—No a todos —susurró la reina al oído del niño.

Alti sofocó una exclamación junto con el resto de las amazonas cuando el movimiento vertiginoso de la espada de la reina cortó la cabeza del chico. Su cuerpo se tambaleó un momento, erguido por una fuerza desconocida mientras de su cuello brotaban chorros de sangre. Entonces, de una forma casi cómica, se fue inclinando con una rigidez extraña y cayó.

La reina sujetó en alto la cabeza del niño, mostrándola con orgullo.

—¡Esto es el fin de los centauros! —anunció la reina, sujetando su trofeo por el largo pelo rubio—. Nuestro antiguo enemigo ha sido derrotado. Ahora es nuestro deber eliminar todo rastro de su existencia.

Avanzó a largas zancadas, cruzando el círculo que había dejado libre el ejército de mujeres que la rodeaba.

—Necesitaremos una fosa. Una fosa grande. Una fosa profunda. Quiero que echéis ahí la mitad centaura de estos bichos asquerosos y la enterréis.

—¿La mitad centaura? —preguntó Alti, tan confusa como las demás.

—La parte de caballo —replicó la reina—. ¿Entendido?

Alti miró uno de los cuerpos y luego volvió a mirar a la reina, expresando con el rostro la pregunta que todas tenían.

La reina sonrió malévolamente al contestar.

—La parte humana se vuelve con nosotras.

El ejército entero de las amazonas se agitó, soltando murmullos nerviosos al oír la orden.

—Haced lo que digo o acabaréis como ellos. Tirad sus culos de caballo a la fosa. Pero la parte humana... tengo planes para eso. Se vienen con nosotras. Salvo éste —dijo la reina, alzando la cabeza—. De éste nos llevamos las dos partes.

Alti sacudió la cabeza sin dar crédito, apartándose cuando la reina pasó pavoneándose a su lado columpiando la cabeza del niño con indiferencia. Sólo en una ocasión anterior había oído hablar de tal horror y carnicería en el escenario de una gran victoria.

No hacía mucho tiempo, Xena se deleitaba en cortar las cabezas de sus enemigos derrotados, clavarlas en picas y dejarlas al aire para que se pudrieran bajo el sol calcinante. Alti había admirado a Xena por su cruel creatividad. Era un mensaje sanguinario que llenaba de miedo el corazón y la mente de cualquiera que osara marchar contra ella.

Alti no había tenido noticia de nada parecido desde entonces... hasta ahora.

Veamos, pensó al acercarse con toda intención a un charco de sangre, donde metió el dedo y se lo lamió. Mmm. Sangre de centauro, no es ni por asomo tan potente como la de una amazona.

—Me pregunto qué se le pasará a Xena por la mente cuando vea la cabeza de su hijo colgando de una rama y su cuerpo colgando de otra.


Xena coronó la cresta de la última de las pequeñas colinas y al instante contempló el espectáculo del campamento militar que se extendía por los campos abiertos del valle de Edomes. Una fuerte ovación al verla llegar llenó el aire y se propagó con ecos por las suaves cumbres moradas de la cordillera de Ródope que se alzaba ante ellos no muy lejos de allí. Las Ródope eran la frontera de los dioses que señalaba el final de Tracia y los últimos territorios de Grecia, pero Xena no se sintió muy reconfortada al verlas. Llevaba varios días con una sensación de inquietud en la boca del estómago. No la podía explicar con razones físicas: el tiempo, para esta época del año, había sido fresco, pero agradable, y el viaje había ido bien hasta ahora. No se debía a un exceso de vino y no era por la comida. Sin embargo, algo agitaba sus instintos, enviándole una señal de alarma, y si había algo en lo que Xena confiara, era en sí misma.

Los gritos que vitoreaban su nombre continuaban y alzó la mano para saludar correspondiendo a las ovaciones, empleando los talones para azuzar a Argo y bajar a trote rápido por la ladera, confiando en que su caballo supiera cómo moverse por ella. Detrás, oyó el estruendo de cascos y el crujido del cuero de los doce mil jinetes que bajaban la colina como un trueno detrás de ella. Xena dirigió a su propia división de caballería, elegida personalmente por ella, los Compañeros Reales, por la suave ladera hasta el campamento para hacer noche.

La división de Parmenión había llegado y se había instalado en el valle días atrás. Mañana, Lisímaco, Casandro y Nicátor aumentarían las tropas con sus brigadas. Las llanuras del valle de Edomes quedarían aplastadas por cincuenta mil soldados, pero al cabo de una semana la hierba salvaje volvería a agitarse al viento como si nunca hubieran estado allí.

Al acercarse a las primeras hogueras, que ya estaban encendidas aunque el sol todavía no se había puesto, puso a Argo al paso y al momento llegó un paje que le entregó un mensaje.

Lo cogió y lo desenrolló con un solo movimiento de la mano, frunciendo el ceño al leerlo. Era un informe de Parmenión sobre el estado de sus tropas y una breve descripción de la disposición del campamento. La arruga de preocupación que tenía entre las cejas se acrecentó. Se esperaba que fuese un informe de Agina, la guerrera que había enviado a las amazonas.

Xena devolvió el pergamino desenrollado al paje sin decir nada. Asintiendo, siguió al muchacho, que la llevó por un sendero a través de las tropas hasta la tienda de mando. No se sorprendió al ver allí a Parmenión, que la esperaba para saludarla al llegar. Había sido una larga marcha y tenía calor y estaba cansada, a pesar del fresco aire otoñal, y bien sabía Ares que quedaba mucho trabajo pendiente antes de que pudiera descansar.

Pero... lo primero era lo primero.

—¿Tienes hambre? —preguntó Parmenión, sonriendo.

—Muchísima —contestó sonriendo a su vez, y echó una pierna por encima del arzón de su silla, desmontando grácilmente del caballo. Asintió al paje, que agarró las riendas de Argo y se llevó al caballo para entregárselo al mozo de cuadra—. ¿Qué hay de comer en este sitio?

—Conejo y ciervo. También hay jabalí con guisantes, si te apetece.

—¿Los suministros? —preguntó Xena, agachándose para entrar en la tienda.

—Se ha hecho el inventario de armas y lo tienes en la mesa. Ahora estamos con los alimentos y el grano.

Xena asintió y fue derecha a la mesa para estudiar los mapas.

—¿Los exploradores?

—Fuera, pero no han vuelto.

Xena levantó la cabeza, frunciendo el ceño preocupada.

—¿No hay informes?

—Aún no.

—¿Has visto a Agina?

—¿A Agina? No. ¿Es que la has enviado fuera?

Xena no contestó, sino que volvió a fijarse en los mapas.

—Quiero que me lo comuniquen en cuanto la vean. Debería traernos un mensaje de las amazonas.

Parmenión enarcó una ceja, intrigado.

—¿Les has enviado una oferta? ¿Cuándo la mandaste?

—En Anfípolis.

—Mmm. —Parmenión frunció el ceño, imitando la primera reacción de Xena—. Ya tendría que haber vuelto. Alertaré al perímetro. ¿Quieres que envíe a una patrulla para buscarla?

—No. Diles que estén alerta y mándame a un mensajero en cuanto la vean.

—Por supuesto, Xena. —Parmenión asintió y salió de la tienda.

Xena esperó a que se fuera para apartar la mirada de la mesa de los mapas. Agina tendría que haber estado en el campamento esperando con noticias sobre la respuesta de la reina de las amazonas. Conocía lo suficiente a la guerrera para saber que sus largas piernas y su resistencia la habrían llevado hasta allí y de vuelta al campamento mucho antes de que su caballería llegara al valle.

Contempló el mapa que representaba las últimas fronteras conocidas de las tierras de las amazonas y recorrió las marcas con los dedos.

Alejandro iba al mando de la retaguardia de la columna. En cuanto llegara al campamento, lo enviaría con una pequeña patrulla para explorar.

Si ellos tampoco volvían, confirmaría lo que su instinto ya le estaba diciendo.

Rodeó la mesa, salió de la tienda y se quedó mirando pensativa los picos recortados de la cordillera de Ródope. Se alzaban a media distancia, teñidos de tonos azules y morados por la suave luz de poniente.

Sólo había una manera de subir y atravesar esa cordillera, y era a través del paso de Shiptka. Desde el punto de vista estratégico, era peligroso y una de las razones por las que Persia no había logrado conquistar Grecia tiempo atrás. El paso era estrecho y las tropas sólo podían marchar de tres o cuatro en fondo como mucho. Había muchos puntos donde los riscos ofrecían la oportunidad perfecta para un ataque. Una división de miles de soldados podía quedar aniquilada por un puñado de hombres con poco esfuerzo.

Las amazonas prosperaban allí, y con motivo.

Xena contempló las montañas mientras recordaba una idea que se le había ocurrido hacía mucho tiempo, en sus años salvajes, cuando Borias y ella cabalgaban juntos causando estragos por la India y Chin. Recordaba que en la India tenían unos animales enormes y pesados, pero poderosos. Los llamaban elefantes. Xena le había susurrado a Borias su idea de entrenar un cuerpo de caballería con ellos y usarlos para cruzar estas montañas por otro punto, cualquier otro punto que no fuera el paso de Shiptka. Él se rió de ella, con esa risa plena y sonora que siempre la enfurecía de una forma desmedida.

A Borias la idea le pareció una majadería absoluta, pero Xena sabía que esas enormes bestias podrían subir y bajar esas montañas prácticamente por cualquier parte. Un ataque contra Grecia por cualquier punto que no fuera el paso de Shiptka sería una sorpresa completa y acabaría con una victoria total, no sólo sobre las amazonas, sino también sobre toda Grecia.

Lástima que aquí no se criaran esos animales tan grandes y feos, pensó con un suspiro. En estos mismos momentos estaría dirigiendo a una columna de ellos por la montaña hasta el otro lado y directamente a través del centro de la aldea amazona.

Sonrió burlona mientras contemplaba las montañas, imaginándose un valle de chozas amazonas aplastadas como tortas y espolvoreadas con una capa de plumas pulverizadas.

Un grito y Xena se volvió para ver que Alejandro se acercaba a caballo. Saltó de la silla y se acercó a ella, estirando las piernas entumecidas con una mueca.

—Por los dioses, qué gusto da bajarse de la silla.

—Quiero que subas hasta el paso con una patrulla.

Alejandro se quedó paralizado en pleno estiramiento.

—¿Cómo? Pero si acabo de llegar.

—Quiero que se explore bien ese paso. Asegúrate de que vuelves al amanecer.

—¡Al amanecer! ¿Hasta dónde quieres que lleguemos?

—A una distancia suficiente para que me sienta más tranquila.

—¿Más tranquila?

—¿Por qué, en nombre de Ares, no paras de repetir lo que digo? —Xena se volvió hacia su general y en sus ojos claros se reflejó la paleta de colores de la puesta de sol.

—¿Repetir lo que dices?

—Si te estás haciendo el chistoso, fíjate qué poca gracia me hace.

La sonrisa de diversión desapareció del rostro de Alejandro.

—¿Sospechas que hay problemas?

—Sospecho de todo. —Xena se apartó de su comandante para volver a mirar la silenciosa cordillera que iba desapareciendo rápidamente con la neblina del ocaso.

—Iré inmediatamente. —Alejandro se dio la vuelta y se alejó.

—¡Alejandro! —lo llamó Xena, deteniéndolo justo cuando se iba a montar en su caballo.

—¿Sí, Xena?

Xena frunció los labios mientras Alejandro esperaba pacientemente.

—Ten cuidado.

Alejandro sonrió levemente, sorprendido por el comentario, y se montó en la silla.

—Volveré al amanecer con un informe completo.

Tiró de las riendas, dio la vuelta al caballo y le clavó los talones.

Xena se quedó mirando preocupada mientras Alejandro se alejaba.


La comida estaba intacta en el plato mientras Xena contemplaba los mapas esparcidos por la mesa. Apoyó la barbilla en la mano y dio unos golpecitos distraída con el dedo sobre un punto del mapa.

La última posición conocida de la aldea amazona.

Era tarde. Pasaba con creces de medianoche. Fuera de la tienda el aire estaba en calma y el campamento silencioso a pesar de que miles de hombres yacían durmiendo por todo el valle. Su plan de campaña preveía que descansaran allí unos días mientras acababan las últimas provisiones donadas por las ciudades más cercanas de Tracia.

Debéis traer con vosotros pertrechos de guerra, pero vivir del enemigo, les había aconsejado a sus generales, a Alejandro entre ellos. Estaban más acostumbrados al viejo método de campaña, bien probado, de establecer líneas de suministros.

Si no tenéis líneas de suministros, el enemigo no tiene líneas que cortar, les dijo cuando protestaron.

Sus generales estaban acostumbrados a hacer la guerra en Grecia, donde se podía obtener comida en cualquier ciudad-estado amiga.

Esta campaña, sin embargo, era muy distinta. Confiar en una línea de suministros a través de estas montañas sería un suicidio.

De modo que, durante los próximos días, los hombres descansarían y se pondrían hasta arriba de comida mientras vaciaban los carromatos de alimentos pesados e innecesarios y de las provisiones de vino. Un momento perfecto para organizar una fiesta. ¿Y qué pasaba con el banquete que había planeado? ¿Era infantil por su parte creer que las amazonas aceptarían su oferta?

No. Su oferta era buena. Desmedidamente generosa. Inesperada sin duda alguna. Al menos, no tenía duda de que a Gabrielle le habría gustado. Sus pensamientos se posaron en la joven por un momento, como le solía pasar, deseando con tristeza que le hiciera una visita. Xena había pasado demasiadas noches en silenciosa soledad, con la esperanza de que su ángel de la guarda apareciera de repente.

Pero Gabrielle no había aparecido desde Anfípolis y Xena había pasado sola todas las noches desde entonces, comiendo en silencio por su cuenta y acostándose con el único consuelo de sus pensamientos sobre la bella mujer. Al final, su mente siempre acababa apartándose de esa piel suave y ese pelo rubio para volver a la mecánica del combate y la guerra: la única realidad constante de su vida.

Esta noche las cosas no eran diferentes.

Volvió a concentrarse en los mapas que tenía delante. Si ella fuese la reina de las amazonas, habría aceptado la oferta. A fin de cuentas, las fuerzas griegas superaban a la Nación Amazona a razón de casi diez a uno.

Diez a uno, y sin embargo los espartanos habían hecho más con menos en las Termópilas.

Recordó una conversación que tuvo una vez, no hacía mucho tiempo, con el dios de la guerra. Éste había afirmado que con un gran ejército se obtenían grandes victorias.

—No —contestó ella—. El tamaño no importa.

El comentario hizo que se sintiera muy insultado y pareció desearla aún más por su causa.

Pero Xena sabía que era cierto, en más de un sentido. El tamaño de un ejército tenía poca importancia. La lucha directa, hombre a hombre, era la forma de entrar en combate. Pero la táctica indirecta era lo que daba la victoria.

Recordó que le había dicho esto mismo a Alejandro. Que la táctica indirecta era inagotable, como el sol y la luna, el cielo y la tierra. Como en el caso de los ríos y los arroyos, hay formas incontables de avanzar y fluir y de superar los mayores obstáculos.

La guerra no era diferente. Básicamente, sólo había dos maneras de atacar: directa o indirectamente. Sin embargo, estas dos maneras combinadas creaban más posibilidades de ganar una guerra de las que incluso el mismo dios de la guerra podría llegar a imaginar.

Idear formas nuevas y creativas de acabar con sus enemigos: eso era lo que de verdad la excitaba.

Xena se levantó de la mesa y se puso a dar vueltas. Había un número infinito de maneras de planificar una batalla. Dicho lo cual, una vez trazado el plan de combate, siempre... siempre había que estar preparado para cambiarlo al instante.

Sin pensárselo más, Xena agarró su espada y su chakram y salió de su tienda de mando, pillando completamente desprevenidos a los dos guardias apostados en la entrada.

—Llamad a Parmenión —ordenó mientras se metía la espada en la vaina que llevaba a la espalda. El soldado vaciló en la oscuridad un instante y luego salió corriendo para obedecer la orden—. Reúne a las tropas —le dijo al otro.

Cuando el segundo guardia no se movió, se volvió hacia él, irradiando por los ojos la fuerza plena de su considerable carisma.

—He dicho que llames a las armas. No me obligues a repetirme.

El guardia pegó un salto como si se hubiera quemado y salió corriendo en la dirección opuesta.

Xena se quedó plantada ante su tienda de mando, envuelta en la oscuridad total mientras se ajustaba las hebillas de su armadura, pues no necesitaba ver dónde tenía que tirar y qué tenía que meter para hacer que cada pieza encajara perfectamente en su sitio.

El estrépito de las trompetas no tardó en devolver la vida al campamento dormido. Sonrió con satisfacción mientras bajo la oscuridad un valle lleno de hombres se aprestaba eficazmente, formando ordenadas columnas en perfecta formación de marcha.

Momentos después, Parmenión llegó corriendo envuelto en un lío de armadura desorganizada, armas y tiras de cuero apenas tensadas para evitar mostrar sus partes más preciadas.

—Xena —jadeó, tropezando—. ¿Qué ocurre?

—Siento despertarte. Vamos a atacar a las amazonas.

—Sientes... ¿qué? —Parmenión parpadeó una vez, mirando a su comandante sin dar crédito.

Xena le dio una palmada amistosa en la espalda con su gran mano y le dio le vuelta para ayudarlo con las hebillas.

—Quiero sólo tres divisiones de soldados de infantería. Nada de caballería. Una columna de hoplitas con sarisas, dos sólo con escudos ligeros y espadas cortas. Las sarisas subirán por el paso.

Parmenión se colocó bien el peto y se volvió para dejar que Xena terminara.

—¿Y las otras dos?

—¿Las otras dos? —dijo Xena, sonriendo burlona mientras abrochaba la última hebilla y le ajustaba la vaina—. Las otras dos van a hacer de elefantes.

Parmenión se volvió de golpe y miró a Xena como si hubiera perdido la cabeza.

Xena sonrió, una cosa rara que, a ojos de Parmenión, iluminó la noche oscura inesperadamente.

—Pasa —lo invitó Xena, indicando la tienda de mando—. Te lo voy a enseñar.


—Arriba, dormilona.

Una voz familiar se filtró por la neblina de su aturdimiento. Gabrielle notó las palmaditas suaves de una mano sobre su mejilla. Al poco, recibió en la cara un generoso chorro de agua helada.

Tosiendo, recuperó el conocimiento espurreando.

—Así me gusta —dijo la misma voz—. No te puedes pasar todo el día aquí colgada, babeando.

Gabrielle levantó la cabeza y parpadeó, intentando aclararse la niebla que le nublaba la vista. La dueña de la voz era como una sombra borrosa. Parpadeó un poco más y se encogió por el dolor que le causaba una contusión muy sensible que se le estaba hinchando debajo del ojo izquierdo.

Sabía que la voz pertenecía a su madre. Gabrielle reconocería ese tono asquerosamente sarcástico en cualquier parte. Guiñando los ojos para ver mejor a través de las sombras borrosas de luz y oscuridad, Gabrielle consiguió distinguir la figura esbelta de su madre. Se movía por el sótano, afanándose con algo cerca de esa chimenea primitiva.

Apoyando el peso en las piernas, Gabrielle se enderezó, intentando aliviar la tensión de sus hombros. Los tenía entumecidos y le dolían por el esfuerzo de aguantar su cuerpo... durante cuánto tiempo era algo que Gabrielle no sabía. Reprimió un quejido, con la esperanza de que su madre no lo notara.

—¿Incómoda? —preguntó su madre y luego miró por encima del hombro justo a tiempo de ver la mueca de dolor de Gabrielle—. Bien. —Volvió a su trabajo, sonriendo muy contenta—. Te alegrará saber que tu amigo se nos ha escapado. —Una vez más, su madre se volvió justo a tiempo de ver la pequeña sonrisa que bailaba en la comisura de los labios de Gabrielle—. No te hagas tantas ilusiones. Lo seguimos. Nos llevó hasta tu residencia. Fue corriendo hasta allí para consultar algo en tu portátil. ¿Qué estaría buscando, me pregunto?

La figura de su madre se movió hacia la izquierda y apareció un fuego ardiente en medio de la ominosa chimenea. Las llamas bailaban amenazadoras, lamiendo el fondo quemado de un caldero negro que estaba colgado encima el fuego. Su madre forcejeaba con algo y se movió, tapando de nuevo la vista del fuego.

—Supongo que encontró lo que buscaba en tu portátil. Además, aprovechó para cambiar tu contraseña. Eso no fue muy amable por su parte, ¿verdad?

Gabrielle la oyó reír y la observó con aprensiva curiosidad mientras trabajaba. Parecía que su madre estaba cortando algo para preparar un guiso.

Se oyó un gritito como un maullido y luego su madre ya no tuvo que forcejear tanto con lo que estaba haciendo.

—Pero no te preocupes. Conseguimos seguir el rastro de lo que había buscado tu amigo. No tardamos nada en saltarnos la seguridad y reestablecer tu contraseña con algo que estoy segura de que no tendremos ningún problema en recordar. Algo como, digamos... ¿Xena? —Volvió a mirar a Gabrielle por encima del hombro.

Gabrielle estaba tirando de las correas que le sujetaban las muñecas a la pared y se quedó paralizada al oír el nombre.

—No te vas a poder soltar, así que más vale que te relajes. —Volvió a su tarea y siguió hablando—. Bueno, ¿dónde estábamos? Ah, sí, Peter. No tienes por qué preocuparte por él. Ahora mismo tengo a un par de agentes siguiéndolo. Se ocuparán de él, puedes estar segura.

La madre se detuvo, sin molestarse en mirar el rostro alarmado de su hija.

—Sé quién es Evelyn —añadió su madre, sonriendo triunfante sin volverse.

Gabrielle intentó no soltar una exclamación al tiempo que se le desorbitaban los ojos.

—Hasta sé dónde vive Evelyn, gracias a la libreta de direcciones de tu correo electrónico.

Gabrielle se olvidó por completo del dolor de sus hombros.

La madre de Gabrielle se dio la vuelta y se quedó mirando a su hija. Tenía en la mano un largo y afilado cuchillo de trinchar del que goteaba sangre que caía al suelo del frío sótano.

—Lo que es más importante, sé perfectamente qué está haciendo Evelyn. —Su madre se volvió de nuevo hacia su tarea y continuó trabajando—. Lo que no sé es quién la está ayudando. Pero da igual, no tardaremos en descubrirlo. Estoy segura de que tus amigos nos llevarán directos hasta ella. Mis agentes hacen muy bien su trabajo.

La madre echó algo húmedo y rojo en el caldero de hierro forjado. Gabrielle oyó el chisporroteo de los trozos al entrar en contacto con el fondo. Las sombras se movieron por la espalda de su madre mientras removía el contenido con un largo cucharón de hierro.

—Ésta es mi propia versión de una antigua receta, Gabrielle, transmitida por generaciones de chamanas amazonas. Me imagino que a tu amiga Evelyn le encantaría conocer los ingredientes. Como componente básico lleva opio. Eso no ha cambiado. Pero he eliminado esa estupidez de los órganos de animales. A fin de cuentas, hay un límite a lo que uno puede hacer en el mundo espiritual con cuatro patas. Mi receta exige algo más puro y mucho más poderoso. El poder auténtico está en la pureza, Gabrielle. Es... —se volvió y sonrió con desprecio, enarcando la ceja de un modo familiar, pero inquietante—, digamos que es un ingrediente que cuesta muchísimo conseguir.

Su madre tiró una cosa que giró por el aire y golpeó el borde de un cubo colocado en el rincón. Se balanceó en el borde del cubo un momento antes de caer dentro. Gabrielle distinguió la manita y el brazo de un bebé, con las venas, los cartílagos y el hueso expuestos al aire por donde habían sido cortados.

Gabrielle sofocó un grito, horrorizada.

—Eres una puta enferma —murmuró.

Su madre se echó a reír a carcajadas y el sonido rebotó por las paredes de cemento que las rodeaban.

—Mira cómo tiemblo, Gabrielle —dijo, alzando un pequeño esternón y agitándolo provocativamente ante su hija.

Gabrielle apartó la cabeza y su madre se echó a reír de nuevo.

—Basta de diversión —dijo la madre, tirando el hueso a un lado—. Vamos a ponernos manos a la obra.

Se agachó, cogió un trapo y se limpió las manos con él.

—Ha llegado el momento, Gabrielle. Todo por lo que he estado trabajando hasta ahora está a punto de dar su fruto. Xena... —Sonrió cuando Gabrielle pegó un respingo al oír por segunda vez el nombre de la guerrera—. Xena está punto de alcanzar por fin su potencial pleno.

Tiró a un lado el trapo grotescamente manchado de rojo, se acercó pavoneándose y alargó una mano fría para acariciar la mejilla hinchada de Gabrielle.

Gabrielle reprimió el impulso de apartarse, mirando en cambio con ojos valientes a los gélidos y duros ojos verdes de su madre.

Su madre apartó un mechón del pelo dorado de Gabrielle y sonrió, impasible.

—Xena siempre ha sido la clave. Y tú, querida mía, siempre has sido la clave para llegar a Xena. Supongo que eso lo supimos desde el principio mismo. Lo que no comprendimos fue hasta qué punto habías logrado... influirla. El viejo axioma de César de divide y vencerás no funcionó como estaba previsto. Habías cambiado demasiado a Xena, de formas mucho más profundas de lo que llegamos a sospechar. Tardé un poco... unos miles de años, en realidad. Pero, por fin, me di cuenta de que para lograr que Xena alcanzara su verdadero potencial para la ira, tenía que hacerte desaparecer por completo del cuadro. Al interrumpir tu insignificante vida antes de lo previsto y traerme tu alma hasta aquí, contaba con la ventaja añadida de tener una conexión directa con Xena. Porque tu alma sigue conectada a la de Xena, sabes. Y yo estoy conectada a ti. Siento el vínculo que tiene contigo... justo... —la madre tocó juguetona la nariz de Gabrielle con la punta de un dedo—, ...a través... del nuestro. —Puso la palma fría sobre el corazón desbocado de Gabrielle—. Estáis tan cachondas la una por la otra que me pongo caliente sólo de pensarlo.

A Gabrielle le tembló un momento el labio superior por el asco y entonces levantó la rodilla con todas sus fuerzas, asestando tal golpe a su madre en la entrepierna que la mujer retrocedió tambaleándose, doblada por un espasmo de dolor cegador.

—¿Sigues caliente? —preguntó Gabrielle con dulzura.

Su madre se tragó el dolor, se acercó rápidamente y pegó una bofetada a Gabrielle en la mejilla ya hinchada con tal fuerza que se le llenaron los ojos de lágrimas por el dolor.

La madre fulminó a su hija con unos ojos verdes que soltaban vivos destellos de ira.

—Basta de charla —dijo, y se apartó para comprobar el contenido del caldero. Metió el cucharón, cogió una pequeña cantidad de algo espeso, rojo y borboteante por el calor y lo probó—. No está muy sabroso.

Gabrielle observó con desconfianza cuando su madre volvió hasta ella con un cuenco redondo en una mano y el mismo cuchillo largo y afilado sujeto flojamente con la otra.

Gabrielle se puso rígida y se plantó con los brazos atados a la gris pared de cemento, mirándola desafiante.

Si su madre le iba a cortar el cuello, Gabrielle se negaba a mostrar el menor miedo. Se preparó para lo que sabía que iba a ocurrir: un corte de oreja a oreja que acabaría con su vida.

La comisura del labio de su madre se curvó hacia arriba y el cuchillo salió despedido, haciendo un corte en el antebrazo expuesto de Gabrielle. Una línea de sangre fue derramándose con gruesas gotas a lo largo de la raja.

Sujetando el cuenco en el pliegue del codo, su madre se cortó su propia mano y sonrió cuando empezó a brotar la sangre.

—Se supone que esto lo tenemos que hacer juntando las palmas, pero así tendrá que valer. —Rodeó el antebrazo de Gabrielle con su mano sangrante y apretó—. Sangre con sangre, como Xena y tú. ¿A que es romántico? —dijo su madre con una mueca de desprecio y burla.

Un espeso chorro rojo cayó hacia el suelo. Rápidamente, la madre de Gabrielle usó el cuenco para recoger la poderosa cosecha, la combinación de la sangre de madre e hija ahora mezclada.

Su madre soltó la mano y se limpió la palma en la camisa de Gabrielle. Dejó una mancha roja justo encima de su corazón. Regresó al fuego y echó el contenido del cuenco en el caldero. El sótano se llenó del desagradable olor de lo que fuera que estaba cocinándose en el hogar de su madre.

Después de removerlo un poco, la madre de Gabrielle empleó el cucharón para coger un poco del pútrido guiso. Lo olió y le echó a Gabrielle una sonrisa malévola y satisfecha.

—No hay nada como los platos de mamá.

Con el cucharón, vertió con mucho cuidado el brebaje en un tubito de cristal. El líquido llenó el tubo rápidamente y se derramó por los lados hasta caer al fuego.

Las llamas chisporrotearon y bailaron, consumiendo el sobrante con un hambre siniestra y tiñendo a la madre de Gabrielle de tonos rojos y dorados mientras terminaba su tarea cerrando el tubo con un tapón. Gabrielle observó en silencio cuando clavó la aguja de una jeringuilla en la membrana del tapón del tubo y tiró del émbolo, aspirando una cantidad tremenda de líquido marrón rojizo en la jeringuilla.

—Sabes lo que es esto, ¿verdad, Gabrielle? —Su madre agitó la jeringuilla que tenía entre los dedos, mostrándola para que Gabrielle la viera bien mientras se acercaba—. Esto es una versión nueva, mejorada y moderna de esa antigua receta de familia. En aquel entonces, las amazonas tenían que beberse un cuenco entero de esta cosa tan repugnante y bailar alrededor de una hoguera. Pregúntaselo a Xena, ella te lo contará. Era ridículo. Cuernos en la cabeza, aullar a la luna... Ahora, gracias a una vida mejor mediante la química y un pellizquito de azúcar, especias y cosas ricas... sólo necesitamos esto. Un chutecito de nada de esta poción casera, la décima parte de lo que hay aquí, basta para mandarte a un viaje de ida y vuelta a la luna. Con esta cantidad... bueno... con esta cantidad tendrías que hacer el viaje directo a la tierra de los muertos... para siempre, creo yo.

Su madre soltó una risilla regocijada al tiempo que enrollaba una tira de goma alrededor del bíceps de Gabrielle. La apretó y observó cómo se hinchaban las venas del brazo de Gabrielle al cortar la circulación de la sangre.

—Qué bonitos brazos tienes, querida. Buenas venas. Los míos son iguales. Debe de ser genético. —La madre de Gabrielle se rió y usó dos dedos para golpear una vena especialmente buena, haciendo que se hinchara un poco más—. Peeeerfecto. Por supuesto, tu alma se sentirá obligada a hacer una parada por el camino, dado que está unida a Xena. Deberías llegar justo a tiempo de ver cómo el alma de Xena sucumbe a una ira tan feroz, tan intensa, que provocará una reacción en cadena cuyos ecos resonaran por toda la eternidad. Tú no tienes ni idea de lo que es ese poder, ¿verdad? Del incendio que provocará su rabia... de lo que liberará en el mundo. Llevamos mucho tiempo esperando esto.

Con los ojos como platos, Gabrielle se quedó mirando fijamente mientras la aguja se acercaba a su brazo. Justo cuando la afilada punta le rozaba la piel, empezó a debatirse.

—Estate quieta, Gabrielle. Quieres estar con tu preciosa Xena una última vez, ¿verdad?

Su madre lo volvió a intentar, pero Gabrielle seguía agitándose.

—¡He dicho que te estés quieta, puta! —Un duro puño golpeó con fuerza a Gabrielle en la mandíbula. Se hundió, momentáneamente aturdida, y su madre aprovechó la oportunidad para clavarle bien la aguja en la vena del brazo.

Rápidamente, empujó el émbolo de la jeringuilla y el horrible líquido se vació dentro de Gabrielle.

La madre sacó la aguja y quitó la tira de goma que le ceñía el brazo. En cuanto recuperó la circulación de la sangre, el mundo de Gabrielle se tambaleó al instante. Notó el sabor del opio en la garganta. Tenía un perfume a flores que le hacía cosquillas en la nariz y le dormía la lengua. El mundo le dio vueltas al tiempo que se le ponían los ojos en blanco y supo por instinto que la dosis era mortal.

—Creía que me necesitabas con vida —dijo, con una voz que le sonaba extraña y distante.

—Sí. —Su madre se apartó, sonriendo al ver lo deprisa que Gabrielle perdía el conocimiento—. Hasta que llegara el momento. Ahora, el momento ha llegado. El momento de que regreses a Xena para que veas cómo arde su alma.

Gabrielle sintió que se hundía como si se estuviera cayendo de espaldas al interior de la pared, a través del cemento. Su madre se convirtió en una sombra distante, una voz procedente del final de un largo túnel oscuro cuyos ecos le transmitían susurros muy lejanos.

—¿Tú no vienes? —preguntó Gabrielle, con la mente sumida en un feliz estupor.

—Pero si yo ya estoy allí, querida mía. Yo ya estoy allí.


PARTE 9


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
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