7


Con los ojos cerrados, Xena se pasó despacio la lengua por los labios, gozando del leve rastro de sabor a Gabrielle que todavía quedaba en ellos. Respiró hondo y sonrió: el olor de la mujer le acariciaba la nariz como el más dulce de los perfumes. En las manos sentía el hormigueo del calor obtenido al tocar la lisa piel. La postura de la guerrera se vino abajo y se sentó sobre los talones, en la tierra en medio de su tienda, donde momentos antes había estado Gabrielle, envuelta en sus brazos.

No hacía mucho que se habría ocupado de esta frustración agarrando la espada y matando algo. Ahora, su única opción era ponerse a remojo en un río frío.

O podía agarrar la espada y matar algo.

Xena se levantó del suelo y se irguió cuan alta era, soltando aliento con resignación. Es hora de beber algo fuerte y ponerme a remojo, decidió mientras se acercaba a la mesa para servirse un poco de vino. Levantó la pesada jarra con una mano temblorosa y se concentró en servir el líquido rojo oscuro sin derramarlo.

—¿Comandante suprema?

Un guardia apareció en la entrada y Xena se sobresaltó, a punto de derramar el vino por toda la mesa.

—¿Qué pasa? —exclamó, irritada.

—Perdona, comandante suprema, pero tienes visita.

—¿Quién es? —Xena dejó la jarra y se volvió hacia el guardia, con evidente cara de fastidio. No estaba de humor para recibir a nadie, salvo a Gabrielle.

—Xena, soy yo. —Una mujer mayor de pelo oscuro y ojos azules empujó a un lado al guardia y entró en la tienda. Los ojos igualmente claros de Xena se dilataron por la sorpresa.

Era su madre.

Cyrene avanzó un poco hasta el interior de la tienda y esperó en silencio a que su hija reaccionara.

El primer impulso de Xena fue echar a la vieja, pero se tragó esa orden cuando las palabras de Gabrielle resonaron en su mente.

"No renuncies a tu madre... es tu familia. Todavía te quiere, estoy segura".

El tierno consejo de Gabrielle le resultaba tan claro como si estuviera allí susurrándoselo al oído.

—Déjanos —ordenó al guardia.

El guardia se dio la vuelta y salió de la tienda. El crujido de sus botas, los pasos pesados sobre la tierra pedregosa, se perdieron en la noche mientras Cyrene y Xena se miraban en tenso silencio. Por fin, se quedaron solas, sin nada entre ellas salvo el mobiliario espartano de una tienda militar mal iluminada y la historia que compartían. La expresión de su madre era un reflejo de los propios sentimientos de Xena.

—Xena, siento tanto...

—Madre, por favor, perdóname...

Las dos soltaron a la vez sus emociones, avanzando vacilantes, la una hacia la otra.

El rostro de Cyrene estaba lleno de remordimiento.

—No sé por qué te volví antes la espalda. Sabía que el ejército iba a pasar por Anfípolis. Todos lo sabíamos. Me he pasado estos últimos días discutiendo conmigo misma si saldría o no a verte pasar. No me esperaba en absoluto que fueras a venir al pueblo, a la posada... después de lo que te hicimos la última vez.

Con dos pasos, Xena cogió a su madre entre sus largos brazos, estrechándola con un abrazo lleno de renovada esperanza.

—No pasa nada, madre —dijo Xena, sonriendo aliviada—. Yo me he pasado estos últimos días haciendo prácticamente lo mismo. A mí misma me sorprendió tanto como a ti mi decisión de ir al pueblo. No tenía motivos para creer que me fueras a recibir de otra manera.

Cyrene se puso rígida entre sus brazos y se apartó.

—Es culpa mía que pienses eso.

—No, no es culpa tuya. No me merezco otra cosa.

—No, Xena. Soy tu madre. Una madre que jamás debería haberse apartado de su hija.

—Sí que debería, si la hija es la Destructora de Naciones. —Xena retrocedió, soltando a su madre y mirando al suelo.

—Al parecer, la Destructora de Naciones ya no existe... o al menos, eso es lo que tengo entendido. —Cyrene subió la mano y levantó la barbilla de su hija—. Has cambiado. Dijiste que lo ibas a hacer... me dijiste que querías hacerlo, pero yo no te creí. Sigues siendo guerrera y sigues luchando... y matando. Eso lo comprendo. Aunque no era lo que quería para ti, lo comprendo. Pero tu propósito es distinto. Y Xena... eso supone toda la diferencia del mundo.

Cyrene sonrió tiernamente al ver la alegre esperanza que brillaba en los hermosos ojos de su hija.

—Si puedes perdonarme por todos los años en que negué a los desconocidos que eras mi hija, por haberte dado la espalda, por permitir que Anfípolis estuviera a punto de matarte... por todo lo que ha sucedido antes de este momento, Xena, entonces tal vez... tal vez sea cierto... y podemos cambiar... las dos.

Xena tragó saliva, abrumada casi por el torrente de emociones poco conocidas que corría por ella. Tardó un poco en poder contestar y Cyrene lo comprendió y esperó pacientemente.

—¿Cómo puedes perdonarme? ¿Cómo puedes perdonarme por todos esos años de matanzas, por toda la muerte y el deshonor que os he causado a ti y a Anfípolis?

—Todo el mundo merece el perdón, Xena. Incluso tú. —Alzó los brazos y estrechó a Xena con un fuerte abrazo—. Te perdono, pequeña mía. Te perdono.

Xena cerró los ojos y por primera vez empezó a darse cuenta de que Draco tenía razón sólo a medias. No había descanso para el malvado, pero sólo si el malvado vivía con un corazón vacío.


Con toda su voluntad, Gabrielle se opuso a su regreso a la realidad. Luchó contra la energía que la obligaba a apartarse de las manos deliciosas que la tocaban, de los cálidos labios que excitaban su piel, pero no había manera de oponerse a la fuerza que se apoderó de ella y la lanzó de vuelta a su triste realidad.

Abrió los ojos y se encontró a Peter encima de ella, manoseándole los pechos desnudos con manos bruscas y anhelantes y apretando sus labios contra los suyos en una serie de besos fríos y babosos.

—¡Aaajj! ¡Peter! ¿Qué haces? —exclamó Gabrielle, empujándolo.

Él respondió con un gruñido y otro beso húmedo.

—¡Quita de encima! —gritó ella, empujando de nuevo—. He dicho... ¡QUE TE QUITES!

Dejándose llevar por sus reflejos adiestrados, alzó la rodilla con fuerza entre sus piernas y lo golpeó de lleno. Peter se quedó paralizado por la sorpresa, con la cara contraída por el dolor. Ella echó la mano hacia atrás y luego le pegó un puñetazo en la nariz. El golpe hizo que se tambaleara y se apartara del sofá y, por suerte, de encima de ella.

Gabrielle se levantó de un salto, todavía un poco desorientada, pero con reflejos suficientes para asestar una patada demoledora que le levantó las piernas a Peter y lo estampó en la alfombra.

Gabrielle se echó un vistazo a sí misma y se dio cuenta de que estaba totalmente desnuda de cintura para arriba. Rápidamente, buscó y encontró su camisa y sujetador, tirados en el suelo a poca distancia del sofá.

—¿Qué crees que estabas haciendo? —vociferó mientras volvía a ponerse el sujetador con torpeza.

Peter estaba sentado en el suelo, con la mano en la cara y expresión de sorpresa herida.

—¡Me has pegado una patada en los huevos! —exclamó, con la voz apagada por la mano—. ¡Me has roto la nariz!

—No tienes la nariz rota. —Gabrielle se puso la blusa y se la abrochó—. Tienes suerte de que no te haya roto el cuello. Venga, déjame ver. —Sintiéndose un poquito culpable por haber pegado a su amigo, se arrodilló y le apartó la mano para echar un vistazo. Le sangraba la nariz. Buscó algo para contener la hemorragia y encontró un paño de cocina sucio, luego se arrodilló de nuevo para aplicárselo a la cara—. Sujeta esto y echa la cabeza hacia atrás hasta que dejes de sangrar. —Gabrielle meneó la cabeza—. ¿Pero qué estabas haciendo?

—No lo sé. Estabas gimiendo y te quitaste la camisa y luego el sujetador. ¿Qué iba a hacer yo?

—Sabías que estaba colocada.

—Yo también estaba colocado. Pensé...

—¿Qué pensaste?

Peter echó la cabeza hacia delante, con el paño todavía en la nariz, y miró a Gabrielle con un matiz de triste expectación en los ojos.

—Pensé que a lo mejor querías, ya sabes, enrollarte conmigo.

Gabrielle enarcó las cejas.

—¿Pensaste que te estaba echando los tejos?

—Bueno, es que te desnudaste. ¿Qué iba a pensar?

Gabrielle pensó en lo que le debía de haber parecido a su amigo y se sentó sobre los talones.

—Lo siento. Estaba... alucinando... o algo así. Era la droga, no yo.

Peter se quedó callado y apartó la mirada.

—Lo siento —insistió Gabrielle—. Siento haberte confundido. Sabes que eres importantísimo para mí, Peter. Eres un buen amigo y te quiero, pero...

—¿Pero? ¿Pero qué? ¿Me quieres, pero no lo bastante para, ya sabes, quitarte la camisa por mí?

Gabrielle sonrió.

—Sería como quitarme la camisa por mi hermano. Lo siento, Peter, pero es que no te quiero así.

—¿Quién es Xena? —preguntó Peter de sopetón, bajando el paño para mirar a su amiga.

—¿Cómo que quién es Xena?

—Estabas llamándola... y te quitaste la camisa... y te pusiste a gemir y todo eso. ¿Es ésa a quien quieres? ¿Es que eres bollo?

Gabrielle se acercó más a Peter y le dio un abrazo.

—Siento haberte pegado, Peter. Es que me has dado un susto. No me esperaba despertarme y encontrarte encima de mí sobándome las tetas.

Peter resopló por la risa al oír el comentario, lo cual le hizo soltar una pequeña lluvia de sangre que cayó sobre sus pantalones. Soltó una palabrota y volvió a ponerse el paño en la nariz.

Gabrielle sonrió compasiva y le dio unas palmaditas en el brazo.

—Siento haberte hecho sangrar por la nariz. Y sí, Xena es la persona a quien quiero, y sí, Xena es mujer. Si eso quiere decir que soy bollo, pues supongo que eso es lo que soy, ni más ni menos.

Peter miró al suelo.

—No lo entiendo. ¿Qué tiene Xena que no tenga yo?

¿Qué tiene Xena?, repitió mentalmente, sonriendo.

—No sabría por dónde empezar. —Gabrielle alargó la mano y tiró de él para acercarlo. Siempre había sabido que él sentía más por ella que ella por él. Tenían una relación tan íntima como si fueran hermanos, pero cualquier otra cosa era impensable, por lo que a Gabrielle se refería—. Quién sabe por qué queremos a quien queremos, Peter —contestó Gabrielle, abrazándolo estrechamente—. Yo quiero a Xena con todo mi corazón y toda mi alma. Pero todavía queda sitio para ti en mi corazón, como el mejor amigo que podría tener una chica.

—Sí, supongo que ya me parecía a mí que era demasiado bueno para ser cierto cuando empezaste a quitarte la blusa.

Gabrielle se apartó y le dio un manotazo en el hombro.

—No deberías haberte aprovechado.

—Oye, soy un tío. ¿Qué esperabas que hiciera?

Gabrielle se levantó de la alfombra y se sacudió los pantalones.

—Vamos a olvidarnos de todo este asunto, Peter. Prefiero no seguir pensándolo. Me tengo que ir.

—Eso, tú dame una patada en los huevos y sal corriendo —murmuró Peter, usando sus largas extremidades para levantarse del suelo. Se puso de pie e hizo una mueca de dolor mientras se ajustaba la entrepierna.

—Así aprenderás a no meterle mano a una chica cuando está indefensa.

Peter se tocó la nariz dolorida e hizo una mueca.

—Tú de indefensa no tienes nada. ¿Dónde has aprendido a pegar así?

—Me he estado entrenando —contestó Gabrielle, rascándose la barbilla mientras buscaba su cazadora.

—Ya te digo. Menuda fuerza tienes. —Torció el gesto al ver las gotas rojas que le manchaban los dedos—. Sigo pensando que me la has roto.

—No te la he roto —replicó Gabrielle, distraída. Tenía prisa—. Si hubiera querido rompértela, la tendrías aplastada.

—Ya. —Peter inspeccionó rápidamente el ángulo de su nariz con los dedos, aliviado al descubrir que sus fosas nasales seguían intactas—. Cómo has cambiado, Gabrielle —comentó, contemplando a su amiga mientras ésta registraba la habitación, buscando sus cosas—. Oye, ¿cuándo me vas a presentar a esta Xena?

La pregunta detuvo a Gabrielle en seco.

—¿A Xena?

—Sí, ya sabes... Xena... ¿la mujer que quieres?

—A decir verdad, no creo que puedas conocer nunca a Xena, Peter.

—¿Por qué? ¿Es que está en el armario?

Gabrielle resopló, a punto de soltar una carcajada. En su mente apareció una imagen de la guerrera fieramente bella, armada y vestida de cuero.

—Lo que Xena no está es en el armario. De hecho, no conozco a nadie que esté más "fuera" que Xena. —Gabrielle sonrió con tristeza, visualizando a la despampanante morena como posiblemente el mayor prototipo de camionera de la historia de la especie humana.

—Ah —respondió Peter, confuso—. ¿Entonces por qué no puedo conocerla?

Gabrielle encontró su cazadora debajo del sofá. Se puso de rodillas y la sacó, sacudiéndole el polvo.

—Algún día, Peter, te contaré la historia de cómo conocí a Xena. Y ya verás, cuando lo haga, no te creerás ni una palabra.

Peter se quedó plantado en medio de su astroso estudio de una sola habitación, con un paño sucio en la nariz y aire desamparado.

—Lo que tú me digas es la verdad, Gabrielle, y me lo creeré. Confío en ti.

Esta declaración sincera y sentida hizo que a Gabrielle se le encogiera el corazón por la culpa. Al no conseguir encontrar otro medio, había llamado a Peter en el último momento, asegurando que quería verlo, pero había venido con un único propósito en mente. Él había compartido la droga con ella de buen grado y ahora ella se iba corriendo sin apenas darle las gracias por haberle dedicado su tiempo. Le debía una explicación. Era su amigo y se la merecía.

—Peter, lo siento. Eres un buen amigo, uno de mis mejores amigos. No te he ayudado nada después del instituto y lo sé. Pero ahora te lo voy a compensar. En primer lugar, te voy a ayudar a desengancharte.

Peter se apresuró a protestar, pero Gabrielle lo detuvo.

—Estás enganchado y lo sabes. ¡Mira cómo estás! Mira este sitio. Llevas así demasiado tiempo.

—He intentado dejarlo, Gabby. Nunca funciona —reconoció Peter con tristeza.

—Lo sé, pero eso es porque no has tenido a nadie que te ayude. Pues ahora yo te voy a ayudar. ¿Me dejarás?

—¿Cómo me puedes ayudar? ¡Tú misma consumes drogas!

—¿Quién mejor para ayudarte entonces?

—Estoy fatal, Gabby —confesó Peter mirando al suelo—. ¿Por dónde vas a empezar?

Gabrielle sonrió y le puso la mano en el hombro.

—Pues podríamos empezar por enviarte al centro de rehabilitación al que fui yo. Era muy bueno.

—Y también era muy caro —replicó Peter.

—Mi madre no tendrá el menor inconveniente en pagar.

—¿Tu madre? —resopló Peter—. Ésa sí que es buena.

—Créeme, pagará hasta el último centavo y ni sabrá que lo está haciendo. ¿Vale?

Peter se encogió de hombros.

—Vale, si tú lo dices.

Ella fue al sofá y Peter la siguió con ojos rebosantes de adoración. Se sentó, se puso la cazadora en las rodillas y juntó las manos encima esperando pacientemente a que Peter se uniera a ella. Él así lo hizo, sentándose a su lado en el sofá, sin dejar de apretarse la nariz con el paño.

—Además, Peter, te debo la verdad sobre lo que está pasando. Por qué he venido aquí.

Peter esperó con paciencia a que su amiga continuara.

—He venido porque hoy necesitaba meterme heroína —confesó Gabrielle.

—Eso ya me lo he imaginado. —Se reclinó en el sofá y resopló—. Y ésta es la que dice que debería desengancharme.

Ella asintió mostrando su acuerdo. Peter no era en realidad tan tonto como parecía, por lo menos cuando se trataba de comprender a las personas a las que quería.

—Yo no estoy enganchada, si es lo que estás pensando —explicó Gabrielle, moviéndose en el asiento para volverse hacia él—. De hecho, en realidad no me he metido nada desde que lo hicimos en el instituto. Bueno, aparte de una vez en rehabilitación... y algo de maría y una droga de diseño que consiguió Evelyn y esa estupidez de la hipnosis... pero aparte de eso, no lo he tocado.

—¿Te drogaste en rehabilitación? ¿Y no te pillaron? ¿Qué droga de diseño? ¿Para fumar o para esnifar? ¿Quién es Evelyn? ¡Hipnosis! ¡La hipnosis no es una droga! —exclamó Peter, incorporándose.

—Sí. No. Oxy. Las dos cosas. Mi amiga. Y eso ya lo sé, tonto. Pero nada de eso importa. Lo que importa es el motivo.

—¿Estás diciendo que hay un motivo aparte de pillarse un ciego?

Gabrielle suspiró, calculando si iba a ser capaz de olvidarse de su incredulidad.

—Si te lo digo, tienes que prometerme unas cuantas cosas.

—¡Te lo prometo! —contestó a toda prisa—. ¿Qué cosas?

—En primer lugar, no se lo puedes contar a nadie.

—Eso es fácil, no conozco a nadie.

—En segundo lugar, no se lo puedes contar a mi madre, a ella menos que a nadie.

—¿A tu madre? ¿Por qué iba a hacer eso?

—¿Y si te torturara?

Peter se quedó callado, pensando.

—Ya veo. —Alzó las manos saludando como un Boy Scout—. Te lo prometo. Incluso bajo el dolor de la tortura a manos de tu madre, jamás diré una palabra.

Gabrielle asintió, satisfecha.

—Vale. Y en tercer lugar, tienes que prometerme que no te vas a reír.

—¿Reír?

—Prométemelo —insistió Gabrielle—, o me marcho ahora mismo.

Peter bajó el paño, pues se había olvidado ya de su nariz hinchada.

—Vale, te lo prometo. No me reiré. Jo, Gabby, tiene que ser un cacho historia.

—¡Y nunca más vuelvas a llamarme Gabby!

Peter hizo un puchero.

—¡Eso es demasiado! ¡Siempre te llamo Gabby!

—Vale —se rindió Gabrielle, apuntándolo con el dedo—. Puedes llamarme Gabby, pero jamás delante de otras personas.

Peter aceptó asintiendo con seriedad.

—Vale. Trato hecho.

—Pues muy bien. —Gabrielle se levantó, dejó su cazadora en el sofá y adoptó su postura de contar historias—. Todo empezó aquel bonito día de primavera en el instituto, la primera vez que nos picamos, ¿te acuerdas?


—¿Mi reina? —llamó Alti a través del faldón de la puerta antes de entrar. En los meses que llevaba viviendo con esta tribu de amazonas, se había hecho muy consciente de que su nueva reina prefería con creces la oscuridad de su choza cubierta con pieles humanas que pasearse por la aldea a plena luz del día.

También sabía que no debía entrar en la amenazadora cabaña a menos que fuera invitada específicamente.

—¿Mi reina? —probó de nuevo, cuando no hubo respuesta.

—¿Qué pasa? —La dura voz parecía hoy especialmente irritada.

—Ha llegado una mensajera con una misiva para ti.

Hubo silencio durante unos instantes. Alti esperó con impaciencia mientras la sangre sudorosa le goteaba por la frente desde debajo de su gorro de chamana.

—Una mensajera, mi reina —intentó de nuevo, pero se vio interrumpida.

—¡Pues ve a coger el pergamino y tráemelo!

—La mensajera no está dispuesta a entregárselo a nadie que no seas tú.

—Pues mata a la mensajera, coge el pergamino y tráemelo.

Alti sonrió, encantada con la idea. Ella misma lo habría pensado, si la mensajera viniera de parte de otra persona.

—Me parece que no conviene hacer tal cosa, mi reina.

—¿Ah, no? ¿Y por qué no?

—Porque, mi reina —replicó Alti, bajando la voz—, la cera lleva el sello personal de Xena.

El faldón se echó a un lado y los agudos ojos de la reina miraron a Alti con escepticismo.

—¿Estás segura?

—Oh, estoy muy segura. Conozco muy bien ese sello. Xena me pegó una vez un puñetazo en la cabeza con él. Me dejó una marca en la frente que me duró un mes.

La reina sonrió al oír eso y salió pavoneándose a la luz del sol. Sus rasgos finos y su dura expresión pillaron a Alti desprevenida. No veía a menudo el rostro completo de la mujer a la luz del día: se reunían sobre todo en las sombras de su choza o en la oscuridad de la noche, que era el único momento en que la dirigente amazona paseaba por la aldea. Sus facciones cinceladas bajo la brillante luz del sol nunca dejaban de sorprender a Alti. Era una mujer bella, con un aire duro e implacable.

—Bueno, ¿y qué crees tú que tiene Xena que decirnos, chamana?

—Que dejemos pasar al ejército o moriremos de una forma cruel, mi reina. Y seguro que lo dice con menos palabras.

—Me asombra que esa bárbara sepa escribir siquiera.

Alti soltó una carcajada sorprendida y echó a andar detrás de la reina. Juntas, caminaron por la aldea, sin hacer caso de las humildes reverencias de respeto por parte de todas y cada una de las guerreras ante las que pasaban. Una a una, las amazonas dejaron de hacer lo que estaban haciendo para saludar a su reina, ya fuera con una inclinación o con el puño en el pecho, según su posición en la comunidad.

Cuando llegaron al perímetro, Alti vio perfectamente el círculo de guardias que habían impedido a la desconocida adentrarse más en el corazón de la aldea amazona. Cuando la reina se acercó, las guardias se apartaron, dejando pasar a su dirigente. Alti la siguió de cerca, aprovechando para examinar a la mensajera con ojos cautos y desconfiados.

Xena había elegido bien. La mujer era alta y de piel morena, de aspecto fiero y con todos los rasgos atléticos de una guerrera maravillosamente adiestrada. Ella misma podría haber sido amazona y probablemente lo era: sin duda una hermana de una de las tribus más remotas de las lejanas tierras del otro lado del mar.

Al ver a la reina, la bella e impresionante guerrera se inclinó respetuosamente.

—Traigo un mensaje para la reina amazona de estas tierras de parte de Xena, comandante suprema de los ejércitos combinados de toda Grecia, capitana general de la Brigada de los Compañeros Reales de Macedonia y presidenta de la Liga Helénica de Ciudades-Estado de Corinto.

—¿Es así como se hace llamar últimamente? —preguntó la reina, con tono cínico. Alargó la mano con aire impaciente—. Dámelo.

—¿Eres tú la reina? —preguntó la mujer, clavándole de lleno sus ojos oscuros carentes de temor.

—¿Tú qué crees?

—Mis órdenes son entregar este pergamino únicamente a la reina y a nadie más. Te lo pregunto otra vez, con el debido respeto y sólo porque no conozco tu tribu: ¿eres tú la reina?

Alti hizo una mueca de desdén, pues sabía muy bien cómo iba a reaccionar su quisquillosa dirigente al ver que su posición era puesta en duda, y no se sorprendió cuando avanzó hacia la alta y morena guerrera.

—Podría matarte y coger el mensaje —afirmó la reina con tono amenazador.

—Podrías intentarlo —respondió la mensajera, dejando entrever apenas un matiz de sarcasmo que le hacía cosquillas en la comisura de los labios llenos.

Alti y las guardias aguantaron la respiración a la vez, observando mientras su reina calibraba la respuesta en silencio.

Por fin, la reina enarcó una ceja fina y retrocedió un paso.

—Yo soy la reina de esta tribu, guerrera. Puedes entregarme el mensaje.

Con la expresión cuidadosamente controlada, la guerrera metió la mano en su faltriquera y le pasó el pergamino. La reina examinó el sello y echó un vistazo a Alti, disimulando una sonrisa burlona.

Alti tuvo que reprimir el impulso de frotarse la frente.

La reina jugó con la nota doblada unas cuantas veces y luego se dio la vuelta y salió del círculo.

—Matadla —ordenó al pasar ante la línea de guardias.

—¡Qué! —exclamó Alti sorprendida.

—Que la matéis.

Inmediatamente, la mensajera se puso a la defensiva. Cuando las guardias no reaccionaron, la ira de la reina se tornó violenta. Golpeó a la guardia amazona que tenía más cerca.

—¡He dicho que la matéis y que la matéis ya!

La guardia que se había llevado el golpe desenvainó la espada y atacó. Con expresión satisfecha, la reina se quedó mirando mientras las demás sacaban sus armas y ocupaban posiciones estratégicas alrededor de la mensajera, listas para entrar en la refriega.

—Mi reina, esto no es muy buena idea —opinó Alti, susurrando una advertencia ronca al oído de la reina.

La dirigente amazona no hizo caso del consejo y se dio la vuelta, alejándose rápidamente. Alti estuvo un momento observando la lucha. La guerrera tribal aguantaba y paraba una serie de ataques controlados del círculo de guardias amazonas que la rodeaba, pero sólo era cuestión de tiempo. Sin hacer caso del estrépito del metal y de los ruidos de la lucha, Alti corrió detrás de su reina, mirando atrás a tiempo de ver cómo la morena guerrera recibía una estocada en el vientre y caía de rodillas, soltando un chorro de sangre por la boca que se propagó por el aire.

—Eso ha sido un grave error —afirmó cuando alcanzó a su dirigente.

—No te he pedido tu opinión —replicó la reina. Arrancó el sello y abrió el mensaje, que leyó mientras caminaba.

—A Xena no le va a gustar. —Alti volvió la cabeza para presenciar la estocada final de una espada que dejó a la mensajera sin cabeza.

La reina dejó de caminar y Alti casi se chocó con ella, pillada por sorpresa por la brusca detención.

—Xena no es la guerrera que crees que es. —Los duros ojos de la reina repasaron las palabras, sin apenas cambiar de expresión. Cuando terminó, le pasó la nota a Alti, dejando que la leyera mientras ella se alejaba contoneándose.

Alti se quedó en el sitio y leyó la misiva, enarcando las cejas por la sorpresa al ver lo que ponía. Era una oferta para la reina de las amazonas de parte de la propia Xena. A cambio de poder cruzar a salvo las tierras amazonas, Xena invitaba a la Nación Amazona a unirse a Grecia como ciudad-estado con todos los derechos, privilegios y protección inherentes. La oferta incluía la exención de impuestos para la ciudad-estado durante un período de cinco estaciones y unas fronteras diez veces mayores para la Nación: tiempo y recursos de sobra para que la Nación se estableciera como provincia viable. Además, ofrecía la soberanía sobre cualquier pueblo de amazonas, junto con sus tierras, que acabaran bajo el dominio de Xena como resultado de futuras campañas. Y, como si la oferta no fuese suficientemente exagerada, la siguiente concesión era pasmosa: se ofrecía a proporcionar artesanos y fondos para la construcción de un templo en honor de su diosa protectora, Artemisa, en el centro de cualquier ciudad que las amazonas designaran como capital del estado recién creado. Sus condiciones eran que se permitiera el paso por tierras amazonas a sus tropas, tanto de camino a Persia como de vuelta, sin interferencia, y que el largo conflicto de las amazonas con los centauros quedara olvidado a cambio de una alianza con Grecia contra los persas. Terminaba la nota invitando a la reina y su séquito a una cena en su honor en el campamento del valle de Edomes al pie de las montañas de Ródope dentro de una semana, como gesto de buena voluntad y para abrir la posibilidad de ampliar las negociaciones.

Alti apartó atónita la mirada de la nota. Xena no las iba a matar a todas. ¿Qué era esto? ¿Una especie de Destructora de Naciones más amable y delicada?

Leyó la nota de nuevo para cerciorarse de que no había entendido mal lo que ponía. No lo había entendido mal. A pesar de que las tropas de Xena superaban a las amazonas en razón de casi diez a uno y que eran muy superiores en armamento, caballería y capacidad táctica, Xena no quería luchar.

Quería hablar.

Alti corrió por la aldea detrás de la reina y la alcanzó justo antes de que dejara la luz del día por los confines oscuros y fríos de su cabaña.

—¿Qué vas a hacer ahora? —preguntó, agitando emocionada el papiro abierto ante la amazona.

La reina se detuvo en la entrada y sonrió de una forma que produjo escalofríos incluso por la columna fría y malévola de Alti.

—Ve a buscar a Ephiny. Dile que quiero convocar una reunión del consejo inmediatamente.

—¿Una reunión del consejo? ¿De qué vas a hablar? Ya has respondido: acabas de matar a la mensajera. Si ahora envías una delegación, ¡se las comerá vivas!

Ante el asombro de Alti, la reina se echó a reír a carcajadas. El sonido hizo que una bandada de pájaros saliera volando de un árbol y se alejara.

—Oh, ya lo creo que voy a enviar una delegación a Xena. Y créeme, va a ser una comida que le va a costar mucho tragar.

Alti sintió una desazón desconocida en la boca del estómago, una mezcla desconcertante de emoción y miedo. Incluso a la brillante luz del sol, Alti vio que los ojos de la reina soltaban destellos de un verde maléfico.

—Busca a Ephiny. Dile que convoque un consejo de guerra. Atacamos a los centauros al amanecer.


Peter se reclinó en el sofá y se pasó los dedos por el largo pelo revuelto. Dirigió una mirada a Gabrielle, esforzándose por no echarse a reír, pero no había forma de tragarse lo que le acababa de contar. Siempre había sabido que a su amiga le encantaba contar historias. Pero ésta era una pasada.

—A ver si lo entiendo —dijo, colocándose pensativo un dedo delgado en el labio—. Puedes verla, pero no puedes tocarla. Ella te puede ver, pero no te puede tocar. ¿Y es una guerrera alta, morena, guapa y vestida de cuero de Anfibios?

—Anfípolis —corrigió Gabrielle, frunciendo el ceño—. He dicho que es guerrera, idiota, no una rana.

—Bueno —Peter agitó la mano—, es como si fuera una rana y si la besaras, se convertiría en príncipe... más bien princesa.

—Mira cómo me río. —Gabrielle bajó la mano para recoger sus cosas—. Me prometiste que no te reirías. —Se levantó y metió el brazo por la cazadora, sintiéndose un poco traicionada por la actitud de Peter.

—Espera un momento, Gabby, no me estoy riendo.

—Te estás burlando de mí.

—Te quiero, Gabs, pero tienes que reconocer que cuesta tragarse esta historia... eso de que tu alma regresa a la antigua Grecia para estar con esta tal Xena, Rana Princesa. Si vas a tener una alucinación, supongo que una alucinación alta, morena y vestida de cuero no está nada mal.

Gabrielle echó una mirada aviesa a Peter mientras metía el otro brazo por la manga.

—Sabía que no me ibas a creer. De hecho, lo único que me sorprende es que sepas lo que significa la palabra alucinación. —Le dio la espalda y se puso a forcejear con la cremallera.

—Te creo. Te creo.

—No, no me crees. —Se agachó y cogió su mochila, que se colgó del hombro—. No importa. No me lo esperaba.

—Aah, Gabby. No te pongas así. No es que no te crea, es que me parece muy improbable que puedas viajar de verdad en el tiempo para conocer a una antigua guerrera griega, que encima es mujer. ¿Había siquiera mujeres guerreras en aquel entonces?

—Claro que las había, Peter. ¿Es que no has oído hablar de las amazonas?

—Claro, les encargo cosas por Internet todo el tiempo.

Gabrielle soltó un bufido irritado y fue a la puerta.

Peter le bloqueó el paso, sonriendo.

—¡Es broma! ¡Es broma! Oye, que yo leo los cómics de Wonder Woman. Sé todo eso de las amazonas y Atenea y tal. Puede que sea bobo, pero no soy estúpido.

La gran sonrisa auténtica de Peter y su expresión sincera y franca acabaron con el enfado de Gabrielle. Puso los ojos en blanco y le dio un manotazo en broma en la cabeza.

—Estás como una cabra, Peter, pero eres mi cabra. —No pudo evitar sonreírle—. Algún día, te presentaré a mi amiga, Evelyn Ellison, y ya verás.

—¿Qué veré? ¿Quién es Evelyn? ¿Es mona?

Gabrielle volvió a elevar los ojos al cielo y apartó a su amigo con delicadeza de la puerta.

—Escucha, tengo que volver a la residencia antes de que me echen en falta. Puede que ahora no me creas, pero algún día me creerás, Peter. Fíjate bien en lo que te digo. Cuando llegue ese día, más vale que te disculpes. Mientras, acuérdate de cumplir tu promesa. No le digas a nadie lo que te he contado aquí hoy, a nadie. Eso quiere decir a nadie. ¿Lo prometes?

Peter se hizo una cruz sobre el corazón y levantó la mano, cruzando los dedos.

—Y si no, que me muera.

Gabrielle tiró del picaporte y abrió la puerta.

—Bueno, mantente lejos de mi madre o será una promesa que tendrás que cumplir.

—Demasiado tarde.

La voz tranquila de su madre la atravesó como una bala. Gabrielle se volvió en redondo hacia la mujer que estaba cruzada de brazos en el descansillo, acompañada de un par de hombres fornidos vestidos con traje oscuro y gafas de sol, uno a cada lado.

—Hola, Peter. —Su madre inclinó la cabeza para gruñir un saludo por encima del hombro de Gabrielle—. ¿Cómo va tu problema con las drogas?

Peter tragó saliva con fuerza y farfulló una leve respuesta.

Los ojos de Gabrielle se dilataron con una mezcla de rabia y miedo.

—¿Qué haces aquí?

—Yo podría preguntarte lo mismo. —Se adelantó para cernirse por encima de su hija, mirándola con una expresión peligrosa y amenazadora—. ¿Qué haces aquí, Gabrielle?

—Visitar a un amigo —respondió Gabrielle con un tono deliberadamente tranquilo y sereno.

Su madre enarcó una ceja.

—¿Te lo estás tirando o sólo lo usas por las drogas?

Gabrielle volvió la cabeza, asqueada, sin dignarse a dar valor a la pregunta con una respuesta.

—Sé lo que estás haciendo aquí, Gabrielle. —Empujó a Gabrielle por el hombro, obligando a su hija a mirarla y hacer frente a su mirada dura e implacable—. Cada vez que haces una visita a tu supuesta alma gemela, yo lo noto. Cada vez que os ponéis cachondas la una por la otra, también lo noto. —Dedicó una sonrisa lasciva a Gabrielle y echó una mirada a Peter—. ¿Te ha gustado el espectáculo, Peter? A mí sí.

Se apartó de Gabrielle.

—Tu pequeña jugarreta con el taxi funcionó una sola vez. ¿No te ha dicho Xena que nunca debes usar dos veces la misma táctica en combate? En serio, jamás entenderé qué veía en ti.

La madre de Gabrielle se dio la vuelta e hizo un gesto a los agentes.

—Tráiganla.

—¿Y su amigo? —preguntó uno de los agentes al tiempo que ayudaba al otro a agarrar a Gabrielle por los brazos.

—Oh, tráiganlo a él también. Estoy segura de que tienes una historia que contarme, ¿verdad, muchacho? —La madre de Gabrielle se inclinó y miró a Peter a los ojos tan de cerca que Peter habría podido jurar que veía a otra persona mirándolo. Devolvió la mirada, con los ojos desorbitados, al rostro extrañamente distinto, pero igualmente maligno de la madre de Gabrielle que lo observaba sonriendo con desprecio desde el remolino verde de sus propios iris.

Instantes después, los agentes los agarraron a los dos y se los llevaron a rastras por el descansillo.


—¡Esto es un secuestro! ¡Es ilegal!

Los gritos de Gabrielle pasaron prácticamente desapercibidos mientras los empujaban y los obligaban a bajar por las escaleras que conducían a lo que sabía que era la bodega del sótano de su casa, la mansión de su madre. Bajó tropezando los últimos escalones y recibió un empujón del fuerte agente contratado que seguía las órdenes de su madre sin rechistar. Peter prácticamente cayó escaleras abajo justo después de ella.

Lo atrapó entre sus brazos, furiosa por la forma en que los estaban tratando a los dos.

—¡No pueden hacer esto! —Ayudó a Peter a levantarse y se encogió al ver la sangre que volvía a manarle de la nariz—. ¿Quiénes se creen que son? No se saldrán con la suya. ¡Hay leyes contra esto y lo saben! —Gritaba a los agentes, pero las palabras iban dirigidas a su madre, que bajó contoneándose elegantemente por las escaleras, muy despacio, una vez los agentes los empujaron hacia las profundidades de la oscuridad.

—Oh, por favor, cállate —dijo su madre, desechando su indignación con un gesto displicente de la mano. Pasó ante ellos entre las sombras, con los ojos relucientes de malévolo placer—. Tráiganlos aquí.

Gabrielle se vio empujada hacia delante. Cuando se volvió e intentó empujar a su vez, la agarraron por el pelo corto y se vio arrastrada por los rubios mechones hacia donde su madre quería que fuera.

—He dicho que te calles —advirtió su madre en voz baja al tiempo que clavaba las uñas en el cuero cabelludo de Gabrielle y tiraba. A Gabrielle no le quedó más remedio que ir donde la llevaba su madre.

Rodearon una columna de sustentación y Gabrielle se quedó atónita al descubrir lo que su madre había estado ocultando en el sótano durante todos estos años.

La pequeña estancia estaba rodeada de gruesas y resistentes paredes de hormigón. Su desolador color gris le recordaba a Gabrielle al corazón de su madre, y los grilletes de acero que adornaban dos de las paredes, un par a cada lado, reflejaban la crueldad de su alma estéril. Había un hogar hediondo en medio de la habitación. El hoyo estaba protegido por un cañón de chimenea de piedra medio desmoronado construido para absorber los pútridos humos que pudieran elevarse del fuego a través de la casa, hasta el tejado, para desaparecer en el olvido. En toda su vida, Gabrielle jamás había sabido que este lugar infecto existía siquiera. Olía a muerte y a maldad, y a pesar de que el hogar estaba ahora vacío y limpio, a Gabrielle se le pusieron de punta los pelos de la nuca al ver las manchas de lo que podía haberse quemado allí en el pasado.

Sus ojos se trasladaron a las paredes y se posaron en los grilletes, y entonces supo perfectamente lo que tenía pensado hacer su madre con ellos a continuación. Volvió la mirada y su madre la miró a su vez, con un extraño resplandor verde que palpitaba hacia ella a través de las sombras.

—Encadénenlos —ordenó su madre, y en sus duros rasgos se formó una sonrisa malévola.

—¡Y una mierda! —gritó Gabrielle y pegó un pisotón con el pie, cerciorándose de que el borde del tacón se deslizaba dolorosamente por la espinilla del hombre y caía de pleno en la parte superior del arco de su pie. Oyó y sintió cómo se rompían los huesos del hombre. Éste retrocedió hasta la pared, chillando, y en cuanto Gabrielle estuvo libre, le pegó una patada de revés en pleno estómago. El hombre se dobló y cayó al suelo.

Su madre se le echó encima entonces, asestándole un bofetón tremendo que la habría hecho tambalearse si no se hubiera agachado. El golpe mortífero le pasó por encima de la cabeza tan deprisa y con tal fuerza que sintió que el aire le agitaba el pelo. Con una sonrisa, Gabrielle se levantó y le soltó un fuerte puñetazo a su madre en plena cara. La mujer retrocedió trastabillando, con una expresión que era el vivo retrato del pasmo.

Gabrielle se detuvo, algo sorprendida ella misma por haber pegado tan bien, y eso bastó para que el segundo agente la atacara por un lado. Su cuerpo más fuerte y más grande se estampó contra ella, empujándola contra la pared de cemento con un golpe doloroso que la dejó sin aliento.

—¡Puta! —chilló su madre. Sin hacer caso del chorro de sangre que le manaba de la nariz, fue hasta Gabrielle y le pegó una bofetada, furiosa porque el agente no lograba dominar a su hija, que seguía debatiéndose ferozmente para soltarse.

Su madre pegó otra bofetada a Gabrielle, con tal fuerza que hizo una mueca por el dolor que sintió en la mano. Se miró la palma con desdén y la echó hacia atrás, cerró el puño y soltó un derechazo que alcanzó a su hija con toda su fuerza en la sien. El puñetazo dejó atontada a Gabrielle, que se derrumbó contra la pared, dando tiempo al agente de agarrarle un brazo y levantarlo, para sujetarlo con el grillete. Echó el cierre y fue a coger el otro brazo. Gabrielle sacudió la cabeza para despejársela, echó una mirada a la muñeca que tenía sujeta con el grillete y levantó la rodilla de golpe, alcanzando al agente justo entre las piernas. El hombre se desplomó en el suelo, con la cara congelada en un grito silencioso de dolor.

Gabrielle levantó la mano libre para abrir el cierre, pero su madre le atrapó la muñeca con una fuerza descomunal. Se miraron a los ojos un instante, lo suficiente para que Gabrielle viera cómo su madre sonreía descubriendo los dientes, y luego un puño de hierro se le incrustó en el estómago. Se le quedaron los pulmones sin aire de repente y mientras luchaba por respirar, su madre le cogió el otro brazo y se lo sujetó con el grillete, echando el cierre con un satisfactorio chasquido.

Su madre retrocedió y la miró regodeándose, a la espera de que Gabrielle recuperara el aliento, y entonces volvió a echar el puño hacia atrás y descargó un golpe demoledor tras otro sobre su hija.

Gabrielle aguantaba cada puñetazo, intentando disminuir los daños moviendo la cabeza en la dirección del golpe. Haciendo uso de todo su entrenamiento, tensó los músculos, dispuesta a aguantar cada golpe que le pudiera dar su madre. Su recio coraje no hizo más que enfurecer aún más a su madre. Con un gruñido, se echó hacia atrás y descargó un gancho que alcanzó a Gabrielle en la mandíbula con un fogonazo de dolor al rojo vivo.

Cayó inconsciente hacia delante y se quedó colgando de las muñecas encadenadas a la pared gris ahora adornada con manchas rojas. Tenía la cara llena de cortes abiertos de los que rezumaba sangre, que le goteaba por la cara, formando un charco en el frío suelo de cemento.

Su madre se apartó y sonrió al ver su obra. Pegó una bofetada a Gabrielle en la cabeza y luego otra, para asegurarse de que no estaba fingiendo. Su hija estaba sin sentido.

—Dulces sueños, hija querida —dijo con una risilla y luego se alejó, mirando con desprecio a los agentes que yacían gimoteando en el suelo del sótano—. Arriba, sacos inútiles de mierda —ordenó.

De repente cayó en la cuenta de una cosa y miró nerviosa por la habitación. El otro juego de grilletes colgaba de la pared de enfrente... vacío.

—¡Idiotas! —vociferó la madre, pegando una patada al agente más cercano—. ¡Arriba! Levántense y vayan tras él.

El agente que podía caminar se puso en pie lleno de dolor, tambaleándose contra la pared cuando la madre de Gabrielle le pegó un empujón.

—¡Vayan tras él, cretinos, antes de que ese idiota se escape! ¡Quiero que lo atrapen y lo traigan de vuelta! ¿Me oyen? —bramó la madre mientras el agente corría escaleras arriba en pos de Peter. Pasó cojeando por la puerta que se balanceaba suavemente en lo alto de las escaleras del sótano, abierta a toda prisa cuando Peter huyó desesperado hacia la libertad—. ¡No dejen que se escape! Lo quiero —gritó la madre mientras subía por las escaleras, a zancadas furiosas—. ¡Lo quiero!


Peter no había corrido tanto en toda su vida. Sus piernas lo llevaron por el larguísimo camino de entrada, golpeando el suelo con los pies con tal fuerza que se le entrechocaban los dientes. Sin mirar atrás, movió los brazos con más fuerza, impulsándose más deprisa por la curva en cuesta, pasando ante el cuidado césped y la fuente de imitación griega, hasta que por fin vio la gran verja de entrada de hierro forjado que se elevaba ante él.

A la derecha de la entrada estaba la caseta del guarda y Peter sabía muy bien que allí siempre había alguien.

La puerta de la caseta se abrió y un hombre uniformado salió corriendo hacia él.

Peter hizo lo único que se le ocurrió: se lanzó directo contra el hombre. Cayeron juntos sobre el asfalto del camino con un lío de brazos y piernas. La cabeza del guarda golpeó el duro suelo y su cuerpo se quedó inmóvil, al tiempo que los ojos se le quedaban extrañamente claros y se empezaba a formar un charco de sangre, de un ominoso rojo oscuro en contraste con el asfalto gris.

Peter se levantó con un esfuerzo, haciendo una mueca de dolor por la ardiente rozadura que tenía en la palma de la mano, y entonces se dio cuenta de que el cuerpo inmóvil del guarda yacía a sus pies.

—Ay, mierda —murmuró, mirando atónito a los ojos del hombre, que miraban al cielo sin parpadear—. Mierda. Mierda. Mierda.

Peter se apartó de la figura inerte y entró tropezando en la caseta del guarda. Apenas podía apartar los ojos del guarda, de la visión macabra del hombre tirado en un charco de su propia sangre, pero logró apretar el botón que abría la gran verja de hierro forjado.

Un grito procedente de la parte alta del camino le llamó la atención. Uno de los hombres del sótano veía dónde estaba y lo que estaba haciendo y estaba dando la alarma.

—¡Ay, MIERDA!

Peter pulsó el botón de nuevo y la verja, que ya se había abierto mucho, se estremeció y se detuvo chirriando y luego se movió en dirección opuesta, para cerrarse. Peter salió disparado de la caseta, con cuidado de rodear la figura inmóvil, y se deslizó por la abertura de la verja de hierro apenas unos segundos antes de que se cerrara de golpe.

Instantes después, el agente cojeante llegó a la carrera y saltó por encima del guarda, sin hacer caso del cuerpo. Agarró los barrotes de la verja y miró al otro lado, a tiempo de ver que su presa bajaba a todo correr por la calle y tomaba una curva, perdiéndose de vista.

—¡Me cago en la leche! —soltó el agente, agitando los barrotes por la frustración.

Se quedó paralizado al oír el característico ruido de un motor y se volvió a tiempo de ver la elegante forma de una limusina que se detenía. La verja a la que estaba agarrado se estremeció y chirrió y tuvo que saltar para quitarse de en medio cuando se empezó a abrir.

La larga limusina negra esperó pacientemente a que la verja completara su arco. Cuando la verja se detuvo, el coche se movió hasta la entrada y frenó. La ventanilla del conductor, de un profundo color negro, bajó y apareció la madre, que lo miraba furiosa detrás del volante.

—Suba, imbécil —ordenó, capaz apenas de controlar la rabia de su tono.

El agente dio la vuelta cojeando para subirse al asiento de detrás.

—Ahí atrás no, gilipollas. Aquí. —La madre ladeó la cabeza, indicando el lado del pasajero.

El agente cambió de dirección y rodeó cojeando penosamente la parte delantera del vehículo.

La madre lo observó mientras avanzaba con dificultad alrededor del coche, siguiéndolo con sus duros ojos verdes, ardiendo de rabia silenciosa. Si en las manos hubiera tenido puñales, ese idiota ahora parecería un puercoespín.

En cuanto se colocó en el asiento de cuero y cerró la puerta de golpe, la madre pisó el acelerador y salió disparada en la dirección por la que había huido Peter.


En cuanto Peter estuvo seguro de que ya no se lo veía desde la verja negra de hierro, cambió de dirección y cruzó la calle para meterse por un abundante seto que le tiraba de la ropa y le arañaba la piel mientras lo atravesaba corriendo. Peter cruzó el bosque a la carrera, sorteando los troncos de álamos blancos y gruesos robles, apartando bruscamente ramas y matorrales de en medio. Tropezó con una piedra oculta por una capa de hojas caídas y estuvo a punto de perder pie y caer al suelo. Pero se las arregló para conservar el equilibrio y saltó por encima de un tronco y se agachó para pasar por debajo de una rama baja sin perder el paso.

Respirando profundamente, se concentró en mantener el equilibrio e intentó no hacer caso del fuego que le estaba inundando rápidamente los pulmones. Jo, estaba en pésima forma. Los años de consumo de drogas se dejaban notar, y al poco ya no pudo seguir a esa velocidad frenética. Su hombro se estampó con un árbol que se negó a quitarse de en medio y cayó al suelo del bosque hecho un lío de brazos y piernas, con el corazón desbocado y los pulmones chillando por la necesidad de descansar. Intentó levantarse, pero las flojas piernas se negaron y dejó caer la cabeza sobre una almohada de hojas y tierra, resignándose a que necesitaba descansar. Mientras contemplaba el dosel de hojas de encima, luchó por recuperar el aliento y entonces tuvo que rodar a un lado cuando las ganas incontrolables de vomitar lo obligaron a echar la comida del estómago. Vomitó varias veces en la tierra, reconociendo los calambres que tenía en el estómago como lo que eran: los primeros síntomas del síndrome de abstinencia, pues hacía horas que no se picaba.

—Genial —murmuró Peter, limpiándose la boca con el dorso de la mano. El ruido de su propia respiración fatigosa se fue haciendo más ligero hasta que sólo oyó la quietud del bosque que lo rodeaba. Se oía el suave roce de una brisa a través de las hojas y el dosel de encima se movía lleno de vida. Se había adentrado en las profundidades del bosque, lejos de la carretera.

¿O no? Poco a poco, el roce de las hojas cambió, fusionándose con el característico sonido de los coches que pasaban a gran velocidad por una carretera.

Peter levantó la cabeza y se volvió, mirando en la dirección del sonido. A través de los árboles distinguió el contorno difuso de una carretera y el destello de los coches que pasaban zumbando. El tráfico era mucho más denso que en la calle privada que llevaba a la mansión.

Peter sonrió, pues al instante supo dónde había acabado, y se apartó de las hojas y se puso en pie, sorteando a trompicones los últimos árboles para salir a la carretera de circunvalación.


El sol se estaba poniendo cuando Peter logró volver a la ciudad, pero no fue a casa. Podría no ser muy listo, pero sabía que el único sitio al que ahora mismo no podía ir era su apartamento.

En cuanto tuvo oportunidad, se montó en un autobús que iba a Georgetown. Peter ocupó su asiento, contemplando las tiendas y los nombres de las calles al pasar mientras se esforzaba por pensar. Gabrielle había mencionado a una amiga, una amiga que conocía toda esta extraña historia de Gabrielle, que, por fantástica que pudiera parecer, con cada segundo que pasaba parecía más la verdad y menos un producto de su imaginación. Peter se frotó la cabeza y trató de concentrarse, trató de olvidar el pavoroso rostro de la madre de Gabrielle sonriéndole y no hacer caso de los temblores de su propio cuerpo que lo avisaban de que necesitaba droga y la iba a necesitar bien pronto.

Peter se secó la nariz acuosa con el dorso de la mano, contento de ver que por fin había dejado de sangrar.

¿Cómo se llamaba? Si pudiera acordarse del nombre, a lo mejor podía encontrarla. A lo mejor ella sabría qué hacer. En cualquier caso, tenía que conseguir ayuda para Gabrielle.

El autobús se detuvo con una sacudida y Peter se levantó de un salto, al darse cuenta de que habían llegado a su parada. Bajó corriendo los escalones y salió a la calle, mirando a su alrededor para orientarse antes de decidir en qué dirección seguir.

Unas manzanas después, Peter había encontrado la dirección y subió corriendo los escalones de entrada de la residencia de Gabrielle, esforzándose por hacer ver que no estaba fuera de lugar. Usó las escaleras, en lugar del ascensor, y se coló en el piso, deteniéndose en la puerta para comprobar el pasillo en ambas direcciones. Con paso rápido, llegó a la habitación de Gabrielle y se detuvo un momento para escuchar antes de girar el picaporte para abrir la puerta. Como era de prever, la puerta estaba cerrada con llave. Peter miró a derecha e izquierda antes de sacar su tarjeta de la cartera y, pasándola rápidamente por la jamba, soltó la cerradura y abrió la puerta, colándose dentro.

Echó un rápido vistazo por la habitación hasta que sus ojos se posaron en una agenda electrónica situada en el centro de una mesa. Moviéndose deprisa y en silencio, se sentó en la silla y abrió el portátil, pulsó el interruptor y esperó nervioso a que el ordenador se encendiera.

Peter activó la sesión y se detuvo un momento al ver el campo de la contraseña antes de escribir la única palabra que sabía que tenía que ser: XENA. Efectivamente, el ordenador aceptó la clave de seguridad y abrió el escritorio de Gabrielle para uso de Peter. Pinchó en la libreta de direcciones y se puso a recorrer los nombres.

EVELYN ELLISON.

Eso era. Evelyn Ellison. ¡Eso era!

Peter cogió un bolígrafo y arrancó una página de un libro de la biblioteca, usando el papel para apuntar el nombre, la dirección y el número de teléfono lo más deprisa que le permitió su mano temblorosa. Peter se secó la frente y se dio cuenta de que estaba empezando a sudar. Su cuerpo lo iba a traicionar, a pesar de la urgencia total.

Con un destello de brillantez cognitiva, Peter pulsó una tecla, borrando la entrada de la libreta de direcciones, y luego dedicó un momento a cambiar la contraseña antes de salir de la cuenta de Gabrielle. Apagó el ordenador y lo cerró con cuidado, dejándolo exactamente igual que lo había encontrado, y luego miró la dirección garabateada en la página arrancada que tenía en la mano.

Se levantó, se embutió la nota en el bolsillo y tuvo que respirar hondo para que se le calmara un calambre que amenazaba con apoderarse de la boca de su estómago.

Peter no hizo caso de la señal de advertencia de su cuerpo y abrió la puerta, volvió al pasillo y salió de la residencia. Pasó ante numerosos estudiantes sin que nadie enarcara siquiera una ceja.

Viva la seguridad del campus, pensó Peter riendo, y se montó en otro autobús que lo llevaría a Dupont Circle.


La puerta de la habitación de la residencia de Gabrielle se abrió de golpe y su madre entró a largas zancadas, sonriendo con desprecio al echar un vistazo al pequeño espacio. Qué típico de Gabrielle. Sencillo y pulcro, con estantes llenos de libros, la mesa organizada y despejada, todo en su sitio: qué previsible por parte de la narradora.

Sus ojos en movimiento se posaron en la mesa y la madre enarcó una ceja al ver el portátil colocado en el centro.

—Ábralo —ordenó, y esperó a que el agente se sentara en la silla y abriera la cubierta del ordenador.

El agente alzó las manos resignado, incapaz de pasar de la pantalla de inicio de sesión que había aparecido en el monitor.

—Hace falta una contraseña —informó.

—Escriba XENA.

El agente usó dos dedos, uno de cada mano, para escribir lo que se le ordenaba, pero el ordenador respondió con un pitido irritante y un mensaje de error.

—No es eso.

La madre enarcó la finísima ceja y se adelantó para echar un vistazo por encima del hombro del agente.

—Con Z no, idiota.

El agente la miró con ojos interrogantes, incapaz de pensar en otra forma de escribirlo.

—Aparte, imbécil. —Agarró al hombre por los hombros y lo sacó de la silla de un empujón y luego ocupó con elegancia el asiento. Usando las puntas de sus largas uñas rojas, introdujo un nombre en la pantalla.

—XENA. X... E... N... A —gruñó, sonriendo al hombre por encima del hombro, hasta que el ordenador le soltó un pitido, negándole de nuevo el acceso.

—¡No es eso! —repitió el agente, señalando la pantalla y el parpadeante mensaje rojo de error.

—¡JODER! —La madre cerró de golpe la cubierta del portátil.


A Evelyn le encantaba Crystal Method. La droga misma no le decía nada. De hecho, detestaba la forma en que el speed le aceleraba el corazón y la mente. La droga sólo conseguía mantenerla en pie durante días enteros y encima la hacía sudar como un caballo. Peor aún, la hacía pensar demasiado. No, prefería con diferencia los efectos adormecedores del alcohol, sobre todo ahora que en sus sueños sólo veía a la chamana, Yakut, lo mismo que cuando estaba despierta.

Ahora bien, Crystal Method —el grupo— era harina de otro costal.

Dio vueltas a la aceituna del estupendo martini recién mezclado que se acababa de hacer y alargó la mano para subir un poquito la música al pasar dando un sorbito. El profundo ritmo del bajo la alcanzó de lleno en el estómago al mismo tiempo que el alcohol y eso, pensó, era el subidón que a ella le gustaba.

Evelyn alzó la copa y contempló la bebida, apreciando las pequeñas virutas de hielo que se habían formado en la superficie del alcohol, señal de un martini bien hecho de verdad.

—Agitado, no removido —citó, brindando por Bond mentalmente al tiempo que bebía otro poco. Sabía tan bien que acabó bebiéndoselo todo de un trago—. ¡Maldición! —soltó, contemplando la bebida como si la hubiera traicionado—. Me parece que tendré que hacerme otro.

Evelyn rodeó el sofá, con la copa vacía en la mano, y se dirigió a la cocina, gozando de la profunda vibración del bajo sintetizado que sacudía hasta los adornos del apartamento. Tarareando la música, desenroscó el tapón de aluminio dorado de la botella de Grey Goose y metió la coctelera en la puerta de la nevera para coger más hielo al mismo tiempo.

Echó el alcohol de la botella en la coctelera, levantando la botella para alargar el chorro con gesto historiado, luego se mojó los dedos con vermut dulce y los agitó encima de la coctelera, para salpicar el vodka de unas poquitas gotas. Con un cuentagotas, añadió un toque de agua de aceitunas: a Evelyn le gustaban los martinis sucios.

—Salvaje, dulce y fresco —canturreó mientras ponía la tapa en la coctelera y agitaba la bebida al ritmo de la música. Los cubitos de hielo tintineaban contra el metal produciendo un ruido como de maracas, de modo que Evelyn se puso a bailar una samba mientras agitaba su bebida, acabando con un giro y un largo chorro del producto final en la copa sin derramar ni una sola gota.

Levantando la bebida para inspeccionar su obra, buscó las virutas delatoras de hielo y sonrió al verlas soltándole destellos.

Olió el contenido de la copa de martini y sonrió.

—Me encanta el olor a vodka por la mañana.

Bebió un sorbo y frunció el ceño. El estéreo acababa de hacer algo que sonaba como un hipo del bajo. Evelyn dejó la copa en el mostrador y escuchó con más atención.

—¡Maldita sea! —Ahí estaba otra vez. Rodeó malhumorada el mostrador y se plantó delante de los altavoces, con los brazos en jarras. El golpe no sincopado se repitió, pero no salía de los altavoces. Los golpes se oían detrás de ella. Se volvió hacia el ruido.

Los golpes procedían de la puerta.

—Oh —se dijo, sonriendo modosamente. Alguien llama—. ¡Un momento!

Bajó la música y corrió alrededor del sofá para acudir a la puerta.

—Ya se sabe lo que se dice —dijo en voz alta al tiempo que giraba el picaporte y abría la puerta—. ¡Si la casa se balancea, no se moleste en llamar!

La puerta se abrió para revelar a un yonqui sudoroso y tembloroso en el umbral.

—¿Qué? —exclamó Evelyn, momentáneamente pasmada por el estado de la persona que estaba en su puerta—. ¡Ah, no, ni hablar! —Recuperándose, cerró la puerta de golpe. De ninguna manera estaba dispuesta a dejarse robar.

—¡No, espera! —El yonqui lanzó todo su cuerpo contra la puerta que se cerraba y recibió la fuerza bruta del golpe en el pecho—. ¡Aaaj!

—¡Largo! —Evelyn lo empujó, tratando de quitarlo de en medio para poder cerrar la puerta y echar la llave.

—No, espera. ¡Espera! —Peter forcejeó con ella, pero estaba debilitado por el mono y ella era muy fuerte.

Evelyn empujó con fuerza, apoyándose en su cara para obligarlo a retroceder al rellano. Justo cuando parecía que iba a ganar la lucha entre la puerta y él, el yonqui gritó una palabra que la dejó parada en seco.

—¡Gabdielle!

Evelyn se quedó paralizada, con la mano extendida, aplastando la nariz de Peter.

—¿Qué has dicho?

—¿Gabdielle? —Peter repitió el murmullo detrás de la palma de su mano.

Evelyn apartó la mano de la cara de Peter y lo agarró en cambio del cuello de la camiseta.

—¡Entra! —Tiró de Peter para meterlo en el apartamento y cerró la puerta de golpe.


—La contraseña se ha cambiado hoy mismo —afirmó el técnico mientras manejaba el ratón con la mano derecha.

—¿Ah, sí? —La madre atisbó por encima de su hombro, mirando la pantalla con interés—. ¿Han cambiado algo más hoy?

—¿Qué busca exactamente?

—¿Cuál ha sido el último programa utilizado?

El técnico movió los dedos por el teclado.

—La libreta de direcciones.

—¿En serio? ¿Me puede decir que han hecho?

Unos cuantos toques más en las teclas y el técnico se echó hacia atrás en la silla.

—Han borrado una dirección. ¿Quiere restaurarla?

Los labios de la madre se curvaron en una fría sonrisa.


Peter estaba fatal. Evelyn lo ayudó a subir al asiento del pasajero de su BMW y le dio unas palmaditas en el hombro, sonriendo compasiva.

—Ella tendrá algo para ayudarte, estoy segura.

—De... de... deb... deberíamos ir a ayudar a Gabby —balbuceó Peter, temblando. Se secó la nariz con el dorso de la mano y miró a Evelyn con los ojos hinchados y enrojecidos.

—Lo haremos, pero no podemos hacerlo solos. Es demasiado poderosa. Cuidado con los pies —dijo Evelyn y cerró la puerta del coche, luego lo rodeó por la parte de delante y se montó en el asiento del conductor. Metió las llaves en el encendido y el coche arrancó con estruendo.

—¿Dónde vamos? —preguntó Peter, abrazándose a sus propios hombros para contener los escalofríos que le atravesaban el cuerpo.

—He aprendido mucho, pero no lo suficiente para enfrentarme a ella... al menos todavía no. —Sonrió a Peter al tiempo que giraba el volante y pisaba el acelerador—. Conozco a alguien que le va a dar tal paliza que le va a poner la cara del revés.


PARTE 8


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
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