6


La piel de la cara le escocía como si se hubiera quemado. Cubriéndose la mejilla con una mano fría, Gabrielle miró iracunda a su madre en desafiante silencio.

Y allí estaba su madre, mirándola a su vez, con aire seguro y relajado y los ojos relucientes de rabia.

—¿Dónde coño has estado?

—Fuera —replicó Gabrielle escuetamente.

Esa mano brutal cayó sobre ella de nuevo, pero esta vez Gabrielle la sujetó con firmeza. Sonrió con desprecio, satisfecha de ver la expresión sorprendida de su madre.

—Nunca más vas a volver a pegarme —afirmó Gabrielle, con un gruñido áspero. Apartó la mano de su madre—. Nunca más.

Su madre se rió sardónicamente.

—Oh, ¿en serio? ¿Y desde cuándo eres tan valiente, ratoncito mío? —Rodeó a Gabrielle, mirándola con desprecio—. No tienes cojones para plantarme cara.

Gabrielle se adelantó y se encaró con su madre, pegada a ella.

—Tú prueba.

Se quedaron mirándose en tenso silencio y Gabrielle resistió las ganas de tragar saliva. Así de cerca, los ojos de su madre la atravesaban como una navaja. Haciendo acopio de valor, Gabrielle se negó a ceder. Se mantuvo firme y erguida, obligando a sus ojos a sostener la mirada terrorífica de su madre. Pasara lo que pasase, ella no iba a ser la que desviara la mirada. Ahora no... nunca más. El valor inundó su corazón mientras veía cómo empezaba a temblar el labio superior de su madre.

El golpe que siguió fue tan rápido que Gabrielle apenas lo vio antes de que la enviara tambaleándose contra una cómoda. Se llevó la mano a la cara como reflejo y notó el calor de un pequeño flujo de sangre.

Su madre soltó una risilla burlona mientras se limpiaba el anillo del dedo corazón.

—Tienes mucho que aprender para intentar hacerme frente, niña.

Le levantó la cara a Gabrielle agarrándola por la barbilla y sonrió al ver las lágrimas que ahora manaban sin control.

—No vuelvas a hablarme así.

Gabrielle apartó la cara de la mano de su madre.

—No puedes hacer esto. Ya no soy una niña. Ya tengo veintiún años.

Su madre echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada.

—Oh, así que ya tienes veintiún años. Veintiún años y jamás te han besado, ¿eh?

Gabrielle se quedó callada, frunciendo el ceño mientras esos ojos fríos la miraban con expresión sarcástica y especulativa.

—Seguro que no —dijo su madre, acercándose más—. O debería decir, más vale que no.

Gabrielle se encogió bajo el amenazador escrutinio.

—Escúchame, querida hija mía. Sea lo que sea lo que estás tramando, eso se ha acabado ya. Y no intentes negarlo.

Gabrielle estuvo a punto de contestarle de malos modos, pero se detuvo, espantada cuando su madre se puso a olisquearla.

—Huelo su cuero en tu piel.

A Gabrielle se le desorbitaron los ojos al oír el comentario.

Su madre se apartó, repentinamente tranquila.

—Jamás escaparás de mí, Gabrielle. Por mucho que lo intentes, por mayor que seas. No hay un solo lugar en este planeta donde no pueda encontrarte. Tu pasado ha quedado borrado y tu futuro ha sido reescrito, querida, y te jodes, porque no puedes hacer nada para remediarlo. Así que escucha mi pequeño consejo, de madre a hija: acepta la suerte que te ha tocado en esta vida.

Gabrielle la miró con un odio abyecto en los ojos mientras su madre se encaminaba con elegancia a la puerta.

—Ah, y una cosa más, Gabrielle —dijo, ante la puerta ahora medio abierta, a punto de marcharse—. Sé que te está ayudando alguien. Sé incluso quién es... más o menos. Sólo es cuestión de tiempo que la encuentre. Y cuando lo haga, deseará no haber nacido.

La puerta se cerró de golpe y Gabrielle escuchó, paralizada y en un silencio aterrado, el ruido de los zapatos de su madre al alejarse.

Hasta que el repiqueteo rítmico de los tacones de aguja se desvaneció, el cerebro de Gabrielle no cayó en la cuenta del auténtico significado de la conversación.

Su madre lo sabía. Su madre lo sabía todo. Y tal vez la revelación más devastadora, la cosa que le revolvía el estómago con una oleada de náusea, era saber que su madre era la razón... la razón de todo ello.


Gabrielle se colgó la mochila del hombro y bajó a paso ligero por la Avenida Wisconsin. Se detuvo ante un escaparate y fingió mirar los zapatos, aprovechando para confirmar la sospecha que venía albergando desde que había salido de la residencia.

Alguien la estaba siguiendo. El mismo hombre bien parecido vestido con una sudadera de la Universidad de Georgetown la seguía desde que había salido de Harbin Hall y había torcido por Prospect. Al principio, tenía pensado coger el GUTS, el autobús de la universidad, y dirigirse a Dupont. Tenía que hablar con Evelyn lo antes posible, pero temía usar el teléfono, cualquier teléfono, por miedo a que la conversación quedara grabada, o peor aún, que Evelyn fuera localizada.

El autobús era la forma más rápida de llegar junto a su amiga, pero entonces Gabrielle vio a un tipo demasiado acicalado para ser un estudiante universitario y que parecía completamente fuera de lugar con su sudadera de la UG. Por instinto, supo que aquello era labor de su madre.

¿De verdad creían que era así de estúpida?

Gabrielle se detuvo ante el escaparate y contempló el muestrario de zapatos, aguantando la respiración hasta que Don Universitario llegó a su altura y luego pasó a su lado. Con todo, Gabrielle no se creía que no la estuviera siguiendo y, efectivamente, el hombre se detuvo junto a una tienda no mucho más abajo, fingiendo que él también estaba mirando el escaparate.

Maldita sea, soltó Gabrielle por dentro y se mordisqueó el labio inferior, intentando pensar en un plan alternativo.

Tomando una rápida decisión, se apartó del escaparate y cambió de dirección, para regresar al campus por donde había venido. No se sorprendió en absoluto cuando Don Universitario dejó de mirar escaparates y echó a andar en la misma dirección.

Aceleró el paso, se metió entre dos coches aparcados para cruzar el atestado bulevar y se arriesgó a echar un rápido vistazo atrás. Don Universitario había hecho lo mismo, esquivando el tráfico para no perderla, aunque llevaba un teléfono móvil pegado a la oreja.

Me cago en la leche, suspiró Gabrielle. Colocándose bien la mochila para equilibrar el peso, pegó un respingo cuando su propio móvil se puso a sonar. Movió la mochila para alcanzar el bolsillo y coger el teléfono que seguía sonando, y se detuvo para ver quién llamaba.

Era su madre.

Por un instante, pensó en no hacer caso de la llamada, pero, sin dejar de caminar, se volvió para echar un vistazo al agente que la seguía y se lo pensó mejor.

El móvil volvió a sonar y lo abrió, llevándoselo a la oreja muy nerviosa.

—¿Qué crees que estás haciendo? —oyó decir a su madre.

La pregunta le produjo una oleada de resentimiento.

—¡MÉTETE EN TUS PUTOS ASUNTOS! —gritó Gabrielle y luego tiró el móvil, madre incluida, en la siguiente papelera ante la que pasó.

Oyó la voz apagada de su madre que maldecía entre la basura mientras ella se alejaba a largas zancadas.


La biblioteca estaba maravillosamente silenciosa a pesar de que Don Universitario estaba allí también, fingiendo leer un libro. Gabrille atisbó desde detrás de su propio texto y lo fulminó con la mirada. Él levantó los ojos y la miró con cara inexpresiva y luego volvió a prestar atención a las páginas que estaba hojeando.

Gabrielle enarcó una ceja dorada. Dudaba de que el tipo supiera leer siquiera.

Apoyando el codo en las páginas de su libro abierto, se dio golpecitos pensativos en los labios con la punta de los dedos.

Su madre tenía infinitos recursos a su disposición para seguir sus movimientos. Ésa era una verdad de la que Gabrielle no podía escapar. Cualquier cosa que hiciera, cualquier cosa que comprara, cualquier lugar al que fuera, su madre lo sabría.

No se podía arriesgar a usar un teléfono y la cabina de la residencia seguro que ya estaba pinchada. Incluso si usaba teléfonos públicos al azar, su madre haría que sus matones la siguieran inmediatamente y rastrearan la llamada. En esta era de tecnología y comunicación instantánea, todo dejaba un rastro electrónico.

Sus dedos se apartaron de sus labios y tamborilearon con ritmo pensativo sobre la mesa de roble.

Al colgar a su madre y tirar el móvil, Gabrielle había declarado la guerra a todos los efectos. De modo que, ahora que estaban en guerra, lo que necesitaba era buenos consejos sobre estrategia militar.

—Bueno —se dijo Gabrielle mientras contemplaba la suave luz que entraba por los cristales biselados de los grandes ventanales de la biblioteca—. ¿Qué haría Xena?

Sus dedos tamborilearon una marcha ligera sobre la mesa durante unos cuantos segundos más hasta que de repente se le ocurrió una idea. Se levantó de la silla tan deprisa que el agente del otro lado de la sala no pudo evitar pegar un respingo sobresaltado. Gabrielle se rió por dentro, mirándolo por el rabillo del ojo mientras él volvía a acomodarse, al darse cuenta de que ella sólo iba a un ordenador.

Se sentó en una silla libre y sus dedos se movieron por el teclado. No tardó en encontrar lo que buscaba. Sus ojos recorrieron la larga lista de ensayos y libros disponibles como referencia.

Estrategias bélicas de Alejandro Magno, ensayo escrito por E. Badian en 1958.

—Con eso basta —murmuró Gabrielle y pulsó la tecla de impresión, esperando a que empezara la tarea antes de cerrar la página de búsqueda.

Momentos después, estaba de vuelta en su sitio con las páginas impresas, repasando el contenido del ensayo sobre Estrategias bélicas que ofrecía páginas y páginas de citas sobre el arte de la guerra atribuidas a Alejandro, junto con otros grandes generales de la época antigua. Sonrió al ver el párrafo escrito en el ensayo que atribuía a Alejandro una serie de estrategias militares que todavía se aplicaban hoy día.

—Todo lo que sabía, lo aprendió de Xena —murmuró Gabrielle mientras leía la lista de maniobras clásicas de combate y guerra de guerrillas inventadas mucho antes de la era del hombre moderno. Ni siquiera el terrorismo, al parecer, era una idea nueva, y parecía que Xena sabía lo suyo sobre cómo aterrorizar.

"El miedo paralizará el corazón de tu enemigo mucho antes de que tu espada derrame su sangre", leyó en una cita, atribuida al príncipe de Macedonia. Se preguntó si le daban el mérito a Alejandro de todo lo que había hecho Xena.

Volvió a concentrarse en el ensayo, pero le resultaba casi imposible olvidar la asombrosa imagen de la primera vez que vio a Xena, vestida con armadura de combate completa, blandiendo la espada en un gran arco mientras cabalgaba por un campo, con los sorprendentes ojos azules relucientes de sed de sangre.

—Sin duda practica lo que predica —susurró Gabrielle, intentando concentrarse de nuevo en la página.

"El arte de la guerra se basa en el engaño", leyó, y sonrió. A pesar de la mala traducción, en su mente no podía evitar vestir las palabras con la voz rica y los tonos suaves de Xena. "Ofrece cebos para atraer al enemigo... si se relaja, no le des descanso... si sus fuerzas están unidas, sepáralas. Haz las cosas abiertamente con el fin de engañar y permite que los espías las conozcan e informen de ellas al enemigo".

Los ojos verdes se apartaron de las sencillas palabras negras y cruzaron aviesos la sala hasta posarse en el agente, que seguía intentando esforzadamente parecer interesado en el libro que tenía delante.

"Haz las cosas abiertamente con el fin de engañar y permite que los espías las conozcan e informen de ellas al enemigo", repitió Gabrielle en silencio mientras miraba.

—Xena —dijo, cerrando sus libros de golpe—, eres un genio.

Gabrielle se levantó de la silla de un salto, recogió sus cosas y rodeó rápidamente la mesa rumbo a la puerta, sin importarle en absoluto que su sombra acabara de levantarse a toda prisa para apresurarse a seguirla.


Horas después regresó a la residencia después de arrastrar a su "cola" a una larga excursión por gran parte de Washington DC. Hacía un día precioso y ¿qué le podía apetecer más a una rica universitaria americana que ir de compras? Y vaya si compró, usando una de las tarjetas de crédito de su madre para gastar todo lo que pudo llevar consigo y más. Arrastró a Don Universitario a una orgía de compras que tardaría en olvidar, y se detuvo para hacer una docena de llamadas en otros tantos teléfonos públicos por el camino.

Pensó en comprarse otro móvil, pero lo desechó. Era mucho más divertido imaginarse a los agentes de su madre teniendo que abrirse paso por la compañía telefónica para rastrear los números que había marcado en multitud de cabinas telefónicas públicas. Gabrielle había llamado a amigos para charlar de temas intrascendentes, había hecho diversos planes para quedar que no creía que fuera a cumplir y hasta había usado la cuenta de la American Express de platino de su madre para reservar una habitación de hotel y un vuelo fuera de la ciudad para el próximo fin de semana.

Eso tendría a los agentes corriendo de acá para allá y daría por el culo a la estrecha de su madre.

Puta.

Gabrielle tiró las bolsas a la cama y luego se dejó caer ella también, agotada. Gastar el dinero de su madre era muy cansado... pero qué satisfacción. Tendría que haberlo hecho desde el principio, pensó riendo, imaginando que el agente que la había estado siguiendo estaría tan cansado como ella.

Rodó sobre el colchón y atisbó por la ventana.

Sí, ahí estaba, sentado en un banco. Agitó una ceja al tiempo que soltaba una risita burlona. Ya no tienes la espalda tan recta, ¿eh, muchacho? Parecía a punto de quedarse dormido.

"Si se relaja... no le des descanso", la voz suave y cálida de Xena susurró las sabias palabras que había leído y Gabrielle volvió a rodar sobre la cama.

—Pasemos a la fase dos —le anunció al techo, y se levantó de un salto.

Cincuenta centavos más tarde, estaba marcando un número en el teléfono público del final del pasillo. Estaba pinchado y lo sabía.

—¿Peter? —dijo, sonriendo cuando contestaron al teléfono—. Soy Gabrielle. ¡Eh! Hola a ti también. Cuánto tiempo, ¿eh? Estaba pensando en ti. Se me ha ocurrido que podríamos vernos. ¿Cuándo? ¿Qué te parece esta noche? ¿Estás libre? ¡Bien! ¿Te apetece cenar? Invito yo, por supuesto. Genial. ¿Qué te parece si quedamos en la Cantina del Cactus a las ocho? ¡Estupendo! Cómo me apetece volver a verte. Sí, yo también. Vale, hasta luego.

Gabrielle colgó el teléfono y se quedó mirándolo un momento, sintiéndose un poco culpable. No tenía la menor intención de reunirse con Peter en la Cantina. Dándole una palmadita al auricular del teléfono, miró las puertas del pasillo, con la esperanza de que Mary estuviera por ahí. Más tarde le tendría que explicar a Peter lo que estaba pasando: estaba segura de que precisamente él lo comprendería.

En cuanto esos hombres informaran a su madre de que había quedado con Peter, acudirían a la Cantina como moscas a la miel.

Gabrielle bajó por el pasillo hasta la habitación de Mary y se detuvo un momento antes de llamar. Al contrario que Evelyn y ella misma, Mary no era rica y siempre andaba escasa de dinero. Gabrielle no tenía duda de que estaría encantada de cenar con Peter... por el precio adecuado.

Una preocupación repentina le hizo fruncir el ceño. ¿Estaría poniendo en peligro a sus amigos? Esperaba que no. Al menos, no era ésa su intención. No, los agentes sólo la estaban siguiendo e informando a su madre de sus movimientos. Y su madre no era una amenaza mientras no estuviera presente.

—Ofrece cebos para atraer al enemigo. Finge desorden y aplástalo —repitió Gabrielle, con los ojos verdes chispeantes de ideas—. Bueno, puede que no consiga aplastar a mi enemigo, pero sin duda puedo volverlo loco —dijo Gabrielle, y luego llamó a la puerta de Mary.


Gabrielle salió del taxi y pagó al conductor, dándole una propina que era casi el doble de lo que marcaba el contador. Él le sonrió ampliamente muy agradecido y ella agitó la mano saludando cuando se marchó. Su plan había funcionado impecablemente: Xena estaría orgullosa.

Siguiendo sus instrucciones, Mary salió de la residencia pocos minutos antes que ella, fue hasta el final de la calle y, sin que el agente la viera, llamó a un taxi. Una vez en él, regresó a la residencia y se agachó discretamente en el asiento de detrás. Gabrielle había usado el teléfono público de la residencia para pedir un taxi y bajó alegremente las escaleras y se metió en el taxi como si fuese el que había encargado.

Tal y como había previsto, Don Universitario estaba en un coche corriente y muy evidente, preparado para seguirla.

El taxi se detuvo ante la Cantina y Mary se bajó. El taxi se alejó, pero el agente se quedó detrás, engañado por el largo pelo rubio de Mary y la ropa idéntica: vaqueros y una cazadora de cuero negra.

Cuando el taxi se alejaba, Gabrielle atisbó por encima del asiento trasero y soltó una risita. El agente se quedó esperando debidamente ante la Cantina, creyendo que Gabrielle había acudido a su cita con Peter.

Acomodándose en el asiento, Gabrielle le dio al taxista la dirección del apartamento de Evelyn, añadiendo un guiño cómplice para el hombre, que la miraba con curiosidad por el espejo retrovisor.

El taxista no comentó nada sobre el engaño ni sobre el cambio de ropa en el asiento de detrás, aunque sus ojos oscuros se esforzaron por ver el espectáculo. Al final, no vio nada más que una espalda desnuda y un tirante de sujetador, pero la carrera tan inusual con la gran propina del final era más que suficiente para disfrutar una noche. Se alejó tan contento como Gabrielle.

Ésta se volvió y subió los escalones de entrada hacia el apartamento de Evelyn, segura de que había llegado hasta aquí sin escolta y sola.

Gabrielle llamó a la puerta y sonrió cuando se abrió un poco, revelando el rostro sorprendido de su amiga.

—¡Gabrielle! ¿Dónde te habías metido? He estado llamándote sin parar.

—Lo siento, es que he tenido que tirar mi móvil. ¿Puedo pasar?

—Claro —dijo Evelyn, abriendo más la puerta y dándole la bienvenida con un gesto de la mano—. Adelante.

—Cierra la puerta —dijo Gabrielle con un tono que hizo enarcar las cejas a Evelyn.

Ésta cerró la puerta y siguió a Gabrielle hasta el sofá del cuarto de estar.

—¿Qué pasa?

—No te voy a poder ver durante un tiempo —declaró Gabrielle con la cara muy seria.

Evelyn se la quedó mirando y luego estalló en carcajadas.

—Jo, Gabrielle, ¿qué haces... romper conmigo?

—Deja de reírte, Evelyn, lo digo en serio. Cuando volví a mi residencia esta mañana, ¿a que no sabes quién me estaba esperando?

—¿Xena?

—Ojalá. Prueba otra vez.

Evelyn resopló impaciente.

—No lo sé, Gabrielle, ¿quién te estaba esperando?

—Mi madre.

—¿Tu madre?

—No, la tuya. Sí, mi madre, y estaba más furiosa que un pollo de dos cabezas en el día de matanza, deja que de diga.

—Un pollo de dos cabezas... —Evelyn sofocó una risotada—. Gabrielle, ¿de qué hablas?

—Lo sabía.

Evelyn tragó saliva, sin creerse lo que acababa de oír.

—¿Lo sabía? ¿Cómo que lo sabía?

—Lo sabía —repitió Gabrielle, acercándose más—. Te digo que lo sabía... sabía lo de Xena. Sabes lo que quiere decir eso, ¿verdad?

—Que es ella.

Gabrielle asintió, con el rostro absolutamente serio.

A Evelyn se le dilataron los ojos.

—Es ella.

Gabrielle asintió de nuevo.

—¿Qué vamos a hacer?

Los ojos de Evelyn recorrieron su cuarto de estar como si buscaran respuesta.

—Tiene que ser una chamana poderosísima, Gabrielle. ¿Cómo vamos a luchar contra eso?

—También sabe lo tuyo, ¿sabes?

—¿Qué? —exclamó Evelyn, con un respingo sobresaltado—. ¿Cómo que sabe lo mío?

—Me dijo que sabe que me está ayudando alguien, aunque sé fijo que no sabe quién es... todavía.

A Evelyn se le hundieron los hombros por el alivio.

—Bien. Casi me matas del susto. No estoy preparada para enfrentarme a alguien así de poderoso.

—Y tenemos que asegurarnos de que no te enfrentas nunca a ella, es decir, hasta que estés preparada. —Gabrielle se levantó del sofá y recogió sus cosas—. Será mejor que me vaya. Quería ver cómo estabas, asegurarme de que estabas bien y de que sabías lo que está pasando. Estoy segura de que no me han seguido, pero con mi madre nunca se sabe.

—¿Seguido?

—Sus gorilas. Agentes. He tenido que cargar con ellos durante casi toda mi vida. Ahora me están vigilando muy de cerca. Por eso no voy a poder verte durante un tiempo. No podemos permitir que mi madre descubra quién eres. Al menos, todavía no... hasta que estemos preparadas.

—¿Cómo que hasta que estemos preparadas?

—No nos vamos a poder ver durante por lo menos unos meses, tal vez más. Y nada de hacer "viajes" sin mí, ¿te enteras, Evelyn?

Evelyn hizo una mueca como si no quisiera aceptarlo.

—Lo digo en serio, Evelyn. No te atrevas a volver allí sin mí. De algún modo, mi madre se ha coscado de lo que estamos haciendo. Y ahora me está vigilando mucho más de cerca. No podemos arriesgarnos a hacer un ritual, ahora no. —Gabrielle se rascó pensativa la barbilla—. Al final, acabará hartándose de vigilarme, siempre se harta. Vamos a tener que esperar hasta entonces.

—Dios mío, Gabrielle. No lo había pensado. ¡Tu madre se va a presentar como vicepresidenta en las próximas elecciones!

Gabrielle asintió: la gravedad de la situación empezaba a pesar como una losa sobre sus hombros.

—Efectivamente. Nos estamos jugando algo más que nuestro destino, Evelyn.

—El pasado y el futuro —susurró Evelyn—. No puede ser elegida. Nadie como ella debería tener tanto poder.

—No podemos estar en contacto —declaró Gabrielle con firmeza—. Ni el más mínimo contacto. ¿Estás de acuerdo?

Evelyn asintió con seriedad.

—¿Qué hacemos entretanto?

—Entretanto —contestó Gabrielle al tiempo que se dirigía a la puerta—, Xena me advirtió de que la próxima vez que la visite, estará en guerra con los persas. Tengo que prepararme para eso.

Evelyn siguió a su amiga por el cuarto de estar hasta la puerta de entrada.

—¿Cómo que te tienes que preparar?

Gabrielle se detuvo ante la puerta y se dio la vuelta.

—¿Yo? —dijo, señalándose a sí misma—. Me voy a entrenar. Yoga, artes marciales, kárate, armas... lo que sea, lo voy a hacer.

—¿Qué crees que vas a hacer? ¿Luchar en su ejército?

—No, a su lado, si puedo. Si no puedo, al menos no le causaré ningún daño, como la última vez. En cualquier caso, estaré preparada.

—¿Preparada para qué? Allí somos como fantasmas.

—Tú no eras un fantasma en la aldea amazona, ¿verdad?

—Ya, pero sólo porque tomé drogas suficientes para matar a un elefante.

—Sí, y por eso tú también tienes trabajo que hacer. Quiero notar la lluvia en la cara, igual que tú, Evelyn. Xena me necesita. Tengo que hacerme real para ella. No sólo en esos segundos antes de aparecer y desaparecer, sino real como si hubiera nacido entonces. Tiene que haber un modo de poder hacerlo, sin matarme con una sobredosis.

—Entonces, ¿cuál es el plan? ¿Qué tengo que hacer?

—Tú —contestó Gabrielle, agarrando el picaporte de la puerta—, también te tienes que entrenar.

—¿Sí?

—Sí, efectivamente. Tienes que aprenderlo todo sobre ritos y rituales chamánicos, en especial tal y como se realizaban en la época antigua.

—Eso sí que puedo hacerlo —dijo Evelyn, sonriendo.

—Bien —replicó Gabrielle, sonriendo a su vez.

Pasó por la puerta abierta al descansillo y luego se volvió para mirar a Evelyn una última vez.

—Esto es peligroso, Evelyn. Peligroso de verdad. Si mi madre te descubre...

—No te preocupes, que tu madre no me va a descubrir. A fin de cuentas, no nos movemos en los mismos círculos.

Gabrielle le puso la mano en el hombro a su amiga y apretó.

—Pues asegúrate de que vuestros círculos no se cruzan. Por favor, ten cuidado.

—Lo tendré. Y tú también —respondió Evelyn, poniendo la mano sobre la de su amiga y apretándola a su vez—. Ten cuidado, Gabrielle. Te voy a echar de menos.

—Yo también te voy a echar de menos. —De mala gana, Gabrielle apartó la mano del hombro de su amiga y se alejó de Evelyn, avanzando por el descansillo hacia las escaleras.

—¿Cuánto tiempo? —llamó Evelyn—. ¿Cuánto tiempo crees que tenemos que esperar?

—No lo sé... un par de meses como mínimo —replicó Gabrielle, dándose la vuelta y caminando de espaldas mientras respondía—. No me llames. Te llamaré yo... cuando crea que es seguro.

—De acuerdo.

—Cuando te llame... tienes que estar preparada —le advirtió Gabrielle, señalándola con el dedo.

—Estaré preparada. Te lo prometo.

Gabrielle se dio la vuelta y bajó corriendo las escaleras hasta la puerta del edificio.

—¡Cuídate, Gabrielle! —gritó Evelyn—. ¡No tomes nada que yo no tomaría! —Sonrió, viendo cómo su amiga desaparecía escaleras abajo—. Cuídate —repitió Evelyn en voz baja, regresó a su apartamento y cerró la puerta.


Esto no era más que puro boato y Xena lo detestaba. Le parecía una pérdida de tiempo cuando había tantos otros detalles más importantes que requerían su atención. Se movió sobre la silla a lomos de Argo y se ajustó la espada que llevaba a la espalda.

Vestida con el traje completo de combate, Xena resultaba impresionante. Incluso entre las largas filas de la caballería brillantemente armada que se abría paso por la ciudad, destacaba como una presencia dominante. Por toda la avenida principal, tanto corintios como visitantes atestaban las aceras y los balcones para aplaudir a las fuerzas griegas combinadas que emprendían la marcha para lanzarse a la guerra contra su antiguo enemigo, los persas. Y aunque el gentío se echaba hacia delante para aplaudir a sus soldados, de habérselo preguntado muchos habrían confesado que en realidad estaban allí con la esperanza de ver a la legendaria guerrera, su comandante suprema, Xena de Macedonia.

La Princesa Guerrera no defraudaba. Con su poderosa presencia, iba montada en su caballo de guerra tan tranquila como si marchara a una cacería. El desfile que avanzaba por delante de ella era un espectáculo asombroso: doce mil soldados griegos habían emprendido la marcha a mediodía. Las secciones a las que se les había concedido el honor de acompañar a la comandante suprema hasta salir de Corinto eran la Brigada de Guardias y la Caballería de Compañeros, una fuerza combinada de infantería y caballería compuesta por los mejores guerreros de toda Grecia. Las filas de soldados y caballos llenaban la calle de ocho en fondo y eran tan largas que una hora después Xena todavía no había avanzado ni un centímetro.

Lo que los espectadores no sabían era que se habían perdido el auténtico espectáculo. El grueso del ejército griego había salido de los campos que rodeaban la ciudad al amanecer. Más de seis mil soldados de caballería de Macedonia, Tesalia, Tracia y Atenas, junto con más de treinta mil soldados de infantería que representaban a todas las ciudades-estado griegas y una hueste de mercenarios y voluntarios de tribus extranjeras, habían dejado las polvorientas llanuras nada más salir el sol, siguiendo una ruta comercial que evitaba la ciudad por completo. Cuatro batallones emprendieron la marcha escalonadamente para garantizar que el ejército llegaba a sus diversos destinos durante cada día de marcha a tiempo y sin atropellarse entre sí.

Los generales de brigada de Xena, Parmenión, Lisímaco, Casandro y Nicátor, no estaban con ella para recrearse en la gloria del gran desfile a través de Corinto. Iban al mando de las columnas que seguían la luz de la mañana rumbo a Sestos. Por delante de ellos, un cuerpo de ingenieros y especialistas había salido de Corinto varios días antes para recabar información sobre las rutas y los terrenos para acampar, así como para asegurar el paso seguro de todas las tropas por campos, ríos, puentes o cualquier obstáculo que pudieran encontrar. Y antes de eso, antes de que un solo soldado diera un solo paso rumbo a Persia, Xena había enviado mensajeros que se habían apostado a intervalos regulares. Ellos le entregarían los informes sobre el avance de cada división al llegar a los puntos de control ya establecidos por el camino.

Luego, por supuesto, estaban los grupos más pequeños de veloces jinetes que habían partido aprovechando la oscuridad de la noche. Avanzadillas de exploradores que tomarían nota e informarían de posibles movimientos enemigos, aunque no se esperaba que ocurriera nada hasta que dejaran las fronteras seguras de Tracia. Y luego estaban los espías, casi tantos espías como tropas ligeras: más de mil. Su misión había empezado meses antes y Xena había estado recibiendo un flujo constante de información de estos mercenarios bien pagados mucho antes incluso de que ella misma llegara a Corinto.

Volvió la cabeza para mirar a Alejandro y sonrió ante su juvenil impetuosidad. Estaba convencido de que su discurso ante los senadores era la causa del lanzamiento de esta campaña. En realidad, Xena había estado tomando medidas para la conquista de Persia mucho antes de que el congreso de Corinto se lo planteara siquiera.

Alejandro notó que Xena lo miraba y sonrió.

—Gracias por cambiar de opinión.

Xena se rió por lo bajo. Más de un año con ella y el pobrecillo seguía en la inopia.

—Deberías agradecérselo a Antípatro —replicó, mirando de nuevo al frente—. Él me convenció de que mi decisión era un error.

—¿Antípatro? —Alejandro se movió para buscar al recién nombrado regente. El joven estaba en lo alto de los escalones que llevaban al foro, flanqueado a cada lado por dos de sus amigos. Se quedarían atrás al mando de una milicia considerable para proteger a Grecia y los intereses de Xena, mientras ellos estaban fuera. Ocho años era mucho tiempo para que un gobernante estuviera ausente de su trono, y ocho años era el mínimo que Xena calculaba que tardarían en conquistar el resto del mundo conocido.

Alejandro saludó a Antípatro, el joven lugarteniente que había sido elegido para ocupar su lugar. Se dio cuenta por la postura de Antípatro, por su sonrisa de orgullo y por su forma de corresponder a los saludos y gestos de las masas vitoreantes de que estaba emocionadísimo por haber ascendido tan deprisa a tan alto nivel.

Como un chiquillo encargado de guardar la granja, pensó Alejandro sonriendo.

Alejandro elevó los ojos al cielo y dio gracias por no ser él quien se quedara atrás para gobernar en ausencia.

No albergaba la más mínima duda: Xena estaba destinada a la victoria. Los dioses, en especial el dios de la guerra, favorecían a la guerrera. Y en este día especial, el sol la iluminaba como si el mismo Ares la besara en la frente, otorgándole su bendición. Sonrió mientras contemplaba el perfil de Xena. Bella y segura, esperaba con calma a lomos de Argo a que el desfile de soldados que se extendía ante ellos empezara a desplegarse.

De modo que si la gloria de conquistar el mundo no estaba destinada a él, al menos podría bañarse en su luz combatiendo al lado de Xena en ésta que era la mayor de sus campañas.

La línea de tropas montadas que tenían delante empezó a avanzar y Alejandro sonrió, notando el calor del sol en la espalda y oyendo las aclamaciones de los miles de personas que llenaban las calles y balcones de Corinto y gritaban el nombre de Xena. Sí, efectivamente, era un buen día para la guerra.


Xena tiró ligeramente de sus riendas, una orden para que Argo se estuviera quieta. Bajo sus piernas la yegua empezaba a agitarse nerviosa, a medida que crecía el entusiasmo de la muchedumbre que tenían alrededor. Vio por encima de las cabezas de los soldados que tenía delante que muy pronto empezarían a moverse.

Y así, en este hermoso día de verano, por fin emprendería la marcha desde Corinto hacia el Helesponto. Llevaba soñando con este día desde la primera vez que cabalgó al frente de su primer ejército, y ahora el día estaba a punto de hacerse realidad.

Y entonces las filas de delante se pusieron en marcha. Segundos después, azuzó a Argo con las rodillas y su caballo de guerra caracoleó, dando los primeros y orgullosos pasos, golpeando ruidosamente con los cascos el pavimento de piedra del bulevar. Su movimiento provocó un rugido de aclamaciones por parte de la multitud y un respingo de sorpresa por parte de Alejandro. Xena sonrió y asintió, agradeciendo los aplausos y sintiendo cierto placer al ver la torpeza inicial de Alejandro. Bajo el pesado escrutinio de millares de personas, hasta el más mínimo tropiezo marcaba una diferencia.

Xena sonrió con sorna a su compañero cuando por fin consiguió controlar a su caballo y colocarse a su lado.

—¿Por qué tienes que ser siempre tan perfecta? —preguntó Alejandro sin mover apenas los labios, intentando imitar la actitud estoica de Xena.

—Disto mucho de ser perfecta —replicó Xena—. El truco consiste en parecerlo.

—Tengo mucho que aprender, ¿verdad?

—Tú lo has dicho —replicó ella sonriendo—. ¿Crees que podrás aprenderlo todo en una luna?

—¿Por qué? ¿Qué va a ocurrir dentro de una luna?

—Una luna... veinte días hasta Anfípolis y Tracia... diez días para cruzar el paso.

—¡Diez días! ¿Tú crees que podemos bajar la montaña en diez días?

—No me preocupa bajar la montaña. Lo difícil será subirla. Para cuando emprendamos el ascenso, habrá cambiado el tiempo.

—¿Te preocupa el tiempo?

—No, me preocupan las amazonas. No van a recibir con mucha amabilidad a una fuerza invasora que marcha a través de sus tierras acabando con toda la caza de sus bosques justo antes del invierno.

—¿Las amazonas?

—Van a presentar batalla, te lo aseguro.

—Creía que te habías reunido con su reina. ¿No hicisteis una alianza?

Xena sonrió, recordando la atractiva imagen de Gabrielle vestida de reina amazona.

—Oh, ya lo creo que hicimos una alianza.

Alejandro sofocó una carcajada.

—No me cabe duda. Entonces, ¿cuál es el problema?

Xena le echó una mirada de reojo, molesta por el tono libidinoso.

—Es otra tribu —contestó secamente y apartó la mirada.

—Oh, qué lástima —comentó Alejandro, mirándola con interés. ¿Se acababa de enfadar con él? La idea desapareció cuando Alejandro se volvió para saludar ante un estallido de aplausos cuando la línea dobló una esquina. Se estaban acercando al hermoso templo de Afrodita y Alejandro conocía muy bien a las acólitas que vivían allí.

Sonrió, observando las flores que caían a su alrededor lanzadas por las mujeres que chillaban y aplaudían. El aire se llenó de una lluvia multicolor de pétalos flotantes que bajaron despacio hasta posarse sobre sus cabezas y decorar las crines trenzadas de sus cuidados caballos.

—Menudo tributo de las mil prostitutas sagradas de Corinto. ¿Las flores son para ti o para mí? —preguntó Alejandro, mirando a Xena. Ésta respondió con una sonrisa pícara y una ceja enarcada.

Las rameras elevaron un coro de vítores, unos gritos ululantes parecidos al propio grito de guerra de Xena, y se pusieron a entonar su nombre.

Alejandro se sacudió algunos pétalos del pelo y de Bucéfalo.

—Eso responde a la pregunta.

El largo desfile pasó por debajo de un impresionante arco de mármol, cuyas altas columnas de piedra de cada lado estaban adornadas con dos carros dorados, uno montado por Faetón, hijo de Helios, y el otro por el propio Helios. El gentío rugió entusiamado, pues el paso por la puerta señalaba la salida oficial del ejército griego de Corinto en su marcha hacia Persia.

Por el rabillo del ojo, Xena vio a un mensajero. Se abría paso a través de la multitud, guiando a su caballo lo más deprisa posible por entre un laberinto de gente que llenaba las calles de la ciudad.

Cuando por fin la alcanzó, el mensajero giró a su caballo para avanzar al lado de la comandante suprema. La saludó, con la mano en el pecho, y luego le entregó un pergamino enrollado, tras lo cual se alejó al galope. Era el primero de los numerosos mensajes que iba a recibir Xena durante este día.

—¿Va todo bien? —preguntó Alejandro, advirtiendo la frente fruncida de Xena mientras leía la nota. Se inclinó para tratar de ver la misiva.

—Hay un alboroto más adelante —contestó Xena crípticamente, enrollando de nuevo el pergamino—. Cuando lleguemos allí, abandona la fila y ocúpate de ello.

Alejandro frunció el ceño. No se habían alejado ni una legua de la ciudad y ya había un alboroto. Su aprensión fue en aumento cuando tomaron una curva y el problema se hizo bien visible al lado del camino. Había una muchedumbre reunida y su atención no se centraba en el desfile que pasaba, sino en un pequeño círculo de la milicia corintia.

Alejandro dirigió una mirada interrogante a Xena y ésta respondió asintiendo rápidamente con la cabeza, señal de que debía ocuparse del asunto y solucionar lo que estuviera causando el alboroto.

Tiró de las riendas y sacó a su caballo de la fila, chasqueando la lengua y pegando patadas suaves con los talones para hacer avanzar a su semental. El gran animal obligó a separarse al pequeño mar de mirones hasta que, por fin, Alejandro no pudo avanzar más. Levantó la pierna, la pasó por encima del arzón de la silla y desmontó de un salto, empujando y haciéndose sitio a codazos para acabar de pasar a través del gentío.

—¡Apartaos! —gritó—. ¡He dicho que os apartéis!

Se abrió paso a empujones hasta el final de la multitud y salió a un claro guardado por un círculo de milicianos. Un oficial estaba agachado sobre una rodilla, inclinado sobre una persona que al parecer yacía muerta en la hierba.

Alejandro se acercó, con los brazos en jarras.

—¿Qué ocurre aquí?

—¡Asuntos oficiales, así que no es cosa tuya! —respondió el oficial de malos modos, mirando molesto por encima del hombro. Se levantó de un salto en cuanto reconoció al que había hecho la pregunta—. ¡Perdón, general! No sabía que eras tú.

—¿Qué ocurre?

—Las hemos encontrado aquí muertas, general —contestó el oficial, señalando los dos cuerpos con la mano—. Asesinadas.

—¿Asesinadas?

Alejandro se inclinó sobre los cuerpos para examinarlos más de cerca. Enarcó las cejas al reconocer a las dos personas.

Eran la joven esclava rubia y la anciana. Xena las acababa de desterrar por su participación en el intento de asesinato. Yacían muertas sobre la hierba de la cuneta del camino apenas dos días después de haber escapado por poco a una condena a muerte.

Les habían cortado el cuello de oreja a oreja.

Alejandro se irguió preocupado. Se preguntó cómo se tomaría Xena la noticia. ¿Como un mal agüero? ¿O tal vez era una señal de lo que opinaban los dioses sobre su misericordia?

Oyó su voz tranquila y suave sin haberla oído llegar y estuvo a punto de pegar un brinco del susto.

—Quemad los cuerpos y despejad el camino —ordenó Xena sin inmutarse.

—¿No quieres abrir una investigación para saber quién las ha matado?

—Es evidente quién las ha matado —afirmó Xena mientras los guardias levantaban los cuerpos y se los llevaban—. Durante casi toda su vida fueron esclavas al servicio de las clases altas de Corinto. No sabían nada de los ladrones, los rufianes y los asesinos de la ciudad. La vieja murió intentando proteger a la joven bonita. La chica murió después. Así que... ahora son libres.

Alejandro hizo una mueca, imaginándose la suerte de la bonita joven fuera de los muros de Corinto una vez muerta su anciana protectora. Sí, no era lugar para alguien que no tenía ni idea de qué esperar.

Xena dio la espalda a la escena y atravesó el gentío, que le fue abriendo paso mientras avanzaba. Se montó en Argo de un salto y regresó a su puesto en la fila. Al poco, Alejandro estaba de nuevo a su lado montado en su propio caballo. El gentío no tardó en dispersarse y las tropas reemprendieron la marcha.

Al cabo de un rato de cabalgar en silencio, Alejandro por fin intervino.

—Sabías que eso era lo que les iba a suceder. Por eso las perdonaste.

Xena lo reconoció encogiéndose levemente de hombros.

—No lo sabía con seguridad, pero lo sospechaba.

Alejandro se quedó mirándola, asombrado.

—Al principio pensé que era una decisión estúpida. Que te hacía parecer débil. Pero más tarde, esa misma noche, oí los comentarios que corrían por toda la tienda. Te hacía parecer misericordiosa. Atalo era el traidor y todo el mundo pensaba que las esclavas sólo eran unas estúpidas. Él perdió la cabeza y tú les diste a las esclavas aquello por lo que estaban dispuestas a jugarse la vida, su libertad. Toda la noche los hombres estuvieron cantando tus alabanzas por ese gesto. Y sin embargo, tú sabías desde el principio que esas dos mujeres no durarían ni una noche.

—Bueno, aquí fuera tenían más posibilidades que con Atalo. Si Atalo hubiera tenido éxito, habría acabado matándolas.

Alejandro asintió, pues conocía muy bien a su tío.

—Eso es muy cierto.

—Al menos tenían una oportunidad. Podrían haber salido adelante —comentó Xena, aunque en el fondo sabía que era mentira. Pasaron ante ese punto de la cuneta del camino, ahora despojado de toda su historia, salvo por los huecos en la hierba donde habían yacido los dos cuerpos. Lo siento, Gabrielle, pensó, tú misericordia era auténtica.

La mía no, reconoció ante sí misma, y agitó las riendas, azuzando a Argo para que acelerara el paso y dejar el incidente y Corinto atrás.


Es estupendo ser rico... o al menos es estupendo tener un padre que es rico. Evelyn volvió a dar gracias por su suerte al tiempo que cogía un martini muy bien servido de la bandeja de un camarero. Recorrió rápidamente la sala con la mirada en busca de su padre y sonrió al no verlo por ninguna parte. Se pondría como una furia si la veía bebiendo. Se bebió el martini de un trago y volvió a dejar la copa en la bandeja del camarero a la espera, tapándose los labios cortésmente con los dedos al eructar.

—Le pido disculpas —le dijo al camarero recatadamente.

El camarero se alejó sin decir palabra.

Los días pasaban despacio para la joven aprendiza de chamana. Fiel a su palabra, no había tenido la menor noticia de Gabrielle. Era como si nunca se hubieran conocido, nunca hubieran sido amigas, nunca hubieran compartido juntas sus asombrosas experiencias. De no haber sido por la solemne promesa de que las dos tenían que estar preparadas para una futura aventura, Evelyn habría pensado que todo aquello era producto de su imaginación calenturienta.

Durante los meses que siguieron, dejó la universidad y decidió en cambio apuntarse a todos los cursos que pudo encontrar sobre nueva era, numerología, astrología, cristales, cánticos tantra, meditación y budismo, tanto en la red como en Washington DC.

Si volvía a sentarse una vez más en una colchoneta de yoga, murmurando "fuera la ira, dentro el amor", estaba convencida de que iba a vomitar encima de la próxima cabeza rapada al cero que viera.

De modo que, en vista de que esta noche la había declarado como vacaciones oficiales del descubrimiento de su yo interior, no veía motivos para no intentar tomarse otro cóctel de tapadillo.

Sus ojos recorrieron a la multitud que se había congregado en este restaurante de moda del centro. Vio a otra persona, una camarera esta vez, que llevaba una bandeja de bebidas.

Juego, set y partido, sonrió maliciosamente, y avanzó por entre la gente de pie para llegar a su meta. Antes de que la camarera notara siquiera su presencia, ella ya había cogido una copa de cóctel de la bandeja, se había bebido de un trago el delicado martini Kettle One y había dejado la copa vacía en su lugar correspondiente. Para cuando la camarera notó la diferencia en el peso y volvió la cabeza para ver quién había cogido una copa, Evelyn ya se había ido.

—Oooh, le pido disculpas —le dijo de nuevo a un hombre bien vestido con aire de ejecutivo que la había pillado eructando—. Los martinis me dan gases —dijo como explicación y se alejó rápidamente antes de que él tuviera ocasión de comentar nada.

—A mí también me darían gases, si me los tragara de esa forma. Dime, ¿cómo te las arreglas para seguir en pie?

La elocuente voz pertenecía a una mujer alta, delgada y muy atractiva.

—Lo da la práctica —respondió Evelyn alegremente y se acercó. Por alguna razón, le gustaba el aspecto de la mujer. Iba muy bien vestida, tenía el pelo largo y ondulado, ojos bondadosos y una sonrisa que invitaba a conversar.

—¿Qué hace una universitaria como tú en una fiesta de los poderosos de Washington como ésta? —preguntó la mujer, cogiendo dos martinis de la bandeja de una camarera que pasaba y dándole uno a Evelyn.

Evelyn aceptó la copa con elegancia y brindó por la mujer antes de beber un sorbo.

—Mi padre —empezó.

—Claro —interrumpió la simpática mujer—. Sí, ya veo el parecido, ahora que lo dices.

—Espero que no me lo tengas en cuenta.

La mujer bebió un sorbo.

—En absoluto. Al fin y al cabo, tú padre es un hombre de negocios muy rico y triunfador. Podrías tener padres peores.

—Muy cierto —dijo Evelyn, bebiendo otro trago y pensando en Gabrielle. La fuerza del alcohol mezclada con esa idea le provocó un escalofrío por la espalda. Fue en ese momento cuando los ojos de Evelyn se posaron en una mujer alta y elegante que hablaba con un pequeño grupo de hombres de aspecto muy importante en un rincón. Por algún motivo, se sentía atraída y repelida a la vez por ella.

—¿La conoces? —preguntó su acompañante, al fijarse en lo que miraba Evelyn.

—No. —Evelyn meneó la cabeza.

—Es una auténtica zorra infernal, deja que te diga. Pero, en estos momentos, es una de las mujeres más poderosas de Washington. —Bebió un trago de su martini y observó a Evelyn atentamente—. Hay claras indicaciones de que va a ser la primera mujer vicepresidenta, si te lo puedes creer. Tu padre debe de tener importantes contactos para conseguir que asista a su pequeña fiesta.

Evelyn clavó la mirada en el otro lado de la sala, sin oír apenas lo que decía la mujer que tenía al lado. Se le pusieron los ojos como platos.

¡La leche! Ésa es la madre de Gabrielle, chilló la mente de Evelyn.

Su atención se centró por completo en la mujer de aspecto fiero que estaba al otro lado de la sala. De repente se le secó la boca y esos dos martinis, que momentos antes le habían sabido tan deliciosos, amenazaron con volver a aparecer.

Casi veía el poder que emanaba a oleadas de la mujer. Su fuerza barrió a la multitud y entró rugiendo en ella, arrebatándole el aire de los pulmones.

Desde el otro extremo, unos intensos ojos verdes se apartaron del rostro de la persona con la que hablaba y se volvieron, centrándose en Evelyn.

De repente, Evelyn supo perfectamente lo que era ser un ciervo atrapado ante los faros de un coche. Esa mirada afilada como una cuchilla atravesó al gentío y dio la impresión de clavarse directamente en Evelyn. El corazón le latía desbocado en el pecho y su ruido le inundaba los oídos, hasta que lo único que oyó fue el rápido golpeteo de su corazón aterrorizado y nada más.

—Bueno, ¿y cómo te llamas? —La nueva amiga de Evelyn se colocó delante de ella, rompiendo al instante la conexión.

—¿Qué? —Prestó distraída atención a la voz, pero se sentía como si le hubieran secado la mente.

Su acompañante echó un rápido vistazo por encima del hombro.

—Ven conmigo ahora mismo. No puedes quedarte aquí.

Agarró a Evelyn por el hombro, le dio la vuelta bruscamente y la llevó hacia la puerta.

—Vamos a sacarte de aquí —le susurró a Evelyn al oído.

Sin perder un momento, la preocupada mujer llevó a Evelyn a través del gentío y la sacó de la fiesta.


Primero apareció y luego desapareció. Era inconfundible. La madre de Gabrielle sintió el tirón de alguien que tenía una cantidad increíble de poder elemental. Continuó su conversación con los dos senadores, pero toda su atención estaba centrada ahora en recorrer la sala con los ojos para encontrar su origen. Entonces su fría mirada se posó en una joven que tenía un martini en la mano y que la miraba a su vez con cara rara.

La ira de la madre de Gabrielle fue en aumento. Se volvió de nuevo hacia sus acompañantes e interrumpió la conversación.

—Discúlpenme un momento, señores. Tengo que ir al tocador.

En los breves instantes que tardó en disculparse y volverse, la chica había desaparecido. Donde apenas un segundo antes esa joven criatura se había quedado paralizada bajo sus ojos como un animalillo atropellado, ahora sólo había vacío.

La madre de Gabrielle se abrió paso por entre la gente hasta llegar al sitio, que aún estaba caliente y palpitante por la energía de la poderosa presencia. Tanto poder no podía emanar de una universitaria.

Y entonces la madre de Gabrielle recordó a una mujer de más edad, más alta y más guapa, que estaba al lado de la joven.

Miró a su alrededor en vano. Por fin, enarcó una delgada ceja con altivez.

—Seas quien seas, te encontraré.


Una limusina negra se detuvo ante el restaurante y el aparcacoches abrió la puerta.

—Sube —ordenó la mujer amablemente. Evelyn no tenía voluntad para oponerse: seguía aturdida por el encuentro de cerca con la madre de Gabrielle. No protestó cuando la mujer la ayudó a meterse en el lujoso asiento del coche. La mujer la siguió, deslizándose con elegancia dentro de la limusina al lado de Evelyn, e hizo un gesto al aparcacoches para que cerrara la puerta.

Evelyn se quedó esperando en silencio aturdido, observando la interacción entre la mujer y el chófer. Éste miró a su señora por el espejo retrovisor hasta que la mujer asintió una vez. Inmediatamente, el chófer arrancó el vehículo y se alejó, metiendo la larga y elegante limusina en el torrente del tráfico lento de Washington.

El movimiento del coche hizo reaccionar a Evelyn.

—¿Dónde vamos? —preguntó, cuando su mente encontró por fin las palabras.

—A un sitio donde podamos hablar.

—¿Hablar? ¿Hablar de qué? ¿Quién eres tú? ¿Qué quieres de mí?

La mujer observó a Evelyn en silencio durante unos instantes como si la estuviera juzgando de una forma misteriosa. Evelyn tuvo la clara sensación de que estaba siendo examinada de una forma que iba mucho más allá de la simple capa externa de piel y huesos.

—Tienes corazón de chamana —afirmó de repente.

Por segunda vez, a Evelyn se le pusieron los ojos como platos. Se quedó sentada en la parte de detrás de la limusina, mirando sin habla a la hermosa mujer.

La mujer sonrió amablemente, con los cálidos ojos tranquilos y acogedores.

—He pensado que a lo mejor querías hablar de eso.


Xena caminaba por el campamento, ajena a la atención que llamaba su presencia. Había hileras de fogatas encendidas y sus hombres estaban acurrucados alrededor, mirándola con una mezcla de pasmo y temor en los ojos al verla pasar.

Un joven paje se acercó corriendo y, aminorando la marcha, ella cogió el mensaje que le entregaba, tomando nota de las nubes de vapor que escapaban de sus pulmones. El aire se estaba poniendo frío por las noches, pues la estación estaba cambiando poco a poco.

Mientras caminaba, desenrolló el pergamino y lo leyó. Parmenión estaba acampado en el valle de Edomes. Enrolló el papiro y se lo metió en el brazal. Su batallón había alcanzado el punto de control tal y como debía. Sus propias tropas estaban todavía varias semanas por detrás de ellos.

Pasó ante una hoguera y saludó inclinando la cabeza a los soldados que la saludaban a su vez. Le preocupaba saber que ahora estaban muy cerca de Anfípolis. Una vez más, se planteó la posibilidad de hacerle una visita a su madre y de nuevo la desechó apresuradamente.

Estaba decidida. Marcharía a través de su tierra natal al frente del mayor ejército conocido por Grecia y no dedicaría a su pasado más que la breve mirada que haría falta para enviar a un mensajero a entregar una misiva a sus dirigentes.

Anfípolis pagaría el precio de esta guerra con algunos hombres buenos, si los tenía, igual que todas las demás ciudades de Grecia.

Sus pesadas botas dejaban profundas huellas mientras caminaba a largas zancadas por el campamento. No, ésa era su decisión final. Anfípolis recibiría el mismo trato que todas las ciudades por las que pasaran de camino a la victoria en Persia.

Con renovada determinación, pasó ante un guardia y entró en su tienda, la única que se montaba todas las noches y se desmontaba y recogía todos los días en el curso de la marcha forzada. Mientras hiciera buen tiempo, casi todos los soldados preferían dormir bajo el hermoso y despejado cielo nocturno de Grecia. Normalmente, ella hacía lo mismo.

Últimamente, sin embargo, le había dado por montar una tienda por si cierta persona decidía aparecer.

Agitando la mano, despidió al paje que la atendía y se sentó a la mesa. Los mapas y las plumas estaban apartados a un lado para hacer sitio para la cena. Por las noches, tenía la costumbre de cenar sola y hablar en voz baja con la única persona cuya presencia echaba muchísimo en falta. Había pasado más de un ciclo lunar completo desde que Xena recibió la visita de su ángel de la guarda.

—Hoy hemos avanzado un buen trecho, Gabrielle —se dijo Xena mientras arrancaba un trozo de pan y se lo metía en la boca—. Llegaremos a Pella cuando empiece a menguar la luna y estaremos a las afueras de Anfípolis justo después de la cosecha. Es un buen ritmo, por si no lo sabías.

Anfípolis. El pueblo invadía sus pensamientos, y Xena suspiró entristecida. Pasarían por los campos dorados de su tierra natal justo después de la cosecha. Cogió una pluma y escribió rápidamente una nota para recordarse a sí misma que debía incluir un tributo de trigo de esos campos dorados y ovejas de sus abundantes rebaños, junto con una veintena de hombres capaces para el servicio militar.

—Draco me dijo que nunca se puede volver. ¿Y sabes qué, Gabrielle? Tenía razón. —Se metió una cucharada de estofado de jabalí en la boca y masticó, rechazando una vez más las ganas de ir a ver a su madre—. Ocurrió hace demasiado tiempo para seguir guardando rencor. Ya no tengo ánimo para aceptar esa rabia. Es mejor que no vaya a verla.

Tomó un sorbo de vino y tragó, pero no logró reprimir una sonrisa. Sabía perfectamente lo que diría Gabrielle ante eso. La muy terca seguro que veía lo que se escondía tras su estoica fachada. Xena se rió por lo bajo, imaginándose la reprimenda que le echaría la guapa rubia.

—No deberías renunciar a Anfípolis... ni a tu madre —oyó argumentar a Gabrielle con su voz dulce e insistente—. Es tu familia.

—A veces nuestra familia no está a la altura de lo que esperamos, Gabrielle —le contestó Xena a su amiga invisible—. A veces tienes que renunciar a tu familia y crearte otra. Tú eres más familia mía que lo podría ser mi madre en su vida.

En su mente, imaginó que los ojos de Gabrielle se ponían tiernos y que las comisuras de sus labios se curvaban en una leve sonrisa.

—Yo siento lo mismo por ti, Xena.

Xena sacudió la cabeza, riéndose de sí misma.

—Qué montón de estupideces sentimentales —murmuró, y cambió de tema—. Perderé al veinte por ciento del ejército al cruzar las montañas de Ródope —informó Xena con tono pragmático—. En parte a causa de los elementos, pero sobre todo por las amazonas. Esos planes no se los comunico a mis generales, ni siquiera a Alejandro. Seguro que se sorprenderían al saber que un comandante tiene que calcular las bajas mucho antes de que su ejército llegue a entrar en combate. El veinte por ciento... eso son casi diez mil soldados. Tengo que aumentar el número de tropas por lo menos otro tanto. Lo haré mediante el servicio militar obligatorio. Eso supone alistar niños en el ejército al ir pasando por las ciudades griegas. No estarán adiestrados, pero los usaré para evitar la pérdida de mis hombres mejor preparados. ¿Te horroriza saber que pienso así?

Xena se volvió a echar a reír al imaginarse la expresión horrorizada de Gabrielle al ver que sus planes se adelantaban a la pérdida de sus soldados y, peor aún, que iba a poner niños al frente del combate sabiendo que la mayoría moriría.

Oyó la dulce voz de Gabrielle preguntando:

—¿Cómo puedes obligarlos a hacer una cosa así?

—No los obligo —dijo Xena, ensayando esa respuesta en voz alta—. Ellos se ofrecen voluntarios y yo acepto.

—¿Que se ofrecen voluntarios?

—Se ofrecen voluntarios porque deben hacerlo. Es el precio que todas las ciudades griegas pagarán por esa guerra.

—¿Por qué niños? —oyó preguntar a la bella rubia, con los claros ojos verdes llorosos de pena.

—Porque para cuando lleguemos a Persia, serán hombres jóvenes... si es que sobreviven para cruzar las montañas.

Xena cerró los ojos por el dolor de la verdad. Sabía que Gabrielle diría que ninguna guerra valía la vida de un solo joven.

—Pero ésta es la vida que nos han dado los dioses —se oyó decir en la tienda vacía—. ¿Qué otro camino tenemos... tengo?

—¿Y el amor? El camino del amor... ¿no es ése otro camino?

El estofado quedó olvidado en el cuenco mientras Xena seguía sentada a la mesa del centro de su tienda vacía y contemplaba la entrada, deseando que Gabrielle entrara por ella y le sonriera.

Pero no entró nadie.

Decepcionada, Xena volvió a prestar atención a su comida. Se llevó una cucharada fría a los labios.

—Para mí no —farfulló con la boca llena, y se llevó la copa de vino a los labios para ayudarse a tragarlo todo de golpe.

Se secó la boca con el dorso de la mano y se apartó de la mesa, pues de repente ya no tenía hambre.

—No puede haber compromiso entre el amor y la guerra —afirmó en voz baja.

En el silencio de la tienda oyó las risas apagadas de sus soldados, que disfrutaban de unos momentos de camaradería alrededor del fuego antes de acostarse para dormir.

—Claro que lo hay —oyó decir a Gabrielle como en el viento—. Se llama perdón.

Perdón, pensó Xena soltando un bufido, eso díselo a mi madre.

—Ve a decírselo tú misma —replicó Gabrielle y su voz se alejó flotando.

Cuando Xena estaba a punto de soltar un sarcasmo, se le ocurrió una idea sobre el tema del compromiso.

—Está bien, Gabrielle —dijo, cogiendo pergamino y pluma. Metió la punta de la pluma en un cuenco de tinta y se puso a escribir en el papiro—. Lo intentaremos a tu manera.

Con la mente iluminada por la brillante idea, se apresuró a escribir una misiva. Cuando terminó, la leyó cuidadosamente y luego la dobló al estilo del senado ateniense y la selló con una gota de cera de una vela, usando su propio sello personal.

Llamó a un paje y le entregó el mensaje cuando llegó.

—Dale esto a Polieno. —Xena se detuvo, pensando, y cambió de idea—. No. Que sea a una mujer... a Agina de Zucabar. Es alta y morena, de piernas largas, una arquera. ¿Sabes a quién me refiero?

El joven paje sonrió, pues conocía a la soldado: era oficial de la brigada ligera, una de las voluntarias de las tribus.

Xena asintió, satisfecha.

—Dile que tiene que viajar rápidamente a tierras amazonas y entregarle esto en persona a la reina. Tiene que ponerlo en manos de la reina amazona y de nadie más, ¿entendido?

El joven paje asintió una vez y salió corriendo.

—Vale, Gabrielle. Si esto funciona, es posible que no tengamos que luchar con las amazonas, después de todo. Podríamos entrar en Persia sin derramar una sola gota de joven sangre griega. ¿Ya estás contenta?

Cuando no hubo respuesta por parte de Gabrielle, Xena resopló y puso los ojos en blanco.

—¡Ah, está bien! ¡Por los dioses, es que nunca te rindes! —exclamó al aire—. Iré a ver a mi madre. Iré. Intentaré verla. Pero no te sorprendas si me vuelve la espalda.

Xena se echó a reír de sí misma por su propio comportamiento.

—En realidad —dijo mientras se soltaba la armadura y se la sacaba por encima de la cabeza, desnudándose para dormir—, me conformaré con que no me tire piedras a la cabeza.

Lo cierto era que, por alguna razón, ahora sí que se sentía feliz. Era como si de repente se le hubiera quitado un gran peso de encima.

—Debes de estar contenta —dijo una voz clara dentro de la tienda—. Sólo te ríes de ti misma cuando estás contenta.

—¿Gabrielle? —Xena se volvió alarmada, pues la voz sonaba clarísima.

Pero allí no había nadie.


Gabrielle sonrió ampliamente. Sus ojos cerrados se empezaron a agitar mientras combatía el impulso de despertarse. Estaba teniendo un sueño maravilloso. Xena estaba contenta y reía. Gabrielle no sabía de qué se reía, pero la sonrisa espontánea de la guerrera era una visión tan poco frecuente y tan maravillosa que su corazón alzaba el vuelo sólo de verla.

El sol le hacía cosquillas en la pestañas, apartándola de ese momento maravilloso. A pesar de todo su esfuerzo por seguir dormida, fue su propia risa lo que por fin la despertó. Levantó la cabeza y parpadeó, avergonzada al ver que se había quedado dormida en medio de un sitio público. Qué tonta debía de parecer, con la cabeza caída, la barbilla en el pecho, riendo.

Bajó la mirada para comprobar su blusa, aliviada al ver que no tenía manchas de baba.

¿Por qué no puedo soñar para siempre?, se preguntó, suspirando, mientras se recostaba en la silla.

Había pasado más de un año desde la última vez que vio a Xena. Los semestres de clase ya estaban vencidos, los parciales y los finales ya estaban hechos y aprobados y todavía no había conseguido librarse de los agentes contratados por su madre para ir a ver a Evelyn. Pasaba los días en clase o estudiando en la biblioteca, buscando información sobre Filipo de Macedonia o Alejandro Magno. Por las tardes, estudiaba kendo y kárate, aprendiendo a usar las manos y los pies en defensa propia y mejorando su manejo de antiguas armas de artes marciales.

Por las noches, se iba a la cama y cuando se dormía, en todos sus sueños, estaba con Xena.

—Xena, cuánto te echo de menos —susurró. Se pasó los dedos por el corto pelo rubio, costumbre que tenía desde que se había cortado el pelo. Siempre se llevaba una sorpresa al descubrir que le faltaba la melena, aunque se había cortado el pelo hacía ya meses. Era más fácil ocuparse del pelo corto, ahora que estaba haciendo tanto ejercicio físico.

Esperaba que a Xena le gustara.

Gabrielle posó la mirada en el libro que había estado leyendo y frunció el ceño. Había aceptado el hecho de que la historia hubiera sustituido a la Princesa Guerrera por un pseudónimo masculino más aceptable, de modo que cada vez que leía algo sobre Filipo de Macedonia o Alejandro Magno, lo asociaba a la Princesa Guerrera. La información acerca de la muerte de Filipo era contradictoria. En un libro se decía que había muerto envenenado en una conspiración dirigida por un general de confianza, Atalo.

Bueno, pensó Gabrielle, sonriendo con satisfacción, ya se sabe lo que pasó con ese plan.

En otro se decía que fue asesinado en 336 a. de C. por una amante celosa. Al leer esta teoría a Gabrielle se le pusieron las orejas coloradas. No quería imaginarse a Xena con un amante... al menos un amante que no fuera ella misma. Y si su mutua atracción había hecho que Xena rechazara a un admirador y eso acabó causándole la muerte...

Gabrielle había cerrado ese libro de golpe, colocándolo de nuevo en el estante de la biblioteca a toda prisa. No. Ningún general enamoriscado habría sido capaz de eliminar a Xena. No era posible.

De modo que, mientras esperaba a que su madre perdiera el interés por sus ideas y venidas, Gabrielle se esforzaba por resolver un enigma.

¿Dónde había ocultado la historia a la increíble guerrera? ¿Filipo de Macedonia era realmente Xena? ¿O todo lo que se atribuía a Alejandro Magno era en realidad obra de la Princesa Guerrera?

¿Y qué tenía que ver la malvada madre de Gabrielle en cualquiera de estas cosas, si es que tenía algo que ver?

Todo lo que estaba haciendo a partir de este momento, todo su entrenamiento, todos sus estudios, todo lo que sabía que estaba intentando aprender Evelyn mientras pasaban los largos y solitarios meses, las estaban preparando a las dos para enfrentarse a este negro misterio.

Y Gabrielle estaba segura de que cuando se plantara ante el calor abrasador de ese fuego concreto, a través de las llamas vería el rostro de mamá querida.

Gabrielle se miró la mano vacía, imaginándose que sostenía un arma.

Si estar con Xena quería decir que tenía que matar a su propia madre, pues por los dioses, eso era precisamente lo que iba a hacer.

Gabrielle empujó hacia atrás la silla y se levantó de un salto, y el ruido resultante reverberó por la biblioteca, haciendo que varios estudiantes se sobresaltaran alarmados por el repentino estruendo.

—Perdón —murmuró como disculpa a toda la sala y metió sus libros en su mochila.

Una urgencia repentina le atenazaba las entrañas. No podía esperar, no podía seguir esperando. Tenía que ver a Xena.


Incluso con los ojos cerrados, Xena habría reconocido los pastos y las suaves colinas de su patria. La tierra emanaba el dulce olor a terreno fértil y los ríos que serpenteaban por el valle colmaban el aire de la delicada música creada por el suave gorgoteo del agua al correr. Su canción, más que ninguna otra, siempre le recordaría a su hogar.

Por primera vez en años, Xena se alegró de ver los campos dorados de Anfípolis. En el pasado, evitaba pasar por allí y elegía en cambio desviar a su ejército de esta parte de la costa. De hecho, se había separado de Tracia por completo y había centrado su carrera militar en Macedonia o Tesalia, incluso el Peloponeso... cualquier sitio con tal de que estuviera lo más lejos posible de los campos acariciados por el sol de Anfípolis.

Hoy, cabalgaba en la retaguardia de la gran columna en marcha de sus tropas montadas, que entraban en el campamento situado al otro lado de las bajas colinas que bordeaban la tierra natal de Xena. Pasarían allí la noche, metidos en un valle, y luego seguirían adelante para alcanzar y por fin adelantar a las tropas de Parmenión. A partir de ese momento, el batallón montado iría al frente del ejército griego para cruzar las montañas de Ródope, por el paso de Shipka.

Compuesta por miles de soldados, su caballería cabalgaba por el valle cubierto de hierba alta y era algo digno de verse, aunque le estuviera mal el decirlo. Al contrario que en las otras ciudades o aldeas por las que habían marchado, los anfipolitanos no habían salido en pleno para ver el espectáculo de la caballería griega y aplaudirla a su paso.

Mientras la columna de soldados montados y carros de suministros serpenteaba por los fértiles campos, no se veían multitudes de ciudadanos vitoreantes, ni manos o pañuelos agitados con colorido orgullo, ni se oían los gritos jubilosos de las mujeres o los alaridos de aclamación de los hombres ante el espectáculo de fuerza griega y honor patrio que pasaba tan cerca de su pueblo.

Y Xena sabía muy bien por qué.

La buena gente de Anfípolis sabía que no se debía aclamar la guerra. La victoria era un manjar amargo en el mejor de los casos, sobre todo cuando las sillas de tus hijos estaban vacías. Ellos ya habían perdido a la mayoría de sus hijos en combate, gracias a Xena. La última vez que los aldeanos de Anfípolis se reunieron para recibirla, le tiraron piedras.

Esta vez, ni se habían molestado en acudir.

Xena cabalgaba al final de la larga columna de caballería en marcha, flanqueada a cada lado por Alejandro y una pequeña escolta de oficiales de la Brigada de la Guardia Real. Avanzaban en silencio por los pastos amarillentos, dirigiéndose a las pequeñas colinas que se alargaban perezosas en el horizonte no muy lejano.

Sus caballos atravesaron ruidosamente un pequeño arroyo que cruzaba gorgoteante su camino. Las pezuñas levantaban salpicaduras de agua que relucían como diamantes a la luz del sol. Xena sonrió, pues sabía que este hilo de agua marcaba el desvío de un camino que bajaba hasta el pueblo mismo.

Cuando cruzaron el arroyo, Xena tiró de las riendas de Argo, sorprendiendo a su escolta.

—Adelante. Seguid a las tropas hasta el campamento. Yo no tardaré.

—¿Dónde vas? —preguntó Alejandro preocupado, haciendo girar a su caballo.

—Tengo que atender aquí unos asuntos.

—Necesitarás escolta.

—No.

—Xena.

—No me discutas, Alejandro. Seguid adelante. Ocúpate tú de instalar a los hombres. No tardaré.

Tiró de las riendas de Argo, dio la vuelta a la yegua y se alejó trotando hacia el desvío sin mirar atrás.

Los guardias que iban con ellos miraron a Alejandro sin saber qué hacer.

—Ya la habéis oído —dijo, molesto por la constante tendencia de Xena a hacer cosas imprevisibles, pero obedeciendo la orden a pesar de eso—. Vamos a instalar a las tropas. Ella se puede cuidar sola.

Golpeó con los talones y salió al galope para alcanzar a la retaguardia de la columna. Xena pasaría la noche visitando a su madre... o volvería inmediatamente. Alejandro la conocía muy bien: todo dependía de cómo la recibieran sus paisanos.


Xena bajó al trote por el camino hasta el centro del pueblo, pasando ante las primeras casas humildes de las afueras.

Ahí estaba la casa de Horacio, el herrero, en el mismo sitio donde la recordaba. El tejado se inclinaba hacia el sur y la casa hacia el este y el olor de las forjas la hizo sonreír al recordar cómo la perseguía por todo el pueblo. Ella le robaba las primorosas herraduras y se dedicaba a tirarlas a los árboles.

¿Tal vez Ares la había estado adiestrando incluso entonces?

Los cascos de Argo levantaron la tierra al pasar trotando ante tres pequeñas casas seguidas. Eran de las hermanas Suvlaki. Tres mujeres, todas hermanas, que jamás habían dejado Anfípolis, ni las unas a las otras, ni siquiera después de casarse. Vivían codo con codo en estas tres casas idénticas, criando a un montón de hijos y sin dejar de hacer el mejor suvlaki de toda Tracia. Su madre servía ese suvlaki todos los jueves y se le llenaba la taberna.

Tres de sus hijos murieron al seguir a Xena contra Cortese.

Otro murió en la cruz cuando César la traicionó.

Pasó ante la hilera de casitas, sin hacer caso de la expresión de alarma de una de las hermanas, que abrió la puerta de su casa y reconoció a la guerrera que pasaba a caballo. Xena no se volvió para ver que ocurría después.

Entró en el centro del pueblo y se detuvo justo delante de la tienda del alfarero. La taberna propiedad de su madre estaba enfrente, a plena vista. Xena sabía, por la falta de ruido y de tráfico, que ya había pasado el aluvión de la hora de comer. Su madre estaría ahora fregando suelos y preparándose para la cena y para los bebedores que llegarían después.

Se le ocurrió pensar que tal vez ahora no era un buen momento para hacerle una visita. Su madre estaría demasiado ocupada.

Dudó de si debía desmontar de Argo. La yegua se agitó nerviosa debajo de ella, al notar su indecisión.

Tal vez no era muy buena idea, pensó de nuevo, perdiendo rápidamente la confianza. Su madre no necesitaba verla... no quería verla. Si hubiera querido, habría estado en los campos observando el paso del ejército, esperándola. Seguro que todos se habían enterado de que el ejército iba a pasar por aquí: todas las demás ciudades lo sabían.

Xena tiró de las riendas de Argo y el caballo obedeció y retrocedió unos pasos, preparándose para dar la vuelta.

En ese momento, las puertas de la taberna se abrieron y Cyrene salió cargada con un cubo que transportaba con gran esfuerzo y en el que era evidente que llevaba agua sucia para tirar. Inmediatamente, la tabernera se fijó en la guerrera vestida de cuero y bronce y montada en un inmenso caballo de guerra dorado que caracoleaba nervioso en el centro del pueblo.

Xena se sintió como si de nuevo la hubieran pillado robando las herraduras del herrero.

Cyrene se quedó paralizada en la puerta, sujetando el cubo por el asa, olvidándose de su peso. En su cara se dibujaron diversas emociones que Xena captó claramente. El reconocimiento quedó sustituido por la sorpresa y luego la tristeza... y luego el rostro de su madre se convirtió en una máscara de piedra. La mujer de más edad se dio la vuelta bruscamente, con el pesado cubo aún en la mano, y entró deprisa en la taberna.

Xena se quedó rígidamente sentada en la silla, viendo cómo las puertas de la taberna se cerraban de golpe y se quedaban inmóviles. Su propia expresión pasó de la esperanza al frío. Sin esperar un segundo más, Xena tiró de las riendas de la yegua y le dio la vuelta. Con una buena patada, puso a Argo al trote por el camino por donde habían venido, dejando Anfípolis y a su madre de una vez para siempre.


Cuando llegó al campamento del ejército, el sol estaba lamiendo las cumbres de las montañas, amenazando con dejarse tragar entero. No hizo caso de los brillantes colores que adornaban el final del día y levantó la pierna por encima del arzón para bajarse de Argo. Pasándole las riendas a un paje que la atendía, se encaminó a largas zancadas regulares hacia su tienda.

—¡Xena! —la llamó Alejandro al ver que había llegado—. ¡Xena!

Corrió detrás de su comandante cuando ésta no hizo caso de su llamada y entró deprisa en la tienda sin su permiso.

—Xena. ¿Estás bien?

—Estoy bien —replicó Xena estoicamente, quitándose la espada de la espalda, con vaina y todo.

—¿Ocurre algo?

—No ocurre nada —repitió Xena, irritada. Dejó lo que estaba haciendo y miró a Alejandro, con una ceja enarcada—. ¿Ocurre algo en el campamento?

—No, no. Todo va bien.

—Bueno. Pues vamos a descansar. Saldremos al amanecer.

—¿No quieres...?

—No.

—Pero siempre repasamos...

Xena suspiró profundamente, volviéndose hacia su segundo al mando.

—Esta noche no, Alejandro. Recorre el campamento. Pasa el rato con los hombres. Tengo unos mensajes y mapas que quiero mirar y luego me voy a dormir. ¿Vale?

—Claro. Vale. —Pero Alejandro no se marchó. Por el contrario, se quedó en el centro de la tienda, mirando a Xena como a la espera de algo. Vio que tiraba de una hebilla recalcitrante y que se ponía a luchar con ella con impaciencia—. Espera, deja que te ayude —dijo suavemente, acercándose para ayudarla a desarmarse.

Xena suspiró y levantó el brazo para dejar que llegara mejor.

—Te conozco demasiado bien, Xena. Estás mal —dijo mientras forcejeaba con la hebilla de bronce—. ¿Ha ocurrido algo en Anfípolis?

—No. Nada —replicó Xena, mirando al frente, con rostro impasible.

Alejandro pegó un tirón y por fin la hebilla se soltó.

—Pues entonces —dijo, apartándose—, supongo que te veré por la mañana.

—Buenas noches, Alejandro —dijo Xena, dándole la espalda al tiempo que se quitaba la armadura por encima de la cabeza.

—Buenas noches, Xena —respondió Alejandro y pasó en silencio por el faldón de la entrada de la tienda.

Xena suspiró, contenta de estar por fin sola. No podía hablar de sus problemas familiares con Alejandro, ni con nadie, en realidad. Hacerlo sería una señal de debilidad.

Sin embargo, débil era precisamente como se sentía Xena en este momento. Qué debilidad la suya creer que su madre sentiría ahora otra cosa por ella. ¿Qué se esperaba? ¿Entrar cabalgando en el pueblo y ser recibida con los brazos abiertos?

Xena se quitó un brazal y lo tiró a un lado.

Como si convertirse en comandante suprema de Grecia quisiera decir que había cambiado en algo. ¿Cómo podía haber imaginado siquiera que eso podía ser lo que pensaría su madre?

¡Pero qué estupidez de idea!

Xena se quitó el otro brazal y esta vez lo tiró al otro lado de la tienda con rabia, despreciándose a sí misma. Golpeó la lona y cayó al suelo.

¡Qué necia patética y débil estaba hecha!

—Xena, ¿qué ocurre? ¿Qué te pasa?

La pregunta, hecha en un tono tan suave, hizo que Xena se diera la vuelta alarmada. Sus ojos azules parpadearon una vez y luego dos veces, sin creer lo que veía allí delante, a la luz suave y vacilante de las velas de la tienda de mando.

Gabrielle estaba increíble con esos delicados tonos dorados. Las luces y las sombras bailaban sobre la tela de aspecto fino de una túnica blanca de manga corta cerrada por delante con una hilera de círculos pequeños y decorativos que Xena no había visto nunca. Sus pantalones eran azules, de un tejido más resistente, y ceñían sus caderas y sus piernas de una forma maravillosa. Gabrielle estaba en el centro de la tienda, tan tranquila, como si hubiera estado ahí todo el tiempo, desde hacía años, durante toda la vida de Xena.

Los ojos de la guerrera recorrieron descarados el cuerpo entero de Gabrielle. Estaba guapísima, en forma y fuerte, tan fuerte como toda guerrera amazona que Xena hubiera visto en su vida.

—¿Eres tú? —preguntó Xena incrédula, asombrada por la transformación—. Tu pelo...

Gabrielle subió automáticamente la mano para tocarse el pelo corto.

—Me lo he cortado. Me molestaba con el ejercicio —explicó, y sonrió con timidez—. ¿Te gusta?

Xena sonrió de oreja a oreja, olvidándose de todo lo de su madre por la alegría de ver a Gabrielle.

—Me encanta. Estás estupenda. Aunque debo reconocer que echo de menos el traje de reina amazona. —Avanzó un paso, alargando los brazos automáticamente para estrecharla, pero se detuvo y dejó caer las manos al recordar que seguramente sólo conseguiría abrazar el aire.

Gabrielle miró a la guerrera y sonrió de medio lado.

—Gracias, me alegro de que te guste mi pelo. La próxima vez me pondré el traje de amazona.

—¿Lo prometes? —preguntó Xena, y Gabrielle sonrió, pensando que la guerrera parecía una niña pequeña al hacer la pregunta.

—Lo prometo. Pero no cambies de tema. ¿Qué te pasa?

Xena apartó la mirada y meneó la cabeza, retrocediendo un paso.

—No es nada. Es una tontería.

—A ellos puedes engañarlos, pero a mí no. Dímelo. ¿Qué te pasa?

Xena no respondió, sino que se dio la vuelta e intentó alejarse, pero Gabrielle no se lo permitió. Se puso delante de la guerrera y alzó las manos, bloqueándole el paso.

—Ya sé que crees que mostrar tus emociones es una señal de debilidad, pero necesitas hablar con alguien. ¿Por qué no conmigo? A veces es una ayuda, ya sabes, hablar las cosas.

Xena siguió sin responder. Continuó mirando por la tienda con aire incómodo, de modo que Gabrielle cambió de táctica, intentando quitarle hierro a la conversación para lograr que la guerrera se desahogara.

—Bueno... ¿dónde estás? ¿Estamos ya en Persia?

—¿En Persia? —Xena se detuvo, distraída por la pregunta. Se le había olvidado que el tiempo de Gabrielle y el suyo no estaban sincronizados—. Ah, no, ni siquiera hemos cruzado las montañas aún. No, han pasado sólo unas dos lunas desde la última vez que te vi.

—¿Sólo un par de meses? —Gabrielle no se lo podía creer—. Para mí ha sido casi más de un año.

—¿Más de un año? —preguntó Xena, metida de nuevo en la conversación—. No me extraña que estés tan cambiada. Mayor, más fuerte. Estás estupenda. Verte es estupendo. Me alegro de que hayas aparecido.

—Sí que da la impresión de que aparezco justo cuando más me necesitas, ¿verdad? Ahora dime qué te pasa. No es propio de ti parecer tan... derrotada. ¿Dónde estás? ¿Qué está pasando?

Xena meneó la cabeza y suspiró. La mujer no era capaz de dejar pasar la oportunidad de tener una conversación profunda.

—Estamos fuera de Anfípolis.

—¿Anfípolis?

—Un pequeño pueblo de Tracia... yo... es mi casa. Es donde nací.

—¿Naciste?

Xena se echó a reír.

—Nací en alguna parte, sabes. ¿No me digas que te crees ese viejo mito que circula sobre mí?

—¿Qué mito?

—El de que fui formada con arcilla y Ares me insufló la vida.

Gabrielle resopló.

—Ése no lo había oído, pero es bueno. No. Ya sé que eres humana. Demasiado humana, a decir verdad.

Xena no dijo nada, pero siguió a Gabrielle con los ojos, agradecidos de verla, mientras la joven recorría el interior de la tienda, observando lo poco que había en materia de comodidades.

La rubia se acercó a la mesa y alargó la mano para jugar con algunos de los mapas y pergaminos que ocupaban la superficie. Los papiros le atravesaron los dedos como si fuese un fantasma.

—¿De modo que estás acampada justo fuera de tu pueblo natal?

—Sí —contestó Xena, observando risueña mientras Gabrielle daba vueltas alrededor de la mesa, con la cabeza inclinada, intentando comprender los mapas, que estaban del revés. Se dio cuenta de que Xena la estaba mirando, sonriente. Se apresuró a colocarse al otro lado de la mesa e inclinó la cabeza en la dirección opuesta.

—¿Todavía tienes familia aquí? —preguntó Gabrielle como sin darle importancia, al tiempo que fingía comprender los garabatos de los papiros.

—Sí... no. O sea, sí, pero como si no la tuviera. Ella no quiere saber nada de mí. La verdad es que no la culpo.

Gabrielle apartó la mirada de la mesa.

—¿Ella? ¿Te refieres a tu madre?

Xena asintió sin decir nada, mirándose las botas.

Gabrielle se quedó al lado de la mesa, esperando pacientemente. No era fácil para Xena hablar de su pasado y Gabrielle lo sabía.

—¿Dónde estabas cuando te necesité hace unos años? —preguntó la morena guerrera, contemplando una arruga que había en la lona de la pared de la tienda—. Intenté cambiar, apartarme del camino de la guerra. Hasta enterré mi túnica de cuero, mi armadura y mis armas.

—¿En serio?

—Sí... justo a las afueras de una pequeña aldea. Entonces llegaron unos traficantes de esclavos y atacaron a un grupo de jovencitas fuera del pueblo. Desenterré mis cosas y se lo impedí —dijo Xena, sonriendo con desfachatez al recordar esa lucha tan estupenda. Les había arrebatado una lanza y la usó como eje, girando a su alrededor para golpearlos a todos en la cabeza, uno por uno. Fue una belleza. La sonrisa desapareció cuando ese momento tan placentero se desvaneció—. ¿Sabes cómo me lo agradecieron?

—¿Cómo?

—Diciéndome que tenía que salir del pueblo antes de que se pusiera el sol... o algo así.

Gabrielle miró al suelo, sintiéndose triste por su amiga.

—Qué grosería por su parte, Xena.

—Sí, pero me dio gusto... ayudar a alguien. Bueno, el caso es que me fui a casa. Creía que podría ir a casa... ser perdonada.

—Y supongo que la cosa no fue bien.

Xena levantó la mirada del suelo, sonriendo. Era más fácil hablar con Gabrielle que con cualquier otra persona que conocía.

—Anfípolis me dio la espalda —le dijo, observando su reacción—. Hasta mi madre me dio la espalda. Me lapidaron.

A Gabrielle se le dilataron los ojos.

—¿Que te lapidaron? ¿Tu madre también?

Xena asintió con la morena cabeza.

—Casi me matan. Pero no puedo echárselo en cara, ni echárselo en cara a ella. No veía lo que había en mi corazón. Mi madre no tiró ni una sola piedra, pero para el caso, fue como si lo hiciera. Me dolió, deja que te diga, y no por las piedras.

Gabrielle asintió, comprendiéndolo perfectamente. Cuando su madre le pegaba, le dolía mucho más de lo que debería dolerle cualquier golpe.

Xena suspiró, sintiendo que se le quitaba de encima el peso de la depresión. Cada vez le resultaba más fácil hablar, y el resto de la historia le salió sin esfuerzo.

—Un viejo amigo mío me encontró tirada en una cuneta a punto de morir. Me subió a su caballo, me llevó a su campamento y me curó.

—Era un buen amigo —declaró Gabrielle, aliviada al oír que alguien la había ayudado.

—Era... es... un señor de la guerra sanguinario, como yo. ¿Sabes lo que me dijo mientras yo yacía sangrando de las heridas que me habían causado mis propios paisanos? No hay descanso para el malvado, Xena, eso me dijo. ¿Y quieres saber una cosa? Que tenía razón.

—No, no tenía razón —la contradijo Gabrielle con firmeza.

—¿No? Mira lo que ha pasado después.

—¿Después? ¿Desde cuándo? ¿Desde entonces? —Gabrielle avanzó, más que dispuesta a luchar contra la oscura visión que tenía Xena de su propia valía—. Desde entonces, te has convertido en comandante suprema de toda Grecia, para luchar por un mundo mejor para todos. Puede que él no lo vea, puede que ninguno de tus soldados lo vea, pero yo sé que, en el fondo, estás luchando por el bien supremo. Has cambiado.

Xena volvió a menear la cabeza y se echó a reír.

—Gabrielle, tú verías algo bueno hasta en Matusalén.

—Es fácil ver la bondad de la gente, cuando se busca. Estoy segura de que si tu madre se fijara un poco más, ella también la vería. No renuncies a ella, Xena. Eres su hija. Todavía te quiere y siempre te querrá.

—Sabes, si hubieras estado conmigo entonces, cuando enterré mis armas en el suelo, es posible que las cosas hubieran sido muy distintas.

Gabrielle se relajó, pues sabía que habían superado lo peor de la historia. Observó el rostro de Xena y su largo pelo oscuro, la forma en que sus ojos claros reflejaban el movimiento anaranjado de las velas de la tienda, la forma en que la comisura de los labios de Xena se curvaba hacia arriba en una levísima sonrisa, como si no quisiera que se viera esa sonrisa.

—Ése es el quid de todo esto —dijo Gabrielle suavemente—. Estábamos destinadas a estar juntas. Por eso, cuando mi espíritu vuela libre, regresa siempre contigo.

—No merezco un espíritu tan puro.

—Mi espíritu no es tan puro.

Xena alzó una ceja oscura.

—¿No? ¿Y cuándo fue la última vez que cometiste algún pecadillo?

—Cada vez que estoy en la cama por la noche a oscuras pensando en ti —replicó Gabrielle, y luego apartó la mirada, colorada como un tomate. No podía dar crédito a lo que acababa de salir por su boca.

Sólo gracias a los años de práctica con el autocontrol, Xena logró no echarse a reír a carcajadas. Se mordió el labio por dentro, esperando a que desapareciera el bonito rubor de la piel de Gabrielle.

Los ojos de Gabrielle se posaban en todas partes, menos en ella.

—¿Alguna vez piensas en mí... ya sabes... así?

Xena ya no pudo resistir las ganas de reír y lo hizo. Alargó la mano, sonriendo, y siguió con los nudillos el contorno de la mejilla sonrosada de Gabrielle, pero no sintió nada. Sus dedos atravesaron la carne de esta mujer encantadora como si no estuviera allí.

Gabrielle se encogió de hombros y acercó la cara a la caricia, de todas formas.

Xena dejó la mano en la mejilla de Gabrielle, fingiendo que podía acariciar la suave piel.

—¿Tienes idea de lo frustrante que es esto?

—Creo que me hago una idea muy buena —replicó Gabrielle con un suspiro.

Xena dejó caer la mano, empezando a sentirse abatida de nuevo.

—Probablemente es lo mejor. Mejor que no te pueda poner las manos encima.

—¿Por qué? ¿Es que te pasa algo en las manos? —preguntó Gabrielle, molesta porque el talante de Xena había vuelto a nublarse.

—Soy una bárbara, Gabrielle —respondió Xena, apartándose—. Soy una guerrera ruda y brutal. Los hombres y mujeres con los que he estado eran iguales. Sólo acabaría haciéndote daño. Tú te mereces algo mejor que eso.

—Te equivocas. Estoy segura de que me harías el amor exactamente como me lo he imaginado siempre. Igual que en mis sueños. Sería maravilloso. ¿No crees que podría ser maravilloso?

—No sabría por dónde empezar con alguien como tú —dijo Xena, confesando su inseguridad al suelo.

—Empezarías besándome, ¿no?

Xena levantó la mirada, sonriendo.

—¿Eso haría?

—Sí, eso harías. Suave y tiernamente, con todo el amor que sé que sientes por mí en tu corazón. Y sé cómo sería la sensación de tus labios.

—¿Lo sabes? —Xena enarcó la ceja y se acercó, muy interesada de repente—. ¿Cómo serían?

—Serían firmes, pero suaves, llenos y calientes, cálidos como la llama de un hogar. Me besarías así una vez, suave y tiernamente, con tanta suavidad que sería como un susurro sobre mi piel, y luego...

—¿Y luego? —la instó Xena.

—Y luego me rodearías con tus fuertes brazos y me estrecharías, pegando nuestros cuerpos. Tu lengua abriría mis labios y yo sentiría no sólo el calor de tu cuerpo, el calor de tus labios o la fuerza de tus brazos, sino también tu pasión, tu amor... todo ello.

Xena contempló asombrada y boquiabierta a la bella joven. Las palabras de Gabrielle eran como dedos sobre su piel.

Cerró la boca y tragó con dificultad, riéndose entristecida.

—Sí, ése es el momento en que empezaría a ponerme brutal.

—¡No! Brutal no, no... apasionada. Es distinto. Una pasión desenfrenada alimentada por la frustración. La clase de pasión que hace que el corazón te lata como si te fuese a estallar. Cuando tu mente se olvida de todo, de todo lo que te rodea. Cuando lo único de lo que eres consciente es de las manos y los labios y las lenguas.

—¿Y entonces?

—Nos besaríamos así hasta se nos quedaran los pulmones sin aire, hasta que nos viéramos obligadas a parar para respirar. Nos apartaríamos, pero no nos soltaríamos. Nos quedaríamos así, abrazadas la una a la otra, mirándonos en silencio. Y yo pensaría que eras la mujer más bella que había visto en mi vida.

—Yo estaría pensando lo mismo de ti. —Xena se acercó más, lo más cerca de Gabrielle que le era posible sin abrazarla—. ¿Y entonces?

—Y entonces, me desabrocharías los botones de la camisa.

La guerrera, desconcertada, enarcó una ceja oscura.

—¿Qué haría?

Gabrielle sonrió y se puso a hacer justamente lo que había propuesto.

Xena se quedó mirando hipnotizada mientras los ágiles dedos de Gabrielle pasaban rápidamente los extraños círculos por unos agujeros de su túnica. La guerrera se dio cuenta por primera vez de que esas cosas desconocidas de colores eran algo más que un adorno. Eran como cierres, que sujetaban la túnica. Qué ingenioso, pensó Xena, y luego todas sus reflexiones sobre los botones desaparecieron rápidamente de su mente cuando Gabrielle empezó a abrirse despacio la camisa.

Xena contempló el tesoro de piel lisa que había debajo, observando en silencio mientras Gabrielle se abría la camisa del todo y se la deslizaba por los hombros hasta dejarla caer al suelo. Se mostró a Xena bañada en las delicadas sombras y la cálida luz de las velas de la tienda, cubierta tan sólo por su sujetador.

—Bueno, ¿qué harías a continuación? —preguntó Gabrielle, sonriendo al ver la expresión atónita y lujuriosa de Xena.

La ceja de Xena se movió una sola vez. Como siempre había sido una mujer de acción, Xena alargó las manos y las pasó por los hombros desnudos de Gabrielle como si pudiera tocarla. Siguió los contornos de su piel, apreciando su buen tono muscular. Sus dedos tropezaron con las tiras y la tela del sujetador que se interponían, molesta por su presencia, aunque no las sentía.

—Esto tendría que desaparecer —dijo, indicando el sujetador.

Sin dudar, Gabrielle subió las manos y se bajó despacio las tiras de los hombros. Las manos de Xena la iban siguiendo como si fuese ella la que estaba quitando la prenda. Se miraron a los ojos y juntas bajaron del todo las tiras hasta que el sujetador se apartó del cuerpo de Gabrielle, descubriendo del todo sus pechos.

Xena esperó sin aliento mientras Gabrielle se llevaba las manos a la espalda para soltar el cierre. Con una leve sonrisa, se quitó el sujetador y lo tiró al suelo.

La guerrera se quedó mirando, con el corazón desbocado en el pecho. Los pechos de Gabrielle eran perfectos, llenos y redondos. Los pezones rosas estaban relajados e hinchados de calor y su piel dorada resplandecía como el fuego a la suave luz de las velas.

—Por los dioses, Gabrielle, eres arrebatadora —susurró Xena, con la garganta tan encogida por la pasión que apenas lograba hablar.

—¿Qué harías a continuación? —preguntó Gabrielle con un tono que era una mezcla irresistible de inocencia y pasión.

Xena se quedó mirando sin habla la bella ofrenda que tenía ante ella. Por primera vez, no tenía ningún plan, no lograba pensar en otra cosa que no fuera amar a Gabrielle durante el resto de su vida. Con manos temblorosas, pasó los dedos por los fuertes hombros y los brazos musculosos con reverencia y adoración, absorbiendo la belleza de Gabrielle de todas las formas posibles.

Sus palmas siguieron el contorno de la piel y bajaron para coger los lados de los pechos firmes y redondos. Xena sonrió cuando oyó que Gabrielle tomaba aire al ver cómo sus pulgares trazaban lentos círculos alrededor y por encima de sus pezones.

—Te haría el amor mejor que en tus sueños más calenturientos —prometió Xena, con la voz embargada de pasión.

—¿Fuerte y duro? —preguntó Gabrielle. Sus ojos estaban clavados en lo que hacían las fuertes manos y los largos dedos de Xena.

—No, no. Un amor suave y apasionado. —Los dedos de Xena fingían jugar con los pezones de Gabrielle y sonrió cuando se endurecieron, aunque sabía que Gabrielle no notaba nada. Bajó la cabeza y colocó sus labios suaves en la punta de cada uno, depositando dos besos imaginarios, uno en cada uno, como homenaje a su belleza.

Xena miró a Gabrielle con aire taimado, satisfecha de ver que la miraba atentamente. Entonces abrió la boca y recalcó su promesa con un largo, lento y húmedo lametón.

Gabrielle cerró los ojos y gimió. Era como si pudiera sentir la suave lengua deslizándose húmedamente por su pecho. La sensación se extendió por todo su cuerpo hasta los dedos de los pies. Era demasiado. Notó que la tienda daba vueltas. Como necesitaba sujetarse, subió las manos y las pasó por el largo pelo oscuro de Xena y se llevó una sorpresa al sentir los mechones como la seda que se deslizaban por sus dedos. Sin pensar, los agarró y tiró con fuerza de Xena, acercándola más. Ardía en deseos de sentir más.

Xena saboreó la piel, notó el pezón tenso en su boca, la dulzura salada que era Gabrielle. Aspiró su olor limpio y fresco. El mundo le dio vueltas cuando se puso a chupar el pecho de Gabrielle con ganas, gimiendo al notar las manos que le acariciaban el pelo y tiraban de ella para acercarla más, con más fuerza. Obedeció feliz, apretando el pecho que le llenaba la mano y devorando el otro hasta que estuvo a punto de caerse de bruces.

Jadeó sin aliento, agarrando el aire. El calor de Gabrielle seguía en su piel y tenía su sabor en los labios, pero no había nada entre sus brazos. No había nadie en la tienda.

Estaba de rodillas en la tierra de una tienda vacía, a solas.

—Esto me está matando —masculló Xena, y luego se fijó en el suelo, donde Gabrielle había tirado su camisa. También había desaparecido—. Me está matando de verdad.


PARTE 7


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
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