5


—¡No está!

Gabrielle se paró en seco y golpeó el estómago de Xena con la mano para detener su avance a través del gentío.

Xena se detuvo a media zancada y bajó la mirada hacia la mano que tenía en el estómago, sonriendo risueña de medio lado. El gesto sólo había conseguido que el brazo de Gabrielle desapareciera en el abdomen de la guerrera, pero este acto inconsciente le hacía gracia por lo familiar que le resultaba. Consciente de que un brazo hundido hasta el codo dentro de ella seguramente produciría cierta extrañeza a cualquiera que lo notara, Xena retrocedió un poco para que la mano ligeramente abierta diera ahora la impresión de estar apoyada sobre su túnica.

—Evelyn no está —repitió Gabrielle con tono ominoso, mirando a Xena con los ojos verdes muy abiertos y llenos de intención.

—Eso parece —replicó Xena, y echó un rápido vistazo por la sala. Una nueva pieza musical estaba animando a otra oleada de bailarines a ocupar la pista, al tiempo que otros salían para volver a sus asientos. Las mesas redondas de la cena seguían atestadas de soldados que bebían y se divertían como llevaban haciendo toda la velada. Al parecer, la desaparición de Evelyn había pasado desapercidida.

Xena bajó la mirada para contemplar la preciada cabeza rubia que estaba delante de ella y soltó un profundo y triste suspiro. La desaparición de la pequeña chamana sólo podía anunciar una cosa: el tiempo que tenían de estar juntas estaba tocando a su fin.

—¿Qué te parece si te sacamos de aquí? —preguntó, cambiando la cara con una sonrisa forzada cuando esos bonitos ojos verdes se volvieron de nuevo hacia ella.

—Te sigo —respondió Gabrielle, imitando su sonrisa.

—Por aquí. No te pierdas. —Xena señaló en una dirección que, en su mayor parte, era un camino despejado para salir de la gran tienda.

De haber podido, Xena habría cogido a Gabrielle de la mano y la habría llevado por entre las mesas, a través del gentío, fuera de la tienda y habría seguido hasta que su ejército, Corinto e incluso Grecia no fueran nada más que un recuerdo lejano. Sin embargo, el hecho de que jamás podría hacer ni siquiera una cosa tan simple, el acto de cogerla de la mano, le recordó que los deseos realmente eran caballos: veloces y fugaces y con tendencia a derribarte en cuanto bajabas la guardia.

A paso ligero, fueron sorteando a la multitud. La presencia imponente de Xena y sus largas zancadas abrieron con facilidad un camino a través del mar de soldados borrachos. Con cada segundo que pasaba, le preocupaba cada vez más la posibilidad de que Gabrielle desapareciera antes de que tuvieran la oportunidad de decirse algo. Y entonces, a saber cuándo regresaría, si es que lo hacía.

Con un repentino estallido de impaciencia, Xena apartó de un empujón a varios borrachos y sacó a Gabrielle al calor oscuro de la noche veraniega de Corinto. Cuando superaron el borde de lona gruesa de la tienda, fue como si ese mundo, un mundo de música y diversión, un mundo brillante y colorido de jolgorio casi irreal, hubiera desaparecido de repente. La noche era serena en comparación. Aún se oía una cacofonía caprichosa de celebración: los ruidos apagados de la fiesta subían con la dulce brisa veraniega y se propagaban para bailar alegremente por las suaves llanuras del apacible valle. Había muy poca gente fuera de la zona donde estaban. Mientras caminaban, Xena vigilaba atenta a uno o dos soldados errantes que se adentraban tambaleándose en la oscuridad, de regreso a sus tiendas. Aparte de esto, estaban solas.

Gabrielle se quedó prendada del contraste entre el jolgorio deslumbrante de dentro y la tranquilidad de la cálida noche de fuera. Contempló el valle que se extendía ante ellas, silencioso y oscuro, salvo por el brillo lejano de hogueras apenas visibles y las sombras caprichosas de los soldados sentados a su alrededor, más por la luz que les ofrecían que por el calor. Levantó la mirada hacia los cielos y al instante vio el sorprendente espectáculo del cielo nocturno de Grecia.

—¡Dios mío, qué belleza! —comentó Gabrielle sin aliento, contemplando un cielo lleno de estrellas que titilaban como diamantes esparcidos por un océano de negrura nocturna. El cielo estaba plagado de más estrellas de las que había visto Gabrielle en su vida. Cuanto más miraba, más profundo se hacía el vacío oscuro, más vívido era el espectáculo estrellado. En su vida, las estrellas estaban siempre desvaídas por una neblina de humo y contaminación ligera: sólo se veían las constelaciones más brillantes, incluso en las noches más claras y despejadas.

Pero aquí, en la antigua Grecia, donde las farolas, el tráfico y los rascacielos eran una locura inimaginable, el cielo nocturno cobraba vida con todo su celestial esplendor.

—Es la cosa más bonita que he visto en mi vida —comentó, contemplando los cielos maravillada.

—Yo antes también lo pensaba —afirmó Xena, levantando la mirada mientras se alejaban de la tienda, deseosa de tener toda la privacidad que era posible tener en un campamento militar.

—¿Antes? —Gabrielle se volvió hacia la guerrera.

—Sí, antes. —Xena indicó el cielo con un elegante gesto del brazo y la tela de seda de su túnica se agitó suavemente con la cálida brisa veraniega—. Esos momentos que pasaba en el campo con mi ejército, en la quietud de la noche cuando el resto de las tropas dormía, salvo los guardias... me encantaba pasear por el campamento. Miles de soldados extendidos por un prado y durmiendo bajo el manto de las estrellas parpadeantes. Me imaginaba que las estrellas eran las lágrimas de los dioses, que lloraban por aquellos que iban a morir. Pensaba que esos momentos eran los más bellos de mi vida.

Gabrielle dejó de caminar, deteniendo su trayecto para alejarse de la tienda, y se volvió de cara a la guerrera, con expresión firme.

—¿Por qué siempre lo relacionas todo con tu ejército, con la guerra... con la muerte? La vida debería ser mucho más que eso.

Xena miró a su acompañante y sus labios se curvaron en una media sonrisa.

—Eso lo sé ahora.

—Xena —dijo Gabrielle, mirando a los ojos tiernos que rivalizaban con la belleza de las estrellas—, hay tantas cosas que quiero decir. Tantas cosas que necesito decirte.

Xena alzó las manos, interrumpiendo sus palabras.

—No. Esto no es un adiós. No se trata de eso. Además, ya lo hemos intentado, ¿recuerdas? Evidentemente, no me has hecho caso. Me da la impresión de que diga lo que diga sobre jugar con cosas peligrosas... tú no me vas a escuchar.

—Con lo que estoy jugando ahora mismo... no es tan peligroso —respondió Gabrielle con picardía, sin referirse en realidad a la droga.

—¿Estás segura de eso? —La ceja de Xena se agitó, amenazando con enarcarse—. ¿Te olvidas de lo que viste la última vez que te me apareciste, sin avisar?

Un leve rubor tiñó las mejillas de Gabrielle.

—No puedo decir que no me sorprendiera, porque mentiría —reconoció—. Sé que tienes un lado, un lado oscuro, que es posible que nunca llegue a comprender. Hasta me asusta un poco.

Gabrielle tuvo el repentino deseo de subir la mano y pasar los dedos por esa frente elegante y expresiva, de apoyar la palma en la piel suave y acariciar la cara de Xena, para asegurarle que no había ningún aspecto de ella, ni oscuro ni peligroso ni nada, que pudiera llegar a alejarla jamás. Había otras cosas que quería hacer para convencerla de esta verdad, pero lo único que tenían eran palabras y, por tanto, con palabras se las tendría que arreglar.

—No cambia nada. Xena, no voy a mantenerme alejada. No puedo.

—Y yo no quiero que lo hagas —reconoció Xena, admitiendo por primera vez algo que sentía de corazón—. Así que voy a confiar en que tu amiga, Evelyn, tenga cierta habilidad como chamana, a pesar de ese sombrero tan raro. Pero quiero que tengas cuidado, ¿te enteras?

Gabrielle asintió, intentando disimular una sonrisa de triunfo para parecer seria, pero sentía que acababa de ganar una batalla pequeña, aunque no por ello menos importante.

—Y —añadió Xena, alzando un dedo pragmático—, recuerda que la próxima vez que vengas, estaré al frente de un gran ejército en plena campaña para librar una guerra total contra Persia. Podrías acabar apareciendo en medio de una batalla, como antes, sólo que peor.

Gabrielle asintió de nuevo rápidamente.

—Sí, lo sé. Tendré cuidado.

—No tendrás tiempo de tener cuidado, Gabrielle. Tienes que estar preparada.

—Pero...

Xena suspiró y levantó la vista al cielo. ¿Es que esta chica tiene que cuestionarlo todo? La diosa del amor estaba ahí arriba riéndose de ella, de eso estaba segura.

—Reacciona. No pienses, reacciona —afirmó Xena como explicación—. Ésa es la única manera en que consigo mantenerme con vida en una batalla. Si me paro a pensar, estoy muerta. No tengo tiempo de sopesar los pros y los contras. Si te veo y estás en peligro, voy a reaccionar al verlo. Es posible que a ti una espada no te haga daño, pero a mí me puede arruinar el día. ¿Lo comprendes ahora?

Gabrielle sonrió: una sonrisa monísima que le arrugó la nariz de una forma adorable.

—Claro que lo entiendo. Te importo. Qué agradable.

Xena meneó la cabeza desconcertada.

—Me han llamado muchas cosas, pero debo reconocer que jamás me han dicho que fuera agradable.

—Eres agradable —afirmó Gabrielle con vehemencia—. Y también tienes buen corazón.

Ante este comentario, Xena se limitó a resoplar.

—Tú espera a conocerme un poco mejor.

—Conozco todo lo que necesito conocer.

El comentario hizo que Xena enarcara la ceja.

—¿En serio? ¿Qué te hace pensar que no te voy a empujar contra una pared para besarte como me viste hacer con esa criada?

—¿Y qué te hace pensar que no quiero que lo hagas? —Gabrielle se mantuvo firme, enfrentándose al desafío con una sonrisa audaz.

—¿Y qué te hace pensar que no lo voy a hacer? —replicó Xena con un tono suave y seductor, enarcando aún más la ceja al tiempo que daba un pequeño pero amenazador paso hacia delante, hacia Gabrielle.

—¿Que ni siquiera me puedes tocar?

—Pero tú me has tocado.

—¿Sí? —preguntó Gabrielle, algo confusa.

—Sí. Tal vez no con la mano, o con el contacto de tu piel sobre mi piel, pero sí de otras formas que importan más —afirmó Xena, observando el rostro inocente que la miraba a su vez.

No, inocente no, se corrigió Xena, contemplando pensativa a Gabrielle en la delicada oscuridad de la cálida noche. La mujer que estaba ante ella vestida de amazona ya no era una chiquilla, sino una mujer fuerte y madura que llenaba hasta el último centímetro de ese atuendo de reina amazona en más de un sentido.

Gabrielle entera irradiaba una belleza de alma que cortaba la respiración con sólo mirarla. En otra época, Xena podría haber pensado que las estrellas del cielo eran las lágrimas de los dioses, pero ahora, cada vez que las mirara, le recordarían para siempre a otra persona.

—Me has tocado, Gabrielle. Como nadie lo ha hecho jamás. No sé cómo ni por qué, pero por alguna razón, me siento más cerca de ti que de cualquier otra persona que haya conocido en mi vida. —Xena cerró la boca con fuerza. No podía dar crédito a las palabras que se escapaban de sus labios.

Todas las terminaciones nerviosas del cuerpo de Xena le gritaban para que besara a la chica. Pero, por alguna razón, lo único que podía hacer era mirar enmudecida a Gabrielle como una adolescente boba a punto de robar un beso por primera vez.

Sólo la sonrisa encantadora de Gabrielle evitó que este tierno momento se transformara en algo incómodo.

—Xena, para lo que valga, ojalá que de verdad me pudieras besar ahora mismo.

—¿En serio? —preguntó Xena suavemente.

—Sí, en serio.

Los ojos azules que hasta hacía un momento eran tan vulnerables, se volvieron pícaros y traviesos.

—¿Y qué te hace pensar que no puedo?

—Xena, por favor, ¿cómo vas a poder? —Gabrielle golpeó el abdomen de Xena con el dorso de la mano, que acabó atravesando a la guerrera—. ¿Ves a qué me refiero?

Xena se acercó más, dando ese pequeño paso necesario para que la distancia y el ambiente que había entre ellas pasara de tranquilo y amistoso a eléctrico y personal. Estaban tan cerca que Xena se imaginó que olía el delicado aroma a jazmín del pelo dorado de Gabrielle.

Se inclinó, deteniéndose sólo para sonreír con melancolía.

—Tú mira.

Xena no necesitaba tocarlos para saber cómo serían los labios de Gabrielle: tiernos y cálidos, llenos de amor y aceptación, como los de nadie a quien hubiera besado antes. Apenas se movió, no fuera a interrumpir el momento y romper el hechizo, y se inclinó sólo lo suficiente para fingir que posaba los labios delicadamente en la comisura de los de Gabrielle, en una ofrenda casta, aunque no por ello menos apasionada, de todo lo que sentía.

De repente, como los dedos al rozar una tela de lana justo antes de una tormenta, saltó una chispa en el punto donde sus labios se habrían tocado. Oyó la exclamación de Gabrielle y súbitamente Xena sintió un hormigueo de sensaciones por todas las terminaciones nerviosas de su cuerpo. Un torbellino de imágenes inundó su mente como si hubiera sido arrastrada a un paisaje onírico cargado de recuerdos vivos.

Cabalgaban juntas por un prado a lomos de Argo: Gabrielle le rodeaba la cintura con fuerza con los brazos y seguían el ritmo del galope como si llevaran toda la vida haciéndolo.

Luchando codo con codo contra bandidos, señores de la guerra, dioses... el dios de la guerra en persona.

Al borde de un acantilado, enzarzadas en una amarga lucha que las hizo caer de cabeza al abismo... para recibir la absolución con la suave caricia de una ola del mar.

Xena rodeada por un círculo de fuego, inclinándose para depositar un beso en los labios de una poetisa guerrera dormida.

Muertas, vivas, muertas, clavadas a unas cruces, ascendidas a los cielos, caídas a los infiernos y alzadas de nuevo.

Incluso en la muerte, Gabrielle, jamás te dejaré.

La mente de Xena daba vueltas como un tornado, haciéndole perder el equilibrio, cortándole la respiración y haciendo que su corazón martilleara hasta que pensó que iba a explotar. Y aunque sabía que si se apartaba, su conexión terminaría y la visiones cesarían, retrocedió tambaleándose, luchando por respirar, y se llevó la mano al corazón para contener las dolorosas palpitaciones.

Mientras luchaba por respirar se dio cuenta de que había verdad en esas visiones. Había verdad en todas y cada una de ellas. Su destino era estar juntas y todo esto, el ejército, las conquistas, todas las guerras, todo lo que ahora estaba viviendo, todo eso estaba mal.

¡Estaba todo mal! Y todo lo que estaba bien lo tenía justo delante. La mente de Xena sufrió un ataque de vértigo con esta revelación.

Pero cuando Xena recuperó el aliento y se le aclaró la vista, todo lo que estaba bien, junto con Gabrielle, había desaparecido.


Estaba soñando; lo sabía, pero no conseguía despertarse para salir de la pesadilla. Xena y Gabrielle se habían encontrado. De algún modo, a pesar de que los siglos y la barrera de un antiguo hechizo se alzaban como un muro inmenso entre las dos, habían logrado superar todos los obstáculos y acabar juntas. Las veía, incapaz de interferir, observando impotente cuando sus labios se juntaron por fin con un tierno reconocimiento de su amor.

Era espantoso. Sentía que el poder se derramaba de sus venas y empapaba las sábanas, manchándolas de un pútrido tono de sangre negra coagulada. Su conexión con la parte de Xena que era malévola, esa oscuridad que hasta Ares ansiaba, se estaba cortando, sin prisa pero sin pausa, y nada menos que gracias a esa rubita molesta, esa mujer despreciable que era su hija.

—¡LA MUY PUTA! —Se sentó de golpe en la cama, obligándose a salir de la visión, gritando. Una capa de sudor le pegaba los largos mechones de pelo a la cabeza y la cara. Irritada, se los apartó de los ojos con el dorso de la mano y luego echó a un lado el grueso edredón de plumas—. Esto no es posible —murmuró mientras se quitaba el camisón de seda de Victoria's Secret y se ponía unos vaqueros y un jersey negro—. No tiene la inteligencia suficiente para conseguirlo.

Metió la mano en el armario y sacó su abrigo negro de cuero. Se detuvo, con un brazo dentro de la manga, y miró la radio despertador que estaba al lado de la cama.

Las seis de la mañana.

Fuera lo que fuese lo que se trajera esa mocosa entre manos, si se daba prisa, tal vez podría pillarla haciéndolo.

Salió por la puerta del dormitorio y bajó corriendo las escaleras antes de ponerse del todo el abrigo. Se detuvo únicamente para coger su bolso y luego llamó al chófer, giró el ornamentado picaporte dorado de la pesada puerta de entrada y la abrió de un tirón.

La limusina negra subía a toda velocidad por el camino justo cuando cerró la puerta de golpe. A veces venía bien tener un chófer disponible las veinticuatro horas del día. Normalmente, utilizaba el servicio para llevar discretamente a su casa al entretenimiento de la noche.

Esta mañana, sin embargo, iba a usar el servicio para atrapar a una rata: a una pequeña rata rubia, en realidad.

La larga limusina negra frenó delante de la casa y ella esperó impaciente, cruzada de brazos, a que el vehículo se detuviera del todo. Al segundo, un hombre uniformado salió del asiento del conductor y corrió por delante del coche, aferró la puerta del pasajero con una mano enguantada y la abrió de par en par.

Ella lo fulminó con la mirada, como si los pocos segundos que había tardado en llegar de la caseta del guarda a la puerta principal no fueran ni por asomo un récord de velocidad.

La madre de Gabrielle se metió en el asiento del pasajero de la parte de detrás de la limusina, lujosamente tapizado de cuero, y tiró de la parte inferior del abrigo para meterla también.

—Lléveme con mi hija —ordenó gruñendo.

El chófer fue a cerrar la puerta del coche, pero ella lo detuvo de repente, sujetando la puerta con la mano.

—Y no se detenga por nada, ni siquiera un semáforo en rojo. ¿Entendido?

El chófer se la quedó mirando, asustado por la dureza de su expresión y por la rabia que casi hacía que sus ojos emitieran un resplandor verde sobrenatural.

—Sí, señora —contestó, con la garganta repentinamente seca.

—¡No se quede ahí plantado sujetando la puerta, idiota! ¡Arranque!

Soltó la puerta y el chófer la cerró de golpe y luego corrió por delante hacia el asiento del conductor, a tal velocidad que estuvo a punto de perder pie en la calzada, resbaladiza por la escarcha del rocío del amanecer. Ella soltó una risilla malévola y satisfecha, pero entonces recordó el sueño, que le dejó un regusto igualmente malévolo hacia el fondo de la boca.

—¡VAMOS! —ordenó. Y sin más dilación, el coche arrancó y se alejó a toda velocidad—. No puedes esconderte de mí, Gabrielle —juró entre dientes, hirviendo de rabia—. No puedes esconderte de un dios.


El resplandor de un rayo estuvo a punto de cegarla y entonces una lluvia torrencial empezó a golpearle la cara, empapando la gruesa tela imitación de piel de su manto de chamana. Evelyn alzó las manos para protegerse los ojos, intentando ver, pero otro relámpago atravesó la noche, robándole la vista. El largo rugido de un trueno que estalló a continuación le provocó una descarga de adrenalina que le agitó los nervios y le hizo olvidar la lluvia.

¿Dónde estaba?, gritaba su mente.

Escudriñó a través de la lluvia torrencial y trató de ver lo que la rodeaba. Estaba todo negro como boca de lobo y no se veía nada. Por suerte, otro relámpago más pequeño iluminó las imágenes oscuras que la rodeaban y Evelyn logró darse cuenta apenas de que estaba en una especie de aldea. Hileras de cabañas de construcción primitiva y señales de vida organizada, aunque primitiva, se hicieron visibles por un instante a su alrededor. Algunas de las cabañas parecían habitadas: el suave y cálido resplandor de un fuego las iluminaba por dentro, pues la tormenta había hecho que todos los habitantes buscaran refugio esa noche.

Se levantó el viento, que lanzaba por todas partes gruesas gotas de lluvia. Evelyn se encogió asustada al ver un rayo seguido de un trueno. Ya tenía el manto empapado y la piel falsa estaba aplastada y oscurecida por la lluvia. Alzó los dedos mojados para palparse el gorro y descubrió que los cuernos de terciopelo rellenos que llevaba en lo alto del sombrero ya se estaban empezando a vencer.

Evelyn se enjugó la cara con la manga del manto y se puso a mirar atenta a su alrededor.

¿Por qué había acabado aquí?

Estaba mirando a Xena y a Gabrielle mientras bailaban, una imagen absolutamente enternecedora y encantadora, y de repente sintió que su mundo se tambaleaba. Cuando se quiso dar cuenta, abrió los ojos y se encontró de vuelta en su apartamento. A los pocos minutos, al ver que Gabrielle no la había seguido, se apresuró a coger dos pastillas de Oxy de su alijo oculto, las trituró, hizo dos rayas en un pequeño espejo de maquillaje con el filo de un cuchillo ceremonial y esnifó las rayas de polvo blanco, una por cada agujero de la nariz, usando un trozo enrollado del cuero falso de los trajes que había quedado por allí.

El polvo la golpeó en la nariz como un martillo y se le llenaron los ojos de lágrimas. Al instante, se atragantó con el sabor amargo propio de unas horribles gotas nasales y entonces su mente y su estómago se pusieron a dar vueltas. Justo cuando creía que iba a vomitar, notó una gota de agua en la cara, abrió los ojos y se encontró aquí, en plena tormenta en medio de una especie de aldea, empapada hasta los huesos.

¿Y ahora qué?

El aguacero era tan fuerte que las gruesas gotas empezaban a resbalarle por las pestañas y a caerle por la nariz. Parpadeó unas cuantas veces y echó a andar despacio y chapoteando a través del fango hacia la cabaña más próxima. Dentro no había luz. ¿Tal vez estaba vacía? Podría guarecerse de la tormenta un momento mientras pensaba las cosas.

Avanzó penosamente a través de los charcos hacia lo que parecía ser la puerta, un faldón de pieles de animales, y se detuvo para escuchar.

Fue entonces cuando lo oyó: un gimoteo apagado seguido de una risilla malévola. La voz que oyó a continuación le puso de punta los pelos de la nuca.

—Así que la princesita quería aprender un auténtico hechizo de chamana, ¿eh? —Volvió a oírse esa risilla insidiosa y la voz ronca y malévola continuó—: Pues ya sabes lo que dicen: cuidado con lo que pides.

Se oyó un breve sollozo y luego el ruido inquietante de algo que se desgarraba.

La voz, grave y áspera, intentó sonar tranquilizadora.

—Sssshh, ssssshh, querida. Lección número uno de chamanismo: la forma más rápida de llegar al corazón de una amazona es a través de su estómago.

Evelyn oyó algo parecido a un grito sofocado seguido de un gorgoteo nauseabundo, pero entonces todos los sonidos quedaron tapados por el violento estallido de un trueno. Segundos después, a una carcajada malévola y cascada se le unió el fogonazo de un rayo y a Evelyn casi se le paró el corazón.

Sin pensar, apartó el faldón y entró corriendo en la cabaña. El resplandor de otro rayo iluminó el interior de la morada. Evelyn miró a su alrededor muy nerviosa, intentando encontrar sentido a las numerosas sombras iluminadas por un instante. Otro relámpago iluminó la forma inmóvil de un cuerpo tendido en el suelo y otra cosa: una sombra negra que se cernía sobre el cuerpo como un espectro oscuro y siniestro.

Otro rayo zigzagueó por el cielo y Evelyn se quedó con los ojos desorbitados cuando el relámpago iluminó el pecho de la víctima justo en el momento en que estaba siendo cortado por el filo de un cuchillo curvo. La afilada hoja bajó entre unos pechos blancos como la leche hasta el ombligo como si cortara mantequilla. Otro relámpago y Evelyn vio que el asesino abría la caja torácica y luego metía con regocijo las largas y ajadas manos en el gran agujero ensangrentado para hacerse con el premio que había dentro.

Hubo otro rayo que iluminó la cara del asesino y entonces Evelyn supo a quién estaba mirando: era Alti. La mujer identificada por Xena. El monstruo con el que se había encontrado la última vez. Y que, al parecer, estaba haciendo lo que más le gustaba hacer.

Evelyn había llegado apenas unos segundos demasiado tarde para impedir un asesinato.

Estalló otro rayo que iluminó todo lo que había dentro de la oscura choza y Evelyn vio que la asesina estaba a punto de comerse el corazón de su desdichada víctima. El órgano seguía latiendo y ahora Evelyn creyó que de verdad iba a vomitar.

—¡PUTA! —gritó, tragándose la bilis.

A Alti casi se le cayó el resbaladizo órgano por la sorpresa. Levantó la mirada y sus ojos relucieron con una rabia que ardía al rojo vivo como un rayo salido de las mismas entrañas del infierno.

—¡TÚ! —chilló Alti.

El estallido de un trueno sacudió las paredes de la cabaña, pero Alti no hizo ni caso. Dejó caer el corazón de nuevo al interior del pecho de su víctima con un ruido húmedo y levantó el cuchillo curvo con dedos ensangrentados. A la luz del rayo que siguió, Evelyn vio las gotas de sangre que caían al suelo desde la afilada punta de la hoja curva.

—Te voy a despedazar —dijo Alti con voz ronca.

—¡HAS MATADO A ESA MUJER! —Evelyn apuntó con el dedo a la malvada chamana, gritando por encima del rugido de un trueno.

La acusación detuvo a Alti, que miró el cadáver que yacía en el suelo.

—¡Coño! Pero si es cierto, ¿no? —dijo con sarcasmo y luego se volvió de nuevo hacia Evelyn con una mueca malévola—. ¿A que no sabes quién es la siguiente?

El estallido de un trueno y el resplandor de un rayo y entonces Alti se lanzó por la cabaña, con el cuchillo en alto y los labios contorsionados por una mueca horrenda.

—¡AAAAHHHHHHH!

Evelyn salió corriendo por el faldón y se cayó de bruces en el fango y la lluvia. Sin mirar atrás, se levantó tropezando, resbalándose en la tierra empapada, y echó a correr lo más deprisa que pudo, pasando ante las cabañas oscuras e indistintas.

Volvió a perder pie, se cayó casi sobre una rodilla y de algún modo tuvo el valor de echar un rápido vistazo atrás.

Alti corría a través de la lluvia racheada, ganándole terreno rápidamente. Un relámpago se reflejó en el cuchillo que seguía sujetando en alto.

Evelyn se levantó del suelo fangoso, se resbaló una vez y echó a correr. Su gorro de chamana se le cayó sobre los ojos, pero se lo echó hacia atrás justo a tiempo de evitar estamparse con un alto poste. Usando las manos, se agarró al poste y, aprovechando el impulso, giró y cambió de dirección para echar a correr ante otra hilera de cabañas.

Tenía el manto pesado por la lluvia y eso le restaba velocidad. Agitando los brazos para intentar acelerar, pasó corriendo ante las cabañas, grandes y pequeñas, hasta que creyó que le iban a estallar los pulmones en el pecho.

Sin dejar de correr, volvió la cabeza, intentando ver a su perseguidora, pero su gorro se lo impidió.

Con un ojo en el camino que tenía detrás, dobló una esquina, resbalándose en el lodo y el agua, y se chocó con algo que la detuvo en seco.

Con un sonoro golpe, se cayó de culo en el fango.

Al cabo de un momento, cuando Evelyn recuperó suficiente presencia de ánimo para echarse hacia atrás el gorro empapado y vencido que le tapaba los ojos, se encontró con la punta de una afiladísima y reluciente espada de metal. Siguió la larga hoja hasta su dueña, una mujer que la miraba a su vez bajo una maraña de rizos rubios y muy mojados.

—¿Y esas prisas? —preguntó la dueña de la espada. Su voz sonaba tranquila, pero no amistosa.

Evelyn tardó un segundo en dilucidar si la mujer era amiga o enemiga. Mientras no se comiera el corazón de nadie, tenía que ser amiga.

—¡LA HA MATADO! —soltó Evelyn, quitándose las gruesas gotas de lluvia de la nariz con la manga.

La mujer rubia frunció el ceño.

—¿Quién ha matado a quién? —Bajó un poco la espada y miró mejor a la mujer sentada en el barro, que llevaba un gorro muy raro con unos cuernos caídos—. ¿Y quién Hades eres tú?

—Me llamo Evelyn, digo Yakut. Soy Yakut y esa zorra, Alti, acaba de matar a una chica en esa cabaña de ahí detrás —contestó Evelyn, señalando hacia atrás con el pulgar. De repente, recordó por qué estaba corriendo y se levantó de un salto, sobresaltando a la guerrera.

—¡Eh! ¡No tan rápido!

—¡Sí, rápido! Me está persiguiendo con un gran cuchillo curvo.

La guerrera miró por encima del hombro de Evelyn y a través de la lluvia que caía detrás. Evelyn se volvió para mirar a su vez.

El camino estaba vacío.

La mujer rubia enarcó las cejas.

—Si alguien te perseguía, corre despacio.

—La has asustado —explicó Evelyn, enjugándose la nariz de nuevo. Se volvió hacia la guerrera, al darse cuenta de repente de que por el momento, estaba a salvo—. Gracias.

—De nada —contestó la rubia y volvió a mirar por encima del hombro de Evelyn—. Creo. ¿Estás segura de que alguien te perseguía?

—Alti... ya te lo he dicho. Ha matado a una mujer. La he pillado haciéndolo. Me perseguía con un cuchillo.

—Un gran cuchillo curvo... eso me has dicho.

—Chorreante de sangre —añadió Evelyn para recalcarlo.

La mujer apartó la espada y luego subió la hoja y se la apoyó en el hombro, observando a la mujer que tenía delante. Estaba empapada y era evidente que estaba alterada, muerta de miedo por algo.

—¿Yakut, dices?

Evelyn sonrió sumisamente, con aire apaleado y abatido.

—Sí.

—Mmmf —gruñó la guerrera—, ese nombre me suena.

—¿Sí? ¿Tú cómo te llamas?

—Ephiny —contestó la rubia.

—Hola, Ephiny —dijo Evelyn, alzando una mano cubierta por la larga y pesada manga de su manto para saludar—. A mí no me suena tu nombre, pero gracias por salvarme de todas formas.

Ephiny la miró con desconfianza.

—De nada. Para eso están las hermanas, ¿no?

Evelyn se rascó la nariz.

—Ah, sí, cierto.

¿Hermanas? ¿Es que cree que somos hermanas?, pensó. Hubo un débil relámpago y el trueno que lo acompañaba pareció resonar en la distancia.

—Me parece que la tormenta ya está pasando —comentó Evelyn, tratando de seguir con la conversación.

—Eso parece —contestó Ephiny, pero parecía distraída—. Escucha, ¿qué tal si me llevas a la cabaña donde dices que han asesinado a alguien?

—¿Qué? —Evelyn se dio la vuelta, mirando la hilera de cabañas que se alejaba detrás de ella. Había corrido tan deprisa para huir que no se había molestado en ver por dónde iba. Ahora las sencillas chozas le parecían todas iguales.

—¿La cabaña? ¿El asesinato? —la instó Ephiny.

—Sí, claro, te puedo llevar. —Evelyn contempló la larga hilera de chozas idénticas—. Creo.

—Así que no eres de esta aldea... ¿verdad?

—¿Por qué lo dices? —preguntó Evelyn, intentando parecer lo más inocente posible.

Ephiny movió la espada que tenía en la mano.

—Escucha, puede que tu nombre me suene, pero sé perfectamente que nunca he visto a nadie como tú. Y si no sabes quién soy yo, estoy segura de que no eres de esta tribu. Lo que sí voy a querer saber es cómo, en nombre de Artemisa, has logrado evitar a mis guardias y has llegado hasta el centro de mi aldea. Ahora —Ephiny dio la vuelta a la espada con intención, sujetándola hacia abajo con mano relajada, pero no por ello menos atenta—, te propongo que me lleves a la cabaña donde dices que alguien ha asesinado a alguien y, por el camino, tú y yo vamos a tener una charla. ¿Qué te parece, Evelyn o Yakut... o como te llames?

Evelyn tragó con dificultad. Ahora le quedaba clarísimo dónde estaba. Estaba en medio de una aldea amazona y estaba, sin la menor duda, metida en un soberano lío.


—¡Aaajj! ¿Has apuntado la matrícula del camión que me ha atropellado? —gimió Gabrielle, intentando incorporarse. Estaba de vuelta en el apartamento. La alfombra que antes le parecía tan suave y cómoda le resultaba ahora áspera y dura. Se apoyó en una mano y usó la otra para frotarse la frente dolorida. Le dolía todo. Hasta su nariz se quejaba del olor rancio del incienso que seguía flotando en el aire—. Menuda resaca —comentó, esperándose que Evelyn estuviera allí, compartiendo su sufrimiento.

Cuando no hubo respuesta, Gabrielle se asustó.

—¿Evelyn? —Olvidándose del dolor de cabeza, dejó de frotársela y se volvió hacia donde suponía que estaría sentada su amiga.

Evelyn estaba justo donde se esperaba Gabrielle, pero no estaba consciente. Yacía boca arriba contemplando el techo con ojos ciegos abiertos de par en par.

—¿Evelyn? —Gabrielle corrió al lado de su amiga—. ¡Evelyn!

Sacudió a Evelyn por los hombros, pero no hubo reacción. Por un momento, el pánico inundó a Gabrielle de un frío espanto. Volvió a sacudir a Evelyn por los hombros, pero sólo consiguió que el gorro cayera rodando a un lado.

Gabrielle cogió el gorro, mirándolo extrañada. Estaba empapado.

De hecho, su amiga estaba calada de la cabeza a los pies. El manto, el pelo, todo estaba oscurecido por el agua.

—¡EVELYN! —Gabrielle estaba ahora preocupada de verdad. Miró frenética a su alrededor, imaginándose diversas posibilidades, ninguna de ellas buena, y entonces un pequeño espejo tirado en el suelo le llamó la atención. Cogió el espejo y observó atentamente los restos de polvo blanco pegados a la superficie. Gabrielle cogió un poco de polvo con la punta del dedo y lo probó con cautela, haciendo una mueca por el sabor amargo.

Examinó la zona y no tardó en encontrar el trozo de cuero enrollado.

Gabrielle recordó que las dos habían bebido de las tazas. Entonces, ¿qué hace aquí todo este tinglado de esnifar?

Volvió a probar el polvo blanco e hizo otra mueca. Era el mismo sabor amargo disimulado por el té cargado que habían bebido durante la ceremonia.

Gabrielle se quedó mirando a su amiga sin dar crédito. Evelyn había esnifado Oxy.

¡Pero qué estupidez!

Si hubiera estado despierta, Gabrielle le habría echado a Evelyn una buena bronca.

Pero su amiga estaba tirada, al parecer comatosa, en la alfombra del cuarto de estar.

¿O no?

Gabrielle se inclinó sobre Evelyn, examinando atentamente su expresión.

¿Y si ése era el aspecto que se les ponía cuando estaban allí? ¿Y si Evelyn había esnifado la droga y simplemente había vuelto?

Gabrielle se echó hacia atrás, pensando. ¿Evelyn era víctima de una sobredosis o estaba teniendo una experiencia extracorpórea?

¿Cómo podía saberlo?

Gabrielle se quedó mirando fijamente, como si quisiera obligar a Evelyn a darle alguna señal de que su estado catatónico era parte normal del proceso, y en ese momento el cuerpo de Evelyn se estremeció de repente. Gabrielle casi pegó un salto del susto.

Evelyn volvió a estremecerse y Gabrielle se inclinó de nuevo sobre ella buscando señales de vida.

Sus pupilas reaccionaban, dilatándose y contrayéndose a pesar de que la luz de la habitación no cambiaba en absoluto.

El cuerpo de Evelyn tembló de nuevo y entonces Gabrielle lo supo: su amiga estaba viajando.

Gabrielle se dio cuenta de que éste era el aspecto que debían de tener cuando sus almas se iban, que debían de parecer catatónicas aunque seguían conectadas de algún modo a su espíritu errante por un hilo finísimo.

Aunque lo del gorro mojado... eso no era fácil de explicar. Cogió el gorro y lo examinó, levantando un cuerno fláccido y dejándolo caer de nuevo, con una sonrisa afectuosa.

Miró a Evelyn con auténtica preocupación.

—¿Qué has hecho, Evelyn? —preguntó Gabrielle, dejando el gorro y cogiendo la mano de su amiga para sujetarla entre las suyas. Estaba mojada y fría—. ¿Dónde estás?

En ese momento, Evelyn trató de tomar aire como si se estuviera ahogando y luego todo su cuerpo sufrió un violento espasmo. Gabrielle se tiró encima del cuerpo convulsionado de su amiga y apenas consiguió evitar que Evelyn se hiciera daño mientras se agitaba sin control.


Seguía lloviendo, pero las gotas eran mucho menores en tamaño, apenas poco más que una molesta llovizna. Evelyn iba dejando profundas huellas en la tierra mojada al torcer a la izquierda, guiando a Ephiny por una hilera de chozas por la que le parecía recordar que había pasado.

—A ver. —Se detuvo, contemplando la larga hilera—. Estoy segura de que torcí por aquí y luego fui por ahí. —Señaló con un dedo casi tapado por el manto, que estaba empapado y pesado por la lluvia.

Ephiny gruñó y apartó a Evelyn con impaciencia.

—Fuiste por aquí —anunció, señalando con la espada en la dirección opuesta.

Evelyn frunció el ceño.

—¿Cómo lo sabes?

—Mira —replicó la guerrera rubia, señalando con la punta de la espada una marca profunda en el barro—. Ahí es donde te caíste. Y mira eso. —Ephiny señaló otra huella muy parecida a dos rodillas y un par de manos llenas de agua—. Ahí te caíste de nuevo.

Con una sonrisa cohibida, Evelyn se encogió de hombros.

—Pues supongo que fui por ahí.

—Sígueme —ordenó la amazona, echando a andar enérgicamente por el camino, y Evelyn se apresuró a seguirla chapoteando, esforzándose por no resbalar.

Por fin, tras torcer una vez más a la izquierda y pasar ante unas cuantas cabañas más, Evelyn empezó a reconocer su entorno.

—¡Ahí es! —exclamó nerviosa, tirando a Ephiny del brazo. Fue corriendo a la cabaña y apartó el faldón con gesto de triunfo—. ¡Es esto! ¡Éste es el sitio!

Ephiny dudó en la entrada, tratando de ver el interior oscuro y silencioso de la cabaña.

—¿Estás segura de que ésta es la choza? —preguntó con severidad.

—Estoy segura —respondió Evelyn tajantemente.

Ephiny irguió los hombros y fue a entrar, pero Evelyn la agarró del brazo, deteniéndola a media zancada.

—Ten cuidado. Puede que esa zorra siga ahí dentro. Tenía un cuchillo, ¿recuerdas?

—Y yo tengo una espada —respondió Ephiny, posando la mirada en la mano mojada y fría que le agarraba el bíceps y levantándola de nuevo hacia su dueña con una ceja enarcada.

—Ten cuidado —repitió Evelyn y soltó a la guerrera amazona.

—Ésta es la cabaña de Terreis —comentó Ephiny en voz alta al tiempo que cruzaba la entrada—. ¿Terreis? —llamó, moviendo nerviosa la espada que llevaba en la mano—. ¿Terreis?

—¡Ahí! —exclamó Evelyn, señalando a través de las sombras la figura inerte que yacía en el suelo.

—¡TERREIS!

Si dudar, Ephiny corrió hasta el cuerpo, dejó caer la espada y le empezaron a temblar las manos al ver el estado de la mujer. El destrozo era horrible de ver, incluso a la luz casi inexistente del interior de la cabaña.

—Por los dioses —exclamó Ephiny roncamente al tiempo que sus manos se detenían sobre las heridas abiertas del pecho y el abdomen, sin saber qué hacer.

Ephiny se volvió hacia Evelyn, con los ojos relucientes de rabia.

—¿Qué has hecho?

—¿Hecho? ¿Quién, yo? —exclamó Evelyn, señalándose a sí misma con el dedo totalmente desconcertada—. Yo no lo he hecho. ¡Ya te lo he dicho! Ha sido esa zorra infernal, Alti. ¡He visto cómo lo hacía!

Pero Ephiny ya había recogido su espada y se estaba levantando con aire amenazador.

—Ephiny, por favor —dijo Evelyn, suplicando al tiempo que retrocedía—. Por favor, tenemos que buscar ayuda. Alti podría volver en cualquier momento.

—Demasiado tarde —anunció la voz áspera de Alti, revelando su presencia en la entrada de la cabaña.

Antes de que Evelyn pudiera reaccionar, la chamana se le echó encima y le rodeó el cuello con sus grandes manos. Alti la empujó bruscamente contra un poste de la esquina de la choza. La espalda de Evelyn protestó de dolor al estamparse con la dura madera. Golpeó las manos que la estrangulaban, pero no tenía fuerza ni dónde hacer palanca para apartarlas.

Con una mueca de regocijo, Alti empujó más a Evelyn contra el poste, levantándola del suelo con una fuerza casi inhumana.

Ephiny miraba angustiada, sin saber quién era la enemiga. Cuando los grandes ojos de la desconocida, inocentes y suplicantes, se posaron en ella, Ephiny atacó a Alti para defender a Evelyn. Una rápida mirada de la chamana la lanzó volando al otro lado de la cabaña como si la hubiera golpeado. Se estrelló contra un escudo decorativo, partiéndolo en dos, y se deslizó despacio por la pared, hasta caer inconsciente.

—Mmmm, el postre —le comentó Alti a la figura ahora inmóvil de la guerrera rubia que yacía en el suelo—. Pero antes me voy a atiborrar de ti, Yakut.

Aumentó la presión sobre el cuello de Evelyn, sonriendo satisfecha al ver que se le empezaban a desorbitar los ojos.

—Esta vez, Yakut —susurró Alti, apretando aún más—, te voy a quitar algo más que la vida. Voy a maldecir tu alma para toda la eternidad. ¿Me oyes, patética imitación de chamana? Te voy a maldecir para toda la eternidad. —Se le quebró la voz por la rabia ronca y siguió apretando, con las manos temblorosas.

Evelyn sólo veía los ojos negros de Alti que se clavaban en los suyos. Necesitaba respirar desesperadamente y el dolor de la necesidad hacía que la cabeza le palpitara y los oídos le zumbaran con un rugido ensordecedor.

No puede tocarme, gritaba su mente sin dar crédito. ¿Cómo puede hacerlo? Y en esos breves instantes, cayó en la cuenta de que la lluvia que le empapaba el manto y la piel, la forma en que había apartado el faldón de la cabaña y había dejado huellas de pies y manos en el barro, el contacto de su mano sobre el brazo de Ephiny... nada de todo esto tendría que haber sido posible. Pero lo era. Había notado la lluvia en la cara, se había caído en el barro, había rodeado con la mano el fuerte brazo de una guerrera amazona y ahora estaba aquí, a punto de morir estrangulada.

Me parece que te has equivocado, Gabrielle, pensó Evelyn, con la mente extrañamente tranquila a pesar de su pésima situación. Contempló el feo rostro de Alti que la miraba desdeñoso a meros centímetros de distancia y le pareció que se desenfocaba y se desvanecía.

Su mente repasó vertiginosamente imágenes de otro pasado: otro momento en el que luchó con la malvada chamana, Alti, y perdió. En ese enfrentamiento, el contacto con Alti tuvo el poder de llenarle la mente de recuerdos de un dolor espantoso de incontables vidas pasadas y su cuerpo sufrió espasmos incontrolables. La bruja le robó la vida y envió su alma a un purgatorio kármico.

Esta vez, sin embargo, por alguna razón ella tenía el poder de impedir que el frío tacto de Alti invocara el dolor de esa vida pasada. Podía verlo, como si mirara el fondo de un pozo oscuro y amenazador, pero no la afectaba, no podía hacerle daño.

Alti soltó un gruñido de frustración. Por mucho que se esforzara, no conseguía causar el menor dolor a esta chamana inútil. Gruñendo, con las venas del cuello hinchadas, obligó a su voluntad a llegar hasta Yakut y penetrar en la vena malévola de poder que normalmente tenía a su disposición. Pero no ocurría nada: Yakut la estaba bloqueando.

—¡Zorra! —dijo roncamente, al tiempo que usaba todas sus fuerzas para aplastar la garganta de Yakut—. ¿De dónde sacas este poder? ¿Quién te está ayudando? —Estampó la rodilla en la entrepierna de Yakut, soltando una risita al oír el consiguiente gemido de dolor—. Eso lo has notado, ¿verdad?

Había un poder que corría por dentro de Evelyn: ésta notaba cómo la llenaba de una fuerza que no sabía que tenía. De repente, la necesidad de respirar que tenía Evelyn desapareció misteriosamente. Qué liberación sentir que ya no necesitaba respirar. Y entonces sintió que se caía por un largo túnel oscuro. Mientras caía, la opresión que sentía en la garganta fue disminuyendo y la voz amenazadora de Alti y sus ásperas palabras fueron desapareciendo. Era como si se alejara flotando hasta un lugar muy seguro y apacible, un lugar donde la cara horrible de Alti y la presión sofocante de sus manos ya no existían, donde nada existía. Nada en absoluto. Ni siquiera ella.

Dios mío, pensó Evelyn cuando su mundo se puso negro, me estoy muriendo.


—¡Evelyn! —Gabrielle agarró a su amiga por los hombros y la sacudió suavemente.

Evelyn jadeó una vez y luego dejó de respirar.

—¡EVELYN! —Gabrielle la zarandeó de nuevo y esperó a ver cómo reaccionaba.

Nada.

Oh, Dios. Ahora estaba segura de que Evelyn era víctima de una sobredosis.

Primeros auxilios. Primeros auxilios. Gabrielle se apretó la cabeza con las manos, intentando obligar a su mente a pensar con claridad. Había hecho un curso de primeros auxilios. Ahora que lo necesitaba, no recordaba absolutamente nada. ¿Qué era lo que le habían enseñado que tenía que hacer?

Pulso. Comprobar el pulso.

Gabrielle cogió una muñeca inerte y buscó el pulso frenética, pero no recordaba bien dónde se suponía que estaba el pulso y no lo encontró. Dejó caer la muñeca y puso los dedos en el cuello de Evelyn. Había pulso, pero era débil y fluctuante... y se estaba apagando rápidamente.

¿Corazón? ¿Qué pasa con el corazón?

Se agachó y pegó la oreja al pecho de Evelyn. Nada. No oía nada. Gabrielle escuchó con más atención. No sabía si lo que oía era el corazón de Evelyn o el suyo.

Oh, Dios, ¿qué ha sido de mis conocimientos de primeros auxilios?, pensó presa del pánico.

¡Respirar!

¡Eso es lo que se hace primero! Comprobar si respira y si no respira, abrir una vía respiratoria e intentar devolverle la respiración.

Comprobar si respira, se repitió Gabrielle. Pegó la oreja a la nariz y la boca de Evelyn, ladeando la cabeza para observar su pecho atentamente.

No respiraba.

Comprobar la vía respiratoria. Gabrielle abrió la boca de Evelyn, buscando señales de bloqueo, preocupada por la posibilidad de que Evelyn se estuviera ahogando en su propio vómito. La vía respiratoria estaba libre.

Colocando una mano en su frente y la otra en la barbilla, Gabrielle inclinó la barbilla de Evelyn para enderezarle el cuello. Con dedos temblorosos, cerró la nariz de Evelyn. Rápidamente, juntó la boca abierta a la de su amiga y sopló largamente, luego esperó un momento y volvió a hacerlo, atenta por si veía movimiento en el pecho de Evelyn.

Mira, escucha y siente, se dijo Gabrielle, repitiendo la lección según la iba recordando.

Levantó la cabeza de lado y escuchó.

Nada.

Juntando de nuevo sus bocas, sopló otra vez.

Y otra.

Y otra, esta vez con más fuerza. Luego, levantó la cabeza de lado y escuchó atentamente.

Nada.

—¡Maldita sea, Evelyn! —gritó Gabrielle, golpeándole el pecho con el puño, presa de la desesperación—. ¡Despierta!

Sopló unas cuantas veces más en la boca de Evelyn, metiéndole aire en los pulmones, y luego esperó.

Evelyn seguía mirando al techo, con los ojos abiertos y vidriosos.

—¡Despierta! —ordenó Gabrielle, golpeando furiosa el pecho de su amiga con los dos puños.

Evelyn tomó aire una vez y luego se sentó de golpe, pegando un susto espantoso a Gabrielle.

—¡Dios santo! —exclamó Gabrielle, sentándose sobre los talones. Entonces, al recordar una escena que había visto en una película, Gabrielle se puso de pie a toda prisa y levantó a Evelyn—. Vamos, Evelyn. ¡No te atrevas a morirte! —Gabrielle se pasó el brazo de Evelyn por el hombro y, usando toda la fuerza de sus piernas para sostenerlas a ambas, se obligó a caminar—. Como te mueras, te juro que te mato.

Por fortuna, oyó que Evelyn tosía una vez y luego dos y por fin su amiga se puso a echar té marrón encima de la alfombra. Gabrielle nunca se había sentido tan contenta de ver vomitar a Evelyn.

—Eso es, échalo. —Siguió arrastrándola por la habitación, dejando que Evelyn echara el contenido del estómago por el suelo alfombrado. Con cada paso que daban, su joven amiga iba recuperando las fuerzas.

—¿Gabrielle? —preguntó Evelyn débilmente, mirando confusa la habitación.

—Sí, soy yo, Evelyn —contestó Gabrielle aliviada—. Has vuelto. Has vuelto.

—Gracias a los dioses —murmuró Evelyn, apoyándose en Gabrielle para sostenerse mientras las dos amigas caminaban cansinamente alrededor del círculo chamánico que habían hecho ellas mismas.

Al cabo de varios minutos, Evelyn empezó a recuperar la fuerza en las piernas.

—Creo que ya basta, Gabrielle —dijo, apartando el brazo de los hombros de su amiga—. Necesito sentarme.

—Vale —dijo Gabrielle, ayudando a Evelyn a sentarse en el sofá—. ¿Quieres agua?

—Sí, un poco de agua sería genial. Gracias.

Gabrielle fue a la cocina. Al poco regresó con un vaso de agua en la mano.

—Toma, bébete esto.

Evelyn se lo cogió de las manos y se bebió el fresco líquido a largos y agradecidos sorbos.

—Calma, calma —le aconsejó Gabrielle, quitándole el vaso antes de que Evelyn pudiera terminar—. No creo que debas beber tanto sin más. Espera un segundo para asegurarte de que no vuelve a salir.

—Vale —asintió Evelyn—. Gracias. —Apoyó la cabeza en el respaldo del sofá y gimió—. Estoy hecha una mierda.

—No me extraña.

Evelyn levantó la cabeza.

—No te vas a creer lo que me ha pasado.

—Cuando estés bien, más te vale contármelo todo —dijo Gabrielle mientras ayudaba a Evelyn a quitarse el manto mojado de chamana. Tiró a un lado la calada prenda, sobre la alfombra. Luego quitó un par de botas de cuero mojadas y llenas de barro y las tiró al lado del manto, seguidas al poco de un par de calcetines blancos fríos y empapados—. Estás calada —comentó Gabrielle, cogiendo una manta de lana doblada cuidadosamente sobre el brazo del sofá y envolviendo a su amiga en ella—. ¿Mejor?

Evelyn miró a Gabrielle, con el estómago revuelto de repente.

—Mucho mejor, gracias. Dame un minuto, ¿vale?

—Todo el tiempo que necesites —dijo Gabrielle, sentándose en el sofá al lado de Evelyn, y se dispuso a esperar pacientemente mientras Evelyn volvía a echar la cabeza hacia atrás y descansaba.

Gabrielle volvió la cabeza para echar un vistazo al reloj. Eran las seis de la mañana.

Por alguna razón, tenía la sensación de que debía regresar a la residencia.

Mirando a Evelyn, vio que su amiga respiraba hondo varias veces y parecía quedarse dormida.

Gabrielle cogió una mano de Evelyn entre las suyas y se recostó en el sofá. La mano inerte seguía fría, pero ya no estaba mojada. La sostuvo delicadamente entre sus manos, dándole todo el calor que podía, y apoyó su propia cabeza dolorida en el respaldo del sofá, pensando.

Evelyn había regresado, y Gabrielle tenía la sensación de que no había vuelto a la fiesta.

Fuera donde fuese, su amiga había acabado empapada.

Mientras Evelyn dormía, con la cabeza de lado, una marca situada en la base de su cuello llamó la atención de Gabrielle. Se echó hacia delante para ver mejor esa mancha.

Había una serie de verdugones irritados en la delicada piel de Evelyn y esas marcas enrojecidas se parecían muchísimo a las huellas de unas manos alrededor del flaco cuello de su amiga.

Dejaría que Evelyn durmiera un rato, pero luego la iba a tener que despertar. Gabrielle pasó los dedos por el pelo de Evelyn, apartando con cariño algunos mechones mojados.

La radio despertador de la mesilla volvió a llamarle la atención.

Las seis y cinco.

Esa molesta sensación de que tenía que volver a la residencia empezaba a ser insistente.

Una hora, Evelyn, pensó Gabrielle preocupada mientras su amiga descansaba, te doy una hora y luego tú y yo, mi supuesta chamana, vamos a tener que hablar, porque algo me dice que más me vale volver a casa.


—¡NOOOOOO! —vociferó Alti llena de frustración al ver cómo desparecía Yakut. La joven chamana se desvaneció, soltándose de sus garras como el humo al dispersarse en el suave suspiro de una delicada brisa.

Con los ojos desorbitados de rabia, Alti dejó caer los brazos y retrocedió, viendo cómo se iban disipando los últimos restos del vapor casi translúcido.

Alguien está ayudando a esa puta, pensó enfurecida. Yakut nunca había sido tan poderosa. De algún modo, alguien o algo le estaba dando poder. Alti se juró a sí misma que cuando lo descubriera, primero iba a cortar ese suministro y luego ambas cabezas.

—Y cuando lo haga —juró entre dientes—, voy a enviar tu alma y el alma de quien te esté ayudando a un tormento eterno.

El impacto pilló a Alti totalmente desprevenida. Ephiny se estampó contra su costado, tirando a la chamana al suelo. Aterrizaron juntas hechas un lío de piernas y brazos sobre la dura tierra con un sonoro golpe. Al instante, Ephiny se dio la vuelta y se sentó a horcajadas encima de Alti, poniéndole un cuchillo en el cuello.

Alti se debatió un momento, pero luego se quedó inmóvil, bien consciente de la afilada hoja que le apretaba la garganta.

—Vaya, qué novedad... normalmente soy yo la que se pone encima —dijo ásperamente con bravuconería.

—Has matado a Terreis, puta —la acusó Ephiny, haciéndola sangrar al apretar el cuchillo con más fuerza sobre la piel fría y blanca de Alti—. ¡Te voy a enviar de vuelta al nivel del Tártaro de donde te hayas escapado!

—Yo no he matado a esa chamana de pacotilla. Lo ha hecho tu amiga fantasma.

—¡Mentirosa!

—Tal vez. Pero tal vez no. ¿Cómo lo vas a saber?

Ephiny se acercó más a la malvada chamana, apretando más con el cuchillo.

—Porque hueles a muerte.

Los labios de Alti se curvaron en una sonrisa fiera.

—Me parece que estás oliendo tu propia muerte, querida.

De repente, Alti subió las manos y agarró a Ephiny por la garganta, rodeando el cuello de la amazona con sus largos y ásperos dedos. Al instante, Ephiny se vio lanzada a un mundo de dolor que ni en su peor pesadilla se podría haber imaginado.

La amazona rubia chilló mientras su mente se inundaba de las imágenes de mil muertes brutales y su cuerpo experimentaba cada corte y cuchillada como si los estuviera sufriendo aquí y ahora.

Se le cayó el cuchillo de la mano cuando su cuerpo entró en convulsiones, y rodó por el suelo, inútil.

—Disfruta de lo que sientes —dijo Alti al tiempo que las levantaba a las dos de la tierra—, porque este dolor es lo último que vas a sentir en tu vida.

Mientras las manos de la chamana apretaban con más fuerza, la mente de Alti penetró en la de Ephiny, lanzando los recuerdos de la guerrera a un infierno de fuego abrasador que le calcinó la carne de los huesos.

Ephiny colgaba inerte entre las manos de Alti, mientras su mente se hundía en la nada a causa del dolor.

—¿QUÉ ESTÁ PASANDO AQUÍ? —gritó la reina al entrar en la cabaña, seguida de cuatro guardias amazonas, armadas hasta los dientes.

Alti no hizo caso de la exigente pregunta y siguió forzando su voluntad sobre Ephiny. Los ojos de la rubia se pusieron en blanco y empezó a perder el conocimiento.

—¡Suéltala, Alti! —ordenó la reina.

La muerte de Ephiny estaba tan cerca que Alti casi podía saborearla. Se pasó una lengua ennegrecida por los labios cortados, lamiéndoselos con hambrienta emoción. El sudor goteaba a través de la sangre seca de su frente, pintándole los lados de la cara con unas estrías de un rojo espantoso.

La reina se acercó tanto a Alti que ésta podría haberla lamido.

—¡He dicho que LA SUELTES!

Con un gruñido de frustración, Alti abrió las manos.

Ephiny se desplomó en el suelo, inconsciente.

—Llevadla a la sanadora —ordenó la reina, y dos de las guardias se apresuraron a obedecer, levantando a la inerte Ephiny entre las dos y llevándosela a rastras.

Alti aguantó una breve mirada asesina de la reina antes de que ésta se apartara y se agachara para examinar el cuerpo muerto y mutilado de Terreis que yacía, tranquilo, en el centro de la cabaña. A pesar del destrozo que tenía en el pecho, la joven chamana parecía dormida, con el rostro tranquilo y en paz.

—Qué espanto —declaró la reina, pasando la mano por encima de la herida abierta.

Alti sonrió burlona al oír el comentario, pues sabía perfectamente que iba dirigido exclusivamente a las dos guardias que quedaban.

La reina se levantó y se acercó a Alti.

—¿Quién crees que ha podido hacer una cosa así?

—Cuando llegué —dijo Alti, ofreciendo su explicación—, había una desconocida aquí dentro. Intenté capturarla, pero Ephiny se interpuso... como has visto.

—Entonces, ¿la asesina sin duda ha podido escapar? —preguntó la reina, enarcando una ceja fina y elegante.

—Sí, ha escapado.

—¿Y Ephiny?

—Me atacó cuando yo intentaba detener a la desconocida.

—¿Crees que estaban conchabadas?

Al oír esto, las dos guardias se agitaron nerviosas. Alti sabía bien que Ephiny era la capitana de la guardia y líder del ejército de las amazonas. Era sumamente popular entre todas las tribus. Más importante aún, Ephiny y Terreis eran amigas íntimas, posiblemente incluso amantes, de dar crédito a los rumores que corrían sobre las dos.

—No —contestó Alti rápidamente, advirtiendo satisfecha que las guardias se relajaban—. Creo que simplemente se equivocó con respecto a quién era culpable.

—¿De modo que te tomó a ti por la asesina mientras la auténtica culpable lograba escapar?

—Sí. Yo quería incapacitar a Ephiny para poder explicárselo, pero entonces llegasteis vosotras. Ocurrió todo muy deprisa.

—Ya veo —afirmó la reina, echándose a un lado e intercambiando una mirada significativa con sus guardias.

Se volvió hacia Alti e irguió los hombros.

—Este asunto no se resolverá hasta que Ephiny recupere el conocimiento y podamos interrogarla. Hasta entonces, permanecerás en tu alojamiento hasta que yo te llame. ¿Está claro?

Alti inclinó la cabeza sumisamente y se movió para marcharse. La reina alzó la mano, deteniéndola.

—Cuando confirmemos tu historia con Ephiny, necesitaremos tus servicios como chamana... puesto que nuestra propia chamana ya no está disponible. ¿Estás preparada para asumir ese puesto?

Una vez más, Alti inclinó la cabeza obedientemente.

—Vivo para servir —dijo con una mueca desdeñosa.

—Bien —dijo la reina—, porque mis exploradoras me han informado de que Xena emprenderá la marcha por la mañana. Para la próxima luna llena, esa perra de Ares estará ante nuestras puertas con todo el ejército macedonio y más. Voy a necesitar a una chamana fuerte y poderosa para ayudarnos a unir nuestras tribus, proteger nuestras tierras y derrotar a esta nueva enemiga. De modo que, ¿eres tú esa chamana, Alti? ¿Eres de verdad tan poderosa como se dice que eres?

—Te aseguro, mi reina, que soy todo lo que temen que soy.

La reina sonrió, con los ojos llenos de ese extraño resplandor verde que producía escalofríos incluso por la malévola espalda de Alti.

—Eso espero, desde luego. Mañana planearemos la primera fase: la destrucción de nuestros antiguos enemigos, los centauros. Para cuando Xena llegue al paso de Shipka, quiero las cabezas de todos los hombres, mujeres y sobre todo niños de la aldea centaura colgadas de las ramas de los árboles.

Al oír esto, Alti sonrió, revelando una boca llena de dientes amarillentos tras años de beber la sangre de sus enemigos.

—¿Así que lo sabes?

La reina se acercó a Alti y recogió una línea de sangre de su mejilla con la punta de un largo dedo, que luego se chupó.

—Oh, te sorprenderías por lo que sé, mi en breve chamana número uno.

Dicho lo cual, la reina se dio la vuelta y se marchó, seguida rápidamente por las dos guardias. Alti se quedó mirándola en pensativo silencio mientras salía de la cabaña.

Alti ni se imaginaba cómo había logrado descubrir el secreto más profundo y mejor guardado de la Princesa Guerrera. Los centauros eran feroces guerreros, y masacrar a una aldea entera sería difícil como poco. Pero lo que más asustaba al alma oscura de Alti era lo que haría Xena si lo conseguían.


Gabrielle subió los dos tramos de escaleras de la residencia hasta el segundo piso, capaz apenas de superar los últimos escalones. Estaba agotada hasta la médula. ¿No podrían haber puesto ascensor?, se quejó mientras subía gimiendo los últimos escalones.

El té funcionaba estupendamente, pero menudo pedazo de resaca le había dado.

Gabrielle sacudió la cabeza al tiempo que bajaba la barra y abría la pesada puerta de incendios de lo alto de las escaleras con un gruñido. Tenía que haber una forma mejor de hacer las cosas.

Maldita puerta, ¿por qué las tienen que hacer tan pesadas?

Dejando que la puerta se cerrara sola, avanzó cansinamente por el pasillo, mientras las imágenes de su cama caliente y blanda quedaban sustituidas una vez más por la misma conversación que llevaba manteniendo consigo misma desde que se había marchado del apartamento de Evelyn.

La loca de su amiga se había metido dos pastillas enteras de OxyContin por la nariz. Había sufrido, efectivamente, una sobredosis. Su alma también había regresado a su vida anterior en una aldea amazona y se había materializado en toda su gloria corpórea, lo bastante sólida como para mojarse por la lluvia, lo bastante real como para morir estrangulada a manos de otra chamana.

¿Qué querrá decir eso?, pensó Gabrielle mientras arrastraba los pies por el silencioso pasillo hacia su habitación, sumida en sus pensamientos.

¿Quería decir que cuantos más opiáceos tomara, más real se haría? Y si se pasaba, ¿moriría o su alma regresaría al lugar que le correspondía, al lado de Xena?

Gabrielle metió la llave de su cuarto de la residencia en la cerradura y giró el picaporte.

La única manera de conocer la respuesta a estas preguntas sería probando.

¿Pero debía hacerlo? ¿Debía arriesgarse a morir para estar con Xena?

La cerradura se abrió y Gabrielle empujó la puerta y entró.

¿Tenía que morir para estar con Xena?

—¿Dónde coño has estado?

Gabrielle se quedó en el umbral, boquiabierta. Su madre estaba plantada en el centro de su habitación, cruzada de brazos, prácticamente echando humo de rabia. Antes de que pudiera responder, su madre se echó sobre ella y le pegó una bofetada en la cara, con tal fuerza que estuvo a punto de caerse de lado siguiendo la dirección del golpe. Se quedó mirando a su madre en pasmado silencio, frotándose inconscientemente la marca palpitante que sabía que ya tenía en la mejilla.

Mientras Gabrielle se quedaba allí sin habla, parpadeando para controlar las lágrimas que amenazaban con caer, su madre fue muy tranquila a la puerta aún abierta y la cerró sin hacer ruido.

—Sé que estás tramando algo —dijo su madre cuando se cerró la puerta—. Ahora, me vas a decir dónde estabas, qué estabas haciendo y con quién o, si no, vas a desear no haber nacido.


PARTE 6


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
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