4


Xena entró en el templo del dios de la guerra, sin hacer caso del sacerdote, que se apresuró a escabullirse en silencio. El templo estaba sumido en un silencio espeluznante. Las inmensas paredes de mármol mantenían el edificio fresco incluso cuando el sol caía sobre él en pleno calor de un agobiante agosto corintio. El diseño era deliberadamente austero, salvo por una estatua tallada que había en el centro, una efigie del propio Ares.

Los pesados pasos de sus botas resonaban por la amplia cámara mientras avanzaba hasta plantarse delante del monumento, levantando la mirada hacia la figura alta y fuerte. Estaba tallada con gran habilidad: los hombros firmes, un pie sobre el peñasco de una montaña y un rostro bello que contemplaba el horizonte, posiblemente un campo de conquista.

Sólo había un problema: la escultura no se parecía en nada a Ares.

Por supuesto, ellos qué iban a saber.

Xena jugó con el borde del chakram que llevaba en la cadera, costumbre que tenía desde que el dios se lo regaló. La forma en que le cortaba la piel de la yema del dedo le recordaba el mortífero filo que tenía y, como siempre, el escozor le resultaba placentero. Contemplando el monumento, recordó las palabras de Ares cuando apareció ante ella la noche anterior, la segunda vez que se le había aparecido en su vida. El dios de la guerra había manifestado su preocupación, porque ella parecía haber perdido concentración. No sabía cuánta razón tenía, y si supiera el por qué, seguramente le habría dado un ataque de risa. Lo cierto era que su mente había dejado de pensar en la guerra: últimamente en lo único en lo que lograba pensar era en cierta visitante rubia y misteriosa.

Sin embargo, la presencia del dios le resultó tan seductora como siempre y con consumada habilidad, la apartó del radiante rayo de luz que era Gabrielle, para que volviera a su lado oscuro del campo de batalla.

—Cuando se está en combate —le susurró suavemente al oído, detrás de ella, acariciándole la piel desnuda del hombro—, la única preocupación de un guerrero debe ser la victoria sobre el enemigo. Ésta es la primera regla fundamental del combate, Xena. Suprime todas las emociones humanas, sólo lograrán entorpecerte el camino.

—¿Y el amor? —preguntó ella, porque aunque su presencia a su espalda hacía que su corazón redoblara con el pesado ritmo de los tambores de guerra, su mente seguía llena de Gabrielle. Ante esa pregunta, el dios de la guerra se echó a reír suavemente.

—Xena, Xena, Xena —susurró. Cuando pegó contra ella la dureza de roca que llevaba oculta en sus pantalones de cuero, ella se perdió en una bruma de pasión lujuriosa—. Eso del amor no existe, sólo existe la lujuria. Esto... y lo que sientes cuando te lanzas a la batalla, cuando blandes la espada... o tocas tu chakram... esto es el único amor que necesitas. Olvídate del amor, Xena. Debes matar a quien se interponga en tu camino, aunque sea Afrodita en persona. La verdad está en el corazón del arte del combate. Una vez dominado, no temerás a nadie. Además —terminó el dios de la guerra, pasándole la mano por la recia armadura que le protegía el pecho—, el amor no es más que un truco con que los dioses engañamos a los humanos para acostarnos con vosotros. —Y entonces desapareció sin más. Ella se quedó sola en su habitación a oscuras, pero seguía notando el calor de su mano sobre su pecho, a pesar del bronce que se lo protegía.

A éste le encantaba retrasar los placeres, pensó Xena con una sonrisa burlona. Aunque su caricia le provocaba un estremecimiento de fuego por toda la piel, lo único que le ofreció esa noche fue consejo y la dejó en tal estado que estuvo a punto de salir corriendo de la habitación para buscar a esa criada y aliviarse. Afortunadamente, todavía le quedaba suficiente presencia de ánimo para saltar en cambio del balcón al jardín de debajo, no para perseguir sueños fantasmales de amor, sino para hacer una serie de ejercicios con la espada. Esa noche practicó estocadas mortales con la espada en el jardín, bajo el ojo atento de una luna menguante, hasta que el sudor eliminó la pasión de sus venas y pudo desplomarse en la cama y dormir bien.

Esa noche no hubo sueños de pelo dorado.

Había llegado el momento de despejarse la mente y reconcentrar sus energías. Al amanecer, salió de la cama y acudió al templo de Ares, sabiendo que el frío de dentro contribuiría a endurecer su corazón y fortalecer su decisión. Cuadrándose ante el marmóreo dios de la guerra, desenvainó la espada de la funda que llevaba a la espalda. El roce del acero reverberó por las columnas corintias de mármol que montaban guardia como centinelas a intervalos regulares a su alrededor.

Con un rápido movimiento, se cortó la palma de la mano, esperó a que sangrara bien y luego alzó la mano y la colocó sobre una rodilla de mármol blanca como el hueso. Apretó la mano contra la estatua y dejó que el frío de la piedra detuviera el río rojo.

Se sentía como si se le fuera a cerrar la garganta si pronunciaba las palabras, pero tenía que hacerlo. Tenía que abandonar toda idea melancólica de una vida diferente. Éste era su destino y no podía haber un ángel de la guarda de pelo dorado que la salvara de él, por mucho que ella lo deseara.

Respiró hondo y dejó que su voz llenara el templo, tan alto que el sacerdote fue testigo de su juramento.

—Ares, te pido tu bendición para nuestra marcha contra nuestro enemigo, Persia. Toda la sangre que derramo, la derramo en tu nombre. Todo lo que soy, es tuyo.

El dios de la guerra siguió contemplando su eterno campo de batalla, con el rostro carente de toda emoción. Las palabras de Xena pesaban en el aire.

Metió de nuevo la espada en la vaina y se dio la vuelta. Avanzando a largas zancadas para salir del templo de Ares, no hizo caso de las gotas que se resbalaban de su largos y delgados dedos y caían al limpio suelo de mármol, dejando un rastro irregular de sangre como marca de su paso.


La madre de Gabrielle se sentó elegantemente en su butaca isabelina de roble tallado del siglo XVI y se echó hacia atrás, cruzando las piernas. Sonriendo, sintió su presencia cuando entró en la habitación y caminó en silencio por la alfombra hasta detenerse justo detrás de ella. Los hombres tenían un olor que era inconfundible, sobre todo cuando estaban excitados. Sonrió burlona, disfrutando del olor de su erección cuando se inclinó por encima de ella, y esperó en silencio, observando sus manos fuertes y masculinas, que se alargaban hacia la botella de brandy de cristal de Bohemia. Quitó el tapón y lo colocó con cuidado en la superficie reluciente de la mesilla francesa antigua antes de servir un chorro ambarino del brandy de cien años en una copa de coñac de Waterford.

Ella asintió dándole las gracias y esperó a que la mano se retirara antes de llevarse la copa a la nariz y hacer girar el contenido para gozar de su fragancia un instante, tras lo cual bebió un sorbito. Él dejó la botella y rodeó su asiento hasta su propia butaca. Ella siguió su atractiva figura con los ojos entornados, examinándolo mientras se sentaba.

Las cosas iban bien. De hecho, nunca se había sentido mejor, pensó, observándolo mientras él se sentaba en la butaca de enfrente y le dirigía una sonrisa provocativa.

Alzando la copa, le dirigió a su vez una sonrisa igualmente seductora.

—Bueno, ¿qué es lo que está pensando, senador?

—Directa al grano. Me gusta eso en una mujer.

Ella bebió un sorbo y jugó con el líquido engañosamente frío con la punta de la lengua antes de tragarlo, gozando de la sensación ardiente del brandy al deslizarse por su garganta.

—No estoy siempre trabajando, sabe.

Él enarcó una ceja oscura, con una chispa en los ojos azules.

—¿No? Eso también me gusta en una mujer.

Ella bebió otro trago del suave licor. Los ojos claros y azules de él le trajeron a la mente una imagen de Xena a la carga sobre su caballo de guerra dorado, con el pelo al viento, los ojos en llamas y el sol provocando destellos en la hoja de su espada justo antes de descargarla en un largo arco de lado para decapitar a un desdichado enemigo.

—La pregunta es —dijo, dejando de lado sus alegres pensamientos—, ¿también le gusta eso en una vicepresidenta?

—En realidad —contestó él, levantándose, desabrochándose el cinturón y bajándose la cremallera al mismo tiempo que avanzaba hacia ella—, ésas son precisamente las cualidades que estoy buscando.

Ah, sí, Xena debía de haber vuelto a su patética vida como Destructora de Naciones porque notaba la fuerza hasta la punta de los pies. Se le presentaban oportunidades para expandir su propio imperio casi a diario.

Frunció los labios con aprobación al ver el ofrecimiento grueso y duro que le hacía. No era lo que le solía gustar, eso tenía que reconocerlo. Pero por otro lado, tenía sus ventajas. Vicepresidenta no estaría tan mal, pensó. De un último trago, se terminó el brandy, dejó la copa y se lamió los labios como el gato que estaba a punto de comerse al proverbial canario.

A fin de cuentas, cuando fuera vicepresidenta, ¿qué problema tendría para organizar un asesinato?


Cincuenta mil hombres. Xena cruzó las manos y se apoyó en el arzón de su silla, montada en su caballo de guerra dorado y contemplando las llanuras de debajo. La vista nunca dejaba de impresionarla ni de provocarle una descarga de adrenalina por todo el cuerpo. Como siempre, su mente estableció comparaciones: cincuenta mil dinares, ¿la emocionaría tanto una pila de dinero así de grande? Cincuenta mil leguas: ¿le parecería igual de increíble una distancia de ese calibre?

Lo cierto era que nada podía compararse a la emoción de unas tropas armadas en acción. Ares no tenía por qué preocuparse. El corazón todavía le latía desbocado al ver aquello y, por este momento, sentada a lomos de Argo, al contemplar el paisaje dorado que relucía bajo el caluroso sol del mediodía corintio, al observar a las guarniciones que se movían realizando las maniobras de práctica ideadas para darles un entrenamiento intensivo en guerra de montaña, ella le pertenecía una vez más, en cuerpo y alma.

Cincuenta mil hombres: más que suficientes para emocionarla, pero ¿serían suficientes para conquistar el mundo?

Fuera como fuese, después del banquete de esta noche y el día de descanso de mañana, la marcha contra Persia iba a empezar.

Tenía intención de llegar a territorio enemigo mucho antes de que empezara a nevar sobre los puertos de montaña. Pero también sabía que no podía dejar Grecia para una larga campaña hasta que algunas de las fronteras más externas estuvieran totalmente en paz. Los estados griegos, por supuesto, ya no suponían una amenaza, pero aún había que ocuparse de las tribus más salvajes del norte. Xena sabía que sólo había una forma de que la frontera del norte pudiera quedar segura permanentemente, que era extendiendo los límites de Grecia otros ciento sesenta kilómetros a través de uno de los terrenos más difíciles para el combate de todo el mundo conocido.

El avance previsto por tierra les plantearía muchos obstáculos para llegar a Persia, por no hablar de la idea de hacer marchar un ejército de cincuenta mil soldados, compuesto sobre todo por hombres, justo a través del territorio de las amazonas. Los persas lo sabían. De hecho, confiaban en ello como parte de su estrategia de defensa. Si Grecia atacaba a Persia por tierra, primero tendría que luchar contra las amazonas. A lo largo de la historia, para evitar el enfrentamiento con la Nación Amazona, los griegos siempre habían lanzado un ataque contra Persia por mar.

Pero eso era entonces. Esto era ahora, y la que estaba al mando era ella. Xena estaba más que segura de que no tendrían problemas para incluir a las amazonas y sus tierras en el seno de la nación griega. Aunque había ordenado que un escuadrón de naves de guerra atenienses zarpara de Bizancio al Mar Negro para subir por el Danubio, esas naves no transportarían ni a un solo ateniense aparte de su tripulación.

Mientras Persia estaba ocupada interceptando mensajes falsos y siguiendo el rastro de la armada ateniense, ella marcharía al frente de sus impresionantes fuerzas por la ruta terrestre: a través de Anfípolis, hacia el este hasta Neápolis, cruzando el río Nestos y a través de las montañas de Ródope. Para cuando Persia se diera cuenta de que lo de la armada era un engaño, la fuerza invasora principal ya estaría cruzando el Helesponto por su puerta de atrás.

La campaña por tierra serviría para algo más que consquistar a un antiguo enemigo: acabaría estabilizando las fronteras griegas. Y la lucha contra las amazonas tendría la ventaja añadida de servir como ejercicio táctico a gran escala como preparación para el ataque sobre Persia.

En su mayor parte, la marcha a través de Grecia sería fácil. Hasta Filipópolis, pasarían por territorio amigo, pero después de eso, tendrían que cruzar las montañas, seguramente por el paso de Shipka.

Aquí era donde había más probabilidades de que acabaran enfrentándose de pleno con la furia de la Nación Amazona. Las feroces mujeres guerreras estarían furiosas por la invasión y, aunque eran mucho menores en número, tendrían la clara ventaja del terreno más elevado y una habilidad única en lo que Xena denominaba la guerra del arbusto. Un término divertido cuando pensaba en él, no tan divertido cuando se enfrentaba a él. Los griegos estaban acostumbrados a hacer la guerra al estilo de los romanos, en campo abierto con líneas de regimientos y falanges organizadas. Este tipo de estrategia no sería posible en los estrechos puertos de montaña, y las sarisas que acababa de inventar serían prácticamente inútiles. Las amazonas mataban furtivamente, tapadas por el bosque y desde lo alto de los árboles y los riscos, donde caían sobre sus enemigos como halcones sedientos de sangre. Si no tenían cuidado, las amazonas podían aniquilar a la mitad del ejército antes de que éste pudiera pisar suelo persa.

La mayoría de los expertos militares pensaban que esas tierras eran impenetrables. Sin embargo, ella era única entre la mayoría de los generales griegos por un motivo fundamental: había estudiado el arte de la guerra por todo el mundo, había viajado a lo largo y ancho de las tierras conocidas y había asimilado los estilos de matar de tantas culturas como ciudades había, incluidas las amazonas.

Xena conocía a su enemigo, sabía cómo comía, dormía, vivía, cagaba y, sobre todo, lo sabía todo sobre cómo le gustaba luchar y, al saber todo esto, en última instancia sabía cómo derrotarlo.

Las amazonas no serían una excepción. Años atrás había asestado un duro golpe a su nación, durante sus días de lujuria y sangre. Y ahora, iba a volver para terminar el trabajo.

Los centauros, sin embargo, eran otra historia.

Xena frunció el ceño, contemplando a sus tropas. Las columnas de hombres se movían en líneas prietas y organizadas, mientras otros corrían por el terreno o practicaban la lucha a caballo, levantando una polvareda al galopar por la llanura, abriendo la columna en una maniobra organizada como una bandada de pájaros que cambiara de dirección en el cielo.

El placer que solía sentir Xena al ver su habilidad se evaporó de repente.

Los centauros, pensó Xena de nuevo, con el alma en los pies. Sus tierras, aunque no estaban directamente en su camino, no estaban lejos de las amazonas. El hecho de que las amazonas y los centauros fueran antiguos enemigos y que llevaran siglos en guerra no tenía importancia.

Para Xena, los centauros eran intocables.

De algún modo, iba a tener que evitarlos por completo. De algún modo, iba a tener que descubrir una manera de guiar al ejército más grande reunido jamás por Grecia para sortear las provincias centauras sin que nadie se diera cuenta. Tenía un acuerdo personal y muy privado con los centauros que nadie podía conocer jamás, el dios de la guerra menos que nadie.

Metió los pensamientos sobre los centauros en los rincones más oscuros de su mente junto con el resto de su pasado cuando sus agudos sentidos la alertaron, mucho antes de que sus caballos levantaran el polvo a su lado, de que Parmenión y Atalo se estaban acercando.

—Las tropas tienen buen aspecto —comentó Xena, observando cuando una guarnición se tiró de bruces al suelo y se tapó con los escudos, transformándose en un armadillo humano con armadura de bronce—. ¿Están practicando esa maniobra todos los escuadrones?

—Tal y como has ordenado, comandante suprema —respondió Parmenión—. Aunque no entiendo qué vamos a conseguir tirándonos al suelo con un escudo encima de la cabeza.

—Pues fíjate —replicó Xena, dando la vuelta a Argo—, cuando llegue el momento y ordene hacer esa maniobra, si no le encuentras sentido, te puedes quedar con mi trabajo.

Parmenión se quedó mirando a la comandante de la fuerza armada más grande de la historia de Grecia cuando se alejó al trote, sabiendo muy bien que jamás podría aspirar siquiera a ocupar su lugar. Xena había inventado algunas de las tácticas bélicas más creativas que había visto en su vida.

—Saltarías al río Estigia y nadarías hasta el Hades si ella te lo pidiera, ¿verdad, Parmenión? —preguntó Atalo, con los ojos clavados en las columnas que estaban realizando ese mismo ejercicio extraño.

—Da igual el río que sea, si los persas están al otro lado, no tienen nada que hacer —respondió Parmenión, y azuzó a su caballo para bajar por la cuesta y reunirse con su batallón—. Lástima que Alejandro no vaya a estar allí para verlo.

Atalo esperó a que Parmenión se perdiera de vista.

—Ah, estará allí para verlo. Sólo que creo que Xena no.

Su trabajo, ¿eh?, pensó Atalo. Bueno, él desde luego no lo quería, pero conocía a alguien que sí, y sabía lo que tenía que hacer para garantizar que esa persona lo consiguiera. Pegando una patada con los talones, lanzó a su propio caballo de guerra en otra dirección, a galope tendido por las prisas de regresar a Corinto.

Esta noche tenía que asistir a un banquete: un banquete muy importante, histórico, de hecho, y no quería llegar tarde.


La cabaña era grande para una amazona, casi grandiosa, si un refugio de amazona se podía considerar grandioso. Al advertir que estaba hecho sobre todo con pieles de animales, se le ocurrió pensar que hacía falta cazar mucho para cubrir una choza de este tamaño con pieles. Eso demostraba la habilidad y el poder como cazadora de su dueña, reflexionó Alti al tiempo que apartaba el faldón de entrada. Se detuvo un momento para estudiar la textura de la cubierta de la entrada antes de pasar.

Interesante, pensó, tocando el grueso material y examinándolo de cerca. Esto no es piel de animal, pensó, pero sí que era carne. ¿Humana, tal vez? Ella prefería comerse el corazón de los enemigos a los que vencía. ¿Pero cubrir el hogar con su piel? Eso le hizo apreciar al instante a la reina que la esperaba dentro.

Había sido convocada a una audiencia con la nueva dirigente de la tribu poco después de su llegada a la aldea amazona. Su posición como hechicera les resultaba bastante evidente, pero cuando la chamana amazona de la aldea la saludó rodilla en tierra, eso causó un revuelo por toda la tribu que llegó hasta la reina más deprisa que un buitre al caer sobre un cadáver.

Sí, sin duda es carne humana, pensó Alti, sonriendo burlona, y soltó el faldón. Entró en la cabaña de la reina, más que dispuesta a tener el primer encuentro con su nuevo prodigio.

Entró y al instante advirtió que el suelo de tierra daba al habitáculo un olor a tierra húmeda y al aire un frío que resultaban extraños comparados con el calor del sol que brillaba fuera. Costaba ver al pasar de la luz a la oscuridad, pero Alti contuvo el impulso de guiñar los ojos. En cambio, esperó pacientemente a que se le acostumbraran los ojos y cuando lo hicieron, contempló a la reina de la tribu de amazonas que ahora se extendía por toda la frontera siguiendo los bordes de Tracia y Macedonia. Esta tribu era mucho mayor que la suya, ya extinguida, y su dirigente era una criatura totalmente distinta.

No era niguna Xena, eso seguro, ni por estatura ni por belleza, pensó Alti, estableciendo la comparación crítica inmediatamente. El rostro de la reina tenía los rasgos marcados y duros de una mujer que rara vez sonreía, a menos que estuviera matando o al frente de una carga en una batalla victoriosa.

Xena era así antes, pensó Alti.

—¿Me has llamado? —dijo Alti, inclinando la cabeza con respeto, eliminando todo tono sarcástico de su voz áspera y grave.

—Me gusta esa sangre que llevas en la frente —comentó la reina, observando a Alti con frialdad—. Bonito detalle.

—Tenía la esperanza de que te gustara —replicó Alti, animada.

—¿Quién eres y por qué estás aquí? —preguntó la dirigente amazona, levantándose.

La reina rodeó a Alti, mirándola de arriba abajo. Alti se quedó erguida e inmóvil, esperando con calma mientras la mujer daba la vuelta despacio a su alrededor. Advirtió que la reina tenía los ojos verdes, casi fluorescentes, y se preguntó por un instante si el brillo no sería un truco de las sombras o si era el poder latente de un dios que le corría por las venas lo que hacía que le brillaran así los ojos.

Pero Alti sí que sabía una cosa: la mujer era un volcán en ebullición a punto de explotar, y Alti se moría de ganas de bañarse en su poder cuando sucediera.

—He venido a ofrecerte mis servicios.

—¿Servicios?

—Como chamana. Es evidente que la que tienes no es en absoluto adecuada para una dirigente con tu potencial.

—¿Crees que tengo potencial?

Alti inclinó la cabeza asintiendo.

—Un potencial tremendo.

—¿Y cuál es el precio?

—¿El precio? —Alti soltó una risilla—. Mi querida reina, mis servicios no tienen precio. Sin duda, eso ya lo sabes.

La reina sonrió, con un aire absolutamente malévolo.

—¿Qué pides a cambio, entonces?

—Sólo pido formar parte de tu tribu, un puesto a tu lado.

—¿A mi lado derecho?

—Eso lo debes decidir tú. Aunque lo cierto es que creo que descubrirás que te puedo ser muy valiosa.

La reina resopló.

—No me digas. Por alguna razón, no me parece que puedas darme nada que no esté destinada ya a tener.

—¿Y cuál crees tú que es tu destino, mi reina?

—Pues ser reina de las amazonas, por supuesto. Unir a las últimas tribus que quedan en una sola Nación Amazona, lo bastante fuerte como para derrotar a todos nuestros enemigos.

—¿Como a los centauros?

—Exacto.

—¿Y si yo te pudiera ofrecer más que eso... mucho más?

Esos inquietantes ojos iridiscentes se clavaron en Alti.

—¿Qué más puede haber?

—Únete a mí y te convertiré en Destructora de Naciones.

Alti se sorprendió al ver un destello de rabia en esos ojos ante su ofrecimiento.

—Ese título ya pertenece a alguien. ¿Me tomas por necia?

—En absoluto. Pero un título es algo pasajero. En un momento dado, pertenece a una persona y al momento siguiente, pertenece a otra. Estoy segura de que Melosa estaría de acuerdo conmigo, si estuviera aquí. Aunque supongo que está. —Alti señaló con la mano el faldón de piel de la entrada y sonrió.

La nueva reina se quedó un momento pensando y luego se echó a reír en voz alta.

—Bueno, tengo que reconocer que esto es algo que no me había planteado. Me gustas, chamana. Tal vez utilice tus servicios, después de todo. Dime cómo te llamas y ordenaré a la escriba que tome nota de tu nueva posición como chamana oficial de mi Nación Amazona.

—Alti, mi reina. —Se inclinó, mirando a la guerrera con sus ojos oscuros—. Pero tengo entendido que tu tribu ya tiene chamana.

—Detalle del que dejaré que te ocupes tú. Digamos que es tu primer encargo oficial.

—Como desees, reina...

La reina despidió a Alti con un gesto de la mano.

—Y no vuelvas hasta que lo hayas hecho.


—¿Qué dijo?

—¡Nada! Ya te lo he dicho. Sólo estuve ahí unos instantes.

Evelyn no daba crédito a lo que oía.

—¿Y tú no dijiste nada?

—¿Cómo iba a decir algo?

—¿Estás segura de que se estaban besando?

—Ah, sí, ya lo creo que se estaban besando.

—No me puedo creer que no me lo hayas contado antes. Gabrielle, ¿por qué no me has dicho nada de esto hasta ahora? —Evelyn se cruzó de brazos con aire ofendido.

—No lo sé. Estaba... estaba... enfadada, creo.

—¿Estabas enfadada?

—Pues... sí. No era lo que me esperaba, sabes, o sea, encontrármela con una chica contra la pared, besándola de lo lindo.

Evelyn descruzó los brazos.

—¿Cómo era esta chica?

—¿Cómo era? —Gabrielle se encogió de hombros—. No sé. Era más baja, pequeña. Con el pelo largo y rubio, creo.

Evelyn enarcó las cejas.

—¿El pelo largo y rubio?

—Un pecho bonito, pequeño y firme —murmuró Gabrielle, levantando la mano y agarrando dicho pecho imaginario como le había visto hacer a Xena.

—¿¡Qué!?

Gabrielle bajó la mano, avergonzada.

—Ya sabes lo que quiero decir. Era pequeña.

—Y firme.

Gabrielle torció el gesto.

—¿Y rubia? —insistió Evelyn.

—Sí, estoy prácticamente segura de que era rubia. De todas formas, la luz de las velas se le reflejaba en el pelo. —Gabrielle se calló, advirtiéndo cómo la miraba Evelyn—. ¿Qué pasa? ¿Por qué me miras así?

—Vamos, chica. ¿Es que te lo tengo que deletrear? Pequeña, rubia... firme. ¿Te recuerda a alguien conocido?

—¿Cómo? ¿Conocido? ¿A mí? —Gabrielle se señaló el pecho con un dedo—. ¿Estás diciendo que Xena estaba besando a una sustituta mía?

—¿Hola? ¿Hay alguien en casa? —Evelyn puso los ojos en blanco—. ¿Te hiciste una idea de cuánto tiempo había pasado?

—No, la verdad. Sólo que ya no era la tienda. Estábamos en una habitación. Una habitación grande con antorchas en las paredes y muebles elegantes.

—Mmmm. O sea, como un castillo.

—Sí. Eso es. Era claramente un castillo. Debía de haber pasado tiempo porque Xena no estaba en su tienda de mando, sino que ya vivía en un castillo, o al menos se alojaba en un castillo.

—¿Alguna idea de dónde?

—Pues no. —Gabrielle arrugó el entrecejo y se rascó pensativa la comisura de la boca—. Sé que en aquella época no había muchas ciudades en Grecia que tuvieran castillos grandes de ese tipo. Atenas, Olimpia, Esparta. Sé que no era Esparta. Tal vez Atenas o Corinto. En esas dos había arquitectura en mármol y granito en ese período.

—Bueno, tú eres la experta en historia. ¿Dónde crees que estaba?

—Mmmm. —Gabrielle fue a la cama y se sentó—. Estaba a punto de arrasar Esparta y la convencí para que no lo hiciera. Así que habría aceptado su rendición y a partir de ahí habría seguido adelante. La historia dice que Filipo constituyó la Liga de Corinto, que se reunió varias veces antes de...

—¿Antes de qué?

—Antes de que Filipo fuera asesinado. Entonces Alejandro marchó contra Persia.

—¿Pero Xena seguía viva cuando la viste?

—Bien viva. —Gabrielle hizo una mueca, pensando en la escena que había presenciado y en la rabia que aún sentía cada vez que lo pensaba.

—Así que a lo mejor estaba en Corinto, en una de esas reuniones de la Liga.

Gabrielle asintió.

—Eso tiene sentido.

—Debe de haber sido muchísimos meses después. Te hizo prometer que no volverías, ¿no? Pensaría que nunca más te volvería a ver o que eras algo que se había imaginado. Está en Corinto, una guapa guerrera, de sangre caliente, guapa, en una aburrida reunión política.

—¡Evelyn!

—¡Qué! ¡Eres tú la que ha dicho que era guapa! No creo que lo pasara en grande en una sala llena de viejos senadores. Ve a una linda esclavita que le recuerda a ti... ¿empiezas a captarlo?

—¡Genial! Así que la coge y la estampa contra la pared y luego... ya sabes. Ahora me siento mucho mejor, Evelyn.

—¡Te pusiste celosa!

—¡No es cierto! ¡Me dio corte!

—Sí, eso sí. Pero también te entraron celos. Por eso no me lo habías contado. Tenías celos y te daba corte contármelo.

—¡No es cierto!

—¡Sí que lo es!

—¡No!

—Para mí está claro como el agua, Gabrielle. ¿Es que no te das cuenta?

Gabrielle meneó la cabeza, sin comprender dónde quería ir a parar su amiga con todo esto.

Al cabo de un momento, Evelyn soltó:

—¡Te echaba de menos, idiota! Te echaba tanto de menos que arrinconó a una esclava por pura frustración. Eso es lo que viste y eso es lo que tenías que ver. Y lo que es más importante, seguramente impediste que hiciera una cosa que luego habría acabado lamentando.

Gabrielle miró a su amiga con los ojos entornados, sin acabar de creérselo.

—¿Cómo puedes saber tantas cosas?

—Soy chamana, ¿recuerdas?

—Estás... loca.

—No, he dado en el clavo. Gabrielle, esto del tiempo no es lineal. Vosotras dos no viajáis a la misma velocidad en el tiempo. Ni siquiera se trata de que un día de aquí sea un mes allí o que un año de aquí sean dos para Xena. Es más bien que cuando vuelves al pasado, llegas justamente al punto en el que necesitas estar.

—¿En el que necesito estar para qué?

—Para indicarle a Xena la dirección que tiene que seguir. Para colocar las cosas en su sitio. O lo más cerca posible, dado lo caótico que está todo. Ahora lo empiezo a tener claro.

—Pues me alegro de que puedas ver a través del espejo, porque para mí está de lo más oscuro. No entiendo qué tiene que ver mi llegada al tocador de Xena justo a tiempo de impedir que se enrolle con una esclava con colocar las cosas en su sitio.

—Gabrielle, alguien o algo ha jugado con el destino. Tu destino, mi destino y seguramente bastantes más destinos se han echado a perder por el camino. Xena es la clave. Xena... y tú.

—Y tú.

—No, yo soy sólo parte de las consecuencias. Es como si hubiera explotado una bomba espiritual y las almas hubieran salido despedidas en todas direcciones por la explosión.

—Una bomba espiritual, ¿eh? Tú sí que estás majareta —dijo Gabrielle con cariño—. ¿Y quién prendió la mecha, señorita Cleo?

—Quién, efectivamente. —Evelyn se puso a dar vueltas, flexionando los dedos mientras pensaba—. Gabrielle, tenemos que conseguir que vuelvas allí. Tenemos que encontrar un modo.

—No sé, Evelyn. A lo mejor no es buena idea. Lo hecho, hecho está. El destino, la historia, como lo quieras llamar, me parece que nosotras tampoco deberíamos jugar con eso. Creo que ha llegado el momento de que siga adelante con mi vida y me concentre en la licenciatura para poder conseguir trabajo y vivir por mi cuenta.

—Quieres decir para poder escapar de tu madre.

Ante el silencio de Gabrielle, Evelyn dejó de dar vueltas y se dejó caer en la cama al lado de su amiga.

—¿Y por eso estás estudiando historia?

—No estoy estudiando historia. Estudio periodismo.

—Periodismo, ¿eh? Bueno, eso es lo que se cree tu madre, ¿no es cierto?

Una vez más, ante el prolongado silencio de Gabrielle, Evelyn insistió.

—Bueno, ¿has encontrado alguna mención a una Princesa Guerrera en alguno de los textos de historia que pueblan los estantes de tu habitación? —Evelyn hizo un gesto amplio con la mano para indicar los libros que llenaban los estantes, ocupando todo el espacio disponible.

Gabrielle suspiró apesadumbrada.

—Ni una. —Cambió de postura en el colchón y miró a Evelyn—. Sabes, es curioso. Es como si Xena no hubiera existido. Pero cuando vuelvo allí, no hay ningún rey Filipo por ninguna parte.

—La historia moderna nunca ha reconocido a las mujeres fuertes. A lo mejor la historia de Filipo es una alegoría de Xena. A lo mejor su historia fue borrada de los anales escritos junto con el resto de la historia de las mujeres, como Safo y las amazonas.

—Si eso es cierto, entonces el destino de Xena es ser asesinada.

—¿Por qué piensas eso?

—Porque eso es lo que dicen los textos que le pasó a Filipo. Lo envenenaron en un banquete. Alejandro fue nombrado rey y dirigió la marcha contra Persia, que acabó conquistando, junto con la mayor parte del mundo conocido.

—¿Y eso no te da ganas de volver? ¿Para avisarla?

—Sí, pero eso no significa que pueda... o que deba.

—Ya, pero si pudieras. SI... pudieras. Si hubiera una forma, ¿lo harías?

Gabrielle se mordisqueó el labio y se puso a pensar. Había pasado más de un año desde su último intento de cruzar el abismo del tiempo. Ahora estaba en su segundo año de universidad. Su madre la dejaba bastante a su aire con sus estudios, creyendo que se estaba afanando en hacerse periodista, profesión que ella consideraba inútil e inocua, como le había señalado en numerosas ocasiones. Poco sospechaba su madre que se gastaba la mayor parte de su paga en libros de historia antigua comprados en Amazon.com y que pasaba la mayor parte del tiempo en la biblioteca buscando referencias para dar con una princesa guerrera. Si su madre lo supiera, no le haría la menor gracia.

No, algo le decía que a su madre no le haría gracia en absoluto.

Y ahora Evelyn la instaba a intentar regresar de nuevo. Pero, ¿qué encontraría allí, incluso si pudiera?

Y aunque pudiera, ¿debería hacerlo?

¿Debería?

Gabrielle meneó la cabeza y su largo pelo rubio se agitó con el movimiento. Tenía el pelo mucho más largo y claro, gracias al mucho tiempo que dedicaba a correr al aire libre. Últimamente lo llevaba arreglado de una forma más sencilla, liso y recto con un atractivo flequillo cortado en capas justo por encima de las cejas.

—No me parece buena idea, Evelyn.

—Bueno, después de lo que pasó, no te culpo. Yo también me pegué un buen susto. Al fin y al cabo, la última vez las dos nos encontramos cosas inesperadas. ¡Tendrías que haber visto a ese ser! ¡Era una cosa horrenda!

Las dos sonrieron, al recordar cómo había vomitado Evelyn.

—Pero esta vez, estaremos mejor preparadas —afirmó Evelyn, asintiendo muy decidida.

Gabrielle se sintió interesada de repente.

—¿Cómo que preparadas?

Evelyn se rió por lo bajo. No hacía falta ser chamana para saber cómo captar la atención de Gabrielle.

—Tú no eres la única que sabe investigar, sabes —contestó crípticamente.


Tan gozoso como el sexo, pensó Xena y volvió a cruzar el aire con una serie de maniobras con la espada que prácticamente les hicieron la raya en el pelo a los hombres que luchaban con ella. Cada uno fue perdiendo la espada o los pantalones, dependiendo de si Xena apuntaba a su arma o a su cinturón.

El resultado final: seis hombres avergonzados, atónitos, con las manos vacías o tapándose las vergüenzas.

Terminó el ejercicio con una serie de molinetes con la espada y acabó en una postura que había aprendido en Japa, tan extraña para los griegos que se pusieron a aplaudir, olvidándose de su orgullo.

—Debería ser yo la que aplaudiera —comentó Xena con sorna, mirando con una ceja enarcada el muestrario viril que tenía delante.

Los pocos que estaban al aire se sonrojaron y se taparon las joyas, lo cual hizo sonreír a Xena, un gesto poco frecuente que a sus hombres siempre les encantaba.

Había sido un buen entrenamiento, que le hacía mucha falta. Había regresado del valle y de inspeccionar los preparativos para la marcha y le quedaban varias horas por delante antes del banquete. Como siempre gozaba de su capacidad para entregarse a diversos placeres por capricho, Xena ordenó a un guardia que reuniera a unos cuantos hombres capaces para divertirse un poco.

El guardia salió corriendo y regresó con seis hombres muy dispuestos y deseosos de agradar. Y la agradaron, efectivamente. Poco sospechaban que iba a ser mediante un largo combate de seis contra una, en una sesión de entrenamiento a espada llena de sudor y gruñidos y totalmente satisfactoria en pleno patio del senado de Corinto. Xena advirtió con regocijo que se había hecho corrillo, con varios senadores de renombre incluidos, que observaban la acción desde la terraza de arriba.

Que miren, se dijo y agitó la sudorosa melena negra para quitarse el pelo de los ojos. Blandió la espada en la mano para reequilibrarla y sonrió de nuevo, plenamente. El movimiento de los músculos bronceados sobre el fondo de cuero negro y el destello de dientes blancos con la sonrisa deslumbrante de su rostro asombrosamente bello pillaron desprevenidos por completo a sus adversarios.

Al instante, voló por encima de sus cabezas, ejecutando un salto mortal, y sonrió burlona al oír el coro consiguiente de exclamaciones maravilladas procedente de la terraza de arriba. Antes de que sus compañeros de entrenamiento pudieran reaccionar, aterrizó en el suelo y lanzó la pierna trazando un amplio arco que les levantó los pies del suelo.

Fueron cayendo uno por uno.

Se levantó y examinó con satisfacción a los soldados tirados y esparcidos por la hierba del jardín.

Todavía tienes lo que hay que tener, Xena, se dijo y alzó la espada para saludar al gentío que aplaudía. Sus claros ojos azules chispeaban de placer al observar los rostros que le sonreían desde arriba. Le interesaba muchísimo ver quién estaba presente para ver el espectáculo.

Allí estaba Alejandro, flanqueado por Atalo e Isócrates, nada menos. Esos tres estaban últimamente muy pegados.

Su prodigio, Alejandro, la saludó con la cabeza, con una gran sonrisa en su bello rostro. Podría enfadarse, si se paraba a pensar en lo que había hecho el hombre en los últimos meses. Pero por otro lado, estaba claro que todavía la admiraba. Tal vez incluso estaba un poquito enamorado de ella. ¿Podría ser que era simplemente muy cándido con respecto a las maquinaciones políticas de todos los que lo rodeaban? Era muy posible. Alejandro siempre le había parecido honrado y sincero y por eso lo que había hecho en el consejo le resultaba tan doloroso. Ahora, cada vez que veía a Alejandro, ni Atalo ni Isócrates andaban muy lejos. Iba a tener que ocuparse de esto antes de partir, de un modo u otro.

Isócrates le hizo un gesto de respeto, al que Xena correspondió. El viejo senador no suponía una amenaza real para ella, aunque él creyera lo contrario. Sabía que habría muerto de viejo antes de que ella regresara de Persia. Pero Atalo era harina de otro costal. Su sonrisa resplandeciente se transformó ligeramente en una mueca de desprecio, apenas visible. No tardaría en ocuparse de Atalo.

Pero ¿y Alejandro? ¿Qué pasaba con Alejandro?

Todavía no había decidido si era amigo o enemigo. ¿Tal vez debía tomarlo como amante?

Sus ojos abandonaron al trío y recorrieron la terraza, saludando a las caras que seguían sonriéndole, hasta que vio a una figura muy inusual justo detrás de una columna en una parte vacía de la terraza.

A menos que el sol le estuviera afectando la vista, parecía que había una chamana amazona en el balcón de un edificio gubernamental de Corinto observando su entrenamiento a espada.

Inconscientemente, hizo un molinete con la espada y avanzó un paso, guiñando los agudos ojos bajo el sol para ver mejor.

¿Cómo había entrado una amazona en la ciudad sin que ella lo supiera?

Manto de piel de ciervo, un gorro con cuernos... era una chamana... ¿o no? Usó la hoja de la espada para protegerse los ojos del resplandor del sol.

Los cuernos no parecían reales, la piel parecía... bueno, parecía de ardilla, no de ciervo, y el atuendo entero le quedaba tres tallas grande a la mujer que lo llevaba. Su escrutinio se centró en una cara joven casi oculta por un gorro demasiado grande para la cabeza que lo sostenía. La muchacha la miraba a su vez como un ciervo atrapado en la mira de un arco.

Fuera quien fuese esta joven, no era ninguna chamana.

Un grito desvió la atención de Xena hacia Alejandro. Éste había seguido su mirada y, al ver lo mismo, estaba ordenando a los guardias que detuvieran a la desconocida. Xena volvió a concentrarse en la esquina de la terraza, pero la chica ya no estaba, había desaparecido casi tan misteriosamente como había aparecido.

Casi como...

Xena se lanzó despedida desde la hierba y aterrizó con una voltereta en el balcón antes de que los guardias hubieran doblado la primera esquina.

Todo rastro de la misteriosa chamana había desaparecido. Corrió por entre las columnas abiertas hasta el pasillo, pero el corredor de mármol estaba frío y vacío. No había rastro de nadie que hubiera pasado por allí. Entonces se oyó el ruido de botas a la carrera y apareció un pequeño grupo de guardias, con las espadas desenvainadas, doblando a toda velocidad una esquina.

Se reunieron con Xena y ésta les hizo un gesto para que registraran el pasillo vacío mientras ella volvía a la terraza para comprobar la zona una última vez.

Nadie. Nada. Posó los ojos en el punto donde había estado la mujer misteriosa y vio un trozo de algo en el duro suelo de granito al lado de una urna. Se agachó, cogió el trozo y lo estudió con curiosidad.

Ni siquiera era ardilla: no era ninguna clase de animal. Lo olió, confusa ante la falta de olor, y luego lo frotó entre los dedos. No era piel, sino una especie de tela que no había visto nunca. Parecía piel... lo frotó de nuevo entre los dedos... era suave como la piel, pero estaba clarísimo que no era piel en absoluto: era falso.

—Dejadlo —ordenó a los guardias—. Fuera quien fuese, se ha ido.

—¿Hacemos un registro completo, comandante suprema? —preguntó uno de los guardias.

—No —replicó ella, metiéndose el trozo de tela extraña en la espinillera—. Se ha ido.

Xena se dirigió a sus aposentos, con intención de darse un baño y tener un poco paz antes del banquete. Tenía mucho en que pensar antes de las festividades de la noche. Entre otras cosas, preguntarse cómo, si la extraña visitante era lo que ella pensaba que era, había conseguido dejar atrás un trozo de algo que debería haber sido insustancial.

Y si era lo que ella pensaba que era, y no era Gabrielle, entonces ¿quién Hades era?


Por empeño de Evelyn, se reunieron en el apartamento que ésta tenía fuera del campus. Gracias a su padre, Evelyn se podía dar el lujo de vivir en su propio apartamento de un solo dormitorio no muy lejos de Dupont Circle. Eso les daba una privacidad que nunca habrían podido tener en la residencia de Gabrielle.

Evelyn metió con fuerza la llave en la cerradura y empujó con el hombro para abrir la puerta.

—Está deformada —explicó casi como pidiendo disculpas y encendió una luz antes de hacer pasar a Gabrielle.

Aunque eran viejos, los apartamentos de este tipo de casas siempre eran pintorescos y tenían un encanto único típico de este barrio de moda de Washington DC. El pequeño apartamento de Evelyn no era una excepción.

—Me encanta —exclamó Gabrielle, mirándolo todo. Estaba decorado como si fuera una página sacada directamente de un catálogo de Pottery Barn y era evidente que el padre de Evelyn era mucho más generoso a la hora de mantener a su hija de lo que lo era, o lo sería nunca, la madre de Gabrielle.

Los ojos de Gabrielle recorrieron el cuarto de estar, advirtiendo que el sofá de cuero y la butaca a juego estaban empujados a un lado para hacer sitio en una alfombra india tejida a mano para un adorno central de velas y otra parafernalia. Tal y como estaba todo dispuesto, se parecía sospechosamente a un altar o a un fumadero de opio: conociendo a Evelyn, probablemente las dos cosas.

Se quedó mirando un momento todo aquel montaje y luego miró a su amiga con desconfianza.

—Creía que esta noche sólo íbamos a hablar de posibilidades, Evelyn. ¿Para qué es todo esto?

—Tanta charla y tan poca acción hacen a Gabrielle aburrida —contestó Evelyn con picardía, cerrando la puerta y echando el cerrojo.

—No me voy a chutar —declaró Gabrielle, cruzándose de brazos con aire desafiante.

—Pues yo tampoco, así que tranquilízate.

—¿Entonces qué? No me lo digas. —Gabrielle fue a la alfombra y estudió los objetos: velas, incienso, recipientes indios de arcilla pintados a mano, algunos instrumentos musicales aquí y allá y algo que se parecía sospechosamente a una pipa—. ¿Crack?

—¡No! ¿Acaso ves un soplete? —contestó Evelyn, indignada.

—Marihuana otra vez no. Con eso sólo me entraba hambre.

—No, éste es un entorno libre de humos, Gabrielle —dijo Evelyn muy seria, aunque le temblaban las comisuras de los labios por la risa.

—¿Nos vamos a meter una raya?

Evelyn soltó una risita.

—No.

Gabrielle alzó las manos con un gesto de exasperación.

—Evelyn, ¿qué más hay?

Gabrielle observó a su amiga, que fue a un mostrador que separaba el cuarto de estar de la cocina y dejó encima las llaves.

—Vamos a hacer lo que hacen los indios.

—¿Los indios? —Gabrielle enarcó las cejas incrédula—. ¿El qué? ¿Fumar peyote?

—No, tonta. Ya te lo he dicho, ésta es una zona sin humos. Además, no se trata de peyote, ¿verdad? —Evelyn se volvió hacia la nevera, abrió la puerta y miró dentro. Con un gruñido satisfecho, sacó un gran tarro de cristal y lo puso en el mostrador, mostrándoselo a Gabrielle como si fuera la respuesta a todas sus preguntas.

—¿Qué es ese líquido tan repugnante? —Gabrielle se quedó mirando la turbia sustancia marrón oscura que había dentro del tarro.

—Té.

—¿Té? —Gabrielle miró el tarro con más atención. El líquido era tan oscuro que hasta se veía reflejada en él—. Si eso es té, es el té más cargado que he visto en mi vida. Evelyn, amiga mía, ¿intentas envenenarme?

—¿Envenenarte? No me insultes, Gabrielle. Esta poción es una vieja receta de familia. —Evelyn quitó la tapa del tarro y lo olió—. Huele genial. Mira, fíjate. —Acercó el tarro a Gabrielle, ofreciéndoselo para que lo oliera.

Gabrielle enarcó una ceja dorada y lo olió con prudencia.

—¡Puaj! ¡Evelyn! ¡Lo dirás en broma! —El olor amargo le atravesó los senos como mostaza picante—. Si te crees que me voy a beber eso, pues... ¡has estado bebiendo demasiado!

—Fíate de mí, Gabrielle. Está mejor cuando se calienta. No está nada mal, cuando te acostumbras. En realidad, es una antigua receta india para hacer té de peyote, sólo que sin peyote.

—¿Entonces qué lleva?

Sin contestar, Evelyn volvió a enroscar la tapa del tarro y luego fue al sofá y se sentó.

—He estado pensando. La última vez, cuando intentamos lo de la hipnosis, no estábamos preparadas.

Gabrielle se apartó del té y se apoyó en el mostrador.

—¿Preparadas para qué?

—Pues preparadas para viajar, si quieres expresarlo así.

—Evelyn —dijo Gabrielle con tono de advertencia al tiempo que se apartaba del mostrador y se acercaba al sofá, con los brazos en jarras—, ¿y ahora qué plan descabellado se le ha ocurrido a ese cerebro new age que tienes?

Evelyn dio una palmadita en el espacio libre que había a su lado en el sofá de cuero, indicándole a Gabrielle que se sentara, y sonrió cuando ésta así lo hizo.

—He estado leyendo. Los indios americanos, los aborígenes, todas las culturas, antiguas y modernas, tienen rituales espirituales en los que se emplea algún tipo de droga.

Gabrielle asintió, colocándose un largo mechón rubio detrás de una oreja.

—Bueno, de eso ya hemos hablado.

—Sí, pero hemos hablado de lo de las drogas. No nos hemos parado a pensar en lo del ritual.

—¿El ritual? —Gabrielle se echó hacia delante, intrigada.

—No se comen el peyote así sin más y hala, a ver qué pasa. Hacen cosas para prepararse, para estar listos para el viaje, tanto mental como físicamente. Nosotras no lo hemos hecho.

—¿No?

—No. —Evelyn señaló el círculo mágico que había creado en la alfombra de su cuarto de estar—. Como con un cumpleaños, no es sólo el regalo, sino todo lo que lo acompaña, lo que lo hace especial.

—¿La tarta, cantar, pedir un deseo y soplar las velas?

—Exacto.

—Sabes —dijo Gabrielle, sonriendo—, puede que hasta tengas razón.

Evelyn sonrió a su amiga con orgullo.

—Ya ves, la universidad sirve para algo, después de todo. He pasado bastante tiempo en la biblioteca.

—¡En la biblioteca! ¿Tú? No.

—Qué gracia tienes, Gabrielle. Pero he descubierto un montón de cosas. Primero... tengo un regalo para ti.

—No será el té, espero.

—Bueno, el té es parte, pero no lo mejor. Espera un segundo. —Evelyn se levantó de un salto del sofá, cruzó el cuarto de estar dando brincos de emoción y se metió en su dormitorio. Cuando regresó, llevaba los brazos cargados con algo que a Gabrielle le pareció una serie de pieles de animal.

—¿Qué has hecho? ¿Te has ido de caza?

Evelyn se echó a reír, tirando la carga en la butaca vacía, y se dejó caer de nuevo en el sofá, botando alegremente.

Rebuscó ansiosa en el fardo de pieles y tela.

—Esto es para ti —dijo, lanzando una prenda, que Gabrielle atrapó en el aire.

—¿Qué diantres es esto? —preguntó, con algo que parecía la parte superior de un bikini de cuero rojo colgando de los dedos.

—Ésa es la parte de arriba —explicó Evelyn, sin dejar de rebuscar en la pila—. Aquí está la de abajo. —Lanzó otra prenda, que aterrizó limpiamente en la cara de Gabrielle.

—¡Oye! —Gabrielle apartó la prenda y la dejó colgando de la otra mano. Si era la parte inferior, no era mucho más que una serie de cuentas—. ¿De verdad esperas que me ponga estas cosas?

—Y esto también. —Evelyn lanzó otro objeto, que aterrizó en el regazo de Gabrielle. Era una especie de máscara que representaba a un pájaro... más o menos. Gabrielle se quedó mirando el pico que sobresalía en su regazo.

—Creía que habías dicho que era como un cumpleaños... no Halloween.

—Eso —explicó Evelyn, sin hacer caso del comentario—, es una copia original de una réplica exacta de un traje de amazona.

Gabrielle contempló cada pequeña prenda una por una.

—¿Sí?

—Sí. Y esto —añadió Evelyn, levantando una cosa grande y peluda coronada por un par de cuernos que se puso en la cabeza—, es para mí.

Gabrielle se quedó mirando el gorro sin dar crédito.

—¡Te pareces a Rudolf, el reno de la nariz colorada!

Evelyn se enderezó el gorro torcido y soltó un bufido.

—Gabrielle, te aseguro que he estado investigando. Lo que tienes ahí es una copia exacta de lo que se cree que llevaba una amazona. Y esto —Evelyn señaló los cuernos de terciopelo rellenos que adornaban el gorro que llevaba en la cabeza y que había vuelto a caerse hacia un lado—, esto es lo que llevaba una chamana.

Gabrielle contempló las ristras de cuentas que colgaban de su mano y que no era posible que bastaran para empezar siquiera a taparle el trasero.

—No dejaban gran cosa libre a la imaginación, ¿verdad?

Evelyn le enseñó a Gabrielle una larga túnica de piel, mostrando orgullosa primero la parte de delante y luego la de detrás.

—Esto son copias muy precisas de algo que vi en un libro. Las he encargado para nosotras y no ha sido barato.

—¿Has pagado a alguien para que haga esto? —Gabrielle dejó las cuentas y cogió la máscara, mirándola fijamente. La máscara de cartón piedra la miró a su vez sin darle respuesta.

—Efectivamente. Y también el té.

Gabrielle dejó caer los objetos que tenía en las manos sobre su regazo.

—¿Nos vamos a poner esto y luego vamos a bebernos ese té?

—Sí, nos vamos a vestir, a preparar la habitación, a privarnos, a beber el té...

—Un momento, un momento... rebobina. ¿Has dicho privarnos?

—Sí, eso he dicho.

—¿Privarnos en el sentido de darle a la priva, o sea, beber?

—No, privarnos en el sentido de no comer, o sea, ayunar.

—Evelyn Ellison, ¿¡es que se te ha ido la olla del todo?!

—Gabrielle, sólo tenemos que ayunar un día. Un diíta de nada. Es que tenemos que purificar nuestro organismo de alimentos y mierdas varias. Nos quedaremos aquí y beberemos mucha agua. Mañana por la noche, una hora antes de medianoche, beberemos el té y entonces...

—¿Y entonces qué, Evelyn? ¿Qué ocurre? ¿Qué lleva ese té?

Evelyn se mordisqueó el labio por dentro, preguntándose cómo sería recibida la revelación.

—OxyContin —confesó, colocándose bien el gorro una vez más.

—Oxy... Oxy... ¡QUÉ!

—OxyContin.

—Ya sé lo que es. Me pregunto si lo sabes tú.

—Es un opiáceo.

Gabrielle meneó la cabeza.

—Esto es una locura.

—Pero si es la droga de moda. Ha sido fácil de conseguir.

—¿Cuánto hay en el té? —Gabrielle volvió la cabeza para mirar el té marrón de aspecto inocuo que reposaba inocentemente en el tarro de cristal como si esperara.

—Lo que exige la receta.

—¿De dónde has sacado la receta?

—Ya te lo he dicho, es una vieja receta de familia.

—Evelyn. —Gabrielle le echó a su amiga una mirada de advertencia.

—Vale. La receta de la infusión la saqué de Internet, pero de verdad que es una antigua receta india. Mi abuela decía que un traguito de este té cura todos los males.

—¿Y ese té no llevará alcohol por casualidad? —le preguntó Gabrielle a su amiga, entornando los ojos con desconfianza.

—Bueno —confesó Evelyn, disimulando una sonrisa—, debo reconocer que el alcohol es el ingrediente principal.

Gabrielle abrió la boca para protestar, pero Evelyn se apresuró a continuar, interrumpiéndola.

—Sé muy bien que no se deben mezclar alcohol y drogas, Gabrielle. Recuerda con quién estás hablando. No he incluido el alcohol.

—¿Cómo sabes que no nos vamos a poner malas?

Evelyn se levantó, se quitó el gorro y lo colocó con cuidado en la butaca de cuero.

—Porque ya lo he probado.

—¡Cómo! ¿Lo has probado? —Gabrielle se levantó de un salto del sofá y el atuendo de amazona se le cayó del regazo al suelo—. ¿Y funcionó? ¿Regresaste? ¿Viste a Xena?

—Calma, princesa amazona. ¿No decías que ya no estabas interesada en Xena?

Al ver la expresión azorada de Gabrielle, Evelyn la empujó por los hombros y las dos se sentaron de nuevo en el sofá.

—No tomé mucho, sólo un poquito. Pero hice todo el ritual, la purificación de la habitación, el ayuno. Lo hice todo. No estuve allí mucho tiempo, pero ya lo creo que estuve.

Gabrielle se quedó mirando a su amiga sin poder creérselo. Su expresión, la forma en que la miraba... Gabrielle no necesitaba preguntárselo de nuevo: lo sabía.

—La viste. La viste, ¿verdad?

La sonrisa de Evelyn iluminó la habitación.

—¡Esa tía está como un queso, deja que te diga!

—Ya. —Al instante, Gabrielle se levantó del sofá y se puso a recoger los componentes de su atuendo de la alfombra. Se pegó cada prenda al cuerpo, comprobando las medidas—. Bueno, ¿dónde va cada cosa y cómo?

Evelyn observó a su amiga, que movía el traje en distintos ángulos sobre su cuerpo.

—Hay ganas, ¿eh?

—Vamos a ponernos las pilas, Evelyn —dijo Gabrielle. Vio un par de botas a juego de color rojizo y las cogió—. Estas botas se hicieron para caminar espiritualmente...

—¿Y eso es lo que vamos a hacer? —terminó Evelyn, sonriendo.

—Tan cierto como que una amazona caga en el bosque.

Evelyn se puso su manto de chamana e hizo una pirueta girando.

—¡Parece que lo vamos a descubrir!


Xena llamaba la atención y lo sabía. A propósito, se había dejado la túnica de cuero marrón y la armadura de bronce de siempre en sus aposentos, concretamente en el opulento dormitorio encima de la cama gigante, y en cambio se había puesto el traje de guerrero samurai que había conseguido cuando viajaba por Japa. Los pantalones negros ondeaban suavemente como una falda mientras caminaba por entre la multitud. La parte superior era una reluciente túnica roja bordada con dragones perfectamente detallados. La tela misma era excepcional. La seda era sumamente erótica, no sólo para el ojo sino también para piel de la persona que la llevaba, y en Grecia valía tanto como el oro. Le acariciaba el cuerpo como los labios suaves de un amante atento. Xena había olvidado lo que le encantaba vestirse con esa tela, y se juró que si alguna vez sentaba por fin la cabeza de forma definitiva, se aseguraría de que las sábanas de su cama no fueran de otro material más que ése.

Llevaba la mano apoyada en la empuñadura de marfil intrincadamente tallada de la espada samurai que le adornaba el costado. Mientras sus dedos jugaban distraídos con el afilado borde del chakram siempre presente que colgaba a su lado de una cadena de oro, sonrió al muchachito que hablaba con ella. Era miembro del Cuerpo de Pajes Reales: jovencitos griegos de buena familia al servicio personal de los generales mientras se entrenaban para llegar a ser oficiales.

Por supuesto, ser nombrado paje real era un gran honor y sólo se concedía a las familias más importantes. La mayoría de los padres entregaban a sus hijos al servicio de muy buen grado. Los muchachos mismos estaban deseando irse, sedientos de aventuras, como suelen estarlo los jóvenes. En realidad, el único propósito que tenía su presencia era darle a Xena un gran control sobre las familias ricas, a menudo traicioneras. Había hecho lo mismo con muchos jefes de tribus aliadas o con senadores ambiciosos y recalcitrantes: se quedaba con sus jóvenes hijos como garantía contra la sedición.

Fuera cual fuese la razón, los muchachos siempre estaban deseando irse, y para los jóvenes aspirantes a oficiales era muy emocionante tener la rara oportunidad de entablar conversación con su comandante suprema. Charlaban encantados con ella y ella les regalaba el destello de sus ojos azules y una gran sonrisa que hacía reír a los más jóvenes y sonrojarse a los de más edad.

—Técnicos y especialistas —explicó Xena a su público. Le habían preguntado por qué, para la campaña, les iban a acompañar tantos hombres que no eran soldados—. Ingenieros de asedios —continuó—, mineros para excavar túneles, ingenieros para construir caminos y puentes, si los necesitamos. Topógrafos para recoger información sobre las rutas y los campamentos y para tomar nota de las distancias que recorremos.

—¿Pero por qué los científicos? ¿Por qué los eruditos? ¿Por qué tantos bardos? —preguntó bruscamente un joven cadete, que se tapó al instante la boca con la mano, avergonzado de haber hecho esa pregunta.

Xena le dio una palmadita al chico en el hombro.

—Ten siempre el valor de hacer una pregunta, así es como se aprende. Así que escuchad atentamente: cuando viajéis por territorio desconocido, planificad siempre cada paso que vais a dar antes de darlo.

—¿Pero cómo se puede planificar dónde se pisa si el territorio es desconocido?

—Sabía que me lo ibais a preguntar —sonrió Xena y asintió al oficial presente más veterano—. Adelante, Filotas, explícaselo a tus pupilos.

—Informes de espionaje militar basados en el reconocimiento —contestó el general Filotas sin vacilar.

—Avanzadillas de exploradores —añadió Xena, al ver los rostros confusos—. Arquitectos para descifrar las defensas de las ciudades enemigas, geógrafos expertos en el terreno, botánicos, matemáticos, incluso oráculos. Cada detalle es importante y cada pedacito de información, por pequeño que sea, podría suponer la diferencia entre la victoria y la derrota, la vida... o la muerte.

Los muchachos asintieron todos a la vez, atónitos ante la inmensidad de una empresa como esta invasión y aún más ante la mujer que parecía haberlo organizado todo.

—¿Y los bardos? —espetó el mismo muchachito de antes.

Xena se echó a reír, con una carcajada profunda y sonora que llamó la atención.

—Aquiles hizo que Homero lo inmortalizara. ¿Quién os inmortalizará a vosotros? —Le guiñó un ojo al joven y se dio la vuelta—. Esta noche disfrutad del banquete y mañana no dejéis de descansar. Después, aprenderéis en vivo lo que significa ir a la guerra.

—Es interesante ver a quién eligen los jovencitos como héroe en estos días —oyó Xena que le comentaba Isócrates a un colega cuando ella pasaba cerca.

Se volvió para mirar a los cadetes, que seguían mirándola, con una interesante mezcla de miedo y adoración en los ojos.

—No tardarán en cambiar de opinión —dijo Xena, lo bastante alto para que el viejo senador y sus acompañantes la oyeran, y se regodeó a conciencia en la expresión sobresaltada de Isócrates, que creía que su comentario había pasado desapercibido.

Muy bien, que empiecen los juegos, se dijo Xena riendo con sorna mientras se abría paso por la masa de celebrantes.

Ahora que todos los preparativos militares estaban completos, Xena estaba decidida a animar a su ejército. Siguiendo una tradición establecida por el rey Arquelao, había decretado nueve días de fiesta en honor de Zeus y las Musas, que culminarían con un gran banquete de proporciones épicas. Se había levantado una gigantesca y lujosa tienda, lo bastante grande como para albergar más de cien divanes, para ofrecer un magnífico festín a sus oficiales de mando, así como a los embajadores de las diversas ciudades-estado griegas. Como lo que más le importaba siempre eran sus tropas, invitó a sus generales a seleccionar a ciertos oficiales de menor graduación, caballeros, infantes, arqueros e incluso mercenarios, para que asistieran como recompensa por sus servicios hasta la fecha. Se hicieron abundantes sacrificios a los dioses, seguidos de teatro y música. Todos los animales sacrificados se ofrecieron a los soldados en una versión igualmente espléndida, pero sin duda mucho más jaranera, del mismo festín que se estaba celebrando por todo el campamento.

En muchos sentidos, Xena deseaba poder estar bebiéndose una jarra del vino dulce que había importado especialmente de Pompeya junto a las hogueras de los soldados rasos, en lugar de tener que esquivar las pullas de los pomposos invitados que había aquí.

Arrebatando una copa de vino de las manos de Atalo al pasar, bebió un sorbo y sonrió al oír cómo se tragaba la protesta cuando reconoció a la persona que le había quitado la copa.

Al fin y al cabo, tenía más posibilidades de no ser envenenada si se bebía el vino de otra persona, especialmente el de él.

Había mesas redondas talladas a mano por toda la tienda, rodeadas de divanes de terciopelo. Los criados iban y venían, llenando los centros de bandejas colmadas de ricos manjares: faisanes y codornices, jabalíes asados a la perfección y rodeados de montañas de guisantes especiados, bandejas especiales de carne cruda, la carne de los toros sacrificados, un tributo al dios de la guerra.

Se fue acercando al lugar de honor que le habían asignado en una mesa situada en una tarima en la parte frontal de la tienda y desde la que se veían todas las actividades. A su derecha, Alejandro ya estaba echado en su diván, alargando la mano por encima del plato para coger un puñado de aceitunas. Vio que a ella ya le habían puesto en el plato una ración especial de preciados testículos de toro. En algún momento, tendría que comérselos como tributo a Ares.

Qué poco me apetece, pensó, y se desvió bruscamente para acabar ante una mesa llena de oficiales de caballería.

—¡Xena! —dijo Antípatro, uno de los oficiales, alzando el brazo para saludarla—. ¡Estás increíble!

—¡Comandante suprema! —voceó el grupo, empezando a levantarse de los divanes para cuadrarse ante ella.

—Tranquilos, hombres —dijo ella, sonriendo a la mesa llena de oficiales de su unidad preferida, la caballería. Sus jinetes eran los mejores del mundo, ella lo sabía y ellos también—. Esta noche, los invitados de honor sois vosotros. Soy yo la que está a vuestras órdenes. —Inclinó la cabeza en su honor.

—¡Entonces te ordenamos que te unas a nosotros! —gritó un joven jinete, ante la alarma instantánea de sus compañeros.

—¡Está ocupada, imbécil! ¿Es que estás loco?

—En absoluto —replicó Xena con encanto, echándole el ojo a un diván vacío. Prefería con creces las carnes y los pescados extendidos ante ellos que lo que la aguardaba en su propio plato en la tarima—. Por mí, encantada.

Ante el pasmo de todos, Xena fue al asiento vacío, apartó con gesto historiado su espada samurai y estiró su largo cuerpo, hundiéndose en el blando diván de terciopelo con un suspiro.

Con los ojos chispeantes, alzó la copa de oro que ya tenía en la mano.

—Por la victoria, caballeros —dijo y bebió, echando la cabeza hacia atrás y vaciando la copa de un solo trago largo.

Se lamió los labios con satisfacción y luego alargó el brazo pidiendo más en silencio.

Los hombres se quedaron encantados.

—¡Por la victoria! —corearon a voces, llamando la atención de toda la sala y provocando una serie de gritos que repitieron el brindis como una ola por el resto de la tienda hasta llegar fuera y propagarse.

El joven oficial que estaba a su lado le llenó la copa y ella le dedicó una sonrisa resplandeciente que lo dejó todo sonrojado. Con una sonrisa chulesca, Xena alargó la mano por encima del plato y cogió una pata de cordero, sabiendo muy bien que, por el momento, el asiento que ocupaba tan inesperadamente le permitiría comer sin temor.

Que Ares se coma sus propios testículos, pensó Xena al tiempo que hincaba los dientes toda contenta en la carne para arrancar un bocado suculento.


—¿Qué tal estoy? —preguntó Gabrielle, saliendo al cuarto de estar para que la viera.

A Evelyn estuvo a punto de caérsele el incienso que iba a encender. La parte de arriba, parecida a un sujetador y de color rojizo, elevaba los pechos de Gabrielle de una forma muy atractiva. De hecho, Evelyn no tenía ni idea que su amiga tuviera semejante escote. Y la parte inferior... a Evelyn casi se le salieron los ojos de las órbitas.

Por el abdomen que tenía, daba la impresión de que se había pasado meses sin hacer otra cosa más que flexiones en el gimnasio. La franja de cuentas caía por delante cubriendo lo suficiente, sin cubrir prácticamente nada. Y cuando Gabrielle se dio la vuelta para mostrarle la parte de detrás, Evelyn se dio cuenta de que esa parte inferior no eran unas bragas en absoluto: era prácticamente un tanga. Se quedó mirando boquiabierta, pasmada por el movimientos de los músculos que se agitaban por la columna de su amiga hasta terminar en un par de nalgas firmes y maravillosamente formadas.

—¡Gabrielle, pero qué culo! —chilló Evelyn.

—¿Qué? ¿Qué le pasa? —Gabrielle estiró el cuello por encima del hombro para intentar ver.

—¡Tienes un culo estupendo!

Gabrielle gruñó y se dio la vuelta, poniendo los ojos en blanco.

—¡Y menudos abdominales! ¿A quién has pagado para conseguir esos abdominales?

La rubia se miró la parte corporal en cuestión.

—Yoga —contestó Gabrielle, dándose una palmadita en los bonitos y marcados músculos—. Yoga dos veces por semana.

Evelyn se miró su propia tripa, que estaba tapada por el manto de piel que llevaba. El movimiento hizo que el gorro que lucía se le cayera por encima de los ojos. Volvió a colocar en su sitio el sombrero cornudo y sonrió.

—¿Qué te parezco yo?

Gabrielle se rascó la nariz para disimular una sonrisa.

—¿Bambi?

Antes de que Evelyn pudiera sentirse insultada, Gabrielle se acercó a ella con unas bandas de cuero en las manos.

—Ayúdame con esto, ¿quieres? —Le ofreció el brazo y Evelyn le quitó los adornos de cuero y cuentas, que le ató en su sitio alrededor del bíceps.

—Estás genial —dijo Evelyn, haciendo un buen nudo—. Igual que una amazona. —Colocó la siguiente banda en el otro brazo de Gabrielle—. ¿Dónde está la máscara?

—La máscara es pasarse un poco, ¿no crees?

—¡No! ¡Es auténtica! ¡Ve a coger la máscara! Necesitas la máscara. —Evelyn clavó un dedo en el trasero prácticamente desnudo de Gabrielle para que fuera al dormitorio.

—Oh, está bien. —Gabrielle volvió malhumorada a la habitación y regresó instantes después, con la máscara de pájaro en la mano. Se la puso encima de la cabeza y la bajó hasta colocarla en su sitio.

Evelyn aplaudió encantada.

—¡Perfecto! ¡Absolutamente perfecto! ¡Es increíble lo bien que estás, Gabrielle! ¿Cómo te sientes?

—Hambrienta —se oyó la respuesta de Gabrielle con sordina desde detrás de la máscara.

Evelyn miró el reloj de pared, sujetándose el gorro para que no se le resbalara.

—Ya casi es medianoche. Todo está preparado, así que supongo que podemos empezar. ¿Estás lista?

—¿Me tengo que quedar con esta cosa puesta todo el tiempo?

—Sí. —Evelyn se sentó cruzada de piernas en la alfombra dentro de un interesante círculo que las dos se habían dedicado a dibujar en la alfombra con tizas de colores. Se puso de cara a un conjunto de incienso, velas y tazas de té que había en el centro del círculo.

—Me voy a ahogar —refunfuñó Gabrielle, avanzando de mal humor hasta la alfombra, donde se sentó cruzada también de piernas frente a su amiga.

Evelyn no le hizo ni caso, cerró los ojos y se preparó para la tarea que se avecinaba.

Un segundo después, abrió los ojos de golpe.

—Espera un segundo —dijo, levantándose de la alfombra de un salto.

—¿Dónde vas? —preguntó Gabrielle, siguiendo a su amiga con dificultad a través de los dos pequeños agujeros que se suponía que eran ojos situados en la base del pico del pájaro.

—¡Tengo que hacer pis! —voceó Evelyn desde dentro del dormitorio.

Evelyn regresó al cabo de unos segundos y un tirón de cadena. Apagó las luces del cuarto de estar, puso en marcha el reproductor de CD y se acomodó de nuevo en la alfombra.

Los tonos profundos de tambores, flautas y diversos trinos de aves llenaron la habitación del misticismo adecuado.

—Genial, más pájaros —masculló Gabrielle desde detrás de la máscara.

—Shhssh —ordenó Evelyn, respirando hondo y alzando una de las tazas de té. El líquido marrón ya se había calentado en el microondas y estaba preparado para ser bebido. Alargó la taza hacia su amiga como si le hiciera una ofrenda.

Gabrielle cogió la taza solemnemente y esperó.

Cuando Gabrielle llevaba ya unos minutos sujetando solemnemente la taza entre las manos, Evelyn soltó un bufido.

—¡Venga, vamos! ¡Bébetelo!

—¿Cómo? —exclamó Gabrielle.

Otro bufido y Evelyn se inclinó hacia ella y levantó la máscara, apartándola de la cara de su amiga.

—¡Bébete el té, maldita sea!

—Está bien. Está bien. No te pongas borde. —Gabrielle bebió un sorbito y al instante arrugó la cara—. ¡Evelyn!

—Lo sé, lo sé, está muy amargo. Pero te lo tienes que beber.

Gabrielle tomó aliento con fuerza y se bebió de un trago todo lo que pudo.

—Todo —la riñó Evelyn.

—¿Todo?

—Todo. —Evelyn observó atentamente hasta que Gabrielle terminó y se echó hacia delante para comprobar que la taza estaba vacía. Alargó la mano y volvió a colocar la máscara sobre la cara de Gabrielle. Luego cogió su propia taza y se la bebió rápidamente—. Vale, ahora nos tenemos que concentrar de verdad, Gabrielle. La droga tardará como media hora en hacer efecto. Mientras, tengo que llevar a cabo una ceremonia con el incienso y las velas. Tú tienes que quedarte muy quieta y concentrarte. Y sobre todo, no te rías.

Sólo de pensar en reír, Gabrielle estuvo a punto de hacerlo. Se esforzó por controlar una carcajada, agradecida de repente por tener la máscara, pero Evelyn pareció leerle la mente.

—Lo digo en serio, Gabrielle. Nada de risas. Piensa en Xena. Piensa en lo que viste la última vez que estuviste allí. Imagínate a la guerrera y piensa en lo mucho que deseas volver a verla, en lo que significa para ti. Porque quieres verla, ¿no?

Al oír esto, Gabrielle asintió con seriedad y cerró los ojos.

Se quedó muy sorprendida al oír que Evelyn se ponía a entonar un cántico. Las palabras y la melodía eran desconocidas para Gabrielle, pero su amiga parecía hablar en un idioma real, con palabras antiguas. Oyó que Evelyn estaba bailando, moviéndose alrededor de ella y del círculo. El fuerte olor del incienso se iba extendiendo a su alrededor. De inmediato, la presencia abrumadora de Xena le llenó la vista. Gabrielle correspondió a su sonrisa acogedora, recreándose en la cálida mirada de los imponentes ojos de Xena y admirando su largo pelo en movimiento, la forma en que se agitaba con una suave brisa, encantada con la postura erguida y orgullosa de Xena, con la fuerza de esas manos posadas sobre sus caderas, con la forma en que su mirada se suavizaba al reconocerla.

La habitación en la que estaba, la alfombra donde estaba sentada, la música monótona, el cántico de Evelyn parecían alejarse por un largo túnel, hacia un futuro que no existía, y Gabrielle supo sin lugar a dudas que había vuelto a emprender un larguísimo viaje por un camino conocido que la llevaría a casa.


La tienda era un torbellino de festejos. Había artistas de todo tipo moviéndose entre las mesas: malabaristas que jugaban con antorchas encendidas, acróbatas que saltaban por encima de un público encantado, bailarinas exóticas en diversos grados de semidesnudez que se contoneaban y retorcían a petición de quien las llamara.

En medio de todo esto, Xena seguía echada en su diván de la mesa de los oficiales de caballería. Ya no comía. Los sirvientes habían traído nuevas bandejas de comida y por tanto ahora desconfiaba de las viandas, pero disfrutaba con el espectáculo. Al mirar al otro lado de la estancia, hacia la tarima, vio que Alejandro tonteaba con un joven poeta, Hefestión, le parecía que se llamaba. Se sonrió por dentro cuando el bardo se sentó en el diván pensado para ella y apartó el supuesto plato sagrado para hacer sitio a una bandeja llena de cordero.

Tras terminarse el vino de la copa, la tiró por encima del hombro, ignorando alegremente el golpe y el quejido consiguiente que se oyeron en la mesa de al lado. Esperó, observando pacientemente, hasta que uno de sus jóvenes compañeros de mesa terminó de beber de su propia copa y entonces, aprovechando que tenía el brazo largo, le arrebató la copa. El joven oficial se echó a reír y luego imitó a Xena, robándole la copa al amigo sentado a su lado, y entonces su compañero robó otra y así siguieron, hasta que toda la mesa se enfrascó en un juego de "róbale el vino a tu amigo".

—Sabes, Xena, te puedes beber el vino que te sirven —dijo Antípatro, el joven oficial a cuyo lado estaba sentada, algo borracho y sonriendo por lo que hacía.

—¿Estás seguro? —replicó Xena. Bebió de la copa que había robado y vio cómo le cambiaba la cara cuando estaba a punto de beber de la de ella.

Antípatro se detuvo, con la copa en los labios, y el conocimiento del motivo por el que Xena hacía lo que estaba haciendo cayó sobre él como una ola. Sin pensárselo, tiró la copa. Los dos se echaron a reír al oír las protestas de la mesa de detrás, pues el vino había salpicado a todos los comensales.

Sin avisar, Antípatro se levantó de un salto, corrió a otra mesa y cogió la jarra de vino que había en ella. Robó dos nuevas copas de oro de otra mesa, regresó corriendo junto a Xena y se dejó caer en su asiento, tras lo cual sirvió de nuevo para él y para su comandante.

—¡Tienes futuro en este ejército! —proclamó Xena, agarrando la copa y bebiendo el vino muy contenta.

—¡Contigo como líder, lo tenemos todos!

—¡Eso es! ¡Eso es!

Xena alzó su copa, brindando a su vez con sus compañeros de cena, y bebió. No había duda: estaba empezando a achisparse de una forma muy agradable. Unos músicos debían de haber empezado a tocar, porque a la cacofonía de la fiesta se unió un vigoroso ritmo que aumentaba el ambiente de embriaguez de todo lo que los rodeaba. El vino cálido y dulce que había estado bebiendo le calentaba la sangre, dando un bonito sonrojo de calor a su piel. Por supuesto, la bella bailarina que acababa de pasar contoneándose había contribuido a aumentar un poquito más el calor. Xena bebió de la copa dorada, siguiendo la figura desnuda de la bailarina con los ojos entrecerrados, y el azul de sus iris se oscureció hasta convertirse en un morado apasionado.

Las mujeres eran unas criaturas maravillosas, pensó, terminándose el vino, y tiró la copa.

Oh, sí, estaba achispada, desde luego, porque el ruido que se esperaba oír fue el de la copa al golpear una mesa, no la cabeza de alguien. En fin.

Una bailarina anónima podría ser una acompañante segura para la noche, pensó, justificándose cuando el estimulante ambiente la llevó a pensar en tener compañía del tipo caliente y sudoroso. Por otro lado, estaba Alejandro.

Xena miró a su ex prodigio por encima del hombro. Dado cómo miraba al poeta y cómo el poeta lo miraba a él, era evidente que Alejandro tenía planes de índole totalmente distinta. Alzó el labio con una mueca de desprecio.

¿Uno de sus amigos de la mesa? Miró uno por uno sus rostros atractivos y entusiastas. Guapos, limpios y suficientemente viriles, pero todos ellos iban a ir con ella a Persia y eso quería decir que tendría que aguantar que uno de ellos fuera olisqueando detrás de ella desde este momento hasta que terminara la invasión.

A menos que ordenara matarlo.

Vaya, ésa sí que era una idea.

Bebió otro trago y miró al otro lado de la estancia. Su mirada se posó en Atalo y vio que una criada se echaba encima de él, plantándole el escote más que generoso en la cara. Él la acarició con la nariz muy contento, la agarró de la cintura y se puso a la mujer en el regazo. Sus compañeros de mesa lo animaron con sus risotadas.

La muchacha echó la cabeza hacia atrás y soltó una risita, dejando expuesto su cuello liso y juvenil. Xena vio ahora que se trataba de la misma belleza rubia que se le había ofrecido a ella la otra noche. Se puso de mal humor. Aquí estaba ella, claramente la persona más poderosa del banquete, y sin embargo no había sido objeto de un solo ofrecimiento lujurioso, ni de cuello, ni de escote, ni de nada.

—Te tienen miedo —le susurró Alejandro al oído, arrodillándose inesperadamente a su lado—. Si sonrieras de vez en cuando, en lugar de torcer el gesto y golpear a la gente en la cabeza tirando copas de vino, a lo mejor te divertías más.

—No tengo nada por que sonreír, Alejandro —replicó Xena, cambiando de postura para apartarse un poco de él—. Además, tirar copas es muy divertido.

—Estás enfadada conmigo y no te culpo. Pero yo también estoy enfadado contigo, ¿sabes?

—¿Cómo es eso? —preguntó ella con poca sinceridad.

Alejandro le tocó ligeramente el hombro.

—Cometes un error al dejarme aquí, Xena. Me necesitas.

—No necesito a nadie.

—Oh, sí, ya lo creo. Ahora más que nunca. Tienes muy pocos amigos en esta sala, Xena.

—¿Crees que no lo sé?

—Supongo que lo sabes, pero lo que no pareces saber es que yo soy uno de ellos.

—¿Lo eres? ¿Lo eres de verdad? —La mirada de Xena se hizo amenazadora, pues el vino le hizo mostrar más ira de la que se habría permitido normalmente.

Esa mirada furiosa sólo logró entristecerlo.

—Siempre, Xena. —Alejandro suspiró, se puso en pie y se quedó mirándola con esos ojos extraños, uno marrón, el otro azul, llenos de decepción.

Entonces se marchó y Xena se quedó reflexionando, no sobre sus palabras, sino sobre la expresión que había visto en su rostro. Volvió a fijarse en Atalo y en la bonita criada. Él le acariciaba un pecho con una mano grande y callosa y le susurraba al oído palabras que hacían relucir los ojos de la joven. ¿Acaso el traicionero tío de Alejandro le había susurrado a éste palabras similares, engatusándolo con un tipo distinto de seducción, la seducción del poder?

¿O Alejandro decía la verdad? ¿Todavía podía confiar en que le protegiera la espalda? ¿O estaba demasiado borracha y, con la embriaguez, sólo idealizaba un deseo infantil de que en la vida real los amigos apoyaran a los amigos?

La vida real le había dado una lección mucho más cruel: ten a tus amigos cerca y a tus enemigos más.

Xena se terminó el vino y dejó la copa en la mesa.

—Antípatro —llamó, haciéndole un gesto al oficial para que se acercara a ella—. Sabes que voy a dejar un número considerable de tropas en Corinto para velar por nuestros intereses mientras estamos fuera.

—Sí, comandante suprema, ya lo sabía.

—Se quedarán aquí en Corinto, junto con Alejandro como mi regente. Por supuesto, estoy segura de que habrás oído las discusiones sobre por qué he elegido a Alejandro y la opinión de que la milicia que se queda debería estar en Atenas. Pero yo tengo mis razones para haber tomado ambas decisiones.

—Y estoy seguro de que son buenas razones, comandante suprema —replicó Antípatro, manteniendo diplomáticamente su propia opinión en secreto.

Chico listo, pensó Xena.

—Lo son. Pero, dime, tú en mi lugar, ¿dónde los dejarías? Y lo que es más importante, ¿a quién elegirías dejar como regente?

Antípatro hizo una pausa antes de contestar, esperando a que la criada que había venido a rellenarles las copas terminara de servirles. La esclava escanció, sonriendo alegremente a Xena con la esperanza de captar su atención. Xena la reconoció perfectamente, pero optó por no hacer caso de la bonita rubia. A fin de cuentas, acababa de besar a Atalo y la mera idea le había hecho perder todo interés por la chica. La criada terminó de servir el vino en la copa de Xena y se alejó, con un ceño de decepción.

—Yo dejaría a la fuerza de ocupación y al regente exactamente donde has decidido tú, Xena —replicó Antípatro con seguridad, una vez se hubo ido la chica.

—¿Por qué? —insistió Xena.

—Porque un regente en Atenas estaría demasiado cerca de Isócrates. E Isócrates es una comadreja que conspiraría con quien fuera el regente para usurparte el poder mientras tú te juegas la vida en Persia por la causa sagrada de Grecia.

—¿Y eso no ocurrirá en Corinto?

—No, porque Aristómedes odia a Isócrates y está enamorado de ti.

Las cejas oscuras de Xena desaparecieron por debajo de su flequillo.

—¿En serio? —La inesperada revelación dio que pensar a Xena.

—Efectivamente, Xena —asintió Antípatro, sonriendo y saludándola con la copia recién llena—. Como lo estamos todos.

—Eres un diablo adulador, Antípatro, pero eres listo y hablas con franqueza. Eso me gusta. —Xena sonrió y alzó su copa—. Eso me gusta.

Antípatro inclinó ligeramente la cabeza.

—Gracias.

Ella se echó hacia delante en el diván, pues era consciente de que había otra pregunta por contestar y le interesaba muchísimo lo que fuera a decir este joven a continuación.

—¿Y el tema del regente?

Antípatro dio vueltas al vino dentro de su copa mientras pensaba y luego se encogió de hombros.

—Ya sabes lo que dicen, Xena. Ten a tus amigos cerca...

No necesitaba oír el resto. La conversación le había confirmado a Xena todo lo que necesitaba saber. Tomando una decisión, sonrió al oficial de caballería y, tras brindar, los dos se llevaron las copas a los labios para beber.

—¡XENA, NO!

Se quedó paralizada al oír el grito, reconociendo al mismo tiempo la voz y la naturaleza del aviso. Rápidamente, apartó de un manotazo la copa de los labios de Antípatro. El vino cayó sobre la mesa, empapando las bandejas medio vacías de un rojo oscuro. Olió su propia copa. Una expresión malévola e iracunda se apoderó de sus facciones al reconocer el levísimo, pero inconfundible olor del veneno. Xena se levantó del diván.

El grito y el estrépito consiguiente hicieron que el animado griterío de la fiesta se fuera apagando poco a poco como si un manto de tensión se hubiera abatido sobre la tienda. Todas las cabezas se volvieron hacia el origen y vieron a Xena de pie, sujetando aún la copa de vino envenenado en la mano, mirando al otro lado de la estancia con una expresión amenazadora, severa y absolutamente iracunda. Recorrió al gentío con la vista y sus ojos se posaron en la criada, que estaba clavada en el sitio, con la jarra de vino abrazada al pecho, y que la miraba a su vez con una expresión de culpabilidad y pánico grabada en su joven rostro.

Sin necesidad siquiera de recibir una orden, Antípatro y sus compañeros entraron en acción y rodearon rápidamente a la esclava, le arrebataron la jarra de vino y la agarraron con fuerza de los brazos.

Xena se volvió, preparándose para ordenar un registro de la sala en busca de Atalo, pero éste ya se lanzaba hacia ella espada en ristre, con intención de asesinarla. No tuvo tiempo de desenvainar su propia espada antes de que Atalo se le echara encima.

Atalo sabía que sólo tenía esta oportunidad, este segundo de sorpresa. Apartó de un empujón a un oficial y desargó su espada contra ella con todas sus fuerzas, que no eran pocas.

A Xena sólo le dio tiempo de levantar la copa, que recibió el impacto pleno de la espada. El vino salió despedido por todas partes, pero logró parar la hoja a meros centímetros de su frente. Hizo una mueca de dolor, pues la fuerza de la pesada espada casi le había destrozado la muñeca, y al instante perdió la copa: el movimiento de la estocada hizo que saliera despedida dando vueltas por el suelo. Cuando llegara la siguiente estocada, no habría nada que pudiera pararla.

Xena no hizo caso del dolor lacerante de su muñeca y agarró la empuñadura de su arma samurai con la intención de enviar volando la cabeza de Atalo hasta Persia. Antes de que pudiera sacar la espada de la vaina, un chorro de sangre la alcanzó en la cara y los ojos y se le puso la vista borrosa por un instante. Cuando se le aclaró la vista, vio que la cabeza de Atalo se desprendía de sus hombros y caía al suelo, con la sorpresa aún grabada en la cara. Su cuerpo se desplomó instantes después.

Xena parpadeó y vio a Alejandro allí plantado, con la espada en alto chorreando sangre.

Al ver que Xena ya no estaba en peligro, bajó despacio la espada. Alejandro se quedó mirando la cabeza cortada y el cuerpo de su tío, tirados a sus pies.

—¿Estás bien, comandante suprema? —Olvidándose de su tío, envainó la espada y corrió a su lado.

—Estoy bien. —Xena cogió un trapo que le ofrecía un oficial y se limpió la sangre de la cara, tras lo cual se miró la túnica de seda, que era su preferida, para ver si se había manchado, pero no. Tiró el trapo, pasó por encima del cuerpo sin mirarlo siquiera y fue donde Antípatro y sus amigos sujetaban a la esclava.

—¿Qué te prometió? —preguntó, en un tono oscuro y peligrosamente frío.

La chica, aterrorizada, quiso apartarse de la guerrera.

—¿¡Qué te prometió!? —gritó Xena y su voz resonó en el silencio total de la tienda, ahora sumida en una tensa quietud.

—La libertad —respondió la chica sumisamente.

—¿La libertad? —Xena enarcó una ceja y la comisura de su labio se curvó hacia arriba con ferocidad—. Pues la tendrás.

Antípatro sonrió, sabiendo muy bien lo que iba a pasar.

—Lleváosla —ordenó Xena, impasible—. Matadla inmediatamente. —Sus ojos recorrieron al resto de la gente y por fin se posaron en una vieja sirvienta que se ocultaba detrás de un general, con la esperanza de haber sido olvidada—. A ella también —ordenó Xena, señalando a la vieja esclava.

Todas las cabezas se volvieron sorprendidas. La anciana ni se molestó en suplicar, simplemente intentó darse la vuelta y salir corriendo, pero no pudo escapar de todas las manos que la agarraron, inmovilizándola.

—¡Comandante suprema! ¡Yo no he tenido nada que ver con esto! —suplicó la vieja, debatiéndose en manos de los que la sujetaban.

—¿Ah, no? —preguntó Xena, acercándose para mirar a la suplicante.

—¡No, lo juro! Esa desvergonzada actuaba por su cuenta. Por favor, créeme.

—¿Es eso cierto?

—¡Sí, sí! Lo juro, poderosa Xena.

Xena asintió, casi como si se lo estuviera pensando. De repente, Xena metió limpiamente los dedos en el delantal de la mujer y sacó un frasquito. Enarcó una ceja, a la espera de una explicación.

—Sólo es una poción... para mi artritis —balbuceó la mujer.

—¿Artritis? —Xena frunció los labios con compasión y quitó hábilmente el corcho con los dedos de la misma mano que sujetaba el frasquito—. Pues a lo mejor deberías tomar un poco. —Acercó el frasquito a los labios de la vieja criada, amenazando con echarle el líquido por la garganta. La anciana arrugó la cara y apartó la cabeza.

Xena retrocedió.

—Lleváosla.

La gente se quedó mirando en silencio mientras los oficiales de la caballería de Antípatro, los compañeros de mesa de Xena durante la velada, se llevaban a la vieja y a la joven criada.

—Dame ese frasco, Xena —dijo Antípatro, quitándole con cuidado el veneno de la mano—. ¡Traed agua para que Xena se lave la mano! —gritó.

—Gracias, Antípatro —dijo Xena y metió la mano con que había sujetado el frasquito en un cuenco de agua que le trajeron a toda prisa. Otro criado le pasó un paño, que usó para secarse los dedos y que luego tiró.

Su atención se volcó entonces en otra cosa: en encontrar el origen del grito que le había salvado la vida, y no tardó en verlo, de pie con aire inocuo entre un grupo de soldados no muy lejos de su mesa.

A la primera que vio fue a la pequeña chamana. El gorro que llevaba era demasiado grande para su cabeza y no paraba de caérsele hacia un lado. La joven se lo colocaba bien sin darse cuenta siquiera de que lo hacía. El manto extraño era de esa misma piel que no era piel del trozo que había descubierto en el balcón.

Xena reprimió una sonrisa al ver que la joven chamana sofocaba una exclamación cuando se dio cuenta de que Xena la había visto y ahora venía hacia ella. Uno a uno, los presentes se apartaron para dejar pasar a Xena, hasta que la última persona que se echó a un lado reveló a la dueña de la voz que le había salvado la vida.

Xena se olvidó prácticamente del dolor que tenía en la muñeca cuando sus ojos se posaron en la mujer que tenía delante. El pelo era más largo y caía en guedejas lisas y sedosas que reflejaban la luz de las antorchas que había a su alrededor como un halo de luz del sol alrededor de una nube.

Xena no pudo evitar que se le dilataran los ojos ante lo que veía. Un atuendo lleno de cuentas artísticamente colocadas y de un profundo color rojizo al estilo de las amazonas dejaba poco que imaginar de un cuerpo bien formado. Se quedó mirando sin dar crédito, primero los firmes pechos, apreciando cómo subían y bajaban, luego un vientre de una sorprendente y bella definición y por fin, la caída de las tiras de cuero adornadas con cuentas que acariciaban juguetonas un par de largas y bonitas piernas.

Alzó la mirada, sin poder creer que esta bella mujer amazona que tenía delante pudiera ser la muchacha que pensaba que era. Mirándola a su vez, estaban el pico puntiagudo y los ojillos relucientes de un pájaro de aspecto extraño.

Esa ceja elegantísima se alzó, esperando pacientemente, hasta que un brazo bien torneado levantó la máscara y apareció Gabrielle, sonriéndole con toda su gloria angelical, y el peligro y la sangre de un momento antes quedaron olvidados.

Por un instante, Xena sonrió también y entonces, al recordar dónde estaba, eliminó toda expresión de reconocimiento de su cara. Echó un rápido vistazo a derecha e izquierda. No cabía duda, no sólo las veía ella, sino que todos los presentes en la sala las veían también.

—¿Quiénes son, Xena? —preguntó Alejandro, llamándole la atención.

—Son las mujeres que me han salvado la vida... junto contigo, Alejandro —contestó Xena, sin olvidarse del mérito de su general—. Representantes enviadas por la Nación Amazona, sin duda. ¿Tengo razón? —Miró con intención a la pequeña chamana para que lo confirmara.

—¿Qué? —graznó Evelyn sorprendida, al darse cuenta de que hablaba con ella. Se le cayó el gorro hacia delante y se lo volvió a poner bien—. Ah, sí, cierto. Somos representantes de la Nación Amazona.

—¿Y...? —insistió Xena.

—¿Y qué? —preguntó Evelyn sin comprender.

—Y... vosotras sois... ¿quiénes?

—Ah, sí. —Evelyn se adelantó para hacer las presentaciones formales—. Yo soy Evelyn... digo, Yakut. Soy Yakut, chamana. Bueno, es evidente que soy chamana, eso ya se ve. Y ésta —echó la mano hacia atrás con un gesto que habría resultado elegante si el gran manto no le hubiera tapado la mano—, es, mm... la princesa... digo, la reina... mm... la reina...

—Gabrielle —añadió Gabrielle, para ayudar a su amiga.

Evelyn asintió.

—Eso. La reina Gabrielle. Ésta es la reina Gabrielle de la Nación Amazona.

La ceja de Xena se enarcó hasta unas alturas que Gabrielle nunca había visto.

—¿La reina Gabrielle?

—Sí —contestó Gabrielle sin alterarse, quitándose la máscara del todo e inclinando la cabeza como muestra de respeto—. Soy la reina Gabrielle y ésta es mi chamana, Yakut. Hemos venido para ver a la comandante suprema de Grecia. Me alegro de que hayamos llegado a tiempo para serte útiles.

Xena reprimió una sonrisa y asintió a su vez.

—Pues sed bienvenidas, reina Gabrielle y chamana Yakut, a nuestra fiesta. Seréis mis invitadas de honor durante el resto de la noche. Por favor, sentaos a mi mesa. —Xena indicó con el brazo no la tarima, sino la sencilla mesa redonda donde había pasado la velada con los oficiales de su caballería. Antípatro seguía presente y se adelantó cortésmente para organizar los divanes de modo que las nuevas invitadas tuvieran sitio. La mesa estaba ahora vacía, pues los otros oficiales se habían llevado a las traidoras para cumplir con su deber.

El cuerpo y la cabeza, advirtió Xena agradecida, ya habían desaparecido y alguien había echado una alfombra por encima de cualquier mancha de sangre que hubiera podido empapar el suelo. Asintió con aprobación a Antípatro, quien sin duda se había encargado de la rápida limpieza.

—Únete a nosotras, Antípatro —ordenó Xena—. Y tú también, Alejandro.

Cuando fueron a la mesa y se acomodaron en sus divanes, uno a uno, grupo a grupo, mesa a mesa, la tienda volvió a celebrar la inminente invasión, ahora incluso con más jolgorio tras la emoción del intento de asesinato fallido.

—¿Qué hacéis aquí? —susurró Xena, mirando a sus inesperadas visitantes, que se estaban instalando en los divanes más próximos a ella.

—Xena, ¿qué les va a pasar a la chica y a esa anciana? —preguntó Gabrielle, poniéndose cómoda, algo sorprendida al descubrir que podía sentarse en el diván. A lo mejor en realidad estaba flotando, no lo sabía. Desde luego, no notaba la tela del diván en el que estaba echada. Gabrielle pasó la mano por la superficie y advirtió que no sólo no la notaba, sino que si se apoyaba en el almohadón, su mano lo atravesaba. Tal vez sólo estaba flotando. Miró a Evelyn, que evidentemente estaba pensando en lo mismo.

Evelyn tenía el brazo hundido hasta el codo. Miró desconcertada a Gabrielle, sacó el brazo del diván y se encogió de hombros.

—Os he hecho una pregunta —susurró Xena de nuevo, irritada, mirando discretamente para ver si Alejandro y Antípatro habían visto cómo desaparecían las manos de sus visitantes dentro del mobiliario. Por suerte, ninguno de los dos parecía interesado en absoluto. Estaban hablando acaloradamente, probablemente sobre el impacto del intento de asesinato.

—¿Qué les va a pasar? —insistió Gabrielle, llamando la atención de Xena. Ésta se quedó mirando a los preocupados ojos verdes. Su mirada bajó por el esbelto cuerpo echado en el diván. Era evidente que su ángel de la guarda ya no era una chiquilla.

—Estás estupenda —dijo Xena en voz alta sin poder evitarlo.

Gabrielle torció el gesto.

—¡No cambies de tema!

—¡Gracias! Los trajes los he hecho yo —intervino Evelyn alegremente y luego se puso tímida bajo la intensa mirada azul que le valió el comentario.

—Los has encargado —corrigió Gabrielle—. Xena, ¿qué pasa con esa anciana y la chica?

Evelyn, sin embargo, no pudo contenerse.

—Sí, vale, pero los diseñé yo.

Xena soltó una carcajada contenida.

—¿También diseñaste tu traje?

—Pues sí, efectivamente.

—¿Y qué se supone que es, en nombre de Artemisa?

—¡Es un traje de chamana! —replicó Evelyn, rabiosa, mirando el atuendo en cuestión. Al levantar de nuevo los ojos, su indignación se derrumbó ante la sonrisa sarcástica de la guerrera—. Está bien, vale, la tela la conseguí de saldo, ¿pero tú sabes lo que cuesta conseguir piel auténtica últimamente? Con todo eso de las organizaciones medioambientales y los defensores de los animales, ¡cómo iba a entrar en una tienda de telas y pedir seis metros de piel de ciervo!

—¿Quién eres tú exactamente? —preguntó Xena, sonriendo a esta jocosa pseudochamana.

Gabrielle contestó por las dos.

—Es mi amiga Evelyn. Evelyn, ésta es Xena. Conocí a Evelyn en la clínica de rehabilitación.

—¿La qué? —preguntó Xena, curiosa al oír ese término desconocido.

—La clínica... bueno, da igual, es que... conocí a Evelyn y descubrimos que tenemos algo en común.

—¿El qué? ¿Que a las dos os gusta disfrazaros con cosas raras?

Gabrielle le echó una sonrisa falsa y continuó, sin hacer caso de la pulla.

—Evelyn tiene sueños. Sueños como los míos, Xena. Sólo que en su sueño, era una chamana amazona, llamada Yakut. Existen las chamanas amazonas, ¿verdad?

—Sí —contestó Xena, pensativa—. Sí que existen. Bueno, Evelyn, ¿debo suponer que te gusta tomar drogas... drogas peligrosas... como aquí a tu amiga?

Evelyn tragó nerviosa, con la repentina y desesperada sensación de que necesitaba beber algo, y fue a coger la copa más cercana, pero su mano pasó a través de la copa cuando intentó agarrarla.

—¡No toques nada, Evelyn! —le advirtió Gabrielle en voz baja—. No toques nada y no dejes que nadie te toque.

Xena ya se había vuelto, estirándose en el diván para ver si Antípatro o Alejandro o cualquier otra persona había visto el movimiento fantasmal de la visitante, pero nadie se había dado cuenta: estaban todos enfrascados en sus propios asuntos. Estrechó los ojos, mirándolas a las dos con desconfianza.

—Lo que quiero saber es cómo, si no puedes tocar esa copa, yo sí puedo tocar esto. —Xena sacó el trocito de tela que había encontrado en el balcón de una ranura oculta de su cinturón y lo tiró encima de la mesa.

Gabrielle intentó cogerlo, pero no pudo.

Xena se echó hacia delante, interesadísima.

—Eras tú la que estaba en el balcón, ¿verdad?

—Sí, era yo —replicó Evelyn, incómoda por algún motivo incomprensible—. Se me enganchó el manto en el borde de esa urna rota.

—¿Cómo es posible? —insistió Xena—. ¡Ni siquiera puedes tocar la copa de vino!

—¡No lo sé! —replicó Evelyn nerviosa. La mirada sobrenatural de la guerrera la estaba haciendo sudar sin motivo—. ¡Ni siquiera sé cómo estoy sentada en este diván!

Xena miró a Gabrielle como si ésta tuviera la respuesta, pero Gabrielle parecía igual de confusa.

Xena se echó hacia atrás en su asiento, totalmente insatisfecha.

—Bueno, ¿y cuánto hace que eres chamana?

—¿Cuánto? —preguntó Evelyn, confusa por el cambio de tema.

Xena puso los ojos en blanco.

—No has hecho muchos conjuros, ¿verdad?

—No, sólo uno —confesó Evelyn—, sin contar la hipnosis.

—¿La hipnosis?

—La primera vez que conseguí volver fue cuando Gabrielle y yo nos sometimos a hipnosis. Vi a una mujer horrorosa. La siguiente vez fue con mi propio conjuro y te vi a ti.

—¿Me acaba de insultar? —preguntó Xena, volviéndose hacia Gabrielle.

—¡No quería decir eso! —Evelyn se echó hacia delante para acercarse más a Xena y Gabrielle y poder hablar sin temor a que la oyera nadie más—. Era una mujer, o al menos creo que era una mujer. Era una chamana también, pero era vieja... creo... o parecía vieja. Tenía los ojos negros y penetrantes como un cuervo y la frente toda manchada de sangre. Unos labios gruesos, chorreantes de sangre. Parecía que estaba a punto de comerse un corazón.

Evelyn se detuvo ante la brusca exclamación de reconocimiento por parte de Xena.

—Alti. —Xena soltó el nombre con odio—. Alti —repitió, esta vez muy pensativa.

—¿La conoces, Xena? —preguntó Gabrielle, alargando la mano para tocar el hombro de la guerrera, pero la apartó al recordar que no podía.

—¿Que si la conozco? —replicó Xena con una mueca de desprecio—. ¡Esa zorra! —exclamó y golpeó rabiosa el diván con el puño, lo cual le provocó una descarga de dolor en la muñeca ya dolorida—. ¡MIERDA! —Xena se incorporó, sujetándose la muñeca con una mueca de dolor.

—¡XENA! —exclamaron Alejandro y Antípatro a la vez, apresurándose a levantarse.

—¡Tranquilos! ¡Tranquilos! —ordenó Xena, calmando a los dos hombres y las demás personas cercanas que habían oído su grito—. Estoy bien. No pasa nada. Tranquilos todos. Seguid cenando. —Hizo un gesto con la mano señalando a todos los que miraban, sin hacer caso de la punzada de dolor que sintió al hacer eso y reprimiendo la palabrota que estaba a punto de soltar hasta que todo el mundo volvió a sus asuntos—. Me cago en la leche —murmuró por lo bajo.

—Xena, ¿se te ha roto la muñeca? —preguntó Gabrielle preocupada.

—No, no —replicó Xena examinándose la mano—. No, no está rota. Es sólo que me duele muchísimo. Detesto que me pasen estas cosas. —Le echó a Gabrielle una sonrisa pícara.

—Ponte hielo —aconsejó Gabrielle, dándose cuenta de repente de cuánto le gustaba esa sonrisa y del precioso contraste que hacía el rojo profundo de la túnica de seda de Xena con el negro de su largo pelo suelto.

—¿Qué? —Xena levantó la mirada, concentrada en los suaves labios de Gabrielle.

—Que te pongas hielo —repitió Gabrielle, con la boca seca al ver el aprecio en los ojos claros de Xena.

Xena tardó un momento en comprender el significado de la palabra "hielo". Ah, sí, claro que necesitaba hielo, pero no para la muñeca.

—¿Y de dónde saco hielo, Gabrielle? Estamos en pleno verano.

Evelyn se inclinó hacia su amiga.

—Aquí no hay neveras, Gabrielle, ¿recuerdas?

Gabrielle sonrió con aire de disculpa.

—Lo siento, se me había olvidado.

Xena meneó la cabeza, medio riendo, medio reprendiéndose a sí misma por comportarse como una estúpida.

—Menudo par estáis hechas. No sé si debería darte una azotaina por haber venido —dijo, mirando directamente a Gabrielle—, o besarte.

Una vez más, Gabrielle se quedó hipnotizada por la mirada de Xena: el cariño con que la miraba le resultaba muy familiar.

Pero no podía dejarse distraer por eso.

—Xena, ¿qué va a ser de esa joven criada y de la anciana?

Xena frunció el ceño. Era increíble la forma que tenía Gabrielle de empecinarse en algo.

—¿Qué crees que va a ser de ellas, Gabrielle? Han conspirado para asesinarme. Tienen que morir.

—¿Pero por qué?

Xena puso los ojos en blanco con irritación.

—¿Y qué quieres que haga, Gabrielle? ¿Darles una recompensa?

—No, darles una recompensa no. ¿Pero por qué más muerte? ¿No se ha derramado ya suficiente sangre por una noche? ¿De verdad crees que una jovencita y una anciana formarían parte de una conspiración para asesinarte? ¿No crees que es más probable que las estuvieran utilizando?

—Claro que las estaban utilizando, Gabrielle. Sólo que han sido demasiado estúpidas para caer en la cuenta.

—¿Y ahora tienen que pagar con su vida por esa estupidez?

—Efectivamente. Todo el mundo es responsable de sus propias decisiones, de sus propios actos. No puedo dejar con vida a alguien que intenta matarme... que piensa incluso en intentar matarme. Cualquier otra cosa se vería como una debilidad.

—¿Y qué pasa con la compasión?

—¿Compasión? —bufó Xena—. La compasión es cosa de reyes y necios.

—Pero tú eres un rey... o una reina... o como quieras llamarlo.

—Yo no soy un rey —contestó Xena, tajante—. Soy una guerrera.

—Más motivo aún para mostrar compasión.

—¿Compasión hacia quién? ¿Hacia un par de asesinas traicioneras?

—Hacia una jovencita y una anciana que detestaban tanto ser esclavas que estaban dispuestas a jugarse la vida para ayudar a otros a matar a un rey por la posibilidad de ser libres.

—¿De qué va todo esto, Gabrielle? ¿Es tu forma de intentar insinuar que debería acabar con la esclavitud? Porque si es así, no eres para nada tan inteligente como yo creía. La esclavitud es una institución en Grecia. En muchos sentidos, nuestra economía depende de ella.

—¿Así que tú crees en la esclavitud?

Una vez más, Xena soltó un gruñido de irritación. La verdad era que ella no creía en la esclavitud. Ella misma no tenía esclavos y no permitía que los hubiera en su ejército. Recordó por un instante ese breve período de su vida en que intentó seguir el camino del bien y luchar por la justicia. En incontables ocasiones había acabado con una red de tratantes de esclavos y cuando se daba la vuelta, descubría que habían reemprendido el negocio en otro sitio. Sus esfuerzos para acabar con la esclavitud, como su intento de redimirse, habían sido infructuosos.

—No, en realidad no creo en la esclavitud, pero sé que no puedo abolirla de golpe y porrazo. Además, la esclavitud no está tan mal en ocasiones. Créeme, a esas dos les iría mucho peor si estuvieran libres por el mundo.

Gabrielle sonrió y su expresión le volvió a dar a Xena la clara impresión de que acababa de caer en sus inteligentes garritas.

—Entonces eso no sería un mal castigo por lo que han hecho, ¿no? Expúlsalas de la casa donde servían al mundo real, donde tendrán que aprender a sobrevivir por sí mismas.

Xena no se lo podía creer. Una vez más, la chica había logrado convertir una decisión absolutamente lógica en una cosa totalmente distinta.

—¿Quieres decir que debería darles lo que se les ha prometido?

—Sí.

—¿Concederles la libertad? ¿Por intentar envenenarme, debería liberarlas?

—Sí, pero no tienes por qué expresarlo así. Haz que su castigo sea justamente lo que han pedido: dales la libertad, pero destiérralas de Corinto y prohíbe que vuelvan a servir nunca en una casa adinerada. Acaba con el ciclo, Xena, con uno o dos esclavos de cada vez. Además, ¿no podrías decir que sería un mal augurio matar a una anciana en vísperas de una campaña?

Xena miró a Gabrielle con los ojos entornados. Era inteligente, ¿pero era transparente? Sin duda, sería inesperado. Volviéndose, llamó la atención de Alejandro y lo llamó con un gesto de la mano. Cuando se puso a su lado, se levantó, le susurró algo al oído y no hizo el menor caso de su cara de asombro. Esperó pacientemente, frunciendo el ceño hasta que él salió apresurado para cumplir su orden.

—Lo retiro —rezongó Xena mientras se echaba de nuevo en su diván.

—¿El qué retiras? —preguntó Gabrielle, con curiosidad por saber si la orden susurrada quería decir que la discusión la había ganado ella.

—Antes dije que no sabía si darte una azotaina o besarte. Creo que ya lo he decidido.

Cuando Gabrielle estaba a punto de expresar su propia preferencia con relación al dilema de Xena, una sombra la alertó de la presencia de otra persona.

—Me preguntaba si a nuestras honradas invitadas les apetecería bailar. —Antípatro estaba de pie ante ellas y el ofrecimiento era claramente para Gabrielle.

—¿Qué? —Gabrielle miró al soldado presa del pánico.

Qué pícaro, menudo par tiene, pensó Xena, y volvió a levantarse, molesta por tener que estar de pie otra vez.

—Yo estaba a punto de preguntar lo mismo. —Se alzó ante Gabrielle y levantó la mano ofreciéndosela elegantemente a su invitada amazona, echándole al guapo oficial una rápida mirada de reojo.

Antípatro se inclinó y se apartó rápidamente.

—Tu placer es el mío, comandante suprema.

Ya te digo, capullito, pensó Xena, y asintió a Gabrielle.

Gabrielle se quedó mirando a Xena desconcertada, dando por supuesto que Xena comprendía el apuro en que las acababa de poner.

—Coge mi mano —la instó Xena.

—Pero... yo... —Gabrielle tragó saliva, penosamente consciente de que ahora muchos de los presentes las estaban mirando—. Yo no sé bailar.

Xena sonrió ampliamente, alargando un poco más el elegante brazo.

—No te preocupes, yo te llevo.

Gabrielle alargó la mano despacio y la puso en la de Xena. No notaba el calor de la piel contra la suya y sabía, evidentemente, que Xena tampoco lo notaba, pero la guerrera fingió agarrar la pequeña mano con la suya y esperó cortésmente a que Gabrielle se levantara para unirse a ella.

—¿Dónde vais? —farfulló Evelyn.

Pero Gabrielle optó por no hacer caso de su amiga y, manteniendo con cuidado la mano en el sitio para dar la impresión de que Xena la sujetaba con la suya, se levantó. Sonrió dulcemente a Xena y ésta le sonrió a su vez, comunicándole su convencimiento de que, juntas, podrían salir del atolladero.

La gente se apartó para dejarlas pasar y las damas y los caballeros de la corte, los generales y los soldados se inclinaron cortésmente ante su comandante suprema y la reina amazona que había venido a visitarlos.

—¿Cuánto tiempo te voy a tener esta vez? —preguntó Xena, sonriendo dulcemente a su compañera de baile mientras avanzaban.

—No lo sé —contestó Gabrielle, ruborizándose ante la sonrisa de Xena.

—Bueno, voy a tener que dar muchas explicaciones si te desvaneces en el aire en pleno baile.

—Espero que no ocurra —contestó Gabrielle con sinceridad.

—Y yo.

Xena hizo un gesto con la cabeza y Gabrielle se dio cuenta de que habían llegado a su destino. Los bailarines que ya estaban allí les hicieron sitio y se colocaron, frente a frente.

Gabrielle asintió y Xena abrió la mano, dejando que Gabrielle diera la impresión de que apartaba su mano de la de Xena.

Gabrielle contempló las dos filas que se estaban formando y se rascó la nuca.

—Ya te he dicho que no sé qué hacer.

—No te preocupes, es fácil. Es un antiguo baile tradicional de Macedonia. Empezamos con dos filas, una frente a otra. Paso adelante y luego paso atrás. Tú mírame. No dejes de mirarme. Lo harás bien.

—¿Y si alguien se choca conmigo? —susurró Gabrielle con apremio.

—Está claro que no pueden.

—¿Y si alguien intenta bailar conmigo?

—Está claro que no lo harán —sonrió Xena burlona.

—Ya —dijo Gabrielle, asintiendo. Estaba bailando con Xena. Nadie se atrevería a inmiscuirse.

Los músicos empezaron a marcar un ritmo y a los pocos compases, las flautas empezaron a tocar.

—Vamos allá —dijo Xena, irguiéndose.

Gabrielle advirtió que Xena estaba en la fila de los hombres y que ella estaba en la de las mujeres. Adoptó rápidamente una pose parecida, más femenina, imitando a la noble que tenía al lado.

Unos pocos compases y la fila de Xena se inclinó. Otros pocos compases, y la de Gabrielle hizo lo mismo. Como preveía el movimiento, hizo la reverencia adecuada, y se ganó una de esas bellas y deslumbrantes sonrisas de Xena. Ésta dio un paso al frente y un paso atrás. Después, Gabrielle hizo lo mismo. Todos se giraron hacia la derecha, cosa que Gabrielle intuyó con apenas un instante de retraso, y entonces avanzaron contoneándose, en dos largas filas, codo con codo, siguiendo el ritmo de la música.

Xena levantó el brazo, envuelto elegantemente en seda roja, y le ofreció la mano. Adivinando el momento adecuado, Gabrielle aceptó, junto con el resto de las mujeres, y emprendieron una serie de giros que a Gabrielle no le costó nada predecir siempre y cuando pudiera ver a los demás bailarines por el rabillo del ojo, y se acordó de fingir que seguía sujetando la mano de Xena.

—Mírame —oyó decir a Xena, pero no lo hizo, pues la idea le producía inseguridad y temía perder el ritmo en el siguiente paso—. No te preocupes por los demás, tú mírame.

De mala gana, Gabrielle apartó la mirada de las parejas cercanas y miró a los claros ojos azules de la Princesa Guerrera.

—Donde tú vayas, te seguiré —susurró Gabrielle, sintiendo que el mundo desaparecía a su alrededor.

Xena miró con cariño a su misterioso ángel de la guarda, antes niña, ahora milagrosamente mujer, y muy bella.

—Por alguna razón —contestó, guiando delicadamente a Gabrielle en el siguiente paso—, sabía que ibas a decir eso.

Bailaron en silencio, mientras Gabrielle miraba de frente a Xena, asombrada de lo maravillosamente feliz que se sentía sólo de ver a Xena tan contenta. La guerrera bailaba con ella y la sonrisa no desaparecía de su bello rostro mientras dirigía los movimientos con su cuerpo. Sus manos, aunque no notaban nada, fingían seguir agarradas y se movían como si ya hubieran bailado esta danza juntas muchas veces. De repente, Gabrielle llegó a una asombrosa conclusión. Por algún motivo, ella conocía esta danza: los tradicionales pasos griegos le salían como si fuesen un recuerdo que ni siquiera sabía que tenía. Las cuentas de la falda amazona de Gabrielle se levantaban y caían con cada giro y las demás parejas y los espectadores desaparecían en un torbellino de color y movimiento.

El ritmo de la música fue acelerándose hasta que incluso a Xena le costó seguirlo y por fin todas las parejas estallaron en carcajadas, aplaudiendo con entusiasmo a los músicos.

La música cesó entonces y la danza terminó. Gabrielle sonrió a su compañera de baile, respirando con dificultad por el ejercicio.

Las demás parejas fueron abandonando la pista de baile cuando la música pasó a un ritmo étnico y entonces Gabrielle descubrió que estaban rodeadas de zíngaras y otras mujeres más nativas de aspecto claramente tribal.

—Están tocando tu canción —dijo Xena, sonriendo burlona.

—¿Qué?

—Amazona. Ésta es música amazona. ¿Vas a bailar, reina Gabrielle? —Xena dio varios pasos, retrocediendo y dejando a Gabrielle sola mientras la pista de baile se llenaba de mujeres medio desnudas.

De repente, todas empezaron a moverse y a Gabrielle no le quedó más remedio que ponerse a bailar también o quedar como una tonta. Daban patadas en el suelo, agitando los brazos, no al unísono, sino al ritmo del redoble continuo de los tambores, y Gabrielle se dio cuenta de que todas realizaban los intrincados bailes de sus propias culturas: algunas parecían africanas, otras egipcias; para Gabrielle, todo aquello parecía un baile de discoteca, por lo que se unió al jolgorio sin dudar.

Xena retrocedió, dejando a Gabrielle en el centro de la pista de baile. Mujeres guerreras de Libia, Argelia, Egipto y otras mercenarias que se habían unido a su ejército hacía años llenaban el espacio, y la pista no tardó en convertirse en una masa de ondulante piel oscura, salvo Gabrielle, cuyos tonos dorados relucían como el sol brillante entre todas ellas. Xena se quedó contemplando encantada el espectáculo junto con el resto de la gente.

Ahora Gabrielle intentaba menear los hombros y las caderas al ritmo de la música, mirando directamente a Xena en una especie de intento de bailar provocativamente, y Xena tuvo que taparse la boca para disimular la risa. La ola de bailarinas cambió de dirección y Gabrielle agitó los brazos locamente intentando imitar a las grandes arqueras libias que bailaban a su lado. Una morena guerrera que estaba al lado de Gabrielle se movió bruscamente y habría tirado a Gabrielle al suelo, si el musculoso hombro de la mujer no la hubiera atravesado limpiamente. La arquera se detuvo sorprendida por lo que le parecía haber visto.

Gabrielle, sin inmutarse, sonrió a la alta e imponente guerrera.

—Tranquila, no me has dado —dijo por encima del estruendo de los tambores, sonrió con picardía y siguió meneándose.

La orgullosa arquera asintió con respeto y continuó bailando sin pensárselo más.

Es más que adorable, pensó Xena al verla brincar, pero no tiene ni idea de bailar. Ese pensamiento se evaporó rápidamente en cuanto Gabrielle le dio la espalda a Xena y, por primera vez, Xena vio perfectamente lo revelador que era en realidad el nuevo vestuario de la reina.

Meneando el trasero, Gabrielle miró por encima del hombro y saludó agitando la mano, sonriendo alegremente cuando las cejas de Xena desaparecieron en su flequillo.

Los gritos, silbidos y alaridos, así como los zapatazos del público se fueron uniendo a las bailarinas y al poco la tienda entera daba palmas a la vez, animándolas. Los tambores y otros instrumentos de percusión fueron aumentando de volumen y ritmo y las bailarinas empezaron a dar saltos por el aire, pasando junto a Gabrielle más deprisa de lo que ella podía reaccionar, pero probó con valor a hacer un movimiento parecido y no lo hizo nada mal, ante la sorpresa de Xena. Su piel clara estaba cubierta de sudor que relucía a la luz de la tienda y el repentino deseo de coger a la mujer en brazos y sacarla de la tienda se apoderó de Xena como un incendio forestal.

La música cesó de golpe, la canción terminó y las bailarinas se detuvieron, con el pecho agitado, jadeantes, con el cuerpo exhausto, pero el alma absolutamente satisfecha. Gabrielle se abrió paso con cuidado entre las demás bailarinas que se iban, asintiendo y sonriendo con felicidad compartida.

—¡Qué divertido! —dijo al llegar a Xena, abanicándose la cara con la mano y mirando a su alrededor.

—Divertido —dijo Xena como afirmación. La diversión era algo que no tenía o en lo que ni siquiera pensaba desde hacía años. Y ahora, en apenas un instante, esta mujer le estaba dando eso y mucho más—. Sí que lo ha sido, ¿verdad?

Contempló a Gabrielle, admirando el sonrojo de su cara y la forma en que su pecho se agitaba por el esfuerzo del baile. El brillo del sudor destacaba el perfil de los músculos de sus hombros y la definición de los bíceps de sus brazos. Para Xena, el atuendo de amazona sacaba a la luz claramente lo mejor de la mujer, en todos los sentidos.

Gabrielle se dio cuenta de que cada centímetro de su persona se encontraba bajo el escrutinio de Xena, que la miraba con los ojos entrecerrados.

—¿Qué pasa? —preguntó, dejando de abanicarse con la mano y mirándose el cuerpo—. ¿No te gusta la ropa que llevo?

—No, no —replicó Xena, admirando hasta el último centímetro sudoroso y escaso—. No sabes cuánto te... me encanta. —Tragó saliva, cayendo de repente en la cuenta de algo que, al reconocerlo, le dio más miedo que cualquier otra cosa en su vida. Se le dilataron los ojos por el miedo y retrocedió—. Gabrielle —empezó a decir, queriendo decir algo, pero sin saber el qué ni cómo.

Pero Gabrielle lo sabía muy bien. Ella sentía lo mismo y lo había sentido desde el primer momento en que vio a la guerrera, con la espada ensangrentada en la mano, a lomos de su caballo.

—Xena, tenemos que hablar.

—Lo sé —replicó Xena, casi sin aliento.

—¿Podemos ir a algún sitio?

La pregunta puso en marcha a Xena: por fin había algo que sabía cómo solucionar.

—Sí —dijo resuelta—. ¿Y tu amiga?

Gabrielle se volvió hacia la mesa, hacia su chamana.

Evelyn había desaparecido.


PARTE 5


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
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