3


—¡Espera! ¡Espera! —dijo Gabrielle, riendo, mientras el humo del incienso se elevaba en el aire, escociéndole los ojos. Agitó las manos y luego se secó unas cuantas lágrimas—. ¿Esto es necesario de verdad?

—Crea ambiente —insistió Evelyn, riéndose al ver la cara contraída de Gabrielle—. Se trata de que te pongas mentalmente en situación.

—Al paso que vamos, me voy a quedar mentalmente en blanco porque estaré desmayada por falta de oxígeno. —Gabrielle se acomodó mejor sobre las piernas dobladas y adoptó una postura equilibrada y erguida. Estar sentada en la alfombra con las piernas cruzadas y la espalda totalmente recta era la postura más incómoda en la que había estado en su vida.

Evelyn vio cómo se agitaba su amiga y resopló.

—Si vas a seguir moviéndote, jamás conseguirás concentrarte.

Gabrielle se movió un poco más y luego intentó relajarse respirando hondo.

—Vale. Estoy lista.

—¿Seguro?

—Sí, lista.

—¿Seguro que estás segura?

—¡Ya te lo he dicho, estoy lista!

Evelyn se relajó en la posición del loto, con las manos posadas tranquilamente sobre las rodillas.

—Bueno, respira hondo...

—Ya he respirado hondo.

—Pues hazlo otra vez. —Evelyn abrió los ojos, irritada—. Eso es. —Observó atentamente mientras Gabrielle tomaba aliento profundamente y lo aguantaba un segundo antes de soltarlo—. No tienes que aguantarlo, tú respira profundamente y con comodidad. Despacio. Deja que el oxígeno te llene los pulmones. Concéntrate en la respiración. Respira normalmente, como un ser humano... los humanos no nos planteamos que respiramos, sabes. Ahora, lo que quiero que hagas es que pienses sólo en respirar. Piensa en el aire limpio que te llena los pulmones y envía oxígeno por todo tu cuerpo...

—Estás haciendo que me quede dormida.

—Ésa es la idea. Quiero que despejes tu mente, que dejes la mente en blanco.

—Eso no será difícil.

—Deja de soltar chistes, Gabrielle. Normalmente, nuestra mente jamás está en blanco. Siempre hay un diálogo constante que mantenemos con nosotros mismos. Pero ahora quiero que intentes detener esa conversación. No pienses en nada. Ni en la más mínima cosa. Sólo quiero que respires. Que existas.

Evelyn observó a Gabrielle atentamente, mientras los ojos de su amiga se cerraban y su respiración se hacía profunda y rítmica. Ella misma cerró los ojos sólo cuando se convenció de que Gabrielle seguía en serio sus instrucciones.

—Nuestra mente es una puerta. Cuando la mente está quieta, la puerta se abre. Cuando la mente está quieta, la puerta se abre. Cuando la mente está quieta, la puerta se abre.

Evelyn entreabrió un párpado con desconfianza para echar un vistazo a Gabrielle, pues se esperaba ver cómo volvía a estallar en carcajadas, pero su amiga estaba por fin tranquila, con el rostro relajado.

A lo mejor funciona, pensó Evelyn antes de cerrar los ojos.

—Nuestra mente es una puerta... que se abra la puerta.


—Xena, no sé cuánto tiempo más voy a poder mantener acampados a los hombres. Hemos pasado todo el invierno fuera de Corinto. Hay un límite al entrenamiento que podemos hacer para mantener a los hombres ocupados.

Xena estaba apoyada en la barandilla de mármol del balcón, contemplando el jardín de debajo.

—Pues invita a Roma a unos juegos de guerra. Así entrarán en calor —contestó distraída.

Alejandro se quedó paralizado al oír la inesperada propuesta.

¿Juegos de guerra? ¿Con Roma? Por los dioses, no era mala idea en absoluto.

—¿Tú crees que vendrían? —preguntó. Al cabo de un momento, al ver que no respondía, Alejandro siguió la mirada de Xena desde el balcón de sus aposentos, las habitaciones que ocupaba mientras permanecía en Corinto, hasta el jardín de debajo para ver qué le había llamado la atención.

Era el pelo rubio lo que le había llamado la atención. Xena se sentía atraída por él como por una luz en la oscuridad, como por el fuego de un hogar que la llamara con el calor de su interior. La muchacha corría por la hierba y, aunque Xena no le veía la cara, siguió absorta ese pelo rubio, totalmente concentrada al reconocer a la chica, y cualquier cosa que pudiera estar diciendo Alejandro le pasó desapercibida.

¿Podría ser ella? ¿Ésa era Gabrielle, que había logrado regresar y la buscaba en el laberinto del Foro?

Alejandro observó a Xena mientras Xena contemplaba a la jovencita que corría por el jardín perfectamente cuidado. Era tan bonita como las flores ante las que pasaba, de eso no cabía duda. Sonrió burlón a su mentora, disculpándola por completo por haberse distraído.

—Mmmm... disculpa... ¿Xena? Estoy de acuerdo con que la vista desde la habitación es muy bonita, pero ¿te parece que volvamos a la conversación? Sólo nos quedan unos minutos antes de que empiece la reunión.

—¿Eh? —preguntó Xena, fijándose de nuevo en su general.

—¿No estábamos hablando de unos juegos?

—Ya... juegos —repitió Xena, al tiempo que sus ojos volvían al jardín y a la jovencita, que acababa de desaparecer por una puerta que llevaba a la cocina—. Los detesto.

Sin decir nada más y ante el asombro de Alejandro, Xena saltó por encima de la barandilla de mármol del balcón, aterrizó limpiamente de pie y salió corriendo, en persecución de la chica.


Atalo avanzaba apresurado por el pasillo y entró bruscamente en una antecámara que daba a los aposentos de la comandante suprema. Sabía que las habitaciones de su sobrino estaban al lado, pero al pasar, vio a Alejandro en la habitación de Xena, en el balcón de fuera, inclinado sobre la barandilla. A Xena, sin embargo, no se la veía por ninguna parte.

—¡Alejandro! ¿Qué haces aquí? ¿Dónde está Xena?

Alejandro miró a su tío y co-general, sonriendo burlón.

—No te lo vas a creer, pero Xena acaba de saltar por el balcón.

—¿Qué? —respondió Atalo sin dar crédito. Como Alejandro, se asomó por la barandilla de mármol para mirar el jardín de debajo—. ¿Está bien?

—Pues claro —replicó Alejandro, risueño—. Ha dado una voltereta muy bien hecha con medio tirabuzón y ha aterrizado de pie.

—¿Y dónde está? —preguntó Atalo, contemplando la hierba vacía.

—Ha salido corriendo hacia la cocina —contestó Alejandro, señalando.

—¿Por qué ha hecho eso?

—Por lo que sé, ha ido en pos de una cosita linda de pelo rubio que acababa de pasar correteando por el jardín.

Atalo miró a su sobrino, enarcando una ceja.

—¿Ah, sí? ¿De pelo rubio, dices?

—Sí, y de muy buen ver, debo decir.

—No lo dudo. ¿Hombre o mujer?

—Mujer.

—Aahh, qué lástima —dijo Atalo, suspirando.

Alejandro se irguió y miró interrogante a su tío.

—¿Por qué qué lástima?

—Es que últimamente hay muy pocos mozos rubios y guapos.

Alejandro se echó a reír y le dio una palmada a su tío en la espalda.

—Bueno, ¿y para qué buscabas a Xena con tantas prisas?

—Ah —replicó Atalo—, casi se me olvida lo que me tenía tan emocionado. Culpa tuya por distraerme. —Hizo un gesto a Alejandro para que se apartara del balcón y entrara en la habitación—. En realidad, es una suerte que Xena haya saltado.

—¿Qué quieres decir?

—Quería hablar contigo, no con Xena. Me alegro de que estés solo. Acabo de oír una noticia interesante. Aristómedes está buscando votos para arrebatarle los juegos de este año a la ciudad de Megara.

—Está loco. Hiperión de Megara hará todo lo posible por evitar que los juegos se celebren en otra parte. Además, en Corinto no hay un estadio lo bastante grande.

—Aristómedes planea pedir los fondos para construir uno. Su razonamiento va a ser que si la Liga va a seguir reuniéndose aquí cada año, el congreso debería ir seguido de unos juegos en honor de los asistentes.

—No lo conseguirá. Necesitamos esos fondos para nuestra campaña contra Persia.

—De eso es de lo que quería hablar contigo.

—Y yo que creía que estábamos hablando de juegos otra vez. ¿Me quieres decir qué tienen que ver los juegos con Persia?

—Onomarco ha consultado a la Pitia.

—La Pitia... ¿la del oráculo de Delfos? ¿Esa Pitia? ¿Y qué tiene que ver el oráculo de Delfos con los juegos de Corinto y qué tienen que ver esas dos cosas con Persia?

—Todo. Escucha atentamente, sobrino mío, y aprende. Onomarco dice que el oráculo ha visto que Xena no dirigirá una campaña contra Persia.

—Atalo, eso ya lo sabemos. La propia Xena ha dicho que la campaña se retrasará hasta que los asuntos domésticos queden arreglados.

—No, Alejandro. El oráculo dice que Xena no dirigirá una campaña contra Persia, ni ahora... ni nunca.

—Tendremos que acabar marchando contra Persia. Ares lo exige.

—Xena desafía a Ares.

—¡Estás loco!

—Te lo advierto, Alejandro. Xena se ha hecho débil. Está perdiendo el gusto por el combate y se está apartando poco a poco del dios de la guerra. Ahora pasa el tiempo con los políticos, no con los soldados que la adoran. Escribe dictámenes y declaraciones de paz y deja guarniciones enteras de hombres esperando en los campamentos sin nada que hacer. Incluso ahora, sale corriendo detrás de una chica cuando sabe que la Liga está a punto de reunirse. Apuesto a que la guerra contra Persia ni siquiera se mencionará en esta sesión y que en cambio Aristómedes conseguirá sus fondos para construir un estadio en Corinto.

—Creo que te equivocas, Atalo. Xena hace bien en arreglar todos los asuntos domésticos primero, antes de cruzar el Helesponto al frente de una campaña. Una guerra en el extranjero nos mantendrá lejos de casa durante años. No nos podemos permitir gobernar en ausencia hasta que estemos seguros de que todos los estados están unidos y comprometidos a seguir estándolo.

—Te alabo por tu lealtad hacia ella, pero no te cierres a esta advertencia. Presta atención en la reunión. Si no adoptamos una resolución sobre la guerra, nos veremos obligados a licenciar al ejército. Al fin y al cabo, los hombres quieren volver a casa. No puedes echarles en cara que se estén hartando de esperar. Pasarán años hasta que podamos volver a reunir y entrenar una fuerza como ésa. Xena lo sabe. Sabe que cualquier retraso a la hora de ponernos en marcha inmediatamente no sólo retrasará la guerra un invierno, sino varios inviernos... o para siempre. No sólo lo sabe, sino que cuenta con ello.

—No sé, Atalo.

—Tú sólo prométeme una cosa. Si Xena se olvida oportunamente de sacar el tema, sácalo tú por ella. Los consejeros lo apoyarán entusiasmados, te lo digo yo. Todos votarán a favor de presentar un frente común y unido contra Persia. Si hay una sola cosa en la que todas las ciudades-estado están de acuerdo es en que todos odiamos a Persia. Si eres tú el que propone la idea, obtendrás todo el favor cuando el consejo la ratifique por unanimidad.

—Lo que propones parece un pequeño golpe de estado.

—Golpe de estado es una expresión muy fuerte, Alejandro. Piensa más bien en que cumples con tu deber.

—¿Por qué es mi deber quedar mejor que Xena ante los ojos de la Liga de Corinto?

—Porque haces que Grecia parezca más fuerte ante los ojos del mundo. Y como segundo al mando, ayudas sabiamente a tu comandante a seguir el camino correcto.

Alejandro guardó silencio mientras observaba el rostro de su tío. Éste era de Olimpia y él de Pella. Sus ciudades estaban unidas por la sangre: Pella, ciudad natal de Alejandro, apoyaría a Olimpia igual que Olimpia lo apoyaría a él. Ésa era la fuerza de su relación y el motivo de que el matrimonio fuese tan importante. Si Xena tenía alguna debilidad, era ésta. No tenía vínculos de sangre con ninguna ciudad. Tracia era un débil estado retrasado y le había dado la espalda largo tiempo atrás. Y, aunque ahora estaba al mando de los grandes ejércitos de Grecia, no había ningún heredero del título y no parecía probable que lo fuese a haber. Todas las miradas estaban posadas en Alejandro, como su segundo al mando, y por eso todos daban por sentado que el sucesor era él.

Y también él estaba empezando a darlo por sentado.

—Xena sacará el tema de Persia, estoy seguro.

—¿Y si no lo hace?

—Pues lo haré yo.

Atalo le dio una palmada a su sobrino en la espalda.

—Eres un hombre sabio para la edad que tienes. Ares te es propicio, estoy seguro.

—Me da la impresión de que le es un poquito más propicio a la bella Princesa Guerrera.

Atalo se echó a reír.

—No lo culpo. Pero... ¿a quién es propicia Xena? ¿A esa joven rubia a la que ha ido a dar caza, tal vez? No hay temor de que salga un heredero de esa unión. —Rodeó a su sombrío sobrino con un brazo, llevándolo hacia la puerta—. Venga, vamos a buscar a nuestra comandante suprema para recordarle delicadamente dónde se supone que tiene que estar. ¿Estás conmigo?

Alejandro suspiró y se dejó llevar por la puerta.

—Estoy contigo.


Aterrizó de pie y, sin volverse para mirar a Alejandro, echó a correr por el jardín dispuesta a interceptar a Gabrielle antes de que la vieran. Xena saltó por encima de una estatuilla blanca de una ninfa, y sus pesadas botas aterrizaron con un golpe al otro lado del borde de un macizo de flores. Sus siguientes pasos la impulsaron a través de la hierba hasta llegar a un sendero de granito machacado, cuya curva siguió a lo largo del jardín, serpenteando a través de los arbustos y pasando ante fuentes que goteaban suavemente hasta que llegó al fondo del jardín y al pórtico que daba a la cocina.

—¡Gabrielle! —llamó a la chica que acababa de desaparecer por la esquina. Doblándola a toda velocidad, estuvo a punto de derribar a una mujer mayor que salía de dentro a la luz del sol.

Xena agarró a la sobresaltada mujer por los hombros y la colocó bien.

—Perdón —le dijo a la sirvienta con una sonrisa de disculpa y luego reanudó la persecución sin mirar atrás.

La vieja sirvienta abrió mucho los ojos al reconocerla y siguió con la mirada a la figura de la impresionante mujer de largo pelo negro, cuero y espada que corría detrás de alguien... alguien a quien tenía muchas ganas de alcanzar. Levantándose las faldas, la anciana criada cambió de dirección y se apresuró a seguir a la gobernante de toda Grecia que acababa de estar a punto de tirarla al suelo dando caza a una joven bonita.

Xena dobló otra esquina. Ya veía a la chica, cuyo largo pelo dorado se balanceaba graciosamente de lado a lado mientras avanzaba decidida casi hasta la puerta de la cocina.

—Gabrielle —la llamó Xena de nuevo, sonriendo, y aceleró el paso.

Con unas cuantas zancadas largas, alcanzó a su presa. Su primer instinto fue alargar la mano y agarrarla de un hombro, pero apartó la mano, al recordar que aunque Gabrielle era visible, no se la podía tocar.

Los ojos de Xena relucían de auténtica felicidad al ver que la joven se las había arreglado para volver con ella otra vez. No se había dado cuenta de lo mucho que echaba de menos a su ángel de la guarda.

—Gabrielle —repitió, sonriendo de oreja a oreja.

La joven pegó un respingo cuando Xena dijo el nombre y se volvió sorprendida.

El rostro de Xena se llenó de decepción. No era Gabrielle, ni se le parecía siquiera, sólo era una joven sirvienta de largo pelo rubio.

En ese momento, la criada mayor dobló la esquina y advirtió claramente la desilusión en los ojos de la gran guerrera.

—Inclínate, niña —le ordenó la vieja a la criada más joven—. ¿Acaso no sabes ante quién estás? —Rodeó a Xena y obligó a la joven a arrodillarse y luego inclinó la cabeza como señal de respeto—. ¿En qué podemos servirte, comandante suprema? ¿Hay algo que desees de la cocina?

Xena se quedó callada, desanimada tanto por la súbita aparición de la anciana como por su propia decepción al haber confundido a la chica con Gabrielle para empezar.

—No —contestó, con más brusquedad de la que pretendía—. Creía que esta chica era otra persona, eso es todo.

—Ya —dijo la anciana, levantando la mirada—. ¿Es esta otra persona que buscas alguien a quien pueda hacer llamar por ti?

—Ojalá —replicó Xena, dándose la vuelta—, pero no.

La anciana sirvienta observó a la comandante suprema con ojos maliciosos mientras se alejaba. Miró a la joven criada, que seguía arrodillada sobre el duro suelo.

—Levanta, niña —dijo y agarró a la chica, tirándole del brazo para que se levantara—. Tú y yo estamos de suerte.

La joven miró confusa a la matrona.

—Es evidente que la comandante suprema —le explicó la vieja—, se interesa por ti. Si lo hacemos bien, tanto tú como yo podríamos obtener su favor. ¿Te interesa?

La joven sonrió mostrándose de acuerdo y en su rostro apareció una comprensión muy superior a sus años.


—Nuestra mente es una puerta. Cuando la mente está quieta, la puerta se abre. Cuando la mente está quieta, la puerta se abre. Cuando la mente está quieta... —Evelyn se detuvo y echó un vistazo a su amiga. Gabrielle estaba sentada apaciblemente en la posición modificada del loto, la respiración tranquila, el rostro relajado. Daba la impresión de que habían tenido cierto éxito a la hora de provocar un trance meditativo, pero entonces Gabrielle suspiró profundamente, señal evidente de aburrimiento.

—¿Algo? —preguntó Evelyn, aunque ya sabía la respuesta.

Gabrielle abrió los ojos, desilusionada.

—Bueno, si por algo te refieres a que casi me quedo dormida, pues sí.

—Gabrielle —replicó Evelyn—, no te sientas decepcionada. Es muy difícil conseguir relajarse, y no digamos tener una experiencia extracorpórea, al primer intento. De hecho, lo has hecho mejor de lo que esperaba... al menos has dejado de hablar.

—Bueno, estaba relajada, supongo. Si llego a relajarme más, me habría dado de cabeza en el suelo. ¿Cómo puedo dejar la mente en blanco cuando tengo que concentrarme en estar sentada con la espalda recta y las piernas en esta postura tan incómoda? ¿No funcionaría mejor si me tumbara o algo así?

Evelyn descruzó las piernas, abriéndolas hacia los lados, y se estiró.

—Si hubieras estado tumbada, te habrías quedado dormida.

Gabrielle se echó hacia atrás apoyándose en las manos.

—Va a hacer falta algo más que la meditación para volver allí.

—Tal vez... —contestó Evelyn, pensando—. Tal vez necesitemos un poco de ayuda medicinal para ese empujoncito final. Tengo una amiga que tuvo una experiencia rara mientras meditaba después de haber fumado maría.

Gabrielle hizo un gesto negativo con la cabeza.

—He fumado un montón de hierba y nunca me ha pasado nada como lo que me ha pasado con el caballo. —Se alegraba de haberle contado a Evelyn sus experiencias con la heroína. Eso había hecho que mantuvieran su amistad después de que les dieran el alta a las dos en la clínica y se hubieran trasladado a la universidad, aunque iban a universidades diferentes. Al menos tenía a alguien con quien hablar que parecía comprenderla... y creerla.

Evelyn se levantó del suelo, apagó la vela soplando y se dejó caer en la cama del cuarto de la residencia de Gabrielle.

—¿Qué tal la hipnosis? —preguntó, cruzando los dedos detrás de la cabeza y contemplando el techo—. Podríamos acudir a alguien que tenga experiencia con regresiones a vidas anteriores.

Gabrielle volvió la cabeza sorprendida.

—¿Eso existe?

—Pues claro. Por eso yo conozco mis vidas anteriores.

—¿Tu padre pagó para que fueras a un hipnotizador?

—Era mi psicoanalista. Me hipnotizó como parte de la terapia. Cree en las vidas anteriores y se llevó una sorpresa cuando descubrió las mías. Dice que es uno de los motivos de que beba.

—¿Y qué tiene que ver una vida anterior con que bebas? ¿Es que eras una especie de borrachuza de la antigua Roma?

Evelyn se incorporó, con la cara, normalmente despreocupada y alegre, muy seria ahora.

—Tiene todo que ver. Algo de mi pasado quedó incompleto. Algo que tenía que hacer quedó sin hacer. Mi alma se siente inquieta y atormentada por ello.

—¿Y el hecho de que tus padres sean unos cabrones forrados de dinero que casi nunca están en casa y que se pasan borrachos la mayor parte del día no tiene nada que ver?

—Gabrielle, ¿me vas a decir que después de lo que has experimentado sigues siendo una escéptica?

—No, no. Te aseguro que creo en eso de las vidas anteriores. Pero también creo que tenemos que hacernos responsables de lo que nos ocurre en el presente. No podemos echarle la culpa de todo a nuestra alma atormentada.

—¿No me digas? ¿Y qué pasa con tu propia alma atormentada? ¿Te has parado a pensar por qué estás aquí cuando está clarísimo que sientes que tu sitio está... en otra parte?

Ante el silencio de Gabrielle, Evelyn echó las piernas por el borde de la cama y se sentó, para ver mejor la cara de su amiga.

—¿Y por qué tú y yo da la casualidad de que nos hemos conocido en una clínica de rehabilitación, lo has pensado? Yo, una alcohólica que cree en vidas anteriores, que cree que era una chamana en tiempos antiguos, conozco a una aficionada a la heroína que viaja hasta allí cada vez que se mete la droga. ¿Te has parado a pensar en eso?

—No sé. Pura coincidencia. El destino. ¿Por qué? ¿Es que tú crees que hay otra razón?

—Gabrielle, todo ocurre por una razón.

—Lo sé, lo sé. Eso ya lo he oído. Todo ocurre precisamente como debe ocurrir.

—Todo debería ocurrir precisamente como debería ocurrir. Pero ¿qué pasa si no es así?

—¿Estás diciendo que piensas que las cosas no han ocurrido como deberían... y que ésa es la razón de que nos hayamos conocido?

—¿Tú no lo piensas?

Gabrielle se lo pensó mucho antes de responder. Se quedó mirando la vela apagada, la mecha negra, quemada y fina, el olor a cera aromatizada que seguía flotando en el aire. Lo que tenía claro era que sentía que aquí algo no iba bien con su vida, que le parecía perfecta cuando estaba allí.

—¿Sabes lo que pienso?

—Ah, ¿por fin estás pensando? Bueno, ¿el qué?

—Pienso que deberíamos ver cómo nos pueden hipnotizar a las dos.

—A mí ya me han hipnotizado.

—Quiero decir juntas.

—¿Juntas en el sentido de... a la vez?

—Eso es. ¿Qué te parece?

Al cabo de un momento de silencio atónito, Evelyn se levantó muy excitada, rebosante de su habitual entusiasmo.

—¡Gabrielle, qué idea tan genial! Voy a llamar a mi psicoanalista. Seguro que está de acuerdo. ¡Imagínate, dos personas con recuerdos residuales que se hipnotizan juntas para ver si sus vidas anteriores están interconectadas! Seguro que publica un artículo sobre esto.

—Para el carro, Evelyn. Nadie ha dicho nada de ver nuestros nombres publicados en un artículo. Ya conoces mi situación. Mi madre no puede descubrir jamás nada de esto.

—Cierto. Se me había olvidado. Vale. Nada de artículos.

—Bien, me alegro de haberlo dejado claro.

—Vale, no se publica nada. —Evelyn se quedó pensando un momento, mordiéndose el labio—. ¿Y si nos cambia el nombre?

—¡Nada de artículos!

—Bien. Vale. Nada de artículos. ¿Y si...?

—¡Que no!

—Gabrielle, no tienes sentido del humor —se quejó Evelyn, cruzándose de brazos.

—A lo mejor en mi vida anterior sí.


Xena avanzó malhumorada por el vestíbulo y bajó por un pasillo que sabía que acabaría desembocando en la Gran Sala. Toda la situación sería risible, si no tuviera ganas de atravesar de un puñetazo la pared de mármol.

Estaba enfadada consigo misma: enfadada por confundir a una sirvienta con Gabrielle y más enfadada todavía por la gran decepción que sintió cuando la sirvienta resultó ser una persona distinta de la que deseaba que fuera. Por un momento, su corazón dio saltos de alegría al creer que iba a poder ver otra vez a su ángel de la guarda.

¿Por qué se permitía sentir cosas tan ridículas?

Gabrielle. ¿Por qué la atormentaba tanto el recuerdo de sus visitas? Había dejado que su mente transformara a una criada, que no tenía ni una sola de las cualidades excepcionales de su visitante, que no era ni por asomo tan atractiva y que evidentemente no se parecía a ella en lo más mínimo.

Pasó por el arco regañándose a sí misma por mostrar tanta debilidad delante no sólo de las sirvientas, como si con eso no bastara, sino además delante de Alejandro.

Tal vez, pensó, mirándose el puño, debería hacer un agujero en la pared de un puñetazo. El dolor podría meterle algo de sentido común. Tenía que enfrentarse a la realidad: Gabrielle no iba a poder volver nunca. Tenía que quitarse la esperanza de la mente para poder dedicarse al tema de convertir a las ciudades-estado, que no actuaban mejor que unas tribus mongolas, en un país unificado sin destruirlas a todas para conseguirlo.

Xena se dirigió a la sala de reuniones con renovado propósito y estuvo a punto de arrollar a dos delegados que hablaban en susurros detrás de una columna, justo en la entrada.

Al ver a esos dos y oír los murmullos que resonaban en el mármol del pasillo, retrocedió rápidamente, pegándose a la pared para escuchar sin que la vieran.


Isócrates se ajustó la toga blanca para que le colgara con un poco más de elocuencia por el hombro y siguió caminando por el largo pasillo que llevaba a la Gran Sala del Foro de la ciudad. Iba a asistir al segundo congreso de dirigentes de las ciudades-estado que formaban lo que cada vez se conocía más como la Liga de Corinto. Como estadista ya mayor y famoso orador del senado de Atenas, no tenía grandes esperanzas puestas en esta segunda reunión oficial de la Liga. El primer intento del año anterior de crear la unidad de los estados griegos había terminado en feroz desacuerdo y con la amenaza de una nueva guerra.

Habían celebrado la primera reunión de la estación anterior en Corinto, por orden de Xena, aunque ésta presidió el acontecimiento en ausencia, pues se negó a dejar a su ejército acampado en el Peloponeso. Lo único que el comité logró ratificar fue su nombramiento como comandante suprema. El resto del tiempo se fue en discusiones.

Esta vez, sin embargo, la comandante suprema en persona estaba presente para dirigir el congreso.

Pasándose los dedos por el espeso cabello blanco como la nieve, pensó que no creía que un bárbaro señor de la guerra de Macedonia pudiera mejorar las cosas, y menos una mujer. Su legendaria belleza podría haberle granjeado la equivocada lealtad de una legión de soldados, pero los hombres más ancianos y sabios de los senados de las diversas ciudades no se dejarían seducir tan fácilmente. Él era un político avezado y había logrado sobrevivir y prosperar en el mortífero océano político, siempre en constante movimiento, de la ciudad griega más grande de todas: Atenas. Cada diez años más o menos, algún señor de la guerra incivilizado conseguía juntar un ejército que zurraba la badana a algunas de las milicias de los estados en un par de batallas. Entonces tenían que aguantar el previsible fanfarroneo de alguien que se autoproclamaba el nuevo rey... o reina, se corrigió Isócrates al pensar en Xena. Pero él sabía que, como ocurría con todo, también esto acabaría pasando.

Por el momento, la gran ciudad de Atenas, que era su hogar y por lo tanto objeto de su lealtad, lo había elegido a él para que la representara aquí, de modo que la representaría lo mejor que pudiera... y con suerte, sacaría algún provecho para sí mismo mientras lo hacía.

Sus sandalias trazaban una silenciosa senda mientras se dirigía a las ornamentadas puertas de mármol que daban a la enorme sala de reuniones del Foro.

—¡Isócrates! ¡Isócrates! —le susurró una voz desde detrás de una columna—. Isócrates, por favor, un momento.

Se detuvo y al volverse vio a Mausolo, el representante de Tebas, la ciudad más grande del estado de Beocia, que le hacía gestos insistentes.

—¿Por qué te escondes detrás de una columna, Mausolo? —preguntó, cambiando de dirección para acercarse al senador de Tebas.

—Antes de que entres, quiero hablar contigo. —Mausolo metió a Isócrates detrás de la columna tirándole del codo.

Isócrates apartó el brazo con irritación y luego miró a su alrededor preocupado.

—Éste no es lugar para esta clase de conversación. Lo que tengas que decir, dilo rápido, no nos vayan a ver.

Mausolo asintó, comprendiendo.

—He estado intercambiando cartas con Clímeno de Esparta. Esparta está furiosa porque la han excluido de la Liga.

Isócrates se encogió de hombros.

—Era de esperar. Macedonia y Esparta han sido enemigas encarnizadas durante décadas. Además, la influencia de Esparta ha quedado reducida a la nada ahora que la mayor parte de Laconia se ha dividido entre sus enemigos.

—Sí, pero ahora se dice que Xena va a decretar lo mismo para Beocia. Huelga decir que Etolia está preparada para aprovecharse y ya está presionando para obtener una considerable expansión de su territorio.

—Te repito, te preocupas por Etolia como si fueras una anciana. Es un hueso que llevas royendo desde mucho antes de que apareciera Xena.

—Isócrates —Mausolo se acercó más—, no podemos dejar que esos caníbales penetren en territorio civilizado.

—Los etolios no son caníbales.

—Pues poco les falta. No podemos permitir que se hagan con el control de sus mares, Isócrates. Si lo hacen, ten presente que estarán a pocos golpes de remo de Atenas.

—Y si presento una moción para que el gobierno beocio se anexione Etolia, ¿qué obtiene Atenas a cambio?

—La alianza de Beocia contra Tesalia.

—Ya. —Isócrates se lo pensó cuidadosamente—. ¿A quién envía Etolia como representante?

—A un joven general llamado Pirro.

—¿Y sabemos a quién apoya Macedonia en este debate?

—A Xena. Y Xena está de parte del joven general.

—Xena no es macedonia, Mausolo. Es tracia.

Mausolo se encogió de hombros.

—Macedonia sigue ciegamente a Xena. Aceptarán lo que ella diga.

—Ya. —Isócrates sonrió a su compañero consejero—. Lo que me pides es que haga presión contra nuestra nueva comandante suprema con un tema sobre el que ella ya ha expresado su opinión claramente. Si me voy a jugar el favor de Xena, tendrás que ofrecerme algo más que la promesa de una alianza.

—¿Qué se te ocurre, amigo mío? —sonrió Mausolo, más que satisfecho de haber conseguido al menos el interés del gran orador.

—Déjame que lo piense. Ya te comunicaré nuestras condiciones. Volveremos a hablar esta noche, después de la cena —dijo Isócrates, colocando mentalmente esta conferencia nocturna entre las otras dos que ya tenía acordadas, una de las cuales era con Oeneo, el rey de Etolia. Podía votar a favor de Beocia o de Etolia, todo dependería de quién estuviera dispuesto a hacer el mejor trato.

Mausolo mostró su acuerdo inclinándose respetuosamente.

Isócrates asintió.

—Ahora unámonos a la Liga, no queremos llegar tarde a nuestra primera audiencia con la comandante suprema de esta estación, ¿verdad?

—Eres muy sabio —dijo Mausolo, inclinándose de nuevo y haciéndole un gesto a Isócrates para que entrara antes que él en la Gran Sala.

Aunque nunca se habían visto, Xena reconoció a los dos hombres. Tenía la arraigada costumbre de averiguar todo lo que podía sobre todas las personas importantes de Grecia. Isócrates era inconfundible como el venerable senador de Atenas, y el otro, Mausolo, aunque no era tan destacado, era un estadista de Tebas. Los dos eran famosos oradores y habían asistido al primer congreso de Corinto.

Apoyada en el frío mármol, repasó su conversación, dilatando las aletas de la nariz como si oliera el subterfugio. Se debían de estar celebrando decenas de encuentros como éste, a puerta cerrada o entre las sombras de columnas donde se compraban y vendían votos. Xena esperó en silencio, observando mientras entraban en la sala de reuniones con aire despreocupado, calculando cuándo debía entrar para no levantar sospechas.

Con una mueca feroz, Xena pensó que la política era en realidad otra forma de guerra. Y la guerra era un juego que ella practicaba muy, muy bien.


Las puertas de mármol de la Gran Sala se abrieron de par en par, empujadas por los músculos tensos de dos esclavos nubios, y Xena entró en la sala flanqueada a cada lado por Alejandro y Atalo. Su atuendo, túnica oscura de cuero, la espada colgada cómodamente a la espalda y el chakram en la cadera, contrastaba marcadamente con las togas blancas de los estadistas y reyes que se habían congregado en la Gran Sala para la segunda reunión oficial de la Liga de Corinto.

Todas las conversaciones cesaron y los hombres que estaban ante las largas mesas de comida y bebida preparadas para un banquete de pie, se dieron la vuelta, olvidándose casi de los platos dorados de carne y aves. El vino que estaba a punto de ser bebido en ornamentadas copas de plata se detuvo cuando apenas rozaba los sedientos labios a la espera. La congregación de representantes de las ciudades-estado más importantes de Grecia dejó de hacer lo que estaba haciendo para mirar cuando Xena, la Princesa Guerrera que ahora era comandante suprema de toda Grecia, sus territorios y sus ciudadanos en el extranjero, entró en la sala.

Su presencia dominaba una sala llena de dominadores. Incluso la estatura de los dos generales que la acompañaban a cada lado parecía disminuida. Unos desconcertantes ojos claros recorrieron toda la sala, observando a los famosos participantes en la reunión, todos ellos dirigentes veteranos y venerables por derecho propio. Ellos la observaron a su vez con una interesante mezcla de respeto, miedo y desconfianza.

Xena sonrió con arrogancia, atrapando a cada hombre presente por turno con un gesto de reconocimiento, y luego posó los ojos en el magnífico banquete, los platos excelentes de todo el mundo conocido, los vinos de todas las regiones que estaban preparados en largas mesas a cada lado de la sala.

Bueno, por ahora parecía que todo el mundo lo estaba pasando bien.

Es el momento de acabar con eso, pensó Xena al tiempo que su sonrisa se transformaba en una mueca fiera.

—¡Sacad toda esa comida y bebida de aquí! —ordenó. La brusca orden hizo que tanto Alejandro como Atalo se detuvieran sorprendidos. La miraron un segundo y entonces la mirada glacial de Xena los puso en marcha.

Alejandro hizo un gesto brusco con la mano y uno de los esclavos se apresuró a obedecer y salió corriendo de la sala, para regresar instantes después seguido de una hilera de esclavos que se ocuparon rápidamente de vaciar la sala de toda la comida, mientras los invitados se quedaban mirando con silencioso desconcierto.

Xena avanzó por la sala, devolviendo cada mirada intencionada de insatisfacción o desacuerdo con su propia mirada amenazadora. Ningún hombre logró sostenerle la mirada hasta que llegó a un caballero ya mayor, de espeso cabello plateado y barba blanca como la nieve. Se detuvo delante del estadista y se irguió cuan alta era.

—Isócrates, por fin nos conocemos —dijo Xena, saludando al senador ateniense sin inclinarse.

—Me honra que sepas quién soy, comandante suprema.

—Destruí una estatua hecha a tu imagen en Megara de camino a Esparta —replicó Xena, sonriendo—. Era tu vivo retrato.

Isócrates se echó a reír.

—Espero que no te mellara la hoja de la espada.

—En absoluto —respondió Xena—. Mi filo sigue siendo tan cortante como siempre.

—Ya lo veo —comentó Isócrates y se inclinó, haciendo un elegante gesto con la mano—. Eres mucho más bella de lo que cantan los bardos, Xena.

—Depende del punto de vista, Isócrates —contestó Xena, dando por terminado el encuentro. Siguió avanzando con paso tranquilo hasta la parte frontal de la sala y todos los presentes se adelantaron poco a poco hasta agruparse, prestándole toda su atención.

Entretanto, Alejandro y Atalo se ocupaban de organizar a los sirvientes para que se llevaran las bandejas, los platos, la comida, los postres y, por último, las mesas: todo rastro del banquete desapareció de la sala.

—Esto no es una fiesta —afirmó Xena, con voz sonora y dominante—. Por una vez, vais a trabajar para ganaros el sustento.

Recorrió la sala con la vista, haciendo casar mentalmente las caras con los nombres y las actitudes para futura referencia.

—Pero primero, quiero dejar claras unas cuantas normas básicas. No habrá comida ni bebida, salvo agua. No descansaremos hasta que hayamos elaborado un tratado que termine con todas las rencillas mezquinas e interminables entre las ciudades.

—Xena, eso no es razonable. Podríamos tardar días en ponernos de acuerdo sobre algunas de las disputas —protestó Isócrates, dando un paso al frente para manifestar su desacuerdo.

—En ese caso, estaré encantada de disfrutar de vuestra compañía durante todo ese tiempo.

—Es absurdo. Necesitamos parar. Necesitamos descansar, ¡orinar, por todos los dioses!

—No saldréis de esta sala. No os iréis a comer, ni a beber, ni a dormir, ni a cagar. No voy a consentir que salgáis de aquí para reuniros en grupitos y celebrar encuentros clandestinos con el único propósito de arruinaros los unos a los otros. Os voy a obligar a renunciar a la intriga política a favor del auténtico arte de gobernar. Todos tenéis una excelente habilidad como negociadores y bien sabe Ares que os habéis entrenado hasta la saciedad como oradores. Pues ha llegado el momento de que demostréis lo que valéis. Se escribirán los tratados cara a cara y toda discusión se hará sin subterfugios y abiertamente.

—Xena, ¿tan mal piensas de los políticos?

—En realidad, procuro no pensar en vosotros en absoluto.

—Vaya, tú dinos lo que sientes de verdad —comentó Isócrates con sarcasmo, volviéndose hacia sus colegas en busca de apoyo, pero la sala permaneció en silencio.

—Creía que eso estaba haciendo. —Xena dejó que el silencio continuara unos instantes, confirmando que Isócrates no contaba con apoyo para sus objeciones—. No os engañéis —continuó Xena, satisfecha de ver que tenían tan poco carácter como sospechaba—, cuando salgamos de aquí, tendremos un tratado firmado por todos y cada uno de vosotros que os llevaréis de vuelta a casa. Ratificaremos una paz común, constituiremos una política de asuntos exteriores, solucionaremos las disputas comerciales y fronterizas. En otras palabras, vamos a limpiar el armario, señores.

—¡Podríamos tardar años! —exclamó Cefeo, el representante de Tegea.

Xena habló al todo el congreso.

—Estoy segura de que las incomodidades nos ayudarán a aceptar rápidamente unas condiciones razonables.

Todas las cabezas se volvieron al oír el estruendo de las dos puertas de mármol que se cerraban. Alejandro y Atalo se plantaron ante la entrada cerrada, cruzados de brazos.

La congregación se volvió para mirar a Xena.

—Bueno, ¿por dónde empezamos? —preguntó Hiperión de Megara, pues no había tardado en llegar a la conclusión de que luchar no iba a servir de nada. El estruendo de las puertas de mármol había dejado claro ese mensaje.

—Pues empecemos por el principio. —Xena se adelantó y caminó a través de la congregación, que le iba abriendo camino a cada paso—. Yo presidiré el congreso únicamente como moderadora. No participaré en la toma de decisiones, sino que intervendré sólo cuando se llegue a un punto muerto en la discusión. Alejandro y Atalo son la fuerza de la autoridad. Se ocuparán de que ninguna discusión llegue a las manos y de que nadie... nadie... salga de esta sala hasta que la reunión termine y nuestra tarea esté realizada. Pero os lo advierto, Alejandro y Atalo responden únicamente ante mí. Ante cualquier intento de sobornarlos para obtener su favor, seréis expulsados de la Liga y las provincias de vuestro estado se dividirán entre los demás. Eubolo y Licargo tomarán nota simultánea de todos los acuerdos y concesiones. Sus notas serán examinadas y combinadas para crear un manifiesto que los escribas de Corinto copiarán en pergaminos para que los llevéis de vuelta a cada ciudad, entregados y firmados personalmente por cada uno de vosotros.

—¿Y si surge algún conflicto con las notas? —preguntó Mausolo con desconfianza.

Xena detuvo su paseo para volverse hacia él.

—Como he dicho, yo dictaminaré donde sea necesario... y mi decisión será la decisión final. Vamos a trabajar hasta que la tarea quede terminada. El que necesite dormir puede hacerlo en el suelo. El que necesite mear puede hacerlo en estos cubos tan bonitos que Atalo ha tenido el detalle de ordenar traer a los sirvientes.

La congregación se volvió, malhumorada, y vio que Atalo ordenaba a dos esclavos que colocaran urnas ornamentadas de oro y plata detrás de las columnas y en algunos rincones.

Los delegados se volvieron de nuevo hacia Xena, unidos en su descontento.

—¡Nos has hecho presos! —vociferó Isócrates, manifestando su indignación en nombre de todos ellos.

—Qué agradable ver que todos estáis de acuerdo en algo por una vez. Os estoy obligando a ateneros a vuestros principios y al juramento que habéis hecho de representar no sólo a vuestros estados, sino de tener en cuenta las necesidades de toda Grecia en este congreso. Si negociáis pensando en las necesidades de la mayoría, dejando de lado vuestro provecho personal, las conversaciones deberían terminar deprisa. —Sus ojos agudos e inteligentes recorrieron la sala, sin inmutarse por el descontento—. En el combate, los soldados luchan hasta que su adversario es derrotado. No hay banquetes, no hay descanso, no hay oportunidad de dormir. —Xena miró a Isócrates directamente a los ojos—. No hay oportunidad de entablar negociaciones tramposas. —Xena dio un paso al frente y se plantó erguida y segura ante una sala llena de políticos, entre los que no había ni un solo soldado, pero no por ello eran menos peligrosos—. Sólo estás tú, tu espada y tu enemigo. Cuando la lucha termina, si todavía te mantienes en pie, has ganado. Que en este día todos logremos la victoria en nombre de Grecia.

Y con eso, Isócrates se dio cuenta de que todos habían perdido la guerra.


El crepitar de la hoguera relajaba a Alti. Los tonos anaranjados y rojos bailaban por sus facciones ajadas y duras mientras contemplaba las llamas. Debía reconocer que la madera ardiente le causaba cierto placer y le ofrecía mucho más consuelo del que podría darle nunca la compañía humana. Prefería estar sola y despreciaba la posibilidad de viajar con otros. Mejor las sombras de la oscuridad y el silencio del bosque que la cháchara monótona de los necios. Los mortales eran débiles e idiotas. Y aunque por el momento, sus huesos estaban cubiertos de carne humana y la sangre corría por sus venas, haciéndola igual de frágil, sabía que acabaría por obtener todo lo que necesitaba para darle a su espíritu el poder requerido para superar este envoltorio mortal.

Xena, esa criatura hermosa y oscura, le había dado lo que exigían sus negras artes como sacrificio. La sed de sangre de la guerrera, una sed equiparable únicamente a la suya, había contribuido a atrapar los espíritus de una tribu entera de amazonas entre este mundo y el siguiente, alimentándola con el poder puro de la angustia de sus almas. Pero últimamente algo había cambiado.

Xena había cambiado. Alti notaba una alteración en el tejido mismo del poder que mantenía todas las cosas unidas con la misma certeza con que notaba un cambio de clima. Cuando se conocieron, su mutua sed de sangre las había unido en un camino de destrucción. Pero por alguna razón, su conexión con Xena se había roto. Sabía que la guerrera no estaba muerta porque los bardos todavía cantaban sobre sus conquistas por toda Grecia, pero ese fuego hermoso y libidinoso había desaparecido. La chispa que la había atraído a Xena al principio se había extinguido poco a poco.

Alti se había planteado buscar a Xena para descubrir qué había sucedido y tal vez señalarle el camino correcto, pero entonces el olor del mal en el aire desvió su atención a otra parte. Si Xena ya no compartía sus placeres oscuros, sus instintos malévolos la llevarían a otro lugar y a otra persona que la servirían de igual modo.

Alti echó una gruesa rama al fuego, sonriendo al verla arder.

Al Hades con la Princesa Guerrera: su corazón ya no era negro. Había otra persona que podría servir a sus propósitos: alguien cuya fuerza aumentaba con cada día que pasaba, y ella estaba cerca de dar con la fuente... muy, muy cerca.

La rama crujió y lanzó una lluvia de chispas que se alzaron en la oscuridad. Alti las siguió y sus fríos ojos negros reflejaron los rastros de fuego que subían flotando hacia el infinito.

Esta noche mataría a un potro y se comería su corazón y entonces las visiones le dirían exactamente dónde habitaba este nuevo corazón oscuro. Mañana daría con esta nueva fuente y le ofrecería el mismo trato: el poder de convertirse en Destructor de Naciones y, a cambio, ella sólo quería su alma.

Se echó a reír, un sonido cascado que rebotó en los árboles, creando ecos en la noche. Alti cogió un cuchillo y se levantó, ansiosa por encontrar a su presa.


Tres largos días de cháchara política, pensó Xena mientras miraba por la ventana en arco de la sala de reuniones. Era una maravilla que a estas alturas no hubiera desenvainado la espada para ensartar a un senador.

Las estrellas brillaban en lo alto del cielo. Xena observó sus guiños en silencio, contemplando a través del bello panel de vidrio soplado cómo dormía la ciudad de Corinto. La noche era preciosa, pero la belleza se detenía ante el panel de la ventana.

Dentro, los estadistas de Grecia estaban esparcidos por el frío suelo de mármol en diversas posturas de descanso. Algunos, como Isócrates, que se había echado una siesta en un rincón al principio de la noche, estaban ahora de pie, participando en las conversaciones del momento. Otros se habían quedado dormidos en el suelo hacía horas, poco después de medianoche, cuando hubo que cambiar las velas. Ella, por supuesto, no había cerrado los ojos desde que empezó la reunión, y no tenía intención de hacerlo.

Al oír un movimiento, Xena apartó la cabeza de la ventana, pero no era más que uno de los senadores que se dirigía a un rincón y a uno de los cubos dorados. Como sólo podían beber agua, las urnas se usaban con frecuencia. Al principio, los senadores se sentían azorados, pero al cabo de un día de orinar ante sus compañeros, el congreso empezó a quitarle importancia. Es decir, hasta que Xena se acercó a un cubo y vació la vejiga... de pie.

Xena no pudo evitar una sonrisa sardónica, al recordar sus rostros cuando terminó sus asuntos, se colocó bien la falda de cuero y se dio la vuelta. Sus expresiones atónitas no tenían precio.

Sobre todo cuando Alejandro comentó tan tranquilo: "Sabe hacer muchas cosas", tan alto que toda la sala, repentinamente silenciosa, lo oyó.

Aaah, cuando se ganan las pequeñas escaramuzas, las victorias más importantes saben mucho mejor.

Xena miró por la sala a los senadores que seguían en pie o estaban echados durmiendo. Jugueteó con el tubo de bambú oculto en su brazal, tallado a toda prisa minutos antes y luego apodado con afecto su "femipene", inventado con este único propósito, al saber que iba a ser la única mujer en una sala llena de hombres.

Controlando apenas el impulso de enarcar una ceja, se quedó mirando al senador que estaba en el cubo mientras se sacudía y se alejaba deprisa, colocándose bien la toga, a todas luces incómodo por el escrutinio de la única mujer que había conocido en su vida capaz de hacer lo mismo.

El arte de la guerra se basa en el engaño, se dijo riendo por lo bajo, y volvió a prestar atención a Aristómedes de Corinto. Se dirigía en pleno estado de oratoria a una sala llena de senadores que lo único que querían era que este congreso terminara para poder comer, beber y dormir, probablemente ni siquiera en ese orden.

Xena escuchó a Aristómedes, que hablaba de los fondos necesarios para construir un coliseo en Corinto. Le daba la impresión de que a la mayoría de los demás senadores les importaba muy poco a estas alturas si Corinto construía un mar de estadios. Sin embargo, Hiperión de Megara se oponía con vehemencia a la idea por la razón evidente de que Megara era la única ciudad griega que tenía un coliseo. Esperó pacientemente, escuchando mientras cada uno defendía su postura, y no se sorprendió cuando el senador de Olimpia se unió a la discusión. Olimpia siempre había asegurado que, con los recursos adecuados, podría superar a cualquier ciudad griega en la celebración de unos juegos.

Xena ya sabía cuál era su propia postura sobre este tema.

Hacer un estadio en Corinto era una idea muy buena. Hacer un estadio en Olimpia era una idea aún mejor. De hecho, ahora que lo pensaba, hacer un gran estadio en cada ciudad era la mejor idea de todas. La Liga podría rotar sus reuniones, expandiendo su idea original de celebrar reuniones en las cuatro regiones más importantes, una por cada estación.

Lo que era más importante, una guerra contra Persia caería rápidamente en el olvido mientras cada ciudad dedicaba toda su atención y sus recursos a la construcción de un coliseo más grande, mejor y más caro que la siguiente. Hasta los césares de Roma conocían el valor de los juegos.

Sí, hacer estadios a escala olímpica era algo más que una idea excelente, era una forma de conseguir la paz.

Gracias, Gabrielle. Xena pensó un momento en su visitante, dándole las gracias a su misteriosa amiga por darle la idea de que podía encontrar una alternativa a la guerra, de que siempre podía haber una posibilidad de conseguir la paz, sólo tenía que buscarla.

Cuando Xena estaba a punto de intervenir en la discusión y comunicar su decreto, Alejandro, que llevaba tres días sin decir palabra, decidió hacerse oír de repente.

—Es ridículo malgastar dinares en un coliseo en estos momentos. Necesitaremos todos nuestros recursos, hombres y dinares, para nuestra marcha contra Persia.

—Alejandro tiene razón —se apresuró a añadir Hiperión de Megara, con la esperanza de que la mención a su enemigo común, Persia, desviara el tema—. La guerra es inminente, ¿no es así, Xena?

Xena abrió la boca para replicar, pero su general se lo impidió de nuevo.

—Ahora que todos los temas han quedado resueltos aquí, Xena puede dejar Grecia en las hábiles manos de la Liga, segura de que el país se mantendrá unido. Nuestro ejército es el más fuerte que ha existido nunca y, si marchamos antes de que termine el verano, llegaremos a Persia a finales de otoño. Darío nunca se esperará que lancemos una invasión durante los meses de invierno. El momento es perfecto. Incluso Ares ha dado su bendición a esta empresa, ¿verdad, Xena?

Todos los ojos se posaron en la comandante suprema, que miraba a su segundo al mando como si le salieran serpientes del pelo.

Isócrates, que estaba más allá del agotamiento, sintió una súbita descarga de adrenalina en las venas. Por fin aparecía una mella en la armadura y se lanzó a aprovechar la oportunidad de explotarla.

—¿No estás de acuerdo con la sabiduría del dios de la guerra, Xena? —preguntó Isócrates, fingiendo inocencia, pero sus ojos chispeaban como los de un zorro astuto.

La Liga tomó aliento como un solo hombre, horrorizada sólo de pensarlo.

—Claro que está de acuerdo —respondió Alejandro por ella a toda prisa—. Fue idea suya desde el principio, ¿verdad, Xena? Con la conquista de Persia, obtendremos todas sus riquezas... riquezas que aquí hacen mucha falta. Cuando hayamos conquistado Persia, podréis construir todos los coliseos que queráis en todas las ciudades griegas que queráis... y tendremos a muchos gladiadores persas para entretenernos. El dios de la guerra quedará muy satisfecho, igual que el propio Zeus, estoy seguro. —Alejandro sonrió con orgullo a la congregación de rostros que le sonreían a su vez mostrando su acuerdo—. Y no lo olvidéis, después de Persia, con el poderío de la gran fuerza naval de Atenas respaldándonos —anunció Alejandro, indicando con deferencia a Isócrates—, sólo estaremos a unos cuantos golpes de remo de la riqueza de Egipto.

Hubo un estallido de aclamaciones, pues la agotada congregación cobró vida ante la emoción de una guerra que, en la imaginación de todos, ya habían ganado.

Si Xena no hubiera pasado años entrenándose para controlar el instinto de actuar por rabia, Alejandro habría perdido la cabeza.

Isócrates se rió por lo bajo, sabiendo muy bien que si los fríos ojos de Xena pudieran hacerlo, estarían clavándole cuchillos a su comandante. Tal y como estaban las cosas, gracias a Alejandro, se iban a librar durante años de su presencia macedonia. Era curioso cómo con un solo discurso de nada, la derrota absoluta se podía transformar en gloriosa victoria. Se había olvidado de que la espada no era nada comparada con el poder de las palabras.

—Bueno, pues estamos de acuerdo. La guerra contra Persia queda ratificada. Todas las ciudades darán al ejército de Macedonia los hombres, suministros y fondos necesarios y Xena, como comandante suprema, estará al mando de las fuerzas combinadas. La construcción de estadios se retrasa hasta que se haya ganado la guerra contra Persia. ¿Qué decís?

—¡De acuerdo! —exclamó una multitud de voces sin dudar. El congreso no se había puesto de acuerdo en nada tan deprisa en los tres días enteros que llevaba inmerso en infernales debates. Isócrates pensó que jamás había saboreado una victoria más dulce.

—Bueno, pues parece que vamos a la guerra. Gracias, Alejandro —sonrió Xena, cuyo rostro irradiaba una belleza sobrenatural a pesar de la ira que asolaba su mente. Hasta el mismo Isócrates se quedó hipnotizado al verla, y la repentina idea de que daría todo lo que tenía por acostarse con esta mujer lo llevó a caer en la cuenta de que también había subestimado gravemente la capacidad de la mujer para seducirlos a todos.

Xena fue hasta su comandante y asintió, sin mostrar nada con su lenguaje corporal, con una expresión engañosamente tranquila.

—¿Algo más? —preguntó, dirigiéndose a la Liga, aunque sus ojos no se apartaban de Alejandro.

—Lo hemos repasado todo, Xena —replicó Alejandro alegremente, a todas luces aliviado al ver que parecía que Xena no estaba tan enfadada como él pensaba—. Tengo que reconocer que puede que esté agotado, pero me siento muy bien.

Los murmullos de asentimiento llenaron la sala.

—Has hecho un trabajo maravilloso, Xena. Hemos hecho más en tres días que en tres décadas —añadió Clímeno de Olimpia—. Entiéndeme, no deseo que mantener reuniones de esta manera se convierta en una costumbre, pero sin duda parece haber funcionado. Enhorabuena.

Isócrates dio un paso al frente, uniéndose al coro de parabienes.

—Sí, enhorabuena, Xena. Has hecho un trabajo admirable. Admirable.

Xena se apartó de Alejandro y se volvió hacia el grupo.

—Felicitaos a vosotros mismos y a vuestra capacidad como estadistas. Ha sido un placer para mí presidir este congreso. El siguiente se celebrará en Megara y será presidido por Alejandro en mi ausencia.

—¡Qué! —exclamó Alejandro, pillado totalmente por sorpresa.

—Cuando llegue el invierno, estaré en Persia. Alejandro se quedará para sustituirme, con todos los derechos y poderes como presidente en mi lugar.

A Isócrates se le hundió la expresión. Qué efímera es la victoria.

Alejandro estaba horrorizado.

—Xena, no lo dirás en serio.

—¡SILENCIO! —ordenó Xena, dirigiendo una mirada asesina al soldado hasta que éste bajó los ojos al suelo—. Como estaba diciendo, Alejandro presidirá el próximo congreso de Megara. Hasta entonces, declaro concluido este congreso. Se escribirán y copiarán las proclamaciones para que las firméis todos. Por favor, regresad a vuestros aposentos y descansad. Sé que estáis todos agotados. Mañana celebraremos un banquete para romper el ayuno. Una vez copiados y firmados los dictámenes, sois libres de partir hacia vuestros hogares en cualquier momento, pero yo os recomiendo que os quedéis para los excelentes juegos que tendrán lugar en el gran coliseo de Corinto al final de la semana. Que disfrutéis del descanso. Os veré mañana en el banquete.

Xena saludó con la cabeza a Aristómedes, su anfitrión en Corinto, y se dirigió a grandes zancadas hacia la puerta, mientras el mar de estadistas se apartaba a su paso.

—¡Alejandro! —llamó sin mirar atrás.

Atalo miró compasivo a su sobrino, pero no podía decir nada bajo el escrutinio de todos los ojos que estaban observando. Alejandro se cuadró y se apresuró a seguir a Xena, pensando que prefería enfrentarse a la ira del dios de la guerra antes que a la Princesa Guerrera.


—Si sabes que te han hipnotizado, lo más seguro es que no haya sido así —dijo la doctora Braid, llevando a sus pacientes a los dos divanes de la sala—. Cuando un paciente entra en estado hipnótico profundo, por lo general se va sin creerse que lo hayan hipnotizado en absoluto.

Gabrielle se sentó en un diván y Evelyn en el otro. Los divanes estaban el uno al lado del otro, en ligero ángulo.

—¿Entonces cómo sabe que lo ha conseguido? O lo que es más importante, ¿cómo sabe el paciente que ha obtenido aquello por lo que ha pagado? —preguntó Gabrielle, tumbándose como se le había indicado, sintiendo cada vez más interés por la hipnosis a medida que hablaba la doctora.

La doctora Braid se sentó en una butaca a la cabecera de ambos divanes, cruzó las piernas para ponerse cómoda y sonrió por la franca pregunta.

—Ésa es una buena pregunta, Gabrielle. Hay muchos charlatanes ahí fuera. Yo tengo un método —sonrió la doctora Braid—, uno que he usado durante años con mucho éxito. Las dos tenéis que escribir lo que queráis como sugestión hipnótica en un trozo de papel.

—¿Sugestión?

—Sí, como sentir un picor en medio de la espalda que te obligue a contorsionarte para alcanzarlo. O tener una sed insaciable por un refresco que nunca te haya gustado. Cuando estés hipnotizada, induciré la sugestión que has escrito, junto con otra que te haga olvidar que la has escrito. Cuando te despiertes, sentirás el picor o la sed, sin saber ni recordar por qué, y entonces te enseñaré el papel, escrito de tu puño y letra.

—¿Y eso funciona?

—Siempre. Al menos, siempre que logro inducir un trance.

Gabrielle miró a Evelyn en busca de confirmación. Evelyn ya estaba tumbada cómodamente, con los dedos entrelazados y las manos sobre el pecho. Asintió, sonriendo.

—Yo escribí que me hiciera estornudar. Y efectivamente, cuando me desperté, me puse a estornudar como si tuviera un pluma en la nariz. No se me pasó hasta que la doctora Braid me enseñó el papel. Era mi letra, pero te aseguro que no recordaba haberlo escrito.

Gabrielle estaba fascinada.

—Cómo mola. ¿Y usted cree que la hipnosis puede ayudarnos a descubrir nuestras vidas anteriores?

—Bueno, ésa es la parte difícil. Tienes que comprender que la idea de vidas anteriores tiene tan poco que ver con la ciencia como la caza de fantasmas. Sin embargo, he tenido varios pacientes, como Evelyn, que en estado hipnótico parecen tener una conexión muy fuerte con recuerdos de cosas que ocurrieron mucho antes de que nacieran. Por supuesto, la hiperamnesia, que es la percepción intensificada de recuerdos, lo contrario de la amnesia, no se acepta científicamente. De hecho, lo único que han demostrado los estudios realizados es que los recuerdos recuperados en estado hipnótico están a menudo falsamente intensificados o son fantasías. Con todo, las sesiones que yo he realizado aquí, en mi propia consulta, son interesantes, como poco.

—Así que no puede demostrar que Evelyn fuese una curandera en su vida anterior.

—Chamana —corrigió Evelyn escuetamente.

—Perdón, chamana.

—Eso depende de lo que entiendas por demostrar. Evelyn está convencida.

—Es verdad. Para mí, eso es prueba suficiente. Al menos, me ha ayudado a entender por qué estoy mal.

—¿Y te ayuda saber quién eres... digo, eras?

—Bueno, no sé exactamente quién era, pero sí sé que siempre sueño con ello.

—¿Y eso te ha ayudado?

Evelyn se encogió de hombros.

—A veces, cuando comprendes por qué tienes pesadillas, eso hace que te den menos miedo.

Gabrielle se quedó contemplando el techo, preguntándose si sería suficiente con conocer sólo el "por qué".

—¿Alguna vez ha hipnotizado a dos personas a la vez?

—Pues la verdad es que sí —reconoció la doctora Braid—, pero no por el mismo motivo que ahora. De hecho, la idea de que dos personas puedan haber tenido vidas anteriores que se hayan cruzado no es infrecuente. He recibido a parejas que estaban convencidas de que se habían conocido y enamorado a lo largo de vidas anteriores, una y otra vez.

—Almas gemelas —susurró Gabrielle.

—¿Qué? —preguntó Evelyn, volviendo la cabeza para mirar a Gabrielle.

—Almas gemelas —repitió la doctora Braid—. Sí, exacto. Almas gemelas: dos almas destinadas a encontrarse, vida tras vida para toda la eternidad. ¿Vosotras creéis en las almas gemelas?

Evelyn soltó un resoplido.

—Bueno, yo desde luego no he encontrado a la mía.

—¿Y tú, Gabrielle?

Gabrielle se quedó callada largo rato, contemplando la pared que tenía ante los pies, luego el grabado firmado por Dalí que colgaba allí y por fin el techo blanco y sin marcas.

—Creo que sí —contestó en voz baja—. Creo que yo sí he encontrado a mi alma gemela. El único problema es...

—¿Sí? —preguntó la doctora Braid expectante.

—Que creo que estamos como desincronizadas.

—Vaya, es la primera vez que lo veo. ¿Estáis seguras las dos de que queréis hacer esto?

—Sí —contestaron Evelyn y Gabrielle, a la vez.

—Entonces voy a hacer unas preguntas. Evelyn, tú no tienes por qué contestar, pero Gabrielle, quiero que tú sí respondas. Pero mientras Gabrielle contesta a las preguntas, quiero que las dos escuchéis, que os relajéis en el diván y escuchéis. ¿Estáis preparadas?

—Sí —replicó Gabrielle. Evelyn guardó silencio como debía.

—Excelente. —La doctora Braid se acomodó en su butaca y empezó—. En primer lugar, ¿te han hipnotizado ya alguna vez?

—No.

—¿Alguna vez has hecho un esfuerzo para que te hipnoticen antes de hoy?

—No.

—¿Crees que se te puede hipnotizar?

—No lo sé. Tal vez.

—¿Quieres que te hipnoticen?

—Sí.

—¿Estás segura?

—Sí.

—Si estás segura, relájate y escúchame. Escucha el sonido de mi voz. Puedes cerrar los ojos si quieres o puedes dejarlos abiertos. Lo que te resulte más cómodo. —La voz de la doctora Braid había adoptado un tono suave y delicado. No bajo, sino regular y tranquilo.

—Concentra la mente en una situación en la que siempre hayas sentido una paz total. Puede ser descansando junto a un lago o un río, o puede ser mirando las olas del mar.

Puede ser en lo alto de una montaña o en la comodidad de tu propia cama.

Sea cual sea el lugar donde sitúes tu mente, estarás en paz. Sea cual sea el escenario que elijas, será el escenario adecuado. Un buen lugar... un lugar donde eres feliz.

Mientras piensas en este escenario... tu cuerpo se relaja, se relaja profundamente.

Todos tus músculos se aflojan y se quedan inertes, perfectamente relajados.

Cada bocanada de aire que tomas es profunda y plena. Nada te va a molestar. Nada te va a alterar.

Tu mente está absolutamente alerta y consciente, mientras tu cuerpo se relaja, perfectamente.

Ahora respiras muy hondo.

Al inhalar, notas cómo se expande tu pecho para meter el aire purificador.

Al exhalar, notas cómo toda la tensión desaparece de tus pulmones.

Te sientes bien, te sientes estupenda, te sientes perfecta y absolutamente relajada.

Nada te va a molestar.

Cada bocanada de aire que tomas te ayuda a relajarte profundamente, absoluta y perfectamente.

Piensas en estas cosas mientras las digo.

Pienso en un lugar muy relajante.

Mientras sitúo con firmeza ese lugar en mi mente, mi cuerpo se relaja perfectamente.

Todas mis preocupaciones se alejan flotando... flotando... flotando.

Siento cómo me relajo en este lugar tranquilo y apacible. Siento, veo, oigo y huelo este escenario de profunda relajación.

Todas mis preocupaciones se alejan flotando. Sé que puedo recuperarlas cuando quiera, pero prefiero dejar que se alejen flotando.

Mientras mis preocupaciones se alejan flotando, mi cuerpo se relaja profundamente, absoluta y perfectamente.

Al contar hasta tres, estaré completa y totalmente relajada. Mi mente estará relajada. Y cuando mi mente esté totalmente relajada, la puerta se abrirá...

Uno... Dos... Tres...


El agotamiento trae consigo su propia sensación de paz, pensó Xena mientras se encaminaba cansinamente a sus aposentos. La habitación estaba a oscuras y silenciosa y la delicada luz de la luna se filtraba a través de los translúcidos cortinajes de seda que se agitaban soñadores con el cosquilleo de una fresca brisa nocturna. Luchó en las sombras para quitarse la espada y la vaina de la espalda, pues una hebilla poco cooperativa le estaba dando problemas. Como ya se le había agotado la paciencia, pensó un momento en hacer llamar a un criado, pero la hebilla se abrió por fin y tiró el arma a la cama con irritación.

A pesar de su agotamiento físico, Xena sabía que no iba a poder dormir. La cabeza le martilleaba con los efectos de la rabia incontenible que había sentido ante la interferencia de Alejandro en la reunión. Se preguntó de nuevo cuál era la razón auténtica por la que había manipulado al congreso para ratificar la guerra contra Persia. La razón que le dio, que era lo que creía que quería ella, y el motivo real de que lo hubiera hecho tenían que ser dos cosas distintas.

Dado que Alejandro era el que había sacado el tema de la guerra con Persia, todo el mérito de la ratificación por parte del consejo recaía sobre él. Si ganaban la guerra, habrían ganado su guerra. Él tenía que saberlo. Lo único que podía hacer ella para difuminar la variación en el poder era ordenarle que se quedara atrás como sustituto. Ahora volvía a ser su guerra, pero durante los próximos años, Alejandro sería, a todos los efectos, el gobernante de Grecia. No creía que Alejandro pudiera concebir siquiera una manipulación a tal escala. Estaba claro que había subestimado la capacidad de su segundo al mando para la estrategia.

Está aprendiendo, no cabe duda, pensó de mala gana. A lo mejor el favor de Ares está cambiando.

Xena se quitó el chakram de la cintura y contempló el poderoso regalo del dios de la guerra, reluciente a la luz de la luna. Había aceptado esta hermosa arma que él mismo le había entregado con su propia mano y así quedó sellada la promesa entre ellos: que ella dirigiría al mundo en guerra en su nombre como su reina guerrera y un día sería su heredera.

Años después, superó una ordalía y entonces un semidiós la obligó a verse como era en realidad. Tras aquella epifanía, hizo un penoso intento de arreglar las cosas, de compensar todos los males que había causado. Intentó volver a casa, pero sus paisanos la apedrearon y luego la echaron... y su propia madre tiró la primera piedra. Draco tenía razón: no había descanso para el malvado. Después de esconderse en una cueva a solas, para lamerse las heridas, estuvo un tiempo luchando del lado de los débiles, protegiendo pequeñas aldeas de los señores de la guerra que merodeaban por allí, hasta que una aldea acabó por fundirse con la siguiente y el peso de la culpa era como si llevara un montón de rocas cada vez más grande sobre la espalda. Cuando por fin una aldea de sucios granjeros la acusó de asesinar a los mismos hombres a los que intentaba proteger y estuvo a punto de agradecérselo descuartizándola, se rindió y regresó con Ares. Apareció ante ella mientras estaba atada y encadenada en una cárcel mugrienta y, como no quedaba nada en su vida que le impidiera hacer lo contrario, se vio arrastrada hacia él con la misma facilidad que una polilla a la llama.

Los años siguientes los dedicó a montar el ejército macedonio, derramando sangre en nombre de la guerra de un extremo de Grecia al otro, pues había regresado a lo que estaba convencida de que sólo podía ser su verdadero camino. Lo cierto era que su acuerdo con Ares quedó vacío de promesa en cuanto pronunció las palabras. Tiró el chakram a la cama y aterrizó, con un bote, al lado de la espada.

Tenía el corazón vacío y la guerra sola jamás podría llenárselo. Por un instante, hubo una posibilidad, una minúscula posibilidad de haber podido traer la paz a Grecia, pero ahora parecía que, una vez más, su único destino era seguir el camino de la guerra.

—Lo siento, Gabrielle —dijo Xena en voz alta, pensando en la joven rubia mientras contemplaba el jardín por la ventana, el mismo jardín donde había echado a correr detrás de una sirvienta creyendo que era el espíritu de su joven visitante—. Supongo que no estoy destinada a vivir en paz. Pero lo hemos intentado, ¿verdad?

Sonrió, recordando a la joven y bella rubia y su sonrisa, preguntándose si a su misteriosa amiga se le habría ocurrido una idea mejor. De repente, Xena se sintió más sola de lo que se había sentido en su vida, incompleta de un modo que no lograba entender.

—Disculpa, señora.

La voz casi hizo dar un respingo a Xena, que se volvió enfadada por la interrupción y también consigo misma por no darse cuenta de que había entrado alguien en sus aposentos.

En las sombras de la entrada a sus habitaciones había una vieja esclava. La sirvienta entró dubitativa en la habitación y quedó iluminada por la luz de la luna.

—¿Te doy luz? —preguntó la anciana con tono sumiso.

Xena asintió y se quedó mirando en silencio mientras la mujer arrastraba los pies por la habitación, con el pedernal en la mano, hasta la primera antorcha y la encendía.

—Me llamo Lavidia —dijo la anciana, sabiendo que Xena la vigilaba atentamente—. Lamento haberte sobresaltado.

—No me has sobresaltado —contestó Xena, mintiendo.

—Oh, no me refiero a ahora —continuó la anciana mientras encendía otra antorcha—. Me refería a lo de hace unos días, en la cocina.

—¿Qué? —preguntó Xena, con el ceño fruncido. Entonces se acordó: ésta era la vieja esclava de entonces, la que la había visto perseguir a la joven criada por el pasillo. Xena salió de entre las sombras a la luz más intensa y amarillenta de las antorchas—. No me has sobresaltado ahora y tampoco entonces. —La voz de Xena adquirió un tono de advertencia. Estaba claro que la mujer quería algo de ella.

—Por supuesto —replicó Lavidia, inclinándose ligeramente—. Es que he advertido tu interés por la joven y he pensado...

—¿El qué has pensado? —le espetó Xena, dando un paso amenazador.

La anciana, después de encender la última de las antorchas, se escabulló de nuevo hacia la puerta e hizo un gesto.

—He pensado que la necesitarías esta noche.

Antes de que Xena pudiera responder, la joven de suave pelo rubio, la que había perseguido por el jardín, entró por el arco. La vieja esclava le hizo un gesto para que se acercara y la muchacha avanzó, acercándose aún más empujada por la mano de Lavidia sobre su espalda.

—Se llama Dominique.

Xena se quedó mirando a la chica, confusa. La luz de las antorchas provocaba destellos en su pelo, su joven cuerpo era firme y fuerte, sus ojos verdes. Con la luz suave, se parecía muchísimo a...

—¿Dominique? —preguntó Xena, adelantándose, intrigada.

—O como tú quieras llamarla —insinuó Lavidia, empujando a la joven un poco más—. Te admira mucho, sabes.

—¿Ah, sí? —preguntó Xena, sonriendo—. ¿Es cierto? —Se acercó más a la joven esclava y la contempló con aprobación—. ¿Me admiras?

—Sí, mi señora —contestó la joven con voz suave y levantó los ojos para mirar a la mujer bella y peligrosa que daba vueltas a su alrededor.

Esa sonrisa de medio lado le resultaba muy conocida.

—¿Por qué? —preguntó Xena, cuya anterior rabia le había dejado la sangre en lenta ebullición.

—Eres muy bella —contestó la joven sirvienta con timidez. Sus mejillas se tiñeron de un adorable tono sonrosado por la turbación, igual que las de Gabrielle.

Y la sonrisa, esa sonrisa... tan familiar.

El interés era evidente en los ojos de Xena. Lavidia dio un último empujón a la chica para que entrara en la estancia y retrocedió, disimulando una sonrisa maliciosa.

—Si necesitas cualquier otra cosa, comandante suprema, me llamo Lavidia.

Ni siquiera en los días de su salvaje pasado solía Xena recrearse con esclavas o sirvientas. Por supuesto, siempre había excepciones, como Anokin, pero normalmente sólo otorgaba sus favores sexuales a los hombres y mujeres poderosos de quienes tenía algo que aprender o ganar.

La caricia inocente de Gabrielle, aunque Xena no la había sentido, le había provocado un dolor en las entrañas que hacía años que no sentía. Aunque en el fondo de su corazón sabía que su fascinación era absurda. Jamás podría tocar así a Gabrielle, ni siquiera podría volver a verla: bien podía haber sido un sueño, un producto de su imaginación.

Pero esta sirvienta era real y la necesidad de abrazar a alguien lo era mucho más. Alargó una mano y tocó la delicada piel de la joven esclava, pasó los dedos por las largas guedejas de pelo suave como la seda, olió el aroma a juventud e inocencia, aunque su mente sabía que esta esclava, aunque joven, distaba mucho de ser inocente.

Con un gesto imperioso de la misma mano, ordenó a Lavidia que saliera de la habitación y la mujer se retiró, riendo por lo bajo. Xena no hizo caso de la vieja y reprimió las voces mentales que le decían que se detuviera. Dominique la miraba con ojos verdes y una sonrisa de medio lado y lo único que quería hacer Xena en ese momento era convertir una cara bonita en una aún más bella, una que brillaba en su imaginación como el resplandor del sol.

—Gabrielle —susurró Xena, acariciándole la mejilla.

—Sí —contestó Dominique, sonriendo con aire alentador—. Sí, soy Gabrielle.

—Gabrielle —repitió Xena, levantándole la barbilla, y antes de poder detenerse, sus labios rozaron los de la esclava, captando el sabor del vino dulce y un atisbo de jazmín.

—Sí —susurró la sirvienta, abriendo la boca y alzando las manos para acercar más a la fuerte guerrera.

Cuando Xena sintió el pequeño cuerpo pegado al suyo, perdió sus últimos vestigios de control. Sus brazos rodearon a la esbelta figura, pegándola a su armadura, y los labios de Xena se deslizaron sobre los que se le ofrecían, paladeando con lengua hambrienta el delicioso sabor del deseo dentro de una boca húmeda y acogedora.

Sus manos se deslizaron por una espalda fuerte por el trabajo duro hasta agarrar unas nalgas firmes, tal y como había imaginado. La mente de Xena daba vueltas, viendo a Gabrielle en sus brazos, y profundizó el beso, gimiendo en la boca que había soñado devorar.

La esclava fue la que se separó, sonriendo recatadamente al tiempo que retrocedía hasta apoyarse en la pared. Unos ojos azules oscurecidos por la pasión la observaron mientras la sirvienta se soltaba el tirante de la toga, dejando caer la parte superior para exponer sus pequeños pechos, firmes y jóvenes.

Xena se pegó a ella de inmediato, besando a la rubia acaloradamente, y su mano se movió por su pecho, toqueteando el pezón erecto con la punta de los dedos hasta que por fin agarró la tela de la toga con la mano y la arrancó, dejando caer la prenda al suelo. Cerró los ojos de placer al tiempo que su mano se deslizaba por un pecho, por la curva de un estómago plano y una cadera desnuda, hasta bajar por la parte externa de una pierna fuerte. Los besos impetuosos se hicieron suaves y delicados mientras su mente imaginaba a Gabrielle, oía los gemidos de necesidad de Gabrielle, soñaba que era su voz, su piel, la curva de su cadera.

Un cosquilleo acarició su consciencia e interrumpió la fantasía de Xena. El ardiente olvido del deseo quedó sustituido por la fría impresión de que había alguien más en la estancia, de que las estaban mirando. Xena siguió besando a la esclava, pero su mano errante se detuvo y despacio, furtivamente, abrió los ojos.

A la suave luz de las antorchas, la figura de Gabrielle se materializó poco a poco. Xena sofocó una exclamación de sorpresa y se apartó de la esclava apoyada en la pared.

—¿Xena? —oyó que preguntaba Gabrielle confusa, y entonces la imagen de su ángel de la guarda parpadeó una o dos veces y desapareció.

Xena se quedó mirando atónita el espacio vacío.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó la esclava, temerosa de repente, subiéndose la toga que tenía por las rodillas y cubriéndose los pechos desnudos apresuradamente—. ¿Quién era ésa? —La esclava se encogió pegada a la pared, con los ojos llenos de miedo.

Xena volvió la mirada hacia la chica medio desnuda que estaba encogida en las sombras y se dio cuenta de que esta jovencita a quien acababa de estar acosando no se parecía en absoluto a Gabrielle, ni en lo más mínimo.

—¡Fuera! —ordenó.

Agarró a la esclava por los hombros y la empujó hacia el arco.

—¡FUERA! —gritó Xena.

La esclava recogió los restos de tela y huyó.

—¡FUERA! —Xena se quedó mirándola enfurecida hasta que la esclava desapareció de su vista.

Hasta que se quedó sola en la habitación no desapareció el calor de la frustración y la rabia, sustituido por el dolor de la decepción y la vergüenza por su muestra de débil necedad.

—Estúpida —gimió Xena, tapándose la cara con las manos—. Estúpida, estúpida, estúpida.

Fue a la cama y se sentó, masajeándose las sienes al notar plenamente el martilleo de su dolor de cabeza.

Y entonces un estremecimiento demasiado reconocible le recorrió la espalda. El frío invadió su corazón y el olor inconfundible del campo de batalla, de la guerra, la muerte y la sangre, le llenó la nariz con su aroma fuerte y acre.

Sin mirar, supo que estaba en presencia de la última persona de la tierra o el cielo que quería ver en estos momentos.

—Xena —oyó que decía el dios de la guerra con su típico tono suave y despectivo—. ¿Qué coño está pasando?


Un corazón fresco, caliente y todavía palpitante era su comida preferida. Unos dedos nudosos se introdujeron en el pecho rajado del joven ciervo y arrancaron el corazón con un chasquido de arterias. El órgano era grueso y resbaladizo, pero había sujetado muchos y era experta en mantener el pedazo de carne palpitante en la mano. Sus ojos negros se pusieron en blanco al imaginar el placer de ese primer bocado cálido y sabroso, pero un cambio en la oscuridad justo al otro lado del fuego le llamó la atención. Deteniéndose a medio bocado, sus ojos negros se posaron en la alteración del borde del bosque.

Incluso en la oscuridad, vio el movimiento en el aire que anunciaba la materialización de una aparición.

Alti bajó la mano, donde el órgano seguía latiendo, aunque estaba perdiendo su vitalidad rápidamente. Estaba confusa. La visiones no debían llegar hasta que hubiera comido y pronunciado los encantamientos adecuados. La chamana se puso en pie y observó mientras el aire nocturno temblaba y fluctuaba. Una forma irreconocible se materializó poco a poco, y dejó caer de nuevo el corazón al interior del pecho del ciervo, con la sospecha de que la aparición era en realidad la visita de un dios. A lo mejor Hécate le estaba mostrando por fin su favor.

Una luz brillante estalló desde el centro y colmó la noche, bañando a Alti y todos los árboles del bosque circundante en un fiero resplandor. Alti parpadeó, protegiéndose los ojos con la mano, y tuvo que apartar la vista. Cuando el resplandor disminuyó, Alti bajó la mano y pocos instantes después logró distinguir la forma que se había materializado en el aire.

—¡TÚ! —exclamó Alti con voz ahogada. No se lo podía creer—. ¿Cómo has llegado aquí?

A Evelyn se le aclaró la vista. Una mujer alta cubierta de pieles de animales de la cabeza a los pies, con la frente pintada de sangre y los ojos negros como la noche, la señalaba con un dedo chorreante de sangre y la miraba con una de las expresiones más feas y enfurecidas que había visto en su vida. Se le pusieron los ojos redondos como platos por el miedo.

—¿Quién eres? —chilló, retrocediendo, pero tropezó con una rama y se cayó.

—¡Tú no tienes poder para estar aquí, Yakut! —gritó Alti, avanzando sin dejar de señalarla con el dedo ensangrentado—. Te quité el poder cuando te quité la vida. ¡Estás muerta!

Evelyn se quedó mirando esa cara pálida y manchada de sangre que la miraba enfurecida.

—¡Pues tú tampoco tienes muy buen aspecto! —respondió, frotándose el trasero sin levantarse del suelo del bosque—. Y creo que me confundes con otra persona. Yo me llamo Evelyn.

Alti apartó el dedo y echó la cabeza a un lado mientras observaba a quien era claramente el espíritu de Yakut, la joven amazona a quien había destruido años antes. No cabía duda de que era ella, la misma chamana joven e inexperta. Había logrado reincorporarse de algún modo. Alti decidió rápidamente que éste no era el momento de hacer preguntas y regresó apresurada al ciervo, metió la mano dentro del pecho y sacó el corazón frío, pues lo necesitaba para completar el hechizo que podría expulsar a este espíritu indeseable.

Lo mordió salvajemente y masticó y se comió el órgano ya muerto lo más deprisa que pudo.

—¡Yo te expulso de aquí! —vociferó furiosa, escupiendo trozos de carne al hablar.

—¡Aaaaajjj! —exclamó Evelyn con una arcada, apartando los ojos.

—¡Yo te expulso de aquí! —repitió Alti y arrancó las venas con sus dientes manchados de sangre.

—¿Qué haces? ¿Dónde estoy? —Evelyn intentó desesperada ponerse de pie. Se arrastró por la tierra, mirando asustada a ese ser que estaba devorando el corazón sangriento de un animal y gritando incoherencias. Se le paró el corazón en el pecho cuando la loca se levantó y avanzó hacia ella, dejando caer trozos de carne de la boca al suelo.

—¡Yakut! —Alti se irguió cuan alta era, que no era poco—. Éste es mi mundo ahora. ¡En el nombre de Hécate, yo te expulso de aquí! ¡Yakut! ¡Yo te expulso de aquí!

Evelyn sintió que su mundo se ponía a dar vueltas de nuevo. El fuerte olor de la sangre le inundó la nariz y se le revolvió el estómago. Giró la cabeza y echó del estómago los restos de la comida que había compartido con Gabrielle.

Enjugándose la boca con una mano temblorosa, Evelyn volvió la cabeza y se encontró con los rostros preocupados de Gabrielle y la doctora Braid, que la miraban atentamente.

—Evelyn, ¿te encuentras bien? —preguntó la doctora Braid, cogiéndole la muñeca para tomarle el pulso.

—Te has vomitado encima. —Gabrielle cogió una toalla y le limpió la boca a Evelyn, dejando a un lado su propia confusión por lo que había experimentado para ayudar a su amiga.

—Me ha llamado Yakut —dijo Evelyn débilmente, con el estómago y la cabeza todavía revueltos.

Gabrielle apartó la mano.

—¿Cómo?

—Yakut, me ha llamado Yakut.

—¿Qué quiere decir eso? —preguntó Gabrielle, buscando ayuda en la doctora.

Pero Evelyn ya sabía la respuesta.

—Mi nombre —replicó, sonriendo entre los restos de comida que todavía tenía en la cara—. Yo era chamana y me llamaba Yakut.


PARTE 4


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
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