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Gabrielle se sentó de golpe en el oxidado camastro, soltando una ronco grito de negación que quedó apagado por el estampido de la puerta al abrirse en lo alto de las escaleras y el ruido de unas botas pesadas que bajaban a toda prisa hacia el sótano. Unas sombras bailaron por las paredes, contornos de formas oscuras que entraron corriendo en el sótano, apartando viejos cartones, y se echaron encima de ellos tan deprisa que ninguno de los dos pudo reaccionar.

Peter apenas había salido de su estupor cuando unas manos bruscas lo agarraron por los brazos y lo levantaron de la silla metálica. Miró con los párpados caídos a los dos hombres, altos y fuertes, vestidos con traje oscuro, que ahora lo sujetaban.

Un tercero se cernía sobre Gabrielle, mirándola ceñudo a través de un par de gafas de sol negras. Ella se quedó mirándolo con silencioso asombro, observándolo cuando se quitó despacio las gafas y sonrió burlón, y entonces lo reconoció como al hombre que la seguía siempre, y al instante se maldijo por no haberse dado cuenta de que seguramente llevaba haciéndolo la mayor parte del día. Cuando el hombre iba a decir algo, el característico repiqueteo de unos tacones de aguja sobre la madera desvió la atención de todo el mundo hacia las escaleras.

Con pasos lentos y majestuosos, bajó por la desvencijada escalera de madera hasta el sótano. Su figura parecía brillar en la oscuridad, visible de una forma espeluznante a pesar de la escasa luz que emitía la vieja bombilla. Incluso los veteranos agentes que habían pasado por innumerables situaciones peores sintieron un escalofrío por la espalda. Sus largos dedos tamborilearon sobre el final de la barandilla al bajar el último escalón y doblar con elegancia la esquina para mirarlos a todos.

Sus ojos fríos brillaban de risa engañosa al ver primero a los agentes, luego a Peter y por fin a su propia hija, medio echada en un catre viejo sucio mirándola a su vez con una curiosa mezcla de alarma, miedo, desafío y aturdimiento provocado por la droga.

—Vaya, pero qué bonito —dijo burlona, observando la estancia lúgubre y llena de trastos y el estado de su hija y su amigo.

Avanzó pavoneándose con elegancia bien ensayada y los tacones de sus zapatos marcaron cada paso en el tenso silencio. Al pasar bajo la bombilla amarillenta, las sombras acariciaron sus mejillas y se deslizaron por su cuerpo, la luz logró evitar su cara y su figura la ahuyentó a los rincones lóbregos donde fue devorada por la oscuridad.

—Dicen que la valía de una persona se mide por las personas con las que se trata —continuó mientras avanzaba, mirando con sorna a Peter, que seguía teniendo problemas para mantener los ojos abiertos.

Su mirada malévola se apartó del chico y se posó en su hija.

—Esta vez te has superado, Gabrielle. —Dejó de sonreír y asintió una vez al agente—. Levántela de ese nido de pulgas.

El agente se apresuró a cumplir su orden, agarró a Gabrielle por los hombros y la levantó del catre de un tirón.

Su madre se volvió de nuevo hacia Peter. Sus largos dedos le agarraron las mejillas pellizcándoselas dolorosamente y le levantaron la cabeza caída.

—¿Cuántos años tienes? —preguntó bruscamente.

Peter abrió los ojos y reaccionó apenas al reconocerla, pero se le volvieron a cerrar los párpados.

Ella lo pellizcó más fuerte, sacudiéndole la cara con fiereza.

—¿Cuántos? —preguntó de nuevo con más agresividad.

—Tengo dieciocho y nunca me han besado —contestó Peter con una sonrisa boba antes de volver a cerrar los ojos.

Ella lo soltó y se irguió.

—Arréstenlo... y a su padre... inmediatamente.

—¡NO! —Gabrielle intentó lanzarse hacia delante, pero el agente la retuvo, sin hacer caso de sus protestas.

La atención de la madre se centró ahora en su hija.

—¿Cómo? ¿Pensabas que no me iba a enterar de tu pequeña incursión en el mundo de las drogas? ¿En qué estabas pensando, Gabrielle? ¿En que podías arruinarme con la mala publicidad? ¿La hija de la candidata a la presidencia enganchada a la heroína? ¿Eran esos los titulares que te imaginabas?

Con un súbito movimiento, pegó un bofetón a su hija en la cara. El agente que la sujetaba se encogió al oír el doloroso golpe, pero no dijo nada.

—Lo único que has conseguido es enviar a tu asqueroso amiguito y a esa escoria borracha y maltratadora que tiene por padre a pasar unas largas vacaciones en una prisión federal.

—¡No puedes hacer eso! —protestó Gabrielle gritando.

—Oh, ya lo creo que puedo, querida, dulce y cariñosa hija mía —dijo su madre al tiempo que salía de las sombras. Doblándose con elocuencia por la cintura, cogió la jeringuilla, que se había caído al suelo—. Esto —dijo, sujetándola con evidente asco con la punta de los dedos—, es de lo más ilegal. —Le lanzó la jeringuilla a uno de los agentes, que apenas logró atraparla sin pincharse—. Créeme, me gustaría encerrarte en chirona a ti también. Te vendría muy bien. Pero no puedo tenerte lejos de mi vista... ni por un instante. Necesito tenerte cerca. Muy cerca. —Un segundo bofetón cayó sobre la mejilla de Gabrielle, y el agente estuvo a punto de tropezar hacia atrás por la fuerza del golpe—. ¿Cuándo vas a aprender a no joderme?

—¿No le parece que ya es suficiente? —dijo el agente con cautela, sin dejar de sujetar a Gabrielle por los hombros. Estaba bastante sorprendido de que la joven todavía no se hubiera echado a llorar, de que estuviera ahí plantada mirando desafiante a su madre.

—¡Usted! Cierre la puta boca —soltó su madre con furia, clavando ahora la mirada en el hombre—. No se le paga para que piense. Y, desde luego, no se le paga para que hable. A ninguno de ustedes —dijo, posando los ojos en los tres hombres—. Si aparece la menor insinuación de todo esto en los periódicos, me encargaré de que los tres acaben con el culo metido en los infiernos más profundos, oscuros y peligrosos de Oriente Medio. ¿Me entienden?

—Sí, señora —contestaron los tres hombres a la vez.

—Quiten a ese capullo de mi vista —les ordenó a los hombres que sujetaban a Peter—. ¡Y usted! Lleve a casa a mi penosa hija. Asegúrese de que se queda en su habitación hasta que yo vuelva. —Se dio la vuelta bruscamente y sus largas piernas y sus altos tacones la llevaron de vuelta a las escaleras a zancadas lentas y poderosas—. Quédese con ella haste que regrese —añadió, agitando una mano con gesto displicente—. Tengo que ocuparme de unas cosas.

—Sí, señora —respondieron los tres hombres cortésmente, y se quedaron esperando en tenso silencio, mirando a la mujer que subía las escaleras despacio, escalón a escalón, hasta que su rostro frío como la piedra, su figura oscura, sus largas piernas y por fin sus zapatos de afiladísimos tacones de aguja desaparecieron de su vista escaleras arriba.

—Santo Dios —murmuró un hombre por lo bajo.

—Haced lo que dice —ordenó el que estaba al mando, empujando a Gabrielle con fuerza para que avanzara y poniéndose en cabeza del desfile que salió de la estancia.


Qué animal tan bonito, pensó, sonriendo con aprecio al ver el reluciente pelo dorado del hermoso caballo de guerra. Alargó la mano y la cruz de la yegua se estremeció bajo la caricia delicada cuando le tocó el suave y cálido pelo para saludarla. El caballo la saludó a su vez con un resoplido, pegándose a la caricia. Cuando miró a su jinete, unos ojos increíblemente azules y una sonrisa medio disimulada le dieron la bienvenida. Un brazo fuerte se alargó hacia abajo y ella aceptó de buen grado la mano que se le ofrecía, agarrándose al antebrazo sin dudar para ser izada con tranquila elegancia y poder hasta la silla. Sus caderas se acomodaron en el sitio, sus piernas se apretaron contra las piernas más largas y fuertes que estaban delante y sus manos, tímidas al principio, se agarraron a una cintura esbelta para mantener el equilibrio. Las piernas de la guerrera se flexionaron, poniendo en marcha al caballo, y ella tuvo que inclinar la cabeza para esquivar los mechones de sedoso pelo negro que se levantaron de los hombros musculosos. Las manos tímidas se hicieron más osadas, haciendo que sus brazos rodearan por completo la cintura cubierta de cuero, y pegó la mejilla a una espalda cálida, sonriendo.

Éste era el sitio que le correspondía, aquí mismo. Éste era su sitio, su corazón, su karma, su destino: para siempre jamás. ¿Cómo era posible que sus almas estuvieran separadas por tanto tiempo, tanta distancia?

—No, basta —gimió, sin querer salir del sueño. Un ruido, el crujido de una cama y el peso de unas pisadas la estaban alejando de la paz de esta visión, de la fantasía donde vivía su auténtica vida. Sabía que estaba soñando, pero no quería despertarse: cada segundo que pasaba despierta, más lejos estaba, mayor era la mentira.

—¿Te he despertado? —preguntó un voz femenina, abriendo las cortinas para permitir que los brillantes rayos de luz inundaran la habitación.

—Aaajjj —protestó Gabrielle, tapándose los ojos con el brazo—. Es demasiado temprano para estar viva.

Riendo, Evelyn, su compañera de cuarto, se peleó con un lío de mantas y sábanas intentando hacer su cama.

—Arriba con alegría, dormilona. Nuestra sesión matutina de terapia de grupo empieza dentro de cinco minutos.

Gabrielle se incorporó, con el pelo revuelto y los ojos todavía hinchados de sueño.

—Arriba estoy, pero me niego a alegrarme.

—Nadie está alegre en este sitio, querida mía —comentó su amiga—. Todos vamos dando tumbos en un estado medio moribundo de parálisis psicoanalítica. —Renunciando a seguir luchando con la sábana, echó una manta por encima del colchón y luego aplastó con las manos los bultos y huecos de las arrugas en un intento por hacer que la cama pareciera hecha. Se irguió, se puso en jarras y examinó su obra con ojo crítico—. Con eso tendrá que valer.

Evelyn se volvió hacia su soñolienta amiga, que seguía contemplando el vacío con los ojos vidriosos.

—Vamos, majestad. Te espera una sala llena de chiflados. Hace un día precioso en el barrio.

Gabrielle se frotó los ojos y luego se pasó las manos por el largo pelo rubio. Los sedosos mechones amarillos se colocaron en su sitio y siguió la espalda de Evelyn con ojos cansados cuando su amiga salió del cuarto.

Amiga. Más bien compañera de armas.

Evelyn le caía bien, pero la mujer tenía problemas serios, uno de los cuales era una adicción profunda al alcohol. De hecho, la mayoría de los chicos y chicas de esta clínica privada le daban mil vueltas con sus adicciones. Y los que no tenían problemas relacionados con las drogas o el alcohol estaban ahí encerrados, como Gabrielle, porque sus padres no querían cargar con ellos. Pero daba igual lo elegante o exclusiva que aparentara ser la clínica: la habían enviado aquí como si fuera una condena de cárcel, juzgada, hallada culpable y sentenciada por un jurado compuesto por una sola persona: su madre.

Al pensar en la cárcel, su mente reflexionó sobre la suerte de su amigo Peter. Un conocido mutuo que también estaba pasando el verano aquí la había informado discretamente de que no lo habían mandado a la cárcel, a pesar de la amenaza de su madre. Y era lógico, porque lo cierto era que sólo tenía diecisiete años, aunque hubiera dicho otra cosa. Juzgado como menor, el tribunal había declarado incapacitado a su padre y luego lo habían metido en el sistema de acogida del estado. Tendría casa y se ocuparían de él hasta que cumpliera la edad legal de dieciocho años. A Gabrielle sólo le cabía esperar que pudiera conseguir ayuda mientras estaba en el centro de rehabilitación para menores, pero tenía la sospecha de que su pobre amigo iba a salir de allí en peor estado, mental y físico, de lo que ya estaba.

No podía evitar preocuparse por él.

El ruido de pasos y voces fuera de su cuarto sacó a Gabrielle de su trance mañanero. Las Altas Instancias de la clínica no permitían quedarse en la cama, de modo que antes de que uno de los terapeutas viniera a buscarla, como solían hacer, pensó que más le valía levantarse y enfrentarse al día.

Se levantó de la cama de un salto y alisó la manta, dejándola más o menos en el mismo estado aproximado que la de su compañera de cuarto, se quitó el camisón, se puso unos vaqueros y una camiseta y luego corrió al cuarto de baño compartido para lavarse por encima la cara y los dientes.

Un tirón de la cadena y salió por la puerta, abrochándose los pantalones mientras corría. Si iba a llegar tarde, no sería por más de un minuto o dos. El centro de rehabilitación no era una cárcel, pero tampoco era un club de campo, aunque sin duda era igual de caro. Su madre recibía informes diarios de sus actividades: un paso en falso y hasta podría acabar en la cárcel.

O peor, la enviarían a casa.


Era curioso que después de tantos años de colegio huyendo de los libros, ahora Gabrielle descubriera que prefería pasar el día en la pequeña biblioteca de la clínica con la nariz hundida en uno. No había en absoluto una gran selección de material de lectura donde elegir, y la biblioteca tampoco estaba organizada siguiendo orden alguno. Al parecer, las palabras "caro" y "exclusivo" no incluían el uso de una biblioteca que siguiera el sistema decimal Dewey. Algunas novelas románticas, como Un jardín bajo la lluvia y Tormenta tropical, llenaban los estantes junto con diversos géneros igualmente populares, pero que no tenían nada que ver, casi todo ficción.

Los dedos de Gabrielle fueron pasando por una fila, acariciando a Stephen King y Anne Rice, ignorando a Nora Roberts y Tom Clancy, y por fin se posaron en un viejo libro de texto titulado Grecia y Roma en guerra. Era uno de los dos libros que no eran de ficción y que había encontrado hasta ahora en la biblioteca: el otro era Casa y hogar de Martha Stewart.

Sacó su elección del estante y se dejó caer en una silla de una mesa cerca de la ventana. Hacía un día precioso, pues el verano estaba en pleno apogeo. Podía pasear por los jardines que rodeaban la clínica, eso estaba permitido. Pero cada vez pasaba más tiempo en esta pequeña biblioteca, leyendo una y otra vez el único libro que tenían sobre Grecia antigua.

Gabrielle se había concentrado, por supuesto, en los capítulos que trataban de Alejandro Magno y las batallas que lo habían llevado a conquistar el mundo conocido en esa época hasta que murió en 323 a. de C. El libro daba sólo una idea general de la vida del gran rey, centrándose sobre todo en su derrota en Persia. Por suerte, había un capítulo o dos sobre el padre del gran rey, Filipo, y las victorias en Grecia que prepararon el terreno para que Alejandro conquistara el resto del mundo. Ahora mismo, estaba releyendo un capítulo sobre la destrucción de la gran ciudad de Esparta, lo cual había provocado la revuelta de Tebas.

Al parecer, tras derrotar a la milicia de la ciudad, el rey Filipo se había asegurado de que nunca más volviera a haber un ejército espartano que pudiera alzarse contra él al aniquilar por completo a la ciudad junto a todos los que habitaban en ella. Este acto de barbarie causó tal espanto que las demás ciudades-estado del país, que llevaban años enfrentadas entre sí, se unieron bajo el mando de Tebas y provocaron una guerra civil. Alejandro consiguió por fin reprimir la revuelta, pero con grandes pérdidas de hombres, dinero y recursos.

En su mente, Gabrielle se imaginaba la gran ciudad de Esparta envuelta en llamas, los gritos de las mujeres y los niños al quemarse, atrapados dentro de los muros de la ciudad, rodeados por cientos de miles de soldados, todos al mando del joven y guapo Alejandro que recordaba de su sueño.

Y luego la guerra civil que estalló tras esto y el ejército de Alejandro arrasando el territorio mientras se enfrentaba a un ejército tras otro en un intento de sofocar la rebelión.

Todo porque ella había causado la muerte de Xena en el campo de batalla de Queronea. Se preguntó si Xena habría dado la orden de destruir Esparta, de haber seguido con vida.

No, Xena habría sido más prudente. Habría seguido un camino mejor que la guerra y la destrucción. Gabrielle estaba segura.

Contempló por la ventana el césped cuidadísimo y los árboles verdes que enmarcaban la vista que había fuera.

¿Había sido sólo un sueño o podría regresar? ¿Podía tomar heroína de nuevo y regresar para arreglarlo? ¿Para cambiar la historia? ¿Podría hacerlo? ¿Debía?

—¿Qué haces?

Gabrielle estuvo a punto de salir volando por el techo cuando Evelyn se sentó en la silla que estaba a su lado, inclinándose para echar un vistazo a lo que Gabrielle leía con tanto interés.

—Jo, Evelyn, tú mátame del susto, ¿vale?

—¿Por qué estás tan nerviosa? ¿Qué hay en ese libro... es porno? —Los ojos de Evelyn recorrieron la página abierta—. Grecia y Roma en guerra, ¿eh? ¡Oye, a mí también me gustan los soldados!

—Seguro —comentó Gabrielle, cerrando el libro y sonriendo—. ¿Quieres algo?

—Bueeeeno —dijo Evelyn, bajando la voz para hablar en un susurro y echando un rápido vistazo alrededor para ver quién más había en la sala—. He pensado que te podría interesar...

—¿Interesar el qué? —preguntó Gabrielle con cierta preocupación. Evelyn tenía esa expresión de picardía en los ojos que Gabrielle ya sabía que sólo podía acarrear problemas.

—Llevas aquí un mes y lo único que haces es quedarte sentada en esta bibilioteca leyendo libros. He pensado que a lo mejor te apetecía salir conmigo esta noche.

—¿Salir? ¿Esta noche?

—Sí, esta noche.

—Cuando dices "salir" te refieres a salir tipo "dar un paseo por los jardines", ¿verdad?

—No, me refiero a salir tipo "ir de marcha a la ciudad".

Gabrielle volvió a su libro.

—Estás loca.

—No estoy loca, sólo muerta de aburrimiento.

Gabrielle meneó la cabeza, clavando con intención la mirada en el libro al tiempo que su largo pelo rubio le tapaba la cara.

—Ni hablar.

—¿Por qué no?

—¿Por qué no? —Gabrielle levantó la mirada—. Porque nos meteremos en un lío, por eso. Nos pillarán.

—No, no nos pillarán.

—Claro que sí.

—No, para nada. Y además, ¿en qué clase de lío nos podríamos meter si nos pillan? ¿Qué nos van a hacer? ¿Obligarnos a fregar los platos?

Gabrielle suspiró.

—Mira, Evelyn. Yo ya estoy metida en un lío, por eso estoy aquí. Lo último que necesito es meterme en otro.

—Vamos, ¿qué es lo peor que nos pueden hacer? Las dos estamos aquí voluntariamente... por lo menos yo, y tú... tú estás aquí por voluntad de tu madre. Lo peor que pueden hacer es decírselo a tu madre.

—Eso precisamente es lo que me da miedo.

—Gabrielle —dijo Evelyn, poniendo una mano compasiva en el brazo de su amiga—, éste no es tu sitio. Eso lo sabe todo el mundo. Te pillaron experimentando con una sustancia ilegal y la zorra de tu madre te ha metido aquí. Pero ahora tienes dieciocho años y aquí se viene voluntariamente. Puedes irte cuando quieras. No puedes tener miedo de tu madre toda tu vida.

—Tú no conoces muy bien a mi madre.

Evelyn se irguió un poco en la silla.

—Sé perfectamente quién es tu madre. Créeme, todos tenemos padres que dan miedo. Comprendo lo que sientes. Estar aquí es mejor que estar en casa, ¿verdad?

Ante el silencio de Gabrielle, Evelyn insistió un poco más.

—¿Tengo razón?

Al ver que Gabrielle asentía ligeramente con la cabeza, Evelyn sonrió.

—Eso me parecía. No te van a echar ni te van a mandar a casa. Si lo hicieran, se quedarían sin dinero. Sal un ratito conmigo esta noche. Date un gusto y diviértete un poco. Hay un bar justo bajando por la calle...

—¿Un bar? ¿Vas a ir a un bar?

—Oye, me aburro. En este sitio sólo hay tíos sobrios, y no hay nada más aburrido que un tío sobrio.

—Evelyn —la riñó Gabrielle.

—No he dicho que vaya a beber, sólo quiero pasar un rato con tíos guapos que lo hagan.

Gabrielle apoyó los codos en la mesa, tapándose la cara con las manos y sacudiendo la cabeza sin dar crédito.

—Evelyn, estás loca.

—Vamos, Gabrielle. Ven conmigo. Será divertido.

—¿Y qué pasa si nos pillan? —preguntó Gabrielle, levantando la cabeza, y a juzgar por su expresión, ya se esperaba lo peor.

—No nos van a pillar, te lo estoy diciendo.

—¿Y por qué crees que no nos van a pillar?

—A mí todavía no me han pillado, ¿verdad?

Ahora Gabrielle se quedó pasmada.

—¿Cómo que... todavía? ¿Ya lo has hecho otras veces?

—Sí.

—¿Quieres decir que ya te has escapado y has ido a este bar?

—Sí.

Gabrielle se quedó consternada. ¿Cómo era posible que Evelyn se hubiera ido de su habitación por la noche sin que ella se enterara?

—Estás mintiendo.

—No.

—Sí.

—Que no. Te lo juro por mi vida. —Evelyn levantó la mano, con los dedos cruzados en un solemne juramento.

Gabrielle se quedó mirando a su amiga sin poder dar crédito.

—¿Cómo lo has...?

Evelyn meneó las cejas con aire malicioso.

—Ven conmigo y lo sabrás.

Gabrielle se pasó la lengua por los labios. Una noche fuera, una sola noche. Costaba resistirse, pero no estaba convencida del todo.

—Tienes que tener veintiún años para beber en un bar. Tú tienes la misma edad que yo. ¿Cómo has entrado?

—No he bebido... bueno, a lo mejor una vez. Pero nada más —añadió Evelyn apresuradamente—. Además, no lo comprueban.

Escabullirse para tomar una copa y divertirse: sonaba demasiado bien para decir que no.

—¡Vamos, Gabrielle! ¡Por una vez toma el control de tu propio destino y di que ! —le insistió Evelyn, que empezaba a perder la paciencia.

Gabrielle tamborileó con los dedos encima del libro. Lo miró y jugueteó un momento con los bordes de las páginas amarillentas, toqueteando los pequeños pliegues de las esquinas superiores derechas, las marcas que había dejado en las pocas partes de interés. No cabía duda, estaba hartísima de leer los mismos párrafos una y otra vez.

—¿Ya lo has hecho otras veces?

—¡Síííí! —insistió Evelyn.

—Y no te han pillado.

Evelyn resopló.

—Lo he hecho ya un millón de veces, Gabrielle. Ya te lo he dicho, nunca me pillan. ¡Si ni siquiera vigilan!

Gabrielle agitó nerviosa una pierna, mordiéndose la mejilla por dentro mientras miraba por la ventana. Hacía un día precioso que prometía una noche de verano igual de preciosa.

—¿Y bien? —la instó Evelyn, que ya había perdido por completo la paciencia.

Gabrielle miró a su amiga. Estaban intimando con el paso de las semanas, pues tenían la misma edad y algunos intereses en común, aunque lo que más tenían en común era una vida familiar disfuncional. A pesar de su afición autodestructiva a la bebida, Evelyn era mona y carismática, extrovertida y alegre con algunas excentricidades sanas, como su fascinación por los horóscopos, los cristales y todo lo metafísico. A menudo hacía la ridícula afirmación de que, en otra vida, había sido chamana. Normalmente, Gabrielle se habría burlado de tales afirmaciones, sobre todo por parte de una persona a la que le gustaban las juergas tanto como a Evelyn, pero últimamente...

—¿Y bieeeen?

¿Qué es lo peor que podría pasar?, se preguntó Gabrielle una vez más.

Su madre, fue la respuesta.

—No puedo —dijo Gabrielle, con evidente desilusión en el tono.

—Oh, vamos, Gabrielle...

—Lo siento, Evelyn —añadió Gabrielle, abriendo de nuevo el libro y posando la mirada en las páginas ya leídas—. Lo siento, no puedo. Es que no puedo.

Notó que Evelyn se quedaba mirándola entristecida un momento, pero Gabrielle optó por no hacer caso y fingió leer, moviendo los ojos sin comprender por las líneas de la página.

—Tú misma —dijo Evelyn y se levantó de la silla. Se quedó ahí un momento, instando a Gabrielle con su presencia a que cambiara de idea.

Gabrielle esperó, en silencio, fingiendo leer, hasta que su amiga se dio la vuelta, y oyó sus pasos sobre la alfombra y la puerta al cerrarse, confirmación de que Evelyn la había dejado a solas en la estancia con su único y viejo libro. Sólo entonces alzó Gabrielle los ojos y volvió a posarlos en los árboles de fuera, contemplando las nubes que pasaban flotando y preguntándose si una persona tenía de verdad el control de su propio destino.


La noche era un momento de soledad en rehabilitación. A veces el ruido suave y desolador de los sollozos se colaba por los silenciosos pasillos; otras noches, no se oía nada salvo ronquidos. Esta noche, Gabrielle estaba en la cama perdiendo un combate de lucha libre con su propia mente.

No se podía creer que Evelyn se hubiera levantado y hubiera salido de la clínica sin más ni más. Sin escurrirse clandestinamente por una ventana o una puerta trasera. Sin bajar trepando por una cañería, como se había imaginado Gabrielle. No. Su amiga se levantó pasada la medianoche y salió tan tranquila. Tenía razón: no había la menor vigilancia.

Ahora, Gabrielle estaba en la cama, intentando dormir, pero fundamentalmente estaba esperando a que Evelyn regresara a casa sana y salva, y escuchaba cada chirrido, golpecito y crujido que emitía la casa en el tranquilo silencio de una noche por lo demás normal. Sus ojos, abiertos en la oscuridad, trazaban dibujos en el techo, y se entretenía con los interesantes trucos de luz y sombra que desarrollaba su mente mientras contemplaba el yeso sin parpadear.

En un momento dado, se le cerraron los ojos y las sombras imaginarias fueron sustituidas por un claro retrato de ojos azules y sonrisa socarrona enmarcados por largos cabellos negros y despeinados. El olor a sábanas y mantas viejas se transformó en el fuerte olor a cuero y, hacia las cuatro de la mañana, Gabrielle se quedó dormida, dejando su habitación de la clínica para trotar feliz por un campo, estrechando con los brazos la cintura de una mujer guerrera, mientras cabalgaban a lomos de un caballo dorado.

Le parecía que llevaba tan sólo unos segundos flotando en ese sueño glorioso cuando la sombra oscura de Evelyn entró tambaleándose en la habitación y la despertó al chocar con una papelera.

—¡Ssshhhhsssh! —le indicó Evelyn con un dedo.

Gabrielle bajó las mantas y se sentó en la cama, disgustada.

—¡Estás borracha!

—No estoy borracha, sólo un poquito pedo —dijo Evelyn arrastrando las palabras. Tropezó con sus propios pies al intentar rodear la cama.

—Evelyn, apestas —afirmó Gabrielle agitando la mano delante de la nariz—. ¿Cuántas copas te has tomado?

—Tres —respondió su amiga, mostrando cuatro dedos con decisión.

Gabrielle se quedó espantada.

—Vas a fallar la prueba del pis por la mañana.

—No, qué va —rió Evelyn mientras luchaba por quitarse los zapatos.

Gabrielle se dejó caer de nuevo sobre la almohada y se tapó la cabeza con las mantas.

—No me vengas llorando cuando te echen —advirtió con sordina desde debajo de las mantas.

—Oye, ¿ésa es forma de tratar a una amiga? —preguntó Evelyn, quitándose la mochila que llevaba a la espalda—. Sobre todo cuando esa amiga te ha traído un regalo.

Gabrielle asomó la cabeza de nuevo.

—¿Un regalo? ¿Cómo que me has traído un regalo?

Evelyn tropezó un poco en la oscuridad, hurgando en la mochila.

—¡Toma! —anunció y lanzó un pequeño objeto al otro lado de la habitación.

Gabrielle juntó las palmas rápidamente y lo atrapó en el aire. Abrió las manos y se quedó mirando, atónita, el pequeño objeto que sujetaba. Agarrándolo por una esquina con la punta de los dedos, lo levantó hacia la poca iluminación que entraba por las persianas abiertas de la ventana.

Unos cristalitos marrones soltaron destellos a pesar de la escasa luz que se colaba.

—¡Por Dios! —exclamó Gabrielle, dejando caer el paquetito a la manta como si se hubiera quemado—. ¡¿Estás loca?!

—Ah, casi se me olvida —dijo Evelyn, y se puso a buscar de nuevo en su mochila—. También te he traído esto.

Lanzó un puñado de paquetes por el espacio a oscuras y cayeron desordenadamente encima y alrededor de las piernas de Gabrielle. Ésta cogió uno y lo examinó con atención.

Era una jeringuilla esterilizada, metida aún en el paquete de la farmacia.

—No puedo permitir que mi única amiga use agujas sucias —comentó Evelyn al tiempo que se quitaba la camiseta.

Gabrielle no daba crédito a lo que veía. Cogió de nuevo la bolsita hermética y se quedó mirando ambos objetos sumida en el pasmo.

—¿De dónde has sacado esto?

—Oye, es un regalo, ¿recuerdas? A caballo regalado no le mires el diente. —Evelyn se metió en la cama, luchando con las sábanas—. No digas que nunca te he regalado nada.

—¡No puedo hacer esto! —exclamó Gabrielle, horrorizada.

—Claro que puedes —replicó Evelyn con cansancio desde la cama.

—Nos hacen un análisis todas las mañanas.

—Ve al baño. Mira debajo del lavabo. Hay una caja de bolsas herméticas extragrandes. Haz pis ahora en la bolsa y métetela en la cama, para que se mantenga caliente.

—Lo dirás en broma.

Evelyn se movió un poco para ponerse cómoda.

—Asegúrate de que la bolsa está bien cerrada. Deja que te diga que no tiene la menor gracia si se te derrama en las sábanas —murmuró atontada.

Ante el tenso silencio de Gabrielle, Evelyn soltó una risita.

—Yo lo hago todo el tiempo, tonta. Funciona estupendamente. Estupendamente —aseguró Evelyn muy contenta, mientras su voz se iba apagando al quedarse dormida.

—¡Genial! —exclamó Gabrielle, alzando las manos por el aire y dejando caer el paquetito de heroína y la jeringuilla nueva sobre su regazo—. ¿Y ahora qué hago?

—Póntelo —replicó la voz súbitamente clara y sobria de Evelyn por debajo de las sábanas—. Póntelo y encontrarás tus respuestas.

—¿Qué? —Gabrielle clavó la mirada en la cama de Evelyn en la oscuridad, no muy segura de lo que había oído.

Pero Evelyn estaba en los cálidos brazos de una borrachera y su única respuesta fue el movimiento continuo de la manta subiendo y bajando cada vez que respiraba profundamente.

—Oh, cielos —susurró Gabrielle, posando de nuevo la mirada en el paquete y la jeringuilla que yacían en su regazo—. Oh, cielos, oh, cielos, oh, cielos.

Con manos temblorosas, cogió otra vez los objetos, examinándolos en la silenciosa oscuridad. Debería tirarlos, lanzarlos por la ventana; mejor aún, ocultarlos debajo del colchón y luego tirarlos al gran contenedor de basura que había en la parte de atrás de la clínica, mañana, cuando nadie mirara.

Eso era justamente lo que debería hacer.

Sus ojos soltaron un destello mientras contemplaba los cristales relucientes, dando vueltas pensativa a la bolsa entre los dedos.

Pero por otro lado, ¿y si...?

Agarró el paquete con una mano y una jeringuilla con la otra, se levantó de la cama y echó a correr por la habitación rumbo al baño sin pensárselo más.


Gabrielle esperó hasta que se le pasó el mareo antes de abrir los ojos. Olía la diferencia, la sentía en la piel, y sabía sin ver que una vez más había hecho lo imposible y había cruzado el abismo del tiempo.

Una brisa ligera y fría le acariciaba los mechones de pelo rubio, y entonces el olor se transformó en el característico aroma del otoño y... del estiércol.

—¡Mierda! —exclamó, bajando la mirada para encontrarse plantada en un pequeño montón de eso precisamente.

Saltó a un lado para salir del estiércol y el brusco movimiento hizo que unos caballos que pastaban allí cerca patearan alarmados el suelo, tan sorprendidos como se quedó Gabrielle al descubrir que estaba en medio de un corral. Entonces Gabrielle vio a la bonita yegua que estaba más cerca de ella, pastando con calma, sin el menor miedo, al parecer. El pelaje rubio y la crin casi blanca del caballo relucían a la tenue luz de la media luna, y aunque el caballo era uno de los más grandes del grupo, Gabrielle no estaba preocupada por su seguridad, pues reconocía a este caballo de color crema aunque no hubiera visto al animal en toda su vida y, lo que era más extraño, el caballo parecía conocerla a ella.

Levantó la cabeza y contempló a la joven con calma, volviendo el largo y elegante cuello para olisquear a Gabrielle con un hocico suave y acogedor.

—Hola, chica —susurró Gabrielle, acariciando el peludo hocico con una sonrisa—. Me conoces, ¿verdad?

Una oreja se movió, escuchando, y Argo resopló suavemente como respuesta. La yegua dejó muy contenta que su visitante la rascara y acariciara, empujando con la cabeza cuando Gabrielle llegó a un punto especialmente agradable en el puente del hocico.

—¿Cómo estás... Argo, verdad? —dijo Gabrielle, acariciando el cuello con delicadeza—. ¿Y cómo lo sé, me pregunto?

Y entonces se le quedó la mano paralizada. Notaba el suave pelaje, el calor del animal. Estaba acariciando al caballo: lo sentía de verdad.

¿Qué quería decir esto?

Sus pensamientos quedaron interrumpidos por el sonido de dos hombres que hablaban no muy lejos de donde estaba, junto al cercado del corral. Gabrielle se ocultó detrás de la grupa de Argo, acariciándole agradecida el costado cuando la yegua rubia cambió hábilmente la posición de los cuartos traseros para ayudarla a esconderse.

—Te lo estoy diciendo, Alejandro, deberíamos haber atacado Atenas. La ciudad estaba aterrorizada. Estaban armando todo lo que encontraban, hasta a las cabras, porque se esperaban que los asediáramos. ¡Todavía no me puedo creer que no lo hiciéramos!

Gabrielle se asomó por detrás de la grupa del caballo para ver quién hablaba. La voz era la de Parmenión: lo reconoció por su pelo gris plateado. Pero el hombre con quien hablaba estaba de espaldas a ella, apoyado en un poste de madera.

—¿Para qué malgastar unos recursos muy necesarios asediando Atenas, Parmenión? Piénsalo. Mientras nosotros nos damos de cabezazos con las murallas de la ciudad por un lado, las naves de Atenas están sanas y salvas en el puerto abierto del otro lado. ¿De qué serviría un asedio cuando Atenas podría mantener los suministros y las comunicaciones indefinidamente? Y piensa en los arsenales del Pireo: ¿para qué obligarlos a malgastar todo ese maravilloso armamento y municiones cuando los vamos a necesitar en un futuro inmediato?

La voz de la supuesta sabiduría no podía ser otra que la de Alejandro, que, como buen lorito de repetición que era, seguro que sólo comentaba lo que ya había oído decir a Xena. ¿Es que no tiene ideas propias? Gabrielle dio un manotazo irritada cuando la cola de Argo se le puso en la cara. Sacó un poco más la cabeza para ver mejor.

Parmenión no parecía convencido.

—Y en cambio enviamos a ese cretino. ¿Cómo se llamaba?

—Salmoneus.

—Ya, te juro que ese hombrecillo no es más que sílabas y lengua. Me han dicho que una vez un rey le pagó un pequeña fortuna sólo para que se callara.

Gabrielle pegó otro manotazo a la cola de Argo mientras veía cómo se reía Alejandro.

—Sí, ése es.

—Ya, pues sigo sin comprender por qué hemos hecho eso. Nuestros hombres lucharon con mucho esfuerzo. Se merecían entrar por las puertas de Atenas con una marcha triunfal. Y en cambio, se cuela el tal Salmoneus y a nosotros nos toca avanzar por un pantano de Esparta.

—Deja de lloriquear —dijo Alejandro, apartándose del poste y volviéndose, por lo que Gabrielle vio perfectamente su bello rostro a la luz de la luna—. Ganamos, ¿no? Ya te divertirás en Esparta. Vamos a quemar la ciudad hasta los cimientos.

—¿Y si Xena muere?

—No va a morir.

—Esperemos que sí.

Gabrielle observó a Alejandro, que se volvió hacia su compañero.

—¿Qué quieres decir con eso?

Parmenión continuó, impasible ante el tono amenazador de Alejandro.

—Se está ablandando, Alejandro. Atenas tendría que haber sido saqueada y tú lo sabes. Apuesto dracmas contra dinares a que también deja intacta a Esparta.

—Xena odia a Esparta tanto como a los romanos, y mira lo que les hizo a esos.

—Eso fue hace años, Alejandro. Ahora es distinta. Algo ha cambiado en ella. Los hombres no la temen.

—No, no la temen. La respetan. Eso es mejor.

—Eso es una chorrada. Nadie domina el mundo con respeto, Alejandro. Ésa es una lección que más te vale aprender, y deprisa. Es decir, si es que te vas a hacer con el control de este ejército.

—Eso sólo ocurrirá cuando Xena muera, si es que muere.

—Con suerte, amigo mío, ocurrirá antes de lo que piensas. Vas a ser un gran dirigente, Alejandro. Ya te estoy viendo.

—Agradezco tu confianza —replicó Alejandro, con cierto sarcasmo.

—No me lo agradezcas. —Parmenión le dio una palmada amistosa a Alejandro en el hombro—. Sólo tienes que estar preparado.

Parmenión se dio la vuelta y se alejó en la oscuridad. Poco después, Alejandro lo siguió, rascándose pensativo la barbilla.

Con los ojos como platos, Gabrielle salió de puntillas de detrás de la grupa de Argo.

Esparta seguía en pie.

Y Xena seguía viva, ¿pero por cuánto tiempo?

—Gracias por cubrirme —le susurró Gabrielle a la yegua, acariciándola con afecto, pero la sensación había desaparecido, ya no notaba el suave pelo y sus dedos la atravesaban como si no estuviera allí.

Gabrielle apartó la mano, sorprendida. Había sido sólo un momento, pero había estado allí, no sólo en espíritu, sino en carne y hueso. ¿Cómo ocurre eso y qué significa?

Sacudió la cabeza para aclararse las ideas y se apartó del caballo. No tenía tiempo para dedicarse a este nuevo misterio. Tenía que concentrarse y pensar rápidamente.

¿Cómo podía arreglar las cosas? ¿Salvarle la vida a Xena? Y al hacerlo, ¿salvaría también a la ciudad de Esparta?

La guerrera seguramente estaba en su tienda de mando, débil y herida, tal vez muriendo.

Probablemente muriendo.

Lo que necesitaba era un plan, y lo necesitaba ya. Miró a Argo, como si el caballo tuviera las respuestas. Lo único que hizo la yegua fue mirarla a su vez, apacible y serena, a salvo en su corral. Gabrielle pensó un momento en el libro de texto y en lo que decía sobre Filipo y Esparta y Tebas.

—¡Eso es! —proclamó Gabrielle en voz alta y luego se apresuró a taparse la boca con las manos, esperando en silencio a ver si alguien había oído la exclamación.

Argo resopló y bajó la cabeza para pastar.

Tenía un plan. Bueno, un plan tal vez no, pero una idea sí, o al menos la semilla de una idea. Ahora, lo único que tenía que hacer era plantar esa semilla.

Pero primero, tenía que encontrar a Xena y luego salvarle la vida.

—Pan comido —dijo Gabrielle, sin hacer caso del resoplido con que respondió Argo, y atravesó corriendo la madera del cercado para adentrarse a toda velocidad en la noche.


Esquivar a los centinelas, esquivar unos cuantos miles de hogueras, encontrar la única tienda en un mar de tiendas donde yacía Xena recuperándose y luego esquivar a un par de guardias: no era tan difícil, ¿no?

Gabrielle se escondió detrás del grueso tronco de un gran árbol y respiró hondo, tratando de que se le calmara el corazón. No podría tocar ni ser tocada, pero sin duda podía ser vista. Un centinela pasó por segunda vez cerca del árbol, guardando el perímetro del campamento. Apretó los dedos nerviosa mientras esperaba, calculando el momento preciso. El crujido de las hojas le indicó que el soldado estaba a punto de volver a pasar.

Tú sigue el plan, pensó y, tomando aliento para afianzar su decisión, salió de detrás del tronco a campo abierto como si hubiera estado paseando por el bosque todo el tiempo.

—¡Alto! —gritó el guardia, apuntándola con una lanza—. ¿Quién va?

—¿Eh? —Se volvió hacia él, fingiendo sorpresa—. ¿Me dices a mí?

El soldado frunció el ceño y se acercó, apuntando a Gabrielle a la nariz con la afilada punta de la lanza.

—¿Ves a alguien más rondando furtivamente por los matorrales?

—¿Yo? ¿Rondando? —preguntó Gabrielle con aire inocente, señalándose el pecho con un dedo—. No rondaba. Caminaba.

—Caminabas, ¿eh? —repitió el guardia, sin creerla—. ¿Y dónde te crees que vas?

—A la fiesta. —Señaló por encima del hombro con el pulgar, indicando el campamento que estaba detrás—. Eso que oigo es una fiesta, ¿no?

El soldado miró hacia el campamento por encima de su cabeza, escuchando las risas y el jolgorio que resonaban por el bosque.

—A mí me encanta una buena fiesta, ¿a ti no? —afirmó Gabrielle, sonriendo alegremente—. Es una pena que tengas que hacer guardia. Parece que te estás perdiendo toda la juerga.

El guardia gruñó, relajándose un poco, pero sus ojos recorrieron su figura, advirtiendo la ropa extraña con desconfianza.

—¿Qué clase de atuendo es ése que llevas?

—Un atuendo de fiesta —respondió Gabrielle—. Es la última moda en Roma. ¿Te gusta? —preguntó, torciéndose un poco para que el soldado viera bien los vaqueros ajustados que le ceñían el trasero.

Los ojos del hombre se trasladaron hacia el sur. Acostumbrado a las largas y amplias faldas de la época, no solía ver las posaderas de una mujer con tanta claridad. Poco a poco, la lanza fue bajando.

—Muy bonito —dijo, olvidándose evidentemente de por qué la había detenido.

—¿Crees que les gustará?

—Oh, sí, les gustará.

—¿Puedo ir a la fiesta?

Los ojos del hombre seguían apreciando las bonitas curvas de esa parte anatómica claramente definida.

—Oh, sí...

Gabrielle se dio la vuelta y continuó avanzando por entre los árboles hasta entrar en el campamento.

—A lo mejor te veo más tarde —dijo, agitando la mano alegremente para despedirse del guardia.

—Oh, sí... —El centinela, con la lanza apuntando todavía al suelo, se quedó mirando la atractiva figura de Gabrielle que se alejaba contoneándose.


Había soldados, tanto hombres como mujeres, sentados alrededor de las hogueras, hablando, contando chistes, bebiendo y en general celebrando la victoria con gran jolgorio. Gabrielle pasó ante ellos abiertamente, esforzándose por dar la impresión de que sabía perfectamente dónde iba. En general, los pequeños grupos festivos no le hacían ni caso. Los que sí se fijaban en la bonita joven de largo y precioso pelo dorado se limitaban a silbar con admiración cuando pasaba a su lado. Gabrielle sonreía descarada y les guiñaba un ojo como respuesta, añadiendo un saludo coqueto con la mano antes de continuar su camino.

Encontrar la tienda de Xena en un mar de tiendas fue fácil. Era la más grande. Otra pista clarísima eran los dos guardias fornidos, altos y de aspecto amenazador apostados ante la entrada.

Gabrielle avanzó por una fila de tiendas, vacías por la celebración, y se acercó a la tienda de mando por detrás, donde no había guardias, sólo más tiendas, una de ellas la de Alejandro, lo más probable. La suya no era tan grande ni por asomo, pensó Gabrielle con desprecio.

Se detuvo ante la lona de la parte de atrás de la tienda de mando, observando las paredes que se movían ligeramente con la brisa. Luego alzó el brazo y alargó despacio la mano: atravesó la tela como si allí no hubiera nada. Respiró hondo y avanzó, pasando a través de la lona al interior de la tienda como si fuese un fantasma.

Había un silencio en el aire que casi resultaba inquietante, y Gabrielle se deslizó detrás del ya conocido pliegue de lona, en el mismo sitio donde ya se había escondido anteriormente.

Guiñó los ojos, atisbando a la suave luz de las velas, en busca de ese pelo negro y esos ojos azules, hasta que se fijó en una cama baja, un catre colocado a salvo en un rincón del refugio de campaña. Avanzando lo más deprisa y sigilosamente que pudo, se acercó de puntillas hasta colocarse en silencio junto a la cama para ver quién yacía en ella. Cubierta con cálidas mantas de lana y una colcha hecha a mano había una figura que dormía apaciblemente. No había duda, era Xena. El pelo oscuro cubría como un abanico una sencilla almohada, tenía los labios ligeramente entreabiertos y la respiración profunda, pero congestionada. Gabrielle se inclinó para verla mejor y lo que vio estuvo a punto de pararle el corazón. La mujer parecía pálida y frágil, al borde de la muerte.

—Santo Dios —exclamó Gabrielle en voz alta, sintiendo un peso de temor en las entrañas—. Se está muriendo. La he matado.

A Xena casi le dio un ataque al oír la voz. Al instante, alargó la mano en busca de un arma. Gabrielle retrocedió tambaleándose y estuvo a punto de enredarse con sus propios pies por la sorpresa al ver la alarma de la guerrera.

Entonces, Xena reconoció el pelo rubio y los relucientes y atemorizados ojos verdes. Se le relajó el brazo y volvió a dejar el chakram junto a la cama, aflojando la mano.

—Vaya, vaya, vaya, pero si es mi ángel de la guarda —dijo Xena, dejándose caer de nuevo sobre la almohada y colocando bien las mantas con aire indiferente.

—¿No te estás muriendo? —preguntó Gabrielle al tiempo que recuperaba el equilibrio.

—¿Muriendo? ¿Quién, yo? —preguntó Xena, señalándose a sí misma y riendo—. Va a hacer falta algo más que un poco de agua pantanosa para matarme.

—¿Agua pantanosa? Xena, ¿de qué hablas? —preguntó Gabrielle, avanzando un paso, totalmente confusa—. ¿Pero yo no había hecho que te mataran?

—¿Tú? ¿Tú hiciste que me mataran? —Xena arrugó el entrecejo—. Ah, te refieres a Queronea. —Se encogió de hombros—. No fue para tanto. Me sentí más humillada que otra cosa.

Ahora Gabrielle se quedó desconcertada por completo.

—¿Humillada? Pero, ¿qué dices? ¡Mira cómo estás! ¡Estás en cama!

Xena miró atónita a la chica y luego se echó a reír directamente.

—No se te da muy bien esto de ser un ángel de la guarda, ¿verdad?

—¿Qué quieres decir?

—Gabrielle, lo de Queronea fue hace ya más de un invierno. Esa herida hace tiempo que se curó y desde entonces he estado al frente de muchas batallas... por no hablar de que he recibido algunas heridas más por la victoria.

Ante el silencio confuso de Gabrielle, Xena le hizo un gesto para que se acercara.

—Ven aquí, te lo voy a enseñar.

Los largos dedos llamaron a Gabrielle, que se agachó, acercándose más al catre hasta quedarse casi sentada, observando mientras Xena bajaba las mantas y luego se levantaba la camisa de dormir. La piel tersa que le cubría la curva de la cadera mostraba apenas el rastro de una cicatriz.

Gabrielle la contempló maravillada: era larga y fina y se curvaba por la cadera de Xena, siguiendo una cintura perfectamente formada hasta llegar casi al ombligo. Sin pensar, se puso a trazar con el dedo el camino de la afortunada cicatriz, deseando poder sentir la cálida piel al tacto. Alzó los ojos y se encontró con los profundos ojos azules de Xena que la observaban con calma, con una expresión extraña en sus bellas facciones.

—Apenas queda cicatriz —explicó Xena, sabiendo que la chica no podía sentir lo que tocaba—, y no duele nada. Se curó bien. Estuve fuera de combate unos cuantos días, más que nada por la pérdida de sangre. Pero eso se arregló con un buen pedazo de carne. No tardé nada en recuperarme. En serio.

—Me alegro —dijo Gabrielle, aliviada—. Entonces, ¿por qué has dicho que te sentiste humillada?

—¿Por qué? —replicó Xena, sonriendo, mirando los dedos de Gabrielle, que seguían trazando la marca apenas visible que le cruzaba el abdomen—. Porque me caí del caballo.

Los dedos se detuvieron y Gabrielle levantó la mirada, compartiendo la alegre sonrisa de Xena.

—¿Entonces estás bien?

—Estoy bien. En serio, estoy bien.

Los ojos de la chica se quedaron de nuevo en trance, mientras sus dedos tocaban la cicatriz, y Xena se preguntó qué sensación le producirían unos dedos tan inocentes si de verdad pudieran tocarle la piel. ¿Se alarmarían al notar el calor que encontrarían en ella?

—Ahora mismo tengo la piel caliente al tacto... tengo un poco de fiebre.

Gabrielle apartó los dedos, sorprendida.

—¿Fiebre? ¿Es que estás enferma?

—Un poco —replicó Xena, suspirando, entristecida por haber desviado la curiosidad de la chica. Y entonces una tos la traicionó y tuvo que volver la cabeza y llevarse el puño a la boca para terminar educadamente.

—¿Estás bien? —preguntó Gabrielle preocupada.

Xena se tapó la herida ya curada con la camisa de dormir y colocó bien las mantas, luego dio unas palmaditas en el espacio libre que quedaba en la cama a su lado.

—Siéntate.

Gabrielle se quedó inmóvil un segundo, sin saber qué hacer.

Xena le hizo un poco más de sitio y lo señaló con la cabeza.

—Venga, ponte cómoda. Te contaré lo que ha ocurrido.

—¿Estás segura de que no va a entrar nadie? —preguntó Gabrielle, volviendo los ojos nerviosa hacia el faldón que era la entrada de la tienda mientras se sentaba.

—Creen que estoy descansando —replicó Xena con una sonrisa burlona—. Alejandro me ha dado órdenes estrictas de que me quede en la cama. Normalmente, no haría ni caso, pero si te soy sincera, la verdad es que no me encuentro muy bien —confesó, mirando a su joven visitante con curiosidad, preguntándose por un instante por qué le confiaba la verdad.

—No tienes muy buen aspecto.

—Vaya, gracias. Supongo que ahora tú también me vas a decir que tengo que descansar y beber más líquidos.

—Sí, efectivamente, eso te iba a decir —confirmó Gabrielle, sonriendo—. ¿Siempre sabes lo que va a hacer todo el mundo?

—Casi siempre —contestó Xena muy ufana—. Salvo contigo. Nunca sé cuándo vas a aparecer. ¿Dónde has estado? —preguntó, perdiendo de repente el tono humorístico.

Gabrielle se rascó la cabeza, encogiéndose de hombros.

—No lo entiendo, la verdad. Para mí no ha pasado tanto tiempo. Un invierno, eso es como un año, ¿no? Para mí, sólo han sido unas cuatro semanas.

Xena frunció los labios pensativa.

—No sé muy bien qué es una semana, ¿pero deduzco por tu expresión que es mucho menos que un invierno?

Gabrielle hizo una mueca. El idioma estaba siendo un problema. Su mente divagó deprisa por una serie de preguntas relacionadas con el idioma, pero no quiso entrar en el tema. En este momento no. Ya estaban ocurriendo suficientes cosas que le revolvían la sesera.

—¿Una luna? —propuso.

La expresión de Xena se aclaró.

—¡Una luna! Claro. Una luna para ti, un invierno para mí. Entendido. ¿Dónde vas, cuando te desvaneces en el aire? —preguntó.

Gabrielle volvió a encogerse de hombros.

—De vuelta a mi lugar, supongo.

—¿Y cuál es tu lugar? ¿El Monte Olimpo?

—¡El Monte Olimpo! —exclamó Gabrielle, riendo—. Jo, no. No soy una diosa.

—No he dicho que seas una diosa, pero esto de que "un momento para ti es como un ciclo completo de estaciones para mí" es algo que podría decir Ares —dijo Xena con cara seria.

—¿Ares, como Ares, dios de la guerra, ese Ares? —preguntó Gabrielle, incrédula.

—Sí, es mi dios protector. Mi benefactor. Yo soy lo que soy gracias a él.

—Lo dices en broma.

—Será mejor que no digas eso muy alto, porque no le va a hacer gracia.

—¿En serio que no lo dices en broma?

—Lo digo absolutamente en serio —dijo la guerrera, cuyos labios se curvaron hacia abajo con infelicidad mal disimulada.

—No pareces muy contenta por ello.

Xena suspiró profundamente y se apoyó agotada en la almohada.

—Bueno, ésa sí que es una larga historia. ¿Cuánto tiempo tienes antes de vomitar y desaparecer, lo sabes?

—Ja ja ja —replicó Gabrielle, arrugando la nariz al mirar a la guerrera—. No, no lo sé. Supongo que depende de la droga... tal vez de lo potente que sea o de la cantidad que tome. Pero no estoy segura. Es distinto cada vez.

Xena se incorporó alarmada.

—¿Droga? ¿Qué es eso de droga?

—Heroína. Se llama heroína. Cuando me la inyecto, me trae hasta aquí. Estoy segura de que soy la única a la que le pasa, aunque por qué pasa, no tengo ni idea.

—¿Heroína? —pronunció Xena con cuidado.

—Sí, heroína. Es una droga que se saca de la morfina, sólo que mucho más fuerte. —De repente cayó en la cuenta de una cosa—. La morfina se saca de unas amapolas. Es un opiáceo. Opio. Vosotros teníais opio en esta época, estoy segura, ¿verdad?

—¡Opio! —exclamó Xena con los ojos muy redondos al reconocerlo—. ¡Gabrielle! Eso que haces es peligrosísimo. El opio es una cosa muy potente y muy peligrosa. Te puede dar un gran poder... un gran poder místico. Pero también te puede sorber la vida de las venas.

—Eso es cierto, en más sentidos de los que probablemente te imaginas.

—¡¿Y por qué lo haces?! —Xena se dejó caer de nuevo sobre la almohada, cruzándose de brazos—. No quiero que vuelvas a tocar esa cosa. Si tienes que jugar con el opio para venir hasta mí, no quiero que lo hagas.

—¡Oye! Tú no puedes decirme lo que debo hacer. ¡No soy tu hija! —Los ojos de Gabrielle volvieron a llenarse de fuego, como reacción natural al oír a alguien, a cualquiera, diciéndole lo que debía o no debía hacer.

—Ya sé que no eres mi hija. ¡Pero sigues siendo una cría que está jugando con algo de lo que no sabe absolutamente nada!

Gabrielle apuntó con un dedo furioso a la nariz de la guerrera.

—Te lo he dicho una vez y no te lo voy a repetir, no soy una cría.

—Pues es evidente que sí, porque te comportas igual.

Se quedaron mirándose desafiantes durante unos segundos cargados de tensión y a Gabrielle no le costó hacer frente sin miedo a la mirada penetrante de la guerrera.

Por fin, Xena alzó una ceja oscura.

—Estás jugando con fuego... y no me refiero al opio.

—¿A qué te refieres? ¿A ti? Oye, que no te tengo miedo.

—Pues deberías tenérmelo.

—¿Y por qué? ¿Porque eres una guerrera?

—No una guerrera cualquiera, Gabrielle, una señora de la guerra.

—¡Pfff! Tú no eres una señora de la guerra —replicó Gabrielle, haciendo un gesto displicente con la mano.

Xena arrugó el entrecejo consternada.

—¡Claro que lo soy!

—No lo eres —repitió Gabrielle, añadiendo una risilla junto con otro gesto de incredulidad.

—Gabrielle, por supuesto que lo soy. Echa un vistazo a tu alrededor. Mírame. Mírame bien.

Y efectivamente, miró bien a Xena, sus bellas facciones, sus ojos claros, el pelo largo y revuelto, y cómo, incluso enferma y en cama, parecía fiera y peligrosa.

—Vale, eres una guerrera, lo reconozco. Una gran guerrera, incluso... pero no una señora de la guerra. Eres la brillante comandante del ejército macedonio, una Princesa Guerrera —afirmó Gabrielle con decisión.

—Querrás decir la Conquistadora de Grecia, aunque no es que me disguste ese título de Princesa Guerrera.

—¿Conquistadora?

—Xena, Princesa Guerrera, Conquistadora de Grecia hoy, Destructora de Naciones mañana. Suena bien, ¿no crees?

—¿Has conquistado Grecia?

—He conquistado hasta el último centímetro, limpiamente.

—¿Esparta también? —preguntó Gabrielle muy preocupada. Creía que había llegado a tiempo de salvar a Esparta.

—Esparta también —confirmó Xena—. Así me he cogido esta maldita fiebre. Después de Queronea, iba a asediar Atenas y a asegurarme de que Esparta supiera que era la siguiente de la lista. Se me ocurrió darles una oportunidad para que salvaran el pellejo, por lo que envié una misiva a Esparta, preguntando si debía llegar como amiga o enemiga.

—¿Y qué respondieron?

—Respondieron muy sucintamente —dijo Xena, con una mueca de disgusto—: Ni lo uno ni lo otro.

La guerrera se cruzó de brazos, enfadada al recordarlo.

—Esa respuesta descarada me cabreó de lo lindo. Me pareció que a Esparta le hacía falta una buena paliza.

—Los espartanos siempre se lo han tenido un poco creído. ¿Nacidos con la espada en la mano, pero sin demasiado cerebro?

—Exacto —asintió la guerrera, cuya mueca de enfado desapareció, sustituida por una sonrisa, sorprendida una vez más por lo profunda que era la comprensión de la joven. Xena arregló un poco la manta, aprovechándolo como excusa para dejar que sus dedos rozaran lo que se imaginaba que sería la piel suave de la mano de Gabrielle, y se llevó una desilusión al no sentir nada—. Así que dejé Atenas en manos de alguien que sabía que podía enredarlos en la retórica de un tratado de paz y marché con mi ejército a través del Peloponeso. Lo que no sabían era que, por el camino, firmé una alianza con Argos y me desvié un poco para liberar a Mesenia, la ciudad que tenían esclavizada. Divide y vencerás, que decía un antiguo enemigo mío. Cuando llegué a Esparta, tenía conmigo a la mayor parte del Peloponeso.

—¿Es que no veían al enorme ejército que estaba a punto de derribar su puerta?

Xena se incorporó, emocionada por contar el resto.

—Ahora viene lo bueno. Cuando se asomaron por la muralla de su ciudad, lo único que vieron de mi ejército fue una falange de tamaño normal y un pequeño escuadrón de caballería ligera.

—¿Eso es todo?

—Y a mí, por supuesto, al frente de mis tropas, colgando como una uva madura a la espera de ser cosechada.

—Erais el cebo.

—Exacto. Nos echaron un vistazo y, como son unos fanfarrones, pensaron que nos podían devolver a patadas hasta Macedonia y de paso, acabar conmigo de una vez por todas.

—¿Dónde estaba el resto de tu ejército?

—Lo dejé formado al otro lado de un pantano asqueroso que hay al norte de la muralla de la ciudad. Esparta llevaba décadas cuidando de ese pantano. Se ha tragado a muchos enemigos que se batían en retirada en otros asedios del pasado, deja que te diga.

—¿Pero esta vez no?

—Esta vez no. Comprobé a fondo cada centímetro de ese pantano. Eliminé sus trampas y coloqué las mías, preparé una serie de emboscadas y luego reuní al grueso de mis tropas al otro lado. Dispuse el asedio a Esparta con mi pequeña guarnición de vanguardia y cuando su ejército salió en tropel de las murallas armado para un ataque completo, dejé que nos persiguieran hasta ese pantano suyo. —Los largos dedos de Xena galoparon por el aire con regocijo, perseguidos por una caballería imaginaria—. Lógicamente, se lanzaron detrás de nosotros para matarnos. Los obligué a dar mil vueltas, por todo el pantano. Cuando por fin consiguieron sacar el culo del barro, las trampas y las emboscadas, estaban sin aliento, cansados, medio muertos y se enfrentaban al ataque frontal de mis fuerzas griegas combinadas al completo.

La amplia sonrisa de Xena rivalizaba con el sol.

—Fue una belleza.

—Nada mal —asintió Gabrielle, impresionada—. Pero te pusiste enferma.

—Sí, bueno, creo que me tragué medio pantano por el camino.

—¿Y tus hombres?

—Sí, algunos también se pusieron enfermos. He perdido a unos cuantos —declaró la guerrera, cuyos ojos revelaron claramente su emoción.

—¿Cuántos?

—Demasiados.

—Lo ves, por eso te digo que no eres una malvada señora de la guerra. Una malvada señora de la guerra no lamentaría la pérdida de soldados.

—¿Qué te hace pensar que lo lamento?

—Lo llevas escrito en la cara.

—Ya, pues te aseguro que no voy a lamentar nada cuando queme Esparta hasta los cimientos.

Gabrielle se distrajo: entonces era Xena quien había ordenado destruir la ciudad. ¿Por qué?, se preguntó, esforzándose por pensar en una manera de controlar el destino.

—¿Así que vas a saquear Esparta, pero todavía no lo has hecho?

—Bueno, me he puesto enferma. En cuanto esté mejor, terminaremos lo que hemos empezado.

—Quemaréis la ciudad.

—Hasta los cimientos.

—¿Y la gente que está dentro?

—Los vamos a matar a todos.

—¿A todos? ¿Hasta el último de ellos?

—Ése es el plan.

—¿Por qué, Xena? No lo comprendo. Has ganado. El ejército espartano está derrotado. ¿Por qué vas a quemar la ciudad y a todos los que hay en ella?

—Porque Esparta se lo merece —replicó Xena, levantando con asco el labio superior.

Gabrielle suspiró, juntando las manos. Éste era el momento. Ésta era su oportunidad.

—En una guerra, muere gente. Mueren hombres. Pero el propósito de la guerra no es sólo matar gente, ¿verdad?

—¿No?

—Bueno, supongo que podría serlo, si se lucha sin propósito. ¿Qué razón tienes tú para hacer la guerra, Xena? Diriges a estos hombres hacia delante, hacia la victoria. ¿Se trata de hacer la guerra por la guerra o con ese medio persigues un fin?

Xena se movió en la cama, incómoda de repente bajo el escrutinio de la mirada paciente de Gabrielle, que esperaba una respuesta. Por los dioses, a la chica se le daba bien ir directa al grano. La respuesta era sencilla: ella era la Destructora de Naciones, destinada a dirigir soldados en combate, entregada a hacer la guerra por la guerra en nombre del dios de la guerra.

Ésta era la respuesta que le daría al dios de la guerra en persona para lograr lo que necesitaba, no la verdad, la verdad auténtica. La verdad era que esto era una estratagema y lo era desde hacía mucho tiempo. Por alguna extraña razón, había llegado el momento de revelar lo que sentía.

Las palabras salieron atropelladas de la boca de Xena, casi como si se sintiera aliviada de poder decirlas por fin.

—Quiero unir a Grecia bajo una sola bandera. Quiero que seamos fuertes, que nuestras fronteras estén protegidas contra invasores de Persia, de Roma. Quiero desmantelar las ciudades-estado. Quiero proteger a los pequeños pueblos de los ataques constantes de la bandas de señores de la guerra que merodean por allí...

—El bien supremo.

—¿Qué?

—Luchas por el bien supremo, ¿no es eso lo que estás diciendo?

—Supongo que, a la larga, me gustaría crear un mundo mejor, o al menos una Grecia mejor. —A Xena le sonaba tan infantil que no podía creerse que lo estuviera confesando.

—Por eso no eres una malvada señora de la guerra.

—Gabrielle, todo esto suena muy romántico, muy heroico. Pero quiero que comprendas una cosa igual de importante. Aunque diga que lucho por el bien supremo, tienes que saber que me canta la sangre, que se me acelera el corazón, que me embarga la emoción. Me encanta conducir a los hombres a la batalla, empuñando la espada. Mi chakram —dijo, alzando el afilado y peligroso objeto redondo que tenía al lado de la cama para que Gabrielle lo viera bien—, esta arma, es la parte más importante de lo que soy. Es mi corazón.

Gabrielle alzó la mano, posando la palma delicadamente sobre los nudillos de Xena, en el punto donde aferraba el arma.

—No es tu corazón.

Aunque Xena no notaba el contacto y sabía que no habría presión, dejó que la chica le bajara la mano con suavidad, devolviendo el arma a la cama, y se quedó sorprendida al descubrir que la carne de sus nudillos sentía el hormigueo de un calor imaginario.

Gabrielle sonrió de medio lado y apartó la mano despacio.

—Así que has conquistado Atenas y, suponiendo que Esparta sea destruida, ¿qué planes tienes? ¿Cómo vas a unir Grecia?

—Atacando a Persia.

—¿Qué? No lo entiendo. Tienes la oportunidad de traer la paz a toda Grecia. Con la fuerza de tus ejércitos, vuestras fronteras están seguras. ¿Para qué atacar a Persia?

—Tengo que vengar los crímenes que Jerjés cometió contra los templos de los dioses griegos, el de Ares en particular.

—Xena, eso no tiene sentido.

—Claro que sí. Ares es mi dios protector. Él es la razón de que hoy me encuentre donde estoy. Él me dio el chakram y el poder para usarlo. Soy su guerrera elegida y obedezco sus mandatos.

—Ya. Ares, dios de la guerra, te ha dicho que ataques a Persia.

—Bueno, él fue quien me dio el poder para hacer lo que hago y, a cambio, yo le prometí hacer la guerra. Ése fue el trato.

—¿Y por qué no haces lo que le prometiste?

—¿Qué? Pero si estoy haciendo lo que le prometí.

—¡No, no me refiero a hacer la guerra, me refiero a hacer la paz! Trae primero la paz a Grecia, dile a Ares que otro día lucharás contra Persia en su nombre.

—¿Y cuando venga a mí enfadado porque no he cruzado el Helesponto para entrar en Persia con mi ejército?

—Dile que te estás ocupando de unas cosas en casa antes de viajar fuera.

—En otras palabras, que le dé largas.

—Sí.

—Que dé largas al dios de la guerra.

—¿Por qué no? Eres su elegida, ¿no? Hasta ahora ha confiado en ti.

—Vale, listilla. Iba a unir a las ciudades conmigo en contra de un enemigo común, pero si no hago eso, ¿qué piensas tú que debería hacer?

—Pues en primer lugar, no destruyas una ciudad entera. Si lo haces, sólo conseguirás que todo el mundo se cabree.

—Que todo el mundo se cabree... ¿pero de qué hablas? ¡Todo el mundo odia a Esparta!

—A nadie le gusta ver cómo se queman mujeres y niños —afirmó Gabrielle tajantemente—. En cambio, yo que tú, puesto que acabo de darles a todos una paliza, tendría algún tipo de gesto. Por ejemplo, en lugar de quemar Esparta, darles un indulto para que entierren a sus muertos.

—¿Que entierren a sus muertos? Gabrielle, estamos en el momento más caluroso de la estación. Hay que quemar los cuerpos inmediatamente o podría haber enfermedades. Además, la mayor parte del ejército espartano está en el fondo de su propio pantano.

—Vale, pues dale la oportunidad a Esparta de sacarlos de allí.

—¿Sacarlos? ¿Quieres decir del fondo de ese pantano?

—Sí, del pantano. Y préstales ayuda, ya que estás.

Era demasiado, pensó Xena enarcando las cejas hasta el flequillo, la chica estaba loca. Aunque, por otro lado, sólo por ver la cara de Parmenión cuando le diera la orden podría merecer la pena.

Gabrielle continuó, levantándose para dar vueltas de un lado a otro, agitando las manos, evidentemente lanzada.

—Anima a Atenas y a Esparta a que celebren ceremonias para enviar a sus valientes soldados a su lugar de descanso final y no dejes de asistir a las ceremonias en persona.

—¿Quién, yo?

—Sí, tú. Y tus generales. Es un noble gesto. Y devuélveles a sus prisioneros.

—¿Que se los devuelva? ¿Cómo? ¿Todos? ¡Son buenos soldados!

—Deja que se vayan a casa. Con el tiempo, volverán para luchar a tu lado y esta vez por voluntad propia. Ah, y construye un monumento en Tebas en honor de la Hueste Sagrada que masacraste.

Xena se lo pensó un momento, pasándose la lengua por el interior de la mejilla.

—Eso puedo hacerlo.

—Y no exijas impuestos adicionales a las ciudades.

—¡Qué! Nada de impuestos. Gabrielle, necesito dinares para financiar una guerra.

—Necesitas más la lealtad y, además, durante los próximos años... mm... inviernos, te vas a dedicar a asegurar las fronteras de Grecia y a forjar una paz fuerte y duradera por todo el país. Vas a estar demasiado ocupada para hacer la guerra.

—Eso es —afirmó Xena, cruzándose de brazos malhumorada—. Está claro que estás loca.

—¡Claro que estoy loca! Estoy totalmente convencida de que estoy hablando de cómo lograr la paz en la antigua Grecia con una princesa guerrera y metiéndome heroína para hacerlo. Estoy loca de remate. ¿Lo ves?

Como prueba, Gabrielle alargó la mano para apoyar la palma en la lisa mejilla de Xena y lo único que logró fue que sus dedos atravesaran la carne sin que ninguna de las dos sintiera nada. Paró la mano, fingiendo que de todas formas tenía la palma apoyada delicadamente en la piel.

—Hazlo, Xena. Es lo correcto... tú sabes que lo es —la instó Gabrielle, con los ojos verdes muy relucientes.

Y Xena se quedó mirándola a su vez, intentando imaginar que de verdad sentía la suave piel de la mano sobre su mejilla.

Se quedaron así largos segundos, mirándose a los ojos, hasta que por fin los labios de Xena se curvaron hacia arriba con una leve sonrisa de aceptación.

Fuera hubo un ruido que desvió su atención hacia la entrada.

—Viene alguien —susurró Gabrielle, apartando la mano de la mejilla de Xena.

—Alejandro —confirmó Xena—. Quiere ver cómo estoy.

—Xena —se apresuró a decir Gabrielle, colocando la mano sobre un brazo desnudo, y se sorprendió cuando de repente notó casi, pero no del todo, el calor de la piel bajo la palma de la mano—. Haz lo que te digo. Créeme, a la larga, Grecia será más fuerte... y tú serás mucho más feliz. Mejor una Princesa Guerrera que una Destructora de Naciones.

Xena estaba mirando la mano, con una expresión parecida de maravilla. No sabía qué era, pero sentía... algo. Lo que decía Gabrielle tenía sentido. A lo mejor también ella estaba loca.

—Y ojo con Alejandro.

La advertencia llamó la atención de Xena.

—¿Qué dices?

—Los libros de historia —explicó Gabrielle—. Alejandro se sigue llevando todo el mérito. No estás a salvo.

Oyeron a Alejandro que hablaba con los guardias y su voz se iba acercando.

—Por favor, por favor, ten cuidado —suplicó Gabrielle, sin la menor gana de apartar la mano, aunque la misteriosa sensación había desaparecido.

Un roce en la entrada de la tienda obligó a Gabrielle a correr de nuevo a su escondite detrás de la cortina de lona.

Alejandro entró y se puso a hablar con Xena, saludándola y preguntándole si se encontraba mejor, y Xena respondió, pero los ojos de la guerrera miraban por encima del hombro de su lugarteniente, siguiendo a Gabrielle, que se escabullía hacia el fondo de la tienda.

—No te fíes de él —le advirtió Gabrielle moviendo los labios sin voz.

Y entonces le entró esa conocida sensación de vértigo y supo que estaba a punto de desaparecer, arrastrada sin querer por la puerta del tiempo.

Cuando se le empezaba a nublar la vista, vio que Xena apartaba a Alejandro de un empujón, tratando de incorporarse.

—¡No más drogas! ¡No más heroína, me oyes! —gritó, sin hacer caso de la cara confusa y alarmada de Alejandro—. ¡No te atrevas a volver!

—Tranquila, Xena, tranquila. Nadie te está drogando. Sólo es una fiebre muy alta —dijo Alejandro, haciendo todo lo posible por volver a tumbar a su comandante con delicadeza.

—¡No más opio! ¡Prométemelo! ¡Prométemelo! —insistió Xena, rechazando el intento de Alejandro de relajarla.

—Está bien, está bien —dijo Gabrielle sin voz, alzando las manos para tratar de calmar a la guerrera antes de que las descubrieran.

Por un instante, antes de que Gabrielle desapareciera del todo, sus ojos se encontraron y ambas mujeres se dieron cuenta de que el tiempo que tenían para estar juntas se estaba acabando.

—¡Te voy a echar de menos! —soltó Xena, algo sorprendida al reconocerlo. Se quedó mirando por encima del hombro de Alejandro con una curiosa expresión de azoramiento y pena mientras Gabrielle se desvanecía.

Cuando Alejandro se volvió para ver con quién podía estar hablando Xena, allí no había nadie.

Las palabras siguieron a Gabrielle, resonando en sus oídos mientras la realidad se tambaleaba y daba vueltas y su estómago se agitaba por la náusea.

—Yo también te voy a echar de menos —contestó, aunque sabía que la única que la oiría ahora era Evelyn.


Entró en la casa como una exhalación y cerró de golpe la gran puerta de entrada al pasar, haciendo caso omiso del sonoro estampido de un panel de vidrio que se hizo añicos, esparciéndose por el suelo. Sus altos tacones repiquetearon por la fría superficie de mármol cuando se dirigió furiosa a su salita.

—¡Cabrones! —vociferó y pegó otro portazo con la puerta de la salita—. ¡Me cago en la puta leche! —Se pasó los dedos por el largo pelo y sus ojos recorrieron enfurecidos la habitación, buscando algo que tirar. Al instante, aferró un jarrón con la mano y lo estampó contra la pared, donde estalló en mil pedazos que salieron volando por todas partes—. ¡Cómo se atreven a ponerse en mi contra! —bramó al tiempo que cogía otro objeto, esta vez una palmatoria de cristal, que tiró al mismo punto. Se partió en dos con un crujido satisfactorio y los trozos cayeron a la alfombra.

Con la rabia saciada por el momento, se dejó caer en una butaca y torció el gesto.

Su oferta como candidata presidencial había sido rechazada. Estaba sentada ante ellos en la reunión y se quedó mirando atónita mientras sus partidarios, uno por uno, votaban para retirar la candidatura, con la pobre excusa de que el país no estaba preparado para tener un presidente de sexo femenino.

—Hijos de puta —dijo con un susurro furioso, y se frotó el caballete de la nariz con dos dedos, pensativa. Estaba claro que ser mujer tenía sus desventajas. Se preguntó cómo se las había arreglado Xena, tantos siglos atrás. En aquel entonces era aún más difícil que una mujer consiguiera poder en el mundo.

Esto no debería estar pasando. Su poder tendría que ser ahora demasiado grande para que nadie, hombre o mujer, pudiera rechazarlo. Había pronunciado los hechizos adecuados, de eso estaba segura. Había hecho lo que debía hacer en el momento preciso para asegurarse de que todas las mentes presentes estuvieran sometidas a su control, todas enfocadas a un mismo propósito: el suyo.

Pero por otro lado, estaba esa sensación... esa ligera sensación de... algo. Lo había percibido y no había hecho caso: en el momento le pareció muy insignificante. Pero algo había cambiado. Una leve variación, pequeñísima, pero real. Una disminución de su poder... una sensación de haber perdido algo.

En el momento, no había hecho caso y ahora...

¡Estúpida!

Apartó los dedos de la nariz, cerró el puño y golpeó el brazo de la butaca. Sus oscuros pensamientos se posaron en su hija.

¿Qué se traía entre manos esa zorra?

Se distrajo, descartando la repentina sospecha. ¿Qué podía hacer Gabrielle ahora para afectar a Xena en aquella época?

¿Y si Gabrielle estaba enferma? Sus dedos se posaron alarmados sobre sus labios rojos como la sangre. Si la chica moría, entonces...

No, Gabrielle no podía haber muerto. Si hubiera muerto en esa estúpida y carísima clínica de una enfermedad inesperada o de una sobredosis porque a la estúpida paleta de pueblo no se le había ocurrido que debía alejarse de las drogas, ella habría perdido más de lo que había perdido hoy.

Un dedo tamborileó pensativo sobre esos mismos labios. No, por decepcionante que fuera, a Gabrielle no se la podía matar y tampoco podía permitir que muriera. La molesta rubia era la clave de todo. Mientras el alma de la antigua bardo siguiera presa aquí, Xena estaría viva y floreciente allí, matando todo lo que hubiera entre el Océano Atlántico y el Mar Caspio e incluso más allá.

Gracias a lo que había hecho, su poder en el presente estaba ahora unido al destino de Xena en el pasado. Al robar el alma de Gabrielle, había cambiado el curso del destino y se había liberado de su jaula metafísica. Sin la interferencia de Gabrielle, Xena había descubierto su verdadero camino: el camino de la guerra, y el poder resultante era un auténtico espectáculo digno de admiración.

Sonrió, pensando en los diversos estallidos de guerra y destrucción que surgían por todas partes, como pequeños cráteres volcánicos que rezumaban pus de lava hirviente roja como la sangre por todo el globo, aquí y allá: Oriente Medio, Bosnia, Pakistán, China, terrorismo, revolución, asesinato.

Y Xena era la fuente que alimentaba ese volcán: su destino alterado había condenado por fin a su alma al lugar que le correspondía de verdad, atormentada en las llamas internas de la desdicha. Qué ironía tan placentera, pensó, soltando una risita de felicidad.

Pero se había producido un pequeño cambio, suficiente apenas para que su conexión quedara interrumpida momentáneamente, como una burbuja de aire en la lava que hubiera reventado con un siseo antes de seguir corriendo. Le había supuesto un ligero retroceso, pero no la ruina. Algo había provocado esa interrupción, pero no tenía ni idea de lo que podía ser.

Iba a tener que vigilar de cerca a su hija, muy de cerca.


Gabrielle se quedó mirando un momento el bote de plástico y el líquido dorado que había dentro, preguntándose cuánto podía durar una meada dentro de una bolsa hermética metida bajo las sábanas para que siguiera lo bastante fresca para pasar un análisis de drogas.

Si era tan fácil, ¿qué sentido tenía?

Gabrielle depositó el bote marcado con su propio nombre en la bandeja, la misma bandeja que aguardaba allí cada mañana, y se marchó. Era extraño, pero no se sentía culpable: casi se sentía decepcionada de que fuera tan fácil engañar al sistema.

Llegó pronto a la terapia de grupo y atisbó por la ventanilla de la puerta para comprobar que todavía no había nadie en la habitación. Estaba vacía como se esperaba, de modo que bajó un poco más por el pasillo, sin hacer apenas ruido con sus deportivas sobre el suelo de linóleo, y se metió en la biblioteca.

Su libro de Grecia y Roma en guerra estaba donde lo había dejado, el mismo lugar del estante, colocado inocentemente entre Tiernos guerreros del amor y Casa y hogar.

Sacó el libro del estante y lo abrió, pasando rápidamente las páginas mientras se sentaba en una silla. Sus ojos verdes repasaron el texto hasta que encontraron las secciones que buscaba y entonces se le pusieron como platos por el asombro.

Las palabras habían cambiado.

Las leyó otra vez para comprobarlo, usando las piernas para empujarse junto con la silla hacia la ventana y la luz del sol, para asegurarse de que la penumbra de la estancia no le estaba haciendo una jugarreta a su vista.

La sección era distinta. Por increíble que pareciera, las palabras habían cambiado. El capítulo ya no describía la destrucción total de la ciudad de Esparta.

En el frío mes de octubre de 337 a. de C., el ejército vencedor de Filipo de Macedonia se marchó de Esparta dejando la ciudad intacta. Los esclavos de Mesenia, ahora libres, se quedaron atrás para hacer de vigilantes. No cabía duda de que estos hombres recién liberados serían una fuerza muy leal que mantendría controlados a Esparta y a los demás aliados del Peloponeso, cada uno de los cuales se había llevado una buena tajada del hasta entonces territorio espartano como recompensa.

Los ojos de Gabrielle recorrieron el texto del libro que se había vuelto a escribir milagrosamente mientras pasaba a describir la paz común y la alianza que se había forjado entre todos los estados griegos. Se constituyó una liga federal helénica, encargada de tomar decisiones comunes por medio de un consejo en el que estaba representado cada estado según su tamaño y su importancia militar. Un comité supervisor permanente formado por cinco presidentes tenía su sede en Corinto, mientras que el consejo mismo mantenía reuniones generales durante las cuatro festividades panhelénicas más importantes, en Olimpia, Delfos, Nemea y el Istmo, siguiendo un sistema de rotación.

Bonito detalle, pensó Gabrielle con orgullo, al reconocer la festividad preferida de cada región.

Filipo fue nombrado comandante supremo de los ejércitos unidos de la Liga, un cargo que combinaba tareas civiles y militares y cuyo propósito era ocuparse de la seguridad general de Grecia.

—Comandante supremo —susurró Gabrielle, con los ojos relucientes mientras leía. El título le pegaba a Xena, y se imaginó por un momento a la bella guerrera sentada a la cabecera del consejo, observando mientras los presidentes discutían y creaban leyes, guardando prudente silencio hasta que necesitaban sus sabios consejos para no perder el hilo.

Y por último, pero no por ello menos importante, según leyó Gabrielle con una sonrisa en los labios, se erigió una bella estatua de mármol en Tebas, esculpida por los mejores artesanos de la época, en honor de la Hueste Sagrada que había perdido la vida con valor en la batalla de Queronea el 2 de agosto de 338 a. de C.

Gabrielle cerró el libro y sonrió, mirando asombrada por la ventana.

—Lo conseguí —dijo, con la cara resplandeciente de orgullo a la luz del sol de la mañana—. Lo conseguimos. Bien hecho, Xena. Bien hecho.

Una pregunta acuciante había recibido respuesta. Esto no era un sueño. Lo que Gabrielle había estado experimentando no era una fantasía producto de la droga. El cambio del libro era la prueba, de una vez por todas.

El opio es una droga poderosa que se conoce desde hace miles de años. Una droga mística, había dicho Xena. Bueno, sin duda ahora estaba ocurriendo algo místico: había otra fuerza en juego —imposible de explicar por nadie— que las unía.

El opio era el "cómo".

Ahora, la pregunta auténtica era "por qué".

Gabrielle posó la mirada en el libro, dándole vueltas pensativa entre las manos.

El destino de Esparta había cambiado, pero el de Xena no. El libro seguía hablando de Filipo, sin hacer mención alguna a una mujer guerrera, y mucho menos a alguien tan notable como Xena.

Gabrielle levantó de nuevo la mirada, contemplando por la ventana el sol y los árboles verdes, el cielo azul y las tenues nubes que flotaban en lo alto. Pensó en el mundo de Xena, un mundo que para ella era tan real allí como éste lo era aquí.

—Este sitio es un sueño —susurró, recordando unas palabras que había leído una vez en el colegio—. Sólo un durmiente lo considera real.

¿Pero cuál de los mundos era real y cuál era el sueño?

¿Y qué podía hacer ella para averiguarlo? Había hecho una promesa: no más heroína.

—Esto no se ha acabado, Xena —dijo, con la mirada perdida en el horizonte—. Esto no se ha acabado, ni mucho menos.


PARTE 3


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
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