11


Sólo los muertos verán el fin de la guerra. Esas palabras estaban escritas de su puño y letra. Pero, ¿se las creía?

Xena reflexionaba sobre lo que había escrito mientras contemplaba las chispas que prendían en la madera seca y se convertían en llamas. Si se las creía, ¿qué le hacía pensar que podía dar la espalda a todo y marcharse sin más? Llevaba toda su vida en guerra, no concebía una vida sin ella. Desde el momento en que tuvo fuerza suficiente para levantar un palo en la mano, lo había blandido como arma. Había nacido para la guerra, tocada de algún modo por Ares al nacer y llevada de su mano durante toda su vida.

Qué curioso, lo lejano que parecía todo eso ahora, como si le hubiera ocurrido a otra persona, a una Xena totalmente distinta. Se miró las manos, contemplando la suciedad y el hollín que le cubrían las palmas tras haber encendido el fuego.

Se limpió las manos en el cuero de su falda, cogió una rama y la sopesó en la palma.

La idea de no volver a sujetar una espada nunca más le era tan ajena como...

Le era tan ajena como...

Como el amor, terminó, sonriendo burlona, y echó la leña al fuego, para alimentar las llamas. Sin embargo, se había marchado, había dado la espalda a la guerra y a su dios, a sus generales, al ejército, a todo lo que conocía desde siempre... todo por amor.

Por los dioses, qué idiotez, ahora que se paraba a pensarlo. Tampoco era que estuviera huyendo para vivir feliz para siempre. Gabrielle era, a todos los efectos, un sueño al fin y al cabo, ¿no? Igual que un deseo susurrado a la luna.

Xena elevó la vista a través del oscuro dosel de hojas que se agitaban en lo alto, deseando con todas sus fuerzas que Gabrielle estuviera a su lado. La luna era una hoz brillante y enigmática que atravesaba un paisaje negro, y se tragó su deseo sin decir nada.

Gabrielle sólo era un sueño. Un sueño muy agradable, sin duda, pero sólo un sueño. Se les había concedido contemplar brevemente el amor que deberían haber tenido, pero que nunca tendrían. Xena estaba convencida de que su ángel de la guarda había desaparecido de su vida, ahora ya para siempre. La misión de esa mujer preciosa estaba cumplida. Esperanza había sido destruida y se había evitado que Dahak entrara en el mundo. Pero, que los dioses se apiadaran de ella, cuando Gabrielle desapareció, la mujer se llevó el corazón de Xena consigo y, con él, toda su ansia de sangre y conquista.

Ahora, lo único que le quedaba era una dolorosa necesidad de algo: algo que debería haber tenido, pero que parecía que nunca iba a tener, al menos en esta vida.

El problema era que Xena no tenía ni idea de qué podía ocupar el lugar de Gabrielle.

Xena contempló de nuevo la luna errante y se arriesgó a pedir otro deseo: el único deseo que podía pedir una guerrera que estaba harta de la guerra.

Si no puedo tener amor, déjame al menos conocer la paz.

Casi oía a Ares riéndose ahora de ella.

Sólo los muertos verán el fin de la guerra.

Pues que así fuera. Que la muerte viniera a buscarla, si se atrevía. Si moría, tal vez su alma tendría la posibilidad de encontrar de nuevo a Gabrielle. Y vaya si la encontraría, como fuera.

Hasta entonces, se iba a casa.

Xena atizó el fuego y contempló las llamas que le hacían cosquillas en la piel helada con su calor. La estación se había volcado definitivamente hacia el invierno. Se percibía el frío olor de la nieve en el aire y Xena se alegraba de estar a tan sólo un día de distancia de Anfípolis y la promesa de una chimenea caliente en la posada de su madre.

Se había parado a hacer noche al sur de una pequeña aldea agrícola cuyo nombre no recordaba en este momento. El denso follaje que rodeaba el claro que había elegido para acampar ayudaba a contener el calor del fuego, pero así y todo, hacía mucho frío.

Demasiado frío para enterrar la espada y el cuero y corretear por ahí en puñetera camisa, Xena, pensó y se regañó rápidamente a sí misma por planteárselo siquiera. Además, ya había intentado hacerlo en otra ocasión y no le había servido de mucho.

Miró sus armas, la espada y el chakram, apoyados en un árbol fuera de su alcance. La luz de la hoguera bailaba por su superficie pulimentada, destacando la fina artesanía de bronce y hierro. Eran unas bellas armas, reconoció Xena, y jamás se apartarían de su lado, por nada ni por nadie, ni siquiera por amor.

Enarcó una ceja sardónica. Tal vez tenía que replantearse todo este concepto de la paz.

—No hay nada malo en luchar, siempre y cuando luche por el bien supremo, ¿verdad, Gabrielle? —preguntó Xena en voz alta, sonriendo a la luna. La media luna le sonrió a su vez y Xena se sintió como si Gabrielle estuviera mirándola, asintiendo con esa sonrisa adorable que tenía. Era cierto, ya había jurado defender "el bien supremo" en otra ocasión y fracasó, pero ahora, por primera vez, sentía que tal vez podría seguir ese camino de verdad, si así lo decidía.

Ahora, si Gabrielle pudiera estar con ella, a lo mejor conseguiría realmente hacer algún bien el mundo.

Un búho ululó. La madera crujió y el fuego crepitó. El chasquido lanzó una cascada de chispas que sobresaltó a Xena. Al mismo tiempo, el oído de Xena captó un roce entre las hojas y al instante las dos bellas armas ocuparon su lugar en sus hábiles y fuertes manos. La guerrera se levantó muy atenta, apuntando con la espada hacia el origen del ruido, con el chakram preparado para lanzarlo.

Las ramas de un arbusto se separaron y una visita muy inesperada salió tropezando de la oscuridad a la luz de la hoguera.

Xena tuvo que controlar sus reflejos para evitar ensartar a la intrusa en el sitio.

—¿Gabrielle?

Ahí estaba, medio oculta en las sombras, vestida con el mismo atuendo extraño de su vida dislocada. Xena parpadeó, convencida de que la luz vacilante del fuego jugaba con sus ojos.

—¡Hace un frío horroroso! —exclamó Gabrielle, abrazándose a sí misma muy temblorosa—. Y luego va ese búho y ulula y casi me mata del susto. Me iba a quedar escondida en los arbustos, a esperar a que te quedaras dormida, y luego te iba a dar una sorpresa metiéndome en tu cama... o algo así. —Bajó la mirada, con un atractivo rubor en las mejillas, a pesar del frío—. Pero es que no he podido seguir esperando.

Xena sonrió, desconcertada, y bajó la espada y el chakram.

—Menos mal que no lo has hecho. Podría haberte matado.

—Sí, eso además.

Gabrielle sonrió y ni la luna ni el sol se podían comparar, pensó Xena.

Dejó sus armas apoyadas de nuevo en el árbol y se sentó en el tronco.

—Ven —dijo, dando una palmadita sobre el tronco caído—. Siéntate junto al fuego, no te vayas a morir de frío.

—Gracias —contestó Gabrielle y pasó por encima del tronco, acercándose a las llamas—. ¿Te sorprende verme? —Se sentó en el tronco y se inclinó hacia el fuego.

—Pues más bien. ¿Qué haces aquí?

—Pensaba que te alegrarías de verme —comentó Gabrielle, con aire ofendido, alargando las manos hacia las llamas para absorber su calor.

Xena se mordió el labio para no sonreír.

—Y me alegro de verte. Es que me pregunto si estás de verdad aquí o si se me ha ido la cabeza del todo.

—No sé. ¿Tú qué crees? —Seguía contemplando el fuego, agradecida por el calor, y se secó la nariz acuosa con el dorso de la mano.

La guerrera se echó hacia delante y cogió esa mano. Estaba fría y caliente al mismo tiempo, pero era suave y real, y estaba maravillosamente mojada. Xena se puso a jugar con los delicados dedos sin poder creérselo, estudiándolos y contemplando la palma de la mano de Gabrielle como si nunca en su vida hubiera visto nada tan perfecto.

Gabrielle la miró risueña.

—Bueno, ¿estoy viva?

Xena tiró de la mano hacia y arrastró a Gabrielle para que se sentara más cerca. Depositó un suave beso en los fríos nudillos y envolvió la mano fría entre las suyas, pegándoselas al corazón.

—Qué caliente estás —comentó Gabrielle, notando por primera vez la piel situada justo encima de la túnica de cuero—. ¿Cómo puedes estar tan caliente con el frío que hace?

—Tengo la sangre caliente, supongo. —Xena se encogió de hombros, sonriendo. Poco a poco, la sonrisa se desvaneció y Xena dejó a un lado todo intento de humor—. Gabrielle, ¿qué ha pasado? ¿Qué has hecho?

—¿Cómo que qué he hecho?

—Creía que se había acabado. Creía que te habías ido. Si has hecho una estupidez, como tomar una sobredosis de opio para poder estar conmigo...

—He matado a mi madre.

Xena estuvo a punto de romperle los dedos a Gabrielle al apretarlos.

—¡Oye! ¡Cuidado! —Se soltó la mano y la sacudió—. Dioses, pero qué fuerza tienes.

—Lo siento —farfulló Xena—. No cambies de tema. ¿Cómo que has matado a tu madre?

Gabrielle dirigió una mirada triste a Xena y dobló los dedos.

—Esperanza... mi madre... eran la misma persona. Estaba usando sus conocimientos de magia negra y el poder de Dahak para materializar una versión de sí misma aquí en el pasado. Igual que yo aparecía aquí, pero sin estar aquí en realidad, sólo que ella sí que estaba aquí porque su poder era más fuerte, pero en realidad no estaba aquí porque estaba allí...

Xena alzó una mano.

—Basta. Lo entiendo.

—Pues me alegro de que alguien lo entienda —rezongó Gabrielle—. Cuando destruimos a Esperanza y Dahak aquí, mi madre se quedó aislada y sin poder allí. —Señaló con el pulgar por encima del hombro, como si el futuro estuviera detrás de ella—. Y deja que te diga que no estaba muy contenta.

—Me imagino. —Xena estrechó los ojos—. ¿Intentó hacerte daño?

Gabrielle resopló.

—Más bien, tipo te voy a clavar un cuchillo afilado en el corazón.

—Sigue.

—Forcejeamos. Mi amigo Peter llegó y trató de ayudarme, pero acabó disparando al grillete, que se rompió y me pude soltar la muñeca...

—¿Grillete? —Xena enarcó una ceja.

—Estaba encadenada a la pared.

Xena abrió la boca para decir algo.

—Deja de interrumpir. —Gabrielle esperó a que la guerrera cerrara la boca y continuó—. Como decía, Peter disparó al grillete y me solté la muñeca. Agarré el cuchillo, deteniéndolo a escasos centímetros de mi pecho.

Gabrielle estaba ya totalmente metida en la historia y se levantó y se puso a representar la lucha como si su madre estuviera justo ahí delante blandiendo el cuchillo en alto. Forcejeó con la adversaria imaginaria, luchando por mantener a raya una muñeca invisible con una mano, al tiempo que mantenía la otra a la espalda.

Xena la miraba con los ojos chispeantes de risa. Se mordió los labios, esforzándose por reprimir una carcajada.

—No sé dónde estaba Peter, creo que se cayó por las escaleras. El caso es que estábamos enzarzadas en un duro combate. Empleé todas mis fuerzas para impedir que mi madre me atravesara el pecho con el cuchillo, pero estaba muy débil y sabía que no era posible... no era posible. Miré a mi madre a los ojos, que relucían con esa especie de fuego extraño y malévolo tipo ya te tengo.

—¡La muy zorra! —exclamó Xena, azuzando a Gabrielle.

—Sí, era una zorra. —Gabrielle miró a Xena, asintiendo, y luego volvió a la historia—. Entonces, de repente, la miré profundamente a los ojos y ella me miró a mí. Por un segundo, sólo un segundo... lo vi —Hizo una pausa cargada de dramatismo, paralizada en plena lucha.

Xena bufó exasperada.

—¿El qué? ¿Qué viste?

—Pena.

La cara de Xena se llenó de confusión.

—¿Qué?

Gabrielle dejó caer las manos con fastidio.

—Pena —repitió.

Xena se acarició la mejilla por dentro con la lengua mientras se lo pensaba.

—No lo entiendo.

Gabrielle suspiró y se sentó de nuevo en el tronco.

—¿Por qué crees que hizo lo que hizo, Xena? ¿Robar mi alma? ¿Cambiar nuestro destino?

—¿Venganza? ¿Poder?

—Muy propio de ti pensar eso.

Xena se encogió de hombros.

—¿Y por qué si no? Vamos, Gabrielle. Tú viste las visiones. La destruimos. Cambió nuestro destino para poder vengarse de nosotras y tener otra oportunidad de dominar el mundo.

—El mundo se domina dejando que las cosas sigan su curso, Xena. No se puede dominar interfiriendo. Además, no se trataba de dominar el mundo, nunca se trató de eso.

—¿Entonces de qué se trataba?

Gabrielle cogió la mano de Xena. Rodeó los largos dedos de la guerrera con los suyos y sonrió.

—Se trataba de amor.

—Mierda —soltó Xena, sintiendo de repente una timidez muy poco propia de ella por el contacto—. ¿Por qué últimamente todo gira en torno al amor? ¿Estás diciendo que esa arpía en realidad te quería?

—Pues claro. Yo era su madre y la traicioné. Nunca le interesó dominar el mundo.

—¿No? Pues nadie lo habría dicho.

—No, no le interesaba. En realidad no. Lo que de verdad deseaba era que yo la quisiera. El amor de su madre. Eso es lo que deseaba. Y el tuyo también.

—¿El mío? —Sorprendida, Xena se señaló a sí misma con un largo dedo.

—Esperanza nos ocurrió a las dos, Xena. Tú eras madre de Esperanza del mismo modo que yo lo era de Eva. —Gabrielle estrechó la mano de Xena—. Amor incondicional. Da igual quiénes seamos, todos deseamos que alguien nos quiera, desinteresada e incondicionalmente, seamos buenos o malos. Tú quieres a tu madre, ¿verdad, Xena? ¿Acaso no deseas que tu madre te quiera?

Xena se puso rígida, mirando fijamente a Gabrielle. Al cabo de un momento, aflojó la mano con que apretaba la de Gabrielle.

—Pena —dijo Xena, mirando al suelo—. Ya lo entiendo.

—Miré a Esperanza a los ojos y en lugar de odio, rabia, maldad... vi pena. De repente, todo mi esfuerzo por resistir se desvaneció y el cuchillo se hundió, pero no en mí... en ella. —Gabrielle continuó en un susurro—: Maté a mi madre... a mi hija... otra vez. Y cuando Esperanza murió, el control que tenía sobre mi alma murió con ella.

—¿Entonces estás diciendo que ahora tú también estás muerta? ¿Que estás aquí, pero sigues siendo sólo un fantasma?

Gabrielle se encogió de hombros.

—No lo sé. Tal vez. Me obligó a tomar una horrible poción chamánica. Era lo mismo que había estado usando ella para hacerse real aquí. A mí me afectó de la misma manera, sólo que con la cantidad que me dio habría podido matar a un elefante. A lo mejor sí que he sufrido una sobredosis y simplemente me he muerto. No lo sé. Lo único que sé es que en cuanto Esperanza murió, tanto aquí como en el futuro, mi alma quedó libre.

—¿Y tu alma ha regresado aquí? ¿Por qué?

—Porque —Gabrielle sonrió y sus dulces ojos verdes soltaron destellos a la luz del fuego—, porque mi sitio está contigo.

Xena frunció el ceño y bajó la mirada, jugando con sus manos. No estaba convencida de que esto no fuera más que un sueño.

—Podría abrir los ojos mañana y descubrir que has desaparecido.

—No lo sé. No estoy segura. Por otro lado, en cierto modo, eso también se te puede aplicar a ti. ¿Quién sabe cuánto tiempo tenemos? ¿Quién sabe cuánto tiempo le queda a nadie? Pero una cosa que sí sé con seguridad es que mi sitio está contigo, en corazón y alma. Aunque desapareciera mañana, volvería a encontrarte... algún día.

La guerrera se quedó mirando a Gabrielle en silencio un momento y luego posó los ojos en el suelo. Lo de las almas gemelas eternas era una cosa, pero ¿y el aquí... y el ahora? Xena era una mujer que vivía en el presente. Para ella, la eternidad no bastaba, sencillamente. No estaba segura de poder resistir otra visita fantasmal, para que Gabrielle acabara desapareciendo de su vida una vez más.

—Se está haciendo tarde —dijo, contemplando el suelo—. Será mejor que descansemos un poco. Toma. Hace frío. —Xena alcanzó una manta y se la tiró a Gabrielle.

Gabrielle la atrapó y examinó el tosco tejido de lana, y luego levantó la mirada.

—Xena, si te crees que esta noche vamos a dormir en mantas separadas, no eres tan lista como yo creía.

Xena enarcó despacio una ceja.

—¿No?

—No —contestó Gabrielle, tajante.

—¿Y qué pasa mañana? ¿Qué pasa si me despierto y no estás?

—Olvidas que yo sé todo lo que hay que saber sobre el mañana. Es agua pasada para mí. Sin ti, ¿qué me importa el mañana? Estoy dispuesta a arriesgarlo todo por un solo momento, si eso es lo único que tenemos.

Xena abrió la boca para objetar, pues su naturaleza pragmática la advertía de que no preocuparse por el mañana podría causarle sólo dolor.

—Ssshh. —Gabrielle se levantó y Xena levantó la vista, confusa, cuando la preciosa mujer se puso delante de ella y se inclinó para ponerle un dedo en los labios, silenciando lo que iba a decir—. Deja de pensar. ¿Alguna vez te han dicho que piensas demasiado?

Las comisuras de la boca de Xena se curvaron en una sonrisa.

—No, es la primera vez.

—¿Y "te quiero"? ¿Alguna vez te han dicho "te quiero"? —preguntó Gabrielle, pasando los dedos por los mechones sorprendentemente suaves del largo pelo oscuro de Xena.

—Sí, eso sí me lo han dicho.

—Sí, ¿pero lo creíste? —Gabrielle se agachó y besó a la guerrera suavemente.

Xena cerró los ojos, deleitándose en la ligera caricia de los labios de Gabrielle sobre los suyos.

—¿Me creerías a mí si te dijera que te quiero? —preguntó Gabrielle, con la boca tan cerca que Xena notó el aliento cálido que le hacía cosquillas por la piel mientras planteaba la pregunta.

—Tal vez. Depende de lo convincente que seas.

A Xena no le hacía falta abrir los ojos para imaginarse la sonrisa descarada de Gabrielle. Ni se molestó en abrirlos cuando esos labios volvieron a encontrar los suyos con adoración.

Y eran más suaves de lo que podría haber llegado a imaginar jamás. Se dedicó a saborear esos labios, esa boca, a gozar de la sensación, de su sutil plenitud y del sabor de su lengua, a miel caliente. Cuando su beso se hizo más hondo, sintió que se le aceleraba el corazón. Los gemidos que se escapaban entre ellas eran más excitantes que cualquier llamada a las armas que hubiera oído Xena jamás.

Sin darse cuenta, se había puesto de pie y había tirado de Gabrielle, pegándola a ella, experimentando la sensación que le producía envuelta en sus brazos por primera vez. Las manos de Xena se movían por su cuenta, acariciando los contornos de una espalda sorprendentemente fuerte y subiendo hasta que sus dedos se pusieron a jugar con los suaves mechones de pelo sedoso besado por el sol.

Como si estuviera coronando una colina a la cabeza de un ataque, sintió una oleada de felicidad. Era tan increíble tenerla abrazada, sintiendo cómo se movía contra ella y respondía a su pasión con una boca y una lengua tan cálidas y llenas de necesidad que a Xena le entró vértigo por la sensación. La estrechó con más fuerza entre sus brazos y ahondó el beso, gimiendo por el modo en que esa boca caliente alimentaba su excitación, hasta que empezó a ver estrellas tras los párpados cerrados y el corazón le empezó a latir con la fuerza atronadora de unos tambores de guerra.

Fue Gabrielle la que se apartó y detuvo a la guerrera acariciándole la mejilla con ternura.

—Calma, Xena. No puedo respirar. Creo que me voy a desmayar.

Xena abrazó a Gabrielle estrechamente, confusa por su propia falta de aliento y la sensación extraña y desconocida de tener las piernas flojas.

—No te perderé. No puedo perderte.

—No me perderás —susurró Gabrielle, devolviéndole el abrazo, y aprovechó la postura para seguir la senda de una vena palpitante que bajaba por el cuello de Xena con tiernos mordisquitos y lametones. La guerrera sabía salada y dulce y su piel era lisa y muy cálida.

—Gabrielle, estás cambiando de tema —protestó Xena, cerrando los ojos. Echó la cabeza hacia atrás y le ofreció más carne, gozando de las descargas de placer que los labios y los dientes de Gabrielle le producían por la columna.

—Y yo que creía que estaba en lo que tenía que estar.

Los besos de Gabrielle continuaron hacia abajo, pasaron por la clavícula de Xena y llegaron al inicio de su pecho generoso. Deslizó la lengua por la parte superior del peto de la guerrera, saboreando a la vez la armadura fría y la piel caliente. Sonrió, regodeándose en el olor a cuero y el inesperado matiz de canela, el perfume natural de la bronceada piel griega de Xena. Subió las manos y soltó un cierre hábilmente. El lado derecho de la armadura cayó hacia abajo, dejando un poco más de carne al aire, que Gabrielle consumió vorazmente.

—Ahora mismo, Xena —dijo Gabrielle mientras mordisqueaba la piel y el cuero y sus dedos jugaban con el segundo cierre—. Tenemos ahora mismo, este momento. Dejemos de hablar. Lo único que hemos hecho es hablar. Ahora mismo, no quiero hablar. Quiero saber lo que es sentir tu piel contra la mía. Tus labios besándome. Tus dedos tocándome. Quiero que tu lengua me saboree. —Gabrielle se detuvo y levantó la vista con ojos amorosos—. ¿Podemos hacer eso, Xena, antes de que todo esto termine?

Xena cogió el cierre de bronce con el que había estado jugando Gabrielle y lo soltó, se quitó la armadura y la tiró a un lado. Pegó a Gabrielle contra ella, entre sus brazos, y la miró intensamente, deleitándose en la sensación del cuerpo de Gabrielle a través del cuero.

—Sí —contestó enfáticamente—, podemos hacer eso.

—Pues deja de hablar.

Esa elocuente ceja, la que Gabrielle tanto adoraba, se alzó una vez y luego los largos brazos intentaron estrecharla de nuevo. Detuvo a la guerrera con un leve empujón en el pecho.

Xena soltó un quejido de protesta y se resistió a retroceder, pues no quería soltar el cuerpo que anhelaba de entre sus brazos. Quería a Gabrielle justo donde estaba: no quería soltarla jamás. Entonces unos dedos tiernos acallaron sus murmullos de protesta y dejó que la mujer se apartara, curiosa por ver qué quería hacer. Con los ojos entrecerrados, se quedó mirando mientras las intenciones de Gabrielle se hacían evidentes.

Se quedó a corta distancia, bañada en oro por la luz de las llamas danzarinas. Los labios que Xena acababa de besar sonreían seductores mientras unos dedos ágiles desenganchaban el primero de varios cierres extraños que Xena recordó que se llamaban "botones". Observó en silencio mientras, uno a uno, los dedos los desabrochaban todos y dejaban que la fría brisa nocturna apartara la tela aleteando. Con un leve movimiento, la prenda se apartó de sus hombros, se deslizó por unos brazos bellamente cincelados y cayó al suelo.

—Llevan demasiada ropa en el futuro —comentó Xena en voz baja y ronca, indicando el sujetador. Alargó las manos y metió los largos dedos por debajo de cada tirante. Con un leve tirón, los apartó de esos hombros deliciosos, asegurándose de que el dorso de sus dedos acariciaba de paso la mayor cantidad posible de piel.

Su piel es como la mejor seda de China, pensó Xena mientras bajaba los tirantes. Las copas del sujetador se abrieron y bajaron apenas lo suficiente para revelar un amago de rosa.

Una ceja se alzó impaciente por la provocación hasta que Gabrielle se echó las manos a la espalda y soltó los enganches. El sujetador se abrió y cayó al suelo.

—Mucho mejor —susurró Xena con aprobación y pasó los dorsos de las manos por la redondez de dos hermosos y firmes pechos. Gabrielle sofocó una exclamación cuando los dedos de Xena rozaron sus pezones, endurecidos y erectos por el frío. El sonido fue música para los oídos de Xena. Alimentó la necesidad, ya inmensa, que crecía en su entrepierna y sus manos bajaron para agarrar la cintura de los pantalones de Gabrielle—. Fuera —ordenó tirando.

Gabrielle apartó los dedos impacientes de la guerrera y luego desabrochó rápidamente el botón de arriba. Xena se quedó mirando mientras la extraña hilera metálica se separaba y por fin la parte superior de los pantalones de Gabrielle se abrió.

—Cremallera —explicó Gabrielle, al advertir el interés de Xena.

—Qué nombre más tonto —comentó Xena y, como había perdido la paciencia por completo, apartó con delicadeza las manos de Gabrielle y le bajó los pantalones de golpe. La rígida prenda se separó de su piel revelando unas bragas muy diáfanas. La guerrera enarcó la ceja con impaciencia—. ¿Más?

—No hay más —respondió Gabrielle y se bajó ambas prendas por las piernas, apartándolas de una patada.

Piel lisa y perfecta, sin marcas de guerra ni heridas, pechos llenos y firmes, pezones rosas, rizos dorados tan claros que casi eran invisibles: la luz del fuego pintaba una imagen para Xena que era verdaderamente la de un ángel.

—Por los dioses, qué bella eres, Gabrielle —susurró Xena, contemplando maravillada los contornos de su cuerpo—. Me dejas sin aliento.

—¿Y por qué estás ahí plantada? —preguntó Gabrielle, tomándole el pelo con cariño—. Yo creía que eras una mujer de acción.

—Espera un segundo —dijo Xena, dándose la vuelta a toda prisa.

—¿Dónde te crees que vas? —gritó Gabrielle sorprendida al ver que Xena corría hasta su caballo—. ¡Oye! Que así tengo frío, que lo sepas.

—¡Espera! —gritó Xena como respuesta.

Momentos después estaba de vuelta, con el grueso rollo de una manta en los brazos. Sacudiéndolo deprisa, extendió el material, que se abrió y cayó al suelo tan cerca del fuego como le pareció seguro a Xena. La guerrera colocó a toda prisa los bordes para que la manta estuviera bien extendida y cubriera la mayor cantidad de suelo posible. Apenas bastaba para una larga y alta guerrera.

—¿Esto es lo que tú consideras una cama? —preguntó Gabrielle, mirando de hito en hito el material, que parecía una especie de piel de animal, ahora que Xena lo había extendido.

—Es un petate. —Xena se levantó y se encogió de hombros—. Es lo que uso para dormir. —Regresó con Gabrielle y la envolvió entre sus brazos, pegando bien sus cuerpos para darle calor—. Ojalá pudiera ser una cama gigante de plumas en el palacio más elegante de toda Grecia, Gabrielle. Te lo daría si pudiera, créeme —dijo, frotándole los brazos a Gabrielle y besándola en la cabeza.

Gabrielle levantó la mirada y sonrió. Al hacerlo, Xena no pudo resistir la tentación de bajar la cabeza y darle otro beso apasionado.

—¿Sigues con frío? —preguntó al cabo de unos segundos que la dejaron sin aliento.

—Ya no —contestó Gabrielle, sonriendo—. Ahora, ¿quieres hacer el favor de dejar de hablar y llevarme a la cama?

Gabrielle se soltó de los fuertes brazos de Xena y se tumbó en la suave piel de animal del petate. Se puso de lado, apoyando la cabeza en la palma de la mano, y en una postura que acentuaba la curva de su pecho y su cadera de una forma que dejó hipnotizada a Xena.

La guerrera se quedó plantada en el silencio del bosque oscuro, roto tan sólo por el crepitar de las llamas, y observó cómo la luz de la hoguera bailaba por su piel, acariciando con dedos dorados las suaves curvas y los delicados contornos: las colinas y los valles que Xena planeaba conquistar por completo.

—Deja de pensar estrategias y ven a la cama, Xena —dijo Gabrielle con impaciencia, dando palmaditas en el espacio vacío que había a su lado.

—¿Estrategias? —gruñó Xena, al tiempo que se echaba las manos a la espalda para soltarse los cordones de la túnica de cuero—. Créeme, Gabrielle. Por buena que sea, jamás habría podido prever algo como tú.

Gracias a sus largos brazos y los años de práctica, la guerrera no tardó nada en mover los hombros y la túnica cayó deslizándose por su cuerpo. Gabrielle no pudo evitar echarse a reír al ver el inteligente diseño de la daga de pecho que se soltó de su escondrijo y cayó al suelo. Un pie fuerte la apartó de una patada.

Sin perder tiempo, Xena se quitó las bragas y las tiró hacia atrás. La tela negra voló dando tumbos por el aire y acabó colgada de una rama baja al otro lado del campamento.

Con una sonrisa fiera, Xena avanzó para meterse en la cama.

—Ah-ah —dijo Gabrielle, moviendo un dedo y señalando—. Las botas.

Xena bajó la mirada sorprendida.

—Uy. Perdón.

Tras un segundo de lucha con los cordones, Xena recogió la daga de pecho que estaba ahí cerca y, con una sonrisa muy ufana, hizo un molinete con ella y luego cortó los cordones sin más. Dos rápidas patadas y se libró de las botas, que salieron disparadas por el aire. Se estrellaron en los arbustos del otro lado del campamento.

Una vez más, Xena se arrodilló para hacerse con lo que quería.

—¿Y eso?

La guerrera se detuvo en seco y miró lo que señalaba Gabrielle: sus brazos. Estaban cubiertos con un par de muñequeras y bandas.

En las sombras del borde del campamento, una liebre comía tan contenta la hierba tierna del borde del claro. Dos muñequeras, un par de bandas para los brazos y una colección variada de cuchillos muy pequeños, pero no por ello menos afilados, cayeron sobre los arbustos y aterrizaron justo encima de su cabeza.

—¿Paso ya la inspección? —preguntó Xena, mostrando su cuerpo desnudo, con los brazos abiertos.

Gabrielle se quedó mirando a esta mujer increíble y por un instante, se preguntó si de verdad sabía lo que iba a hacer con todo eso.

—Absolutamente —contestó, olvidándose de cualquier tipo de inseguridad.

Con la agilidad de una atleta, Xena bajó su largo cuerpo al petate y se colocó al lado de Gabrielle. Se puso de lado, imitando la postura de Gabrielle, y sonrió a la bella mujer que compartía su cama.

—Si tienes frío, puedo ir a buscar la otra manta —se ofreció Xena, al darse cuenta de repente de la época del año en la que estaban y del frío que flotaba en el aire. Se movió, con intención de levantarse para recuperar la manta de lana que Gabrielle había dejado junto al tronco.

La detuvo una mano cálida que la agarró del bíceps.

—¡No te atrevas a levantarte!

Xena se quedó quieta y la mano que tenía en el brazo se apartó para ponerse a jugar con largos mechones de suave pelo negro. Se acomodó de nuevo y esperó mientras esos mismos dedos delicados bailaban por su mejilla y luego por sus labios. La caricia de Gabrielle empezó a reavivar el fuego latente que aún ardía bajo la piel de Xena.

Nada puede compararse con esto, pensó Xena mientras recorría el cuerpo de Gabrielle con la mano, rozando la suave piel con la yema de los dedos para pasar por encima de un pecho precioso hasta alcanzar un pezón perfecto y bajar por un estómago esculpido. Sus dedos se detuvieron justo al llegar al suave montículo de rizos dorados y se apartaron.

Alzando los claros ojos azules, sonrió al ver el brillo de apasionada expectación que relucía en los de Gabrielle. Se echaron en el petate y su largo cuerpo se estiró junto al cuerpo más corto, pero no menos perfecto de Gabrielle. Xena casi podía palpar el alivio de poder tocarla por fin a su antojo. Ya no había necesidad de correr, pero todavía se sentía inquieta, como si en cualquier momento Gabrielle pudiera desvanecerse y desaparecer para siempre.

—No te perderé —afirmó Xena de nuevo, con los ojos oscurecidos de sinceridad al mirar intensamente a su compañera, a su amante, a su amiga—. No perderé esto.

—No. No me perderás. El amor encontrará un camino. Siempre lo encuentra.

—¿Sí?

—Tan cínica como siempre —dijo Gabrielle y alargó la mano. La pasó alrededor del cuello de Xena y tiró de la guerrera—. Ven, deja que te lo demuestre.

Se besaron y Xena se deshizo. Gimiendo, instó con dulzura a Gabrielle a tumbarse boca arriba y cubrió su cuerpo desnudo, pecho con pecho, las piernas entrelazadas. Xena nunca había sentido nada tan increíble como la piel de esta mujer contra la suya. Sus manos se movieron por todas partes y su pasión fue en aumento mientras sus labios y su lengua intentaban desesperados satisfacer un hambre insaciable.

Xena se apartó, decidiendo que con los labios de Gabrielle no le bastaba. Se deslizó hacia abajo, depositando tiernos besos que fueron dejando un reguero de calor por la piel de Gabrielle hasta su pecho.

Nada de lo que había experimentado la había preparado para el sabor del pezón de Gabrielle, la sensación de tenerlo en la boca, la redondez suave como el terciopelo de su pecho en la mano, el modo en que sus músculos se agitaban bajo su caricia. Le entró vértigo con los leves gemidos que soltaba Gabrielle y mientras su lengua se movía y sus dientes mordisqueaban la carne más dulce que había probado en su vida, Xena sintió que su mundo se concentraba en este solo momento, el único momento que había importado de verdad en su vida y el único que importaría.

Sus dedos jugaron con todos los contornos del estómago bien definido de Gabrielle. La palma de su mano recorrió la curva de su cadera y subió de nuevo para acariciar la redondez de su pecho. El pulgar frotó un pezón hasta tensarlo dolorosamente mientras su boca rendía homenaje al otro. Mordisqueó la suave piel. Jugó con la areola hasta que Xena oyó gritos de pasión impaciente que la instaban a seguir.

Sus labios se tranquilizaron y besaron y chuparon un pezón endurecido con ternura mientras su mano bajaba de nuevo. Acarició la suave piel del estómago, deteniéndose para reconocer la presencia de un lunar irresistiblemente encantador, y continuó, deteniéndose para jugar con el inicio de los suaves rizos dorados y desviarse de la meta que perseguía. Su mano se deslizó por la curva y el marcado ángulo de la cadera y bajó para acariciar una nalga lisa como el satén.

Su palma se adaptó a la forma, curvándose alegre para sentirla en la mano. Sus dedos se deslizaron por la raja que había entre las dos nalgas perfectas y el corazón empezó a martillearle en el pecho, pues sabía que ya estaba muy cerca de poseerla por completo. Las puntas de sus dedos pasaron por encima de una pequeña abertura arrugada y jugaron con el borde un momento antes de seguir adelante y encontrar una humedad. Xena se detuvo, jadeante de excitación, y jugó un poco allí, regodeándose en la sensación del manantial que tenía al alcance de los dedos.

Gabrielle levantó la pierna, rodeando la cadera de Xena, y se echó hacia arriba para hacerle más sitio, indicando que debía seguir adelante sin más dilación, pero la guerrera se apartó.

—Oh, Xena —oyó que Gabrielle le murmuraba acaloradamente al oído, y sonrió, alzándose para besar los labios que habían susurrado su nombre. Deslizó la mano por una nalga suave y por la parte trasera de un muslo bellamente torneado. Agarrando la rodilla, Xena tiró delicadamente de la pierna para apartarla de su cadera y la bajó.

Con un empujoncito, instó a la pierna a separarse y oyó el suave suspiro de rendición cuando los muslos se abrieron despacio como una ofrenda.

—Xena. —Apenas era un susurro y era la única manera en que Xena quería volver a oír su nombre.

Sus dedos siguieron la curva de una cadera y bajaron por la parte interna de la pierna hasta donde alcanzó. Luego su caricia subió trazando el interior de un muslo y las zonas más ocultas de la nalga redondeada, tan suave que apenas sentía la piel. Las puntas de sus dedos jugaron en el pliegue entre la pierna y la cadera y luego rozaron los dorados rizos rubios. Estaban mojados, empapados de la necesidad de Gabrielle, y la llamaban para que entrara. Introdujo un dedo y recorrió los delicados pliegues, recogiendo toda la dulce humedad que encontraba. El gemido que acompañó a su caricia le produjo un estremecimiento de emoción que le llegó a la entrepierna. Exploró despacio todos los secretos de esos labios inferiores, tocando unos pliegues tan húmedos que su propio sexo se encogió de necesidad.

Había tocado a hombres y mujeres, siempre con una pasión fría y dura, jamás con esta descarga de emoción que la atravesaba de parte a parte, dejándola sin aliento e incendiándole la piel.

—Gabrielle. —Como una oración, susurró el nombre adorado—. Gabrielle.

Las puntas de sus dedos encontraron y jugaron con una perla, rodeando la dura hinchazón del deseo con caricias regulares y delicadas. Gabrielle empezó a mover las caderas, alzándose para seguir su caricia, levantándose con urgencia siguiendo el ritmo de cada caricia, suplicando más.

Con un largo dedo, bajó por toda esa necesidad y se deslizó entre los suaves pliegues. Se detuvo en la entrada, regodeándose en el momento.

Su dedo separó los labios acogedores y pasó dentro, pero se detuvo al encontrar la textura de una barrera inesperada: la prueba de la inocencia dorada de Gabrielle.

—Oh, Gabrielle —le susurró al oído. Quedándose muy quieta, dejó el dedo justo donde estaba y besó a Gabrielle como reconocimiento de ese regalo.

—Nadie salvo tú, Xena —contestó Gabrielle, besándola a su vez—. Esta vez, no ha habido nadie salvo tú.

—Rodeáme con los brazos —le indicó Xena suavemente y suspiró cuando notó que sus brazos le rodeaban el cuello. Besó y mordisqueó la piel suave del cuello de Gabrielle al tiempo que su pulgar trazaba delicados círculos, levantando una vez más ardientes olas de deseo, hasta que las caderas de Gabrielle se movieron de nuevo y su dedo notó que las sedosas paredes de su entrada empezaban a estremecerse.

Presionó, penetró delicadamente y cuando su largo dedo se deslizó en el interior de la tierna humedad que era la esencia de Gabrielle, se sintió como si estuviera tocando su propia alma.

Sacó el dedo, regodeándose despacio en la sensación de sus paredes suaves y húmedas, en la forma en que temblaban al torcer el dedo y presionar un costado y luego la parte de arriba al retirarse.

Era una sensación increíble, toda esa humedad y cómo esperaba ahora, aferrándole la espalda con las manos, instándola a penetrar de nuevo.

Se deslizó dentro una vez más, despacio, plenamente, aprovechando la longitud de su dedo para provocar otro gemido y otro estremecimiento en las paredes calientes y húmedas que rodeaban su dedo.

Las caderas de Gabrielle se alzaron para encontrarse con ella y entonces las dos empezaron a gemir y a moverse, lanzadas hacia la eternidad con una pasión sin aliento. El mundo de Xena empezó a girar sin control. La sensación de su dedo al entrar y salir de Gabrielle, la forma en que ésta gritaba su nombre, el sabor de su piel, la sensación de sus labios y su lengua mientras le robaba besos ansiosos que apagaban sus gritos.

Notó que Gabrielle se dilataba bajo sus caricias y con la siguiente penetración, añadió un segundo dedo y notó que la delgada membrana se desgarraba y que unas uñas se le clavaban en la espalda. Se tragó el grito de Gabrielle con los labios y la idea de que estaban compartiendo sangre arrojó a Xena a un torbellino de pasión que jamás había experimentado. La llenó de nuevo, torciendo los dos dedos al penetrar, doblándolos al salir, penetrando de nuevo lo más hondo que pudo y llenándola de todo lo que sentía.

El temblor empezó en lo más profundo. Xena lo notó y su esencia se hinchó con un cosquilleo de energía. Las caderas que tenía debajo se levantaron de la manta y se quedaron inmóviles, y entonces Gabrielle gritó. Xena gruñó, sintiendo la contracción hasta lo más hondo, como si fuera suya. Las paredes que le rodeaban los dedos se contrajeron con espasmos y sintió la ola como si pasara a través de ellos hacia fuera.

Su propio orgasmo llegó sin aviso, sorprendiéndola cuando su sexo se estremeció y la dejó sin aliento. Cerró los ojos con una mueca, casi dolorida, mientras cabalgaba la ola de placer, indescriptible en su belleza e intensidad. La volvió del revés, le robó el equilibrio y por un instante, por un único y breve instante, Xena hasta se sintió redimida.

Unas manos suaves y unos besos tiernos la devolvieron a la realidad. Se había desplomado encima de Gabrielle, con los dedos todavía hundidos en su interior. Las delicadas paredes se agitaban de placer y Xena se dio cuenta de que las suyas también.

Olisqueó la piel cálida del cuello de Gabrielle, absorbiendo el placer residual, contenta con esperar donde estaba hasta que se le pasaran los pequeños temblores. Entonces cayó en la cuenta de que seguramente estaba aplastando a su pobre amante, por lo que intentó levantarse y, con toda la delicadeza posible, retirar los dedos de su cálido refugio.

Una mano firme le agarró la muñeca y la detuvo.

—No —gimió Gabrielle—, no. Quédate.

Xena se volvió a echar y sonrió cuando los brazos la estrecharon de nuevo. Besó el cuello al que estaba pegada y suspiró, encantada con la forma en que Gabrielle le frotaba la espalda con las manos, bajando hasta donde podía alcanzar.

Probó a mover los dedos que seguían hundidos dentro.

—¡No! —Gabrielle pegó un respingo—. ¡No muevas ni un músculo!

Xena se rió por lo bajo y se quedó quieta.

—Me quedaré ahí dentro toda la noche si es lo que quieres.

Notó unas manos suaves que le acariciaban la espalda y el cálido aliento de un suspiro en la oreja. Xena levantó la cabeza para mirar a la bella mujer que yacía debajo de ella.

Gabrielle la miraba con una expresión maravillada llena de pasmo reverencial. Subió los dedos y jugó con el flequillo oscuro empapado en sudor, trazando los planos definidos y los marcados ángulos del rostro de la guerrera.

—Te amo, Xena —dijo en un susurro sin aliento.

Xena cerró los ojos con fuerza, abrumada por una oleada casi dolorosa de esperanza. Hundió la cara en el calor del pliegue del cuello de Gabrielle y esperó a que se le pasara, preguntándose si su corazón dejaría alguna vez de brincar.

—Te creo, Gabrielle —le susurró tiernamente al oído—. Que los dioses nos ayuden, te creo.


Los cálidos rayos del sol se derramaban a través de las hojas, haciéndole cosquillas a Xena en la piel. El cambio de temperatura y luz despertó a la guerrera, que abrió los ojos y vio las ramas que se mecían ligeramente con la brisa y el sol brillante de un nuevo día que se abría paso a través del dosel de árboles de encima.

Bostezó y cambió de postura, levantó la cabeza y parpadeó confusa mirando a su alrededor. El campamento estaba tranquilo, sus cosas estaban en su sitio, la manta de lana estaba tirada en el suelo al lado del tronco donde había caído, la hoguera era una pila de cenizas frías. Al borde del claro, Argo agitaba la cola apaciblemente, pastando la hierba. Sus armas estaban donde las había dejado, apoyadas en el árbol.

Todo estaba como debía estar, menos una cosa muy importante. El espacio que había a su lado en el petate estaba vacío, igual que sus brazos. Gabrielle había desaparecido.

Dejó caer la cabeza en la manta y se tragó un nudo de decepción.

Siempre estaré contigo.

Las palabras, como una promesa hueca, resonaban en sus oídos.

Se tapó los ojos con el brazo y se permitió un momento de dolor. Sólo un momento. Le permitió a su corazón una única y breve puñalada de vacío hueco y luego su voluntad de hierro reprimió la desconocida sensación de impotencia.

—Arriba, dormilona.

La voz fue como el canto de los pájaros para sus oídos. Se quitó el brazo de los ojos y se incorporó de golpe.

—¿Gabrielle?

—¿Siempre duermes hasta tan tarde? —La rubia entró en el campamento con una brazada de leña que tiró sobre las cenizas frías de la hoguera. Sacudiéndose la suciedad de las manos, se volvió hacia la guerrera y sonrió—. Allí hay un conejo muerto que tiene clavado un cuchillo tuyo.

Xena se quedó ahí sentada, mirando boquiabierta a Gabrielle.

—¿Qué? No esperarás que lo despelleje yo, ¿verdad?

Con un lío de largos brazos y piernas, Xena salió disparada del petate y abrazó a Gabrielle con todo su cuerpo, estrechándola con fuerza.

—¡Oye! —gruñó Gabrielle sorprendida y luego rodeó a la guerrera desnuda con los brazos y la estrechó a su vez—. Vale, venga. Ya lo despellejo yo. Pero sólo si me prometes saludarme así todas las mañanas.

Xena no tenía aliento para responder. Siguió abrazada a Gabrielle, con los ojos cerrados con fuerza, esperando a que el corazón dejara de darle vuelcos.

—Xena, ¿qué te pasa? —Gabrielle se apartó ligeramente y observó el rostro angustiado de la guerrera. Se fijó por encima de su hombro en el petate vacío y de repente cayó en la cuenta de qué era lo que había hecho que esos claros ojos azules estuvieran desorbitados de miedo—. Oh. Te has despertado y yo no estaba. Lo siento, Xena. No me he dado cuenta. Has pensado que me había desva...

—Cállate. —Xena le tapó la boca con una mano grande, obligándola a callar—. No lo digas.

Siguió tapándole la boca, como si pronunciar las palabras pudiera hacerlas realidad, y esperó hasta que Gabrielle asintió indicando que lo comprendía. Xena cambió la mano por los labios y besó a la chica, tomándose su tiempo hasta que estuvo segura de que Gabrielle recibía el mensaje.

Cuando se apartó, estrechó a Gabrielle contra ella, apoyó la cabeza en su hombro y suspiró.

Gabrielle se dejó abrazar por Xena y esperó hasta que notó que el martilleo del fuerte corazón de la guerrera iba cediendo. Acarició la espalda desnuda con la mano, palpando alguna que otra cicatriz.

—¿No crees que deberías vestirte? Te vas a morir de frío.

Pero Xena no estaba dispuesta a soltar lo que tenía. Con ternura, apoyó la cabeza de Gabrielle otra vez en su hombro y besó la coronilla dorada.

—Nunca te dejaré, Gabrielle, ni siquiera en la muerte.

Gabrielle cerró los ojos. Las inesperadas palabras le acariciaron el corazón y le abrazaron el alma de una forma extrañamente familiar. Se relajó, dispuesta a dejar que la guerrera siguiera abrazándola hasta que se le pasara este momento de vulnerabilidad tan poco habitual en ella.

—Tranquila —susurró, dándole palmaditas en la espalda—, puedes quedarte desnuda todo el tiempo que quieras.

Notó que Xena sonreía encima de su cabeza.

—Puedo luchar igual de bien desnuda, que lo sepas.

—De eso estoy segura.

—Es una distracción excelente. Se quedan sin saber qué hacer.

—No lo dudo.

—Te puedo enseñar la técnica —dijo Xena, tirando ligeramente de la tela de la camisa que llevaba Gabrielle.

Gabrielle bajó con la mano por esa larga espalda hasta agarrar una nalga de forma perfecta.

—Déjalo. Creo que ahora me toca a mí enseñarte algunas técnicas mías —dijo, estrujando el delicioso trasero. No le hacía falta mirar para saber que una ceja oscura estaba enarcada.

Ya pasaba de mediodía cuando recogieron el campamento y dejaron el claro. El sol había superado su cénit en un cielo sin nubes y, mientras se alejaban, Xena advirtió que las ramas de los árboles que salpicaban la colina estaban casi desnudas.

Podían pasar el invierno en Anfípolis, pensó, dándole vueltas a la idea. No había necesidad de someter a Gabrielle a un duro invierno en sus primeros meses en el camino. Tiró de las riendas de Argo y cambió de dirección al llegar a la bifurcación del estrecho sendero. Las llevaría por encima de una pequeña colina hasta un valle, los dorados pastos de su pueblo natal.

Aunque Anfípolis no era garantía de que fueran a estar a salvo. Cierto, la guerra con Persia estaba muy lejos, pero todavía quedaban rufianes y señores de la guerra, ladrones y bandidos, salteadores, tramposos, dioses y muchos políticos, todos empeñados en dominar el mundo.

—¿Estás segura de que esto es lo que quieres? —preguntó, mirando hacia abajo. Gabrielle caminaba a su lado y sus fuertes piernas no tenían el menor problema para seguir el ritmo.

—¿A qué te refieres?

—Me refiero a venir conmigo. A quedarte conmigo. Porque haya dejado el ejército, eso no quiere decir que no vaya a haber problemas. Sigo siendo guerrera. Hagamos lo que hagamos, vayamos donde vayamos, los problemas nos seguirán.

—Eso ya lo sé —contestó Gabrielle, sonriendo a Xena—. Me da igual lo que hagamos o dónde vayamos... o lo que nos siga. Mientras estemos juntas.

Xena dejó que la esperanza que había estado manteniendo a raya floreciera del todo en su corazón. Pensó en Alejandro, en lo que le dijo cuando dejó atrás el campamento y el ejército, su vida como comandante suprema.

"¿Cómo puedes hacer esto?" le imploró cuando ella ya se había dado la vuelta para marcharse. "¿Cómo puedes irte? Dejar la gloria de la conquista, todo esto... ¿por qué? ¿Por amor? Xena, ¿acaso no sabes que para un hombre como yo, para una mujer como tú, el amor nunca será suficiente?"

Coronaron la cumbre de la pequeña colina y pasaron por debajo de las ramas de un árbol de forma extraña azotado por el viento. Miró la cabeza dorada de la mujer amada que caminaba a su lado y sonrió.

Gabrielle tenía razón. ¿Quién podía saber cúanto tiempo le quedaba a nadie? Pero, con independencia de lo que esto durara, aunque sólo durara lo que tardaran sus corazones en latir, mientras sus corazones latieran juntos, sería suficiente.

Si su destino era luchar, esto era lo único por lo que valía la pena luchar, lo único por lo que valía la pena morir.

Alejandro estaba equivocado, muy equivocado.

El amor era suficiente. El amor era más que suficiente.


FIN


Notas de la autora:

Al entrar en el puerto aqueo, Alejandro se colocó en la proa de su barco con armadura completa y clavó una lanza en la arena. Además, lo primero que hizo nada más desembarcar fue erigir un altar a Atenea, diosa de la guerra y la sabiduría. Se dice que se quedó allí tres días, rezando y haciendo sacrificios a la diosa, antes de seguir adelante para conquistar Persia y el resto del mundo conocido.

Hay una gran controversia sobre si Hefestión era amante de Alejandro o simplemente un amigo íntimo. Sea como fuere, el poeta guerrero Hefestión fue el compañero más constante y tenaz de Alejandro. Y cuando Hefestión murió de una enfermedad desconocida, la violencia y la extravagancia del dolor del rey no tuvieron límites. Pasó días llorando encima del cuerpo: nadie podía consolarlo. Alejandro se cortó el pelo y hasta ordenó cortar las crines y colas de sus caballos. El entierro de Hefestión, digno de un rey, se realizó con gran pompa y boato, y todas las provincias del imperio contribuyeron a sus gastos. Alejandro murió no mucho tiempo después.

Libros que me han ayudado mucho al escribir este pequeño fanfic:

Todas las batallas están sacadas de hechos reales, incluida la del carromato. Alejandro fue uno de los generales más brillantes y originales de la historia, un gran líder y un ingenioso estratega. También era despiadado y egocéntrico. ¿Recordáis esa escena horrible en la que la reina ordena que corten y quemen las manos a los centauros? Alejandro también mandó que le hicieran eso a un enemigo en una ocasión.

Green, Peter: Alexander of Macedon, 356-323 B.C., A Historical Biography [Alejandro de Macedonia, 356-323 a. de C., una biografía histórica], University of California Press.

Sun Tzu: The Art of War [El arte de la guerra], traducido del texto chino por Lionel Giles, MA (1910).

Du Maurier, Daphne: The House on the Strand [Perdido en el tiempo].

Páginas web que me han ayudado mucho al escribir este pequeño fanfic:

www.pothos.org - Alexander the Great's Home on the Web [El hogar de Alejandro Magno en la red]

www.about.com/history - Ancient/Classical History, Alexander's First Great Victory (Significance of the Battle of Granicus) [Historia antigua/clásica, la primera gran victoria de Alejandro (Importancia de la batalla de Gránico)]

http://classics.mit.edu/Tzu/artwar.html - The Art of War by Sun Tzu [El arte de la guerra de Sun Tzu]

www.bartleby.com - History Encyclopedia, The Encyclopedia of World History [Enciclopedia de Historia, Enciclopedia de Historia Mundial]

Canciones que me han ayudado mucho al escribir este pequeño fanfic:

Debo confesar que la música me influye mucho. Gran parte de esta historia la escribí mientras escuchaba las siguientes canciones:

These Dreams de Heart
These Dreams de Northstarz con Neon 8
White Flag de Dido
My Immortal de Evanescence
Somnambulist de BT
Time After Time de Moonchild
Clubbemia de Mark Van Linden

Personas que me han ayudado mucho al escribir este pequeño fanfic:

Anne Redding: mi pobre y asediada correctora. La llevé en una dirección y luego me reí sádicamente cuando le entregué por sorpresa el final auténtico. Sin Anne y su ayuda y apoyo constantes, esta historia nunca se habría escrito (por no hablar de que la escena de sexo del final no habría sido explícita).

Coral y Carol Snowdeal: no han parado de darme la murga para que volviera a escribir. Ahora que he escrito esto, ¡más les vale leerlo!

Webmasters: especialmente MaryD (mi hogar en la red). Tres hurras por tu interminable apoyo a los bardos, a Xena y a los fanfics. Sin ti, ¿qué sentido tiene? Gracias por todo tu esfuerzo... por no hablar de tu paciencia (sobre todo conmigo :-) ).

Mis valientes encuestadores: gracias por la información y por vuestros comentarios durante los últimos capítulos. Me habéis ayudado a doblar la esquina y llegar a la línea de meta.

Todos los que habéis leído cada capítulo según los iba publicando: sé que la cosa ha sido lenta. Sé que os he sacado de quicio. Sé que costaba recordar todos los detalles de una parte a otra. Pero habéis seguido conmigo. Gracias.

Y ahora, a todos los que todavía adoráis los fanfics de Xena y Gabrielle: gracias por seguir leyendo fanfics clásicos de Xena y Gabrielle en la red y gracias por vuestro continuo apoyo a los bardos.

Y por último, pero no por ello menos importante, a todos los bardos que están ahí fuera: los fanfics clásicos de X y G corren peligro de extinción. Os desafío a todos los que estáis ahí fuera sacando ubers sin parar a que escribáis un clásico. Si todos escribierais un clásico y lo publicarais, estaríamos inundados de historias nuevas de X y G que leer. Por cada clásico de X y G que escribáis, haciendo referencia a este desafío, yo escribiré otro.

¡Larga vida a Xena!


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
Ir a Novedades