10


Morir no está tan mal, pensó Gabrielle. Tenía el cuerpo como si estuviera flotando apaciblemente en las cálidas y reconfortantes aguas de un mar oscuro e infinito. La droga que su madre le había inyectado en las venas había llegado a su punto culminante y ahora bajaba en espiral hacia el olvido final. Pensó en su vida mientras se dejaba llevar sin dirección aparente y sin necesidad de tenerla. Es curioso cómo el mundo puede parecer tan maravillosamente convincente hasta que la muerte destruye esa ilusión y nos expulsa de nuestro escondrijo.

Decidió relajarse y disfrutar del viaje, moderadamente curiosa por ver dónde iba a parar su alma, dónde acabaría cuando terminara el viaje. Verdaderamente, la vida era un sueño: sólo un durmiente podría considerarla real. Ahora se estaba despertando y lo único que Gabrielle esperaba, mientras flotaba en la oscuridad acunada en los tiernos brazos del destino, era que su alma acabara en algún lugar cerca de la de Xena, fuera cual fuese ese lugar. Aunque ahora los siglos las separaban, la muerte tenía una forma curiosa de hacer que todas las cosas fueran iguales.

—No estás muerta.

La voz era como el roce de unas uñas sobre una pizarra: le produjo un horrible escalofrío por la espalda.

Arrugando la frente, Gabrielle volvió la cabeza y se concentró, dispuesta a ignorar la voz por completo.

—No, no, tú no vas a morir todavía.

La voz estaba más cerca, era más amenazadora. Gabrielle gimió, pues tenía muchas ganas de alejarse de ella y proseguir su viaje.

—No te vas a librar tan fácilmente.

Unos dedos fríos le pellizcaron las mejillas y le levantaron la cabeza. Gabrielle se vio obligada a abrir los ojos y hacer caso de la presencia. Cuando sus párpados se abrieron aleteando, la negra oscuridad de la eternidad se disolvió en una penumbra grisácea y en el contorno en sombras de una cara que guardaba un desconcertante parecido con la suya.

—Esperanza —dijo Gabrielle roncamente, con la garganta seca. Despacio, dolorosamente, se vio arrastrada del placer de flotar a la plena consciencia y notó demasiado bien el dolor palpitante que tenía en los hombros y la naúsea que le revolvía el estómago. Se movió incómoda, controlando las ganas de vomitar.

—No te atrevas a potarme encima. —Los dedos fríos que le pellizcaban la cara soltaron las mejillas de Gabrielle.

—Esperanza —repitió Gabrielle, tragándose la bilis—. Creía que estabas muerta. —Parpadeó para aclararse la vista y consiguió enfocar la cara borrosa.

Su madre estaba absolutamente furiosa.

—He perdido las elecciones, puta —dijo entre dientes, y luego echó la mano hacia atrás y pegó un bofetón a Gabrielle, con fuerza.

Cuando se estaba hundiendo, la bofetada arrastró a Gabrielle de vuelta totalmente a la realidad. Con la fría pared a la espalda, se irguió para colocarse en una postura de mayor resistencia y miró a su madre con rostro inexpresivo, negándose a dejarle ver ningún tipo de debilidad. Con la punta de la lengua, se lamió indiferente un poco de sangre que tenía en la comisura de la boca.

—Las elecciones. Se han terminado. He perdido. —Su madre se puso a dar vueltas de un lado a otro a través de las sombras del oscuro sótano—. Mi conexión con el pasado ha desaparecido. Mi poder. Dahak. ¡Todo! ¡Todo ha desaparecido! —Se volvió hacia Gabrielle y sus ojos soltaron destellos de rabia a través de la penumbra del sótano—. La policía ha encontrado a mis agentes junto con tu amiga Evelyn.

La madre de Gabrielle tenía ahora toda la atención de ésta.

—Tu amiga está muerta, Gabrielle. Ese idiota estúpido, Peter, se debe de haber escapado. ¡Panda de gilipollas traidores e inútiles! Uno de ellos le debe de haber soltado todo a la policía. ¡Ya no hay manera de encontrar buen servicio! Está en todos los canales, en todas las noticias. ¡Estoy acabada!

Su madre avanzó furiosa y pegó la nariz a la de Gabrielle, que seguía atrapada, encadenada a la fría pared de cemento del oscuro sótano.

—¡Esa zorra de Xena y tú lo habéis echado todo a perder!

—Esperanza —dijo Gabrielle, con tono suave y triste, sin hacer caso de la rabia que destilaba su hija—. Esperanza. No tienes ni idea de cuánto deseo que las cosas pudieran haber sido distintas.

El uso de su verdadero nombre paró a Esperanza en seco. Se quedó mirando a Gabrielle, con la boca abierta y los ojos desorbitados, con una expresión que era una mezcla de rabia y dolor.

—¡No me llames Esperanza! ¡No soy tu hija! ¡Soy tu madre!

—Esperanza, escúchame. Sé quién eres. Usaste el poder de Dahak para robar mi alma y traerme hasta aquí, pero eso no te convierte en mi madre —insistió Gabrielle sin hacer caso del rechazo de su hija—. Sé por qué lo hiciste. Ahora lo comprendo todo.

—No, no lo comprendes. ¡Tú no sabes NADA!

De repente, Gabrielle se llenó de un conocimiento que iba mucho más allá de su edad biológica.

—Sé que todo esto ha sido culpa mía, y lo siento, Esperanza. Lo siento por todo.

—No te atrevas —dijo Esperanza a duras penas tras unos segundos de silencio indignado—. No te atrevas a decirme que lo sientes.

Gabrielle cambió de postura, irguiéndose más, con aire más fuerte.

—Esperanza, lo siento. Lo siento. Lo siento muchísimo. —Los ojos de Gabrielle se llenaron de lágrimas—. Todos los días durante el resto de mi vida, mientras dure mi alma, desearé no haberte enviado por aquel río. Me preguntaré qué habría pasado si me hubiera quedado contigo.

Esperanza cerró la boca, disimulando un ligero temblor del labio inferior. Se obligó a sonreír de una forma que le recordó a Gabrielle de manera espeluznante que eran exactamente iguales, que el rostro de Esperanza era verdaderamente un espejo del suyo.

—¿Tú crees que me podrías haber salvado? ¿Como salvaste a Xena, la Destructora de Naciones? ¿Crees que podrías haberme apartado de la oscuridad para que entrara en la luz? ¿En el camino del bien?

Gabrielle tragó, con la garganta seca de pena.

—Sí —contestó con un hilito de voz.

Esperanza alzó la mano y acarició la mejilla de Gabrielle, notando la humedad que dejaba atrás un reguero de lágrimas al caer, y sus ojos se suavizaron.

—Podríamos haber vivido felices para siempre, ¿no es así? ¿Una familia feliz, viajando de acá para allá, de un lado a otro, luchando virtuosamente por el bien supremo?

Gabrielle cerró los ojos y se permitió imaginárselo. Se le inundó la mente de imágenes del bebé precioso que sostenía en brazos. Su niña preciosa. Soñó que estaba sentada en un tronco haciéndole carantoñas a Esperanza mientras las manitas se agitaban felices e inocentes y unos ojos la miraban a su vez llenos de adoración. Gabrielle sonrió, captando una presencia que se acercaba. Xena llegó hasta ellas y se sentó a horcajadas en el tronco, detrás de ellas. La guerrera las estrechó a las dos en sus largos y fuertes brazos y le dio un tierno beso en la mejilla.

—Sí —contestó de nuevo suavemente, y el sueño le resultaba tan real que sentía el calor del los labios de Xena como si aún siguieran allí.

—Tú, yo —arrulló Esperanza, sin dejar de acariciarle la mejilla a Gabrielle—, ...¿y Xena?

—Sí.

La delicada caricia se detuvo y su ausencia se hizo notar de inmediato. Gabrielle abrió los ojos y vio a Esperanza, que la miraba iracunda.

—¡Pero qué sarta de gilipolleces! —Esperanza se apartó de Gabrielle, riendo—. ¡Estás chiflada! Ese cóctel que te he inyectado en el brazo puede que no te haya matado, pero es evidente que te ha dañado el cerebro. —Se cruzó de brazos y enarcó una ceja—. ¿De verdad crees que Xena lo habría permitido?

—Yo... yo... —Gabrielle tragó saliva y su sueño se desvaneció—. Yo podría haberla convencido.

—¿Convencido? ¿Convencido de qué? ¿De que sólo era un bebé? ¿De que merecía una oportunidad? ¿De que tu amor podría salvarme?

Gabrielle apartó la mirada y sus ojos se posaron en el suelo.

—Sí.

—Qué estúpida inocente. —Esperanza se dio la vuelta y se alejó, abrazándose a sí misma.

Gabrielle levantó la cabeza y observó a su hija. Esperanza le había dado la espalda y ocultaba la cara.

—Tú te preguntas lo mismo —dijo Gabrielle sin aliento, cayendo en la cuenta de que había dado con una verdad—. Todo este odio que llevas dentro, tu ansia de poder. Este elaborado plan para traer a Dahak al mundo. —Gabrielle sacudió la cabeza y continuó—. Todo ello ha sido para vengarte de nosotras, para vengarte de nosotras por no quererte. No, tú no odias a Xena. Y no me odias a mí. Nos quieres a las dos. Y lo único que deseas de nosotras es que te queramos también. —Se echó hacia delante luchando con sus grilletes. Si pudiera haberlo hecho, habría tocado las mejillas de Esperanza—. Todavía hay esperanza para ti.

—No, te equivocas. No hay esperanza para mí y nunca la hubo. Xena tenía razón —gruñó Esperanza, dándose la vuelta. A través de la oscuridad, Gabrielle vio un destello de luz que recorría el afilado borde de un cuchillo muy largo—. Odio a esa zorra. Y te odio a ti también.

Sin poder hacer nada, Gabrielle se quedó mirando cuando Esperanza se abalanzó sobre ella, aferrando el cuchillo con los nudillos blancos, dispuesta a clavárselo.


Peter entró tropezando por la puerta del sótano, con los pulmones en llamas por el esfuerzo de correr. La carrera desde el coche para cruzar la puerta de la mansión y avanzar por los largos e interminables pasillos que parecían durar una vida lo había dejado frenético y sin aliento.

Se detuvo en lo alto de las escaleras y agarró mejor la pesada pistola que llevaba en la mano.

—Por favor —susurró, rezando a la estatua de pelo dorado y sonrisa etérea—, quienquiera que seas, por favor. Déjame llegar a tiempo para ayudarla.

Respirando hondo, besó la pistola para desearse suerte y luego bajó la larga y estrecha escalera medio corriendo, medio tropezando hasta adentrarse en la ominosa negrura del sótano frío y oscuro.

Sus ojos tardaron un momento en adaptarse a la falta de luz. Lo que vio casi le paró el corazón. El destello de una hoja y Peter supo que la madre de Gabrielle estaba a punto de acuchillar a su propia hija en el pecho.

—¡NO! —gritó y levantó la pistola.

Esperanza se detuvo a mitad del ataque y se quedó contemplando el origen del grito.

Peter apuntó contra ella, cerró los ojos y apretó el gatillo.

El cañón de la pistola soltó un destello en la oscuridad y Peter salió despedido hacia atrás por la fuerza del disparo. Un eco ensordecedor reverberó por las paredes y llenó el sótano de un estampido que taladraba los oídos.

Pero la bala falló el blanco por completo.

En cambio, se estampó en la pared de cemento justo encima del grillete que sujetaba la muñeca izquierda de Gabrielle. Con una salpicadura de polvo, el tornillo se partió y Gabrielle no perdió el tiempo en soltarse el brazo del todo de un tirón.

Antes de que Esperanza se diera cuenta de lo que había pasado, Gabrielle le tenía aferrada la muñeca y forcejeaba para hacerse con el control del mortífero cuchillo. Esperanza sonrió malévolamente y agarró a Gabrielle por la garganta con la otra mano. Apretó con todas sus fuerzas y se echó a reír cuando a Gabrielle se le empezó a poner la cara roja.

Peter intentó levantarse para ayudar, pero resbaló de nuevo y cayó rodando por las escaleras de madera hasta el duro suelo del sótano.

Gabrielle luchaba por tomar aire y empezó a perder las fuerzas. Poco a poco, el cuchillo fue bajando hacia su pecho. Con los ojos desorbitados, Gabrielle trataba con todas sus fuerzas de echar el cuchillo hacia atrás, pero sólo veía cómo la afilada punta se iba acercando peligrosamente, directa a su corazón. Tosió atragantándose, desesperada por respirar.

Gabrielle y Esperanza se miraron a los ojos. Los de Gabrielle suplicaban a su hija que parara y le pedían perdón. Los de Esperanza eran un cruel espejo de sus propios ojos verdes.

Al notar que le fallaban sus últimas fuerzas, Gabrielle supo que estaba a punto de perder la batalla definitivamente.

—Te quiero, Esperanza —logró decir roncamente con sus últimos vestigios de aliento—. Siempre te querré.

La confesión ahogada pilló por sorpresa a Esperanza y su expresión malévola desapareció. Un segundo después, el cuchillo bajó de golpe.

Peter se levantó a toda prisa del suelo a tiempo de ver cómo la hoja se hundía entre Gabrielle y su madre y desaparecía entre los dos cuerpos en lucha.

—¡NO! —gritó consternado y corrió hasta su amiga, deteniéndose horrorizado junto a ellas. La sangre, espesa y negra en la oscuridad, formaba un charco a sus pies.

Sus ojos se clavaron en los de Gabrielle y ésta le sonrió con tristeza. Juntos vieron cómo el malévolo brillo verde de los ojos de Esperanza se iba apagando a medida que caía al suelo resbalando por el cuerpo de Gabrielle. El cuchillo hundido hasta la empuñadura en el pecho de Esperanza era claramente visible, incluso en las sombras oscuras del sótano.

Con la garganta por fin libre, Gabrielle tosió, aspirando aire. El ruido hizo que Peter dejara de mirar horrorizado el cuerpo que yacía en el suelo, los ojos muertos que lo miraban a su vez, tan parecidos a los de su amiga y, sin embargo, tan distintos de una forma esencial.

—Gabrielle, ¿estás bien? —preguntó preocupado, hurgando en el cierre del grillete hasta que la otra muñeca de Gabrielle quedó libre.

—Estoy bien —replicó Gabrielle cuando se le pasaron las toses.

Peter le rodeó la cintura con el brazo, la ayudó a apartarse de la pared y la sostuvo mientras pasaba con cuidado por encima del cadáver.

—Has matado a tu madre, Gabrielle.

Gabrielle miró el cuerpo de Esperanza con una curiosa falta de emoción.

—Ésa no era mi madre.

—¿Eh?

A sus pies, la oscuridad se estremeció y dio la impresión de que el cuerpo de Esperanza se derretía hasta convertirse en un charco de fango negro. El fango borboteó y se agitó unos segundos y por fin desapareció del todo, evaporándose con una neblina gris oscura que subió flotando por la chimenea del antiguo hogar del sótano hasta desvanecerse.

—¡Pero qué asco! —exclamó Peter, recalcando el disgusto al agitar una mano delante de la nariz—. ¿Dónde ha ido?

—¿Quién sabe? ¿Quién sabe dónde van las almas oscuras? Lo único que sé es que, por muchas veces que derrotemos al mal, seguirá volviendo a nosotros. Podrá ser con una cara distinta, en un lugar y en un tiempo distintos, pero es la misma puñeta. Una y otra vez y otra vez.

—Pues entonces está bien —comentó Peter.

Gabrielle se quedó mirando a su amigo, desconcertada.

—¿Cómo que está bien?

Al ver la cara de incomprensión de Gabrielle, Peter le pasó el brazo por los hombros para sostenerla mejor.

—Que está bien que yo esté aquí, porque al parecer, mi alma ya se ha enfrentado un montón a esta clase de cosas.

Gabrielle lo miró con cariño.

—Vale, Peter. Lo que tú digas. Vamos... vamos a salir de aquí, ¿vale?

—Sí, claro, Gabby. Lo que tú quieras.

Ayudando a su amiga a andar, Peter subió por las escaleras, dejando atrás la oscuridad del sótano y los últimos días. Rodeándose el uno al otro con el brazo, recorrieron despacio los largos y solitarios pasillos de la infancia de Gabrielle y salieron de la mansión a la luz del día que iba terminando.

Se detuvieron nada más salir de la casa de Gabrielle, de la inmensa y despiadada mansión que había mantenido presa a su alma durante todos estos años, en un lugar que nunca le había correspondido.

—¿Qué va a pasar ahora? —preguntó Peter mientras se sostenían el uno al otro y contemplaban la puesta del sol.

Gabrielle se soltó de los brazos de su amigo.

—Soy libre.

—¿Qué?

—Soy libre, Peter. Mi alma es libre. —Miró las nubes con melancolía—. Mi alma estaba atrapada aquí, por ella... por mi madre... o sea, mi hija, Esperanza.

—Espera un momento. —Peter se volvió con su típica cara de confusión—. Tu madre era tu hija. No. Tu hija era tu madre. ¿No?

Gabrielle meneó la cabeza, riendo.

—Déjalo, Peter. Da igual, ahora mi alma es libre.

—Bueno, y si es libre, ¿dónde va a ir?

—No lo sé.

—¿De vuelta con Xena?

La sonrisa de Gabrielle le arrugó el caballete de la nariz.

Peter resopló, un poco decepcionado.

—Así que es eso. ¿Vas a volver con Xena así sin más?

De repente, Gabrielle abrazó a Peter, estrechándolo con cariño.

—Gracias, Joxer. Gracias por haber estado siempre dispuesto a ayudarnos —le susurró al oído y luego le dio un beso en la mejilla.

Peter se apartó de los brazos de Gabrielle y se dio la vuelta, repentinamente tímido. Se frotó la mejilla donde acababa de recibir un beso y se le puso la cara coloradísima.

—Aaahh, Gabrielle, ¿por qué vas y haces eso?

Pero cuando se volvió de nuevo hacia su amiga, ésta ya no estaba. El único vestigio de que Gabrielle hubiera estado alguna vez allí era una suave brisa que le acarició la mejilla y el último rayo mortecino del sol poniente.

—Adiós, Gabrielle —susurró Peter al viento—. Nos vemos en la próxima vida.

Sin dejar de frotarse la mejilla, Peter se alejó de la mansión hacia el coche de Evelyn. Abrió la puerta y se metió en el asiento del conductor.

—¿Cuándo le saldrán bien las cosas a mi alma? —murmuró al tiempo que giraba la llave en el contacto, y luego aceleró el motor y se marchó.


Xena escribió las últimas palabras, rascando con cuidado el fino pergamino del rollo con la punta de una pluma. Se detuvo y se dio unos golpecitos con las plumas en el labio mientras decidía si debía o no firmar el documento.

Leyó la última frase, las palabras de despedida del último de los numerosos pergaminos que revelaban sus pensamientos más íntimos sobre el camino del guerrero, la forma de hacer la guerra.

Sólo los muertos, había escrito su mano con caracteres fuertes y osados, la misma letra que había escrito incontables misivas y ultimátums que habían tenido como resultado la destrucción de naciones enteras: sólo los muertos verán el fin de la guerra.

Pasó las páginas, contemplando sus notas a la suave luz danzarina de la vela, y resopló.

¿Ves lo que pasa cuando una se aburre? Echó a un lado las páginas, rechazando la idea de estampar su firma.

Un dinar por tus pensamientos, Xena. Y eso era lo que valían estos manuscritos.

En ese momento, el faldón de la tienda se abrió, dejando pasar la cruda luz del sol de mediodía.

—¿Cómo te encuentras? —saludó a Xena la suave voz de Alejandro.

—Entra —ordenó Xena, protegiéndose los ojos de la brillante luz—. Cierra el faldón, idiota.

Alejandro hizo lo que le decía, entró en la tienda y cerró la puerta de lona.

—Un poco de aire fresco te sentaría bien, sabes —le aconsejó al llegar a su lado. Miró a Xena y la pila de pergaminos que tenía en el regazo—. ¿Qué es eso?

—Instrucciones.

—¿Instrucciones para qué?

—Instrucciones para ti. Siéntate. —Xena se movió para hacer sitio en el camastro y le hizo una gesto a Alejandro para que se sentara.

El joven general así lo hizo, colocándose a un lado la espada que llevaba a la cadera.

—¿De qué hablas, Xena? ¿Instrucciones para qué?

—Me encuentro mucho mejor, Alejandro. De hecho —Xena se movió en la cama, apoyando el cuerpo en la almohada para poder estar sentada y hablar mejor—, estoy como nueva.

—No es eso lo que ha dicho el sanador —dijo Alejandro, mirando con intención las manos de su comandante y las cicatrices de las heridas de clavos que seguían bien visibles—. Seguro que apenas puedes sujetar una espada y todavía cojeas.

Xena enarcó una ceja con impaciencia.

—Me marcho, Alejandro —soltó.

—Xena, no nos marchamos hasta que el sanador diga que podemos.

—No he dicho que nos marchamos.

Ahora le tocó a Alejandro enarcar una ceja.

—Este ejército no va a dar un paso más hacia Persia sin ti.

—Si esperáis mucho más, os quedaréis atrapados aquí todo el invierno. Tú sabes que el éxito de vuestro ataque depende sobre todo de la sorpresa. Darío se espera que os comportéis como buenos soldados griegos y esperéis hasta la primavera. Si seguís el plan y cruzáis por Sesto ahora, tendréis vientos fuertes y prácticamente ninguna oposición persa.

—Una semana o dos más no nos van a hacer daño. Además, ¿por qué hablas todo el rato de "vosotros"? Éste es tu ejército. ¿Cómo puede marchar el ejército cuando su comandante suprema tiene las piernas rotas?

—Porque tú eres el comandante supremo y no tienes las piernas rotas.

La afirmación de Xena sumió al joven general en un silencio absoluto.

—Tú eres el comandante supremo, Alejandro. Te nombro yo.

—Xena...

—Te lo he dicho... me marcho.

Xena cogió los pergaminos que tenía en el regazo y los juntó en una pila ordenada. Se los ofreció a Alejandro y, con una leve sonrisa, lo instó a que los cogiera.

—Es mortal entrar en una guerra sin voluntad para ganar. Alejandro, estoy harta de esto... ya no puedo hacerlo.

—Xena...

—No discutas conmigo, Alejandro. ¡Coge los pergaminos! —Ahora los empujó contra él, obligando a Alejandro a coger la pila de pergaminos para que no cayeran al suelo. Alejandro los cogió en el aire y a punto estuvo de que dejar caer unos cuantos.

—¿Qué son?

—Unos pocos consejos.

Alejandro contempló la pila de papiros que tenía en las manos, cada uno de los cuales estaba escrito de principio a fin.

—¿Unos pocos?

—Consejos —explicó Xena—, sobre la campaña, la ruta para la marcha, la manera de alimentar a las tropas, de mantener los suministros, armas, espionaje, estrategias para distintos tipos de terreno, algunas reflexiones y detallitos sobre...

—¿Detallitos? —Alejandro leyó una de las páginas y sus cejas oscuras se alzaron por su frente al pasar los dedos por una ilustración de una máquina de guerra, artillería pesada de un tipo que Alejandro no había visto nunca—. ¡Xena, esto es un manual sobre cómo hacer la guerra! —Levantó los ojos y se quedó mirando a Xena asombrado—. ¿Esto lo has escrito tú?

—Lo he garabateado mientras estaba aquí tumbada muerta de aburrimiento. —Xena agitó una mano restando importancia al manuscrito—. No tenía nada mejor que hacer.

—No tenías nada mejor que hacer —repitió Alejandro maravillado mientras hojeaba algunas páginas más. El documento era ni más ni menos que una obra de arte—. ¿Cuándo tenías planeado marcharte?

—Por la mañana.

—¡Por la mañana! ¡Xena, casi no puedes andar!

—No tenía pensado andar. Me voy a llevar mi caballo, sabes.

—Xena, no puedes irte.

—Sí que puedo, Alejandro. Puedo y lo voy a hacer.

—Yo no puedo ocupar tu puesto. ¡Tú eres la guerrera más poderosa de Grecia!

—Es la habilidad y no la fuerza lo que hace que un líder sea el mejor.

—¿Cómo puedes esperar que yo te sustituya? Todavía me falta mucho que aprender. Xena, tú tienes un don para esto que yo no tengo.

—Los dioses no nos conceden todos nuestros dones de una sola vez, Alejandro. Además, la mayor parte del tiempo, no es un don en absoluto: es una combinación de experiencia y habilidad. La habilidad es algo que obtenemos mediante el trabajo duro y la determinación. ¿Y la experiencia? Bueno, tú sabes todo lo que necesitas saber. Y lo que no sepas, lo tienes ahí. —Xena indicó los pergaminos con la mano—. Hasta un tonto aprende algo cuando le cae encima de la cabeza. Tú también aprenderás.

—Gracias... creo —Alejandro sonrió a Xena de mala gana. Llevaba años esperando este momento, soñando con él: el día en que obtendría el título de comandante supremo. Imaginaba muchas escenas, la mayoría relacionadas con la muerte gloriosa de Xena en combate. En ninguno de sus sueños más calenturientos se había planteado jamás la idea de que un día ella se lo fuera a entregar en bandeja de plata—. No te comprendo, Xena. ¿Por qué te marchas? ¿Por qué te marchas ahora, cuando estás a punto de ganar la mayor guerra conocida jamás por Grecia? ¡Ahora es el momento de los soldados y los generales! ¡Nunca volverá a haber otra guerra como ésta!

—Mientras haya hombres, habrá guerra, Alejandro. Yo nunca tenía que haber seguido este camino. Ahora lo sé. Éste es tu momento. Aprovéchalo. Aprovéchalo y lánzate. Eres el hombre adecuado para el trabajo, de eso estoy segura. Hasta ahora nunca has dudado de mí, ¿verdad?

Alejandro la miró de hito en hito con desconfianza.

—Esa pregunta es de doble filo. Eres como un zorro astuto, Xena. —Miró los pergaminos que tenía en la mano y suspiró—. ¿Tú qué vas a hacer? ¿Dónde vas a ir?

—La verdad es que no lo sé. —Xena se encogió de hombros y se recostó en la almohada, cruzándose de brazos—. A casa tal vez.

—¿A casa? ¿Te refieres a Anfípolis?

Xena asintió, y Alejandro se echó a reír a carcajadas.

—Te debes de haber golpeado en la cabeza más fuerte de lo que creía el sanador.

Cuando Xena no reaccionó, la miró con más atención.

—Esto es por ella, ¿verdad? Esa mujer. La rubia. La que estuvo en la fiesta.

Xena no contestó inmediatamente, sino que jugueteó un poco con la lana de la manta antes de levantar la mirada.

Alejandro se la quedó mirando sin dar crédito, pero los claros ojos azules que lo miraban a su vez le dijeron todo lo que necesitaba saber.

—Estás enamorada.

De repente, el peso de los pergaminos que tenía en las manos le resultó excesivo.

—Xena —dijo, meneando la cabeza—. Xena, ¿me estás diciendo que te marchas... que renuncias a todo, a todo esto, al poder, la gloria, la victoria... a todo ello... por una mujer?

Los labios de Xena esbozaron una levísima sonrisa melancólica.

—¿Qué mejor razón? ¿Qué mejor razón que el amor?


Se marchó antes del amanecer, saliendo del campamento en los momentos de quietud antes de que la oscuridad de la noche se viera rota por el beso de la luz del día. Nadie la vio partir, salvo Alejandro, que se quedó observando desde las sombras sin decir nada cuando ella salió cojeando de la tienda. Los agujeros que tenía en las manos le dolían espantosamente por el frío y por agarrarse al arzón de la silla para montar, pero Xena se mantuvo estoica. Se acomodó en la silla, se detuvo un momento para saludar a Alejandro con la cabeza y luego tiró de las riendas.

—¡No será suficiente! —exclamó Alejandro—. ¡Para las personas como nosotros, para una mujer como tú, Xena, el amor no es suficiente!

—Cuando cruces los Dardanelos y llegues a Rhoeteum —contestó Xena sin mirar atrás—, clava una lanza en suelo persa por mí. —Alzó la mano para despedirse y luego se alejó.

Los cascos de Argo resonaban suavemente por las paredes del cañón mientras bajaba despacio por la montaña y se alejaba del paso de Shiptka, apartándose de un destino que nunca fue el suyo y dejando la historia en las capaces manos de Alejandro.

Además, todo lo que sabía, lo había aprendido de la Princesa Guerrera. No podía perder.

Al menos, no en la guerra. Xena sonrió mientras se mecía suavemente hacia delante y hacia atrás, relajándose en la silla para imitar el paso tranquilo de su caballo. El sol ya se había alzado por encima de las montañas y el frío del aire otoñal se había templado lo suficiente para calmar el dolor sordo de sus heridas, que aún no se habían curado.

No había cadáveres en los árboles, sólo pájaros. Su canto le recordó a Hefestión, el joven bardo que era el acompañante constante de Alejandro. No cabía duda de que Alejandro todavía tenía mucho que aprender, sobre todo en el tema del amor, y eso era algo que Xena no había tratado en sus pergaminos.


PARTE 11


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
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