La llama irresistible

DJWP



Descargo: Ni renuncia, ni excusas.
Tipo de fanfic: Historia clásica de Xena y Gabrielle, alternativa... hasta el final, chatos. No es un uber, así que ya podéis quitaros esa idea de la cabeza. Tampoco trata de la Conquistadora ni de los clones. Al final, cuando todo se aclare, será una historia de Xena y Gabrielle. ¡Larga vida a los fanfics de Xena y Gabrielle!
d_jwp@hotmail.com

Título original: The Irresistible Flame. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2004


1


—Siempre me ha gustado el sabor de la sangre —dijo, sonriendo afectuosamente al bebé que se agitaba en sus brazos. Sus ojos soltaron un destello cuando el bebé le dirigió un gorgoteo de felicidad: qué inocencia, qué confianza.

La noche era despejada y fría. Las pocas nubes que había, oscuras y bajas, negras contra un cielo que ya estaba negro, no bastaban para ocultar el espectro del acontecimiento único que hacía esta noche especial como ninguna otra.

En esta sucesión de vidas desalmadas, estaba maldita con el recuerdo de todas ellas. Y así vivía ahora, bien consciente del momento exacto dentro de todas sus vidas en el que había tenido al alcance de la mano la posibilidad de obtener un poder absoluto, que al final se le había escurrido entre los dedos. Si hubiera conseguido ese poder tantos siglos antes, lo habría conservado para toda la eternidad. Habría podido sacar fuerzas de él incluso en esta época y sería rica y poderosa, en lugar de la nulidad pobre e impotente que era y que había sido a lo largo de innumerables encarnaciones a partir de aquella fatídica vida.

Agachando la cabeza, ungió al bebé con un beso y luego alzó al pequeño recién nacido por encima de su cabeza, hacia el astro rojo que se iba oscureciendo y que bajaba por el cielo, un portal que se abría a los cielos, a las entrañas de la tierra, a tiempos futuros y pasados. Lo único que había que hacer era atravesarlo en el momento preciso y las posibilidades eran infinitas.

—Hades, escúchame ahora —invocó, sin hacer caso del ruido de un coche que pasaba por la carretera solitaria al borde mismo del cementerio, concentrándose en cambio en la luna llena, que estaba siendo eclipsada rápidamente por la creciente y ominosa sombra de la madre tierra. Estaba invocando a los antiguos poderes, a los dioses de eras pasadas, a los amos que todos los mortales de esta época creían muertos, pero que sólo ella sabía que estaban vivos y sólo dormían. Estaban esperando a esa alma que conocía los hechizos olvidados desde hacía tanto tiempo, esperando a que murmurara las palabras que le darían el poder para llevar a cabo una venganza en nombre de todos ellos.

Un rugido contestó a su ofrenda. No un dios, sino un avión que atronaba en lo alto. Pero no podía desanimarse: su mente estaba concentrada en la tarea que tenía entre manos. Pensó en la deliciosa ofrenda que era el bebé, que se agitaba, bañándose feliz en el suave aliento del fresco aire nocturno. ¿Cómo podían rechazarlo?

—¡Gea, te lo ruego! —gritó a la luna agonizante—. ¡Os invoco a ti y a Diana, madre de las criaturas, diosa de la luna negra, bosque oscuro, Dea Abnoba! —Levantó más al bebé al tiempo que un viento repentino se enredaba en su pelo de medianoche, agitándolo alrededor de una cara pálida y exangüe—. Hebe, Hera, Hécate... Virgen, Madre, Anciana... dadme el poder que necesito para cruzar, para regresar a ese punto en el tiempo que traicionó vuestro destino y el mío; dejadme beber de la vena del hado cruel. ¡Invoco el poder de todos los antiguos dioses, pues sé que vuestro poder sigue latiendo en nuestros corazones, incluso en esta época maldita!

A lo lejos, el ruido de unos disparos televisivos reverberó por el cementerio rompiendo el silencio, interrumpido y al final sustituido por los ruidos de una acalorada discusión.

Cerró los ojos y murmuró palabras sagradas en la lengua de un idioma muerto desde hacía mucho tiempo. Entonces hubo un rápido movimiento de una hoja plateada y el bebé inquieto chilló una sola vez, sin que apenas se oyera, fundido con las voces airadas, y se quedó inmóvil. De repente, la discusión cesó, el rugido incesante de aviones en lo alto se detuvo, hasta el aliento frío de la noche se interrumpió horrorizado. Un líquido cálido manaba de la raja cada vez más ancha de aquel cuellecito y caía en una línea recta y escarlata dentro de su boca, resbalando por unos dientes ya manchados de sangre, por una lengua gruesa, hasta bajar por una garganta risueña.

—Esta noche —gorgoteó—, esta noche, ¡nos vengaré a todos! —Sin vacilar, hundió el cuchillo manchado de rojo y húmedo de la sangre del bebé, hasta la empuñadura, en su propio pecho.

Cuando la tierra se colocó en el camino de la luna, tapando su luz purificadora y tiñendo su rostro pálido del color marrón de la tumba, por un instante se abrió una puerta.

Y en ese instante su corazón malvado, rebosante de la sangre de un bebé asesinado, se detuvo y entonces su alma logró pasar.


Su mundo tardó un momento en dejar de dar vueltas y entonces pudo respirar y observar su entorno.

Se puso una mano en el pecho, esperándose encontrar un cuchillo hundido en su corazón, y se sorprendió al descubrir pelo donde antes no lo había. Aunque le costaba ver en la oscuridad, se dio cuenta de que tenía todo el cuerpo cubierto de pelo. Era enervante, aunque bastante atractivo, ese pelo suave y sedoso que le cubría la piel. Pero no tenía tiempo de averiguar en qué se había convertido, estaba aquí por un solo motivo específico y sólo tenía estos breves momentos en siglos de tiempo, una estrecha ventana en la eternidad, delgada como el filo de un cuchillo, en la cual poder llevar a cabo su misión.

Tenía que actuar ya.

Sus grandes ojos amarillos recorrieron unas formas apenas visibles en la oscuridad.

Una habitación: había llegado a una habitación. Una estancia silenciosa, con mobiliario sencillo: una mesa, una silla, una cesta... vacía o llena era algo que no sabía, pues carecía de la altura suficiente para ver lo que había dentro. De hecho, era más pequeña que la mayoría de los muebles y muchos de los demás objetos diversos, incluida una urna de arcilla para agua que esperaba pacientemente en un rincón. Al dar un paso para avanzar, se sorprendió al oír el ruido de sus pies con garras rozando el suelo de madera.

De modo que era una especie de animal pequeño. Los dioses debían de haberle dado la forma y el tamaño justos que necesitaba para lograr su objetivo, ni más ni menos. Sus ojos de lechuza atravesaron la oscuridad hasta que vieron la cuna del bebé contra la pared del fondo. Sus grandes orejas captaron los suaves ronquidos del hombre y la mujer que dormían apaciblemente en un colchón de paja a poca distancia. Su nariz aspiró el fuerte olor a heno y tierra, y a pobreza.

—Campesinos —dijo burlona—, no son más que sucios campesinos. Siempre supe que no era de sangre amazona.

De un salto, sus fuertes patas la catapultaron desde el suelo y aterrizó limpiamente en el borde de una sencilla cuna de madera. Qué sensación tan maravillosa era tener los sentidos y la agilidad de este ser. Soltó una risita y oyó su propio sonido como el bufido siseante de un animal. Sus ojos redondos y amarillos vieron lo que había ante ella. Dentro de la cuna, dormía un bebé. Su dulce carita no era muy distinta a la del bebé cuyo cuello acababa de cortar: sin duda, su sangre era igual de cálida y deliciosa.

Una lengua larga y negra lamió unos labios finos al tiempo que reía suavemente. Lo iba a hacer. La cosa iba a salir bien. La escena era la viva imagen de la seguridad y la armonía en la vida de una familia campesina: tan dulce que daban ganas de vomitar. Lástima que se hubiera colado un demonio por una grieta de la pared, rió por lo bajo. Habría preferido reírse en voz alta, pero sabía que al hacerlo, despertaría a los padres.

Un temor repentino a ser descubierta antes de finalizar su tarea le hizo agitar las garras. Con cuidado, despacio, alargó primero una zarpa y luego la otra y su escaso peso apenas agitó la tela que envolvía el cuerpecito, un manto colorido de falsa seguridad.

Colocando con cuidado una zarpa y luego la siguiente, se arrastró por encima del bebé, hasta llegar a su cara encantadoramente inocente. Sus sentidos aumentados lo captaban todo: el rápido latido de su corazoncito contra un pecho vulnerable, el olor limpio de su piel dulce y sabrosa... ¿o lo que detectaba era el fuerte olor cobrizo de la sangre que tanto le gustaba? Olisqueó rápidamente al tiempo que sus grandes ojos escudriñaban atentamente a su presa.

Pestañas doradas, una nariz pequeña y perfecta, labios curvados ligeramente hacia arriba, incluso esa sonrisa satisfecha que tanto había despreciado: estaba todo allí. La belleza que había cautivado el corazón de la guerrera, apartándola de su auténtico destino para siempre, todo ello estaba aquí, en sus inicios, como una bella flor que esperaba para abrirse.

Mientras contemplaba al bebé dormido, reflexionó sobre la naturaleza del enigma que la había atormentado durante siglos. Y, a pesar de lo lista que era, de lo lista que había sido en vidas pasadas, le había hecho falta todo este tiempo, siglos en realidad, para dar por fin con el verdadero motivo de que todos sus planes para conseguir el poder infinito hubieran fracasado.

—Gabrielle —le susurró al pequeño bebé, observando fascinada cuando se agitó con un ceño levemente preocupado—, ¡ahora, tu alma es mía!

Avanzó y pegó la cara a la de la niña, con los labios a la distancia de un ala de mariposa. Y cuando el bebé exhaló, ella inhaló, cada vez más y más, aspirando hasta que sintió que su propio pecho se llenaba hasta el punto de dolerle. Sin embargo, siguió inhalando profundamente, aspirando el dulce aliento que se escapaba hasta que por fin, cuando toda la esencia quedó absorbida y atrapada en lo más hondo de la suya, el corazoncito del bebé dejó de latir por completo.

En el camastro de paja, la madre se movió.

Tras lamer los últimos restos de la esencia del bebé, se volvió rápidamente para mirar, con los ojos brillantes llenos de alarma.

La madre se estaba moviendo, despertándose, notando una presencia, algo que no debía estar allí: una quietud en la habitación que no debería existir. Sentándose sobre los cuartos traseros, se quedó mirando cuando la madre empezó a incorporarse.

Esperó únicamente el breve instante que necesitó para sonreír con ufana satisfacción y darse una palmadita posesiva en el vientre, ahora redondo y protuberante. Y entonces, con apenas un movimiento que revelaba su paso, desapareció.

—Herodoto, la niña. —Hécuba sacudió alarmada a su marido dormido.

—¿Qué? —replicó él, volviéndose confuso.

Ella salió de la cama a toda prisa.

—¡La niña, Herodoto, algo va mal!

Antes de que Herodoto pudiera incorporarse y enfocar la vista a través de la estancia oscura sobre la cuna del bebé, Hécuba ya estaba gritando, aferrada a su hija, su primogénita Gabrielle, que yacía muerta en sus brazos.


¡Oh, cómo se moría de aburrimiento! Ya había llegado el olor dulce y cálido y la sensación del verano. Los árboles estaban verdes, la hierba espesa y lista para correr a través de ella con los pies descalzos. Los días eran largos y se iban alargando más y ella estaba metida en esta aula escuchando el rollo interminable de la profesora. ¿Cómo podían esperar que se concentrara en nada cuando era verano y faltaban pocas semanas para la graduación? Jugueteó un poco con las monedas que llevaba en el bolsillo: lo que le quedaba de la paga le quemaba el bolsillo, era dinero que clamaba por ser gastado en cerveza.

Aajj, gimió mentalmente, cerrando los ojos al tiempo que apoyaba la barbilla en la mano. Aajj, aajj, aajj, ¿es que este día no va a acabar nunca?

—Gabrielle. —La profesora había dejado de explicar las tonterías que había estado garabateando en la pizarra y la estaba llamando—. ¡Gabrielle!

—¿Qué? —contestó sobresaltada.

—¿No te estamos dejando dormir?

—No, evidentemente —replicó, volviendo a ponerse la barbilla en la mano y cerrando los ojos de nuevo.

No, la profesora no le iba a dejar pasar eso, aunque faltaran dos semanas para la graduación. Captó el enfado en el ruido de los pasos cuando la profesora dejó la parte delantera de la clase y se acercó a su pupitre.

Pero siguió con los ojos cerrados, a pesar de la presencia amenazadora que se cernía ahora sobre ella.

—Puede que te vayas a graduar dentro de dos semanas, Gabrielle, pero eso no significa que puedas ser grosera. Todavía tienes que asistir a clase, prestar atención y ser respetuosa con tus profesores.

Gabrielle abrió los ojos, decidiendo seguir una táctica diferente.

—Lo siento, señorita Considine, pero es que hace tan buen tiempo y la graduación está tan cerca, que me cuesta mucho concentrarme. Y ya sabe que las matemáticas no se me dan muy bien, en el mejor de los casos. Lo intento, pero en realidad lo único que quiero es salir corriendo ahí fuera, libre y salvaje, y empezar a disfrutar del verano hasta que tenga que enfrentarme a las duras y crueles realidades de la universidad y...

—¡Basta! ¡Basta! Es que empiezas y no paras. ¿Te has planteado dedicarte a la política, querida? En serio.

Algunos de los amigos de Gabrielle diseminados por el aula se echaron a reír. Gabrielle les sonrió, con aire conspirador. Pero el comentario fortuito afectó a la joven.

—No, nada de política, por favor, cualquier cosa menos eso. Déjele el poder a mi madre, que a ella le encanta. Yo preferiría incluso quedarme aquí y hacer sus malditos galimatías de coeficientes trigonométricos antes que entrar en política.

—Tú sigue así, jovencita, y me encargaré de que así sea... después de las clases.

Gabrielle apartó la mirada de la profesora, con su alegre talante de verano echado a perder. Pero eso parecía ocurrir siempre que pensaba en su rica y poderosa madre.

Sin hacer caso de la mirada gélida de Gabrielle, la profesora volvió a la pizarra para continuar con la clase.

La atención de Gabrielle volvió a desviarse hacia la ventana, pero el verano ya no le resultaba tan atractivo como pocos momentos antes. Dentro de dos semanas, ya no habría más clases hasta el otoño. Su propia y dura realidad era que iba a tener que buscar formas nuevas y creativas para evitar pasar mucho tiempo en casa.

Día a día, suspiró por dentro, apoyando una vez más la barbilla en la mano. Antes de empezar a preocuparme por lo de mañana, a ver si se me ocurre cómo voy a evitar volver a casa hoy para recibir una paliza.

Mientras la profesora seguía hablando monótonamente a la clase con palabras que casi no oía, aplicando la tiza al encerado verde para dibujar filas de líneas que apenas entendía, Gabrielle planeó maneras de llegar a casa y meterse en su habitación sin cruzarse con su madre.


—¿Dónde vas? —Peter corrió para alcanzar a Gabrielle y la saludó con una sonrisa.

Ella le sonrió a su vez y aflojó el paso para dejar que su amigo se pusiera a su lado.

—A tomar un trozo de pizza y una coca en Gino's. ¿Quieres venir?

—Sí, ¿pagas tú?

—Pues claro, ¿no pago siempre? Ves, viene bien tener a una chica rica como amiga.

Peter se metió las manos en los bolsillos y dejó que sus piernas largas y desgarbadas lo transportaran con poco esfuerzo.

—No soy amigo tuyo por eso, lo sabes, ¿verdad?

—Claro que lo sé. —Gabrielle le dio unas palmaditas a su amigo en la espalda—. Pero te invito de todas formas. —Sonrió al ver la gran sonrisa del chico—. Lo que de verdad me vendría bien es una cerveza.

Peter se encogió de hombros.

—Pues cómpratela.

—No me la venden, ya lo he intentado.

—Cómprala en el 7-Eleven.

—Ahí ya me han pillado también.

—¿No tienes un carnet falso?

—No, ¿y tú?

Peter volvió a agachar la cabeza y su largo pelo pardusco se le resbaló por el hombro y apuntó hacia el suelo.

—No.

—No pensaba que lo tuvieras, genio. Tres años más hasta que cumplamos los veintiuno. Qué ganas tengo. Entonces podré emborracharme cuando me dé la gana.

—¿Te apetece emborracharte?

Gabrielle suspiró, colocándose un mechón de pelo rubio detrás de la oreja.

—Odio los viernes.

Peter levantó la cabeza y miró asombrado a su amiga.

—¿Odias los viernes? ¿Estás loca? ¡Es el fin de semana! No hay clase, ¿recuerdas?

—Ya, pero eso quiere decir que tengo que estar en casa el día entero, durante dos días.

Peter apartó la mirada, pues sabía muy bien la suerte que solía aguardar a su mejor amiga la mayoría de los fines de semana.

—Sí, supongo que tienes motivos para odiar los fines de semana. Tu madre está en casa, ¿no?

—Sí. —Gabrielle pegó una patada a una piedra que se encontraba justo en medio de su siguiente paso—. Sí, está en casa.

Peter se paró en seco y detuvo a Gabrielle agarrándola del codo.

—Oye, tengo una idea. Vamos a pillarnos un colocón.

Ella lo miró como si le hubieran salido dos cabezas.

—¿Un colocón? ¿Te refieres a un colocón de drogas?

—Sí, a eso me refiero justamente —afirmó él, al tiempo que por su cara se iba extendiendo una amplia sonrisa.

Gabrielle hizo un gesto negativo con la cabeza.

—Mira, Peter, ya sé que te gustan los porros, pero yo los detesto. Me pongo toda rara y paranoica y con mal rollo y acabo tosiendo hasta que me quedo sin garganta y luego me como una caja entera de Captain Crunch. Lo que me faltaba es tener que enfrentarme a un fin de semana con mi madre en casa en pleno ciego y paranoia de porros, vomitando cereales a medio digerir... después de recibir un puñetazo en el estómago.

Peter miró al suelo, moviendo un poco los pies.

—No estoy hablando de maría.

—¿No?

—Qué va, ya no le doy a la hierba —replicó Peter, agitando el pelo largo de lado a lado al negar con la cabeza—. He descubierto algo mejor... muchísimo mejor.

—¿Qué has descubierto mejor que la maría? A ti te encanta. ¿Pastillas? ¿Anfetas?

—No —contestó Peter, sonriendo malicioso.

—No será cocaína, eso es tan de los ochenta.

—Jo, no, esa mierda me da dolor de cabeza sinusítico.

—¿Entonces qué? —preguntó Gabrielle, ahora curiosa.

Peter enarcó las cejas castañas, con su mejor expresión de desafío.

—Ven conmigo y lo verás.

—No seas gilipollas, Peter.

—¿Tienes miedo?

Gabrielle resopló.

—¿Quién? ¿Yo? Oye, te olvidas de con quién tengo que vivir. No, a mí no me da miedo ninguna droga que puedas estar tomando.

—Pues ven. A la mierda la pizza y la coca. Te voy a dar algo que te hará olvidar a tu madre, tu casa, este sitio... todo lo que quieras olvidar. Es como flotar en una piscina caliente... es genial, Gabrielle. No puedo describirlo. En serio.

—¿En serio? —Gabrielle se acercó más, mirando profundamente a los ojos marrones de su buen amigo—. Estás hablando de caballo. Has estado esnifando caballo.

Peter sonrió de nuevo.

—Esnifando no. Venga. Vamos al Agujero. No hay nadie en casa, como siempre.

Peter echó a andar rápidamente junto al césped, volviendo en la dirección por la que acababan de venir.

—¡Espera un momento! —gritó Gabrielle, echando casi a correr para alcanzarlo—. No me digas que te has estado chutando —dijo, bajando la voz—. Enséñame los brazos. —Intentó parar a Peter, agarrando sus largos brazos para buscar pequeñas costras o alguna marca, alguna señal reveladora de que su amigo había dado un osado paso en una dirección a la que ella sabía que debía oponerse.

Él se soltó, riendo.

—¡Venga ya! ¿Qué buscas? ¿Marcas de aguja? —Volviéndose, le enseñó los brazos delgados y limpios, libres de cualquier tipo de marca—. ¿Qué te crees, que ahora soy yonqui? Uno o dos chutecitos no te van a convertir en yonqui.

—No es eso lo que dijeron en clase, ¿recuerdas?

—¿Cómo, ahora de repente escuchas lo que nos cuentan aquí? Vamos, Gabs, es un pedo. Como beber o fumar o esnifar. Lo hago para divertirme, de vez en cuando, para sentirme mejor. Es mejor que estar hecho una mierda todo el tiempo. Cuando lo hago, me siento bien. Has dicho que por una vez te gustaría sentirte bien, ¿no? ¿Prepararte bien para enfrentarte al fin de semana? Pues esta mierda hace que te olvides de todo. Estarás tan relajada que te importará un puto bledo quién esté en casa, o si tienes casa siquiera.

—¿Sí? —preguntó ella, dudando. Sabía que tendría que echarle la bronca. Alejarse. Ir a comer pizza. Beberse una coca o incluso una cerveza, pero sentía curiosidad. Había hecho algo sin ella. Había dado un paso adelante y la había dejado atrás. Un paso hacia algo que le resultaba oscuro y misterioso... algo peligroso. Y decía que así se sentía bien.

¿Cómo podía ser más valiente que ella? Era un gallina esmirriado. ¿Cómo podía sentirse bien sin ella?

—Vamos —dijo muy resuelta, agarrándolo del brazo para arrastrarlo.


Peter vivía, dormía y comía, estudiaba, escuchaba música con un pequeño magnetofón personal con cascos, pero sobre todo se escondía de su padre alcohólico en un viejo catre del ejército colocado en el rincón de un pequeño sótano oscuro. Su casa, por diminuta y ruinosa que fuera, tenía muchas habitaciones, y él hasta tenía un dormitorio, pero si dormía allí, se arriesgaba a enfrentarse a los repentinos estallidos de gritos y cosas peores de su padre siempre que volvía a casa borracho, lo cual ocurría casi todas las noches.

Fue Gabrielle la que descubrió el rincón oculto, en su mayor parte, a la vista de cualquiera. Juntos, trasladaron hasta allí un viejo y oxidado camastro del basurero justo cuando empezaron el primer año de instituto. Fue como si al terminar primaria, los dos se hubieran vuelto de repente más sabios, más listos. Juntos se dieron cuenta de que, en lugar de aguantar los malos tratos, Peter podía evitarlos por completo por el sencillo método de vivir en el sótano. Ahora, cuatro años después y a punto de graduarse, seguía durmiendo allí. No sabía si su padre era consciente o si se enteraba siquiera de que Peter faltaba de su propia habitación por las noches, o si el viejo borracho era incapaz de bajar el largo tramo de escaleras desiguales que conducían hasta él: lo único que sabía era que aquí abajo, en la penumbra oscura y fría del viejo y mohoso sótano, podía dormir sin tener miedo.

Y aunque Gabrielle y él eran de orígenes totalmente opuestos —Gabrielle muy, muy rica; Peter muy, muy pobre— en esto estaban conectados por un hilo común. Gracias a esto se habían hecho amigos íntimos desde que tenían seis años y se habían refugiado en esa amistad. A menudo bajaban aquí juntos, él para evitar a su padre, ella para evitar volver a casa, aunque esa casa fuera una mansión palaciega del mejor barrio de la ciudad. Aquí habían jugado, hablado, escuchado música y planeado su huida en un futuro que esperaban que no fuera muy lejano.

¿Qué pasaría, se preguntó, ahora que iban a terminar el instituto? Sin duda, a Gabrielle la enviarían a una costosa universidad privada. ¿Acabaría él trabajando en la misma fábrica que su padre? ¿Viviría aquí abajo, en este pequeño agujero del sótano, en este catre oxidado, para siempre? ¿Acabaría borracho y pegando a sus propios hijos, igual que papá?

Sus pies corrieron escaleras abajo, sin necesitar siquiera la luz para ver por dónde iba, de lo bien que las conocía. Al llegar abajo, estiró un largo brazo y tiró de una cuerda para encender la única luz de la estancia, una pequeña bombilla desnuda enroscada en un casquillo herrumbroso del techo agrietado. Apenas vencía a la oscuridad, pero dejaba ver el contorno gris del catre en el rincón del fondo.

Gabrielle bajó corriendo las escaleras, con la misma facilidad, y miró a su alrededor con curiosidad. ¿Qué aspecto tendría, se preguntaba, ahora que él estaba metiendo heroína en el "Agujero", que era como llamaban a su refugio? Guiñó los ojos para ver a través de la oscuridad, pero no descubrió nada que revelara la parafernalia de drogas ilegales tirada por allí.

Peter la pilló mirando y se echó a reír.

—¿Qué te esperabas ver, una camilla de hospital con un gotero?

Gabrielle le dio un manotazo amistoso en el hombro y se dejó caer en el catre, sin hacer caso del chirrido de los muelles y la nube de suciedad y polvo que salió de la vieja manta de lana.

—No —replicó y luego se encogió de hombros—. No sabía qué esperar. Ni siquiera sé qué se necesita para hacer una cosa así.

—No se necesita gran cosa. —Peter fue a un rincón oscuro. Gabrielle lo oyó mover cosas y se echó hacia delante con curiosidad, pero no vio nada. Al cabo de un momento, Peter regresó con un paquetito en la mano.

Acercó una silla metálica y se sentó en el catre, al lado de Gabrielle, y los viejos muelles se hundieron más con el peso añadido. Colocando la silla delante de los dos, sonrió a su amiga, observando su cara mientras desenrollaba su alijo.

Dentro, apareció el tesoro de Peter: una cuchara vieja, con el mango un poco doblado, unas cuantas bolas de algodón, varios librillos de cerillas llenos, una jeringuilla con la aguja intacta y una bolsita en la que había una pequeña cantidad de una sustancia marrón granulosa.

Gabrielle abrió mucho los ojos y asintió con aprobación a Peter. El equipamiento, aunque sencillo, sí que parecía peligroso.

—¿Es esto? —dijo, cogiendo la bolsita y levantándola hacia la bombilla opaca y manchada para verla mejor—. No hay mucho.

Peter le arrebató la bolsa.

—No se necesita mucho.

—Dicen que cuanto más te metes, más necesitas para conseguir el mismo pedo.

—Eso son chorradas —replicó Peter—. Yo llevo ya un tiempo metiéndome sólo un poquito y la sensación sigue siendo igual de buena.

Gabrielle lo miró sorprendida.

—¿Un tiempo? ¿Qué quieres decir con un tiempo? ¿Cuánto tiempo llevas haciendo esto sin mí?

Peter se echó a reír y se puso a organizar el contenido del alijo. Desenrolló los objetos de la tela del paquete, un mero trozo de manta vieja de lana cortado en forma de cuadrado, y cayeron con estrépito en el asiento de la silla metálica. Luego dobló con cuidado la faltriquera casera, metió pulcramente dentro el cordel que usaba para atarla y dejó a salvo la bolsa improvisada en la esquina de la cama. A continuación, cogió un librillo de cerillas completo y dejó los otros encima de la bolsa, luego examinó la cuchara para comprobar que estaba limpia.

Gabrielle observaba fascinada mientras su amigo seguía los pasos de un ritual a todas luces bien ensayado.

¿Pero cuánto tiempo lleva haciendo esto?, se preguntó asombrada.

Sonriendo sólo cuando estuvo convencido de que cada objeto ocupaba el sitio exacto en el que debía estar, Peter se dio una palmada en las rodillas y se levantó.

—Ahora mismo vuelvo. No te vayas.

Rodeó la silla y se detuvo.

—Y no toques nada —advirtió, antes de desaparecer en la oscuridad. Gabrielle lo oyó subir las escaleras crujientes hasta la casa.

Se quedó mirando los sencillos objetos que había en la silla: una cuchara doblada, un librillo de cerillas, algodón, esa bolsita hermética de plástico. No eran más que unos pocos objetos sencillos, pero tan peligrosos, tan misteriosos. Y esa jeringuilla: ¿cómo será la sensación?, se preguntó. ¿De dónde había sacado la aguja? ¿De verdad debía hacer esto? Su madre estallaría si llegaba a enterarse.

Sólo tuvo que pensar en eso y ardió en deseos de meterse esa aguja en el brazo. Su visión se centró por completo en la bolsita de polvo marrón que descansaba con tanta inocencia en el sitio que le correspondía de la silla metálica. Luego miró la aguja. ¿Le dolería, se preguntó, meterse una aguja en la vena? ¿Se atrevería de verdad a hacerlo? ¿Cómo podía hacerlo Peter?

El ruido de las ligeras pisadas de Peter al bajar por las escaleras sobresaltó a Gabrielle, por lo concentrada que había estado mirando la droga de la bolsa. Levantó la mirada y vio que Peter pasaba bajo la luz de la única bombilla, haciendo que su propia sombra bailara excitada por las paredes de la oscura estancia. Se dejó caer en el colchón, sujetando un vaso de agua en la mano, que colocó con cuidado en el suelo, cerca de la silla plegable de metal.

—Todo listo —anunció y sus ojos atraparon los de su amiga. Estaba tan excitado que hasta notaba que se estaba empalmando. Llevaba mucho tiempo deseando compartir esta experiencia con Gabrielle, pero se lo había ocultado en secreto a su amiga, por temor a su desaprobación. A menudo, durante las tardes que pasaban juntos, charlando de esto y lo otro, pensaba en ofrecérselo, pero siempre se imaginaba su ceño desaprobador al decir que no, se la imaginaba saliendo bruscamente del sótano y de su vida para siempre.

No podía enfrentarse a eso. A eso no. A la idea de que lo dejara no. A fin de cuentas, estaba enamorado de ella. Quería compartirlo todo con ella. Conocía prácticamente todo lo que había que conocer sobre él, y ahora iba a conocer incluso esto.

—¿Estás preparada? —preguntó, mirándola a esos ojos increíblemente verdes y brillantes. Irguió el tronco un poco para soltarse el cinturón de cuero y con un largo tirón, se sacó el cinturón de las presillas de los vaqueros y se lo quitó de la cintura—. Súbete la manga.

Gabrielle se quedó mirándolo mientras soltaba la hebilla y tiraba.

—¿Quieres que lo haga yo primero? —preguntó, fascinada por la tira de cuero colgante.

—Tienes que hacerlo. Si lo hago yo primero, no podré hacértelo.

—¿Hacérmelo?

—No me refiero a eso, tonta. —Peter se rió de Gabrielle al ver cómo miraba el cinturón.

Al ver que no hacía ademán de seguir las instrucciones, alargó las manos y le subió la manga por ella. Gabrielle observó con fascinada atención mientras él le enrollaba el cinturón alrededor del brazo, pasando el extremo por la hebilla y tirando hasta que quedó casi apretado.

—Sujeta esto —dijo, dándole el extremo a Gabrielle—. Tira con fuerza cuando yo te diga.

Gabrielle empezó a tirar.

—Todavía no —le dijo, deteniéndola—. Cuando yo te diga. Ahora observa atentamente.

Ella dejó de tirar del cinturón, aliviada al sentir que la sangre volvía a correrle por el antebrazo. Flexionando la mano, volvió a prestar atención a lo que hacía Peter encima de la silla metálica.

Había cogido el vaso de agua con una mano y se lo había puesto entre las rodillas, luego cogió la jeringuilla, metió la punta de la aguja en el líquido y usó la otra mano para tirar del émbolo, metiendo el agua limpia en el depósito. Una vez lleno, sacó la aguja del agua, apuntó hacia arriba y empujó el émbolo, vaciando parte del contenido en el aire hasta que la jeringuilla quedó medio llena de agua.

Dejó la jeringuilla en la silla y volvió a colocar el vaso en el suelo, bien apartado.

A continuación, cogió la cuchara por el mango doblado y depositó en ella una pequeña cantidad del preciado contenido de la bolsa. Daba golpecitos en la parte superior de la bolsa de plástico, midiendo con cuidado la cantidad exacta que tenía en mente.

—No demasiado para tu primera vez —le dijo a Gabrielle, sonriendo al ver su intenso interés en lo que estaba haciendo. Sonrió a su amiga y le dio un último golpecito a la bolsa—. Para tener buena suerte —explicó. Hábilmente, con la misma mano, cerró el cierre hermético y dejó la bolsa de nuevo en su sitio sobre el asiento de la silla.

Sin dejar de sujetar la cuchara, levantó la jeringuilla y echó el agua en el polvo. Los gránulos marrones se disolvieron rápidamente, ante los ojos de Gabrielle. Observó fascinada mientras Peter dejaba la jeringuilla, pero todavía al alcance rápido de la mano, y luego, con la misma mano, cogía el librillo de cerillas. Con una habilidad que la sorprendió, Peter pasó una cerilla por la banda áspera de la parte trasera del librillo, luego levantó la cerilla encendida y prendió fuego a todo el librillo.

El brillante resplandor dejó ver plenamente las grietas y manchas de las paredes que los rodeaban. Se quedó mirando con los ojos de par en par mientras la nube de humo azulado se disipaba, junto con el penetrante olor a azufre, y sus pupilas reflejaron las llamas danzarinas en la profundidad del espejo de sus ojos.

Peter puso el fuego bajo la cuchara y juntos observaron mientras el contenido de droga y agua empezaba a hervir rápidamente.

—No demasiado tiempo, unos diez o quince segundos —aconsejó Peter con aire experto—. Si te pasas, se evapora todo.

Cuando el líquido de la cuchara se puso a borbotear y estuvo suficientemente caliente, Peter sacudió rápidamente la mano y sopló sobre el librillo hasta que se apagaron las llamas, con cuidado de no derramar ni una sola gota del preciado líquido que ya estaba cocido dentro de la cuchara. Con los mismos dedos hábiles, arrancó rápidamente un pedacito de algodón y le dio vueltas entre los dedos hasta formar una bolita y luego depositó la bola de algodón en medio de la cuchara. El algodón blanco se hinchó y se puso marrón, absorbiendo el líquido.

Peter alcanzó la jeringuilla y empujó el émbolo, vaciándolo rápidamente del agua que pudiera quedar. Colocó la punta de la aguja en medio del algodón y con cuidado, con la pericia de un profesional de la medicina, metió el contenido de la cuchara en el depósito de la jeringuilla.

Cuando la cuchara se vació de líquido, dejó de tirar.

—El algodón hace de filtro —le explicó a su nueva alumna—, pero no tires demasiado, porque no conviene llevarse las fibras de algodón. Te entra la fiebre del algodón... escalofríos, temblores y cagalina. Además, si dejas un poco en las bolas de algodón, merece la pena conservarlas. Te dan un chute muy decente si tienes unas cuantas.

Sujetando la jeringuilla con la aguja hacia arriba, volvió a dejar la cuchara en la silla con cuidado. Con el extremo doblado hacia arriba, sin estorbar, se sujetaba perfectamente, con la bola de algodón a salvo en su interior.

—Bueno, vamos allá. —Se volvió un poco en la cama chirriante, de cara a Gabrielle—. ¿Estás lista?

Gabrielle se quedó mirando la jeringuilla y una pequeña gota que salía despacio por la punta de la aguja. Observó cómo crecía, brillando a la escasa luz, hasta que se hizo demasiado grande y se resbaló de la punta, bajando por la aguja plateada.

—Sí —contestó, lamiéndose los labios y tirando con fuerza del cinturón—. Vamos a hacerlo.

—Aprieta bien el cinturón y abre y cierra el puño, así. Eso es. —Peter se acercó más, con los ojos relucientes de excitación al verla tirar del cuero—. No tires demasiado, lo suficiente para impedir que llegue la sangre al brazo. Así saldrá la vena.

Asintió cuando en su piel clara y blanca apareció una hermosa y gruesa vena virgen.

—¡Perfecto! —Con una mano, tiró de su brazo hacia él—. No te muevas. —Su otra mano, la que sujetaba la jeringuilla, bajó hasta que la punta le rozó la piel en un ángulo paralelo al brazo.

—¿Estás preparada para tu primer ciego de heroína, Gabrielle? ¿Estás segura de que quieres hacerlo?

Gabrielle, que sólo podía mirar la peligrosa aguja preparada para penetrar en su brazo, se volvió a lamer los labios, ahora muy secos.

—Hazlo, Peter —ordenó.

—Vale, allá va. —Peter empujó suavemente la aguja y, con un ligero pinchazo de dolor, la punta atravesó la piel de Gabrielle y entró en su brazo.

Soltó un bufido, pero sólo como reflejo, y observó atentamente mientras Peter tiraba del émbolo de la jeringuilla, haciendo que una pequeña cantidad de sangre entrara flotando como una flor para mezclarse con el líquido de dentro. Entonces, sin respirar casi, empujó el émbolo despacio.

Observó mientras la vena se llenaba, pues el cinturón apretado impedía que la sangre mezclada con la droga fuera a ninguna parte. El chute le provocó un hormigueo a Gabrielle por todo el brazo. Cuando la jeringuilla se vació, Peter volvió a tirar del émbolo, con cuidado de no perder el contacto con la vena, y volvió a tomar sangre con la aguja.

—Ahora viene el subidón —advirtió—. Suelta el cinturón.

Gabrielle se había olvidado incluso de que lo estaba sujetando. Lo soltó, dejando caer el extremo sobre su regazo. Al mismo tiempo, Peter aflojó el cinturón enrollado y luego empujó de nuevo el émbolo, vaciándole el contenido de la jeringuilla en el brazo antes de sacar con cuidado la aguja de su vena.

Una gotita de sangre se escapó de la aguja y Peter se apresuró a cubrirla con un trocito limpio de algodón, pero Gabrielle casi ni se dio cuenta.

Una ola abrumadora de calor amoroso ya había inundado a Gabrielle de la cabeza a los pies. Sintió que su mundo giraba y se arqueaba y que la oscuridad y la lobreguez del sótano se hacían doradas y acogedoras. La bombilla desnuda se hizo brillante, reluciente como un millón de estrellas y soles que giraban en lo alto. A su alrededor, las paredes se alejaban a toda velocidad. Se estaba desplomando, cayendo, volando y desapareciendo del lugar frío y vacío en el que existía para llegar a un sitio tan increíble que casi no podía respirar de lo maravilloso que era.

Con ese pequeño pinchazo, Gabrielle quedó vencida.

Cayó hacia atrás, se golpeó la cabeza con la pared y su cuerpo se desplomó sobre el camastro.

Peter sonrió al recordar con cariño su primer chute y luego movió a su amiga, colocándole la cabeza, los brazos y las piernas en una postura más cómoda con toda la atención de un médico al atender a un paciente. La puso cómoda para que cuando se despertara no se sintiera como él la primera vez que se adentró en el dulce olvido: con una tortícolis tremenda por haber estado tirado contra la pared.

Cuando se aseguró de que Gabrielle estaba apaciblemente inconsciente y disfrutando del viaje, preparó su propia jeringuilla, o "chuta", como sabía que la llamaban. Al ver a Gabrielle, estaba más que preparado para emprender su propio viaje. Mientras preparaba su propia chuta, echó un vistazo a su amiga.

—Hasta luego, Gabs.

Ahora nunca lo dejaría, pensó con una sonrisa al tiempo que se metía la aguja en el brazo. ¿Cómo podría? Iba a necesitar esto igual que lo necesitaba él, razonó su mente mientras empujaba el émbolo y sentía la oleada de calor que le inundaba el cuerpo. Lo sabía. Y cuando lo necesitara, entonces lo necesitaría a él de verdad.


Estaba bajando a una velocidad alarmante, cayendo, y la tierra la rodeaba, tragándosela entera. No sentía miedo. Sólo sentía un calor precioso que la abrazaba, rodeándola con sus brazos como un manto suave y apartándola del mundo frío para llevarla a otro lugar, a un lugar cálido y maravilloso.

Ah, era como desaparecer. Como alejarse volando a la velocidad de la luz de esa gran mansión solitaria, de las habitaciones vacías, los historiados electrodomésticos, la ropa de diseño, su madre... su madre siempre, vigilándola, acechándola... pegándola.

La cara de su madre se hizo visible con una explosión, con expresión de sorpresa. Gabrielle se estaba escurriendo de entre sus garras, como aquella vez en que esquivó un puñetazo en el último segundo, haciendo que su madre golpeara la pared en cambio. Los periódicos dijeron que la puerta de una limusina y un chófer descuidado habían sido la causa de la lesión, pero así y todo Gabrielle recortó la foto de su madre de la revista de cotilleos. Era una buena fotografía de su madre en la que se veía muy bien la escayola blanca. La escondió en su diario, un trofeo secreto de una de las pocas batallas que había ganado.

Ahora estaba escapando de algo más que un puñetazo. Estaba huyendo en cuerpo y alma, sobre todo en alma. Su alma había alzado el vuelo y había salido de esa casa fría y dura hasta...

¿...un montón de abono?

El olor inconfundible a tierra sin contaminar le llenó el olfato, un olor penetrante y alarmante, dado lo poco acostumbrada que estaba al olor de la naturaleza libre. ¿Eso que oía eran aplausos? Sonaba tan fuerte que podía ser un teatro lleno de gente dando palmas a la vez. Algo le dio en la nariz y Gabrielle abrió los ojos sorprendida y se quitó una hoja seca de la cara con la mano. No eran aplausos, sino el ruido de árboles agitados al viento. El cielo estaba gris y amenazaba lluvia. Soplaba un fuerte viento, un sonoro anuncio de una tormenta en ciernes. Hacía que las hojas y las ramas se retorcieran en lo alto sobre el fondo de un cielo cada vez más desolado. Los ojos verdes de la chica siguieron el balanceo de los árboles durante un rato hasta que por fin levantó la cabeza del suelo para mirar a su alrededor.

Las oscuras hojas marrones y secas crujieron bajo sus palmas cuando se incorporó apoyándose en las manos, observando la abundante naturaleza que la rodeaba.

Estaba al borde de un bosque, de espaldas a los altos árboles, y ante ella había una gran extensión de praderas con una serie de pequeñas colinas como olas en un mar de tierra verde que se perdía en el horizonte.

—Qué bonito —susurró, sin sorprenderse cuando sus palabras fueron arrebatadas por el viento que corría por encima de las ramas.

Las hojas secas que tenía bajo las manos empezaron a producirle picores en la piel. Alzó las manos y se las miró sorprendida.

—Menudo sueño —se dijo, contemplando las marcas rojas que le habían dejado las rígidas hojas en la piel—. La droga hace que parezca de lo más real.

Se levantó de su colchón de tierra, limpiándose las manos en la tela de los vaqueros.

—¿Dónde diablos estoy soñando que estoy? —se preguntó mirando hacia arriba y alrededor.

Las hojas bailaban en lo alto, riéndose como respuesta.

Cuando el viento se calmó, empezó a oír otros ruidos con más claridad: ruidos de choques, como de metal al golpear con metal. Ahora oía gruñidos y gritos e incluso lo que parecía el eco estridente de un chillido.

Avanzando alarmada, Gabrielle corrió hasta un altozano del terreno para mirar por encima del borde, hacia el origen de los alaridos que estaban llenando rápidamente el bosque y su propio estómago de una sensación de pavor.

A Gabrielle se le pusieron los ojos como platos cuando se detuvo, con una vista perfecta del valle que había nada más pasada la colina.

Se estaba desarrollando una batalla... una batalla campal... una guerra, en realidad. Nunca había visto una guerra en persona, pero había hombres, y mujeres, según advirtió, estampándose los unos contra los otros y atacándose con... espadas... y lanzas... y otras armas manuales igualmente feas y mortíferas de aspecto.

Su mente se rebeló y retrocedió un paso para dejar de verlo y dedicar un momento para sacudirse las telarañas del cerebro antes de volver a mirar.

Sí, ante ella se estaba desarrollando una feroz batalla, a apenas un kilómetro y medio de la suave ladera que bordeaba el exuberante prado. Desde la atalaya donde se encontraba, tenía una perfecta vista de pájaro de lo que estaba ocurriendo.

Una formación de hombres bien organizada marchaba en ordenadas filas hacia una larga línea de soldados de infantería. La línea enemiga se alargaba con pocos efectivos delante de los atacantes al pie de la suave ladera de la siguiente colina, atrapada contra ella sin sitio para escapar salvo la ladera cubierta de hierba, mientras la falange de ataque avanzaba. Los agresores iban a atravesar el centro de la línea menos organizada y más débil, a atravesarla para luego abrirse hacia los lados y atacar a la vez por delante y por detrás. La línea se dispersaría y los que quedaran en medio serían aplastados. Gabrielle había leído algo sobre esta táctica en clase de historia hacía muy poco: una clásica maniobra de batalla en época antigua.

Época antigua. Gabrielle se planteó esa idea un momento, pero no tuvo mucho tiempo antes de tomar aliento maravillada. Cuando los atacantes se acercaban, lanzados a su estrategia, la débil línea de adversarios se empezó a mover de repente, llenándose de soldados que habían aparecido súbitamente por encima de la colina que tenían detrás. Y ahora no sólo eran soldados de infantería, sino tropas montadas, que avanzaban atronando sobre unos inmensos caballos de guerra. Ahora la línea estaba reforzada, más sólida con las tropas que se habían añadido, y estaba girando en una formación asombrosamente cerrada. Desde donde estaba, era como un abanico que se cerraba sobre la pobre columna de soldados atrapados en el centro: los atacantes, que ahora se veían atacados por delante y por detrás, como ratas aplastadas en una trampa al cerrarse.

Increíble. Estaba viendo cómo se desarrollaba una batalla de enormes consecuencias ante sus propios ojos. A Gabrielle no le cabía la menor duda. Estaba ocurriendo y ella era testigo. Aquí mismo. Ahora mismo. Oía los gritos. Su visión se centró en los hombres y mujeres atrapados en medio de la brillante maniobra y que caían a derecha e izquierda. Oía el roce metálico cuando entrechocaban las espadas, cuando el metal chocaba con el hueso, el trueno de los cascos cuando los jinetes victoriosos lanzaron a sus caballos al galope para cerrar de golpe las mandíbulas de la trampa. El ruido de la lucha resonaba por los valles y las colinas que la rodeaban, hasta que por fin el estruendo pareció ir cediendo y los gritos se acallaron. Sólo se oían algunos golpes de espada sueltos en medio de la llanura de repente demasiado silenciosa.

La batalla se había ganado, la lucha había terminado. Se había matado, de una forma limpia, eficaz y sumamente decisiva. Gabrielle había visto cómo ocurría todo ante sus propios ojos. Siguió mirando, observando fascinada mientras las pocas tropas que quedaban huían derrotadas, corriendo en diversas direcciones.

Corred, quiso gritar Gabrielle, corred y escapad. Oyó que alguien gritaba una orden y varios grupos de jinetes salieron en persecución de los vencidos, que no tenían posibilidad alguna a pie contra los vencedores sobre sus caballos de guerra.

Gabrielle se llevó la mano a la boca al caer espantada en la cuenta. ¿No iba a haber supervivientes, cautivos?

—¡Yaah!

Un grito demasiado cercano estuvo a punto de hacer tropezar a Gabrielle en la hierba y caer. Retrocedió rápidamente y el ruido de alguien que trepaba corriendo por la ladera y se dirigía hacia ella le provocó una descarga de adrenalina que le aceleró el corazón.

—¡Mierda! —Se volvió y corrió hacia la línea de árboles que tenía detrás, donde se ocultó detrás de un tronco justo a tiempo de evitar que la viera un soldado que subía a base de fuerza bruta por un lado de la colina herbosa hasta llegar a la cima. Vio el miedo que llenaba sus ojos, y era evidente que su pesada armadura dorada le restaba demasiada velocidad. Se resbaló sobre un poco de barro al llegar arriba y cayó de rodillas.

Incapaz de levantarse, avanzó gateando presa del pánico, agarrándose con las manos a la tierra y las hojas en un intento enloquecido de huir. Gabrielle avanzó un paso, alargando la mano, como reacción natural para intentar ayudarlo.

Un caballo gigante salió disparado por el borde, saltando limpiamente por encima del hombre, y Gabrielle retrocedió, para ocultarse otra vez detrás del árbol. Observó, asomándose, cuando el jinete hizo girar al caballo, cuyas pezuñas arrancaron grandes terrones de barro al cambiar de dirección.

—¿Dónde te crees que vas, Demóstenes? —La voz aterciopelada y peligrosa del jinete sorprendió a Gabrielle.

Desde su escondrijo detrás del tronco del árbol, atisbó para ver al jinete. Era una mujer: una mujer morena, cuyo largo pelo negro le caía por los hombros y la espalda agitándose mientras su caballo bailaba alrededor del hombre caído.

—No, no, por favor, no. —El hombre se puso de rodillas, suplicando, con las manos marrones por el barro—. Piedad, por favor.

—¿Piedad? —Una carcajada sardónica resonó por el aire, acentuada por el roce del metal cuando la mujer desenvainó hábilmente la espada de la funda que llevaba a la espalda—. ¿Me das una buena razón para que me apiade de ti?

—Más de una, más de una, más de una, Xena —balbuceó el hombre sin aliento.

—Adelante. —La montura de la mujer guerrera resopló protestando cuando ella controló a la yegua dorada. El animal olía la muerte que se avecinaba, igual que Gabrielle. El corazón le martilleaba con fuerza en los oídos.

El hombre abrió las manos con un gesto de súplica para la mujer guerrera.

—Tengo esposa e hijos.

—Me partes el corazón —dijo ella, levantando la espada para golpear.

—Te puedo ser útil.

La espada bajó, pero no mucho.

—Útil. ¿Cómo? Rápido, Demóstenes, antes de que Argo te pise la cabeza.

El caballo amenazaba con hacer justamente eso, pues cada vez estaba más agitado e impaciente. Gabrielle tragó saliva, deseando que el hombre se hiciera con el control de sus palabras y se defendiera.

—Me he reunido con Stratocles. Conozco su estrategia para proteger Atenas. Tiene un plan, un plan que sé que tú jamás te esperarías.

La mortífera espada bajó un poco más hasta que la hoja se apoyó en el hombro acorazado de la feroz mujer que se cernía sobre él.

—Ah, no me digas —dijo, con esa voz suave y oscura que rezumaba sarcasmo—. No será ese plan de abandonar la defensa de los pasos y establecer una línea más corta en Queronea, entre el río Cefiso y la ciudadela, ¿verdad?

Gabrielle vio que a Demóstenes se le dilataban los ojos al darse cuenta de que no tenía nada con que negociar por su vida, y se le partió el corazón por él.

—Perdóname la vida, Xena, por favor —suplicó, con voz hueca por la derrota.

La mujer morena caracoleó alrededor de Demóstenes, cambiando de posición, y ahora Gabrielle pudo verle bien la cara, por fin. Era fiera y bella, con los ojos tan claros y azules que hacía daño mirarlos.

Gabrielle aguantó el aliento al ver que esos ojos feroces se llenaban de lástima.

Tiene una oportunidad, pensó Gabrielle, obligándose a permanecer absolutamente inmóvil y tratando de convencer mentalmente a la mujer para que le perdonara la vida al pobre hombre.

La espada se movió tan deprisa que Gabrielle casi ni la vio. Los ojos de Demóstenes se llenaron de un horror silencioso y un corto chorro de sangre fue lo único que consiguió soltar por la boca antes de que su cabeza se inclinara hacia un lado y cayera de sus hombros. Un chorro rojo salió despedido del cuello limpiamente cortado, una vez y luego otra, y por fin el resto del cuerpo cayó de lado.

—¡Noooo! —La voz de Gabrielle atravesó el aire y de repente salió corriendo de detrás del árbol.

El caballo se giró en redondo y la mujer guerrera apenas logró controlarlo cuando se encabritó sorprendido, levantándose sobre las patas traseras.

—¿Por qué has hecho eso? ¿Por qué lo has matado? —protestó Gabrielle a gritos.

Vociferando, la mujer blandió la espada y puso al caballo al galope, directa hacia ella. A Gabrielle casi no le dio tiempo de tirarse a un lado y detrás de ella oyó el roce en el aire de la espada, que no la alcanzó por los pelos.

La guerrera acabó en el bosque, enredada en una maraña baja de hojas y ramas. Luchó con el follaje que la rodeaba mientras Gabrielle se levantaba de nuevo para enfrentarse furiosa a la mujer.

—¿Por qué lo has matado? ¿Por qué? ¡No tenías por qué hacerlo!

La mujer morena se quitó airada una rama del pelo, mirando furibunda a la chica.

—¿Quién coño eres tú?

—Qué forma tan educada de hablar —dijo Gabrielle, poniéndose en jarras.

Una ceja oscura y elocuente se alzó al tiempo que la mujer movía indecisa la espada en la mano. Hizo avanzar al caballo, aprovechando para mirar bien a la chica que tenía delante.

—Qué ropa tan rara llevas.

Gabrielle se miró: vaqueros que le colgaban de las caderas, el ombligo al aire y una camiseta blanca corta y ceñida con las mangas arrancadas. En la parte de delante aparecía escrito Siouxsie and the Banshees con largos caracteres negros como pinceladas.

—A mí me gusta —contestó Gabrielle valientemente.

La expresión de la mujer se enturbió ante la actitud sarcástica de la chica.

—¿Es que no sabes que esto es un campo de batalla? Para una chiquilla es peligroso andar rondando por el bosque. ¿No crees que deberías volver a ordeñar las cabras o recoger las aceitunas o dar de comer a las gallinas o lo que sea que tenga que hacer una cría en la granja?

—No soy una cría... y... no soy granjera.

—Ah, ¿no? ¿Qué eres entonces?

—Soy una mujer.

—¡Ja! Una mujer que no tiene el sentido común de apartarse de alguien que tiene una espada ensangrentada en la mano.

—¡Tengo suficiente sentido común para saber que lo que acabas de hacer está mal! Ese hombre estaba de rodillas rogando que le perdonaras la vida. ¿Por qué has hecho eso? ¿Por qué lo has matado? —El tono de Gabrielle pasó de osado a suplicante, al tiempo que se le volvía a romper el corazón por lo que acababa de ver, pues su mente no lograba comprender esa crueldad e injusticia.

El brazo con que la mujer guerrera sujetaba la espada bajó aún más y los ojos fríos y duros se llenaron de tristeza y pesar.

—Demóstenes era un general con la responsabilidad de proteger la gran ciudad de Atenas. Tomó varias decisiones desacertadas y hoy perdió esta batalla, la perdió desastrosamente. Había caído en desgracia —dijo la mujer, con tono suave, muy distinto de los tonos sedosos y amenazadores que había usado momentos antes.

Xena observó atentamente a esta extraña muchacha, que la miraba a su vez con unos claros ojos verdes llenos de asombrosa inocencia, sin entender, cosa evidente, lo que quería decir.

—Mejor morir como soldado que volver a casa como prisionero, capturado tras la derrota —explicó, y señaló con la punta de la espada el cuerpo inmóvil que estaba a poca distancia—. Él habría hecho lo mismo por mí.

Gabrielle siguió la punta de la espada hasta el suelo y luego hasta el cuerpo decapitado, que yacía a pocos pasos de distancia. La cabeza estaba allí cerca, con ojos vacíos que contemplaban las copas de los árboles agitados. Todavía salía sangre del cuello del cadáver y empapaba el suelo de alrededor, transformando el verde de la hierba en un negro reluciente. Las moscas ya revoloteaban zumbando, posándose y alzando el vuelo, cayendo en enjambre para alimentarse y poner huevos que, a su vez, se transformarían en una masa de gusanos reptantes.

Los ojos de Gabrielle regresaron al azul de los de la guerrera y de repente se imaginó a la mujer en una situación similar. Sus fieros ojos claros vacíos para siempre, contemplando la eternidad, el cuello mellado y rojo de rabia por haber sido separado de su cuerpo fuerte y orgulloso.

Sin aviso, Gabrielle se dobló con una arcada y el contenido de su estómago se derramó en la tierra una y otra vez.

Y entonces empezó a caer y girar por un vacío negro, hasta que los colores que llenaban su visión periférica se concretaron por fin en una imagen amarilla y en la sensación cálida de una mano en la espalda que la acariciaba tiernamente. Se oía una voz suave, pero no eran los tonos tersos y oscuros de la guerrera, sino una voz más grave. Se dio cuenta por fin de que era la voz de Peter, que hablaba con calma al tiempo que le frotaba la espalda y sujetaba un cubo de plástico amarillo justo debajo de su boca.

—Tranquila, Gabs. Eso es. Échalo todo. Todo el mundo echa la pota la primera vez. Yo también. Tú échalo todo.

Gabrielle vomitó una vez más y luego se limpió la boca con el dorso de la mano. Miró a su amigo, sin disimular del todo la leve expresión de rabia de sus ojos.

—¿Te encuentras mejor?

—¡Santo Dios, Peter! ¿Por qué demonios no me dijiste lo que iba a pasar?

—Qué forma tan bonita de darme las gracias, Gabs.

—Cállate. —Gabrielle se limpió la boca una vez más y luego se levantó, temblorosa. Al parecer, se había caído de la cama al suelo.

—Has tenido suerte de que tuviera ese cubo a mano.

—Sí, gracias —dijo Gabrielle con tono sarcástico—, eres mi héroe. —Se apoyó en la pared y se frotó las sienes: empezaba a sentir un tremendo dolor de cabeza justo detrás de los ojos—. Jo, Peter, ha sido como una especie de viaje raro de ácido.

—¿Ácido? ¿Pero qué dices? No se parece nada al ácido. Es como flotar en una bañera de agua caliente, ¿no crees?

—A lo mejor para ti. Para mí ha sido como un sueño tridimensional en tecnicolor y cinemascope. Jo, si hasta todavía lo huelo. ¿No te huele a caballo?

—¿A caballo? Qué va, eso son las cañerías viejas. Están atascadas y eso. —Peter se echó a reír y se sentó en la cama, al lado de su amiga. Se rascó la cara y bostezó—. Estoy cansado. ¿Y tú?

—Cansada. Qué va. Estoy espídica. —Gabrielle casi no se podía estar quieta, y su mente no paraba de regresar a la batalla que había presenciado y a esa fiera mujer a caballo. Mirando al frente, hizo botar los pies sobre el suelo, escuchando el ruido de los muelles del catre que chirriaban siguiendo el ritmo. Sentía incluso ese característico olor cobrizo en la garganta, el olor de la sangre que manaba del cuello de Demóstenes.

Y luego estaban esos ojos, esos duros ojos azules que brillaban de inteligencia y comprensión de un mundo cruel y despiadado que Gabrielle apenas conseguía entender.

La mujer guerrera, pensó Gabrielle, escudriñando la oscuridad, intentando volver a ver su sueño. ¿Cómo se llamaba?

Xena. Demóstenes la había llamado Xena.

—¡La leche! ¿Qué hora es, Peter? —Gabrielle se levantó de un salto de la cama, sobresaltando a su amigo, que había empezado a quedarse dormido.

—No lo sé, Gabrielle. Las cinco, supongo.

—Tengo que irme —anunció Gabrielle, temerosa de repente por la hora y lo que iba a tardar en volver a su casa antes de que llegara su madre—. Me largo. Hasta luego, Peter. Gracias y todo eso. Hablamos, ¿vale?

—Sí, vale. —Peter agitó el brazo lánguidamente a espaldas de su amiga, mirándola con ojos caídos mientras ella cruzaba trotando la oscuridad y subía por las escaleras, para salir del Agujero—. Maldita sea, Gabrielle —gritó cuando desapareció—. ¡Tienes los zapatos llenos de barro! ¡Estás poniéndolo todo perdido!

Gabrielle se detuvo en lo alto de las escaleras para mirarse la suela de las deportivas.

Barro, estaban incrustadas de barro.

¿Qué significa esto?, se preguntó. Ha sido un sueño producto de la droga, ¿no?

—Sí —murmuró por lo bajo y siguió subiendo las escaleras hasta salir del sótano.

—Ojo al salir de casa —le gritó Peter a su amiga—. A mi padre le va a dar un patatús.

Pero las palabras resonaron por las escaleras siguiendo a Gabrielle en vano. Ya se había ido.


Gracias a Dios que la puerta no chirría, pensó Gabrielle al abrir las grandes puertas dobles. El vestíbulo de baldosas era impresionante y limpio, de un elocuente blanco sobre blanco con el único adorno de una araña de cristal que colgaba ornamentalmente en el centro. Algún que otro detalle bañado en oro soltó ligeros destellos cuando el sol se coló por la abertura de la puerta por la que Gabrielle intentaba deslizarse sin llamar la atención.

Oía voces en la sala de estar, a la derecha. Su madre estaba en casa, pero tenía invitados.

Fiuu.

Con infinita precaución, Gabrielle cerró sigilosamente la puerta tras ella y cruzó de puntillas las baldosas blancas, dirigiéndose a las escaleras que subían hasta los dormitorios privados de la mansión.

—¡Gabrielle!

¡Mierda!

Por un melancólico segundo, se planteó no hacer caso de la llamada, pero sabía que no podía.

—¡Gabrielle! —El tono edulcorado sólo podía indicar que los invitados de su madre eran personas importantes.

Con un suspiro de derrota, cambió el rumbo y entró en la sala de estar.

Ahí estaba su madre, que le sonreía, acomodada en su habitual butaca de cuero negro y respaldo alto como un trono. Sus invitadas estaban sentadas también, una en el sofá y la otra en una butaca mucho menos cómoda.

—Ya conoces a las senadoras Boxer y Feinstein. —Los largos dedos de su madre señalaron a las dos mujeres sentadas ante ella para parlamentar.

—Claro, hola, ¿cómo están? —Gabrielle saludó a las dos con la cabeza, dedicándoles una sonrisa falsa.

—Hola, Gabrielle. —Barbara Boxer agitó la mano saludándola—. ¿Qué tal van las solicitudes para la universidad?

—Bien —mintió Gabrielle con un murmullo.

—Va a ir a Trinity.

—¿A Trinity? Cómo me alegro por ti, querida. Estarás cerca de donde trabaja tu madre.

Gabrielle lanzó una mirada aviesa a su madre. Ni siquiera había pedido plaza en Trinity College. No había pedido plaza en ninguna universidad. Y si lo hubiera hecho, desde luego que no querría ir allí.

La sonrisa maliciosa de su madre le revolvió el estómago. Había enviado las solicitudes sin que Gabrielle lo supiera, controlando su futuro como controlaba su presente. Luchar era inútil, al menos por ahora. No podía ganar, en este campo de batalla no.

Campo de batalla.

Su mente regresó sin querer a ese sueño y a la batalla que había presenciado.

—Llegas tarde. —El comentario brusco de su madre la trajo de vuelta al presente—. Ya hablaremos. ¿Tienes deberes?

—Unos pocos.

—Bueno, ¿a qué estás esperando? —dijo su madre agitando la mano—. Ponte a ello.

Gabrielle asintió a su madre y luego sonrió cortésmente a las dos mujeres sentadas como público y que le sonreían a su vez.

Salió a toda velocidad de la sala de estar y corrió escaleras arriba antes de que su madre pudiera preguntarle algo más. Tenía los labios resecos y necesitaba comer algo, pero eso tendría que esperar. Si no estaba en su habitación, leyendo o al menos dando la impresión de que estaba haciendo los deberes cuando terminara la reunión de su madre, iba a tener problemas, y el fin de semana ni siquiera había empezado.

Gabrielle entró en su cuarto como una exhalación, cogió un libro de la estantería, encendió la luz y se tiró en la cama.

Era un libro de historia de su curso sobre la antigua Roma. Hojeó las páginas rápidamente y luego lo apartó a un lado y buscó otro texto. El libro trataba de Roma. La guerrera había dicho que Demóstenes era un general ateniense. Cogió un segundo libro, lo abrió por detrás, por el índice, y siguió la lista con el dedo.

—D... D... Dem... ¡Demóstenes! —Ahí estaba el nombre, impreso en negro—. Así que Demóstenes existió de verdad y era un general ateniense. —Pasó rápidamente a la parte de la "S" y miró las entradas, pero no había ninguna "Sena", ni siquiera nada parecido. Con súbita inspiración, probó en la "X": tampoco encontró nada.

Pasó a las páginas a las que se hacía referencia bajo el nombre de Demóstenes y se le dilataron los ojos a medida que leía. No se hacía mención a la batalla que había presenciado, pero había un análisis en profundidad de una gran batalla en Queronea. Los atenienses habían perdido, efectivamente, pero ante Filipo de Macedonia. No se mencionaba a una mujer guerrera llamada Xena.

Se preguntó qué querría decir esto. ¿Acaso Xena resultó muerta en la batalla de Queronea y quedó olvidada para siempre? ¿O es que los libros de historia están mal?

Gabrielle se dio un manotazo en la cabeza.

—¡Idiota! —se dijo a sí misma—. ¡Ha sido un sueño causado por la droga! —Cerró el libro de golpe y lo tiró asqueada a la alfombra. Tumbándose en la cama boca arriba, se quedó contemplando el techo, pensando—. Yo no sé nada sobre batallas griegas con tanto detalle. ¿Cómo puedo soñar sobre algo de lo que no sé nada?

Se tapó los ojos con el brazo, harta.

—¡Aajj, me voy a pasar toda la noche dándole vueltas!

Rindiéndose a su incesante curiosidad, Gabrielle rodó por la cama y cogió el libro del suelo. Un rato después, seguía leyendo, avanzando y retrocediendo desordenadamente por las páginas, y entonces sus ojos se posaron en un pasaje que describía un enfrentamiento crucial cerca de Lebadea.

El libro decía que el rey Filipo de Macedonia había planeado desde el principio atraer a los atenienses a una batalla en tierra, en lugar de en el mar, que era donde la ciudad podía defenderse de verdad. Si a los atenienses se les hubiera ocurrido lanzar sus naves y enviar una gran fuerza al norte del Golfo Termaico, Filipo habría tenido que retirar a sus ejércitos de Grecia central y el curso de la historia habría cambiado para siempre.

Pero intervino Demóstenes, con lo que sólo se podía describir como bravuconería autodestructiva, cantando las alabanzas de los ciudadanos hoplitas atenienses, formidables en otro tiempo, y la gloriosa victoria de Maratón, ocurrida un siglo antes. No se paró a pensar en el hecho de que hacía ya más de cien años que Atenas había dejado de ser una potencia en tierra y que su milicia ciudadana, antes invencible, estaba ahora formada casi toda por mercenarios.

Filipo, según contaba el libro de historia, planeó astutamente enviar un parte falso que fue capturado por las fuerzas atenienses que protegían Anfisa. El parte los informó de que estaba retirando a su ejército para ocuparse de una revuelta en Tracia. Creyendo que el enemigo se había marchado, los mercenarios griegos contratados por Atenas para proteger Anfisa se descuidaron. Filipo lanzó entonces un ataque pleno. Con una brillante maniobra militar, consistente en presentar el flanco a las tropas que defendían el noroeste de Beocia en aquella pequeña llanura, justo al sur de la cercana Lebadea, los aniquiló a todos, incluido el general ateniense Demóstenes. El éxito de esa batalla fue el primero de una serie de pasos que condujeron a la derrota final de la gran ciudad de Atenas.

Ahí estaba, en el libro de historia, todo lo que acababa de presenciar. ¿Era posible que hubiera leído este pasaje en clase, que los detalles se le hubieran quedado en el subconsciente y que la droga hubiera quitado las telarañas a ese recuerdo polvoriento para usarlo en un sueño alucinatorio?

Pero algo no encajaba. Le había dado la clara impresión de que la mujer guerrera, Xena, era la brillante comandante del ejército victorioso. Esos agudos ojos azules revelaban una inteligencia más que capaz de idear el plan del mensaje falso y la espectacular maniobra militar del campo de batalla. Demóstenes le había suplicado con todo el respeto que un comandante sentiría por otro, como si ella tuviera poder sobre la vida y la muerte, como efectivamente lo tenía.

Entonces, ¿por qué no aparecía Xena en los libros de historia? ¿Era una lugarteniente olvidada del rey Filipo?

Gabrielle acabó riendo por lo bajo. A lo mejor el rey era en realidad una reina.

—Ja, eso sí que estaría bien.

A menudo sospechaba que las mujeres fuertes quedaban borradas de los textos, sustituidas por nombres masculinos. Gabrielle siguió riendo tumbada boca abajo en la cama, agitando en el aire las deportivas fangosas que todavía llevaba en los pies. Cuando sus ojos recorrían las páginas en busca de más información, su madre entró de golpe en el cuarto.

—¿Qué es lo que tiene tanta gracia?

Gabrielle cerró el libro de golpe por la sorpresa.

—¿Qué?

—¿De qué te ríes? —preguntó su madre, mirándola con intensa desconfianza.

—De nada, mm... estaba estudiando —contestó Gabrielle, señalando el libro y moviéndose para apartar el calzado embarrado de la cama y colocarlo con cuidado en el suelo.

—Quita esos zapatos sucios de la cama —le ordenó su madre. El largo pelo de la poderosa mujer, que normalmente llevaba recogido en un moño prieto sobre la nuca, estaba suelto y le caía por los hombros. Se agitó cuando avanzó muy segura para echar un vistazo por el cuarto. Su fría mirada se posó en el libro, colocado boca abajo sobre la cama—. ¿Qué es eso?

—Deberes.

La madre de Gabrielle soltó un gruñido. El libro parecía efectivamente un manual de clase, de modo que lo dejó pasar.

—Este fin de semana me voy a Washington. Tú te quedas.

Gabrielle disimuló cuidadosamente el suspiro de alivio.

Su madre dejó de inspeccionar la habitación y clavó en su hija una mirada amenazadora.

—Te quedas, pero no sola. ¿Me entiendes?

—Síííí —contestó Gabrielle apartando la mirada. Eso quería decir que habría detectives contratados vigilando la casa... y a ella.

—Nada de meterte en líos.

—Bésame el... —masculló Gabrielle por lo bajo. Su madre se giró en redondo y su largo pelo se levantó como una falda y luego se posó sobre sus hombros.

Una vez más, los pensamientos de Gabrielle regresaron a la mujer guerrera, a las salvajes y oscuras guedejas de su pelo que bailaban al viento mientras ella cabalgaba audazmente en su caballo. El pelo de Xena era distinto: más abundante, más reluciente, mucho más bonito que el de su madre, que caía a plomo y sin vida.

Igual que su corazón, pensó Gabrielle, desviando los ojos de la dura mirada que le clavaba su madre.

—¿Qué has dicho?

Con los ojos aún desviados, Gabrielle contestó:

—He dicho que sí, madre.

Los duros ojos se estrecharon con desconfianza.

—Volveré a mediados de semana. —Y con eso, la madre de Gabrielle dejó la habitación, cerrando la puerta al salir.

Gabrielle esperó hasta que el repiqueteo de los tacones de aguja de su madre se perdió en la distancia.

—Gracias, Dios —dijo a quien estuviera escuchando, y cogió el libro de historia que tenía la impresión de que estaba a punto de convertirse en un nuevo amigo íntimo.


Era un bonito sábado. ¡Espléndido! ¡Maravilloso! ¡Fantástico!

A lo mejor tenía algo que ver con el hecho de que su madre se hubiera ido.

Pero por alguna razón, le parecía que tenía más que ver con el firme propósito que ahora tenía en mente. Se sentía como si tuviera una misión, algo que tenía que hacer. Tenía que ser el destino que le daba golpecitos en el hombro, y hasta sentía el dedo frío sobre la piel.

Gabrielle salió corriendo de la casa poco después de despertarse y darse una ducha rápida. Se sentía estupendamente, a pesar de que se había quedado levantada casi toda la noche leyendo todo lo que pudo encontrar sobre la batalla que se avecinaba en Queronea.

—¿Que se avecina? —dijo, riéndose de sí misma. En algún momento entre las tres de la mañana y el instante en que se quedó dormida, en su mente había surgido una idea como un destello de luz.

Ayer la droga de Peter la había llevado hasta allí: tal vez un poco más volvería a llevarla hoy. Por alguna razón, en su mente se veía llegando justo a tiempo para avisar a Xena de que su vida y su futuro legado corrían grave peligro. No sabía por qué le importaba, pero así era. Y cuanto más leía sobre el rey Filipo y su hijo, Alejandro, más quería regresar allí y advertir a Xena de que estaba a punto de ser destronada.

Sí, un pequeño chute la había llevado hasta allí. Peter aún no lo sabía, pero le iba a meter otro y lo iba a hacer hoy. Ahora mismo, cuanto antes, mejor.

Se metió de un salto en su Mustang blanco del 67, giró la llave en el contacto y arrancó, haciendo chirriar las ruedas en el camino circular que trazaba una curva delante de la mansión. Las puertas automáticas se abrieron mucho antes de que llegara al final del camino de acceso y levantando un poco de grava, giró con el coche a la derecha, dirigiéndose al centro a toda velocidad.

Segundos después, un anodino Chevy azul abandonó su aparcamiento, oculto al otro lado de la curva de la calle, y la siguió, sin acercarse demasiado.


Gabrielle aparcó su coche en su lugar de siempre, escondido en un aparcamiento de coches de alquiler a una manzana de distancia en la calle donde vivía Peter. Era un mal barrio y su bonito Mustang de coleccionista no sobreviviría si lo dejaba en la calle. Poco después de recibir el coche al cumplir los dieciocho años, había hecho un trato con el guardia de seguridad del aparcamiento para que la dejara aparcar allí cuando visitaba a su amigo. El hombre se mostró encantado, sobre todo porque ella le pasaba un billete de veinte dólares cada vez que aparcaba allí.

Saludó agitando la mano a su amigo Moses, que estaba sentado con los pies en alto en la caseta de vigilancia.

—Hablamos cuando vuelva —gritó sonriendo.

—No hay problema, cielito. —Moses sonrió mostrando sus grandes dientes blancos y la saludó a su vez—. No hay el menor problema —repitió, contemplando ese dulce culo de niña rica que corría por la calle—. No, ningún problema.

Gabrielle bajó corriendo por la manzana hasta la casa y la rodeó hasta llegar a la ventana del sótano. No podía llamar a la puerta. El padre de Peter podía estar en casa y, de ser así, tendría resaca y no se alegraría nada de verla. La había echado a menudo de la casa y al alejarse había oído los ruidos delatores de una paliza que resonaban por la calle. Pobre Peter, le había causado problemas en más de una ocasión, aunque ya no, desde que descubrieron el sótano y ella aprendió a colarse por el ventanuco que estaba al nivel del suelo.

Llamó suavemente golpeando el cristal y esperó. Cuando no hubo respuesta, llamó de nuevo. La ventana no tardó en abrirse hacia dentro y la cara soñolienta de Peter la recibió desde la penumbra.

—Aajj, ¿qué hora es? —preguntó, frotándose los ojos hinchados.

—No lo sé. Aparta. —Gabrielle se deslizó por la ventana y se dejó caer con cuidado al suelo.

—Es temprano, ¿no?

—No lo sé —repitió Gabrielle, limpiándose la suciedad de las manos en los pantalones.

—¿Por qué has venido?

—Peter, necesito meterme un poco más.

—¿Eh? ¿Un poco más? —Un poco más de qué, pensó, hasta que su mente adormilada recordó lo que habían hecho ayer mismo. Se frotó un ojo y sonrió—. Sabía que te iba a gustar, pero no tanto.

—Venga —le urgió Gabrielle, agarrándolo del brazo y arrastrándolo hacia el catre—. Vamos a hacerlo otra vez.

—Pero mujer. —Peter se soltó el brazo—. ¿Es que ya estás enganchada?

—No, no, claro que no estoy enganchada —contestó ella, molesta por su reticencia.

—¿Entonces por qué estás toda como si tuvieras el mono y eso?

—No tengo mono —replicó Gabrielle, controlando su excitación, pues se dio cuenta de que se estaba comportando con un ligero exceso de entusiasmo—. Es que no sé si me gusta o no, dado que ayer me eché la pota encima. He pensado que podríamos intentarlo otra vez, ahora que estoy acostumbrada.

—Pues no sé. A lo mejor te conviene dejarlo durante un día o dos. Todavía tienes droga en el organismo por lo de ayer. Seguro que te vuelves a poner mala.

—O el colocón será mejor, ¿no?

Peter se rascó la cabeza, pensando en la lógica de su argumento.

—A lo mejor. —La miró sin comprender, siguiéndola cuando lo llevó hasta el catre. Seguía revuelto y deshecho tras la noche que el chico había pasado durmiendo. Gabrielle colocó mejor la manta y se sentó.

Cambiando de táctica, probó por otro lado.

—Venga, Peter, he pasado mala noche. Me vendría muy bien desconectar, ¿sabes lo que te digo?

Peter se sentó a su lado en la cama.

—¿Tu madre?

Gabrielle asintió a sabiendas.

—Jo, lo siento.

—No es culpa tuya.

—Bueno, pero te tuve aquí hasta tarde.

—Por eso quiero hacerlo temprano esta vez. Para ponerme bien y llegar a casa antes que mi madre.

—Ah, bueno, si es así. —Peter se levantó y cogió su alijo. Cuando volvió, acercó la silla y desenrolló el contenido, exactamente igual que lo había hecho el día anterior. Sólo que cuando miró la bolsita de plástico, apenas había nada dentro—. Uy —dijo azorado—. Lo siento, Gabrielle, se me había olvidado que anoche usé lo que quedaba.

—¡Qué! —Gabrielle se levantó de un salto de la cama y se plantó enfadada delante de su amigo—. ¿Te terminaste toda la bolsa anoche?

—Sí, bueno...

—¿Te metiste tú solo toda esa mierda anoche? —preguntó Gabrielle, agitando los brazos al señalar con asco la bolsa vacía.

—¡Oye, que era mía!

Gabrielle se rascó la barbilla, mirando pensativa por la habitación.

—Tendremos que comprar más. —Posó la mirada en su amigo—. ¿Dónde vas para conseguir heroína?

Peter se quedó callado, pues no sabía si debía decirle a su amiga quién era su camello. Si no, podría empezar a conseguirla por su cuenta.

—Tengo mis contactos —contestó con aire misterioso.

Gabrielle lo agarró por la pechera de la camiseta y lo levantó de la cama.

—Pues vamos a ver a tu contacto.

—¡Espera un momento! —La apartó a manotazos—. No tan rápido. Tía, ¿y esas prisas?

—Ya te lo he dicho, tenemos que hacerlo temprano para que se me pase el pedo antes de que mi madre llegue a casa.

—Está bien. Está bien. Ya me entero. Necesitamos dinero.

—Yo tengo dinero.

—Necesitamos un coche.

Gabrielle enarcó la ceja, dando golpecitos con el pie con aire irritado.

—Bah.

—Ya, también lo tienes.

—Justo —confirmó Gabrielle, tirándole del brazo para llevarlo a la ventana—. Ahora, lo único que me hace falta eres tú.

—Me alegro de que necesites algo —murmuró Peter—. Oye, ¿ni siquiera me puedo lavar los dientes?

—¿Es que alguna vez lo haces? —preguntó Gabrielle, empujándolo hacia arriba y a través del acceso al sótano.

—A veces eres un coñazo, ¿lo sabes, Gabs? —dijo Peter, con la voz ligeramente apagada por el esfuerzo de izarse hasta fuera.

—Lo sé —contestó Gabrielle, usando sus propios músculos para subir y salir por la ventana—, pero me quieres igual, ¿a que sí?

Peter se quedó ahí plantado, limpiándose las manos en los vaqueros ya sucios, con aire tímido y sin saber si debía responder a la pregunta.

Ajena a la incomodidad de su amigo, Gabrielle lo agarró del codo.

—Venga —dijo, arrastrando a Peter hacia el coche—, vamos a pillar droga.

—Pillar droga. —Peter meneó la cabeza sin dar crédito—. He creado un monstruo.


El contacto de Peter vivía en una casa y un barrio más agradables que los suyos. Gabrielle esperó en el coche mientras Peter corría a la puerta y llamaba. La puerta se abrió y Peter desapareció rápidamente en el interior, tras lo cual tardó unos segundos en salir de la casa y volver trotando al coche.

Abrió la puerta del coche y le lanzó otro paquetito por el aire, que ella se apresuró a atrapar.

—Cuidado —advirtió Gabrielle, atrapándolo entre las palmas, mirando a Peter, que volvió a meterse en el asiento del pasajero y cerró la puerta de golpe. Miró el contenido con ojo crítico—. No es mucho, ¿no?

Gabrielle le lanzó la bolsita de vuelta a Peter y luego puso el coche en marcha y se alejó.

—Eso es lo que consigues por veinte dólares —replicó él.

—¿Podemos comprar más de una sola vez? —preguntó ella, echándole un vistazo antes de girar el volante para doblar una esquina.

—Claro, puedes comprar todo lo que quieras —contestó, y luego cayó en la cuenta de con quién estaba hablando—. Dentro de lo razonable. Pero yo no pillaría nada grande a través de este tío.

—¿Qué es grande?

—¿Cómo?

Gabrielle se detuvo ante una señal de "stop" y giró a la izquierda.

—¿Qué es grande? ¿Qué consideras tú grande?

Peter la miró sin dar crédito. No se podía creer que ya estuviera tan metida en el tema.

—No sé. Cientos. Miles. ¿Y yo qué sé, si apenas llego a los veinte cuando compro?

Gabrielle se quedó en silencio mientras conducía. Peter no sabía tanto sobre el consumo de drogas como ella creía. Sólo jugueteaba, comprando de vez en cuando, según tuviera dinero. Seguro que se podía conseguir más con dinero, razonó Gabrielle mientras conducía, cuanto mayor fuera la cantidad que se comprara. Descuentos según el volumen de la compra, tenía sentido.

Miró a su amigo y luego torció de nuevo a la izquierda, dejando su casa a la izquierda antes de regresar al aparcamiento de coches de alquiler. Esta vez, Moses se acercó a ellos, un poco molesto con su bonita y joven amiga.

—Oye, que esto no es el Ritz y no puedes ir y venir como si fuera el aparcamiento de un hotel, sabes.

—Lo sé —dijo Gabrielle, sonriendo dulcemente y pasándole un billete doblado por la ventanilla—. Lo siento, es que tenía prisa.

Moses cogió el billete y refunfuñó:

—Está bien, pero a ver si reduces el tráfico.

Se dio la vuelta y se marchó, alejándose como si estuviera bailando al son de una canción secreta que oía en su mente.

—¿Vamos a tener más interrupciones hoy? —se preguntó Gabrielle exasperada—. Vamos, Peter —dijo, abriendo la puerta del coche para salir de un salto. Peter la imitó e hizo prácticamente lo mismo por el lado del pasajero, sólo que más despacio—. Ve delante, Peter. —Cerró la puerta de golpe y esperó a que Peter estuviera a su lado para quitarle la bolsita de la mano sudorosa, para asegurarse de que no la perdía en el corto trayecto del aparcamiento al sótano.

Caminando juntos, Gabrielle marcó un paso ligero por la corta manzana hasta la casa, bajando por el callejón lateral y entrando de nuevo por la ventana en su agujero secreto.

Poco después de que desaparecieran por la pequeña abertura, el mismo coche anodino de color azul se detuvo en la esquina del camino de entrada, pegándose a la acera. El conductor echó el freno de mano, satisfecho con esperar pacientemente para ver qué otras sorpresas podían tenerle reservadas hoy los dos amigos.


Podría llegar a encantarme esta sensación, pensó cuando volvió a sentir el vértigo. Tenía un sabor hacia el fondo de la boca que no recordaba de la última vez. No un sabor malo, sino agradablemente amargo. Le daban ganas de chuparse los labios, para gozar de ese resto de sabor como se haría después de una comida muy buena. Y ahí estaba otra vez esa especie de zumbido, ése que le inundaba las extremidades y subía borboteando directo hasta su corazón. Peter estaba hablando, diciendo algo, pero su voz se estaba convirtiendo rápidamente en un eco lejano.

Nunca me había dado cuenta, pero qué voz tan cálida tiene, pensó al cerrar los ojos. Entonces tomó conciencia de que había otras voces que hablaban y que la voz grave y cálida no era en absoluto la de Peter.

Gabrielle luchó por abrir los ojos, pero no la obedecían. Sabía que estaba de pie, pero se tambaleaba por el vértigo y tenía miedo de caerse si no lograba abrir los ojos pronto.

Entonces esa voz oscura y suave le llenó los oídos y se le abrieron los ojos de golpe por reflejo.

—Cincuenta mil —oyó que decía esa aterciopelada voz femenina—. Estoy impresionada.

Los ojos de Gabrielle recorrieron su entorno rápidamente, intentando comprender dónde había aterrizado, por así decir. Era una tienda, bastante grande, pero austera, según advirtió al tiempo que se deslizaba sigilosamente detrás de un pliegue de la tela en un rincón. La mujer guerrera no estaba sola. Estaba en el centro de la tienda ante una mesa atestada de mapas y rodeada de hombres, sus lugartenientes, sin duda. La guerrera le daba la espalda, pero Gabrielle veía muy bien a las demás personas de la tienda.

—Dos mil soldados de caballería, la Hueste Sagrada de Tebas, al mando nada menos que de Teágenes —informó otra voz. Gabrielle se asomó y vio al que hablaba: un joven, lo cual coincidía con la voz juvenil.

Observó la espalda de Xena, que se encogió de hombros, contemplando los mapas.

—Con la Hueste Sagrada de Tebas o sin ella, no tienen nada que hacer —oyó que contestaba Xena.

Gabrielle no lo veía, pero supo que Xena estaba sonriendo, pues el joven oficial le sonreía a su vez mostrando su acuerdo.

—Estás muy segura, Xena —intervino un segundo lugarteniente—. Esos jinetes de Tebas son los mejores del mundo y estamos totalmente superados en número con la infantería.

—En mi opinión, los tebanos no se pueden comparar con nuestros jinetes macedonios. Y ni se van a enterar de lo que les ha pasado cuando se enfrenten a nuestra nueva y mejorada infantería Escudo de Plata, gracias a Xena. ¡Esos escudos rebajados y las lanzas más largas son un alarde de ingenio! —contestó el joven con orgullo.

—Parmenión —dijo Xena despacio, volviéndose hacia el objetor—, da igual cuántas tropas tengan. Lo cierto es que todos sus mejores generales están muertos. Y Stratocles es más bien... un gilipollas, por decirlo amablemente.

Xena se echó a reír junto con los pocos hombres que se rieron con ella.

A Gabrielle también le entraron ganas de reír. Así era exactamente como describían los libros de historia al general que había sustituido a Demóstenes, aunque no con un lenguaje tan expresivo.

—¿Has enviado mi oferta de paz? —le preguntó al joven.

—Sí —contestó él con confianza.

—¿Y tenemos ya respuesta?

—Foción ha recomendado a Stratocles y al parlamento que acepten tu oferta. Me han dicho que el suspiro de alivio se ha oído hasta en Esparta.

Gabrielle supo que Xena sonreía de nuevo porque todos los generales casi relucían ahora de confianza.

—Por supuesto que han aceptado. Y por el momento, mientras creen que cuentan con un indulto, tomaremos la siguiente ciudad de Naupacto, aquí, y luego dejaremos un pequeño contingente de defensa en Delfos. El resto de las tropas lo situaremos en Queronea. —Xena fue señalando el orden con la punta de un cuchillo, que sacó aparentemente de la nada y clavó en el mapa.

Gabrielle sonrió de oreja a oreja. ¡Lo había conseguido! Estaba aquí, justo antes de la batalla de Queronea. Ahora podría advertir a Xena de una posible conspiración en su contra, dentro de sus propias tropas.

Esperó pacientemente detrás del pliegue de la tela de la tienda, observando mientras los generales iban saludando a la guerrera y salían del recinto. Todos, menos el joven oficial, el que la había apoyado de manera evidente desde el principio, se habían marchado de la tienda. Xena seguía estudiando los mapas y de repente advirtió que él seguía allí.

—Buen trabajo, Alejandro. Ahora ve a descansar un poco. Los próximos días van a ser muy ajetreados.

—Pensaba que a lo mejor querías compañía, alguien con quien hablar, con quien repasar ideas —dijo el joven, rodeando la mesa—. Sé que te vas a pasar toda la noche levantada estudiando esos mapas.

Gabrielle vio que Xena le daba unas palmadas afectuosas al joven en el hombro cubierto por armadura.

—Gracias, Alejandro, pero te necesito descansado y fuerte para mañana. Estarás conmigo en el flanco izquierdo.

—Sí, lo sé, contigo —contestó Alejandro, sonriendo—. Donde estará toda la acción.

—¿Dónde si no me iba a poner? —oyó Gabrielle que contestaba Xena, notando que correspondía a la alegre sonrisa del joven—. Vete a dormir, amigo mío. Mañana nos espera un gran día, el primero de muchos, creo.

—Tú también necesitas descansar, Xena —le aconsejó Alejandro.

—Lo sé, lo haré —replicó Xena, dándole otra palmadita en el brazo. Ante la mirada desconfiada de Alejandro, añadió—: Lo prometo.

—Está bien —dijo Alejandro, saliendo de la tienda—. Pero más tarde vendré a comprobarlo.

—Hazlo —le dijo Xena a la figura en retirada de Alejandro—, y me despertarás de una buena siesta. No respondo de mis actos.

Cuando la mujer guerrera volvió al estudio de los mapas de la mesa, sonrió al oír la suave risa del joven general que salía de la tienda.

Gabrielle notó que se empezaba a enfurecer. Todo tenía sentido. Ahí estaba el joven y guapo Alejandro, ganándose la confianza de Xena, fingiendo ser simpático, fingiendo preocuparse por la salud de la guerrera, para acabar traicionándola y probablemente matarla en la batalla misma que estaban preparando juntos y llevarse todo el mérito de la inteligencia de Xena para toda la eternidad.

Tenía que avisarla, tenía que avisarla ahora mismo. Saliendo de detrás del pliegue, Gabrielle tomó aliento, armándose de valor para anunciar su presencia.

—¡Pero qué...! —Antes de que Gabrielle pudiera reaccionar, una daga se clavó en el poste de madera de la tienda detrás de ella. Se agachó, pero con un retraso de más de un segundo, y luego se volvió para mirar el cuchillo hundido hasta la empuñadura en el poste y que en justicia se le tendría que haber clavado justo entre los ojos.

Xena estaba igual de sorprendida. No había fallado, pero la daga había pasado limpiamente a través de la intrusa. Se quedó paralizada un segundo y luego se lanzó a coger su espada, que estaba encima de su petate al otro lado de la tienda.

—¡Calma! ¡Calma! ¡Tranquilízate! —rogó Gabrielle, levantando las manos con gesto de rendición.

Xena se quedó plantada, con la espada en alto, preparada para atacar, y entonces el reconocimiento sustituyó a la ira.

—¡Tú! —gritó, mirándola incrédula.

—Hola otra vez —dijo Gabrielle dulcemente, saliendo despacio de detrás de la cortina, con las manos todavía en alto por si acaso—. Chica, qué oído tienes. —No sabía por qué tenía las manos en alto: Xena no tenía una pistola.

Xena la miraba fijamente, desconcertadísima.

—¿Cómo coño has entrado aquí? —preguntó la guerrera exasperada.

—Ya estamos con esa palabra —dijo Gabrielle. Se miró estúpidamente las manos alzadas y decidió bajarlas.

Xena blandió la espada con gesto amenazador y Gabrielle volvió a levantar las manos como antes.

—He preguntado que cómo has atravesado mi perímetro, has cruzado mi campamento, has pasado ante mis guardias personales y te has metido en mi tienda de mando. —Xena hablaba despacio y espaciando las palabras, haciendo gala de una calma controlada que no sentía.

—Bueno, no he entrado precisamente por la puerta. Pero supongo que eso ya te lo imaginas. ¿Puedo bajar las manos?

Sin aviso, Xena atacó con la espada. La estocada era sólo para cortar la piel, una advertencia, no un golpe mortal, pero la hoja pasó a través sin dejar ni una marca. A Xena se le dilataron los ojos por la sorpresa y volvió a atacar, de revés, esta vez con una estocada cuya intención era cortar a la chica en dos. Una vez más, pasó a través de Gabrielle como si no estuviera allí.

Xena retrocedió alarmada.

—¿Qué eres, una especie de sombra?

—¿Una sombra? —preguntó Gabrielle, sin entender—. ¿Es que parezco un árbol?

Xena levantó el labio con rabia.

—Un fantasma. ¿Eres una especie de fantasma?

Gabrielle bajó las manos, aunque la guerrera no le había dicho que podía hacerlo.

—No, no. Un fantasma no. Todavía no estoy muerta. De hecho, ni siquiera he nacido todavía, ahora que lo pienso.

Ante el silencio impaciente de Xena, Gabrielle levantó la mirada. Los ojos de la mujer guerrera eran absolutamente arrebatadores. Destilaban furia, cautela, fuerza, valor, curiosidad, inteligencia, tantas cosas que Gabrielle podía saber de ella, todo con una sola mirada.

¿Qué verá ella en mí?, se preguntó Gabrielle.

—¿Qué crees tú que soy? —preguntó Gabrielle, sin el menor miedo de la mujer que sujetaba la espada.

Xena dejó caer el brazo con la espada, al darse cuenta de que era inútil contra la chica, con independencia de lo que fuera.

—No tengo ni la menor idea.

Esos ojos azules contemplaron la hoja de la espada un momento y luego volvieron a encontrarse con los de Gabrielle, esta vez con una chispa risueña que los iluminaba desde dentro.

—¿Alguien a quien han enviado para desquiciarme?

—A lo mejor. —Gabrielle sonrió, con la seguridad suficiente ahora para avanzar un paso, contenta al ver que las comisuras de los labios de la guerrera también se curvaban hacia arriba—. No, estoy aquí para ayudarte.

La mujer tiró la espada de nuevo al petate del suelo, al lado de su vaina.

—¿En serio? —Enarcó una ceja al tiempo que se ponía las fuertes manos en las caderas—. ¿Y cómo me va a ayudar el fantasma de una cría?

—Ya te lo he dicho, no soy una cría. Soy una mujer. Ya tengo dieciocho años. Tengo mi propio coche. Termino el instituto dentro de dos semanas y luego voy a ir a la universidad... bueno, probablemente... aunque no quiero, pero mi madre me va a obligar a ir de todos modos, aunque eso no viene al caso. La cuestión es... —Gabrielle se calló un momento para tomar aliento.

Mientras Gabrielle hablaba, las cejas de la guerrera iban subiendo por su frente. Gabrielle parloteaba sin parar, pero a la guerrera le sonaba a chino.

—La cuestión es —continuó Gabrielle, sin inmutarse—, que no soy una cría. Soy una mujer. Y muy mujer, de hecho.

A Xena le dio un ataque de risa.

—Ah, ¿en serio?

Al ver la cara indignada de Gabrielle, Xena se rió más fuerte.

—¿Estás bien, Xena? —llamó una voz grave desde fuera.

—Bien. Estoy bien. Todo está bien —consiguió contestar la guerrera, evitando que entrara el guardia.

Echó otro vistazo a Gabrielle, a su expresión indignada, y sintió la amenaza de otro ataque de risa. La guerrera sacudió la cabeza y luego se pasó la mano por los labios, gesto con el que pretendía quitarse la sonrisa de la cara.

—Parece que me has ayudado después de todo. —Rodeó la mesa para acercarse a Gabrielle, ahora totalmente tranquila y sonriente—. Gracias, qué falta me hacía reírme.

—No sé qué es lo que tiene tanta gracia.

La rubia parecía tan ofendida que Xena estuvo a punto de estallar otra vez, pero se tragó la risa.

—¿Cómo te llamas? —preguntó la guerrera, sonriendo cordialmente.

—Gabrielle.

—Gabrielle —repitió Xena—. Me gusta ese nombre. Te pega.

—Gracias —contestó Gabrielle—. Creo.

Xena advirtió el rubor que subía por las mejillas de la chica y sonrió.

—¿Así que dices que has venido a ayudarme? ¿Mi propia dríada custodia, tal vez?

—¿Dríada? —preguntó Gabrielle, sin comprender la palabra.

—¿Ninfa del bosque? —probó a su vez Xena.

Gabrielle se quedó pensando un momento.

—¿Quieres decir ángel... un ángel de la guarda?

Xena se encogió de hombros.

—Da igual.

Esa idea no se le había ocurrido, pero tal vez era exactamente eso.

—No lo sé, pero deja que te diga lo que sí sé.

Gabrielle se acercó más a Xena. De repente, al avanzar, cayó en la cuenta de que la guerrera era altísima, pues descubrió que tenía que mirar hacia arriba para encontrarse con esos ojos intensos.

—He leído en mi libro de historia de primero todo lo de la batalla que libraste... mm... que vas a librar pronto, pero a ti no se te menciona por ninguna parte.

—¿Libro de historia? —repitió Xena, contemplando los claros ojos verdes. La chica era tan adorable que le costaba prestar atención.

—Atribuyen todo el mérito al rey Filipo de Macedonia y a su hijo Alejandro.

—¿Alejandro? —preguntó Xena, frunciendo el ceño cuando su atención se centró en un nombre que sí reconocía.

—¿Trabajas para el rey Filipo de Macedonia?

Xena resopló.

—¿El rey Filipo de Macedonia? No hay ningún rey Filipo. ¿Qué clase de oráculo eres? —Xena se apartó, otra vez llena de desconfianza.

—Vale, vale. No hay un rey Filipo. Pero hay un Alejandro, ¿verdad? —afirmó Gabrielle, señalando con el dedo la entrada por la que hacía poco que había salido el mencionado soldado.

—Sí, hay un Alejandro.

—¿Pero no hay un rey Filipo, su papá?

—¿Papá? ¿Quieres decir padre?

—Eso mismo.

Xena se rascó la mandíbula.

—Bueno, Filipo es su padre, pero no es rey. Y desde luego, yo no trabajo para él.

—Los libros dicen que Macedonia derrotará a Atenas en la batalla de Queronea... ¿lo pronuncio bien?

Xena no pudo evitar asentir, observando fascinada mientras Gabrielle hablaba.

—¡Fue una gran batalla! —continuó Gabrielle entusiasmada—. Con una estrategia militar brillante, aunque lo diga yo misma. —Sonrió al ver la clara sonrisa burlona de Xena.

Gabrielle se acercó a los mapas de la mesa, señalando.

—Atacaréis al amanecer. Os enfrentaréis al ala derecha de los atenienses: doce mil hombres, al mando de la famosa Hueste Sagrada de Tebas. En el ala izquierda, los hoplitas atenienses: diez mil en total. La falange central estará compuesta por el resto del contingente aliado, milicia en su mayoría, pero reforzada por si acaso con los mejores mercenarios que se pueden comprar con dinero. Y el golpe de gracia, en la reserva, aquí —dijo Gabrielle, señalando un punto situado a la izquierda del todo, bloqueando la entrada a la ciudadela—. Una línea de tropas rápidas, con armamento ligero, que unen a la fuerza principal con la ciudad. No es mala defensa, ¿eh? —dijo Gabrielle, sonriendo al ver la sorpresa de Xena ante su análisis en profundidad de las fuerzas atenienses—. Si atacáis la línea de la ciudadela para saquear la ciudad, donde creen que lo haréis, el ala izquierda os obligará a retroceder campo a través hasta el río. El resto del ejército se cerrará sobre vosotros y os aplastará... u os ahogaréis. Se mire como se mire, estáis fritos. Por otro lado, si atravesáis por el centro, ellos podrían retroceder y rodearos con los flancos. En cualquier caso, seréis la tostada del desayuno para el gran ejército de Atenas, igual que en Maratón, ¿verdad? No es un mal plan de defensa, y con líderes mejores o contra un adversario menos brillante y profesional, hasta podría haber funcionado.

—¿Pero? —la instó Xena con una sonrisa de orgullo, fascinada al oír los detalles del posible escenario de batalla que ella misma se había imaginado verbalizados por una fuente tan inesperada.

—Pero... tú sabes... y yo sé... que la única oposición seria la planteará la Hueste Sagrada de Tebas, aquí, en el flanco derecho. Son los veteranos con experiencia, tan bien entrenados como tus propias tropas. No son mercenarios, que, por muy bien que les paguen, huirán a la primera señal de peligro. ¿Y la milicia de ciudadanos? Se les da mejor atacar la comida de la mesa que a un ejército. ¿Tengo razón?

Gabrielle no esperó una respuesta, pues la sonrisa impresionada de Xena decía suficiente, de modo que continuó.

—No, no atacarás la ciudad por la línea más débil que han puesto ahí justamente para tentarte. Atacarás a los tebanos, aquí, con tu flanco izquierdo, porque tú sabes... y yo sé... que si los tebanos caen, ¡se derrumba toda la enchilada! Los atacarás con tus mejores soldados, tu caballería pesada al mando del mejor comandante de tu ejército.

—Que sería yo —dijo Xena, asintiendo ante la evaluación que había hecho Gabrielle de su plan, al tiempo que se preguntaba qué Hades era una enchilada.

—Que sería Alejandro —contestó sin rodeos.

—¡Alejandro! —exclamó Xena sorprendida.

—Oye, a mí no me mires. Eso es lo que dice el libro de historia. Dice que Alejandro dirigió la carga contra la Hueste Sagrada de Tebas y que los aplastó y a los atenienses los hizo trizas y que fue el vencedor de una batalla decisiva que le dio el control de Grecia central al rey Filipo durante años.

—¡El rey Filipo!

—¿Entiendes lo que quiero decir? Tú eres la que manda aquí, ¿verdad?

—Por supuesto.

—Pues eso quiere decir que entre este momento y tu victoria en Queronea va a pasar algo... y te va a pasar a ti.

La aguda inteligencia había vuelto con toda su potencia a los ojos de Xena mientras repasaba la lógica. Así pues, era cierto, la chica era una especie de oráculo fantasmal enviado tal vez por los dioses, tal vez por el dios de la guerra en persona. Fuera lo que fuese, no era de carne y hueso, de eso estaba segura. No sabía qué era un libro de historia, pero sin duda le había dado a la chica un montón de información sobre una batalla que, hasta este momento, sólo había estado planeada en el campo de maniobras tácticas de su propia mente.

No cabía duda, ese libro de historia debía de ser una especie de instrumento adivinatorio y la chica una mensajera de Ares.

Cuando miró de nuevo a Gabrielle, la joven la observaba con ojos preocupados.

—He vuelto para avisarte —dijo Gabrielle suavemente—. Va a ocurrir algo que borrará tu nombre de la historia.

Xena avanzó hasta colocarse muy cerca, lo más cerca que había estado hasta ese momento. Gabrielle tuvo que levantar la mirada hasta unos ojos que amenazaban con tragársela entera.

—¿Por qué te importa lo que me pase? —preguntó la guerrera y su voz suave causó una profunda resonancia interna en Gabrielle.

—No lo sé —contestó de la única forma que pudo, con total sinceridad.

Y entonces una capa de oscuridad cayó sobre sus ojos y Gabrielle supo que se estaba alejando del único sitio donde habría preferido quedarse.


La casa estaba vacía y en calma, fría y silenciosa como una tumba, pero de una forma maravillosa. Estaba así cada vez que su madre se iba de viaje de negocios, y Gabrielle había aprendido a valorar estos momentos, por solitarios que fueran. Se producían a menudo, pero no lo suficiente, en su opinión. Sin temor a llamar la atención al entrar, Gabrielle cerró con estrépito la pesada puerta de entrada y cruzó con paso tranquilo el vestíbulo hasta las escaleras.

Estaba derrengada.

Tras el éxito de su intento de advertir a la mujer guerrera de la inminente traición, Gabrielle había usado el resto del alijo que acababan de comprar tratando en vano de regresar al mundo antiguo. Estaba desesperada por ver la batalla que había estudiado con tanto detalle y también, por motivos que no entendía, quería asegurarse de que la advertencia había servido de algo.

Pero meterse lo último que quedaba no había conseguido nada salvo dejarla relajada y soñolienta. No tuvo para nada los resultados de sus dos primeras dosis y no le dio en absoluto esa sensación cálida y placentera a la que se estaba aficionando rápidamente. Peter le explicó que eso se debía a que su cuerpo se estaba acostumbrando a la droga, puesto que se habían metido tanta en tan poco tiempo. Si quería los mismos resultados, iba a hacerle falta más para conseguirlo, cosa que Peter le desaconsejó vehementemente.

Gabrielle aceptó de mala gana y después de dormir unas horas en la seguridad oscura, tranquila y polvorienta del Agujero, salió por la ventana, se metió en su coche y condujo el corto trayecto de vuelta al otro lado de las vías y a la parte rica de la ciudad.

Con las piernas cansadas, subió despacio las escaleras hasta su cuarto y, una vez allí, se dejó caer en la mullida cama blanca con un suspiro. Echó un vistazo rápido a la radio despertador. Dios, había ido a casa de Peter, había pillado droga, se había lanzado a un viaje alucinante de ida y vuelta en alfombra mágica a la antigua Grecia, se había vuelto a colocar, se había quedado dormida un rato mientras se le pasaba el pedo y había vuelto a casa... todo ello antes de las tres de la tarde.

Qué día.

Alzando las manos, se frotó despacio los ojos y las sienes. Alucinación. ¿Era una alucinación? ¿Era un sueño, por vívido que fuera, pero un sueño al fin y al cabo? Pero le parecía muy real, pensó contemplando el techo, imaginando esos ojos azules clavados en los suyos.

Lo más probable era que fuera un mundo producto de su propia imaginación, pero reconocía de buen grado que era un lugar donde preferiría estar con creces, sobre todo al compararlo con la vida que tenía en casa. Tenía que haber un millón de explicaciones psicológicas por las que su mente estaba creando un mundo de antiguas batallas griegas y hermosas mujeres guerreras cada vez que se inyectaba heroína.

Bueno, cada vez no, se recordó a sí misma, reviviendo el posterior intento fallido de esa misma mañana. ¿Y por qué no funciona todas las veces? Por algún motivo, ese hecho le parecía importante.

Sus ojos se posaron en el libro que estaba en la mesilla de noche a la derecha de la cama, donde lo había dejado esa mañana, y encima de su cabeza se encendió una bombilla con una idea.

Si su visita a la antigua Grecia había sido real de verdad y había tenido éxito al avisar a Xena, ahora tendría que poder abrir el libro de historia y leer en él las hazañas de Xena como conquistadora de Grecia, ¿no?

Porque si había viajado al pasado y de verdad había logrado cambiar el curso de los acontecimientos, lo lógico era que ese mismo cambio ya hubiera afectado al futuro, que para ella era en realidad el presente.

Sin pararse a pensar en lo retorcida que era su lógica, alargó la mano, cogió el libro y se sentó en la cama para hojear las páginas de la parte que ya estaba muy manoseada.

Sus ojos recorrieron el texto rápidamente, posándose sin esfuerzo en los párrafos marcados.

No había el menor cambio. Alejandro todavía se llevaba el mérito de la victoria de Queronea y al final el rey Filipo se convertía en gobernante de todos los estados griegos, preparando así el camino para que Alejandro Magno dominara algún día el mundo conocido.

Los dedos de Gabrielle tamborilearon en la página abierta del libro que tenía en el regazo.

De modo que su advertencia no había funcionado. ¿Por qué? ¿Qué quería decir eso? ¿Quería decir que a Xena la mataron después de todo? ¿Quería decir que todo aquello era obra de su propia mente drogada que la había llevado a una antigua Disneylandia griega?

—¡O quiere decir que los puñeteros libros de historia sólo dicen chorradas! —vociferó y tiró el libro de texto al otro lado de la habitación. Se estampó en la pared opuesta y cayó al suelo, del revés, con las tapas y las páginas arrugadas sobre la alfombra.

Golpeó las sábanas con los puños, muy irritada.

—¡Maldita sea!

Ya está, tanto si es un sueño como si no, tanto si es real como si no. No iba a poder descansar hasta que supiera qué le había pasado a Xena.

Tenía que volver.

Y si quería volver, iba a necesitar más droga.


Un ligero roce en la tela de la tienda hizo sonreír a Xena. Sin apartar los ojos del pergamino desenrollado que llevaba toda la noche estudiando a la luz de las velas, saludó a su visitante.

—Buenos días, Alejandro.

—Todavía no es de día, Xena —dijo el joven lugarteniente al entrar en la tienda. Y efectivamente, no lo era: el cielo seguía negro como ala de cuervo, pues el sol aún no había salido.

—Espero que no tengas la costumbre de asomarte a mi tienda por la noche —dijo Xena, enarcando una ceja elocuente.

Alejandro sonrió.

—Creía que estabas dormida y no quería despertarte. Ya me lo tendría que haber imaginado.

Xena le hizo un gesto para que saliera de las sombras y se acercara a la luz dorada de la vela vacilante.

—Pasa. Pareces preocupado por algo.

—Sí —confirmó él, acercándose y mirando la mesa para ver qué estaba estudiando con tanta atención—. Te has pasado toda la noche en vela estudiando los mapas, ¿a que sí?

—Por supuesto —contestó ella, levantando la cabeza para mirar a su compañero—. ¿Tú has descansado?

—Sí, he dormido un poco. Pero me sentiría mejor si supiera que tú también has dormido —afirmó, arrugando el entrecejo con auténtica preocupación.

La llama danzarina de la vela se reflejaba en sus pupilas y ella contempló en silencio la mirada preocupada. Xena sabía muy bien lo que muchos decían sobre sus propios ojos, y que los bardos solían pintar su color claro con palabras ásperas como cruel o desconcertante. En cierto modo, los de Alejandro eran aún más desconcertantes, dado que había nacido con un ojo azul y el otro marrón. Al pensar en cómo era posible que un rostro tan joven pudiera parecer tan preocupado se acordó de repente de su joven y misteriosa visitante, la hermosa muchacha de pelo dorado, y de la sincera advertencia de que estaba a punto de ser traicionada.

Mientras contemplaba sus peculiares ojos, se preguntó si Alejandro sería capaz de planear su asesinato.

—Ya tendré tiempo de sobra para dormir cuando me muera —replicó Xena.

—Eso no tiene gracia —contestó él, frunciendo el ceño—. ¿Cómo puedes bromear sobre tu muerte en la víspera de una batalla?

—No bromeo —respondió Xena y dejó los mapas para mirarlo de frente—. ¿En qué estás pensando, Alejandro? Has venido por una razón. Suéltalo.

—Tenemos una desventaja numérica muy seria, Xena —declaró sin rodeos.

—Vaya, así que no estás tan seguro como antes hiciste creer a los otros. Sé muy bien que estamos en desventaja. ¿Qué es lo que quieres decir?

—Lo que quiero decir es que deberíamos pensárnoslo un poco más. Has enviado un tratado de paz y Stratocles lo está estudiando. A lo mejor no es necesario que nos enfrentemos a todo el ejército ateniense. Si acepta nuestros términos, sería como una rendición, ¿no? Podemos conseguir el mismo resultado y vivir para luchar otro día.

—¿No crees que podamos ganar?

—No, sí, no... o sea, contigo al mando, tal vez. No lo sé. Lo que sí sé es que nos superan con creces en número.

En lugar de responder, Xena se volvió y cogió su espada, que estaba apoyada en un poste de la tienda, hizo un molinete con ella y se la metió en la vaina que llevaba a la espalda.

Le dio una palmada en el hombro.

—Vamos, listillo, va a amanecer y seguro que Parmenión ya tiene al nuevo regimiento levantado, armado y listo para marchar. No querrás que llegue a la posición antes que nuestra caballería, ¿verdad?

Comprobando el cierre de su peto, se dirigió a largas zancadas a la entrada de la tienda.

—No entiendo por qué a los hombres nunca les entra en la mollera...

Levantando el faldón, Xena asomó la cabeza a la noche. Aún no amanecía, pues el cielo seguía oscuro, pero un ligero cambio en la quietud, una fluctuación imperceptible de la temperatura, le indicaban que faltaban unos segundos para el primer albor.

—... que el tamaño no es lo que importa.

Salió al campamento, pasando junto a los guardias que estaban plantados justo en la puerta, seguida rápidamente por Alejandro.

—El arte de la guerra —dijo Xena al tiempo que se montaba en su caballo de guerra—, se basa en el engaño.

Mirando apenas atrás para asegurarse de que su segundo al mando la seguía, chasqueó la lengua una vez y pegó una suave patada con los talones. Argo respondió arrancando a trote ligero.

Pasaron ante un pelotón de infantería que iba retrasado y todavía se estaba armando con los pertrechos de guerra recién diseñados. Xena había eliminado el escudo pesado y la lanza corta del típico hoplita griego. En su lugar, había equipado a su infantería con un escudo de plata mucho más pequeño y ligero que se colgaba del hombro izquierdo. Esto dejaba las manos libres a sus infantes, lo cual permitía que cada hombre de la nueva falange llevara una lanza mucho más larga, llamada "sarisa".

Xena sonrió y asintió, respondiendo a las ovaciones de sus hombres, que la saludaban levantando sus largas sarisas según iba pasando.

—Cuando podamos atacar, pareceremos incapaces —continuó, consciente de que Alejandro hacía un esfuerzo por mantenerse a su altura, luchando por oír cada palabra que decía.

Encontraron al resto del regimiento al mando de Parmenión ya dispuesto, largas filas de soldados en apretada formación de espalda a las colinas, cumpliendo las instrucciones de Xena al pie de la letra.

Hasta donde alcanzaba la vista, fueron pasando ante largas filas de lanzas, de entre cuatro y cinco metros de alto, con puntas de hierro tan afiladas que podían atravesar cualquier tipo de escudo o peto conocido actualmente por el hombre. Cuando su falange estuviera en posición y colocaran bien esas lanzas, los desprevenidos atenienses cargarían contra un bosque impenetrable formado por dieciséis filas de lanzas con punta de hierro capaz de atravesar armaduras.

—Cuando estemos cerca, haremos creer al enemigo que estamos lejos.

Otra patada con los talones y Argo aceleró el paso hasta ponerse a trote largo. Alejandro agitó las riendas para instar a su propio caballo a seguir el ritmo.

Los primeros rayos de luz aparecieron por encima de la montaña y Alejandro cayó en la cuenta de repente de por qué Xena los había situado de espaldas al sol. A su enemigo le costaría mucho calcular el número real de sus tropas y la profundidad de sus formaciones, puesto que tenía que mirar hacia la sombra de las montañas contra el fuerte resplandor del sol naciente.

—Fingiremos que somos débiles, para que se crezca en arrogancia.

El ejército macedonio no iba vestido con la cota de malla de hierro y la armadura pesada de la época, sino con sobrevestas de anillos ligeros de bronce sobre un uniforme de pieles y tela diseñado por la propia Xena para conseguir un ejército más rápido y maniobrable. A primera vista, los hombres parecerían presa fácil contra un enemigo que llevaba una armadura más pesada. Pero Alejandro advirtió que las diferencias entre las dos fuerzas opuestas eran más profundas que un simple atuendo de combate.

Al contrario que las tropas atenienses, que estaban compuestas en su mayoría por la milicia ciudadana de Atenas y mercenarios acostumbrados a climas mejores, sus soldados habían sido entrenados como un ejército profesional y permanente en todo momento. Xena había acabado para siempre con la costumbre de hacer campañas estacionales aprovechando el buen tiempo. Su ejército se había entrenado bajo el sol, la lluvia, el granizo y la nieve para convertirse en un ejército de todo el año, preparado para combatir en cualquier estación, experto en tácticas para todo tipo de terreno y entrenado en una amplia gama de técnicas de combate y asedio.

Si quedaban atenienses que no hubieran sido atravesados como cerdos por las sarisas, sin duda quedarían hechos pedazos por la técnica muy superior de la segunda oleada.

Tan embelesado estaba al darse cuenta de esto que casi se quedó atrás cuando Xena puso a su caballo al galope. No muy lejos, vio su flanco izquierdo: la formación del batallón más extraordinario de todos los ejércitos de los que tuviera conocimiento.

Juntos, cabalgaron hasta reunirse con los Compañeros Reales de Macedonia: la caballería de élite del ejército. Los hombres habían sido elegidos personalmente por la Princesa Guerrera y entrenados al estilo de los grandes jinetes bereberes. No llevaban armadura, sino largas túnicas, y montaban caballos pequeños y ágiles. Como los bereberes, no usaban bridas: guiaban en cambio a sus monturas con las rodillas, lanzaban cortas jabalinas de hierro con las dos manos y podían decapitar a un hombre con una sola estocada de sus afiladísimas cimitarras. Xena le había revelado a Alejandro que ella misma había aprendido a guiar así a su gran caballo de guerra por un líder bereber que había tomado como amante durante sus años salvajes, largo tiempo atrás. De modo que había entrenado a su caballería y la había organizado para que cabalgara y atacara en densas y disciplinadas formaciones que asestaban golpes concentrados.

Delante de su caballería, Xena había situado una línea de infantes vestidos únicamente con túnicas cortas y tres hondas de distintas longitudes alrededor del cuerpo. Xena había tomado la idea de las hondas de los baleares. Las hondas eran un arma poco llamativa que a ella le parecía muy eficaz y, a pesar de las numerosas protestas de sus lugartenientes, había ordenado que buena parte de los arqueros dejara el arco para adoptar esta extraña arma.

—Le ofreceremos cebos para atraerlo, fingiremos desorden para que se lance. Y por último, pero no por ello menos importante, atacaremos cuando no esté preparado y apareceremos donde no se lo espere. —Xena seguía hablando mientras Alejandro aceleraba para alcanzarla.

Pero Alejandro se quedó mirando la fila de soldados formados en posición de descanso bajo el sol temprano de la mañana. Armados con hondas, estos hombres eran capaces de lanzar una lluvia de balas de plomo que superaban el alcance de cualquier flecha.

Usando sólo las rodillas, Xena hizo girar a la yegua dorada, deteniéndola de forma muy espectacular. Alejandro tiró de sus riendas sorprendido, pues estaba a punto de sobrepasarla, y apenas consiguió colocar a su propio semental oscuro a su lado.

El sol había superado la cumbre de la montaña y ante ellos se extendía el verde valle de Queronea, reluciente a la luz brillante del virginal día.

Alejandro casi soltó una exclamación cuando sus ojos lograron enfocar la vista en el horizonte. El enemigo los esperaba, formado en apretadas falanges como un tablero de ajedrez a apenas un campo de cultivo de distancia. Los atenienses, que tendían a hacer la guerra al estilo de los romanos, llevaban buenas armaduras y un armamento mucho más caro que el de sus propias fuerzas: a fin de cuentas, tenían a su disposición la riqueza de la gran ciudad de Atenas. Todos los hombres de las primeras líneas llevaban túnicas de combate de cota de malla de hierro, y los hombres que iban detrás llevaban petos de bronce o de anillos de hierro. Alejandro lo sabía por los destellos intermitentes de brillante luz plateada o dorada cuando los soldados se movían incómodos bajo el calor del sol que seguía subiendo.

Tragó saliva, pensando que su enemigo parecía una ola interminable de hombres a punto de alzarse como un maremoto para llevárselos a todos ellos por delante.

—Alejandro, ¿me estás escuchando? —La voz de Xena lo sacó de golpe de la deprimente visión de ser tragado por un mar de espadas y hachas de combate—. ¿Qué te pasa, Alejandro? —le preguntó a su apesadumbrado oficial—. ¿Sigues preocupado?

—No creía que hubiera tantos atenienses en el mundo —dijo él, sin apartar los ojos del espectáculo del formidable ejército bien protegido y bien armado que tenían delante.

Xena se encogió de hombros asintiendo.

—Asombroso, ¿verdad? Pero te voy a decir algo aún más asombroso.

—¿El qué, Xena?

—En todo ese inmenso despliegue de hombres, en toda su milicia, en todos sus mercenarios bien pagados, no hay un solo Alejandro.

El grupo de hombres más cercanos a ellos se echó a reír. Tal vez se reían demasiado fuerte, pero al menos todos habían dejado de mirar a los atenienses con horrorizada fascinación.

—¡No hay uno solo de vosotros! —gritó Xena, con más fuerza para que la pudieran oír más soldados—. No hay un solo ateniense entre ellos que tenga la capacidad que tenéis vosotros aquí hoy. Ninguno que pueda seguir en la silla al tiempo que lanza una jabalina con las dos manos, ¿verdad? ¿Como podéis vosotros? —afirmó, señalando a soldados concretos con la hoja de su pesada espada, que alargaba con facilidad, mostrando los músculos del brazo que se agitaban bajo la piel bronceada.

Sus hombres contemplaban su poder y su belleza con evidente pasmo. Se apartó del cuerpo principal del flanco y se puso a trotar pasando ante sus tropas.

—¡Ninguno de ellos tiene la convicción interna que tenemos nosotros! Hemos luchado los unos contra los otros como tribus durante años, mientras Atenas y el resto de las ciudades-estado se hacían ricas. Acaparan las rutas marítimas y los caminos, exigiendo impuestos a todo el que quiera utilizarlos.

Su afirmación fue recibida con gruñidos de asentimiento.

—Juntos, hemos creado este ejército para acabar con su democracia falsa y corrupta. Nos hemos entrenado mucho tiempo y muy duro para este día. Pues aquí estamos, juntos. Tracios y tesalianos: ¿alguna vez soñasteis que sería posible? ¡Pues aquí estamos! Hoy, todos somos macedonios, el mejor ejército que haya aplastado jamás la hierba de un campo de batalla. Hoy termina el dominio de los atenienses sobre nuestras vidas —gritó mientras cabalgaba, ganando velocidad, y su voz resonaba con fuerza y sinceridad en el callado y caluroso amanecer—. Se acabó el pago de impuestos por falsas promesas de protección. Se acabaron los ataques de los señores de la guerra contra nuestras ciudades y aldeas. ¡Hemos hecho este ejército para luchar por nosotros mismos! ¡Ahora podemos proteger lo que es nuestro! ¡Y lo que será nuestro es todo lo que vemos!

Los cascos de su yegua dorada atronaban por la llanura en el momento en que levantó su espada en alto, con el pelo oscuro agitado al viento contra el telón de fondo de un cielo azul.

—¡Atenas hoy! ¡Esparta mañana! ¡Grecia debe estar unida!

Sus tropas oyeron el grito y lo corearon.

—¡GRECIA DEBE ESTAR UNIDA!

Un destello de luz que captó por el rabillo del ojo llamó la atención a Xena. Usando las rodillas, hizo volver a Argo al frente de su línea y se volvió de cara a su enemigo.

Los atenienses empezaban a avanzar caminando: lentos, inexorables y tan mortíferos como un río de lava. A Xena se le contrajeron las pupilas al enfocar sus agudos ojos azules para atravesar la distancia, y aferró la espada, gruñendo ligeramente con la expectación del primer golpe.

—Ares, hoy quedarás satisfecho —susurró como oración, y alzó la espada, una orden para que las tropas aguantaran sin moverse.

Efectivamente, el primer instinto era ordenar el avance de su flanco derecho y atacar con una carga, pero ella tenía otros planes. Moviendo las rodillas, controló a Argo, firme en su sitio, mientras la yegua levantaba trozos de tierra con las pezuñas como protesta. Detrás de ella, en toda la línea, los soldados montados luchaban por controlar a sus caballos de la misma manera. Con voluntad de hierro, esperó, con el corazón acelerado, mientras su flanco izquierdo se enfrentaba al enemigo con un estruendoso choque de metal contra metal.

Mientras Alejandro observaba nervioso, recordó las palabras de Xena. "Cuando podamos atacar, pareceremos incapaces".

El general ateniense, Stratocles, no daba crédito a su suerte. Había enviado a su falange derecha, la más fuerte, contra el flanco izquierdo, que parecía más débil, y estaba funcionando. La línea enemiga estaba cediendo. Con un alarido producto de la pura adrenalina, instó al resto de sus fuerzas para que machacaran ese punto débil y aprovecharan el colapso del flanco izquierdo de la Princesa Guerrera.

—¡Vamos! —gritó, con la espada en alto—. ¡Vamos a devolverlos a Macedonia!

Sus tropas centrales obedecieron la orden y se lanzaron hacia delante para unirse a la falange derecha en la demolición de la línea en retirada de la brigada macedonia, sin prestar atención a la maraña erizada de lanzas que les bloqueaba el camino.

"Fingiremos que somos débiles, para que se crezca en arrogancia".

Alejandro se dio cuenta de que no era una retirada en absoluto. Siguiendo los pasos bien ensayados, los hombres de Xena retrocedían, sujetando las sarisas hacia abajo y hacia delante, manteniendo a raya a sus perseguidores, hasta que el ascenso del terreno causado por la ladera de la colina detuvo su retirada, dándoles a los soldados la excelente sujeción que necesitaban para sostener las lanzas.

Los atenienses siguieron adelante, gritando y aclamando, hasta que su carga creció como un maremoto de cuerpos humanos. Incapaces de controlar su propia acometida, los atenienses empezaron a empujarse entre sí, empalando a sus propios hombres en las afiladísimas puntas de las lanzas macedonias. El centro ateniense se abrió hacia los lados mientras seguían avanzando, en un esfuerzo desesperado por evitar quedar empalados, y la falange se deshizo.

Fue entonces cuando el joven segundo al mano lo comprendió por fin. Si la guerra era un arte, Xena era una auténtica artista.

A pesar del horroroso espectáculo de la primera oleada fallida de la infantería, los jinetes tebanos aguantaron en el sitio. Con su disciplina superior, se quedaron quietos, observando mientras toda la derecha y el centro del ejército ateniense empezaban a desmoronarse.

Aunque Argo golpeaba excitada con los cascos, Xena se mantenía firme en su sitio. Su mirada imperturbable buscaba a Teágenes, el comandante de la Hueste Sagrada de Tebas. Lo encontró en el extremo izquierdo de su línea y observó con atención su lenguaje corporal. Stratocles le había dado una orden frenética para que cargara, pero era evidente que en ese momento no estaba dispuesto, mientras observaba la caída del centro de sus aliados.

Retírate o ataca, lo instó mentalmente. Elige. Olía su indecisión desde el otro lado del campo, y enarcó una ceja burlona, sintiendo en su propia sangre la emoción del esperado ataque.

Él la vio entonces, burlándose de él, con un desafío evidente en su postura, y eso lo enfureció. Un ligero movimiento con la mano, un amago de ir a coger la espada, y Xena curvó el labio gruñendo. Bajó la espada que había estado sosteniendo en alto.

A su señal, sus honderos baleares lanzaron una lluvia de balas de plomo que cayó sobre la caballería tebana. Los caballos, a punto de cargar, se encabritaron, desequilibrados por la lluvia interminable de metal duro y frío.

Cuando el característico grito de batalla de Xena se alzó por encima de la cacofonía de la guerra, sus tropas montadas se lanzaron con ella a un galope atronador. Xena llevó a su caballería hacia delante, al frente de la carga, y atravesó la brecha que había en la línea de atenienses diseminados.

La primera estocada de su espada decapitó a un soldado de infantería ateniense con satisfactoria facilidad. La siguiente se clavó en el costado de un jinete tebano. Notó un chorro de sangre caliente que le salpicaba la cara cuando la siguiente estocada cortó limpiamente la arteria de un cuello.

Sus tropas montadas la alcanzaron rápidamente, derribando a los jinetes tebanos al suelo, y la siguieron cuando ella hizo girar a la carga para el ataque por detrás.

Teágenes, al ver la difícil situación en la que estaba, decidió atacar a los honderos de a pie, en lugar de enfrentarse a la carga de una fuerza montada desde atrás.

Xena se echó a reír, mirándolo al tiempo que le cortaba el brazo a un adversario que la atacaba. Hizo girar a Argo para ver mejor la cara del comandante tebano cuando se diera cuenta de repente del error de su decisión.

La línea ateniense se había desintegrado por completo y ahora los macedonios avanzaban en un ángulo de barrida, acabando con los últimos enemigos en una marcha mortífera.

Los honderos de Xena ya no estaban solos, sino que contaban con el refuerzo de una buena cantidad de soldados de la brigada macedonia. Para cuando los tebanos consiguieron dar la vuelta a sus caballos y cargar contra ellos, se encontraron con un muro de lanzas por delante y el pavoroso espectáculo de la caballería de Xena que caía en tromba sobre ellos por detrás.

Los caballos se empalaban en las lanzas y caían a tierra o se encabritaban asustados, lanzando a sus jinetes a la muerte causada por las espadas y las hachas de combate de los macedonios al ataque. El ejército de Xena se coló en avalancha por las brechas y atacó el frente y el flanco atenienses a la vez. Lo que la caballería había empezado, la falange lo estaba terminando.

El comandante tebano tiró de sus riendas, deteniendo a su caballo, y sólo pudo quedarse mirando mientras todos y cada uno de los miembros de la Hueste Sagrada de Tebas morían plantados en el sitio como en un desfile, entre montañas de cadáveres.

Xena vio la derrota en los ojos de Teágenes. Detuvo su carga, haciendo que su caballo se alzara sobre las patas traseras por encima de la refriega para que el comandante viera claramente el desafío.

El rostro de Teágenes se llenó de rabia y azuzó a su semental, lanzándose al ataque. Se encontraron a galope tendido y el estruendo de las espadas al chocar resonó por encima del alarido de muerte que llenaba el valle y reverberaba por el bosque.

Xena dio la vuelta a su caballo para atacar de nuevo, sin necesidad de charlas ni explicaciones. Teágenes reconoció el ofrecimiento de matar o morir, una oportunidad de alcanzar la muerte con honor. Sus espadas volvieron a chocar con toda la potencia de la carga que llevaban detrás. Teágenes estuvo a punto de caerse hacia atrás por el golpe.

Ella volvió la espada para una estocada y parada rápidas. Su adversario detuvo su espada con una estocada de revés. Gruñó al parar, ya casi sin aliento por la fuerza incomprensible de los golpes de la mujer guerrera.

Argo se movió de lado y se pegó al flanco del semental, empujándolo hacia un lado para que perdiera el equilibrio, mientras Xena subía y bajaba el brazo una y otra vez, atacando la defensa del comandante tebano. Éste estaba ya debilitado, apenas capaz de levantar el brazo con que sujetaba la espada para protegerse la cabeza.

Rápidamente, Xena cambió la dirección de su ataque y descargó la espada en un amplio arco. Le rajó la pierna por el muslo y se apartó para ver mejor el chorro de sangre que pintaba el costado del caballo de un rojo reluciente.

Teágenes se tambaleó por el dolor, pero no cayó de su montura. Levantó la espada, pero apartó a su animal en el último momento, demasiado débil para completar el ataque.

Estás muerto, pensó Xena durante un instante, y en esa fracción de segundo, como un gran maestro en una partida de ajedrez, la Princesa Guerrera visualizó claramente la siguiente serie de golpes que le darían la victoria este día.

Azuzó a Argo, fingió una estocada contra el cuerpo que hizo bajar la espada a Teágenes, y con todo el poder de Ares impulsando su espada, Xena inició la estocada que cortaría la cabeza al comandante tebano.

Un breve destello de movimiento y un grito agudo la distrajeron de su presa.

Xena soltó una exclamación ante lo que veía. La chica, Gabrielle, había acabado metida en el campo de batalla y estaba de rodillas en el suelo a punto de ser empalada por la lanza de uno de sus propios hombres.

—¡Alto! —vociferó la orden y lanzó su espada. La hoja se clavó justo a los pies del soldado, que levantó la vista sorprendido, deteniendo su ataque. Los ojos de Xena se encontraron con los de Gabrielle por un instante de sorpresa mezclada con alivio mientras el hombre se retiraba.

Y entonces la cuchillada al rojo vivo de la espada de Teágenes al clavarse en su costado hizo que su campo visual se encogiera, amenazando con volverse negro.

Logró estamparle el puño en la cara antes de que su mundo empezara a dar vueltas y entonces se cayó del caballo, notando apenas el impacto de su propio cuerpo al golpear la dura y fría tierra. Los ruidos de la batalla se alejaron poco a poco hasta que lo único que oyó fue su propia respiración saliendo de sus pulmones con bocanadas superficiales y jadeantes.

Levantó la mirada, esperándose ver a Teágenes por encima de ella, espada en mano y preparado para matar, pero varios de sus hombres, Alejandro entre ellos, lo habían derribado del caballo y lo estaban haciendo picadillo no muy lejos de ella. Volvió la cabeza y descubrió que la vista desde el suelo le hacía cierta gracia, pues nunca hasta entonces había visto un campo de batalla desde este ángulo.

Sus ojos encontraron a Gabrielle. La chica corría hacia ella, resbalándose en el barro, la sangre y las tripas que cubrían el suelo, desesperada por alcanzarla.

No te preocupes, ángel, pensó Xena, no me duele nada. Sonrió cuando apareció el rostro inocente de la chica, con los ojos llenos de preocupación.

Gabrielle se arrodilló por encima de ella, diciendo algo, pero por alguna razón Xena no la oía: sólo oía el ruido áspero de su propia respiración al entrar y salir y algún que otro choque metálico cuando Alejandro y algunos de sus hombres se defendían de unos pocos ataques aquí y allá.

Si esto era lo último que iba a ver, prefería mirar a esos ojos verdes que el contorno humeante de cadáveres putrefactos, que era lo único que veía desde donde estaba tirada.

—Me pondré bien —se descubrió respondiendo—. No es más que un arañazo.

Gabrielle la miró confusa. Estaba intentando detener la hemorragia de la herida, pero su mano no lograba presionar ni dejaba huella alguna sobre su carne.

—Eres un ángel, ¿recuerdas? —comentó Xena, riendo, y luego hizo una mueca por el dolor que le causó la risa. Maldición, seguro que no le había hecho la menor falta proteger a la chica, porque la lanza habría pasado sin más a través de ella.

La ironía de la situación se dejó ver también en el rostro de Gabrielle y entonces Xena se quedó observando con calma cuando su misteriosa visitante empezó a brillar y a desvanecerse, tal y como había llegado.

—Supongo que todo ocurre exactamente como debe ocurrir —le comentó en voz baja a la imagen desvaída de su ángel de la guarda.

Entonces se quedó sola, tirada en un charco de su propia sangre en la fría tierra de su propio campo de batalla victorioso.


PARTE 2


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
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