Capítulo XVII


—¿Qué estás pensando, Pequeño Dragón?

Gabrielle se sobresaltó al oír la voz inesperada y volvió la cabeza en la dirección de donde había salido el sonido. Entonces se quedó mirando fijamente a la bella mujer que estaba sentada tranquilamente a su lado.

La mujer le devolvió la mirada sin parpadear y Gabrielle vio muchas cosas en los almendrados ojos marrones que la miraban hasta el fondo del alma. Por fin, apartó la mirada, avergonzada.

—Perdona —dijo, contemplando el río junto a la gran estatua de Buda—. Es que hacía mucho tiempo que no oía ese nombre.

—Casi un milenio completo, creo. Mucho tiempo para haber estado sola.

Los ojos de Gabrielle se endurecieron.

—¿Te conozco?

—No, Gabrielle. Pero tenemos una amiga común. —Gabrielle enarcó una ceja interrogante y Ch'uang-Mu sonrió al reconocer el gesto. Afrodita había pasado mucho tiempo compartiendo esta historia concreta con la diosa y Ch'uang-Mu se había quedado fascinada mientras se desarrollaba. En ninguna otra parte de los inmensos archivos de la red divina mundial había nada tan interesante de observar... ni tan doloroso de soportar.

Ahora, sentada cara a cara con la mitad de las personalidades implicadas en esa historia, comprendía muy bien por qué Afrodita estaba tan fascinada con las dos. Había una fuerza subyacente que daba carácter a las facciones de Gabrielle y sin embargo, su belleza también estaba llena de sensibilidad. Era una combinación poco común y Ch'uang-Mu deseó poder conocer a la otra mitad de esta alma.

Cuando advirtió que la segunda ceja se alzaba para reunirse con la primera, Ch'uang-Mu cayó en la cuenta de que se había quedado mirando mientras Gabrielle esperaba una respuesta. Inclinó la cabeza como muda disculpa.

—Mil perdones, Gabrielle. Tu historia es sencillamente fascinante y me he distraído pensando en ella al verte por fin cara a cara, por así decir.

—Vaaaleeeee —replicó Gabrielle, alargando la palabra—. Eso sigue sin explicarme nada y tampoco me dice quién eres.

—¡Hola, chatunga! ¿Qué se cuece?

Gabrielle miró a Afrodita, luego a Ch'uang-Mu, y se fijó en lo cerca que estaban la una de la otra.

—A ver si lo adivino... ¿nuestra amiga común?

Ch'uang-Mu se sonrojó ligeramente y asintió, pero no se apartó de la diosa del amor de Grecia. Gabrielle alargó los brazos para estrechar a Afrodita. Entonces la diosa china sí que se apartó, pues sabía que estas viejas amigas necesitaban volver a reconectar. El abrazo fue largo, porque había pasado ya tiempo desde la última visita de Gabrielle al Olimpo. Los dioses griegos habían empezado a pasar más tiempo allí y menos en Roma y eso hacía más difícil que pudiera quedarse.

—Te he echado de menos, preciosidad —susurró Afrodita, dándole un beso a Gabrielle en la cabeza—. Y uno de estos días, o sea, vas a tener que decirme cuál es tu secreto.

Gabrielle se apartó lo suficiente para poder mirar a Dita a los ojos.

—¿Qué secreto? —preguntó, genuinamente confusa, pero absolutamente feliz de ver a Dita a pesar de ello.

Dita olisqueó con fuerza y sonrió.

Ese secreto. El secreto de que siempre huelas genial. —Se acordaba muy bien de su propia experiencia mal oliente al ser demasiado humana.

Gabrielle se echó a reír y se ruborizó, consciente de que todavía tenían público.

—Dita, no siempre huelo genial. Sobre todo después de un largo día de trabajo, o de combate, o incluso sólo de caminar. Ha dado la casualidad de que me has pillado justo después de bañarme.

La diosa estrechó los ojos.

—Ya. Seguro. Eso díselo a alguien que no lleve oliéndote casi un milenio, menos un siglo o así. Yo creo que es que tienes unas feromonas estupendas.

—¡¡Dita!! ¡Me parece que sólo intentas ponerme colorada! —Pero Gabrielle no pudo controlar la risa que se le desbordó.

—No, lo que intento es robarte tu secreto. —Meneó las cejas con aire provocativo—. ¿Quieres compartir feromonas?

Gabrielle no respondió en principio, sino que se tapó los ojos y se echó a reír. Cuando por fin recuperó el control, miró a Dita con seriedad y dijo:

—Tienes que salir más.

Ch'uang-Mu intervino.

—Eso es lo que yo le he dicho —dijo con un pequeñísimo amago de celos. Gabrielle ladeó ligeramente la cabeza, como si intentara averiguar a qué venía ese tono y por qué parecía dirigido a ella. Fue entonces cuando Ch'uang-Mu se dio cuenta de la verdad y sonrió con encanto—. A lo mejor ahora me cree —dijo con una sonrisa más auténtica.

Dita se puso en jarras e hizo un puchero.

—Os estáis metiendo conmigo, o sea.

—Qué va —replicó Gabrielle con descaro—. Pero seguro que podríamos si lo intentáramos.

—Mmff. Tal vez no debería presentaros. Podría ser superpeligroso para mí.

—Podría gustarte —bromeó Ch'uang-Mu.

Dita las miró a las dos y sonrió con aire lascivo.

—Mmm... dos nenas estupendas. Ah, sí, lo que tengo que sufrir por el amor.

Dos expresiones iguales, acompañadas de sendas cejas enarcadas, se volvieron hacia ella, y Afrodita se echó a reír.

—Sois como supertronchantes. Ch'uang-Mu, diosa china de los asuntos del dormitorio, te presento a Gabrielle, la superguay bardo, guerrera y maestra inmortal.

—Me alegro de conocerte, Gabrielle. Afrodita me ha lo ha contado todo sobre ti.

—¿Ah, sí?

—Sí —intervino Dita en la conversación—. Como para ti es megadifícil ir al Olimpo últimamente, pensé que te vendría bien tener a alguien en esta parte del mundo con quien hablar cuando yo no puedo escaparme, o sea. Ch'uang-Mu y yo somos amigas desde hace mucho tiempo y como las dos nos dedicamos al rollo del amor, hablamos mucho.

—Afrodita me ha contado tu historia, Gabrielle, y me gustaría ser tu amiga, si me dejas. Pero desde luego, no quiero imponerme si te sientes incómoda.

Gabrielle se quedó mirándolas a las dos largos instantes. No vio nada salvo un auténtico deseo de amistad por parte de Ch'uang-Mu y cariño y esperanza en el rostro de Dita.

—Me gustaría tener otra amiga —dijo por fin—. La inmortalidad no es tan estupenda como se dice.

—Ah, qué cosa más cierta —dijo Ch'uang-Mu, y luego se echó a reír—. Los humanos creen que lo tenemos tan fácil y sin embargo... —Miró a Gabrielle—. Y así y todo, creo que para ti es peor que para nosotros. Nosotros aún tenemos deberes y responsabilidades y, por supuesto, la red divina. —Esto último lo dijo con un aire algo pícaro.

—Chachi total, nenas. Aunque —añadió Dita en un aparte dirigido a Ch'uang que se aseguró de que Gabrielle pudiera oír—, tal vez no deberías dejar a ésa sola con la red divina. —Señaló a la bardo—. No sé si te acuerdas de ese gran colapso que tuvimos hace un tiempo... —Dita se calló, aunque sus ojos transmitieron exactamente de qué estaba hablando.

Los ojos almendrados de Ch'uang se pusieron casi cómicamente redondos cuando cayó en la cuenta del incidente al que se refería Afrodita.

—Oh, vaya —dijo mirando a Gabrielle—. ¿Fuiste tú?

Gabrielle se puso de un tono escarlata tan intenso que Ch'uang pensó que iba a ver cómo le sangraba la piel. Y se quedó de ese color mucho más tiempo del que un ser humano debería ser capaz de conservarlo.

—Debo decir, Gabrielle, que lo que hiciste fue una obra de arte. No es que desee volver a verlo, pero fue una auténtica obra maestra. Creo que no he visto tantos nudos en la red desde que se inventó.

Gabrielle se frotó la cara.

—Fue un accidente —rezongó.

Ch'uang le puso una mano a la bardo en el hombro.

—De eso, todos estábamos seguros. No creo que se pudiera haber hecho intencionadamente. ¿Sabes lo que hiciste?

—No muy bien —volvió a farfullar, sin apartar los ojos del suelo—. Me equivoqué de botón.

—Pues si no te importa compartir, podemos navegar juntas por la red divina de vez en cuando. Yo tengo que mantener a ésta vigilada. —Señaló a Afrodita con el pulgar.

—¡¡¡OYE!!! ¡¡Que soy una diosa, que lo sepas!!

—Lo sé. —Ch'uang sonrió burlona, sintiéndose traviesa ahora que sus celos habían quedado desechados—. Por eso tengo que vigilarte.

—Mmff. —Dita hizo un mohín, pero no pudo controlar la sonrisa ni el brillo alegre de sus ojos—. Vamos. Tengo hambre y creo que el Pequeño Dragón seguramente también anda necesitada de sustento a estas horas.

—Por favor, no me llaméis así —dijo Gabrielle de repente—. Ya sé que no pretendéis nada con eso, pero ninguno de los recuerdos que tengo de ese nombre es bueno.

Ambas diosas se quedaron un poco pasmadas al oír aquello. Hacía poco que se conocían en persona y habían ido desarrollando una auténtica amistad y respeto mutuos, aunque estaba claro que probablemente iba a haber algo más entre ellas, dentro de poco. Pero se habían olvidado de que Gabrielle no formaba parte de los pequeños devaneos amorosos que eran frecuentes en su existencia y de que ese nombre en especial le recordaba lo sola que estaba en el mundo.

—Perdona, nena —dijo Afrodita con tono apagado—. Es que... —Dita se interrumpió, sin saber qué más decir.

—Yo también te pido perdón, Gabrielle. Es que el nombre parecía muy adecuado para ti. No me he parado a pensar en la cantidad de recuerdos infelices con que lo asocias.

—Tranquilas, en serio —replicó Gabrielle, sintiéndose un poco expuesta por haber reaccionado con tanta vehemencia—. Prefiero Gabrielle a secas, aunque "preciosidad" también está bien.

Dita se animó considerablemente.

—Chachi, ricura. Ahora —dijo, cuando tres estómagos rugieron a la vez—, vamos a comer. Hay un sitio como megaestupendo en Sichuan que tiene el pollo Gongbao más supertotal que hayáis probado nunca.

Ch'uang-Mu asintió.

—Conozco ese sitio que dices... y hacen entregas a domicilio. —Agitó la mano y las tres desaparecieron.


Afrodita se quedó un ratito cuando llegaron al palacio de Ch'uang para asegurarse de que Gabrielle estaba a salvo en compañía de la diosa. Luego se apresuró a volver a Grecia, pues no quería que nadie sospechara por su ausencia, esperando con todas sus fuerzas haber tomado la decisión correcta al confiar en la diosa china.

Mientras, Gabrielle y Ch'uang estaban empezando a conocerse, y las dos descubrieron muchas cosas que les gustaban y admiraban la una de la otra. A Gabrielle, Ch'uang le recordaba muchísimo a Lao Ma y descubrió que le resultaba mucho más fácil apreciarla cuando no se interponía el pasado de Xena.

Ch'uang era mucho más reservada que Afrodita, pero Gabrielle descubrió que tenía un sentido del humor muy ladino. Y así pasó un cierto tiempo mientras Gabrielle y Ch'uang se conocían y Gabrielle aprendía muchas cosas sobre la cultura china.

Por fin, Ch'uang comentó que se acercaba el Año Nuevo Chino y que, con la llegada de un nuevo milenio, la gente iba a echar el resto para celebrarlo.

—¡¡Cielos!! ¿¿Llevo aquí más de un siglo?? —Gabrielle no sabía si sentirse horrorizada, molesta o asombrada. Lo cierto era que no le había parecido tanto y había aprendido mucho no sólo sobre China, sino también sobre las distintas tierras que rodeaban al país.

Había hecho muchas expediciones cortas, saliendo y entrando de los sitios como un fantasma o espectro, pero la mayor parte del tiempo la había pasado en el palacio de Ch'uang leyendo y aprendiendo.

—Tengo que salir... volver al camino. Las excursiones que he hecho no son suficiente.

—¿Suficiente para qué, Gabrielle? No buscas la redención... ni la tuya ni la de Xena. No hay motivo para que tengas que padecer los dolores del crecimiento de la humanidad más de lo necesario. ¿Por qué tienes la necesidad de someterte a eso continuamente? Aquí tienes un hogar.

Gabrielle suspiró casi en silencio.

—Ch'uang, te agradezco tu hospitalidad y que me hayas dado un sitio donde estar a salvo durante un tiempo. Pero éste no es mi hogar.

Ch'uang bajó la vista al suelo, con expresión abatida.

—Lo siento, Gabrielle. Soy una egoísta. Tenerte aquí ha sido tan divertido para mí... como un soplo de aire fresco. Tú ves y aprecias cosas que la mayoría de nosotros damos por supuestas o hemos olvidado. Ha sido maravilloso ver las cosas a través de tus ojos.

—No quiero parecer desagradecida, porque de verdad que he disfrutado del tiempo que he pasado aquí contigo. Ha sido una gozada aprender cosas sobre esta cultura y formar parte de ella, pero realmente no puedo vivir aquí indefinidamente. —Se detuvo para soltar aliento y se pasó las manos por el pelo—. No es fácil explicarlo, sobre todo a alguien como tú, que de verdad tiene que quedarse. Hay una parte de mí que necesita estar en el camino ayudando a la gente. Incluso durante todas las excursiones que he hecho, he intentado dedicar un tiempo a ayudar a los demás. —Gabrielle se encogió de hombros—. Forma parte de mí.

Ch'uang asintió.

—Lo sé... te he observado. —Sonrió trémulamente a la bardo y le ofreció la mano—. Pero voy a echar en falta tenerte aquí. Ahora ven —dijo casi imperiosa—. En todo el tiempo que has estado con nosotros, no te has hecho una lectura zodiacal. Debes hacerlo antes del nuevo milenio.

—¿Y por qué?

Ch'uang enarcó una ceja.

—Porque lo digo yo. —Entonces se echó a reír—. Además, es muy divertido. Creo que te resultará interesante. Y después, nos sentaremos en la azotea y veremos el espectáculo de fuegos artificiales. —Titubeó entonces y siguió en un tono más suave—. Afrodita ha prometido venir.

A Gabrielle se le iluminaron los ojos. Por simpática que fuera Ch'uang y aunque la situación había dado paso sin la menor duda a una fuerte amistad entre Gabrielle y ella, la bardo seguía echando de menos la presencia más o menos constante de Afrodita en su vida.

Los dioses grecorromanos habían perdido en su mayoría el favor de la gente y aunque seguían vivos, sus poderes habían disminuido muchísimo. La mayoría había decidido regresar a Grecia para vivir con comodidad y relativo aburrimiento.

Afrodita seguía muy activa, y dado que obtenía su fuerza del poder del amor mismo, también era mucho más fuerte que todos los demás salvo Ares. El amor y la guerra parecían ser las dos fuerzas más constantes y consistentes del mundo y les permitía a los dos seguir funcionando con más normalidad que los demás, aunque ambos notaban una clara diferencia en la potencia de sus poderes.

Y así, seguían viajando y haciendo lo que podían, aunque ni por asomo con la intensidad que habían tenido en sus buenos tiempos.

Afrodita había ido a China dos veces durante la estancia de Gabrielle en ese país. Una vez había ido de escalada al Tíbet, aunque cuando Dita echó un buen vistazo a la montaña, se preguntó si hacer una cosa así sería prudente, aunque Gabrielle fuera inmortal. Parecía demasiado esfuerzo sólo por llegar a la cima. Pero se alegraba de que Gabrielle se mantuviera ocupada, puesto que eso, más que nada aparte de Xena, era lo que tendía a hacerla feliz.

La segunda vez fue casi incómoda para Dita, aunque se dio cuenta de que la sensación era exclusivamente suya y probablemente debida a sus propios celos. Al ver a Ch'uang y a Gabrielle tan contentas juntas, aunque sabía que entre ellas no había nada más que amistad, el monstruito verde quiso salir a jugar. Pero Dita recordaba muy bien lo que esa emoción concreta le había supuesto a Cupido y la desechó deliberadamente. Entonces descubrió que sus sentimientos eran completamente infundados, pues ambas mujeres la recibieron con los brazos abiertos. No se había divertido tanto desde hacía siglos y Afrodita estaba deseando volver para el milenio.

Gabrielle estaba contenta y Ch'uang advirtió claramente la diferencia en la actitud de la bardo al oír su anuncio.

—La has echado de menos, ¿verdad?

Gabrielle asintió.

—Sí. Somos amigas desde hace mucho tiempo y echo en falta hablar con ella. Lo de la red divina no es lo mismo.

Ch'uang se echó a reír suavemente.

—Estoy de acuerdo. Yo también estoy deseando que venga. Es muy divertida.

Gabrielle se echó a reír.

—Ya lo creo.

Luego las dos se dirigieron despacio a la biblioteca del templo.

—No puedo creer que todavía no hayas hecho esto. ¿Has leído algo sobre el zodíaco chino en el curso de tus estudios, Gabrielle?

Gabrielle se rascó la frente.

—Creo que sí, pero ahora mismo no lo recuerdo muy bien.

—Dada la inmensidad de la biblioteca que has estado leyendo en los últimos cien años más o menos, no me cabe duda. Nuestro zodíaco se creó más que nada para dar nombre a los años como medio para trazar el paso del tiempo. La gente decidió divertirse con ello al mismo tiempo, adoptando los atributos de cada uno de los animales elegidos como mascotas del año. Se dice que esas características representan la personalidad de la persona nacida en ese año.

Entraron juntas en la biblioteca y Ch'uang llevó a Gabrielle a una pequeña estancia donde había varios tapices bellamente tejidos. En cada uno de ellos aparecía un animal distinto y en el más grande aparecían los doce. Gabrielle se quedó largo rato delante de éste, contemplando simplemente el delicado bordado necesario para crear tal obra de arte. Alargó una mano para tocarlo, dudó y miró a Ch'uang pidiendo permiso. La diosa asintió y sonrió ligeramente a Gabrielle.

Gabrielle acarició suavemente con las manos la tela de seda, maravillada por la labor tan intrincada y por la riqueza de los detalles empleados para crear cada aspecto de los animales representados.

—Es asombroso —comentó Gabrielle por fin—. No puedo creer que no lo haya visto hasta ahora.

—Bueno, es que no forma parte de la zona pública del templo —señaló Ch'uang—. Hay que saber que está aquí para encontrarlo.

—Háblame de esto.

—¿En qué año naciste, Gabrielle?

Gabrielle se lo dijo y Ch'uang se rió suavemente.

—Qué bien has envejecido. —Gabrielle se sonrojó, al tiempo que se reía por la broma. Antes de que pudiera responder, Ch'uang continuó—: Sobre todo para ser un cerdo.

Gabrielle alzó las cejas hasta el nacimiento del pelo y exclamó atragantada:

—¿Cómo dices?

Ch'uang indicó el tapiz.

—Naciste en el año del cerdo —replicó con seriedad, pero en sus ojos había un brillo guasón que le dijo a Gabrielle que le estaba tomando un poco el pelo.

—Maravilloso —dijo entre dientes—. Xena se va a poner las botas con esto.

—Bueno, las características relacionadas con el cerdo son muy agradables —replicó Ch'uang—. Y estaría dispuesta a apostar que son muy exactas. Según dice mi pueblo, eres una compañera espléndida y una intelectual... una persona que piensa profundamente sobre las cosas y se fija metas difíciles, dispuesta a alcanzarlas. Eres sincera, tolerante y honrada. En una época, eras increíblemente candorosa porque esperabas lo mismo de los demás, pero la vida y el tiempo te han arrebatado ese ideal. Ahora te limitas a conservar tu propio código moral y te adaptas para tratar con otras personas que siguen un código distinto.

Gabrielle se lo pensó unos momentos, asimilando todos los matices de lo que había dicho Ch'uang.

—No me parece mal, creo —dijo con una sonrisa. Luego añadió con aire pícaro—: ¿Y Xena qué es? —Le dio a Ch'uang la fecha de nacimiento de la guerrera y recordó lo que le había costado sacarle esa información a Xena hacía ya tanto tiempo.

—Mmm... tu compañera es un mono.

—Je... eso me da posibilidades —murmuró Gabrielle por lo bajo—. Me pregunto cómo le quedaría una cola. —Hubo un momento de silencio total, y entonces Gabrielle se percató de que mientras ella se imaginaba dicho cuadro, Ch'uang la miraba con expresión risueña—. Ejem. —Se rió suavemente—. Lo siento. ¿Cuáles son los atributos del mono?

Los ojos oscuros de Ch'uang brillaron con franca diversión.

—Bueno, es muy inteligente, con un profundo deseo de adquirir conocimientos y un astuto humor oculto combinado con una memoria excelente. Es habilidosa y flexible, notablemente ingeniosa y original. Es capaz de resolver los problemas más difíciles con facilidad y tiene una personalidad carismática, lo cual es una buena cualidad para una dirigente, pero desconfía mucho de otras personas.

—Asombroso. —Gabrielle estrechó los ojos—. ¿Estás segura de que no nos has estudiado primero y te lo acabas de inventar?

Ch'uang se echó a reír a carcajadas cristalinas y sonoras. Fue hasta los estantes y sacó un tomo especialmente grueso.

—Míralo tú misma.

Abrió el libro por el punto donde hablaba del zodíaco y Gabrielle empezó a leer rápidamente la página.

—Esto es increíble —dijo mientras seguía leyendo—. Conozco gente que encaja con todas estas descripciones.

—Y yo. Parece que... —Fuera cual fuese la reflexión que iba a añadir Ch'uang quedó interrumpida por la repentina llegada de la diosa griega del amor, que inundó la estancia de pétalos de rosa al hacer su entrada.

—¡Eh, nenas! ¿Qué pasa? —Rodeó los hombros de Gabrielle con un brazo y le dio un beso tierno en la cabeza—. ¡Hola, preciosidad! Te echaba de menos.

Gabrielle le devolvió el abrazo con ganas.

—Hola, Afrodita. Yo también te echaba de menos.

Dita le sonrió con cariño y luego se volvió hacia Ch'uang sin soltar a Gabrielle. Alargó una mano que la diosa china aceptó.

—¿Y tú cómo estas, cielo?

Ch'uang-Mu apretó la mano de Dita.

—Yo estoy bien. ¿Y tú?

Dita abrazó a Grabielle una vez más y luego la soltó.

—No me puedo quejar, supongo. El amor es el amor en todas partes y me mantiene en forma, ya sabes. Sí que echo de menos los viejos tiempos, pero al menos todavía tengo el poder, no sé si me entiendes. Muchos de los dioses se han quedado prácticamente sin poderes, así que supongo que soy una de las afortunadas.

Ch'uang cogió las manos de Afrodita entre las suyas.

—Bueno, pues yo me alegro de que tengas esa suerte.

Gabrielle observó en silencio mientras las dos hablaban. La dinámica que las conectaba había cambiado y vuelto a cambiar. La lujuria que había ardido de forma tan evidente entre ellas al principio de su relación se había transformado en un afecto y una amistad auténticos, pero sorprendentemente, no en amor. Gabrielle era lo bastante curiosa como para preguntarse si habían llegado a consumar la lujuria, pero personalmente pensaba que no. O si lo habían hecho, había sido un asunto brevísimo.

Mientras pensaba, Afrodita y Ch'uang terminaron su conversación y se volvieron hacia ella. Las miró con cara de desconcierto.

—¿Qué?

Dita meneó la cabeza.

—Nada. Es que parecías tan superpensativa que queríamos dejarte terminar, o sea. —Respiró hondo—. Bueno, contadme de qué va esta chulada de habitación. Nunca había visto estas cosas tan chachis.

—Ah —contestó Ch'uang afablemente—. Estábamos haciendo una lectura sobre Gabrielle... explicándole su símbolo zodiacal.

—¡Cómo mola! ¿Y qué eres, nena?

—Es un cerdo —contestó Ch'uang al tiempo que Gabrielle se tapaba con la mano para disimular el rubor que le inundaba la cara y soltaba un gemido patético. Afrodita estalló en carcajadas.

—¡Oh, por los dioses! ¡¡Es tronchante!! Ya tengo material para pasarme años haciéndole chantaje.

—No te metas conmigo —rezongó Gabrielle por detrás de la mano.

—¿Por qué? Es genial. Y aunque estoy supersegura de que lo que los chinos definen como conducta cerdil es distinto de nuestro concepto, esto me da un material supertotal para tomarte el pelo.

—Sí, pero me quieres y no deseas burlarte así de mí.

Dita se quedó momentáneamente atónita por lo que había dicho Gabrielle hasta que cayó en la cuenta del contexto en que lo había dicho. Entonces soltó una risita.

—Tienes razón, te quiero, pero te voy a dar caña total con esto. Es demasiado bueno.

Gabrielle se dejó caer en una silla y apoyó la cabeza en la mesa.

—Estoy condenada —gimió, provocando las risas de las dos deidades nada misericordes.

Un movimiento en el vestíbulo hizo que Ch'uang se diera cuenta de lo próximo que estaba el Año Nuevo.

—Venid. Ya casi es Año Nuevo y no nos podemos perder los fuegos artificiales. Tengo entendido que los organizadores han echado el resto para que sean absolutamente espectaculares.

Las llevó rápidamente a la azotea del palacio momentos antes de la hora en que debían empezar los festejos. Las dos diosas se sentaron en unas cómodas poltronas en medio de la azotea, mientras que Gabrielle se acercó al borde para contemplar el inmenso gentío congregado en las calles de debajo.

Tenían una frasca de vino para compartir y varias cortesanas que se aseguraban de que sus copas estuvieran llenas y sus platos nunca se quedaran vacíos. Gabrielle se mantuvo aparte, notando las diferencias que había entre ella misma, la masa congregada debajo y las diosas que estaban a pocos metros detrás de ella. Volvió a sentir una vez más su soledad en el mundo y eso cimentó su decisión de salir de nuevo para intentar dar algún sentido a su existencia.

Detrás de ella, Dita y Ch'uang la miraban de vez en cuando al tiempo que observaban la celebración que se desarrollaba a su alrededor.

—Sabes que se marcha —le comentó Ch'uang a Dita.

Dita asintió.

—Ya me lo figuraba. Ha aguantado mucho más de lo que me esperaba.

—La voy a echar de menos. Ha llegado a ser una buena amiga.

Dita asintió.

—Siempre lo ha sido. —Hizo una pausa—. ¿Sabes dónde va?

—No, no exactamente, aunque sospecho que va a recorrer la muralla. Es la única cosa de la que hemos hablado que todavía no ha hecho. No te preocupes, Afrodita, estaré pendiente de ella como siempre he hecho por ti. —Ch'uang titubeó y luego se lanzó—. Ella no lo sabe, ¿verdad?

Dita la miró y vio su verdad reflejada en los ojos marrones que la miraban.

—No. —Hizo un gesto negativo con la cabeza—. Y nunca lo sabrá.

Ch'uang aceptó la afirmación asintiendo en silencio y volvió a prestar atención al magnífico espectáculo de fuegos artificiales que se desplegaba justo encima de ellas.

Dos días después, Gabrielle se marchó del palacio.


Gabrielle no daba crédito a lo bien que se sentía al volver a recorrer las calles y mezclarse con la gente. Hasta ahora, había rescatado a una gallina, detenido dos peleas, sacado a un niño del río e intercambiado una historia por alojamiento y comida. Ahora ya estaba avanzada la primera noche que pasaba de nuevo en el camino y se encontraba despierta por la pura emoción de volver a viajar.

—Debo de estar chiflada —se dijo a sí misma—. Lo tenía todo al alcance de la mano y sin embargo, prefiero estar aquí fuera arreglándomelas sola. —Se quedó dormida mientras lo pensaba, con una sonrisa en la cara.

Los siguientes días transcurrieron sin grandes emociones, pero Gabrielle volvía a sentir un aprecio por su vida que hacía tiempo que no sentía. Esto era vivir, no leer sobre ello en la biblioteca de un palacio, aunque agradecía inmensamente el tiempo que había tenido para hacerlo. Necesitaba el descanso, pero había echado esto de menos.

El inconveniente era que aquí tenía que satisfacer su necesidad de sangre con más regularidad y hasta tenía que cazar para ello. Cuando estaba inmersa en su primera cacería, ocurrió algo totalmente inesperado. Y para Gabrielle, aquello iba a cambiar su mundo para siempre.


Gabrielle regresó de sus recuerdos con un respingo. Dejó a un lado el diario y se levantó de la cama, fue a la ventana y se quedó contemplando el agua iluminada por la luna. Las estrellas brillaban alrededor del orbe, y Gabrielle se quedó mirándolas largo rato, sonriendo por los recuerdos cuando encontró la Estrella Polar.

—Es una osa, guerrera.


Capítulo XVIII


Xena contempló el cielo nocturno y encontró fácilmente la Estrella Polar.

—Sigo diciendo que es un cucharón, Gabrielle —dijo con un leve suspiro. Era sobre todo en momentos como éste cuando su sensación de soledad le resultaba casi abrumadora. Echaba de menos a Gabrielle con un dolor constante, pero de noche, bajo las estrellas, el dolor se convertía en un profundo sufrimiento.

Todavía estaba por lo menos a un día entero de caminata de donde se esperaba encontrar a su familia adoptiva. Xena estaba deseando volver con la tribu cheyén. No sólo los había echado de menos, sino que ahora estaba bastante segura de que ellos tenían la respuesta a la pregunta de cómo había llegado a este sitio y época.

De repente, un aullido sobrenatural resonó por la llanura y le provocó escalofríos a Xena por la espalda. Se levantó de su petate y recorrió la oscuridad con los ojos. Un segundo alarido puso sus pies en marcha y echó a correr hacia el ruido antes de que su mente hubiera procesado sus intenciones.

Sus dos compañeros animales habían ido de caza en esa dirección, y se preguntó por un instante si ése era el grito de su presa. Pero su corazón sabía que no era así, y siguió corriendo a toda velocidad para alcanzarlos.

Cuando llegó al pequeño claro donde estaban, Xena cayó de rodillas. En el suelo ante ella yacía el zorro, sangrando abundantemente y boqueando para respirar. Volvió los tristes ojos verdes hacia ella, transmitiéndole una verdad que no estaba dispuesta a admitir. Miró a la pantera y vio un dolor tan profundo que la atravesó con la precisión de un cuchillo.

Con cuidado, cogió al zorro y lo acunó en sus brazos. Contuvo la hemorragia y regresó a su campamento corriendo frenética. La pantera y ella llegaron a la vez, y tumbó al zorro delicadamente en su petate. La pantera se acurrucó protectora alrededor de su pareja todo lo que pudo y la miró con ojos suplicantes.

Con una mano, alcanzó su botiquín, eternamente agradecida por unas costumbres que llevaba arraigadas en la psique. Palpando, logró sacar aguja e hilo y luego, lo más deprisa que pudo, cosió las rajas que habían atravesado el bello pelaje rojo y habían desgarrado la carne y las venas del cuerpo del zorro.

La mente de Xena regresó al templo de curación de Tesalia, y se mordió los labios para impedir que las lágrimas le resbalaran por la cara. La respiración ronca y jadeante se parecía muchísimo a la respiración de Gabrielle justo antes de... morir... esa primera vez, y los recuerdos que le traía aún la quemaban con la misma fuerza de entonces.

—Ha perdido demasiada sangre... —masculló, sabiendo que poco se podía hacer y que casi no había esperanza de que sobreviviera. Una zarpa negra se posó en su rodilla y se volvió hacia el felino, que la miraba a su vez tristemente. Y sin que mediara palabra, Xena comprendió perfectamente lo que le pedía la pantera—. ¿Estás segura? —preguntó—. ¿Sabes lo que eso va a suponer... para los dos? —Pero mientras hablaba, notó que sus colmillos crecían para hacer frente a la necesidad que iba surgiendo en su interior por el olor cobrizo que la rodeaba y del que ahora era plenamente consciente.

Como respuesta, la pantera abrió la boca, mostrando sus propios colmillos y acercándose decidida a la muñeca de Xena.

—Está bien, Etor. Ya me entero. —Xena se quedó inmóvil un instante y luego cogió el cuchillo más afilado que tenía. Se preparó y se cortó la piel, llevó inmediatamente su muñeca a la boca del zorro y rezó para que al animal le quedaran fuerzas suficientes para beber de ella.

Notó que los labios del zorro le acariciaban la muñeca y vigiló cómo tragaba hasta que estuvo segura de que el zorro estaba obteniendo el sustento que necesitaba. Cuando empezó a notar que se le iba la cabeza, Xena se apartó y se vendó el corte, que ya sentía cómo se iba cerrando.

—Basta por ahora, Melo. Vamos a ocuparnos de limpiarte. —Fue a levantarse, pero sus piernas se negaron a sostenerla. En cambio, se dejó caer al suelo de nuevo y hurgó a ciegas en sus cosas. Cuando encontró la barra de ración que estaba buscando, Xena la cogió y empezó a comérsela. No era lo que necesitaba, pero le bastaría hasta que tuviera fuerzas suficientes para ir de caza.

De repente, un rollizo conejo cayó sobre el regazo de Xena, que habría pegado un respingo si no hubiera estado tan agotada. Había oído cómo se acercaba la pantera, por supuesto, pero no se esperaba que le fuera a dejar este regalo concreto en el regazo.

Sin pensar, Xena hundió los colmillos en el conejo y bebió hasta que el animal quedó desangrado. No era suficiente para recuperar lo que había perdido, pero le calmó el hambre lo bastante para poder funcionar con cierta normalidad.

Xena dejó al animal a un lado por el momento, pues sabía que tanto ella como la pantera necesitarían el sustento sólido que podía darles. Luego puso un poco de agua a calentar, para limpiar al zorro y a sí misma, y se puso a preparar el conejo para cocinarlo.

Despellejó al conejo y luego cortó una gran porción y la puso delante del felino. Cortó el resto en trozos y los puso en una segunda olla, a la que añadió un poco de especias y llenó de agua antes de ponerla al fuego y quitar la primera olla.

Alcanzó de nuevo su botiquín y sacó unos paños limpios de lino, los mojó y limpió con delicadeza la sangre que seguía cubriendo al zorro. Melo no se movió, sino que se quedó inmóvil para dejar que Xena lo limpiara con todo el cuidado y la atención que le fueron posibles.

Cuando terminó, Xena miró a los cansados ojos verdes del zorro.

—Ahora descansa, Melo. Etor y yo cuidaremos de ti.

La pantera volvió a colocarse protectora alrededor de su pareja y acarició suavemente con el hocico al zorro hasta que el pecho cubierto de pelo rojo se movió con la respiración profunda y regular del sueño. Entonces dos pares de ojos azules volvieron a encontrarse con dolorosa comprensión y el felino se puso a lamer con cuidado al zorro.

Xena removió el guiso que había empezado a hervir y se recostó, cerrando los ojos con cansancio. Nunca hasta ahora había dejado que otro ser bebiera de ella y estaba más agotada de lo que jamás se habría imaginado que podría estar. Xena se concentró en no quedarse dormida, pues sabía que necesitaba comer y reponer lo que había perdido antes de rendirse al sueño que tiraba de ella con tanta desesperación.

El pinchazo de una garra afilada en la pierna sacó a Xena bruscamente del ligero adormecimiento en el que se había sumido y se dio cuenta de que su guiso estaba casi listo. Bajó la mirada, esperándose ver una zarpa negra apoyada en su pantorrilla. En cambio, Xena vio que los dos animales estaban entrelazados mientras dormían y que la respiración del zorro parecía haber recuperado un poco de fuerza. Sonrió, convencida por primera vez de que el pequeño animal podría llegar a sobrevivir.

Se sirvió una buena ración en su cuenco y apartó el resto del fuego. Entonces Xena comió rápida y metódicamente, advirtiendo distraída que al menos por una vez estaba más que tolerable. Cuando terminó, aclaró el cuenco con un poco de agua y lo colocó encima del resto del guiso para conservarlo para el desayuno. Luego se tumbó en las pieles y se dispuso a dormir, confiando en que sus instintos y los de la pantera no dejarían que les ocurriera nada entretanto.


La mañana llegó mucho más pronto de lo que Xena habría deseado, pero mucho más tarde de lo que se esperaba. El sol había salido del todo, aunque todavía era relativamente temprano. Sus ojos azules parpadearon bajo el sol mientras intentaba averiguar por qué exactamente seguía tan agotada.

Xena se incorporó y miró a su alrededor, frotándose la cara con una mano para intentar poner en marcha el cerebro. Cuando vio a sus compañeros, todavía dormidos y completamente entrelazados, en su cara se dibujó una sonrisa triste al recordar las numerosas mañanas en que Gabrielle y ella hacían lo mismo. La única diferencia real era que la pantera estaba colocada alrededor del zorro: Gabrielle tendía a usar a Xena como a una almohada personal de cuerpo entero.

—Algún día, Gabrielle —susurró Xena para sí misma—, algún día volveremos a tener eso. Encontraré un modo de volver contigo.

El felino abrió los ojos y con infinito cuidado se puso a lamer al zorro de nuevo, animando tiernamente al animal más pequeño a que se despertara. De mala gana, los ojos verdes se abrieron un momento y luego el zorro se relajó con los cuidados de la pantera y se dejó arrebatar de nuevo por el sueño.

Xena acercó la olla de guiso al fuego para recalentarlo un poco sin que se hiciera demasiado. Luego cogió su toalla y su trozo de jabón y fue al riachuelo a lavarse.

Cuando regresó, el guiso borboteaba ligeramente y los dos animales volvían a estar profundamente dormidos. Comió y luego apartó dos porciones más pequeñas, una de las cuales era más que nada caldo, pues pensaba correctamente que el zorro necesitaría empezar a reponer fuerzas y sabía que tendría que volver a comer muy despacio. Incluso con la sangre de bacante que le había dado Xena y la inmortalidad que eso le había proporcionado, el zorro había sufrido unas heridas terribles e iba a tardar un poco en curarse.

Xena acarició el suave pelaje con la mano, agradecida de que tuviera el color rojo natural del pelo del zorro y no el rojo de la sangre que lo cubría la noche antes. Se preguntó distraída qué habría ocurrido para que el zorro resultara herido, y entonces los ojos verdes se abrieron de nuevo y Xena centró su atención en el animal que tenía bajo los dedos.

Oyó el gruñido y no pudo evitar reírse por lo bajo por lo mucho que la pantera le recordaba a sí misma. Xena se acordaba de las numerosas ocasiones en que había gruñido de esa misma forma cuando sentía que alguien o algo amenazaba a Gabrielle, incluso mucho después de saber que Gabrielle era más que capaz de defenderse sola y de tomar sus propias decisiones.

Xena miró a los ojos azules que la observaban de hito en hito.

—Etor, no voy a hacer daño a Melo. Ve a desayunar. —Señaló por encima del hombro el cuenco de estofado que había apartado para la pantera—. Yo tengo que comprobar que las cosas se están curando como es debido.

El felino le sostuvo la mirada a Xena durante un largo instante y entonces el zorro lo distrajo. Se comunicaron sin palabras y luego el felino se estiró, dirigió una última mirada a Xena y se trasladó al fuego y su desayuno.

Xena sonrió con sorna por lo conocida que le resultaba la situación y luego se volvió hacia Melo con ojos serios.

—Ya sabes lo que ha cambiado, ¿verdad? —dijo suavemente mientras examinaba los tejidos aún heridos, pero en proceso de rápida curación—. Sabes que ahora eres como yo. —Xena tragó con dificultad, esforzándose por mantener las lágrimas a raya—. Lo siento, Melo. No habría querido que te pasara esto... que os pasara esto... por nada del mundo. Pero Etor me lo pidió y no pude negarme.

Xena se apartó, recordando con demasiada claridad el dolor que sentía cada vez que perdía a Gabrielle por la razón que fuera, pero sobre todo cuando creía que la muerte la había vencido. Agitó los hombros, intentando librarse de la sensación de culpa que quería posarse firmemente sobre ellos, sabiendo que era algo de lo que nunca conseguiría escapar del todo.

Una caricia suave en la rodilla hizo que se volviera a fijar en el zorro y notó una vez más la inteligencia y la compasión que acechaban en esos ojos. Igual que Gabrielle, fue lo único que pensó al ver que se llenaban de comprensión y perdón.

—Me alegro de que hayáis entrado en mi vida, Melo. Etor y tú habéis sido unos buenos amigos. Lo único que espero es que no me odiéis por esto más adelante.

La mirada no cambió y Xena se consoló con ello. El zorro cerró los ojos y se relajó con las caricias de Xena. La guerrera siguió tocándolo tranquilizadora al tiempo que examinaba las zonas que tan sólo la noche antes estaban destrozadas y abiertas. Ya estaban cerradas y la hinchazón había disminuido notablemente.

—Creo que nos quedaremos aquí otro día —comentó Xena en voz alta cuando terminó su examen—. A la velocidad que te estás curando, no tendrías problemas para moverte antes, pero yo me sentiría mucho mejor con otro día de descanso.

No era propio de ella, pero Xena sabía que los dos animales comprenderían su necesidad de descansar. El mero hecho de que se lo confesara en voz alta indicaba con precisión lo mucho que necesitaba darse un tiempo para recuperarse.

El felino limpió el cuenco a lametones y volvió con su pareja. El zorro observó los movimientos de la pantera y se apoyó cómodamente en el pelaje negro que le rodeó la espalda. Xena colocó el cuenco de caldo apoyado en ángulo sobre la zarpa de la pantera, llevándose a cambio una mirada que habría podido cortar la leche.

—Vale, vale. Díselo a alguien que no te conozca, colega.

La mirada se volvió resignada y Xena no pudo evitar echarse a reír suavemente.

Observó con paciencia mientras el zorro se tomaba el caldo despacio y luego le dio un poco de agua al animal. Cuando Xena estuvo segura de que había hecho todo lo que podía por el momento, recogió los dos cuencos y la cantimplora y se trasladó al riachuelo. Al poco, había terminado con sus tareas y estaba de vuelta en el campamento.

Todo estaba en orden y sus cuchillos estaban tan afilados como le había sido posible, tratándose de hueso. No tenía suficiente munición para el rifle como para poder hacer gran cosa con él y, a decir verdad, seguía agotada por la experiencia de la noche anterior.

Xena oyó otro gruñido suave procedente de la pantera y al levantar la vista, unos ojos azules bastante iracundos la dejaron clavada en el sitio. Notó que se le subía la ceja como respuesta.

—¿Qué? —Se sentía igual que cuando Gabrielle la miraba de esa forma, y estaba tratando de averiguar qué había hecho exactamente para merecerse tal mirada.

La pantera se quedó mirándola con intención y luego posó la vista en el petate vacío. Xena había colocado pulcramente la piel y las mantas cuando decidió que se iban a quedar un día más. Siguió la mirada del felino hasta la cama hecha y luego miró a los ojos de frente cuando volvieron a centrarse en ella. La pantera levantó el labio apenas lo suficiente para mostrar un atisbo de colmillo y Xena alzó las manos con exasperación cuando del pecho negro salió un grave gruñido.

—¡Está bien! —dijo, sin darse cuenta de lo que se parecía a Gabrielle al decirlo—. ¡No hay nada como que te obliguen a hacer algo! —Se tumbó y se estiró, nada dispuesta a reconocer, ni siquiera ante sí misma, cuánto necesitaba el descanso. Cerró los ojos y casi gimió por el gusto que le daba el simple hecho de descansar. Entonces se incorporó y señaló al felino con el dedo—. ¡Tú vigila! —Luego ahuecó el extremo que usaba como almohada y se tapó con las mantas hasta los hombros, sin dejar de refunfuñar y murmurar por lo bajo. Se quedó dormida antes de que su cabeza se posara en la piel.

Los dos animales intercambiaron una mirada y de los dos salió un trueno sordo que se podría haber tomado fácilmente por una carcajada, un sonido doble que resonaba en contrapunto el uno con el otro para crear su propia música. Luego la pantera empujó suavemente al zorro para que cerrara los ojos de nuevo y, con un suspiro de exasperación, el zorro volvió a su sueño curativo. Y unos firmes ojos azules mantuvieron la vigilancia en el campamento silencioso.


Era de día otra vez cuando Xena abrió los ojos, aunque lo único por lo que lo sabía era por el levísimo aclaramiento del cielo hacia el este y por lo absolutamente descansado y recuperado que se sentía su cuerpo. Miró a sus compañeros, que seguían con los ojos cerrados, durmiendo. Cuando parpadeó, se encontró con unos ojos azules que la miraban, y se maravilló una vez más por lo mucho que se parecían los dos compañeros animales a Gabrielle y a ella. No sólo por los ojos y el colorido, sino también por su personalidad y su actitud.

—Ojala hubiera un modo para que ella os pudiera conocer. Creo que le encantaría la idea de tener mascotas y os adoptaría a los dos al instante.

Xena se estiró y se quejó cuando su columna vertebral crujió y volvió a colocarse en su sitio.

—Me estoy haciendo demasiado vieja para esto —rezongó al tiempo que se levantaba del petate y se trasladaba al otro lado del fuego. Unos brillantes ojos verdes la miraron parpadeando y Xena sonrió por reflejo inconsciente y luego se arrodilló al lado del zorro y acarició el suave pelaje con mano delicada—. Déjame ver, Melo —dijo Xena, colocando al zorro boca arriba para poder examinarle el pecho. Pasó las manos por el suave pelo nuevo, incapaz de encontrar ni la más mínima señal de daños. Se quitó el vendaje de la muñeca y no encontró rastro del corte que se había hecho dos noches antes—. Bueno —comentó—, supongo que alguna ventaja tiene que tener esto de ser bacante. Me parece que esto contesta la pregunta sobre la inmortalidad, ¿eh? —Miró a Melo con tristes ojos azules—. Lo siento —susurró—. Está bien —continuó, pasándose las manos por el pelo al levantarse—. Creo que hoy estamos listos para viajar. Voy a lavarme y a ver si podemos llegar al campamento de invierno.

No tardó mucho, y al poco Xena se adentraba por la pradera. Los animales caminaron apaciblemente a su lado durante un rato, pero luego al zorro le entró la necesidad de explorar. Sin pensar, echó a correr, y la pantera gruñó y corrió detrás para alcanzarlo. El zorro nunca había tomado la iniciativa hasta ahora y el felino no sabía qué pensar. Con una evidente mirada de furia dirigida a Xena, la pantera siguió a su pareja por el campo abierto. Xena se echó a reír.

—Ah, Etor. No tienes ni idea de la que te espera ahora —comentó Xena distraída con una sonrisa. Recordaba con afecto sus propias experiencias con Gabrielle cuando la bardo empezó a tomar decisiones por su cuenta. Los meros recuerdos de lo que habían tenido y de lo que Xena deseaba desesperadamente recuperar dieron alas a sus pies, y al poco descubrió que estaba corriendo por el simple hecho de que así le parecía que se acercaba más a su meta.

Sus compañeros no tardaron en contagiarse y la cosa se convirtió en una especie de carrera. La pantera se había puesto naturalmente en cabeza y de repente, el zorro saltó delante y echó a correr como el viento, hasta convertirse en un borrón indistinguible. El felino se detuvo tan deprisa que pegó una voltereta en el suelo y aterrizó sobre las patas, siguiendo con los ojos a su pareja sin dar crédito.

El zorro notó la mirada de la pantera, se dio la vuelta y regresó a toda prisa al lado del felino. El animal más pequeño tenía toda la intención de acariciar a su pareja con el morro, pero un gruñido grave de la pantera detuvo al zorro en seco. El zorro se sentó y ladeó la cabeza roja, mirando interrogante a la pantera, con cara de curiosidad. Xena se quedó atrás observando lo que ocurría con interés.

La pantera dio vueltas alrededor del zorro, olisqueándolo pensativa. De su garganta brotó otro gruñido grave y luego el felino se volvió y se apartó del zorro, alejándose solo por la pradera.

El zorro se volvió hacia Xena y miró a la guerrera con ojos tristes. Xena se puso de rodillas para colocarse más cerca del nivel de sus ojos.

—Lo siento, Melo. No sé cómo mejorar la situación. Me temo que es una cuestión de orgullo guerrero y Etor tendrá que acabar por aceptarlo. Pero no sé cuánto tardará en hacerlo. —Miró a su alrededor y advirtió que la pantera se acercaba despacio lo suficiente para tenerlos a los dos al alcance del oído y de la vista—. Vamos —dijo, levantándose y echando a andar hacia la pantera—. Todavía nos queda bastante camino.

El día avanzó despacio, y la pantera caminaba siempre a suficiente distancia por delante de Xena y del zorro para mantenerse aparte. Cuando ya estaba avanzada la tarde, Xena divisó una pequeña nube en el horizonte y supo que estaba cerca del campamento de invierno.

Ya estaba casi oscuro cuando Xena llegó a los límites del campamento con Melo a su lado y fue recibida con afecto por muchos miembros de la tribu. Hotassa fue la primera en saludarla.

—Va'ôhtama ma'pa'o, Zee-nah. —Cogió las manos de la guerrera y Xena sonrió ampliamente, contenta de estar de vuelta con la gente a quien consideraba sus amigos y familia. Hotassa indicó la ropa nueva de Xena con una sonrisa.

—Hola, Hotassa —respondió automáticamente, y entonces se dio cuenta de que todavía pensaba y hablaba en el extraño idioma que le había enseñado Ari con tanta paciencia. La mujer india abrió mucho los ojos y habló antes de que Xena pudiera disculparse.

—¿Hablar blanco ahora? —preguntó entrecortadamente, pero con suficiente claridad para que Xena la entendiera.

Xena asintió.

—Bien —dijo Hotassa con firmeza, sorprendiendo un poco a Xena con su vehemencia—. Todo más fácil para ti. —La mujer mayor miró a su alrededor y se fijó en que el zorro seguía al lado de Xena mientras que la pantera ya se había acomodado junto al fuego y parecía malhumorada. Hotassa dirigió a Xena una mirada interrogante. Xena hizo un gesto para quitarle importancia, pero Hotassa comprendió perfectamente la respuesta y se echó a reír—. Cosas de amor. Ven —dijo con un gesto y llevó a Xena hasta su hoguera.

El chamán ya estaba sentado y le indicó que tomara asiento. Xena dejó sus pertrechos de viaje en el suelo detrás de ella y se sentó, un poco sorprendida cuando el zorro se sentó a su lado y le puso la cabeza en el regazo. Casi sin darse cuenta, Xena se puso a acariciar el suave pelo rojo que tenía bajo los dedos, notó que Melo se relajaba con sus caricias y sintió que la invadía la misma sensación de paz.

Se quedaron sentados en silencio un rato y luego el chamán señaló primero al zorro y luego a la pantera.

—¿Pelea?

Xena hizo un gesto negativo con la cabeza.

—No, Keto. Más bien orgullo.

El anciano chamán paseó la mirada entre los dos animales y gruñó.

—Cómo no —rezongó tan bajo que ni siquiera Xena supo muy bien qué había dicho. Volvió a hacerse el silencio entre ellos mientras Hotassa les servía la cena. Xena hizo ademán de protestar, pero un fuerte apretón en el hombro detuvo sus palabras antes de que pudiera formarlas y mucho menos pronunciarlas. De modo que aceptó el cuenco y agradeció el calor y los sabores que le proporcionó la comida.

—¿Buena caza? —preguntó Keto cuando terminó y dejó el cuenco vacío a un lado. Sacó una pipa de la faltriquera, así como tabaco, la llenó apretadamente y la encendió con un palito que había cogido con este fin. Fumó unos instantes y eso le dio tiempo a Xena para pensarse cuidadosamente la respuesta.

Estaba bastante segura de que si mencionaba su nombre, reconocerían a Ari. De hecho, tenía la sospecha de que Hotassa ya sabía que Xena había conocido a Ari. No podía explicarlo más que como una sensación, pero había aprendido a fiarse de su instinto y decidió hablar con Hotassa de ello en privado. Mientras, volvió a prestar atención a Keto.

—Sí —respondió por fin—. Pero creo que pasaré aquí el invierno. Empezaré de nuevo en primavera.

—Bien —replicó él, tras lo cual aspiró con fuerza de la pipa y se la pasó. Xena la aceptó y aspiró con más suavidad, dejando vagar sus pensamientos. Por fin, sintió que se adentraba en una bruma reparadora y pronunció las palabras que llevaba varios días pensando, pero que sólo ahora tenía oportunidad de dejar escapar.

—Keto, ¿quieres guiarme en la búsqueda de una visión? Creo que mis respuestas pueden estar más cerca de lo que pensaba. Creo que pueden estar aquí.

El chamán siguió fumando su pipa mientras pensaba en sus palabras, tanto expresas como implícitas. Se había preguntado si se lo pediría: él mismo había visto cosas en su reciente búsqueda de una visión que ella iba a necesitar saber. Probablemente éste sería el mejor método para que las descubriera.

Era inusual, aunque no totalmente inaudito, que una mujer emprendiera la búsqueda de una visión. Sin embargo, la ceremonia masculina era distinta de la femenina, y debido a su condición de guerrera dentro de la comunidad, Xena tendría que seguir la ceremonia masculina para encontrar las respuestas que buscaba.

Por fin la pipa se terminó y Keto la golpeó en el suelo para vaciarla de las pocas cenizas que quedaban. Entonces se volvió para mirar a Xena, quien le devolvió la mirada con igual firmeza. Él sonrió, contento por lo que veía en su alma, y asintió.

—Lo haré —fue lo único que dijo por fin.

Entonces Xena sonrió un momento a su vez, sintiendo oleadas palpables de alivio.

—Gracias, Keto —fue lo único que dijo en voz alta, aunque el chamán sentía lo importante que era para ella. Hizo ademán de levantarse y él le puso una mano en la rodilla, deteniendo sus movimientos. Ella lo miró de nuevo, interrogante.

Keto señaló primero al zorro y luego a su pareja, sentada a cierta distancia junto a la tienda de Xena.

—Arregla.

Una ceja oscura se alzó con una pregunta silenciosa.

Él volvió a señalarlos.

—Arregla. Arregla primero. Los necesitas en búsqueda.

Era el máximo número de palabras que le había oído Xena pronunciar seguidas de una sola vez, y asintió con seriedad.

—Lo haré, Keto —dijo al levantarse, y se alejó saludándolo con la cabeza de regreso a su propia tienda. Sólo entonces se dijo a sí misma—: En cuanto se me ocurra cómo. —Entonces se agachó para pasar por su puerta, agradecida de que el clan hubiera estado preparado para su regreso. Tomó nota mental para preguntarle a Keto sobre ese tema cuando volvieran a hablar.

Xena se trasladó a las pieles que ya estaban extendidas para su uso y se tumbó con un suspiro de satisfacción. Se quedó así un rato, medio dormida, y entonces un roce le llamó la atención. Xena entreabrió apenas los ojos y los mantuvo medio cerrados mientras observaba lo que ocurría en la entrada.

El zorro la había seguido al interior de la pequeña vivienda, satisfecho con echarse cerca de la entrada. La pantera permaneció sin moverse fuera y el zorro contempló la entrada con ojos anhelantes hasta que por fin soltó un suspiro y cerró los ojos verdes.

Pasó el tiempo, y cuando todo estaba tranquilo y silencioso, la pantera entró sigilosamente y se quedó al lado del zorro, mirando apenada a su pareja. No se movió ni tocó al animal más pequeño hasta que los ojos verdes se abrieron. Con una simple mirada, el zorro dio a la pantera la seguridad que buscaba y el felino ocupó inmediatamente su puesto cerca del zorro, rodeando protector a su pequeño compañero con su cuerpo más grande, y se puso a lamerlo con delicadeza. El zorro cerró los ojos muy contento y Xena sonrió.

—Y a veces —susurró para sí misma—, se tiene una suerte increíble.

Entonces cerró los ojos y dejó que sus sueños la llevaran a un lugar donde Gabrielle y ella seguían juntas en vida.


La oscuridad de primeras horas de la mañana quedó rota por los gritos estridentes de unos asaltantes. No estaba claro quiénes eran los atacantes, pero eso daba igual. Estaba muy claro que estaban causando estragos.

Xena salió corriendo de su tienda y al instante se encontró en medio de la batalla. Inmediatamente, echó en falta su espada y su chakram, pero adaptó su estilo de lucha fácilmente para utilizar las armas que se iba encontrando.

Cuando estaba en pleno combate, derribando enemigos a derecha e izquierda, un movimiento le llamó la atención por el rabillo del ojo. Levantó la mano de golpe y el hombre con el que estaba luchando se quedó tan pasmado por ello que se paró en seco y se volvió hacia la escena a la que Xena se dirigía ahora con paso firme.

Xena avanzó muy decidida, quitando hombres de en medio con golpes que mataban o herían, dependiendo de dónde cayeran. Había visto cómo ocurría todo y esperaba contra toda esperanza haberlo interpretado mal.

En los pocos segundos que tardó en cruzar de un lado del campamento al otro, la lucha se convirtió en algo lejano y el silencio que inundó sus oídos le resultó ensordecedor por su pura quietud. Se oía una respiración agitada, y Xena cerró los ojos al llegar al sitio donde habían caído sus compañeros animales.

La pantera estaba agazapada encima del zorro y de su pecho brotaba un lamento grave mientras sus ojos atormentados se posaban en los de Xena. Con delicadeza, apartó al felino a un lado y se dio cuenta de inmediato de que el zorro se había interpuesto entre la pantera y el cuchillo que ahora estaba clavado en su propio pecho cubierto de pelo rojo. Mirando rápidamente a su alrededor, Xena vio que el dueño del cuchillo había muerto dolorosamente víctima de los afilados colmillos del felino. También vio que su clan empezaba a retirar los cuerpos de sus caídos y de los pocos que los atacantes que habían escapado habían dejado atrás.

Xena cogió al zorro en brazos con ternura y se dirigió a su tienda, con la pantera literalmente pegada a su rodilla. Entró agachándose por la puerta y colocó al pequeño animal sobre las pieles y luego buscó rápidamente las cosas que necesitaba para cerrar lo que sería una herida abierta cuando retirara el cuchillo.

Con dedos expertos fue recorriendo el pelaje, contenta de ver que no había más daños. Xena miró seriamente a los ojos verdes aturdidos de dolor.

—Sé por qué lo has hecho, Melo, y no puedo echártelo en cara. Pero tienes que aprender a quitarte de en medio un poco más deprisa. Puede que ahora seas inmortal, pero no eres invencible, y esto te va a doler como el fuego mismo del Hades.

El zorro cerró los ojos aceptando una verdad que ya comprendía demasiado bien, y Xena abrió el odre de vino. Extrajo el cuchillo y echó el alcohol, con la esperanza de acabar con cualquier infección antes de que se cerrara la herida. El zorro apenas se movió, aunque la respiración se le aceleró exponencialmente con respecto al tremendo dolor que sentía. Xena se trasladó hasta la cantimplora de agua que tenía calentándose cerca del fuego y echó una buena cantidad por encima del pelaje empapado en sangre. A los pocos minutos, era imposible saber hasta qué punto había estado herido el zorro, salvo por el corte abierto que tenía en el pecho, pero que ya no sangraba.

—Melo, voy a tener que coserte esto.

Un suspiro fue la única indicación de que las suaves palabras habían sido oídas, y Xena sacó rápidamente el hilo y la aguja de su botiquín y cosió la carne desgarrada. Al poco, la única señal de los daños sufridos era una fina línea roja que atravesaba el pelaje del zorro en un ángulo extraño.

—Bueno, ahora quiero que descanses y te tomes con calma el resto del día. Diremos que sólo ha sido un arañazo, pero tienes que tener más cuidado. Lo que somos nos hace diferentes e incluso aquí, en una comunidad llena de aceptación, puede hacer que nos persigan porque nos vean como una amenaza. —La tristeza de sus ojos se reflejaba en los del zorro—. Etor... —Pero su orden no era necesaria. La pantera ya se había acurrucado alrededor de su pareja y había emprendido el tierno lavado que permitía al zorro relajarse y quedarse dormido. Xena sonrió levemente por el cuadro que hacían los dos juntos y luego salió de su tienda para ayudar en lo que pudiera a la tribu.

Sorprendentemente, había muy pocas bajas reales. La mayoría eran atacantes a quienes ella había matado al correr junto a Melo. Por lo demás, había algunas heridas y daños colaterales, pero nada que no se pudiera reparar con facilidad. Xena pensó que aquello era muy extraño, pero entonces la llamaron para que ayudara con un hueso roto y se distrajo.


Hacia media tarde, el campamento volvía a estar limpio y en orden. Todos los heridos estaban atendidos y se habían llevado a los atacantes muertos. Xena estaba comprobando cómo estaba Melo cuando una suave llamada a su puerta le llamó la atención.

—¿Sí? —preguntó, y esperó a que el faldón se echara a un lado.

Hotassa cruzó el umbral con un gran cuenco de algo caliente y aromático. A Xena le rugió el estómago como reacción a los olores que emitía y Hotassa se echó a reír comprensiva. Indicó a los dos animales que seguían acurrucados el uno alrededor del otro.

—¿Mejor ya?

Xena cogió el cuenco que se le tendía y se puso a comer. Hacía tiempo que había dejado de intentar compartir. Así no se hacían las cosas en esta sociedad y ella siempre, siempre recordaba su condición de invitada, por muy aceptada que fuera.

—Sí —dijo con la boca llena mientras seguía comiendo.

—Bien —respondió Hotassa mientras veía cómo se despertaban a la vez y se acariciaban tiernamente con el morro—. Keto dice empezar búsqueda esta noche. Así Zee-nah descansar ahora.

La guerrera asintió y colocó el cuenco medio lleno delante del zorro y la pantera. Luego se trasladó a su camastro y se tumbó, dejando que su mente flotara libre y la adormeciera. Hotassa observó lo que hacía con interés y vio que los guías espirituales de Xena terminaban de comer a la vez y volvían a quedarse dormidos casi simultáneamente. La mujer mayor apartó el pelo de la cara de Xena y subió las pieles para taparla antes de recoger el cuenco y salir de nuevo al frío viento de octubre.


Cayó la noche y Xena se despertó y empezó a prepararse para el ritual. Se bañó con el agua tibia que le habían traído y luego se vistió con el taparrabos que le habían dado. La luna estaba casi en lo alto cuando se envolvió en su piel de búfalo y salió de su tienda con sus dos compañeros pegados a ella.

La gente se apartó de ella con respeto, al ver cuál era su intención. Cuando llegó a la hoguera de Keto, esperó a que la invitara a sentarse con él. Pero en cambio, se levantó para recibirla y se puso a cantar en voz baja, purificándola con el humo del fuego y de la pipa que sostenía encendida en las manos.

Xena mantuvo la mirada al frente, suponiendo que esto era parte del ritual. Por fin, cuando Keto terminó, bajó la voz aún más, hasta que sólo se oyó un susurro. Le explicó en términos muy sencillos lo que tenía que hacer y le entregó una bolsita de piel llena de tabaco y una pipa y luego la condujo hasta la choza del sudor. Aquí se quedaría sola para buscar su visión hasta que saliera para pedir consejo.

Hotassa le entregó un odre lleno de agua. Se lo rellenarían con regularidad hasta que Xena saliera de la choza cuando su búsqueda estuviera terminada. Aparte de eso, no recibiría alimento alguno.

Justo cuando Xena estaba a punto de cruzar el umbral para emprender su viaje, levantó los ojos al cielo nocturno. Una estela luminosa le llamó la atención y a primera vista pensó que era una estrella fugaz. Pero mientras observaba cómo cruzaba el cielo despacio, se dio cuenta de que era otra cosa. Entonces entró en la choza del sudor, con la esperanza de hallar las respuestas que necesitaba para volver a casa con Gabrielle.


PARTE 10


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
Ir a Novedades