Capítulo XV


El tiempo transcurre distinto en el plano inmortal que para el resto de la humanidad, y a Gabrielle le fue muy fácil olvidarse de ello. Por eso se quedó muy sorprendida al descubrir los numerosos cambios que habían tenido lugar durante lo que para ella había sido una breve visita a Afrodita.

El Imperio Romano se estaba desmoronando. Cada vez surgían más rebeliones, al mando de insurgentes que se habían hartado de la opresión de Roma y de los caprichos de sus ineptos emperadores.

Así y todo, el Imperio llevaba siglos en pie y su dominio sobre el mundo conocido era profundo y extenso. Los rebeldes necesitaban una ventaja.


Gabrielle cerró el diario cuando un viento frío sopló por la cubierta del barco, y se estremeció sin querer. Era un recordatorio de que el otoño estaba en pleno apogeo a pesar de la cálida luz del sol, y por primera vez se dio cuenta de que el sol estaba descendiendo rápidamente hacia el horizonte.

Gabrielle se levantó, sonriendo por dentro por la atención instantánea de la tripulación. Los saludó con la cabeza y se trasladó a su camarote para prepararse para la cena.

El tiempo ha cambiado muchas cosas para mí, Xena. Pienso en ti ahora y me pregunto cómo te estás adaptando a las diferencias a las que te enfrentas en la vida que de repente y, me imagino, bruscamente, te rodea ahora. Sé que te irá bien... eres una superviviente y adaptarte forma parte de tu naturaleza. Igual que preocuparme por ti forma parte de la mía.

Te siento con más fuerza en mi corazón, en el alma misma, y sé que estás ahora más cerca de mí que desde hace casi mil ochocientos años. Me pregunto cuánto tardaré en encontrarte en este Nuevo Mundo, o cuánto tardarás en encontrarme tú a mí.

Gabrielle sonrió al pensar eso, pues sabía con certeza que el Gabsentido de Xena rara vez le había fallado. Tuvo mucho cuidado de no pensar en las pocas ocasiones en que sí le había fallado, con resultados catastróficos para las dos.

Llegó a su camarote y fue a la cama, dejó su diario y empezó a desabrocharse el vestido. Era la única parte de su atuendo que no seguía los convencionalismos: Gabrielle se hacía elaborar toda la ropa de manera que pudiera ponérsela y quitársela fácilmente a solas. No había tardado en descubrir que no podía tolerar que nadie invadiera su espacio personal, ni siquiera una doncella. De modo que había adaptado su ropa a su gusto.

Ahora Gabrielle fue al armario donde estaba su ropa y colgó el vestido mientras pensaba qué ponerse para la velada. Una sonrisa cruzó fugazmente su rostro y regresó donde tenía el diario, abriéndolo por la página donde se había quedado. Entonces, con aire pensativo, volvió al armario, abrió un cajón y sacó con reverencia el paquete de seda que había dentro.

Gracias a la bondad de Afrodita, este conjunto de ropa en concreto jamás se gastaba, pero Gabrielle rara vez tenía el deseo de ponérselo. Aunque este pedazo de su pasado quedaba ya lejanísmo, los recuerdos de Gabrielle sobre los sucesos que tuvieron lugar en el Monte Fuji eran aún demasiado frescos y demasiado dolorosos y estaba segura de que siempre lo serían.

Así y todo, el atuendo era la base de lo que había ocurrido a continuación en su diario y acarició con afecto la seda antes de guardarlo y sacar otro conjunto con pantalones. Su sastre se había quedado petrificado, pero luego se los hizo de acuerdo con sus especificaciones sin rechistar.

Gabrielle se los puso con una sensación de alivio decadente. Aparte de la desnudez, nada era tan cómodo como la ropa de samurai que llevaba ahora, sobre todo en la sociedad actual, bastante restrictiva. Meneó apenada la cabeza. Por cada avance que conseguía la humanidad, parecía dar un paso atrás para volver a la edad de piedra. Había cosas que habían cambiado de una forma tan drástica que Gabrielle no podía creer que los humanos se consideraran avanzados, progresistas y civilizados.

Miró el reloj, a la espera de la consabida llamada a la puerta. Todas las tardes a las 7:00, el camarero llamaba y le preguntaba dónde quería cenar. Hacía ya tiempo que Gabrielle había superado la necesidad de comer, pero nunca había superado el disfrute. Por eso siempre consumía una comida completa cuando estaba en compañía de otros seres humanos.

Para ella se había convertido en un juego adivinar qué miembro de la tripulación iba a servirla como camarero. Hasta ahora, en los veinticuatro días que llevaban de travesía, había visto al tercer oficial más que a ningún otro miembro de la tripulación, aunque no era el único tripulante que hacía las veces de camarero. No sabía si eso quería decir que había ganado o perdido al echárselo a suertes, aunque, por supuesto, tenía sus sospechas.

Se sonrió al oír la llamada característica del tercer oficial justo cuando el reloj daba las siete. Gabrielle nunca se había acostumbrado a calcular el tiempo según las campanas y siempre que viajaba, llevaba un pequeño reloj consigo.

—Adelante —dijo.

Una cabeza rubia asomó por la puerta en cuanto tuvo espacio suficiente y el tercer oficial sonrió ligeramente antes de adoptar una expresión profesional.

—¿Doña Gabrielle?

Ella puso los ojos en blanco. Llevaba semanas intentando convencer a los muchachos de esta tripulación de que Gabrielle a secas le parecía de lo más aceptable e incluso preferible. Lo que no sabía era que el capitán los había amenazado con toda clase de castigos inmencionables si los pillaba mostrando algo que no fuera respeto hacia su pasajera. Habían descubierto que Gabrielle les permitía que se dirigieran a ella con un título, aunque solía menear la cabeza con risueña exasperación. Con todo, era mucho más fácil vivir con su tolerancia sonriente que con las amenazas del capitán, sobre todo porque éste era más que capaz de cumplirlas.

Por su postura relajada y su vestimenta, supo cuál iba a ser la respuesta a su pregunta, pero la costumbre exigía que tuviera con ella la cortesía de preguntárselo.

—¿Sí, John?

—¿Le apetece cenar en el comedor esta noche?

Gabrielle estuvo a punto de resoplar por tanta formalidad, recordando las numerosas ocasiones en que Xena y ella se habían sentado cómodamente junto a la fogata compartiendo una comida que ellas mismas se habían hecho. Se sintió inundada por una oleada de nostalgia y se dejó llevar por ella, olvidándose de dónde y en qué época estaba durante largos instantes. John esperó pacientemente, pues esto ya había ocurrido otras veces y se esperaba que volviera a ocurrir en el futuro. A pesar de su belleza y su refinamiento, la mujer que ahora estaba sentada ante él totalmente ensimismada era un misterio excéntrico.

El camarero observó cómo sus ojos volvían a enfocar la vista. Gabrielle agitó la cabeza para quitarse los recuerdos de encima y miró a John de nuevo.

—Creo que preferiría tomar algo ligero aquí... ¿una sopa, tal vez?

El hombre rubio asintió. Era más o menos lo que se esperaba. Era dada a las comidas ligeras y a la soledad por las noches, aunque había cenado con el capitán y la tripulación en varias ocasiones.

Nadie se lo había dicho, pero la tripulación se peleaba por estar en el comedor cuando ella acudía. Siempre los entretenía con historias fantásticas, tan reales que uno casi podía creer que las había vivido de verdad. Su forma de entender la historia era única y absolutamente entretenida.

Apresuradamente, el camarero fue a la cocina para transmitir su encargo al cocinero jefe. El hombre no pareció muy sorprendido y al poco, John regresó al camarote de Gabrielle con una bandeja completa. Se dio cuenta de que estaba distraída, por lo que la sirvió rápidamente y luego se despidió.

Gabrielle esperó a que saliera y cerrara la puerta antes de echar el pestillo y sacar su diario, deseosa de continuar su lectura.

Aunque nunca lo reconocería abiertamente, se sentía oscuramente orgullosa de su contribución a la caída del Imperio Romano. Estaba bien segura de que Xena también se habría sentido orgullosa.

Gabrielle abrió las páginas de su diario por el sitio que había marcado y sus pensamientos retrocedieron sin dificultad a un momento ocurrido mil cuatrocientos años antes, cuando el Imperio Romano empezaba a desmoronarse.


Fue a finales de verano cuando Gabrielle dejó el Monte Olimpo, y para cuando llegó a las montañas de Germania, el otoño se había apoderado de la tierra. En las montañas hacía aún más frío y Gabrielle se esperaba ver una nevada en cualquier momento, aunque ya había pasado por varios sitios donde parecía haber nieve perpetua.

Bajó la vista para mirarse. Cuando estuvo preparada para volver a viajar, Afrodita y ella se dispusieron a vestirla y equiparla cómoda y eficazmente. Incluso con los cambios hechos en su morral, seguía sin tener mucho sitio para cosas extra. La mochila que ahora llevaba transportaba dos conjuntos de pantalones y camisas de seda, uno sin mangas y el otro con mangas largas. También llevaba un manto bien encerado forrado de piel que podía cerrarse cuando el tiempo exigía abrigarse mejor.

Sus pieles de dormir eran un problema de cierta envergadura, hasta que juntas, Dita y ella crearon un saco en el que se podía meter y cerrar. A Gabrielle le parecía muy cómodo, casi hasta el punto de la decadencia, pues Dita había añadido un poco de relleno de plumas. La bardo sonrió y meneó la cabeza. Dita cuidaba de ella casi como lo habría hecho Xena: se ocupaba de que estuviera cómoda por pura bondad. Ahora sólo tenía que enrollar el saco de pieles hasta formar un fardo pequeño y atarlo a la mochila que llevaba a la espalda.

Con unos cuantos suministros médicos y un poco de comida, Gabrielle quedó lista para regresar al mundo mortal.

Durante su despedida abundaron las lágrimas, pero sin tristeza, porque se habían prometido mantenerse en contacto y como Gabrielle no tenía planeado subir a un barco, las dos estaban bastante seguras de que esta vez podrían cumplir sus promesas. De modo que se puso en marcha para ver qué descubría en la misteriosa Selva Negra del norte.

Gabrielle tuvo muchas oportunidades de ayudar a la gente por el camino y aprovechaba las ocasiones que se le presentaban para echar una mano como podía. Aunque el bien supremo y la redención de Xena ya no eran una de las prioridades de su vida, la persona que era no podía exigir nada menos de sí misma. Pero sí que elegía sus batallas con cuidado y se tomaba su tiempo al trasladarse de un sitio a otro.


El aire de la mañana era de un frío tal que a Gabrielle se le metió hasta la médula de los huesos y no le apetecía nada salir a él desde el calor de su saco de dormir. Sabía que tendría que acabar haciéndolo, aunque ni siquiera el hecho de estar totalmente despierta era razón suficiente para salir de un agradable lecho caliente a una mañana gélida. Dormir hasta tarde, o al menos quedarse acurrucada en la cama, era una costumbre que seguía conservando después de siglos. Hacía mucho tiempo que se había dado cuenta de que no tenía un motivo real para saltar de la cama antes del amanecer. Todo seguiría donde le correspondía aunque ella esperara a que saliera el sol.

En esta mañana concreta, sin embargo, Gabrielle salió de su pequeño nido mucho antes de que amaneciera. La quietud enervante la había despertado y en el silencio había una amenaza que le pedía que investigara.

De modo que sin hacer ruido, salió de su cama y se deslizó entre las sombras para descubrir qué la estaba acechando.

Gabrielle extendió sus sentidos y descubrió que había seis personas alrededor de su campamento, hombres, a juzgar por el olor y el peso de sus pisadas. Se subió a lo alto de un árbol y observó mientras se aproximaban, preguntándose qué querrían.

Iban cubiertos de pieles y le recordaban a alguien... Gabrielle hizo memoria, agradecida por los años que había pasado meditando para aprender a fijar sus ideas y centrarse. Había aprendido a compartimentar su vida para no sentirse abrumada por los recuerdos que conservaba sin tener que perderlos. Ahora se puso a recordar la época en que Xena y ella estaban juntas.

Los hombres eran altos y anchos de hombros, como muchos de los guerreros que se había encontrado en sus viajes. Todos llevaban el pelo largo y barba e iban vestidos con cuero y pieles de animales. Sus armas eran inmensas y en su mayoría eran esas hachas y martillos de combate que Gabrielle recordaba de la vez que estuvieron en Escandinavia. Pero estos hombres, sobre todo el que daba la impresión de ser el líder, se parecían a...

¿Vercínix?, pensó. Su aspecto conocido caló en ella de golpe y se dio cuenta de que éstos eran probablemente descendientes de aquel hombre, que seguían luchando para librarse de Roma.

Vale, ¿pero por qué me están acechando? Gabrielle pasó por alto las razones evidentes de que era ella la que estaba sin permiso en su territorio y que parecía una presa fácil. Sabía que no era invencible, pero tras más de cuatrocientos años de vida, se olvidaba fácilmente de que no todo el mundo la veía como ella sabía que era.

El clan se había enterado de que se había visto a una mujer sola entrando en su territorio. Esto era en realidad una expedición para descubrir quién era y qué quería. No les extrañaría que Roma enviara a una mujer espía: ya lo había hecho en otras ocasiones.

De modo que entraron sigilosamente en su campamento y lograron sofocar sus exclamaciones al encontrarlo vacío de seres humanos. Gabrielle observó con creciente enfado mientras hurgaban en sus posesiones. Los gestos lascivos cuando el hombre más grande se frotó sobre su saco de dormir y aspiró profundamente su olor hicieron surgir su rabia. Cuando se pusieron a hurgar en su mochila, soltó un gruñido y sintió que le empezaba a hervir la sangre. Pero cuando empezaron a pelearse por su diario, Gabrielle dio rienda suelta a su furia y decidió entrar en acción.

Saltó de la rama del árbol, inmediatamente a la ofensiva. Los hombres, que hasta un momento antes habían estado discutiendo y haciendo comentarios y gestos groseros, se encontraron de repente a la defensiva ante la guerrera que ahora los amenazaba.

Ya es faena suficiente que vaya a tener que pasarme días lavando para eliminar ese olor, pensó Gabrielle al atacar al hombre que se había frotado entero sobre su saco de dormir. ¿Sabes cuánto tiempo tardamos en hacerlo y lo que va a tardar en secarse? Golpeó con fuerza, alcanzando al hombre alto debajo de la barbilla y haciendo que se desplomara como una piedra. Pero vais y os ponéis a enredar en mis recuerdos. Muy mala idea, chicos. Ahora mismo no me queda nada más y no me los vais a quitar.

Un segundo hombre intentó acercarse a ella por detrás y ella soltó una patada hacia atrás, golpeándolo limpiamente en el estómago con el pie. El "uuf" y el chorro de aire que lo acompañaron dejaron muy claro que estaba doblado en dos y se giró de cara a él, golpeándolo en el cuello con la rodilla. El hombre cayó al suelo ahogándose.

El tercer atacante se chocó de cabeza con la empuñadura de su sai cuando intentó sorprenderla por detrás y rodearle el tronco con sus fuertes brazos. Gabrielle lanzó el puño hacia atrás con el sai hacia fuera y el hombre se desplomó cuando su cabeza entró en firme contacto con él.

Por desgracia, de paso se le rompió la nariz y se puso a sangrar a borbotones. Aunque hacía tiempo que Gabrielle no sentía el ardor de la sangre, el olor que ahora subió hasta ella, casi abrumador, hizo que se le dilataran los ojos y que se le empezaran a alargar los colmillos.

Su ferocidad al combatir se hizo aún más notoria y tardó menos de un minuto en dejar a dos de los tres hombres que quedaban literalmente tendidos a sus pies.

El último hombre, el que había decidido que era el líder por su parecido con Vercínix, repasó la situación sin dejar de mirarla con desconfianza. Gabrielle se imaginó el aspecto que tenía: todavía sentía el ardor muy cercano y seguía con los colmillos muy afilados, según notó al acariciárselos suavemente con la lengua.

Notó que el hombre tomaba aliento bruscamente cuando posó sus ojos en los de él, y los cerró, obligándose a recuperar la calma. Al cabo de un momento, notó que se le enfriaba la sangre y abrió de nuevo los ojos y supo, por la expresión confusa del hombre, que volvían a ser verdes.

Recordando dónde estaba, Gabrielle ahondó en sus numerosos conocimientos y habló al hombre en lo que esperaba que fuera su lengua materna.

—¿Quiénes sois? ¿Por qué me molestáis?

El hombre sacó la barbilla con gesto desafiante y se cruzó de brazos.

—¿Quién eres tú? —contestó—. ¿De dónde vienes y por qué estás aquí?

De repente, Gabrielle alargó las manos y le clavó los dedos en el cuello, aplicando eficazmente un pinzamiento que ya rara vez tenía necesidad de usar.

—Te acabo de cortar el flujo de sangre al cerebro. Contesta mis preguntas o te dejo morir. Soy demasiado vieja para aguantar el estiércol de centauro de unos niños molestos como vosotros.

La cara que se le puso al hombre al oírla fue divertidísima y Gabrielle se habría echado a reír si no hubiera estado enfadada hasta decir basta.

—Me llamo... Nórix. Luchamos... con la gente de aquí contra... los opresores... de Roma, igual... que lo hicieron... nuestros antepasados en... la Galia.

Gabrielle se quedó mirando el hilo de sangre que manaba de la nariz de Nórix y las aletas de su propia nariz se dilataron apenas antes de que decidiera soltar el pinzamiento.

—Comprendes que puedo volver a hacerte esto en cualquier momento, ¿verdad? —Esperó a que asintiera con la cabeza—. Bien, pues tú contesta mis preguntas y no tendremos problemas. Como no lo hagas, te dejo morir. Tengo cinco idiotas más con los que tratar —replicó Gabrielle, dándose cuenta de que al hablar así se parecía mucho a Xena. Frunció el ceño y dejó a un lado esa idea para reflexionar sobre ella más tarde. Gabrielle carraspeó—. Bueno, ¿tienes algo que ver con Vercínix?

Nórix parpadeó con los ojos como platos.

—Sí. Soy descendiente directo. Hemos formado una alianza con los pueblos germánicos para librarnos todos del yugo romano.

—¿Por qué me molestáis?

—Los romanos han usado ya mujeres como espías. Te vimos viajando sola y creímos... —No completó la idea—. Nunca hemos visto a una guerrera como tú, ni ropa como la tuya. Todo en ti es diferente.

—¿No crees que si fuera una espía romana habría intentado, no sé... no llamar la atención, tal vez?

Él tuvo la decencia de sonrojarse y parecer cohibido. Luego se encogió de hombros con timidez.

—Pero no eres de aquí. —Indicó su ropa—. No te pareces en nada a nosotros.

—Así que pensasteis que era una presa fácil.

—Bueno, no hemos encontrado lo que esperábamos, en cualquier caso.

Gabrielle resopló.

—Seguro.

—¿Y ahora qué? —preguntó Nórix—. Quiero decir... —Se calló, avergonzado, luego carraspeó y continuó al ver que ella lo miraba interrogante con una ceja enarcada—. ¿Estarías dispuesta a quedarte... para ayudarnos tal vez?

—¿Por qué? —Gabrielle tenía sus propios motivos, por supuesto, pero quería oír cómo justificaba su petición.

Nórix parpadeó rápidamente por la pregunta a bocajarro.

—Mm, ¿por qué, qué?

—¿Por qué quieres que os ayude? ¿Por qué piensas que lo haría?

Los gemidos y quejidos de los hombres doloridos que tenían detrás interrumpieron la conversación por el momento. Los dos hombres cuyas cabezas había estampado la una contra la otra se levantaron casi como uno solo, gruñeron al verla y se prepararon para atacar. Nórix les gritó en un idioma que Gabrielle no reconoció del todo y se detuvieron, con expresión confusa. Otra orden y los dos se dejaron caer al suelo, sujetándose la cabeza con las manos.

—Quiero que nos ayudes porque es evidente que tienes mucha más habilidad que nosotros y me parece percibir una clara falta de simpatía entre el Imperio Romano y tú.

Gabrielle arrugó la cara. No se imaginaba qué podía haber hecho o dicho para causar esa impresión, aunque era cierta sin la menor duda. Nórix se echó a reír al ver su expresión.

—Créeme. Si hubiera podido verte así de cerca antes de atacarte, no lo habríamos hecho. Se te pone cierta expresión en los ojos cuando se menciona a Roma. —Sonrió al verlo de nuevo—. No es fácil de explicar y me podría estar equivocando. —Se pasó la mano por la barba—. Pero no lo creo.

Gabrielle le sostuvo la mirada y él fue el primero en apartarla.

—En cuanto a por qué pienso que lo harías... —Se encogió de hombros—. Llámalo instinto. Pero me recuerdas a alguien que forma parte de nuestras leyendas. Que yo recuerde, nunca se supo su nombre, pero se la describía como a una guerrera rubia con alma de poeta. Un ángel vengador que viajaba con una feroz guerrera morena... para solucionar los males y dar justicia a los que antes no habían tenido esperanza de tenerla. Por las historias que se cuentan, tú podrías ser fácilmente esa guerrera rubia, salvo porque habría tenido unos quinientos años de edad.

Gabrielle ni parpadeó.

—No he hecho nada para mostrarte un alma de poeta. —Indicó a los hombres que estaban tirados por el campamento sujetándose lesiones de diversos grados de gravedad.

—No estoy de acuerdo. Verás, la leyenda también cuenta que la guerrera rubia no mata, al contrario que todos los demás guerreros, mujeres o no, que conozco. No es que no pueda, sino que elige no hacerlo siempre que le es posible. Se decía que era bardo, escritora y narradora de historias.

Gabrielle meneó la cabeza maravillada: sabía con certeza que ya había matado cuando Xena y ella conocieron a Vercínix, y se preguntó de dónde se había sacado tales ideas sobre ella. Y dedicó un breve recuerdo a la inocente que había sido incluso entonces.

—¿Así que quieres que os ayude porque me parezco a un personaje de leyenda? ¿Una leyenda de quinientos años de antigüedad?

—No, quiero que nos ayudes por tu evidente habilidad. —Indicó a los mismos hombres que ahora ya se movían lo suficiente para empezar a poner el campamento en orden. Dos seguían tirados inconscientes en el suelo—. Los romanos se han atrincherado aquí. Necesitamos algo que nos dé ventaja sobre ellos y creo que los dioses te han enviado a nosotros para que nos lo des.

Gabrielle puso los ojos en blanco. La única diosa que sabía que estaba viva jamás la enviaría a sabiendas a luchar. Sin embargo...

—Hagamos un trato. Yo me quedo un día o dos para ver si puedo contribuir en algo. Si parece que puedo ayudaros, me quedo. Si no, me marcho con permiso para cruzar a salvo vuestras tierras. ¿De acuerdo?

Nórix miró el fuerte antebrazo que le ofrecía una mujer que era mucho más de lo que parecía ser. Asintió y aceptó su oferta.

—De acuerdo —dijo.

—Bien —replicó ella cuando se soltaron el brazo. Lo miró de arriba abajo—. Creo que lo primero que tenemos que hacer es conseguiros ropa nueva.

Él la miró como si le hubieran salido dos cabezas y respondió de la manera más inteligente que pudo.

—¿Eh?


El campamento era un hervidero de actividad y hasta los niños más pequeños parecían tener un trabajo asignado. Gabrielle se quedó a un lado mientras los hombres se reunían con sus familias y eran recibidos con preocupación y preguntas.

Nórix convocó a los guerreros con una mirada y un gesto, y Gabrielle no tardó en notar que todas las miradas se posaban sobre ella. Aguantó el escrutinio con estoicismo, sacando de sus recuerdos la actitud que le había visto adoptar a Xena en ocasiones como ésta. Por fin, Nórix la llamó con un gesto, cayendo en la cuenta con retraso de que aún no conocía su nombre. El hombre más grande del grupo se echó a reír cuando se acercó.

—¿De verdad crees que una cosita así de pequeña puede enseñarnos a luchar, Nórix? A lo mejor estás perdiendo facultades, si es capaz de darte una paliza con tal facilidad. —Blandió su hacha de guerra—. A lo mejor necesitamos otro líder.

Nórix desenvainó la espada, pero se vio apartado fácilmente cuando Gabrielle se puso delante de él con los sais en ristre.

Sin desviar los ojos del hombre que tenía delante, Gabrielle dijo suavemente:

—Quita, Nórix. Creo que éste necesita que le enseñen modales.

El hombretón se habría echado a reír con desprecio, pero estaba demasiado ocupado viendo cómo su hacha de guerra se le escapaba volando de las manos y se clavaba en un árbol cercano. Rugiendo, se lanzó hacia Gabrielle, con los brazos extendidos y las manazas preparadas para agarrarla por el cuello. Gabrielle se limitó a echarse a un lado y sacar el pie, enarcando una ceja risueña cuando él se cayó de bruces al suelo. Entonces retrocedió y se colocó los sais en el lugar que les correpondía en sus botas.

—Yo he hecho mi parte —le dijo a Nórix—. Me voy al río a bañarme. Comunícamelo cuando toméis una decisión.

Sin decir nada más ni mirar atrás, Gabrielle recogió su mochila y siguió su olfato hasta el agua.

Estaba fría, pero vigorizante, y ya estaba limpia, seca y vestida cuando Nórix vino en su busca. Sonrió por el ruido que hacía al acercarse. Al parecer, quería que supiera que estaba llegando.

Cuando alcanzó el límite del bosque, suspiró de alivio inconsciente. Gabrielle había dejado las cosas muy claras y se había ganado tanto su respeto como el respeto de los que estaban en el campamento, incluido Goram. Nórix se rió por lo bajo al recordar la conversación que acababa de tener lugar entre los hombres de la tribu. En cuanto el hombretón superó su pasmo y su vergüenza al verse vencido por una mujer menuda que era netamente superior a él, Goram no había tardado en convertirse en el defensor más entusiasta de Gabrielle.

—Mm... —Nórix se pasó una mano por la cara—. Me acabo de dar cuenta de que no sé cómo te llamas.

—Me llamo Gabrielle.

Nórix hizo una leve mueca, como si le recordara algo conocido, y luego suspiró.

—Gabrielle, nos gustaría recibirte en nuestro clan y si todavía estás dispuesta, nos gustaría que nos enseñaras todo lo que sabes. Queremos ser como tú.

Gabrielle no pudo controlar la sacudida que le recorrió todo el cuerpo al oírse objeto de las mismas palabras que ella le había dicho a Xena y que ahora le daban a ella el papel de maestra.

—¿He dicho algo malo? —preguntó Nórix, con tono preocupado.

Gabrielle sacudió la cabeza con vehemencia.

—No. No. Es que me acabas de recordar una cosa de hace tanto tiempo que parece que ocurrió en otra vida. Venga —dijo antes de que él pudiera abrir la boca para responder—. Volvamos al campamento. Tenemos trabajo.


Los hombres y mujeres se quedaron sorprendidos cuando lo primero que hizo Gabrielle resultó no tener nada que ver con el combate. Por el contrario, fue una lección de costura. Lo cual no era tarea fácil, teniendo en cuenta que a Gabrielle nunca se le había dado bien. Pero sabía enseñar lo suficiente para hacerles comprender lo que tenían que hacer, y a los pocos días, todos los guerreros lucían un nuevo par de pantalones.

Hubo algunas quejas por la incomodidad que suponía para ciertos asuntos privados, pero la mayoría no tardó en reconocer la ventaja que aquello les daba en el combate cuerpo a cuerpo. Era mucho más fácil entregarse de lleno a la lucha cuando no había que preocuparse por quedarse al aire, y todos agradecían el calor y la protección del frío que los pantalones daban a su cuerpo.

En cuanto todos estuvieron cómodos con sus nuevas prendas más ceñidas, Gabrielle se puso a educarlos en algunas de las numerosas disciplinas de combate que había llegado a dominar durante sus años de viaje. Aprendían rápido, pues ya eran guerreros, y sonrió al recordar la cantidad de veces que ella había tenido que practicar ciertas cosas con la vara sólo para que le salieran bien.

Aunque todavía no consigo dar ese salto.

Empezó a nevar con fuerza, pero los guerreros continuaron practicando las destrezas que Gabrielle compartía con ellos. Estaban ansiosos por volver a ser hombres y mujeres libres, fuera de la influencia de Roma. Este deseo hacía que el tremendo esfuerzo valiera la pena con creces.

Por su parte, Gabrielle observaba e instruía, se mantenía aparte por las mañanas y las noches y sólo se unía a ellos en comunidad cuando la invitaban. Era muy consciente de que tenían preguntas y sabía que observaban sus entrenamientos por la mañana temprano con una mezcla de adoración y fascinación. Pero la dejaban en paz, observándola en silencio, y Gabrielle no tenía problema en dejarlos mirar mientras no intentaran interferir.

En general, cuando no estaba enseñando la dejaban en paz. Gabrielle había dejado bien claro que valoraba mucho su intimidad y la gente intentaba respetarla. Ella lo agradecía, pues así sus poco frecuentes expediciones de caza resultaban rápidas e indoloras.

Las noches las seguía dedicando a escribir. Era una costumbre que había adquirido desde sus primeros viajes con Xena y ahora le resultaba reconfortante, aunque sólo releyera antiguas entradas o anotara unas pocas líneas sobre el día que había tenido.

De ese modo, el invierno pasó despacio mientras los guerreros se hacían más fuertes y cobraban más confianza en su destreza. Y cuando llegó la primavera, ya estaban preparados para enfrentarse a Roma dictando sus propios términos.


—¿Estás segura de que no quieres venir con nosotros, Gabrielle? Nos vendría bien tu ayuda.

—Nórix, ésta no es mi lucha. Dejando aparte mis sentimientos personales hacia Cé... Roma, esta lucha es vuestra. Mi trabajo aquí ha terminado.

Nórix asintió. Sabía que era cierto. Había algo en los ojos de Gabrielle que hablaba de una realidad que él sólo podía imaginarse.

—¿Puedo preguntarte una cosa?

Se dirigían juntos a la casa comunal, donde se había preparado el obligado banquete para desear suerte a los guerreros en la batalla que se avecinaba.

—Puedes preguntar... yo no tengo por qué responder.

—Muy bien —asintió él. Dejó de caminar y se volvió hacia ella, pues quería ver sus ojos cuando respondiera... o no—. ¿Recuerdas que te hablé de la leyenda... ésa de la guerrera rubia que viajaba con una guerrera morena?

Gabrielle asintió con cautela, preguntándose dónde quería ir a parar con la conversación.

—He comprobado ciertas cosas. No quedan muchas de las antiguas historias. Dado que los vándalos y los romanos destruyen todo lo que cae en sus manos, nos ha costado conservar copias escritas de nada y la transmisión oral es nuestra forma de aprender nuestras costumbres y leyendas.

Gabrielle esperó, pues sabía que quería decir algo y casi temía el posible desenlace.

—Sin embargo, han sobrevivido algunas y éstas las conserva una mujer elegida, que las lee y enseña las historias a la siguiente generación. Ella tiene los verdaderos documentos originales que se escribieron sobre esta pareja concreta hace quinientos años. En ellos, las dos tienen nombre.

Se calló, esperando algún tipo de reacción. Cuando Gabrielle ni siquiera parpadeó, continuó.

—Se llamaban Xena y Gabrielle.

Notó que tomaba aliento sólo porque estaba pendiente de ella, esperándose una reacción. Por lo demás, no hizo gesto alguno que indicara que sucedía algo.

—¿Y tu pregunta? —inquirió cuando los segundos se fueron alargando y él no dijo nada más.

—Tú eres esa Gabrielle, ¿verdad? De algún modo, por alguna razón, has encontrado la inmortalidad.

Ella no le constestó de inmediato, sino que se volvió y echó a andar de nuevo hacia la casa comunal.

—¿Por qué piensas eso? —preguntó por fin.

Él advirtió que no negaba la verdad de su afirmación y asintió por dentro.

—Demasiadas coincidencias —fue lo único que dijo—. Yo soy el único que lo sabe, Gabrielle, y jamás volveré a hablar de ello. Te mereces esa paz.

Ella no contestó, pero no le hacía falta. El hecho de no negarlo era confirmación suficiente.


Capítulo XVI


Cuando los rebeldes lograron su primera victoria real contra el Imperio Romano, la noticia se propagó rápidamente por todos los demás clanes rebeldes. Buscaron a Nórix para aprender su secreto y él compartió los conocimientos y destrezas que les había enseñado Gabrielle. Pero no reveló la participación de la bardo ni su paradero. Se lo había prometido, y aunque la tribu no comprendía sus razones, respetaron su orden y no hablaron con nadie de Gabrielle.

Por su parte, Gabrielle ayudaba donde podía y observaba mientras los rebeldes acosaban al Imperio Romano hasta el punto de que parte de éste se hundió por completo y el resto se reorganizó en lo que acabaría conociéndose como Imperio Bizantino.


Notó su presencia antes de verla, pero Gabrielle siguió sentada observando mientras los rebeldes recogían a sus heridos y sus muertos. Dentro de poco ayudaría a atender a los heridos, pero por ahora...

Afrodita se quedó mirándola largo rato y por fin se colocó detrás de ella y le puso una mano suave en el hombro.

—Hay cosas que nunca cambian, ¿eh? —dijo Dita, indicando el campo de batalla al tiempo que volvía la cabeza para observar el perfil de Gabrielle. El encogimiento de hombros fue leve, pero lo notó a pesar de todo—. Y otras —continuó Dita como si Gabrielle hubiera contestado—, han cambiado totalmente. Recuerdo una época en que habrías estado en el centro de la batalla. Cuando el bien supremo...

Gabrielle la interrumpió.

—He renunciado al bien supremo por la cuaresma —dijo con una risa triste.

Afrodita se volvió y la miró a la cara de frente.

—O sea, ¿debo entenderlo?

Gabrielle hizo un gesto negativo con la cabeza.

—Probablemente no. —Volvió a prestar atención al campo de batalla, mientras su imaginación se concentraba en un campo de batalla situado en otro tiempo y otro lugar.

Afrodita advirtió lo absorta que estaba y cayó en la cuenta de dónde había llevado la escena de debajo a su amiga. Sin pensarlo y sin consultar a Gabrielle, Dita chasqueó los dedos y las dos se rematerializaron de inmediato en lo que llamaban la habitación de Gabrielle.

Gabrielle parpadeó dos veces y luego fijó la mirada en la habitación que las rodeaba. Entonces se volvió directamente a la diosa del amor y le clavó una penetrante mirada.

—¿Afrodita? —Indicó la estancia, se cruzó de brazos y esperó una explicación.

—¡Sooo, nena! ¿Alguna vez te han dicho que tienes una mirada superasesina? ¡Caray!

Gabrielle se limitó a alzar una ceja con aire impaciente y esperó.

—¡Oh! Mm... pues es que parecía, ya sabes... que tenías un mal rollo total ahí fuera. Me pareció que estabas reviviendo unos recuerdos supercutres, o sea... así que pensé que, bueno, o sea... sobre todo después del comentario sobre el bien supremo y eso... ¿Pero de qué iba eso? Nunca he visto que te quedes a un lado contemplando una lucha sin, bueno, superimplicarte en ella.

—Lo decía en serio... lo he dejado por la cuaresma. —Gabrielle se apresuró a continuar antes de que Afrodita pudiera hablar, aunque tenía la boca abierta y preparada para hacerlo—. Sigo ayudando. Enseño a la gente a luchar por sí misma. Cuento historias y ayudo a curar a los heridos. Pero tengo que sobrevivir los próximos mil cuatrocientos años sin llamar la atención.

Se trasladó a la cama y se dejó caer desmañadamente.

—Los héroes nacen y mueren en el campo de batalla, Afrodita. Y los héroes a veces se convierten en leyendas. Yo no voy a convertirme en una heroína. No voy a arriesgarme a llamar la atención por el bien supremo. Ya he sufrido bastante por esa causa. —Al decir esto, sus ojos ardieron con un fuego que despedía tal calor que a Dita le entraron ganas de examinarse la piel por si tenía quemaduras. En cambio, le sostuvo la mirada a Gabrielle con compasión, pues comprendía demasiado bien lo que el bien supremo le había hecho a su amiga.

Gabrielle se tumbó y cerró los ojos, tapándoselos con el brazo.

—Además, no quiero que Ares sospeche y sé que ha estado husmeando.

—Lo siento —dijo Afrodita con tono apagado.

Gabrielle se puso de lado y se apoyó en un codo.

—¿El qué?

—Lo de Ares. Lo del bien supremo. Que tengas que vivir otros mil cuatrocientos años para poder volver a estar entera. Que...

Afrodita habría seguido, pero Gabrielle alzó una mano para detenerla.

—Dita, nada de esto es culpa tuya y, para serte sincera, ni siquiera es culpa de Ares en gran medida. Hay días en que saber que estás aquí es lo único que me impide volverme loca. Eso y saber que Xena está viva en algún lugar de mi futuro y que voy a sobrevivir para encontrarla y traerla a casa.

—¿De verdad crees que puedes?

Los fieros ojos verdes se volvieron hacia Afrodita y ésta volvió a quedarse impresionada por la pasión pura y desnuda contenida en la pequeña figura que estaba ante ella.

—¿Acaso dudas de mí?

—No, no, señora. Yo no. Para nada. Qué va. No, estoy segura de que a Xena le espera una buena cuando la alcances. Cuando el amor te hinca el diente... ya sabes. —Se echó a reír cuando un rubor consciente subió por la cara de Gabrielle.

—Sí, lo sé —contestó Gabrielle tímidamente con una sonrisa—. Personal e íntimamente.

Afrodita se echó a reír a carcajadas, contenta de que Gabrielle hubiera superado el bajón, al menos por el momento. Tenía la sospecha de que pasaría por muchos más antes de reunirse con Xena. Antes de que pudiera cambiar de tema, Gabrielle habló de nuevo.

—La verdad es que no he renunciado al bien supremo. Es sólo que he cambiado de método. Enseño a la gente lo que Xena y las amazonas me enseñaron a mí. Creo que así es mejor. Pueden aprender lo que les enseño y transmitírselo a otros.

Dita asintió. Sabía mejor que la mayoría que Gabrielle no podía renunciar del todo a ayudar a los demás. Lo llevaba demasiado arraigado en la psique: era una parte demasiado importante de su auténtico ser. Y se alegraba de que Gabrielle hubiera encontrado un modo de ayudar sin meterse en una batalla tras otra. Sabía en qué se había transformado Gabrielle en Alejandría y conocía la depresión en la que caía cuando sus ansias de bacante se descontrolaban. El combate hacía brotar el hambre con toda su fuerza y ni siquiera el talismán que llevaba Gabrielle podía refrenarla por completo cuando el hambre quemaba tanto.

—¿Quieres algo de comer antes de que te envíe de vuelta?

—No, estoy bien, gracias, aunque no me vendrían mal algunos de esos pastelillos dulces para más tarde.

Afrodita se rió suavemente.

—Otra conversa al culto de los bollitos deliciosos. Mm... mmm. —Aunque se puso de un bonito tono sonrosado, lo cual arrastró a Gabrielle por el derrotero que seguían las ideas de la diosa.

—Gracias, Afrodita —masculló Gabrielle—. Ya nunca podré comérmelos sin volver a pensar en eso.

—Cosas peores podrías pensar, que lo sepas.

—Ya, pero no me apetece gran cosa pensarlas sola. Venga —añadió, pasándose las manos por el pelo—. Envíame de vuelta. Tengo trabajo que hacer. —Gabrielle sonrió para quitar hierro a sus palabras.

—Bueno, si prefieres hacer eso en lugar de pensar en eso conmigo, está bien —dijo en broma con una alegre sonrisa.

—Francamente... bueno, hay días en que la idea de quedarme aquí durante los próximos catorce siglos me parece buenísima.

—Pero...

—Pero no puedo esconderme aquí, Afrodita. Nunca he podido hacer las cosas optando por la vía fácil. Ya lo sabes.

Afrodita hizo una mueca cómica.

—¡Ya te digo, colega! Sabes, la tozuda de la nena guerrera que es tu compañera y tú me hacíais pasar más de una noche en blanco con algunas de las cosas superchulas que no parabais de intentar. Y no me refiero al rollo amoroso —continuó Dita, con ojos chispeantes.

—¡¡Dita!!

—¡¿Qué?! —contestó la diosa encogiendo los esbeltos hombros—. Tampoco es que me dedicara a observar el rollo amoroso —murmuró por lo bajo—. Con eso no habría pasado noches en blanco... bueno, al menos de las de no parar de dar vueltas por la preocupación —añadió Dita con picardía.

—¡¡¡DITA!!! —Gabrielle se frotó la cara, con la esperanza de hacer desaparecer más rápido el rubor. Se quedó rígida cuando Afrodita le echó los brazos por los hombros.

—Cielito, ¿te acuerdas de esa charla guay que tuvimos la última vez que estuviste aquí? ¿Sobre el amor que tenéis Xena y tú? —Gabrielle asintió—. Cariño, eso no va a cambiar nunca, o sea, ¿vale? Pero a lo que me refería era a que, bueno, o sea... prácticamente todas las cosas molonas que hacíais, las hacíais en plan difícil, incluso la movida de enamoraros. Así que yo pensaba totalmente que después de varios cientos de años haciendo las cosas en plan difícil, tiene que ser ya como algo innato, sabes.

A Gabrielle le empezaron a temblar los hombros.

—Estoy empeorando las cosas, ¿verdad? —Dita suspiró—. Lo siento, Gab... —Pero se interrumpió cuando Gabrielle se apartó ligeramente y se dio cuenta de que el temblor se debía a la risa y no a las lágrimas. Al menos a las lágrimas de pena, porque Gabrielle se secó las lágrimas de risa al tiempo que se apartaba de los brazos de Dita.

Cuando recuperó el aliento, alargó los brazos y estrechó a la diosa del amor con fuerza.

—Gracias, Afrodita. Qué falta me hacía.

Ella le devolvió el abrazo lo más fuerte que se atrevió.

—¿El qué te hacía falta, nena? —Pues no sabía muy bien a qué se refería la bardo, pero quería tomar nota para futura referencia por si se volvía a producir.

—La arenga, el recordatorio y la risa. De verdad que me hacía falta.

—Bueno, preciosidad, pues me alegro de haber podido ayudarte.

—Gracias, Afrodita. Te quiero, que lo sepas.

—De nada, nena. Yo también te quiero.

Y al chasquear los dedos, Gabrielle regresó al campo de batalla que ahora estaba vacío y sin rastro de ocupación humana. Con un suspiro, Gabrielle recogió su mochila y emprendió la marcha hacia donde sabía que estaba el campamento rebelde. Había llegado el momento una vez más de recoger los pedazos.


—Sabes, Xena —dijo Gabrielle en voz alta—, fue increíble lo que el uso de pantalones logró para los que se oponían a Roma. Me sorprendió mucho que los romanos no se percataran antes.

Gabrielle volvió a su diario.

—En esa época pasé mucho tiempo en el camino enseñando. Técnicas curativas y de combate, en su mayoría, pero de vez en cuando hacía de bardo. Eso siempre me gustaba mucho. Me recordaba mis orígenes y te mantenía cerca, aunque para entonces ya no eras más que una historia fantástica... una leyenda como mucho.

Gabrielle apartó el diario, cogió la bandeja sin terminar y la puso en el suelo fuera de la puerta. Sabía que John se pasaba periódicamente por el pasillo para ver cómo iba y si la bandeja estaba fuera, no debía molestarla, simplemente hacerla desaparecer.

Echó el pestillo al cerrar la puerta con un sonoro chasquido y volvió a la cama y se acurrucó en ella. Estudió el diario con atención, fijándose en que muchas de las entradas de los siglos siguientes eran detalles de cosas que habían ocurrido en su vida cotidiana.

Querida Xena,

He decidido instalarme un tiempo aquí, en un pueblecito cuyo nombre aún desconozco. La verdad es que me da igual. No puedo quedarme mucho tiempo en un solo sitio por temor a que me descubran.

Hay una enfermedad que está arrasando gran parte del continente y que creo que se debe a la guerra incesante que se sigue librando contra los que se oponen a Roma. Así que viajo mucho, dando el consuelo que puedo a los que sufren.

He ayudado a fundar varios hospicios e Hipócrates se sentiría orgulloso. Han adoptado muchas de las técnicas que él defendía. Por supuesto, él las aprendió de ti, pero la gente no se acuerda de eso y yo no siento la necesidad de corregir sus ideas.

Hoy me ha pasado algo interesante. Estaba muy atareada trabajando fuera de la casita que tengo aquí. Estaba vacía cuando llegué al pueblo y conseguí comprarla muy barata. Necesitaba algunos arreglos, pero la verdad es que es muy agradable: habría sido perfecta para las dos, pero...

El caso es que estaba trabajando fuera, plantando alrededor del porche unas flores silvestres que he encontrado en un prado cercano. Ya sabes, para darle un poco de carácter. Y ya puedes dejar de hacerme esa mueca.

Así que estoy ahí fuera, toda acalorada y sudorosa porque en estos momentos aquí hace mucho calor y bochorno, y veo que la gente que vive en este pueblecito empieza a dirigirse hacia mi casa por todas partes.

No parecían estar asustados y la verdad es que iban charlando y saludándose alegremente. Yo no sabía qué pensar, porque no sabía si esto me iba a causar problemas. Muchos de los hombres llevaban hoces y hachas y las mujeres, bueno... en ese momento no sabía qué llevaban en las manos.

De repente, me encontré rodeada por mis vecinos. La gente quería arrimar el hombro y echarme una mano para instalarme simplemente porque les parecía bien. Tengo que reconocer que me dio gusto ser la que recibe por una vez.

Creo que aquí voy a hacer buenos amigos, aunque ya me estoy dando cuenta de que voy a tener que andarme con cuidado. Dos de los hombres disponibles ya han dado alguna muestra de interés. (No preguntes). He intentado dejar claro que no existe un interés recíproco, pero veremos cómo va la cosa.

Pero ha sido un día muy agradable. Muy distinto de lo que estoy acostumbrada. Es agradable echar raíces, aunque sólo sea por un tiempo, y es aún más agradable ser recibida como parte de la comunidad. Creo que aquí habrías sido feliz. Sé que lo habríamos sido, aunque sólo fuera temporal.

Te quiero, Xena. Buenas noches.

Querida Xena,

Parece que está surgiendo una nueva religión. No sé si comprendo todos los matices, pero para serte muy sincera, he renunciado a la religión como concepto. Sé que hay un poder supremo... he conocido a varios de ellos. Pero no me gusta lo que la religión tiende a hacerles a los seres normales y racionales.

Pero este nuevo profeta, Mahoma, creo que se llama, es un hombre muy agradable. Hemos mantenido varias conversaciones muy interesantes sobre diversos temas. Es muy firme en sus creencias, pero está abierto a discutir sobre ellas. En ese sentido, me recuerda mucho a Eli.

Me pregunto si tendrá el mismo fin que Eli. Parece que la religión está llena de mártires, y hay mucha gente por ahí que quiere ver muerto a Mahoma por sus enseñanzas.

¿Cuántas guerras santas empezarán a causa de esto, me pregunto?

Te quiero y te sigo echando de menos.

Querida Xena,

Quiero tener mi propia red divina mundial. Afrodita me ha prohibido el acceso a la suya durante un tiempo. Es la cosa más interesante que he visto en mi vida.

No puedo usarla sin ella, claro. Es suya y está configurada con sus cuentas y sus contraseñas. Mejor así, supongo. Sería un marronazo total si Ares averiguara que estoy viva a causa de esta cosa superchula.

Acabo de volver a leer esa última frase. Creo que esta vez mi visita se ha prolongado demasiado. Se me está superpegando la forma de hablar de Dita.

Pero cómo necesitaba un descanso. Jamás me imaginé lo difícil que iba a ser seguir adelante día tras día, mes tras mes, año tras año, sin raíces, sin amigos de verdad, sin familia auténtica. No puedo visitar a nuestros descendientes. No hay una forma lógica de explicar quién soy y por qué tengo la necesidad de verlos. Y me cuesta hacer amigos cuando mi inmortalidad eterna me obliga a trasladarme antes de que la gente empiece a hacer preguntas.

Bueno, pero volviendo a la red divina. Por fin han conseguido resolver por lo menos parte del problema de las conexiones y hemos podido hablar con todos los dioses que controlan la red. Esto ha sido estupendo para Dita, porque así puede estar en contacto con su familia de Roma con mucha más fácilidad.

Pero dado lo que ha dicho, es posible que tarde o temprano acaben todos volviendo al Olimpo. Al parecer, la base de fieles que tienen en Roma está disminuyendo también y estarían más cómodos en casa, que para todos ellos es Grecia.

No paro de perder el hilo. A veces me pregunto si la edad está afectando a mi mente, por no decir a mi cuerpo. Supongo que fue bueno que me convirtiera en inmortal siendo tan joven. Cómo habría detestado que me hubiera ocurrido de vieja e incapaz ya de cuidar de mí misma.

Así y todo, algunos días me cuesta centrar la mente en una sola cosa. Tengo tantos recuerdos, tanta información dando vueltas por mi cerebro, que tengo que venir a pasar aquí un tiempo para descomprimirme, y con la red divina, ha sido muy divertido.

Hay unas salas donde todos los dioses se reúnen para charlar. Eso es muy interesante. Parece que todos tienen los mismos problemas, pero con esto tienen un sitio donde buscar soluciones. Algunas de las conversaciones son divertidísimas... parecen casi humanos.

Con eso me he dado cuenta de que tanto si queremos reconocerlo como si no, los dioses se parecen mucho a nosotros. Demasiado, probablemente. La mayor diferencia entre ellos y nosotros es su inmortalidad y sus poderes. Pero tienen dudas, se sienten confusos, se enfadan, se sienten heridos... se equivocan y no siempre hacen las cosas como debe ser.

Su peor problema parece ser el aburrimiento. Hasta que la red divina les ha permitido entrar mejor en contacto unos con otros, la humanidad era el mayor juguete que tenían. (Deja de gruñir. Sé lo que sientes al respecto y, la verdad, yo también. Pero al menos ahora lo comprendo mejor. La inmortalidad es mucho más dura de soportar de lo que te podrías imaginar).

Así que la red divina les ha permitido encontrar otros intereses a los que dedicarse. Además de las salas de charla, tienen toda clase de medios para investigar, juegos para entretenerse y vidas que observar. Hasta tienen una noche de "casino" al mes en la que se reúnen y hacen apuestas. No sé si es buena idea, pero no ha provocado ninguna guerra importante... por ahora.

Tengo que irme. Dita está llamando a la puerta. Hoy vamos a hacer una cosa que ella llama un cambio de imagen.

Te quiero siempre.

Querida Xena,

Nunca dejes que una diosa aburrida se acerque a tu pelo. Hacía cuatrocientos años que no tenía el pelo de tantos colores.

¿Te acuerdas de cómo se me cambiaba el color de pelo cada pocos meses durante nuestros primeros años de viajar juntas? Lo tuve rubio, luego rojizo, luego dorado, después platino y por fin volvió a ser rubio, ¿verdad? Muchos cambios, la verdad, pero nada demasiado fuera de lo normal.

Pues hoy Dita se ha puesto osada. Me lo ha dejado marrón, amarillo, morado, verde, azul, negro, plateado, verde lima, rojo fuego y, en un momento dado, como un arco iris completo.

Me lo ha puesto de punta, rizado, largo, a la altura de los hombros, apenas existente, y algunos de los peinados... podría haber sido feliz toda mi vida sin ver lo que Dita llamaba un "mohicano". Qué poco me pegaba. Ha estado bien para hacer unas risas, pero no sé si mi pelo volverá a ser el mismo. Está cansado.

Aunque a decir verdad, yo también. Creo que ya es hora de que vuelva al camino para ver qué hay por ahí. Me pregunto qué cambios habrá habido desde la última vez que estuve ahí fuera.

Te llevo en el corazón.

Querida Xena,

Hoy iba andando por el camino y de repente oí a alguien que gritaba pidiendo socorro. Vi a un niño que estaba en lo alto de un árbol y no conseguía soltarse el pie del sitio donde se le había quedado encajado. Estaba intentando coger nueces y lo había metido ahí para evitar resbalarse.

Gran idea, hasta que quiso bajar y se encontró atrapado.

De modo que subí y lo ayudé a bajar. Entonces me llevó a su casa para que conociera a sus padres, que me dieron de comer y una habitación para pasar la noche como modo de darme las gracias.

Es agradable volver a estar en el camino. Lo he echado de menos más de lo que me imaginaba. Pero no tanto, ni por asomo, como sigo echándote de menos a ti.

Querida Xena,

Hoy ha sido uno de esos días en que más vale no levantarse. Nada ha salido bien. Desde que esta mañana me despertaron unos bandidos hasta el momento en que pisé un avispero oculto en el suelo, mi día no ha hecho más que ir cuesta abajo sin frenos.

Empezó de verdad con unos bandidos que intentaban entrar sigilosamente en mi campamento antes del amanecer. Pensarías que podían caer en la cuenta de que bañarse les sería de ayuda, pero no... los olí casi al mismo tiempo que los oí. Una forma estupenda de empezar el día y encima se me agitó la sangre con cierto exceso. Me puse un poco ansiosa.

Por desgracia, la necesidad de entregarlos al alguacil más cercano hizo que me resultara imposible ocuparme de esa otra necesidad inmediatamente y la distracción resultante es seguramente lo que hizo que el resto del día me saliera mal.

Resulta que había una recompensa por esos hombres hediondos y la acepté, porque sabía que podría hacer algo bueno con ella... o al menos, pensé que podría. ¿Sabes eso que se dice de ir por lana y salir trasquilado?

Baste decir que después de ser perseguida campo a través por un toro enfurecido, de pisar el avispero, de estar a punto de quedar aplastada por un peñasco y de intentar no matar a un ciego que trató de atacarme porque pensaba que le estaba robando, he cogido un poquito del dinero de esa recompensa y lo he empleado en mí misma. Mañana, me ocuparé de repartir el resto entre los necesitados que hay aquí.

Pero esta noche, estoy sentada en una bañera de agua caliente viendo cómo desaparecen las picaduras de avispa y notando cómo se me va pasando despacio el dolor de los músculos. Se podría pensar que a mi edad ya no me tendrían que doler, pero me duelen y echo de menos uno de esos masajes tuyos para quitarme las agujetas después de un día como el de hoy.

El caso es que mi necesidad de sangre ha quedado satisfecha, me esperan una comida caliente y una cama cómoda y esperemos que mañana sea un día mucho mejor.

Te veo en mis sueños.

Querida Xena,

Voy a volver a Chin, o China, como se llama ahora. Todavía me quedan muchas cosas por ver en ese país. Quién sabe, a lo mejor recorro esa Gran Muralla que tienen.

Me queda mucho camino por delante para llegar y hay mucha gente con quien hablar y a quien ayudar durante el viaje. Menos mal que tengo tiempo de sobra para hacerlo.

El linaje de Lao Ma ya no está en el poder, por lo que he oído, y la casa gobernante es ahora una familia conocida como la dinastía T'ang. Han traído la prosperidad a la nación, pero su política no me convence. Tal vez tenga que estar más atenta. Ya veremos.

Te echo de menos, Xena. Al menos ahora ya casi estoy a mitad de camino de ti.

La sonrisa de Gabrielle era melancólica cuando volvió al presente. Se acordaba muy bien de ese viaje. Fue la primera vez que se imprimió un libro en grandes cantidades para su distribución y el disfrute de todos los que pudieran leerlo. Gabrielle agradeció el tiempo que Xena había dedicado a enseñarle con paciencia tanto el idioma hablado como el escrito del pueblo de Lao Ma.


Cuando entró en la tierra de China, Gabrielle se vio obligada a ponerse una vez más su atuendo de samurai. Eso le suponía tener que luchar más a menudo, pero también zanjaba cualquier duda sobre su pericia que pudiera plantearse la gente, porque tenía la destreza y los conocimientos necesarios para respaldar su afirmación de que era samurai.

Sintió que volvía a adoptar fácilmente el papel de guerrera y se vio aceptada a regañadientes por esta sociedad dominada por hombres. Era difícil discutir con una mujer que te podía arrancar la cabeza del cuerpo con una mirada, una palabra o el roce de su espada en el cuello.

Poco a poco se fue corriendo la noticia de la existencia de una mujer guerrera, aunque las descripciones variaban de un sitio a otro. A veces era tan alta como los árboles que crecían en los densos bosques. Otras se decía que era tan ancha como las montañas que se alzaban al norte. Y otras se aseguraba que tenía llamas por ojos y el pelo de fuego.

Gabrielle sonrió con sorna cuando se enteró de esto último. Dado lo que le había hecho Dita a su pelo, cualquier cosa era posible, aunque habían pasado suficientes años para que a estas alturas ya hubiera vuelto a su color natural, incluso si Dita no se lo hubiera vuelto a poner normal antes de que Gabrielle se pusiera en marcha una vez más.

De modo que Gabrielle caminaba por las calles sin que nadie la reconociera, pero sin que nadie la molestara gracias a la espada que llevaba a la espalda. Pensaba que la gente veía la espada lo primero, lo último y siempre, y que la persona que la llevaba se convertía en algo secundario.

Cuando estaba en el mercado, hizo un descubrimiento asombroso.

En una esquina había un joven que ofrecía algo que parecían ser paquetes de pergaminos o juncos delgados a cualquiera que estuviera dispuesto aceptarlos. No muchos lo hacían, pues la capacidad para leer no estaba extendida en esta sociedad, pero a Gabrielle le pudo la curiosidad.

Cruzó la calle y alargó la mano pidiendo un paquete. El joven la miró guiñando los ojos, examinándola con cuidado de arriba abajo.

—¿Señora puede leer? ¿Puede leer chino?

Gabrielle se inclinó y asintió con la cabeza.

—Hai. Varios dialectos distintos, de hecho —respondió en la lengua materna del joven.

El hombre la miró con escepticismo y luego le mostró un paquete para que lo viera. Señaló el texto.

—Lee —ordenó.

Gabrielle habría sonreído burlona de no haber sido por el asombro que le producía lo que estaba viendo. En lugar de estar escrito a mano, este papel, que era de lo que se trataba, según veía Gabrielle ahora, estaba impreso con bloques de madera tallada. Por supuesto, había oído hablar del invento de este nuevo papel, así como del uso de bloques para imprimir en lugar de escribir a mano, pero ésta era la primera vez que lo veía en persona. Aún más interesante era el hecho de que se trataba de una especie de libro plano, en lugar del rollo de pergamino más común.

—¡Señora, lee ahora! —le dijo el joven con impaciencia.

A Gabrielle le dieron unas ganas espantosas de ponerle la cara del revés de un bofetón. En cambio, le sostuvo la mirada hasta que él la apartó y luego, con aire reverente, le puso los papeles en las manos.

—Convocatoria de la Asamblea —empezó ella—. Esto he oído. En una época Buda residió... —Habría continuado, pero el joven le quitó el libro de las manos. Lo miró extrañada.

—¿Cómo es que sabes estas cosas? —preguntó él con tono levemente acusador.

—Aprendí hace muchos años, con el Libro de Lao.

—¿Conoces el Libro de Lao?

—Hai. Aprendí cosas muy sabias de sus páginas.

El hombre parecía querer poner en duda sus palabras, pero ella ya le había demostrado que sabía leer. En cambio, alargó la mano y le ofreció el libro. Gabrielle le dio las gracias inclinando la cabeza con elegancia. Luego volvió a adentrarse entre el gentío del mercado y desapareció.

Gabrielle se quedó un poco decepcionada al ver que parecía ser más que nada un texto religioso, aunque valoraba varios de sus conceptos. Y estaba absolutamente embelesada con este nuevo método de compartir historias e ideas. Los libros podrían llegar a ser el no va más del futuro.


PARTE 9


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
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