Capítulo XIII


El Monte Olimpo no había cambiado mucho durante los trescientos ciclos que habían transcurrido desde su última visita, pensó Gabrielle distraída mientras miraba por la ventana. No sabía muy bien qué estaba mirando: era una bonita escena exterior de un lugar donde no había estado nunca. Unas bellas playas de arena blanca se fundían con la hierba verde que llevaba a un lago donde una cascada caía por la ladera de una montaña.

—Es total, ¿verdad? —preguntó Dita al entrar en la habitación—. Puse todas mis cosas prefes en una sola imagen para poder mirar fuera y ver siempre lo que quería.

Gabrielle asintió sin volverse.

—Es bonito —comentó distraída, dejando que la brisa le agitara el pelo. Afrodita se puso detrás de ella y posó una mano en los cabellos más largos.

—¿Te pasa algo, Gabs? Has cambiado cantidad, aunque tu pelo me recuerda mucho a esa chiquilla de Potedaia. —Afrodita esperó un momento, luego respiró hondo y se lanzó—. Te he echado muchísimo de menos. No tienes ni idea de la sorpresa que me llevé cuando apareciste en mi cuenco de las visiones hace un rato. ¿Dónde has estado, nena?

Afrodita notó el temblor de los hombros y sin decir nada más, dio la vuelta a Gabrielle y abrazó a la bardo. Por primera vez desde hacía una eternidad, Gabrielle correspondió plenamente al abrazo de otro ser y lloró en silencio como si se le estuviera partiendo el corazón. Dita no pudo controlar las lágrimas que le llenaron los ojos y se las secó cuando Gabrielle se apartó de sus brazos.

—¿Quieres hablar? —fue lo único que dijo.

Gabrielle asintió.

—Me gustaría. Sería agradable poder hablar con alguien que comprende la inmortalidad y lo que es realmente una eternidad.

Dita asintió, pero no dijo nada. Llevaba viva una eternidad cuando Gabrielle nació, y sin embargo, qué distinto debe de ser para ella, pensó la diosa. Yo nací inmortal, con los poderes de una diosa y un propósito inmortal en la vida. Gabrielle nació con la esperanza de vivir y morir como corresponde a la naturaleza humana.

En cambio, las hizo aparecer a las dos en su lugar preferido para relajarse: la bañera caliente, con chorros de agua y burbujas rosas incluidos. Con un suspiro, se acomodó y esperó a que Gabrielle hablara, sin comprender hasta ese momento cuánto había echado de menos sus conversaciones con la bardo. Una idea repentina hizo que Dita se incorporara de golpe y derramara burbujas por todas partes. Gabrielle la miró con cierto sobresalto.

—Perdona, nena. Es que se me acaba de ocurrir una cosa. —Desapareció y un instante después volvió a aparecer. Gabrielle parpadeó confusa por su repentino estallido de energía—. Chachi. Ahora ya estamos preparadas para charlar como es debido. Es que tenía que asegurarme de que Ares no venga por el morro, ya sabes, o sea.

—¿Morro?

—Sí, ya sabes... presentarse sin invitación. Hoy casi te pilla, que lo sepas. Así te he encontrado yo.

—¿Así me has encontrado? —Gabrielle empezaba a sentirse muy poco inteligente. No sabía si era por ella o por Afrodita o por su agotamiento o porque su mente estaba empezando a revivir el episodio de esa noche, pero fuera cual fuese la causa, su coherencia no estaba a la altura de las circunstancias y lo único que conseguía era repetir las partes pertinentes de lo que le decía Dita.

—Sí, ya sabes, es que desapareciste totalmente, o sea. No llevaste a las amazonas a esa islita tan guay. Lo comprobé una y otra vez. Incluso miré en todas esas otras islitas y no te encontré, o sea. ¿Dónde fuiste, nena?

Gabrielle tragó con fuerza.

—¿No te olvidaste de mí? —preguntó con un hilito de voz.

—Ni hablar, preciosidad. ¿Por qué iba a hacer una cosa tan cutre? —La diosa alargó la mano y apartó el flequillo de la cara de Gabrielle, dándole un ligero beso en la frente—. Eres mi amiga.

Los acontecimientos de la noche y trescientos años de soledad alcanzaron a Gabrielle de una forma muy repentina y violenta.

—Creo que voy a vomitar —dijo, y salió corriendo de la bañera. Afrodita la siguió, la tapó, le secó la cara y le dio un poco de agua cuando terminó. Luego las vistió a las dos y las hizo aparecer en la habitación de sus aposentos que había reservado para Gabrielle. Con ternura, arropó a la bardo y se trasladó a su propia habitación, reflexionando sobre la reacción de Gabrielle. Se levantó dos veces para calmar las pesadillas que atormentaban el sueño de Gabrielle. Tardó mucho tiempo en cerrar los ojos para descansar.


Gabrielle no tenía modo de saber cuánto tiempo había pasado cuando por fin abrió los ojos. Había acabado profundamente dormida sin soñar, aunque sus pesadillas regresaron vívidamente a la luz del día. Cerró los ojos y aguantó hasta que se le pasaron las náuseas. Sabía que irían desapareciendo con el tiempo. Pero lo que deseaba era no tenerlas en absoluto.

Con un suspiro, la bardo se levantó de la cama y se dirigió a la ducha que Dita había instalado para ella, después de que comentara cuánto echaba de menos las cascadas que Xena y ella habían compartido. No era lo mismo, claro: faltaba Xena y el agua era agradablemente cálida, pero le gustó de todas formas, y salió de ella sintiéndose mejor de lo que se sentía desde hacía tiempo.

Gabrielle investigó un poco su habitación y descubrió que Afrodita había dispuesto las cosas para que estuviera a gusto. La consideración de la diosa estuvo a punto de hacerla llorar de nuevo, pero sacudió la cabeza y se vistió, dispuesta a encontrar a su amiga. Llevaban separadas demasiado tiempo y tenían mucho de que hablar.

Afrodita apartó la mirada de su cuenco de las visiones cuando Gabrielle llamó con timidez a la puerta, se quitó las gafas y contempló a la bardo sin tapujos. Lo que vio la hizo sonreír con tristeza. La inmortalidad se estaba cobrando un precio en Gabrielle, como revelaba la vejez de sus ojos. Pero tenía mejor aspecto tras haber dormido toda la noche y estaba tan en forma y esbelta como la recordaba Afrodita en su juventud. Dita sonrió. Recordaba bien a varios de los dioses que se dedicaban a observar al dúo para ver si Gabrielle iba a perder un poco más de ropa cada vez que obtenía un atuendo nuevo.

Gabrielle se fijó en la extraña sonrisa y se preguntó a qué se debería. Pero no tardó en olvidarlo, porque Afrodita le dijo que entrara en la sala de trabajo. Sin dudarlo más y segura de que era bien recibida, Gabrielle fue derecha a los brazos de Afrodita y la estrechó con fuerza.

—Buenos días, cosita —dijo la diosa a través del nudo que tenía en la garganta. La muestra de afecto era totalmente inesperada y sabía que, viniendo de Gabrielle, detrás de ese gesto había una auténtica amistad. Besó a la bardo en la cabeza y le alisó el pelo al tiempo que se echaba hacia atrás ligeramente para atrapar esos ojos verdes con los suyos—. Esta mañana tienes mejor aspecto. ¿Cómo te encuentras?

—Mejor. Me alegro de estar aquí. Te he echado de menos.

—¡Oh, nena! —La volvió a abrazar con fuerza por un instante—. Yo también te he echado de menos. —Dita retrocedió, cogió a Gabrielle de la mano y la apartó del cuenco de las visiones para llevarla a una mesa cargada con todas las viandas preferidas de Gabrielle, o al menos, las que conocía Afrodita.

Comieron un rato en silencio y por fin Gabrielle se reclinó y miró a Afrodita directamente a los ojos.

—Te debo una disculpa.

El rostro de Dita se llenó de confusión.

—¿Sí? ¿Por qué?

Gabrielle miró su plato, dejó el pan y juntó las manos en el regazo.

—Por dudar de ti. Sabía que tendrías que buscarnos cuando nos desviamos tanto de nuestro curso, pero cuando fueron pasando los años y no apareciste, pensé que estabas... —Encogió los delgados hombros—. No sé... demasiado ocupada, o que te habías olvidado de mí.

Afrodita se mordió los labios, controlando la sonrisa triste que le provocaba el aspecto desamparado que tenía Gabrielle en este momento. Siempre había sabido que la bardo era una persona de carácter fuerte, independiente y con voluntad de hierro, y el hecho de que siguiera cuerda después de trescientos años de soledad casi total era la prueba de ello. Pero hasta ella... por Hades, sobre todo ella comprendía lo solitaria que podía ser la inmortalidad. Y admiraba el valor de Gabrielle al reconocer que necesitaba una amiga que lo comprendiera. A los olímpicos les había hecho falta que llegara el Crepúsculo para reconocer que tenían necesidades, y hasta en ese momento lo habían estropeado todo de tal modo que casi supuso su aniquilación.

Dita se levantó de su silla y rodeó la mesa para arrodillarse al lado de Gabrielle. Alargó una mano y le levantó la barbilla a Gabrielle para mirarla a los ojos, al tiempo que cubría las manos unidas de la bardo con la otra.

—Oh, nena, jamás me he olvidado de ti, igual que tú no te has olvidado de mí. Es que no lograba encontrarte. Desapareciste por completo de mi pantalla. En cuanto te encontré, aparecí ante ti. Y debo decirte, colega, que no sabes el gusto que me dio verte.

Gabrielle dirigió a Afrodita una sonrisa auténtica, aunque llorosa.

—¿De verdad?

—Absolutamente. Me alegré muchísimo de volver a verte. —Hizo una pausa, apartó el flequillo de los ojos de Gabrielle e hizo aparecer una silla debajo de ella—. Ya estoy un poco mayor para estar de rodillas. —Se animó al oír la risa suave de Gabrielle—. Bueno, dime dónde has estado... qué ha pasado.

Y por primera vez desde hacía mucho tiempo, Gabrielle adoptó su personalidad de bardo y con placer y entusiasmo contó la historia del viaje de las amazonas a su nueva patria. Afrodita se sintió por turnos emocionada, horrorizada, apabullada y feliz. El relato se volvió melancólico cuando Gabrielle habló de las amigas que habían pasado al más allá.

Afrodita sentía la soledad del alma de Gabrielle, y maldijo de nuevo a su hermano por la difícil situación en la que ahora se encontraban todos, pero especialmente Gabrielle. Vio que Gabrielle se había retirado del mundo que la rodeaba para intentar hacer frente a su aislamiento del mundo mortal tal y como lo había conocido. Se sentía picada por la curiosidad, y cuando la bardo hizo una pausa, Afrodita intervino.

—¿Y qué te ha hecho volver a salir, Gab? O sea, parece que estabas instalada totalmente en tu nuevo territorio.

Gabrielle se rió por lo bajo.

—Creo que habría acabado saliendo de todas formas. Me empezaba a sentir... mm... encerrada. Pero hubo una crisis en la Nación que nos obligó a salir al mundo y entonces, una vez más, Roma —su tono se endureció—, destruyó años de conocimientos y semanas de duro trabajo.

Dita arrugó el entrecejo, preocupada.

—¿Qué clase de crisis? A lo mejor puedo ayudar.

—No sé...

Afrodita se sintió profundamente herida por la falta de fe de Gabrielle en ella y sus capacidades.

—Vamos, Gab... al menos déjame intentarlo.

—Oh, no, Afrodita. —Gabrielle agitó una mano para interrumpir lo que iba a decir la diosa y luego cogió las manos de Dita con delicadeza—. Lo siento. No pretendía despreciarte a ti ni a tus capacidades. ¡Tú sabes que me pareces superguay!

Afrodita no pudo evitar echarse a reír y olvidarse de su enfado cuando Gabrielle le sonrió con total sinceridad en esos grandes ojos verdes y un rubor monísimo. Se inclinó y besó a Gabrielle en la frente y todo quedó perdonado entre ellas.

—Vale, ¿entonces...?

—No sé qué clase de crisis. Es decir, habíamos venido para buscar una cura para una enfermedad que estaba matando poco a poco a la Nación. Yo traía una lista de síntomas como guía, pero aún no habíamos descubierto lo que era y mucho menos cómo curarlo —dijo con bastante amargura—. Supongo que he vuelto a fallar a la Nación.

Dita se levantó y cogió sus gafas, un poco molesta porque en realidad las necesitaba más de lo que quería reconocer. Alargó una mano hacia Gabrielle, que la cogió y se levantó con expresión interrogante.

—Vamos. Seguro que podemos solucionarlo. Al fin y al cabo... aquí tengo la biblioteca olímpica a mi disposición, y si eso no funciona, siempre podemos ir a Roma.

Gabrielle arrugó la cara con asco.

—Claro, que a lo mejor no —replicó Dita alegremente y tiró de la mujer más menuda para llevarla a su mesa.

Gabrielle se habría sentado a un lado de la mesa, pero Afrodita siguió tirando de ella hasta llevarla al lado donde ella trabajaba. Agitando la mano, hizo aparecer un mapa del mundo conocido encima de la mesa. Gabrielle se quedó mirándolo, intrigada por la forma en que parecía estar iluminado desde dentro y preguntándose cómo se conseguía. Pero volvió a prestar atención al mapa mismo cuando Afrodita empezó a hablar de nuevo.

—Vale, preciosidad. Éste es el mundo tal y como lo conocemos: Grecia, Britania y Escandinavia, Roma, Galia, Egipto, India y Chin. —Fue señalando cada uno de los lugares en el mapa y omitió Japa deliberadamente. No hay necesidad ahora de sacar a la luz esos recuerdos. En los cuadrados que quedaban en el mapa no había nada más que agua y nubes—. Éstas son las islas de Ceilán. —Indicó su destino original—. Así que, ¿dónde estabas?

Gabrielle miró el mapa, luego levantó la vista hacia el techo y cerró los ojos.

—Hicimos cartas de navegación cuando nos dimos cuenta de que no nos dirigíamos donde creíamos. Y las actualizamos en el viaje de regreso a Egipto. —La bardo arrugó la frente pensando—. Era rarísimo... todas las estrellas que conocía tan bien cuando estaba con Xena habían cambiado. Algunas estaban del revés y otras habían desaparecido por completo. Y había algunas nuevas que no había visto en mi vida.

Gabrielle abrió los ojos y volvió a mirar el mapa.

—Por lo que pudimos averiguar, acabamos en un lugar que estaba más o menos... —Señaló una zona que casi se salía del mapa cubierto de nubes—. Aquí.

Afrodita enarcó las cejas hasta el nacimiento del pelo.

—¿Estás segura?

—¿Puedes...? —Gabrielle indicó el techo—. ¿Puedes poner las estrellas encima de nosotras?

Dita la miró extrañada y luego hizo un gesto para que aparecieran las constelaciones en lo alto. Gabrielle estudió el cielo, dando vueltas hasta que estuvo segura.

—Vale —dijo, sacando un trozo de pergamino de su zurrón—. Éste es el aspecto que tienen en la patria de las amazonas.

Afrodita cogió el pergamino, lo estudió y cambió el cielo que tenía encima hasta que se pareció al dibujo que tenía en las manos.

—¿Así?

Gabrielle lo observó atentamente y por fin asintió.

—Sí.

Dita se quitó las gafas y mordisqueó pensativa la patilla.

—Pues muy bien. Tenemos que dirigir la red divina mundial un poco hacia el sureste para ver si conseguimos una lectura de este sitio nuevo tan molón. Vamos.

Se trasladaron a la zona donde estaba la rdm y Dita encendió la pantalla.

—Vale... si hacemos... —Giró un mando y pulsó un par de botones—. Y luego hacemos... —Otro botón—. Y luego... —Apuntó a la pantalla con su cajita negra—. Deberíamos... —Esperó un momento y luego pegó una palmada en un lado del monitor—. Ah, sí —dijo Dita cuando la imagen apareció claramente—. Guay. Vale, a ver si encontramos a unas amazonas.

Gabrielle se quedó mirando fascinada cuando las conocidas orillas de la Nación aparecieron en pantalla.

—Chachi —dijo Dita—. Parece que has acertado totalmente, preciosidad. Genial. Ahora, a ver si descubrimos qué les pasa a estas supernenas y cómo arreglarlo, o sea.

Fueron pasando por encima de la Nación hasta que llegaron a la cabaña de la sanadora. Pasaron a la cabaña de la regente, al comedor, donde en ese momento del día sólo estaban las cocineras, y por fin llegaron a la sala del consejo.

Aquí estaban sentadas las dirigentes de la aldea, incluida la sanadora, que en ese momento estaba respondiendo a una pregunta de otro de los miembros del consejo.

—Bueno, estoy segura de que lo que traigan la reina Gabrielle y las demás nos será de ayuda si alguna vez vuelve a suceder, pero esperemos que haya quedado destruido por el incendio que arrasó la llanura oriental justo cuando se marcharon.

—¿Así que crees que se limitaba a esa zona exclusivamente?

—Eso parece, regente Cylla. Era el único punto en común que tenían todas las víctimas. Todavía no sabemos qué lo causó. Buitu parece pensar, y yo también, la verdad, que el fuego lo ha eliminado. Pero tardaremos un tiempo en estar seguras.

Cylla se pasó las manos por el pelo oscuro.

—Bueno, pues con algo de suerte, el fuego ha acabado con ello. Al menos, por ahora ha desaparecido, y la llanura oriental queda prohibida hasta nuevo aviso. Tal vez la reina pueda identificar el problema y así sabremos qué buscar si la cosa empieza de nuevo.

Dita notó más que vio cómo se le hundían los hombros a Gabrielle.

—Bueno —comentó alegremente—, la buena noticia es que vuestra plaga parece que se ha solucionado sola.

Gabrielle asintió abatida.

—La mala noticia es que no les he dado nada y después de lo que ha pasado... —Se interrumpió y Dita no tardó en intervenir.

—¿Qué ha pasado? Sé que, o sea, hiciste algo superfuerte que llamó la atención de Ares, pero me perdí un montón de cosas mientras te buscaba cuando te vi aparecer en mi pantalla, ya sabes.

Gabrielle suspiró y se le hundieron los hombros incluso más que antes.

—Las amazonas han descubierto la verdad que hay detrás de mi inmortalidad.

—Oh —fue lo único que dijo Dita, pero en esa sola exclamación se encerraba un mundo de expresividad.

—Sí, oh —repitió Gabrielle—. Ya había decidido quedarme, para ver si aún te acordabas de mí o lo que fuera —dijo encogiéndose levemente de hombros—, pero...

—Pero esto ha sido como si alguien hubiera tomado la decisión por ti.

—Sí, y sé que lo que necesitábamos estaba allí, en alguna parte. Lo habríamos encontrado. —Sonrió un poco—. Aunque era frustrante... por eso no estábamos en la biblioteca cuando se incendió. Necesitábamos descansar un poco.

Afrodita se quedó ensimismada un momento y Gabrielle volvió a pensar en lo que había ocurrido y en lo que podría haber hecho de otra forma. De repente, Dita se levantó y volvió a coger a Gabrielle de la mano.

—Vamos. Tengo una idea.

Fueron a la inmensa biblioteca que había en el Olimpo y las dos estornudaron violentamente por la cantidad de polvo que había en la gran sala.

—Parece que este sitio no se usa mucho —comentó Gabrielle con humor al tiempo que se frotaba las manos para librarse de la mugre.

—Mm, no —contestó Dita encogiéndose de hombros con aire cohibido—. La verdad es que no recuerdo cuándo fue la última vez que estuve aquí. Mmm —dijo, contemplando las torres de estantes. Entonces pareció tomar una decisión—. Ven —dijo Dita, llevando a Gabrielle hasta una consola—. ¡Uuh! ¡Qué asco! Espera un segundín. —Y agitando la mano, hizo desaparecer sin más siglos de polvo y abandono. Echó otro vistazo, contenta con la diferencia—. Muuuuucho mejor. Vale, a ver... quiero que te sientes aquí y... Oh, o sea, todavía no sabes escribir con teclado, creo.

Apartó el teclado y lo sustituyó por un pergamino, pluma y tinta. Gabrielle se quedó mirando un poco más el extraño instrumento y luego se volvió hacia Dita con una pregunta muy seria.

—¿Por qué están todas las letras mezcladas?

—Por favorrrr... como si alguien me lo fuera a explicar. Corre el rumor de que era una prueba que se inventó Hera para Zeus, pero la verdad, vete tú a saber. —Se encogió de hombros y agitó las manos—. Bueno, pero eso ahora no tiene la menor importancia. Ahora mismo, preciosidad, quiero que te sientes aquí y escribas superbien cada detalle que recuerdes de esta... cosa... enfermedad... plaga, lo que sea... que estaba jorobando a tus amazonas. Luego lo meteremos en la red y con eso tendremos un apaño, tal que ya.

Gabrielle meneó la cabeza, quedándose con las partes importantes de lo que había dicho Dita y olvidándose del resto. Se sentó inmediatamente, mojó la punta de la pluma, metiéndola en el tintero, y se puso a escribir. Se había aprendido los síntomas de memoria. No tardaría mucho.

Dita volvió a su sala de trabajo y se quedó bastante sorprendida al ver a Ares esperando fuera de la puerta.

—¡Hola, hermano! ¿Cómo lo llevas?

Ares se apartó de la pared y se encogió de hombros.

—Hacia la izquierda. —Sonrió burlón por la cara que puso Dita al oír su respuesta—. Oye, lo has preguntado.

—DI, hermano... DI a tope.

Ares soltó una carcajada.

—No haber preguntado.

Dita se echó a reír. A pesar de que era como un auténtico grano en el culo, quería de verdad a Ares y lo echaba mucho de menos ahora que pasaba tanto tiempo en Roma.

—Sí, es cierto. —Hizo una pausa—. Bueno, ¿qué hay? —Esperaba que Gabrielle se tomara su tiempo antes de volver.

—No mucho —contestó él, siguiéndola al interior de su sala de trabajo—. Se me ha ocurrido pasarme a saludarte antes de volver al trabajo. Los romanos me tienen muy ocupado últimamente... o yo los tengo a ellos muy ocupados... —Se encogió de hombros de nuevo e hizo un gesto despreciativo con la mano—. Da igual. Es que, mm... —Dio una patada en el suelo con la punta de la bota y se le puso aire de crío pillado con la mano metida en el tarro de las galletas—. Es que te echaba de menos. —Y no mencionó la extraña sensación que tuvo en Alejandría y que había hecho que se acordara de su casa y de ella.

Afrodita estalló en sonrisas y chispas.

—Oh, Ares, eres un cielo. —Se le pusieron los ojos algo llorosos—. Yo también te echo de menos... os echo de menos a todos. A veces me siento un poco sola aquí sin nadie.

—Bueno, Dita, ya lo sabes... podrías venirte a Roma. —Pero mientras lo decía, supo que no lo haría.

—No, ésta es mi casa —dijo suavemente—. Me paso mucho por allí, pero es que no es lo mismo.

Ares asintió, pues sabía que era cierto. Los romanos lo tenían mucho más atareado de lo que se había imaginado, pero seguía añorando los viejos tiempos... Grecia y el Olimpo.

La abrazó torpemente y luego se apartó, casi avergonzado por lo que parecía una debilidad.

—Tengo que volver —dijo—. A lo mejor consigo reunir a algunos de los demás y nos pasamos a hacerte una visita.

—¡Oh, qué idea tan supertotal, hermano! ¡Eres guay!

Ares no pudo evitar el rubor que tiñó su rostro ni la sonrisita que se le dibujó en los labios. A pesar de sus diferencias, Dita era y siempre sería su preferida. Tenía la capacidad de volverlo loco... de las muchas y diferentes maneras en que era posible hacerlo.

—Tú también. ¡Hasta luego! —Y desapareció con una cortina de fuego azul antes de que ella pudiera responder.

Afrodita se quedó clavada en el sitio, contemplando por un instante eterno, con los ojos llenos de lágrimas, el punto donde había estado. Sólo cuando Gabrielle carraspeó detrás de ella, la diosa del amor respiró hondo y se secó los ojos sin mucho disimulo.

—Ah, mm... lo siento, Dita. Si es un mal momento...

—No, nena. Es un momento perfecto. Es que estaba, mm... —Afrodita se mordió el labio, sin saber muy bien qué decir.

Gabrielle se encogió de hombros.

—Bueno, he terminado bastante deprisa, pero... —Cuando oí la voz de Ares, pensó, aunque no lo dijo en voz alta—. Decidí echar un vistazo por la biblioteca. —Se le iluminaron los ojos al recordar la emoción—. Podría pasarme días enteros ahí dentro.

Dita le dirigió una sonrisa auténtica.

—Pues tienes tiempo. Pero primero vamos a ver qué tienes ahí y a ocuparnos de las cosas serias.

La diosa volvió a su mesa, quitó el mapa virtual y lo sustituyó por su pantalla de la red divina. Se había llevado una buena sorpresa al descubrir que había tierra más allá del mundo conocido, y Dita se preguntó por un instante qué otras realidades se estaban perdiendo. Luego volvió a concentrarse en la tarea que tenían entre manos.

Afrodita se enfrascó de tal modo en lo que estaba haciendo que ni oyó a Gabrielle acercarse hasta que la bardo le puso una mano en el hombro. Dita levantó la mirada, sobresaltada.

—Gracias, Afrodita.

Gabrielle no dijo nada más que eso, pero en realidad no le hacía falta. Dita comprendió lo que decía y aún más lo que no decía y asintió, aceptando el sentimiento con una sonrisa. Luego respiró hondo.

—Bueno, te voy a ser sincera, nena. No he descubierto gran cosa sobre este tema. Al parecer, esto es algo supernuevo... —Sonrió con tristeza al ver la expresión derrotada de Gabrielle—. Pero voy a investigarlo un poco más. A ver si al menos podemos descubrir el por qué... ya sabes... para evitar que ocurra otra vez.

—¿De verdad crees que podemos, Afrodita?

—Bueno, creo que si está en la base de pergaminos, podremos. —Se calló, pellizcándose el labio, y continuó—. La mala noticia es que la hemos mantenido fatal, así que... —Se encogió de hombros—. Pero seguiremos intentándolo. —Le dio unas palmaditas a Gabrielle en el brazo—. Bueno —dijo Dita, volviéndose de nuevo hacia la pantalla, pero el fuerte rugido del estómago vacío de Gabrielle interrumpió sus ideas—. Mmm... me parece que será mejor que demos de comer a esa bestia que te ronda por ahí dentro. ¿Te apetece algo concreto?

—Xena —afirmó Gabrielle sin pensar, y entonces se puso colorada hasta las raíces del pelo. Se frotó la cara con la mano—. Lo siento, no quería decir eso.

Afrodita se echó a reír a carcajadas.

—No, pero lo has dicho super en serio, ¿verdad? —Cogió a Gabrielle de la mano y la llevó hacia lo que en cualquier otro lugar se habría llamado cocina. Miró de nuevo a la sonrojada bardo—. Oye, no es nada de lo que te tengas que avergonzar. Creo... no, que lo que tenéis vosotras dos es totalmente guay. —Dudó y luego continuó—. Aah... ¿puedo decirte una cosa con total franqueza, así entre amigas?

La seriedad de su tono hizo levantar la cabeza a Gabrielle con preocupación y se olvidó de su vergüenza al ver el rostro acalorado de Afrodita.

—Puedes decirme lo que quieras. Las chicas tenemos que apoyarnos, ya lo sabes.

Afrodita posó la mano en la mejilla de Gabrielle y le dio un beso en la frente. Luego se dio la vuelta y se dirigió hacia la comida. Gabrielle esperó, un poco desconcertada, y luego la siguió con paciencia, pues sabía que Dita hablaría cuando estuviera preparada. Dita se puso a hurgar para prepararle algo de comer a Gabrielle.

—Lo que tenía con Hefi, lo que tengo con Vulcano, que es como se llama ahora... es un tío estupendo y lo quiero mucho. Siempre ha sido bueno y maravilloso. Muy cariñoso y atento y, aunque llevamos siglos juntos, seguimos sintiendo pasión el uno por el otro. —Miró a Gabrielle para ver si estaba prestando atención y luego asintió satisfecha cuando la bardo le hizo un gesto para que continuara. Afrodita le puso delante una fuente de comida, luego rodeó el mostrador y tomó asiento al lado de Gabrielle. Miró a propósito hacia delante en lugar de a Gabrielle, pues no quería influir sus pensamientos y sentimientos con sus expresiones faciales—. Así y todo, con eso de que soy la diosa del amor, me muevo mucho, y nunca, ni una sola vez, jamás he encontrado un amor como el que tenéis Xena y tú. Ni en el mundo ni para mí misma. Me sentía celosa.

Gabrielle se atragantó con un poco de comida que se le fue por mal camino al tomar aliento demasiado deprisa. Afrodita se apresuró a darle golpes en la espalda para desatascarla. Por fin, Gabrielle respiró hondo y cogió el agua que le puso Dita delante.

—Disculpa... lo siento. ¿Has dicho que estabas celosa?

—Sí —contestó Dita, mordiéndose el labio—. Es decir... es que... mira, Gab, los dioses no tienen almas gemelas, y a veces, cuando os veía a Xena y a ti juntas, me entraban celos. Seguramente por eso estábamos todos siempre enredando con vosotras.

—¿Intentando que rompiéramos? —preguntó Gabrielle con un susurro angustiado, ahogada casi por la intensidad del dolor que sentía por la soledad de trescientos años y una eternidad de soledad por delante.

Por fin, Dita se volvió y miró a Gabrielle, pasándole un brazo por los hombros para reconfortarla.

—Mm-mm. Veros juntas, más fuertes y más unidas que antes... era... asombroso.

—Sí, hasta esa última vez.

—Bueno, habría sido fabuloso, si la cosa hubiera salido como se suponía que tenía que salir —contestó Dita, y luego hizo un gesto para desechar esos pensamientos—. Supongo que lo que quiero decir es que comprendo que la echas de menos y por qué la echas de menos e incluso hasta cierto punto, comprendo por qué no puedes estar con nadie más. —Dita meneó la cabeza—. Aunque no creo que yo pudiera renunciar a eso.

Gabrielle sonrió con aire socarrón, pues quería salir de la depresión en la que se encontraba y tenía ganas de tomarle un poco el pelo a Dita.

—Eso es porque nunca has tenido a Xena. Se te quitan las ganas de cualquier otra cosa.

Gabrielle se bajó de la banqueta donde había estado sentada y regresó a su habitación. Afrodita se quedó sentada totalmente inmóvil durante un momento, con la mandíbula desencajada por el pasmo. Luego se giró y prácticamente echó a correr para alcanzar a Gabrielle justo cuando abría su puerta.

—Oye, Gab, supongo que no querrías...

—No.

—Ni siquiera...

—No.

—Pero yo...

—No.

—Es superguay ver un amor así —dijo Dita dándole otro beso a Gabrielle en la cabeza—. Me alegro de que le haya ocurrido a una tía tan estupenda como tú. Ahora —dijo, antes de que Gabrielle pudiera decir palabra—, ve a descansar un poco. Mañana tenemos mucho que hacer y quiero que estés descansada desde el principio.

Gabrielle no se había dado cuenta de que estaba agotada hasta que las palabras salieron de labios de Dita, pero ahora no pudo reprimir el bostezo que amenazaba con romperle la mandíbula. Se echó ligeramente hacia delante y rozó con los labios la mejilla de Afrodita.

—Buenas noches, Dita —dijo, tras lo cual entró en su habitación y cerró la puerta suavemente al pasar.

La diosa se quedó totalmente inmóvil otro minuto y por fin dirigió sus pasos hacia su propia habitación.

—Y es un mal rollo total que la diosa del amor nunca pueda conocer un amor como ése —susurró abatida antes de pasar a sus dominios.


Gabrielle volvió al presente sobresaltada. Sonrió al recordar cuánto tiempo había tardado en comprender exactamente lo que Afrodita no decía, y se juró ir a visitar a su amiga en cuanto encontrara a Xena y estuvieran juntas en casa de nuevo.


Capítulo XIV


Xena viajó muchos días hacia el este antes de encontrar señales de civilización, o al menos de otra vida, se burló su mente, pues sabía que la civilización era una capa de barniz muy fina para la mayoría de la humanidad. Si le hubieran preguntado por qué viajaba hacia el este, no habría sabido qué responder, salvo que era un instinto muy antiguo que seguía y que las pocas ocasiones en que no había hecho caso de esa sensación interna, lo había pagado muy caro.

Sin embargo, ahora se acercaba a las afueras del pueblo, y notó inmediatamente que había llamado la atención de todo el mundo. Las miradas y los susurros la llevaron a colocarse con más firmeza la máscara de guerrera y su expresión se hizo inescrutable mientras sus dos compañeros y ella cruzaban el pueblecito.

Era poco más que la aldea que había sido Anfípolis, advirtió con humor. Tan sólo un conjunto de fachadas destartaladas apiñadas en la inmensa pradera. Miró despacio a su alrededor, advirtiendo que la conversación que oía era en un idioma que no entendía. Se le hundieron los hombros internamente, aunque no dio muestras del contratiempo que notaba que iba a ser esto para su búsqueda. Ya era bastante malo no tener un caballo —la tribu los necesitaba para la guerra y no encontró justificación para llevarse uno para su uso particular, aunque el chamán se lo había ofrecido— y ahora parecía que el tiempo que había dedicado a aprender el idioma de su pueblo adoptivo no había servido de nada. Los sonidos que oía procedentes de los desconocidos que la rodeaban le resultaban ininteligibles.

Las palabras podrían ser extrañas, pero Xena reconoció sin dificultad los gestos que indicaban que no era bien recibida en el pueblo. Un joven se adelantó, con claras intenciones en su lenguaje corporal, pero antes de que pudiera tocar a Xena, se encontró con la mano atrapada férreamente entre las fauces de una pantera.

El hombre chilló de dolor, pero nadie hizo un gesto para ayudarlo. Estaba claro que esta mujer... guerrera... india... lo que fuera... era mucho más de lo que parecía ser. Xena habló suavemente al felino y éste se volvió y la miró con una expresión que sólo se podía interpretar como incredulidad. Ella lo miró enarcando una ceja, y con un sonoro suspiro de disgusto, la pantera abrió las fauces y soltó al humano, asegurándose de lamerse bien los labios para no perder ni una sola gota de sangre antes de retroceder ligeramente para colocarse al lado de su pareja.

—Eh —dijo un anciano canoso desde el fondo del pequeño gentío—. ¿Hablas americano?

Xena lo miró confusa, haciendo un gesto negativo con la cabeza. La gente se quedó mirándola un poco más y por fin se alejó, dejándola sola salvo por un hombre de mediana edad y su esposa nativa.

—¿Eres cheyén?

Xena se señaló a sí misma.

—Xena... Natsêhestahe notaxe.

La mujer abrió mucho los ojos y se adelantó un paso. Xena asintió y se abrió la camisa lo suficiente para echársela hacia la izquierda. Era un tatuaje que no se parecía a ninguno que hubiera visto la mujer hasta ahora, aunque en él aparecían las mismas marcas de garras que en el suyo, identificando a su tribu. Alargó una mano para tocar el extraño tatuaje y luego vaciló cuando un gruñido sordo empezó a emanar de la pantera sentada a sus pies. La mujer sonrió insegura a Xena y apartó la mano.

—Es cheyén —le dijo la mujer a su marido antes de volverse de nuevo hacia Xena. Señaló a la guerrera—. Xena —fue lo único que dijo. Luego se puso la mano en el pecho—. Ari. —Entonces señaló al hombre—. Michael.

Xena asintió a la mujer y alargó el brazo hacia el hombre, quien se lo estrechó sorprendido y complacido.

—¡Nenaasêstse! —dijo Ari suavemente. Xena la miró de hito en hito y luego decidió fiarse de su instinto y confiar en esta mujer que hablaba el idioma de su tribu... que era de algún modo parte de su tribu y sin embargo no lo era. Ari volvió a señalarse a sí misma—. Vovestomosanehe. Ari enseñará a Xena las costumbres del hombre blanco.

Se quedaron un rato en silencio mientras Xena reflexionaba sobre las palabras y el tono. Por fin, Michael intervino.

—Otahe, Xena. Ari te puede ayudar.

Antes de que Xena pudiera hablar, notó un roce suave en la rodilla. Al bajar la mirada, vio al zorro que se frotaba contra ella de una forma extrañamente familiar. Una vez seguro de que contaba con la atención de Xena, el zorro miró a Xena a los ojos con confianza, transmitiéndole claramente lo que pensaba. La pantera se sentó detrás de su pareja, como si diera su aprobación al matrimonio que aguardaba pacientemente su respuesta.

Sin decir palabra, Xena miró de nuevo a Ari y a Michael, luego asintió y les hizo un gesto para que se pusieran en marcha.

Xena pensó en su extraña conducta, y entonces cayó en la cuenta de que hacía muchos, muchos años que no dependía tanto de otros como ahora. Y sus tan cacareados instintos le decían que pasar como una furia por aquí, fuera lo que fuese aquí, seguramente no sólo era mala idea, sino que probablemente echaría a perder cualquier posibilidad que pudiera tener de arreglar las cosas para Gabrielle y ella. De modo que se mordió el labio y siguió a Michael y a Ari hasta su carro, con la esperanza de no tardar mucho en aprender lo que Ari necesitaba enseñarle.

Xena era buena alumna y estaba deseosa de aprenderlo todo lo más deprisa posible, pues sabía que aprender y comprender más cosas sobre este lugar era la clave para empezar por fin a desentrañar el rompecabezas en que se había convertido su vida.


Xena pasaba los días aprendiendo el idioma y las costumbres de lo que ahora consideraba su hogar, y llegó a la conclusión de que éste era un lugar real y vivo y no un más allá. Era lo único que tenía sentido tal y como estaban las cosas, y sabía que ninguno de los dioses a los que conocía personalmente era lo bastante inteligente como para inventarse un más allá así de complicado sólo para torturarla. Además, la habrían dejado completamente sola y aquí había hecho amigos. Ahora sólo era cuestión de descubrir dónde estaba este sitio.

Al cabo de varias semanas de intensas lecciones y estudios, Xena le preguntó a Ari:

—¿Tienes un mapa del mundo conocido? Necesito ver dónde estoy para averiguar cómo puedo volver a casa.

La mujer india la miró extrañada, pero fue a buscar uno. Había guardado varios textos de historia, porque sabía que Xena tenía que concentrarse en el idioma y las matemáticas.

—¿Qué estás buscando, Ari? —preguntó Michael al verla entrar en el pequeño granero donde estaba guardado su baúl. Ella sonrió afectuosamente a su marido, agradecida de que hubiera estado dispuesto a enseñarle tantos años atrás, cuando se casaron.

—Las historias, Michael. Xena ha pedido un mapa.

El hombre enarcó las cejas hasta el nacimiento del pelo. La guerrera había dicho poco durante su estancia con ellos: hacía su trabajo para contribuir al mantenimiento de la casa, pero por lo demás prefería estar sola cuando no estaba estudiando con Ari. Se preguntaba qué hacía cuando estaba sola, pero no se sentía preparado para enfrentarse a su intensidad y la dejaba en paz con sus cosas. Además, los dos guías espirituales que había adquirido solían estar pegados a ella, y no tenía el menor deseo de vérselas con esa pantera.

—¿Michael?

Salió de su ensimismamiento cuando su mujer lo llamó de nuevo y le sacudió el hombro con suavidad.

—Perdona, Ari. ¿Qué?

—¿Te acuerdas de dónde he metido las historias?

Michael se pasó la mano por la cara sin afeitar, haciendo un ruido de sierra que hizo brotar una risa de los labios de Ari. Él sonrió contagiado, pues adoraba ese sonido, y luego se volvió hacia las pequeñas cajas que estaban apiladas ordenadamente junto al baúl.

—¿No las pusiste ahí? —Indicó la caja más pequeña y se agachó para abrirla. Sacó varios libros encuadernados y se los pasó—. ¿Ha dicho por qué las quería?

Ari frunció el ceño.

—Ha dicho que quería saber dónde está para poder ir a casa.

Ahora Michael frunció también el ceño.

—Vale... ésa es la cosa más rara que le he oído decir a un cheyén en toda mi vida. Qué diablos... es la cosa más rara que le he oído decir a nadie. ¿Cómo es posible no saber dónde se está?

Ari se encogió de hombros.

—No lo sé, pero sí que me dio la clara impresión de que lo decía totalmente en serio. Voy a llevarle todo esto.

Michael asintió.

—Ve. Yo todavía tengo que dar de comer al ganado antes de entrar. —Volvió a su trabajo al tiempo que Ari se levantaba del baúl donde se había sentado cuando Michael se puso a hurgar en las cajas—. Oye —la llamó cuando llegó a la puerta del granero—. ¿Qué hay de cena?

—Xena trajo un par de conejos cuando volvió anoche de cazar. Los he preparado para un estofado.

Michael asintió, pero no dijo nada. Le parecía bastante raro que la guerrera saliera a cazar de noche, pero tenía bastante éxito, de modo que no comentaba nada. Ari se dio la vuelta y regresó a la casa, donde Xena esperaba sin mucha paciencia.

Xena se levantó de la silla donde había estado sentada haciendo botar las piernas y jugando con sus dedos por el esfuerzo de no ponerse a dar vueltas hasta hacer un surco en el suelo ni salir a correr por las llanuras para gastar la energía nerviosa que corría por su cuerpo. Sus dos compañeros se miraron y luego la miraron a ella de hito en hito. En ese momento comprendían mucho mejor lo que estaba a punto de ocurrir de lo que podría haberlo comprendido Xena.

Ari fue a la mesa y le hizo un gesto a Xena para que se uniera a ella, cosa que la guerrera hizo a toda prisa. La mujer nativa abrió el más grande los libros que llevaba y le indicó a Xena que se acercara más.

—Esto son los Estados Unidos —dijo, señalando la gran masa de tierra que llenaba el mapa, y luego señaló el centro—. Y nosotros estamos aquí, en los Territorios.

Un destello de miedo inundó el rostro de Xena cuando su mente recordó con claridad el tormento que sufrió a manos de las Furias. De repente, sintió que estaba siendo castigada de nuevo con la locura, y sólo gracias a su voluntad de hierro consiguió permanecer junto a la mesa y poner en palabras la pregunta que le quemaba la mente.

—¿Ari? ¿Dónde está el resto del mundo? Grecia, Britania, Chin...

Ari arrugó confusa la frente durante un instante.

—¡Ah! —exclamó y alcanzó otro libro. Pasó las primeras páginas, y Xena volvió a distraerse un momento al pensar en lo que habría disfrutado Gabrielle con los libros. Xena tenía la esperanza de acabar averiguando cómo se hacían para poder hacer algo parecido para Gabrielle cuando volviera a encontrarla. Pero esa idea la trajo de vuelta a su actual situación y su frente se arrugó por la angustia.

Ari no se daba cuenta de la multitud de ideas que se cruzaban por la mente de Xena y depositó el libro en la mesa. Le puso una mano en el brazo a Xena cuando advirtió que la guerrera no estaba mirando el libro y volvió a señalarlo.

Xena se sacudió de encima todos sus pensamientos y prestó atención a Ari y al libro. Frunció el ceño ferozmente cuando se dio cuenta de que buena parte de lo que veía le resultaba desconocido. Xena se concentró en la voz de Ari.

—Aquí está Grecia y esto es... mm... bueno, esto es Gran Bretaña. Y aquí está, ah, China —explicó Ari vacilando, con la esperanza de que estos fueran los lugares que había mencionado Xena. En cualquier caso, eran lo más parecido a los nombres que había mencionado. Xena asintió al reconocerlos. Al menos algunas cosas no parecían haber cambiado, pero el resto del mapa...

—¿Qué son estos sitios? —Indicó el continente que estaba debajo de todos los demás y la gran masa de tierra que había al oeste—. Espera, esto es esos Estados Unidos que me acabas de enseñar, ¿no?

Ari asintió.

—Sí, y lo otro es una colonia penal británica llamada Australia. Hay...

—Ari, ¿cuándo es este sitio? ¿Qué ciclo es? —la interrumpió Xena algo frenética.

—¿Ciclo? —Ari se quedó desconcertada.

—Un ciclo... el paso de cuatro estaciones.

—Ah, ¿te refieres al año? Estamos en mil ochocientos treinta y cinco.

—No lo entiendo.

—¿El qué no entiendes? —preguntó Michael al entrar por el umbral en la casa.

—Mil ochocientos treinta y cinco.

Michael frunció el ceño.

—¿Qué es lo que no entiendes? —A pesar del aspecto que tenía Michael y de su forma de hablar algo descuidada, en realidad era un hombre muy culto que había estudiado y leído todo lo que había podido antes de trasladarse al oeste para asentarse—. Mira —continuó antes de que ella pudiera responder—. Deja que te enseñe cómo funciona el calendario juliano.

—¿El calendario juliano?

Michael asumió pose de profesor y hasta su forma de hablar cambió.

—Sí. El año del nacimiento de Cristo cambió nuestra manera de contar el paso del tiempo, y se atribuye a Julio César el concepto del calendario moderno.

La furia que sintió Xena al oír ese nombre se reflejó claramente en su rostro y el gruñido que le salió desde lo más hondo del pecho fue repetido por la pantera que había estado descansando tan contenta con su compañero.

—Ese cabrón se lleva... —Xena dejó de hablar al darse cuenta de que su reacción era bastante exagerada desde el punto de vista de Michael y Ari—. Perdón —murmuró, sin molestarse en dar explicaciones e intentando volver a concentrarse—. Sigue.

—Mm, sí —dijo Michael, carraspeando—. Bueno, el caso es que, según nuestro calendario moderno, han pasado mil ochocientos treinta y cinco años, o lo que tú cuentas como un ciclo completo de estaciones, desde el nacimiento de Cristo.

De repente, a Xena se le doblaron las rodillas cuando las implicaciones de lo que decía Michael empezaron a calar en su mente. Gracias a sus rápidos reflejos consiguió dejarse caer con gracia en la silla que habían apartado a un lado para poder estudiar el mapa.

Sus ojos azules se pusieron muy redondos y tragó varias veces intentando hablar, aunque su mente se había quedado sin capacidad para pensar con coherencia. Ari le puso un vaso de agua junto al codo y posó una mano delicada en su hombro.

—Xena —le dijo con preocupación maternal—, ¿estás bien? Estás tan pálida que parece que acabaras de recibir una visita del Gran Espíritu.

—Yo... —graznó Xena y entonces alcanzó el vaso con manos temblorosas y se lo bebió entero—. Yo... mm... disculpad —fue lo único que logró decir antes de salir disparada por la puerta para echar a correr por la llanura como si el propio Lucifer le pisara los talones.

Con la brusca salida de Xena, la personalidad de Michael como profesor desapareció y recuperó su habla lenta y cómoda.

—¿Qué crees que le ha pasado?

Ari meneó la cabeza, incapaz por completo de entender lo que había sucedido.

—No lo sé —dijo por fin al tiempo que iba a la puerta y se quedaba mirando la figura que iba desapareciendo rápidamente a lo lejos antes de cerrarla suavemente—. Pero me alegro de que sus guías espirituales estén con ella. —Entonces se trasladó a la cocina y removió el estofado que se estaba haciendo despacio, preguntándose qué demonios perseguían a la mujer guerrera a quien podía llamar amiga.


Xena no habría sabido decir cuánto tiempo estuvo corriendo. Lo único que sabía era que no se detuvo hasta que la luna estuvo en lo alto del cielo y la punzada que tenía en el costado la atravesó con una intensidad que no había sentido ni siquiera en el Tártaro. Cayó a la hierba y se le fue calmando la respiración, mientras gozaba de la humedad fresca del rocío sobre la piel.

Levantó la cabeza cuando dos cabezas cálidas y suaves aterrizaron con un ligero golpe sobre sus costillas y casi tuvo que sonreír al ver las miradas aviesas que le dirigían sus dos amigos animales.

—No os sintáis mal, chicos. Creo que yo misma me he pasado.

Dos suaves bufidos fueron la única respuesta.

Xena se tumbó de nuevo y contempló las estrellas, intentando comprender el caos que era ahora su vida. Desde Japa... Japón... pensó lúgubremente, recordando el nombre de la isla en el mapa de Ari. Me he convertido en alguien que ni conozco. ¿Desde cuándo huir de algo se ha convertido en mi primer instinto... mi primera elección?

Hizo memoria, sin hacer caso del costado que seguía ardiéndole. Por lo que podía calcular, llevaba en este lugar y esta época como un ciclo completo y, por lo general, había estado desequilibrada en cuanto a sus percepciones de este mundo y a sus reacciones ante todo lo que la rodeaba.

Cerró los ojos, pues las estrellas le recordaban demasiado íntimamente a la última noche de paz que había compartido con Gabrielle. Entonces los abrió de golpe por una revelación cegadora.

—Eso es —se dijo en un susurro, aunque sus dos compañeros alzaron la cabeza para mirarla—. Estoy desequilibrada desde esa noche... cuántos recuerdos y cuántas decisiones erróneas que me han traído al aquí y ahora donde me encuentro. La pregunta es... ¿puedo volver al lugar y el tiempo que me corresponden? ¿Y tal vez hacer las cosas de otra manera? —Pasó a pensar en voz alta—. Vale, Xena. Ya es hora de que seas la guerrera que eres y que siempre has sido. Ya es hora de empezar a actuar para que las cosas ocurran por ti, en lugar de reaccionar ante todo lo que te rodea.

Xena miró al zorro y a la pantera, que la miraban a su vez con silenciosa satisfacción.

—Supongo que habéis estado esperando a que me ponga en marcha, ¿eh? —Se echó a reír levemente—. Está bien. Lo primero que tengo que descubrir es cómo he llegado aquí. Y para hacer eso, creo que tengo que volver al lugar donde todo esto empezó para mí.

Se levantó despacio, con una mueca de dolor hasta que se estiró para hacer desaparecer el dolor que tenía en el costado.

—Pero creo que primero le voy a preguntar a Ari si puedo leer sus historias antes de marcharme. Necesito saber qué me he perdido en estos mil ochocientos ciclos... espera, ¿cómo los llamó Michael? Ñoños... maños... años. Eso es, años. Vamos, chicos.

Emprendieron el regreso.

—Creo que si vamos a seguir juntos, debería poneros un nombre. Ojalá supiera cómo os llamáis el uno al otro. —El zorro prácticamente le sonrió con guasa y ella sacudió la cabeza por lo mucho que le recordaba esa expresión a Gabrielle—. Aunque por otro lado —dijo riendo—, seguro que es mejor que no lo sepa, ¿eh? Vamos, Rojo —le dijo al zorro, y pegó un respingo al sentir un mordisquito en la parte de detrás de la rodilla—. Oye. —Miró hacia abajo con ojos fulminantes y se encontró con unos ojos igualmente brillantes que la miraban a su vez. Xena sacudió la cabeza sin poder dar crédito. Gabrielle la miraba con la misma indignación en las pocas ocasiones en que la llamaba "Roja"—. Pues vale. Pues no —murmuró Xena mientras el trío reemprendía el camino por la pradera—. Bueno, pues Rojo no... pero entonces, ¿qué?

Xena paseó la mirada del uno al otro mientras las ideas se acumulaban en su mente. Luz, Oscuridad. Yin y Yang. Bardo, Guerrera. Xena sonrió cuando se dio cuenta de los derroteros que seguían sus pensamientos. Estos dos eran realmente un buen reflejo de lo que Gabrielle y ella tenían juntas.

Observó a la pareja que caminaba tranquilamente a su lado.

—Ya lo sé —dijo por fin, con el rostro iluminado por una sonrisa auténtica—. Puesto que la tribu os ha nombrado mis guías espirituales, os daré nombres de espíritu. —Xena se volvió hacia la pantera—. A ti te llamaré Etor Anapuo, y tú —miró al zorro—, serás conocido como Melo Meion. —Se detuvo—. ¿Qué os parece?

Los animales dejaron de caminar y se comunicaron en silencio entre sí antes de frotarse ligeramente contra las piernas de Xena. Luego reanudaron el camino de vuelta a casa de Ari y Michael. Al paso que llevaban, no llegarían antes de mediodía.

Xena interpretó su reacción como aprobación y asintió. Entonces se puso a pensar de nuevo en su situación y en su hambre cada vez mayor. Era el hambre de sangre que notaba arder despacio por su cuerpo lo que la llevó a una serie nueva de ideas y obligó a Xena a enfrentarse de lleno con otro hecho que hasta ahora había estado esquivando cuidadosamente.

De algún modo, me he convertido en bacante. Es la única explicación que tiene sentido para esta sed de sangre que arde de este modo.

Frunció el ceño pensativa. No es lo mismo que conocía antes: no he adoptado forma animal y la sed de sangre misma es distinta... no como con Gabrielle. Así que, ¿cómo y cuándo ha ocurrido esto y qué puedo hacer para cambiarlo?

Casi de inmediato se le ocurrió otra cosa. Si esto está relacionado con lo que nos pasó con Baco, ¿eso quiere decir que Gabrielle...? Su mente se calló, pues sabía que casi sin duda la respuesta era afirmativa. Sobre todo al recordar las ocasiones en que la sed de sangre de Gabrielle salía a la superficie.

Entonces Xena se paró en seco al pensar en otra cosa. Espera un momento... las bacantes eran inmortales. ¿Eso quiere decir... podría ser...?

Se frotó la cara con las manos y se las pasó por el pelo, pensando frenéticamente. Vale, si somos inmortales, entonces ¿cómo es que no parábamos de morir? Por otro lado... ¿cómo es que no parábamos de volver a la vida? ¿Y por qué no funcionó la última vez y cómo Tártaro he acabado aquí?

Espera... no podíamos ser inmortales. Gabrielle no bebió del cáliz, ¿verdad? Yo, desde luego, no. Pero eso no explica nuestra continua capacidad para volver a la vida. ¡¡¡AAAJJJ!!!

Se agarró la cabeza con las manos para detener el círculo vicioso de la lógica que de repente le estaba dando dolor de cabeza. De eso me puedo ocupar más tarde. Sigo apostando a que el hecho de que esté aquí está relacionado con la tribu de algún modo y lo averiguaré cuando vuelva con ellos y le pueda hacer unas preguntas a Hotassa. Todavía me faltan más piezas de este rompecabezas que las que tengo.

Xena reemprendió la marcha, acelerando el paso. Comprendía mejor las cosas que esta mañana y el resto no tardaría en averiguarlo. A fin de cuentas, si estaba en lo cierto, tenía todo el tiempo del mundo.


Xena tardó casi un mes en leer los tres libros de historia que tenían Ari y Michael. Pasó mucho tiempo ayudando a Michael en la granja, pues se sentía en deuda con ellos por su amabilidad hacia ella. Además, Ari le había prometido un par de pantalones y un par de camisas si se quedaba el tiempo suficiente para ayudar a Michael a recoger la cosecha. Era el primer año desde hacía varios que parecía que iban a tener un excedente y no querían perderlo con la llegada del otoño.

Xena se habría quedado de todas formas: sabía que su tribu se movería pronto hacia ella para instalarse en su campamento de invierno. También se alegraba de ayudar a Michael y a Ari. Habían sido bondadosos con ella sin razón alguna salvo que les pareció lo correcto y se alegraba de devolverles el favor. Y para ser sincera consigo misma, estaba deseando tener la ropa que le había prometido Ari.

Había muchas cosas interesantes en las historias. Lo más llamativo para Xena era que no se hacía la menor mención a ella ni a sus hazañas en la antigua Grecia. De hecho, había muy pocas cosas de ese período que recibieran atención, incluido Hércules. Y las cosas que sí aparecían estaban tan deformadas que resultaban casi irreconocibles para alguien que de verdad las había vivido.

Leía con gran curiosidad. Habían pasado muchas cosas en los años intermedios y Xena quería saberlo todo.

De modo que estudiaba y aprendía, y se dio cuenta de que el mundo era un lugar muy distinto del que había sido en su época y, sin embargo, en gran medida seguía siendo igual.

La mayoría de las noches las pasaba leyendo y hablando con Michael y Ari de las cosas que había leído. Ellos contestaban todas las preguntas que podían y le hacían más fácil comprender los distintos avances que había logrado la humanidad y los reveses que había sufrido.

—Michael, ¿cómo has aprendido todas estas cosas? —preguntó Xena una noche después de hablar de las ramificaciones de la Guerra de Independencia. Él le sonrió con tristeza.

—Supongo que es una pregunta válida. Ahora que soy mayor, me he vuelto perezoso con muchas cosas que antes me importaban, y la verdad es que en este sitio no conviene parecer mejor que los vecinos. Pero cuando era jovencito, aprender era muy importante para mí. Tuve que esforzarme mucho para poder estudiar y lo más preciado para mí era tener tiempo para hacerlo. Así que leía y estudiaba en cualquier momento libre que conseguía arañar del trabajo. Incluso fui un poco a la escuela, antes de tener que ocuparme de la granja todo el tiempo.

—¿Y los libros? —preguntó Xena, pues sabía que por el cuidado con que los trataban y por los pocos que tenían, la palabra impresa era un gran tesoro para ellos.

Michael se encogió de hombros algo cohibido.

—Es mi único vicio, y Ari me lo consiente porque podemos compartirlos. Ahorramos todo lo que podemos para comprar un libro nuevo de vez en cuando.

Xena se fijó de nuevo en el fuego que ardía en sus ojos y en cómo cambiaba su manera de expresarse cuando hablaba de libros y conocimientos. En ese sentido, le recordaba mucho a Gabrielle y a las muchas y variadas conversaciones que habían tenido sobre cualquier tema y todo lo que llamaba la atención insaciable de la bardo.

Por fin Michael se armó de valor para preguntar algo que llevaba intrigándolo desde el día en que Xena entró en su vida. Pensó que lo peor que podría hacer sería negarse a contestar.

—Tú no eres cheyén de verdad, ¿a que no? —soltó Michael, haciendo que los ojos sorprendidos de Ari y Xena se posaran en su cara. Se puso como un tomate.

—¡¡Michael!! ¡¡Pero qué grosería!!

Antes de que el hombre pudiera despegar los labios para contestar, Xena posó una mano en el brazo de Ari.

—No pasa nada, Ari.

—Pero...

—En serio. No pasa nada, y tiene razón. No nací cheyén, aunque se han convertido en mi familia en esta época y lugar.

Extraña forma de expresarlo, pero cierto, no obstante, pensó Michael. Asintió.

—¿Cómo lo has sabido? —preguntó Xena, curiosa por saber qué era lo que la había traicionado.

—Pequeños detalles, más que nada. Tu ropa, tus armas, tu reacción ante mis rifles.

Xena asintió. Su ropa era distinta de lo que llevaba la Nación Cheyén, y construía sus armas siguiendo un método griego más tradicional por el que las ligaduras y los adornos eran un poco más sutiles.

Pero los rifles... eso sí que había sido toda una experiencia dentro de un aprendizaje muy arduo.

El ruido fue horrendo y llevó a Xena a plena carrera hasta su origen. Se detuvo derrapando cuando Michael se colocó el objeto en el hombro y, tras un momento de quietud, el trueno volvió a rugir por el aire.

Se volvió hacia ella entonces, consciente de su presencia, y sonrió.

—Es una belleza, ¿eh? —Indicó el rifle que tenía en las manos—. Lo he hecho yo mismo. Nunca he fallado con él.

La confusión era evidente en el rostro de Xena, y Michael se acercó. Ella alargó una mano y él le dio gusto ofreciéndole el rifle para que lo cogiera. Así lo hizo con cuidado, sorprendida por el peso.

—Nunca habías visto uno, ¿verdad?

Xena hizo un gesto negativo con la cabeza mientras sus ojos seguían examinando el arma que sujetaba casi con descuido entre las manos.

—Mira —dijo Michael, quitándole el rifle—. Deja que te lo enseñe.

Y eso hizo, explicándole a Xena con paciencia cada detalle del arma, asegurándose de que comprendía todo lo que había que comprender al respecto. Cuando terminó, Xena podría haberlo montado dormida y estaba más que deseosa de probarlo.

Él recargó el rifle y se lo puso en las manos al tiempo que volvía a explicarle lo que tenía que hacer. Sin vacilar, ella se apoyó el rifle en el hombro, apuntando a una gallina de las praderas que estaba entre la hierba. Michael quiso advertirla, pues eran famosas por su capacidad de desaparecer rápidamente, pero antes de que pudiera abrir la boca, sonó un disparo y la gallina se desplomó.

Michael cerró la boca el tiempo suficiente para ir donde había caído la gallina, y entonces volvió a quedarse boquiabierto. Xena le había arrancado la cabeza a la gallina. Se volvió para mirarla sorprendido, advirtiendo que sonreía satisfecha. Michael meneó la cabeza y recogió la caza, deseoso de volver a casa para que Ari pudiera preparar pollo frito.

—Creo que nunca he visto a nadie que le haya cogido el tranquillo a un rifle como tú, Xena.

Xena sonrió.

—Sé hacer muchas cosas —ronroneó, y la pareja se quedó asombrada por lo distinta que parecía al sonreír. Lo había hecho en contadas ocasiones durante su estancia con ellos, por lo que les resultaba tan novedoso que no podían por menos de fijarse.

—¿Cuándo nos vas a dejar, Xena? —preguntó Ari. Los vientos fríos de octubre ya soplaban por las llanuras y nadie quería que se quedara atrapada en la pradera si de repente se desataba un temporal temprano. Pero los dos sabían que estaba ansiosa por volver con los cheyenes, aunque no sabían por qué.

—Bueno, hemos acabado con la cosecha —dijo Xena despacio, mirando a Michael, quien asintió—. Así que supongo que cuando hayas acabado de coser, Ari.

Ari recogió un paquete envuelto en papel que estaba al lado de su silla.

—Ya está terminado. Sólo tienes que probártelo por si hay que hacer ajustes.

Xena cogió el paquete con cuidado y alisó el papel con la mano.

—Gracias, Ari. No sé cómo te lo voy a pagar.

—No lo vas a hacer —dijo Ari tajantemente—. Ha sido un placer tenerte aquí este verano, y esperamos que no te olvides de nosotros.

—Es cierto, Xena —intervino Michael—. He conseguido hacer muchas cosas que normalmente voy dejando gracias a tu ayuda. Has pagado con creces nuestra hospitalidad.

Xena asintió y carraspeó cohibida.

—Gracias a los dos. Entonces, saldré por la mañana. Pero intentaré venir a veros en primavera.

A Ari se le iluminaron los ojos con la sonrisa, pero Michael se levantó de su asiento.

—Toma —dijo, alcanzando algo que estaba detrás de la puerta—. Esto lo he hecho para ti.

Xena alargó una mano temblorosa, pues sabía por instinto lo que era.

—Michael, no puedo.

—Calla —dijo él, y ella parpadeó ante la autoridad que nadie salvo su madre y Gabrielle había ejercido jamás sobre ella—. Lo he hecho para ti. Tendrás que domarlo, y no me quedan muchas balas ni pólvora para darte. Pero mañana iremos al pueblo para conseguir más y así podrás llevarte un poco.

Xena abrió la boca para discutir, pero la expresión de Michael la convenció de que no sería prudente. De modo que asintió y recordó una vez más las numerosas ocasiones en que había perdido una discusión con Gabrielle.

Michael sonrió y asintió.

—Bien. Está decidido. Mañana por la mañana iremos al pueblo contigo y luego puedes volver con la Nación.


Por la mañana llegó una agridulce despedida para los tres, y Ari se puso a dar consejos a Xena como si fuera una niña cuando llegaron a los límites del pueblo.

—Ten cuidado, Xena, y trata de no meterte en líos. Las praderas son grandes y no quiero que te pase nada mientras viajas sola. —Michael y ella se habían ofrecido a acompañarla hasta el campamento de invierno, pero Xena rechazó su ofrecimiento con cortesía y firmeza.

—Me irá bien, Ari. Y vendremos a veros en primavera.

—Te tomo la palabra —sonrió la mujer de más edad.

Dio un rápido abrazo a Xena que ésta le devolvió con ternura. Luego Xena y Michael se estrecharon la mano y entonces la guerrera se volvió hacia el camino que tenía delante y emprendió la marcha en busca de respuestas.


PARTE 8


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
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