Capítulo XI


Gabrielle regresó a su entorno cuando el joven que hacía de contador llegó con una limonada y la dejó en la mesita que tenía al lado. Le dio las gracias con una sonrisa distraída y lo despidió, concentrándose de nuevo en sus diarios y en los recuerdos encerrados en ellos.

Cuántos años, pensó, y cuántos amigos que han llegado y se han ido. No somos las únicas inmortales que hay en el mundo. ¿Lo sabes, Xena? ¿Has descubierto ya tu propia inmortalidad? No llevas mucho tiempo en esta época y me preocupo por ti... me preocupo por nosotras. ¿Te acuerdas de mí, Xena? ¿Te acuerdas de nosotras? ¿Seguirás queriéndome cuando te vuelva a encontrar? Porque te voy a encontrar y entonces buscaremos una manera de volver a casa juntas. Estoy cansada y tengo ganas de volver a casa... a ti y a la Grecia que compartimos hace ya tantos años.

Gabrielle suspiró y alejó esos pensamientos de su mente. En estos días era más frecuente que se sumiera en meditaciones lúgubres, pero supongo que cuando llevas separada casi mil ochocientos años de tu media naranja, te puedes sentir poco razonable de vez en cuando.

No pudo evitar reírse por lo bajo. Poco razonable. Había habido ocasiones en que la soledad le había resultado abrumadora y la magnitud misma de lo que soportaba su alma había estado a punto de llevarla a la locura. Era en esos momentos, en las épocas más oscuras de su vida, cuando más penosa se le hacía la separación. Era entonces cuando las dudas la asaltaban y casi le imposibilitaban pensar racionalmente, y sus sentimientos...

Dioses, de no haber sido por Afrodita y su amistad constante, seguro que me habría vuelto loca... varias veces. Era agradable saber que no estaba totalmente sola y recordar más tarde que no era la única que había como yo...

Gabrielle sacudió la cabeza para aclararse los pensamientos con más fuerza. Volvió a abrir el diario y sus ojos buscaron hasta que se posaron en la primera vez que fue al Olimpo para tomarse un descanso.

Querida Xena, (decía)

Las amazonas son víctimas de una plaga que supera mis conocimientos y mi experiencia. También supera los mejores esfuerzos de nuestras sanadoras y de las tribus vecinas. No se parece a ninguna enfermedad que hayamos visto en las casi trescientas estaciones que han transcurrido desde que llegamos a esta tierra, y Buitu, el jefe de las tribus, dice que tampoco se parece a nada que ellos mismos hayan conocido a lo largo de la historia.

El buen hombre casi lo dijo como una pregunta cuando estuvimos hablando, pues los dos sabemos que yo lo recordaría si ya hubiera sucedido algo como esto. Tengo que decir que tanto mis amazonas como la Gente han aceptado muy bien el hecho de que sea inmortal. Tal vez porque dejo que vivan su vida y no interfiero ni participo a menos que me inviten a hacerlo.

Ahora que ha llegado esta plaga, no sólo se me ha pedido que ayude, sino que representantes de ambas partes me están suplicando que encuentre una solución. Por desgracia, creo que la solución está fuera de lo que puedo hacer aquí. Voy a tener que hallar una forma de regresar al mundo exterior y visitar algunas de las grandes bibliotecas, si es que todavía existen. ¿Quién sabe lo que habrá ocurrido en los trescientos años que llevamos en esta nueva tierra?

Ni siquiera Afrodita ha sido capaz de encontrarnos... o se ha olvidado de mí.


Gabrielle suspiró y sopló sobre la tinta para secarla antes de cerrar su diario y guardarlo. Por la mañana, un grupo muy pequeño y selecto de guerreras y ella se dirigirían a los barcos y zarparían hacia lo que esperaba que fuera Grecia. Había pasado muchas noches desde su llegada a esta tierra salvaje estudiando las estrellas y creía que con un poco de suerte podría llevarlas a casa. Bueno, para ellas ya no es su casa, pero deberíamos llegar a Grecia en un plazo de tiempo razonable.

Se preguntó de nuevo por un momento qué le habría sucedido a Afrodita para que la diosa no la hubiera visitado ni una sola vez. Luego su mente regresó a las numerosas amigas a las que había querido y enterrado en este lugar.

Gabrielle dejó que sus pensamientos guiaran sus pasos y, bajo el sol del final de la tarde, se dirigió al pequeño cementerio que estaba nada más salir de la aldea, recordando el momento en que destinaron ese terreno para sus muertas.

La Gente se mostró horrorizada de pensar en quemar la carne humana y las amazonas llegaron a un compromiso. La Gente les enseñó sus técnicas de preservación y a partir de entonces enterraron a sus muertas de pie, para que sus espíritus pudieran ascender rápida y fácilmente a la Tierra de los Muertos de las amazonas. Se encendía una pequeña pira de homenaje encima de la tumba que ardía alegremente durante tres días, para guiar al espíritu en su viaje, y toda la tribu se ocupaba de ella. Al final de los tres días, se recogían las cenizas en una pequeña vasija en la que se había grabado el nombre de la hermana y luego la colocaban detrás de la tumba.

Caminó despacio por entre las hileras, recordando a todas y cada una de las personas que estaban enterradas allí y cómo habían muerto.

Frunció el ceño al darse cuenta de que algunas personas habían tenido unos síntomas parecidos a los que ahora parecían estar matando poco a poco a la Nación. No sucedía a menudo y hasta las últimas lunas, nadie había muerto, pero los síntomas eran casi los mismos.

Gabrielle dejó a un lado esa idea, prometiéndose reflexionar sobre ella durante el viaje a Grecia. Ya tendría tiempo de sobra más tarde para plantearse todas las implicaciones. Por ahora, estaba llegando a la parte más antigua del cementerio y se detuvo para recordar a las viejas amigas que habían hecho el viaje con ella desde Grecia: Cyane, Varia, Hilda y todas las demás hermanas que habían fallecido para dirigirse a su recompensa.

Aunque echaba de menos y lloraba a todas las que habían muerto, era a estas primeras, a las que de verdad había permitido que fueran sus amigas, a quienes Gabrielle más echaba en falta.

Por fin llegó a la tumba que correspondía a Eponin. La Gente había permitido que su cuerpo fuera preservado durante tres días mientras las amazonas prendían una pira por ella antes de enterrarla en su propio cementerio. Como esposa del jefe, se le rindieron honores especiales porque jamás había olvidado que seguía siendo amazona y la Gente lo respetaba.

Ahora se sentó junto a la marca que indicaba el lugar de descanso de Eponin.

—Hola, vieja amiga —dijo Gabrielle en voz baja—. Hace tiempo que no hablamos y me temo que va a pasar aún más tiempo hasta que tengamos otra oportunidad. —Tomó aliento y continuó—. Algo está matando despacio a la Nación y voy a tener que regresar a Grecia para ver si consigo encontrar algo en las bibliotecas que sirva de ayuda.

Gabrielle estaba tan ensimismada que no vio los espíritus de sus hermanas que se congregaban a su alrededor. Era algo que nunca veía, porque nunca se le revelaban como hizo Ephiny en una ocasión. Pero siempre acudían a escuchar cuando se sentaba para charlar, normalmente con Eponin.

—Espero que las bibliotecas sigan allí —murmuró, pues recordaba la destrucción que había visto durante su breve vida como mortal en Grecia y sabía que los conquistadores rara vez tenían cuidado de conservar los conocimientos de otras culturas, por mucho que hubiera costado adquirir dichos conocimientos—. A lo mejor lo intento en Egipto primero —continuó Gabrielle—. Está más cerca y la reina Cleopatra estaba muy orgullosa de su biblioteca... y con razón. —Recordó lo maravillada que se quedó ante el grandioso edificio la primera vez que lo visitaron—. Sabes... cuando resolvimos nuestras diferencias, Cleopatra me preguntó si querría dejar allí algunos pergaminos. Me sorprendió, la verdad, puesto que yo era extranjera, aunque fuéramos invitadas de la reina. —Gabrielle se echó a reír al recordarlo—. Entonces Cleopatra me explicó que recogían ideas y conocimientos de todo el mundo conocido.

Gabrielle se quedó un rato sentada en silencio y por fin asintió con decisión.

—Creo que lo intentaremos primero en Egipto. Está mucho más cerca que Grecia y la diversidad de pensamiento que encontraremos en la Biblioteca de Alejandría debería ser más que equivalente a lo que podamos encontrar en Atenas. —Miró la pequeña urna en la que aparecía el nombre de Eponin—. Gracias, Eponin. Incluso ahora, hablar contigo me ayuda a aclararme las ideas. Te echo de menos, amiga mía. Diles a las hermanas... —Se interrumpió—. Bueno, ellas ya saben que también las echo de menos. Vigila bien a las amazonas. Todavía necesitan la guía espiritual de sus antepasadas.

Gabrielle se quedó allí hasta que el sol alcanzó el horizonte y entonces se levantó y se sacudió el polvo. Se encaminó al borde del claro, luego se volvió y susurró una oración por los trescientos años de tumbas que quedaban atrás. Entonces se dirigió a paso ligero en busca de la capitana de su barco. Había que ocuparse de hacer unos cambios en la ruta.

Los espíritus de las amazonas esperaron a que Gabrielle estuviera a medio camino de la aldea antes de volver a aparecer en el claro.

—¿Creéis que es grave? —preguntó Varia, refiriéndose a la enfermedad a la que había aludido Gabrielle.

—Bueno, es lo bastante grave como para que Gabrielle decida dejar lo que ha sido su hogar durante los últimos trescientos ciclos —comentó Eponin—. Estaremos pendientes de todo, aunque me parece que probablemente esto sea lo que más le conviene a Gabrielle.

—¿Y eso? —preguntó Hilda mientras todas se sentaban en círculo en el suelo.

—Porque —dijo Ephiny, saliendo de la bruma—, Gabrielle está sola aquí. Y recuerda su inmortalidad a diario a causa del trato reverencial que tiene la Nación con ella. No es que no se lo merezca —añadió Ephiny a toda prisa al tiempo que alzaba una mano para acallar las protestas—. Pero nunca estuvo cómoda con la idea de ser reina. ¿Cómo puede ser feliz siendo observada a distancia con tanta reverencia, pero sin una sola amiga entre todas estas personas?

Ephiny miró a Eponin y sonrió.

—¿Te acuerdas de aquella chiquilla tan simpática que conocimos hace tantos años?

Eponin asintió y Ephiny volvió a recorrer el claro con la mirada.

—Gabrielle lleva aquí muchas estaciones sin amigos de verdad, en parte por elección propia y en parte porque nadie sabe muy bien cómo tratarla.

—Estoy de acuerdo —dijo Cyane—. Al principio nos costó cuando nos reveló su secreto, hasta que nos dimos cuenta de que seguía siendo la misma persona y de que seguía siendo nuestra reina.

—Ha cumplido la profecía y ha devuelto la grandeza a la Nación —comentó Yakut—. Creo que se merece un descanso.

Todas asintieron mostrando su acuerdo.

—Pues está decidido —dijo Melosa—. Nosotras estaremos pendientes de la Nación y de Gabrielle, con la esperanza de que encuentre muy pronto lo que está buscando.

—A Xena más le vale que Gabrielle encuentre muy pronto lo que está buscando —replicó Solari riendo—. No sé si la Princesa Guerrera podrá con la reina amazona si la cosa se prolonga demasiado. Xena no sabe la que le va a caer encima.

Al oír eso, el resto del grupo se encogió, identificándose con la guerrera, pues sabían que era la verdad. Y no pudieron evitar echarse a reír por la imagen que esa verdad evocaba en sus mentes. Luego los espíritus emprendieron el regreso a sus lugares de descanso y vigilancia, cruzando de nuevo las brumas para adentrarse en su hogar eterno.


Gabrielle estaba muy animada cuando llegó a la aldea. Estaba segura de que la Biblioteca de Alejandría tendría lo que necesitaba. Sería sólo cuestión de encontrarlo. Y las mujeres que la iban a acompañar la ayudarían muy bien en la búsqueda. Habían sido elegidas entre muchas voluntarias por sus conocimientos, así como por su habilidad en la navegación.

Esperaban poder hacer una breve escala en las islas de Ceilán que habían sido su meta original para ver si tal vez allí había más miembros de su Nación que quisieran unirse a sus hermanas y volver al nuevo hogar que habían establecido tan lejos de allí.

La pequeña tripulación estaba ultimando los preparativos necesarios cuando Gabrielle entró en la aldea. Su presencia era tan poco habitual en la aldea que todo el mundo se quedó paralizado y luego se postró de rodillas.

Gabrielle se quedó un momento plantada con los brazos en jarras, meneando la cabeza. Por la razón que fuera, las amazonas no conseguían superar su título, por no hablar del asunto de su inmortalidad. De repente, se dio cuenta de que a pesar de las circunstancias que le exigían dejar a la Nación, estaba deseándolo. Al menos nadie en la "civilización" conocía su secreto y se vería tratada como cualquier otra persona. Y eso era lo que deseaba más que nada.

—Alzaos, señoras. Tenéis cosas mejores que hacer que arrodillaros a mis pies, estoy segura. —Sin perder el tiempo, Gabrielle se volvió hacia la mujer que iba a ser capitana del barco de las amazonas—. Demetria, ¿tienes un momento? Tenemos que cambiar nuestra ruta.

La mujer más joven frunció el ceño.

—¿Mi reina? ¿Estás segura? Hemos comprobado y vuelto a comprobar todo lo que nos has dado. Estoy segura de que todo está como debe ser.

—Lo estaría si todavía fuéramos a Grecia. Los planes han cambiado. Vamos.

—Pero... —farfulló Demetria antes de seguir a su reina, que había desaparecido rápidamente dentro de la cabaña del consejo.


—Es absolutamente lógico, reina Gabrielle. Lamento haber puesto en duda...

Gabrielle levantó una mano para detener las disculpas.

—No te disculpes, Demetria. La inmortalidad no me hace perfecta. Sólo me da más tiempo para practicar. —Sonrió y la capitana no pudo evitar la sonrisa que iluminó su cara a su vez—. Si no, esto se me habría ocurrido antes.

—Pues me alegro de que se te haya ocurrido ahora. Nos ahorrará meses de viaje tanto a la ida como a la vuelta. Pero me alegro de que llevemos dos barcos. Inya podrá investigar la isla y reunirse con nosotras en Egipto, lo cual también nos ahorrará algo de tiempo.

—¿Deseosa de volver ya, capitana?

—Sí, mi reina. Estoy un poco nerviosa y deseando tener éxito.

Gabrielle recordó que Demetria había perdido a su hermana pequeña a causa de la enfermedad catorce meses antes.

—Lo comprendo, Demetria, más de lo que te imaginas. Nos daremos toda la prisa posible, te lo prometo. Haremos todo lo que podamos por la Nación.

—Mi reina —contestó Demetria muy seria, cayendo sobre una rodilla ante la sorprendida Gabrielle—. A pesar de que esta Nación no siempre se ha portado bien contigo, tú nunca has dejado de hacer todo lo posible por nosotras cuando te lo hemos pedido.

Gabrielle se frotó la cara, aliviada por estar ya sentada.

—Demetria, levanta, por favor. No es necesario que te arrodilles ante mí.

—Pero...

—Lo cierto es que la Nación no siempre ha sido lo primero para mí y ha habido muchas ocasiones en que he pensado que lo mejor para nosotras era que yo no participara activamente en la vida de las amazonas.

—Sí, pero cada vez que te hemos necesitado, has respondido. Has acudido y has hecho todo lo que has podido, como ahora.

Gabrielle sonrió y meneó la cabeza.

—No hay nada que te vaya a hacer cambiar de opinión sobre este tema, ¿verdad, capitana?

—No, mi reina —fue la respuesta acompañada de una sonrisa.

—Entonces me rindo ante tus argumentos para que podamos retirarnos temprano. Quiero que nos pongamos en marcha mañana nada más amanecer.

—Así lo haremos, reina Gabrielle.

Salieron de la cabaña del consejo y la capitana acompañó a Gabrielle durante el corto trayecto hasta la pared del acantilado.

—Buenas noches, mi reina.

—Buenas noches, Demetria. Te veo al amanecer.

La capitana esperó a que Gabrielle llegara a la boca de la cueva que consideraba su hogar antes de darse la vuelta y regresar a su cabaña. Aunque Gabrielle era inmortal y no necesitaba tal protección, las amazonas seguían escoltándola por cortesía siempre que lograban salirse con la suya. Gabrielle accedía a sus deseos sobre este tema, lo mismo que hacía con el tema de que se dirigieran a ella por su título, más que nada porque era un honor para ellas. A ella no le hacía ningún mal, en realidad, aunque en privado sí que hacía alguna mueca que otra, y a ellas les daba la sensación de cumplir con un código de conducta que habían establecido sus hermanas mucho antes incluso de la época de Gabrielle. Le resultaba fácil cuando se recordaba a sí misma que simplemente estaba manteniendo vivas las tradiciones.

Gabrielle entró en la cueva con una mezcla de alivio y nerviosismo. En los años que llevaba aquí, esto había llegado a ser un hogar para ella tanto como lo había sido cualquier otra cosa durante su corta vida como mortal, a excepción de Xena. Y mañana, iba a dejar de nuevo su hogar para adentrarse en un mundo desconocido, aunque tenía grandes esperanzas de llegar a Egipto y por fin a Grecia.

Pues aunque las mujeres que la iban a acompañar todavía no lo sabían, Gabrielle esperaba encontrar una cura y enviarlas de regreso a este lugar. Ella misma tenía planeado quedarse un poco más si lo conseguía. Necesitaba tiempo para sí misma, en un sitio donde nadie supiera quién era ni esperara de ella que tomara las decisiones más difíciles todo el tiempo. El alma misma de Gabrielle estaba cansada y saber que todavía debían pasar siglos hasta que su soledad pudiera cambiar no hacía sino empeorar las cosas.

Recorrió atentamente la caverna con la mirada una vez más, asegurándose de que no se dejaba alimentos que pudieran pudrirse. Estaba todo bien recogido y sonrió. Siempre tendría este lugar cuando regresara, pero hacía ya demasiado tiempo que estaba asentada en un solo sitio y su vida se había vuelto rutinaria. Había llegado el momento de ver qué más tenía que ofrecer el mundo y su primera parada sería para encontrar una cura para lo que aquejaba a la Nación Amazona.


Viajaron a buen ritmo, lo cual no fue una sorpresa, dada la cantidad de tiempo y atención que habían dedicado a estudiar los mapas y las cartas de navegación que habían hecho a lo largo de los años desde su viaje inicial. Aunque su nueva patria estaba relativamente inexplorada en lo que se refería a la civilización occidental, Gabrielle y las capitanas originales habían hecho un gran esfuerzo para recordar todos los detalles posibles.

Gabrielle pasaba muchas noches estudiando las estrellas, asegurándose de que sus recuerdos no eran erróneos, y Demetria la ayudaba a calcular las distancias que estaban cruzando para poder hacer mapas aún más exactos cuando volvieran a casa.

Cuando las estrellas adoptaron los patrones que conocía de antiguo, Gabrielle se subió a la cofa de vigía y lloró en silencio por los recuerdos que le traían estas conocidas figuras. Por primera vez desde hacía muchos años, mantuvo una conversación con Xena en voz alta, pues aunque sabía que la guerrera no podía oírla ni responder, se sentía algo mejor al enfrascarse en su proverbial discusión sobre las formas de las constelaciones. Cuando terminó, bajó y se metió en su camarote, para escribir sus ideas y sentimientos.

Era algo que siempre había hecho sin planteárselo, pero con la desaparición de Xena, se había convertido en la mejor manera de comunicarse con la guerrera. Las amazonas respetaban su intimidad y nunca leían ninguno de sus escritos. Pero sí que se quedaban un poco extrañadas cuando hablaba con Xena como si todavía estuviera a su lado. De modo que su diario había llegado a ser su refugio y el único lugar seguro donde todavía podía hablar con Xena de cualquier cosa... y de todo.

A medida que se desarrollaba el viaje, Gabrielle se iba sintiendo cada vez más ansiosa de volver a lo que conocía y quería. La parte lógica de su mente comprendía que después de trescientos ciclos, nada sería como lo recordaba: veinticinco años en las cuevas de hielo le habían dado una lección muy clara. Pero su corazón sólo sabía que Grecia había sido su hogar más que ningún otro sitio donde hubiera estado a lo largo de sus años de viajes y estaba deseosa de ver los cambios que había producido el tiempo en el mundo donde había crecido.

Cuando les faltaba como una semana para llegar al comienzo del Mar Rojo, por lo menos por lo que habían calculado, el segundo barco viró hacia el norte, rumbo a las islas que habían sido su destino original. La esperanza era que hubiera más amazonas que quisieran regresar a su nueva patria. Debían recoger a todas las que quisieran unirse a la Nación y reunirse con Gabrielle y su tripulación en Alejandría.

Aunque todo el mundo deseaba solucionar rápidamente el problema que atormentaba a la Nación, las amazonas eran realistas y sabían que podían tardar semanas en encontrar lo que necesitaban en la inmensa biblioteca. Y así, algo nerviosas, desembarcaron en el muelle de Alejandría. Y entonces se quedaron paralizadas, aunque por razones muy distintas.

Gabrielle intentó no aspirar demasiado los olores que siempre parecían apestar todos los muelles que había pisado en su vida. Distraída, advirtió los cambios asombrosos que habían tenido lugar durante su ausencia.

Las amazonas tenían división de opiniones. La mitad se sentía fascinada y la otra mitad desdeñosa. Pero a todas les resultaba sumamente intrigante y Gabrielle estaba bastante segura de que cuando regresaran a casa, pondrían en práctica algunas de las cosas que iban a ver aquí.

Gabrielle había vuelto a utilizar su vara como instrumento para caminar. Aunque se mantenía al día en el uso de todas las armas que había llegado a dominar, la vara la reconfortaba como ninguna de las demás podía. Además, era costumbre aceptada que los viajeros caminaran con ayuda de un bastón. Cualquiera de sus demás armas habría provocado habladurías y especulaciones.

Ese día y durante el resto de su estancia, las amazonas y ella encajaron bastante bien con su entorno. Ya en casa habían cambiado su ropa de cuero por tejidos de alegres colores hechos con una planta del lugar. Había tenido que ejercer un poco sus poderes de persuasión, pero Gabrielle había hecho ver a las mujeres que en interés tanto de sí mismas como de la Nación, lo mejor sería que llamaran la atención lo menos posible. Se habían ido de Grecia para evitar ser destruidas. No había motivo para anunciar ahora su presencia al mundo, sobre todo cuando estaban tan bien ocultas que ni siquiera los dioses parecían capaces de encontrarlas.

Gabrielle sintió una punzada de dolor al pensar en eso, pero se estremeció y lo apartó de su mente. Primero tenía que ocuparse de cosas más importantes. Luego iría a Grecia para ver si todavía tenía una amiga en la diosa del amor.

Se quedó atónita al ver la enorme influencia que parecía tener Roma aquí. A decir verdad, había albergado la esperanza de que los romanos hubieran desaparecido a estas alturas. A Xena y a ella no les habían causado más que tristeza y sufrimiento y deseaba que el mundo se hubiera librado de ellos. Se encogió de hombros. En realidad le daba igual, siempre y cuando las dejaran a ella y a sus amazonas en paz para obtener lo que habían venido a buscar.

Gabrielle agradecía el tiempo que había dedicado a aprender egipcio y latín, pues así le resultaba mucho más fácil moverse por la ciudad. Con unas pocas palabras, echó a andar hacia la biblioteca y las amazonas recogieron sus cosas y la siguieron.


Gabrielle notaba lo impresionadas que estaban las amazonas con la grandeza de la ciudad y la biblioteca, a pesar de sus esfuerzos por parecer indiferentes. En cuanto a ella, advertía los años de desgaste y descuido en algunos sitios y se preguntó si ella también notaba la edad tan claramente como los elegantes y viejos edificios.

Con un suspiro, las llevó escalones arriba hasta el largo mostrador de mármol donde varios hombres y mujeres bien vestidos trabajaban muy afanados. Levantaron la mirada al oír que se acercaba el grupo.

—Disculpad —dijo Gabrielle en perfecto árabe, aprendido durante su anterior estancia en Egipto y en los años de posteriores estudios—. ¿Podéis indicarnos dónde está la sección médica?

Los bibliotecarios miraron al grupo en general y a la portavoz en particular. Hasta el más novato de ellos se daba cuenta de que éstas no eran egipcias ni nobles romanas y sin embargo, el idioma se derramaba musicalmente de sus labios con la gracia de una nativa. Un hombre muy rechoncho se adelantó y se quedó mirándola fijamente, sorprendido cuando Gabrielle le devolvió la mirada con la misma intensidad.

Con asombro, descubrió allí una inteligencia que rara vez veía y nunca se esperaba. Asintiendo con humildad, dijo suavemente:

—Si me seguís, señora.

Los demás bibliotecarios observaron la marcha del pequeño grupo con los ojos como platos. Nelium jamás hablaba suavemente y jamás llevaba personalmente a nadie a ninguna parte. Se creía muy importante por ser el director de la gran biblioteca, cosa que se reflejaba en su actitud pomposa y sus tonos vociferantes. Cuando el grupo dobló la esquina para subir las escaleras que llevaban al segundo piso, los bibliotecarios se miraron entre sí sonriendo encantados.

—Jamás pensé que vería una cosa así.

—Me pregunto quiénes son y quién es la mujer rubia. Menuda presencia tiene.

—Sí, y qué gusto ver cómo ha puesto a Nelium en su sitio sin decir una sola palabra.

—Bueno —dijo el más pragmático de todos—, será mejor que volvamos al trabajo. Ella podrá afectarlo como quiera, pero no creo que ese efecto nos alcance a nosotros.

Eso era fácil de comprender y aceptar y todos se pusieron a trabajar con ganas.


El hombre las había llevado a una sala tranquila, llena de estantes y más estantes de textos escritos en pergaminos. Había varias sillas pequeñas y mesas esparcidas por la habitación.

Gabrielle y las amazonas miraron a su alrededor despacio y Nelium se quedó mirándolas dubitativo antes de hablar.

—Señora, ¿hay algo concreto que te pueda ayudar a encontrar, o...?

Gabrielle se volvió hacia él antes de que cualquiera de las amazonas pudiera intervenir. Aunque su tono era cortés, no era afable como el de los hombres de la tribu de la Gente cuando hablaban con la reina y Gabrielle no quería que las echaran de la biblioteca a causa de un malentendido antes haber empezado siquiera su labor.

—Me llamo Gabrielle —dijo amablemente, alargando la mano como saludo.

Con evidente sorpresa, el hombre la aceptó y se la estrechó un instante.

—Nelium —replicó con cierta brusquedad. Advirtió de repente que las mujeres que lo rodeaban eran algo más de lo que parecían. De hecho, podrían ser guerreras por su actitud... Meneó la cabeza. Ningún guerrero, salvo los que se consideraban nobles, acudía a la biblioteca y la mayoría se mantenía lejos de las secciones que no trataban de la guerra.

Gabrielle esperó pacientemente, pues sabía que el hombre se había distraído. Parpadeó y volvió a prestarle atención algo sonrojado.

—Mis disculpas, se... Gabrielle.

—No pasa nada, Nelium. Dime, ¿los textos siguen un orden específico?

—Están todos ordenados alfabéticamente por enfermedades. ¿Sabéis qué estáis buscando?

La cabeza rubia hizo un gesto negativo.

—No. Sólo conocemos los síntomas.

—Oh, vaya —respondió el rechoncho hombre—. Pues podéis tardar bastante. ¿Necesitáis ayuda o preferís investigar por vuestra cuenta?

—Creo que por ahora nos las arreglaremos, Nelium, pero gracias. —Él se inclinó y se dio la vuelta—. A menos...

El hombre se detuvo y se volvió hacia Gabrielle.

—¿Sí?

—Si hay un sanador con quien podamos hablar... ¿alguien a quien tú conozcas, tal vez?

—Haré algunas indagaciones, se... Gabrielle. Probablemente tardaré uno o dos días.

Gabrielle le ofreció la mano.

—Gracias, Nelium. Te estaría muy agradecida.

Él asintió y se marchó y Gabrielle volvió a mirar a su alrededor y vio que las amazonas ya se habían separado para empezar a buscar en lo que ahora parecía una cantidad infinita de pergaminos.


Progresaban despacio. Incluso con toda la formación que habían recibido, las amazonas topaban con toda clase de dificultades al leer los diversos textos médicos. Por un lado, estaban escritos en varios idiomas, dependiendo de la nacionalidad del autor. Por otro, la mayoría de ellas no eran sanadoras y no estaban formadas para ver más allá de los síntomas evidentes en busca de los más ocultos que pudieran indicar una cura.

Gabrielle pasaba gran parte del tiempo tomando notas de cosas que quería volver a consultar: cosas que sería útil que las amazonas tuvieran en sus pergaminos médicos. Pero primero, tenían que encontrar una cura para la enfermedad que estaba matando poco a poco a la Nación Amazona.

Los primeros días los dedicaron a dividir los textos en pilas según las posibilidades. Las amazonas y Gabrielle trabajaban desde antes del amanecer hasta la puesta del sol y se estaban convirtiendo en una presencia ya familiar en la biblioteca.

Estaban tan inmersas en su búsqueda que no se fijaron en el incremento de la presencia romana en la ciudad. Y para entonces ya era tarde.


Capítulo XII


—¡Esto es imposible! —exclamó Demetria media luna después de su llegada a Alejandría—. ¡Mi reina, aquí jamás vamos a encontrar lo que necesitamos! ¡Mira esto! —gritó casi, agarrando un pergamino—. En éste aparecen temblores y fiebre, pero sin parálisis. —Agarró otra hoja—. En éste hay articulaciones hinchadas y doloridas, pero sin fatiga ni dolores de cabeza. En estos —señaló otra pila entera—, ¡¡no hay nada en absoluto que podamos usar!! ¡¡Y ni siquiera hemos completado la primera hilera de textos!! —De repente, la capitana se derrumbó en su asiento.

Gabrielle se quedó sentada en silencio dejando que las palabras pasaran por encima de ella con una fachada tranquila que ocultaba la turbación que sentía por debajo. El estallido no la sorprendía... sólo que hubiera tardado tanto en producirse.

Lo cierto era que ella también sentía la frustración, a lo cual contribuía el hecho real de que se habían convertido prácticamente en prisioneras de la biblioteca por su afán de encontrar una cura para su pueblo. Durante quince días habían pasado marcas incontables en esta pequeña sala hurgando e investigando en todos y cada uno de los pergaminos estante por estante en busca de la información que necesitaban y todavía no habían hecho mella real en la cantidad de pergaminos que se les ofrecían.

El sanador que había encontrado Nelium resultó ser muy poco útil. Nunca había oído hablar de nada parecido a lo que padecían las amazonas y ni siquiera consultando con sus colegas logró decirles nada. Por eso su tarea era doblemente difícil, al saber que hasta la élite de Alejandría desconocía la enfermedad.

Gabrielle se frotó la frente, en busca de respuestas que parecían estar fuera de su alcance. El ritmo que se habían impuesto las iba a matar si no descansaban un poco. Lo difícil era decidir tomarse un descanso, porque aunque la lógica indicaba la necesidad, eso no disminuía la culpa que iban a sentir al "perder el tiempo con frivolidades".

Por fin miró los rostros preocupados que la rodeaban y soltó un resoplido.

—Muy bien, escuchadme. Señalad dónde os habéis quedado y dejad las cosas tal y como están.

Esperó a que todo el mundo lo hubiera hecho y estuviera mirándola expectante una vez más. Gabrielle se levantó de su asiento y recogió su diario y luego emprendió la marcha escaleras abajo. Las amazonas la siguieron sin planteárselo, con cara de confusión.

Cuando llegaron a la planta baja, Nelium salió inmediatamente de detrás del mostrador.

—Gabrielle, ¿hay algún problema? ¿Algo que no sea de vuestro agrado?

—No, Nelium, gracias. Es que necesitamos salir un poco. Hemos dejado nuestras cosas arriba, así que volveremos dentro de un rato.

Nelium asintió.

—Cuidaremos de que todo siga igual. —En secreto se alegraba de que salieran un rato. Habían trabajado más horas en los últimos quince días que algunos de sus clientes habituales en todo un año y había empezado a preocuparse por la palidez y la tensión de sus rostros. A juzgar por la emoción que veía asomar a sus ojos, estaba seguro de que era una buena idea.

Las amazonas salieron al calor dorado por primera vez en quince días y todas soltaron un suspiro de alivio cuando el sol del final de la tarde acarició su piel. Al ser un pueblo habituado a estar al aire libre, esta misión les había resultado difícil desde el principio y, con la responsabilidad que pesaba sobre sus hombros, era una carga casi imposible de soportar.

Gabrielle observó que cada una de ellas parecía librarse un poco de la pesadumbre que las había estado afligiendo y asintió por dentro. Había sido una buena idea. A pesar de que su trabajo era fundamental para el conjunto de la Nación, no podían arriesgarse a caer agotadas. Eso no resolvería nada y lo más probable era que su tarea resultara imposible.

Se volvió hacia ellas y dijo:

—Quiero que todas vayáis a pasar un rato al mercado. Relajaos. Divertíos. Probad cosas nuevas de comer. Cuando el sol se haya puesto del todo, reuníos aquí conmigo. Esta noche podemos trabajar hasta un poco más tarde, pero creo que todas necesitamos alejarnos un poco de este sitio. —Les hizo gestos para que se alejaran—. Vamos. Id a divertiros. —Luego las sorteó y se dirigió al centro del mercado.

Gabrielle desapareció antes de que se dieran cuenta, oculta por el gentío que volvía a llenar las calles bajo el sol del atardecer. Las amazonas se sentían un poco perdidas. Nunca habían tenido una dirigente como Gabrielle y no sabían qué pensar de ella ahora.

Tardaron un minuto entero en comprender que su reina, con independencia de su condición de inmortal, estaba paseándose en medio una multitud de personas potencialmente hostiles sin guardia de honor, y tardaron otro minuto en caer en la cuenta de que precisamente eso era lo que quería Gabrielle. Con un suspiro colectivo, se dividieron en grupitos y se adentraron en el mercado, más que curiosas por ver lo que esta vieja tierra "nueva" tenía que ofrecerles.

Gabrielle, mientras, estaba fijándose en los numerosos cambios que se habían producido en esta tierra desde su última visita. Especialmente evidente era la apabullante cantidad de romanos que había por las calles. Aquí había algo que no cuadraba y que provocaba un hormigueo desagradable en el instinto guerrero de Gabrielle.

Así y todo, ahora mismo no podía hacer gran cosa al respecto, salvo observar y escuchar, puesto que se limitaban a caminar por las calles como ella, de modo que con los ojos bien abiertos y los oídos atentos, fue en busca de algo de comer.

La tarde transcurrió agradablemente y Gabrielle notó que se iba relajando mientras paseaba por las orillas externas del río que pasaba por la ciudad. La soledad era una gozada absoluta. Necesitábamos esto... yo necesitaba esto, pensó. Nos hemos sometido a tal presión que es un milagro que nadie haya inciado una pelea... o algo peor. Sacudió la cabeza para librarse de los recuerdos. Voy a tener que establecer un ritmo más racional. No nos servirá de nada si...

El pensamiento se interrumpió por completo cuando el olor cobrizo a sangre y matanza alcanzó su nariz y le puso de punta los pelos de la nuca por la emoción y el miedo. Hacía tiempo que no se alimentaba ni luchaba y el olor le recordó la necesidad desesperada que tenía de sangre.

Gabrielle agarró mejor la vara, adoptando inconscientemente el paso de una cazadora que no deseaba que su presa la oyera. La caza hizo que sus sentidos cambiaran: el oído y el sentido del olfato se aguzaron y su cuerpo tardó apenas un instante en localizar el problema.

Se oían ruidos de lucha: los gruñidos y quejidos de seres humanos que golpeaban y eran golpeados. El estrépito metálico del choque de las armas. El ruido húmedo de ventosa de la carne al ser atravesada. Y a lo lejos se percibía el olor acre a humo de un incendio que había estallado en algún lugar.

Sin planteárselo conscientemente, Gabrielle agarró la vara con más fuerza y la adrenalina dio alas a sus pies. Lo que descubrió al llegar al límite de la ciudad la dejó estupefacta.

Había fuego por todas partes, que iluminaba la ciudad hasta el punto de que parecía de día. Los romanos estaban apiñados como una plaga de langosta y eran igual de destructivos. Mirara donde mirase Gabrielle, había romanos robando, matando, destruyendo.

Sintió la rabia y esta vez no hizo el menor esfuerzo por detenerla. Por el contrario, dio la bienvenida al ardor, notando que sus dientes se alargaban en respuesta a su necesidad y su deseo cuando el olor a sangre alcanzó su nariz hipersensible.

Sin el menor ruido, se lanzó al combate, masacrando todo lo que se le ponía por delante. Su vara era veloz y certera y mataba a todo el que tocaba de un solo golpe. Metódicamente, fue avanzando hacia la biblioteca, pues sabía que sus amazonas estarían allí y temía lo que pudiera encontrar.

Dobló la esquina y se detuvo en seco ante lo que vio. La biblioteca estaba envuelta en llamas. Gabrielle reprimió un grito y dejó que su rabia fuera en aumento. La furia por lo que habían perdido la dejó clavada en el sitio. Sólo avanzó cuando vio que sus amazonas estaban siendo atacadas.

Con golpes duros y precisos acabó con todos los romanos que se ponían al alcance de su vara. Y entonces ocurrió lo impensable.

Gabrielle supo que había dado demasiada rienda suelta a su furia cuando un soldado romano atravesó a Demetria ante sus ojos. Cayó de inmediato sobre él y le hundió los colmillos en el cuello sin pensar ni dudar. Él la agarró y ella le clavó las garras, destrozándole el pecho. Le dejó un agujero en el cuello cuando apartó la boca de un tirón, arrancando la carne hasta el hueso. Estaba cayendo muerto al suelo antes de que se percatara de las consecuencias de sus actos.

Fue a la capitana caída y sus ojos recuperaron su color verde normal en el momento en que se dejó caer sobre los escalones para examinar su herida. Las amazonas, que se habían apartado de su furia animal, intentaron ahora interponerse entre su reina y su compañera caída. Su miedo impidió que interfirieran mientras atendía a Demetria, pero notaba las miles de emociones que las atravesaban mientras barajaban por dentro sus opciones.

—Quieta —fue lo único que dijo cuando una alzó la espada detrás de ella. La mujer vaciló—. Aquí suceden cosas que no podéis entender.

La mujer bufó.

—Sé que eres una bacante... eso quiere decir que podrías haber salvado a muchas de nosotras a lo largo de los años. Como podrías salvar a Demetria ahora, pero apuesto a que no lo haces. Seguro que la plaga que ha caído sobre nuestra Nación se debe a ti.

Las demás las mujeres se quedaron boquiabiertas, espantadas por la osadía de la mujer, pero Gabrielle advirtió el inicio de la duda que asomaba a sus ojos mientras seguía afanándose para salvarle la vida a Demetria.

—De hecho —continuó la mujer, envalentonada por el éxito que iba teniendo—, ¿cómo sabemos que estás intentando curarla? ¿Cómo sabemos que ni ella ni ninguna de nosotras va a ser tu próxima comida?

Gabrielle se volvió, sin apartar las manos del cuerpo de la capitana, pues seguían luchando empeñadas en mantener a Demetria con vida. Pero todas vieron que el fuego oculto en sus ojos cobraba vida y retrocedieron un paso sin querer.

—¡Jamás, ni una sola vez en casi trescientos ciclos, he sido otra cosa que no sea una amiga para la Nación Amazona! ¡He luchado con vosotras, he llorado con vosotras, os he ayudado a parir a vuestros hijos y he enterrado a vuestras muertas! Ésta es la razón de que nunca haya revelado este secreto... ¡porque sabía que os apartaríais de mí por miedo y asco a pesar de que jamás he hecho nada para merecerlo!

Se dio la vuelta y se mordió el labio, abrumada un momento por el dolor y la rabia, que luchó por controlar. Se arrancó un trozo limpio de la túnica y lo aplicó apretando sobre el agujero para detener la hemorragia. Entonces levantó de nuevo la mirada hacia las mujeres que hasta pocos minutos antes había considerado sus hermanas y amigas.

—Tenéis razón. Podría haber usado esto para salvar a las que han muerto a lo largo de los años, pero dejad que os diga que la crueldad necesaria para hacerlo sería más de lo que puedo soportar. No tenéis ni idea de lo que es saber que jamás obtendré el eterno descanso. Por todos los dioses, ¿por qué querría causar eso a las personas que considero mis amigas y mi familia? ¡Sobre todo conociendo la maldición que va unida a la inmortalidad!

Gabrielle se volvió de nuevo hacia Demetria y advirtió que su respiración era menos errática y que la hemorragia de su herida se había detenido considerablemente.

—Deja que te pregunte una cosa, Tyra. ¿Qué te hace pensar que esa inmortalidad es un don tan estupendo, eh? ¿Qué te hace pensar que ser esclava de un ansia que no puedes controlar es algo tan maravilloso? Hay días en los que daría cualquier cosa por haber seguido siendo la sencilla bardo que viajaba con la Princesa Guerrera para, al cabo de un tiempo, haber encontrado la paz en los Campos Elíseos.

Se miró las manos, cubiertas de la sangre de Demetria, y se las mostró al grupo.

—Una eternidad de años y años infinitos derramando sangre, eso es lo que me espera. —Se apretó la mejilla por dentro con la lengua y meneó la cabeza—. De repente resulta mucho menos atractivo, ¿verdad?

Gabrielle dejó caer los hombros descorazonada y empezó a levantarse. Aunque ya había decidido quedarse un tiempo, había querido mantener abierta la opción de volver en algún momento con las amazonas. Ahora lo más probable era que no sólo esa opción estuviera cerrada, sino que seguramente vinieran a darle caza. Y ella las mataría para seguir con vida. A pesar de todo, iba a sobrevivir para encontrar a Xena.

Gabrielle les dio la espalda y se detuvo sólo cuando notó una levísima presión en el pie. Bajó la mirada y se encontró con los ojos oscuros de Demetria que la miraban.

—¿Mi reina? —susurró.

Gabrielle se volvió hacia la capitana, consciente como nunca hasta entonces de la sangre que la cubría.

—¿Qué ocurre, Demetria? —preguntó suavemente, aunque los ruidos de la ciudad incendiada ahogaban cualquier otro sonido, incluidos los gritos de los muertos y los agonizantes.

—Gracias.

—¿Por qué? —preguntó, ahora llorosa. Sabía que incluso a pesar de su habilidad y de sus años de práctica, seguía habiendo muy pocas posibilidades de que Demetria sobreviviera a la herida que había recibido.

—Por dejarme elegir morir... si es el caso. Creo que hace falta más valor para vivir para siempre que para morir como guerrera. —La capitana tosió y luego hizo una mueca por el dolor que eso le causó—. No puedo imaginarme vivir con lo que tú has visto... con lo que sabes. Sobre todo sola. —Respiró hondo—. Así que gracias.

Gabrielle asintió y dejó que las lágrimas cayeran silenciosas por sus mejillas al tiempo que daba unas palmaditas suaves a Demetria en el hombro.

—De nada, amiga mía. Pero vive para apreciarlo un poco más, ¿mmm?

Entonces Gabrielle se levantó y se volvió hacia el resto de las amazonas.

—Creo que en vista de lo que ha ocurrido aquí esta noche y dada la evidente desconfianza que sentís hacia mí ahora, será mejor que me quede aquí un tiempo. No tengo el menor deseo de castigaros a vosotras o a la Nación con mi presencia y desde luego, no quiero hacer ningún daño. Podéis esperar a que llegue el segundo barco, lo cual será dentro de unos días, y entonces podéis volver a casa.

De repente, se irguió y, como si se pusiera un manto, asumió el aire y la postura de la realeza.

—Os agradecería que os callarais lo que ha sucedido esta noche, aunque si creéis que no podéis, prestadme mucha atención. No dudaré en matar a cualquiera que venga a darme caza para seguir con vida. Tengo que ocuparme de unas cosas en el futuro y tengo toda la intención de estar allí para asegurarme de que suceden.

—¿Nos acabas de amenazar? —preguntó la mujer llamada Tyra.

—No —dijo Gabrielle con aire regio—. Os acabo de hacer una promesa.

El silencio que las rodeó en medio del caos de la ciudad fue profundo y Gabrielle dejó que calara antes de volver a hablar.

—Bueno, vamos a llevar a Demetria a la posada, a ver si queda algo en pie. Necesita más cuidados de los que le puedo dar aquí si queremos que sobreviva.

—Podemos arreglárnoslas... —empezó Tyra, pero la capitana la interrumpió.

—Gracias, mi reina. Para mí sería un honor que nos acompañaras.

El afecto sincero de esas palabras superó sin dificultad al frío que corría por sus venas desde su ataque físico contra los romanos. Murmurando apenas por lo bajo, las amazonas se pusieron a construir una litera y, cuando estaban a punto de mover a la mujer herida, las asaltó una nueva serie de dificultades.

Gabrielle se alzó, dejando de nuevo que el ardor la llevara a un plano que rara vez buscaba y que usaba mucho menos. Las amazonas se quedaron petrificadas largos instantes, observando la transformación consciente de su reina, normalmente delicada, en la ferocidad pura de una bacante.

Los romanos recorrían ahora la ciudad en pequeñas patrullas, eliminando los focos de resistencia y aterrorizando en general a las pocas personas que todavía eran capaces de presentar batalla. Cuando se encontraron con las amazonas y vieron lo que le había ocurrido al hombre al que consideraban su centurión, las atacaron ferozmente, esperándose una fácil victoria.

—Dejadnos ahora, niñas —dijo ella con voz grave y ronca—. Mamá tiene que atender un asunto y hace tiempo que deberíais estar en la cama.

Todas entendieron la forma de expresarse de Gabrielle como un medio para conservar algo semejante al control hasta que se hubieran ido. También comprendieron que era una orden directa y se apresuraron a huir de vuelta a la posada que había sido su hogar durante su corta estancia en Alejandría. La oyeron rugir y aceleraron el paso, pues sabían que Gabrielle se había convertido deliberadamente en algo que despreciaba para proteger su huida.

Sorprendentemente, su posada, situada en una pequeña y anodina esquina a dos calles de la vía principal, se encontraba intacta, y las amazonas fueron rápidamente a sus habitaciones. Colocaron a la capitana herida en uno de los camastros y dos de ellas se quedaron allí mientras que otras dos se dirigían a la sala común.

Esperaron y llamaron a los empleados y por fin, al ver que no acudía nadie, se metieron detrás del mostrador y cogieron lo que necesitaban. Cuando entraron de nuevo en la habitación, advirtieron la palidez y la respiración entrecortada de Demetria y se pusieron a trabajar, rezando para que no fuera demasiado tarde.


Mientras, Gabrielle había tocado una parte de sí misma tan oscura que Ares, o Marte, según era conocido en esta época y lugar, sintió el temblor en la esencia de la fuerza que lo rodeaba. Se prometió investigar la causa del hormigueo que sentía en la columna vertebral y la agitación de su sangre en las venas en cuanto la ciudad estuviera segura. Aquello tenía algo que le resultaba casi melancólicamente familiar, pero estaba entrenando a un nuevo señor de la guerra y quería observar los progresos de su prodigio.

El dios de la guerra suspiró. Ya no era como en los viejos tiempos. Volvió a pensar en Xena. Había sido su elegida preferida y todavía la echaba de menos... echaba en falta su fuego y su pasión. Hasta echaba de menos a su molesta amiguita rubia, que al final había sido tan guerrera por derecho propio como Xena.

Dio vueltas a esta idea mientras sus ojos contemplaban sin ver la batalla que se desarrollaba a su alrededor. Habría sido algo espectacular si hubiera podido atraer a Gabrielle a su redil. Se habría traído a Xena consigo y habrían sido imparables. Suspiró de nuevo y desapareció, de repente más interesado en descubrir lo que había detrás de sus inquietantes pensamientos que en seguir observando una batalla que se había hecho aburrida y previsible.

Como no sabía qué estaba buscando, Ares tardó un poco en encontrar la causa de su emoción. Y cuando la encontró, se sintió bastante alarmado.

—¿Bacantes? —se dijo—. Creía que nos habíamos librado de ellas cuando Xena destruyó a Baco. Me pregunto si los romanos... —Se quedó en silencio, absorbiendo la destrucción total de la que habían sido objeto los cuerpos tirados alrededor de la biblioteca. No creía que nadie, aparte de un dios, pudiera identificar lo que quedaba como seres humanos, y mucho menos darles nombre. Se preguntó por un instante si los cuerpos habían sido profanados como advertencia. Luego sacudió la cabeza y volvió a lo que quedaba de la batalla de Alejandría.


Gabrielle no perdió el tiempo con delicadezas con los soldados que se habían acercado y ahora la rodeaban. Era una pura cuestión de vida o muerte: la vida de ella y la muerte de ellos. Por desgracia, ninguno de ellos era lo bastante inteligente para darse cuenta de que la mujer menuda que tenían delante era algo más de lo que parecía y dedicaron un rato a intercambiar comentarios lascivos sobre ella.

Por fin, Gabrielle se hartó y, sin previo aviso, se lanzó. Los cuerpos de los soldados quedaron hechos trizas, irreconocibles cuando acabó con ellos, tras desatar la furia acumulada durante siglos contra Roma sin el menor atisbo de misericordia.

No tardó mucho y cuando terminó, Gabrielle se alejó pensando que necesitaba darse un baño para librarse del hedor de Roma que ahora impregnaba su piel como un recordatorio tangible de lo que había hecho. Su mente se negaba a pensar en ello y la parte de sí misma que necesitaba sangre para saciarse se regodeaba en ello. Hacía años que no sentía tal satisfacción y nunca le había resultado tan gratificante.

Gabrielle sabía en el fondo de su alma que se sentiría enferma en cuanto su mente tuviera la oportunidad de asimilar lo que había ocurrido, el ser en que se había transformado y lo que había hecho al transformarse en ese ser, pero por ahora, se conformaba con la situación tal y como estaba.

Llegó a la posada y advirtió que parecía abandonada. Dudó y se miró, pues sabía que el espectro de su aspecto era causa de pesadillas. En lugar de entrar en ese instante, hizo una breve parada en la sala de baños, dejó caer su ropa fuera y cerró la puerta con pestillo al cruzar el umbral.

Alejandría tenía uno de los sistemas de cañerías más cómodos que había visto en su vida y se aprovechó de que esta posada en concreto tuviera duchas calientes. Gabrielle se quedó largos minutos debajo del chorro de agua, dejando que se llevara la sangre y los despojos que cubrían su cuerpo. Luego cogió el jabón disponible y se frotó, rascándose la piel con un afán frenético por limpiarse hasta que se le quedó irritada y a punto de sangrar.

Sólo si pasaba un tiempo respirando y meditando, podría controlar ese impulso, y terminó rápidamente y salió de la ducha, envolviéndose el cuerpo desnudo con una toalla antes de salir de la estancia. Cogió el zurrón que llevaba siempre encima por costumbre y limpió de sangre la superficie de cuero. Luego fue a enfrentarse a las amazonas una vez más.


Gabrielle entró en su habitación, agradecida de estar sola. Las demás amazonas se habían empeñado en que su categoría como reina exigía que tuviera derecho a una habitación privada y Gabrielle no tuvo inconveniente en permitírselo. Se había habituado a su existencia solitaria y sabía que acostumbrarse a compartir la habitación después de tanto tiempo con alguien que no fuera Xena le resultaría bastante extraño e incómodo.

Sacó ropa limpia, contenta de haber hecho que la mayoría de su ropa siguiera la tradición samurai de llevar pantalones debajo de la falda. Gabrielle había renunciado a este estilo desde su llegada a Alejandría, eligiendo en cambio la toga que aquí era más habitual.

Ahora, sin embargo, como sabía que iba a ser difícil llegar al barco, suponiendo que siguiera en el puerto, se puso el atuendo de guerrera creado para ella por un maestro, siglos atrás.

Cuando terminó, Gabrielle se colocó delante del pequeño espejo y contempló el reflejo de una persona que hacía mucho tiempo que no era. Tenía el pelo tal vez un poco más largo y más dorado, pero la persona que la miraba era la misma que había estado en el Monte Fuji viendo cómo se ponía el sol.

El día en que todo cambió, pensó distraída, sabiendo que una sola decisión era la responsable de la vejez que ahora se veía en sus ojos. Aunque su inmortalidad era lo que le daba la oportunidad de ver y hacer lo que había hecho y visto desde entonces, estar sola era lo que le hacía sentir el peso de todos y cada uno de los años que ya había vivido y de todos los años por los que todavía tenía que pasar.

Gabrielle suspiró, consciente de lo infructuosas que eran estas reflexiones, pero incapaz de detenerlas. La melancolía iba a empeorar hasta que lograra superar la oscuridad que la había dominado y ahora mismo no había tiempo para ponerse a ello. Ahora mismo su responsabilidad eran las amazonas y conseguir llevarlas al puerto para ponerlas a salvo lo más deprisa que le fuera posible.

Gabrielle irguió los hombros, abrió la puerta y estuvo a punto de chocarse con una mensajera que estaba fuera con la mano preparada para llamar.

—¿Nadine?

La mujer se sonrojó y se inclinó.

—Mi reina.

Gabrielle adaptó rápidamente sus planes mentales, pues sabía que si Nadine estaba aquí, eso quería decir que el segundo barco ya había llegado. Se alegraba de haber tenido la previsión de explicar a la segunda tripulación dónde tenían pensado estar exactamente y cómo encontrarlas fácilmente si no estaban allí.

—¿Cuándo habéis llegado? ¿Y dónde está el barco? —preguntó Gabrielle mientras cruzaban el pasillo y llamaba a la puerta antes de abrirla.

Dos amazonas la detuvieron con las espadas en alto antes de darse cuenta de quién era y asintieron para dejarla pasar. Gabrielle asintió a su vez, aprobando su disciplina y su forma de proteger a sus hermanas amazonas.

—¿Cómo está? —preguntó Gabrielle en voz baja al llegar a la cama donde yacía Demetria.

—Un poco mejor, creo —replicó Tyra, que continuó con cierta incomodidad—: Tu rapidez al actuar fuera de la biblioteca seguramente le ha salvado la vida.

Gabrielle aceptó las palabras en silencio, sabiendo que era una concesión mayor de la que esperaba recibir de esta amazona concreta. En cambio, se volvió hacia la mujer que la había acompañado al interior de la habitación.

—Tenemos que salir de aquí y llegar al barco lo más deprisa posible.

Nadine asintió.

—La capitana Eulee ha encontrado una cala subiendo un poco por la costa. Es un paseo, pero era el lugar más seguro donde nos podíamos esconder sin perder la esperanza de encontraros y sacaros a todas de aquí sanas y salvas. Podemos marcharnos en cuanto estéis listas.

Tyra intervino.

—¿Y nuestro barco?

Nadine hizo un gesto negativo con la cabeza.

—Es imposible saberlo y aún más difícil entrar ahora mismo en el puerto. Está plagado de romanos y en llamas. —No les contó la discusión que hubo a bordo de su propio barco cuando vieron el caos que reinaba en la ciudad mucho antes de llegar a ella. Sólo cuando la capitana encontró un lugar donde podían desembarcar sin ser vistas, acordaron ir a tierra en busca de Gabrielle y sus hermanas—. Vamos a estar un poco apretadas —dijo, indicando que su escala en las islas de Ceilán había tenido mucho éxito—, pero creo que dadas las circunstancias, todo el mundo lo superará. Pero tenemos que irnos ya. Sé que a todo el mundo le preocupaba un poco la idea de quedarnos atrapadas aquí.

Gabrielle asintió y volvió a asumir el mando.

—Si ya lo tenéis todo recogido y estáis listas —dijo, fijándose en los morrales que había encima de la mesita—, podemos ponernos en marcha. Vosotras dos, —indicó a las que estaban más cerca de la puerta—, coged las cosas. Tyra, Nadine y tú llevad la litera. Eso nos deja a Lisset y a mí para avanzar por delante y proteger la retaguardia. Bueno, Nadine, ¿dónde está el barco exactamente?

Mientras la pequeña exploradora le daba a Gabrielle las indicaciones que necesitaba para encontrar el barco, el resto del pequeño contingente se preparó para marchar. Y al cabo de un momento, el grupo salió y se alejó de lo que quedaba de la otrora gran ciudad de Alejandría.


Avanzaban deprisa y Gabrielle se aseguraba de que no se encontraban con nadie ni con nada dispuesto a detenerlas. Le habían dado a Demetria una pócima curativa para dormirla y que pudiera hacer el viaje cómodamente inconsciente. Nadine daba indicaciones a Gabrielle de vez en cuando, asegurándose de que seguían en el buen camino. Y poco a poco, el pequeño grupo llegó a la orilla.

La brisa que les traía el olor acre del salitre era refrescante y las ayudó a acelerar el paso, pues sabían que su medio para huir estaba cerca. Justo cuando vieron el barco a lo lejos, una lluvia de pétalos de rosa anunció la llegada de una visita inesperada.

—¡Hola, chatunga! —Cogió a Gabrielle entre sus brazos para estrecharla con fuerza—. ¿Cómo estás? ¡Jo, pero como te he superechado de menos! ¿Dónde has estado, o sea? —Miró a su alrededor y vio a la capitana herida en la litera—. Uuuh, ¿pero que le ha pasado a esa nena?

Las amazonas se detuvieron ante la repentina aparición, pues nunca habían visto a un dios en carne y hueso. Gabrielle no sabía si alegrarse o irritarse. Se soltó de los brazos de Dita.

—Hola, Dita —contestó Gabrielle con cierta rigidez—. ¿Podemos hablar dentro de un momento? Tengo que llevar a estas chicas a ese barco de ahí para que puedan salir de aquí.

—Oh, no hay problema —contestó la diosa, chasqueando los dedos. En un abrir y cerrar de ojos, el pequeño grupo pasó del otro extremo de la playa a la cubierta del barco—. Ya está, preciosidad. Todas presentes y en orden.

—Mm, gracias, Afrodita —dijo Gabrielle mientras las amazonas que había en cubierta bajaban poco a poco las armas al reconocer a sus compañeras—. Mm, deja que instale a esta gente y luego, mm, ¿tal vez podemos hablar?

La diosa asintió y se colocó junto a la litera de Demetria. Las amazonas se apartaron respetuosamente, pero observaron con atención mientras Afrodita apartaba con delicadeza el pelo de la cara de la mujer inconsciente. Sus manos bajaron por el cuerpo de la capitana hasta que llegaron a la herida y se quedaron ahí largo rato. Sin decir palabra, Dita se apartó de la mujer y se alejó sola hacia la proa.

Se levantó un murmullo entre las amazonas, la mayoría de las cuales estaban asombradas de haber visto a una diosa en persona. Gabrielle se puso a dar instrucciones y al cabo de un momento, las amazonas se dispusieron a preparar el barco para zarpar.

Eulee sólo tardó un momento en acomodar a todo el mundo. Iban a ir muy apretadas en el viaje de vuelta a casa, pero al menos volvían todas y se les había unido un nuevo grupo de hermanas. Justo cuando estaban a punto de levar el ancla, Gabrielle se situó ante ellas.

—Os deseo a todas un buen viaje. Espero que sea rápido y seguro.

—Entonces, ¿tú no vas a volver a casa con nosotras?

—No, Dita y yo tenemos que ponernos al día. Hace tiempo que no nos vemos. Espero volver más adelante. —Gabrielle miró directamente a Tyra al hablar y la amazona inclinó la cabeza asintiendo. Tanto ella como las demás guardarían el secreto de Gabrielle.

—Reina Gabrielle, ¿ésa es de verdad la diosa del amor?

Afrodita se dio entonces la vuelta para mirar a la masa de amazonas y avanzó hasta ponerse al lado de Gabrielle.

—¡Ya lo creo, nena!

Hubo algunos murmullos más entre las mujeres y Dita hasta se sonrojó al oír algunos de los comentarios. Gabrielle se rió por lo bajo, aunque también se sonrojó.

Dita carraspeó.

—Bueno, ha sido super... mm... bueno, no divertido, pero sí diferente. ¡Moláis todo! Me aseguraré de que salís de aquí sanas y salvas. —Y con una lluvia de chispas y pétalos de rosa, Gabrielle y ella desaparecieron.


PARTE 7


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
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