Capítulo IX


Tardaron casi todo el día en llegar a tierra. El buque insignia se quedó varado sin querer cuando el agua se transformó en un banco de arena sin previo aviso. Desembarcaron con algunos pertrechos. Gabrielle había decidido que iban a dormir en tierra, aunque no les fuera posible descargar todas sus cosas y encontrar refugio. Parecía hacer buen tiempo y, por esta noche, sólo quería tumbarse en el suelo, contemplar las estrellas del revés y recordar.

Las amazonas se alegraron de volver a pisar tierra firme, aunque estuvieran adentrándose en lo desconocido. Daba gusto caminar sobre terreno llano, y no tardaron en formar grupos de trabajo. Cada regente había sido elegida a propósito como dirigente de un sector específico. Ahora se pusieron al frente de las mujeres a su mando y las amazonas se dispersaron: unas para cazar, otras para buscar cualquier tipo de planta reconocible y otras para recoger leña o las grandes ramas de hojas verdes que veían tiradas bajo el follaje que bordeaba la playa.

Algunas de las mujeres que quedaban se pusieron a despejar una zona para montar un campamento temporal, y las demás regresaron a los barcos para descargar las cosas que iban a necesitar de manera inmediata. La zona no tardó en ser un hervidero de actividad.

En varias ocasiones, Gabrielle notó el cosquilleo de unos ojos sobre su piel, pero aunque lo atribuyó a alguna de las amazonas, no conseguía quitarse la sensación de hormigueo en la nuca. Y nunca pillaba a ninguna de las mujeres mirándola, a menos que se dirigiera a ella directamente. Estaban todas demasiado ocupadas para fijarse en ella. Por fin, la sensación desapareció y las cazadoras y las exploradoras regresaron a la playa. Gabrielle dejó la sensación a un lado para examinarla más tarde y se obligó a prestar atención a la Nación que tenía delante.

La velada transcurrió apaciblemente mientras las amazonas comían la caza recién obtenida por las cazadoras y los tubérculos que habían encontrado las exploradoras. Ya no había barreras entre las distintas tribus y facciones. El viaje las había convertido en una sola nación, cosa que Gabrielle agradecía muchísimo. Así su trabajo sería más fácil y con suerte las ayudaría a adaptarse mejor a la nueva vida que estaban comenzando.

Tardaron varios días en descargar los barcos por completo. Eso era de esperar, puesto que estaban dejando el mero esqueleto de los barcos, pero Gabrielle también encargó a varias amazonas que construyeran algunos refugios. Lo había hablado con su consejo y habían decidido que éste sería un buen puesto avanzado por varias razones. Ya habían designado a un grupo de mujeres para regresar a la playa en cuanto la Nación encontrara un lugar donde asentarse de forma permanente.

Por fin, las mujeres estuvieron preparadas y empezaron a moverse despacio hacia el interior. Tras cuatro días de viaje, las amazonas llegaron a un lugar que las obligó a detenerse maravilladas. Había una pared de granito en dos lados que subía por el aire. Investigando un poco, descubrieron que parecía ser el final de una cordillera y que había varias cuevas y grietas que les podían proporcionar espacio como almacén y refugio.

Al pie de la pared del tercer lado había un denso bosque con un río de aguas límpidas, y tras cuatro días de arena y matorrales, el lugar les resultaba agradable y apacible. La caravana fue aflojando el paso y poco a poco se detuvo mientras Gabrielle se adelantaba un poco. El consejo la siguió hasta que ella hizo un gesto para que se pararan y avanzó varios pasos más antes de darse la vuelta para mirar a lo que quedaba de la Nación Amazona.

—Señoras, creo que hemos encontrado nuestro nuevo hogar.

Las amazonas prorrumpieron en gritos de júbilo tan fuertes que casi ahogaron la sensación que seguía teniendo Gabrielle de ser observada.

Casi.

Durante los meses siguientes hubo mucho trabajo a medida que las amazonas se abrían un hueco en este nuevo mundo frenético. Tenían en cuenta el hecho de que estaban estableciendo una nación que esperaban que durara mucho tiempo y ponían mucho cuidado en conservar todos los recursos posibles. Habían aprendido la dura lección de que no había un suministro ilimitado de nada y era una lección que tenían bien presente.

Además, esta nueva tierra era dura y no parecía dispuesta a renunciar a ninguno de los recursos que atesoraba sin presentar batalla. Pero poco a poco, con firmeza, las amazonas se estaban forjando un sitio propio en su nuevo mundo.

El puesto avanzado de la playa quedó establecido con éxito y las mujeres ya rotaban regularmente por él. Se había montado otro puesto en el bosque y había un tercero en la pared más cercana a la cordillera. Las amazonas se sentían bien protegidas y se estaban instalando muy bien.

Gabrielle seguía teniendo la sensación de vez en cuando de que las observaban, pero las exploradoras nunca informaban de que hubieran visto a otros seres humanos y ella misma no había logrado encontrar huellas claras de humanidad durante sus excursiones nocturnas.

Se alegraba más que nadie de volver a estar en tierra, a pesar de los nuevos desafíos y peligros a los que se enfrentaban. Le era mucho más fácil controlar la necesidad de sangre que de vez en cuando le corría por las venas y agradecía muchísimo tener espacio propio, aunque no podía decir que no lo hubiera tenido en el barco. Lo tenía y las mujeres se lo respetaban absolutamente. Pero aquí, rodeada de montañas, árboles y tierra, Gabrielle sentía la libertad que había conocido en los caminos con Xena.

Cuando pensaba cosas así tendía a entristecerse muy deprisa, por lo que volvió a centrarse en su entorno. Gabrielle estaba sentada en lo alto de la pared del acantilado, que le ofrecía una vista donde a lo lejos se divisaba apenas la gran extensión del mar. Se fijó en el anillo que llevaba y de repente se dio cuenta del tiempo que hacía que no hablaba con Afrodita, y entonces cayó en la cuenta del por qué.

—Te echo en falta, amiga mía —dijo en voz alta—. Cuando tengas un momento libre, mira un poco a ver si puedes encontrarme, ¿eh? Me gustaría seguir en contacto contigo, aunque no estemos ni por asomo donde se suponía que teníamos que estar. —A Gabrielle se le dilataron los ojos al pensarlo—. Me parece que vamos a tener dos colonias de amazonas, porque no creo que el destino vaya a intervenir cada vez que un nuevo grupo de mujeres intente unirse a nosotras.

Cada vez hacía más frío a medida que las estaciones avanzaban hacia el invierno, y Gabrielle se estremeció cuando el sol se hundió por el horizonte.

—Qué raro me resulta que vaya a llegar el invierno cuando lo que me espero es el verano —comentó, pues sabía que Cyane se acercaba a ella por detrás.

—Pues sí... aquí está todo del revés, pero es un sitio muy agradable.

Gabrielle esperó. Sabía que Cyane estaba preocupada por algo, porque todo el mundo respetaba su intimidad a la puesta del sol en las raras ocasiones en que subía hasta lo más alto de la pared para contemplarlas. Pero se quedaron sentadas en silencio hasta que la oscuridad cayó del todo y el viento empezó a soplar con fuerza por la llanura. Por fin, Cyane interrumpió el silencio.

—Mi reina, estoy un poco preocupada. —Esperó a que Gabrielle volviera la cabeza antes de continuar—. Por dos cosas, en realidad, y puede que estén relacionadas o no.

—Muy bien, ¿qué ocurre?

—Pues, a lo mejor crees que estoy perdiendo la cabeza, sobre todo porque no hemos visto el menor indicio de vida humana, pero juraría que alguien nos ha estado observando en más de una ocasión. La verdad es que no puedo explicarlo, no es más que una sensación, pero la tengo y es real.

Gabrielle asintió indicando que lo comprendía y esperó a que Cyane siguiera hablando.

—En cierto modo, espero que la sensación sea acertada. —Se fijó en la ceja que salió disparada hacia el rubio nacimiento del pelo, tal y como se esperaba—. Si aquí hay más gente, aunque no la hayamos encontrado, eso es bueno para nosotras. Es evidente que no les importa que estemos aquí, porque si no, seguro que ya se habrían opuesto a nuestra presencia. Y la verdad, los necesitamos si queremos sobrevivir como nación.

Gabrielle se quedó callada un ratito, pensando en lo que había dicho Cyane. Luego se levantó, se sacudió el polvo y esperó mientras Cyane hacía lo mismo.

—Yo también he percibido esas señales sutiles de que aquí hay alguien, pero al igual que tú, no encuentro pruebas fehacientes, aparte de mis sensaciones, y no sé cómo describirlo... ¿como un desplazamiento extraño del aire, tal vez?

Cyane asintió.

—Exacto. Eso es exactamente. Agujeros en el aire donde antes no los había.

—Bueno, ahora que tenemos hecho el trabajo básico en la aldea, las cosas se están calmando y tal vez deberíamos enviar unas partidas de caza con instrucciones específicas sobre lo que queremos que cacen. Si tenemos vecinos, creo que deberíamos intentar conocerlos. Estaría bien saber cuál es nuestra situación antes de que llegue el frío del todo.

—Veré qué puedo organizar. Creo que podemos... —Cyane se calló cuando una de las exploradoras que estaba destinada al puesto avanzado cercano a la montaña se acercó a ellas a la carrera. Gabrielle había puesto fin a la costumbre de arrodillarse e inclinarse, pero a pesar de eso la exploradora las saludó inclinando la cabeza.

—Mi... reina. Cyane.

Gabrielle alargó una mano y la puso en el hombro de la mujer.

—Espera un poco hasta que recuperes el aliento, Chia.

Durante unos momentos no se oyó nada salvo su respiración agitada, y Gabrielle miró a Cyane a los ojos con seriedad, captando en los ojos azules que la miraban las mismas preguntas que se estaba haciendo ella mentalmente. Cyane se encogió de hombros y se cruzó de brazos, esperando a que la joven amazona hablara de nuevo.

—Lana, Trei y yo estamos a cargo de la vigilancia en las montañas esta semana. Hace como una marca, oí algo, o eso me pareció, y Trei se ofreció a vigilar mientras yo exploraba un poco. Justo cuando el sol se estaba hundiendo en el horizonte... bueno, no puedo decir que la atrapara yo, pero una mujer mayor salió de las sombras y vino hacia mí. Vaya susto que me dio... ¡dioses! Pero bueno —se apresuró a continuar, recordando con quién estaba hablando—. Esta mujer vino derecha a mí y se quedó mirándome un buen rato sin decir nada.

—¿Qué aspecto tenía? —la interrumpió Cyane.

Chia se calló de golpe y se quedó con la mirada perdida, mordiéndose el labio mientras pensaba.

—Mayor, como una de nuestras ancianas, y con ropa parecida. De piel muy oscura, pero por el sol, no de nacimiento. Tenía los ojos oscuros y el pelo hasta los hombros adornado con cuentas y plumas por la parte izquierda, igual que nuestras guerreras, pero con otro estilo. Llevaba varios pendientes y unos tatuajes interesantes... remolinos y cosas así que le cubrían casi todo el brazo izquierdo. —Chia hizo gestos para demostrarlo.

—¿Y qué pasó? —preguntó Gabrielle para volver al grano. La descripción de Chia le producía a Gabrielle un cosquilleo por motivos que no sabía explicar y quería saber más.

—Ah, mm, pues se quedó allí parada y me miró sin decir palabra y luego alargó una mano para tocarme. Yo retrocedí y agarré mi cuchillo. —Chia se sonrojó entonces—. Ella se rió de mí. Me enfadé y la ataqué. Me tiró al suelo como a una cachorrilla. Y entonces habló.

¿¿Y bien?? —exclamó Cyane cuando el silencio se prolongó.

—Oh, perdón —dijo Chia—. Me miró y dijo, en perfecto griego: "¿Eres una amazona?" Le dije que sí. Y entonces dijo: "La mujer rubia que os dirige..." Creo que estaba esperando a que yo acabara la frase por ella, pero no lo hice y me quedé esperando. Por fin se dio cuenta de que no le iba a dar ningún tipo de información y asintió con la cabeza, casi como si lo aprobara. "¿Se llama Gabrielle?"

Al oír esto, Gabrielle levantó la cabeza de golpe. Chia se echó a reír y Gabrielle la miró encarcando una ceja.

—Perdona, mi reina, pero ésa fue exactamente mi reacción. No contesté, pero creo que se me notó. Sin embargo, la mujer no me presionó. Simplemente me dio una cosa y me pidió que te la diera a ti. Dijo que lo reconocerías y que estaría en contacto cuando lo hubieras visto, para que pudieras decidir por tu cuenta qué hacer a continuación.

Gabrielle alargó la mano y esperó a recibir el objeto. Chia se quitó el pequeño morral que llevaba a la espalda y lo abrió, sacó una cosa envuelta de dentro y se la puso a Gabrielle en la mano. Ni siquiera la oscuridad pudo disimular el ligero temblor de su mano, pues la luna daba luz de sobra para ver. Gabrielle quitó despacio el envoltorio y entonces sofocó una exclamación, cuando sus ojos contemplaron una verdad que no se habría creído sin la prueba física que ahora sostenía en las manos.

Se olvidó de las dos mujeres que estaban a su lado y retrocedió treinta años mentalmente, a la primera vez que se encontró con las amazonas.

¿Cuántas veces se había golpeado con la vara? ¿Seis? ¿Ocho? ¿Doce? Le dolía la cabeza, y los músculos mucho más. Jamás se había sentido tan torpe y tan fuera de lugar como con todas estas mujeres guerreras que era evidente que despreciaban su presencia entre ellas.

Con todo, en medio de todo aquello y mientras Xena estaba fuera tratando de resolver el misterio de quién era el que intentaba iniciar una guerra entre las amazonas y los centauros, Gabrielle continuó intentando dominar esta nueva arma que le había sido asignada por la ley y la tradición de las amazonas.

Su maestra era muy paciente y muy callada, y Gabrielle, con su típica exuberancia, intentaba hacer hablar a la mujer de más edad, pero aparte de darle instrucciones y alguna que otra respuesta monosilábica a sus preguntas, Gabrielle no lograba sacarle gran cosa a su instructora.

Cuando Krykus fue derrotado, Gabrielle y Xena volvieron al camino y Xena siguió instruyendo a Gabrielle en el manejo de la vara hasta que la bardo se convirtió en una fuerza a tener en cuenta sin ningún género de duda. Hacia esa época, la muerte de Xena las volvió a poner en contacto con las amazonas y, una vez resuelto aquel asunto, Gabrielle tuvo oportunidad de lucir las habilidades que había adquirido.

Xena se quedó a un lado y observó con orgullo mientras Gabrielle barría el suelo con todas las amazonas que se enfrentaban a ella. Por fin, su antigua instructora combatió con ella y Gabrielle no sólo aguantó, sino que logró vencerla tras varios minutos de vigoroso combate.

Xena sonrió muy orgullosa, mientras la maestra de armas se quedaba allí plantada, boquiabierta y sin dar crédito. Por fin sacudió la cabeza y se marchó del campo sin decir nada. Gabrielle miró a Xena con curiosidad: no se esperaba ganar, pero tampoco se esperaba ver a alguien con tan mal perder. Xena se encogió de hombros y rodeó a Gabrielle con un brazo, sonriendo por la naturalidad con que la bardo encajaba con ella. Se volvieron para salir del campo de entrenamiento y entonces vieron a la instructora que volvía corriendo. Cuando las alcanzó, se arrodilló ante Gabrielle y le presentó una espada ceremonial dentro de un funda de bello diseño.

Gabrielle alargó una mano para tocarla y luego se volvió hacia Xena con aire interrogante. Xena se encogió de hombros con indiferencia y miró a la amazona, enarcando una ceja.

—Ésta es la espada que gané en nuestro último concurso de armas. Si puedes derrotarme con tal facilidad, debería ser tuya.

Gabrielle miró a Xena consternada. No podía quedarse con aquello, aunque quisiera. Para empezar, no tenían dónde ponerlo, y no estaba dispuesta a llevarlo encima. Ya había tomado la decisión consciente de no luchar a espada. Además, era evidente que ésta significaba mucho para la otra mujer y Gabrielle tomó nota mental para pedirle a Ephiny que le contara la historia de la espada.

—Tengo una idea —dijo Gabrielle de repente—. La aceptaré si tú aceptas ser su guardiana. —Gabrielle casi sonrió al ver la confusión que se apoderaba del rostro de la maestra de armas—. No puedo quedármela, Eponin —dijo suavemente—, pero no voy a ofender tu honor rechazándola. Así que te pido que seas la guardiana de la espada.

La mujer de más edad se lo pensó un momento y luego aceptó asintiendo. Gabrielle cogió la espada y asintió, y Eponin se puso de pie.

—Gracias, mi reina.

Gabrielle sonrió ahora al sacar la espada de su funda y palpó el grabado de la pluma que había mandado añadirle antes de devolver la espada a su maestra. Se le apagó la sonrisa cuando sus dedos notaron algo desconocido y sin embargo... Bueno, ya lo miraría de día. Entretanto...

—Gracias, Chia. Ésta es probablemente una de las cosas más agradables que me han pasado en mucho tiempo.

Querían interrogarla: sabía que lo deseaban. Pero su rango, así como el respeto que sentían por su capacidad de liderazgo, las mantuvieron en silencio. En cambio, Chia asintió de nuevo y murmuró:

—Si me disculpas, mi reina. Tengo que volver a mi puesto.

Gabrielle asintió, perdida de nuevo en sus recuerdos. Cyane y ella se quedaron en silencio mientras Chia regresaba corriendo al puesto avanzado de la montaña. Cuando Gabrielle se volvió para regresar a la aldea, Cyane la acompañó sin decir palabra.

Gabrielle agradeció el silencio: estaba muy ocupada barajando las posibilidades de lo que ahora sujetaba en la mano.


—Te lo digo yo, Varia. Era la espada ceremonial de Artemisa.

—Cyane, ¿cómo puedes estar segura de eso? Estaba oscuro. Y tampoco es que la hayas visto nunca. Lleva desaparecida más de treinta años.

Cyane se quitó la túnica y gimió de alivio mientras se bañaba con el agua caliente que Varia había tenido el detalle de traerle.

—Dioses, qué gusto. Qué frío hacía ahí fuera. —Se puso una camisa limpia—. Está bien, Varia. No me creas. Pero te digo que es la espada ceremonial y lo sabrás cuando la veas. Es tal cual la describían las historias. Aunque...

—¿Sí?

—Me gustaría ver bien lo que lleva grabado en la hoja. Ahí hay más de lo que contaban las historias.

Varia puso los ojos en blanco.

—No es posible que hayas visto eso en la oscuridad, aunque estuvieras pegada a Gabrielle. La luna no da tanta luz.

Cyane dio un manotazo a Varia en el hombro.

—No te hagas la lista. Era más bien la expresión que se le puso a Gabrielle. Ahora vamos... necesito beber algo.


Gabrielle llegó a su casa sin problemas. La aldea era una mezcla de cuevas y cabañas de troncos, y Gabrielle se había apoderado de una cueva para su propio uso. Tenía un manantial caliente hacia el fondo que era lo que había acabado por decidirla. Seguía buscando una manera de salir por detrás, pero por ahora estaba satisfecha con lo que tenía. Tampoco es que corra peligro de morir, aunque la sensación de confinamiento a veces le resultaba un poco agobiante.

Pero en general, le gustaba su alojamiento, y esta noche agradecía especialmente la intimidad que le proporcionaba la caverna. Atizó el fuego, para avivarlo, contenta de tener luz y calor. Puso agua a calentar para hacerse té y dejó la vaina al lado de su petate. Luego fue al manantial caliente para lavarse.

No se recreó en ello, sino que se bañó a toda prisa, se volvió a vestir y alcanzó el agua para el té justo cuando empezaba a hervir. Dejó que el té se posara y se centró de nuevo en la espada y su guardiana. Advirtió que había marcas nuevas en la hoja.

—Eponin, ¿cómo has llegado hasta aquí? —preguntó en voz alta, y de repente deseó que llegara la mañana, con las respuestas que traería.

Por la mañana, Gabrielle se encaminó hacia el puesto avanzado de la montaña en el momento en que el sol empezaba a despuntar por el rocoso horizonte. No creía que fuera a encontrarse a Eponin esperándola allí, pero estaba segura de que la extraordinaria vigilancia a la que las sometía Eponin garantizaría su presencia al poco tiempo.

Saludó con un gesto a la centinela que estaba fuera del puesto y luego se adentró en la pequeña zona despejada que había más allá. Notó la duda de la centinela, que se debatía entre permanecer en su puesto o acompañar a su reina a un lugar que las amazonas consideraban que estaba fuera de sus fronteras. Sólo hizo falta una señal con la mano y, ceñuda, la centinela se quedó donde estaba.

El prado había sido un hallazgo inesperado. Era una minúscula extensión de hierba rodeada de montañas y árboles. Gabrielle tenía la curiosa sensación de que cuando llegara, Eponin la buscaría allí por instinto. Gabrielle se sentó en un tronco y sacó la espada de la vaina. Sus dedos tocaron delicadamente los grabados antiguos y nuevos mientras esperaba a que llegara su amiga.

No fue tanto un ruido como una sensación, pero Gabrielle se quedó inmóvil largos segundos y por fin levantó la mirada. Ante ella estaba arrodillada una mujer mayor, con la cabeza gacha en actitud de respeto. Gabrielle alargó la mano titubeante, sin ánimo de ofender, pero necesitaba saberlo con certeza.

Cuando su mano se posó en el hombro de la mujer, ésta alzó la cabeza y Gabrielle contempló a una amiga a la que de verdad no había esperado volver a ver nunca más. Se le pasó un millón de cosas por la mente, pero lo único que salió de su boca fue:

—¡Oh, Eponin!

La guerrera tomó las manos que le ofrecía su reina, pero no hizo ademán de levantarse hasta que Gabrielle dijo suavemente:

—Álzate, amiga mía.

Así lo hizo a toda prisa y se vio estrechada en un abrazo tan profundo que dolía. El abrazo se prolongó largos instantes, hasta que, algo cohibida y con lágrimas en los ojos, Eponin se apartó.

Gabrielle se secó los ojos sin disimulo y luego tiró de la mano de la mujer mayor hasta que estuvieron sentadas la una al lado de la otra. Estuvieron un rato mirándose y Gabrielle supo que, a menos que las cosas hubieran cambiado radicalmente, tendría que ser ella quien rompiera el silencio.

—Estás maravillosa, Eponin. Cómo me alegro de volver a verte, por inesperado que sea.

Eponin se rió por lo bajo.

—Tú no has cambiado nada, Gabrielle, y seguro que tienes una historia increíble para explicarlo.

—Más de lo que te imaginas, amiga mía. Más de lo que te imaginas.

Eponin dudó, pues había muchas cosas que quería preguntar, pero estaba bastante segura de que no quería oír las respuestas. Gabrielle aguardó, sin saber por dónde empezar. Por fin, Eponin habló.

—¿Dónde está Xena y qué ha sido de las demás, de Ephiny, Solari y Chilapa? Hay muchas caras nuevas entre la gente que te has traído y faltan muchas caras conocidas.

Gabrielle sonrió con tristeza.

—Eso es parte de mi larga historia. Te cuento la mía si tú me cuentas la tuya.

Eponin asintió.

—Es una de las razonas por las que pedí reunirme contigo, una vez me convencí de que erais las amazonas y tú las que estabais aquí. Por eso y porque tenía que devolverte la espada. —Indicó la espada ceremonial que ahora estaba en el suelo entre las dos—. Pertenece a la Nación.

—Pues supongo que empiezo yo —dijo Gabrielle, y se lanzó a contar lo que había sucedido durante los treinta años que habían pasado desde la última vez que vio a la maestra de armas. A Eponin se le fueron desorbitando cada vez más los ojos a medida que se desarrollaba la historia de Gabrielle y en más de una ocasión se enjugó las lágrimas.

—Es... mm, pues...

—¿Asombroso? ¿Increíble? ¿Extraño hasta decir basta? ¿Todo ello?

Eponin se echó a reír, como descarga emocional más que nada, aunque sin duda también por el humor sardónico.

—Sí —contestó, con otra suave carcajada—. Desde luego, mi historia parece normalita en comparación.

—¿Cuál es tu historia, Ep? La última vez que te vi...

—La última vez que me viste, todavía éramos unas crías, aunque bien saben los dioses que a mí no me parecía que yo lo fuera. De ti, no me cabía duda.

—¡Oye! —exclamó Gabrielle con falsa indignación, pero tenía que reconocer que era cierto. Estaba sorprendida por lo comunicativa que se mostraba Eponin y se preguntó si se debía a las experiencias acumuladas a lo largo de los años desde que dejó a la Nación o si era simplemente por el asombroso encuentro que estaban teniendo. Gabrielle se encogió de hombros mentalmente. En cualquier caso, era agradable poder mantener una conversación de verdad, sobre todo con una vieja amiga que podía comprender y valorar aunque sólo fuera un poquito lo que le esperaba a Gabrielle.

—Me gusta esto —dijo Gabrielle cuando el silencio amenazó con volverse incómodo, señalando el chakram que estaba grabado en la hoja de la espada alrededor de su pluma—. Encaja, de algún modo.

Eponin se encogió de hombros.

—Me acordaba de cuando acabó todo y estabas arrebujada en los brazos de Xena aquella noche, de la forma perfecta en que encajabais la una con la otra. Tardé mucho en añadirlo, pero cuando quedó claro que jamás lograría volver a casa, me pareció lo correcto.

Gabrielle sonrió.

—No te sorprenderás mucho si te doy la razón, ¿verdad?

—Qué va. Me sorprendería más que no me la dieras, a pesar de todo.

Se quedaron calladas un rato y Gabrielle no tuvo reparo en seguir así hasta que Eponin se sintiera cómoda para contarle lo que tuviera que contar. Por fin, la maestra de armas tomó aliento y se puso a hablar.

—Ya sabes cómo estaban las cosas después de lo de Velasca —empezó Eponin sin más preámbulos. Gabrielle asintió y esperó en silencio—. Eph y el consejo lo hablaron y decidieron intentar unir a todas las tribus. —Eponin sonrió al ver la cara de Gabrielle y asintió—. Sí, ya entonces las amazonas estaban intentando unificar a las tribus. Bueno, el caso es que sabíamos dónde estaban algunas y luego había otras... otras tribus de las que sólo habíamos oído hablar por las leyendas y las historias transmitidas a lo largo de las generaciones. Se decidió enviar a alguien para ver si era posible encontrar a estas tribus perdidas. Me ofrecí voluntaria. —Se encogió de hombros otra vez y miró a Gabrielle—. Pensé que no sería para tanto, ¿sabes? Es decir, en las historias había pistas que indicaban dónde encontrarlas si se sabía cómo y dónde buscar, y yo lo hice. —Eponin meneó la cabeza—. Qué arrogancia. No tenía ni idea de en qué me estaba metiendo y estaba convencida de que podría arreglármelas sola. Encontré a las dos primeras en África. Y luego cometí el error de subir a un barco. —Eponin miró a su reina de reojo—. ¿Tú sabes lo que es estar en un barco cuando tienes tendencia al mareo? ¿¿Sabes lo que es estar en un barco durante una tormenta cuando tienes tendencia al mareo??

A Gabrielle le dio tal ataque de risa que se cayó del tronco.

—¿Alguna vez has comido pulpo crudo porque la cura para el mareo ha acabado con tu sentido del gusto? —contestó. Eponin hizo una mueca.

—¡Oh, uuuh! No sé qué es peor.

Gabrielle volvió a subirse al tronco, sin dejar de reír.

—Yo tampoco, la verdad, aunque diría que el pulpo, porque de todas formas lo vas a echar inmediatamente.

—Oh, gracias por la imagen, mi reina. Justo lo que necesitaba para empezar bien el día.

—Es un placer —fue la descarada respuesta, y luego Gabrielle le hizo un gesto para que continuara.

—Yo no sabía que me mareaba... nunca había estado en un barco. Imagínate la desagradable sorpresa que me llevé. A unos tres días de la costa, nos topamos con una tormenta inmensa. No sé muy bien qué pasó después. Estaba demasiado ocupada vomitando. Cuando la tormenta por fin cedió, estábamos cerca de esta costa. Me cambiaron por víveres frescos.

Esto último lo dijo tan bajo que Gabrielle tuvo que hacer un esfuerzo para oírlo. Y entonces parpadeó mientras intentaba entenderlo.

Eponin se apresuró a continuar para ahorrarles a las dos la vergüenza de tener que repetir sus palabras.

—Estaba demasiado enferma para impedírselo y la tripulación me entregó a los nativos a cambio de víveres frescos y se volvió a casa. Al jefe le gusté. —Se encogió de hombros con modestia.

Gabrielle alargó la mano vacilante y se alegró al ver que la maestra de armas no se apartaba al notar el contacto.

—Eponin, ¿eres desdichada aquí? ¿Te retienen en contra de tu voluntad? Sigues siendo amazona, eso lo sabes, y siempre serás bien acogida entre tus hermanas.

La sonrisa de Eponin fue genuina.

—No soy desdichada, Gabrielle. Aquí he encontrado un lugar para mí, y por mucho que las amazonas sean parte de mí, esta tierra y la gente que vive aquí también son mi hogar y mi familia. De hecho, he venido para hablarte de eso.

Gabrielle ladeó la cabeza. Tenía cierta de idea de por dónde iba el tema, pero no quería dar nada por supuesto. Eponin la miró un momento y luego miró hacia el otro lado del prado.

—Nosotros, mi tribu, hemos estado observando a la Nación desde que llegasteis. Cuando los exploradores se dieron cuenta de que os estabais instalando, me consultaron para decidir vuestro destino. Cuando te reconocí, me di cuenta de lo que le debía de haber ocurrido a la Nación y le expliqué al jefe lo que me parecía que estaba sucediendo.

Gabrielle asintió.

—Los hombres de mi tribu están dispuestos a llegar a un acuerdo con las amazonas parecido al que teníamos con las aldeas de alrededor en Grecia. Acogerían a los niños varones en su aldea mientras que las niñas se quedarían con sus madres amazonas.

—¿Qué les parece la idea a las mujeres de la aldea?

Eponin se encogió de hombros.

—Bueno, su sociedad permite que un hombre tenga más de una esposa. Así que no es algo inusual para ellos.

—Espera... ¿estás diciendo que las amazonas tendrán que casarse con estos hombres para procrear con ellos? Eponin...

—No, no, Gabrielle. —Se pasó una mano por el pelo canoso—. No me estoy explicando bien. Comprenden lo que necesita la Nación para sobrevivir y están dispuestos a proporcionar el servicio necesario.

—¿A cambio de...? Vamos, Ep... todas sabemos que no hay nada gratis en esta vida... ni en cualquier otra, a decir verdad.

Eponin miró a Gabrielle de soslayo.

—¿Alguien te ha dicho que te has hecho cínica con la edad, Gabrielle?

Gabrielle suspiró apesadumbrada.

—He visto demasiado mundo, Eponin, y no es un lugar bonito. Las personas hacen todo lo necesario para sobrevivir y eso no suele sacar a la luz lo mejor que llevan dentro.

Eponin se quedó en silencio, asimilando la verdad de lo que decía Gabrielle.

—La tribu está dispuesta a proporcionaros hombres para hacer hijos a cambio de todos los hijos varones que nazcan. Es bueno para vosotras y bueno para ellos.

Gabrielle asintió.

—Está bien. Se lo diré al consejo, aunque no creo que lo rechacen. Había cierta preocupación. Y mientras, ¿a lo mejor puedo reunirme con el jefe? Tal vez quieran establecer algún tipo de comercio.

Eponin sonrió.

—Creo que eso puedo arreglarlo. La tribu está muy deseosa de conocer a las amazonas, pero sobre todo a ti, desde que habéis llegado.

—Pues vamos —dijo Gabrielle, levantándose, y le ofreció una mano a la mujer de más edad para ayudarla a levantarse. Cogió la espada ceremonial y se la colocó a la espalda—. Quiero presentarte a las hermanas. Luego podemos reunirnos con tu tribu y ver qué podemos acordar entre todos. Creo que esto va a ser beneficioso para todas las partes implicadas.

Eponin abrazó a Gabrielle, cosa que la sorprendió, pero le devolvió el abrazo con la misma emoción.

—A pesar de todo, Gabrielle, soy egoísta y me alegro de que estés aquí.

—Yo también, Eponin. Yo también.


Capítulo X


La luna brillaba tanto que bastaba para ver incluso sin los sentidos aumentados que se le habían desarrollado a Xena desde que estaba separada de Gabrielle. Se alegraba de que sólo se le activaran cuando estaba de caza o percibía algún peligro. Estaba segura de que los olores y sonidos que la asaltaban acabarían volviéndola loca si se viera obligada a soportarlos continuamente.

Sus guardianes no hacían el menor ruido, y como estaban situados contra al viento con respecto a su presa, el trío pudo avanzar hasta casi meterse dentro de la manada.

Los búfalos estaban agrupados y mugían suavemente mientras se acomodaban para pernoctar. Xena notó un ligero barullo al otro lado de la manada y centró allí su atención. La pantera avanzó sigilosamente mientras el zorro se mantenía al lado de Xena. Todavía a cierta distancia de los ruidos, el felino negro se detuvo y se volvió para mirar al zorro. Sin hacer ruido, el zorro avanzó y Xena lo siguió sin pensárselo.

Los dos animales se detuvieron de nuevo y Xena aflojó la marcha para contemplar lo que tenía delante. Justo delante de ella, aunque todavía a cierta distancia, había un búfalo blanco. Aparte de que era un bello animal cuya piel le causaba admiración, era evidente que el animal estaba proscrito y los búfalos más grandes que lo rodeaban no paraban de embestirlo para ahuyentarlo. Xena alzó el arco mientras el búfalo blanco se veía empujado hacia ella por la manada y por la pantera, que se había situado detrás de él.

Casi sin esfuerzo, Xena disparó una flecha certera que se hundió en el ojo del búfalo. Se tambaleó un momento y luego se desplomó, causando un revuelo entre la manada hasta que la pantera soltó un rugido. Entonces se apartaron corriendo del animal caído para ponerse relativamente a salvo.

Xena fue hasta el búfalo agonizante, le incrustó dos dedos en el cuello y acabó con su tormento. Luego lo despellejó limpiamente y lo desangró, asegurándose de beber todo lo que necesitaba antes de que el animal se quedara sin sangre. La pantera y el zorro se sentaron a cada lado, aguardando con paciencia a que terminara para comer a su vez.

Xena no podía evitar sentirse asombrada por el extraño comportamiento de la pareja, y cortó con cuidado un pedazo de la carne para que lo compartieran y lo dejó aparte del resto del animal. Siguió observando mientras la pantera comprobaba con atención el trozo que le había dejado; luego el felino empujó suavemente el alimento hacia su pareja. El zorro arrancó un bocado con delicadeza y empezó a masticarlo antes de que la pantera diera un bocado, sin dejar de vigilar a la guerrera.

Xena sacudió la cabeza para despejársela. Este comportamiento era absolutamente antinatural para estos animales, y no pudo evitar preguntarse si llevaba demasiado tiempo sin alimentarse y por eso tenía alucinaciones que le hacían ver esta extraña conducta en los dos depredadores naturales. Parpadeó de nuevo, pero la imagen no desapareció: el felino y el zorro seguían comiendo el trozo de carne que les había dado y la pantera se aseguró de que el zorro había comido lo suficiente antes de recoger el resto con sus poderosas mandíbulas.

Xena volvió a concentrarse en el búfalo, le sacó las entrañas y se dio cuenta de que tenía un problema. No le iba a ser posible cargar con el resto del animal hasta el campamento y el desperdicio era inaceptable.

Se puso a pensar en una solución y por fin decidió que estaba totalmente loca por lo que se le había ocurrido. Se volvió hacia la pantera, que la miró a su vez con ojos especialmente inteligentes.

—¿No querríais vigilarme todo esto hasta que vuelva? —preguntó retóricamente al tiempo que cogía una gran cantidad con las manos—. Bueno, supongo que esta noche me hacía falta una buena dosis de ejercicio —murmuró para sí misma, echando a correr de vuelta al campamento.

Era muy tarde y el campamento ya estaba recogido para pasar la noche cuando llegó. Hotassa y algunas de las demás mujeres salieron apresuradamente de sus hogares al oír los pasos apresurados que retumbaban por todo el campamento. Miraron a Xena sorprendidas cuando apareció cubierta de sangre y con las manos llenas de carne de búfalo.

Hotassa aceptó la carga que transportaba Xena y se puso a dar instrucciones a las mujeres congregadas alrededor mirando. Al poco, el campamento estalló en actividad y varias de las mujeres acompañaron a Xena de vuelta a la pradera para ver si quedaba algo de lo que había dejado atrás.

Es difícil saber quién se quedó más atónita cuando el pequeño grupo llegó donde estaba el búfalo. La pantera y el zorro daban vueltas en torno al animal en direcciones opuestas, decididos a mantener a raya cualquier tipo de amenaza. Cuando Hotassa se acercó, el felino bufó y se preparó para saltar. Xena contuvo a la mujer tocándola en el brazo y la mujer mayor se detuvo. Xena siguió adelante y la pantera vaciló, observó a la guerrera largos instantes y luego se colocó de nuevo al lado del zorro.

Las mujeres estaban asombradas y se pusieron a comentar el inusitado comportamiento del que hacían gala los dos animales. Xena avanzó y se puso a recoger el resto de la carne para que las mujeres lo llevaran de vuelta al campamento, y luego ella misma cogió la pesada piel. Fue entonces cuando Hotassa se fijó de verdad en la piel.

—Évó'kómo hotoa'e. ¡Ma'heono hova! Zee-nah epeva'e notaxe —afirmó categóricamente, en su propio idioma, agachando la cabeza con respeto. Xena frunció el ceño confusa y se maldijo una vez más por no tener aún un dominio completo de este idioma.

Advirtió que todas las mujeres habían bajado los ojos ante ella, y cuando se detuvo y agarró a Hotassa por el codo, todo el mundo se detuvo y esperó. Xena respiró hondo y les hizo un gesto para que continuaran. Una de las mujeres más jóvenes y valientes la miró y ella hizo claros gestos con las manos y les ordenó:

¡Vamos!

Las mujeres salieron corriendo para ocuparse de la carne de búfalo que les había proporcionado. Hotassa seguía con la mirada en el suelo, intentando encontrar palabras que las dos comprendieran, porque notaba la irritación que despedía la alta figura que tenía delante.

Xena se frotó la cara y Hotassa se compadeció por la frustración que sabía que sentía Xena. Habían hecho grandes avances en su comunicación, pero todavía había veces, como ahora, en que se les olvidaba y volvían a lo de antes. Tenían que hacer un esfuerzo para hablar el mismo idioma.

Hotassa cogió la mano de Xena y la llevó de nuevo a la piel que volvía a estar en el suelo. La acarició con delicadeza.

—Blanco.

Xena asintió.

—Sí, eso es. No es frecuente, pero el resto de la manada lo estaba maltratando. —Dejó de hablar al ver la confusión en los ojos de Hotassa. Xena no estaba acostumbrada a tener que justificarse por cazar y se le notaba en el tono de voz.

—Zee-nah, gran cazadora. Sagrado. —Indicó la piel. Xena no lo veía así en absoluto. Simplemente se había apiadado de un animal para el que no había esperanza.

—Escucha, lo siento. No quería matar a un animal sagrado. Es que me pareció lo correcto. —No añadió que tanto la manada como la pantera lo habían apartado como para entregárselo.

Hotassa hizo un gesto negativo con la cabeza. Estaba segura de que Xena no comprendía el honor del que había sido objeto. En cambio, indicó a los dos animales que se habían colocado como centinelas a sus lados.

—Zee-nah fuerte seo'ôtse.

Xena se frotó la cara de nuevo.

—Me parece que no lo entiendo, Hotassa, pero tampoco creo que me apetezca.

Hotassa se limitó a asentir. No había forma de transmitir lo que Xena necesitaba saber sin la ayuda de su compañero, el chamán, y eso tendría que esperar a que los hombres volvieran de la guerra. Entretanto, daba la impresión de que Xena había adquirido dos formidables mascotas, pues los animales caminaban en silencio a su lado mientras las mujeres regresaban al campamento.

Xena parpadeó sorprendida al ver la increíble actividad nocturna que aún se estaba desarrollando por el campamento. Las mujeres corrían de un lado a otro encendiendo fuegos para curar la carne; otro grupito se ocupaba de los huesos, preparándolos para convertirlos en herramientas y armas necesarias para la comunidad. Un tercero estaba haciendo una gran hoguera en el hoyo que había delante de la tienda de Hotassa y preparándose para calentar un caldero lleno de agua.

Xena comprendió a Hotassa sin necesidad de palabras cuando ésta puso una pastilla de jabón y un paño fino en la mano de la guerrera y le hizo un gesto señalando el arroyo. Xena no tuvo problemas para obedecer la orden tácita, pues el olor a sangre que llevaba encima le estaba causando una tensión que prefería evitar cuando estaba rodeada de tanta gente.

Dedicó unos momentos a quitarse la sangre seca de las manos y los brazos, así como de la ropa. Luego dejó vagar la mente mientras se relajaba y se aclaraba. Inevitablemente, se centró en Gabrielle y en todas las veces que habían compartido un lago o un río, y el dolor de la soledad, ya conocido, volvió a inundar su alma.

—Oh, Gabrielle —susurró como una oración al viento.

Xena tardó un poco en serenarse antes de salir del agua y vestirse. Luego regresó al campamento, que ya estaba casi en silencio.

Durante su breve ausencia, las mujeres habían terminado los preparativos para ocuparse de las distintas partes del búfalo que Xena había matado y habían regresado a sus hogares para descansar un poco antes de que se les volviera a hacer de día.

Xena fue a su vivienda, advirtiendo con interés que la pantera y el zorro estaban ahora acurrucados juntos delante del faldón de entrada. Meneó la cabeza, desconcertada y maravillada, y cruzó el umbral.

—Me pregunto qué habría pensado Gabrielle de vosotros dos —murmuró para sí misma y luego se acomodó con la piel ya limpia y se puso a trabajar para curtirla.

Pasaron varios días hasta que regresaron los hombres. Faltaban algunos, pero afortunadamente la mayoría volvió a casa, aunque casi todos estaban heridos. Entre los más malheridos estaba el chamán y, sin decir palabra, Xena se dispuso a ayudarlo. Su hijo Kya se interpuso entre ellos, dispuesto a impedir que una mujer y sobre todo esta mujer se acercara a su padre. Después de que ella lo rechazara en público, Kya había hecho todo lo posible por ponerla en su sitio.

Por desgracia para él, no era ni por asomo tan capaz como se creía, y Xena no paraba de frustrar sus intentos de controlarla.

Ahora ella alzó una mano para quitarlo físicamente de en medio y la intensidad de sus ojos dejó claro a todos los presentes que él no era quién para detenerla.

—¡Kya, hova'âhane!

Las palabras resonaron con tono tranquilo, pero la intención quedó clara incluso para los oídos desacostumbrados de Xena. Ésta miró al joven enarcando una ceja, esperando a que obedeciera la orden de su padre. Él la miró aviesamente, pero se apartó. Una vez más, se preguntó de pasada por qué su ritual había traído a Xena hasta ellos, y sacudió la cabeza al tiempo que se echaba a un lado.

Xena esperó a que el chamán la llamara y entonces se arrodilló y se puso a examinar sus heridas. Él se quedó tumbado en silencio y la dejó trabajar, aunque ella veía las preguntas que había en sus ojos. No tenía tiempo para ocuparse de ellas en ese momento, puesto que estaba concentrada en limpiar y vendar sus heridas. Le dio una palmadita en el brazo y se levantó para pasar al siguiente guerrero necesitado de cuidados. Cuando él puso una mano encima de la suya, se detuvo y lo miró con ojos interrogantes.

Él indicó a los dos animales que ahora estaban sentados junto a la guerrera. Habían estado sentados pacientemente a un lado de su puerta y se interpusieron entre su hijo y ella en cuanto el joven intentó avanzar hacia Xena.

—Nanose'hame, ma'êhoohe. ¿Tosa'e? ¿Tone?

Ella comprendió lo que preguntaba e indicó con un gesto la inmensa llanura que había más allá del campamento. Entonces Hotassa se arrodilló junto a él y le enjugó la frente.

—A'e —le aseguró, y él asintió y soltó a Xena para que continuara con su labor. El chamán cerró los ojos y dejó que su cuerpo se relajara y se sumiera en un sueño reparador.

Uno por uno, Xena fue aplicando sus habilidades curativas a los guerreros, y poco a poco ellos le permitieron que se ocupara de ellos. Muchas de las heridas no eran demasiado serias, cosa que todo el mundo agradecía, y justo antes del mediodía terminó de tratar a los que lo necesitaban. Entonces se retiró a su tienda y salió por detrás, deseosa de alejarse y encontrar algo de paz.

Mientras, las mujeres habían empezado a contarles a sus compañeros lo que había sucedido en la llanura tres noches antes. Los hombres escucharon la historia asombrados y sin dar crédito y muchos expresaron su escepticismo ante la posibilidad. Hotassa los hizo callar a todos al enseñarles la piel blanca que se estaba curtiendo delante de la casa de Xena. Les prometió contarles la historia completa cuando su marido se despertara y ellos aceptaron la decisión refunfuñando apenas.

Xena salió de su vivienda con sigilo y se alejó camino abajo antes de que la conversación se hiciera demasiado embarazosa. Todavía no comprendía todas las palabras, pero entendía lo suficiente y captaba las inflexiones tonales con facilidad suficiente para saber con exactitud de quién y de qué trataba la conversación. No tardó mucho en decidir que tenía que dar un largo paseo.

Acabó alejándose del campamento y adentrándose en las pequeñas colinas de matorrales cerca de las cuales se habían instalado mientras los hombres estaban fuera. Suspiró. Este lugar era tan extraño, tan distinto de su hogar, que añoraba dolorosamente el consuelo de los árboles y las colinas y la familiaridad de una brisa fresca en la cara. Xena quería irse a casa.

Sin querer, fue acelerando el paso, y cuando se quiso dar cuenta, estaba corriendo a toda velocidad. No sabía si corría hacia algo o huía de algo, de modo que dejó de pensar y dejó de sentir y se limitó a correr.

Una punzada en el costado la obligó por fin a aminorar el paso, y advirtió algo sorprendida que el sol ya estaba medio hundido en el horizonte. Sacudió la cabeza disgustada.

—Muy lista, Xena. Va a ser tardísimo cuando vuelvas al campamento. Gabrielle se pondría furiosa si estuviera aquí.

Al pensar en eso, se le aflojaron las rodillas y un destello de un recuerdo hasta ahora enterrado estalló en su mente. La expresión de angustia y traición del rostro de Gabrielle era desoladora, y Xena se dejó caer al suelo mientras los últimos acontecimientos de su vida desfilaban ante su imaginación.

—Oh, Gabrielle... lo siento tanto, tanto... —Y Xena se quedó sentada, inmersa en sus pensamientos atormentados, mientras revivía una decisión que ya no podía comprender, hasta que la luna estuvo en lo alto del cielo.

Fue en realidad la sensación de calor agazapada en su regazo lo que sacó a Xena de la bruma en la que estaba sumida. Bajó la mirada y no se sorprendió mucho al ver al zorro acurrucado como una bolita encima de sus piernas. Lo más sorprendente era que la pantera estaba sentada inmóvil al lado, pero sin tocar a su compañero. Xena les sonrió con tristeza, con las pestañas aún llenas de lágrimas que no habían caído.

Se quedó ahí sentada, acariciando ligeramente el pelo del zorro, mientras la pantera montaba guardia por los dos, aunque Xena notó algo divertida que la pantera estaba tan pendiente de lo que hacía ella como del entorno que los rodeaba.

Xena se quitó al zorro del regazo y lo depositó con cuidado al lado del felino que la miraba con ojos atentos.

—Vosotros dos —dijo al tiempo que se levantaba y se sacudía el polvo—, tenéis que estar bastante cerca de vuestro hogar. Tal vez sería mejor que volvierais allí. Pero gracias por hacerme compañía.

Parecía que quería decir algo más, pero por mucho que lo intentara, Xena se sentía tan capaz de expresar lo que sentía en el corazón como de volar hasta la luna. Estaba segura de que en gran medida se debía a su agotamiento, tanto físico como emocional. Sentía que su mundo se había salido por completo de su eje y estaba totalmente descontrolado, y no sabía qué hacer para conseguir que las cosas volvieran a su curso. La sensación era aún peor al tener a estos dos animales cerca, compartiendo un vínculo que era tan fuerte y familiar como el que ella había compartido con Gabrielle y recordándole constantemente lo que había perdido.

Era un dolor dulce, pero también atroz, y no tenía el menor deseo de convertirse en mártir de él... sobre todo ahora que conocía la verdad. Bueno, parte de la verdad, y Xena sabía sin la menor duda que la horrenda muerte que ahora recordaba con asombrosa claridad era por completo culpa suya. Ahora era fundamental para ella descubrir en qué clase de más allá había caído, porque había llegado el momento de ver a qué dios podía manipular para que la enviara a casa... y de vuelta a los brazos de Gabrielle.

Xena había echado a andar mientras daba vueltas a estas ideas y se detuvo sobresaltada, al darse cuenta de que el zorro y la pantera caminaban tranquilamente a su lado.

—¿Es que no tenéis un sitio donde ir?

La miraron con compasión, y la inteligencia que vio en sus ojos estuvo a punto desquiciarle los nervios. Sin palabras, comprendió que se consideraban sus guardianes y dejó caer los hombros derrotada.

—Está bien, vamos. Tenemos un largo viaje hasta el campamento.

Emprendieron el regreso caminando juntos mientras la mente de Xena se dedicaba a reflexionar muy en serio sobre la manera de encontrar un medio para volver a la vida.

Ya estaba amaneciendo cuando Xena y sus dos acompañantes regresaron al campamento, y advirtió una extraña sensación de reverencia en las miradas que ahora le dirigían los diversos individuos con los que se cruzaba de camino a su vivienda. Cogió su toalla y fue a lavarse al arroyo, luego se metió en su tipi sin llamar la atención y se tumbó para descansar un poco. Tenía muchas cosas en las que pensar.

Lo primero que pensó Xena nada más despertarse fue en Gabrielle, pero eso había sido así desde aquella primera noche que pasó fuera de Anfípolis, si era lo bastante sincera como para confesárselo a sí misma, y en este lugar era fácil ser así de sincera consigo misma. Se quedó sentada largo rato sin que nadie la molestara mientras su mente empezaba a desentrañar el rompecabezas que se le presentaba. Había algo que no tenía sentido.

Un ligero golpe en la entrada hizo que sus ojos azules se abrieran despacio y exclamó:

—Adelante.

Hotassa metió la cabeza por el faldón y en su cara se notó el alivio cuando vio que Xena estaba despierta y alerta. Le ofreció el cuenco humeante que llevaba en las manos.

—¿Mesêhestôtse? —preguntó. Pero tenía una expresión que a Xena le recordaba a Cyrene. Estaba bastante segura de que si lo rechazaba, Hotassa insistiría hasta el punto de dar de comer a la guerrera a mano para asegurarse de que Xena se alimentaba. En cambio, Xena aceptó la comida haciendo un gesto de agradecimiento con la cabeza y sonriendo ligeramente.

—Nea'eše —dijo Xena y se puso a comer con placer. No se había dado cuenta del hambre que tenía hasta que el primer bocado cruzó sus labios. Entonces se puso a devorar el estofado a toda velocidad.

—Enovahe —dijo Hotassa riendo—. Despacio.

Xena masticó un poco más despacio y se tragó lo que tenía en la boca antes de limpiársela con la mano.

—Perdón —murmuró—. Hambre.

Xena por fin cayó en la cuenta de qué era lo que le había estado llamando la atención de este más allá: este lugar estaba mucho más próximo a lo que la vida había sido para ella que cualquier otro más allá que hubiera experimentado. El Tártaro había sido la tortura en la cruz; en el Infierno había sido un demonio lanzado a la destrucción; en el Cielo había sido un arcángel, aunque no recordaba haber tenido necesidades o deseos como los que parecían aquejar a Miguel y a Lucifer. Seguramente porque no estuve allí el tiempo suficiente, pensó con una sonrisa sarcástica, recordando claramente que esa pequeña aventura marcó el comienzo de un año infernal para Gabrielle y para ella que estuvo a punto de hacerlas trizas.

El Valhala era un poco distinto, pero eso se debía más bien a que había sido una valquiria, porque en ese más allá no había estado muerta en realidad. Dado que sólo ayudó durante muy poco tiempo a llevar a los guerreros elegidos de Odín a su lugar de eterno descanso, en realidad no sabía gran cosa sobre ese más allá. Sobre todo porque su auténtica meta había sido hacerse con el oro del Rin fuera como fuese.

Con eso quedaba el Elíseo, pero su experiencia con ese más allá se limitaba a breves vistazos. Así y todo, no se parecía en nada a lo que había en este sitio. Este lugar le recordaba muchísimo a Grecia y a Gabrielle. Le recordaba a su casa.

Aquí no había paz ni tranquilidad. La gente luchaba y vivía y... ¿Moría? Xena no lo sabía con seguridad, pues en realidad no había sido testigo de ninguna muerte humana en este sitio. Desde luego, resultaban heridos. Había hambre y enfermedad. Xena sacudió la cabeza. No, esto no se parecía a ningún más allá que hubiera experimentado nunca o que pudiera imaginarse siquiera.

Se concentró en sí misma y pensó en el ardor que ahora siempre sentía y que se hacía más fuerte cuanto más tiempo pasaba sin derramar sangre de algún modo. Siempre había saciado su sed de sangre luchando y matando o en las ocasiones en que hacía el amor agresivamente con Gabrielle.

Sonrió... se quedó sorprendida y curiosamente satisfecha por la agresividad de Gabrielle la primera vez que la bardo le hizo sangre. No se lo esperaba en absoluto, y nunca habría imaginado que un acto así le pudiera resultar tan placentero. A pesar de toda su experiencia, esto era algo totalmente nuevo para Xena, y en las raras ocasiones en que ocurría, añadía una dimensión increíble a los sentimientos que compartían.

Xena sacudió la cabeza de nuevo. Estas ideas le estaban poniendo el cuerpo en un estado en el que no quería entrar en estos momentos y le embarullaban la mente. Lo cierto era que, si esto era un más allá, el ardor debería haber desaparecido, ¿no? Al menos, debería si estaba siendo recompensada. Y su capacidad para saciarlo debería haber desaparecido si estaba siendo castigada. No tenía sentido.

La única conclusión lógica a la que podía llegar era que esto no era un más allá. Pero si eso era así... ¿dónde estaba? Los problemas lingüísticos que tenía con los nativos la inquietaban muchísimo. Nunca hasta ahora le había resultado difícil aprender un nuevo idioma y ahora, cuando era la clave para resolver el complicado rompecabezas que parecía estar viviendo, tenía dificultades incluso con lo más básico.

Tal vez esto sí que es un más allá y mi castigo consiste en volverme loca poco a poco...

Xena se enredó las manos en el pelo. Iba a tener que aprender este idioma imposible... no le quedaba más remedio. Aunque la gente era algo reacia a compartir sus palabras con ella, no podía seguir señalando cosas o usando el pinzamiento para hacerse entender.

Pero había tenido suerte. Sus dos mascotas la hacían merecedora de cierto respeto que le era necesario y de una libertad de acción que agradecía muchísimo. En cuanto aplicó el pinzamiento al joven chamán Kya, otros posibles pretendientes se acercaron a ella con mucha más cautela. Una joven y dos guerreros, uno más joven y el otro más viejo, habían intentado iniciar una relación con ella sin el menor éxito. Nadie podía superar la barrera de los dos animales, y cuando Xena dejó claro que obedecían sus deseos expresos, todo el mundo la dejó tranquila en su soledad.

Las mujeres en conjunto seguían acogiéndola de buen grado en cualquier actividad que estuvieran llevando a cabo, pero en general, Xena iba a lo suyo, conformándose con cazar para sí misma y ejercitarse como guerrera fuera de los límites del campamento. Los guerreros todavía no sabían qué pensar de la mujer que había aparecido entre ellos y que tenía habilidades de guerrero, sanador y chamán.

De modo que ahora decidió intentar ver si podía avanzar en su capacidad para comunicarse con las personas que, por ahora, en este lugar, eran su familia y sus amigos. Cuanto antes pudiera hablar con ellos, antes podría obtener respuestas, al menos a algunas de las preguntas que atribulaban su corazón y su mente. Ahí fuera, en alguna parte, estaba la solución que necesitaba encontrar para volver a casa.

Cuando salió de su tienda a la mañana siguiente, en su rostro había una firme determinación que nadie podía rechazar. Por ello tardó unos minutos en darse cuenta de que la percepción que tenía el campamento de ella había cambiado radicalmente y, literalmente, de un día para otro.

Ahora todo el mundo bajaba los ojos en lugar de encontrarse con los suyos y sólo Hotassa hablaba directamente con ella. La mujer mayor le llevó a Xena algo de comida para que desayunara y luego se dio la vuelta para darle a la guerrera la privacidad que exigía su repentino cambio de posición dentro de la tribu. Xena alargó una mano para detenerla, con la esperanza de que Hotassa contestara algunas preguntas.

—Hotassa, ¿qué ocurre? ¿Qué ha cambiado? —Xena indicó el campamento que la rodeaba. Las mujeres la miraban de otra manera y los hombres la miraban ahora a los ojos, cosa que antes no estaban dispuestos a hacer.

—Zee-nah, notaxe... guerrero. Ma'aataemeo'o evesetano notaxe ševe. Aprender camino.

—¿Aprender...? —La confusión inundó el rostro de Xena—. ¿Por qué?

Una pregunta sencilla, directa y al grano. Hasta Hotassa comprendería el significado aunque las palabras siguieran siendo difíciles para las dos.

—Nanose'hame, ma'êhoohe ehvestâhem Zee-nah. Mets fuerte ma'heono. —Se detuvo e intentó expresarlo de forma que Xena lo comprendiera fácilmente—. Animales... guías fuertes. Espíritus poderosos.

Hotassa parecía tan frustrada como se sentía Xena, pero la guerrera asintió con la cabeza. Estaba bastante segura de que entendía perfectamente lo que insinuaba Hotassa, y dirigió una mirada al zorro y la pantera que estaban echados tranquilamente cada uno a un lado de ella. Inexplicablemente, sintió que el amor de Gabrielle la rodeaba, y por primera vez desde hacía más de una luna, sintió... Era como si la bardo la hubiera tocado desde la tumba y le hubiera dado a Xena los instrumentos que necesitaba para sobrevivir.

La sensación fue muy breve, pero fue tan real como cualquier cosa que hubiera sentido en su vida, y Xena se consoló al saber que, aunque estuviera muerta, Gabrielle estaba pendiente de ella. Y decidió una vez más hacer lo que fuera necesario para encontrar a su bardo y conseguir que las cosas les fueran bien a las dos.

Hotassa esperó en silencio, pues se había dado cuenta de que Xena se había sumido en la introspección. No estaba preparada para la intensidad de la mirada que se posó sobre ella cuando Xena se volvió.

—Heehe'e... êstse. Vosotros tenéis mucho que enseñar y yo tengo mucho que aprender. Luego tengo que encontrar a una bardo.

Se levantó y cogió a Hotassa del brazo, indicándole que estaba lista para reunirse con el chamán de la tribu y empezar su formación. Sin hacer ruido, los dos animales se estiraron, se levantaron y echaron a andar en silencio a su lado. Todo el campamento se quedó mirando cuando el chamán herido le hizo un gesto y, por primera vez, la mujer guerrera fue bien recibida junto a su hoguera y en el seno de su tribu.

Los días se convirtieron en semanas y las semanas se transformaron en meses. La tribu se instaló para pasar el invierno y eso puso nerviosa a Xena, aunque ahora tenía tiempo de sobra para aprender el idioma y las costumbres de lo que se había convertido en su familia extendida.

Había pasado las pruebas de un guerrero con facilidad y había demostrado su pericia como cazadora y como sanadora. Ahora era bien recibida en las partidas de guerra y de caza, aunque aún no le permitían estar al mando de ninguna de las dos cosas.

Los animales nunca se alejaban mucho de ella y, al principio, anulaban cualquier amenaza que les parecía que podía invadir su espacio. Sólo después de que Xena demostrara su valía ante ellos y la tribu, le permitieron librar sus propias batallas, aunque hubo varias ocasiones en que le protegieron la espalda... igual que hacía Gabrielle. Xena estaba asombrada por lo bien que había elegido la bardo a sus guías espirituales. Por separado, le recordaban a ellas dos: en sus características y su personalidad se reflejaban muchas cosas de ellas. Juntos, a Xena le recordaban a Gabrielle, y aunque seguía sin sentir ni notar la presencia de la bardo, obtenía cierta paz con sus recuerdos.

El idioma seguía frustrando a la guerrera, y se preguntaba si sus dificultades se debían a la necesidad desesperada que tenía de comprender y comunicarse con las personas que podían conocer las respuestas a sus preguntas. En muchas ocasiones la irritación la obligaba a salir de caza y, tras alimentarse satisfactoriamente, regresaba saciada y tranquila y podía concentrarse de nuevo en la tarea.

En muchos sentidos, estaba marcando un compás de espera, pero el tiempo, por muy despacio que parezca transcurrir, avanza sin pausa, y Xena se llevó cierta sorpresa al darse cuenta de que había llegado la primavera.

Por fin, cuando los días empezaban a ser cada vez más cálidos, Xena tomó la decisión de dejar a la tribu y aventurarse sola por las inmensas llanuras. En algún lugar estaban las respuestas que buscaba y estaba dispuesta a encontrarlas. Ya estaba lo bastante cómoda con el idioma para poder valerse por sí misma, y pensó que podría aprender más en sus viajes. A fin de cuentas, así había aprendido muchos de los idiomas que ahora conocía. Y su corazón la instaba cada vez más a emprender su búsqueda de Gabrielle.

Antes de tomar la decisión de marcharse, llegó un jinete al campamento anunciando que otra tribu había declarado la guerra: la tribu que había estado a punto de exterminarlos el verano anterior. El chamán se quedó mirando a Xena y sólo con la mirada la puso al mando de la partida de guerra que intentaría vengarse de los daños sufridos.

Xena suspiró: no quería esto... ahora no. Tenía un bien supremo más importante del que ocuparse. Necesitaba encontrar a Gabrielle y reunirse con ella. Pero al tiempo que abría la boca para negarse, aceptó asintiendo con la cabeza. Incluso en este más allá desquiciado y extraño en el que había acabado, sabía que tarde o temprano tendría que ocuparse de este problema. Y en este caso, más le valía que fuera temprano, porque eso quería decir que luego tendría más tiempo para emprender su propia misión personal.

Aparecieron varios clanes de su tribu, aunque al principio algunos rechazaron la idea de seguir a una mujer guerrera. Pero en la tribu de Xena vivía el chamán de la nación y cuando habló, los guerreros acataron sus deseos de mala gana.

No hubo manera de expresar lo felices que se sintieron con su decisión, porque los llevó a una victoria total sobre sus enemigos. Y aunque algunos murieron y muchos más resultaron heridos, se redimieron ante sus propios ojos y ante los ojos del enemigo.

Xena pasó un par de días atendiendo a los heridos y a los pocos que se habían puesto enfermos antes de prepararse para marcharse. Hotassa se fijó en el morral que contenía sus cosas y asintió comprensiva. Sabía que Xena buscaba algo que el campamento no podía darle.

El chamán acudió a la tienda de Xena: un honor casi inaudito. Normalmente llamaba a aquellos con los que deseaba hablar para que acudieran a su propia hoguera. Xena salió de su tipi al oír que llamaba y se sentaron para hablar.

El chamán la bendijo y la regañó. Le habló de peligros visibles e invisibles y le aconsejó que tuviera cuidado. Le recordó que ellos eran su familia y que sería bien recibida de nuevo cuando pensara que su viaje había terminado, o incluso si sólo era para hacerles una visita. Por fin le dio las gracias por las cosas que les había enseñado y por su afán de aprender también sus costumbres. Luego le tocó los hombros y la besó en la frente como a la hija que nunca había tenido y le deseó buen viaje.

Hotassa vino y le ofreció comida para el viaje, al igual que muchas de las mujeres de la tribu. Una o dos de las más osadas le aseguraron que seguirían entrenando con la vara y le recordaron que estarían esperando sus lecciones cuando regresara con ellos. Mientras recogía sus bolsas para marcharse, todos y cada uno de los guerreros encontraron un momento para despedirse de ella y, con emociones encontradas, Xena por fin se puso en camino.

Pero con sus acompañantes a su lado, Xena descubrió que se sentía menos sola de lo que se esperaba, y cuando el campamento desapareció de su vista, se entregó a la búsqueda de Gabrielle con energía y determinación ilimitadas. Nada iba a impedirle encontrar a su bardo y hallar una forma para que pudieran volver a estar juntas. Costara lo que costase, fuera cual fuese el sacrificio que hubiera que hacer, ya era hora de que ellas fueran el bien supremo.


PARTE 6


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
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