Capítulo VII


Gabrielle estaba apoyada en la borda del barco de pasajeros, disfrutando del viento que le soltaba los largos cabellos de las horquillas. Le gustaba el aire fresco del mar, aunque la gruesa ropa hacía que la mayor parte de la brisa no le alcanzara el cuerpo. Gabrielle despreciaba la ropa moderna, pero había veces, como ahora, en las que se tenía que someter a la moda del momento para fundirse con el resto de la sociedad civilizada.

Hacía mucho tiempo que había superado su tendencia al mareo. Era algo que agradecía infinitamente, sobre todo porque el viaje por mar era la única manera que tenía de pasar del viejo continente al nuevo.

Corría el año 1835 y la fortuna que Gabrielle había acumulado a lo largo de los siglos hacía que pudiera viajar de Southampton a Halifax con relativa comodidad. Sonrió al recordar las numerosas ocasiones en que Xena y ella habían viajado en condiciones mucho peores. Una punzada conocida le atravesó el corazón y aguantó la respiración hasta que se le pasó.

Han pasado más de mil setecientos años, Xena, y en algunos sentidos sufro tanto hoy como aquel día en Japón. Llevo siempre un dolor en el corazón y un vacío en el alma que está esperando a que tú lo vuelvas a llenar. Si no fuera porque sigo sintiendo tu presencia, estoy segura de que a estas alturas me habría vuelto loca... aunque me ha faltado poco en alguna ocasión durante mis viajes.

La sonrisa de Gabrielle se volvió agridulce y regresó a su diario. Constaba de varios volúmenes en forma de gruesos cuadernos forrados de cuero que siempre llevaba consigo. Se habían convertido en un engorro a lo largo de los siglos, pero al contrario que en el caso de los pergaminos que Xena y ella habían depositado en diversos escondrijos del mundo antiguo, no soportaba separarse de sus diarios. A veces, parecían ser el único vínculo que tenía entre sus realidades y la mejor manera que tenía de conservar la conciencia de su propio ser.

El diario que tenía en la mano recogía sus primeros viajes, e hizo un gesto para que le trajeran una silla. El dinero le había permitido alquilar este barco como crucero privado, pero rara vez se aprovechaba de ello. Por las mañanas temprano, se la veía entrenando con unas armas que la tripulación jamás había visto, y observaban con envidia su fuerza y la pura elegancia producto de siglos de práctica.

Por lo demás, se atenía a las costumbres de la sociedad, y si la tripulación la encontraba un poco excéntrica, a ella le daba igual.

El tercer oficial regresó corriendo con su silla, al tiempo que varios marineros más se apresuraban a ponerla cómoda. Gabrielle no pudo evitar la sonrisa que se le pasó por la cara interiormente, aunque tuvo cuidado de no mostrarla exteriormente. Estos muchachos son tan críos, pensó, recordando sin dificultad que ella misma se comportaba así nada más meterse en la vida de Xena.

Había tenido oportunidades de sobra para entablar relaciones, pero nada podía compararse con lo que había tenido con Xena y lo que Dita le había prometido que volvería a tener. De modo que había pasado sola por la vida, pero no en soledad, porque atraía a la gente. Pero nunca había dejado que nadie se le acercara mucho y se había dedicado a observar mientras la gente se hacía más vieja y más joven al mismo tiempo.

Sacudió la cabeza para apartar estos pensamientos sensibleros y se sentó con un suspiro. Gabrielle abrió su diario y se puso a leer, dejando que las palabras que había dirigido a Xena la inundaran y la llevaran de vuelta a un lugar desaparecido hacía mucho tiempo y casi olvidado.

Querida Xena... (decía)

Voy a llevar a las amazonas a un nuevo hogar. Grecia se ha hecho insoportable para ellas y Dita me lo ha pedido. Así que voy a llevarlas a una isla que hemos encontrado y a ayudarlas a instalarse. Nunca he sido la clase de reina que necesitaban, pero ha llegado el momento de que me ponga al frente de ellas.


Gabrielle caminó durante varias lunas hasta que por fin la tierra empezó a adquirir los rasgos familiares de su patria. Y así y todo, qué cambiada estaba con respecto a lo que recordaba, a lo que había conocido cuando Xena y ella viajaban juntas.

Había romanos por todas partes y las calles estaban atestadas. Los lugares que ella había conocido como bosque o naturaleza salvaje estaban ahora inundados de las muestras de la civilización. La gente estaba apelotonada en pequeños espacios y sus casas podían considerarse chabolas en el mejor de los casos. El olor era algo que escapaba a su comprensión y a Gabrielle de repente le hicieron muy poca gracia los sentidos aumentados que le había dado la inmortalidad.

La gente se paraba a mirarla con extrañeza sólo porque tenía un aspecto muy distinto de todos cuantos la rodeaban. Gabrielle se movía con elegancia y autoridad y su musculatura era fuerte y firme, mientras que la gente de alrededor era más bien rechoncha y fofa. Y no tardó en correrse la voz entre los criminales de que era una persona a la que había que evitar. Los suyos tendían a desaparecer cuando intentaban algo con ella.

Poco a poco, Gabrielle logró llegar al territorio de las amazonas y se llevó una sorpresa por lo que descubrió. La falta de territorio fue su primer sobresalto. Se adentró en los bosques mucho más de lo que se esperaba antes de que le dieran el alto. Cuando las centinelas se dieron cuenta de quién era, la dejaron pasar sin decir nada, pero también sin escolta. Era evidente por su actitud que había mucha confusión y que nadie sabía muy bien qué posición ocupaba Gabrielle.

Pero cuando entró en la aldea, Gabrielle se quedó parada en seco al ver el caos que la rodeaba. Había amazonas por todas partes, haciendo toda clase de cosas diversas, pero nadie parecía estar al mando.

Gabrielle se quedó parada observando el jaleo, esperando a que alguien se fijara en ella. Dos mujeres iniciaron una pelea y se interpuso con calma entre las dos, llamando poco a poco la atención de todas las personas de la aldea. Sutilmente, el ambiente cambió, y con tan sólo una mirada y unas pocas palabras acertadas, el orden empezó a sustituir al caos.

Había amazonas venidas de todas partes, de varias tribus que Gabrielle reconocía y de muchas otras que no. Su primer esfuerzo debía ser integrar a las numerosas tribus en una sola unidad cohesionada. Las tribus tenían que ser una sola nación antes de poder trasladarse.

A diario llegaban más mujeres a la aldea, y Varia y Cyane se hicieron a un lado de buen grado para dejar que Gabrielle asumiera el mando de la Nación. Por su parte, Gabrielle se sumergió en los detalles necesarios para preparar a la Nación para el traslado.

Poco a poco, se fueron haciendo preparativos, se dictaron normas y se terminaron acuerdos para el viaje. En total, Gabrielle tardó catorce lunas en preparar a las amazonas para viajar, pero cuando la primavera volvió a Grecia, la Nación emprendió la marcha hacia un nuevo destino.

Gabrielle pensaba que estaban tardando mucho, aunque en el fondo sabía que eso era totalmente relativo para ella. Con todo, dada la cantidad de personas y provisiones que estaban trasladando, los progresos eran satisfactorios.

Había dividido a la Nación en grupos de viaje más pequeños y había enviado a cada uno en direcciones ligeramente distintas para que no fueran un objetivo tan fácil. Tardaron un poco más en llegar, pero llegaron sanas y salvas, y Gabrielle suspiró aliviada cuando por fin subieron a los barcos que había conseguido para el viaje.

Gabrielle las hizo embarcar de noche. Habían conseguido evitar los problemas en general y quería que las cosas siguieran así hasta que se marcharan.

Por fin, los barcos estuvieron cargados y, al salir el sol, zarparon despacio del puerto. Gabrielle había encontrado tripulaciones de mujeres, algunas de las cuales ya eran amazonas, que estaban dispuestas a hacer el viaje con ellas. Con cierta agitación, se quedó en la cubierta de popa, viendo cómo la tierra se iba alejando de ellas. Las cosas habían ido notoriamente bien para la Nación, teniendo en cuenta la magnitud de la tarea, y Gabrielle se quedó reflexionando sobre sus avances y las cosas que todavía tenían que hacer.

—¡Hola, nena!

Gabrielle casi pegó un salto cuando Afrodita apareció a su lado vestida de cuero como una amazona, pero logró controlarse. Dirigió a la diosa una mirada de cariñosa exasperación.

—Dita, ¿intentas matarme de un susto?

—¿Eh? Eres inmortal, nena, ¿recuerdas? No te vas a morir por esto.

Esas palabras, aunque dichas en broma, la hirieron profundamente, y Gabrielle se vio obligada a recordar de nuevo su soledad. Dita se estremeció al ver el dolor que cruzó el rostro de su amiga y abrió la boca para disculparse, pero Gabrielle la interrumpió.

—Eso es cierto. ¿Qué puedo hacer por ti?

Dita dio la espalda a la tierra que se alejaba y se fijó en cambio en la ajetreada actividad de la cubierta. Había mucho orden, y no pudo evitar admirar lo diferente que era la Nación desde que Gabrielle se había puesto al mando.

—Nada. Sólo he venido para ver cómo iban las cosas. Has estado tan megaocupada, y yo también, que no hemos tenido tiempo para cotillear, o sea. ¡Te echaba de menos, nena!

Gabrielle rodeó la cintura de Dita con los brazos, estrechándola de repente, y la diosa le devolvió el abrazo con fervor. Comprendía muy bien la soledad con que vivía Gabrielle y se alegraba de darle todo el consuelo que pudiera.

—Y yo a ti, Dita. Hay días... ¿Puedo hacer esto durante dos mil años sin volverme loca de remate?

Dita la sostuvo, acariciándole suavemente la espalda hasta que notó que Gabrielle se relajaba apoyada en ella. Tenía la sensación de que iba a tener que hacer esto de vez en cuando y estaba decidida a apoyar a Gabrielle para ayudarla a superar los malos momentos que la aguardaban.

—Eres una persona muy fuerte, Gab. Una de las más fuertes que he tenido el privilegio de conocer... o de considerar mi amiga. —Dita se calló un momento, pensando en los milenios que llevaba viva y sabiendo lo difícil que podía ser la existencia continua, incluso para un dios—. Creo... —Se mordió el labio y luego continuó—. Creo totalmente que puedes hacerlo. Sabes cuál va a ser la recompensa, nena, y creo que aunque sólo sea por eso, tu mente aguantará. Además, imagínate las historias tan chachis que tendrás para contarle a Xena cuando por fin la alcances.

Dita notó que Gabrielle se reía y soltó un suspiro de alivio. Gabrielle estaba en una situación muy dura y lo estaría durante muchos siglos más. Pero mientras conservara el sentido del humor y las ganas de vivir, le iría bien.

Dita cogió la cara de Gabrielle entre sus manos, pues quería asegurarse de que contaba con toda la atención de la bardo para lo que le iba a decir.

—Quiero que ahora me escuches y quiero que comprendas lo que digo, ¿vale? —Afrodita le sostuvo la mirada a Gabrielle y ésta captó la seriedad detrás de lo que le decía. Asintió para indicar que lo entendía y Dita continuó—. Siempre... siempre que sientas que es demasiado para ti... siempre que te sientas abrumada hasta el punto de explotar o volverte loca, llámame. Llámame y te llevaré de vuelta al Olimpo durante un tiempo.

Gabrielle arrugó la frente y Dita se apresuró a continuar.

—Puedes llamarme siempre que me necesites o si sólo quieres charlar, Gab, y yo acudiré en cuanto pueda. Pero no puedo arriesgarme a llevarte al Olimpo muy a menudo por miedo a que Ares lo descubra. No sabe que Xena y tú sois inmortales y no veo el motivo para comunicárselo en estos momentos.

—¿Cómo sabrás cuándo es diferente? —fue la pregunta, con un susurro.

—Lo sabré. Confía en mí.

—Eso puedo hacerlo.

—Bien. Y puedes contar totalmente con verme aparecer de vez en cuando por mi cuenta también, ¿vale? A veces no veas cómo necesito a una amiga.

Gabrielle sonrió.

—Bien, porque no me haría la menor gracia tener que trepar hasta el Olimpo para darte una patada en el culo o algo así.

Dita se puso en jarras.

—Chati, eres una gamberra total, ¿lo sabes? —Le rodeó el cuello a Gabrielle con el brazo y le clavó los nudillos en la cabeza—. Menos mal que te quiero.

El primer instinto de Gabrielle fue luchar, pero en cambio, decidió hacerle cosquillas. Dita chilló, pues no se esperaba esa reacción.

—Sí, menos mal —asintió Gabrielle cuando Dita la soltó—. Yo también te quiero.

—¡Genial! Ahora que nos hemos ocupado de las cosas serias, ¿por qué no me enseñas este tinglado tan superguay? Parece que has ayudado mucho a estas nenas.

Afrodita cogió a Gabrielle del brazo y se pusieron a pasear despacio por la cubierta. Nadie les hizo mucho caso: se habían acostumbrado a ver a Gabrielle caminando entre ellas hablando sola.

—Lo he intentado. Pueden ser una auténtica panda de tercas desquiciantes, pero se merecen lo mejor que pueda darles... tanto por ti como por ellas. Venga, te enseño todo esto.

Fueron bajo cubierta y Dita se quedó aún más impresionada con el sistema que había organizado Gabrielle. Las mujeres se movían por todas partes con tranquila eficacia, y todos los espacios tenían un uso específico.

—¿Es así en todos los barcos?

Había siete barcos en el convoy que salía despacio del Mar Jónico. El viaje por tierra había sido más largo, pero había merecido la pena, en opinión de Gabrielle.

—Pues sí —asintió Gabrielle mientras regresaban a la cubierta principal—. Más o menos. Cada barco tiene una dirigente que sirve como mi regente y es responsable del manejo de su grupo. Se ocuparán de cualquier cosa que vaya surgiendo. Sólo acudirán a mí si no consiguen solucionar las cosas.

—¡Qué superpasada, nena! ¡Eres guay!

Gabrielle se echó a reír suavemente. El entusiasmo de Dita la animaba mucho.

—Bueno, eso está por ver. Acabamos de salir del puerto, ya sabes.

—Créeme, cielito. Lo has hecho muy bien. Funcionará.

—Crucemos los dedos.

Dita le dio unas palmaditas en la espalda.

—Al menos ya no despides esas vibras de mareo tan desagradables. Eso no molaba nada.

La risa suave de Gabrielle se convirtió en una carcajada.

—Ya te digo. Por cierto, gracias por eso. Me ha hecho las cosas mucho más fáciles.

—Me alegro —contestó Dita con seriedad, y luego bajó la voz, aunque nadie podía oírla—. ¿Cómo vas con el otro problema?

Gabrielle se encogió de hombros, bastante incómoda por la necesidad que seguía acosándola a pesar del talismán de Afrodita.

—No sé. Sigue ahí, aunque el ardor no es tan tremendo como antes. —Recordó las cosas que había hecho antes de llevar el anillo—. Me lo tomo día a día, pero ésta es la primera vez que estoy lejos de alguna fuente de... mm... proteína... desde...

—Sí, entiendo lo que dices, cosita. Bueno, si necesitas... cualquier cosa, llámame. No es que me vaya mucho la sangre, pero en tu caso, haré una excepción. Ya tienes suficiente con todo esto —agitó la mano indicando el barco y el convoy—, para encima tener que preocuparte también por eso.

—Gracias, Dita. Ese tema me tenía un poco preocupada.

—De nada, nena. Para eso están las amigas, ¿no? Para ayudarse mutuamente, ¿no?

Gabrielle sonrió.

—Cierto. Pero me alegraré cuando te pueda devolver el favor.

—Qué va, todavía me estoy poniendo al día. Xena y tú me habéis echado un cable totalmente unas cuantas veces. Además, me gusta hacer cosas por mi amiga, no por alguien por obligación. Así es más diver.

—Eso no te lo voy a discutir.

—Cierto —asintió Afrodita con aire altanero—. ¡Perderías!

Gabrielle enarcó una ceja y sonrió ligerísimamente.

—¿Eso crees? Soy la Bardo Batalladora, que lo sepas —dijo con descaro.

Dita se echó a reír, contenta de ver un poco más de la Gabrielle que tanto quería.

—Sí, lo sé, nena. Pero como estás de acuerdo conmigo totalmente, sería como discutir en círculos, o sea.

Gabrielle arrugó la cara al pensarlo.

—Es verdad. Menudo dolor de cabeza me podría entrar así.

—Ya te digo, y piensa que vas a tenerlos de sobra durante un tiempo.

—¡Gracias, Afrodita! Ahora me siento mejor —contestó Gabrielle con sorna.

—¡Ah, vamos, cielito! Sabes que es cierto. Pero siempre estaré cerca si me necesitas, ¿vale?

—Sí, lo sé. Pero gracias. Y tú ya sabes dónde encontrarme cuando tengas ganas de cotillear.

—Ya. ¡Chao, nena!

La diosa desapareció sin fanfarrias, por lo que en principio nadie notó que se había ido. Y para cuando se dieron cuenta, todo el mundo estaba metido en sus faenas, iniciando una rutina que les haría muy buen servicio hasta que alcanzaran las costas de su nueva patria.

Como sabía que iba a ser una travesía de varias lunas hasta alcanzar el destino que Afrodita y ella habían decidido, Gabrielle se apresuró a aprovechar cualquier escala en tierra que pudieran hacer por el camino. Las relaciones entre todas mejoraban al poder salir un rato de los barcos y eso permitía que sus diversas regentes se reunieran con ella para tratar cualquier problema que pudieran tener. Por suerte, los problemas eran relativamente pequeños y sólo necesitaban que las guiara para tomar la decisión que sabían que era necesario tomar.

Lo más importante era que estas pequeñas excursiones le permitían alimentarse y, aunque a nadie le hacían gracia sus expediciones de caza en solitario, nadie podía tampoco echarle en cara la necesidad de estar a solas. Además, había demostrado que era más que capaz de cuidar de sí misma y de sus hermanas, puesto que nunca volvía a la hoguera con las manos vacías.

Y así, la Nación Amazona fue bajando despacio por la costa de África y se dirigió a las pequeñas islas conocidas como Ceilán.


El convoy dio la vuelta al continente y por fin empezó a subir hacia el norte. Nadie se alegró más que Gabrielle, y ya había dado gracias en numerosas ocasiones por cada prenda de ropa extra que habían cargado en el barco. El tiempo se había ido estropeando cada vez más y era más frío cuanto más al sur viajaban. Muchas de las mujeres se pusieron enfermas y hubo días enteros en los que ni siquiera pudo dormir.

Justo cuando las garras de la enfermedad empezaban a soltar a las amazonas, se toparon de lleno con una tormenta que cambiaría... todo.


Al cabo de más de dos semanas de enfermedad a bordo, nadie se alegró más que Gabrielle de volver a encontrar civilización. Se habían desviado ligeramente de su curso al rodear el Cabo y habían tenido que retroceder para llegar a la isla de Madagascar. Pero la enfermedad que se había extendido entre las mujeres había hecho casi imposible que no quedaran a la deriva y hubo que hacer un esfuerzo para restablecer el rumbo.

Para cuando llegaron a la isla, todo el mundo estaba deseando pasar un tiempo en tierra firme y conseguir víveres frescos. Sabían que debían cargar todas las provisiones que pudieran caber en el barco, porque ésta sería su última escala antes de alcanzar el pequeño grupo de islas que habían elegido como su nueva patria.

El día comenzó muy agradable, por una vez. El mar estaba en calma y el sol daba calor: un cambio que agradecieron, ya que apenas una semana antes habían creído que iban a morir congeladas.

El plan era pasar dos o tres días en tierra aireando los barcos y lavándolo todo y a todas. También dedicarían el tiempo a hacer acopio de caza y verduras frescas para la última etapa del viaje. Todavía les quedaba una buena reserva de alimentos secos, pero Gabrielle en especial empezaba a sufrir por la falta de carne fresca en su dieta.

Varias amazonas habían notado una clara tensión en el comportamiento de Gabrielle, pero lo achacaban a la falta de sueño que había sufrido durante la enfermedad que las había aquejado. Las dirigentes de su barco hablaron con las demás dirigentes del convoy y se decidió que Varia y Cyane eran las que más probabilidades tenían de convencer a Gabrielle para que se cuidara mejor. Gran parte de su suerte dependía de que ella estuviera bien y egoístamente querían que conservara la salud.

Gabrielle había repartido tareas a las diversas dirigentes y luego se adentró rápidamente en la jungla. Para cuando Varia y Cyane empezaron a seguirle el rastro, ya había desaparecido.

Gabrielle había sido entrenada por la mejor, e incluso arrastrada por el hambre y la necesidad, no perdía de vista las lecciones duramente aprendidas para moverse con sigilo. Al poco, no quedaba rastro que pudiera seguir ni la mejor de las exploradoras amazonas y Gabrielle emprendió la caza.

Elevó una oración de gracias a Afrodita, pues sabía que la diosa comprendería que el agradecimiento era por el anillo que llevaba y que evitaba que este ritual concreto la consumiera por completo. Luego divisó a su presa y antes de que el ciervo cayera en la cuenta de sus intenciones, le rompió el cuello, le hincó los colmillos y se bebió toda su sangre antes de que se enfriara.

Había aprendido pronto a acabar rápidamente con la vida de un animal para evitarle un sufrimiento innecesario. Había desarrollado prácticamente una empatía con los animales que daban su vida para que ella pudiera seguir existiendo como bacante. En muchas ocasiones deseaba haber aceptado ambrosía o néctar, pero comprendía con pesar que no era ése su destino dentro del diseño inmortal.

De modo que Gabrielle bebió hasta llenarse, hasta que sintió que el calor y la fuerza volvían a correr por sus venas. Le resultaba extraño sentir esta renovación, porque cuando Xena y ella estaban juntas nunca había sentido nada parecido. Por supuesto, nunca se había sentido tan debilitada como ahora, salvo en las raras ocasiones en las que volvía de la muerte.

Gabrielle sonrió con sorna y se echó hacia atrás para secarse la boca. Debía tener mucho cuidado. Aunque estaba bastante segura de que las amazonas acabarían aceptándola como inmortal, no estaba tan segura de cómo reaccionarían al descubrir que era inmortal gracias a Baco. Sobre todo porque la verían como una amenaza para su sociedad, dada la naturaleza de la bestia que era una bacante.

Limpió y cortó a su presa, conservó la piel y envolvió la carne en ella para llevarla de vuelta al pequeño campamento que habían establecido.

Varia y Cyane la esperaban al principio del sendero, pues allí habían perdido su rastro y tenían la esperanza de que regresara por donde se había ido. Su paciencia se vio por fin recompensada cuando oyeron el levísimo roce de unos pies que soportaban una pesada carga y se levantaron del suelo para investigar.

Gabrielle salió del bosque, las vio esperándola y controló sus facciones todo lo posible. Pero no tenía forma de controlar el brillo ardiente de sus ojos, y se alegró de que el sol la obligara a guiñarlos.

Varia y Cyane miraron a Gabrielle atentamente. Parecía haber una clara diferencia tanto en su actitud como en su aspecto, pero ninguna de las dos podía atribuirle una causa precisa.

—Bueno, al menos parece estar mejor —comentó Varia en voz baja mientras Gabrielle se colocaba bien la piel al hombro y empezaba a cruzar la pequeña distancia que las separaba.

Cyane asintió y murmuró por lo bajo:

—A lo mejor sólo necesitaba un poco de espacio. Bien saben los dioses que yo también lo he deseado algunas veces en lo que llevamos de viaje.

Gabrielle oyó la conversación, pero eso no le impidió seguir acercándose a ellas. Se daba cuenta de que su curiosidad estaba motivada sobre todo por su preocupación por ella y el otro motivo podía disculparlo sin esfuerzo. Las amazonas siempre habían aplicado a Xena y a ella un baremo distinto de normas y responsabilidades y no se esperaba que eso fuera a cambiar porque las estuviera dirigiendo. Eso casi hacía que las cosas fueran más difíciles en ese sentido. Lo que hacía no era objeto de sospecha ni de crítica, sino de escrutinio, como si intentaran desentrañar las causas del funcionamiento interno de su mente. En cierto modo era halagador, pero también muy desconcertante para la mujer que aún se acordaba de cuando era aquella aldeana joven e inocente de Potedaia.

Con todo, hacía mucho tiempo que Gabrielle había dejado atrás esa inocencia, y era la mujer fuerte y competente la que ahora se acercó a sus amigas.

—Señoras —las saludó, haciendo caso omiso de las cejas indignadas que se alzaron con consternación ante su saludo.

—Majestad... Gabrielle —dijo Cyane cuando la bardo dejó la piel en el suelo y alzó una mano para evitar ese título.

—¿Qué pasa, chicas?

Varia la miró, guiñando los ojos bajo el sol.

—¿La verdad? Estábamos preocupadas por ti. Todas nosotras, en realidad, pero a Cyane y a mí nos ha tocado... mm...

—Nos ha tocado preguntarte porque somos las que te conocemos desde hace más tiempo y las demás regentes han pensado que sería más probable que hablaras con nosotras si había algún problema.

—Conque controlándome, ¿eh? —Pero lo dijo con una sonrisa y supieron que Gabrielle no estaba enfadada.

—Protegiendo a nuestra reina y velando por los intereses de la Nación —respondió Cyane con tacto.

Esto hizo reír a Gabrielle.

—Estás hecha toda una diplomática, ¿verdad? Por eso eres buena regente —continuó Gabrielle, notando el profundo rubor de Cyane—. Tranquilas, chicas. Lo comprendo y agradezco la preocupación. Es que esto es... difícil para mí, de un modo que ni me había imaginado. A veces necesito estar sola un rato y... reorganizarme.

—Eso pensábamos —dijo Varia con tono apagado—. Nos aseguraremos de que tengas esos ratos con toda la frecuencia posible cuando lleguemos a nuestro nuevo hogar. No creo que vaya a ser tan fácil en el barco. —Se rió un poco al decirlo, reconociendo la ironía de la verdad.

Gabrielle se echó a reír también, sintiendo por fin que la sangre se le enfriaba hasta adquirir su temperatura normal.

—Estoy de acuerdo y agradezco la oferta. Seguro que os tomo la palabra. Mientras tanto —continuó, levantando de nuevo la piel—, deberíamos llevar esto al campamento. Estoy segura de que un poco de carne fresca será bien recibida alrededor del fuego.

Dos estómagos rugieron a la vez y las tres se echaron a reír.

—Pues muy bien. Parece que eso responde a la pregunta —dijo Gabrielle—. Vamos. Cuanto antes lleguemos, antes comeremos.

—Me parece un buen plan —dijo Varia, y regresaron rumbo al campamento de la playa.


Las amazonas pasaron tres días en tierra preparándose para la etapa final de su viaje. Lavaron y desinfectaron todo y repusieron las provisiones. Celebraron varios juegos para animar las cosas y darles la oportunidad de hacer ejercicio y disfrutar de la libertad que les daba volver a estar en tierra firme.

Cuando llegó el momento de volver a subir a los barcos, lo hicieron refunfuñando muy poco. La mayoría de ellas ardía en deseos de acabar el viaje e instalarse en su nuevo hogar. Para la mayor parte de la Nación, éste era el viaje más largo que habían hecho en su vida. Y ahora que la enfermedad que las había torturado parecía haber pasado, estaban deseosas de llegar a la isla, aunque eso supusiera seguir viajando para conseguirlo.

Gabrielle se alegraba de ver la paz y el contento que había en el barco, pues recordaba claramente lo horrible que había sido durante la enfermedad y sus ciclos menstruales. Era una pesadez que esa maldición concreta las aquejara a todas al mismo tiempo, pero las amazonas estaban más acostumbradas que ella a ese hecho y lo daban más o menos por supuesto.

Pero aprendieron rápidamente a evitar a Gabrielle durante esos días. No comprendían por qué se convertía en una persona totalmente distinta, pero pensaban que podían dejarla en paz si prefería sufrir a solas. Poco se imaginaban que estaba haciendo un esfuerzo ímprobo para no sucumbir al fuego que ardía por todo su cuerpo.

De modo que zarparon por la mañana con el mar en calma y un viento ligero y cálido a la espalda. La mayoría de las mujeres se quedaron en cubierta a menos que sus tareas les exigieran estar abajo. Hacía un día demasiado bueno para pasarlo dentro si no había motivo para estar allí.

Los dos primeros días de la etapa final de su viaje transcurrieron en paz y no fue hasta casi el anochecer del segundo día cuando las cosas empezaron a ir horriblemente mal.


Capítulo VIII


Gabrielle estaba inmersa en sus ejercicios de meditación cuando la inusual actividad en cubierta le llamó la atención. Se volvió hacia el este y se fijó en la banda de nubes bajas que cubría el horizonte, y dedujo acertadamente el peligro que suponían para la flota amazona.

Observó el movimiento en cubierta, advirtiendo el ambiente tranquilo y controlado. Todas las mujeres parecían conscientes de la inminente tormenta, pero ninguna dejaba que eso interfiriera en sus tareas.

Gabrielle fue al puente y la capitana saludó su presencia inclinando la cabeza.

—Tiene mala pinta, mi reina. —No hizo el menor caso de la ceja enarcada que le regaló Gabrielle al oír el título—. Llevamos una marca buscando una forma de rodearla, pero como ves, se extiende por todo el horizonte.

—¿Entonces tenemos que atravesarla?

—Sí. Esperemos que no sea demasiado fuerte y que no dure demasiado, pero lo mejor que podemos hacer es encontrarnos de frente con ella y atravesarla lo más deprisa posible. —La capitana indicó la actividad que se desarrollaba a su alrededor—. Ya ves que estamos preparando el barco todo lo posible. Hemos estado intercambiando señales con los demás barcos de la flota y están haciendo lo mismo. Intentaremos mantenernos juntas, pero... Todo el mundo sabe dónde vamos, así que esperemos que aunque nos separemos, podamos volver a encontrarnos cuando termine.

—Tan mal está la cosa, ¿eh?

La capitana se encogió de hombros.

—Son precauciones normales. Tampoco podemos ver lo que se avecina, ¿sabes?

Gabrielle asintió, dejando vagar su mente a las numerosas ocasiones a lo largo de su vida en que se había visto sorprendida por cosas que no había visto venir, y se le cortó la respiración por el dolor que esos recuerdos seguían produciéndole.

—¿Estás bien, Gabrielle? —preguntó la capitana con preocupación, posando una mano delicada en el hombro de Gabrielle. Ésta tenía el rostro blanco, los ojos desenfocados y la respiración entrecortada y agitada—. ¿Gabrielle?

Los ojos verdes parpadearon rápidamente cuando Gabrielle consiguió volver de un lugar donde no tenía el menor deseo de estar. Tragó dos veces y volvió a prestar atención a la capitana.

—Perdón. —Carraspeó, pero no ofreció ninguna explicación—. ¿Qué puedo hacer para ayudar?

—Estamos listas, mi reina. Ahora se trata más bien de aguantar.

Gabrielle asintió.

—Muy bien. Estaré en mi camarote si alguien me necesita.

Gabrielle fue abajo y sacó su diario, se trasladó a la mesa clavada al suelo y preparó la tinta y la pluma. Lo abrió por donde se había quedado y se puso a registrar los acontecimientos de los últimos días. Gabrielle todavía sentía la vocación de bardo, pero había veces, sobre todo ahora, en que simplemente no había nada interesante sobre lo que escribir. No como cuando Xena y ella... Cerró los ojos de nuevo y dejó morir esa idea, y luego se obligó a centrarse otra vez en actualizar su diario.

Gabrielle tenía bastante cosas que escribir y se enfrascó en la tarea de anotar todos los detalles. En algún momento, copiaría esta parte de su diario para las amazonas, para que pudieran conservar su propia historia.

Hasta que se resbaló en la silla, Gabrielle no se dio cuenta del tiempo que había pasado. Ya debemos de haber alcanzado la tormenta. Miró a su alrededor y advirtió claramente los violentos bandazos del barco y luego se dio cuenta de que notaba muy pocos efectos residuales del balanceo. Miró el anillo que le había dado Dita y susurró una oración de gracias. Luego espolvoreó la tinta con arena y dejó que se secara antes de cerrar el diario y guardarlo. Entonces cogió su manto encerado y subió por la escalerilla.

El viento soplaba furioso y la lluvia caía racheada y estuvieron a punto de tirarla escaleras abajo antes de conseguir abrir la puerta del todo. Gabrielle la empujó con fuerza y de repente se apartó a un lado de golpe, ayudada de repente por el viento. Se enfadó bastante por eso y canalizó el enfado en forma de fuerza que podía emplear. Con un potente empujón, cerró la puerta de golpe y luego avanzó resbalándose y deslizándose hacia el puente.

La parte de arriba del barco estaba casi vacía: sólo media docena de puestos esenciales estaban ocupados por mujeres que se habían atado al barco con largas cuerdas. Gabrielle se agarraba a todo lo que tenía al alcance para evitar verse lanzada por la borda. Tardó mucho más de lo habitual en recorrer el corto trayecto y estaba sudando debajo del manto cuando llegó a su destino.

—¡¿Mi reina?! —exclamó la timonel sonoramente cuando reconoció a la visitante.

—¡¡Mi reina!! —repitió la capitana, al ver quién se había unido a ellas en cubierta—. Deberías bajar. Aquí arriba no es seguro. —Tuvo que gritar para que se la oyera por encima de la tormenta.

Gabrielle sonrió burlona por dentro al oír eso, aunque hizo un esfuerzo consciente para que no se le notara en la cara. Estas mujeres sólo habían mostrado respeto y cortesía hacia ella y no tenían ni idea de cuál era su verdadera situación. No había motivo para comunicárselo inmediatamente: sus circunstancias entraban en el terreno de lo extraordinario.

—Sí, Hilda, lo sé. ¿Pero qué clase de gobernante se queda escondida mientras su pueblo se enfrenta al peligro? —Y pasó por alto una época en que hizo precisamente eso a costa de ellas.

—La gobernante inteligente si comprende que la supervivencia de toda la Nación descansa sobre sus hombros —contestó Hilda astutamente.

Gabrielle asintió indicando que aceptaba el razonamiento, aunque había insistido hasta la saciedad en que la supervivencia de la Nación Amazona dependía de todas ellas juntas.

—Tomo nota —asintió—. Sólo quería saber cómo van las cosas.

Hilda agarró a Gabrielle del codo cuando el barco se ladeó de golpe y estuvo a punto de hacerlas caer.

—Vamos —gritó, intentando imponerse al ruido de la lluvia torrencial—. Deja que te acompañe de vuelta a tu camarote. Podemos hablar sin gritarnos.

Gabrielle asintió, pues estaba empapada hasta los huesos por partes a pesar del manto bien encerado que llevaba. El viento y las salpicaduras de agua se colaban por dentro sin dificultad.

Regresaron juntas resbalando y tropezando hasta la puerta que llevaba abajo y lucharon para abrirla contra las fuerzas de la naturaleza que conspiraban para mantenerla cerrada. Con un alarido, lograron abrir la puerta de golpe y acabaron hechas un lío de extremidades al pie de las escaleras cuando los bandazos del barco y la fuerza de la tormenta las tiró sin miramientos escalones abajo.

—¿¡¿MI REINA?!?

—Ay... Estoy bien, Hilda. ¿Y tú?

—Ay, efectivamente. Jo, qué golpe. Pero viviré —contestó la capitana y luego se echó a reír.

—¿Me cuentas el chiste? —preguntó Gabrielle mientras se soltaba despacio de Hilda y del manto mojado, que ahora llevaba pegado como una segunda piel. El proceso se veía complicado por el movimiento continuo del barco que las hacía rodar de lado a lado por el estrecho pasillo.

—Es que me estaba imaginando el cuadro tan curioso que debemos de hacer. Me he acordado de mi iniciación como capitana y de la única vez, aparte de ésta, que me he caído por estas escaleras.

Gabrielle enarcó una ceja interrogante y luego se dio cuenta de que Hilda no podía ver el gesto. Pero antes de que pudiera preguntar en voz alta, la capitana siguió hablando.

—La tripulación me llevó de copas y acabé borracha como una cuba... ellas estaban sobrias, lo cual vino bien, teniendo en cuenta lo que pasó después. Mi iniciación consistía en intentar llevar el barco, en alta mar, ojo, cuando todavía intentaba averiguar qué estaba del derecho y qué estaba del revés.

Hilda consiguió levantarse y se sujetó a las paredes, luego se agachó y alargó la mano para ayudar a Gabrielle a ponerse en pie.

—Lo hice bien hasta que decidí bajar para coger otra botella. No vi los escalones en absoluto y Mel, como buena contramaestre que es, nos llevó directas a una tormenta. Estuve rodando por aquí abajo durante lo que me parecieron días enteros, rezando a los dioses para no echar la papilla. Tardé medio día en levantarme del suelo y otros dos días en recuperarme del mareo que me provocó Mel con su manejo del timón. Ni te digo lo que tardé en librarme de los moratones. En ese momento decidí no volver a tener nunca un motivo para estar rodando por este pasillo.

Gabrielle se rió suavemente.

—Bueno, no puedo decir que sea mi forma de viajar preferida. ¿Quieres saber lo peor? Tenemos que volver arriba para cerrar esa puerta.

Hilda chocó la cabeza con la pared. Estaba de pie sólo porque estaba sujeta a las paredes agarrando a Gabrielle del codo. Gabrielle se agarró a la barandilla, tambaleándose mientras el barco se movía en dirección opuesta. La capitana sujetó a Gabrielle poniéndole una mano en la espalda y se puso detrás de ella para sostenerla por si se caía.

Tardó un poco, pues Gabrielle no tenía el menor deseo de repetir la experiencia de caerse rodando por las escaleras, pero por fin logró cerrar la puerta con un sonoro golpe. Varias amazonas avanzaban dando tumbos por el pasillo, pues por fin se habían decidido a ver por qué había tanto ruido. Gabrielle les hizo un gesto para que se fueran.

—No pasa nada. Volved a vuestros camarotes.

—¿Estás segura, mi reina? Estáis las dos un poco... mm...

—¿Mm?

Hilda señaló a Gabrielle, pero sin tocarla.

—Seguramente se refiere al corte, aunque el moratón también es estupendo.

De repente, Gabrielle cobró aguda consciencia del olor a sangre y sintió que su propia sangre empezaba a arder. La amazona le ofrecía una toalla y la cogió, con la esperanza de eliminar el olor cobrizo que hacía aumentar el hambre.

Aspiró una profunda bocanada de aire para contener la necesidad y se volvió, dando la espalda en parte a las observadoras.

—Capitana, ¿por qué no te pones ropa seca y te ocupas de esos golpes? Luego ven a reunirte conmigo para que hablemos.

Antes de que Hilda pudiera responder, Gabrielle se metió en su propio camarote y cerró la puerta con firmeza una vez dentro.

Las amazonas del pasillo miraron a la capitana, que se encogió de hombros.

—Ya habéis oído a la reina. Volved a vuestros camarotes, sobre todo las que tenéis el siguiente turno. Os necesito bien descansadas.

Asintieron y obedecieron, aunque no sin mirar atrás antes de entrar en sus propios camarotes. Hilda se volvió y entró en el que estaba enfrente del de Gabrielle, preguntándose qué había ocurrido para que cambiara de humor tan deprisa. Luego se concentró en secarse. Pero no se cambió, pues sabía que tenía que regresar en breve al puente. Se sirvió una copa de vino. Había captado el mensaje de que Gabrielle necesitaba un poco de espacio y por supuesto que se lo iba a dar.

Gabrielle, por su parte, se sentó en su catre y concentró todas sus energías en la simple tarea de ser y respirar. Dentro... fuera... dentro... fuera... hasta que el ritmo fue lo único de lo que era consciente y notó que el pulso se le calmaba y se hacía regular. Luego resopló y procedió a ponerse una túnica seca y a servirse una copa de vino.

Pasaron unos minutos y luego se oyó un golpe ligero en su puerta y Gabrielle se dio cuenta de que Hilda le había dado tiempo para que se cambiara y sonrió, agradecida por el gesto. Se levantó, abrió la puerta y sus cejas salieron disparadas hasta el nacimiento del pelo al ver que la capitana seguía con la ropa mojada.

—Tengo que volver a cubierta —respondió Hilda a la pregunta tácita—. No tiene sentido mojar más ropa.

—Mmm —se limitó a decir Gabrielle, aunque logró transmitir por el tono que estaba de acuerdo—. Pasa y dime hasta qué punto van mal las cosas.

Hilda cruzó el umbral y ocupó la silla del escritorio. Gabrielle se sentó de nuevo en la cama y aguardó expectante.

—Van mal, majestad. Nos estamos desviando del rumbo, pero es imposible saber cuánto ni en qué dirección. No podré saberlo con seguridad hasta que pase la tormenta y podamos orientarnos.

—¿Y los otros barcos?

Hilda apoyó los codos en las rodillas y dejó caer las manos entre las piernas.

—Sé que tres por lo menos seguimos juntos. He visto a los otros barcos a intervalos a cada lado nuestro, surgiendo de la tormenta. —No le dijo a Gabrielle lo cerca que habían estado de estrellarse con el primero.

Gabrielle se quedó inmóvil, reflexionando.

—Bueno —dijo por fin—, supongo que por ahora tendremos que confiar en la suerte y seguir adelante con lo que haya cuando pase todo esto. —Gabrielle se irguió un poco y miró a Hilda a los ojos—. No veo motivo para que esto se sepa en estos momentos. No hay razón para provocar el pánico por algo con lo que no podemos hacer absolutamente nada.

Hilda asintió.

—Estoy de acuerdo, mi reina. Te mantendré informada según se vaya desarrollando todo.

—Gracias, Hilda. ¡Estás haciendo un trabajo estupendo!

La capitana se sonrojó.

—Gracias, majestad. Ahora, si me disculpas...

Gabrielle asintió y despidió a Hilda con un gesto y luego meneó la cabeza. Había hecho todo lo posible por quitarles a las amazonas la costumbre de llamarla por su título, pero era algo que llevaban tan arraigado que había acabado considerándolo una causa perdida.

Con un suspiro, se terminó el vino y cogió su diario, lo abrió y se puso a leer. La tormenta seguía atacando con furia a su alrededor, pero Gabrielle ni se dio cuenta mientras dejaba que sus propias palabras la transportaran de vuelta a unos recuerdos que durante los años siguientes la harían reír y llorar y le harían compañía como los viejos amigos que eran.


La tormenta bramó a su alrededor durante dos días más y para entonces todo el mundo a bordo estaba empapado, mareado y de pésimo humor. Cuando por fin vieron que el sol se abría paso a primera hora de la tarde del tercer día, la tripulación soltó gritos de júbilo, animada tanto por su aparición como por la presencia de los demás barcos. De algún modo, todos habían conseguido superar la tormenta relativamente intactos, al parecer. Tardarían un día o dos en evaluar los daños causados por la tormenta.

De todas formas, todas estaban felices de ver el sol y el agua tranquila, y por decisión conjunta echaron el ancla y aprovecharon para airear sus cuerpos y sus barcos. Gabrielle y las capitanas se habían dado cuenta de que era necesario descansar un poco y establecer su posición. Eso no podía hacerse hasta la noche, de modo que detuvieron los barcos y se pusieron a celebrarlo, decididas a aprovechar el breve descanso que se les había ofrecido.

Hacia el anochecer, las mujeres se acomodaron en las diversas cubiertas, gozando de una cena de pescado fresco y llamándose las unas a las otras. Gabrielle estaba sentada un poco aparte en la proa, observando cómo la Nación que había estado al borde de la extinción regresaba poco a poco a la vida ante sus ojos.

Salió de su ensueño cuando Hilda llegó y se sentó en silencio a su lado. La capitana no dijo nada, sino que se quedó esperando a que ella le dijera algo. Gabrielle no se volvió hacia ella, pero indicó a la multitud de mujeres alegres de los siete barcos.

—Es estupendo ver a las amazonas enteras de nuevo. Durante mucho tiempo, hemos estado divididas, abatidas.

—Tú les has vuelto a dar esperanza, mi reina... un futuro al que aspirar, en lugar de llorar por un pasado que nunca volverá.

Ahora Gabrielle se volvió y miró a Hilda penetrantemente.

—El futuro es lo que ellas construyan, Hilda... no yo.

—Tal vez, pero siempre serás recordada como la reina que salvó a la Nación.

Gabrielle no contestó, sino que volvió la vista hacia el mar para contemplar los barcos de su pequeña flota. Hilda tuvo la clara impresión de que había cruzado una raya que más valía no tocar y carraspeó. Gabrielle se adelantó a sus disculpas.

—¿Cuánto crees que nos hemos desviado del rumbo?

La capitana parpadeó, cambiando los derroteros de su mente para avanzar por un camino totalmente opuesto al que había estado siguiendo. Había subido aquí con algo completamente distinto en mente, pero dejó de lado sus pensamientos con valor, por el momento, y se centró en la pregunta que se le había hecho.

—Es difícil saberlo, majestad, pero sí que puedo decir sin la menor duda que estoy preocupada. No es más que una intuición, puesto que estamos en medio del mar y todavía no tenemos referencias visuales, pero no creo que estemos cerca en absoluto de donde estábamos o de donde deberíamos estar.

Gabrielle asintió, puesto que ella misma había llegado a una conclusión muy parecida.

—Muy bien, capitana. Haz el favor de informarme en cuanto hayamos determinado dónde estamos. —Se levantó—. Estaré en mi camarote.

Hilda decidió lanzarse.

—Mi rei... Gabrielle... —Suavemente.

Pero Gabrielle alzó una mano.

—Hilda, por favor, no. Eres una joven preciosa y me imagino que cualquiera de estas mujeres estaría feliz de ser tu compañera.

—Pero tú no —respondió Hilda con apenas un matiz de amargura. La vida seguía su curso a su alrededor: nadie advertía el pequeño drama que se estaba desarrollando en la proa del barco.

—Pero yo no —contestó Gabrielle con total sinceridad—. Mi corazón pertenece a otra, Hilda, y siempre ha sido así. No puedo cambiarlo y no lo haría, aunque pudiera.

—¡¡Pero Xena está muerta, Gabrielle!! —dijo con brusquedad y en voz baja—. ¿Es que pretendes pasar sola el resto de tu vida?

Gabrielle sonrió con tristeza, pues comprendía demasiado bien lo largo que iba a ser y la aparente eternidad que se levantaba entre su guerrera y ella.

—Xena es la dueña de mi corazón, Hilda, y sin él, no puedo interesarme por nadie más. Así no. Y no es justo pedir... ni a ti, ni a mí, ni a nadie... que viva con un amor falso.

—¿Y si yo quiero?

Gabrielle agarró el brazo de la capitana y se lo estrechó suavemente antes de soltarlo.

—Yo no. —Se apartó, llegó a las escaleras y luego se volvió de nuevo hacia Hilda—. Me gustaría que fuéramos amigas, pero eso es decisión tuya. No voy a obligarte a nada que te resulte incómodo. Sin embargo, como reina tuya, te pido que me lo comuniques cuando hayamos fijado nuestra posición.

Hilda parpadeó e irguió los hombros y luego inclinó la cabeza.

—Sí, mi reina. Cuando salgan las estrellas, tendrá que pasar una marca hasta que podamos estudiarlas bien.

—Gracias, Hilda —replicó Gabrielle, luego se volvió y sin decir nada más se fue a su camarote. Hilda se quedó un rato más en la proa, contemplando el horizonte y reflexionando sobre la verdad de lo que había dicho Gabrielle. Luego se irguió y se dirigió al puente. Tenía trabajo.


Menos de una marca después, llamaron a su puerta. Gabrielle había estado medio dormida, dejando vagar la mente. Ahora se incorporó y dijo:

—Adelante.

La puerta se abrió y Hilda cruzó el umbral y se detuvo nada más entrar en la estancia.

—Gabrielle, tienes que subir a cubierta.

Gabrielle se frotó la cara con la mano.

—Malas noticias, ¿eh?

—Hay que verlo para creerlo, mi reina.

—Ay, madre.

Cuando subieron a cubierta, Gabrielle se sorprendió al ver no sólo a las capitanas, sino también a sus regentes temporales esperándola en cubierta alrededor de una mesita que habían subido. Todas inclinaron la cabeza respetuosamente y Gabrielle se esforzó por no hacer una mueca.

—Señoras...

Eso hizo que más de una cabeza se alzara inmediatamente y varias miradas asesinas se clavaron en ella antes de que pudieran adoptar una expresión impasible. Gabrielle se echó a reír suavemente y las amazonas se unieron a ella, apreciando su humor y el intento de romper la tensión.

—¿Qué tenemos? —El grupo se miró, pues nadie quería encargarse de dar la noticia. Gabrielle se impacientó y suspiró con fuerza—. Más vale que alguien empiece a hablar antes de que haga una auténtica barbaridad. —Y rezó para que nadie se le encarara. No sabía qué barbaridad podría improvisar ante un puñado de amazonas, aunque desde luego, había tenido sus momentos a lo largo de los años.

—Majestad, no logramos establecer nuestra posición en ninguno de los mapas que tenemos. Según parece, estamos en un lugar que no existe.

—¿Cómo dices? —Segura de que había entendido mal.

Hilda soltó aliento y le acercó las cartas de navegación y los mapas.

—Has estudiado las estrellas, has aprendido a navegar por ellas, ¿verdad? —Gabrielle asintió, recordando lo que había tardado en dominar esa ciencia y las enseñanzas pacientes y amables de Xena—. ¿Estas constelaciones te resultan conocidas? —Le pasó a Gabrielle una carta concreta, sacándola de su ensueño.

Gabrielle aguantó la respiración al reconocer sin dificultad la constelación de la osa y de la cazadora y del toro. Trazó las conocidas figuras con los dedos y asintió.

—Pasábamos muchas noches estudiando estas formas —comentó en voz baja, recordando claramente sus perpetuas discusiones sobre el tema. Pero todo el mundo la oyó y captó la tristeza que había en su voz. Hilda no hizo caso y continuó.

—Pues muy bien... ahora mira el cielo.

Gabrielle así lo hizo y entonces arrugó confusa la frente. Lo que veía le resultaba extraño, irreconocible. En todos sus viajes jamás había visto las estrellas... bueno, francamente, era como si estuvieran del revés.

Gabrielle se frotó las sienes, luego dio la espalda al grupo y se alejó un poco de ellas. Se apretó los labios con las manos mientras pensaba y luego se dio la vuelta para continuar la conversación, pues sabía que esta noticia lo cambiaba todo.

—Bueno, ¿alguien prefiere alguna dirección concreta? ¿Indican las corrientes si hay tierra cerca?

Ahora intervino Varia.

—La verdad es que no, aunque parecen moverse hacia el este.

Gabrielle asintió ante la información.

—Pues supongo que iremos hacia el este. —Miró al grupo, que se mostró de acuerdo—. ¿Tenemos a una dibujante de mapas entre nosotras?

—Sí, mi reina —contestó una de las capitanas—. Tenemos varias.

—Bien. A ver si podemos hacer cartas de estas nuevas constelaciones. A lo mejor cuando encontremos tierra y nos instalemos, tenemos ocasión de estudiarlas y averiguar dónde hemos acabado.

Hubo una relajación palpable de la tensión que embargaba al grupo al oír el tono seguro de Gabrielle. Todas habían pensado en la difícil situación en la que se encontraban, perdidas en alta mar en aguas desconocidas. Ahora sentían un nuevo optimismo y todas sonrieron.

—Muy bien —continuó Gabrielle como si no hubiera pasado nada—. Sé que es tarde, pero cuanto antes nos pongamos en marcha, antes llegaremos a casa. Así que pongámonos manos a la obra y emprendamos el viaje. No es que me encante estar en un barco.

Entonces se echaron a reír, pues habían oído algunas de sus historias sobre anteriores viajes por mar. Y a decir verdad, todas ellas estaban deseosas de llegar a tierra firme. Este viaje se había convertido en una aventura mucho más arriesgada de lo que la mayoría se esperaba o apostaba.


Pasaron varias semanas más y los ánimos se estaban soliviantando. No se habían topado con ninguna tormenta seria, aunque sí pasaron por un par de chaparrones. Fueron un cambio que agradecieron y que les proporcionó agua dulce, que lógicamente empezaba a escasear.

Con todo, la falta de dirección y de conocimientos sobre su posición las desgastaba, y la habilidad diplomática de Gabrielle era cada vez más necesaria para evitar que estallaran peleas.

Por fin, cuando ya prácticamente no aguantaba más, Gabrielle organizó un combate de entrenamiento, enfrentándose a todas las que lo desearan. Todas habían visto sus ejercicios de entrenamiento y conocían su derrota a manos de Varia. De modo que pensaban que aunque Gabrielle era buena guerrera, se la podía derrotar.

Lo que no sabían y no podían entender era que la conciencia que tenía Gabrielle de su inmortalidad le había quitado cualquier miedo. Y la necesidad de sangre la había hecho agresiva. De modo que al terminar el día había un grupo muy cansado y muy machacado de amazonas tiradas por la cubierta.

—Mi reina, cuando lleguemos a tierra, ¿querrás dar clases de combate?

Gabrielle se tragó el vino que tenía en la boca antes de responder.

—Probablemente no. Habrá mucho que hacer para organizar la Nación. —Se alegraba de que estuvieran hablando positivamente de su nuevo hogar. La cosa había estado pendiente de un hilo y estaban lógicamente inquietas por los imponderables a los que ahora se enfrentaban. Tardó un poco en advertir el aire abatido de todas las mujeres que se habían enfrentado a ella en combate—. ¿Por qué?

Las mujeres se miraron entre sí. Por fin habló la más valiente de ellas.

—Teníamos la esperanza de aprender de ti.

Gabrielle parpadeó. No era algo que se esperara oír. Jamás. Sobre todo por parte de las amazonas. Antes, Xena siempre había dado la cara por ella, y la única vez que había luchado sola, había sido duramente derrotada por una guerrera que desde entonces había demostrado ser muy poco digna de poseer el título de reina. Incluso después de dirigirlas en Helicón, jamás se había imaginado oír semejante petición por su parte. De modo que ahora Gabrielle, reina de las amazonas, se quedó ahí sentada, jadeante y parpadeante, asimilando el reconocimiento de su habilidad y su capacidad que, a su modo, señalaba su mayoría de edad.

Las amazonas esperaron en silencio, sabiendo por su expresión que Gabrielle no estaba con ellas en ese momento y lugar. Por fin se volvió hacia ellas con una sonrisa.

—Creo que podría sacar tiempo para eso si de verdad lo deseáis. Nunca me lo había planteado. —Sonrió—. Gracias por pedírmelo.

Todas las amazonas de la nave insignia soltaron gritos de júbilo que se oyeron por toda la pequeña flota. El resto de la Nación tardaría un poco en comprender y aceptar el entusiasmo de sus hermanas.


Tres días después, durante lo que se estaba convirtiendo rápidamente en la primera de tres sesiones diarias de entrenamiento, se oyó un grito desde la cofa del barco situado más al norte. Emocionadas, todas las mujeres que no estaban faenando corrieron a la borda para mirar bien.

—¡Tierra! ¡¡Tierra a la vista!!

La Nación Amazona había encontrado por fin lo que se iba a convertir en su nuevo hogar.


PARTE 5


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
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