Capítulo V


Afrodita se arrodilló al lado de Gabrielle y la zarandeó suavemente para despertarla. Se preguntó cómo se sentiría la bardo por el hecho de que Ares hubiera logrado encontrarlas y echarlo todo a perder de mala manera. Se preguntó cómo había logrado localizarlas, y entonces los ojos verdes se abrieron y volvió a concentrarse en la mujer que yacía a su lado.

Gabrielle jadeó, recuperando el conocimiento brusca y repentinamente. En ese instante, sintió un calor íntimo que le inundaba el alma y se regocijó. Aferró la mano de Afrodita, mirándola con los ojos llenos de lágrimas y una sonrisa radiante.

—La siento, Afrodita. ¡Está viva! —Miró a su alrededor—. ¿Xena? ¿¿Xena?? —Volvió a mirar a la diosa—. ¿Dónde está, Afrodita? Sé que está viva... la siento. —Se puso la mano de Dita en el pecho—. Aquí. Su corazón late con el mío.

Afrodita sonrió y le apretó la mano, sintiendo el ritmo estable de los latidos, y luego se apartó y se pellizcó el caballete de la nariz con los dedos.

—Pues entonces... tengo una noticia buena y otra mala.

Gabrielle estrujó la mano que todavía sujetaba y Dita hizo una mueca de dolor.

—Cuidadín con el género, cielo. Me vas a dejar marcas. —Se soltó la mano delicadamente y la puso sobre la de la bardo—. Bueno, la buena noticia es que está viva, ¿no? Eso es bueno.

—Sííííí... ¿y cuál es la mala noticia?

—La mala noticia es que no está aquí y no sé dónde está.

—Pero eso podemos arreglarlo, ¿no? ¿Podemos hacer el ritual otra vez?

—Mm, no. No quedan suficientes cenizas para intentarlo de nuevo.

—¿¡¿QUÉ?!? —Gabrielle se levantó de un salto—. ¿Dónde está? ¡Lo voy a matar yo misma!

—¡Eh, eh, Gab! Para el carro. Se ha ido. Además, no puedes matarlo, ¿recuerdas? Vuelve a ser un dios. —Rodeó los hombros de Gabrielle con el brazo y la agarró con fuerza cuando la bardo intentó zafarse. Y luego la sostuvo con más fuerza aún cuando los hombros que tenía debajo del brazo empezaron a hundirse derrotados. Cogió a Gabrielle por la barbilla y le subió la cara para mirarla a los ojos—. Tú sabes que está viva, ¿no? —Esperó a que asintiera—. Muy bien... pues puedes usar la conexión que sientes con ella para encontrarla. Tendría que estar tirado.

Gabrielle resopló, riendo entre lágrimas.

—Afrodita, para nosotras nunca ha habido nada que estuviera tirado. Tengo la impresión de que esto no va a ser distinto.

Afrodita se echó a reír compasivamente y se llevó la cabeza de la bardo a los labios.

—Tienes razón. —Miró a su alrededor y se estremeció—. Salgamos de aquí. Este sitio ahora me da repelús.

Salieron despacio, siguiendo las marcas que había dejado Afrodita y que ahora iba eliminando meticulosamente.

—Hefi no puso marcas por algún motivo. Sólo intento respetarlo —explicó Dita como respuesta a la pregunta tácita de Gabrielle.

Cuando estuvieron fuera, Afrodita volvió a colocar el escudo que había originalmente. Luego agitó la mano para regresar al Olimpo.

Dita las hizo aparecer directamente en la habitación de Gabrielle, pues sabía que ésta iba a notar el efecto de la pérdida de sangre de una forma muy cruda y repentina. Estaba en lo cierto y apenas logró sostener a la bardo cuando se empezó a desplomar. La diosa metió a Gabrielle en la cama y luego fue a su propia habitación. Esta aventura la había agotado más de lo que estaba dispuesta a reconocer y todavía tenía que ocuparse de su negociado habitual del amor. Decidió echarse una siesta.


Los ojos verdes se abrieron despacio, al tiempo que la elegante nariz se agitaba por el olor a canela y azúcar que flotaba en su dirección. Se estiró con calma, sonriendo por el renovado calor que sentía correr por su alma y maravillada por el hambre que le retorcía el estómago.

—Parece que la inmortalidad no me ha quitado el apetito.

Gabrielle apartó las sábanas y se levantó de la cama. Caminó por la gruesa alfombra hasta la mesa y sonrió al ver los humeantes bollos de canela que la recibieron.

Se volvió con el plato a la cama y se sentó, con expresión pensativa. El calor característico que sabía que era Xena era lejano, pero era real. Sonrió dulcemente, con esperanzas renovadas.

—Te encontraré, Xena. De algún modo, de alguna manera, te encontraré y volveremos a estar juntas.


Todavía estaba oscuro cuando los ojos azules se abrieron por fin y miraron su entorno, desorientados. Éste no era el más allá que se esperaba. De hecho, sentía una clara punzada de hambre en el vientre y un fuego en la sangre. No parecía ser en absoluto un más allá. Se clavó un dedo en el tronco y se pellizcó el brazo, y llegó a la conclusión de que su carne desnuda era real.

Se puso en pie despacio, mirando confusa a su alrededor. No estaba en Japa y esto no parecía Grecia, ni Chin, ni Britania, ni Egipto. La tierra era plana, y cuando se le acostumbraron los ojos, se dio cuenta de que abarcaba una larguísima distancia con la vista. Había una luz a lo lejos y sin hacer caso de su desnudez, la guerrera se dirigió hacia allí.

Avanzó unos pasos tambaleándose, tropezó y se dio cuenta de que estaba débil de hambre y de algo más... indefinible.

Se arrodilló en la hierba y las briznas le hicieron suaves cosquillas en la piel. Cerró los ojos, apartando la sensación de su mente, y se concentró en los sonidos que la rodeaban. Se oía el roce de la hierba, el silbido del viento y... sonrió. Justo a su izquierda se oía a un animal... una liebre, por el olor.

Con sigilo, rodeó a su presa, esperando pacientemente. Todo acabó antes de que el conejo comprendiera que había caído en una trampa. La guerrera lo agarró por el blando cuello y le hincó los dientes con placer. Empezó a sentir el calor y la fuerza que le inundaban los huesos hasta que se dio cuenta de lo que estaba haciendo.

Tiró la liebre con asco e intentó vomitar, pero no tenía nada que regurgitar en el estómago. Se levantó de golpe, ahora con fuerzas suficientes para dirigirse hacia la luz a buen paso.


Acababa de amanecer cuando entró en el pequeño campamento. Al principio todo el mundo se quedó mirándola, hasta que una mujer mayor se acercó a ella con una manta.

—¿Netonêševehe, ka'êškone? ¿Tosa'e netao'setsêhe'ohtse?

La guerrera frunció el ceño, pues no comprendía el idioma. La anciana envolvió despacio su cuerpo desnudo con la piel, apartando con delicadeza el alborotado pelo oscuro de su cara de rasgos cincelados. Entonces se dio golpecitos en el pecho.

—Hotassa —declaró, y señaló a la guerrera, enarcando una ceja con aire interrogante.

Los ojos azules examinaron el campamento, fijándose en lo bien organizado que estaba y en los miembros de la tribu que aguardaban pacientemene. No parecían amenazadores... simplemente curiosos, y decidió que se quedaría con ellos todo el tiempo que se lo permitieran hasta que lograra averiguar dónde estaba y cómo volver a casa.

Miró de nuevo a la mujer de aspecto maternal y sonrió, haciéndola sonreír a su vez. Se señaló a sí misma con el pulgar.

—Xena —contestó y dejó que la anciana la llevara a un lugar junto al fuego.


Gabrielle recogió su zurrón y fue en busca de Dita. Se sorprendió al encontrar a la diosa acurrucada con una almohada y profundamente dormida. Sacudió a Dita por el hombro con delicadeza.

—¿Afrodita?

—Ahora no, Gab... durmiendo.

Gabrielle se quedó con los ojos como platos. No sabía que los dioses y las diosas dormían, pero entonces cayó en la cuenta de que Dita había estado trabajando más de lo habitual al tener que funcionar como dos diosas, además de toda la ayuda y la investigación que había llevado a cabo por la propia Gabrielle. Cubrió los hombros de Dita con el edredón de plumas y sonrió al ver que se pegaba más a la almohada. Gabrielle se agachó y dio un beso a Afrodita en la mejilla.

—Adiós, amiga mía. Dulces sueños. Ven a verme alguna vez, ¿quieres? Tengo la sensación de que me va a hacer falta que estemos en contacto para evitar volverme loca.

Dita no contestó, pero suspiró levemente y sonrió.

Gabrielle colocó una nota en la mesa, luego fue hasta la puerta y se volvió por última vez.

—Gracias, Afrodita —dijo, y luego bajó despacio por el pasillo y salió del palacio olímpico. Calculó que le quedaban varios días de viaje por delante para llegar al mar. Iba a regresar al principio... al lugar donde había empezado todo esto casi dos años antes.


Gabrielle tardó casi una semana en llegar a la costa más cercana al pie del Monte Olimpo. Oyó un grito que proclamaba un nombre que no oía desde Japa y que le gustaría olvidar. Examinó los barcos anclados en la pequeña ciudad portuaria y encontró lo que buscaba.

—¿Pequeño Dragón?

Gabrielle alzó una mano.

—Capitana, por favor. Me llamo Gabrielle.

A Katerina von Lihp casi se le salieron los ojos de las órbitas. El Pequeño Dra... Gabrielle acababa de decir más palabras seguidas que durante todo el viaje de Japa a Shanghai. La capitana miró bien a la mujer que tenía delante vestida con una túnica suelta de algodón y polainas, y en sus ojos verdes vio una expresión de esperanza renovada y determinación.

—Bueno, Gabrielle, ¿puedo ayudarte en algo? No creía que te fuera a ver aquí después de tanto tiempo.

Gabrielle frunció el ceño.

—¿Sí? ¿Cuánto tiempo ha pasado?

Ahora fue Katerina la que se quedó confusa.

—Han transcurrido dieciocho lunas desde que te vi en el puerto del sur. Pero eso ya lo tienes que saber.

Gabrielle meneó la cabeza.

—Mm, no. He estado muy ocupada. Supongo que he perdido la noción del tiempo. —Antes de que la capitana pudiera comentar nada, Gabrielle prosiguió—: ¿Estás ocupada, o puedo contratarte?

—Bueno, normalmente no llevamos pasajeros, pero por ti... ¿qué quieres hacer?

—Tengo que regresar a Japa... a Higuchi. Tengo que volver donde empezó todo esto.

Katerina la miró pensativa largos segundos y por fin asintió.

—Eso está bien. De todas formas, teníamos que volver pronto, porque tengo que recoger más mercancías. ¿Cuándo podrías estar lista para zarpar?

—Mm, ¿ahora?

—Ahora está bien, ¿hä? Vamos. La tripulación ya debe de estar terminando de cargar. Zarpamos con la marea, cuando la luna esté en lo alto.

—¿Y tus honorarios?

—Ah, de eso ya hablaremos a bordo. Serán justos, te lo prometo.

Gabrielle asintió. Katerina había sido muy amable y ni una sola vez había intentado aprovecharse de su tristeza. Se sentía segura confiando en esta pequeña y extraña capitana mercante. Había aprendido a la fuerza cuándo no debía fiarse y su instinto era muy acertado. De modo que siguió a la capitana hasta un largo barco atracado en la orilla.

La mayoría de la tripulación recordaba a Gabrielle del anterior viaje que habían hecho juntos y la saludaron amablemente cuando subió a bordo. Katerina la instaló en el mismo camarote pequeño que ya había usado y al amanecer del día siguiente, el barco y su tripulación ya estaban bajando por la costa de Grecia.

No tardó en establecerse una rutina. Cada mañana, Gabrielle entrenaba con el arma que hubiera elegido para ese día, alternando entre los sais, la vara y la katana para mantenerse alerta y no perder el interés. Luego se dedicaba a ayudar con cualquier trabajillo que pudiera encontrar y que no interfiriera con el funcionamiento cotidiano del barco.

Era un poco más comunicativa, pero la tripulación seguía mostrándose muy respetuosa con los límites que se habían establecido la primera vez y descubrió que se sentía un poco sola. De modo que por lo menos una vez por semana, iba a la cocina y guisaba, para evitar oxidarse, según decía. Pero era más que nada porque la cocinera la había tomado bajo su protección y a Gabrielle le recordaba muchísimo a la abuela que había conocido de niña. Los marineros no se quejaban. Todo lo contrario: estaban deseando que llegaran los días en que Gabrielle se ocupaba de la cocina. Esos días parecía haber manjares extra.

Y así fue pasando el tiempo y cada día era prácticamente igual que el siguiente, con la excepción de los días en que atracaban en un puerto para comerciar y reabastecerse. Gabrielle averiguó que a Katerina se la consideraba una capitana bastante indulgente. Establecía sus propias normas, se atenía a su propio programa y no veía motivo alguno para que su tripulación tuviera que conformarse con raciones de viaje durante semanas si había puertos por el camino en los que podían detenerse para recoger provisiones frescas. La vez anterior habían llegado a Grecia en tan sólo un año sólo por las prisas de reunirse con Gabrielle.

De modo que llevaban casi seis meses de travesía cuando llegaron a la punta del continente africano y Gabrielle se sintió más que agradecida por la ropa que llevaba. Sus polainas eran de lana gruesa y se había cambiado la túnica por un abrigoso jersey. El mar se iba poniendo más bravo y las olas eran cada vez más grandes, y hasta con el anillo de Afrodita, Gabrielle notaba los claros inicios de la naúsea en el estómago.

Después de sus ejercicios, Gabrielle se disculpó con la capitana y bajó para descansar. Sabía que con el mareo estaría mejor en cubierta, pero por el momento lo único que quería hacer era cerrar los ojos en la intimidad de su propio camarote.

Curiosamente, el movimiento no parecía afectarla al estar tumbada con los ojos cerrados, y Gabrielle se sumió en una duermevela llena de recuerdos e imágenes que no tenían el menor sentido. No sabía cuánto tiempo estuvo flotando a punto de quedarse dormida, pero por fin sintió que se hacía la calma a su alrededor. Gabrielle no abrió los ojos, pues no quería perder el trance meditabundo en el que estaba. Hasta que no notó una suave caricia en el pelo, no abrió los ojos parpadeando despacio.

—¿Afrodita?

—¡Hola, cosita! ¿Cómo vas? —Siguió acariciándola y Gabrielle volvió a relajarse con la sensación.

—Ahora mejor. Pero me alegro de verte. Te he echado de menos.

—Ah, pero qué cielo eres, Gab. Yo también te he echado de menos totalmente. Lamento no haberme podido despedir de ti —dijo con apenas un matiz de reproche.

Gabrielle entreabrió los ojos y miró a los ojos azules de Dita.

—Lo siento, Dita. Es que estabas tan a gusto que no quise molestarte. Pero...

—Pero, o sea, querías empezar a buscar a la Gran X, ¿eh? —La diosa sonrió comprensiva y siguió acariciando el cuero cabelludo de Gabrielle, sonriendo con indulgencia cuando la bardo cerró de nuevo los ojos y se relajó aún más con la caricia.

—Pues sí —asintió—. Quiero encontrarla para poder dejar todo esto atrás y seguir adelante con nuestra vida.

Gabrielle tenía los ojos cerrados, por lo que no vio la cara que se le puso a Afrodita al oír eso. Pero sí que notó el titubeo de la caricia y abrió los ojos a tiempo de ver la mueca de Dita antes de que forzara una sonrisa. Gabrielle se incorporó sobre un codo, pegando casi la nariz a la de la diosa. Afrodita se levantó y se puso a dar vueltas por el pequeño camarote.

—¿Afrodita? —La voz de Gabrielle era casi un gruñido acusador.

—Sabes, preciosidad, he estado superocupada desde que te fuiste... montañas de amor superguay, ¿sabes? Seguirles el ritmo a los griegos y a los romanos es más que suficiente para, o sea, dejar superagotada a una diosa del amor con turno doble. Pero bueno —se apresuró a añadir Dita, al ver que Gabrielle se estaba impacientando un poco—. En el poco tiempo libre que he tenido, me he dedicado a buscar a esa guerrera supermolona tuya. —Afrodita hizo una pausa y se obligó a sonreír alegremente—. Tengo una noticia buena y otra mala.

Gabrielle se dejó caer de nuevo en la cama, se tapó los ojos con las manos entrelazadas y gimió.

—Esto no me va a gustar, ¿verdad? —suspiró—. Dame la mala noticia.

—Pues, cielito, la mala noticia es que todavía estoy tratando de averiguar dónde está Xena exactamente. Es que todavía no estoy muy segura de dónde o cuándo está. Verás, he recorrido todo el mundo conocido en la red divina mundial buscándola y hasta he ido en persona a Japa, a Escandinavia y a Egipto para hablar con los dioses de allí. Sé que allí no está porque también la hemos buscado con sus redes. Cómo me voy a superalegrar cuando tengamos todas nuestras redes unidas, pero creo que eso todavía va a tardar un poco.

—¡Espera, espera, espera! —Gabrielle se incorporó agitando las manos—. Estoy segura de que las complejidades de vuestro artilugio divino son fascinantes y en cualquier otro momento me encantaría charlar a fondo del tema. Pero ahora mismo, quiero retroceder sólo un poquito.

—La buena noticia no me va a librar de ésta, ¿eh?

—¿La buena noticia?

—¡Pues sí! Sabemos que Xena no está en ningún lugar del mundo conocido, así que en realidad no tienes que volver a Japa. Sé que ese sitio te trae unos recuerdos superchungos.

Gabrielle se pasó las uñas por el cuero cabelludo totalmente exasperada y por fin se frotó la cara y suspiró.

—Afrodita, si Xena no está en ningún lugar del mundo conocido, ¿dónde está?

Dita estampó un pie en el suelo llena de irritación.

—¡No lo sé! —Se pasó las manos por el pelo y se lo puso de punta—. ¡Nunca había visto nada parecido, y sólo fue un breve vistazo!

—¿Entonces cómo sabes que no es algún lugar del mundo conocido?

—¡¡Porque era en el futuro, dentro de unos mil quinientos a dos mil años!! —gritó Dita, y luego se tapó la boca con la mano al darse cuenta de lo que acababa de decir y ver que Gabrielle se desplomaba en la cama.

—¿¿¿Qué??? —preguntó Gabrielle con un susurro ahogado.

Dita se sentó al lado de Gabrielle y le cogió las manos, tirando de ella para abrazarla con cierta dificultad. Durante varios minutos no se dijeron nada, mientras Afrodita se concentraba en calmar el pulso acelerado de Gabrielle. Frotó tiernamente la espalda de la bardo, intentando que se relajara. Por fin y con mucha firmeza, Gabrielle se apartó, aunque siguió agarrada a las manos de Dita.

—¿¿Me estás diciendo que Xena está en algún lugar del futuro y que voy a tener que esperar de mil quinientos a dos mil años para intentar siquiera encontrarla??

—Pues sí. Es el máximo que he conseguido delimitarlo. Yo...

Gabrielle se soltó las manos de las de Afrodita y se levantó para dar vueltas. La diosa se quedó mirándola pacientemente mientras Gabrielle recorría de lado a lado los tres pasos que había entre la pared y la puerta, agitando las manos y hablando sola. Por fin, pareció llegar a una conclusión y se volvió a desplomar al lado de Afrodita.

Agitó las manos, aunque Dita estaba sentada en silencio con cara de desconcierto.

—Vale, escucha. Ahora mismo no quiero saber cómo lo has averiguado. La verdad es que no creo que mi cerebro pudiera aguantar la sobrecarga en estos momentos. Pero, ¿¿estás segura de que era dentro de tanto tiempo??

Dita se encogió de hombros.

—Sí. Todavía no sé cómo ha llegado allí, ni siquiera dónde está ese allí. Pero estoy bastante segura del momento.

—¿Bastante segura?

—Vamos, Gabrielle, no me agobies, ¿quieres? Estoy trabajando con un montón de incógnitas. Sé que es duro, ¡pero hago todo lo que puedo!

—Perdona, Afrodita. Es que...

—¡Lo sé, nena, lo sé! —asintió Dita, abrazando a la bardo—. Seguiré buscando, pero no puedo hacer nada para conseguir que el tiempo transcurra más rápido.

—Supongo que no podrías enviarme a dentro de mil quinientos años, ¿verdad? —preguntó Gabrielle medio en broma.

—Nena, aunque supiera perfectamente cuándo y dónde está, no podría enviarte hasta allí. Cuando Herc destruyó la piedra de Cronos, nos arrebató la capacidad de cruzar las líneas temporales. Tenemos que vivir el tiempo como todo el mundo. Lo siento.

Gabrielle estrujó a Afrodita y luego se apartó y la miró a los ojos.

—Tranquila, Dita. No pensaba que pudieras, porque si no, seguro que ya lo habrías hecho. Pero valía la pena intentarlo. Tenía que preguntártelo.

—Ya lo sé, preciosidad. No serías tú misma si no intentaras de todo para llegar hasta ella.

Siguieron sentadas en la cama, conformes durante un rato con absorber el consuelo que se daban la una a la otra. Por fin, Gabrielle apartó la cabeza del hombro de Afrodita.

—Así que ahora tengo que pensar qué voy a hacer durante los próximos mil quinientos años.

—Bueno, a lo mejor yo te puedo ayudar un poco con eso, al menos para empezar —contestó Dita, y esperó a que Gabrielle la mirara. Cuando estuvo segura de que contaba con toda la atención de Gabrielle, preguntó—: ¿Tú crees que podrías llevar a las amazonas a un nuevo hogar?

Gabrielle enarcó una ceja y esperó.

—Diana... Artemisa me pidió que estuviera pendiente de ellas, y lo he hecho hasta donde me ha sido posible. Pero me cuesta, con todo lo que tengo que hacer además, ¿sabes? Y les están dando mucho por saco. Las están echando del poco territorio que les queda, y he pensado que a lo mejor querrías ayudarlas a encontrar un nuevo hogar.

Gabrielle asintió.

—Me parece que es lo mínimo que puedo hacer por ellas. ¿Se te ha ocurrido algún sitio?

Afrodita materializó un mapa y lo colocó encima de la cama.

—Pues estaba pensando en una isla, tal vez aquí. —Señaló una zona donde había varias islas agrupadas y que estaba razonablemente cerca de la India—. Tendrían más posibilidades de mantener a la Nación con vida si hay hombres relativamente cerca sin tener que compartir el mismo espacio necesariamente.

Gabrielle miró el mapa atentamente.

—Eso podría funcionar. De hecho, estaría muy bien. Escucha, cuando lleguemos al próximo puerto, desembarcaré y volveré a Grecia.

—Pero...

—Afrodita, voy a tardar en reunir a todas las que quedan, y no puedo ir apareciendo y desapareciendo de los sitios. La gente empezará a darse cuenta, y si tengo que sobrevivir dos mil años, tengo que pasar lo más desapercibida que pueda.

Afrodita hizo un levísimo puchero.

Gabrielle cedió un poquito.

—Escucha. Te escribo un aviso y te doy una lista de todos los lugares donde hay que hacerlo público. Si pudieras asegurarte de que eso queda hecho, sería una ayuda tremenda.

Dita aplaudió y se puso a dar saltitos.

—¡Eso sí que lo puedo hacer!

—Bien. ¡Gracias! Así, esperemos que la mayoría de ellas estén en el lugar de encuentro cuando llegue yo, y luego puedo dejar unas instrucciones crípticas para las que se rezaguen o para las mujeres que quieran unirse a la Nación más adelante.

—Una idea total... ¡mola cantidad, nena! Bueno, pues yo me voy, pero volveré para recoger esas cosas cuando las tengas, ¿vale? ¡Llámame!

—Lo haré, Afrodita. Gracias por venir a verme.

—Oh, cielo... ya te puedes preparar para verme entrar y salir de tu vida con regularidad a partir de ahora. Tenemos que mantenernos unidas, tú y yo. ¡Gracias por echarme un cable, nena! ¡Eres guay!

La diosa desapareció con su habitual fanfarria, dejando un rastro de pétalos frescos de rosa. La llamada inmediata a la puerta le impidió ponerse a pensar, y Gabrielle no se sorprendió al ver a la capitana Lihp ante ella.

—¿Estás bien, Gabrielle? El contramaestre me ha dicho que le ha parecido oírte hablando sola y sé que con el tiempo que hemos tenido, lo estabas pasando mal.

—Estoy bien, capitana, pero resulta que debo desembarcar en nuestra próxima escala. Te pagaré por la travesía completa —se apresuró a explicar Gabrielle—, pero es que me he acordado de repente de una cosa que me he dejado por hacer y tengo que regresar y ocuparme de ello lo antes posible.

—Podríamos...

—No, capitana, por favor. Éste es tu negocio y sé que tienes contratos con comerciantes además de nuestro acuerdo. No voy a permitir que pierdas el tiempo o clientes por mi culpa. Sobre todo porque si yo hubiera pensado antes de organizar esto, me habría acordado de este asunto, cosa que no hice.

—Hay un largo viaje de regreso a Grecia, Pequeño Dragón. ¿Estás segura...?

—Sí, capitana, estoy segura, pero te agradezco tu preocupación. La valoro mucho.

—Bueno, has sido una buena pasajera y has aportado mucho como miembro de esta tripulación. Todos te vamos a echar muchísimo de menos cuando te marches.

—Gracias, capitana, por todo lo que habéis hecho tu tripulación y tú. Os estaré siempre agradecida. —Gabrielle le ofreció la mano y Katerina la aceptó con elegancia.

—Llegaremos a nuestro siguiente puerto dentro de dos días. Me aseguraré de que tienes todo lo necesario para el viaje de regreso antes de que zarpemos del puerto.

—No tienes...

—Sí, ¿hä? He hecho una promesa, y Katerina von Lihp jamás incumple una promesa cuando es posible cumplirla.

—Tengo que decirte, capitana... que mi estancia a bordo de tu barco ha sido la más agradable de todas las que he vivido.

—No eres muy marinera, ¿mmm? —dijo con apenas un amago de sonrisa pícara—. Bueno, te lo agradezco. Estoy orgullosa de mi barco y de mi tripulación. Es una buena nave y son buena gente.

—Sí que lo son. Y tú también.

Katerina se ruborizó levemente.

—¿Vas a subir a cubierta dentro de poco, o digo que te bajen la cena?

—Subiré. Tengo entendido que esta noche canta Schmidt.

—Sí, efectivamente. Te vemos ahora, ¿hä?

—Sí, deja que me lave un poco y ahora mismo subo.

—¡Bien! ¡Bien! Pues nos vemos en cubierta.

Gabrielle cerró la puerta tras la efusiva capitana y se sentó en la cama. Se pasó las manos por el pelo y contempló el techo, aunque estaba concentrada en algo interno que sólo ella era capaz de ver.

—¡¡Dos mil años!! Oh, Xena, ¿pero cómo voy a sobrevivir? ¿Qué voy a hacer ahora?


Capítulo VI


Las primeras horas de la nueva vida de Xena transcurrieron sobre todo en silencio. Pasó el tiempo observando y escuchando todo lo que sucedía a su alrededor, y llegó a la clara conclusión de que Grecia estaba muy lejos. El último recuerdo coherente que tenía previo a su llegada era de haber estado tumbada en las pieles que compartían contemplando las estrellas con Gabrielle y después de eso... No tenía ni idea de dónde estaba ni de cómo había llegado hasta allí.

Hotassa era la primera esposa del hechicero de la tribu y había decidido por su cuenta y riesgo adoptar a Xena. Al chamán no le importaba: su hijo primogénito había demostrado interés por la guerrera y a Xena le venía bien que Hotassa le enseñara las costumbres de la tribu.

Una vez terminadas las conversaciones y discusiones con los ancianos de la tribu, Hotassa llevó a Xena al manantial para que se lavara y también llevó un vestido propio de una nativa. Xena se bañó y luego miró el vestido con desdén. Era muy bonito y los adornos de cuentas estaban muy bien, pero no era nada práctico para una guerrera. Hizo un gesto negativo con la cabeza.

—¡Heehe'e! —contestó Hotassa con vehemencia—. He'eo'o hoestôtse.

Xena no hizo ademán de coger el vestido que le alargaba Hotassa y la anciana volvió a ofrecérselo con determinación.

—He'eo'o hoestôtse.

—¡No! —contestó Xena con la misma actitud desafiante—. ¡Quiero eso!

Xena dio la vuelta a la anciana en dirección al campamento y señaló a uno de los jóvenes guerreros que pasaba tan contento con pantalones largos y un taparrabos.

Hotassa sacudió la cabeza.

—¡Hova'âhane! —exclamó—. Notaxe nêhpêso'hestôtse... he'eo'o hoestôtse.

—Mira, Hotassa. Yo soy guerrera y esto —cogió la prenda y la agitó delante de la mujer mayor—, no me sirve. ¡Quiero eso!

Las dos mujeres se miraron largamente de hito en hito hasta que Hotassa cogió el vestido, lo tiró al suelo y se marchó muy irritada.

Xena se envolvió mejor con la manta y cogió el vestido. Luego regresó al campamento.

—Ah, esto me servirá —murmuró por lo bajo, al tiempo que sacaba el cuchillo de su vaina sin hacer ruido. Luego se envolvió bien con la manta y se puso a cortar las costuras pacientemente. A su alrededor se empezó a formar un corrillo de curiosos, pero no les hizo el menor caso y continuó trabajando. Hotassa se abrió paso a través del grupo de mujeres y niños, advirtiendo que los hombres estaban igual de interesados, pero intentaban aparentar indiferencia.

—¿Netonêševe?

—Necesito una aguja y cordel. Ya sabes —dijo, al ver la confusión en los ojos de Hotassa. Hizo gestos con las manos—. Para coser.

Hotassa se sentía intrigada, y al comprender la petición indicada por los gestos que hacía Xena, fue a su tienda a coger su cesta de costura. Luego se quedó mirando con paciencia mientras Xena transformaba la prenda en algo... diferente.

Xena estuvo ahí sentada hasta ya avanzada la tarde, notando distraída que toda la actividad del campamento parecía haberse detenido a la espera de que ella diera a conocer su obra. Satisfecha por fin, inspeccionó el atuendo de dos piezas. Contenta con lo que veía, Xena dejó caer la manta y se puso su nueva ropa.

La parte inferior era parecida a un taparrabos, salvo que debajo llevaba unos pantaloncillos. La parte superior era de una sola pieza y sin mangas y apenas rozaba la parte alta de su taparrabos. Xena sonrió al darse cuenta de que su nuevo atuendo se parecía mucho a algunas de las ropas que había llevado Gabrielle. De repente, se le cortó la respiración y se concentró en hacer entrar y salir aire de los pulmones. El lugar de su corazón que siempre había sido Gabrielle estaba vacío y yermo.

—¿Zee-nah?

Al oír su nombre pronunciado con dificultad por labios poco acostumbrados, Xena sonrió con tristeza. Era un crudo recordatorio de lo que le faltaba.

—¿Zee-nah? ¿Nepevomohtâhehe? —Hotassa le puso una mano a Xena en el brazo, y aunque Xena no comprendía el idioma, la pregunta que se veía en los ojos de la mujer mayor era inconfundible. Sonrió trémulamente y dio unas palmaditas en la mano posada en su brazo.

—Estoy bien, Hotassa. Bueno, todo lo bien que puedo estar en estos momentos —murmuró por lo bajo.

Hotassa sonrió, se volvió hacia donde estaban congregados los guerreros y le hizo un gesto a su hijo. El hombre se adelantó y se abrió paso a través del gentío.

—¡Hetsêheohe, Kya Nenaasêstse!

El joven chamán se acercó y se puso a tocarle la cara a Xena hasta que ésta le apartó las manos con brusquedad. Él sonrió, murmuró algo que ella no entendió y le acarició los brazos con los dedos. Esta vez ella se zafó y lo apartó de un empujón.

—¿¿¿Quién Tártaro te crees que eres???

Kya gruñó y se abalanzó sobre ella, pero ella se hizo a un lado y le dio una patada en el culo, luego se volvió y le sonrió ferozmente. Lo señaló agitando los dedos.

—Vamos, grandullón. ¿Quieres jugar?

Él quiso agarrarla y esta vez ella le clavó los dedos en el cuello y se quedó mirando cuando él cayó de rodillas, sin poder respirar.

—Acabo de cortar el flujo de sangre a tu cerebro. A lo mejor, cuando te suelte, te lo riega lo suficiente para que captes la indirecta.

Le empezó a sangrar la nariz y ella le clavó los dedos de nuevo y se echó hacia atrás con la intención de dejarlo sin sentido de un puñetazo. Se sobresaltó cuando el chamán mayor le agarró la mano.

—Hova'âhane —dijo, meneando la cabeza—. ¡Eneoestse!

El hombre mayor le hizo un gesto a su hijo y éste se escabulló a otra tienda. Entonces el hombre la entregó a Hotassa y regresó junto a la hoguera donde había estado sentado. Hotassa cogió a Xena del brazo y la llevó a la pequeña tienda que habían preparado para ella al lado de la suya.

Xena contempló el pequeño espacio, fijándose en el agujero que había en lo alto y en el hoyo para el fuego que estaba en el suelo justo debajo. Hotassa hacía gestos señalando y Xena vio que salvo por unas cuantas pieles, el lugar estaba vacío. Se dio la vuelta y salió de la vivienda y Hotassa corrió tras ella.

La mujer mayor la agarró del brazo y sólo por un inmenso esfuerzo de voluntad, Xena no la tumbó de un puñetazo. En cambio, se volvió en redondo con los ojos ardientes y Hotassa retrocedió un paso sin querer. Xena se controló conscientemente, recordándose que no era culpa de esta mujer que ella se sintiera tan desequilibrada y que, hasta ahora, Hotassa se había comportado como una amiga.

Sonrió y alzó las manos con gesto de súplica.

—Lo siento —dijo, sabiendo que la mujer no entendería las palabras, pero con la esperanza de que los gestos transmitieran lo que pensaba. Xena se pasó las manos por el pelo llena de frustración. Notó que un fuego empezaba a quemarle las entrañas y eso, unido a todo lo demás, le produjo inquietud. Se esforzó por hablar con Hotassa con gestos, pero la mujer mayor negó con la cabeza, indicando que no comprendía.

Por fin, Xena la cogió de la mano y la metió de nuevo en la pequeña vivienda, indicando el hoyo vacío para el fuego y las pieles. Hotassa asintió comprendiendo, llevó a Xena fuera y señaló con gestos la amplia pradera. Xena la miró con el ceño fruncido.

Hotassa cogió una cesta que había al lado de su propia hoguera, agarró a Xena de la mano y la llevó al campo abierto que había detrás del campamento. Recorrieron una corta distancia, hasta alejarse un poco, y Hotassa se puso a mirar por el suelo con atención. De repente, se agachó, cogió algo con aire victorioso y lo puso en la cesta.

Xena lo miró bien y luego apartó la cabeza sorprendida y asqueada.

—Oh, lo dirás en broma. ¿Quieres que use excrementos de animales para el fuego?

—¡Ho'esta, heehe'e! —contestó Hotassa enfáticamente, como si comprendiera lo que decía Xena. Le puso a Xena la cesta en las manos con mucha firmeza. Luego se dio la vuelta y regresó al campamento.

Xena se quedó inmóvil largo rato, con los ojos cerrados, dejando que la brisa le soplara en la cara. Oh, Gabrielle... ¿qué tengo que hacer ahora? ¿Dónde estoy y qué nos ha pasado? ¿Qué te ha pasado? No te siento y sin embargo, estabas viva en mis brazos justo... oh, dioses... Sus pensamientos se apagaron y cayó de rodillas por la angustia. La sensación de desgarro en el alma era abrumadora y Xena dejó que se abatiera sobre ella como una ola.

Sin darse cuenta del paso del tiempo, siguió allí sentada en un silencio de espanto, penando. Pero ya estaba totalmente oscuro cuando volvió a su ser, tapada con la manta que le había dado Hotassa... ¿ha sido esta mañana?... y a su lado había un cuenco de estofado que aún estaba algo caliente.

La comida que estaba a su lado le recordó otro tipo de hambre, y sin ser consciente de sus intenciones, se quitó la manta y se arrastró sigilosa por la hierba. La marmota ya estaba muerta y desangrada cuando cayó en la cuenta de lo que había pasado. Xena echó a correr, con la esperanza de huir de los perros del infierno que de repente parecían perseguirla. La vida ya no tenía sentido y ella había perdido el equilibrio.

Cuando amaneció, había tomado una decisión. Averiguaría qué dios estaba jugando con su vida y descubriría en qué vida o en qué más allá la había depositado. Y luego, costara lo que costase, encontraría la manera de volver con Gabrielle.


Xena regresó al campamento desaliñada y silenciosa. Entró inmediatamente en su pequeña tienda y se sorprendió al ver la manta doblada pulcramente sobre las pieles, un montoncito de estiércol de búfalo en el hoyo de la hoguera y otro cuenco de estofado caliente y un odre de agua cerca. Sonrió con tristeza, reconociendo que había encontrado a una amiga en este lugar.

Cogió el cuenco lo primero y se comió hasta el último bocado, pues su cuerpo comprendía que necesitaba ambas formas de alimento para sobrevivir y la supervivencia era fundamental hasta que lograra desentrañar este rompecabezas. Bebió un buen trago del agua del odre, hizo una ligera mueca por el sabor extraño y luego se bebió el odre entero.

Xena cogió el cuenco, la manta y el odre, salió deprisa de su vivienda y bajó a la orilla del río. Volvió a comprobar el agua con cuidado, luego rellenó el odre y lo dejó a un lado. Lavó el cuenco y el utensilio, luego se quitó la ropa y se lavó la suciedad de la noche que le cubría el cuerpo, sintiendo que se iba calmando al hacerlo. Se lavó lo mejor que pudo sin jabón, luego remojó bien su ropa de cuero, se envolvió en la manta y regresó al campamento.

Algunas miradas se posaron en Xena, pero no tantas como sería de imaginar, pues gran parte de la tribu no estaba presente. Colocó la ropa fuera para que se secara y fue a casa de Hotassa, cuenco en mano.

No sabía si Hotassa estaba allí, de modo que carraspeó y dijo suavemente:

—¿Hotassa?

Xena esperó con paciencia y oyó que alguien se movía dentro. Hotassa asomó la cabeza e hizo un gesto negativo cuando Xena quiso devolverle el cuenco.

—Zee-nah —dijo. Xena inclinó la cabeza como gesto de aceptación. Hotassa la miró con una ceja enarcada, indicando su falta de ropa. Xena se limitó a señalar la hierba donde su ropa se estaba secando y Hotassa indicó que lo comprendía asintiendo.

Xena se mordió el labio, pensando en cómo transmitir lo que quería pedir.

—Hotassa, necesito un pergamino, tinta y pluma. —Hizo gestos con las manos para describir lo que decía. Hotassa la miró sin comprender y Xena soltó un resoplido de frustración, y de repente su respeto por la capacidad de Gabrielle para comunicarse se elevó por las nubes. Miró a su alrededor, vio una cesta llena de cosas para hacer objetos de artesanía y cogió una pluma y un tarrito de pintura. Xena metió el extremo de la pluma en el recipiente de pintura negra. Luego cogió un trozo suelto de cuero y trazó varias marquitas.

—¿Me los puedo quedar? —preguntó, llevándose las cosas al pecho como señal de propiedad. Hotassa, aunque no entendía las palabras, reconoció el gesto y asintió dando su consentimiento, colocando las manos sobre las de Xena.

—Zee-nah.

—Gracias —dijo Xena suavemente, luego volvió a su pequeña tienda, se sentó delante y se puso a escribir muy concentrada.

Cosas que necesito saber
¿Estoy viva?
Si es así, ¿dónde estoy?
Si no es así, ¿qué más allá es éste?
¿Gabrielle está viva?
Si es así, ¿por qué no la siento?
Si no es así, ¿dónde está y cómo ha muerto?
¿Cómo he llegado hasta aquí?

Dioses con la capacidad de traerme a este sitio:
Ares
Odín
Apolo
Morfeo
El dios de Miguel
Afrodita
Hermes

Dioses con el deseo de traerme a este sitio:
Ares: porque sí.
Afrodita: ¿por algo que le haya pasado a Gabrielle?
Odín: antiguos rencores.
El dios de Miguel: ¿por lo de Lucifer?

¿Alguien más? ¿Alguien como Alti que pueda ganar algo separándome de Gabrielle?
¿Puedo volver a casa?

Xena releyó su lista de preguntas e ideas, pellizcándose el labio inferior con el pulgar y el índice mientras pensaba. No prestaba atención a la pintura que se estaba extendiendo por la cara y ni se daba cuenta de que se parecía a Gabrielle cuando hacía eso mismo.

Al cabo de un momento, se puso a escribir de nuevo.

Cosas de las que estoy bastante segura
Este lugar es nuevo, ya sea vida o más allá.
Me han manipulado para traerme aquí.
Por lo menos parte de la respuesta debería estar cerca.

Releyó su trabajo por última vez y luego lo dejó a un lado, satisfecha con las conclusiones a las que había llegado por ahora. Todavía le quedaba espacio para añadir preguntas, razonamientos o hechos a medida que salieran a la luz. Por ahora, tenía otras cosas que hacer.

Xena metió el trozo de cuero en su tienda, luego alargó la mano y cogió su ropa seca de la hierba donde estaba colocada. Se vistió, cogió la pintura y regresó a casa de Hotassa. Ésta la vio llegar y frunció el ceño al ver el tarrito de pintura que le ofrecía Xena.

—Hova'âhane. Zee-nah —dijo, meneando la cabeza y dando una palmadita a la guerrera en el pecho—. Zee-nah.

Xena aceptó asintiendo. Luego señaló la cesta que había usado Hotassa el día anterior e indicó la inmensa pradera con expresión interrogante. Hotassa sonrió y asintió con aprobación, y Xena cogió la cesta y se adentró en los campos abiertos.

Xena hizo varios viajes, llenando la cesta y vaciándola para formar un montón pequeño, pero cada vez mayor, entre su tienda y la de Hotassa. Por fin, el marido de Hotassa, el anciano hechicero, se puso delante de ella y alzó la mano. Su primer impulso fue cogérsela y retorcerla, pero se lo pensó cuando habló.

—Eneoestse —dijo amablemente con una sonrisa, indicando lo que ahora era un gran montón de estiércol—. Epeva'e. Nea'eše.

Xena asintió y se pasó un brazo por la frente para intentar evitar que se le metiera el sudor en los ojos. Dejó la cesta junto al tipi donde la había encontrado, fue a su propia tienda y cogió el odre de agua.

Se sentó para descansar un momento, bebiendo el agua todo lo deprisa que se atrevió. Hizo una mueca cuando un cuenco lleno de una espesa sustancia amarilla no identificable apareció debajo de su nariz. Xena lo cogió titubeante de manos de la sonriente Hotassa y murmuró:

—Gracias.

Era extraño, y la textura era desconcertante, pero descubrió que la mezcla tenía un agradable sabor dulce y que llenaba mucho. El calor y el hecho de tener la tripa llena, unidos a la falta de sueño y al esfuerzo emocional por el que había pasado en el corto tiempo que llevaba en el campamento, hicieron que Xena se sintiera horriblemente cansada. Por mucho que lo intentara, no lograba mantener los ojos abiertos, y lo último que recordaba era a Hotassa metiéndola en su tienda y el olor a hierba recién cortada antes de que su mente se cerrara y se hundiera en un sueño agotado.


Era cerca del amanecer cuando Xena abrió los ojos de nuevo y parpadeó confusa intentando recordar dónde estaba, dado que todo le resultaba tan extraño. La realidad la inundó y cerró los ojos hasta que se le pasó, sabiendo que todavía tenía muchas preguntas sin respuesta y que estaba sin Gabrielle.

Sin embargo, la prioridad ahora era sobrevivir y, a pesar de la amabilidad de Hotassa, Xena sabía que tenía muchas cosas que hacer antes de poder empezar a buscar las respuestas.

De modo que durante varios días, Xena aprendió las costumbres de la tribu. Aprendió a tejer cestas para recoger alimentos y estiércol. Atrapó peces y dejó asombrados a las mujeres y a los niños al pescar con las manos desnudas. Hotassa se apiadó de ella tras su primer fracaso como cocinera y siempre se aseguraba de preparar lo suficiente para compartirlo con Xena ante su propia hoguera. Xena, a cambio, se cercioraba de proporcionarle toda la comida y el estiércol que se le permitía.

Le había quedado claro muy pronto que en esta sociedad, los hombres y las mujeres tenían funciones distintas. Y que las mujeres no hacían el papel de cazadoras ni guerreras. De modo que Xena cazaba sola, para conseguir alimentos para sus propias comidas y la sangre que parecía ansiar. Lo cierto era que lo prefería. Así evitaba que hubiera demasiadas preguntas.

Hotassa le dio el cuchillo que había usado para coser, pero por lo demás, Xena fabricó todas las herramientas y armas que necesitaba. No tardó en tener sus propias pieles, un arco y flechas, varios cuchillos más y una vara. Salía a diario con la vara para ejercitarse y entrenar, y aunque a la gente le parecía extraño que caminara con un palo, nadie ponía en duda su derecho a hacerlo. Había dejado claro con palabras y gestos que prefería estar sola, y aunque a algunos no les parecía bien, todos respetaban sus deseos. Tras haber visto lo que le había hecho a Kya, nadie quería enfrentarse a ella.

Pero seguía excluida de las actividades de los guerreros y eso hacía que se sintiera malhumorada y rabiosa. La sangre que consumía no lograba satisfacer del todo el ardor que sentía. De modo que era parte de la tribu y sin embargo, seguía estando aparte.

La tribu se iba trasladando despacio, siguiendo a los búfalos que pastaban por las llanuras. Antes de que Xena se diera cuenta, había pasado un mes y no había avanzado mucho para hallar las respuestas a sus preguntas. La existencia diaria ocupaba mucho tiempo y tratar de obtener información cuando todavía estaba aprendiendo a comunicarse con esta gente era una posibilidad difícil como poco.

Los hombres habían formado una partida de guerra y las mujeres debían quedarse esperando el resultado de una batalla que sus guerreros tenían poca esperanza de ganar. Xena aprovechó el tiempo para refinar su habilidad con la vara, y varias de las mujeres que la observaban le pidieron que les enseñara.

Aceptó de mala gana, recordando las veces en que Gabrielle le había pedido que la instruyera en un arte marcial u otro. Recordó con especial melancolía los inicios de Gabrielle con su vara y las amazonas. Fue el comienzo de sus discusiones sobre el tema de la princesa amazona frente a la princesa guerrera frente a la reina amazona.

Las mujeres se adentraron por los matorrales en busca de ramas lo bastante largas y no encontraron nada adecuado para lo que necesitaban. Frustradas, regresaron al campamento. Xena se fijó en sus expresiones alicaídas, dejó la vara en su tienda y les hizo gestos para que se reunieran con ella.

Las mujeres lo hicieron dudosas y Xena empezó a enseñarles los ejercicios chi para la meditación que Gabrielle y ella practicaban juntas. Si cerraba los ojos, aún veía la serenidad del rostro de Gabrielle mientras los movimientos fluían a través y alrededor de ella. Xena se mordió el labio, pues el dolor no había disminuido con el paso del tiempo, sólo había aumentado.

Las mujeres eran torpes al principio, al moverse de una forma que no era natural para ellas, pero luego empezaron a adquirir más belleza, a medida que su gracilidad natural se iba imponiendo.

Al cabo de un rato, con la cara chorreante de sudor, pero sonriendo alegremente por sus nuevas habilidades, se detuvieron por consentimiento mutuo. Esto era algo que disfrutarían haciendo y Xena por fin había encontrado un modo de contribuir a la comunidad que satisfacía a ambas partes.

Esa noche, Xena fue de caza. Llevaba demasiado tiempo sin sangre y el ardor la estaba enloqueciendo de rabia. Salió decidida a dejar seca a la primera cosa viva que se le cruzara por delante.

Hacía ya tiempo que Xena había llegado a la conclusión de que por alguna razón sufría del fuego de las bacantes, pero no sabía explicar por qué o cómo había sucedido. Recordaba muy bien la fiesta en la que Gabrielle se convertió en bacante... cuando compartió el ardor por primera vez, la sensación fue... orgásmica.

Fue algo muy breve, pero Xena lo recordaba ahora con la misma claridad que si acabara de suceder. Fue la primera vez que cualquiera de las dos se permitió imaginar otras posibilidades entre ellas, pero no fue la última.

Y cuando se hicieron amantes...

Xena sacudió la cabeza, intentando despejársela. Cuando pensaba estas cosas, el hambre empeoraba y el dolor de la pérdida de Gabrielle en su vida se hacía más agudo. En cambio, se concentró en la caza, con la esperanza de saciar el ardor al menos durante un tiempo.

Los viajes de la tribu los habían dejado a corta distancia de un chaparral: no era suficiente para proporcionarles leña para las hogueras ni para que las mujeres obtuvieran varas adecuadas, pero bastaba y sobraba para dar refugio a parte de la fauna de la zona.

Los búfalos tendían a evitar la zona, pues en ella vivían varios depredadores que les daban caza, pero Xena tenía la necesidad de luchar y se dirigió hacia allí buscando pelea.

Cuando no llevaba mucho trecho recorrido, su nariz captó varios olores y se quedó inmóvil, clasificándolos según los animales a los que pertenecían.

Liebre.

Gallina de las praderas.

¿Coyote, tal vez?

Serpiente... ¿y...?

En ese momento, un movimiento en la hierba hizo que Xena se volviera dando un salto, y atrapó a su presa con facilidad. La levantó, notando cómo le crecían los colmillos para atender a su necesidad, y en ese momento quedó atrapada por los ojos más verdes que había visto en su vida.

Salvo los de Gabrielle.

Xena se detuvo en seco, advirtiendo que a la luz de la luna el zorro que tenía en la mano tenía un pelaje dorado rojizo que le traía recuerdos de Gabrielle cuando era mucho más joven. Maldijo su mente por recordarle continuamente a Gabrielle en todo lo que la rodeaba.

Seguía sin sentir a Gabrielle, y recordarla constantemente era doloroso en extremo, sobre todo dado que no había conseguido avanzar en sus investigaciones. Era difícil y hacía mucho tiempo que Xena no se encontraba con un desafío tan irritantemente complicado como estaba resultando éste.

Xena se sentó, acariciando tiernamente el pelo del zorro que, por razones desconocidas, se había acurrucado tan contento en sus brazos. Posó la mirada en el cuerpecito peludo y de repente, el zorro la miró a su vez con comprensión.

—Me recuerdas a alguien, sabes. A alguien a quien quiero mucho. No puedo mirarte a los ojos, que son los suyos, y causarte la muerte, ni siquiera por mi propia necesidad.

El zorro se acomodó en el regazo de Xena y una ceja oscura se alzó hasta el nacimiento de unos cabellos igualmente oscuros.

—Oh, por favor. Tú como si estuvieras en tu casa.

Levantó al zorro, lo miró a los ojos y por un instante le pareció ver el alma de Gabrielle mirándola a su vez. Xena estuvo a punto de dejar caer al animal y el zorro clavó por instinto las garras en las manos de Xena. Su bufido de dolor quedó tapado por un bufido mucho más fuerte y ese ruido le causó un escalofrío a Xena por la espalda.

Hacía ya tiempo, pero Xena reconoció sin dificultad al depredador que ahora se movía detrás de ella. Intentó soltar al zorro al tiempo que se levantaba, pero el animal no estaba dispuesto. Por el contrario, el zorro miró a Xena con confianza, luego se bajó corriendo y se colocó como centinela, sentado muy orgulloso y erguido mientras la pantera se acercaba.

Xena se quedó mirando, fascinada. Nunca había visto un comportamiento semejante entre un cazador y su presa y sin embargo, le recordaba ligeramente a... algo... conocido.

La pantera seguía acercándose en círculos y Xena se mantuvo inmóvil, observando al zorro atentamente. El animalito no mostraba miedo, pero tenía los ojos verdes clavados en el felino que ahora caminaba de un lado a otro delante de ellos.

La pantera gruñó, pero el zorro se limitó a ladear la cabeza con aire interrogante. El felino se fue acercando más y más, hasta que el zorro alargó una zarpa y la puso en el morro de la pantera.

Xena se quedó paralizada, olvidándose de su hambre, mientras observaba la escena que se desarrollaba ante sus ojos. Casi dejó de respirar al ver que la pantera bajaba la cabeza y frotaba suavemente la cara en el cuello del zorro. Éste juntó el morro con el del felino un momento y luego los dos se volvieron para mirar a Xena.

Xena se sentó mientras los dos pares de ojos, uno azul y el otro verde, la observaban. Se quedó atónita por lo familiares que le resultaban y siguió observando sin dar crédito cuando el zorro se acomodó entre las zarpas delanteras de la pantera y el felino se colocó con aire protector alrededor de su... ¿pareja?

—Oh, Xena —se dijo en voz alta al tiempo que se tumbaba en la hierba para mirar las estrellas—. Me parece que la locura o la sed de sangre o unas setas venenosísimas por fin han podido contigo, porque estás perdiendo la cabeza. Las panteras y los zorros no se emparejan. Existen leyes en la naturaleza y eso va en contra de la mayoría de ellas. —Se frotó los ojos y siguió contemplando las estrellas—. Me parece que estás cansada y que el dolor de echar de menos a Gabrielle constantemente te ha hecho ver cosas raras.

Xena se incorporó, con los ojos cerrados y apretándose los párpados con las manos.

—Bueno, ve a buscar algo de comer antes de que pierdas lo poco que te queda de cordura.

Abrió los ojos, convencida de que estaba sola. La pantera y el zorro seguían allí, aunque ahora los dos parecían protegerla a ella. Alzó los ojos al cielo y murmuró:

—Dioses, no dejéis que me vuelva loca antes de encontrar un modo de salir de este enredo y volver con Gabrielle.

Luego cogió su arco y se adentró en la pradera, acompañada por sus silenciosos guardianes.


PARTE 4


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
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