Capítulo XLIII - B: Fracaso


Ares cerró los ojos cuando el estampido del trueno y el fogonazo del rayo sacudieron el mundo. Y cuando los abrió, Xena y Gabrielle estaban de rodillas apoyadas la una en la otra.

—Éste debe de ser mi día de suerte —se dijo por lo bajo. Tras casi dos milenios de autorrecriminaciones por su participación en lo que le había sucedido a Xena en el Monte Fuji, ahora se encontraba con una inesperada segunda oportunidad. Se dio cuenta sobresaltado de que debía de ser Gabrielle a quien había percibido de vez en cuando a lo largo de la historia cuando casi había notado la presencia de Xena, y algunas cosas por fin cobraron sentido para él.

El hecho de que tanto Xena como Gabrielle fueran obviamente inmortales sólo era la guinda, y planeaba aprovecharse de ello todo lo posible. Era sobre todo en momentos como éste en los que detestaba tener que conservar sus poderes. Aparecer y desaparecer era mucho más fácil y ahorraba mucho tiempo. Pero ahora no podía hacer nada al respecto, de modo que volvió a montarse en el caballo y se dirigió hacia ellas muy decidido.


Xena y Gabrielle se apoyaban la una en la otra para sostenerse, jadeantes mientras los efectos al ser atravesadas por esa cantidad de energía se iban disipando. Poco a poco, abrieron los ojos y se miraron y Xena sonrió con tristeza.

—Parece que no ha funcionado, bardo mía. Lo... lo siento.

Gabrielle le echó los brazos al cuello a Xena y sonrió a su vez, aunque alegremente, sin la tristeza que mostraba la sonrisa de Xena.

—Xena, tenemos que concentrarnos en el tiempo que tenemos por delante, no en el tiempo que hemos perdido. Ahí fuera hay un mundo entero que nos espera para que lo experimentemos... juntas.

—Lo sé... es que tenía la esperanza de que pudiéramos empezar de nuevo. Me... siento que me he perdido tantas cosas contigo.

Gabrielle obligó a Xena a bajar la cabeza hasta que sus labios casi se juntaron.

—Enfócalo desde este punto de vista —dijo en voz baja mientras sus labios se rozaban—. Tenemos una eternidad... —La besó de nuevo, con un contacto más prolongado y profundo—. Para ponernos al día. —Esta vez el beso continuó hasta que las manos de Xena aferraron la cintura de Gabrielle, pegándola más a su cuerpo.

Gabrielle sonrió por el contacto y sintió que Xena hacía lo mismo, y se separaron dándose besitos, hasta apartarse lo suficiente para mirarse a los ojos.

—¿Siempre intentas ver el lado bueno de las cosas?

Gabrielle se echó a reír ligeramente.

—Sí. A la larga es lo mejor.

Xena le dirigió una sonrisa auténtica.

—Sí, supongo que sí. —Tomó aliento profundamente, pero lo que fuera a decir se perdió en el viento cuando Ares llegó al círculo de la hoguera y ocurrieron varias cosas a la vez.

—Vaya, vaya... qué escena tan... acogedora —comentó Ares con una sonrisa irónica.

El zorro y la pantera se levantaron, con el pelo erizado y mostrando los colmillos, lo cual hizo que el dios de la guerra retrocediera con poca dignidad. Xena y Gabrielle se pusieron de pie a toda prisa, poniéndose la una delante de la otra para ocultar a su compañera desnuda de los ojos de Ares. Por su parte, Ares cruzó los brazos sobre su ancho pecho y sonrió más, aunque sin dejar de vigilar a los dos animales que parecían vigilarlo a él casi con intención malévola.

Xena alcanzó sus alforjas, las cogió y hurgó en ellas hasta que encontró una camisa para ella y otra para Gabrielle. La sensación fue maravillosa: ahora que la descarga de adrenalina provocada por la experiencia se había disipado, las dos notaban el frío cortante y hasta una pequeña defensa era mejor que nada.

—Oh, por favor, por mí no os tapéis. Estaba disfrutando muchísimo del espectáculo.

—¿Qué quieres, Ares?

El dios se acarició la barba como si reflexionara, aunque tuvo cuidado de no acercarse más.

—¿Qué quiero? Mmm... Pues veamos... —Miró a Gabrielle—. Hola, rubita. ¿Me has echado de menos?

Gabrielle miró a Ares con desprecio.

—Resumiendo... NO.

Él se aferró el pecho con gesto dramático.

—Me hieres. A fin de cuentas, ¿no es gracias a mí por lo que las dos estáis juntas por fin? Es decir, soy yo quien envió a Xena al futuro, ¿no? ¿No creéis que me debéis cierta consideración por ayudaros a reuniros de nuevo?

—¿Qué es lo que quieres, Ares? —preguntó Xena de nuevo, pronunciando cada palabra con mucha claridad.

—Creo que eso debería ser evidente, Xena. Te quiero a ti. Tenemos un nuevo mundo por conquistar y yo...

De repente y tan deprisa que Xena casi ni lo vio, Gabrielle estalló, aplicando la fuerza plena de su rabia contra Ares por su continua interferencia en su vida al puñetazo directo que le pegó. No hubo el menor ruido hasta el impacto: el puño en la cara y el chasquido del hueso, el crujido del cartílago y el chorro de sangre caliente. Ares tardó otros cinco segundos en caer sentado al suelo por la fuerza del golpe.

—¡Be cago en todo! —gritó, mirándola furibundo por detrás de la mano con que se tapaba la nariz y la boca. Gabrielle se inclinó sobre él y sonrió sin humor, malévolamente satisfecha cuando él se encogió por instinto para apartarse de ella.

—Deja que te explique una cosa, dios de la guerra, y sólo te la voy a decir una vez, ¿de acuerdo? Me expresaré con palabras que hasta puedas entender. —Se irguió y rodeó con un brazo la cintura de Xena, quien pasó muy contenta el brazo por los hombros de la bardo—. Mía, no tuya. Así que aléjate de ella... de las dos.

Ares miró a Gabrielle sin dar crédito. Nadie le hablaba así y salía bien librado de ello. Por supuesto, tampoco nadie le había roto la nariz hasta ahora e iba a tener que investigar más a fondo cómo había logrado semejante hazaña.

Xena se adelantó y se arrodilló a su lado con una expresión que casi podría describirse como de lástima en los ojos.

—Duele que te cagas, ¿verdad? —Le apartó las manos de la cara e hizo una mueca—. Aaj... vas a tener que colocártelo bien para que se cure. —Se levantó y regresó al círculo de la hoguera para situarse al lado de Gabrielle, satisfecha cuando la bardo se pegó inmediatamente a su cuerpo—. Una advertencia, Ares. Te tiene que preocupar mucho más lo que te haga ella —estrechó a Gabrielle y sonrió al notar un apretón correspondiente—, que lo que te preocupa lo que te haga yo. Ha tenido muchos más años para practicar las muchas cosas que ella sabe hacer. —Xena besó la coronilla rubia—. ¿Estás seguro de que quieres arriesgarte?

Ares se levantó, sin dejar de sujetarse la nariz para contener el torrente de sangre que seguía manando. Se sobresaltó al ver dos pares de ojos que se volvían rojos y de repente, comprendió perfectamente muchas cosas.

—¡Sois bacantes! Sois inmortales porque... —Retrocedió, deseando por enésima vez haber conservado el poder suficiente para lograr hacer las cosas que lograba en sus mejores tiempos—. ¡Maldición! —Volvió a colocarse la nariz en su sitio de un tirón y las lágrimas le cayeron por la cara—. Esto no ha acabado, Xena —dijo—. Volveré a encontrarte cuando no estés en suelo sagrado y... hablaremos —dijo con lo que pretendía que fuera una sonrisa chulesca, pero que la deformación de su cara transformó en una mueca grotesca—. Y no creas que me voy a olvidar de esto, Gabrielle. Algún día las dos seréis mías.

Sin decir nada más, se montó en su caballo, se volvió hacia el este y se alejó de ellas, adentrándose en la creciente oscuridad a galope tendido.

Se quedaron mirando cómo se alejaba y luego se volvieron hacia el fuego. Xena lo atizó mientras Gabrielle ponía agua para hacer té y sacaba algo de comer de sus raciones para hacer una sopa. Incluso con el intercambio de sangre estaba extenuada y el frío la agotaba aún más rápido.

Xena sacó las mantas y se echó a reír suavemente al ver que la pantera y el zorro se habían acurrucado al otro lado y estaban descansando cómodamente juntos a pesar del frío que ahora se dejaba sentir dentro del círculo.

—Supongo que nos quitaremos la pintura mañana —comentó Gabrielle cuando un par de calzones largos y unos calcetines aterrizaron limpiamente sobre su pecho. Xena asintió.

—Creo que un baño helado al día le basta a cualquiera.

Se sentaron la una al lado de la otra y se quedaron contemplando las llamas, que siseaban y crepitaban con las ráfagas de viento que llegaban, mientras esperaban a que hirviera el agua. Gabrielle la sirvió en sus tazas y dejó reposar el té mientras removía la sopa que se estaba calentando despacio. Luego se recostó sobre el pecho de Xena, suspiró cuando la guerrera la rodeó con sus largos brazos y se quedó mirando la oscuridad de la noche en la llanura.

—Bueno, ¿y ahora dónde vamos, bardo mía?

Gabrielle se encogió de hombros.

—Pues le prometimos a Hércules que iríamos a verlo a Banff si la cosa no funcionaba. Después... —Volvió a encogerse de hombros—. No sé. Me gustaría volver a Grecia... tal vez pasar un tiempo con Afrodita.

Xena asintió con seriedad.

—Ha sido una buena amiga para ti, ¿eh?

—Sí —suspiró Gabrielle—. Ya lo creo.

Xena reflexionó y luego asintió.

—Muy bien. Iremos a ver a Herc para contarle lo que está pasando y luego iremos a visitar a Afrodita. Después...

—Después, el futuro es nuestro para hacer de él lo que queramos... mientras lo hagamos juntas.

Xena le levantó la barbilla a la bardo y atrapó sus labios con un beso largo y apasionado mientras la olla borboteaba olvidada y las estrellas hacían guiños con silenciosa complacencia.


FIN


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