Capítulo XLIII - A: Éxito


Ares cerró los ojos cuando el estampido del trueno y el fogonazo del rayo sacudieron el mundo. Y cuando los abrió, Xena y Gabrielle habían desaparecido de su vista.

—¡¡¡NOOOOOOOO!!! —gritó furioso, hasta que su propio mundo se puso a girar vertiginosamente y él desapareció por el centro del vórtice. Cuando el ruido y el movimiento cesaron, lo único que quedaba en la pradera eran un zorro y una pantera acurrucados juntos cerca de un pequeño montículo y un mustang de color crema que dirigía a una manada hacia el arroyo.


El fuego ya estaba bajo, aunque todavía desprendía un poco de calor y luz. Tumbadas la una al lado de la otra sobre un petate de pieles había dos mujeres: una con los ojos cerrados apaciblemente y la otra que contemplaba el cielo nocturno con las manos debajo de la cabeza.

Gabrielle se incorporó, se apoyó en los codos y observó la inmensa extensión de estrellas de lo alto.

—Contemplar el cosmos te hace pensar... sobre dónde estamos... dónde hemos estado... dónde vamos.

Xena se puso de lado y se apoyó en un codo.

—Sí... como en estos precisos momentos. Quiero decir, Gabrielle, ¿qué vamos a hacer? ¿Vagabundear por Grecia toda nuestra vida buscando problemas? ¿Por qué no nos marchamos? ¿Muy lejos? ¿Qué te parece?

Unas brillantes chispas rosas y una lluvia de pétalos de rosa pusieron brusco fin a la conversación. Gabrielle sonrió. Xena puso los ojos en blanco y sonrió con sorna.

—¿Qué tal una pasada total de estancia en el lugar de vacaciones más molón de todo el Egeo? —Echó un vistazo a las primitivas comodidades del campamento e hizo aparecer una tumbona, en la que se dejó caer con elegancia—. ¡Hola, tías buenas! ¿Qué se cuece? ¿Os he oído hacer planes de viaje superguays? Yo tengo una idea chachi para eso.

Gabrielle miró a Xena.

—Sabes que ahí fuera hay alguien más.

Xena asintió.

—Sí... lleva ahí la última media marca. Voy a...

De repente, se hizo un silencio sepulcral: no se oía el más mínimo ruido, ni de la brisa, ni de los animales, ni del agua que gorgoteaba en el arroyuelo que corría detrás de ellas. El fuego se quedó paralizado, lo mismo que Gabrielle. Xena se volvió hacia Afrodita y enarcó una ceja interrogante.

—Tenemos que hablar —dijo Dita seriamente y se echó hacia delante sobre el borde de su asiento, apoyando los brazos en las rodillas.

Xena asintió, captando claramente la mirada seria de los ojos azules de la diosa.

—¿Qué ocurre?

—Xena, ¿cuánto quieres a Gabrielle? —Dita hizo una pausa, sabiendo que había dejado desconcertada a la guerrera, normalmente reservada—. Quiero que pienses una cosa, ¿de acuerdo? —Esperó a que Xena asintiera—. Quiero que pienses en cómo te sentirías si tuvieras que pasar la eternidad viva sin Gabrielle.

A Xena se le dilataron los ojos y tragó saliva con dificultad, pero no dijo una palabra. Ésa era una posibilidad que nunca se había planteado de verdad. Tenía claras sospechas de cuánto iba a durar en realidad su vida en común y pensar en algo menos... sobre todo si eso suponía una eternidad de soledad, era sencillamente demasiado doloroso para planteárselo.

—¿Por qué me preguntas eso? —se oyó el ronco susurro cuando Xena ya no pudo soportar el silencio.

—Xena, tienes una sola oportunidad... una sola oportunidad para elegir tu bien supremo. A veces... a veces tienes que comprometerte —miró con intención la figura inmóvil de Gabrielle—, y cumplir ese compromiso. —Dita dudó y luego continuó con más aspereza—. Pero te lo advierto, elige sabiamente, porque no volverás a tener otra oportunidad. Y te garantizo que esta vez no dejaré que esté sola.

—Sabes algo —la acusó la guerrera sin andarse con rodeos.

—Sí, sé algo —respondió Afrodita con sinceridad, pensando en los diarios que había encontrado en su biblioteca privada y en las lágrimas que había derramado cuando los leyó. Sentía curiosidad, pero había cosas que más valía dejar que siguieran siendo un misterio—. Pero ella no, y tú no puedes. Vas a tener que vivir mucho tiempo para averiguar lo que yo sé... Te he advertido hasta donde me es posible. Lo que hagas a continuación es cosa tuya... y decidirá tu destino eterno.

Xena se quedó pensando en silencio un rato hasta que por fin suspiró e inclinó la cabeza, dándose por enterada. Se movió incómoda, pues no quería deberle nada, pero necesitaba saberlo.

—Dita, cuando todo esto termine... —Cuando, no si, porque esta vez estaba decidida a hacer las cosas bien con Gabrielle y consigo misma. El instinto le decía que esto no era ningún truco, ninguna broma de los dioses, y que un error de juicio por su parte le costaría todo lo que más quería.

—¿Sí?

Afrodita esperó, pero Xena parecía no poder o no querer expresar sus pensamientos con palabras.

—Mira, nena... te voy a decir una cosa. Tú haz lo que te parezca que debes hacer con ese nene Kimchi que está ahí y luego, si te apetece, yo me ocupo de esas supervacaciones en Lesbos. Un par de semanas de descanso tal vez, ya sabes, para poner vuestras prioridades en orden, dejar unas cuantas cosas bien sentadas entre vosotras. —Le clavó a Xena otra mirada significativa—. Y cuando estéis listas, Gabita y tú podéis subir al Olimpo. Podríamos pasarlo en grande y yo podría, o sea, contaros un par de cosas que como que necesitáis saber... contestar todas las preguntas que tengáis.

—¿Como lo de nuestra inmortalidad?

Dita parpadeó sorprendida y carraspeó.

—Aah, entre otras cosas, sí. —Alzó la mano para volver a acelerar el tiempo, pero Xena la detuvo.

—Esto lo haces por ella, ¿verdad? —preguntó Xena suavemente.

Dita tuvo el detalle de sonrojarse, pero no dejó de mirar a la guerrera a los ojos.

—Tengo mis razones —contestó, posando la mano sobre el pecho de Xena. Ésta sofocó un grito por el vacío momentáneo que sintió—. Pero lo que he dicho va en serio. No tendrás otra oportunidad. —Dita apartó la mano y Xena tuvo que hacer un esfuerzo para respirar.

—¿Xena?

La guerrera miró a Gabrielle, intentando volver a concentrarse en la realidad.

—¿Eh?

—¿Estás bien? Te has quedado como ida.

Xena se frotó los ojos con la mano.

—Lo siento... ¿de qué estábamos hablando?

—Pues tú habías comentado que podríamos marcharnos y entonces apareció Afrodita para decirnos que Lesbos es un lugar estupendo para descansar.

—Lesbos, ¿eh? —Xena sonrió con encanto—. Hasta podríamos tener la oportunidad de conocer por fin a Safo. ¿Qué te parece?

—Oooh, creo que ya sabes lo que me parece. Pero antes tenemos que librarnos de quiequiera que esté rondando por ahí fuera —añadió por lo bajo.

—Bueno, chicas, recordad lo que he dicho. Lesbos es como supermarchoso y creo que lo pasaríais de miedo. Contadme lo que decidís, ¿vale? ¡Chaíto! —Y Dita desapareció con una lluvia de chispas y pétalos de rosa antes de que Xena o Gabrielle pudieran decir nada.

Gabrielle meneó la cabeza.

—¡Pero qué rubia es a veces!

—Cuidado, bardo mía —dijo Xena riendo—. Que tú también lo eres.

Gabrielle miró a la guerrera estrechando los ojos.

—¿Me estás llamando bobalicona?

Xena revolvió los claros mechones con los dedos y luego besó el pelo rubio.

—No, te estoy llamando rubia. —Se encogió de hombros, aunque en sus ojos había un brillo risueño—. Esta semana eres rubia.

—Pero pedazo de... —farfulló Gabrielle indignada y luego se lanzó sobre Xena e inició una guerra de cosquillas que terminó bruscamente cuando un menudo monje japonés entró a trompicones en su campamento, deteniéndose cuando el filo del chakram de Xena le tocó el cuello.

—Busco a Xena.

—Pues la has encontrado —dijo la guerrera con indiferencia—. ¿Qué quieres?

—Traigo un mensaje de Akemi. Necesita tu ayuda.

A Xena se le puso una sensación de vacío en la boca del estómago igual al vacío de su corazón cuando Dita la tocó. Esa chica ya le había mentido y utilizado en otra ocasión. No iba a dejar que volviera a ocurrir, sobre todo cuando la advertencia de Afrodita seguía dando vueltas en su mente.

—No.

—Pero... —balbuceó el monje.

—¿Xena? —dijo Gabrielle al mismo tiempo.

—No, Gabrielle. Puede contarme qué problema tiene y le aconsejaré lo mejor que pueda, pero no voy a volver a enredarme con ella. Causó unos problemas que ni te imaginas y no voy a ir detrás de ella otra vez arreglando sus desaguisados.

—Pero Xena... —Gabrielle volvió sus perplejos ojos verdes hacia la guerrera y sólo vio amor y compasión en los ojos azules que se encontraron con los suyos—. ¿Qué pasa con el bien supremo? —dijo en un susurro.

Xena acarició la mejilla de la bardo, sin hacer caso del público que tenían.

—Gabrielle, a veces nosotras tenemos que ser el bien supremo. No podemos resolver los problemas del mundo y estoy harta de que todas las personas de mi pasado piensen que les debo algo. A Akemi, sobre todo, no le debo nada y no me voy a dejar engañar otra vez por ella. Ya he pagado mis deudas. Ha llegado el momento de concentrarnos en nosotras durante un tiempo.

Gabrielle examinó la verdad que veía en los ojos de Xena.

—¿Me contarás la historia?

—En el viaje a Lesbos, te lo prometo.

Xena bajó la mano y volvió a prestar atención al monje.

—Habla.

—Akemi está muerta.

—Ya, ¿y...? Lleva así ya un tiempo.

—La he visto.

—Genial, un tipo raro que ve a los muertos. ¿Hay algo más o vas a seguir haciéndome perder el tiempo? —masculló Xena con aspereza, sintiendo aún el vacío en el alma, ahora que no estaba tocando a Gabrielle. El monje parecía desconcertado por su actitud.

—No eres como me esperaba.

—Sí, bueno, tampoco conoces la historia completa. Así que o hablas o no hablas, pero decide. Gabrielle y yo tenemos otros sitios donde ir y, curiosamente, tú no estás invitado.

—Xena... —la regañó Gabrielle suavemente.

Xena suspiró y le hizo un gesto para que se sentara. Gabrielle atizó las brasas y preparó té para todos y luego se sentó al lado de Xena, atónita cuando la guerrera se inclinó hacia ella y le cogió la mano con despreocupación. No era que dudara de los sentimientos de Xena por ella, pero nunca había sido muy expresiva, y menos en público.

El monje empezó a hablar vacilante. Tardó su buena marca en contar su historia a trancas y barrancas y la paciencia de Xena estaba a punto de agotarse para cuando dejó de hablar. Pero su mente había estado trabajando mientras él hablaba y ya tenía casi todos los detalles solucionados.

Le hizo un gesto brusco con la cabeza.

—Duerme un poco. Por la mañana tendré algo para ti.

La miró dubitativo, pero la expresión de esos gélidos ojos azules no cambió. Asintió por fin y se trasladó al otro lado del fuego, donde se arropó con la manta que le dio Gabrielle.

—¿Xena?

—Confía en mí, Gabrielle. Ésta es la mejor solución para todos los implicados. No estoy... no quiero... —Respiró hondo—. Ya sé que no te lo digo lo suficiente, bardo mía, pero te amo. Sigues dando sentido y alegría a mi vida y voy a esforzarme más por demostrártelo. Te lo mereces... nos lo merecemos las dos.

Gabrielle miró a Xena con una sonrisa dulce y tierna.

—Yo también te amo y creo que eso me gustaría mucho.

Xena acercó más a la bardo para darle un beso intensamente apasionado. Se tomó su tiempo, dibujando los labios de Gabrielle con la lengua y aceptando la invitación cuando Gabrielle abrió la boca. Pasaron largos minutos saboreándose la una a la otra, explorándose y provocándose hasta que las dos se quedaron un poco sin aliento.

—Venga —dijo Xena, aunque sus ojos oscurecidos transmitían un mensaje muy distinto—. Más vale que duermas un poco. Esto me va a llevar un buen rato.

En cambio, Gabrielle sirvió otra taza de té para cada una y se acomodó al lado de la guerrera.

—Prefiero hacerte compañía. —Rodeó el bíceps de Xena con el brazo y apoyó la cabeza en el hombro de la guerrera.

Xena sonrió y besó la cabeza rubia.

—Encantada —dijo con ternura y luego se concentró en el pergamino que tenía delante, tratando de hacer un esfuerzo para recordar cómo escribir correctamente los caracteres del idioma del monje.

Cuando se hizo de día, el hombre se marchó con el pergamino, aunque seguía malhumorado. Akemi no iba a sentirse nada complacida al ver que no había conseguido convencer a la guerrera de que regresara con él. Estaba tan segura de Xena haría cualquier cosa por ella...


Ares miró en su cuenco de las visiones y vio que Xena despachaba al monje con instrucciones, pero sin acompañarlo en persona.

—Y me pregunto yo —murmuró—, ¿qué está pasando aquí?

Siguió observando al monje, que se alejaba mascullando por lo bajo. No era nada propio de Xena negarle su ayuda a alguien en apuros desde que se había convertido en una santurrona. Se le desenfocó la vista y no pudo evitar preguntarse qué se había perdido mientras estaba ocupado con esas estupendas escaramuzas entre Persia y Esparta. Ares sacudió la cabeza para olvidarse del pasado y concentrarse en el enigma que el presente le acababa de ofrecer. Pero cuando volvió a prestar atención a Xena y Gabrielle, éstas habían desaparecido.


Xena y Gabrielle se dirigían al mar, con la esperanza de conseguir pasaje a Lesbos en el puerto más cercano. Sin embargo, cuando vieron el Monte Olimpo...

—Gabrielle, ¿te importaría muchísimo si nos pasamos a ver a Afrodita antes de embarcarnos?

La bardo le puso una mano a Xena en la frente y luego se apartó con cara de desconcierto.

—No tienes fiebre. ¿Qué ocurre?

Xena se encogió de hombros.

—Es que quería darle las gracias. Ha sido una buena amiga y la verdad es que no nos quedan muchos. He pensado que podríamos...

Gabrielle se lanzó a los brazos de Xena y la besó con fuerza.

—Me parece una idea fabulosa.


Afrodita las vio llegar y las trasladó instantáneamente a su salón.

—Bueno, pero qué sorpresa tan superinesperada, pero chachi total. Cómo me alegro de que os hayáis pasado por aquí. ¡Tenemos montones de cosas supermolonas que contarnos y tengo que daros una noticia como para tumbar a una bacante! Pasad.

Xena y Gabrielle se miraron y luego siguieron a Dita al interior de sus aposentos, entrando juntas en un nuevo futuro desconocido y cerrando con firmeza la puerta del pasado tras ellas.


FIN


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