Nota de Atalía: Como en este capítulo Xena y Gabrielle vuelven a su eterna discusión sobre la Osa Mayor, explico: efectivamente, en inglés el nombre de la Osa Mayor es Big Dipper, o sea, Gran Cucharón o Cazo, mientras que el nombre científico, en latín, es Ursa Major, o sea, Osa Mayor, que es como se conoce esta constelación en español. Una simple aclaración para comprender una pequeña parte de diálogo de este capítulo.


Capítulo XLI


Xena se fijó sólo de reojo en el fuego atizado y en los dos animales acurrucados felizmente delante del mismo. Toda su concentración se centraba en el mundo que sostenía entre sus brazos, y entró sin vacilar... en el cuarto de baño.

Gabrielle se echó a reír en silencio, tanto por nervios como por la gracia que le hizo.

—¿Intentas insinuar que necesito otro baño? —preguntó en broma, sonriendo al ver el ligero rubor que ascendía por la cara de Xena.

—Mm, no... me he equivocado de cam... —Echó un buen vistazo a su alrededor—. Por otro lado, se me ocurren unos cuantos motivos para usar eso más tarde —dijo, meneando las cejas al tiempo que indicaba la ducha.

—Y a mí —asintió Gabrielle, bajando la cabeza de Xena hasta que sus labios volvieron a tocarse casi—. Ahora, llévame a la cama, Xena. Llevo una eternidad esperándote.

Lo cierto de esas palabras golpeó a Xena de una forma inesperadamente honda.

—Nunca más, vida mía. Nunca más.

La guerrera recorrió la corta distancia que había hasta el dormitorio y no se detuvo hasta que estuvo al lado de la cama. Dejó a Gabrielle de pie con delicadeza y retrocedió un poco, para permitir que sus ojos recorrieran la esbelta figura que tenía delante. Al contrario que toda la ropa con que había visto a Gabrielle anteriormente, el vestido de zaraza azul insinuaba provocativamente los encantos que ocultaba. La fuerza de sus hombros y brazos quedaba oculta por las mangas. Pero la tela ceñida resaltaba unos pechos generosos y una fina cintura y luego envolvía con elegancia la curva de sus caderas.

—Qué preciosa eres —susurró Xena con voz ronca, y advirtió el nerviosismo de Gabrielle cuando ésta se secó las palmas de las manos en la parte delantera de la falda.

—¿Todavía?

Xena cubrió el espacio que las separaba y alzó los ojos de Gabrielle para que se encontraran con los suyos. Sólo entonces advirtió el peso de la vida de soledad de Gabrielle en sus ojos y se le volvió a partir el corazón.

—Siempre —dijo suavemente y luego se apoderó de los labios que habían sido sólo suyos en otra vida.

El beso fue delicado, tierno y sin prisas. Xena dibujó los labios de Gabrielle con la lengua y gimió cuando se le concedió la entrada inmediata. Subió las manos para coger la cara de Gabrielle y tembló cuando notó las manos de Gabrielle que subían por su pecho. La bardo se detuvo para jugar con los pechos de Xena antes de alcanzar el botón superior de la camisa de la guerrera. Sin dudar, agarró la tela por los lados, dispuesta a abrir la camisa a la fuerza. Xena se echó un poco hacia atrás.

—Espera.

Gabrielle la miró confusa. Xena sonrió.

—Mamá me ha prestado la ropa... para que pudiera ponerme algo limpio.

Gabrielle sonrió a su vez.

—Bueno, en ese caso...

Dejó caer la chaqueta al suelo y apartó los tirantes de los anchos hombros, notando una musculatura que se había hecho más firme de lo que recordaba. Gabrielle bajó con las manos por la camisa blanca y sonrió ligeramente cuando a Xena se le entrecortó la respiración. Llegó al cinturón y lo soltó, desabrochó los pantalones y vio cómo se deslizaban por las esbeltas caderas de Xena hasta el suelo.

—Qué cómodo —dijo con una sonrisa.

Xena se encogió de hombros y le sonrió de medio lado.

—Me están un poco grandes.

—Quítatelos —dijo Gabrielle, apoyándose en la cama y observando con interés. Xena así lo hizo, sentándose en la única silla de la habitación para quitarse las botas y luego los pantalones. Gabrielle soltó una risita cuando Xena los levantó.

—Xena, te están más que un poco grandes. Ahí cabríamos tú, yo y Trébol con sitio de sobra.

—A lo mejor lo probamos alguna vez sin el caballo. —Se levantó y rodeó la cintura de Gabrielle con las manos—. ¿Y eso de que no íbamos a hablar? ¿Estás bien? No estás... no tienes... miedo... de mí, ¿verdad?

Los ojos verdes se alzaron de golpe para encontrarse con los azules y Gabrielle negó enérgicamente con la cabeza.

—¡No, amor, NO! —Se echó a reír con inseguridad—. Es que estoy... estoy nerviosa, creo. Ha pasado mucho tiempo. No hago esto desde...

—¿Desde...? —repitió Xena cuando se hizo el silencio, sintiendo que se le encogía el corazón al pensar que Gabrielle pudiera haberse entregado a otra persona. A pesar de lo que le habían dicho tanto Hércules como Cecrops, siempre había tenido un minúsculo resquicio de duda. ¿Cómo podía elegir nadie estar solo tanto tiempo?

—No he estado con nadie salvo contigo, Xe.

Xena se sintió a la vez abrumada y humilde por la tranquila y sorprendente confesión.

—¿Llevas sola... desde esa última noche en Japón?

Gabrielle asintió con la cabeza.

Xena estrechó a Gabrielle en un abrazo de cuerpo entero, que la bardo le correspondió. Se acurrucó en el pecho de Xena, absorbiendo el calor y el olor y la sensación de la guerrera a su alrededor. Xena apoyó la mejilla en el pelo claro, acariciando su suavidad con la sensación de haber vuelto a casa.

—Oh, Gabrielle...

—Fue decisión mía, Xena —dijo, estrechándola—. No... no podía. No podía compartir esto sin los sentimientos, y tú eres la dueña de mi corazón.

Gabrielle notó que a Xena se le paraba el corazón al oír aquello y luego se le aceleraba al tiempo que soltaba un suspiro.

—Deja que te ame, Gabrielle. —Las palabras flotaron hasta sus oídos en un mero susurro.

Gabrielle se apartó lo suficiente para desabrochar la camisa de Xena y tirarla al suelo. Tocó el tatuaje y las cicatrices del pecho de la guerrera, mirando a Xena con una ceja enarcada. Luego se echó hacia atrás y miró a Xena, desnuda ante ella. Sus piernas habían perdido buena parte de su habitual bronceado, pero seguían siendo largas, esbeltas y fuertes, con unos músculos que se marcaban con cada mínimo movimiento del cuerpo de la guerrera.

Tenía las caderas un poco más escurridas de lo que recordaba Gabrielle y los músculos abdominales más marcados. Los pechos seguían firmes y redondos y los hombros y los brazos musculosos, aunque de forma distinta a cuando blandían una espada.

Los labios generosos estaban curvados en una rara sonrisa plena y los ojos azules chispeaban de bochorno complacido. Nadie había logrado nunca que se sintiera como se sentía cuando Gabrielle le dirigía una sola mirada ardiente.

Gabrielle se llevó las manos al vestido, pero Xena las apartó delicadamente. Se puso a desabrochar el corpiño y se estremeció cuando Gabrielle recorrió con los dedos los costados desnudos de la guerrera. Acarició con los dedos las costillas y los músculos del estómago y se recreó en los lados redondeados de los pechos antes de repetir la acción.

Xena soltó los botones lo más deprisa que pudo y luego se apartó de las caricias de Gabrielle. Se puso detrás de la bardo y acarició los hombros de Gabrielle con los dedos, observando la carne de gallina que se le ponía al tocarla. Xena le bajó el vestido por los brazos y la cintura y vio cómo caía al suelo como un fardo de tela. Otro tirón y la ropa interior se unió a él.

Entonces Xena volvió a levantar a Gabrielle en brazos y la depositó en la cama.

Durante largos instantes se limitó a mirar, contemplando los ojos de Gabrielle y amándola sin palabras ni caricias, y vio ese amor correspondido por igual. Entonces los ojos de Xena fueron bajando por el cuerpo inmortal, recordando cómo y dónde le gustaba a Gabrielle que la tocaran. Por fin, entró en acción con manos y labios, capturó la boca de Gabrielle con afán posesivo y dejó que sus dedos siguieran por fin los lisos contornos del cuerpo de la bardo.

Se tomaron su tiempo. Tras haber esperado un vida y más, fueron despacio, tocándose, explorándose, redescubriéndose, prendiendo cada una la pasión de la otra y celebrando las alegrías de unirse y volver a estar enteras.

Se unieron cuerpo con cuerpo, corazón con corazón y alma con alma. Y en el momento culminante de su pasión, en el momento justo en que el reloj daba la medianoche, renovaron su vínculo de sangre, y por primera vez en casi dos milenios, el círculo se cerró.


—¡Harrison! ¿Qué hace aquí? —exclamó Mamá al tiempo que abría los brazos para estrecharlo—. Cómo me alegro de volver a verlo.

—Hola, Mamá. Se me ha ocurrido venir a ver cómo estaba Gabrielle, pero ya he visto que por fin está en mejores manos.

—Santo Dios, no habrá interrumpido...

Hércules se echó a reír y se sonrojó levemente.

—No, señora, pero me ha faltado poco. —Señaló su ropa elegante—. ¿Qué se celebra?

—Es Halloween, Harrison. Vamos a recibir el Samhain.

—Ah.

—Y usted se acaba de ofrecer voluntario, porque estoy segura de que vamos a tardar un tiempo en ver a Gabrielle y necesito ayuda.

—¿Dónde está Isaac?

Mamá se encogió de hombros.

—Lo llamaron para un asunto urgente esta mañana antes del amanecer. Me dijo que estaría fuera unos días. Ahora vaya a endomingarse. Tenemos que ir a una fiesta.

Hércules se echó a reír y subió las escaleras de dos en dos para cambiarse.


La gente se alegró de volver a ver a Hércules, o Harrison, como lo conocían, y lo acogieron calurosamente. Aunque se llevaron una desilusión al enterarse de que Gabrielle de repente no iba a poder unirse a ellos, la fiesta estaba en pleno apogeo cuando Hércules se topó con un visitante muy desagradable e inesperado.

—¿Qué haces aquí? —bufó, cogiendo al visitante del brazo y arrastrándolo a una zona más tranquila—. ¿Es que no puedes buscarte otro sitio?

Ares se soltó el brazo de la mano de Hércules y se alisó la tela de la chaqueta.

—Estamos en un país libre, hermanito. Puedo ir donde me dé la gana.

—Ya, pues yo quiero que te vayas a otra parte... preferiblemente de vuelta a tu guarida de Grecia.

—Bueno, no siempre conseguimos lo que queremos, ¿no? —dijo el dios de la guerra con amargura—. No te alteres. Me voy a ir pronto. Ya tengo lo que he venido a buscar.

A Hércules se le dilataron los ojos, pero se mordió la lengua, por si daba la casualidad de que Ares no hubiera venido en busca de Xena y Gabrielle.

—Además, incluso con ese molesto doble de Iolaus al que llamáis alguacil, en este pueblo hay una energía... un poder que hace siglos que no siento. Me ha atraído... —Ares se encogió de hombros—. Tal vez sea la época del año. —Se alejó unos pasos y luego se volvió—. Nos vemos, hermanito.

—¿Conoces a ese cretino? —preguntó Isaac al aparecer al lado de Hércules, que se volvió sorprendido. Isaac sonrió—. Hola, grandullón.

Hércules le dio una palmada a Isaac en el hombro.

—Hola, amigo. Creía que no ibas a estar aquí, pero me alegro de verte.

—Lo mismo digo. ¿Lo conoces? —Señaló con la barbilla en la dirección de Ares.

—Hemos tenido unos cuantos encontronazos, sí. —Una pausa—. ¿Por qué?

—Él es el motivo de que me marchara tan temprano esta mañana. Está haciendo acopio de mercenarios para acompañar a las fuerzas de la Unión para luchar contra los indios. Al parecer, el gobierno sigue escocido por la derrota de Little Big Horn.

—Cuando no es una cosa, es otra, ¿no? —murmuró Hércules, aunque se preguntó qué habría llevado al dios de la guerra al punto de reclutar mercenarios en persona—. En fin, esta noche no se puede hacer nada. Venga, vamos a probar el pastel de Mamá.


Las clases quedaron suspendidas por petición de Mamá. Explicó que a Gabrielle le habían surgido unas cosas más importantes y que por ahora toda comunicación con ella tendría que hacerse a través de Mamá. Hércules se ofreció a hacer de profesor sustituto, pero antes Isaac y él viajaron rápidamente a Kansas para advertir a los indios del inminente ataque militar.

Por desgracia, ninguno de los nativos reconoció a los hombres blancos como amigos y tardaron varios días en convencer a los guerreros de su sinceridad. Sólo cuando se encontraron por fin con Kya y Kepo, consiguieron avanzar algo, pero fue el nombre de Xena lo que les granjeó la confianza que necesitaban. Contaron su historia y regresaron a casa. Hércules en concreto ardía en deseos de saber cómo había ido la reunión de la guerrera y la bardo.

Fue un viaje de dos semanas, de modo que Hércules se quedó bastante sorprendido cuando Mamá le impidió hacerles una visita cuando regresaron a Nocona Corners.

—No, Harrison —dijo con calma, pero con fuerza—. Todavía no están preparadas para recibir visitas.

—Pero...

—Gabrielle prometió comunicármelo cuando estuvieran listas. Hasta entonces, respete usted su necesidad de intimidad.

—¿Cuánto tiempo necesitan? Ya han pasado casi cuatro meses.

—No. La compañera de Gabrielle llegó en Halloween, igual que usted.

Hércules arrugó la frente pensativo.

—Pero...

—Déjelo, Harrison.

Asintió.

—Está bien. Tampoco es que me vaya a marchar durante un tiempo, con eso de dar clase por Gabrielle. —Y por primera vez se dio cuenta de la que le esperaba—. Lo dejaré para más adelante. Es que...

Mamá le dio una palmadita en el brazo.

—Lo sé, pero ya nos enteraremos de toda la historia. —Se volvió para meter una bandeja de galletas en el horno—. Espero —murmuró un instante después.


Las temperaturas bajaron y hubo nevadas en el Día de Acción de Gracias. Diciembre se puso aún más frío y la Navidad se iba acercando sin que Xena ni Gabrielle dieran señales de querer salir de su capullo. Hasta Mamá empezó a preocuparse y se armó de valor para ir a ver cómo estaban.

Hércules intentó disuadirla, pues sabía que podían sobrevivir mucho más tiempo sin ninguna de las supuestas necesidades de la vida. Pero no podía convencer de ello a Mamá sin traicionar su secreto, por lo que de muy mala gana la dejó ir, con la esperanza de que Gabrielle pudiera hacer frente a las preguntas que estaba seguro de que se le iban a hacer.

La mujer preparó una comida, que metió en una cesta, y luego se puso el grueso abrigo y se envolvió la cabeza con un chal. Luego echó a andar por el sendero, con la esperanza de no estar a punto de meterse donde nadie la llamaba.

Mamá oyó risas suaves y un murmullo de voces cuando levantó la mano para llamar a la puerta. Dejó caer la mano al plantearse si era prudente presentarse sin más. Gabrielle le había prometido comunicárselo en el momento en que Xena y ella estuvieran preparadas para recibir visitas y, aunque ya habían pasado casi dos meses, esa señal aún no había llegado.

Por otro lado, ya eran casi dos meses y no se había visto señales de vida en torno a la cabaña, salvo el humo de leña que salía de la chimenea. Mamá pensaba que su preocupación tenía fundamento. Por fuertes que fueran, los seres humanos no podían vivir sólo de amor.

Alzó la mano de nuevo, pero dudó cuando las risas se transformaron en algo mucho más provocativo e íntimo. En cambio, dejó la cesta en el suelo, pues sabía que el frío lo conservaría todo durante unos días. Si no las veía antes de primeros de año, volvería a intentarlo.


Oyeron los pasos que subían los escalones, pero cuando nadie llamó a la puerta, Xena y Gabrielle volvieron a concentrarse la una en la otra. Desde Halloween, habían dedicado sus días a compartirlo todo: el amor, la risa y el llanto.

Gabrielle había sacado sus diarios y los estaban leyendo juntas, y Xena veía de cuántas maneras había influido su bardo el curso de la historia. Sentía un poco de tristeza por todo el tiempo que habían perdido y algo de envidia por todas las cosas que no había podido compartir con Gabrielle.

Estaban acurrucadas juntas en la alfombra de piel de oso que se había traído Hércules de Banff en uno de sus viajes. El fuego era acogedor además de cálido, cosa que las dos agradecían.

—Has hecho mucho bien a lo largo de los años, bardo mía —dijo Xena, pasándole a Gabrielle una taza de té—. Quiero decir...

Gabrielle se encogió de hombros.

—Supongo.

Xena se incorporó al oír su tono.

—¿Gabrielle?

Se encogió de hombros de nuevo y bebió un poco de té.

—Preferiría haber pasado ese tiempo contigo —reconoció con tono apagado.

Xena dejó su taza a un lado e hizo lo mismo con la de Gabrielle. Luego envolvió por completo el cuerpo de la bardo con el suyo, acariciando con la nariz la suave piel de su cuello hasta que obtuvo un pequeño estremecimiento de deleite y un maullidito por parte de Gabrielle. La bardo volvió la cabeza y sus labios se juntaron de nuevo. Xena se dio cuenta nebulosamente de que los pasos se retiraban, pero su atención estaba centrada en otra cosa.

—¿Y si pudieras? —preguntó cuando se separaron.

Gabrielle se volvió en los brazos de Xena hasta que pudo mirarla a la cara con el ceño fruncido. Posó la mano delicadamente sobre la suave mejilla e instó a los ojos azules a encontrarse con sus interrogantes ojos verdes.

—¿Qué...? —Meneó la cabeza—. Xena, no entiendo lo que me estás preguntando.

Xena sonrió y capturó los labios generosos situados bajo los suyos durante largos instantes.

—¿Y si pudieras? —preguntó sin aliento cuando se separaron—. ¿Y si pudiéramos regresar y vivir todo ese tiempo juntas?

—No me tomes el pelo, Xena —dijo Gabrielle con aspereza. Se apartó todo lo que le permitió el suelo y se habría soltado de los brazos de Xena si la guerrera no la hubiera sujetado con fuerza—. Creo que no te das cuenta de verdad de lo que es pasar una eternidad sola.

En los ojos de Xena se entrevió que estaba dolida antes de que se apresurara a disimular la emoción. Besó el pelo rubio que tenía bajo los labios.

—Tienes razón, Gabrielle. No lo sé... no puedo saberlo. Sí que te puedo decir que no me ha gustado lo poco que he probado de ello y, de tener la oportunidad de volver a empezar, haría las cosas de otro modo para que pudiéramos estar juntas... es decir, si tú quisieras.

—Claro que lo querría, amor, ¿pero qué sentido tiene especular sobre algo que no puede ser?

—Sí que puede.

Esta vez Gabrielle se soltó de verdad, lo suficiente para incorporarse hasta apoyarse en los codos. Miró a Xena de hito en hito y se frotó las sienes.

—Con palabras sencillas, Xena. Me duele la cabeza.

Como respuesta, Xena se levantó y fue hasta las alforjas que Gabrielle había recogido la mañana de Samhain, tras su reunión de Halloween. Había sido el único momento en que una de las dos había salido de la casa, salvo para recoger leña del cobertizo. Ahora hurgó con cuidado entre los tótems que llevaba en una alforja hasta que alcanzó el pergamino situado al fondo. Lo desenrolló y se lo pasó a Gabrielle.

—Cuando llegué aquí, estaba... tan... perdida. Sólo podía pensar en encontrar un modo de volver contigo. —Silencio—. Descubrí cómo había llegado aquí y cómo invertir el proceso. —Xena abrió la alforja de nuevo y sacó los objetos uno a uno—. Tardé bastante y tuve que buscar mucho, pero por fin he reunido todos los objetos que necesitaba para volver a casa... salvo uno.

Gabrielle examinó los tótems con cuidado, reconociéndolos todos, pero dejando las preguntas a un lado por el momento, salvo una.

—Algún día me contarás las historias de todas estas cosas, ¿verdad?

Xena asintió.

—Te falta el chakram —afirmó rotundamente. Xena asintió de nuevo—. El chakram que ahora tengo yo. —Un tercer gesto de asentimiento—. Pues tenemos un pequeño problema —dijo Gabrielle, y Xena dejó caer la cabeza. Era lo que se había temido.

—A ver si lo adivino... lo dejaste en Grecia. Con Afrodita.

Ahora le tocó a Gabrielle asentir.

—En ese momento me pareció lo mejor. Tuve que dejar la mayoría de las armas con ella. Todavía llevo una vara y algunos de los cuchillos más pequeños, pero ella se quedó con la katana, tu espada y el chakram.

Xena sonrió de mala gana.

—Bueno, pues supongo que en primavera haremos un viaje a Grecia. Entretanto... —Su sonrisa se volvió seductora y sus ojos azules chispearon traviesos.

—¿Síííí? —dijo Gabrielle despacio, sintiendo que le hormigueaba la sangre por la excitación.

Xena apartó el pergamino y los demás tótems y volvió a tumbarse sobre la alfombra al lado de Gabrielle. Luego agachó la cabeza y besó a la bardo con frenesí hasta que notó que Gabrielle se relajaba pegándose a ella. Soltó el cinto de la bata de Gabrielle, sus manos empezaron a explorar y preguntó con la respiración entrecortada al notar que la bardo le devolvía las caricias:

—¿Qué tal un viaje a Elisia?

Su respuesta cobró la forma de una caricia tan íntima que Xena se dejó ir y permitió que la bardo la llevara hasta allí, acunando su corazón y su alma con ternura mientras su cuerpo volaba libre.


Se quedaron tumbadas con el bienestar de la saciedad contemplando las llamas que prendían los nuevos leños que había añadido Gabrielle. Xena había abierto la puerta de entrada y había recogido la cesta que había dejado Mamá y ahora estaban acurrucadas juntas bajo una gruesa manta, dándose de comer la una a la otra.

Cuando menos se lo esperaban, por lo menos Gabrielle, Xena se levantó de un salto y se agachó en posición de defensa antes de que los pétalos de rosa tocaran el suelo. Afrodita retrocedió por puro reflejo. Gabrielle soltó una risita y Xena la fulminó con la mirada antes de volver a tumbarse al lado de la bardo.

—¡Caray, nena! ¡Qué reflejos! Jo... ¡y qué cuerpazo! —Se volvió hacia Gabrielle, que la miraba con cara de pocos amigos—. ¡Uy! —Y soltó una risita boba—. Ya no me acordaba de esos ojos verdes tan totales. —Guiñó un ojo y echó un vistazo a su alrededor antes de dejarse caer en el sofá, donde botó una o dos veces, asintiendo con aprobación—. Qué casita tan mona tienes aquí, preciosidad. Me gusta... te pega total.

Gabrielle se cerró la bata y fue a sentarse en el sofá, abrazando a Dita con todas sus fuerzas.

—Te he echado de menos —susurró, notando que la diosa la estrechaba a su vez con fuerza como reflejo.

—Oh, nena... y yo a ti... muchísimo. —Miró a Xena, que se debatía entre la necesidad de dejarse llevar por los celos ante la interrupción y la alegría que aún inundaba todo su ser al darse cuenta de que Gabrielle y ella volvían a estar juntas por fin. Optó por ponerse su propia bata y empezar a recoger los restos de la comida, manteniéndose atenta a la conversación.

—Es como megachachi que volváis a estar juntas. Las vibras de amor son supertotales.

—¿Cómo has llegado aquí? —preguntó Gabrielle con seriedad—. Es decir... ya sé que has aparecido, pero creía... o sea, hacía tiempo que no podías hacer eso.

—Sí, bueno, es que vosotras dos me habéis recargado de tal modo las pilas desde que volvéis a estar juntas que mi energía está que se sale. ¡Es maravilloso!

Gabrielle se ruborizó, pero su sonrisa era radiante. Miró a Xena con adoración.

—Bueno, para nosotras también ha sido maravilloso.

—Ya lo sé —dijo Dita suavemente—. Y me alegro muchísimo. Ahora —dijo levantando la voz, al tiempo que se sacaba las gafas de un bolsillo inexistente y se las ponía—. Manos a la obra. Toma —añadió de repente—. Creo que te va a hacer falta.

Se sacó el chakram de otro bolsillo inexistente y se lo entregó a Gabrielle. Xena fue a cogerlo casi automáticamente, pero retrocedió ceñuda cuando Gabrielle lo cogió y lo dejó a un lado, tanto por esta acción como por lo que implicaban las palabras de Afrodita.

—¿Nos has estado espiando? —dijo Xena, con tono grave y peligroso.

—No exactamente, no —se defendió Dita. Se volvió hacia Xena para mirarla de frente—. Gabrielle, ¿nos dejas un momento solas, por favor?

La bardo las miró a las dos: una enfadada y desafiante, la otra enfadada y decidida. A Gabrielle no se le había escapado el hecho de que Afrodita hubiera usado su nombre completo ni la seriedad de su tono. Dita volvió la cabeza, con ojos suplicantes. Gabrielle se fijó en Xena, advirtiendo la rigidez de su postura, hasta que los ojos azules se volvieron hacia ella y la cabeza morena asintió, mostrando su acuerdo con un gesto breve y brusco.

Gabrielle miró de nuevo a Afrodita y asintió con un suspiro silencioso. Luego se levantó, recogió el chakram, lo depositó en el regazo de Xena y besó la coronilla de pelo negro. Recogió la cesta que había dejado Xena con los platos pulcramente apilados y se trasladó a la pequeña zona de la cocina que daba a su cuarto de baño.

Entonces entró en el cuarto de baño y decidió darse una ducha caliente, pensando que era la única manera de dar un poco de privacidad a las dos mujeres. Afrodita esperó a que se cerrara la puerta y luego posó la mirada indignada en Xena, que se enfrentó a ella con una mirada igualmente furiosa. Se levantó y se plantó delante de la guerrera, con la nariz casi pegada a ella.

—Escucha —dijo cuando Xena abrió la boca para hablar—. Sí, he oído vuestra conversación. Llevo casi dos mil años pendiente de Gabrielle. Se ha convertido en algo casi innato.

—Así que al saber que volvíamos a estar juntas, has seguido observando por... —Era apenas un susurro, pero transmitía claramente su indignación.

Afrodita puso los ojos en blanco.

—Déjate de chorradas, nena guerrera. Con el carrerón que llevas, tú calcula. Además, es mi trabajo, ¿recuerdas? Como que me dedico a esto.

—Ya, pues ahora ya puedes dejarlo.

Dita soltó un resoplido muy poco elegante.

—Deja que te explique una cosa, Xena. Tienes la oportunidad de volver y hacer bien las cosas esta vez... de poder vivir todo el tiempo que te has perdido con Gabrielle. Pero... —Clavó un dedo en el pecho de la guerrera para recalcar lo que decía—. Cágala y te garantizo que no tendrás una tercera oportunidad.

—¿Eso es una amenaza?

No. Es una promesa. —Dita suavizó la mirada y el tono—. Xena, la mayoría de los seres, mortales o no, no consiguen la oportunidad que se te ha ofrecido a ti. No la eches a perder.

—¿O?

—O estarás sola para toda la eternidad. No voy a volver a ver a Gabrielle pasar por todo esto... sola de nuevo.

Xena fue a la ventana y contempló sin ver la extensión de suelo desnudo, cubierto de nieve.

—¿Por qué?

Dita arrugó la frente.

—¿Eh? ¿Por qué, qué?

—¿Por qué se me ofrece esta oportunidad?

La diosa se encogió de hombros.

—Por muchas razones diversas. Pero creo que más que nada por la fe de Gabrielle en vuestra unión.

—¿Eso crees?

—Sí, pero no lo vayas contando por ahí, ¿vale? La gente empezará a esperárselo todo el tiempo —replicó con humor.

Xena no pudo evitarlo. La respuesta modesta y sardónica la hizo sonreír y se dio cuenta de que Dita las quería de verdad a las dos, aunque tenía la sospecha de que ese cariño era mucho más profundo en el caso de Gabrielle.

—¿Y qué hacemos ahora?

—Bueno, yo no puedo llevaros de vuelta. O sea... puedo llevaros a Grecia, pero no haceros retroceder en el tiempo. Tienes que encontrar el hechizo que te trajo aquí e invertirlo.

Xena estaba de acuerdo.

—A eso me he estado dedicando... a recoger los tótems. El chakram era la última pieza del rompecabezas. Tengo que hablar con Kya. —Miró a Afrodita—. Es el chamán que me trajo aquí.

Dita asintió y se mordió una uña.

—Me parece buena idea.

—¿El qué? —preguntó Gabrielle al salir del baño, secándose el pelo con una toalla.

—Hablar con Kya antes de intentar realizar el ritual que nos devolverá a Grecia... a nuestra época.

—¿Entonces creéis que de verdad podemos hacer esto con éxito? —preguntó Gabrielle, mirándolas a las dos.

—Eso creo —dijo Xena despacio—. Creo que no tenemos nada que perder por intentarlo.

—De acuerdo —dijo Gabrielle, con una fe y una confianza totales reflejadas en su mirada verde.

Afrodita se puso a palmotear.

—¡Qué emoción más total! Tengo cosas que hacer. —Se acercó y les dio un beso a cada una en la mejilla—. Buena suerte, chicas... ¡Nos vemos!

Gabrielle se echó a reír cuando Xena sacudió la cabeza para quitarse los pétalos de rosa que habían aterrizado sobre su pelo. Luego sopló para apartar uno que se le había pegado a la nariz. Gabrielle se tapó la boca para contener las carcajadas. Xena dirigió una mirada fulminante a la bardo y luego se relajó y sonrió.

—Te quiere de verdad, sabes —comentó Xena.

—Nos quiere a las dos, Xena, y ha sido una buena amiga.

—Sí. Me alegro... —Fue a decir más, pero se mordió la lengua. Todavía se sentía culpable, aunque Gabrielle y ella habían arreglado las cosas entre ellas a base de largas y sinceras conversaciones desde su reunión. Ahora, con la oportunidad de solucionar su situación, no quería dedicarse a pensar en lo que podría o tendría que haber hecho—. Espero que tenga razón con lo de que podemos volver a casa, aunque... —Xena hizo una pausa—. Gabrielle... ¿estás segura? Quiero decir, a mí no me importaría construir una vida aquí contigo. Y tú misma has reconocido que has hecho muchas cosas, que has ayudado a mucha gente...

Gabrielle se puso la toalla al cuello y cruzó la distancia de dos pasos que la separaba de Xena. Rodeó el cuello de Xena con los brazos, contenta cuando las manos de la guerrera se posaron automáticamente en su cintura.

—Xena... —Se quedó atrapada durante largos instantes en la intensa mirada de esos ojos azules—. Sí, estoy segura. Si funciona, podremos volver a hacer todas esas cosas... sólo que esta vez juntas. Si no... —Se encogió de hombros—. Haremos nuestra vida aquí y seré feliz con eso porque estaremos juntas. Pero sí que me gustaría intentar volver a casa. ¿Qué tenemos que perder, a fin de cuentas?

Xena recordó la advertencia de Afrodita, como un cosquilleo en el fondo de su mente. Se preguntó si estaría destinada a repetir su error o si las Parcas le estaban dando de verdad una oportunidad para elegir esta vez su propio bien supremo.

—Cierto —respondió.

Tiró de Gabrielle y la abrazó estrechamente, mordisqueándole el cuello, y se echó a reír en silencio cuando la bardo se quedó atascada entre una risita y un gemido al tiempo que daba mejor acceso a Xena. La guerrera lamió el cuello de Gabrielle hasta su oreja y le dio una palmadita en el trasero.

—Ve a vestirte. Creo que ya es hora de ir a ver a Mamá.

—Eres una provocadora —dijo Gabrielle con cierto matiz de frustración en el tono.

Xena sonrió con aire chulesco.

—Sí, pero me quieres igual.

Gabrielle la rodeó con la mano y pellizcó una firme posadera de guerrera y luego salió corriendo hacia el dormitorio.

—Sí. Ya lo creo —dijo riendo.

Xena gruñó y la persiguió.

Llegaron a casa de Mamá más tarde de lo que tenían planeado, pero a tiempo para la cena.



Capítulo XLII


Xena y Gabrielle celebraron la Navidad con Mamá, Isaac, Sal, la familia de éste y Hércules ante la insistencia de Mamá. Xena no comprendía qué estaban celebrando exactamente, pero estaba lo bastante cerca del solsticio para aceptarlo como una fiesta. Gabrielle hacía mucho tiempo que había desistido de explicar que ella no celebraba la mayor parte de las fiestas modernas y se limitaba a participar a su modo. Pero las dos se alegraban de tener la oportunidad de dar las gracias a la mujer que las había acogido en su corazón y su hogar sin juzgarlas, y así lo hicieron con gran placer.

Sal, Isaac y Hércules recibieron un cuchillo de hueso cada uno del búfalo blanco que había matado Xena tantos años atrás. Los había conservado con cuidado y había tallado un poco de su propia historia en cada uno de ellos. Los niños y Josephina recibieron collares de cuentas de los cheyenes. A Mamá le regalaron la piel de búfalo blanco, sin hacer caso de lo mucho que protestó diciendo que no podía aceptar una cosa de tanto valor.

Gabrielle les regaló a todos pergaminos auténticos, cada uno de los cuales contaba una historia distinta. Este regalo tan especial y único hizo que a Sal se le iluminaran los ojos ante la perspectiva de emprender una nueva aventura comercial... hasta que Josephina le pegó un capón por permitir que el afán mercantil se colara en una fiesta tan sagrada. La historia que le dieron a Mamá le llenó a ésta los ojos de lágrimas.

—Gracias —le susurró a la bardo cuando terminó de leerla.

—Usted ha sido una madre para mí durante... unos cuantos años, Mamá —dijo Gabrielle con una sonrisa—. Era la mejor manera que se me ha ocurrido de darle las gracias... y despedirme.

—¿Os marcháis? —dijo Hércules. Todavía no había tenido ocasión de ponerse al día con ellas y sintió una punzada de dolor al pensar que tal vez no la tendría.

Gabrielle se mordió el labio y asintió, mirándolo directamente a los ojos.

—Tenemos la oportunidad de volver a casa. La vamos a aprovechar.

—¿Volverán? —preguntó Mamá.

Gabrielle hizo un gesto negativo con la cabeza.

—Probablemente no. Nuestro hogar está en Grecia. Es... —Se quedó callada, sin saber cómo explicárselo sin decir nada en realidad que resultara revelador. Isaac rompió el silencio antes de que se hiciera demasiado penoso, abriendo los brazos para estrecharla.

—La echaremos de menos, Gabrielle.

—Gracias, Isaac. Yo también los voy a echar de menos a ustedes.

Mamá se levantó de su asiento y primero abrazó a Xena, que estaba muy cohibida, y luego a Gabrielle, que estaba llorosa.

—Espero que tengan cuidado y se mantengan a salvo. Y si pueden volver aquí, nos alegraremos de verlas.

—Gracias, Mamá —dijo Gabrielle. Xena no respondió verbalmente, pero le devolvió el abrazo con ternura.

Hércules las acompañó de vuelta a la cabaña esa noche.

—Entonces, ¿has encontrado todos los tótems? —dijo en el aire frío, observando el vaho que formaba su aliento al hablar. Xena asintió—. ¿Crees que os llevará de vuelta a casa... a la época de la que procedemos?

—No lo sé. Eso creo... eso espero.

—¿Pero lo vais a intentar?

Xena asintió.

—Sí. Vamos a intentarlo. No tenemos nada que perder...

—...y todo que ganar —terminó Gabrielle. Hércules asintió. Llegaron a la cabaña y Hércules se quedó al pie de los escalones mientras Xena y Gabrielle subían y se detenían.

—Hacedme un favor —les pidió el hombretón—. Si no conseguís volver al principio, id a Banff y esperadme. Iré en verano para ver si estáis allí o no. Pero me gustaría saberlo si esta vez os vais a quedar por aquí, ¿vale?

Gabrielle bajó de nuevo los escalones y se tiró a sus brazos. Estuvieron abrazados largamente.

—Lo haremos —asintió en voz baja—. Gracias, Hércules... por todo.

Él la besó en la mejilla con ternura.

—Gracias a ti, Gabrielle. Me has devuelto una parte maravillosa de mi vida y me alegro de haberte tenido en ella.

—Eh —intervino Xena suavemente—. ¿Se puede participar en los achuchones?

Tanto Gabrielle como Hércules apartaron un brazo para ella y todos se abrazaron un momento. Luego las dos mujeres se apartaron y volvieron a la puerta.

—¿Cuándo os marcháis? —preguntó Hércules cuando abrieron la puerta.

Xena se encogió de hombros.

—Seguramente mañana o pasado. Nos conviene llegar al campamento de invierno mientras el tiempo siga siendo decente.

—¿Necesitáis escolta?

—No, Hércules, pero gracias. —Y Hércules supo que Xena le estaba dando las gracias por algo más que su ofrecimiento y se dio por enterado con una sonrisa.

—No se me puede culpar por intentarlo —dijo en broma—. Cuidaos, ¿vale?

—Tú también, Herc.


Hacía frío, pero el sol lucía esplendoroso, cuando emprendieron viaje dos días después. Trébol estaba contento de volver a estar al aire libre. La pantera y el zorro aparecían de vez en cuando, como para comprobar qué tal iba el pequeño grupo. Pero tanto Xena como Gabrielle ya se habían acostumbrado a sus inopinadas apariciones y desapariciones.

El viaje se parecía mucho a sus correrías por Grecia, y descubrieron que volvían a una rutina agradable y bien aprendida. No había rufianes ni bandidos que las incordiaran y llenaban los días con los juegos a los que se habían entregado en otros tiempos y con conversación. Sobre todo por parte de Xena, sorprendentemente, que contaba historias de los primeros tiempos de su vida en este mundo extraño y nuevo y de la gente con quien los había compartido. A Gabrielle le apetecía mucho conocer a la tribu que Xena consideraba con orgullo su familia.

Por las noches había cálidas fogatas y muchas fantasías con las estrellas. La discusión no había cambiado en dos mil años.

—Es una osa.

—Es un cucharón.

—Osa.

—Cucharón.

—Xena...

—Gabrielle... hasta en esta época, los que contemplan las estrellas la llaman el Gran Cucharón.

—Pero los científicos la llaman Ursa, o sea, Osa, Major.

Se miraron y se echaron a reír.

—¿Tú crees que tendremos esta discusión todas las noches durante los últimos dos mil años? —preguntó Gabrielle.

Xena besó la coronilla rubia.

—Eso espero de verdad.

Luego se acurrucaron para dormir. Tenían grandes esperanzas de llegar al campamento de invierno hacia mediodía del día siguiente.

Curiosamente, el campamento de invierno estaba extrañamente vacío cuando llegaron, sin la menor señal de haber estado habitado en todo el invierno. Xena examinó la zona e intentó recordar lo que les había contado Hércules sobre las reservas. Intercambió una mirada seria con Gabrielle, se montaron en Trébol y se adentraron en las llanuras.

El viaje se hizo lento a medida que el tiempo empeoraba, y para cuando llegaron a la tierra que les había descrito Hércules, hasta su sangre inmortal estaba casi congelada. Trébol estaba muy descontento y el zorro y la pantera habían vuelto a desaparecer.

Xena miró a su alrededor, disgustada con las condiciones que veía. Pero antes de poder comentar nada, intervino Gabrielle.

—Creo que vamos a tener que retrasar nuestro viaje, amor. No podemos dejar a la familia en este estado.

Xena sonrió al oír a Gabrielle, pues sabía que lo decía de corazón, aunque sabía poco de la gente a quien su guerrera consideraba familia.

Estuvieron a punto de ser muy mal recibidas hasta que Kya las reconoció y las saludó, sobre todo porque era muy evidente que Gabrielle no era de los suyos. Kya era ya un anciano, y las recibió a las dos con mucho afecto, tomándose unas libertades con la edad que no podría haberse permitido de joven. Acarició la mejilla de Xena y sonrió.

—Hola, Kya.

—Zee-nah, amiga mía. Bienvenida. —Les hizo gestos para que entraran en su pequeña vivienda—. ¿Y ésta es...?

—Ésta es Gabrielle. Ésta es la razón por la que estaba buscando los tótems.

—Es gran honor, Gabrielle. Zee-nah leyenda de nuestro pueblo.

Gabrielle se echó a reír suavemente y le estrechó la mano.

—Sí, también es una especie de leyenda para el nuestro.

Xena carraspeó y cambió de tema, intentando librarse del rubor que notaba que le teñía la piel.

—Kya, ¿por qué están tan mal las cosas aquí? ¿Dónde están vuestras provisiones... vuestros hogares?

Y él les habló del ataque que se había perpetrado contra la nación hacía poco más de una luna. Un ataque que había arrasado gran parte de las provisiones y los hogares del clan del norte. Los casacas azules los habían obligado a todos a ir a la reserva y ahora tenían que salir adelante con una gran escasez de refugios y muy pocas provisiones. La enfermedad asolaba el campamento y pensaban que muchos no sobrevivirían al invierno.

—Deja que os ayudemos, Kya. Podemos ayudaros a construir más refugios y a cazar un poco. Luego tú nos puedes ayudar a volver a casa.

—¿Terminado el viaje, pues?

—Sí —dijo Xena simplemente.

—Bien —les dijo él con una sonrisa de contento—. Ven. Habla a consejo. Ayudar gente y luego enviaros a casa.

Xena y Gabrielle intercambiaron miradas y un gesto de asentimiento minúsculo, casi imperceptible.

—Nos parece bien. Vamos.

El trío salió de la cabaña y Kya cogió un pequeño tambor colgado de la pared de fuera. Lo tocó sin parar y con precisión hasta que se congregó una multitud. Continuó hasta que llegó el consejo y se abrió paso a través de la gente hasta la cabaña de Kya. Luego, con muy pocas palabras, Xena y Gabrielle entraron de nuevo para la negociación.

La conversación se desarrolló en cheyén y Xena tradujo pacientemente para Gabrielle. Primero Kya explicó quiénes eran y lo que significaban para la tribu del lugar. Gabrielle se lo podría haber imaginado por las miradas que estaban recibiendo.

Luego siguió adelante para hablarles del ofrecimiento de Xena. Eso provocó fuertes protestas entre los ancianos hasta que un hombre más joven, un jefe guerrero, se levantó y pidió silencio con un gesto.

—Zee-nah luchó en Little Big Horn. Mató a Custer. Llevó a los bravos a la victoria contra los casacas azules. Es del clan. La seguiré.

Se hizo un silencio sepulcral tras su declaración. El jefe guerrero renunciaba a su mandato únicamente en tiempos de paz, cosa que no veían desde hacía tiempo. El hecho de que renunciara a su posición en favor de Xena decía muchísimo no sólo acerca de la capacidad de ésta, sino también de lo mucho que él personalmente confiaba en ella.

Y Xena demostró ser más que digna de su confianza. A las pocas semanas, los guerreros habían transformado sus armas de guerra en armas de salvación para su pueblo. Los tomahawks cortaban matorrales para ayudar a crear camas y las flechas se usaban para la caza que Xena era capaz de localizar incluso en pleno invierno. Luego les enseñó a encontrar peces en el fondo del lecho de un río.

Gabrielle ayudaba a las mujeres y los niños a recoger piedras y a hacer barro para construir un edificio permanente que pudiera alojar el exceso de personas. Era un trabajo duro y agotador, sobre todo en pleno invierno, pero cuando por fin consiguieron levantarlo tras dos semanas de esfuerzo, mereció la pena con creces. La actitud de la gente había cambiado durante ese tiempo, tanto hacia Xena y Gabrielle como hacia la vida en general. Volvían a tener esperanza. Y todos comprendían el motivo que había detrás de ese cambio.

El día antes de que Xena y Gabrielle se marcharan, para adentrarse en la privacidad de las llanuras y poner a prueba el ritual por su cuenta, Kya las llamó a su vivienda. Se le había quitado un peso de encima gracias a todo lo que habían hecho para cuidar de su pueblo. Pero la expresión que tenía era una mezcla de consternación y confusión.

Tenía en la mano el pergamino que le había dado Xena. Aunque recordaba el ritual que había realizado y que había traído a Xena hasta ellos, quería comprobar los detalles que recordaba para asegurarse de que les daba las instrucciones correctas. Ahora sobre todo, tras el poco tiempo que llevaban en esta reserva, entendía de verdad el deseo y la necesidad de regresar al hogar donde uno tenía sus raíces. Estaba maravillado por la paciencia de Xena. Pero el pergamino le resultaba... desconcertante.

—Hola, Kya.

El chamán apartó la vista del pergamino cuando las dos mujeres entraron por la puerta. Volvió a quedarse pasmado por lo perfectas que eran la una para la otra, y se preguntó si siempre había sido así. Pero también se preguntó por qué los ojos verdes de Gabrielle parecían mucho más viejos que los de Xena. Entonces tuvo un súbito arrebato de inspiración. Si él había traído a Xena, que no había envejecido ni un día en los cuarenta años que habían transcurrido desde que la conocía, de un pasado lejano, ¿era posible que Gabrielle hubiera vivido a lo largo de todo ese tiempo? No se esperaba conseguir una respuesta, pero sería un tema interesante sobre el que reflexionar hasta el día de su muerte.

Kya se dio cuenta de que llevaba en silencio demasiado tiempo y de que Xena lo miraba con esa ceja enarcada de siempre. Les hizo un gesto para que se sentaran.

—Perdona a un viejo, Zee-nah. Me pierdo en mis pensamientos con facilidad.

Xena sonrió con guasa.

—Kya, mi compañera es bardo. Estoy acostumbrada. —Y se movió para esquivar el manotazo que le dio de lleno en la tripa.

—Mucho ojo, Princesa Guerrera. Tengo tiempo de sobra para torturarte, ya lo sabes.

Los ojos azules chispearon con picardía.

—¿Lo prometes?

Los ojos verdes chispearon a su vez, olvidándose de su público durante un instante.

—Mm-mm —replicó Gabrielle—. Te lo garantizo.

La risa de Kya las devolvió al presente.

—Pareja vieja. Casadas mucho tiempo.

—¿Te parecemos casadas? —preguntó Gabrielle con una sonrisa.

—Sí —contestó Kya asintiendo con fuerza—. Como padres. —Luego se puso repentinamente serio—. Zee-nah, ¿dónde encontraste?

Xena frunció el ceño.

—En la cueva, Kya... igual que tú.

Él hizo un gesto negativo con la cabeza.

—No igual. Ritual diferente.

Xena se pasó una mano por el pelo.

—¿Qué? ¿Quieres decir que no podemos volver a casa... que he recogido todos esos tótems para nada?

—No, digo ritual diferente. Pero necesitas tótems.

Xena soltó un gran resoplido y Gabrielle se puso tranquila detrás de la guerrera y empezó a frotarle la espalda. Xena se relajó con el contacto, aunque nadie habría podido percibirlo salvo Gabrielle. La bardo sonrió a Kya.

—¿Puedes explicarnos qué hiciste tú y en qué se diferencia de lo que tenemos que hacer nosotras?

—Ésa es clave... esto para dos. Harán falta dos para hacer.

Xena asintió.

—Eso casi tiene sentido, aunque cómo podía saber nadie que íbamos a ser dos... —Miró a Gabrielle. Ésta se encogió de hombros.

—He aprendido a no cuestionar demasiado ciertas cosas, Xena. O no me gusta la respuesta o no la entiendo.

—Bien saben los dioses que eso lo comprendo —murmuró Xena—. Está bien, Kya... desembucha. —Cogió la mano de Gabrielle—. Nos esperan otros lugares.


Tardaron casi una semana en llegar al terreno sagrado que les había indicado Kya. Habían regresado al lugar donde él había realizado el ritual original que trajo a Xena al Nuevo Mundo, tan lejos de su propio tiempo. Xena tenía ahora serias y molestas dudas sobre todo el asunto, pero pensaba que le debía a Gabrielle intentarlo al menos.

—¿Xena?

—¿Mmm?

—¿Estás segura de esto? Quiero decir... me da la sensación de que tienes algo de... duda... o lo que sea. No quiero que hagas esto sólo por mí. A mí me parece bien quedarnos aquí y seguir adelante con nuestra vida juntas a partir de este punto.

Xena cogió a Gabrielle entre sus brazos y la estrechó con todas sus fuerzas. Luego le dio un beso en la cabeza y notó que Gabrielle hacía lo mismo en su pecho cubierto de tela.

—Vida mía, permite que te sea totalmente sincera... incluso con dudas, haría esto por ti, porque estoy convencida de que serías más feliz si pudiéramos recorrer todo ese tiempo juntas. Pero para ser totalmente egoísta... yo lo deseo. Quiero estar ahí cuando vuelvas a establecer la Nación Amazona o a conocer a Gengis Kan o a escribir la Obra Escocesa. Me he perdido tantas cosas esta vez que si tengo la oportunidad de cambiarlo... aunque dude del éxito... lo voy a intentar. Porque lo deseo. Quiero que vivamos ese tiempo juntas.

Gabrielle no dijo una palabra. No le hacía falta. Simplemente alzó los ojos llenos de lágrimas y abrazó a Xena con todas sus fuerzas. Xena se echó hacia atrás al cabo de unos minutos y secó la lágrima solitaria que caía despacio por el rostro de Gabrielle.

—No te lo digo lo suficiente, bardo mía. —E hizo sonreír a Gabrielle con ese término cariñoso—. Pero te amo. Sigues dando sentido y alegría a mi vida, y tanto si esto funciona como si no, voy a esforzarme más por demostrártelo. Te lo mereces... nos lo merecemos las dos.

—¿Ha llegado el momento de que el bien supremo seamos nosotras, tal vez?

—Tal vez, sí... creo que sí.

Las dos mujeres se separaron y se pusieron a recoger leña y excrementos necesarios para la hoguera y los colocaron en el centro del círculo de piedras que ya estaba preparado. Gabrielle dispuso el combustible y lo prendió, mientras Xena quitaba las alforjas del lomo de Trébol. Lo cepilló cuidadosamente una vez más y luego le quitó los pocos arreos que todavía llevaba.

—Vete, chico —dijo, dándole una palmada suave en la grupa—. Has sido un buen amigo, pero ahora te tengo que dejar libre. Búscate una yegua bonita para hacer unos potrillos preciosos, ¿de acuerdo? —Le agarró la cabeza entre las manos y le dio un beso en el hocico—. Gracias, Trébol —susurró.

El mustang agitó la cabeza y la empujó en el pecho. Luego se levantó sobre las patas traseras y se alejó, pero sólo lo suficiente para estar fuera del círculo de luz que creaba la hoguera.

El zorro y la pantera se adelantaron y se colocaron como centinelas a cada lado del fuego y no hubo forma de convencerlos para que se marcharan. Xena y Gabrielle tuvieron que trasladarlos físicamente, cogiéndolos en brazos y depositándolos fuera del círculo de luz para que esperaran junto a Trébol. Los guías espirituales volvieron a seguir a la guerrera y la bardo al círculo sagrado y se situaron de nuevo a ambos lados del fuego.

—¿Tú crees que saben algo que nosotras no sabemos? —preguntó Gabrielle.

Xena se encogió de hombros.

—Tal vez. Pero no creo que pase nada si se quedan aquí.

Gabrielle asintió, mostrándose de acuerdo.

Xena miró a su alrededor cuando un hormigueo conocido le recorrió la espalda, pero no vio nada fuera de lo normal. Encogiéndose de hombros, volvió a concentrarse en la tarea que tenía entre manos.

Colocaron los seis tótems a distancias iguales alrededor del círculo. Xena había explicado los viajes que había hecho para conseguir cada uno de ellos y Gabrielle se había quedado asombrada por las conexiones que había con ella misma y con aquellos a quienes consideraban sus amigos. Se preguntó distraída cómo se uniría todo ello, y luego volvió a centrarse en Xena.

Sin decir palabra, las dos mujeres se desnudaron y entraron en el agua, tal y como había hecho Kya más de cuarenta años antes. La temperatura gélida las obligó a lavarse mucho más deprisa que él y se alegraron de salir de la humedad helada y secarse con la gruesa manta que habían dejado a un lado con ese solo propósito.

Se metieron en el círculo lo más cerca del fuego que les fue posible, agradecidas por la notoria falta de viento que había dentro del círculo. Xena cogió los dos recipientes de pintura que habían hecho —una verde, la otra azul— y se puso a pintar símbolos indistintos sobre el cuerpo de Gabrielle al tiempo que entonaba un cántico grave desde las profundidades de la garganta. Luego se pintó estrías azules y verdes en su propia cara antes de pasarle la pintura a Gabrielle.

La bardo cogió la pintura y le devolvió el favor, entonando las palabras que le había enseñado Xena mientras decoraba el cuerpo de la guerrera con símbolos que, más que comprender, sentía. Por fin, se pintó estrías en sus propias mejillas y dejó los recipientes fuera del círculo. Entonces Xena y Gabrielle iniciaron una danza rítmica que era a la vez asexual y sumamente erótica, sin dejar de cantar las palabras que les había dado el rollo de pergamino.

El ritmo de la danza fue en aumento, así como el cántico y Xena levantó el chakram del lugar que ocupaba en el círculo. Al igual que los demás tótems, había empezado a brillar con una energía sobrenatural y notaba cómo el calor de su poder corría a través de ella cuando lo alzó por encima de su cabeza.

Más allá del círculo, el viento soplaba ferozmente, y Trébol había huido en busca de refugio contra el rugido de los truenos y los destellos de los rayos que eran cada vez más evidentes en cantidades alarmantes.

A lo lejos, un jinete solitario vio la conmoción que parecía iluminar el horizonte y corrió hacia allí. Tal vez aquí por fin se encontraba el rastro que había estado buscando.

Continuaron bailando, cada vez más cerca la una de la otra sin tocarse. Los tótems emitían destellos de luz y energía y cuando el sol empezó a bajar por el horizonte, Xena se cortó la palma de la mano izquierda y la llevó a los labios de Gabrielle.

Gabrielle sintió que se le alargaban los colmillos y que sus ojos pasaban del verde al rojo. Sacó la lengua y la pasó por encima del corte, lamiéndose los labios y recreándose en el sabor de la esencia vital de Xena. Un gruñido grave retumbó en el pecho de Xena por el erotismo puro de ese acto y esperó con impaciencia a que la bardo le devolviera el favor, al tiempo que se le alargaban los colmillos anticipándose al hecho.

Por fin, tras lo que a la guerrera le pareció una eternidad, Gabrielle cogió el chakram y se cortó la palma izquierda, tras lo cual le ofreció la mano ensangrentada a Xena. Ésta la aceptó a toda prisa, recreándose en el dulce sabor de la sangre de Gabrielle y sonriendo al oír el gemido que notó que se le escapaba a la bardo del pecho.

No eran conscientes de la tormenta que se estaba formando fuera de su círculo y juntaron las manos izquierdas, dejando que la sangre corriera y se mezclara. Con la mano derecha sostenían por cada lado el chakram, que ahora brillaba de una forma continua y cegadora. Los cinco tótems restantes siguieron emitiendo destellos hasta que su energía saltó y corrió hacia el chakram.

El chakram brilló aún más y emitió una luz que las rodeó, atrayendo hacia ellas la energía de la tormenta en ciernes.

Ares se detuvo rápidamente a poca distancia de la luz, percibiendo el final de su viaje... una fuerza y una presencia que había sentido sólo en ocasiones a lo largo de dos mil años. Intentaba conciliar lo que su mente sabía con lo que veían sus ojos. Pero no había forma de negar que el tatuaje que tenía la mujer más baja en la espalda pertenecía a Gabrielle. Éstas no eran descendientes ni reencarnaciones. Eran las auténticas... y si estaban aquí...

¿Inmortales? —susurró—. ¿Pero cómo?

Xena acercó la boca al cuello de Gabrielle y Gabrielle acercó la suya al de Xena. Cuando los colmillos se hincaron en la carne, los rayos convergieron sobre ellas. Y el mundo quedó cegado durante largos instantes.


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ÉXITO      FRACASO


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
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