Capítulo XXXIX


Sólo cuando Trébol dejó de caminar, Xena abrió los ojos y descubrió que casi había oscurecido. La pérdida de sangre unida al calor del día, el paso rítmico de Trébol y el esfuerzo de la batalla habían sumido a Xena en un estado disociativo. De común acuerdo tácito, los tres animales mantuvieron un paso lento y continuo y el felino buscó un lugar donde montar una guarida.

Por suerte, el terreno en el que se encontraban ahora tenía colinas y montañas, en algunas de las cuales había cuevas. Se dirigieron a ellas.

Cuando se detuvieron, Xena miró confusa a su alrededor, con la mente demasiado embarullada para comprender dónde estaban... o por qué.

—¿Qué pasa, chico? —dijo casi sin vocalizar—. ¿Te has perdido?

Observó la zona, intentando concentrarse en lo que estaba pasando. Ahora que se había quedado sin adrenalina, tenía dificultades para pensar con coherencia.

Se bajó resbalando del lomo de Trébol y se le doblaron las rodillas cuando sus pies tocaron el suelo. Un dolor agudo le atravesó el pecho y se lo tocó con la mano, que apartó cubierta de sangre. Se le vencieron las piernas y se sentó de golpe en la dura tierra.

El zorro le olisqueó la mano y se la limpió a lametones. Xena se dio cuenta de que necesitaba sangre para sustituir la que había perdido y para acelerar su recuperación. El problema era su capacidad para cazar. No sabía si podría permanecer consciente el tiempo suficiente para encontrar lo que necesitaba.

—Tengo que hacerlo... tengo que llegar... a... Gabrielle.

Quiso levantarse y en cambio cayó inconsciente al suelo.


Hércules ayudó a vendar a los heridos y se encargó de que todo el mundo se pusiera en marcha para alejarse de los soldados de la Unión antes de dirigirse al puesto avanzado más cercano. Era un pueblecito a pocos días de camino de donde se encontraba y tenía que cumplir una promesa.

Se despidió de Toro Sentado y Caballo Loco y se dirigió hacia el este, con la esperanza de llegar rápidamente a su destino.

Los caprichos del clima hicieron que llegara unos días más tarde de lo que esperaba, y por un momento se planteó dejar la tarea sin hacer. A fin de cuentas, dada el ansia de Xena por llegar hasta Gabrielle, era muy posible que hubiera forzado a su caballo hasta el límite, lo cual la llevaría a Texas en muy pocos días. Por otro lado, le había dicho a Gabrielle que le haría saber si había encontrado a Xena en cuanto le fuera posible, para que pudiera hacer preparativos.

Entró en la oficina de telégrafos, se sacó una de las plumas estilográficas de Gabrielle del bolsillo de la camisa y se puso a escribir.

GABRIELLE *STOP* X VA HACIA TI *STOP* VERANO EN BANFF *STOP* BUENOS DESEOS *STOP* H

Lo releyó dos veces y asintió con aprobación. Entonces llevó su mensaje al encargado y le dio unos centavos. Observó satisfecho mientras el mensaje era enviado por el cable y luego salió de nuevo a la calle, dispuesto a encontrar un baño caliente y una cama blanda.


El mes de julio en Nocona Corners hacía que Gabrielle echara de menos los bosques y árboles de casa. También le hacía añorar los atuendos de tela y cuero que conocía por las amazonas. Aunque, se confesó a sí misma con una sonrisa burlona, Xena tenía mucho que ver con la creciente falta de tela de mi ropa. Su ego se pavoneaba cada vez que captaba esa expresión en los ojos de Xena y un nuevo atuendo con menos tela era garantía segura para provocar esa expresión. No lo había hecho a menudo, pero las dos disfrutaban de los resultados.

—¡Señorita Gabrielle! ¡Señorita Gabrielle!

Gabrielle salió de su ensueño y se volvió para ver a Dominic que bajaba corriendo por la calle agitando un papel. Se detuvo derrapando delante de ella, que esperó pacientemente a que recuperara el aliento. Por fin le entregó el papel.

—Aquí... tiene, señorita... Gabrielle.

—Gracias, Dominic —dijo ella, cogiendo el papel y echándole un vistazo antes de volver a mirar al chico—. Venga. Vamos a ver si Mamá tiene limonada.

Dominic sonrió e hizo todo lo posible por refrenar el paso. Gabrielle se echó a reír y le revolvió el pelo.

—Adelante. Dile a Mamá que yo te he dado permiso.

Dominic sonrió de oreja a oreja.

—Gracias, señorita Gabrielle. Es usted estupenda.

Gabrielle se rió por lo bajo y dejó que echara a correr entusiasmado mientras ella caminaba despacio hacia la pensión. Miró a su alrededor, fijándose con nuevos ojos en el pueblo que consideraba su hogar desde que Hércules la trajo a él. Había crecido un poco desde que llegaron, pero seguía siendo un pueblo ganadero y en muchos sentidos le recordaba al que había abandonado tantas vidas atrás.

Mamá la había acogido de inmediato, tratándola como a una más de la familia y asegurándose de que estaba bien cuidada. Eso hería un poco la sensibilidad de Gabrielle: a fin de cuentas, llevaba mucho tiempo sola cuidando de sí misma. Pero Mamá consideraba que no era adecuado que Gabrielle no tuviera familia, de modo que había convertido a Gabrielle en parte de la suya. Y Gabrielle había descubierto que era mucho más fácil seguirle la corriente a Mamá con la mayoría de las cosas que discutir con ella.

Por una parte, Gabrielle apreciaba el interés de Mamá porque era algo que no tenía desde hacía más años de los que quería recordar. Era agradable saber que la gente la apreciaba a una por una misma y Gabrielle tenía un pueblo lleno de gente que sentía eso por ella. Gracias a la aceptación de Mamá, se había hecho su propio huequecito aquí y era un miembro respetado de la comunidad.

Pero por otra parte, lo único que quería era que Xena la encontrara para irse a casa. Hércules y ella habían buscado juntos durante un tiempo, pero sin conseguir nada. Se había implicado en la escuela y el pueblo, y cuando él le pidió que se quedara esta vez, Mamá lo respaldó y ella aceptó.

Ahora tenía en sus manos la prueba de que su búsqueda casi había terminado y que su paciencia se iba a ver por fin recompensada. Aunque estaba un poco rabiosa por dentro, al pensar que la reunión ya habría tenido lugar si hubiera estado con Hércules. Así y todo, no pudo disimular del todo la amplia sonrisa que le iluminó la cara ante la perspectiva de volver a estar en brazos de Xena.

—Menuda noticia tiene que ser —comentó Mamá al tiempo que le pasaba a Gabrielle un vaso de limonada. Mamá había cuidado con esmero los dos limoneros que le había conseguido Hércules durante sus viajes y sacaba buen provecho de sus frutos—. Creo que nunca la he visto tan contenta.

Gabrielle aceptó el vaso con manos temblorosas y Mamá le hizo un gesto a Dominic para que saliera de la cocina. Entonces cogió la mano fría de Gabrielle y la llevó a la mesa. Observó su rostro acalorado y le dio una palmadita en la mano.

—Ahora mismo vuelvo.

Mamá salió de la cocina y fue al comedor, donde había un pequeño bar pegado a una pared. La pensión de Mamá no era muy convencional. Su comedor era un restaurante abierto al público para la comida y la cena, y el bar era un bar de verdad donde se servía alcohol... hasta cierto punto. Si Mamá o Sal decidían que uno ya había bebido suficiente, se acabó. Y jamás dejaban que nadie bebiera hasta el punto de emborracharse. Mamá había aprendido bien pronto esa dura lección.

Curiosamente, eso no afectaba negativamente al negocio, aunque a ello contribuía mucho la estupenda comida que servía Mamá. Tampoco venía mal que Gabrielle contara historias durante una hora más o menos tres noches por semana.

Ahora, sin embargo, el comedor estaba cerrado, y Mamá fue detrás del bar y cogió una botella de aguardiente claro. Sal la miró enarcando una ceja interrogante, pero Mamá le hizo un gesto para que lo olvidara y él siguió limpiando los vasos.

Mamá volvió a entrar en la cocina y se fijó en la expresión distante de Gabrielle. Cogió su vaso de limonada, todavía casi lleno, y le echó una generosa dosis de alcohol. Ésta era una vieja receta de familia que se había traído de Carolina del Norte, y aunque las diferencias en el clima cambiaban un poco el sabor, el aguardiente de Mamá seguía siendo potente.

—Beba —ordenó suavemente, poniéndole a Gabrielle el vaso en la mano. Gabrielle obedeció y bebió unos buenos tragos que le hincharon la lengua en cuanto su cuerpo se dio cuenta de lo que estaba ingiriendo con tanto afán. Se le llenaron los ojos de lágrimas mientras tosía y boqueaba tratando de respirar. Mamá le frotó la espalda y esperó a que se calmara.

—¿Por qué ha hecho eso? —le preguntó a Mamá con un susurro ronco, mirando el agua que le había puesto delante con evidente desconfianza.

—Porque me ha parecido mejor pasarme de precavida. No quería que le diera un patatús, y tenía todos los síntomas. Bueno —dijo sin pararse a respirar—. Cuénteme la noticia.

En lugar de contestar, Gabrielle le pasó el telegrama a Mamá y cogió el vaso para beber. Nunca había dado muchas explicaciones sobre su historia, sólo que estaba buscando a alguien que había desaparecido de su vida hacía mucho tiempo. Mamá tenía sus propias sospechas, pero pensaba que Gabrielle se lo contaría cuando le viniera bien.

Mamá sonrió al leer las palabras impresas en el papel y luego se lo devolvió a Gabrielle.

—Buenas noticias, entonces —sonrió—. Cuánto me alegro por usted, Gabrielle. Sé que es algo que llevaba mucho tiempo esperando.

Gabrielle asintió, pero no dijo nada. Las ganas de contárselo todo a esta mujer eran abrumadoras, por lo que mantuvo la boca cerrada y asintió. No tenía la menor intención de desembuchar cuando estaba tan cerca de recuperarlo todo.

—Pero voy a echar de menos a Harrison —continuó Mamá, sin darse cuenta de que Gabrielle estaba distraída—. Ha sido un buen amigo para Isaac y para mí desde que nos conocimos.

—¿Quién, mamá? —preguntó Isaac cuando entró por la puerta de detrás. Se agachó y le dio un beso en la mejilla, tras lo cual se trasladó al mostrador para servirse un vaso de limonada—. ¡Hola, Gabrielle!

—Hola, Isaac —replicó ella, maravillada de nuevo por su parecido con Iolaus. A veces resultaba sobrenatural, y tenía que contenerse para no llamarlo por ese nombre. Pero había llegado a ser un buen amigo, cuando consiguió superar el encandilamiento.

—Harrison —dijo Mamá, contestando a su pregunta—. Se ha ido una temporada a Banff. Le estaba comentando a Gabrielle cuánto lo voy a echar de menos.

—Sí —replicó Isaac—. Siempre acaba metido en alguna aventura.

—Mmff —contestó Mamá con elocuencia—. Siempre acaba encontrando algún lío en el que meteros a los dos, querrás decir.

Gabrielle disimuló una risita tapándose la boca con la mano. Lo cierto era que Isaac se parecía mucho a su antecesor Iolaus, y Hércules y él todavía se las arreglaban para meterse en toda clase de embrollos.

—Mamá —lloriqueó Isaac, ruborizándose penosamente.

—Ni lo intentes —dijo Mamá, interrumpiéndolo con un gesto de la mano—. Todavía no puedo ver miel sin echarme a reír.

Isaac se sonrojó aún más y Gabrielle dejó escapar por fin la risa que se moría por liberarse.

—Ya tendría que ir aprendiendo —murmuró él, al tiempo que se llevaba el vaso a los labios y bebía.

Entonces Mamá se echó a reír.

—Sí, pero entonces, ¿de dónde sacaría Gabrielle material para sus historias?

Isaac levantó la vista con cara de horror.

—Usted no...

Gabrielle dejó de reírse, aunque no logró borrarse la sonrisa de los labios.

—No, no lo haría... pero sería bien fácil. —Se encogió de hombros—. Los dos me lo ponen taaan sencillo.

Por fin, Isaac se echó a reír de mala gana.

—Supongo que sí. Pero es muy divertido... en su mayor parte. —Miró a las dos mujeres—. ¿Alguna idea de cuándo va a volver?

Gabrielle hizo un gesto negativo con la cabeza.

—Ha dicho que será todo el verano, pero no sé qué hará cuando llegue allí. Ha sido nuestro hogar durante mucho tiempo. Puede que se quede allí hasta la próxima primavera.

—¿Y usted, Gabrielle? —preguntó Mamá cuando Isaac fue a coger la jarra de limonada—. ¿Se quedará aquí cuando llegue su amor? —Sonrió ligeramente al ver el sobresalto de Gabrielle—. Vamos, Gabrielle. No soy tan vieja como para haber olvidado el brillo y el calor que produce el amor.

Gabrielle posó los ojos en la mesa.

—No lo sé —dijo con franqueza—. Tenemos muchas cosas de que hablar. Seguro que ésa será una de ellas.

Mamá le dio unas palmaditas en las manos.

—Pues espero que decida quedarse, pero decida lo que decida, quiero que sepa que me alegro por usted.

—Gracias, Mamá. Eso es muy importante para mí.

—¿El qué? —preguntó Isaac al sentarse de nuevo, dejando la jarra y una fuente con galletas en la mesa.

—Tenerlos a todos ustedes como familia, Isaac. Ahora, si me disculpan —añadió al tiempo que se levantaba—, tengo que ocuparme de un par de cosas en casa. —Le dio una palmadita a Mamá en el brazo—. Gracias por la limonada.

Luego salió por la puerta de detrás y bajó por el sendero que llevaba hasta su casita.


Su casa era pequeña y recordaba mucho a la casa de Banff, aunque en ésta tenía los pocos recuerdos que había acumulado. Pero Hércules se había empeñado en que tuviera su propio espacio privado, y junto con Isaac y algunos hombres del pueblo, había construido una casa de adobe parecida a la cabaña de madera en cuanto la convenció para que se instalara en Nocona Corners durante un tiempo. El mobiliario era escaso, pero estaba cómoda con lo que tenía.

De modo que ahora entró en un lugar que para ella era más un hogar que cualquier otro sitio donde hubiera estado y se puso a preparar las cosas para la inminente llegada de Xena. No tenía un motivo lógico para hacerlo: estaba bastante segura de que Xena no se iba a fijar en prácticamente nada cuando llegara al pueblo. Al menos, eso esperaba... y sintió un levísimo amago de duda. Después de tanto tiempo, Xena todavía sentía lo mismo por ella, ¿no?

Gabrielle se obligó a dejar a un lado las dudas y se puso a arreglar la casa para convertirla en un hogar que compartir con Xena, al menos durante un tiempo. Quería pasar tiempo a solas con su alma gemela para volver a conectar a todos los niveles, antes de tomar decisiones sobre el futuro... o el pasado.

De modo que se dedicó a sus tareas y limpió y sacó brillo hasta que todo quedó como debía quedar. Luego se dispuso a esperar, con la esperanza de que los próximos días transcurrieran deprisa.

Los días se transformaron en semanas y las semanas en meses y todavía no había señales de Xena. Gabrielle pasó del colmo de la alegría y la esperanza al abismo de la depresión y la desesperación, hasta que todo el mundo en el pueblo se dio cuenta de que había perdido la chispa y la alegría de vivir.

Pero ella apretaba los dientes e intentaba olvidarse de su absoluta decepción durante el día, esforzándose por seguir enseñando a los niños una vez empezado el año escolar. Sin embargo, dejó de contar historias, y muchas noches paseaba sola por el campo, buscando una razón para quedarse.

Por fin, una semana antes de Samhain, Mamá fue a su casa, dispuesta a hacer todo lo posible por arreglar las cosas.


Xena se despertó de un largo sueño. Estaba dentro de una pequeña cueva, pero no sabía cómo había llegado allí. Lo último que recordaba con claridad...

—¿Gabrielle? —llamó, sentándose de golpe, cosa de la que se arrepintió cuando se le puso todo negro de nuevo durante largos instantes. Se quedó tumbada, simplemente respirando, y dejó vagar la mente mientras intentaba volver a juntar todas las piezas.

Se acordó de su lucha con Custer, Alti, le indicó su mente con regocijo. El disparo... Xena se puso la mano en el pecho. Su camisa de ante tenía un agujero y estaba endurecida por la sangre que la había empapado y luego se había secado.

Bueno, debo de llevar aquí por lo menos un día o dos. Vamos a levantarnos para ver dónde estamos y conseguir algo de alimento, Xena.

Xena se puso de rodillas despacio y se detuvo, esperando a que su sentido del equilibrio alcanzara a su cuerpo. Se preguntó distraída cuánta sangre había perdido para que la hubiera afectado de una manera tan drástica. Se levantó con las piernas temblorosas y se cayó contra la pared, estuvo a punto de desmayarse de nuevo y se deslizó otra vez hasta el suelo, apoyándose en la pared hasta acabar sentada.

Se quedó ahí sentada un rato largo hasta que se fijó en el zorro y la pantera, que estaban en la entrada. El felino sujetaba con cuidado un gran conejo en la boca y cruzó la caverna para depositar el animal, aún caliente, en el regazo de Xena.

Notó que se alargaban los colmillos y sin más ceremonia, Xena los hundió en el conejo, al que dejó seco en cuestión de segundos. Luego apoyó la cabeza de nuevo en la pared y dejó que esa pequeña cantidad de sangre penetrara en su organismo. No era en absoluto suficiente para sustituir lo que había perdido, pero podría bastar para mantenerla en pie. Miró a sus dos guías espirituales.

—Gracias, chicos —dijo con voz ronca. Dejó el cadáver a un lado y se levantó despacio apoyándose en la pared—. Vamos a ver si encontramos un poco más de caza, algo de agua y algo que quemar. Tengo que recuperar las fuerzas y llegar hasta Gabrielle.

Cuando salió de la cueva, advirtió varias cosas inmediatamente que le causaron una gran pesadumbre. Hacía mucho más frío de lo que recordaba y la hierba de alrededor estaba marrón. Trébol se la había comido en todas direcciones hasta donde le alcanzaba la vista y se las había arreglado para quitarse la silla, aunque a juzgar por el estado de la cincha, había tardado bastante y no había sido una experiencia muy agradable.

Xena se apoyó en la boca de la cueva al sentir otro ataque de vértigo.

—¿Cuánto tiempo he estado desmayada? —se preguntó en voz baja. Por fin se irguió y se dirigió a las alforjas que estaban tiradas con la maltratada silla cerca de la entrada de la cueva.

Estaban más gastadas de lo que recordaba, pero seguían intactas, y se las acercó tirando y las abrió con cautela. No quería sorpresas desagradables. Lo que descubrió fue ropa que olía a moho y viejas raciones de viaje. La pasta de carne, grasa y frutos secos que se había traído estaba blanda y sabía mal, pero la carne ahumada todavía sabía a carne ahumada y la masticó despacio. El odre de agua estaba seco y su arco estaba roto, por lo que esperaba tener reflejos suficientes para cazar. Con algo más de prisa, abrió la segunda alforja y se alegró de ver que el cuidado con que había envuelto los tótems había dado resultado. No había nada roto, aunque la vara estaba bastante rozada.

Xena se dejó inundar por una oleada de alivio. Se dirigió poco a poco hacia el punto donde se había situado Trébol cerca de la entrada de la cueva al verla salir.

—Vamos, chicos —dijo por fin—. Vamos a cazar algo.

Trébol se arrodilló obedeciendo su orden y Xena se montó en su lomo, recogió el odre y el cuchillo y le indicó al mustang que se levantara. Entonces emprendieron la marcha a paso lento en la dirección que indicaba el felino.

Etor los llevó hasta una pequeña manada de ciervos y, con ayuda de Trébol, lograron separar a dos ciervos de buen tamaño del resto. Xena cayó sobre ellos como una persona hambrienta, con los colmillos totalmente extendidos, y al poco ambos animales estaban desangrados. Ahora, sintiéndose agotada, pero sin la debilidad de antes, Xena puso los restos sobre el lomo de Trébol y dirigió al mustang de vuelta a la cueva.

Etor los llevó junto a un riachuelo cantarín y Xena desmontó lo más deprisa que le permitió su cansado cuerpo. Llenó el odre vacío, luego se quitó la ropa y se sumergió en el agua fría con una sensación de inequívoco alivio. Bebió hasta saciar la sed y luego se quitó la sangre seca del cuerpo, feliz de poder acabar con los picores que tenía en la piel.

Cuando salió del agua, se dio cuenta de que su ropa limpia seguía en la cueva y la verdad era que no le apetecía nada ponerse la que se acababa de quitar. Xena miró a su alrededor, fijándose en el paisaje desierto, y se encogió de hombros. No era un camino muy largo y la desnudez nunca había sido un problema para ella.

Llegaron a la cueva sin incidentes y Xena descargó los ciervos del lomo de Trébol, dio unas palmaditas al caballo y le prometió un buen cepillado más tarde. Luego sacó su ropa más limpia de las alforjas y sonrió un poco al subirse los pantalones de dril por las largas piernas. Se habían hecho aún más cómodos por el desgaste a lo largo de los años y, según las últimas noticias que tenía, Levi estaba haciendo un buen negocio con ellos. Se deslizó la camisa por los hombros, se la abotonó con manos temblorosas y luego se volvió para ver qué clase de combustible lograba encontrar para hacer fuego.

Tardó un poco, pero por fin se quedó satisfecha con los excrementos secos y la madera que encontró. Cortó y limpió los tres cadáveres y los preparó para ahumarlos, dejando las pieles a un lado para curtirlas. Comenzó el proceso del ahumado y reservó un gran trozo de carne cruda para que el zorro y la pantera lo compartieran, cosa que hicieron con placer. Xena se preguntó de nuevo cuánto tiempo había estado sin sentido. Luego llevó las pieles al río, las lavó bien y las estiró cuando regresó a la cueva.

Entonces se sentó a esperar a que la carne se ahumara y las pieles se curtieran. Ni se dio cuenta cuando volvió a quedarse dormida. Sólo supo, cuando se despertó, que habían pasado varios días porque el fuego estaba apagado y las pieles estaban secas. Pero hacía mucho tiempo que no se sentía tan bien y se estiró antes de salir de debajo de la piel de búfalo blanco que todavía conservaba.

Con mucha más energía y entusiasmo, volvió a encender las hogueras y luego se puso a trabajar las pieles. Pasaron unos días, pero por fin el pequeño grupo estuvo preparado para emprender viaje de nuevo. Trébol relucía por los cuidados recibidos, aunque la silla ya no servía de nada. Xena colocó las alforjas sobre sus cuartos traseros y luego montó de un salto.

—¿Venís? —les preguntó a la pantera y el zorro. Se había fijado en que se mantenían muy cerca de ella, y tenía la esperanza de que decidieran viajar con ella hasta Nocona Corners. Quería que Gabrielle los conociera y viceversa.

Xena se echó a reír cuando el zorro intentó trepar por el flanco de Trébol, lo cual hizo relinchar al mustang, que se apartó. Sólo el gruñido sordo de la pantera evitó que el caballo huyera despavorido, pues percibió que el felino no tendría el menor problema en hacerle pagar la huida de una forma muy dolorosa. Xena se agachó, alargando la mano hasta que Melo se la agarró, y luego lo levantó y se lo puso delante.

—Pórtate bien, Etor —gruñó Xena con tono grave, agarrando las riendas y controlando de nuevo a Trébol—. Todavía nos queda mucho camino por delante y poco tiempo para llegar. Espero que no sea ya demasiado tarde. —Azuzó a Trébol con las rodillas—. Vamos, chico... ¡jiah!

Y se alejaron a la carrera de su pasado para adentrarse en su futuro.


Gabrielle se había aficionado a vestirse otra vez con pantalones, salvo cuando daba clase. Nadie la veía con ellos: pasaba la mayor parte del tiempo encerrada en casa o lejos del pueblo, donde nadie se aventuraba en las horas de mayor oscuridad. Además, pensaba que no se iba a quedar una vez terminado el curso actual, por lo que le daba igual lo que la gente viera o pensara.

Lo único que lamentaba era que sólo fuera octubre, porque estaba obligada a quedarse en Nocona Corners durante siete meses más. Sin embargo, en cuanto terminaran las clases, había decidido regresar a Grecia. Xena había dejado claro que ya no tenía interés en formar parte de la vida de Gabrielle, de modo que iba a volver a casa y a preguntarle a Afrodita si podía quedarse en el Olimpo. Estaba cansada hasta lo más profundo de su alma y ya no quedaba nada que pudiera remediarlo.

Cuando alguien llamó a su puerta al anochecer, se sorprendió. Casi toda la gente del pueblo estaba o en el restaurante de Mamá o en sus propias casas. De modo que abrió la puerta con cierta incertidumbre y se encontró a Mamá plantada en su porche delantero.

—¿Puedo pasar? —preguntó Mamá, con su ligero acento irlandés. No mostró la menor sorpresa al ver el atuendo de Gabrielle. Se limitó a esperar con ojos comprensivos.

Gabrielle asintió y abrió más la puerta, haciéndole un gesto a la mujer de más edad para que pasara y se sentara en el pequeño sofá. La casa de Gabrielle era una mezcla ecléctica de cosas, pensó Mamá, y reflejaba la personalidad de la joven de una forma curiosa. En una mesa cercana había un viejo libro encuadernado en cuero y Mamá se preguntó qué secretos albergaría. Se sentó y esperó a que Gabrielle hiciera lo mismo.

La bardo no se sentó, sino que fue a la chimenea y atizó el fuego, hurgando en la madera hasta que las llamas empezaron a subir literalmente por el tiro. Entonces se levantó, con los ojos clavados en las llamas.

—¿Quería algo, Mamá? ¿Puedo hacer algo por usted?

—No, querida. Esperaba ser yo la que pudiera hacer algo por usted.

—No —dijo Gabrielle sin apartarse del fuego—. Estoy bien.

—Miente —contestó Mamá.

—Ya da igual, Mamá, y usted no puede hacer nada.

—¿Su amor ha llegado, entonces?

Gabrielle no contestó, pero no hacía falta. Mamá lo sabía: conocía, mejor que la mayoría, la desesperación fruto del abandono de la persona a quien una había entregado el corazón. No era algo que fuera contando, pero le hacía comprender a Gabrielle mejor que la mayoría de la gente. La diferencia para ella había sido Isaac: él le había dado una razón para continuar. Y que ella supiera, Gabrielle no tenía a nadie... salvo a su hermano Harrison.

Gabrielle respiró hondo.

—Usted ha sido una amiga muy buena y querida para mí, Mamá. Me parece de justicia decirle que me marcharé en primavera.

—Pero...

Gabrielle alzó una mano.

—Cuando acabe el curso, me vuelvo a casa. Aquí ya no tengo nada.

—Eso no puede saberlo. El tiempo cura...

Gabrielle se echó a reír con tristeza.

—¡El tiempo no cura nada! El dolor siempre está ahí, aunque sólo sea una molestia sorda y continua. —Miró a Mamá de frente al decir esto y por primera vez le permitió ver la vejez de sus ojos. Unos ojos que habían visto y hecho más y habían vivido solos más tiempo del que se debería permitir a un ser humano.

—Lo siento, Gabrielle —dijo Mamá, levantándose del sofá. Posó una mano en la mejilla de Gabrielle, contenta de que la joven no se apartara, aunque tampoco se acercó más—. Me gustaría pedirle un favor, si me lo permite.

La petición le resultó tan pasmosa que Gabrielle asintió.

—Si puedo —replicó.

—Es doble. —Esperó a que Gabrielle asintiera de nuevo—. En primer lugar, me gustaría que me ayudara con la fiesta de Samhain. Se acerca el carnaval de otoño para los niños...

—La ayudaré con los preparativos, Mamá.

Mamá meneó la cabeza y cogió a Gabrielle de las manos, tirando de ella para sentarla en el sofá.

—Gabrielle, quiero que haga algo más que ayudarnos a preparar las cosas. Si sólo va a estar con nosotros unos pocos meses más, deje que le demos unos buenos recuerdos para que se los lleve consigo. No nos evite.

Gabrielle apartó las manos con toda la delicadeza que pudo y regresó a la chimenea.

—No prometo nada, Mamá. No puedo.

Mamá asintió, comprendiendo más de lo que Gabrielle se imaginaba.

—¿Lo intentará?

Gabrielle se mordió el labio y cerró los ojos. Estaba realmente muy cansada, pero ¿qué mal había en hacer un pequeño esfuerzo por esta gente que tan amable había sido con ella? Cuando abrió los ojos, había en ellos una aceptación resignada y asintió mirando a Mamá.

—Lo intentaré —dijo simplemente.

—Bien —contestó Mamá con aprobación—. Y ahora, ¿me dice dónde puedo conseguir un par de pantalones así? Tienen una pinta tan cómoda que seguro que son pecado.


Llegó la Víspera de Todos los Santos y con ella llegó una desconocida al pueblecito de Nocona Corners. Las clases iban a durar hasta mediodía para permitir que los niños se prepararan para la fiesta de Halloween de esa noche. Gabrielle cruzó la calle desde la pensión de Mamá y entró en la tienda en el momento en que un mustang de color crema entraba en las cuadras del otro lado del pueblo.

Xena se bajó del caballo. Tanto el animal como la que lo montaba estaban un poco cansados por el ritmo que se habían impuesto. Fue a ver al herrero para acordar un precio. Cuando terminaron, desvió la conversación a temas más personales. El calor que sentía en el vientre le decía que ya casi estaba en casa, y esperaba que este hombre pudiera indicarle la dirección correcta.

—Oiga, herrero, estoy buscando a una amiga... una mujer como así de alta —describió, colocándose la mano a la altura de los hombros—, de ojos verdes y pelo rubio rojizo. Se llama Gabrielle.

Xena vio cómo sus ojos adoptaban una expresión cerrada, aunque su rostro no indicó nada. Se encogió ligeramente de hombros y ella supo que ocultaba algo.

—Tal vez debería ir a ver al alguacil, enfrente de la tienda. Puede que sepa dónde está esa mujer. Aunque es un poquito temprano para que esté en la oficina.

Xena asintió.

—Muchas gracias —fue lo único que dijo, tras lo cual volvió a los establos y cepilló a Trébol cuidadosamente antes de salir. Entonces se puso las alforjas al hombro y echó a andar calle abajo.

Gabrielle regresó de la tienda con Sammy, que la ayudaba a cargar con las compras que había hecho por Mamá. Luego Dominic, el pequeño Sal y ellos dos volvieron a la escuela para empezar las clases del día. Atribuyó el hormigueo que sentía en las entrañas a la emoción por los festejos de esa noche.

Xena salió a la calle y vio la tienda. Se dirigió hacia allí, deseosa de encontrar al alguacil. Alguien tenía que saber algo en este pueblo y el alguacil era quien más posibilidades tenía.

La puerta de la oficina estaba cerrada y Xena pensó que, dado lo temprano que era, lo mejor sería desayunar algo. Cruzó a la tienda y fue derecha al mostrador, dejando las alforjas a sus pies.

—Buenos días —la saludó el tendero cortésmente.

—Buenos días —respondió ella a su vez—. Estoy buscando cierta información.

El hombre se cruzó de brazos y se apoyó tranquilamente en el mostrador.

—Bueno, no sé hasta qué punto podré ayudarla, pero dígame.

—Estoy buscando a una mujer que se llama Gabrielle. —Y vio las barreras que se levantaban en los ojos del hombre—. Como así de alta, ojos verdes y pelo dorado rojizo.

—Mmm. —El hombre fingió pensar—. Probablemente le conviene hablar con Isaac. Es el alguacil del pueblo —dijo con cierto orgullo—. Si todavía no se ha marchado, estará en lo de Mamá. Es la pensión que está justo al final de la calle.

—Se lo agradezco —murmuró Xena, que se puso de nuevo las alforjas al hombro y se dirigió a la pensión.



Capítulo XL


Xena no consiguió nada con Mamá, aunque los ojos de ésta no se cerraron en banda cuando la guerrera hizo sus preguntas. Por el contrario, adoptaron una expresión especulativa. Pero no le dio ninguna información y, al parecer, el alguacil Isaac había tenido que salir del pueblo muy temprano por un asunto urgente. Y no se esperaba que fuera a volver durante varios días, cosa de la que Mamá se quejó varias veces, con motivo de la inminente celebración de Samhain.

Así y todo, Xena sí que consiguió una buena comida y una habitación para su estancia. Subió sus alforjas a la habitación y decidió dar un paseo por el pueblo. Pensó que era la mejor manera de reaccionar que tenía, aparte de perder los estribos por completo y aplicarle a alguien el pellizco. Sabía que estaba cerca... lo sentía. Podía esperar un poco más, considerando los años que llevaba esperando y buscando, y sin duda era mejor que acabar en la cárcel de un pueblucho miserable.

Nocona Corners era distinto de lo que se esperaba: parecido a Sutter's Mill, pero al mismo tiempo con unas diferencias inmensas. Este pueblo estaba bien hecho, construido con la madera que se encontraba en el monte bajo de la zona o con piedra y adobe. También tenía un aire limpio y fresco, cosa que Xena apreciaba muchísimo. A pesar del paso de ganado, los habitantes se enorgullecían de mantenerlo limpio, y sólo en los días en que el viento soplaba hacia el pueblo desde los corrales se daba uno cuenta de que éste era efectivamente un pueblo ganadero.

La vista desde las colinas era espectacular, y dejó vagar la mente, intentando idear la mejor manera de encontrar a Gabrielle. Estaba convencida de que la bardo estaba aquí y sentía curiosidad por el secretismo de los habitantes al respecto. El tañido de una campana sacó a Xena de su ensueño y se acordó de lo que le había dicho Hércules. Dijo que Gabrielle es la maestra del pueblo. Me pregunto...

Se dio la vuelta para alejarse del lugar donde estaba a las afueras del pueblo y echó a andar hacia el pequeño edificio que parecía vomitar niños de su interior. A esta distancia, sus ojos no estaban seguros, pero su corazón reconoció a la pequeña rubia que se quedó en la puerta hasta que los demás se marcharon.

—¡Gabrielle! —la llamó—. ¡GABRIELLE!

La bardo vaciló, pero al no ver a nadie, siguió caminando hacia las cuadras acompañada de dos niños. Xena se dio cuenta de que tenía el viento en contra y echó a correr para alcanzarla.


Gabrielle se quedó pasmada cuando Dominic, el pequeño Sal y ella entraron en los establos. Ante ella estaba un viejo amigo que la saludó relinchando. Los niños fueron a hacer sus tareas y dejaron que Gabrielle intercambiara saludos en privado.

—¡Trébol! —exclamó con alegría y se acercó para rascar al mustang entre las orejas. Sólo cuando cruzó hasta la casilla se fijó en otros dos animales... unos animales que le produjeron una sensación de familiaridad en el alma. Dudó, sin saber cómo iba a ser recibida por la pantera y el zorro.

El felino se acercó despacio a ella, la olfateó y se enrolló alrededor de sus piernas ronroneando. El zorro la miró con aire seductor y Gabrielle se arrodilló, dejando que la pantera le olisqueara el cuello y que el zorro se acomodara en sus brazos.

Trébol pateó el suelo con impaciencia y Gabrielle se echó a reír.

—Trébol, ten paciencia —ordenó, al tiempo que se ponía en pie con cuidado, con el zorro acurrucado muy contento en su brazo izquierdo—. Debéis de tener a un humano estupendo para ser tan confiados y sociables.

Se le puso la carne de gallina justo antes de oír la voz que habló desde la entrada.

—Me gustaría pensar que soy mejor ser humano que la última vez que nos vimos.

Gabrielle se quedó paralizada, rígida al reconocerla. Luego dejó al zorro en el suelo, sin dejar de dar la espalda a la puerta. Sintió tanto como oyó los pasos detrás de ella y pegó un leve respingo cuando unas manos se posaron ligeramente en su cintura.

—Hola, Gabrielle.

Una multitud de emociones cayó en tromba sobre ella, pero sorprendentemente, su reacción principal fue la furia, al pensar sobre todo en cómo la había abandonado Xena. Cientos de años de emoción brotaron a la superficie en cuestión de segundos y se volvió bruscamente, descargando la fuerza de su rabia en el puñetazo directo que soltó. No hubo el menor ruido hasta el impacto: el puño en la cara y el crujido del hueso, la rotura del cartílago y el chorro de sangre caliente.

Fue el olor de la sangre, tan seductor y familiar que Gabrielle notó cómo se le alargaban los colmillos como reflejo, lo que la trajo de vuelta al presente, momento en que se dio la vuelta y salió por la puerta sin mirar atrás. La pantera gruñó a Xena al pasar junto a la guerrera para seguir a Gabrielle. El zorro la miró ladeando la cabeza, luego pasó por encima del cuerpo de Xena y se unió al desfile que salía del establo.

—Gracias, chicos —murmuró la guerrera, moviendo los labios lo menos posible.

Gabrielle siempre había sido más dada al enfado rápido y al perdón que ella. Era una de las cosas que la hacían ser tan vibrante, tan apasionada, y era una de las razones por las que Xena la amaba. Xena se quedó quieta y permitió el puñetazo, que había visto venir por los sutiles matices del lenguaje corporal de Gabrielle. Hay cosas que nunca cambian, le dio tiempo de pensar antes de que su cara se estampara de lleno con casi dos milenios de frustración.

La guerrera se quedó asombrada por el dolor que sintió al salir despedida hacia atrás y aterrizar boca arriba. Se golpeó la cabeza en el duro suelo y se quedó ahí tumbada contemplando el techo mientras se le empezaban a cerrar los ojos por la hinchazón. Oyó más que vio los pasos y supo por el peso que el niño mayor había salido corriendo del establo y que los pasos que se acercaban a ella pertenecían al niño más pequeño que había acompañado a Gabrielle hasta el establo.

Xena percibió los ojos que la miraban fijamente. El pequeño Sal se puso las manos en las rodillas y se acuclilló para ver mejor.

—Caray, zeñor. ¿Eztá bien? —Alargó la mano hacia su cara y le tocó un poco la nariz hinchada. Ella bufó y le agarró la mano, apartándola. Él se soltó la mano y se limpió la sangre en la camisa, tras lo cual volvió a apoyarla en la rodilla—. No, zupongo que no. Le zale mucha zangre de la nariz y tiene el labio muy gordo. ¿Le duele? A mí zí que me dolió... me lo hice una vez porque me di un golpe con la puerta. Ze me cayeron loz dientez de delante... por ezo hablo raro ahora. Ze me cuela la lengua por el agujero, ¿lo ve? —El pequeño Sal la miró atentamente—. No ve muy bien, ¿a que no? Tiene loz ojoz negroz y azulez, ¿lo zabía? Laz partez azulez zon muy bonitaz, pero el rezto eztá muy hinchado. Parece un mapache. Yo vi un mapache una vez... era malo y quizo morderme. ¿Uzted ez malo, zeñor? La zeñorita Gabrielle ze ha enfadado mucho y nunca la había vizto ponerze azí. Ez una zeñora muy buena. Noz contaba hiztoriaz eztupendaz. ¿Le guztan laz hiztoriaz, zeñor? Contaba muchaz hiztoriaz antez de ponerze trizte. ¿Uzted tiene la culpa de que ezté tan trizte, zeñor?

A Xena le daba vueltas la cabeza al intentar seguir la charla del niño de cinco años y sintió un gran alivio al oír pasos que se acercaban.

Se incorporó con mucho cuidado, sujetándose la cabeza entre las manos. Se alegró de descubrir que la cabeza iba a seguir unida a su cuerpo. Por un momento, había tenido sus dudas... con inmortalidad o sin ella. Entonces oyó la voz de Mamá.

—Ayúdame a levantarla, Sal. Me parece que ésta tiene que explicar unas cuantas cosas.

—Buedo hacerlo sola —farfulló Xena, que se puso de pie muy despacio y tambaleándose de lado a lado—. Cóbo be gusta uda bujer cod ud bued derechazo —murmuró por lo bajo. Pero Mamá la oyó y archivó el comentario para repasarlo más tarde. Por ahora, posó la mano con delicadeza en el brazo de Xena.

Había visto a Gabrielle salir de los establos en el momento en que ella misma estaba en el porche delantero, pues había abierto las puertas para ventilar un poco el comedor atestado. Sintió curiosidad, por supuesto, pero Gabrielle se dirigió a las colinas y ella tenía que ocuparse de los clientes. Entonces Dominic subió corriendo por la calle llamándolos a ella y a Sal. Era increíble que el pueblo entero no lo hubiera oído y no se hubiera congregado para ver qué sucedía, pero casi todo el mundo estaba cenando. De modo que Mamá dejó a Josephina, la mujer de Sal, al mando de las cosas... y todo el mundo escuchaba cuando Josephina hablaba. Mamá y ella eran un equipo formidable.

—Vamos —le dijo Mamá a Xena, que intentaba mirar con los ojos casi cerrados—. Vamos a volver a la cocina para lavarla un poco. Le va a doler bastante durante unos días y va a parecer un mapache durante más tiempo. Pero sobrevivirá.

Xena se echó a reír con tristeza al oír eso y se encogió cuando el labio empezó a sangrarle de nuevo. Entonces se agarró al brazo de Mamá y la siguió hasta la intimidad de su pequeña cocina trasera.


Mamá dejó un vaso de líquido transparente en la mesa y obligó a Xena a rodearlo con las manos.

—Bébase eso —ordenó con una voz que recordaba extrañamente a la de Cyrene.

—¿Qué es? —preguntó Xena con desconfianza, intentando olisquear el contenido, pero era incapaz de respirar por la nariz y mucho menos de oler nada.

—Una cosa para que esto le duela mucho menos. Hala, a beber.

Xena así lo hizo, tras lo cual boqueó tratando de tomar aire, con la cara bañada en lágrimas por la fuerza del alcohol que le bajaba ardiendo por la garganta para penetrar en su organismo. Al cabo de un rato, el ardor se calmó y se sintió un poco atontada y como alejada del martilleo de dolor que tenía en la cara.

—Esbere ud bobedto —dijo Xena, que se puso la punta de los dedos a cada lado de la nariz y luego tiró de ella con fuerza. Vio las estrellas, pero no hizo el menor ruido y se pasó un minuto intentando respirar sin desmayarse. Por fin, se volvió hacia donde notaba la presencia de Mamá.

—Está bied. Adeladte. —Y la guerrera se quedó totalmente inmóvil mientras Mamá empezaba a limpiar el estropicio que había causado Gabrielle.

—¿Puedo contarle una historia?

Xena se encogió de hombros. Quería que la mujer terminara de una vez para poder ir a descansar el tiempo suficiente para que se le bajara la hinchazón y luego poder salir en busca de Gabrielle. Estaba bastante segura de que la bardo no se había marchado, y se alegraba de que sus guías espirituales se hubieran ido con Gabrielle para hacerle compañía hasta que la propia Xena pudiera llegar hasta ella. Pensó con pesar en Cecrops y le envió una disculpa silenciosa por haberle roto la mandíbula. Incluso como inmortal, esto dolía muchísimo. Volvió a prestar atención a la voz de Mamá.

—Hace más de una década, conocimos a un hombre que se llamaba Harrison Tillman. Mi hijo Isaac y él se hicieron amigos a regañadientes, porque los dos lucharon en bandos distintos durante la Guerra de Agresión del Norte. Cuando este molesto incidente terminó, nos ayudó a trasladarnos desde Carolina del Norte hasta Texas. Una vez instalados, se fue a Banff, donde había llevado a su hermana para alejarla de la guerra. Prometió volver y traerla de visita.

¿Harrison Tillman? Se refiere a Hércules. Eso debe de querer decir... Interrumpió sus reflexiones para concentrarse en lo que decía Mamá.

—Cuando regresó el verano siguiente, trajo a una joven absolutamente encantadora... su hermana Gabrielle. —Mamá aclaró el paño que había usado para limpiar la sangre de la cara de Xena y tiró el agua sucia por la puerta de detrás. Luego bombeó para sacar agua limpia, empapó el paño de nuevo, lo puso con delicadeza sobre los ojos de Xena y luego cogió otro paño y el árnica. Xena ni se inmutó cuando empezó a aplicársela a la carne magullada y el labio partido.

—Para mí al menos estaba claro que Gabrielle buscaba algo o esperaba a alguien. Aunque acabó por asentarse aquí con cierto contento, estaba claro que su corazón estaba en otra parte. Durante un tiempo, salía de búsqueda con regularidad, pero cuando Harrison se marchó esta última vez, la convenció para que le permitiera ir solo. Estuvo fuera varios meses y por fin, a principios de julio, Gabrielle recibió un telegrama suyo... un telegrama que cambió... lo cambió todo.

Xena se movió en la silla, incómodamente consciente del probable derrotero que iba a seguir esta pequeña historia.

—Había encontrado lo que o a quien ella había estado buscando y estaba como loca de contento. Nunca la había visto tan feliz.

Así que encima de llevar sola más de mil ochocientos años por una mala decisión, ahora tengo que explicarle por qué he tardado más de tres meses en hacer un viaje que ella sabe que debería haber hecho en menos de tres semanas. Hay vidas en las que nadie te da un respiro.

—Supongo que no tengo que explicar lo que le pasó cuando los días se conviertieron en semanas y luego en meses, ¿verdad? —Mamá agarró a Xena de la barbilla, le quitó el paño frío y la miró a las ranuras de los ojos ahora abiertos.

Xena cerró los ojos para no ver la verdad que conocía, sintiendo el dolor del alma de Gabrielle como si fuera el suyo. Sacudió la cabeza levemente. Abrió los ojos de nuevo cuando Mamá le dio unos golpecitos con los dedos en la barbilla.

—Le voy a decir una cosa, porque creo que usted es probablemente lo único de este mundo que puede arreglar las cosas para ella. Tiene una casita en el bosque detrás de esta casa. Si sigue el sendero, la llevará directamente hasta su puerta.

Xena asintió.

—Ahora bien, sé que ha subido a las colinas para pensar... lo hace muy a menudo, pero volverá antes de que anochezca. Tenemos una fiesta esta noche en el pueblo para celebrar Samhain. Ella va a participar, contando historias y cosas así. Le convendría descansar un poco si quiere verla antes.

—Bero...

—Ssh. Usted deje los detalles en manos de Mamá. Me aseguraré de que tiene su oportunidad, si usted promete aprovecharla al máximo. —Se rió suavemente—. Al menos, tiene un aspecto muy colorido.

Xena habría sonreído, salvo porque notaba cómo se le estaban recomponiendo los huesos, el cartílago y la piel, y eso resultaba casi más doloroso que el puñetazo inicial.

—Gracias —replicó y luego se levantó con cautela, esperando a ver si su sentido del equilibrio seguía con ella o la iba a abandonar en busca de un entorno más estable. Convencida de que iba a permanecer intacto, se volvió hacia las escaleras traseras.

—¿Puedo...? —preguntó Mamá, poniendo la mano en el brazo de la guerrera.

—Ya buedo yo —dijo Xena, interrumpiendo a Mamá antes de que ésta pudiera ofrecerle más ayuda—. Bero gracias.

Subió por las escaleras y encontró su habitación por pura suerte más que por otra cosa. Entonces se echó, con la esperanza de que el licor que le había dado Mamá hiciera su efecto y le permitiera descansar un poco mientras se curaba.


Gabrielle sentía un torbellino de emociones. La conexión que había tenido con Xena en otro tiempo, de la que se había acostumbrado a prescindir, se había vuelto a establecer con creces tras su contacto personal. El calor que había sentido treinta y pico años atrás al llegar al Nuevo Mundo había estallado nada más tocarse. Permitía a su corazón creer en la posibilidad de que podía volver a estar entera. A su cabeza le estaba costando mucho más aceptar el hecho de que no sólo ya no tenía que estar sola, sino que era posible que Xena deseara de verdad esa situación.

Su alma se debatía: deseaba esto. Lo deseaba hasta lo más hondo de su ser, lo necesitaba. Pero no quería. Se sentía como si le hubieran arrancado las entrañas: primero en Japón, cuando Xena eligió la muerte antes que a ella, y una vez más cuando pareció que había dejado de lado todo lo que había entre ellas. ¿Pero lo había hecho realmente? Gabrielle ya no lo sabía. Su mente era un caos mientras sopesaba las probabilidades y repasaba lo que pensaba, lo que sentía y lo que creía.

El zorro se subió a su regazo y ella acarició distraída el suave pelaje dorado rojizo, tan parecido al color de su propio pelo temperamental. La pantera se acurrucó a su lado, olisqueando su pierna y el cuello del zorro.

Gabrielle se quedó mirándolos largo rato, dejando que el ritmo de sus movimientos la fuera calmando. Por fin cayó en la cuenta de que estos dos animales, que deberían ser enemigos naturales, eran, de hecho, pareja. Contra todas las probabilidades, contra la naturaleza misma, eran pareja y absolutamente perfectos el uno para el otro. Igual que Xena y yo.

Y de repente se sintió mejor, pues supo que a pesar de todo, si querían, podrían solucionarlo todo y volver a estar juntas. Sólo que esta vez, iba a ser para toda la eternidad. Porque lo deseaba... deseaba esto más que nada en el mundo. Y en el fondo de su alma estaba segura de que Xena también.

Con paso mucho más ligero y una sonrisa en la cara, emprendió el regreso a su casa.


Ya casi se estaba poniendo el sol cuando alguien llamó ligeramente a la puerta y Xena dijo:

—Pase.

Mamá abrió la puerta despacio y sofocó una exclamación al ver bien la cara de Xena. La hinchazón había bajado y los ojos, que horas antes eran una mezcla de negro y azul, tenían ahora una mera sombra como resto del anterior amoratamiento.

—Es increíble —dijo, acercándose a Xena, pero sin tocarla. Tenía la clara sensación de que el trato informal que Xena le había permitido antes ahora era imposible.

Xena se encogió de hombros sin darle importancia.

—Me curo rápido.

—Ya lo creo —comentó Mamá y siguió mirándola fijamente. Una ceja oscura enarcada con aire interrogante la devolvió a la realidad y se sonrojó un poco, algo cohibida—. Disculpe —murmuró—. No suelo ser tan grosera. He... mm... he subido para decirle que ya tiene el baño listo.

Xena tragó con dificultad.

—Se lo agradezco, pero no tengo nada limpio que ponerme. ¿Usted cree que en la tienda...?

—Déjemelo a mí. Ahora dese prisa, antes de que se le enfríe el agua. —Le pasó una bata larga y la obligó a bajar por el pasillo hasta el cuarto de baño.

Xena no tardó, pero qué gusto le dio bañarse con agua caliente. Y agradecía el aromático jabón que Mamá había dejado en la estancia. Pero eso hizo que se pusiera a pensar y cuando regresó a su habitación, tenía la cara muy larga.

Mamá la estaba esperando con ropa limpia y se volvió cuando Xena cerró la puerta sin hacer ruido al entrar.

—Aquí tiene. Esto tiene que ser más o menos de su talla. Tiene usted un tamaño muy parecido al de mi Robert. —Lo dijo con tono práctico, pero Xena advirtió el dolor de los ojos marrones que la miraban y se sentó en la cama dando la espalda a la mujer de más edad para permitirle lidiar en privado con su pena.

—¿Por qué? —preguntó por fin, al no oír que Mamá se marchara—. Es evidente que sabe lo que Gabrielle y yo somos la una para la otra y he visto cómo trata su iglesia a las personas como nosotras. ¿Por qué está tan deseosa de ayudarnos?

Notó cómo cambiaba el peso de la cama cuando Mamá se sentó al otro lado de espaldas a Xena.

—Si permitiera que la iglesia dictara todos los aspectos de mi vida, tendría usted razón. Las echaría y las denunciaría como pecadoras condenadas al infierno, porque su amor no sólo no es válido, sino que no es real.

Xena apretó los labios y cerró los puños. Pero se quedó inmóvil, porque se esperaba más y la pregunta la había hecho ella. En realidad apreciaba la sinceridad de Mamá.

—Pero hace mucho tiempo que aprendí a no dejar que los demás decidan lo que debo creer o qué tipo de amor es real y válido. Incluso cuando el amor resulta ser distinto de lo que uno piensa o espera, sigue siendo real y tan válido como el de cualquiera. Mi marido y yo tuvimos algo así durante un corto tiempo y me ha compensado por todo lo que me ha sucedido desde entonces.

Se calló y se levantó de la cama. Luego fue a la puerta y giró el picaporte antes de volverse para mirar a la figura inmóvil que seguía sentada en la cama.

—Si lo que sospecho es cierto, haría esto aunque la iglesia me condenara al infierno por ello. Si hay una posibilidad de recuperar esa clase de conexión del alma, merece la pena con creces.

La puerta se cerró y Xena se quedó sentada sin moverse en la cama durante un rato. Luego se levantó para ponerse la ropa que le había traído Mamá.

Los pantalones negros tenían el largo adecuado, pero eran demasiado anchos para la delgada cintura de Xena. Se colocó los tirantes y luego se enrolló el cinturón. Los pantalones seguían quedándole anchos, pero al menos no se le caerían.

La camisa le quedaba bien de hombros, pero le caía informe por delante. Se encogió de hombros y se la metió por dentro de los pantalones, riéndose un poco al ver que le llegaba hasta las rodillas. Pero al menos la ayudaba a sujetar los pantalones. Pensó distraída en el hombretón tan grande que debió de ser el marido de Mamá e intentó imaginarse la pareja que hacían.

Xena se puso los gruesos calcetines que le había dado Mamá y luego se calzó las botas. Se puso la chaqueta, pensando que iba a necesitar abrigarse para protegerse del frío aire nocturno. Luego se peinó el pelo, casi seco ya, y abrió la puerta, donde se encontró a Mamá con un ramo de rosas preciosas y flores silvestres.

—Tome —dijo sonriendo—. Esto puede que la ayude. —Le ofreció el ramo—. Si se ha enfadado hasta el punto de pegarle un puñetazo, seguro que le conviene ablandarla. Las flores siempre funcionaban conmigo.

Xena aceptó el ramo y sacó una rosa, que puso en la mano de Mamá. No dijo una palabra, pero sus ojos lo expresaban todo. Luego bajó por las escaleras sin mirar atrás. Mamá se quedó inmóvil hasta que oyó cómo se cerraba la puerta de detrás a la débil luz del ocaso.

Entonces se llevó la rosa a la nariz, aspiró su delicado aroma con placer y sonrió. Tenía la sensación de que todo iba a salir bien y, contra toda lógica, eso le daba su propia esperanza.


Gabrielle había vuelto a su casa con la intención de darse un baño caliente antes de los festejos de la noche. Se sorprendió al ver que los animales se quedaban con ella, pero se acurrucaron juntos muy satisfechos delante de la chimenea y se quedó mirándolos un ratito, pensando sin parar en las posibilidades.

Entró en su cuarto de baño, contenta de haberse tomado la molestia de recrear todas las comodidades mundanas que había visto y disfrutado a lo largo de su vida. Nadie conocía su sistema de agua caliente corriente ni su retrete con cadena, pero ella los apreciaba muchísimo.

Sobre todo esta noche, aunque no se permitió examinar sus ideas con demasiado detenimiento. Todavía no se atrevía a esperar demasiado, aunque si era totalmente sincera consigo misma, tenía algo más que esperanza. Se estaba jugando su esencia misma con lo que iba a pasar.

Gabrielle se miró en el espejo mientras se secaba, fijándose por primera vez desde hacía tiempo en el tatuaje que todavía adornaba su cuerpo a pesar del tiempo que había transcurrido. Estaba algo más desvaído de lo que lo recordaba, pero todavía conservaba el color y el movimiento, que seguía el de su propio cuerpo, y apartó la mirada, algo asqueada al verlo.

Se vistió con más cuidado del habitual, eligiendo su vestido preferido de zaraza azul, y se peinó cuidadosamente antes de recogerse el pelo al estilo de la época. Volvió a mirarse, pensando que Xena no la había visto nunca con este aspecto, y se preguntó qué le parecería. Entonces una llamada a la puerta le cortó la respiración por un instante.

Se secó las palmas sudorosas en el vestido y fue a la puerta...

...para encontrarse a Hércules al otro lado.

—¡Sorpresa! —dijo, abriendo los brazos para estrecharla—. Caray, Gabrielle. Estás guapísima. ¿Puedo pasar?

Ella atisbó por detrás de él.

—Pues...

—¿O estás esperando a alguien? ¿Y dónde está Xena?

—Espero estar esperando a alguien, y la verdad es que no lo sé.

Enarcó una ceja.

—Pero yo creía...

—Es una larga historia... que te contaré pronto, te lo prometo. —Gabrielle volvió a mirar detrás de él y esta vez sus ojos ardieron con una feroz alegría interna teñida de tristeza, aunque la expresión estoica de su rostro no cambió en absoluto. Los años la habían enseñado a disimular muchas cosas, aunque sus ojos contaban su propia historia.

—Hola, Xena —dijo él al ver que se acercaba sin apartar los ojos de Gabrielle. La bardo se sonrojó por la intensidad, pero tampoco apartó la mirada.

—Hola, Hércules. Me alegro de verte. Ahora lárgate.

Xena llegó a los escalones y los subió muy decidida, mostrando las flores que había sujetado a la espalda. Hércules caminó hacia atrás y estuvo a punto de caerse por los escalones con las prisas de escapar de la fuerza de la pasión que notaba flotar entre ellas.

—Creo que iré a darle una sorpresa a Mamá —murmuró antes de darse la vuelta y dirigirse a buen paso hacia la pensión.

Xena se detuvo cuando le faltaba poco para tocar a Gabrielle, pues no estaba muy segura de cómo iba a ser recibida a pesar de lo que le gritaban el corazón y el alma. Le ofreció las flores y vio que a Gabrielle se le llenaban los ojos de lágrimas al tiempo que alargaba la mano para aceptar el ramo.

Cuando Gabrielle abrió la boca para hablar, Xena invadió su espacio personal, posando ligeramente una mano en su cadera y tapándole los labios con la otra.

—No —dijo—. No te disculpes. Me lo merecía y por los dioses... —Dejó que su mano acariciara los labios de Gabrielle y subiera por sus suaves mejillas, y sonrió trémulamente cuando Gabrielle se apoyó por instinto en la caricia. Xena secó la lágrima solitaria que caía de los ojos verdes y dejó que su mano sintiera la piel suave como la seda bajo los dedos: una sensación que llevaba más de media vida echando en falta y que Gabrielle llevaba más de una eternidad sin compartir.

La mano de Xena bajó por el cuello de Gabrielle y se hundió en su pelo, soltando las horquillas que lo sujetaban, y luego pasó ambas manos por su sedosa suavidad. No fue más lejos: ahora cualquier avance debía corresponder a Gabrielle. Pero primero...

—Tenemos tanto de que hablar. Tengo que explicarte... —Pero se interrumpió cuando Gabrielle repitió su gesto anterior y alzó una mano temblorosa para taparle los labios.

—¿Quieres que sigamos? —preguntó Gabrielle susurrando apenas, moviendo los dedos y palpando los labios de Xena con una caricia ligera como una pluma—. ¿Tenemos un futuro juntas?

—¡Oh, sí! Por los dioses, sí, Gabrielle. Si tú quieres, nos espera una eternidad juntas —contestó Xena suavemente, besando los dedos que seguían sobre sus labios. Esperó pacientemente mientras Gabrielle la miraba a los ojos al tiempo que los dedos de la bardo continuaban moviéndose por su cara y su cuello. Eso le produjo toda clase de sensaciones agradables por el cuerpo y se estremeció ligeramente como reacción.

Gabrielle notó el estremecimiento y sonrió al ver que los fuegos ocultos en los ojos de Xena estallaban con una llamarada apenas controlada. De repente comprendió que el futuro de ambas estaba en sus manos. Xena había dejado la decisión a su entero criterio y sabía que si le decía a la guerrera que se marchara, jamás volvería a ver a Xena.

La mera idea la dejó sin aliento, y los ojos de Xena se llenaron de preocupación.

—¿Gabrielle?

Gabrielle sonrió nerviosa, sintiéndose como una tímida novia en su noche de bodas. Enredó una mano en los largos cabellos de Xena y subió con la otra por su cuerpo hasta posarla en la curva de su cuello.

—Sí que tenemos mucho de que hablar —dijo, obligando a Xena a bajar la cabeza—. Pero tenemos una eternidad para hacerlo —añadió al tiempo que rozaba esos labios con los suyos con un beso provocativo—. Y podemos empezar mañana. —Un segundo beso que duró apenas un instante más—. Pero esta noche, sobre todo esta noche, necesito sentirte. Sin palabras... sin explicaciones... sin excusas. Sólo nosotras... tocándonos, sintiéndonos, amándonos.

Como respuesta, Xena levantó a Gabrielle en sus fuertes brazos y cruzó el umbral de la casa, dejando al mundo fuera de un portazo.


PARTE 21


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
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