Capítulo III


—¿Alguien me quiere explicar por qué se me considera a la descerebrada? —rezongó Afrodita por lo bajo cuando Ares terminó de hablar. Se frotó la cara con las manos y se volvió para mirarlo—. ¿Entonces no sabes dónde está? ¿O cuándo está? ¿O si está viva o muerta?

—Mm... ¿no? —Ares se apresuró a seguir con su explicación cuando Afrodita soltó un sonoro suspiro—. Mira, yo sólo quería devolverle la vida. Tendría que haber funcionado. Sin problemas ni líos.

—Y pensabas que así te deberían algo, ¿verdad? ¿Un favor que podrías cobrar más tarde?

—Pues...

Ares no quiso ni intentar ponerse a dar explicaciones al recibir un fuerte capón en la cabeza.

—Venga ya, hermano. Eso es supercutre y no es cierto para nada y lo sabes. Xena jamás habría pagado una deuda como ésa. —Dita lo miró en el momento en que se le hizo la luz—. Pero Gabrielle podría, ¿eh? —levantó la mano para darle otro capón, pero se detuvo ante su mirada de advertencia—. Menuda guarrada, Ares.

Él se encogió de hombros.

—Habría salido muy bien si hubiera funcionado. Tendría que haber vuelto con nosotros. En cambio... no sé qué hice mal.

—¡Ares!

—Me he pasado estas últimas lunas dándole vueltas a todo lo que pasó. Tendría que haber funcionado.

—¡¡ARES!!

Ares cerró la boca tan deprisa que casi se mordió la lengua.

—Ahora ya no importa. Lo que importa es Gabrielle.

—Gabrielle. Gabrielle. ¿Pero qué tiene ésa?

Unos serios ojos azules se clavaron en sus profundos ojos marrones.

—Ándate con ojo, Ares. Es una buena persona y es mi amiga.

Él alzó las manos dándose por vencido.

—Está bien. Está bien. No me meteré con la rubia molesta. Escucha, tengo cosas que hacer. Ya hablaremos en otro momento, ¿vale? —Ares desapareció antes de que Afrodita pudiera contestar.

—Grrrr... a veces es que me saca de quicio. —Agitó la mano y la comida y el vino desaparecieron. Entonces cogió las gafas con montura metálica a las que se había aficionado y se las puso mientras buscaba su pequeño mando a distancia.

—Está bien, Gabrielle —murmuró, conectando la red divina mundial—. Vamos a ver cuánto tiempo tendrás que sufrir sola, amiga mía.


Gabrielle llegó al mar y consiguió pasaje en un pequeño barco mercante que se dirigía a Grecia. Seguía sin hablar mucho, pero los hombres de a bordo averiguaron muy deprisa que no era alguien con quien se pudiera jugar.

Todas las mañanas pasaba un tiempo meditando y entrenando y por las tardes hacía un turno al timón o en la cofa de vigía. Al quinto día, ya viajaban a buena velocidad y el capitán estaba contento por el avance. Al caer la tarde, sin embargo, su suerte empeoró.

Gabrielle estaba sentada en la cofa cuando se fijó en una línea fina y oscura que había en el horizonte. No le habría llamado mucho la atención, pero algo se agitó en su interior que le produjo desazón y bajó por el mástil para buscar al capitán.

Archus echó un vistazo a la banda de nubes y soltó una maldición.

—Tripulación, todos a sus puestos. Esta noche va a soplar de lo lindo. Izad las velas y vamos a desviarnos de su camino. No quiero que nos quedemos atrapados en medio de ésta.

Archus se volvió hacia Gabrielle.

—Será mejor que vayas abajo, guerrera. Ésta es una batalla de marineros.

Los ojos de Gabrielle casi sonrieron cuando se miró las manos. Luego fue a la vela mayor y se puso a ayudar a los hombres a izarla, para intentar escapar de la tormenta que se avecinaba. El capitán meneó la cabeza y se volvió para establecer un curso que los alejara de las nubes oscuras.

Pasaron las marcas y se hizo de noche y la tripulación seguía trabajando desesperada para mantener el barco a flote. La tormenta había llegado antes de lo que se esperaban y tuvieron que correr para atar todas las cosas. Las olas zarandeaban al barco de lado a lado de una forma espantosa, tanto que tenían que trabajar sujetos con cuerdas. Eso quería decir que cada persona podía ocuparse sólo de una zona muy pequeña del barco, pero también había muchas menos probabilidades de que alguien cayera al agua.

Durante toda la noche lucharon y se esforzaron, y con el amanecer llegó el agotamiento y una calma que resultaba casi enervante. No había sol, ni lluvia, ni viento, ni olas, y durante un rato, todos agradecieron la oportunidad de descansar. Pero la tripulación no tardó en ponerse nerviosa y el capitán fue el primero que se levantó, seguido inmediatamente de Gabrielle. A ésta le dolía la mandíbula y tenía el pelo de punta por el ambiente espeluznante y lo único que quería en ese momento era un poco de brisa y avistar su tierra.

El capitán miraba continuamente el agua que había debajo del barco y luego el cielo de nuevo, buscando respuestas. Entonces el hombre que hacía turno en la cofa de vigía soltó un grito y se volvieron para ver qué era lo que tanto lo preocupaba. El capitán se quedó con los ojos desorbitados y sacudió la cabeza sin dar crédito. Entonces corrió a coger los mapas y las cartas de navegación de su camarote.

Los extendió, siguiendo con las manazas las rutas y las indicaciones del pergamino.

—No es posible.

—¿El qué? —susurró Gabrielle detrás de él. Archus se volvió, la miró y vio la fuerza de su mente y su voluntad en los ojos verdes que ahora se clavaban en los suyos. Tomó una decisión y asintió para sí mismo.

—Nuestra posición. —Archus vio que arrugaba la frente y se apresuró a explicárselo—. Mira... éste es el punto donde zarpamos de Asiria rumbo a Grecia —dijo, señalando el primer mapa—. Pero la tormenta nos ha desviado. Eso ya me lo esperaba. Ha sido una tormenta tremenda.

Gabrielle asintió indicando que lo comprendía y esperó a que continuara.

—Lo que no me esperaba era que nos trajera hasta aquí —añadió Archus, señalando un punto de otro mapa—. Si no me equivoco con los indicadores de tierra, estamos cerca de Pompeya. —Gabrielle abrió mucho los ojos y Archus asintió con la cabeza—. Exacto. No es posible que hayamos llegado tan lejos tan deprisa. Y a la marea le pasa algo raro... nos movemos hacia tierra... casi como si nos arrastrara.

Gabrielle posó los ojos en el agua y luego miró por encima la tierra que se iba acercando.

—Oh, por los dioses —susurró para sí misma y luego tiró de la manga del capitán—. ¡Mira!

Su susurro daba más miedo del que podría haber dado un grito y Archus levantó la mirada para seguir la dirección que señalaba su brazo. Se le pusieron los ojos como platos y los posó en Gabrielle.

—¿Eso es...?

Ella asintió.

—El Vesubio —susurró de nuevo, sin apartar los ojos del horizonte. Incluso a esta distancia, se veía el fuego que salía despedido a escupitajos hacia el cielo, cubriendo el aire de alrededor con la oscuridad de las cenizas y el humo.

—Izad las velas, muchachos, y a los remos. Tenemos que alejarnos de aquí ya. —Mientras hablaba, el día se convirtió en noche y el aire se hizo sofocante por las cenizas y el olor a azufre. De repente, el barco se apartó bruscamente de la masa de tierra y Gabrielle se puso a buscar la causa, sabiendo lo que iba a encontrar.

Tenía la voz ronca por la falta de uso y pilló a Archus por sorpresa cuando gritó:

—¡¡Recoged los remos!!

La miró y luego miró por encima de ella para ver qué era lo que había impulsado a la guerrera casi silenciosa a dar una orden tan enérgica.

—¡¡Merda dell'OH!! —murmuró, mirando fijamente el muro de agua de cuatro metros y medio que se acercaba rápidamente al barco. El empujón de Gabrielle lo sacó de su trance y lo lanzó hacia la escalera para repetir la orden. Archus hizo una seña a su contramaestre, pero antes de que el hombre pudiera acercarse a la vela mayor, Gabrielle ya se había descolgado el chakram de la cadera y lo lanzó hacia las cuerdas, cortándolas todas limpiamente y haciendo que las velas se desplomaran.

—¡Atadlo todo y aguantad allí abajo, muchachos! Esto va a ser tremendo.

Las cuatro personas que quedaban en cubierta se ataron al barco y el contramaestre se puso a rezar a Neptuno. Gabrielle cerró los ojos y susurró su propia oración a Afrodita. Eso bastó para sacar a la diosa de su frenética investigación.


—Oh, qué mal rollo tan total... es horripilante. Murió... las dos murieron. Entonces, ¿cuándo...? ¿Cómo...? —Afrodita no paraba de murmurar para sí misma. Estaba echando una ojeada a la vida de Gabrielle, buscando su muerte. No era algo que la diosa hiciera normalmente, y menos en el caso de una amiga. Pero tenía la necesidad de saber cuánto tiempo iba a tener que sufrir Gabrielle sola, y no le gustaba el cariz que estaban tomando las cosas.

Con sinceridad, se esperaba que la vida de Gabrielle terminara poco después de su regreso a Grecia. Por mucho que hablaran del "bien supremo", Afrodita comprendía mejor que nadie que Xena y Gabrielle eran el bien supremo de cada una. Sin su alma gemela, Gabrielle se limitaría a existir, y Dita no le desearía eso a nadie, y menos a alguien tan sensible como Gabrielle. Lo que descubrió, sin embargo, era que la vida de Gabrielle se extendía mucho más allá de una vida normal.

Gabrielle era inmortal.

De modo que ahora la misión de Afrodita, además de sus habituales tareas amorosas, era descubrir qué era exactamente lo que había provocado el cambio y cuándo había ocurrido. Empezó con su crucifixión y su ascensión al cielo del dios de Eli. Era lo que parecía más lógico. Estaba enfrascada repasando esa época cuando el susurro de una plegaria de Gabrielle le llamó la atención.

Dita cambió la vista de su cuenco de visiones para enfocar bien a Gabrielle y el presente.

—¡Pedazo ola, tío! —fue lo primero que se le ocurrió. Entonces vio el barquito que subía por el poco acogedor seno del muro de agua, y cayó en la cuenta de por qué rezaba Gabrielle—. ¡Oh, pero qué cosa más chunga!

Cerrando los ojos, Afrodita envió una oleada de consuelo a la bardo que se derramó por las venas de Gabrielle como vino caliente. Dita notó el cambio en Gabrielle y sonrió, y luego volvió a concentrarse en su investigación, sin dejar por ello de prestar atención al barquito.

Se preguntó si Gabrielle transformaría algún día esta aventura en una historia.


Gabrielle se sintió rodeada de amor y se relajó inconscientemente, a pesar de que el muro de agua se acercaba amenazador. De repente, los levantó y empujó al pequeño barco hacia delante a gran velocidad y con mucha fuerza.

La ceniza formaba una capa de varios centímetros de grosor en la cubierta y cubría a las cuatro personas que seguían arriba. Gabrielle deseó poder librarse de esa pringue mal oliente que le daba picores y luego se olvidó del deseo cuando la ola empezó a caer encima del barco.

Oyó a los hombres que chillaban aterrorizados y cerró los ojos, deseando que acabara rápido. Lo siento, Xena, dijo mentalmente, pero no voy a llegar a Anfípolis. Pero lo he intentado. Qué cansada estoy, Xena. Sólo quiero un poco de paz para nosotras, pero ése no ha sido nunca nuestro destino, ¿verdad? Te quiero.

Esos fueron sus últimos pensamientos, antes de que la presión del agua la dejara inconsciente.


Cuando Gabrielle abrió los ojos, lo primero que vio no fueron los Campos Elíseos ni el Tártaro, ni el cielo ni el infierno, y desde luego, no era el rostro de Xena el que la miraba. El dolor de su realidad, tanto física como emocional, la golpeó de tal manera que estuvo a punto de caer de rodillas. Lo primero que vio fue un barco cubierto de lodo y un capitán que al parecer estaba inconsciente. No había señales del contramaestre ni del timonel.

El barco se mecía suavemente, flotando a la deriva en lo que esperaba que fuera la dirección correcta. Poco a poco, Gabrielle se soltó de las cuerdas que la habían sujetado al palo de mesana. Le dolía el cuerpo como si le hubieran dado una paliza y el hedor de la ceniza sulfúrica era indescriptible.

Avanzó penosamente a través del lodo, soltó las cuerdas atadas alrededor de Archus y lo tumbó en la cubierta. Le dio palmaditas en la cara y se alegró cuando sus párpados empezaron a moverse.

—Oh, por los dioses... me siento como si me hubiera pasado un carro por encima, varias veces —farfulló el capitán al tiempo que se ponía de lado y se incorporaba. Miró a su alrededor y sonrió a Gabrielle. Entonces se le borró la sonrisa cuando se dio cuenta de que estaban solos en cubierta—. Venga, guerrera, vamos a ver qué queda de la tripulación y volvamos a Grecia. Lo que quiero es tierra firme, un baño caliente, una cerveza y una mujer.

Gabrielle asintió, regresó al palo mayor y se puso a organizar las cuerdas. Iba a hacer falta un poco de trabajo para volver a colocar las cuerdas, pero en su momento el chakram le había parecido el modo más eficaz de ocuparse del problema. Suspiró silenciosamente. Dado lo lejos que los había llevado la tormenta y que ahora estaban en medio de los dioses sabrían dónde, pensó que tenían tiempo de sobra para limpiar, arreglar y reparar y para haber terminado mucho antes de llegar a Grecia. Mucho dependería de la distancia a la que los hubiera arrastrado el maremoto, pero no se esperaba ver tierra pronto.

Se le hundieron los hombros. Estaba cansada de verdad, hasta el fondo del alma. Gabrielle había tenido la esperanza egoísta de que la tormenta supusiera su fin. Se preguntó si estaba mal sentir eso. Decidió que seguramente sí y le dio igual. Ser desinteresada era lo que la había llevado a esta puñetera situación.

La tripulación subió corriendo por las escaleras, feliz de seguir con vida y fuera de la bodega, y Gabrielle sonrió comprensiva. Se acordaba muy bien de las veces en que ella se sentía encantada de pisar la cubierta, aspirando el fresco aire salobre con placer.

Sin más dilación, los hombres se pusieron a trabajar con ganas, pues todos estaban deseosos de llegar a Grecia y pisar tierra firme.


La noche permitió al capitán estudiar las estrellas y sus cartas de navegación y se puso a ello con entusiasmo. Se alegró de ver que la ola les había causado pocos daños físicos y que, de hecho, los había empujado un buen trecho de vuelta a Grecia.

Vio que Gabrielle se dirigía hacia él y la llamó con un gesto.

—Ah, guerrera. Los dioses han sido benévolos con nosotros. Si los vientos siguen siendo favorables, deberíamos ver las orillas de Grecia dentro de menos de un cuarto de luna.

Gabrielle asintió y luego se volvió hacia la inmensa oscuridad del cielo y el mar.


Afrodita se mordía las uñas mientras repasaba frenética la historia de Gabrielle en la red divina mundial. Su investigación le había mostrado que en realidad no habían muerto en la cruz. Para entonces ya eran inmortales, y sus cuerpos físicos emplearon ese tiempo para regenerarse. Dita se planteó durante un rato si le acabaría contando a Gabrielle cómo las había manipulado el dios de Eli para hacer su trabajo sucio.

En justicia, les había ofrecido la absolución de sus pecados. Pero aquello parecía dudoso, sobre todo porque Xena había rechazado ese perdón a cambio de sacrificarse una vez más en el Monte Fuji.

Tampoco era que a estas alturas eso importara. La pregunta ahora era cuándo se había hecho inmortal Gabrielle y qué pasaba con Xena. Si compartía la inmortalidad de Gabrielle, eso quería decir que estaba viva ahí fuera... en alguna parte. Afrodita volvió a su investigación. Estaba bastante segura de que por lo menos parte de esta noticia iba a ser una desagradable sorpresa.

Se quitó las gafas y se frotó los ojos, y luego se enredó las manos en el pelo.

—Pero qué mal rolloooo.

Luego pulsó el mando a distancia y observó cómo retrocedía la pantalla a través del tiempo, a la búsqueda del momento en que Gabrielle obtuvo la inmortalidad.


Katerina von Lihp guió su barco al interior del muelle con tranquila habilidad y soltó un suspiro de alivio. Llevaban casi un año en el mar, después de haber rodeado África para llegar a Grecia, y se alegraba de ver lo que había llegado a ser un hogar para ella. Inmediatamente, se puso a descargar la bodega con su tripulación.

—Eh, capitana... ¿qué hacemos con estas cosas? —El contramaestre señaló los cajones que seguían bien apilados y las cajas selladas que habían viajado con ellos desde Higuchi.

Katerina se rascó pensativa la cabeza.

—Dejadlas por ahora. Veré si averiguo dónde hay que enviarlas. Podéis ir a divertiros en tierra. Sé dónde encontraros si os necesito.

La capitana dejó un pequeño contingente de guardias a bordo y luego se dirigió al templo del amor más cercano. La verdad era que no sabía a quién más acudir y esperaba que la diosa pudiera darle algunas respuestas.


Afrodita no se sorprendió al encontrar fieles en su templo. Era uno de los pocos dioses que permanecían en activo en Grecia y el amor era la fuerza más poderosa del mundo, a fin de cuentas. Lo que le llamó la atención fue oír el nombre de Gabrielle y su nuevo apodo, Pequeño Dragón.

Escuchó la súplica de esta capitana que se había hecho amiga de Gabrielle y que tanta preocupación mostraba por ella. Entonces decidió que le vendría bien descansar un poco de su investigación y bajó a charlar con la capitana Lihp.

—¡Hola, nena! ¿Qué hay?

La capitana se giró en redondo sorprendida, pues no se esperaba un saludo tan personal de la diosa. Tragó con dificultad un par de veces hasta que pudo hablar.

—Te pido perdón, Afrodita, pero tengo un problema que tal vez tú podrías ayudarme a resolver.

—¿Ah, sí? ¿Cuál... o sea, qué pasa?

—Tú sabes quién es el Pequeño Dragón, la bardo llamada Gabrielle, ¿hä? —Katerina vio la verdad en los ojos azules que la miraban—. Tengo que pedirte un favor.

—Suelta por esa boquita, nena —dijo Afrodita.

Katerina le contó a Afrodita lo poco que sabía de la historia de Gabrielle desde su punto de vista y terminó con las cosas que seguían en la bodega de su barco.

—No sabía qué otra cosa hacer con sus cosas. Pensé que tal vez tú...

Afrodita miró muy seria a la capitana durante un momento.

—¿Por qué has acudido a mí? ¿Por qué no a otro dios?

Katerina se encogió de hombros.

—No lo sé. Me parecías la mejor elección.

Afrodita se echó a reír.

—Claro que soy la mejor elección, nena. El amor es una elección superbuena. Sólo que algunas personas tardan una vida entera en darse cuenta. —Se rió de nuevo—. Escucha... Haré un sitio para todas esas cosas y me las llevaré, ¿vale? Las guardaré hasta que Gabrielle las quiera.

—Gracias, Afrodita.

—Bien hecho, capitana Lihp. Pedazo trabajo total.

Katerina no supo muy bien cómo tomarse eso, de modo que asintió, sonrió y salió para divertirse un poco.

Afrodita cumplió su palabra y, con un gesto de su mano, las cajas se trasladaron a una zona de almacenaje del templo. Pensó por un momento en trasladarlas directamente al Olimpo, pero luego decidió que a Gabrielle tal vez no le gustaría que lo hiciera. Se dio unos golpecitos con las uñas en los dientes y luego desapareció con una cascada de pétalos de flores.


Gabrielle se alegró mucho de volver a ver tierra, aunque, curiosamente, no era el mareo lo que la impulsaba a caminar sobre tierra firme. Volvió a mirar el anillo que le había dado Afrodita y se preguntó si ésa era la razón de que no estuviera mareada.

Gabrielle se encogió de hombros. Fuera cual fuese la razón, lo agradecía. Eso había hecho que esta parte de su viaje le resultara por lo menos soportable. Se estremeció al pensar en lo intolerable que habría sido el viaje si hubiera estado físicamente enferma encima de todo lo demás.

Ahora estaban entrando en el puerto, y Gabrielle suspiró. Por fin había llegado a la última etapa de su viaje y ardía en deseos de terminar. La tripulación colocó bien la plancha y esperó a recibir permiso para desembarcar. Archus se volvió hacia Gabrielle.

—Gracias —le dijo con sinceridad—. Sin tu ayuda, no sé si habríamos sobrevivido.

Ella le sonrió y le apretó el brazo, luego bajó del barco y se dirigió hacia el norte sin mirar atrás.


Katerina la vio en cuanto Gabrielle puso pie en tierra firme y corrió para alcanzarla antes de que desapareciera entre el gentío.

—¡Pequeño Dragón! —la llamó, esperando que se la oyera por encima del bullicio del mercado.

Gabrielle miró a su alrededor, pues sabía que aquí nadie conocía ese apodo concreto. Cuando vio a la capitana Lihp, se detuvo y esperó a que la otra mujer se acercara.

Katerina se quedó espantada al ver los drásticos cambios que el año de viaje había producido en la mujer más joven. Seguía sin luz en los ojos y su cuerpo era todo músculos duros y huesos. Aún llevaba el pelo corto, pero lo tenía mal cortado, como si lo mantuviera corto porque era más fácil de manejar, no por el aspecto. Gabrielle tenía la piel profundamente bronceada y más cicatrices que las que había tenido en Higuchi.

—Me alegro de verte, Pequeño Dragón. Tengo algo que te pertenece. —Gabrielle alzó una mano, pero la capitana continuó hablando—. No me refiero a los cajones y las cajas. Eso lo he dejado con una amiga hasta que lo quieras.

Alargó el brazo que había estado ocultando detrás y Gabrielle no pudo contener la brusca exclamación que surgió de sus labios, ni la punzada de dolor que la acompañó. Titubeando, alargó la mano para coger el objeto que le ofrecía Katerina. La espada de Xena. Iba a hacer el viaje final con ella.

—Gracias —susurró, pero la palabra y el tono le dijeron muchísimo a la capitana. Saludó a Gabrielle con la cabeza.

—Que los dioses te acompañen en tu viaje, guerrera. —Y entonces desapareció entre el gentío, dejando a Gabrielle a solas con su pena.


Gabrielle emprendió el camino hacia Anfípolis a paso rápido y constante. Ahora que estaba tan cerca de su meta, estaba preparada para terminar. Por eso, cada día se levantaba antes que el sol y caminaba con muy pocos descansos hasta el anochecer. Las noches las empleaba para entrenar, meditar y dormir lo poco que podía antes de despertarse empapada en un sudor frío. Se suponía que con el tiempo se sentiría mejor... que le dolería menos, pero lo único que sentía era un vacío.

De vez en cuando se encontraba con alguna que otra banda errante de bandidos, pero después de masacrar a las primeras, empezaron a evitarla. Se preguntó si tenían una especie de sistema de comunicaciones para avisar a otros de su presencia, y sonrió con sorna. Entonces se le ocurrió pensar que deberían haber tenido un sistema así ciclos atrás. Les habría ahorrado a Xena y a ella muchos problemas. Se le apagó la sonrisa al pensarlo.

Pasaron los días y al cabo de casi una luna de viaje ininterrumpido, llegó a las afueras de lo que en otro tiempo había sido el próspero pueblo de Anfípolis. Gabrielle se estremeció un poco, al recordar la última vez que estuvieron allí. No quedaba gran cosa. La posada estaba en ruinas y las chozas vacías que antes eran hogares llenos de vitalidad ahora estaban hundidas por la decrepitud. Gabrielle siguió el camino que pasaba por delante de la posada hasta el lugar donde se alzaba la cripta de la familia como un centinela silencioso.

Respiró hondo, abrió su faltriquera y sacó el eslabón y el pedernal. Encontró varias antorchas pequeñas en la entrada y encendió una con cuidado. Se movió por la estancia encendiendo las demás y por fin se detuvo junto a la tumba de Liceus.

—Hola, Liceus —dijo con voz susurrante—. Seguro que no te acuerdas de mí, pero soy Gabrielle. He venido para cumplir una promesa que le hice a tu hermana. —Esperó un momento, hasta que sintió que tenía su bendición, y luego pasó al lugar donde habían colocado las cenizas de Solan—. Hola, Solan. Ahora te toca a ti cuidar de tu madre, porque yo ya no puedo, ¿vale? Asegúrate de que se come la verdura. —Quitó el polvo de su urna y pasó a Cirene—. Lo siento, mamá. Hice todo lo que pude, pero no fue suficiente. Cuida de ella, Cirene. Necesitará que la controles un poco.

Gabrielle se enjugó las lágrimas de la cara y por fin llegó a un bloque vacío. Puso la espada encima y luego colocó el chakram con cuidado en la empuñadura. Dejó su zurrón en el suelo y sacó la urna, que desenvolvió con ternura del paño que la cubría. Gabrielle la colocó en el centro del bloque y retrocedió un paso.

—Adiós, Xena. No creo que volvamos a encontrarnos como almas gemelas. No he vuelto a sentirte desde aquel día y creo que ése es nuestro castigo. Éste no era tu destino y tu decisión de quedarte con Akemi ha desequilibrado nuestro ciclos kármicos. Tal vez algún día se crucen nuestros caminos, pero no creo que los dioses vayan a ser tan bondadosos. Descansa, mi amor... te lo has ganado.

El desgarro de su alma al rendirse ante lo ineludible le hizo soltar un lamento de agonía. Agradeció la oscuridad cuando llegó.


Gabrielle estaba hecha un pequeño ovillo junto a los restos de Xena cuando Afrodita la encontró.

—Oh, Gabrielle.

La diosa alargó la mano para tocarla y entonces se apartó de golpe al notar el dolor que emanaba a oleadas de la bardo. Dita se armó de valor y cogió a Gabrielle en brazos.

—Vamos, chati. Tenemos que hablar.


Gabrielle volvió en sí poco a poco, esperándose plenamente el vacío de una vida solitaria después de la muerte. Le daba igual dónde acabara. No podía ser peor que las torturas que ya había vivido.

Abrió los ojos parpadeando, intentando enfocar la vista para comprender dónde estaba. Su primera impresión fue rosa. Estaba rodeada de rosa. Arrugó la frente, intentando recordar algún lugar después de la muerte donde hubiera tanto rosa.

Gabrielle alzó una mano para frotarse la frente y advirtió que estaba limpia y enfundada en un conocido pijama rosa.

—¿Afrodita? —susurró apenas.

Sobre la cama cayeron chispas y pétalos de rosa cuando Dita se materializó a su lado.

—Hola, cosita. —Peinó el corto pelo rubio con manos tiernas—. ¿Cómo vas? —Sus ojos azules se llenaron de lágrimas al ver el doloroso vacío reflejado en los mortecinos ojos verdes que la miraban.

Gabrielle se lanzó a los brazos abiertos de Afrodita y su pequeño cuerpo se estremeció con sollozos silenciosos. Afrodita notó las lágrimas de compasión que resbalaban por su propia cara mientras Gabrielle lloraba aferrada a ella. Gabrielle no habría sabido decir cuánto tiempo estuvieron así abrazadas. Pero por fin su llanto fue cediendo y se echó hacia atrás.

—Lo siento —dijo suavemente, secándose los ojos.

—¿Por qué, cielito? —Afrodita frotó el musculoso brazo, haciendo todo lo posible por consolarla. No sabía cómo se iba a tomar Gabrielle la noticia que tenía que darle cuando ya había pasado por tanto.

—Ya tendría que haberme quedado sin lágrimas —fue la respuesta, acompañada de una sonrisa trémula.

—Oh, nena... tu corazón se parece mucho al mío. Siempre te quedarán lágrimas que derramar. Algunas de felicidad, algunas de pena, algunas de rabia, algunas de alivio. Así es el camino del amor.

Gabrielle se apartó y sus ojos se pusieron fríos y distantes. Hasta su susurro se hizo seco.

—Bueno, no es por ofender, Afrodita, pero el camino del amor ya no es lo mío. El precio es demasiado alto. —Salió de la cama y se plantó ante la ventana—. Te agradezco que me hayas traído aquí, pero me tengo que ir.

—¿Ir dónde? —preguntó Dita suavemente, colocándose detrás de Gabrielle, pero sin tocarla.

—Ahora da igual. He hecho lo que me había dispuesto hacer.

—¿Me haces entonces un favor? ¿Por favor?

Gabrielle se volvió, intrigada por la petición.

—Si puedo, claro.

—Quédate un poco y habla conmigo. Me siento sola aquí, ahora que sólo estamos Ares y yo, y cuando estoy en Roma, tengo tanto trabajo que hacer que rara vez veo a los demás dioses. Me encantaría poder tener una charleta de amigas.

Gabrielle asintió.

—No sé cuánto voy a hablar, pero sí que te puedo escuchar mientras tú hablas de lo que quieras. Y puedes empezar por eso que has dicho de "los demás dioses". Creí que habían muerto en el Crepúsculo.

—No, eso es lo que el nuevo supermegadiós de Eli quería que pensara todo el mundo, para poder asentarse mejor aquí en Grecia. Casi toda la familia se ha trasladado a Roma, o sea, con nombres distintos, aunque algunos seguimos trabajando en los dos sitios. Y deja que te diga, colega, no es nada fácil. Fíjate, el otro día...

Afrodita habló hasta que Gabrielle se quedó dormida de nuevo, y arropó a la bardo en la cama.

—Mañana, pequeña, tenemos que hablar muy en serio. —Y desapareció del dormitorio con un destello, dejando que Gabrielle durmiera profundamente sin sueños por primera vez desde hacía más de un año—. Descansa bien, amiga mía. Mañana tendremos tiempo de sobra para esta noticia.


Cuando Gabrielle se despertó por segunda vez, no se sorprendió al verlo todo rosa. Se sorprendió al notar que casi tenía hambre y vio una bandeja de comida en una mesa cerca de la cama. Al lado de la hogaza de pan aún caliente había una nota.

Ven a verme a la sala de visiones antes de marcharte. Tenemos que hablar.

La nota no llevaba firma, pero los corazoncitos y florituras habrían identificado a la autora en cualquier caso. Gabrielle cogió un trozo de pan, lo untó con un poco de queso ligero y le dio un mordisco. Estaba bueno y dio otro bocado.

Se terminó el pan, se cambió de ropa y luego salió por el pasillo hacia el único sonido que percibía. Curiosamente, era como si Dita estuviera hablando sola, pero Gabrielle se encogió de hombros. No tardaría en descubrirlo.

En cuanto cruzó el umbral, Afrodita pegó un respingo y soltó una risita nerviosa.

—¡Oh, hola, Gab! —exclamó con un ligero exceso de entusiasmo. Se quitó las gafas y mordisqueó una patilla—. Mm, ¿qué tal si te sientas? Hoy estás divina total. Me encanta el tatuaje. ¿Has dormido bien? ¿Qué tal el desayuno? Yporciertoeresinmortal.

Gabrielle se hundió en la butaca donde la empujó Afrodita, intentando desentrañar todo lo que le acababa de soltar la diosa. Sacudió la cabeza.

—Buenos días, Afrodita. ¿Me haces el favor de repetir muy despacio todo lo que acabas de decir? Estoy segura de que se me ha escapado algo importante.

Afrodita dejó las gafas en la mesa y se frotó la cara. Luego se sentó y cogió las manos de Gabrielle entre las suyas.

—Vale, escucha. Eres inmortal... —No logró decir nada más. Gabrielle se soltó las manos de un tirón y salió corriendo de la estancia.

Afrodita se rascó la cabeza y resopló.

—Bueno, pues qué bien —se dijo a sí misma, y desapareció para buscar a la mujer a quien consideraba su amiga.


Capítulo IV

Afrodita se quedó en la entrada, mirando a Gabrielle. La bardo estaba sentada en un banco de la rosaleda, con las manos entrelazadas sin fuerza entre las rodillas. Por fin, la diosa fue hasta Gabrielle y se sentó a su lado. No habló ni tocó a Gabrielle, sino que esperó a que fuera ella quien reaccionara primero.

Dita perdió la noción del tiempo que pasaron sentadas en silencio e inmóviles hasta que Gabrielle tomó aliento con fuerza. Y sólo porque estaba atenta logró oír el leve susurro cuando Gabrielle habló por fin.

—Afrodita, somos amigas desde hace un montón de ciclos y nunca te he visto hacer nada deliberadamente cruel... hasta ahora. —Gabrielle levantó la cara hacia el cielo y Dita intentó no sentirse ofendida al ver la profundidad del dolor que aún sentía Gabrielle. Sabía que su reacción se debía tanto a la conmoción como a la pena, pero así y todo se sentía muy herida por lo que acababa de decir.

—Gabrielle —dijo Dita suavemente—. ¿Te he mentido alguna vez?

Gabrielle agachó la cabeza y cerró los ojos. Afrodita alzó la mano y la cogió por la barbilla, volviendo con delicadeza la cara de la bardo hacia la suya.

—Gabrielle —repitió—. ¿Te he mentido alguna vez? ¿Sobre todo con una cosa así de importante?

Gabrielle subió la mano y se secó las lágrimas de la cara, luego meneó la cabeza y abrió los ojos.

—No —susurró y carraspeó—. Pero Afrodita, no soy inmortal. No puedo serlo. Yo... yo morí. —Cerró los ojos y tragó con dificultad y luego miró a los compasivos ojos azules de Afrodita—. Xena tenía más posibilidades de ser inmortal... —Tragó saliva—. Y ya sabemos que no fue así.

—Sí que fue así. —Una simple afirmación que cayó en un pozo de silencio.

—¿Qué estás diciendo? —Gabrielle agarró a Afrodita por los brazos con tal fuerza que la diosa hizo una mueca de dolor, sabiendo que le habría dejado marcas si hubiera sido humana.

Se soltó un brazo de la mano de Gabrielle, dejando que Gabrielle siguiera agarrándola de la otra muñeca y la mano. Advirtió que Gabrielle estaba temblando y se levantó. Afrodita contempló los ojos verdes llenos de lágrimas y por primera vez desde hacía más de un año, vio una chispa de esperanza y sonrió.

—Vamos, nena. Tengo que contarte una superpasada total de historia.


Fueron a la sala de las visiones, que en realidad formaba parte de los aposentos de Afrodita, y Dita acomodó a Gabrielle en la cama. Chasqueó los dedos y al instante Gabrielle se encontró hábilmente enfundada en más sedas rosas y arropada en la gran cama con una taza en la mano de algo que olía dulce y aromático.

La diosa notó que Gabrielle seguía conmocionada y le hizo un pequeño gesto.

—Pruébalo. Te sentirás supermejor. Yo tengo que enganchar esto a la pantalla grande para que lo veas.

Gabrielle olió el brebaje y luego bebió un sorbito. Sonrió un poco y luego bebió un sorbo más grande. Afrodita captó su cambio de expresión y sonrió a su vez.

—¿A que es total? No hay nada que reconforte tanto como un buen chocolate caliente. Ah, ya estamos. Bueno. —Se acomodó al lado de Gabrielle y se llevó su propia taza a los labios—. Te voy a tener que dar los detalles generales. Ya sabes, enseñarte lo que ocurrió y explicarte algunas cosas. Luego podemos hablar e intentaré responder a todas las preguntas que tengas, ¿vale?

Gabrielle asintió y luego se quedó mirando cuando apareció la imagen de una versión mucho más joven de sí misma. Sintió el ritmo seductor de la música y retrocedió mentalmente a la fiesta de aquel fresco otoño. Ahora recordaba claramente el momento en que la mordieron, aunque en aquel entonces lo tenía todo borroso.

—Te acuerdas de esto, ¿verdad? —Afrodita miró a Gabrielle cuando dejó en pausa la red divina. La cabeza rubia asintió—. Vale, ¿recuerdas haber bebido la sangre del cáliz?

Gabrielle hizo memoria y empezó a temblar cuando se le aclararon los recuerdos. Afrodita le quitó la taza de las manos y volvió a conectar el cuenco de las visiones.

—Xena te tiró el cáliz de las manos, pero tú ya habías bebido un trago. Era tan embriagador que estabas bebiendo el segundo trago cuando el chakram te apartó la copa de los labios.

Gabrielle cerró los ojos y Dita detuvo de nuevo la imagen.

—Sí —susurró.

Afrodita cogió las manos de Gabrielle entre las suyas y las apretó suavemente.

—Y aunque Xena y tú todavía no erais amantes, querías compartir esa sensación, y cuando ella te lo ordenó... —Afrodita se calló y luego continuó—: ¿Cuántas veces le hiciste sangre cuando ya erais amantes?

Gabrielle se soltó bruscamente y se levantó de la cama.

—Gabrielle —dijo Dita suavemente desde la cama—. No os estaba espiando. Llevo lunas investigando para conseguir dar con esto.

Gabrielle se abrazó a sí misma.

—No ocurría a menudo. Y nunca era a propósito. No era algo de lo que habláramos. —Se volvió de nuevo hacia Afrodita—. Pero eso no habría hecho inmortal a Xena. Ella no bebió del cáliz.

—No, pero sí que comió ambrosía poco después y con eso fue suficiente. Tu mordisco fue el inicio y la ambrosía hizo el resto.

Hubo silencio después de eso, mientras Gabrielle reflexionaba sobre la verdad de lo que había dicho Afrodita. Por fin se dio la vuelta y regresó a la cama, sentándose con cuidado. Le dolía la cabeza por la cantidad de ideas que se le pasaban por ella, le ardía la garganta por la conversación a la que ya no estaba acostumbrada y le escocían los ojos por las lágrimas derramadas y las que todavía no había derramado. Afrodita la miró con compasión.

—Lo siento, Gab. Si hubiera una forma más fácil de hacerte pasar por esto, sabes que la encontraría.

—Lo sé —susurró Gabrielle—. Es que estoy un poco apabullada y todavía hay muchas cosas que no tienen sentido. Sobre todo porque he dejado de sentir la presencia de Xena...

—Lo sé, nena, créeme. Toma. —Le devolvió el chocolate a la bardo—. Le he añadido espumas. Me parece que a estas alturas te mereces todo el consuelo que se te pueda dar.

Gabrielle enarcó una ceja, preguntándose qué sería una espuma, y entonces vio las islitas blancas que flotaban en su taza. Probó una y sonrió levemente a Afrodita.

—Ventajas de ser diosa, ¿eh?

Dita se echó a reír.

—Una de ellas, sí. ¿Te encuentras mejor? ¿Lista para continuar?

Gabrielle se frotó la cara con las manos.

—No sé si alguna vez estaré preparada para esto, pero hay cosas que necesito saber. Así que vamos allá.

Afrodita asintió, se puso de nuevo las gafas y consultó las notas que había escrito.

—Supongo que lo primero que vas a preguntar es por qué no te comportas como una bacante, ¿no?

Gabrielle asintió.

—Bueno, sí, ésa sería una de mis preguntas.

Dita volvió a mirar sus notas.

—Pues, nena... ¿qué quieres que te diga? El amor lo conquista todo. —Suspiró al ver la cara de incomprensión de Gabrielle—. La fuerza del amor que os teníais Xena y tú eliminó gran parte de la necesidad de sangre. Tu pasión seguía otros derroteros. —Afrodita sonrió al ver el rubor que tiñó el rostro de la bardo—. Alégrate, nena. El vínculo que tenéis es totalmente, radicalmente, cien por cien auténtico y tan poco común que la mayoría de la gente no lo ve en toda su vida... y mucho menos lo vive.

—¿¿Y ahora me pides que pase la eternidad sin él?? —Gabrielle se cruzó un brazo por el pecho intentando aliviar el dolor para poder respirar—. Dioses... habría sido mejor no haberlo tenido.

—No, cosita. Déjame que siga, ¿vale? Tu historia tendrá un final feliz, te lo prometo.

Gabrielle no pudo evitar sonreír ligerísimamente ante la vehemencia de Afrodita. Ésta nunca le había prometido algo a la bardo sin cumplirlo. Gabrielle asintió y la diosa soltó un suspiro de alivio.

—Vale, ¿por dónde iba? —Recorrió la página con el dedo—. Ah, sí... los derroteros de tu pasión. Bueno, el caso es que os metíais en muchos combates que bastaban para satisfacer cualquier residuo que quedara de sed de sangre. —Miró a Gabrielle con seriedad—. ¿Nunca notaste que los combates eran siempre más violentos e intensos cuando las dos estabais peleadas? Hubo un momento... chata, hasta yo tuve que hacer un esfuerzo para ver ese amor. —Agitó las manos—. Pero bueno, eso ahora no importa. Nos tenemos que preocupar del presente. ¿Me vas siguiendo?

—Eso creo. El vínculo de nuestras almas eliminaba gran parte de la sed y los combates se ocupaban del resto.

—Eso es, básicamente.

—Vale, eso lo puedo aceptar. Pero no explica por qué morimos... por qué Xena está muerta.

—Venga, termínate el chocolate y deja que te arrope. Esto va para largo y podemos ponernos cómodas, o sea.

Afrodita instaló a Gabrielle en la gran cama y se ocupó de servir más chocolate. Gabrielle se preguntó distraída por qué lo hacía físicamente en lugar de limitarse a chasquear los dedos. Por su parte, Afrodita estuvo perdiendo el tiempo hasta que se quedó sin cosas que hacer. Entonces respiró hondo. Ahora venía lo difícil.

—La primera vez que moriste después de hacerte inmortal fue cuando tiraste a Esperanza al pozo. ¿Recuerdas lo que pasó?

Gabrielle cerró los ojos. Sus recuerdos de aquella época eran borrosos y se concentró en ellos con un esfuerzo.

—Recuerdo que eché a correr —susurró—, que miré a Xena a los ojos... que me tiré con Esperanza por el borde del pozo y luego... un dolor abrasador. Caí en un repecho, creo. Yo... Ares dijo que él...

—Ares habría dicho cualquier cosa para convencer a Xena de que regresara con él, eso ya lo sabes. Deja que te enseñe lo que ocurrió de verdad. —Afrodita volvió a conectar la red divina mundial y empezó la proyección justo en el momento en que la bardo y Esperanza caían al pozo en llamas.

Gabrielle obligó a sus ojos a mirar, aunque se encogió al oírse a sí misma gritar. A mitad de la caída, chocó efectivamente con un repecho y se le rompieron los huesos con un crujido espantoso. Esperanza quedó envuelta por la llama y desapareció con el fuego y, durante varios días, Gabrielle permaneció en el repecho sin moverse.

Por fin, curada lo suficiente como para moverse, se obligó a trepar hasta la boca del pozo. Pero no había tenido tiempo suficiente para recuperar las fuerzas y cuando llegó al borde, cayó al suelo cerca del altar.

Allí la encontró un grupo de gitanos que la trasladó al hospicio más cercano, donde estuvo inconsciente casi otros siete días. Cuando recuperó el conocimiento por segunda vez, se marchó inmediatamente para buscar a su atormentada alma gemela.

—¿Estás bien? —preguntó Afrodita amablemente. Gabrielle tenía el puño apretado contra la boca y la diosa no sabía si era para evitar gritar o vomitar. Gabrielle asintió secamente.

—Sí. Es que estaba recordando... —Se levantó y corrió disparada a la sala del baño. Afrodita suspiró y se materializó detrás de ella. Le pasó a Gabrielle un paño húmedo por el cuello y la abrazó cuando terminó.

—¿Quieres oír el resto o quieres esperar hasta más tarde? La cosa no va a mejorar hasta que terminemos.

Los ojos verdes inyectados en sangre miraron a Afrodita.

—Acabemos con esto. —Gabrielle se enjuagó la boca y Dita le dio un poco de menta para que se le calmara el estómago. Luego volvieron al dormitorio y la diosa adelantó el tiempo en la pantalla.

—La siguiente muerte que tengo, en este caso de las dos, es vuestra crucifixión en los Idus de marzo. Eso sí que fue un marronazo al máximo.

—¿Por qué? El cielo no habría sido un mal lugar para pasar la eternidad.

—Ya, si os hubierais podido quedar allí, pero ésa no fue la razón de que el dios de Eli os llevara hasta allí y no tenía la menor intención de permitir que os quedarais. Usó vuestras almas para que librarais la batalla por él mientras vuestros cuerpos se curaban. Por desgracia, Eli devolvió vuestras almas a vuestros cuerpos antes de que estuvieran preparados y ya sabes la que se montó. —Dirigió a Gabrielle una mirada intencionada.

Gabrielle se rió a regañadientes.

—Mm, sí. Creo que ése fue el comienzo de nuestra etapa "hagamos la guerra, no el amor". Estuvimos peleando con todo y con todos, incluidas, sobre todo, nosotras mismas. —Soltó una risita—. Pero cuando por fin nos reconciliamos... —Se le puso la cara como un tomate al recordarlo.

—Mmm-mmm... ya te digo. Yo sentí esa reunión. ¡Qué forma de estremecer el mundo! —Sonrió a Gabrielle—. Qué bien estabais juntas... y volveréis a estarlo.

Gabrielle se puso seria.

—¿Cómo, Afrodita? ¿Cómo puedes decir eso? Xena está muerta y hasta su espíritu ha desaparecido. Me prometió que siempre estaría conmigo... que ni siquiera la muerte nos separaría, pero no la he visto ni he sentido su presencia desde aquel día.

—¡Sooo! ¡Para el carro! ¡Un poco más despacio, cagaprisas! Te lo explico si me das un minuto.

Gabrielle se frotó la cara con las manos.

—Lo siento. Es que...

Afrodita abrazó a la bardo y le dio un ligero beso en la cabeza rubia.

—Tranqui, nena. De verdad que lo entiendo.

Gabrielle le devolvió el abrazo con ternura.

—Gracias —susurró.

—Ahora recuerda... en todos los casos hasta ahora, Xena y tú habéis tenido un cuerpo al que regresar. Sólo ha sido cuestión de esperar a que el cuerpo se regenerara y cuando ya estaba bien, el alma volvía.

—Ya... —Gabrielle se quedó callada, intentando seguir las ideas de Afrodita.

—Cuando Xena te dijo que incineraras su cuerpo, fue con la intención de regenerarlo en el Monte Fuji. Pero eso hizo imposible que su espíritu se reuniera con su cuerpo cuando no lo hiciste al ponerse el sol. Como no hay cuerpo que regenerar, el espíritu no tiene un lugar donde vivir.

—Vale, ¿¿y su espíritu va y desaparece sin más?? ¡Yo no veo ese final feliz que me has prometido, Afrodita!

—Sshh... sshh... cálmate, nena. A eso voy. —Le acarició el pelo a Gabrielle con las manos, intentando apaciguarla—. Ahora cálmate y escucha, ¿vale? Aquí es donde se lían las cosas. —Tomó aliento con fuerza—. Lo que hizo Ares, o lo que intentó hacer, fue devolverla a la vida... recuperar su cuerpo y su espíritu. Pero es evidente que no funcionó... por un par de razones, creo yo.

—¿Crees?

—Pues sí —contestó Afrodita a la defensiva—. Nunca había pasado una cosa así y no sé muy bien qué encantamiento utilizó. —Alzó las manos—. Espera, déjame terminar, ¿vale?

Gabrielle asintió y volvió a reclinarse. Dita se levantó para dar vueltas de un lado a otro.

La diosa se quitó las gafas y las dejó en la mesa y luego se enredó las manos en el pelo llena de frustración.

—Por lo que he conseguido averiguar, no funcionó por dos razones principales... en primer lugar, nuestro poder en Japa es minúsculo. No tenía la fuerza necesaria para llevarlo a cabo. La segunda razón sería que no estaba totalmente preparado para realizar el ritual del modo correcto. Teniendo en cuenta su estado de ánimo aquel día, me sorprende que consiguiera llegar hasta ti.

—¿Puedes arreglarlo?

Afrodita negó con la cabeza.

—Se puede arreglar, pero no puedo hacerlo sola. Pero tal vez podríamos hacerlo juntas... tú y yo.

Gabrielle apartó las sábanas de golpe y se levantó con las piernas temblorosas.

—Pues vamos.

Afrodita volvió a negar con la cabeza y a Gabrielle le dieron ganas de dar patadas en el suelo de pura frustración.

—No. Aún no. Tú no tienes fuerza suficiente y yo tengo que investigar un poco más. Así que vuelve a esa cama a dormir como una niña buena y deja que Dita termine el trabajo que tiene que hacer, ¿vale? Entonces nos ocuparemos de que esa nena guerrera supertotal regrese a tus brazos, que es donde tiene que estar.

Gabrielle se quedó mirando a la diosa durante lo que parecieron marcas enteras hasta que por fin reconoció que ésa era la línea de acción más prudente. Ares no había estado preparado para hacer lo que fuera que había hecho y Xena había acabado a saber dónde con su vínculo roto. Además, estaba agotada hasta la médula y a punto de derrumbarse.

Gabrielle soltó un leve suspiro y cerró los ojos.

—Está bien, Afrodita —dijo suavemente al tiempo que volvía a meterse en la cama—. Gracias.

Dita se quedó sorprendida.

—¿Por qué, cosita?

—Por interesarte —fue el murmullo de la respuesta antes de que la respiración de Gabrielle se hiciera profunda por el sueño.

—De nada, nena. Siempre lo he hecho. —Le apartó a Gabrielle el pelo de la cara y posó los dedos en la suave piel de la bardo antes de desaparecer, dejando atrás tan sólo un rastro de pétalos de rosa.


Podrían haber sido marcas, podrían haber sido días. Gabrielle no sabía cuánto tiempo había transcurrido cuando se despertó. Pero por primera vez desde la muerte de Xena, sentía esperanza. Todavía estaba intentando asimilar la información que le había dado Afrodita, pero lo que más destacaba dentro de su mente era el hecho de que el espíritu de Xena seguía vivo y buscaba un modo de volver a casa.

Apartó las sábanas y salió de la habitación, siguiendo los murmullos hasta otra estancia de los aposentos de Afrodita. La diosa estaba sentada ante un inmenso escritorio, tapada por una pila de pergaminos. El suelo estaba cubierto de notas arrugadas y mientras miraba, una bola de pergamino salió volando por encima de la pila.

—¡Lanza! Y...

—¡...falla! —contestó Gabrielle, cuando la bola de pergamino chocó con el borde de la papelera desbordada y cayó al suelo. Los rizos rubios de Dita asomaron por encima del escritorio.

—Oh, hola, preciosidad. ¿Qué tal has dormido?

—Muy bien. Morfeo se ha mostrado amable.

—Sí, se lo pedí yo. Es un buen dios.

Gabrielle no respondió, aunque se le puro cara escéptica, pues recordaba su primer encontronazo con el dios de los sueños.

—Bueno, tú tienes una pinta mucho mejor y creo que yo lo tengo todo controlado, o sea. —Levantó varios pergaminos, hurgando entre ellos—. En cuanto encuentre mis notas. Sé que están aquí. Pero si acabo de... ¡ajá! Vamos, Gab. Podemos repasar todo esto en la bañera. Supernecesito un baño después de esto. Hacía siglos que no trabajaba tanto, o sea.

Antes de que Gabrielle tuviera oportunidad de responder se encontró hundida hasta el cuello en cálidas burbujas. Cerró los ojos, recreándose en el placer. Sólo cuando Afrodita se materializó justo a su lado, abrió de mala gana los ojos verdes.

—Ooooh —gimió al recostarse en el agua y cerrar los ojos—. Ni que prescrito por una diosa. Ya me siento mejor. —Dita se quedó así unos minutos y luego se incorporó y alcanzó sus notas—. Vale. Tengo una noticia buena y otra mala.

Gabrielle se pasó las manos mojadas por el pelo y luego se tapó los ojos.

—Cómo no. Dame primero la mala.

Afrodita se mordisqueó el labio.

—Pues la mala noticia es que no sé dónde está Xena.

—¿Entonces cómo podemos recuperarla? ¡Seguimos sin tener un cuerpo y ahora me dices que tampoco tenemos un espíritu!

—Tranqui, nena. Creo que he encontrado la solución para tu problemilla.

—¿¡¿CREES?!? ¿¿Cómo que crees??

—¡Oye, que estoy haciendo todo lo que puedo, Gab! No me agobies, ¿vale? ¡No he sido yo la que te ha metido en este marrón!

Gabrielle agachó la cabeza.

—Perdona, Afrodita. Sé que me estás haciendo un favor inmenso y voy yo y me pongo como una hidra. Sigue.

La diosa cogió a Gabrielle de la barbilla y le levantó la cara hasta que se miraron a los ojos.

—No pasa nada, ¿vale? —Sonrió, con la esperanza de obtener una sonrisa a cambio. No se vio defraudada.

—Eres una buena amiga, Afrodita.

—Eso es probablemente el cumplido auténtico más agradable que me han hecho nunca.

—También es la verdad. —Gabrielle hizo una pausa—. Bueno, ¿cuál es el plan?

—Pues tenemos las cenizas de Xena. Tú tienes sangre inmortal. He encontrado un ritual que te permitirá usar tu sangre para regenerar su cuerpo. Como estáis unidas por el alma, su alma debería acudir a ti y cuando su cuerpo se haya regenerado, volveréis a ser una pareja guay.

—¿Y cuándo podemos hacerlo?

—Creo que tenemos que ir a Macedonia. No nos conviene que Ares se entere de esto y nos lo jorobe totalmente.

—¿De verdad crees que lo haría?

—Gab, creo que está un poco... mm...

—¿Obsesionado?

—Pues, mm... ciego, tal vez... en lo que se refiere a ella.

Gabriele resopló.

—Vale. ¿Por qué Macedonia?

—Un par de razones. Por un lado, Ares no irá a buscarnos allí. Y por otro, Hefi tenía allí un escondrijo superchachi.

Gabrielle se mordió las uñas.

—Vale, ¿cuándo podemos ir?

Afrodita sonrió compasiva.

—Estás deseándolo, ¿eh?

Gabrielle se limitó a asentir.

—Deja que termine de bañarme y coma un poco y nos vamos. —Señaló a la bardo con un dedo cubierto de burbujas—. Tú también tienes que comer. Esto te va a desgastar mucho.


Se habían pasado un momento por la cripta de la familia de Xena, y Afrodita se ofreció a entrar sola para recoger las cenizas y las armas de Xena. Gabrielle meneó la cabeza y sonrió.

—Gracias, Afrodita, pero es responsabilidad mía. Espera aquí. Ahora mismo vuelvo. —Y se metió en el interior antes de que la diosa pudiera decir nada. Se sentó, reflexionando sobre la entereza de su amiga inmortal.

Gabrielle encendió la antorcha y miró a su alrededor con nuevos ojos. La esperanza había sustituido a la desesperación, y avanzó con paso ligero hacia el sitio donde había colocado los restos de Xena. Con gesto reverente, cogió las cenizas, las envolvió de nuevo y las puso al fondo de su zurrón. Cogió la espada y el chakram y volvió a mirar a su alrededor.

—Si esto funciona... cuando esto funcione, volveremos para limpiar todo esto. Sois nuestra familia y no merecéis ser olvidados. Así que deseadnos suerte, ¿vale? —La bardo sintió que recuperaba el optimismo y salió de la cripta con el corazón ligero y el paso aún más ligero—. Chachi, Afrodita. Vamos allá.

Afrodita se echó a reír al oírse reflejada en el habla de Gabrielle. Luego agitó la mano y las dos desaparecieron.


El escondrijo de Hefestos era, bueno... un poco espeluznante, en opinión de Gabrielle. Tuvieron que ir caminando desde la entrada oculta y había que atravesar un laberinto de pasillos y pasadizos para llegar a su destino. Afrodita tuvo cuidado de marcar cada pasadizo y trampa para que no tuvieran dificultades al salir. No creía que Xena fuera a estar para juegos en ese momento.

—Le pedí a Hefi que hiciera un atajo, pero no hubo manera —dijo Dita mientras caminaban por el laberinto—. Dijo que la idea era tener un sitio superprivado. —Afrodita se sonrojó—. Lo cual venía muy bien en ocasiones. Ejem, bueno... pero tenemos que tener cuidado. Aquí dentro hay unas trampas increíbles que podrían dejar encerrado hasta a un dios. —Afrodita se mordisqueó una uña y luego miró a Gabrielle—. Aunque creo que Hefi no me fue del todo sincero sobre este lugar.

Gabrielle miró un instante a la diosa, con cuidado de no perder de vista el camino que iban siguiendo.

—¿Y eso?

—Pues es que muchas de las sorpresas están pensadas para dejarte dentro, no sólo para impedirte entrar, sabes. Con el Ojo es imposible entrar y salir materializándose, que es por lo que estamos haciendo a pie esta parte tan cutre. Y Hefi no se puso a construir este lugar hasta después de toda la movida con Dahak. Ya sabes.

Gabrielle lo sabía perfectamente y se puso pálida por los recuerdos que le traía ese nombre.

—El caso es —continuó la diosa—, que siempre me he preguntado, en el fondo, cuál era el motivo real. Tuerce a la izquierda. Ah... ya hemos llegado.

Gabrielle contempló la austera estancia, localizó el Ojo sin dificultad y observó el resto despacio. Había candelabros de pared por toda la habitación y una pared que también parecía hacer las veces de puerta. Había un gran altar plano debajo del Ojo y unas cuantas trampas más esparcidas al azar. No había muebles, y Afrodita señaló el altar. Sacó sus notas.

—Vale, tienes que esparcir las cenizas de Xena sobre el altar. Con cuidado, aunque tampoco es que aquí haya viento que se las pueda llevar.

Gabrielle dudó y luego quitó la tapa. El olor le produjo una arcada y se quedó inmóvil apretando la mandíbula hasta que se le pasó.

—¿De cualquier manera? O sea, ¿tengo que formar una figura con ellas, extenderlas por igual o qué?

Afrodita recorrió el pergamino con un dedo.

—No dice. Pero yo diría que las extiendas por igual. Tampoco es que sepamos a qué corresponde cada ceniza, ¿sabes? —Volvió a concentrarse en sus notas y no vio el estremecimiento de Gabrielle.

Gabrielle agitó con precaución la urna, intentando distribuir las cenizas de manera uniforme por la piedra. Tardó un rato y mientras, Afrodita se sentó en el suelo para meditar. Cuando terminó, Gabrielle regresó con la diosa y le puso una mano titubeante en el hombro. Dita abrió despacio los ojos y sonrió a la bardo.

—¿Has acabado, cielito? —Gabrielle asintió—. Vale, pues a ver. Mmm, pon la espada aquí —señaló—, y el chakram aquí —señaló otro punto—. Oh, espera... vas a tener que usar el chakram para derramar la sangre. —Arrugó la cara con asco.

Gabrielle obedeció y colocó la espada en su sitio y dividió el chakram. Puso una parte en el altar y agarró la otra con la mano derecha. Se volvió para mirar a Afrodita, aguardando nuevas instrucciones.

—Vale, mm... ahora viene la parte asquerosa. Tienes que... uuuh... mm, hacerte un corte muy profundo para que sangre mucho. —Se estremeció—. Vas a tener que compartir como la mitad de la sangre de tu cuerpo para que esto funcione.

A Gabrielle se le desorbitaron los ojos, pero asintió aceptándolo.

—No te preocupes, nena. Yo estaré aquí controlando. —Dita respiró hondo—. ¿Lista?

Gabrielle alzó el chakram y Afrodita cogió la mano izquierda de la bardo con la suya. Con la mano derecha, acarició la parte interna de la muñeca izquierda de Gabrielle.

—Aquí —dijo en voz baja—. Ésta viene directamente del corazón.

Gabrielle se mordió el labio y cerró los ojos, luego levantó el chakram y se cortó limpiamente sin inmutarse. La sangre empezó a manar despacio y los ojos verdes se abrieron y se fijaron un momento en Afrodita, y luego prestó atención a las cenizas que poco a poco se iban empapando de rojo.

Cenizas que estaban adquiriendo el contorno etéreo de una figura muy conocida. Gabrielle sintió que se le encogía el corazón al ver la conocida forma que había echado en falta con doliente intensidad desde hacía más de doce lunas. Notó que le resbalaban las lágrimas y observó cómo caían sin obstáculo sobre el altar y se mezclaban con la sangre y las cenizas.

En ese momento, Ares entró como una exhalación e interrumpió el ritual, deteniéndolo todo. Las cenizas se diseminaron y Gabrielle soltó un grito agónico cuando la sangre intentó volver a meterse en su ser.

Afrodita tocó un punto del cuello de Gabrielle y la dejó inconsciente por compasión. Entonces la diosa se irguió y pegó un bofetón a Ares, furiosa por esta interferencia final.

—¡Ojalá te pudras en el Tártaro, Ares! ¡Ya casi la teníamos!

—¿Qué? ¿Casi teníais a quién?

—A Xena, idiota. ¡Estábamos recuperando a Xena y lo has fastidiado por completo!

—¿¿Y yo cómo lo iba a saber?? ¡No me lo habías dicho!

—Exacto... no te lo dije porque no quería que estuvieras aquí... justo por esta razón. ¡No tienes sentido común cuando se trata de Xena y con todo lo que has hecho últimamente no has conseguido más que empeorar las cosas!

—Yo... pero...

—Vete, Ares. No quiero que estés aquí cuando Gabrielle se despierte. No se merece el dolor que le has causado y no creo que podamos solucionarlo. No quedan suficientes cenizas de Xena para trabajar. —Vaciló al ver la expresión de dolor que le cruzó el rostro—. Por favor, Ares —dijo con tono apagado—. Vete ya.

Él miró a Gabrielle, que por suerte seguía inconsciente cerca del altar. Le cerró la herida de la muñeca y luego se inclinó para darle un beso en la sien.

—Lo siento, Gabrielle. Fuiste una digna adversaria, pero no te merecías esto. Ninguna de las dos os lo merecíais.

Ni se molestó en mirar a Afrodita, que estaba boquiabierta. Se dio la vuelta y se marchó por donde había venido.


PARTE 3


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
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