Capítulo XXXVII


Pasaron casi tres años desde el final de la guerra hasta que Hércules consiguió volver a su refugio de Banff y cuando llegó, casi no reconoció el sitio por los cambios que había llevado a cabo Gabrielle durante su estancia.

Su pequeña cabaña de una sola habitación había desaparecido y en su lugar había una casa de tres habitaciones. Gabrielle había añadido un dormitorio privado y un cuarto de baño con agua corriente caliente y fría. Se quedó maravillado cuando se lo enseñó todo.

La volvió a abrazar con fuerza, como lo había hecho cuando coronó el último risco y la encontró en el pequeño huerto.

—Esto es maravilloso, Gabrielle. Lo has convertido en un hogar. ¿Cómo lo has conseguido? —Se fijó en los grandes troncos que formaban las paredes de las nuevas habitaciones y se acordó muy bien de la lucha que él mismo había tenido que librar para construir sólo la habitación original. También vio los muebles que había añadido, incluido un estupendo escritorio para sí misma situado en ángulo cerca de la chimenea.

Ella le lanzó una mirada.

—Después de casi dos mil años, espero haber aprendido a trabajar con cierta eficacia. Además, tenía mucho tiempo y poco más que hacer —dijo sin el menor atisbo de reproche, aunque Hércules se lo tomó así.

—Siento haber tardado tanto, Gabrielle —dijo Herc frotándose la cara con una mano, intentando disimular el cansancio y la desilusión que sentía tan profundamente. Ella le dio un ligero empujón en el hombro y él captó la indirecta y se sentó en una silla de la cocina que había hecho él mismo muchos años antes. Gabrielle colocó la tetera en el centro del fogón, se sentó a su lado y le cubrió la mano delicadamente con la suya.

—Hércules, no ha sido un problema, en serio. La guerra rara vez es corta en términos mortales, y he aprovechado el tiempo para ponerme al día con un montón de cosas... por ejemplo, con mis escritos. ¿Sabes cuántas historias he podido repasar y crear a partir de las entradas de mi diario? —Se echó a reír suavemente—. No me había dado cuenta de que había hecho tantas cosas.

Herc se rió. Qué bien entendía esa sensación.

—Además —continuó ella con una sonrisa—, he inventado un nuevo instrumento de escritura. Me ha facilitado las cosas. ¿Quieres verlo?

Hércules sabía lo que estaba haciendo Gabrielle y le agradeció el esfuerzo. De modo que contestó con el mismo entusiasmo:

—¡Claro!

La tetera empezó a silbar cuando se levantó y él le hizo un gesto para que la dejara.

—Ve a buscar tu nueva pluma. Soy capaz de servir agua caliente. —Cogió sus alforjas de donde las había dejado junto a la puerta al entrar y hurgó en ellas hasta que encontró lo que estaba buscando. Regresó al mostrador justo cuando Gabrielle volvía del dormitorio.

Gabrielle dejó en la mesa algo que parecía un palo de madera y luego fue a una alacena y sacó la miel. A Herc se le iluminaron los ojos al verla y llevó las dos tazas a la mesa, donde dejó una cada lado antes de coger el extraño instrumento de escritura que había dejado ella.

Gabrielle sacó dos cucharas del cajón, le pasó una a Hércules y volvió a sentarse. Lo observó con ojos fascinados mientras él estudiaba el objeto, que por fin consiguió desmontar, y entonces cayó en la cuenta...

—¡Es una pluma sin pluma! —exclamó con deleite y asombro—. Qué cosa más inteligente, Gabrielle. Seguro que dura mucho más que las plumas reales... incluso las que tienen punta metálica como ésta.

Los ojos verdes relucían llenos de regocijo.

—Es incluso mejor de lo que te imaginas. La llamo pluma estilográfica. En realidad, absorbe la tinta y la guarda para no tener que meterla en el tintero tan a menudo. Lo único que he tenido que cambiar desde que la he hecho ha sido la punta metálica. Se desgasta al cabo de un tiempo... por lo menos tal y como la uso yo. —Soltó una risita y a Hércules se le contagió.

Comprendió entonces que había cambiado mucho y ya no era la chiquilla charlatana e impulsiva que había sido cuando se conocieron, ni la guerrera cansada y acosada que había sido durante el crepúsculo. Era incluso distinta de la mujer a quien había encontrado ayudando a los esclavos fugados a huir por la ruta del Ferrocarril Clandestino.

La mujer que tenía delante tenía un aplomo y una seguridad en sí misma que le habían dado los muchos años que llevaba en la tierra. Y ahora también destilaba una paz que sospechaba que le había faltado durante mucho tiempo. Decidió que era el momento de darle algunas de las noticias que traía, pero lo hizo dando un rodeo.

—¿Qué te parece el té? —le preguntó cuando bebió el primer sorbo.

Gabrielle bebió un segundo sorbo y lo mantuvo en la lengua, dejando que el sabor le inundara los sentidos. Tragó por fin y asintió.

—Está muy bueno, pero no se parece a nada que haya probado desde hace mucho tiempo. Me recuerda a... la primavera y el sol y... las moras.

Hércules bebió un buen sorbo y luego hizo una mueca por la sensación de quemazón cuando le bajó por la garganta. Se le llenaron los ojos de lágrimas y tomó aliento con fuerza. Sin decir palabra, Gabrielle se levantó y le sirvió un vaso de agua fría del pozo y esperó a que se lo bebiera. Lo hizo agradecido y dejó el vaso vacío en la mesa.

—Gracias —graznó—. No ha sido lo más inteligente que he hecho en mi vida.

—¿Estás bien? —le preguntó ella amablemente—. ¿Quieres un poco más?

Él alzó una mano.

—No. Se me pasará enseguida. Por favor, siéntate. —Herc esperó a que Gabrielle tomara asiento de nuevo—. Xena es una mujer muy afortunada —dijo, haciendo que se ruborizara, y continuó antes de que pudiera responder—. Deja que te cuente por qué he tardado tanto en volver aquí.

Gabrielle asintió, cogió su té, bebió con cuidado y esperó a que Hércules hablara.

—La guerra sólo duró cuatro años, pero el horror... la falta de sentido... —Hércules se frotó la cara y el pelo con las manos—. Gabrielle, me recordaba muchísimo a la guerra de Troya o a la de Tesalia y Mitoa. Fue brutal, y la verdad es que no sé si se logró nada salvo dividir a una nación y matar a muchísima gente. —Respiró hondo—. Vi tantas vidas y hogares destruidos, y hacia el final... Gabrielle, ¿te has encontrado viejos amigos?

—¿Quieres decir aparte de Cecrops y tú?

Hércules negó con la cabeza.

—No, no hablo de los demás inmortales. Reencarnaciones de almas que has conocido ya.

—No, la verdad es que... espera. Sí que me encontré con un hombrecillo raro hace treinta años y pico. Llevaba una olla en la cabeza y me recordó a Joxer. Tanto que tuve que hacer un esfuerzo consciente para darme cuenta de que no era él. ¿Te refieres a eso?

—Mm-mm. —Herc se rascó la cabeza—. Hacia el final de la guerra, yo servía al mando de un general llamado Sherman. Era un hombre brutal que quemaba todo a su paso, pero también fue uno de los motivos principales de que la guerra terminara por fin. Sus tácticas hicieron que las tropas del sur quedaran atrapadas entre las del norte.

Gabrielle asintió, indicando que lo comprendía, pues la crudeza de la guerra le era bien conocida.

—Cuando llegamos al mar en Georgia, dimos la vuelta y emprendimos el regreso al norte. En Carolina del Norte, me encontré a un soldado rebelde que ya no luchaba. Se había ido a casa para proteger a su madre y lo único que quería era que lo dejaran en paz.

Hércules miró a Gabrielle, con una angustia evidente en los ojos.

—Gabrielle, era Iolaus. Tan cierto como que estoy aquí sentado, reconocí su alma. —Entonces se echó a reír suavemente—. Y su fiereza. Algunas cosas nunca cambian.

Gabrielle sonrió con compasión. Era evidente que esto había afectado a Hércules profundamente.

—¿Y qué pasó?

—Que convencí a Sherman de que lo dejara en paz. No suponía ningún peligro para nosotros. Y su madre nos dio de comer... bueno, le dimos raciones y ella cocinó una noche. Al día siguiente casi no conseguimos que los soldados reemprendieran la marcha.

—¿Tan bien cocinaba?

—Ya lo creo. El té que estás bebiendo es una de sus mezclas especiales.

—Mmm, está muy bien. ¿Y entonces qué?

—Bueno, en cuanto Lee se rindió y las unidades confederadas se dispersaron para volver a casa, pedí un largo permiso. El último permiso que había tenido fue cuando te traje aquí, así que nadie pudo decir gran cosa, sobre todo porque todos los demás habían tenido varios permisos durante la guerra. Algunos con más frecuencia que otros.

—Volviste a Carolina del Norte —dijo Gabrielle como una afirmación, no una pregunta.

—Sí. Sentía que estaba en deuda con Isaac y su madre.

—¿Por Iolaus?

—Más que nada, sí. —Hércules se detuvo y volvió a respirar hondo—. Me alegro de haber ido, Gabrielle. Los meses no los habían tratado bien a ninguno de los dos y estaban intentando sacar algo para vivir de una tierra abrasada, arrasada y destruida.

Se echó a reír por lo bajo al recordar la cara de asombro de Isaac y Mamá cuando llamó a la puerta, y Gabrielle rió encantada cuando le contó la experiencia.

—¿Y te quedaste el tiempo suficiente para ayudarlos a volver a ponerse en pie? —preguntó Gabrielle cuando su curiosidad se impuso al silencio que se había hecho entre ellos.

Hércules negó con la cabeza.

—No. Los convencí para que se trasladaran al oeste. Para empezar de nuevo. —Le sonrió cohibido—. Y entonces los ayudé a trasladarse. Teníamos una buena caravana de carros cuando por fin nos pusimos en marcha. Había bastantes personas que querían volver a empezar.

Gabrielle asintió sabiamente. ¿Cuántas veces se había alegrado ella por cada nueva oportunidad que se le presentaba? Y después de una guerra... sabía demasiado bien lo desesperada que estaba la gente por dejar atrás esa clase de horror y a veces la manera más fácil y mejor de hacerlo era simplemente empezar de cero en otro lugar.

—¿Y dónde fuisteis?

—Pues recorrimos un buen trecho. Había mucha destrucción hasta que llegamos casi a la mitad del país. Isaac decidió que quería intentar ser alguacil y Mamá dijo que quería amplios espacios abiertos. Así que bajamos hasta Texas. Un viejo amigo del ejército es el oficial federal de justicia de esa zona y le dije a Isaac que hablaría con Daniel para que lo nombrara ayudante.

—¿Y...?

—Y Daniel nombró a Isaac alguacil de un pueblecito que se llama Nocona Corners. Un lugar precioso. Ya tiene un establo con caballerizas y herrero, una mercería, la oficina de la diligencia, la oficina del alguacil, una iglesia, una cantina, un aserradero y Mamá ha montado una pensión.

—¿Y no hay escuela para los niños?

—No hay maestro... aún. Pero si tú quisieras...

—Hércules, ¿qué te hace pensar que puedo enseñar inglés a los niños? Todavía escribo en griego antiguo, que ahora es una lengua muerta. O historia... no llevo tanto tiempo en este país, relativamente hablando, ya sabes. Y Xena era la que hacía todos los cálculos matemáticos cuando estábamos juntas. Yo odiaba las matemáticas... todavía las odio.

Hércules cogió las manos de Gabrielle y esperó a que se tranquilizara. No había pensado que fuera a causarle tal conmoción con su propuesta y se preguntó qué habría detrás.

—Gabrielle, aunque aceptaras hacerlo, no sería este año. Estoy cansado. No nos iríamos de aquí hasta la primavera que viene, en cualquier caso. ¿Vale? —Esperó a que respirara hondo y asintiera—. Además, lees y escribes en inglés mejor que la mayoría de los que lo hablan como lengua materna... me contaste lo de Shakespeare, ¿te acuerdas?

Gabrielle sonrió, recordando con cariño la época que Will y ella habían pasado creando con palabras.

—Y has vivido la historia... aunque no fuera historia americana. Y esa historia es tan corta que te la puedes aprender durante el invierno si quieres. —Vaciló—. Gabrielle, no te he comprometido a nada. En serio, nunca te haría eso. No le he hablado a nadie de todo lo que sabes hacer.

Gabrielle se pasó una mano por los ojos.

—Sé que no lo harías y no sé por qué me he asustado tanto. No es que no haya hecho una cosa así a lo largo de mi vida. —Hizo una pausa—. Tal vez es porque he estado aquí sola los últimos años. No me he relacionado con nadie.

—Bueno, sí que he comentado que tengo una hermana a quien he mantenido alejada de la guerra, y Mamá me dijo que te llevara a hacer una visita. Quiere conocerte.

—Ah, ¿no me digas?

—Sí. No me creyó cuando le dije que mi hermana era una pequeñaja.

—¡¿No es cierto?!

—Claro que sí. Gabrielle, a mi lado, eres una pequeñaja. Y Mamá te gustará. Es irlandesa, valiente y una de las mujeres más estupendas que podrás conocer en tu vida.

—Ya. ¿Me has traído al menos algunos libros para estudiar?

—Sí, y también he traído libros sólo para leer. He pensado que nos vendrían bien para pasar los meses de invierno.

—Cierto. Podría recitar algunos de los que tienes aquí —dijo Gabrielle con una sonrisa sardónica.

—Y cuando llegue la primavera...

—¿Sí?

—Cuando llegue la primavera, haremos un viaje a Texas. Si te gusta, podemos quedarnos un tiempo. Si no, bueno, ya lo pensaremos cuando llegue el momento.

Esperó a que ella asintiera y se levantara y entonces habló de nuevo.

—Hay otra cosa, Gabrielle. Algo que creo que deberías saber.

Ella apartó la vista de la taza que estaba aclarando y Hércules se levantó y se puso a su lado para hacer lo mismo. Gabrielle lo miró enarcando una ceja y esperó.

—Creo que si vamos a Texas, tienes más posibilidades de encontrar a Xena.

A Hércules no le pasó desapercibido el destello de esperanza que le iluminó los ojos. Pero su tono de voz permaneció controlado.

—¿Por qué? ¿Por algo que sabes o por instinto?

Él se encogió de hombros con despreocupación.

—Una mezcla de las dos cosas, creo. He oído rumores... rumores sobre ataques relámpago que están perpetrando los indios contra los colonos blancos, tratando de alejarlos de las tierras indias. No todos, pero muchos de ellos tienen algo que me resulta muy conocido. Las tácticas son parecidas a las que usaba Xena como señora de la guerra.

Entonces la esperanza se transformó en un fuego peligroso.

—¿Crees que Xena ha vuelto a ser una señora de la guerra? —preguntó Gabrielle con un murmullo amenazador.

Herc negó con la cabeza y advirtió que la bardo relajaba ligeramente su porte rígido.

—¡No! —dijo vehementemente—. No —repitió con un tono más suave—. Gabrielle, cuando algo trajo a Xena a este país, fue adoptada por la nación cheyén. Es una nación de guerreros fieros y orgullosos y Xena los considera parte de su familia extendida. Durante años, el hombre blanco ha firmado y violado tratados con todas las tribus nativas. Creo que Xena sólo está utilizando las habilidades que tiene en beneficio de los cheyenes.

—¿Por qué no unir a todas las tribus contra los blancos? —preguntó Gabrielle con aire pragmático—. Ganarían si Xena los dirigiera.

Hércules asintió mostrando su acuerdo.

—Sí, ganarían. Pero hay mucho conflicto entre las tribus y muchas de ellas jamás aceptarían a una mujer como jefa de una partida de guerra. Sobre todo a una que no ha demostrado que vale.

Gabrielle estalló en carcajadas y Hércules se unió a ella con placer.

—Lo sé, lo sé —dijo cuando recuperó el aliento—. Como la conocemos, nos parece totalmente absurdo. Pero ellos no la conocen y no hay tiempo para convencerlos a todos. Pero gracias por las risas... hacía años que no me reía así.

—¿Cómo te has enterado de todo esto?

—¿Lo de los ataques? ¿O la implicación de Xena en los asuntos de los indios?

—Sí.

Herc se rió por lo bajo.

—Bueno, Xena me contó algo de su relación con la tribu cheyén cuando la vi. Me estuvo explicando su búsqueda.

—¿Te contó qué estaba buscando exactamente?

—Sólo sé que hay una serie de objetos sagrados que tiene que encontrar antes de intentar regresar a la Grecia de la que salió.

—Pero estábamos en Ja... Japón.

Hércules encogió los anchos hombros.

—No sé. Ella parece pensar que puede regresar a Grecia. Creo que tiene suficiente determinación para encontrar una manera de hacerlo. —Dudó—. Tú eres parte de ello, que lo sepas.

—¿Tú crees?

Hércules meneó la cabeza castaña clara.

—Mm-mm. Lo sé.


Poco a poco los días adoptaron una rutina y el calor del verano no tardó en dar paso al fresco del otoño. Hércules y Gabrielle recogieron juntos los productos del huerto y prepararon la cabaña para el invierno que se acercaba. Hércules se quedó asombrado en más de una ocasión por la fuerza y las firmes capacidades de Gabrielle, pero en lugar de comentar nada y hacer que se sintiera cohibida, se limitaba a menear la cabeza y volver al trabajo.

Cuando todo lo de la cabina quedó hecho y preparado para las tormentas que se avecinaban, Gabrielle decidió plantearle a Hércules el tema de la caza.

—Hércules, ¿te ofenderías mucho si te pidiera que no salgas a cazar conmigo?

Él le cogió las manos y se las apretó ligeramente.

—Gabrielle, sé que necesitas alimentarte y jamás querría avergonzarte... bueno, ya sabes lo que quiero decir. Si estás más cómoda cazando sola, sé que aquí todavía hay cosas que hacer. Pero ten cuidado, ¿quieres?

Ella le sonrió con aire pícaro.

—Siempre lo tengo —dijo con descaro, olvidándose oportunamente de lo que Xena siempre había llamado el "Efecto Gabrielle".

—Ya —le tomó el pelo él—. Como si no hubiera oído algunas historias.

Gabrielle le dio una palmada en el musculoso brazo.

—No te metas conmigo —gruñó.

Él se echó a reír y advirtió distraído que tendía a reírse mucho en su compañía. Eso explicaba en gran medida los cambios radicales que había observado en Xena, y dejó a un lado esa idea para reflexionar sobre ella cuando estuviera a solas.

—Vete —dijo dándole una palmadita en la espalda—. Me gustaría que trajeras filetes de venado.

Los ojos de Gabrielle soltaron un destello risueño. Como el tiempo todavía no era frío del todo, la mayoría de las pieles y todas las que había curtido ella seguían guardadas. Decidió tomarle el pelo a Hércules... un poquito.

—Ah, ¿no me digas? A ver qué puedo hacer, aunque no es lo que suelo buscar en esta época del año. Entretanto, seguro que hay que airear las pieles y la ropa de cama. Hasta luego.

Entonces se alejó por el pequeño sendero y desapareció en el bosque del otro lado.

Hércules se quedó mirando un buen rato, con los ojos clavados en el punto por donde Gabrielle se había internado entre los árboles hasta desaparecer de su vista.

—Vaya, me pregunto qué habrá querido decir con eso. Tiene esa cara de "estoy tramando algo". Pobre Xena —dijo, riéndose por dentro al tiempo que se dirigía al colgadizo que hacía las veces de almacén—. Las va a pasar moradas para mantenerse a la altura de Gabrielle.


Hércules estaba sentado en el pequeño porche cuando vio la cabeza rubia de Gabrielle que aparecía por un hueco entre los árboles. Pensó en dejar que se las arreglara sola con su carga después de la sorpresita que le había endilgado horas antes, pero su carácter no se lo permitió y se levantó y corrió despacio hasta la línea de árboles.

—¿Has conseguido otro oso? —preguntó con una ligera sonrisa burlona.

—Sí, y también ese ciervo que querías.

Él enarcó una ceja.

—No tenías por qué...

—Ya lo sé —interrumpió ella—, pero podía. —Se encogió de hombros con gracia—. Así que lo he hecho.

Él se fijó en un odre de cuero que le colgaba de la cintura y se imaginó que debía de haber recogido la sangre que necesitaba para el invierno que se acercaba. Se estremeció, pero dejó de pensar en ello, porque sabía que ella no había elegido el destino que le había tocado en suerte. Además, nunca había visto que tomara más de lo que necesitaba y, por lo que había visto en el poco tiempo que había transcurrido desde su regreso a Banff, devolvía a la tierra por lo menos tanto como tomaba.

—Pues muchas gracias, Gabrielle —dijo, concentrando la mente en otras cosas—. ¿Qué tal si cojo todo esto y empiezo a prepararlo y, cuando te laves, a lo mejor podrías... mm... cocinar unos filetes?

—¿Insinúas que apesto?

—¡Nonononono! —dijo Hércules, retrocediendo un poco cuando Gabrielle avanzó un paso—. Es que pensaba que podría venirte bien darte un baño después de cargar con este osazo.

Gabrielle dejó que se preocupara un momento mientras seguía avanzando. Soltó una risita cuando lo alcanzó.

—Te has librado —dijo—. Y tienes razón, podría.

—¿Cocinar? —conjeturó él.

Gabrielle pasó a su lado riendo.

—Eso también.


Hércules agradeció mucho la habilidad como cazadora de Gabrielle cuando el tiempo pasó de repente de frío a gélido. Su cama era un colchón relleno colocado en el suelo de la habitación principal y notó una diferencia inmediata cuando las pieles que había conseguido se convirtieron en alfombras, mantas y cortinas para las ventanas. No se podía creer lo acogedora y agradable que estaba la cabaña con estas mejoras.

El invierno transcurrió agradablemente para los dos inmortales. Había muchas cosas que los mantenían ocupados y respetaban el silencio tanto como les gustaba conversar. Gabrielle se dedicó a estudiar historia americana y Hércules descubrió que se le daban mejor las matemáticas que a él. Hércules decidió que era agradable volver a tener familia, aunque sólo fuera durante una temporada, y Gabrielle llegó a la conclusión de que tener un hermano mayor no estaba nada mal, sobre todo uno que respetaba sus habilidades.

Los días se convirtieron en semanas y luego en meses y por fin las tormentas pasaron de feroces temporales a nevadas tranquilas y de ahí a las lluvias de primavera. Por fin, el tiempo se aclaró lo suficiente para que bajar de las montañas para entrar en Banff no fuera peligroso, y después de asegurarse de que todo estaba recogido y a buen recaudo, emprendieron su viaje de regreso a la civilización sin apenas volverse para mirar la cabaña que había sido su refugio.


—¿De qué iba todo eso? —le preguntó Gabrielle a Hércules cuando éste salió de la pequeña oficina. Banff no había cambiado mucho desde la llegada de Gabrielle años antes: había unas cuantas tiendas más, pero conservaba su aire y aspecto rústicos. Hércules caminaba despacio, dejando que Gabrielle asimilara la idea de volver a conectar con la humanidad a nivel personal.

Lo primero que advirtió Gabrielle fue que muchas de las mujeres de este pequeño pueblo fronterizo llevaban pantalones muy parecidos a los que ella misma llevaba, aunque no eran en absoluto elegantes ni les quedaban bien. Entonces se dio cuenta de que como muchas de ellas habían venido para escalar las montañas, tenían que ponerse modelos más pequeños de pantalones de hombre para poder hacerlo con seguridad. A lo mejor hay esperanza para la sociedad después de todo. No conseguía imaginarse a nadie que no prefiriera los pantalones en vez de la vestimenta restrictiva que se consideraba adecuada para las mujeres si se le daba la oportunidad de elegir.

Fue mirando los numerosos escaparates, fascinada por los cambios que se habían producido en pocos años. Entonces se acordó de la pluma que había inventado por necesidad. Seguro que esa misma necesidad era lo que explicaba los nuevos artilugios y trastos que veía en el pueblecito.

—Sabes —comentó Hércules, interrumpiendo sus reflexiones—. A lo mejor deberías comercializar esa pluma que te has inventado. Creo que se haría muy popular. —Miró a su alrededor—. No aquí precisamente, sino en las grandes ciudades. —Se encogió de hombros—. Podrías pensártelo.

Gabrielle asintió.

—Tal vez, pero eso sigue sin responder a mi pregunta.

—¿Eh? —Parpadeó—. Ah, he enviado un telegrama a un viejo amigo de Calgary. Le he pedido que nos tenga preparados un par de buenos caballos. —El movimiento ascendente de una ceja rubia lo obligó a responder lo que le pareció una pregunta obvia—. Para que no tengamos que ir andando hasta Texas.

—Ya... ¿y cómo va a saber cuándo debe tenerlos preparados y esperando?

—Bueno, va a estar en la ciudad para el rodeo de mustangs y nosotros deberíamos llegar también por esas fechas. Quien llegue primero esperará al otro.

—¿Y estás seguro de que va a recibir esa cosa telegráfica que le acabas de enviar?

—Sí... dentro de dos a tres días si las líneas no están cortadas, me ha dicho el hombre de la oficina.

Gabrielle siguió con la vista los largos y delgados cables que colgaban precariamente por encima de su cabeza y los siguió hasta la zona de montañas hasta que se perdieron en el horizonte. Meneó la cabeza.

—Si tú lo dices. He visto suficientes cosas raras en mi vida para no desechar algo sólo porque no lo entiendo.

Hércules sonrió y le dio una palmada en el hombro.

—Así me gusta. —La cogió del brazo—. Ahora vamos. Quiero una comida caliente y una cama para pasar la noche. Por la mañana nos espera un largo camino a pie hasta Calgary.

Gabrielle se echó a reír a carcajadas tan contagiosas que Hércules no tardó en reírse con ella sin entender por qué. Cuando consiguió recuperar el aliento y secarse los ojos, lo miró muy seria.

—Herc, he dado la vuelta al mundo a pie varias veces a lo largo de mi vida. Ir caminando de aquí a Calgary será como dar un paseo por el parque.


Claro, que ni se le ocurrió comentar que ese paseo por el parque iba a ser sobre todo a través de las montañas, refunfuñó Gabrielle en silencio cuando los dos se acercaban a Calgary. La caminata había durado más de lo que Gabrielle recordaba, aunque en justicia tenía tantas ganas de llegar que tampoco se acordaba de gran cosa.

Todavía no estaban en Calgary, pero poco a poco habían empezado a ver algún rancho con sus correspondientes cobertizos. Gabrielle se sorprendió cuando Hércules giró por un camino sin decir palabra, y se apresuró a alcanzarlo. Justo cuando el sol estaba en lo más alto, Hércules se quitó el sombrero y se secó el sudor de la frente, tras lo cual alzó la mano y llamó con fuerza a la puerta.

Una mujer ya mayor acudió a la puerta, secándose las manos con un paño, y entonces soltó un chillido y recibió al hombretón con los brazos abiertos en cuanto lo reconoció.

—¡Harrison Tillman! —exclamó, dirigiéndose a Hércules por el nombre que había adoptado para su actual encarnación—. ¿Pero qué hace aquí? Phillip recibió su telegrama y estaba haciendo planes para reunirse con usted en Calgary la semana que viene. —Miró por encima de su ancho hombro—. ¿Va a hacer las presentaciones?

—Ah, sí... lo siento, Maggie. Maggie, ésta es mi hermana, Gabrielle. Gabrielle, ésta es Maggie Atkins. Maggie, su marido Phillip y yo nos conocimos en Estados Unidos antes de la guerra.

—Encantada de conocerla, señora.

—Llámeme Maggie, niña, aunque no debe de ser una niña para ser hermana de Harrison. —Maggie miró a Hércules—. Pero me encantaría que me contara el secreto de su eterna juventud. Nosotros parecemos más viejos cada año y usted sigue tan guapo como la primera vez que lo vi.

Maggie se echó hacia atrás y les indicó que pasaran.

—Entren y acomódense. Voy a llamar a papá para que vuelva del campo. —Salió al porche y tocó la pesada campana de hierro que colgaba a un lado de la casa—. Lo oirá y vendrá enseguida.

Efectivamente, al poco rato Phillip se estaba sacudiendo las botas fuera de la puerta de la cocina. Y tras otra ronda de saludos sorprendidos y presentaciones, se pusieron a charlar.

—¿Y cómo es que ha venido aquí en lugar de reunirse conmigo en Calgary?

—La verdad es que hemos llegado antes de lo que me esperaba. Pensé que tal vez podríamos elegir los caballos y marcharnos desde aquí. Hay un largo viaje hasta Texas.

—¿Pueden quedarse un día o dos? ¿Para charlar un poco?

Hércules miró a Gabrielle, quien asintió ligeramente mostrando su acuerdo. Sonrió.

—Nos encantaría, gracias.

El resto del día lo pasaron poniéndose al día, aunque Phillip les prometió que los llevaría a ver el rancho y a los mustangs que iba a llevar al rodeo de Calgary la semana siguiente. Y a la luz del amanecer, los llevó efectivamente a hacer el recorrido.

La propiedad era preciosa, acurrucada en el centro del valle y enmarcada por las escarpadas montañas que se alzaban majestuosas detrás. Había algunos árboles y un riachuelo, pero lo que se apoderó de la imaginación de Gabrielle fue el espacio inmenso que los rodeaba. Era parecido a lo que había tenido en Banff, pero por otro lado, no se parecía en absoluto. Lo que le llamó la atención, sin embargo, fueron los caballos salvajes que corrían en círculos los unos alrededor de los otros en el corral. Eran preciosos, con un aire fiero y pendenciero que la dejó maravillada de una forma que hacía mucho tiempo que no sentía.

Gabrielle acercó el caballo que le había comprado Hércules al corral, lo bastante cerca como para rozar el poste del cercado con la pierna. Los mustangs dejaron de moverse, con los flancos agitados al respirar. Gabrielle se quedó completamente inmóvil, mirando simplemente, y se le cortó la respiración cuando un mustang se separó de la manada y se acercó a ella.

Los dos hombres se quedaron aparte contemplando la escena que se desarrollaba ante ellos. Hércules había notado el sobresalto de Gabrielle y no tardó en darse cuenta del motivo.

El caballo que se acercaba a ella tenía un parecido asombroso con Argo. Era un poco más pequeño y la crin y la cola eran un poco más oscuras, pero el parecido era increíble.

—Que me aspen —le murmuró Phillip a Hércules por lo bajo.

—Pues sí —murmuró Hércules a su vez.

—No, no lo entiende. Ese mustang... nunca había visto uno de ese color y hasta hoy... hasta ahora mismo, ha sido el bicho más desagradable y terco que he tenido la desgracia de conocer en mi vida.

Los dos hombres observaron en silencio cuando el caballo se colocó al lado de Gabrielle y no sólo le permitió que lo acariciara, sino que la animó a ello.

Se quedaron así un rato hasta que Gabrielle susurró algo al oído del mustang. El animal relinchó y sacudió la cabeza y ella se echó a reír. El caballo la empujó suavemente con el hocico y ella le dio un beso en la marca blanca que tenía entre los ojos antes de regresar junto a los dos hombres atónitos que la miraban.

—¿Qué? —preguntó, mirándose para ver si tenía alguna mancha.

Hércules sacudió la cabeza con una sonrisa. Phillip carraspeó.

—Caray —fue lo único que logró susurrar.

Gabrielle sonrió de oreja a oreja y emprendió el regreso a la casa.

—¡Oh! —exclamó, y detuvo al caballo de repente, volviéndose para mirar a los dos hombres, que aún no se habían movido—. Se llama Trébol. —Entonces continuó su camino, sin dejar de sonreír ampliamente.

Hércules se echó a reír a carcajadas y le dio una palmada a Phillip en el hombro, y los dos amigos se quedaron mirando a los mustangs, que se apartaron corriendo al oír la sonora risa. Luego se dieron la vuelta y dirigieron a sus propios caballos hacia la casa.

Phillip esperó hasta que pensó que ella no podía oírlo.

—Pero bueno, que me aspen —repitió.



Capítulo XXXVIII


—Pero bueno, que me aspen —dijo el vaquero ya mayor cuando se apoyó en el cercado del corral al lado de Xena—. Sabe, es usted la segunda dama bonita que lo doma esta semana. Será una moda. —Entonces tuvo que apartarse del cercado cuando el caballo se encabritó amenazándolo.

Xena resopló y el caballo hizo lo mismo. El hombre se echó a reír al ver el parecido entre los dos hasta que unos gélidos ojos azules lo dejaron clavado en el sitio. Entonces se tragó la risa con un claro ruido. El caballo relinchó y Xena sonrió con sorna.

—En primer lugar, este caballo no está domado. Conserva todo su espíritu. —Sonrió levemente cuando el caballo asintió mostrando su acuerdo—. Y en segundo lugar, no soy una dama. —Su sonrisa fiera hizo que el hombre se irguiera con aire incómodo, pero se mantuvo firme y le ofreció la mano.

—Soy Phillip Atkins. —Señaló al caballo—. Éste es Trébol.

Xena enarcó una deja al tiempo que le estrechaba la mano.

—Xena —dijo escuetamente—. ¿Le ha puesto nombre a un caballo salvaje y sin domar por...?

—Oh, no, señora. Yo no se lo he puesto. La semana pasada nos visitaron un amigo y su hermana. El caballo y ella se gustaron. Ella lo llamó Trébol.

—Ya —dijo Xena despacio, claramente confusa—. ¿Y por qué no se quedó con él, si se llevaban tan bien?

—Porque se marchaban a Texas y necesitaba un caballo que ya estuviera entrenado y preparado para hacer el viaje.

Xena asintió, aceptando la explicación, y luego volvió a fijarse en el mustang.

—Trébol, ¿eh? —preguntó, frotándole la cabeza. El caballo le empujó la mano con fuerza y ella se echó a reír por lo bajo—. ¿Cuánto? —le preguntó al vaquero sin apartar los ojos de Trébol.

—Bueno —contestó pensativo—. Tiene buen tono, es veloz y de un color tan poco común... No aceptaré menos de doscientos.

Xena miró al caballo atentamente, luego apoyó la mano en la barandilla superior y saltó con ligereza por encima del cercado para caer en el corral.

—No puede... —farfulló Phillip y luego se quedó mirando mientras Xena levantaba delicadamente cada pezuña y la examinaba. Fue rodeando al mustang, hablándole en un tono bajo que nadie más conseguía oír. El caballo se quedó totalmente inmóvil, dejando que lo examinara, incluso cuando le abrió la boca y le comprobó los dientes.

—Doscientos, ¿eh? —dijo, todavía de espaldas a Phillip.

—Sí, señora. Creo que los vale.

Xena enredó las manos en la crin rubia oscura y saltó al lomo del mustang. El caballo se estremeció, pero se quedó quieto, esperando a ver qué pretendía esta extraña humana nueva. Xena se acomodó con seguridad, dándole al animal la oportunidad de adaptarse a su peso. Se metió una mano en el bolsillo de la camisa, sacó un fajo de billetes y contó doscientos. Alargó la mano hacia el vaquero, que la miraba con ojos atónitos.

El caballo avanzó un paso nervioso y Xena lo instó delicadamente a dar el paso de lado necesario para acercarla al cercado.

—Su precio —dijo bruscamente cuando Phillip no hizo nada para cogerle el dinero. Poco a poco, levantó la mano y notó el calor del papel cuando terminó la transferencia. Entonces la miró de frente y Xena dejó asomar a sus ojos una alegría fiera que no sentía desde que había llegado a esta tierra extraña varias décadas antes.

—¿Tenemos trato? —preguntó Xena suavemente. Se irguió sobre el lomo del mustang, segura en el asiento y confiada en sus habilidades. La ligera brisa de primeras horas de la mañana le apartó el pelo de la cara y en sus ojos se reflejó el resplandor del sol naciente.

Phillip se limitó a asentir con la cabeza, hipnotizado por la imagen viva de fiereza femenina que tenía delante. Ella aceptó su palabra alzando ligeramente la cabeza. Luego se inclinó sobre el cuello de Trébol y le susurró al oído:

—Muy bien, chico... a ver qué tienes. ¡A correr!

Lo azuzó con las rodillas al hablar y Trébol salió disparado como un rayo. Corrió dando vueltas por el corral, animando a los demás mustangs hasta colocarse al frente de un desfile. Xena lo dirigió hacia el cercado, con la esperanza de que se enterara de lo que estaba pensando. Le asomó una sonrisa a la cara cuando notó que el mustang se preparaba a medida que se aproximaba al cercado. Xena se inclinó sobre él y Trébol recogió las patas y saltó por encima del cercado, superándolo por más de treinta centímetros y dejando a Phillip boquiabierto y con los ojos desorbitados mientras se quedaba mirando su estela de polvo.

—Pero bueno —dijo por fin—. Que me aspen.


Xena se echó a reír de puro placer mientras salía de la ciudad misma y se adentraba en las afueras. Se detuvo delante de la pensión caracoleando y Rosalie salió para ver cuál era la causa de tanto alboroto tan temprano. Se le dilataron los ojos claramente al ver a Xena tan cómoda a lomos de un mustang, con el aire mismo de alguien nacido para la silla. Sólo que...

—Venga conmigo —dijo Rosalie de repente.

Xena se bajó del lomo de Trébol, aunque lo mantuvo agarrado por la crin mientras seguía a Rosalie hasta el granero. Xena había pasado mucho tiempo adecentando el viejo edificio y ahora estaba limpio, arreglado y casi vacío, salvo por algunos cachivaches que Rosalie se había empeñado en guardar allí.

Ahora entraron con Trébol caminando obedientemente detrás de Xena. Ésta se maravilló por lo raro que era esto, pero lo aceptó como un regalo que no debía tomarse a la ligera... sobre todo porque no sabía cuánto iba a durar.

—Espere aquí —le pidió Rosalie y se adentró más en el granero.

El granero estaba casi todo a oscuras a primeras horas de la mañana, incluso con las puertas abiertas de par en par, pero Xena aspiró profundamente el limpio olor del heno y de la madera fresca. Trébol la empujó suavemente por la espalda y Xena se echó a reír ligeramente al tiempo que le rascaba las orejas.

Oía claramente los golpes y gruñidos procedentes del rincón a oscuras y se preguntó qué demonios... Entonces vio a Rosalie luchando por arrastrar una cosa y corrió a ayudarla.

Rosalie tenía la cara acalorada por el esfuerzo y se alegró de que Xena le cogiera la carga.

—Lleve eso fuera, por favor. Tengo un par de cosas más que lo acompañan y con eso estará lista.

Xena cogió la pesada caja de madera y salió de nuevo a la brillante luz del sol de la mañana. La depositó con cuidado en el suelo y se volvió para ver si podía ayudar a Rosalie en el momento en que la anciana salía por las puertas arrastrando una caja más pequeña. Xena se apresuró a coger ésa también y la puso encima de la más grande.

Rosalie se apoyó en ellas, se sacó un pañuelo del corpiño y se secó el abundante sudor de la cara y los brazos. Luego resopló disgustada.

—No recordaba yo que antes pesara tanto.

Sin decir palabra, Xena fue al pozo y subió el cubo. Luego cogió el cucharón lleno de agua y se lo llevó a Rosalie. Ésta aceptó el cucharón y se lo bebió entero, tras lo cual le dio una palmadita en el brazo a Xena con una sonrisa.

—Es usted un encanto, Xena. Me recuerda mucho a mí misma en mis tiempos jóvenes. Venga. —Rosalie se apartó de las cajas y cogió la barra plana de hierro que se había traído del granero. Se la pasó a Xena y señaló las cajas de madera—. Ábralas por mí, ¿quiere?

Xena arrancó la tapa y puso a un lado la caja más pequeña. Luego abrió la segunda haciendo palanca y se apartó.

Trébol, que quería ayudar, mordisqueó la paja que se veía, pero al poco dejó la paja rancia por el pelo limpio de Xena. Ésta esquivó sus labios jugando y le rascó el cuello y luego se quedó paralizada al ver lo que había sacado Rosalie de las cajas.

Sobre la tapa reposaba una silla de montar de cuero al estilo del oeste que, aunque usada, parecía bien cuidada. Rosalie dejó el paño encerado donde había estado envuelta encima de la paja, se trasladó tranquilamente a la caja más pequeña y sacó una brida, riendas, un bocado y varias otras cosas que Xena necesitaba para ensillar a Trébol.

Xena parpadeó con los ojos azules como platos y movió la boca, pero antes de que pudiera decir nada, Rosalie se puso a hablar suavemente, de espaldas a Xena.

—Cuando era mucho más joven —dijo recordando—, tenía una amiga íntima a la que quería muchísimo. Lo hacíamos todo juntas. Neorah y yo... yo... bueno... El caso es que cuando teníamos dieciséis años, mis padres me casaron con un hombre mucho mayor y Neorah se escapó de casa y se fue al oeste, jurando que jamás sufriría mi suerte. El matrimonio, ya sabe.

Xena asintió, pero siguió en silencio, pues quería seguir escuchando la historia de Rosalie.

—Horace, mi marido, era un buen hombre, pero no nos queríamos. Vivió tres años más después de la boda, y en cuanto terminó mi período de luto, me trasladé al oeste, con la vana esperanza de encontrar a mi Neorah.

Se hizo el silencio mientras Rosalie se dejaba llevar por los recuerdos. Xena esperó pacientemente.

—Tardé casi un año en llegar aquí por mi cuenta, esquivando a los indios y a los blancos por igual. Por lo poco que sabía, eran igual de terribles y, por joven y estúpida que fuera, sabía que no convenía que a una mujer la pillaran sola aquí fuera.

—¿Entonces por qué lo hizo? —preguntó Xena con lógica—. ¿Tan mal le iban las cosas de viuda?

Rosalie hizo un gesto negativo con la cabeza, sonriendo tristemente.

—No. Horace me dejó bien situada. Pero necesitaba encontrar a Neorah. —Sus ojos se clavaron en los de Xena—. Usted lo comprende. Esta zona estaba vacía cuando me detuve aquí. Simplemente no podía seguir. Y ese primer año... Dios, no pensé que fuera a sobrevivir. Construí el granero yo sola y tardé hasta que cayeron las primeras nevadas. Fue... fue difícil. —Tragó con dificultad—. Durante cinco largos años, trabajé la tierra y me construí una casita. Los indios me dejaban en paz porque respetaba la tierra y su forma de vida. Por aquí pasaban muy pocos blancos hasta que construyeron el fuerte e incluso entonces, no se adentraban tanto a menos que se dirigieran al océano.

—¿Y qué ocurrió? —preguntó Xena cuando volvió a hacerse el silencio.

—Neorah —contestó Rosalie con una sonrisa trémula—. De repente, una preciosa mañana de primavera hace treinta y cinco años, la cosa más bonita que había visto en mi vida llegó a caballo hasta mi porche. —Se echó a reír—. Yo estaba en el huerto de detrás cuando vi a un jinete que subía por el sendero. Cogí la escopeta que Horace me había enseñado a disparar, pues había aprendido bien deprisa que más vale prevenir que curar.

Rosalie no se percató de las lágrimas que le caían de los ojos, pero Xena sintió que los suyos se le llenaban de lágrimas al ver la alegría que brillaba en su cara. Parpadeó rápidamente y se concentró en respirar con regularidad.

—El jinete desmontó y vino hacia mí, aunque yo seguía con la escopeta levantada. Le pregunté qué quería, le dije que se marchara de mi tierra. Se detuvo, como a un metro de distancia, y se llevó la mano al sombrero...

Rosalie se quedó callada de nuevo, recordando el día en que su vida cambió drásticamente. Luego suspiró y volvió a fijarse en Xena, que tenía una expresión distante y casi dolorida en los ojos. Puso una mano vacilante en el brazo de la guerrera y esperó a que los ojos azules se posaran en los suyos.

—Pasamos veinticinco años maravillosos juntas hasta que ella... hasta que... —Rosalie se mordió el labio y se dio la vuelta—. A pesar del tiempo que ha pasado —susurró—, todavía me duele.

Por fin cogió la brida y el bocado y se los puso a Xena en las manos.

—Esto era suyo... bueno, de su caballo —dijo Rosalie con una ligera sonrisa—. Para mí sería un honor que lo considerara suyo y... —Miró al caballo—. ¿Tiene ya un nombre?

—Trébol —dijo Xena ásperamente—. Era el nombre que traía.

Rosalie alzó las manos como para defenderse y trató de no echarse a reír.

—Suyo y de Trébol —continuó—. Usted lo necesita y a mí me gustaría que se lo quedara. Por favor —añadió cuando pareció que Xena se iba a negar. Xena asintió y procedió a ensillar a Trébol por primera vez. Entonces el día se puso muy interesante.


—Supongo que se alegra de que aprenda rápido —comentó Rosalie esa noche mientras volvía a poner el tapón en el frasco de árnica. Xena tenía las manos y los brazos llenos de cortes y arañazos que ya se estaban curando, aunque si Rosalie se fijó, no dijo nada.

Xena se limitó a asentir con un gruñido. Le dolía el trasero. Hacía mucho tiempo que no montaba un caballo tan obstinado y Trébol había tardado un poco en aceptar el nuevo equipo. Pero con unas pocas palabras bien pensadas tras su primera batalla de voluntades, se adaptó bien. Xena pasó buena parte de la mañana averiguando cómo se movía y enseñándole distintas órdenes. Se sentía satisfecha con su trabajo, y cuando volvía con él a la casa a buen paso, de repente la tiró sin más de la silla y por desgracia, aterrizó en un zarzal.

Volvió a montarse con cierta precaución y lo sometió de nuevo a la doma. Cuando se convenció de que volvían a comunicarse, lo dirigió de nuevo hacia la casa. Todo iba bien hasta que llegaron al jardín. Entonces, de repente, se detuvo en seco, arqueó el lomo y se puso a saltar y caracolear, bailando de una forma salvaje y elegante.

Entonces cayó en la cuenta de que el animal saltaba y se encabritaba porque le gustaba: era su forma de jugar con ella. Pero supuso que su espíritu libre tenía que expresarse de alguna manera. Xena se agarró bien, esperando que la cosa se manifestara sobre todo corriendo y no con este imaginativo baile que tanto parecía gustarle. No estaba segura de poder aguantar tanto entusiasmo, a pesar de su inmortalidad. Sobre todo porque daba la impresión de que la pantera y el zorro fomentaban estas tendencias en Trébol y parecían predispuestos a aparecer en su vida en los momentos más inoportunos.


Xena se marchó de Calgary con buenos recuerdos, aunque no duraron mucho. Casi nada más pasar a los Estados Unidos desde Canadá, se enteró de unos horribles rumores sobre las atrocidades cometidas por la Unión y se dispuso a averiguar la verdad.

Lo que descubrió superaba su capacidad de comprensión, pues era peor que todo lo que había hecho ella durante sus días de señora de la guerra en Grecia. Los soldados de la Unión habían matado a mujeres y niños indios, y eso puso a Xena en el sendero de la guerra, lo cual la pondría en contacto con un enemigo despreciable.


Cuando Xena vio a Custer por primera vez, sintió escalofríos... cosa que no sentía desde... ¿La India? ¿Las estepas? ¿Roma? La sensación de familiaridad le producía un cosquilleo de lo más desagradable por la espalda, y al principio intentó quitarle importancia, considerándolo un sentimiento malévolo contra un soldado a quien veía carente de competencia y honor. Pero no paraba de darle vueltas y empezó a compararlo con las otras ocasiones de su vida en que había sentido lo mismo. Le recordaba a Ares, pero...

Xena retrocedió mentalmente casi dos mil años y recordó lo que había dicho Nayima sobre el karma y el círculo de la vida. Entonces cayó en la cuenta de por qué este soldado de la Unión le sonaba tanto. El coronel conocido para el mundo como George Armstrong Custer era en realidad la reencarnación del alma de Alti. Y Xena se preparó para derrotarla en la vida que tenía ahora.

Durante varios años, Xena había seguido los pasos de Custer, atacándolo a él y a sus tropas a la menor oportunidad. Organizaba grupos de ataque que dificultaban los esfuerzos de Custer a lo largo y ancho de las llanuras. El Fuerte Riley había sido arrasado por su deseo de meter a los indios en una reserva y no lo pilló allí por los pelos. Pero fue la Batalla de Washita lo que hizo que aquello se convirtiera en un asunto personal para Xena.

El hecho de que los soldados hubieran matado a mujeres y niños indefensos le hizo arder la sangre y Xena quiso acabar con las escaramuzas de una vez por todas.

Varias naciones nativas se habían unido a ella periódicamente para alejar a las tropas de sus tierras, pero a Xena le estaba costando convencerlas de que se unieran entre sí para expulsar al hombre blanco por completo. Pensaban que el odio que sentían las unas por las otras era demasiado antiguo y profundo.

Por fin acudió a ver a Toro Sentado, con quien había trabado amistad en los últimos años mientras luchaban juntos contra el hombre blanco. Caballo Loco, a quien conoció en su viaje de regreso desde California, los había presentado. Caballo Loco era como un doble de Pálemon, pues tenía algo de seductor canalla y era un mujeriego con una cicatriz en la cara casi idéntica. Cuando comprendió que ella era una guerrera muy hábil y no una mujer a quien hacer la corte, Caballo Loco la aceptó como amiga y guerrera. Toro Sentado nunca había puesto en duda sus motivos y aceptó que Caballo Loco se la presentara, apreciando su marca de guerrera cheyén y su capacidad. En varias ocasiones la había invitado a sentarse junto a su hoguera y sus ideas le habían parecido sucintas e inteligentes.

Ahora que venía a él pidiéndole una reunión, no pudo negarse y la escuchó atentamente mientras compartían una pipa. Se quedó ensimismado un rato cuando ella terminó de hablar y pensó en lo que había propuesto. Por fin asintió.

—Únete a mí en la Danza del Sol. Veremos lo que piensan los espíritus.

Xena asintió. Estaba segura de que los espíritus estaban de acuerdo.

A la mañana siguiente empezaron los ritos de la Danza del Sol y Xena pasó cuatro días ayunando y meditando, salvo cuando se exigía su presencia física para alguna ceremonia. Justo antes del amanecer del quinto día, salió del exilio que se había impuesto a sí misma y fue a cazar, pues sabía que necesitaba el sustento de la sangre para la prueba que la esperaba.

Xena ya estaba sumida en un profundo trance cuando le insertaron los pinchos en los pechos. Pasó horas colgada repasando su vida con Gabrielle mientras los que la rodeaban se retorcían y luchaban por liberarse. Los hechiceros no comprendían la leve sonrisa que adornaba su cara. Por fin, se soltó de los pinchos y sólo las lágrimas silenciosas que le corrían por la cara dieron una indicación del espantoso dolor que sentía, aunque jamás supieron el motivo real.

Cuando terminó el día, ya contaba con el acuerdo de Toro Sentado. Las tribus se unirían para luchar contra los casacas azules de la Unión en Little Big Horn.

Se enviaron mensajeros a las naciones y los hombres se reunieron muy deprisa, incluido un visitante que sorprendió mucho a Xena.


La aparición de un hombre blanco en el campamento causó estupor, pero el entusiasmo con que fue recibido por Xena y Caballo Loco hizo que todos los presentes se sumieran en un silencio mortal.

Se estaban preparando para la guerra, metiendo flechas en las aljabas, afilando las hachas como cuchillas, comprobando y cargando fusiles, y el murmullo de las conversaciones flotaba por el campamento. Cuando el desconocido se acercó al campamento, llamó la atención de todos, y entonces Xena levantó la vista y se fijó en sus ojos y en la leve sonrisa que apareció en su cara cuando la vio.

—¿Hércules? —susurró y entonces salió disparada y lo abrazó con fuerza.

Hércules la estrechó entre sus brazos ferozmente y la levantó del suelo hasta que notó que se apartaba un poco de él. Se echó hacia atrás para mirarla a la cara, preocupado.

—¿Te pasa algo? —preguntó suavemente, consciente de los ojos que los miraban.

Ella negó con la cabeza y volvió a abrazarlo, aunque esta vez con mucha más ligereza que antes.

—Es que estoy un poco dolorida —contestó vagamente—. Ven —dijo con una sonrisa cuando volvió a apartarse—. Aquí hay alguien que quiero que conozcas.

Se volvieron y se encontraron a Caballo Loco esperando. Hércules alargó la mano y Caballo Loco se quedó mirándolo largamente y luego le dio un gran abrazo.

—¡Harrison! No te veía desde que luchamos con Nube Roja en Wyoming.

—¡Caballo Loco! ¿Cómo estás?

—Bien, amigo. ¿Y tú?

Hércules sonrió.

—Yo también. Me alegro de ver que aquí tengo amigos. —Aunque la mirada que dirigió a Xena decía más que sus palabras.

—Estoy contento de que estés aquí, Harrison. Ven. —Caballo Loco se puso en cabeza.

Los ojos de toda la comunidad los siguieron hasta que llegaron a la hoguera de Toro Sentado. Y la conversación se reanudó despacio cuando el jefe los invitó a sentarse. Tomaron asiento y hablaron hasta que se alargaron las sombras, y Toro Sentado encontró a un amigo en el hombre llamado Harrison Tillman.

Cuando el sol se hubo puesto del todo, Xena y Hércules se despidieron de Toro Sentado y Caballo Loco y se alejaron del campamento, adentrándose en la oscuridad de la llanura. Sin hacer ruido, dos animales se colocaron a ambos lados de Xena, apartando sutilmente a Hércules de la guerrera. Él miró a Xena enarcando una ceja. Ella se echó a reír suavemente.

—Etor, Melo, éste es un viejo amigo... Hércules. Herc, estos son mis guías espirituales.

Hércules se puso de rodillas para quedar a la altura de los ojos de los animales.

—Encantado de conoceros. Me alegro de que Xena haya contado con vuestra compañía y no haya tenido que estar sola.

La pantera invadió el espacio personal de Hércules y gruñó, mostrando los colmillos con una sonrisa amenazadora. El zorro se colocó delante del felino, interponiéndose entre la pantera y Hércules. El felino le sostuvo la mirada a Herc un minuto entero y por fin hundió la cara en el cuello del zorro y lo acarició ronroneando levemente.

Hércules se levantó despacio y miró a Xena, que había observado toda la escena en silencio.

—¿Son pareja?

Ella asintió.

—Desde antes de que me los encontrara, creo.

—Sabes —comentó él de pasada—, me recuerdan a t...

—Ya lo sé —interrumpió ella—. A mí también.

Siguieron caminando en silencio.

—¿Me disculpas unos minutos? Tengo que...

Hércules alzó las manos.

—Adelante. Etor y Melo me pueden hacer compañía hasta que vuelvas.

Xena asintió y desapareció en la oscuridad sin hacer ruido y Hércules se sentó y observó a los dos animales. La pantera se sentó de cara a él y el zorro se acurrucó entre sus patas. Hércules se quedó mirándolos un rato y luego se volvió hacia la oscuridad, pues le pareció que se estaba metiendo en algo profundamente privado cuando empezaron a lamerse el uno al otro. No oyó volver a Xena hasta que se sentó a su lado, claramente visible a la luz de la luna.

—¿Tú sabes quién es Alti... quién era en la vida que teníamos hace ya tanto tiempo?

—Sé algo. He oído historias. ¿Por qué?

—La he visto en esta vida. Es el soldado llamado George Custer.

—¿Estás segura?

—Sí.

—Me lo encontré una vez, durante la guerra. Era un auténtico cretino.

—Ya, pues dentro de nada será un cretino muerto. Los vamos a masacrar, Herc. Ya han matado bastante, han matado a mujeres y niños y la cosa acaba aquí. Pero Custer sobre todo va a morir.

—¿Por qué?

Xena se encogió de hombros.

—Es parte de mi destino... de mi círculo kármico. Derroto a Alti en todas las vidas en las que nos encontramos.

Hércules no parecía muy convencido de su seguridad, pero lo dejó pasar sin comentar nada, pues tenía otras cosas importantes en la cabeza. Cuando estaba buscando una manera de sacar el tema, Xena se le adelantó.

—¿Qué te trae por aquí, Hércules? Me dio la clara impresión por tu llegada de que me estabas buscando.

—Es cierto. —Se miró las manos entrelazadas y luego contempló la plana llanura de oscuridad que se alargaba hasta el infinito—. He encontrado a Gabrielle. —La mano de Xena en su brazo hizo que se encogiera de dolor por la fuerza brutal con que lo agarró.

Esperó, pero ella no dijo nada, y tenía la mandíbula tan apretada que oyó cómo le rechinaban los dientes.

—Es, mm... es una mujer preciosa, Xena, pero el tiempo y el mundo la han desgastado... mucho.

—Siempre ha sido una mujer preciosa, Hércules. Incluso cuando todavía era una chiquilla graciosa —susurró Xena, aunque la fuerza de su mano aumentó notablemente. Hércules dobló la mano con disimulo para conservar la circulación. Carraspeó y prosiguió sin mirarla.

—Me la he llevado a Texas... para que se quede con unos amigos que tengo allí. Eso le ha dado cierta estabilidad y allí está bien considerada. Es la maestra de la escuela de un pueblecito llamado Nocona Corners.

Hércules oyó tragar a Xena, pero fue el único ruido que hizo. La miró y vio cómo apretaba y aflojaba la mandíbula, y supo que estaba librando una batalla emocional para permanecer concentrada. Le había dado el ímpetu que necesitaba para que la batalla inminente fuera rápida y feroz. Herc asintió por dentro y volvió a contemplar la oscuridad, haciendo guardia en silencio mientras esperaba a que saliera el sol.


Con la mañana llegó la batalla. Los indios localizaron a los casacas azules al mismo tiempo que éstos los vieron a ellos y se prepararon para la lucha.

Xena se montó en Trébol y se dispuso a dirigir una carga de caballería contra los que se acercaban. Su instinto le decía que Custer estaba entre ellos, y tenía una necesidad acuciante de acabar sus asuntos con Alti para poder reunirse por fin con Gabrielle... sobre todo ahora que tenía todos los tótems menos uno. Con el chakram que, según sospechaba, seguía en posesión de Gabrielle, podrían volver a casa.

Hércules cogió las armas que le habían prestado y se preparó para unirse a los guerreros que iban a pie. Toro Sentado se lo había presentado a los jefes guerreros y éstos lo habían recibido de buen grado para que se uniera a los numerosos guerreros que iban a luchar a pie. Notó la mirada de Xena y la saludó con el puño en el pecho, a lo que ella respondió con una sonrisa, antes de soltar su grito de guerra y ponerse al frente de las tropas montadas para encontrarse con el enemigo. Él mismo deseó tener un caballo para poder luchar a su lado una vez más, y entonces tuvo que concentrarse en un problema mucho mayor.

Custer no era estúpido y había dividido a sus fuerzas en tres columnas de ataque y, de repente, una de esas columnas surgió por el horizonte rumbo al campamento y los guerreros que se habían quedado allí. Los jefes guerreros arengaron a los suyos y al poco estaban enzarzados en combate. Hércules rezó un momento por Xena y luego se centró en la lucha que lo esperaba.

Mientras, Xena y el resto de los guerreros montados persiguieron a Custer y su batallón hasta las colinas, pues sabían que los aventajaban en número y conocimientos. Estaban defendiendo su hogar, y muchos de ellos habían crecido aprendiendo el manejo de las armas en este mismo valle. Y sus voces se alzaron con alegría ahora que estaban luchando para expulsar al hombre blanco de su territorio de una vez por todas.

Xena se concentró en Custer, pues quería que supiera de dónde llegaba su muerte. Estaba algo separado de sus tropas, como si estar al mando fuera a importar algo a la hora de vivir o morir.

Imbécil pomposo, pensó Xena, dando la vuelta a Trébol y avanzando directa hacia George Armstrong Custer. Bloqueó los demás sonidos de la batalla, matando con descuido a los que se interponían en su camino y dejando que este casaca azul concreto se convirtiera en el centro de toda su atención.

Custer vio al guerrero que se dirigía hacia él con tanta temeridad y levantó la pistola para dispararle. Sin embargo, antes de conseguir nivelar el arma para disparar, se dio cuenta de dos cosas muy importantes. El guerrero no era un hombre en absoluto, sino una mujer de ojos sorprendentemente azules. Y ahora estaba saltando de su caballo y tirándolo a él del suyo.

Custer perdió la pistola junto con el equilibrio, y apenas había logrado ponerse en pie cuando el primer golpe le sacudió el cerebro. Cayó y ella le pegó una patada, y él sacó la pistola que le quedaba al tiempo que sacudía la cabeza.

—¡Muere, india! —vociferó al apretar el gatillo, con una sonrisa como una mueca cuando Xena cayó al suelo y no se movió. La sangre le tiñó el pecho y él sacó el cuchillo que llevaba sujeto a la pierna y le agarró el pelo oscuro con el puño.

—Nunca le he cortado el cuero cabelludo a una mujer —dijo Custer con desprecio—, pero en tu caso haré una excepción.

No vio venir el golpe, pero el dolor que estalló en su garganta fue muy revelador cuando ella lo alcanzó con el pie y él cayó sentado por la fuerza de la patada. Respiró entrecortadamente mientras intentaba meter aire en los pulmones y Custer se dio cuenta desconcertado de que iba a morir. Miró a Xena con una mezcla de pasmo y miedo cuando le quitó el cuchillo de las manos.

—¡D-deberías... estar... m-muerta! —jadeó con los ojos clavados en la mancha roja brillante de su pecho—. ¡T-t-te he disparado... a... bocajarro!

Ella se miró el pecho y sintió que la invadía el letargo por la pérdida de sangre.

—¡Maldita seas, puta! ¡Qué dolor!

Xena le pegó un puñetazo que le lanzó la cabeza hacia atrás y luego subió con el cuchillo por la cara de Custer, dejando a su paso un fino reguero de sangre.

—No soy tan fácil de matar —comentó—. Tú mejor que nadie deberías saberlo ya.

Custer se quedó mirándola, intentando concentrarse al tiempo que su respiración se iba haciendo más superficial. Xena esperó, pues sabía que la revelación no tardaría en producirse, y reconoció el momento en que ocurrió.

—Xena —dijo Alti. La guerrera percibió levemente la característica ronquera de tenía su voz en su vida original—. ¿Cómo...? No puedes...

Xena sonrió cruelmente.

—Ah, claro que puedo... sé hacer muchas cosas —dijo con frialdad.

Alti obligó a su cuerpo a ponerse en pie.

—Yo también —gruñó y recogió entre las manos la escasa fuerza vital que le quedaba y la canalizó, alcanzando de nuevo a Xena en el pecho. La guerrera salió despedida hacia atrás y cayó al suelo por segunda vez—. Al menos si tengo que morir, te puedo llevar conmigo.

Alti se dejó caer de rodillas y pegó un puñetazo a Xena en la cara y luego alcanzó el cuchillo.

—Reza tus oraciones, Xena.

La guerrera se incorporó de golpe y se soltó de Alti, sacudiendo la cabeza para despejar el vértigo que le había causado la pérdida de sangre.

—¿Por qué no te mueres? —bufó Alti, al tiempo que Xena blandía el cuchillo contra ella. Atravesó el uniforme azul y le hizo un corte a Alti en el brazo. Luego se giró y pegó una patada a la chamana en la tripa que la hizo caer al suelo.

Xena aferró el pelo de Custer con la mano y lo retorció con fuerza al tiempo que colocaba el cuchillo en posición.

—Por agradable que haya sido esto, tengo otros sitios donde ir —dijo.

—Te veré en el infierno —dijo Alti y luego chilló cuando Xena le cortó el cuero cabelludo. A continuación se hizo el silencio, pero ella, lo mismo que los de su regimiento, ya no estaba viva para apreciar la quietud que cayó como un sudario sobre el campo de batalla cuando murieron.

Xena se puso en pie, levantó el cuero cabelludo de Custer hacia el sol y su grito de guerra se propagó por las llanuras coreado por los guerreros que habían sobrevivido a la batalla con ella. Silbó, Trébol acudió corriendo y ella saltó a lomos del mustang, que regresó al campamento, seguido de sus compañeros.

Lo que se encontraron al llegar los dejó atónitos. Otro grupo de casacas azules había atacado el campamento principal, pero se habían topado con la resistencia de los guerreros de a pie que no habían ido a la batalla: en cambio, la batalla había venido a ellos. Ahora, con el regreso de los guerreros montados, los casacas azules se vieron obligados a retroceder hasta las colinas y los jefes guerreros los persiguieron para eliminar hasta el último enemigo.

Xena se acercó hasta donde Toro Sentado estaba dando instrucciones a los guerreros. Tiró el cuero cabelludo a sus pies.

—Custer está muerto —dijo escuetamente—. Y ahora debo marcharme. El deber me lleva a otro lugar.

Él señaló su pecho ensangrentado, pero ella hizo un gesto para quitarle importancia. Toro Sentado meneó la cabeza, pero indicó que aceptaba su diagnóstico.

—Ve a encontrar amada. Búsqueda acaba pronto.

Los ojos de Xena se llenaron de preguntas. Toro Sentado se echó a reír al ver su cara.

—Búsqueda de visión durante Danza del Sol reveló muchas cosas. Ve ahora, valiente guerrera. Tu sitio ya no está aquí.

Xena asintió y se levantó sobre los estribos, buscando a Hércules. Apretó los dientes por el dolor y el mareo y guió a Trébol a través del laberinto de cuerpos vivos, heridos y muertos hasta que lo alcanzó.

—¿Dónde está Nocona Corners?

—Deja que coja mis cosas...

—Hércules, no tienes caballo y no voy a esperar. ¿Dónde está?

—Es un pueblecito en la zona noreste del estado.

Le ofreció la mano con una mueca de dolor y él se la estrechó, sabiendo que no tenía nada en su contra, pero que por fin se le había agotado la paciencia. Lo único que esperaba era que le fuera bien sola.

—Gracias, Hércules. Has sido un buen amigo y te agradezco...

Él levantó la mano.

—Volveremos a vernos. Buena suerte, amiga mía.

Ella asintió y dio la vuelta a su caballo, puso rumbo al sureste y dejó que Trébol corriera a rienda suelta. Herc se quedó mirándola hasta que se perdió de vista.

—Te va a hacer falta.


PARTE 20


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
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