Capítulo XXXV


Los primeros pasos de Gabrielle al emprender su viaje por el Nuevo Mundo la hundieron en el fango hasta los tobillos. La lluvia constante había creado un inmenso cenagal en las calles y Gabrielle se acordó melancólica de las faldas cortas y las botas de caña alta que en otro tiempo podía llevar con tanta libertad.

Volvió a mirarse las faldas empapadas y meneó la cabeza. Iba a tener que establecerse pronto como una rica excéntrica, para poder volver a la comodidad de sus pantalones de seda. No había tardado en averiguar que la gente disculpaba lo que veía como un comportamiento extraño si una tenía dinero y educación suficientes para ser considerada una excéntrica. Y tras casi dos milenios de vida, Gabrielle poseía ambas cosas a espuertas.

El capitán del barco la llevó al hotel más elegante disponible en esa época y lugar. Le sería fácil establecerse aquí, ya que organizaba muchos saraos y bailes a los que acudía la flor y nata de la sociedad del momento.

De hecho, Gabrielle empezó a conocer gente nada más llegar y no tardó en ser aceptada dentro de sus círculos sociales.

No mucho después de su llegada, Gabrielle se encontró con un hombre de mediana edad a quien no le pareció adecuado que caminara sola por las calles al anochecer y decidió acompañarla de vuelta a su hotel. Ella se mordió la lengua para no reaccionar ante lo anticuado de su actitud y le permitió acompañarla una vez se hubo presentado.

Todo el mundo conocía a Davy Crockett, y Gabrielle hasta había tenido el placer de conocer a su esposa varios días antes. Cuando el señor Crockett se dio cuenta de con quién estaba hablando, su conversación se hizo mucho más animada.

—Señorita Gabrielle, mi esposa, Elizabeth, no ha hablado de otra cosa desde que la conoció el otro día. ¿Tal vez nos haría el honor de alojarse como invitada en nuestra casa?

—Señor Crockett, apenas me conocen. ¿Por qué querrían invitarme a su casa? —Hasta ahora, siempre que surgía esta pregunta, la respuesta colocaba a Gabrielle en el papel de maestra o bardo. De modo que se quedó algo sorprendida por su sinceridad.

—Nos gustaría que viniera como amiga. —Hizo una pausa, pensativo—. Voy a partir hacia el territorio de Texas dentro de poco para unirme a una legión de hombres y ayudar a luchar por la independencia. Me gustaría saber que Elizabeth tiene a alguien que cuide de ella mientras yo estoy fuera.

—¿Pero por qué yo?

Habían llegado a la recepción del elegante hotel y se detuvieron para terminar la conversación.

—Señorita Gabrielle, hace mucho tiempo que aprendí a juzgar acertadamente la naturaleza humana. Créame cuando le digo que Elizabeth y usted serían muy buenas amigas. —Le cogió la mano—. Por favor, prométame que lo pensará.

Gabrielle asintió.

—Lo pensaré, señor Crockett. Sería agradable tener un hogar y amigos auténticos durante un tiempo —murmuró a continuación.

Se quedó extrañado por aquello, pero como buen caballero, lo dejó pasar sin comentar nada. Le estrechó la mano y le dio las buenas noches, dejándola a solas con sus pensamientos.


La tarde siguiente, Gabrielle asistió a una recepción al aire libre donde Elizabeth Crockett era una de las mujeres invitadas. Habló deliberadamente con la mujer, al parecer algo mayor que ella, y al cabo de un rato decidió que sería un cambio agradable verse recibida en algún sitio como amiga, sobre todo cuando Elizabeth, vacilante pero entusiasmada, le hizo la invitación en persona.

Los primeros meses fueron interesantes, aunque las actividades sociales tendían a desquiciar a Gabrielle muy deprisa. Conoció a mucha gente y fue calurosamente recibida en sus círculos. Pero Gabrielle se dio cuenta de que la vida de una dama de sociedad no la hacía feliz, sobre todo al ver las condiciones que aquellos que la rodeaban y estaban fuera del círculo social se veían obligados a soportar. Entonces ocurrió algo que lo cambió todo.


Gabrielle había sido acogida en casa de los Crockett justo antes de las fiestas, y en su fuero interno las costumbres relacionadas con tales fiestas le resultaban más que extrañas. Sobre todo la Navidad: parecía tener menos que ver con el nacimiento de un niño que ni siquiera había nacido en invierno que con el deseo de la gente de hacer una fiesta e intercambiar regalos. Se preguntó por qué no se habían limitado a conservar la celebración del solsticio y entonces cayó en la cuenta de que se trataba de una cuestión religiosa. Puso los ojos en blanco, se mordió la lengua y participó poco en el jolgorio.

En cambio, tuvo tiempo de sentarse a recordar otras vidas y otras festividades, y Davy se la encontró en el jardín en la noche del solsticio contemplando el cielo.

—¿Señorita Gabrielle, ¿está usted bien? —resonó su voz a través de la oscuridad.

—Sí, señor Cro... Davy. Estoy bien. Recordando cosas. Pero gracias por preguntar.

Él siguió de pie detrás de ella, pues no lo había invitado a sentarse y no quería inmiscuirse. Por fin carraspeó.

—Las fiestas siempre son más difíciles cuando se ha perdido a un ser querido. Me alegro de que haya podido pasarlas con nosotros.

—Gracias por acogerme —dijo ella sin comprometerse—. Es agradable estar entre amigos.

Volvió a hacerse el silencio entre ellos y Gabrielle percibió que Davy tenía algo más que decir, pero se conformó con dejar que lo hiciera a su ritmo. No tardó.

—Usted sabe que me marcho después de las fiestas —afirmó, y esperó a que ella asintiera—. Con su talento para disparar un rifle, me preguntaba, ¿podría pedirle un favor?

Davy había visto a Gabrielle practicando sus artes marciales un día y le había pedido que le enseñara algunos de los movimientos que nunca hasta entonces había visto. A cambio, él le enseñó a manejar un rifle y descubrió, sorprendido, que tenía tan buena puntería como él. Se preguntó dónde habría aprendido, pero ella no le dio ninguna información y él no se atrevió a preguntar.

Ahora se volvió hacia él en la oscuridad, con los ojos extrañamente relucientes a la luz de la luna. Carraspeó.

—Si me sucede algo, y no es que tenga intención de que me suceda —se apresuró a añadir—. Pero si es así, le pido que lleve a Elizabeth de vuelta a Tennessee... con mi familia. Ellos la cuidarán.

Gabrielle asintió y Davy lo tomó como una promesa, y ninguno de los dos supo que se vería obligada a cumplirla poco más de tres meses después.


Tardaron un par de meses en llegar a Tennessee una vez recibieron la noticia de la muerte de Davy, y Gabrielle tardó un mes más en convencerse de que había cumplido la promesa que le había hecho a Davy. Pero por fin se despidió de Elizabeth y su familia y decidió explorar un poco, ya que por fin estaba ahí fuera.

Era verano y se alegraba de haber salido de la ciudad atestada de gente y volver a los espacios abiertos. No se parecía a nada de lo que recordaba, ni siquiera a lo que había visto durante su primera visita tantos siglos antes. También era maravilloso verse libre de las restricciones que la sociedad imponía sobre todo a las mujeres, y poder cazar sin preocuparse demasiado por si la pillaban era una bendición de un valor incalculable. Tampoco necesitaba hacerlo muy a menudo, afortunadamente, pero seguía siendo una necesidad de vez en cuando.

Cuando Gabrielle estaba disfrutando de la libertad de recorrer las montañas sola, de repente apareció un hombrecillo ante ella y por instinto fue a coger las armas que llevaba bien ocultas encima. Se detuvo, al caer en la cuenta de su error casi de inmediato, y se fijó mejor en el hombre. Casi se le desencajó la mandíbula al reconocerlo.

—¿Joxer? —susurró.

El hombre ladeó la cabeza y la olla que llevaba por sombrero se le resbaló a un lado, pero levantó la mano para pararla. Se la colocó bien y luego le ofreció la mano.

—Me llamo John Chapman, pero la gente de por aquí me llama Johnny Appleseed. ¿Quieres una manzana?

—De ti no, colega —murmuró Gabrielle—. No sabes el poder que tiene una semilla de manzana.

Él se quedó un poco sorprendido por la respuesta, pero tragó saliva y continuó con valor.

—Oh, pero sí que lo sé. Mi tarea es esparcirlas por todo el país —dijo, sin entender la mirada extraña que le dirigía Gabrielle—. Por favor, toma una. —E intentó ponerle una manzana en las manos.

—No, gracias —contestó ella tajantemente—. Esas cosas sólo las comparto con Xena.

Él parpadeó con fuerza una, dos veces, y alzó las manos.

—Está bien. Si cambias de idea, estoy plantando manzanos por todas partes. Eres libre de coger lo que quieras.

—Gracias —dijo Gabrielle al tiempo que se alejaba de él.

—Oye —la llamó antes de que desapareciera—. ¿Cómo te llamas?

—Me llaman Gabrielle.

Él abrió la boca para hablar de nuevo y entonces se encogió de hombros. No se la veía por ninguna parte. Volvió sus pasos hacia el oeste y se alejó... silbando.


Gabrielle bajó caminando desde el centro del país hasta la costa del sur y añadió ciertos toques personales a la celebración recién creada de Mardi Gras cuando llegó a Nueva Orleans. El libertinaje se debía compartir y esto le recordaba tanto a la bacanal en la que habían participado Xena y ella hacía ya tanto tiempo... cuando las cosas cambiaron para ellas de una manera que tardarían años en comprender.

Fue una experiencia agridulce y la empujó a continuar su búsqueda.

Giró hacia el este y siguió la costa, disfrutando de las playas limpias y relucientes y del agua que tanto le recordaba a una mezcla de sus ojos con los de Xena. Los nativos que se encontraba eran amables y curiosos y se acordó del primer viaje que había hecho por esta tierra siglos antes.

Pero las cosas no tardaron en ponerse cada vez más incómodas. Cuántos actos inhumanos e injustos se perpetraban contra algunas personas sólo por el color de su piel. Gabrielle intentaba ayudar, pero había tanta gente machacada que sólo podía dar un mínimo consuelo y ayuda a los que eran esclavos.

Los dueños de las plantaciones y amos de los esclavos pensaban que estaba un poco tocada por interesarse tanto por la propiedad humana de la que eran dueños, pero su encanto natural hacía que la aceptaran en sus círculos. Pero no consiguió cambiar la forma de pensar de nadie, y a los esclavos, en su mayor parte, no les quedaban ánimo ni fuerzas para rebelarse.

Se acordaba muy bien de la historia que le había contado Xena por fin sobre su propia esclavitud, cuando las Parcas le ofrecieron una elección a Xena y ésta eligió la oscuridad por el bien de Gabrielle: sobre lo derrotada y llena de odio que había acabado Gabrielle por culpa de las circunstancias de su esclavitud.

Gabrielle captaba fácilmente el odio, el miedo y la desesperación que los esclavos que la rodeaban sentían hacia sus amos, pero fue la expresión de los abatidos ojos negros de una niña lo que terminó de remacharlo y lo convirtió en un asunto personal para ella. La bardo no pudo soportar las cicatrices que tenía la niña en la espalda y el amo se topó de lleno con la ira de una inmortal.

Cuando regresó a la capital, descubrió que se habían producido muchos cambios, aunque bastante gente la recordaba de su anterior estancia. Eso le abrió puertas y se enteró de que el tema de la esclavitud preocupaba a muchos. Se quedó un poco sorprendida por la intensa división de opiniones que el tema causaba incluso entre miembros de una misma familia.

Pero lo más descorazonador era que nadie parecía hacer nada para cambiarlo. Era todo palabrería. De modo que, a pesar de su deseo de encontrar a Xena, sintió la necesidad de hacer algo tangible sobre este tema, pues se acordaba muy bien de lo cerca que ella misma había estado de convertirse en esclava. Y empezó a viajar hacia el norte, organizando los medios necesarios para liberar de la esclavitud a aquellos que tuvieran el valor de huir.

Al poco, Gabrielle estaba montando el Ferrocarril Clandestino.


Gabrielle tardó más de lo que se esperaba en organizar las cosas y aún más en viajar de nuevo al sur y empezar a convencer a los esclavos de que también ellos tenían derechos y libertades. En varias ocasiones estuvo a punto de ser descubierta y tuvo que luchar para librarse. Eso la hacía sonreír cuando se dejaba llevar por los recuerdos.

Por suerte, su vestimenta era tan distinta de lo que la gente estaba acostumbrada a verle puesto que nadie la reconocía y conseguía escapar con su cargamento humano. Y todo ello merecía la pena la primera vez que se daban cuenta de que eran verdaderamente libres.

Gabrielle tenía una sensación de logro personal que hacía años que no experimentaba. Poco a poco, persona a persona, estaba marcando una diferencia, y se sentía segura de sí misma, dados los rumores que corrían por los estados del norte y del sur en el sentido de que los vientos del cambio se dejaban sentir en el aire. El goteo podría convertirse pronto en un torrente.


—Ya me tendría que haber imaginado que tú estarías en medio de todo esto.

La grave voz masculina le era conocida, y Gabrielle levantó la cabeza y la ladeó mientras intentaba localizar el sonido que acariciaba el principio de sus recuerdos. Una risa suave la llevó a caer en la cuenta, al tiempo que la voz hablaba de nuevo.

—Hola, Gabrielle. Cuánto tiempo.

Se volvió hacia las sombras de donde surgía la voz, a la espera de que el que hablaba saliera de ellas y cobrara forma como ser humano vivo. Sabía que no era uno de sus contactos habituales. Tras media docena de viajes para enseñarle a la gente el camino a la libertad, conocía a todo el mundo a lo largo de la ruta. Pero la voz no la alarmaba, y pensó que podía esperar hasta que su dueño estuviera preparado para mostrarse.

Gabrielle se alegró de haber terminado de alimentarse y estar ahora cocinando el conejo que había saciado su sed de sangre. Empezaba a pensar que tendría que haber reconocido la voz, y no quería que nadie, y menos sus amigos, presenciaran esa faceta suya. Aparte de Cecrops, había logrado mantener su secreto durante casi dos mil años.

Al pensar eso, conectó ideas y reconoció la voz en el momento en que la figura de un hombre alto y musculoso se adentraba en la luz.

—¡Hércules!

Éste abrió los brazos y ella se dejó estrechar en un abrazo reconfortante. Era como llegar a casa para ver a la familia, a un hermano mayor muy querido que llevaba años fuera.

Él notó sus sollozos silenciosos y las lágrimas cayeron por sus mejillas por contagio. Siguió abrazándola hasta que su llanto fue cediendo y se apartó un poco para mirarlo un momento con sus húmedos ojos verdes.

—¿Mejor? —Le sonrió de medio lado. Gabrielle se rió por lo bajo.

—Sí, gracias. —Carraspeó algo cohibida y se frotó la nariz, bajando de nuevo la mirada—. Perdona. No suelo desmoronarme de esta forma cuando saludo a la gente.

—¿Y a cuánta gente conoces desde hace tanto tiempo, mm? —Le apartó un mechón de pelo rubio de la frente y bajó la mano hasta su mejilla, limpiándole de pasada un poco de sangre que tenía en la barbilla antes de sujetársela con delicadeza y obligarla a mirarlo a los ojos—. Vamos, Gabrielle. Si hay alguien en el mundo que comprenda lo que sientes, ése soy yo. Me parece que ya te tocaba.

—¿Tú te desmoronas alguna vez?

La cogió de la mano y la llevó de nuevo junto al fuego para que se sentara y luego retiró con cuidado el conejo de las llamas para que no se quemara.

—¿Puedo? —preguntó, mostrándoselo y esperando a que asintiera. Cogió un plato de su propia mochila y alargó la mano para que ella le diera el suyo. Entonces dividió la carne, le sirvió una porción y se acomodó para comer. Dio un bocado y se le pusieron los ojos como platos—. ¡Vaya! Esto está buenísimo.

Gabrielle jugueteó con su comida mientras contemplaba a Hércules devorar la suya. Lo miró y advirtió que los años lo habían tratado bien. Llevaba el uniforme de un militar de alta graduación de la Unión, y se preguntó qué lo habría llevado a vestir los colores de un guerrero. Por fin, él dejó el plato y echó un buen trago de la cantimplora que llevaba.

—¿Estás haciendo caso omiso de mi pregunta? —preguntó Gabrielle al ver que seguía callado.

—No —dijo—. Intentaba ver cuánto debía contarte.

Gabrielle asintió y esperó, pues sabía que había vivido tanto tiempo como ella.

—Aprendí hace mucho tiempo que a veces tengo que alejarme de la humanidad durante una temporada: si no, llega a ser excesivo. De modo que sí, me ha ocurrido, pero no desde hace tiempo. Ahora me tomo vacaciones.

Gabrielle se encogió de hombros.

—Yo he hecho lo mismo, pero como has dicho, no desde hace tiempo.

—¿Te gustaría tener un sitio donde ir, un lugar donde escapar una temporada?

Ella dudó.

—¿Por eso has venido? ¿Para darme la oportunidad de desfogarme durante un tiempo?

—Sé que no soy Iolaus ni Gabrielle —dijo Herc con una sonrisa—, pero deja que te cuente una historia.

Gabrielle se sonrojó y le hizo un gesto para que continuara.

—Mi encarnación más reciente es como coronel de la Unión. Va a haber guerra, Gabrielle, y necesito... no sé. Para mí es importante participar en esta lucha. —Respiró hondo—. Tengo ojos y oídos por todas partes, y hace varios años oí los primeros rumores sobre una mujer bajita y rubia que liberaba esclavos. La llamaban la Libertadora. Su descripción me sonaba tanto que decidí dar con ella para ver si mis sospechas eran ciertas.

—¿Sabías que soy inmortal?

Hércules asintió.

—Dita me lo dijo, y lo siento, Gabrielle. No le habría deseado esto a nadie.

Gabrielle se encogió de hombros.

—Estoy acostumbrada... la mayor parte del tiempo, y si eso me da la oportunidad de reunirme con Xena, merecerá la pena.

Se quedaron callados un rato, cada uno sumido en sus propios pensamientos.

—Gabrielle...

—Hércules...

Se echaron a reír al hablar a la vez y Herc le hizo un gesto a la bardo.

—Por favor, las damas primero.

Ella enarcó una ceja al oír eso, pero echó a perder el efecto al sonreírle. Entonces su sonrisa se volvió triste.

—Estoy tan harta de la guerra, tan harta de la injusticia. Por cada cosa que hago, surgen cien más en su lugar. —Suspiró—. Lo siento, Hércules. No tienes por qué aguantar mis lloriqueos.

Él se incorporó y cogió sus manos con las suyas, bien cálidas.

—Gabrielle, yo también he lloriqueado lo mío. De vez en cuando vuelvo a Grecia y me dedico a quejarme con Afrodita. Créeme, sé cómo te sientes. —Hizo una pausa—. ¿Me haces un favor?

Ella ladeó la cabeza con aire interrogante.

—Déjame que te lleve a mi escondrijo. Tengo una casa en Banff que nadie conoce, que nadie puede encontrar. Así estarás lejos de la guerra.

—Pero...

—Por favor, Gabrielle. Le prometí a Afrodita que cuidaría de ti si te encontraba. Sé algo de lo que has pasado para llegar a este punto y te mereces descansar un poco. Esta guerra... va a ser especialmente horrible.

—La guerra siempre lo es, Hércules. ¿Por qué ésta va a ser peor? —preguntó con cierto sarcasmo.

Él meneó la cabeza.

—No sé si te acuerdas de la guerra entre tesalianos y mitoanos...

Morí durante la guerra entre Tesalia y Mitoa —contestó Gabrielle con vehemencia. Luego su expresión se suavizó al recordar—. Fue la primera vez que vi lo que Xena sentía de verdad por mí... en corazón y alma.

Hércules dudó. No había sabido... tantas cosas. Carraspeó.

—Bueno, pues esta guerra va a ser muy parecida a aquella, me temo. Hermano contra hermano, familias divididas. Parece obra de Ares.

—¿Por qué estás tan seguro de que se va a producir?

—Por las mismas razones que tú, Gabrielle. Hemos vivido el tiempo suficiente para reconocer las señales. Los buenos deseos no van a hacer que desaparezca.

—Lo sé —dijo suavemente—. Es que no dejo de esperar que algún día...

—Yo también —comentó él—. Pero hasta entonces, Gabrielle, por favor. Es lo mínimo que puedo hacer por ti... y por Xena.

—¿La has visto?

—Sí, hace unos años. Estaba buscando una manera de volver contigo. Parece que aún no te ha encontrado, ¿eh? —Le sonrió, intentando aliviar la tristeza que veía en sus ojos—. A lo mejor cuando esto acabe, podemos buscar a Xena juntos.

—Me gustaría —dijo ella por fin—. Estaría bien existir simplemente durante un tiempo. Y sería agradable tener un amigo que comprende... todo.

—¿Entonces me dejarás que te lleve a Banff? ¿Y esperarás a que vuelva cuando termine la guerra?

—Sí. Aquí ya he hecho todo lo que puedo hacer por el momento. El Ferrocarril Clandestino está en marcha y la noticia se está extendiendo entre los esclavos. No puedo obligarlos a usarlo, sólo darles los medios y la oportunidad. Además, no tengo el menor deseo de encontrarme con Ares. Ahora no... he llegado demasiado lejos para dejar que ahora se interponga en mi camino. —Miró a Hércules atentamente—. ¿Cómo te vas a escapar del ejército cuando está a punto de haber una guerra?

Él se encogió de hombros.

—Un asunto familiar urgente. Dado mi historial, no me será difícil. No me he tomado ningún permiso, así que... —Sonrió a Gabrielle—. No hay problema.

—¿Podemos partir mañana por la mañana?

Ahora le sonrió de oreja a oreja.

—Sí. Creo que podemos.


El viaje fue lento, puesto que la mayor parte la hicieron a caballo a través de terreno abrupto y difícil. Viajaban casi siempre en silencio, pues hacía mucho tiempo que Gabrielle se había acostumbrado a viajar sola. Pasaban las noches alrededor del fuego hablando, intercambiando historias y retazos de su vida y experiencias. Por fin, Hércules se animó a preguntarle a Gabrielle sobre su inmortalidad.

—¿Te disgustó... descubrir... lo de la inmortalidad, quiero decir...?

—¿Descubrir que soy bacante? —Lo miró de frente y él la miró a los ojos vacilando y luego asintió—. Sí. Todavía me disgusta. Sólo el hecho de saber que tengo la oportunidad de encontrar a Xena me lo hace soportable.

—He notado que no te alimentas muy a menudo —comentó Hércules con curiosidad.

Gabrielle hizo un gesto negativo con la cabeza, contenta de poder volver a llevar el pelo suelto ahora que estaban lejos de las exigencias y la elegancia de la sociedad. Prefería la libertad de viajar que estaban disfrutando juntos más de lo que le había gustado cualquier otra cosa en los últimos siglos. La civilización se había hecho cada vez más retrasada, desde su punto de vista, y le daba mucho gusto volver a las cosas básicas que conocía y comprendía tan bien.

—Afrodita me hizo un talismán que mantiene el hambre a raya durante largos períodos de tiempo. No hace que desaparezca, pero la controla.

Hércules asintió.

—Me alegro.

Gabrielle asintió despacio.

—Y yo. Gracias por permitirme conservar la dignidad con este tema.

Hércules se rió suavemente.

—Lo habría hecho en cualquier caso —dijo con humor—. ¿Te das cuenta del lío en el que me metería con Xena y con Dita si se me ocurriera tomarte el pelo sobre algo tan personal? No me gustaría estar en mi propio pellejo.

Gabrielle se echó a reír.

—A mí tampoco —asintió estremeciéndose—. Pero te lo agradezco igual. Esto no es algo que pueda explicarle a cualquiera, y aunque pudiera...

Hércules alzó las manos.

—Ya me has explicado suficiente, Gabrielle. Siento haber sacado el tema. Es que... es que tenía curiosidad. Nunca he conocido a nadie... es decir, no eres como ninguna de las bacantes a las que me he enfrentado, y encima te ha hecho inmortal...

Gabrielle sonrió sin ganas.

—Lo sé. Me duele la cabeza si lo pienso demasiado. Me alegro de lo de la inmortalidad... al menos, espero alegrarme pronto. Pero me habría encantado prescindir de la faceta de bacante.

—Comprendo lo que dices, aunque no comprenda bien lo que sientes. No consigo imaginarme...

—No, por favor. No es bonito ni agradable. No se lo desearía a nadie. —Hizo una pausa—. ¿No llegaste a hablar con Xena de esto?

Él negó con la cabeza.

—No. Pasé muy poco tiempo con Xena y la conversación trató de otros temas. —Se calló un momento, pues no quería revelar demasiado, pero sabía que Gabrielle se merecía un poco de esperanza—. Creo que tiene muchas posibilidades de triunfar en su empeño, Gabrielle, y creo que eso podría cambiar su manera de ver las cosas a partir de ahora.

—¿Cómo? No sé si entiendo lo que dices, Herc.

—Digamos que estoy seguro de que esta experiencia cambiará el concepto que tiene Xena del bien supremo.

Gabrielle se ruborizó, pero no dijo nada. Hércules sonrió.

—Descansa un poco, Gabrielle. Hasta los inmortales lo necesitan de vez en cuando, y mañana va a ser un día muy largo. Empezamos a cruzar las montañas para entrar en Banff. Mi cabaña está oculta en los recovecos más profundos.


—No me extraña que consigas mantener esto oculto —exclamó Gabrielle unos días después cuando por fin coronaron la última montaña y pasaron al valle escondido donde estaba la cabaña de Hércules, vacía y silenciosa. Se habían traído víveres, pero la mayoría saldría de la naturaleza salvaje que los rodeaba. Gabrielle agradecía que comer fuera una actividad en la que participaba por elección propia.

—Hay mucha fauna y caza alrededor cuando lo necesites, y también crecen bastantes plantas silvestres por la zona —señaló Herc mientras se acercaban a la cabaña—. La mayoría te resultará conocida, curiosamente, y te llevaré a dar una vuelta para enseñarte lo que he ido encontrando antes de marcharme.

Gabrielle asintió, moviendo los ojos de un lado a otro mientras observaba todo lo que la rodeaba.

—También hay un manantial de aguas termales, y te ayudaré a preparar un huerto antes de irme, si quieres. Se me da bien: mi madre era forofa de los huertos.

—Creo que eso me gustaría. Esto es precioso, Hércules. Gracias por compartirlo conmigo.

—De nada en absoluto, Gabrielle. Es agradable tener un espíritu afín que lo aprecie.


Hércules se quedó un par de semanas para ayudar a Gabrielle a instalarse antes de marcharse para reincorporarse al servicio como coronel de los Estados Unidos. Le había hecho prometer a la bardo que lo esperaría y que, cuando acabara la guerra, los dos viajarían juntos para buscar a Xena. Desde luego, Hércules no tenía el menor deseo de perderse esa reunión.

Gabrielle se quedó mirándolo hasta que se perdió de vista y luego regresó a la pequeña cabaña para coger su diario, pluma y tinta, tras lo cual salió de nuevo al sol para escribir un poco.

Querida Xena, (escribió)

Me he encontrado a Hércules, o más bien, él me ha encontrado a mí, y ha sido agradable contar con su amistad en los últimos meses. Lo echaré de menos mientras está en la guerra, pero no como sigo echándote de menos a ti, incluso después de tantos años. Espero que no estés metida en la guerra. Herc me ha prometido que nos pondremos a buscarte en serio cuando termine, si tú no has conseguido encontrarme a mí primero.

Ahora tengo la esperanza de que me estés buscando y también una forma de volver a estar juntas. Por bonito que sea esto, tengo ganas de volver a casa. Y no estaré en casa hasta que volvamos a estar juntas...



Capítulo XXXVI


Oh, Gabrielle, creo que esto podría gustarte... los espacios abiertos, la libertad. Podríamos considerarlo nuestro hogar si quisieras. Aunque cualquier sitio donde tú quieras estar será un hogar para mí. Una lección difícil, pero que ahora valoro plenamente.

Xena había cruzado montañas y valles y ahora caminaba a campo abierto, de regreso a las llanuras que aquí se habían convertido en su hogar... al menos hasta que encuentre a Gabrielle.

Estaba buscando a su tribu, pues sabía que se reunirían muy pronto para la fiesta del verano. Quería hablar con Keto. Las instrucciones para encontrar la daga no eran nada claras, y cada vez estaba más irritada por lo impreciso de las indicaciones que estaba siguiendo.

Cuando llegó al campamento, reinaba una solemnidad inesperada. Despacio, sus compañeros animales y ella cruzaron la aldea, devolviendo los apagados saludos de los que la conocían, hasta que llegó a casa de Hotassa. Llamó con tono bajo y respetuoso.

—¿Hotassa? ¿Keto?

Hotassa salió por la entrada tapada y le cogió las manos a Xena con delicadeza cuando se dio cuenta de quién la llamaba.

—Zee-nah. Ven. —Le hizo un gesto a la guerrera para que entrara en su casa. Y al instante, Xena cayó en la cuenta de a qué se debía esa depresión, ese ambiente tan sombrío que flotaba en el campamento. Keto se estaba muriendo.

Xena se arrodilló junto al moribundo chamán y cogió sus frías manos entre las suyas. Keto abrió los ojos y se quedó mirándola, y sonrió al reconocerla.

—Zee-nah.

—Keto.

—Esperado... por ti —dijo el chamán despacio con un gran esfuerzo—. Sabía... que... vendrías.

—¿Por qué nadie me ha avisado? —preguntó Xena, mirando primero a Keto, luego a Hotassa y a Kya.

Kya fue quien contestó.

—Padre dijo que no. Es su hora de ir a sus padres. Tu camino sigue senda diferente.

Xena se volvió de nuevo hacia Keto.

—¿Eso es cierto?

Keto asintió apenas, cerrando los ojos por el esfuerzo.

—Zee-nah defiende cheyenes. Lo que buscas vendrá a ti.

Xena asintió, aunque no comprendía todo lo que le decía Keto. Pero le estrechó la mano con delicadeza.

—Gracias, Keto. Has sido un buen amigo.

Keto le sonrió ligeramente.

—Kya ayuda a guiarte ahora.

—Buen viaje, amigo mío —dijo Xena, tras lo cual se levantó y salió de la casa de Hotassa, dejando que la familia se despidiera en privado.

Pasaron unas horas hasta que salió la familia, con el cuerpo del chamán envuelto y preparado para la pira. El campamento se reunió para desearle buen viaje hasta sus padres en el más allá y, durante una semana, todo el mundo guardó luto.

Al amanecer del día siguiente al fin del período de luto, Kya se acercó a la tienda de Xena, delante de la cual montaban guardia la pantera y el zorro. Aquí era donde se encontraban más a gusto y les era fácil formar parte visible de la sociedad nativa. El felino contrajo los labios y bufó al chamán, gruñendo profundamente. Kya dudó y luego dio unos golpes en la estructura de la entrada.

—¿Zee-nah?

La pantera se levantó y se estiró y luego se puso a pasearse delante de la entrada, lo cual hizo que Kya se apartara, pero sin llegar a irse. Xena salió por la puerta, con el pelo chorreante, pues se acababa de bañar.

—¿Kya? —Miró a la pantera—. Etor, siéntate.

La pantera le gruñó, pero obedeció, y ella le hizo un gesto a Kya para que se sentara ante su hoguera. Xena atizó las brasas para avivar el fuego y puso una tetera a calentar. Luego se sentó frente a Kya y esperó a que éste hablara.

Y lo hizo. Le habló a Xena de las injusticias que los soldados de la Unión cometían contra los pueblos nativos por el afán del hombre blanco de conseguir más tierra y riquezas. De cómo los indios estaban siendo expulsados de las tierras que eran suyas desde el origen de los tiempos por culpa de la codicia del hombre blanco.

Se quedó impresionada por la diferencia que la madurez había supuesto para su forma de ver las cosas y comportarse. Ahora estaba preocupado por el bien de su pueblo y por fin había aceptado que la búsqueda que había emprendido de joven no era su destino en la vida.

Xena escuchó en silencio mientras Kya describía con detalle el sufrimiento de su pueblo y de las demás naciones nativas, asintiendo para indicar que comprendía, pero controlando la rabia. Sin embargo, cuando le habló de los actos inhumanos cometidos contra mujeres y niños, su reacción fue instantánea y feroz.

—Kya, ¿puedo reunir a un pequeño grupo de guerreros? Creo que sé una forma de... bueno, si no de solucionarlo, al menos de acosarlos tanto que las cosas se les pongan muy difíciles.

—Preguntaré. Habrá algunos dispuestos.

—Gracias, Kya. —Dudó y luego se lanzó—. ¿Tú sabes lo que quería decir Keto sobre mi búsqueda de la daga?

Él asintió.

—Daga con persona, como vara. Pero daga se mueve de un lugar a otro. Keto lo vio.

Xena meneó la cabeza y murmuró:

—Las cosas nunca nos resultan fáciles, ¿verdad, bardo mía? —Se volvió hacia Kya, cuyo rostro era la viva imagen de la confusión—. Perdona, estaba hablando sola. —Alargó la mano—. Gracias, Kya. Aprecio tu ayuda.

Kya le cogió la mano y la sostuvo, mirándola con franqueza a los ojos.

—Me alegro. Debía disculpa por... —Agachó la mirada.

—Lo comprendo, Kya. Estamos en paz, ¿de acuerdo?

Kya asintió y le soltó la mano y ella se volvió y añadió hojas de té al agua, que ya hervía.

—Bien. —Hizo una pausa—. ¿Zee-nah?

—¿Sí?

—¿Por qué llevas esto? —Y tiró ligeramente de los pantalones de tela de dril.

Ella suspiró.

—Es una larga historia. La ropa de cuero que llevaba acabó destrozada mientras buscaba el anzuelo. Esto era la alternativa más cómoda.

Kya arrugó la cara disgustado.

—Es feo, mm... duro. Ven. Hotassa arregla.

Xena se echó a reír levemente.

—Tranquilo, Kya. No están tan mal.

Él arrugó la nariz.

—Sí, muy mal. —Pero se echó a reír y se despidió de ella para regresar a su propia hoguera.

Xena apartó la tetera del fuego y la puso sobre la piedra para que se enfriara un poco. No le sorprendió ver a Hotassa plantada ante su hoguera, esperando a que la guerrera le diera permiso para unirse a ella. Xena hizo un gesto a la mujer mayor para que entrara en su círculo y Hotassa se acercó con una sonrisa.

Xena dedicó un momento a observar a la anciana, entristecida al ver los estragos que había causado el tiempo en la mujer que se había convertido en una madre adoptiva para ella en esta época y lugar. La tristeza que le había producido la reciente pérdida de su compañero no hacía sino aumentar su aspecto frágil y sin embargo, tenía una fuerza de voluntad que Xena percibía claramente.

Hotassa le ofreció el cuenco de harina de maíz cocida y endulzada y Xena lo aceptó con una sonrisa. Había desarrollado un gusto curioso por este alimento y lo había echado de menos durante el tiempo que había pasado lejos de la tribu. A cambio, Xena le ofreció a la anciana un poco de té y, aunque se quedó desconcertada por este gesto sin precedentes, Hotassa lo aceptó asintiendo.

Estuvieron en silencio mientras Xena comía y Hotassa se bebía el té. Al cabo de un rato, Xena apartó el cuenco para sus dos compañeros animales y miró directamente a Hotassa.

—¿Cómo estás, Hotassa?

—Estoy preparada para ir con antepasados, pero todavía no es mi hora. —Se volvió y cogió un fardo que había dejado a un lado mientras Xena comía—. Esto tuyo. Keto lo dijo.

Xena le cogió el suave fardo de cuero a la mujer nativa, preguntándose qué había hecho Keto por ella. No pudo contener la exclamación que se le escapó de los labios cuando abrió el cuero y descubrió un conjunto completo de ropa de guerrero, compuesto de pantalones y camisa adornados con cuentas que la identificaban totalmente no sólo como cheyén, sino además como miembro de la familia del chamán.

—Hotassa, es precioso. No puedo...

Hotassa colocó las manos de la guerrera encima de la ropa con gesto posesivo.

—Tuyo —insistió—. Keto lo dijo. Necesitarás para luchar con hombre blanco.

Xena aceptó la ropa asintiendo, pues sabía que Keto tenía razón. Si lograba conservar su identidad en el mundo blanco, podría ir y averiguar cosas que otros guerreros de las naciones no sabrían. Entonces podría usar ese conocimiento para buscar la mejor manera de impedir que el hombre blanco destruyera a su tribu.


Pasaron los años mientras Xena organizaba ataques relámpago contra los fortines y los campamentos que pertenecían a los soldados que estaban intentando meter a las tribus nativas en reservas. Consiguió implicar a muchas de las distintas tribus: siempre había un guerrero o dos deseoso de atacar a los casacas azules que oprimían a su pueblo.

La Guerra Civil se lo puso más fácil, pues había muy pocos soldados para hacer cumplir las leyes que Washington tenía a bien aprobar. Hotassa murió durante esta campaña y Xena se pasó días llorando por la mujer que la había acogido en su corazón y su hogar cuando acababa de llegar a esta tierra extraña que más adelante llegó a conocer como los Estados Unidos. Xena agradecía que Hotassa hubiera muerto sin dolor mientras dormía, de lo que se consideraba una edad muy avanzada. Xena estaba contenta de haber tenido tiempo de conocer a la anciana y honró su pira cantando para acompañar a su alma en el viaje a su siguiente destino.

Sin embargo, una vez terminada la guerra, empezaron a llegar cada vez más soldados al oeste, para trasladar a los indios a reservas y dejar que el hombre blanco se apoderara de la tierra y la dividiera. Por ello, las tribus nativas se hicieron más agresivas, y eso llevó a Xena al Fuerte Riley a finales de septiembre de mil ochocientos sesenta y siete.


El fuerte era algo más que un simple campamento del ejército: a su alrededor había surgido un pequeño pueblo. Xena cruzó el umbral de la cantina del pueblo y se detuvo un momento para que se le acostumbraran los ojos, tras la luz de fuera, a la penumbra del interior.

En cuanto pudo ver, Xena se dirigió al rincón del fondo y se sentó, apoyando la silla en la pared sobre las patas traseras. Una de las chicas se acercó y Xena pidió el especial sin mirarla siquiera. La mujer intentó llamar la atención de la guerrera a base de tontear y coquetear, pero se alejó enfurruñada cuando Xena cerró los ojos y se sumió en lo que parecía ser un sueño ligero.

Un hombre que estaba sentado una mesa más allá se echó a reír por lo bajo, cogió su vaso y se trasladó para sentarse delante de Xena, pero se encontró tirado en el suelo cuando la silla desapareció por completo de debajo de él. Lo asombroso fue que se las arregló para caerse sin derramar ni una sola gota de su whisky.

—No lo he invitado a sentarse.

—Oh, vaya. —El hombre se acarició el bigote con aire galante—. Es que pensé...

—Pues no —dijo ella, sin abrir los ojos.

Él carraspeó.

—Tal vez debería empezar de nuevo —murmuró por lo bajo, más que nada para sí mismo. Levantó la silla y la colocó debajo de la mesa. En ese momento, la señorita y camarera depositó un plato delante de Xena y se marchó muy ofendida cuando siguió sin obtener respuesta.

—Usted sí que sabe ganarse amigos e influir a la gente, ¿verdad? —dijo el hombre cuando Xena dejó caer las patas delanteras de su silla al suelo y cogió el tenedor, tras lo cual lo hundió en el estofado y se metió un poco en la boca sin levantar la mirada. Entonces, tuvo que hacer un enorme esfuerzo de autocontrol para no atragantarse.

El hombre aprovechó que Xena tenía la boca llena de comida para presentarse.

—Soy, mm... soy Brett Alias, jugador. Me llaman el Rey de Reinas —dijo, atusándose de nuevo el bigote. Xena estalló en carcajadas.

—No me cabe duda. —Indicó el atuendo de petimetre que llevaba el jugador.

Brett meneó la cabeza.

Tengo que buscarme un apodo mejor —murmuró por lo bajo—. ¿Puedo?

Xena lo miró largamente antes de empujar la silla lo suficiente para que él la cogiera y asentir con la cabeza. Se limpió la mano en los pantalones y la extendió por encima de la mesa.

—Xena —dijo escuetamente y luego siguió comiendo sin decir palabra.

Él jugó con su vaso mientras Xena terminaba de comer y luego le hizo un gesto al camarero para que les sirviera otra ronda cuando Xena apartó el plato. Ella aceptó el vaso, aunque no se lo bebió.

—Bueno, Príncipe del Póquer, ¿qué quiere?

Al oír el nuevo apodo, Brett levantó las cejas oscuras y frondosas hasta el nacimiento del pelo. Meneó la cabeza y se sacó una baraja de cartas del bolsillo de la chaqueta.

—He pensado que a lo mejor podría convencerla para echar una partida. Necesito un poco de capital para el torneo de póquer de Calgary que se va a celebrar en julio.

—¿Es que me ha visto un letrero donde pone "pringada"?

—Mm, no... bueno, no del todo... o sea... —Suspiró—. Hace unos meses la vi apostar en una partida... —La zalamería de Brett desapareció por completo cuando unos gélidos ojos azules lo clavaron a la pared—. Mire, es que he perdido la daga que iba a poner como aval...

—¿¿Daga?? —La palabra cortó el aire como una cuchilla afiladísima.

—Oh, sí —contestó él astutamente—. Muy valiosa. Una herencia de familia... con la hoja de plata ondulada, la empuñadura de oro y más antigua que yo qué sé. Un auténtico artículo de coleccionista.

Los ojos de Xena no mostraron ningún cambio, pero por dentro daba saltos de alegría. Ésta era la primera pista que tenía desde hacía años sobre dónde se encontraba la daga de Helios que estaba buscando. Lo miró con cara de aburrimiento y frunció los labios antes de hablar.

—Ajá... ¿y qué pasó?

—Que me dejé engatusar por un coronel del ejército que pasó por aquí hace un par de semanas. Un tal Custer.

Xena no movió ni una pestaña. Custer era la causa de varios de sus ataques relámpago contra las tropas de la Unión y era uno de los motivos por los que se encontraba aquí ahora. Se hizo el silencio mientras Xena repasaba la información. Por fin asintió por dentro y sonrió a Brett con aire malévolo.

—Escuche una cosa, Duque del Naipe. Usted consiga que su amigo del ejército le devuelva esa daga y yo le daré una puesta de cinco mil dólares por ella.

A Brett se le dilataron tanto los ojos que Xena se temió que se le fueran a salir de las órbitas.

—¿Cin... cin... cinco mil dólares? —dijo en un susurro áspero pero apagado—. ¿Por qué? —En sus ojos apareció una expresión astuta—. ¿Por qué vale tanto para usted? A lo mejor debería esperar a que me hagan una oferta mejor.

Xena quitó las manos del vaso y las colocó sobre las de él, apretándoselas tanto que a Brett le pareció oír cómo le crujían los huesos.

—A lo mejor voy yo misma a buscar a ese tal Custer y me olvido de intermediarios.

—¡Está bien! ¡Está bien! Iré a recuperar la daga y me reuniré con usted en Calgary a finales de junio. Tengo entendido que celebran un rodeo de mustangs en esas mismas fechas.

Xena enarcó una ceja, pero no dijo nada.

Brett se rió levemente y se encogió de hombros.

—Era una idea... o no —añadió al ver que ella no cambiaba de expresión—. Bueno, ¿tenemos trato?

Xena dejó que sudara un momento y luego le sonrió de medio lado.

—Sí, tenemos trato.

Se bebió el whisky de un trago como una profesional y colocó de golpe el vaso en la mesa del revés. Luego dejó un billete en la mesa para pagar la comida.

—Gracias por el trago. Nos vemos en Calgary dentro de nueve meses. No se retrase.

—¿Cómo sé que tiene el dinero?

—No lo sabe —contestó ella—. Va a tener que fiarse de mí —añadió, tras lo cual se levantó y se dirigió a la puerta con un movimiento ágil.

—Oiga —la llamó él justo cuando llegaba a la puerta. Xena se detuvo, pero no se volvió—. ¿Cómo sabré dónde encontrarla?

Se volvió entonces y le regaló lo que sólo se podía describir como una sonrisa absolutamente seductora.

—No se preocupe, Barón de la Baraja... yo lo encontraré a usted. Ah, y un consejo... ahora búsquese otro sitio donde estar.

Y desapareció en el ocaso sin decir nada más.

—Maldita mujer... —murmuró de nuevo antes de llamar a una de las chicas—. ¿En qué lío me acabo de meter?

Luego se olvidó de preocuparse por ello porque estaba ocupado con otros temas más acuciantes.


Xena vio que Brett abandonaba el pueblo del fuerte a la mañana siguiente temprano, rumbo al norte. Entonces dio la señal a sus guerreros y atacaron el fuerte mismo. Antes de que se pusiera el sol, el fuerte estaba en llamas, arrasado hasta los cimientos por Xena y su partida de guerra. Los supervivientes del pueblo habían huido, ilesos en su mayoría, salvo por los pocos hombres que habían levantado armas contra la banda de nativos que estaban detruyendo sus hogares.

Los indios habían escapado prácticamente ilesos y ahora estaban escondidos en las colinas que habían constituido su hogar durante años antes de verse obligados a abandonar sus tierras. Estaban muy animados, aunque se calmaron inmediatamente cuando Xena avanzó con su caballo hasta situarse en medio.

Empleando más que nada señales manuales y alguna que otra palabra, Xena los envió a todos de vuelta con sus tribus, aconsejándoles que no llamaran la atención hasta nuevo aviso. La reacción ante una destrucción de esta magnitud sería una rápida represalia y quería que todos estuvieran en sus casas para proteger a sus tribus y sus familias.

Asintieron comprendiéndolo y juraron en silencio regresar al campo de batalla cuando ella los llamara. Ella le ofreció su caballo a Kepo, el hijo de Kya. Él la miró interrogante un momento y luego expresó su duda verbalmente.

—¿Zee-nah? ¿Por qué? Necesitas.

Ella asintió distraída y luego dijo:

—Sí, pero la gente lo necesita más. Yo voy al norte por un tiempo. Allí encontraré otro caballo.

—¿No vienes a casa? —preguntó entristecido. Kepo se había criado con los relatos sobre la búsqueda de Xena y en secreto los encontraba muy románticos. Aunque nunca se hablaba de ello, era evidente que no era como otros humanos. En los más de treinta años que habían pasado desde que entró a formar parte de la tribu, no había cambiado, al menos físicamente. Kepo sospechaba que esa diferencia era una de las razones por las que siempre estaba viajando y sólo venía al campamento del clan para pasar breves temporadas de vez en cuando.

—No. El tótem que estoy buscando debería estar en el norte para el verano. Tengo que estar allí antes de que llegue.

Kepo cogió las riendas y, mirando por última vez el rostro decidido de Xena, emprendió el viaje a casa con los caballos.

Xena se quedó mirándolos hasta que se convirtieron en meras motas en el horizonte. Entonces bajó la mirada cuando el zorro y la pantera salieron del altozano donde habían estado ocultos esperándola. Sonrió. Habían tardado un poco en aceptar que era una guerrera muy capaz de defenderse, pero una vez los hubo convencido, dejaban que se ocupara de sus propias batallas a menos que les pidiera ayuda. Aunque siempre estaban cerca de la acción y de vez en cuando participaban simplemente porque les daba la gana.

—Vamos, chicos. Tenemos un largo camino por delante.

Y dirigieron sus pasos hacia Calgary.


El clima invernal dificultaba el viaje, y en varias ocasiones tuvieron que refugiarse con una familia de la frontera para sobrevivir. Pero a Xena no le gustaba hacerlo, por lo que más que nada mantenían una marcha constante y lenta hacia el norte. Llegaron a Calgary poco antes de la primavera y con semanas de antelación con respecto al torneo de póquer y el rodeo de mustangs.

Encontró una pensión en las afueras de la ciudad donde le permitían trabajar a cambio de habitación y comida ayudando con las tareas del lugar. No era que no pudiera permitirse pagar la habitación, pero la oportunidad le recordaba vagamente a la posada de su madre y la época que había pasado echando una mano a Cyrene. Suspiró, deseando haber hecho más, más a menudo. Pero se aplicó en cuerpo y alma a sus tareas y al poco, la pensión había cobrado un aspecto totalmente nuevo.

A medida que se acercaba el final de junio, también empezó a llegar el calor. Xena, por su parte, se alegraba de ver el cambio. Desde su punto de vista, el invierno había sido eterno y, aunque ahora el calor la hacía sudar muchísimo, podía respirar profundamente, disfrutando del aire fresco que olía a cosas verdes en crecimiento.

Rosalie, su anciana casera, salió de la cocina con un vaso de limonada en la mano. Miró a su alrededor llena de asombro y agradecimiento y le pasó el vaso a Xena. Se quedó perpleja al ver que la guerrera se lo bebía entero de unos pocos tragos y se lo volvía a dar vacío.

—Santo Dios... a lo mejor me tendría que haber traído la jarra —le tomó el pelo Rosalie ligeramente, y vio una sonrisa de medio lado que se dibujó fugazmente en la cara de Xena.

—Por fin estoy sudando de lo lindo, Rosalie —bromeó Xena, antes de arrancar el último hierbajo del jardín que la casera y ella habían plantado juntas varias semanas antes.

—Lo sé y no sabe cuánto se lo agradezco... —Xena alzó una mano para detener el agradecimiento de la mujer. Rosalie sacudió levemente la cabeza—. Da igual, usted me ha salvado la vida, Xena. Yo no habría... bueno, gracias.

Xena dirigió otra sonrisa fugaz a la mujer.

—Es mutuo, Rosalie. Usted ha acogido a una perfecta desconocida.

—La mejor apuesta de mi vida —rió Rosalie—. Hablando de eso... ¿todavía quiere ir a la ciudad para el torneo?

—Sí. Tengo un amigo que va a participar y me gustaría ver si consigo un caballo.

—¿Del rodeo?

—Sí.

—¿Sabe montar?

Xena se encongió de hombros.

—Sí, algo.

—Pues tenga cuidado. Esos mustangs son salvajes. Algunos se acostumbran a la silla y otros...

Xena se agachó y recogió las herramientas que se había traído.

—No se preocupe, Rosalie. Los caballos y yo nos entendemos bien.

Entraron en la casa y la casera sentó a Xena en una silla dándole un empujoncito en el hombro.

—Siéntese. La cena está lista y tiene que estar muerta de hambre después de pasarse todo el día en el jardín.

Rosalie colocó una hogaza de pan recién hecho junto al codo de Xena y luego se echó hacia atrás de golpe cuando la guerrera se levantó bruscamente. Le mostró las manos sucias.

—Creo que será mejor que me lave.

—¡Santo Dios! ¡Creo que tiene razón! —dijo Rosalie riendo—. Usted lávese mientras yo traigo el asado a la mesa.

Cuando ya llevaban un rato comiendo, Rosalie abordó el tema que había estado temiendo.

—Se va a marchar pronto, ¿verdad?

Los sorprendidos ojos azules que se clavaron en sus cansados ojos marrones ofrecieron su propia respuesta y también una pregunta. Rosalie se rió por lo bajo.

—Usted es una correcaminos, Xena —dijo contestando a la pregunta—. Nunca se queda mucho tiempo en un lugar. Es algo que ya he visto... yo misma pasé por ello una o dos veces cuando era joven. —Dudó—. Ha hecho tanto por mí, deje que...

—No, Rosalie. Estamos en paz. —Xena dejó que su personalidad se reflejara en sus ojos con fuerza—. ¿De acuerdo? —añadió en voz baja.

Rosalie asintió, al darse cuenta de que Xena se sentía tan en deuda con ella por haberle ofrecido su hogar y su amistad como ella misma por todo el trabajo que había hecho la guerrera.

—Muy bien, estamos en paz. Pero tenga cuidado en la ciudad. El propio rodeo suele ser algo salvaje, y a saber qué puede pasar con tanto jugador suelto por ahí.

Xena sonrió.

—Tendré cuidado y hasta vendré a enseñarle mi nuevo caballo antes de que nos marchemos.

Rosalie se rió alegremente.

—¿Tan segura está?

—Ya lo creo. Ya lo creo que lo estoy.


Xena se quedó atónita por los cambios que se habían producido en la ciudad en un solo día de ausencia, pero se encaminó muy decidida al hotel donde sospechaba que se alojaría Brett. Había utilizado sus conocimientos sobre su antepasado Autólicus y se había figurado dónde se metería si tenía los medios. Los dos hombres eran demasiado parecidos para que no lo hiciera.

Incluso de madrugada, había gente por las calles, en su mayoría hombres, muchos de los cuales salían de la cantina. Pero tuvieron suficiente sentido común para apartarse de su camino y Xena se sonrió. Quien tuvo, retuvo, se dijo satisfecha, y cruzó el umbral del Hotel Palace.

No había recepcionista de noche en el mostrador de entrada, aunque Xena oyó perfectamente el ruido de la cocina mientras los trabajadores empezaban a preparar el desayuno. Tiró del registro y recorrió la página con un largo dedo, deteniéndose y sonriendo cuando llegó al nombre y el número de habitación de Brett.

Subió las escaleras de dos en dos hasta llegar al segundo piso y se detuvo ante la puerta marcada con el número doce. Entonces llamó... muy fuerte.

Dentro se oyeron un gemido y un gruñido, y sonrió sardónicamente al oír a Brett tropezar y maldecir mientras se acercaba a trompicones a la puerta. Cuando la abrió, guiñó los ojos bajo la escasa luz ofrecida por los candelabros de la pared, tratando de ver quién tenía el valor de molestarlo tan temprano. Abrió mucho los ojos cuando se dio cuenta de quién era.

—Llega tarde —gruñó ella y lo apartó para entrar en la habitación. La mujer que estaba en la cama sofocó un grito ante la invasión. Brett alcanzó su cartera.

—Cariño, ¿por qué no bajas a pedir el desayuno? Xena y yo tenemos que ocuparnos de un asuntillo antes de que empiece la partida por la mañana.

La mujer se vistió a toda prisa, le quitó el billete de la mano y salió malhumorada, cerrando la puerta de golpe al salir. Xena se rió burlona.

—¿No podría haber esperado a una hora decente? —preguntó Brett y entonces tragó saliva al ver el hielo de sus ojos—. No —añadió riendo nervioso—. Supongo que no. Escuche, siento llegar tarde, pero Custer me las hizo pasar canutas para recuperar la daga.

—¿La tiene?

La miró casi como si se sintiera insultado. Cogió su bolsa y la abrió.

—Que si la tengo, dice —murmuró mientras rebuscaba—. Yo soy Brett Alias. Siempre consigo lo que me propongo —contestó muy ufano al tiempo que sacaba un objeto envuelto.

Xena fue a cogerlo, pero Brett lo apartó.

—Ah, ah, ah. Primero enséñeme el dinero.

Xena gruñó:

—Desenvuélvalo.

Brett dudó, con ganas de protestar, hasta que vio la expresión fiera de sus ojos. Deshizo el nudo con cuidado y apartó el paño suave de la daga.

—¿Le parece bien? —preguntó con algo más de cortesía.

Ella asintió, se metió la mano en el chaleco y cogió la daga al tiempo que le lanzaba a Brett un fajo de billetes.

—Ha sido un placer hacer negocios con usted, Conde Cártula.

Brett dejó de contar para mirarla un momento.

—Mm-mm... y con usted.

Lo dejó contando el dinero. Entonces salió para buscar algo de desayunar antes del rodeo.


Todavía era temprano cuando Xena llegó al corral donde estaban los caballos salvajes que habían traído a la ciudad para el rodeo. Los mustangs le recordaban a los pequeños caballos pintos que las tribus dejaban correr libres alrededor de los campamentos y al pensarlo sonrió con tristeza.

Muchos de los caballos eran de color castaño, algunos de un marrón más oscuro, unos pocos negros y dos rojos. Se quedó junto a la cerca mirándolos y de repente, un destello de color le llamó la atención. Xena se quedó mirando maravillada cuando un mustang de color crema se apartó despacio de la manada, y se acercó lo suficiente para poder verlo con claridad.

Xena tomó aliento entrecortadamente. Salvo por el tamaño y la crin y la cola, que eran un poco más oscuras, el caballo le recordaba a Argo. El mustang se quedó inmóvil con aire majestuoso, mirando a Xena. Ésta sonrió por reflejo.

—Bueno —dijo Xena y luego agachó la cabeza para asegurarse—. Chico. Cómo me recuerdas a una vieja amiga. ¿Tú crees que podemos ser amigos?

Se echó a reír silenciosamente, observando cómo agitaba las doradas aletas de la nariz mientras se lo pensaba.

—Gabrielle te adoraría. Estás mucho más cerca del suelo que Argo.

Xena caminó alrededor del corral, imaginándose la presentación con una sonrisa, dejando que su mente explorara... posibilidades.


PARTE 19


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
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