Capítulo XXXIII


—Bueno, es una historia muy distinta de la que he visualizado cuando usted la ha tocado —le dijo Gabrielle a Richard cuando llegaban a la puerta de la casa. Él la abrió y le indicó que entrara.

—¿En serio? —dijo, y luego llamó—: ¿Maman? Maman, ya estoy en casa y he traído a una invitada.

Entonces entró una mujer rechoncha, que iba secándose las manos con un paño de cocina.

—Richard, ¿qué te he dicho sobre lo de gritar en casa? —Y le dio un azote en el trasero cuando él se inclinó para darle un beso en la mejilla—. Preséntame a tu amiga, querido.

Wagner se echó a reír de nuevo.

—Sí, maman. Ésta es Gabrielle. Gabrielle, mi madre, un auténtico terror en la cocina. —Se rió aún más cuando ella le volvió a dar un azote.

—Pórtate bien, jovencito, o te quedarás sin cena, y he hecho lo que más te gusta. Ve a lavarte. Hola, Gabrielle, bienvenida a nuestro hogar. Se quedará a cenar con nosotros, ¿verdad?

Gabrielle asintió.

—Me encantaría, gracias, si está segura de que no es una molestia.

—Bah, en absoluto, niña. Richard es algo solitario, así que si se ha parado para conocerla, seguro que tiene usted algo muy especial.

—Se ha sentado a escuchar mi música, maman —dijo Wagner mientras bajaba corriendo por las escaleras. Tenía restos de agua en la cara y las manos todavía bastante mojadas. Su madre meneó la cabeza con desesperación. Era casi un hombre, pero todavía le quedaba mucho de niño—. Ha escuchado con la expresión de alguien que comprende lo que dice la música. Aunque ahora me dice que lo que ella veía y lo que contaba la música no eran lo mismo. —Las escoltó hasta la cocina, de donde salían unos olores maravillosos que le hicieron la boca agua a Gabrielle. Una vez más, agradeció poder seguir disfrutando tanto de esta parte de su humanidad.

Frau Geyer puso los platos en la mesa y les indicó que se sentaran. Se le iluminó la cara con una sonrisa al oír un alegre grito de saludo desde la puerta. Miró a Gabrielle y puso los ojos en blanco.

—¡Hombres! No me extraña que no consiga enseñarle modales a este chico —bromeó de buen humor—. Discúlpeme, por favor. Acaba de llegar mi marido, Ludwig.

Al poco regresó arrastrando a un hombre grueso que sonrió al ver a Gabrielle.

—¿Y quién es esta encantadora fräulein?

La bardo alargó la mano y el hombre la aceptó con elegancia y le besó los nudillos. Esto le valió un manotazo por parte de su mujer y risas por parte de Gabrielle y Richard.

—Me llamo Gabrielle —contestó con una sonrisa.

—¿Y qué la trae a nuestra humilde haus, Gabrielle? —preguntó Ludwig. Volvieron todos a sentarse y empezaron a servirse comida en los platos.

—La invitación de Richard —replicó con franqueza, aunque con una sonrisa.

—Usted no es alemana —afirmó, aunque la pregunta iba implícita.

—No, en realidad soy griega. He estado viajando un poco por el mundo.

—¿No me diga? Parece un poco peligroso.

Gabrielle se encogió de hombros.

—A veces, pero también me ha dado la oportunidad de conocer a gente interesante y de hacer cosas fascinantes. —Y no digamos de pasar cientos de años viendo cómo pasaba el tiempo mientras esperaba para alcanzar a Xena—. Además, he aprendido a cuidar muy bien de mí misma.

Ludwig parecía poco convencido, pero era demasiado cortés para decir nada en voz alta. En cambio, asintió y se metió más comida en la boca, lo cual le impidió hábilmente tener que hablar sin parecer grosero.

La tarea de comer se impuso durante unos minutos, pero cuando estaban terminando, Richard intervino de nuevo.

—Dígame, Gabrielle. ¿Qué ha visto en la música si no era la guerra y el triunfo?

Gabrielle sonrió ante el juvenil entusiasmo de Wagner. Hacía tiempo que no se sentía tan vieja... o tan joven. Masticó con cuidado y dejó el tenedor en el plato, luego entrelazó las manos y apoyó la barbilla en ellas.

—Es más bien una sensación, Richard. —Gabrielle cerró los ojos—. Es la sensación de una tormenta que se acerca. Un prado, que aguanta la respiración, a la espera del asalto. Llega la tormenta y todo se doblega bajo su furia, pero por fin pasa y la vida regresa al prado.

Los ojos verdes se abrieron y vieron la expresión maravillada de los tres rostros que la miraban a su vez.

—¿Qué? —En su tono había sincero desconcierto.

—Ni siquiera yo he visto estas cosas, y eso que fui yo quien le contó a Richard la historia sobre la que ha basado su composición —dijo Ludwig—. Es asombroso.

Gabrielle se encogió de hombros con cierta timidez.

—Supongo que siempre he visto las cosas de una forma un poco distinta.

—¿Es usted poetisa, Gabrielle?

—No, maman —respondió, llamándola tal y como le había sido presentada—. No exactamente. Más bien... bardo. Narradora.

—¿Nos puede contar algunas historias, Gabrielle?

Gabrielle se quedó pensando un momento, preguntándose qué podía contarles. Entonces sonrió.

—¿Conocen la historia del Oro del Rin?


—Hace que parezca tan real, Gabrielle... como si hubiera estado allí de verdad.

La comida se había quedado fría mucho antes y ahora estaban sentados a la luz de las velas mientras Gabrielle les contaba su historia del Oro del Rin.

Gabrielle se echó a reír por lo bajo.

—Es todo cuestión de saber cómo tejer una buena historia, Richard, de creerse lo que se está contando hasta el punto de hacérselo creer también a los demás.

—¿La puede contar otra vez, más despacio? Me gustaría tomar notas. Creo que podría contar la historia con música. —Se sonrojó y luego farfulló—: Es decir, si no le importa.

—No me importa, Richard. La diferencia entre su arte y el mío es que su trabajo deja las cosas abiertas a la imaginación del oyente. El mío lo lleva por el camino que quiero que siga, creando la imagen que quiero que vea.

—Debería ser filósofa —gruñó Ludwig.

Gabrielle se echó a reír abiertamente por la ocurrencia.

—¿Quiere decir como Platón y Sócrates? —Hizo un gesto negativo con la cabeza—. No, gracias. Me tenían que traducir sus conversaciones cuando se ponían filosóficos. Me dolía la cabeza de intentar pensar en círculos.

Maman se echó a reír al oír aquello.

—Oh, creo que encajaría usted muy bien con Ludwig y su grupo de amigos.

Ludwig frunció el ceño, pero no pudo evitar el brillo risueño de sus ojos.

—Bueno —dijo, al tiempo que su mal genio se tranformaba en una carcajada—. Se está haciendo tarde. ¿Quiere quedarse con nosotros, o...? —le preguntó a Gabrielle enarcando una ceja.

—¡Claro que se va a quedar con nosotros! —dijo maman tajantemente—. ¡Es nuestra invitada!

—Ya lo sé, maman —dijo Ludwig—. Pero no sabía si ya tenía donde alojarse o si la está esperando alguien.

—Oh —replicó maman, alicaída. Se volvió hacia Gabrielle—. Será un placer tenerla aquí.

—Gracias, maman. Acepto la invitación, siempre y cuando esté usted segura...

La mujer se animó mucho.

—Estoy segura. Venga.

Gabrielle señaló la mesa llena de cosas.

—Pero...

Maman agitó las manos.

—No importa. Ludwig me ayudará. Y mañana, ¿puede contarnos esa historia otra vez y tal vez alguna otra?

Gabrielle sonrió.

—Claro que puedo. Gracias, maman.


A la mañana siguiente, Richard bajó corriendo las escaleras, muerto de ganas de hablar de nuevo con Gabrielle. Nunca había oído a nadie capaz de crear imágenes tan bellas con simples palabras y estaba deseando oír más.

En su fuero interno ya tenía una idea de cómo le gustaría contar la historia de la trilogía del anillo, como la había llamado Gabrielle. Sería una ópera muy interesante, si conseguía manejar todas las piezas y entretejerlas.

De modo que en cuanto terminaron de desayunar, Richard y Gabrielle se sentaron fuera a la sombra de un árbol, en un lugar desde donde se veía la siega de los campos y se olía el rico aroma de la tierra despojada de sus frutos.

Y Gabrielle le contó una vez más a Wagner la historia del Oro del Rin.

Richard garabateaba a toda prisa mientras Gabrielle contaba despacio cada detalle de la historia, tomando nota de las cosas sobre las que quería componer.

—¿Entonces las valquirias eran como el harén de Odín?

Gabrielle sofocó una carcajada, pensando en la cara que pondría Xena al oír esa descripción.

—No exactamente. Eran como... ángeles, creo que sería la mejor descripción. Su trabajo consistía en llevar a los guerreros de Odín al Valhala para que recibieran su recompensa.

—¿Y tenían caballos voladores?

—Oh, sí... unos animales magníficos. Con ellos a las valquirias les resultaba más fácil encontrar a los guerreros y llevarlos al Valhala para que fueran juzgados.

—¿Qué opina de Odín? —preguntó Richard.

Gabrielle enarcó una ceja mientras pensaba cuidadosamente.

—Era un dios débil; al menos, así lo describen las historias. Lo retratan como un poco crédulo y falto de carácter.

Richard se lo pensó y asintió.

—¿Y el Oro del Rin?

—Pues creo que ése es el único motivo por el que la gente acabó viéndolo como un dios débil. No fue capaz de cuidar de él y, cuando se lo robaron a las doncellas del Rin, creó a un monstruo que nadie se esperaba.

—Grinilda.

—Sí. El poder del anillo consistía en hacerlo a uno invencible. También arrebataba lo que uno más apreciaba. Como ella apreciaba su belleza...

—... se convirtió en un monstruo espantoso.

—Exacto. E hizo falta un héroe para quitarle el anillo al monstruo y devolvérselo a las doncellas del Rin.

—¿Y hubo una prueba... ya sabe, para el héroe?

—Por supuesto. ¿Acaso el héroe no tiene que superar una prueba en todas las buenas historias? —dijo Gabrielle sonriendo—. La prueba de esta historia era una de fuego: el héroe tuvo que cruzar un anillo de fuego para rescatar a la damisela que yacía dormida en medio.

—¿Por qué? ¿Qué clave tenía la damisela para que el héroe tuviera que rescatarla?

A Gabrielle se le puso la mirada perdida y su mente regresó a la realidad que había vivido. Recordó los sueños y la expresión vacía de los ojos de Xena. Recordó la alegría que se apoderó de las dos cuando sus labios se juntaron.

Se volvió de nuevo hacia Richard y parpadeó para ahuyentar el pasado de sus ojos.

—Era dueña del corazón del héroe.

Wagner asintió, pero no dijo nada. En su cabeza ya se estaban formando imágenes, la base para la ópera que escribiría un día ya se estaba fraguando en su imaginación.


Gabrielle se quedó con Richard y sus padres un par de días más, contándoles historias de su propia vida y leyendas que había aprendido de niña en Potedaia.

Antes de estar lista para marcharse, Ludwig se la llevó aparte y le ofreció una pequeña suma de dinero. Gabrielle lo miró sin comprender.

—Queríamos, maman y yo, asegurarnos de que tiene usted suficiente, Gabrielle. Nunca hemos visto a Richard tan animado como en los últimos días con usted. Le ha dado algo y no sabíamos cómo agradecérselo, salvo ofreciéndole un poco de dinero que la ayude en sus viajes.

—Ludwig, ustedes me han acogido sin conocerme, me han dado comida y techo sin esperar nada a cambio. No puedo permitírselo. Su amistad es lo único que necesito.

—Comprendo lo que siente, Gabrielle. Nosotros también valoramos su amistad, pero a maman y a mí no nos parece bien dejar que una mujer joven y bella como usted viaje sola sin proporcionarle refugio por el camino. Por favor. Nos sentiríamos mejor.

Gabrielle lo miró a los ojos y en ellos vio auténtica preocupación. No iba en absoluto a demostrarle que sus capacidades eran mayores de lo que parecían. Se había esforzado mucho por realizar sus meditaciones y su entrenamiento en privado. Al igual que su comportamiento de bacante, su habilidad en el combate estaba oculta al resto del mundo, salvo cuando debía defenderse a sí misma o a alguien en apuros. Estaba cansada, y si no se ofrecía como blanco, eso quería decir que tenía que luchar menos. Cosa que le venía de perlas tras siglos de conflictos.

Asintió despacio y vio el alivio en su mirada.

—Gracias, Ludwig. Le... agradezco el interés. Hace mucho tiempo que nadie cuida de mí, aparte de yo misma. —Se calló, pues no quería revelar demasiado—. Gracias.

Ludwig se preguntó por qué habría dicho eso, pero estaba claro que ella no le iba a permitir seguir indagando. De modo que asintió, aceptando sus palabras. Y cuando se hizo de día, la familia se quedó en la puerta de su casa y se despidió de Gabrielle, deseándole buena suerte en sus viajes.


Gabrielle llegó al pie del Olimpo y se preguntó qué le habría ocurrido a Dita. Hablaba con la diosa todas las noches desde que había llegado a su patria, pues sabía que Dita la oiría aunque no pudiera responder. Normalmente el portal que usaba estaba abierto a la espera de su llegada, pero ahora estaba cerrado. Se dispuso a llamar, pero entonces se dio cuenta de que sentía un hormigueo en la sangre por debajo de la piel.

Gabrielle se trasladó a unas rocas y se acomodó para esperar.

El hormigueo cesó de repente y casi al instante apareció Afrodita.

—Hola, preciosidad. Sube. —Cogió a Gabrielle de la mano y la puso en pie—. He intentado ponerme en contacto contigo, sabes, pero como que no se nos ocurrió una forma de impedir que vinieras si pasaba algo superfuerte. Ares estaba aquí. Últimamente ha estado superocupado. Guerras en Turquía. Disturbios civiles por todas partes. Una guerra en... cómo era... ah, sí, los Estados Unidos, y una revolución megadesagradable en Francia. Es la primera vez que se pasa por aquí desde hace como siglos, o sea.

Gabrielle asintió.

—No pasa nada, Dita. Me tendría que haber dado cuenta de que había un problema al ver que no contestabas. Es que... te prometí que vendría a despedirme.

—¿Te marchas? ¿Has sentido a Xena, o sea, o...?

Gabrielle negó con la cabeza.

—No, pero me apetece cambiar de aires. —Hizo una pausa—. Es una intuición, pero creo que se acerca el momento.

Dita le pasó un brazo por los hombros a Gabrielle y la llevó hacia sus habitaciones.

—Si te sirve de consuelo, nena, creo que tu intuición ha dado en el clavo.

—¿Pero tú tampoco la has visto aún?

—No, pero estoy segura totalmente de que sólo es cuestión de tiempo... y la verdad, no mucho. Claro que en estos días todo es bastante relativo para ti.

—Eso es cierto —reconoció Gabrielle, dejándose caer en una tumbona—. Ha sido entretenido y he conocido a algunos personajes interesantísimos...

—¿Pero...? —preguntó Dita, ofreciéndole una bebida a Gabrielle y recostándose en su propia tumbona.

—Pero quiero que acabe. Si hubiera dependido de mí, no habría ocurrido nunca.

—¿El qué? —Afrodita se achicó bajo la mirada que le dirigió Gabrielle—. Bueno, o sea —se encogió de hombros—, no sabía si te referías a lo de ser bacante o a lo de Xena.

Gabrielle se paró a pensarlo.

—Pues sabes, lo de ser bacante nunca me lo planteé cuando Xena estaba viva. Me lo tuviste que decir tú, ¿te acuerdas? Creo que la vida eterna no estaría mal, incluso como bacante, mientras tuviera a Xena para compartirla. —Dudó y añadió—: Y a ti también, por supuesto. Creo que no habría podido hacerlo sin ti, Dita.

—Sí que habrías podido, pero me alegro mogollón de que no tuvieras que hacerlo.

Gabrielle sonrió y abrió los brazos. Afrodita se pasó de su tumbona a la de Gabrielle y aceptó su abrazo con placer.

—¡Cuánto te voy a echar de menos! —susurró Gabrielle mientras la abrazaba.

—Y yo a ti, preciosidad. Pero estaré pendiente, y todavía puedes hablar conmigo todas las noches, o sea. ¿Quién sabe? A lo mejor hasta te doy una sorpresa y te contesto —dijo con una risa temblorosa.

—Me lo tomo como una promesa, Dita.

—Bien —dijo la diosa—. Hazlo. Bueno, ¿cuánto tiempo te puedes quedar?

—No mucho. Quiero ponerme en marcha cuanto antes. —Gabrielle miró a Dita de reojo—. Ya sabes lo que opino del viaje por mar.

—¿El anillo te funciona bien? Ya no te supermareas, ¿verdad?

Gabrielle aferró las manos de Dita, que toqueteaban el anillo en busca de defectos.

—El anillo está bien, Dita. Es que no me va mucho eso de pasarme "semanas en alta mar".

—Ah... ya lo pillo. No me extraña... Yo misma estoy muy enganchada al método de aparecer sin más en un sitio.

Gabrielle la miró con sorna.

—Dita, estoy segura de que todos preferiríamos el método de aparecer sin más en un sitio si nos fuera posible. Por desgracia, que yo sepa, nunca he tenido esa posibilidad, así que tengo que hacer las cosas a la antigua.

Dita acarició el pelo de Gabrielle y terminó sujetándole delicadamente la barbilla.

—Ahora escucha bien a la vieja Dita, ¿de acuerdo?

Gabrielle asintió, preguntándose por qué se había puesto tan seria la conversación de repente.

—Cuídate bien, sobre todo ahora, ¿vale? —Dita suspiró y se apartó de Gabrielle, fue a la ventana y miró hacia fuera sin ver—. No sé qué está tramando Ares, pero no está en su ser desde... bueno, ya sabes. Y ha estado trabajando como una bestia, provocando guerras por todas partes para acumular todo el poder que le sea posible. No lo ha dicho, pero creo que está... —Afrodita sacudió la cabeza.

Gabrielle se acercó, se detuvo detrás de la diosa y le puso una mano en el hombro.

—¿Qué es lo que crees? —Empujó delicadamente el hombro de Dita, instándola a volverse—. ¿Crees que sabe lo que le pasó a Xena? ¿Crees que la está buscando? —La voz de Gabrielle era un susurro áspero.

Dita negó con la rubia cabeza.

—No... no lo creo. Creo... creo que está buscando a alguien que la sustituya. O al equivalente a ella más fiel que pueda encontrar. Por eso es doblemente importante que tengas cuidado. Tú tienes el mismo fuego, la misma fuerza guerrera que tenía Xena... que tiene... que tendrá... —Agitó la mano—. Lo que sea. Tú la usas de otra forma, la canalizas distinto, pero la fuerza es la misma, y eso es lo que él necesita. Es lo que quiere.

—Y si me encuentra...

—Si te encuentra, no le costará darse cuenta de que probablemente Xena también es inmortal.

—Y destruiría el mundo para dar con ella.

—Sí.

—Bueno, llamaré la atención lo menos posible. Lo que quiero es encontrarla y volver a casa. Creo que me he ganado un descanso.

Afrodita sonrió con tristeza.

—Deja que sea ella quien te encuentre y te traiga a casa. Yo me encargaré de que descanses.

Gabrielle se echó hacia delante y le dio un beso ligero a Dita en la mejilla.

—Siempre has sido una buena amiga, Afrodita. Me siento orgullosa de poder decir que te conozco.

Dita la miró con los ojos llenos de lágrimas y sonrió.

—Ésa es una de las cosas más superbonitas que me has dicho nunca, chatunga. Lo que intentas es que se me arrugue la cara totalmente, ¿a que sí? —Se secó los ojos algo cohibida—. Fíjate. Voy a tirarme días intentando librarme de la nariz y los ojos rojos.

Gabrielle sonrió.

—Todavía los dejas a todos patidifusos, Dita.

Afrodita se echó a reír al tiempo que se secaba los ojos de nuevo.

—Qué labia tienes, Gab. No me extraña que se te dé tan bien el rollo de bardo.

—Bueno, por eso y porque tengo mucha práctica. Bueno —cambió de tema rápidamente—, ¿podemos pasar otra noche charlando antes de que me vaya?

—Uuuh, qué idea tan total —chilló Dita, que chasqueó los dedos y las depositó a las dos en una enorme bañera caliente, con burbujas rosas incluidas y chocolate caliente con nubes.

—¿Sabes qué es lo que más echo de menos... aparte de lo evidente, quiero decir? —preguntó Gabrielle mientras se bebía el chocolate. Dita negó con la cabeza mientras se tragaba su propio cacao.

—Echo de menos la ropa cómoda. Era estupendo cuando podía llevar mi ropa de amazona.

—Aaah, o ese conjuntito de terciopelo tan chachi que tenías. ¡¡Tarara-tararaaaa!! —dijo Dita, mirando a Gabrielle al tiempo que meneaba las cejas.

Gabrielle notó el rubor que le subía por la cara y se frotó la nuca. Carraspeó.

—Me refiero, ¿has visto los trajes tan ridículos que llevan las mujeres hoy en día?

—Ah, sí. Son horrendos. —Dita se echó a reír—. He notado que tú te los pones lo menos posible.

Gabrielle soltó una risita.

—Sí. Lo suficiente para presentarme y establecerme. Luego vuelvo a los pantalones.

—Ya lo he visto. Al loro con las vibras de envidia que he captado de las mujeres que los han visto.

—¿En serio? Me pregunto cuánto tiempo falta para que la ropa cómoda vuelva a ponerse de moda.

Gabrielle se marchó a la mañana siguiente y nunca supo lo cerca que había estado de ser descubierta.


—Hola, hermanita —dijo Ares al entrar en sus aposentos. Con el paso de los siglos y la disminución de sus poderes, los olímpicos habían aprendido a respetar la necesidad de espacio de los demás y no aparecían sin previo aviso en las habitaciones de otros. Dita estaba convencida de que eso tenía menos que ver con el respeto y más con el hecho de que nadie quería malgastar energía cuando podían caminar, sobre todo porque nadie tenía fuerzas para una pelea, salvo Ares y ella, que, por otro lado, estaban demasiado ocupados.

Lo miró y se quitó las gafas, cambiando como de pasada la pantalla de su red divina mundial. Gabrielle acababa de salir por el portal del Olimpo y había estado siguiendo sus pasos.

—¿Qué pasa, hermano? —dijo alegremente, advirtiendo su expresión distraída—. ¿Estás bien?

—¿Mmm? Sí, sí. Déją vu —dijo Ares, descartando el hormigueo que acababa de sentir—. Me he pasado a despedirme. Voy a estar fuera durante un tiempo.

—¿En serio? ¿Dónde vas ahora?

—A un par de sitios. Tengo que alimentar esos fuegos de la guerra, ya sabes.

—No, gracias, y tampoco quiero saberlo para nada —contestó Dita a la ligera, aunque sus instintos le decían que esto podía ser una mala noticia—. ¿Te vas a materializar de un sitio a otro?

—Qué va, tengo que pasar un tiempo viajando de forma convencional... ya sabes, para ahorrar fuerzas para lo importante.

Ella abrió los brazos y se abrazaron un momento. A pesar de todos sus choques, sentían un profundo y auténtico cariño el uno por el otro.

—Pues ten cuidado ahí fuera. Aunque hay días en que el mundo es un sitio supermolón.

—Lo sé. Te daré noticias. ¿Tú harás lo mismo?

—Cuenta con ello, hermano.

—Puedes llamarme si me necesitas.

—Ídem, hermanito... lo mismo digo.

Ares no supo qué responder, de modo que le dio un beso a Dita en la mejilla y salió de la habitación sin decir nada más. Afrodita se quedó mirándolo y luego contempló el umbral vacío largos instantes una vez desapareció por él. Entonces volvió a concentrarse en la red divina, con la que siguió atentamente los pasos de Gabrielle mientras se ocupaba de sus muchas otras tareas.


—Y así llegamos al presente, Xena —se dijo Gabrielle por lo bajo al cerrar el diario—. No es que me puedas oír —dijo, acariciando distraída la tapa—, pero me apetecía compartirlo.

Paseó la mirada por la cubierta y vislumbró apenas una silueta oscura en el horizonte.

—Estoy deseando volver a pisar tierra firme. Ojalá Leo hubiera logrado construir esa máquina voladora. Creo que el problema de la altura me habría resultado más fácil de soportar que todas estas semanas en el mar. —Se rió por dentro y se encogió de hombros—. Espero no tardar en encontrarte, Xena.

Volvió a contemplar el horizonte mientras el viento agitaba mechones sueltos de su pelo rubio alrededor de su cara.



Capítulo XXXIV


Xena clavó los ojos en el horizonte mientras la brisa marina le acariciaba la cara. El pueblo estaba detrás de ella y aquí podía concentrarse en el calor que sentía en el alma y que era Gabrielle para ella.

—Espero no tardar en encontrarte, Gabrielle —susurró al viento, y dejó vagar sus pensamientos. Tenía historias interesantes que contarle a la bardo, pero más que eso, Xena echaba de menos a Gabrielle con una intensidad que le hería el alma. Le recordaba mucho a las semanas que había pasado sin la presencia de la bardo en su vida después de que Gabrielle se lanzara al abismo con Esperanza.

Sólo que esto era peor. Esto duraba ya años, y sabía que para Gabrielle había sido una eternidad de soledad. Xena bajó los ojos para mirar al zorro y a la pantera que se habían reunido con ella en la colina que daba al océano.

—Voy a tener que pensar en algo absolutamente increíble que hacer por ella cuando por fin la encuentre. —Se echó a reír al ver la mirada que le dirigía la pantera—. Lo sé. Pero lo voy a intentar igual.

Xena se miró a sí misma. El tiempo que llevaba en California había cambiado algunas cosas: le había dado otra pieza de su rompecabezas, había traído viejos conocidos a su vida y... Se miró de nuevo. Hasta le había dado ropa mejor. Le gustaba bastante su nuevo atuendo, aunque todavía echaba de menos la libertad de su antiguo traje de cuero.

Dejó que su mente repasara los últimos años.


Hacía frío en enero, pero Sutter quería construir un aserradero y Xena se alegró de salir de los confines del apestoso pueblo ganadero. De modo que llevaba los últimos dos meses alojada a unos ochenta kilómetros del asentamiento trabajando en la construcción de un nuevo aserradero.

No estaba mal. La paga estaba bien, la comida era decente y era un placer estar al aire libre y usar músculos acostumbrados a un ejercicio distinto. Además, aquí fuera era mucho más fácil alimentarse sin ser detectada.

Distraída, se preguntó qué habría sido de su espada y su chakram, segura de que Gabrielle habría cuidado bien de ellos. Sintió una punzada de preocupación al pensar que la bardo no los llevara consigo y que tuvieran que regresar a Grecia para recuperarlos. Por un lado, era una esperanza que tenía: así tendría tiempo de estar a solas con Gabrielle, cosa que necesitaba muchísimo. Por otro lado, sólo quería volver al hogar y la época que conocía y comprendía. Entonces, Gabrielle y ella podrían irse de vacaciones juntas... tal vez podrían visitar esta tierra. Le gustaría verla antes de que estuviera tan poblada.

Xena se dio cuenta de que no tenía la menor duda de que Gabrielle la perdonaría. Pero sí que se preguntaba qué tipo de precio tendría que pagar. No es que Gabrielle fuera vengativa, pero conociendo a la bardo tan bien como la conocía, iba a estar frustrada como poco. Y esa frustración seguro que adoptaba muchas formas antes de agotarse.

Xena sabía que también era muy posible que Gabrielle estuviera muy enfadada, y casi esperaba que lo estuviera. Era más probable que Gabrielle la perdonara más deprisa si estaba enfadada. Su enfado sería como una llamarada ardiente y rápida y luego desaparecería. Si sólo estaba dolida o apenada, podría pasar mucho tiempo hasta que Xena saliera de la perrera. Xena no quería estar en la perrera. Ahí hacía frío.

Xena reconoció que tampoco tenía la menor duda de que se iban a encontrar. Estaban tardando más de lo que esperaba, pero ahora estaba segura hasta lo más profundo de su alma de que iba a ocurrir.

Sonrió y terminó de vestirse, envolviéndose las palmas de las manos cuidadosamente con unas tiras de cuero antes de ponerse los guantes. Luego salió, dispuesta a trabajar un día más en la construcción del aserradero.


No supo por qué le llamó la atención, pero Xena reconoció la piedra más o menos reluciente como lo que era en cuanto la cogió. Se quedó mirando pensativa la pepita de oro y luego se la metió en el bolsillo de los pantalones y siguió trabajando.

Pocos minutos después encontró otra y luego otra. Al final del día, tenía los bolsillos repletos de pepitas de oro.

Al día siguiente, salieron de nuevo y esta vez Xena vio que no era la única que se había fijado en la reluciente sorpresa que parecía albergar la orilla del río. Pero el jefe, Marshall, parecía decidido no sólo a tenerlos a todos ocupados terminando el aserradero, sino también a mantener lo del oro en estricto secreto. Xena se preguntó cuánto duraría.

No tuvo que preguntárselo mucho tiempo.


Casi de la noche a la mañana, surgió otro pueblo de casuchas y la gente empezó a llegar a riadas, contagiada de la "fiebre del oro". Si a Xena el pueblo original de Sutter le había parecido horrible, éste lo superaba por mil. El gentío, el hedor, el ruido y el crimen estuvieron a punto de hacerla huir, pero se quedó, aferrada tenazmente a la creencia de que su respuesta se encontraba en algún lugar de la zona.

Por necesidad, Xena acabó haciendo el papel de alguacil, y lo hacía muy bien. Era increíble lo universal que resultaba el pellizco al ocuparse de los malos. Tampoco era sorprendente, pues era más o menos lo mismo que había hecho en los años que se dedicaba a viajar a lo largo y ancho de Grecia con Gabrielle.

No fue algo que planeara. Más bien, fue algo en lo que se vio metida sin querer, e hizo tan buen trabajo que el oficial federal de justicia la nombró su ayudante, pues la había visto en acción y sabía que era capaz de llevar a cabo la tarea.

Cuando llevaba varios meses con este trabajo, por fin encontró lo que estaba buscando.


Era el momento más oscuro de la noche y Xena había salido sola. Tenía que volver a alimentarse, cosa que había notado que le ocurría con mucha más frecuencia a causa de la llegada masiva de humanidad y las tensiones que eso provocaba en su vida.

Tuvo que alejarse bastante del pueblo para encontrar algo de fauna, pero por fin dio con un rastro que pudo seguir y que la llevó al cubil de unos osos. Vale, un poco más salvaje de lo que preferiría. Xena se quedó inmóvil, con los brazos en jarras, limitándose a respirar y escuchar. Entonces captó un olor que reconoció y lo siguió lo más rápida y silenciosamente que pudo. El conejo no tardó en morir entre sus manos cuando lo desangró.

Más que nada, sintió la segunda presencia, y sus sentidos hiperalertados le permitieron localizar al intruso casi de inmediato. Xena dejó el conejo ya desangrado en el suelo y volvió los ojos amarillos hacia el punto donde se encontraba su indeseado visitante inmóvil, mirándola.

—Hola, Xena.

La voz era grave y profunda y Xena ladeó la cabeza al reconocerla. Cerró los ojos, obligando al ardor a desaparecer. Se estremeció un poco y abrió los ojos, ahora de un azul brillante, posándolos en un punto de la oscuridad que por fin se adelantó para revelar su identidad.

—Hola, Xena. Cuánto tiempo.

—Una vida —dijo ella, todavía inmóvil.

Cecrops se acercó más a ella con los brazos extendidos como saludo.

—Más bien una eternidad. —Sonrió cuando ella le estrechó la mano—. No me esperaba verte aquí.

—Es una historia muy larga.

La sonrisa de Cecrops se tornó irónica al oírla.

—Tengo todo el tiempo que necesites para contármela y, seguramente, yo también puedo rellenar algunos huecos. Ven. Vamos a sentarnos y a intercambiar historias. Tengo la sensación de que podría ir para largo.

Esperó a que se sentara con las piernas cruzadas en el suelo y entonces él mismo se sentó delante de ella en la misma postura. Cruzó las manos, apoyó los codos en las rodillas y la barbilla en las manos. Xena tenía las manos recogidas sin fuerza en el regazo, sin saber por dónde empezar su historia. De modo que aguardó, con la esperanza de que Cecrops hablara primero.

—He recorrido un camino muy largo para llegar hasta aquí —dijo el hombre en voz baja y pensativa—. He visto el mundo, en realidad ya le he dado la vuelta un par de veces. He visitado lugares interesantes y he participado en mucha de su historia. He conocido a gente fascinante y también a muchas mujeres bellas por el camino. —Cecrops sonrió a Xena con aire chulesco.

—¿Amarlas y dejarlas?

Se encogió de hombros.

—Bueno, es una de las ventajas de la inmortalidad. Sé que la relación no tiene futuro, así que no lo doy todo en cada una de ellas.

—¿Eso no es como engañar?

—En realidad no. Vamos, Xena. Llevo vivo y solo más de dos mil años, y la única inmortal que me he encontrado me rechazó directamente con tal de permanecer fiel a alguien que la había condenado a una vida de soledad. No me parece que tengas derecho a criticarme por echar una cana al aire de vez en cuando.

Ni la vio moverse, y sólo un dolor abrasador en la mandíbula le dio una idea de su furia. La apartó de un empujón.

—¿Qué demonios te pasa, Xena? —dijo entre dientes, intentando no mover demasiado la mandíbula. Se levantó y se irguió cuan alto era. Ella se levantó también y se encaró con él, clavándole el dedo en el pecho para enfatizar lo que decía.

—¿Gabrielle? ¿Pero quién te crees que eres?

—Alguien que lleva muchísimo tiempo solo y que podía comprender también su soledad. Es una bella mujer, Xena, y la dejaste sola. No te debía fidelidad. La dejaste libre para cualquiera.

Xena abrió y cerró los puños mientras luchaba para no aplicar el pellizco a un hombre que en otro tiempo había considerado su amigo. Perdió la batalla con su autocontrol.

—¿Cómo te atreves...? —Lanzó un puñetazo que lo alcanzó en la nariz, salpicándolos a los dos de sangre caliente. Aunque estaba saciada por haberse alimentado ya, notó que le crecían los colmillos por el olor y la rabia que ahora corría por sus venas.

Xena gruñó y se lanzó y, por primera vez, Cecrops levantó una mano para defenderse. Pensó que tenía muchas posibilidades de matarlo de verdad si le chupaba la sangre del cuerpo, y por cansado que estuviera a veces de vivir, no tenía ningún deseo de morir a manos de Xena de esta forma.

La agarró y le dio la vuelta, sujetándola contra su pecho.

—Xena, me rechazó. Es totalmente capaz de cuidar de sí misma y, que yo sepa, ha permanecido fiel a ti y a lo que teníais juntas.

La rabia murió tan deprisa como había prendido y Xena se derrumbó en brazos de Cecrops. Éste apartó un brazo y se secó con cuidado la sangre de la nariz al tiempo que sorbía. Se agarró la mandíbula e hizo una mueca de dolor al oír el roce de los huesos.

—Bueno, otra de las ventajas de la inmortalidad es la capacidad para curarse rápido —dijo riendo un poco, y soltó el brazo con que la sujetaba—. Ven. Conozco un sitio donde conseguir una buena copa y una comida caliente. Vamos a contarnos historias. Y te hablaré de Gabrielle.

Xena se quedó quieta, limitándose a respirar, controlando las emociones que estaban más a flor de piel de lo que quería. Al cabo de un momento, respiró hondo y asintió con la cabeza.


La Cantina del Valle de Hierba no se parecía a nada que hubiera visto Xena en su vida. No había estado en este pueblo más que para recoger a algún que otro alborotador y nunca se había quedado el tiempo suficiente para visitarlo. El lugar tenía algo que le daba grima.

De modo que entró con los instintos de guerrera erizados, la carne de gallina y el pelo de la nuca de punta.

El interior era... vulgar fue la primera palabra que se le ocurrió. El mobiliario era algo que se habría encontrado en un palacio: terciopelo, espejos dorados, cortinas de cretona. Xena vio incluso lo que parecía ser una alfombra persa en el suelo. Y aunque estaba amaneciendo, los candelabros de las paredes estaban encendidos para que el escenario se viera bien en toda la cantina.

Xena miró a Cecrops, con evidente expresión de desdén. Él se encogió de hombros con despreocupación.

—La comida es buena.

—Más le vale —murmuró ella—. Detesto esta clase de sitios.

—¿Xena? ¿Quieres decir que nunca...?

—No, la verdad. —Se encogió de hombros—. Y cuando Gabrielle entró en mi vida, no lo habría hecho en cualquier caso.

Cecrops meneó la cabeza con cuidado.

—Estáis las dos coladitas perdidas, que lo sepas. —Puso la mano sobre la de ella y la dejó ahí, incluso cuando notó que se ponía tensa al tocarla—. Se ha convertido en una mujer muy bella.

—Siempre lo fue —contestó Xena en voz baja, y en ese momento una camarera se acercó a su mesa.

—Dos especiales y una cafetera —dijo Cecrops con una mueca. Maggie era de sus preferidas y habían estado juntos muchas veces desde la llegada de él al pueblecito. Se fijó preocupada en su cara magullada y rota y luego asintió y le guiñó un ojo. Xena era una persona respetada en el territorio, y Cecrops le había contado a Maggie que él y Xena eran viejos amigos. De hecho, había salido varias veces para buscarla, pues quería que su primer encuentro fuera en privado. Maggie se alegraba de que por fin lo hubiera conseguido, pues tenía la esperanza de que eso pusiera fin a sus andanzas nocturnas, aunque se preguntó qué había causado tantos daños al hermoso rostro de Cecrops.

—Cuéntame —ordenó Xena con suave ferocidad.

—Han pasado unos siglos, pero me la encontré y estuvimos viajando juntos un tiempo.

Silencio durante unos minutos mientras Xena pensaba en lo que acababa de decir. Entonces Maggie regresó con sus platos y el café y luego volvió con una toalla húmeda para la cara de Cecrops. Éste le acarició la mejilla y le dio las gracias y luego se puso a comer con cuidado.

Xena se dedicó a jugar con la comida que tenía en el plato.

—¿Cómo estaba? —preguntó al cabo de un rato.

—Sola. Aunque hacía amigos por todas partes y contaba con el favor de por lo menos dos diosas, que yo sepa.

—¿Afrodita?

—Sí, y Ch'uang-Mu... la diosa china del dormitorio.

—¿Estuvo en China?

—Entonces sí... pero ya había viajado por gran parte del mundo. Era una de las cosas de las que nos gustaba hablar... nuestras experiencias en distintos lugares. —Hizo una pausa y masticó la comida, señalando su plato—. Deberías comer. Aunque sólo sea por guardar las apariencias.

Los ojos azules se clavaron en él con abrasadora intensidad.

—Claro, que tal vez no. —Se encogió de hombros—. La inmortalidad la pilló por sorpresa... y también el motivo. ¿Y a ti? —preguntó con una franqueza inesperada.

Xena se lo pensó un poco y luego hizo un gesto negativo con la cabeza.

—No exactamente. Era... —Se encogió de hombros—. No era una cosa en la que pensara mucho. —Hizo una seña a la camarera y esperó a que Maggie trajera la botella y dos vasos a la mesa antes de seguir hablando—. Pero... era consciente de las... posibilidades. —Abrió la botella y sirvió dos tragos, se bebió uno de golpe y rellenó el vaso para bebérselo despacio.

—¿Te molesta? —indagó él, consciente de que se la estaba jugando, pero pensando que ya no corría peligro de que lo fuera a matar.

—No, si eso significa que puedo volver a estar con Gabrielle —dijo sin dudar, y la expresión de sus ojos lo obligó a tragarse cualquier otra pregunta que tuviera sobre ese tema.

Cecrops apartó el plato que casi había terminado. Abrió la boca para cambiar de tema y en ese momento lo interrumpió un grito estridente. Xena y él levantaron la mirada y vieron a una mujer de pelo y ojos oscuros que bajaba las escaleras majestuosamente. Hacia la mitad, se detuvo y se inclinó hacia delante, contoneándose ligeramente.

—¡Hola, chicos! ¡¡Ha llegado el terremoto!!

La mayoría de la gente se puso a aplaudir y gritar, y hasta Cecrops sonrió todo lo que pudo con la cara rota. Xena se quedó petrificada.

—¿Calisto? —murmuró, poniéndose en pie. Para entonces, la mujer había llegado al pie de las escaleras y se pavoneó a través de la gente hasta detenerse delante de Xena. No había el menor indicio de reconocimiento en los ojos marrones que la miraban, pero Xena sabía quién era la mujer, aunque ahora usara otro nombre. Eran los mismos ojos que había visto hacía una vida en Grecia. Los mismos ojos que la miraban acusadoramente cada vez que se encontraban con los suyos. Había algunas cosas... algunas almas... que una vez vistas, jamás se olvidaban, fuera cual fuese el aspecto que adoptaran.

Los ojos oscuros recorrieron su cuerpo hasta que a Xena le entraron ganas de darse un baño. Se limitó a devolverle la mirada con cara de desprecio.

—Vaya, vaya. Pero mira que eres grande, querida. Soy Lola Montez, propietaria de este elegante establecimiento. Todos mis amigos me llaman Lola. Y tú quieres ser mi amiga, ¿a que sí? —Esperó una respuesta y se encontró con un silencio. La rabia ardió con fuerza en los ojos marrones por la ofensa, pero se encogió de hombros como si no tuviera importancia—. Tú te lo pierdes.

Entonces soltó un grito y subió al escenario, preparada para representar su espectáculo de todas las noches para los hombres solitarios que acudían a verla bailar.

Xena dejó unas monedas en la mesa para pagar su cuenta y se dirigió a la puerta de la cantina. A Cecrops no le había pasado desapercibida la interacción de Lola y ella y la siguió en cuanto pagó su propia cuenta. Miró a Maggie, quien asintió comprensiva, y salió por la puerta al frío de la noche.

—¿Xena? —la llamó—. Oye, Xena... espera —le dijo a la figura que se alejaba rápidamente. Se dobló hacia delante, un poco mareado por la falta de aire a causa de la nariz, que se le iba curando poco a poco—. Apiádate de un viejo, Xena. Ya no me muevo como antes.

Xena se volvió despacio.

—No sé. Me parece que no lo haces mal.

Cecrops recuperó el aliento y se irguió poco a poco.

—¿Me quieres decir qué ha pasado ahí dentro?

—Pues no —replicó Xena secamente. Tenía las emociones en carne viva y ganas de pelear. Él alzó las manos con gesto de súplica.

—Está bien. Está bien. Vente a mi casa y me cuentas en qué has estado metida y qué haces aquí en California.

Lo miró fijamente. Cecrops nunca le había parecido estúpido, aunque los siglos de inmortalidad lo habían hecho un poco más descuidado con las cosas. A pesar de eso, no parecía un suicida del todo, con independencia de lo que había hecho antes, y ella le había prometido contarle su historia.

Por fin asintió y le hizo un gesto para que se pusiera en camino.


Cecrops tenía realmente una casa bastante acogedora en una de las calles más tranquilas del pueblo. No era gran cosa por fuera, pero en el interior había tres habitaciones pequeñas, y le hizo un gesto a Xena para que se sentara en una silla delante de la chimenea y él mismo se acomodó en la otra después de atizar las brasas para avivar el fuego.

—Bueno, tengo dos preguntas que hacerte —dijo en voz baja. Ella asintió y esperó a que continuara—. La primera, ¿por qué estás aquí sin Gabrielle?

Lo miró de soslayo, como si se hubiera vuelto loco. Conocía la historia de su separación... ¿por qué tenía que repetirla de nuevo? Cecrops alzó una mano para detener la contestación que se estaba formando en sus ojos y sus labios.

—Deja que lo diga de otra forma... Sé cómo os separasteis. ¿La estás buscando o...?

Xena negó con la cabeza.

—No exactamente. Sé que está viva... la he sentido. Pero no sé dónde está. Estoy... el ritual que me trajo aquí puede devolverme a casa, a Gabrielle, antes de que empezara esto. Pero antes tengo que encontrar todos los tótems. Todas las piezas del rompecabezas que se usaron en el ritual que me trajo aquí.

Cecrops asintió despacio con la oscura cabeza.

—Es lógico, supongo. ¿Pero por qué aquí? ¿Por qué ahora?

—El pergamino donde viene el ritual ofrece una lista de objetos, cada uno de los cuales representa una característica distinta de un guerrero y dónde se encontraban originalmente. Keto dijo que el mal uso del ritual esparció los tótems a los cuatro vientos y que tendría que viajar al lugar original para encontrar cada uno.

Cecrops asintió, indicando que lo entendía relativamente. Los detalles no eran necesarios todavía.

—¿Y?

—Pues que estoy aquí buscando el siguiente objeto de mi lista. Sólo que...

—¿Sólo que qué?

—Que he explorado cada centímetro cuadrado de tierra y agua en un radio de doscientos kilómetros a la redonda en busca de este objeto. —Se le hundieron los hombros—. No sé dónde seguir buscando.

—¿Qué es lo que buscas?

—Es un... —Se levantó de la silla y se quedó de pie de espaldas a la chimenea—. Un anzuelo de hueso. Como así de grande. —Indicó con los dedos un tamaño de unos ocho centímetros—. Por la descripción, me recuerda mucho a una cosa que se ponían las amazonas como adorno. —Se volvió para mirar las llamas—. Pero aquí no hay amazonas.

Cecrops se llevó la mano al cuello y se quitó el pañuelo. Luego se quitó un cordel de cuero por encima de la cabeza.

—¿Te refieres a algo como esto? —preguntó suavemente.

Xena se giró de golpe y apretó la mandíbula para evitar que se le desencajara de pura sorpresa. De los dedos de Cecrops colgaba justo lo que acababa de describirle: aquello que llevaba buscando desde hacía más meses de los que quería recordar en este momento.

—¿Cómo...? ¿Dónde...? —Xena alzó las manos algo temblorosas para tocarlo, y cerró los puños con fuerza para detener el movimiento. Dudó y Cecrops se lo tendió.

—Las amazonas están en las colonias británicas que ahora se conocen como Australia y Nueva Zelanda. Gabrielle las trasladó al continente australiano hace más de mil quinientos años. Y hace unos quinientos años, varias de ellas emigraron a Nueva Zelanda.

—¿Y tú esto lo sabes por...?

—Gabrielle me contó la historia justo antes de que se fuera de China. Acabé viajando por esa zona y pasé un tiempo allí. Cuando llegué a Nueva Zelanda, me regalaron ese collar. Ahora creo que sé por qué. —Cerró sus manos más grandes sobre las de Xena—. Quédatelo. Estaba destinado a ti. Yo sólo lo he custodiado.

Ella sonrió: la primera sonrisa auténtica que veía en su rostro desde que llegaron a tierra en Grecia tantos siglos antes. Le dio una palmadita en la mejilla.

—Deberías hacer eso más a menudo. —Ella lo miró enarcando una ceja y él levantó las manos dándose por vencido—. O no —continuó riendo—. Ahora tengo una pregunta más que hacerte.

—Está bien —dijo ella despacio, al tiempo que se ponía el collar pasándoselo por la cabeza y se lo metía por dentro de la camisa.

—Esos pantalones son geniales. ¿Dónde puedo conseguir un par?

Ella se miró los pantalones de tela de dril y sonrió.

—Estos me los he hecho yo misma.

—¿Sabes coser?

—Sé hacer muchas cosas —dijo con una sonrisa burlona—, y estaba harta de esos pantalones de tela fina que se gastaban tan deprisa. Mi amigo Levi me consiguió la tela de Francia, creo que dijo.

Cecrops alargó una mano, luego se detuvo y la miró directamente.

—¿Puedo?

Ella asintió y él tocó la tela un momento.

—Son fantásticos. ¿Son cómodos?

—Pues sí.

—¿Crees que me podrías presentar a tu amigo Levi? No sé coser, pero me encantaría tener unos pantalones así.

—Sí. Ven al pueblo y te lo presento. Es simpático.

—¿Puedo preguntar cómo os conocisteis?

Xena se encogió de hombros.

—Algunos hombres no están hechos para la bebida. Él es uno de ellos.

—Se metió en un lío, ¿eh?

—Ya lo creo —dijo Xena, riéndose un poco al recordarlo—. Cuando se le pasó la cogorza, hablamos un poco y descubrí que era sastre. Para darme las gracias, me consiguió una tela con la que podría estar casi tan cómoda como lo estaba con el cuero. Aunque creo que se ofendió un poco al principio porque los pantalones me los hice yo misma.

—¿Se le pasó? —preguntó Cecrops riendo.

—Se le pasó. Y entonces me preguntó si podía copiarme el diseño para hacerlos y venderlos. Cree que puede hacer fortuna vendiendo pantalones de dril.

—¿Se lo vas a permitir?

—Claro, ¿por qué no? Él me ha ayudado... si Levi Strauss quiere hacerse rico vendiendo pantalones de dril, por mí que le aproveche.

Cecrops se echó a reír con ganas.

—Cosas más raras han pasado, amiga mía. Créeme... las he visto. —Hizo una pausa—. ¿Y ahora dónde vas?

Xena meneó la cabeza.

—No lo sé. Llevo tanto tiempo aquí buscando...

—¿Que te has acostumbrado?

—Sí, algo así.

—Supongo que no puedo convencerte para que te quedes por aquí, ¿verdad?

—No. Tengo que seguir adelante. He... tengo la sensación de que no he hecho nada más que perder el tiempo y todavía tengo que encontrar la daga de Helios antes de ponerme a buscar en serio a Gabrielle. Quiero... quiero tenerlo todo preparado cuando la encuentre, para que podamos volver a casa juntas.

Cecrops carraspeó.

—¿Y si ella no quiere volver para revivir los dos últimos milenios?

Xena se miró las manos, entrelazándolas con fuerza al reconocer que había una posibilidad muy real de que eso ocurriera.

—Entonces supongo que buscaremos una forma de salir adelante aquí.

—Ella decide, ¿no?

Xena asintió.

—Sí. Se lo merece.

Cecrops se levantó de la silla y le ofreció la mano.

—Te deseo mucha suerte, amiga mía. Y si decidís quedaros, venid a verme. Este sitio me gusta.

Xena asintió de nuevo.

—Lo haremos. —Le señaló la cara—. Oye, yo... mm... —Pero él alzó la mano para detenerla.

—Sin disculpas, Xena. Si yo hubiera estado en tu lugar, habría sido mucho peor. Te envidio, ¿sabes? Y te deseo mucho éxito en tu viaje.

Ella aceptó su mano y se la estrechó y luego salió por la puerta, preparada para emprender la siguiente etapa de su viaje a casa.


PARTE 18


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
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